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PORTADA
QUIÉN ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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CORIOLANO
I Muchos varones ilustres dio a Roma la familia
patricia de los Marcios, de cuyo número fue Gayo Marcio,
nieto de Numa por su madre, y elegido rey después de Tulo
Hostilio. Eran asimismo Marcios Publio y Quinto, que trajeron
a Roma el agua mejor y más copiosa, y Censorino, a quien
dos veces nombró censor el pueblo y a cuya persuasión
después propuso y estableció ley para que a ninguno
le fuera permitido obtener dos veces esta magistratura. El Gayo
Marcio de quien vamos a escribir, educado por la madre a causa
de haber quedado huérfano de padre, hizo ver que, si bien
la orfandad trae otros males, no estorba empero que pueda alguno
hacerse hombre virtuoso y aventajado a los demás, aunque
por otra parte dé motivo de queja y reprensión contra
ella a los viciosos, como que es quien por el descuido los echa
a perder. Acreditó también este Marcio que aun en
aquellos de un natural excelente, por más generoso y bien
inclinado que éste sea, si le falta la instrucción,
al lado de las buenas cualidades produce otras malas, como en
la agricultura un fértil terreno que se deja sin cultivo.
Porque aquella resolución y entereza de ánimo para
todo produjo grandes y muy activos conatos; pero el ser, por otra
parte, vehemente e irreductible en la ira, le hizo desabrido y
poco asequible al trato con los demás hombres; por tanto,
al mismo tiempo que admiraban en él su impasibilidad respecto
de los placeres, de los trabajos y del atractivo de las riquezas,
a la cual le daban los nombres de templanza, justicia y fortaleza,
teníanle para las conferencias políticas por altanero,
molesto y mal sufrido; porque el mejor fruto que los hombres sacan
del trato con las musas es que por medio de la elocuencia y la
doctrina se suaviza la natural índole, reduciéndola
en todo a la justa medianía y desarraigando lo superfluo.
En Roma, en aquella época principalmente, era ensalzada
la virtud que sobresale en los hechos de armas y de la milicia,
y prueba de ello es que a toda virtud no le dieron sino sola la
denominación de la fortaleza, haciendo nombre común
del género el que a la fortaleza le era propia y peculiar.
II. Dominaba entre las demás pasiones de Marcio la de
la guerra, y así desde niño empezó a manejar
las armas; y, juzgando que de nada les sirven las armas de afuera
a los que no tienen bien adiestrada y dispuesta el arma innata
e ingénita, que es el cuerpo, de mal modo ejercitó
el suyo para toda especie de lid, que en el correr era sumamente
ligero, y para tenerse firme en la lucha y en los combates casi
invencible; por tanto, los que contendían con él
en fortaleza y virtud, siéndole en ellas inferiores, echaban
la culpa a la robustez de su cuerpo, que era invencible e incapaz
de doblarse con trabajo alguno.
III. Militó por la primera vez siendo todavía jovencito,
cuando Tarquino, el rey de Roma, desposeído ya del trono,
después de muchas batallas y derrotas echó, se puede
decir, el resto, y vinieron en su auxilio, haciendo causa común
contra Roma los más de los Latinos y muchos de los pueblos
de Italia, no menos en obsequio de aquel, que por envidia y deseo
de contener los progresos de la grandeza romana. En aquella batalla,
que por una y otra parte estuvo muy varia e incierta, peleaba
Marcio con gran denuedo a la vista del Dictador, y viendo caer
a su lado a un romano, no le abandonó, sino que se puso
delante de él, y acometiendo al enemigo que lo acosaba,
le dio muerte. Después de la victoria, fue uno de los primeros
a quienes el general ornó con una corona de encina, porque
ésta fue la corona que señaló la ley al que
salvaba un ciudadano: bien fuera porque tuviesen en veneración
la encina a causa de los Árcades, denominados comedores
de bellotas por un oráculo del dios, bien porque siempre
y en todas partes tienen los que militan copia de encinas, o bien
porque siendo de encina la corona de Júpiter social creyesen
que ésta era la que más propiamente debía
darse por la salvación de un ciudadano. Es además
la encina el árbol de más copioso fruto entre los
silvestres y el de madera más sólida entre los cultivados.
Era también alimento la bellota que de ella proviene, y
bebida el melicio; y daba además carne de fieras y de aves,
proveyendo de un instrumento para la caza, que es la liga. Dícese
que en esta batalla se aparecieron los Dioscuros, y que después
de ella se les vio, con los caballos goteando de sudor, dar la
noticia en la plaza, en el sitio junto a la fuente donde está
edificado su templo: de donde proviene que en el mes de julio
el día de los idus, que es fiesta triunfal, está
consagrado a los Dioscuros.
IV. La nombradía y los honores dispensados a los jóvenes,
en los que son de índole ligeramente ambiciosa, vienen
a ser, a lo que parece, una cosa temprana que apaga su espíritu
y llena pronto su sed, dejándola fácilmente satisfecha;
pero a los de ánimo altivo y resuelto los honores los elevan
y encienden, impeliéndolos, a manera del viento, a lo que
les parece honesto: porque no los reciben como salario, sino que
más bien son una nueva prenda que dan de que se avergonzarán
de frustrar la esperanza que de ellos se tiene y de no hacerla
correr con iguales hechos a los anteriores. Siendo de este carácter
Marcio, sólo trataba de emularse a sí mismo en el
valor, aspirando a mostrarse cada día nuevo en sus proezas,
a merecer premios sobre premios y ganar despojos sobre despojos:
yendo a competencia en cuanto a honrarle los últimos generales
con los primeros y queriendo excederlos en sus demostraciones,
así es que de tantas guerras y lides como las que entonces
tuvieron que sostener los Romanos, de ninguna volvió sin
corona y sin premio. Para los demás era la gloria el fin
de su virtud; Marcio, en cambio, aspiraba a ella para que su madre
tuviera de qué regocijarse: por cuanto el que ésta
oyese sus alabanzas, el que le viera volver coronado y el abrazarla
cuando vertía lágrimas de gozo, le parecía
que acrecentaba sus honores y su felicidad. Estos mismos sentimientos
se dice por su confesión propia haber sido los de Epaminondas,
que tuvo por la mayor de sus satisfacciones el que su padre y
su madre hubiesen visto en vida su generalato y su victoria en
la jornada de Leuctras; sino que éste disfrutó el
placer de ver a padre y madre alegrarse y congratularse juntos:
pero Marcio, creyendo que debía a Volumnia una gratitud
doblada, no se aquietó con regocijarla y honrarla, sino
que tomó mujer enteramente a su gusto y habitó siempre,
aun teniendo ya hijos, en la misma casa con la madre.
V. Era ya grande por su virtud la fama y el poder de Marcio cuando
ocurrió que el Senado, favoreciendo a los ricos, puso en
estado de sedición a la plebe, que se quejaba de los muchos
e insufribles agravios que los logreros le irrogaban, pues a los
medianamente acomodados los despojaban de cuanto tenían,
tomándoles prendas y vendiéndolas, y respecto de
los enteramente pobres, se apoderaban de las personas, aprehendiendo
sus cuerpos cubiertos de cicatrices de las heridas y golpes recibidos
en los encuentros y batallas sostenidos por la patria. La última
de éstas había sido con los Sabinos, para la cual
los ricos habían ofrecido ser en adelante más moderados,
y el Senado había designado al cónsul Marcio Valerio
por fiador de esta promesa. Mas como después de haber peleado
denodadamente en esta batalla y haber vencido a los enemigos,
en nada hallasen más equitativos a los logreros, ni el
Senado diera muestras de acordarse de lo que estaba convenido,
sino que antes viese con indiferencia que los atropellaban y encadenaban,
suscitáronse en la ciudad grandes y temibles alborotos.
Venida a noticia de los enemigos esta inquietud de la plebe, no
se descuidaron en invadir a hierro y fuego la comarca; y aunque
los cónsules dieron la orden de tomar las armas a todos
los que se hallaban en edad designada, nadie la obedeció.
Dividiéronse con esto otra vez los pareceres de los que
servían las magistraturas, siendo unos de dictamen de que
se condescendiera con los pobres y se relajara el excesivo rigor
de las leyes, y opinando otros muy al contrario, de cuyo número
era Marcio, el cual no daba por cierto gran valor a los intereses,
pero clamaba por que se contuviera y apagara aquel principio y
tentativa de insulto y osadía de una muchedumbre insubordinada
a las leyes.
VI Celebráronse sobre esto frecuentes senados, y como
en ellos nada se concluyese, sublevándose de repente los
pobres y excitándose unos a otros, abandonaron la ciudad
y se retiraron al monte que ahora se llama Sacro, fijándose
junto al río Anio, sin cometer acto alguno de violencia
o sedición, y gritando solamente ser antiguo en los ricos
el estarlos arrojando de la ciudad, y que el aire, el agua y algunos
pies de tierra en que sepultarse, que era lo único que
disfrutaban con habitar en Roma, fuera del recibir heridas y la
muerte peleando a favor de los ricos, lo hallarían fácilmente
en cualquier parte. Llenó esta ocurrencia de recelo al
Senado, que por tanto les mandó en embajada a los más
moderados y populares entre los Senadores. Llevaba la voz Menenio
Agripa, que a un mismo tiempo usó de ruegos con la plebe
y habló francamente sobre la conducta del Senado, viniendo
a concluir con una especie de fábula su exhortación
v amonestamiento. Porque les refirió que en cierta ocasión
los miembros todos del cuerpo humano se rebelaron contra el vientre,
y le acusaron de que, estándose él solo ocioso y
sin contribuir en nada con los demás, todos trabajaban
y desempeñaban sus respectivos ministerios, precisamente
por contenerle y satisfacer sus apetitos; y que el vientre se
había reído de su simpleza, porque no echaban de
ver que si tomaba para sí todo el alimento, era para distribuirlo
después y dar nutrición a los demás. Pues
de esta misma manera, continuó, se conduce con vosotros,
oh ciudadanos, el Senado: porque a vosotros refiere cuantos consejos
y negocios se ofrecen y con vosotros reparte cuanto hay de útil
y provechoso.
VII. Reconciliáronse con esto, pidiendo al Senado y concediéndoseles
que se eligiesen cinco ciudadanos en defensores suyos, que son
los que ahora se llaman tribunos de la plebe. Fueron nombrados
los primeros los que los habían acaudillado en el levantamiento,
Junio Bruto y Sicinio Beluto. Luego que la ciudad volvió
a no ser más que un cuerpo, al punto acudió a las
armas la muchedumbre y se presentó a los jefes muy presta
y decidida a marchar a la guerra. No estaba contento Marcio con
el ventajoso partido que había sacado la plebe, habiendo
tenido que ceder la aristocracia, y observaba que como él
sentían muchos de los patricios: excitábalos, por
lo tanto, a no quedar inferiores a los plebeyos en las lides que
peleaban por la patria, sino hacer ver que en la virtud, más
bien que en el poder, les hacían ventaja.
VIII. En la nación de los Volscos, que era contra la que
tenían la guerra, la ciudad de Coriolos gozaba de la mayor
nombradía; dirigiéndose, pues, contra ella el cónsul
Cominio, se alarmaron los demás Volscos y corrieron de
todos lados en su auxilio, con la mira de pelear en defensa de
la ciudad y de atacar por dos partes a los enemigos. Tuvo Cominio
que dividir sus fuerzas, y como marchase en persona contra los
Volscos que le cargaban en campo abierto, dejando para mantener
el cerco a Tito Larcio, varón muy principal entre los Romanos,
tuvieron los Coriolanos en poco las fuerzas que quedaban; por
lo que, haciendo una salida y trabando combate, al principio lograron
ventajas y persiguieron a los Romanos hasta su campamento. Desde
él acudió Marcio con bien poca gente, y arrollando
a los que más se le oponían, y haciendo contenerse
a los que venían en pos de ellos, llamó a grandes
voces a los Romanos: porque era un soldado tal cual lo deseaba
Catón, no sólo por la mano y por el golpe, sino
también por el tono de la voz y la fiereza del rostro,
temible en el encuentro y aterrador del enemigo. Reuniéronsele
ya muchos y pusiéronse a su lado, con lo que, acobardados
los enemigos, volvieron la espalda; pero él, no dándose
por contento, los persiguió y atropelló, llevándolos
en desorden hasta las puertas. Puesto ya allí, aunque vio
a muchos de los suyos cesar en la persecución por la copia
de dardos que lanzaban de las murallas, no cabiéndole a
nadie en la imaginación el pensamiento de meterse envueltos
con los enemigos en una ciudad llena de hombres aguerridos y que
estaban sobre las armas, esto no obstante, él insistía
y los alentaba, gritando que la fortuna más bien había
abierto la entrada de la ciudad a los perseguidores que a los
perseguidos. Siguiéronle muy pocos, con los que se arrojó
a las puertas y se metió por entre los enemigos, no habiendo
por lo pronto quien osase resistirle ni sostener su ímpetu.
Cuando luego echó, dentro, de ver cuán en corto
número eran los que habían de auxiliarle y combatir
a su lado, y mezclados confusamente amigos y enemigos, dícese
que sostuvo, de acuchillar y herir, de acudir prestamente a todas
partes y de mostrar el ánimo más arrojado, una increíble
pelea en la ciudad, y que venciendo a cuantos acometía,
ahuyentando a unos a los últimos extremos, y obligando
a otros a arrojar lar armas, dio oportunidad a Larcio para venir
con los Romanos que habían quedado a la parte de afuera.
IX. Tomada de esta manera la ciudad, los más se entregaron
a la rapiña y al saqueo de las casas: indignóse
Marcio y los reprendía, pareciéndole cosa intolerable
que mientras el cónsul y los ciudadanos que con él
se hallaban, quizá venían a las manos y combatían
con los enemigos. ellos por codicia los abandonasen, o bajo la
especie de enriquecerse se sustrajesen al peligro. Fueron en corto
número los que le dieron oídos, y él, tomando
consigo a los que quisieron seguirle, marchó por el camino
que entendió había llevado el ejército, inflamando
unas veces a sus soldados y exhortándolos a no abatirse,
y haciendo otras veces plegarias a los Dioses para que no le privasen
de la gloria de hallarse en la batalla, y antes le concediesen
llegar en la oportunidad de, combatir y partir los riesgos con
sus conciudadanos. Tenían entonces la costumbre los Romanos,
al formarse para entrar en acción, de embrazar los escudos,
ceñirse la toga y hacer testamentos no escritos, nombrando
ante tres o cuatro camaradas su heredero. Cuando en esta disposición
se hallaban los soldados, teniendo ya a la vista los enemigos.
sobrevino Marcio. Y lo que es al principio dio que temer a algunos,
presentándose con unos pocos cubiertos de sangre y de sudor;
pero después que prestamente y con semblante alegre se
fue hacia el cónsul alargándole la diestra y le
dio cuenta de cómo había tomado la ciudad, Cominio
le echó los brazos y le saludó con ósculo;
y de los demás, a los que se enteraron del suceso les inspiró
confianza, y aliento a los que sólo lo conjeturaron; por
lo que gritaron todos que se les llevara a los enemigos y se trabara
batalla. Preguntó entonces Marcio a Cominio con qué
orden estaban dispuestas las diferentes armas de los enemigos
y dónde habían colocado las tropas escogidas. Díjole
éste que en su entender ocupaban el centro los tercios
de los de Ancio, gente muy aguerrida y que a nadie cedía
en valor. Ruégote, pues, le contesto Marcio, y encarecidamente
te suplico, que nos coloques frente a ellos; y el cónsul
se lo concedió, admirado de semejante decisión.
Apenas comenzaron a herirse con las lanzas, se adelantó
contra los enemigos Marcio, y los Volscos que estaban a su frente
no pudieron resistirle, sino que la falange, por la parte por
donde él acometió, fue al punto rota. Mas como entonces
los de uno y otro costado hiciesen una conversión y dejasen
a Marcio cerrado entre sus armas, lleno de cuidado el cónsul
mandó a los más esforzados en su auxilio, y trabada
en rededor de Marcio una recia pelea, en la que en breve fueron
muchos los muertos, cargando aquellos con ímpetu y fuerza
rechazaron a los enemigos, en cuya persecución se pusieron
luego, rodeando a Marcio, al que veían rendido de cansancio
y de heridas, que se retirase al campamento; pero respondiéndoles
que nunca se cansa el que vence, cargó también sobre
los fugitivos. Todo lo restante del ejército fue igualmente
deshecho, siendo grande así el número de muertos
como el de prisioneros.
X. Al día siguiente, habiéndose presentado Marcio
y concurrido gran muchedumbre ante el cónsul, subió
éste a la tribuna, y hecha de los Dioses la debida conmemoración
por tamañas prosperidades, volvió ya a Marcio su
discurso. Hizo de él en primer lugar un magnífico
elogio, habiendo sido espectador de muchas de sus acciones en
la batalla, y habiéndole informado Marcio de las demás;
y luego, habiendo sido muy grande la presa en riquezas, en caballos
y en hombres, le dio orden de que tomase de cada especie de cosas
diez. antes de hacerse la distribución a los demás,
y separadamente por prez del valor le regaló un caballo
enjaezado. Aprobáronlo los Romanos; pero Marcio, adelantándose,
respondió que el caballo lo recibía, y le eran muy
gratos los elogios del general: pero en cuanto a las demás
cosas, mirándolas más bien como salario que corno
honor, las renunciaba, contento con entrar como uno de tantos
al reparto: con todo, que una sola gracia especial pedía
y les rogaba se la otorgasen. Tenía, dijo, entre
los Volscos un huésped y amigo, hombre de probidad y moderación:
éste ha sido ahora hecho prisionero, y de rico y feliz
que antes era, ha venido a ser esclavo; mas entre tantos males
como le agobian, de uno sólo es menester aliviarle, que
es de ser vendido en la almoneda. Al oír tal propuesta
todavía fue mayor la gritería de todos en loor de
Marcio, y muchos los que admiraron más su desprendimiento
en punto a intereses, que su ardimiento en los combates: de manera
que aun a aquellos en quienes había algo de emulación
y envidia por los distinguidos honores que se le tributaban les
pareció digno de los mayores premios, por el mismo hecho
de rehusarlos; y en más tenían la virtud con que
los despreciaba, que no aquella con que los había ganado;
porque es más laudable saber usar bien de las riquezas
que de las armas, y más glorioso que el usar bien de aquellas
el no desearlas ni haberlas menester.
XI Luego que entró la muchedumbre cesó el alboroto
y la gritería, volvió a tomar la palabra Cominio,
y dijo: En cuanto a esos otros dones, oh camaradas, no hay
como precisar a Marcio, si no los admite o rehusa recibirlos:
obsequiémosle, pues, con aquel que concedido no pueda desecharle,
y resolvamos que tome el nombre de Coriolano, si es que ya su
misma hazaña no se le dio. Y desde entonces tuvo
el de Coriolano por el tercero de sus nombres: con lo que se pone
más de manifiesto que entre éstos Gayo era el nombre
propio, y que el segundo era el de la casa y familia, esto es,
el de Marcio. El que usó ya en adelante fue el tercero,
que se añadía por una acción, por un acaso,
por la figura, o por alguna virtud, al modo que los Griegos por
una hazaña imponían el sobrenombre de Sóter
y de Calinico; por la figura el de Fiscón y Gripo; por
la virtud el de Evérgetes y Filladelfo, y por la dicha
el de Eudemón al segundo de los Batos. En algunos de los
reyes los motes mismos pasaron a ser nombres, por los que fuesen
conocidos, como en Antígono el de Dosón, y en Tolomeo
el de Látiro. Todavía fue más común
a los Romanos usar de este género de sobrenombres, llamando
Diademado a uno de los Metelos, porque, habiendo tenido por largo
tiempo una llaga, salía a la calle con una venda en la
frente; y a otro Céler o Pronto, porque dispuso en muy
pocos días el dar solemnes juegos en el funeral de su difunto
padre, manifestando así la admiración que les causó
la prontitud y ligereza de aquellos preparativos. A algunos, por
el caso ocurrido en su nacimiento, los llaman aun hoy Próculo
al que nace estando su padre ausente; Póstumo cuando el
padre ha muerto; y al que habiendo nacido mellizo se le muere
el hermano, Vopisco. Por los motes y apodos no sólo dan
los sobrenombres de Silas, Nigros, Rufos, sino también
los de Cecos y Claudios: acostumbrando muy juiciosamente a no
tener por tacha o afrenta la ceguera o alguna otra desgracia y
falta corporal, sino a ponerlas por nombre propio del que las
sufre. Mas esto pertenece a tratado diferente.
XII. Terminada la guerra, volvieron los tribunos a suscitar otra
vez la sedición, no porque tuviesen nueva causa o motivo
justo de queja, sino haciendo que les sirvieran de pretexto contra
los patricios los males que necesariamente debieron seguirse a
sus primeras inquietudes y disensiones. La mayor parte del terreno
se quedó, en efecto, por sembrar e inculto, y no hubo oportunidad
con motivo de la guerra para hacer prevención de trigo
forastero. Sobrevino, por tanto, una suma carestía, y viendo
los tribunos que la plebe estaba absolutamente falta de abastos,
y que aun cuando los hubiese de venta no tenían con qué
comprarlos, echaron la calumniosa voz contra los ricos de que
por pura malignidad les habían atraído aquella hambre.
Entre tanto, vino embajada delos de Veletri, ofreciendo entregar
la ciudad y pidiendo se enviasen allá colonos, porque una
enfermedad pestilente que los había afligido había
hecho tal ruina y destrozo de hombres, que apenas le habría
quedado la décima parte de su población. Parecióles
a los hombres de juicio que había venido muy oportuna y
sazonadamente esta demanda de los Velitranos en ocasión
en que, necesitando de algún alivio a causa de la escasez,
concebían la esperanza de calmar la sedición con
limpiar la ciudad delo más revuelto y más acalorado
de los tribunos, como de una superfluidad nociva e incómoda.
Escogiendo, pues, a éstos los cónsules, formaron
con ellos la colonia y la enviaron, y a los demás les intimaron
la necesidad de militar contra los Volscos; preparando así
una distracción de las turbaciones civiles, y pensando
que, reunidos con las armas en el campamento y en los comunes
combates, los ricos, juntamente con los pobres, y los plebeyos
con los patricios, se mirarían recíprocamente entre
sí con mayor mansedumbre y dulzura.
XIII. Oponíanse principalmente los tribunos Sicinio y
Bruto, diciendo a gritos que se quería disfrazar la cosa
más inhumana con uno de los nombres más benignos,
pues era como echar al Tártaro a los pobres, hacerles marchar
a una ciudad llena de un aire enfermizo y de cadáveres
insepultos y enviarlos a la mansión de un Genio extranjero
y maléfico, y como si esto no fuera bastante, que a unos
ciudadanos querían los acabase el hambre, a otros los abandonaban
a la peste, y además les suscitaban una guerra del todo
voluntaria para que no hubiera calamidad que a la ciudad no alcanzase,
porque no se prestaba a vivir en la esclavitud de los ricos. No
circulando. pues, entre la plebe otros discursos que éstos,
no se presentaba a la revista de los cónsules, y desacreditaba
la resolución de enviar la colonia. Veíase en perplejidad
el Senado; pero Marcio, que ya estaba lleno de orgullo y tenía
la reputación de altivo, haciéndose admirar por
esta cualidad, era entre los poderosos el que más abiertamente
hacía frente a los tribunos. Enviaron, pues, la colonia,
precisando a salir con graves penas a los sorteados, y por lo
que hace a la milicia, como enteramente se negasen a ella, Marcio
juntó sus clientes y otros a quienes pudo persuadir, recorrió
todo el país de los de Ancio, y habiendo encontrado mucho
grano, y hecho gran botín de ganados y esclavos, nada tomó
para sí, y volvió a Roma con sus soldados, que traían
y conducían mucha hacienda: de manera que los demás,
pesarosos ya y envidiosos de los que se habían enriquecido,
se irritaban con Marcio y miraban con malos ojos su gloria y su
poder, como que crecían en daño de la plebe.
XIV. Presentóse de allí a poco tiempo Marcio pidiendo
el consulado, y la mayor parte condescendía, ocupando a
la plebe cierta vergüenza para no desairar ni repeler a un
varón que, sobresaliendo a todo en linaje y en valor, había
alcanzado tantos y tan señalados triunfos; porque era costumbre
que los que pedían el consulado hablaran y alanzaran la
diestra a los ciudadanos, presentádose con sola la toga
y sin túnica en la plaza, bien fuera para mostrar mayor
sumisión en sus ruegos, o bien para poner de manifiesto
los que tenían cicatrices aquellos honrosos testimonios
de su valor y fortaleza, pues no era por sospecha de distribución
de dinero o de presentes el obligar a que el peticionario se presentara
a sus conciudadanos desceñido y sin túnica, porque
tarde y muy largo tiempo después fue cuando se introdujo
la corrupción y la venta, y cuando el dinero se mezcló
en las votaciones de los comicios; y ya desde entonces el soborno,
habiendo contaminado los tribunales y los ejércitos, impelió
la ciudad hacia el despotismo, cautivando las armas al dinero,
pudiéndose asegurar que tuvo mucha razón el que
dijo que el primero que disolvió la república fue
el que dio banquetes e hizo distribución de dinero al pueblo.
Mas este daño parece que se fue deslizando a escondidas
y poco a poco, y que no se manifestó de pronto en Roma,
puesto que no sabemos quién fue el que primero hizo en
aquella ciudad donativos a los tribunales o al pueblo; cuando
en Atenas se dice haber sido el primero que dio dinero a los jueces
Ánito, el hijo de Antemión, acusado de traición
acerca de Pilo, ya hacia el fin de la guerra del Peloponeso, tiempo
en que todavía en Roma dominaba en la plaza pública
un linaje verdaderamente áureo e incorrupto.
XV. Mostraba Marcio muchas cicatrices de gran número de
combates en que había sido herido en los diez y siete años
seguidos que había militado, lo que hacía mirar
con respeto su valor, y unos a otros se habían dado palabra
de designarle. Mas venido el día en que había de
hacerse la votación, como Marcio se hubiese presentado
en la plaza pública acompañándole pomposamente
el Senado y pugnando todos los patricios por ponérsele
alrededor, demostración que jamás habían
hecho con nadie, al punto la muchedumbre depuso la inclinación
que le tenía, pasando a mirarle con encono y ojeriza, a
los cuales afectos se juntaba, además, el temor de que
un hombre tan aristocrático, hecho dueño del mando
y teniendo tanto ascendiente con los patricios, pudiera privar
enteramente al pueblo de su libertad. Con estas ideas desairaron
en la votación a Marcio. Luego que se vio ser otros los
cónsules que se publicaron, el Senado lo sintió
profundamente, creyendo que el insulto, más que contra
Marcio, era contra él mismo; pero aquel no llevó
con moderación ni con sosiego lo sucedido, estando por
lo común acostumbrado a usar de aquella parte de su carácter
que era iracunda y rencillosa, sin que lo dócil y suave
que principalmente debe sobresalir en las virtudes políticas
se le hubiese en ningún modo inspirado por el discurso
y la educación. y sin que supiese que, como dice Platón,
al que ha de tomar parte en los negocios públicos y conversar
sobre ellos con otros hombres, le conviene ante todo huir la arrogancia,
compañera inseparable del aislamiento, y abrazar la paciencia,
que suele de algunos ser escarnecida. Así es que, siendo
hombre sencillo e inflexible, creído de que el vencer y
salirse con todo era obrar con fortaleza, mas no de que el entregarse
a la cólera proviene de debilidad y flaqueza, por lo que
sufre y padece el espíritu, del que viene a ser como un
tumor la ira, se retiró de la plaza lleno de incomodidad
y despecho contra el pueblo. Los jóvenes patricios, que
eran en la ciudad, por lo distinguido de su origen, lo más
ufano y floreciente, siempre se le habían mostrado sumamente
afectos. En esta ocasión, se pusieron de su parte decididamente,
e irritados y dolidos como él, exasperaron todavía
más su cólera e indignación, porque era,
cuando estaban de facción, su guía y su maestro
en las cosas de la guerra, y en el hacer que los que se gloriaban
de hazañas ilustres excitaran en los demás, no envidia,
sino una honrosa emulación.
XVI Vino en esta sazón trigo a Roma, en gran parte comprado
en Italia y en no pequeña regalado por los Siracusanos,
enviándolo al tirano Gelón, con el que muchísimos
concibieron lisonjeras esperanzas de que a un mismo tiempo iba
la ciudad a verse libre de escasez y de disensiones. Reunido,
pues, el Senado, se derramó incontinente por las inmediaciones
el pueblo, cercando por la parte de afuera la Curia, en la esperanza
de que tendría grano en mucha conveniencia, y que lo regalado
se distribuiría de balde; y aun adentro había quien
a esto mismo excitase al Senado. Mas levantóse en este
punto Marcio y contradijo acaloradamente a los que pensaban en
haberse benignamente con la muchedumbre, tratándolos de
populares y de traidores de la nobleza, que fomentaban contra
sí mismos las semillas, ya prendidas, de osadía
e insolencia, que hubiera sido bueno no haber despreciado cuando
se esparcían al principio, y no haber dejado a la plebe
hacerse poderosa con tan excesiva potestad: que ya hasta temible
se les hacía con querer que en todo se cediera a su voluntad
y a nada pudiera precisárseles contra ella, no guardando
obediencia a los cónsules, y viviendo en anarquía
con tener por caudillos a los que se denominaban magistrados suyos:
que con el presente y distribución del grano, que al modo
de los Griegos de mejor ordenadas repúblicas decretaban
algunos, no se haría otra cosa que dar aire a su desobediencia
en ruina del Estado; pues no pueden reconocer que sea una
recompensa por la milicia, de que desertaron, por las escisiones
con que abandonaron la patria, o por las calumnias que abrigan
contra el Senado, sino que en la inteligencia de que cediendo
y lisonjeándolos de miedo les hacemos semejante distribución,
y, con la esperanza de salirse con todo, no pondrán a su
desobediencia término alguno, ni habrá cómo
contenerlos de que armen disensiones y alborotos: así que
esto- decía- me parece una locura. Por tanto, si hemos
de obrar con prudencia, arranquémosles el tribunado, que
es un jirón de la autoridad consular y un rasgón
de la república, no una ya como antes, sino de tal manera
partida en trozos, que ya no ha de poder en adelante unirse, ni
tener concordia, ni dejar nosotros de estar agitados y en continuos
alborotos unos con otros.
XVII. Diciendo Marcio muchas cosas por este término, entusiasmó
extraordinariamente a todos los jóvenes y puso de su parte
a casi todos los ricos, que decían a gritos no tenía
la ciudad otro hombre invencible e incapaz de condescendencias,
sino a él sólo. Hacíanles, con todo, oposición
algunos de los ancianos, previendo lo que iba a suceder; pero
nada de provecho adelantaron, pues los tribunos que se hallaban
presentes, luego que vieron que prevalecía el dictamen
de Marcio, corrieron con gritería hacia la muchedumbre,
exhortándola a que se les uniese y les diese auxilio. Reunido
tumultuariamente el pueblo en junta, y referidas las expresiones
en que había prorrumpido Marcio, estuvo muy poco en que,
llevada la plebe de la ira, no se arrojase sobre el Senado; pero
los tribunos, atribuyéndolo todo a Marcio, lo enviaron
a llamar para que se defendiese. Mas como con desprecio hubiese
desechado a los lictores que se le enviaron, los mismos tribunos
se presentaron trayendo con los prefectos a Marcio por fuerza,
habiéndole echado mano, Concurrieron entonces los patricios,
e hicieron retirar a los tribunos, y a los prefectos aun les dieron
algunos golpes; pero sobrevino la tarde y disolvió aquel
alboroto. A la mañana temprano, viendo los cónsules
al pueblo sumamente inquieto, que por todas partes corría
hacia la plaza pública, temieron por la ciudad, y congregando
el Senado exhortaban a que mirase cómo con palabras suaves
y con proposiciones ventajosas se podría apaciguar y sosegar
a la muchedumbre, pues no eran momentos aquellos de pretensiones
ni de contender por la autoridad, si tenían algo de juicio,
sino más bien tiempo delicado y de urgencia que exigía
un manejo de mucha mansedumbre y mucha humanidad. Convinieron
los más, y dirigiéndose los cónsules a la
muchedumbre, le hablaron con mucha blandura y procuraron templarla,
disipando con agrado las calumnias y absteniéndose lo posible
de quejas y reconvenciones, y en cuanto al precio del grano comprado,
dijeron que fácilmente se entenderían entre sí.
XVIII. Cuando la mayor parte de la plebe se hubo calmado, y se
echó de ver en el escuchar con orden y sosiego que se había
dejado convencer y ablandar, tomando la palabra los tribunos,
ofrecieron que la plebe competiría en moderación
y prudencia con el Senado mientras así se la tratase; mas
al mismo tiempo ordenaron que Marcio se justificase de haber tratado
de inflamar al Senado para trastornar el gobierno y disolver la
república, de haber sido rebelde a la citación de
ellos mismos y, finalmente, de haber dado golpes e insultado en
la plaza pública a los prefectos, promoviendo en cuanto
estuvo de su parte la guerra civil y armando a los ciudadanos
unos contra otros. Hacían esta propuesta con la intención,
o de humillar a Marcio si contra su carácter deponía
la altivez, o de encender más la ira contra él si
usaba de su genio, que era lo que más esperaban y en lo
que ciertamente no se engañaron: porque se presentó
como para defenderse, y la plebe le prestó una reposaba
atención; mas luego que ante unos hombres que aguardaban
un lenguaje sumiso empezó, no sólo a usar de un
desenfado chocante y de una acusación más chocante
todavía que el desenfado, sino que aun en el tono de voz
y en todo su continente dio muestras de un desahogo que no distaba
mucho del desdén y del desprecio, la plebe se incomodó
y se le veía que le era muy molesto aquel discurso; y de
los tribunos, Sicinio, que era el más pronto y arrebatado,
habiendo conferenciado brevemente con sus colegas y publicando
que Marcio era condenado a muerte por los tribunos, ordenó
a los prefectos que, llevándole a la roca Tarpeya, le arrojasen
inmediatamente al barranco que está al pie de ella. Al
ir los prefectos a echarle mano, aun a los más de los plebeyos
les pareció aquello sumamente duro y mal meditado; y los
patricios, levantándose y acudiendo de todas partes, pugnaban
con gritería por darle socorro, y unos apartaban a empellones
a los que le asían, cogiendo a Marcio en medio de ellos,
y otros, levantando las manos, hacían plegarias a la muchedumbre.
De nada servían los discursos ni las voces en semejante
tumulto y confusión; conferenciando, por tanto, entre sí
los amigos y familiares de los tribunos sobre que sería
imposible, sin gran mortandad de los patricios, sacar de allí
y castigar a Marcio, lograron persuadir a aquellos que desistieran
de lo extraño y repugnante de aquel modo de castigo, quitándole
la vida por violencia, sin ser juzgado, y antes permitieran al
pueblo dar su voto. De sus resultas preguntó Sicinio a
los patricios qué era lo que intentaban con sustraer a
Marcio de manos de la plebe que quería castigarle. Y como
aquellos le preguntasen a su vez: ¿Y qué resolución
y presunción es la vuestra de conducir así a uno
de los primeros ciudadanos Romanos a un castigo tan feroz e ilegal?,
No hagáis, pues, contestó Sicinio, que esto
sirva de pretexto para una disensión y sublevación
contra la plebe, ya que se os concede lo que apetecéis,
que es que sea juzgado: y a ti, oh Marcio, continuó, te
asignamos el plazo de tres ferias para que comparezcas, y si es
que no has delinquido, lo hagas manifiesto a sus conciudadanos,
que con sus votos han de juzgarte. XIX. Por entonces contentó
mucho a los patricios este desenlace, y se retiraron con Marcio
sumamente gozosos. En el plazo de las tres ferias, porque hacen
los Romanos sus ferias de nueve en nueve días, dándoles
el nombre de núndinas, les dio esperanza de buen éxito
el tener que levantar ejército contra los de Ancio, pensando
que iría largo y ocuparía tiempo, con el que la
plebe se haría más dócil, debilitándose
el enojo concebido o borrándose del todo con la vuelta,
eran frecuentes las juntas de los patricios, temerosos y solícitos
por no abandonar a Marcio, ni dar otra vez a los tribunos motivo
para conmover la plebe. Tenía opinión Apio Claudio
de ser uno de los más opuestos a ésta, y no la desmintió
en esta ocasión, diciendo que el Senado sería quien
acabase con los patricios y quien disolviese la república,
si daba lugar a que la plebe tuviera voto contra los patricios;
pero, por el contrario, los más ancianos y más populares
eran de dictamen de que la misma autoridad, en vez de más
áspera y más insolente, haría a la plebe
más dulce y más humana; porque para aquella, que
más bien que despreciar al Senado estaba en inteligencia
de ser de él tenida en poco, sería de gran honor
y consuelo esta facultad de juzgar; de manera que en el acto mismo
de tomar las tablas ya habrían depuesto la ira.
XX. Echando de ver Marcio que el Senado, por amor a él
y por miedo a la plebe, estaba en la mayor duda y perplejidad,
preguntó a los tribunos qué era de lo que le acusaban
y sobre qué crimen le llevaban a ser juzgado por el pueblo.
Respondiéndole éstos que la acusación era
de tiranía y le probarían que tiranizar había
sido su intento, se levantó prontamente, y de ese modo
dijo: Ahora mismo voy ante el pueblo a defenderme, y no
rehuso ningún modo de juicio, ni, si soy vencido, ningún
género de pena, con tal que sobre esto sólo sea
mi acusación y no engañéis al Senado.
Y convenidos en ello, según lo tratado, se entabló
el juicio. Congregado el pueblo, ya desde luego hubo la novedad
de que se obtuvo a la fuerza por los tribunos que la votación
se hiciese, no por curias, sino por tribus, consiguiendo con esto
que sobre los hombres acomodados, conocidos y compañeros
de Marcio en el ejército, prevaleciera en sufragios una
muchedumbre pobre, jornalera y poco cuidadosa del decoro. Después
de esto, abandonando el juicio de tiranía, para el que
no tenían pruebas, trajeron a discusión el discurso
de Marcio en el Senado, cuando se opuso a la disminución
del precio del trigo y se empeñó en que se quitara
a la plebe el tribunado. Acusáronle también de otro
nuevo crimen, que fue la distribución del botín
que hizo en la comarca de Ancio, no habiéndolo aportado
al erario público, sino repartido a los que militaron con
él; que se dice haber producido en Marcio grande trastorno,
porque de ningún modo lo esperaba; así cogido de
repente, no le ocurrieron razones bastante persuasivas para hablar
a la muchedumbre, y antes con hacer el elogio de los que fueron
de la expedición indispuso contra sí a los que no
se hallaron en ella, que eran en mucho mayor número. Finalmente,
dadas las tablas a las tribus, excedieron de tres las que le condenaban,
siendo la pena destierro perpetuo. Luego que esto se anunció
al pueblo, salió de la plaza con un gozo y una satisfacción
cual no había manifestado nunca después de haber
vencido a sus enemigos. Por el contrario, del Senado se apoderó
una gran pesadumbre y abatimiento, arrepintiéndose y llevando
muy a mal el no haberse expuesto a todo antes que consentir que
la plebe los maltratase, autorizada con tan exorbitante facultad:
de manera que para distinguirlos no había entonces necesidad
de atender al vestido u otras insignias, sino que al instante
se echaba de ver que el que estaba contento era plebeyo, y patricio
el que se mostraba incomodado.
XXI Sólo el mismo Marcio se mostraba sereno e imperturbable
en su continente, en sus pasos y en su semblante; y mientras los
demás sufrían, él sólo se ostentaba
impasible; no por reflexión o apacibilidad, ni porque estuviese
resignado a lo que le sucedía, sino más bien agitado
de ira y de impaciencia, lo cual engaña a muchos que no
comprenden que aquello es otra forma de pesar. Porque cuando éste
se convierte en saña, como si diera calentura, entonces
se pierde el abatimiento y la inmovilidad, y el iracundo aparece
esforzado, al modo que fogoso el calenturiento, como si el alma
estuviese alterada, tirante y conmovida. Así es que muy
luego dio muestras Marcio de esta disposición; porque entrando
en su casa se despidió de su madre y su mujer, a las que
encontré muy afligidas y llorosas; y exhortándolas
a llevar con valor aquel trabajo, marchó sin detenerse,
y se encaminó a las puertas de la ciudad. De allí,
adonde le habían acompañado todos los patricios,
sin tomar nada ni hacer algún encargo, se puso en camino,
no llevando consigo sino tres o, cuatro de sus clientes. Por unos
cuantos días estuvo en una de sus posesiones, revolviendo
en su ánimo diferentes ideas, cuales el enojo se las sugería,
y no pensando nunca cosa buena o conveniente, sino cómo
haría a los Romanos arrepentirse, resolvió, por
fin, ver el modo de suscitarles una guerra peligrosa y cercana.
Encaminóse, pues, antes que a otra parte a tentar a los
Volscos, sabedor de que estaban florecientes en gente y en dinero,
y teniendo por cierto que con las derrotas poco antes sufridas
no se había disminuido tanto su poder, como se habían
aumentado su emulación y su encono.
XXII. Había en Ancio un ciudadano que, por su riqueza,
por su valor y por lo ilustre de su linaje, tenía una especie
de autoridad regia entre todos los Volscos, y era su nombre Tulo
Aufidio. Sabía Marcio que éste le aborrecía
más que a ninguno otro de los Romanos, porque muchas veces
en los combates se habían hecho amenazas y provocaciones,
usando de jactancias en los encuentros, como es propio de la vanagloria
y la emulación entre enemigos jóvenes; y así,
a la enemistad común habían añadido el odio
particular del uno al otro. Mas con todo, conociendo también
en Tulo cierta grandeza de ánimo, y que más que
ninguno entre los Volscos deseaba hacer daño por su parte
a los Romanos si daban ocasión a ello, confirmó
la sentencia del que dijo: Repugnar a la ira es arduo empeño:
cómprase con la vida lo que anhela. Y así, tomando
un vestido y traje en el que, aunque lo vieran, no pudiera ser
conocido, a la manera de Odiseo, En la ciudad se entró
de hombres contrarios.
XXIII. Era la hora de anochecer, y aunque tropezó con
muchos, no fue conocido de nadie. Dirigióse, pues, a la
casa de Tulo, y entrándose repentinamente al hogar, se
sentó sin hablar palabra, y cubriéndose la cabeza,
se estuvo quedo. Admiráronse los que allí se hallaban;
pero ninguno se atrevió a oponérsele, porque había
cierta dignidad en su continente y en su silencio; lo que sí
hicieron fue referir a Tulo, que estaba cenando, lo extraorDinario
de aquel paso; y éste, levantándose de la mesa,
se vino para él y le preguntó quién era,
y cuál el objeto de su venida. Entonces Marcio, descubriéndose
y parándose un poco, si aún no me conoces,
oh Tulo- dijo-, sino que con estar viéndome todavía
dudas, será preciso que yo me haga acusador de mí
mismo. Soy Gayo Marcio, que he causado a los Volscos muchos daños,
y llevo un nombre que no me permitiría negarlo, llamándome
Coriolano, pues de todos mis trabajos y peligros no poseo otro
premio que este ilustre nombre, distintivo de mi enemistad contra
vosotros; esto es lo único que no se me ha quitado: de
todos los demás bienes, por envidia e insolencia de la
plebe, y por flojedad y abandono de los que están en los
altos puestos, que son mis iguales, de una vez me he visto despojado.
Me han echado a un destierro, y me he acogido a tu hogar como
suplicante, no de mi inmunidad y seguridad, porque a qué
había de venir aquí si temiera morir, sino en solicitud
de tomar venganza, la que ya tomo en alguna manera de los que
me han desechado, haciéndote dueño de mí.
Por tanto, si anhelas dominar a tus enemigos, aprovéchate,
oh hombre generoso, y saca partido de mis desgracias, haciendo
que se convierta en dicha vuestra el infortunio de un hombre que
tanto mejor peleará en vuestra defensa que contra vosotros,
cuanto hacen mejor la guerra los que conocen las cosas de los
enemigos que los que las ignoran. Mas si has desistido de aquel
intento, ni yo quiero vivir, ni a ti te estaría bien el
salvar a un hombre que te es de antiguo contrario y enemigo, y
ahora inútil y de ningún provecho. Al oír
esto Tulo recibió grandísimo contento, y alargando
la diestra, levántate- le dijo-, oh Marcio, y confía:
porque nos traes un gran bien entregándote a ti mismo;
y espera todavía mayores cosas de los Volscos. Dio
entonces un banquete a Marcio con gran regocijo, y en los días
siguientes estuvieron confiriendo juntos entre sí sobre
la guerra.
XXIV. En Roma la ojeriza de los patricios contra la plebe, acrecentada
con la condenación de Marcio, causó grande alteración;
además, los agoreros, los sacerdotes y los particulares
referían muchos prodigios que debían inspirar cuidado.
Cuéntase uno de ellos en esta forma: había un Tito
Latino, hombre poco conocido, no de la clase jornalera, sino medianamente
acomodado, libre de toda superstición y más todavía
de ostentación y jactancia. Éste, pues, tuvo un
sueño, en el que se le apareció Júpiter y
le mandó dijese al Senado que había sido danzante
poco diestro y poco agradable el que había prevenido para
que fuese delante de su procesión. Cuando tuvo este ensueño,
dijo que a la primera vez no hizo caso, y que cuando segunda y
tercera lo despreció también, le vino la nueva de
la muerte de un hijo muy apreciable, y de repente se le baldó
el cuerpo sin poderse valer de él: de todo lo que, habiéndose
hecho llevar en hombros, dio cuenta al Senado; y según
dicen, no bien lo hubo ejecutado, cuando sintió fortalecido
su cuerpo y se retiró andando por su pie. Quedáronse
los senadores atónitos e hicieron grandes pesquisas sobre
este suceso, que resultó haber pasado así: un amo
entregó en manos de los otros a uno de sus esclavos con
orden de que lo llevaran por la plaza dándole azotes y
después le quitaran la vida. En pos de ellos, cuando así
lo cumplían y hostigaban al esclavo, que con el dolor daba
mil vueltas y hacía muchos movimientos y contorsiones poco
graciosas, acertó por casualidad a ir la rogativa de Júpiter,
a cuya vista muchos de los que allí se hallaron sintieron
incomodidad, viendo un espectáculo tan triste y aquellas
odiosas contorsiones; mas ninguno se interpuso, y sólo
se contentaron con decir denuestos e imprecaciones contra el que
tan ásperamente castigaba. Trataban entonces a los esclavos
con mucha equidad, por trabajar a su lado, y porque viviendo juntos
usaban con ellos de gran dulzura y familiaridad: así el
mayor castigo de un esclavo descuidado era hacerle que, tomando
el palo del carro en que se sostiene el timón, saliese
así por la vecindad; porque el que sufría, y era
visto de los conocidos y vecinos, quedaba para siempre desacreditado;
y a este tal le decían por apodo Furcifer, porque llamaban
horquilla los Romanos a lo que los Griegos apoyo o sostén.
XXV. Luego que Latino les refirió esa visión, dudando
quién podría ser el poco diestro y poco grato danzante
que había precedido a la rogativa de Júpiter, hicieron
algunos memoria, por la extrañeza del castigo, de aquel
esclavo que azotado había sido conducido por la plaza y
después se le había dado muerte. En consecuencia,
por dictamen uniforme de los sacerdotes, el señor del esclavo
fue castigado, y de nuevo se hicieron en honor del dios la rogativa
y los ruegos. En otras muchas cosas se echa de ver que Numa fue
un excelente ordenador de las cosas sagradas; pero sobresale principalmente
lo que estableció para hacer religiosos a los Romanos;
en efecto, cuando los magistrados y sacerdotes se ocupan en las
cosas divinas, precede un heraldo, que exclama en alta voz: hoc
age, expresión que significa haz esto, prescribiendo
a los sacerdotes que presten atención y no interpongan
ninguna otra obra o especie de ocupación, como dando a
entender que las más de las cosas humanas se hacen por
una cierta necesidad, sin intención del que las hace. Por
lo que toca a los sacrificios, las procesiones y los espectáculos,
suelen los Romanos repetirlos, no sólo por una causa tamaña,
sino por otras más pequeñas; pues con que flaquease
uno de los caballos que arrastraban las llamadas tensas, o con
que un auriga tomase las riendas con la mano izquierda, decretaban
que de nuevo se hiciese la rogativa, y aun en tiempos posteriores
se hizo hasta treinta veces el mismo sacrificio, porque siempre
pareció que había habido alguna falta o se había
atravesado algún estorbo; ¡tal era en estas cosas
divinas la piedad de los Romanos! XXVI Marcio y Tulo, entre tanto,
trataban en Ancio reservadamente con los de mayor poder, y los
exhortaban a promover la guerra, mientras los Romanos estaban
en disensiones unos con otros; y cuando trabajaban en persuadirlos,
porque les oponían la tregua y armisticio de dos años
convenido entre los dos pueblos, los Romanos mismos le dieron
ocasión y pretexto con haber hecho publicar por pregón,
a causa de cierta sospecha, o más bien calumnia, que los
Volscos que asistiesen a los espectáculos y juegos debieran
salir de la ciudad antes de ponerse el sol. Hay quien diga que
esto se hizo por amaño y dolo de Marcio, que envió
a Roma quien falsamente acusase a los Volscos de tener meditado
sorprender a los Romanos en sus espectáculos e incendiar
la ciudad; ello es que aquel pregón a todos los enemistó
más y más con los Romanos. Acalorábalos además
Tulo, e instigábalos de continuo, hasta que logró
persuadirles que enviasen a Roma a intimar la restitución
de las tierras y las ciudades que en la guerra se habían
tomado a los Volscos. Mas los Romanos, oída la embajada,
se llenaron de indignación y dieron por respuesta que los
Volscos serían los primeros a tomar las armas, pero los
Romanos serían los últimos en deponerlas. Con esto,
congregando Tulo al pueblo en junta general, luego que hubieron
decretado la guerra, les aconsejó que se llamase a Marcio,
no conservando memoria alguna de los males antiguos, sino teniendo
por cierto que de auxiliarles haría más bien que
mal les había hecho siendo enemigo.
XXVII. Presentóse al llamamiento Marcio, y habiendo hablado
a la muchedumbre, como no menos que por las armas se hubiese mostrado
por su elocuencia hombre denodado y guerrero, y aun extraordinario
en sus pensamientos y su osadía, se le confirió
juntamente con Tulo el absoluto mando para aquella guerra. Mas
temeroso de que el tiempo que los Volscos habían de gastar
en sus preparativos, que podía ser largo, le arrebatase
la oportunidad de obrar, encargó a los principales ciudadanos
y a los magistrados que activasen y pusiesen en orden todas las
cosas, y él persuadiendo a los más decididos a que
voluntariamente les siguiesen sin alistamiento, invadió
repentinamente el país de los Romanos, cuando menos lo
esperaban. Así es que recogió tan inmenso botín,
que los Volscos tuvieron para retener, para llevar y para consumir
en el ejército, hasta cansarse. Era con todo la menor mira
de aquella expedición el procurarse provisiones y el talar
y devastar la comarca; el objeto principal era acrecentar la discordia
entre los patricios y la plebe, para lo que, arrasando y destruyendo
todo lo demás, en los campos de los patricios no permitió
que se hiciera el más leve daño, ni que nadie tomara
de ellos cosa alguna. Con efecto, por esta causa fue mayor la
disensión y contienda entre ellos, acusando a la plebe
los patricios de haber desterrado injustamente a un varón
de tan grande importancia y culpando a éstos la plebe de
haber llamado por encono a Marcio; a lo que añadía
que después le dejarían a ella la guerra, quedándose
tranquilos espectadores, por cuanto tenían a la parte de
afuera por guarda de su hacienda y de sus bienes a la misma guerra.
Hecho esto, con lo que Marcio inspiró a los Volscos mucho
aliento y confianza, se retiró con la mayor seguridad.
XXVIII. Cuando estuvieron ya reunidas todas las fuerzas de los
Volscos, como se hallase ser muchas, determinaron dejar una parte
en las ciudades para su guarnición y con la otra marchar
contra los Romanos; y en esta ocasión Marcio dio a escoger
a Tulo entre los dos mandos. Pero Tulo contestó que conocía
bien que Marcio no le cedía en valor, y que en fortuna
le había visto ser muy favorecido en todos los hechos de
armas; así, que tuviera el mando de las que habían
de salir a campaña, quedándose él mismo a
defender las ciudades y a facilitar a los del ejército
cuanto fuera menester. Cobrando con esto Marcio nuevo ánimo,
volvió en primer lugar contra la ciudad de Circeyos, colonia
que era de los Romanos; mas como ésta se le entregase espontáneamente,
ningún daño le hizo. Desde ella pasó a talar
el país de los Latinos, esperando con esto que los Romanos
vendrían a empeñar acción en defensa de los
Latinos, por ser sus aliados, y porque muchas veces los habían
llamado. Mas la muchedumbre había decaído de ánimo,
y quedándoles a los cónsules muy poco tiempo de
mando, en el que no querían exponerse, por estas causas
desatendieron a los Latinos; entonces Marcio marchó contra
las ciudades mismas, y sojuzgando por la fuerza a los Tolerinos,
Lavicos y Pedanos, y aun a los Bolanos, que le hicieron resistencia,
se apoderó, al recoger la presa, de sus personas, y distribuyó
sus bienes. A los que voluntariamente se le entregaron, los protegió
con esmero para que, sin quererlo él, no recibiesen daño
alguno, aunque estuviera lejos con el ejército y distante
del país.
XXIX. En seguida, tomando por asalto a Bolas, ciudad que no distaba
de Roma más de cien estadios, se hizo dueño de gran
riqueza y pasó a cuchillo casi a todos cuantos podían
por la edad llevar armas. De los Volscos, aun aquellos a quienes
no había tocado quedarse en las ciudades no tenían
paciencia, sino que se pasaban con sus armas a Marcio, diciendo
que a él sólo le reconocían por general y
por caudillo. Era por toda la Italia muy sonado su nombre y grande
la opinión de su valor, pues que con la mudanza de una
sola persona tan extraordinario cambio se había hecho en
todos los negocios. En los de los Romanos, ningún concierto
había, desalentados como estaban para salir a campaña
y no ocupándose diariamente más que en sus altercados
y en expresiones de discordia de unos a otros, hasta que les llegó
la nueva de estar sitiada por los enemigos la ciudad de Lavinio,
donde los Romanos tenían los templos de los Dioses patrios
y que era la cuna y principio de su linaje, por haber sido la
primera de que Eneas había tomado posesión. Entonces,
ya una admirable y común mudanza de modo de pensar se apoderó
de la plebe, y otra extraña también enteramente
y fuera de razón trastornó a los patricios. Porque
la plebe se decidió a abolir la condena de Marcio, y a
restituirle a la ciudad, y el Senado, reunido a deliberar sobre
aquella determinación, recedió de ella y la contradijo,
o porque en todo se hubiese propuesto repugnar a los deseos de
la plebe, o porque no quisiese que. Marcio debiera el favor de
ésta su restitución, o porque ya se hubiese irritado
con éste porque a todos hacía daño sin haber
sido de todos ofendido, habiéndose declarado enemigo de
la patria, en la que la parte principal y de más poder
sabía que había tenido que padecer y había
sido agraviada juntamente con él. Participada esta resolución
a la muchedumbre, la plebe no tenía arbitrio para decretar
alguna cosa con sus sufragios y establecerla como ley sin que
precediera la autoridad del Senado.
XXX. Llegó a entenderlo Marcio, e irritado de nuevo levantó
el sitio y lleno de enojo marchó contra la ciudad, poniendo
sus reales en el sitio llamado las Fosas Clelias, distante de
aquellos solamente cuarenta estadios. Viéronle; hízoseles
temible, y causando en todos gran turbación calmó
por entonces las disensiones, pues nadie, ni magistrados ni Senado,
se atrevió ya a contradecir a la muchedumbre acerca de
restituir a Marcio, sino que viendo correr por la ciudad a las
mujeres, en los templos las plegarias y el llanto y los ruegos
de los ancianos, y en todos la falta de osadía y de consejos
saludables, convinieron en que la plebe había pensado sabiamente
acerca de que se reconciliaran con Marcio, y el Senado había
cometido grande error empezando a manifestar enojo y enemiga cuando
convenía poner fin a estas pasiones. Determinaron, pues,
de común acuerdo enviar a Marcio mensajeros que le ofrecieran
la vuelta a la patria y le pidieran pusiese término a la
guerra. Los que envió el Senado eran de los amigos de Marcio,
y esperaban encontrar a su llegada la más benigna acogida
en un amigo y compañero suyo; mas nada de esto hubo, sino
que, llevados por medio del campamento de los enemigos, le hallaron
sentado entre una gran comitiva con intolerable severidad. Teniendo,
pues, a su lado a los principales de los Volscos, les dio orden
de que dijesen qué era lo que tenían que pedir.
Hablaron palabras moderadas y humanas, convenientes a su presente
situación, y concluido que hubieron, les respondió
ásperamente y con enfado por lo tocante a sí y a
lo que se le había hecho sufrir; y después, como
general, por lo tocante a los Volscos, les puso por condición
la restitución de las ciudades y do todo el territorio
que habían ocupado por la guerra y quo habían de
declarar a los Volscos una igualdad absoluta de derechos, como
la disfrutaban los Latinos: pues no podía haber otra reconciliación
segura que la que se fundase en igualdad y justicia; concedióles
para deliberar un plazo de treinta días, con lo que, despedidos
los embajadores, al punto se retiró de aquella comarca.
XXXI Éste fue el primer motivo de queja que hicieron valer
contra él aquellos de entre los Volscos que ya antes miraban
mal y con envidia su grande autoridad, de cuyo número era
Tulo, no porque en su persona hubiese sido en ninguna manera ofendido,
sino por lo que es la miseria de nuestra condición; Tulo
no podía sufrir ver del todo oscurecida su gloria y que
ningún caso hacían ya de él los Volscos,
en cuya opinión sólo Marcio lo era todo, debiendo
contentarse los demás con la parte de poder y mando de
que éste quisiera hacerlos participantes. De aquí
tomaron origen los primeros cargos que sordamente circulaban,
e incomodados murmuraban entre sí, dando a aquella retirada
el nombre de traición; porque si no lo era de muros o de
armas, lo era, sin embargo, de la ocasión y oportunidad,
con la que estas cosas suelen o ganarse o perderse, concediendo
un plazo de treinta días, más que sobrado para que
pudieran sobrevenir las mayores mudanzas. Y no porque Marcio pasase
ocioso ese tiempo; por el contrario, durante él hizo marchas
con que desbarató y disipó a los aliados de los
enemigos y les tomó siete ciudades grandes y populosas.
Mas los Romanos no se atrevieron a auxiliarlos; sino que sus ánimos
estaban poseídos del desaliento, y en cuanto a los peligros
de la guerra se parecían a los cuerpos soñolientos
y paralizados. Pasado que fue el plazo, como se presentase otra
vez Marcio con todas sus fuerzas, enviáronle segunda legación,
rogándole que depusiese el enojo, y, retirando a los Volscos
del territorio romano, hiciera y propusiera lo que juzgase convendría
más a ambos pueblos: en el concepto de que por miedo nada
cederían los Romanos: mas si entendía que en alguna
cosa pudiera tenerse condescendencia con los Volscos, todo se
les otorgaría, deponiendo las armas. A esto contestó
Marcio que nada les respondía corno general de los Volscos,
pero como ciudadano que todavía era de Roma les aconsejaba
y exhortaba que, moderando aquellos orgullosos pensamientos, volviesen
de allí a tres días, trayendo decretado lo que se
les había propuesto, pues si fuese otra la respuesta no
tenían que contar con la inviolabilidad para tornar con
palabras vanas a su campo.
XXXII. Vueltos los embajadores, y oído por el Senado lo
que traían, como en una grande tormenta y borrasca de la
república, echó éste por fin el áncora
sagrada; ordenó a cuantos sacerdotes había de los
Dioses, o ministros y custodios de los misterios, o que poseían
de tiempo antiguo la adivinación patria de los sueños,
que se encaminasen a Marcio, cada uno con los ornamentos de que
por ley debía usar en sus ceremonias y que le hablasen
y que exhortasen a que, dando de mano a la guerra, bajo esta condición
tratara después de los Volscos con sus conciudadanos. Recibiólos,
sí, en el campamento, pero en nada condescendió
y nada hizo o dijo en que mostrase mayor dulzura, sino que insistió
en que con las condiciones propuestas admitiesen la paz o se decidieran
a la guerra. Con este regreso de los sacerdotes resolvieron, por
lo pronto, defender con gran fuerza los muros de la ciudad y lanzarse
del mismo modo sobre los enemigos, poniendo principalmente su
esperanza en el tiempo y en los caprichos de la fortuna; mas desengañáronse
luego de que ningún salvamento les quedaba, por más
que hiciesen; la turbación, el desaliento y las ideas más
desconsoladas se apoderaron ya de la ciudad, hasta que tuvo lugar
un suceso muy parecido a aquellos de que frecuentemente habla
Homero, aunque no satisfaga a la mayor parte: porque diciéndose
éste y exclamando en las grandes y extraordinarias ocasiones
La garza Palas púsole en las mientes y también:
Cambióle un inmortal el pensamiento; el que en un solo
acalorado pecho del pueblo puso la gloriosa suerte; y en otra
parte: O por sí lo pensó, o es que algún
numen le sugirió la provechosa idea; le vituperan como
que con cosas imposibles y con increíbles patrañas
trata de quitar al juicio de cada uno el mérito de la determinación
propia; cuando Homero no hace semejante cosa, sino que los sucesos
ordinarios y comunes que se gobiernan con razón los pone
a cuenta de lo que está en nuestro poder; así que
dice muchas veces: Yo lo determiné con grande aliento;
y asimismo: Apenas dijo, congojóse Aquiles y revolvió
tan inquietante pena una vez y otra en su alentado pecho y en
otra parte: Mas mover no logró a Belerefonte, guerrero
cauto que con grande acierto los más prudentes medios discurría;
y en las ocasiones imprevistas y arriesgadas que piden cierto
ímpetu y entusiasmo no pinta al numen como que nos arrebata,
sino como que mueve y dirige nuestra determinación; ni
como que produce por sí los conatos y esfuerzos sino ciertas
apariencias ocasionales de ellos; con las cuales no hace la acción
involuntaria, sino que da un principio a lo voluntario con infundir
aliento y esperanza; pues tina de dos: o hemos de desechar enteramente
el auxilio divino de todas las acciones que llamamos y son nuestras,
o si no ¿de qué otro modo auxiliarán los
dioses a los hombres y cooperarán con ellos? No ciertamente
amoldando nuestro cuerpo, ni aplicando ellos mismos nuestras manos
y nuestros pies, sino despertando con ciertos principios, con
ciertas apariencias e inspiraciones la parte activa y electiva
de nuestra alma, o, al contrario, desviándola o conteniéndola.
XXXIII. En Roma, a la sazón, las mujeres hacían
sus plegarias, unas en unos templos, y otras en otros; pero las
más y las de mayor lustre ante el ara de Júpiter
Capitolino. Entre éstas había una hermana del gran
Poblícola, que tan señalados servicios hizo a Roma
en guerra y en paz, llamada Valeria. Poblícola había
muerto antes, como lo referimos al escribir sus hechos, y Valeria
tuvo en la ciudad grande honra y reputación, porque en
su conducta no desdecía de su linaje. Sintiendo, pues,
repentinamente un afecto de los que he dicho, acertando no sin
inspiración divina en lo que era conveniente, levantóse
de pronto, y haciendo levantar a todas las demás, se encaminó
a casa de Volumnia, madre de Marcio. Entra, hállala sentada
con la nuera y teniendo a los hijos de Marcio en su regazo: hácese
cercar de las demás matronas y nosotras- dice- ¡oh
Volumnia!, y tú ¡oh Vergilia!, venimos unas mujeres
en busca de otras mujeres, no por decreto del Senado ni por mandamiento
del cónsul, sino que habiendo Júpiter, a lo que
parece, oído compasivo nuestros ruegos, nos infundió
este impulso de venir acá en vuestra busca a proponeros
para nosotras y para los demás ciudadanos el remedio y
la salud, y para vosotras, si os dejáis mover, una gloria
más brillante todavía que la que alcanzaron las
hijas de los Sabinos con haber traído de la guerra a la
amistad y la paz a sus padres y a sus esposos. Ea, venid con nosotras
donde está Marcio; emplead vuestros ruegos y dad a la patria
el verdadero y justo testimonio de que, con haber sido tan maltratada,
ningún daño os ha hecho, ni ninguna determinación
ha tomado contra vosotras en su enojo, sino que os entrega en
sus manos, aun cuando no haya de recabar ninguna condición
equitativa. Dicho esto por Valeria, aplaudieron las demás
matronas, y contestó Volumnia: En los comunes males
¡oh matronas! nos toca a nosotras la parte que a todos,
y en particular tenemos la desgracia de haber perdido la gloria
y la virtud de Marcio, considerando su persona defendida bajo
las armas de los enemigos, pero no salva. Mas con todo, nuestro
mayor desconsuelo es que las cosas de la patria hayan venido a
tan triste estado que haya tenido que poner en nosotras su esperanza;
pues no sé si mi hijo hará algún caso de
nosotras, o si no lo hará tampoco de la patria, que él
anteponía a la madre, a la mujer y a los hijos. Con todo,
valeos de nosotras y conducidnos a su presencia, a lo menos, cuando
no sea otra cosa, para poder morir intercediendo por la patria.
XXXIV. Dicho esto, haciendo levantarse a Vergilia con los hijos
y las damas matronas, se encamina hacia el campamento de los Volscos,
siendo aquel un lastimoso espectáculo, que a los mismos
enemigos les causó confusión e impuso silencio.
Hallábase casualmente Marcio sentado en el tribunal, con
los demás caudillos, y luego que vio venir a aquellas mujeres
se quedó suspenso; mas habiendo conocido a su esposa, que
venía la primera, determinó en su ánimo mantenerse
obstinado e inexorable en su anterior propósito; pero vencido
al fin de sus afectos y trastornado con semejante vista, no pudo
aguantar que le cogieran sentado, sino que bajando más
que de paso, y saliendo a recibirlas, primero y por largo tiempo
saludó a la madre y después a la mujer y a los hijos,
no conteniéndose en el llanto ni en las caricias, sino
más bien dejándose como de un torrente arrastrar
de sus afectos.
XXXV. Cuando ya se hubo desahogado cumplidamente, como advirtiese
que su madre iba a dirigirle la palabra, llamando la atención
de los Volscos más principales, prestó oídos
a Volumnia, que habló de esta manera: Puedes echar
de ver ¡oh hijo!, aun cuando nosotras no lo digamos, coligiéndolo
del vestido y de los semblantes, a qué punto de retiro
y soledad nos ha traído tu destierro; reflexiona después
cómo somos entre todas las mujeres las más desventuradas,
puesto que nuestra mala suerte ha hecho que el encuentro, para
otras más delicioso, sea para nosotras el más terrible;
para mí viendo a un hijo, y para ésta viendo a un
marido que amenaza con destrucción a los muros de la patria;
y que lo que es para los demás un consuelo en todos sus
infortunios y desgracias, que es el orar a los Dioses, sea para
nosotras objeto de mucha duda; porque no nos es posible pedir
a un mismo tiempo que la patria venza y que tú quedes salvo,
sino que nuestros votos se han de parecer a lo que por maldición
pudiera desearnos nuestro mayor enemigo; forzoso es que o de la
patria o de ti vengan a quedar privados tu mujer y tus hijos.
Por lo que a mí toca, la desventura que haya de traer esta
guerra no me cogerá viva; pues si no pudiere persuadirte
a que, restableciendo la amistad y la concordia, seas antes el
bienhechor de ambos pueblos que la ruina de uno de ellos, ten
entendido y está preparado a que no podrás acercarte
a combatir la patria sin que primero pases por encima del cadáver
de la que te dio el ser; puesto que no debo aguardar aquel día
en el que vea que, o triunfan de mi hijo los ciudadanos, o él
triunfa de la patria. Y si yo te propusiera que salvaras a ésta
con ruina de los Volscos, la prueba sería para ti, oh hijo
mío, ardua y difícil, porque el destruir a tus conciudadanos
no es honroso, y el, hacer traición a los que de ti se
han confiado es injusticia; más ahora la paz que te pedimos
es saludable a todos, y más honesta y gloriosa todavía
para los Volscos, pues apareciendo superiores, se entenderá
que son los que conceden tan grandes bienes, no entrando ellos
menos por eso a participar de la paz y de la amistad, de las cuales
serás tú el principal autor si se consiguen; y si
no se consiguieron, a ti solo te echarán la culpa unos
y otros. Y, en fin, siendo la guerra incierta, esto hay de cierto
desde luego: que si vences, te está preparado el ser la
abominación de tu patria, y si eres vencido, has de tener
la opinión de que por sus resentimientos has hecho venir
sobre tus amigos y bienhechores las mayores calamidades.
XXXVI Escuchó Marcio este razonamiento de Volumnia sin
responder cosa alguna; y como aun después de haber concluido
se mantuviese en silencio por bastante rato: ¿Por
qué callas, hijo?- continuó diciendo- ¿Será
cosa honesta concederlo todo al enojo y a la venganza y no lo
será hacer merced a una madre que tan racionalmente pide?
¿O le está bien al hombre grande conservar la memoria
de los malos que ha sufrido, y el honrar y reverenciar los beneficios
que los hijos reciben de las madres no será propio de un
hombre grande y esforzado? Y en verdad que el mostrar reconocimiento,
a nadie le estaría mejor que a ti, que tan ásperamente
te declaras contra la ingratitud, pues de la patria bien costosa
satisfacción tienes tomada: mas a tu madre no hay cosa
en que la hayas atendido, cuando nada debía ser tan sagrado
como el que yo alcanzara de ti sin premio las cosas tan honestas
y justas que te pido; mas, pues que no acierto a moverte, ¿por
qué no acudo a la última esperanza? Y diciendo
estas palabras se arroja a sus pies, juntamente con la mujer y
los hijos. Entonces Marcio exclama: ¡En qué
punto me habéis contenido, oh madre! Y alzándola
del suelo y apretándole fuertemente la mano: Venciste-
le dice-, alcanzando una victoria tan feliz para la patria como
desventajosa para mí, que me retiro vencido de ti sola.
Dicho esto, habló aparte por breve tiempo con la madre
y la mujer, y a su ruego las volvió a mandar a Roma. Pasada
la noche, se retiró con los Volscos, que no todos pensaban
de él o le miraban de una misma manera; pues unos estaban
mal con él mismo y con esta acción, y otros ni con
lo uno ni con lo otro, teniendo más dispuesto su ánimo
a la concordia y a la paz. Algunos había que, a pesar de
estar disgustados con lo ocurrido, no culpaban con todo a Marcio,
sino que le creían excusable, por cuanto había sido
combatido de afectos tan poderosos. Mas nadie le contradijo, sino
que todos le siguieron, más arrastrados de su virtud que
de su autoridad.
XXXVII. El pueblo romano, cuanto fue el miedo y el peligro mientras
le amenazó la guerra, otro tanto sintió de regocijo
cuando la vio disipada. Apenas los que estaban en la muralla vieron
retirarse a los Volscos, abrieron todos los templos, llevando
coronas como en una victoria, y disponiendo sacrificios. Señalábase
principalmente la alegría de la ciudad en los honores y
obsequios de las mujeres, del Senado y de la muchedumbre, que
reconocían y profesaban haber sido éstas la causa
cierta de su salud. Decretó, pues, el Senado que lo que
en ellas mismas propusieran en reconocimiento y gloria suya, aquello
ejecutaran las autoridades: mas ninguna otra cosa pidieron, sino
que se construyera un templo a la Fortuna Femenil, haciendo ellas
el gasto, y no poniendo la ciudad más que lo relativo a
las víctimas y culto que convinieran a los Dioses. El Senado,
aunque aplaudió su celo, labró el templo y la efigie
a expensas del público; pero no por eso dejaron aquellas
de recoger dinero, e hicieron otra segunda estatua, de la que
refieren los Romanos que, colocada en el templo, articuló
éstas o semejantes palabras: Con piadosa determinación
me dedicasteis vosotras las mujeres.
XXXVIII. Corre la fábula de que por dos veces se oyó
esta voz, queriéndonos hacer creer cosas tan monstruosas
y difíciles; pues aunque no es imposible parezca a la vista
que las estatuas sudan y derraman lágrimas, supuesto que
las maderas y las piedras a veces contraen cierta suciedad que
despide humor, y además descubren colores y reciben tinturas
del mismo ambiente, con las que puede muy bien indicársenos
algún prodigio, y aunque es también posible que
las estatuas hagan cierto ruido semejante al rechinamiento o al
suspiro, proviniendo aquel de una fuerte rotura o despegamiento
interior de las partes; con todo, es enteramente incomprensible
que en una cosa sin vida se forme voz articulada y una habla tan
cierta, tan determinada y tan distinta: cuando ni al alma ni al
mismo Dios es dado articular y hablar sin un cuerpo orgánico
y dotado de las partes apropiadas al efecto. Así, cuando
la historia nos estrecha con muchos y fidedignos testigos, es
que se ha ejecutado en la parte imaginativa del alma una cosa
semejante a la sensación, y que se tiene por tal, al modo
que en el sueño nos parece oír lo que no oímos
y ver lo que no vemos; sino que a los supersticiosamente piadosos
y religiosos para con los dioses, y que no se atreven a desechar
o repugnar nada de tales historias, lo maravilloso mismo les es
de gran peso para creer, y la idea que tienen del poder divino,
muy superior al nuestro. Porque en nada se mide con la condición
humana ni en la naturaleza, ni en la inteligencia, ni en la fuerza,
ni debe tenerse por extraño que haga lo que a nosotros
nos es negado hacer, o que dé cima a empresas que nosotros
no podemos realizar; sino que aventajándonos en todo, en
las obras es en lo que menos se nos ha de semejar y en lo que
menos hemos de poder serle comparados. Mas, como decía
Heráclito, en las cosas divinas la desconfianza es la que
más nos estorba el conocerlas.
XXXIX. En cuanto a Marcio, no bien hubo dado a Ancio la vuelta,
cuando Tulo, que por miedo le aborrecía y no le podía
sufrir, se propuso quitarle prontamente del medio, porque si ahora
escapaba, no volvería otra vez a dar asidero. Concitó
y sublevó contra él a otros muchos y le intimó
que diera cuentas a los Volscos, deponiendo el mando. Mas aquel,
temiendo quedarse de particular bajo la autoridad de Tulo, que
siempre conservaba gran poder entre sus conciudadanos, respondió
que entregaría el mando a los Volscos si se lo ordenasen,
y las cuentas las presentaría a cuantos de éstos
quisieran pedirlas. Congregóse, pues, el pueblo, y los
agitadores, que se tenían prevenidos, andaban acalorando
a la muchedumbre; mas como luego que Marcio se puso en pie hubiesen
por respeto cedido los alborotadores, dándole lugar para
hablar con tranquilidad, y se viese bien a las claras que los
principales entre los Anciates, contentos con la paz, iban a oírle
con benignidad y a juzgarle en justicia, Tulo comprendió
que iba a ser vencido si aquel se defendía. Porque era
hombre que sobresalía en el don de la palabra, y sus anteriores
servicios pesaban más que la querella presente, siendo
esta misma la mayor prueba de cuánto era lo que se le debía;
porque no hubiera llegado el caso de tenerse por agraviados en
que no hubiese tomado a Roma teniéndola en la mano, si
no se debiera al mismo Marcio el haber estado tan cerca de tomarla.
No juzgaron, por tanto, conveniente el detenerse y contar con
la muchedumbre, sino que, alzando gritería los más
determinados de los conspiradores, diciendo que no había
para que escuchar o atender a un traidor que los tiranizaba y
que se obstinaba en no dejar el mando, se arrojaron en gran número
sobre él y le acabaron, sin que ninguno de los presentes
le socorriese. Mas que esto se ejecutó contra el voto de
la mayor parte, lo manifestaron bien pronto, concurriendo de las
ciudades a recoger el cuerpo y darle sepultura, adornando con
armas y despojos su sepulcro por prez de su valor y de la dignidad
de general. Sabida por los Romanos su muerte, ninguna demostración
hicieron ni de honor ni de enojo con él; solamente a petición
de las matronas les concedieron que le hicieran duelo por diez
meses, como era costumbre hiciese duelo cada uno en la muerte
del padre, del hijo o del hermano: éste era el término
del luto más largo, señalado y prescrito por Numa
Pompilio, como en la relación de su vida lo manifestamos.
Entre los Volscos muy luego el estado de sus cosas hizo ver la
falta que Marcio les hacía: porque primero indisponiéndose
por el mando con los Ecuos, sus aliados y amigos, llegó
a haber entre ellos heridas y muertes; vencidos después
en batalla por los Romanos, en la que murió Tulo, y perdieron
lo más florido de sus tropas, tuvieron que someterse con
condiciones vergonzosas, prestándose a hacer lo que se
les ordenase.
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