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PORTADA
QUIÉN ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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DEMETRIO
I. Los primeros a quienes ocurrió la idea
de comparar las artes a los sentidos me parece que a lo que principalmente
atendieron fue a la facultad de formar juicio, con al que nos
es dado discernir igualmente los contrarios en uno y otro género:
porque en esto es en lo que convienen; mas diferéncianse
en el referir a un fin lo juzgado y discernido. Porque el sentido
no es más bien facultad de percibir lo blanco que lo negro,
lo dulce que lo amargo, lo blando y que cede que lo duro y que
resiste, sino que su misión es, tropezando con cada cosa,
ser de todas movido y moverlas a todas, para trasladarlas a la
inteligencia según la impresión que le han hecho;
pero las artes, dirigidas por la razón a la elección
y consecución de su objeto propio, y a la repulsión
y fuga de su contrario, lo primero lo examinan por su misma institución
y de propósito, y lo segundo por accidente; porque si la
medicina atiende a la enfermedad y la música a la disonancia,
es para conseguir mejor la ejecución de los contrarios.
Las más perfectas de todas las artes, a saber, la templanza,
la justicia y la prudencia, no solamente juzgan de lo honesto,
de lo justo y de lo útil, sino también de lo perjudicial,
de lo torpe y de lo injusto; y no celebran la simplicidad que
se complace en no tener experiencia de los vicios, sino que la
tienen por necedad y por ignorancia de aquellas cosas que importa
sobre todo conocer a los que se proponen vivir bien. Los antiguos
Espartanos hacían a los hilotas en sus festividades beber
vino destempladamente, y después los introducían
en sus banquetes para que los jóvenes vieran por sus ojos
la deformidad de la embriaguez; mas nosotros no tenemos por muy
humano ni por muy político el procurar la corrección
de unos por medio del desorden y la destemplanza de otros; creemos,
sí, que de los que más se abandonaron, y en un gran
poder y grandes negocios manifestaron una insigne maldad, puede
quizá convenir que introduzcamos una o dos parejas para
que también sus vidas sirvan de ejemplo; no a fe por el
placer y diversión de variar nuestro cuadro, sino a la
manera de lo que ejecutaba Ismenias de Tebas, que haciéndoles
a sus discípulos oír a los que tañían
bien la flauta y a los que la tañían mal, les decía
después: Así se ha de tocar. Y a la
inversa: Así no se ha de tocar. Antigenidas
creía que los jóvenes oirían con más
gusto a los buenos flautistas después de haber oído
a alguno malo; pues del mismo modo me parece a mí que nos
dedicaremos con más ardor a observar e imitar las vidas
ordenadas y buenas si no carecemos del conocimiento de las viciosas
y vituperadas. Contendrá, pues, este libro las vidas de
Demetrio Poliorcetes y de Antonio el Triúnviro, muy propios
ambos para confirmar la máxima de Platón de que
los caracteres extraordinarios así llevan los grandes vicios
como las grandes virtudes. Siendo ambos igualmente dados al amor,
bebedores, belicosos, dadivosos, magníficos e insolentes,
fueron también semejantes en los sucesos de fortuna; pues
no sólo en vida consiguieron grandes victorias y tuvieron
grandes descalabros, hicieron dilatadas conquistas, y las perdieron,
y habiendo caído de un modo inesperado, por otro inesperado
se levantaron, sino que perecieron también, el uno cautivo
por sus enemigos y el otro estando muy próximo a que le
sucediera lo mismo.
II. Habiendo tenido Antígono dos hijos de Estratonica,
hija de Corrago, al uno, por el hermano, le puso el nombre de
Demetrio, y al otro, por el padre, el de Filipo. Esta es la opinión
más común; pero otros dicen que Demetrio no era
hijo, sino sobrino de Antígono, pues habiendo muerto su
padre siendo todavía muy niño y casándose
inmediatamente con Antígono su madre, fue tenido por hijo
de éste, y que Filipo, que era más joven que Demetrio,
murió de allí a pocos años. Era Demetrio
en estatura más bajo que su padre sin embargo de ser alto;
pero de una figura y belleza tan extraordinarias y admirables,
que ni escultor ni pintor alguno pudo sacarle semejante: reunía
a un tiempo lo festivo y lo grave, lo fiero y lo bello, y con
lo juvenil y osado se veía mezclada una inimitable apacibilidad
y majestad heroica y regio. Pues por el mismo término sus
costumbres reunían también lo terrible y lo gracioso;
porque siendo muy amable y el más jovial y voluptuoso de
los reyes mientras estaba dado al regalo, a la bebida y a las
francachelas, tenía por lo contrario, cuando los negocios
lo requerían la mayor actividad, suma vehemencia e infatigable
constancia. Así, entre los dioses, al que más se
preciaba de imitar era Baco, diestro en la guerra y en alimentar
con ella la paz, y al mismo tiempo dispuesto para la alegría
y el regocijo.
III. Era sumamente amante de su padre, y con la atención
y cuidado que prestaba a la madre daba seguras pruebas de que
honraba al padre más bien por verdadero amor que por lisonjear
su poder. Estaba un día Antígono ocupado en dar
audiencia a unos embajadores, y llegando a este tiempo Demetrio
de la caza, se acercó al padre y le besó armado
como estaba, sentándose a su lado. Antígono, entonces,
saludando en voz alta a los embajadores, a quienes ya había
respondido, También podréis- les dijo- anunciar
lo que en nosotros habéis visto en orden a la unión
en que vivimos queriendo significar que la concordia y confianza
entre él y el hijo daba gran fuerza a su reinado y era
una demostración de su poder. Porque estando generalmente
el imperio reñido con la comunicación, y lleno de
desconfianza y discordia, tenía a gran dicha el mayor y
más anciano de los sucesores de Alejandro estar tan distante
de temer a su hijo, que éste, armado de lanza, se llegaba
muy cerca de su persona. Mas también puede asegurarse que
sola esta casa se conservó por muchas generaciones exenta
de estos males, o por mejor decir, que sólo uno de los
descendientes de Antígono, que fue Filipo, dio muerte a
su hijo; pero casi todas las demás familias cuentan muchas
muertes, de hijos, de madres y de mujeres, pues el matar a los
hermanos, a la manera de los axiomas de geometría, pasaba
también por axioma recibido en las familias reales para
la seguridad.
IV. De que Demetrio era también al principio, por carácter,
humano y nacido para la amistad, se puede dar esta prueba. Mitridates,
el hijo de Ariobarzanes, era por la edad su amigo y compañero,
y prestaba a Antígono los respetos debidos, porque ni era
malo ni lo parecía; mas por un ensueño se le hizo
a Antígono sospechoso. Parecióle a éste que
recorriendo un grande y hermoso campo lo sembraba de polvos de
oro, que al principio había nacido una mies do oro y que
volviendo de allí a poco ya no vio más que la caña
cortada. Afligido y apesadumbrado con el suceso, parecióle
asimismo oír una voz que le decía que Mitridates
marchaba al Ponto Euxino, después de haber segado la mies
de oro. Dióle mucho en qué pensar esta visión,
y recibiendo juramento al hijo de que callaría, se la manifestó,
y también la decidida resolución en que estaba de
deshacerse de Mitridates dándole muerte. Al oírlo
recibió gran pesar Demetrio, y yéndole a buscar
aquel joven para usar de recreación, como lo tenía
de costumbre, no se atrevió a hablarle palabra ni dar indicio
ninguno con la voz a causa del juramento, pero apartándole
un poco de los otros amigos, luego que estuvieron solos, escribió
en la tierra, viéndolo él, con la punta de la lanza:
Huye, Mitridates. Entendiólo éste, y
habiendo partido en aquella misma noche para la Capadocia, el
hado dio en breve cumplida a Antígono la visión
que había tenido acerca de él, porque se apoderó
de una hermosa y dilatada región, y dio origen a una nueva
línea de reyes del Ponto, extinguida a la octava generación
por los romanos. Estas son las pruebas que hay de la excelente
disposición de Demetrio a la humanidad y a la justicia.
V. Como en los elementos de Empédocles, por la pugna y
amistad, hay contienda y guerra de unos con otros, y más
entre los que están más cerca y que más se
tocan, de la misma manera la continua guerra que había
entre los sucesores de Alejandro, la proximidad de intereses y
la vecindad de los lugares la hacía más manifiesta,
y la avivaba más en cuanto a algunos de ellos, como le
sucedió a Antígono con Tolomeo. Hallábase
Antígono en la Frigia, y habiendo oído que Tolomeo,
pasando desde Chipre, talaba la Siria e iba trayendo o sujetando
las ciudades, envió contra él a su hijo Demetrio,
de edad de veintidós años, que entonces por la primera
vez se puso a mandar un ejército para una grande y peligrosa
empresa. Sucedió lo que era natural, habiéndolas
un joven inexperto con un atleta de los ejercitados en la palestra
de Alejandro, vencedor en muchos y muy grandes combates: porque
fue vencido junto a la ciudad de Gaza, teniendo ocho mil cautivos
y cinco mil muertos. Perdió además la tienda, los
caudales y, en fin, hasta la servidumbre toda que cuidaba de su
persona. Mas esto se lo devolvió Tolomeo juntamente con
sus amigos, enviándole este humano mensaje: que la guerra
entre ellos no había de ser por cuanto tenían, sino
por la gloria y el mando. Recibiólo Demetrio, mas pidió
a los dioses no permitieran que fuese por largo tiempo deudor
a Tolomeo de este beneficio, sino que le dieran poderlo pagar
cuanto antes; y conduciéndose más bien como un general
firme y constante, acostumbrado a esperar la mudanza de la suerte,
que como un joven humillado al primer encuentro, se dedicó
a reclutar gente y prevenir armas, manteniendo en la fe a las
ciudades y ejercitando las tropas.
VI Antígono, cuando tuvo noticia de esta batalla, dijo
que Tolomeo había vencido a unos mozos imberbes, pero que
pronto combatiría con hombres, y no queriendo contener
o quizá extinguir el ardor del hijo, no se le opuso cuando
le pidió permiso para continuar la guerra solo, sino que
se lo concedió. Al cabo de poco tiempo se presentó
con un grande ejército Ciles, general de Tolomeo, con ánimo
de arrojar de toda la Siria a Demetrio, a quien por la anterior
derrota miraba con desdén; pero éste, cayendo de
repente sobre él cuando menos lo esperaba, y llenándolo
de pavor, le tomó el campamento con el general, le hizo
siete mil cautivos y se apoderó de inmenso botín.
Alegróse con la victoria, no por lo que iba a adquirir,
sino por lo que iba a retornar, y no se deleitó tanto en
la riqueza y gloria que de ser vencedor le resultaba, como con
ver que iba a pagar el beneficio recibido y a corresponder a la
humanidad con que había sido tratado. Sin embargo, no lo
ejecutó por sí, sino que escribió al padre;
y permitiéndoselo éste, y aun exhortándole
a que dispusiera de todo como le pareciese, haciendo grandes presentes
a Ciles y entregándole sus amigos, los remitió a
todos colmados de riquezas. Este descalabro arrojó a Tolomeo
de la Siria, e hizo venir a Antígono de Celenas, alegre
con la victoria y deseoso de ver al hijo.
VII. Enviado después de esto Demetrio a sujetar los Árabes
llamados Nabateos, estuvo en peligro por haber ido a parar a terrenos
faltos de agua; pero habiendo asombrado a los bárbaros
con no haberse turbado ni asustado él mismo, recogiendo
de ellos gran botín y setecientos camellos, dio término
a aquella expedición. Había sido Seleuco arrojado
primero de Babilonia por Antígono; pero después
la había recobrado, y posesionado de ella subía
con un ejército a conquistar los pueblos confinantes con,
la India y las provincias del Cáucaso, por lo que, esperando
Demetrio encontrar desierta la Mesopotamia, y pasando súbitamente
el Éufrates, se apresuró a caer sobre Babilonia,
lanzó de una de las ciudades, porque eran dos, la guarnición
de Seleuco, y apoderado de ella puso allí siete mil hombres
de los suyos, y mandando a los demás soldados que tomaran
del país y recogieran todo cuanto pudiesen traer consigo,
regresó al mar, dejándole a Seleuco más afianzado
su poder, porque con tratar tan mal la tierra daba a entender
que se desistía de ella por no pertenecerle. Sitiaba Tolomeo
a Halicarnaso, y yendo en auxilio de esta ciudad se la quitó
de entre las manos.
VIII. Habiendo adquirido fama con estos hechos, concibieron el
maravilloso proyecto de libertar la Grecia toda, esclavizada por
Casandro y Tolomeo, haciendo una guerra la más honesta
y justa que jamás hiciera rey alguno: porque cuantas riquezas
habían recogido quebrantando a los bárbaros venían
a consumirlas en bien de los griegos por sólo el deseo
de gloria. Resolvieron dar principio por dirigirse con su escuadra
a Atenas, y diciendo uno de sus amigos a Antígono que si
tomaban esta ciudad debían guardarla porque era la escala
de la Grecia, desechó Antígono la proposición,
respondiéndole que la mejor escala y más segura
era el amor de los pueblos, y que siendo Atenas la atalaya de
toda la tierra, al punto haría ilustres sus hechos ante
todos los hombres. Movió, pues, Demetrio para Atenas, llevando
en dinero cinco mil talentos y una armada de doscientas cincuenta
naves, a tiempo que por Casandro ocupaba el cuerpo de la ciudad
Demetrio de Falera, teniendo guarnición en Muniquia; valiéndole
a un tiempo su dicha y su previsión, se apareció
en el Pireo el día 25 del mes Targelión, sin haber
sido sentido de nadie. Cuando se vio cerca la escuadra, entendieron
todos que eran naves de Tolomeo, y se disponían a recibirlas;
pero volviendo tarde de su engaño, aunque acudieron los
generales, fue grande el desorden en que todo se puso, como era
preciso, cuando había que rechazar a los enemigos que ya
saltaban en tierra. Porque hallando Demetrio abierta la boca del
puerto, se introdujo en él: así, dándose
ya a conocer a todos, pidió por señas tranquilidad
y silencio. Hecho esto, mandó a un heraldo les significase
que el padre le había enviado (en buena hora fuese dicho)
a libertar a los Atenienses, a echar fuera la guarnición
y a restituirles sus leyes y su gobierno patrio.
IX. Hecho este anuncio, los más arrojaron a los pies los
escudos, y empezando a aplaudir y clamar decían que Demetrio
bajase a tierra, apellidándole su salvador y bienhechor.
Falereo y los suyos eran todos de sentir que debía recibirse
al vencedor, aun cuando nada cumpliera de lo que prometía,
y al punto le enviaron mensajeros que intercediesen por su suerte.
Recibiólos Demetrio con la mayor humanidad, y envió
con ellos de su parte a Aristodemo de Mileto, vino de los amigos
de su padre. El temor de Falereo más era de los Atenienses
por la mudanza de gobierno que de los enemigos, y a esto ocurrió
también Demetrio por consideración a la gloria y
valor de Falereo, haciéndole acompañar con seguridad
hasta Tebas, como lo deseaba; y por lo que hace a él mismo,
dijo que no vería la ciudad, a pesar del ansia que por
ello tenía, hasta que del todo quedara libre, despedida
la guarnición. Corrió, pues, por entonces un muro
y un foso por delante de Muniquia, e hizo vela para Mégara,
guarnecida por Casandro. Tuvo allí noticia de que Cratesípolis,
mujer de Alejandro, el hijo de Polisperconte, que residía
en Patras, mujer celebrada por su belleza, tendría placer
en verse en sus brazos, y dejando el ejército en las tierras
de Mégara, marchó allá llevando consigo unos
cuantos de los más esforzados, de los cuales aún
se apartó después, poniendo separado su pabellón
para que no notaran que aquella mujer iba en su busca. Llegáronlo
a entender algunos de los enemigos, que sin detenerse corrieron
a donde estaba, y teniéndoles miedo, disfrazado con una
ropa vil pudo escaparse a carrera, habiendo estado en muy poco
el que no cayese en una vergonzosa cautividad. Los enemigos aun
cogieron la tienda y cuanto en ella había, y se retiraron.
Tomó a Mégara, y como los soldados se inclinasen
al saqueo, intercedieron los Atenienses por aquellos ciudadanos,
con lo que Demetrio, expulsando la guarnición, dio también
a aquel pueblo la libertad. Cuando en esto estaba entendiendo,
se acordó del filósofo Estilpón, de quien
se decía haber preferido a la acción una vida sosegada
y tranquila. Enviándole, pues, a llamar, le preguntó
si alguno le había quitado algo, a lo que Estilpón
respondió: Ninguno, porque no he visto a ninguno
que se llevara la ciencia. Habían robado a los Megarenses
puede decirse que todos los esclavos, y haciéndole en otra
ocasión caricias Demetrio, le dijo al despedirse: Os
dejo ¡oh Estilpón! libre la ciudad: a lo que
él contestó: Dices muy bien, porque no nos
has dejado ningún esclavo.
X. Habiendo vuelto contra Muniquia, puso ante ella su campamento,
destrozó la guarnición y demolió el fuerte;
con esto, llamándole y haciéndole un gran recibimiento
los Atenienses, entró ya en la ciudad, y congregando el
pueblo dijo que les restituía su antiguo gobierno, ofreciéndoles
en nombre de su padre que se les enviarían ciento cincuenta
mil fanegas de trigo y toda la madera de construcción necesaria
para cien galeras. Recobraron los Atenienses la democracia al
cabo de quince años, habiendo sido entre tanto su gobierno,
desde los sucesos de Lamia y la batalla de Cranón, oligárquico
en el nombre, pero en realidad monárquico por el poder
de Falereo; y habiendo sido Demetrio un bienhechor grande y magnífico,
ellos lo hicieron molesto y odioso con los desmedidos honores
que le decretaron. Porque, en primer lugar, dieron el nombre de
reyes a Demetrio y Antígono, nombre que hasta entonces
habían repugnado, siendo de las insignias reales lo único
que reservaban para los sucesores de Alejandro y Filipo, sin permitirlo
ni comunicarlo a ningún otro. A ellos solos los llamaron
dioses salvadores, y haciendo que cesara el Arconte patrio, que
daba nombre al año, crearon anualmente un sacerdote de
los salvadores, y el nombre de éste era el que había
de servir para fijar la data de todos los decretos y escrituras.
Decretaron que en el gran peplo o velo se tejieran sus retratos
con los de los dioses, y consagrando el lugar donde primero echó
pie a tierra, erigieron un altar que había de llamarse
de Demetrio Catébata. Añadieron a las tribus otras
dos, la Demetríade y la Antigónide, y el consejo,
que antes era de quinientos, lo hicieron de seiscientos, por cuanto
cada tribu daba cincuenta.
XI El que más salió de tino en estas invenciones
fue Estrátocles: porque a él deben principalmente
atribuirse tan exquisitos y excesivos modos de adular. Propuso
que los que fuesen enviados por la república en virtud
de decreto a Antígono y Demetrio, en lugar de llamarse
embajadores, se llamaran Teoros, como los que por las ciudades
conducen las víctimas a Delfos y Olimpia en las fiestas
de la Grecia. Era en todo insolente este Estrátocles, teniendo
una vida disipada, e imitando en su desvergüenza e impudencia
la falta de respeto al pueblo del antiguo Cleón. Había
tomado una amiga llamada Filacio, y habiéndole ésta
comprado un día en la plaza sesos y cuellos, ¡Calla-
le dijo-, me has comprado para comer aquellas cosas con que nosotros
los que gobernamos al pueblo jugamos a la pelota! Cuando
los Atenienses sufrieron aquella derrota en el combate naval de
Amorgo, adelantándose a los que traían la noticia,
pasó coronado por el Ceramico, y anunciando que habían
vencido propuso que se hiciera el sacrificio acostumbrado por
la buena nueva, y distribución de carnes por tribus. A
poco llegaron los que volvían con el resto de las naves
que quedó de la batalla, e increpándole el pueblo
con enfado, calmó con la mayor insolencia el tumulto, diciendo:
¿Y qué ha habido de malo en que hayáis
tenido dos días alegres? ¡Tal era la desvergüenza
de Estrátocles!
XII. Pues aún hubo otros decretos más calientes
que el fuego, para valerme de la expresión de Aristófanes.
Porque escribió otro adulador, excediendo en impudencia
a Estrátocles: que se recibiese a Demetrio cuantas veces
fuese a Atenas con las mismas ceremonias que a Deméter
y Baco, y al que se aventajara en brillantez y esplendor en este
recibimiento se le diera dinero del Erario público para
una ofrenda. Finalmente, que el mes de Muniquión se llamara
Demetrión; el último día del mismo mes, Demetríadi,
y que a las fiestas llamadas Bacanales se les mudara el nombre
en el de Demetrias. Contra las más de estas cosas hubo
portentos de parte de los dioses; porque el peplo en que, conforme
al decreto, con Zeus y Atena habían sido tejidos Demetrio
y Antígono, siendo llevado en procesión por el Ceramico,
se rasgó por medio con una lluvia borrascosa que cayó.
Junto a sus aras nació en derredor mucha cicuta, siendo
así que por lo común no la produce aquel sitio.
En el día en que se celebraban los Bacanales tuvieron que
suspender la pompa por haber sobrevenido grandes hielos fuera
de tiempo; y habiendo caído una grande escarcha, no sólo
quemó el frío todas las vides y las higueras, sino
que hizo mucho daño en los trigos, que estaban aún
en hierba; con ocasión de lo cual Filípides, que
era enemigo de Estrátocles, dijo en una comedia que él
era Por quien las viñas abrasó la escarcha y por
cuya impiedad se rasgó el peplo, dados a hombres los divinos
cultos: esto, y no la comedia, arruina al pueblo. Era Filípides
amigo de Lisímaco, y por él recibió el pueblo
algunos beneficios de este monarca, para quien parece que era
de buen agüero el que se le presentase Filípides o
él lo viese cuando había de emprender alguna cosa
de importancia en paz o en guerra. Por otra parte, era hombre
bien visto, nada entremetido y que nada tenía de la oficiosidad
palaciega. Hacíale un día agasajos Lisímaco,
y preguntándole: ¿Cuál de mis cosas
te entregaré ¡oh Filípides? Lo
que quieras ¡oh rey!- le respondió-, como no sea
un secreto. De intento, pues, hemos contrapuesto éste
a aquel; al demagogo, y que lo lucía en la tribuna, este
otro cómico y de la escena.
XIII. Pues aún se le decretó otro honor más
desmedido y disonante, escrito por Dromoclides Esfetio, sobre
que para la consagración de los escudos en Delfos se tomara
oráculo de Demetrio; pero será mejor copiar el tenor
del decreto, que es como sigue: A la buena hora: Le ha parecido
al pueblo nombrar un ciudadano de Atenas que, constituyéndose
cerca del Salvador, y haciendo las debidas libaciones, pregunte
a Demetrio Salvador cómo con más piedad, con más
decoro y con mayor prontitud ha de hacer el pueblo la dedicación
de las ofrendas, y que, lo que respondiere, aquello haga el pueblo.
Con tales desatinos embaucaron a un hombre que ya de suyo no era
de los más cuerdos.
XIV. Mientras reposaba entonces en Atenas, tomó por mujer
a la viuda Eurídice, que era descendiente del antiguo Milcíades,
y que habiendo estado casada con Ofeltas, príncipe de Cirene,
después de su muerte se había restituido a Atenas;
los Atenienses miraron este casamiento como una merced y un honor
dispensados a su ciudad. Era naturalmente Demetrio muy fácil
en concertar matrimonios, estando enlazado a un tiempo con muchas
mujeres, entre las que tenía el primer lugar y dignidad
File, ya por su padre Antípatro, y ya también por
haber estado antes casada con Crátero, que de los sucesores
de Alejandro era el que mayor deseo de sí había
dejado a los Macedonios. Parece que siendo todavía Demetrio
muy joven le persuadió el padre que tomara a ésta
en matrimonio, aunque le excedía en edad; y como no se
mostrase muy dispuesto a ejecutarlo, se dice haberle recitado
al oído esta máxima de Eurípides: Allí
do está el provecho es de casarse, aunque haya de ceder
naturaleza, sustituyendo de repente una voz de la misma terminación
a aquella con que concluía el verso. A pesar de lo dicho,
el honor y estimación en que Demetrio tenía a File
y a sus demás mujeres era de tal calidad, que con el mayor
descaro trataba con rameras y con mujeres libres, siendo entre
los reyes el que peor opinión tenía en punto a esta
clase de placeres.
XV. Llamóle el padre para hacer la guerra a Tolomeo por
la isla de Chipre, y era preciso obedecer; pero incomodado de
haber de dejar la guerra por la libertad de la Grecia, que era
más ilustre y gloriosa, envió antes mensajeros a
Cleónides, general de Tolomeo, que tenía guarnición
en Sicione y Corinto, ofreciéndole grandes sumas por que
dejase libres estas ciudades. No admitió éste la
proposición, por lo que tuvo que darse a la vela sin dilación.
Con su ejército dirigióse a Chipre, donde trabando
batalla con Menelao, hermano de Tolomeo, al punto le venció;
pero sobreviniendo el mismo Tolomeo con grandes fuerzas de tierra
y de mar, se amenazaron y hablaron mutuamente con arrogancia,
intimando Tolomeo a Demetrio que se retirara antes que, reunidas
todas sus fuerzas, fuera hollado por ellas, y diciendo Demetrio
que le dejaría ir en paz si convenía en retirar
la guarnición de Sicione y Corinto. No sólo para
ellos era de grande expectación esta contienda, sino que
la duda o incertidumbre tenía pendientes a todos los príncipes,
porque la victoria iba a dar al que quedara superior, no Chipre
y la Siria, sino el ser inmediatamente el de mayor poder entre
todos.
XVI Tolomeo traía consigo ciento cincuenta naves, y había
dado orden a Menelao de que, pasando de Salamina con otras sesenta,
acometiera en lo más recio del combate para cortar las
de Demetrio por la espalda y desordenar su línea. Demetrio
a estas sesenta sólo opuso diez, porque eran las que bastaban
para impedirles la salida del puerto, siendo la boca muy estrecha,
y él, habiendo ordenado el ejército, distribuyéndole
por los promontorios que dominaban el mar, movió con ciento
ochenta naves. Fue la acometida con tal violencia e ímpetu,
que de poder a poder destrozó a Tolomeo, haciéndole
huir con solas ocho naves, que fueron las que de toda la armada
se salvaron, pues de las demás parte perecieron en el combate
y setenta fueron tomadas con sus tripulaciones. De la muchedumbre
de esclavos, amigos y mujeres, que navegaban en transportes, y
de armas, caudales y máquinas, nada absolutamente dejó
de caer en manos de Demetrio, sino que se apoderó de todo
y lo condujo al campamento. Era entre las mujeres muy celebrada
Lamia, tenida al principio en precio por su arte, pues parece
que tañía la flauta con primor, y famosa después
por sus ramerías. Estaba ya entonces en la declinación
de su belleza; y habiendo enredado a Demetrio, mucho más
joven que ella, de tal manera le atrajo y dominó con sus
gracias, que de ella sola era amante, de las demás amado.
Después del combate naval, ni Menelao hizo resistencia,
sino que entregó a Demetrio la isla de Salamina, las naves
y el ejército, compuesto de mil doscientos caballos y doce
mil infantes.
XVII. Habiendo sido tan gloriosa y brillante esta victoria, para
darle Demetrio mayor realce con su benignidad y mansedumbre, dio
honrosa sepultura a los cadáveres de los enemigos, libertad
a los cautivos e hizo a los Atenienses el presente de mil doscientas
armaduras de las tomadas en el botín. Envió al padre
de mensajero de esta victoria a Aristodemo de Mileto, adulador
el más consumado de todos los cortesanos, que entonces
se propuso llevar la adulación hasta el último punto.
Porque llegado al término de la navegación desde
Chipre, no dejó que el barco se aproximara a tierra, sino
que mandó echar anclas y que toda la gente permaneciera
embarcada. Él solo saltó en la lancha y se encaminó
al palacio de Antígono, que con la expectación de
la batalla tenía el alma pendiente de un hilo, y estaba
en la agitación en que no pueden menos de estar los que
tan grandes intereses aventuran. Entonces, oyendo que él
llegaba, todavía se turbó más que antes,
y haciéndose violencia para no salir de palacio, envió
a encontrarle algunos de sus ministros y amigos, que tomaron de
Aristodemo noticia de lo sucedido. Mas él, sin responder
nada a nadie, con pasos muy mesurados y con un semblante muy grave,
seguía su camino, con lo que, asustado enteramente Antígono,
y no siendo ya dueño de contenerse, se encaminó
a las puertas a tiempo que Aristodemo llegaba ya acompañado
de gran tropel de gentes, hallándose no lejos del palacio.
Cuando estuvo a conveniente distancia, alargando la diestra clamó
en voz alta: ¡Salve, rey Antígono! Hemos vencido
en combate naval al rey Tolomeo. Chipre está en nuestro
poder con dieciséis mil ochocientos soldados que hemos
hecho cautivos. A lo que respondió Antígono:
¡Salve, tú también, que por Dios nos
has atormentado cruelmente; mas tú la pagarás, porque
has de tardar en recibir las albricias!
XVIII. Enseguida la muchedumbre aclamó por reyes a Antígono
y Demetrio; y a Antígono al punto le ciñeron sus
amigos la diadema. A Demetrio se la envió el padre con
una carta, en que le daba el dictado de rey. Los egipcios, luego
que llegó allá esta voz, proclamaron también
rey a Tolomeo, por que no pareciese que se tenían en menos
a causa de la derrota. Así fue como lo ejecutado con Antígono
y Demetrio excitó la emulación de todos los sucesores
de Alejandro; Lisímaco empezó asimismo a usar de
diadema, y Seleuco aun en sus audiencias a los griegos, pues ya
antes las había dado con autoridad de rey a los bárbaros.
Casandro, aunque todos de palabra y por escrito le llamaban rey,
continuó escribiendo sus cartas como antes. No se crea
que terminó esto en la añadidura de un dictado y
la mudanza de traje, sino que influyó en los ánimos,
y los llenó de orgullo y altanería para el trato
y para toda su conducta, mudando, como los representantes de tragedia,
juntamente con las ropas, el aire y continente del cuerpo, la
voz y el modo de sentarse y saludar. Así es que desde este
punto se hicieron más violentos en la administración
de la justicia, dando de mano al disimulo hipócrita que
los hacía un poco más benignos y afables para con
los súbditos. ¡Tanto pudo una sola palabra de un
adulador, y tal mudanza produjo puede decirse que en toda la tierra!
XIX. Antígono, engreído con los sucesos de Demetrio
en Chipre, al punto partió contra Tolomeo, conduciendo
por sí mismo el ejército de tierra, y haciendo que
Demetrio le siguiera con una poderosa armada; pero acerca del
modo de terminarse aquella expedición tuvo Medio, amigo
de Antígono, una visión entre sueños: porque
le pareció que el mismo Antígono contendía
con su ejército en la carrera de ida y vuelta, llamada
Diaulo, excelentemente y con mucha prontitud al principio, pero
que después poco a poco fue cediendo aquella fuerza, y
al fin, cansado, hubo de aflojar, y falto de respiración
con dificultad hizo la vuelta. Fatigado pues, por tierra con escaseces
de toda especie, como Demetrio hubiese corrido una gran borrasca,
habiendo estado expuesto a estrellarse en playas abiertas y difíciles
y perdido muchas naves, tuvo que volverse sin haber hecho cosa
alguna. Hallábase entonces en los ochenta años de
edad o poco menos, y no estando en disposición de conducir
por sí los ejércitos, más por la gran mole
y pesadez de su cuerpo que por la vejez se valía del hijo,
que por su buena suerte y por su pericia administraba perfectamente
los mayores negocios, no incomodándole su lujo, su profusión
y sus festines; porque si bien en tiempo de paz se excedía
en estos desahogos, entregándose en el ocio a los placeres
sin cuenta ni reparo, en la guerra estaba tan vigilante y despierto
como los más sobrios por carácter. Dícese
que, dominándole ya del todo Lamia, de vuelta de un viaje
saludó Demetrio a Antígono besándole, y éste
le dijo sonriéndose: Parece, hijo, que besas a Lamia.
En otra ocasión había pasado muchos días
en francachelas, y dando por excusa que una fluxión era
la que le impedido verle, Lo sé- respondió
Antígono-; ¿pero esa fluxión era del de Taso,
o del de Quio? Habiendo sabido otra vez que se hallaba enfermo,
fue a verle, y en la puerta se encontró con un jovencito
muy lindo. Entró, y sentándose junto a él,
le tomó la mano, y diciéndole Demetrio: Ahora
mismo se ha ido la calentura, Cierto- le contestó-,
hijo mío, en la puerta la he encontrado yo cuando entraba.
¡Con tanta indulgencia llevaba estos extravíos del
hijo por su conducta en lo demás! Porque los Escitas, mientras
beben y se embriagan, tiran las cuerdas de los arcos, como para
despertar el valor relajado por el placer; pero Demetrio, entregándose
del todo, ora al placer y ora al cuidado, sin mezclar nunca estas
cosas entre sí, no era por eso menos activo en los preparativos
de la guerra.
XX. Con todo, aun parecía mejor general para preparar
y disponer un ejército que para usar de él, queriendo
que todo estuviera de sobra para el caso oportuno; en las grandes
obras de la construcción de naves y máquinas, su
esmero llegaba hasta el extremo, teniendo un placer insaciable
en su ejecución y en inventarlas y trazarlas, porque estando
adornado de ingenio y comprensión, no empleó su
afición a las artes en niñerías o en diversiones
inútiles, como otros reyes que tañían la
flauta, pintaban o torneaban. Aéropo de Macedonia se entretenía
cuando estaba de vagar en hacer mesas y lamparillas. Átalo,
llamado Filométor, cultivaba hiervas venenosas, no sólo
el beleño y el eléboro, sino también la cicuta,
el acónito y el doriemo, sembrándolos o plantándolos
en los jardines reales, y poniendo cuidado en conocer sus jugos
y sir fruto, y cogerlos cuando era tiempo. Los reyes de los Partos
hacían vanidad de su destreza en sacar y aguzar las puntas
de los dardos. Mas en Demetrio aun lo mecánico era regio,
y el uso de las artes tenía grandeza, presentando sus obras,
juntamente con lo esmerado y artístico, cierta elevación
de ingenio y de ánimo, y pareciendo dignas de un rey, no
solamente en la invención y opulencia, sino hasta en la
mano; porque con su grandeza pasmaban a los amigos, y con su belleza
hasta a los enemigos agradaban. Y esta relación más
tiene de verdadera que de exagerada, pues sus galeras de dieciséis
y de quince remos fueron vistas en el mar con admiración
por los enemigos que las miraban desde tierra y sus helépolis
eran un espectáculo para los mismos sitiados, como los
hechos lo confirman. Porque Lisímaco, que era entre los
reyes el mayor enemigo de Demetrio, y que fue a combatirle cuando
sitiaba a Solos de Cilicia, le envió a rogar que le mostrara
sus máquinas y sus naves en acto de bogar, y habiéndoselas
mostrado quedó admirado de ellas y se retiró. Los
Rodios, sitiados por él largo tiempo, cuando se hizo la
paz le pidieron algunas de sus máquinas para tener una
memoria de su habilidad y del propio valor de ellos.
XXI Hacía guerra a los Rodios por ser aliados de Tolomeo,
y arrimó a los muros la mayor de sus helépolis cuya
base era cuadrada, y cada lado tenía de latitud cuarenta
y ocho codos, siendo toda su altura de sesenta y seis, y viniendo
los lados a parar en un techado más angosto que la base.
Por dentro estaba asegurada con diferentes enmaderados y repartida
en divisiones. El frente que miraba a los enemigos estaba abierto,
habiendo en cada piso sus ventanas, por las que se lanzaban armas
arrojadizas de toda especie: porque estaba llena de hombres ejercitados
en toda suerte de combates, y con no bambolearse ni inclinarse
con los sacudimientos, sino ser llevada siempre derecha y en equilibrio
con gran ruido e ímpetu, en los espíritus causaba
miedo, y al mismo tiempo hacía cierta gracia a los ojos
de los que la miraban. Trajéronle de Chipre para esta misma
guerra dos corazas de hierro de peso cada una de cuarenta libras,
y queriendo su artífice Zoilo hacer ver la impenetrabilidad
y resistencia de ellas, propuso que, con una catapulta le lanzaran
un dardo a veintiséis pasos; y hecho así no fue
pasado el hierro, y sólo recibió una ligera impresión
como si se hubiera hecho con un punzón. Esta era la que
él llevaba, y la otra Álcimo, natural del Epiro,
varón el más belicoso y de mayores fuerzas de cuantos
tenía consigo: como que él solo usaba de una armadura
de dos talentos de peso, cuando las de los demás eran de
uno, éste, peleando en Rodas, murió junto al teatro.
XXII. Defendiéronse con valor los Rodios, y aunque no
ejecutó Demetrio cosa digna de referirse, les hacía,
sin embargo, obstinadamente la guerra: porque enviándole
File, su mujer, cartas, alfombras y ropas, apresaron el barco
como estaba y lo enviaron a Tolomeo, no imitando la humanidad
en caso igual de los Atenienses, los cuales, estando en guerra
con Filipo, cogieron a unos portadores de cartas, y leyendo las
demás, solamente no abrieron la de Olimpíade, sino
que, sellada como estaba, la remitieron a Filipo. Mas aun a pesar
de estar tan vivamente ofendido Demetrio de los Rodios, cuando
tuvo ocasión oportuna no le sufrió el corazón
vengarse de ellos. Porque hizo la casualidad que Protogenes de
Cauno estaba pintando su cuadro de Iáliso, y cuando estaba
ya casi para concluirse, lo ocupó Demetrio en uno de los
arrabales. Enviáronle los Rodios un heraldo para pedirle
que tuviera consideración y no destruyera aquella obra;
a lo que él respondió que antes quemaría
los retratos de su padre que un trabajo del arte como aquel: porque
se dice que gastó Protogenes siete años en acabar
aquella pintura. Dícese así mismo que al ver Apeles
aquella obra se quedó tan pasmado que le faltó la
voz, y al cabo de rato expresó: ¡Gran trabajo!¡Admirable
obra! Pero no tiene aquellas gracias por las que mis pinturas
tocan al cielo. Colocado más adelante este cuadro
con otros muchos en Roma, fue abrasado en un incendio. Resistían
fuertemente los Rodios en aquella guerra y deseando Demetrio algún
decente pretexto, los Atenienses que allá acudieron le
proporcionaron hacer la paz, sin otra condición que la
de haber de dar los Rodios auxilios a Antígono y Demetrio,
como no fuera contra Tolomeo.
XXIII. Llamaron a Demetrio los Atenienses con motivo de tenerles
sitiada Casandro la ciudad, y acudiendo aquel con trescientas
treinta naves y numerosa infantería, no sólo arrojó
a Casandro del Ática, sino que, persiguiéndolo en
su fuga hasta las Termópilas, consiguió de él
una señalada victoria, y tomó a Heraclea, que voluntariamente
se le entregó, habiéndosele asimismo pasado seis
mil Macedonios. A la vuelta dio libertad a los griegos de la parte
acá de las Termópilas, hizo alianza con los Beocios,
tomó a Cencris, y habiendo reducido a File y a Panacto,
presidios del Ática, guarnecidos entonces por Casandro,
las restituyó a los Atenienses, los cuales, aunque habían
estado antes excesivos con él, y parecían haber
agotado todos los medios de obsequiarle y honrarle, todavía
encontraron cómo parecer nuevos y recientes en sus adulaciones.
Porque le señalaron para alojamiento el edificio que está
a espaldas del templo de Atena, llamado Partenón, y allí
estuvo habitando; diciéndose que era la diosa la que daba
hospedaje a un huésped, a fe no muy modesto, ni de una
conducta muy propia para que lo alojara una virgen; siendo así
que su padre, habiendo sabido que Filipo, el hermano del mismo
Demetrio, estaba en una ocasión alojado en una casa en
que había tres mocitas, a él no le habló
palabra; pero habiendo llamado al aposentador, le dijo en su presencia:
Oyes, ¿no sacarás a mi hijo de tan estrecho
alojamiento?.
XXIV. Correspondíale en verdad a Demetrio respetar a Atena,
a lo menos por ser su hermana mayor, según él decía;
sin embargo, fueron tales las indecencias y abominaciones con
que manchó el alcázar, violentando a jóvenes
libres y ciudadanas honestas, que parecía estar aquel lugar
sumamente acatado y limpio cuando sólo se divertía
con las rameras Crisis, Lamia, Demo y Anticira. No conviene, por
honor a la ciudad, referir menudamente tales insolencias, pero
al mismo tiempo es justo no pasar en silencio la virtud y modestia
de Damocles. Era éste todavía muchachito,
y tuvo de él noticia Demetrio, siendo su sobrenombre el
que le acusaba, porque le llamaban Damocles el Hermoso. Hiciéronsele
muchos presentes, se le solicitó, se le hizo miedo y a
nadie cedió nunca. Por fin, retirándose de las palestras
y del gimnasio, se iba a bañar a un baño privado;
habiendo espiado Demetrio la ocasión, se entró en
él cuando aquel estaba solo; mas el muchacho, cuando se
vio en aquel desamparo y en aquel estrecho, quitando la tapa a
la caldera en que estaba el agua hirviendo, se arrojó en
ella y pereció sufriendo lo que él no merecía,
pero pensando de un modo digno de su patria y de la hermosura,
y no como Cleáneto, hijo de Cleomedonte, que habiendo dado
pasos para librar al padre de la multa de cincuenta talentos,
y presentando al efecto al pueblo cartas de Demetrio, no sólo
se cubrió a sí mismo de oprobio, sino que fue causa
de turbaciones en la ciudad. Porque a Cleomedonte le perdonó
la multa, pero hizo un decreto para que nadie presentara cartas
de Demetrio; mas como habiéndolo éste entendido,
lejos de tolerarlo, se hubiese mostrado muy ofendido, intimidados
nuevamente, no sólo anularon el decreto, sino que de los
que lo propusieron y apoyaron, a unos les quitaron la vida y a
otros los desterraron. Hicieron además otro decreto por
el que declararon que todo cuanto el rey Demetrio mandara habla
de ser santo ante los dioses y justo ante los hombres, y diciendo
uno de los ciudadanos más prudentes que Estratocles no
podía menos de estar loco para proponer tales cosas, Demócares
Leuconeo le replicó: Estaríalo si no lo estuviese;
porque realmente Estratocles sirvió mucho a la ciudad con
estas adulaciones; sin embargo, delatado Demócares con
tan leve motivo, fue desterrado. ¡Por estas humillaciones
pasaban los Atenienses mientras se daban por aliviados de la guarnición,
y creían que estaban en el pleno goce de su libertad!
XXV. Pasó Demetrio al Peloponeso, y no haciéndole
frente ninguno de los enemigos, porque todos huían y abandonaban
las ciudades, puso a su obediencia la región llamada Acte
y la Arcadia, a excepción de Mantinea, y rescató
a Sicione, Argos y Corinto, dando cien talentos a los que las
tenían en custodia. Celebrándose en Argos las fiestas
de Hera, presidió a los combates y a toda la solemnidad,
y se casó con Deidamía, hija de Eácides,
rey de los Molosos, y hermana de Pirro. Decía que los Sicionios
habitaban fuera de la ciudad, y los persuadió a que la
trasladaran al sitio que ahora ocupa: y ellos con el sitio le
mudaron también el nombre, llamándola Demetría
de en vez de Sicione. Habiéndose reunido en el Istmo una
junta general, que fue sumamente concurrida, se le nombró
generalísimo de la Grecia, como antes se había hecho
con Filipo y Alejandro, a quienes él pensaba hacer grandes
ventajas, deslumbrando con la presente fortuna y con el gran poder
a que por ella había llegado. Alejandro a ninguno de los
otros reyes los rebajó de este dictado, ni a sí
mismo se dio el título de rey de reyes, sin embargo de
que muchos le debían la dignidad y el nombre; Demetrio,
en cambio, hacía mofa y escarnio de los que llamaban rey
a cualquiera otro fuera de él y su padre, y en los banquetes
oía con gusto a los que brindaban por el rey Demetrio,
por el jefe de los elefantes Seleuco, por el general de la armada
Tolomeo, por el tesorero Lisímaco, por el Siciliano Agatocles,
gobernador de las islas. Instruidos aquellos reyes de estas puerilidades,
todos las tomaron a risa, a excepción de Lisímaco,
que se mostró muy enfadado, diciendo: ¿Si
me habrá tenido por castrado Demetrio?, porque comúnmente
para tesorero se echa mano de los eunucos. Era siempre Lisímaco
el que más le odiaba, y para motejarle por sus amores con
Lamia, dijo: Ahora, por la primera vez, se ha visto una
ramera salida de la escena trágica: a lo que replicó
Demetrio ser más honesta y recatada esta ramera que su
Penélope.
XXVI Pasando entonces otra vez a Atenas, escribió anticipadamente
que quería al punto de su llegada iniciarse en los misterios
y hacer de una vez toda la ceremonia, desde la primera iniciación
hasta la inspección íntima. Mas esto no era legítimo
ni se había hecho nunca, porque los pequeños misterios
se celebraban en el mes Antesterión, y los grandes en el
Boedromión, y a la inspección no se pasaba sino
mediando un año cuando menos desde los grandes misterios.
Leída la carta, sólo se atrevió a oponerse
el portaantorcha Pitodoro: pero no adelantó nada, porque
abrió Estrátocles dictamen para que se decretara
que el mes Muniquión se entendiera y llamara Antesterión,
y admitieron a Demetrio a la iniciación que se hacía
en Agra. Después de esto, el mes Muniquión de Antesterión
se hizo Boedromión, y se perfeccionó lo que restaba
de la iniciación, recibiendo Demetrio el último
grado de la inspección íntima: por lo que, satirizando
Filípides a Estrátocles, hizo este verso: El que
a un mes solo ha reducido el año; así como dijo
en cuanto a su alojamiento en el Partenón: El que por un
mesón, tuvo al alcázar y de una Virgen al sagrado
templo introdujo a las torpes ramerillas.
XXVII. Siendo así que entonces en la ciudad se cometieron
mil excesos e injusticias, se dice que, lo que más mortificó
a los Atenienses fue que, habiéndoseles mandado pagar y
entregar sin dilación doscientos cincuenta talentos, cuya
exacción se hizo de una sola vez y sin excusa, cuando Demetrio
vio todo el dinero junto, dio orden de que para jabón se
entregara a Lamia y a las otras mozuelas que tenía consigo:
porque sintieron más la vergüenza que la multa, y
la expresión de desprecio más que la violencia de
hecho. Algunos dicen que no fue con los Atenienses con quienes
esto se ejecutó, sino con los Tésalos. Fuera de
esto, queriendo Lamia dar un banquete al rey, exigió por
su propia autoridad dinero a muchos, y fue tan celebrado por su
suntuosidad este convite, que Linceo de Samo escribió una
historia de él. Con este motivo hubo un poeta cómico
que llamó a Lamia, con tanto donaire como verdad, Helépolis.
Demócares de Solos llamaba a Demetrio Cuento, porque decía
que tenía como los cuentos su Lamia o Hada. Daba esta mujer
celos y envidia, con ser tan querida y obsequiada, no sólo
a las mujeres legítimas de Demetrio, sino aun a sus amigos.
Fueron en una ocasión embajadores de parte de Demetrio
a Lisímaco, a quienes éste en un momento de ocio
mostró en los muslos y en los brazos cicatrices profundas
de las uñas de un león, y les refirió la
lucha que había tenido con aquella fiera por haberle encerrado
con ella el rey Alejandro; y ellos, echándose a reír,
le dijeron que también su rey llevaba en el cuello mordiscos
de otra fiera cruel, que era Lamia. Era cosa de admirar que habiendo
andado con reparos al principio para casarse con File por razón
de la edad, se hubiera dejado vencer de Lamia y la hubiera amado
por tanto tiempo, pasada ya y muy pasada su flor. Así es
que Demo, llamada también Mania, habiendo tañido
la flauta Lamia sobre cena, como le preguntase Demetrio ¿Qué
te parece?, Vieja, señor, le respondió.
Y en otra ocasión, habiéndose puesto en la mesa
grande abundancia de postres, diciéndole el mismo Demetrio:
¿Ves qué de cosas me envía Lamia?,
Muchas más te enviaría mi madre- le respondió-
si quisieras dormir con ella. Consérvase finalmente
en memoria la objeción de Lamia contra la sentencia llamada
de Bocoris. Se había enamorado uno en Egipto de la cortesana
Tonis, a la que había ofrecido una gran suma; habiéndole
parecido después entre sueños que yacía con
ella, se resfrió en su deseo y ella le puso pleito sobre
el precio convenido. Diose cuenta a Bocoris y mandó que
el amador trajera a su presencia en un talego todo el dinero prometido,
y que con la mano lo sacudiera a uno y otro lado, y la cortesana
se contentara con la sombra, teniendo a la opinión por
sombra de la verdad; pero Lamia repuso que esta sentencia no era
justa, porque la sombra no satisfizo en la cortesana la codicia
del dinero, como el sueño había borrado el amor
en el mancebo. Mas baste lo dicho acerca de Lamia.
XXVIII. La fortuna y los sucesos de este rey, de quien escribimos,
exigen que la narración se convierta ahora de la escena
cómica a la trágica. Porque todos los otros reyes
se coligaron contra Antígono; y como hubiesen reunido en
un punto todas sus fuerzas, tuvo Demetrio que acudir desde la
Grecia; y como hubiese juntado así mismo sus tropas con
las del padre, más codicioso de gloria militar que lo que
su edad llevaba, él también adquirió más
osadía y cobró más ánimo. Y en verdad
parece que si Antígono hubiera cedido en cosas bien pequeñas
y hubiera rebajado algo de su desmedida ambición y deseo
de mando, habría conservado para sí y dejado al
hijo la preeminencia de ser el primero entre todos ellos; pero
siendo altivo y orgulloso por carácter, tan insolente como
en las obras en las palabras, había ofendido e irritado
a muchos de los jóvenes y de los poderosos. Entonces mismo
decía de aquella Liga y Confederación que como una
bandada de pájaros la dispersaría con tirar una
piedra y hacer un poco de ruido. Tenía para esta guerra
más de setenta mil infantes, diez mil caballos y setenta
y cinco elefantes, siendo las fuerzas de los contrarios sesenta
y cuatro mil infantes, quinientos caballos más que aquel,
cuatrocientos elefantes y ciento veinte carros. Cuando ya éstos
se acercaron, hubo variación en su ánimo, más
bien en cuanto a las esperanzas que en cuanto a la determinación.
Porque siendo así que en los momentos de los combates solía
ser altanero y jactancioso, hablando en voz alta y usando de expresiones
arrogantes, hasta emplear los chistes en el momento de acometer
y cuando se había venido a las manos, con los enemigos
para mostrar gran serenidad y desprecio de éstos, en aquella
ocasión se le vio casi siempre pensativo y taciturno, y
ante el pueblo designó y les presentó al hijo por
su sucesor. Pero lo que más admiraron todos fue que en
su tienda habló con éste a solas, cuando no acostumbraba
a tener ni aun con él estas confianzas, sino que después
de haber resuelto por sí le daba públicamente las
órdenes para la ejecución de sus planes. Dícese
que siendo todavía mocito Demetrio le preguntó en
una ocasión cuando se tocaría a retirada, y que
le respondió enfadado: ¿Pues qué, has
de ser tú solo quien no oiga la trompeta?
XXIX. Agregósele entonces haber también señales
contrarias, que cortaron los vuelos a su espíritu, porque
a Demetrio le pareció que entre sueños le preguntaba
Alejandro, magníficamente armado, qué señal
era la que iban a dar para aquella batalla, y que, habiéndole
él respondido que Zeus y la victoria, le había
contestado: Pues voyme ahora a los enemigos, porque ellos
me recibirán; y Antígono, al salir, cuando
va estaba ordenada la hueste, tropezó y cayó de
bruces, habiéndose hecho bastante daño; y levantándose,
tendidas las palmas al cielo, pidió a los dioses la victoria
o una muerte imprevista antes de la derrota. En el acto de embestir,
Demetrio, que mandaba la mayor y mejor parte de la caballería,
vino a caer al frente de Antíoco, hijo de Seleuco, y habiendo
peleado valerosamente hasta haber rechazado a los enemigos, en
el alcance, que fue seguido con más calor y arrojo del
que la oportunidad sufría, malogró la victoria;
porque al retirarse no le fue dado volver a incorporarse con la
infantería a causa de haber interpuesto los elefantes,
y viendo Seleuco el cuerpo del ejército privado de la protección
de la caballería, hizo como que cargaba para envolverlo
y se propuso dar ocasión a que los soldados mudaran de
ánimo y se le pasasen, lo que así sucedió:
porque un grandísimo número, que estaba cortado,
al punto fue a incorporarse en sus filas, y los demás huyeron.
Corrían muchos hacia Antígono, y diciéndole
uno: Contra ti vienen éstos ¡oh rey!
¿Pues contra quién han de venir sino contra
mí?- respondió-; mas ya volverá Demetrio
en mi auxilio; y mientras estaba con esta esperanza mirando
si vendría el hijo, siendo muchos a tirarle saetas a un
tiempo, cayó muerto. Todos los demás sirvientes
y amigos al punto le abandonaron, quedando solamente en custodia
del cadáver Tórax de Larisa.
XXX. Terminada de este modo la batalla, repartiéndose
los reyes vencedores, como si fuera un cuerpo muerto, todo el
imperio de Antígono y Demetrio, tomaron cada uno su parte
y se repusieron de las provincias de éstos en las que cada
uno había tenido antes. Demetrio huyó con cinco
mil infantes y cuatro mil caballos, dirigiéndose con precipitación
a Éfeso, y cuando todos creían que, falto de recursos,
no saldría del templo, temeroso de que lo ejecutasen los
soldados, dio al punto la vela, haciendo rumbo a la Grecia, por
tener en los Atenienses sus principales esperanzas: porque hacía
también la casualidad que allí había dejado
naves, fondos y a su mujer Deidamía, y pensaba que no podía
encontrar refugio más seguro en el estado en que se veía
que el amor de los Atenienses. Por tanto, cuando navegando la
vuelta de las Cíclades le salieron al encuentro embajadores
de Atenas, intimándole que no tocase en aquella ciudad
porque había decretado el pueblo que no se diera entrada
a ninguno de los reyes, y a Deidamía la condujeron a Mégara
con el honor y acompañamiento correspondiente, no fue dueño
de sí mismo de cólera, sin embargo de que había
llevado hasta allí resignadamente su desgracia y no se
había mostrado en semejante mudanza abatido o humillado:
pero el verse frustrado de las esperanzas que sobre el amor de
los Atenienses había fundado, y que éste le había
salido vano y falaz, era lo que sobre todo le desconsolaba; y
es que para los reyes y poderosos el indicio menos cierto de amor
de parte de la muchedumbre es el exceso en las sumisiones y los
honores; pues consistiendo el precio de éstos en la voluntad
y la elección, el miedo les quita el crédito y la
fe, porque unos mismos son los decretos de los que temen, y de
los que aman. Así, los hombres prudentes y de juicio, no
mirando a las estatuas, ni a las pinturas, ni a las apoteosis,
sino más bien a sus propios hechos y sus propias obras,
según son éstas, o los tienen por verdaderos honores,
o por resoluciones de la necesidad; como que los pueblos muchas
veces cuantos más honores decretan más aborrecen
a los que los reciben sin medida, con desdén y ceño
de los que los decretan muy de mala gana.
XXXI Teniéndose Demetrio por malhadado en aquella situación,
y no pudiendo tomar venganza de los Atenienses, no hizo más
que darles quejas con cierta moderación, al mismo tiempo
que trataba de recobrar sus naves, entre las que había
una de trece órdenes de remos. Habiéndolas recibido,
navegó al Istmo, y hallando que sus cosas no estaban allí
en mejor estado, porque las guarniciones, de una en una, se le
habían ido separando y pasando a los enemigos, dejó
a Pirro en observación de la Grecia, y haciéndose
a la vela se dirigió al Quersoneso, desde donde empezó
a talar las tierras de Lisímaco para fomentar y mantener
su ejército, que ya iba reponiéndose y siendo de
no pequeña entidad. Por lo que hace a Lisímaco,
se veía abandonado de los demás reyes, por no parecerles
ser de mejor intención que aquel, y antes sí más
temible, por lo mismo que tenía mayor poder. De allí
a poco Seleuco envió a pedir en casamiento a Estratonica,
hija de Demetrio y File, sin embargo de tener ya un hijo llamado
Antíoco. habido en Apama, natural de Persia; creyendo por
una parte que, según la extensión de su mando, tenía
para muchos sucesores, y por otra que necesitaba enlazarse con
aquel, por cuanto había visto que de las hijas de Tolomeo
Lisímaco había tomado una para sí y otra
para su hijo Agatocles. Era para Demetrio una felicidad inesperada
ser suegro de Seleuco, y haciéndose a la vela con aquella
doncella, marchó con todas las naves a la Siria, arribando
por necesidad a diferentes puntos, y tocando en la Cilicia, donde
dominaba Plistarco después de la batalla con Antígono,
por haberle sido entregada por los reyes esta provincia como un
don especial. Era Plistarco hermano de Casandro, y juzgando violado
injustamente su territorio por Demetrio en las arribadas, con
ánimo de quejarse a Seleuco de que había hecho la
paz con el enemigo común sin el consentimiento de los otros
reyes, se embarcó para ir en su busca.
XXXII. Habiéndolo entendido Demetrio, se encaminó
desde el mar a Quinda, donde encontró que aún habían
quedando mil doscientos talentos, los que recogió, y dándose
prisa a embarcarse se hizo sin detención al mar. Reuniósele
a este tiempo su mujer File, y en Roso le salió a recibir
Seleuco. Fue esta primera entrevista sencilla, franca y regia,
habiendo tenido primero Seleuco convidado en su tienda en el campamento
de Demetrio, y recibido después Demetrio a aquel en su
galera. Había entre ellos fiestas, conferencias y pasatiempos,
sin guardias y sin armas, hasta que, desposándose con grande
aparato Seleuco con Estratonica, se restituyó a Antioquía.
Demetrio recobró la Cilicia, y envió a su mujer
File a la corte de Casandro, su hermano, con el objeto de desvanecer
las acusaciones de Plistarco. En esto, Deidamía, que había
venido de la Grecia a reunirse con él, al cabo de poco
tiempo murió de una enfermedad. Hizo amistad con Tolomeo
por medio de Seleuco, entrando en el tratado que tomaría
a Tolemaida, hija de Tolomeo, por mujer. Hasta aquí la
conducta de Seleuco había sido muy urbana y civil; pero
habiendo pretendido que Demetrio le entregara la Cilicia por cierta
suma, porque éste no se prestó a ello le pidió
con grande enojo la restitución de Sidón y de Tiro,
dando muestras de obrar con la mayor violencia y propasarse a
los mayores excesos; porque habiendo hecho suyo cuanto hay desde
el mar de la India hasta la Siria, todavía era tan menesteroso
y pobre, que por solas dos ciudades le era preciso no dejar vivir
a un hombre que, sobre ser su suegro, había experimentado
tales mudanzas de fortuna, dando en esto el más relevante
testimonio a la sentencia de Platón, que exhorta al que
quiera ser verdaderamente rico a que en lugar de aumentar la riqueza
disminuya el deseo insaciable de tener, pues el que no sabe acallar
la avaricia jamás se verá libre ni de pobreza ni
de miseria.
XXXIII. Mas no se acobardó Demetrio, sino que, diciendo
que, aunque en otras diez mil batallas fuese vencido, no sufriría
el que Seleuco comprara de él por precio el ser su yerno,
aseguró con guarniciones aquellas ciudades, y, con noticia
que tuvo de que estando alterada Atenas trataba Lácares
de tiranizarla, se prometió que con aparecerse tomaría
fácilmente la ciudad. Lo que es la travesía la hizo
en toda seguridad con una grande armada; pero al costear el Ática
sufrió una fuerte tormenta, en la que perdió la
mayor parte de las naves, y tuvo un no pequeño número
de muertos. Habiendo él salido a salvo, aún hizo
alguna guerra a los Atenienses, pero viendo que nada adelantaba,
envió comisionados que juntaran nueva escuadra, y pasando
al Peloponeso puso sitio a Mesena, donde combatiendo los muros
estuvo en grande peligro por haber sido herido de un dardo lanzado
con catapulta, que le lastimó la cara y la boca, pasándole
la mejilla. Luego que se hubo recobrado, y que redujo a su obediencia
algunas ciudades sublevadas, volvió de nuevo a invadir
el Ática. Apoderóse de Eleusis y Ramnunte, taló
el país, y habiendo apresado una nave con trigo que se
dirigía a proveer a los Atenienses, ahorcó al comerciante
y al piloto; de manera que, ahuyentados de miedo todos los demás,
se padeció en la ciudad una terrible hambre, y con ella
una absoluta escasez de todos los demás objetos. Así,
la fanega de sal les costaba treinta dracmas, y un modio de trigo,
trescientas. Proporcionaron algún respiro a los Atenienses
ciento cincuenta naves que se aparecieron por la parte de Egina,
enviadas en su socorro por Tolomeo; pero habiéndole llegado
a Demetrio muchas del Peloponeso y de Chipre, hasta componer trescientas
entre todas, levaron anclas las de Tolomeo y huyeron, y el tirano
Lácares dio también a huir, abandonando la ciudad.
XXXIV. Los Atenienses, aunque habían impuesto pena de
muerte al que hablara de paz o de reconciliación con Demetrio,
al punto le abrieron las puertas que estaban inmediatas, y le
enviaron embajadores, no con esperanza de alcanzar de él
nada favorable, sino estrechados del hambre, en la que sucedieron
cosas muy lastimosas, contándose entre otras la siguiente:
Estaban retirados en una habitación desesperados de todo
socorro padre e hijo, y habiendo caído del techo un ratón
muerto, luego que le vieron corrieron los dos a cogerlo y se lo
disputaron a golpes. Refiérese también que el filósofo
Epicuro mantuvo en aquella ocasión a sus discípulos
repartiendo con ellos cierta porción de habas por cuenta.
Siendo ésta la situación de la ciudad, entró
en ella Demetrio, y dando orden de que se juntaran todos en el
teatro, guarneció con hombres armados la escena, cercó
de lanceros el lugar de la representación, y bajando, como
los actores trágicos, de los corredores altos, fue todavía
mayor el susto de los Atenienses: pero con el principio de su
discurso tuvo fin el miedo de éstos; porque quitando del
tono de la voz y de las expresiones toda acrimonia, se quejó
de ellos blanda y amistosamente, y se dio por desenojado, haciéndoles
entregar cien mil fanegas de trigo y restableciendo los magistrados
que les eran más agradables. Observó el orador Dromoclides
que el pueblo con el gozo prorrumpía en diferentes aclamaciones,
tratando de sobrepujar las alabanzas que los demagogos pronunciaban
desde la tribuna, y propuso ley para que al rey Demetrio se le
entregara el Pireo y Muniquia. Decretóse así, pero
Demetrio puso por sí mismo guarnición en el Museo,
no fuera que, sacudiendo otra vez el freno el pueblo, le diera
causa a iguales detenciones.
XXXV. Reducida Atenas, asestó sus tiros contra Lacedemonia,
y venciendo y rechazando en batalla al rey Arquidamo, que le salió
al encuentro junto a Mantinea, invadió la Laconia. Hizo
en otro encuentro quinientos cautivos y le mató doscientos
a la vista de la misma ciudad de Esparta. Casi nada faltaba para
hacerse dueño de ella, no habiendo sido nunca tomada hasta
entonces; pero la Fortuna parece que no usó jamás
con rey ninguno de tan grandes y súbitas mudanzas, ni con
nadie fue tantas veces pequeña y grande, humilde de ensalzada,
y poderosa otra vez de pobre y abatida; así se dice que
el mismo Demetrio en una de las más notables entre estas
vicisitudes, empleó, exclamando contra la Fortuna, este
verso de Esquilo: Tú me alentaste, y tú quieres
perderme. Porque entonces, yendo con tanta prosperidad sus negocios
hacia el imperio y el poder, se le dio aviso primero de que Lisímaco
le había tomado las ciudades del Asia; y enseguida de que
Tolomeo se había apoderado de toda Chipre, a excepción
de sola la ciudad de Salamina, y ésta la tenía sitiada,
hallándose envueltos en el sitio sus hijos y su madre.
Mas al mismo tiempo la Fortuna, que, como aquella mujer de los
versos de Arquíloco, Engañosa y falaz, en la una
mano agua llevaba, y en la otra fuego, habiéndole apartado
con tan desagradables y terribles nuevas de Lacedemonia, le presentó
otras esperanzas de nuevos y grandes sucesos con la ocasión
siguiente.
XXXVI Muerto Casandro, su hijo mayor llamado Filipo, falleció
asimismo, habiendo sido muy poco el tiempo que reinó, sobre
los Macedonios, y los otros dos se pusieron entre sí en
discordia y en abierta disensión. Uno de éstos,
Antípatro, dio muerte a Tesalonica, su madre, por lo que
el otro, Alejandro, llamó en su auxilio del Epiro a Pirro
y del Peloponeso a Demetrio. Adelantóse Pirro, y tomándose
una gran parte de la Macedonia como premio del socorro, era ya
un vecino temible para Alejandro. Demetrio, luego que recibió
la carta, se había puesto en movimiento con su ejército,
y como aquel joven temiese todavía más a éste
por su grande dignidad y fama, le salió al encuentro en
Dío y lo saludó y recibió con las mayores
muestras de aprecio; pero ya nada le dijo sobre tener necesidad
de su presencia. Levantáronse, pues, sospechas de uno a
otro, y yendo Demetrio a un banquete para el que aquel joven le
había convidado, hubo quien le advirtió en el camino
de que se le armaban asechanzas, teniendo dispuesto darle muerte
entre los brindis. Nada se inmutó con esta denuncia, y
sólo se detuvo un poco para dar orden a sus caudillos de
que la tropa, estuviese sobre las armas, y mandó a los
criados y demás personas de su comitiva, que eran muchos
más que los de Alejandro, que entraran al comedor y permanecieran
allí hasta que se levantase de la mesa. Temieron con esto
los que Alejandro tenía prevenidos, y no se atrevieron
a poner por obra su designio. Demetrio, excusándose con
que no se sentía bien dispuesto para beber, se retiró
cuanto antes, y al día siguiente ordenó la partida,
diciendo que le habían ocurrido nuevos negocios, y que
Alejandro le disculpara de que se retirase tan pronto, pues se
detendría más con él en otra ocasión
en que estuviese desocupado. Alegróse, pues, Alejandro,
creyendo que aquella retirada no nacía de enemistad, sino
que era voluntaria, y le acompañó hasta la Tesalia.
Llegados a Larisa, volvieron a hacerse mutuos convites, con intención
uno y otro de armarse celadas; y cabalmente esto fue lo que más
contribuyó a que Alejandro se pusiera en manos de Demetrio;
porque rehusando tener guardias, para no enseñar a éste
a precaverse, sufrió con antelación lo mismo que
pensaba ejecutar, que era no dar lugar a que Demetrio se le huyese.
Convidado, pues, por éste, pasó a su hospedaje,
y habiéndose levantado Demetrio en medio de la cena, como
concibiese temor Alejandro, se levantó también,
y a su mismo paso lo siguió hasta la puerta. Incorporado
en ella Demetrio con sus guardias, no les dijo sino estas solas
palabras: Acabad con el que me sigue, y saliéndose
a la parte afuera, dieron éstos muerte a Alejandro y a
aquellos de sus amigos que acudieron en su socorro, refiriéndose
haber dicho uno de ellos cuando le herían que un solo día
se les había anticipado Demetrio.
XXXVII. La noche, como era natural, se pasó en inquietud;
pero a la mañana, aunque los Macedonios estaban alborotados
y recelaban del poder de Demetrio, como nadie se presentase que
les inspirara temor, y Demetrio les enviase a decir que quería
hablarles y sincerarse de lo sucedido, ya esto les inspiró
confianza y le recibieron apaciblemente. Luego que se presentó,
no necesitó de largos discursos; sino que, como aborreciesen
a Antípatro por matador de su madre, y no tuviesen cosa
mejor de que echar mano, le proclamaron rey y, tomándole
por caudillo, le condujeron a Macedonia. A los naturales que habían
quedado en el país no les era tampoco sensible esta mudanza,
porque tenían en memoria y detestaban lo mal que Casandro
se había portado con Alejandro después de su muerte,
y si aun quedaba algún recuerdo del antiguo Antípatro,
disfrutábale Demetrio por estar casado con File y tener
de ésta un hijo, sucesor del reino, que ya era mocito y
militaba con el padre.
XXXVIII. Habiéndole sido tan favorable la Fortuna, supo
que los hijos y la madre habían logrado caer libres, recibiendo
todavía dones y honores de parte de Tolomeo; y supo asimismo
de su hija casada con Seleuco, que lo estaba con Antíoco,
hijo de éste, y que había sido proclamada reina
de las provincias altas. Porque sucedió, según es
fama, que Antíoco se enamoró de Estratonica, que
era joven; mas tenía ya un hijo de Seleuco, por lo que
vivía en la mayor aflicción y congoja, luchando
con el mayor esfuerzo contra esta pasión; tanto, que considerando
lo desordenado de sus deseos y lo insufrible de su mal, andaba
meditando el modo de librarse de la vida, y pensó salir
de ella poco a poco con no cuidarse de remedios y con acortar
la comida, fingiendo en tanto que se hallaba enfermo. El médico
Erasístrato comprendió sin dificultad que estaba
enamorado; pero deseando descubrir de quién, lo que no
era tan fácil, se quedó a habitar en su propia cámara;
y si entraba algún mancebo o alguna joven de agraciada
figura, miraba a Antíoco al rostro, y observaba los miembros
y movimientos del cuerpo, que naturalmente son afectados cuando
el ánimo sufre una vehemente impresión. Viendo,
pues, que cuando entraban los demás ninguna novedad tenía,
y que cuando entraba Estratonica, que iba muchas veces, o sola
o acompañada de Seleuco, se notaban en él todas
aquellas señales de Safo: apocamiento de la voz, encendimiento
del color, caimiento de los ojos, repentinos sudores, alteración
e intercadencia del pulso y, finalmente, que tenía desmayos,
dudas, temores, y poco a poco se iba quedando pálido, conjeturó
Erasístrato, por todos estos indicios, que el hijo del
rey no estaba enamorado de otra sino de ésta, y que había
hecho ánimo de callarlo hasta morir. Miraba por tanto como
muy expuesto el manifestar y referir estas observaciones; mas
fiado, sin embargo, en el grande amor de Seleuco a su hijo, aun
se resolvió un día a decirle que aquel joven estaba
enfermo de amores, pero de amores imposibles e insanables. Admirado
al oírlo, ¿Cómo insanables?,
repuso. Porque está enamorado de mi mujer le
respondió entonces Erasístrato; a lo que continuó
Seleuco: ¿Pues cómo, no cederías, ¡oh
Erasístrato!, a mi hijo este casamiento siendo tan su amigo,
mayormente viendo hasta qué punto nos tiene a todos sin
sosiego? Porque ni tú con ser su padre- le
replicó Erasístratotendrías semejante condescendencia
si sus deseos se dirigieran a Estratonica; y entonces Seleuco:
¡Ojalá entre los dioses o los hombres hubiera,
amigo mío, quien pudiera hacer repentinamente esta mudanza
en la enfermedad, que yo tendría a dicha hasta ceder el
reino por ver recobrado a mi hijo! Pronunció Seleuco
estas palabras con grande agitación y derramando lágrimas,
y Erasístrato, tomándole la diestra: Todo
está remediado- le dijo- porque siendo padre, marido y
rey, serás también el mejor médico de tu
casa. En consecuencia de esto, convocando Seleuco el pueblo
a junta general, le dijo ser su voluntad y tener determinado declarar
rey de todas las provincias altas a Antíoco y reina a Estratonica,
enlazándose ambos en matrimonio; que en cuanto a su hijo,
creía que habiéndole sido siempre sumiso y obediente,
no se opondría a este casamiento; mas que si la esposa
tuviese alguna dificultad, por ser cosa desusada, se llamase a
las personas más de su confianza para que la instruyesen
y persuadiesen que debía reputar por bueno y justo lo que
el rey resolvía para el bien común. Tal se dice
haber sido la ocasión y el motivo del matrimonio de Antíoco
y Estratonica.
XXXIX. Habiendo tomado Demetrio la Macedonia y la Tesalia, y
siendo dueño de la mayor parte del Peloponeso, y fuera
del istmo de Mégara y de Atenas, se dirigió contra
los Beocios. Hicieron éstos desde luego la paz con condiciones
tolerables; pero pasando después a Tebas con ejército
el espartano Cleónimo, volvieron a ensoberbecerse; y como
al mismo tiempo Pisis de Tespias, que en gloria y en poder era
el primero, concurriese también a inflamarlos, se le rebelaron.
Mas apenas acudiendo Demetrio con sus máquinas de guerra
puso sitio a Tebas, y por temor salió de ella Cleónimo,
asustados los Beocios, se rindieron a discreción. Puso
Demetrio guarnición en las ciudades, exigió crecidas
contribuciones, y dejándoles por procurador y presidente
a Jerónimo el Historiador, pareció haber andado
demasiado benigno, especialmente en cuanto a Pisis, pues, habiéndose
apoderado de su persona, no le hizo ningún mal, sino que
le saludó y trató afablemente y le nombró
comandante de la armada de Tespias. Fue de allí a poco
cautivado Lisímaco por Dromiquetes, y marchando inmediatamente
Demetrio con esta nueva a la Tracia, con esperanza de ocuparla
como país desierto, se rebelaron de nuevo los Beocios,
y le llegó aviso de que Lisímaco se hallaba libre.
Retrocediendo, pues, sin dilación lleno de cólera,
se encontró con que ya los Beocios habían sido vencidos
en batalla por su hijo Antígono, y puso de nuevo sitio
a Tebas.
XL. Talaba en tanto Pirro la Tesalia, hallándose ya en
las Termópilas, por lo que, encargando a Antígono
la prosecución del sitio, marchó contra aquel, que
se retiró precipitadamente. Dejando, pues, en la Tesalia
diez mil infantes y mil caballos, volvió sobre Tebas, haciendo
traer la máquina llamada helépolis, de tanta mole
y peso que era preciso conducirla muy poco a poco; así
en dos meses apenas se hizo con ella el camino de dos estadios.
Defendíanse esforzadamente los Beocios, y como Demetrio,
por obstinación y empeño, pusiese muchas veces a
los soldados en precisión de pelear y exponerse, viendo
Antígono que eran muchos los que morían, y doliéndole
de ello, ¿Por qué dejamos, padre mío-
le dijo- que éstos perezcan sin necesidad? A lo que
irritado, Y tú- le contestó- ¿por qué
te incomodas de eso? ¿Acaso has de pagar su haber a los
que mueren? Mas con todo, queriendo no dar ocasión
a que se dijera que sólo sus amigos no le dolían,
sino correr la misma suerte que los que peleaban, en uno de estos
encuentros una veloz saeta le atravesó el cuello. Estuvo
bien malo de la herida; mas con todo, lejos de aflojar, tomó
segunda vez a Tebas. Al entrar, su aspecto fue para inspirar el
mayor terror y sobresalto, como si hubiera de cometer atrocidades;
pero, contentándose con dar muerte a trece y desterrar
a algunos, perdonó a los demás. Así sucedió
que no haciendo diez años que Tebas había sido reedificada,
dos veces fue tomada en este corto tiempo. Llegaba el de celebrar
los Juegos Píticos, y Demetrio hizo una cosa enteramente
nueva: porque teniendo los Etolios ocupadas las gargantas, celebró
en Atenas los juegos y toda la festividad, dando por razón
que allí correspondía fuese principalmente venerado
un dios que era tenido por patricio y se decía ser el primer
autor de aquel pueblo.
XLI. Volvió de allí a la Macedonia, y como de suyo
fuese poco inclinado al sosiego, y viese que los súbditos
le tenían más consideración en el ejército,
siendo en casa turbulentos e inquietos, marchó contra los
Etolios. Talóles el país, y dejando en él
a Pantauco con no pequeña parte del ejército, se
dirigió contra Pirro, y Pirro contra él; pero habiendo
errado ambos el camino, el uno talaba el Epiro, y el otro dando
sobre Pantauco, y trabando batalla, como hubiesen venido a las
manos hasta darse y recibir mutuamente heridas, al fin le rechazó
con muerte de mucha gente, y tomándole cinco mil cautivos;
esto fue lo que sobre todo perjudicó a Demetrio, porque
no tanto se concilió odio Pirro por el mal que les causó
como admiración por ser hombre que las más cosas
las acababa por su propia mano, habiendo adquirido gran renombre
y fama en aquella batalla: y aun entre muchos de los Macedonios
corría la voz de que todos los reyes, en este sólo
veían una semejanza del ardimiento de Alejandro, cuando
los demás, y especialmente Demetrio, sólo remedaban,
como en un teatro, su gravedad y su lujo. Y por lo que hace a
Demetrio, estaba en verdad hecho un representante de tragedia,
pues no sólo llevaba cubierta la cabeza con un sombrerillo
ceñido de dobles diademas, e iba vestido de una tela rica
de oro y púrpura, sino que usaba además por calzado
unos coturnos dorados, cuyas suelas eran de púrpura puesta
en muchos dobles. Estábanle tejiendo largo tiempo había
un manto, obra soberbia, remedo del mundo y de los astros del
cielo, el cual quedó a medio acabar cuando ocurrió
el trastorno de sus cosas; ninguno después se atrevió
a usarlo, sin embargo de que de allí a bien poco hubo en
Macedonia reyes sobrado orgullosos.
XLII. Ni sólo con este aparato disgustaba a unos hombres
que no estaban hechos a él, sino que los incomodaba además
con su lujo y con toda su conducta, y principalmente con no dejarse
ver ni hablar; porque, o absolutamente no había tiempo
para que diera audiencia, o si la daba era desabrido y usaba de
malos modos con los que se le acercaban. De los Atenienses, a
los que distinguía entre los demás griegos, detuvo
dos años una embajada: y habiendo llegado de Lacedemonia
un embajador, se inquietó sobremanera, pareciéndole
que aquello era desprecio; pero el embajador se condujo con gracia
y propiamente a la espartana; porque diciéndole Demetrio:
¿Qué quieres? ¿Conque los Lacedemonios
no dependían más que un embajador? Cierto,
¡oh rey!- le respondió-, porque es a uno solo.
Pareció que un día se presentaba más popular
y recibía sin ceño, por lo que acudieron algunos
y le entregaron memoriales. Como los recibiese todos y los recogiese
en el manto, se alegraron los interesados e iban siguiéndole;
pero cuando llegó al puente del Axio, sacudió el
manto y los arrojó a todos al río. Esto mortificó
con extremo a los Macedonios, pareciéndoles que aquello
más era escarnecerlos que reinar, mayormente acordándose
ellos mismos, o habiendo oído a los que se acordaban de
cuánta era en este punto la bondad y afabilidad de Filipo.
Sucedióle una vez que una pobre anciana le salió
al encuentro y le rogó e instó varias veces que
la oyese; respondióle que no estaba de vagar, y, como ella
le dijese en voz alta: Pues no reines, le hizo esto
tanta impresión que, parándose a meditar sobre ello,
se volvió a casa, y dando de mano a todos los demás
negocios, se dedicó, empezando por aquella anciana a dar
audiencia a cuantos quisieron muchos días seguidos, pues
nada es tan propio de un rey como el cuidar de la administración
de justicia. Porque Ares es tirano, como decía Timoteo;
la ley, reina de todos, según expresión de Píndaro,
y a los reyes no les da Zeus en depósito, dice Homero,
máquinas de guerra o naves bronceadas, sino leyes para
que las tengan en custodia y las guarden, llamando alumno y discípulo
del mismo Zeus, no al más belicoso de los reyes, ni al
más violento, ni al más matador, sino al más
justo; pero Demetrio se complacía en un sobrenombre muy
desemejante de los que se dan al rey de los dioses; porque éste
se denomina protector y conservador de ciudades, y Demetrio tomó
para sí el título de Poliorcetes, que es expugnador
de ellas. ¡Hasta tal punto confundió un poder necio
los términos de lo honesto, y de lo torpe, y quiso hacer
habitar en uno la gloria y la injusticia!
XLIII. Habiendo estado Demetrio enfermo de peligro en Pela, faltó
muy poco para que perdiese la Macedonia, acudiendo al punto Pirro
y llegando hasta Edesa; pero apenas estuvo aliviado cuando le
rechazó fácilmente e hizo con él un tratado,
no queriendo que por haber de lidiar cada día en esta guerra
de conquistar y reconquistar pueblos le sirviera de estorbo y
le quitara ponerse en el pie conveniente para lo que meditaba;
esto no era nada menos que recobrar todo el imperio que había
tenido su padre. A esta esperanza y a este proyecto correspondían
los preparativos, pues tenía ya reunido un ejército
de noventa y ocho mil infantes, y además poco menos de
doce mil caballos. Trataba también de juntar una armada
de quinientas naves, habiendo hecho poner para unas las quillas
en el Pireo, y para otras en Corinto, en Calcis y en Pela, y yendo
él mismo de una parte a otra previniendo lo que convenía,
y aun poniendo mano en la obra; con lo que excitaba la admiración
de todos, que veían con asombro el número y la grandeza
de tales trabajos. Porque hasta entonces nadie había visto
galeras de quince y dieciséis, órdenes de remos:
pero más adelante, Tolomeo Filopátor construyó
una de cuarenta órdenes, que tenía de largo doscientos
ochenta codos y de alto, hasta el remate de la popa, cuarenta
y ocho. Acomodábanse en ella, fuera de los remeros, cuatrocientos
hombres de tripulación, remeros cuatro mil, y cabían
además de éstos, en los entrepuentes y sobre cubierta,
poco menos de otros tres mil, ésta no sirvió mas
que de espectáculo, pudiendo ser mirada como un edificio
fijo destinado a la vista y no al uso, por ser muy difícil
de mover, y aun no sin peligro. No así las naves de Demetrio,
pues ni su belleza les quitaba el servir para el combate, ni el
esmero en la construcción las hacía inútiles,
sino que más bien que por su grandor eran admirables por
su buen movimiento y su buen servicio.
XLIV. Mientras se disponían contra el Asia tantas fuerzas
cuantas no reunió nunca ninguno después de Alejandro,
se confederaron contra Demetrio Seleuco, Tolomeo y Lisímaco,
y escribieron después juntos una carta a Pirro, excitándole
a invadir la Macedonia, sin tener consideración a una paz
que Demetrio no le había dado a él para estarse
en quietud, sino que la había tomado para sí con
el objeto de hacer la guerra a aquellos a quienes ya tenía
intención de hacerla. Habiendo admitido Pirro la invitación
tuvo para sí Demetrio una formidable guerra cuando todavía
estaba tomando disposiciones: porque a un tiempo Tolomeo hizo
que se le separara la Grecia, navegando a ella con una grande
armada, e invadían la Macedonia, Lisímaco partiendo
de la Tracia y Pirro entrando en ella por donde confinaba con
su reino. Dejó Demetrio al hijo para que sostuviera la
Grecia, y corriendo él en socorro de la Macedonia, primero
se dirigió contra Lisímaco; pero dándosele
aviso de que Pirro había tomado la ciudad de Berea, y extendiéndose
la noticia entre los Macedonios, ya todo fue confusión
en su campo, con lamentos y lloros, y aun con quejas e imprecaciones
contra él, no queriendo éstos permanecer en el ejército,
sino marcharse, según decían, a sus casas, pero
en realidad al campo de Lisímaco. Resolvió, pues,
Demetrio apartarse de éste lo más lejos que pudiera,
y volver sus armas contra Pirro, porque Lisímaco era compatriota
de ellos y aun amigo de muchos por Alejandro, mientras que Pirro
era extranjero, y no era regular |