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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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ARTÍCULOS
SÓFOCLES
Y EURÍPIDES
ENLACES
CLÁSICOS
GRIEGOS
Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
LATÍN
Web sobre Latín Online
OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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ALCIBIADES
I El linaje de Alcibíades sube hasta Eurísaces,
hijo de Ayante, que parece contarse como su primer abuelo. Por
parte de madre era Alcmeónida, hijo de Dinómaca
la de Megacles. Su padre Clinias peleó gloriosamente en
el combate de Artemisio, en nave armada a sus expensas, y murió
después en el combate contra los Beocios, junto a Coronea.
Fueron tutores de Alcibíades Pericles y Arifrón
hijos de Jantipo, que tenían con él deudo de parentesco.
Dícese, no sin fundamento, que la inclinación y
amistad que le profesó Sócrates contribuyó
mucho para su gloria, puesto que de Nicias, Demóstenes,
Lámaco, Formión, y aun de Trasibulo y Terámenes,
ni siquiera se sabe cómo se llamaron sus madres, mientras
que de Alcibíades sabemos quién fue su ama de leche,
que lo fue una Lacedemonia llamada Amicla, y que fue su ayo Zópiro,
dándonos de lo uno razón Antístenes y de
lo otro Platón. Acerca de la belleza de Alcibíades
no hay más que decir sino que, floreciendo la de su semblante
en toda edad y tiempo, de niño, de jovencito y de varón,
le hizo siempre amable y gracioso; pues lo que dijo Eurípides,
que en todos los que son hermosos es también hermoso el
otoño, no es así, y sólo en Alcibíades
y otros pocos se verificó por la finura y buena conformación
de su rostro. A su voz dicen que le dio atractivo la rareza de
su pronunciación, y que a su habla esta misma rareza la
hacía muy graciosa. Hace mención Aristófanes
de su rareza en aquellos versos en que zahiere a Teoro: Con murmurante
acento Alcibíades me dijo luego: ¿Vistes a
Teolo? Yo cabeza de cuelvo le apellido. Murmuró así
Alcibíades bellamente. Y Arquipo, haciendo también
escarnio del hijo de Alcibíades, tiene- dice- el
andar de hombre afeminado, con la ropa arrastrando, y para que
se le tenga por más parecido al padre, El cuello tuerce,
y habla ceceoso. II. Sus costumbres, con el tiempo, como
no podía menos de ser en tan extraordinarios acontecimientos
y en tantas vicisitudes de la fortuna, tuvieron grandes contrariedades
y mudanzas; mas estando por su índole sujeto a muchas y
grandes pasiones, las que más sobresalían eran la
soberbia y la ambición de ser siempre el primero, como
lo convencen sus hechos pueriles de que hay memoria. Luchaba en
una ocasión, y viéndose muy estrechado por el contrario,
al tiempo que hacía esfuerzos para no caer, levantó
los brazos de éste, que le oprimían, y parecía
que iba a comérsele las manos. Soltó entonces el
contrario, y diciéndole: Muerdes ¡oh Alcibíades!
como las mujeres No, a fe mía- le replicó-,
sino como los leones. Siendo todavía pequeño
jugaba a los dados en un sitio estrecho, y cuando le tocó
tirar venía por allí un carro cargado; gritó
al instante al carretero que detuviera el ganado, porque iban
a caer los dados en el paso del carro; y como por rusticidad no
hiciese caso y fuese adelante, los demás muchachos se apartaron:
pero Alcibíades, arrojándose boca abajo delante
del ganado y tendiéndose a la larga, le gritaba que pasase
entonces si quería; de modo que el carretero, temeroso,
hubo de hacer cejar, y los que presentes se hallaban, espantados,
prorrumpieron en gritos y corrieron hacia él. Cuando ya
se dedicó a las honestas disciplinas, oía con placer
a todos los demás maestros; pero a tocar la flauta se resistía,
diciendo que era ejercicio despreciable e impropio de hombres
libres, y que el uso del plectro y de la lira en nada alteraba
la figura y semblante que anuncian un hombre ingenuo, mientras
que la cara de un hombre que hinche con su boca las flautas, apenas
pueden reconocerla sus mayores amigos; y, además, que la
lira resuena y acompaña en el canto al que la tañe;
mas la flauta cierra la boca, y obstruye la voz y el habla del
que la usa. Tañan, pues, la flauta- decía-
los hijos de los Tebanos, pues que no saben conversar; mas nosotros
los Atenienses, como dicen nuestros padres, miramos a Atenea como
nuestra soberana y a Apolo como nuestro compatriota, y es bien
sabido que aquella tiró la flauta y que éste hizo
desollar al que la tocaba. Con tales burlas y tales veras
se apartó Alcibíades a sí mismo y apartó
a los otros de aquel estudio, porque luego corrió la voz
entre los jóvenes de que hacía muy bien Alcibíades
en desacreditar aquella habilidad y en burlarse de los que la
aprendían; así enteramente fue ridiculizada la flauta
y desterrada del número de las ocupaciones ingenuas.
III. En el libro de invectivas de Anfitón se refiere que,
siendo muchacho, abandonó su casa y se fue a la de Demócrates,
uno de sus amantes. Quería Arifrón hacerle pregonar;
pero Pericles no se lo permitió, porque si había
muerto, sólo se ganaría con el pregón que
se descubriese un día antes, y si estaba salvo, era preciso
tenerle por perdido para toda la vida. Dícese allí,
además, que en la palestra de Sibirtio mató a uno
de sus criados, sacudiéndole con un palo. Mas no es cosa
de dar crédito a tales especies, que el mismo que por zaherir
usa de ellas, reconoce ser movido a divulgarlas por enemistad.
IV. Desde luego se dedicaron muchos de los principales a seguirle
y obsequiarle; pero era bien claro que la mayor parte de ellos
no admiraban ni halagaban otra cosa que lo bello de su figura:
sólo el amor de Sócrates nos da un indudable testimonio
de su virtud y de su índole generosa. Advertía que
ésta se manifestaba y resplandecía en su semblante;
y temiendo a su riqueza, al esplendor de su origen y a la muchedumbre
de ciudadanos, de forasteros y de aliados que trataban de apoderarse
de él con sus lisonjas y sus obsequios, se propuso defenderlo
y no desampararlo, como una planta que en flor iba a perder y
viciar su nativo fruto. Porque en nada la fortuna le fue tan favorable,
ni le pertrechó tanto exteriormente con los que llamamos
bienes, como con 0haberle hecho por medio de la filosofía
invulnerable e impasible a los dichos mordaces y cáusticamente
libres de tantos como desde el principio se propusieron corromperle
y retraerle de oír a su amonestador y maestro; y así
es que, a pesar de todo, por la bondad de su índole hizo
conocimiento con Sócrates, y se estrechó con él,
apartando de sí a los ricos y distinguidos amadores. Entró,
pues, muy luego en su confianza, y oyendo la voz de un amador
que no andaba a caza de placeres indignos, ni solicitaba indecentes
caricias, sino que le echaba en cara los vicios de su alma y reprimía
su vano y necio orgullo, Como gallo vencido en la pelea, dejó
caer acobardado el ala. Veía en esto la obra de Sócrates;
pero en la realidad la reputaba ministerio de los Dioses en beneficio
y salvación de los jóvenes. Desconfiándose,
pues, de sí mismo, mirando a aquel con admiración,
apreciando su benevolencia y acatando su virtud, insensiblemente
abrazó el ídolo del amor, o, según la expresión
de Platón, el contramor o amor correspondido. Maravillábanse
todos, por tanto, de verle cenar con Sócrates y ejercitarse
y habitar con él, mientras que se mostraba con los demás
amadores áspero y desabrido; y aun a algunos los trataba
con altanería, como a Ánito el de Antemión.
Amaba éste a Alcibíades, y teniendo a cenar a unos
huéspedes, le convidó al banquete: rehusó
él el convite; pero habiendo encasa bebido largamente con
otros amigos, fuese a casa de Ánito para darle un chasco:
púsose a la puerta del comedor, y viendo las mesas llenas
de fuentes de plata y oro, dio orden a los criados de que tomaran
la mitad de todo aquello y se lo llevaran a casa; esto sin pasar
de allí, y antes se retiró con los criados. Prorrumpieron
los huéspedes en quejas, diciendo que Alcibíades
se había portado injuriosa e indecorosamente con Ánito;
más éste respondió: No, sino con mucha
equidad y moderación, pues que habiendo sido dueño
de llevárselo todo, aún nos ha dejado parte.
V. Así trataba a los demás amadores: solamente
a uno de la campiña, hombre, según dicen, de pocos
haberes, y que todos los iba enajenando, como lo que le quedaba,
que montaría a cien estáteres, lo presentara a Alcibíades
y le rogara que lo recibiese, echándose a reír,
y celebrando el caso, lo convidó a cenar. En el banquete,
mostrándosele benigno le volvió su dinero y le mandó
que al día siguiente excediera en la postura a los arrendadores
de los tributos públicos, pujándoles las que hiciesen:
resistíase el aldeano, porque el arriendo, decía,
era de muchos talentos, más le amenazó que le haría
dar una paliza si así no lo ejecutaba; y es que entonces
tenía pleito con los asentistas en reclamación de
algunos intereses propios. Fuese el aldeano de madrugada a la
plaza, y añadió a la postura un talento. Los asentistas,
indignados, se alían contra él y le mandan que presente
fiador, dando por supuesto que no le encontraría; y efectivamente,
él se quedó cortado, e iba a retirarse, cuando Alcibíades,
que se hallaba a alguna distancia, gritó a las magistrados:
Escríbase mi nombre, porque es mi amigo y yo le fío.
Al oír esto los asentistas no sabían qué
partido tomar, estando acostumbrados a pagar los primeros asientos
con los productos de los segundos: así ninguna salida le
veían a aquel negocio. Trataron, pues, con el aldeano de
que se apartara, ofreciéndole dinero, mas Alcibíades
no le dejó que se contentara con menos de un talento. Diéronselo
aquellos, y él le mandó que lo tomara y se volviera
a su casa: dejándole socorrido por este medio.
VI Este amor de Sócrates tenía muchos que le hicieran
oposición, mas lograba, sin embargo, dominar el buen natural
de Alcibíades, fijándose en su ánimo los
discursos de aquel, convirtiendo su corazón y arrancándole
lágrimas. Había ocasiones, no obstante, en que,
cediendo a los aduladores que le lisonjeaban con placeres, se
le deslizaba a Sócrates, y como fugitivo tenía que
cazarle; pues sólo respecto de él se avergonzaba,
y a él sólo le tenía algún temor,
no dándosele nada de los demás. Decía, pues,
Cleantes, que este tal amado era por los oídos por donde
de Sócrates había de ser cogido; cuando a los otros
amadores les presentaba muchos asideros a que aquel no podía
echar mano: queriendo indicar el vientre, la lascivia y la gula,
porque realmente Alcibíades era muy inclinado a los deleites,
dando de esto bastante indicio el que Tucídides llama desconcierto
suyo en el régimen ordinario de la vida. Mas los que trataban
de pervertirle, de lo que principalmente se valieron fue de su
ambición y de su orgullo, para hacerle antes de tiempo
tomar parte en los negocios públicos, persuadiéndole
que lo mismo sería entrar en ellos, no solamente eclipsaría
a los demás generales y oradores, sino que al mismo Pericles
se aventajaría en gloria y poder entre los Griegos. Como
el hierro, pues, ablandado por el fuego, después con el
frío vuelve a comprimirse y sus partes se aprietan entre
sí, de la misma manera cuantas veces Alcibíades,
disipado por el lujo y la vanidad, volvía a las manos de
Sócrates, conteniéndole éste y refrenándole
con sus razones, le hacía sumiso y moderado, reconociendo
que estaba todavía muy falto y atrasado para la virtud.
VII. Salido ya de la edad pueril, fue a la escuela de un maestro
de primeras letras y le pidió algún libro de Homero;
mas como respondiese que nada de Homero tenía, le dio una
puñada, y se marchó. Otro maestro le dijo que tenía
un Homero enmendado por él; y entonces le repuso: ¿Cómo
enseñas las primeras letras? Siendo capaz de enmendar a
Homero, ¿por qué no educas a los jóvenes?
Quiso en una ocasión visitar a Pericles y llamó
a su puerta; mas se le informó que no se hallaba desocupado,
sino que estaba viendo cómo dar cuentas a los Atenienses,
y entonces se retiró diciendo: ¿Pues no sería
mejor ocuparse en ver cómo no darlas? Siendo todavía
muy jovencito, militó en el ejército enviado contra
Potidea, en el cual tuvo a Sócrates por compañero
de tienda, y en los combates peleó a su lado. Hubo una
fuerte batalla, en la que los dos sobresalieron en valor; y como
Alcibíades hubiese caído de una herida, Sócrates
se puso por delante y le defendió; haciéndose visible
con esto que le sacó salvo y con sus armas, y que por toda
razón debía el premio del valor ser de Sócrates.
Con todo, cuando se advirtió que los generales, movidos
del esplendor de Alcibíades, estaban empeñados en
atribuirle aquella gloria, Sócrates, para encender más
en él el deseo de sobresalir en acciones ilustres, fue
el primero en atestiguar y promover que se diesen a aquel la corona
y la armadura. Para eso en la batalla de Delio, cuando los Atenienses
volvieron la espalda, como Alcibíades tuviese caballo y
Sócrates con muy pocos se retirase a pie, no le desamparó
aquel luego que le vio, sino que le acompañó y defendió,
cargándoles los enemigos y haciéndoles mucho daño;
pero esto fue algún tiempo después.
VIII. A Hiponico, padre de Calias, varón de suma dignidad
y gran poder por su riqueza y linaje, le dio una bofetada, no
movido de enfado o de alguna disputa, sino por juego, a causa
de una apuesta que había hecho con sus amigos. Hízose
muy pública en toda la ciudad esta afrenta; y como todos
hubiesen mirado el hecho con la indignación que era justo,
a la mañana siguiente muy temprano se fue Alcibíades
a casa de Hiponico, llamó a la puerta, entró a su
habitación, y quitándose la ropa le presentó
su cuerpo, pidiendo que le azotase y tomara satisfacción;
mas él le perdonó y depuso el enojo, y aun más
adelante le hizo esposo de su hija Hipáreta. Otros son
de sentir que no fue el mismo Hiponico, sino Calias, su hijo,
quien casó a Hipáreta con Alcibíades, dándole
diez talentos; y que luego cuando parió ésta, le
arrancó Alcibíades otros diez talentos, alegando
que así se había pactado si daba a luz varones.
Temeroso Calias de que le armase algún enredo, se presentó
ante el pueblo, cediéndole su hacienda y su casa, si llegase
a morir sin descendencia: e Hipáreta, sin embargo de que
era mujer prudente y de condición apacible, incomodada
con él porque sin consideración al matrimonio frecuentaba
otras mujeres forasteras y ciudadanas, abandonó su casa
y se fue a la del hermano. Mirólo Alcibíades con
indiferencia, y aun parecía hacer gala, por lo cual aquella
se vio en la precisión de poner en poder del Arconte la
petición de divorcio, no por medio de procurador, sino
presentándose ella misma. Luego que compareció personalmente
conforme a la ley, acudió Alcibíades, y tomándola
del brazo, marchó a casa desde el foro, llevándosela
consigo, sin que nadie se le opusiese o pensase en quitársela;
y permaneció en su compañía hasta que falleció,
que fue no mucho tiempo después, en ocasión de navegar
Alcibíades para Éfeso; así no pareció
que aquella violencia de habérsela llevado hubiese sido
muy injuriosa e inhumana; además de que si la ley exigía
que la que se divorciaba se presentara en el foro personalmente,
es de creer que en ello había la mira de proporcionar al
marido el concurrir también y retenerla.
IX. Tenía un perro celebrado de grande y hermoso, el que
había comprado en setenta minas, y fue y le cortó
la cola, que era bellísima. Reprendiéronselo sus
amigos, diciéndole que todos le roían y vituperaban
por lo hecho con el perro: y él, riéndose, eso
es- les respondió- lo que yo quiero; porque quiero que
los Atenienses hablen de esto, para que no digan de mí
cosas peores.
X. Su primera entrada al favor popular dícese haber sido
un donativo de dinero, no preparado de antemano, sino nacido de
casualidad, porque yendo por la calle, en ocasión de estar
alborotados los Atenienses, preguntó la causa, e informado
de que era por una distribución de dinero, se acercó
y les dio también. Comenzó el pueblo a gritar y
aclamarle, y olvidado con este placer de una codorniz que llevaba
debajo de la capa, dio ésta a volar y se le huyó;
con lo que creció más la aclamación de los
Atenienses, y muchos corrieron a ayudarle a cobrarla, habiendo
sido Antíoco el piloto quien la cogió y se la volvió,
por lo cual le tuvo de allí en adelante en mucha estimación.
Su linaje, su riqueza y su valor en los combates le abrían
ancha puerta para introducirse en el gobierno, mayormente teniendo
muchos amigos; pero, con todo, su mayor deseo era ganar el ascendiente
sobre la muchedumbre con la gracia en el decir; y de que sobresalía
en esta dote nos dan testimonio los poetas cómicos y también
el más vehemente de los oradores, diciendo en su oración
contra Midias que Alcibíades, entre otras muchas dotes,
tenía la de la elocuencia. Y si hemos de dar crédito
a Teofrasto, el hombre más investigador y de más
noticias entre los filósofos, Alcibíades sobresalía
mucho en la invención y en el conocimiento de lo que en
cada asunto convenía: mas como no sólo examinase
qué era lo más oportuno, sino también de
qué manera se diría con las voces y las frases más
adecuadas, carecía de facilidad, y así tropezaba
a menudo, y en medio del período callaba y se detenía,
para ver cómo había de continuar.
XI Hízose muy célebre por los caballos que mantenía
y por el número de sus carros; porque en los Juegos Olímpicos
ni particular ni rey alguno presentó jamás siete,
sino él sólo; y el haber sido a un tiempo vencedor
en primero, segundo y cuarto lugar, según Tucídides,
y aun en tercero, según Eurípides, excede en brillantez
y en gloria a cuanto puede conseguirse en este género de
ambición. Eurípides en su canto dice así:
A ti te cantaré, oh hijo de Clinias; bellísima cosa
es la victoria; pero más bello lo que ninguno de los Griegos
alcanzó jamás: ganar con carroza el primero, segundo
y tercer premio y marchar coronado de oliva dos veces sin trabajo
alguno, pregonado vencedor por el heraldo.
XII. A este brillante vencimiento lo hizo todavía más
glorioso el empeño de los contendores en honrarle, porque
los de Éfeso le armaron una tienda guarnecida riquísimamente,
la capital de Quío dio la provisión para los caballos
y gran número de víctimas, y los de Lesbo el vino
y demás prevenciones para un suntuoso banquete de muchos
convidados. También una calumnia o perversidad, divulgada
sobre esta misma magnificencia, dio mucho que hablar por entonces:
cuéntase que hallándose en Atenas un tal Diomedes,
hombre de bien y amigo de Alcibíades, y deseando alcanzar
la victoria en los juegos olímpicos, noticioso de que en
Argos había un excelente carro perteneciente al público
y de que Alcibíades gozaba en Argos de gran poder y tenía
muchos amigos, le rogó se lo comprase; pero que habiéndolo
comprado, lo hizo pasar por suyo, y dejó a un lado a Diomedes,
que lo sintió en gran manera, y se quejó del hecho
a los Dioses y a los hombres. Parece que sobre él se movió
pleito; y hay una oración de Isócrates del par de
caballos, escrita a nombre del hijo de Alcibíades, en la
que es Tisias, y no Diomedes, el demandante.
XIII. Era aún muy joven cuando se dio a los negocios de
gobierno, y aunque al punto oscureció a todos los demás
concurrentes, tuvo que contender con Féax, hijo de Erasístrato,
y con Nicias, hijo de Nicerato, de los cuales éste le precedía
en edad y tenía opinión de buen general; y Féax,
que procedía de padres ilustres, y como él empezaba
a tener adelantamientos, le era inferior entre otras calidades
en la de la elocuencia: parecía más propio para
conciliar y persuadir en el trato privado, que para sostener los
debates en las juntas: siendo, como dice Éupolis, Diestro
en parlar; mas en decir muy torpe. Corre asimismo una oración
de Féax escrita contra Alcibíades, en la que se
dice, entre otras cosas, que, teniendo la ciudad muchas tazas
de oro y plata destinadas a las ceremonias, Alcibíades
usaba de todas ellas como propias en su mesa diaria.
Vivía entonces también un tal Hipérbolo
de Peritidas, el cual, además de que Tucídides hace
mención de él como de un hombre malo, dio materia
a todos los poetas cómicos para zaherirle en escena; pero
él era inmoble e inalterable a los dicterios y a las sátiras,
por un abandono de su opinión, que, siendo en realidad
desvergüenza y tontería, algunos le graduaban de intrepidez
y fortaleza; y éste era de quien se valía el pueblo
cuando quería desacreditar y calumniar a los que estaban
en altura. Movido, pues, entonces por éste mismo iba a
usar del ostracismo, que es el medio que emplean siempre para
enviar a destierro al ciudadano que se adelanta en gloria y en
poder, desahogando así su envidia, más bien que
su temor. Era claro que las conchas caerían sobre uno de
los tres, y, por tanto, Alcibíades, reuniendo los partidos
para este objeto, habló a Nicias, e hizo que el ostracismo
se convirtiera contra Hipérbolo. Otros dicen que no fue
con Nicias, sino con Féax, con quien Alcibíades
se confabuló, y que por medio de la facción de éste
consiguió desterrar a Hipérbolo, que estaba de ello
bien ajeno, porque ningún hombre ruin y oscuro había
hasta entonces incurrido en este género de pena, como,
haciendo mención del mismo Hipérbolo, lo dijo así
Platón el cómico: Fue a sus costumbres merecida
pena; mas por su calidad de ella era indigno, porque no se inventó
seguramente contra tan vil canalla el ostracismo. Pero en este
punto hemos dicho en otra parte cuanto es digno de saberse.
XIV. Mas no por esto dejó Nicias de ser un objeto de mortificación
para Alcibíades, que le veía admirado de los enemigos
y honrado de los ciudadanos, porque aunque Alcibíades era
público hospedador de los Lacedemonios y había obsequiado
de ellos a los que habían sido cautivados en el encuentro
de Pilo, con todo, porque principalmente habían conseguido,
por medio de Nicias, que se hiciese la paz y se les restituyesen
los cautivos, tenían a éste en mayor estimación,
y entre los Griegos corría la voz de que si Pericles los
había hostilizado, Nicias había desvanecido la guerra,
y los más a esta paz la llamaban Nicea; por tanto, enfadado
Alcibíades sobre manera y agitado de envidia, formó
la resolución de romper el tratado. Y en primer lugar,
noticioso de que los Argivos, por odio y miedo de los Esparcíatas,
buscaban cómo separarse de ellos, les dio reservadamente
esperanza de que los Atenienses les ayudarían, y los alentó,
enviando a decir a los principales del pueblo que no temiesen
ni cedieran a los Lacedemonios, sino que se pasaran a los Atenienses
y aguardaran lo poco que faltaba para que éstos mudaran
de propósito y rompieran la paz. Como en este tiempo los
Lacedemonios hubiesen hecho alianza con los Beocios y restituido
a los Atenienses la ciudad de Panacto, no en pie, como debían,
sino habiéndola antes derruido, hallando con este motivo
indignados a los Atenienses, los irritó todavía
más. Molestaba, por otra parte, a Nicias, y le calumniaba
y acusaba, no sin fundamento, de que, estando con mando, no quiso
cautivar por sí mismo a aquellos de los enemigos que habían
quedado en Esfacteria, y habiendo sido cautivados por otros, los
había dejado ir y entregándolos, haciendo este obsequio
a los Lacedemonios; y también de que siendo tan amigo no
recabó de éstos que no se ligasen con los Beocios
y Corintios, y que no estorbaran que de los pueblos griegos se
aliase e hiciese amistad con los Atenienses el que quisiese, si
a los Lacedemonios nos les estaba a cuenta. Cuando así
traía a mal traer a Nicias, dispuso la suerte que viniesen
embajadores de Lacedemonia, haciendo por sí proposiciones
equitativas, y diciendo que traían plenos poderes para
todo lo que fuera de una justa conciliación. Habíalos
oído el Consejo y al día siguiente se había
de congregar el pueblo: entonces. temeroso Alcibíades,
manejó que los embajadores hablasen con él, y luego
que se avistaron, ¿qué habéis hecho,
les dijo, oh Esparcíatas? ¿Podéis ignorar
que el Consejo trata siempre con moderación y humanidad
a los que se, les presentan, pero que el pueblo es altanero y
tiene desmedidas pretensiones? Si decís que venís
autorizados para todo exigirá v querrá obligaros
a lo que no sea de razón; vaya, pues, deponed esa nimia
bondad, y si queréis encontrar en los Atenienses moderación
y no ser precisados a lo que no es de vuestro dictamen, proponed
lo que os parezca justo, sin que entiendan que venís con
plenos poderes: con lo que nos tendréis de vuestra parte
por hacer obsequio a los Lacedemonios. Dicho esto se les
obligó, con juramento, y enteramente los apartó
de Nicias, poniendo en él su confianza y admirando su penetración
y juicio, que no era, decían, de un hombre vulgar. Congregado
al día siguiente el pueblo, se presentaron los embajadores,
y preguntados por Alcibíades con la mayor afabilidad con
qué facultades venían, respondieron que no venían
con plenos poderes; y al punto se volvió contra ellos con
gran vehemencia el mismo Alcibíades, como si fuese el burlado
y no quien burlaba, tratándolos de falsos y enredadores,
que no podían haber venido a hacer ni decir cosa buena.
Irritóse también contra ellos el Senado, el pueblo
se mostró igualmente ofendido, y Nicias quedó admirado
y confundido con la mudanza que vio en los embajadores, por ignorar
el engaño y dolo en que se les había hecho caer.
XV. Después de desconcertados así los Lacedemonios,
nombrado Alcibíades general, inmediatamente hizo a los
de Argos, de Mantinea y de Elea aliados de los Atenienses; y aunque
nadie alababa el modo, se celebraba lo más maravilloso
de su hazaña; siendo muy grande la de haber separado y
conmovido casi puede decirse a todo el Peloponeso y opuesto en
un día junto a Mantinea tantas tropas a los Lacedemonios
y haberles ido a llevar el combate y el riesgo a tan grande distancia
de Atenas, que con la victoria nada ganaron, y si hubiesen sido
vencidos, era difícil que Lacedemonia hubiera vuelto en
sí. Después de esta batalla intentaron los Quiliarcos
de Argos disolver la democracia y sojuzgar la ciudad; y aun los
Lacedemonios que acudieron contribuyeron a la ejecución
de aquel designio; pero tomando las armas la muchedumbre, recobró
la superioridad, y sobreviniendo Alcibíades, además
de hacer más segura la victoria del pueblo, persuadió
a éste que dilatara la gran muralla, y que poniéndose
en contacto con el mar acercara enteramente su ciudad al poder
de los Atenienses. Trajo asimismo de Atenas arquitectos y canteros,
y se les mostró del todo interesado por ellos, ganando
de este modo favor y poder, no menos para sí mismo que
para su patria. Persuadió de la propia manera a los de
Patras que con murallas prolongadas arrimaran su ciudad a la mar,
y como alguno dijese a los Patrenses: Los Atenienses se
os tragarán, Puede ser, repuso Alcibíades;
mas será poco a poco y por los pies; mientras que los Lacedemonios
lo harían por la cabeza y de una vez. Aconsejaba
al propio tiempo a los Atenienses que ellos se pegaran más
a la tierra, exhortándolos a confirmar con obras el juramento
que en Agraulo prestan los jóvenes; y lo que juran es que
la frontera del Ática será para ellos el trigo,
la cebada, las viñas y los olivos, dando a entender que
tendrán por propia principalmente la tierra cultivada y
fructífera.
XVI Pues con estos cuidados y estos discursos, con esta prudencia
y esta habilidad en manejar los negocios, reunía un desarreglado
lujo en su método de vida, en el beber y en desordenados
amores; grande disolución y mucha afeminación en
trajes de diversos colores, que afectadamente arrastraba por la
plaza; una opulencia insultante en todo: lechos muelles en las
galeras para dormir más regaladamente, no puestos sobre
las tablas, sino colgados de fajas; y un escudo que se hizo de
oro, en el que no puso ninguna de las insignias usadas por los
Atenienses, sino un Eros armado del rayo. Al ver estas cosas,
los ciudadanos más distinguidos, además de abominarlas
y llevarlas mal, temían su osadía y su ningún
miramiento como tiránicos y disparatados; pero con el pueblo
sucedía lo que Aristófanes expresó bellamente
en estos términos: A un tiempo le desea y le aborrece;
mas, con todo, en tenerle se complace. Y más bellamente
todavía en esta alusión a él: No criar el
león lo mejor fuera; mas aquel que en criarle tiene gusto,
fuerza es que a sus costumbres se acomode. Porque sus donativos
y sus gastos en los coros; sus obsequios a la ciudad, superiores
a toda ponderación; el esplendor de su linaje, el poder
de su elocuencia, la belleza de su persona, y sus fuerzas corporales,
juntas con su experiencia en las cosas de la guerra, y su decidido
valor, hacían que los Atenienses fueran indulgentes con
él en todo lo demás y se lo llevaran en paciencia,
dando siempre a sus extravíos los nombres benignísimos
de juegos y muchachadas. Fue uno de ellos haber puesto preso al
pintor Agatarco y remunerarlo con dones después que le
pintó la casa: otro, dar de bofetadas a Taureas, su contendor
en un coro, porque le disputó la victoria; y otro, asimismo,
haberse tomado de entre los cautivos a una mujer de Milo, y ayuntándose
a ella, criar un niño tenido en la misma; porque también
esto lo calificaban de bondad; y todo, menos el que tuvo gran
parte de culpa en que se diese indistintamente muerte a todos
los Melios, defendiendo el decreto. Cuando Aristofonte pintó
a Nemea teniendo a Alcibíades sentado en sus brazos, lo
miraban y salían muy gustosos los Atenienses, pero los
ancianos también esto lo veían con malos ojos, como
tiránico y violento. Parecía, por tanto, que no
había andado errado Arquéstrato en decir que la
Grecia no podría soportar dos Alcibíades. Y cuando
Timón el Misántropo, encontrándose con Alcibíades
a tiempo que se retiraba de la junta pública muy aplaudido
y con un brillante acompañamiento, no pasó de largo,
ni se retiró, como solía hacerlo con todos los demás,
sino que acercándose y tomándole la mano: Bravo,
muy bien haces- le dijo- ¡oh joven! en irte acreditando,
porque acrecientas un gran mal para todos éstos, unos se
echaron a reír, otros lo miraron como una blasfemia, y
en algunos produjo aquel dicho una completa aversión: ¡tan
difícil era formar opinión de semejante hombre por
las contrariedades de su carácter! XVII. Tentaba ya la
Sicilia, aun en vida de Pericles, la codicia de los Atenienses,
que después de su muerte habían dado algunos pasos
hacia ella, y con enviar por todas partes lo que llamaban socorros
y auxilios a los agraviados por los Siracusanos, iban poniendo
escalones para una grande expedición. Mas el que inflamaba
hasta el último punto este deseo y les persuadía
a que no por partes y poco a poco, sino con poderosas fuerzas
acometieran a la isla, era Alcibíades, dando al pueblo
grandes esperanzas y formando él mismo mayores designios:
pues veía en la Sicilia el principio y no el término,
como los demás, de las operaciones militares que en su
ánimo meditaba. Con todo, Nicias, reputando difícil
empresa la de tomar a Siracusa, retraía con sus persuasiones
al pueblo: pero Alcibíades, que lo entretenía con
los sueños de Cartago y del África, y que en consecuencia
de esto tenía ya como en la mano la Italia y el Peloponeso,
faltaba poco para que viese en la Sicilia un viático para
aquella guerra. Y lo que es los jóvenes espontáneamente
se le unieron, acalorados con tan lisonjeras esperanzas; pues
además oían a los ancianos deducir maravillosas
consecuencias de aquella exposición; tanto, que muchos
se ponían en las palestras y en los corrillos a dibujar
la figura de la isla y la situación del África y
de Cartago. Mas dícese del filósofo Sócrates
y del astrólogo Metón que ni uno ni otro esperaron
nunca nada provechoso a la ciudad de semejante proyecto: aquel,
por aparecérsele, como es de creer, su genio familiar y
predecírselo, y Metón, porque receló por
su propio discurso lo que iba a suceder, o porque usó para
ello de alguna adivinación: de forma que fingió
haberse vuelto loco, y tomando un tizón encendido iba a
pegar fuego a su propia casa; aunque algunos dicen que no hubo
de parte de Metón tal ficción de locura, sino que
dio efectivamente fuego a su casa por la noche, y a la mañana
se presentó a pedir y suplicar que por aquella desgracia
le dejaran al hijo libre por entonces de la milicia: y habiendo
engañado así a los ciudadanos, consiguió
lo que quería.
XVIII. Fue, sin embargo, nombrado general Nicias contra su voluntad,
repugnando no menos el mando que el colega que se le daba: porque
juzgaron los Atenienses que se conduciría mejor aquella
guerra no dejando el mando absoluto a Alcibíades, sino
mezclando con su osadía la circunspección de Nicias:
porque el tercer general, Lámaco, aunque hombre de más
edad, se había visto en algunos combates que no cedía
a Alcibíades en ardor y en arrojo a los peligros. Cuando
deliberaban sobre la cantidad y modo de los preparativos, volvió
a intentar Nicias el oponerse y paralizar la guerra; mas contradíjole
Alcibíades y salió con su intento, escribiendo el
orador Demostrato, y persuadiendo, que convenía hacer a
los generales árbitros de los preparativos y de la suma
de la guerra; lo que así fue decretado por el pueblo. Estando
ya todo dispuesto para dar la vela, no se presentaron favorables
ni aun los auspicios de las festividades; porque cayeron en aquellos
días las de Adonis, en las cuales las mujeres ponían
en muchos parajes imágenes semejantes a los muertos que
se llevan a enterrar, y representaban exequias, lastimándose
y entonando lamentaciones. Además, la mutilación
hecha en una sola noche de todos los Hermes, que amanecieron con
todas las partes prominentes del rostro cortadas, causó
gran turbación aun a muchos de los que no hacen alto en
tales cosas. Díjose que los de Corinto, por amor de los
Siracusanos, que era una colonia suya, con la esperanza de que
aquel prodigio había de contener a los Atenienses y hacerles
desistir de la guerra, fueron los autores del atentado. Mas con
todo, a una gran parte no les hicieron fuerza ni esta voz ni las
razones de los que decían que nada siniestro había
en aquellos portentos, y que no eran más que una de aquellas
travesuras que suele llevar consigo la insolencia de la gente
joven, propensa después de un banquete a tales desórdenes;
porque a un tiempo se irritaron y se llenaron de terror con lo
sucedido, atribuyéndolo a alguna conjuración fraguada
con grandes miras. Hacíanse, por tanto, pesquisas rigurosas
sobre cualquier sospecha por el Senado en repetidas juntas, y
por el pueblo, reuniéndose también en pocos días
muchas veces.
XIX. En esto presentó Androcles, uno de los demagogos,
algunos esclavos y colonos que acusaban a Alcibíades y
a sus amigos de otras mutilaciones de estatuas y de haber en la
embriaguez remedado los misterios, diciendo que un tal Teodoro
había hecho funciones de proclamador; Polición,
las de porta-antorcha; el mismo Alcibíades, las de hierofantes;
y que los demás amigos habían sido los concurrentes
y participado de los misterios, llamándose mistas
o iniciados; así estaba escrito en la delación,
siendo Tésalo, hijo de Cimón, quien delataba a Alcibíades
de que era impío contra las Diosas. Irritándose
con esto el pueblo, y estando muy indispuesto con Alcibíades,
todavía le exasperaba más Androcles, que era uno
de sus mayores enemigos, por lo que al principio Alcibíades
no pudo menos de abatirse; mas advirtiendo luego que todos los
marineros que habían de ir a Sicilia le eran muy aficionados,
y lo mismo la tropa, que los de Argos y Mantinea, en número
de mil, decían abiertamente que sólo por Alcibíades
se ofrecían a aquella marítima y lejana expedición,
y que si alguno le agraviaba desertarían, entonces cobró
ánimo y se aprovechó de aquella oportunidad para
defenderse; de manera que por la inversa sus enemigos desmayaron
y empezaron a temer no fuera que el pueblo se mostrara blando
con él en el juicio, por la consideración de haberlo
menester. Maquinaron, por tanto, que de los oradores, los que
no eran conocidamente enemigos de Alcibíades, aunque en
su corazón no le aborrecieran menos que sus contrarios
declarados, se levantaran en la junta y dijeran que era muy fuera
de razón, a un general nombrado con plenos poderes para
mandar tantas fuerzas, en el momento de tener reunido el ejército
y los auxiliares, causarle detención con el sorteo de jueces
y medida del agua, haciéndole perder la oportunidad de
obrar; navegue, pues, con favorables auspicios y comparezca concluida
la guerra a defenderse conforme a las mismas leyes. No dejo Alcibíades
de percibir la malignidad que encerraba esta dilación;
así replicó, tomando la palabra, que era cosa terrible,
pendientes tal causa y tales calumnias, partir adornado de tan
brillante autoridad, y que lo justo era, o morir si no disipaba
la acusación, o, en caso de desvanecerla, marchar contra
los enemigos sin miedo de calumniadores.
XX. Mas no habiendo logrado convencerlos, e intimándosele
que partiese, dio la vela con sus colegas, llevando muy pocas
menos de ciento y cuarenta galeras, cinco mil y cien infantes;
entre tiradores de arco, honderos y demás tropa ligera,
unos mil y trescientos, y todas las prevenciones correspondientes.
Navegando la vuelta de Italia tomaron a Regio, y allí puso
a deliberación el modo que había de tenerse en hacer
la guerra. Opúsose Nicias a su dictamen; pero habiéndolo
aprobado Lámaco, se dirigió a la Sicilia y atrajo
a Catana a su partido, sin que hubiese ya podido hacer otra cosa,
porque al punto fue llamado para el juicio por los Atenienses.
Porque al principio, como dejamos dicho, sólo se propusieron
contra Alcibíades algunas frías sospechas y calumnias
por esclavos y por colonos; pero sus enemigos, luego que le vieron
ausente, tomaron fuerzas contra él y reunieron con el insulto
hecho a los Hermes el remedo de los misterios, insinuando que
todo era efecto de una misma conjuración para causar un
trastorno; y a todos cuantos denunciados pudieron haber a las
manos, sin oírlos los encerraron en la cárcel, sintiendo
no haber cogido antes a Alcibíades bajo sus votos y sentenciándole
por tan graves crímenes; mas la ira que contra él
tenían la mostraron ásperamente en cualquiera deudo,
amigo o familiar suyo que por desgracia aprehendieron. Tucídides
no hizo mención de los denunciadores, pero otros escritores
nombran a Dioclides y a Teucro, citados también en estos
versos de Frínico el cómico: Amado Hermes, cuida
no te caigas, y a ti mismo te lisies, dando margen a que otro
Dioclides que ya tenga mala intención levante otra calumnia.
Tendré cuidado, pues en modo alguno al execrable advenedizo
Teucro quiero se dé de la denuncia el premio. Y no porque
los tales denunciadores hubiesen dado pruebas ciertas y seguras;
antes, preguntado uno de ellos como había conocido a los
mutiladores de los Hermes, respondió que a la claridad
de la luna, con la más manifiesta falsedad, porque el hecho
había sido el día primero o de la nueva luna. Esto
a las gentes de razón las dejó aturdidas, pero nada
influyó para ablandar el ánimo de la plebe, que
continuó con el mismo acaloramiento que al principio, conduciendo
y encerrando en la cárcel a cualquiera que era denunciado.
XXI Uno de los presos y encarcelados por aquella causa fue el
orador Andócides, a quien Helanico, escritor contemporáneo,
hace entroncar con los descendientes de Ulises. Era reputado Andócides
por desafecto al pueblo y apasionado de la oligarquía,
y, sobre todo, en el crimen de la mutilación le había
hecho sospechoso el grande Hermes, ofrenda que la tribu Egeide
había consagrado junto a su casa; porque de los pocos que
había sobresalientes entre los demás, éste
solo había quedado sano; así, aun ahora se denomina
de Andócides, y así lo llaman todos, no obstante
que la inscripción lo repugna. Ocurrió asimismo
que entre los muchos que por aquel delito se hallaban en la cárcel,
trabó Andócides amistad e intimidad con otro preso
llamado Timeo, que si no le igualaba en la fama y opinión
le aventajaba en penetración y osadía. Persuadió
éste a Andócides que se delatase a sí mismo
y a algunos otros en corto número; porque al que confesase
se había ofrecido la impunidad, y si para todos era incierto
el éxito del juicio, para los que tenían opinión
de poder era muy temible; por tanto, que era mejor mentir para
salvarse que morir con infamia por el mismo delito; y aun atendiendo
al bien común, valía más con perder a unos
pocos de dudosa conducta, salvar al mayor número y a los
hombres de bien de la ira del pueblo. Con estos consejos y exhortaciones
convenció Timeo por fin a Andócides, y haciéndose
denunciador de sí mismo y de otros, consiguió para
sí la inmunidad conforme al decreto; pero los que por él
fueron denunciados, a excepción de los que pudieron huir,
todos murieron. Para ganarse más crédito, comprendió
Andócides en la delación a sus propios esclavos,
mas no con esto desfogó el pueblo toda su rabia; por el
contrario, libre ya de los mutiladores de Hermes, como con una
ira que había quedado ociosa, se convirtió todo
contra Alcibíades. Últimamente envió en su
busca la nave de Salamina, bien que encargando, no sin gran cautela,
que no se le hiciese violencia ni se tocase a su persona, sino
que se le hablara blandamente, dándole orden de ir a Atenas
para ser juzgado y satisfacer al pueblo, porque temían
un tumulto y una sedición del ejército en tierra
extraña, cosa que a Alcibíades, a haber querido,
le hubiera sido muy fácil de ejecutar, pues con su ausencia
desmayó mucho aquel, temiendo que en las manos de Nicias
iría larga la guerra y experimentaría dilaciones
fastidiosas faltando el aguijón que todo lo movía,
por cuanto, aunque Lámaco era belicoso y valiente, carecía
de dignidad y respeto, por su pobreza.
XXII. Embarcándose, pues, inmediatamente Alcibíades,
les quitó a los Atenienses a Mesana de entre las manos,
porque, estando prontos los que habían de entregar la ciudad,
él, que estaba bien enterado de todo, lo reveló
a los amigos de los Siracusanos y deshizo la negociación.
Llegado a Turios, bajó de la galera, y ocultándose
pudo frustrar la diligencia de los que le buscaban. Hubo alguno
que le conoció y le dijo: ¿No te fías,
oh Alcibíades, en la patria?; y él le respondió:
En todo lo demás, sí; pero cuando se trata
de mi vida, ni en mi madre, no fuera que por equivocación
echase el cálculo negro en lugar de blanco. Oyendo
después que la ciudad le había condenado a muerte,
pues yo- repuso- les haré ver que vivo. Consérvase
memoria de que la delación estaba concebida en estos términos:
Tésalo, hijo de Cimón Lacíade, denuncia
a Alcibíades, hijo de Clinias Escambónide, de haber
ofendido a las Diosas Deméter y su hija, remedando los
misterios y divulgándolos a sus amigos en su casa, habiéndose
puesto el ornamento que lleva el hierofantes cuando celebra los
misterios, tomando él mismo el nombre de hierofantes, dando
a Lolición el de porta-antorcha y a Teodoro Fegeo el de
proclamador, y llamando a sus amigos iniciados y adeptos, contra
lo justo y lo establecido por los Eumólpidas, los proclamadores
y los sacerdotes de Eleusis. Condenáronle en rebeldía
y confiscaron sus bienes, y mandaron además que todos los
sacerdotes le maldijesen, a la cual resolución solamente
se opuso, según es fama, Teano, hija de Menón de
Agraulo, diciendo que era sacerdotisa para bendecir, no para maldecir
a nadie.
XXIII. Cuando estos decretos y estas condenaciones se pronunciaron
estaba detenido en Argos, porque al fugarse de Turios lo primero
que hizo fue irse al Peloponeso; pero temiendo a sus enemigos
y renunciando del todo a su patria, escribió a Esparta
pidiendo que se le ofreciese la impunidad, y dando palabra de
que les haría favores y servicios que excedieran con mucho
a los daños que antes les había causado. Concediéronselo
los Esparcíatas, y recibido benignamente de ellos, luego
que pasó allá, el primer servicio que al punto les
hizo fue que, andando en consultas y dilaciones sobre dar auxilio
a los Siracusanos, los movió y acaloró a que enviasen
por general a Gilipo y quebrantasen las fuerzas que allí
tenían los Atenienses; fue el segundo hacer que ellos mismos
por sí moviesen a éstos guerra, y el tercero y más
granado hacerles murar a Decelea, que fue lo que más perjudicó
y contribuyó a la ruina de Atenas. Estimado, pues, por
sus hechos públicos, y no menos admirado por su conducta
privada, atraía y adulaba a la muchedumbre con vivir enteramente
a la espartana; pues viéndole con el cabello cortado a
raíz, bañarse en agua fría, comer puches
y gustar del caldo negro, como que no creían, y antes dudaban
fuertemente de que hubiese tenido nunca cocinero, ni hubiese usado
de ungüentos, ni hubiese tocado su cuerpo la ropa delicada
de Mileto. Porque entre las muchas habilidades que tenía,
era como única y como un artificio para cazar los ánimos
la de asemejarse e identificarse en sus afectos con toda especie
de instituciones y costumbres, siendo en mudar formas más
pronto que el camaleón; y con la diferencia de que éste,
según se dice, hay un color, que es el blanco, al que no
puede conformarse, pero para Alcibíades ni en bien ni en
mal nada había que igualmente no copiase e imitase: así,
en Esparta era dado a los ejercicios del gimnasio, sobrio y severo;
en la Jonia, voluptuoso, jovial y sosegado; en la Tracia, bebedor
y buen jinete; y al lado del sátrapa Tisafernes excedía
su lujo y opulencia a la pompa persiana, no porque le fuera tan
fácil como parece pasar de un método de vida a otro
y admitir toda suerte de mudanza, sino porque conociendo que si
usaba de su inclinación natural desagradaría a aquellos
con quienes tenía que vivir, continuamente se acomodaba
y amoldaba a la forma y manera que éstos preferían.
En Lacedemonia, pues, en cuanto a su porte exterior, podía
muy bien decirse: No es éste el hijo de Aquiles,
sino el mismo que pudiera haber formado Licurgo; mas en
la realidad cualquiera, según sus afectos y sus obras,
hubiera podido gritarle: Ésa es siempre la mujer
de antaño. Porque a Timea, mujer de Agis, mientras
éste estaba ausente en el ejército, de tal manera
la sacó de juicio, que de su trato se hizo embarazada,
sin negarlo; y como hubiese sido varón el que dio a luz,
para los de afuera se llamaba Leotíquidas: pero el nombre
que al oído se le daba en casa por la madre entre las amigas
y las confidentes era el de Alcibíades: ¡tan ciega
de amor estaba la tal mujer!; y él, con desvergüenza,
solía decir que no la había seducido por hacer agravio
ni tampoco halagado del deleite, sino para que descendientes suyos
reinasen sobre los Lacedemonios. Hubo muchos que denunciaron a
Agis estos hechos; pero él principalmente se atuvo al tiempo;
porque habiendo habido un terremoto, él, de miedo, saltó
del lecho y del lado de su mujer, y después en diez meses
no se ayuntó a ella; y como después de este tiempo
hubiese nacido Leotíquidas, no le reconoció por
hijo suyo; y por esta causa fue después Leotíquidas
privado de suceder en el reino.
XXIV. Después de los desgraciados sucesos de los Atenienses
en Sicilia, enviaron a un tiempo embajadores a Esparta los de
Quío y Lesbo, y también los de Cícico, para
tratar de su defección. Los Beocios hablaban por los de
Lesbo, y Farnabazo por los de Cícico; pero a persuasión
de Alcibíades prefirieron auxiliar a los de Quío
antes de todo; y yendo él mismo en aquel viaje, hizo que
se separase de los Atenienses casi puede decirse toda la Jonia,
y con estar al lado de los generales Lacedemonios fue muy grande
el daño que les causó. Con todo, Agis era siempre
su enemigo, a causa de la mujer, por la afrenta recibida, y además
le incomodaba también su gloria: porque se había
difundido la voz de que todo se hacía por Alcibíades,
y a él era a quien se tenía consideración.
Sufríanle asimismo de mala gana los de más poder
y dignidad entre los Esparcíatas, por la envidia que les
causaba. Tuvieron, pues, mano y negociaron con los que en casa
quedaron con mando que enviasen a Jonia quien le diese muerte.
Llegó a entenderlo reservadamente y vivía con recelo;
por lo que en todos los negocios públicos promovió
los intereses de los Lacedemonios, pero huyó de caer en
sus manos; y habiéndose entregado por su seguridad a Tisafernes,
sátrapa del rey, al punto fue para con él la persona
primera y de mayor poder; porque aquella suma destreza suya en
plegarse y acomodarse aun al bárbaro, que no era hombre
sencillo sino perverso y de malísima inclinación,
le causó gran maravilla; y a sus gracias en los entretenimientos
cotidianos y en el trato familiar no había costumbres que
resistiesen ni genio que no se dejase conquistar; tanto, que aun
los que le temían o tenían envidia en tratarle y
conversar con él experimentaban placer. Por tanto, con
ser Tisafernes entre los Persas uno de los enemigos más
declarados de los Griegos, de tal modo se rindió a los
halagos de Alcibíades, que llegó a excederle en
sus recíprocas adulaciones: así, de los paraísos
o jardines que tenía, el más delicioso a causa de
sus aguas y praderías saludables, y en el que había
además mansiones y retraimientos dispuestos regia y ostentosamente,
ordenó que se llamase Alcibíades; y éste
fue el nombre y apelación con que en adelante le llamaron
todos.
XXV. Abandonando, pues, Alcibíades el partido de los Lacedemonios
por su infidelidad, y teniéndoles ya miedo, comenzó
a desacreditar y poner en mal a Agis con Tisafernes, no consintiendo
ni que los auxiliase decididamente ni que rompiese del todo con
los Atenienses, sino que, prestándose penosamente a sus
demandas, los fuese quebrantando y aniquilando con lentitud y
por este medio pusiese a ambos pueblos bajo el poder del rey,
debilitados los unos por los otros. Dejóse éste
persuadir fácilmente, viéndose bien a las claras
que le amaba y tenía en mucho: de modo que de una y otra
parte tenían los Griegos puestos los ojos en Alcibíades,
arrepentidos ya los Atenienses con sus malos sucesos de la determinación
tomada contra él; y él mismo estaba incomodado por
lo hecho, y temía no fuera que, destruida del todo la ciudad,
viniera a caer en las manos de los Lacedemonios, de quienes era
aborrecido. En Samo venía a estar entonces la suma de los
intereses de los Atenienses; y partiendo desde allí con
sus fuerzas navales, recobraban a unos aliados y conservaban a
otros, por ser en el mar superiores a sus enemigos; pero temían
a Tisafernes y sus galeras fenicias, que se decía no estar
lejos, y eran en número de ciento cincuenta, porque si
acertaban a llegar, no le quedaba esperanza alguna de salud a
la ciudad. Bien convencido de esto Alcibíades, envió
reservadamente a los principales de los Atenienses quien les diese
confianza de que les volvería amigo a Tisafernes, no por
complacer a la muchedumbre, ni esperando nada de ella, sino en
obsequio de los principales ciudadanos, si determinándose
a ser hombres esforzados y a contener la insolencia de la plebe
tomaban por su cuenta ellos mismos salvar la república
y sus intereses. Todos los demás apoyaron con empeño
la proposición de Alcibíades; pero uno de los generales,
Frínico Diraliota, sospechando lo que era, a saber: que
a Alcibíades lo mismo le importaba la democracia que la
oligarquía, y que procurando ser rehabilitado de la calumnia
que le hizo contraria la muchedumbre, con esta mira lisonjeaba
y halagaba a los principales, le hizo contradicción. Quedó
vencido por los demás votos, y hecho ya enemigo descubierto
de Alcibíades, lo denunció secretamente a Antíoco,
almirante de los enemigos, previniéndole que se guardara
y precaviera de Alcibíades como de hombre que quería
estar con unos y con otros; mas no sabía que el asunto
iba de traidor a traidor: porque haciendo Antíoco la corte
a Tisafernes, y viendo que para con él era el todo Alcibíades,
manifestó a éste lo que Frínico le había
comunicado. Alcibíades mandó al punto a Samo acusadores
contra Frínico, dando motivo a que todos se indignaran
y sublevaran contra él; y como para ocurrir a aquel peligro
no se le ofreciese a éste otro medio, intentó curar
un mal con otro mal mayor: porque envió otra vez quien
se quejase con Antíoco de haberle descubierto y le avisase
de que tenía resuelto hacerle entrega de las naves y del
ejército de los Atenienses. Con todo, no trajo daño
a éstos la traición de Frínico, por otra
traición de Antíoco, que también anunció
a Alcibíades esta nueva propuesta de Frínico. Volvió
éste en sí, y temiendo segunda acusación
de Alcibíades, se anticipó a prevenir a los Atenienses
que los enemigos iban a sorprenderlos, exhortándolos a
estarse quietos en las naves y atrincherar el ejército.
Cuando ya esto se había puesto en ejecución, aunque
vinieron otra vez cartas de Alcibíades advirtiéndoles
que se guardaran de Frínico, que iba a entregar a los enemigos
la armada, no les dieron crédito, imaginándose que
Alcibíades, que estaba bien informado de los preparativos
e intentos de los enemigos, abusaba de esta noticia para calumniar
a Frínico falsamente. Pero más adelante, habiendo
uno de los de la guardia de Hermón dado de puñaladas
a Frínico en la plaza y quitándole la vida, formada
causa, condenaron los Atenienses a Frínico por traidor
después de muerto, y decretaron coronar a Hermón
y los de su guardia.
XXVI Dominando entonces en Samo los amigos de Alcibíades,
enviaron a Pisandro a la ciudad para mudar el gobierno y alentar
a los principales a ponerse al frente de los negocios y disolver
la democracia, pues con estas condiciones les ganaría Alcibíades
a Tisafernes por amigo y aliado: a lo menos éste fue el
pretexto y la apariencia de los que establecían la oligarquía.
Mas después que tomaron consistencia y se apoderaron del
mando los llamados cinco mil, aunque no eran más de cuatrocientos,
ya no se curaban gran cosa de Alcibíades, y hacían
muy remisamente la guerra; parte por desconfianza que tenían
de que aguantaran los ciudadanos aquellas novedades, y parte porque
imaginaban que cederían los Lacedemonios, inclinados siempre
y afectos a la oligarquía; y la plebe en la ciudad se estuvo,
aunque de mala gana, sosegada por entonces, porque habían
perecido no pocos de los que se opusieron a los cuatrocientos.
Los de Samo cuando lo entendieron, irritados de aquel proceder,
pensaron en dar al punto la vela con dirección al Pireo,
y llamando a Alcibíades, a quien también nombraron
general, le ordenaron que los condujese y acabase con los tiranos;
mas éste no se manejó o condescendió como
cualquiera otro que repentinamente se hubiera visto en tanta autoridad
por el favor de algunos de sus ciudadanos, creyendo que debía
complacer en todo y no rehusar nada a los que de fugitivo y desterrado
lo habían hecho presidente y general de tantas naves y
de tamañas fuerzas, sino que, como correspondía
a un gran caudillo, hizo frente a los que sólo se gobernaban
por la ira y los contuvo para no cometer un desacierto; con lo
que indudablemente salvó entonces la república.
Porque si, haciéndose al mar, se hubiesen restituido a
casa, infaliblemente los enemigos habrían quedado dueños
sin fatiga de toda la Jonia, del Helesponto y de las Islas; y
Atenienses habrían tenido que venir a las manos con Atenienses,
trayendo la guerra a su ciudad; lo que Alcibíades sólo
impidió sucediese, no precisamente persuadiendo e instruyendo
a la muchedumbre, sino yendo en particular a unos con ruegos y
a otros con violencia. Sirvióle en esta ocasión
Trasíbulo de Estiria con su presencia y sus gritos, pues,
según se dice, era el que tenía la voz más
fuerte entre todos los Atenienses. Otra segunda acción
brillante hubo también entonces de Alcibíades, y
fue que, habiendo ofrecido que las naves fenicias que estaban
los Lacedemonios esperando, teniéndoselas prometidas el
rey, o las atraería en su favor, o a lo menos negociaría
que no se uniesen con aquellos, sin dilación navegó
con este objeto; y se verificó que Tisafernes, aunque se
apareció con las naves hacia Aspendo, no las unió,
sino que engañó a los Lacedemonios: habiendo sido
Alcibíades la causa de que no estuviese ni con unos ni
con otros, y sobre todo de que no estuviese con los Lacedemonios,
por haber enseñado al bárbaro que se desentendiera
y dejara que los Griegos se destruyeran unos a otros: pues no
podía haber duda en que unidas tan poderosas fuerzas a
uno de los dos pueblos, éste quitaría enteramente
al otro el dominio del mar.
XXVII. Fue disuelto a poco el gobierno de los cuatrocientos,
por haberse agregado con ardor los amigos de Alcibíades
a los que estaban por la democracia. Querían los de la
ciudad, y habían dado orden para que Alcibíades
volviese, mas él creyó que no debía hacerlo
con las manos vacías y desocupadas, sino glorioso con alguna
ilustre hazaña. Con este objeto navegó al principio
por el mar de Cnido y Cos; mas habiendo llegado allí a
su noticia que el Esparcíata Míndaro subía
al Helesponto con toda su armada, en persecución de los
Atenienses, se apresuró a dar auxilio a sus generales;
y quiso la fortuna que llegase con sus diez y ocho galeras precisamente
en el oportuno momento en que, habiendo caído unos y otros
con todas sus naves cerca de Abido, y librándose combate,
vencidos en parte y en parte vencedores, permanecieron en la lid
cerca del anochecer. Con su aparecimiento en esta sazón
hizo a ambos partidos equivocarse, inspirando confianza a los
enemigos y miedo a los Atenienses; pero levantando luego insignia
amiga en la capitana, cargó repentinamente a los Peloponenses
vencedores, que seguían el alcance. Hízolos volver,
e impeliéndolos a tierra, destrozó sus naves, hiriendo
a muchos que escapaban a nado, sin embargo de que Farnabazo los
protegía con infantería, y peleaba por salvarles
las naves; finalmente, apresando treinta de los enemigos y conservando
las propias, erigieron un trofeo. Con tan brillante y próspero
suceso ardía por hacer de él ostentación
con Tisafernes, para lo cual, haciendo prevención de presentes
y regalos, y llevando el acompañamiento propio de un general,
se encaminó allá. Mas no le salió como esperaba,
porque difamado ya de antemano Tisafernes por los Lacedemonios,
y temeroso de que por el rey se le hiciera cargo, juzgó
que Alcibíades se le presentaba en la mejor coyuntura,
y echándole mano, lo puso preso en Sardis, para desvanecer
con esta maldad aquella acusación.
XXVIII. Al cabo de treinta días, habiendo podido Alcibíades
proporcionarse un caballo, escapó de la vigilancia de los
guardas y huyó a Clazómenas, haciendo correr contra
Tisafernes la voz de que él mismo le había puesto
en salvo. Navegó de allí al ejército de los
Atenienses, y llegando a entender que Míndaro y Farnabazo
se hallaban juntos en Cícico, incitó a los soldados
y les hizo entender ser preciso que por mar y por tierra, y aun
combatiendo muros, peleasen contra los enemigos, pues no podrían
procurarse los recursos necesarios, si por todos estos modos no
vencían. Armó, pues, las naves, y dando la vela
hacia Proconeso, dio orden de que se encerraran y detuvieran dentro
de la armada los buques ligeros, para que por ningún medio
pudieran presumir los enemigos su marcha. Hizo la casualidad que
de repente llovió mucho con truenos, y que vino también
en su favor tal oscuridad, que encubrió todo aquel aparato;
de manera que no sólo se ocultó a los enemigos,
sino a los mismos Atenienses; porque cuando estaban ya desconfiados,
dio la orden y partieron, De allí a poco, la oscuridad
se disipó, y se divisaron las naves de los Peloponenses,
que estaban ancladas delante del puerto de Cícico. Temeroso,
pues, Alcibíades, de que viendo antes de tiempo lo grande
de sus fuerzas se retiraran a tierra, dio orden a los otros generales
de que navegaran lentamente y se fueran atrasando, y él
se presentó, no teniendo consigo más de cuarenta
naves, y provocó a los enemigos. Cayeron éstos en
el lazo, y mirando con desprecio el que viniesen contra tantas,
al punto se fueron para los contrarios y trabaron combate, pero
cuando sobrevinieron las demás naves, empezada ya la acción
dieron a huir aterrados. Alcibíades entonces, con veinte
de las mejores galeras, se metió por medio y encaminó
a tierra: y saltando a ella, acometió a los que se retiraban
de las naves, dando muerte a muchos. Venció a Míndaro
y Farnabazo, que se adelantaron en defensa de éstos, dando
muerte a Míndaro, que peleó valerosamente; mas Farnabazo
logró fugarse. Fue grande el número de muertos y
el de las armas de que se apoderaron; tomaron todas las naves;
se hicieron asimismo dueños de Cícico; y huido Farnabazo
y destrozados los Peloponenses, no solamente quedaron en segura
posesión del Helesponto, sino que alejaron a viva fuerza
de aquellos mares a los Lacedemonios. Cogiéronse hasta
las cartas en que lacónicamente participaban a los Éforos
aquella derrota: Nuestras cosas están perdidas. Míndaro,
muerto. La gente, hambrienta. No sabemos qué hacer.
XXIX. Fue tan grande con esto el engreimiento de los soldados
de Alcibíades, y salieron tanto de sí, que tenían
a menos el reunirse con los demás soldados: ¡con
los que muchas veces han sido vencidos- decían- los que
son invictos todavía! Porque no mucho antes había
sucedido que derrotado Trasilo en las inmediaciones de Éfeso,
se había erigido por los Efesios un trofeo de bronce en
oprobio de los Atenienses. Con estas cosas daban en cara los de
Alcibíades a los de Trasilo, ensalzándose a sí
mismos y a su general, y no queriendo alternar con los otros ni
en gimnasios ni en campamentos. Mas cuando Farnabazo vino luego
sobre éstos a tiempo que hacían incursión
en las tierras de Abido, trayendo mucha caballería e infantería,
Alcibíades, corriendo prontamente en su auxilio, puso en
fuga a Farnabazo y le siguió al alcance juntamente con
Trasilo hasta entrada la noche. Uniéronse ya entonces,
y gloriosos y alegres tornaron al campamento, y levantando al
día siguiente un trofeo, talaron la región de Farnabazo,
sin que nadie se atreviera a resistirlos. Cautivó en aquella
acción algunos sacerdotes y sacerdotisas; pero los dejó
ir libres sin rescate. Disponíase a sujetar por armas a
los de Calcedonia, que se habían rebelado y habían
recibido guarnición y comandante de mano de los Lacedemonios:
pero al saber que habían recogido cuanto podía ser
objeto de botín, y lo habían llevarlo en depósito
a los Bitinios, sus amigos, pasó a los términos
de éstos con su ejército y les mandó un heraldo
con esta queja; mas ellos concibieron miedo, y además de
entregarle el botín le pactaron amistad.
XXX. Barreada Calcedonia de mar a mar, vino Farnabazo para hacer
levantar el cerco, e Hipócrates, el gobernador, sacando
también de la ciudad sus fuerzas, acometió a los
Atenienses: mas Alcibíades, formando contra ambos su ejército,
obligó a Farnabazo a huir cobardemente, y a Hipócrates
y a muchos de los suyos los destrozó enteramente, alcanzando
de ellos una señalada victoria. Navegó en seguida
al Helesponto, donde anduvo recogiendo contribuciones, y tornó
a Selibria, aventurando su persona sin consideración: porque
los que habían de entregarle esta ciudad habían
convenido en que levantarían una tea a la media noche:
pero se vieron precisados a mostrarla antes de hora por temor
de uno de los conjurados, que de repente se les había vuelto.
Levantada, pues, la tea cuando la tropa no estaba todavía
a punto, tomando consigo como unos treinta, marchó corriendo
a la muralla, dejando orden de que los demás le siguiesen
prontamente. Abriéronle la puerta cuando a los treinta
se habían reunido veinte peltastas, o armados de rodela.,
y, entrando sin detención, percibió que los Selibrios
venían de frente hacia él armados. De estarse quieto
conoció que no había para él recurso; y el
huir, habiendo sido invicto siempre hasta aquel día, no
lo tuvo por de su carácter; hizo, pues, seña al
trompeta de que impusiera silencio, y a uno de los que con él
se hallaban le ordenó que gritase: Atenienses, no
hagáis armas contra los Selibrios. Esta intimación
hizo en unos el efecto de ser más remisos en el pelear,
pareciéndoles que estaban dentro todos los enemigos, y
en otros el de formar más lisonjeras esperanzas de favorable
concierto. Mientras que entre sí conferenciaban sobre lo
hacedero, le llegaron a Alcibíades todas las tropas, y
conjeturando que las intenciones de los Selibrios eran pacíficas,
temió que habían de saquear la ciudad los Tracios,
los cuales eran en gran número, y por inclinación
y amor a Alcibíades habían tomado las armas con
la más pronta voluntad. Hízoles, pues, a todos salir
de la población, y en nada ofendió a los Selibrios,
que estaban recelosos, sino que, con haber recogido un impuesto
y haber dejado guarnición se retiró.
XXXI Los generales que mandaban el sitio de Calcedonia convinieron
con Farnabazo, por un tratado, en, que recogerían una contribución,
los Calcedonios volverían a la obediencia de los Atenienses
y éstos no harían ningún daño en la
satrapía de Farnabazo, obligándoles éste
a dar a los embajadores de los Atenienses escolta con toda seguridad.
Como a la vuelta de Alcibíades desease Farnabazo que él
también jurara el tratado, respondió que no lo ejecutaría
antes de haber jurado ellos. Prestados que fueron los juramentos,
marchó contra los Bizantinos, que se habían rebelado,
y circunvaló la ciudad. Ofreciéndole, bajo la condición
de salvarla. Anaxilao, Licurgo y algunos otros, que la entregarían,
hizo correr la voz de que le llamaban fuera de allí novedades
ocurridas en la Jonia, y por el día salió con toda
su escuadra; pero, volviendo a la noche, saltó en tierra
con la infantería, y resguardándose con las murallas
se estuvo allí quedo; pero las naves vinieron sobre el
puerto, y acometiendo impetuosamente con grande gritería,
alboroto y estruendo, asombraron a los demás Bizantinos
por lo inesperado del caso y dieron ocasión a los partidarios
de los Atenienses para entregar la ciudad a Alcibíades
impunemente, pues todos los habitantes habían corrido hacia
el puerto para resistir el ataque de las naves. Mas con todo no
fue esta jornada exenta de riesgo, porque los Peloponenses, Beocios
y Megarenses que allí se hallaban, a los que descendieron
de las naves los rechazaron y obligaron a reembarcar; y llegando
a entender que había Atenienses dentro, formándose
en batalla, marcharon juntos contra ellos. Trabado un reñido
combate, los venció Alcibíades, mandando él
el ala derecha y Teramenes la izquierda: y de los enemigos que
les vinieron a las manos tomaron vivos unos trescientos. De los
de Bizancio, después del combate, ni se dio muerte ni se
desterró a ninguno, porque con esta condición se
entregó la ciudad y también con la de que a nada
que fuese de ellos se había de tocar. Por esta razón,
defendiéndose Anaxilao de la causa sobre traición
que se le movió en Lacedemonia, hizo ver en su discurso
que no tenía por qué avergonzarse de lo hecho: porque
dijo que no siendo Lacedemonio, sino Bizantino, viendo en peligro,
no a Esparta, sino a Bizancio, hallándose su ciudad cercada
de manera que nadie podía entrar, y consumiendo los Peloponenses
y Beocios todos los víveres que había en la ciudad,
mientras que los Bizantinos fallecían de hambre con sus
mujeres y sus hijos, no le pareció que cometía traición
con la entrega, sino que redimía a su ciudad de la guerra
y de los males que padecía, imitando en esto a los más
ilustres de la Lacedemonia, para quienes sólo es honesto
y justo lo que es en provecho de la patria. Los Lacedemonios,
a este razonamiento, cedieron con respeto y absolvieron a los
acusados.
XXXII. Alcibíades, teniendo ya deseo de volver a ver a
Atenas, y más todavía de ser visto de los ciudadanos,
después de haber vencido tantas veces a los enemigos, dio
la vela con esta dirección, yendo las galeras áticas
adornadas en derredor con muchos escudos y despojos, llevando
a remolque muchas naves tomadas y ostentando en mayor número
todavía las banderas de las que habían sido vencidas
y echadas a pique, que entre unas y otras no bajaban de doscientas.
Mas lo que añade a esto Duris de Samo, que se da por descendiente
de Alcibíades, diciendo que Crisógono, coronado
en los juegos píticos, les llevaba la cadencia a los remeros
con la flauta; que daba las órdenes Calípides, actor
de tragedias, adornado de un rico vestido, con el manto real y
todo el demás aparato de teatro, y que la capitana entró
en el puerto con una vela de púrpura, como si viniera de
un convite bacanal, no lo refiere ni Teopompo, ni Éforo,
ni Jenofonte; además de que no es de creer que se presentara
a los Atenienses con tan insolente lujo, volviendo del destierro,
y después de haber pasado tantos trabajos. Antes, entró
temeroso, y estando ya en el puerto, no saltó en tierra
hasta que, hallándose sobre cubierta, vio que iba a presentársele
su primo Euriptólemo y muchos de sus amigos y deudos, que,
yendo a recibirle, le estaban llamando. Luego que estuvo en tierra,
cuantos iban al encuentro ni siquiera parece que veían
a los otros generales, sino que, puesta la vista en él,
le aclamaban, le saludaban, le acompañaban, y acercándosele
le ponían coronas; los que no podían llegarse a
él le miraban de lejos, y los ancianos se lo mostraban
a los jóvenes. Con aquel gozo de la ciudad se mezclaron
también muchas lágrimas, y la memoria, en tanta
prosperidad, de las pasadas desgracias, haciendo cuenta de que
ni habrían dejado de tomar la Sicilia, ni les habría
salido mal nada de lo que se prometían si hubieran dejado
a Alcibíades el mando en aquellas empresas y sobre aquellas
fuerzas; pues que aun ahora, tomando a su cargo la ciudad desposeída
casi del todo del mar y dueña en la tierra apenas de sus
arrabales, dividida además y sublevada contra sí
misma, levantándola en tan débiles y apocadas ruinas
no solamente le había restituido el imperio del mar, sino
que hacía ver que también por tierra doquiera había
vencido a sus enemigos.
XXXIII. Sancionóse primeramente el decreto de su vuelta
a propuesta de Cricias hijo de Calescro, como él mismo
lo escribió en sus elegías, recordando así
a Alcibíades este favor: Yo el decreto escribí para
tu vuelta, y en junta le propuse: obra fue mía. Mi lengua
fuera quien le impuso el sello. Reuniéndose entonces el
pueblo en junta, se presentó Alcibíades; quejóse
y lamentóse de sus desgracias, sin hacer más que
culpar ligera y blandamente al pueblo, atribuyéndolo todo
a su mala suerte y a algún genio envidioso, y concluyendo
con darles grandes esperanzas contra los enemigos e inspirarles
aliento y confianzas; lo coronaron con coronas de oro y le nombraron
generalísimo sin restricción, juntamente de tierra
y de mar. Decretóse asimismo que se le restituyesen sus
bienes y que los Eumólpidas y heraldos levantasen las imprecaciones
que habían pronunciado de orden del pueblo. Levantáronlas
los demás; pero el hierofantes Teodoro respondió:
Yo ninguna imprecación hice contra él, si
en nada ha ofendido a la ciudad.
XXXIV. Aunque procedían con tan brillante prosperidad
las cosas de Alcibíades, a algunos les causó inquietud
el momento de la vuelta, porque en el día de su arribo
se hacían las purificaciones o lavatorios en honor de la
Diosa. Celebran las sacrificantes estas orgías arcanas
en el día 25 del mes Targelión, quitando todo el
ornato y cubriendo la imagen, por lo que los Atenienses cuentan
este día de cesación de todo trabajo entre los más
aciagos. Parecía, pues, que la Diosa no recibía
con amor y benignidad a Alcibíades, sino que se le encubría
y lo apartaba de sí. Sin embargo, habiéndole sucedido
todo según su deseo, y hecho equipar cien galeras, que
iban a salir otra vez al mar, le asaltó en esto una cierta
ambición generosa y le detuvo hasta el tiempo de los misterios,
por cuanto desde que se muró a Decelea y los enemigos se
apoderaron de los caminos de Eleusis, ningún aparato había
tenido la iniciación, siendo preciso ir por mar, y así
los sacrificios, los coros y muchas de las ceremonias propias
de camino cuando se invoca a Iaco se habían omitido por
necesidad. Parecióle, por tanto, a Alcibíades que
ganarían en piedad respecto de la Diosa y en gloria respecto
de los hombres, dando a la solemnidad la forma antigua, acompañando
por tierra la pompa de la iniciación y pasando las ofrendas
por entre los enemigos, porque, o haría estarse enteramente
quieto a Agis, pasando por esta humillación, o pelearían
una guerra sagrada y agradable a los Dioses por las cosas más
santas y más grandes a la vista de la patria, teniendo
a todos los ciudadanos por testigos de su valor. Luego que se
decidió por esta idea y dio parte de ella a los Eumólpidas
y a los heraldos, puso centinelas en las alturas, y desde el amanecer
envió algunos correos. Tomando después consigo a
los sacerdotes, a los iniciados y a los iniciadores, y ocultándolos
con las armas, los condujo con aparato y sin ruido: dando en esta
especie de expedición un espectáculo augusto y religioso,
al que daban los nombres de procesión sagrada, propia de
los santos misterios, los que estaban exentos de envidia. Ninguno
de los enemigos osó oponerse; y habiendo hecho la vuelta
con igual seguridad, él mismo se engrió en su ánimo,
y llenó de tanto orgullo al ejército, que se miraba
como incontrastable e invencible bajo tal caudillo. A los jornaleros
y a los pobres se los atrajo de manera que concibieron un violento
deseo de que dominara solo, diciéndoselo así algunos
y acercándose a él para exhortarle a que, despreciando
la envidia, se sobrepusiera a los decretos, a las leyes y a los
embelecadores que perdían la ciudad, para poder obrar y
manejar los negocios como le pareciese, sin temor de calumniadores.
XXXV. Cuál hubiese sido su modo de pensar acerca de esta
propuesta de tiranía, no puede saberse; pero habiendo los
principales ciudadanos concebido miedo, dieron calor a que se
embarcara cuanto antes, concediéndole todo lo demás
y los colegas que quiso. Partiendo, pues, con las cien galeras,
y tocando en Andro, venció, sí, en batalla a los
habitantes y a cuantos Lacedemonios allí había,
pero no tomó la ciudad; y éste fue el primero de
los cargos de que se valieron contra él sus enemigos. Y
en verdad que parece haber sido Alcibíades más que
otro alguno víctima de su propia gloria y reputación;
porque siendo muy grande y muy acreditado de valor y prudencia
por tantos prósperos sucesos, lo que no conseguía
lo hacía sospechoso de que no ponía eficacia, no
queriendo creer que era no haber podido; pues que con la diligencia
nada había de desgraciársele; por tanto, esperaba
la noticia de que había sujetado a los de Quío y
toda la Jonia, y se indignaban de que no se les diese todo concluido
con la presteza y celeridad que apetecían, no parándose
a considerar su falta de fondos, a causa de la cual, habiendo
de hacer la guerra a hombres que tenían al rey por su mayordomo,
se veía muchas veces precisado a navegar y abandonar el
ejército para asistirle con las pagas y los víveres,
porque el último cargo dimanó de la siguiente causa.
Enviado Lisandro por los Lacedemonios con el mando de la armada,
y dando de paga a los marineros cuatro óbolos en lugar
de tres del dinero que tomó de Ciro, Alcibíades,
que ya penosamente les acudía con los tres óbolos,
tuvo que marchar a Caria a recoger alguna suma. Antíoco,
que fue el que quedó con el mando de las naves, era buen
marino, pero necio por lo demás y de ningún provecho;
y aunque Alcibíades le dejó prevenido que de ningún
modo combatiese, aun cuando le buscasen los enemigos, de tal modo
se insolentó y tuvo en poco aquella orden, que equipando
su galera y una de otro de capitán, se fue la vuelta de
Éfeso, y haciendo y diciendo mil sandeces e insultos, se
metió por entre las proas de las naves enemigas. Al principio
Lisandro, yéndose a él, se puso a perseguirle con
pocas naves; pero cuando vinieron en auxilio de aquel los Atenienses
con todas las suyas, pasando adelante, deshizo al mismo Antíoco,
le tomó muchas naves y gente y levantó un trofeo.
Luego que Alcibíades oyó lo sucedido, volviendo
a Samo, marchó con todas sus fuerzas y provocó a
Lisandro; pero éste, contento con su victoria, no quiso
hacerle frente.
XXXVI Siendo entre los que en el ejército miraban mal
a Alcibíades el mayor enemigo suyo Trasíbulo, hijo
de Trasón, marchó a Atenas para acusarle; y acalorando
a los que allí tenía, hizo entender al pueblo que
Alcibíades había desgraciado los negocios de la
república y perdido las naves por abusar de la autoridad,
dando el mando a hombres que con francachelas y con las fanfarronadas
propias de los marinos granjeaban todo su favor, para que él,
andando de una parte a otra, pudiera enriquecerse y entregarse
a sus desórdenes en el beber y liviandades con sus amigas
abidenas y jonias, sin embargo de navegar bien cerca los enemigos.
Culpábanle asimismo de la prevención de la muralla
que habían hecho construir en Tracia a la parte de Bisanta,
para refugio suyo, por no poder o no querer vivir en la patria.
Arrastrados de estas inculpaciones los Atenienses, eligieron otros
generales, poniendo de manifiesto su encono y malignas ideas contra
Alcibíades; el cual, luego que lo entendió, por
temor se retiró en un todo del ejército, y haciendo
recluta de extranjeros, se dedicó a hacer la guerra por
su cuenta a los Tracios, que no reconocían rey, y allegó
mucho caudal de los que sojuzgó, poniendo al mismo tiempo
a los Griegos establecidos por aquellos contornos en plena seguridad
de parte de los bárbaros. Con todo, más adelante,
cuando los generales Tideo, Menandro y Adimanto, que con todas
las naves que les habían quedado a los Atenienses estaban
en el puerto de Egos Pótamos, solían ir todas las
mañanas muy temprano en busca de Lisandro, surto con las
naves de los Lacedemonios en Lámpsaco para provocarle,
y volviéndose después al mismo puesto, pasaban el
día desordenada y descuidadamente como despreciando a éstos,
Alcibíades, que se hallaba cerca, no lo miró con
indiferencia y abandono, sino que, montando a caballo, advirtió
a los generales que estaban mal apostados en un país que
carecía de puertos y de ciudades, forzados a hacer provisiones
en Sesto, que les caía muy lejos, y teniendo en tanto abandonada
la tripulación en tierra, yéndose cada uno y esparciéndose
por donde le daba la gana, cuando tenían al frente la escuadra
enemiga, acostumbrada a ejecutar sin rebullirse cuanto manda un
hombre solo.
XXXVII. Hízoselo así presente Alcibíades,
y les persuadió que trasladaran sus fuerzas a Sesto; pero
los generales no le dieron oídos, y aun Tideo le ordenó
con expresiones injuriosas que se retirase, porque no era él,
sino ellos mismos, quienes tenían el mando; con lo que
se retiró Alcibíades, no sin formar de ellos alguna
sospecha de traición, y diciendo a los que le acompañaban
desde el campamento, por ser sus conocidos, que, a no haber sido
tan ignominiosamente despedido por los generales, en breves días
hubiera puesto a los Lacedemonios en la precisión de combatir
contra su voluntad o de abandonar las naves. Algunos lo graduaron
de jactancia, mas a otros les pareció que iba muy fundado,
si su ánimo era llevar por tierra muchos de los soldados
tracios, tiradores y de a caballo, y acometer y poner con ellos
en desorden el campo enemigo. Por de contado que adivinó
y predijo acertadamente los errores de los Atenienses; bien pronto
lo acreditó el suceso: porque viniendo sobre ellos repentina
e inesperadamente Lisandro, sólo ocho naves se salvaron
con Conón; todas las demás, que eran muy cerca de
doscientas, cayeron en poder de los enemigos; y de las tropas,
a unos tres mil hombres que Lisandro tomó vivos, a todos
los pasó al filo de la espada. Tomó también
a Atenas de allí a poco, incendió sus naves y destruyó
la llamada larga muralla. En vista de esto, temiendo Alcibíades
a los Lacedemonios, que dominaban por tierra y por mar, se trasladó
a Bitinia, haciendo conducir y llevando consigo inmensa riqueza
y dejando todavía mucha más en la ciudad de su residencia.
Perdió también después en Bitinia gran parte
de sus bienes, robado de los Tracios de aquella parte, por lo
que determinó ir a ponerse en manos de Artojerjes, pensando
que, si llegaba el caso, haría al rey servicios no inferiores
en sí a los de Temístocles y más recomendables
en su objeto, porque no se emplearía, como aquel, contra
sus ciudadanos, sino que en favor de la patria y contra sus enemigos
trabajaría e imploraría el poder del rey. Juzgando,
empero, que por medio de Farnabazo sería más seguro
su viaje, se encaminó hacia él a la Frigia, donde
en su compañía se detuvo, obsequiándole y
siendo de él honrado.
XXXVIII. Era muy sensible a los Atenienses verse despojados del
imperio y superioridad; pero después que Lisandro los privó
además de la libertad, poniendo la ciudad en manos de los
Treinta Tiranos, aquellas reflexiones que no les ocurrieron cuando
les habrían servido para su salud las hicieron entonces,
cuando todo estaba perdido, con lamentaciones y quejas, trayendo
a la memoria sus errores y desaciertos y teniendo por el mayor
este segundo encono que habían concebido contra Alcibíades,
porque fue depuesto del mando cuando él mismo en nada había
faltado y sólo porque se habían incomodado con un
subalterno que ignominiosamente había perdido unas cuantas
naves, con mayor ignominia habían privado a la ciudad del
más esforzado y experimentado de sus generales. Con todo,
aun en medio de las calamidades que los rodeaban, entreveían
una sombra de esperanza de que del todo no caería la república
mientras Alcibíades existiese; porque si antes, cuando
fue desterrado, no pudo sufrir el vivir en el ocio y en el reposo,
tampoco ahora, a no estar del todo imposibilitado, llevaría
con paciencia que los Lacedemonios les hicieran agravios y que
los treinta los trataran con vilipendio. Ni era extraño
que a estos sueños se entregaran los demás, cuando
los mismos treinta no se aquietaban sin pensar e inquirir sobre
él y sin mover frecuente conversación de lo que
hacía y de lo que pensaba. Últimamente, Cricias
hizo entender a Lisandro que, no viviendo en democracia los Atenienses,
podía tenerse por seguro el imperio de los Lacedemonios
sobre la Grecia, pero que por más sumisos y obedientes
que se mostrasen a la oligarquía, mientras Alcibíades
viviese no los dejaría permanecer quietos en el orden establecido.
Sin embargo, para que Lisandro accediese a estas sugestiones,
fue al fin preciso que viniera de Esparta una orden por la que
se le mandaba que se quitara a Alcibíades del medio, bien
fuera porque temiesen su actividad y grandeza de alma, o bien
porque quisieran complacer a Agis.
XXXIX. Cuando Lisandro envió a Farnabazo la orden para
la ejecución, y éste la cometió a su hermano
Mageo y a su tío Susamitres, hizo la casualidad que Alcibíades
se hallaba en cierta aldea de Frigia, teniendo en su compañía
a Timandra, que era una de sus amigas. Había tenido entre
sueños esta, visión: parecíale que se había
adornado con los vestidos de su amiga, y que ésta, reclinando
él la cabeza en sus brazos, le adornaba el rostro como
el de una mujer, pintándolo y alcoholándolo. Otros
dicen que vio en sueños a Mageo y los de su facción
que le cortaban la cabeza y quemaban su cuerpo; mas todos convienen
en que tuvo la una o la otra visión poco antes de su muerte.
Los que fueron enviados contra él no se atrevieron a entrar
en la casa, y lo que hicieron fue, apostándose alrededor
de ella, pegarle fuego. Sintiólo Alcibíades, y recogiendo
muchos vestidos y otras ropas los echó en el fuego, y rodeándose
a la mano izquierda su manto, con la diestra desenvainó
la espada, y pasando con la mayor intrepidez por encima del fuego
antes que se hubiesen encendido las ropas, con sólo presentarse
dispersó a los bárbaros, porque ninguno de ellos
tuvo valor para aguardarle ni lidiar con él, sino que desde
lejos le lanzaban saetas y dardos. Traspasado de ellos cayó
finalmente muerto. Después que los bárbaros se marcharon,
Timandra recogió el cadáver, y envolviéndole
en las ropas de ella, le hizo el funeral y honrosas exequias que
las circunstancias permitían. Dícese que fue hija
de ésta la célebre Lais, llamada Corintia, tomada
cautiva en Hícaros, aldea de la Sicilia. Otros escritores
hay que refieren de diferente modo el acontecimiento de la muerte
de Alcibíades, diciendo que no tuvieron la culpa de ella
ni Farnabazo, ni Lisandro, ni los Lacedemonios, sino que habiendo
el mismo Alcibíades seducido una mozuela de una familia
conocida suya y reteniéndola consigo, los hermanos, que
sentían vivamente esta afrenta, dieron por la noche fuego
a la casa en que vivía Alcibíades y le asaetearon,
como se ha dicho, cuando salía por medio de las llamas.
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