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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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ARTÍCULOS
SÓFOCLES
Y EURÍPIDES
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CLÁSICOS
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
LATÍN
Web sobre Latín Online
OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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BRUTO
I. El progenitor de Marco Bruto era Junio Bruto,
cuya estatua de bronce pusieron los antiguos Romanos en el Capitolio,
en medio de las de los reyes, con espada desenvainada, para dar
a entender que fue quien tuvo el valor de arrojar de Roma a los
Tarquinios. Mas aquel, teniendo un carácter áspero
y que no había sido suavizado por la doctrina, sino que
se conservaba con el temple del más duro acero, llevó
la ira contra los tiranos hasta dar muerte a sus propios hijos;
en cambio, éste cuya vida escribimos, templando sus costumbres
con la educación y la elocuencia por medio del estudio
de la filosofía, y despertando con el manejo de los negocios
su índole firme, aunque benigna, parece que se dispuso
y preparó con mayor cuidado al ejercicio de la virtud,
de manera que aun los que no le miraban bien por la conjuración
contra César, lo que hubo de generoso y noble en esta acción
lo atribuían a Bruto, y lo que ésta tuvo de atroz
y repugnante lo echaban sobre Casio, que, aunque era deudo y amigo
de Bruto, no era en sus costumbres igualmente sencillo y puro.
El linaje de su madre, Servilia, subía a Servilio Ahala,
que, aspirando Espurio Melio a la tiranía y moviendo con
esta mira sedición en el pueblo, tomó un puñal
bajo la ropa y, bajando a la plaza, se puso al lado de Melio,
como si tuviera que tratar con él algún negocio,
y al inclinarse éste para oírle le hirió
y mató. En este punto no hay disputa; en cuanto al linaje
paterno, los que por muerte de César mostraron enemiga
y encono contra Bruto dicen que no sube al que expulsó
a los Tarquinios, porque no le quedó sucesión después
de haber dado muerte a los hijos, sino que éste era plebeyo,
descendiente de un mayordomo de Bruto, y que hacía poco
habían aspirado a las magistraturas; pero el filósofo
Posidonio dice que, aunque fue cierto murieron los dos hijos de
Bruto, quedó otro tercero todavía muy niño,
de quien aquel linaje provenía, y que en algunos varones
señalados de la misma familia, a quienes había conocido,
se echaba de ver que su semblante tenía cierta semejanza
con el que la estatua representa. Mas en este punto baste lo dicho.
II. De la madre de Bruto, Servilla, era hermano Catón
el filósofo, a quien sobre todos se propuso imitar Bruto,
siendo su tío, y después su suegro. De los filósofos
griegos, para decir la verdad, ninguna secta le era nueva o extraña,
aunque más particularmente se había dedicado a las
de los discípulos de Platón, y no siendo muy adicto
a la Academia llamada nueva o media, estaba decidido por la antigua.
Miró siempre con admiración a Antíoco Escalonita,
e hizo su amigo y comensal al hermano de éste, Aristón,
varón inferior a muchos filósofos en la elocuencia
y erudición, pero en su probidad y modestia comparable
a los primeros. Por lo que hace a Émpilo, de quien él
mismo y sus amigos hacen mención en sus cartas, tratándole
igualmente de su comensal, era orador y dejó una relación
pequeña, pero no despreciable, de la muerte de César,
la que se intitulaba Bruto. Ejercitóse éste en latín
lo bastante para las arengas y para las contiendas del foro, y
en griego se descubre por algunas de sus cartas que se dedicó
a imitar la concisión sentenciosa de los Espartanos, como
cuando escribió a los de Pérgamo, hallándose
ya en la guerra: Oigo que habéis dado dinero a Dolabela:
si lo habéis dado por vuestra voluntad, reconoced que habéis
hecho mal, y si ha sido por fuerza, hacédmelo ver con darme
a mí voluntariamente. Otra vez a los de Samo: Vuestros
consejos celebrados con negligencia. Y vuestros auxilios tardíos,
¿qué fin pensáis que tendrán?
En otra carta acerca de los de Pátara: Los Jantios,
por haber despreciado mis beneficios hicieron de su patria el
sepulcro de su simpleza; y los Patareos, que se pusieron confiados
en mis manos para todo, gozan de su libertad; está, pues,
en vuestro arbitrio el optar entre el juicio de los Patareos y
la suerte de los Jantios. Éste es el estilo, de sus
cartas.
III. Siendo todavía joven, hizo viaje a Chipre con Catón,
su tío, enviado contra Tolomeo. Como éste se hubiese
quitado a sí mismo la vida teniendo Catón necesidad
de detenerse en Rodas, le había sido preciso mandar a Canidio,
uno de sus amigos, para la custodia de aquellos grandes intereses:
y temiendo que éste podía no preservarse puro de
ocultación, escribió a Bruto que se dirigiera sin
dilación a Chipre desde Panfilia, porque se hallaba allí
convaleciendo de una enfermedad. Embarcóse, pues, aunque
muy a su pesar, ya por sentir ajada la opinión de Canidio,
maltratado con esta desconfianza de Catón, y ya también
porque todo aquel cuidado y escrupulosa diligencia, siendo todavía
joven y dado a sus estudios, no lo miraba como muy liberal ni
como muy propio de su persona. Con todo, se venció en esto
a sí mismo hasta merecer los elogios de Catón, y
habiendo reducido a dinero toda aquella riqueza, encargándose
de la mayor parte de los caudales, se embarcó para Roma.
IV. Cuando ya la república estuvo dividida en dos parcialidades,
habiendo tomado las armas Pompeyo y César, y el gobierno
se puso en desorden, parecía cosa cierta que Bruto seguiría
el partido de César, porque su padre había sido
muerto poco antes por Pompeyo; pero, anteponiendo el interés
común a los personales y propios, como juzgase que la causa
de Pompeyo para la guerra era más justa que la de César,
abrazó la de aquel; y eso que antes, cuando se encontraba
con Pompeyo, ni siquiera lo saludaba, teniendo por grande abominación
dar la palabra al matador de su padre; entonces, no obstante,
se puso a sus órdenes, mirándole como caudillo de
la patria, y pasó a Sicilia en calidad de legado de Sestio,
a quien había cabido en suerte aquella provincia. Mas viendo
que nada señalado podía hacerse allí, y que
ya estaban al frente uno de otro Pompeyo y César para disputarse
el mando de la república, partió para la Macedonia,
deseoso de tener parte en la contienda; dícese que, contento
y maravillado Pompeyo, cuando fue a presentársele se levantó
de su asiento y le abrazó como a persona muy distinguida
y aventajada en presencia de todos. En el ejército, las
horas que no estaba al lado de Pompeyo las empleaba en escribir
y en los libros, no sólo en el tiempo anterior, sino cuando
ya se iba a dar la batalla de Farsalo. Era el rigor del verano
y hacía un excesivo calor, estando acampados en un país
pantanoso, y como no llegasen con tiempo los que le traían
la tienda, fatigado con este incidente, apenas a mediodía
pudo ungirse y comer un bocado, y mientras los demás dormían
o tenían la atención puesta en lo que iba a suceder,
él se detuvo escribiendo hasta la tarde, ocupado en ordenar
un compendio de Polibio.
V. Dícese que César no dejó de tener cuidado
de Bruto, sino que en la batalla previno a los jefes que tenía
cerca de sí que no le matasen, y antes le guardasen consideración,
llevándole a su presencia si voluntariamente se prestaba
a ello; pero que si hacía resistencia lo dejaran y no lo
violentasen, y que esto lo hacía en obsequio de la madre
de Bruto, Servilla, porque siendo joven había tratado a
ésta, que se mostraba muy prendada de él, y habiendo
nacido Bruto en el tiempo en que estos amores se hallaban en su
mayor fuerza, estaba creído que había nacido de
él. Refiérese asimismo que cuando en el Senado se
estaba tratando de aquella terrible conjuración de Catilina,
que estuvo a punto de arruinar la república, contendían
entre sí Catón y César, siendo de distinto
dictamen. En esto le entraron a César un billete que se
puso a leer para sí, clamando Catón que César
ejecutaba una acción muy reparable en recibir avisos y
billetes de los enemigos; y como muchos se mostrasen también
inquietos, entregó César el billete a Catón,
el cual, luego que vio ser un billete amoroso de su hermana Servilia,
se lo tiró a César, diciéndole: Toma,
borracho; y volvió a continuar su discurso; ¡tan
sabidos y públicos eran los amores de Servilla con César!
VI Padecida aquella gran derrota, Pompeyo se retiró por
mar y, cercado el campamento, Bruto pudo anticiparse a salir por
una puerta, dirigiéndose a un sitio pantanoso, inundado
de agua y poblado de cañas, del que marchó aquella
noche llegando sin tropiezo a Larisa: y habiendo escrito desde
allí César celebró saber que se había
salvado, y mandándole que fuese a su campo, no sólo
le dio por quito de toda culpa, sino que le mantuvo a su lado
honrándole como al que más. Nadie sabía decirle
el camino que había tomado Pompeyo, con lo que César
estaba en la mayor incertidumbre: pero marchando solo con Bruto
procuró explorar su ánimo, y habiendo juzgado, por
ciertas expresiones que Bruto había conjeturado acertadamente,
acerca de la fuga de Pompeyo, abandonando toda otra ruta se dirigió
al Egipto. A Pompeyo, pues, retirado a este reino, conforme Bruto
lo había pensado, allí le alcanzó su hado:
mas éste templó también la ira, de César
respecto de Casio. Tomando por su cuenta defender en Nicea al
rey Devótaro, quedó vencido por lo grave de los
cargos: pero rogando y suplicando por él, le salvó
gran parte de su reino. Refiérese que César la primera
vez que oyó hablar en público a Bruto prorrumpió
en esta expresión: Este joven no sé qué
es lo que quiere: pero todo lo que quiere lo quiere, con vehemencia:
y es que su misma entereza e inflexibilidad para no pedir nada
por favor, sino obrando en virtud de raciocinio y de una premeditada
resolución, cuando ya se determinaba, le hacía emplear
medios seguros y efectivos. Para las peticiones injustas era inaccesible
a la lisonja: y teniendo por indigno de un hombre grande el dejarse
vencer de los que son desvergonzadamente inoportunos, a lo que
algunos llaman vergüenza, solía decir que los que
no saben negar nada le parecía que no podían haber
hecho buen uso de la flor de su juventud. Al marchar César
al África contra Catón y Escipión, encomendó
a Bruto la Galia cisalpina, por buena dicha de esta provincia,
porque tratando los encargados de otras a sus habitantes como
cautivos, para éstos era Bruto descanso y consuelo aun
de los males antes sufridos, de todo lo que hacía que el
engrandecimiento fuese para César de tal manera, que cuando
después de su vuelta recorría la Italia, le fueron
un espectáculo muy agradable las ciudades sujetas a Bruto,
y Bruto mismo, que había aumentado su gloria y le recibía
también con reconocimiento.
VII. Eran varias las preturas, y no se dudaba que la de mayor
dignidad, llamada pretura urbana, sería de Bruto o Casio.
Dicen algunos que ya por otras causas estaban desacordados entre
sí, sin que esto hubiese salido al público, y que
con este motivo creció la discordia, sin embargo del deudo
que tenían, porque Casio estaba casado con Junia, hermana
de Bruto: pero otros aseguran que esta contienda fue obra de César,
que reservadamente daba esperanzas a entrambos, hasta que, excitados
y acalorados uno y otro, se mostraron competidores, contendiendo
Bruto con su buena opinión y con su virtud contra las muchas
y brillantes hazañas de Casio en la guerra de los Partos.
Enterado César de la pretensión, y consultando sobre
ella con sus amigos, dijo: Las alegaciones de Casio son
más justas, pero a Bruto se ha de dar la primera.
Nombrado, pues Casio para la segunda, no tuvo tanto agradecimiento
por la que se le dio como enojo y encono por aquella en que fue
vencido y Bruto, en general, participaba del poder de César
a medida de su voluntad, pues si hubiera querido, estaba en su
mano el ser el primero de los amigos de éste y el de mayor
influjo; pero le retrajo y apartó el deudo y amistad con
Casio, no porque se hubiese reconciliado con él desde aquella
competencia, sino porque daba oídos a sus amigos, que le
prevenían no se dejase seducir y ablandar por César,
y antes huyera los agasajos y obsequios de un tirano que los prodigaba,
no por hacer honor a su valor, sino para debilitar su firmeza
y enervar su aliento.
VIII. No dejaba César de tener algunas sospechas, ni carecía
del todo de antecedentes contra él; sólo que, si
por una parte temía su carácter firme, su opinión
y sus amigos, por otra confiaba en sus costumbres. Y, en primer
lugar, denunciándosele que Antonio y Dolabela intentaban
novedades, dijo que no le daban cuidado aquellos obesos y bien
mantenidos, sino los otros descoloridos y flacos, aludiendo a
Bruto y Casio. Acusando después ante él algunos
a Bruto, y previniéndole que, se guardara de él,
se tocó el cuerpo con la mano y dijo: Pues qué,
¿os parece que Bruto no ha de esperar esta carne?;
queriendo dar a entender que después de él a nadie
correspondía como a Bruto tener un poder igual al suyo;
y en verdad que habría llegado a ser el primero sin disputa
contento con ser por algún tiempo el segundo, hubiera dejado
que decayera su poder y se marchitara la gloria de sus triunfos.
Mas Casio, hombre iracundo y que más bien era personalmente
enemigo de César que por la república enemigo del
tirano, le acaloró e inflamó; dícese que
Bruto llevaba a mal aquel imperio, y Casio aborrecía al
emperador. Entre las varias quejas que contra él tenía,
era una el haberle quitado unos leones que había prevenido
para sus juegos edilicios, y que César se apropió
habiéndolos ocupado en Mégara cuando aquella ciudad
fue tomada por Caleno. Estas fieras se dice que fueron una gran
calamidad para los Megarenses, porque cuando ya la ciudad era
entrada, abrieron las puertas y cerrojos y desataron las cadenas
para que aquellos leones detuvieran a los enemigos; pero las fieras
se volvieron contra ellos mismos y, como corriesen sin armas,
los despedazaron; de manera que aun para los enemigos fue aquel
un espectáculo terrible.
IX. Respecto de Casio, ésta dicen que fue la principal
causa para conjurar contra César; en lo que no tienen razón,
porque desde el principio había en la masa de la sangre
de Casio un odio y rencor ingénitos contra toda casta de
tiranos, como lo manifestó siendo todavía niño
yendo a la misma escuela con Fausto, el hijo de Sila, pues como
éste le hablase con jactancia entre los demás muchachos,
celebrando la monarquía de su padre, levantándose
Casio, le dio de bofetadas. Querían los tutores y parientes
de Fausto reclamar sobre este hecho y perseguirlo en justicia,
pero se opuso Pompeyo, y haciendo comparecer a los dos niños,
se informó de lo sucedido, y se refiere que allí
mismo dijo Casio: Mira, Fausto, atrévete a proferir
aquí aquella expresión con que me irritaste, para
que otra vez te vuelva a bañar los dientes en sangre.
¡Éste era el temple de Casio! En cuanto a Bruto,
eran muchas las expresiones de sus amigos, y muchos los dichos
y escritos de los ciudadanos con que le provocaban y excitaban
a la empresa. Porque en la estatua de su progenitor Bruto, el
que destruyó la autoridad real, escribían: ¡Así
existieras ahora, Bruto! y ¡Ojalá vivieras,
Bruto!, y el tribunal del mismo Bruto, que era a la sazón
pretor, se encontraba por las mañanas lleno de escritos
que decían: Bruto, ¿duermes? En verdad que
tú no eres Bruto, La causa de todo esto eran los
aduladores de César, que inventaban en su obsequio honores
propios para concitar envidia, y ponían por la noche diademas
a sus estatuas con el fin de mover a la muchedumbre y apellidarle
rey en lugar de dictador; y resultó lo contrario, como
con la mayor puntualidad lo hemos escrito en la vida de César.
X. Habiendo Casio hablado a sus amigos, todos se mostraban prontos
si Bruto se ponía al frente, porque la empresa no necesitaba
tanto de manos y de arrojo como de la opinión de un hombre
tal cual era Bruto para que la diera valor y la hiciera parecer
justa con sólo el hecho de concurrir a ella; cuando, de
lo contrario, en la ejecución estarían más
desanimados, y después de ésta se hallarían
más expuestos a ser perseguidos, porque se creía
que Bruto no se habría negado a aquel hecho en caso de
tener una causa honesta. Habiéndole hecho fuerza estas
reflexiones, se fue a ver a Bruto por primera vez después
de la diferencia que hemos referido, y habiéndose reconciliado
y saludado afablemente, le preguntó si para el día
primero de marzo tenía resuelto concurrir al Senado, porque
había llegado a entender que los amigos de César
se disponían a hacer proposición entonces acerca
del reinado de éste. Respondióle Bruto que no concurriría,
y replicándole a esto Casio: ¿Y si nos llamasen?,
entonces dijo Bruto: No seré yo el que calle, sino
que emplearé las manos y pereceré antes que la libertad.
Alentado con esto Casio, ¿Qué romano mirará
tranquilo- le dijo- que tú perezcas? ¿Es posible,
Bruto, que así te desconozcas? ¿Te parece que son
los tejedores o los taberneros los que arrojan en tu tribunal
aquellos escritos, y no los primeros y más aventajados
ciudadanos? Los cuales, si de los otros pretores esperan donativos,
espectáculos y gladiadores, de ti reclaman como una deuda
hereditaria la ruina de la tiranía, dispuestos a todo por
ti si te muestras cual esperan y cual es la opinión que
de ti tienen. Abrazó con esto a Bruto, y despidiéndose
de él, se fueron cada uno en busca de sus amigos.
XI Había entre los amigos de Pompeyo un tal Quinto Ligario,
a quien César había absuelto de la causa contra
él intentada con este motivo. No estando agradecido por
la absolución que consiguió, sino resentido siempre
por el origen que la acusación tuvo, era enemigo de César,
y uno de los más íntimos amigos de Bruto; y habiendo
ido éste a verle con ocasión de hallarse enfermo,
¡Oh Ligario- le dijo-, en qué ocasión
estás malo!, y él, levantándose al
punto apoyado en el codo, y tomándole la diestra: Si
tienes ¡oh Bruto!- le dijo- algún pensamiento que
sea digno de ti, en este caso estoy bueno.
XII. En consecuencia de esto iban tanteando con cuidado a aquellos
de sus conocidos que les inspiraban mayor confianza, comunicándoles
el secreto y asociándolos a la empresa, para lo que hacían
elección, no precisamente de los más amigos, sino
de los que sabían que eran más resueltos, teniendo
al mismo tiempo opinión de virtud y de que miraban con
desprecio la muerte. Por esta causa se guardaron de Cicerón,
que en cuanto a fidelidad y en cuanto a afecto era el primero
para todos ellos, no fuera que, faltándole por carácter
la osadía y habiendo adquirido antes de tiempo la circunspección
y cautela de los viejos, que le hacía proceder en todo
con la mayor cuenta, aspirando a una absoluta seguridad, embotara
los filos de su resolución en un negocio que lo que requería
era presteza. Entre otros de sus amigos también dejó
Bruto a un lado a Estatilio el epicúreo y a Favonio, el
admirador de Catón, porque habiéndoles hecho alguna
remota indicación, y aun ésta por rodeos, en la
conversación familiar y tratando asuntos de filosofía,
Favonio le respondió que la guerra civil era peor que una
monarquía ilegítima, y Estatilio le expresó
que al hombre sabio y de juicio no le estaba bien ni le incumbía
exponerse a nada, ni perder su quietud por los necios y malos.
Hallábase presente Labeón, y contradijo a uno y
a otro, y Bruto, haciendo como que tenía la cuestión
por difícil y de no expedita resolución, calló
por entonces, pero luego participó a Labeón el proyecto.
Entró en él con calor, y después les pareció
conveniente solicitar y atraer al otro Bruto, llamado por sobrenombre
Albino, pues aunque de suyo no era esforzado ni de grande ánimo,
contaba con el apoyo de un gran número de gladiadores que
estaba manteniendo para darlos en espectáculo a los romanos,
y gozaba, además, de la confianza de César. Habiéndole
hablado primero Casio y Labeón, nada les respondió;
pero yendo él en seguida a buscar a Bruto, enterado de
que éste estaba al frente de la empresa, se ofrecía
a concurrir a ella con la más pronta voluntad, habiendo
sido la reputación de Bruto la que atrajo a los más
y a los de mayor crédito y opinión de virtud: y
sin embargo de que nada juraron, de que se dieron seguridades
de unos a otros, ni intervino ningún sacrificio, de tal
manera guardaron el secreto en su pecho, lo callaron y reservaron,
que se hizo increíble su designio, a pesar de que los agüeros,
los prodigios y las víctimas de los dioses lo estaban anunciando.
XIII. Veía Bruto que pendía de él lo más
excelente de Roma en saber, en linaje y en virtud, y se le representaba
todo el peligro; mas con todo, fuera de casa procuraba encerrar
dentro de sí mismo su cuidado y componer su semblante.
Dentro de ella y por la noche ya no era lo mismo, sino que de
una parte la grandeza del cuidado le descubría contra su
voluntad durante el sueño, y de otra, embebido en la idea
y agitado en dudas, no podía ocultar a su mujer, compañera
de su lecho, que traía una inquietud desacostumbrada, y
que revolvía en su ánimo algún proyecto peligroso
y difícil. Era Porcia hija, como hemos dicho, de Catón,
y se casó con ella Bruto, su primo, no de doncella, sino
de viuda, cuando todavía era jovencita, muerto su primer
marido, habiéndole quedado de éste un niño
de corta edad llamado Bíbulo, del cual se conserva todavía
hoy un librito con el título de Cosas memorables de Bruto.
Siendo Porcia mujer dada a la filosofía, amante de su marido
y llena de prudencia y, cordura, no se resolvió a preguntar
a éste acerca de su secreto, sin haber hecho antes en sí
misma la siguiente prueba. Tomó una navaja de aquellas
con que los barberos cortan las uñas, y habiendo hecho
retirar del dormitorio a todas las criadas, se hizo en el muslo
una cortadura profunda, tanto, que fue muy grande el flujo de
sangre que se siguió, y se le levantaron vivos dolores
y violenta fiebre de resultas de la herida. Angustiábase
Bruto y lo sentía profundamente, mientras Porcia, en lo
más recio de su incomodidad, le habló de esta manera:
Yo, Bruto, siendo hija de Catón vine a tu casa, no
como las concubinas a participar sólo de tu lecho y de
tu mesa, sino a participar también de tus satisfacciones
y de tus pesares. Por lo que hace a ti, no tengo de qué
quejarme; pero de mi parte, ¿qué prueba o qué
retribución te puedo dar, si ni siquiera divides conmigo
tus secretos, y un cuidado que al parecer exige fidelidad? Bien
sé que la naturaleza femenil es débil para poder
guardar secreto; pero alguna fuerza tienen ¡oh Bruto! la
buena educación y el honesto trato. En mí, con ser
hija de Catón, se reúne el ser mujer de Bruto; y
si antes podía desconfiar de poder corresponder a estos
títulos, ahora ya estoy cierta de que aun al dolor soy
invencible. Y al decir esto le muestra la herida y le refiere
la prueba que había hecho. Quedó Bruto pasmado,
y tendiendo las manos pidió a los dioses le concedieran
salir bien de la empresa, y comparecer como marido digno de Porcia,
tomando después disposición para la curación
de aquella heroica mujer.
XIV. Convocado un Senado, al que no se dudaba asistiría
César, se determinaron a que en él fuese la ejecución,
porque allí podrían estar juntos sin hacerse sospechosos,
y se hallarían presentes los mejores y más distinguidos
ciudadanos; y efectuado aquel gran designio, al punto declararían
restablecida la libertad. Hasta el lugar parecía designado
por los dioses, y que les era favorable, porque era un pórtico
unido al teatro con asientos alrededor, en el que había
una estatua de Pompeyo erigida allí por la república
cuando éste embelleció aquel sitio con los pórticos
y el teatro. Para aquel pórtico se había convocado
el Senado que había de tenerse a mitad de marzo, en el
día que es llamado los Idus por los Romanos; de manera
que parece que algún genio condujo allí a César
para ser inmolado en desagravio a Pompeyo. Llegado este día,
Bruto salió de su casa con un puñal en la cinta,
sin que lo supiese otro que su mujer, los demás, habiéndose
juntado en casa de Casio, acompañaron a la plaza a un hijo
suyo que iba a tomar la toga viril. Desde la plaza pasaron todos
al pórtico de 'Pompeyo, donde hacían tiempo, porque
se decía que César iba a venir luego al Senado.
De lo que allí se hubiera admirado cualquiera que estuviese
en lo que iba a suceder sería de la serenidad e imperturbabilidad
de aquellos hombres, porque teniendo muchos, por ser pretores,
que celebrar audiencia, no sólo oyeron tranquilamente,
como si nada llamase su atención, a cuantos acudieron y
se presentaron, sino que dieron unas sentencias arregladas y cuales
correspondía, viéndose que se habían enterado
con cuidado de los negocios. Hubo un ciudadano que, no queriendo
sujetarse a pagar una multa que se le habla impuesto, apeló
a César, gritando y alborotando acaloradamente, y Bruto,
vuelto a los que se hallaban presentes: A mí- les
dijo- César no me quita ni me quitará que decida
conforme a las leyes.
XV. Sucediéronles, sin embargo, muchos accidentes propios
para hacer que se sobresaltasen: el primero, haberse tardado César
hasta estar muy adelantado el día, siendo detenido en casa
por su mujer sin resolverse a hacer las libaciones, e impedido
para salir por los agoreros. Segundo, llegándose uno a
Casca, que era de los conjurados, le tomó de la mano y
le dijo: Tú bien te has guardado de mí ¡oh
Casca! y no has querido decirme nada; pero Bruto me lo ha manifestado
todo. Como Casca se quedase pasmado, echándose el
otro a reír: ¿De dónde, amigo- le dijo-,
has enriquecido tan pronto para aspirar a ser edil? ¡Tan
expuesto estuvo Casca a deslizarse, y con la duda hacer traición
al secreto! Al mismo y a Casio los saludó con la mayor
expresión un varón senatorio llamado Popilio Lenas,
y hablándoles pasito al oído: Hago votos con
vosotros- les dijo- para que tenga próspero fin lo que
meditáis, y os aconsejo que no deis largas, porque no deja
de divulgarse vuestro intento. Y dicho esto se retiró,
haciéndoles sospechar que ya la cosa era pública.
En esto corrió uno a Bruto desde su casa, anunciándole
que su mujer se moría, porque Porcia, agitada con la idea
de lo que sucedería, y no pudiendo llevar un cuidado de
tal tamaño, con dificultad podía estar queda en
casa, y saliendo fuera de sí a cualquiera voz o cualquiera
ruido, a manera de las que están poseídas de los
furores báquicos, a cuantos llegaban de la plaza les preguntaba:
¿Qué hace Bruto?, y continuamente después
de éstos estaba enviando otros. Por último, como
pasase mucho tiempo, ya su naturaleza no pudo resistir más,
sino que se quebrantó y abatió, faltándole
el espíritu en aquellas angustias, y antes de poder retirarse
a su cuarto, sentada como estaba en el patio entre las criadas,
la sobrecogió un desmayo con una violenta convulsión.
Mudósele asimismo el color y perdió enteramente
la voz, con lo que aquellas levantaron el grito, y acudiendo con
presteza los vecinos a la puerta de casa, corrió al punto
el rumor y la fama de que era muerta; pero recobróse luego,
y vuelta en sí, las mujeres que tenía a su lado
pensaron en los medios de que se recobrase; mas Bruto, aunque
se turbó, como era natural, con la voz que llegó
a sus oídos, no por eso abandonó el interés
común por acudir al propio, arrastrado de su particular
afecto.
XVI Anuncióse en esto que llegaba César conducido
en litera, porque, desalentado con lo que habían significado
las víctimas, iba en ánimo de no resolver negocio
ninguno de entidad, sino diferirlos, pretextando hallarse indispuesto.
Arrimósele al apearse de la litera aquel mismo Popilio
Lenas, que poco antes había manifestado a Bruto y Casio
que hacía votos por que acometieran y salieran bien de
su empresa, y se puso a hablar con él por bastante tiempo,
teniéndole parado y atento a lo que le decía. Los
conjurados, si así se les puede llamar, no percibían
lo que le hablaba; pero conjeturando, por lo que tenían
en su imaginación, que aquel coloquio era una denuncia
de su proyecto, quedaron enteramente desconcertados, y mirándose
unos a otros, se advertía en sus semblantes que miraban
como indispensable el no aguardar a que los prendieran, sino quitarse
la vida por su propia mano. Casio y algunos más se observaba
que por debajo de la toga empuñaban las espadas; pero Bruto,
notando que la disposición y actitud de Lenas era de hombre
que rogaba con ahínco, y no de quien denunciaba, aunque
nada dijo, porque se hallaban entre otros muchos, con mostrar
un semblante alegre, tranquilizó a Casio y a los demás.
De allí a poco, Lenas besó la mano a César,
y se retiró, no dejando duda con esto de que le había
hablado de sí mismo, o de cosa que le pertenecía.
XVII. Al entrar el Senado en el salón, los demás
conjurados se colocaron alrededor de la silla de César,
como si tuvieran algo que tratar con él, y se dice que
Casio, volviéndose a la estatua de Pompeyo, imploró
su auxilio como si le oyera, mientras Trebonio, saludando a Antonio,
y trabando conversación con él, le detuvo a la parte
de afuera. Al entrar César se levantó el Senado;
pero luego que se sentó, aquellos le rodearon en tropel,
enviando delante a Tulio Cimbro, con pretexto de pedirle por un
hermano desterrado; todos intercedían con él, tomando
a César las manos y besándole en el pecho y la cabeza.
Al principio desechó sus súplicas; pero viendo que
no desistían, se levantó con enfado, y entonces
Tulio retiró con entrambas manos la toga de los hombros,
y Casca fue el primero, porque se hallaba a la espalda, que, desenvainando
el puñal, le dio una herida poco profunda en el hombro.
Echóle mano César a la empuñadura y, dando
un grito, le dijo en lengua latina: Malvado Casca, ¿qué
haces? Y éste, llamando a su hermano, le pedía
en griego que le socorriese. Herido ya de muchos, miró
en rededor, queriendo apartarlos; pero cuando vio que Bruto alzaba
el puñal contra él, soltó la mano de que
tenía asido a Casca, y cubriéndose la cabeza con
la toga, entregó el cuerpo a los golpes. Hiriéronle
sin compasión, empleándose contra su persona muchos
puñales, con los que se lastimaron unos a otros, tanto
que Bruto recibió una herida en una mano, queriendo concurrir
a aquella muerte, y todos se mancharon de sangre.
XVIII. Muerto César de esta manera, Bruto saliendo en
medio del salón, quiso hablar para contener al Senado,
procurando tranquilizarle: pero éste huyó en desorden,
y en la puerta hubo gran confusión, atropellándose
unos a otros, sin que nadie los persiguiese ni los impeliese,
porque los conjurados tenían firmemente resuelto no dar
muerte a ninguno otro, sino llamar y restituir a todos los ciudadanos
a la libertad. Al principio, cuando empezaron a tratar del proyecto,
a todos los demás les había parecido conveniente
acabar después de César con Antonio, hombre inclinado
a la tiranía, insolente, que se había formado cierto
poder por medio de su trato y familiaridad con los soldados, y
que más que con su osadía natural y su ambición
reunía entonces la dignidad del consulado, siendo colega
de César; pero Bruto se opuso a este pensamiento, alegando
primero que no era justo, y recurriendo en segundo lugar a la
esperanza de que podía mudar, porque no desconfiaba de
que, siendo Antonio de buena índole, ambicioso y amante
de gloria, quitado el estorbo de César, querría
cooperar a la libertad de la patria, excitado a lo honesto con
el ejemplo y por la emulación con ellos. De este modo salvó
Bruto a Antonio, el cual, en aquellos primeros instantes de miedo,
huyó disfrazado con el traje de un hombre plebeyo. Bruto
y sus socios corrían al Capitolio con las manos ensangrentadas,
y mostrando los puñales desnudos, llamaban a los ciudadanos
a la libertad. Al principio hubo en la ciudad lamentos, y las
carreras que con motivo del suceso no pudieron menos de verificarse
aumentaron la turbación y desorden; pero cuando se vio
que no había ninguna otra muerte, ni ningún robo
de las cosas que estaban a mano, subieron confiados en busca de
los de la conjuración al Capitolio los senadores y muchos
de los de la plebe. Habiéndose juntado un gran concurso,
habló Bruto al pueblo en términos propios para atraerle,
y convenientes a lo que se había ejecutado. Como aplaudiesen
y les gritasen que bajaran, bajaron sin recelo a la plaza los
demás juntos en pos unos de otros; pero a Bruto, desde
lo alto, lo condujeron en medio con gran pompa muchos de los principales,
hasta colocarlo en la tribuna en el sitio que se llama los Rostros.
A este espectáculo la muchedumbre, aunque de muchas castas
y con disposición de tumultuarse, tuvo respeto a Bruto,
y esperó con orden y en silencio a ver lo que era aquello;
habiéndose presentado a hablar, prestaron atención
a lo que decía; pero mostraron luego que no era de su agrado
lo sucedido, pues habiendo empezado a hablar Cina acusando a César,
se mostraron irritados y le llenaron de improperios, hasta tal
punto que tuvieron que retirarse otra vez al Capitolio. Allí,
temiendo Bruto que se les sitiase, despidió a los ciudadanos
más valerosos, que eran los que los habían acompañado,
por no considerar justo que, no habiendo tenido parte en la culpa,
la tuvieran en el peligro.
XIX. Con todo, reunido al otro día el Senado en el templo
de la Tierra, como Antonio, Planco y Cicerón propusiesen
una amnistía y concordia, pareció conveniente no
sólo ofrecer la impunidad a los conjurados, sino que además
los cónsules consultasen acerca de los honores que habían
de concedérseles; tomados estos acuerdos, se disolvió
el Senado. Envió enseguida Antonio a su hijo como en rehenes
al Capitolio, con lo que bajaron Bruto y los suyos, saludándose
y abrazándose todos mutuamente, confundidos unos con otros,
y a Casio se le llevó Antonio a cenar a su casa, a Bruto
Lépido, y de los demás cada uno a aquel con quien
tenía mayor amistad, o a quien miraba con más inclinación.
Congregado otra vez al día siguiente al amanecer el Senado,
en primer lugar se decretaron honores a Antonio, por ser quien
cortaba y sofocaba el germen de la guerra civil, y después
de prorrumpir todos los presentes en alabanzas de Bruto, se procedió
a la distribución de las provincias, decretándose
a Bruto la isla de Creta; a Casio, el África; a Trebonio,
el Asia; a Cimbro, la Bitinia, y al otro Bruto, la Galia confinante
con el Po.
XX. Tratóse después de esto del testamento y de
las exequias de César, y pretendiendo Antonio que aquel
se leyese y que el entierro no fuese oculto y sin la debida pompa,
para no dar nueva ocasión de incomodidad al pueblo, Casio
se le opuso con ardor; pero Bruto cedió y se prestó
a su deseo, cometiendo en esto una nueva falta a juicio de todos,
pues ya con haber conservado la vida a Antonio se creyó
que había creado a la conjuración un enemigo poderoso
y malo de reducir, y que ahora, con haber condescendido en que
las exequias se hicieran según el deseo de Antonio, había
consumado el anterior yerro. Porque, en primer lugar, como por
el testamento se hubiesen de dar setenta y cinco dracmas a cada
uno de los Romanos y se hubiesen legado al pueblo los huertos
que tenía César al otro lado del río, donde
está ahora el templo de la Fortuna, fue grande el amor
y deseo que de él se excitó en los ciudadanos; y
después, traído el cadáver a la plaza, como
Antonio hiciese su elogio según costumbre y viese al recorrer
sus hechos que la muchedumbre se mostraba conmovida, queriendo
inclinarla a la compasión, tomó en sus manos la
túnica de César empapada en sangre, y la manifestó
desplegada, haciendo que apareciese el gran número de las
heridas. Con esto ya todo se puso en desorden, porque empezaron
unos a gritar que se diera muerte a los asesinos, y arrebatando
otros, como antes se había hecho con el tribuno de la plebe
Clodio, los escaños y mesas de las oficinas, los amontonaron
y levantaron una grande hoguera, sobre la que pusieron el cadáver,
quemándole y como consagrándole en medio de muchos
lugares santos, inaccesibles e inviolables. No bien se encendió
el fuego, cuando unos por una parte y otros por otra, tomando
tizones a medio quemar, corrieron a las casas de los matadores
para incendiarlas; pero éstos, fortificándose muy
bien, evitaron entonces el peligro. Había un tal Cina,
poeta, el cual no sólo había tenido parte alguna
en la conjuración, sino que más bien era de los
amigos de César. Había tenido un sueño en
el que le parecía que, convidado por César a la
cena, se había excusado; pero éste se había
empeñado y precisándole a asistir, y que, por fin,
tomándole de la mano, le había introducido a un
sitio anchuroso y oscuro, al que con repugnancia y susto le había
seguido. Después de este sueño, hizo la casualidad
que en aquella noche le dio calentura, y sin embargo, siendo a
la mañana el entierro, creyó que sería reparable
el no concurrir, por lo que se metió entre la muchedumbre,
que ya andaba alborotada. Viéronle, y teniéndolo
por otro del que era, pues creyeron fuese el que pocos días
antes había llenado de improperios a César en el
Senado, le hicieron pedazos.
XXI Después de la mudanza de Antonio, esta disposición
del pueblo fue la que más cuidado dio a Bruto y a los suyos,
obligándoles a salir de la ciudad y a detenerse desde luego
en Ancio, dando lugar a que se pasase y disipase el encono para
volver después a Roma, lo que esperaban se verificaría
pronto en una muchedumbre en quien el ímpetu de la ira
es inconstante y momentáneo, y más teniendo de su
parte al Senado, que, dejando a un lado a los despedazadores de
Cina, había hecho formar causa y poner presos a los que
se habían dirigido contra las casas de los otros. Agregábase
a esto que, disgustado ya el pueblo porque Antonio casi se había
erigido en monarca, echaba de menos a Bruto, de quien aguardaba
que concurriría a dar en persona los juegos de que con
motivo de su pretura era deudor a la ciudad; pero habiendo éste
sabido que muchos de los que habían militado con César,
y habían recibido de su mano tierras y ciudades, le armaban
asechanzas, introduciéndose a este efecto en partidas pequeñas
en la ciudad, no se atrevió a venir, y el pueblo gozó
de los espectáculos en su ausencia, sin que por eso se
perdonase gasto o dejasen de ser brillantes; porque teniendo compradas
muchas tierras, dio orden de que nada se reservase u omitiese,
sino que se hiciera uso de todo, y bajando él mismo a Nápoles,
habló por sí a muchos de los representantes, y acerca
de un tal Canucio, que en los teatros gozaba entonces de la mayor
fama, escribió a sus amigos para que trataran con él
y se lo agenciasen, porque no era permitido hacer violencia a
ningún griego. Escribió también a Cicerón,
rogándole que no dejase de asistir a los juegos.
XXII. Cuando se hallaban los negocios en este estado, sobrevino
otra mudanza con la llegada de César el joven, porque siendo
hijo de una sobrina del dictador, lo adoptó éste
por hijo suyo y le nombró su heredero. Hallábase
en Apolonia cuando fue muerto César, entregado al estudio
de la elocuencia, y además esperaba allí a éste,
que tenía resuelto marchar muy en breve contra los Partos.
Luego que tuvo noticia de aquel suceso, se vino a Roma, y tomando
el nombre de César por principio de hacer suya la muchedumbre,
con esto y con distribuir a los ciudadanos el dinero que les había
sido legado se formó un partido contra el de Antonio, y
haciendo otros donativos, ganó y atrajo al suyo a muchos
de los que habían militado bajo César. Como Cicerón,
por su odio contra Antonio, favoreciese los intentos de César,
Bruto le reprendió ásperamente, escribiéndole
que Cicerón no esquivaba tener un señor, sino que
lo que temía era un señor que le aborreciese, y
trabajaba por la elección de una servidumbre más
benigna, escribiendo y diciendo que César era humano, y
nuestros padres-añadía- no podían sufrir
señores, por benignos y suaves que fuesen, y que si bien
entonces no se determinaba a hacer la guerra, tampoco a estarse
absolutamente en ocio, pues lo que tenía firmemente resuelto
era no ser esclavo, admirándose de que Cicerón temiese
la guerra civil y sus peligros, y no mirase con horror una paz
ignominiosa e indigna, pidiendo por salario de derribar a Antonio
el tener a César por tirano.
XXIII. Así hablaba Bruto en sus primeras cartas; pero
cuando ya todo quedó dividido entre César y Antonio,
y los ejércitos se vendían, como en subasta, al
que más daba, desesperando enteramente de los negocios,
determinó dejar la Italia, y a pie se encaminó a
Elea, en busca del mar, por la Lucania. Debiendo Porcia regresar
desde allí a Roma, quería ejecutarlo sin noticia
de Bruto, por la gran pena que le causaba; pero un cuadro le hizo
traición y la descubrió en medio de que era mujer
de mucho espíritu, porque contenía un suceso griego
que era la despedida de Héctor, llevándose consigo
Andrómaca el hijo, y quedándose con los ojos fijos
en aquel. La representación de este acto tan tierno le
arrancó a Porcia las lágrimas, y yéndosele
todo el día en mirarle, prorrumpía en sollozos;
y como Acilio, uno de los amigos de Bruto, recitase aquellos versos
de Andrómaca a Héctor: Tú me eres, Héctor,
padre y madre cara, y amado hermano, y floreciente esposo, dijo
sonriéndose Bruto: Pues en cuanto a mí, no
cuadra replicar con lo que respondió Héctor: Tú
a las criadas de la rueca y telas la diaria tarea les reparte;
porque si le falta a Porcia el cuerpo para igualarnos en hechos
de valor, en su ánimo se sacrifica por la patria al par
de nosotros. Así nos lo dejó escrito el hijo
de Porcia, Bíbulo.
XXlV. Embarcándose allí Bruto, se dirigió
a Atenas, donde el pueblo le hizo el más afectuoso recibimiento
por medio de aclamaciones y decretos. Habiéndose alojado
en casa de un huésped suyo, se dedicó a oír
al académico Teomnesto y al peripatético Cratipo;
entregado con ellos a la filosofía, parecía que
estaba ocioso y del todo descuidado; pero procuraba en tanto las
cosas de la guerra sin dar de sí la menor sospecha, porque
envió a la Macedonia a Heróstrato para ir atrayendo
a los que en aquella parte mandaban tropas, y en Atenas hizo de
su partido a los jóvenes romanos que estaban allí
haciendo sus estudios, entre los cuales se hallaba el hijo de
Cicerón, al que celebra sobremanera, diciendo que, despierto
o dormido, siempre se admiraba de verle ciudadano, y tan excelente
y tan enemigo de tiranos. Dando ya a las claras principio a su
empresa, como supiese que no se hallaban lejos algunas embarcaciones
romanas que conducían caudales del Asia, y que en ellas
navegaba el pretor, varón de buen carácter y conocido
suyo, salió a avistarse con él cerca de Caristo.
Hablóle, y habiéndole traído a su propósito,
entregado de las naves, quiso agasajarlo con esplendor, porque
hacía la casualidad que esto era en el día natal
de Bruto. Cuando hubo llegado el momento de beber, se echaron
brindis por la victoria de Bruto y por la libertad de Roma, y
queriendo éste confirmarlos más en su partido, pidió
un vaso mayor, y tomándole, sin ocasión ni motivo
ninguno prorrumpió en este verso: Matóme el hado,
y el Latonio Apolo. Añaden a esto que cuando en Filipos
salió por correr la suerte de la última batalla,
la seña que dio a sus soldados fue Apolo, por lo que el
haber prorrumpido en aquel verso se ha tenido por indicio y anuncio
de su última desventura.
XXV. Además de esto, Antistio le dio quinientos mil sestercios
del dinero que trajera también a Italia. Acudían
de otra parte a él con el mayor placer cuantos andaban
errantes de los que pertenecieron al ejército de Pompeyo,
y quitó a Cina quinientos caballos que conducía
para Dolabela al Asia. Pasó por mar a Demetríade
y se apoderó de crecido número de armas que se remitían
entonces a Antonio, habiendo sido antes allegadas de orden de
César el Dictador para la guerra contra los Partos. Hízole
entrega Hortensio de la Macedonia, y cuando se habían sublevado
y puesto de su parte los reyes y potentados de todo aquel país,
se le da la noticia de que Gayo, el hermano de Antonio, llegado
de Italia, se dirigía a los acantonamientos de las tropas
que Gabino había reunido en Dirraquio y Apolonia. Deseando,
pues, Bruto anticiparse y tomarlas para sí, movió
sin dilación con los que consigo tenía, y en medio
de la nieve marchó por lugares ásperos y difíciles,
adelantándose mucho a los que llevaban las provisiones
de boca. Llegado ya cerca de Dirraquio, con la fatiga y el frío
experimentó una cruel hambre, accidente que suele hacerse
sentir a las bestias y a los hombres cuando se fatigan en tiempo
de nieves, o porque el calor, retirándose todo adentro,
con la frialdad y condensación consume mucho alimento,
o porque cierto soplo delgado y tenue que despide la nieve al
deshacerse corta el cuerpo y descompone el calor que está
difundido por todo él, pues aun el sudor se dice que proviene
del calor que se apaga en la superficie al encontrarse con el
frío. Mas de estas cosas hemos tratado con mayor detención
en otros escritos.
XXVI Estando Bruto a punto de desfallecer, sin que hubiese nadie
que pudiera alargarle algún alimento, se vieron los que
le acompañaban en la precisión de acogerse al auxilio
de los enemigos, y llegándose a las puertas, pidieron pan
a los de la guardia. Éstos, al oír lo que había
sucedido a Bruto, fueron a presentársele, llevándole
qué comer y qué beber, en recompensa de lo cual,
cuando tomó la ciudad, no sólo trató a éstos
con singular humanidad, sino a todos por amor de ellos. Gayo Antonio,
al pasar cerca de Apolonia, llamó para que se le reuniesen
los soldados que allí tenía; pero como éstos
se habían incorporado a Bruto, y entendió que los
apoloniatas eran asimismo de su partido, sin tocar en la ciudad
se encaminó a la de Butroto. Perdió, en primer lugar,
en aquella jornada tres cohortes, destrozadas por Bruto, y queriendo
después arrojar a los que habían tomado ciertos
puestos cerca de Bulis, para lo que trabó combate con Cicerón,
fue de él vencido; porque éste fue el caudillo de
quien se valió entonces Bruto, y por su medio obtuvo ventajas
en diferentes encuentros. Sorprendiendo después a Gayo
en estado de tener esparcidas sus fuerzas en lugares pantanosos,
no permitió que se le acometiera estando sólo a
la vista con la caballería, y dando orden de que no se
le molestara, pues que dentro de poco habrían de contarse
entre los suyos, lo que efectivamente sucedió, porque se
entregaron ellos mismos, y entregaron al pretor, con lo que Bruto
llegó a reunir considerables fuerzas. Por bastante tiempo
mantuvo a Gayo en sus honores, sin quitarle las insignias de su
autoridad, no obstante que Cicerón y otros muchos le escribían
de Roma que se deshiciese de él; fiero cuando ya empezó
a tentar a los jefes y a promover alteraciones, lo puso preso
en una nave. Los soldados, seducidos por él, se marcharon
entonces a Apolonia, y como llamasen a Bruto para que fuese a
tratar con ellos, les respondió que esto era ajeno a las
costumbres patrias, según las cuales ellos eran los que
debían ir en busca del general para tratar de aplacar su
enojo por el yerro cometido; y habiéndolo así ejecutado,
les concedió el perdón.
XXVII. Estando para trasladarse al Asia, le llegaron nuevas de
las mudanzas ocurridas en Roma, porque el nuevo César al
principio había sido ayudado por el Senado contra Antonio;
pero después que hubo arrojado a éste de la Italia,
ya él mismo había empezado a causar justos recelos,
aspirando al consulado contra la ley, y manteniendo numerosas
tropas cuando la república para nada las había menester.
Como él viese, pues, que esto el Senado lo llevaba a mal,
y que dirigía sus miradas afuera, fijándolas en
Bruto, a quien había hecho confirmar por nuevo decreto
sus provincias, comenzó a temer, y además de enviar
personas que solicitaran a Antonio a hacer amistad con él,
acantonando las tropas en los contornos de la ciudad, obtuvo el
consulado, siendo apenas mozo de veinte años, como él
mismo lo escribió en sus Comentarios. Intentó enseguida
causa capital contra Bruto y sus cómplices por haber dado
muerte, sin juicio precedente, a un hombre tan principal como
César, constituido en las mayores dignidades, y presentó
por acusadores: de Bruto, a Lucio Cornificio, y a Marco Agripa,
de Casio. Declaradas por desiertas las causas, los jueces tuvieron
por fuerza que pronunciar sentencia condenatoria; dícese
que al llamar el pregonero a Bruto a juicio desde el tribunal,
según es de estilo, la muchedumbre abiertamente prorrumpió
en sollozos, que los primeros ciudadanos, bajando los ojos a tierra,
no se atrevieron a hacer ninguna demostración, y que, habiéndose
visto llorar a Publio Silicio, por este solo motivo de allí
a poco fue uno de los proscritos a muerte. Después, reconciliados
entre sí los tres, César, Antonio y Lépido,
se repartieron las provincias y extendieron tablas de proscripción
a muerte de doscientas personas, entre las que murió Cicerón.
XXVIII. Anunciados en la Macedonia estos sucesos, no pudo contenerse
Bruto de escribir a Hortensio que diera muerte a Gayo Antonio,
en debida satisfacción por Decio Bruto y por Cicerón;
por éste, como amigo, y por aquel, en razón del
deudo de parentesco que con él tenía. Por lo tanto,
habiendo venido después Hortensio en Filipos a las manos
de Antonio, le dio éste muerte sobre el sepulcro de su
hermano. Dícese de Bruto haber sido más la vergüenza
que le causó el motivo de la muerte de Cicerón que
el dolor que sintió por ella; lo que echó en cara
a sus amigos de Roma, diciéndoles que más servían
por culpa suya propia que por culpa de los tiranos, viendo y presenciando
cosas que ni oírse podían con paciencia. Pasando,
pues, al Asia el ejército, que ya era brillante, se dedicó
a prevenir y formar su armada en la Bitinia y en las cercanías
de Cícico: y recorriendo por tierra las ciudades, procuró
mantenerlas en sujeción, dio audiencia a los poderosos
y escribió a Casio llamándole del Egipto a la Siria;
pues siendo así que ellos no tanto ejercían una
magistratura cuanto que se constituían en libertadores
de su patria, traían divididas y errantes aquellas fuerzas
con que habían de destruir a los tiranos, cuando convenía
que, puesta la atención y el cuidado en aquel propósito,
no se alejaran mucho de la Italia, sino que a ella marcharan para
ir en socorro de los ciudadanos. Como Casio se hubiese mostrado
pronto y bajase a su llamamiento, fue a encontrarse con él,
y se vieron por primera vez en Esmirna, desde que, separados en
el Pireo, el uno se había encaminado a la Siria y el otro
a la Macedonia. Fue, pues, grande el placer y la confianza que
mutuamente tuvieron en vista de las fuerzas que cada uno de los
dos había reunido, por cuanto, habiendo partido de la Italia
comparables a los más oscuros desterrados, sin dinero,
ni armas, ni un barco, ni un soldado, ni una sola ciudad de su
parte, antes que hubiese pasado mas que un breve tiempo habían
vuelto a juntarse disponiendo ya de tantas naves, tanta caballería
e infantería y tantos fondos, que podían entrar
dignamente en contienda sobre el Imperio de Roma.
XXIX. Pensaba Casio que el honor entre ambos debía ser
igual; pero le previno Bruto, siendo por lo común el que
iba a buscarle, ya porque aquel le precedía en edad, y
ya porque no tenía una constitución igualmente robusta
para el trabajo. La opinión que se tenía de Casio
era creerle inteligente en las cosas de la guerra, pronto a la
ira, de los que se hacen obedecer por el miedo, y para con los
amigos y familiares, de sobra chistoso y decidor. De Bruto se
refiere que era amado de la muchedumbre por su virtud, adorado
de sus amigos, admirado de los buenos, y de nadie aborrecido,
ni aun de los enemigos, por ser hombre de una índole sumamente
benigna, magnánimo, impasible a la ira, al deleite y a
la codicia, y que mantenía siempre su ánimo firme
e inflexible en lo honesto y en lo justo. Sobre todo, lo que principalmente
le ganó el afecto general fue la confianza que se tenía
en la rectitud de sus intenciones; porque ni del mismo Pompeyo,
apellidado grande, se esperaba que, si vencía a César,
cediera de su poder en obsequio de las leyes, sino que conservaría
siempre el mando con el nombre de cónsul, de dictador u
otro más suave que sirviera para embaucar al pueblo. De
este mismo Casio, hombre violento e iracundo, y que muchas veces
declinaba a lo útil de lo justo, más creían
todos que peleaba, peregrinaba y se exponía a los peligros
para procurarse algún poder que para procurar la libertad
a sus conciudadanos. Porque aun tomándolo de más
antiguo, a los Cinas, los Marios y Carbones, proponiéndose
la Patria por premio y por despojo, no les faltó mas que
decir a las claras que combatían por la tiranía;
pero a Bruto ni sus mismos enemigos le atribuyeron semejante mudanza,
y antes se refiere que muchos oyeron decir a Antonio que de sólo
Bruto se creía haber herido a César movido de la
belleza y excelencia de la acción, y que los demás
fueron impelidos de odio y envidia contra su persona, coligiéndose
de lo mismo que nos dejó escrito que más obró
en él la virtud que la ambición. Escribía,
pues, a Ático estando ya próximo al peligro: Que
sus cosas se hallaban en el mejor punto posible de fortuna, porque
o venciendo daría la libertad al pueblo romano, o vencido
quedaría libre de servidumbre; y siéndoles todo
lo demás cierto y seguro, una sola cosa era la incierta:
si vivirían o si morirían con libertad. Decía
que Marco Antonio llevaría la pena debida a su inconsideración,
pues pudiendo ser contado entre los Brutos, los Casios y los Catones,
había preferido ser una dependencia de Octavio; y si ahora
no es vencido con él, no se pasará mucho tiempo
sin que éste le derribe. Pareció que de este
modo había adivinado acertadamente sobre lo futuro.
XXX. En Esmirna propuso que se le diese parte de los caudales
que en gran cantidad había allegado Casio, pues él
había gastado cuanto tenía en formar una escuadra
con la que iban a ser dueños de todo el mar interior. No
lo consentían los amigos de Casio, a quien hablaban de
este modo: No es justo que lo que con tus ahorros a costa
de hacerte odioso has podido juntar lo recoja ahora aquel para
hacer larguezas y recomendarse a los soldados; sin embargo,
le dio la tercera parte de todos los fondos. Separáronse
de nuevo para atender cada uno a lo que le incumbía, y
escogiendo Casio a Rodas, no trató bien a aquellos isleños,
a pesar de que, habiéndole saludado a la llegada con los
títulos de rey y señor, les respondió: Ni
rey ni señor, sino matador y castigador del que aspiraba
a serlo. Bruto pidió a los de Licia caudales y tropa,
y como el demagogo Náucrates hubiese persuadido a las ciudades
que no le obedeciesen, y hubiesen tomado ciertas alturas para
impedir a Bruto el paso, en primer lugar envió contra ellos,
mientras comían los ranchos, alguna caballería,
que les mató seiscientos hombres, y apoderándose
después del territorio y de las aldeas, los envió
a todos libres sin rescate, queriendo atraer con el amor aquellas
gentes. Mas ellos eran obstinados; guardaron el enojo por el mal
que habían experimentado y despreciaron la humanidad y
buen trato, hasta que, persiguiendo a los más belicosos,
los encerró en Janto y les puso sitio. Corre por la ciudad
un río, y nadando por debajo del agua conseguían
escaparse; pero luego los cogía poniendo redes, que bajaban
bien hondas, en cuyos extremos se habían colocado campanillas,
y éstas anunciaban al punto que había caído
alguno. Hicieron los Jantios salida contra unas máquinas
y los pegaron fuego; pero los sintieron los Romanos y los obligaron
a encerrarse. Hacía a la sazón un fuerte viento,
el cual arrojó las llamas sobre las almenas, por donde
el fuego se comunicó a las casas vecinas, y temiendo Bruto
por la ciudad, dio orden para que lo apagaran y fueran en su auxilio.
XXXI Apoderóse repentinamente de los Jantios un furor
terrible y cual no es dado explicar, parecido más bien
al deseo de morir; así, todos, con sus hijos y mujeres,
libres, esclavos y de toda edad, lanzaban del muro a los enemigos,
que iban en su auxilio contra el incendio, y recogiendo cañas,
leña y todo combustible, atraían hacia la ciudad
el fuego, echando en él todo material, y esforzándose
por todas maneras de avivarlo y mantenerlo. Cuando, por haber
corrido la llama y abarcado toda la ciudad, se descubrió
terrible desde afuera, afligido Bruto con semejante acontecimiento,
andaba a caballo alrededor deshaciéndose por darles socorro,
y tendiendo las manos a los Jantios. les rogaba que tuvieran consideración
y salvaran la ciudad; pero nadie le daba oídos sino que
de mil maneras se mataban todos unos a otros, no sólo los
hombres y las mujeres, sino aun los niños pequeños,
de los cuales unos, con gritería y lamentos, se arrojaban
al fuego; otros se estrellaban, tirándose desde lo alto,
y otros se metían por las espadas de sus padres a buscar
la muerte, descubriendo el cuello y pidiendo que los pasasen.
Vióse, cuando ya estaba asolada la ciudad, una mujer colgada
de un cordel, que tenía un niño muerto suspendido
del cuello, y que con un hacha encendida se conocía haber
dado fuego a su casa. Siendo éste un espectáculo
tan trágico, no le sufrió a Bruto su corazón
el verlo, y como aun el oírlo referir le arrancase lágrimas,
ofreció por pregón premio a los soldados por cada
uno de los Licios que salvasen, y se refiere que sólo fueron
ciento cincuenta los que no esquivaron este beneficio. Así,
los Jantios, como si hubiera un período de largo tiempo
determinado por el Destino para la destrucción de la ciudad,
renovaron entonces con el mayor arrojo la fortuna de sus antepasados,
porque también éstos en la guerra pérsica
se dieron del mismo modo muerte, incendiando la ciudad.
XXXII. Encontróse después Bruto con que la ciudad
de Pátara trataba de hacerle fuerte resistencia, y no se
atrevía a opugnarla por temor de otra locura igual; por
tanto, como tuviese en su poder cautivas algunas mujeres, las
envió libres sin rescate. Eran éstas hijas y mujeres
de varones principales, y haciendo ver a los Patarenses ser Bruto
un hombre sumamente moderado y justo, los persuadieron a ceder
y hacer entrega de la ciudad, y de resultas se sometieron todos
los demás y se pusieron en sus manos, contentos de que
les hubiese cabido un caudillo tan justo y benigno; tal que, exigiendo
Casio al mismo tiempo de los Rodios cuanto oro y plata tenían,
de lo que recogió alrededor de ocho mil talentos, y multando
a la ciudad sobre éstos en otros quinientos, él
no impuso a los Licios más que ciento cincuenta talentos,
y sin causarles ninguna otra vejación, partió de
allí a la Jonia.
XXXIII. Muchos fueron los hechos dignos de memoria que entonces
ejecutó, distribuyendo los honores y castigos según
el mérito de cada uno; pero sólo referiré
aquel que fue de mayor placer y satisfacción para él
mismo y para todo Romano de buenos sentimientos. Cuando Pompeyo
Magno arribó al Egipto y a Pelusio, huyendo de César,
después de haber perdido aquella gran batalla, los tutores
del rey, que todavía era niño, entraron en consejo
con otros de sus amigos, y los dictámenes no estaban acordes,
porque a unos les parecía que debía darse acogida
a Pompeyo y a otros que convenía lanzarle del Egipto. Entonces
un tal Teódoto de Quío, que se hallaba en la corte
del rey en calidad de maestro asalariado de retórica, y
que, a falta de otros hombres buenos, había sido admitido
en el consejo, manifestó en su voto que erraban unos y
otros, los que opinaban que se le recibiese y los que decían
se le despidiera, pues lo que únicamente convenía
era recibirle y darle muerte, añadiendo al terminar su
discurso que hombre muerto no muerde. Siguió el conciliábulo
este dictamen, y murió Pompeyo Magno, siendo ejemplar de
una resolución increíble e inesperada, y víctima
de la elocuencia y habilidad de Teódoto, de lo que el mismo
sofista se jactaba. Llegó al cabo de poco al Egipto César,
y pagando los demás su merecido, perecieron aquellos malvados
malamente; pero habiendo podido Teódoto alcanzar de la
fortuna algún tiempo para una vida infame, menesterosa
y errante, no pudo entonces ocultarse a Bruto mientras recorría
el Asia, sino que, descubierto y recibiendo el condigno castigo,
la muerte fue la que le Dionombre, no la vida.
XXXIV. Llamó en esto Bruto a Sardes a Casio, al que a
su arribo salió a recibir con sus amigos, y puesto todo
el ejército sobre las armas, a ambos les dio el dictado
de emperadores. Sucedió lo que es natural en empresas grandes
cuando son muchos los amigos y caudillos, que se suscitaron reconvenciones
y sospechas de unos a otros: y antes de hacer ninguna otra cosa,
cerrados en una cámara, sin que hubiese testigos de afuera,
primero usaron de quejas y después de censuras y acusaciones.
Como de aquí pasasen a las lágrimas y a palabras
fuertes con acaloramiento, admirados los amigos de tan violento
y pronto enfado, temían no pasara a más; pero no
se resolvían a entrar. Marco Favonio, el que se había
propuesto por modelo a Catón, y que más que con
el discurso hacía de filósofo con un calor y un
ímpetu casi furioso, intentaba introducirse en la sala,
y los esclavos pugnaban por impedírselo; pero era difícil
contener a Favonio en tomando cualquier empeño, porque
era violento en todo y sumamente resuelto, no haciéndole
grande fuerza el ser senador romano; pero muchas veces, con lo
cínico y libre de su franqueza, quitaba a los hechos lo
que podían tener de ofensivos, y la importunidad misma
solía tomarse a chanza y juego. Atropellando, pues, entonces
a fuerza por las puertas, entró pronunciando con voz contrahecha
aquellos versos que pone Homero en boca de Néstor: Oídme,
pues que ambos sois más mozos. y los demás que siguen,
a lo que Casio se puso a reír; pero Bruto le echó
de allí, llamándolo verdadero can y falso cínico.
Sin embargo, así tuvo fin por entonces aquella desazón,
retirándose sin que pasara adelante. Dio Casio de cenar
aquella noche, y Bruto llevó consigo a sus amigos; cuando
se habían sentado, se presentó Favonio, que ya iba
bañado, y protestando Bruto que acudía sin haberle
convidado, le dijo que pasara a la silla más alta; pero
él penetró por fuerza y tomó asiento en el
medio, y el convite no dejó de ser entretenido y ameno.
XXXV. Al día siguiente, Bruto notó de infamia por
sentencia a un ciudadano romano, buen militar y que le era fiel,
llamado Lucio Pela, acusado en juicio de concusión por
los Sardianos: esta determinación disgustó sobremanera
a Casio, que pocos días antes se había contentado
con reprender en secreto a dos amigos suyos acusados de los mismos
crímenes, absolviéndolos en la sentencia, y manteniéndolos
a su lado. Culpó, pues, a Bruto de sobradamente recto y
justo en un tiempo en que era preciso usar de mucha discreción
y humanidad; pero éste le trajo a la memoria los Idus de
marzo, que fue el día en que dieron muerte a César,
no porque él vejase y molestase a todos los hombres, sino
porque otros lo ejecutaban a la sombra de su poder, de manera
que si podía haber algún motivo para aflojar en
la justicia, menos malo sería disimular con los amigos
de César que ser indulgentes con los amigos propios que
delinquiesen, pues respecto de aquellos se diría que nos
faltaba el valor cuando respecto de éstos pasaríamos
plaza de injustos en momentos en que nos cercan tantos peligros
y trabajos. ¡Tal era el modo de pensar de Bruto!
XXXVI Cuando estaban para pasar del Asia, se dice que a Bruto
se le presentó un terrible portento, porque, con ser por
naturaleza de poco dormir, aun reducía el sueño
con sus ocupaciones y la templanza a un tiempo más estrecho;
así es que nunca se acostaba de día, y de noche
sólo reposaba cuando nada le quedaba que hacer, ni tenía
con quien conferenciar, recogidos ya todos. Entonces, instando
la guerra y teniendo sobre sí todo el peso de los negocios
de ella, puesta su atención en el resultado que tendría,
sobre el anochecer, después de la cena, descansaba un poco,
y luego todo el tiempo restante lo empleaba en los negocios urgentes.
Despachados éstos y arreglados, leía en un libro
hasta la tercera vigilia, que era cuando solían entrar
a hablarle los centuriones y tribunos. Estando, pues, para pasar
el ejército del Asia, era ya muy avanzada la noche, la
tienda tenía luz bastante escasa, el ejército todo
estaba en el mayor reposo, y hallándose meditando y echando
cuentas entre sí sobre tantos asuntos, le pareció
que entraba alguno. Volvióse a mirar a la puerta, y notó
la terrible y fiera visión de un cuerpo de extraordinario
aspecto que estaba en silencio al lado de su lecho. Tuvo resolución
para hablarle y hacerle esta pregunta: ¿Quién
eres tú, seas Dios u hombre, y a qué has venido
aquí? Y el fantasma le contestó: Soy
¡oh Bruto! tu mal Genio, y me verás en Filipos;
a lo que Bruto le repuso sin turbarse: Bien te veré.
XXXVII. Desaparecido que hubo el espectro, llamó a sus
criados, que le dijeron no haber oído voz alguna ni notado
ninguna visión; por entonces continuó en su vigilia,
pero luego que se hizo de día, se fue a ver a Casio y le
refirió lo ocurrido. Éste, que se hallaba imbuido
en los principios de Epicuro, y en tales disputas solía
estar en oposición con Bruto: Doctrina nuestra es-
le dijo a Bruto-que no es cierto todo lo que padecemos o vemos,
sino que la sensación es una cosa fugitiva y falaz, siendo
todavía la mente más pronta que ella, y dotada de
la facultad de mudarla, sin que preceda causa conocida en toda
especie o forma; porque la impresión es semejante a la
cera, y el alma del hombre, que tiene en sí lo figurado
y lo que figura, tiene el poder de variar y figurar fácilmente
por sí una misma cosa, como se ve claro en las mudanzas
y rarezas de los ensueños mientras dormimos, volviéndolas
y revolviéndolas la fantasía de muy leve principio,
y presentándonos toda especie de afectos e imágenes.
En su poder está moverse cuando quiera, y su movimiento
es o imaginación o conocimiento; y tu cuerpo mortificado
tiene pendiente y agitado para estas conversiones tu espíritu.
Por la que hace a Genios, lo probable es que no los hay, y que,
aun cuando los haya, no tienen forma ni voz de hombre, ni poder
ninguno que alcance a nosotros; por mí, yo desearía
que estuviéramos confiados, no sólo con tantas armas,
tantos caballos y tantas naves, sino también con el auxilio
de los Dioses, siendo caudillos en tan honesta y santa empresa.
Con estos discursos alentó y consoló Casio a Bruto;
y al salir del campamento los soldados, dos águilas se
dirigieron con raudo vuelo a las primeras insignias, y marcharon
y siguieron hasta Filipos, alimentadas por los mismos soldados,
de donde se fueron con igual vuelo un día antes de la batalla.
XXXVIII. Las naciones que se encontraron al paso en la mayor
parte las redujo Bruto a su obediencia, y si se les había
desertado alguna ciudad o algún potentado, atrayéndolos
otra vez a todos, llegaron así hasta el Mar de Taso. Allí,
rodeando a las tropas de Norbano, acampado en las llamadas Gargantas
y en las inmediaciones de Símbolo, le obligaron a abandonar
el puesto, y estuvo en muy poco que se apoderaran de todas aquellas
fuerzas, habiéndose quedado atrás César por
hallarse enfermo,, sino que vino en auxilio Antonio con tan maravillosa
prontitud, que Bruto mismo no podía persuadírselo.
Vino así mismo César a los diez días, y se
acampó en oposición de Bruto, y en oposición
de Casio, Antonio. Al terreno que quedaba en medio le llamaban
los Romanos los Campos Filipos, adonde acudieron entonces unos
contra otros los mayores ejércitos de los Romanos. En el
número no era el de Bruto muy inferior al de César;
pero en el brillo y esplendor de las armas comparecía admirable,
porque eran de oro en su mayor parte, y en todas ellas no se había
escaseado la plata, en medio de que en todo lo demás tenía
Bruto acostumbrados a los caudillos a usar de sobriedad y parsimonia
en los gastos. Mas la riqueza que se trae entre manos y que adorna
el cuerpo creía que comunicaba cierta altivez a los que
son de carácter ambicioso, y que los aficionados al interés
se hacían más esforzados cuando en las armas que
los rodean ven un caudal.
XXXIX. César hizo dentro del campamento la purificación
de su ejército, repartiendo una pequeña cantidad
de trigo y cinco dracmas por hombre para el sacrificio; pero Bruto,
condenando su mezquindad y apocamiento, en primer lugar hizo la
purificación en, campo raso, como es costumbre, y después
suministrando para gran número de sacrificios por centurias,
y dando cincuenta dracmas para cada soldado, en el amor y denuedo
del ejército se aventajó mucho a los contrarios.
A pesar de esto, en la purificación pareció que
Casio tuvo contra sí una señal, infausta, y fue
que el lictor le alargó al revés la corona, y se
dice también que días antes una victoria de oro
de Casio se había caído al suelo en cierta celebridad
y pompa, por haber tropezado el que la llevaba. Dejáronse
ver además por muchos días aves carnívoras
en gran número sobre el campamento, y se notó que
unos enjambres de abejas se posaron dentro del valladar en un
solo sitio; el que los agoreros hubieron de hacer excluir de él
para remediar una superstición que al mismo Casio lo sacaba
de sus principios de la secta epicúrea, y que tenía
enteramente acobardados a los soldados, por lo que no era su ánimo
que por entonces se decidiese la guerra, sino que más bien
se ganara tiempo, puesto que en cuanto a fondos eran superiores,
y en armas y gente les excedían los enemigos. Mas Bruto,
desde luego, había querido apresurar el resultado, o para
restituir cuanto antes la libertad a la patria, o para redimir
a todos los hombres del peso de los gastos, bagajes y nuevas demandas
con que incesantemente eran molestados, y viendo entonces que
su caballería en los encuentros y escaramuzas diarias vencía
siempre y llevaba lo mejor, todavía cobró más
ánimo. Como hubiese sucedido, por otra parte, en aquellos
días que algunos se habían pasado a los enemigos
y se hubiesen suscitado rencillas y sospechas de unos contra otros,
muchos de los amigos de Casio abrazaron en el consejo de guerra
el dictamen de Bruto; pero Atilio, uno de ellos, le contradecía
proponiendo que se aguardara hasta el invierno. Preguntóle
Bruto qué era en lo que pensaba mejorar al cabo de un año,
y él respondió: Cuando en otra cosa no habré
vivido este tiempo más. Habiendo incomodado esto
sobremanera a Casio, no dejó de ofender a los demás,
y quedó determinado que al día siguiente se había
de dar la batalla.
XL. Bruto ostentó durante la cena las mejores esperanzas,
haciendo uso de su instrucción en la filosofía,
y se retiró a descansar. De Casio dice Mesala que cenó
casi solo, no teniendo a su mesa sino muy pocos de sus más
íntimos amigos; que en ella se le vio pensativo y taciturno,
no siendo éste su carácter, y que, concluida la
cena, le apretó fuertemente la mano, y sólo le dijo
con su acostumbrado afecto en lengua griega: Te prometo,
Mesala, que me sucede lo mismo que a Pompeyo Magno, que es verme
precisado a aventurar al lance de una sola batalla la suerte de
la patria. Tenemos, no obstante, buen ánimo, poniendo la
vista en la fortuna, de la que no es justo desconfiar, aunque
no andemos los más acertados en el consejo. Dicho
esto, refiere Mesala que le saludó por última despedida,
sin embargo de que él le tenía convidado a cenar
para el día siguiente, que era su cumpleaños. Al
amanecer estaba puesta en el campamento de Bruto y en el de Casio
la señal de combate, que era la túnica de púrpura.
Reuniéronse ambos en medio de los campamentos, y dijo Casio:
¡Ojalá, oh Bruto, alcancemos la victoria, y
nos sea dado pasar juntos una vida feliz! Pero pues son inciertas
las mayores empresas de los hombres, y si la batalla no se decide
según nuestro buen deseo, no nos ha de ser fácil
volvernos a ver, ¿qué opinión tienes acerca
de la fuga y de la muerte? A lo que respondió Bruto:
Cuando yo, ¡oh Casio!, era todavía joven y
sin experiencia de negocios, no sé cómo llegué
a proferir una expresión atrevida, porque culpé
a Catón de haberse dado muerte, no mirando, como obra loable
y digna del que haya de ser tenido por hombre, ceder a su mal
Genio y no recibir con tranquilidad lo que quiera que suceda,
sino huir de ello a manera de esclavo fugitivo; ahora, puesto
en los trances de fortuna, pienso muy de otro modo, y si Dios
no ordenase convenientemente las cosas, no me empeñaré
en urdir nuevas esperanzas y nuevos preparativos, sino que moriré
alabando a mi fortuna de que, habiendo consagrado a la patria
mi vida en los Idus de marzo, he vivido en lugar de aquella otra
libre y gloriosa. Casio oyó complacido este discurso,
y abrazando a Bruto: Pensando de este modo- le dijo-, marchemos
a los enemigos, porque o venceremos, o no temeremos a los vencedores.
Trataron enseguida del orden de la formación a presencia
ya de sus amigos, y Bruto pidió a Casio le dejara el mando
del ala derecha, que por la edad y la pericia militar creían
corresponder a Casio. Otorgóselo, pues, éste, y
dispuso que Mesala, que mandaba la más aguerrida de todas
las legiones, se colocara en el ala derecha, con lo que Bruto
sacó al punto al campo la caballería bellamente
adornada, sin tardar tampoco en la formación de los infantes.
XLI. Hallábase entonces ocupado Antonio en correr un foso
desde los pantanos, junto a los que estaba acampado hacia la llanura,
para interceptar a Casio el camino del mar, y César permanecía
sosegado, no digamos él mismo, que se hallaba enfermo,
sino su ejército, que no esperaba que los enemigos moviesen
pelea, y sí sólo que hiciesen correrías contra
sus obras, incomodando con tirar saetas y mover rebatos a los
trabajadores. Como no atendiesen, pues, a los que habían
tomado formación contra ellos, se maravillaban de la grande
y confusa gritería que oían hacia el foso. Distribuyéronse
en esto a los jefes billetes de parte de Bruto, en que estaba
escrita la seña, y él mismo recorría a caballo
las filas inspirando aliento; pero fueron muy pocos aquellos a
quienes la seña pasó: así, la mayor parte,
sin más aguardar, cargaron con ímpetu y algazara
a los enemigos. Hubo por esta causa desconcierto y desunión
entre las legiones; así es que, primero la de Mesala, y
enseguida las que movieron con ella, flanquearon la izquierda
de César, y ofendiendo ligeramente a los de retaguardia
con muerte de pocos, pues se contentaron con haberlos flanqueado,
vinieron a caer sobre el campamento. César, como lo dice
él mismo en sus comentarios, habiendo tenido un ensueño
Marco Antonio, uno de sus amigos, en que se le prevenía
que César se retirara, saliendo del campamento se había
adelantado un poco llevado en hombros, y se creyó que le
habían muerto, porque su litera vacía fue pasada
de dardos y lanzas. Diose muerte en el campamento a los que vinieron
a las manos, y dos mil Lacedemonios, que acababan de llegar de
auxiliares, fueron destrozados.
XLII. No habiendo envuelto a los soldados de César, sino
confundiéndose con ellos, fácilmente vencieron a
hombres sorprendidos Y desordenados, y de este modo desbarataron
tres legiones, entrándose con los fugitivos en su campamento,
arrebatados del mismo ímpetu de la victoria: entre ellos
se hallaba Bruto; pero lo que los vencedores ignoraban la ocasión
lo reveló a los vencidos, porque dando éstos en
la hueste contraria, que se hallaba desguarnecida por habérsele
separado su derecha, el centro no lo rechazaron, sino que hubieron
de sostener con él un reñido combate; mas rechazaron
el ala izquierda por el desorden ocurrido desde el principio y
no saber ésta lo que pasaba, y persiguiéndola hasta
su propio campamento, empezaron a destrozarlo, sin que en esto
interviniese ninguno de los dos generales, porque Antonio, esquivando
al principio el ataque, según dicen, se había retirado
a la laguna, y César no podía comparecer, por haberse
salido del campamento, y aun a Bruto le habían mostrado
algunos sus espadas teñidas en sangre, para hacerle entender
que lo habían muerto, y le decían cuál era
su edad y su figura. También el centro había rechazado
a los contrarios con gran mortandad, viéndose bien claro
que Bruto había vencido y que había sido derrotado
Casio; esto sólo fue lo que enteramente los perdió,
no habiendo aquel socorrido a Casio por creerle vencedor, y no
aguardando éste a Bruto por juzgarle vencido; pues Mesala
ponía el término de la victoria en haberle tomado
tres águilas y muchas insignias a los enemigos, no habiendo
tomado ellos ninguna. Al retirarse Bruto después de saqueado
el campamento de César, se admiró de no ver entre
esto el pabellón pretoriano de Casio sobresaliendo, como
es de costumbre, ni tampoco las otras tiendas, según el
sitio que debían ocupar, pues realmente las más
habían sido derribadas y tiradas luego que los enemigos
cayeron sobre el campamento. Los que adelantaban más sus
observaciones, decían que veían muchos morriones
resplandecientes y escudos de plata discurrir por el campamento
de Casio, pareciéndoles que ni en el número ni en
la clase eran aquellas las armas del piquete de guardia; pero
que, por otra parte, no se descubría el número de
cadáveres que era consiguiente, si tantas legiones hubiesen
sido vencidas de poder a poder. Esto fue lo que dio a Bruto la
primera sospecha de lo sucedido, y dejando una guardia en el campamento
de los enemigos, llamó a los que les seguían el
alcance para ir en socorro de Casio.
XLIII. Lo que a éste ocurrió fue lo siguiente:
no había visto con gusto aquella primera carga de los soldados
de Bruto, dada sin seña y sin orden, ni le había
agradado tampoco el que inmediatamente que hicieron ceder a los
enemigos, sin pensar en cortarlos y envolverlos, se hubiesen entregado
al saqueo y pillaje. Cargóle a él mismo el ala derecha
de los enemigos, más bien por cierto cuidado y detenimiento
de los soldados que por su ardimiento o por disposición
de los generales, y al punto su propia caballería dio a
huir desordenadamente hacia el mar. Vio que también la
infantería comenzaba a flaquear, y se esforzó a
contenerla y hacerla volver al combate, tanto que a un abanderado
que huía le arrebató de las manos la insignia y
la puso fija ante sus pies; mas ya ni aun los que estaban a su
lado se mantenían con decisión en sus puestos. Traído
a este extremo, se retiró con unos pocos a un collado que
daba vista a la llanura; pero no divisó otra cosa sino
que su campamento había sido asolado, porque era corto
de vista. Los que consigo tenía vieron que se encaminaban
hacia aquel sitio muchos de caballería, los cuales habían
sido enviados por Bruto; pero Casio discurrió que eran
enemigos que iban en su alcance, y sin embargo envió a
Titinio, uno de los que allí se hallaban, para que se informase.
Desde luego fue conocido por aquella tropa, la cual, al ver a
un su amigo que se mantenía fiel a Casio, comenzó
a hacer exclamaciones de gozo; los que le eran mas allegados le
saludaban y abrazaban con afecto, apeándose de los caballos,
y además se le ponían alrededor, celebrando su triunfo
con desmedida alegría, causando con esto un gravísimo
mal; porque entendió Casio que, en realidad, Titinio había
caído en manos de los enemigos, y prorrumpiendo en esta
expresión: Por nuestro demasiado apego a la vida
hemos sufrido que uno de nuestros amigos a nuestra vista haya
sido arrebatado por los enemigos, se retiró a una
tienda que estaba vacía, llevando consigo a uno de sus
libertos, llamado Píndaro, al que, desde el infortunio
de Craso tenía preparado para este ministerio. Salvose,
pues, de los Partos; pero entonces, cubriéndose la cabeza
con el manto y dejando descubierto el cuello, lo alargó
al cuchillo, porque se encontró la cabeza separada del
cuerpo. A Píndaro nadie volvió a verle después
de esta muerte, con la que hizo sospechar a algunos que ja ejecutó
sin ser mandado. Fueron de allí a un momento conocidos
aquellos soldados de Bruto, y Titinio, coronado por ellos, corría
en busca de Casio; pero cuando, por el clamor y los lamentos de
sus amigos, conoció lo sucedido al general y su necedad
propia, desenvainó la espada y culpándose a sí
mismo de descuidado y tardo, se pasó con ella.
XLIV- Bruto, sabedor de la derrota de Casio, se retiró,
y estando ya cerca de los reales, tuvo noticia de su muerte. Lloró
largamente sobre su cuerpo, y apellidándole el último
de los Romanos, porque ya no esperaba que hubiese otro espíritu
como aquel, lo envolvió y lo hizo conducir a Tasos, para
que no se excitase algún levantamiento si allí se
le hacía el funeral. Reuniendo luego sus soldados, trató
de darles ánimo, y viendo que habían quedado faltos
aun de lo más preciso, les prometió hasta dos mil
dracmas por plaza, en resarcimiento de lo perdido. Ellos con este
discurso recobraron la confianza, admiraron la esplendidez del
donativo, y al retirarse le acompañaron con algazara, aplaudiéndole
de que entre los cuatro generales sólo él se había
conservado invicto. Testificó el hecho cuánta razón
tenía para creer que ganaría la batalla, pues que
con pocas legiones arrolló a cuantos se le opusieron; y
si hubieran entrado en acción todas las tropas, y los más
de los que concurrieron a ella no hubieran pasado de largo por
los enemigos para ir en busca de sus despojos, parece que ninguna
parte de éstos habría quedado en pie.
XLV- Murieron de esta parte ocho mil hombres, inc |