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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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AGIS Y CLEOMENES
I. No dejan de proceder con razón y tino
los que aplican a los ansiosos de gloria la fábula de Ixión,
que abrazó a una nube en lugar de Hera, y de aquel congreso
nacieron los Centauros, porque también aquellos, abrazando
la gloria como una imagen de la virtud, no hacen nada fijo y determinado,
sino cosas bastardas y confusas, llevados ora a una parte y otra
a otra, siguiendo los deseos y las pasiones ajenas, a manera de
lo que los vaqueros de Sófocles dicen de sus manadas: Siendo
de éstos los amos, les servimos; y aunque callan, es fuerza
hacer su gusto; que es lo que en realidad les sucede a los que
gobiernan según los deseos y caprichos de la muchedumbre,
sirviendo y complaciendo, para que los llamen demagogos y magistrados;
porque a la manera que los que hacen la maniobra en la proa de
la nave ven las cosas que se presentan delante antes que el piloto,
y sin embargo vuelven la vista a él y hacen lo que les
manda, de la misma suerte los que gobiernan y atienden a la gloria
sólo son sirvientes y criados de la muchedumbre, aunque
tengan el nombre de gobernantes.
II. Porque el que es consumado y perfectamente bueno ha de saber
pasarse sin la gloria, como no sea en cuanto sirve de apoyo para
los hechos por la confianza que da. Al que empieza y siente los
estímulos de la ambición se le ha de permitir el
envanecerse y jactarse hasta cierto punto con la gloria que resulta
de las acciones distinguidas, ya que las virtudes que nacen y
empiezan a arrojar pimpollos en los que son de esta índole,
y sus buenas disposiciones, se fortifican, como dice Teofrasto,
con alabanzas, y crecen para en adelante a la par de su noble
engreimiento; pero lo demasiado, si siempre es peligroso, en la
ambición de mando es una absoluta perdición. Porque
conduce a una manía y a un enajenamiento manifiesto a los
que llegan a conseguir un gran poder cuando quieren, no que lo
honesto sea glorioso, sino que lo glorioso sea precisamente honesto.
A la manera, pues, que Foción a Antípatro, que quería
de él una cosa menos honesta, le respondió que no
podía Foción ser a un mismo tiempo su amigo y su
adulador, esto mismo o cosa semejante se ha de decir a la muchedumbre;
no puede ser que tengáis a uno mismo por gobernador y por
sirviente. Porque sucede de este modo lo que al dragón,
del que cuenta la fábula que la cola movió pleito
a la cabeza, porque quería guiar alternativamente y a las
veces, y no siempre seguir a ésta, y habiéndose
puesto a guiar, ella misma se estropeó por no saber conducir,
y lastimó a la cabeza, precisada a seguir contra el orden
de la naturaleza a una parte ciega y sorda. Esto mismo es lo que
hemos visto suceder a muchos que quisieron hacerlo todo en el
gobierno a gusto de la muchedumbre; pues que habiéndose
puesto en la dependencia de ésta, que se conduce a ciegas,
no pudieron después corregir o contener el desorden. Hanos
dado ocasión para hablar así de la fama y gloria
que nace de la muchedumbre, el haber inferido cuánto es
su poder de lo que a Tiberio y Gayo Gracos les sucedió.
Eran de excelente carácter, habían sido muy bien
educados, se propusieron el mejor objeto al entrar en el gobierno,
y sin embargo los perdió no tanto un deseo desmedido de
gloria, como el miedo de caer de ella, nacido de una noble causa.
Porque habiendo merecido grande amor a sus conciudadanos, tuvieron
vergüenza de no continuar, como si hubieran contraído
una deuda; y mientras se esfuerzan en sobrepujar siempre con disposiciones
útiles los honores que se les dispensan, y son más
honrados cuanto más gobiernan a gusto de la muchedumbre,
inflamándose a sí mismos con igual pasión
respecto del pueblo, y al pueblo respecto de sí, no echaron
de ver que habían llegado a punto de no tener ya lugar
lo que suele decirse: Si no es bueno, en dejarlo no hay vergüenza;
lo que tú mismo comprenderás por la narración.
Comparámosle una pareja espartana de demagogos, que son
los dos reyes Agis y Cleómenes, pues también éstos,
dando más poder al pueblo, como aquellos, y restableciendo
un gobierno equitativo y bueno, pero desusado largo tiempo, de
la misma manera ofendieron a los poderosos, que no querían
perder punto de su codicia. No eran hermanos los dos Lacedemonios,
pero siguieron un modo de gobernar muy pariente, y aun hermano,
comenzando de este principio.
III. Desde que se introdujo en la república la estimación
del oro y de la plata, y a la posesión de la riqueza se
siguieron la codicia y la avaricia, y al uso y disfrute de ella
el lujo y la delicadeza, Esparta decayó de su lustre y
poder, y yació en una oscuridad nada correspondiente a
sus principios, hasta los tiempos en que reinaron Agis y Leónidas.
Era Agis Euripóntida hijo de Eudámidas, y sexto
desde Agesilao, el que invadió el Asia y alcanzó
el mayor poder entre los Griegos, porque de Agesilao fue hijo
Arquidamo, el que fue muerto por los Mesapios junto a Mandurio,
ciudad de Italia. De Arquidamo fue primogénito Agis, y
segundo Eudámidas, que sucedió en el reino, muerto
sin hijos Agis por Antípatro en Megalópolis. De
éste, Arquidamo; de Arquidamo, otro Eudámidas, y
de Eudámidas, hijo de Cleónimo, era Agíada
de la otra casa reinante, y el octavo desde Pansanias, el que
venció a Mardoni en la batalla de Platea, porque de Pansanias
fue hijo Plistonacte, y de Plistonacte Pansanias, que de Lacedemonia
huyó a Tegea; por su fuga reinó su hijo mayor Agesípolis,
y muerto éste sin hijos, el segundo, que era Cleómbroto.
De Cleómbroto fueron hijos otro Agesípolis y Cleómenes;
de los cuales Agesípolis ni reinó largo tiempo ni
dejó hijos; por tanto, reinó después de él
Cleómenes, que en vida perdió a Acrótato,
el mayor de sus hijos, dejando otro llamado Cleonimo, que no reinó,
sino Arco, nieto de Cleómenes, e hijo de Acrótato.
Muerto Areo en Corinto, obtuvo el reino su hijo Acrótato,
que fue vencido y muerto junto a Megalópolis por el tirano
Aristodemo, dejando encinta a su mujer. Nació un niño
varón, cuya tutela tuvo Leónidas, hijo de Cleonimo;
y después, muerto el pupilo en la menor edad, de este modo
se le defirió el reino. No era Leónidas muy del
gusto de sus conciudadanos, pues aunque todos igualmente habían
degenerado por la corrupción de su primer gobierno, se
observaba en Leónidas un desvío más manifiesto
de las costumbres patrias, como que había pasado largo
tiempo en las cortes de los Sátrapas, y había hecho
obsequios y rendimientos a Seleuco, y quería además,
sin gran discernimiento, hacer compatible aquel lujo y aquel fausto
con las costumbres griegas y con un medo de reinar sujeto a leyes.
IV. Agis, pues, en bondad de carácter y en magnanimidad
se aventajaba tanto no sólo a éste, sino quizá
a todos los que habían reinado después de Agesilao,
que, a pesar de haberse criado en la abundancia y en el regalo
y delicadeza de las mujeres, por ser su madre Agesístrata
y su abuela Arquidamia las que más riquezas poseían
entre los Lacedemonios, aun no había cumplido los veinte
años cuando al punto se declaró contra todos los
placeres; y renunciando a todo lujo, para no conceder nada a la
gracia de la figura con quitar lo que parece un inútil
ornato del cuerpo, empezó a hacer gala de la capa espartana
y a gastar de las comidas, de los baños y del modo de vivir
lacónicos, diciendo que en nada tenía el reino,
si por él no recobraba las antiguas leyes y las costumbres
patrias.
V. El principio de la corrupción y decadencia de la república
de los Lacedemonios casi ha de tomarse desde que, destruyendo
el imperio de los Atenienses, comenzaron a abundar en oro y en
plata. Con todo, habiendo establecido Licurgo que no se introdujese
confusión en la sucesión de las casas, y dejando
en consecuencia el padre al hijo su suerte, puede decirse que
esta disposición y la igualdad que ella mantuvo preservaron
a la república de otros males; pero siendo Éforo
un hombre poderoso y de carácter obstinado y duro, llamado
Epitadeo, por disensiones que había tenido con su hijo,
escribió una retra, por la cual era permitido a todo ciudadano
dar su suerte en vida a quien quisiese, o dejársela por
testamento. Éste, pues, para satisfacer su propio enojo,
propuso la ley, pero los demás ciudadanos, admitiéndola
y confirmándola por codicia, destruyeron uno de los más
sabios establecimientos. Porque los poderosos adquirieron ya sin
medida, arrojando de sus suertes a los que les alindaban; y bien
presto, reducidas las haciendas a pocos poseedores, no se vio
en la ciudad más que pobreza, la cual desterró las
ocupaciones honestas, introduciendo las que no lo son, juntamente
con la envidia y el odio a los que eran ricos. Así es que
no habrían quedado más que unos setecientos Espartanos,
y de éstos acaso ciento solamente eran los que poseían
tierras y suertes, y todos los demás no eran más
que una muchedumbre oscura y miserable, que en las guerras exteriores
defendía a la república tibia y flojamente, y en
casa siempre estaba en acecho de ocasión oportuna para
la mudanza y trastorno del gobierno.
VI Por esta razón, reputando Agis empresa muy laudable,
como en realidad lo era, la de restablecer la igualdad y llenar
la ciudad de habitantes, empezó a tantear los ánimos
de los ciudadanos; y lo que es los jóvenes se le manifestaron
prontos más allá de su esperanza, revistiéndose
de virtud y mudando de método de vida, como pudieran hacerlo
de un vestido, por amor a la libertad. De los ancianos, los más,
estando ya envejecidos en la corrupción, como esclavos
fugitivos que van a ser presentados a su señor, temblaban
a la idea de Licurgo, y se volvían contra Agis, que se
lamentaba del estado presente de la república y echaba
de menos la antigua dignidad de Esparta. Lisandro, hijo de Libis,
y Mandroclidas de Écfanes, y con ellos Agesilao, entraban
gustosos en sus nobles designios, y le incitaban a la ejecución.
Lisandro gozaba de la mayor reputación entre los ciudadanos;
Mandroclidas era el más diestro de los Griegos en el manejo
de los negocios, y con esta habilidad juntaba la osadía
y el no desdeñar, cuando eran menester, el artificio y
el engaño. Agesilao era tío del rey, hombre elocuente,
aunque por otra parte flojo y codicioso; mas no se dudaba que
a éste quien le movía y aguijoneaba era su hijo
Hipomedonte, mozo acreditado en muchas guerras y de grande influjo,
por tener a todos los jóvenes de su parte; pero la causa
principal que incitaba a Agesilao a tomar parte en lo que se traía
entre manos eran sus muchas deudas, de las que esperaba quedar
libre con la mudanza de gobierno. Por tanto, apenas Agis lo atrajo
a su partido, lo encontró dispuesto a procurar de consuno
persuadir a su madre, que era hermana de éste, y que por
la muchedumbre de sus colonos, de sus amigos y sus deudores gozaba
del mayor poder en la ciudad y tenía grande intervención
en los negocios públicos.
VII. Al oír ésta la proposición, se asustó
al pronto, pareciéndole que las cosas que Agis meditaba
no eran ni convenientes ni posibles; pero tranquilizándola
por una parte Agesilao con decirle que el proyecto era laudable
y saldría bien, y rogándole por otra el rey que
no antepusiese los intereses a su honor y a su gloria, pues que
en riqueza no podía igualarse con los otros reyes, cuando
los criados de los sátrapas y los esclavos de los procuradores
de Tolomeo y Seleuco poseían más hacienda que todos
los reyes de Esparta juntos; mas, si oponiendo al lujo de éstos
la moderación, la sencillez y la magnanimidad, restableciese
entre sus conciudadanos la igualdad y comunión de bienes,
adquiriría nombre y gloria de un rey verdaderamente grande;
de tal manera cambiaron aquellas mujeres de opinión, inflamadas
por la ambición de este joven, y tan arrebatadas se sintieron
como por una inspiración hacia la virtud, que ellas mismas
incitaban ya y estimulaban a Agis, y enviaban quien exhortara
a los amigos, y quien hablara a las demás mujeres, mayormente
sabiendo que los Lacedemonios son mandados por éstas más
que otros algunos, y que más que sus negocios privados
comunican con ellas los negocios públicos. Pertenecía
entonces a las mujeres la mayor parte de las riquezas, y esto
era lo que más dificultades y estorbos oponía a
los intentos de Agis; pues tenía por contrarias a las mujeres,
a causa de que iban a decaer de su hijo, en el que por falta de
virtudes tenían puesta su felicidad, y de que veían,
además, desvanecérseles el honor y consideración
de que disfrutaban por ser ricas. Dirigiéndose, por tanto,
a Leónidas, le estimulaban a que, pues era el más
antiguo, contuviera a Agis y estorbara lo que se intentaba; lo
que es Leónidas quería ponerse de parte de los ricos,
pero temiendo al pueblo inclinado a la mudanza, no se atrevía
a oponerse abiertamente, y sólo a escondidas ponía
por obra todos los medios de desacreditar y desbaratar lo comenzado,
hablando a los magistrados y sembrando sospechas contra Agis,
como que por premio de tiranía alargaba a los pobres los
bienes de los ricos, y con el reparto de tierras y la abolición
de las deudas quería comprar satélites y guardias
para sí, no ciudadanos para Esparta.
VIII. A pesar de esto, habiendo proporcionado Agis, que Lisandro
fuese nombrado Éforo, pasó inmediatamente una retra
suya a los ancianos, cuyos capítulos eran: que los deudores
quedarían libres de sus deudas; que se dividiría
el territorio, y de la tierra que hay desde el barranco de Pelena
al Taígeto, a Malea y a Selasia, se formarían cuatro
mil quinientas suertes, y de la que cae fuera de esta línea,
quince mil, y ésta se repartiría entre los colonos
que pudieran llevar armas, y la de dentro de la línea entre
los mismos Espartanos; que el número de éstos se
completaría con aquellos colonos y forasteros que se recomendasen
por su figura y su educación liberal, y que estando en
buena edad tuviesen la conveniente robustez; y, finalmente, que
estos nuevos Espartanos se dividirían en quince mesas o
banquetes de doscientos a cuatrocientos, observando el mismo método
de vida que sus progenitores.
IX. Propuesta la retra, los ancianos no pudieron convenirse en
un mismo dictamen, por lo que Lisandro convocó a junta,
en la cual habló a los ciudadanos, y Mandroclidas y Agesilao
les rogaron que por unos cuantos hombres dados al regalo no miraran
con desdén el restablecimiento de la dignidad de Esparta,
sino que trajeran a la memoria los oráculos antiguos, en
que se les prevenía se guardaran de la codicia, que había
de ser la ruina de Esparta, y el que recientemente les había
venido de Pasífae. El templo y oráculo de Pasífae
existía en Tálamas, y dicen algunos que ésta
era una de las Atlántides nacidas de Zeus, la cual había
sido madre de Amón: otros, que la hija de Príamo,
Casandra, que allí había fallecido, y que por revelar
a todos sus vaticinios se llamaba Pasífae; pero Filarco
escribe haber sido la hija de Amiclas, llamada Dafne, la que,
huyendo de Apolo, que quería violentarla, se convirtió
en planta tenida en aprecio por el dios, y dotada con la virtud
profética. Refiérese, pues que también los
vaticinios de esta ninfa habían ordenado a los Espartanos
que vivieran en igualdad, según la ley que al principio
les había dado Licurgo. Finalmente, pareciendo en medio
el rey Agis, les hizo un breve discurso, diciendo que para el
gobierno que establecía no contribuía con poco,
pues ofrecía y presentaba toda su hacienda, que era cuantiosa
en campos y en ganados, y sin ésto montaba en dinero a
seiscientos talentos y lo mismo hacían su madre y abuela,
y sus amigos y deudos, que eran los más acaudalados de
los Espartanos.
X. Dejó pasmado al pueblo la magnanimidad de este joven,
y se mostraba muy contento porque al cabo de unos trescientos
años había parecido un rey digno de Esparta; pero
Leónidas se creyó por lo mismo más obligado
a hacer oposición, echando la cuenta de que le había
de ser preciso hacer otro tanto sin que los ciudadanos se lo agradecieran
igualmente; porque sucedería que, a pesar de poner todos
y cada uno cuanto tenían, el honor sería solamente
para el que había comenzado. Preguntó, pues, a Agis
si entendía que Licurgo había sido un varón
justo y celoso, y como dijese que sí: ¿Pues
cómo- le replicó- no hizo Licurgo aboliciones de
deuda, ni admitió a los extranjeros a la ciudadanía,
ni creyó que podría estar bien constituida la república
que no diese la exclusiva a los forasteros? Mas respondióle
Agis que no se maravillaba de que Leónidas, criado en tierra
extraña y padre de hijos nacidos de matrimonios contraídos
con hijas de sátrapas, desconociera a Licurgo, el cual
juntamente con el dinero había desterrado de la ciudad
el tomar y el dar a logro, y con más odio que a los forasteros
de otras ciudades miraba a los que en Esparta desdecían
de los demás en su modo de pensar y en su método
de vida. Porque si no dio acogida a aquellos, no fue por hacer
guerra a sus personas, sino temiendo su conducta y sus modales,
no fuera que, fundidos con sus ciudadanos, engendraran en ellos
el amor al regalo, la molicie y la codicia; y así era que
Terpandro, Tales y Ferecides, con ser extranjeros, habían
recibido los mayores honores en Esparta, a causa de que en sus
versos y en sus discursos conformaban enteramente con Licurgo.
Tú mismo- le dijo- alabas a Écprepes, porque
siendo Éforo cortó con la azuela dos de las nueve
cuerdas del místico Frinis, y también a los que
hicieron otro tanto después con, Timoteo, y de mí
te ofendes porque quiero desterrar de Esparta para el regalo,
el lujo y la vana ostentación; como si aquellos no se hubieran
propuesto quitar en la música lo superfluo y excesivo,
para que no llegáramos a este extremo de que el desorden
y abandono en la conducta y usos de cada uno hayan hecho una república
disonante y disconforme consigo misma.
Xl.- En consecuencia de esto, la muchedumbre se decidió
por Agis; pero los ricos rogaban a Leónidas que no los
abandonase, y lo mismo a los ancianos, cuya autoridad tomaba la
principal fuerza de haber de preceder su dictamen; así,
que con las súplicas y las persuasiones alcanzaron, por
fin, que ganaran por un voto los que desaprobaban la retra. Mas
Lisandro, que todavía conservaba su cargo, se propuso perseguir
a Leónidas, valiéndose de una ley antigua que prohibía
que un Heraclida tuviera hijos en mujer extranjera, y que imponía
pena de muerte al que saliera de Esparta para trasladar su domicilio
a otro Estado. Acerca de esto instruyó a otros, y él
con sus colegas se puso a observar la señal Redúcese
ésta práctica a lo siguiente: de nueve en nueve
años escogen los Éforos una noche del todo serena
y sin luna; siéntanse y se están callados mirando
al cielo, y si una estrella pasa de una parte a otra, juzgan que
los reyes han faltado en las cosas de religión, y los suspenden
de la autoridad hasta que viene de Delfos o de Olimpia un oráculo
favorable a los reyes suspensos. Diciendo, pues, Lisandro que
él había visto la señal, puso en juicio a
Leónidas, y presentó testigos que declararon haber
tenido dos hijos en una mujer asiática, que le había
sido ofrecida en matrimonio por un subalterno de Seleuco, con
quien habitaba, y que odiado y mal visto de la mujer, había
vuelto a Esparta contra su anterior propósito, y había
ocupado el reino, que carecía de sucesor; al mismo tiempo
que le suscitaba esta causa, persuadió a Cleómbroto
que reclamara el trono, por ser de la familia real, aunque era
también yerno de Leónidas. Concibió éste
gran temor, y se refugió al Calcieco, que era un templo
de Atena, donde acudió asimismo a suplicar por él
la hija, dejando a Cleómbroto. Llamado, pues, a juicio,
como no compareciese, lo dieron por decaído del reino,
y lo adjudicaron al yerno.
XII. Salió en tanto de su cargo Lisandro, por haberse
cumplido el tiempo, y los Éforos entonces nombrados restablecieron
a Leónidas, que lo solicitó; y a Lisandro y Mandroclidas
les formaron causa por haber decretado fuera de la ley la abolición
de las deudas y el repartimiento de tierras. Viéndose éstos
en peligro, persuadieron a los reyes que, poniéndose de
acuerdo, no hicieran cuentas de las determinaciones de los Éforos,
porque las facultades de éstos sólo se ejercitaban
en la discordia de los reyes para agregar su voto al de aquel
cuya opinión era más acertada, cuando el otro se
oponía a lo que pedía el bien público; pero
cuando los dos reyes estaban conformes, su autoridad era irrevocable,
y era contra ley el oponérseles; así que, como les
era concedido a los Éforos interponerse y dirimir sus discordias
cuando altercaban, les era vedado estorbarlos cuando sentían
de un mismo modo. Persuadidos ambos de esto, bajaron a la plaza
con sus amigos e hicieron levantar de sus sillas a los Éforos,
nombrando en su lugar otros, de los que era uno Agesilao. Armaron
enseguida a muchos de los jóvenes, y dando libertad a los
que habían sido puestos en prisión, se hicieron
temibles a los contrarios, pareciendo que iba a haber muchas muertes;
pero no dieron muerte a nadie, y antes bien, queriendo Agesilao
atentar contra Leónidas, que salía para Tegea, enviando
gentes al camino contra él, Agis, que llegó a entenderlo,
mandó otras personas de su confianza que, protegiendo a
Leónidas, le condujeran a Tegea con toda seguridad.
XIII. Cuando las cosas iban así por su camino, sin que
nadie contradijese u opusiese el menor obstáculo, Agesilao
sólo lo trastornó y desbarató todo, echando
por tierra la ley más sabia y más espartana, llevado
de la más ruin y baja de todas las pasiones, que es la
codicia de riqueza. Pues como poseyese muchos y muy fructíferos
terrenos, y por otra parte estuviese agobiado de enormes deudas,
no pudiendo pagar éstas, y no queriendo desprenderse de
aquellos, hizo creer a Agis que si ambas cosas se proponían
a un tiempo sería grande la inquietud que habría
en la ciudad; mas que si con la abolición de las deudas
se lisonjeaba antes un poco a los propietarios, después
recibirían sin alboroto y con menor disgusto, el repartimiento
de los terrenos; y en este mismo pensamiento entró Lisandro,
seducido igualmente por Agesilao. Pusiéronse, pues, en
la plaza en un rimero los vales de los deudores, a los que se
daba el nombre de Claria, y se les dio fuego. No bien empezaron
a arder, cuando los ricos y los que hacían el cambio se
retiraron, no sin gran pesadumbre; pero Agesilao, en tono de burla
e insulto, decía que no se había visto nunca llama
más luciente ni fuego más claro, y solicitando la
muchedumbre que en seguida se hiciera el repartimiento de tierras,
para lo que los reyes interponían también su autoridad,
Agesilao siempre entremetía otros negocios, y se aprovechaba
de cualquier pretexto para ganar tiempo hasta que Agis tuvo que
salir a campaña, con motivo de pedir los Aqueos, que eran
aliados, socorro a los Lacedemonios, pues no se dudaba que los
de Etolia iban por las tierras de Mégara a invadir el Peloponeso,
y para impedirlo, Arato, general de los Aqueos, había juntado
tropas y escrito a los Éforos.
XIV. Habilitaron éstos sin dilación a Agis, engreído
con la ambición y entusiasmo de los que bajo él
militaban; porque siendo en la mayor parte jóvenes y pobres,
guarecidos ya con la inmunidad y soltura de sus deudas, y alentados
con la esperanza de que se les repartirían las tierras
cuando volvieran de la expedición, se presentaron a Agis
de un modo singular y admirable, y fueron para las ciudades un
nunca visto espectáculo, marchando por el Peloponeso sin
causar el menor daño, con la mayor apacibilidad, y casi
puede decirse que sin hacer ruido; de manera que los Griegos estaban
maravillados, y se decían unos a otros: ¡Cuál
sería el orden del ejército de Esparta cuando tenía
por caudillo a Agesilao, o a aquel Lisandro, o a Leónidas
el Mayor, si ahora es tanto el respeto y miedo de los soldados
a un mozo que casi es el más joven de todos! Además,
este mismo joven con no ostentar distinción ninguna en
la sencillez, en la tolerancia del trabajo, en las armas ni en
el vestido, se hacía digno de ser visto e imitado de la
muchedumbre. Sin embargo, a los ricos no les agradaba este nuevo
porte, temiendo que pudiera ocasionar movimiento en los pueblos
para tomarle en todas partes por ejemplo.
XV. Reunido Agis con Arato cerca de Corinto, a tiempo que éste
estaba meditando sobre la batalla y sobre el orden en que dispondría
la formación contra los enemigos, manifestó el mayor
placer y una osadía no furiosa ni irreflexiva, porque dijo
que él era de opinión de que se diera la batalla,
y no se trasladara la guerra a la parte adentro de las puertas
del Peloponeso, pero que haría lo que Arato dispusiese,
pues era de más edad y mandaba a los Aqueos, a quienes
él había venido a prestar auxilio, y no a darles
órdenes ni a ser su caudillo. Batón de Sinope dice
que fue Agis el que no quiso pelear mandándoselo Arato:
pero se conoce que no ha visto lo que éste escribió
haciendo su apología sobre aquellas ocurrencias; y es que
había tenido por mejor dejar pasar a los enemigos, pues
que ya casi nada les faltaba a los labradores por recoger de sus
frutos, que arriesgarlo todo a la suerte de una batalla. Así,
luego que Arato resolvió no entrar en acción, despidió
a los auxiliares, colmándolos de elogios, y Agis, que se
había hecho admirar, ordenó la vuelta, porque las
cosas de Esparta se hallaban ya sumamente alteradas y revueltas.
XVI Agesilao, durante su magistratura, libre ya de la carga que
antes le oprimía, no se abstuvo de injusticia ninguna que
pudiera producir dinero, llegando hasta el extremo de haber intercalado
un mes sobre los doce del año, sin que hubiese llegado
el período ni lo permitiese la cuenta legítima de
los tiempos, y de haber exigido por él la contribución.
Más temiendo a los que se hallaban ofendidos, y viéndose
aborrecido de todos, asalarió guardias, y custodiado por
ellos bajó al Senado. De los reyes manifestaba que al uno
lo despreciaba enteramente, y que a Agis lo tenía en alguna
estimación, más que por ser rey por ser su pariente,
e hizo también correr la voz de que iba otra vez a ser
Éforo. Precipitóse con esto el que sus enemigos
se aventurasen a todo riesgo, y sublevándose trajeron de
Tegea a Leónidas, y lo restituyeron al mando, viéndolo
todos con el mayor placer; porque los había irritado el
que se les hubiese despojado de sus créditos y el territorio
no se hubiese repartido. A Agesilao, su hijo Hipomedonte, rogando
a los ciudadanos, de quienes era bienquisto por su valor, pudo
sacarlo fuera de la ciudad y salvarlo. De los reyes, Agis se refugió
al Calcieco, y Cleómbroto se acogió al templo de
Neptuno, y desde allí interponía ruegos, porque
parecía que con éste era con quien estaba peor Leónidas;
así es que, dejando en paz por entonces a Agis, subió
contra Cleómbroto con una partida de soldados, acusándole
con enojo sobre que, siendo su yerno, se había vuelto contra
él, le había arrebatado el reino y lo había
arrojado de la patria.
XVII. Nada tuvo que responder Cleómbroto, sino que, falto
de disculpa, se estuvo sentado callando; pero Quilonis, la hija
de Leónidas, antes se puso al lado del padre, mientras
fue agraviado, y separándose de Cleómbroto, que
le usurpaba el reino, prestaba servicios a aquel en su desgracia,
interponiendo ruegos a su lado mientras estuvo presente, y llorándole
en su ausencia, siempre indignada contra Cleómbroto. Mas
ahora, siguiendo las mudanzas de la suerte, se la vio hacer otras
súplicas sentada al lado del marido, al que alargaba los
brazos, teniendo sobre su regazo los hijos, uno a un lado y otro
a otro. En todos producían admiración y a todos
arrancaban lágrimas la bondad y piedad de aquella mujer,
la cual, haciendo notar el desaliño de sus ropas y de su
cabello: Este estado- dijo-, oh padre, y este lastimoso
aspecto no es de ahora, ni a él me ha traído la
compasión por Cleómbroto, sino que desde tus aflicciones
y tu destierro el llanto ha sido siempre mi comensal y mi compañero.
¿Y qué es lo que me corresponde ahora hacer, después
que tú has vencido y vuelto a reinar en Esparta? ¿Continuar
en estos desconsuelos, o tomar ropas brillantes y regias y desentenderme
de mi primero y único marido, muerto a tus manos? El cual,
si nada te suplica ni te persuade por medio de las lágrimas
de sus hijos y su mujer, todavía sufriría una pena
más amarga de su indiscreción que la que tú
deseas, con ver que yo, a quien ama tanto, muero antes que él.
Porque, ¿cómo podrá vivir ante las demás
mujeres la que nunca pudo alcanzar compasión ni del marido
ni del padre, y que mujer e hija parece que no han nacido sino
para las desgracias y las deshonras de los suyos? Y si éste
pudo tener alguna razón plausible, yo se la quité
uniéndome contigo y dando testimonio contra lo que ejecutaba;
pero tú ahora haces más disculpable su injusticia,
mostrando que el reinar es tan grande y tan digno de ser disputado,
que por él es justo dar muerte a los yernos y no hacer
caso de los hijos.
XVIII. Después de haberse lamentado Quilonis de este modo,
reclinó su cabeza sobre el hombro de Cleómbroto,
y volvió sus ojos lánguidos y abatidos con el pesar
a los circunstantes. Leónidas habló con los de su
partido, y concedió a Cleómbroto que se levantara
y saliera desterrado; pero rogó a la hija que se quedara,
y no abandonase a quien la amaba con tal extremo que acababa de
hacerla un favor tan señalado como el de la vida de su
marido. Mas no pudo persuadirla, sino que, entregando al marido
luego que se hubo levantado, uno de los hijos, y tomando ella
el otro, hizo reverencia al ara de Dios, y se marchó en
su compañía: de manera que si Cleómbroto
no estaba del todo corrompido por la vanagloria, debió
tener el destierro por una felicidad mayor que el reino, viendo
este rasgo de su mujer. Después de haber desterrado Leónidas
a Cleómbroto, despojó de su autoridad a los primeros
Éforos, y nombrado que hubo otros, al punto se puso en
acecho de Agis, y primero trató de persuadirle que saliera
de allí y reinara con él: porque los ciudadanos
le perdonarían, haciéndose cargo de que, como joven
y codicioso de fama, había sido engañado por Agesilao;
mas como Agis entrase en sospecha y permaneciese donde se hallaba,
se dejó ya de usar directamente de imposturas y engaños.
Anfares, Damócares y Arcesilao solían subir a hablarle,
y algunas veces, sacándole del templo, lo llevaban consigo
al baño, y luego lo volvían, siendo todos amigos
íntimos suyos; pero Anfares, que hacía poco había
tomado de Agesístrata ropas y vasos de mucho valor prestados,
se propuso ver cómo se deshacería del rey y de las
reinas madre y abuela para quedarse con ellos, y además
se dice que éste era el más subordinado a Leónidas
y el que más acaloraba a los Éforos, por ser uno
de ellos.
XIX. Agis permanecía constantemente en el templo, pero
a veces solía bajar al baño, y allí determinaron
prenderle, tomándole fuera del asilo. Observáronle,
pues, al volver del baño, y saliéndole al encuentro
le saludaron y acompañaron, trabando conversación
y usando de chanzas como con un joven que era su amigo. Al camino
por donde iban salía una senda oblicua que conducía
a la cárcel, y cuando llegaron a ella, Anfares, que por
ejercer magistratura iba al lado de Agis: Te llevo- le dijo-,
oh Agis, ante los Éforos para que des razón de tus
actos de gobierno; y Damócares, hombre forzudo y
alto, recogiéndole la capa alrededor del cuello, tiraba
de él. Otros, que de intento se le habían puesto
a la espalda, le daban asimismo empujones, y hallándose
sólo, sin que nadie le diera auxilio, le redujeron a la
cárcel. Presentóse al punto Leónidas, con
muchos de los soldados asalariados, y cercó el edificio
por la parte de afuera. Acudieron los Éforos, y llamando
a la cárcel a aquellos senadores que pensaban como ellos,
para entablar con él una forma de juicio le mandaron que
se defendiese acerca de las disposiciones por él tomadas.
Rióse el joven de aquella fingida apariencia, y Anfares
le dijo que ya lloraría y pagaría la pena de su
atrevimiento; pero otro de los Éforos, mostrándose
más benigno con Agis e indicándole el efugio de
que había de usar en su defensa, le preguntó si
aquellas cosas las había hecho violentado por Lisandro
y Agesilao. Respondió Agis que no había sido violentado
de nadie, sino que, emulando e imitando a Licurgo, había
determinado seguir sus huellas en el gobierno. Volvióle
a preguntar el mismo si estaba arrepentido de aquellas determinaciones,
y como contestase que no era cosa de arrepentirse de providencias
tan benéficas, aun cuando conocía que le amenazaba
el último peligro, le condenaron a muerte, y dieron orden
a los ministros para que lo llevaran al calabozo llamado Décade,
el cual era un apartamiento de la cárcel, donde ahogaban
a los sentenciados para darles muerte. Mas viendo Damócares
que los ministros no osaban acercarse a Agis, y que del mismo
modo los soldados presentes huían y se retiraban de semejante
acto, como que no era justo ni conforme a las leyes poner manos
en la persona del rey, amenazándolos e increpándolos
él mismo, llevó a empujones a Agis al calabozo,
porque ya muchos habían oído su prisión,
y había a la puerta gran alboroto y muchas luces, y habían
llegado también la madre y la abuela de Agis, gritando
y pidiendo que al rey de los Espartanos se le formara juicio y
se le concedieran defensas ante los ciudadanos. Mas por esto mismo
apresuraron su muerte, conociendo que lo librarían aquella
noche si concurría mayor gentío.
XX. Al tiempo de ir Agis al suplicio, vio que uno de los ministros
lloraba y se mostraba muy afligido, y le dijo: Cesa, amigo,
en tu llanto, pues aun muriendo tan injusta e inicuamente me aventajo
mucho a los que me quitan la vida; y al decir esto presentó
voluntariamente el cuello al cordel. Acercóse en esto Anfares
a la puerta, y levantando a Agesístrata, que se había
echado a sus pies, por el conocimiento y amistad: Nada violento-
le dijo- y que no sea llevadero se hará con Agis;
y le propuso que si quería podía entrar adonde estaba
el hijo. Pidiéndole ésta que entrara también
con ella su madre, le contestó Anfares que no había
inconveniente; y luego que hubieron entrado ambas, mandó
otra vez que cerraran la puerta de la prisión y entregó
al lazo la primera a Arquidamia, ya bastante anciana, y que había
envejecido en la mayor dignidad y honor entre sus conciudadanos.
Muerta ésta, mandó que pasara adelante Agesístrata;
la cual, luego que entró y vio al hijo arrojado en el suelo,
y a la madre muerta pendiente del cordel, ella misma la quitó
con los ministros, y tendiendo el cadáver al lado de Agis
lo cubrió y colocó tan decentemente como se podía.
Abrazóse después con el hijo, y besándole
el rostro: Tu demasiada bondad- exclamó-, oh hijo
mío, tu mansedumbre y tu humildad son las que te han perdido,
y a nosotras contigo. Estaba Anfares viendo desde la puerta
lo que pasaba, y entrando al oír esta exclamación,
dijo con cólera a Agesístrata: Pues que eres
de la misma opinión que tu hijo, tendrás el mismo
castigo; y Agesístrata, al ser llevada al cordel,
no dijo otra cosa sino: ¡Ojalá que esto sea
en bien de Esparta!.
XXI Al difundirse en el pueblo la nueva de aquella atrocidad
y sacarse de la cárcel los cadáveres, no fue tan
grande el miedo que aquella inspiró que no manifestaran
bien claramente los ciudadanos su sentimiento y su odio contra
Leónidas y Anfares, no habiéndose visto en Esparta,
a juicio de todos, otro hecho más cruel e impío
desde que los Dorios habitaban el Peloponeso. Porque en un rey
de los Lacedemonios, según parece, ni aún los enemigos
en las batallas ponían fácilmente la mano si con
él tropezaban, sino que le dejaban paso, de temor y respeto
a su dignidad. Así, en tantas guerras como los Lacedemonios
tuvieron con los Griegos, antes del tiempo de Filipo, uno sólo
murió herido de golpe de lanza, que fue Cleómbroto,
en Leuctras, pues aunque los Mesenios dicen que Teopompo murió
a manos de Aristómenes los Lacedemonios dicen que no fue
sino herido; mas en esto hay sus dudas: lo que no la tiene es
que en Lacedemonia, Agis fue el primero que murió condenado
por los Éforos, varón que había hecho en
Esparta cosas muy laudables y útiles, que se hallaba todavía
en aquella edad en la que, si los hombres yerran, hallan pronta
y fácil indulgencia, y que si dio motivo de queja, fue
más bien a sus amigos que a sus contrarios, con haber salvado
a Leónidas y haberse fiado de los otros de quienes se fió,
por ser demasiado sencillo y benigno.
[editar] Cleómenes
I. Muerto Agis, Leónidas anduvo tardo en prender a su
hermano Arquidamo, que inmediatamente se puso en huída;
pero a su mujer, que hacía poco había dado a luz
un niño, la echó de la casa propia, y por fuerza
la casó con su hijo Cleómenes, aunque todavía
no se hallaba enteramente en edad de tomar mujer; y es que no
quería se adelantara otro a aquel matrimonio, a causa de
que Agiatis había heredado la cuantiosa hacienda de su
padre Gilipo, y era en la edad y en la belleza la más aventajada
de las griegas, y en sus costumbres y conducta sumamente apreciable.
Dícese por lo mismo que nada omitió para que no
se la hiciera aquella violencia, pero enlazada con Cleómenes,
aunque aborrecía a Leónidas, era buena y cariñosa
esposa de aquel joven, el cual, además, se había
enamorado de ella, y en cierta manera participaba de la memoria
y benevolencia que a Agis conservaba su esposa; tanto, que muchas
veces le preguntaba sobre aquellos sucesos, y escuchaba con grande
atención la relación que le hacía de las
ideas y proyectos que tenía Agis. Era Cleómenes
amante de gloria, de elevado ánimo, y no menos que Agis
inclinado por carácter a la templanza y a la modestia;
mas no tenía la excesiva bondad y mansedumbre de éste,
sino que en su ánimo había una cierta punta de ira
y gran vehemencia para todo lo que reputaba honesto, y si le parecía
honestísimo mandar a los que voluntariamente obedecían,
tenía a lo menos por bueno el impeler a los que le repugnaban,
violentándolos hacia lo más conveniente.
II. No podía, por tanto, agradarle el estado de la república:
inclinados los ciudadanos al ocio y al deleite, y desentendiéndose
el rey de todos los negocios, si alguno no le turbaba el reposo
y el lujo en que quería vivir. Descuidábanse las
cosas públicas; porque cada uno no pensaba sino en el provecho
propio; y del ejercicio de la templanza, de la tolerancia y de
la igualdad entre los jóvenes, ni siquiera era seguro el
hablar, habiéndole venido de aquí a Agis su perdición.
Dícese además que Cleómenes, de joven, gustó
la doctrina de los filósofos, habiendo venido a Lacedemonia
Esfero Boristenita, y ocupándose, no sin esmero, en la
instrucción de aquellos mancebos. Era Esfero uno de los
primeros discípulos de Cenón Ciciense, y según
parece se prendó mucho del carácter varonil de Cleómenes,
y dio calor a su ambición. Cuéntase que, preguntado
Leónidas el mayor acerca del concepto en que tenía
al poeta Tirteo, respondió que le juzgaba muy bueno para
incitar los ánimos de los jóvenes, porque, llenos
de entusiasmo con sus poesías, se arriesgaban sin cuidar
de sí mismos en los combates; pues por lo semejante la
doctrina estoica, si para los de ánimo grande y elevado
tiene un no sé qué de peligroso y excesivo, cuando
se junta con una índole grave y apacible entonces es cuando
da su propio fruto.
III. Cuando por la muerte de Leónidas entró a reinar,
encontró la república del todo desordenada, porque
los ricos, dados a sus placeres y codicias, miraban con desdén
los negocios públicos; la muchedumbre, hallándose
infeliz y miserable, ni tenía disposición para la
guerra ni sentía los estímulos de la ambición
para la buena educación de los hijos; y a él mismo
no le había quedado más que el nombre de rey, residiendo
todo el poder en los Éforos. Propúsose, pues, desde
luego, alternar y mudar aquel estado, y teniendo por amigo íntimo
a un tal Xenares, que había sido su amador, a lo que los
Lacedemonios llaman ser inspirador, empezó a tantearle,
preguntándole qué tal rey había sido Agis,
de qué modo y por medio de quiénes había
entrado en aquel camino. Xenares, al principio, hacía con
gusto memoria de aquellos sucesos, refiriendo y explicando cómo
se había ejecutado cada cosa; mas cuando observó
que Cleómenes reinflamaba al oírle, y se mostraba
decididamente inclinado a las novedades de Agis, y que gustaba
que se las relatara muchas veces, le respondió con enfado,
como que estaba fuera de juicio, y por fin se apartó de
hablarle de tal negocio y de concurrir a su casa. No descubría,
sin embargo, a nadie la causa de esta separación, diciendo
solamente que el rey bien la sabía. De este modo Xenares
empezó a oponerse a sus ideas, y Cleómenes, juzgando
que los demás pensarían del mismo modo, sólo
de sí mismo esperó la ejecución de ellas.
Reflexionó después que en la guerra podría
hacerse mejor la mudanza que no en tiempo de paz, y con esta mira
indispuso a la república con los Aqueos, que ya habían
dado motivos de queja. Porque Arato, que era el que entre éstos
todo lo mandaba quiso desde el principio reunir a todos los del
Peloponeso en una asociación, y éste era el fin
de sus muchas expediciones y de su largo mando, por creer que
sólo así se librarían de ser molestados por
los enemigos de afuera. Habiéndosele agregado ya casi todos,
faltando solamente los Lacedemonios, los Eleos, y de los Árcades,
los que a los Lacedemonios estaban unidos; apenas murió
Leónidas, empezó a incomodar a los Arcades, talando
sus campos, sobre todo los de aquellos que confinaban con los
Aqueos, para tentar a los Lacedemonios, por lo mismo que miraba
con desdén a Cleómenes, como joven sin experiencia.
IV. En consecuencia de esto, los Éforos dieron principio
por enviar a Cleómenes a que tomara el templo y castillo
de Atena, llamado Belbina, punto que viene a ser la entrada de
la región lacónica, y que era entonces objeto de
disputa con los Megalopolitanos. Tomólo Cleómenes
y lo fortificó; no dio acerca de ello ninguna queja Arato,
sino que, moviendo por la noche con su ejército, entró
en los términos de los Tegeatas y Orcomenios; mas habiendo
mostrado miedo los traidores que le servían de guía,
se retiró, creyendo que aquello quedaría oculto;
pero Cleómenes, usando de ironía, le escribió
preguntándole, como si fueran amigos, dónde había
ido de noche; respondiéndole que, habiéndosele informado
de que iba a fortificar a Belbina, bajaba a estorbárselo;
y Cleómenes le envió de nuevo a decir que bien lo
creía: Pero si no tienes inconveniente- le añadió-,
dime: ¿para qué iban en pos de ti hachones y escalas?
Echóse Arato a reír con este chiste y preguntando:
¿Qué clase de joven es éste?
El lacedemonio Demócrates, que se hallaba desterrado: Sí
has de hacer algo contra los Lacedemonios- le respondió-,
el tiempo es éste, antes que le nazcan las presas a este
polluelo. En esto, hallándose Cleómenes en
la Arcadia con pocos caballos y trescientos infantes, le dieron
orden los Éforos de que se retirase, temiendo la guerra;
pero no bien se había retirado cuando Arato tornó
a Cafias; y entonces los Éforos volvieron a mandarle salir.
Tomó a Metidrio, y corrió el país de Argos,
con lo que los Aqueos marcharon contra él con veinte mil
infantes y mil caballos, mandados por Aristómaco, salióles
al encuentro Cleómenes junto a Palantio, y queriendo darles
batalla; temió Arato aquel arrojo y no permitió
al general entrase en batalla, sino que se retiró, improperado
de los Aqueos y escarnecido y despreciado de los Lacedemonios,
que no llegaban a cinco mil. Habiendo cobrado Cleómenes
con esto grande aliento, trataba de infundirle en sus ciudadanos,
y les trajo a la memoria aquel dicho de uno de sus antiguos reyes:
Que nunca los Lacedemonios acerca de los enemigos preguntan
cuántos son, sino dónde están.
V. Fue de allí a poco en auxilio de los Eleos, a quienes
los Aqueos hacían la guerra; y alcanzando a éstos
cerca del monte Liceo, cuando ya se retiraban, desordenó
y desbarató todo su ejército dando muerte a muchos
y tomando gran número de cautivos: habiendo corrido por
la Grecia la voz de haber muerto Arato en la batalla; pero éste,
sacando el mejor partido posible de aquella situación,
en seguida de la derrota marchó a Mantinea, cuando nadie
lo esperaba, tomó la ciudad, y se aseguró en ella.
Decayeron con esto enteramente de ánimo los Lacedemonios,
y tenían a raya a Cleómenes en punto a guerra, por
lo cual dispuso llamar de Mesena al hermano de Agis, Arquidamo,
a quien tocaba reinar por la otra casa, esperando que se debilitaría
el poder de los Éforos, si la autoridad real se ponía
con él en equilibrio estando completa, pero habiéndolo
entendido los que antes habían dado muerte a Agis, temerosos
de llevar su merecido si Arquidamo volvía, le recibieron
en la ciudad, en la que había entrado de oculto, y aún
le acompañaron; pero inmediatamente le quitaron la vida:
o contra la voluntad de Cleómenes, según siente
Filarco, o cediendo a los amigos, y abandonando a su odio al mismo
que había hecho venir, porque a ellos fue siempre a quienes
aquella atrocidad se atribuyó, pareciendo que habían
hecho violencia a Cleómenes.
VI Determinóse, sin embargo, a llevar a cabo la mudanza
proyectada, para lo que alcanzó con dádivas de los
Éforos que le permitieran salir a campaña, y también
trató de ganar a otros muchos ciudadanos por medio de su
madre Cratesiclea, que gastó y obsequió con profusión.
Más es: que no pensando ésta en volverse a casar,
se dice que a persuasión del hijo tomó por marido
a uno de los más principales en gloria y en poder. Moviendo,
pues, con su ejército, toma a Leuctras en los términos
de Megalópolis, y acudiendo pronto contra él el
socorro de los Aqueos, a las órdenes de Arato, a vista
de la misma ciudad fue vencida una parte de su ejército.
Mas sucedió que, no habiendo permitido Arato que los Aqueos
pasasen un barranco profundo, obligándoles a hacer alto
en la persecución de los enemigos, irritado de ello Lidíadas,
Megalopolitano, marchó con la caballería que tenía
cerca de sí, y continuando la persecución se metió
en un terreno lleno de viñas, de acequias y de tapias,
de donde, desuniéndosele la gente con estos estorbos, se
retiraba con dificultad. Advirtiólo Cleómenes, y
marchó contra él con los Tarentinos y Cretenses,
por los que fue muerto Lidíadas, aunque se defendió
con gran valor. Cobrando con esto grande ánimo los Lacedemonios,
acometieron con gritería a los Aqueos, e hicieron retirar
a todo su ejército. Habiendo sido grande el número
de muertos, todos los demás los entregó Cleómenes
en virtud de un tratado; pero en cuanto al cadáver de Lidíadas,
mandó que se le llevaran; y adornándole con púrpura
y poniéndole una corona, le hizo conducir hasta las mismas
puertas de Megalópolis. Este es aquel mismo Lidíadas
que abdicó la tiranía, dio libertad a sus conciudadanos
e incorporó a Megalópolis en la liga de los Aqueos.
VII. Cobró con esto mayor ánimo Cleómenes,
y estando en la inteligencia de que si hiciera la guerra a los
Aqueos, obrando en negocios libremente según su voluntad,
fácilmente los vencería, hizo ver al marido de su
madre, Megistónoo, que convenía deshacerse de los
Éforos, y poniendo en común las tierras para todos
los ciudadanos, restablecer la igualdad en Esparta y despertar
a ésta, y promoverla al Imperio de la Grecia; persuadido
éste, previno también a otros dos o tres de sus
amigos. Sucedió por aquellos mismos días que, habiéndose
dormido uno de los Éforos en el templo de Pasífae,
tuvo un maravilloso ensueño. Parecióle que en el
lugar en que los Éforos dan audiencia sentados había
quedado una sola silla, y las otras cuatro se habían quitado;
y que como esto le causase admiración, salió del
centro del templo una voz que dijo ser aquello lo que más
a Esparta convenía. Refirió el Éforo esta
visión a Cleómenes, y éste al principio se
sobresaltó, pensando que esto podía dirigirse a
sondearle por alguna sospecha; pero luego que se convenció
de que el que hacía la relación no mentía,
se tranquilizó, y tomando consigo a aquellos ciudadanos
que le parecía habían de ser más contrarios
a su designio, se apoderó de Herea y Alsea, ciudades sujetas
a los Aqueos. Introdujo después víveres en Orcomene,
se acampó junto a Mantinea, y yendo arriba y abajo con
continuas y largas marchas, quebrantó de tal modo a los
Lacedemonios, que a petición de ellos mismos dejó
la mayor parte en la Arcadia; y conservando consigo a los que
servían a sueldo, marchó con ellos a Esparta. En
el camino comunicó su proyecto a aquellos que creía
serle más adictos, y hacía su marcha con sosiego
y recato para sorprender a los Éforos cuando estuviesen
en la cena.
VIII. Cuando estuvo cerca de la ciudad, envió a Euriclidas
al lugar donde tenían los Éforos su cenador, como
que iba de su parte a darles alguna noticia relativa al ejército;
y Terición y Febis, y dos de los que se habían criado
con Cleómenes, a los que llaman Motaces, le seguían
con unos cuantos soldados. Todavía estaba Euriclidas haciendo
su relación a los Éforos cuando, entrando aquellos
con las espadas desenvainadas, empezaron a acuchillarlos. El primero
con quien tropezaron fue Agileo, y cayendo al golpe en el suelo,
se creyó que había muerto; mas él, arrastrándose
poco a poco, se salió del cenador, y pudo pasar a ocultarse
en un edificio muy pequeño que estaba contiguo. Era éste
el templo del Miedo, y siendo así que ordinariamente estaba
cerrado, entonces por casualidad se halla abierto; entrándose,
pues, en él, cerró la puerta. Los otros cuatro fueron
muertos, y con ellos más de diez de los que se pusieron
a defenderlos; pues que no ofendieron a los que se estuvieron
quedos ni detuvieron a los que quisieron salirse de la ciudad,
y aun usaron de indulgencia con Agileo, que al otro día
salió del templo.
IX. Tienen los Lacedemonios templos, no sólo del Miedo,
sino de la Muerte, de la Risa y de otros afectos y pasiones; mas
si veneran al Miedo, no es como a los Genios que queremos aplacar,
teniéndole por nocivo, sino en la persuasión de
que la república principalmente se sostiene con el temor;
y por esta razón los Éforos, al entrar a desempeñar
su cargo, mandan por pregón, según dice Aristóteles,
que se afeiten el bigote y observen las leyes, para no encontrarlos
indóciles. Lo del bigote, en mi concepto, lo comprenden
en el pregón para acostumbrar a los jóvenes a la
obediencia aun en las cosas más pequeñas. En mi
dictamen, asimismo no creían los antiguos que la fortaleza
era falta de miedo, sino más bien temor del vituperio y
miedo de la afrenta; porque los que más temor tienen a
las leyes, son los más osados contra los enemigos, y sienten
menos el padecer y sufrir los que más temen a que se hable
mal de ellos. Así, tuvo mucha razón el que dijo:
Allí está la vergüenza donde el miedo; Y Homero:
Yo os venero y temo, oh caro suegro; Y en otra parte: Callados
y temiendo a sus caudillos. Porque a los más les sucede
que muestran rubor ante aquellos a quienes temen; por esta causa
habían erigido los Lacedemonios templo al Miedo junto al
cenador de los Éforos, habiendo acercado la autoridad de
éstos muy próximamente a la de un monarca.
X. Luego que se hizo de día, proscribió Cleómenes
a ochenta ciudadanos, que entendió convenía saliesen
desterrados, y quitó las sillas de los Éforos, a
excepción de una que dejó para dar él mismo
audiencia en ella. Congregó enseguida junta del pueblo,
con el objeto de hacer la apología de las disposiciones
tomadas, en la que dijo que por la institución de Licurgo
a los reyes se asociaban los ancianos, y por largo tiempo estuvo
así gobernada la república, sin que se echase de
menos ninguna otra autoridad. Más adelante, prolongándose
demasiado la guerra contra los Mesenios, y no pudiendo los reyes
atender a los juicios por estar ocupados en los ejércitos,
fueron elegidos algunos de sus amigos, para que quedaran en su
lugar y acudieran a ellos los ciudadanos; y éstos fueron
los que se llamaron Éforos. Al principio no eran más
que unos ministros de los reyes; pero después, poco a poco
se atrajeron la autoridad, sin que se echara de ver que iban formándose
una magistratura propia; de lo que es indicio que aun hoy, cuando
los Éforos llaman al rey la primera y segunda vez, se niega
a ir; y llamando la tercera, se levanta y acude al llamamiento;
y el primero que extendió y dio más fuerza a esta
magistratura, que fue Asteropo, no la ejerció sino muchas
edades después. Y si hubieran usado de ella con moderación,
sería lo mejor sufrirlos; pero habiendo tentado hacer nula
la autoridad patria con un poder pegadizo, hasta el punto de proceder
contra los mismos reyes, desterrando a unos, dando a otros muerte
sin que preceda juicio y amenazando a todos los que desean ver
restablecida la excelente y divina constitución de Esparta,
esto ya es inaguantable. ¡Y ojalá hubiera sido
posible- añadió- desterrar sin sangre las pestes
que se han introducido en Lacedemonia, a saber: el regalo, el
lujo, las deudas, el logro y otros males más antiguos todavía
que éstos, la pobreza y la riqueza; porque en tal caso
me tendría por el más dichoso de los reyes en curar
a la patria sin dolor, como los médicos, pero ahora no
puedo menos de obtener perdón, de la necesidad en que me
he visto, del mismo Licurgo, que sin ser rey ni magistrado, sino
un particular que se proponía obrar como rey, se presentó
en la plaza con armas; de manera que el rey Carilao se refugió
al templo; mas como fuese justo y amante de la patria, tomó
luego parte en las disposiciones de Licurgo, y admitió
la mudanza del gobierno; pero ello es que el mismo Licurgo dio
con su conducta testimonio de que es difícil mudar el gobierno
sin violencia y terror; y aun yo he empleado los medios más
suaves y benignos que he podido, no habiendo más que quitar
los que podían ser estorbo a la salud de Lacedemonia; y
en beneficio de todos los demás hago la propuesta de que
sea común todo el territorio, de que se libre a los deudores
de sus obligaciones y de que se haga juicio y discernimiento de
los forasteros, para que, hechos Esparciatas los mejores de ellos,
salven la república con sus armas, y no veamos en adelante
con indiferencia que la Laconia sea presa de los Etolios e Ilirios
por falta de quien la defienda.
XI Él fue después el primero que hizo presentación
de sus haberes; y su padrastro Megistónoo, cada uno de
sus amigos, y por fin todos los ciudadanos, habiéndose
repartido el territorio. Asignó en esta distribución
su suerte a cada uno de los que él mismo había desterrado,
y se comprometió a restituirlos luego que todo estuviese
tranquilo. Llenó el número de ciudadanos con los
más apreciables de los colonos, formando con ellos una
división de cuatro mil infantes, y habiéndoles enseñado
a manejar con ambas manos la azcona en lugar de la lanza, y a
embrazar el escudo por el asa y no por la correa, convirtió
su cuidado a los ejercicios y educación de los jóvenes,
en lo que tuvo por principal auxiliador a Esfero, que allí
se hallaba. Con esto, en breve los ejercicios y banquetes espartanos
se pusieron en el pie conveniente, y unos pocos por necesidad,
la mayor parte por gusto, se redujeron a aquel método de
vida incomparable y enteramente espartano. Con todo, para suavizar
el nombre de monarquía, designó para reinar con
él a su hermano Euclidas, y sólo entonces se verificó
tener los Espartanos los dos reyes de una de las dos casas.
XII. Habiendo llegado a entender que los Aqueos y Arato estaban
persuadidos de que, no teniendo la mayor seguridad en sus negocios
por las novedades introducidas, no se hallaba en estado de salir
fuera de la Laconia, ni de dejar pendiente la república
en tiempos de tales agitaciones, creyó que no carecería
de grandeza y utilidad el hacer ver a los enemigos la excelente
disposición de su ejército. Invadiendo, pues, el
territorio de Megalópolis, recogió un rico botín
y taló gran parte de aquel. Por fin, llamando cerca de
sí a unos farsantes que iban a Mesena, y levantando un
teatro en el país enemigo, señaló a la representación
el precio de cuarenta minas, y asistió a ella un día
sólo, no porque gustase de aquel espectáculo, sino
para burlarse en cierto modo de los enemigos y hacer ostentación
de su gran superioridad, manifestando que los miraba con desprecio.
Pues, por lo demás, de todos los ejércitos, ya griegos
y ya del rey, éste sólo era al que no seguían
ni cómicos, ni juglares, ni bailarinas, ni cantoras, sino
que se conservaba puro de toda disolución y de toda vanidad
y aparato: estando por lo común ejercitados los jóvenes,
y ocupándose los ancianos en instruirlos, y cuando no tenían
otra cosa que hacer, pasando todos el tiempo en sus acostumbrados
chistes y en motejarse unos a otros con dichos graciosos y propiamente
lacónicos. Ahora, cuál sea la utilidad de esta especie
de juego, lo dijimos en la Vida de Licurgo.
XIII. Él era maestro de todos, poniéndoles a la
vista como un ejemplo de sobriedad su propio tenor de vida, en
la que nada había de exquisito, de artificioso o de extraordinario
que le distinguiese de los demás, lo que le dio grande
influjo en los asuntos de la Grecia. Porque los que tenían
que negociar con los otros reyes, no tanto se maravillaban de
su riqueza y su lujo como se incomodaban con su altanería
y orgullo, recibiendo con gravedad y aspereza a los que a ellos
acudían. Mas los que se presentaban a Cleómenes,
que en realidad era y se llamaba rey, al ver que no tenía
para el servicio de su persona ni púrpura ni preciosas
ropas, ni ricos escaños, ni muebles, y que para conseguir
su audiencia no había que vencer dificultades, ni el obstáculo
de muchedumbre de pajes, de porteros y secretarios, sino que él
mismo salía en persona a que le saludasen, vestido como
cualquiera particular, hablando a los que tenían negocios
y entreteniéndose con ellos festiva y humanamente, todos
le aplaudían y amaban, diciendo que él solo era
el verdadero descendiente de Heracles. Para su cena cotidiana
no había más de tres escaños, y era muy parca
y muy espartana; pero si convidaba a embajadores o tenía
huéspedes, entonces se ponían otros dos escaños,
y los sirvientes usaban para las mesas algún aparato, mas
no en exquisitos guisados, ni tampoco en pastas, sino en cuidar
de que los manjares estuviesen más abundantes y el vino
fuese de mejor calidad; así es que afeó a un amigo
el que, habiendo dado de comer a unos huéspedes, les hubiese
puesto el caldo negro y la torta de que en sus banquetes cívicos
usaban: porque decía que se había de cuidar de no
ser con los huéspedes tan rigurosamente espartanos. Levantada
la mesa, se traía un trípode, en que había
un lebrillo de bronce lleno de vino, dos ampollas de plata de
cabida de dos cótilas y algunos vasos de plata, en muy
corto número; con lo que bebía el que quería,
y al que lo repugnaba no se le alargaba el vaso. No había
música ni hacía falta, porque él mismo alegraba
aquel rato con su conversación, ya haciendo preguntas o
ya refiriendo acaecimientos, sin que en sus discursos se notase
una solicitud desagradable, sino más bien cierta festividad
graciosa y urbana. Porque el modo con que los otros reyes cazaban
a los hombres, cebándolos y corrompiéndolos con
dinero y con dádivas, creía que, sobre ser injusto,
era mal entendido; y al revés, el atraerlos y ganarlos
con pláticas y discursos sencillos y graciosos le parecía
lo más honesto y lo más digno de un rey, pues en
nada se diferencia el jornalero del amigo, sino en que éste
se adquiere con la conducta y el trato y el otro por dinero.
XIV. Fueron, pues, los Mantinenses los primeros que acudieron
a él, e introduciéndose de noche en la ciudad, arrojaron
la guarnición de los Aqueos, y se entregaron a los Lacedemonios.
Restituyóles sus leyes y gobierno, y en el mismo día
marchó para Tegea. Poco después, regresando por
la Arcadia, bajó contra Feras, ciudad de la Acaya, con
intento o de dar una batalla a los Aqueos, o de excitar sospechas
contra Arato, como que voluntariamente se retiraba y le abandonaba
el país; pues aunque entonces era general Hipérbatas,
toda la autoridad y el poder de los Aqueos residía en Arato.
Saliendo, pues, los Aqueos con todas sus fuerzas, y sentando su
campo en Dimas, junto al sitio llamado Hecatombeón, acudió
Cleómenes, y parece que hizo una cosa temeraria en ir a
ponerse en medio entre la ciudad de Dimas, que era enemiga, y
el campamento de los Aqueos; pero provocando con la mayor osadía
a éstos, los obligó a acometer; y venciéndolos
en batalla campal, destrozó su infantería con muerte
de muchos en el combate, y haciéndoles además gran
número de prisioneros. Cayó después sobre
Langón, y echando fuera a los Aqueos que estaban de guarnición,
restituyó la ciudad a los Eleos.
XV. Quebrantados así los Aqueos, Arato, acostumbrado a
ser siempre general un año sí y otro no, renunció
y se excusó de esta carga, no obstante que le instaron
y rogaron: cosa no bien hecha, en tan gran tormenta de los negocios
públicos, poner en otras manos el timón y abandonar
el mando. Por lo que hace a Cleómenes, al principio pareció
que tenía bastante consideración a los embajadores
de los Aqueos; pero enviando otros por su parte, propuso que había
de dársele la primacía, y que en lo demás
no altercaría con ellos, y aun les restituiría el
territorio ocupado y los cautivos. Convinieron los Aqueos en hacer
la paz aun con estas condiciones, y propusieron a Cleómenes
que pasara a Lerna, donde había de celebrar junta; pero
sucedió que, habiendo hecho Cleómenes una marcha
rápida, y bebido agua a deshora, arrojó cantidad
de sangre, y perdió enteramente la voz, por lo cual envió
a los Aqueos los más principales de los cautivos, y suspendiendo
la junta se retiró a Esparta.
XVI Perjudicó mucho este accidente a los negocios de la
Grecia, que hubiera podido reponerse de los males presentes y
librarse de los insultos y codicia de los Macedonios; pero Arato,
o por desconfianza y temor de Cleómenes, o quizá
por envidia a su no esperada prosperidad, dándose a entender
que habiendo él hombreado por treinta y tres años
sería cosa terrible que se apareciese de pronto un joven
a arrebatarle su gloria y su poder, y a ponerse al frente de unos
negocios que por él habían recibido aumento, y que
él había conducido y manejado por tan largo tiempo,
intentó, en primer lugar, que los Aqueos se opusieran a
lo que ya estaba acordado y lo estorbaran. Después, cuando
vio que no le escuchaban, por hallarse sobrecogidos de la intrepidez
de Cleómenes, y aun por parecerles justo el intento de
los Lacedemonios de restituir el Peloponeso a su esplendor antiguo,
convirtió su ánimo a otro proyecto, del que no podía
resultar utilidad alguna a ninguno de los Griegos, y que era además
vergonzoso para él, e indigno de sus anteriores hazañas
y de las miras con que se había conducido en el gobierno;
y fue el de atraer a Antígono sobre la Grecia, e inundar
el Peloponeso de aquellos mismos Macedonios que siendo mozo había
arrojado de él, poniendo en libertad la ciudadela de Corinto;
a lo que se agregaba que, habiéndose hecho sospechoso a
todos los reyes, y declarádose su enemigo, de Antígono
había dicho dos mil males en los Comentarios que nos dejó
escritos. Pues con ser esto así, y con decir él
mismo que había padecido y trabajado mucho por los Atenienses
para ver libre aquella ciudad de la guarnición de los Macedonios,
después a estos mismos los introdujo armados en la patria
y en su propia casa hasta los últimos rincones, al propio
tiempo que se desdeñaba de que un descendiente de Heracles
y rey de los Espartanos, que, como quien templa instrumentos desafinados,
restablecía el patrio gobierno, restituyéndolo a
la sabia ley de Licurgo y al templado método de vida de
los Dorios, tomara el título de general de los Sicionios
y Triteos. Huyendo, pues, de la torta y de la capa, y de lo que
acusaba como más duro en Cleómenes, que era la reducción
de la riqueza y el destierro de la miseria, se postraba a sí
mismo y postraba la Acaya ante la diadema, la púrpura y
los preceptos despóticos de Macedonios y de sátrapas,
por no estar a las órdenes de Cleómenes, haciendo
sacrificios por la salud de Antígono y entonando con corona
en la cabeza himnos en honor de un hombre lleno de corrupción
y pestilencia. No es nuestro ánimo, al referir estas cosas,
acusar a Arato, porque, en general, fue un varón digno
de la Grecia y de los más ilustres de ella, sino tomar
de aquí ocasión para compadecer la miseria de la
naturaleza humana, que aun en índoles tan dignas de alabanza
y tan inclinadas a toda virtud no puede producirse un bien perfecto
y que no esté sujeto a alguna reprensión.
XVII. Acudiendo los Aqueos a Argos otra vez con objeto de la
junta, y bajando de Tegea Cleómenes, tenían todos
grande esperanza de que verificaría la paz; pero Arato,
que en los puntos más capitales estaba ya convenido con
Antígono, temiendo que Cleómenes lo llevara todo
a cabo, reunió al pueblo, y aun se puede decir que lo violentó,
y quería que, tomando Cleómenes trescientos rehenes,
se presentara solo en la junta, o que conferenciaran fuera, junto
al gimnasio llamado Cilarabio, pudiendo entonces venir con tropas.
Al oírlo Cleómenes se quejó de que se le
hacía injusticia, pues que debían habérselo
dicho desde el principio y no desconfiar entonces, y hacerle retroceder
cuando ya había llegado a sus puertas; y habiendo escrito
sobre este incidente una carta a los Aqueos, que era en la mayor
parte una acusación de Arato, y llenádole a su vez
Arato de improperios ante la muchedumbre, se retiró al
punto con su ejército, y al mismo tiempo envió a
los Aqueos un heraldo declarándoles la guerra (no a Argos,
sino a Egio, como dice Arato), para no dar lugar a que pudieran
prevenirse. Grande fue entonces la turbación de los Aqueos,
inclinándoselas ciudades a la rebelión; de parte
de la plebe, porque esperaba el repartimiento de tierras y la
abolición de las deudas, y de parte de los principales,
porque les era molesto Arato, y aun algunos habían concebido
ira contra él porque les traía los Macedonios al
Peloponeso. Alentado, por tanto, con estos sucesos, Cleómenes
invadió la Acaya; tomó, en primer lugar, a Pelena,
cayendo sobre ella de improviso, y echó de allí
a los que la guarnecían juntamente con los Aqueos. Enseguida
atrajo a su partido a Feneo y Penteleo: y como los Aqueos, por
temor de que se hubiera fraguado alguna traición en Corinto
y Siciones, hubiesen enviado la caballería y las tropas
auxiliares desde Argos para custodia de estas plazas, mientras
ellos bajaban a Argos a celebrar los juegos nemeos, esperando
Cleómenes lo que era en realidad, que llena la población
de los concurrentes a la fiesta y de espectadores, si iba allá
de sorpresa sería mayor la turbación, condujo de
noche su ejército hasta el pie de las murallas, y tomando
el punto inmediato al Escudo que dominaba el teatro, lugar agrio
y poco accesible, los sobrecogió de tal manera que nadie
se movió a la defensa, sino que admitieron guarnición,
le entregaron veinte ciudadanos en rehenes y se hicieron aliados
de los Lacedemonios para militar a las órdenes de Cleómenes.
XVIII. Resultóle de aquí no pequeña gloria
y poder, porque los antiguos reyes de los Lacedemonios, por más
que habían hecho, nunca pudieron conseguir que Argos se
uniera firmemente a Esparta; y Pirro, el más hábil
de todos los generales, aunque llegó a entrarla por fuerza,
no sujetó la ciudad, sino que, murió en la empresa,
con pérdida de gran parte de sus tropas. Era, pues, admirada
la actividad y prudencia de Cleómenes; y si antes, cuando
decía que había imitado a Solón y a Licurgo
en la abolición de las deudas y en la igualación
de las haciendas, se le echaban a reír, entonces del todo
se convencieron de que él era la causa de la mudanza que
se veía en los Espartanos. Porque antes había sido
tal su decadencia y tan imposibilitados estaban de valerse, que
habiendo hecho los de Etolia una irrupción en la Laconia,
se les llevaron cincuenta mil esclavos: con alusión a lo
cual se cuenta haber dicho un anciano, de los Espartanos, que
les habían servido de auxilio los enemigos, aliviando a
la Laconia; y ahora, con sólo haber pasado un poco de tiempo,
en el que no habían hecho más que empezar a resucitar
las costumbres patrias y a restablecer un vestigio de su educación
antigua, habían ya dado a Licurgo, como si estuviera presente
y los gobernase, grandes muestras de valor y obediencia, restituyendo
a Lacedemonia el imperio de la Grecia y volviendo a recobrar el
Peloponeso.
XIX. Tomado Argos, se reunieron a Cleómenes inmediatamente
Cleonas y Fliunte, y hallándose por suerte a este tiempo
Arato en Corinto, ocupado en la averiguación de los que
se decía laconizaban o eran partidarios de los Lacedemonios,
le llegó la noticia de estos sucesos, la que le causó
gran sorpresa; y teniendo observado que la ciudad se inclinaba
a Cleómenes, como por otra parte los Aqueos quisiesen también
retirarse, convocó sí a junta a los ciudadanos,
pero escabulléndose, sin que lo entendiesen, marchó
a la puerta, y montando allí en un caballo que le trajeron,
huyó a Sicione. Apresuráronse los Corintios a marchar
a Argos para unirse a Cleómenes, tanto, que dice Arato
haberse reventado todos los caballos, y que Cleómenes les
hizo cargo de no haberle detenido y haberle dejado escapar; mas,
con todo, fue en su busca Megistónoo de parte del mismo
Cleómenes, a que le entregara el Acrocorinto, porque había
en él guarnición de Aqueos, haciéndole sobre
ello instancias y ofreciéndole gran suma de dinero: a lo
que le había respondido que no era dueño de los
negocios, sino los negocios de él: así lo dejó
escrito Arato. Cleómenes salió de Argos, y agregando
a su partido a los de Trecene, Epidauro y Hermíona, pasó
a Corinto, donde tuvo que circunvalar el alcázar, por no
querer los Aqueos desampararle. Al mismo tiempo envió a
llamar a los amigos y apoderados de Arato, y les dio orden para
que se incautaran de su casa y su hacienda y las tuvieran en buena
custodia y administración. Mandó asimismo en busca
de éste a Tritimalo de Mesena, para hacerle la proposición
de que el Acrocorinto fuese guardado a un tiempo por Aqueos y
Lacedemonios, y la particular oferta de una pensión doble
de la que recibía del rey Tolomeo. Mas como Arato se hubiese
negado y hubiese enviado a su hijo con otros rehenes a Antígono,
haciendo decretar a los Aqueos que a éste sería
a quien se entregase el Acrocorinto, en consecuencia Cleómenes
invadió la Sicionia, la taló y recibió en
dádiva la hacienda de Arato en virtud de decreto de los
Corintios.
XX. Pasó en esto Antígono la Geranea con grandes
fuerzas, y le pareció a Cleómenes que no debía
circunvalar y guardar el Istmo, sino los montes Oneos, y quebrantar
más bien a los Macedonios con una guerra de puestos, que
no venir a las manos en ordenada batalla; y haciéndolo
como lo había pensado, puso en grande apuro a Antígono,
porque ni había hecho suficiente acopio de víveres
ni era fácil forzar el paso, situado allí Cleómenes.
Intentó rodear de noche el Lequeo, y fue rechazado, con
pérdida de alguna gente, con lo que se alentó extraordinariamente
Cleómenes, y sus tropas, engreídas, con la victoria,
se fueron tranquilas a preparar la cena; como, por el contrario,
decayó de ánimo Antígono, reducido a no tomar
sino partidos desesperados en semejante conflicto. Así
pensó en ir a tomar la cresta del Hereo, y desde allí
pasar en barcos las tropas a Sicione, aunque esto era obra de
mucho tiempo y de no comunes preparativos; pero ya a la caída
de la tarde vinieron de Argos por mar unos amigos de Arato, enviados
por éste a llamarle, con motivo de que los Argivos se habían
rebelado a Cleómenes. Era Aristóteles quien había
negociado esta defección, no habiéndole sido fácil
persuadir a la muchedumbre, irritada porque Cleómenes no
había hecho la abolición de deudas con que ella
se había lisonjeado. Tomando, pues, Arato mil quinientos
soldados de los de Antígono, los condujo por mar a Epidauro;
pero Aristóteles ni siquiera lo esperó, sino que,
poniéndose al frente de los ciudadanos, acometió
a los que guardaban la ciudadela, y al mismo tiempo acudió
en su auxilio Timóxeno, que con tropas de los Aqueos vino
desde Sicione.
XXI Llegaron estas nuevas a Cleómenes a la segunda vigilia
de la noche; y haciendo llamar a Megistónoo, le mandó
con enfado que fuese al punto a dar socorro contra los de Argos,
porque él había sido la principal causa de que Cleómenes
se hubiera fiado demasiado de los Argivos, y quien le estorbó
que no desterrase a los sospechosos. Enviando, pues, a Megistónoo
con dos mil hombres, él se quedó en observación
de Antígono, y tranquilizó a los Corintios, diciéndoles
que no había sido cosa lo de Argos sino un alboroto suscitado
por unos cuantos. Mas sucedió que Megistónoo, llegado
a Argos, murió en el combate, y los de la guarnición
se sostenían con gran dificultad, enviando continuos partes
a Cleómenes. Temiendo, pues, no fuera que los enemigos
se apoderaran de Argos y, tomándole los pasos, talaran
a su placer la Laconia y sitiaran a Esparta, que había
quedado sin gente, sacó al punto su ejército de
Corinto, ciudad que perdió bien pronto, entrando en ella
Antígono y poniendo guarnición. Cayó sobre
Argos, con ánimo de escalar la muralla, para lo que reunió
su ejército, que estaba en marcha; y habiéndose
abierto paso por las bóvedas del Escudo, subió y
se incorporó con los de la guarnición, que todavía
resistían a los Aqueos. Arrimando después las escalas,
tomó algunos puntos de la ciudad, y desembarazó
las calles de enemigos, habiendo dado orden a los Cretenses de
que usaran de las ballestas. Mas habiendo visto que Antígono
bajaba desde las cumbres a la llanura con la infantería,
y que ya los caballos corrían apresuradamente hacia la
ciudad, desconfió de reducirla, y juntando toda su gente,
bajó con entera seguridad y se retiró resguardado
de la muralla; y habiendo venido a cabo de grandes empresas en
muy breve tiempo, y estando en muy poco el que en una vuelta,
como quien dice, no se hubiera hecho duelo de todo el Peloponeso,
también en un momento se le fue todo de las manos, porque
de los aliados unos le abandonaron desde luego y otros hicieron
después entrega de sus ciudades a Antígono.
XXII. Cuando tan mal le sucedían las cosas de la guerra
e iba en retirada con su ejército, ya tarde, cerca de Tegea,
llegaron mensajeros de Lacedemonia trayéndole nuevas de
una desventura en nada inferior a las que le aquejaban, y era
la de la muerte de su mujer, por sola la cual se mostraba poco
sufrido aun en medio de sus prosperidades; pues que viajaba con
frecuencia a Esparta, enamorado siempre de Agiatis, y teniéndola
en el mayor aprecio y estimación. Sorprendióse,
pues, y sintió el más vivo dolor, como era preciso
en un joven que perdía una mujer bella y virtuosa; y, sin
embargo, no hizo, en medio de tanto pesar, nada que desdijese
de su grandeza de alma, o que pusiera mengua en ella, sino que,
conservando la misma voz, el mismo continente y el mismo semblante
con que siempre se mostraba, atendió a dar las órdenes
a los caudillos y a proveer a la seguridad de los Tegeatas. A
la mañana muy temprano bajó a Lacedemonia, y habiendo
en casa desahogado el llanto con la madre y los hijos, inmediatamente
volvió a entregarse al despacho de los negocios; y como
Tolomeo, rey de Egipto, para ofrecerle socorros exigiese que le
diera en rehenes a los hijos y a la madre, estuvo largo tiempo
sin atreverse a decírselo a ésta; y entrando muchas
veces con este intento, en el acto mismo de ir a hablar enmudecía;
tanto, que ella misma llegó a concebir alguna sospecha,
y preguntó a sus amigos qué era en lo que se detenía
cuando la visitaba. Por fin habiéndose determinado Cleómenes
a manifestárselo, se echó a reír diciéndole:
¿Y esto es lo que tenías que proponerme y
que tanto miedo te costaba? ¿Por qué, pues, no te
das prisa a poner en un barco este mi cuerpo y a enviarlo donde
pueda ser útil a Esparta, antes que con la vejez se destruya
aquí sentado, sin ser de provecho para nada? Cuando
todo estaba dispuesto fueron a pie a Ténaro, y los acompañó
el ejército con armas; y al ir Cratesicle a embarcarse
llevó a Cleómenes solo al templo de Neptuno, y habiéndole
abrazado y saludado tiernamente, como le viese apesadumbrado y
afligido: Ea- le dijo-, oh rey de los Lacedemonios, cuando
salgamos afuera es menester que nadie advierta que hemos llorado,
y que no hagamos nada que sea indigno de Esparta; porque esto
sólo está en nuestro poder, y las cosas de fortuna
saldrán como Dios quisiere. Dicho esto, compuso su
semblante, y subió a la nave, llevando al niño consigo,
y al punto dio orden al comandante para que levara áncoras.
Llegada a Egipto, entendió que Tolomeo andaba en tratos
con Antígono y recibía sus mensajes, y que Cleómenes,
haciéndole los Aqueos proposiciones de paz, temía
por ella terminar la guerra sin la concurrencia de Tolomeo; por
lo que le escribió que hiciera lo que fuera útil
y decoroso a Esparta, y no estuviera temiendo siempre a Tolomeo
por una vieja y un niño. ¡Tan magnánima se
dice haber sido esta mujer para los casos de fortuna!
XXIII. Tomó Antígono a Tegea, y saqueó a
Mantinea y Orcómeno, con lo que, estrechado Cleómenes
a la Laconia, dio la libertad a aquellos ilotas que pudieron pagar
cinco minas áticas, recogiendo por este medio quinientos
talentos; habiendo luego armado a dos mil a la Macedonia, para
oponerlos a los Leucáspidas de Antígono, concibió
un proyecto atrevido e inesperado de todos. Megalópolis
era ya entonces por sí sola no menor ni menos poderosa
que Lacedemonia, y tenía además el auxilio de los
Aqueos y el de Antígono, que cubría sus costados,
llamado al parecer por los Aqueos, a solicitud principalmente
de los Megalopolitanos. Pensando, pues, en saquearlo Cleómenes-
acción a la que en lo pronta e inesperada ninguna puede
compararse-, dio orden a los soldados de que tomaran víveres
para cinco días, y marchó con su ejército
a la vía de Selasia, como quien iba a talar la Argólide;
pero de allí bajó al territorio de los Megalopolitanos,
y habiendo comido los ranchos junto al Reteo, repentinamente se
encaminó por Helicunte a la ciudad misma. Cuando ya estaba
a corta distancia, envió a Panteo con dos cohortes de Lacedemonios
a apoderarse del lienzo de muralla entre las torres, que sabía
era el puesto que tenían menos guardado los Megalopolitanos,
y él seguía a paso lento con las demás tropas;
pero habiendo encontrado Panteo descuidados no sólo aquel
punto, sino otros muchos de la misma muralla, unos los tomó
al golpe, en otros abrió brecha, y de la guarnición
dio muerte a cuantos se presentaron, con lo que se apresuró
Cleómenes a reunírsele, y antes que los Megalopolitanos
pudieran apercibirse, ya estaba dentro de la ciudad con todas
sus fuerzas.
XXIV. No bien había corrido la voz de esta sorpresa por
la ciudad, cuando unos se salieron de ella, llevándose
lo que pudieron recoger, y otros acudieron con armas, y oponiéndose
y resistiendo a los enemigos, si no pudieron rechazarlos, a lo
menos proporcionaron seguridad a los ciudadanos que huían;
de manera que no quedaron arriba de mil personas, habiéndose
apresurado todos los demás a refugiarse a Mesena con sus
hijos y sus mujeres. Salvóse también gran número
de los que habían acudido en auxilio y habían tomado
parte en el combate, siendo muy pocos los prisioneros que se hicieron;
mas fueron de este corto número Lisándridas y Teáridas,
varones muy ilustres y los de mayor autoridad entre los Megalopolitanos;
por lo mismo los soldados que los apresaron los llevaron a presentar
a Cleómenes;. Lisándridas, luego que le vio de lejos,
le dijo en alta voz: En tu mano está, oh rey de los
Lacedemonios, ejecutar una hazaña más señalada
y regia que la que acabas de hacer, y con la que adquieras todavía
más gloria; y Cleómenes, sospechando qué
era lo que quería indicar: ¿Qué es
lo que dices, Lisándridas?- le replicó- ¿Quieres
proponerme que os restituya la ciudad? A lo que contestó
Lisándridas: Eso mismo es lo que digo, aconsejándote
que no arruines una ciudad como ésta, sino que la llenes
de amigos y aliados fíeles y seguros, restituyendo a los
Megalopolitanos su patria y constituyéndote en libertador
de un pueblo tan numeroso. Estuvo Cleómenes suspenso
por un rato; luego dijo: Difícil es eso de creer;
pero con nosotros siempre ha podido más lo que se encamina
a la gloria que al provecho. Y dicho esto, los envió
a Mesena, y un heraldo de su parte para anunciar que restituía
su ciudad a los Megalopolitanos, sin más condición
que la de que fueran sus aliados y amigos, separándose
de los Aqueos. Mas, sin embargo de haber hecho Cleómenes
una proposición tan benigna y humana, no dejó Filopemen
a los Megalopolitanos separarse de la liga de los Aqueos, tomando
para ello el medio de acusar a Cleómenes de que no trataba
de restituir la ciudad, sino de apoderarse de los ciudadanos;
e hizo echar a Te |