PLUTARCO

PORTADA

QUIÉN ERA PLUTARCO?

VIDAS PARALELAS

Los personajes

1. Teseo & Rómulo
2. Licurgo & Numa Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles & Camilo
5. Pericles & Fabio Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón el Joven
19. Agis y Cleómenes & Tiberio y Gaio Graco
20. Demóstenes & Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato & Galba y Otón

SOLÓN

I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.

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PERICLES

I. Viendo César en Roma ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece, si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.

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Clásico Romano autor de Ars Amandi

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Poeta y padre del Teatro Clásico

ANTONIO

I. El abuelo de Antonio fue Antonio el Orador, a quien por haber sido del partido de Sila dio muerte Mario. El padre, llamado Antonio Crético, no fue tan ilustre y recomendable en la carrera política, pero era hombre recto y bueno, y muy liberal y dadivoso, como de uno de sus hechos se puede colegir. Porque como no fuese muy acomodado, y por esto su mujer le contuviese para que no usase de su carácter generoso, sucedió una vez que uno de sus amigos llegó a pedirle dinero, y, no teniéndolo, mandó al mozo que le asistía que echando agua en un jarro de plata se lo trajese. Trájolo, y como si hubiera de afeitarse se bañó la barba, y haciendo que con otro motivo se retirase aquel mozo, le dio el jarro a su amigo diciéndole que se valiera de él. Buscóse el jarro por toda la casa estrechando a los esclavos, y viendo a su mujer irritada y en ánimo de castigarlos y atormentarlos de uno en uno, confesó lo que había pasado, pidiendo que lo disimulara.

II. La mujer de éste, que se llamaba Julia, de la familia de los Césares, competía en bondad y honestidad con las más acreditadas de su tiempo. Bajo su cuidado fue educado Antonio después de la muerte del padre, estando ya casada en segundas nupcias con Cornelio Léntulo, aquel a quien Cicerón dio muerte por ser uno de los conjurados con Catilina. Así, parece haber sido la madre el motivo y principio de la violenta enemistad de Antonio contra Cicerón, pues dice Antonio que no pudieron conseguir que el cadáver de Léntulo les fuera entregado sin que primero intercediera su madre con la mujer de Cicerón; pero todos convienen en que esto es falso, porque Cicerón no impidió el que se diese sepultura a ninguno de los que entonces sufrieron el último suplicio. Era Antonio de bella figura, y se dice que fue para él como un contagio la amistad y confianza con Curión; pues siendo éste desenfrenadamente dado a los placeres, para tener a Antonio más a su disposición lo precipitó en francachelas, en el trato con rameras y en gastos desmedidos e insoportables, de resulta de lo cual contrajo la cuantiosa deuda, muy desproporcionada con su edad, de doscientos cincuenta talentos, habiendo salido Curión fiador por toda ella; lo que, sabido por el padre, echó a Antonio de casa. De allí a bien poco tiempo se arrimo a Clodio, el más atrevido e insolente de todos los demagogos, que con sus violencias traía alterada la república; pero luego se fastidió de su desenfreno, y temiendo a los que ya abiertamente hacían la guerra a Clodio, partió de Italia a la Grecia, donde se detuvo ejercitando el cuerpo para las fatigas de la guerra e instruyéndose en el arte de la oratoria. El estilo y modo de decir que adoptó fue el llamado asiático, que, sobre ser el que más florecía en aquel tiempo, tenía gran conformidad con su genio hueco, hinchado y lleno de vana arrogancia y presunción.

III. Habiendo de embarcarse para la Siria el procónsul Gabinio, le persuadió a que fuese con él o, servir en el ejército; pero habiendo respondido que no lo ejecutaría en calidad de particular, nombrado comandante de la caballería le acompañó con este cargo. Y en primer lugar, enviado contra Aristóbulo, que había hecho rebelarse a los judíos, fue el primero que escaló el más alto de los fuertes, arrojando a aquel enseguida de todos, y viniendo con él después a batalla con pocas tropas en comparación de las del enemigo, que eran en mucho mayor número, le derrotó con muerte de casi todos los suyos, quedando cautivos el mismo Aristobulo y su hijo. Proponiendo después de esto Tolomeo a Gabinio, con la oferta de diez mil talentos, que le acompañase a invadir el Egipto y recobrar el reino, como los más de los caudillos se opusiesen y el mismo Gabinio tuviese cierta repugnancia a aquella guerra, a pesar de la fuerza que le hacían los diez mil talentos, Antonio, que aspiraba a grandes empresas y deseaba servir a Tolomeo, al cabo persuadió e impelió a Gabinio a aquella expedición. Como lo que más temían en aquella guerra fuese el camino de Pelusio, teniendo que hacer la marcha por grandes arenales faltos de agua, y que pasar por las bocas de la laguna Serbónide, a la que los egipcios llaman respiradero de Tifón, siendo una filtración y depósito del Mar Rojo, separado del mar exterior por un istmo muy estrecho, enviado Antonio delante con la caballería, no sólo ocupó aquellos pasos, sino que tomó también a Pelusio, ciudad muy principal, y apoderándose de todos sus, presidios, hizo seguro el camino para el ejército, y dio al mismo tiempo al general la mayor confianza de la victoria. Hasta los enemigos sacaron partido de su ambición; porque teniendo resuelto Tolomeo, lleno de ira y encono, hacer grande estrago en los Egipcios, se le opuso Antonio y lo contuvo. Habiendo ejecutado en las batallas y combates, que fueron grandes y frecuentes, muchas acciones ilustres de valor y prudencia militar, siendo las más señaladas el haber envuelto y cercado a los enemigos, poniendo así la victoria en manos de los que los combatían de frente, se le decretaron los premios y honores que le eran debidos. Ni dejó de ser sabida entre los Egipcios su humanidad con Arquelao, que murió en uno de aquellos encuentros; porque habiendo sido su amigo y huésped, por necesidad peleó contra él vivo; pero buscando su cadáver después de muerto, lo envolvió y enterró con aparato regio. Con estos hechos dejó gran memoria de sí en Alejandría, y adquirió nombre y fama entre los soldados romanos.

IV. Agregábase a esto la noble dignidad de su figura, pues tenía la barba poblada, la frente espaciosa, la nariz aguileña, de modo que su aspecto en lo varonil parecía tener cierta semejanza con los retratos de Hércules pintados y esculpidos; y aun había una tradición antigua según la cual los Antonios eran heraclidas, descendientes de Anteón, hijo de Hércules; y además de parecer que se confirmaba esta tradición con su figura, según se deja dicho, procuraba él mismo acreditarlo con su modo de vestir, porque cuando había de mostrarse en público llevaba la túnica ceñida por las caderas, tomaba una grande espada y se cubría de un saco de los más groseros. Aun las cosas que chocaban en los demás, su aire jactancioso, sus bufonadas, el beber ante todo el mundo, sentarse en público a tomar un bocado con cualquiera y comer el rancho militar, no se puede decir cuánto contribuían a ganarle el amor y afición del soldado. Hasta para los amores tenía gracia, y era otro de los medios de que sacaba partido, terciando en los amores de sus amigos y contestando festivamente a los que se chanceaban con él acerca de los suyos. Su liberalidad y el no dar con mano encogida o escasa para socorrer a los soldados y a sus amigos fue en él un eficaz principio para el poder, y después de adquirido le sirvió en gran manera para aumentarlo, a pesar de los millares de faltas que hubieran debido echarlo por tierra. Referiré un solo ejemplo de su dadivosa liberalidad: mandó que a uno de sus amigos se le dieran doscientos cincuenta mil sestercios; esto los Romanos lo expresan diciendo diez veces. Admiróse su mayordomo, y como para hacerle ver lo excesivo de aquella suma pusiese en una mesa el dinero, al pasar preguntó qué era aquello, y respondiendo el mayordomo que aquel era el dinero que había mandado dar, comprendiendo Antonio su dañada intención, “Pues yo creía- le dijo- que diez veces era más; esto es poco, es menester que sobre ello pongas, otro tanto”.

V. Pero esto fue más adelante. Cuando la república se dividió en facciones, uniéndose los del Senado con Pompeyo que residía en Roma, y llamando de las Galias los del partido popular a César, que tenía un ejército poderoso, Curión, el amigo de Antonio, que, mudado el propósito, fomentaba la facción de César, se llevó a Antonio tras sí, y como además de tener por su elocuencia grande influjo sobre la muchedumbre gastase con profusión de los caudales enviados por César, hizo que Antonio fuera nombrado tribuno de la plebe y después sacerdote de los agüeros, a los que llaman Augures. Constituido Antonio en su magistratura, fue mucho lo que sirvió a los que estaban por César; porque, en primer lugar, poniendo el cónsul Marcelo a disposición de Pompeyo los soldados que ya se habían levantado, y dándole facultad para levantar más, lo estorbó Antonio escribiendo un edicto por el que se disponía que las fuerzas reunidas marchasen a la Siria en auxilio de Bíbulo, que hacía la guerra a los Partos, y que las que levantase Pompeyo no estuviesen a sus órdenes. En segundo lugar, como los del Senado rehusasen recibir las cartas de César, y no permitiesen que en él se leyeran, Antonio, valiéndose de su autoridad, las leyó e hizo que muchos mudaran de dictamen, pareciéndoles que César andaba moderado y justo en lo que proponía. Finalmente, habiéndose hecho en el Senado estas dos proposiciones: si parecía que Pompeyo disolviera el ejército y si parecía que lo disolviera César, como fuesen muy pocos los que opinaban que dejase las armas Pompeyo, y todos, a excepción de unos cuantos, estuviesen por que las dejara César, levantándose Antonio hizo esta otra proposición: si parecía que Pompeyo y César a un tiempo dejaran las armas y disolvieran los ejércitos; y esta opinión la abrazaron con ardor todos, y haciendo grandes elogios a Antonio deseaban que quedase sancionada. Repugnáronlo los cónsules, y de nuevo presentaron los amigos de César otras instancias que parecieron equitativas; pero se declaró contra ellas Catón, y el cónsul Léntulo expulsó del Senado a Antonio, el cual al salir hizo contra ellos mil imprecaciones, y vistiéndose las ropas de un esclavo, tomó alquilado un carruaje y con Quinto Casio marchó en busca de César. Presentados ante éste, decían a gritos que ya en Roma todo estaba trastornado y en desorden, pues ni aun los tribunos gozaban de ninguna libertad, sino que era desechado y corría gran peligro cualquiera que articulase una palabra en defensa de la justicia.

VI En consecuencia de esto, tomando César su ejército, entró con él en la Italia, y con alusión a esto dijo Cicerón en sus Filípicas que Helena había sido el principio de la guerra troyana, y Antonio de la civil, faltando conocidamente a la verdad; porque no era Gayo César un hombre tan manejable y tan fácil a perder con la ira el asiento de su juicio, que a no haber tenido de antemano resuelto lo que hizo se había de haber arrojado a hacer tan repentinamente la guerra a la patria, por haber visto a Antonio mal vestido, y que éste y Casio habían tenido que huir a él en un carruaje alquilado, sino que la verdad fue que, estando tiempo había deseoso de aprovechar cualquier motivo, esto le dio una apariencia y disculpa a su parecer decente para la guerra, y le arrastraron contra todos los hombres las mismas causas que antes a Alejandro, y en tiempos más remotos a Ciro, al saber: una codicia insaciable del mando y una loca ambición de ser el primero y el mayor, lo que no le era dado conseguir sino acabando con Pompeyo. Luego que puesta por obra su resolución se apoderó de Roma y arrojó a Pompeyo de la Italia, siendo su determinación ir primero contra las fuerzas de Pompeyo en España y, después de haber preparado una armada, marchar contra el mismo Pompeyo, dio el mando de Roma a Lépido, que era pretor, y a Antonio, tribuno de la plebe, el de los ejércitos y toda la Italia. Bien presto éste se hizo tan amigo de los soldados, ejercitándose con ellos, poniéndose para todo a su lado y haciéndoles donativos según podía, como odioso a todos los demás; porque con sus distracciones no cuidaba de dar oídos a los que sufrían injusticias, trataba mal a los que iban a hablarle, y no corrían buenas voces en cuanto a abstenerse de las mujeres ajenas. Así es que el imperio de César, que por él mismo cualquiera cosa podía parecer menos que tiranía, lo desacreditaron e infamaron sus amigos, entre los cuales Antonio, que fue el que cometió mayores violencias según el mayor poder que tenía, fue con justicia el más culpado de todos.

VII. Sin embargo, cuando César volvió de España, pasó por encima de estos excesos; y en valerse de él para la guerra, como de un hombre activo, valiente y hábil, ciertamente que no la erró; pues pasando él desde Brindis al Mar Jonio con muy pocas fuerzas, despachó los transportes, enviando orden a Gabinio y a Antonio de que embarcaran las tropas y con toda celeridad se dirigieran a la Macedonia. No se determinó Gabinio a emprender aquella navegación, que era difícil en la estación del invierno, e hizo con el ejército un largo camino por tierra, pero Antonio, temiendo por César, que había quedado entre muchos enemigos, hizo retirar a Libón, que tenía guardada la boca del puerto, cercando las galeras de éste con multitud de lanchas, y embarcando en las naves que tenía preparadas ochocientos caballos y veinte mil infantes, se hizo a la vela. Habiendo sido visto y perseguido de los enemigos, pudo libertarse de este peligro porque un recio vendaval agitó impetuosamente el mar y combatió con furiosas olas las galeras de éstos; pero arrebatado al mismo tiempo con sus naves hacia rocas escarpadas y simas profundas, había perdido toda esperanza de salud, cuando repentinamente sopló del golfo un viento ábrego que repelió las olas de la tierra al mar, y apartándose él de ella, y navegando a todo su placer, vio la orilla llena de despojos de naufragio. Porque el viento había arrojado a ella las galeras que le perseguían, y muchas se habían estrellado. Apoderándose, pues, Antonio de no pocas personas y riquezas, tomó además a Liso e inspiró a César la mayor confianza, llegando oportunamente con tantas fuerzas.

VIII. Habiendo sido muchos y frecuentes los combates que allí se dieron, en todos se distinguió, y dos veces, saliendo al encuentro a los Cesarianos, que huían en desorden, los contuvo, y precisándolos a pelear de nuevo con los que los perseguían, alcanzó la victoria, por lo que después de César era grande su fama, en el ejército. El mismo César manifestó la opinión que de él tenía cuando, habiendo de dar en Farsalia la batalla última que iba a decidir de todo, tomó para sí el ala derecha, y la izquierda la confió a Antonio, como el mejor militar de los que tenía a su lado. Nombrado César dictador después de la victoria, fue en persecución de Pompeyo; pero, eligiendo tribuno de la plebe, a Antonio, lo envió a Roma, Es esta magistratura la segunda cuando el dictador está presente; pero en su ausencia la primera, o por mejor decir la única; porque cuando hay dictador, el tribunado queda, y todas las demás magistraturas desaparecen.

IX. Era al mismo tiempo tribuno de la plebe Dolabela, joven todavía, que, aspirando por medio de novedades a darse a conocer, quiso introducir la abolición de deudas. Como fuese su amigo Antonio, y conociese su carácter, dispuesto siempre a complacer a la muchedumbre, le instaba para que le auxiliase y tomase parte en el proyecto. Sostenían lo contrario Asinio y Trebelio; y por una rara casualidad concibió a este tiempo Antonio contra Dolabela la terrible sospecha de que profanaba su lecho. Sintiólo vivamente, por lo que echó de casa a la mujer, que era asimismo su prima, como hija de Gayo Antonio, el que fue cónsul con Cicerón, y abrazando el partido de Asinio hizo la guerra a Dolabela, porque éste se había apoderado de la plaza con ánimo de hacer pasar la ley a viva fuerza; pero sobreviniendo Antonio, autorizado con la determinación del Senado de que contra Dolabela se emplearan las armas, trabó combate y le mató alguna gente, teniendo también pérdida por su parte. Decayó con esto de la gracia de la muchedumbre; y con los hombres de probidad y de juicio nunca la tuvo, como dice Cicerón, por su mala conducta, sino que le aborrecieron siempre, abominando sus continuas embriagueces, sus excesivos gastos y su abandono con mujerzuelas; por cuanto el día lo pasaba en dormir, en pasear y en reponerse de sus crápulas, y la noche en banquetes, en teatros y en asistir a las bodas de cómicos y juglares. Dícese que, habiendo cenado en cierta ocasión en la boda del farsante Hipias, y bebido largamente toda la noche, llamado a la mañana por el pueblo a la plaza, se presentó eructando todavía la cena, y allí vomitó sobre la toga de uno de sus amigos. Los que más favor tenían con él eran el comediante Sergio y Citeris, mujerzuela de la misma palestra, que era su querida, y a la que llevaba consigo por las ciudades en litera, con no menor acompañamiento que el que seguía la litera de su madre. Daba también en ojos verle llevar en los viajes, como en una pompa triunfal, vasos preciosos de oro, armar en los caminos pabellones, dar en los bosques y a las orillas de los ríos opíparos banquetes, llevar leones uncidos a los carros y hacer que dieran alojamientos en sus casas ciudadanos y ciudadanas de recomendable honestidad a bailarinas y prostitutas. Pues no podían sufrir que César pasara las noches al raso fuera de Italia, acabando de extirpar las raíces de tan molesta guerra a costa de grandes trabajos y peligros, y que otros en tanto vivieran por él en un fastidioso lujo, insultando a los ciudadanos.

X. Parecía que con estas locuras fomentara la sedición y relajaba la disciplina militar, dando rienda a los soldados para insolencias y raterías. Por lo mismo, César a su vuelta perdonó a Dolabela, y elegido tercera vez cónsul, no tomó por colega a Antonio, sino a Lépido. Había comprado Antonio la casa de Pompeyo, que había sido puesta a subasta, y porque se le pedía el precio se incomodó, llegando a decir que por esta causa no había tomado parte en la expedición de César al África, pues veía que no se daba la debida retribución a sus primeras hazañas y victorias. Con todo, parece que César corrigió en alguna parte su atolondramiento y disipación con no mostrarse del todo insensible a sus desaciertos. Porque haciendo alguna mudanza en su conducta, pensó en casarse, y contrajo segundo matrimonio con Fulvia, la que antes había estado casada con el alborotador Clodio; mujer no nacida para las labores de su sexo o para el cuidado de la casa, ni que se contentaba tampoco con dominar a un marido particular, sino que quería mandar al que tuviese mando, y conducir al que tuviese caudillo; de manera que Cleopatra debía pagar a Fulvia el aprendizaje de la sujeción de Antonio, por haberle tomado ya manejable, instruido desde el principio a someterse a las mujeres; y eso que también a ésta intentó Antonio hacerla con chanzas y bufonadas más jovial y festiva. A este propósito se dirigía lo siguiente: cuando César volvía de la victoria conseguida en España, salieron muchos a recibirlo, y salió él también; pero habiendo llegada repentinamente a la Italia la voz de que, muerto César, se aproximaban los enemigos, se volvió a Roma, donde, tomando el traje de un esclavo, se vino de noche a casa, y diciendo que traía una carta de Antonio para Fulvia, se entró desconocido hasta la habitación de ésta; la cual, sobresaltada, antes de tomar la carta, preguntó si vivía Antonio, y él, alargándosela sin decir palabra, luego que la abrió y la empezó a leer se arrojó en sus brazos, haciéndole las mayores demostraciones de cariño. Otros muchos sucesos semejantes hubo: pero nos ha parecido referir éste solo para ejemplo.

XI En esta vuelta de César desde la España todos los principales salieron a recibirle a muchas jornadas; pero Antonio logró ser distinguido en sus obsequios; porque caminando en carruaje por la Italia, a Antonio lo trajo consigo, y a la espalda a Bruto Albino, y al hijo de su sobrina, Octavio, el que más adelante tomó el nombre de César e imperó sobre los Romanos largo tiempo. Cuando de allí a poco fue César nombrado cónsul por la quinta vez, tomó desde luego por colega a Antonio, siendo su intento abdicar después en Dolabela, de lo que ya llegó a hacer relación al Senado; pero como se opusiese acaloradamente Antonio, diciendo mil pestes contra Dolabela, y oyendo otras tantas, avergonzado César de su poco miramiento, no insistió más por entonces. Iba al cabo de algún tiempo a ejecutar el nombramiento de Dolabela; pero diciendo en alta voz Antonio que los agüeros eran contrarios, cedió y tuvo que abandonar a Dolabela, que quedó muy resentido. Sin embargo de todo esto, parece que César no lo aborrecía menos que a Antonio; porque se dice que, habiéndole uno hablado mal en cierta ocasión de ambos, tratando de hacerlos sospechosos, le respondió que no temía a estos gordos y tragones, sino a aquellos descoloridos y flacos, indicando a Bruto y Casio, que eran los que habían de ponerle asechanzas y darle muerte.

XII. Dióles a éstos el motivo, sin querer, Antonio. Celebraban los Romanos la fiesta llamada de los Lupercales, correspondiente a otra de igual nombre de los Griegos, y César, adornado de ropa triunfal, se sentó en la tribuna de la plaza pública para mirar de allí a los que corrían. Corren en esta fiesta los más de los jóvenes patricios y los más de los magistrados, y ungidos abundantemente dan por juego con unas correas de pieles sin adobar latigazos a los que encuentran. Era uno de los que corrían Antonio, y dejando a un lado las ceremonias patrias, y enredando una diadema en una corona de laurel, se encaminó a la tribuna, y levantado en alto por los que le acompañaban, la puso sobre la cabeza de César, queriendo dar a entender que le correspondía reinar. Haciendo éste por rompérsela y quitársela, lo vio el pueblo con grande alegría y muchos aplausos. Volvió Antonio a ponérsela, y César a quitársela; y habiendo así altercado largo rato, a Antonio le aplaudieron muy pocos, y éstos obligados de él; pero a César, por haberlo resistido, lo aplaudió todo el pueblo con grande algazara. Lo que había más que admirar en esto era que, sufriendo en las obras lo que sufren los que son dominados por reyes, sólo estaban mal con el nombre de rey, creyendo que en él estaba la ruina de la libertad. Levantóse, pues, César muy disgustado de la tribuna, y retirando la toga del cuello, gritó que lo presentaba al que quisiera herirle. Habían puesto la corona a una de sus estatuas y los tribunos de la plebe la hicieron pedazos, por lo que el pueblo les tributó también aplausos; pero César los privó de sus magistraturas.

XIII. Esto mismo fue lo que dio más aliento a Bruto y Casio, los cuales, reuniendo para tratar del hecho a los amigos que eran más de su confianza, dudaban en cuanto a Antonio; algunos querían asociarle, pero lo contradijo Trebonio, refiriendo que cuando salieron a recibir a César, que volvía de España, tuvieron un mismo alojamiento y caminaron juntos él y Antonio, y que habiendo tocado a éste la especie con mucho tiento y precaución, lo había entendido, mas no había admitido la confianza; aunque tampoco lo había dicho a César, sino que había reservado con la mayor fidelidad aquella conversación. En consecuencia de esto, deliberaron sobre acabar con Antonio cuando dieran muerte a César; pero lo resistió Bruto, diciendo que una acción que se emprendía en defensa de las leyes y de lo justo debía estar separada y pura de toda injusticia. Mas temiendo las fuerzas de Antonio y la dignidad de su magistratura, destinaron para él a algunos de los conjurados, con el objeto de que cuando César entrase en el Senado y se hubiera de ejecutar lo proyectado le hablaran a la parte de afuera y lo detuvieran fingiendo tener que tratar con él algún negocio.

XIV. Ejecutado todo como estaba resuelto, y habiendo quedado muerto César en el Senado, Antonio, por lo pronto, recurrió al medio de disfrazarse con las ropas de un esclavo, y se ocultó; pero cuando supo que los conjurados no pensaban en hacer mal a nadie, habiéndose refugiado en el Capitolio, les persuadió que bajasen, tomando en rehenes a su hijo, y aun él mismo tuvo a cenar a Casio, y Lépido a Bruto. Congregó el Senado, y él mismo habló en él de amnistía, y de distribuir provincias a Casio y Bruto; todo lo que confirmó el Senado, decretando que nada se alterase de lo hecho por César. Salió Antonio del Senado el hombre más satisfecho del mundo, por parecerle que había cortado de raíz la guerra civil, y que en negocios los más difíciles y arriesgados que podían presentarse se había conducido con la mayor habilidad y la más consumada prudencia; pero bien presto, apoyado en la opinión de la muchedumbre, mudó este plan para formarse el de aspirar a ser el primero con toda seguridad, quitando de en medio a Bruto. Sucedió además que, pronunciando en la plaza, según costumbre, el elogió de César, como viese que el pueblo le oía con interés y complacencia, se propuso, enseguida de las alabanzas, excitar la lástima y la indignación por lo sucedido; y como al terminar su discurso presentase y desenvolviese la túnica manchada en sangre y acribillada de cuchilladas, tratando a los autores de matadores y asesinos, encendió al pueblo de tal manera en ira que, recogiendo por todas partes escaños y mesas, quemaron el cuerpo de César allí mismo, en la plaza, y tomando después tizones de la hoguera, corrieron a las casas de los conjurados, determinados a allanarlas e incendiarlas.

XV. Saliendo, pues, de la ciudad Bruto y los demás conjurados, los amigos de César acudieron a Antonio, y su mujer Calpurnia, poniendo en él su confianza, le llevó en depósito, la mayor parte de sus intereses, que sumados ascendían a cuatro mil talentos. Ocupó también Antonio los libros de César, entre los cuales se hallaban los registros de sus determinaciones y resoluciones, y añadiendo él a su voluntad lo que le pareció, a muchos los designó magistrados, a muchos los hizo senadores, a algunos los restituyó del destierro, o estando presos los puso en libertad, como si así lo hubiese tenido ordenado César. Así, a todos éstos los llamaban los Romanos, con una chistosa alusión, Caronitas, porque para defenderse de sus cargos acudían a los registros de un muerto. Otra infinidad de cosas hizo Antonio con igual despotismo, valiéndose de que era cónsul y de que tenía por colegas a sus hermanos, siendo Gayo pretor, y Lucio tribuno de la plebe.

XVI En este estado de los negocios llegó a Roma el nuevo César, hilo, como se ha dicho, de una sobrina del dictador, y nombrado heredero por éste, al tiempo de cuya muerte residía en Apolonia. Desde luego se dirigió a saludar a Antonio como amigo paterno; pero al mismo tiempo le hizo conversación del depósito, porque tenía que distribuir setenta y cinco dracmas a cada ciudadano romano, según César lo había mandado en su testamento. Despreciábalo al principio Antonio, viéndole tan muchacho, y decía que no tenía juicio en querer cargar, careciendo del talento necesario y de amigos, con el insoportable peso de la herencia de César; pero como aquel no cediese a tales especies y continuase reclamando sus intereses, pasó a decir y hacer mil cosas en su ofensa. Porque presentándose a pedir el tribunado de la plebe, le hizo oposición, y queriendo poner en el teatro la silla curul del padre, como estaba decretado, le amenazó de que lo haría llevar a la cárcel si no desistía de la idea de querer hacerse popular. Mas como este joven se pusiese en manos de Cicerón y de los demás enemigos declarados de Antonio, por medio de los cuales puso de su parte al Senado, mientras por sí mismo iba ganando al pueblo y reuniendo los soldados de las colonias, entrando ya en temor Antonio, tuvo con él una conferencia en el Capitolio, y se reconciliaron. Mas en aquella misma noche, estando durmiendo, tuvo en sueños una visión extraña: por parecerle que un rayo le hería la mano derecha; de allí a pocos días corrió la voz de que César pensaba atentar contra su vida, y aunque éste se defendió de semejante imputación, no quiso creerle. Con esto volvió a enconarse la enemistad, y al recorrer ambos la Italia, procuraban a porfía atraerse con dádivas a los soldados veteranos establecidos en las colonias, y poner cada uno de su parte a los que todavía estaban con las armas en la mano.

XVII. Era entonces Cicerón el de mayor poder y autoridad en la república, y como trabajase por inflamar todos los ánimos contra Antonio, alcanzó por fin del Se- nado que le declarara enemigo público, que a César se le enviaran las fasces y todas las insignias de pretor y que se diera a Pansa e Hircio el encargo de arrojar a Antonio de la Italia. Eran éstos a la sazón cónsules, y viniendo a las manos con Antonio junto a Módena, acompañándolos César y peleando a su lado bien, quedaron vencedores en aquel encuentro, pero murieron ambos. Tuvo que huir Antonio, y en aquella huida se vio en mil apuros, de los que el mayor fue el hambre; pero en la adversidad se hacía mejor de lo que era por naturaleza, y cuando padecía infortunios podía pasar por bueno. Común es a todos conocer el precio de la virtud cuando caen en cualquiera desgracia o aflicción; pero no es de todos el imitar lo que aprueban y huir de lo que vituperan, haciéndose fuertes contra la mala fortuna; y antes algunos ceden de sus buenos discursos, y por debilidad se dejan arrastrar de sus hábitos y costumbres; mas Antonio en esta ocasión fue un admirable ejemplo para sus soldados, pasando de tanto regalo y opulencia a beber sin melindres agua corrompida y a mantenerse de raíces y frutos silvestres; y aun, según se dice, comieron cortezas y se resolvieron a usar de carnes nunca antes gustadas al pasar los Alpes.

XVIII. Su intento era tratar con las tropas que allí había, mandadas por Lépido, que parecía ser amigo de Antonio, a causa de haber disfrutado por su mediación del favor de César para muchos negocios. Llegando, pues, y acampándose cerca, cuando vio que no se hacía con él demostración ninguna de amistad, se decidió a tentarlo todo. Llevaba el cabello desgreñado, y en el tiempo que había mediado desde la derrota, le había crecido una espesa barba; tomó además la toga de duelo, y llegando en esta disposición muy cerca del valladar de Lépido, empezó a hablarle. Como muchos se hubiesen conmovido al verle y mostrasen ablandarse con sus palabras, temió Lépido y, haciendo tocar trompetas, evitó con el ruido que pudiera ser oído Antonio. Mas en los soldados aun fue mayor por esto la compasión, y habiendo hablado en secreto unos con otros, le enviaron a Lelio y Clodio disfrazados con las ropas de unas mujerzuelas, para que dijesen a Antonio que acometiera sin miedo al valladar, porque había muchos que le recibirían y si quería darían muerte a Lépido. En cuanto a éste, no permitió Antonio que se le tocase; pero teniendo su ejército pronto a la mañana siguiente, tentó pasar el río, y entrando él el primero, marchó denodado a la orilla opuesta; mas a este tiempo ya vio a muchos de los soldados de Lépido que le alargaban las manos y derribaban el valladar. Entrando, pues, y haciéndose dueño de todo, trató a Lépido con la mayor consideración, porque le saludó apellidándole padre; y aunque en la realidad él lo mandaba todo, éste conservaba el nombre y honores de emperador; esto hizo que también se le agregara Munacio Planco, acantonado no muy lejos de allí con bastantes tropas. Fortalecidos de esta manera, volvió a pasar los Alpes hacia Italia, trayendo diecisiete legiones de infantería y diez mil caballos; y además de esto todavía dejaba de guarnición en la Galia seis legiones con un tal Vario, amigo y camarada suyo, al que por apodo llamaban Cotilón.

XIX. Ya César se desentendía de Cicerón viéndole decidido por la libertad, y por medio de sus amigos llamaba a Antonio a conciertos. Reuniéndose, pues, los tres en una isleta que formaba el río, tuvieron tres días de conferencias; y en todo lo demás se convinieron fácilmente, repartiendo entre sí toda la autoridad como pudieran una herencia paterna; pero en la contienda sobre qué ciudadanos eran los que habían de perder se detuvieron mucho, y les costó gran trabajo el avenirse, queriendo cada uno acabar con sus enemigos y salvar a sus allegados. Finalmente, abandonando los que eran aborrecidos a la ira de los que los aborrecían, sin tener cuenta del deudo y honor del parentesco ni de la gratitud de la amistad, César dejó a Cicerón en manos de Antonio, y en las de César éste a Lucio César, que era tío suyo por parte de madre; a Lépido se le permitió matar a su hermano Paulo; otros dicen que Lépido cedió en cuanto a Paulo, siendo los otros los que pedían su muerte. Lo cierto es que no puede verse una cosa más atroz y cruel que estos cambios; porque permutando muertes por muertes, del mismo modo que a los que recibían mataban a los que entregaban; pero siempre eran más injustos con los amigos, a quienes daban muerte sin aborrecerlos.

XX. Los soldados que asistieron a estos tratados pidieron que aquella amistad se confirmara con un casamiento, tomando César por mujer a Claudia, hija de Fulvia, la mujer de Antonio. Acordado también esto, fueron trescientos los proscritos a quienes dieron muerte, y ejecutada la de Cicerón, mandó Antonio que le cortaran la cabeza y la mano derecha, con que había escrito las oraciones que compuso contra él. Traídas que le fueron, las estuvo mirando con el mayor placer, dando grandes y repetidas carcajadas, y cuando ya se hubo saciado, mandó se pusieran sobre la tribuna en la plaza, queriendo insultar a un muerto, y no echando de ver que era su propia fortuna a la que insultaba y que él mismo era el afrentado en manifestar semejante poder. Lucio César, su tío, a quien anduvieron buscando y persiguiendo, se había refugiado en casa de su hermana, la cual, cuando los matadores llegaron, como pugnasen por entrar en su cuarto, se puso en la puerta, y extendiendo los brazos les gritó muchas veces: “No mataréis a Lucio César si no me matáis primero a mí, que he dado a luz a vuestro general.” Habiendo sido mujer de esta resolución, con ella logró ocultar y salvar al hermano.

XXI Hacíase en general molesto e insufrible este triunvirato, echándose de ello la culpa más principalmente a Antonio, por ser de más edad que César y de más poder e influjo que Lépido; pero él lo que hizo, luego que aflojó en los negocios, fue retroceder a aquella vida muelle y disoluta de sus primeros años. Agregábase además a la mala opinión que de él se tenía el odio no pequeño que contra él resultaba por la casa de su habitación, que había sido de Pompeyo Magno, varón no menos admirable por su sobriedad y por su tenor de vida, tan sencillo como el de cualquier particular, que por sus tres triunfos. Porque se disgustaban de verla por lo común cerrada a los generales, a los pretores y a los legados, despedidos ignominiosamente desde la puerta, y llena de farsantes, de charlatanes y aduladores crapulentos, con los que gastaba la mayor parte de una riqueza adquirida por los medios más violentos e intolerables, pues no sólo vendían las haciendas de los proscritos y se valían de todo género de exacciones, sino que, noticiosos de que en el colegio de las Vírgenes Vestales existían depósitos de extranjeros y de ciudadanos, entraron y se apoderaron de ellos. Viendo, pues, César que a Antonio nada le bastaba, propuso que se repartieran los caudales; lo que así se hizo, y repartieron también el ejército, dirigiéndose ambos a la Macedonia contra Bruto y Casio, y dejando a Lépido mandando en Roma.

XXII. Luego que, habiendo desembarcado, pusieron mano a la guerra y estuvieron al frente del enemigo, oponiéndose Antonio a Casio, y César a Bruto, ninguna hazaña notable se vio de César, sino que a Antonio era a quien se debían las victorias y los triunfos. Porque en la primera batalla, derrotado César por Bruto, perdió el campamento, y fue muy poco lo que en la fuga se adelantó a los que iban en su alcance; aunque, según escribió en los Comentarios, habiendo tenido uno de sus amigos un ensueño, se retiró antes de la batalla; Antonio, en cambio, venció a Casio, no faltando, sin embargo, quienes escriban que Antonio no se halló en la batalla, sino que después de ella alcanzó a los que perseguían a los enemigos. A Casio, Píndaro, uno de sus más fieles libertos, a petición y ruego suyo lo pasó con la espada, porque no sabía que Bruto había quedado vencedor. Al cabo de pocos días se dio otra batalla, y siendo vencido Bruto, se quitó la vida, debiéndose principalmente a Antonio la gloria de este triunfo: bien que César se hallaba a la sazón enfermo. Puesto ante el cadáver de Bruto, por un momento le echó en cara la muerte de su hermano Gayo a quien la había dado Bruto en Macedonia en venganza por Cicerón; pero diciendo que más bien que Bruto era culpable Hortensio de la muerte del hermano, mandó que Hortensio fuese pasado a cuchillo sobre su sepultura; y encima del cadáver de Bruto arrojó su manto de púrpura, que era de grandísimo precio, y encargó a uno de sus propios libertos que cuidara de darle sepultura. Supo más adelante que éste no había quemado el manto con el cadáver, y que había escatimado alguna parte de la suma que se decía invertida en el entierro, e hizo darle muerte.

XXIII. Después de estos sucesos, César se, restituyó a Roma, creyéndose que, según su debilidad, su vida no sería larga; pero Antonio, dirigiéndose a las provincias de Oriente para adquirir fondos, pasó por la Grecia al frente de un numeroso ejército, porque, habiendo prometido a cada soldado cinco mil dracmas, se veía en la precisión de recoger cuantiosas sumas y hacer grandes exacciones. Sin embargo, con los Griegos no se portó dura y molestamente, y más bien les fueron agradables su genio festivo en las conversaciones con los eruditos, su asistencia a los juegos y a las iniciaciones y su blandura en los juicios complaciéndose en oírse apellidar amigo de los Griegos, y todavía más amigo de los Atenienses, a cuya ciudad hizo muchos donativos. Como quisiesen con este motivo los de Mégara mostrarle alguna cosa apreciable en contraposición de Atenas, y deseasen, sobre todo, que viese su casa de consejo, subió allá; y preguntándole después de haberla visto qué le parecía: “Pequeña- les respondió-, pero vieja”. Pasó también a medir el templo de Apolo Pitio, con ánimo de restaurarlo, porque así lo había ofrecido al Senado.

XXIV. Después que, habiendo dejado a Lucio Censorino por gobernador de la Grecia, pasó al Asia, empezó a participar de aquellas riquezas, frecuentando reyes su casa y compitiendo las mujeres de éstos entre sí en dones y atractivos para ganarle, y al mismo tiempo que César era fatigado con sediciones y guerras, gozaba él de gran sosiego y paz y era de sus antiguos afectos impelido otra vez a la acostumbrada vida. Los llamados Anaxenores, grandes guitarristas; los llamados Xutos, célebres flautistas; el bailarín Metrodoro, y toda la comparsa de juglares asiáticos, que en desvergüenza e insolencia se dejaban muy atrás a las pestes de Italia, corrieron y se apoderaron de su palacio, y ya nada quedó que fuera tolerable, entregados todos a este desconcierto. Porque toda el Asia, a manera de aquella ciudad de Sófocles, estaba a un tiempo llena de sahumerios aromáticos. Y de cantos a un tiempo y de lamentos. Al entrar, pues, en Éfeso, las mujeres le precedían disfrazadas de Bacantes, y los hombres de Sátiros y Panes; y estando la ciudad sembrada de hiedra, de tirsos, de salterios, de oboes y de flautas, le saludaban y apellidaban Baco el benéfico y melifluo, y ciertamente para algunos lo era, siendo para los más cruel y desabrido: porque despojaba a los honestos habitantes de sus haciendas para darlas a aduladores y bribones, y pidiéndole algunos las haciendas de hombres que vivían, como si hubiesen muerto, las alcanzaban. La casa de un ciudadano de Magnesia la dio a un cocinero, en premio de haberle dado gusto en una cena. Finalmente, impuso a las ciudades dos tributos; sobre lo que, hablando Hibreas en defensa del Asia, se atrevió a decirle con demasiada aspereza, aunque al gusto de Antonio, según su genio: “Si puedes recoger dos veces, en un año el tributo, podrás hacer que haya dos veces verano y dos veces otoño”. Haciendo después la cuenta de que el Asia le había contribuido con doscientos mil talentos, le dijo también con arrojo y confianza: “Si no los has percibido, pídelos a los que los recogieron, y si los percibiste y ya no los tienes, somos perdidos”; expresión que llamó mucho la atención a Antonio, el cual ignoraba lo más de lo que pasaba, no tanto por ser negligente y descuidado como porque sencillamente se fiaba demasiado de los que le rodeaban. Pues realmente tenía un gran fondo de sencillez, y no daba fácilmente en las cosas; pero luego que advertía sus faltas, era vehemente en sentirlas, y no se detenía en dar satisfacción a los ofendidos. Era además excesivo en la retribución y en el castigo, aunque más salía de medida en el recompensar que en el castigar. Las chanzas y burlas que a los otros hacía, llevaban en sí mismas la medicina, porque no había mal en volvérselas y en chancearse también, y no menos se divertía con que se le burlasen que con burlarse; cosa que en muchos negocios le fue perjudicial. Porque no sospechando que los que tenían libertad para las burlas le adulaban en los negocios serios, le cogían fácilmente como con sebo con las alabanzas, no advirtiendo que algunos mezclaban la libertad como tina salsa astringente con la lisonja para quitar la saciedad al atrevido y demasiado hablar de los festines, y para disponer también el que cuando ceden y se aquietan en los negocios, parezca que no es en obsequio de la persona, sino a causa de darse por vencidos de su prudencia y su juicio.

XXV. Siendo éste el carácter de Antonio, se le agregó por último mal el amor de Cleopatra, porque despertó e inflamó en él muchos afectos hasta entonces ocultos e inactivos, y si había algo de bueno y saludable con que antes se hubiese contenido lo borró y destruyó completamente. El enredarse en él fue de esta manera: Habiendo de emprender la guerra Pártica, le envió orden de que pasara a verse con él en la Cilicia, para responder a los cargos que se le hacían sobre haber socorrido y auxiliado largamente a Casio para la guerra. Delio, que fue mensajero, luego que vio su semblante y en sus palabras descubrió su talento y sagacidad, al punto se impuso de que Antonio no haría mal ninguno a una mujer como aquella, sino que más bien sería, desde luego, la que privase con él. Conviértese, pues, a obsequiar y ganarse aquella egipcia persuadiéndola, según aquello de Homero, a que fuera a la Cilicia “compuesta y adornada”, y no temiera a Antonio, que era el más dulce y humano de todos los generales, Creyó Cleopatra a Delio, y conjeturó por César y por el hijo de Pompeyo, a quienes siendo todavía mocita había tratado, que le había de ser muy fácil el apoderarse de Antonio, porque aquellos la habían conocido de muy joven y sin experiencia de mundo, y a éste iba a verle en aquella edad en que la belleza de las mujeres está en todo su esplendor y la penetración en su mayor fuerza. Previno, pues, dones, riquezas y adornos, cuales convenía llevase yendo a tratar grandes negocios de un reino opulento, y, sobre todo, puso en sí misma y en sus arterias y atractivos las mayores esperanzas; y así emprendió su viaje.

XXVI Como hubiese recibido además diferentes cartas, así del mismo Antonio como de otros amigos de éste que la llamaban, le miró ya con tal desdén y desenfado, que se resolvió a navegar por el río Cidno en galera con popa de oro, que llevaba velas de púrpura tendidas al viento, y era impelida por remos con palas de plata, movidos al compás de la música de flautas, oboes y cítaras. Iba ella sentada bajo dosel de oro, adornada como se pinta a Venus. Asistíanla a uno y otro lado, para hacerle aire, muchachitos parecidos a los Amores que vemos pintados. Tenía asimismo cerca de sí criadas de gran belleza, vestidas de ropas con que representaban a las Nereidas y a las Gracias, puestas unas a la parte del timón, y otras junto a los cables. Sentíanse las orillas perfumadas de muchos y exquisitos aromas, y un gran gentío seguía la nave por una y otra orilla, mientras otros bajaban de la ciudad a gozar de aquel espectáculo, al que pronto corrió toda la muchedumbre que habla en la plaza, hasta haberse quedado Antonio solo sentado en el tribunal; la voz que de unos en otros se propagaba era que Venus venía a ser festejada por Baco en bien del Asia. Convidóla, pues, a cenar: mas ella significó que desearía fuese Antonio quien viniese a acompañarla; y como éste quisiese darle desde luego pruebas de deferencia y humanidad, se prestó al convite y acudió a él. Encontróse con una prevención y aparato superior a lo que puede decirse; pero lo que le dejó parado sobre todo fue la muchedumbre de luces, porque se dice fueron tantas las que había suspendidas y colocadas por todas partes, y dispuestas entre sí con tal artificio y orden en cuadros y en círculos, que la vista que hacían era una de las más hermosas y dignas de mirarse de cuantas han podido transmitirse a la memoria de los hombres.

XXVII. Al día siguiente la convidó a su vez; y aunque se esforzó a aventajarse en esplendidez y en delicadeza, quedó inferior en ambas cosas; y viéndose en ellas vencido, fue el primero en burlarse de su torpeza y rusticidad. Cleopatra, que en la misma befa que de sí hacía Antonio echó de ver que ésta no tenía nada de fina, y se resentía de lo soldado, usó también con él de chanzas sin reserva y con la mayor confianza: pues, según dicen, su belleza no era tal que deslumbrase o que dejase parados a los que la veían; pero su trato tenía un atractivo inevitable, y su figura, ayudada de su labia y de una gracia inherente a su conversación, parecía que dejaba clavado un aguijón en el ánimo. Cuando hablaba, el sonido mismo de su voz tenía cierta dulzura, y con la mayor facilidad acomodaba su lengua, como un órgano de muchas cuerdas, al idioma que se quisiese: usando muy pocas veces de intérprete con los bárbaros que a ella acudían, sino que a los más les respondía por sí misma, como a los Etíopes. Trogloditas, Hebresos, Árabes, Sirios, Medos y Partos. Dícese que había aprendido otras muchas lenguas cuando los que la habían precedido en el reino ni siquiera se habían dedicado a aprender la egipcia, y algunos aun a la macedonia habían dado de mano.

XXVIII. De tal manera avasalló n Antonio que, a pesar de haberse puesto en guerra con César Fulvia su mujer por sus propios negocios y de amenazar por la Macedonia el ejército de los Partos, del que los reyes habían nombrado generalísimo Labieno, y con el que iban a invadir la Siria, se marchó, arrastrado por ella, a Alejandría, donde, entretenido en las diversiones y juegos propios de un muchacho dado al ocio, desperdiciaba y malograba el gasto de mayor precio de todos, como decía Antifón, que es el tiempo: porque seguían la que llamaban comunión de vida inimitable; y convidándose alternativamente por días, hacían un gasto desmedido. Refería a mi abuelo Lamprias el médico Filotas, natural de Anfisa, que a la sazón se hallaba él en Alejandría, joven aún y aprendiendo su profesión, y habiéndose hecho conocido de uno de los jefes de cocina de palacio, le persuadió éste a que pasara a ver la suntuosidad y aparato de uno de aquellos banquetes, que introducido a la cocina, entre otras muchas cosas vio ocho cerdos monteses asados, lo que le hizo admirarse del gran número de convidados, a lo que se rió el cocinero, y le dijo que los convidados no eran muchos, sino unos doce: pero que era preciso que estuviera en su punto cada cosa que había de ponerse a la mesa, y, pasado éste, se echaba a perder: pues podía suceder que entonces mismo pidiese Antonio la cena, o de allí a poco, si le ocurría, o dilatarlo más, pidiendo un vaso para beber, o por moverse alguna conversación; por lo cual no parecía que era una cena sola, sino muchas las que se preparaban, a causa de que no podía preverse la hora. Refería, pues, estas cosas Filotas, y también que al cabo de algún tiempo vino a ser uno de los dependientes del hijo mayor de Antonio, tenido en Fulvia, con el que cenaba en confianza con otros amigos, cuando aquel no cenaba con el padre, y que en una de estas ocasiones a cierto médico insolente que les mortificaba con disputas mientras cenaban, le hizo callar con este sofisma: “Al que está algo calenturiento se le ha de dar de beber frío; todo el que tiene calentura está algo calenturiento; luego a todo el que tiene calentura se le ha de dar de beber frío”; que con esto se había quedado aturdido aquel hombre sin hablar palabra, y celebrándolo el hijo de Antonio, se había echado a reír, y le dijo: “Todas aquellas cosas ¡oh Filotas! te las doy de regalo” (señalando un aparador lleno de muchas y preciosas piezas de plata); que él le agradeció el buen deseo, estando muy distante de pensar que aquel joven pudiera tener facultad de hacer un presente tan cuantioso; pero allí a poco tomó todas las piezas uno de los criados, y se las llevó en un canasto, diciendo que lo sellase por suyo: que él lo repugnó y temía recibirlo; pero el criado había replicado de esta manera: “Miserable, ¿en qué te detienes? ¿No sabes que el que te lo regala es hijo de Antonio, y que podría darte otras tantas piezas de oro? Aunque, si a mí me crees, lo mejor será que no las cambies por dinero, porque quizá el padre deseará alguna de estas piezas por ser obra antigua y de primorosa hechura”. Decíame, pues, mi abuelo que Filotas hacía frecuente esta relación.

XXIX. Cleopatra, usando de una adulación no cuádruple, como dice Platón, sino múltiple, ora Antonio estuviese dedicado, a cosas serias, ora para juegos y chanzas, siempre le tenía preparado un nuevo placer y una nueva gracia con que le traía embobado, sin aflojar de día ni de noche. Porque con él jugaba a los dados, con él bebía y con él cazaba, siendo su espectadora si se ejercitaba en las armas. Cuando de noche se acercaba a las puertas y ventanas de los particulares para hacer burlas a los que se hallaban dentro, ella también corría con él las calles, y le acompañaba, tomando el traje de una esclava, porque él se disfrazaba de la misma manera; de aquí es que siempre se retiraba habiendo sufrido por su parte algunas burlas, y a veces hasta golpes, lo que a muchos los inducía a sospechar de él. Con todo, los Alejandrinos no dejaban de divertirse con su humor festivo, y de usar chanzas y juegos, no del todo sin gracia y sin chiste, celebrando su genio y diciendo que con los Romanos usaba de la máscara trágica, y con ellos de la cómica. Referir muchos de sus juegos y burlas no dejaría de parecer bien insulso; mas vaya el siguiente: Estaba una vez pescando con mala suerte, y enfadándose porque se hallaba presente Cleopatra, mandó a los pescadores que, metiéndose sin que se notara debajo del agua, pusieran en el anzuelo peces de los que ya tenían cogidos; y habiendo sacado dos o tres lances, no dejó la egipcia de comprender lo que aquello era. Fingió, pues, que se maravillaba, y haciendo conversación con sus amigos, les rogó que al día siguiente concurrieran a ser espectadores. Embarcáronse muchos en las lanchas, y luego que Antonio echó la caña, mandó a uno de los suyos que nadara por debajo del agua y adelantándose, colgara del anzuelo pescado salado del Ponto. Cuando Antonio creyó que había caído algún pez, tiró, y siendo el chasco y la risa tan grande como se puede pensar, “Deja- le dijo-, ¡oh Emperador!, la caña para nosotros los que reinamos en el Faro y en Canopo; vuestros lances no son sino ciudades, reyes y provincias”.

XXX. Mientras con tales juegos y puerilidades se entretenía Antonio, le sobrecogieron dos mensajes: uno de Roma, por el que se le avisaba que Lucio, su hermano, y Fulvia, su mujer, primero habían reñido y altercado entre sí, y después, poniéndose en guerra abierta con César, lo habían echado todo a perder y huido de la Italia. El otro en nada era más favorable y llevadero que éste, porque se le decía que Labieno, al frente de los Partos, había subyugado el Asia desde el Éufrates y la Siria hasta la Lidia y la Jonia. Vuelto, pues, con dificultad en sí como del sueño o de la embriaguez, movió primero para hacer frente a los Partos, y llegó hasta Fenicia; pero enviándole Fulvia cartas llenas de lamentos, se dirigió hacia Italia, conduciendo doscientas naves. Tropezó por suerte en la travesía con aquellos de sus amigos que habían huido, y supo que la causa de la disensión había sido Fulvia, mujer de carácter inquieto y violento, que había esperado sacar a Antonio de los lazos de Cleopatra si se suscitaba algún movimiento en la Italia. Sucedió por casualidad que Fulvia, que iba en su busca, enfermó en Sicione, y murió, con lo que hubo más proporción para su reconciliación con César. Pues luego que llegó a la Italia, como se viese que César no tenía contra él ninguna queja y que de las que contra él había, echaba la culpa a Fulvia, no le permitieron sus amigos que exigiese explicaciones, sino que los pusieron bien al uno con el otro, y partieron el imperio, poniendo por límite el mar Jonio: de manera que las regiones de Oriente quedaran para Antonio, las de Occidente para César, y el África se le dejara a Lépido, disponiéndose además que, si no les agradase ser cónsules, lo fueran amigos de ambos alternativamente.

XXXI Aunque esto parecía haberse concluido a satisfacción, siendo necesario darle mayor consistencia, la fortuna la proporcionó: porque Octavia era hermana mayor de César, bien que no de la misma madre, pues era hija de Ancaria, y éste nacido después de Acia. Amaba sobremanera a la hermana, que se dice haber sido ejemplo maravilloso de mujeres. Hallábase viuda de Gayo Marcelo, muerto poco había, y parecía que, habiendo fallecido Fulvia, se hallaba también viudo Antonio; pues, aunque no negaba sus relaciones con Cleopatra, no confesaba estar casado, siendo esto lo único en que parecía haber lidiado contra el amor de la Egipciaca. Insistían todos en esta otra boda, esperando que, reuniendo Octavia con una gran belleza una admirable gravedad y juicio, si se enlazaba con Antonio y era de él amada como a sus sobresalientes calidades correspondía, había de ser un poderoso vínculo para la salud y concordia de unos y otros. Luego que se pusieron de acuerdo, subieron a Roma para celebrar el matrimonio de Octavia, y no permitiendo la ley que la mujer viuda se casara antes de los diez meses de la muerte del marido, el Senado, por un decreto, le dispensó el tiempo que faltaba.

XXXII. Estaba Sexto Pompeyo apoderado de la Sicilia, y talaba la Italia por medio de muchas naves corsarias, mandadas por el pirata Menas y por Menécrates, con lo que hacía el mar intransitable: y habiéndose portado benignamente con Antonio, porque había dado hospedaje a su madre, huída de Roma con Fulvia, les pareció conveniente avenirse también con él. Reuniéronse al efecto en el promontorio Miseno y punta de él que da sobre el mar, arribando Pompeyo con su escuadra, y siendo escoltados Antonio y César por su infantería. Convenidos en que Pompeyo tendría la Cerdeña y la Sicilia, bajo la condición de limpiar el mar de piratas y de enviar a Roma una cantidad determinada de trigo, se convidaron a cenar recíprocamente, y sorteando quien sería el primero que agasajara a los otros, le cupo la suerte a Pompeyo. Preguntóle Antonio dónde cenarían, y le respondió: “Aquí (señalando la galera capitana de seis órdenes); porque esta es -añadió- la casa paterna que le ha quedado a Pompeyo”; lo que decía para zaherir a Antonio, que se había hecho dueño de la casa del padre de Pompeyo. Aferrando, pues, la nave con las áncoras, y formando una especie de puente desde el promontorio, les hizo el más amistoso recibimiento. Estaban en lo mejor del convite y en la fuerza de los dichos punzantes lanzados contra Cleopatra y Antonio, cuando el pirata Menas se acercó a Pompeyo de manera que los otros no lo oyeron, y “¿Quieres- le dijo- que pique los cables de la nave, y te haré señor, no sólo de Sicilia y Cerdeña, sino del imperio de los Romanos?” Al oírlo Pompeyo se quedó pensativo por algún tiempo, y luego le respondió: “Valía más, Menas, que, lo hubieras hecho sin prevenírmelo; ahora debo respetar el estado presente, porque no es de mi carácter el ser un perjuro”. Habiendo sido convidado del mismo modo después de ambos, navegó la vuelta de Sicilia.

XXXIII. Antonio, después del convenio, envió a Ventidio al Asia para que detuviera a los Partos, no dejándoles pasar más adelante, y habiendo sido nombrado, por hacer obsequio a Octavio César, sacerdote de César el Dictador, continuaron tratando en buena compañía y amistad de los más graves negocios; mas cuando se juntaban a divertirse y jugar, Antonio se sentía mortificado de que siempre era el que libraba peor; y es que tenía a su lado un Egipcio dado a la adivinación, de aquellos que examinan el signo, el cual, o instruido de Cleopatra, o teniéndolo por cierto, estaba diciendo continuamente a Antonio con sobrada libertad que, siendo su fortuna la más grande y brillante, se marchitaba al lado de la de César, y le aconsejaba que se alejara cuanto más pudiera de aquel joven. “Porque tu genio- le decía- teme al suyo; y siendo festivo y altanero cuando está solo, se queda tamañito y abatido luego que aquel parece”; y los hechos parece que venían en apoyo del Egipcio. Porque si se echaban suertes sobre cualquiera cosa a ver a quién le tocaba, o si jugaban a los dados, siempre era Antonio el que perdía. Echaban muchas veces a reñir gallos o codornices adiestradas, y siempre vencían los de César: con lo que recibía manifiesto disgusto Antonio; y bien por esta causa, o más bien por haber dado oídos al adivino, marchó de la Italia, dejando al cuidado de César sus cosas domésticas: aunque a Octavia la llevó en su compañía hasta la Grecia, habiendo ya tenido en ella una niña. Hallábase de invernada en Atenas cuando le llegaron las nuevas de las victorias de Ventidio, a saber: que había derrotado a los Partos en una batalla, en la que habían muerto Labieno y Farnapates, que era el mejor general de los del rey Hirodes. Por estos sucesos dio un banquete público a los Griegos, y combates a los Atenienses; para lo que, dejando en casa las insignias del mando, salió en ropa y calzado de confianza, con las batas de que usan los presidentes de los juegos, y por sí mismo separó, tomándolos del cuello, según costumbre, a los jóvenes combatientes.

XXXIV. Habiendo de partir para la guerra, tomó una corona del olivo sagrado, y llenando, según cierto oráculo, un odre lleno de agua de la Clepsidra, lo llevó también consigo. En esto, cargando Ventidio sobre Pácoro, hijo del rey, que de nuevo invadía la Siria con un poderoso ejército, le derrotó en la región Cirréstica, con gran matanza de los enemigos, siendo Pácoro uno de los primeros que murieron. Este suceso, entre los más celebrados de los Romanos, dio a éstos la más completa satisfacción por los infortunios de Craso y encerró otra vez dentro de los términos de la Media y la Mesopotamia a los Partos, vencidos tres veces consecutivas en batalla campal. Contúvose Ventidio de seguirles más lejos el alcance por temor de la envidia de Antonio; mas sojuzgó a todos los que se habían rebelado, y cercó a Antíoco Comagenes en la ciudad de Samosata. Proponiéndole éste que entregaría mil talentos y quedaría a las órdenes de Antonio, le mandó acudiera a Antonio mismo, el cual ya se hallaba cerca, y no permitía que Ventidio concluyera el tratado con Antíoco, queriendo que este acto tomara de él el nombre, y no sonara todo hecho por Ventidio. Prolongábase el sitio, y los de adentro, luego que desconfiaron de la paz, se defendían vigorosamente; por lo que, viendo Antonio que nada adelantaba, avergonzado y arrepentido a un tiempo, se dio por contento de concluir el tratado con Antíoco en trescientos talentos. Arregló enseguida en la Siria algunos negocios y, regresando a Atenas, dispensó a Ventidio los honores que le eran debidos, y lo envió a obtener los del triunfo. Hasta ahora éste es el único que hubiese triunfado de los Partos: hombre de nacimiento oscuro, y que sólo debió a la amistad de Antonio la ocasión de emprender grandes hazañas; con lo que se confirmó lo que se decía de Antonio y de César: que eran más afortunados mandando por medio de otros que por sí mismos, pues también Sosio, general de Antonio, se distinguió por sus hechos en la Siria, y Canidio, a quien había dejado por su lugarteniente en la Armenia, venciendo a los de esta región y a los reyes de los Iberes y los Albanos, había llegado hasta el Cáucaso, con lo que el nombre y fama del poder de Antonio se habían difundido entre aquellos bárbaros.

XXXV. Indispuesto de nuevo contra César por algunos chismes, navegó con trescientas galeras a la Italia, y no habiéndole querido recibir los de Brindis, se dirigió a Tarento. Navegaba con él desde la Grecia Octavia, que se hallaba a la sazón encinta, y había dado antes a luz otra niña. Rogóle, pues, ésta que la enviara a tratar con el hermano; y habiéndose hallado en el camino con César, a quien acompañaban sus amigos Agripa y Mecenas, se lamentó mucho con ellos, y les hizo repetidos ruegos sobre que no la abandonaran en ocasión que de la más dichosa había venido a ser la más infeliz de las mujeres. “Porque ahora- decíatodos me tienen la mayor consideración por ser mujer y hermana de los emperadores; pero si las cosas paran en mal y se rompe la guerra, en cuanto a vosotros es incierto a quién tiene prescrito el hado el vencer o ser vencido; cuando para mí lo uno y lo otro es miserable y triste”. Vencido César con estas razones, se encaminó de paz a Tarento, donde gozaron los habitantes del magnífico espectáculo de ver en tierra un numeroso ejército, muchas naves surtas en el puerto y los recibimientos y abrazos recíprocos de unos y otros. Túvolos el primero a cenar Antonio, concediendo también esto César al amor de la hermana. Convínose entre ellos que César daría a Antonio dos legiones para la guerra Pártica, y Antonio a César cien naves bronceadas; y Octavia sobre esto recabó del marido veinte buques menores para el hermano, y mil soldados más de éste para aquel. Terminada así su desavenencia, César al punto se dirigió a Sicilia a la guerra contra Pompeyo, y Antonio, encomendándole a Octavia con los hijos habidos de ella y los que tenía de Fulvia, se dio a la vela para el Asia.

XXXVI La más terrible peste, que había estado callada por largo tiempo, es decir, el amor de Cleopatra, que parecía adormecido y debilitado por mejores consideraciones, se encendió y estalló de nuevo al acercarse a la Siria; y por fin el caballo indócil y desbocado del apetito, como se explica Platón, hollando y pisando todo lo honesto y saludable, hizo que enviara a Fonteyo Capitón para conducir a la Siria a Cleopatra. Llegado que hubo, le concedió y añadió a sus provincias, no una cosa pequeña y despreciable, sino la Fenicia, la Celesiria, Chipre y gran parte de la Cilicia, y además todavía la parte de Judea que produce el bálsamo, y de la Arabia Nabatea todo lo que toca al mar exterior. Incomodáronse los Romanos en gran manera con estas donaciones, sin embargo de que a personas particulares daba provincias y reinos de grandes naciones, y a muchos les quitaba también los reinos, como al judío Antígono, al que, traído a su presencia, hizo decapitar, no habiéndose impuesto antes esta pena a ningún rey; pero lo que más insufrible se les hacía era el pasar por la vergüenza de los honores dispensados a Cleopatra. Subió de punto este oprobio habiendo tenido de ella dos hijos gemelos, de los cuales al uno llamó Alejandro y a la otra Cleopatra, y por sobrenombre a aquel, Sol, y a ésta, Luna. Era singular en hacer gala de sus excesos y liviandades; así, decía que la grandeza del imperio de los Romanos no resplandecía en lo que adquirían, sino en lo que donaban, y que la nobleza se dilataba con las sucesiones y descendencias de muchos reyes, y de este modo era como su progenitor venía de Hércules, que no limitó su sucesión a una mujer sola, ni temió a las leyes de Solón y a la cuenta que había de darse de la procreación, sino que se propuso dar a la especie muchos principios y orígenes de familias y linajes.

XXXVII. Habiendo Fraates dado muerte a su padre Hirodes, fueron muchos los Partos que tomaron la huída, y de ellos vino a acogerse a Antonio Moneses, varón muy principal y poderoso, al cual, como asemejase sus infortunios a los de Temístocles y comparase su propio poder y magnanimidad con los de los reyes de Persia, le hizo donación de tres ciudades, Larisa, Aretusa y Hierápolis, llamada antes Bambise. Envió el rey de los Partos quien ofreciera a Moneses su diestra en señal de reconciliación, y Antonio manifestó placer en mandarle, porque tiraba a engañar a Fraates con la idea de la paz, para ver si así recobraría las insignias que tomaron a Craso y los soldados que todavía sobreviviesen. Remitió por entonces a Cleopatra a Egipto, y marchando por la Arabia y la Armenia, donde se le reunieron sus tropas y las de los reyes aliados, que eran muchos, y el más poderoso de todos, Artavasdes, rey de Armenia, que se presentó con diecisiete mil caballos y siete mil infantes, hizo el alarde de su ejército. De los Romanos eran los infantes sesenta mil, y diez mil hombres de caballería de Españoles y Galos incorporados a los Romanos; y de las demás naciones, entre caballería y tropas ligeras, treinta mil hombres. Todo este aparato y este poder, que infundió terror hasta en los Indios de la otra parte de la Bactriana y conmovió toda el Asia, dicen que se inutilizó en su mano a causa de Cleopatra; porque apresurándose a ir a pasar con ella el invierno, precipitó la guerra antes de tiempo, y todo lo hizo arrebatada y tumultuariamente, como hombre que no estaba en su acuerdo, sino que, como con hierbas o hechizos, tenía siempre los ojos puestos en ella, y atendía más a volver cuanto antes a su lado que a domar a los enemigos.

XXXVIII. Porque, en primer lugar, debiera haber invernado en la Armenia, para dar descanso a las tropas, fatigadas con una marcha de ocho mil estadios, y haber ocupado la Media en el principio de la primavera, antes que los Partos movieran de sus cuarteles de invierno; y no teniendo paciencia para esperar tanto tiempo, marchó desde luego con el ejército, dejando a la izquierda la Armenia, y tocando en la región Atropatena, se puso a talar el país. Después de esto, conduciendo en trescientos carros las máquinas de sitio, entre las que había un ariete de ochenta pies de largo, y de las cuales ninguna que se destruyese podía ser reparada con tiempo, por no producir todo aquel país superior sino maderas ruines y blandas, con la prisa las dejó como estorbos de su ligera marcha encomendadas a una guardia, de la que era comandante Estaciano, y se fue a poner sitio a Fraata, ciudad populosa, en la que se hallaban los hijos y las mujeres del rey de la Media. La necesidad le convenció bien presto del error que había cometido en dejar las máquinas, teniendo que recurrir al medio de levantar contra la ciudad grandes trincheras a costa de mucho tiempo y trabajo. Bajó en esto con poderoso ejército Fraates, y enterado de que habían quedado atrás los carros de las máquinas, envió contra ellos una gruesa división de caballería, por la que, sorprendido Estaciano, murió en la acción, y diez mil hombres con él. Tomaron además los bárbaros las máquinas, y las destruyeron e hicieron gran número de cautivos, siendo uno de ellos el rey Polemón.

XXXIX. Mortificó este suceso, como era indispensable, a todo el ejército de Antonio, por haber sufrido tan inesperado descalabro, y Artavasdes, rey de Armenia, abandonando el partido de los Romanos, se retiró con sus tropas, a pesar de que había sido el principal instigador de aquella guerra. Acudieron con intrepidez los Partos contra los sitiadores, haciéndoles injuriosas amenazas, y no queriendo Antonio que estando el ejército en inacción prendiera y se aumentara en él el desaliento, tomó diez legiones, tres cohortes pretorias de infantería y todos los caballos, y marchó con estas tropas a acopiar víveres, pensando que así atraería mejor a los enemigos y vendrían a una batalla campal. Había hecho un día de marcha, y viendo que los Partos le iban alrededor, buscando el caer sobre él en el camino, puso en el campamento la señal de batalla, y levantando después las tiendas, como si no hubiera de pelear, pasó por delante de la hueste de los bárbaros, que estaba formada en media luna, dando la orden de que cuando se viera que los más avanzados de los enemigos estaban al alcance de los legionarios, les diera una carga de caballería. A los Partos, que se mantenían a distancia, les pareció superior a todo elogio la formación de los Romanos, y observaban atentos cómo iban pasando con ciertos claros compasados, sin desorden y en silencio, blandiendo las lanzas. Dada la señal, acometió con algazara la caballería; los Partos se defendieron en sus puestos, aunque desde luego estuvieron al alcance de los dardos; mas cuando acometió la infantería, espantados los caballos de los Partos con sus gritos y el estruendo de las armas, y asustados también estos mismos, dieron a huir antes de venir a las manos. Siguióles Antonio el alcance concibiendo esperanza cierta de que con aquella batalla, o se daba fin a la guerra, o se estaba cerca de él; pero cuando, después de haberlos perseguido los infantes por espacio de cincuenta estadios y la caballería por tres tantos más, se halló, al hacer el recuento de los muertos y cautivos, que éstos no eran más que treinta y aquellos no pasaban tampoco de ochenta, fue grande la incertidumbre y desaliento en que cayeron, al hacer la triste reflexión de que, si vencían, no acababan sino con un número muy corto, y si eran vencidos, tenían una pérdida tan terrible como la que tuvieron en la acción en que perdieron los carros. Movieron al día siguiente para volver al sitio y campamento delante de Fraata; y al principio dieron en el camino con unos cuantos enemigos, después con muchos más, y por fin con todos, que como invictos y con nuevas fuerzas los provocaban e intentaban acometerles por todas partes; tanto, que no sin gran dificultad y trabajo pudieron llegar salvos al campamento; y como los Medos de adentro hubiesen hecho una salida contra las trincheras y hubiesen infundido terror en las avanzadas, irritado Antonio recurrió a la pena de diezmar a los que se habían manifestado cobardes, porque, formándolos por decenas, de cada una pasó por las armas al que le tocó la suerte, y a los que quedaron mandó que, en lugar de trigo, les distribuyeran cebada.

XL. Hacíase a unos y a otros difícil esta guerra, y lo futuro les infundía igual miedo: a Antonio, porque temía el hambre y no veía el modo de hacer acopios sin heridos y muertos, y a Fraates, porque sabía que los Partos todo lo podían sufrir menos la intemperie y pasar las noches al raso en el invierno; por lo que tenía el recelo de que, si los Romanos aguantaban y permanecían, lo abandonasen sus tropas, pues ya habían empezado los fríos apenas pasado el equinoccio de otoño. Discurrió, pues, el siguiente ardid: aquellos Partos más conocidos, cuando se encontraban con los Romanos a ir a buscar víveres o a otros menesteres, los trataban con más blandura, y aun disimulaban cuando los veían tomar algunas cosas, celebrando su valor como de unos buenos guerreros, admirados con razón aun de su mismo rey. Con esto ya luego se llegaban más cerca, y parando los caballos, motejaban a Antonio de que, estando Fraates dispuesto a la paz por lástima de tantos y tan valientes soldados, no se prestaba aquel, ni daba la menor ocasión, sino que se estaba muy tranquilo, dando lugar a que sobrevinieran otros enemigos más terribles, el hambre y el invierno, de los que les sería difícil librarse, aun cuando los Partos se propusieran acompañarlos. Como muchos acudiesen a Antonio con estas relaciones, empezó a ceder y ablandarse con la esperanza; mas, sin embargo, no se resolvió a entrar en tratados con el Parto sin haber antes averiguado de aquellos bárbaros, que tan benignos se mostraban, si el rey pensaba como ellos. Contestáronle que sí, y aun exhortaron a que no se tuviera ningún recelo o desconfianza; ya con esto Antonio envió a algunos de sus más allegados con la proposición de que le entregara los cautivos y las insignias, para que no pareciese que lo que únicamente buscaba era salvarse y huir. Respondiéndole el Parto que sí, dejadas a un lado aquellas reclamaciones, se retiraba, al punto tendría seguridad y paz; tomó en pocos días sus disposiciones, y se puso en marcha. Mas con ser el más elocuente de su tiempo para mover al pueblo y llevarse tras sí un ejército, de vergüenza y aburrimiento no se atrevió a alentar por sí mismo a las tropas, sino que dio este encargo a Domicio Enobarbo, con lo que algunos se incomodaron, teniéndolo a desprecio; pero los más lo llevaron a bien, y reflexionando el motivo, por lo mismo creyeron que debían ser más sumisos y obedientes al general.

XLI. Su intención era regresar por el mismo camino, que era llano y despejado de árboles; pero un Árabe del país de los Mardos, que en gran parte había contraído la costumbre de los Partos, y que ya se había mostrado fiel a los Romanos en la batalla de las máquinas, se llegó a Antonio y le previno que se retirara llevando siempre los montes a la derecha, y no expusiera un ejército, en su mayor parte de infantería y armado pesadamente, en un terreno desnudo y abierto a las cargas y a las saetas de una caballería tan numerosa; pues ésta había sido la intención de Fraates en hacerle abandonar el sitio bajo condiciones tan benignas, y que él mismo le guiaría por un camino mucho más corto, y en el que tendría mayor abundancia de víveres. Antonio, al oírle, se puso a reflexionar, y aunque por una parte no quería que pareciese desconfiaba de los Partos después del tratado, por otra le era muy grato el atajo del camino y el que la marcha fuese por aldeas habitadas; así, pidió al que quería ser conductor alguna prenda para creerle. Prestóse él a que le tuvieran aprisionado hasta haber puesto el ejército en la Armenia, y por dos días fue de guía atado sin que ocurriese novedad; pero al tercero, cuando ya Antonio no pensaba en los Partos, y por la misma confianza caminaba sin la menor cautela, observó el Mardo que una presa que había en el río estaba recientemente rota, y el agua se derramaba con abundancia por el camino que había de llevar, lo que le hizo comprender que aquello era obra de los Partos, con el objeto de que el río los enredara y detuviera. Hizo, pues, que Antonio lo viese y observase, para que viniera en conocimiento de que los enemigos estaban cerca, y aun no había acabado de formar sus tropas, disponiendo una carga de los ballesteros y honderos contra los enemigos, cuando ya se presentaron los Partos, y corrieron a envolver y cortar por todos lados el ejército. Marcharon contra ellos las tropas ligeras; y causando en éstas muchas heridas con sus tiros, y no recibiéndolas menores de las saetas y pelotas de plomo que se les arrojaban, se retiraron. Repitieron otra vez el mismo choque, hasta que, volviendo los Celtas contra ellos sus caballos, los acometieron con viveza y los dispersaron, sin que en todo aquel día volvieran a parecer.

XLII. Viendo con esto Antonio cómo debía conducirse, protegió con muchos ballesteros y honderos, no sólo la retaguardia, sino también uno y otro flanco, y caminando con su hueste en cuadro, dio orden a la caballería de que los acometiera y rechazara, y rechazados no les siguiera lejos el alcance; de manera que los Partos, habiendo experimentado en cuatro días seguidos que nada habían podido adelantar, ni habían causado más daño que el que habían recibido, empezaron a aflojar, y pensaban en retirarse, poniendo la estación por excusa; pero al quinto día Flavio Galo, buen militar, emprendedor y que se hallaba con mando, se llegó a Antonio y le pidió que le permitiera tomar mayor número de tiradores de retaguardia y algunos caballos de los del frente, como para hacer una cosa memorable, dióselos, y al cargar los enemigos los rechazó, no como antes, retirándose luego a incorporarse con la infantería, sino permaneciendo y trabando un combate, reñido. Viendo los comandantes de retaguardia que se había desunido, lo enviaron a llamar, pero él no hizo caso. Dícese que el cuestor Ticio, echando mano a las insignias, retrocedió, y reconvino con denuestos a Galo de que no hacía mas que perder a los mejores y más valientes soldados; pero éste le volvió las injurias, y mandando a su tropa que permaneciese, Ticio se retiró; mas Galo, arrojándose denodadamente sobre los enemigos que tenía al frente, no observó que le cercaban y envolvían muchos por la espalda. Herido, pues, y acosado por todas partes, envió a pedir auxilio; los capitanes que mandaban la infantería, de los cuales era uno Canidio, hombre de grande influjo y poder cerca de Antonio, cometieron, como lo puede juzgar cualquiera, un grandísimo yerro, pues cuando debían acometer con toda la hueste apiñada, enviando de auxilio partidas pequeñas, y vencidas aquellas, otras, no vieron que de aquella manera iban a poner en derrota y en fuga todo el ejército; y así habría sucedido, a no haber acudido el mismo Antonio desde el frente con la infantería, y haber mandado a la legión tercera que por entre los que huían penetrase contra los enemigos, con lo que los contuvo en su persecución.

XLIII. Murieron sobre unos tres mil hombres, y se condujeron a las tiendas cinco mil heridos; entre ellos el mismo Galo, pasado de frente por cuatro saetas; pero éste no sanó de las heridas. A los demás los visitó y alentó Antonio, llorando sobre sus males y mostrándose compadecido; ellos, contentos, tomándole la diestra, le rogaban al retirarse que se cuidara y no se afligiese, saludándole con el dictado de emperador y diciéndole que se tenían por salvos con que él tuviera salud. Porque puede decirse que ni en robustez ni en sufrimiento ni en edad mandó general ninguno de los de aquella época un ejército más brillante que el suyo; así como, por otra parte, en el respeto al general, en la obediencia unida con el amor y en el preferir todos unánimemente, ilustres, plebeyos, caudillos y particulares, el ser honrados y apreciados de Antonio a su propia salud, a ninguno de los antiguos romanos concedía ventaja. Concurrían para esto las muchas causas que hemos dicho: su ilustre origen, su facundia y elocuencia, su munificencia y liberalidad, y su gracia y humor festivo para los chistes y para el trato. Entonces, condoliéndose y sintiendo con los que padecían, y dando a cada uno lo que le hacía falta, todavía más prontos para todo que los sanos a los enfermos y heridos.

XLIV. Cuando ya los enemigos desmayaban y cedían, de tal modo los engrió esta victoria, y hasta tal punto despreciaron a los Romanos, que aun por la noche se acercaron a su campamento, esperando saquear de un momento a otro sus tiendas vacías y sus equipajes abandonados. A la mañana se reunieron en mucho mayor número, pues se dice que no bajaban de cuarenta mil caballos, enviando el rey hasta los de su guardia, como a una victoria cierta y segura, pues él en persona no se encontró en ninguna batalla. Queriendo Antonio hablar a los soldados, pidió la toga de duelo para comparecer a sus ojos en estado más abatido; pero habiéndose opuesto a ello sus amigos, les arengó con el mando de general, alabando y aplaudiendo a los vencedores e improperando a los fugitivos, a lo que contestaron los primeros dándoles nuevas seguridades e inspirándole mayor confianza, y los segundos excusándose y ofreciéndose a que si quería los diezmase o los castigase de cualquier otra manera, no queriendo otra cosa sino que dejara de estar triste y desconsolado. Entonces, tendiendo al cielo las manos, hizo a los dioses la plegaria de que si por su anterior prosperidad tenían resuelto tomar alguna, venganza, toda recayera sobre él, dando al ejército salud y la victoria.

XLV. Al día siguiente continuaron su marcha mejor defendidos; y los Partos, cuando se presentaron a quererlos acometer, se encontraron con una extraña novedad; porque cuando creían que eran venidos a saquear y robar, y no a una batalla, cayó sobre ellos una nube de dardos, y viendo a los Romanos valerosos y esforzados, volvieron otra vez a desalentarse. Al bajar éstos de unos collados bastante pendientes, repitieron su ataque, acometiéndolos en la lenta marcha que llevaban; entonces, volviéndose la infantería, encerró dentro de su formación a las tropas ligeras, y poniendo los primeros la rodilla en tierra, presentaron sus escudos. Los que formaban después pusieron sus escudos sobre éstos, y lo mismo respecto de éstos los otros; y esta disposición, que es muy semejante a la forma de un tejado, sobre ofrecer una vista teatral, es la más fuerte de las formaciones para hacer que se resbalen los dardos. Los Partos, cuando vieron a los Romanos poner la rodilla en tierra, creyeron que aquello era darse por perdidos y efecto del cansancio, por lo que no quisieron valerse ya de los arcos, sino que echando mano a las lanzas, se fueron a combatir de cerca; mas entonces los Romanos, levantándose de repente y alzando grande gritería, los rechazaron con sus chuzos, y habiendo dado muerte a los primeros qu