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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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ARTÍCULOS
SÓFOCLES
Y EURÍPIDES
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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ARÍSTIDES
I. Aristides, hijo de Lisímaco, era de
la tribu Antióquide y de la curia Alopecense. Acerca de
su patrimonio corren diferentes opiniones, diciendo algunos que
pasó su vida en continua pobreza, y que a su muerte dejó
dos hijas, que estuvieron mucho tiempo sin casar por la estrechez
de su fortuna. Mas contra esta opinión, sostenida por muchos,
tomó partido Demetrio Falereo en su Sócrates, refiriendo
que en Falera conoció cierto territorio que se decía
de Aristides, en el que había sido sepultado. Hay además
algunos indicios de que su casa era acomodada, de los cuales es
uno el haber obtenido por suerte la dignidad de Epónimo,
que no se sorteaba sino entre los que eran de las familias que
poseían el mayor censo, a los que llamaban quinienteños.
Otro indicio es el ostracismo, porque no le sufría ninguno
de los pobres, sino los que eran de casas grandes, sujetos a la
envidia por la vanidad del linaje. Tercero y último, haber
dejado en el templo de Baco, por ofrenda de la victoria obtenida
con un coro, unos trípodes que todavía se muestran
hoy, conservando esta inscripción: La tribu Antióquide
venció; conducía el coro Aristides, y Arquéstrato
fue el que ensayó el coro. Pero éste, que
parece el más fuerte, es sumamente débil; porque
también Epaminondas, que nadie ignora haberse criado y
haber vivido en suma pobreza, y Platón el filósofo,
dieron unos coros que merecieron aprecio: el uno de flautistas,
y el otro, de jóvenes llamados cíclicos, suministrando
a éste para el gasto Dión de Siracusa, y a Epaminondas,
Pelópidas; no estando los hombres de bien reñidos
en implacable e irreconciliable guerra con las dádivas
de los amigos, sino que teniendo por indecorosas y bajas las que
se reciben por avaricia, no desechan aquellas que no se toman
por lucro, sino para cosas de honor y lucimiento. Panecio manifiesta
que, en cuanto al trípode, se dejó engañar
Demetrio de la semejanza de los nombres. Desde la guerra pérsica
hasta el fin de la del Peloponeso sólo se halla, en efecto,
haber vencido con coro dos Aristides, de los cuales ninguno era
este hijo de Lisímaco, sino que el padre de uno fue Jenófilo
y el otro fue mucho más moderno; como lo convencen el modo
de la escritura, que es de tiempo posterior a Euclides, y el hablarse
de Arquéstrato, de quien en el tiempo de la guerra pérsica
ninguno dice que fuese maestro de coros, cuando en el tiempo de
la del Peloponeso son muchos los que lo atestiguan; mas esto de
Panecio necesita de mayor examen. Por lo que hace al ostracismo,
incurría en él todo el que parecía sobresalir
entre los demás por su fama, por su linaje o por su facundia
en el decir; así es que Damón, maestro de Pericles,
sufrió el ostracismo por parecer que era aventajado en
prudencia, e Idomeneo dice que Aristides fue Arconte no por suerte,
sino por elección de los Atenienses; y si fue llamado al
mando después de la batalla de Platea, como el mismo Demetrio
dice, es muy probable que en tanta gloria, y después de
tales hazañas, se le contemplase por su virtud digno de
aquella autoridad, que otros alcanzaban por sus riquezas. De otra
parte, es bien sabido que Demetrio, no sólo en cuanto a
Aristides, sino también en cuanto a Sócrates, tomó
el empeño de eximirle de la pobreza como de un gran mal;
porque dice que éste no sólo tenía una casa,
sino setenta minas puestas a logro en casa de Critón.
II. Aristides trabó amistad con Clístenes, el que
restableció el gobierno después de la expulsión
de los tiranos; mirando especialmente con emulación y asombro,
entre todos los dados a la política, a Licurgo, legislador
de los Lacedemonios, se inclinó al gobierno aristocrático,
pero tuvo por rival para con el pueblo a Temístocles, hijo
de Neocles. Algunos refieren que, siendo ambos muchachos, y educados
juntos desde el principio, siempre disintieron el uno del otro,
tanto en las cosas de algún cuidado como en las de recreo
y diversión, y que al punto se manifestaron sus caracteres
por esta especie de contrariedad; siendo el del uno blando, manejable
y versátil, prestándose a todo con facilidad y prontitud,
y el del otro, firme en un propósito, inflexible en cuanto
a lo justo y enemigo de la mentira, de las chanzas y del engaño,
aun en las cosas de juego. Aristón de Ceo dice que la enemistad
de ambos dimanó de ciertos amores, hasta llegar al último
punto: porque enamorados de Estesilao, natural de Ceo, sumamente
gracioso en la forma y figura de su cuerpo, llevaron tan mal la
competencia, que aun después de marchita la hermosura de
aquel joven no cesaron en su oposición; sino que como si
se hubieran ensayado en aquel objeto, con el mismo afecto pasaron
al gobierno, acalorados y encontrados el uno con el otro. Y Temístocles,
dándose a cultivar amistades, alcanzó un influjo
y poder de ningún modo despreciable; así es que
a uno que le propuso que el modo de gobernar bien a los Atenienses
sería el que se mostrase igual e imparcial a todos: No
querría- le respondió- sentarme en una silla en
la que no alcanzaran más de mí los amigos que los
extraños; mas Aristides, manteniéndose solo,
siguió en el gobierno otro camino particular: lo primero,
porque ni quería tener condescendencias injustas con sus
amigos ni tampoco disgustarlos, no haciéndoles favores;
lo segundo, porque veía que el poder de los amigos alentaba
a muchos para ser injustos, y él entendía que el
buen ciudadano no debía poner su confianza sino en hacer
y decir cosas justas y honestas.
III. Promovía Temístocles muchas cosas arriesgadas,
y en todo lo relativo a gobierno le contradecía y estorbaba;
por lo que se vio Aristides precisado a oponerse a muchos de los
intentos de aquel; unas veces para defenderse, y otras para contener
su poder, acrecentado por el favor del pueblo: teniendo por menos
malo privar a la ciudad de alguna cosa beneficiosa que no el que
aquel se envalentonase saliéndose con todo. De modo que
en una ocasión, habiendo Temístocles propuesto una
cosa conveniente, la resistió, sin embargo, y repugnó,
aunque no pudo estorbarla, y al retirarse de la junta pública
prorrumpió en la expresión de que no podría
salvarse la república de Atenas si a Temístocles
y a él no los arrojaban en una sima. En otra ocasión
propuso al pueblo un proyecto de decreto, y aunque fue muy contradicho
y disputado, conoció que iba a prevalecer; y cuando ya
se estaba para recoger los votos de orden del Arconte, convencido,
desengañado por la discusión, de lo que convenía,
retiró su proposición. Muchas veces hizo sus propuestas
por medio de otros, a fin de evitar que su contraposición
con Temístocles sirviese de impedimento para lo que era
de bien público. Mas lo que sobre todo pareció maravilloso
fue su igualdad en las mudanzas a que expone el mando, no engriéndose
con los honores y manteniéndose siempre tranquilo y sosegado
en las adversidades, por estar en la inteligencia de que exigía
el bien de la patria que en servirla se mostrase desinteresado,
no sólo con respecto a la riqueza, sino con respecto también
a la gloria. De aquí provino, sin duda, que representándose
en el teatro estos yambos de Esquilo, relativos a Anfiarao, Quiere
no parecer, sino ser justo: En su alma el saber echadas tiene
hondas raíces, y copioso fruto de excelentes y útiles
consejos, todos se volvieron a mirar a Aristides, como que de
él era propia aquella virtud.
IV. No sólo contra la benevolencia y el agrado, sino también
contra la ira y enemistad, era bastante poderoso a resistir por
sostener lo justo. Dícese, pues, que persiguiendo una ocasión
a un enemigo en el tribunal, como no quisiesen los jueces, después
de la acusación, oír al tratado como reo, sino que
pidiesen el pasar a votar contra él, se puso Aristides
a su lado a pedir también que se le diese audiencia y fuese
tratado conforme a las leyes. Juzgaba otra vez a dos particulares,
y diciendo el uno que su contrario había hecho muchas cosas
en defensa de Aristides, le contestó: No, amigo;
tú di si te ha hecho a ti alguna ofensa, porque no soy
yo, sino tú, el que ha de ser juzgado. Eligiéronle
procurador de las rentas públicas, y no sólo descubrió
que habían sustraído caudales los Arcontes de su
tiempo, sino también los que le habían precedido,
y más especialmente Temístocles. Que era largo de
manos, aunque sabio. Por esta causa suscitó éste
a muchos contra Aristides, y persiguiéndole al dar sus
cuentas hizo que se le formase causa y condenase por ocultación,
según dice Idomeneo: pero como por ello se hubiesen disgustado
los primeros y más autorizados de la ciudad, no sólo
salió libre de todo cargo y multa, sino que volvieron a
elegirle para la misma magistratura. Hizo como que estaba arrepentido
de su primer método, manifestándose más benigno;
con lo que tuvo gratos a los usurpadores de los caudales públicos,
porque no se lo echaba en cara ni llevaba las cosas con rigor;
de manera que, enriquecidos con sus rapiñas, colmaban de
alabanzas a Aristides e intercedían ansiosos con el pueblo
para que todavía le eligieran otra vez; mas cuando ya iban
a votarle, increpó a los Atenienses, diciéndoles:
¡Conque cuando me conduje bien y fielmente me maltratasteis,
y cuando he dejado abandonados crecidos caudales en manos rapaces
me tenéis por el mejor ciudadano! Pues más me avergüenzo
del honor que ahora me hacéis que de la injusticia pasada;
y me indigno contra vosotros, para quienes parece más glorioso
el favorecer a los malos que defender los intereses de la república.
Dicho esto, descubrió las malversaciones, con lo que hizo
callar a sus panegiristas y encomiadores, y recibió de
los hombres de bien una verdadera y justa alabanza. V- Cuando
Datis, enviado por Darío en apariencia a tomar venganza
de los Atenienses por haber incendiado a Sardis, pero en realidad
a subyugar a los Griegos, se apoderó de Maratón
y arrasó la comarca, entre los generales nombrados por
los Atenienses para aquella guerra tenía el mayor crédito
Milcíades, pero en gloria e influjo era Aristides el segundo;
y habiéndose adherido entonces, en cuanto a la batalla,
al dictamen de Milcíades, no fue quien menos lo hizo prevalecer.
Alternaban los generales en el mando por días, y cuando
le llegó su turno lo pasó a Milcíades, enseñando
así a sus colegas que el obedecer y sujetarse a los más
entendidos, no sólo es un desdoro, sino más bien
laudable y provechoso. Calmando por este término la emulación,
y haciendo entender a todos cuánto convenía gobernarse
por la inteligencia y disposiciones de uno solo, dio mayor aliento
a Milcíades, asegurándolo en sus proyectos con no
tener que alternar en la autoridad: porque no haciendo ya cuenta
con mandar cada uno en su día, le quedó a aquel
indivisa. En la batalla, habiendo sido el centro de los Atenienses
el más combatido, por haber cargado los bárbaros
con el mayor encarnizamiento contra las tribus Leóntide
y Antióquide, pelearon valerosamente Temístocles
y Aristides, que formaban muy cerca el uno del otro, por ser de
la Leóntide aquel y de la Antióquide éste.
Como después de haber puesto en retirada a los bárbaros
y haberse embarcado éstos observasen los Atenienses que
no hacían rumbo hacia las islas, sino que el viento y el
mar los impelían hacia afuera, con dirección al
Ática, temiendo no se hallase la ciudad falta de defensores,
se encaminaron solícitos hacia ella con las nueve tribus,
y concluyeron su marcha en el mismo día. Quedó en
Maratón Aristides con su tribu para custodia de los cautivos
y de los despojos, y no frustró la opinión que de
él se tenía, sino que habiendo copia de oro y plata,
de ropas de todos géneros y de toda suerte de efectos en
número increíble en las tiendas y en los buques
apresados, ni él mismo tocó a nada, ni permitió
que tocase ninguno otro, a no ser que algunos ocultamente tomasen
alguna cosa; de cuyo número fue Calias el daduco portaantorcha;
porque, a lo que parece, a éste fue a presentársele
uno de los bárbaros, creyendo, por la cabellera y por el
turbante, que era un rey, y saludándole y tomándole
la diestra le manifestó que había mucho oro enterrado
en cierto hoyo; y Calias, hombre el más cruel y el más
injusto, fue, cogió el oro, y al bárbaro, para que
no lo revelara a otros, le quitó la vida. De aquí
dicen que viene el que los cómicos llamen a los de su parentela
ricos de hoyo, con alusión al lugar en que Calias encontró
aquel oro. Dióse inmediatamente después a Aristides
la dignidad de Epónimo, aunque Demetrio Falereo es de opinión
que la obtuvo poco antes de su muerte, después de la batalla
de Platea. Con todo, en los fastos después de Jantípides,
en cuyo año fue vencido Mardonio en Platea, en muchos años
no se encuentra ninguno denominado Aristides, y después
de Fanipo, en cuyo tiempo se alcanzó la victoria de Maratón,
en seguida está escrito el nombre del Arconte Aristides.
VI Entre todas sus virtudes, la que más se dio a conocer
al pueblo fue la justicia, porque su utilidad es más continua
y comprende a todos: así, un hombre pobre y plebeyo alcanzó
el más excelente y divino renombre, llamándole todos
el justo; renombre a que no aspiró nunca ninguno de los
reyes ni de los tiranos, queriendo más algunos de ellos
apellidarse sitiadores, fulminadores, vencedores y aun algunos
águilas y gavilanes: prefiriendo, a lo que parece, la gloria
que dan la fuerza y el poder a la que proviene de la virtud. Y
si lo admirable y divino, en cuya posesión y goce tanto
manifiestan complacerse, se distingue principalmente por estas
tres calidades, indestructibilidad, poder y virtud, de ellas ésta
es la más respetable y divina; porque lo indestructible
conviene también al vacío y a los elementos, y poder
lo tienen grande los terremotos, los rayos, los remolinos de viento
y las inundaciones de los torrentes; de lo justo y del derecho
nada hay, en cambio, que participe sino siguiendo los dictámenes
de la razón y de la prudencia. Por tanto, siendo asimismo
tres los afectos que en los más de los hombres excita lo
divino, a saber: deseo, miedo y respeto, aspiran, como que en
ello consiste su felicidad, por lo indestructible y eterno; temen
y se sobresaltan con la dominación y el poder; pero aman,
acatan y veneran a la justicia. Y con ser esto así, ansían
por la inmortalidad, que nuestra caduca naturaleza no admite,
y por el poder, que en la mayor parte depende de la fortuna; poniendo
en el último lugar a la virtud, de todos estos bienes que
reputamos divinos el único que está en nuestro albedrío;
en lo que van muy engañados, no reflexionando que a la
vida pasada en el poder y la fortuna la justicia la hace digna
de los dioses, y la injusticia, propia de las fieras.
VII. Aunque a Aristides al principio le fue muy lisonjero aquel
sobrenombre, últimamente vino a conciliarle envidia, principalmente
por el cuidado que puso Temístocles en sembrar el rumor
entre la muchedumbre de que Aristides, haciendo inútiles
los tribunales con meterse a juzgarlo y decidirlo todo, aspiraba
sordamente a prepararse sin armas una monarquía. Además
de esto, engreído el pueblo con la victoria, y creído
de que de todo era por sí capaz, no podía aguantar
a los que tenían un nombre y una fama que oscurecían
a los demás. Concurriendo, pues, a la ciudad de todas partes,
destierran a Aristides por medio del ostracismo, apellidando miedo
de la tiranía lo que era envidia de su gloria. Porque el
ostracismo no era pena de alguna mala acción, sino que
por cierta delicadeza se le llamaba humillación y castigo
del orgullo, y de un poder inaguantable, cuando en realidad no
era más que un suave consuelo de la envidia, que no usaba
medios insufribles, sino que se libraba, con una mudanza de país
por diez años, de una incómoda molestia; cuando
más tarde algunos empezaron a sujetar a esta especie de
destierro a hombres bajos y conocidamente malos, de los cuales
el último fue Hipérbolo, hubieron de abandonarla.
Dícese que para sujetar a Hipérbolo al ostracismo
sucedió lo siguiente: desacordaban entre si Alcibíades
y Nicias, que eran los de mayor influjo en la ciudad, y cuando
el pueblo iba a echar la concha, sabiendo los unos de los otros
a quién iban a escribir en ella, se confabularon por fin
ambos partidos, y, de común convenio, trataron de desterrar
a Hipérbolo. Reflexionó luego el pueblo, y creyendo
desacreditado y afrentado aquel medio político, lo dejó
y abolió para siempre. Explicaremos en pocas palabras lo
que era aquel medio: tomaba cada uno de los ciudadanos una concha,
y escribiendo en ella el nombre del que quería saliese
desterrado, la llevaba a cierto lugar de la plaza cerrado con
verjas. Contaban luego los Arcontes primero el número de
todas las conchas que allí había, porque si no llegaban
a seis mil los votantes, no había ostracismo. Después
iban separando los nombres, y aquel cuyo nombre había sido
escrito en más conchas era publicado como desterrado por
diez años, dejándosele disponer de sus cosas. Estaban
en esta operación de escribir las conchas, cuando se dice
que un hombre del campo, que no sabía escribir, dio la
concha a Aristides, a quien casualmente tenía a mano, y
le encargó que escribiese Aristides; y como éste
se sorprendiese y le preguntase si le había hecho algún
agravio: Ninguno- respondió-, ni siquiera lo conozco,
sino que ya estoy fastidiado de oír continuamente que le
llaman el justo; y que Aristides, oído esto, nada
le contestó, y escribiendo su nombre en la concha, se la
volvió. Desterrado de la ciudad, levantando las manos al
cielo, hizo una plegaria enteramente contraria a la de Aquiles,
pidiendo a los Dioses que no llegara tiempo en que los Atenienses
tuvieran que acordarse de Aristides.
VIII. Al cabo de tres años, cuando Jerjes por la Tesalia
y la Beocia se encaminaba contra el Ática, abolieron la
ley, y permitieron a todos los desterrados la vuelta; por temor,
principalmente, de que Aristides, uniéndose con los enemigos,
sedujese y atrajese a muchos de los ciudadanos al partido del
bárbaro; en lo que manifestaron no conocer bien a este
insigne varón, que antes de aquella providencia estaba
ya trabajando en acalorar a los Griegos para defender su libertad,
y después de ella, siendo Temístocles el que tenía
el mando absoluto, nada dejó por hacer, de obra o de consejo,
para que con la salvación de todos alcanzara su enemigo
la mayor gloria. Porque teniendo Euribíades resuelto abandonar
a Salamina, como las galeras de los bárbaros, dando por
la noche la vela y, navegando en círculo, hubiesen tomado
el paso y las islas, sin que nadie tuviese conocimiento de este
bloqueo, Aristides vino apresuradamente de Egina, pasando por
entre las naves enemigas, presentóse asimismo por la noche
en la cámara de Temístocles, le llamó afuera
a él solo, y le habló de esta manera: Nosotros
¡oh Temístocles!, si es que tenemos juicio, nos olvidaremos
de nuestra vana y juvenil discordia y entablaremos otra contienda
más saludable y digna de loor, disputando entre los dos
sobre salvar a la Grecia: tú, como caudillo y general,
y yo, como soldado y consejero: puesto que sé que tú
solo has tomado la mejor resolución, ordenando que se trabe
combate cuanto antes en este estrecho; y cuando nuestros aliados
te se oponían, parece que los enemigos se han puesto de
tu parte. Porque el mar al frente y todo alrededor está
ya ocupado por naves enemigas, de manera que aun los que rehusaban
se ven en la necesidad de mostrar valor y entrar en combate, por
haberse cortado todo camino a la retirada. Respondióle
a esto Temístocles: No permitiré ¡oh
Aristides! que en esta ocasión me excedas en virtud, sino
que, contendiendo con tu glorioso propósito, procuraré
aventajarme en las obras; y dicho esto, le descubrió
el engaño y estratagema de que se había valido con
el bárbaro, exhortándolo a que persuadiera a Euribíades
y le hiciera ver que no había arbitrio para salvarse sin
combatir, porque a él le creería mejor. Así
es que en la conferencia de los generales, diciendo Cleócrito
de Corinto a Temístocles que ni Aristides aprobaba su dictamen,
pues que hallándose presente callaba, replicó Aristides:
No callaría yo de ninguna manera si Temístocles
no propusiese lo mejor; mas ahora guardo silencio, no porque le
tenga consideración, sino porque soy de su parecer.
IX. Esto fue lo que pasó entre los caudillos de la armada
de los Griegos; mas Aristides, sabedor de que Psitalea, que es
una isla pequeña junto al estrecho de Salamina, había
sido ocupada por gran número de enemigos, tomó consigo
en unas lanchas a los ciudadanos más decididos y animosos,
aportó a la isleta, y trabando combate con los bárbaros
les dio muerte a todos, a excepción de unos cuantos de
los más distinguidos entre ellos, a quienes hizo cautivos.
Entre éstos había tres hijos de una hermana del
rey, llamada Sandauca, los cuales remitió al instante a
Temístocles, y se dice que de mandato del agorero Eufrántides
fueron sacrificados, según cierto oráculo, a Baco
Omesta. En seguida, distribuyendo Aristides soldados de infantería
por toda la isla los tuvo en celada contra los que aportasen a
ella; mal de modo que en nada ofendiesen a los amigos ni dejasen
ir salvos a los enemigos: pues parece que el principal concurso
de las naves y lo más recio de la batalla vino a ser hacia
aquel punto por lo que levantó trofeo en Psitalea. Después
de la batalla, queriendo Temístocles probar a Aristides,
le dijo que, si bien era muy grande la obra que habían
hecho, todavía les faltaba lo mejor, que era tomar el Asia
en la Europa, navegando velozmente al Helesponto y cortando el
puente; mas como le replicase Aristides que debía abandonarse
aquel pensamiento y ver cómo harían que el Medo
saliese cuanto antes de la Grecia, no fuese que encerrado por
falta de salida la necesidad le obligase a defenderse con tan
inmensas fuerzas, Temístocles despachó al eunuco
Arnaces, que era uno de los cautivos, para que dijese al rey en
secreto que él había disuadido a los Griegos del
intento de ir a cortar los puentes, con el objeto de que el rey
se pusiese en salvo.
X. Cobró Jerjes miedo con esta noticia, y así,
a toda priesa se encaminó al Helesponto. Quedó en
Grecia Mardonio, que tenía consigo lo más aguerrido
del ejército, en número unos trescientos mil hombres,
fuerza con que se hacía temible, poniendo principalmente
su esperanza en la infantería, y con la que amenazaba a
los Griegos, a quienes escribió en estos términos:
Vencisteis con marítimos leños a unos hombres
de tierra adentro, poco diestros en manejar el remo; pero ahora
la tierra de los Tésalos es llana y los campos de los Beocios
muy a propósito para combatir con caballería e infantería.
A los Atenienses les escribió aparte a nombre del rey,
prometiéndoles que levantaría de nuevo su ciudad,
los colmaría de bienes y les daría el dominio sobre
los demás Griegos, con tal que se apartasen de la guerra.
Entendiéronlo los Lacedemonios, y concibiendo temor enviaron
a Atenas mensajeros con la propuesta de que mandaran a Esparta
sus mujeres y sus hijos, y que para sus ancianos tomasen de los
mismos Lacedemonios el sustento necesario: pero era extrema la
miseria de los Atenienses, habiendo perdido sus campiñas
y su ciudad. Oídos los mensajeros, les dieron, siendo Aristides
quien propuso el decreto, una admirable respuesta; diciéndoles
que a los enemigos les perdonaban el que creyesen que todo se
compraba con el dinero y las riquezas, pues que no conocían
cosas de más precio, pero no podían llevar con paciencia
que los Lacedemonios sólo pusiesen la vista en la pobreza
y miseria que afligía a los Atenienses, olvidándose
de la virtud y del honor, para proponerles que por el precio del
alimento combatieran en defensa de la Grecia. Así lo escribió
Aristides; y convocando a unos y a otros embajadores a la junta
pública, a los de los Lacedemonios les encargó dijesen
además que no había bastante oro, ni sobre la tierra
ni debajo de ella, que igualara en valor, para los Atenienses,
a la libertad de los Griegos; y vuelto a los de Mardonio, señalando
al Sol: Mientras este astro- les dijo- ande su carrera,
harán los Atenienses la guerra a los Persas, por sus campos
asolados y por sus templos profanados y entregados a las llamas.
Propuso también que los sacerdotes hicieran imprecaciones
contra el que mandara embajadas a los Medos o se apartara de la
alianza de los Griegos. En esto invadió Mardonio segunda
vez el Ática, por lo que ellos se retiraron como antes
con sus naves a Salamina; pero pasando Aristides con legación
a Lacedemonia, les echó en cara su tardanza y su indiferencia,
con la que de nuevo abandonaban a Atenas a la ira del bárbaro;
mas les rogó que los auxiliasen en favor de lo que aun
quedaba salvo en la Grecia. Oído que fue esto por los Éforos,
de día afectaron entretenerse y divertirse, como es propio
de las fiestas, porque celebraban la de Jacinto; pero por la noche
juntaron un ejército de cinco mil Espartanos, cada uno
de los cuales llevaba consigo siete hilotas, y lo hicieron marchar,
sin que de ello se enterasen los Atenienses. Volvió Aristides
a reconvenirlos al día siguiente; y como ellos con risa
le contestasen que debía de estar lelo o dormido, pues
ya el ejército estaría en el templo de Orestes marchando
contra los forasteros, nombre que daban a los Persas: No
es tiempo éste de chanzas- les repuso Aristides-, queriendo
vosotros más bien engañar a los amigos que a los
enemigos. Así lo escribió Idomeneo; pero en
el proyecto de decreto de Aristides no está escrito por
embajador él mismo, sino Cimón, Jantipo y Mirónides.
XI Elegido general con mando independiente para aquella batalla,
tomó a sus órdenes ocho mil infantes de Atenas,
y marchó para Platea, donde se le reunió Pausanias,
general de todas las tropas griegas, que tenía consigo
a los Espartanos, concurriendo muchedumbre de todos los demás
Griegos. El ejército de los bárbaros, que estaba
formado junto al río Asopo, no tenía término;
y en derredor del bagaje y provisiones se había corrido
un muro cuadrado, cuyos lados tenían cada uno la longitud
de diez estadios. A Pausanias, pues, y en común a todos
los Griegos, les profetizo y predijo la victoria Tisámeno
de Elis, si se estaban a la defensiva y no eran los primeros en
acometer. Mas Aristides envió a consultar a Delfos, y el
dios dio por respuesta que los Atenienses prevalecerían
sobre los contrarios, si hacían votos a Zeus, a Hera Citeronia,
a Pan y a las Ninfas Esfragítides; si sacrificaban a los
héroes Andrócrates, Leucón, Pisandro, Damócrates,
Hipsión, Acteón y Polido, y si trababan la contienda
en su propia tierra, y en la región de Deméter Eleusinia
y de Perséfona. Venido que fue este oráculo, dio
mucho en qué pensar a Aristides; porque, en primer lugar
los héroes a quienes mandaba sacrificar eran los patriarcas
de las familias de los Plateenses, y la cueva de las Ninfas Esfragítides
está en una de las cumbres del Citerón, vuelta al
poniente de verano; y en ella había antes, según
dicen, un oráculo, del que eran poseídos muchos
de aquellos naturales, a los que llamaban Ninfoleptas; y de otra
parte, la región de Deméter Eleusinia; y el concederse
la victoria a los Atenienses, si peleaban en su propia tierra,
parecía que era revocar y trasladar la guerra al Ática.
En esto parecióle a Arimnesto, general de los Plateenses,
que entre sueños era preguntado de Zeus Salvador qué
era lo que pensaban hacer los Griegos, y que él le respondió:
Mañana, señor, llevaremos el ejército
a Eleusis, y combatiremos allí a los bárbaros, conforme
a un oráculo de la Pitia; a lo que el dios le había
replicado que estaban engañados del todo, porque allí
en la región plataica se verificaba el oráculo,
y que si lo investigasen se convencerían. Esta visión
convenció por completo a Arimnesto; y levantándose
al punto, hizo llamar a los ciudadanos de más edad y de
mayor experiencia, y conferenciando sus dudas con ellos encontró
que cerca de los Hisios, al pie del Citerón, hay un templo
muy antiguo que se llama de Deméter Eleusinia y de Perséfona.
Llamando, pues, a Aristides, le llevó a un sitio sumamente
a propósito para que formasen en él los batallones
que no eran fuertes en caballería, a causa de que las faldas
del Citerón hacían inaccesibles para los caballos
las cañadas contiguas al templo. Allí estaba también
el templete de Andrócrates, cercado de una selva de espesos
y copados árboles: y para que nada le faltase al oráculo
en cuanto a la esperanza de la victoria, pareció a los
Plateenses, a propuesta de Arimnesto, quitar los términos
que separaban el campo de Platea del de Ática y donar aquella
región a los Atenienses, para que, según el oráculo,
pelearan en su propia tierra en defensa de la Grecia. Llegó
a tener tanta fama esta gloriosa decisión de los Plateenses,
que Alejandro, dominando ya el Asia, muchos años después,
levantó los muros de Platea e hizo pregonar en los juegos
olímpicos que de este modo recompensaba el rey a los Plateenses
su fortaleza y su magnanimidad, por haber dado en la guerra médica
a los Griegos aquel territorio, mostrándose sumamente alentados
y valerosos.
XII. Disputaban los Tegeatas con los Atenienses sobre el lugar
que tendrían en el ejército, pretendiendo que, pues
los Lacedemonios tenían el ala derecha, se les diera el
ala izquierda, y haciendo para esto grandes elogios de sus antepasados.
Ofendíanse mucho de semejante contienda los Atenienses;
pero salióles al encuentro Aristides, y dijo: No
es propio de esta ocasión el que alterquemos con los Tegeatas
sobre linaje y sobre proezas; mas a vosotros ¡oh Lacedemonios!,
y a todos los demás Griegos, os hacemos presente que el
lugar no quita ni da valor: cualquiera que sea el que nos diereis
procuraremos, conservándole y honrándole, no hacernos
indignos de la gloria adquirida en las guerras anteriores: porque
no hemos venido a indisponernos con los aliados, sino a pelear
con los enemigos; ni a ensalzar a nuestros padres, sino a acreditarnos
con la Grecia de hombres esforzados: así este combate hará
ver en cuánto debe de ser tenido de los Griegos cada uno,
ciudad, general o soldado. Oído esto por los del
consejo y por los generales, aprobaron el discurso de los Atenienses,
y les dieron a mandar la otra ala del ejército.
XIII. Como estuviese en gran conflicto la Grecia, y sobre todo
se hallasen en malísimo estado las cosas de los Atenienses,
algunas de las familias más principales y más ricas,
que por causa de la guerra habían caído en pobreza,
y juntamente con los bienes habían perdido todo su esplendor
e influjo, viéndose reducidos a este extremo de abatimiento
mientras otros brillaban y mandaban, se reunieron clandestinamente
en una casa de Platea y se conjuraron o para disolver la república,
o, si no salían con su intento, para estragar los negocios
de ella, poniéndolos en manos de los bárbaros. Mientras
esto se ejecutaba en el campamento, siendo ya muchos los pervertidos,
llegó a entenderlo Aristides, y haciéndose cargo
de lo arriesgado de la ocasión determinó, ni abandonar
del todo y dejar correr semejante acontecimiento, ni descubrirlo
tampoco enteramente, ya por no conocer realmente cuántos
serían los inculcados, y ya también porque creyó
que en aquel caso valía más hacer callar la justicia
que la conveniencia pública. Arresta, pues, a solo ocho,
entre tantos; de ellos, dos, contra quienes había formado
la causa, y que eran los motores principales, Esquines Lampreo
y Agesias Acarneo, lograron fugarse del campamento; a los otros,
con esto, los dejó libres, dando lugar a que respirasen
y se arrepintiesen, en inteligencia de que no habían sido
descubiertos, diciendo solamente que la guerra sería el
mejor tribunal donde desvaneciesen las sospechas y cargos, esmerándose
en mirar por la patria.
XIV. Después de esto, Mardonio ensayó el hacer
cargar con fuerza considerable de caballería, que era en
lo que principalmente se aventajaba a los Griegos, las tropas
de éstos, acampadas al pie del Citerón, en posiciones
fuertes y pedregosas, a excepción de las de Mégara.
Éstas, que consistían en unos tres mil hombres,
habían puesto sus reales en terreno más llano: así
es que padecieron mucho por la caballería, que cala sobre
ellas y las acometía por todas partes. Enviaron, pues,
a toda priesa un aviso a Pausanias, pidiéndole auxilio,
pues, por si no podían sostenerse contra la muchedumbre
de los bárbaros. Pausanias, además de recibir este
aviso, veía que el campo de los Megarenses se cubría
de saetas y dardos, y que éstos se habían recogido
a un punto muy estrecho; mas como no tuviese arbitrios para defenderlos
contra los caballos con la infantería, pesadamente armada,
de los Espartanos, excitó, entre los demás generales
y caudillos de los Griegos que le rodeaban, una contienda y emulación
de virtud y gloria, proponiéndoles si habría algunos
que voluntariamente se ofreciesen a auxiliar y socorrer a los
de Mégara. Excusáronse los demás; pero Aristides
tomó este negocio a cargo de los Atenienses, y envió
con este designio a Olimpiodoro, el más arrojado de los
tribunos, que llevó consigo trescientos hombres escogidos,
y mezclados con ellos algunos tiradores. Previniéronse
éstos sin dilación, y marcharon a carrera; mas como
lo advirtiese Masistio, general de la caballería de los
bárbaros, varón muy denodado y de maravillosa estatura
y belleza. volviendo su caballo, se dirigió contra ellos.
Sostuviéronse y trabaron combate, el que se hizo muy porfiado,
teniéndolo por prueba de lo que podría esperarse
en adelante. En esto, herido de un dardo, el caballo derribó
a Masistio, el cual, caído, apenas podía moverse
por el peso de las armas; pero al mismo tiempo había gran
dificultad para que fuese ofendido de los Atenienses, que lo tenían
cercado y procuraban herirlo, por cuanto no sólo llevaba
defendidos el pecho y la cabeza, sino todo el resto del cuerpo,
con piezas de oro y plata. Con todo, hi- rióle uno con
la punta del dardo en la parte del casco por donde se descubría
un ojo, oultándole la vida, y los demás Persas,
abandonando el cadáver, dieron a huir. Echóse de
ver la grandeza de esta victoria, no en la muchedumbre de los
muertos, porque eran en corto número, sino en el llanto
de los bárbaros: porque por la falta de Masistio se cortaron
el cabello a sí mismos y a los caballos y acémilas,
y llenaron todo el contorno de suspiros y sollozos en señal
de que habían perdido un hombre, el primero en valor y
poder, después de Mardonio.
XV. Después de este encuentro de la caballería
estuvieron unos y otros sin combatir largo tiempo, porque los
agoreros, por la inspección de las, víctimas, ofrecían
la victoria a los que se defendiesen, tanto a los Persas corro
a los Griegos, y la derrota a los que acometieran. Mas como viese
Mardonio que tenía provisiones para pocos días y
que los Griegos continuamente se aumentaban, porque sin cesar
se les incorporaban algunos, no pudo contenerse, y resolvió
no aguantar más, sino pasar al otro día al amanecer
el Asopo y caer sobre los Griegos, cuando ellos menos pensaban,
para lo que dio en aquella tarde las órdenes a los jefes;
pero exactamente a la medianoche llegó un hombre a caballo
al campo de los Griegos, y al llegar a las guardias dijo que le
llamaran a Aristides el Ateniense. Presentóse inmediatamente
éste, a quien dijo: Soy Alejandro, rey de los Macedonios,
y por medio de grandes peligros vengo, movido del amor que os
tengo, a preveniros, no sea que lo repentino del acometimiento
os haga combatir con desventaja. Mardonio os presentará
mañana batalla, no porque tenga ninguna esperanza ni esté
confiado, sino por el apuro en que se halla; pues antes los agoreros
con sacrificios le apartan de combatir, y el ejército está
poseído de asombro y desaliento; pero se van en la precisión,
o de tentar fortuna, o de sufrir la mayor escasez si permaneciese
tranquilo. Dicho esto, rogaba Alejandro a Aristides que,
si bien convenía que ello supiese y lo tuviese presente,
no lo comunicase con ningún otro. Mas aquel expuso que
no podía ser ocultarlo a Pausanias, que tenía el
mando, y que lo callaría a los demás antes de la
batalla; pero que si la Grecia venciese, nadie debería
ignorar el celo y la virtud de Alejandro. Tenida esta entrevista,
el rey de los Macedonios se volvió otra vez por su camino,
y Aristides, pasando a la tienda de Pausanias, le dio cuenta de
lo que había pasado; con lo que fueron llamados los demás
generales, y se les dio la orden de que tuvieran a punto el ejército,
como para recibir batalla.
XVI En esto, según refiere Heródoto, hizo Pausanias
a Aristides la proposición de que los Atenienses tomaran
el ala derecha formando contra los Persas, pues era mejor que
pelearan contra ellos los que ya estaban aguerridos y habían
adquirido osadía con anteriores triunfos; y que a él
se le diera el ala izquierda, contra la que habían de combatir
aquellos Griegos que se habían hecho partidarios de los
Medos. Tenían los demás caudillos de los Atenienses
por inconsiderado e injusto a Pausanias, por cuanto, dejando quieto
el resto del ejército, a solos ellos los traía arriba
y abajo como hilotas, exponiéndolos a los mayores peligros;
pero Aristides les hizo presente que iban errados del todo, pues
que antes habían altercado con los Tegeatas por tener el
ala izquierda, y estaban ufanos con haberlo conseguido, y ahora,
cuando los Lacedemonios se desistían voluntariamente del
ala derecha, y en algún modo les entregaban el mando, no
tenían en precio esta gloria ni se hacían cargo
de lo que ganaban en no tener que pelear con sus compatriotas
y deudos, sino con los bárbaros, sus naturales enemigos.
En consecuencia de esto, hicieron ya los Atenienses de muy buena
voluntad con los Espartanos el cambio propuesto; siendo muchas
las conversaciones que entre sí tenían de que los
enemigos ni traían mejores armas ni ánimos más
esforzados que los de Maratón, sino los mismos arcos, los
mismos vestidos ricos y los mismos adornos de oro en cuerpos muelles
y en almas cobardes, cuando nosotros tenemos también las
mismas armas y los mismos cuerpos, pero mayor aliento con nuestras
victorias; y de que la contienda no era sólo por su país
y por su ciudad, como entonces sucedió, sino por los trofeos
de Maratón y de Salamina, para que se viese que habían
sido, no de Alcibíades y de la fortuna, sino de los Atenienses.
Estaban, pues, muy solícitos en la mudanza de puestos;
pero habiéndolo entendido los Tebanos por relación
de algunos tránsfugas, lo participaron a Mardonio, y éste,
al punto, bien fuese por temor a los Atenienses, o bien porque
desease contender con los Lacedemonios, trasladó los Persas
a su ala derecha, dando orden de que los Griegos que estaban con
él quedaran formados contra los Atenienses. Túvose
noticia de esta mudanza, y Pausanias fue otra vez a tomar el ala
derecha y Mardonio tomó inmediatamente la izquierda, quedan-
do colocado contra los Lacedemonios. En esto el día se
pasó sin hacer nada; y formando los Griegos consejo, determinaron
ir a acampar a bastante distancia, ocupando terreno provisto de
agua, porque los arroyos que había en las cercanías
habían sido enturbiados y ensuciados por la numerosa caballería
de los bárbaros.
XVII. Entrada la noche conducían los jefes sus respectivas
tropas al sitio designado para acamparse; pero mostraban poca
disposición en seguir y en permanecer unidas, sino que
en la forma en que habían levantado los primeros reales
se dirigían hacia la ciudad de Platea desbandados ya, y
en notable confusión y desorden: resultando haberse quedado
solos los Lacedemonios contra su voluntad; y fue que Amonfáreto,
hombre activo y arrojado, que hacía tiempo provocaba a
la batalla y llevaba a mal tanta dilación y solicitud,
entonces, apellidando de fuga y de deserción aquella mudanza,
se obstinó en no querer dejar el puesto, diciendo que allí,
con los de su hueste, había de esperar y hacer frente a
Mardonio. Fuese a él Pausanias, haciéndole presente
que aquello se hacía por el consejo y resolución
de los Griegos; y él, entonces, levantando con ambas manos
una gran piedra, la arrojó a los pies de Pausanias, diciéndole
que el voto que él daba sobre la batalla era aquel, sin
hacer ningún caso de las disposiciones y resoluciones tímidas
de los demás. Quedó confuso Pausanias con semejante
suceso, y envió a decir a los Atenienses, que ya estaban
en camino, que le aguardasen para marchar juntos, llevando consigo
la demás tropa hacia Platea, a ver si con eso movía
a Amonfáreto. Vino en esto el día, y Mardonio, a
quien no se ocultaba que los Griegos habían abandonado
el campo, teniendo a punto su ejército se dirigió
contra los Lacedemonios con gran rumor y algazara de los bárbaros,
que sin que interviniese batalla contaban con destrozar a los
Griegos, alcanzándolos en su fuga; y en verdad que estuvo
en muy poco el que así no sucediese. Porque observando
Pausanias lo que pasaba, es cierto que hizo alto y mandó
que cada uno ocupara su puesto de batalla; pero o por el enfado
con Amonfáreto, o por la prontitud con que le sorprendieron
los enemigos, se le olvidó dar la señal a los otros
Griegos; por lo cual ni se reunieron pronto ni muchos a la vez,
sino con tardanza y en partidas, cuando ya el riesgo estaba encima.
Hizo sacrificio, y como no se anunciase fausto, mandó a
los Lacedemonios que, poniendo a los pies los escudos, se estuvieran
quedos atendiendo a él, sin hacer oposición a ninguno
de los enemigos. Volvió a sacrificar, y cayó sobre
ellos la caballería, de manera que ya los alcanzó
algún dardo, y fue herido alguno de los Espartanos. En
esto sucedió que Calícrates, que se decía
ser el hombre de más hermosa y gallarda persona de cuantos
Griegos había en aquel ejército, fue asimismo herido
de muerte, y al caer exclamó que no sentía el morir,
pues que había salido de su casa con la resolución
de perecer, si era necesario, por la salud de la Grecia, sino
el morir sin haberse valido de sus manos. Era, pues, terrible
la situación de aquellos hombres, y admirable su paciencia,
pues que, no haciendo resistencia a los enemigos que les acometían
esperaban que los Dioses y el general les señalasen la
hora, sufriendo en tanto el ser heridos y muertos en sus filas;
y aun algunos aseguran que estando Pausanias sacrificando y haciendo
plegarias a poca distancia de la formación, llegaron de
repente algunos Lidios con el objeto de arrebatar las ofrendas,
y, no teniendo armas Pausanias y los que le asistían, los
había rechazado con varas y con látigos, y que aun
ahora, en imitación de aquella acometida, se repiten cada
año los golpes y azotes que se dan a los jóvenes
sobre el ara, y la pompa y procesión de los Lidios.
XVIII. Disgustado Pausanias de aquel estado, viendo que el agorero
continuamente reprobaba las víctimas, volvióse hacia
el templo de Hera; cayéndosele las lágrimas y levantando
las manos, pedía a Hera Citeronia y a los demás
Dioses que presidían a aquella comarca que, si no estaba
destinada a los Griegos la victoria, se les diera a lo menos el
sufrir haciendo algo, y mostrando con obras a los enemigos que
contendían con hombres de valor y adiestrados en la guerra.
Hecha esta invocación por Pausanias, en el mismo momento
se mostró fausto el sacrificio, y los agoreros anunciaron
la victoria. Dióse a todos la señal de rechazar
a los enemigos, y de repente todo el ejército tomó
el aspecto de una fiera que estremeciéndose se prepara
a hacer uso de su fuerza. Convenciéronse entonces los bárbaros
de que las habían con unos hombres que pelearían
hasta la muerte, por lo que, embrazando las adargas, empezaron
a lanzar dardos contra los Lacedemonios; éstos, manteniendo
unidos sus escudos, acometieron también, y llegando cerca
retiraban las adargas, e, hiriendo con las lanzas a los Persas
en el rostro y en el pecho, dieron muerte a muchos de ellos que
no se es- tuvieron quedos o se mostraron cobardes; pues también
ellos, agarrando las lanzas con las manos desnudas, les rompieron
muchas; y recurriendo a las armas cortas, no sin diligencia, hicieron
uso de las hachetas y de los puñales, y, uniendo y entrelazando
asimismo sus adargas, resistieron largo tiempo. Habíanse
estado hasta entonces inmobles los Atenienses, aguardando a ver
qué determinarían los Lacedemonios; mas advertidos
por el ruido de los que combatían, y llegándoles
también aviso de parte de Pausanias, se apresuraron a ir
en su socorro; llevados de la vocería avanzaban por la
llanura, cuando vinieron contra ellos los Griegos del partido
enemigo. Aristides, no bien los hubo visto, cuando, adelantándose
gran trecho, les empezó a gritar, invocando los Dioses
de la Grecia, que se retiraran del combate y no impidieran ni
retardaran a los que peleaban por la defensa de su propia tierra;
mas cuando vio que no le atendían y que se disponían
a la batalla, hubo de desistir del comenzado auxilio y entrar
en lid con éstos, que eran cincuenta mil en número;
pero la mayor parte cedió luego, y se retiró, por
haberse también retirado los bárbaros. Dícese
que lo más encarnizado del combate fue contra los Tebanos,
que eran los primeros y de mayor poder de los que entonces hicieron
causa común con los Medos: aunque la muchedumbre no había
abrazado aquel partido por su voluntad, sino arrastrado por unos
pocos.
XIX. Viniendo así a ser dos los combates, los Lacedemonios
fueron los primeros que rechazaron a los Persas, habiendo un Espartano
llamado Arimnesto dado muerte a Mardonio de una pedrada que le
disparó en la cabeza, como se lo había predicho
un oráculo de Anfiarao. Porque había enviado a este
oráculo a un Lidio y al oráculo de Trofonio a uno
de Caria; y la respuesta que a éste dio el profeta fue
en lengua cárica; al Lidio, habiéndose dormido en
el templo de Anfiarao, se le figuró que se había
presentado un ministro del dios y le había mandado que
saliera; y como no quisiese, le había tirado a la cabeza
una gran piedra, pareciéndole que del golpe había
muerto; esto es lo que se dice haber pasado. Puestos ya en fuga
los Persas, los persiguieron hasta hacerlos encerrar dentro de
sus muros de madera. De allí a poco rechazaron igualmente
los Atenienses a los Tebanos, dando muerte en la misma batalla
a unos trescientos de los más distinguidos y principales;
y no bien se había verificado esto, cuando les vino orden
de que fueran a sitiar el ejército de los bárbaros,
encerrado dentro de sus muros. Por esta razón, dejando
que los Griegos se fueran libres, marcharon a dar el socorro donde
se les pedía, y poniéndose al lado de los Lacedemonios,
ignorantes e inexpertos en el modo de conducir un sitio, tomaron
el campamento con mucha mortandad de los enemigos; pues se dice
que de los trescientos mil sólo huyeron con Artabazo unos
cuarenta mil. De los Griegos, que combatieron por la salud de
esta región, murieron al todo unos mil trescientos y sesenta;
de éstos eran Atenienses unos cincuenta y dos, todos de
la tribu Ayántide, según escribe Clidemo, por haber
sido la que más denodadamente peleó; y por esta
causa los Ayántidas hicieron por esta victoria a las Ninfas
Esfragítides el sacrificio prescrito por la Pitia, costeándolo
de los fondos públicos; Lacedemonios, noventa y uno, y
Tegeatas, once. Es, pues, muy reparable que Heródoto diga
haber sido éstos solos los que vinieron a las manos con
los enemigos y ninguno otro de los demás Griegos: porque
el número de muertos y los monumentos del tiempo atestiguan
que la victoria fue de todos, y si solas tres ciudades hubieran
combatido, sin tener parte las demás, no podría
el ara llevar esta inscripción: Por obra de Ares, por merced
de Nico los griegos a los persas rechazaron y al Olimpio erigieron
altar común para la Grecia libre. Dióse esta batalla
el 14 del mes Boedromión, según la cuenta de los
Atenienses, y según la de los Beocios el 24 del mes Pánemo:
día en que aun hoy se junta en Platea el concilio griego
y en que los Plateenses sacrifican por esta victoria a Zeus Libertador;
no siendo de extrañar que haya esta diferencia en la cuenta
de los días, cuando aun ahora, después de tanto
como se ha adelantado en la astronomía, no convienen los
diferentes pueblos en los principios y fines de los meses.
XX. Después de estos sucesos no convenían los Atenienses
en conceder el prez del valor a los Lacedemonios, ni les permitían
levantar trofeo, habiendo estado en muy poco el que de pronto
se arruinase toda aquella dicha de los Griegos, estando como estaban
sobre las armas, a no haber sido que Aristides, exhortando y persuadiendo
a sus colegas, y especialmente a Leócrates y Mirónides,
alcanzó y obtuvo de ellos que se dejara la decisión
a los otros Griegos. Deliberando, pues, éstos, propuso
Teogitón de Mégara que el prez había de darse
a otra ciudad si no querían que se encendiese una guerra
civil, y como a esta propuesta se hubiese puesto en pie Cleócrito
de Corinto, por lo pronto hizo creer que iba a pedir aquel premio
para los Corintios, porque después de Esparta y Atenas
era Corinto una de las ciudades de más fama: pero hizo
a favor de los de Platea una admirable propuesta, que agradó
a todos, porque aconsejó que para quitar toda contienda
se diera el prez a los Plateenses, por cuya preferencia nadie
había de incomodarse; así fue que al pronto otorgó
Aristides por los Atenienses, y en seguida Pausanias por los Lacedemonios.
Reconciliados de este modo, separaron del botín ochenta
talentos para los de Platea, con los cuales reedificaron el templo
de Atenea, labraron su estatua y adornaron el templo con pinturas
que aún el día de hoy se conservan frescas. Levantaron
trofeos separadamente: de una parte, los Lacedemonios, y de otra,
los Atenienses; pero en cuanto a sacrificios, habiendo consultado
a Apolo Pitio, les dio por respuesta que construyesen el ara de
Zeus Libertador, y que se abstuviesen de sacrificar hasta que,
apagado el fuego de todo el país, como contaminado por
los bárbaros, lo encendiesen puro en el altar común
de Delfos. Los magistrados, pues, de los Griegos, enviaron de
pueblo en pueblo a que en todas las casas se apagase el fuego,
y en Platea, habiendo ofrecido Éuquidas que iría
en toda diligencia a tomar y traerles el fuego del dios, marchó
para Delfos. Lavóse allí el cuerpo, hízose
aspersiones, coronóse de laurel, y, tomando del ara el
fuego, se volvió corriendo a Platea, y llegó antes
de ponerse el sol, habiendo andado aquel día mil estadios.
Saludó a sus conciudadanos, e inmediatamente cayó
en el suelo, y expiró de allí a poco. Recogieron
los de Platea su cadáver, y lo sepultaron en el templo
de Ártemis Euclea, poniéndole por inscripción
estos versos: A Delfos llegó Éuquidas corriendo
y volvió a su ciudad el mismo día; y el sobrenombre
de Euclea se lo dan muchos a Ártemis; pero algunos dicen
que Euclea fue hija de Heracles y Mirtos, hija de Menecio y hermana
de Patroclo, que habiendo muerto doncella es tenida en veneración
por los Beocios y los Locros, porque su ara y su estatua se ven
colocadas en todas las plazas, y le hacen sacrificios las novias
y los novios.
XXI Celebróse junta pública y común de todos
los Griegos, y escribió Aristides un proyecto de decreto
para que cada año concurrieran a Platea legados y prohombres
de la Grecia, se celebraran juegos quinquenales en memoria de
la libertad, y se hiciera entre los Griegos una contribución
para la guerra contra los bárbaros, de diez mil hombres
de infantería, mil de caballería y cien naves, quedando
exentos los de Platea, consagrados al dios para hacer sacrificios
por la salud de la Grecia. Sancionado este decreto, tomaron a
su cargo los Plateenses el hacer exequias cada año por
los Griegos que murieron y descansan allí, lo que hasta
el día de hoy ejecutan de esta manera: el día 16
del mes Memacterión, que para los Beocios es Alalcomenio,
forman una procesión, a la que desde el amanecer precede
un trompeta, que toca un aire marcial, yendo en pos carros llenos
de ramos de mirto y de coronas, y un toro blanco; llévanse
después en ánforas libaciones de vino y leche, y
jóvenes libres conducen cántaros de aceite y ungüento;
porque a ningún esclavo se le permite poner mano en aquel
ministerio, a causa de que los varones en cuyo honor se hace la
ceremonia murieron por la libertad. Viene, por fin, el Arconte
de los Plateenses, y con no serle lícito en ningún
otro tiempo tocar el hierro ni usar de vestidura que no sea blanca,
entonces se viste túnica de púrpura, y tomando del
aparador una ánfora, va hacia los sepulcros, por medio
de la ciudad, con espada desenvainada. Llegado al sitio, toma
agua de la fuente, hace aspersión sobre las pirámides
a columnas, y las ungen con ungüento; mata después
el toro sobre la hoguera, e invocando a Zeus y a Hermes infernal,
convida a los excelentes varones que murieron por la Grecia a
gustar de aquel banquete y de aquella sangre; echando luego vino
en una taza, y vaciándolo, pronuncia estas palabras: Sea
en honor de los varones que murieron por la libertad de los Griegos
ceremonias con que todavía cumplen el día de hoy
los Plateenses.
XXII. Restituidos a la ciudad los Atenienses, observó
Aristides que mostraban deseos de restablecer la perfecta democracia,
y como, por una parte, considerase a aquel pueblo muy digno de
consideración, y por otra, no juzgase fácil el oponérsele,
siendo poderoso en armas y hallándose ensoberbecido con
sus victorias, escribió decreto para que el gobierno fuese
común e igual a todos, y los Arcontes se eligiesen de entre
todos los Atenienses. Anunció Temístocles al pueblo
que había concebido un proyecto que no podía revelarse,
pero sumamente útil y saludable a la ciudad; acordaron,
por tanto, que a nadie se dijese, sino a sólo Aristides,
y él solo lo aprobase. Reveló, pues, a éste
que tenía pensado poner fuego a la armada de los Griegos,
porque con esto serían los Atenienses los más poderosos
y árbitros de la suerte de los demás; entonces Aristides,
presentándose al pueblo, le dio parte de que el proyecto
que Temístocles tenía meditado no podía ser
ni más útil ni más injusto; oído lo
cual resolvieron los Atenienses que Temístocles abandonara
su pensamiento: ¡Tan amante era entonces aquel pueblo de
la justicia! ¡Y tanta era la confianza y seguridad que le
inspiraba un hombre solo!
XXIII. Nombrósele general para la guerra, juntamente con
Cimón, y notando que Pausanias y los demás caudillos
de los Espartanos eran orgullosos e inaguantables con los aliados,
tratándolos él con blandura y humanidad, y haciendo
que Cimón se les mostrara también afable y popular
en el mando, no advirtieron los Lacedemonios que iba a arrebatarles
la superioridad y el imperio, no a fuerza de armas, de caballos
o de naves, sino con la benevolencia y la dulzura, pues que con
ser los Atenienses bienquistos a los demás Griegos por
la justificación de Aristides y la bondad de Cimón,
todavía les hacían desear más su mando la
codicia y el mal modo de Pausanias, el cual siempre trataba con
desabrimiento y aspereza a los caudillos de los aliados; a los
sol- dados los castigaba con azotes, les echaba encima un ancla
de hierro, obligándolos a permanecer en esta disposición
todo el día. Nadie debía ir a aprovecharse de ramaje
o a tomar agua de la fuente antes que los Espartanos, porque tenía
lictores apostados, que a latigazos hacían retirar a los
que se acercaban; y queriendo en cierta ocasión Aristides
hacerle alguna amonestación y advertencia, arrugando Pausanias
el semblante, le respondió que no estaba de vagar, y no
le dio oídos. Por tanto, yendo los jefes de armada y los
generales de los Griegos, y especialmente los de Quío,
de Samo y de Lesbo, en busca de Aristides, le propusieron que
tomara el mando y se pusiera al frente de los aliados, que deseaban
hacía tiempo salir de las manos de los Espartanos y estar
bajo el mando de los Atenienses; y como les respondiese que bien
veía la necesidad y justicia que contenía su propuesta,
pero que para mayor seguridad se hacía precisa alguna obra
que después de ejecutada no dejase a la muchedumbre lugar
al arrepentimiento, Ulíades de Samo y Antágoras
de Quío, convenidos entre sí con juramento, acometieron
cerca de Bizancio a la galera de Pausanias, que les precedía,
cogiéndola en medio. Luego que éste lo vio, se puso
en pie, y con gran cólera los amenazó de que en
breve les haría ver que no se habían insolentado
contra su nave, sino contra su propia patria; mas ellos le dieron
por contestación que se fuera en paz y agradeciera a la
buena suerte que con ellos había tenido en Platea, pues
sólo por este miramiento no tornaba de él la conveniente
satisfacción; por último, se pasaron a los Atenienses.
Mas en esto lo que hay de más admirable es la prudencia
que manifestó Esparta; porque luego que advirtió
que la grandeza del poder había corrompido a sus generales,
se desistieron voluntariamente del mando y de dar generales para
la guerra, queriendo más tener ciudadanos modestos y observadores
de las costumbres patrias que conservar la superioridad sobre
toda la Grecia.
XXIV. Aun en el tiempo en que los Lacedemonios tenían
el mando, pagaban los Griegos cierto tributo para la guerra; mas
queriendo entonces que la exacción se hiciese por ciudades,
con igualdad, pidieron a los Atenienses que Aristides fuese el
encargado de examinar la extensión del territorio y las
rentas de cada uno, y determinase lo que, según su dignidad
y posibilidad, le correspondiera pagar. Dueño, pues, de
tan considerable autoridad, y teniendo en cierta manera él
solo en su mano los intereses de la Grecia, si pobre salió
a ejercer este cargo, volvió más pobre todavía,
habiendo hecho la determinación de las riquezas, no sólo
con pureza y justicia, sino a la satisfacción y gusto de
todos. Por tanto, así como los antiguos celebraban la vida
del reinado de Cronos, de la misma manera los Griegos tenían
en memoria y loor el repartimiento de Aristides, y más
cuando, al cabo de poco tiempo, se les duplicó y triplicó
el tributo; porque el que les impuso Aristides sólo ascendía
a la suma de cuatrocientos y sesenta talentos, y a ella añadió
Pericles muy cerca de un tercio; pues dice Tucídides que
al principio de la guerra del Peloponeso percibían los
Atenienses, de los aliados, seiscientos talentos. Muerto Pericles,
los demagogos fueron extendiendo poco a poco esta cantidad hasta
la suma de mil y trescientos talentos, no tanto porque la duración
y los varios sucesos de la guerra ocasionaban crecidos gastos,
como porque metieron al pueblo en hacer distribuciones en dinero,
en dar para los espectáculos y en acumular estatuas y edificar
templos. Siendo, pues, grande y admirable la fama de Aristides
por el repartimiento de los tributos, se cuenta de Temístocles
que se burlaba de ella, diciendo que semejante alabanza, más
que de un hombre, era propia de un talego de guardar dinero; vengándose
de este modo, aunque por diferente término, de cierta picante
respuesta de Aristides, porque diciendo en una ocasión
Temístocles que la dote mayor de un general era el prevenir
y antever los designios de los enemigos, le contestó: Bien
es necesario esto ¡oh Temístocles!; pero lo más
esencial y más loable en el que manda es poner ley a las
manos.
XXV. Sujetó Aristides con juramento a los demás
Griegos, y él mismo juró por los Atenienses, apagando
hierros candentes en el mar en seguida de las imprecaciones; mas
al fin, obligando el estado de los negocios, según parece,
a mandar con mayor rigor, propuso a los Atenienses que cargaran
sobre él el perjurio y consultaran en las cosas públicas
a la utilidad. Y Teofrasto, hablando con generalidad, dice que
este hombre, que como particular y para con sus conciudadanos
era estrechísimamente justo, en los negocios públicos
se acomodó muchas veces a la situación de la patria,
que le precisó a más de una injusticia; porque tratándose,
a propuesta de los de Samo, de traer a Atenas las riquezas de
Delo, contra lo estipulado en los tratados, se dice haber ex-
presado Aristides que ello no era justo, pero que convenía.
Mas, por fin, con haber alcanzado que Atenas imperase sobre tantos
pueblos, no por eso dejó de ser pobre y de honrarse tanto
con la gloria de su pobreza como con la de sus trofeos; y la prueba
es ésta: Calias el daduco era pariente suyo; seguíanle
sus enemigos causa capital, y después que hablaron lo que
era propio sobre los objetos de la acusación, saliéndose
fuera de ella, dirigieron la palabra a los jueces para tratar
de Aristides, diciéndoles: Ya conocéis a este
hijo de Lisímaco y cuán grande opinión goza
entre los Griegos; pues ¿cómo pensáis que
lo pasará en su casa, cuando veis que con aquella túnica
se presenta en el tribunal? Porque ¿no es indispensable
que el que en público tiene que tiritar de frío,
en su casa esté miserable y falto aun de las cosas más
precisas? Pues Calias, el más rico de los Atenienses, con
ser su primo, no hace caso ninguno de un hombre como éste,
abandonándole en la miseria, con mujer e hijos, sin embargo
de que no ha dejado de valerse de él y que más de
una vez ha disfrutado de su influjo. Vio Calias que esta
especie había hecho grande impresión sobre los jueces
y los había indispuesto contra él, por lo que pidió
se le llamase a Aristides para que testificara ante los jueces
que, habiéndole ofrecido dinero repetidas veces y rogándole
lo aceptara, nunca había condescendido, respondiendo que
más ufano debía de estar él con su pobreza
que Callas con todos sus haberes; porque cada día se estaba
viendo a muchos usar, unos bien y otros mal, de las riquezas,
cuando no era fácil encontrar quien llevara la pobreza
con ánimo alegre; y que de la pobreza se avergonzaban los
que no estaban bien con ser pobres. Con- vino Aristides en que
Calias decía bien, y no salió de allí ninguno
que no quisiera más ser pobre como Aristides que rico como
Callas. Así nos lo dejó escrito Esquines, el discípulo
de Sócrates. Platón, teniendo por grandes y dignos
de nombradía a muchos Atenienses, dice que sólo
éste es digno de memoria, porque Temístocles, Cimón
y Pericles llenaron la ciudad de pórticos, de riquezas
y de muchas superfluidades, y sólo Aristides la inclinó
con su gobierno a la virtud. Aun con el mismo Temístocles
dio grandes muestras de su equidad y moderación, porque
con haberle tenido por enemigo en todo el tiempo de su gobierno,
hasta ser desterrado por él, cuando Temístocles
le dio ocasión de desquitarse, puesto en juicio ante el
pueblo, nada hizo en su daño, sino que persiguiéndolo
y acusándolo Alcmeón, Cimón y otros muchos,
sólo Aristides no hizo ni dijo cosa que le fuese contraria,
ni se holgó de ver en la desgracia a su enemigo, así
como antes no le había envidiado su dicha.
XXVI En cuanto al lugar donde murió Aristides unos dicen
que fue en el Ponto, adonde había ido a desempeñar
negocios de la república; otros dicen que en Atenas, de
vejez, honrado y admirado de sus conciudadanos; y Crátero
de Macedonia hizo de esta manera la relación de su fallecimiento.
Porque después del destierro de Temístocles-
dice-, estando el pueblo lleno de orgullo, se levantó un
tropel de calumniadores que, persiguiendo a los hombres de más
probidad y poder, los expusieron a la envidia y encono de la muchedumbre,
a la que habían engreído, como se deja dicho, los
buenos sucesos y la extensión de su imperio; y que entre
éstos hicieron condenar a Aristides por soborno, acusándole
Dioranto, de la tribu Anfítrope, de haber recibido presentes
de los Jonios cuando tuvo el encargo de repartir las contribuciones;
y como no tuviese con qué pagar la multa, que era de cincuenta
minas, se retiró por mar a la Jonia, y allí murió.
Mas de ninguna de estas cosas produce prueba alguna Crátero,
ni el tanto de la acusación, ni el decreto, siendo así
que suele ser muy puntual en dar razón de estas cosas,
citando a los que antes de él las refirieron. De todos
los demás, para decirlo de una vez, que pusieron su atención
en describir los malos tratamientos del pueblo para con sus generales,
refieren, sí, y ponderan el destierro de Temístocles,
la prisión de Milcíades, la multa de Pericles, la
muerte de Paques en el tribunal, dándosela él mismo
en la tribuna, cuando vio que se daba sentencia contra él,
y otras muchas cosas a este tenor; pero respecto a Aristides,
aunque no omiten su destierro por el ostracismo, ninguna memoria
hacen de esta otra condenación.
XXVII. Lo cierto es que se muestra en Falera su sepulcro, labrado
de orden de la ciudad, porque ni siquiera dejó con qué
enterrarse. Dícese que las hijas salieron del Pritaneo
para ser entregadas a sus maridos, habiéndose costeado
de los fondos públicos los gastos de la boda, y dándose
por decreto en dote a cada una tres mil dracmas. A su hijo Lisímaco
dio asimismo el pueblo cien minas de plata y otras tantas yugadas
de tierra plantada de árboles, y además otras cuatro
dracmas al día, habiendo sido Alcibíades quien presentó
el proyecto. Aun más todavía: como Lisímaco
hu- biese dejado a una hija llamada Polícrita, le señaló
a ésta el pueblo, según dice Calístenes,
la misma ración que a los vencedores de Olimpia; y Demetrio
Falereo, Jerónimo Rodio, Aristodemo el músico y
Aristóteles, si es que el libro De la nobleza se ha de
colocar entre los genuinos de este filósofo, refieren que
con Mirto, nieta de Aristides, se casó el sabio Sócrates,
pues, aunque tenía otra mujer, recogió en su casa
a ésta, por verla viuda y falta de todo medio de subsistir,
mas estas especies las contradijo convenientemente Panecio en
sus libros acerca de Sócrates. Demetrio Falereo, en su
Sócrates, dice que se acuerda de un nieto de Aristides,
sumamente pobre, llamado Lisímaco, que, sentado junto al
Yaqueo, se mantenía de decir la buenaventura con cierta
tabla adivinatoria, y que formando él mismo el proyecto
de decreto, obtuvo que el pueblo señalara a la madre de
éste y a una hermana de ella tres óbolos por día;
y añade el propio Demetrio que, siendo nomoteta, mandó
que se extendiera a una dracma el donativo de estas mujeres. Ni
es extraño que así cuidara este pueblo de personas
que estaban dentro de la ciudad, cuando habiendo sabido que en
Lemno se hallaba una nieta de Aristogitón, y que no se
había casado por su pobreza, la hizo traer a Atenas, y
casándola con uno de los más ilustres, le dio en
dote una porción de terreno a la parte del río:
y aun en nuestros días se hace admirar este mismo pueblo
por su humanidad y beneficencia con repetidos ejemplares dignos
de imitación.
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