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PORTADA
QUIÉN ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
LATÍN
Web sobre Latín Online
OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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DEMÓSTENES
I. El que escribió ¡oh Socio! el
elogio de Alcibíades, vencedor en Olimpia corriendo con
los caballos, fuese Eurípides, como generalmente se cree,
o fuese cualquier otro, dice que al hombre, para ser feliz, le
ha de caber en suerte haber nacido en una ciudad ilustre; pero
yo creo que para la verdadera felicidad, que principalmente consiste
en las costumbres y en el propósito del ánimo, nada
da ni quita haber nacido en una patria oscura e ignorada, o de
una madre fea y pequeña. Porque sería cosa ridícula
que hubiera quien pensase que Júlide, parte muy pequeña
de una isla no grande como la de Ceo, y que Egina, de la que dijo
un ateniense que debía quitarse como una legaña
del Pireo, habían de haber llevado excelentes actores y
poetas, y no habían de poder producir un hombre justo que
se bastase a sí mismo, que tuviera juicio y fuera de un
ánimo elevado. Porque lo natural es que las otras artes,
que se alimentan con el trabajo y la fama, se marchiten en pueblos
humildes y oscuros, y que la virtud, como planta fuerte y robusta,
arraigue en todo terreno, si prende en una buena índole
y en un ánimo inclinado al trabajo; de donde se sigue que
si nosotros dejamos de pensar y conducirnos como corresponde,
esto deberá justamente atribuirse, no a la pequeñez
de la patria, sino a nosotros mismos.
II. Y al que se ha propuesto tejer una relación o historia,
no de hechos comunes y familiares, sino peregrinos y recogidos
en gran parte de una lectura varia, en realidad le conviene ante
todas cosas una ciudad de fama, de exquisito gusto y muy poblada,
para tener copia de toda suerte de libros y poder instruirse y
preguntar sobre aquellas cosas que, habiéndose ocultado
a la diligencia de los escritores, adquieren más fe conservadas
en la memoria y la tradición, para no dar una obra que
salga falta de muchas noticias, y menos de las necesarias. Mas
yo, que habito en una ciudad corta, en la que tengo formado empeño
de permanecer para que no se haga más pequeña, y
que mientras estuve en Roma y discurrí por la Italia no
tuve tiempo para ejercitarme en la lengua latina, por los negocios
políticos y por la concurrencia de los que venían
a tratar conmigo de filosofía, tarde ya y siendo muy adelantado
en edad, me acerqué a tomar conocimiento de las letras
romanas, en lo que me ha sucedido una cosa extraña, pero
muy cierta: y es que no tanto he aprendido y conocido las cosas
por las palabras cuanto, tomando conocimiento de las cosas, ellas
me han conducido a saber las palabras. Y lo que es llegar a percibir
la belleza y velocidad de la pronunciación latina, las
metáforas de los nombres, la armonía y todo lo demás
con lo que se engalana el discurso, téngolo por útil
y agradable; pero el estudio y ejercitación en este trabajo,
como empresa difícil, sólo es para los que tienen
ocio y tiempo que dedicar a tales primores.
III. Por esta razón, escribiendo en este libro de las
Vidas Paralelas las de Demóstenes y Cicerón, de
sus hechos y del modo de conducirse en el gobierno, procuraremos
colegir cuál era el carácter y disposición
de cada uno, omitiendo el hacer cotejo de sus discursos, y manifestar
cuál de los dos era más dulce o más primoroso
en el decir, porque esto sería, como dijo Ion, la fuerza
del delfín en tierra. Por ignorar esta máxima Cecilio,
excesivo en todo, se metió sin reflexión a formar
juicio entre Cicerón y Demóstenes; pero si a todos
les fuera dado tener a la mano el conócete a ti mismo,
no hubiera sido ésta tenida por una advertencia divina.
Parece, pues, haber sido un mismo genio el que formó a
Demóstenes y Cicerón, y acumuló en su naturaleza
muchas semejanzas, como la ambición, el amor de la libertad
cuando tomaron parte en el gobierno y la cobardía para
los peligros y la guerra; con lo que mezcló también
muchas cosas de las que son de fortuna; porque no creo que podrán
encontrarse otros dos oradores que de oscuros y pequeños
hubiesen llegado a ser grandes y poderosos, que hubiesen resistido
a reyes y tiranos, que hubiesen perdido sus hijas, hubiesen sido
arrojados de su patria y restituidos después con honor;
que huyendo después hubieran sido alcanzados por los enemigos,
y que en el mismo punto de expirar la libertad de sus conciudadanos
hubiesen ellos perdido la vida; como que si a manera del de los
artistas pudiera haber certamen entre la naturaleza la fortuna,
sería muy difícil discernir si aquella los había
hecho más semejantes en las costumbres o ésta en
los sucesos. Diremos, pues, primero del que precedió en
tiempo.
IV. Demóstenes, el padre de este otro Demóstenes,
era uno de los buenos y honrados ciudadanos, según dice
Teopompo. Llamábanle por sobrenombre el Espadero, a causa
de tener un gran obrador y muchos esclavos inteligentes que trabajaban
en este oficio. Lo que el orador Esquines dijo acerca de su madre,
dándola por hija de un tal Filón, que por causa
de traición había huido de la ciudad, y de una mujer
peregrina y bárbara, no podemos decir si fue cierto, o
si lo fingió e inventó para desacreditarle. Muerto
el padre, quedó Demóstenes, a la edad de siete años,
con un buen patrimonio, pues montaría el valor de toda
su hacienda a poco menos de quince talentos; pero sus tutores
le perjudicaron notablemente, apropiándose unas cosas y
descuidando otras, en términos de no haber con qué
pagar el salario a sus maestros. Por esta causa parece que careció
de instrucción en aquellas disciplinas que convienen a
un joven libre, y también por su delicadeza y mala constitución
física; por lo cual, ni la madre le aplicaba al trabajo,
ni le precisaban a él sus preceptores, habiendo sido desde
el principio flaco y enfermizo; de aquí dicen que le vino
también el injurioso apodo de Bátalo, que le impusieron
los muchachos burlándose de su persona. Era Bátalo,
según dicen unos, un flautista desacreditado por afeminación,
contra el que hizo con este motivo una especie de entremés
el cómico Antífanes; pero otros hacen memoria de
un poeta Bátalo, que escribió canciones lúbricas
y báquicas. Parece también que en aquella época
se daba en Atenas el nombre de Bátalo a una de las partes
inhonestas del cuerpo, que no es decente nombrar. El apodo de
Argas, pues se dice haber sido también éste uno
de sus sobrenombres, parece que se le puso o por sus costumbres
ásperas y desabridas, porque algunos poetas llaman Argas
a la culebra, o por su modo de decir, que ofendía a los
oídos, porque Argas era también el nombre de un
poeta, autor de malos y desagradables versos. Mas de estas cosas
dése aquí punto, como dice Platón.
V. El haberse dedicado a la elocuencia se dice que tuvo este
origen: Había de hablar el orador Calístrato en
el Tribunal, en el juicio que se seguía sobre la ciudad
de Oropo, y era grande la expectación en que todos estaban,
ya a causa de la facundia del orador, que era el que entonces
tenía mayor opinión, y ya también por el
negocio mismo, que se había hecho muy célebre. Oyendo,
pues, Demóstenes que varios maestros y preceptores tenían
concertado entre sí asistir a este juicio, rogó
a su preceptor y alcanzó de él que le llevase a
oírlo. Tenía éste amistad con los porteros
públicos del Tribunal, y por medio de éstos lo proporcionó
un sitio en el que, sentado, pudiera oír cómodamente
los discursos. Estuvo aquel día muy feliz Calístrato,
y fue sumamente admirado, con lo que excitó en Demóstenes
el deseo de gloria, por ver que eran muchos los que le acompañaban
y le daban enhorabuenas; pero en el discurso, lo que más
admiró fue una fuerza propia para allanarlo y vencerlo
todo. Dando por tanto de mano a todas las demás enseñanzas
y ocupaciones juveniles, él mismo se ejercitaba por sí
y trabajaba con empeño a fin de ser él también
uno de los oradores. Aun tuvo con todo por maestro de elocuencia
a Iseo, sin embargo de que entonces Isócrates tenía
escuela, o porque, como dicen algunos, no pudiese pagar a Isócrates
el salario prefijado, que era de diez minas, a causa de su orfandad,
o, lo que es más probable, porque prefiriese para su intento
la elocuencia de Iseo, como más propia para la acción
y más acomodada a las tretas del foro. Mas Hermipo escribe
haberse encontrado unos comentarios anónimos, en los que
se decía que Demóstenes asistió a la escuela
de Platón, lo que le fue utilísimo para la elocuencia,
y cita además a Ctesibio, quien había dicho que,
habiendo adquirido Demóstenes por medio de Calias Siracusano
y algunos otros las lecciones de retórica de Isócrates
y Alcidamante, las encomendó a la memoria.
VI Llegado a la mayor edad, empezó a litigar con sus tutores
y a escribir alegatos contra ellos, porque encontraban continuamente
tergiversaciones y medios dilatorios; así, a fuerza de
ejercitarse, según Tucídides, sus cuidados terminaron
felizmente, aunque no sin peligros ni trabajo; no pudo, sin embargo,
arrancar a los tutores más que una parte muy pequeña
de los bienes paternos. Mas ya que esto no, adquiriendo resolución
y el conveniente hábito de hablar en público, y
tomando gusto a las alabanzas que por estas contiendas se reciben
y al influjo que proporcionan, se decidió a salir a la
palestra y tomar parte en los negocios públicos; y a la
manera que de Laomedonte de Orcómeno se dice que para curarse
de una enfermedad del bazo dio en andar mucho de orden de los
médicos, y que con este penoso ejercicio adquirió
tal robustez que concurrió a los certámenes gimnásticos
y fue uno de los que más se distinguieron en la carrera,
del mismo modo le sucedió a Demóstenes, que habiendo
tenido que dedicarse a perorar en público para el recobro
de su patrimonio, con esto adquirió soltura y facilidad
para sobresalir ya, como los coronados en el circo, entre los
ciudadanos que contendían en la tribuna. Al principio sufrió
sus silbos, y que se riesen de la novedad que advertían
en su estilo, que parecía confuso en los períodos
y recargado excesivamente en las pruebas. Notábase además
cierta falta de voz, torpeza en la lengua e interrupción
en la respiración, la que turbaba el sentido de lo que
se decía, por no cortarse bien los períodos. Finalmente,
habiéndose retirado del foro por este desagradable ensayo,
se andaba paseando por el Pireo, decaído ya de ánimo,
cuando encontrándole Éunomo de Tría, que
ya era muy anciano, le reprendió de que, teniendo un modo
de decir muy semejante al de Pericles, se abandonase de aquella
manera por cobardía y desidia, no sabiendo sostenerse con
serenidad a vista de la muchedumbre, ni dando a su cuerpo el aire
conveniente para aquella especie de contiendas, y antes dejando
que todo se entorpeciera en el ocio.
VII. En otra ocasión, en que no dio gusto, se dice que
retirándose apesadumbrado y con la cabeza cubierta le fue
siguiendo oportunamente el actor Sátiro, y entró
con él en su casa. Quejósele amargamente Demóstenes
de que con ser el que más trabajaba de los oradores, y
con haber casi arruinado en este ejercicio su constitución,
veía que no daba gusto al pueblo; y hombres desarreglados,
unos marineros ignorantes, eran escuchados, y de él no
se hacía caso; a lo que le contestó Sátiro:
Tienes razón ¡oh Demóstenes!; pero yo
remediaré fácilmente la causa, si quieres recitar
de memoria alguna escena de Eurípides o Sófocles.
Hízolo así Demóstenes, y repitiendo Sátiro
la misma escena, de tal manera la adornó, pronunciándola
con la acción y postura conveniente del cuerpo, que a Demóstenes
le pareció ya enteramente otra. Viendo entonces cuánta
es la gracia y belleza que la acción concilia a lo que
se dice, se convenció de que el esmero en la composición
es nada para quien se descuida de la pronunciación y acción
conveniente. En consecuencia de esto hizo construir un estudio
subterráneo, que aun se conserva, y bajando a él
se ejercitaba en formar y variar tanto la acción como el
tono de la voz; muchas veces pasó allí dos y tres
meses continuos, no afeitándose mas que un solo lado de
la cabeza para no poder salir, aunque quisiera, detenido de la
vergüenza.
VIII. No sólo esto, sino que de las salutaciones, de las
conversaciones y de los negocios que le ocurrían fuera
tomaba ocasión y argumento para aquella clase de ejercicio.
Así, luego que habían pasado, bajaba a su estudio
y exponía los hechos, y enseguida las defensas que podían
tener. Además de esto, si había oído un discurso,
procuraba retenerlo, ponía por orden los pensamientos y
los períodos, y se entretenía en corregir y variar
de mil maneras, así lo que otros le habían dicho
como lo que él mismo había dicho a otros. De donde
nació la opinión de que no era naturalmente elocuente,
sino que su habilidad y su fuerza se debían al trabajo;
de lo cual parece que es también una convincente prueba
el no haber oído nunca nadie a Demóstenes hablar
extemporáneamente; y antes sucedió que estando sentado
en las juntas, y siendo llamado del pueblo muchas veces por su
nombre, no se presentó nunca si de antemano no estaba dispuesto
y prevenido para hablar. Zaheríanle sobre esto muchos otros
demagogos, y Piteas, satirizándole, le dijo que las pruebas
de sus discursos olían mucho a la lámpara; mas a
éste le volvió Demóstenes la burla con acrimonia
diciéndole: Pues a fe que la lámpara no sabe
de mí y de ti las mismas cosas. Con los demás
no lo negaba, sino que reconocía francamente que no siempre
decía lo que había escrito; pero sin escribir no
hablaba nunca, porque decía que el estudiar para hablar
en público acreditaba al hombre de popular, por ser esta
preparación un principio de obsequio al pueblo, y que el
no pensar cómo sentaría a la muchedumbre lo que
se dijese, era de hombres oligárquicos que más atendían
a la fuerza que a la persuasión. Dan también por
prueba de su timidez para hablar de repente que Demades, viéndole
turbado y aturdido muchas veces, se levantó y tomó
la palabra para defender la misma causa; y él nunca hizo
otro tanto con Demades.
IX. ¿Pues cómo es, dirá alguno, que Esquines
le tiene por admirable precisamente por su soltura en el decir?
¿Cómo es que a Pitón de Bizancio, que se
había puesto a hablar con arrojo y con un torrente de palabras
contra los Atenienses, se levantó él sólo
y le contradijo? ¿Cómo es que habiendo Lámaco
Mirrineo escrito el elogio de los reyes Alejandro y Filipo, en
el que decía mil cosas en descrédito de los Tebanos
y Olintios, cuando lo estaba leyendo en los Juegos Olímpicos
se levantó también, y expresando con relación
de los hechos y con pruebas positivas los muchos bienes que los
Tebanos y Calcidenses habían hecho a la Grecia, y por la
inversa, de cuántos males habían sido causa los
aduladores de los Macedonios, mudó de tal modo los ánimos
de los oyentes que, temiendo aquel sofista por el alboroto que
se había movido, tuvo que huir del concurso? Lo que parece
es que creyó no convenirle algunas de las cualidades de
Pericles; pero su coordinación del discurso, su acción
y el no hablar de repente sobre todo asunto sin preparación,
como que éstas eran las que le habían engrandecido,
las imitó y copió en cuanto pudo, sin dejar por
eso de aspirar a la gloria de hablar extemporáneamente
si lo pedía un grave caso, ni tampoco poner muchas veces
su talento y habilidad en manos de la fortuna. Porque en las oraciones
que pronunció usó sin duda de más osadía
y desenfado que en las escritas, si hemos de creer a Eratóstenes,
a Demetrio de Falero y a los cómicos, de los cuales Eratóstenes
dice que muchas veces en las oraciones se ponía como fuera
de sí; y Demetrio, que pronunció poseído
de entusiasmo aquel juramento en metro que dice: Por la tierra,
las fuentes, ríos, mares. De los cómicos, uno le
llama charlatán de pacotilla; y otro, motejándole
de que usaba de antítesis, dice: Del mismo modo la
recobró que la cobró, porque fue muy del gusto de
Demóstenes este modo de decir; a no ser que Antífanes
hubiese querido aludir a la oración sobre la isla de Haloneso,
acerca de la que aconsejaba a los Atenienses, no que la cobraran,
sino que la recobraran de Filipo.
X. En cuanto a Demades, todos convienen en que, entregado a su
genio, era invencible y que, hablando, de pronto confundía
todo el cuidado y prevenciones de Demóstenes; y Aristón
de Quío refiere el juicio de Teofrasto acerca de los oradores;
porque preguntado qué le parecía Demóstenes,
respondió: Digno de la ciudad. ¿Y
qué tal Demades? Por encima de la ciudad.
El mismo filósofo refiere que Polieucto de Esfecia, uno
de los que por entonces tenían parte en el gobierno de
Atenas, le había manifestado que Demóstenes era
perfectísimo orador, pero que la elocuencia de Foción
tenía más nervio, porque en pocas palabras encerraba
gran sentido; del mismo Demóstenes se cuenta que cuantas
veces se levantaba Foción para contradecirle, vuelto a
sus amigos solía decir: Ya está ahí
el hacha de mis discursos. Esto no se sabe si Demóstenes
lo aplicaba a la elocuencia de aquel hombre ilustre o a su conducta
y opinión, por estar persuadido de que una sola palabra,
una seña de un hombre de probidad, tiene más fuerza
que muchas y muy prolijas frases.
XI Para remediar los defectos corporales, empleó estos
medios, según refiere Demetrio de Falero, que dice haber
alcanzado oír a Demóstenes, cuando ya era anciano,
que la torpeza y balbucencia de la lengua la venció y corrigió
llevando guijas en la boca y pronunciando períodos al mismo
tiempo; que en el campo ejercitaba la voz corriendo y subiendo
a sitios elevados, hablando y pronunciando al mismo tiempo algún
trozo de prosa o algunos versos con aliento cansado y, finalmente,
que tenía en casa un grande espejo y que, puesto enfrente,
recitaba, viéndose en él, sus discursos. Cuéntase
que se le presentó un ciudadano pidiéndole su patrocinio
y refiriéndole que le habían dado de golpes, y Demóstenes
le replicó: Me parece que no hay tal cosa, que no
has sufrido nada de lo que dices; y que levantando aquel
la voz, y diciendo a gritos: ¿Conque yo nada he sufrido,
Demóstenes?, le contestó entonces: Sí;
a fe mía, ahora oigo la voz de un hombre que ha sido agraviado
y ofendido. ¡De tanto influjo le parecía, para
conciliarse crédito, el tono y el gesto del que hablaba!
Su acción era muy agradable a la muchedumbre; pero los
inteligentes, y entre ellos Demetrio de Falero, la tenían
por afeminada y poco decorosa; y Hermipo dice que, preguntado
Esión por los oradores antiguos y los de su tiempo, respondió
que oyéndolos cualquiera admiraría en la decencia
y entereza con que hablaban al pueblo, pero que las oraciones
de Demóstenes leídas se aventajaban mucho en primor
y en energía. Ciertamente que de las oraciones suyas que
nos han quedado escritas no habrá quien niegue que tienen
mucho de amargo y de picante; y en las ocurrencias repentinas
solía también emplear el chiste; porque diciéndole
una vez Demades: ¿A mí Demóstenes?
Esto es la puerca a Atenea, Pues esa Atenea- le respondió-
hace poco que en Coluto fue cogida en mal caso. A un ladrón
llamado, por sobrenombre Broncíneo, que quiso morderle
por sus trabajos y veladas nocturnas, Ya sé- le dijo-
que te incomodo con tener luz de noche; y vosotros ¡oh Atenienses!
no os admiréis de que haya hurtos cuando los ladrones son
de bronce y las paredes de barro. Mas acerca de estas cosas,
aunque tenemos más que decir, dejémoslo en tal punto,
porque es justo que examinemos ya, sobre sus hechos y sobre su
conducta en el gobierno, cuál fue su carácter y
cuáles sus costumbres.
XII. Sus primeros pasos en los negocios públicos los dio
durante la guerra de Focis, como lo dice él mismo y se
puede colegir de sus oraciones filípicas; pues aunque algunos
son posteriores a los sucesos de esta guerra, las más antiguas
tocaron en ellos. Lo cierto es que la oración relativa
a la acusación de Midias la ordenó y dispuso cuando
tenía treinta y dos años, y no gozaba todavía
ni de poder ni de opinión en el gobierno; por lo mismo,
temeroso del éxito, a lo que yo entiendo, transigió
por dinero en aquella persecución: Porque no era de ánimo
benigno, ni de condición blanda y mesurada, sino ardiente
y violento en sus venganzas; pero viendo que no era empresa ligera
y fácil oprimir a un hombre atrincherado con riqueza y
con amigos, cedió a los que por él intercedieron,
pues las tres mil dracmas por sí mismas no parece que hubieran
sido suficientes a embotar la cólera de Demóstenes
si hubiera tenido esperanza de quedar superior. Mas tomando para
las cosas de gobierno la ocasión más bella que podía
ofrecerse, como era la de defender la causa de los griegos contra
Filipo, y contendiendo en ella dignamente, al punto adquirió
fama, y se hizo espectable por sus oraciones y su noble libertad,
hasta el punto de ser admirado en la Grecia, obsequiado por el
gran rey y tenido en consideración por Filipo sobre todos
los demás que hablaban al pueblo, reconociendo hasta sus
contrarios que tenían que lidiar con un hombre de grande
opinión, como acusándole lo expresaron Esquines
e Hiperides.
XIII. No alcanzo, por tanto, a comprender cómo pudo decir
Teopompo que era naturalmente inconstante y que ni en cuanto a
los negocios ni en cuanto a las personas podía permanecer
largo tiempo en un mismo propósito; porque antes parece
que aquel partido y aquel empeño que desde el principio
tomó y adoptó en el gobierno, aquel mismo conservó
hasta el fin, no sólo sin hacer mudanza en él en
toda su vida, sino aun exponiendo la vida por no mudar. Pues no
fue como Demades, que para excusarse de su mudanza en punto a
gobierno usó de la expresión de que para sí
mismo bien había dicho muchas veces cosas contrarias, pero
para la república nunca, o como Melanopo, que estando en
oposición con Calístrato, ganado por éste
muchas veces con dinero para que mudase, solía decir al
pueblo: Calístrato bien es mi enemigo, pero triunfe
la utilidad de la República; o como Nicodemo de Mesena,
que al principio se puso de parte de Casandro, y trabajando después
en favor de Demetrio, expresó que no decía cosas
contrarias, puesto que siempre era conveniente ceder a los que
más pueden. Mas de Demóstenes no podemos hablar
de esta manera, sino que en el partido a que aplicó su
voz o su acción, como si para el gobierno se le hubiera
dado una clave fija, en aquel se mantuvo, guardando siempre en
los negocios un solo tono; y el filósofo Panecio dice que,
según están escritas las más de sus oraciones,
para él lo honesto es a todo preferible por sí mismo:
como la de la corona, la contra Aristócrates, la de las
inmunidades y las filípicas, en todas las cuales no inclina
a los ciudadanos a lo deleitable, o a lo fácil, o a lo
útil, sino que muchas veces persuade que deben ponerse
la seguridad y la salvación en segundo lugar después
de lo honesto y de lo honroso; de manera que si en los asuntos
que trató, al amor de la gloria y a la nobleza de los pensamientos
hubiera unido el valor militar y de haber en todo obrado limpiamente,
habría sido digno de que en el número de oradores
se le colocara, no al lado de Merocles, Polieucto e Hiperides,
sino más arriba con Cimón, Tucídides y Pericles.
XIV. De los de su tiempo Foción, aunque no era del partido
que se llevaba los aplausos, y antes parecía que macedonizaba,
sin embargo, por su valor y su justificación no fue reputado
inferior a Efialtes, a Aristides y a Cimón. Mas Demóstenes,
no siendo de fiar en las armas, como dice Demetrio, ni bastante
seguro en punto a recibir, pues aunque no se dejó cautivar
con el oro de Filipo y de Macedonia, con el de Susa y Ecbátana
se dejó domeñar y rendir, si pudo celebrar dignamente
las virtudes de los hombres grandes que le precedieron, no le
fue dado imitarlas; mas con todo a los oradores de su tiempo,
si sacamos a Foción de esta cuenta, aun en la conducta
les hizo ventaja. Parece que fue asimismo el que habló
al pueblo con más libertad, resistiendo a sus deseos e
increpando sus desaciertos, como de sus mismas oraciones se deduce;
Teopompo refiere que encargándole un día los Atenienses
una acusación, y alborotándose contra él
porque no la admitía, se levantó y les dijo: Por
consejero, ¡oh Atenienses!, me tendréis, aunque no
queráis; pero por calumniador no, aunque os empeñéis
en ello. No dejó de ser bien aristocrático
lo que ejecutó con Antifón, que, habiendo sido absuelto
por la junta pública, le echó mano y lo llevó
ante el consejo del Areópago, y no dándosele nada
de desagradar al pueblo, convenció a aquel de que había
prometido a Filipo incendiar los arsenales; y el Areópago
hizo que fuera condenado a muerte. Acusó igualmente a la
sacerdotisa Teoris, entre otros crímenes, de que enseñaba
a los esclavos los modos de engañar, y habiendo pedido
la pena capital, se le impuso.
XV. Dícese que la oración contra el general Timoteo,
que sirvió a Apolodoro para hacer que aquel fuera condenado
como deudor a la república, fue escrita para éste
por Demóstenes, del mismo modo que las oraciones contra
Formión y Estéfano; lo que le fue justamente censurado;
porque también Formión contendió contra Apolodoro
con una oración de Demóstenes; lo que es como si
en una tienda de espadero se vendieran puñales a los dos
contrarios. De las oraciones sobre negocios públicos, las
que son contra Androción, Timócrates y Aristócrates
las escribió para otros, no habiéndose acercado
todavía al gobierno, pues se conjetura que tendría
veintisiete o veintiocho años cuando las compuso. La oración
contra Aristogitón la pronunció él mismo,
y también la de las inmunidades por el hijo de Cabrias
Ctesipo, como lo dice él mismo; a lo que algunos añaden
que fue con el objeto de enlazarse en matrimonio con la madre
de aquel joven; sin embargo, no se casó con ella, sino
con una mujer de Samo, según dice Demetrio Magnesio en
su Tratado de los sinónimos. La de la falsa alegación
contra Esquines no se sabe si se pronunció, y eso que Idomeneo
asegura que Esquines fue absuelto por solos treinta votos más;
parece no obstante, que esto no es verdad si hemos de tomar argumento
de las oraciones de uno y otro sobre la corona, porque ninguno
de los dos habla clara y abiertamente de aquel juicio como se
hubiese llevado hasta sentencia; mas estos otros podrán
decirlo mejor.
XVI La idea de Demóstenes en el gobierno era bien manifiesta;
pues que aun durante la paz nada dejaba por reprender de lo que
ejecutaba el Macedonio, sino que a cada cosa alborotaba a los
Atenienses, inflamándolos contra él. Por lo mismo
era persona de quien se hablaba mucho en la corte de Filipo, y
cuando fue a Macedonia de embajador, aunque en décimo lugar,
si bien Filipo escuchó a todos, a su discurso respondió
con particular cuidado: mas, sin embargo, en los demás
honores y obsequios ya no se portó del mismo modo con Demóstenes,
sino que agasajó con mayor esmero a Esquines y Filócrates,
de resulta de lo cual, alabando esto a Filipo de elocuente en
el decir, de gallardo en su presencia y también de buen
bebedor, no pudo contenerse, e irritado les volvió las
palabras al cuerpo, diciendo que lo primero era de un sofista,
lo segundo de una mujer, lo tercero de una esponja, y que en todo
ello nada había que fuera propio del elogio de un rey.
XVII. Luego que todo propendió a la guerra, por no poder
Filipo tener reposo y por haber sido los Atenienses incitados
de Demóstenes, lo primero que éste hizo fue moverlos
a invadir la Eubea, esclavizada por los tiranos a Filipo, y pasando
efectivamente a la isla en virtud de decreto que él escribió,
arrojaron a los Macedonios. En segundo lugar, dio auxilio a los
Bizantinos y Perintios, a quienes el Macedonio hacía la
guerra, persuadiendo al pueblo a que, dejando a un lado la enemistad
y el acordarse de las ofensas de unos y otros durante la guerra
social, les enviara tropas; con las que se salvaron. Pasando después
de embajador, habló a todos los griegos Y, fuera de unos
pocos, los acaloró y levantó contra Filipo de manera
que llegaron a juntarse quince mil infantes y dos mil caballos,
además de la gente de las ciudades, y se recogió
copiosamente caudal y sueldos para los estipendiarios. En esta
ocasión dice Teofrasto haber pedido los aliados que se
fijaran los tributos, y haber respondido el demagogo Cróbilo
que la guerra no se mantiene con lo tasado. Puesta en expectación
la Grecia para lo futuro, y formando Liga por naciones y ciudades
los Eubeos, Aqueos, Corintios, Megarenses, Leucadios y Corcirenses,
le quedó a Demóstenes el mayor empeño, que
fue el de atraer a la alianza a los Tebanos, habitantes de un
país confinante con el Ática, fuertes con tropas
ejercitadas, y los más acreditados entonces por las armas
entre todos los Griegos; no era fácil atraer a una mudanza
a los Tebanos, ganados por Filipo con beneficios muy recientes
durante la guerra de Focea, mayormente cuando las rencillas de
las ciudades se encrespaban diariamente de una y otra parte con
frecuentes encuentros a causa de la vecindad.
XVIII. Con todo, cuando, engreído Filipo con las ventajas
conseguidas en Anfisa, cayó repentinamente sobre Elatea
e invadió la Fócide, sobrecogidos los Atenienses,
y no atreviéndose nadie a subir a la tribuna, ni sabiendo
qué pensamiento útil podrían proponer en
medio de tanta incertidumbre y silencio, presentóse solo
Demóstenes, aconsejando que se ganara a los Tebanos, y
alentando e incitando al pueblo con esperanzas, como lo tenía
de costumbre, fue con otro enviado de embajador a Tebas. Envió
también Filipo para contrarrestar a éstos, como
dice Marsias, a Amintas y Clearco, macedonios; a Dáoco,
tésalo, y a Trasideo, de Elea. Qué era lo que convenía
no dejó de entrar en los cálculos de los Tebanos,
y antes cada uno tenía bien a la vista los horrores de
la guerra, estando todavía frescas las heridas de la de
Fócide; pero la elocuencia del orador, encendiendo sus
ánimos, como dice Teopompo, y acalorando su ambición,
hizo sombra a todos los demás objetos, de manera que les
quitó delante de los ojos el miedo, su interés y
su gratitud, entusiasmadas con el discurso de Demóstenes
por sólo lo honesto. Pareció tan grande y tan admirable
el efecto producido por su elocuencia, que Filipo envió
inmediatamente heraldos a solicitar la paz; la Grecia toda se
puso erguida en expectación de lo que iba a suceder; se
ofrecieron a disposición de Demóstenes, para obrar
según mandase, no sólo los generales, sino hasta
los Beotarcas; y éste fue el que dirigió todas las
juntas públicas, no menos las de los Tebanos que las de
los Atenienses, amado y respetado de unos y otros, no sin razón
ni sobre su mérito, como observa Teopompo, sino con sobrada
justicia.
XIX. Mas un hado superior en aquella agitación de los
negocios, y en el momento en que al parecer iba a llevar a su
colmo la libertad de la Grecia, se opuso a todo lo hecho, y dio
muchas señales de la futura adversidad. Entre ellas, la
Pita reveló diferentes vaticinios, y se comenzaba a cantar
un oráculo antiguo de las sibilas: ¡Oh si la fiera
lid del Termodonte a manera de águila pudiese mirar de
lejos puesto allá en las nubes! Llora el vencido, el vencedor
perece. Dícese que el Termodonte es un riachuelo de Queronea,
nuestra patria, que entra en el Cefiso; pero nosotros ahora no
conocemos ningún arroyo que se llame de este modo, y sólo
inferimos que el que se llama Hemón se decía entonces
Termodonte, y es el que corre junto al templo de Heracles, donde
tuvieron su campo los Griegos, conjeturando que después
de la batalla, por haberse llenado el río de sangre y de
cadáveres, mudó éste su nombre en el que
ahora tiene, aunque Duris dice que no era el río que se
llamaba Termodonte, sino que armando los soldados una tienda y
cavando con este objeto, encontraron una estatua pequeña
de mármol con unas letras en que se significaba ser de
Termodonte, que tenía en el regazo una amazona herida;
acerca de lo cual añade se cantaba otro oráculo
que decía: Aguarda, ¡oh ave negra!, la batalla que
ha de tener de Termodonte nombre, y allí de carne humana
tendrás copia.
XX. Mas el determinar y asegurar qué es lo que hubo en
esto, es difícil. De Demóstenes se dice que, confiado
en las armas de los Griegos, y deslumbrado con las fuerzas y el
ardor de tantos soldados que provocaban a los enemigos, ni permitió
que se atendiera a los oráculos, ni que se diera oídos
a los vaticinios, sino que sospechó que la Pitia filipizaba,
y se recordó a los tebanos el nombre de Epaminondas, y
a los Atenienses el de Pericles, los cuales, teniendo todas estas
cosas por pretextos del miedo, sin hacer cuenta de ellas se decidían
por lo que convenía. Hasta aquí compareció
como un hombre eminente, pero en la batalla no hizo ninguna acción
distinguida y que conformara con sus palabras, sino que, abandonando
el puesto, dio a huir ignominiosamente, arrojando las armas sin
avergonzarse, como dijo Piteas, de la inscripción que con
letras de oro tenía grabada en el escudo: A la buena
fortuna. Por lo pronto, Filipo, haciendo burla con el desmedido
gozo después de la victoria, en un banquete que tuvo entre
los cadáveres, en medio de los brindis cantó el
principio del decreto de Demóstenes, llevando el compás
con los pies y las manos: Demóstenes Peaniense esto escribía;
pero luego que estuvo sereno la grandeza del combate que había
tenido que lidiar se pasmó de la fuerza y poder de la elocuencia
de un orador que en la parte muy pequeña de un día
le obligó a poner en riesgo su imperio y su persona. Llegó
la fama de su nombre hasta el rey de los Persas, el cual envió
órdenes a los sátrapas para que dieran dinero a
Demóstenes y le obsequiaran sobre todos los Griegos, como
a un hombre que en las revueltas de la Grecia podía distraer
y contener al rey de Macedonia. Estas órdenes las vio más
adelante Alejandro, habiendo encontrado en Sardes las cartas de
Demóstenes y los asientos de los generales del rey, por
los que se descubrían las sumas de dinero que se le habían
dado.
XXI Después de esta derrota de los Griegos, volviéronse
contra Demóstenes los oradores que no eran de su partido,
le citaron a dar cuentas y le formaron causa; pero el pueblo,
no sólo lo dio por libre de todo, sino que continuó
honrándole y confiándole otra vez, por su celo,
los negocios de gobierno; tanto, que habiéndose traído
de Queronea los huesos y dádoseles sepultura, le encargó
que pronunciara el elogio de los muertos no llevando con abatimiento
ni apocadamente, lo sucedido, como lo escribe y celebra Teopompo,
sino manifestando en el mismo hecho de honrar y apreciar tanto
al consejero que no estaba pesaroso de sus dictámenes.
Pronunció, pues, Demóstenes el discurso; pero en
los decretos escribió, no su nombre, sino los de varios
de sus amigos, no esperando buen agüero de su genio y de
su fortuna hasta que otra vez cobró ánimo con la
muerte de Filipo, que falleció no habiendo sobrevivido
largo tiempo a la victoria de Queronea; esto parece que era lo
que profetizaba el oráculo en el último de los versos:
Llora el vencido, el vencedor perece.
XXII. Supo Demóstenes con anticipación la muerte
de Filipo, y para preparar a los Atenienses a tener confianza
de mejorar de suerte, se presentó alegre en el consejo,
significando haber tenido un sueño que le hacía
pronosticar a los Atenienses sucesos muy prósperos; y de
allí apoco parecieron los que traían la noticia
de la muerte de Filipo. Sacrificaron, pues, inmediatamente por
la buena nueva y decretaron coronas a Pausanias. Presentóse
asimismo Demóstenes coronado con un rico manto, a pesar
de que no hacía más que siete días que había
muerto su hija, como lo dice Esquines para motejarle con este
motivo y censurarle de desnaturalizado, acreditándose en
esto él mismo de poco generoso y de abatido espíritu,
pues que tenía el llanto y el lamento por señales
de un ánimo benigno y piadoso, y desaprobaba en otros el
que llevasen los infortunios con entereza y resignación.
Por tanto yo, así como no diré que hubiese sido
bien hecho tomar coronas y sacrificar por la muerte de un rey
que después de haberlos vencido los trató con tanta
mansedumbre y humanidad, porque, sobre ser repugnante, manifiesta
cierta vileza haberle acatado vivo y haberle hecho ciudadano,
y después, cuando fue muerto por mano de otro, no llevar
moderadamente la alegría, sino saltar y hacer extremos
de gozo, insultando a un difunto, como por una hazaña que
se debiera a su valor, alabo y aplaudo en Demóstenes el
que, dejando a las mujeres las desgracias, domésticas,
las lágrimas y los lloros, hubiese hecho lo que creyó
conveniente a la ciudad. Porque, en mi concepto, es de un ánimo
verdaderamente social y esforzado, atendiendo siempre al bien,
común y subordinando los intereses y sucesos particulares
a los públicos, el saber guardar en todo la dignidad y
el decoro, aun mejor que los que hacen en los teatros los papeles
de reyes y tiranos, ya que éstos no lloran y ríen
como quieren, sino como lo pide el paso y conviene al asunto.
Fuera de esto, si se tiene por un deber el no abandonar y dejar
sin consuelo al que gime en el infortunio, sino más bien
usar de palabras que le conforten y llamar su atención
a asuntos más lisonjeros, a manera de lo que hacen los
facultativos con los que tienen mal de ojos, a quienes mandan
que aparten la vista de los objetos resplandecientes y que reverberan
la luz y la vuelvan a los que tienen color verde y opaco, ¿cómo
podrá curar mejor el ciudadano su consuelo que haciendo
mezcla, cuando la patria está en prosperidad, de los sucesos
públicos y domésticos, para que con los que son
felices y de mayor poder se borren los infaustos? Hame movido
a decir estas cosas al ver que Esquines en su oración procura
quebrantar y afeminar los ánimos, inclinándolos
fuera de propósito a la compasión.
XXIII. Las ciudades, inflamadas otra vez por Demóstenes,
se sublevaron; los Tebanos acometieron a la guarnición
con muerte de muchos, siendo Demóstenes quien les proporcionó
las armas, y los Atenienses se preparaban para hacer la guerra
con ellos. Ocupó con este objeto la tribuna Demóstenes
y escribió a los generales del rey en Asia para suscitar
allí guerra a Alejandro, a quien trataba de muchacho y
de atolondrado. Mas cuando, dejando arregladas las cosas de su
reino, invadió en persona con grandes fuerzas la Beocia,
se cortó ya toda aquella arrogancia de los Atenienses,
y el mismo Demóstenes se quedó parado; con lo que
los Tebanos, abandonados cobardemente de ellos, pelearon solos
y perdieron su ciudad. Movióse con esto grande alboroto
en Atenas, y se resolvió enviar a Demóstenes. Nombrado,
pues, embajador con otros cerca de Alejandro, como temiese su
enojo, retrocedió desde el Citerón, desertando de
la embajada. Entonces Alejandro reclamó de los Atenienses
que le enviaran diez de los demagogos, según Idomeneo y
Duris, u ocho, según los mas acreditados escritores de
aquel tiempo, y fueron Demóstenes, Polieucto, Efialtes,
Licurgo, Merocles, Damón, Calístenes y Caridemo.
Con esta ocasión refirió Demóstenes la fábula
de las ovejas que entregaron los perros a los lobos, atribuyéndose
a sí mismo y a los otros demagogos ser los perros que defendían
al pueblo, y viniendo a llamar lobo a Alejandro de Macedonia.
Vemos- añadió- que los mercaderes, cuando
presentan muestra del trigo en una escudilla, en aquellos pocos
granos venden muchas fanegas, y vosotros no advertís que
en nosotros sois entregados todos; siendo Aristobulo de
Casandrea el que refirió estas particularidades. Conferencióse
sobre este asunto, y hallándose en gran perplejidad los
Atenienses, tomó Demades de los reclamados cinco talentos,
y se ofreció a ir en embajada y pedir al rey por ellos,
bien fuera porque confiase en su amistad, o bien porque esperase
encontrarle ya como generoso león, harto y satisfecho de
matanza. Persuadióle, en efecto, Demades, recabando el
perdón de aquellos, y reconcilió con él a
la ciudad.
XXIV. Retirado que se hubo Alejandro, los otros se levantaron
de ánimo, y Demóstenes quedó humillado y
abatido. Después, cuando el espartano Agis hizo algunas
novedades y mudanzas, dio él también algún
paso, pero al punto cayó por no haber podido mover a los
Atenienses, y también por haber muerto Agis y haber sufrido
descalabros los Lacedemonios. Tratóse en este tiempo la
causa sobre la corona contra Ctesifonte, intentada siendo arconte
Querondas, poco antes de la batalla de Queronea, pero se juzgó
diez años después siéndolo Aristofonte, y
se hizo célebre más que ninguna otra de las causas
públicas, ya por la fama de los oradores y ya también
por la rectitud de los jueces, los cuales no hicieron el sacrificio
de su voto contra Demóstenes a los enemigos de éste,
que eran los que entonces tenían el mayor poder en la ciudad
por ser del partido macedonio, sino que le absolvieron con tanta
ventaja, que no tuvo Esquines en su favor ni la quinta parte de
los votos; así es que al instante se salió de la
ciudad, y pasó su vida en Rodas y en la Jonia, teniendo
escuela de elocuencia.
XXV. De allí a poco vino del Asia a Atenas Hárpalo,
huyendo de Alejandro, ya porque realmente sus negocios se hallaban
en mal estado a causa de su disipación y ya también
por temer a éste, que se había hecho terrible a
sus amigos. Acogiéndose, pues, al pueblo de Atenas, y poniéndose
en sus manos con sus naves y sus bienes, al punto los demás
oradores, puestos los ojos en la riqueza, estuvieron de su parte,
y persuadían a los Atenienses que le admitieran y salvaran
a un refugiado; Demóstenes al principio aconsejaba que
se hiciera salir a Hárpalo, y se guardaran de precipitar
a la ciudad en la guerra por un motivo no necesario e injusto,
y al cabo de pocos días, habiéndose hecho el registro
de los bienes que traía, viéndole Hárpalo
prendado de una copa de las del rey y que examinaba su hechura
y su forma, le dijo que la sopesara y viera el peso que tenía
de oro. Admiróse Demóstenes de lo doble que era,
y preguntando cuánto pesaba, sonriéndose Hárpalo:
Para ti- le dijo- llevará veinte talentos;
y apenas se hizo de noche le envió la copa con los veinte
talentos. Fue Hárpalo muy perspicaz en descubrir en él
su ánimo codicioso del oro por su semblante, por la viveza
de sus ojos y por el modo de dirigir sus miradas. No pudo, pues,
Demóstenes resistir a esta tentación; así,
como plaza que admite guarnición, se rindió a Hárpalo,
y al día siguiente, arropándose muy bien el cuello
con lana y con vendas, se presentó así en la junta
pública. Decíanle que se levantara y hablase, y
él por señas daba a entender que tenía cortada
la voz; pero algunos burlones decían con malignidad que
aquella noche había sido acometido, no de angina, sino
de argentina, el orador. Por fin vino a informarse todo el pueblo
del regalo, y queriendo él defenderse y persuadirle, no
le dio lugar, moviendo grande gritería y alboroto, mas,
sin embargo, en medio de aquella bulla se levantó uno y
dijo con mucho desenfado: ¿Cómo es esto, oh
Atenienses? ¿No oiréis al que tiene la copa?.
Echaron entonces de la ciudad a Hárpalo, y temiendo no
se les pidiera cuenta de las alhajas usurpadas por los oradores,
hicieron por la ciudad una rigurosa cala y cata, registrando todas
las casas, a excepción de la de Calicles hijo de Arrénides.
Sólo a la de éste no permitieron que se llegara,
por estar recién casado y hallarse ya dentro la esposa,
como dice Teopompo.
XXVI Cediendo Demóstenes al torrente, escribió
un decreto para que el Consejo del Areópago examinara este
negocio, y los que le pareciera que habían delinquido sufrieran
la pena. Condenado de los primeros por el Consejo, se presentó
en el Tribunal; pero siendo la multa que se le impuso de cincuenta
talentos, se le llevó a la cárcel, de la que de
vergüenza, por lo feo de la causa, y también por enfermedad
corporal que le hacía imposible sufrir el encierro, se
dice haberse fugado sin sentirlo o advertirlo unos, y ayudando
otros a que no se sintiese. Cuéntase que cuando todavía
estaba a corta distancia de la ciudad notó que le seguían
algunos ciudadanos del partido contrario, y quiso ocultarse; mas
aquellos, llamándole por su nombre y llegándose
cerca, le rogaron recibiera para el viaje las cantidades que le
llevaban, pues para esto las habían tomado en casa, y éste
era el motivo de haberle seguido; al mismo tiempo le exhortaron
a tener buen ánimo y a no abatirse por lo sucedido, con
lo cual todavía crecieron más los lamentos de Demóstenes,
y prorrumpió en esta expresión: ¿Cómo
no lo he de llevar con pesadumbre, dejando una ciudad donde los
enemigos son tales cuales no suelen ser en otras los amigos?
Mostró en este destierro un ánimo apocado; deteniéndose
lo más del tiempo en Egina y Trecene, y mirando al Ática
con lágrimas en los ojos, se refiere haber proferido voces
indecorosas y poco conformes a los elevados sentimientos que había
manifestado en el gobierno; pues se dice que al perder de vista
a la ciudad, tendiendo las manos hacia el alcázar, exclamó:
Reina, y señora de Atenas, ¿por qué
te complaces en tres terribles fieras: la lechuza, el dragón
y el pueblo?; y que a los jóvenes que iban a verle
y permanecían algún tiempo con él los retraía
de tomar parte en el gobierno, diciéndoles que si al principio
se le hubieran mostrado dos caminos, el uno que condujese a la
tribuna y a la junta pública, y el otro opuesto a la sepultura,
sabiendo ya los males que acompañan al gobierno, los temores,
las envidias, las calumnias y las rencillas, sin detenerse se
habría arrojado a la que más presto le condujese
a la muerte.
XXVII. Cuando aún se hallaba en este destierro que hemos
dicho, murió Alejandro y se trató de sublevar de
nuevo a los Griegos, mostrándose Leóstenes hombre
esforzado, y encerrando a Antípatro en Lamia, ante la que
corrió un muro; pero Piteas el orador y Calimedonte de
Cárabis, huyendo de Atenas, abrazaron el partido de Antípatro,
y corriendo las ciudades con los amigos y embajadores de éste,
impedían a los Griegos el rebelarse y dejarse seducir por
los Atenienses. Demóstenes, incorporándose por sí
mismo con los embajadores de Atenas, se esforzaba y trabajaba
con ellos para que las ciudades se arrojaran sobre los Macedonios
y los echaran de la Grecia; y en Arcadia dice Filarco que riñeron
y se denostaron Piteas y Demóstenes, hablando en la junta
pública el uno por los Macedonios y el otro por los Griegos.
Cuéntase haber dicho en esta ocasión Piteas que
así como cuando vemos que se lleva leche de burra a una
casa al instante pensamos que precisamente hay alguna enfermedad,
del mismo modo no puede menos de estar doliente una ciudad adonde
llega una embajada de los Atenienses; y que Demóstenes
convirtió la comparación, diciendo que la leche
de burra se da para la salud, y también los Atenienses
buscan con sus Embajadas salvar a los enfermos, lo que fue tan
del gusto del pueblo de Atenas, que decretó la vuelta de
Demóstenes. Escribió el decreto Damón Peaniense,
sobrino de Demóstenes, y se le envió una galera
a Egina. Desembarcó en el Pireo, y no quedó ni arconte,
ni sacerdote, ni nadie que no saliese a recibirle, sino que acudieron
todos, y les dieron las mayores muestras de aprecio, diciendo
Demetrio de Magnesia, que entonces tendió al cielo las
manos y se dio el parabién de aquel dichoso día,
por cuanto su vuelta era más lisonjera que la de Alcibíades,
recibiéndole los ciudadanos por movimiento propio, y no
violentados de él. Tenía, sin embargo, sobre sí
la pena pecuniaria, porque no había facultad para remitir
una condenación; y lo que hicieron fue eludir la ley, pues
siendo costumbre en el sacrificio de Zeus Salvador dar una cantidad
a los que componían y adornaban el altar, le dieron este
encargo a Demóstenes, graduándole por él
cincuenta talentos, que era el importe de la multa.
XXVIII. Mas no gozó por largo tiempo de esta vuelta a
la patria, sino que, traídas al más infeliz estado
las cosas de la Grecia, en el mes llamado Metagitnión fue
la batalla de Cranón, en el de Boedromión se puso
guarnición en Muniquia, y en el de Pianepsión murió
Demóstenes de esta manera. Apenas se tuvo noticia de que
Antípatro y Crátero se acercaban a Atenas, Demóstenes
y los de su partido se salieron de la ciudad, y el pueblo los
condenó a muerte, siendo Demades quien escribió
el decreto. Esparciéronse por diferentes partes, y Antípatro
envió gente que los prendiese, de la que era caudillo Arquias,
llamado Cazafugitivos. Era éste natural de Turio, y se
decía que por algún tiempo había representado
tragedias, añadiéndose que Polo de Egina, muy superior
a todos en el arte, había sido su discípulo. Hermipo
pone a Arquias en la lista de los discípulos del orador
Lácrito, y Demetrio dice que acudió también
a la escuela de Anaxímenes. Arquias, pues, al orador Hiperides,
a Aristonico de Maratón y a Himereo, hermano de Demetrio
de Falera, que en Egina se habían refugiado al templo de
Éaco, los sacó de allí y los envió
a Cleonas a disposición de Antípatro, y allí
se les quitó la vida, diciéndose que además
a Hiperides le arrancaron la lengua.
XXIX. En cuanto a Demóstenes, sabedor Arquias de que se
hallaba en la isla de Calauria, refugiado en el templo de Posidón,
se embarcó en un transporte con algunos Tracios de los
de la guardia, y llegado allá le persuadía a que
saliera del asilo y se fuera con él a la presencia de Antípatro,
de quien no tenía que temer ningún duro tratamiento.
Hacía la casualidad que Demóstenes había
tenido entre sueños aquella misma noche una visión
extraña, porque le parecía que estaba compitiendo
con Arquias en la representación de una tragedia, y que,
sin embargo de hacerlo bien y haber ganado el auditorio, por falta
del aparato y coro convenientes, era vencido. Hablábale
Arquias con la mayor humanidad, y él, volviéndose
a mirarlo sentado como estaba: Ni antes ¡oh Arquias!-
le dijo- me moviste con la representación, ni ahora tampoco
me moverás con las promesas. Y como irritado Arquias
empezase a hacerle amenazas, Ahora hablas- le repuso- desde
el trípode macedónico; lo de antes era representado;
aguardarás un poco mientras escribo algunas letras a los
de casa. Dicho esto, se entró más adentro,
y tomando un cuadernito como si fuera a escribir, se llevó
a la boca la caña y la mordió, según lo tenía
de costumbre mientras pensaba y escribía; estuvo así
algún tiempo, y cubriéndose después la cabeza
la reclinó. Con este motivo los guardias que estaban a
la puerta se burlaban de él, creyendo que tenía
miedo, y le trataban de afeminado y cobarde; pero Arquias, llegándose
a él, le instaba a que se levantase, y le repetía
las mismas expresiones de antes, queriendo hacerle entender que
podía tenerse por reconciliado con Antípatro. Conociendo
ya entonces Demóstenes que el veneno había penetrado
bien dentro y hacía su efecto, se descubrió, y fijando
la vista en Arquias, Ya podrás apresurarte- le dijo-
a representar el papel que hace Creonte en la tragedia, arrojando
este cuerpo insepulto; yo- continuó- ¡oh venerable
Posidón! salgo todavía con vida de tu templo; pero
de Antípatro y los Macedonios ni siquiera éste ha
quedado puro y sin ser atropellado. Y al decir estas palabras
pidió que le sostuvieran, convulso ya y sin poder tenerse;
tanto, que al mover el pie para pasar del ara, cayó en
el suelo y, lanzando un sollozo, espiró.
XXX. Aristón dice que tomó el veneno de la caña,
como hemos sentado; pero un tal Papo, cuya historia copió
Hermipo, escribe que el caer junto al ara, en el cuaderno se encontró
escrito este principio de una carta: Demóstenes a
Antípatro, y nada más; y que maravillándose
todos de una muerte tan súbita, habían referido
los Tracios que estaban a la puerta que tomando el veneno de un
trapo, lo puso en la mano, lo acercó a la boca y lo tragó,
creyendo ellos que era oro lo que había tragado, y la sirviente
que le asistía, preguntada por Arquias, respondió
que hacía tiempo llevaba Demóstenes consigo aquel
atado como un amuleto o preservativo. Mas el mismo Eratóstenes
dice que tenía guardado el veneno en una cajita que servía
de guarnición a un brazalete de que usaba. No hay necesidad
de seguir las demás variaciones que se hallan en los autores
que han escrito de él, que son muchos, y sólo se
advertirá que Demócares, deudo de Demóstenes,
es de sentir que éste no murió de veneno, sino que
por amor y providencia de los dioses fue arrebatado a la crueldad
de los Macedonios con una muerte repentina y exenta de dolores.
Murió el día 16 del mes Pianepsión, que es
el más lúgubre de los de la fiesta de Méter,
en el que las mujeres ayunan en honor de la diosa sin salir de
su templo. Túvole al cabo de poco tiempo el pueblo de Atenas
en el honor debido, erigiéndole una estatua de bronce y
decretando que al de más edad de su familia se le mantuviese
a expensas públicas en el Pritaneo, e hizo grabar en el
pedestal de la estatua aquella inscripción tan sabida:
Si hubiera en ti, Demóstenes, podido el valor competir
con el ingenio, no habría el Macedón mandado en
Grecia. porque los que dicen que el mismo Demóstenes la
compuso en Calauria, cuando iba a tomar el veneno, deliran completamente.
XXXI Poco antes de haber ido yo a Atenas se dice haber sucedido
este caso. Un soldado a quien se hizo proceso por su comandante,
siendo llamado a juicio, puso todo el dinero que llevaba en las
manos de la estatua, que tenía los dedos juntos unos con
otros, y al lado de la cual estaba plantado un plátano
muy alto. Cayeron de él muchas hojas, o porque el viento
casualmente las derribara, o porque el mismo que puso el dinero
lo ocultara con ellas; ello es que así estuvo, escondido
el dinero por largo tiempo. Cuando, volviendo el soldado, lo encontró
y corrió la voz de este suceso, muchos ingenios tomaron
de aquí argumento para defender a Demóstenes de
la nota de soborno, y compitieron entre sí escribiendo
epigramas. A Demades, que no gozó largo tiempo de su brillante
gloria, la venganza debida a Demóstenes lo llevó
a Macedonia a ser justamente castigado por aquellos mismos a quienes
había adulado vilmente, pues si ya antes les era odioso,
entonces le encontraron envuelto en un reato, del que no había
cómo librarse. Porque perdió unas cartas por las
que instaba a Perdicas a que invadiese la Macedonia y salvara
a los Griegos, colgados- decía- de un hilo podrido y viejo,
queriendo significar a Antípatro. Estándole acusando
de este crimen Dinarco de Corinto, se irritó Casandro de
tal manera, que le mató a un hijo en sus propios brazos,
y en seguida dio orden de que también le quitaran la vida,
demostrando con estos grandes infortunios que las primeras víctimas
de la infame venta de los traidores son ellos mismos, lo que no
había querido creer, anunciándoselo Demóstenes
muchas veces. Aquí tienes ¡oh Sosio! la vida de Demóstenes,
tomada de lo que hemos leído o de lo que ha llegado a nuestros
oídos.
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