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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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AGESILAO
I. Arquidamo, hijo de Zeuxidamo, después
de haber reinado con gran crédito en Esparta, de Lámpito,
mujer apreciable, dejó un hijo llamado Agis, y otro más
joven de Eupolia, la hija de Melesípidas, llamado Agesilao.
Como por la ley correspondía el reino a Agis, Agesilao,
que había de vivir como particular, se sujetó a
la educación recibida en Lacedemonia, que era dura y trabajosa
en cuanto al tenor de vida, pero muy propia para enseñar
a los jóvenes a ser bien mandados. Por esto se dice que
Simónides llamaba a Esparta domadora de hombres, a causa
de que con el auxilio de las costumbres hacía dóciles
a los ciudadanos y sumisos a las leyes, como potros domados bien
desde el principio, de cuyo rigor libertaba la ley a los jóvenes
que se educaban para el trono. Así, hasta esto tuvo en
su favor Agesilao: entrar a mandar no ignorando cómo se
debía obedecer; por lo cual fue entre los reyes el que
en su genio se avino y acomodó más con los súbditos,
juntando con la gravedad y elevación de ánimo propias
de un rey la popularidad y humanidad que le inspiró la
educación.
II. En las llamadas greyes de los jóvenes que se educaban
juntos tuvo por amador a Lisandro, prendado principalmente de
su carácter modesto; pues aunque muy sensible a los estímulos
de la emulación, y el de genio más pronto entre
los de su edad, por lo que en todo aspiraba a ser el primero,
y se mostraba irreducible e inflexible en la vehemencia de lo
que emprendía, era, por otra parte, de aquellos con quienes
pueden más la persuasión y la dulzura que el miedo,
y de los que por pundonor ejecutan cuanto se les manda, siéndoles
de más mortificación las reprensiones que de cansancio
los trabajos. El defecto de una de sus piernas lo encubrió
en la flor de su edad la belleza de su halagüeño semblante;
el llevarlo con facilidad y alegría, usando de chistes
y burlas contra sí mismo, lo disimulaba y que lo desvanecía
en gran parte; y aun por él sobresalía y brillaba
más su emulación, pues que ningún trabajo
ni fatiga le acobardaba no obstante su cojera. No tenemos su retrato,
porque no lo permitió, y, antes, al morir encargó
que no se hiciera ningún vaciado ni ninguna especie de
imagen que representara su persona. La memoria que ha quedado
es que fue pequeño y de figura poco recomendable; pero
su festividad y su alegre buen humor en todo tiempo, sin manifestar
enfado ni cólera, ni en la voz ni en el semblante, le hizo
hasta la vejez más amable que los de la más gallarda
disposición. Refiere, sin embargo, Teofrasto que los Éforos
impusieron una multa a Arquidamo por haberse casado con una mujer
pequeña: porque no nos darás reyes- decían-,
sino reyezuelos.
III. Reinando Agis vino Alcibíades de Sicilia a Lacedemonia
en calidad de desterrado, y a poco de residir en la ciudad se
le culpó de tener trato menos decente con Timea, mujer
del rey; el niño que de ella nació no quiso Agis
reconocerlo, diciendo que lo había tenido de Alcibíades;
de lo que escribe Duris no haber tenido gran pesar Timea, sino
que, antes bien, al oído con las criadas le daba al niño
el nombre de Alcibíades, y no el de Leotíquidas.
De Alcibíades se refiere también haber dicho que,
si había tenido aquel trato con Timea, no había
sido por hacer afrenta a nadie, sino por la vanidad de que descendientes
suyos reinaran sobre los Espartanos. Mas al cabo por esta causa
salió Alcibíades de Lacedemonia, temeroso de Agis.
El niño causó siempre sospecha a éste y no
le miró nunca como legítimo; pero hallándose
enfermo se arrojó a sus pies, con lágrimas, alcanzó
que le declarara por hijo delante de muchas personas. Sin embargo,
después de la muerte de Agis Lisandro, que ya había
vencido a los Atenienses en combate naval, y gozaba del mayor
poder en Esparta colocó a Agesilao en el trono, por no
corresponder a Leotíquidas, que era bastardo; y, además,
otros ciudadanos que tenían en mucho la virtud de Agesilao
y el haberse criado juntos, participando de la misma educación,
estuvieron de su parte también con el mayor empeño.
Mas había en Esparta un hombre dado a la adivinación,
llamado Diopites, el cual tenía en la memoria muchos oráculos
antiguos y pasaba por muy sabio y profundo en las cosas divinas.
Dijo, pues, que era cosa impía el que un cojo fuera rey
de Lacedemonia; acerca de lo cual en el juicio recitó este
oráculo: Por más ¡oh Esparta! que andes orgullosa
y sana de tus pies, yo te prevengo que de un reinado cojo te precavas,
pues te vendrán inesperados males, y de devastadora y larga
guerra serás con fuertes olas combatida. A lo cual contestó
Lisandro, que si los Espartanos daban valor al oráculo,
de quien se habían de guardar era de Leotíquidas,
porque al dios le era indiferente el que reinara uno a quien le
flaqueasen los pies; pero que si reinaba quien no fuese ni legítimo
ni Heraclida, esta era estar cojo el reino; a lo que añadió
Agesilao, que Posidón había testificado la ilegitimidad
de Leotíquidas, haciendo a Agis saltar del lecho conyugal
con un terremoto, desde el cual se habían pasado más
de diez meses hasta el nacimiento de Leotíquidas.
IV. Declarado rey de este modo y por estas causas Agesilao, al
punto heredó también la hacienda de Agis, excluyendo
como bastardo a Leotíquidas; pero viendo que los parientes
de aquel por parte de madre, siendo hombres de mucha probidad,
se hallaban sumamente pobres, les repartió la mitad de
los bienes, granjeándose de esta manera benevolencia y
fama, en lugar de envidia y ojeriza con motivo de esta herencia.
Lo que dice Jenofonte, que obedeciendo a la patria llegó
a lo sumo del poder, tanto que hacía lo que quería,
se ha de entender de esta manera. La mayor autoridad de la república
residía entonces en los Éforos y en los Ancianos,
de los cuales aquéllos ejercen la suya un año solo
y los Ancianos disfrutan este honor por toda la vida, siendo esto
así dispuesto a fin de que los reyes no se creyeran con
facultad para todo, como en la Vida de Licurgo lo declaramos.
Por esta causa solían ya de antiguo los reyes estar con
aquellos en una especie de heredada disensión y contienda;
pero Agesilao tomó el camino opuesto, y dejándose
de altercar y disputar con ellos les tenía consideración,
procediendo con su aprobación a toda empresa. Si le llamaban
se apresuraba a acudir, y, cuantas veces sucedía que, estando
sentado para despachar en el regio trono, pasasen los Éforos,
les hacía el honor de levantarse. Cuando había elección
de Ancianos para el Senado, a cada uno le enviaba como muestra
de parabién una sobrevesta y un buey. Con estos obsequios
parecía que honraba y ensalzaba la autoridad de aquellos
magistrados, y no se echaba de ver que acrecentaba la suya, dando
aumento y grandeza a la prerrogativa real con el amor y condescendencia
que así se granjeaba.
V. En su trato con los demás ciudadanos había menos
que culpar en él considerado como enemigo que como amigo:
porque injustamente no ofendía a los enemigos, y a los
amigos los favorecía aun en cosas injustas. Si los enemigos
se distinguían con alguna singular hazaña, se avergonzaba
de no tributarles el honor debido, y a los amigos no solamente
no los reprendía cuando en algo faltaban, sino que se complacía
en ayudarlos y en faltar con ellos, creyendo que no podía
haber nada vituperable en los obsequios de la amistad. Siendo
el primero a compadecerse de los de otro partido si algo les sucedía,
y favoreciéndolos con empeño si acudían a
él, se ganaba la opinión y voluntad de todos. Viendo,
pues, los Éforos esta conducta suya, y temiendo su poder,
le multaron, dando por causa que a los ciudadanos que debían
ser del común los hacía suyos. Porque así
como los físicos piensan que si de la universalidad de
los seres se quitara la contrariedad y contienda se pararían
los cuerpos celestes y cesarían la generación y
movimiento de todas las cosas por la misma armonía que
habría entre todas ellas, de la misma manera le pareció
conveniente al legislador lacedemonio mantener en su gobierno
un fomento de emulación y rencilla como incentivo de la
virtud, queriendo que los buenos estuviesen siempre en choque
y disputa entre sí, y teniendo por cierto que la unión
y amistad que parece fortuita y sin elección, y es ociosa
y no disputada, no merece llamarse concordia. Y esto mismo piensan
algunos haberlo también conocido Homero, porque no presentaría
a Agamenón alegre y contento por los acalorados dicterios
con que se zahieren e insultan Odiseo y Aquileo a no haber creído
que para el bien común era muy conveniente aquella emulación
de ambos y aquella disensión entre los más aventajados.
Bien que no faltará quien no apruebe así generalmente
este modo de pensar, porque el exceso en tales contiendas es perjudicial
a las ciudades y acarrea grandes peligros.
VI A poco de haberse encargado del reino Agesilao, vinieron algunos
del Asia, anunciando que el rey de Persia preparaba grandes fuerzas
para excluir a los Lacedemonios del mar. Deseaba Lisandro ser
enviado otra vez al Asia y dar auxilio a aquellos de sus amigos
que había dejado como prefectos y señores de las
ciudades, y que por haberse conducido despótica y violentamente,
habían sido expulsados o muertos por los ciudadanos. Persuadió,
pues, a Agesilao, que se pusiera al frente del ejército
y que, pasando a hacer la guerra lejos de la Grecia, se anticipara
a los preparativos del bárbaro. Al mismo tiempo dio aviso
a sus amigos del Asia para que, enviaran a Lacedemonia a pedir
por general a Agesilao. Presentándose éste ante
la muchedumbre, tomó a su cargo la guerra si le concedían
treinta entre generales y consejeros espartanos, dos mil ciudadanos
nuevos escogidos de los hilotas, y de los aliados una fuerza de
seis mil hombres. Con el auxilio de Lisandro se decretó
todo prontamente, y enviaron al punto a Agesilao, dándole
los treinta Espartanos, de los cuales fue desde luego Lisandro
el primero, no sólo por su opinión y su influjo,
sino también por la amistad de Agesilao, a quien le pareció
que en proporcionarle esta expedición le había hecho
mayor favor que en haberle sentado en el trono. Reuniéronse
las fuerzas en Geresto, y él pasó con sus amigos
a Áulide, donde hizo noche, y le pareció que entre
sueños le decía una voz: Bien sabes ¡oh
rey de los Lacedemonios! que ninguno ha sido general de toda Grecia
sino antes Agamenón, y tú ahora, después
de él; en consideración, pues, de que mandas a los
mismos que él mandó, que haces a los mismos la guerra
y que partes a ella de los mismos lugares, es puesto en razón
que hagas a la diosa el sacrificio que él hizo aquí
al dar la vela; e inmediatamente se presentó a la
imaginación de Agesilao la muerte de la doncella que el
padre degolló a persuasión de los adivinos. Mas
no le asombró esta aparición, sino que, levantándose
y refiriéndola a los amigos, dijo que honraría a
la diosa con aquellos sacrificios que por lo mismo de ser diosa
le habían de ser más agradables, y en ninguna manera
imitaría la insensibilidad de aquel general; y coronando
una cierva, dio orden de que la inmolara su adivino, y no el que
solía ejecutarlo, destinado al efecto por los Beocios.
Habiéndolo sabido los Beotarcas, encendidos en ira, enviaron
heraldos que denunciasen a Agesilao no hiciera sacrificios contra
las leyes y costumbres patrias de la Beocia; y habiéndole
hecho éstos la intimación, arrojaron del ara las
piernas de la víctima. Fue de sumo disgusto a Agesilao
este suceso, y se hizo al mar, irritado contra los Tebanos y decaído
de sus esperanzas a causa del agüero, pareciéndole
que no llevaría a cabo sus empresas, ni su expedición
tendría el éxito conveniente.
VII. Llegados a Éfeso, desde luego fue grande la autoridad,
de Lisandro, y su poder se hizo odioso y molesto, acudiendo en
tropel las gentes en su busca y siguiéndole y obsequiándole
todos; de manera que Agesilao tenía el nombre y el aparato
de general por la ley, pero de hecho Lisandro era el árbitro
y el que todo lo podía y ejecutaba. Porque de cuantos generales
habían sido enviados al Asia ninguno había habido
ni más capaz ni más terrible que él, ni hombre
ninguno había favorecido más a sus amigos ni había
hecho a sus enemigos mayores males. Como aquellos habitantes se
acordaban de estas cosas, que eran muy recientes, y, por otra
parte, veían que Agesilao era modesto, sencillo y popular
en su trato, y que aquel conservaba sin alteración su dureza,
su irritabilidad y sus pocas palabras, a él acudían
todos y él solo se llevaba las atenciones. En consecuencia
de esto, desde el principio se mostraron disgustados los demás
Espartanos, teniéndose más por asistentes de Lisandro
que por consejeros del rey; y después, el mismo Agesilao,
aunque no tenía nada de envidioso ni se incomodaba de que
se honrase a otros, como no le faltasen ni ambición ni
carácter, temió no fuera que si ocurrían
sucesos prósperos se atribuyesen a Lisandro por su fama.
Manejóse, pues, de esta manera: primeramente, en las deliberaciones
se oponía a su dictamen, y si le veía empeñado
en que se hiciese una cosa, dejándole a un lado y desentendiéndose
de ella hacía otra muy diferente. En segundo lugar, si
acudían con algún negocio los que sabía eran
más de la devoción de Lisandro, en nada los atendía.
Finalmente, aun en los juicios, si veía que Lisandro se
ponía contra algunos, éstos eran los que habían
de salir mejor, y, por el contrario, aquellos a quienes manifiestamente
favorecía podían tenerse por bien librados si sobre
perder el pleito no se les multaba. Con estos hechos, que se veía
no ser casuales, sino sostenidos con igualdad y constancia, llegó
Lisandro a comprender cuál era la causa y no la ocultó
a sus amigos; antes, les dijo que por él sufrían
aquellos desaires, y los exhortó a que hicieran la corte
al rey y a los que podían más que él.
VIII. Echábase de ver que con esta conducta y estas expresiones
procuraba excitar el odio contra Agesilao; y éste, para
humillarle más, le nombró repartidor de la carne;
y, según se dice, al anunciar el nombramiento añadió
delante de muchos: ¡Que vayan ahora éstos a
hacer la corte a mi carnicero! Mortificado, pues, Lisandro,
se presentó y le dijo: Sabes muy bien ¡oh Agesilao!
humillar a tus amigos; y éste le respondió:
Sí, a los que aspiran a poder más que yo;
y Lisandro entonces: Quizá es más lo que tú
has querido decir que lo que yo he ejecutado; mas señálame
puesto y lugar donde sin incomodarte pueda serte útil.
De resultas de esto, enviado al Helesponto, trajo a presentar
a Agesilao al persa Espitridates, de la provincia de Farnabazo,
con ricos despojos y doscientos hombres de a caballo; pero no
se le pasó el enojo, sino que, llevándolo siempre
en su ánimo, pensó en el modo de quitar el derecho
al reino a las dos casas y hacerlo común para todos los
Espartanos; y es probable que habrían resultado grandes
novedades de esta disensión a no haber muerto antes haciendo
la guerra contra la Beocia. De este modo los caracteres ambiciosos,
que no saben en la república guardar un justo medio, hacen
más daño que provecho: pues si Lisandro era insolente,
como lo era en verdad, no guardando modo ni tiempo en su ambición,
no dejaba Agesilao de saber que podía haber otra corrección
más llevadera que la que usó con un hombre distinguido
y acreditado que se olvidaba de su deber, sino que, arrebatados
ambos del mismo afecto, el uno, parece haber desconocido la autoridad
del general y el otro no haber podido sufrir los yerros de un
amigo.
IX. Sucedió que Tisafernes, temiendo al principio a Agesilao,
capituló con él, concediéndole que las ciudades
griegas se gobernasen por sus leyes con independencia del rey;
pero pareciéndole después que tenía bastantes
fuerzas se decidió por la guerra. Agesilao admitió
gustoso la provocación, porque confiaba mucho en el ejército,
y tenía a menos que los diez mil mandados por Jenofonte
hubiesen llegado hasta el mar, venciendo al rey cuantas veces
quisieron, y que él, al frente de los Lacedemonios, que
daban la ley por mar y por tierra, no presentara a los Griegos
ningún hecho digno de conservarse en la memoria. Pagando,
pues, a Tisafernes su perjuicio con un justo engaño, dio
a entender que se dirigía a la Caria, y, cuando el bárbaro
tuvo reunidas allí sus fuerzas, levó anclas e invadió
la Frigia. Tomó muchas ciudades y se apoderó de
inmensas riquezas, manifestando a sus amigos que quebrantar injustamente
la fe de los tratados es insultar a los dioses, pero que en usar
de estratagemas que induzcan en error a los enemigos no sólo
no hay justicia, sino acrecentamiento de gloria, acompañada
de placer y provecho. Era inferior en soldados de a caballo, y
al hígado de una víctima se halló faltarle
uno de los lóbulos; retiróse, pues, a Éfeso,
y juntó prontamente caballería por el medio de proponer
a los hombres acomodados que si no querían servir en la
milicia dieran cada uno un caballo y un hombre; y como éstos
fuesen muchos, en breve tiempo tuvo Agesilao muchos y valientes
soldados de a caballo en lugar de inútiles infantes. Porque
los que no querían servir pagaban jornal a los que a ello
se prestaban, y los que no querían cabalgar, a los que
no tenían gusto en ello. También de Agamenón
se dice haber obrado muy cuerdamente en recibir una excelente
yegua por librar de la milicia a un cobarde y rico. Ocurrió
asimismo que los encargados del despacho del botín pusieron
de su orden en venta los cautivos, despojándolos del vestido;
y como de las ropas hubiese muchos compradores, pero de las personas,
viendo sus cuerpos blancos y débiles del todo, a causa
de haberse criado siempre a la sombra, hiciesen irrisión,
teniéndolos por inútiles y de ningún valor,
Agesilao, que se hallaba presente: Estos son- dijo- contra
quienes peleáis y éstas las cosas por que peleáis.
X. Cuando fue tiempo de volver otra vez a la guerra anunció
que se dirigía a la Lidia, no ya con ánimo de engañar
a Tisafernes, sino que él mismo se engañó,
no queriendo dar crédito a Agesilao, a causa del pasado
error; pensó, por tanto, que su marcha sería a la
Caria, por ser terreno poco a propósito para la caballería,
de la que estaba escaso. Mas cuando Agesilao se encaminó,
como lo había dicho al principio, a los campos de Sardes,
le fue preciso a Tisafernes correr a aquella parte, y moviendo
con la caballería acabó al paso con muchos de los
Griegos, que andaban desordenados asolando el país. Reflexionando,
pues, Agesilao que no podía llegar tan presto la infantería
de los enemigos, cuando a él nada le faltaba de sus fuerzas,
se dio priesa a venir a combate, e interpolando con la caballería
algunas tropas ligeras les dio orden de que acometieran rápidamente
a los contrarios, y él cargó también al punto
con la infantería. Pusiéronse en fuga los bárbaros;
y yendo en su persecución los Griegos, les tomaron el campamento
e hicieron en ellos gran matanza. De resultas de esta batalla
no sólo se hallaron en disposición de correr y talar
a su arbitrio toda aquella provincia del imperio del rey, sino
también de presenciar el castigo de Tisafernes, hombre
malo y enemigo implacable de la nación griega; porque el
rey envió sin dilación contra él a Titraustes,
quien le cortó la cabeza; y con deseo de que Agesilao,
haciendo la paz, se retirara a su país, envió quien
se lo propusiera, ofreciéndole grandes intereses; pero
éste dijo que la paz dependía sólo de la
república, que por su parte más se alegraba de que
sus soldados se enriquecieran, que enriquecerse él mismo,
y que, además, los Griegos tenían por más
glorioso que el recibir presentes tomar despojos de los enemigos.
Con todo, queriendo manifestar algún reconocimiento a Titraustes
por haber castigado a Tisafernes enemigo común de los Griegos,
condujo el ejército a la Frigia, recibiendo de aquel en
calidad de viático treinta talentos. Estando en marcha
le fue entregado un decreto de los que ejercían la autoridad
suprema en Esparta, por el que se le daba también el mando
de la armada naval: distinción de que sólo gozó
Agesilao el cual era, sin disputa, el mayor y más ilustre
de cuantos vinieron en su tiempo, como lo dijo también
Teopompo, pues que más quería ser apreciado por
su valor que por sus dignidades y mandos. Sin embargo, entonces,
habiendo hecho jefe de la armada a Pisandro, pareció apartarse
de estos principios; porque no obstante haber otros más
antiguos y de más capacidad, sin atender al bien común,
y dejándose llevar del parentesco y del influjo de su mujer,
de la que era hermano Pisandro, puso a éste al frente de
la armada.
XI Situando Agesilao su campo en la provincia sujeta a Farnabazo,
no sólo le mantuvo en la mayor abundancia, sino que recogió
imponderable riqueza; y adelantándose hasta la Paflagonia
atrajo a su amistad al rey de los Paflagonios, Cotis, deseoso
de ella por su virtud y su fidelidad. Espitridates, desde que
rebelándose a Farnabazo se pasó al partido de Agesilao,
marchaba siempre y se acampaba con él, llevando en su compañía
a hijo muy hermoso que tenía, llamado Megabatesdel que
siendo todavía muy niño se prendó con la
mayor pasión Agesilao-, y a una hija doncella, también
hermosa, en edad de casarse. Persuadió Agesilao a Cotis
que se casase con ella, y recibiendo de él mil caballos
y dos mil hombres de tropa ligera se retiró otra vez a
la Frigia, donde corría y talaba la provincia de Farnabazo,
que nunca le esperaba ni fiaba en sus fortalezas, sino que, conduciendo
siempre consigo la mayor parte de sus presas y tesoros, andaba
huyendo de una parte a otra, mudando continuamente de campamentos,
hasta que puesto en su observación Espitridates, que llevaba
consigo al espartano Herípidas, le tomó el campamento
y se apoderó de toda su riqueza. De aquí nació
que siendo Herípidas un denunciador rígido de lo
que se había tomado, como obligase a los bárbaros
a presentarlo, registrándolo e inspeccionándolo
él todo, irritó de tal manera a Espitridates, que
le obligó a marcharse a Sardis con los Paflagonios, suceso
que se dice haber sido a Agesilao sumamente desagradable. Porque
además de sentir la Pérdida de un hombre de valor
como Espitridates, y de la fuerza que consigo tenía, que
no era despreciable, le causaba rubor la nota que le resultaba
de avaricia y mezquindad, la que no sólo quería
alejar de sí mismo, sino mantener de ella pura a su república.
Fuera de estas causas, manifiestas, punzábale también
no ligeramente el amor que tenía impreso el joven; sin
embargo de que aun estando presente, poniendo en acción
su carácter firme, pugnó resueltamente para resistir
a todo deseo que desdijese. Así es que en una ocasión,
acercándose a él Megabates para saludarle con ósculo,
se retiró, y como éste, avergonzado, se contuviese,
e hiciese en adelante sus salutaciones desde lejos, pesaroso a
su vez y arrepentido Agesilao de haberse hurtado al beso, hizo
como que se admiraba de la causa que podía haber habido
para que Megabates no presentase ya la boca al saludarle; a lo
que: Tú tienes la culpa- le contestaron sus amigos-
no aguardando, sino, antes bien, precaviéndote y temiendo
el beso de aquel mozo; pero si tú quieres, él vendrá
y te lo dará, bajo la condición de que no has de
temerle segunda vez. Detúvose algún tiempo
Agesilao, pensando entre sí y guardando silencio; y después
dijo: Paréceme que no hay necesidad ninguna de que
le persuadáis, porque más gusto he tenido en sostener
por segunda vez esta misma pelea del beso que en que se me convirtiera
en oro cuanto tengo a la vista. Así se manejó
con Megabates mientras estuvo presente; pero después que
marchó, al ver hasta qué punto se inflamó,
es difícil asegurar que si hubiese regresado y presentándosele
hubiera podido hacer igual resistencia a dejarse besar.
XII. A este tiempo quiso Farnabazo tener una entrevista con él,
y Apolófanes de Cícico, que era huésped de
ambos, los reunió. El primero que concurrió con
sus amigos al sitio convenido fue Agesilao y en una sombra encima
de la hierba, que estaba muy crecida, se tendió a esperar
a Farna- bazo; llegado el cual, aunque se le pusieron alfombras
de diferentes colores y pieles muy suaves, avergonzado de ver
así tendido a Agesilao, se reclinó también
en el suelo sobre la hierba, sin embargo de que llevaba un vestido
rico y sobresaliente por su delgadez y sus colores. Saludáronse
mutuamente, y a Farnabazo no le faltaron justas razones para quejarse
de que habiendo sido muy útil en diferentes ocasiones a
los Lacedemonios durante la guerra con los Atenienses, ahora aquellos
mismos le talaban su país; pero Agesilao, a pesar de ver
que los Espartanos que le habían acompañado, de
vergüenza tenían los ojos bajos, sin saber qué
decir, porque realmente consideraban ser Farnabazo tratado con
injusticia: Nosotros ¡oh Farnabazo!- le dijo-, siendo
antes amigos del rey, tomábamos amistosamente parte en
sus negocios; y ahora, que somos enemigos, nos habemos con él
hostilmente. Viendo, pues, que tú quieres ser uno de los
bienes y propiedades del rey, con razón le ofendemos en
ti; pero desde el día en que quieras más ser amigo
y aliado de los Griegos que esclavo de¡ rey, ten entendido
que estas tropas, nuestras armas, nuestras naves y todos nosotros
seremos defensores y guardas de tus bienes y de tu libertad, sin
la cual nada hay para los hombres ni honesto ni apetecible.
Manifestóle en consecuencia de esto Farnabazo su modo de
pensar diciéndole: Sí el rey encargase el
mando a otro que a mí, estaré con vosotros; pero
si a mí me lo confía no omitiré medio ni
diligencia alguna para defenderme y ofenderos por su servicio.
No pudo menos Agesilao de oírlo con placer; tomóle
la diestra, y levantándose: ¡Ojalá,
oh Farnabazo,- le dijo-, te- niendo tales prendas, fueras más
bien mi amigo que mi enemigo!
XIII. Al retirarse Farnabazo con sus amigos se detuvo su hijo,
y corriendo hacia Agesilao le dijo con sonrisa: Yo te hago
¡oh Agesilao! mi huésped y teniendo en la mano
un dardo, se lo presentó; tom6lo Agesilao, y causándole
placer su aspecto y su obsequio, miró si entre los que
le rodeaban tendrían alguna cosa con que pudiera remunerar
a aquel gracioso y noble joven; y viendo que el caballo de su
secretario Ideo tenía preciosos jaeces, se los quitó,
e hizo a aquél con ellos un regalo. En adelante le tuvo
siempre en memoria; y como pasado algún tiempo fuese privado
de su casa y arrojado por los hermanos al Peloponeso, le amparó
con el mayor celo, y aun en ciertos amores le prestó su
auxilio. Porque se había prendado de un mocito atleta de
Atenas, y siendo ya grande, como fuese de mala condición
y se temiese que iba a ser expulsado de los Juegos Olímpicos,
el persa acudió a Agesilao pidiéndole por aquel
joven; y él, queriendo servir a éste, aunque con
mucha dificultad y trabajo, salió con su intento; porque
en todo lo demás era prolijo y ajustado a ley, pero en
los negocios de los amigos creía que el querer parecer
excesivamente justo no solía ser más que una excusa.
Corre, pues, en prueba de esto una carta suya a Hidrieo, de Caria,
en que le decía: A Nicias, si no ha delinquido, absuélvele;
si ha delinquido, absuélvele por mí; y de todas
maneras, absuélvele. Esta solía ser en general
la conducta de Agesilao en las cosas de sus amigos. Con todo,
en ocasiones obraba según lo que el tiempo pedía,
sin atender más que a lo que era conveniente, como se vio
cuando, habiendo tenido que levantar el campo con precipitación,
se dejó enfermo a un joven que amaba, porque, rogándole
éste y llamándole al tiempo de marchar volvió
la cabeza y le dijo: Cosa difícil es tener a un tiempo
juicio y compasión, según que así nos
lo ha transmitido Jerónimo el Filósofo.
XIV. Pasado ya el segundo año de su expedición,
era mucho lo que en la corte del rey se hablaba de Agesilao, y
grande la fama de su moderación, de su sobriedad y de su
modestia. Porque armaba para si sólo su pabellón
en los templos de mayor veneración, a fin de tener a los
dioses por espectadores y testigos de aquellas cosas que no solemos
hacer en presencia de los hombres; y entre tantos millares de
soldados no sería fácil que se viese lecho ninguno
más desacomodado o más pobre que el de Agesilao.
Con respecto al calor y al frío, se había acostumbrado
de manera que parecía formado exprofeso para las estaciones
tales cuales por los dioses eran ordenadas; y era para los Griegos
que habitaban en el Asia el espectáculo más agradable
ver a los gobernadores y generales, que antes eran molestos e
insufribles, y que estaban corrompidos por la riqueza y el regalo,
temer y lisonjear a un hombre que se presentaba con una pobre
túnica, y hacer esfuerzos por mudarse y transformarse a
una sola expresión breve y lacónica; de manera que
a muchos les venía a la memoria aquel dicho de Timoteo:
Tirano es el dios Ares; mas a Grecia el oro corruptor no la intimida.
XV. Conmovida ya el Asia y dispuesta en muchos puntos a la sublevación,
arregló aquellas ciudades, y poniendo en su gobierno el
correspondiente orden, sin muertes ni destierros, resolvió
ir más adelante, y marchar, trasladando la guerra del mar
de Grecia, a hacer que el rey combatiese por la seguridad de su
propia persona y por las comodidades de Ecbátana y Susa,
y sacarle ante todas cosas del ocio y del regalo, para que ya
no fuese desde su escaño el árbitro de las guerras
de los Griegos, ni corrompiese a los demagogos. Mas cuando iba
a poner por obra estos pensamientos vino en su busca el espartano
Epicídidas, anunciándole que Esparta tenía
sobre sí una formidable guerra de parte de los Griegos,
y los Éforos le llamaban para que acudiese a socorrer la
propia casa. ¡Oh mengua, y cómo es vuestra ruina,
oh Griegos, sois de bárbaros males inventores! Porque ¿qué
otro nombre podría darse a aquella envidia y a aquella
conjuración y reunión de los Griegos unos contra
otros, por la cual renunciaron a la fortuna, que a otra parte
los llamaba, y trajeron otra vez sobre sí mismos aquellas
armas que estaban vueltas contra los bárbaros, y la guerra,
que podía mirarse como desterrada de la Grecia? Pues yo
no puedo conformarme con Demarato de Corinto, que decía
haber carecido del mayor placer de los Griegos que no habían
visto a Alejandro sentado en el trono de Darío, sino que
más bien creo que deberían los que le vieron haber
llorado, reflexionando que dejaron para Alejandro y los Macedonios
aquellos triunfos los que en Leuctras, en Coronea, en Corinto
y en la Arcadia vencieron y acabaron a los generales griegos.
En cuanto a Agesilao, ninguna acción hubo en su vida más
ilustre o más grande que esta retirada, ni jamás
se dio un ejemplo más glorioso de obediencia y de justicia.
Pues si Aníbal, cuando ya estaba en decadencia y casi se
veía arrojado de la Italia, con gran dificultad obedeció
a los que le llamaban a sostener la guerra en casa, y si Alejandro
aun tomó a burla la noticia que se le dio de la batalla
de Antípatro contra Agis, diciendo: Parece ¡oh
soldados! que mientras nosotros vencíamos aquí a
Darío ha habido en Arcadia una guerra de ratones,
¿cómo podremos dejar de dar el parabién a
Esparta por el honor con que le trató Agesilao y por su
respeto y sumisión a las leyes?; el cual, apenas recibió
la orden, abandonando y arrojando de las manos la singular fortuna
y gran poder que de presente tenía y las brillantes esperanzas
que veía próximas, al punto se embarcó, a
la mitad de su empresa, dejando gran deseo de su persona a los
aliados y desmintiendo aquel dicho de Demóstrato de Feacia:
de que en común son mejores los Lacedemonios, y en particular
los Atenienses; pues habiéndose mostrado rey y general
excelente, aún fue mejor y más apacible amigo y
compañero para los que en particular le trataron. Como
la moneda de Persia tuviese grabado un arquero o sagitario, al
levantar su campo dijo que el rey lo expulsaba del Asia con diez
mil arqueros; y es que otros tantos se habían llevado a
Atenas y a Tebas, y se habían distribuido a los demagogos;
con lo que estos pueblos habían declarado la guerra a los
Espartanos.
XVI Pasado el Helesponto, caminaba por la Tracia, sin hablar
de permiso a ninguno de aquellos bárbaros; lo único
que hacía era enviar a preguntar a cada uno de qué
manera había de atravesar su territorio, si como amigo
o como enemigo. Los más le recibieron amistosamente y le
acompañaron, cada uno en proporción a sus fuerzas;
sólo los llamados Tralenses, de quienes se dice que Jerjes
negoció con ellos el paso con dádivas, le pidieron
en pago de él cien talentos en plata y cien mujeres. Tomólo
él a burla, y diciéndoles que por qué no
habían acudido desde luego a cobrarlo, pasó delante,
y hallándolos en orden de batalla los acometió y
derrotó, con muerte de un gran número. Hizo al rey
de los Macedonios la misma pregunta, y habiendo respondido que
lo pensaría, Que lo piense- replicó-; pero
nosotros, en tanto, pasaremos. Admirado el rey de tamaña
osadía, y llegando a cobrar miedo, le envió a decir
que transitara como amigo. Hacían los Tésalos causa
común con los enemigos, por lo que les taló el país;
y como habiendo enviado hacia Larisa a Jenocles y Escita para
tratar de amistad hubiesen sido éstos detenidos y puestos
en custodia, todos los demás eran de dictamen de que, haciendo
alto, pusiese sitio a Larisa; pero él les dijo que ni la
Tesalia toda querría tomar con la pérdida de cualquiera
de los dos, y los recobró por capitulación, cosa
que no era de admirar en Agesilao, que habiendo sabido haberse
dado junto a Corinto una gran batalla (en la que en medio del
rebato habían perecido algunas personas principales), y
habían muerto muy pocos de los Espartanos, cuando la mortandad
de los enemigos había sido muy grande, no por eso mostró
alegría y satisfacción, sino que, antes, dando un
profundo suspiro, exclamó: ¡Triste de la Grecia,
que en daño suyo ha perdido unos varones tan esclarecidos
que si vivieran bastarían para vencer en combate a todos
los bárbaros juntos! Como los de Farsalia se pusiesen
en persecución de su ejército y le causasen daños,
les acometió con quinientos caballos, y habiéndolos
puesto en fuga erigió un trofeo al pie del monte Nartacio,
dando a esta victoria la mayor importancia, a causa de que, habiendo
creado por sí aquella caballería, con ella sola
había derrotado a los que más pagados estaban de
sobresalir en esta arma.
XVII. Alcanzóle allí el éforo Dífridas,
que le traía la orden de invadir inmediatamente la Beocia;
aunque él tenía determinado ejecutar después
esto mismo más bien preparado, no creyó que debía
apartarse en nada de lo que las autoridades le prescribían,
y vuelto hacia sus gentes les dijo estar cerca el día por
el que habían venido del Asia y envió a pedir dos
cohortes de las tropas que militaban en las inmediaciones de Corinto.
Los Lacedemonios que permanecían en la ciudad, para darle
pruebas de su aprecio, pregonaron que de los jóvenes se
alistaran los que quisiesen ir en auxilio del rey; y habiéndose
alistado todos con la mayor prontitud, las autoridades escogieron
cincuenta de los más valientes y robustos y se los mandaron.
Púsose Agesilao al otro lado de las Termópilas,
y pasando por la Fócide, que era amiga, luego que entró
en la Beocia y sentó sus reales junto a Queronea, al mismo
tiempo ocurrió un eclipse de Sol, presentándose
a sus ojos parecido a la Luna, y recibió la noticia de
haber muerto Pisandro, vencido en un combate naval junto a Cnido
por Farnabazo y por Conón. Apesadumbróse con estos
sucesos, como era natural, tanto a causa del cuñado como
de la república; mas, con todo, para que a los soldados
en la marcha no les sobrecogiese el desaliento y el terror, encargó
a los que habían venido de parte del mar que dijesen, por
lo contrario, haber vencido en el combate; y presentándose
con corona en la cabeza, sacrificó a la buena nueva y partió
con sus amigos la carne de las víctimas.
XVIII. Adelantóse a Queronea, y habiendo descubierto a
los enemigos, y sido también de ellos visto, ordenó
su batalla, dando a los Orcomenios el ala izquierda, y conduciendo
él mismo el ala derecha. Los Tebanos tuvieron asimismo,
por su parte, la derecha, y los Argivos la izquierda. Dice Jenofonte
que aquella batalla fue más terrible que ninguna otra de
aquel tiempo, habiéndose hallado presente en auxilio de
Agesilao después de su vuelta del Asia. El primer encuentro
no halló resistencia ni costó gran fatiga, porque
los Tebanos al punto pusieron en fuga a los Orcomenios, y a los
Argivos Agesilao; pero habiendo oído unos y otros que sus
izquierdas estaban en derrota y huían, volvieron atrás.
Allá la victoria era sin riesgo si Agesilao, prosiguiendo
en acuchillar a los que se retiraban, hubiera querido contenerse
de ir a dar de frente con los Tebanos; pero arrebatado de cólera
y de indignación corrió contra ellos, con deseo
de rechazarlos también de poder a poder. Como ellos no
los recibieron con menos valor, se trabó una recia batalla
de todo el ejército, más empeñada todavía
contra el mismo Agesilao, que se hallaba colocado entre sus cincuenta,
cuyo, ardor le fue muy oportuno, debiéndoles su salvación.
Porque aun peleando y defendiéndole con el mayor denuedo,
no pudieron conservarlo ileso, habiendo recibido en el cuerpo,
por entre las armas, diferentes heridas de lanza y espada, sino
que con gran dificultad le retiraron vivo; entonces, protegiéndole
con sus cuerpos, dieron muerte a muchos, y también de ellos
perecieron no pocos. Hiciéronse cargo de lo difícil
que era rechazar a los Tebanos, y conocieron la necesidad de ejecutar
lo que no habían querido en el principio, porque les abrieron
claro, partiéndose en dos mitades; y cuando hubieron pasado,
lo que ya se verificó en desorden, corrieron en su persecución,
hiriéndolos por los flancos; mas no por eso consiguieron
ponerlos en fuga, sino que se retiraron al monte Helicón,
orgullosos con aquella batalla, a causa de que por su parte salieron
invictos.
XIX. Aunque Agesilao se hallaba muy malparado de sus heridas,
no permitió retirarse a su tienda antes de hacerse llevar
en litera al sitio de la batalla y de ver conducir a los muertos
sobre sus armas. A cuantos enemigos se acogieron al templo de
Atenea Itonia dio orden de que se les dejara marchar libres; dicho
templo está cercano; delante de él volvió
a poner en pie el trofeo que en otro tiempo erigieron los Beocios,
mandados por el general Espartón, por haber vencido en
aquel mismo sitio a los Atenienses y dado muerte a Tólmides.
Al día siguiente, al amanecer, queriendo Agesilao probar
si los Tebanos saldrían a batalla, dio orden de que se
coronasen sus soldados, que los flautistas tocasen sus instru-
mentos y que se levantara y adornara un trofeo como si hubieran
vencido; pero luego que los enemigos enviaron a pedir el permiso
de recoger los muertos, lo concedió; y asegurada de esta
manera la victoria, marchó a Delfos, porque iban a celebrarse
los juegos píticos. Concurrió, pues, a la fiesta
hecha en honor del dios, y le ofreció el diezmo de los
despojos traídos del Asia, que ascendió a cien talentos.
Restituido de allí a casa, todavía se ganó
más la afición y admiración de sus conciudadanos
por su conducta y por su método de vida, porque no volvió
nuevo de la tierra extranjera, como sucedía con los más
de los generales, ni había mudado sus costumbres con las
ajenas, mirando con fastidio y desdén las de la patria,
sino que, apreciando y honrando las cosas del país tanto
como los que nunca habían pasado el Eurotas, no hizo novedad
en el banquete, ni en el baño, ni en el tocado de su mujer,
ni en el adorno de las armas, ni en el menaje de casa; y aun dejó
intactas las puertas, tan antiguas y viejas, que parecían
ser las mismas que puso Aristodemo; diciendo Jenofonte que el
canatro de su hija no tenía particularidad ninguna en que
se diferenciase de los demás. Llaman canatros a unas figuras,
de madera, de grifos y de hircocervos, en las que llevan las niñas
en las procesiones. Jenofonte no nos dejó escrito el nombre
de la hija de Agesilao, y Dicearco lleva muy a mal que no sepamos
quién fue la hija de este rey, ni la madre de Epaminondas;
mas nosotros hallamos en las Memorias lacónicas que la
mujer de Agesilao se llamaba Cléora, y sus hijas Eupolia
y Prólita, y aún se muestra su lanza, conservada
hasta el día de hoy en Esparta, la que en nada se diferencia
de las demás.
XX. Como observase que algunos de los ciudadanos tenían
vanidad y se daban importancia con criar y adiestrar caballos,
persuadió a su hermana Cinisca a que, sentada en carro,
contendiera en los Juegos Olímpicos, queriendo con esto
hacer patente a los Griegos que semejante victoria no se debía
a virtud alguna, sino a sola la riqueza y profusión. Tenía
en su compañía, para servirse de su ilustración,
al sabio Jenofonte, y le dijo que trajera a sus hijos a que se
educaran en Lacedemonia, para que aprendieran la más importante
de todas las ciencias, que es la de ser mandados y mandar. Después
de la muerte de Lisandro, halló que este había formado
una grande liga contra él, en lo que había trabajado
inmediatamente después de su vuelta del Asia, y tuvo el
pensamiento de hacer ver cuál había sido la conducta
de este ciudadano mientras vivió; y como hubiese leído
un discurso escrito en un cuaderno, del que fue autor Cleón
de Halicarnaso, pero que había de ser pronunciado ante
el pueblo por Lisandro, tomándolo para este efecto de memoria,
en el que se proponían novedades y mudanzas en el gobierno,
estaba en ánimo de darle publicidad. Mas leyó el
discurso uno de los senadores, y, temiendo la habilidad y artificio
con que estaba escrito, le aconsejó que no desenterrara
a Lisandro, sino que antes enterrara con él el tal discurso;
y convencido, desistió de aquel propósito. A los
que se le mostraban contrarios, nunca les hizo el menor daño
abiertamente, sino que negociando el que se les enviara de generales
o de gobernadores demostraba que los empleos se habían
habido mal y con falta de integridad, e intercediendo después
en su favor y defendiéndolos si eran puestos en juicio,
de este modo los hacía sus amigos y los traía a
su partido; de modo que llegó a no tener ningún
rival. Porque el otro rey, Agesípolis, sobre ser hijo de
un desterrado, era en la edad todavía muy joven y de carácter
apacible y blando, por lo que tomaba muy poca parte en los negocios
públicos, y aun así procuró atraerlo y hacerlo
más dócil, por cuanto los reyes comen juntos, asistiendo
al mismo banquete mientras permanecen en la ciudad. Sabiendo,
pues, que Agesípolis estaba como él sujeto a contraer
fácilmente amores, le movía siempre la conversación
de algún joven amable, y le inclinaba hacia él,
y le acompañaba y auxiliaba, pues tales amores entre los
Lacedemonios no tenían nada de torpe, sino que, antes,
promovían el pudor, el deseo de gloria y una emulación
de virtud, como dijimos en la Vida de Licurgo.
XXI Como era tan grande su poder en la república, negoció
que a su hermano de madre Teleucias se le diera el mando de la
armada; y habiendo dispuesto una expedición contra Corinto,
él tomó por tierra la gran muralla, y Teleucias
con las naves. Estaban entonces los Argivos apoderados de Corinto
y celebraban los Juegos Ístmicos; los sorprendió,
pues, y los hizo salir de la ciudad cuando acababan de hacer el
sacrificio al dios, dejando abandonadas todas las prevenciones.
Entonces, cuantos Corintios acudieron de los que se hallaban desterrados
le rogaron que presidiese los juegos; pero a esto se resistió;
y siendo ellos mismos los presidentes y distribuidores de los
premios, se detuvo únicamente para darles seguridad. Mas
después que se retiraron volvieron los Argivos a celebrar
los juegos, y algunos vencieron segunda vez; pero otros hubo que,
habiendo antes vencido, fueron vencidos después, sobre
lo cual los notó Agesilao de excesiva cobardía y
timidez, pues que, teniendo la presidencia de estos juegos por
tan excelente y gloriosa, no se atrevieron a combatir por ella.
Por su parte, creía que en estas cosas no debía
ponerse más que mediano esmero, y en Esparta fomentaba
los coros y los combates con presenciarlos siempre, con manifestar
celo y cuidado acerca de ellos y con no faltar a las reuniones
de los jóvenes ni a las de las doncellas; pero, en cuanto
a objetos que excitaban la admiración de los demás,
hacía como que ni siquiera sabía lo que eran. Así,
en una ocasión, Calípides, célebre actor
de tragedias, que tenía en toda la Grecia grande nombre
y fama, y a quien todos guardaban consideración, primero
se presentó a saludarlo, después se mezcló
con sobrada confianza entre los demás compañeros
de paseo, procurando que fijara en él la vista, creído
de que le daría alguna muestra de aprecio, y últimamente
le preguntó: ¿Cómo? ¿No me conoces,
oh rey? Y entonces, volviendo a mirarle, dijo: ¿No
eres Calípides el remedador? porque los Lacedemonios
dan este nombre a los actores. Llamáronle una vez para
que oyera a uno que imitaba el canto del ruiseñor, y se
excusó diciendo que muchas veces había oído
a los ruiseñores. Al médico Menécrates, por
haber acertado casualmente con algunas curas desesperadas, dieron
en llamarle Zeus, y él mismo no sólo se daba neciamente
este sobrenombre, sino que se atrevió a escribir a Agesilao
de este modo: Menécrates Zeus, al rey Agesilao: Salud;
y él le puso en la contestación: El rey Agesilao,
a Menécrates: Juicio.
XXII. Habiéndose detenido en el país de Corinto
y tomado el templo de Hera, mientras estaba ocupado en ver cómo
los soldados conduelan y custodiaban los cautivos le llegaron
embajadores de Tebas solicitando su amistad; pero como siempre
hubiese estado mal con este pueblo, y aun entonces le pareciese
que convenía ajarlo, hizo como que no los veía ni
entendía cuando se le presentaron. Mas sobrevínole
un accidente desagradable que pudo parecer castigo: porque antes
de retirarse los Tebanos le llegaron mensajeros con la nueva de
que la armada había sido derrotada por Ifícrates,
descalabro de que les quedó sensible memoria por largo
tiempo, porque perdieron los varones más excelentes, siendo
vencida la infantería de línea por unas tropas ligeras
y los Lacedemonios por unos mercenarios. Marchó, pues,
sin dilación Agesilao en su socorro; mas cuando se convenció
de que no había remedio regresó al templo de Hera,
y, dando orden de que se presentaran los Tebanos, se puso a darles
audiencia; mas como ellos a su vez le hiciesen el insulto de no
volver a hablar de paz, sino sólo de que les dejara pasar
a Corinto, encendido en cólera Agesilao: Si queréis-
les dijover lo orgullosos que están nuestros amigos por
sus ventajas, mañana podréis gozar de este espectáculo
con toda seguridad; y llevándolos al día siguiente
en su compañía, taló los términos
de Corinto y llegó hasta las mismas puertas de la ciudad.
Como, sobrecogidos de miedo, los Corintios no se atreviesen a
emplear medio ninguno de defensa, despidió ya los embajadores.
Recogió antes los tristes restos de la brigada y partió
para Lacedemonia, tomando la marcha antes del día y haciendo
alto cuando era ya de noche, para que aquellos Árcades,
que los miraban con envidia y encono, no los insultasen. De allí
a poco, en obsequio de los Aqueos, emprendió con ellos
una expedición contra los de Acarnania, y habiéndolos
vencido les tomó un rico botín. Rogábanle
los Aqueos que, deteniéndose hasta el invierno, estorbara
a los enemigos hacer la sementera, y él les contestó
que antes lo haría al revés, porque les sería
más sensible la guerra habiendo de tener sembrados sus
campos hasta el verano; lo que así efectivamente sucedió,
porque, formada nueva expedición contra ellos, se reconciliaron
con los Aqueos.
XXIII. Después, como Conón y Farnabazo hubiesen
quedado dominando en el mar con la armada de Persia y tuviesen
sitiadas, por decirlo así, las costas de la Laconia, al
mismo tiempo que los Atenienses levantaban las murallas de su
ciudad, dándoles Farnabazo los fondos para ello, parecióles
a los Lacedemonios conveniente hacer la paz con los Persas. Comisionaron,
pues, a Antálcidas para que pasara a tratar con Teribazo;
y el resultado fue abandonar tan vergonzosa como, injustamente
a los Griegos habitantes del Asia, por quienes Agesilao había
hecho la guerra, dejándolos sujetos al rey. De ahí
es que de la vergüenza de este ignominioso acuerdo participó
Agesilao a causa de que Antálcidas estaba enemistado con
él, y así nada omitió para negociar la paz,
en vista de que con la guerra crecía el poder de Agesilao
y cada día ganaba crédito y opinión. Con
todo, a uno que con ocasión de esta paz se dejó
decir que los Lacedemonios medizaban o abrazaban los intereses
de los Medos le respondió Agesilao que más bien
los Medos laconizaban, y amenazando y denunciando la guerra a
los que no querían admitir el Tratado, los obligó
a suscribir a lo que el rey había dictado, conduciéndose
así principalmente en odio de los Tebanos para que fueran
más débiles por el hecho mismo de quedar independiente
toda la Beocia; lo que pareció más claro poco después.
Porque cuando Fébidas cometió aquel atroz atentado
de tomar, vigentes los tratados y en tiempo de paz, la fortaleza
cadmea, los Griegos todos se mostraron indignados, y los Espartanos
mismos lo llevaron a mal, especialmente los que no eran de la
parcialidad de Agesilao, que llagaron a preguntar a Fébidas
con enfado qué orden había tenido para tal proceder,
manifestando con bastante claridad sobre quién recaían
sus sospechas; pero el mismo Agesilao no tuvo reparo en tornar
la defensa de Fébidas, diciendo sin rodeo que no había
más que examinar sino si la acción era en sí
misma útil, porque todo lo que a Lacedemonia fuese provechoso
debía hacerse espontáneamente, aunque nadie lo mandara.
Y eso que de palabra siempre estaba dando la preferencia a la
justicia sobre todas las virtudes, pues decía que la fortaleza
de nada servía sin la justicia, y que si todos los hombres
fueran justos, de más estaría la fortaleza. A uno
que usó de la expresión: Así lo dispone
el gran rey, le replicó: ¿Cómo
será más grande que yo, si no es más justo?
Creyendo, con razón, que lo justo debe ser la medida real
con que se regule la mayoría y excelencia del poder. La
carta que hecha la paz le envió el rey con objeto de hospitalidad
y amistad no quiso recibirla, diciendo que le bastaba la amistad
pública, sin haber menester para nada la particular mientras
aquélla subsistiese. Mas en la obra no acreditó
esta opinión, sino que, arrebatado del deseo de gloria
y del de satisfacer sus resentimientos, especialmente contra los
Tebanos, no sólo sacó a salvo a Fébidas,
sino que persuadió a la ciudad que tomara sobre sí
aquella injusticia, que conservara bajo su mando el alcázar
y que pusiera al frente de los negocios a Arquías y Leóntidas,
por cuyo medio Fébidas había entrado en el mencionado
alcázar y se había apoderado de él.
XXIV. Vínose, pues, desde luego, por estos antecedentes,
en sospecha de que aquella injusticia, si bien había sido
obra de Fébidas, había procedido de consejo de Agesilao,
y los hechos posteriores confirmaron este juicio. Porque apenas
con el auxilio de los Atenienses se arrojó del alcázar
a la guarnición, y quedó la ciudad libre, hizo cargo
a los Tebanos te haber dado muerte a Arquías y Leóntidas,
que en la realidad eran unos tiranos, aunque tenían el
nombre de polemarcas, y les declaró la guerra. Reinaba
ya entonces Cleómbroto, por haber muerto Agesípolis,
y fue aquel enviado a esta guerra con las correspondientes fuerzas;
porque Agesilao hacía cuarenta años que había
salido de la pubertad, y como por ley tuviese ya la exención
de la milicia, rehusó tomar a su cargo esta expedición;
y es que se avergonzaba, habiendo hecho poco antes la guerra a
los Fliasios en favor de los desterrados, de ir ahora a causar
daños y molestias a los de Tebas por unos tiranos. Hallábase
en Tespias de gobernador un Espartano llamado Esfodrias, del partido
contrario al de Agesilao, hombre que no carecía de valor
ni de ambición, pero en quien podían más
que la prudencia las alegres esperanzas. Ansioso, pues, de adquirir
nombradía, y per- suadido de que Fébidas se había
hecho célebre y afamado por la empresa de Tebas, se figuró
que sería todavía hazaña más ilustre
y gloriosa si conseguía, sin inspiración de nadie,
tomar el Pireo y excluir del mar a los Atenienses, acometiéndolos
por tierra cuando menos lo esperaban. Hay quien diga que éste
fue pensamiento de los beotarcas, Pelópidas y Melón,
los que habían enviado personas que, mostrándose
aficionadas a Esparta, habían hinchado con alabanzas a
Esfodrias, haciéndole creer que él solo era capaz
de semejante designio, y le habían incitado y acalorado
a un hecho injusto al igual de aquel, pero que no tuvo tan de
su parte a la osadía y la fortuna, porque le cogió
y amaneció el día en el campo triasio, cuando esperaba
introducirse todavía de noche en el Pireo; y como los soldados
hubiesen advertido cierta luz que salía de algunos de los
templos de Eleusine, se dice haberse sobresaltado y llenándose
de miedo. Faltóle a él también la resolución
cuando vio que no podía ocultarse, por lo que, sin haber
hecho más que una ligera correría, tuvo que retirarse
a Tespias oscura y vergonzosamente. A consecuencia de este intento
enviáronse acusadores contra él de Atenas; pero
encontraron que los magistrados de Esparta no habían necesitado
de esta diligencia, pues que sin ella le tenían ya intentada
causa capital; a la que desconfió presentarse, temeroso
de sus conciudadanos, los cuales, por huir de la afrentosa inculpación
de los Atenienses, se dieron por ofendidos e injuriados para librarse
de la sospecha de que trataban de injuriar.
XXV. Tenía Esfodrias un hijo llamado Cleónimo,
joven de bella persona, a quien amaba Arquidamo, hijo del rey
Agesilao; entonces le tenía compasión viéndole
angustiado por el peligro de su padre, pero no se creía
en disposición de favorecerle y auxiliarle abiertamente,
porque Esfodrias era del partido contrario a Agesilao. Buscándole,
pues, Cleónimo, y rogándole con lágrimas
le alcanzara el favor de Agesilao, porque a él era a quien
más temían, por tres o cuatro días no hacía
Arquidamo más que seguir al padre sin hablarle palabra,
detenido por el pudor y el miedo; pero, por último, acercándose
la vista de la causa, se resolvió a decir a Agesilao que
Cleónimo le había interesado por su padre. Aunque
Agesilao había echado de ver que Arquidamo era amador de
Cleónimo, no pensó en retraerle, porque desde luego
comenzó a tener éste más opinión que
ningún otro entre los jóvenes, dando muestras de
que sería hombre de probidad; pero tampoco por entonces
respondió al hijo de manera que pudiera tener esperanza
de éxito favorable y fausto, sino que, diciéndole
que miraría lo que pudiera ser útil y conveniente,
le despidió. Avergonzado con esto, Arquidamo se abstuvo
de buscar la compañía de Cleónimo, sin embargo
de que antes solía solicitarla diferentes veces al día,
y también se desanimaron los demás que trabajaban
por Esfodrias; hasta que Etimocles, amigo de Agesilao, les reveló
en una conferencia cuál era el modo de pensar de éste,
pues el hecho lo vituperaba como el que más, pero al mismo
tiempo reputaba a Esfodrias por buen ciudadano, y se hacía
cargo de que la república necesitaba soldados como él;
y es que esta conversación la hacía con unos y con
otros antes del juicio, queriendo con- descender con los ruegos
del hijo; tanto, que Cleónimo conoció que Arquidamo
le había servido, y los amigos de Esfodrias cobraron ánimo
para sostenerle. Por que era Agesilao amante con exceso de sus
hijos, y acerca de sus juegos con ellos se dice que solía,
cuando eran pequeños, correr por la casa montado como en
caballo en una caña, y habiéndole sorprendido uno
de sus amigos le rogó que no lo dijese a nadie hasta que
hubiera tenido hijos.
XXVI Fue, efectivamente, absuelto Esfodrias; y como los Atenienses,
luego que lo supieron, les moviesen guerra, clamaban todos contra
Agesilao, por parecerles que cediendo a un deseo inconsiderado
y pueril había estorbado un juicio justo, y que había
hecho a la república objeto y blanco de quejas con semejantes
atenta dos cometidos contra los Griegos. En este estado, notó
que Cleómbroto no se mostraba pronto a hacer la guerra
a los Tebanos, y, dejando entonces a un lado la ley de que se
había valido antes para no ir a la otra expedición,
invadió en persona la Beocia, haciendo a los Tebanos cuanto
daño pudo, y recibiéndolo a su vez; de manera que,
retirándose en una de estas ocasiones herido, le dijo Antálcidas:
Bien te pagan los Tebanos su aprendizaje, habiéndoles
tú enseñado a pelear, cuando ellos ni sabían
ni querían. Y en realidad se dice que en estos encuentros
los Tebanos se mostraron sobre manera diestros y esforzados, como
ejercitados con las continuas guerras que contra ellos movieron
los Lacedemonios. Por lo mismo, previno el antiguo Licurgo en
sus tres series de leyes, llamadas Retras, que no se hiciera la
guerra muchas veces a unos mismos enemi- gos, para que no la aprendiesen.
Estaban también mal con Agesilao los aliados, porque intentaba
la ruina de los Tebanos, no a causa de alguna ofensiva común
contra los Griegos, sino por encono y enemiga particular que contra
aquellos tenía. Decían, pues, que los gastaba y
maltraía sin objeto de su parte, haciendo que los más
concurrieran allí todos los años, para estar a las
órdenes de los que eran menos; sobre lo que se dice haber
recurrido Agesilao a este artificio a fin de hacerles ver que
no eran tantos hombres de armas como creían. Mandó
que todos los aliados juntos se sentaran de una parte, y los Lacedemonios
solos de otra; dispuso después que, a la voz del heraldo,
se levantaran primero los alfareros; puestos éstos en pie,
llamó en segundo lugar a los latoneros, después
a los carpinteros, luego a los albañiles, y así
a los de los otros oficios. Levantáronse, pues, casi todos
los aliados, y de los Lacedemonios ninguno, porque les estaba
prohibido ejercer y aprender ninguna de las artes mecánicas;
y por este medio, echándose a reír Agesilao: ¿Veis-
les dijo- con cuántos más soldados contribuimos
nosotros?
XXVII. En Mégara, cuando volvía con el ejército
de Tebas, al subir al alcázar y palacio del gobierno, le
acometió una fuerte convulsión y dolores vehementes
en la pierna sana, que apareció muy hinchada y como llena
de sangre, con una terrible inflamación. Un cirujano natural
de Siracusa le abrió la vena que está más
abajo del tobillo, con lo que se le mitigaron los dolores; pero
saliendo en gran copia la sangre, sin poder restañarla,
le sobrevinieron desmayos y se puso muy grave; mas al cabo se
contuvo la sangre, y llevado a La- cedemonia quedó por
largo tiempo muy débil e imposibilitado de mandar el ejército.
Sufrieron en este tiempo frecuentes descalabros los Espartanos,
por tierra y por mar; el mayor de todos fue el de Tegiras, donde
por la primera vez fueron vencidos y derrotados de poder a poder
por los Tebanos. Aun antes de esta derrota había parecido
a todos conveniente hacer una paz general; y concurriendo de toda
la Grecia embajadores a Lacedemonia para ajustar los tratados,
fue uno de éstos Epaminondas, varón insigne por
su educación y su sabiduría, pero que no había
dado todavía pruebas de su pericia militar. Como viese,
pues, que todos los demás se sometían a Agesilao,
él sólo manifestó con libertad su dictamen,
haciendo una proposición útil, no a los Tebanos,
sino a la Grecia, pues les manifestó que con la guerra
crecía el poder de Esparta, cuando todos los demás
no sentían más que perjuicios, y los inclinó
a que fundaran la paz sobre la igualdad y la justicia, porque
sólo podría ser duradera quedando todos iguales.
XXVIII. Observando Agesilao que todos los Griegos le habían
oído con gusto y se adherían a él, le preguntó
sí creía justo y equitativo que la Beocia quedase
independiente, y repreguntándole Epaminondas con gran prontitud
y resolución si tenía él por justo quedara
independiente la Laconia, levantándose Agesilao con enfado
le propuso que dijera terminantemente si dejarían independiente
la Beocia. Volvió entonces Epaminondas a replicarle si
dejarían independiente a la Laconia, con lo que se irritó
Agesilao; de manera que aprovechando la ocasión borró
de los tratados el nombre de los Tebanos y les declaró
la guerra, diciendo a los demás Griegos que, avenidos ya
entre sí, podían retirarse, en el concepto de que
por lo que pudiera aguantarse regiría la paz, y lo que
pareciese insufrible se quedaría a la decisión de
la guerra, pues que era sumamente dificultoso aclarar y concertar
todas las desavenencias. Hallábase casualmente por aquel
tiempo Cleómbroto con su ejército en la Fócide,
y los Éforos le enviaron al punto orden de que marchase
con sus tropas contra los Tebanos. Convocaron también a
los aliados, y aunque con disgusto, por hacérseles muy
molesta la guerra, acudieron, sin embargo, en gran número,
porque todavía no se atrevían a contradecir o disgustar
a los Lacedemonios. Hubo muchas señales infaustas, como
dijimos en la Vida de Epaminondas; y aunque Prótoo el Espartano
se opuso a la expedición, no cedió Agesilao, sino
que llevó adelante la guerra, con la esperanza de que,
habiendo quedado fuera de los tratados de los Tebanos, al mismo
tiempo que toda la Grecia gozaba de la independencia, había
de ser aquella la oportunidad de vengarse de ellos; pero la oportunidad
lo que declaró fue que en decretar aquella expedición
tuvo más parte la ira que la reflexión y el juicio,
porque en el día 14 del mes Esciroforión se hicieron
los tratados en Lacedemonia, y en el 5 del mes Hecatombeón
fueron vencidos en Leuctras, no habiendo pasado más que
veinte días. Murieron mil de los Lacedemonios y el rey
Cleómbroto, y alrededor de él los más alentados
de los Espartanos. Dícese que entre éstos murió
también Cleónimo, aquel joven gracioso, hijo de
Esfodrias, y que, habiendo caído en tierra tres veces delante
del rey, otras tantas se volvió a levantar para combatir
con los Tebanos.
XXIX. Habiendo experimentado entonces los Lacedemonios una derrota
inesperada, y los Tebanos una dicha y acrecentamiento de gloria
cuales nunca hablan experimentado antes los Griegos peleando unos
contra otros, no es menos de admirar y aplaudir por su virtud
la ciudad vencida que la vencedora. Y si dice Jenofonte que de
los hombres excelentes aun las conversaciones y palabras de que
usan en medio del solaz y los banquetes tienen algo digno de recuerdo,
en lo que ciertamente tiene razón, aún es más
digno de saberse y quedar en memoria lo que los hombres formados
a la virtud hacen y dicen con decoro cuando les es contraria la
fortuna. Porque hacía la casualidad que Esparta solemnizase
una de sus festividades, y fuese grande en ella el concurso de
forasteros con motivo de celebrarse combates gimnásticos,
cuando llegaron de Leuctras los que traían la nueva de
aquel infortunio; y los Éforos, aunque desde luego entendieron
haber sido terrible el golpe y que habían perdido el imperio
y superioridad, ni permitieron que el coro se retirase, ni que
se alterase en nada la forma de la fiesta, sino que, enviando
por las casas a los interesados los nombres de los muertos, ellos
continuaron en el espectáculo, atendiendo al combate de
los coros. Al día siguiente, al amanecer, sabiéndose
ya de público quiénes se habían salvado y
quiénes habían muerto, los padres, tutores y deudos
de los que habían fallecido bajaron a la plaza, y unos
a otros se daban la mano con semblante alegre, mostrándose
contentos y risueños; mas los de aquellos que habían
quedado salvos, como en un duelo se mantenían en casa con
las mujeres; y si alguno tenía que salir por necesidad,
en el gesto, en la voz y en las miradas se mostraba humillado
y abatido. Todavía se echaba esto más de ver en
las mujeres, observando, a la madre que esperaba a su hijo salvo
de la batalla, triste y taciturna; y a las de aquellos que se
decía haber perecido, acudir al punto a los templos, y
buscarse y hablarse unas a otras con alegría y satisfacción.
XXX. Sin embargo de todo esto, a muchos, luego que se vieron
abandonados de los aliados, y tuvieron por cierto que Epaminondas,
vencedor y lleno de orgullo con el triunfo, trataría de
invadir el Peloponeso, les vinieron a la imaginación los
oráculos y la cojera de Agesilao, propendiendo al desaliento
y a la superstición, por creer que aquellas desgracias
le habían venido a la ciudad a causa de haber desechado
del reino al de pies firmes y haber preferido a un cojo y lisiado,
de lo que el oráculo les había avisado se guardasen
sobre todo. Mas aun en medio de esto, atendiendo al poder que
habla adquirido, a su virtud y a su gloria, todavía acudían
a él, no sólo como a rey y general para la guerra,
sino como a director y a médico en los demás apuros
políticos y en el que entonces se hallaban; porque no se
atrevían a usar de las afrentas autorizadas por ley contra
los que habían sido cobardes en la batalla, a los que llaman
emplones, temiendo, por ser muchos y de gran poder, que pudieran
causar un trastorno: pues a los así anotados no sólo
se les excluye de toda magistratura, sino que no hay quien no
tenga a menos el darles o el tomar de ellos mujer. El que quiere
los hiere y golpea cuando los encuentra, y ellos tienen que aguantarlo,
presentándose abatidos y cabizbajos. Llevan túnicas
rotas y teñidas de cierto color, y afeitándose el
bigote de un lado, se dejan crecer el otro. Era por lo mismo cosa
terrible desechar a tantos cuando justamente la ciudad necesitaba
de no pocos soldados. Nombran, pues, legislador a Agesilao, el
cual se presenta a la muchedumbre de los Lacedemonios, y sin añadir,
quitar, ni mudar nada, con sólo decir que por aquel día
era preciso dejar dormir las leyes, sin perjuicio de que en adelante
volvieran a mandar, conservó a un tiempo a la ciudad sus
leyes y a aquellos ciudadanos la estimación. Queriendo
en seguida borrar de los ánimos aquel temor y amilanamiento,
invadió la Arcadia, pero tuvo buen cuidado de no presentar
batalla a los enemigos, sino que limitándose a tomar un
pueblezuelo que pertenecía a los de Mantinea, y hacer correrías
por sus términos, con esto sólo alentó ya
con esperanzas a la ciudad y le volvió la alegría,
no dándose por perdida del todo.
XXXI Presentóse a poco Epaminondas en la Lacedemonia con
los aliados, no trayendo menos de cuarenta mil hombres de infantería
de línea, seguidos además de tropas ligeras y de
otros muchos desarmados, para el pillaje; de manera que en total
serían unos setenta mil los que invadieron el país.
Habríanse pasado a lo menos seiscientos años desde
que los Dorios vinieron a poblar la Laconia, y, después
de tanto tiempo, entonces por la primera vez se vieron enemigos
en aquella región, pues antes nadie se había atrevido;
mas ahora éstos entraron incendiando y talando un terreno
nunca antes violado ni tocado hasta el río, y hasta la
ciudad misma, sin que nadie los contuviese. Porque, según
dice Teopompo, no permitió Agesilao que los Lacedemonios
pugnaran contra semejante torrente y tormenta de guerra, sino
que, esparciendo la infantería dentro de la ciudad por
los principales puestos, aguantaba las amenazas y provocaciones
de los Tebanos, que le desafiaban por su nombre y le llamaban
a pelear en defensa de su patria, ya que era la causa de todos
los males, por haber dado calor a la guerra. No menos que estos
insultos atormentaban a Agesilao las sediciones y alborotos de
los ancianos, que le daban en cara con tan tristes acontecimientos,
y de las mujeres, que no podían estarse quietas, sino que
salían fuera de sí con el fuego y algazara de los
enemigos. Afligíale además el punto de la honra,
porque habiéndose encargado de la república floreciente
y poderosa veía conculcada su dignidad y ajada su vanagloria,
de la que él mismo había hecho gala muchas veces,
diciendo que ninguna lacona había visto jamás el
humo enemigo. Cuéntase asimismo de Antálcidas que,
contendiendo con él un Ateniense sobre el valor y diciéndole:
Nosotros os hemos perseguido muchas veces desde el Cefiso,
le contestó: Pues nosotros nunca hemos tenido que
perseguiros desde el Eurotas. Por este mismo término
respondió a un Argivo uno de los más oscuros Espartanos,
pues diciéndole aquél: Muchos de vosotros
reposan en la Argólide, le replicó: Para
eso, ninguno de vosotros en la Laconia.
XXXII. Refieren algunos haber Antálcidas, que era a la
sazón Éforo, enviado sus hijos a Citera, temeroso
de aquel peligro, en el cual Agesilao, viendo que los enemigos
intentaban pasar el río y penetrar en la población,
abandonando todo lo demás formó delante del centro
de la ciudad y al pie de las alturas. Iba entonces el Eurotas
muy caudaloso y fuera de madre por haber nevado, y el pasarlo
les era a los Tebanos más difícil todavía
por la frialdad de las aguas que por la rapidez de su corriente.
Marchando Epaminondas al frente de sur, tropas, se lo mostraban
algunos a Agesilao, y éste, mirándole largo rato,
poniendo una y otra vez los ojos en él, ninguna otra cosa
dijo, según se cuenta, sino lo siguiente: ¡Qué
hombre tan resuelto! Aspiraba Epaminondas a la gloria de
trabar batalla dentro de la ciudad y erigir un trofeo; pero no
habiendo podido atraer y provocar a Agesilao, levantó el
campo y taló el país de nuevo. En Esparta, algunos,
ya de antemano sospechosos y de dañada intención,
como unos doscientos en número, se sublevaron y tomaron
el Isorio, donde está el templo de Ártemis, lugar
bien defendido y muy difícil de ser forzado; y como los
Lacedemonios quisieran ir desde luego a desalojarlos, temeroso
Agesilao de que sobreviniesen otras turbaciones, mandó
que todos guardasen sus puestos, y él, envuelto en su manto,
con sólo un criado se adelantó hacia ellos, gritándoles
que habían entendido mal su orden, pues no les había
dicho que fueran a aquel puesto, ni todos juntos, sino allí-
señalando distinto sitio-, y otros a otras partes de la
ciudad. Ellos, cuando lo oyeron, se alegraron, creyendo que nada
se sabía; y, separándose, marcharon a los lugares
que les designó. Agesilao, al punto, mandó otros
que ocuparan el Isorio, y respecto de los sublevados, habiendo
podido haber a las manos unos quince de ellos, por la noche les
quitó la vida. Denunciáronle otra conjuración
todavía mayor de Espartanos que se reunían y congregaban
se- cretamente en una casa con designio de trastornar el orden;
y teniendo por muy expuesto tanto el juzgarlos en medio de aquellas
alteraciones como el dejarlos continuar en sus asechanzas, también
a éstos les quitó la vida sin formación de
causa, con sólo el dictamen de los Éforos, no habiéndose
antes de entonces dado muerte a ningún Espartano sin que
precediese un juicio. Ocurrió también que muchos
de los ascripticios e hilotas que estaban sobre las armas se pasaban
desde la ciudad a los enemigos, y como esto fuese también
muy propio para causar desaliento, instruyó a sus criados
para que por las mañanas, antes del alba, fuesen a los
puestos donde dormían y recogiendo las armas de los desertores
las enterrasen, a fin de que se ignorara su número. Dicen
algunos que los Tebanos se retiraron de la Laconia a la entrada
del invierno, por haber empezado los Árcades a desertar
y a escabullirse poco a poco; pero otros dicen que permanecieron
tres meses enteros y que asolaron y arrasaron casi todo el país.
Teopompo es de otra opinión, diciendo que, resuelta ya
por los Beotarcas la partida, pasó a su campo un Espartano
llamado Frixo, llevándoles de parte de Agesilao diez talentos
por premio de la retirada; de manera que con hacer lo mismo que
tenían determinado, aun recibieron un viático de
mano de los enemigos.
XXXIII. No alcanzó cómo pudo ser que esta circunstancia
se ocultase a los demás y que sólo llegase a noticia
de Teopompo. En lo que todos convienen es en que a Agesilao se
debió el que entonces se salvase Esparta, por haber procedido
con gran miramiento y seguridad en los negocios, no abandonándose
a la ambición y terquedad, que eran sus pa- siones ingénitas.
Con todo, no pudo hacer que la república convaleciera de
su caída, recobrando su poder y su gloria, sino que, a
la manera de un cuerpo robusto que hubiera usado constantemente
de un régimen de sobra delicado y metódico, un solo
descuido y una pequeña falta bastó para corromper
el próspero estado de aquella ciudad, y no sin justa causa:
por cuanto con un gobierno perfectamente organizado para la paz,
para la virtud y la concordia quisieron combinar mandos e imperios
violentos, de los que no creyó Licurgo podía necesitar
la república para vivir en perpetua felicidad; y esto fue
lo que causó su daño. Desconfiaba ya entonces Agesilao
de poderse poner al frente de los ejércitos a causa de
su vejez, y su hijo Arquidamo, con el socorro que de Sicilia le
envió voluntariamente el tirano, venció a los Árcades
en aquella batalla que se llamó la sin lágrimas,
porque no murió ninguno de los suyos, habiendo perecido
muchos de los enemigos. Hasta entonces habían tenido por
cosa tan usual y tan propia suya vencer a los enemigos, que ni
sacrificaban a los dioses por la victoria, sino solamente un gallo,
de vuelta a la ciudad, ni se mostraban ufanos los que se habían
hallado en la batalla, ni daban señales de especial alegría
los que oían la noticia, y después de la célebre
batalla de Mantinea, escrita por Tucídides al primero que
trajo la nueva, el agasajo que le hicieron las autoridades fue
mandarle del banquete común una pitanza de carne, y nada
más; pero en esta ocasión, cuando después
de anunciada la victoria volvió Arquidamo, no hubo quien
pudiera contenerse, sino que el padre corrió a él
el primero llorando de gozo, siguiéndole los demás
magistrados, y la muchedumbre de los ancianos y mujeres bajó
hasta el río, tendiendo las manos y dando gracias a los
dioses porque Esparta había borrado su afrenta y volvía
a lucirle un claro día; pues hasta este momento se dice
que los hombres no habían alzado la cabeza para mirar a
las mujeres, avergonzados de sus pasadas derrotas.
XXXIV. Reedificada Mesena por Epaminondas, acudían de
todas partes a poblarla sus antiguos ciudadanos, y no se atrevieron
los Espartanos a disputarlo con las armas, ni pudieron impedirlo;
mas indignábanse con Agesilao, porque poseyendo una provincia
no menos poblada, que la Laconia, ni de menor importancia, después
de haberla disfrutado largo tiempo la perdían en su reinado.
Por lo mismo no admitió la paz propuesta por los Tebanos,
no queriendo en las palabras reconocer como dueños de aquel
país a los que en realidad lo eran; con lo que no sólo
no lo recobró, sino que estuvo en muy poco que perdiese
a Esparta, burlado con un ardid de guerra. En efecto: separados
otra vez los de Mantinea de los Tebanos, llamaron en su auxilio
a los Lacedemonios, y habiendo entendido Epaminondas que Agesilao
marchaba allá, y estaba ya en camino, partió por
la noche de Tegea sin que los Mantineenses lo rastreasen, encaminándose
con su ejército a Lacedemonia; y faltó muy poco
para que tomase por sorpresa la ciudad, que se hallaba desierta,
trayendo otro camino que el de Agesilao; pero avisado éste
por Eutino de Tespias, según dice Calístenes, o
por un Cretense, según Jenofonte, envió inmediatamente
un soldado de a caballo que lo participara a los que habían
quedado en la ciudad y él mismo volvió rápidamente
a Esparta. Llegaron a poco los Tebanos y, pasando el Eurotas,
acometieron a la ciudad, la que defendió Agesilao con un
valor extraordinario, fuera de su edad; porque no le pareció
que aquel era tiempo de seguridad y precauciones como el pasado,
sino más bien de intrepidez y osadía, en las que
antes no había confiado, pero a las que únicamente
debió ahora el haber alejado el peligro, sacándole
a Epaminondas la ciudad de entre las manos, erigiendo un trofeo
y haciendo ver a los jóvenes y a las mujeres unos Lacedemonios
que pagaban a la patria los cuidados y desvelos de su educación.
Entre los primeros, a un Arquidamo que combatía con el
mayor ardimiento y que pronto, por el valor de su ánimo
y por la agilidad de su cuerpo, volaba por las calles a los puntos
donde se hallaba más empeñada la pelea, oponiendo
por todas partes con unos pocos la mayor resistencia a los enemigos;
y a un Ísadas, hijo de Fébidas, que no sólo
para los ciudadanos, sino aun para los enemigos, fue un espectáculo
agradable y digno de admiración, porque era de bella persona
y de gran estatura, y en cuanto a edad se hallaba en aquella en
que florecen más los mocitos, que es cuando hacen tránsito
a contarse entre los hombres. Este, pues, desnudo de toda arma
defensiva y de toda ropa, ungido con abundante aceite, salió
de su casa, llevando en una mano la lanza y en la otra la espada,
y abriéndose paso por entre los que combatían se
metió en medio de los enemigos, hiriendo y derribando a
cuantos encontraba, sin que de nadie hubiese sido ofendido, o
porque hubiese parecido más que hombre a los enemigos.
Por esta hazaña se dice que los Éforos primero le
coronaron y luego le impusie- ron una multa de mil dracmas, en
castigo de haberse atrevido a salir a batalla sin las armas defensivas.
XXXV. Al cabo de pocos días tuvieron otra batalla junto
a Mantinea, y cuando Epaminondas llevaba ya de vencida a los primeros,
y aún acosaba y seguía el alcance, el espartano
Antícrates pudo acercársele y le hirió de
un bote de lanza, según lo refiere Dioscórides,
aunque los Lacedemonios llaman todavía Maqueriones en el
día de hoy a los descendientes de Antícrates, dando
a entender que lo hirió con el alfanje. Porque fue tanto
lo que le admiraron y aplaudieron por el miedo de Epaminondas
si viviera, que le decretaron grandes honores y presentes, y a
su posteridad le consedieron exención de tributos, la que
aun disfruta en nuestros días Calícrates, uno de
sus descendientes. Despue?s de esta batalla, y de la muerte de
Epaminondas, hicieron paz entre sí todos los Griegos, pero
Agesilao excluyó del tratado a los Mesenios, porque no
tenían ciudad. Admitiéronlos los demás, y
les tomaron el juramento, y entonces se apartaron los Lacedemonios,
quedando ellos solos en guerra, por la esperanza de recobrar a
Mesena. Parecíó, pues, Agesilao a todos con este
motivo hombre violento, terco y viciado en la guerra, pues socavaba
y destruía por todos los medios posibles la paz general,
no obstante verse reducido, por falta de caudales, a molestar
a los amigos que tenía en la ciudad, a tomar dinero a logro
y a exigir contribuciones, cuando debiera hacer cesar los males
de la república, pues que la ocasión le brindaba,
y no perder un poder y autoridad que había venido a ser
tan grande, y las ciudades amigas, la tierra y el mar, por sólo
el empeño de querer recobrar a viva fuerza las posesiones
y tributos de Mesena.
XXXVI Desacreditóse todavía mucho más poniéndose
a servir al egipcio Taco; pues no creían digno de un varón
que era tenido por el primero de la Grecia, y que había
llenado el mundo con su fama, entregar su persona a un bárbaro
rebelde a su rey y vender por dinero su nombre y su gloria, sentando
plaza de mercenario y de caudillo de gente colecticia. Pues si
siendo ya de más de ochenta años, y teniendo el
cuerpo acribillado de heridas, hubiera vuelto a tomar aquel decoroso
mando por la libertad de los Griegos, aún no habría
sido del todo irreprensible su ambición y el olvido de
sus años; porque aun para lo honesto y bueno deben ser
propios el tiempo y la edad, y en general lo honesto en la justa
medianía se diferencia de lo torpe; pero de nada de esto
hizo cuenta Agesilao, ni creyó que había cargo ninguno
público que debiera desdeñarse al par de vivir en
la ciudad y esperar la muerte estando mano sobre mano. Recogiendo,
pues, gente estipendiaria con fondos que Taco puso a su disposición,
y embarcándola en transportes dio la vela, llevando consigo,
como en años pasados, treinta Espartanos en calidad de
consejeros. Luego que aportó al Egipto, se apresuraron
a ir a la nave los primeros generales y oficiales del Rey para
ofrecérsele, siendo además grande la curiosidad
y expectación de todos los Egipcios por la nombradía
y fama de Agesilao; así es que todos corrieron a verle.
Mas luego que no advirtieron ninguna riqueza ni aparato, sino
un hombre anciano, tendido sobre la hierba en la orilla del mar,
pequeño de cuerpo y sin ninguna distinción en su
persona, envuelto en una mala y despreciable capa, dióles
gana de reír y de burlarse, repitiendo lo que dice la fábula:
El monte estaba de parto, y parió un ratón;
pero todavía se maravillaron mucho de lo extraño
de su porte cuando, habiéndole traído y presentado
diferentes regalos, recibió la harina, las terneras y gansos,
apartando de sí los pasteles, los postres y los ungüentos.
Hiciéronle ruegos e instancias para que los recibiese,
y entonces dijo a los que los traían que los entregaran
a los Hilotas. Lo que dice Teofrasto haber sido muy de su gusto
fue el papel de que hacían coronas, por lo ligero de éstas,
y que, por lo tanto, lo pidió y alcanzó del rey
al disponer su regreso.
XXXVII. Reunido con Taco, que se hallaba disponiendo los preparativos
de guerra, no fue nombrado general de todas las tropas, como lo
había esperado, sino sólo de los estipendiarios;
y de la armada naval, Cabrias Ateniense, siendo generalísimo
de todas las fuerzas el mismo Taco. Esto fue ya lo primero que
mortificó a Agesilao, a quien incomodó además
el orgullo y vanidad de aquel Egipcio; mas fuele preciso sufrirlo,
y con él se embarcó contra los Fenicios, teniendo
que obedecerle y aguantarle, muy contra lo que pedían su
dignidad y su carácter, hasta que se le presentó
ocasión. Porque Nectanabis, que era sobrino de Taco, y
que a sus órdenes mandaba parte de las tropas, se le rebeló,
y, declarado rey por los Egipcios, envió a rogar a Agesilao
que tuviera a bien auxiliarle, e igual súplica hizo a Cabrias,
prometiendo a ambos magníficos presentes. Entendiólo
Taco, y como les hiciese también ruegos, Cabrias tentó
el conservar a Agesilao en la amistad de Taco, persuadiéndole
y dándole satisfacciones; pero Agesilao le respondió
de esta manera: A ti ¡oh Cabriasí, que has
venido aquí por tu voluntad, te es dado obrar según
tu propio dictamen; mas yo he sido enviado como general a los
Egipcios por la patria, y no puedo por mí hacer la guerra
a aquellos mismos en cuyo auxilio he venido, si de la misma patria
no recibo otra orden. Dicho esto envió a Esparta
mensajeros que acusasen a Taco e hiciesen el elogio de Nectanabis.
También los enviaron éstos para negociar con los
Lacedemonios, el uno como aliado y amigo de antemano, y el otro
como que les sería más agradecido y más dispuesto
a servirlos. Los Lacedemonios, oídas las embajadas, a los
Egipcios les respondieron en público que lo dejaban todo
al cuidado de Agesilao; pero a éste le contestaron que
viera de hacer lo que más útil hubiera de ser a
Esparta. Con esta orden tomó consigo a sus estipendiarios
y se pasó a Nectanabis, valiéndose del pretexto
de la utilidad de la patria para cubrir una acción fea
y reparable, pues quitando este velo, el nombre que justamente
le convenía era el de traición. Los Lacedemonios,
dando a lo que es útil a la patria el primer lugar en lo
honesto, ni saben ni aciertan tener por justo sino lo que es en
aumento de Esparta.
XXXVIII. Abandonado Taco de los estipendiarios, huyó;
pero de Mendes salió contra Nectanabis otro que fue declarado
rey, y allegando cien mil hombres se presentó en la palestra.
Mostrábase confiado Nectanabis, diciendo que aunque aparecía
grande el número de los enemigos, eran gente colectiva
y menestral, despreciable por su indisciplina; pero Agesilao le
respondió que no era el número lo que temía,
sino aquella misma indisciplina e impericia, que hacia muy difícil
el poderlos engañar. Porque los engaños obran por
medio de una cosa extraordinaria en el ánimo de los que
se preparan a defenderse con conocimiento y esperanza de lo que
ha de suceder; pero el que ni espera ni medita nada no da asidero
a que se le haga ilusión, así como en la lucha no
presenta flanco por donde entrarle el que no se mueve; y a este
tiempo envió también el Mendesio quien explorara
a Agesilao. Temió, pues, Nectanabis, y previniéndole
Agesilao que diera cuanto antes la batalla; y no creyera que podía
pelear con el tiempo contra hombres inejercitados en la guerra,
que con el gran número podrían envolverle, tenerle
cercado y anticipársele en muchas cosas, concibió
mayor sospecha y miedo contra él, y se retiró a
una ciudad ventajosamente situada y rodeada de murallas en una
gran circunferencia. Sintió vivamente Agesilao y llevó
muy mal que se desconfiara de él; pero, causándole
vergüenza el haberse de pasar segunda vez a otro, y retirarse
al fin sin hacer nada, siguió a Nectanabis y se encerró
con él dentro de aquel recinto.
XXXIX. Acercándose los enemigos y formando trincheras
para poner el sitio, concibió otra vez miedo el Egipcio,
y quería salir a darles batalla, en lo que estaban muy
de acuerdo con él los griegos, porque en aquel terreno
se carecía de víveres; pero como Agesilao no viniese
en ello, y antes mostrase resistencia era todavía más
insultado y denostado de los Egipcios, que le llamaban traidor
al rey. Sufría con gran paciencia estas calumnias, teniendo
puesta su atención en el momento en que podría usar
de su inteligencia en el arte de la guerra, lo que era de este
modo: Habíanse propuesto los enemigos hacer un foso profundo
alrededor de las murallas para dejarlos enteramente encerrados.
Pues cuando ya los dos extremos de la zanja estaban cerca, yéndose
a buscar el uno al otro para ceñir en círculo a
la ciudad esperando que llegara la noche y dando orden de que
se armasen a los Griegos, se fue para el Egipcio, y Esta
es- le dijo- ¡oh joven! la ocasión que para no malograrla
no he querido anunciar hasta que ha llegado. Los enemigos mismos
han provisto a vuestra seguridad con sus manos abriendo este foso,
del cual la parte ya hecha es un impedimento para su gran número,
y la parte que resta nos da la proporción de pelear con
una exacta igualdad contra ellos. Ea, pues: muéstrate ahora
varón esforzado y, cargando impetuosamente con nosotros,
sálvate a ti mismo y salva al ejército, pues los
enemigos que tendremos al frente no nos resistirán, y los
otros, a causa del foso, no podrán ofendernos. Maravillóse
Nectanabis de la previsión de Agesilao, y puesto en medio
de los Griegos acometió y rechazó fácilmente
a los que se le opusieron. Cuando una vez tuvo ya Agesilao dócil
y obediente a Nectanabis, lo condujo segunda vez a usar, como
de una misma treta en la palestra, del mismo ardid con los enemigos.
Porque ora huyendo y apareciéndose, y ora haciendo como
que los perseguía, atrajo aquella muchedumbre a un sitio
en que había una gran profundidad, rodeada de agua por
uno y otro lado. Cerrando, pues, el medio, y ocupándolo
con el frente de su batalla, arrojó sobre la muchedumbre
a los enemigos que quisieron pelear, viendo que no tenían
medio de envolverle y cercarle; así murieron muchos, y
los que pudieron huir se dividieron y dispersaron.
XL. Desde entonces empezaron ya los negocios del Egipcio a ir
en bonanza y a ofrecer seguridad; por lo que, mostrándose
aficionado y reconocido a Agesilao, le rogaba que aguardase todavía
y pasase con él el invierno; pero Agesilao se propuso marchar
a la guerra en que se veía la patria, sabedor de que ésta
se hallaba sin recursos y tenía a su sueldo tropas extranjeras.
Despidióle, pues, aquel con el mayor aprecio y agasajo,
haciéndole las mayores honras y magníficos presentes
y dándole para la guerra doscientos treinta talentos. Más
levantóse una recia tempestad, por la que volvió
a tierra con sus naves, y arrojado a un punto desierto del África,
al que llaman el puerto de Menelao, allí falleció,
habiendo vivido ochenta y cuatro años y reinado en Esparta
cuarenta y uno, de los cuales por más de treinta fue tenido
por el varón mayor y más poderoso de la Grecia,
y casi reputado general y rey de toda ella hasta la batalla de
Leuctras. Era costumbre de los Espartanos que cuando los particulares
morían en tierra extraña quedaran y se enterraran
allí sus cadáveres, y que los de los reyes fuesen
llevados a Lacedemonia; así, los Espartanos que se hallaron
presentes barnizaron con cera el de Agesilao, a falta de miel,
y lo condujeron a Esparta. El trono lo ocupó su hijo Arquidamo,
y permaneció en su descendencia, hasta Agis, a quien por
tratar de restablecer el antiguo gobierno dio muerte Leónidas,
siendo este Agis el quinto después de Agesilao.
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