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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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CATIÓN el JOVEN
I. El linaje de Catón adquirió
lustre y gloria de Catón su bisabuelo, varón que
llegó por su virtud a tener entre los Romanos el mayor
concepto y poder, como dijimos en su Vida. Quedó huérfano
de padres con su hermano Cepión y su hermana Porcia, teniendo,
además, otra hermana de madre, llamada Servilia, y todos
se mantenían y educaban en casa de Livio Druso, que era
tío de su madre, y quien entonces llevaba el peso del gobierno.
Porque era elocuente en el decir, sumamente moderado y sobrio,
y de tanta prudencia, que no cedía en esta calidad a ninguno
de los romanos. Dícese que Catón desde niño
manifestó en su voz, en su semblante y en los entretenimientos
pueriles, un carácter inflexible, entero y firme para todo,
porque lo que emprendía lo llevaba a cabo con una resolución
superior a su edad, y si era áspero y desabrido con los
que le educaban, aun se irritaba más con los que querían
intimidarle. Era, además, casi inmóvil para la risa,
no prestándose su semblante para más que cuanto
sonreírse; para la ira no era tan fácil ni pronto,
pero una vez enfadado muy difícil de desenojar. Llegado
el tiempo de la enseñanza, se vio que era tardo y pesado
en percibir, pero luego que percibía, de buena memoria
y retención, bien que, en general, sucede que los de ingenio
pronto son olvidadizos, y memoriosos los que aprenden a fuerza
de trabajo y aplicación; y es que en éstos cada
cosa que aprenden viene a ser como una marca impresa en el alma
a fuego. Parece también que la desconfianza hacía
en Catón la instrucción más trabajosa y difícil,
porque el aprender es un cierto padecer, y el dejarse persuadir
pronto es ordinariamente de los que no se sienten con fuerza para
contradecir; así es que más fácilmente creen
los mozos que los viejos, y los enfermos que los sanos, y, en
general, los que dudan poco son prontos y fáciles en asentir.
Con todo, se dice que Catón se dejaba persuadir de su ayo,
y hacía lo que le ordenaba; pero exigiendo la razón
de todo, y preguntando el por qué de cada cosa, pues el
ayo era benigno y afable y de los que prefieren la razón
al castigo. Su nombre era Sarpedón.
II. Siendo todavía Catón muy niño, solicitaron
los aliados de los Romanos que se les hiciera participantes de
los derechos de ciudad; y Popedio Silón, buen militar y
de grande reputación, teniendo amistad con Druso, pasó
a hospedarse en su casa bastantes días; en los cuales,
habiendo contraído familiaridad con aquellos jóvenes:
Ea- les dijo-, es menester que intercedáis con el
tío para que me patrocine en mi pretensión;
y Cepión, sonriéndose, dio indicios de que venía
en ello. Catón nada respondió, sino que se quedó
mirándole de hito en hito con ceño, y preguntándole
Popedio: ¿Y tú, niño, qué dices?
¿no estás dispuesto a auxiliar a los huéspedes,
hablando al tío como el hermano? Como nada dijese,
y con el silencio mismo y el semblante manifestase que no accedía
a la petición, sacándole Popedio por una ventana
como para dejarle caer, le instaba a que conviniese o lo derribaría,
y al mismo tiempo, ahuecando la voz, le sacudía en el aire
con ambas manos, haciendo muchas veces como que le echaba abajo.
Aguantó por mucho tiempo Catón esta amenaza sereno
e impávido; y Popedio, poniéndole en el suelo, dijo
en voz baja a sus amigos: ¡Cuánta es la dicha
de la Italia en tener este niño! Si fuera ya hombre hecho,
creo que no tendríamos en la ciudad ni un solo voto.
En otra ocasión un pariente, con motivo de celebrar los
días de su nacimiento, convidó a cenar a Catón
y a otros niños, los cuales para hacer tiempo jugaban en
una parte retirada de la casa, mezclados niños pequeños
con otros mayores, y su juego era juicios, acusaciones y prisiones
de los sentenciados. Uno de éstos, que era de muy buena
figura, llevado a la prisión por otro más grande
y encerrado en ella, empezó a llamar a Catón. Impúsose
éste al punto de lo que era, y dirigiéndose a la
puerta, retiró a los que se ponían delante y no
le dejaban acercar, sacó al niño, y mostrando grande
enojo lo llevó a su casa, adonde los demás le acompañaron.
III. Habíase hecho ya tan célebre, que ocurrió
lo siguiente: reunía e instruía Sila los mancebos
de las principales familias para una carrera de caballos juvenil
y sagrada, a la que llaman troya, y había nombrado dos
caudillos, de los cuales los jóvenes admitieron al uno
por respeto a su madre, pues era hijo de Metela, mujer de Sila;
pero en cuanto al otro, que era Sexto, sobrino de Pompeyo, no
permitieron que se les pusiera al frente ni quisieron seguirle;
preguntándoles Sila a quién querían, todos
a una voz dijeron que a Catón, y el mismo Sexto cedió
el puesto contento, y se puso a sus órdenes, dando este
testimonio a su mayor mérito. Había sido Sila amigo
de su padre, y algunas veces los llamaba a él y a su hermano,
y les hablaba, siendo muy pocos aquellos con quienes tenía
esta atención, por el envanecimiento y altanería
de su majestad y su poder, y dando Sarpedón grande importancia
a este favor para el honor y seguridad, llevaba a Catón
con frecuencia a casa de Sila, que entonces en nada se diferenciaba
de un lugar de suplicios, por la muchedumbre de los que allí
eran sofocados y atormentados; cuando esto sucedía tenía
Catón catorce años, viendo, pues, que se traían
allí las cabezas de los varones más distinguidos
de la ciudad, y que los presentes devoraban en secreto sus sollozos,
preguntó al ayo por qué no había alguno que
matase a aquel hombre; y respondiéndole éste: Porque,
aunque le aborrecen mucho, todavía le temen más,
le repuso al punto: ¿Pues por qué no me das
a mí una espada para libertar de esclavitud a la patria
quitándole de en medio? Al oír Sarpedón
estas palabras, vio que le centelleaban los ojos, y que su encendido
semblante estaba lleno de ira y furor, y concibió tal miedo
que de allí en adelante estuvo siempre con cuidado y en
observación de que no cometiera algún arrojo. Era
todavía niño pequeñito cuando, a los que
le preguntaban a quién quería más, respondió
que a su hermano; volvieron a preguntarle: ¿Y luego?
y la respuesta fue igualmente que a su hermano; volvieron la tercera,
cuarta y más veces, hasta que, cansados, no le preguntaron
más. Después, con la edad, todavía se fortificó
y creció este amor al hermano, porque ya era de veinte
años, y jamás había cenado, viajado o salido
a la plaza sin Cepión. Mas si éste pedía
ungüentos, él no los admitía, y en todo lo
relativo al cuidado de la persona era rígido y severo;
así con ser Cepión objeto de maravilla por su parsimonia
y moderación, reconocía que tenía este mérito
si se le quería medir con los demás; pero
cuando comparo mi método de vida- decía- con el
de Catón, entonces me parece que en nada me diferencio
de Sipio, nombrando a uno de los que tenían fama
entonces en Roma de más muelles y afeminados.
IV. Nombrado Catón sacerdote de Apolo, mudó ya
de casa; y habiendo tomado la parte que le cupo de los bienes
paternales, que ascendían a ciento veinte talentos aún
redujo los gastos en lo relativo a su persona. Trabó entonces
amistad e íntima unión con Antípatro de Tiro,
filósofo estoico, y a su lado se dedicó con especialidad
a los principios y dogmas de la ética y la política,
ejercitándose como inspiración para toda virtud;
aunque sobre todas se inclinaba más a la justicia rígida
y severa que nunca declinase a la condescendencia ni al favor.
Ejercitaba la elocuencia como un instrumento para hablar a la
muchedumbre, por creer que, así como en una ciudad grande
hay provisiones de guerra, convenía también tener
hechos preparativos en la filosofía política; pero
estos preparativos no los hacía en presencia de otros,
ni lo oyó nunca nadie perorar; y a uno de sus amigos que
le dijo: Se habla, oh Catón, y se murmura de tu silencio
Muy bien- le respondió-, como no se murmure de mi
conducta, pues yo empezaré a hablar cuando no haya de decir
nada que fuera mejor no haberlo dicho.
V. La basílica llamada Porcia era una ofrenda por la censura
de Catón el mayor; y siendo allí donde daban audiencia
los tribunos de la plebe, porque una columna parecía ser
de algún estorbo para las sillas de curules, habían
resuelto o quitarla o trasladarla a otra parte, y éste
fue el primer negocio que obligó a Catón a contra
su voluntad al público; pues lo fue preciso hacerles oposición,
dando al mismo tiempo una admirable prueba de su elocuencia y
de su juicio. Porque su dicción no tuvo nada de juvenil
ni de hinchada, sino que fue varonil, llena y concisa. Además,
resplandecía en ella una gracia seductora, que hacia oír
con gusto lo cortado y breve de las sentencias, y su carácter,
unido con aquella gracia conciliaba a la misma severidad un placer
y halago que le quitaba lo repugnante. Su voz tenía extensión,
y era cual se necesitaba para alcanzar a todo un auditorio tan
numeroso, pues estaba dotada de una fuerza y firmeza que nada
la quebrantaba o disminuía: porque hubo ocasiones en que,
habiendo hablado por un todo día, no se le notó
cansancio. En ésta ganó el pleito, y se volvió
otra vez a su silencio y a sus ejercicios, porque trabajaba el
cuerpo en ocupaciones de fatiga, y se había acostumbrado
a sufrir el calor y el frío con la cabeza descubierta,
y a caminar a pie en toda estación sin llevar ningún
carruaje, y yendo a caballo los amigos que con él viajaban,
ora se llegaba a uno, ora a otro, haciéndoles conversación,
marchando él a pie mientras los otros iban como se deja
dicho. En las enfermedades eran admirables su sufrimiento y sobriedad;
así, cuando tenía calentura, se estaba enteramente
solo, no dejando que entrase nadie hasta que se sentía
aliviado y restablecido de su indisposición.
VI En los banquetes sorteaba las porciones, y aunque no le cupiese
la primera, rogábanle los amigos la tomase; mas él
les decía que eso no estaba bien, pues que Venus había
querido otra cosa. Al principio no bebía más que
una sola vez sobre cena, y se retiraba: pero con el tiempo se
dio más al beber, tanto, que muchas veces le cogió
la mañana, de lo que decían sus amigos haber sido
la causa el gobierno y los negocios públicos: porque estando
en ellos ocupado Catón todo el día, e impedido,
por tanto, de tratar de las letras y la erudición, por
la noche en los convites conferenciaba con los filósofos.
Por lo mismo, como un tal Memio dijese en una concurrencia que
Catón gastaba todas las noches en beber, le replicó
Cicerón: Pero no dices que gasta todo el día
en jugar a los dados. En general, creyendo Catón
que debía tomar el camino contrario a la conducta y ocupaciones
de los de su tiempo, que eran malas y necesitaban de gran reforma,
como viese que la púrpura más buscada entonces por
todos era la muy roja y encendida, él no la gastaba sino
oscura. Muchas veces después de comer salía a la
calle descalzo y sin sobrerropa, no para ganar nombre con estas
novedades, sino para contraer hábito de no avergonzarse
por otras cosas que las verdaderamente torpes, no haciendo ninguna
cuenta de las demás que se tienen por afrentosas. Redujo
a dinero la herencia que le tocó de su primo Catón,
que ascendía a cien talentos, y la dio sin réditos
a los amigos que la hubiesen menester; y aun algunos obligaban
al público las tierras y los esclavos del mismo Catón
con su aprobación y consentimiento.
VII. Cuando le pareció ser llegado el tiempo de contraer
matrimonio, no habiéndose aún acercado a mujer alguna,
trató el suyo con Lépida, que antes había
estado desposada con Escipión Metelo, pero que entonces
ya se hallaba libre, disueltos los esponsales por disenso de Escipión;
mas, arrepentido éste antes del matrimonio, y haciendo
las más vivas diligencias, la obtuvo por fin. Sintiólo
vivamente Catón, e inflamado con tal desaire, intentó
poner pleito; pero como los amigos lo disuadiesen, llevado del
encono y de la juventud, recurrió a los Yambos, y llenó
de improperios a Escipión, empleando lo amargo y picante
de Arquíloco, pero dejando lo indecente y pueril. Casóse,
por fin, con Atilia, hija de Sorano y ésta fue la primera
con quien se unió, aunque no la única, no habiendo
tenido en esta parte la feliz suerte de Lelio, el amigo de Escipión,
que en el largo tiempo que vivió no conoció otra
mujer que aquella con quien se casó al principio.
VIII. Sobrevino en esto la guerra servil, llamada de Espártaco,
en la que iba Gelio de general, y de la que voluntariamente quiso
participar Catón, a causa de su hermano, que ejercía
el cargo de tribuno militar. Y aunque no le fue dado llenar sus
ideas en cuanto al ejercicio y decidida manifestación de
su valor, por no haberse hecho como convenía aquella guerra,
con todo, en las pruebas que, al lado de la cobardía y
lujo de los que con él militaban, dio de disciplina y de
osadía templada con prudencia, pudo conocerse que no desdecía
en nada del otro Catón, su antepasado; así es que
Gelio le asignó premios y distinciones honoríficas,
pero él no las admitió, ni creyó le correspondían,
diciendo que nada había hecho digno de tales honras. Acreditóse
con esto de hombre, de otro temple que los demás, y habiéndose
establecido por ley que los que pedían las magistraturas
no se presentasen acompañados de nomenclatores, sólo
él se sujetó a la ley al pedir el tribunado militar,
cumpliendo por sí solo con el acto acostumbrado de saludar
y llamar por su nombre a los ciudadanos que encontraba. Mas con
estas cosas no dejaba de ser molesto aun a los mismos que le celebraban,
pues cuanto más pensaban en lo laudable y excelente de
sus hechos y su conducta, tanto más se sentían mortificados
por la dificultad de imitarle.
IX. Nombrado tribuno militar para la Macedonia, fue enviado a
las órdenes de Rubrio, que era entonces pretor. En esta
ocasión se dice que, afligiéndose y llorando su
mujer, uno de los amigos de Catón, llamado Munacio, le
dijo: No te acongojes, Atilia, que a éste yo te le
guardaré, y que Catón añadió:
Ciertamente; está muy bien. Habían hecho
la primera jornada, y después de la cena dijo Catón:
Ea, Munacio, es preciso que cumplas a Atilia la promesa
que le hiciste, no separándote de mí ni de día
ni de noche; y dio orden para que desde entonces se pusieran
dos camas en su dormitorio, con lo que, pasando a su lado las
noches, resultó que como por juego Munacio fue guardado
por Catón. Llevaba para su servicio y para hacerle compañía
quince esclavos, dos libertos y cuatro amigos; y yendo éstos
a caballo, él marchaba a pie, y poniéndose por veces
al lado de cada uno, le seguía dando conversación.
Luego que llegó al ejército, que se componía
de diferentes legiones, nombrado por el general comandante de
una de ellas, no tuvo por una obra grande y regia el dar pruebas
de sólo su valor, que al cabo no era más que el
de uno, sino que se propuso el designio de que los subordinados
a él se le pareciesen; para lo cual, sin quitarles el justo
temor de la autoridad, juntó con ésta la razón,
según la cual les persuadía y amonestaba sobre cada
cosa; y yendo esto acompañado del premio y del castigo,
era difícil discernir si hizo a sus soldados más
pacíficos que guerreros o más justos que valientes,
tanto era lo que se mostraban de terribles a los enemigos, de
benignos a los aliados, de mirados en no ofender a nadie y de
ambiciosos de alabanzas. Con esto, aquello de que menos cuidó
Catón fue lo que tuvo con sobras, a saber: gloria, amor,
estimación colmada y la mayor afición de parte de
los soldados, pues con hacer voluntariamente lo que a otros mandaba,
con parecerse más en el traje, en la comida y en la marcha
a éstos que a los caudillos, y con aventajarse en las costumbres,
en la prudencia y seso y en la elocuencia a todos los celebrados
de emperadores y generales, él solo era el que no veía
el amor y estimación que creaba en los soldados hacia su
persona: porque el verdadero celo por la virtud no se engendra
sino por la benevolencia y aprecio del que quiere inspirarlo,
y los que sin amarlos alaban y celebran a los buenos, reverencian
sí su gloria, pero no admiran, y mucho menos imitan su
virtud.
X. Habiendo sabido que Atenodoro, el llamado Cordillón,
hombre de avanzada edad y muy ejercitado en la doctrina estoica,
residía en Pérgamo, y que se había negado
a todas las invitaciones de amistad y confianza que se le habían
hecho de parte de generales y de reyes, creyó que nada
adelantaría con él enviando quien le hablase y escribiéndole;
por lo que, teniendo por la ley dos meses de licencia, marchó
al Asia en su busca, confiado de que con sus prendas y calidades
no había de salir mal en aquella adquisición. Llegado,
pues, allá, entró en esta contienda, y habiéndole
hecho mudar de propósito, volvió, trayéndole
en su compañía al campamento, con gran satisfacción
y complacencia, por haber hecho el hallazgo de una cosa de más
precio y de mayor lustre que las naciones y reinos que Pompeyo
y Lúculo iban entonces domando con las armas.
XI Todavía estaba en el ejército, cuando su hermano,
que se hallaba en camino para el Asia, cayó enfermo en
Eno, ciudad de la Tracia, de lo que al punto le vinieron cartas.
Reinaba en el mar una gran tempestad, y no hallándose pronta
ninguna nave de suficiente porte, se embarcó en un buque
pequeño, en el que, no llevando en su compañía
más que dos amigos y tres esclavos, se hizo a la vela desde
Tesalonica. Estuvo en muy poco que no naufragase, y habiéndose
salvado por una especie de prodigio, justamente llegó cuando
Cepión acababa de fallecer. Este golpe parece que le llevó
con menos paciencia del que era de esperar de su filosofía,
dando muestras de un profundo dolor, no sólo con derramar
largo llanto y con abrazarse repetidas veces al cadáver,
también con el gasto en los funerales y con las prevenciones
de aromas, de ropas ricas llevadas a la hoguera y de un monumento
labrado de mármoles de Paro, erigido en la plaza de Eno,
que tuvo de costo ocho talentos. Hubo algunos que calumniaron
esta magnificencia, comparándola con la severidad de Catón
en todo lo demás, no haciéndose cargo de que en
su misma entereza e inflexibilidad para los placeres, los terrores
y los ruegos vergonzosos entraba mucha parte de dulzura y amabilidad.
Con motivo de este duelo las ciudades y particulares poderosos
le hicieron magníficos presentes en honor del muerto, de
los cuales, no admitiendo dinero alguno de nadie, recibió
los aromas y cosas de adorno, pagando su precio a los que las
enviaban. De la herencia de Cepión, que recayó en
él y en una niña, hija de éste, nada descontó
en la participación por los gastos que hizo en el funeral,
y sin embargo de haberse conducido y conducirse de esta manera,
hubo quien escribiese que con un arnero hizo cerner y pasar las
cenizas del cadáver en busca del oro que se hubiese fundido.
¡Tan cierto estaba de que podía, no menos con la
pluma que con la espada, desmandarse a todo, sin estar sujeto
a cuenta ni razón!
XII- Concluida la expedición y el mando de Catón,
salieron acompañándole, no con plegaria y votos,
lo que es común, ni con elogios, sino con lágrimas,
rodeándole todos, tendiendo las ropas ante sus pies por
donde pasaba y besándole las manos, demostraciones éstas
de que con muy pocos generales usaban los romanos de aquel tiempo.
Mas como quisiese, antes de entrar en nuevos cargos de gobierno,
recorrer y reconocer el Asia, haciéndose espectador de
los usos, costumbres y fuerzas de cada provincia, y desease, por
otra parte, complacer al gálata Deyótaro, que, movido
de amistad y hospitalidad paterna, le rogaba pasara a verle, emprendió
su viaje en esta forma: al amanecer mandaba delante su panadero
y su cocinero al pueblo donde había de hacer mansión,
y llegando éstos con tiempo y desahogo a la ciudad, si
en ella no había algún amigo íntimo o algún
conocido de Catón, le preparaban en la posada pública
el hospedaje, sin ser molestos a nadie; sólo donde no había
mesón se dirigían a las autoridades y tomaban alojamiento,
contentándose con el que les señalaban. No pocas
veces sucedía que, o no les creían, o no les atendían,
a causa de no usar de alborotos y amenazas con las autoridades,
y Catón se hallaba con que nada habían hecho; y
tal vez a él mismo le miraban con desdén, y sentado
tranquilamente sobre las cargas pasaba por un hombre pusilánime
y tímido. En alguna ocasión hizo llamar a los magistrados
y les dijo: Infelices poned remedio en este mal modo en
recibir a los huéspedes; no todos los que vengan serán
Catones, embotad con el buen trato su autoridad y poder, porque
no suelen desear más que un pretexto para tomarse fuerza
lo que no se les da de grado.
XIII. En la Siria se dice haberle ocurrido una cosa graciosa
porque al acercarse a Antioquía vio a la parte de afuera
de la puerta un número grande de hombres que estaban puestos
en fila a uno y otro lado del camino, y, separados de ellos, aquí
los jóvenes con mantos de púrpura, y allí
los muchachos primorosamente vestidos. Algunos tenían ropas
blancas y coronas, por ser o sacerdotes de los dioses o magistrados.
Lo primero que le ocurrió a Catón fue que la ciudad
le hacía el obsequio y honor aquel recibimiento, por lo
que se enfadó con los de su familia, que iban delante,
a causa de no haberlo impedido, y mandando a los amigos que le
acompañaban que bajasen, continuaba caminando a pie con
ellos. Cuando ya estuvieron cerca, el director de aquel aparato
y ordenador de aquella muchedumbre, hombre ya anciano y que llevaba
un bastón en la mano y corona en la cabeza, adelantándose
a los demás y saliendo al encuentro a Catón, sin
saludarle siquiera, le preguntó dónde habían
dejado a Demetrio y cuándo llegaría. Este Demetrio
había sido esclavo de Pompeyo, y entonces era obsequiado
fuera de medida, puede decirse que por todos cuantos tenían
relaciones y negocios con Pompeyo, a causa de que tenía
mucho valimiento con él. Causóles este incidente
tal risa a los amigos de Catón, que no podían contenerse
aun mientras iban por medio de aquella muchedumbre; pero el mismo
Catón, corrido por el pronto, sólo exclamó:
¡Miserable ciudad! sin haber pronunciado otra
palabra, aunque después solía reírse recordando
y refiriendo este caso.
XIV. Mas el mismo Pompeyo advirtió y corrigió a
los que por ignorancia habían tenido tan poca consideración
con Catón; pues cuando su arribo a Éfeso iba a saludar
a Pompeyo, por ser de más edad, precederle mucho en autoridad
y gloria y estar al frente de grandes ejércitos, luego
que éste le vio no se estuvo quedo, aguardando a que le
encontrara sentado, sino que salió a recibirle como a persona
muy distinguida, y le alargó la diestra; y sí, desde
luego, al recibirle y saludarle hizo grandes elogios de su virtud,
los hizo mucho mayores después de haberse retirado; de
manera que todos volvieron su atención y sus respetos a
Catón, admirando y reconociendo aquella mansedumbre y magnanimidad,
por las que antes no habían hecho alto de él; y
más que se echó de ver que aquel esmero de Pompeyo
más bien nacía de veneración que de amor;
y vieron claro que, aunque presente le miraba con admiración,
no dejaba de holgarse de su ida. Porque a los demás jóvenes
que se les presentaban tenía placer en detenerlos, manifestando
deseos de gozar de su compañía y trato; pero respecto
de Catón no se le advirtió este deseo, sino que,
como si le estorbase para usar de su autoridad, le despidió
con gusto, aunque a él solo de cuantos navegaban a Roma
le recomendó sus hijos y su mujer, que, por otra parte,
tenían deudo de parentesco con él. Desde aquel punto
tuvo ya fama, y hubo solicitud y concurso de las ciudades para
obsequiarle, y cenas y convites, en los que prevenía a
sus amigos estuviesen atentos, no fuera que, sin querer, confirmaran
lo que Curión había dicho acerca de él: porque
éste, incomodado con la autoridad de Catón, de quien
era íntimo amigo, le había preguntado si tenía
ánimo después de la milicia de visitar el Asia,
y como le respondiese Catón que sí, Muy bien
harás- le repuso-, porque así volverás de
allá más afable y más manso; diciéndoselo
con estas mismas palabras.
XV. El rey de Galacia, Deyótaro, siendo ya anciano, había
enviado a llamar a Catón, queriendo encomendarle sus hijos
y familia; y a su llegada, ofreciéndole grandes presentes
y rogándole de mil maneras, lo disgustó hasta el
punto de que, habiendo llegado por la tarde y hecho noche, a la
tercera hora de la madrugada se marchó. Había, andado
sólo una jornada hasta Pesinunte, cuando se encontró
con que allí le tenían preparados mayores regalos,
con cartas de Deyótaro, rogándole que los aceptase
para sí, y que si a esto no se prestaba, dejara que los
tomasen sus amigos, muy dignos de ser remunerados por él,
para lo que sus bienes propios no alcanzaban; pero ni así
condescendió Catón, aun viendo que algunos de los
amigos se ablandaban y murmuraban, sino que, diciendo no haber
regalo para el que falten pretextos, y que los podían participar
de cuanto él tenía honestamente, volvió a
enviar sus presentes a Deyótaro. Estando para encaminarse
a Brindis, les pareció a los amigos que sería bueno
trasladar los despojos de Cepión a otro barco; pero respondiéndoles
que antes se despojaría del alma que de ellos, se hizo
a la vela, y se dice que corrió en la travesía gran
riesgo, cuando los otros no tuvieron contratiempo alguno.
XVI Restituido a Roma, pasaba el tiempo en casa con Atenodoro,
o en la plaza prestando patrocinio a sus amigos. Podía
ya aspirar a la cuestura; y, sin, embargo, no se presentó
a pedirla hasta haber leído las leyes relativas a ella,
hasta haberse informado de los inteligentes sobre cada cosa y
hasta haber en cierto modo comprendido toda la esencia de esta
magistratura. Así es que, apenas fue constituido en ella,
hizo una gran mudanza en los sirvientes del tesoro y en los oficiales
o escribientes, porque éstos tenían siempre muy
a la mano todos los asientos públicos y las leyes de la
materia, y entrando continuamente magistrados nuevos, que por
su inexperiencia e ignorancia necesitaban de otros ayos y maestros,
no se sujetaban los escribientes a su autoridad, sino que ellos
eran, en efecto, los magistrados; pero Catón, tomando con
empeño estos negocios, y no teniendo sólo el nombre
de magistrado, sino la capacidad, el juicio y la inteligencia,
puso a los escribientes en estado de ser unos subalternos, como
debían, reprendiéndolos en lo que obraban mal y
enseñándolos en lo que erraban por ignorancia. Como
ellos eran atrevidos, y con lisonjas procuraban ganar a los otros
cuestores, hacían a Catón la guerra; mas éste,
habiendo convencido al primero de ellos de infidelidad en la participación
de una herencia, lo expulsó de la tesorería; y a
otro le intentó causa de suplantación, a cuya defensa
salió el censor Lutacio Cátulo, varón de
grande autoridad por este cargo, pero más respetable todavía
por su virtud, como que en justicia y modestia se aventajaba a
los demás Romanos, siendo, al mismo tiempo, elogiador y
amigo de Catón por su conducta. Veíase, pues, falto
de justicia, y como recurriese a la conmiseración y a los
ruegos, no le permitió Catón seguir por este término,
sino que, insistiendo con más calor en su propósito:
Vergüenza es, oh Cátulo- le dijo-, que tú,
a quien incumbe examinar y corregir las vidas de todos nosotros,
te dejes seducir de nuestros dependientes. Pronunciada por
Catón esta reconvención, Cátulo le miró
en aire de no dejarle sin respuesta, pero nada dijo, sino que,
fuese ira o fuese rubor, se retiró turbado e incierto.
Mas el dependiente no fue condenado, porque ocurrió que
los votos que le eran contrarios no excedían más
que en uno a los absolutorios, y habiendo faltado al juicio por
indisposición Marco Lolio, uno de los colegas de Catón,
le envió a llamar Cátulo, implorando su auxilio;
y habiéndose hecho llevar en litera, después de
concluido el juicio, echó también voto absolutorio.
Mas, sin embargo, Catón ya no volvió a emplear aquel
escribiente, ni le dio salario, ni admitió en cuenta de
ningún modo el voto de Lolio.
XVII. Habiendo sujetado de este modo y hecho dóciles a
los escribientes, hizo de los negocios públicos el uso
que le pareció conveniente, y en poco tiempo puso la tesorería
en términos de competir en respeto con el Senado; tanto,
que todos decían y tenían por cierto que Catón
había igualado en dignidad con el consulado la cuestura.
Porque, en primer lugar, encontrando que muchos tenían
deudas antiguas a favor del tesoro, y que éste debía
a muchos, a un mismo tiempo hizo cesar el agravio que la república
sufría y el que causaba, exigiendo a unos con rigor e irremisiblemente
y pagando a otros con fidelidad y prontitud: así el pueblo
le reverenciaba, viendo pagar a los que habían sido tenidos
por insolventes, y que otros cobraban lo que no habían
esperado. Había muchos que presentaban indebidamente documentos
y alegaban decretos falsos, que antes solían tener cabida
por el favor y el ruego; pero a él nada de esto se ocultó,
y dudando en una ocasión si un decreto era legítimo,
aunque lo atestiguaron muchos, no les dio crédito ni concedió
libramiento sin que primero compareciesen los cónsules
y jurasen también. Eran muchos aquellos a quienes Sila
había distribuido a razón de doce mil dracmas por
dar muerte a los ciudadanos de la segunda proscripción,
a los cuales todos los miraban con odio, por malvados y abominables,
pero de quienes nadie se había atrevido a tomar satisfacción;
mas Catón fue llamando a cada uno de los que habían
recibido dinero del Tesoro público por medios injustos,
y se lo hizo devolver, reconviniéndolos y echándoles
en cara con enfado lo sacrílego e injusto de sus operaciones.
Los así reconvenidos quedaban ya responsables de sus asesinatos,
y en cierta manera condenados: llevábanlos, pues, ante
los jueces, y sufrían condenaciones, con gran placer de
todos, a quienes parecía que se borraba la tiranía
pasada, y que veían castigado al mismo Sila.
XVIII. Ganábase, sobre todo, el afecto de la muchedumbre
su continua e infatigable vigilancia, pues ninguno de sus colegas
subía al tesoro antes que Catón ni ninguno se retiraba
después. No faltaba nunca ni a las juntas ni al Senado,
para atender y observar a los que son fáciles en decretar
por favor y condescendencia remisiones o dádivas de las
deudas y contribuciones; y habiendo hecho ver el tesoro tan desembarazado
y limpio de embusteros como lleno de dinero y caudales, demostró
que la república podía ser rica sin ser injusta.
Al principio pareció molesto y desapacible a algunos de
sus colegas; pero luego se hallaron bien con él, pues hacía
frente por todos a los disgustos que suelen resultar de no hacer
favor ni torcer el juicio en los intereses del público.
Porque con él tenían excusa para con los que los
importunaban y violentaban, diciéndoles que no había
medio ni recurso alguno no queriendo Catón. En el último
día se retiraba a su casa, seguido, puede decirse, de todos
los ciudadanos, y oyó que muchos amigos y poderosos estaban
instando en el tesoro, y tenían en cierta manera sitiado
a Marcelo para que escribiera en los libros como deuda cierta
libranza de dinero. Eran Marcelo y Catón amigos desde niños,
y aquel con éste excelente cuestor, pero solo, y de por
sí, condescendiente por vergüenza con los que le rogaban
y muy expuesto a dejarse vencer para hacer gracias. Retrocediendo,
pues, Catón inmediatamente, y encontrando que Marcelo había
sido violentado a asentar la libranza, pidió las tablas,
la borró a presencia de éste, que nada le dijo,
y hecho esto se lo llevó del tesoro y le acompañó
a su casa, sin que ni entonces ni nunca se le quejase, sino que
se mantuvo siempre con él en la misma amistad y confianza.
Más es, que ni aun después de cumplido el cargo
de cuestor dejó el tesoro desierto de su vigilancia, pues
que tenía allí criados suyos que todos los días
tomaban razón de las operaciones, y él mismo, habiendo
comprado por cinco talentos unos libros que contenían las
cuentas de la administración de los caudales públicos
desde el tiempo de Sila hasta su cuestura, los traía siempre
entre manos.
XIX. Al Senado entraba el primero y salía el último,
y muchas veces, mientras llegaban los demás, se estaba
sentado, leyendo en voz baja, y cubriendo el libro con la ropa.
Nunca en día de Senado salía al campo; más
adelante, cuando los de la facción de Pompeyo, por ver
que había de serles un estorbo para sus injustos designios,
encontrándole siempre íntegro e inflexible, se propusieron
entretenerle fuera en defender a sus amigos, en compromisos o
en arbitrios y en otros negocios, habiendo conocido muy pronto
la asechanza, se negó a todo, e hizo propósito de
no atender a ninguna otra cosa cuando había Senado. Porque
no habiendo entrado al manejo de los negocios públicos
por deseo de gloria o por avaricia, o casual y fortuitamente,
como algunos otros, sino por elección, creyendo que el
tomar parte en el gobierno era propio de un buen ciudadano, llevaba
la máxima de que debía trabajar más en el
bien público que la abeja en sus panales; tanto, que hasta
los negocios de las provincias, las resoluciones del Senado y
todos los grandes sucesos tomaba empeño en que vinieran
a su mano por medio de los huéspedes y amigos que tenía
por todas partes. Oponiéndose en una ocasión al
demagogo Clodio, que promovía e iba preparando los principios
de grandes novedades, y calumniaba ante el pueblo a varios sacerdotes
y sacerdotisas, entre las que corrió gran peligro Fabia
Terencia, hermana de la mujer de Cicerón; a Clodio lo precisó
a ausentarse de la ciudad, dejándolo confundido de vergüenza,
y a Cicerón, que le daba las gracias, le dijo que éstas,
no se debían sino a la república, porque por ella
lo hacía y disponía todo. Adquirió con esto
suma gloria, tanto, que un orador, como no tuviese contra sí
en la causa más que la deposición de un solo testigo,
dijo a los jueces que dar fe a un testigo solo no sería
justo, aun cuando fuese Catón; y muchos, ya en las cosas
extraordinarias e increíbles, solían decir como
por proverbio: Eso no se puede creer, aunque lo diga Catón.
Un ciudadano, notado de muy mala conducta y de muy dado al regalo,
elogiaba un día en el Senado la sobriedad y la templanza;
y levantándose Amneo: ¿Quién ha de
poder sufrirle dijo- que cenando como Craso y edificando como
Lúculo nos vengas a hablar como Catón? Y,
en general, a los que, siendo desarreglados e intemperantes, afectaban
en sus palabras gravedad y severidad, los llamaban por burla Catones.
XX. Incitábanle muchos a que pidiera el tribunado de la
plebe; pero él no tenía por conveniente que la eficacia
y actividad de esta insigne magistratura, semejante a un medicamento
fuerte y poderoso, se consumiese en negocios de poca entidad;
y pudiendo entonces respirar de los de gobierno, tomó consigo
libros y filósofos y marchó a la Lucania, donde
tenía posesiones que ofrecían una mansión
deliciosa. Mas como en el camino se encontrase con acémilas,
con equipajes y con esclavos, informado de que Metelo Nepote se
volvía a Roma con el designio de pedir el tribunado de
la plebe, se quedó parado y metido en sí por unos
cuantos momentos, y luego dio orden a sus gentes de que volvieran
atrás. Admiráronse los amigos de aquella novedad,
y él les dijo: ¿No sabéis que Metelo,
aun solo y por sí mismo, es temible, a causa de su necedad
y locura, y que ahora, viniendo por disposición de Pompeyo,
caerá en el gobierno a manera de rayo para trastornarlo
todo? Por tanto, no es tiempo de vacaciones y recreo, sino que
es menester contener a este hombre, o morir honrosamente contendiendo
por la libertad. Con todo, a persuasión de los amigos,
pasó primero a sus campos, y deteniéndose por muy
pocos días, se restituyó a la ciudad. Llegó
por la tarde, y a la mañana, muy temprano, bajó
a la plaza para pedir el tribunado de la plebe, con el propósito
de hacer frente y contener a Metelo, porque la fuerza de esta
magistratura consiste más en impedir que en hacer, y así
es que, aun cuando todos los demás decreten una cosa, prevalece
la oposición de uno solo que no la quiera y no convenga
en ello.
XXI Al principio fueron pocos los amigos que se pusieron de parte
de Catón; pero luego que se conocieron sus designios, dentro
de breve tiempo tomaron su partido los buenos ciudadanos y cuantos
le habían tratado, los cuales le excitaban y animaban,
diciéndole que no era un favor el que recibía, sino
que él lo hacía muy grande a la patria y a los ciudadanos
bien intencionados, pues que no había querido muchas veces
tomar el cargo cuando lo podía haber servido sin fatiga
ni contratiempo, y ahora se presentaba a solicitarlo cuando había
de contender, no sin riesgo, por la libertad y la república.
Dícese que, concurriendo a él muchos, conducidos
precisamente de celo y de buen deseo, estuvo en inminente peligro,
y sólo con gran dificultad pudo llegar a la plaza entre
tanta muchedumbre. Nombrado tribuno con otros y con Metelo, viendo
que los comicios consulares eran venales, increpó sobre
ello al pueblo, y al concluir su discurso juró que acusaría
a quien hubiera dado dinero, fuese quien fuese, exceptuando solamente
a Silano, a causa del deudo que con él tenía, porque
estaba casado con Servilia, hermana de Catón, y por eso
lo excluyó. Mas persiguió a Lucio Murena, que con
sobornos había procurado que se le nombrase cónsul
con Silano. Por una ley, el reo ponía guarda de vista al
acusador, en términos que no podía encubrirse nada
de lo que preparaba para seguir su acusación; y el puesto
por Murena a Catón, siguiéndole y observándole,
cuando vio que nada hacía con intriga, nada con injusticia,
sino que seguía un camino sencillo y justo de acusación,
con nobleza y humanidad, admiró tanto aquella prudencia
y rectitud, que, yendo a la plaza o buscando a Catón en
su casa, le preguntaba si había de dar algún paso
aquel día sobre la acusación, y si le decía
que no, cierto de su fidelidad se retiraba. Cuando se habló
en la causa, Cicerón, que era entonces cónsul y
defendía a Murena, dirigió muchas expresiones en
su discurso contra los filósofos estoicos a causa de Catón,
y se burló y mofó de aquellas máximas y decisiones
que ellos llaman paradojas, con lo que dio bastante que reír
a los jueces; y se refiere que Catón, sonriéndose,
dijo a los circunstantes: ¡Ciudadanos, qué
cónsul tan decidor tenemos! Fue absuelto Murena,
y no se portó con Catón como se habría portado
un hombre malo o necio, sino que durante su consulado se valió
de él para tomar su consejo en los más graves negocios,
y en el tribunal le dio siempre muestras de honor y respeto; a
lo que contribuía el mismo Catón, pues que si en
la tribuna y Senado se mostraba severo y terrible, era sólo
por sostener la justicia, siendo en todo lo demás sumamente
benigno y humano.
XXII. Antes de ser elegido para el tribunado de la plebe sostuvo,
durante el consulado de Cicerón, la dignidad de esta magistratura
en los diferentes embates que sufrió, y puso por fin el
sello a las grandes y brillantes acciones del cónsul en
la conjuración de Catilina; porque aunque éste,
que no trataba de nada menos que de la ruina y de la absoluta
subversión de la república, moviendo al mismo tiempo
sediciones y guerras, a las reconvenciones de Cicerón se
salió de la ciudad, Léntulo, Cetego y otros muchos
con ellos se habían puesto al frente de la conspiración,
y tratando a Catilina de tímido y cobarde, meditaban meter
la ciudad a fuego y trastornar el imperio con las rebeliones de
las provincias sublevadas y las guerras extranjeras. Descubiertos
sus planes, y puesto en deliberación el asunto en el Senado,
a excitación de Cicerón- como en la Vida de éste
decimos-, el primero en votar, que fue Silano, expresó
que, en su opinión, debían los reos ser condenados
al último suplicio, y a él se adhirieron los que
le fueron siguiendo, hasta César. Mas éste, que
era elocuente, y que más bien quería aumentar que
disminuir cualquiera mudanza y sublevación en la ciudad,
como incentivo de los proyectos que estaba formando, se levantó
a su vez, y manifestando sentimientos de dulzura y humanidad dijo
que no podía permitir que sin juicio previo se quitara
la vida de aquellos ciudadanos, y concluyó con que se les
tuviera en custodia. Mudó con esto de tal modo los dictámenes
del Senado, por temor al pueblo, que hasta el mismo Silano negó
haber querido indicar la muerte, sino el encierro, porque para
un ciudadano romano éste era el último de los males.
XXIII. Verificada esta mudanza, e inclinándose todos a
lo más suave y benigno, se levantó Catón
a exponer su dictamen, y desde luego empezó a hablar con
vehemencia y afectos, tratando mal a Silano por su inconstancia
y mostrándose irritado contra César porque con frases
populares y un discurso de afectada humanidad echaba por tierra
la república, y causaba temor al Senado en cosas por las
que él debía temer y darse por contento si de ellas
salía inmune y sin sospecha; pues que tan a las claras
y con tanto empeño sacaba de entre las manos a unos enemigos
públicos, y hacía ostensión de que ninguna
compasión le merecía la patria, tan poderosa y digna
de amparo, aunque la veía próxima a su ruina, mientras
lloraba y se lamentaba por los que no debían existir ni
haber nacido, a causa de que con su muerte iban a librar a la
ciudad de las mayores calamidades y peligros. Este discurso se
dice ser el único que se ha conservado de Catón,
por haber el cónsul Cicerón enseñado de antemano
a los amanuenses que con más prontitud escribían
ciertos signos que en formas muy pequeñas y breves tenían
el valor de muchas letras, y haberlos distribuido con separación
en diferentes puntos del salón del Senado, porque todavía
no se conocían ni se habían formado los que después
se llamaron semeyógrafos, sino que entonces por la primera
vez se tuvo de ellos, según dicen, este vestigio. Prevaleció,
pues, Catón, e hizo que se reformasen los dictámenes
en términos que los reos fueron condenados a muerte.
XXIV. Pues que no nos es permitido omitir ni las más pequeñas
señales de la índole y las costumbres a los que
nos hemos propuesto hacer la imagen y pintura del ánimo,
se dice que, en medio del grande altercado y contienda que César
tenía con Catón, y cuando el Senado estaba muy atento
a lo que entre ambos pasaba, le entraron a César una esquela;
que excitando Catón con este motivo sospechas y haciéndolas
valer, como algunos que también se conmovieron se empeñasen
en que el escrito había de leerse, César alargó
la esquela a Catón, que estaba inmediato, y que, leyéndola
éste, como encontrase que era un billete desvergonzado
de su hermana Servilia a César, con quien estaba enredada
en criminales amores, se lo tiró a César, diciéndole:
Ten, borracho; y volvió, sin más detenerse
su discurso, al punto de que antes se trataba. Parece en general
que a Catón le siguió la desgracia en punto a las
mujeres de su familia, porque si ésta dio mucho que hablar
con César, todavía fueron más bochornosos
los sucesos de la otra Servilia, hermana de Catón; la cual,
estando casada con Lúculo, uno de los más señalados
varones de Roma, y habiendo ya tenido un niño, por su disolución
fue lanzada de casa, y, lo que es más vergonzoso todavía,
ni la mujer del mismo Catón, Atilia, estuvo pura y exenta
de estos yerros, sino que, con haber tenido de ella dos hijos,
se vio en la precisión de repudiarla por su mala conducta.
XXV. Casóse después con Marcia, hija de Filipo,
que gozó de la mejor opinión; mas hubo mucho que
hablar acerca de ella; en la vida de Catón, como en un
drama, esta parte es muy problemática y dudosa, siendo
lo siguiente lo que pasó, según lo escribe Traseas,
refiriéndose para ser creído a Munacio, amigo y
comensal de Catón. Entre los muchos apreciadores de éste,
unos lo eran más a las claras y más decididamente
que otros, siendo de este número Quinto Hortensio, varón
de grande autoridad y de recomendable conducta. Deseando, pues,
no sólo ser amigo intimo de Catón, sino unir con
deudo estrecho y en estrecha sociedad ambas casas y familias,
trató de persuadirle que a Porcia, su hija, casada ya con
Bíbulo, a quien había dado dos hijos, se la otorgase
a él mismo en mujer, para tener en ella, como en terreno
de sobresaliente calidad, una noble descendencia; pues aunque
esto en la opinión de los hombres fuese repugnante y extraño,
por naturaleza era honesto y político que una mujer en
buena y robusta edad no tuviese su fertilidad ociosa dejándola
apagarse, ni tampoco diese a luz más hijos de los que convenían,
atropellando y empobreciendo con el número al que ya no
los había menester; a lo que añadía que,
comunicándose las sucesiones entre los varones aventajados,
la virtud se extendería más, pasando a los hijos,
y la república se fortificaría por medio de las
multiplicadas afinidades; y si Bíbulo estaba tan bien hallado
con su mujer, él se la restituiría después
de haber parido, cuando ya se hubiese hecho una cosa más
propia con el mismo Bíbulo y con Catón por la comunión
de los hijos. Respondiéndole Catón que apreciaba
mucho a Hortensio, y que vendría gustoso en contraer con
él, pero que tenía por muy repugnante el que se
hablara en el matrimonio de una hija dada ya a otro, mudó
éste de obsequio, y no tuvo inconveniente en declararle
que le pedía su propia mujer, joven todavía, para
procrear hijos, cuando ya Catón tenía sucesión
bastante. Y no hay que decir que a esto se movió por saber
que Catón estaba desviado de Marcia, pues suponen que se
hallaba a la sazón encinta; Catón, pues, viendo
este empeño y este deseo de Hortensio, no le dio repulsa,
y sólo le respondió que era preciso que conviniese
en ello Filipo, padre de Marcia. Pasaron a hablarle, y propuesta
que fue la traslación, no vino en que se desposase de Marcia
de otro modo que hallándose presente Catón y consintiendo
en los desposorios. Aunque estas cosas tuvieron lugar mucho más
adelante, me ha parecido anticiparlas con motivo de haber hablado
de las mujeres.
XXVI Muerto Léntulo y sus secuaces, como César
se acogiese al pueblo con motivo de la delación y acusación
producida contra él en el Senado, y conmoviese y atrajese
a sí todo lo viciado y corrompido de la república,
concibió temor Catón, y propuso al Senado que ganara
a la muchedumbre indigente y jornalera con una distribución
de granos que vendría a tenerle de costa al año
mil doscientos y cincuenta talentos. Desvanecióse notoriamente
con esta beneficencia y largueza la tempestad que amenazaba, pero
abalanzándose en este tiempo Metelo al tribunado de la
plebe, congregó juntas muy tumultuosas y escribió
una ley para que Pompeyo Magno viniera cuanto antes con poderosas
fuerzas y con su protección salvara la ciudad, tan en peligro
como durante la conjuración de Catilina. Las palabras no
podían ser más modestas, pero el objeto y blanco
de la ley era poner la república en manos de Pompeyo y
hacerle entrega del imperio. Congregóse el Senado, y Catón
no se acaloró contra Metelo con la viveza que solía,
sino que hizo algunas reflexiones con suavidad, sumisión
y blandura; y por fin hasta interpuso ruegos, celebrando a la
familia de los Metelos, por haber sido partidaria de los patricios;
con lo que Metelo, pareciéndole que aquello era darse por
vencido, se insolentó más, y manifestó despreciarle,
prorrumpiendo en expresiones y amenazas llenas de orgullo y arrogancia,
diciendo que lo propuesto había de hacerse, a pesar del
Senado. Entonces mudó Catón de continente, de voz
y de discurso, concluyendo resueltamente con que viviendo él
no sucedería que Pompeyo se presentara con armas en la
ciudad. Y lo que al Senado le pareció fue que ni uno ni
otro se habían mantenido en los límites de la prudencia
ni habían propuesto lo que a la salud de la patria convenía,
por ser las miras de Metelo una locura, que en el exceso de su
maldad se encaminaba a la ruina y total trastorno de la república,
y el acaloramiento de Catón un entusiasmo de virtud que
luchaba por la causa de lo honesto y lo justo.
XXVII. Cuando llegó el día de haber de votar el
pueblo sobre la ley, tenía Metelo dispuestos en la plaza
hombres armados, forasteros, gladiadores y esclavos. Estaba también
prevenida otra parte del pueblo, y no pequeña que deseaba
alteraciones, esperanzada en Pompeyo; y gran número, asimismo,
de los partidarios de César, que a la sazón era
pretor; mientras que con Catón se condolían los
principales ciudadanos, que más bien sufrían que
le ayudaban. Su casa estaba toda entregada al abatimiento y al
miedo, tanto, que algunos de sus amigos pasaron allí toda
la noche en vela, sin tomar alimento, inciertos de lo que harían,
y la mujer y las hermanas se lamentaban y lloraban su suerte.
Mas él hablaba y consolaba a todos con serenidad y sosiego;
y habiendo cenado y pasado la noche en los mismos términos
que acostumbraba, durmió un profundo sueño, del
que fue despertado por Minucio Termo, uno de sus colegas. Bajó
a la plaza acompañado de muy pocos, pero muchos le salieron
al encuentro, encargándole fuera con cuidado. Cuando, deteniéndose
un poco, vio el templo de los Dioscuros rodeado de armas, las
gradas guardadas por gladiadores y al mismo Metelo sentado con
César en lo alto, volvióse a sus amigos y les dijo:
¡Qué hombre tan osado y tan cobarde al mismo
tiempo el que contra uno solo, desarmado y desnudo, ha levantado
tanta gente!; y continuó sin detenerse con Termo.
Hiciéronle calle los que tenían tomadas las gradas;
mas no dejaron pasar a ninguno otro, sino con mucha dificultad
a Munacio al que introdujo Catón llevándole de la
mano. Llegado que fue en esta disposición, tomó
inmediatamente asiento, colocándose entre Metelo y César,
para cortarles la conversación. Quedáronse éstos
parados, y los que le eran adictos, viendo y admirando el semblante,
la resolución y la intrepidez de Catón, se le llegaron
de cerca, exhortando en voz alta a Catón a tener buen ánimo,
y a sí mismos a estar a su lado unidos y no hacer traición
a la causa de la libertad ni al que por ella se exponía
a todo peligro.
XXVIII. En esto, tomando el ministro en la mano la ley, Catón
no se la dejó leer; tomóla después Metelo
mismo, y al empezar a leerla le arrebató Catón el
códice. Termo, que se hallaba al frente de Metelo, como
éste, que sabía la ley de memoria, se pusiese a
recitarla, le tapó la boca con la mano y le obstruyó
la voz, hasta que,convencido Metelo de que no podía prevalecer
en aquella contienda, por ver que el pueblo cedía y permanecía
inmóvil, recurrió al medio conducente, dando orden
de que los hombres armados que allí cerca estaban prevenidos
acudieran gritando a poner miedo. Ejecutóse así,
y todos se dispersaron, permaneciendo solo Catón, al que,
insultado y acometido con piedras y palos desde arriba, no abandonó
aquel Murena absuelto en la causa en que éste fue su acusador,
sino que, oponiendo su toga, y gritando a los que le tiraban se
contuviesen, y, por último, persuadiendo al mismo Catón
y tomándole entre sus brazos, lo condujo al templo de los
Dioscuros. Cuando Metelo vio que la tribuna estaba desierta, y
que habían huido de la plaza los que le hacían oposición,
dando por supuesto que el vencimiento era suyo, mandó a
la gente armada que se retirase, y con la mayor confianza se encaminó
a continuar las operaciones relativas a la ley. Mas los contrarios,
habiéndose rehecho prontamente de la primera turbación,
volvieron a presentarse, gritando con entereza y resolución,
en términos que a Metelo y los suyos les inspiraron miedo
y desaliento, por creer que volvían poderosos en armas,
sin examinar dónde pudieron tomarlas; y así, no
quedó ninguno, sino que todos huyeron de la tribuna. Habiendo
aquellos desaparecido de esta manera, se presentó otra
vez Catón, celebrando la actitud del pueblo e infundiéndole
aliento, con lo que la muchedumbre se propuso acabar con Metelo
por todos los medios, y el Senado, congregado en medio de aquel
alboroto, puso a cargo de los cónsules que auxiliasen a
Catón y resistiesen una ley que introducía en Roma
la sedición y la guerra civil.
XXIX. Por lo que hace a Metelo, todavía se conservaba
resuelto e intrépido; pero viendo a los de su partido intimidados
por Catón, a quien juzgaba impertérrito e invencible,
bajó repentinamente a la plaza, y congregando al pueblo,
trató por diferentes medios de hacer odioso a Catón,
y gritando que iba a huir de la tiranía de éste
y de la conjuración contra Pompeyo, de la que se arrepentiría
bien pronto la ciudad, por haber injuriado a un varón tan
excelente, movió al punto para el Asia, a fin de anunciarle,
según decía, estos atentados. Fue, pues, grande
la gloria de Catón, por haber desvanecido la grave opresión
del tribunado y por haber en cierta manera triunfado en Metelo
del poder de Pompeyo; aun recibió realce aquella gloria,
por no haber condescendido con que el Senado notara de infamia,
como lo intentaba, a Metelo, y lo despojara del tribunado, resistiéndolo
e interponiendo sus ruegos. Porque para muchos era prueba de humanidad
y modestia el no humillar ni insultar al enemigo después
de haberle vencido a viva fuerza, y a los que pensaban con cordura
les parecía oportuno y conveniente el no irritar a Pompeyo.
En esto volvió Lúculo de su expedición, cuyo
término y gloria parecía haberle usurpado Pompeyo,
y estuvo en riesgo de no triunfar, haciéndole oposición
Cayo Memio ante el pueblo, y suscitándole causas, más
bien por adular en esto a Pompeyo que por propia ofensa o enemistad;
pero Catón, que tenía deudo con él, porque
estaba casado con su hermana Servilia, y que miraba como injusta
aquella contradicción, hizo frente a Memio, siendo el blanco
de muchas calumnias y acusaciones. Finalmente, a nada menos tiraba
Memio que a arrojarlo de su magistratura como de una tiranía;
tuvo, sin embargo, tanto poder, que obligó al mismo Memio
a dejar desiertas las causas y retirarse de la contienda. Triunfó,
pues, Lúculo, y todavía se unió en más
estrecha amistad con Catón, teniendo en él un alcázar
y antemural contra el poder de Pompeyo.
XXX. Volvía Pompeyo Magno del ejército, y como
viniese en la persuasión, al ver el aparato y ostentación
con que era recibido, de que no tendría pretensión
ninguna en la que fuese desatendido por los ciudadanos, envió
quien solicitase que por el Senado se suspendiesen los comicios
consulares, para poder interceder por Pisón luego que hubiese
llegado. Prestábanse a ello los más, pero Catón,
que, aunque no tenía la suspensión por una cosa
de importancia, quería, sin embargo, cortar aquella tentativa
y las esperanzas de Pompeyo, la contradijo, e hizo mudar al Senado
de parecer, en términos que se negó. Acontecimiento
que incomodó vivamente a Pompeyo; y considerando que en
muchas cosas se vería desairado sí no tenía
a Catón por amigo, envió a llamar a Munacio, que
lo era de éste; y teniendo Catón dos sobrinas, casaderas,
pidió la mayor para sí y la menor para su hijo,
aunque dicen algunos que la petición no fue de sobrinas,
sino de hijas de Catón. Dio parte Munacio a éste,
a la mujer y a las sobrinas de lo que ocurría, y éstas
mostraban complacerse en aquel lance, mirando a la grandeza y
dignidad del pretendiente; pero Catón, sin detenerse y
sin mas examen, puesto desde luego en lo que se quería:
Anda, Munacio- le dijo-, anda y manifiesta a Pompeyo que
a Catón no se le gana por este lado; mas que con todo,
aprecia su afecto, y en las cosas justas le dará pruebas
de una amistad más leal que todos los parentescos, pero
no dará prendas a la gloria de Pompeyo en daño de
la patria. Incomodáronse con esta respuesta las mujeres,
y los amigos de Catón la tacharon de poco atenta y orgullosa;
mas, negociando de allí a poco Pompeyo el consulado para
uno de sus amigos, envió caudales para ganar las tribus,
siendo este soborno tan manifiesto y público, que en sus
jardines se contaba el dinero. Entonces Catón dijo a las
mujeres de su casa que había sido preciso tomar parte y
mezclarse en aquellas indecorosas negociaciones si se hubiera
unido por afinidad a Pompeyo; en lo que, convinieron ellas, diciendo
que lo había pensado mejor negándose a la pretensión.
Mas si se hubiera de juzgar por los sucesos, parecería
que Catón había errado en no haber admitido aquella
afinidad, pues que dio lugar con esto a que Pompeyo se inclinara
a César e hiciera un casamiento que, reuniendo en un punto
todo el poder de ambos, estuvo en muy poco que no echase por tierra
el Imperio romano. El gobierno, ciertamente mudó; nada
de lo cual habría sucedido probablemente si Catón,
por temor de menores males de parte de Pompeyo, no hubiera desconocido
que iba a acrecentar su poder para otros mayores; mas esto todavía
estaba por ver.
XXXI Contendía en aquella sazón Lúculo contra
Pompeyo por las disposiciones tomadas en el Ponto, pues quería
cada uno que las suyas prevaleciesen; y como sosteniendo Catón
a Lúculo, agraviado notoriamente, fuese vencido Pompeyo
en el Senado, recurrió éste al medio de ganar popularidad,
y propuso un repartimiento de tierras a favor de los soldados;
mas también en esto se le opuso Catón, e iba a conseguir
se desechase la ley, cuando Pompeyo se valió de Clodio,
el más osado entonces de los tribunos de la plebe, e hizo
también intervenir a César, siendo en cierta manera
el mismo Catón quien dio el motivo; porque volviendo entonces
César del ejército de España, quería
al mismo tiempo presentarse candidato para el consulado y pedir
el triunfo. Mas, según la ley, los que pedían una
magistratura tenían que estar presentes, y los que habían
de entrar en triunfo era preciso que esperaran de muros afuera;
y él quería que por el Senado se le diera facultad
de pedir el consulado por ministerio de otros. Eran muchos los
que venían en ello, pero Catón lo contradijo, y
habiendo comprendido que estaban dispuestos a otorgar a César
aquella gracia, gastó todo el día en hablar, y de
este modo dejó sin efecto la resolución del Senado.
Dando, pues, César de mano al triunfo, entró en
la ciudad, y ya no pensó más que en Pompeyo y en
el consulado. Designado cónsul, desposó a Julia
con Pompeyo, y concertados entre sí contra la república,
el uno proponía leyes sobre el sorteo y repartimiento de
tierras a los pobres y el otro se presentaba a defenderlas. Lúculo
y Cicerón, poniéndose de acuerdo con Bíbulo,
que era el otro cónsul, se esforzaban a resistir, y sobre
todo Catón, que empezaba ya a entrever que la amistad y
unión de César y Pompeyo no se había hecho
para nada bueno, y así, dijo expresamente que no era el
repartimiento de tierras lo que temía, sino el salario
que por él pedirían los que lisonjeaban a la nación
con aquel cebo.
XXXII. Con este razonamiento abrazó su opinión
todo el Senado, y de los de fuera de él no pocos, indignados
con el extraño proceder de César; porque cuanto
los más violentos y temerarios de los tribunos proponían
para adular a la muchedumbre, otro tanto ponía en ejecución,
en uso de su autoridad consular, captando vergonzosa y vilmente
los aplausos de la plebe. Hubieron, pues, por el recelo que esto
les inspiraba, de recurrir a la fuerza; y, en primer lugar, al
mismo Bíbulo, cuando bajaba a la plaza, le arrojaron encima
una espuerta de porquería; después, echándose
sobre sus lictores, les rompieron las fasces, y, por fin, habiéndose
tirado algunos dardos, con los que muchos fueron heridos, todos
los demás huyeron de la plaza corriendo, y sólo
Catón, que se quedó el último, se retiraba
paso entre paso, volviéndose a mirar a los ciudadanos y
abominando de ellos; con lo que no sólo hicieron sancionar
el repartimiento, sino que se determinó que había
de jurar el Senado que, por su parte, daría fuerza a la
ley y prestaría auxilio si alguno viniese contra ella,
imponiendo graves penas a los que no jurasen. Juraron, pues, todos
por necesidad, teniendo presente lo que le había sucedido
a Metelo el mayor, que por no haber querido jurar una ley como
aquella tuvo que salir desterrado de Italia, sin que el pueblo
volviera por él. Por esta razón, a Catón
las mujeres de su casa le rogaron encarecidamente y con muchas
lágrimas que la jurase y cediese, y lo mismo le pidieron
sus amigos y allegados: pero el que más le persuadió
y movió a que jurase fue Cicerón el orador, exhortándole
y haciéndole ver que quizá ni siquiera es justo
el pensar que uno solo deba oponerse a lo establecido por la sociedad
entera, y que por descontado es necedad y locura querer perderse
cuando es imposible remediar nada en lo hecho; y el último
de los males, el que, haciéndolo y sufriéndolo todo
por la república, la abandonase y entregase a los que querían
perderla, pareciendo que se retiraba contento de los combates
que por ella sostenía: Pues si Catón- le dijono
necesita de Roma, Roma necesita de Catón, y necesitan todos
sus amigos, de los cuales decía Cicerón ser
el primero; y contra quien se dirigía Clodio su enemigo,
queriendo emplear en su ruina la autoridad del tribunado. Ablandado
con tan poderosas razones e instancias en casa y en la plaza,
se dice haberse dejado por fin vencer Catón, aunque con
dificultad, y que pasó a prestar el juramento el último
de todos, a excepción solamente de Favonio, uno de sus
más íntimos amigos.
XXXIII. Alentado César con estos sucesos, dio otra ley,
por la que se repartió, puede decirse, toda la Campania
a los pobres e indigentes, no contradiciéndola nadie, sino
Catón, y a éste, César, desde la tribuna,
lo condujo a la cárcel, sin que en nada cediese de su entereza;
antes, por el camino iba hablando contra la ley y exhortando a
los ciudadanos a que no condescendieran con los que hacían
semejantes propuestas. Seguíale el Senado abatido y triste,
y lo mejor de la ciudad disgustado e indignado, aunque en silencio,
tanto, que César no pudo menos de comprender la mala impresión
que aquello producía; con todo, llevaba adelante su empeño,
aguardando a que por parte de Catón se interpusiese apelación
o ruego; pero convencido por fin de que éste no pensaba
en hacer gestión alguna, cedió a la vergüenza
y al descrédito que iba a resultarle, y bajo mano se valió
de uno de los tribunos, moviéndole a que pusiera en libertad
a Catón. Después que con aquellas leyes y aquellas
larguezas pusieron a su devoción a la muchedumbre, decretaron
a César el mando de unos y otros Ilirios, el de toda la
Galia, y un ejército de cuatro legiones para cinco años,
prediciéndoles Catón que ellos mismos colocaban
al tirano en el alcázar con semejantes decretos. Trasladaron
contra ley a Publio Clodio del estado de los patricios al de los
plebeyos, y le nombraron tribuno de la plebe, y él, pactando
por recompensa el destierro de Cicerón, les ofreció
que en todo les complacería. Eligieron cónsules
a Calpurnio Pisón, padre de la mujer de César, y
a Aulo Gabinio, hombre sacado del seno de Pompeyo, que es como
se explican los que tenían bien conocidas su vida y costumbres.
XXXIV. Mas a pesar de haberse apoderado de los negocios y de
haberlo todo puesto a su disposición, parte por las gracias
dispensadas y parte por la fuerza, aun temían a Catón,
pues que, si habían logrado superarle, había sido
con gran dificultad y trabajo, y atrayéndose odio y vergüenza;
porque se veía que ni aun así podían con
él, lo que siempre era duro y repugnante; y Clodio no esperaba
poder sobreponerse a Cicerón si Catón se hallaba
en la ciudad, maniobrando, pues, acerca de esto, lo primero que
hizo, después de colocado en su magistratura, fue enviar
a llamar a Catón y tenerle un discurso, en el que, reconociéndole
por el más recto e íntegro de todos los Romanos,
le anunció que iba a darle pruebas de este concepto en
que le tenía con obras, por cuanto, habiendo muchos que
aspiraban al mando de la provincia de Chipre y pedían ser
destinados a ella, a él solo le consideraba digno, y con
gusto le dispensaría este favor. Respondiéndole
Catón que aquello más era una celada y un insulto
que un favor, montó ya Clodio en cólera, y con aire
desdeñoso le dijo: Pues si no lo tienes por favor,
habrás de ir contra tu voluntad; y presentándole
inmediatamente ante el pueblo, hizo sancionar por ley la misión
de Catón. Para marchar no le aprestó nave, ni tropa,
ni criados, sino sólo dos escribientes, de los cuales uno
era un ladronzuelo malvado y el otro un cliente del mismo Clodio.
Mas como todavía le pareciese que habían de darle
poco que hacer Chipre y Tolomeo, le encargó además
que restituyese los desterrados de Bizancio, queriendo tener lejos
de sí a Catón por el más largo tiempo que
fuese posible durante su tribunado.
XXXV. Puesto en esta necesidad, exhortó a Cicerón,
riendo que lo había de ser forzoso salir, a que no moviera
tumulto alguno, ni envolviera de nuevo a la ciudad en las calamidades
de una guerra civil; sino que se acomodara al tiempo y fuera otra
vez quien salvara la patria. Para los negocios, de Chipre hizo
que se adelantara uno de sus amigos, llamado Canidio, y por su
medio persuadió a Tolomeo a que sin batalla cediera, pues
que no se le dejaría carecer ni de comodidades ni de honores,
sino que el pueblo le daría el sacerdocio de la diosa que
se venera en Pafo. En tanto él se detuvo en Rodas, tomando
disposiciones y esperando la respuesta; pero al mismo tiempo Tolomeo,
el rey de Egipto, por cierto enfado y disputa que tuvo con los
ciudadanos, se había salido de Alejandría, y se
encaminaba a Roma con el objeto de que Pompeyo y César
lo sustituyeran otra vez con la correspondiente fuerza; mas queriendo
hablar con Catón, lo envió a llamar, esperando que
vendría a él; pero hacía la casualidad que
Catón se hallaba purgado, y envió a decir a Tolomeo
que si quería verle fuese adonde se hallaba. Fue, y como
ni le saliese a recibir ni se levantase a su llegada, sino que
le saludase como a un particular mandándole tomar asiento,
esto al principio le causó sorpresa y admiración,
viendo unidas con tanta popularidad y sencillez en el aparato
de la casa tanta altivez y severidad de costumbres. Mas después,
en la conversación, no oyó sino palabras llenas
de prudencia y de franqueza, ya que al increparle y reprenderle
Catón le manifestó cuánta era la dicha y
sosiego que había dejado, y cuántas las humillaciones
y trabajos, cuántos los obsequios y socaliñas a
que se sujetaba con los poderosos de Roma, cuya codicia no bastaría
a saciar el Egipto si se redujera a oro; y le aconsejó
que retrocediera y volviera a la amistad con sus conciudadanos,
estando él pronto a acompañarle y a contribuir a
la reconciliación. Parecióle que con este discurso
había vuelto a su acuerdo como de una especie de manía
y enajenación, reflexionando sobre la verdad y el juicio
y prudencia de tan eminente varón; y así, se resolvió
a obrar según su parecer; pero, habiéndose vuelto,
a persuasión de sus amigos, no bien había puesto
el pie en Roma y había llegado a llamar a la puerta de
uno solo de los magistrados, cuando ya se lamentó de su
desacierto en haber despreciado, no ya el consejo de un hombre,
sino el oráculo de un dios.
XXXVI Tolomeo el de Chipre, por dicha particular de Catón,
se quitó a sí mismo la vida con hierbas; y diciéndose
ser muy cuantiosos los intereses que había dejado, si bien
determinó marchar en persona a la restitución de
los Bizantinos, a Chipre envió a su sobrino Bruto, no teniendo
en Canidio bastante confianza. Mas, verificado que hubo la reconciliación
de los desterrados y restablecido la concordia en Bizancio, entonces
navegó para Chipre. Era grande y propiamente real la riqueza
que había quedado en vajillas, mesas, pedrería y
ropas de púrpura, y habiendo de venderse para reducirse
a dinero, quería estar sobre todo, hacerlo todo subir al
precio más alto, no dejar de intervenir en nada y llevar
por sí la cuenta más exacta, sin fiar nada a las
costumbres de los de la plaza, y antes mirando con sospecha a
todos los dependientes,pregoneros, prepósitos de la subasta
y aun a los amigos. Finalmente, hablando en particular a los postores
y animando a cada uno de esta manera, vendió la mayor parte
de los efectos; con lo que disgustó a los demás
amigos, visto que no hacía confianza de ellos; y en el
más íntimo de todos, que era Munacio, encendió
un encono casi implacable; tanto, que César, para escribir
un libro contra Catón, fue esta parte la que le dio materia
abundante para sus amargas invectivas.
XXXVII. Munacio, sin embargo, escribe que su enojo no nació
de la desconfianza de Catón, sino, por parte de éste,
de cierto olvido y frialdad para con él, y por su parte,
de celos y emulación de Canidio; porque también
Munacio dio a luz un escrito sobre Catón, que fue el que
principalmente siguió Traseas. Dice, pues, que él
llegó el último a Chipre, donde se puso muy poco
cuidado en su hospedaje; que presentándose a la puerta
de la habitación de Catón, se le hizo retirar, por
estar Catón ocupado en hacer unos fardos, con Canidio,
y que habiéndose quejado de todo con moderación,
había recibido una no moderada respuesta, a saber: que
corría peligro no saliese cierta aquella máxima
de Teofrasto de que el grande amor suele muchas veces ser causa
de odio: Pues que tú mismo- dijo- te disgustas de
que amando mucho no se te honra tanto como crees serte debido,
y si me valgo de Canidio es por su inteligencia y porque me inspira
más confianza que otros, habiendo vencido conmigo desde
el principio y habiéndolo experimentado muy íntegro
y puro. Estas cosas, que pasaron entre los dos solos, Catón
las refirió a Canidio, y habiéndolo sabido Munacio,
dejó de concurrir a cenar a casa de Catón, y de
acudir a darle consejo cuando era llamado; y amenazándole
Catón que le tomaría prendas, como es costumbre
exigirlas de los que no obedecen, se embarcó para el regreso
sin hacer caso, y se mantuvo enojado por largo tiempo. Después,
habiéndole hablado Marcia, que todavía estaba unida
a Catón, sucedió que fueron convidados a cenar por
Barca, y habiendo entrado Catón el último, cuando
los demás estaban sentados, preguntó dónde
presentaría, y diciéndole Barca y habiendo entrado
Catón el último, cuando los demás estaban
sentados, preguntó dónde se sentaría y diciéndole
Barca que donde gustase, recorrió el cenador con la vista,
y dijo que al lado de Munacio. Pasó a donde éste
estaba y se sentó junto a él; pero fuera de esto,
ya ninguna otra demostración se hicieron durante la cena.
Más adelante, a ruego de Marcia, le escribió Catón,
diciéndole que tenía que verle, y habiendo pasado
Munacio a su casa por la mañana temprano, Marcia le detuvo
hasta que todas las gentes se retiraron; y entonces, entrando
Catón, le echó los brazos, le saludó y le
dio las mayores muestras de amistad. Hemos referido con alguna
extensión estas ocurrencias, por creer que no conducen
menos para manifestar la índole y las costumbres que las
acciones en grande y ejecutadas en público.
XXXVIII. Juntó Catón en dinero muy poco menos de
siete mil talentos, y temiendo los peligros de una larga navegación,
dispuso muchos cajones de cabida de dos talentos y quinientas
dracmas. Cerrados, clavó en cada uno una cuerda, y a la
punta de ésta ató un corcho de bastante magnitud,
para que, si el barco zozobraba, el corcho ligado desde abajo
señalara el sitio. Por lo que hace al caudal todo llegó
con seguridad, a excepción de una cantidad muy pequeña;
pero las cuentas, formadas con la mayor puntualidad, de todo cuanto
había administrado, habiendo hecho de ellas dos copias,
ninguna se salvó, pues que trayendo la una un liberto suyo
llamado Filargiro, que dio la vela desde Cencris, naufragó,
y la perdió, junto con el equipaje. Trajo la otra él
mismo hasta Corcira, en cuya plaza se aposentó, y habiendo
los marineros, por el frío, encendido muchas hogueras aquella
noche, se quemaron las tiendas, y el cuaderno desapareció.
Lo que es para tapar la boca a los enemigos y calumniadores de
Catón, pudieron bastar los de la servidumbre del rey que
vinieron a Roma, así, por otro lado es por donde es te
suceso incomodó a Catón; pues no se había
esmerado en las cuentas para acreditar su fidelidad, sino que
quería dejar a los demás, un ejemplo de exactitud;
y la fortuna lo castigó.
XXXIX. Súpose en Roma que iba a llegar con las naves,
y todos los magistrados y sacerdotes, todo el Senado y una gran
parte del pueblo salieron río abajo a encontrarle, de manera
que una y otra orilla estaba llena de gente, y en el concurso
y el regocijo no era inferior a un triunfo aquel recibimiento,
una cosa hubo en esto que chocó y pareció sobrado
arrogante, y fue que, presentándose los cónsules
y pretores, no saltó en tierra para saludarlos, ni hizo
parar la nave, sino que, pasando apresuradamente la orilla, yendo
en una galera real de seis bancos, no aflojó el curso hasta
haber entrado con su escuadra en el muelle. Mas como quiera, cuando
se llevaron los caudales por la plaza, el pueblo se admiró
de tan grande cantidad; y reunido el Senado, después de
tributar a Catón las debidas alabanzas, le decretó
una pretura extraordinaria y el honor de que asistiera a los espectáculos
con ropa de púrpura; pero Catón renunció
estas distinciones, y sólo propuso y persuadió al
Senado que diera libertad a Nicias, mayordomo del rey, haciendo
presentes su fidelidad y su celo. Era cónsul Filipo, el
padre de Marcia, y en cierta manera toda la dignidad y poder de
esta magistratura se trasladaron a Catón, no siendo menor
el respeto que el colega tributaba a Catón por su virtud
que el que Filipo le tenía por razón del deudo.
XL. Vuelto en esto Cicerón del destierro a que fue enviado
por Clodio, recobró desde luego gran poder y quitó
y recogió por fuera del Capitolio las tablas tribunicias
que Clodio había escrito y colocado en él, en ocasión
de hallarse éste ausente. Congregóse con este motivo
el Senado, y acusándole Clodio, dijo Cicerón que,
habiendo sido ilegítimo el nombramiento de Clodio para
el tribunado, debía anularse e invalidarse todo cuanto
por él se había hecho y propuesto; mas opúsose
Catón, quien, por fin, levantándose, manifestó
que ciertamente no tenía por saludable y útil ninguna
de las providencias dictadas por Clodio; pero si hubiera quien
anulase todo lo que hizo siendo tribuno, vendría a anularse
también su administración en Chipre, y no habría
sido legítima su misión, como decretada por un magistrado
ilegítimo; fuera de que la elección de Clodio no
había sido contra ley, pues que, permitiéndolo ésta,
había pasado del estado de los patricios a una familia
plebeya; y si fue un mal magistrado como otros, lo que había
que hacer era obligarle a dar razón de sus injusticias,
y no anular la autoridad, que en nada había faltado. De
resultas de esta contienda, se enojó Cicerón con
Catón, y estuvo por mucho tiempo interrumpida su amistad;
pero al fin más adelante se reconciliaron.
XLI. Sucedió después de esto que Pompeyo y Craso,
habiendo ido a visitar a César, que había pasado
los Alpes, acordaron con éste que pedirían juntos
el segundo consulado; y posesionados de él harían
decretar para César la prorrogación del mando para
otro tanto tiempo, y para sí mismos las mejores provincias,
con los fondos y tropas correspondientes. Lo que venía
a ser una conjuración para el repartimiento del imperio,
y la disolución de la república. Había muchos
de los más distinguidos ciudadanos que pensaban presentarse
a pedir el consulado; pero a todos los demás que vieron
entre los candidatos les hicieron retirarse; sólo a Lucio
Domicio, casado con su hermana Porcia, le persuadió Catón
que no desistiese de la contienda, la cual no era por la magistratura,
sino por la libertad de los Romanos; y entre la parte todavía
sana y prudente de la ciudad corría la voz de que no era
cosa para descuidar el que, reuniéndose el poder de Craso
y de Pompeyo, se hiciera su mando enteramente insufrible, sino
que debía trabajarse para excluir al uno, sobre lo que
acudían a Domicio excitándole y dándole ánimo,
porque se le agregarían muchos votos de los que callaban
por miedo. Mas como recelasen esto mismo Pompeyo y los suyos,
tenían armadas asechanzas a Domicio, que bajaba muy de
mañana con hachas al campo de Marte: el primero de los
que alumbraban fue herido, y cayó muerto; fuéronlo
también otros después de éste, por lo que
huyeron todos, a excepción de Catón y Domicio; porque
a éste lo detenía Catón, aunque herido en
un brazo, y le exhortaba a permanecer y no abandonar mientras
tuvieran alientos, aquel combate por la libertad contra los tiranos,
los cuales ya no dejaban duda sobre el modo con que usaban de
su autoridad, cuando se encaminaban a ella por medio de tales
violencias e injusticias.
XLII. No arrostró Domicio el peligro, sino que se retiró
a casa, y con esto fueron elegidos cónsules Pompeyo y Craso;
mas Catón no se dio a partido, sino que se presentó
a pedir la pretura, queriendo tener un apoyo para las contiendas
con aquellos, y hacer frente a losmagistrados, no siendo un mero
particular. Temiéronlo aquellos, y también el que
la pretura servida por Catón competiría con el consulado;
así, lo primero que hicieron fue congregar el Senado repentinamente
y sin noticia de muchos, e hicieron decretar que los que fueran
elegidos pretores al instante entraran en ejercicio, y no aguardaran
al tiempo señalado por la ley dentro del que han de intentarse
las causas contra los que sobornan al pueblo. Después,
preparado ya por este decreto que quedaran libres de responsabilidad,
promovieron a la pretura a sus dependientes y amigos, dando ellos
el dinero y presenciando por sí las votaciones. Sin embargo,
a todo esto se sobreponía la virtud y la gloria de Catón,
de tal manera que muchos de vergüenza reputaban por cosa
terrible hacer traición a Catón con sus votos, siendo
un hombre a quien la república debería comprar para
pretor; y como la primera tribu llamada a votar lo hubiese ya
nombrado, de repente salió Pompeyo con la ficción
de que se había oído un trueno, y disolvió
vergonzosamente la junta, porque lo tenían a mal agüero,
y nada acostumbraban a establecer cuando había estas señales
del cielo. Tuvieron, pues, tiempo para emplear más medios
de corrupción, y alejando del campo a los mejores ciudadanos,
hicieron que a la fuerza fuese preferido Vatinio a Catón.
Dícese que, visto esto, los que habían dado sus
votos con ilegalidad e injusticia al punto se marcharon a manera
de fugitivos; y que, formando junta un tribuno con los demás
que habían quedado, y que manifestaban su indignación,
se presentó Catón en ella, y como si fuera inspirado
de un dios, les predijo los males que iban a venir sobre la república,
e inflamó a los ciudadanos contra Pompeyo y Craso, a quienes
no podía menos de remorder la conciencia sobre tales atentados;
y, así era que en su modo de conducirse acreditaban cuanto
temían que si Catón era nombrado pretor había
de acabar con ellos. Finalmente, al retirarse a casa le acompañó
mucho mayor gentío que a todos los pretores juntos.
XLIII. Como propusiese Cayo Trebonio una ley sobre el repartimiento
de las provincias entre los cónsules, reducida a que, teniendo
el uno la España y el África bajo sus órdenes,
y el otro la Siria y el Egipto, hicieran la guerra y sujetaron
a los que disponiendo de las fuerzas de mar y tierra, los demás
ciudadanos miraron como inútil el oponerse y tratar de
impedirlo, y así, ni aun quisieron contradecir; pero Catón,
antes que el pueblo pasase a votar, subió a la tribuna,
y manifestando estar determinado a hablar, con dificultad le concedieron
dos horas de término para ello. Dijo, manifestó
y profetizó muchas cosas, en lo que consumió el
tiempo, y ya no le dejaron hablar más, sino que, como se
detuviese en la tribuna, fue allá un ministro y le sacó
de ella. Paróse abajo, y continuó gritando ante
muchos que le escuchaban y se mostraban indignados; y otra vez
el ministro le echó la mano, y lo puso fuera de la plaza;
mas no bien lo hubo dejado, cuando regresó otra vez para
subir a la tribuna, clamando e implorando el auxilio de los ciudadanos.
Repitióse esto muchas veces, e incomodado Trebonio, mandó
que le condujeran a la cárcel; pero como era mucha la gente
que llevaba tras sí, y a la que dirigía la palabra
andando como iba, Trebonio temió y lo dejó ir libre;
de este modo consumió Catón aquel día. En
el siguiente, intimidando a unos ciudadanos, ganando a otros con
gracias y dádivas, conteniendo con las armas al tribuno
Aquilio para que no saliera de la curia, echando fuera de la plaza
a Catón, que gritaba haberse oído truenos, e h |