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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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ARTÍCULOS
SÓFOCLES
Y EURÍPIDES
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
LATÍN
Web sobre Latín Online
OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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ARTOJERJES
I. El primer Artojerjes, distinguido entre todos
por su bondad y magnanimidad, se llamó Longímano,
porque tenía la mano derecha más grande que la izquierda:
fue hijo de Jerjes. El segundo, cuya vida escribimos, se llamó
Mnemón, y nació de hija de aquel; porque fueron
cuatro los hijos de Darío y Parisatis: el mayor, Artojerjes;
después de éste, Ciro, y los más jóvenes,
Ostanes y Oxatres. Ciro tomó del antiguo Ciro el nombre,
y aquel se dice que lo tomó del Sol, porque los Persas
al Sol le llamaron Ciro. Artojerjes al principio, se llamó
Arsicas, aunque Dinón dice que se llamó Oartes;
pero, sin embargo de que Ctesias en lo general llenó sus
libros de fábulas y patrañas vulgares, no es de
creer que ignorase el nombre de un rey en cuya corte habitó,
siendo su médico, el de su mujer, su madre y sus hijos.
II. Tuvo Ciro desde su primera edad un carácter altivo
e impetuoso, cuando el otro parecía más dulce en
todo y de un genio más bondadoso y apacible. Tomó
mujer bella y virtuosa por disposición de sus padres, y
la conservó contra la voluntad de éstos; porque
habiendo dado muerte el rey a un hermano de la misma, determinó
darla también a ella; pero Arsicas se echó a los
pies de la madre, y con sus ruegos y lágrimas alcanzó,
aun no sin dificultad, que ni se la quitara la vida ni se la separara
de su lado. Amó siempre más la madre a Ciro, y quería
que éste reinara, por lo cual, habiendo caído enfermo
el padre, vino llamado desde el mar, y subió muy esperanzado
de que la madre habría negociado el que fuese declarado
sucesor del trono, porque Parisatis tenía para esto una
razón plausible, de la que ya había antes hecho
uso el antiguo Jerjes, instruido por Demarato, pues decía
que a Arsicas lo había dado a luz cuando Darío su
esposo no era sino particular, y a Ciro cuando ya reinaba. Mas,
sin embargo, no fue escuchada, y se declaró por rey al
primogénito, mudándole su nombre en el de Artojerjes,
y a Ciro sátrapa de la Lidia y capitán general de
las provincias marítimas.
III. A poco tiempo de haber muerto Darío, pasó
el rey a Pasargada con el objeto de recibir la iniciación
regia de los sacerdotes de Persia. Existe allí el templo
de una diosa guerrera que puede presumirse sea Minerva, y el que
ha de ser iniciado debe entrar en él y, deponiendo la estola
propia, vestirse la que llevaba Ciro el Mayor antes de ser rey,
comer pan de higos, tragar terebinto y beberse un vaso de leche
agria. Si además de estas cosas tienen que ejecutar algunas
otras, no es dado saberlo a los de afuera. Cuando iba Artojerjes
a cumplir con ellas, llegó a él Tisafernes, trayendo
a su presencia a uno de los sacerdotes que había sido presidente
de la educación dada a Ciro con los otros jóvenes
según las leyes patrias, y le había enseñado
la magia; por lo cual ninguno había de haber sentido más
que no hubiese sido declarado rey, y de ninguno se debía
desconfiar menos para darle crédito acusando a Ciro. Acusábale,
pues, de asechanzas en el templo, y de que tenía meditado,
mientras el rey se vestía la estola, acometerle y quitarle
la vida. Algunos dicen que en virtud de esta denuncia se le prendió;
pero otros sostienen que Ciro había entrado en el templo,
y que, hallándose escondido, lo descubrió el sacerdote.
Cuando ya iba a sufrir la muerte, la madre le tomó en su
regazo, le enredó con sus cabellos, juntó con la
de él su garganta y a fuerza de quejas y lamentos le consiguió
el perdón, y que fuera enviado otra vez al mar; mas él,
no contento con aquel mando, ni teniendo en memoria el indulto,
sino la prisión, aspiraba con la ira, más todavía
que antes, a ocupar el reino.
IV. Dicen algunos haberse revelado al rey porque lo que le fue
dado no le bastaba ni para la cena diaria; pero esto es necedad,
pues, aun cuando no hubiera otra cosa, estaba la madre, de cuyos
bienes podía tomar y disponer cuanto y como quisiese, prestándose
la misma a todo. Dan también testimonio de su riqueza las
muchas tropas que en diferentes puntos mantenía por medio
de sus amigos y huéspedes, como dice Jenofonte, pues no
los reunía en uno, procurando todavía ocultar sus
preparativos, sino que tenía en muchas partes reclutadores
bajo diferentes pretextos. Además, la madre, que se hallaba
en la corte, cuidaba de desvanecer la sospecha del rey, y el mismo
Ciro le escribía respetuosamente, ya para decirle algunas
cosas, y ya para darle quejas contra Tisafernes de que tenía
emulación y desavenencias con él. Entraba también
cierta parte de desidia en el carácter del rey, que para
los más pasaba por bondad; al principio parece que efectivamente
se propuso imitar la mansedumbre del otro Artojerjes, su tocayo,
mostrándose muy afable en las audiencias, y esmerándose
en honrar y hacer gracia a cada uno según su clase. A los
castigos les quitaba todo lo que tenían de infamantes,
y en punto a dádivas, no menos placer tenía en hacerlas
que en recibirlas, mostrándose en el dar placentero y benigno;
y por pequeño que fuese el don, no dejaba de recibirlo
con la mejor voluntad: así, habiéndole presentado
un tal Omiso una granada de extremada magnitud, ¡Por
Mitra- dijo- que este hombre haría pronto de pequeña
grande una ciudad si se le confiase!.
V. En un viaje, unos le llevaban unas cosas y otros otras; y
como un pobre menestral, que no encontraba que darle, corriese
al río y, cogiendo agua en las manos, se la trajese, le
dio tanto gusto a Artojerjes, que le envió una ampolla
de oro y mil daricos. Euclides Lacedemonio habló insolentemente
contra él, y se contentó con intimarle por medio
de un tribuno lo siguiente: A ti te es dado decir de mí
cuanto quieras; pero a mí decir y hacer. En una cacería
le avisó Teribazo de que tenía el sayo descosido,
y preguntándole qué haría, le respondió:
Ponerte otro y darme a mí ése. Hízolo
así Artojerjes, diciéndole: Te lo doy, pero
no te permito que lo lleves. Y como él, sin hacer
caso, porque no era hombre malo, aunque sí algo falto y
atolondrado, se hubiese puesto el sayo, adornándose además
con dijes de oro mujeriles, que también le había
dado el rey, los cortesanos se mostraron disgustados, porque aquello
no debía hacerse; pero el rey lo tomó a risa, y
le dijo: Te permito llevar los dijes por mujer, y el sayo
por loco. En la mesa del rey no se sentaban sino su madre
y su mujer legítima, colocándose ésta en
el asiento inferior y la madre en el superior: pero Artojerjes
admitía a su misma mesa a sus dos hermanos Ostanes y Oxatres,
que eran los dos más jóvenes. Lo que, sobre todo,
dio a los Persas un espectáculo sumamente grato fue la
carroza de la mujer de Artojerjes, Estatira, que siempre iba desnuda
de todo cortinaje, dando lugar aún a las mujeres más
infelices de saludarla y acercársele, con lo que aquel
reinado se ganaba el amor de la muchedumbre.
VI Mas los hombres inquietos y amigos de novedades se daban a
entender que los negocios pedían a Ciro, por ser varón
magnánimo y guerrero, y que la extensión de tan
grande imperio necesitaba un rey que tuviera espíritu y
ambición. Ciro, asimismo, confiando no menos en los de
las provincias altas que en los que tenía cerca de sí,
se determinó a la guerra, y escribió a los Lacedemonios
implorando su auxilio y pidiendo le enviasen hombres, a quienes
ofrecía dar, si se le presentaban como infantes, caballos;
si con caballos, parejas; si tenían campos, aldeas; si
aldeas, ciudades; y que a los soldados no se les contaría
la soldada, sino que se les mediría. Haciendo además
jactancia de su persona, decía que su corazón pesaba
más que el de su hermano; que filosofaba más que
él; que era mejor mago, y podía beber y aguantar
más vino; y, que éste de miedo en las cacerías
no montaba a caballo, ni en la guerra se sentaba en carro con
trono. Los Lacedemonios, pues, enviaron la correa a Clearco, dándole
orden de estar en todo a la disposición de Ciro; de resulta
de lo cual subió éste hacia la corte con un numeroso
ejército de bárbaros, y con poco menos de trece
mil Griegos auxiliares, buscando diferentes achaques y pretextos
para haber reunido aquellas fuerzas. No consiguió, sin
embargo, deslumbrar por mucho tiempo, porque Tisafernes acudió
por sí mismo a avisarlo al rey, y fue grande la turbación
y alboroto que esto causé en palacio, echándose
a Parisatis principalmente la culpa de aquella guerra, y moviéndose
muchas sospechas y delaciones contra sus amigos. La que hostigó
sobre todo a Parisatis, fue Estatira, quejándose amargamente
de la guerra, y clamando: ¿Dónde están
ahora aquellas seguridades?; ¿dónde aquellos ruegos
con que libertaste al insidiador de su hermano, y conque has venido
a cercarnos de guerra y de males? Por esta causa Parisatis
concibió el más terrible odio contra Estatira, y
como fuese de índole rencorosa y propiamente bárbara
en sus iras y en su mala intención, atentó contra
su vida. Dinón dice que esta maldad se verificó
durante la guerra, y Ctesias que después: y como no parece
regular que éste ignorase el tiempo, habiendo presenciado
los sucesos, ni se ve causa alguna para que sacase de su propia
época este hecho y no lo refiriese como había pasado
(aunque muchas veces le sucede que su narración, convirtiéndose
a lo fabuloso y dramático, se aparta de la verdad), aquí
tendrá el lugar que éste le ha dado.
VII. Llegáronle a Ciro en la marcha voces y rumores de
que el rey no pensaba en dar batalla desde luego, ni en apresurarse
a venir a las manos con él, sino permanecer en Persia hasta
que le llegaran las tropas pedidas de todas partes, habiendo hecho
abrir un foso de diez pies de ancho y otros tantos de hondo, que
corría por la llanura hasta cuatrocientos estadios; y aun
no hizo alto en que Ciro entrase dentro de él y llegase
hasta no lejos de la misma Babilonia; pero habiendo tenido Teribazo
resolución para decir el primero que no era razón
evitable el combate, ni que retirándose de la Media, de
Babilonia y aun de Susa se encerrara en la Persia quien tenía
multiplicadas fuerzas que el enemigo, y diez mil sátrapas
y generales que en prudencia y pericia militar valían más
que Ciro, se decidió por que se marchara al combate sin
más dilación. Y cuando de pronto se dejó
ver con un ejército de novecientos mil hombres bien equipados,
asombró y sobresaltó a los enemigos, que por la
excesiva confianza y desprecio marchaban en desorden y sin armas,
de manera que sólo con gran dificultad y mucha gritería
y alboroto pudo traerlos Ciro a formación. Caminando despuéss
el rey con reposo y concierto, causó con aquel buen orden
admiración a los Griegos, que en tanto gentío no
esperaban más que gritería confusa, correrías
y grande desorden y dispersión. Dispuso también
con singular acierto colocar contra los Griegos, delante de su
hueste, los más fuertes de sus carros falcados, para que
antes de venir a las manos les desordenaran las filas con la violencia
de su impulso.
VIII. Siendo muchos los que han referido esta batalla, entre
los cuales Jenofonte la ha descrito de manera que casi la hace
ocurrir a nuestra vista, pintando los sucesos no como pasados,
sino como si entonces mismo aconteciesen, y haciendo con la viveza
de su expresión sentir al que lee los afectos y los peligros,
no sería de escritor prudente ponerse ahora a hacer otra
narración que la de aquellas particularidades dignas de
memoria que éste hubiese pasado en silencio. El lugar,
pues, donde se dio se llama Cunaxa, y dista de Babilonia quinientos
estadios. Propuso Clearco a Ciro antes de la batalla que se colocara
a retaguardia de los griegos y no expusiera su persona y se refiere
haberle respondido: ¿Qué es lo que dices,
Clearco? ¿Me propones que, aspirando al reino, me muestre
indigno de reinar? Erró sin duda Ciro en arrojarse
temerariamente a los peligros y no guardarse de ellos: pero no
fue menos, si es que no fue más grande, el yerro de Clearco
en no querer que los Griegos se opusieran de frente al rey, y
en apoyar su derecha sobre el río para no ser envuelto,
pues al que en todo no buscaba más que la seguridad, y
toda su atención la ponía en no sufrir ni el menor
descalabro, le era lo mejor haberse quedado en su casa. Pero haber
andado armado diez mil estadios sin que negocios propios lo exigiesen,
con sólo el objeto de colocar en el trono real a Ciro,
y ponerse después a examinar el lugar y la formación
más a propósito, no para salvar al caudillo y a
aquel en cuyo auxilio era venido, sino para pelear él mismo
con menor riesgo e incomodidad, es como si uno, por temor de lo
presente, no hiciera cuenta del objeto principal, ni tuviera en
consideración cuál es el fin de un ejército,
pues que ninguno de los soldados del rey había de haber
aguantado el choque de los Griegos; y que, rechazados aquellos
y ahuyentado o muerto el rey, se había de haber logrado
que, salvo y vencedor, reinase Ciro, de los mismos sucesos se
deduce con claridad. Por tanto, más de culpar es la exagerada
precaución de Clearco que la temeridad de Ciro, en que
con éste todo se hubiese perdido, pues si el mismo rey
se hubiera puesto a pensar dónde colocaría los Griegos
para recibir de ellos menos daño, no hubiera encontrado
otro sitio mejor que aquel en que estuviesen más lejos
de él mismo y de los que con él peleaban, desde
el cual él mismo no percibió que era vencido, y
Ciro se anticipó a morir antes de sacar ninguna ventaja
de la victoria de Clearco. Y no porque Ciro no hubiese conocido
que era lo que convenía, disponiendo que Clearco formara
allí en el centro; pero éste, con decir que dejara
a su cuidado el disponer lo mejor, todo lo desbarató y
destruyó.
IX. Porque los Griegos arrollaron a los bárbaros como
y cuanto quisieron, y, persiguiéndolos, corrieron casi
toda la llanura; mas contra Ciro, que llevaba un caballo noble,
pero duro de boca y de sobrados alientos, llamado Pasaca según
dice Ctesias, movió el caudillo de los Cadusios Artagerses,
diciendo a grandes voces: ¡Oh tú, que infamas
el glorioso nombre de Ciro, el más injusto y más
temerario de los hombres, vienes atrayendo en mal hora a los valientes
Griegos contra las riquezas de los Persas, con esperanza de dar
muerte a tu señor y tu hermano, que tiene millares de millares
de esclavos mejores que tú; pero ahora lo verás,
pues antes perderás aquí tu cabeza que puedas ver
el rostro del rey. Dicho esto, le lanzó un dardo,
y la coraza resistió firme al golpe, con lo que no llegó
a ser herido Ciro, sino sólo conmovido en la silla, porque
el golpe fue violento. Al volver Artagerses el caballo, tiró
Ciro contra él, y le acertó, entrando la punta del
dardo por el cuello sobre la clavícula. Así casi
todos convienen en que Artagerses fue muerto por Ciro: pero por
cuanto de la muerte de éste no habló Jenofonte sino
llana y brevemente, como que no la presenció, nada parece
que se opone a que expresemos con distinción lo que acerca
de ella refieren Dinón y Ctesias.
X. Dice, pues, Dinón que, muerto Artagerses, Ciro acometió
denodadamente a los que protegían al rey, llegando a herirle
a éste el caballo; pero pudo salvarse. Proporcionóle
Teribazo que montase otro caballo, diciéndole: Acuérdate,
¡oh rey!, de este día, porque no es de olvidar;
y otra vez Ciro acosó con su caballo a Artojerjes, y le
derribó. Indignóse sobremanera el rey al tercer
encuentro, y diciendo más vale morir, lanzó
un dardo contra Ciro, que temeraria y ciegamente se metía
por las saetas enemigas; tiráronle también los que
junto al rey estaban, y cayó Ciro, según dicen algunos,
herido de mano del rey; según algunos otros, dándole
el golpe mortal uno de Caria, a quien el rey concedió,
en premio de esta acción, que llevara siempre un gallo
de oro sobre una lanza al frente de la hueste en los ejércitos;
porque los Persas a los de Caria le llamaban gallos, a causa de
los penachos con que adornaban sus cascos.
XI La relación de Ctesias, procurando abreviar y compendiar
mucho en pocas palabras, es como sigue: Ciro, luego que dio muerte
a Artagerses, dirigió su caballo contra el rey, y éste
el suyo contra él, ambos sin hablar palabra. Anticipóse
Arieo, amigo de Ciro, a tirar contra el rey, pero no le hirió.
El rey, haciendo entonces tiro con su lanza, no acertó
a Ciro, pero alcanzó y dio muerte a Satifernes, hombre
de valor y leal a Ciro. Tirando éste contra aquel, le pasó
la coraza y le hirió en el pecho, hasta penetrar la saeta
dos dedos, haciéndole el golpe caer del caballo. Desordenáronse
con esto y huyeron los que tenía alrededor de sí,
y levantándose con muy pocos, de los cuales era uno Ctesias,
tomó una altura inmediata, donde respiró. A Ciro,
mientras acosaba a los enemigos, enardecido su caballo, lo llevó
a gran distancia, venida ya la noche, desconocido de los enemigos
y buscado de los suyos. Engreído con la victoria y lleno
de ardor y osadía, corrió gritando: ¡Rendios,
miserables! Repetíalo en lengua persa muchas veces,
y algunos se retiraban adorándole: mas cáesele en
esto la tiara de la cabeza, y volviendo contra él un mancebo
persa, llamado Mitridates, le hiere con un dardo en una sien,
junto al ojo, sin saber quién fuese. Como le corriese mucha
sangre de la herida, cayó Ciro desmayado y soporoso, y
el caballo, dando a huir, corría desbocado, cuyos jaeces,
caídos al suelo, recogió el escudero del que hirió
a Ciro, bañados todos en sangre. A éste, que con
la herida apenas podía dar paso, procuraban unos cuantos
eunucos que allí se hallaban subirle en otro caballo y
salvarle; más no estando para ello, y yendo con gran dificultad
por su paso, le cogieron por los brazos y así le llevaban
muy pesado ya del cuerpo y cayéndoseles, pero creído
de que era vencedor, por oír a los que huían que
aclamaban por rey a Ciro y le rogaban los mirase con indulgencia.
En esto unos Caunios, hombres de mala vida, miserables y que por
muy poco jornal iban de trabantes en el ejército del rey,
se encontraron mezclados como amigos entre las gentes de Ciro,
y no bien hubieron visto las sobrevestas purpúreas, siendo
blancas las que usaban todos los del servicio del rey, conocieron
que eran enemigos. Atrevióse, pues, uno de ellos a herir
con un dardo a Ciro por la espalda sin conocerle, y rota la vena
de la corva, cayó Ciro, dando al mismo tiempo con la sien
herida sobre una piedra, y falleció. Ésta es la
narración de Ctesias, con la que, como con una mala navaja,
le va matando poco a poco.
XII. Cuando ya había muerto, acertó a pasar a caballo
Artasiras, ojo del rey, y conociendo a los eunucos que se lamentaban,
preguntó al que tenía entre ellos de más
confianza: Dime, Pariscas, ¿a quién
lloras aquí sentado?, a lo que respondió:
¿No ves, ¡oh Artasiras! a Ciro muerto?
Maravillado Artasiras, procuró consolar al eunuco, encargándole
la custodia del muerto, y él corrió a Artojerjes,
que ya lo daba todo por perdido, y que se hallaba mal parado de
sed y de sus heridas, y le dice con regocijo que ha visto muerto
a Ciro. Su primer movimiento fue querer ir a verlo por sí,
diciendo a Artasiras que lo llevase al sitio; pero como llegasen
continuas noticias y fuese grande el miedo con motivo de que los
Griegos seguían el alcance, y todo lo vencían y
avasallaban, se tuvo por más conveniente enviar exploradores
en mayor número, y se enviaron treinta con hachones. Estaba
el rey a punto de morir de sed, y el eunuco Satibanes corría
por todas partes buscando qué bebiese, porque el terreno
aquel carecía de agua y no estaba cerca el campamento;
mas al fin, a costa de mucha diligencia, dio de aquellos Caunios
miserables con uno que en un odre ruin tenía de agua podrida
y de mala calidad hasta unas ocho cótilas. Tomóle,
pues, y lo trajo al rey; y habiéndose bebido éste
toda el agua, le preguntó si no le había sabido
mal semejante bebida, y él juró por los dioses que
en su vida había bebido ni vino más dulce, ni agua
más delicada y limpia; tanto, que le añadió:
Al hombre que te la ha dado, si buscándolo no puedo
yo darle la debida recompensa, pediré a los dioses que
le hagan feliz y rico.
XIII. Llegaron en este punto los treinta regocijados y alegres,
anunciándole su inesperada ventura, y empezando además
a cobrar ánimo con el gran número de los que volvían
a pasarse a él, bajó del collado rodeado de antorchas.
Cuando estuvo junto al cadáver, luego que, según
una ley de los Persas, se le cortó la mano derecha y la
cabeza, separándolas del cuerpo, mandó que le trajesen
la cabeza; y cogiéndola por los cabellos, que eran espesos
y ensortijados, la mostró a los que todavía dudaban
y huían. Admirábanse éstos y lo adoraban,
de manera que en breve reunió unos setenta mil hombres,
que regresaron otra vez a los reales, siendo los que había
llevado a la batalla, según dice Ctesias, sobre cuatrocientos
mil; pero Dinón y Jenofonte refieren haber sido muchos
más los que entraron en acción. De muertos dice
Ctesias que Artojerjes le refirió haber sido nueve mil,
y que a él le parece que en todo no bajaron los que perecieron
de veinte mil. En esto puede haber duda; pero lo que es una insigne
impostura de Ctesias es decir que él mismo fue enviado
a los Griegos con Falino de Zacinto y algunos otros, porque Jenofonte
sabía que Ctesias moraba en la corte del rey, puesto que
hace mención de él, y es claro que tuvo en las manos
sus libros; y si hubiera ido y sido intérprete de las conferencias,
no habría dejado de nombrarle cuando nombra a Falino de
Zacinto; y es que, siendo Ctesias sumamente ambicioso y no menos
apasionado de los lacedemonios y de Clearco, siempre deja para
sí mismo algunos huecos en la narración, y cuando
se ve en ella dice muchas y grandes proezas de Clearco y de Lacedemonia.
XIV. Después de la batalla envió los más
ricos y preciosos dones al hijo de Artagerses, muerto a manos
de Ciro, y honró magníficamente a Ctesias y a todos
los demás. Habiendo hallado al Caunio aquel que le dio
el odre, de oscuro y pobre lo hizo ilustre y rico. Se notó
cierto estudio hasta en los castigos de los que faltaron, porque
a un Medo llamado Arsaces que en la batalla huyó a Ciro
y otra vez se le pasó después de muerto éste,
queriendo en él castigar la timidez y cobardía,
y no la traición ni la maldad, le condenó a que,
tomando en hombros una ramera desnuda, la paseara así un
día entero por la plaza. A otro que sobre haberse pasado
se había atribuido con falsedad haber muerto a dos enemigos,
dispuso que le atravesaran la lengua con tres agujas. Creyendo
él mismo y queriendo que todos creyeran y dijeran que él
había sido quien había muerto a Ciro, a Mitridates,
que fue el primero en tirar contra Ciro, le envió magníficos
dones, encargando a los que habían de entregárselos
que le dijesen: Con estas preseas te premia el rey por haberle
presentado los arreos del caballo de Ciro, que te encontraste.
Pidiéndole asimismo recompensa aquel de Caria que dio a
Ciro en la pierna la herida de que murió, provino a los
que se la llevaban le dijesen en la propia forma: Este regalo
te lo hace el rey por segundas albricias, porque el primero fue
Artasiras, y después de él tú le anunciaste
la muerte de Ciro. Mitridates, aunque disgustado, recibió
su regalo y nada dijo; pero al miserable Cario le sucedió
lo que comúnmente padecen los necios, porque, deslumbrado
con los bienes presentes, pensó que podía subirse
a mayores, y desdeñando recibir lo que se le daba como
albricias, se mostró ofendido, protestando y gritando que
ninguno otro que él había muerto a Ciro, e injustamente
se le privaba de aquella gloria. Cuando se lo dijeron al rey,
se irritó sobremanera y mandó que le cortasen la
cabeza; pero la madre, que se hallaba presente: No has de
ser tú ¡oh rey!le dijo-, quien se dé con esto
por satisfecho respecto de este abominable Caria, sino que de
mí recibirá una recompensa digna de lo que ha tenido
el arrojo de decir. Habiéndoselo otorgado el rey,
dio orden Parisatis a los ejecutores de la justicia para que,
tomando bajo su poder aquel hombre, lo atormentaran por diez días,
y sacándole después los ojos, le echaran en los
oídos bronce derretido hasta que así falleciese.
XV. Al cabo pereció también malamente Mitridates
de allí a poco tiempo por su indiscreción. Convidado,
en efecto, a un banquete, al que asistieron los eunucos del rey
y de su madre, se presentó en él engalanado con
el vestido y alhajas de oro que aquel le había dado. Cuando
ya estaban cenando, le dijo el eunuco de más valimiento
entre los de Parisatis: Bellísimo es, ¡oh Mitridates!,
ese vestido que te dio el rey; bellísimos igualmente los
collares y demás adornos; pero más precioso el alfanje.
¡Ciertamente que te hizo venturoso y célebre entre
todos! Mitridates, que ya tenía la cabeza caliente:
¿Qué es esto?- dijo- ¡oh Esparamizes!
De mayores y más preciosos dones de parte del rey me hice
yo digno en aquel día. Entonces Esparamizes, sonriéndose:
Nadie te lo disputa ¡oh Mitridates!- le contestó-;
pero pues dicen los Griegos que la verdad es compañera
del vino, ¿qué cosa tan grande y tan brillante es,
amigo mío, encontrarse en el suelo los arreos de un caballo,
e ir después a presentarlos? Diciendo esto, no porque
ignorase lo que había pasado, sino para hacer se franquease
ante los demás que se hallaban presentes, picaba así
la vanidad de Mitridates, hablador ya y descomedido con el vino.
Así es que, no pudiendo contenerse: Vosotrosrepuso-
diréis todo lo que queráis de arreos y tonterías;
lo que yo os aseguro sin rodeos es que Ciro fue muerto por esta
mano, porque no tiré, como Artagerses, flojamente y en
vano, sino que erré poco del ojo, y acertándole
en la sien, y pasándosela, lo derribé al suelo,
habiendo muerto de aquella herida. Todos los demás,
poniéndose ya en el fin de aquella conversación,
y viendo la desgraciada suerte de Mitridates, bajaron los ojos
a tierra; y el que daba el convite: Amigo Mitridates- dijo-,
bebamos ahora y comamos adorando el genio del rey, y dejemos a
un lado razonamientos que están por encima de los que pide
un banquete.
XVI Fin seguida refiere el eunuco a Parisatis aquella conversación,
y ésta al rey, el cual se indignó en gran manera,
creyéndose desmentido y que se le hacía perder el
más precioso y más dulce fruto de la victoria, pues
estaba empeñado en hacer entender a todos los bárbaros
y a los Griegos que en los encuentros y choques, dando y recibiendo
golpes, él había sido herido, pero había
muerto a Ciro. Mandó, pues, que a Mitridates se le quitara
la vida, haciéndole morir enartesado, lo que es en esta
forma: tómanse dos artesas hechas de madera que ajusten
exactamente la una a la otra, y tendiendo en una de ellas supino
al que ha de ser penado, traen la otra y la adaptan de modo que
queden fuera la cabeza, las manos y los pies, dejando cubierto
todo lo demás del cuerpo, y en esta disposición
le dan de comer, si no quiere, le precisan punzándole en
los ojos; después de comer le dan a beber miel y leche
mezcladas, echándoselas en la boca y derramándolas
por la cara: vuélvenle después continuamente al
sol, de modo que le dé en los ojos, y toda la cara se le
cubre de una infinidad de moscas. Como dentro no puede menos de
hacer las necesidades de los que comen y beben, de la suciedad
y podredumbre de las secreciones se engendran bichos y gusanos
que carcomen el cuerpo, tirando a meterse dentro. Porque cuando
se ve que el hombre está ya muerto, se quita la artesa
de arriba y se halla la carne carcomida, y en las entrañas
enjambres de aquellos insectos pegados y cebados en ellas. Consumido
de esta manera Mitridates, apenas falleció el decimoséptimo
día.
XVII. Quedábale a Parisatis otro blanco, que era Masabates,
aquel eunuco del rey que cortó a Ciro la cabeza y la mano.
No le daba éste motivo ni asidero ninguno, y Parisatis
discurrió de este modo de traerle a sus lazos. Era para
todo mujer astuta, y diestra en el juego de los dados, por lo
que antes de la guerra jugaba muchas veces con el rey, y después
de ella, cuando ya se habían reconciliado, no se negaba
a las demostraciones del rey, sino que tomaba parte en sus diversiones
y era sabedora de sus amores, terciando en ellos y presenciándolos,
con el cuidado, sobre todo, de que conversara y se llegara a Estatira
lo menos posible, por aborrecerla más que a nadie, y también
para poder aparentar que ella era la que gozaba del mayor favor.
En una ocasión, pues, en que el rey estaba alegre y sin
qué hacer, lo provocó a jugar la suma de mil daricos;
echaron los dados, y habiéndose dejado ganar, entregó
el dinero. Fingió, sin embargo, sentimiento y gana de continuar,
proponiendo que se pusiera a jugar de nuevo, y que fuera lo que
se jugase un eunuco. Hicieron el convenio de que cada uno exceptuaría
cinco, los que tuviese de mayor confianza, y de los demás
el vencedor elegiría, y el vencido habría de entregarlo;
bajo estas condiciones se pusieron a jugar. Dio grande atención
al juego, no omitiendo nada de su parte, y como además
le fuesen favorables los lances, ganó y se hizo dueña
de Masabates, que no era de los exceptuados; y antes que él
pudiera tener sospecha ninguna de su intención, lo entregó
a los ejecutores de la justicia con orden de que lo desollaran
vivo; el cuerpo, puesto de lado, lo amarraron en tres cruces,
y la piel la tendieron con separación en otro palo. Hecho
esto, el rey manifestó el mayor pesar, mostrándosele
irritado, y ella por burla: ¡Cuán amable y
gracioso eres- le decía- si así te dueles por un
eunuco viejo y perverso, cuando yo, habiendo perdido mil daricos,
callo y aguanto! El rey, aunque no dejó de sentir
el engaño, nada hizo; pero Estatira, que abiertamente la
contradecía en todo, hizo también con esta ocasión
demostraciones de disgusto, no pudiendo sufrir que Parisatis diera
muerte injusta y cruel, a causa de Ciro, a los hombres y a los
eunucos más fieles al rey.
XVIII. Habiendo Tisafernes engañado a Clearco y a los
demás caudillos, y puéstolos en prisión con
quebrantamiento de las capitulaciones confirmadas con juramento,
dice Ctesias que Clearco le pidió le proporcionase un peine,
y que, provisto de él, se compuso y ordenó el cabello,
quedando muy agradecido a aquel favor, por el que le dio un anillo,
prenda de amistad, para sus parientes y deudos en Lacedemonia,
siendo lo que tenía grabado una danza de cariátides.
Añade que los víveres enviados a Clearco los sustraían
y consumían los soldados presos con él, dando a
Clearco una parte muy pequeña, como si a ellos la debiera;
y que él puso en esto remedio, negociando que se enviaran
más provisiones a Clearco y que se les dieran separadamente
a los soldados; y todo esto lo dispuso y ejecutó por favor
y con beneplácito de Parisatis. Como entre estas provisiones
se enviase todos los días a Clearco un jamón, le
mostró de qué modo podría poner entre la
carne un puñal y enviárselo escondido, rogándole
lo ejecutase y que no diera lugar a que su fin pendiera de la
crueldad del rey. Mas él no se prestó a semejante
propuesta, y habiendo la madre intercedido con el rey para que
no se diese muerte a Clearco, el rey se lo otorgó bajo
juramento; pero vuelto por Estatira, hizo quitar la vida a todos,
fuera de Menón. De resulta de esto dice que Parisatis atentó
a la vida de Estatira, preparándole un veneno, cosa poco
probable en cuanto a la causa, pues no parece que Parisatis había
de emprender acción tan atroz y exponerse por Clearco a
los mayores peligros, arrojándose a dar muerte a la mujer
legítima del rey, madre de los hijos que en común
habían educado para el reino. Pero es bien claro que todo
esto está exagerado en obsequio de la memoria de Clearco;
porque dice también que, muertos los caudillos, todos los
demás fueron comidos de perros o de aves; pero que en cuanto
al cadáver de Clearco, levantándose un recio huracán,
que acumuló un montón de tierra, la trajo sobre
él y le cubrió, y que, habiéndose plantado
allí unas palmas, en breve se formó un maravilloso
palmar, que hizo sombra a aquel sitio, tanto, que el rey mismo
se mostró muy pesaroso de haber dado muerte a un hombre
tan amado de los dioses como Clearco.
XIX. Parisatis, que desde el principio había mirado con
aversión y celos a Estatira, viendo que su poder no nacía
sino del respeto y honor en que la tenía el rey, y que
el de ésta tomaba sus quilates y su fuerza del amor y de
la confianza, se resolvió a armarle asechanzas, aventurándose,
como ella misma lo creía, a todo. Tenía una esclava
muy fiel y que gozaba de todo su favor, llamada Gigis, de la cual
dice Dinón haber sido quien dispuso el veneno, y Ctesias,
que sólo fue sabedora involuntariamente. Al que dio el
veneno, éste le llama Belitara, y Dinón, Melanta.
A Pesar de sus antiguas sospechas y disensiones, habían
empezado otra vez a visitarse y a cenar juntas, comiendo, aunque
con recelo y precaución, de los mismos platos preparados
por las mismas personas. Hay en Persia una ave pequeña
que no hace ninguna secreción, sino que en lo interior
toda es gordura, por lo que se cree que se mantiene del viento
y del rocío, y su nombre es Rintaces. Dice, pues, Ctesias
que Parisatis trinchó una de estas aves con un cuchillo
untado por un lado con el veneno, con lo que quedó emponzoñada
una parte del ave, y que comió ella la parte intacta y
pura, alargando a Estatira la que estaba inficionada. Dinón
dice que no fue Parisatis, sino Melanta quien trinchó el
ave, poniendo la carne envenenada al lado de Estatira. Como ésta
hubiese muerto con grandes dolores y convulsiones, ella misma
conoció la maldad, y el rey no pudo menos que concebir
sospechas contra la madre, mayormente sabiendo su índole
feroz e implacable. Por tanto, aplicándose al punto a hacer
indagaciones, prendió y atormentó a los sirvientes
y superintendentes de la mesa de la madre; por lo que hace a Gigis,
Parisatis la tuvo mucho tiempo consigo en su habitación,
sin querer entregarla al rey, que la reclamó; pero como
más adelante hubiese pedido que la dejara ir una noche
a su casa el rey lo llegó a entender, puso quien la acechase
y prendiese, y la condenó a muerte. La pena que en Persia
se da, según la ley, a los envenenadores es la siguiente;
tienen una piedra ancha sobre la que ponen la cabeza del criminal,
y con otra piedra se la machacan y muelen hasta quedar deshechas
la cara y la cabeza; y ésta fue la muerte que tuvo Gigis.
A Parisatis no le dijo o hizo Artojerjes otro mal que enviarla
con su voluntad a Babilonia, diciendo que mientras ésta
estuviese allí, no vería aquella ciudad. Tales fueron
y así pasaron las cosas domésticas.
XX. Quería el rey y hacía esfuerzos por apoderarse
de todos los Griegos que habían subido a la Persia como
había vencido a Ciro y había conservado el reino;
pero no habiéndolo conseguido, y antes habiéndose
ellos salvado por sí mismos, puede decirse que desde la
corte, no obstante haber perdido a Ciro y todos sus caudillos,
lo que éstos hicieron fue descubrir y revelar lo que era
el imperio de la Persia y las fuerzas del rey, reducido todo a
mucho oro, lujo y mujeres, y en lo demás, orgullo y vanidad;
con lo que toda la Grecia se tranquilizó y despreció
a los bárbaros, y aun a los Lacedemonios les pareció
cosa intolerable no sacar de su servidumbre a los griegos habitantes
del Asia, y no poner término a sus insolencias. Haciéndoles,
pues, la guerra, primero bajo el mando de Timbrón y después
de Dercílidas, sin hacer nada digno de mentarse, la encargaron
al rey Agesilao. Pasó éste con sus naves al Asia,
y desplegando al punto singular actividad, alcanzó un ilustre
nombre, venció de poder a poder a Tisafernes y sublevó
las ciudades. En vista de esto, meditando Artojerjes sobre el
modo de hacer la guerra, envió a la Grecia a Hermócrates
de Rodas con cantidad de oro y orden de regalar y corromper a
los demagogos de más influjo en las ciudades, a fin de
llevar la guerra griega sobre Lacedemonia. Hízolo así
Hermócrates, logrando que se rebelaran las ciudades más
principales; y habiéndose puesto también en movimiento
el Peloponeso, los magistrados llamaron del Asia a Agesilao. Así
se refiere que, al retirarse de aquella región, dijo a
sus amigos que había sido expelido del Asia por el rey
con treinta mil arqueros, porque el sello de la moneda persa es
un arquero o sagitario.
XXI Echó también del mar a los Lacedemonios, valiéndose
para caudillo de Conón el Ateniense con Farnabazo; porque
Conón, después del combate naval de Egospótamos,
se estacionó en Chipre, no para consultar a su seguridad,
sino esperando, como en el mar cambio de viento, así mudanza
en los negocios. Viendo, pues, que sus ideas necesitaban de poder
y que el poder del rey necesitaba de un hombre capaz, envió
una carta a éste sobre lo que meditaba, previniendo al
portador que la entregara por medio de Zenón de Creta o
de Polícrito, médico de Mendeo, y si éstos
no se hallasen presentes, por medio de Ctesias, también
médico. Refiérese que Ctesias fue el que recibió
la carta, y a lo que Conón escribía, añadió
que le enviara a Ctesias, porque le sería útil para
las empresas de mar; pero Ctesias dice que el rey, de movimiento
propio, le confió este encargo. Mas como después
de la victoria naval que alcanzó en Gnido, por medio de
Farnabazo y de Conón, hubiese despojado a los Lacedemonios
del imperio del mar, puso de su parte a la Grecia hasta el punto
de dictar a los Griegos aquella tan nombrada paz que se llamó
la paz de Antálcidas. El espartano Antálcidas era
hijo de León, y trabajando en favor del rey, negoció
que todas las ciudades griegas del Asia y las islas con ella confinantes
le serían tributarias, debiendo permitirlo así los
Lacedemonios, en virtud de la paz ajustada con los Griegos, si
es que puede llamarse paz una mengua y traición que trajo
a la Grecia a un estado más ignominioso que el que tuvo
jamás por término guerra ninguna.
XXII. Por tanto, habiendo abominado siempre Artojerjes de todos
los Espartanos, teniéndolos, como dice Dinón, por
los hombres más impudentes, a Antálcidas, cuando
subió a la Persia, le hizo los mayores agasajos; y en una
ocasión, tomando una corona de flores y mojándola
en un ungüento preciosísimo, la envió desde
la mesa a Antálcidas, maravillándose todos de tan
extraordinario obsequio. Ahora, él era hombre muy sujeto
a dejarse corromper del lujo y admitir semejante corona, cuando
en Persia había remedado por nota a Leónidas y Calicrátidas.
Y si Agesilao, según parece, al que dijo: ¡Desdichada
Grecia, cuando los Lacedemonios medizan!, le respondió:
Nada de eso, sino cuando los medos laconizan, la gracia
de este chiste no quitó la vergüenza y mengua del
hecho, pues ello fue que perdieron el principado por haber combatido
mal en Leuctras, y antes había sido ya mancillada la gloria
de Esparta con aquel tratado. Mientras Esparta conservó
la primacía, tuvo Artojerjes a Antálcidas por su
huésped, y le llamaba su amigo; pero después que,
vencidos en Leuctras, decayeron de su altura, y que por falta
de medios enviaron a Agesilao al Egipto, subió Antálcidas
a la Persia a pedir a Artojerjes socorriese a los Lacedemonios;
y éste de tal modo lo desdeñó, le desatendió
y le arrojó de sí, que hubo de volverse afligido
con el escarnio de los enemigos y el temor a los Éforos,
y se dejó morir de hambre. Subieron también a solicitar
el auxilio del rey Ismenias, y Pelópidas, después
que había vencido en la batalla de Leuctras; pero éste
nada hizo que pudiera parecer indecoroso: Ismenias, habiéndosele
mandado que adorase, dejó caer el anillo del dedo, y bajándose
a cogerlo, pasó por que había adorado. A Timágoras
Ateniense, que por medio de Beluris, su escribiente, le dirigió
un billete reservado, alegre de haberlo recibido, le envió
diez mil daricos, y porque hallándose enfermo necesitaba
ochenta vacas de leche. Mandóle además un lecho
con su estrado y hombres que lo armaran, por creer que los griegos
no sabrían, y portadores que le condujesen en litera hasta
el mar, hallándose delicado. Cuando ya hubo arribado, le
envió una cena tan suntuosa, que Ostanes, el hermano del
rey, le dijo: Acuérdate, Timágoras, de esta
mesa, porque no se te envía tan magníficamente adornada
con ligero motivo; lo que más era estímulo
para una traición que recuerdo para el agradecimiento.
En fin, los Atenienses condenaron a muerte a Timágoras
por causa de soborno.
XXIII. En una cosa dio gusto Artojerjes a los Griegos por tantas
con que los había mortificado, y fue en dar muerte a Tisafernes,
que les era el más enemigo y contrario, y se la dio por
sospechas que contra él le hizo concebir Parisatis, pues
no le duró mucho al rey el enojo sino que luego se reconcilió
con su madre y la envió a llamar, haciéndose cargo
de que tenía talento y un ánimo digno del trono,
y de que ya no mediaba causa ninguna por la que hubieran de recelar
disgustarse viviendo juntos. Desde entonces, conduciéndose
en todo a gusto del rey, y no mostrándose displicente Por
nada que hiciese, adquirió con él el mayor poder,
alcanzando cuanto quería; esto mismo la puso en estado
de observar que el rey estaba apasionadamente enamorado de Atosa
una de sus hijas, aunque por respeto a la madre, ocultaba y reprimía
esta pasión, como dicen algunos, no obstante que tenía
ya trato secreto con aquella joven. No bien lo hubo rastreado
Parisatis, cuando empezó a hacerle mayores demostraciones
que antes, y a Artojerjes le ponderaba su belleza y sus costumbres
como Propiamente regias y dignas del más, alto lugar. Persuadióle
por fin que se casase con aquella doncella y la declarase su legítima
mujer, no haciendo caso de las opiniones y leyes de los Griegos,
pues para los Persas él había sido puesto por Dios
como ley y norma de lo torpe y de lo honesto. Todavía añaden
algunos, de cuyo número es Heraclides de Cumas, que Artojerjes,
se casó también con su otra hija Amestris, de la
que hablaremos más adelante. A Atosa la amó el padre
con tal extremo después del matrimonio que, habiéndosele
plagado el cuerpo de herpes, no se apartó de su amor Por
esta causa ni lo más mínimo, y sólo hizo
plegarias por ella a Hera; la adoró sola entre los dioses,
llegando a tocar con las manos la tierra, e hizo que los sátrapas
y sus amigos le enviaran tantas ofrendas, que el espacio que media
entre el templo y el palacio, que es de dieciséis estadios,
estaba lleno de oro, plata, púrpura y pedrería.
XXIV. Habiendo movido guerra a los egipcios por medio de Farnabazo
e Ifícrates, le salió desgraciadamente a causa de
haberse éstos indispuesto entre sí. A los Cadusios
la hizo por sí mismo con trescientos mil infantes y diez
mil caballos: pero habiendo invadido un país áspero
y nebuloso, falto de los frutos que provienen de la siembra, y
que sólo da para el sustento peras, manzanas y otras frutas
silvestres a unos hombres belicosos e iracundos, no advirtió
que iba a verse rodeado de las mayores privaciones y peligros,
porque no encontraban nada que comer, ni había modo de
introducirlo de otra parte. Manteníanse solamente con las
acémilas, de manera que una cabeza de asno apenas se encontraba
por sesenta dracmas. La cena regia desapareció, y eran
muy pocos los caballos que quedaban, habiéndose consumido
los demás. En esta situación, Teribazo, que por
su valor muchas veces ocupaba el primer lugar, otras muchas era
retirado por su vanidad, y entonces se hallaba en desgracia y
puesto en olvido, fue el que salvó al rey y al ejército.
Porque siendo dos los reyes de los Cadusios y estando acampados
aparte, se presentó a Artojerjes, y dándole parte
de lo que pensaba ejecutar, se fue él en persona a ver
a uno de los Cadusios, y al otro envió a su hijo. Cada
uno engañó al suyo, diciéndolo que el otro
iba a enviar embajadores a Artojerjes para negociar con él
paz y alianza; por tanto, que, si tenía juicio, le convenía
llegar él el primero, para lo que le auxiliaría
en todo. Diéronles crédito ambos, y procurando cada
cual anticiparse, el uno envió embajadores a Teribazo,
y el otro a su hijo. Como hubiese habido alguna detención,
ya se levantaban sospechas y acusaciones contra Teribazo, y el
mismo rey empezaba a mirarle mal, arrepintiéndose de haberse
fiado de él y dejando campo abierto a sus enemigos para
calumniarle. Mas cuando se presentaron de una parte Teribazo y
de otra su hijo, con los Cadusios, y extendiéndose los
tratados se asentó la paz con ambos reyes, entonces alcanzó
Teribazo los mayores honores, e hizo la retirada al lado del rey,
el cual demostró en esta ocasión a todos que la
pusilanimidad y delicadeza no nacen del lujo y del regalo, como
cree el vulgo, sino de un natural viciado y pervertido que se
deja arrastrar de erradas opiniones. Porque ni el oro, ni la púrpura,
ni todo el aparato y magnífico equipaje de doce mil talentos
que seguía siempre a la persona del rey, le preservó
de sufrir trabajos e incomodidades como otro cualquiera, sino
que, con su aljaba colgada y llevando él mismo su escuda,
marchaba el primero por caminos montuosos y ásperos, dejando
el caballo, con lo que daba ligereza y aliviaba la fatiga a los
demás, viendo su buen ánimo y su aguante; porque
cada día hacía una marcha de doscientos o más
estadios.
XXV. Habiendo llegado a un palacio real, que en un país
escueto y desnudo de árboles tenía jardines maravillosos
y magníficamente adornados, como hiciese frío, permitió
a los soldados que cortaran leña en el jardín, echando
al suelo árboles, sin perdonar ni al alerce ni al ciprés.
No se atrevían por su grandor y belleza, y entonces, tomando
él mismo la segur, cortó el más alto y más
hermoso de aquellos árboles. Con esto ya los soldados hicieron
leña, y encendiendo muchas lumbradas, pasaron bien la noche.
Con todo, la vuelta fue perdiendo muchos hombres, y puede decirse
que todos los caballos. Pareciéndole que por aquel revés
y por haberse desgraciado la expedición se le tenía
en menos, como concibió sospechas contra las personas más
principales, y si a muchos quitó la vida por enojo, a muchos
más por miedo; porque el temor es muy mortífero
en el despotismo, así como no hay nada tan benigno, suave
y confiado como el valor. Por tanto, aun en las fieras, las intratables
e indómitas son las medrosas y tímidas: pero las
nobles y generosas, siendo más confiadas por su mismo valor,
no se hurtan a los halagos.
XXVI Siendo ya anciano Artojerjes, entendió que sus hijos,
ante sus amigos y ante los magnates, tenían contienda sobre
el trono: porque los más juiciosos deseaban que como él
mismo había recibido el reino, así, lo dejaría
a Darío; pero Oco, el menor de todos, que era de espíritu
fogoso y violento, tenía en el mismo palacio no pocos partidarios,
y esperaba ganar al padre principalmente por Atosa, a la que obsequiaba
para tomarla por mujer y para que reinara con él despuésde
la muerte del padre; corrían incluso rumores de que en
vida de éste tenía trato en secreto con ella, aunque
de esto no supo nada Artojerjes. Queriendo, pues, quitar cuanto
antes toda esperanza a Oco, precaver también que, arrojándose
a seguir el ejemplo de Ciro, el reino se envolviese en guerras
y contiendas, designó por rey a Darío, que se hallaba
en la edad de cincuenta años, y le concedió llevar
enhiesta la que llamaban Cítaris. Era ley dePersia que
el designado pedía una gracia, y el designante había
de otorgar la que se pidiese, como fuese posible y Darío
pidió a Aspasia, mujer muy estimada antes de Ciro, y contada
entonces entre las concubinas del rey. Era Aspasia de Focea, en
la Jonia, hija de padres libres y educada con particular esmero;
presentáronsela a Ciro con otras mujeres estando cenando,
y las demás, habiendo tomado asiento, como Ciro arrimándose
a ellas, usase de chanzas y de chistes, no se mostraban desdeñosas;
pero aquella se estuvo callada al lado del escaño, y llamándola
Ciro, no obedeció. Querían los camareros conducirla;
pero Tendrá que sentir- dijo ellacualquiera que venga
a echarme mano; con lo que por los circunstantes fue calificada
como ingrata e incivil. Mas Ciro se holgó de ello, y echándose
a reír, dijo al que había presentado aquellas mujeres:
¿Cómo hasta ahora no habías advertido
que, entre todas, ésta sola me traías libre e intacta?
Y desde entonces comenzó a obsequiarla y a preferirla a
todas, llamándola sabia. Quedó cautiva cuando, muerto
Ciro, fue saqueado su campamento.
XXVII. Con haberla pedido Darío causó disgusto
al padre, porque los celos de los bárbaros en lo relativo
a placeres son terribles; tanto, que no sólo el que se
arrima y toca a una concubina del rey, sino aun el que se adelanta
y pasa cuando es conducida en carruaje, incurre en pena de muerte.
Teniendo, pues, a Atosa, a la que, arrastrado del amor, había
hecho su mujer contra ley, y manteniendo trescientas setenta concubinas
de extremada belleza, sin embargo, a la demanda de ésta
respondió que era libre, y dio orden de que la tomase queriendo
ella; pero que contra su voluntad no se la obligase. Llamóse,
pues, a Aspasia, y como, contra lo que el rey esperaba, hubiese
preferido a Darío, la dio estrechado de la precisión
de la ley; pero de allí a poco se la quitó, nombrándola
sacerdotisa de Ártemis la de Ecbátana, llamada Anaitis,
para que viviera en castidad el resto de su vida, creyendo tomar
con esto del hijo una venganza no dura y grave, sino llevadera
y mezclada en cierto modo con una burla; pero éste no la
llevó con serenidad, o porque estuviese enamorado de Aspasia,
o porque se juzgase afrentado y escarnecido del padre. Percibió
esta disposición suya Teribazo, y todavía lo exasperó
más, juntando con la ofensa de éste las suyas, que
eran por este orden. Teniendo el rey muchas hijas, prometió
dar Apama por mujer a Farnabazo, Rodoguna a Orontes, y a Teribazo
Amestris. A los otros les dio sus prometidas; pero faltó
a la palabra a Teribazo, casándose él mismo con
Amestris, y desposando en su lugar con Teribazo a Atosa segunda;
y como se hubiese casado también con ésta, enamorado
de ella, del todo se desazonó y enemistó con él
Teribazo, que ya de suyo no era de índole sosegada, sino
inconsecuente y atolondrado. Por tanto, honrado unas veces entre
los primeros, y otras perseguido y desechado con ignominia, ninguna
de estas mudanzas las llevaba con cordura, sino que en la elevación
era insolente, y cuando se le reprimía, no se mostraba
modesto y contenido, sino iracundo y soberbio.
XXVIII. Era, pues, Teribazo fuego sobre fuego, estando siempre
inflamando a aquel joven con decirle que la Cítaris puesta
sobre la cabeza de nada servía a los que la llevaban si
no trabajaban por dar buena dirección a los negocios, y
que sería por tanto muy necio si, intentando de una parte
prevenirle en ellos el hermano con el favor del serrallo, y teniendo
de otra el padre un genio tan caprichoso e inconstante, creyese
que le era ya segura y cierta la sucesión; y que no era
lo mismo no salir Oco con su intento, que quedar él privado
del reino; porque Oco podía muy bien vivir feliz como hombre
privado; pero a él, designado ya rey, le era preciso o
reinar, o no existir. Por lo común, sucede aquello de Sófocles:
La persuasión del mal ligera corre; porque es muy fácil
y en pendiente la marcha a lo que se quiere, y los más
de los hombres apetecen lo malo porque no tienen experiencia y
conocimiento de lo bueno. Aquí, además, el esplendor
del mando y el temor de Darío a Oco le dieron un grande
asidero a Teribazo, y quizá no dejó de tener parte
de culpa la diosa Chipre, a causa de lo ocurrido con Aspasia.
XXIX. Entregóse, pues, enteramente a Teribazo, y cuando
ya eran muchos los rebeldes, un eunuco descubrió al rey
la conjuración y el modo, estando plenamente informado
de que tenían resuelto entrar aquella noche y matarle en
el lecho. Oído por Artojerjes, le pareció cosa fuerte
desatender tan grave peligro no dando valor a la denuncia; pero
aun le pareció más fuerte y terrible el darlo por
cierto sin ninguna prueba. Tomó, pues, este partido: al
eunuco le mandó que estuviera sobre ellos y los siguiese,
y él hizo que en el dormitorio abrieran un agujero en la
pared que estaba a espaldas del lecho, y, poniéndole puertas,
cubrió éstas con un tapiz. Llegada la hora, y avisado
por el eunuco del momento de la ejecución, se estuvo en
el lecho, y no se levantó de él hasta haber visto
los rostros de los agresores y conocídoles bien. Cuando
vio que desenvainaban las espadas y se encaminaban en su busca,
levantó sin dilación el tapiz y se retiró
a la cámara inmediata, cerrando con estrépito las
puertas. Vistos por él los matadores sin que hubiesen podido
ejecutar su hecho, dieron a huir por la puerta por donde entraron,
y decían a Teribazo que escapara, pues que habían
sido descubiertos, y los demás se dispersaron y huyeron;
pero Teribazo iba a ser preso, y dando muerte a muchos de los
guardias, con dificultad acabaron con él herido de un dardo
arrojado de lejos. Para Darío, que fue preso con sus hijos,
convocó Artojerjes los jueces regios, no hallándose
él presente, sino haciendo que otros le acusaran y dando
orden de que los dependientes escribieran el dictamen de cada
uno y se lo llevaran. Votaron todos con uniformidad condenándole
a muerte, y a los ministros lo pasaron a la pieza próxima.
Llamado el verdugo, vino prevenido del cuchillo con que se cortaba
la cabeza a los sentenciados; pero al ver a Darío se quedó
pasmado, y se retiró mirando a la puerta y manifestando
que no podía ni se atrevía a poner mano en el rey;
gritábanle y amenazábanle en tanto desde afuera
los jueces, con lo que volvió, y tomando a Darío
con la otra mano por los cabellos, y acercándolo a sí,
con el cuchillo le cortó el cuello. Dicen algunos que estuvo
el rey presente al juicio, y que Darío, cuando se vio convencido
con las pruebas, postrándose en el suelo, rogó y
suplicó; pero aquel, levantándose encendido en ira,
sacó el puñal y lo hirió hasta quitarle la
vida. Añaden que después pasó a palacio y,
adorando al Sol, dijo: Retiraos alegres, ¡oh Persas!,
y anunciad a los demás que el grande Oromazes ha dado el
debido castigo a los que habían meditado crímenes
tan atroces y nefandos.
XXX. Este fin tuvo aquella conjuración. Con esto Oco se
alentó en sus esperanzas fomentado por Atosa; mas, con
todo, aun le inspiraba miedo, de los legítimos, Ariaspes,
que era el que quedaba. y de los espurios, Arsames; porque en
cuanto a Ariaspes, deseaban los Persas que reinase, no tanto porque
era mayor que Oco como por su condición benigna, sencilla
y humana; y Arsames, además de tener talento, no se le
ocultaba a Oco que gozaba de la predilección del padre.
Incidió, pues, a entrambos, y siendo hombre tan propio
para un engaño como para un asesinato, usó de la
crueldad de su carácter contra Arsames, y de su maldad
y ruindad contra Ariaspes. Envió, pues, a éste varios
eunucos y amigos del rey que continuamente le estuviesen anunciando
amenazas y expresiones terribles del padre, como que tenía
resuelto quitarle la vida cruel o ignominiosamente. Dándole,
pues, a entender cada día que lo participaban estos secretos,
y diciéndole unas veces que el peligro no era próximo,
y otras que no faltaba nada para que el rey pusiera por obra su
designio, de tal manera le abatieron y fue tanto su aburrimiento
y su confusión sobre lo que haría, que preparó
un veneno mortal y, tomándole, se quitó la vida.
Cuando el rey supo el género de muerte de Ariaspes, le
lloró, y sospechó la causa; pero no se resolvió,
por la vejez, a inquirir y proceder sobre ella, y con esto aun
se acrecentó su amor a Arsames, notándose que de
él principalmente se fiaba, haciéndole su confidente:
por lo cual Oco no dilató sus proyectos, sino que, echando
mano de Arpates, hijo de Teribazo, por mano de éste le
dieron muerte. Eran ya entonces con la vejez muy pocas las fuerzas
de Artojerjes, y sobreviniéndole en este estado el pesar
de la muerte de Arsames, no pudo ni por momentos tolerarle, sino
que al punto, de dolor y abatimiento se le apagó lo poco
que le quedaba de espíritu, habiendo vivido noventa y cuatro
años y reinado sesenta y dos. Contribuyó no poco
a que tuviera opinión de benigno y morigerado su hijo Oco,
que sobrepujó a todos en fiereza y crueldad.
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