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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I Viendo César en Roma ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece, si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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ALEJANDRO
I. Habiéndonos propuesto escribir en este
libro la vida de Alejandro y la de César, el que venció
a Pompeyo, por la muchedumbre de hazañas de uno y otro,
una sola cosa advertimos y rogamos a los lectores, y es que si
no las referimos todas, ni aun nos detenemos con demasiada prolijidad
en cada una de las más celebradas, sino que cortamos y
suprimimos una gran parte, no por esto nos censuren y reprendan.
Porque no escribimos historias, sino vidas; ni es en las acciones
más ruidosas en las que se manifiestan la virtud o el vicio,
sino que muchas veces un hecho de un momento, un dicho agudo y
una niñería sirven más para pintar un carácter
que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos
y sitios de ciudades. Por tanto, así como los pintores
toman para retratar las semejanzas del rostro y aquellas facciones
en que más se manifiesta la índole y el carácter,
cuidándose poco de todo lo demás, de la misma manera
debe a nosotros concedérsenos el que atendamos más
a los indicios del ánimo, y que por ellos dibujemos la
vida de cada uno, dejando a otros los hechos de grande aparato
y los combates.
II. Que Alejandro era por parte de padre Heraclida, descendiente
de Carano, y que era Eácida por parte de madre, trayendo
origen de Neoptólemo, son cosas en que generalmente convienen
todos. Dícese que iniciado Filipo en Samotracia juntamente
con Olimpia, siendo todavía joven, se enamoró de
ésta, que era niña huérfana de padre y madre,
y que se concertó su matrimonio tratándolo con el
hermano de ella, llamado Arimbas. Parecióle a la esposa
que antes de la noche en que se reunieron en el tálamo
nupcial, habiendo tronado, le cayó un rayo en el vientre,
y que de golpe se encendió mucho fuego, el cual, dividiéndose
después en llamas, que se esparcieron por todas partes,
se disipó. Filipo, algún tiempo después de
celebrado el matrimonio, tuvo un sueño, en el que le pareció
que sellaba el vientre de su mujer, y que el sello tenía
grabada, la imagen de un león. Los demás adivinos
no creían que aquella visión significase otra cosa
sino que Filipo necesitaba una vigilancia más atenta en
su matrimonio; pero Aristandro de Telmeso dijo que aquello significaba
estar Olimpia encinta, pues lo que está vacío no
se sella, y que lo estaba de un niño valeroso y parecido
en su índole a los leones. Vióse también
un dragón, que estando dormida Olimpia se le enredó
al cuerpo, de donde provino, dicen, que se amortiguase el amor
y cariño de Filipo, que escaseaba el reposar con ella;
bien fuera por temer que usara de algunos encantamientos y maleficios
contra él, o bien porque tuviera reparo en dormir con una
mujer que se había ayuntado con un ser de naturaleza superior.
Todavía corre otra historia acerca de estas cosas, y es
que todas las mujeres de aquel país, de tiempo muy antiguo,
estaban iniciadas en los Misterios Órficos y en las orgías
de Baco; y siendo apellidadas Clodones y Mimalones, hacían
cosas muy parecidas a las que ejecutan las Edónides y las
Tracias, habitantes del monte Hemo; de donde habían provenido
el que el verbo se aplicase a significar sacrificios abundantes
y llevados al exceso. Pues ahora Olimpia, que imitaba más
que las otras este fanatismo y las excedía en el entusiasmo
de tales fiestas, llevaba en las juntas báquicas unas serpientes
grandes domesticadas por ella, las cuales, saliéndose muchas
veces de la hiedra y de la zaranda mística, y enroscándose
en los tirsos y en las coronas, asustaban a los concurrentes.
III. Dícese, sin embargo, que, habiendo enviado Filipo
a Querón el Megalopolitano a Delfos después del
sueño, le trajo del dios un oráculo, por el que
le prescribía que sacrificara a Amón y le venerara
con especialidad entre los dioses; y es también fama que
perdió un ojo por haber visto, aplicándose a una
rendija de la puerta, que el dios se solazaba con su mujer en
forma de dragón. De Olimpia refiere Eratóstenes
que al despedir a Alejandro, en ocasión de marchar al ejército,
le descubrió a él sólo el arcano de su nacimiento,
y le encargó que se portara de un modo digno de su origen;
pero otros aseguran que siempre miró con horror semejante
fábula, diciendo: ¿Será posible que
Alejandro no deje de calumniarme ante Hera? Nació,
pues, Alejandro en el mes Hecatombeón, al que llamaban
los Macedonios Loo, en el día sexto, el mismo en que se
abrasó el templo de Ártemis de Éfeso, lo
que dio ocasión a Hegesias el Magnesio para usar de un
chiste que hubiera podido por su frialdad apagar aquel incendio:
porque dijo que no era extraño haberse quemado el templo
estando Ártemis ocupada en asistir el nacimiento de Alejandro.
Todos cuantos magos se hallaron a la sazón en Éfeso,
teniendo el Suceso del templo por indicio de otro mal, corrían
lastimándose los rostros y diciendo a voces que aquel día
había producido otra gran desventura para el Asia. Acababa
Filipo de tomar a Potidea, cuando a un tiempo recibió tres
noticias: que había vencido a los Ilirios en una gran batalla
por medio de Parmenión, que en los Juegos Olímpicos
había vencido con caballo de montar, y que había
nacido Alejandro. Estaba regocijado con ellas, como era natural,
y los adivinos acrecentaron todavía más su alegría
manifestándole que aquel niño nacido entre tres
victorias sería invencible.
IV. Las estatuas que con más exactitud representan la
imagen de su cuerpo son las de Lisipo, que era el único
por quien quería ser retratado; porque este artista figuró
con la mayor viveza aquella ligera inclinación del cuello
al lado izquierdo y aquella flexibilidad de ojos que con tanto
cuidado procuraron imitar después muchos de sus sucesores
y de sus amigos. Apeles, al pintarle con el rayo, no imitó
bien el color, porque lo hizo más moreno y encendido, siendo
blanco, según dicen, con una blancura sonrosada, principalmente
en el pecho y en el rostro. Su cutis espiraba fragancia, y su
boca y su carne toda despedían el mejor olor, el que penetraba
su ropa, si hemos de creer lo que leemos en los Comentarios de
Aristóxeno. La causa podía ser la complexión
de su cuerpo, que era ardiente y fogosa, porque el buen olor nace
de la cocción de los humores por medio del calor según
opinión de Teofrasto; por lo cual los lugares secos y ardientes
de la tierra son los que producen en mayor cantidad los más
suaves aromas; y es que el sol disipa la humedad de la superficie
de los cuerpos, que es la materia de toda corrupción; y
a Alejandro, lo ardiente de su complexión le hizo, según
parece bebedor y de grandes alientos. Siendo todavía muy
joven se manifestó ya su continencia: pues con ser para
todo lo demás arrojado y vehemente, en cuanto a los placeres
corporales era poco sensible y los usaba con gran sobriedad, cuando
su ambición mostró desde luego una osadía
y una magnanimidad superiores a sus años. Porque no toda
gloria le agradaba, ni todos los principios de ella, como a Filipo,
que, cual si fuera un sofista, hacía gala de saber hablar
elegantemente, y que grababa en sus monedas las victorias que
en Olimpia había alcanzado en carro, sino que a los de
su familia que le hicieron proposición de si quería
aspirar al premio en el estadio- porque era sumamente ligero para
la carrera- les respondió que sólo en el caso de
haber de tener reyes por competidores. En general parece que era
muy indiferente a toda especie de combates atléticos, pues
que, costeando muchos certámenes de trágicos, de
flautistas, de citaristas, y aun los de los rapsodistas o recitadores
de las poesías de Homero, y dando simulacros de cacerías
de todo género y juegos de esgrima, jamás de su
voluntad propuso premio del pugilato o del pancracio.
V. Tuvo que recibir y obsequiar, hallándose ausente Filipo,
a unos embajadores que vinieron de parte del rey de Persia, y
se les hizo tan amigo con su buen trato, y con no hacerles ninguna
pregunta infantil o que pudiera parecer frívola, sino sobre
la distancia de unos lugares a otros, sobre el modo de viajar,
sobre el rey mismo, y cuál era su disposición para
con los enemigos y cuál la fuerza y poder de los Persas,
que se quedaron admirados, y no tuvieron en nada la celebrada
sagacidad de Filipo, comparada con los conatos y pensamientos
elevados del hijo. Cuantas veces venía noticia de que Filipo
había tomado alguna ciudad ilustre o había vencido
en alguna memorable batalla, no se mostraba alegre al oírla,
sino que solía decir a los de su edad: ¿Será
posible, amigos, que mi padre se anticipe a tomarlo todo y no
nos deje a nosotros nada brillante y glorioso en que podamos acreditarnos?
Pues que no codiciando placeres ni riquezas, sino sólo
mérito y gloria, le parecía que cuanto más
le dejara ganado el padre menos le quedarla a él que vencer:
y creyendo por lo mismo que en cuanto se aumentaba el Estado,
en otro tanto decrecían sus futuras hazañas, lo
que deseaba era, no riquezas, ni regalos, ni placeres, sino un
imperio que le ofreciera combates, guerras y acrecentamientos
de gloria. Eran muchos, como se deja conocer, los destinados a
su asistencia, con los nombres de nutricios, ayos y maestros,
a todos los cuales presidía Leónidas, varón
austero en sus costumbres y pariente de Olimpíade; pero
como no gustase de la denominación de ayo, sin embargo
de significar una ocupación honesta y recomendable, era
llamado por todos los demás, a causa de su dignidad y parentesco,
nutricio y director de Alejandro; y el que tenía todo el
aire y aparato de ayo era Lisímaco, natural de Acarnania;
el cual, a pesar de que consistía toda su crianza en darse
a sí mismo el nombre de Fénix, a Alejandro el de
Aquiles y a Filipo el de Peleo, agradaba mucho con esta simpleza,
y tenía el segundo lugar.
VI. Trajo un Tésalo llamado Filonico el caballo Bucéfalo
para venderlo a Filipo en trece talentos, y, habiendo bajado a
un descampado para probarlo, pareció áspero y enteramente
indómito, sin admitir jinete ni sufrir la voz de ninguno
de los que acompañaban a Filipo, sino que a todos se les
ponía de manos. Desagradóle a Filipo, y dio orden
de que se lo llevaran por ser fiero e indócil; pero Alejandro,
que se hallaba presente: ¡Qué caballo pierden-
dijo-, sólo por no tener conocimiento ni resolución
para manejarle! Filipo al principio calló; mas habiéndolo
repetido, lastimándose de ello muchas veces: Increpas-
le replicó- a los que tienen más años que
tú, como si supieras o pudieras manejar mejor el caballo;
a lo que contestó: Este ya se ve que lo manejaré
mejor que nadie. Si no salieres con tu intento- continuó
el padre- ¿cuál ha de ser la pena de tu temeridad?
Por Júpiter- dijo-, pagaré el precio del caballo.
Echáronse a reír, y, convenidos en la cantidad,
marchó al punto adonde estaba el caballo, tomóle
por las riendas y, volviéndole, le puso frente al sol,
pensando, según parece, que el caballo, por ver su sombra,
que caía y se movía junto a sí, era por lo
que se inquietaba. Pasóle después la mano y le halagó
por un momento, y viendo que tenía fuego y bríos,
se quitó poco a poco el manto, arrojándolo al suelo,
y de un salto montó en él sin dificultad. Tiró
un poco al principio del freno, y sin castigarle ni aun tocarle
le hizo estarse quedo. Cuando ya vio que no ofrecía riesgo,
aunque hervía por correr, le dio rienda y le agitó
usando de voz fuerte y aplicándole los talones. Filipo
y los que con él estaban tuvieron al principio mucho cuidado
y se quedaron en silencio; pero cuando le dio la vuelta con facilidad
y soltura, mostrándose contento y alegre, todos los demás
prorrumpieron en voces de aclamación; mas del padre se
refiere que lloró de gozo, y que besándole en la
cabeza luego que se apeó: Busca, hijo mío-
le dijo-, un reino igual a ti, porque en la Macedonia no cabes.
VII. Observando que era de carácter poco flexible y de
los que no pueden ser llevados por la fuerza, pero que con la
razón y el discurso se le conducía fácilmente
a lo que era decoroso y justo, por sí mismo procuró
más bien persuadirle que mandarle; y no teniendo bastante
confianza en los maestros de música y de las demás
habilidades comunes para que pudieran instruirle y formarle, por
exigir esto mayor inteligencia y ser, según aquella expresión
de Sófocles, Obra de mucho freno y mucha maña, envió
a llamar el filósofo de más fama y más extensos
conocimientos, que era Aristóteles, al que dio un honroso
y conveniente premio de su enseñanza, porque reedificó
de nuevo la ciudad de Estagira, de donde era natural Aristóteles,
que el mismo Filipo había asolado, y restituyó a
ella a los antiguos ciudadanos, fugitivos o esclavos. Concedióles
para escuela y para sus ejercicios el lugar consagrado a las Ninfas,
inmediato a Mieza, donde aun ahora muestran los asientos de piedra
de Aristóteles y sus paseos defendidos del sol. Parece
que Alejandro no sólo aprendió la ética y
la política, sino que tomó también conocimiento
de aquellas enseñanzas graves reservadas, a las que los
filósofos llaman, con nombres técnicos, acroamáticas
y epópticas, y que no comunican a la muchedumbre. Porque
habiendo entendido después de haber pasado ya al Asia que
Aristóteles había publicado en sus libros algunas
de estas doctrinas, le escribió, hablándole con
desenfado sobre la materia, una carta de que es copia la siguiente.
Alejandro a Aristóteles, felicidad. No has hecho
bien en publicar las doctrinas acroamáticas; porque ¿en
qué nos diferenciamos de los demás, si las ciencias
en que nos has instruido han de ser comunes a todos? Pues yo más
quiero sobresalir en los conocimientos útiles y honestos
que en el poder. Dios te guarde. Aristóteles,
para acallar esta noble ambición, se defendió acerca
de estas doctrinas diciendo que no debía tenerlas por divulgadas,
aunque las había publicado, pues en realidad sus tratados
de Metafísica no eran útiles para aprender e instruirse,
por haberlo escrito desde luego para servir como de índice
o recuerdo a los ya adoctrinados.
VIII. Tengo por cierto haber sido también Aristóteles
quien principalmente inspiró a Alejandro su afición
a la Medicina, pues no sólo se dedicó a la teórica,
sino que asistía a sus amigos enfermos y les prescribía
el régimen y medicinas convenientes, como se puede inferir
de sus cartas. En general, era naturalmente inclinado a las letras,
a aprender y a leer; y como tuviese a la Ilíada por guía
de la doctrina militar, y aun le diese este nombre, tomó
corregida de mano de Aristóteles la copia que se llamaba
La Ilíada de la caja, la que, con la espada, ponía
siempre debajo de la cabecera, según escribe Onesícrito.
No abundaban los libros en Macedonia, por lo que dio orden a Hárpalo
para que los enviase; y le envió los libros de Filisto,
muchas copias de las tragedias de Eurípides, de Sófocles
y de Esquilo, y los ditirambos de Telestes y de Filóxeno.
Al principio admiraba a Aristóteles y le tenía,
según decía él mismo, no menos amor que a
su padre, pues si del uno había recibido el vivir, del
otro el vivir bien; pero al cabo de tiempo tuvo ciertos recelos
de él, no hasta el punto de ofenderle en nada, sino que
el no tener ya sus obsequios el calor y la viveza que antes daba
muestras de aquella indisposición. Sin embargo, el amor
y deseo de la filosofía que aquel le infundió ya
no se borró nunca de su alma, como lo atestiguan el honor
que dispensó a Anaxarco, los cincuenta talentos enviados
a Jenócrates y el amparo que en él hallaron Dandamis
y Calano.
IX. Hacía Filipo la guerra a los Bizantinos cuando Alejandro
no tenía más que diez y seis años, y habiendo
quedado en Macedonia con el gobierno y con el sello de él,
sometió a los Medos, que se habían rebelado; tomóles
la capital, de la que arrojó a los bárbaros, y repoblándola
con gentes de diferentes países le dio el nombre de Alejandrópolis.
En Queronea concurrió a la batalla dada contra los Griegos,
y se dice haber sido el primero que acometió a la cohorte
sagrada de los Tebanos; todavía en nuestro tiempo se muestra
a orillas del Cefiso una encina antigua llamada de Alejandro,
junto a la cual tuvo su tienda, y allí cerca está
el cementerio de los Macedonios. Filipo, con estos hechos, amaba
extraordinariamente al hijo, tanto, que se alegraba de que los
Macedonios llamaran rey a Alejandro y general a Filipo; pero las
inquietudes que sobrevinieron en la casa con motivo de los amores
y los matrimonios de éste, haciendo en cierta manera que
enfermara el reino a la par de la unión conyugal, produjeron
muchas quejas y grandes desavenencias, las que hacía mayores
el mal genio de Olimpíade, mujer suspicaz y colérica,
que procuraba acalorar a Alejandro. Hízolas subir de punto
Átalo en las bodas de Cleopatra, doncella con quien se
casó Filipo, enamorado de ella fuera de su edad. Átalo
era tío de ésta, y, embriagado, en medio de los
brindis exhortaba a los Macedonios a que pidieran a los dioses
les concedieran de Filipo y Cleopatra un sucesor legítimo
del reino. Irritado con esto Alejandro: ¿Pues que-
le dijo-, mala cabeza, te parece que yo soy bastardo?; y
le tiró con la taza. Levantáse Filipo contra él,
desenvainando la espada; pero, por fortuna de ambos, con la cólera
y el vino se le fue el pie y cayó; y entonces Alejandro
exclamó con insulto: Este es ¡Oh Macedonios!
el hombre que se preparaba para pasar de la Europa al Asia, y
pasando ahora de un escaño a otro ha venido al suelo.
De resulta de esta indecente reyerta, tomando consigo a Olimpíade
y estableciéndola en el Epiro, él se fue a habitar
en Iliria. En esto, Demarato de Corinto, que era huésped
de la casa y hombre franco, pasó a ver a Filipo, y como
después de los abrazos y primeros obsequios le preguntase
éste cómo en punto a concordia se hallaban los Griegos
unos con otros: Pues es cierto- le contestó- que
te está a ti bien ¡oh Filipo! el mostrar ese cuidado
por la Grecia, cuando has llenado tu propia casa de turbación
y de males. Vuelto en sí Filipo con esta advertencia,
envió a llamar a Alejandro y consiguió atraerle
por medio de las persuasiones de Demarato.
X. Sucedió a poco que Pexodoro, sátrapa de Caria,
con la mira de ganarse la alianza de Filipo contrayendo deudo
con él, pensó dar en matrimonio su hija mayor a
Arrideo, hijo de Filipo, para lo que envió a Aristócrito
a Macedonia; con este motivo intervinieron nuevas hablillas y
nuevas calumnias de los amigos y de la madre con Alejandro, achacando
a Filipo que con estos brillantes enlaces y estos apoyos trataba
de preparar para el trono a Arrideo. Incomodado Alejandro, envía
a Caria por su parte a Tésalo, actor de tragedias, con
el encargo de proponer a Pexodoro que, dejando a un lado el del
bastardo y no muy avisado, traslade el enlace a él mismo,
lo que acomodó mucho más a Pexodoro que el primer
proyecto; pero habiéndolo entendido Filipo, se fue a la
habitación de Alejandro, y haciendo convocar a Filotas,
hijo de Parmenión, uno de sus más íntimos
amigos, a presencia de éste le increpó violentamente
y le reconvino con aspereza sobre que se mostraba hombre ruin
e indigno de los bienes que su condición le ofrecía
si tenía por conveniencia ser yerno de un hombre de Caria,
que, en suma, era un esclavo. Escribió, además,
a los Corintios para que a Tésalo se lo remitiesen con
prisiones, y de los demás amigos de Alejandro desterró
de Macedonia a Hárpalo y a Nearco, a Frigio y a Tolomeo,
a los cuales restituyó después Alejandro y los tuvo
en el mayor honor y aprecio. Luego, cuando Pausanias, afrentado
por disposición de Átalo y Cleopatra, no pudo obtener
justicia, y con este motivo dio muerte a Filipo, la culpa se cargó
principalmente a Olimpíade, atribuyéndole que había
incitado y acalorado a aquel joven herido de su ofensa, y aun
alcanzó algo de esta acusación a Alejandro: pues
se dice que encontrándole Pausanias después de la
injuria, y lamentándose de ella, le recitó aquel
yambo de la Medea: Al que la dio, al esposo y a la esposa. Con
todo, persiguiendo y buscando diligentemente a todos los socios
de aquel crimen, los castigó, y porque Olimpíade,
en ausencia suya, trató cruelmente a Cleopatra, se mostró
ofendido y lo llevó muy a mal.
XI. Tenía veinte años cuando se encargó
del reino, combatido por todas partes de la envidia y de terribles
odios y peligros, porque los bárbaros de las naciones vecinas
no podían sufrir la esclavitud y suspiraban por sus antiguos
reyes; y en cuanto a la Grecia, aunque Filipo la había
sojuzgado por las armas, apenas había tenido tiempo para
domarla y amansarla; pues no habiendo hecho más que variar
y alterar sus cosas, las había dejado en gran inquietud
y desorden por la novedad y falta de costumbre. Temían
los Macedonios este estado de los negocios, y eran de opinión
de que respecto de la Grecia debía levantarse enteramente
la mano, sin tomar el menor empeño, y de que a los bárbaros
que se ha- bían rebelado se les atrajese con blandura,
aplicando remedio a los principios de aquel trastorno; pero Alejandro,
pensando de un modo enteramente opuesto, se decidió a adquirir
la seguridad y la salud con la osadía y la entereza, pues
que si se viese que decaía de ánimo en lo más
mínimo todos vendrían a cargar sobre él.
Por tanto, a las rebeliones y guerras de los bárbaros les
puso prontamente término, corriendo con su ejército
hasta el Istro, y en una gran batalla venció a Sirmo, rey
de los Tribalos. Como hubiese sabido que se habían sublevado
los Tebanos y que estaban de acuerdo con los Atenienses, queriendo
acreditarse de hombre, al punto marchó, con sus fuerzas
por las Termópilas, diciendo que pues Demóstenes
le había llamado niño mientras estuvo entre los
Ilirios y Tribalos, y muchacho después en Tesalia, quería
hacerle ver ante los muros de Atenas que ya era hombre. Situado,
pues, delante de Tebas dándoles tiempo para arrepentirse
de lo pasado, reclamó a Fénix y Prótites,
y mandó echar pregón ofreciendo impunidad a los
que mudaran de propósito; pero reclamando de él
a su vez los Tebanos a Filotas y Antípatro, y echando el
pregón de que los que quisieran la libertad de la Grecia
se unieran con ellos, dispuso sus Macedonios a la guerra. Pelearon
los Tebanos con un valor y un arrojo superiores a sus fuerzas,
pues venían a ser uno para muchos enemigos; pero habiendo
desamparado la ciudadela llamada Cadmea las tropas macedonias
que la guarnecían, cayeron sobre ellos por la espalda,
y, envueltos, perecieron los más en este último
punto de la batalla. Tomó la ciudad, la entregó
al saqueo y la asoló, principalmente por esperar que, asombrados
e intimidados los Griegos con semejante cala- midad, no volvieran
a rebullirse; pero también quiso dar a entender que en
esto se había prestado a las quejas de los aliados: porque
los Focenses y Plateenses acusaban a los Tebanos. Hizo, pues,
salir a los sacerdotes, a todos los huéspedes de los Macedoníos,
a los descendientes de Píndaro y a los que se habían
opuesto a los que decretaron la sublevación: a todos los
demás los puso en venta, que fueron como unos treinta mil
hombres, siendo más de seis mil los que murieron en el
combate.
XII. En medio de los muchos y terribles males que afligieron
a aquella desgraciada ciudad, algunos Tracios quebrantaron la
casa de Timoclea, mujer principal y de ordenada conducta, y mientras
los demás saqueaban los bienes, el jefe, después
de haber insultado y hecho violencia al ama, le preguntó
si había ocultado plata u oro en alguna parte. Confesóle
que sí, y llevándole sólo al huerto le mostró
el pozo, diciendo que al tomarse la ciudad había arrojado
allí lo más precioso de su caudal. Acercóse
el Tracio, y cuando se puso a reconocer el pozo, habiéndosele
aquélla puesto detrás, le arrojó, y echándole
encima muchas piedras acabó con él. Lleváronla
los Tracios atada ante Alejandro, y desde luego que se presentó
pareció una persona respetable y animosa, pues seguía
a los que la conducían sin dar la menor muestra de temor
o sobresalto. Después, preguntándole el Rey quién
era, respondió ser hermana de Teágenes, el que había
peleado contra Filipo por la libertad de los Griegos y había
muerto de general en la batalla de Queronea. Admirado, pues, Alejandro
de su respuesta y de lo que había ejecutado, la dejó
en libertad a ella y a sus hijos.
XIII. A los Atenienses los admitió a reconciliación,
aun en medio de haber hecho grandes demostraciones de sentimiento
por el infortunio de Tebas; pues teniendo entre manos la fiesta
de los Misterios, la dejaron por aquel duelo, y a los que se refugiaron
en Atenas les prestaron todos los oficios de humanidad; mas con
todo, bien fuese por haber saciado ya su cólera, como los
leones, o bien porque quisiese oponer un acto de clemencia a otro
de suma crueldad y aspereza, no sólo los indultó
de todo cargo, sino que los exhortó a que atendiesen al
buen orden de la ciudad, como que había de tomar el imperio
de la Grecia, si a él le sobrevenía alguna desgracia,
y de allí en adelante se dice que le causaba sumo disgusto
aquella calamidad de los Tebanos, por lo que se mostró
muy benigno con los demás pueblos; y lo ocurrido con Clito
entre los brindis de un festín, y la cobardía en
la India de los Macedonios, por la que en cuanto estuvo de su
parte dejaron incompleta su expedición y su gloria, fueron
cosas que las atribuyó siempre a ira y venganza de Baco.
Por fin, de los Tebanos que quedaron con vida, ninguno se le acercó
a pedirle alguna cosa que no saliera bien despachado; y esto es
lo que hay que referir sobre la toma de Tebas.
XIV. Congregados los Griegos en el Istmo, decretaron marchar
con Alejandro a la guerra contra la Persia, nombrándole
general; y como fuesen muchos los hombres de Estado y los filósofos
que le visitaban y le daban el parabién, esperaba que haría
otro tanto Diógenes el de Sinope, que residía en
Corinto. Mas éste ninguna cuenta hizo de Alejandro, sino
que pasaba tranquilamente su vida en el barrio llamado Craneo,
y así, hubo de pasar Alejandro a verle. Hallábase
casualmente tendido al sol, y habiéndose incorporado un
poco a la llegada de tantos personajes, fijó la vista en
Alejandro. Saludóle éste, y preguntándole
en seguida si se le ofrecía alguna cosa, Muy poco-
le respondió-; que te quites del sol. Dícese
que Alejandro, con aquella especie de menosprecio, quedó
tan admirado de semejante elevación y grandeza de ánimo,
que cuando retirados de allí empezaron los que le acompañaban
a reírse y burlarse, él les dijo: Pues yo,
a no ser Alejandro, de buena gana fuera Diógenes.
Quiso prepararse para la expedición con la aprobación
de Apolo; y habiendo pasado a Delfos, casualmente los días
en que llegó eran nefastos, en los que no es permitido
dar respuestas; con todo, lo primero que hizo fue llamar a la
sacerdotisa; pero negándose ésta, y objetando la
disposición de la ley, subió donde se hallaba y
por fuerza la trajo al templo. Ella, entonces, mirándose
como vencida por aquella determinación, Eres invencible
¡oh joven!- expresó; lo que oído por
Alejandro, dijo que ya no necesitaba otro vaticinio, pues había
escuchado de su boca el oráculo que apetecía. Cuando
ya estaba en marcha para la expedición aparecieron diferentes
prodigios y señales, y entre ellos el de que la estatua
de Orfeo en Libetra, que era de ciprés, despidió
copioso sudor por aquellos días. A muchos les inspiraba
miedo este portento; pero Aristandro los exhortó a la confianza
Pues significadijo- que Alejandro ejecutará hazañas
dignas de ser cantadas y aplaudidas; las que, por tanto, darán
mucho que trabajar y que sudar a los poetas y músicos que
hayan de celebrarlas.
XV. Componíase su ejército, según los que
dicen menos, de treinta mil hombres de infantería y cinco
mil de caballería, y los que más le dan hasta treinta
y cuatro mil infantes y cuatro mil caballos; y para todo esto
dice Aristobulo que no tenía más fondos que setenta
talentos, y Duris, que sólo contaba con víveres
para treinta días; mas Onesícrito refiere que había
tomado a crédito doscientos talentos. Pues con todo de
haber empezado con tan pequeños y escasos medios, antes
de embarcarse se informó del estado que tenían las
cosas de sus amigos, distribuyendo entre ellos a uno un campo,
a otro un terreno y a otro la renta de un caserío o de
un puerto. Cuando ya había gastado y aplicado se puede
decir todos los bienes y rentas de la corona, le preguntó
Perdicas: ¿Y para ti ¡oh rey! qué es
lo que dejas? Como le contestase que las esperanzas, ¿Pues
no participaremos también de ellasrepuso- los que hemos
de acompañarte en la guerra? Y renunciando Perdicas
la parte que le había asignado, algunos de los demás
amigos hicieron otro tanto; pero a los que tomaron las suyas o
las reclamaron se las entregó con largueza, y con este
repartimiento concluyó con casi todo lo que tenía
en Macedonia. Dispuesto y prevenido de esta manera, pasó
el Helesponto, y bajando a tierra en Ilión hizo sacrificio
a Atena y libaciones a los héroes. Ungió largamente
la columna erigida a Aquileo, y corriendo desnudo con sus amigos
alrededor de ella, según es costumbre, la coronó,
llamando a éste bienaventurado porque en vida tuvo un amigo
fiel y después de su muerte un gran poeta. Cuando andaba
recorriendo la ciudad y viendo lo que había de notable
en ella, le preguntó uno si quería ver la lira de
Paris, y él le respondió que éste nada le
importaba, y la que buscaba era la de Aquileo, con la que cantaba
este héroe los grandes y gloriosos hechos de los varones
esforzados.
XVI. En esto, los generales de Darío habían reunido
muchas fuerzas, y como las tuviese ordenadas para impedir el paso
del Granico, debía tenerse por indispensable el dar una
batalla para abrirse la puerta del Asia, si se había de
entrar y dominar en ella; pero los más temían la
profundidad del río y la desigualdad y aspereza de la orilla
opuesta, a la que se había de subir peleando, y a algunos
les detenía también cierta superstición relativa
al mes, por cuanto en el Desio era costumbre de los reyes de Macedonia
no obrar con el ejército; pero esto lo remedió Alejandro
mandando que se contara otra vez el Artemisio. Oponíase,
de otro lado, Parmenión a que se trabara combate, por estar
ya adelantada la tarde; pero diciendo Alejandro que se avergonzaría
el Helesponto si habiéndolo pasado temieran al Granico,
se arrojó al agua con trece hileras de caballería,
y marchando contra los dardos enemigos y contra sitios escarpados,
defendidos con gente armada y con caballería, arrebatado
y cubierto en cierta manera de la corriente, parecía que
más era aquello arrojo de furor y locura que resolución
de buen caudillo. Mas él seguía empeñado
en el paso, y llegando a hacer pie con trabajo y dificultad en
lugares húmedos y resbaladizos por el barro, le fue preciso
pelear al punto en desorden y cada uno separado contra los que
les cargaban antes que pudieran tomar formación los que
iban pasando, porque los acometían con grande algazara,
oponiendo caballos a caballos y empleando las lanzas y, cuando
éstas se rompían, las espadas. Dirigiéronse
muchos contra él mismo, porque se hacía notar por
el escudo y el penacho del morrión, que caía por
uno y otro lado, formando como dos alas maravillosas en su blancura
y en su magnitud; y habiéndole arrojado un dardo que le
acertó en el remate de la coraza, no quedó herido.
Sobrevinieron a un tiempo los generales Resaces y Espitridates,
y hurtando el cuerpo a éste, a Resaces, armado de coraza,
le tiró un bote de lanza, y rota ésta metió
mano a la espada. Batiéndose los dos, acercó por
el flanco su caballo Espitridates, y poniéndose a punto
le alcanzó con la azcona de que usaban aquellos bárbaros,
con la cual le destrozó el penacho, llevándose una
de las alas; el morrión resistió con dificultad
al golpe, tanto, que aun penetró la punta y llegó
a tocarle en el cabello. Disponíase Espitridates a repetir
el golpe, pero lo previno Clito el negro, pasándole de
medio a medio con la lanza; y al mismo tiempo cayó muerto
Resaces, herido de Alejandro. En este conflicto, y en lo más
recio del combate de la caballería, pasó la falange
de los Macedonios y vinieron a las manos una y otra infantería;
pero los enemigos no se sostuvieron con valor ni largo rato, sino
que se dispersaron y huyeron, a excepción de los Griegos
estipendiarios, los cuales, retirados a un collado, imploraban
la fe de Alejandro; pero éste, acometiéndolos el
primero, llevado más de la cólera que gobernado
por la razón, perdió el caballo, pasado de una estocada
por los ijares- era otro, no el Bucéfalo-, y allí
cayeron también la mayor parte de los que perecieron en
aquella batalla, peleando con hombres desesperados y aguerridos.
Dícese que murieron de los bárbaros veinte mil hombres
de infantería y dos mil de caballería. Por parte
de Alejandro dice Aristobulo que los muertos no fueron entre todos
más qué treinta y cuatro; de ellos, nueve infantes.
A éstos mandó que se les erigiesen estatuas de bronce,
que trabajó Lisipo. Dio parte a los Griegos de esta victoria,
enviando en particular a los Atenienses trescientos escudos de
los que cogieron, y haciendo un cúmulo de los demás
despojos, hizo poner sobre él esta ambiciosa inscripción:
ALEJANDRO, HIJO DE FILIPO, Y LOS GRIEGOS, A EXCEPCIÓN
DE LOS LACEDEMONIOS, DE LOS BÁRBAROS QUE HABITAN EL ASIA.
De los vasos preciosos, de las ropas de púrpura y de cuantas
preseas ricas tomó de Persia, fuera de muy poco, todo lo
demás lo remitió a la madre.
XVII. Produjo este combate tan gran mudanza en los negocios,
favorables a Alejandro, que con la ciudad de Sardes se le entregó
en cierta manera el imperio marítimo de los bárbaros,
poniéndose a su disposición los demás pueblos.
Sólo le hicieron resistencia Halicarnaso y Mileto, las
que tomó por asalto, y, sujetando todo el país vecino
a una y otra, quedó perplejo en su ánimo sobre lo
que después emprendería: pensando unas veces que
sería lo mejor ir desde luego en busca de Darío
y ponerlo todo a la suerte de una batalla, y otras, que sería
más conveniente dar su atención a los negocios e
intereses del mar, como para ejercitarse y cobrar fuer- zas y
de este modo marchar contra aquel. Hay en la Licia, cerca de la
ciudad de Janto, una fuente de la que se dice que entonces mudó
su curso y salió de sus márgenes, arrojando, sin
causa conocida, de su fondo una plancha de bronce, sobre la cual
estaba grabado en caracteres antiguos que cesaría el imperio
de los Persas destruido por los Griegos. Alentado con este prodigio,
se apresuró a poner de su parte todo el país marítimo
hasta la Fenicia y la Cilicia. Su incursión en la Panfilia
sirvió a muchos historiadores de materia pintoresca para
excitar la admiración y el asombro, diciendo que como por
una disposición divina aquel mar había tomado el
partido de Alejandro, cuando siempre solía ser inquieto
y borrascoso, y rara vez dejaba al descubierto los escondidos
y resonantes escollos situados al pie de sus escarpadas y pedregosas
orillas; a lo que alude Menandro celebrando cómicamente
lo extraordinario del mismo suceso: Esto va a lo Alejandro, dicho
y hecho: si a alguien busco, comparece luego sin que nadie le
llame; si es preciso dirigirme por mar a cierto punto, el mar
se allana y facilita el paso. Mas el mismo Alejandro, en sus cartas,
sin tener nada de esto a portento, dice, sencillamente, que anduvo
a pie la montaña llamada Clímax, que la atravesó
partiendo de la ciudad de Fascelis, en la cual se detuvo muchos
días, y que en ellos, habiendo visto en la plaza la estatua
de Teodectes, que era natural de la misma ciudad y había
muerto poco antes, fue a festejarla, bien bebido, después
de la cena, y derramó sobre ella muchas coronas, tributando
como por juego esta grata memoria al trato que con él había
tenido a causa de Aristóteles y de la filosofía.
XVIII. Después de esto sujetó a aquellos de los
Pisidas que le hicieron oposición, puso bajo su obediencia
la Frigia, y tomando la ciudad de Gordio, que se dice haber sido
corte del antiguo Midas, vio aquel celebrado carro atado con corteza
de serbal, y oyó la relación allí creída
por aquellos bárbaros, según la cual el hado ofrecía
al que desatase aquel nudo el ser rey de toda la tierra. Los más
refieren que este nudo tenía ciegos los cabos, enredados
unos con otros con muchas vueltas, y que desesperado Alejandro
de desatarlo, lo cortó con la espada por medio, apareciendo
muchos cabos después de cortado; pero Aristobulo dice que
le fue muy fácil el desatarlo, porque quitó del
timón la clavija que une con éste el yugo, y después
fácilmente quitó el yugo mismo. Desde allí
pasó a atraer a su dominación a los Paflagonios
y Capadocios, y habiendo tenido noticia de la muerte de Memnón,
que, siendo el jefe más acreditado de la armada naval de
Darío, había dado mucho en qué entender y
puesto en repetidos apuros al mismo Alejandro, se animó
mucho más a llevar sus armas a las provincias superiores
de la Persia. En esto ya Darío bajaba de Susa muy engreído
con la muchedumbre de sus tropas, pues que traía seiscientos
mil hombres, y confiado en un sueño que los magos explicaban
más bien según lo que aquél deseaba que según
lo que él indicaba en realidad. Porque le pareció
que discurría gran res- plandor por la falange de los Macedonios,
que le servía Alejandro, adornado con la estola que llevaba
el mismo Darío cuando era astanda del Rey, y que después,
habiendo entrado Alejandro al bosque del templo de Belo, desapareció;
en lo cual, a lo que parece, significaba el dios que brillarían
y resplandecerían las empresas de los Macedonios, y que
Alejandro dominaría en el Asia como había dominado
Darío, habiendo pasado de intendente a rey, pero que en
breve tendrían término su gloria y su vida.
XIX. Dióle todavía a Darío más confianza
el graduar de tímido a Alejandro al ver que se detenía
mucho tiempo en la Cilicia; pero su detención provenía
de enfermedad, que unos decían había contraído
con las grandes fatigas, y otros, que por haberse bañado
en las aguas heladas del Cidno. De todos los demás médicos,
ninguno confiaba en que podría curarse, sino que, reputando
el mal por superior a todo remedio, temían que, errada
la cura, habían de ser calumniados por los Macedonios;
pero Filipo de Acarnania, aunque se hizo cargo de lo penosa que
era aquella situación, llevado, sin embargo, de la amistad,
y teniendo a afrenta el no peligrar con el que estaba de peligro,
asistiéndole y cuidándole hasta no dejar nada por
probar, se determinó a emplear las medicinas, y le persuadió
al mismo Alejandro que tuviera sufrimiento y las tomara, procurando
ponerse bueno para la guerra. En esto, Parmenión le escribió
desde el ejército previniéndole que se guardara
de Filipo, porque había sido seducido por Darío
con grandes dones y el matrimonio de su hija, para quitarle la
vida. Leyó Alejandro la carta, y sin mostrarla a ninguno
de los amigos la puso bajo la almohada. Llegada la hora, entró
Filipo con los amigos, trayendo la medicina en una taza: dióle
Alejandro la carta, y al mismo tiempo tomó la medicina
con grande ánimo y sin que mostrase ninguna sospecha; de
manera que era un espectáculo verdaderamente teatral el
ver a uno leer y al otro beber, y que después se miraron
uno a otro, aunque de muy diferente manera; porque Alejandro miraba
a Filipo con semblante alegre y sereno, en el que estaban pintadas
la benevolencia y la confianza y éste, sorprendido con
la calumnia, unas veces ponía por testigos a los dioses
y levantaba las manos al cielo, y otras se reclinaba sobre el
lecho, exhortando a Alejandro a que estuviera tranquilo y confiara
en él. Porque el remedio, al principio, parecía
haber cortado el cuerpo, postrando y abatiendo las fuerzas hasta
hacerle perder el habla y quedar muy apocados todos los sentidos,
sobreviniéndole luego una congoja; pero Filipo logró
volverle pronto, y restituyéndole las fuerzas hizo que
se mostrase a los Macedonios, que se mantuvieron siempre muy desconfiados
e inquietos mientras que no vieron a Alejandro.
XX. Hallábase en el ejército de Darío un
fugitivo de Macedonia y natural de ella, llamado Amintas, que
no dejaba de tener conocimiento del carácter de Alejandro.
Éste, viendo que Darío iba a encerrarse entre desfiladeros
en busca de Alejandro, le proponía que permaneciese donde
se encontraba, en lugares llanos y abiertos, habiendo de pelear
contra pocos con tan inmenso número de tropas; y como le
respondiese Darío que temía no se anticiparan a
huir los enemigos y se le escapara Alejandro: Por eso ¡oh
rey!- le repuso- no pases pena, porque él vendrá
contra ti, o quizá viene ya a estas horas. Mas no
cedió por esto Darío, sino que, levantando el campo,
marchó para la Cilicia, y al mismo tiempo Alejandro marchaba
contra él a la Siria; pero habiendo en la noche apartándose
por yerro unos de otros, retrocedieron: Alejandro, contento con
que así le favoreciese la suerte para salirle a aquél
al encuentro entre montañas, y Darío, para ver si
podría recobrar su antiguo campamento y poner sus tropas
fuera de gargantas; porque ya entonces reconoció que, contra
lo que le convenía, se había metido en lugares que
por el mar, por las montañas y por el río Pínaro,
que corre en medio, eran poco a propósito para la caballería
y que le obligaban a tener divididas sus fuerzas: estando, por
tanto, aquella posición muy en favor de los enemigos, que
eran en tan corto número. La fortuna, pues, le preparó
este lugar a Alejandro; pero él, por su parte, procuró
también ayudar a la fortuna, disponiendo las cosas del
modo mejor posible para el vencimiento; pues siendo muy inferior
a tanto número de bárbaros, no sólo no se
dejó envolver, sino que, extendiendo su ala derecha sobre
la izquierda de aquellos, llegó a formar semicírculo,
y obligó a la fuga a los que tenía al frente, peleando
entre los primeros; tanto, que fue herido de una cuchillada en
un muslo, según dice Cares, por Darío, habiendo
venido ambos a las manos; pero el mismo Alejandro, escribiendo
a Antípatro acerca de esta batalla, no dijo quién
hubiese sido el que le hirió, sino que había salido
herido de una cuchillada en un muslo, sin que hubiese tenido la
herida malas resultas. Habiendo conseguido una señalada
victoria, con muerte de más de ciento diez mil hombres,
no acabó con Darío, que se le había adelantado
en la fuga cuatro o cinco estadios; por lo cual, habiendo tomado
su carro y su arco, se volvió y halló a los Macedonios
cargados de inmensa riqueza y botín que se llevaban del
campo de los bárbaros, sin embargo de que éstos
se habían aligerado para la batalla y habían dejado
en Damasco la mayor parte del bagaje. Habían reservado
para el mismo Alejandro el pabellón de Darío, lleno
de muchedumbres de sirvientes, de ricos enseres y de copia de
oro y plata. Desnudándose, pues, al punto, de las armas,
se dirigió sin dilación al baño, diciendo:
Vamos a lavarnos el sudor de la batalla en el baño
de Darío; sobre lo que uno de sus amigos repuso:
No, a fe mía, sino de Alejandro, porque las cosas
del vencido son y deben llamarse del vencedor. Cuando vio
las cajas, los jarros, los enjugadores y los alabastros, todo
guarnecido de oro y trabajado con primor, percibió al mismo
tiempo el olor fragante que de la mirra y los aromas despedía
la casa; y habiendo pasado desde allí a la tienda, que
en su altura y capacidad y en todo el adorno de alfombras, de
mesas y de aparadores era ciertamente digna de admiración,
vuelto a los amigos: En esto consistía- les dijo-,
según parece, el reinar.
XXI. Al tiempo de ir a la cena se le anunció que entre
los cautivos habían sido conducidas la madre y la mujer
de Darío y dos hijas doncellas, las cuales, habiendo visto
el carro y el arco de éste, habían empezado a herirse
el rostro y a llorar teniéndole por muerto. Paróse
por bastante rato Alejandro, y mereciéndole más
cuidado los afectos de estas desgraciadas que los propios, envió
a Leonato con orden de decirles que ni había muerto Darío
ni debían temer de Alejandro, porque con Darlo estaba en
guerra por el imperio, pero a ellas nada les faltaría de
lo que reinando aquel se entendía corresponderles. Si este
lenguaje pareció afable y honesto a aquellas mujeres, todavía
en las obras se acreditó más de humano con unas
cautivas, porque les concedió dar sepultura a cuantos Persas
quisieron, tomando las ropas y todo lo demás necesario
para el ornato de los despojos de guerra; y de la asistencia y
honores que disfrutaban, nada se les disminuyó, y aun percibieron
mayores rentas que antes; pero el obsequio más loable y
regio que de él recibieron unas mujeres ingenuas y honestas
reducidas a la esclavitud fue el no oír ni sospechar ni
temer nada indecoroso, sino que les fue lícito llevar una
vida apartada de todo trato y de la vista de los demás,
como si estuvieran, no en un campamento de enemigos, sino guardadas
en puros y santos templos de vírgenes; y eso que se dice
que la mujer de Darío era la más bien parecida de
toda la familia real, así como el mismo Darío era
el más bello y gallardo de los hombres, y que las hijas
se parecían a los padres. Pero Alejandro, teniendo, según
parece, por más digno de un rey el dominarse a sí
mismo que vencer a los enemigos, ni tocó a éstas
ni antes de casarse conoció a ninguna otra mujer, fuera
de Barsina, la cual, habiendo quedado viuda por la muerte de Memnón,
había sido cautivada en Damasco. Había recibido
una educación griega, y siendo de índole suave e
hija de Artabazo, tenida en hija del rey, fue conocida por Alejandro
a instigación, según dice Aristobulo, de Parmenión,
que le propuso se acercase a una mujer bella que unía a
la belleza el ser de esclarecido linaje. Al ver Ale- jandro a
las demás cautivas, que todas eran aventajadas en hermosura
y gallardía, dijo por chiste: ¡Gran dolor de
ojos son estas Persas! Con todo, oponiendo a la belleza
de estas mujeres la honestidad de su moderación y continencia,
pasaba por delante de ellas como por delante de imágenes
sin alma de unas estatuas.
XXII. Escribióle en una ocasión Filóxeno,
general de la armada naval, hallarse a sus órdenes un tarentino
llamado Teodoro, que tenía de venta dos mozuelos de una
belleza sobresaliente, preguntándole si los compraría;
y se ofendió tanto, que exclamó muchas veces ante
sus amigos en tono de pregunta: ¿Qué puede
haber visto en mí Filóxeno de indecente e inhonesto
para hacerse corredor de semejante mercadería? Reprendió
ásperamente a Filóxeno en una carta, mandándole
que enviara noramala a Teodoro con sus cargamentos. Mostróse
también enojado al joven Agnón, que le escribió
tener intención de comprar en Corinto a Crobilo, mozo allí
de grande nombradía, para presentárselo; y habiendo
sabido que Damón y Timoteo, Macedonios de los que servían
a las órdenes de Parmenión, habían hecho
violencia a las mujeres de unos estipendiarios, escribió
a Parmenión dándole orden de que si eran convictos
los castigara de muerte, como fieras corruptoras de los hombres,
hablando de sí mismo en esta carta en las siguientes palabras:
Porque no se hallará que yo haya visto a la mujer
de Darlo ni que haya querido verla, ni dar siquiera oídos
a los que han venido a hablarme de su belleza. Decía
que en dos cosas echaba de ver que era mortal: en el sueño
y en el acceso a mujeres; pues de la misma debilidad de la naturaleza
provenía el sentir el cansancio y las seducciones del placer.
Era asimismo muy sobrio en cuanto al regalo del paladar; lo que
manifestó de muchas maneras, y también en las respuestas
que dio a Ada, a quien adoptó por madre y la declaró
reina de Caria: porque como ésta, para agasajarle, le enviase
diariamente muchos platos delicados y exquisitas pastas, y, finalmente,
los más hábiles cocineros y pasteleros que pudo
encontrar, le dijo que para él todo aquello estaba de más,
porque tenía otros mejores cocineros puestos por su ayo
Leónidas, que eran para el desayuno salir al campo antes
del alba, y para la cena, comer muy poco entre día. Él
mismo- decía- solía abrir mis cofres y mis guardarropas
para ver si mi madre no me había puesto cosas de regalo
y de lujo.
XXIII. Aun respecto del vino era menos desmandado de lo que comúnmente
se cree; y si parecía serlo, más bien que por largo
beber era por el mucho tiempo que con cada taza se llevaba hablando;
y aun esto, cuando estaba muy de vagar, pues cuando había
qué hacer, ni vino, ni sueño, ni juego alguno, ni
bodas, ni espectáculo, nada había que, como a otros
capitanes, le detuviese, lo que pone de manifiesto su misma vida,
pues que habiendo sido tan corta está llena de muchas y
grandes hazañas. Cuando no tenía qué hacer
se levantaba, y lo primero era sacrificar a los dioses y tomar
el desayuno sentado; después pasaba el día en cazar,
o en ejercitar la tropa, o en despachar los juicios militares,
o en leer. De viaje, si no había de ser largo, sin detenerse
se ejercitaba en tirar con el arco, o en subir y bajar a un carro
que fuese corriendo. Muchas veces se entretenía en cazar
zorras y aves, como se puede ver en sus diarios. En el baño,
y mientras iba a él y a ungirse, examinaba a los encargados
de las provisiones y de la cocina sobre si estaba en su punto
todo lo relativo a la cena, yendo siempre a cenar tarde y después
de anochecido. Su cuidado y esmero en la mesa era extraordinario
sobre que a todos se les sirviese con igualdad y diligencia, La
bebida se prolongaba, como hemos dicho, por la demasiada conversación:
porque siendo para el trato en todas las demás dotes el
más amable de los reyes, sin que hubiese gracia que le
saltase, entonces se hacía fastidioso con sus jactancias
y de sobra militar, llegando a dar ya en fanfarrón y a
ser en cierto modo presa de los aduladores, que echaban a perder
aun a los más modestos convidados: porque ni querían
confundirse con los aduladores, ni quedarse más cortos
en las alabanzas; siendo lo primero bajo e indecoroso y no careciendo
de riesgo lo segundo. Después de haber bebido se lavaba
y se iba a recoger, durmiendo muchas veces hasta el mediodía,
y aun alguna se llevó el día entero durmiendo. En
cuanto a manjares, era muy templado: de manera que cuando por
mar le traían frutas o pescados exquisitos, distribuyéndolos
entre sus amigos, era muy frecuente no dejar nada para sí.
Su cena, sin embargo, era siempre opípara; y habiéndose
aumentado el gasto en proporción de sus prósperos
sucesos, llegó por fin a diez mil dracmas; pero aquí
paró, y ésta era la suma prefijada para darse a
los que hospedaban a Alejandro.
XXIV. Después de esta batalla de Iso envió tropas
a Damasco y se apoderó del caudal, de los equipajes y de
los hijos y de las mujeres de los Persas; de todo lo cual tomaron
la mayor parte los soldados de la caballería tésala,
porque como se hubiesen distinguido en la acción por su
valor, de intento los envió con ánimo de que tuvieran
esta mayor utilidad. Sin embargo, aún pudo satisfacerse
de botín y riqueza todo el resto del ejército; y
habiendo empezado allí los Macedonios a tomar el gusto
del oro, de la plata, de las mujeres y del modo de vivir asiático,
se aficionaron, a la manera de los perros, a ir como por el rastro
en busca y persecución de la riqueza de los Persas. Parecióle
con todo a Alejandro que su primer cuidado debía ser asegurar
toda la parte marítima, y espontáneamente vinieron
los reyes a entregarle a Chipre y la Fenicia, a excepción
de Tiro. Al séptimo mes de tener sitiada a Tiro con trincheras,
con máquinas y con doscientas naves, tuvo un sueño,
en el que vio que Heracles le alargaba desde el muro la mano y
le llamaba. A muchos de los Tirios les pareció asimismo
entre sueños que Apolo les decía se pasaba a Alejandro,
pues, no le era agradable lo que se hacía en la ciudad;
pero ellos, mirando al dios como a un hombre que a su antojo se
pasase a los enemigos, echaron cadenas a su estatua y la clavaron
al pedestal, llamándole alejandrista. Tuvo Alejandro otra
visión entre sueños, y fue aparecérsele un
sátiro, que de lejos se puso como a juguetear con él,
y, queriendo asirle, se le huía; pero al fin, a fuerza
de ruegos y carreras, se le vino a la mano. Los adivinos, partiendo
así el nombre sátiros, le dijeron con cierta apariencia
de verosimilitud: Tuya será Tiro; y todavía
muestran la fuente junto a la cual pareció haber visto
en sueños al sátiro. En medio del sitio, haciendo
la guerra a los Árabes que habitan el Antelíbano,
se vio en gran peligro a causa de su segundo ayo, Lisímaco,
que se empeñó en seguirle, diciendo que no se tenía
en menos ni era más viejo que Fénix. Acercáronse
a la montaña, y dejando los caballos caminaban a pie; los
demás se adelantaron mucho, y él, no sufriéndole
el corazón abandonar a Lisímaco, cansado ya y que
andaba con trabajo porque cargaba la noche y los enemigos se hallaban
cerca, no echó de ver que estaba muy separado de sus tropas
con sólo unos pocos, y que iba a tener que pasar en un
sitio muy expuesto aquella noche, que era sumamente oscura y fría.
Vio, pues, a lo lejos encendidas con separación muchas
hogueras de los enemigos, y confiado en su agilidad y en estar
hecho a continuas fatigas, para consolar en su incomodidad a los
Macedonios corrió a la hoguera más próxima,
y pasando con la espada a dos bárbaros que se calentaban
a ella cogió un tizón y volvió con él
a los suyos. Encendieron también una gran lumbrada, con
lo que asustaron a los enemigos; de manera que unos se entregaron
a la fuga, y a otros que acudieron los rechazaron, y pasaron la
noche sin peligro, así es como lo refirió Cares.
XXV. El resultado que tuvo el sitio fue el siguiente: daba descanso
Alejandro de los muchos combates anteriores a la mayor parte de
sus tropas y aproximaba sólo unos cuantos hombres a las
murallas para no dejar del todo reposar a los enemigos. En una
de estas ocasiones hacía el agorero Aristandro un sacrificio
y al observar las señales aseguró con la mayor confianza
ante los que se hallaban presentes que en aquel mes, sin falta,
había de tomarse la ciudad. Echáronlo a burla y
a risa, porque aquel era el último día del mes;
y vién- dole perplejo Alejandro, que daba grande importancia
a las profecías, mandó que no se contara aquel por
día treinta, sino por día tercero del término
del mes, y haciendo señal con la trompeta acometió
a los muros con más ardor de lo que al principio había
pensado. Fue violento el ataque, y como no se estuviesen quedos
los del campamento, sino que acudiesen prontos a dar auxilios,
desmayaron los Tirios y tomó la ciudad en aquel mismo día.
Sitiaba después a Gaza, ciudad la más populosa de
la Siria, y le dio un yesón en el hombro, dejado caer desde
lo alto por un ave, la cual, posándose sobre una de las
máquinas, se enredó, sin poderlo evitar, en una
de las redes de nervios que servían de cabos para el manejo
de las cuerdas; esta señal tuvo el término que predijo
Aristandro, pues fue herido Alejandro en un hombro y tomada la
ciudad. Envió gran parte de los despojos a Olimpíade,
a Cleopatra y a sus amigos, y remitió al mismo tiempo a
su ayo Leónidas quinientos talentos de incienso y ciento
de mirra en recuerdo de una esperanza que le hizo concebir en
su puericia; porque, según parece, como en un sacrificio
hubiese cogido Alejandro y echado en el ara una almorzada de perfumes,
le dijo Leónidas: Cuando domines la tierra que lleva
los aromas, entonces sahumarás con profusión; ahora
es menester conducirse con parsimonia. Escribióle,
pues, Alejandro: Te envío incienso y mirra en grande
abundancia para que en adelante no andes escaso con los dioses.
XXVI Habiéndosele presentado una cajita que pareció
la cosa más preciosa y rara de todas a los que recibían
las joyas y demás equipajes de Darío, preguntó
a sus amigos qué sería lo más preciado y
curioso que podría guardarse en ella. Respondieron unos
una cosa y otros otra, y él dijo que en aquella caja iba
a colocar y tener defendida La Ilíada, de lo que dan testimonio
muchos escritores fidedignos. Y si es verdad lo que dicen los
de Alejandría sobre la fe de Heraclides, no le fue Homero
un consejero ocioso e inútil en sus expediciones. pues
refieren que, apoderado del Egipto, quiso edificar en él
una ciudad griega, capaz y populosa, a la que impusiera su nombre,
y que ya casi tenía medido y circunvalado el sitio, según
la idea de los arquitectos, cuando, quedándose dormido
a la noche siguiente, tuvo una visión maravillosa: parecióle
que un varón de cabello cano y venerable aspecto, puesto
a su lado, le recitó estos versos: En el undoso y resonante
Ponto hay una isla, a Egipto contrapuesta, de Faro con el nombre
distinguida. Levantándose, pues, marchó al punto
a Faro, que entonces era isla, situada un poco más arriba
de la boca del Nilo llamada Canóbica, y ahora por la calzada
está unida al continente. Cuando vio aquel lugar tan ventajosamente
situado- porque es una faja que a manera de istmo, con un terreno
llano, separa ligeramente, de una parte, el gran lago, y de otra,
el mar que remata en el anchuroso puerto, no pudo menos de exclamar
que Homero, tan admirable en todo lo demás, era al propio
tiempo un habilísimo arquitecto, y mandó que le
diseñaran la forma de la ciudad acomodada al sitio. Carecían
de tierra blanca; pero con harina, en el terre- no, que era negro,
describieron un seno, cuya circunferencia, en forma de manto guarnecido,
comprendieron dentro de dos curvas que corrían con igualdad,
apoyadas en una base recta. Cuando el rey estaba sumamente complacido
con este diseño, aves en inmenso número y de toda
especie acudieron repentinamente a aquel sitio a manera de nube
y no dejaron ni señal siquiera de la harina; de manera
que Alejandro concibió pesadumbre con este agüero;
pero los adivinos le calmaron diciéndole que la ciudad
que trataba de fundar abundaría de todo y daría
el sustento a hombres de diferentes naciones; con lo que dio orden
a sus encargados para que pusieran mano a la obra, y él
emprendió viaje al templo de Amón. Era este viaje
largo, y además de serle inseparables otras muchas incomodidades
ofrecía dos peligros: el uno, de la falta de agua en un
terreno desierto de muchas jornadas, y el otro, de que estando
de camino soplara un recio ábrego en unos arenales profundos
e interminables, como se dice haber sucedido antes con el ejército
de Cambises, pues levantando un gran montón de arena, y
formando remolinos, fueron envueltos y perecieron cincuenta mil
hombres. Todos discurrían de esta manera; pero era muy
difícil apartar a Alejandro de lo que una vez emprendía,
porque favoreciendo la fortuna sus conatos le afirmaba en su propósito,
y su grandeza de ánimo llevaba su obstinación nunca
vencida a toda especie de negocios, atropellando en cierta manera
no sólo con los enemigos, sino con los lugares y aun con
los temporales.
XXVII. Los favores que en los apuros y dificultades de este viaje
recibió del dios le ganaron a éste más confianza
que los oráculos dados después; o, por mejor decir,
por ellos se tuvo después en cierta manera más fe
en los oráculos. Porque, en primer lugar, el rocío
del cielo y las abundantes lluvias que entonces cayeron disiparon
el miedo de la sed; y haciendo desaparecer la sequedad, porque
con ellas se humedeció la arena y quedó apelmazada,
dieron al aire las calidades de más respirable y más
puro. En segundo lugar, como, confundidos los términos
por donde se gobernaban los guías, hubiesen empezado a
andar perdidos y errantes por no saber el camino, unos cuervos
que se les aparecieron fueron sus conductores volando delante,
acelerando la marcha cuando los seguían y parándose
y aguardando cuando se retrasaban. Pero lo maravilloso era, según
dice Calístenes, que con sus voces y graznidos llamaban
a los que se perdían por la noche, trayéndolos a
las huellas del camino. Cuando pasado el desierto llegó
a la ciudad, el profeta de Amón le anunció que le
saludaba de parte del dios, como de su padre; a lo que él
le preguntó si se había quedado sin castigo alguno
de los matadores de su padre. Repúsole el profeta que mirara
lo que decía, porque no había tenido un padre mortal;
y entonces él, mudando de lenguaje, preguntó si
había castigado a todos los matadores de Filipo, y en seguida,
acerca del imperio, si le concedería el dominar a todos
los hombres. Habiéndole también dado el dios favorable
respuesta, y asegurándole que Filipo estaba completamente
vengado, le hizo las más magníficas ofrendas, y
a los hombres allí destinados, los más ricos presentes.
Esto es lo que en cuanto a los oráculos refieren los más
de los historiadores, y se dice que el mismo Alejandro, en una
carta a su madre, le significó haberle sido hechos ciertos
vaticinios arcanos, que a ella sola revelaría a su vuelta.
Algunos han escrito que, queriendo el profeta saludarle en griego
con cierto cariño, diciéndole Hijo mío
se equivocó por barbarismo en una letra, poniendo una s
por una n, y que a Alejandro le fue muy grato este error, por
cuanto se dio motivo a que pareciera le había llamado hijo
de Zeus, porque esto era lo que resultaba de la equivocación.
Dícese asimismo que, habiendo oído en el Egipto
al filósofo Psamón, lo que principalmente coligió
de sus discursos fue que todos los hombres son regidos por Dios,
a causa de que la parte que en cada uno manda e impera es divina,
y que él todavía opinaba más filosóficamente
acerca de estas cosas, diciendo que Dios es padre común
de todos los hombres, pero adopta especialmente por hijos suyos
a los buenos.
XXVIII. En general, con los bárbaros se mostraba arrogante
y como quien estaba muy persuadido de su generación y origen
divino, pero con los Griegos se iba con más tiento en divinizarse:
sólo una vez, escribiendo a los Atenienses cerca de Samos,
les dijo: No soy yo quien os entregó esta ciudad
libre y gloriosa, sino que la tenéis habiéndola
recibido del que entonces se decía mi señor y padre,
queriendo indicar a Filipo. En una ocasión, habiendo venido
al suelo herido de un golpe de saeta, y sintiendo demasiado el
dolor: Esto que corre, amigos- les dijo-, es sangre y no
licor sutil, como el que fluye de los almos dioses; y otra
vez, como, habiendo dado un gran trueno, se hubiesen asustado
todos, el sofista Anaxarco, que se hallaba presente, le preguntó:
¿Y tú, hijo de Zeus, no haces algo de esto?
Y él, riéndose: No quiero- le dijo- infundir
terror a mis amigos, como me lo propones tú, el que desdeñas
mi cena porque ves en las mesas pescados y no cabezas de sátrapas.
Y era así la verdad: que Anaxarco, según se cuenta,
habiendo enviado el rey a Hefestión unos peces, prorrumpió
en la frase que se deja expresada, como teniendo en poco y escarneciendo
a los que con grandes trabajos y peligros van en pos de las cosas
brillantes, sin que por eso en el goce de los placeres y de las
comodidades excedan a los demás ni en lo más mínimo.
Se ve, pues, por lo que dejamos dicho, que Alejandro, dentro de
sí mismo, no fue seducido ni se engrió con la idea
de su origen divino, sino que solamente quiso subyugar con la
opinión de él a los demás.
XXIX. Vuelto del Egipto a la Fenicia, hizo sacrificios y procesiones
a los dioses, y certámenes de coros de música y
baile y de tragedias, que fueron brillantes no sólo por
la magnificencia con que se hicieron, sino también por
el concurso, porque condujeron estos coros los reyes de Chipre,
al modo que en Atenas aquellos a quienes cabe la suerte en sus
tribus, y contendieron con maravilloso empeño unos con
otros: sin embargo, la contienda más ardiente fue la de
Nicocreonte, de Salamina, y Pasícrates, de Solos: porque
a éstos les tocó presidir a los actores más
célebres: Pasícrates a Atenodoro, y Nicocreonte
a Tésalo, por quien estaba el mismo Alejandro. Con todo,
se abstuvo de manifestar su pasión hasta que los votos
declararon vencedor a Atenodoro; mas entonces, al retirarse, dijo,
según parece, que alababa la imparcialidad de los jueces,
pero que habría dado de buena gana parte de su reino por
no haber visto vencido a Tésalo. Fue más adelante
multado Atenodoro por los Atenienses con motivo de no haberse
presentado al combate de las Fiestas Bacanales; y como hubiese
suplicado al rey escribiese en su favor, esto no tuvo a bien ejecutarlo,
pero de su erario le pagó la multa. Representaba en el
teatro Licón, natural de Escarfio, mereciendo aplauso;
y habiendo intercalado con los de la comedia un verso que contenía
la petición de diez talentos, se echó a reír
y se los dio. Envióle Darío una carta y personajes
de su corte que intercediesen con él para que, recibiendo
diez mil talentos por los cautivos, conservando todo el terreno
de la parte acá del Éufrates y tomando en matrimonio
una de sus hijas, hubiese entre ambos amistad y alianza; lo que
consultó con sus amigos; y habiéndole dicho. Parmenión:
Pues yo, si fuera Alejandro, admitiría este partido,
Yo también- le respondió- si fuera Parmenión;
pero a Darío le escribió que sería tratado
con la mayor humanidad si viniese a él; mas si no venía,
que iba al momento a marchar en su busca.
XXX. Mas a poco tuvo motivo de disgusto, por haber muerto de
parto la mujer de Darío, y dio bien claras pruebas del
sentimiento que le causaba el que se le quitase la ocasión
de manifestar su buen corazón. Hizo, pues, que se le diera
sepultura, sin excusar nada de lo que pudiera contribuir a la
magnificencia y al decoro. En esto, uno de los eunucos de la cámara,
que había sido cautivado con la Reina y demás mujeres,
llamado Tireo, marcha corriendo, en posta, del campamento, y llegado
ante Darío le refiere la muerte de su esposa. Después
de haberse lastimado la cabeza y desahogándose con el llanto:
¡Estamos buenos- exclamó- con el Genio de la
Persia si la mujer y hermana del rey no sólo ha vivido
en la servidumbre, sino que ha sido también privada de
un entierro regio! A lo que replicando el camarero. Por
lo que hace al entierro- dijo- ¡oh Rey! y a todo honor y
respeto, no tienes en qué culpar al Genio malo de la Persia:
porque mientras vivió mi amada Estatira, ni a ella misma,
ni a tu madre, ni a tus hijos les faltó nada de los bienes
y honores que les eran debidos, a excepción del de ver
tu luz, que otra vez volverá a hacer que resplandezca el
supremo Oromasdes, ni después de muerta aquélla
ha dejado de participar de todo decoro, siendo honrada con las
lágrimas de los enemigos, pues Alejandro es tan benigno
en la victoria como terrible en el combate. Al oír
Darío esta relación, la turbación y el amor
lo condujeron a infundadas sospechas; e introduciendo al eunuco
a lo más retirado de su tienda: Si es que tú-
le dijo- no te has hecho también Macedonio con la fortuna
de los Persas, y todavía soy tu amo Darío, dime,
reverenciando la resplandeciente luz de Mitra y la diestra del
rey, si acaso son ligeros los males que lloro de Estatira, en
comparación de otros más terribles que me hayan
acaecido mientras vivía, por haber caldo en manos de un
enemigo cruel e inhumano. Porque ¿qué motivo decente
puede haber para que un joven llegue hasta ese exceso de honor
con la mujer de un enemigo? Todavía no había
concluido, cuando, arrojándose a sus pies, Tireo empezó
a rogarle que mirara bien lo que decía, y no calumniara
a Alejandro, ni cubriera de ignominia a su hermana y mujer muerta,
quitándose a si mismo el mayor consuelo en sus grandes
infortunios, que era el que pareciese haber sido vencido por un
hombre superior a la humana naturaleza, sino que, más bien,
admirara en Alejandro el haber dado mayores muestras de continencia
y moderación con las mujeres de los Persas que de valor
con sus maridos. Continuaba el camarero profiriendo terribles
juramentos en confirmación de lo que había dicho
y celebrando la moderación y grandeza de ánimo de
Alejandro, cuando saliendo Darío adonde estaban sus amigos,
y levantando las manos al cielo: Dioses patrios- exclamó-,
tutelares del reino, dadme ante todas las cosas el que vuelva
a ver en pie la fortuna de los Persas, y que la deje fortalecida
con los bienes que la recibí, para que, vencedor, pueda
retornar a Alejandro los favores que en tal adversidad ha dispensado
a los objetos que me son más caros; y si es que se acerca
el tiempo que la venganza del cielo tiene prefijado para el trastorno
de las cosas de Persia, que ningún otro hombre que Alejandro
se siente en el trono de Ciro. Los más de los historiadores
convienen en que estas cosas sucedieron y se dijeron como aquí
van referidas.
XXXI Alejandro, después de haber puesto a su obediencia
todo el país de la parte acá del Éufrates,
movió contra Darío, que bajaba con un millón
de combatientes. Refirióle uno de sus amigos una ocurrencia
digna de risa, y fue que los asistentes y bagajeros del ejército,
por juego, se habían dividido en dos bandos, cada uno de
los cuales tenía su caudillo y general, al que los unos
llamaban Alejandro, y los otros Darío. Empezaron a combatirse
de lejos tirándose terrones unos a otros; vinieron después
a las puñadas, y, acalorada la contienda, llegaron hasta
las piedras y los palos, habiendo costado mucho trabajo el separarlos.
Enterado de ello, mandó que los caudillos se batieran en
duelo, armando él por sí mismo a Alejandro, y Filotas
a Darío; y el ejército fue espectador de aquel desafío,
tomando lo que en él sucediese por agüero del futuro
éxito de la guerra. Fue reñida la pelea, en la que
venció el que se llamaba Alejandro, y recibió por
premio doce aldeas y poder usar de la estola persa; así
es como Eratóstenes nos lo ha dejado escrito; pero la grande
batalla contra Darío no fue en Arbelas, como dicen muchos,
sino en Gaugamelos, nombre que en dialecto persa dicen significa
la casa del Camello, a causa de que en lo antiguo un rey, huyendo
de los enemigos en un dromedario, le edificó allí
casa, señalando algunas aldeas y ciertas rentas para su
cuidado. La luna del mes boedromión se eclipsó al
principio de los misterios que se celebran en Atenas, y en la
noche undécima, después del eclipse, estando ambos
ejércitos a la vista, Darío tuvo sus tropas sobre
las armas, recorriendo con antorchas las filas; pero Alejandro,
mientras descansaban los Macedonios, pasó la noche delante
de su pabellón con el agorero Aristandro, haciendo ciertas
ceremonias arcanas y sacrificando al Miedo. Los más ancianos
de sus amigos, y con especialidad Parmenión, viendo todo
el país que media entre el Nifates y los montes de Gordiena
iluminado con las hachas de los bárbaros, y que desde el
campamento se difundía y resonaba una voz confusa con turbación
y miedo, como de un inmenso piélago, admirados de semejante
muchedumbre, y diciéndose unos a otros que había
de ser empresa el acometer al descubierto y repeler tan furiosa
tormenta, se dirigieron al rey, concluido que hubo los sacrificios,
y le propusieron que se acometiera de noche a los enemigos y se
ocultara entre las sombras lo terrible del combate en que iban
a entrar. Pero, diciendo él aquella tan celebrada sentencia
Yo no hurto la victoria, a unos les pareció
que había dado una respuesta pueril y vana, tratando de
burlería tan grave peligro; pero otros creyeron que había
hecho bien en manifestar confianza en lo presente, y acertado
para lo futuro en no dar ocasión a Darío, si fuere
vencido, para querer todavía hacer otra prueba, achacando
esta derrota a la noche y a las tinieblas, como la primera a los
montes, a los desfiladeros y al mar: porque Darío, con
tan inmensas fuerzas, no desistiría de combatir por falta
de armas o de hombres sino cuando perdiera el ánimo y la
esperanza, convencido de haber sido deshecho en batalla dada a
vista de todo el mundo, de poder a poder.
XXXII. Dícese que, encerrándose en su pabellón
luego que éstos se retiraron, durmió con un profundo
sueño la parte que restaba de la noche, fuera de su costumbre,
en términos que se maravillaron los jefes, habiendo ido
a hablarle de madrugada, y tuvieron que dar por sí la primera
orden, que fue la de que los soldados comieran los ranchos. Después,
cuando ya el tiempo estrechaba, entró Parmenión,
y poniéndose al lado de la cama le fue preciso llamarle
dos o tres veces por su nombre; despertóse, y preguntándole
éste en qué consistía que durmiese el sueño
de un vencedor, cuando no faltaba nada para entrar en el más
reñido de todos los combates, se añade haberle respondido
sonriéndose: ¿Pues te parece que no hemos
vencido ya, libres de tener que andar errantes en persecución
de Darío, que nos hacía la guerra huyendo por un
país extenso y gastado? Y no sólo antes de
la batalla, sino en medio del peligro, se mostró grande
e inalterable para tomar disposiciones y dar pruebas de confianza;
porque aquella acción tuvo momentos de flaqueza y de algún
desorden en el ala izquierda, mandada por Parmenión, por
haber cargado la caballería bactriana con gran ímpetu
y violencia a los Macedonios y haber enviado Maceo otra división
de caballería fuera de la línea de batalla para
acometer a los que guardaban los equipajes. Así es que,
turbado Parmenión con estos dos incidentes, envió
ayudantes que informaran a Alejandro de que iban a perderse el
campamento y el bagaje si sin dilación alguna no enviaba
desde vanguardia un considerable refuerzo a los de reserva; esto
fue en el momento en que justamente estaba dando a los que por
sí mandaba la orden y señal de embestir. Luego que
se enteró del aviso de Parmenión, dijo que, sin
duda estaba lelo y fuera de su acuerdo, pues con la turbación
no reparaba que si vencían serían dueños
de cuanto tenían los enemigos, y si eran vencidos no estarían
para pensar en caudales ni en esclavos, sino en morir peleando
denodada y valerosamente; y esto mismo fue la respuesta que mandó
a Parmenión. Calóse entonces el casco, porque ya
antes había tomado en su tienda el resto del armamento,
que consistía en una ropa a la Siciliana, ceñida,
y encima una sobrevesta de lino doble, de los despojos tomados
en Iso. El casco, obra de Teófilo, era de acero, pero resplandecía
como la más bruñida plata. Guardaba conformidad
con él un collar asimismo de acero guarnecido con piedras.
La espada era admirada por el temple y la ligereza, dádiva
que le había hecho el rey de los Citienses, y se la había
ceñido, porque ordinariamente usaba de la espada en las
batallas. El broche de la cota era de un trabajo y de un primor
muy superior al resto de la armadura, pues era obra de Helicón,
el mayor y obsequio de la ciudad de Rodas, que le habla hecho
aquel presente: solía también llevarlo en los combates.
Mientras anduvo disponiendo la formación, o dando órdenes,
o comunicando instrucciones, o haciendo reconocimientos, tuvo
otro caballo, no queriendo cansar a Bucéfalo, que estaba
viejo; pero cuando ya se iba a entrar en la acción le trajeron
éste, y en el momento mismo de montarle había principiado
el combate.
XXXIII. Entonces, habiendo hablado con alguna detención
a los Tésalos y a los demás Griegos, luego que éstos
le dieron ánimo gritando que los llevara contra los bárbaros,
pasó la lanza a la mano izquierda, y tendiendo la diestra
invocó a los dioses, pidiéndoles, según dice
Calístenes, que si verdaderamente era hijo de Zeus defendieran
y protegieran a los Griegos. El agorero Aristandro, que le acompañaba
a caballo, llevando una especie de alba y una corona de oro, les
mostró un águila que, puesta sobre la cabeza de
Alejandro, se encaminaba recta a los enemigos; lo que infundió
grande aliento a los que la vieron, y con este motivo, exhortándose
unos a otros, la falange aceleró el paso para seguir a
la caballería, que de carrera marchaba al combate. Antes
de trabarse éste entre los de la primera línea replegáronse
los bárbaros, y se les perseguía con ardor, procurando
Alejandro impeler los vencidos hacia el centro, donde se hallaba
Darío, porque le había visto de lejos, haciéndose
observar por entre los de vanguardia colocado en el fondo de la
tropa real, de bella presencia y estatura, conducido en un carro
alto y defendido por numerosa y brillante caballería, muy
bien distribuida alrededor del carro y dispuesta a recibir ásperamente
a los enemigos; pero pareciéndoles Alejandro terrible de
cerca, e impeliendo éste a los fugitivos sobre los que
se mantenían en su puesto, llenó de terror y dispersó
a la mayor parte. Los esforzados y valientes, muriendo al lado
del rey, y cayendo unos sobre otros, eran estorbo para el alcance,
aferrándose aún en esta disposición a los
hombres y a los caballos. Darío, viendo ante sus ojos toda
especie de peligros, y que venían sobre él todas
las tropas que tenía delante, como no le fuese fácil
hacer cejar o salir por algún lado el carro, sino que las
ruedas estaban atascadas con tantos caídos, y los caballos
detenidos y casi cubiertos con tal muchedumbre de cadáveres,
tenían en agitación y despedían al que los
gobernaba, abandonó el carro y las armas, y montando, según
dicen, en una yegua recién parida, dio a huir; es probable,
sin embargo, que no habría escapado a no haber venido otros
ayudantes de parte de Parmenión implorando el auxilio de
Alejandro, por mantenerse allí todavía considerables
fuerzas y no acabar de ceder los enemigos. Generalmente se tacha
a Parmenión de haber andado desidioso e inactivo en esta
batalla, bien fuera porque la edad le hubiese disminuido los bríos,
o bien porque, como dice Calístenes, le causase disgusto
y envidia el alto grado de violencia y entonamiento a que había
llegado el poder de Alejandro; el cual, aunque se incomodó
con aquella llamada, no manifestó lo cierto a los soldados,
sino que, como si se contuviera de la matanza por ser ya de noche,
hizo la señal de retirada, y marchando adonde se decía
que había riesgo, recibió aviso en el camino de
que enteramente habían sido vencidos y huían los
enemigos.
XXXIV. Habiendo tenido este éxito aquella batalla, parecía
estar del todo destruido el imperio de los Persas; y aclamado
Alejandro rey del Asia, sacrificó espléndidamente
a los dioses y repartió a sus amigos haciendas, casas y
gobiernos. Escribió además con cierta ambición
a los Griegos que se destruyeran todas las tiranías y se
gobernara cada pueblo por sus propias leyes, y en particular dio
orden a los Plateenses para que restablecieran su ciudad, pues
que sus padres habían dado territorio a los Griegos en
el que peleasen por la libertad común. Envió asimismo
a los de Crotona, en Italia, parte de los despojos para honrar
con ellos la buena voluntad y la virtud del atleta Falio, que
en la Guerra Pérsica, cuando todos los demás de
Italia daban por perdidos a los Griegos, marchó a Salamina
con una nave armada que tenía, propia para tomar parte
en aquellos peligros. ¡Tan inclinado era a toda virtud y
hasta tal punto conservaba la memoria de las acciones loables
y las miraba como hechas en su bien!
XXXV. Recorriendo la provincia de Babilonia, que ya toda le estaba
sujeta, lo que más le maravilló fue la sima que
hay en Ecbátana de fuego perenne, como si fuera una fuente,
y el raudal de nafta que viene a formar un estanque no lejos de
la sima. Parécese la nafta en las más de sus calidades
al betún, y tiene tal atracción con el fuego, que
antes de tocarle la llama, con una mínima parte que le
llegue del resplandor inflama muchas veces el aire contiguo. Para
hacer, pues, los bárbaros ver al rey su fuerza y su virtud,
no derramaron más que unas gotitas de esta materia por
el corredor que conducía, al baño, y después,
desde lejos, alargaron las hachas con que le alumbraban, porque
ya era de noche, hacia los puntos que se habían rociado,
e inflamados los primeros, la propagación no tuvo tiempo
sensible, sino que, como el pensamiento, pasó el fuego
de uno al otro extremo, quedando inflamado todo el corredor. Hallábase
en el servicio de Alejandro un Ateniense llamado Atenófanes,
destinado con otros al ministerio de ungirle y bañarle,
y también al de procurarle desahogo y diversión.
Éste, pues, como a la sazón estuviese en el baño
un mozuelo del todo despreciable y ridículo por su figura,
pero que cantaba con gracia, llamado Estéfano, ¿Queréis-
le dijo- ¡oh, rey! que hagamos en Estéfano experiencia
de este betún? porque si con tocarle no se apaga, es preciso
confesar que su virtud es insuperable y terrible. Prestábase
también el mozuelo de buena gana al experimento, y en el
momento de untarle y tocarle levantó su cuerpo tal llamarada,
y se encendió todo de tal manera, que Alejandro se vio
en el mayor conflicto y concibió temor, y a no ser que
por fortuna se tuvieron a mano muchas vasijas de agua para el
baño, un auxilio más tardío no hubiera alcanzado
a que no se abrasase; aun así, se apagó con mucha
difi- cultad el fuego, que ya se había extendido por, todo
el cuerpo, y de resultas quedó bien maltratado. Con razón,
pues, acomodando algunos la fábula a la verdad, dicen haber
sido éste el ingrediente con que untó Medea la corona
y la ropa de que se habla en las tragedias; porque no ardieron
éstas por sí mismas, ni se incendió aquel
fuego sin causa, sino que, habiéndose puesto cerca alguna
luz, tuvo lugar una atracción e inflamación repentina,
imperceptible a los sentidos. Porque los rayos y emanaciones del
fuego que parten de cierta distancia sobre algunos cuerpos no
derraman más que luz y calor; pero en otros que tienen
una sequedad espirituosa, o una humedad grasienta y no disipable,
amontonándose y acumulando fuego en ellos producen mudanza
y destrucción en su materia. Ofrecía, pues, dificultad
el concebir la formación de la nafta: si es sólo
un betún líquido que se considere como depositado
allí, o si es un humor encen |