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PORTADA
QUIÉN ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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CAMILO
I. Entre las muchas y grandes cosas que de Furio
Camilo se refieren, hay una muy particular y extraña, y
es que, con haber conseguido yendo de general muchas y muy señaladas
victorias, con haber sido cinco veces dictador, haber tenido cuatro
triunfos y haber sido llamado segundo fundador de Roma, ni una
vez siquiera hubiese sido cónsul. Consistió esto
en el estado en que se hallaba entonces el gobierno por los altercados
de la plebe con el Senado; por cuanto, oponiéndose aquella
a que se nombrasen cónsules, se elegían tribunos
militares para el mando, y aunque éstos lo ejecutaban todo
con poder y autoridad consular, su mando era menos odioso por
su mayor número, siendo de algún consuelo el que
seis, y no dos solos, se pusiesen al frente de los negocios para
los que estaban mal hallados con la oligarquía. Floreciendo,
pues, Camilo en aquella sazón en gloria y en hazañas,
no tuvo por conveniente ser cónsul, con repugnancia del
pueblo, aunque en el intermedio convocó el gobierno muchas
veces comicios consulares; en cuanto a los otros mandos que tuvo,
que fueron muchos y muy varios, se condujo de manera que la autoridad
era común, aun cuando mandaba solo, y la gloria era particularmente
suya, aun cuando tuviese colegas en la autoridad; consistiendo,
de estas dos cosas, la primera en su moderación, por la
que mandaba de un modo que no le conciliaba envidia, y la segunda,
en su prudencia, que a juicio de todos le daba el primer lugar.
II. No era todavía grande entonces el lustre de la casa
de los Furios; debióse, por tanto, él a sí
mismo lo que adelantó en gloria en la gran batalla contra
los Ecuos y Volscos, militando bajo el dictador Postumio Tuberto;
pues yendo delante de la caballería, y siendo herido en
un muslo, no se contuvo, sino que sacándose el dardo que
había quedado clavado en la herida, peleando con los más
adelantados de los enemigos, los obligó a retirarse. Mereció
por esta hazaña, además de otros premios, el que
se le nombrase censor, cargo que en aquellos tiempos era de grandísima
dignidad. Ha quedado memoria de un hecho loable suyo siendo censor,
que fue excitar con palabras, y amenazar con penas, a los célibes,
para que se casasen con las viudas, que por las guerras eran en
gran número. Fue preciso también entonces sujetar
a la contribución a los huérfanos, que antes eran
horros, siendo la causa de esto los ejércitos que continuamente
había que tener en pie y que obligaban a grandes gastos;
precisando asimismo en gran manera a ellos el sitio de Veyos,
a cuyos habitantes llaman algunos Veyentanos. Era esta ciudad
la principal de la Etruria, en número de armas y en muchedumbre
de gente de guerra poco inferior a Roma, y que, envanecida con
su riqueza, con su abundancia de víveres, con su lujo y
su regalo, entró repetidas veces en competencia, y por
la gloria y el poder contendió con los Romanos. Mas en
aquella sazón había desistido de estas pretensiones,
quebrantada con grandes derrotas; habían si levantado altas
y fuertes murallas, y, habiendo pertrechado bien la ciudad de
armas, de dardos, de víveres y de todo género de
preparativos, sufrían sin temor el cerco, que también
para los sitiadores era trabajoso y difícil. Porque estando
acostumbrados a no militar fuera, pasado el verano, sino recogerse
a invernar en casa, entonces por la primera vez los habían
obligado los caudillos a levantar trincheras, a fijar los reales
en territorio enemigo y a juntar el invierno con el verano, estando
entonces al fin del séptimo año de guerra; tanto,
que por parecer que los generales hacían flojamente el
sitio, se les revocó el mando. y se eligieron otros para
la guerra, siendo uno de éstos Camilo, que era ya tribuno
por segunda vez. Con todo, nada hizo por entonces en cuanto al
sitio, porque le cupo en suerte hacer la guerra a los Falerios
y Capenates, que por ver ocupados a los Romanos, les talaban el
territorio y les servían de estorbo para la guerra de Etruria;
mas Camilo los desbarató, causándoles gran pérdida,
y los obligó a recogerse dentro de sus murallas.
III. Con esta época, cuando la guerra estaba en su mayor
fuerza, coincidió el suceso del Lago Albano, prodigio no
menos digno de saberse que cualquiera otro de los increíbles
como él, y que causó gran terror por falta de una
causa general, y de poder el discurso asignarle un origen físico.
Era la entrada del otoño, y el verano que concluía
no había sido de aguas ni, que se supiese, habían
reinado en él vientos húmedos que le hicieran tempestuoso;
por lo tanto, teniendo la Italia muchos lagos, ríos y arroyos,
éstos habían faltado enteramente, aquellos apenas
y con gran dificultad se sostenían, y todos los ríos,
como sucede siempre en el verano, corrían escasos y apocados.
Pues el Lago Albano, que en sí mismo tiene su principio
y su fin, circundado de montañas fértiles, sin causa
alguna, como no fuese divina, se veía manifiestamente que
había crecido, e iba hinchándose, superando las
faldas de los montes, y llegando a igualar los collados que tenía
alrededor, con mansedumbre y sin ser agitado con olas. Al principio
sólo fue prodigio para pastores y vaqueros; pero cuando
luego, alzada la corriente, como si rompiese un istmo, llegó
a romper, por su cantidad y por su peso, los estorbos que contenían
el agua, y descendió en grandes raudales por los campos
y las arboledas hasta el mar, entonces no solamente dejó
asombrados a los Romanos, sino que hizo entender a todos los que
habitaban la Italia que no podía ser cosa pequeña
la que anunciaba. Hablábase asimismo mucho de este accidente
en el ejército que sitiaba a Veyos, de modo que aun entre
los sitiados se tuvo de él noticia.
IV. Como es común en todo sitio que se prolonga demasiado,
que hay trato y comunicación frecuente entre los enemigos,
sucedió también en éste. Un romano trabó
conversación y amistad con un enemigo, hombre versado en
el lenguaje antiguo, y que se creía que tenía un
particular conocimiento de la adivinación. Como viese,
pues, a éste, luego que le refirió la inundación
del lago, mostrarse muy contento, y reírse del sitio: Pues
no es esto sólo- le dijo-, sino que este tiempo trae otros
prodigios y otras señales más extrañas para
los Romanos, sobre las cuales quería consultarle, por si
en aquella común aflicción podía haber algún
medio de proteger su seguridad personal. Oíalo el
Veyente con atención, y se prestaba gustoso a la consulta,
como que iban a descubrirse algunos arcanos, y a poco de estar
en este coloquio, atrayéndole cautelosamente, luego que
estuvieron a bastante distancia de las puertas, le cogió
en volandas, porque era de mayores fuerzas, y concurriendo en
su auxilio algunos del campamento, se apoderó completamente
de él, y le presentó a los generales. Cuando se
vio en aquella situación, convencido de que no es dado
al hombre evitar su hado, reveló los arcanos relativos
a su patria, la cual no podía ser tomada mientras al Lago
Albano, que se había derramado y difundido por otros caminos,
no le hiciesen retroceder los enemigos y le impidiesen mezclarse
con el mar. Oído esto por el Senado, y dudando qué
haría, le pareció lo mejor enviar mensajeros a Delfos
que consultasen al dios; y lo fueron Coso Licinio, Valerio Potito
y Fabio Ambusto, varones muy ilustres y principales, los cuales,
hecha su navegación y consultado el dios, trajeron también
vaticinio sobre cierta omisión en los ritos de las ferias
llamadas latinas, el cual prevenía que en cuanto fuese
posible hiciesen volver hacia arriba el agua del Lago Albano a
su receptáculo antiguo, y si esto no pudiera ser, con zanjas
y con excavaciones la derramaran y perdieran por todo el país.
Notificado este mensaje, los sacerdotes se dedicaron a los sacrificios,
y el pueblo, a ejecutar las obras, con que dio a las aguas otro
curso.
V. El Senado, para el año décimo de esta guerra,
abrogó todas las demás magistraturas, y nombró
dictador a Camilo, quien eligió para maestro de la caballería
a Cornelio Escipión. Empezó por hacer estas plegarias
y votos a los Dioses, que si tenía glorioso fin la guerra
daría grandes juegos y consagraría un templo a la
Diosa, a quien llaman madre Matuta los Romanos. Puede pensarse
que ésta es la misma que Leucotoe, por la especie de ritos
que en su culto se practican; porque introduciendo una esclava
a su santuario, le dan de bofetadas, y después la lanzan
fuera; a los hijos de los hermanos los ponen en el regazo en vez
de los propios, y ejecutan cosas muy parecidas a las de las nodrizas
de Baco, y a los errores y trabajos que a causa de la combleza
sufrió Ino. Hechas las plegarias, invadió Camilo
el país de los Faliscos, y a éstos, y a los Capenates,
que vinieron en su auxilio, los derrotó en una gran batalla.
Volvió luego la atención al sitio de Veyos, y considerando
que el asaltar los muros era obra larga y difícil, practicó
minas, cediendo el terreno de las inmediaciones de la ciudad a
la azada, y permitiendo llevar profundo el trabajo, sin que pudiesen
sentirlo los enemigos. Alentada con esto la esperanza, comenzó
él mismo a dar el asalto por la parte de afuera para atraer
los ciudadanos a la muralla, y otros, caminando ocultamente por
las minas, llegaron, sin ser percibidos, hasta estar dentro del
alcázar, junto al templo de Juno, que era el más
grande y de mayor veneración en la ciudad. Dícese
que a esta sazón se hallaba allí el caudillo de
los Tirrenos, celebrando cierto sacrificio, y que el agorero,
al registrar las entrañas, dio una gran voz, diciendo:
Dios da la victoria al que termine este sacrificio;
lo cual, oído por los Romanos desde las minas, rompiendo
al punto el pavimento, y echando mano a las armas con estrépito
y gritería, asombrados los enemigos, dieron a huir, y ellos
entonces, apoderándose de las entrañas, corrieron
con ellas a Camilo; pero esto parecerá quizá que
tiene el aire de fábula. Tomada la ciudad a viva fuerza,
y encontrando y recogiendo en ella los Romanos una inmensa riqueza,
al ver Camilo desde el alcázar lo que pasaba, al principio
se quedó suspenso, y se le cayeron las lágrimas;
después, como le felicitasen todos por el suceso, levantando
las manos a los Dioses, y haciéndoles plegarias: Jove
Máximo- dijo- y vosotros Dioses, que sois testigos de las
buenas y de las malas obras, bien sabéis que no contra
justicia, sino en debida defensa, nos hemos apoderado de la ciudad,
de unos hombres protervos e inicuos; mas si acaso, en cambio de
este tan feliz suceso, somos deudores de alguna pena, os pido
que por la ciudad y ejército de los Romanos venga ésta
a parar sobre mí con el menor daño posible.
En esto, volviéndose sobre la derecha, como es costumbre
de los Romanos en sus plegarias, tropezó en el mismo acto,
y como se sobresaltasen los circunstantes, rehaciéndose
prontamente de la caída: Según mi súplica-
dijo- me ha sobrevenido una caída ligera por una felicidad
tan extraordinaria.
VI. Saqueada que fue la ciudad, determinó trasladar a
Roma la imagen de Juno, conforme al voto que de ello hizo; y reuniéndose
para ello muchos operarios, entretanto él hacía
un sacrificio y pedía a la Diosa que se prestase a sus
deseos y se hiciese benigna compañera de los Dioses que
su buena suerte había dado a Roma, dicen que habló
la estatua, y dijo que era muy de su voluntad y de su aprobación.
Livio, sin embargo, refiere que bien fue cierto que Camilo, llegándose
a la Diosa, le hizo aquella súplica y exhortación,
pero que fueron algunos de los circunstantes los que respondieron
que quería, venía en ello y seguía su voluntad.
A los que sostienen y patrocinan aquel prodigio les sirve de gran
defensa la incomparable dicha de Roma, que no se concibe cómo
de tan pequeños y humildes principios había de haber
llegado a tanta gloria y poder sin el amparo continuo y la frecuente
aparición de Dios. También hacen al mismo propósito
muchas cosas que se cuentan por el propio tenor, como haber sudado
muchas veces algunas estatuas; que se les ha oído respirar,
que han repugnado unas cosas o consentido otras, de lo que muchos
de los antiguos nos han dejado diferentes testimonios; y en nuestro
tiempo hemos oído también otros muchos sucesos admirables,
que no fácilmente pueden mirarse con desdén. Pero
tanto en el dar demasiado crédito a estas cosas, como en
el negárselo del todo, puede haber peligro, por la humana
flaqueza, que no se sabe hasta dónde llega, ni puede dominarse
a sí misma, sino que o cae en la superstición y
vana confianza, o da en el absoluto olvido y menosprecio de los
Dioses; así, lo mejor es siempre irse con tiento y guardarse
de los extremos.
VII. Camilo, entonces, bien fuese por lo grande del hecho de
haber tomado al año décimo del sitio una ciudad
rival de la misma Roma, o bien porque se lo hubiesen inspirado
los que le aplaudían y celebraban, manifestó un
orgullo demasiado incómodo para lo que era aquel género
de gobierno, porque el triunfo fue muy ostentoso, y lo hizo con
cuatro caballos blancos, entrando así por Roma; cosa jamás
vista en otro caudillo ni antes ni después; porque esta
especie de tiro lo tienen por sagrado, únicamente atribuido
al rey y padre de los Dioses. Desde entonces era difamado entre
los ciudadanos, no acostumbrados a sufrir altanerías, y
concurrió también para ello otra causa, que fue
haberse opuesto a la ley sobre división de los ciudadanos;
porque los tribunos habían propuesto que el pueblo y el
Senado se dividieran en dos partes, quedándose allí
los unos, y pasando los otros, a quienes tocara la suerte, a la
ciudad cautiva; con lo que vivirían más cómodamente,
conservando a dos hermosas y grandes ciudades su territorio y
su bienestar. La plebe, que era numerosa y pobre, la admitía
y rodeaba con tumulto la tribuna, pidiendo que se votase; pero
el Senado y los principales entre los otros ciudadanos, creídos
de que los tribunos más bien proponían la destrucción
que la distribución de Roma, e incomodados con esta idea,
se acogieron a Camilo. No se atrevió éste a hacer
frente a semejante disputa, y lo que hizo fue buscar pretextos
y dilaciones, con las que se eludió siempre aquella ley;
y con este proceder se había hecho odioso. Mas la principal
y más conocida causa de su indisposición con la
muchedumbre fue la décima de los despojos, de la cual tomaron
para aquella los más una ocasión, si no del todo
justa, tampoco enteramente fuera de razón; porque cuando
se dirigía a Veyos ofreció consagrar a Apolo la
décima si tomaba la ciudad; pero tomada ésta, y
hecho el saqueo, o por temor de chocar con los ciudadanos, o porque
entre los muchos negocios se le hubiese olvidado, ello es que
los dejó en la deuda de aquel voto. Después, cuando
ya había salido del mando, dio cuenta de él en el
Senado, y los augures habían manifestado que las víctimas
denunciaban una ira de los Dioses, que pedía expiaciones
y propiciaciones.
VIII. Decretó el Senado el cumplimiento; mas no pudiendo
deshacerse la distribución, se tomó el partido de
que se obligara cada uno con juramento a volver la décima
de lo que le había tocado; con lo que hubo grande y violenta
incomodidad entre los soldados, gente pobre, y que sufría
mucho en tener que volver tanta parte de lo que ya tenía
tomado y acaso consumido. Turbado Camilo con este incidente, a
falta de mejor excusa, recurrió a la más increíble,
que fue la de confesar que se le había olvidado el voto:
así aquellos se exasperaban más, diciendo que habiendo
ofrecido entonces diezmar lo que era de los enemigos, ahora gravaba
con este diezmo a los ciudadanos. Con todo, fue volviendo cada
uno la parte que le correspondía, y se tuvo por conveniente
hacer de todo una gran taza de oro y enviarla a Delfos. Escaseaba
entonces el oro en Roma, y estando en apuro los magistrados para
ver de dónde podrían recogerle, las matronas, de
propio movimiento, consultando entre sí, presentaron para
la ofrenda cuanto oro tenía cada una para su adorno; habiéndose
allegado por este medio hasta el peso de ocho talentos. El Senado,
deseando dispensarles el honor correspondiente, decretó
que después de su muerte se hiciese elogio fúnebre
a las matronas como a los hombres; porque antes no había
costumbre de que a las mujeres a su muerte se las elogiase en
público. Nombraron para este mensaje o teoría a
tres varones de los más principales, y armando una gran
nave, tripulada y provista convenientemente, los mandaron en ella.
Aunque era invierno, había seguridad; y con todo les sucedió
que estuvieron muy a pique de perecer, y por un modo muy inesperado
se salvaron del peligro, porque fueron navegando en persecución
de ellos por las Islas Eólides unas galeras liparenses,
en ocasión de faltarles el viento, reputándolos
corsarios. Ellos les rogaban y alargaban las manos, con lo que
evitaron el abordaje; pero con todo, aquellos se apoderaron de
la nave, y conduciéndola al puerto, publicaron los efectos
y las personas, como si fueran realmente de piratas, y apenas
desistieron a la sola persuasión de Timasiteo, su jefe,
varón señalado en virtud y en poder; el cual puso
también en el mar naves propias para acompañarlos,
y concurrió así a la dedicación de la ofrenda;
por lo que en Roma se le tributaron los honores que era debido.
IX. Volvieron los tribunos de la plebe a suscitar la ley de la
repoblación; pero sobrevino a tiempo la guerra contra los
Faliscos, y dio comodidad a los patricios para celebrar los comicios
a medida de su deseo. Designaron, pues, a Camilo para tribuno
militar con otros cinco, por creer que los negocios pedían
un general que a la dignidad y la gloria reuniese la experiencia.
Sancionado así por el pueblo, y encargado Camilo del mando,
se dirigió al país de los Faliscos, y puso sitio
a Falerios, ciudad fortificada y bien pertrechada de todo lo necesario
para la guerra, no porque la empresa de tomarla le pareciese fácil
y de poco tiempo, sino con la mira de quebrantar y tener distraídos
a los ciudadanos, para que no les quedara vagar, detenidos en
casa, de revolver y alborotar; remedio de que siempre solían
usar con fruto, echando fuera, como los médicos, los humores
perturbadores del gobierno.
X. Tan en poco tenían los Falerios el sitio, creyéndose
defendidos por todas partes, que fuera de los que hacían
guardia en la muralla, todos los demás discurrían
adornados por la ciudad, y los niños, yendo a la escuela,
salían con el maestro hacia la muralla a pasear y ejercitarse:
porque, al modo de los Griegos, mantenían también
los Falerios un maestro público, queriendo que los niños
desde luego se acostumbraran a criarse y acompañarse unos
con otros. Pues este maestro se propuso hacer traición
a los Falerios por medio de sus hijos; para lo cual los sacaba
cada día al abrigo de la muralla, al principio muy cerca,
y luego, después de haberse ejercitado, se volvían
a entrar. Adelantando desde entonces poco a poco, los acostumbró
a estar confiados, como que no había motivo de recelo,
hasta que, por fin, en una ocasión en que estaban todos
reunidos, los llevó hasta las avanzadas de los Romanos,
y se los entregó, previniendo que le condujesen a presencia
de Camilo. Conducido y puesto ante él, le dijo que era
maestro y preceptor, pero que prefiriendo el deseo de hacerle
obsequio a las obligaciones de justicia en que estaba, venía
a entregarle la ciudad en aquellos niños. Hecho atroz le
pareció éste a Camilo, y vuelto a los circunstantes:
¡Qué cosa tan terrible la guerra!les dijo-:
pues es forzoso hacerla por medio de muchas injusticias y violencias;
pero, con todo, para los varones rectos tiene también sus
leyes la guerra, y no se ha de tener en tanto la victoria que
debe buscarse por medio de acciones perversas e impías;
pues el gran general más ha de mandar fiado en la virtud
propia que en la maldad ajena. Y entonces mandó a
los lictores que despojasen al maestro de sus vestidos y le atasen
las manos atrás, y que a los niños les diesen varas
y látigos, para que, hiriéndole y lastimándole,
lo llevasen así a la ciudad. Acababan los de Falerios de
tener conocimiento de la traición del maestro, y cuando
la ciudad estaba entregada a la aflicción, que era indispensable
en semejante calamidad, corriendo aun los hombres más señalados
y las mujeres a las murallas y a las puertas sin ninguna reflexión,
llegaron los niños castigando al maestro, desnudo y atado
como estaba, y proclamando a Camilo por su salvador, su dios y
su padre; espectáculo que no sólo en los padres
de los niños, sino en todos los demás ciudadanos,
engendró grande admiración y deseo de la justicia
de Camilo. Corriendo, pues, a celebrar junta, le enviaron embajadores,
entregándolo todo a su disposición; y él
los despachó a Roma. Presentados al Senado, dijeron que
los Romanos, con anteponer la justicia a la victoria les habían
enseñado a tener en más tal vencimiento que la libertad,
pues reconocían que no tanto les eran inferiores en poder
como en virtud. Como el Senado volviese a poner en manos de Camilo
la determinación y arreglo de aquel asunto, con recibir
alguna suma de los Falerios, y hacer paz y amistad con todos los
Faliscos, retiró el ejército.
XI. Los soldados, que habían esperado saquear a Falerios,
cuando regresaron a casa con las manos vacías, acusaban
a Camilo de desafecto al pueblo, y nada inclinado a favorecer
a los pobres. Otra vez repitieron los tribunos de la plebe la
ley de la repoblación; y pidiendo que el pueblo pasara
a votar, Camilo no se detuvo en enemistades, ni usó de
disimulos, sino que a las claras contuvo a la muchedumbre y logró
sí que voluntariamente diera su voto contra la ley, pero
no por eso dejó de atraerse su enojo; tanto que, ocurriéndole
motivos domésticos de pesadumbre, por haber perdido de
enfermedad al uno de sus hijos, nada se disminuyó el encono
por la compasión, a pesar de que, por ser de condición
dulce y bondadosa, llevó con mucho dolor esta pérdida,
y de que, hallándose citado por esta causa, se quedó
en casa por el duelo, encerrado con las mujeres.
XII. Era su acusador Lucio Apuleyo, y el delito, haberse apropiado
los despojos etruscos, diciéndose que se veían en
su casa ciertas puertas de bronce. El pueblo estaba muy irritado,
y era indudable que bajo cualquier pretexto iba a dar sentencia
contra él. Congregando, pues, a sus amigos, sus compañeros
de armas y sus colegas de mando, que eran en gran número,
les hizo la súplica de que no le abandonasen viéndole
molestado con injustas acusaciones y hecho el juguete de sus enemigos.
Cuando vio que los amigos, habido consejo y deliberación
entre sí, le dieron por respuesta que en su causa ningún
auxilio podían prestarle, y, sólo si se le impusiese
alguna multa la pagarían, no pudiendo aguantar más,
determinó, en aquel acaloramiento de la ira, retirarse
y huir de la ciudad. Saludando, pues, a su mujer y a su hijo,
se dirigió por la ciudad con gran silencio a la puerta;
allí se paró, y vuelto hacia aquella, levantando
las manos al Capitolio, hizo a los Dioses la plegaria de que si
no era justa su difamación y su ruina, sino efecto solamente
del encono y de la envidia, tuvieran que arrepentirse pronto de
ella los Romanos, y viera todo el mundo que echaban menos y sentían
la ausencia de Camilo.
XIII. Al modo, pues, de Aquiles, haciendo imprecaciones contra
sus ciudadanos y desterrándose, dejó desierta su
causa, estimada en quince mil ases, en los que fue condenado,
que traído el cómputo a plata, venían a ser
mil y quinientas dracmas, porque el as era de plata, y el décuplo
en cobre se llamaba denario. Entre los Romanos no hay nadie que
no esté en la inteligencia de que a aquella plegaria de
Camilo se siguió al instante la pena, y que luego recibió,
en cambio de la injusticia que se le hizo, una satisfacción,
no dulce ciertamente, sino tan dura como famosa y celebrada. ¡Tal
castigo vino sobre Roma, y tal ocasión se presentó
para ella de peligro y de vergüenza, bien lo hiciese así
la suerte, o bien sea que hay algún dios que no consiente
que los hombres sean ingratos contra la virtud!
XIV. La primera señal que hubo de que amenazaba algún
gran mal fue la muerte del censor Julio, porque los Romanos respetan
mucho esta autoridad, y la miran como sagrada. Fue la segunda,
que antes del destierro de Camilo un hombre, no de los ilustres
ni de los senadores, pero sí tenido por de probidad y rectitud,
llamado Marco Cedicio, dio cuenta a los magistrados de una cosa
muy digna de atención. Dijo que en la noche precedente
iba por la calle que decían Nueva, y sintiendo que le llamaban
con una gran voz, se volvió a ver lo que era, y aunque
no vio a nadie, oyó una voz más que humana, que
le dijo: Oye, Marco Cedicio, ve de mañana y anuncia
a los magistrados que se dispongan a recibir dentro de poco a
los Galos. Los tribunos militares, al oírlo hicieron
burla y juego de ello; poco después ocurrió el voluntario
destierro de Camilo.
XV. Eran los Galos de origen céltico, y se dice que dejando
por su gran número el país patrio, porque no bastaba
a alimentarlos a todos, se habían encaminado en busca de
otro; que eran ya muchos los millares de los jóvenes y
hombres de guerra, y llevaban mucho mayor número todavía
de niños y mujeres; que de ellos unos se dirigieron hacia
el Océano Boreal, más allá de los Montes
Rifeos, poseyendo los últimos términos de Europa,
y otros hicieron su asiento entre los Montes Pirineos y los Alpes,
habitando por largo tiempo cerca de los Senones y Celtorios, y
que habiendo llegado, aunque tarde, a probar el vino, traído
entonces por la primera vez de Italia, de tal manera se maravillaron
de aquella bebida, y hasta tal punto los sacó a todos de
juicio su dulzura, que, tomando las armas, y llevando consigo
a sus padres, corrieron arrebatadamente a los Alpes, en busca
de la tierra que tal fruto producía, teniendo todos los
demás países por estériles y silvestres.
El que introdujo el vino entre ellos, y fue quien primero los
impelió hacia la Italia, es fama haber sido el tirreno
Arrón, hombre distinguido, y no de mala índole,
a quien sucedió la desgracia que voy a referir. Era tutor
de un mocito huérfano, de los primeros en el país
por su riqueza, y muy celebrado por su hermosura, llamado Lucumón,
el cual desde niño había habitado con aquel, y ya
más crecido no había dejado la casa, antes daba
a entender que gustoso permanecía al lado del tutor. Estuvo,
por tanto, largo tiempo oculto que se había prendado de
su mujer, y ésta de él, pero encendida ya demasiado
la pasión en uno y otro, de modo que ni podían contenerse
en sus apetitos, ni éstos estar ocultos por más
tiempo, el joven intentó apoderarse abiertamente de aquella
mujer, llevándosela robada. El marido sobre esto le movió
causa; pero como fuese vencido de Lucumón por sus muchos
amigos, su gran riqueza y lo mucho que expendió, abandonó
su país, y noticioso de lo que era la nación de
los Galos, se pasó a ellos, y fue su caudillo en esta expedición
de Italia.
XVI. Invadiéndola, pues, prontamente se apoderaron de
todo el país, que se extiende a entrambos mares, y en lo
antiguo lo poseyeron los Tirrenos, como los nombres mismos nos
lo testifican; porque al mar del norte lo llaman Adriático,
de la ciudad tirrena del propio nombre, y al que se inclina al
austro, Mar Tirreno. Toda ella es la región poblada de
árboles, abundante en pastos para el ganado, y regada de
ríos: contenía entonces diez y ocho ciudades grandes
y hermosas, muy bien dispuestas para la granjería y para
las comodidades de la vida. Los Galos se apoderaron de ellas,
arrojando a los Tirrenos; pero todo esto había sucedido
mucho tiempo antes.
XVII. A la sazón, acampados los Galos delante de la ciudad
tirrena Clusio, le tenían puesto sitio, y los Clusinos,
acogiéndose a los Romanos, les pidieron que por su gobierno
se enviaran embajadores y cartas a los bárbaros. Enviáronse
tres de la familia de los Fabios, varones muy recomendables y
que servían los principales cargos en la ciudad. Recibiéronlos
los Galos con mucha humanidad por la nombradía de Roma,
y suspendiendo el batir los muros, les dieron audiencia. Preguntándoles,
pues, los embajadores qué mal les habían hecho los
Clusinos para venir así contra ellos, echándose
a reirel rey, que se llamaba Breno: Nos injuriandijo- los
Clusinos, cuando es muy poco el terreno que pueden cultivar, con
desear poseerlo en gran extensión, y no cedérnoslo
a nosotros, que somos forasteros, muchos en número, y lo
habemos menester. De este mismo modo ¡oh Romanos! os injuriaron
a vosotros en tiempos pasados los Albanos, Fidenates, Ardeates
y, ahora últimamente, los Veyentes y Capenates, y muchos
de los Faliscos y los Volscos; contra los que movéis vuestras
armas, y si no os ceden parte de sus bienes, los esclavizáis,
los saqueáis y derribáis sus ciudades; en lo que
no hacéis nada que sea reprobable o injusto, sino que seguís
en ello la más antigua de las leyes, que da a los más
poderosos los bienes de los más débiles, empezando
por el mismo Dios y finalizando en las fieras, pues aun entre
éstas es impulso de la naturaleza que las de más
fuerza hagan ceder a las más débiles. Dejáos,
pues, de compadecer en su cerco a los Clusinos,- no enseñéis
a los Galos a hacerse humanos y compasivos en favor de aquellos
a quienes injurian los Romanos. Conocieron por este razonamiento
los Romanos que Breno no era hombre a quien pudiera reducirse,
e introduciéndose en Clusio, animaron e incitaron a aquellos
ciudadanos a que saliesen con ellos contra los bárbaros,
bien quisiesen enterarse del valor y pujanza de estos o bien hacer
muestra de la suya. Verificada la salida de los Clusinos y trabada
batalla al pie de los muros, uno de los Fabios, Quinto Ambusto,
que tenía caballo, salió al encuentro de un galo
robusto y arrogante que se había adelantado mucho a los
demás; sin ser aquel conocido al principio porque la audiencia
había sido breve, y las armas muy brillantes que llevaba
no dejaban que se le viese el rostro. Mas después que quedó
vencedor, al ir a despojar al Galo, reconociéndole Breno,
puso por testigos a los Dioses de que, contra lo que es reconocido
por santo y justo entre todos los hombres, había venido
de embajador y tomaba parte en la guerra; por tanto, haciendo
cesar al punto el combate, no hizo ya cuenta de los Clusinos,
y movió el ejército contra Roma. Mas con todo, no
queriendo que se hiciese juicio de que se holgaban con aquella
injusticia, y que no deseaban más que un pretexto, envió
a pedir que se le entregara aquel Romano, para tomar en él
satisfacción, y entretanto marchaba lentamente.
XVIII. En Roma, congregado que fue el Senado, se levantaron varios
otros acusadores contra Fabio, y principalmente entre los Sacerdotes
los Feciales alzaban el grito, y pedían que el Senado hiciese
recaer la abominación de lo que se había hecho sobre
el único que había sido causa de ello, para que
así quedasen libres los demás. Estos Feciales los
estableció Numa, el más dulce y justo de todos los
reyes, para que fuesen árbitros y moderadores acerca de
las causas por las que puede hacerse la guerra sin temor de injusticia.
El Senado se descartó del asunto, dando cuenta al pueblo,
y aunque los Feciales repitieron sus acusaciones, hasta tal punto
la muchedumbre se rió y burló de los derechos religiosos,
que nombró tribuno militar al mismo Fabio, juntamente con
sus hermanos. Los Celtas, que lo llegaron a entender, se incomodaron
mucho, y ya no pusieron retardo a su diligencia, sino que marcharon
aceleradamente; y a los pueblos que estaban al paso, y que, asombrados
de su número, de lo brillante de sus preparativos, de su
violencia y de su furia, daban por perdido todo su país
y temían la destrucción de sus ciudades, en nada
los ofendieron, contra lo que esperaban, ni les tomaron lo más
mínimo de sus campos, sino que, pasando junto a sus ciudades,
proclamaban que sólo marchaban contra Roma, y a solos los
Romanos hacían la guerra, teniendo por amigos a todos los
demás. Viendo esta precipitación de los bárbaros,
sacaron los tribunos al combate las huestes romanas, las cuales
no eran en el número muy inferiores, componiéndose
por lo menos de cuarenta mil infantes; pero la más era
gente bisoña, y que entonces por la primera vez tomaba
las armas. Miraron también entonces con desdén los
ritos de la religión, no habiendo hecho los acostumbrados
sacrificios, ni habiendo consultado a los agoreros antes de entrar
en el peligro y en la pelea. No fue de menos inconveniente para
lo que sucedió la muchedumbre de caudillos; pues antes
para menores casos muchas veces habían dado la autoridad
a uno solo, al que llaman dictador, no ignorando cuánto
conduce para el orden en momentos de gran riesgo que no haya más
que una voluntad, a la que todos obedezcan, y en cuya mano resida
el poder de castigar. Fue asimismo de gran daño para los
negocios el mal tratamiento que experimentó Camilo, por
cuanto hizo temible el mandar sin contemplación ni adulaciones.
Habiendo, pues, hecho marcha de unos noventa estadios, se acamparon
junto al río Alias, que no lejos de los reales desagua
en el Tíber. Cargando allí sobre ellos de improviso
los bárbaros, pelearon flojamente por su falta de orden,
y dieron a huir; y lo que es el ala izquierda enteramente la destrozaron
los bárbaros, impeliéndola hacia el río;
el ala derecha, evitando el ímpetu que sufría en
el llano, con retirarse a las alturas, no fue tan mal tratada,
y la mayor parte huyeron a la ciudad. De los demás, los
que por haberse cansado de matar los bárbaros se salvaron
tuvieron por la noche su refugio en Veyos, como si ya Roma hubiese
perecido o todos los ciudadanos hubiesen muerto.
XIX. Dióse esta batalla a la entrada del estío,
en el plenilunio, en el mismo día en que antes había
acontecido el lastimoso suceso de los Fabios; porque trescientos
de esta familia fueron muertos por los Tirrenos. Después
de esta segunda derrota, aquel día se ha quedado con el
nombre de la Aliada, a causa del río. Acerca de los días
aciagos, si se han de tener en algunos por tales o no, y si Heráclito
reprende con razón a Hesíodo por haber llamado a
unos buenos y a otros malos, no haciéndose cargo de que
la naturaleza de todos los días es una misma, tratamos
más oportunamente en otro lugar. Con todo, quizá
no cuadrará mal con lo que dejamos escrito el que hagamos
aquí mención de algunos ejemplos. Los Beocios, en
primer lugar, en el mes Hipodromio, que los Atenienses llaman
Hecatombeón, en el día 5, tuvieron la suerte de
conseguir dos señaladas victorias, que dieron la libertad
a los Griegos: una, la de Leuctras, y otra, la de Quereso, más
de doscientos años antes, en que vencieron a Latamia y
a los Tesalios. Los Persas, en el mes de Boedromión, el
día 6, fueron vencidos por los Griegos en Maratón;
el día 3, en Platea y en Mícale, a un mismo tiempo,
y el día 26, en Arbelas. Los Atenienses ganaron la batalla
naval de Naxo, en que estuvo de general Cabrias, en el plenilunio
del mes Boedromión, y hacia el 20, la de Salamina, como
lo hemos demostrado en el Tratado de los días. Puede también
tenerse por conocidamente desgraciado para los bárbaros
el mes Targelión; porque en Targelión venció
Alejandro en el Gránico a los generales del rey; el 24
de Targelión fueron los Cartagineses derrotados por Timoleón,
y hacia el mismo día parece que fue tomada Troya, según
relación de Éforo, de Calístenes, de Damastes
y de Filarco. A la inversa, el mes Metagitnión, que los
Beocios llaman Panemo, no ha sido muy favorable a los Griegos,
porque el 7 de este mes, vencidos en Cranón por Antípatro,
fueron deshechos del todo, antes habían tenido también
mala suerte peleando en Queronea con Filipo, y en el mismo día
de Metagitnión, del propio año, el ejército
de Arquídamo, habiendo pasado a Italia, fue allí
desbaratado por los bárbaros. Los Cartagineses, el día
22 del mismo mes le miran siempre como el que les ha traído
sus más frecuentes y mayores desgracias. No ignoro que
en el día de los misterios fue Tebas asolada por Alejandro,
y que los Atenienses recibieron guarnición de los Macedonios
el día 20 de Boedromión, el mismo en que celebran
la gran fiesta de Baco. Del mismo modo, los Romanos, en un mismo
día, primero perdieron su campamento en la guerra con los
Cimbros, bajo el mando de Cepión, y después, mandando
Luculo, vencieron a los Armenios y a Tigranes. El rey Átalo
y Pompeyo Magno murieron en su mismo día natal, y, en general,
pueden darse pruebas de que unos mismos sujetos han experimentado
de todo en los mismos períodos. Mas para los Romanos este
sólo es día nefasto y aciago, y por él otros
dos en cada mes, adelantando siempre con los sucesos el recelo
y la superstición, como es costumbre; pero de estas cosas
tratamos con más diligencia en nuestra Memoria sobre las
causas de las cosas romanas.
XX. Después de aquella batalla, si los Galos hubieran
seguido inmediatamente el alcance a los que huían, Roma
hubiera sido destruida totalmente sin estorbo, y todos cuantos
en ella se encontraban hubieran sin disputa perecido: ¡tanto
era el terror que los fugitivos habían inspirado a los
que quedaron, y de tal modo todos se habían llenado de
consternación y aturdimiento! Mas entonces los bárbaros,
no acabando de creer lo grande de su victoria, y embargados con
el gozo y con el repartimiento de la gran presa que habían
encontrado en los reales, dieron facilidad para la fuga a la muchedumbre
que abandonaba la ciudad, y a los que se quedaban, para concebir
esperanzas y apercibirse. Dando, pues, por perdido lo demás
de la ciudad, fortificaron el Capitolio con armas arrojadizas
y un vallado. Lo primero fue trasladar algunas cosas sagradas
al Capitolio; pero el fuego de Vesta, con otras cosas también
sagradas, lo arrebataron las vírgenes, y huyeron; aunque
algunos son de sentir que, fuera del fuego inextinguible, ninguna
otra cosa estaba al cuidado de estas vírgenes, establecidas
por Numa para que aquel fuera venerado como el principio de todas
las cosas, porque es lo más movible de cuanto la naturaleza
encierra, y la generación de todo o es movimiento o al
movimiento se debe, y las demás partes de la materia, faltándoles
el calor, ociosas y como muertas, desean como alma la virtud del
fuego, y apenas la reciben, se ponen en disposición de
hacer o padecer. Por esto Numa, hombre hábil y de quien
por su sabiduría corría voz de que conversaba con
las Musas, ordenó que se le tuviera por sagrado, y se conservara
puro como la imagen del poder eterno que todo lo gobierna. Otros
dicen que, como entre los Griegos, el fuego sirve de purificación
antes de los sacrificios, y que todas las demás cosas que
se guardan dentro son invisibles para todos los demás,
fuera de estas vírgenes que se llaman Vestales. Tuvo también
mucho valimiento la opinión de que se guardaba allí
aquel Paladión troyano, traído por Eneas a Italia.
Algunos dicen que son los dioses de Samotracia, y refieren que
Dárdano, llevándolos a Troya, los consagró
y dedicó al fundar la ciudad, y que Eneas, reservándole
al tiempo de la toma de ésta, los salvó hasta su
establecimiento en Italia. Otros, aparentando saber algo más
acerca de estas cosas, dicen que hay allí dos grandes tinajas,
la una destapada y vacía, y la otra llena y sellada, y
que ambas sólo son visibles a estas sagradas vírgenes.
Todavía hay otros que opinan andar aquellos errados, y
que su equivocación nace de que las vírgenes pusieron
entonces en dos tinajas la mayor parte de las cosas sagradas,
y las escondieron debajo de tierra junto al templo de Quirino,
y que aquel sitio aún conserva el nombre que tomó
de las tinajas.
XXI. Cargando, pues, aquellas con las más principales
y preciosas de las cosas sagradas, huyeron, retirándose
al otro lado del río. Por allí también, entre
los que huían, iba Lucio Albino, uno de la plebe, llevando
en un carro sus hijos, todavía niños, su mujer y
las cosas más precisas, y cuando vio a las vírgenes
que llevaban en el seno las cosas sagradas, yendo a pie, y sin
nadie que las sirviese, inmediatamente bajó del carro a
su mujer, los hijos y los muebles, y lo entregó a aquellas
para que se subiesen en él y se retiraran a alguna de las
ciudades de la Grecia. Habiendo, pues, dado Albino tal prueba
de su religión y piedad hacia los Dioses en momentos de
tanto riesgo, no sería razón que le pasáramos
en silencio. Los sacerdotes de los demás Dioses, y los
hombres ancianos señalados por sus consulados y sus triunfos,
no teniendo corazón para dejar la ciudad, se vistieron
las ropas sagradas y de ceremonia, y precedidos del Pontífice
Máximo, Fabio, hicieron plegarias a los Dioses, consagrándose
en víctimas de expiación por la patria; y así
adornados se sentaron en medio de la plaza, en sus sillas de marfil,
aguardando la suerte que les amenazaba.
XXII. Al tercer día después de la batalla se presentó
Breno con todo su ejército delante de la ciudad, y encontrando
abiertas las puertas, y las murallas sin guardia ninguna, al principio
receló no fuese alguna celada o añagaza, no pudiendo
creer que enteramente hubiesen desmayado así los Romanos;
pero después que se informó de lo que había
en realidad, entrando por la Puerta Colina, tomó la ciudad,
a los trescientos y sesenta años y poco mas después
de su fundación, si hemos de creer que pudo salvarse la
exactitud en la razón de los tiempos, en la cual aun para
sucesos más modernos indujo confusión aquel trastorno.
De este infortunio y de esta pérdida parece que se difundió
al punto un rumor oscuro por toda la Grecia, pues Heraclides Póntico,
que poco más o menos vivió por aquella edad, en
su libro Del alma dice que desde occidente vino la noticia de
que un ejército de los Hiperbóreos, que vino de
la parte de afuera, se apoderaba de la ciudad griega-romana, fundada
allí sobre el Gran Mar. Yo no extrañaría
que un hombre aficionado a fábulas e invenciones como Heraclides,
a la relación verdadera de la toma de la ciudad hubiera
añadido de suyo lo de los Hiperbóreos y lo del Gran
Mar. El filósofo Aristóteles no tiene duda que oyó
con exactitud lo de la ocupación de la ciudad por los Celtas;
pero dice que el que la salvó fue Lucio, y Camilo no se
llamaba Lucio, sino Marco; mas para aquello no me fundo sino en
conjeturas. Apoderado Breno de Roma, dejó guardia ante
el Capitolio, y bajando él a la plaza, se quedó
asombrado de ver aquellos hombres sentados con aquel adorno y
tan silenciosos, y, sobre todo, de que marchando hacia ellos los
enemigos, no se levantaron ni mudaron semblante de color, sino
que se estuvieron quedos reclinados sobre los escipiones o báculos
que llevaban, mirándose unos a otros tranquilamente. Era,
pues, éste para los Galos un espectáculo extraño;
así largo rato estuvieron dudosos sin osar acercarse, ni
pasar adelante, teniéndolos por hombres de otra especie
superior; pero después que uno de ellos, más resuelto,
se atrevió a acercarse a Manio Papirio, y alargando la
mano le cogió y mesó la barba, que la tenía
muy larga, y Papirio, con el báculo, le sacudió
e hirió en la cabeza, sacando el bárbaro su espada,
lo dejó allí muerto. En seguida, cargando sobre
todos los demás, les dieron muerte, ejecutando lo mismo
con todos cuantos iban encontrando, y saquearon las casas, gastando
muchos días en recoger y llevar los despojos; luego, las
incendiaron y asolaron, irritados con los que defendían
el Capitolio, porque habiéndoles hablado no se dieron por
entendidos, y a los que se habían acercado los habían
herido defendiéndose desde el vallado; por esta causa arruinaron
la ciudad, y dieron muerte a cuantos cayeron en sus manos, así
mujeres como hombres, y niños como ancianos.
XXIII. El sitio se fue prolongando, y la falta de víveres
apremiaba a los Galos; por tanto, haciendo divisiones, unos se
quedaron con el rey manteniendo el cerco del Capitolio, y otros
andaban merodeando por toda la comarca, no juntos tampoco, sino
en partidas por diferentes parajes, no reparando en andar esparcidos,
porque sus victorias los traían engreídos sin haber
nada que temiesen. La división mayor y más ordenada
discurría por las cercanías de la ciudad de Ardea,
donde residía Camilo, desocupado de todo negocio después
de su destierro, llevando la vida de un particular; con todo,
no gustándole el estar escondido y el huir de los enemigos,
tomaba lenguas y esperanzas, por si podía presentársele
ocasión de escarmentarlos. Por tanto, viendo que los Ardeates
en número eran bastantes, y sólo les faltaba la
resolución por no estar ejercitados y por la impericia
y flojedad de sus caudillos, empezó por hacer conversación
con los jóvenes sobre que la desgracia de los Romanos no
debía llamarse fortaleza de los Galos, ni el mal que por
su falta de prudencia les había sobrevenido a aquellos
debía reputarse obra de los que nada habían puesto
para vencer, sino demostración de su buena suerte; así
que sería loable rechazar aquella guerra bárbara
y extranjera, cuyo fin, en venciendo, a la manera del fuego, era
destruir lo que invadía, aun cuando para ello fuera necesario
pasar por grandes peligros; cuanto más que, mientras los
enemigos andaban tan seguros y confiados, él los pondría
en ocasión de alcanzar de ellos una victoria exenta de
todo riesgo. Viendo que estos discursos prendían en los
jóvenes, se dirigió ya Camilo a los magistrados
y prohombres de los Ardeates, y cuando logró convencer
también a éstos, armó a todos los que estaban
en edad proporcionada, y los contuvo dentro de las murallas, procurando
no lo entendieran los enemigos, que andaban cerca. Ellos, en tanto,
habiendo recorrido con su caballería todo el país,
haciéndose insufribles por las muchas presas de toda especie
que habían tomado, establecieron en aquella inmediación
sus reales con el mayor descuido y menosprecio; y la noche los
cogía cargados de vino, siendo grande el silencio que reinaba
en su campo. Enterado de todo Camilo por sus espías, sacó
de la ciudad sus Ardeates, y andando en las mayores tinieblas
de la noche el camino que mediaba, llegado a los reales hizo mover
grande gritería, con la que y las trompetas indujo gran
turbación en unos hombres embriagados, que con dificultad
volvían del sueño, aun en medio de tanto alboroto;
así fueron muy pocos los que, pudiendo despertarse y prevenirse
para hacer frente a los de Camilo, murieron defendiéndose;
a todos los demás los cogieron oprimidos del sueño
y del vino, y sin que tomasen las armas les dieron muerte. A los
que aquella noche, que no eran muchos, se habían escapado
del campamento, persiguiéndolos al día siguiente,
esparcidos como estaban por todo el país, los exterminó
la caballería.
XXIV. La fama difundió luego este suceso por las demás
ciudades, y excitó a muchos de los que estaban en edad
de llevar armas, y, sobre todo, a los muchos Romanos que, habiendo
huido de la batalla del Alias, se hallaban en Veyos, y que se
lamentaban entre sí de que el mal Genio de Roma, privándola
de semejante caudillo, hubiese ido a ilustrar con los triunfos
de Camilo a la ciudad de Ardea, mientras que la que le había
dado el ser y lo había criado estaba destruida y aniquilada.
Nosotros- decían-, por falta de caudillo, acogidos
a unos muros ajenos, nos estamos aquí sentados mirando
la ruina de la Italia; ¡ea, pues, enviemos quien les pida
a los Ardeates su general, o tomando las armas dirijámonos
a él mismo, pues que ni él es desterrado ni nosotros
ciudadanos, no existiendo para nosotros la patria mientras esté
dominada de los enemigos! Habida esta deliberación,
hicieron mensaje a Camilo, pidiéndole que tomase el mando;
mas él respondió que no lo haría sin que
los ciudadanos refugiados al Capitolio lo decretasen, según
ley, porque en ello debía entenderse- que se había
salvado la patria; por tanto, que si lo mandaban, obedecería
con gusto; pero contra su voluntad en nada se entrometería;
no pudieron, pues, menos de admirar la prudencia y rectitud de
Camilo. Mas faltaba el medio de que esto llegase a los del Capitolio,
y, sobre todo, parecía imposible que pudiera llegar hasta
la ciudadela un mensajero, estando apoderados de la ciudad los
enemigos.
XXV. Había entre los jóvenes un Poncio Cominio,
de los medianos en linaje, pero codicioso de honra y de gloria;
éste se ofreció voluntario para la empresa, pero
no quiso llevar cartas para los del Capitolio no fuese que, cayendo
él en manos de los enemigos, se informaran por ellas de
los intentos de Camilo. Llevando, pues, un vestido pobre, y bajo
él unos corchos, la primera parte del camino la anduvo
por el día sin recelo; pero llegado cerca de la ciudad
a la hora en que ya había oscurecido, viendo que no había
cómo pasar el puente, porque lo guardaban los bárbaros,
echándose a la cabeza la ropa, que no era mucha ni pesada,
y apoyando el cuerpo en los corchos, con lo que le aligeró
para hacer la travesía, aportó así a la ciudad.
Luego, evitando los cuerpos de guardia, cuyos puestos conjeturaba
por la conversación y por el ruido, se encaminó
a la Puerta Carmental, donde había más quietud;
y donde junto a ella la altura del Capitolio es más pendiente,
y hay una roca escarpada que le rodea, por allí subió
oculto, y llegó hasta donde estaban los que guardaban el
vallado, no sin gran dificultad, y por la parte más abrupta.
Saludándolos, pues, y diciéndoles su nombre, le
recibieron y le condujeron ante los magistrados romanos. Congregóse
al punto el Senado, y, presentándose en él, refirió
la victoria de Camilo, de que antes no tenían noticia,
y expuso lo que los soldados tenían tratado, exhortándolos
a que confirmasen el mando a Camilo, como que a él sólo
obedecerían los ciudadanos que se hallaban fuera. Oyéronle,
y puestos a deliberar, nombraron dictador a Camilo, y despacharon
a Poncio, que, con la misma buena suerte, se volvió por
el propio camino, porque no fue percibido de los enemigos, y dio
cuenta a los ciudadanos de afuera de lo resuelto por el Senado.
XXVI. Recibiéronle aquellos con sumo placer, y pasando
allá Camilo, reunió ya unos veinte mil hombres de
tropas, y muchos más de los aliados, con los que se disponía
a dar combate. De este modo fue nombrado dictador Camilo la segunda
vez. En Roma, algunos de los bárbaros, pasando casualmente
por aquella parte, por donde Poncio subió por la noche
al Capitolio, y advirtiendo en muchos puntos vestigios de los
pies y de las manos, según que se asía y tenía
que tomar vueltas, y por muchos puntos también arrancadas
las matas que nacen en los derrumbaderos y hundido el terreno,
dieron de ello parte al rey. Yendo éste a verlo, calló
por entonces, pero a la tarde, juntando a los más ágiles
de cuerpo entre los Celtas, y más hechos a trepar por los
montes: Los enemigos- les dijo- nos han enseñado
que el camino por donde a ellos se sube, y que nosotros no sabíamos,
no es ni invencible ni inaccesible a los hombres. Vergüenza
sería que teniendo tanto adelantado, al fin lo echáramos
a perder, y abandonáramos como inconquistable un lugar
que los mismos enemigos nos han enseñado por dónde
ha de tomarse; porque por donde a uno le es fácil ir, no
ha de ser difícil a muchos uno a uno, y aun tienen la ventaja
de que pueden entre si darse fuerza y ayudarse; y a cada uno se
le darán los premios y honores correspondientes.
XXVII. Dicho esto por el rey, se ofrecieron los Galos con ánimo
pronto; y subiendo muchos juntos a la media noche, treparon por
la piedra con mucho silencio, colgados por aquellos sitios tajados
y escabrosos, que se les hacían más accesibles y
practicables de lo que habían esperado; tanto, que los
primeros ya tocaban la cumbre, y se iban preparando, porque casi
nada les faltaba, para acometer a las guardias que se habían
dormido, pues no habían sido sentidos ni de hombre ni de
perro alguno. Mas había unos ánsares sagrados en
el templo de Juno, alimentados largamente en otro tiempo, pero
tratados entonces con descuido y escasez, por la falta de víveres
que los sitiados mismos padecían. Son estos animales, por
su naturaleza, de oído agudo y muy prontos a cualquier
ruido, pero entonces aquellos, hechos todavía más
vigilantes e inquietos con el hambre, sintieron muy pronto la
subida de los Galos, y corriendo con gran estrépito se
fueron para los Romanos, y los despertaron a todos, a tiempo que
ya los Galos movían grande alboroto, y se apresuraban más,
viéndose descubiertos. Tomó, pues, cada uno de aquellos
el arma que más a mano encontró, y como el tiempo
lo pedía, corrieron a defenderse. El primero Manlio, varón
consular, de cuerpo robusto y conocido por el valor de su espíritu,
oponiéndose a un tiempo a dos enemigos, el uno adelantándose
con su espada a la segur que traía alzada, le cortó
la diestra, y al otro, dándole en la cara con el escudo,
le arrojó de espaldas la roca abajo, y puesto prontamente
en el muro con los demás que acudieron y se le pusieron
al lado, rechazaron a todos los enemigos, que ni eran muchos ni
hicieron cosa memorable. Libres de esta manera de aquel peligro,
luego que vino el día, al jefe de la guardia le precipitaron
de la roca hacia los enemigos, y a Manlio le decretaron un premio
de valor, más apreciable que útil, dándole
cada uno cuanto había tomado para su manutención
en aquel día, que era la media libra de harina acostumbrada,
porque así la llaman, y de vino la cuarta parte de la cotila
griega.
XXVIII. Con esto las cosas de los Celtas comenzaron a ir en decadencia,
porque les faltaban las subsistencias, impedidos de merodear por
miedo de Camilo, y además les había acometido una
epidemia, por causa de los muchos muertos esparcidos por todas
partes, estando precisados a tener las tiendas sobre escombros;
y el gran montón de cenizas alteraba el aire con su sequedad
y aspereza, y le hacía malsano por medio de los vientos
y las quemas, y dañoso a los cuerpos por la difícil
respiración; pero lo que principalmente los incomodaba
era la mudanza de habitación y método de vida, habiendo
sido arrojados, de un país sombrío y que tenía
grandes defensas contra el calor, a un terreno ahogado y mal dispuesto
para pasar la entrada del otoño; a lo que se agregaban
la detención y ocio ante el Capitolio, que iban muy largos,
pues ya era aquel el séptimo mes que llevaban de sitio;
de manera que había gran mortandad en el campamento, y
ya por los muchos que eran, ni siquiera daban sepultura a los
cadáveres. Mas no por esto era mejor la situación
de los que sufrían el cerco, porque también se les
hacía sentir el hambre, y el no tener noticias de Camilo
los tenía desmayados, no pudiendo pasar nadie hasta ellos,
a causa de la estrecha custodia en que tenían la ciudad
los bárbaros; por lo cual, hallándose así
unos y otros, se llegaron a mover conversaciones de paz, primero
por medio de las avanzadas, cuando se juntaban, y después,
habiendo deliberado entre sí los principales, tratando
con Breno Sulpicio, que era tribuno militar, ajustaron el convenio
de que los Romanos les pagarían mil libras de oro, y en
recibiéndolas al punto se retirarían de la ciudad
y de todo el país. Confirmado este tratado con los recíprocos
juramentos, y traído el oro, los Celtas comenzaron a engañar
con ocasión del peso: primero, con algún disimulo;
pero, después, ya abiertamente tirando e inclinando las
balanzas, por lo que los Romanos se desazonaban con ellos; y el
mismo Breno en aire de insulto y de burla, quitándose la
espada y el cinturón, los puso también en la balanza.
Preguntóle Sulpicio qué era aquello, y la respuesta
fue: ¿Qué otra cosa ha de ser sino ¡ay
de los vencidos!?; expresión que quedó después
en proverbio. Entonces los Romanos la sintieron vivamente, y algunos
opinaban que debía recogerse el oro y retirarse y volver
a sufrir el sitio, pero otros proponían que se cediera
a aquella llevadera injusticia, y no se atribuyera en la imaginación
mayor valor a aquel agravio, cuando el mismo dar el oro lo sufrían,
a causa de las circunstancias, no por gusto, sino por necesidad.
XXIX. Mientras de parte de unos y otros se altercaba de este
modo, Camilo con su ejército estaba ante las puertas, y
sabedor de lo ocurrido, mandando a los demás que le siguiesen
formados y lentamente, penetró con los principales dentro
de la ciudad y se dirigió donde estaban los Romanos. Levantáronse
todos, y le recibieron como a emperador, con respeto y silencio,
y él, quitando el oro de la balanza, y entregándolo
a los lictores, dio orden a los Celtas de que, tomando las balanzas
y pesas se retirasen, diciendo que los Romanos no acostumbraban
a salvar la patria con oro, sino con acero. Incomodado Breno,
y diciendo que era una injusticia faltar al convenio, le repuso
éste que no había sido legítimo ni válido
el tratado, porque, hallándose ya nombrado dictador, y
no habiendo ninguno otro con legítimo mando, se había
hecho con quien no tenía ninguna autoridad; por tanto,
que entonces era el tiempo de decir lo que querían, porque
como dueño de ello venía a usar de benignidad con
los que le rogasen, o a tomar venganza, si no mudaban de propósito,
con los que hubiesen dado motivo. Alborotóse Breno a estas
razones, y movió rencilla, llegando hasta meter mano de
una y otra parte a las espadas y trabar pelea, mezclándose
unos con otros, como era preciso entre las casas, en callejuelas
estrechas y en sitios que no admitían formación
ninguna; pero reflexionando luego Breno, recogió los Celtas
al campamento, sin haber perdido muchos, y levantándolo
en aquella misma noche, los sacó a todos de la ciudad,
y caminando sesenta estadios, puso sus reales en la vía
Gabinia; pero al amanecer vino Camilo contra él, armado
ricamente, y trayendo muy adelantados a los Romanos. Trabóse
una recia batalla, que fue obstinada, en la que los rechazó,
con gran matanza, y les tomó el campamento. De los que
huyeron, unos murieron al punto a manos de los que les seguían
el alcance, y a los otros, que se habían dispersado, y
fueron en mayor número, corriendo contra ellos de los pueblos
y ciudades de la comarca les dieron también muerte.
XXX. Así fue tomada Roma de un modo extraño, y
de un modo más extraño todavía recuperada,
habiendo estado siete meses cumplidos en poder de los bárbaros,
porque habiendo entrado pocos días después de los
idus de Julio, fueron expelidos hacia los idus de Febrero. Camilo
obtuvo el triunfo, como era muy debido, habiendo sido el salvador
de una patria que ya habían perdido, y el que restituyó
Roma a Roma misma, pues los que estaban fuera acudieron y se presentaron
con sus mujeres y sus hijos, y los sitiados en el Capitolio, a
quienes faltó muy poco para perecer de hambre, les salían
al encuentro llorando de gozo, sin acabar de creer lo que les
pasaba. Los sacerdotes y custodios de los templos de los Dioses,
trayendo salvas las cosas sagradas que habían escondido
al huir, o llevado consigo, las ponían de manifiesto a
los ciudadanos, que ansiaban verlas y las recibían gozosos,
como si fuesen los Dioses mismos los que otra vez tornaban a Roma.
Sacrificó luego a los Dioses, y purificando la ciudad,
hechos los ritos por aquellos a quienes correspondía, restableció
los templos que había y edificó de nuevo el de la
Fama y buen agüero, eligiendo aquel lugar en que por la noche
anunció a Cedicio Marco una voz prodigiosa la irrupción
de los bárbaros.
XXXI. Mas no sin gran dificultad y trabajo se pudieron descubrir
los sitios de los templos, por el empeño y esmero de Camilo
y las fatigas de los hierofantes o pontífices. Era preciso
reedificar la ciudad del todo destruida, y al ponerlo por obra
se apoderó de los más un sumo desaliento, dándoles
fatiga ver que carecían de todo, y que más estaban
que se les dejara descansar y reposar de los males pasados, que
no para trabajar y atormentarse, gastados como se hallaban en
los cuerpos y en los intereses. Luego, con el descanso, volvieron
a lo de Veyos, ciudad que se mantenía entera y bien conservada
en todo, dando ocasión, a los que no hablan sino con la
mira de congraciarse con la muchedumbre, para discursos populares
y sediciosos contra Camilo, como que por ambición y por
su propia gloria los privaba de una ciudad habitable, y los precisaba
a poblar ruinas, y a volver a poner en pie aquellos escombros
abrasados, para que se le diera el nombre no sólo de general
y caudillo, sino también de fundador de Roma, poniéndose
a la par de Rómulo. Temió el Senado que esto parara
en tumulto, y no permitió a Camilo que, como quería,
se desistiese por aquel año de la autoridad, no obstante
que ningún otro dictador hasta entonces había excedido
de los seis meses; y por si se aplicó a contentar y aplacar
al pueblo con la persuasión y la afabilidad, mostrándoles
los monumentos de sus héroes y los sepulcros de sus padres,
y trayéndoles a la memoria los sitios sagrados y los lugares
santos que Rómulo o Numa, o algún otro de los reyes,
por inspiración superior, les dedicaron. Entre las cosas
religiosas, poníanles a la vista muy especialmente la cabeza
humana fresca que se encontró en los cimientos del Capitolio,
y que parecía anunciar que el hado de aquel lugar era ser
cabeza de la Italia, y el fuego de Vesta, que encendido por las
vírgenes, después de la guerra, sería preciso
que volviera a desaparecer, y que lo apagaran con vergüenza
suya los que abandonaran la ciudad, dejándola, o para que
la habitaran advenedizos y forasteros, o para que fuera un desierto
en que se apacentaran los ganados. Pero por más que en
público y privadamente se les inculcaban estas querellas,
los más volvían a los lamentos de su absoluta imposibilidad,
y a los ruegos de que habiendo regresado como de un naufragio
desnudos y miserables, no se les obligara a juntar las reliquias
de una ciudad destruida, teniendo otra en que nada faltaba.
XXXII. Parecióle a Camilo lo mejor que el Senado diera
su dictamen, y él mismo habló primero largamente,
exhortándolos a no abandonar la patria, y lo mismo ejecutaron
los demás que quisieron; por fin, levantándose,
ordenó que Lucio Lucrecio, que solía ser quien votaba
primero, manifestase su opinión, y luego los demás
por su orden. Impúsose silencio, y cuando Lucrecio iba
a dar principio, casualmente pasaba de otra parte el centurión
que mandaba la partida de la guardia de día, y llamando
en voz alta al primero que llevaba la insignia, le mandó
detenerse allí y fijar la insignia, porque aquel era excelente
sitio para permanecer y hacer en él asiento. Dada tan oportunamente
aquella voz, cuando se meditaba y se estaba en la incertidumbre
de lo que había de hacerse, Lucrecio, haciendo reverencia
al dios, manifestó conforme a ella su dictamen, y a él
le siguieron luego los demás. Admirable fue la mudanza
de propósito que se notó asimismo en la muchedumbre,
exhortándose y excitándose a la obra unos a otros,
no por repartimiento o por orden, sino tomando cada uno sitio,
según sus preparativos o su voluntad; así codiciosa
y precipitadamente levantaron la ciudad, revuelta con callejones,
y apiñada en las casas, pues se dice que dentro del año
estuvo de nuevo en pie, así en murallas como en casas de
los particulares. Los encargados por Camilo de restablecer y determinar
los lugares sagrados, que todos estaban confundidos, cuando rodeando
el palacio llegaron al santuario de Marte, lo encontraron destruido
y abrasado por los bárbaros, como todos los demás;
pero limpiando y desembarazando el terreno, tropezaron con el
báculo augural de Rómulo, sepultado bajo montones
de ce niza. Es corvo por uno de los extremos, y se llama lituo:
úsase de él para las descripciones de los puntos
cardinales cuando se sientan a adivinar por las aves, y el mismo
uso hacía Rómulo, que era dado a los agüeros;
luego que se desapareció de entre los hombres, tomando
los sacerdotes este báculo, lo conservaron intacto como
cosa sagrada. Encontrándole entonces, cuando todas las
demás cosas habían perecido, preservado del incendio,
concibieron esperanzas muy lisonjeras respecto de Roma, como que
aquella señal le anunciaba una eterna permanencia.
XXXIII. Cuando todavía no habían reposado de estos
cuidados, les sobrevino nueva guerra, habiendo invadido juntos
su territorio los Ecuos, los Volscos y Latinos, y puesto los Tirrenos
cerco a Sutrio, ciudad aliada de los Romanos. Como los tribunos
que tenían el mando, habiéndose acampado junto al
monte Marcio, hubiesen sido cercados por los Latinos, y considerándose
en riesgo de perder el campamento, hubiesen dado aviso a Roma,
fue tercera vez Camilo nombrado dictador. Acerca de esta guerra
corren dos tradiciones diversas: referiré primero la fabulosa.
Dícese que los Latinos, bien fuese apariencia, o bien que
en realidad quisieran que se mezclasen de nuevo los pueblos, enviaron
a pedir a los Romanos vírgenes de condición libre.
Dudando éstos qué harían, porque temían
de una parte la guerra, no habiéndose recuperado ni vuelto
todavía en sí, y de otra, en la petición
de las mujeres sospechaban que se envolvía el querer tomarles
rehenes, y que para darle un aire más decente se pretextaban
los casamientos, una esclava llamada Tutola, o, según quieren
otros, Filotis, se fue a los magistrados y les propuso que enviasen
con ellas otras esclavas, aquellas que en la edad y en el semblante
semejasen más a las libres, vistiéndolas como novias
de gente principal; y que lo demás lo dejasen a su cuidado.
Prestáronse los magistrados a su propuesta, y escogiendo
aquellas esclavas que ella juzgó más propias para
el caso, y adornándolas con ropas preciosas y oro, las
entregaron a los Latinos, que estaban acampados no lejos de la
ciudad. A la noche, las demás quitaron las espadas a los
enemigos, y Tutola, o sea Filotis, subiéndose a un cabrahigo,
y extendiendo por la espalda la ropa, levantó un hachón
hacia Roma, como lo había dejado convenido con los magistrados,
sin que lo supiese ningún otro de los ciudadanos. Por esta
causa, a la salida de las tropas hubo grande alboroto, llamándose
unos a otros en medio de la priesa que les daban los magistrados,
y apenas haciendo formación. Llegaron al vallado cuando
menos lo esperaban los enemigos, que estaban entregados al sueño,
tomaron el campamento, y dieron muerte a la mayor parte. Dícese
que sucedió esto en las nonas de Julio, como ahora se llama,
o de Quintilis, al uso de entonces, y que la fiesta que se celebra
es un recuerdo de aquel hecho; porque lo primero saliendo en tropel
de la ciudad pronuncian en voz alta muchos de los nombres usuales
y comunes en el país, Gayo, Marco, Lucio y otros semejantes,
imitando el modo con que entonces se llamaron en aquel apresuramiento.
Después las esclavas, adornadas brillantemente, se chancean
con los que encuentran, diciéndoles denuestos. Trábase
asimismo entre ellas una especie de pelea, como que también
entonces tomaron parte en el combate contra los Latinos. Siéntanse
para comer, haciéndoles sombra con ramos de higuera, y
a aquel día le llaman las Nonas Capratinas, según
creen por el cabrahigo, desde el que la esclava levantó
el hachón, porque el cabrahigo le dicen caprificon. Mas
otros son de sentir que todo esto se ejecuta en memoria de lo
sucedido con Rómulo, porque en el mismo día fue
su desaparecimiento fuera de la puerta, habiendo sobrevenido repentinamente
oscuridad y tormenta, o habiendo habido, como algunos piensan,
un eclipse de sol; y que desde entonces el día se llama
las Nonas Capratinas, porque a la cabra le dicen Capram, y Rómulo
se desapareció junto al lago llamado de la Cabra, como
al escribir su vida lo dijimos.
XXXIV. La mayor parte de los escritores, teniendo por más
cierta la otra tradición, la refieren de este modo: nombrado
Camilo dictador por tercera vez, sabiendo que el ejército
y los tribunos estaban sitiados por los Latinos y los Volscos,
precisó a los que ya no estaban en la edad propia, sino
que habían pasado de ella, a tomar las armas, y dando un
gran rodeo por el monte Marcio, sin ser sentido de los enemigos,
fue a colocar su ejército a la espalda de éstos,
y encendiendo muchas hogueras, les hizo conocer a aquellos su
llegada. Cobraron con esto ánimo, y determinaron salir
al campo y trabar batalla, mas los Latinos y Volscos, conteniéndose
dentro del vallado, con muchos y gruesos maderos fortalecieron
por todas parte el campamento, estando dudosos en cuanto a los
enemigos, y teniendo resuelto esperar otro refuerzo de tropas
propias, además de contar también con el auxilio
de los Tirrenos. Entendiólo Camilo, y temiendo no le sucediese
lo mismo que hacía experimentar a los contrarios, teniéndolos
cercados, se apresuró a aprovechar la ocasión. Como
la defensa del vallado fuese de madera, y el viento a la primera
luz soliese soplar con violencia de los montes, hizo que muchos
se previnieran con fuego, y moviendo al alba con su ejército,
ordenó a los unos que usasen de los dardos, y de la parte
opuesta alzasen gritería, y llevó consigo a los
que habían de pegar fuego por la parte por donde el viento
acostumbraba a soplar sobre el vallado, donde esperaba el momento.
Cuando al trabarse la batalla empezó a salir el sol, y
se arreció el viento, dando la señal del ataque,
rodeó el vallado con los prendedores del fuego. Prontamente
se levantó llama donde tanta materia había, y en
los maderos de la fortificación, y extendiéndose
alrededor, no teniendo los Latinos remedio ni prevención
alguna con que apagarlo, cuando ya todo el campamento estuvo ocupado
del fuego, reducidos a un punto muy estrecho, tuvieron por precisión
que arrojarse sobre los enemigos armados y formados delante del
vallado; así fueron muy pocos los que huyeron; y el fuego
consumió a todos cuantos quedaron en el campamento, hasta
que, apagándolo los Romanos, hicieron presa de los efectos.
XXXV. Hecho esto, dejó a su hijo Lucio en custodia de
los cautivos y del botín, y marchó en busca de los
enemigos. Tomó la ciudad de los Ecuos, y trayendo a sí
a los Volscos, al punto dirigió el ejército la vuelta
de Sutrio, ignorante de lo que había sucedido, y apresurándose
todavía a darles auxilio, creyéndolos en peligro
y sitiados por los Tirrenos. Mas aquellos habían sufrido
ya su desgracia rindiéndose a los enemigos, y ellos mismos,
en la mayor miseria, con sólo lo que tenían puesto,
se presentaron a Camilo en medio de la marcha, con sus mujeres
y sus hijos, lamentando su desdicha. Camilo, conmovido con aquel
espectáculo, y viendo a los Romanos llorar e indignarse
por lo sucedido, al arrojarse en sus brazos los Sutrinos, resolvió
no dejar aquel hecho sin venganza, sino marchar a Sutrio en el
mismo día, discurriendo que a unos hombres que acaban de
tomar una ciudad opulenta y rica, sin que quedase en ella enemigo
alguno, ni se esperase de afuera, no podría menos de encontrarlos
desordenados y sin guardias. Salió como lo había
pensado, porque no solamente hizo su marcha sin ser sentido, sino
que así llegó hasta las puertas, y se apoderó
de las murallas, pues no había ningún centinela,
sino que todos estaban entregados al vino y los banquetes, esparcidos
por las casas. Cuando llegaron a entender que eran dueños
de la ciudad los enemigos, estaban ya tan mal parados con la hartura
y la embriaguez, que muchos ni siquiera pudieron intentar la fuga,
y del modo más vergonzoso fueron muertos sin bullirse,
o se pusieron ellos mismos en manos de los enemigos. Por este
término sucedió que una misma ciudad fue tomada
dos veces en un día, perdiéndola los que la tenían,
y volviendo a perderla los que la habían tomado, por disposición
de Camilo.
XXXVI. El triunfo que por estos sucesos se le decretó
le concilió mayor gracia y esplendor que los dos precedentes;
porque aun aquellos ciudadanos que le miraban mal y se empeñaban
en atribuir sus victorias más bien a su fortuna que a su
virtud se vieron entonces precisados a reconocer que en la gloria
de aquellas hazañas habían tenido mucha parte la
actividad y pericia de tal general. El más distinguido
entre los que le hacían tiro y le miraban con envidia era
aquel Marco Manlio, que fue el primero a arrojar de la eminencia
a los Celtas, cuando de noche intentaron asaltar el Capitolio,
y que por esto tuvo el sobrenombre de Capitolino; porque aspirando
a ser el primero entre los ciudadanos, y no pudiendo adelantarse
en gloria a Camilo por medios honestos, recurrió, para
abrirse camino, a la tiranía, al medio común y usado
de ganarse la muchedumbre, y especialmente los oprimidos con deudas,
auxiliando y defendiendo a unos contra los prestamistas, y haciendo
libres a otros a fuerza abierta, hasta estorbar que se les reconviniese
según derecho; de tal manera, que en breve tiempo tuvo
a su disposición un gran número de la gente perdida,
que llegó a inspirar miedo a los buenos ciudadanos con
su osadía y con sus alborotos y tropelías en las
juntas públicas. Creóse dictador con motivo de estas
revueltas a Quinto Capitolino, y como, habiendo puesto en prisión
a Manlio, la plebe hubiese mudado de vestiduras, demostración
de que se usaba en las grandes calamidades públicas, el
Senado se intimidó, y mandó que se pusiera a Manlio
en libertad. Mas no por eso hizo luego mejor uso de su libertad,
sino que con más descaro adulaba a la muchedumbre y la
movía a sedición. Eligen en tal estado otra vez
tribuno militar a Camilo, y al ventilarse las causas formadas
a Manlio, una cierta vista fue de mucho perjuicio a sus acusadores,
porque el lugar aquel del Capitolio de donde Manlio arrojó
en el nocturno combate a los Celtas se descubría desde
la plaza, y excitó en todos los circunstantes gran lástima,
tendiendo hacia él las manos, y recordando con lágrimas
aquella pelea; de manera que puso en indecisión a los jueces,
y repetidas veces fueron dando largas a la causa, no atreviéndose
a darle por quito, por la notoriedad de su crimen, y no pudiendo
usar del rigor de la ley, por tener ante los ojos su hazaña
con la vista del sitio. Meditando sobre ello Camilo, trasladó
el tribunal fuera de la puerta, junto al bosque Petelino, desde
donde no podía descubrirse el Capitolio; con lo que el
acusador pudo seguir la causa, y a los jueces no les impidió
la memoria de aquellos hechos el concebir la debida ira contra
sus violencias. Condenáronle, pues, y, llevado al Capitolio,
fue precipitado de la roca, siendo el mismo lugar monumento de
sus gloriosas hazañas y de su desgraciado fin. Los Romanos,
asolando después su casa, edificaron allí el templo
de la diosa que llaman Moneda, y decretaron que en adelante ninguno
de los patricios tuviese casa en el alcázar.
XXXVII. Llamado por la sexta vez Camilo al tribunado, quiso excusarse,
por hallarse ya bastante adelantado en edad, y también
por temer la envidia y algún revés después
de tanta gloria y tan repetidas victorias. La causa más
manifiesta era la indisposición del cuerpo, porque realmente
se hallaba enfermo aquellos días; pero el pueblo no le
relevó del mando, sino que gritó que no era menester
que en los combates se pusiese al frente de la caballería
o de la infantería, bastando sólo que emplease su
consejo y su disposición, con lo que le obligó a
admitir la comandancia, y a guiar al punto el ejército
con Lucio Furio, uno de sus colegas, contra los enemigos. Eran
éstos los Prenestinos y Volscos, que talaban un país
aliado de los Romanos. Marchando, pues, y acampándose inmediato
a los enemigos, su intención era quebrantar la guerra a
fuerza de tiempo, y, si fuere necesario dar batalla, pelear estando
más restablecido. Mas como no pudiese su colega Lucio Furio
reprimir el ardor que por deseo de gloria le arrebataba al combate,
y estimulase por tanto a los tribunos y centuriones, temiendo
Camilo no pareciese que por envidia privaba de la victoria y de
los honores consiguientes a los que eran jóvenes, condescendió
con aquel, aunque de mala gana, en que formase las tropas, y él,
a causa de su indisposición, se quedó con alguna
gente en el campamento. Condújose temerariamente Lucio
en la batalla, y fue batido, y como Camilo llegase a entender
que los Romanos venían huyendo, no pudo contenerse, sino
que, saltando del lecho, corrió con los que estaban en
su guardia a las puertas de los reales, arrojándose por
entre los fugitivos a los que los perseguían, con lo que
los unos volvieron al punto al combate y le seguían, y
los otros salieron también corriendo a ponerse delante
de él y defenderle, yendo a porfía en no abandonar
a su general, y de este modo hizo por entonces que se contuviesen
en su persecución los enemigos. Al día siguiente,
conduciendo el mismo Camilo el ejército, y trabando batalla,
los venció completamente, y les tomó el campamento,
introduciéndose con los fugitivos y dando muerte a los
más de ellos. Sabiendo después que la ciudad de
Satria había sido tomada por los Etruscos, y pasados a
cuchillo sus habitantes, que todos eran Romanos, envió
a Roma la mayor y menos manejable parte de las tropas, y tomando
consigo lo más florido y más decidido de ellas,
cayó sobre los Etruscos, que estaban apoderados de la ciudad,
y a unos los arrojó de ella, y a otros les dio muerte.
XXXVIII. Tornando a Roma con cuantiosos despojos, hizo ver que
excedieron en prudencia los que no temieron la flaqueza y vejez
de un general experto y resuelto, sino que le eligieron contra
su voluntad y enfermo, con prelación a otros jóvenes
que deseaban y solicitaban mandar. Por lo mismo, habiendo llegado
la nueva de que se habían rebelado los Tusculanos, decretaron
que marchara contra ellos Camilo, designando él mismo al
que le pareciese de los cinco colegas, y aunque los cinco lo deseaban
y pretendían, contra la esperanza de todos, designó
a Lucio Furio, el mismo que, contra el parecer de Camilo, no pudo
contener su ardor de dar batalla, y fue vencido sino que queriendo,
a lo que parece, disimular aquella fatalidad y reparar aquella
afrenta, por eso le prefirió a los demás. Mas los
Tusculanos enmendaron aquel yerro con gran habilidad, cubriendo
el campo, cuando ya Camilo estaba en camino contra ellos, de cultivadores,
como en medio de la paz, teniendo las puertas abiertas, y manteniéndose
los niños aprendiendo en las escuelas, y de la gente del
pueblo, los artesanos se veían en sus talleres, los otros
ciudadanos frecuentaban la plaza vestidos como de costumbre, y
los magistrados preparaban con toda diligencia hospedaje a los
Romanos, como si nada malo temiesen ni tuvieran por qué
temer. No por eso esto Camilo dejó de creer que se habían
rebelado; pero compadecido con verlos arrepentidos de su falta,
les dio orden de que se presentaran a aplacar la ira del Senado,
y habiéndolo hecho así, les proporcionó que
se les diera por enteramente libres, y se les admitiera a participar
de los mismos derechos. Éstos fueron los hechos más
ilustres de su sexto tribunado.
XXXIX. Después de estos sucesos movió contra el
Senado una grande sedición en la ciudad Licinio Estolón,
queriendo sacar por fuerza que nombrándose dos cónsules,
el uno se eligiese de los plebeyos, y no ambos de los patricios;
mas se eligieron los tribunos de la plebe, y la muchedumbre impidió
que se celebrasen los Comicios consulares. Recelándose
mayores turbaciones en la república con la anarquía,
el Senado nombró dictador por la cuarta vez a Camilo, contra
la voluntad de la plebe, y aun contra la suya propia, porque no
quería luchar con hombres que tenían con él
mismo muchos motivos de confianza, de resulta de tantos y tan
señalados combates; como que más cosas había
ejecutado con ellos en el campo que con los patricios en el gobierno;
y ahora éstos le habían elegido por envidia, con
la idea de que o desbaratase los proyectos de la plebe domeñándola,
o quedase él mismo en la demanda si no la sujetaba. Tirando,
sin embargo, a remediar el mal presente, sabedor del día
en que los tribunos tenían resuelto proponer la ley, se
anticipó a publicar la lista de los soldados, y convocó
a la plebe, en vez de la plaza, al Campo de Marte, amenazando
con graves penas a los que no obedeciesen. Mas haciendo los tribunos
desde allá contatarresto a sus amenazas, e intimándole
que le exigirían la multa de cincuenta mil sueldos si no
desistía de impedir a la plebe el concurrir a establecer
la ley y dar su voto, bien fuese por temor de otro destierro y
otra condenación, que en sus años, y después
de tantas proezas, le serían menos llevaderos, o bien porque
conociese que el empeño de la plebe era del todo decidido
e invencible, por entonces se retiró a su casa, y algunos
días después, aparentando estar enfermo, renunció
el mando. El Senado creó otro nuevo dictador, pero como
éste hubiese nombrado por su maestre de la caballería
al mismo Estolón, principal autor del tumulto, se les dio
con esto oportunidad de sancionar la ley que hería más
en lo vivo a los patricios. Prohibióse por ella que ninguno
pudiese poseer más de quinientas yugadas de tierra. Así
entonces brillaba Estolón, saliendo con su intento, pero
de allí a breve tiempo fue condenado por poseer en tierras
lo que había impedido poseer a los demás, y sufrió
la pena establecida por su propia ley.
XL. Quedaba la contienda sobre los comicios consulares, que era
lo más empeñado de la sedición, el origen
de ésta y lo que más había indispuesto a
los patricios con la plebe; pero en medio de ella llegaron nuevas
ciertas de que los Celtas, moviendo desde el Adriático,
venían otra vez con muchos miles de hombres sobre Roma.
Con la noticia se vieron ya los efectos de la guerra, porque el
país era talado, y los habitantes que no habían
podido refugiarse a Roma se habían esparcido por los montes.
Este miedo calmó la sedición, y viniendo a una misma
sentencia los principales con la muchedumbre, y la plebe con el
Senado, eligieron todos de común consentimiento por dictador
la quinta vez a Camilo. Era éste ya entonces sumamente
anciano, faltándole muy poco para los ochenta años,
mas con todo, haciéndose cargo de la premura y del peligro,
no buscó pretexto, como antes, ni alegó excusas,
sino que, presentándose por sí mismo a encargarse
del mando, hizo la convocación del ejército, y sabiendo
que la principal fuerza de los bárbaros consistía
en las espadas, las que manejaban bárbaramente y sin ningún
arte, dirigiendo principalmente los golpes a los hombros y a la
cabeza, hizo para los más cascos de hierro pulidos por
de fuera, para que las espadas resbalasen o se rompiesen; a los
escudos les puso por todo alrededor una plancha de bronce, no
bastando la madera por sí sola para proteger contra los
golpes, y a los soldados les enseñó a manejar bien
picas largas, y a deslizarlas bajo las espadas de los enemigos,
parando con ellas sus ataques.
XLI. Cuando ya los Celtas se hallaban próximos en las
inmediaciones del río Aniene, trayendo un bagaje muy pesado
y abastecido con las presas, salió con su ejército,
y le fue a acampar en un sitio sombrío que formaba muchas
sinuosidades, de manera que la mayor parte de él estaba
oculto, y lo que se veía parecía que de miedo se
había ido a encerrar en lugares agrios. Queriendo Camilo
fomentar todavía más esta idea en los contrarios,
ni siquiera hizo oposición a los que junto a él
talaban el campo, sino que fortificando el vallado se mantenía
quieto en él, hasta que vio que los que quedaban en el
campamento pasaban el día sin recelo, comiendo y bebiendo.
Entonces, en medio de la noche, mandó primero las tropas
ligeras para que estorbaran a los enemigos el hacer formación,
y los inquietaran en el acto de salir, y al amanecer sacó
la infantería, y la formó en el llano, en gran número
y muy denodada, y no, como esperaban los bárbaros, escasa
y sin aliento. Esto fue lo primero que hizo ya mudar de opinión
a los Celtas, que esperaban no tener contrarresto en la batalla.
Después, acometiéndoles las tropas ligeras, y no
dejándoles reposo para tomar el orden acostumbrado y formarse
por compañías, los precisaron a tener que pelear
donde casualmente se halló cada uno. A la postre, moviendo
Camilo con su infantería, ellos tendiendo las espadas se
esforzaban a herir; pero los Romanos ocurrían con las picas,
y parando los golpes con las defensas herradas, repelían
el hierro de los contrarios, que era blando y de bajo temple,
de manera que las espadas se mellaban y se doblaban, y los escudos
se abrían, y después no podían sostenerse
al retirar de las picas. Por esto, arrojando sus propias armas,
procuraban ganar las de los contrarios, y apoderarse de las picas,
cogiéndolas con las manos. Los Romanos entonces, viéndolos
desarmados, usaron ya de sus sables, y hubo gran mortandad de
los que estaban en primera línea, huyendo los demás
por aquellos campos, porque Camilo había hecho tomar los
collados y todas las alturas, y en cuanto al campamento, no teniéndole
fortificado por la nimia confianza, se sabía que sería
tomado fácilmente. Esta batalla se dice haberse dado veintitrés
años después de la pérdida de Roma, y que
de vuelta de ella tomaron mucho ánimo contra los Celtas
los Romanos, que hasta entonces habían tenido gran miedo
a los bárbaros, como que la primera vez más los
habían vencido por las enfermedades v por casualidades
extrañas que no por sus propias fuerzas. Era tan vehemente
aquel miedo, que establecieron por ley que los sacerdotes estuviesn
exentos de la milicia, a no sobrevenir guerra con los Galos.
XLIII. Éste fue, de los combates militares, el último
que libró Camilo, pues la mitad de Veletri la tomó
al paso, habiéndosele entregado sin resistencia; mas de
los políticos le restaba el mayor y más difícil
contra la plebe, envalentonada con la victoria, y que a fuerza
quería hacer que uno de los cónsules se nombrara
de los plebeyos, contra la ley hasta entonces observada, oponiéndose
a ello el Senado, y no consintiendo que Camilo dejase el mando,
para con la grande y poderosa autoridad de éste lidiar
mejor en defensa de la aristocracia. Mas como sucediese que sentado
y despachando Camilo en la plaza llegase un lictor de parte de
los tribunos de la plebe con orden de que le siguiera, y aun alargase
hacia él la mano como para llevarle, suscitóse una
gritería y alboroto, cual nunca se había visto en
la plaza, echando del tribunal a empellones al lictor los que
estaban con Camilo, y mandando a aquel muchos desde abajo que
le llevase. Perplejo él entonces, no dejó en tal
conflicto desdorar su autoridad, sino que, tomando consigo a los
senadores, marchó a celebrar Senado, y antes de entrar,
vuelto al Capitolio, pidió a los Dioses que enderezasen
aquella contienda al mejor término, ofreciendo edificar
un templo a la Concordia si aquella turbación se serenaba.
En el Senado fue grande el disturbio por la diversidad de pareceres;
mas prevaleció con todo el más moderado y más
condescendiente con la plebe, por el que se venía en que
el uno de los cónsules se eligiese de los plebeyos. Dando
parte el dictador al pueblo de esta resolución del Senado,
repentinamente, como era natural, se reconciliaron muy regocijados
con el Senado, y acompañaron a Camilo a su casa con grande
gritería y algazara. Congregáronse al día
siguiente, y decretaron que el templo de la Concordia que Camilo
había ofrecido en memoria de lo ocurrido se hiciese mirando
a la junta pública y a la plaza. Añadieron además
un día a las ferias llamadas Latinas, y que fuesen cuatro
los que se celebrasen, y que entonces mismo hiciesen sacrificio
y tomasen coronas los Romanos. Celebró Camilo los comicios
consulares, y fueron creados cónsules Marco Emilio, de
los patricios, y el primero de los plebeyos, Lucio Sextio. Y éste
fue el término de los hechos de Camilo.
XLIV. Al año siguiente afligió a Roma una enfermedad
epidémica, en la que de la muchedumbre perecieron gentes
sin número, y la mayor parte de los magistrados. Murió
también Camilo, si se atiende a su edad y a lo bien que
llenó sus ideas, tan en sazón como el que más;
pero, sin embargo, su muerte fue más sensible a los Romanos
que las de todos cuantos fallecieron en aquel contagio.
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