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PORTADA
QUIÉN ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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ARTÍCULOS
SÓFOCLES
Y EURÍPIDES
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
LATÍN
Web sobre Latín Online
OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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CIMÓN
I. Peripoltas el adivino, acompañando
desde la Tesalia a la Beocia al rey Ofeltas, y a los pueblos a
quien éste mandaba, dejó una descendencia que fue
por largo tiempo tenida en estimación, y lo principal de
ella se estableció en Queronea, que fue la primera ciudad
que ocuparon, lanzando de ella a los bárbaros. Los más
de este linaje, valientes y belicosos por naturaleza, perecieron
en los encuentros con los Medos y en los combates con los Galos,
por arriesgar demasiado sus personas. De éstos quedó
un mocito, huérfano de padres, llamado Damón, y
de apellido Peripoltas, muy aventajado en belleza de cuerpo y
disposición de ánimo sobre todos los jóvenes
de su edad, aunque, por otra parte, indócil y duro de condición.
Prendóse de él, cuando acababa de salir de la puericia,
un romano, jefe de una cohorte que invernaba en Queronea, y como
no hubiese podido atraerle con persuasiones ni con dádivas,
se tenía por cierto que no se abstendría de la violencia,
mayormente hallándose abatida la ciudad y reducida a pequeñez
y pobreza. Temiendo esto Damón, e incomodado ya con las
solicitudes, trató de armarle una celada, para lo que se
concertó con algunos de losde su edad, aunque no en grande
número, para que no se descubriese; de modo que eran al
todo diez y seis. Tiznáronse los rostros con hollín,
y habiendo bebido largamente, al mismo amanecer acometieron al
Romano, que estaba haciendo un sacrificio junto a la plaza; dieron
muerte a él y a cuantos con él se hallaban, y se
salieron de la ciudad. Movióse grande alboroto, y congregándose
el Senado de los Queronenses, los condenó a muerte, lo
que era una excusa de la ciudad para con los Romanos. Juntáronse
por la tarde a cenar los magistrados, como es de costumbre, y,
arrojándose Damón y sus camaradas sobre el consistorio,
les dieron también muerte, y luego volvieron a marcharse
huyendo de la ciudad. Quiso la casualidad que por aquellos días
viniese Lucio Luculo a ciertos negocios, trayendo tropas consigo;
y deteniendo la marcha, hizo averiguación de estos hechos,
que estaban recientes, y halló que de nada había
tenido la culpa la ciudad, y antes ella misma había sido
ofendida; por lo que, recogiendo la tropa, marchó con ella.
Damón, en tanto, infestaba la comarca con latrocinios y
correrías, amenazando a la ciudad, y los ciudadanos procuraban
con mensajes y decretos ambiguos atraerle a la población.
Vuelto a ella, le hicieron prefecto del Gimnasio; y luego, estándose
ungiendo, acabaron con él en la estufa. Después
de mucho tiempo se aparecían en aquel sitio diferentes
fantasmas, y se oían gemidos, como nos lo refieren nuestros
padres, y se tapió la puerta de la estufa; mas aun ahora
les parece a los vecinos que discurren por allí visiones
y voces que causan miedo. A los de su linaje, que todavía
se conservan algunos, especialmente junto a Estiris de la Fócide,
en dialecto eólico les llaman asbolómenos, por haberse
tiznado Damón con hollín cuando salió a su
mal hecho.
II. Eran vecinos los Orcomenios, y como estuviesen enemistados
con los Queronenses, ganaron por precio a un calumniador romano,
para que, como si fuera contra uno solo, intentara contra la ciudad
causa capital sobre las muertes que Damón había
ejecutado. Conocíase de la causa ante el pretor de la Macedonia,
porque todavía los Romanos no enviaban entonces pretores
a la Grecia; los defensores de la ciudad imploraban el testimonio
de Luculo. Escribióle, pues, el pretor, y aquel declaró
la verdad, siendo de esta manera absuelta la ciudad de una causa
por la que se la había puesto en el mayor riesgo. Los ciudadanos
que entonces se salvaron pusieron en la plaza una estatua de piedra
de Luculo al lado de la de Baco; y nosotros, aunque posteriores
en algunas edades, creemos que el agradecimiento debe extenderse
también a los que ahora vivimos; y entendiendo al mismo
tiempo que al retrato, que sólo imita el cuerpo y el semblante,
es preferible el que representa las costumbres y el tenor de vida
en esta escritura de las Vidas comparadas, tomamos a nuestro cargo
referir los hechos de este ilustre varón, ateniéndonos
a la verdad. Porque basta demos pruebas de que conservamos una
memoria agradecida por un testimonio verdadero, ni a él
le agradaría recibir en premio una narración mentirosa
y amañada; pues así como deseamos que los pintores
que hacen con gracia y belleza los retratos, si hay en el rostro
alguna imperfección, ni la dejen del todo, ni la saquen
exacta, porque esto lo haría feo, y aquello desemejante
a la vista, de la misma manera, siendo difícil, o, por
mejor decir, imposible, escribir una Vida del todo irreprensible
y pura, en los hechos laudables se ha de dar exacta la verdad,
como quien dice la semejanza; pero los defectos y como fatalidades
que acompañan a las acciones, y proceden o de algún
afecto o de inevitable precisión, teniéndolos más
bien por remisiones de alguna virtud que por efectos de maldad,
no los hemos de grabar en la historia con empeño, y con
detención, sino como dando a entender nos compadecemos
de la humana naturaleza, que no da nada absolutamente hermoso,
ni costumbres decididas siempre y en todo por la virtud.
III. Parécenos, cuando bien lo examinamos, que Luculo
puede ser comparado a Cimón, porque ambos fueron guerreros
e insignes contra los bárbaros, suaves en su gobierno,
y que dieron respectivamente a su patria alguna respiración
de las convulsiones civiles: uno y otro erigieron trofeos y alcanzaron
señaladas victorias; pues ninguno entre los Griegos llevó
a países tan lejanos la guerra antes de Cimón, ni
entre los Romanos antes de Luculo, si ponemos fuera de esta cuenta
a Heracles y Baco, y lo que como cierto y digno de fe haya podido
llegar desde aquellos tiempos a nuestra memoria, de Perseo contra
los Etíopes o Medos y los Armenios, o de las hazañas
de Jasón. También pueden reputarse parecidos en
haber dejado incompletas sus acciones guerreras, pues uno y otro
debilitaron y quebrantaron a su antagonista, mas no acabaron con
él. Sobre todo, lo que más los asemeja y acerca
uno a otro es aquella festividad y magnificencia para los convites
y agasajos y la jovialidad y esplendidez en todo su porte. Acaso
omitiremos algunos otros puntos de semejanza, pero no será
difícil recogerlos de la misma narración.
IV. El padre de Cimón fue Milcíades, y la madre,
Hegesípila, tracia de origen e hija del rey Óloro,
como se dice en los poemas de Arquelao y Melantio, compuestos
en alabanza del mismo Cimón. Así, Tucídides
el historiador, que por linaje era deudo de Cimón, tuvo
por padre a otro Óloro, que representaba a su ascendiente
en el nombre y poseyó en la Tracia unas minas de oro, diciéndose
que murió en Escaptehila, territorio de la Tracia, donde
fue asesinado. Su sepulcro, habiéndose traído sus
restos al Ática, se muestra entre los de los Cimones, al
lado del de Elpinice, hermana de Cimón; mas Tucídides,
por razón de su curia, fue Halimusio, y los de la familia
de Milcíades eran Lacíadas. Milcíades, como
debiese al Erario la multa de cincuenta talentos, para el pago
fue puesto en la cárcel, y en ella murió. Quedó
Cimón todavía muy niño con su hermana, mocita
también y por casar, y al principio no tuvo en la ciudad
el mejor concepto, sino que era notado de disipado y bebedor,
siendo en su carácter parecido a su abuelo del propio nombre,
al que, por ser demasiado bondadoso, se le dio el apellido de
Coálemo. Estesímbroto Tasio, que poco más
o menos fue contemporáneo de Cimón, dice que no
aprendió ni la música ni ninguna otra de las artes
liberales comunes entre los Griegos, ni participó tampoco
de la elocuencia y sal ática; de manera que, atendida su
franqueza y sencillez, parece que su alma tenía más
un temple peloponés, siendo Inculto, franco, y en lo grande,
grande. como el Heracles de Eurípides, porque esto es lo
que puede añadirse a lo que Estesímbroto nos dejó
escrito. De joven todavía, fue infamado de tener trato
con su hermana; de Elpinice, por otra parte, no se dice que fuese
muy contenida, sino que anduvo extraviada con el pintor Polignoto,
y que, por lo mismo, cuando éste pintó las Troyanas
en el pórtico que antes se llamaba el Plesianiaccio, y
ahora el Pécilo, delineó el rostro de Laódica
por la imagen de Elpinice. Polignoto no era un menestral ni pintó
el pórtico para ganar la vida, sino gratuitamente y para
adquirir nombre en la ciudad, como lo refieren los historiadores
de aquel tiempo, y lo dice el poeta Melantio con estas palabras:
De los Dioses los templos, generoso, ornó a su costa, y
la Cecropia plaza, de los héroes pintando los retratos.
Algunos dicen que no fue a escondidas, sino a vista del público,
el trato de Elpinice con Cimón, como casada con él,
a causa de no encontrar, por su pobreza, un esposo proporcionado,
y que después, cuando Callas, uno de los ricos de Atenas,
se mostró enamorado y tomó de su cuenta el pagar
al erario la condena del padre, convino ella misma, y Cimón
también la entregó por mujer a Callas. Cimón
parece que también estuvo de sobra sujeto a la pasión
amorosa, pues el poeta Melantio, chanceándose con él
en sus elegías, hace mención de Asteria, natural
de Salamina, y de una tal Mnestra, como que las visitaba y obsequiaba.
Además, es cosa averiguada que de Isódica, hija
de Euriptólemo, el hijo de Megacles, aunque unida con él
en legítimos lazos, estuvo apasionadamente enamorado, y
que sintió amargamente su muerte, si pueden servir de argumento
las elegías que se le dirigieron para consuelo en su llanto;
de las cuales dice el filósofo Panecio haber sido autor
Arquelao el físico, conjeturándolo muy bien por
el tiempo.
V. En todo lo demás, las costumbres de Cimón eran
generosas y dignas de aprecio, porque ni en el valor era inferior
a Milcíades, ni el seso y prudencia a Temístocles,
siendo notoriamente más justo que entrambos; y no cediendo
a éstos en nada en las virtudes militares, es indecible
cuánto los aventajaba en las políticas ya desde
joven, y cuando todavía no se había ejercitado en
la guerra. Porque cuando en la irrupción de los Medos persuadió
Temístocles al pueblo que abandonando la ciudad y desamparando
el país combatieran en las naves delante de Salamina y
pelearan en el mar, como los demás se asombrasen de tan
atrevida resolución, Cimón fue el primero a quien
se vio subir alegre por el Cerámico al alcázar juntamente
con sus amigos, llevando en la mano un freno de caballo para ofrecerlo
a Minerva; dando a entender que la patria entonces no necesitaba
de fuertes caballos, sino de buenos marineros. Habiendo, pues,
consagrado el freno, tomó uno de los escudos suspendidos
en el templo, y habiendo hecho oración a la Diosa bajó
al mar, inspirando a no pocos aliento y confianza. Tampoco era
despreciable su figura, como dice el poeta Ion, sino que era de
buena talla, teniendo poblada la cabeza de espesa y ensortijada
cabellera. Habiéndose mostrado en el combate denodado y
valiente, al punto se ganó la opinión y amor de
sus conciudadanos, reuniéndose muchos alrededor de él
y exhortándole a pensar y ejecutar cosas dignas de Maratón.
Cuando ya aspiró al gobierno, el pueblo lo admitió
con placer, y, estando hastiado de Temístocles, lo adelantó
a los primeros honores y magistraturas de la ciudad, viéndole
afable y amado de todos por su mansedumbre y sencillez. Contribuyó
también a sus adelantamientos Aristides, hijo de Lisímaco,
ya por ver la apacibilidad de sus costumbres y ya también
por hacerle rival de la sagacidad e intrepidez de Temístocles.
VI Cuando después de haberse retirado los Medos de la
Grecia se le nombró general de la armada, a tiempo que
los Atenienses no tenían todavía el imperio, sino
que seguían aún la voz de Pausanias y de los Lacedemonios,
lo primero de que cuidó en sus expediciones fue de hacer
observar a sus ciudadanos una admirable disciplina y de que en
el denuedo se aventajaran a los demás. Después,
cuando Pausanias concertó aquella traición con los
bárbaros, escribiendo cartas al rey y a los aliados, empezó
a tratarlos con aspereza y altanería, mortificándolos
en muchas ocasiones con su modo insolente de mandar y con su necio
orgullo. Cimón hablaba con dulzura a los que hablan sido
ofendidos, mostrábaseles afable, y sin que se echara de
ver, iba ganando el imperio de la Grecia, no con las armas, sino
con su genio y sus palabras. Así es que los más
de los aliados se arrimaron a él y a Aristides, no pudiendo
sufrir la aspereza y soberbia de Pausanias. Estos, no sólo
los admitieron benignamente, sino que escribieron a los Éforos
para que retiraran a Pausanias, por cuanto afrentaba a Esparta
e inquietaba toda la Grecia. Dícese que, habiendo dado
Pausanias orden, con torpe propósito de que le trajesen
a una doncella de Bizancio, hija de padres nobles, llamada Cleonice,
los padres, por el miedo y la necesidad, la dejaron ir; y como
ella hubiese pedido que se quitase la luz de delante del dormitorio,
entre las tinieblas y el silencio, al encaminarse al lecho, tropezó
sin querer con la lamparilla, y la volcó, y que él
entonces, hallándose ya dormido, asustado con el estrépito,
y echando mano a la espada, como si se viese acometido por un
enemigo, hirió y derribó al suelo a la doncella.
Murió ésta de la herida, y no dejaba reposar a Pausanias,
sino que su sombra se le aparecía de noche entre sueños,
pronunciando con furor estos versos heroicos: Ven a pagar la pena:
que a los hombres no les trae la lujuria más que males;
con lo que, como se hubiesen irritado también los aliados
juntamente con Cimón, le pusieron cerco. Huyóse,
sin embargo, de Bizancio, y, espantado de aquel espectro, se dirigió,
según se dice, al oráculo mortuorio de Heraclea,
y evocando el alma de Cleonice, le pidió que se aplacara
en su enojo. Compareció ella al conjuro, y le dijo que
se libertaría pronto de sus males luego que estuviese en
Esparta; significándole, a lo que parece, por este medio
la muerte que había de tener; así se halla escrito
por diferentes historiadores.
VII. Cimón, hechos ya del partido de Atenas los aliados,
marchó por mar de general a la Tracia, por tener noticia
de que algunos Persas distinguidos y del linaje del rey, ocupando
a Eiona, ciudad situada a las orillas del río Estrimón,
causaban vejaciones a los Griegos por allí establecidos.
Ante todo, pues, venció en batalla a estos Persas y los
encerró dentro de la ciudad; y después, sublevando
a los Tracios del Estrimón, de donde les iban los víveres,
y guardando con gran diligencia todo el país, redujo a
los sitiados a tal penuria, que Butes, general del rey, traído
a la última desesperación, dio fuego a la ciudad
y se abrasó en ella con sus amigos y sus riquezas. De este
modo la tomó, sin haber sacado otra ventaja alguna, por
haberse quemado casi cuanto aquel traía con los bárbaros;
pero el territorio, que era muy fértil y muy delicioso,
lo distribuyó a los Atenienses, para establecer una colonia.
Permitióle el pueblo que pusiera Hermes de piedra, en el
primero de los cuales grabó esta inscripción: Harto
eran de esforzados corazones los que del Estrimón en la
corriente y en Eiona a los hijos de los Medos con hambre y cruda
guerra molestaron, siendo en sufrir trabajos los primeros. En
el segundo: Los Atenienses este premio dieron a sus caudillos:
justa recompensa de sus servicios y sus altos hechos. De la posteridad
el que tal viere, en pro común se afanará celoso,
sin esquivar las peligrosas lides. Y en el tercero: De esta insigne
ciudad llevó Mnesteo con los Atridas a los frigios campos
a un divino varón, loado de Homero por su destreza en ordenar
las huestes de los Argivos de bronceadas armas. ¿Qué
mucho, pues, que de marcial pericia, de denuedo y valor el justo
lauro se dé a los hijos de la culta Atenas? VIII. Aunque
en estas inscripciones no se descubre el nombre de Cimón,
pareció, sin embargo, excesivo el honor que se le tributó
a los de aquella edad, porque ni Temístocles ni Milcíades
alcanzaron otro tanto, y aun a éste, habiendo solicitado
una corona de olivo, Sócares Decelense, levantándose
en medio de la junta, le dio una respuesta no muy justa, pero
agradable al pueblo, diciendo: Cuando tú ¡oh
Milcíades! peleando solo contra los bárbaros, los
vencieres, entonces aspira a ser coronado tú sólo.
¿Por qué, pues, tuvieron en tanto esta hazaña
de Cimón? ¿No sería acaso porque con los
otros dos caudillos sólo trataron de rechazar a los enemigos,
para no ser de ellos sojuzgados, y bajo el mando de éste
aun pudieron ofenderlos, y haciéndoles la guerra en su
propio país adquirieron posesiones en él, estableciendo
colonias en Eiona y en Anfípopis? Estableciéronse
también en Esciro, tomándola Cimón con este
motivo; habitaban aquella isla los Dólopes, malos labradores
y dados a la piratería desde antiguo, en términos
que ni siquiera usaban de hospitalidad con los navegantes que
se dirigían a sus puertos; y, por último, habiendo
robado a unos mercaderes tésalos que navegaban a Ctesio,
los habían puesto en prisión. Pudieron éstos
huir de ella, y movieron pleito a la ciudad ante los Anfictiones.
La muchedumbre se rehusaba a reintegrarlos del caudal robado,
diciendo que lo devolvieran los que lo habían tomado y
se lo habían repartido; mas con todo, intimidados, escribieron
a Cimón, exhortándole a que viniera con sus naves
a ocupar la ciudad, porque ellos se la entregarían. Así
fue como Cimón tomó la isla, de la que arrojó
a los Dólopes, y dejó libre el mar Egeo. Sabedor
de que el antiguo Teseo, hijo de Egeo, huyendo de Atenas había
sido muerto allí alevosamente por el rey Licomedes, hizo
diligencias para descubrir su sepulcro, porque tenían los
Atenienses un oráculo que mandaba se trajeran a la ciudad
los restos de Teseo y lo veneraran debidamente como a un héroe;
pero ignoraban dónde yacía, porque los Escirenses
ni lo manifestaban ni permitían que se averiguase. Encontrando,
pues, entonces el hoyo, en fuerza de la más exquisita diligencia,
puso Cimón los huesos en su nave, y adornándolos
con esmero los condujo a la ciudad, al cabo de unos ochocientos
años, con lo que todavía se le aficionó más
el pueblo. En memoria de este suceso se celebró una contienda
de trágicos que se hizo célebre, porque habiendo
presentado Sófocles, que aún era joven, su primer
ensayo, como el arconte Apsefión, a causa de haberse movido
disputa y altercado entre los espectadores, no hubiese sorteado
los jueces del combate, cuando Cimón se presentó
con sus colegas en el teatro para hacer al Dios las libaciones
prescritas por la ley, no los dejó salir, sino que, tomándoles
juramento, los precisó a sentarse y a juzgar, siendo diez
en número, uno por cada tribu; así, esta contienda
se hizo mucho más importante por la misma dignidad de los
jueces. Quedó vencedor Sófocles, y se dice que Esquilo
lo sintió tanto y lo llevó con tan poco sufrimiento,
que ya no fue mucho el tiempo que vivió en Atenas, habiéndose
trasladado por aquel disgusto a Sicilia, donde murió, y
fue enterrado en las inmediaciones de Gela.
IX. Escribe Ion que, siendo él todavía mocito,
comió con Cimón, en ocasión de haberse venido
a Atenas desde Quio con Laomedonte, y que, rogado aquel que cantase,
como no lo hubiese ejecutado sin gracia, los presentes lo alabaron
de más urbano que Temístocles, por haber éste
respondido en igual caso que no había aprendido a cantar
y tañer y lo que él sabía era hacer una ciudad
grande y rica. De aquí, como era natural, recayó
la conversación sobre las hazañas de Cimón,
y, como se hiciese memoria de las más señaladas,
dijo que se les había pasado referir la más bien
entendida de sus estratagemas; porque habiendo tomado los aliados
muchos cautivos de los bárbaros en Sesto y en Bizancio,
encargaron al mismo Cimón el repartimiento; y él
había puesto a un lado los cautivos, y a otro los presos
y adornos que tenían, de lo que los aliados se habían
quejado, teniendo por desigual aquella división. Díjoles
entonces que de las dos partes eligieran la que gustasen, porque
los Atenienses con la que dejaran se darían por contentos.
Aconsejándoles, pues, Herófito de Samos que eligieran
antes los arreos de los Persas que los Persas mismos, tomaron
los adornos de éstos, dejándoles a los Atenienses
los cautivos; y por entonces se rieron de Cimón como de
un mal repartidor, por cuanto los aliados cargaron con cadenas,
collares y manillas de oro, y con vestidos y ropas ricas de púrpura,
no quedándoles a los Atenienses más que los cuerpos
malamente cubiertos para destinarlos al trabajo; pero al cabo
de poco bajaron de la Frigia y la Lidia los amigos y deudos de
los cautivos, y redimían a cada uno de éstos por
mucho dinero; de manera que Cimón proveyó de víveres
las naves para cuatro meses, y aun les quedó de los rescates
mucho dinero que llevar a Atenas.
X. Rico ya Cimón, los viáticos de la guerra, que
se los hizo pagar muy bien de los enemigos, los gastaba mejor
con sus conciudadanos, porque quitó las cercas de sus posesiones
para que los forasteros y los ciudadanos necesitados pudieran
tomar libremente de los frutos lo que gustasen. En su casa había
mesa, frugal, sí, pero que podía bastar para muchos
cada día; y de los pobres podía entrar a ella el
que quisiese, encontrando comida sin tener que ganarla con su
trabajo, para atender solamente a los negocios públicos.
Mas Aristóteles dice que la mesa no era franca para todos
los Atenienses, sino sólo para el que quisiera de sus compatriotas
los Lacíadas. Acompañabanle algunos jóvenes
bien vestidos, cada uno de los cuales, si se llegaba a Cimón
algún Ateniense anciano con pobres ropas, cambiaba con
él las suyas; hecho que se tenía por muy fino y
delicado. Ellos mismos llevaban igualmente dinero en abundancia,
y acercándose en la plaza a los pobres menos mal portados,
les introducían secretamente alguna moneda en la mano.
A estos rasgos parece que alude Cratino el cómico en Los
Arquílocos cuando dice: Yo, Metrobio, el gramático,
pedía con instancia a los Dioses me otorgaran pasar unido
con Cimón mis días, senectud asegurando regalona
con este hombre divino, el más bondoso y más obsequiador
entre los Griegos; pero dejóme y se ausentó primero.
Gorgias Leontino dice, además, que Cimón adquirió
riqueza para usar de ella, y que usaba de ella para ser honrado.
Critias, que fue uno de los treinta tiranos, pide a los Dioses
en sus elegías Oro elle los Escopas; mano franca la de
Cimón, y triunfos y victorias los del lacedemonio Agesilao.
Y en verdad que el espartano Licas no es tan celebrado entre los
Griegos sino porque en la concurrencia a los juegos gímnicos
daba de comer a los forasteros; pero el uso que de su opulencia
hacía Cimón excedía a la antigua hospitalidad
y humanidad de los Atenienses: porque aquellos con quienes justamente
se muestra ufana esta ciudad dieron a los Griegos las semillas
de los alimentos, y les enseñaron el uso del agua de las
fuentes y el modo de encender el fuego para el servicio de los
hombres, y éste, erigiendo su casa en un pritaneo común
para los ciudadanos, y poniendo francas las primicias de los frutos
ya sazonados, y todo cuanto bueno llevan las estaciones en el
país, para que los forasteros lo tomaran y disfrutaran,
reprodujo en cierta manera aquella fabulosa comunión de
bienes del tiempo de Crono. Los que califican estos hechos de
lisonja y adulación a la muchedumbre encuentran el desengaño
en todo el tenor del gobierno de Cimón, que siempre se
inclinó a la aristocracia, como que con Aristides repugnó
e hizo frente a Temístocles, que daba a la muchedumbre
más alientos de lo que convenía; y después
se opuso a Efialtes, que para ganarse el pueblo quería
debilitar el Senado del Areópago. En un tiempo en que se
veía que todos los demás, a excepción de
Aristides y Efialtes, estaban implicados en corrupciones y sobornos,
él se conservó puro e intacto, hasta el fin de la
tacha de recibir regalos, haciéndolo y diciéndolo
todo gratuitamente y con limpieza. Dícese que vino a Atenas,
con grandes caudales, un bárbaro llamado Resaces, que se
había rebelado al rey, el cual, mortificado de calumniadores,
acudió a Cimón y le presentó en el recibimiento
dos picheles, lleno uno de daricos de plata y el otro de oro,
y que Cimón al verlo se echó a reír, y le
preguntó qué era lo que prefería: que Cimón
fuese su asalariado, o su amigo; y como respondiese que amigo:
Pues bien- le repuso-; vete y llévate contigo esta
riqueza, porque me servirá, si la hubiese menester, siendo
tu amigo.
XI Pagaban los aliados sus contribuciones, pero no daban los
hombres y las naves que les correspondían, sino que, dejados
ya de expediciones y de milicia, no teniendo que hacer la guerra,
aspiraban sólo a cultivar sus campos y vivir en reposo,
habiéndose hecho la paz con los bárbaros y no siendo
de éstos molestados, que era por lo que ni tripulaban las
naves ni daban hombres de guerra. Los demás generales de
los Atenienses los estrechaban a cumplir con estas cargas, y usando
de multas y castigos con los que estaban en descubierto hacían
áspero y aborrecible su imperio. Más Cimón
seguía en este punto un camino enteramente opuesto, no
haciendo violencia a ninguno de los Griegos, sino que de los que
a ello se acomodaban tomaba el dinero y las naves vacías
y los dejaba que se acostumbrasen al reposo y a estarse quietos
en casa, haciéndose labradores y negociantes pacíficos
con el regalo y la inexperiencia, de belicosos que antes eran.
De este modo, a los Atenienses, que todos a su vez servían
en las naves y se ocupaban en las cosas de guerra, con los sueldos
y a costa de los aliados, los hizo en breve tiempo señores
de los que contribuían; porque, como estaban siempre navegando,
manejando las armas, mantenidos y ejercitados en las continuas
expediciones, se acostumbraron aquellos a temerlos y a obsequiarlos,
haciéndose insensiblemente sus tributarios y sus esclavos,
en lugar de compañeros.
XII. Por de contado, nadie abatió ni mortificó
más el orgullo del gran Rey que Cimón; porque no
se contentó con verle fuera de la Grecia, sino que, siguiéndole
paso a paso, sin dejar respirar ni pararse a los bárbaros,
ya talaba y asolaba un país, ya en otra parte sublevaba
a los naturales y los traía al partido de los Griegos;
de manera que desde la Jonia a la Panfilia dejó el Asia
enteramente libre de armas persianas. Noticioso de que los generales
del Rey, con un grande ejército y muchas naves, se proponían
sorprenderle hacía la Panfilia, y queriendo que éstos
por miedo no navegaran en adelante en el mar dentro de las islas
Quelidonias, ni siquiera se acercasen a él, dio la vela
desde Cnido y Triopio con doscientas naves. Teníanlas desde
Temístocles muy bien aparejadas para la celeridad y para
tomar prontamente la vuelta; pero Cimón las hizo entonces
más llanas, y dio ensanche a la cubierta, para que con
mayor número de hombres armados se presentaran más
terribles a los enemigos. Navegando, pues, a la ciudad de Faselis,
cuyos habitantes eran Griegos, pero ni admitían sus tropas
ni había forma de apartarlos del partido del rey, taló
su territorio, y empezó a combatir los muros. Iban en su
compañía los de Quío; y siendo amigos antiguos
de los Faselitas, por una parte procuraban templar a Cimón,
y por otra arrojaban a las murallas ciertas esquelas clavadas
en los astiles, para advertir de todo a los Faselitas. Por fin
lograron se hiciera la paz con ellos, bajo las condiciones de
dar diez talentos y de unirse con Cimón para la guerra
contra los bárbaros. Éforo dice que era Titraustes
el que mandaba la armada del Rey, y Ferendates el ejército;
mas Calístenes es de opinión que Ariomandes, hijo
de Gobrias, tenía el mando de todas las fuerzas, y que
con las naves marchó hacía el Eurimedonte, no estando
dispuesto a pelear todavía con los Griegos, porque esperaba
otras ochenta naves fenicias, que habían salido de Chipre.
Quiso Cimón anticiparse a su llegada, para lo que movió
con sus naves, dispuesto a obligar por fuerza a los enemigos,
si voluntariamente no querían combatir. Al principio éstos,
para no ser precisados, se entraron río adentro, pero,
siguiéndolos los Atenienses, hubieron de hacer frente,
según Fanodemo, con seiscientas naves, y según Éforo,
con trescientas cincuenta. Mas por mar nada hicieron digno de
tan considerables fuerzas, sino que al punto se echaron a tierra;
los primeros pudieron escapar huyendo al ejército que estaba
cerca, pero los demás fueron detenidos y muertos, y disuelta
la armada. Ahora, la prueba de que las naves de los bárbaros
habían sido en excesivo número es que, con haber
huido muchas, como es natural, y haber sido otras muchas destruidas,
todavía apresaron doscientas los Atenienses.
XIII. Bajaba el ejército hacía el mar, y le pareció
a Cimón obra muy ardua contenerle en su marcha y hacer
que los Griegos acometieran a unos hombres que venían de
refresco y eran en gran número; con todo, viendo a éstos
muy alentados y resueltos con el ardor y engreimiento que da la
victoria a arrojarse en unión sobre los bárbaros,
a la infantería, que todavía estaba caliente del
combate naval, la hizo que cargase con ímpetu y algazara;
y resistiendo y defendiéndose por su parte los Persas,
no sin bizarría, se trabó una muy reñida
batalla. De los Atenienses cayeron los hombres de mayor valor
y de mayor opinión, pero al fin hicieron huir a los bárbaros,
con gran matanza de ellos, y después tomaron prisioneros
a otros, y les ocuparon las tiendas llenas de toda especie de
preciosidades. Cimón, que como diestro atleta en un día
había salido vencedor en dos combates, no obstante haber
excedido con la batalla campal al triunfo de Salamina y con la
naval al de Platea, aún a añadió otro trofeo
a estas victorias; pues sabiendo que las ochenta galeras fenicias,
que no tuvieron parte en el combate, habían aportado a
Hidro, se dirigió allá sin detención; y como
sus comandantes no tuviesen noticia positiva de las principales
fuerzas, sino que estuviesen en la duda y en la incertidumbre,
siendo por lo mismo mayor su sorpresa, perdieron todas las naves,
y la mayor parte de los soldados perecieron. De tal modo abatieron
estos sucesos el ánimo del rey, que ajustó aquella
paz tan afamada de no acercarse jamás al mar de Grecia
a la distancia de una carrera de caballo y de no navegar dentro
de las islas Cianeas y Quelidonias con nave grande y de proa bronceada,
aunque Calístenes sostiene que el bárbaro no hizo
tal tratado; mas en las obras guardó lo que se ha dicho,
de miedo de aquella derrota, teniéndose a tanta distancia
de la Grecia, que Pericles, con cincuenta galeras, y Efialtes
con solas treinta, navegaron por aquella parte de las Quelidonias,
sin que de los bárbaros se les ofreciera a la vista ni
siquiera un barco. Pero Crátero, en su colección
de decretos, insertó el tratado como hecho realmente, y
aun se dice que los Atenienses erigieron con este motivo el ara
de la paz, y que a Calias, que había sido el embajador,
le colmaron de distinciones. Vendidos los despojos que entonces
se tomaron, tuvo el pueblo fondos para otras muchas cosas, y edificó
el muro de la ciudadela que mira al mediodía, habiéndose
hecho rico con estas expediciones. Añádase que las
largas murallas llamadas piernas, aunque se acabaron después,
se empezaron entonces, y que el cimiento, como se hubiese dado
con un terreno pantanoso y muelle, fue afirmado con toda seguridad
por Cimón, que hizo desecar los pantanos con mucha arcilla
y piedras muy pesadas, dando y aprontando para ello el caudal
necesario. Fue el primero en hermosear la ciudad con aquellos
lugares de recreo y entretenimiento, por los que hubo tanta pasión
después, porque plantó de plátanos la plaza,
y a la Academia, que antes carecía de agua y era un lugar
enteramente seco, le dio riego, convirtiéndola en un bosque,
y la adornó con corredores espaciosos y desembarazados,
y con paseos en que se gozaba de sombra.
XIV. Como algunos Persas no quisiesen abandonar el Quersoneso,
y aun llamasen de más arriba a los Tracios, con desprecio
de Cimón, partió éste de Atenas con poquísimas
naves, en busca de ellos, y con solas cuatro naves les tomó
trece. Lanzando, pues, a los Persas y derrotando a los Tracios,
puso bajo la obediencia de Atenas todo el Quersoneso. Después,
venciendo por mar a los Tasios, que se habían rebelado
a los Atenienses, les tomó treinta y tres naves, se apoderó,
por sitio, de su ciudad, adquirió para Atenas las minas
de oro que estaban al otro lado y ocupó todo el terreno
sobre que dominaban los Tasios. De allí, pudiendo pasar
a la Macedonia y ganar mucha parte de ella, como pareciese que
lo había dejado por no querer, se le atribuyó que
por el rey Alejandro había sido sobornado con presentes,
sobre lo que tuvo que defenderse, persiguiéndole con encarnizamiento
sus enemigos En su apología, ante los jueces, dijo que
no había tenido hospedaje como otros entre los Jonios o
los Tésalos, que son ricos, para recibir honores y agasajos,
sino entre los Lacedemonios, cuya moderación y sobriedad
había procurado imitar y aplaudir, no teniendo en nada
la riqueza y si preciándose de haber enriquecido su ciudad
con la opulencia de los enemigos. Haciendo Estesímbroto
mención de este juicio, refiere que Elpinice, rogada por
Cimón, fue a llamar a la puerta de Pericles, porque éste
era el más violento de los acusadores, y que él,
echándose a reír: Vieja estás- le dijo-,
vieja estás, Elpinice, para manejar tan arduos negocios;
mas que con todo, en la vista de la causa se mostró muy
benigno con Cimón, no habiéndose levantado durante
la acusación más que una sola vez, como para cumplir.
XV. Salió, pues, absuelto de esta causa, y en las cosas
de gobierno, mientras estuvo presente, dominó y contuvo
al pueblo, que acosaba a los principales ciudadanos y procuraba
atraer a sí toda la autoridad y el poder; pero cuando volvió
a marchar a la armada, alborotándose los más y trastornando
el orden existente de gobierno y las instituciones patrias en
que antes habían vivido, poniéndose al frente Efialtes,
quitaron al Senado del Areópago el conocimiento de todos
los juicios, a excepción de muy pocos, y erigiéndose
en árbitros de los tribunales introdujeron una democracia
absoluta, teniendo ya entonces Pericles bastante influjo y habiéndose
puesto de parte de los muchos. Por esta causa, como Cimón,
a su vuelta, se hubiese indignado porque habían oscurecido
la majestad del Consejo y hubiese intentado volver a llevar a
él los juicios y restablecer la aristocracia de Clístenes,
se juntaron muchos a gritar y a irritar al pueblo, recordándole
lo de la hermana y acusándole de laconismo, acerca de lo
cual son bien conocidos aquellos versos de Éupolis contra
Cimón: No era hombre malo; un poco dado al vino, descuidado,
y que a veces en Esparta noche solía hacer, aquí
dejando sola y sin compañía a su Elpinice. Pues
si falto de atención y tomado del vino conquistó
tantas ciudades y alcanzó tantas victorias, es claro que,
a haber estado cuerdo y atento, ninguno de los Griegos, ni antes
ni después de él, hubiera igualado sus hechos.
XVI Fue, en efecto, desde el principio partidario de Lacedemonia,
y de dos hijos gemelos que tuvo de Clitoria, según dice
Estesímbroto, al uno le puso por nombre Lacedemonio, y
al otro, Eleo, por lo que Pericles muchas veces les dio en cara
con su origen materno; pero Diodoro Periegetes dice que así
éstos como Tésalo, hijo tercero de Cimón,
fueron tenidos en Isódica, hija de Euriptólemo y
sobrina de Megacles. Contribuyeron mucho a sus adelantamientos
los Lacedemonios, que ya entonces estaban en contradicción
con Pericles y querían que fuese este joven el que tuviese
el mayor poder y autoridad en Atenas. Esto lo vieron al principio
con gusto los Atenienses, no sacando poco partido de la benevolencia
de los Lacedemonios hacía él; porque en el principio
de su incremento, y cuando empezaban a tomar parte en los asuntos
de los otros pueblos, aliados de unos y otros, no les venían
mal los honores y los obsequios hechos a Cimón, puesto
que entre los Griegos todo se manejaba a su arbitrio, siendo afable
con los aliados y muy acepto a los Lacedemonios. Mas después,
cuando ya se hicieron los más poderosos, vieron con malos
ojos que Cimón permaneciese todavía no ligeramente
apasionado de los Lacedemonios, porque él mismo también,
celebrando para todo a los Lacedemonios ante los Atenienses, especialmente
cuando tenía que reprender a éstos o que excitarlos
a alguna cosa, había tomado la costumbre, según
refiere Estesimbroto, de decirles: ¡Qué poco
son así los Lacedemonios! Con lo que se granjeó
cierta envidia y displicencia de parte de sus conciudadanos. Pero
de todas, la calumnia más poderosa contra él tuvo
este origen: en el año cuarto del reinado de Arquidamo,
hijo de Zeuxidamo, en Esparta, por un terremoto mayor que todos
aquellos de que antes había memoria, en todo el territorio
de los Lacedemonios se abrieron muchas simas, y estremecido el
Taígeto, algunas de sus cumbres se aplanaron. La ciudad
misma tembló toda, y fuera de cinco casas, todas las demás
las derribó el terremoto. En el pórtico, en ocasión
de estar lleno, ejercitándose en él a un tiempo
los mozos y los muchachos, se dice que poco antes del temblor
se apareció una liebre, y que los muchachos, ungidos como
estaban, por una muchachada se pusieron a correr tras ella y perseguirla,
y en tanto cayó el gimnasio sobre los mozos que se habían
quedado, muriendo allí todos; y a su sepulcro aún
se le da el día de hoy el nombre de Sismacia, tomado del
terremoto. Previó al punto Arquidamo por lo presente lo
que iba a suceder, y viendo que los ciudadanos se dedicaban a
recoger en sus casas lo más precioso cada uno, mandó
que la trompeta hiciera señal de que venían enemigos,
para que a toda priesa acudieran armados a su presencia; esto
solo fue lo que entonces salvó a Esparta, porque de todos
los campos sobrevinieron corriendo los Hilotas para acabar con
los que se hubieran salvado de los Espartanos; pero hallándolos
en orden de batalla se retiraron a sus poblaciones, siendo, sin
embargo, bien claro que iban a hacerles la guerra, por haber atraído
a no pocos de los circunvecinos y venir ya también sobre
Esparta los Mesenios. Envían, pues, los Lacedemonios a
Atenas de embajador, para pedir auxilio, a Periclidas, de quien
dice en una comedia suya Aristófanes que sentado
ante los altares, todo pálido, con una ropa de púrpura,
pedía por compasión un ejército. Oponíase
Efialtes, y con el mayor empeño rogaba que se negase el
socorro y no se restableciera una ciudad rival de Atenas, sino
que se la dejase en el suelo, para ser pisado su orgullo; pero
dice Critias que Cimón, anteponiendo el bien de los Lacedemonios
al incremento de su patria, convenció al pueblo y salió
a auxiliarlos con mucha infantería. Ion nos da cuenta de
la principal razón con que movió a los Atenienses,
que fue exhortarlos a que no dejaran coja la Grecia ni dieran
lugar a que su ciudad quedara sin pareja.
XVII. Auxiliado que hubo a los Lacedemonios, volvía con
su ejército por Corinto, y Lacarto le reconvino por haber
entrado con sus tropas sin anuencia de aquellos ciudadanos, diciendo
que aun los que llaman en puerta ajena no entran sin que el dueño
les mande pasar adelante: a lo que Cimón le replicó:
Pues vosotros ¡oh Lacarto! no llamáis a las
puertas de los Cleoneos y Megarenses, sino que, quebrantándolas,
os introducís con las armas, creyendo que todo debe estar
abierto a los que más pueden. ¡Con esta arrogancia
habló en tan oportuna ocasión! y pasó con
su ejército. Volvieron los Lacedemonios a llamar en su
socorro a los Atenienses contra los Mesenios e Hilotas, que se
hallaban en Itome, y cuando ya los tuvieron a su disposición,
temiendo su denuedo y aire marcial, los despidieron a ellos solos
de todos los aliados, bajo el pretexto de que intentaban novedades.
Retiráronse con grande enojo, y además de exasperarse
muy a las claras contra los que laconizaban, condenaron a Cimón,
valiéndose de un leve pretexto, al ostracismo por diez
años: porque éste era el tiempo prefinido a todos
los que sufrían esta pena. En esto, hallándose los
Lacedemonios acampados en Tanagra, de vuelta de libertar a los
de Delfos de los Focenses, les salieron los Atenienses al encuentro
para darles batalla; y Cimón fue a colocarse con sus armas
entre los de su tribu Enide, dispuesto a batirse contra los Lacedemonios
en compañía de sus conciudadanos; pero el Consejo
de los Quinientos, sabedor de ello y temiéndole, intimó
a los generales a instigación de sus enemigos, que le imputaban
ser su ánimo desordenar el ejército e introducir
los Lacedemonios en la ciudad, que de ningún modo lo admitiesen.
Retiróse, pues, rogando encarecidamente a Eutipo Anaflistio,
y a los demás amigos que estaban más tildados de
laconizar o ser adictos a los Lacedemonios, que pelearan esforzadamente,
a fin de lavar con las obras, ante sus ciudadanos, aquella infundada
nota. Estos, pues, tomando la armadura de Cimón, y colocándola
en su puesto, se juntaron todos en uno, los ciento que eran, y
corrieron a la muerte con el mayor arrojo, obligando a los Atenienses
a que sintiesen su pérdida y a que se arrepintiesen de
sus injustas sospechas. De aquí es que tampoco les duró
mucho el enojo contra Cimón, ya porque trajeron a la memoria,
como era debido, sus importantes servicios, y ya también
porque así lo exigieron las circunstancias; porque vencidos
en Tanagra en una reñida batalla, y esperando tener sobre
sí para el verano un ejército de los del Peloponeso,
llamaron de su destierro a Cimón, y tornó a su llamamiento,
habiendo sido Pericles quien escribió el decreto: ¡tan
subordinadas eran entonces al orden político las rencillas,
tan templados los enojos y tan prontos a ceder a la común
debilidad, y hasta tal punto la ambición, que sobresale
entre todas las demás pasiones, sabia acomodarse a las
necesidades de la patria! XVIII. Luego que volvió Cimón,
al punto puso fin a la guerra y reconcilió las ciudades;
pero como hecha la paz viese que los Atenienses no podían
permanecer en reposo, sino que deseaban estar en acción
y aumentar su poder por medio de expediciones, para que no incomodaran
a los demás Griegos, ni dirigiéndose con muchas
naves hacía las islas y el Peloponeso diesen ocasión
a guerras civiles u origen a quejas de parte de los aliados contra
la ciudad, tripuló doscientos trirremes, con muestras de
marchar otra vez contra el Egipto y Chipre; llevando en esto la
idea, por una parte, de que los Atenienses no se descuidaran nunca
de la guerra contra los bárbaros, y por otra, de que granjearan
justamente riquezas, trasladando a la Grecia la opulencia de sus
naturales enemigos. Cuando todo estaba dispuesto y las tropas
ya embarcadas, tuvo Cimón un sueño. Parecióle
que una perra muy furiosa le ladraba, y que del ladrido salía
una mezcla de voz humana que le decía: Ve, que has de ser
amigo mío y de estos mis tiernos cachorrillos. Siendo tan
difícil y oscura esta visión, Astífilo Posidionata,
que era adivino y muy conocido de Cimón, dijo que aquello
significaba su muerte, explicándolo de esta manera: el
perro es el enemigo de aquel a quien ladra, y de un enemigo nunca
se hace uno mejor amigo que a la muerte; y la mezcla de la voz
designa un enemigo medo, porque el ejército de los Medos
se compone de Griegos y bárbaros. Después de este
ensueño, estando él mismo sacrificando a Baco, dividió
el sacerdote la víctima, y la sangre ya cuajada la fueron
llevando poco a poco unas hormigas, y poniéndola pegada
en el dedo grande del pie de Cimón, sin que esto se advirtiese
por algún tiempo; pero, cabalmente al mismo echarlo de
ver, vino el sacerdote mostrándole el hígado sin
cabeza. Con todo, no pudiendo desentenderse de la expedición,
siguió adelante, y enviando sesenta naves al Egipto navegó
con todas las demás. Venció la armada del rey, compuesta
de naves de la Cilicia y la Fenicia, ganó todas las ciudades
de Chipre, amagando a las de Egipto, siendo su ánimo nada
menos que de destruir todo el imperio del rey, mayormente después
de haber entendido que era grande el poder y autoridad de Temístocles
entre los bárbaros, y que había ofrecido al rey,
al mover guerra a los Griegos, que él iría de general.
Pero se dice que Temístocles, como desconfiase de poder
salir bien en las cosas de los Griegos, y más todavía,
de superar la dicha y esfuerzo y destreza de Cimón, se
quitó a si mismo la vida. Preparados así por Cimón
los principios de grandes combates, y manteniéndose con
su escuadra a la inmediación de Chipre, envió mensajeros
al templo de Amón, a inquirir del Dios cierto oráculo
oscuro; pues nadie sabe determinadamente a qué fueron enviados.
Ni tampoco el dios les dio oráculo alguno, sino que, al
tiempo mismo de acercarse, mandó que regresaran los de
la consulta, porque él tenía ya consigo a Cimón.
Oyendo esto los mensajeros, bajaron al mar, y cuando llegaron
al campo de los Griegos, que ya estaba en el Egipto, supieron
que Cimón había muerto, y, computando los días
que pasaron cerca del oráculo, reconocieron habérseles
dado a entender la muerte del caudillo con decírseles que
ya estaba con los dioses.
XIX. Murió teniendo sitiado a Cicio, de enfermedad, según
los más, aunque algunos dicen que fue de una herida que
recibió combatiendo con los bárbaros. Al morir,
encargó a sus subalternos que al punto volvieran a la patria,
ocultando su fallecimiento; así sucedió que, no
habiéndolo sabido ni los enemigos ni los aliados, hicieron
con seguridad su regreso, acaudillados, como dice Fanodemo, por
Cimón, que hacía treinta días estaba muerto.
Después que él falleció, ya nada de entidad
se hizo contra los bárbaros por ninguno de los capitanes
griegos, sino que, armados unos contra otros, por las instigaciones
de los demagogos y de los fomentadores de discordias, sin que
nadie se pusiera de por medio para contener sus manos, se despedazaron
con guerras intestinas, dando respiración al rey en sus
negocios y causando una indecible ruina en el poder de los Griegos.
Ya más tarde, Agesilao, llevando sus armas al Asia, dio
algún paso en la guerra contra los generales del rey, pero
sin haber hecho nada grande o de importancia. Llamado otra vez,
por disensiones y disturbios de los Griegos, que de nuevo sobrevinieron,
se retiró, dejando a los exactores persas de los tributos
en medio de las ciudades confederadas y amigas; cuando no se había
visto que ni un mal correo ni un caballo se acercara a aquel mar
ni a cuatrocientos estadios durante el mando de Cimón.
Haber sido sus despojos traídos al Ática lo atestiguan
los sepulcros que aún hoy se llaman Cimóneos. También
los Cicienses honran un sepulcro de Cimón, por haberles
encargado el Dios en cierta hambre y esterilidad, según
el orador Nausícrates, que no se olvidaran de Cimón,
sino que le dieran culto y lo veneraran como un ser supremo. Tal
fue el general griego.
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