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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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ANTONIO
I. El abuelo de Antonio fue Antonio el Orador,
a quien por haber sido del partido de Sila dio muerte Mario. El
padre, llamado Antonio Crético, no fue tan ilustre y recomendable
en la carrera política, pero era hombre recto y bueno,
y muy liberal y dadivoso, como de uno de sus hechos se puede colegir.
Porque como no fuese muy acomodado, y por esto su mujer le contuviese
para que no usase de su carácter generoso, sucedió
una vez que uno de sus amigos llegó a pedirle dinero, y,
no teniéndolo, mandó al mozo que le asistía
que echando agua en un jarro de plata se lo trajese. Trájolo,
y como si hubiera de afeitarse se bañó la barba,
y haciendo que con otro motivo se retirase aquel mozo, le dio
el jarro a su amigo diciéndole que se valiera de él.
Buscóse el jarro por toda la casa estrechando a los esclavos,
y viendo a su mujer irritada y en ánimo de castigarlos
y atormentarlos de uno en uno, confesó lo que había
pasado, pidiendo que lo disimulara.
II. La mujer de éste, que se llamaba Julia, de la familia
de los Césares, competía en bondad y honestidad
con las más acreditadas de su tiempo. Bajo su cuidado fue
educado Antonio después de la muerte del padre, estando
ya casada en segundas nupcias con Cornelio Léntulo, aquel
a quien Cicerón dio muerte por ser uno de los conjurados
con Catilina. Así, parece haber sido la madre el motivo
y principio de la violenta enemistad de Antonio contra Cicerón,
pues dice Antonio que no pudieron conseguir que el cadáver
de Léntulo les fuera entregado sin que primero intercediera
su madre con la mujer de Cicerón; pero todos convienen
en que esto es falso, porque Cicerón no impidió
el que se diese sepultura a ninguno de los que entonces sufrieron
el último suplicio. Era Antonio de bella figura, y se dice
que fue para él como un contagio la amistad y confianza
con Curión; pues siendo éste desenfrenadamente dado
a los placeres, para tener a Antonio más a su disposición
lo precipitó en francachelas, en el trato con rameras y
en gastos desmedidos e insoportables, de resulta de lo cual contrajo
la cuantiosa deuda, muy desproporcionada con su edad, de doscientos
cincuenta talentos, habiendo salido Curión fiador por toda
ella; lo que, sabido por el padre, echó a Antonio de casa.
De allí a bien poco tiempo se arrimo a Clodio, el más
atrevido e insolente de todos los demagogos, que con sus violencias
traía alterada la república; pero luego se fastidió
de su desenfreno, y temiendo a los que ya abiertamente hacían
la guerra a Clodio, partió de Italia a la Grecia, donde
se detuvo ejercitando el cuerpo para las fatigas de la guerra
e instruyéndose en el arte de la oratoria. El estilo y
modo de decir que adoptó fue el llamado asiático,
que, sobre ser el que más florecía en aquel tiempo,
tenía gran conformidad con su genio hueco, hinchado y lleno
de vana arrogancia y presunción.
III. Habiendo de embarcarse para la Siria el procónsul
Gabinio, le persuadió a que fuese con él o, servir
en el ejército; pero habiendo respondido que no lo ejecutaría
en calidad de particular, nombrado comandante de la caballería
le acompañó con este cargo. Y en primer lugar, enviado
contra Aristóbulo, que había hecho rebelarse a los
judíos, fue el primero que escaló el más
alto de los fuertes, arrojando a aquel enseguida de todos, y viniendo
con él después a batalla con pocas tropas en comparación
de las del enemigo, que eran en mucho mayor número, le
derrotó con muerte de casi todos los suyos, quedando cautivos
el mismo Aristobulo y su hijo. Proponiendo después de esto
Tolomeo a Gabinio, con la oferta de diez mil talentos, que le
acompañase a invadir el Egipto y recobrar el reino, como
los más de los caudillos se opusiesen y el mismo Gabinio
tuviese cierta repugnancia a aquella guerra, a pesar de la fuerza
que le hacían los diez mil talentos, Antonio, que aspiraba
a grandes empresas y deseaba servir a Tolomeo, al cabo persuadió
e impelió a Gabinio a aquella expedición. Como lo
que más temían en aquella guerra fuese el camino
de Pelusio, teniendo que hacer la marcha por grandes arenales
faltos de agua, y que pasar por las bocas de la laguna Serbónide,
a la que los egipcios llaman respiradero de Tifón, siendo
una filtración y depósito del Mar Rojo, separado
del mar exterior por un istmo muy estrecho, enviado Antonio delante
con la caballería, no sólo ocupó aquellos
pasos, sino que tomó también a Pelusio, ciudad muy
principal, y apoderándose de todos sus, presidios, hizo
seguro el camino para el ejército, y dio al mismo tiempo
al general la mayor confianza de la victoria. Hasta los enemigos
sacaron partido de su ambición; porque teniendo resuelto
Tolomeo, lleno de ira y encono, hacer grande estrago en los Egipcios,
se le opuso Antonio y lo contuvo. Habiendo ejecutado en las batallas
y combates, que fueron grandes y frecuentes, muchas acciones ilustres
de valor y prudencia militar, siendo las más señaladas
el haber envuelto y cercado a los enemigos, poniendo así
la victoria en manos de los que los combatían de frente,
se le decretaron los premios y honores que le eran debidos. Ni
dejó de ser sabida entre los Egipcios su humanidad con
Arquelao, que murió en uno de aquellos encuentros; porque
habiendo sido su amigo y huésped, por necesidad peleó
contra él vivo; pero buscando su cadáver después
de muerto, lo envolvió y enterró con aparato regio.
Con estos hechos dejó gran memoria de sí en Alejandría,
y adquirió nombre y fama entre los soldados romanos.
IV. Agregábase a esto la noble dignidad de su figura,
pues tenía la barba poblada, la frente espaciosa, la nariz
aguileña, de modo que su aspecto en lo varonil parecía
tener cierta semejanza con los retratos de Hércules pintados
y esculpidos; y aun había una tradición antigua
según la cual los Antonios eran heraclidas, descendientes
de Anteón, hijo de Hércules; y además de
parecer que se confirmaba esta tradición con su figura,
según se deja dicho, procuraba él mismo acreditarlo
con su modo de vestir, porque cuando había de mostrarse
en público llevaba la túnica ceñida por las
caderas, tomaba una grande espada y se cubría de un saco
de los más groseros. Aun las cosas que chocaban en los
demás, su aire jactancioso, sus bufonadas, el beber ante
todo el mundo, sentarse en público a tomar un bocado con
cualquiera y comer el rancho militar, no se puede decir cuánto
contribuían a ganarle el amor y afición del soldado.
Hasta para los amores tenía gracia, y era otro de los medios
de que sacaba partido, terciando en los amores de sus amigos y
contestando festivamente a los que se chanceaban con él
acerca de los suyos. Su liberalidad y el no dar con mano encogida
o escasa para socorrer a los soldados y a sus amigos fue en él
un eficaz principio para el poder, y después de adquirido
le sirvió en gran manera para aumentarlo, a pesar de los
millares de faltas que hubieran debido echarlo por tierra. Referiré
un solo ejemplo de su dadivosa liberalidad: mandó que a
uno de sus amigos se le dieran doscientos cincuenta mil sestercios;
esto los Romanos lo expresan diciendo diez veces. Admiróse
su mayordomo, y como para hacerle ver lo excesivo de aquella suma
pusiese en una mesa el dinero, al pasar preguntó qué
era aquello, y respondiendo el mayordomo que aquel era el dinero
que había mandado dar, comprendiendo Antonio su dañada
intención, Pues yo creía- le dijo- que diez
veces era más; esto es poco, es menester que sobre ello
pongas, otro tanto.
V. Pero esto fue más adelante. Cuando la república
se dividió en facciones, uniéndose los del Senado
con Pompeyo que residía en Roma, y llamando de las Galias
los del partido popular a César, que tenía un ejército
poderoso, Curión, el amigo de Antonio, que, mudado el propósito,
fomentaba la facción de César, se llevó a
Antonio tras sí, y como además de tener por su elocuencia
grande influjo sobre la muchedumbre gastase con profusión
de los caudales enviados por César, hizo que Antonio fuera
nombrado tribuno de la plebe y después sacerdote de los
agüeros, a los que llaman Augures. Constituido Antonio en
su magistratura, fue mucho lo que sirvió a los que estaban
por César; porque, en primer lugar, poniendo el cónsul
Marcelo a disposición de Pompeyo los soldados que ya se
habían levantado, y dándole facultad para levantar
más, lo estorbó Antonio escribiendo un edicto por
el que se disponía que las fuerzas reunidas marchasen a
la Siria en auxilio de Bíbulo, que hacía la guerra
a los Partos, y que las que levantase Pompeyo no estuviesen a
sus órdenes. En segundo lugar, como los del Senado rehusasen
recibir las cartas de César, y no permitiesen que en él
se leyeran, Antonio, valiéndose de su autoridad, las leyó
e hizo que muchos mudaran de dictamen, pareciéndoles que
César andaba moderado y justo en lo que proponía.
Finalmente, habiéndose hecho en el Senado estas dos proposiciones:
si parecía que Pompeyo disolviera el ejército y
si parecía que lo disolviera César, como fuesen
muy pocos los que opinaban que dejase las armas Pompeyo, y todos,
a excepción de unos cuantos, estuviesen por que las dejara
César, levantándose Antonio hizo esta otra proposición:
si parecía que Pompeyo y César a un tiempo dejaran
las armas y disolvieran los ejércitos; y esta opinión
la abrazaron con ardor todos, y haciendo grandes elogios a Antonio
deseaban que quedase sancionada. Repugnáronlo los cónsules,
y de nuevo presentaron los amigos de César otras instancias
que parecieron equitativas; pero se declaró contra ellas
Catón, y el cónsul Léntulo expulsó
del Senado a Antonio, el cual al salir hizo contra ellos mil imprecaciones,
y vistiéndose las ropas de un esclavo, tomó alquilado
un carruaje y con Quinto Casio marchó en busca de César.
Presentados ante éste, decían a gritos que ya en
Roma todo estaba trastornado y en desorden, pues ni aun los tribunos
gozaban de ninguna libertad, sino que era desechado y corría
gran peligro cualquiera que articulase una palabra en defensa
de la justicia.
VI En consecuencia de esto, tomando César su ejército,
entró con él en la Italia, y con alusión
a esto dijo Cicerón en sus Filípicas que Helena
había sido el principio de la guerra troyana, y Antonio
de la civil, faltando conocidamente a la verdad; porque no era
Gayo César un hombre tan manejable y tan fácil a
perder con la ira el asiento de su juicio, que a no haber tenido
de antemano resuelto lo que hizo se había de haber arrojado
a hacer tan repentinamente la guerra a la patria, por haber visto
a Antonio mal vestido, y que éste y Casio habían
tenido que huir a él en un carruaje alquilado, sino que
la verdad fue que, estando tiempo había deseoso de aprovechar
cualquier motivo, esto le dio una apariencia y disculpa a su parecer
decente para la guerra, y le arrastraron contra todos los hombres
las mismas causas que antes a Alejandro, y en tiempos más
remotos a Ciro, al saber: una codicia insaciable del mando y una
loca ambición de ser el primero y el mayor, lo que no le
era dado conseguir sino acabando con Pompeyo. Luego que puesta
por obra su resolución se apoderó de Roma y arrojó
a Pompeyo de la Italia, siendo su determinación ir primero
contra las fuerzas de Pompeyo en España y, después
de haber preparado una armada, marchar contra el mismo Pompeyo,
dio el mando de Roma a Lépido, que era pretor, y a Antonio,
tribuno de la plebe, el de los ejércitos y toda la Italia.
Bien presto éste se hizo tan amigo de los soldados, ejercitándose
con ellos, poniéndose para todo a su lado y haciéndoles
donativos según podía, como odioso a todos los demás;
porque con sus distracciones no cuidaba de dar oídos a
los que sufrían injusticias, trataba mal a los que iban
a hablarle, y no corrían buenas voces en cuanto a abstenerse
de las mujeres ajenas. Así es que el imperio de César,
que por él mismo cualquiera cosa podía parecer menos
que tiranía, lo desacreditaron e infamaron sus amigos,
entre los cuales Antonio, que fue el que cometió mayores
violencias según el mayor poder que tenía, fue con
justicia el más culpado de todos.
VII. Sin embargo, cuando César volvió de España,
pasó por encima de estos excesos; y en valerse de él
para la guerra, como de un hombre activo, valiente y hábil,
ciertamente que no la erró; pues pasando él desde
Brindis al Mar Jonio con muy pocas fuerzas, despachó los
transportes, enviando orden a Gabinio y a Antonio de que embarcaran
las tropas y con toda celeridad se dirigieran a la Macedonia.
No se determinó Gabinio a emprender aquella navegación,
que era difícil en la estación del invierno, e hizo
con el ejército un largo camino por tierra, pero Antonio,
temiendo por César, que había quedado entre muchos
enemigos, hizo retirar a Libón, que tenía guardada
la boca del puerto, cercando las galeras de éste con multitud
de lanchas, y embarcando en las naves que tenía preparadas
ochocientos caballos y veinte mil infantes, se hizo a la vela.
Habiendo sido visto y perseguido de los enemigos, pudo libertarse
de este peligro porque un recio vendaval agitó impetuosamente
el mar y combatió con furiosas olas las galeras de éstos;
pero arrebatado al mismo tiempo con sus naves hacia rocas escarpadas
y simas profundas, había perdido toda esperanza de salud,
cuando repentinamente sopló del golfo un viento ábrego
que repelió las olas de la tierra al mar, y apartándose
él de ella, y navegando a todo su placer, vio la orilla
llena de despojos de naufragio. Porque el viento había
arrojado a ella las galeras que le perseguían, y muchas
se habían estrellado. Apoderándose, pues, Antonio
de no pocas personas y riquezas, tomó además a Liso
e inspiró a César la mayor confianza, llegando oportunamente
con tantas fuerzas.
VIII. Habiendo sido muchos y frecuentes los combates que allí
se dieron, en todos se distinguió, y dos veces, saliendo
al encuentro a los Cesarianos, que huían en desorden, los
contuvo, y precisándolos a pelear de nuevo con los que
los perseguían, alcanzó la victoria, por lo que
después de César era grande su fama, en el ejército.
El mismo César manifestó la opinión que de
él tenía cuando, habiendo de dar en Farsalia la
batalla última que iba a decidir de todo, tomó para
sí el ala derecha, y la izquierda la confió a Antonio,
como el mejor militar de los que tenía a su lado. Nombrado
César dictador después de la victoria, fue en persecución
de Pompeyo; pero, eligiendo tribuno de la plebe, a Antonio, lo
envió a Roma, Es esta magistratura la segunda cuando el
dictador está presente; pero en su ausencia la primera,
o por mejor decir la única; porque cuando hay dictador,
el tribunado queda, y todas las demás magistraturas desaparecen.
IX. Era al mismo tiempo tribuno de la plebe Dolabela, joven todavía,
que, aspirando por medio de novedades a darse a conocer, quiso
introducir la abolición de deudas. Como fuese su amigo
Antonio, y conociese su carácter, dispuesto siempre a complacer
a la muchedumbre, le instaba para que le auxiliase y tomase parte
en el proyecto. Sostenían lo contrario Asinio y Trebelio;
y por una rara casualidad concibió a este tiempo Antonio
contra Dolabela la terrible sospecha de que profanaba su lecho.
Sintiólo vivamente, por lo que echó de casa a la
mujer, que era asimismo su prima, como hija de Gayo Antonio, el
que fue cónsul con Cicerón, y abrazando el partido
de Asinio hizo la guerra a Dolabela, porque éste se había
apoderado de la plaza con ánimo de hacer pasar la ley a
viva fuerza; pero sobreviniendo Antonio, autorizado con la determinación
del Senado de que contra Dolabela se emplearan las armas, trabó
combate y le mató alguna gente, teniendo también
pérdida por su parte. Decayó con esto de la gracia
de la muchedumbre; y con los hombres de probidad y de juicio nunca
la tuvo, como dice Cicerón, por su mala conducta, sino
que le aborrecieron siempre, abominando sus continuas embriagueces,
sus excesivos gastos y su abandono con mujerzuelas; por cuanto
el día lo pasaba en dormir, en pasear y en reponerse de
sus crápulas, y la noche en banquetes, en teatros y en
asistir a las bodas de cómicos y juglares. Dícese
que, habiendo cenado en cierta ocasión en la boda del farsante
Hipias, y bebido largamente toda la noche, llamado a la mañana
por el pueblo a la plaza, se presentó eructando todavía
la cena, y allí vomitó sobre la toga de uno de sus
amigos. Los que más favor tenían con él eran
el comediante Sergio y Citeris, mujerzuela de la misma palestra,
que era su querida, y a la que llevaba consigo por las ciudades
en litera, con no menor acompañamiento que el que seguía
la litera de su madre. Daba también en ojos verle llevar
en los viajes, como en una pompa triunfal, vasos preciosos de
oro, armar en los caminos pabellones, dar en los bosques y a las
orillas de los ríos opíparos banquetes, llevar leones
uncidos a los carros y hacer que dieran alojamientos en sus casas
ciudadanos y ciudadanas de recomendable honestidad a bailarinas
y prostitutas. Pues no podían sufrir que César pasara
las noches al raso fuera de Italia, acabando de extirpar las raíces
de tan molesta guerra a costa de grandes trabajos y peligros,
y que otros en tanto vivieran por él en un fastidioso lujo,
insultando a los ciudadanos.
X. Parecía que con estas locuras fomentara la sedición
y relajaba la disciplina militar, dando rienda a los soldados
para insolencias y raterías. Por lo mismo, César
a su vuelta perdonó a Dolabela, y elegido tercera vez cónsul,
no tomó por colega a Antonio, sino a Lépido. Había
comprado Antonio la casa de Pompeyo, que había sido puesta
a subasta, y porque se le pedía el precio se incomodó,
llegando a decir que por esta causa no había tomado parte
en la expedición de César al África, pues
veía que no se daba la debida retribución a sus
primeras hazañas y victorias. Con todo, parece que César
corrigió en alguna parte su atolondramiento y disipación
con no mostrarse del todo insensible a sus desaciertos. Porque
haciendo alguna mudanza en su conducta, pensó en casarse,
y contrajo segundo matrimonio con Fulvia, la que antes había
estado casada con el alborotador Clodio; mujer no nacida para
las labores de su sexo o para el cuidado de la casa, ni que se
contentaba tampoco con dominar a un marido particular, sino que
quería mandar al que tuviese mando, y conducir al que tuviese
caudillo; de manera que Cleopatra debía pagar a Fulvia
el aprendizaje de la sujeción de Antonio, por haberle tomado
ya manejable, instruido desde el principio a someterse a las mujeres;
y eso que también a ésta intentó Antonio
hacerla con chanzas y bufonadas más jovial y festiva. A
este propósito se dirigía lo siguiente: cuando César
volvía de la victoria conseguida en España, salieron
muchos a recibirlo, y salió él también; pero
habiendo llegada repentinamente a la Italia la voz de que, muerto
César, se aproximaban los enemigos, se volvió a
Roma, donde, tomando el traje de un esclavo, se vino de noche
a casa, y diciendo que traía una carta de Antonio para
Fulvia, se entró desconocido hasta la habitación
de ésta; la cual, sobresaltada, antes de tomar la carta,
preguntó si vivía Antonio, y él, alargándosela
sin decir palabra, luego que la abrió y la empezó
a leer se arrojó en sus brazos, haciéndole las mayores
demostraciones de cariño. Otros muchos sucesos semejantes
hubo: pero nos ha parecido referir éste solo para ejemplo.
XI En esta vuelta de César desde la España todos
los principales salieron a recibirle a muchas jornadas; pero Antonio
logró ser distinguido en sus obsequios; porque caminando
en carruaje por la Italia, a Antonio lo trajo consigo, y a la
espalda a Bruto Albino, y al hijo de su sobrina, Octavio, el que
más adelante tomó el nombre de César e imperó
sobre los Romanos largo tiempo. Cuando de allí a poco fue
César nombrado cónsul por la quinta vez, tomó
desde luego por colega a Antonio, siendo su intento abdicar después
en Dolabela, de lo que ya llegó a hacer relación
al Senado; pero como se opusiese acaloradamente Antonio, diciendo
mil pestes contra Dolabela, y oyendo otras tantas, avergonzado
César de su poco miramiento, no insistió más
por entonces. Iba al cabo de algún tiempo a ejecutar el
nombramiento de Dolabela; pero diciendo en alta voz Antonio que
los agüeros eran contrarios, cedió y tuvo que abandonar
a Dolabela, que quedó muy resentido. Sin embargo de todo
esto, parece que César no lo aborrecía menos que
a Antonio; porque se dice que, habiéndole uno hablado mal
en cierta ocasión de ambos, tratando de hacerlos sospechosos,
le respondió que no temía a estos gordos y tragones,
sino a aquellos descoloridos y flacos, indicando a Bruto y Casio,
que eran los que habían de ponerle asechanzas y darle muerte.
XII. Dióles a éstos el motivo, sin querer, Antonio.
Celebraban los Romanos la fiesta llamada de los Lupercales, correspondiente
a otra de igual nombre de los Griegos, y César, adornado
de ropa triunfal, se sentó en la tribuna de la plaza pública
para mirar de allí a los que corrían. Corren en
esta fiesta los más de los jóvenes patricios y los
más de los magistrados, y ungidos abundantemente dan por
juego con unas correas de pieles sin adobar latigazos a los que
encuentran. Era uno de los que corrían Antonio, y dejando
a un lado las ceremonias patrias, y enredando una diadema en una
corona de laurel, se encaminó a la tribuna, y levantado
en alto por los que le acompañaban, la puso sobre la cabeza
de César, queriendo dar a entender que le correspondía
reinar. Haciendo éste por rompérsela y quitársela,
lo vio el pueblo con grande alegría y muchos aplausos.
Volvió Antonio a ponérsela, y César a quitársela;
y habiendo así altercado largo rato, a Antonio le aplaudieron
muy pocos, y éstos obligados de él; pero a César,
por haberlo resistido, lo aplaudió todo el pueblo con grande
algazara. Lo que había más que admirar en esto era
que, sufriendo en las obras lo que sufren los que son dominados
por reyes, sólo estaban mal con el nombre de rey, creyendo
que en él estaba la ruina de la libertad. Levantóse,
pues, César muy disgustado de la tribuna, y retirando la
toga del cuello, gritó que lo presentaba al que quisiera
herirle. Habían puesto la corona a una de sus estatuas
y los tribunos de la plebe la hicieron pedazos, por lo que el
pueblo les tributó también aplausos; pero César
los privó de sus magistraturas.
XIII. Esto mismo fue lo que dio más aliento a Bruto y
Casio, los cuales, reuniendo para tratar del hecho a los amigos
que eran más de su confianza, dudaban en cuanto a Antonio;
algunos querían asociarle, pero lo contradijo Trebonio,
refiriendo que cuando salieron a recibir a César, que volvía
de España, tuvieron un mismo alojamiento y caminaron juntos
él y Antonio, y que habiendo tocado a éste la especie
con mucho tiento y precaución, lo había entendido,
mas no había admitido la confianza; aunque tampoco lo había
dicho a César, sino que había reservado con la mayor
fidelidad aquella conversación. En consecuencia de esto,
deliberaron sobre acabar con Antonio cuando dieran muerte a César;
pero lo resistió Bruto, diciendo que una acción
que se emprendía en defensa de las leyes y de lo justo
debía estar separada y pura de toda injusticia. Mas temiendo
las fuerzas de Antonio y la dignidad de su magistratura, destinaron
para él a algunos de los conjurados, con el objeto de que
cuando César entrase en el Senado y se hubiera de ejecutar
lo proyectado le hablaran a la parte de afuera y lo detuvieran
fingiendo tener que tratar con él algún negocio.
XIV. Ejecutado todo como estaba resuelto, y habiendo quedado
muerto César en el Senado, Antonio, por lo pronto, recurrió
al medio de disfrazarse con las ropas de un esclavo, y se ocultó;
pero cuando supo que los conjurados no pensaban en hacer mal a
nadie, habiéndose refugiado en el Capitolio, les persuadió
que bajasen, tomando en rehenes a su hijo, y aun él mismo
tuvo a cenar a Casio, y Lépido a Bruto. Congregó
el Senado, y él mismo habló en él de amnistía,
y de distribuir provincias a Casio y Bruto; todo lo que confirmó
el Senado, decretando que nada se alterase de lo hecho por César.
Salió Antonio del Senado el hombre más satisfecho
del mundo, por parecerle que había cortado de raíz
la guerra civil, y que en negocios los más difíciles
y arriesgados que podían presentarse se había conducido
con la mayor habilidad y la más consumada prudencia; pero
bien presto, apoyado en la opinión de la muchedumbre, mudó
este plan para formarse el de aspirar a ser el primero con toda
seguridad, quitando de en medio a Bruto. Sucedió además
que, pronunciando en la plaza, según costumbre, el elogió
de César, como viese que el pueblo le oía con interés
y complacencia, se propuso, enseguida de las alabanzas, excitar
la lástima y la indignación por lo sucedido; y como
al terminar su discurso presentase y desenvolviese la túnica
manchada en sangre y acribillada de cuchilladas, tratando a los
autores de matadores y asesinos, encendió al pueblo de
tal manera en ira que, recogiendo por todas partes escaños
y mesas, quemaron el cuerpo de César allí mismo,
en la plaza, y tomando después tizones de la hoguera, corrieron
a las casas de los conjurados, determinados a allanarlas e incendiarlas.
XV. Saliendo, pues, de la ciudad Bruto y los demás conjurados,
los amigos de César acudieron a Antonio, y su mujer Calpurnia,
poniendo en él su confianza, le llevó en depósito,
la mayor parte de sus intereses, que sumados ascendían
a cuatro mil talentos. Ocupó también Antonio los
libros de César, entre los cuales se hallaban los registros
de sus determinaciones y resoluciones, y añadiendo él
a su voluntad lo que le pareció, a muchos los designó
magistrados, a muchos los hizo senadores, a algunos los restituyó
del destierro, o estando presos los puso en libertad, como si
así lo hubiese tenido ordenado César. Así,
a todos éstos los llamaban los Romanos, con una chistosa
alusión, Caronitas, porque para defenderse de sus cargos
acudían a los registros de un muerto. Otra infinidad de
cosas hizo Antonio con igual despotismo, valiéndose de
que era cónsul y de que tenía por colegas a sus
hermanos, siendo Gayo pretor, y Lucio tribuno de la plebe.
XVI En este estado de los negocios llegó a Roma el nuevo
César, hilo, como se ha dicho, de una sobrina del dictador,
y nombrado heredero por éste, al tiempo de cuya muerte
residía en Apolonia. Desde luego se dirigió a saludar
a Antonio como amigo paterno; pero al mismo tiempo le hizo conversación
del depósito, porque tenía que distribuir setenta
y cinco dracmas a cada ciudadano romano, según César
lo había mandado en su testamento. Despreciábalo
al principio Antonio, viéndole tan muchacho, y decía
que no tenía juicio en querer cargar, careciendo del talento
necesario y de amigos, con el insoportable peso de la herencia
de César; pero como aquel no cediese a tales especies y
continuase reclamando sus intereses, pasó a decir y hacer
mil cosas en su ofensa. Porque presentándose a pedir el
tribunado de la plebe, le hizo oposición, y queriendo poner
en el teatro la silla curul del padre, como estaba decretado,
le amenazó de que lo haría llevar a la cárcel
si no desistía de la idea de querer hacerse popular. Mas
como este joven se pusiese en manos de Cicerón y de los
demás enemigos declarados de Antonio, por medio de los
cuales puso de su parte al Senado, mientras por sí mismo
iba ganando al pueblo y reuniendo los soldados de las colonias,
entrando ya en temor Antonio, tuvo con él una conferencia
en el Capitolio, y se reconciliaron. Mas en aquella misma noche,
estando durmiendo, tuvo en sueños una visión extraña:
por parecerle que un rayo le hería la mano derecha; de
allí a pocos días corrió la voz de que César
pensaba atentar contra su vida, y aunque éste se defendió
de semejante imputación, no quiso creerle. Con esto volvió
a enconarse la enemistad, y al recorrer ambos la Italia, procuraban
a porfía atraerse con dádivas a los soldados veteranos
establecidos en las colonias, y poner cada uno de su parte a los
que todavía estaban con las armas en la mano.
XVII. Era entonces Cicerón el de mayor poder y autoridad
en la república, y como trabajase por inflamar todos los
ánimos contra Antonio, alcanzó por fin del Se- nado
que le declarara enemigo público, que a César se
le enviaran las fasces y todas las insignias de pretor y que se
diera a Pansa e Hircio el encargo de arrojar a Antonio de la Italia.
Eran éstos a la sazón cónsules, y viniendo
a las manos con Antonio junto a Módena, acompañándolos
César y peleando a su lado bien, quedaron vencedores en
aquel encuentro, pero murieron ambos. Tuvo que huir Antonio, y
en aquella huida se vio en mil apuros, de los que el mayor fue
el hambre; pero en la adversidad se hacía mejor de lo que
era por naturaleza, y cuando padecía infortunios podía
pasar por bueno. Común es a todos conocer el precio de
la virtud cuando caen en cualquiera desgracia o aflicción;
pero no es de todos el imitar lo que aprueban y huir de lo que
vituperan, haciéndose fuertes contra la mala fortuna; y
antes algunos ceden de sus buenos discursos, y por debilidad se
dejan arrastrar de sus hábitos y costumbres; mas Antonio
en esta ocasión fue un admirable ejemplo para sus soldados,
pasando de tanto regalo y opulencia a beber sin melindres agua
corrompida y a mantenerse de raíces y frutos silvestres;
y aun, según se dice, comieron cortezas y se resolvieron
a usar de carnes nunca antes gustadas al pasar los Alpes.
XVIII. Su intento era tratar con las tropas que allí había,
mandadas por Lépido, que parecía ser amigo de Antonio,
a causa de haber disfrutado por su mediación del favor
de César para muchos negocios. Llegando, pues, y acampándose
cerca, cuando vio que no se hacía con él demostración
ninguna de amistad, se decidió a tentarlo todo. Llevaba
el cabello desgreñado, y en el tiempo que había
mediado desde la derrota, le había crecido una espesa barba;
tomó además la toga de duelo, y llegando en esta
disposición muy cerca del valladar de Lépido, empezó
a hablarle. Como muchos se hubiesen conmovido al verle y mostrasen
ablandarse con sus palabras, temió Lépido y, haciendo
tocar trompetas, evitó con el ruido que pudiera ser oído
Antonio. Mas en los soldados aun fue mayor por esto la compasión,
y habiendo hablado en secreto unos con otros, le enviaron a Lelio
y Clodio disfrazados con las ropas de unas mujerzuelas, para que
dijesen a Antonio que acometiera sin miedo al valladar, porque
había muchos que le recibirían y si quería
darían muerte a Lépido. En cuanto a éste,
no permitió Antonio que se le tocase; pero teniendo su
ejército pronto a la mañana siguiente, tentó
pasar el río, y entrando él el primero, marchó
denodado a la orilla opuesta; mas a este tiempo ya vio a muchos
de los soldados de Lépido que le alargaban las manos y
derribaban el valladar. Entrando, pues, y haciéndose dueño
de todo, trató a Lépido con la mayor consideración,
porque le saludó apellidándole padre; y aunque en
la realidad él lo mandaba todo, éste conservaba
el nombre y honores de emperador; esto hizo que también
se le agregara Munacio Planco, acantonado no muy lejos de allí
con bastantes tropas. Fortalecidos de esta manera, volvió
a pasar los Alpes hacia Italia, trayendo diecisiete legiones de
infantería y diez mil caballos; y además de esto
todavía dejaba de guarnición en la Galia seis legiones
con un tal Vario, amigo y camarada suyo, al que por apodo llamaban
Cotilón.
XIX. Ya César se desentendía de Cicerón
viéndole decidido por la libertad, y por medio de sus amigos
llamaba a Antonio a conciertos. Reuniéndose, pues, los
tres en una isleta que formaba el río, tuvieron tres días
de conferencias; y en todo lo demás se convinieron fácilmente,
repartiendo entre sí toda la autoridad como pudieran una
herencia paterna; pero en la contienda sobre qué ciudadanos
eran los que habían de perder se detuvieron mucho, y les
costó gran trabajo el avenirse, queriendo cada uno acabar
con sus enemigos y salvar a sus allegados. Finalmente, abandonando
los que eran aborrecidos a la ira de los que los aborrecían,
sin tener cuenta del deudo y honor del parentesco ni de la gratitud
de la amistad, César dejó a Cicerón en manos
de Antonio, y en las de César éste a Lucio César,
que era tío suyo por parte de madre; a Lépido se
le permitió matar a su hermano Paulo; otros dicen que Lépido
cedió en cuanto a Paulo, siendo los otros los que pedían
su muerte. Lo cierto es que no puede verse una cosa más
atroz y cruel que estos cambios; porque permutando muertes por
muertes, del mismo modo que a los que recibían mataban
a los que entregaban; pero siempre eran más injustos con
los amigos, a quienes daban muerte sin aborrecerlos.
XX. Los soldados que asistieron a estos tratados pidieron que
aquella amistad se confirmara con un casamiento, tomando César
por mujer a Claudia, hija de Fulvia, la mujer de Antonio. Acordado
también esto, fueron trescientos los proscritos a quienes
dieron muerte, y ejecutada la de Cicerón, mandó
Antonio que le cortaran la cabeza y la mano derecha, con que había
escrito las oraciones que compuso contra él. Traídas
que le fueron, las estuvo mirando con el mayor placer, dando grandes
y repetidas carcajadas, y cuando ya se hubo saciado, mandó
se pusieran sobre la tribuna en la plaza, queriendo insultar a
un muerto, y no echando de ver que era su propia fortuna a la
que insultaba y que él mismo era el afrentado en manifestar
semejante poder. Lucio César, su tío, a quien anduvieron
buscando y persiguiendo, se había refugiado en casa de
su hermana, la cual, cuando los matadores llegaron, como pugnasen
por entrar en su cuarto, se puso en la puerta, y extendiendo los
brazos les gritó muchas veces: No mataréis
a Lucio César si no me matáis primero a mí,
que he dado a luz a vuestro general. Habiendo sido mujer
de esta resolución, con ella logró ocultar y salvar
al hermano.
XXI Hacíase en general molesto e insufrible este triunvirato,
echándose de ello la culpa más principalmente a
Antonio, por ser de más edad que César y de más
poder e influjo que Lépido; pero él lo que hizo,
luego que aflojó en los negocios, fue retroceder a aquella
vida muelle y disoluta de sus primeros años. Agregábase
además a la mala opinión que de él se tenía
el odio no pequeño que contra él resultaba por la
casa de su habitación, que había sido de Pompeyo
Magno, varón no menos admirable por su sobriedad y por
su tenor de vida, tan sencillo como el de cualquier particular,
que por sus tres triunfos. Porque se disgustaban de verla por
lo común cerrada a los generales, a los pretores y a los
legados, despedidos ignominiosamente desde la puerta, y llena
de farsantes, de charlatanes y aduladores crapulentos, con los
que gastaba la mayor parte de una riqueza adquirida por los medios
más violentos e intolerables, pues no sólo vendían
las haciendas de los proscritos y se valían de todo género
de exacciones, sino que, noticiosos de que en el colegio de las
Vírgenes Vestales existían depósitos de extranjeros
y de ciudadanos, entraron y se apoderaron de ellos. Viendo, pues,
César que a Antonio nada le bastaba, propuso que se repartieran
los caudales; lo que así se hizo, y repartieron también
el ejército, dirigiéndose ambos a la Macedonia contra
Bruto y Casio, y dejando a Lépido mandando en Roma.
XXII. Luego que, habiendo desembarcado, pusieron mano a la guerra
y estuvieron al frente del enemigo, oponiéndose Antonio
a Casio, y César a Bruto, ninguna hazaña notable
se vio de César, sino que a Antonio era a quien se debían
las victorias y los triunfos. Porque en la primera batalla, derrotado
César por Bruto, perdió el campamento, y fue muy
poco lo que en la fuga se adelantó a los que iban en su
alcance; aunque, según escribió en los Comentarios,
habiendo tenido uno de sus amigos un ensueño, se retiró
antes de la batalla; Antonio, en cambio, venció a Casio,
no faltando, sin embargo, quienes escriban que Antonio no se halló
en la batalla, sino que después de ella alcanzó
a los que perseguían a los enemigos. A Casio, Píndaro,
uno de sus más fieles libertos, a petición y ruego
suyo lo pasó con la espada, porque no sabía que
Bruto había quedado vencedor. Al cabo de pocos días
se dio otra batalla, y siendo vencido Bruto, se quitó la
vida, debiéndose principalmente a Antonio la gloria de
este triunfo: bien que César se hallaba a la sazón
enfermo. Puesto ante el cadáver de Bruto, por un momento
le echó en cara la muerte de su hermano Gayo a quien la
había dado Bruto en Macedonia en venganza por Cicerón;
pero diciendo que más bien que Bruto era culpable Hortensio
de la muerte del hermano, mandó que Hortensio fuese pasado
a cuchillo sobre su sepultura; y encima del cadáver de
Bruto arrojó su manto de púrpura, que era de grandísimo
precio, y encargó a uno de sus propios libertos que cuidara
de darle sepultura. Supo más adelante que éste no
había quemado el manto con el cadáver, y que había
escatimado alguna parte de la suma que se decía invertida
en el entierro, e hizo darle muerte.
XXIII. Después de estos sucesos, César se, restituyó
a Roma, creyéndose que, según su debilidad, su vida
no sería larga; pero Antonio, dirigiéndose a las
provincias de Oriente para adquirir fondos, pasó por la
Grecia al frente de un numeroso ejército, porque, habiendo
prometido a cada soldado cinco mil dracmas, se veía en
la precisión de recoger cuantiosas sumas y hacer grandes
exacciones. Sin embargo, con los Griegos no se portó dura
y molestamente, y más bien les fueron agradables su genio
festivo en las conversaciones con los eruditos, su asistencia
a los juegos y a las iniciaciones y su blandura en los juicios
complaciéndose en oírse apellidar amigo de los Griegos,
y todavía más amigo de los Atenienses, a cuya ciudad
hizo muchos donativos. Como quisiesen con este motivo los de Mégara
mostrarle alguna cosa apreciable en contraposición de Atenas,
y deseasen, sobre todo, que viese su casa de consejo, subió
allá; y preguntándole después de haberla
visto qué le parecía: Pequeña- les
respondió-, pero vieja. Pasó también
a medir el templo de Apolo Pitio, con ánimo de restaurarlo,
porque así lo había ofrecido al Senado.
XXIV. Después que, habiendo dejado a Lucio Censorino por
gobernador de la Grecia, pasó al Asia, empezó a
participar de aquellas riquezas, frecuentando reyes su casa y
compitiendo las mujeres de éstos entre sí en dones
y atractivos para ganarle, y al mismo tiempo que César
era fatigado con sediciones y guerras, gozaba él de gran
sosiego y paz y era de sus antiguos afectos impelido otra vez
a la acostumbrada vida. Los llamados Anaxenores, grandes guitarristas;
los llamados Xutos, célebres flautistas; el bailarín
Metrodoro, y toda la comparsa de juglares asiáticos, que
en desvergüenza e insolencia se dejaban muy atrás
a las pestes de Italia, corrieron y se apoderaron de su palacio,
y ya nada quedó que fuera tolerable, entregados todos a
este desconcierto. Porque toda el Asia, a manera de aquella ciudad
de Sófocles, estaba a un tiempo llena de sahumerios aromáticos.
Y de cantos a un tiempo y de lamentos. Al entrar, pues, en Éfeso,
las mujeres le precedían disfrazadas de Bacantes, y los
hombres de Sátiros y Panes; y estando la ciudad sembrada
de hiedra, de tirsos, de salterios, de oboes y de flautas, le
saludaban y apellidaban Baco el benéfico y melifluo, y
ciertamente para algunos lo era, siendo para los más cruel
y desabrido: porque despojaba a los honestos habitantes de sus
haciendas para darlas a aduladores y bribones, y pidiéndole
algunos las haciendas de hombres que vivían, como si hubiesen
muerto, las alcanzaban. La casa de un ciudadano de Magnesia la
dio a un cocinero, en premio de haberle dado gusto en una cena.
Finalmente, impuso a las ciudades dos tributos; sobre lo que,
hablando Hibreas en defensa del Asia, se atrevió a decirle
con demasiada aspereza, aunque al gusto de Antonio, según
su genio: Si puedes recoger dos veces, en un año
el tributo, podrás hacer que haya dos veces verano y dos
veces otoño. Haciendo después la cuenta de
que el Asia le había contribuido con doscientos mil talentos,
le dijo también con arrojo y confianza: Si no los
has percibido, pídelos a los que los recogieron, y si los
percibiste y ya no los tienes, somos perdidos; expresión
que llamó mucho la atención a Antonio, el cual ignoraba
lo más de lo que pasaba, no tanto por ser negligente y
descuidado como porque sencillamente se fiaba demasiado de los
que le rodeaban. Pues realmente tenía un gran fondo de
sencillez, y no daba fácilmente en las cosas; pero luego
que advertía sus faltas, era vehemente en sentirlas, y
no se detenía en dar satisfacción a los ofendidos.
Era además excesivo en la retribución y en el castigo,
aunque más salía de medida en el recompensar que
en el castigar. Las chanzas y burlas que a los otros hacía,
llevaban en sí mismas la medicina, porque no había
mal en volvérselas y en chancearse también, y no
menos se divertía con que se le burlasen que con burlarse;
cosa que en muchos negocios le fue perjudicial. Porque no sospechando
que los que tenían libertad para las burlas le adulaban
en los negocios serios, le cogían fácilmente como
con sebo con las alabanzas, no advirtiendo que algunos mezclaban
la libertad como tina salsa astringente con la lisonja para quitar
la saciedad al atrevido y demasiado hablar de los festines, y
para disponer también el que cuando ceden y se aquietan
en los negocios, parezca que no es en obsequio de la persona,
sino a causa de darse por vencidos de su prudencia y su juicio.
XXV. Siendo éste el carácter de Antonio, se le
agregó por último mal el amor de Cleopatra, porque
despertó e inflamó en él muchos afectos hasta
entonces ocultos e inactivos, y si había algo de bueno
y saludable con que antes se hubiese contenido lo borró
y destruyó completamente. El enredarse en él fue
de esta manera: Habiendo de emprender la guerra Pártica,
le envió orden de que pasara a verse con él en la
Cilicia, para responder a los cargos que se le hacían sobre
haber socorrido y auxiliado largamente a Casio para la guerra.
Delio, que fue mensajero, luego que vio su semblante y en sus
palabras descubrió su talento y sagacidad, al punto se
impuso de que Antonio no haría mal ninguno a una mujer
como aquella, sino que más bien sería, desde luego,
la que privase con él. Conviértese, pues, a obsequiar
y ganarse aquella egipcia persuadiéndola, según
aquello de Homero, a que fuera a la Cilicia compuesta y
adornada, y no temiera a Antonio, que era el más
dulce y humano de todos los generales, Creyó Cleopatra
a Delio, y conjeturó por César y por el hijo de
Pompeyo, a quienes siendo todavía mocita había tratado,
que le había de ser muy fácil el apoderarse de Antonio,
porque aquellos la habían conocido de muy joven y sin experiencia
de mundo, y a éste iba a verle en aquella edad en que la
belleza de las mujeres está en todo su esplendor y la penetración
en su mayor fuerza. Previno, pues, dones, riquezas y adornos,
cuales convenía llevase yendo a tratar grandes negocios
de un reino opulento, y, sobre todo, puso en sí misma y
en sus arterias y atractivos las mayores esperanzas; y así
emprendió su viaje.
XXVI Como hubiese recibido además diferentes cartas, así
del mismo Antonio como de otros amigos de éste que la llamaban,
le miró ya con tal desdén y desenfado, que se resolvió
a navegar por el río Cidno en galera con popa de oro, que
llevaba velas de púrpura tendidas al viento, y era impelida
por remos con palas de plata, movidos al compás de la música
de flautas, oboes y cítaras. Iba ella sentada bajo dosel
de oro, adornada como se pinta a Venus. Asistíanla a uno
y otro lado, para hacerle aire, muchachitos parecidos a los Amores
que vemos pintados. Tenía asimismo cerca de sí criadas
de gran belleza, vestidas de ropas con que representaban a las
Nereidas y a las Gracias, puestas unas a la parte del timón,
y otras junto a los cables. Sentíanse las orillas perfumadas
de muchos y exquisitos aromas, y un gran gentío seguía
la nave por una y otra orilla, mientras otros bajaban de la ciudad
a gozar de aquel espectáculo, al que pronto corrió
toda la muchedumbre que habla en la plaza, hasta haberse quedado
Antonio solo sentado en el tribunal; la voz que de unos en otros
se propagaba era que Venus venía a ser festejada por Baco
en bien del Asia. Convidóla, pues, a cenar: mas ella significó
que desearía fuese Antonio quien viniese a acompañarla;
y como éste quisiese darle desde luego pruebas de deferencia
y humanidad, se prestó al convite y acudió a él.
Encontróse con una prevención y aparato superior
a lo que puede decirse; pero lo que le dejó parado sobre
todo fue la muchedumbre de luces, porque se dice fueron tantas
las que había suspendidas y colocadas por todas partes,
y dispuestas entre sí con tal artificio y orden en cuadros
y en círculos, que la vista que hacían era una de
las más hermosas y dignas de mirarse de cuantas han podido
transmitirse a la memoria de los hombres.
XXVII. Al día siguiente la convidó a su vez; y
aunque se esforzó a aventajarse en esplendidez y en delicadeza,
quedó inferior en ambas cosas; y viéndose en ellas
vencido, fue el primero en burlarse de su torpeza y rusticidad.
Cleopatra, que en la misma befa que de sí hacía
Antonio echó de ver que ésta no tenía nada
de fina, y se resentía de lo soldado, usó también
con él de chanzas sin reserva y con la mayor confianza:
pues, según dicen, su belleza no era tal que deslumbrase
o que dejase parados a los que la veían; pero su trato
tenía un atractivo inevitable, y su figura, ayudada de
su labia y de una gracia inherente a su conversación, parecía
que dejaba clavado un aguijón en el ánimo. Cuando
hablaba, el sonido mismo de su voz tenía cierta dulzura,
y con la mayor facilidad acomodaba su lengua, como un órgano
de muchas cuerdas, al idioma que se quisiese: usando muy pocas
veces de intérprete con los bárbaros que a ella
acudían, sino que a los más les respondía
por sí misma, como a los Etíopes. Trogloditas, Hebresos,
Árabes, Sirios, Medos y Partos. Dícese que había
aprendido otras muchas lenguas cuando los que la habían
precedido en el reino ni siquiera se habían dedicado a
aprender la egipcia, y algunos aun a la macedonia habían
dado de mano.
XXVIII. De tal manera avasalló n Antonio que, a pesar
de haberse puesto en guerra con César Fulvia su mujer por
sus propios negocios y de amenazar por la Macedonia el ejército
de los Partos, del que los reyes habían nombrado generalísimo
Labieno, y con el que iban a invadir la Siria, se marchó,
arrastrado por ella, a Alejandría, donde, entretenido en
las diversiones y juegos propios de un muchacho dado al ocio,
desperdiciaba y malograba el gasto de mayor precio de todos, como
decía Antifón, que es el tiempo: porque seguían
la que llamaban comunión de vida inimitable; y convidándose
alternativamente por días, hacían un gasto desmedido.
Refería a mi abuelo Lamprias el médico Filotas,
natural de Anfisa, que a la sazón se hallaba él
en Alejandría, joven aún y aprendiendo su profesión,
y habiéndose hecho conocido de uno de los jefes de cocina
de palacio, le persuadió éste a que pasara a ver
la suntuosidad y aparato de uno de aquellos banquetes, que introducido
a la cocina, entre otras muchas cosas vio ocho cerdos monteses
asados, lo que le hizo admirarse del gran número de convidados,
a lo que se rió el cocinero, y le dijo que los convidados
no eran muchos, sino unos doce: pero que era preciso que estuviera
en su punto cada cosa que había de ponerse a la mesa, y,
pasado éste, se echaba a perder: pues podía suceder
que entonces mismo pidiese Antonio la cena, o de allí a
poco, si le ocurría, o dilatarlo más, pidiendo un
vaso para beber, o por moverse alguna conversación; por
lo cual no parecía que era una cena sola, sino muchas las
que se preparaban, a causa de que no podía preverse la
hora. Refería, pues, estas cosas Filotas, y también
que al cabo de algún tiempo vino a ser uno de los dependientes
del hijo mayor de Antonio, tenido en Fulvia, con el que cenaba
en confianza con otros amigos, cuando aquel no cenaba con el padre,
y que en una de estas ocasiones a cierto médico insolente
que les mortificaba con disputas mientras cenaban, le hizo callar
con este sofisma: Al que está algo calenturiento
se le ha de dar de beber frío; todo el que tiene calentura
está algo calenturiento; luego a todo el que tiene calentura
se le ha de dar de beber frío; que con esto se había
quedado aturdido aquel hombre sin hablar palabra, y celebrándolo
el hijo de Antonio, se había echado a reír, y le
dijo: Todas aquellas cosas ¡oh Filotas! te las doy
de regalo (señalando un aparador lleno de muchas
y preciosas piezas de plata); que él le agradeció
el buen deseo, estando muy distante de pensar que aquel joven
pudiera tener facultad de hacer un presente tan cuantioso; pero
allí a poco tomó todas las piezas uno de los criados,
y se las llevó en un canasto, diciendo que lo sellase por
suyo: que él lo repugnó y temía recibirlo;
pero el criado había replicado de esta manera: Miserable,
¿en qué te detienes? ¿No sabes que el que
te lo regala es hijo de Antonio, y que podría darte otras
tantas piezas de oro? Aunque, si a mí me crees, lo mejor
será que no las cambies por dinero, porque quizá
el padre deseará alguna de estas piezas por ser obra antigua
y de primorosa hechura. Decíame, pues, mi abuelo
que Filotas hacía frecuente esta relación.
XXIX. Cleopatra, usando de una adulación no cuádruple,
como dice Platón, sino múltiple, ora Antonio estuviese
dedicado, a cosas serias, ora para juegos y chanzas, siempre le
tenía preparado un nuevo placer y una nueva gracia con
que le traía embobado, sin aflojar de día ni de
noche. Porque con él jugaba a los dados, con él
bebía y con él cazaba, siendo su espectadora si
se ejercitaba en las armas. Cuando de noche se acercaba a las
puertas y ventanas de los particulares para hacer burlas a los
que se hallaban dentro, ella también corría con
él las calles, y le acompañaba, tomando el traje
de una esclava, porque él se disfrazaba de la misma manera;
de aquí es que siempre se retiraba habiendo sufrido por
su parte algunas burlas, y a veces hasta golpes, lo que a muchos
los inducía a sospechar de él. Con todo, los Alejandrinos
no dejaban de divertirse con su humor festivo, y de usar chanzas
y juegos, no del todo sin gracia y sin chiste, celebrando su genio
y diciendo que con los Romanos usaba de la máscara trágica,
y con ellos de la cómica. Referir muchos de sus juegos
y burlas no dejaría de parecer bien insulso; mas vaya el
siguiente: Estaba una vez pescando con mala suerte, y enfadándose
porque se hallaba presente Cleopatra, mandó a los pescadores
que, metiéndose sin que se notara debajo del agua, pusieran
en el anzuelo peces de los que ya tenían cogidos; y habiendo
sacado dos o tres lances, no dejó la egipcia de comprender
lo que aquello era. Fingió, pues, que se maravillaba, y
haciendo conversación con sus amigos, les rogó que
al día siguiente concurrieran a ser espectadores. Embarcáronse
muchos en las lanchas, y luego que Antonio echó la caña,
mandó a uno de los suyos que nadara por debajo del agua
y adelantándose, colgara del anzuelo pescado salado del
Ponto. Cuando Antonio creyó que había caído
algún pez, tiró, y siendo el chasco y la risa tan
grande como se puede pensar, Deja- le dijo-, ¡oh Emperador!,
la caña para nosotros los que reinamos en el Faro y en
Canopo; vuestros lances no son sino ciudades, reyes y provincias.
XXX. Mientras con tales juegos y puerilidades se entretenía
Antonio, le sobrecogieron dos mensajes: uno de Roma, por el que
se le avisaba que Lucio, su hermano, y Fulvia, su mujer, primero
habían reñido y altercado entre sí, y después,
poniéndose en guerra abierta con César, lo habían
echado todo a perder y huido de la Italia. El otro en nada era
más favorable y llevadero que éste, porque se le
decía que Labieno, al frente de los Partos, había
subyugado el Asia desde el Éufrates y la Siria hasta la
Lidia y la Jonia. Vuelto, pues, con dificultad en sí como
del sueño o de la embriaguez, movió primero para
hacer frente a los Partos, y llegó hasta Fenicia; pero
enviándole Fulvia cartas llenas de lamentos, se dirigió
hacia Italia, conduciendo doscientas naves. Tropezó por
suerte en la travesía con aquellos de sus amigos que habían
huido, y supo que la causa de la disensión había
sido Fulvia, mujer de carácter inquieto y violento, que
había esperado sacar a Antonio de los lazos de Cleopatra
si se suscitaba algún movimiento en la Italia. Sucedió
por casualidad que Fulvia, que iba en su busca, enfermó
en Sicione, y murió, con lo que hubo más proporción
para su reconciliación con César. Pues luego que
llegó a la Italia, como se viese que César no tenía
contra él ninguna queja y que de las que contra él
había, echaba la culpa a Fulvia, no le permitieron sus
amigos que exigiese explicaciones, sino que los pusieron bien
al uno con el otro, y partieron el imperio, poniendo por límite
el mar Jonio: de manera que las regiones de Oriente quedaran para
Antonio, las de Occidente para César, y el África
se le dejara a Lépido, disponiéndose además
que, si no les agradase ser cónsules, lo fueran amigos
de ambos alternativamente.
XXXI Aunque esto parecía haberse concluido a satisfacción,
siendo necesario darle mayor consistencia, la fortuna la proporcionó:
porque Octavia era hermana mayor de César, bien que no
de la misma madre, pues era hija de Ancaria, y éste nacido
después de Acia. Amaba sobremanera a la hermana, que se
dice haber sido ejemplo maravilloso de mujeres. Hallábase
viuda de Gayo Marcelo, muerto poco había, y parecía
que, habiendo fallecido Fulvia, se hallaba también viudo
Antonio; pues, aunque no negaba sus relaciones con Cleopatra,
no confesaba estar casado, siendo esto lo único en que
parecía haber lidiado contra el amor de la Egipciaca. Insistían
todos en esta otra boda, esperando que, reuniendo Octavia con
una gran belleza una admirable gravedad y juicio, si se enlazaba
con Antonio y era de él amada como a sus sobresalientes
calidades correspondía, había de ser un poderoso
vínculo para la salud y concordia de unos y otros. Luego
que se pusieron de acuerdo, subieron a Roma para celebrar el matrimonio
de Octavia, y no permitiendo la ley que la mujer viuda se casara
antes de los diez meses de la muerte del marido, el Senado, por
un decreto, le dispensó el tiempo que faltaba.
XXXII. Estaba Sexto Pompeyo apoderado de la Sicilia, y talaba
la Italia por medio de muchas naves corsarias, mandadas por el
pirata Menas y por Menécrates, con lo que hacía
el mar intransitable: y habiéndose portado benignamente
con Antonio, porque había dado hospedaje a su madre, huída
de Roma con Fulvia, les pareció conveniente avenirse también
con él. Reuniéronse al efecto en el promontorio
Miseno y punta de él que da sobre el mar, arribando Pompeyo
con su escuadra, y siendo escoltados Antonio y César por
su infantería. Convenidos en que Pompeyo tendría
la Cerdeña y la Sicilia, bajo la condición de limpiar
el mar de piratas y de enviar a Roma una cantidad determinada
de trigo, se convidaron a cenar recíprocamente, y sorteando
quien sería el primero que agasajara a los otros, le cupo
la suerte a Pompeyo. Preguntóle Antonio dónde cenarían,
y le respondió: Aquí (señalando la
galera capitana de seis órdenes); porque esta es -añadió-
la casa paterna que le ha quedado a Pompeyo; lo que decía
para zaherir a Antonio, que se había hecho dueño
de la casa del padre de Pompeyo. Aferrando, pues, la nave con
las áncoras, y formando una especie de puente desde el
promontorio, les hizo el más amistoso recibimiento. Estaban
en lo mejor del convite y en la fuerza de los dichos punzantes
lanzados contra Cleopatra y Antonio, cuando el pirata Menas se
acercó a Pompeyo de manera que los otros no lo oyeron,
y ¿Quieres- le dijo- que pique los cables de la nave,
y te haré señor, no sólo de Sicilia y Cerdeña,
sino del imperio de los Romanos? Al oírlo Pompeyo
se quedó pensativo por algún tiempo, y luego le
respondió: Valía más, Menas, que, lo
hubieras hecho sin prevenírmelo; ahora debo respetar el
estado presente, porque no es de mi carácter el ser un
perjuro. Habiendo sido convidado del mismo modo después
de ambos, navegó la vuelta de Sicilia.
XXXIII. Antonio, después del convenio, envió a
Ventidio al Asia para que detuviera a los Partos, no dejándoles
pasar más adelante, y habiendo sido nombrado, por hacer
obsequio a Octavio César, sacerdote de César el
Dictador, continuaron tratando en buena compañía
y amistad de los más graves negocios; mas cuando se juntaban
a divertirse y jugar, Antonio se sentía mortificado de
que siempre era el que libraba peor; y es que tenía a su
lado un Egipcio dado a la adivinación, de aquellos que
examinan el signo, el cual, o instruido de Cleopatra, o teniéndolo
por cierto, estaba diciendo continuamente a Antonio con sobrada
libertad que, siendo su fortuna la más grande y brillante,
se marchitaba al lado de la de César, y le aconsejaba que
se alejara cuanto más pudiera de aquel joven. Porque
tu genio- le decía- teme al suyo; y siendo festivo y altanero
cuando está solo, se queda tamañito y abatido luego
que aquel parece; y los hechos parece que venían
en apoyo del Egipcio. Porque si se echaban suertes sobre cualquiera
cosa a ver a quién le tocaba, o si jugaban a los dados,
siempre era Antonio el que perdía. Echaban muchas veces
a reñir gallos o codornices adiestradas, y siempre vencían
los de César: con lo que recibía manifiesto disgusto
Antonio; y bien por esta causa, o más bien por haber dado
oídos al adivino, marchó de la Italia, dejando al
cuidado de César sus cosas domésticas: aunque a
Octavia la llevó en su compañía hasta la
Grecia, habiendo ya tenido en ella una niña. Hallábase
de invernada en Atenas cuando le llegaron las nuevas de las victorias
de Ventidio, a saber: que había derrotado a los Partos
en una batalla, en la que habían muerto Labieno y Farnapates,
que era el mejor general de los del rey Hirodes. Por estos sucesos
dio un banquete público a los Griegos, y combates a los
Atenienses; para lo que, dejando en casa las insignias del mando,
salió en ropa y calzado de confianza, con las batas de
que usan los presidentes de los juegos, y por sí mismo
separó, tomándolos del cuello, según costumbre,
a los jóvenes combatientes.
XXXIV. Habiendo de partir para la guerra, tomó una corona
del olivo sagrado, y llenando, según cierto oráculo,
un odre lleno de agua de la Clepsidra, lo llevó también
consigo. En esto, cargando Ventidio sobre Pácoro, hijo
del rey, que de nuevo invadía la Siria con un poderoso
ejército, le derrotó en la región Cirréstica,
con gran matanza de los enemigos, siendo Pácoro uno de
los primeros que murieron. Este suceso, entre los más celebrados
de los Romanos, dio a éstos la más completa satisfacción
por los infortunios de Craso y encerró otra vez dentro
de los términos de la Media y la Mesopotamia a los Partos,
vencidos tres veces consecutivas en batalla campal. Contúvose
Ventidio de seguirles más lejos el alcance por temor de
la envidia de Antonio; mas sojuzgó a todos los que se habían
rebelado, y cercó a Antíoco Comagenes en la ciudad
de Samosata. Proponiéndole éste que entregaría
mil talentos y quedaría a las órdenes de Antonio,
le mandó acudiera a Antonio mismo, el cual ya se hallaba
cerca, y no permitía que Ventidio concluyera el tratado
con Antíoco, queriendo que este acto tomara de él
el nombre, y no sonara todo hecho por Ventidio. Prolongábase
el sitio, y los de adentro, luego que desconfiaron de la paz,
se defendían vigorosamente; por lo que, viendo Antonio
que nada adelantaba, avergonzado y arrepentido a un tiempo, se
dio por contento de concluir el tratado con Antíoco en
trescientos talentos. Arregló enseguida en la Siria algunos
negocios y, regresando a Atenas, dispensó a Ventidio los
honores que le eran debidos, y lo envió a obtener los del
triunfo. Hasta ahora éste es el único que hubiese
triunfado de los Partos: hombre de nacimiento oscuro, y que sólo
debió a la amistad de Antonio la ocasión de emprender
grandes hazañas; con lo que se confirmó lo que se
decía de Antonio y de César: que eran más
afortunados mandando por medio de otros que por sí mismos,
pues también Sosio, general de Antonio, se distinguió
por sus hechos en la Siria, y Canidio, a quien había dejado
por su lugarteniente en la Armenia, venciendo a los de esta región
y a los reyes de los Iberes y los Albanos, había llegado
hasta el Cáucaso, con lo que el nombre y fama del poder
de Antonio se habían difundido entre aquellos bárbaros.
XXXV. Indispuesto de nuevo contra César por algunos chismes,
navegó con trescientas galeras a la Italia, y no habiéndole
querido recibir los de Brindis, se dirigió a Tarento. Navegaba
con él desde la Grecia Octavia, que se hallaba a la sazón
encinta, y había dado antes a luz otra niña. Rogóle,
pues, ésta que la enviara a tratar con el hermano; y habiéndose
hallado en el camino con César, a quien acompañaban
sus amigos Agripa y Mecenas, se lamentó mucho con ellos,
y les hizo repetidos ruegos sobre que no la abandonaran en ocasión
que de la más dichosa había venido a ser la más
infeliz de las mujeres. Porque ahora- decíatodos
me tienen la mayor consideración por ser mujer y hermana
de los emperadores; pero si las cosas paran en mal y se rompe
la guerra, en cuanto a vosotros es incierto a quién tiene
prescrito el hado el vencer o ser vencido; cuando para mí
lo uno y lo otro es miserable y triste. Vencido César
con estas razones, se encaminó de paz a Tarento, donde
gozaron los habitantes del magnífico espectáculo
de ver en tierra un numeroso ejército, muchas naves surtas
en el puerto y los recibimientos y abrazos recíprocos de
unos y otros. Túvolos el primero a cenar Antonio, concediendo
también esto César al amor de la hermana. Convínose
entre ellos que César daría a Antonio dos legiones
para la guerra Pártica, y Antonio a César cien naves
bronceadas; y Octavia sobre esto recabó del marido veinte
buques menores para el hermano, y mil soldados más de éste
para aquel. Terminada así su desavenencia, César
al punto se dirigió a Sicilia a la guerra contra Pompeyo,
y Antonio, encomendándole a Octavia con los hijos habidos
de ella y los que tenía de Fulvia, se dio a la vela para
el Asia.
XXXVI La más terrible peste, que había estado callada
por largo tiempo, es decir, el amor de Cleopatra, que parecía
adormecido y debilitado por mejores consideraciones, se encendió
y estalló de nuevo al acercarse a la Siria; y por fin el
caballo indócil y desbocado del apetito, como se explica
Platón, hollando y pisando todo lo honesto y saludable,
hizo que enviara a Fonteyo Capitón para conducir a la Siria
a Cleopatra. Llegado que hubo, le concedió y añadió
a sus provincias, no una cosa pequeña y despreciable, sino
la Fenicia, la Celesiria, Chipre y gran parte de la Cilicia, y
además todavía la parte de Judea que produce el
bálsamo, y de la Arabia Nabatea todo lo que toca al mar
exterior. Incomodáronse los Romanos en gran manera con
estas donaciones, sin embargo de que a personas particulares daba
provincias y reinos de grandes naciones, y a muchos les quitaba
también los reinos, como al judío Antígono,
al que, traído a su presencia, hizo decapitar, no habiéndose
impuesto antes esta pena a ningún rey; pero lo que más
insufrible se les hacía era el pasar por la vergüenza
de los honores dispensados a Cleopatra. Subió de punto
este oprobio habiendo tenido de ella dos hijos gemelos, de los
cuales al uno llamó Alejandro y a la otra Cleopatra, y
por sobrenombre a aquel, Sol, y a ésta, Luna. Era singular
en hacer gala de sus excesos y liviandades; así, decía
que la grandeza del imperio de los Romanos no resplandecía
en lo que adquirían, sino en lo que donaban, y que la nobleza
se dilataba con las sucesiones y descendencias de muchos reyes,
y de este modo era como su progenitor venía de Hércules,
que no limitó su sucesión a una mujer sola, ni temió
a las leyes de Solón y a la cuenta que había de
darse de la procreación, sino que se propuso dar a la especie
muchos principios y orígenes de familias y linajes.
XXXVII. Habiendo Fraates dado muerte a su padre Hirodes, fueron
muchos los Partos que tomaron la huída, y de ellos vino
a acogerse a Antonio Moneses, varón muy principal y poderoso,
al cual, como asemejase sus infortunios a los de Temístocles
y comparase su propio poder y magnanimidad con los de los reyes
de Persia, le hizo donación de tres ciudades, Larisa, Aretusa
y Hierápolis, llamada antes Bambise. Envió el rey
de los Partos quien ofreciera a Moneses su diestra en señal
de reconciliación, y Antonio manifestó placer en
mandarle, porque tiraba a engañar a Fraates con la idea
de la paz, para ver si así recobraría las insignias
que tomaron a Craso y los soldados que todavía sobreviviesen.
Remitió por entonces a Cleopatra a Egipto, y marchando
por la Arabia y la Armenia, donde se le reunieron sus tropas y
las de los reyes aliados, que eran muchos, y el más poderoso
de todos, Artavasdes, rey de Armenia, que se presentó con
diecisiete mil caballos y siete mil infantes, hizo el alarde de
su ejército. De los Romanos eran los infantes sesenta mil,
y diez mil hombres de caballería de Españoles y
Galos incorporados a los Romanos; y de las demás naciones,
entre caballería y tropas ligeras, treinta mil hombres.
Todo este aparato y este poder, que infundió terror hasta
en los Indios de la otra parte de la Bactriana y conmovió
toda el Asia, dicen que se inutilizó en su mano a causa
de Cleopatra; porque apresurándose a ir a pasar con ella
el invierno, precipitó la guerra antes de tiempo, y todo
lo hizo arrebatada y tumultuariamente, como hombre que no estaba
en su acuerdo, sino que, como con hierbas o hechizos, tenía
siempre los ojos puestos en ella, y atendía más
a volver cuanto antes a su lado que a domar a los enemigos.
XXXVIII. Porque, en primer lugar, debiera haber invernado en
la Armenia, para dar descanso a las tropas, fatigadas con una
marcha de ocho mil estadios, y haber ocupado la Media en el principio
de la primavera, antes que los Partos movieran de sus cuarteles
de invierno; y no teniendo paciencia para esperar tanto tiempo,
marchó desde luego con el ejército, dejando a la
izquierda la Armenia, y tocando en la región Atropatena,
se puso a talar el país. Después de esto, conduciendo
en trescientos carros las máquinas de sitio, entre las
que había un ariete de ochenta pies de largo, y de las
cuales ninguna que se destruyese podía ser reparada con
tiempo, por no producir todo aquel país superior sino maderas
ruines y blandas, con la prisa las dejó como estorbos de
su ligera marcha encomendadas a una guardia, de la que era comandante
Estaciano, y se fue a poner sitio a Fraata, ciudad populosa, en
la que se hallaban los hijos y las mujeres del rey de la Media.
La necesidad le convenció bien presto del error que había
cometido en dejar las máquinas, teniendo que recurrir al
medio de levantar contra la ciudad grandes trincheras a costa
de mucho tiempo y trabajo. Bajó en esto con poderoso ejército
Fraates, y enterado de que habían quedado atrás
los carros de las máquinas, envió contra ellos una
gruesa división de caballería, por la que, sorprendido
Estaciano, murió en la acción, y diez mil hombres
con él. Tomaron además los bárbaros las máquinas,
y las destruyeron e hicieron gran número de cautivos, siendo
uno de ellos el rey Polemón.
XXXIX. Mortificó este suceso, como era indispensable,
a todo el ejército de Antonio, por haber sufrido tan inesperado
descalabro, y Artavasdes, rey de Armenia, abandonando el partido
de los Romanos, se retiró con sus tropas, a pesar de que
había sido el principal instigador de aquella guerra. Acudieron
con intrepidez los Partos contra los sitiadores, haciéndoles
injuriosas amenazas, y no queriendo Antonio que estando el ejército
en inacción prendiera y se aumentara en él el desaliento,
tomó diez legiones, tres cohortes pretorias de infantería
y todos los caballos, y marchó con estas tropas a acopiar
víveres, pensando que así atraería mejor
a los enemigos y vendrían a una batalla campal. Había
hecho un día de marcha, y viendo que los Partos le iban
alrededor, buscando el caer sobre él en el camino, puso
en el campamento la señal de batalla, y levantando después
las tiendas, como si no hubiera de pelear, pasó por delante
de la hueste de los bárbaros, que estaba formada en media
luna, dando la orden de que cuando se viera que los más
avanzados de los enemigos estaban al alcance de los legionarios,
les diera una carga de caballería. A los Partos, que se
mantenían a distancia, les pareció superior a todo
elogio la formación de los Romanos, y observaban atentos
cómo iban pasando con ciertos claros compasados, sin desorden
y en silencio, blandiendo las lanzas. Dada la señal, acometió
con algazara la caballería; los Partos se defendieron en
sus puestos, aunque desde luego estuvieron al alcance de los dardos;
mas cuando acometió la infantería, espantados los
caballos de los Partos con sus gritos y el estruendo de las armas,
y asustados también estos mismos, dieron a huir antes de
venir a las manos. Siguióles Antonio el alcance concibiendo
esperanza cierta de que con aquella batalla, o se daba fin a la
guerra, o se estaba cerca de él; pero cuando, después
de haberlos perseguido los infantes por espacio de cincuenta estadios
y la caballería por tres tantos más, se halló,
al hacer el recuento de los muertos y cautivos, que éstos
no eran más que treinta y aquellos no pasaban tampoco de
ochenta, fue grande la incertidumbre y desaliento en que cayeron,
al hacer la triste reflexión de que, si vencían,
no acababan sino con un número muy corto, y si eran vencidos,
tenían una pérdida tan terrible como la que tuvieron
en la acción en que perdieron los carros. Movieron al día
siguiente para volver al sitio y campamento delante de Fraata;
y al principio dieron en el camino con unos cuantos enemigos,
después con muchos más, y por fin con todos, que
como invictos y con nuevas fuerzas los provocaban e intentaban
acometerles por todas partes; tanto, que no sin gran dificultad
y trabajo pudieron llegar salvos al campamento; y como los Medos
de adentro hubiesen hecho una salida contra las trincheras y hubiesen
infundido terror en las avanzadas, irritado Antonio recurrió
a la pena de diezmar a los que se habían manifestado cobardes,
porque, formándolos por decenas, de cada una pasó
por las armas al que le tocó la suerte, y a los que quedaron
mandó que, en lugar de trigo, les distribuyeran cebada.
XL. Hacíase a unos y a otros difícil esta guerra,
y lo futuro les infundía igual miedo: a Antonio, porque
temía el hambre y no veía el modo de hacer acopios
sin heridos y muertos, y a Fraates, porque sabía que los
Partos todo lo podían sufrir menos la intemperie y pasar
las noches al raso en el invierno; por lo que tenía el
recelo de que, si los Romanos aguantaban y permanecían,
lo abandonasen sus tropas, pues ya habían empezado los
fríos apenas pasado el equinoccio de otoño. Discurrió,
pues, el siguiente ardid: aquellos Partos más conocidos,
cuando se encontraban con los Romanos a ir a buscar víveres
o a otros menesteres, los trataban con más blandura, y
aun disimulaban cuando los veían tomar algunas cosas, celebrando
su valor como de unos buenos guerreros, admirados con razón
aun de su mismo rey. Con esto ya luego se llegaban más
cerca, y parando los caballos, motejaban a Antonio de que, estando
Fraates dispuesto a la paz por lástima de tantos y tan
valientes soldados, no se prestaba aquel, ni daba la menor ocasión,
sino que se estaba muy tranquilo, dando lugar a que sobrevinieran
otros enemigos más terribles, el hambre y el invierno,
de los que les sería difícil librarse, aun cuando
los Partos se propusieran acompañarlos. Como muchos acudiesen
a Antonio con estas relaciones, empezó a ceder y ablandarse
con la esperanza; mas, sin embargo, no se resolvió a entrar
en tratados con el Parto sin haber antes averiguado de aquellos
bárbaros, que tan benignos se mostraban, si el rey pensaba
como ellos. Contestáronle que sí, y aun exhortaron
a que no se tuviera ningún recelo o desconfianza; ya con
esto Antonio envió a algunos de sus más allegados
con la proposición de que le entregara los cautivos y las
insignias, para que no pareciese que lo que únicamente
buscaba era salvarse y huir. Respondiéndole el Parto que
sí, dejadas a un lado aquellas reclamaciones, se retiraba,
al punto tendría seguridad y paz; tomó en pocos
días sus disposiciones, y se puso en marcha. Mas con ser
el más elocuente de su tiempo para mover al pueblo y llevarse
tras sí un ejército, de vergüenza y aburrimiento
no se atrevió a alentar por sí mismo a las tropas,
sino que dio este encargo a Domicio Enobarbo, con lo que algunos
se incomodaron, teniéndolo a desprecio; pero los más
lo llevaron a bien, y reflexionando el motivo, por lo mismo creyeron
que debían ser más sumisos y obedientes al general.
XLI. Su intención era regresar por el mismo camino, que
era llano y despejado de árboles; pero un Árabe
del país de los Mardos, que en gran parte había
contraído la costumbre de los Partos, y que ya se había
mostrado fiel a los Romanos en la batalla de las máquinas,
se llegó a Antonio y le previno que se retirara llevando
siempre los montes a la derecha, y no expusiera un ejército,
en su mayor parte de infantería y armado pesadamente, en
un terreno desnudo y abierto a las cargas y a las saetas de una
caballería tan numerosa; pues ésta había
sido la intención de Fraates en hacerle abandonar el sitio
bajo condiciones tan benignas, y que él mismo le guiaría
por un camino mucho más corto, y en el que tendría
mayor abundancia de víveres. Antonio, al oírle,
se puso a reflexionar, y aunque por una parte no quería
que pareciese desconfiaba de los Partos después del tratado,
por otra le era muy grato el atajo del camino y el que la marcha
fuese por aldeas habitadas; así, pidió al que quería
ser conductor alguna prenda para creerle. Prestóse él
a que le tuvieran aprisionado hasta haber puesto el ejército
en la Armenia, y por dos días fue de guía atado
sin que ocurriese novedad; pero al tercero, cuando ya Antonio
no pensaba en los Partos, y por la misma confianza caminaba sin
la menor cautela, observó el Mardo que una presa que había
en el río estaba recientemente rota, y el agua se derramaba
con abundancia por el camino que había de llevar, lo que
le hizo comprender que aquello era obra de los Partos, con el
objeto de que el río los enredara y detuviera. Hizo, pues,
que Antonio lo viese y observase, para que viniera en conocimiento
de que los enemigos estaban cerca, y aun no había acabado
de formar sus tropas, disponiendo una carga de los ballesteros
y honderos contra los enemigos, cuando ya se presentaron los Partos,
y corrieron a envolver y cortar por todos lados el ejército.
Marcharon contra ellos las tropas ligeras; y causando en éstas
muchas heridas con sus tiros, y no recibiéndolas menores
de las saetas y pelotas de plomo que se les arrojaban, se retiraron.
Repitieron otra vez el mismo choque, hasta que, volviendo los
Celtas contra ellos sus caballos, los acometieron con viveza y
los dispersaron, sin que en todo aquel día volvieran a
parecer.
XLII. Viendo con esto Antonio cómo debía conducirse,
protegió con muchos ballesteros y honderos, no sólo
la retaguardia, sino también uno y otro flanco, y caminando
con su hueste en cuadro, dio orden a la caballería de que
los acometiera y rechazara, y rechazados no les siguiera lejos
el alcance; de manera que los Partos, habiendo experimentado en
cuatro días seguidos que nada habían podido adelantar,
ni habían causado más daño que el que habían
recibido, empezaron a aflojar, y pensaban en retirarse, poniendo
la estación por excusa; pero al quinto día Flavio
Galo, buen militar, emprendedor y que se hallaba con mando, se
llegó a Antonio y le pidió que le permitiera tomar
mayor número de tiradores de retaguardia y algunos caballos
de los del frente, como para hacer una cosa memorable, dióselos,
y al cargar los enemigos los rechazó, no como antes, retirándose
luego a incorporarse con la infantería, sino permaneciendo
y trabando un combate, reñido. Viendo los comandantes de
retaguardia que se había desunido, lo enviaron a llamar,
pero él no hizo caso. Dícese que el cuestor Ticio,
echando mano a las insignias, retrocedió, y reconvino con
denuestos a Galo de que no hacía mas que perder a los mejores
y más valientes soldados; pero éste le volvió
las injurias, y mandando a su tropa que permaneciese, Ticio se
retiró; mas Galo, arrojándose denodadamente sobre
los enemigos que tenía al frente, no observó que
le cercaban y envolvían muchos por la espalda. Herido,
pues, y acosado por todas partes, envió a pedir auxilio;
los capitanes que mandaban la infantería, de los cuales
era uno Canidio, hombre de grande influjo y poder cerca de Antonio,
cometieron, como lo puede juzgar cualquiera, un grandísimo
yerro, pues cuando debían acometer con toda la hueste apiñada,
enviando de auxilio partidas pequeñas, y vencidas aquellas,
otras, no vieron que de aquella manera iban a poner en derrota
y en fuga todo el ejército; y así habría
sucedido, a no haber acudido el mismo Antonio desde el frente
con la infantería, y haber mandado a la legión tercera
que por entre los que huían penetrase contra los enemigos,
con lo que los contuvo en su persecución.
XLIII. Murieron sobre unos tres mil hombres, y se condujeron
a las tiendas cinco mil heridos; entre ellos el mismo Galo, pasado
de frente por cuatro saetas; pero éste no sanó de
las heridas. A los demás los visitó y alentó
Antonio, llorando sobre sus males y mostrándose compadecido;
ellos, contentos, tomándole la diestra, le rogaban al retirarse
que se cuidara y no se afligiese, saludándole con el dictado
de emperador y diciéndole que se tenían por salvos
con que él tuviera salud. Porque puede decirse que ni en
robustez ni en sufrimiento ni en edad mandó general ninguno
de los de aquella época un ejército más brillante
que el suyo; así como, por otra parte, en el respeto al
general, en la obediencia unida con el amor y en el preferir todos
unánimemente, ilustres, plebeyos, caudillos y particulares,
el ser honrados y apreciados de Antonio a su propia salud, a ninguno
de los antiguos romanos concedía ventaja. Concurrían
para esto las muchas causas que hemos dicho: su ilustre origen,
su facundia y elocuencia, su munificencia y liberalidad, y su
gracia y humor festivo para los chistes y para el trato. Entonces,
condoliéndose y sintiendo con los que padecían,
y dando a cada uno lo que le hacía falta, todavía
más prontos para todo que los sanos a los enfermos y heridos.
XLIV. Cuando ya los enemigos desmayaban y cedían, de tal
modo los engrió esta victoria, y hasta tal punto despreciaron
a los Romanos, que aun por la noche se acercaron a su campamento,
esperando saquear de un momento a otro sus tiendas vacías
y sus equipajes abandonados. A la mañana se reunieron en
mucho mayor número, pues se dice que no bajaban de cuarenta
mil caballos, enviando el rey hasta los de su guardia, como a
una victoria cierta y segura, pues él en persona no se
encontró en ninguna batalla. Queriendo Antonio hablar a
los soldados, pidió la toga de duelo para comparecer a
sus ojos en estado más abatido; pero habiéndose
opuesto a ello sus amigos, les arengó con el mando de general,
alabando y aplaudiendo a los vencedores e improperando a los fugitivos,
a lo que contestaron los primeros dándoles nuevas seguridades
e inspirándole mayor confianza, y los segundos excusándose
y ofreciéndose a que si quería los diezmase o los
castigase de cualquier otra manera, no queriendo otra cosa sino
que dejara de estar triste y desconsolado. Entonces, tendiendo
al cielo las manos, hizo a los dioses la plegaria de que si por
su anterior prosperidad tenían resuelto tomar alguna, venganza,
toda recayera sobre él, dando al ejército salud
y la victoria.
XLV. Al día siguiente continuaron su marcha mejor defendidos;
y los Partos, cuando se presentaron a quererlos acometer, se encontraron
con una extraña novedad; porque cuando creían que
eran venidos a saquear y robar, y no a una batalla, cayó
sobre ellos una nube de dardos, y viendo a los Romanos valerosos
y esforzados, volvieron otra vez a desalentarse. Al bajar éstos
de unos collados bastante pendientes, repitieron su ataque, acometiéndolos
en la lenta marcha que llevaban; entonces, volviéndose
la infantería, encerró dentro de su formación
a las tropas ligeras, y poniendo los primeros la rodilla en tierra,
presentaron sus escudos. Los que formaban después pusieron
sus escudos sobre éstos, y lo mismo respecto de éstos
los otros; y esta disposición, que es muy semejante a la
forma de un tejado, sobre ofrecer una vista teatral, es la más
fuerte de las formaciones para hacer que se resbalen los dardos.
Los Partos, cuando vieron a los Romanos poner la rodilla en tierra,
creyeron que aquello era darse por perdidos y efecto del cansancio,
por lo que no quisieron valerse ya de los arcos, sino que echando
mano a las lanzas, se fueron a combatir de cerca; mas entonces
los Romanos, levantándose de repente y alzando grande gritería,
los rechazaron con sus chuzos, y habiendo dado muerte a los primeros
que se presentaron, pusieron en desordenada fuga a todos los demás;
otro tanto sucedió los días siguientes, siendo muy
poco lo que adelantaban en su marcha. Fatigó en esto el
hambre al ejército, que sólo combatiendo se proporcionaba
algún poco de trigo, y que estaba además falto de
utensilios para la moltura, porque había sido preciso dejar
los más a causa de ser muchas las acémilas que habían
muerto y ser conducidos en las restantes los enfermos y heridos.
Dícese que un quenix de trigo llegó a costar cincuenta
dracmas, y que el pan de cebada se vendía a peso de plata.
Recurrieron en este apuro a las hierbas y a las raíces,
y como encontrasen pocas a las que estuviesen acostumbrados, siéndoles
preciso hacer pruebas con las que no habían gustado antes,
dieron con una hierba que los volvía locos, y después
de la locura les causaba la muerte; porque el que la comía
no se acordaba ni tenía ya conocimiento de nada, y todo
su afán era mover y remover cuantas piedras veía,
como si se ocupara en una cosa de importancia. Estaba, pues, llena
toda la llanura de hombres inclinados al suelo para arrancar y
mudar las piedras, y, por último, morían con vómitos
de bilis, por cuanto les faltaba el vino, que era el único
remedio. Como muriesen, pues en gran número y los Partos
no los dejasen respirar, se dice que Antonio exclamó muchas
veces: ¡Oh diez mil!, maravillándose
de los que se retiraron con Jenofonte, pues que con haber hecho
un camino más largo desde Babilonia, y teniendo que pelear
con muchos más enemigos, al fin se salvaron.
XLVI Los Partos, no pudiendo romper el ejército ni hacerles
perder su formación, vencidos y puestos en fuga muchas
veces, volvían a acercarse pacíficamente a los Romanos,
que iban a proveerse de trigo o de forraje, y mostrándoles
flojas las cuerdas de los arcos, les decían que ellos tenían
determinado retirarse, que aquel era ya el término de la
guerra y que sólo algunos Medos los seguirían a
una o dos jornadas, no para incomodarlos, sino para dar protección
a las aldeas más retiradas. Acompañaban a estas
palabras salutaciones y otros cumplimientos; de manera que los
Romanos llegaron a tranquilizarse, y habiéndolo oído
Antonio, pensó en descender más a la llanura, por
decirse que el camino por las montañas carecía de
agua. Cuando iba a ponerlo en ejecución, llegó al
campamento uno de los enemigos, llamado Mitridates, sobrino de
aquel Moneses que se acogió a Antonio y a quien éste
hizo la donación de las tres ciudades. Pidió que
fuera a hablar con él alguno que supiera explicarse en
la lengua pártica o siriaca, y ejecutándolo Alejandro
de Antioquía, que era amigo de Antonio, les descubrió
quién era, y poniendo aquel favor a cuenta de Moneses,
le preguntó si veía aquellos montes continuados
y altos allá lejos: respondió que sí los
veía. Pues al pie de aquellos- le dijo- están
en acecho los Partos con un grande ejército; porque tras
aquellos montes hay grandes llanuras, y esperan acabar en ellas
con vosotros, llevándoos allá engañados con
haceros dejar el camino de los montes. En éste tenéis
sed y trabajo, cosas ya conocidas; pero si Antonio marcha por
aquel, sábete que le aguarda la misma suerte que a Craso.
XLVII. Dicho esto, se retiró. Antonio, encontrándose
en gran perplejidad y confusión, hizo llamar a sus amigos
y al árabe que le servía de guía, el cual
pensaba de aquella misma manera; pues aun sin enemigos, sabía
que aquellas llanuras carecían de senda cierta, y eran
muy expuestas a perderse y andar errantes en ellas, mientras que
el atajo no ofrecía otra dificultad que la de haber de
carecer de agua por una jornada. Mudando, pues, de propósito,
marchó por este camino en aquella misma noche, mandando
que se proveyesen de agua. Faltábanles a muchos vasijas,
por lo que llenaron de agua los morriones, y algunos hasta la
tomaron en las pieles con que se cubrían. Cuando ya estaban
en marcha, tuvieron de ello aviso los Partos, y, contra su costumbre,
se pusieron a perseguirlos de noche, y al salir el sol alcanzaron
a los últimos, que se hallaban muy mal parados con la vigilia
y la fatiga, pues habían andado en aquella noche doscientos
cuarenta estadios; así, tanto por esto como por el aparecimiento
repentino de los enemigos, cayeron en gran desmayo, y el combate
mismo contribuía a acrecentar la sed, porque sobre la marcha
misma tenían que defenderse. Los que iban de vanguardia
llegaron a un río de agua abundante y fresca, pero salada
y dañosa; pues, bebida, movía el vientre con grandes
dolores e inflamaba más la sed; y sin embargo de habérselo
prevenido el árabe, bebían, desprendiéndose
de los que querían contenerlos. Recorría Antonio
las filas, y les rogaba que aguantaran por muy poco tiempo, pues,
no estaba lejos otro río de agua saludable, y el resto
del camino era ya áspero e inaccesible a la caballería,
con lo que del todo se verían libres de enemigos; al mismo
tiempo hizo llamar a los que todavía peleaban, y dio la
señal de acampar, para que siquiera gozaran de sombra los
soldados.
XLVIII. Puestas las tiendas y retirados los Partos, según
solían, volvió otra vez Mitridates, y saliendo Alejandro
a hablarle, lo exhortó a que, haciendo un ligero descanso
el ejército levantara el campo y se apresurara a ponerse
al otro lado del río, porque, los Partos no le pasarían,
ni los perseguirían más que hasta allí. Habiéndolo
anunciado a Antonio, Alejandro le llevó de parte de aquel
muchos vasos y tazas de oro, de los que tomó Mitridates
cuánto pudo ocultar bajo sus ropas, y se marchó.
Todavía era de día cuando hizo levantar el campo,
y marchaban sin ser molestados de los enemigos; pero ellos mismos
hicieron aquella noche la más terrible y congojosa de todas,
porque robaban y mataban a los que tenían oro o plata,
y saquearon los equipajes. Finalmente, poniendo sus manos hasta
en los cofres de Antonio, hacían pedazos la vajilla y mesas
de gran precio, y se lo repartían. Como con este motivo
fuese grande la turbación y alboroto que se apoderó
de todo el campamento, porque creían que, habiéndolos
sorprendido los enemigos, se habían entregado a la fuga
y a la dispersión, llamando Antonio a Ramno, uno de los
libertos que tenía en su guardia, le hizo jurar que cuando
le diera la orden lo había de pasar con la espada y le
había de cortar la cabeza, para no caer vivo en poder de
los enemigos ni ser de ellos conocido después de muerto.
Lamentándose con esta ocasión sus amigos, el árabe
sosegó y tranquilizó a Antonio, diciéndole
que estaban ya muy cerca del río, porque el ambiente era
húmedo, y un aura más fresca y suave hacía
agradable y dulce la respiración, además de que
el tiempo le hacía conocer que estaban al fin de la marcha,
pues que restaba poco de la noche. Informáronle otros al
mismo tiempo que el alboroto no había tenido otro origen
que la injusticia y latrocinio de algunos soldados, por lo que,
queriendo recoger y apaciguar la tropa desordenada y dispersa,
mandó dar la señal de acampar.
XLIX. Vino en esto el día, y cuando el ejército
empezaba a tomar algún orden y descanso, encontrándose
los de la retaguardia molestados por las saetas de los Partos,
se dio a las tropas ligeras la señal de batalla. La infantería
volvió a formar tejado con los escudos y a esperar en esta
disposición a los enemigos, que no se atrevían a
acercarse. A poco que así caminaron los de vanguardia se
descubrió ya el río, y formando Antonio su caballería
al frente de los enemigos, pasó primero los enfermos. Después
ya tuvieron facilidad y seguridad para beber aun los que habían
combatido, pues los Partos, luego que vieron el río, aflojaron
las cuerdas de los arcos, y decían a los Romanos que pasaran
tranquilos, celebrando mucho su valor. Pasaron, pues, sosegadamente,
y luego que se hubieron repuesto, continuaron su marcha, no fiándose
todavía de los Partos. Al sexto día después
del último combate, llegaron al río Araxes, que
divide la Media de la Armenia. Parecióles más profundo
y rápido en su curso, y corrió la voz de que allí
les tenían armada celada los enemigos para cuando pasasen;
pero le pasaron sin ser inquietados, cuando pisaron el suelo de
la Armenia, como si acabaran de tomar tierra saliendo del mar,
lo besaron, llorando de gozo y abrazándose unos a otros.
Como marchasen entonces por una región abundante y lo tuviesen
todo de sobra después de la mayor miseria y escasez, enfermaron
de hidropesía y cólicos.
L.- Hizo entonces Antonio otra vez un recuento, y halló
que había perdido veinte mil infantes y cuatro mil caballos,
no todos a manos de los enemigos, sino como la mitad de este número
de enfermedades. Su marcha desde Fraata había sido de veintisiete
días, y había vencido a los Partos en dieciocho
batallas; pero estas victorias no habían tenido grandes
consecuencias ni dado seguridad, porque el alcance seguido a los
enemigos había sido siempre corto y de muy poco fruto;
en lo que se veía bien claro que el rey de Armenia, Atavasdes,
había privado a Antonio de dar fin a aquella guerra. Porque
si hubieran permanecido dieciséis mil soldados de a caballo
que trajo de la Media, armados como los Partos y acostumbrados
a pelear contra ellos, cuando los Romanos los hubieran rechazado
en la batalla, éstos los habrían acabado en la fuga,
y vencidos no se habrían rehecho y vuelto con osadía
al combate tantas veces. Así es que todos acaloraban a
Antonio para que castigara al rey de Armenia; pero él,
haciéndose cargo de la situación presente, ni lo
reconvino por su traición, ni disminuyó en lo más
mínimo los honores y obsequios que solía hacerle,
hallándose entonces con poca gente y falto de todo. Más
adelante, entrando en la Armenia, y atrayéndole con promesas
y llamamientos a que viniera a sus manos, lo prendió, y
conduciéndolo atado a Alejandría, triunfó
de él; cosa que disgustó mucho a los Romanos, por
ver que con las hazañas y proezas de la patria hacía
obsequios a los Egipcios por consideraciones a Cleopatra. Pero
esto, como se ha dicho, fue más adelante.
LI. Entonces, caminando sobre nieves y en medio de un invierno
de los más crudos, perdió otros ocho mil hombres
en la marcha, y bajando hasta el mar con muy poca gente, en una
fortaleza situada entre Berito y Sidón, y llamada Leucecome,
determinó esperar a Cleopatra. Como tardase, eran grande
su desazón e inquietud, y aunque recurrió a sus
desórdenes de beber hasta la embriaguez, no fue de manera
que aguantase y se estuviese sentado, sino que se levantaba en
medio de los brindis e iba a mirar muchas veces, hasta que por
fin arribó al puerto, trayendo mucho vestuario y cuantiosos
fondos para los soldados, bien que algunos dicen que trajo efectivamente
Cleopatra el vestuario, pero que el dinero repartido lo puso Antonio
de su propio caudal, como si lo hubiera dado ésta.
LII. Suscitóse a este tiempo riña y desavenencia
entre el rey de los Medos y el parto Fraates, nacida, según
dicen, con ocasión del botín hecho a los Romanos,
y fue tal que en el Medo engendró sospecha y recelo de
que éste le despojara del reino. Por tanto, envió
a llamar a Antonio, prometiéndole que le auxiliara en la
guerra con todo su ejército. Infundió esto grandes
esperanzas a Antonio, porque veía que aquella sola cosa
en que se consideraba inferior para domar a los Partos, que era
la fuerza de la caballería y los arqueros, se le venía
a las manos, pareciendo que hacía favor en lugar de pedirlo.
Disponíase, pues, a subir otra vez por la Armenia, y juntándose
con el rey de los Medos en el río Arajes, dar desde allí
principio a la guerra.
LIII. Queriendo Octavia navegar desde Roma a unirse con Antonio,
se lo permitió César; los más creen que no
por condescender con su deseo, sino para que, desatendida y abandonada,
diera causa justa para la guerra. Llegada a Atenas, recibió
carta de Antonio en que le daba orden de permanecer allí,
hablándole de la expedición. Sintiólo Octavia,
y no dejó de conocer el pretexto; pero, con todo, le escribió,
preguntándole adónde quería que le enviase
los efectos que le traía: eran gran copia de vestuario
para los soldados, muchas acémilas, caudales y regalos
para los caudillos y amigos que tenía a su lado, y fuera
de esto, dos mil soldados escogidos para las cohortes pretorianas,
equipados de las más primorosas armaduras. Dióle
de esto noticia, enviado al efecto por ella, un tal Níger,
amigo de Antonio, el que añadió los más completos
como los más debidos elogios. Mas llegó a entender
Cleopatra que Octavia iba a ponerse en contraposición con
ella, y temerosa de que, uniendo a la gravedad de sus costumbres
y al poder de César la dulzura del trato y la complacencia
a voluntad de Antonio, se le hiciera invencible y del todo se
apoderara de éste, fingió que estaba perdida de
amores por Antonio; y para ello debilitaba el cuerpo con tomar
escaso alimento, y en su presencia ponía la vista como
espantada, y cuando se apartaba de ella, caída y triste.
Hacía de modo que muchas veces se la viera llorar, y de
repente se limpiaba y ocultaba las lágrimas, como que no
quería que él lo advirtiese. Usaba de todas estas
simulaciones cuando Antonio estaba para partir de la Siria al
punto convenido con el rey de los Medos, y los aduladores, interesados
por ella, motejaban a Antonio de duro e insensible, porque iba
a acabar con una pobre mujer que en él solo tenía
puestos sus sentidos; porque Octavia había venido con motivo
de los negocios, enviada del hermano, y ya disfrutaba del nombre
de legítima mujer, mientras que Cleopatra, reina de tantos
pueblos, se contentaba con llamarse la amante de Antonio, y no
tenía a menos o desdeñaba este nombre mientras veía
a éste y le tenía a su lado; y luego que se mirase
abandonada, era seguro que no sobreviviría. Finalmente,
de tal manera le ablandaron y afeminaron que, por temor de que
Cleopatra se dejase morir, se volvió a Alejandría
y dio largas al rey de los Medos hasta el verano, sin embargo
de decirse que había entre los Partos sediciones y alborotos.
Con todo, habiendo subido después, trabó amistad
con él, y tomando para mujer de uno de los hijos de Cleopatra
a una de las hijas del mismo rey, que todavía era muy niña,
volvió con esta afinidad cuando ya iba a entrar en la guerra
civil.
LIV. Cuando Octavia volvió de Atenas, mirándola
César como despreciada y ofendida, le dio orden de que
se fuese a vivir a su casa; pero ella le respondió que
no dejaría la del marido, y rogaba al hermano que si no
había determinado hacer la guerra a Antonio por otra causa,
no hiciese alto en sus querellas, pues ni siquiera era decente
que se dijese de los dos mayores generales que el uno por el amor
de una mujer y el otro por celos, habían introducido la
guerra civil entre los Romanos. Y esto que decía lo confirmaba
con las obras; porque ocupaba la casa de Antonio como si éste
se hallara presente, y cuidaba con la mayor diligencia y decoro,
no sólo de los hijos que en ella misma había tenido,
sino de los que había tenido en Fulvia, y si venían
algunos amigos recomendados por Antonio para las magistraturas
o por otros negocios, los recibía con aprecio y los protegía
en lo que deseaban obtener de César. Mas sucedía
que con esto mismo perjudicaba más, contra su intención
a Antonio; pues que era aborrecido por tratar mal a una mujer
tan envidiable, y lo era además por el repartimiento que
en Alejandría hizo a los hijos, y que pareció teatral,
orgulloso y antirromano. Porque introdujo un gran gentío
en el Gimnasio, donde sobre una gradería de plata hizo
poner dos tronos de oro, uno para él y otro para Cleopatra,
y otros más pequeños para los hijos. De allí,
en primer lugar proclamó a Cleopatra reina del Egipto,
de Chipre, del África y de la Siria inferior, reinando
en unión con ella Cesarión, el cual era tenido por
hijo de César el Dictador, que había dejado a Cleopatra
encinta. En segundo lugar, dando a los hijos nacidos de él
y de Cleopatra el dictado de reyes, a Alejandro le adjudicó
la Armenia, la Media y el reino de los Partos para cuando fuesen
sojuzgados, y a Tolomeo la Fenicia, la Siria y la Cilicia. Al
mismo tiempo, de los hijos presentó a Alejandro en traje
medo, llevando la tiara derecha, a la que llaman también
cítaris, y a Tolomeo adornado con el calzado, el manto
y el sombrero con diadema, que es el ornato de los reyes sucesores
de Alejandro, así como aquel lo es de los Medos y los Armenios.
Luego que los hijos saludaron con ósculo a los padres,
al uno se le puso guardia de Armenios y al otro de Macedonios.
Porque Cleopatra ya entonces, y siempre en adelante, no salía
en público sino con la ropa sagrada de Isis, y como una
nueva Isis daba oráculos.
LV. Dio cuenta César al Senado de estos sucesos, y denunciándolos
muchas veces al pueblo, irritó a la muchedumbre contra
Antonio. Envió por su parte éste quien hiciera cargos
a César, siendo los principales capítulos: Primero,
que habiendo despojado de la Sicilia a Pompeyo, no le había
dado parte ninguna en aquella isla. Segundo, que habiendo recibido
del mismo Antonio prestadas naves para la guerra, le había
dejado enteramente sin ellas. Tercero, que habiendo expelido del
mando a su colega Lépido, dejándolo infamado, César
se había tomado su ejército, sus provincias y las
rentas que a aquel le habían sido asignadas. Sobre todo,
que había repartido a sus soldados podía decirse
que toda la Italia, no dejando nada para los de Antonio. Defendíase
de estas acusaciones César, diciendo que Lépido
había tenido que abdicar un mando del que no usaba sino
en agravio de los ciudadanos, que lo que había adquirido
por la guerra lo partiría con Antonio cuando éste
partiera con él la Armenia, y que si sus soldados: no participaban
de la Italia, era porque poseían la Media y la Partia,
que habían adquirido para los Romanos, combatiendo valerosamente
con su emperador.
LVI Hallándose Antonio en la Armenia cuando tuvo noticia
de estas cosas, dispuso que al punto bajara Canidio al mar con
dieciséis legiones; él, con Cleopatra, se trasladó
a Éfeso, donde reunía una poderosa armada, haciendo
venir naves de todas partes, pues con los transportes llegaban
a ochocientas, de las cuales había dado doscientas Cleopatra,
veinte mil talentos y víveres para todo el ejército
durante la guerra. Antonio, a persuasión de Domicio y de
algunos otros, resolvió que Cleopatra se retirara al Egipto
a estar en expectación de los sucesos de la guerra; pero
ella, temerosa de que se hicieran nuevos conciertos por medio
de Octavia, ganó con grandes dádivas a Canidio,
para que en su favor hiciera presente a Antonio que ni era justo
alejar de aquella guerra a una mujer que tanto había contribuido
para ella, ni convenía tampoco amortiguar al interés
de los Egipcios, que tan considerable parte eran de aquellas fuerzas,
fuera de que no veía que Cleopatra valiera para el consejo
menos que los otros reyes aliados, siendo una mujer que por sí
misma había gobernado largo tiempo un reino tan extenso,
y a su lado se había formado para los mayores negocios.
Al cabo esto prevaleció, porque estaba en los hados que
todo el imperio había de venir a reunirse en las manos
de César. Juntando, pues, aquellos sus fuerzas, se dirigieron
a Samos, donde se entregaron a toda diversión y regalo;
pues así como dieron órdenes a todos los reyes,
potentados y tetrarcas, y a todas las naciones y ciudades comprendidas
entre la Siria, la Meótide, la Armenia y el Ilirio para
que enviaran y condujeran toda especie de preparativos de guerra,
del mismo modo se impuso precisión a todo cómico,
farsante y juglar de acudir a Samos; y mientras casi toda la tierra
estaba en aflicción y llanto, una sola isla cantó
y danzó por muchos, días, estando llenos los teatros
y compitiendo entre sí los coros. Concurrieron al sacrificio
todas las ciudades, enviando cada una un buey; los reyes iban
entre sí a porfía en los convites y dádivas,
de manera que llegó a decirse: ¡Cómo
celebrarán éstos la victoria, cuando tales fiestas
hacen para los preparativos de la guerra!
LVII. Pasada esta furia de diversiones, a toda aquella comparsa
de artífices de Baco les señaló para su residencia
la ciudad de Priena, y se encaminó a Atenas, donde volvió
otra vez a los regocijos y teatros. Cleopatra, envidiosa de los
honores dispensados a Octavia, porque esta se había hecho
mucho lugar en Atenas, procuró ganar a aquel pueblo con
toda especie de obsequios, y los Atenienses, habiéndole
decretado los honores que apetecía, diputaron embajadores
que le llevaran los decretos, siendo uno de ellos Antonio, como
ciudadano de Atenas; y puesto ante ella, le dirigió un
discurso en nombre de la ciudad. Envió a Roma encargados
para echar a Octavia de su casa, de la que dicen salió,
llevando en su compañía a todos los hijos de Antonio,
a excepción del mayor tenido en Fulvia, que se hallaba
con el padre; salió llorando y lamentándose de que
pareciese que era ella una de las causas de aquella guerra. Compadecíanla
los Romanos; pero aún compadecían más a Antonio,
sobre todo los que habían visto a Cleopatra, que ni en
edad ni en belleza se aventajaba a Octavia.
LVIII. Al oír César la celebridad y grandeza de
tales preparativos se sobresaltó, por temor de tener que
hacer la guerra en aquel verano; pues eran muchas cosas las que
le faltaban, y los pueblos llevaban a mal las exacciones de tributos.
Porque precisados unos a dar la cuarta de sus frutos, y los de
condición libertina la octava de cuanto poseían,
clamaban contra él, y había sediciones y tumultos
en casi toda la Italia. Así es que se tiene por uno de
los mayores errores de Antonio el haber dilatado la guerra, por
cuanto dio tiempo a César para prevenirse y para que apaciguara
las sediciones; pues si los hombres cuando se les exige se alborotan,
después de haber contribuido y pagado se aquietan. Ticio
y Planco, varones consulares, amigos de Antonio, insultados de
Cleopatra porque en muchas cosas se le habían opuesto mientras
estaban en el ejército, huyeron de él, y pasándose
a César, le denunciaron el testamento de Antonio, del que
tenían conocimiento. Hallábase depositado en poder
de las vírgenes Vestales, y a la petición que César
les hizo se negaron, respondiendo que si quería, fuera
y lo tomase. Hízolo así, y primero leyó para
sí solo lo en él escrito, anotando algunos lugares
que daban más margen a acusación. Reuniendo después
el Senado, los leyó con ofensa e indignación de
muchos; porque parecía cosa dura y terrible que se hiciera
cargo a nadie en vida de lo que disponía para después
de su muerte. Sobre lo que principalmente insistía era
sobre la cláusula relativa a su entierro, en la que mandaba
que, si moría en Roma, su cadáver, llevado en procesión
por la plaza, fuera enviado a Cleopatra a Alejandría; y
Calvisio, amigo de César, añadió, como crímenes
de Antonio en sus amores con Cleopatra, los siguientes: que había
cedido y donado a ésta las bibliotecas de Pérgamo,
en las que había doscientos mil volúmenes distintos;
que en un convite a presencia de muchos se había levantado
y le había hecho cosquillas en los pies, por cierto convenio
y apuesta entre ellos; que había sufrido que los de Éfeso
llamaran a su vista señora a Cleopatra; que muchas veces,
estando administrando justicia a reyes y tetrarcas, había
recibido de ella billetes amorosos escritos en cornerinas y cristales,
y puéstose a leerlos; y que hablando en una causa Furnio,
hombre de grande autoridad y el más elocuente entre los
Romanos, había pasado Cleopatra por la plaza conducida
en silla de manos, y Antonio, luego que la había visto,
había marchado allá, dejando pendiente el juicio,
y pendiente de la silla de manos la había acompañado.
LIX. Se cree que la mayor parte de estas inculpaciones habían
sido inventadas por Calvisio. Los amigos de Antonio andaban por
Roma haciendo ruegos al pueblo, y enviaron a uno de ellos, que
era Geminio, con el encargo de que hiciera presente a Antonio
no se descuidase y diera lugar a que se le despojara del mando
y se le declarara enemigo público de los Romanos. Pasó
Geminio a la Grecia, y desde luego se hizo sospechoso a Cleopatra
de que iba ganado por Octavia. Era, por tanto, continuamente escarnecido
durante la cena y colocado en los puestos de menos honor; pero
él aguantaba, esperando la ocasión de poder hablar
a Antonio, hasta que, precisado en la misma cena para que dijese
cuál era el objeto de su viaje, respondió que lo
demás que tenía que decir pedía estar cuerdo;
pero que, cuerdo o bebido, lo que sabía era que sería
muy conveniente que Cleopatra se marchase a Egipto. Enfadóse
Antonio al oírlo; pero Cleopatra lo que dijo fue: Ha
hecho muy bien Geminio en confesar la verdad sin que le dieran
tormento. Geminio, pues, huyó de allí a pocos
días y regresó a Roma. A otros muchos de los amigos
de Antonio echaron de allí los aduladores de Cleopatra,
por no poder aguantar sus insultos y provocaciones, siendo de
este número Marco Silano y Delio el Historiador. De éste
se dice que temió además las asechanzas de Cleopatra,
dándole aviso Glauco el médico; y es que había
picado a Cleopatra, diciéndole en la cena que a ellos se
les daba a beber vinagre, mientras Sarmento bebía en Roma
vino Falerno. Este Sarmento era un muchachito de los que servían
al entretenimiento de César, a los cuales los Romanos les
llamaban delicias.
LX. Cuando César se hubo preparado convenientemente, se
decretó hacer la guerra a Cleopatra y privar a Antonio
de una autoridad que abandonaba a una mujer, añadiendo
que Antonio, emponzoñado con hierbas, ni siquiera era dueño
de sí mismo, y que los que les hacían la guerra
eran Mardión el Eunuco, Potino, Eira, peinadora de Cleopatra,
y Carmión, por quiénes eran manejados la mayor parte
de los negocios de la comandancia general de Antonio. Dícese
que precedieron a esta guerra las señales siguientes: la
ciudad de Pisauro, colonia establecida por Antonio y situada sobre
el Adriático, habiéndose hundido el suelo, desapareció.
Una de las estatuas de piedra de Antonio, puestas en la ciudad
de Alba, se cubrió por muchos días de sudor, del
que no se vio libre aun cuando algunos quisieron enjugarla. Hallándose
el mismo Antonio en Patras, el templo de Hércules fue abrasado
de un rayo; en Atenas, el Baco de la Gigantomaquia, arrancado
del viento, fue llevado hasta el teatro; y es de advertir que,
como hemos dicho, Antonio se jactaba de pertenecer a Hércules
por el linaje y a Baco por la emulación de su tenor de
vida, haciéndose llamar el nuevo Baco. El mismo huracán
soplando con igual violencia sobre los colosos de Éumenes
y Átalo, que eran llamados los Antonios, entre los demás,
a ellos solos los derribó al suelo. Llamábase asimismo
Antonia la nave capitana de Cleopatra, y se notó en ella
un prodigio extraño, porque habían hecho nido unas
golondrinas en la popa, y habiendo venido otras, lanzaron a éstas,
y les mataron los polluelos.
LXI Cuando ya estaban próximos a dar principio a las hostilidades,
las naves de guerra de Antonio no bajaban de quinientas, en las
que había muchas de ocho y de diez órdenes, adornadas
con mucho lujo y magnificencia, y su ejército se componía
de cien mil infantes y doce mil caballos. Los reyes que estaban
a sus órdenes y le auxiliaban eran Boco, rey de los Africanos;
Tarcondemo, de la Cilicia superior; Arquelao, de la Capadocia;
de la Paflagonia, Filadelfo; de la Comagena, Mitridates, y Sadalas,
de la Tracia; éstos asistían a su lado. Polemón
envió tropas del Ponto; Maleo, de la Arabia; Herodes, de
Judea, y también Amintas, rey de los Licaonios y los Gálatas.
Había venido asimismo auxilio del rey de los Medos. César,
de naves para combate tenía doscientas cincuenta, y su
ejército se componía de ochenta mil infantes y de
otros tantos caballos como el de los enemigos. Irnperaba Antonio
desde el Éufrates y la Armenia hasta el Mar Jonio y los
Ilirios, y César, en todo el país situado desde
los Ilirios hasta el Océano occidental, y después,
volviendo de éste hasta el mar de Toscana y de Sicilia.
Estaban además sujetas a César el África,
la Italia, la Galia y la España hasta la columna de Hércules,
y las tierras desde Cirene hasta la Etiopía a Antonio.
LXII. Estaba de tal modo pendiente de aquella mujer, que, siendo
les fuerzas de tierra aquellas en que considerablemente se aventajaba
a su contrario, se decidió por el combate naval a causa
de Cleopatra; y eso que veía que por falta de marinería
arrebataban los capitanes de navío en la oprimida Grecia
a los viajeros, arrieros, segadores y a todo joven, y que ni aun
así estaban bien tripuladas las naves, y sólo con
gran dificultad y trabajo se sostenían en el mar. César,
que con naves no equipadas por el aparato y la ostentación,
sino ágiles, prontas y bien provistas y tripuladas, ocupaba
con su armada a Tarento y Brindis, envió a decir a Antonio
que no se perdiera tiempo, sino que viniera con todas sus fuerzas;
pues él proporcionaría a su armada radas y puerto
contiguos, y con su propio ejército se retiraría
dentro de Italia la carrera de un caballo, hasta que el mismo
Antonio hubiera hecho su desembarco y acampándose con toda
seguridad. Antonio, contestando a una fanfarronada con otra, lo
envió a desafiar, sin embargo de que él era más
viejo; y si esto no le acomodaba, le proponía que combatieran
en Farsalo con sus ejércitos, como antes lo habían
hecho César y Pompeyo. Adelantóse César,
mientras Antonio se hallaba surto en Accio en el sitio en que
ahora está edificada Nicópolis, a pasar el Mar Jonio
y ocupar una aldea del Epiro, llamada Torine. Como esto suscitase
grande revuelta y alboroto entre las gentes de Antonio, porque
su ejército estaba muy rezagado, Cleopatra, haciendo de
chistosa, dijo: ¿Qué mucho que haya esta revuelta,
si César se ha apoderado del cucharón?
LXIII. Antonio, habiéndose puesto en movimiento desde
muy temprano las naves de los enemigos, temeroso de que tomaran
las suyas vacías de marinería, armó a los
remeros y los formó sobre cubierta precisamente para vista;
y suspendiendo y colocando los remos en forma de alas a uno y
otro lado de las naves, las tuvo puestas de proa en la boca del
puerto de Accio, como si estuvieran bien equipadas y preparadas
para la defensa; César, engañado con esa estratagema,
se retiró. Parece que también obró con grande
arte en interceptar el agua con ciertas obras de fortificación,
y privar así de ella a los enemigos, por no tener sino
poca y mala los pueblos del contorno. Trató asimismo con
consideración e indulgencia a Domicio, contra la voluntad
de Cleopatra; porque habiéndose embarcado éste estando
ya con calentura en un barquichuelo, y pasándose a César,
Antonio lo llevó muy a mal, y, sin embargo, le envió
todo su equipaje, y juntamente sus amigos y esclavos; mas Domicio,
arrepentido por lo mismo de ver que su infidelidad y su traición
eran notorias, se murió al punto de pesar. Hubo igualmente
defección en algunos reyes, como en Amintas y Deyótaro,
que se pasaron a César. Desengañado, por fin, Antonio
de que la armada no se hallaba, en estado de servir y de prestarle
los prontos auxilios que necesitaba, se creyó en la precisión
de recurrir al ejército, y Canidio, comandante de éste,
también mudó de parecer cuando ya se estuvo en los
momentos de conflicto, aconsejando a Antonio que convenía
despedir a Cleopatra y, retirándose a la Tracia o a la
Macedonia, dirimir con las fuerzas de tierra aquella contienda.
Porque Dísomes, rey de los Getas, ofrecía auxiliarle
con poderoso ejército, y no podría parecer mal que,
habiéndose ejercitado César en la guerra de Sicilia,
le cediese en el mar, cuando por el contrario sería cosa
muy dura y muy necia que, siendo mayor la pericia de Antonio en
los combates terrestres, no hiciera uso de la fuerza y superioridad
de su numerosa infantería, repartiéndola y perdiéndola
en las naves; mas con todo aun volvió a prevalecer Cleopatra
para que la guerra se terminara por medio de un combate naval,
poniendo ya la vista en la fuga, y ordenando sus cosas, no del
modo en que hubieran de ser más útiles para la victoria,
sino en el que hubieran de estar más prontas para el retiro
si la acción se perdía. Había unos ramales
que desde el campamento iban a la armada, y por ellos acostumbraba
Antonio a pasar de una parte a otra sin recelo. Como dijese, pues,
un esclavo a César que era fácil echarle mano cuando
fuese por los ramales, puso al efecto hombres apostados, los cuales
se condujeron de manera que, acelerándose un poco en la
operación, cogieron al que iba delante de Antonio, y él
con gran dificultad pudo librarse corriendo.
LXIV. Resuelto al combate naval, quemó todas las demás
naves egipcias, a excepción de sesenta, y tripuló
las mejores y de más porte, desde las de tres hasta las
de diez órdenes, embarcando en ellas veinte mil infantes
y dos mil ballesteros. Dícese que uno de aquellos infantes,
hombre que era de los que hacían de guías en la
formación y que había sostenido muchos combates
a las órdenes de Antonio, teniendo su cuerpo pasado de
heridas, exclamó en presencia de éste, y dijo: ¿Por
qué, ¡oh emperador!, desconfías de estas heridas
y de esta espada, y pones tus esperanzas en unos malos leños?
Peleen en el mar los Egipcios y Fenicios; pero a nosotros danos
tierra, en la que estamos acostumbrados a mantenernos a pie firme
hasta morir o vencer a los enemigos. Y que a esto nada respondió
Antonio, y sólo con la mano y el rostro pareció
exhortarle a que tuviera buen ánimo, y pasó de largo,
no estando él mismo muy confiado; pues que queriendo los
capitanes de las naves dejar las velas, los precisó a embarcarlas
y llevarlas, diciendo que no se debía dejar escapar a ninguno
de los enemigos que huyese.
LXV. En aquel día y en los tres siguientes, alterado el
mar con un recio viento, impidió el combate; pero al quinto,
restituida la calma y la serenidad, se prepararon a él.
Tenían Antonio y Publícola el ala derecha; Celio,
la izquierda, y en el centro se hallaban Marco Octavio y Marco
Insteyo. César dio a mandar el ala izquierda a Agripa,
tomando para sí la derecha. Formadas a la orilla del mar
unas y otras tropas de tierra, mandadas las de Antonio por Canidio
y las de César por Tauro, se estuvieron en reposo. De los
generales, Antonio corría en una falúa de una parte
a otra, exhortando a los soldados o que por la pesadez de sus
naves pelearan firmes como en tierra, y dando orden, a los capitanes
de los buques de que, como si estuvieran sobre las anclas, así
recibieran sin moverse los choques de las contrarias, guardando
la boca del puerto para no ser envueltos. De César se dice
que, dando también vuelta por las naves antes de hacerse
de día, se encontró con un hombre que conducía
un borriquillo, y habiéndole preguntado su nombre, como
le conociese, le respondió: Yo me llamo Éutico,
y el borriquillo Nicón, por lo que, adornando después
con los espolones aquel lugar, puso en él las estatuas
de bronce del hombre y del borrico. Reconociendo lo que restaba
de las escuadras, conducido para ello en una lancha hasta volver
a su ala derecha, se maravilló de ver a los enemigos inmóviles
en el estrecho; porque la vista era de naves que estaban aferradas
en sus áncoras, y habiendo estado largo rato en esta persuasión,
detuvo las suyas, que aun se hallaban a ocho estadios de distancia
de las enemigas. Siendo la hora sexta y levantándose algún
viento de mar, mal hallados los caudillos de Antonio con la detención,
y confiados en la altura y mole de sus naves, con las que se tenían
por invencibles, movieron el ala izquierda. Alegróse César
al verlo, y contuvo aún su derecha, deseando que los enemigos
se separaran más, fuera ya del golfo y de aquellos estrechos,
para meterse con sus naves prontas y ligeras por entre aquellas
que con su mole y falta de tripulación eran torpes y pesadas.
LXVI Cuando ya se trabó el combate y vinieron a las manos,
no había choques ni roturas de naves, porque las de Antonio,
por su pesadez, no tenían ímpetu, que es el que
hace más poderosos los golpes de los espolones, y las de
César, no solamente se guardaban de ir a dar de proa contra
unos espolones firmes y agudos, sino que ni siquiera se atrevían
a embestir a las contrarias por los costados, porque las puntas
de los suyos se rompían tan pronto como daban en unas naves
hechas de grandes maderos cuadrados, compaginados unos con otros
con abrazaderas de hierro. Era, pues, parecida esta pelea a un
combate de tierra o, por decirlo mejor, a un combate mural; porque
tres o cuatro naves acometían a una de Antonio, y usaban
de chuzos, de lanzas, de alabardas y de hierros hechos ascua,
y los de Antonio lanzaban también con catapultas armas
arrojadizas desde torres de madera. Mas extendiendo Agripa la
otra ala con el objeto de envolver a los contrarios, precisado
Publícola a hacer otro tanto, quedó desunido el
centro. Causó esto en él algún desorden,
combatido como se hallaba por las naves del Arruncio; cuando todavía
la batalla era común y se mantenía indecisa, se
vio de repente a las sesenta naves de Cleopatra desplegar las
velas para navegar y huir por medio de los que combatían,
porque estaban formadas a espaldas de las naves grandes, y al
partir tur- baron su formación. Mirábanlas los enemigos,
asombrados al ver que con viento favorable se dirigían
hacia el Peloponeso. Vióse allí claramente que Antonio
no se condujo ni como general ni como hombre que hiciera uso de
su razón para dirigir los negocios, sino que hubo así
como quien dijo por juego que el alma del amante vive en un cuerpo
ajeno; fue él arrastrado por aquella mujer como si estuviera
adherido y hecho una misma cosa con ella; pues no bien hubo visto
su nave en huída, cuando, olvidado de todo, abandonando
y dejando en el riesgo a los que por él peleaban y morían,
se trasladó a una galera de cinco órdenes, no llevando
consigo más que a Alejandro, Siro y a Escelio, y se fue
en seguimiento de aquella perdida, que al fin había de
perderle.
LXVII. Conocióle ésta, e hizo señal desde
su nave, a la que alcanzó, y fue en ella recibido: pero
ni vio a Cleopatra ni se dejó ver de ella, sino que, pasando
a la proa, se sentó allí sin hablar palabra, apoyando
la cabeza sobre entrambas manos. Viéronse en esto buques
ligeros de los de César que iban en su alcance, y haciendo
volver de proa su nave, consiguió que se retiraran los
demás; pero el lacedonio Euricles continuaba en acometerle
con denuedo, blandiendo una lanza desde la cubierta en actitud
de arrojársela. Levantóse en esto Antonio, y preguntando:
¿Quién es el que persigue a Antonio?,
le respondió aquel: Yo soy Euricles, hijo de Lácares,
que, ayudado de la fortuna de César, vengo la muerte de
mi padre. Había sido Lácares condenado por
Antonio en causa de piratería a ser decapitado. Con todo,
no acometió Euricles a la nave de Antonio, sino que, embistiendo
con la bronceada punta a la otra de las naves capitanas, porque
eran dos, le hizo dar una vuelta en redondo, y habiendo caído
de costado, la tomó, así como a una de las otras,
en que había alhajas de valor, de las que sirven al uso
cotidiano, Retirado éste, volvió Antonio a su anterior
postura, y en ella permaneció taciturno. Pasó tres
días solo en la proa, o por enfado o por tener vergüenza
de presentarse a Cleopatra, y así arribó a Ténaro.
Allí, las mujeres que eran más de su confianza hicieron
que primero se hablasen, y después que comiesen y reposasen
juntos. En tanto iban ya llegándoles muchos de los transportes,
y algunos de los amigos que escaparon de la derrota, los cuales
les informaban de que la escuadra se había perdido; pero
creían que el ejército se mantenía en pie.
Envió Antonio mensajeros a Canidio con orden de que sin
dilación se retirara con el ejército por la Macedonia
al Asia, y pensando en dirigirse desde Ténaro al África,
escogió uno de los transportes, cargado de mucho dinero
y de muchas alhajas de oro y plata de las de palacio, y lo dio
a sus amigos, diciéndoles que lo partieran y se pusieran
en salvo. Resistíanse éstos con clamores y llanto;
pero consolándolos con la mayor bondad y afecto, e interponiendo
súplicas, al cabo los despidió, escribiendo a Teófilo,
su mayordomo residente en Corinto, para que les proporcionase
seguridad y los tuviese ocultos hasta que pudieran alcanzar clemencia
de César. Era este Teófilo padre de Hiparco, que
alcanzó gran poder con Antonio, y fue el primero de sus
libertos que se pasó a César, el cual más
adelante se fue a habitar a Corinto.
LXVIII. Esto en cuanto a Antonio. En Accio la armada resistió
a César largo tiempo, y a pesar de haber padecido mucho,
a causa de una fuerte marejada que le hería por la proa,
no desistió hasta la hora décima. Los muertos no
pasaron de cinco mil; pero fueron tomadas trescientas naves, según
lo notó el mismo César en sus Comentarios. Pocos
eran los que sabían haber huido Antonio; Y los que oían
la noticia, disputaban al principio con los que la daban, haciéndoseles
increíble que se hubiera marchado dejando diecinueve legiones
de tropas no vencidas y doce mil caballos, como si antes no hubiera
experimentado muchas veces los reveses de fortuna y no estuviera
ejercitado en las vicisitudes de mil combates y batallas. Los
soldados conservaban con respecto a él deseo y esperanza,
pareciéndoles que iba a llegar de un momento a otro, y
dieron pruebas de tal fidelidad y virtud, que aun después
de ser notoria su fuga, se le mantuvieron leales siete días,
no haciendo cuenta de los mensajes de César, hasta que,
por último, habiendo huido de noche el comandante Canidio
y abandonado el campamento, viendo el desamparo en que todos los
dejaban y la traición que les habían hecho sus jefes,
abrazaron el partido del vencedor. Marchó enseguida César
a Atenas y, reconciliándose con los Griegos, repartió
los víveres sobrantes de la guerra con las ciudades que
se hallaban en gran miseria, despojadas de sus haberes, de sus
esclavos y de sus ganados. Refería mi bisabuelo Nicarco
que todos los ciudadanos habían sido precisados a llevar
sobre sus hombros la cantidad de trigo señalada hasta el
mar de Anticira, haciéndoles andar aprisa, a latigazos;
y que de esta manera habían hecho un viaje, y cuando ya
estaba medido el trigo y todo dispuesto para hacer el segundo,
llegó la noticia de haber sido vencido Antonio; con lo
que se había salvado la ciudad, porque inmediatamente huyeron
los comisionados y soldados de Antonio, y los ciudadanos se repartieron
el trigo.
LXIX. Llegado Antonio al África, envió a Cleopatra
al Egipto desde Paretonio, quedando él en una grandísima
soledad, contristado y errante con sólo dos amigos, el
uno griego, que era Aristócrates el Orador, y el otro romano,
que era Lucilio; de quien en otra parte hemos escrito que en Filipos,
para facilitar la fuga de Bruto, se entregó a sí
mismo por éste a los que le perseguían. Salvóle
entonces Antonio, a quien fue siempre agradecido y fiel hasta
los últimos momentos. Cuando también le abandonó
el que estaba encargado de las fuerzas que en África tenía,
intentó darse muerte; pero se lo impidieron sus amigos;
conducido a Alejandría, se halló con que Cleopatra
había emprendido una obra grande y extraordinaria. Porque
intentó pasar a brazo la armada por el istmo que separa
el Mar Rojo del Mar de Egipto, y que se dice ser el término
y aledaño entre el Asia y el África por aquella
parte en que es más estrechado de ambos mares, y tiene
menor latitud, que no es más quede trescientos estadios,
y trasladando las naves al golfo Arábigo con grandes caudales
y toda especie de riqueza, establecerse al otro lado, huyendo
de la esclavitud y de la guerra. Mas por haber sucedido que los
habitantes de la Arabia llamada Pétrea dieron fuego a las
primeras naves que se pasaron y por estar Antonio en la creencia
de que se sostenía su ejército de Accio, dio de
mano a la empresa, contentándose con guardar las bocas
del Nilo. Antonio, dejando la ciudad y la compañía
de los amigos, se dispuso una habitación en el mar junto
al Faro por medio de una calzada que se prolongaba mar adentro,
y se fijó allí, separado del comercio de los hombres,
diciendo que elegía y se proponía imitar la vida
de Timón, pues que le había sucedido lo mismo que
a éste; el cual, agraviado y mal correspondido de sus amigos,
había llegado a desconfiar de todos los hombres y a mirarlos
con aversión.
LXX. Timón era ateniense y vivió por el tiempo
de la guerra del Peloponeso, como se colige de las comedias de
Aristófanes y Platón, pues en ellas es satirizado
como áspero y aborrecedor de los hombres. Huía todo
encuentro y trato con ellos; pero a Alcibíades, siendo
todavía muy mocito y muy resuelto, le saludó y besó
un día con grande empeño; y como se admirase Apemanto
y le preguntase la causa, le dijo que amaba a aquel joven, porque
veía que había de ser para los Atenienses causa
de muchos males. Si trataba con Apemanto solo, era porque se le
asemejaba e imitaba su tenor de vida; y con todo, en una ocasión,
celebrándose la solemnidad llamada Coes, comieron juntos
los dos, y diciendo Apemanto: ¡Bello convite es este
nuestro, Timón!, Sí- le respondió
éste-, si tú no te hallaras en él.
Dícese que, hallándose los Atenienses en junta pública,
subió un día a la tribuna, y fue grande el silencio
y expectación en que todos se pusieron por lo extraño
del suceso; y él les dijo: Tengo un solar reducido,
¡oh Atenienses!, y en él salió una higuera,
en la que se han ahorcado muchos ciudadanos; teniendo, pues, resuelto
edificar en aquel sitio, me ha parecido prevenirlo en público,
para que si alguno de vosotros quiere ahorcarse, lo ejecute antes
de arrancar la higuera. Murió, y fue enterrado en
territorio de Hales, orilla del mar, y habiéndose hundido
ésta, cubrió el agua la sepultura y la hizo inaccesible
a los hombres. Había sobre ella esta inscripción:
Yago aquí despedida el alma triste; mi nombre no os diré,
sí mi deseo: perezcáis malamente los malvados. Esta
inscripción se dice haberla hecho el mismo Timón;
pero esta otra, que es la que todos tienen de memoria, es de Calímaco:
Timón el misántropo soy. ¿Qué guardas?
Maldíceme a tu gusto cuanto quieras sólo con que
te quites de delante.
LXXI De lo mucho que de Timón podría decirse, nos
ha parecido escoger esto poco. En cuanto a Antonio, llegó
el mismo Canidio a ser portador de la noticia de haberse perdido
el ejército de Accio; por otras partes supo que Herodes,
rey de Judea, que tenía algunas legiones y cohortes, se
había pasado a César y que todos los demás
potentados le habían abandonado igualmente, sin que le
hubiese quedado nada fuera del Egipto. Mas no por esto se mostró
alterado, sino que aun pareció que se alegraba de deponer
la esperanza, para deponer también el cuidado. Dejó
asimismo aquella habitación marítima, a que había
dado el nombre de Timoneo, y arrastrado por Cleopatra al palacio,
hizo renacer en la ciudad el gusto a los banquetes, el beber y
a la distribución de donativos, con motivo de empadronar
entre los mozos al hijo de Cleopatra y César y de vestir
la toga viril a su hijo Antilo, tenido en Fulvia; pues con esta
ocasión estuvo Alejandría entregada por muchos días
a los festines, francachelas y fiestas. Habían ya disuelto
aquella confraternidad que llamaban de la inimitable vida, e instituyeron
otra que no cedía a ésta en el lujo, en el regalo
y en la suntuosidad, intitulándola la de los que mueren
juntos, porque se suscribían los amigos para morir a un
tiempo y lo pasaban alegremente en banquetes que se daban por
turno. Cleopatra juntó diferentes suertes de venenos mortales,
y para probar el grado de dolor con que cada uno ocasionaba la
muerte los hizo propinar a los presos de causas capitales; mas
habiendo visto que los que eran prontos causaban la muerte acompañados
de dolores, y que los más benignos obraban con lentitud,
quiso hacer experiencia de los animales ponzoñosos, viendo
ella por sí misma cuándo se picaban unos a otros,
lo que ejecutaba todos los días. Encontró, pues,
que entre todos sólo la picadura del áspid producía
sin convulsiones ni sollozos un sopor dulce y una especie de desmayo,
en virtud del que, con un blando sudor del rostro y amortiguamiento
de los sentidos, perdían poco a poco la vida los que habían
sido picados, sin que fuera fácil despertarlos y hacerles
volver en sí, a manera de los que tienen un sueño
profundo.
LXXII. Enviaron de consuno embajadores a César, que se
hallaba en el Asia: Cleopatra, pidiendo que conservase a sus hijos
el imperio en el Egipto, y Antonio, que le permitiera vivir como
particular, si en el Egipto no podía ser, en Atenas. No
teniendo amigos fieles de quienes valerse por los continuos abandonos
y defecciones, dieron este encargo al maestro de sus hijos, Eufronio;
porque Alexas Laodicense, que en Roma había hecho conocimiento
con Antonio por medio de Timágenes, siendo de los Griegos
el de mayor influjo con aquel y el principal instrumento de que
se valía Cleopatra para tener embaucado a Antonio y quitarle
del todo del pensamiento a Octavia, enviado a Herodes para retraerle
de la deserción, se había mudado también,
siendo traidor a Antonio, y confiado en Herodes, se había
atrevido por fin a presentarse a César. Mas de nada le
valió Herodes, porque puesto al punto en prisión
por César, y conducido atado a su patria, allí le
hizo dar muerte. De este modo sufrió en vida de Antonio
la pena de su perfidia.
LXXIII. César no pudo sufrir los ruegos de Antonio; y
en cuanto a Cleopatra, respondió que no le faltaría
en nada de lo que fuese razonable si daba muerte a Antonio o le
echaba de su lado: y le envió al mismo tiempo a Tirso,
uno de sus libertos, hombre que no carecía de talento y
propio para inspirar confianza, hablando por un nuevo caudillo
a una mujer orgullosa y muy preciada de su belleza. Como se detuviese
en conversación con ella más que los otros, y recibiese
mayores obsequios, excitó sospechas en Antonio, quien,
poniéndole mano, le hizo dar azotes, y se lo remitió
a César, escribiéndole que con su entonamiento y
su vanidad le había irritado, siendo ahora más irritable
con sus males. Y si tú- añadía- no
lo llevas en paciencia, ahí tienes a mi liberto Hiparco;
cuélgale y azótale para que estemos iguales.
Cleopatra, de resultas, para aquietarle en sus quejas y sospechas,
le obsequiaba todavía con mayor esmero; así es que,
habiendo celebrado su propio día natal sin pompa ni aparato,
como a su presente fortuna convenía, para festejar el de
Antonio salió de medida en el esplendor y el gasto; de
manera que, habiendo venido pobres a la cena, muchos de los convidados
volvieron ricos. A César, en tanto, le llamaba Agripa a
Roma, escribiéndole continuas cartas, porque los negocios
exigían su presencia.
LXXIV. Dilatóse, por tanto, entonces la guerra; pero luego
que se pasó el invierno, César marchó por
la Siria, y sus generales por el África; y tomada la ciudad
de Pelusio, corrían voces de que Seleuco la había
entregado, de acuerdo con Cleopatra; mas ésta puso en manos
de Antonio la mujer y los hijos de Seleuco para que les diera
muerte. Había hecho Cleopatra construir a continuación
del templo de Isis sepulcros y monumentos magníficos en
su belleza y elevación, y a ellos hizo llevar desde palacio
las cosas de mayor valor: oro, plata, esmeraldas, perlas, ébano,
marfil y cinamomo, y con todo esto gran porción de materias
combustibles y estopas; con lo que, temeroso César de que
aquella mujer, en un momento de desesperación, destruyera
y quemara toda aquella riqueza, se esforzaba a darle continuamente
lisonjeras esperanzas, según se iba acercando con el ejército
a la ciudad. Cuando ya estuvo en las inmediaciones del circo,
salió Antonio y peleó valerosamente, derrotando
la caballería de César y persiguiéndola hasta
el campamento. Engreído con la victoria, se dirigió
a palacio y saludó amorosamente a Cleopatra, armado como
estaba, presentándole el soldado que más se había
distinguido. Dióle Cleopatra en premio una coraza y un
morrión de oro, y habiéndolos recibido, en aquella
misma noche se pasó a César.
LXXV. Envió Antonio a César otro nuevo cartel de
desafío; pero respondiendo éste que Antonio tenía
muchos caminos por donde ir a la muerte, reflexionando que ninguno
era preferible al de morir en una batalla, resolvió acometer
por mar y por tierra. Dícese que en la cena excitaba a
los esclavos a que en comer y beber le regalaran más opíparamente
aquella noche; porque no se sabía si podrían ejecutarlo
al día siguiente, o si ya servirían a otros amos,
y él estaría hecho esqueleto y reducido a la nada.
Como viese que al oír esto lloraban sus amigos, les dijo
que no los llevaría a una batalla en la que más
bien iba a buscar una muerte gloriosa que no salud y victoria.
Se cuenta que en aquella noche, como al medio de ella, cuando
la ciudad estaba en el mayor silencio y consternación con
el temor y esperanza de lo que iba a suceder, se oyeron repentinamente
los acordados ecos de muchos instrumentos y gritería de
una gran muchedumbre con cantos y bailes satíricos, como
si pasara una inquieta turba de bacantes: que esta turba movió
como de la mitad de la ciudad hacia la puerta por donde se iba
al campo enemigo, y que saliendo por ella, se desvaneció
aquel tumulto, que había sido muy grande. A los que dan
valor a estas cosas les parece que fue una señal dada a
Antonio de que era abandonado por aquel Dios a quien hizo siempre
de parecerse, y en quien más particularmente confiaba.
LXXVI Al amanecer, habiendo formado sus tropas de tierra en las
alturas inmediatas a la ciudad, se puso a mirar las naves que
zarpaban del puerto, dirigiéndose hacia las enemigas, y,
esperando ver alguna acción importantee se paró;
pero sus gentes de mar, no bien estuvieron cerca, cuando saludaron
a las de César con los remos, al corresponderles éstas
al saludo, se les pasaron, y la armada, reducida ya a una sola
con todas las naves, volvió las popas hacia la ciudad.
Estaba viéndolo Antonio, cuando también lo abandonó
su caballería, pasándose a los enemigos; y vencida
su infantería, se retiró a la ciudad, diciendo a
gritos que había sido entregado por Cleopatra a aquellos
mismos a quienes por ella hacía la guerra. Temiendo Cleopatra
su cólera y furor, se refugió al sepulcro, dejando
caer los rastrillos, asegurados con fuertes cadenas y cerrojos,
y envió personas que dijesen a Antonio quo había
muerto. Creyólo éste, y diciéndose a sí
mismo: ¿En qué te detienes, Antonio,
la fortuna te ha quitado el único motivo que podías
tener para amar la vida, entró en su habitación,
y desatando y quitándose la coraza: ¡Oh Cleopatra!exclamó-;
no me duele el verme privado de ti, porque ahora mismo vamos a
juntarnos, sino el que, habiendo sido tan acreditado capitán,
me haya excedido en valor una mujer. Tenía un esclavo
muy fiel, llamado Eros, del que mucho tiempo antes había
exigido palabra de que le había de quitar la vida si se
lo dijese y entonces le pedía el cumplimiento de esta promesa.
Desenvainó él la espada y la levantó como
para herir a Antonio; pero, volviendo el rostro, se mató
a sí mismo. Al caer a sus pies: Muy bien- exclamó
Antonio, ¡oh Eros!, pues que no habiendo podido tú
resolverte a ello, me muestras lo que debo hacer; y pasándose
la espada por el vientre, se dejó caer en el lecho. No,
había sido la herida de las que causan la muerte al golpe;
y como se hubiese contenido la sangre luego que se acostó,
recobrando algún tanto, pedía a los que se hallaban
presentes que lo acabaran de matar; mas ellos huyeron de la habitación,
por más que Antonio gritaba y se agitaba, hasta que llegó
de parte de Cleopatra su secretario Diomedes, con encargo de llevarle
al sepulcro donde aquella se hallaba.
LXXVII. Informado de que vivía, pidió con encarecimiento
a los esclavos que le tomaran en brazos, y así lo llevaron
a las puertas de aquel edificio. Cleopatra no abrió la
puerta, sino que, asomándose por las ventanas, le echó
cuerdas y sogas con las que ataron a Antonio; ella tiraba de arriba
con otras dos mujeres, que eran las únicas que había
llevado al sepulcro. Dicen los que presenciaron este espectáculo
haber sido el más miserable y lastimoso, porque le subían
del modo que referimos, bañado en sangre, moribundo, tendiendo
las manos y teniendo en ella clavados los ojos. Porque la obra
no fue tampoco fácil para unas pobres mujeres, sino que
Cleopatra misma, alargando las manos y descolgando demasiado el
cuerpo, con dificultad pudo tomar el cordel, animándola
y ayudándole los que se hallaban abajo. Luego que le hubo
recogido de esta manera y que le puso en el lecho, rasgó
sobre él sus vestiduras, se hirió y arañó
el pecho con las manos, y manchándose el rostro con su
sangre, le llamaba su señor, su marido y su emperador,
pudiéndose decir que casi se olvidó de los propios
males, compadeciendo y lamentando los de Antonio. Hízola
éste suspender el llanto, y pidió le dieran un poco
de vino, o porque tuviera sed, o esperando acabar así más
presto. Bebió, y la exhortó a que, si podía
ser sin ignominia, pensara en salvarse, poniendo de los amigos
de César su mayor esperanza en Proculeyo; y en cuanto a
él, que no llorase por las mudanzas que acababa de experimentar,
sino que antes le tuviese por dichoso, a causa de los grandes
bienes que había disfrutado, pues había llegado
a ser el más ilustre y de mayor poder entre los hombres;
y si entonces era vencido, lo era noblemente romano por romano.
LXXVIII. En el momento mismo de expirar llegó Proculeyo
de parte de César; pues luego que Antonio, habiéndose
herido mortalmente, fue llevado adonde se hallaba Cleopatra, uno
de los ministros que le asistían, llamado Derceteo, tomó
y ocultó su espada, y se fue corriendo a César,
para ser el primero que le anunciase la muerte de Antonio, mostrándole
la espada ensangrentada. César, habiéndolo oído,
se retiró a lo más interior de su tienda y lloró
por un hombre que era su deudo y su colega, y con quien tanta
comunidad había tenido de combates y de negocios. Después,
tomando las cartas y llamando a sus amigos, se las leyó
para que viesen que él le había escrito con moderación
y justicia, y Antonio, en las respuestas, siempre había
estado insolente y altanero, y en seguida envió a Proculeyo
con orden de que hiciera cuanto le fuese posible para apoderarse
de Cleopatra viva. Porque, en primer lugar, temía por la
pérdida de tanta riqueza, y en segundo, creía que
el conducir a Cleopatra realzaría mucho la gloria de su
triunfo. Resistióse, pues, ésta a que pudieran echarle
mano; y el modo de hablarse en el edificio en que se hallaba fue
que, acercándose Proculeyo por la parte de afuera a una
puerta que estaba al piso, cerrada con la mayor seguridad, aunque
de modo que daba paso a la voz, por allí conferenciaron,
reduciéndose la entrevista, de parte de Cleopatra, a pedir
el reino para sus hijos, y de parte de Proculeyo, a exhortarla
a tener buen ánimo y ponerse confiadamente, en manos de
César.
LXXIX. Hecho cargo Proculeyo del sitio, dio parte de él
a César, por quien fue enviado Galo para que también
le hablase, y dirigiéndose a las puertas, alargó
de intento su plática. En tanto, Proculeyo arrimó
una escala a la ventana por donde las mujeres habían subido
a Antonio, y al punto bajó con dos servidores que llevaba
consigo a la misma puerta donde Cleopatra estaba en conversación
con Galo. A esta sazón, una de las mujeres encerradas con
Cleopatra gritó: Desgraciada Cleopatra, te cogen
viva. Volvióse a esta voz, y habiendo visto a Proculeyo,
fue a darse muerte, porque llevaba ceñido un puñal
de los que usan los piratas; pero acudió corriendo Proculeyo,
y teniéndola con ambas manos: Injurias- le dijo-¡oh
Cleopatra! a ti y a César, quitando a éste la ocasión
de dar pruebas de su bondad, y calumniando al más benigno
de los generales de infiel e implacable. Quitóle
al mismo tiempo el puñal, y le sacudió la ropa por
si tenía oculto algún veneno. Fue también
enviado de parte de César su liberto Epafrodito, con encargo
de poner la mayor diligencia en que se conservase en vida y en
todo lo demás se mostrase indulgente y condescendiente
hasta lo sumo.
LXXX. Encaminóse ya César a la ciudad, hablando
con el filósofo Areo, a quien dio la derecha, para que
inmediatamente se hiciera visible a los ciudadanos y causara admiración
la distinción con que lo trataba. Entró después
en el Gimnasio, y subiendo a una tribuna que le habían
formado, cuando todos estaban poseídos de miedo y postrados
por tierra, les mandó que se levantaran, asegurándoles
que el pueblo estaba perdonado de toda culpa, en primer lugar,
por Alejandro su fundador; en segundo, por la belleza y extensión
de la ciudad, que le habían admirado, y en tercero, por
hacer aquella gracia a su amigo Areo. Tanto fue el honor que alcanzó
Areo de César, de quien obtuvo además el perdón
para muchos; siendo uno de ellos Filóstrato, el más
hábil de los sofistas para hablar extemporalmente, pero
empeñado contra toda razón en ingerirse en la Academia;
por lo que, desaprobando César su conducta, no daba oídos
a los ruegos; mas él, dejando crecer su barba blanca y
tomando el vestido negro, seguía por doquiera a Areo, recitando
este verso: Los que son sabios a los sabios salvan; y César,
cuando llegó a entenderlo, accedió por fin, más
bien por libertar a Areo de envidia que a Filóstrato de
miedo.
LXXXI De los hijos de Antonio, a Antilo, el tenido en Fulvia,
le quitaron la vida, habiendo sido entregado por su ayo Teodoro,
y al cortarle los soldados la cabeza, el ayo le quitó una
piedra de mucho valor que llevaba al cuello y la guardó
en el ceñidor. Él lo negó; pero habiendo
sido descubierto, fue puesto en una cruz. Los hijos de Cleopatra,
custodiados con los encargados de su crianza, fueron tratados
con decoro. A Cesarión, el que se decía haber tenido
de César, lo envió la madre con gran cantidad de
riquezas a la India por la Etiopía; pero su ayo Rodón,
semejante a Teodoro, le hizo volver, engañándole
con que César le llamaba al reino. Deliberaba César
acerca de él, y se refiere haberle dicho Areo: No es la
policesarie conveniente.
LXXXII. A éste le quitó más adelante la
vida, después de la muerte de Cleopatra. Eran muchos los
reyes y generales que pedían el dar sepultura a Antonio;
pero César no quiso privar a Cleopatra de su cadáver;
así es que ella le sepultó regia y magníficamente
por sus propias manos, habiéndosele permitido tomar al
efecto cuanto quiso. Mas del pesar y de los dolores, pues de resultas
de los golpes que se dio en el pecho se le inflamó éste
y se le formaron llagas, se le levantó calentura; ocasión
de que ella se valió con gusto para ir cercenando el sustento
y acabar de este modo la vida. Tenía un médico de
confianza, que era Olimpo, a quien manifestó la verdad
y de quien se valía como consejero y auxiliador para su
designio, como lo dijo el mismo Olimpo, habiendo publicado una
historia de estos sucesos: pero tuvo de ello sospecha César,
y le hizo amenazas y miedo con los hijos, con lo que como una
batería la sujetó, y hubo de prestarse a que la
curaran y alimentaran del modo conveniente.
LXXXIII. Aun pasó él mismo después de algunos
días a visitarla y consolarla. Hallábase acostada
humildemente en el suelo, y al verle entrar, corrió en
ropas menores y se echó a sus pies, teniendo la cabeza
y el rostro lastimosamente desaliñados, trémula
la voz y apagada la vista. Descubríase también la
incomodidad que en el pecho sufría, y en general se observaba
que no se hallaba mejor de cuerpo que de espíritu; sin
embargo, la gracia y engreimiento de su belleza no se habían
apagado enteramente, sino que por en medio de aquel lastimoso
estado penetraban y resplandecían, mostrándose en
los movimientos del rostro. Mandóle César que volviera
a acostarse, y habiéndose éste sentado cerca de
ella, empezó a disculparse con atribuir lo ocurrido a la
necesidad y al miedo de Antonio; pero contestándole y replicándole
César a cada cosa, al punto recurrió a la compasión
y a los ruegos, como podría hacerlo quien estuviese muy
apegado a la vida. Por último, teniendo formada lista del
cúmulo de sus riquezas, se la entregó; y como Seleuco,
uno de sus mayordomos, la acusase de que había quitado
y ocultado algunas cosas, corrió a él y, asiéndole
de los cabellos, le dio muchas bofetadas. Rióse de ello
César, y procurando aquietarla: ¿No es cesa
terrible, ¡oh César!- le dijo-, que habiéndote
tú dignado venir a verme y hablarme en esta situación,
me acusen mis esclavos si he separado alguna friolera mujeril,
no ciertamente para el adorno de esta desgraciada, sino para tener
con qué hacer algún leve obsequio a Octavia y a
tu Livia, y conseguir por este medio que me seas más favorable
y propicio? Daba esto gran placer a César, por creer
que Cleopatra deseaba conservar la vida; diciéndole, pues,
que se lo permitía y que sería tratada en todo decorosamente,
más de cuanto ella pudiera esperar, se retiró contento,
pensando ser engañador, cuando realmente era engañado.
LXXXIV. De los amigos de César, era uno el joven Cornelio
Dolabela, el cual se había agradado de Cleopatra, y entonces,
por hacerle este obsequio, condescendiendo con sus ruegos, le
participó reservadamente que César se disponía
a marchar por tierra por la Siria, y a ella y sus hijos tenía
determinado enviarlos a Roma de allí a tres días.
Recibido este aviso, lo primero que hizo fue pedir a César
que le permitiera celebrar las exequias de Antonio, y habiéndoselo
otorgado, marchó al sepulcro, y dejándose caer sobre
el túmulo con las dos mujeres de su comitiva: Amado
Antonio- exclamó-, te sepulté poco ha con manos
libres; pero ahora te hago estas libaciones siendo sierva, y observada
con guardias para que no lastime con lloros y lamentos este cuerpo
esclavo, que quieren reservar para el triunfo que contra ti ha
de celebrarse. No esperes ya otros honores que estas exequias,
a lo menos habiendo de dispensarlos Cleopatra. Vivos, nada hubo
que nos separara; pero en muerte, parece que quieren que cambiemos
de lugares: tú, romano, quedando aquí sepultado,
y yo, infeliz de mí, en Italia, participando sólo
en esto de tu patria; pero si es alguno el poder y mando de los
dioses de ella, ya que los de aquí nos han hecho traición,
no abandones viva a tu mujer, ni mires con indiferencia que triunfen
de ti en esta miserable, sino antes ocúltame y sepúltame
aquí contigo, pues que con verme agobiada de millares de
males, ninguno es para mí tan grande y tan terrible como
este corto tiempo que sin ti he vivido.
LXXXV. Habiéndose lamentado de esta manera, coronó
y saludó el túmulo, mandando luego que le prepararan
el baño. Bañóse, y haciéndose dar
un gran banquete, estando en él, vino del campo uno trayendo
una cestita; y preguntándole los de la guardia qué
traía, abrió la cesta, quitó las hojas, e
hizo ver que lo que contenía eran higos. Como se maravillasen
de lo grandes y hermosos que eran, echándose a reír
les dijo que tomasen, con lo que le creyeron y le mandaron que
entrase. Después del banquete, teniendo Cleopatra escrita
y sellada una esquela, la mandó a César, y dando
orden de que todos se retiraran, a excepción de las dos
mujeres, cerró las puertas. Abrió César el
billete, y viendo que lo que contenía eran quejas y ruegos
para que se le diese sepultura con Antonio, al punto comprendió
lo que estaba sucediendo; y aunque desde luego quiso marchar él
mismo a darle socorro, se contentó por entonces con enviar
a toda prisa quien se informara; pero el daño había
sido muy pronto, pues por más que corrieron, se hallaron
con que los de la guardia nada habían sentido, y abriendo
las puertas, vieron ya a Cleopatra muerta en un lecho de oro,
regiamente adornada. De las dos criadas, la que se llamaba Eira
estaba muerta a sus pies, y Carmión, ya vacilante y torpe,
le estaba poniendo la diadema que tenía en la cabeza. Díjole
uno con enfado: Bellamente, Carmión, y ella
respondió: Bellísimamente, y como convenía
a la que era de tantos reyes descendiente; y sin hablar
más palabra, cayó también muerta junto al
lecho.
LXXXVI Dícese que el áspid fue introducido en aquellos
higos y tapado por encima con las hojas, porque así lo
había mandado Cleopatra, para que sin que ella lo pensase
le picase aquel reptil; pero que cuando le vio, habiendo tomado
algunos higos, dijo: ¡Hola, aquí estaba esto!,
y alargó el brazo desnudo a su picadura. Otros sostienen
que el áspid había estado guardado en una vasija,
e irritado y enfurecido por Cleopatra con un alfiler de oro, se
le había agarrado al brazo; pero nadie sabe la verdad de
lo que pasó. Porque se dijo también que había
llevado consigo veneno en una navaja hueca, y la navaja escondida
entre el cabello. Mas ello es que no se notó mancha ni
cardenal ninguno en su cuerpo, ni otra señal de veneno;
pero tampoco se vio aquel reptil dentro, y sólo se dijo
que se habían visto algunos vestigios de él en la
orilla del mar, por la parte del edificio que mira a éste
y hacia donde tiene ventanas. Algunos dijeron asimismo que en
el brazo de Cleopatra se habían notado dos junturas sumamente
pequeñas y sutiles, a lo que parece dio crédito
César, porque en el triunfo llevó la estatua de
Cleopatra con el áspid agarrado al brazo. Así es
como se dice haber pasado este suceso. César, aunque muy
disgustado con la muerte de Cleopatra, no pudo menos de admirar
su grandeza de alma, y mandó que su cuerpo fuera enterrado
magnífica y ostentosamente con el del Antonio. Hízose
también, un honroso entierro a las esclavas por disposición
del mismo César. Murió Cleopatra a los treinta y
nueve años de edad, de los cuales había reinado
veintidós, y había imperado al lado de Antonio mas
de catorce. De Antonio dicen unos que vivió cincuenta y
seis años, y otros que cincuenta y tres. Sus estatuas fueron
derribadas: pero las de Cleopatra se conservaron en su lugar,
por haber dado Arquibio, su amigo, mil talentos a César,
a fin de que no tuvieran igual suerte que las de Antonio.
LXXVII. Dejó Antonio de tres mujeres siete hijos, de los
cuales a sólo Atilo, que era el mayor, hizo dar muerte
César. De los demás se encargó Octavia, y
los crió con los suyos propios; y a Cleopatra, tenida en
Cleopatra, la casó con Juba, el más culto de todos
los reyes: a Antonio, hijo de Fulvia, lo hizo tan grande, que
para con César el primer lugar lo tenía Agripa;
el segundo, los hijos de Libia, y el tercero, parecía ser,
y era realmente, de Antonio. Teniendo Octavia de Marcelo dos hijas
y un hijo del mismo nombre, a éste lo hizo César
hijo y yerno a un tiempo, y de las hijas dio la una en matrimonio
a Agripa. Murió Marcelo muy poco después de este
matrimonio, y no viéndose disposición de que entre
los otros amigos suyos eligiera César yerno de su confianza,
le hizo presente Octavia que sería lo mejor casase Agripa
con la hija de César, dejando la suya. Abrazando primero
el pensamiento César, y después Agripa, recogió
Octavia su hija y la casó con Antonio, y Agripa casó
con la de César. Habiendo quedado dos hijas de Antonio
y Octavia, tomó en mujer la una Domicio Enobarbo, y la
otra, llamada Antonia, muy celebrada por su honestidad y belleza,
Druso, hijo de Livia y entenado de César. De este matrimonio
fueron hijos Germánico y Claudio, de los cuales éste
fue emperador más adelante. De los hijos de Germánico,
a Gayo, habiendo imperado infamemente por corto tiempo, le dieron
muerte, juntamente con su hija y su mujer. Agripina, que de Enobarbo
tuvo en hijo a Lucio Domicio, casó en segundas nupcias
con Claudio César; y habiendo éste adoptado al hijo
que aquella tenía, le llamó Nerón Germánico,
el cual, habiendo imperado en nuestro tiempo, dio muerte a su
propia madre, y estuvo en muy poco que por necedad y locura no
acabase con el imperio romano, habiendo sido el quinto desde Antonio,
según el orden de la sucesión.
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