|
PORTADA
QUIÉN ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
Seguir
leyendo »»»
PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
Seguir
leyendo »»»
ARTÍCULOS
SÓFOCLES
Y EURÍPIDES
ENLACES
CLÁSICOS
GRIEGOS
Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
LATÍN
Web sobre Latín Online
OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
|
CRASO
I. Marco Craso, cuyo padre había sido
censor y merecido los honores del triunfo, se crió, sin
embargo, en una casa reducida, con otros dos hermanos. Estaban
éstos casados cuando vivían aún los padres,
y todos comían a una misma mesa, lo que parece pudo contribuir
no poco a que fuese frugal y moderado en el comer y beber. Muerto
uno de los dos hermanos, tomó en matrimonio a su mujer,
y de ella tuvo hijos, habiendo sido en esta materia tan arreglado
como el que más de los Romanos; con todo, cuando ya se
hallaba adelantado en edad, fue acusado de haber tratado inhonestamente
con Licinia, una de las vírgenes Vestales. Licinia fue
absuelta de aquel cargo, habiendo sido su acusador un tal Plotino.
Tenía ésta una quinta deliciosa, y deseaba Craso
adquirirla por un corto precio, para lo cual la visitaba y obsequiaba
con grandísima frecuencia; de aquí tuvo origen la
indicada sospecha, que en cierta manera desvaneció con
su codicia, habiendo sido también absuelto por los jueces;
pero de la intimidad con Licinia no se retiró hasta haberse
hecho dueño de la posesión.
II. Dicen los Romanos que a las muchas virtudes de Craso sólo
un vicio hacía sombra, que era la codicia; pero, a lo que
parece, no era solo, sino que, siendo muy dominante, hacía
que no apareciesen los demás. Las pruebas más evidentes
de su codicia son el modo con que se hizo rico y lo excesivo de
su caudal; porque, no teniendo al principio sobre trescientos
talentos, después, cuando ya fue admitido al gobierno,
ofreció a Hércules el diezmo, dio banquetes al pueblo,
y a cada uno de los Romanos le acudió de su dinero con
trigo para tres meses; y, sin embargo, habiendo hecho para su
conocimiento el recuento de su hacienda antes de partir a la expedición
contra los Partos, halló que ascendía a la suma
de siete mil y cien talentos; y si, aunque sea en oprobio suyo,
hemos de decir la verdad, la mayor parte la adquirió del
fuego y de la guerra, siendo para él las miserias públicas
de grandísimo producto. Porque cuando Sila, después
de haber tomado la ciudad, puso en venta las haciendas de los
que había proscrito, reputándolas y llamándolas
sus despojos, y quiso que la nota de esta rapacidad se extendiese
a los más que fuese posible y a los más poderosos,
no se vio que Craso rehusase ninguna donación ni ninguna
subasta. Además de esto, teniéndose por continuas
y connaturales pestes de Roma los incendios y hundimientos por
el peso y el apiñamiento de los edificios, compró
esclavos arquitectos y maestros de obras, y luego que los tuvo,
habiendo llegado a ser hasta quinientos, procuró hacerse
con los edificios quemados y los contiguos a ellos, dándoselos
los dueños, por el miedo y la incertidumbre de las cosas,
en muy poco dinero, por cuyo medio la mayor parte de Roma vino
a ser suya. A pesar de poseer tantos artistas, nada edificó
para sí, sino la casa de su habitación, porque decía
que los amigos de obras se arruinaban a sí mismos sin necesidad
de otros enemigos. Eran muchas las minas de plata que tenía,
posesiones de gran precio en sí y por las muchas manos
que las cultivaban; a pesar de eso, todo era nada en comparación
del valor de sus esclavos: ¡tantos y tales eran los que
tenía! Lectores, amanuenses, plateros, administradores
y mayordomos, y él era como el ayo de los que algo aprendían,
cuidando de ellos y enseñándoles, porque llevaba
la regla de que al amo era a quien le estaba mejor la vigilancia
sobre los esclavos, como órganos animados del gobierno
de la casa. Excelente pensamiento, si Craso juzgaba, como lo decía,
que las demás cosas debían administrarse por los
esclavos, y él gobernar a éstos; porque vemos que
la economía en las cosas inanimadas no pasa de lucrosa
y en los hombres tiene que participar de la política. En
lo que no tuvo razón fue en decir que no debía ser
tenido por rico el que no pudiera mantener a sus expensas un ejército:
por que la guerra no se mantiene con lo tasado, según Arquídamo,
sino que la riqueza, respecto de la guerra y los guerreros, tiene
que ser indefinida; muy distante de la sentencia de Mario, el
cual, como habiendo distribuido catorce yugadas de tierra a cada
soldado le hubiesen informado que todavía codiciaban más,
No quiera Dios- dijoque ningún Romano tenga por poca
la tierra que basta a mantenerlo.
III. Picábase, sin embargo, Craso de acoger bien a los
forasteros, estando abierta su casa a todos ellos; prestaba a
los amigos sin interés; pero, vencido el plazo, exigía
con tanto rigor el pago, que la primera gracia venía a
hacerse más inaguantable que habrían sido las usuras.
Para franquear su mesa era bastante generoso y popular, y aunque
ésta no era espléndida, el aseo y la amabilidad
la hacían más apetecible que hubiera podido hacerla
el ser más exquisita y costosa. En cuanto a instrucción,
se ejercitó en la elocuencia, especialmente en la parte
oratoria, que es de mayor y más extensa utilidad; y habiendo
llegado a sobresalir en esta arte entre los más aventajados
de Roma, en el trabajo y en el celo excedió aun a los más
facundos; porque ninguna causa tuvo por tan pequeña y despreciable
que no fuese preparado para hablar en ella, y muchas veces, rehusando
Pompeyo y César, y aun el mismo Cicerón, levantarse
y tomar la palabra, él concluía la defensa; con
lo que se ganó el afecto, como patrono solícito
y diligente. Ganóselo también con su humanidad y
popularidad para con las gentes, pues nunca Craso, saludado de
un ciudadano romano, por miserable y oscuro que fuese, dejó
de corresponderle por su nombre. Dícese que fue muy instruido
en la historia y aun algo dado a la filosofía, adoptando
las opiniones de Aristóteles, en las que tuvo por maestro
a Alejandro, varón dulce y apacible, como se ve en el modo
en que permaneció al lado de Craso; pues que no es fácil
demostrar si era más pobre antes de ir a su compañía
o después de estar en ella; y siendo el único entre
sus amigos que le acompañaba en los viajes, para el camino
se le daba una capa, la que se le recogía a la vuelta.
¡Ésta sí que es paciencia! Y se ve que este
infeliz no sólo no tenía por mala, mas ni aun por
indiferente la pobreza. Pero de esto hablaremos más adelante.
IV. Desde que Cina y Mario quedaron vencedores se echó
de ver que iban a entrar en la ciudad, no para bien de la patria,
sino, al contrario, para destrucción y ruina de los buenos
ciudadanos; y, por descontado, cuantos pudieron haber a las manos,
todos perecieron, de cuyo número fueron el padre de Craso
y su hermano. El mismo Craso, que todavía era muy joven,
evitó el primer peligro; pero habiendo entendido que por
todas partes lo perseguían y andaban solícitos para
cazarle los tiranos, acompañado de dos amigos y de diez
criados huyó con extraordinaria celeridad a España,
donde en otro tiempo había estado, con su padre, en ocasión
de ser éste pretor, y había granjeado amigos; pero,
habiendo observado que todos estaban llenos de recelos, temblando
de la crueldad de Mario, como si lo tuvieran ya encima, no se
atrevió a presentarge a ninguno, y dirigiéndose
a unos campos que en la inmediación del mar tenía
Vibio Paciano, donde había una gran cueva, allí
se ocultó. Envió a Vibio uno de sus esclavos para
que le tanteara; y más que ya empezaban a faltarle las
provisiones. Alegróse Vibio de saber por la relación
de éste que se había salvado, e informado de cuántos
eran los que tenía consigo y del sitio, aunque no pasó
a verle, llamó al punto al administrador de aquella ciudad
y le dio orden de que haciendo todos los días aderezar
una comida la llevara y pusiera delante de la piedra, retirándose
calladamente, sin meterse a examinar ni inquirir lo que había,
y anunciándole que el ser curioso le costaría la
vida y el desempeñar fielmente lo que se le mandaba le
valdría la libertad. La cueva está no lejos del
mar, y las rocas que la circundan envían un aura delgada
y apacible a los que se hallan dentro; si se quiere pasar adelante,
aparece una elevación maravillosa, y en el fondo tiene
diferentes senos de gran capacidad, que se comunican unos con
otros. No carece de agua ni de luz, sino que al lado de las rocas
mana una fuente de abundante y delicioso caudal, y unas hendiduras
naturales de las peñas, por donde entre sí se juntan,
reciben de afuera la luz; de manera que el sitio está alumbrado
por el día. El que se halla dentro se conserva limpio y
enjuto, porque el grande espesor de la piedra no da paso a la
humedad y a los vapores, haciéndolos dirigirse hacia la
fuente.
V. Mientras allí se mantenía Craso, el administrador
les llevaba todos los días el alimento, sin que los viese
ni conociese; mas ellos le veían, sabedores de todo, y
esperando que mudaran los tiempos; la comida con que se les asistía
no se limitaba a lo preciso, sino que era abundante y regalada.
Porque Vibio sabía agasajar a Craso con toda delicadeza;
tanto, que hasta considerando sus pocos años, y viendo
que era muy joven, quiso obsequiarle con los placeres que pide
tal edad, pues ceñirse a lo puramente necesario más
es de quien sólo tira a cumplir que de quien sirve con
voluntad. Encaminándose, pues, a la ribera con dos esclavas
bien parecidas, luego que llegó cerca del sitio, mostrando
a éstas la puerta de la cueva, les dio orden de que entrasen
en ella sin recelo. Craso y los que con él estaban, al
ver que allá se dirigían, empezaron a temer no fuese
que se hubiera descubierto o que se hubiera denunciado su retiro;
preguntáronles, pues, qué querían y quiénes
eran; mas luego que respondieron, como se les había prevenido,
que buscaban a su amo que se hallaba allí refugiado, comprendiendo
Craso la finura y esmero de Vibio para con él, dio entrada
a las esclavas, las cuales permanecieron en su compañía
por todo el tiempo restante, dando parte a Vibio de lo que les
hacía falta. Dícese que Fenestela alcanzó
a ver a una de ellas ya muy anciana y que muchas veces la oyó
referir y traer a la memoria estas cosas con sumo placer.
VI Pasó allí Craso escondido ocho meses, y dejándose
ver desde el punto en que se supo la muerte de Cina, como acudiesen
a él muchos de los naturales, reclutando unos dos mil y
quinientos recorrió con ellos las ciudades, de las cuales
sólo saqueó a Málaga, según opinión
de muchos, aunque se dice que él lo negaba y que impugnó
a aquellos escritores. Recogió después de esto algunas
embarcaciones, y pasando al África se dirigió a
Metelo Pío, varón de grande autoridad y que había
juntado un ejército respetable; pero, con todo, no permaneció
largo tiempo a su lado, sino que, habiéndose indispuesto
con él, partió en busca de Sila, que le admitió
y trató con la mayor distinción. Regresó
Sila a Italia de allí a poco, y queriendo tener en actividad
a todos los jóvenes que con él servían les
fue dando diferentes encargos, y como enviase a Craso al país
de los Marsos a reclutar gente, éste le pidió escolta,
porque tenía que pasar entre los enemigos; pero diciéndole
Sila con cólera: ¡Y tanto! Pues te doy en escolta
a tu padre, tu hermano, tus amigos y tus parientes, de cuyos injustos
matadores voy a tomar venganza, corrido e inflamado por
semejante expresión partió sin detenerse, atravesó
resueltamente por entre los enemigos, reunió considerables
fuerzas, y en los combates dio pruebas a Sila de su valor. Desde
este tiempo y estos sucesos se dice que comenzó su emulación
y contienda de gloria con Pompeyo; porque con ser éste
de menor edad, e hijo de un padre infamado en Roma, y aborrecido
con el más implacable odio de sus conciudadanos, brilló
extraordinariamente y compareció grande en estos rencuentros;
tanto, que Sila, cuando entraba Pompeyo, se levantaba, se descubría
la cabeza y le saludaba con el dictado de emperador; distinciones
de que no solía usar ni con varones más ancianos
que él ni con sus colegas. Quemábase e irritábase
Craso con estas cosas, sin embargo de que era justamente postergado,
porque le faltaba pericia, y quitaban el valor a sus hazañas
las ingénitas pestes que le acompañaban siempre,
a saber: su ansia de adquirir y su sórdida codicia; así
es que, habiendo tomado en la Umbría la ciudad de Tudercia,
fue acusado ante Sila de que se había apropiado la mayor
parte del botín. Luego, en la batalla de Roma, que fue
la más encarnizada y decisiva, Sila fue vencido, habiendo
sido rechazado y deshechos no pocos de lo que estaban a su lado;
mas Craso, que mandaba el ala derecha, venció a los enemigos,
y habiéndolos perseguido hasta entrada la noche envió
a pedir a Sila cena para sus soldados y le anunció la victoria;
pero en las proscripciones y subastas volvió a desacreditarse
comprando grandes rentas a precio muy bajo y pidiendo dádivas.
En la Calabria se dice que proscribió a uno, no de orden
de Sila, sino por codicia, por lo que, reprobando éste
su conducta, no volvió a valerse de él para ningún
negocio público. Tenía la partida de ser tan diestro
para ganarse la gente con la adulación como sujeto a que
con la adulación se lo llevaran de calles. Era otra de
sus propiedades, según se dice, el que, siendo el más
codicioso de los hombres, aborrecía y censuraba a los que
adolecían del mismo vicio.
VII. Mortificábale la felicidad y buena suerte de Pompeyo
en sus empresas, el que hubiese truinfado antes de ser senador
y el que los ciudadanos le apellidaran Magno, que quiere decir
grande; y como en una ocasión dijese uno: Ahí
viene Pompeyo el Grande, sonriéndose le preguntó:
¿Como cuánto es de grande? Desconfiando,
pues, de poder igualarle por la malicia, recurrió a las
artes del gobierno, llegando a conseguir con su celo, sus defensas,
sus empréstitos, y con dar pareceres y auxiliar en cuanto
le pedían a los que tenían negocios públicos,
un poder y una gloria que competían con los que habían
granjeado a Pompeyo sus muchas y grandes victorias. Sucedíales
una cosa singular: y era que el nombre y la autoridad de Pompeyo
en la ciudad eran mayores cuando estaba ausente, a causa de sus
prósperos sucesos en la guerra; y presente, quedaba muchas
veces inferior a Craso por su entonamiento y por su método
de vida, que le hacían huir de la muchedumbre, retirarse
de la plaza pública y no tomar bajo su amparo, y aun esto
no con gran empeño, sino a pocos de los que a él
acudían, a fin de conservar más vigente su autoridad
cuando para sí mismo la hubiera menester. Mas Craso, que
conocía la importancia de ser útil a los demás,
y que no se hacía desear ni escaseaba su trato, sino que
siempre estaba pronto para toda suerte de negocios, con hacerse
popular y humano triunfaba de aquel ceño y majestad. Por
lo que hace a la nobleza de la persona, a la facundia en el decir
y a la gracia en el semblante, es fama que uno y otro tenían
bastante atractivo. Ni aquella emulación de que hemos hablado
producía en Craso enemistad o malquerencia, sino que, sintiendo
ver que Pompeyo y César le eran antepuestos en los honores,
no por eso acompañaban a este ajamiento de su amor propio
ni mal humor ni enemiga; y sin embargo de esto, César,
cuando en el Asia fue cautivado y puesto en custodia por los piratas,
¡Con cuánto gozo- exclamó- recibirás,
oh, Craso, la noticia de mi cautividad! Ello es que más
adelante contrajeron entre sí cierta amistad, y teniendo
en una ocasión César que pasar de pretor a España,
como le faltasen fondos y los banqueros le incomodasen, habiendo
llegado hasta embargarle las prevenciones de la expedición,
Craso no se hizo el desentendido, sino que le sacó del
apuro, constituyéndose su fiador por ochocientos y treinta
talentos. Finalmente, dividida Roma en tres partidos, el de Pompeyo,
el de César y el de Craso- porque en Catón era más
la gloria que la autoridad, y más bien era admirado que
tenido por poderoso-, la parte juiciosa y sensata de la república
cultivaba la amistad de Pompeyo, y la gente inquieta y fácil
de mover se iba tras las esperanzas de César. Craso, puesto
entre ambos, ya sacaba ventajas de una parte y ya de otra; siguiendo
las vicisitudes del gobierno, que se sucedían con frecuencia,
ni era amigo seguro ni enemigo irreconciliable, sino que con facilidad
cedía en la gracia y en el odio, según la utilidad
lo exigía, siendo muchas veces, en poco tiempo, defensor
e impugnador de los mismos hombres y de las mismas leyes. Contribuían
a darle poder el favor y el miedo, pero éste más
todavía; así es que Sicinio, que tanto dio en qué
entender a todos los magistrados y hombres públicos de
su tiempo, preguntándole uno por qué causa con sólo
Craso no se metía, sino que le dejaba en paz, Éste-
le respondió- tiene heno en el cuerno, aludiendo
a la costumbre que tenían los Romanos, cuando había
un buey bravo, de ponerle un poco de heno en el cuerno para que
se guardasen los que le vieran.
VIII. La sedición de los gladiadores y la devastación
de la Italia, a la que muchos dan el nombre de guerra de Espártaco,
tuvo entonces origen con el motivo siguiente: un cierto Léntulo
Baciato mantenía en Capua gladiadores, de los cuales muchos
eran Galos y Tracios; y como para el objeto de combatir, no porque
hubiesen hecho nada malo, sino por pura injusticia de su dueño,
se les tuviese en un encierro, se confabularon hasta unos doscientos
para fugarse; hubo quien los denunciara, mas, con todo, los que
llegaron a adivinarlo y pudieron anticiparse, que eran hasta setenta
y ocho, tomando en una cocina cuchillos y asadores, lograron escaparse.
Casualmente en el camino encontraron unos carros que conduelan
a otra ciudad armas de las que son propias de los gladiadores;
robáronlas, y ya mejor armados tomaron un sitio naturalmente
fuerte y eligieron tres caudillos, de los cuales era el primero
Espártaco, natural de un pueblo nómada de Tracia,
pero no sólo de gran talento y extraordinarias fuerzas,
sino aun en el juicio y en la dulzura muy superior a su suerte,
y más propiamente Griego que de semejante nación.
Se cuenta que cuando fue la primera vez traído a Roma para
ponerle en venta, estando en una ocasión dormido se halló
que un dragón se le había enroscado en el rostro,
y su mujer, que era de su misma gente, dada a los agüeros
e iniciada en los misterios órgicos de Baco, manifestó
que aquello era señal para él de un poder grande
y terrible que había de venir a un término feliz.
Hallábase también entonces en su compañia
y huyó con él.
IX. La primera ventaja que alcanzaron fue rechazar a los que
contra ellos salieron de Capua; y tomándoles gran copia
de armas de guerra, hicieron cambio con extraordinario placer,
arrojando las otras armas bárbaras y afrentosas de los
gladiadores. Vino después de Roma en su persecución
el pretor Clodio con tres mil hombres, y cercándolos en
un monte que no tenía sino una sola subida muy agria y
difícil, estableció en ella las convenientes defensas.
Por todas las demás partes, el sitio no tenía más
que rocas cortadas y grandes despeñaderos; pero como en
la cima hubiese parrales nacidos espontáneamente, cortaron
los que se hallaban cercados los sarmientos más fuertes
y robustos, y formando con ellos escalas consistentes y de grande
extensión, tanto que suspendidas por arriba de las puntas
de las rocas tocaban por el otro extremo en el suelo, bajaron
por ellas todos con seguridad, a excepción de uno sólo,
que fue preciso se quedara, a causa de las armas. Mas éste
las descolgó luego que los otros bajaron, y después
también él se puso en salvo. De nada de esto tuvieron
ni el menor indicio los Romanos, y al hallarse tan repentinamente
envueltos, sobresaltados con este incidente, dieron a huir, y
aquellos les tomaron el campamento. Reuniéronseles allí
muchos vaqueros y otros pastores de aquella comarca, gentes de
expeditas manos y de ligeros pies; así, armaron a unos,
y a otros los destinaron a comunicar avisos o a las tropas ligeras.
El segundo pretor enviado contra ellos fue Publia Varino, y en
primer lugar derrotaron a su legado Turio, que los acometió
con dos mil hombres que mandaba. Después, habiendo Espártaco
sorprendido, bañándose junto a Salenas, al consultor
y colega de aquel, Cosinio, enviado con más fuerzas, estuvo
en muy poco que no le echase mano. Huyó al fin, aunque
no sin gran dificultad y peligro; pero Espártaco le tomó
el bagaje, y persiguiéndole sin reposo, causándole
gran pérdida, se hizo dueño también del campamento;
cayó, por último, en aquella refriega el mismo Cosinio.
Venció igualmente al pretor en persona en diferentes encuentros,
y habiéndose apoderado de sus lictores y de su propio caballo,
adquirió gran fama y se hizo temible. Con todo, echó,
como hombre prudente, sus cuentas, y conociendo serle imposible
superar todo el poder de Roma, condujo su ejército a los
Alpes, pareciéndole que debían ponerse al otro lado
y encaminarse todos a sus casas, unos a la Tracia y otros a la
Galia; mas ellos, fuertes con el número y llenos de arrogancia,
no le dieron oídos, sino que se entregaron a talar la Italia.
En este estado, no fue sólo la humillación y la
vergüenza de aquella rebelión la que irritó
al Senado, sino que, por temor y por consideración al peligro,
como a una de las guerras más arriesgadas y difíciles,
hizo salir a aquella a los dos cónsules. De éstos,
Gelio cayó repentinamente sobre las gentes de Germania,
que por orgullo y soberbia se habían separado de las de
Espártaco, y las deshizo y desbarató del todo. Propúsose
Léntulo envolver a Espártaco con grandes divisiones;
pero él se decidió a hacerle frente, y, dándole
batalla, venció a sus legados y se apoderó de todo
el bagaje. Retirado a los Alpes, fue en su busca Casio, pretor
de la Galia Cispadana, con diez mil hombres que tenía;
pero trabada batalla, fue igualmente vencido, perdiendo mucha
gente, y salvándose él mismo con gran dificultad.
X. Cuando el Senado lo supo, mandó con enfado a los cónsules
que nada emprendiesen, y se nombró a Craso general para
aquella guerra, al cual, por amistad y por su grande opinión,
acudieron muchos de los jóvenes más principales
para militar bajo sus órdenes. Entendió Craso que
debía situarse en la región Picena y esperar a Espártaco,
que por allí había de pasar; pero envió para
observarlo a su legado Munio con dos legiones, dándole
orden de que, puesto a su espalda, siguiera a los enemigos, sin
que de ningún modo viniera a las manos con ellos, ni aun
hiciera la guerra de avanzadas; pero él apenas pudo concebir
alguna esperanza cuando trabó combate y fue vencido, pereciendo
muchos y habiéndose otros salvado arrojando las armas en
la fuga. Craso recibió a Mumio con la mayor aspereza, y
armando de nuevo a los soldados les hizo dar fianzas de que conservarían
mejor aquellas armas. A quinientos, los primeros en huir y los
más cobardes, los repartió en cincuenta décadas,
de cada una de ellas hizo quitar la vida a uno, a quien cupo por
suerte, restableciendo este castigo antiguo de los soldados, interrumpido
tiempo había; el cual, además de ir acompañada
de infamia, tiene no sé qué de terrible y de triste,
por ejecutarse a la vista de todo el ejército. Después
de dado este ejemplo de severidad, guió contra los enemigos;
mas, en tanto, Espártaco se encaminaba por la Lucania hacia
el mar, y encontrándose en el puerto con unos piratas de
Cilicia, intentó pasar a Sicilia e introducir dos mil hombres
en aquella isla, con lo que habría vuelto a encender en
ella la guerra servil, poco antes apagada, y que con pequeño
cebo hubiera tenido bastante. Convinieron con él los de
Cilicia y recibieron algunas dádivas: pero al cabo lo engañaron,
haciéndose sin él a la vela. Movió otra vez
del mar, y sentó sus reales en la península de Regio;
acudió al punto Craso, y hecho cargo de la naturaleza del
sitio, que estaba indicando lo que había de hacerse, se
propuso correr una muralla por el istmo, sacando con esto del
ocio a los soldados y quitando la subsistencia al enemigo. La
obra era grande y difícil, pero, contra toda esperanza,
la acabó y completó en muy poco tiempo, abriendo
de mar a mar, por medio del estrecho, un foso que tenía
de largo trescientos estadios, y de ancho y profundo, quince pies;
sobre el foso construyó un muro de maravillosa altura y
espesor. Espártaco, al principio, no hacía caso,
y aun se burlaba de estos trabajos; pero llegando a faltarle el
botín y queriendo salir, echó de ver que estaba
cercado, y como de aquella estrecha península nada pudiese
recoger, aguardando a que viniera la noche de nieve y ventisca
cegó una pequeña parte del foso con tierra, con
leños y con ramaje, y por allí pudo pasar el tercio
de su ejército.
XI Temió Craso no fuera que Espártaco concibiera
el designio de marchar sobre Roma; mas luego se tranquilizó
habiendo sabido que muchos le habían abandonado por discordias
que con él tuvieron, y formando ejército aparte
se habían acampado junto al lago Lucano, cuéntase
de éste que por tiempos se muda, teniendo unas veces al
agua dulce y otras salada, en términos de no poderse beber.
Marchando Craso contra éstos, los retiró de la laguna,
pero le impidio que los destrozase y persiguiese el haberse aparecido
de pronto Espártaco con disposiciones de retirarse precipitadamente.
Tenía escrito al Senado que era preciso hacer venir a Luculo
de la Tracia, y a Pompeyo de la España; mas arrepentido
entonces, se apresuró a concluir la guerra antes que aquellos
llegasen, comprendiendo que la victoria se atribuiría al
recién venido que había dado socorros. Resolvió,
por tanto, acometer primero a los que se habían separado
de Espártaco y que hacían campo aparte, siendo sus
caudillos Gayo Canicio y Casto, y para ello envió a unos
seis mil hombres con orden de que hicieran lo posible por tomar
con el mayor recato cierta altura; pero, aunque ellos procuraron
evitar que los sintiesen, enramando los morriones, al cabo fueron
vistos de dos mujeres que estaban haciendo sacrificios por la
prosperidad de los enemigos, y hubieran corrido gran peligro de
no haber sobrevenido con la mayor celeridad Craso, y empeñado
una de las más recias batallas, en la que, habiendo sido
muertos doce mil y trescientos hombres, se halló que dos
solos estaban heridos por la espalda, habiendo perecido los demás
en sus mismos puestos, guardándolos y peleando con los
Romanos. Retirábase Espártaco, después de
la derrota de éstos, hacia los montes Petilinos; Quinto
y Escrofa, legado el uno y cuestor el otro de Craso, le perseguían
muy de cerca; mas volviendo contra ellos, fue grande la fuga de
los Romanos, que con dificultad pudieron salvar, malherido, al
cuestor. Este pequeño triunfo fue justamente el que perdió
a Espártaco, porque inspiró osadía a sus
fugitivos, los cuales ya se desdeñaban de batirse en retirada
y no querían obedecer a los jefes, sino que, poniéndoles
las armas al pecho cuando ya estaban en camino, los obligaron
a volver atrás y a conducirlos por la Lucania contra los
Romanos, obrando en esto muy a medida de los deseos de Craso,
porque ya había noticias de que se acercaba Pompeyo, y
no pocos hacían correr en los comicios la voz de que aquella
victoria le estaba reservada, pues lo mismo sería llegar
que dar una batalla y poner fin a aquella guerra. Dándose,
por tanto, priesa a combatir y a situarse para ello al lado de
los enemigos hizo abrir un foso, el que vinieron a asaltar los
esclavos para pelear con los trabajadores; y como de una y otra
parte acudiesen muchos a la defensa, viéndose Espártaco
en tan preciso trance, puso en orden todo su ejército.
Habiéndole traído el caballo, lo primero que hizo
fue desenvainar la espada, y diciendo: Si venciere, tendré
muchos y hermosos caballos de los enemigos; mas si fuere vencido,
no lo habré menester, lo pasó con ella. Dirigióse
en seguida contra el mismo Craso por entre muchas armas y heridas;
y aunque no penetró hasta él, quitó la vida
a dos centuriones que se opusieron a su paso. Finalmente, dando
a huir los que consigo tenía, él permaneció
inmóvil, y, cercado de muchos, se defendio, hasta que lo
hicieron pedazos. Tuvo Craso de su parte a la fortuna: llenó
todos los deberes de un buen general y no dejó de poner
a riesgo su persona, y, sin embargo, aún sirvió
esta victoria para aumentar las glorias de Pompeyo, porque los
que de aquel huían dieron en las manos de éste y
los deshizo. Así es que, escribiendo al Senado, le dijo
que Craso, en batalla campal, había vencido a los fugitivos,
pero él había arrancado la raíz de la guerra.
A Pompeyo se le decretó un magnífico triunfo por
la guerra de Sertorio y de la España; pero Craso, lo que
es el triunfo solemne, ni siquiera se atrevió a pedirlo;
mas ni aun el menos solemne, a que llaman ovación, parecía
propio y digno por una guerra de esclavos. En qué se diferencia
éste del otro, y de dónde le venga el nombre, lo
tenemos ya declarado en la vida de Marcelo.
XII. Naturalmente parecía, después de esto, ser
llamado al consulado Pompeyo, y aunque Craso tenía alguna
esperanza de ser elegido con él, se resolvió, no
obstante a pedirle su ayuda. Tomó éste con gusto
el encargo, porque deseaba ocasión de dejar obligado con
algún favor a Craso; así, trabajó con eficacia,
y, por último, llegó a decir en la junta pública
que no sería menor su gratitud por el colega que por la
dignidad misma. Mas una vez alcanzada ésta no se mantuvieron
en los mismos sentimientos de unión y concordia, sino que
antes oponiéndose, como quien díce, en todos los
negocios el uno al otro, y estando en continua pugna, hicieron
infructuoso y casi nulo su consulado, sin otra cosa notable que
haber hecho Craso un gran sacrificio a Hércules, dando
con ocasión de él un banquete al pueblo en diez
mil mesas, y repartiendo trigo para tres meses a los ciudadanos.
Estando ya en el último término su magistratura,
celebraban junta pública; y un hombre poco visible, aunque
del orden ecuestre, oscuro y retirado en su método de vida,
llamado Gayo Aurelio, subiendo a la tribuna y llamando la atención,
se puso a explicar este sueño que había tenido:
Porque Júpiter- dijose me ha aparecido, y me ha mandado
os diga en público que no deis lugar a que los cónsules
dejen el mando antes de haberse hecho amigos. Dicho esto,
clamó el pueblo que debían reconciliarse, a lo que
Pompeyo se estuvo quedo; pero Craso le alargó el primero
la mano, diciendo: No me parece ¡oh ciudadanos! que
hago nada que me degrade o que pueda tenerse por indigno de mí
si me adelanto a dar este paso de benevolencia y amistad con Pompeyo,
a quien vosotros llamasteis grande cuando apenas tenía
bozo y a quien decretasteis el triunfo antes de ser admitido en
el Senado.
XIII. Hemos dicho lo que el consulado de Craso ofreció
digno de alguna atención, pues la censura todavía
fue más oscura e inactiva: porque ni hizo investigación
del Senado, ni pasó revista a los caballeros, ni impuso
nota a ninguno de los ciudadanos, sin embargo de que tuvo por
colega a Lutacio Cátulo, varón el más dulce
y apacible entre los Romanos. Ha quedado memoria de que intentando
Craso reducir el Egipto a la obediencia del pueblo romano por
un medio inicuo y violento, se le opuso Cátulo con el mayor
esfuerzo, y que, habiéndose ocasionado entre ambos con
este motivo una fuerte discordia, espontáneamente abdicaron
aquella dignidad. En las grandes agitaciones causadas por Catilina,
que estuvo en muy poco no trastornasen del todo la república,
hubo contra Craso alguna sospecha, y aun uno de los conjurados
pronunció en público su nombre, pero nadie le dio
crédito. Con todo, Cicerón, en una oración,
claramente echó la culpa de aquel atentado a Craso y a
César; bien es que este escrito no salió a luz hasta
después de la muerte de ambos. El mismo Cicerón,
en la oración del consulado, dice que Craso fue a su casa
por la noche y le presentó una carta en que se hablaba
de Catilina y con la que se ocnfirmaba la sospechada conjuración.
Lo cierto es que Craso miró siempre con odio a Cicerón
con este motivo; y si manifiestamente no se vengó, fue
precisamente por su hijo Publio, que, siendo muy dado a las buenas
letras y a la filosofía, estaba siempre al lado de Cicerón:
de manera que, cuando se vio su causa, mudó con él
de vestidura, e hizo que ejecutaran otro tanto los demás
jóvenes, y al cabo recabó del padre que se le hiciera
amigo.
XIV. César, luego que regresó de la provincia,
se disponía para pedir el consulado; pero viendo otra vez
a Craso y a Pompeyo indispuestos entre sí, ni quería,
valiéndose del favor del uno, ganarse por enemigo al otro,
ni tampoco esperaba salir con su intento sin el auxilio de uno
de los dos. Trató, pues, de reconciliarlos, no dejándolos
de la mano y haciéndoles ver que con sus discordias fomentaban
a los Cicerones, Cátulos y Catones, de quienes nadie haría
cuenta si teniendo ellos a unos mismos por amigos y por enemigos
gobernaban la república con una sola fuerza y un solo espíritu.
Convenciólos, y logró unirlos, con lo que formando
y constituyendo de los tres un poder irresistible, que fue la
ruina del Senado y la disolución del pueblo, no tanto hizo
mayores a los otros cuanto por medio de ellos mismos consiguió
quedarles superior; pues que a virtud de los esfuerzos de ambos
fue al punto elegido cónsul con el mayor aplauso. Durante
su gobierno, en el que se conducía perfectamente, hicieron
que se le decretase el mando de los ejércitos, y poniendo
en sus manos la Galia, lo colocaron como en un alcázar,
creídos de que todo lo demás se lo repartirían
a su gusto entre sí con mantenerle a aquel firme y estable
la provincia que le había cabido en suerte. Prestábase
a todo esto Pompeyo por su ilimitada ambición; pero en
Craso su enfermedad antigua, la avaricia, excitó un nuevo
deseo y una nueva emulación con motivo de los trofeos y
triunfos de César, en los que no llevaba a bien ser inferior
cuando sobresalía en todo lo demás; de manera que
no paró ni sosegó hasta causar a la patria las mayores
calamidades y precipitarse él mismo en una afrentosa perdición.
Habiendo, pues, bajado César de la Galia hasta la ciudad
de Luca, acudieron allá muchos desde Roma, y pasando también
reservadamente Pompeyo y Craso, acordaron apoderarse de lleno
de todos los negocios y hacerse exclusivamente dueños de
todo mando, manteniéndose con esta mira César sobre
las armas, y repartiéndose Pompeyo y Craso otras provincias
y ejércitos. Para esto no había más que un
camino, que era otra petición del consulado; y presentándose
éstos por candidatos, debía prestarles ayuda César,
escribiendo a sus amigos y enviando a muchos de sus soldados para
asistir a los comicios.
XV. Vueltos a Roma Pompeyo y Craso después de este tratado,
al punto se levantó contra ellos la sospecha y corrió
de boca en boca la voz de que su entrevista no había sido
para cosa buena. En el mismo Senado preguntaron Marcelino y Domicio
a Pompeyo si pediría el consulado, a lo que respondió
que quizá lo pediría y quizá no; y preguntado
de nuevo, contestó que lo pediría por causa de ciudadanos
hombres de bien, mas no de ciudadanos injustos. Pareciendo nacidas
de arrogancia y de soberbia estas respuestas, Craso contestó
con más moderación, diciendo que si había
de ser para bien de la república pediría el consulado,
y si no, se abstendría, por lo cual algunos se resolvieron
a presentarse también candidatos, y entre ellos Domicio.
Mas como al tiempo de las súplicas se mostrasen ya descubiertamente,
todos los demás desistieron de la pretensión; no
obstante, Catún sostuvo a Domicio, que era su deudo, y
lo alentó a que tuviera esperanza y entrara en contienda
por las libertades públicas: porque no era al consulado
a lo que aspiraban Pompeyo y Craso, sino a la tiranía;
ni aquello era petición de una magistratura, sino rapiña
de las provincias y de los ejércitos. Como de este modo
se explicase y pensase Catón, casi no le faltó más
que llevar a empujones a Domicio hasta la plaza, siendo, por otra
parte, muchos los que se pusieron a su lado. Preguntábanse
unos a otros, con no pequeña admiración, para qué
querrían éstos un segundo consulado, por qué
otra vez juntos: y por qué no con otros; pues tenemos-
decían- mucho, hombres que pueden muy bien ser colegas
de Craso y de Pompeyo. Cobraron miedo los del partido de
éste con tales voces, y no hubo vileza ni violencia a que
no se propasasen; armaron asechanzas, sobre todo Domicio, que
todavía de noche bajaba a la plaza con otros; dieron muerte
al criado que le precedía con el hacha, e hirieron a varios,
entre ellos a Catón. Ahuyentando, pues, a éstos
y encerrándolos en casa, se hicieron declarar cónsules;
y de allí a poco tiempo, rodeado de armas el Senado, echando
a Catón de la plaza y dando muerte a algunos que les hicieron
oposición, prorrogaron a César su mando por otros
cinco años, y para sí mismos se decretaron la Siria
y una y otra España; después, echadas suertes, tocó
a Craso la Siria, y las Españas a Pompeyo.
XVI Había salido la suerte puede decirse que a gusto de
todos, porque había muchos que no querían que Pompeyo
se alejase a gran distancia de la ciudad, y éste, que amaba
con exceso a su mujer, se veía que se detendría
cuanto pudiese. A Craso, desde el punto en que cayó la
suerte, se le conoció la gran satisfacción que le
produjo, y que lo tuvo por la mayor dicha que pudiera sobrevenirle:
de manera que apenas podía contenerse aun ante los extraños
y la muchedumbre; con sus amigos no hablaba de otra cosa, profiriendo
expresiones pueriles y vacías de sentido, contra lo que
pedían su edad y su carácter, que nunca había
sido hueco y jactancioso; mas entonces, acalorado y fuera de tino,
no ponía por término a su ventura la Siria o los
Partos, sino que mirando como niñería los sucesos
de Luculo con Tigranes y los de Pompeyo con Mitridates, pasaba
con sus esperanzas hasta la Bactriana, la India y el Mar Océano.
Nada en verdad se decía de Guerra Pártica en el
decreto que se sancionó, pero todo el mundo sabía
que esto era lo único que ansiaba Craso; César le
escribió desde las Galias celebrando su designio y dándole
priesa para partir a la guerra. Mas luego se vio que el tribuno
de la plebe, Ateyo, iba a oponérsele al tiempo de la salida,
teniendo de su parte a muchos que no encontraban bien en que se
fuese a hacer la guerra a unos hombres que en nada habían
faltado y con quienes intercedían tratados de paz, de miedo
de lo cual rogó a Pompeyo que se pusiera a su lado y le
acompañara. Era ciertamente grande la autoridad de Pompeyo
para con el pueblo, y aunque había muchos que estaban dispuestos
a impedir la marcha y levantar alboroto, los contuvo verle al
lado de aquel con semblante risueño; de manera que, sin
el menor obstáculo, los dejaron pasar. Ateyo, con todo,
se les puso delante, y primero le dio en voz, tomando testigos,
la orden de que no partiese, y después mandó al
ministro que le echara mano y lo detuviera. Impidiéronlo
los otros tribunos: así el ministro no llegó a asir
a Craso; pero Ateyo corrió a la puerta y puso en ella una
escalfeta con lumbre, y cuando llegó Craso, echando aromas
y haciendo libaciones, prorrumpió en las imprecaciones
más horrendas y espantosas, invocando y llamando por sus
nombres a unos dioses terribles también y extraños.
Dicen los Romanos que estas imprecaciones detestables, y antiguas
tienen tal poder, que no puede evitarlas ninguno de los comprendidos
en ellas, y que alcanzan para mal aun al mismo que las emplea,
por lo que ni son muchos los que las profieren, ni por ligeros
motivos. Así, entonces, reconvenían a Ateyo de que
hubiese atraído sobre la república, por cuya causa
se había manifestado contrario a Craso, semejantes maldiciones
y semejante ira de los dioses.
XVII. Marchó, pues, Craso, y llegó a Brindis; y
sin embargo de que el mar estaba todavía agitado de tormenta,
no se detuvo, sino que se hizo a la vela, perdiendo muchos buques.
Recogió las fuerzas que le habían quedado, y por
tierra siguió su viaje, atravesando la Galacia. Allí
vio al rey Deyótaro, que, siendo ya edad avanzada, estaba
fundando una ciudad nueva; sobre lo que se chanceó con
él, diciéndole: ¿Cómo es esto,
oh rey? ¿Después de las doce del día empiezas
a edificar? y el Gálata, sonriéndose: ¡Hola!-
le repuso-. Pues tú tampoco ¡oh general! has madrugado
mucho para invadir a los Partos. Porque Craso había
ya pasado de los sesenta años, y a la vista aun parecía
más viejo de lo que era. Al principio, los negocios se
le presentaron muy según sus esperanzas, porque pasó
con mucha facilidad el Eufrates, condujo sin tropiezo el ejército
y entró en muchas ciudades de la Mesopotamia, que voluntariamente
se le entregaron. En una de ellas, de que era tirano uno llamado
Apolonio, le mataron cien soldados, y marchando contra ella con
su ejército la rindió, la entregó al saqueo
y vendió los habitantes; los Griegos llamaban a esta ciudad
Zenodocia. De resultas de haberla tomado, admitió el que
el ejército le saludase emperador, incurriendo en gran
vergüenza y apareciendo muy pequeño y de pecho muy
angosto, pues que de tan insignificante triunfo se pagaba. Puso
de guarnición en las ciudades rendidas hasta siete mil
hombres de infantería y mil caballos, y se retiró
a la Siria a tomar cuarteles de invierno. Estando allí,
llegó el hijo que venía de la Galia de parte de
César, mostrándose engalanado con premios y llevándole
mil soldados de a caballo escogidos. De los grandes yerros cometidos
por Craso en esta expedición, fuera de la expedición
misma, parece que éste fue el primero, a saber: el que
cuando era menester obrar con celeridad y apoderarse de Babilonia
y Seleucia, ciudades mal avenidas siempre con los Partos, hubiese
dado tiempo a los enemigos para prepararse. Reprendíanle
asimismo de que su detención en la Siria hubiese sido más
bien pecuniaria que militar, pues ni investigó el número
de las armas ni reunió las tropas para ejercitarlas, y
sólo se entretuvo en hacer el cálculo de las rentas,
habiendo gastado muchos días en poner en pesos y balanzas
la riqueza de la diosa que se veneraba en Hierápolis. Escribía
a los pueblos y a las autoridades señalándoles el
número de soldados que habían de presentar, y como
luego los relevase por dinero, incurrió en descrédito
y en desprecio. La primera mala señal que tuvo fue de parte
de aquella diosa, la cual piensan unos que fue Afrodita, otros
Hera y otros la Naturaleza, que de lo húmedo sacó
los principios y semillas de todas las cosas y mostró a
los hombres el origen de todos los bienes: pues saliendo del templo,
primero tropezó y cayó en la puerta Craso el joven,
y después el padre cayó en pos de él.
XVIII. Cuando ya estaba para mover las tropas de los cuarteles
de invierno le llegaron embajadores del rey Arsaces, trayéndole
un mensaje muy breve, porque le dijeron que si aquel ejército
era enviado por los Romanos la guerra sería perpetua e
irreconciliable; pero que si Craso había llevado contra
ellos las armas y ocupado sus ciudades sin el permiso de la patria
y arrastrado sólo por la codicia, que era lo que les había
informado, Arsaces estaba dispuesto a usar de moderación,
compadeciéndose de la ancianidad de Craso, y a restituirle
los soldados, que más bien se hallaban en custodia que
en guarnición. Díjoles Craso con altanería
que en Seleucia les daría la respuesta, y el más
anciano de los embajadores, llamado Vagises, echándose
a reír y mostrando la palma de la mano: Aquí
¡oh Craso!- le dijo- nacerá pelo antes que tú
veas a Seleucia. Retiráronse, pues, cerca de su rey
Hirodes, anunciándole ser inevitable la guerra. De las
ciudades de Mesopotamia que guarnecían los Romanos pudieron
escapar algunos, contra toda esperanza, y trajeron nuevas, propias
para inspirar cuidado, habiendo sido testigos oculares del gran
número de los enemigos y de los combates que habían
sostenido en las ciudades, y, como suele suceder, todo lo pintaban
del modo más terrible: que eran hombres de quienes, si
perseguían, no había cómo librarse, y si
huían, no había cómo alcanzarlos; que sus
saetas eran voladoras y más prontas que la vista, y el
que las lanzaba, antes de ser observado había penetrado
por doquiera, y, finalmente, que de las armas de los coraceros,
las ofensivas estaban fabricadas de manera que todo lo pasaban,
y las defensivas a todo resistían sin abollarse. Los soldados,
al oír esta relación, cayeron de ánimo, pues
cuando creían que los Partos serían como los Armenios
y Capadocios, a los que Luculo llevó como quiso hasta cansarse,
y que lo más difícil de aquella guerra sería
lo mucho que habría que andar en persecución de
unos hombres que nunca venían a las manos, se encontraban,
contra lo que se habían prometido, con que los esperaban
grandes combates y peligros; así es que aun algunos de
los primeros del ejército creyeron que Craso debía
contenerse y deliberar de nuevo sobre el partido que convendría
tomar, de cuyo número era el cuestor Casio. Anunciábanle
también reservadamente los agoreros que las víctimas
le daban siempre funestas y repugnantes señales; mas ni
a éstos quiso dar oídos, ni a ninguno que no le
hablase de seguir adelante.
XIX. Vino en esto a confirmarle maravillosamente en su propósito
Artabaces, rey de Armenia, porque pasó a su campo con seis
mil soldados de a caballo, que dijo constituían su guardia
y su defensa, prometiendo otros diez mil armados de corazas y
treinta mil infantes que mantendría a su costa. Aconsejaba
a Craso que se dirigiera por Armenia a la Partia, pues no sólo
tendría su ejército abundantemente, provisto por
su cuidado, sino que caminaría con toda seguridad, haciendo
la marcha por montes y collados continuos, y por sitios ásperos,
inaccesibles a la caballería, que era toda la fuerza de
los Partos. Apreció mucho su buena voluntad y sus cuantiosos
socorros, mas díjole que le era preciso marchar por la
Mesopotamia, donde había dejado muchos y buenos soldados
romanos; el Armenio a esto cedió y se retiró. Cuando
Craso conducía su ejército cerca de Zeugma, se desgajaron
frecuentes y terribles truenos, y se fulminaron muchos rayos enfrente
del ejército, y un huracán violento, con nubes y
torbellino, hiriendo en el pontón que preparaba, derribó
y destrozó la mayor parte. Fue también dos veces
tocado del rayo el lugar adonde iba a establecer su campamento.
El caballo de uno de los jefes, vistosamente enjaezado, derribó
al jinete, y arrojándose al río se sumergió
y desapareció. Dícese que levantada para marchar
la primera águila, por sí misma se volvió
lo de adelante atrás. Quiso también la casualidad
que al repartir a los soldados sus raciones después de
haber pasado el río, lo primero que se les dio fueron lentejas
y sal, cosas que son entre los Romanos de luto y se ponen a los
muertos. Habló Craso a las tropas, y en el discurso dejó
escapar una expresión que en gran manera disgustó
al ejército, porque dijo que rompería el puente
para que ninguno pudiese volver, y cuando convenía- luego
que conoció el mal efecto que había producido- recogerla
y alentar a los tímidos, se desdeñó de hacerlo
por orgullo. Finalmente, haciendo la acostumbrada expiación
del ejército, y presentándole el agorero las entrañas
de la víctima, se le cayeron de las manos, con lo que se
mostraron inquietos los que se hallaban presentes; mas él,
sonriéndose, Estas son cosas de la vejez- les dijo-;
pero a bien que las armas no se me caerán de la mano.
XX. Movió de allí por la orilla del río,
llevando siete legiones de infantería, cerca de cuatro
mil caballos e igual número de tropas ligeras. En esto
vinieron a darle parte algunos de los exploradores de que el país
estaba desierto de hombres, pero se advertían huellas de
gran número de caballos, y que, mudando de dirección,
se habían vuelto atrás; con esto se encendieron
más las esperanzas en Craso, y los soldados empezaron también
a mirar con desprecio a los Partos, como que no eran hombres para
venir con ellos a las manos; pero Casio volvió, sin embargo,
a representar a Craso que sería bueno recoger las tropas
y darles descanso en una ciudad fortificada hasta tener noticias
más ciertas de los enemigos; o cuando no, marchar a Seleucia
constantemente por la margen del río, pues con esto los
transportes, que no se apartarían nunca de la vista del
campamento, los surtirían abundantemente de provisiones,
y sirviéndoles el río mismo de defensa para no ser
cortados, podrían pelear siempre con igual ventaja contra
los enemigos.
XXI Cuando Craso estaba reflexionando y consultando acerca de
estas cosas, sobrevino un príncipe árabe llamado
Ariamnes, hombre doloso y astuto, y que entonces fue para ellos
el mayor y más consumado mal de cuantos para su perdición
amontonó la fortuna. Acordábanse algunos de los
que habían servido con Pompeyo de que había disfrutado
de su favor y tenía concepto de ser amante de los Romanos.
Arrimóse entonces a Craso por dictamen de los generales
del rey, para que viera si acompañándolo podría
llevarlo lejos del río y de los barrancos, introduciéndolo
en una vasta llanura, donde pudiera ser envuelto; porque a todo
se determinaban, menos a combatir de frente con los Romanos. Venido,
pues, Ariamnes a la presencia de Craso, como elocuente que también
era, empezó a celebrar a Pompeyo, que había sido
su bienhechor; y dando a Craso el parabién de mandar tales
fuerzas culpó su detención en examinar y tomar disposiciones,
como si le faltaran armas y manos y no tuviera más bien
necesidad de pies ligeros contra unos hombres que lo que buscaban
hacía tiempo era robar lo más precioso que pudieran
en riquezas y en personas y retirarse a la Escitia o la Hircania;
y si vuestro ánimo- decía- es pelear, lo que
conviene es usar de celeridad y prontitud, antes que el rey cobre
aliento y reúna en un punto todas sus fuerzas; cuando ahora
no tenemos contra nosotros más que a Surenas y Silaces,
que han tomado a su cargo el resistirnos, y aquel no se sabe dónde
para. Todo esto era falso, porque Hirodes había hecho,
desde luego, dos divisiones de sus tropas; y talando él
la Armenia, para vengarse de Artabaces, había opuesto a
Surenas contra los Romanos, no por desprecio, como han querido
decir algunos, pues no podía desdeñarse de tener
por antagonista a Craso, varón muy principal entre los
Romanos, e irse a pelear con Artabaces, haciendo correrías
por el país de los Armenios, sino que lo que se conjetura
es que, temeroso del peligro, se propuso estar en celada y esperar
el éxito, y que Surenas se adelantara a tentar la batalla
y detener a los enemigos. Porque tampoco Surenas era un hombre
plebeyo, sino en riqueza, en linaje y en opinión el segundo
después del rey; en valor y en pericia el primero entre
los Partos de su edad, y, además, en la talla y belleza
de cuerpo no había nadie que le igualara. Marchaba siempre
solo, llevando su equipaje en mil camellos, y en doscientos carros
conducía sus concubinas, acompañándole mil
soldados de a caballo armados, y de los no armados mucho mayor
número, como que entre dependientes y esclavos suyos podría
reunir hasta unos diez mil. Tocábale por derecho de familia
ser quien pusiese la diadema al que era nombrado rey de los Partos;
y él mismo había vuelto a colocar en el trono a
Hirodes, arrojado de él, y le había reconquistado
a Seleucia, siendo el primero que escaló el muro y quien
rechazó con su propia mano a los que se le opusieron. No
tenía entonces todavía treinta años, y con
todo, gozaba de una grande opinión de juicio y de prudencia,
dotes que no fueron las que contribuyeron menos a la ruina de
Craso, más expuesto a engaños que otro alguno, primero
por su confianza y orgullo, y después, por el terror y
por los mismos infortunios que sobre él cargaron.
XXII. Luego que Ariamnes le hubo seducido, apartándole
del río, le llevó por medio de la llanura, al principio
por un camino abierto y cómodo, pero molesto después
a causa de los montones de arena y por ser el terreno escueto,
falto de agua y tal, que no ofrecía término ninguno
donde los sentidos reposasen; de manera que no sólo se
fatigaban con la sed y la dificultad de la marcha, sino que lo
desconsolado de aquel aspecto causaba aflicción a unos
hombres que no veían ni una planta, ni un arroyuelo, ni
la falda de un monte, ni hierba que empezase a brotar, sino una
vasta planicie que, a manera de la del mar, envolvía al
ejército entre arena, con lo que ya empezaron a sospechar
del engaño. Presentáronse a este tiempo mensajeros
de Artabaces, rey de Armenia, avisando que se veía oprimido
de una violenta guerra por haber caído sobre él
Hirodes, lo que le imposibilitaba de enviarles auxilios; pero
aconsejaba a Craso que retrocediera, pues trasladándose
a la Armenia combatirían juntos contra Hirodes; más
que, si no se determinaba a esto, caminara con cuidado y procurara
acamparse, retirándose de todo terreno a propósito
para obrar la caballería y buscando siempre las montañas.
Craso nada le contestó por escrito; pero de palabra respondió
que por entonces no estaba para pensar en los Armenios, pero que
luego volvería a tomar venganza de la traición de
Artabaces. Casio, aunque de nuevo se incomodaba con estas cosas,
nada proponía o advertía ya a Craso por verle irritado;
pero fuera de su vista llenaba de improperios a Arianmes, a quien
decía: ¿Qué mal Genio, oh el más
malvado de todos los hombres, es el que te ha traído entre
nosotros? ¿Con qué hierbas o con qué hechizos
pudiste mover a Craso a que arrojara el ejército en una
soledad vasta y profunda, haciéndoles andar un camino más
propio de un nómada, capitán de bandoleros, que
de un general romano? El bárbaro, que sabía
plegarse a todo, con éste usaba de blandura, animándole
y exhortándole a que tuviera todavía un poco de
paciencia; pero a los soldados con quienes se juntaba como para
darles algún alivio los insultaba, diciéndoles,
con risa y escarnio: ¿Pues qué, creéis
que esto es caminar por la Campania, y echáis menos sus
fuertes, sus arroyos, sus deliciosos sombríos, sus baños
y sus posadas? ¿No os acordáis de que nuestra marcha
es por los linderos de los Árabes y los Asirios?
De esta manera se burlaba de los Romanos aquel bárbaro,
el cual, antes que más a las claras se conociera el engaño,
se ausentó, no sin noticia de Craso, a quien todavía
hizo creer que iba a introducir la confusión y el desorden
en el ejército enemigo.
XXIII. Dícese que Craso no se vistió de púrpura
aquel día, como es costumbre entre los generales romanos,
sino de una ropa negra, la que mudó luego que se lo advirtieron.
Corre asimismo que algunas de las enseñas no pudieron ser
movidas sino con gran dificultad por los que las llevaban, como
si estuvieran clavadas, de lo que se rió Craso y avivó
la marcha, haciendo que los infantes siguieran el paso de la caballería,
hasta que vinieron algunos de los enviados en descubierta anunciando
que todos los demás habían perecido a manos de los
enemigos y ellos solos habían podido huir, no sin trabajo;
y que aquellos, en gran número y con más decidido
arrojo, venían en disposición de dar batalla. Turbáronse
todos; y Craso, que también se sobrecogió enteramente,
a toda priesa y sin detenerse puso en orden el ejército;
primero, como lo deseaba Casio, que era formando muy clara la
infantería para evitar, extendiéndola lo posible
por el llano, el ser envueltos, y distribuyendo la caballería
en ambos flancos; pero después mudó de propósito,
y, apiñando las tropas, formó un cuadro de igual
fondo por todas partes, componiéndose cada lado de doce
cohortes, agregando a cada cohorte una partida proporcional de
caballería, para que no hubiera parte que careciese de
este auxilio, sino que por todos lados se presentara igualmente
defendido. De las alas dio una a mandar a Casio y la otra a Craso
el joven, reservando para sí el centro. Caminando en este
orden llegaron a un arroyo llamado Baliso, no muy caudaloso y
abundante, cuya vista causó el mayor placer a los soldados,
fatigados y abrasados de calor en una marcha tan trabajosa y tan
falta de refrigerio. Los más de los jefes eran de opinión
que debían allí hacer alto y pasar la noche, informándose
en tanto del número, calidad y orden de los enemigos, y
al día siguiente, al amanecer, marchar contra ellos; mas
Craso, envalentonado con que su hijo y los de caballería
que tenía cerca de sí se inclinaban a seguir adelante
y trabar combate, dio orden de que los que quisiesen comieran
y bebieran, manteniéndose en formación y aun antes
que esto pudiera tener cumplidamente efecto volvió a ponerse
en marcha, no poco a poco ni con la pausa que conviene cuando
se va a dar batalla, sino con un paso seguido y acelerado, hasta
que impensadamente se descubrieron los enemigos a la vista, no
en gran número ni en disposición de inspirar terror;
y es que Surenas había cubierto la muchedumbre de ellos
con la vanguardia, y había ocultado el resplandor de las
armas, haciendo que los soldados se pusieran sobrerropas y zamarras;
mas luego que estuvieron cerca y el general dio la señal,
al punto se llenó aquel vasto campo de un gran ruido y
de una espantosa vocería. Porque los Partos no se incitan
a la pelea con trompas o clarines, sino que sobre unos bastones
huecos de pieles ponen piezas sonoras de bronce con las que mueven
ruido, y el que causan tiene no sé qué de ronco
y terrible, como si fuera una mezcla del rugido de las fieras
y del estampido del trueno: sabiendo bien que de todos los sentidos
el oído ese que influye más en el terror del ánimo
y que sus sensaciones son las que más pronto conmueven
y perturban la razón.
XXIV. Cuando los Romanos estaban aterrados con aquella algazara,
quitando repentinamente las sobrerropas que cubrían las
armas aparecieron brillantes los enemigos con yelmos y corazas
de hierro margiano, de un extraordinario resplandor, y guarnecidos
los caballos armados con jaeces de bronce y de acero. Apareció
asimismo Surenas, alto y hermoso sobre todos, aunque no correspondía
lo femenil de su belleza a la opinión que tenía
de valor, por usar, a estilo de los Medos, de afeites para el
rostro y llevar arreglado el cabello, mientras que los demás
Partos, para hacerse más terribles, dejan que éste
crezca a lo Eseita, desordenadamente. Su primera intención
era acometer con las lanzas y poner en desorden las primeras filas;
pero cuando vieron el fondo de la formación y la firmeza
e inmovilidad de los soldados romanos, retrocedieron; y pareciendo
que aquello era desbandarse y perder el orden, no se echó
de ver que de lo que trataban era de envolver el cuadro. Así,
Craso mandó a las tropas ligeras que corriesen en pos de
ellos; pero éstas no fue mucho lo que se retiraron, sino
que, acosadas y molestadas por las saetas, volvieron a ponerse
bajo la protección de la infantería de línea;
siendo las primeras que causaron alguna conmoción y miedo
en los que ya habían visto el temple y fuerza de unas saetas
que destrozaban las armas y que pasaban todas las defensas, por
más resistencia que tuviesen. Los Partos, separándose
algún tanto, empezaron a tirarles por todas partes sin
cuidadosa puntería, porque la unión y apiñamiento
de los Romanos no les dejaban errar, aun cuando quisiesen, causando
heridas graves y profundas, como que aquellos tiros partían
de arcos grandes y fuertes, que por lo vuelto de su curvatura
despedían la saeta con terrible fuerza. Era, por tanto,
pésima la suerte de los Romanos, pues si permanecían
en aquella formación recibían crueles heridas, y
si intentaban moverse unidos perdían el poder hacer lo
que hacían en su defensa y padecían lo mismo: por
cuanto los Partos se retiraban delante de ellos, tirando siempre;
lo que después de los Eseitas ejecutan con suma destreza.
y en esto obran con la mayor sabiduría, pues que con defender
su vida huyendo quitan a la fuga lo que tiene de vergonzosa.
XXV. Mientras esperaron que agotadas las saetas desistirían
de aquel modo de pelear, o vendrían a las manos, tuvieron
constancia; pero cuando supieron que había infinidad de
camellos cargados de ellas, a los que corrían los que estaban
más cerca, y las tomaban para repartir, entonces Craso,
no viendo el término de aquel triste estado, llegó
a acobardarse, y enviando emisarios a su hijo le dio orden de
que viera cómo precisar a los enemigos a entrar en combate
antes de ser envuelto, porque una de las partidas enemigas principalmente
cargaba sobre éste, y le andaba alrededor, como para ponérsele
a la espalda. Tomando, pues, aquel joven mil y trescientos caballos,
de los cuales mil eran los de César, quinientos arqueros
y ocho cohortes de infantería de las que tenía más
a la mano, acometió impetuosamente con estas fuerzas. Los
Partos que más se habían adelantado, o porque los
hubiesen alcanzado estas tropas como dicen algunos, o porque quisiesen
llevar con maña al joven Craso lejos del padre, volvieron
grupa y dieron a huir. Entonces, alzando aquel el grito, exclamó:
Los enemigos huyen y aceleró el paso y con
él Censorino y Megabaco, sobresaliente éste en grandeza
de ánimo y en fuerzas corporales y adornado aquel con la
dignidad senatoria y con el dote de la elocuencia, amigos ambos
de Craso, y de su misma edad. Como hubiesen, pues, movido en la
forma dicha los de a caballo, resplandeció también
en la infantería la decisión y gozo de la esperanza,
porque creían haber vencido y que iban en persecución
de los enemigos; hasta que a pocos pasos salieron de su engaño,
por haber dado la vuelta los que pareció antes que huían,
y con ellos mucho mayor número que se les había
reunido. Entonces se pararon creyendo que los enemigos les acometerían
al ver que eran tan pocos; pero éstos lo que hicieron fue
formar al frente de los Romanos a los coraceros, y corriendo con
la demás caballería alrededor de ellos, moviendo
grande alboroto, revolvieron los montones de arena y levantaron
una densa polvareda, de manera que los Romanos no podían
verse ni articular palabra; encerrados en estrecho recinto, apiñados
unos sobre otros, recibían crudas heridas, y una muerte
no suave y pronta, sino entre convulsiones y acerbos dolores,
revolcándose con las saetas y encrudeciendo las heridas
o despedazándose y destruyéndose a sí mismos,
si querían sacar las puntas con anzuelo, que habían
dilacerado las venas y los nervios. Recibiendo muchos de esta
manera la muerte, aun los que quedaban con vida estaban sin acción
para nada; así es que, animándolos Publio para que
acometiesen a los coraceros, le mostraron las manos pegadas a
los escudos y los pies clavados en tierra, en términos
que estaban del todo imposibilitados, tanto para huir como para
defenderse. Entonces, dirigiéndose a los de caballería,
acometió con vigor y trabó pelea con los enemigos;
mas ésta era desigual en el herir y en el protegerse, hiriendo
con azconas cortas y débiles en corazas de piel y de hierro,
y siendo heridos con lanzas robustas los cuerpos ligeros y desnudos
de los Galos. Porque en éstos confiaba principalmente y
con ellos obró maravillas, pues agarraban con las manos
los astiles de las lanzas, y trabando de los jinetes, los arrojaban
de los caballos, dejándolos, por lo pesado de la armadura,
sin poder moverse. Muchos, saltando de sus caballos, se metían
debajo de los caballos enemigos y los atravesaban por los ijares;
tiraban éstos botes en fuerza del dolor, y pisoteando a
un tiempo a los jinetes y a sus contrarios, unos y otros morían
juntos, cubiertos de tierra y de basura. Lo que principalmente
quebrantó a los Galos fue el calor y la sed, a que no estaban
acostumbrados, y, además, el haber perdido la mayor parte
de los caballos, a causa de que ellos mismos se metían
por las lanzas enemigas. Viéronse, por tanto, en la precisión
de haber de acogerse a la infantería, teniendo ya a Publio,
por sus muchas heridas, en el más deplorable estado; y
como advirtiesen cerca un alto montón de arena, corrieron
a él, colocaron en medio los caballos, y cubriéndose
con los escudos como en una trinchera, creyeron que podrían
así defenderse mejor de los bárbaros, mas sucedióles
lo contrario. Porque en el terreno llano, los primeros protegen
a los que están a la espalda; pero allí, por la
desigualdad del sitio, los unos estaban más altos que los
otros, y quedando todos al descubierto no podian evitar los tiros,
sino que a todos se dirigían del mismo modo, lamentándose
de una muerte sin gloria y sin desquite alguno. Hallábanse
con Publio dos Griegos establecidos en aquel país en la
ciudad de Carras, llamados Jerónimo y Nicómaco;
persuadíanle que se retirara con ellos y huyera a Icnas,
ciudad que seguía el partido de los Romanos y estaba de
allí a corta distancia; mas respondiéndoles que
ninguna muerte por más cruel que fuese podría hacer
que Publio abandonara a los que morían por él, les
rogó que se salvaran, y alargándoles la diestra
los despidió. Entonces, no pudiendo valerse de su propia
mano, porque la tenía atravesada con una flecha, mandó
a su escudero que lo pasara con la espada, presentándole
el costado. Dícese que Censorino murió de la misma
manera; pero Megabaco se dio a sí mismo la muerte, y otro
tanto ejecutaron los más principales y esforzados A los
demás que quedaron, subiendo los Partos al terreno, los
pasaron en pelea con las lanzas, no habiendo tomado vivos, según
se dice, arriba de quinientos. Cortáronle a Publio la cabeza
y marcharon al punto en busca de Craso.
XXVI El estado de éste era el siguiente. Luego que dio
al hijo la orden de acometer a los Partos, como alguno le anunciase
que éstos iban en derrota y que se les perseguía
con tesón, y viese que los que contra sí tenía
no obraban como antes, porque la mayor parte había marchado
con los que huyeron, se alentó algún tanto, y reuniendo
sus tropas las situó en puestos ventajosos, esperando allí
que el hijo volviese de la persecución. Publio, luego que
se vio en peligro, envió quien avisase al padre; pero los
primeros mensajeros perecieron. De los últimos, algunos
que con dificultad escaparon le trajeron la nueva de que Publio
era perdido si no se le daba pronto y grande socorro. Combatieron
a un tiempo muchos afectos el corazón de Craso; así,
ya no obró en él la razón; e impelido, ora
del miedo, ora del deseo del hijo para darle el socorro que pedía,
se resolvió por fin a mover el ejército. En esto
aparecieron los enemigos, mucho más terribles en su gritería
y en sus cantos, aturdiendo otra vez con el ruido de sus tímpanos
a los Romanos, que esperaron con esto el principio de otra batalla.
Los que traían la cabeza de Publio clavada en la punta
de una pica, acercándose más que los otros, la mostraban,
preguntando con escarnio por sus padres y su linaje, pues no parecía
posible que Craso, hombre el más cobarde y el más
perverso, fuera padre de un joven tan valiente y de tan acendrada
virtud. Este espectáculo fue el que más, de cuantos
males habían pasado, quebrantó y desconcertó
los ánimos de los Romanos, concibiendo todos, no ira y
deseo de venganza, que era lo que el caso pedía, sino un
indecible terror y espanto. Dícese que entonces Craso,
en medio de tan vehemente dolor, se mostró muy superior
a sí mismo, porque, corriendo las filas, habló de
este modo a los soldados: Este luto ¡oh Romanos!,
es privadamente mío; pero la eminente fortuna y gloria
de Roma, intacta e ilesa, permanece en vosotros, a quienes veo
salvos. Si alguna compasión tenéis de mí
por la pérdida de mi valeroso hijo, manifestadla en vuestro
enojo contra los enemigos. Arrebatadles de las manos ese gozo;
vengáos de su crueldad. No os abata lo sucedido: porque
no puede ser que dejen de tener que sufrir y padecer los que acometen
grandes presas. Ni Luculo derrotó sin sangre a Tigranes,
ni Escipión a Antíoco. Nuestros antepasados perdieron
en Sicilia mil naves y en la Italia muchos emperadores y pretores;
pero no impidieron las derrotas de éstos que al cabo triunfasen
de los vencedores: pues que la brillante prosperidad de Roma no
ha llegado a tanta altura por su buena suerte, sino por la constancia
y virtud de los que no rehusaron los peligros.
XXVII. Este fue el lenguaje que les tuvo Craso, y de este modo
procuró alentarlos; pero vio que pocos le escuchaban con
buen semblante, y habiéndoles mandado dar el grito de guerra
se desengañó aún más acerca de su
abatimiento: porque aquel fue débil, apocado y desigual,
cuando el de los bárbaros fue claro y esforzado. Venidos
a la contienda, la caballería de éstos, haciendo
un movimiento oblicuo, comenzó a lanzar saetas; y los coraceros,
usando de las lanzas, redujeron a los Romanos a un recinto estrecho,
a excepción de aquellos que, por huir de la muerte que
los tiros causaban, prefirieron arrojarse desesperadamente sobre
éstos, haciendo, a la verdad, poco daño, pero encontrando
una muerte pronta por medio de heridas grandes y profundas, dadas
por hombres que con el empuje de sus robustos astiles pasaban
con el hierro a los que se les ponían delante, y aun muchas
veces atravesaban a dos de un golpe. Peleando de esta manera sobrevino
la noche, y se retiraron, diciendo que de gracia concedían
a Craso una noche para llorar a su hijo; a no ser que lo pensara
mejor y por sí mismo se fuera a presentar a Arsaces, en
lugar de ser llevado. Pusieron allí cerca su campo, alentados
de grandes esperanzas; en cambio, para los Romanos la noche fue
terrible, no haciendo cuenta de dar sepultura a los muertos ni
de prestar auxilios a los heridos y moribundos, sino que cada
uno se lamentaba por sí mismo, teniéndose por perdidos,
bien esperaran allí el día, o bien se lanzaran por
la noche en aquel vasto desierto. Éranles gran motivo de
irresolución los heridos, pues si determinaban llevarlos
serían un estorbo para la prontitud de la marcha, y si
los dejaban, con sus gritos darían indicio de la partida;
y aunque conocían que Craso era la causa de todo, sin embargo
deseaban verle y oír su voz. Mas él se había
retirado solo y yacía en las tinieblas, cubierta la cabeza
con su ropa: ejemplo para los más de las mudanzas de fortuna,
pero para los hombres prudentes de temeridad y ambición,
por las que no estaba contento con no ser el primero y el mayor
entre tantos millones de hombres, sino que le parecía que
todo le faltaba, porque tenía el último lugar respecto
de dos solos. Entonces, el legado Octavio y Casio trataron de
consolarle y darle aliento; pero cuando vieron que del todo estaba
desanimado, reunieron a los tribunos y centuriones, y habiendo
convenido en que no debían quedar allí movieron
el ejército sin toque de trompetas y con mucho silencio
al principio; pero cuando los imposibilitados de seguir percibieron
que se les abandonaba, fue terrible el desorden y la confusión
que entre sollozos y lamentos se apoderó del campo. Después,
cuando ya estaban en marcha, les sobrevino nueva turbación
y terror, creyendo que se acercaban los enemigos; muchas veces
retrocedían; otras muchas tomaban el orden de formación;
y de los heridos que los seguían, ya poniendo en los bagajes
a unos y ya bajando a otros, fue larga la detención que
tuvieron, a excepción de trescientos de caballería
mandados por Egnacio, que arribaron a Carras como a la medianoche.
Habló éste a los centinelas en lengua romana, y
como le hubiesen entendido, les encargó dijeran a su comandante
Coponio que Craso había tenido una grande batalla con los
Partos; y sin decir más, ni descubrir quién era,
se apresuró a llegar al puente y salvó aquella tropa;
mas fue muy vituperado por haber abandonado a su general. Con
todo, aprovechó a Craso aquella ligera expresión
suya referida a Coponio, porque, conjeturando éste que
lo breve y cortado del anuncio no era de quien traía buenas
nuevas, mandó inmediatamente a los soldados tomar las armas,
y luego que se informó de que Craso estaba en camino salió
a recibirle, y acompañó a su ejército hasta
la ciudad.
XXVIII. Los Partos, aunque por la noche sintieron su partida,
no los persiguieron; pero a la mañana, pasando al campamento,
acabaron con los que en él habían quedado, que no
bajarían de cuatro mil; y a muchos que se habían
perdido por aquellas llanuras les dieron alcance partidas de caballería.
A cuatro cohortes que el legado Vargunteyo había separado
del cuerpo del ejército, y que habían errado el
camino, las sorprendieron en un collado, y sin embargo de que
se defendieron con valor, no pudieron evitar el ser pasadas a
cuchillo, a excepción solamente de veinte hombres; pues
maravillados de que éstos con sus espadas trataran de abrirse
camino entre ellos, se abstuvieron de herirlos, y les permitieron
que sin ofensa se retiraran a Carras. Diose a Surenas un aviso
falso, diciéndosele que Craso había huído
con los principales, y que la muchedumbre que se había
refugiado a Carras era una mezcla de hombres de quienes no se
debía hacer ninguna cuenta. Creyó, pues, haber perdido
el blanco principal de su victoria; mas, dudoso todavía,
y deseando informarse de lo cierto para sitiar a Craso si allí
estaba, o perseguirle en otro caso sin detenerse con los de Carras,
envió a esta ciudad uno de los que estaban con él
que sabía ambos idiomas, dándole orden de que en
lengua romana llamara al mismo Craso o a Casio, manifestando que
Surenas venía a tratar con ellos. Díjolo éste
como se le había mandado, y luego que se dio parte a Craso
aceptó la convocación. Al cabo de poco vinieron
asimismo de parte de los bárbaros unos Árabes, que
conocían de vista a Craso y Casio por haber estado con
ellos en el campamento antes de la batalla; y éstos, viendo
a Casio sobre la muralla, le dijeron que Surenas estaba dispuesto
a tratar de paz y les concedía ir salvos, con tal que admitieran
la amistad del rey y abandonaran la Mesopotamia, porque consideraba
que esto era lo que a unos y a otros convenía más
que llegar a los últimos extremos. Admitiencio la proposición
Casio, y diciéndoles que deseaba se determinara el lugar
y tiempo en que Craso y Surenas tendrían su entrevista,
prometieron que así lo harían, y marcharon.
XXIX. Contento Surenas con tenerlos sujetos a un sitio, al día
siguiente condujo allá sus tropas, las que, desmandándose
en injurias contra los Romanos, llegaron a proponerles que, si
querían alcanzar capitulación, les habían
de entregar atados a Craso y a Casio. Indignáronse de verse
así engañados, y diciendo a Craso que era necesario
dar de mano a las vanas y largas esperanzas de los Armenios, se
decidieron por la fuga. Era muy importante que ninguno de los
Carrenos lo supiese antes de tiempo; pero justamente lo supo Andrómaco,
hombre entre todos el más infiel y desleal, a quien Craso
confió este secreto, valiéndose de él para
que los guiase. Así, nada ignoraron los Partos, porque
Andrómaco se lo refirió todo punto por punto. Mas
como sus costumbres patrias se opusiesen a que pelearan de noche,
ni esto además le fuese fácil, habiendo de partir
Craso de noche, para que aquellos no se atrasaran mucho en su
persecución, discurrió Andrómaco la traza
de tomar ahora un camino y luego otro, hasta que, por último,
los condujo a un terreno pantanoso y cortado con frecuentes acequias,
que hacían la marcha penosa y tarda para los que aún
se dejaban guiar de él: pues hubo algunos que conociendo
que Andrómaco no podía hacerles dar aquellos rodeos
y vueltas con buen fin, no quisieron seguirle; Casio se volvió
otra vez a Carras, y diciéndole sus guías, que eran
unos Árabes, ser conveniente esperar a que la Luna pasara
del Escorpión, Pues yo- les respondió- más
temo al Sagitario, y se encaminó a Siria con unos
quinientos caballos. Otros, que también tuvieron fieles
conductores, arribaron a las montañas llamadas Sínacas
y se pusieron en seguridad antes del día. Eran éstos
cerca de cinco mil, y estaba al frente de ellos Octavio, varón
de singular probidad. A Craso le cogió el día engañado
todavía de Andrómaco y detenido entre acequias y
pantanos. Tenía consigo cuatro cohortes de legionarios,
muy pocos caballos y cinco lictores; con los cuales salió
al fin con mil trabajos al buen camino cuando ya tenía
encima a los enemigos. Faltábanle sólo doce estadios
para unirse con las tropas de Octavio, pero tuvo que refugiarse
a otro montecillo no tan inaccesible a la caballería ni
tan seguro, aunque enlazado con las mismas montañas Sínacas,
de las que sólo le dividía una serie de collados,
que desde la llanura se extendían hasta aquellas; así,
las tropas de Octavio podían muy bien observar el peligro
en que se hallaba. Octavio fue el primero que bajó con
unos pocos a darle auxilio; después partieron los demás,
avergonzados de su detención, y cargando a los enemigos
los rechazaron del montecillo. Cogieron luego en medio a Craso,
y protegiéndole con sus escudos dijeron con firmeza y resolución
que no tendrían los Partos saeta ninguna que penetrase
hasta su general, sin que primero murieran todos, peleando por
defenderle.
XXX. Viendo, pues, Surenas que los Partos se batían ya
con menos ardor, y que si venía la noche y los Romanos
se metían más en el monte le sería imposible
darles alcance, armó a Craso otro engaño. Dejó
ir libres a algunos cautivos, ante quienes hizo de intento que
unos bárbaros se dijeran a otros en el campamento que el
rey no quería que la guerra con los Romanos fuese perpetua
y daría pruebas de estar pronto a restablecer la amistad
con el obsequio de tratar humanamente a Craso. Abstuviéronse,
por tanto, los Partos de combatir, y marchando sosegadamente Surenas
hacia el collado con los principales de su ejército quitó
la cuerda al arco y alargó la diestra, llamando a Craso
a conferenciar con él y diciendo en alta voz que el Rey
había hecho muestra, muy contra su voluntad, de su valor
y su poder; pero que deseando manifestarles también su
dulzura y benevolencia los dejaría ir libres y salvos por
medio de un tratado. Al decir esto Surenas, los demás le
escucharon muy placenteros y se mostraban sumamente contentos;
pero Craso, que no había habido nada en que no hubiese
sido engañado, y que extrañaba mucho tan repentina
mudanza, no se prestó a esta invitación, sino que
se paró a reflexionar. Mas como los soldados empezasen
a gritar y a decirle que fuese, y después pasasen a insultarle
y echarle en cara que a ellos los ponía a pelear con unos
hombres con quienes ni aun desarmados quería tener una
conferencia, tentó primero el medio del ruego, diciéndoles
que aguantaran lo que restaba de día y por la noche podrían
libremente marchar por aquellas montañas y aquellas asperezas,
mostrándoles el camino y exhortándolos a que no
perdieran la esperanza de una salud que tenían tan cerca;
pero viendo que todavía se le oponían, y que blandiendo
las armas le amenazaban, por miedo hubo de partir, sin decir más
que estas palabras: Vosotros, Octavio, Petronio y todos
los caudillos romanos que estáis presentes, sois testigos
de la necesidad de esta partida, y sabéis por que cosas
tan violentas y afrentosas se me hace pasar; mas con todo, si
llegáis a salvaros, decid ante todos los hombres que Craso
pereció engañado de los enemigos, no entregado a
la muerte por sus ciudadanos. XXXI No pudiendo contenerse
Octavio, bajó del collado con Craso, quien despidió
a los lictores, que también le seguían. De los bárbaros,
los primeros que salieron a recibirle fueron dos Griegos mestizos
que le hicieron acatamiento, apeándose de los caballos;
y, saludándole en lengua griega, le propusieron que enviara
personas que vieran como Surenas y los que traía consigo
venían sin armas de ninguna especie; mas Craso les respondió
que, si tuviera en algo la vida, no habría venido a ponerse
en sus manos. Con todo, envió a dos hermanos, llamados
Roscios, a informarse de cuántos eran los que venían
y con qué objeto. Surenas, al punto, les echó mano
y los detuvo, siguiendo a caballo con los principales de los suyos;
y ¿Cómo es esto- gritó-, un general
de los Romanos viene a pie y nosotros montados?, mandando
que sin dilación le trajesen un caballo. Contestándoles
Craso que ni uno ni otro faltaban, concurriendo cada uno, según
la costumbre de su patria, dijo entonces Surenas que ya estaba
hecho el tratado y la paz entre el rey Hirodes y los Romanos,
pero que habían de escribirse las condiciones, llegando
para ello hasta el río; Porque vosotros los Romanos-
dijo- no soléis acordaros de los convenios y le alargó
la mano. Mandó entonces Craso que le trajeran un caballo,
a lo que repuso: No es menester, porque el Rey te da éste;
y al mismo tiempo le presentaron un caballo con jaez de oro, en
el que, cogiéndole en volandas, le pusieron los palafraneros
y empezaron a dar latigazos al caballo para hacerle marchar precipitadamente.
Octavio fue el primero que asió del freno, y después
de él Petronio, uno de los tribunos, cercándole
en seguida los demás y procurando todos contener el caballo
y retirar a los que, por uno y otro lado, querían a fuerza
llevarse a Craso. Suscitándose con esto confusión
y alboroto, vínose, al fin, a los golpes, y desenvainando
Octavio su espada atravesó a uno de aquellos palafreneros,
haciendo otro tanto con Octavio uno de ellos, que se hallaba a
su espalda. Petronio no se encontró con armas; y habiendo
recibido un golpe, que no pasó de la coraza, saltó
ileso del caballo. A Craso le quitó la vida un Parto llamado
Pomaxatres, aunque algunos dicen haber sido otro el que le mató
y que éste fue el que, después de caído,
le cortó la cabeza y la mano derecha; cosas que pueden
muy bien conjeturarse, pero no saberse de ciento, porque de los
que se hallaron presentes y pelearon en defensa de Craso, los
unos murieron allí y los otros a toda priesa se retiraron
al collado. Pasaron allá los Partos, y diciendo que Craso
ya había sufrido su castigo, pero respecto de los demás
manifestaba Surenas que podían bajar con seguridad, unos
bajaron, efectivamente, y se entregaron, y otros se dispersaron
por la noche, de los cuales fueron muy pocos los que se salvaron,
y a los restantes salieron a cazarlos los Árabes, y, alcanzándolos,
les dieron muerte. De todas aquellas tropas, veinte mil hombres
se dice que murieron, y que diez mil fueron tomados cautivos.
XXXII. Surenas envió al rey Hirodes, que se hallaba en
|