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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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EMILIO PAULO
I. Convienen los más de los historiadores
en que en Roma la casa de los Emilios era de las patricias y de
las más antiguas; pero en cuanto a que el primero de ellos,
que dejó a la familia este apellido, hubiese sido Mamerco,
hijo del sabio Pitágoras, dándosele el nombre de
Emilio por su elegancia y gracia en el decir, esto sólo
lo refieren algunos de los que atribuyen a Pitágoras la
educación del rey Numa. Los individuos de esta casa que
alcanzaron gran renombre, y fueron muchos, debieron su gloria
y prosperidad a la virtud, por la que siempre trabajaron; y aun
la desventura de Lucio Paulo en la jornada de Canas acreditó
su prudencia y su valor, pues cuando vio que no podía reducir
a su colega a que no diese la batalla, aunque contra su voluntad,
entró a participar con él del combate: mas no participó
de la fuga, sino que, abandonado el peligro aquel que le provocó,
él, firme y peleando con los enemigos, acabó su
vida. La hija de éste, Emilia, casó con Escipión
el mayor, y su hijo Paulo Emilio, cuya vida escribimos, habiendo
nacido en un época brillante por la gloria y la virtud
de los hombres más ilustres y excelentes, sobresalió,
sin embargo, con todo de no emular los ejercicios de los jóvenes
entonces más acreditados, ni seguir desde el principio
la misma senda: porque no ejercitó la elocuencia en las
causas, y se dejó enteramente de las salutaciones, de los
halagos y de los cumplimientos a que se dedicaban los más
distinguidos de ellos para ganar popularidad, haciéndose
serviciales y obsequiosos, no obstante que no le faltaba para
todo esto habilidad, sino que prefirió como más
apreciable la gloria que acompaña al valor, a la justicia
y a la lealtad, virtudes en que muy pronto se aventajó
a todos los de su tiempo.
II. El cargo primero que pidió, de los más distinguidos
en la república, fue el de edil, para el que fue preferido
a doce concurrentes, que todos se dice haber sido después
cónsules. Criado para el sacerdocio de los llamados Augures,
a los cuales tienen los Romanos por inspectores y celadores de
la adivinación por las aves y los prodigios, de tal modo
observó las costumbres patrias y emuló la piedad
de los antiguos en las cosas de la religión, que este sacerdocio,
que hasta entonces no había parecido más que un
honor, apetecido precisamente por cierta gloria y opinión,
compareció entonces como una de las artes más perfectas,
viniendo a coincidir con el sentir de aquellos filósofos
que habían definido la piedad ciencia del culto de los
Dioses; porque todo lo hizo con ensayo y con esmero, no ocupándose
en otra cosa cuando de éstas se trataba, ni omitiendo o
innovando nada, sino conferenciando siempre e instruyendo a sus
colegas hasta en las cosas más pequeñas, de manera
que si alguno podía tener por leve y muy disculpable el
faltar en estos objetos religiosos, él hacía ver
que era peligrosa para la ciudad la remisión y negligencia
en ellos. Porque ninguno empieza de pronto a trastornar el gobierno
con un gran crimen, sino que abren camino para destruir la guarda
de las cosas mayores los que descuidan del celo y esmero en las
pequeñas. Por el mismo término se ostentó
maestro y celador de las costumbres militares, no con hacerse
popular en el mando, ni aspirando, como muchos entonces, a los
segundos grados con hacerse obsequioso y blando a los súbditos,
sino con observar las costumbres de la milicia como un sacerdote
las ceremonias más tremendas, y haciéndose temible
a los desobedientes y transgresores: así es como hizo prosperar
a la patria, teniendo casi por secundario el vencer a los enemigos
respecto del instruir a sus ciudadanos.
III. Tenían que sostener entonces los Romanos la guerra
suscitada con Antíoco el Grande , y mientras marchaban
contra él los generales más acreditados, se movió
otra nueva guerra en el Occidente por los grandes alborotos ocurridos
en España. Envióse a ella a Emilio, con el cargo
de pretor, el cual no se mostró con solas seis fasces,
que era el número concedido a los pretores, sino que tomó
otras tantas; de manera que su mando en la dignidad se hizo consular.
Venció, pues, dos veces en batalla campal a los bárbaros,
exterminando hasta treinta mil; esta victoria parece que fue puramente
obra del general, por haber sabido elegir los puestos y haberla
hecho fácil a los soldados con el paso de cierto río.
Tomó en consecuencia posesión de doscientas cincuenta
ciudades que voluntariamente le abrieron las puertas, y, dejando
en paz y concordia la provincia, se restituyó a Roma; no
habiéndose hecho más rico con este mando ni en un
maravedí. Porque, generalmente, era poco cuidadoso de su
hacienda y nada escaso en el gasto con proporción a lo
que tenía, que no era mucho, pues debiéndose pagar
después de su muerte la dote de su mujer, apenas hubo lo
preciso.
IV. Casóse con Papiria, hija de Masón, varón
consular, y después de haber vivido en su compañía
largo tiempo, disolvió aquel matrimonio, no obstante haber
tenido de ella una ilustre sucesión, pues que dio a luz
al célebre Escipión y a Fabio Máximo. Causa
escrita de este repudio no ha llegado a nuestra edad, pero quizá
fue uno de aquellos que hicieron cierta una especie que corre
acerca del divorcio. Había un Romano repudiado a su mujer,
y le hacían cargo sus amigos, preguntándole: ¿No
es honesta? ¿No es hermosa? ¿No es fecunda?
Y él, mostrando el zapato, al que los Romanos llaman calceo,
les dijo: ¿No me viene bien? ¿No está
nuevo? Pues no habría entre vosotros ninguno que acertase
en qué parte del pie me aprieta. Y en verdad que
por grandes y conocidos yerros se separaron algunos de sus mujeres;
pero los tropiezos, aunque pequeños, continuos, de genio
y diferencia de costumbres, éstos se ocultan a los de afuera,
y engendran, sin embargo, con el tiempo, en los que viven juntos,
desazones insufribles. Separado por este término Emilio
de Papiria, casáse con otra, y habiendo tenido en ella
dos hijos varones, a éstos los mantuvo a su lado, y a los
otros los introdujo en las primeras casas y en los linajes más
ilustres; al mayor, en la de Fabio Máximo, que fue cinco
veces cónsul, y al menor le adoptó el hijo de Escipión
Africano, de quien era primo, prestándole su nombre de
Escipión. De las hijas de Emilio, con la una casó
el hijo de Catón, y con la otra Elio Tuberón, varón
de singular probidad, que de todos los Romanos fue el que manifestó
mayor decoro en la pobreza. Porque eran diez y seis de un origen,
Elios todos; y entre tantos no tenían sino una casita sumamente
pequeña y un campo que proveía a todos, no manteniendo
más que un solo hogar, con muchos hijos y muchas mujeres.
Entre éstas se contaba la hija de Emilio, que fue dos veces
cónsul, y triunfó otras dos, sin que se avergonzase
de la pobreza de su marido, sino que más bien veneraba
su virtud, por la que era pobre. Ahora los hermanos y demás
de un origen, si al repartir lo que era común no lo separan
con regiones enteras, con ríos y con elevadas cercas, y
si no ponen en medio entre unos y otros un dilatado terreno, no
cesan de altercar. Estas cosas las conserva la Historia para que
los que quieran sacar provecho las consideren y examinen.
V. Emilio, designado cónsul, marchó con ejército
contra los Ligures del pie de los Alpes, a los algunos llaman
Ligustinos, gente belicosa y soberbia, que con el ejercicio habían
aprendido de los Romanos a hacer la guerra a causa de la vecindad,
porque ocupan la última extremidad de la Italia enlazada
con los Alpes, y aun aquella parte de estos montes que baña
el Mar Tirreno y está opuesta al África, mezclados
con los Galos y con los Españoles de las costas. Habíanse
dado también entonces al mar con barcos de piratas, con
los que estorbaban y despojaban al comercio, extendiendo su navegación
hasta las columnas de Hércules. Cuando se dirigió
contra ellos Emilio reuniéronse hasta cuarenta mil en número
para hacerle frente. No tenía éste más que
ocho mil, y con ser ellos cinco veces doblados, trabó combate.
Desbaratólos, y cerrándolos dentro de los muros
les hizo proposiciones humanas y admisibles, por cuanto no entraba
en las miras de los Romanos acabar con la gente de los Ligures,
que era como un vallado y antemural puesto para contener los movimientos
de los Galos, que amenazaban siempre caer sobre la Italia. Fiándose,
pues, de Emilio, pusieron a su disposición las naves y
las ciudades; y él, no ofendiendo en nada a éstas,
se las volvió con sólo arruinar las murallas; mas
por lo que hace a las naves, se apoderó de todas y no les
dejó ni aun una lancha que fuera de más de tres
remos. Los cautivos, aprisionados por tierra y por mar, los restituyó
salvos, habiendo hallado entre ellos muchos forasteros y romanos.
Y éstos son los hechos señalados que tuvo este consulado.
Después se presentó muchas veces queriendo volver
a ser elegido, y aun se mostró candidato; pero viéndose
desairado y desatendido, se mantuvo en el retiro, ocupado solamente
en lo relativo a su sacerdocio y atendiendo a la educación
de sus hijos, dándoles la del país, que podía
mirarse como patria, del modo que él la había recibido;
pero poniendo más empeño en la educación
griega: porque no solamente puso, al lado de aquellos jóvenes,
gramáticos, sofistas y oradores, sino también escultores,
pintores, adiestradores de caballos y de perros y maestros de
cazar; y el padre, si no había cosa pública que
se lo impidiese, presenciaba siempre sus estudios y sus ejercicios,
mostrándose entre los Romanos el más amante de sus
hijos.
VI Era aquella, en punto a los negocios públicos, la época
en que, haciendo la guerra a Perseo, rey de los Macedonios, habían
sido acusados los generales de que, por impericia y cobardía,
se habían conducido mal y vergonzosamente, siendo más
que el daño hecho a los enemigos el que ellos habían
recibido. Y es que habiendo poco antes echado más allá
del Tauro a Antígono llamado el Grande, haciéndole
abandonar todo lo demás del Asia, y encerrándole
en la Siria, de manera que se dio por muy contento con obtener
la paz a costa de quince mil talentos; y habiendo de allí
a poco deshecho a Filipo, libertado a los Griegos del poder de
los Macedonios, y vencido a Aníbal, con el que ningún
rey era comparable en arrojo ni en poder, no podían llevar
en paciencia el combatir sin sacar ventajas, como con un rival
de Roma, con Perseo, que hacía ya mucho tiempo que les
hacía la guerra con las reliquias de las derrotas de su
padre. Olvidábanse para esto de que, habiendo visto Filipo
mucho más quebrantado el poder de los Macedonios, lo había
hecho más fuerte y belicoso; de lo cual habré de
dar razón brevemente, tomando la narración de más
arriba.
VII. Antígono, que entre todos los sucesores y generales
de Alejandro fue el que alcanzó mayor poder, adquirió
para sí y para su familia el título de rey, y tuvo
por hijo a Demetrio, de quien lo fue Antígono, por sobrenombre
Gonatas, y de éste otro Demetrio, que habiendo reinado
no largo tiempo, falleció, dejando un hijo, todavía
niño, llamado Filipo. Temerosos de la anarquía,
los próceres macedonios dieron la autoridad a Antígono,
primo del difunto, y uniendo con él en matrimonio a la
madre de Filipo, primero le llamaron tutor y general, y después,
habiéndole hallado benigno y celoso del bien común,
le dieron el título de rey, apellidándole por sobrenombre
Dosón , como muy prometedor y poco cumplidor de sus promesas.
Reinó después de éste Filipo, recomendándose
como el que más de los reyes, a pesar de ser todavía
mancebo; y ya se le atribuía la gloria de que restableciera
a la Macedonia en su antigua dignidad, y que sería él
sólo quien contuviese el poder romano que amenazaba a todos;
mas, vencido en un gran batalla cerca de Escotusa por Tito Flaminino,
entonces bajó la cabeza e hizo entrega de todo cuanto tenía
a los Romanos, dándose por muy contento con que no se le
exigiera más. Hallóse luego mal con este estado,
y creyendo que el reinar por merced de los Romanos más
era propio de un esclavo atento sólo al vientre, que no
de un hombre adornado de prudencia y de pundonor, volvió
su consideración a la guerra, y empezó a disponerla
encubiertamente y con gran destreza. Porque desatendiendo y dejando
debilitarse y yermarse las ciudades de carretera, y las inmediatas
al mar, como si las tuviese en poco precio, fue congregando muchas
fuerzas; y llenando las aldeas, las fortalezas y las ciudades
mediterráneas de armas, de provisiones y de hombres robustos,
preparaba así la guerra y la tenía como encerrada
y encubierta: de armas en buen estado había treinta mil;
de trigo entrojado en casa, ochocientas mil fanegas, y un acopio
de provisiones bastante a mantener diez mil estipendiarios por
diez años para defender el país. Mas no llegó
el caso de que éste promoviera y adelantara la guerra,
por haberse dejado morir de pesar y abatimiento, a causa de que
descubrió que había hecho morir injustamente a su
otro hijo Demetrio, por una calumnia del que valía menos.
El que le sobrevivió, llamado Perseo, heredó con
el reino el odio a los Romanos, aunque no era capaz de hacerles
frente por su bajeza de alma y la perversidad de sus costumbres;
en las que, no obstante que entraban diferentes pasiones y malos
afectos, dominaba, sin embargo, la avaricia, y aun se decía
que ni siquiera era legítimo, sino que la mujer de Filipo
lo recogió recién nacido, habiéndolo dado
a luz una costurera de Argos, llamada Gnatenia, y ocultamente
se lo dio a aquel por hijo. Y ésta se cree haber sido la
principal causa por la que de miedo hizo dar muerte a Demetrio,
no fuese que, teniendo la casa heredero legítimo, viniese
al cabo a descubrirse su bastardía.
VIII. Mas con todo de ser desidioso y de bajo espíritu,
arrastrado del ímpetu de los mismos negocios, se decidió
a la guerra, y contendió largo tiempo, habiendo derrotado
a generales de los Romanos que habían sido cónsules,
y grandes y poderosos ejércitos, y aun de algunos alcanzó
victoria. Porque a Publio Licinio, cuando iba a invadir la Macedonia,
lo rechazó con su caballería, con muerte de dos
mil y quinientos hombres escogidos, haciendo a otros tantos prisioneros,
y hallándose la escuadra romana anclada cerca de Oreo ,
marchó inesperadamente contra ella y tomó veinte
galeras con sus cargamentos, echando a pique las demás,
que contenían provisiones. Apoderóse también
de cuatro naves de cinco órdenes de remos, y ganó
segunda batalla, en que humilló a Hostilio, también
consular, obligándole a retirarse por Elimia; provocándole
a batalla cuando marchaba sin querer ser sentido por la Tesalia,
logró ahuyentarle. Miró después como una
distracción de la guerra el marchar contra los Dárdanos,
haciendo que desdeñaba a los Romanos y los dejaba descansar,
y destrozó a diez mil de aquellos bárbaros, tomando
grandes despojos. Acometió también a los Galos establecidos
cerca del Istro, conocidos con el nombre de Bastarnas, nación
poderosa en caballería y ejercitada en la guerra. Excitó
asimismo a los Ilirios, por medio de su rey Gentio, a que le auxiliaran
en la guerra, y hay fama de que, ganados por él estos bárbaros
con la soldada, cayeron sobre la Italia por la parte del Adriático.
IX. Sabidos estos sucesos de los Romanos, parecióles sería
bueno dejarse en la designación de generales del favor
y la condescendencia, y llamar al mando a un hombre de juicio
que supiera conducirse en los negocios arduos. Éste era
Paulo Emilio, adelantado sí en edad, pues tenía
unos sesenta años, pero fuerte todavía y robusto,
y de gran influjo por sus clientes, sus hijos jóvenes y
el gran número de amigos y parientes poderosos en la república,
los cuales todos le inclinaban a que se prestase a los votos del
pueblo que le llamaba al consulado. Al principio recibió
mal a la muchedumbre, y desdeñó su celo y su ansia
de honrarle, como quien no necesitaba de tal mando; mas, presentándosele
todos los días a sus puertas rogándole que concurriese
a la plaza y aclamándole, se dejó por fin convencer;
y mostrándose entre los que pedían el consulado,
pareció no que iba a recibir el mando, sino que llevaba
ya la victoria y el triunfo de la guerra, y que daba facultad
a los ciudadanos para celebrar los comicios: ¡tanta fue
la esperanza y seguridad que inspiró a todos! Nombráronle,
pues, segunda vez cónsul, no dejando que se echaran suertes
sobre el mando de las provincias, como era de costumbre, sino
decretándole desde luego el mando de la guerra macedónica.
Cuéntase que retirándose a su casa con brillante
acompañamiento, luego que fue proclamado cónsul
por todo el pueblo, encontró muy llorosa a su hija Tercia,
todavía muy pequeña, y que saludándola le
preguntó qué era lo que le afligía; y ella,
llorando y echándosele al cuello, le respondió:
¿Pues no sabes, padre, que se me ha muerto Perseo?
diciéndolo por un perrillo que había criado y tenía
este nombre, y que el padre le dijo: En buen hora, hija,
y admito el agüero. Refiere este suceso Cicerón
el orador en sus libros de la Adivinación.
X. Era costumbre que los elegidos cónsules, para mostrar
su agradecimiento, saludaran al pueblo con semblante risueño
desde la tribuna; mas Emilio, congregando en junta a los ciudadanos,
les dijo que él había pedido el primer consulado
apeteciendo el mando, y el segundo porque ellos buscaban un general;
por tanto, que ninguna gratitud les debía, y que si pensaban
que otro conduciría mejor las cosas de la guerra, se desistía
del mando; mas si confiaban en él, que en nada se mezclaran
ni anduvieran alborotando, sino que con silencio se ayudaran a
preparar lo necesario para la expedición, pues si querían
mandar al que los mandaba, se harían más ridículos
de lo que eran en las cosas de la guerra. Con este discurso causó
gran vergüenza a los ciudadanos, inspirándoles al
mismo tiempo gran confianza en el éxito; estando todos
muy contentos con no haber hecho caso de los aduladores y haber
elegido un general de tanta franqueza y prudencia. ¡Hasta
este punto se sacrificaba el pueblo romano por la virtud y la
honestidad cuando se trataba de dominar y ser el primero de todos!
XI El que Emilio Paulo, marchando a aquella campaña, hubiera
llegado al ejército con mucha prontitud y seguridad, haciendo
su navegación felizmente y sin tropiezo, téngolo
desde luego por cosa prodigiosa, y por lo que hace a la guerra
misma y los sucesos de ella, parte atribuyo a lo pronto de su
decisión, parte a su buen consejo, y parte también
a la diligencia de sus amigos; mas al ver que todo se hizo en
virtud de intrepidez en los peligros y de gran firmeza en las
determinaciones, obra tan señalada y gloriosa como ésta
no considero que deba atribuirse, como respecto de otros generales,
a la buena, dicha de este insigne varón; a no ser que se
quiera llamar buena dicha de Emilio la avaricia de Perseo, la
cual, temiendo por el dinero, echó por tierra y aniquiló
las grandes y brillantes esperanzas que en aquella guerra tenían
fundadas los Macedonios. Porque a su ruego acudieron a él
los Bastarnas, diez mil de a caballo y diez mil de relevo, todos
a sueldo, hombres que no entendían de labrar la tierra,
ni de navegar, ni de vivir pastoreando ganado, sino que estaban
dados a una sola obra y a un solo arte, que era el de, hacer siempre
la guerra y vencer a sus contendores. Luego, pues, que llegaron
a acamparse cerca de Médica , mezclados con los soldados
del rey aquellos hombres altos en su estatura, ágiles en
los ejercicios del cuerpo, altivos y vanagloriosos en sus amenazas
contra los enemigos, infundieron a los Macedonios la opinión
y confianza de que los Romanos no los aguardarían, sino
que se asustarían al ver sus semblantes y movimientos extraños
y espantosos. Después que Perseo había dispuesto
así los ánimos, y llenándolos de tamañas
esperanzas, cuando le pidieron mil áureos por cada uno
de los capitanes, irresoluto y fuera de tino con la demanda de
tanto dinero, por codicia desechó y abandonó el
socorro que se le ofrecía, como si fuera mayordomo y no
enemigo de los Romanos, y como si hubiera de dar una cuenta exacta
de los gastos de la guerra a aquellos con quienes combatía,
cuando éstos le mostraban lo que había de hacer,
con tener, como tenían, sobre todo el demás repuesto,
cien mil hombres reunidos y prontos para lo que fuera menester;
mas él, teniendo que contrarrestar tales fuerzas y tal
guerra, en la que era inmenso lo que había de expenderse,
andaba midiendo y escaseando el dinero, temiendo tocarlo como
si fuese ajeno; y esto lo hacía, no uno que venía
de los Lidios o de los Fenicios, sino uno que remedaba por el
linaje la virtud de Alejandro y de Filipo, los cuales, con pensar
que los sucesos se habían de comprar con el dinero, y no
el dinero con los sucesos, alcanzaron cuanto se propusieron; pues
se decía que no era Filipo quien tomaba las ciudades de
los Griegos, sino el oro de Filipo; y Alejandro, al emprender
la expedición de la India, viendo que los Macedonios arrastraban
con trabajo el gran botín que tomaron a los Persas, lo
primero que hizo fue poner fuego a sus carros, y después
persuadió a los demás que hicieran otro tanto, para
marchar ágiles a la guerra, como desembarazados de un estorbo.
Mas Perseo, anteponiendo el oro a sí mismo, a sus hijos
y al reino, no quiso salvarse a costa de un poco de dinero, sino
ir cautivo al igual que otros muchos, como un rico esclavo, a
hacer ver a los Romanos cuánta era la riqueza que avaro
y escaso les había reservado.
XII. Pero no solamente despidió a los Galos con embustes,
sino que habiendo solevantado a Gentio, el rey de Iliria, ofreciéndole
trescientos talentos para que le auxiliara en la guerra, llegó
sí a contarles el dinero a los que vinieron de su parte,
y se lo presentó para que lo sellaran; mas luego, como
Gentio, en la inteligencia de tener seguro lo que había
pedido, hubiese ejecutado una acción impía y execrable,
que fue prender y poner en cadenas a los embajadores que le enviaron
los Romanos, entonces, echando ya cuenta Perseo con que no era
necesario el alargar dinero para que Gentio hiciese la guerra,
pues había dado pruebas bien seguras de enemistad y por
sí mismo se había empeñado en ella con semejante
injusticia, privó a aquel infeliz de los trescientos talentos,
y miró con indiferencia que en pocos días hubiera
sido con la mujer y los hijos arrojado del reino, como de un nido,
por el pretor Lucio Anicio, que había sido enviado con
tropas contra él. ¡Éste era el contrario con
quien marchaba Emilio! Así, aunque a él le despreciaba,
sus preparativos y sus fuerzas no dejaron de sorprenderle; porque
los de a caballo eran cuatro mil y pocos menos de cuarenta mil
los infantes que formaban la falange. Retiróse con este
aparato a las orillas del mar, por las faldas del Olimpo, a sitios
que no tenían entrada, y que además habían
sido defendidos por él con fosos y con vallados de madera;
por lo que estaba sin sobresalto, creyendo que con el tiempo y
los excesivos gastos arruinaría a Emilio. Éste en
su ánimo no estaba ocioso, sino que revolvía en
él toda especie de ideas y tentativas; y como viese que
los soldados con la anterior disciplina llevaban mal la inacción
y se propasaban a indicar cosas impracticables, los reprendió
sobre ello y les intimó que no se metieran ni pensaran
en otra cosa que en ver cómo cada uno se prepararía
a sí mismo y sus armas para el tiempo del combate, cómo
usaría de la espada al modo romano, que la oportunidad
el general la indicaría: mandando también que las
guardias de noche las hicieran sin lanza, para estar más
atentos y defenderse mejor del sueño, ante el temor de
no poder rechazar los ataques del enemigo.
XIII. Por lo que los soldados andaban mas alborotados era por
la falta de agua, pues la poca y mala que tenían manaba
a la orilla del mismo mar. Reparó entonces Emilio que el
monte Olimpo, tan elevado, estaba poblado de árboles; y
conjeturando por el verdor de ellos que no podía menos
de contener raudales que corrieran a la parte baja, les hizo abrir
respiraderos y pozos en la misma falda. Llenáronse éstos
al punto de agua clara, que corría por su peso e ímpetu
del terreno que la estrechaba y como exprimía al sitio
vacío. Con todo, no falta quien sostenga que hay fuentes
de agua ya formada y escondida en los lugares de donde aquellas
manan, y que su salida no es ni descubrimiento ni rotura, sino
formación y reunión en aquel punto de materia que
se liquida, y que esto sucede porque con la aglomeración
y el frío se liquida el vapor húmedo, cuando comprimido
a la parte más baja fluye y se hace corriente; pues tampoco
los pechos de las mujeres se han de considerar como odres que
estén llenos de leche ya formada, sino que, transformando
dentro de sí la comida, elaboran y cuelan la leche; de
esta misma manera los lugares fríos y abundantes en fuentes
no contienen agua oculta, ni son reservatorios que arrojen de
sí los grandes raudales de los caudalosos ríos,
como de un principio pronto y permanente, sino que comprimiendo
el viento y el aire, con el apretarlo y espesarlo lo vuelven en
agua; y las excavaciones que se hacen en aquellos terrenos conducen
y contribuyen mucho para esta especie de compresión, liquidando
y haciendo fluidos los vapores, como los pechos de las mujeres
para la lactancia; por el contrario, aquellos terrenos que están
muy apretados no son a propósito para la formación
del agua, porque no tienen el movimiento que la elabora. Mas los
que tales cosas profieren, como que se complacen en acertijos,
pues dicen también que los animales no tienen sangre dentro
del cuerpo, sino que se forma, al ser heridos, de un cierto aire,
o con la mudanza de las carnes, que es la que obra su salida y
su licuación. Pero a éstos los refutan los ríos
que se dirigen a lo más profundo de los lugares subterráneos
y de las minas, no formándose poco a poco, como había
de suceder si tomaran su origen de un repentino movimiento de
la tierra, sino siendo ya en sí abundantes y caudalosos;
así vemos también que, desgajándose una piedra,
corre un gran caudal de agua y después se para. Mas baste
de estas cosas.
XIV. Estuvo Emilio en reposo por algunos días, y se dice
que, hallándose al frente uno de otro ejércitos
tan poderosos, jamás se vio una inquietud semejante; mas
empezó luego a hacer tentativas y esfuerzos por todas partes,
y como llegase a entender que un solo punto se había quedado
sin fortificar por la parte de Perrebia, hacia el templo de Apolo
y la Roca, trató este negocio en consejo, dándole
mayor esperanza el no estar defendido aquel sitio que temor su
aspereza y fragosidad, que era por las que lo habían dejado
sin custodiar. Entre los que se hallaban presentes, Escipión,
llamado Nasica, yerno de Escipión Africano, y que más
adelante tuvo mucha autoridad en el Senado, fue el primero que
se ofreció a tomar el mando para encaminarse al punto designado,
y después de él se presentó con grande ardimiento
Fabio Máximo, el hijo mayor de Emilio, que todavía
era muy mozo. Contento, pues, Emilio, les dio no tantas fuerzas
como refiere Polibio, sino las que el mismo Nasica dice haber
llevado consigo en carta escrita a un rey sobre estos sucesos.
Los italianos, que no eran de la tropa de línea, subían
a tres mil, y el ala izquierda, a cinco mil; y tomando con éstos
Nasica ciento y veinte caballos y doscientos hombres de los Tracios
y Cretenses, que mezclados estaban a las órdenes de Hárpalo,
marchó por el camino que conducía al mar, y se acampó
cerca de Heraclea, como si hubiese de embarcarse en las naves
y cercar el ejército de los enemigos. Mas luego que los
soldados comieron el rancho y sobrevinieron las tinieblas, descubriendo
a los capitanes el verdadero, intento, caminó de noche
en dirección opuesta al mar, y haciendo alto, dio descanso
a la tropa bajo el templo de Apolo. Por esta parte, la altura
del Olimpo pasa de diez estadios, como lo acredita una inscripción
del que la midió, que dice así: Desde el templo
de Apolo hasta la cumbre es del excelso Olimpo la medida - perpendicularmente
fue tomadade estadios una década, y sobre ella un peletro
, al que pies le faltan cuatro. Fue el medidor Xenágoras
de Eumelo Salve ¡oh rey, y feliz suceso tengas! Es opinión
de los geómetras que ni la altura de los montes ni la profundidad
del mar pasan de diez estadios; pero Xenágoras parece que
hizo esta medición, no a la ligera, sino por reglas y con
los instrumentos convenientes.
XV. Pasó allí Nasica la noche, y cuando Perseo,
que veía a Emilio al frente en suma quietud, estaba distante
de pensar en lo que sucedía, le llegó un tránsfuga
cretense, que vino corriendo a noticiarle la marcha de los Romanos.
Sobresaltóse con esta nueva, y aunque no movió el
ejército, poniendo a las órdenes de Milón
diez mil extranjeros estipendiarios y dos mil Macedonios, le envió
a que sin dilación ocupase los pasos. Polibio dice que
los Romanos sorprendieron a estas tropas estando todavía
dormidas; pero Nasica refiere que en las alturas hubo un reñido
encuentro, y que él mismo dio la muerte a un Tracio que
le vino a las manos, hiriéndole en el pecho con la lanza,
con lo que el enemigo cedió; y como Milón hubiese
dado a huir vergonzosamente en túnica y sin armas, siguió
el alcance con seguridad y condujo a lo llano sus soldados. Con
estos sucesos levantó Perseo a toda prisa el campo, y hubo
de retirarse sobrecogido ya de miedo y muy decaído de sus
esperanzas. Érale, sin embargo, indispensable, o aguardar
delante de Pidna y aventurar una batalla, o recibir al enemigo
con un ejército dispersado por las ciudades, pues una vez
descendido a lo llano no podía ser arrojado sino con gran
mortandad y carnicería, mientras allí sus fuerzas
eran grandes y el ardor de los soldados no podía menos
de anunciarse peleando por la defensa de sus hijos y sus mujeres,
a presencia del rey, y tomando éste parte en los peligros,
que fue con lo que dieron ánimo a Perseo sus amigos. Formó,
pues, su ejército y se apercibió a la pelea, reconociendo
los sitios y distribuyendo los mandos, como para salir de sorpresa
al encuentro de los Romanos en su misma marcha. El sitio tenía
una llanura acomodada a la formación de la falange, que
necesitaba de terreno igual, y había collados seguidos
que favorecían las acometidas y retiradas de los cazadores
y tropas ligeras. Corrían en medio los ríos Esón
y Leuco, que, aunque no muy caudalosos entonces por ser el fin
del verano, parecía, sin embargo, que oponían a
los Romanos algún obstáculo.
XVI Reunióse en esto Emilio con Nasica, y descendió
en orden contra los enemigos; mas luego que vio su formación
y su número, suspendió, maravillado, la marcha,
como para hacer entre sí algunas consideraciones. Ardían
por venir a las manos los caudillos jóvenes, y cercándole
le rogaba que no se detuviese; sobre todo Nasica, que había
adquirido confianza por lo bien que le había salido su
expedición del Olimpo. Sonriósele Emilio, y le dijo:
Muy bien si yo tuviera tu edad; pero las muchas victorias,
que me han hecho conocer los errores de los vencidos, me impiden
el que en la marcha trabe batalla contra una falange ordenada
y descansada. En seguida dio orden para que las primeras
tropas que estaban a la vista de los enemigos, quedando en escuadras,
presentaran el aire de una formación, y que los de la retaguardia,
mudando de posición, pusieran el valladar para acamparse:
de esta manera, yéndose quedando por orden los que estaban
delante para los últimos, no se advirtió que había
deshecho la formación y que todos se habían colocado
sin desorden en los reales. Al hacerse de noche, y cuando después
del rancho se iban a dormir y descansar, la luna, que estaba en
su lleno y bien descubierta, empezó de pronto a ennegrecerse,
y desfalleciendo su luz, habiendo cambiado diferentes colores,
desapareció. Los Romanos, como es de ceremonia, la imploraban
para que les volviese su luz, con el ruido de los metales, y alzando
al cielo muchas luces con tizones y hachas; mas los Macedonios
a nada se movieron, sino que el terror y espanto se apoderó
del campo, y entre muchos corrió secretamente la voz de
que aquel prodigio significaba la destrucción de su rey.
No era Emilio hombre enteramente nuevo y peregrino en las anomalías
que los eclipses producen, los cuales a tiempos determinados hacen
entrar la luna en la sombra de la tierra y la ocultan, hasta que
pasando de la sombra vuelve otra vez a resplandecer con el sol.
Mas con todo, siendo muy dado a las cosas religiosas, e inclinado
a los sacrificios y a la adivinación, apenas vio a la luna
enteramente libre, le sacrificó once toros; no bien se
hizo de día, ofreció nuevo sacrificio de la misma
especie a Hércules, no parando hasta veinte, y al primero
y al vigésimo se observaron prodigios que dijo adjudicaban
la victoria a los que se defendiesen. Hizo, pues, voto al mismo
dios de otros cien bueyes y de juegos sagrados, mandando a los
caudillos ordenar el ejército para la batalla; mas aguardó
con todo a la inclinación y desvío del resplandor,
para que el sol, desde el oriente, no los deslumbrara en la pelea
dándoles de cara, por lo que estuvo dando tiempo, sentado
en su tienda, la que tenía abierta por la parte de la llanura
y del campo de los enemigos.
XVII. Hacia la entrada de la tarde, dicen algunos que, con designio
de preparar Emilio que fuese de los enemigos la acometida, dio
orden de que los Romanos soltaran por aquella parte un caballo
sin freno, y que, yendo en su persecución, éste
fue el principio de la pelea; mas otros sostienen que al retirarse
con forraje los bagajes de los Romanos los acometieron los Tracios,
mandados por Alejandro; que en defensa de aquellos salieron corriendo
setecientos Ligures, y que acudiendo muchos al socorro de unos
y otros, así fue como de ambas partes se trabó la
pelea. Emilio, conjeturando, como un buen piloto, por el repentino
ímpetu y movimiento de los ejércitos, lo arriesgado
de aquella lucha, salió de la tienda y recorrió
las filas de la infantería, infundiéndoles aliento;
Nasica, que se había dirigido a las tropas ligeras, reparó
en que faltaba muy poco para que estuviese ya trabado el combate
con todas las fuerzas enemigas. Venían los primeros los
Tracios, cuyo aspecto se dice ser muy fiero, hombres de procerosa
estatura, con escudos blancos y relucientes, y botas de armadura,
vestidos de túnicas negras, llevando pendientes del hombro
derecho espadas largas de grave peso. Seguían a los Tracios
los estipendiarios, con armas muy diversas, y con ellos venían
mezclados los de la Peonia. El tercer orden era de las tropas
escogidas de los Macedonios, los más sobresalientes en
robustez y edad, deslumbrando con armas de oro y con ropas de
púrpura. Colocados éstos en formación, sobrevinieron
del campamento las falanges con bronceados escudos, llamadas calcáspidas,
llenando el campo del resplandor del hierro y de la brillantez
del metal, y haciendo resonar por los montes la vocería
y confusión de los que mutuamente se animaban; habiéndose
hecho con tal arrojo y prontitud esta embestida, que los primeros
cadáveres cayeron a dos estadios del campamento de los
Romanos.
XVIII. Trabada la pelea, se presentó Emilio, y llegó
a tiempo en que ya los primeros Macedonios, enristradas las lanzas,
herían en los escudos de los Romanos, que no podían
ofenderlos en lo vivo con sus espadas. Mas cuando después,
desprendiendo del hombro los demás Macedonios las adargas,
y recibiendo también a una sola señal con las lanzas
en ristre a los legionarios Romanos, vio la fortaleza de la formación
y la presteza del ataque, no dejó de sorprenderse y concebir
temor, por no haber visto nunca un espectáculo tan terrible;
así es que hacía mención frecuente de aquella
sensación y de aquel espectáculo. Ostentóse
entonces a sus combatientes con rostro sereno y placentero, recorriendo
a caballo las filas sin yelmo y sin coraza. Mas el rey de los
Macedonios, lleno de miedo, según dice Polibio, luego que
se comenzó la batalla, huyó a caballo a la ciudad,
pretextando que iba a sacrificar a Herades, que no recibe sacrificios
tímidos de los cobardes ni acepta votos injustos: pues
no es justo en ninguna manera que el que no tira al blanco lleve
el premio, ni que venza el que no resiste, ni que salga bien el
que nada hace, ni, finalmente, que tenga buena suerte el hombre
malo. Por el contrario, a los ritos de Emilio se prestó
grato el dios, pues peleando rogaba la victoria y buen éxito
de la guerra, y combatiendo llamaba al dios en su auxilio. Con
todo, un escritor llamado Posidonio, que se dice haber coincidido
en aquellos tiempos y en aquellos sucesos, el cual compuso la
historia de Perseo en muchos libros, dice que no se retiró
por miedo ni a causa del sacrificio, sino que en el principio
de la batalla le sucedió ya que un caballo lo dio una coz
en un muslo, y en la batalla misma, no obstante que se hallaba
muy incomodado, y que lo contenían los amigos, hizo que
del bagaje le trajeran un caballo; que montando en él se
colocó en la falange sin coraza, y que tirándose
de una y otra parte muchas armas arrojadizas, le alcanzó
un dardo todo de hierro, el cual no le dio de punta, sino que
el golpe se corrió por el costado izquierdo; mas con todo,
con el ímpetu de la marcha se le abrió la túnica
y se vio la carne enrojecida con una gran contusión que
por mucho tiempo conservó la señal del golpe; así
es como Posidonio hace la apología de Perseo.
XIX. No pudiendo los Romanos romper la falange cuando llegaron
a embestirla, Salio, comandante de los Pelignos, echó mano
de la insignia de sus soldados y la arrojó contra los enemigos,
por lo que, corriendo los Pelignos hacia aquel sitio, pues no
es lícito ni aprobado entre los Italianos el abandonar
la insignia, se vieron hechos y sucesos terribles en aquel encuentro
de una y otra parte. Porque los unos procuraban con sus espadas
apartar las lanzas, defenderse de ellas con los escudos o retirarlas
cogiéndolas con la mano, y los otros asegurando el golpe
con entrambas y apartando con las mismas armas a los que los acometían,
como no bastasen ni el escudo ni la coraza para contener la violencia
de la lanza, derribaban de cabeza los cuerpos de los Pelignos
y Marrucinos, que, desatentados, corrían encolerizados
como fieras a los golpes contrarios y a una muerte cierta. Mientras
así eran molestados los de la vanguardia, no se contuvieron
en su lugar los que formaban en pos de ellos, sin que esto fuese
una fuga, sino una retirada al monte llamado Olocro: de manera
que Emilio rasgó, según dice Posidonio, sus vestiduras
al ver que éstos cedían y que los demás Romanos
evitaban la falange, en la que no podían hacer mella, pues
con la espesura de las lanzas, como con un vallado, se les presentaba
por todas partes invencible. Mas como advirtiese, por ser luego
el terreno desigual y no poder la fila mantener firme la reunión
de los escudos, que la falange de los Macedonios empezaba a tener
muchas interrupciones y muchos claros, como es preciso que suceda
en los ejércitos grandes y en los encuentros diferentes
de los que pelean, deteniéndose en unas partes y adelantándose
en otras, recorrió repentinamente y dividió sus
escuadrones, dándoles orden de que metiéndose por
los claros y vacíos de los enemigos, y trabándose
con ellos, no lidiaran una sola batalla contra todos, sino muchas
e interpoladas por partes. Luego que Emilio enteró de esto
a los jefes, y los jefes a los soldados, dividiéndose éstos
y metiéndose dentro de la formación, acometieron
a unos por los costados que no tenían defensa, y cayeron
con ímpetu sobre otros, pues ya rota la falange, su fuerza
y su acción, unida enteramente, se había desvanecido;
y, como en estos combates singulares y contra pocos los Macedonios
hiriesen con sus cortos alfanjes en unos escudos firmes y muy
anchos, y resistiesen mal con sus endebles adargas a las espadas
de aquellos que por su pesadez y la firmeza de los golpes pasaban
por entre toda la armadura hasta la carne, se entregaron a la
fuga.
XX. Grande era la contienda contra éstos; y en ella Marco,
el hijo de Catón, yerno de Emilio, que había dado
pruebas del mayor valor, perdió la espada. Como era propio
de un joven instruido en muchas ciencias, y que a su gran padre
era deudor de hechos correspondientes a una gran virtud, teniendo
por la mayor afrenta que vivo él quedara una prenda suya
en poder de los enemigos, corre la línea y donde ve algún
amigo o deudo le refiere lo que le ha sucedido y le pide auxilio.
Reúnensele muchos de los más esforzados, y rompiendo
con ímpetu por entre los demás, bajo la guía
del mismo Marco, se arrojan sobre los contrarios. Retirándolos
con muchas heridas, y dejando el sitio desierto y despejado, se
dedican a buscar la espada. Aunque con gran dificultad, halláronla
por fin escondida bajo montones de armas y de cadáveres,
con lo que alegres y triunfantes cargan con mayor denuedo sobre
aquellos enemigos que aún resistían. Finalmente,
los tres mil escogidos, manteniendo su puesto y peleando siempre,
todos fueron deshechos; hízose en los demás que
huían terrible carnicería, tanto, que el valle y
la falda de los montes quedaron llenos de cadáveres, y
los Romanos, al pasar al día siguiente de la batalla el
río Leuco, vieron sus aguas teñidas todavía
en sangre. Dícese que murieron más de veinticinco
mil; de los Romanos perecieron, según dice Posidonio, ciento,
y según Nasica, ochenta.
XXI Tuvo esta gran batalla una terminación muy pronta,
porque habiéndose comenzado a la novena hora, antes de
la décima habían ya alcanzado la victoria. Lo que
restaba del día lo emplearon en seguir el alcance, persiguiéndolos
hasta ciento y veinte estadios; de manera que ya se retiraron
entrada la noche. Saliéronlos a recibir los criados con
antorchas, y con gran regocijo y algazara los condujeron a las
tiendas, que estaban iluminadas y adornadas con coronas de hiedra
y laurel; mas el general recibió una terrible pesadumbre,
porque militando en su ejército dos de sus hijos, no parecía
por ninguna parte el más joven de ellos, que era al que
más amaba, y al que veía sobresalir por su natural
inclinación a la virtud entre sus hermanos. Siendo de un
ánimo arrojado y pundonoroso, y todavía de edad
muy tierna, tenía por cierta su pérdida, creyendo
que por la inexperiencia se habría metido entre los enemigos
en lo recio de la pelea. Con esta incertidumbre daba extremadas
muestras de dolor; lo que, sentido por todo, el ejército,
se pusieron en movimiento, dejando los ranchos, y empezaron a
marchar con luces, unos a la tienda de Emilio, y otros a buscarle
delante del campamento entre los primeros cadáveres, fue
sumo el disgusto del ejército y el ruido que se promovió
por aquella llanura, llamando todos a Escipión, porque
a todos les pareció desde el principio a propósito
para el mando y el gobierno, y moderado en sus costumbres tanto
como el que más de sus deudos. Era ya muy tarde, y casi
se había perdido toda esperanza, cuando se le vio retirarse
del alcance con dos o tres de sus amigos, lleno todavía
de sangre de los contrarios, porque como cachorro de generosa
raza se había ido muy adelante, entusiasmado desmedidamente
con el gozo de la victoria. Este el aquel Escipión que
más adelante destruyó a Cartago y Numancia, y fue
con mucha ventaja el primero por su virtud y el de mayor poder
entre los Romanos de su edad. Dilatóle a Emilio la Fortuna
para otro tiempo el acíbar de este triunfo, dándole
entonces llenamente el sabroso placer de la victoria.
XXII. Perseo marchó huyendo de Pidna a Pela, habiéndose
salvado de la batalla casi todos los de a caballo; mas como los
alcanzase la infantería, empezólos a denostar por
cobardes y traidores, derribándolos de los caballos y dándoles
de golpes; por lo que, temeroso de aquel alboroto, sacó
el caballo del camino, y quitándose la ropa de púrpura
para no ser conocido, la puso en la grupa, y la diadema la tomó
en sus manos; y habiendo hablado a sus amigos sin parar de andar,
echó pie a tierra y tomó el caballo del diestro.
De aquellos, uno empezó a fingir que se aseguraba el zapato
que se le había desatado; otro, que daba de beber al caballo;
otro, que tenía sed, y yéndole dejando de esta manera,
a toda prisa lo abandonaron, no tanto por temor de los enemigos,
como de su crueldad. Agitado con tantos males, procuraba echar
a todos, apartándola de sí, la culpa de aquella
derrota. Entró, ya llegada la noche, en Pela; y como al
recibirle Eucto y Euleo, que eran los encargados del tesoro, le
hicieran algunas reconvenciones sobre lo sucedido, y le hablaran
y aconsejaran tan franca como inoportunamente, montó en
cólera y dio por sí mismo muerte a ambos con su
espada; con lo que nadie quedó a su lado, fuera de Evandro
de Creta, Arquedamo de Etolia y Neón de Beocia. De los
soldados siguiéronle los Cretenses, no tanto por afición
como por golosina de sus riquezas, al modo que las abejas a los
panales. Porque era mucho lo que llevaba y lo que presentó
a la codicia de los Cretenses para robarlo, en vasos, fuentes
y demás vajilla de plata y oro, hasta la suma de cincuenta
talentos. Pasó primero a Anfípolis, y de allí
después a Galepso, y como se le hubiese desvanecido un
poco el miedo recayó nuevamente en el más antiguo
de sus vicios, que era la avaricia; quejóse, pues, con
sus amigos, de que neciamente había abandonado a los Cretenses
algunas de las brillantes alhajas de Alejandro el Grande, exhortando
a los que las tenían, no sin ruegos y lágrimas,
a que las cambiaran por dinero. Los que le conocían bien
no dudaron que aquello era cretizar con los Cretenses; mas ellos
cayeron en el lazo, y entregándolas, se quedaron sin nada,
porque no les dio el dinero; y aun tomó prestados de los
amigos treinta talentos, los mismos que de allí a poco
habían de ocupar los enemigos y con aquellos navegó
a Samotracia, donde, fugitivo, se acogió al templo de los
Dioscuros.
XXIII. Habían tenido siempre fama los Macedonios de ser
amantes de sus reyes, pero entonces, abatidos todos como cuando
de pronto falta el apoyo, se entregaron a Emilio, al que en dos
días hicieron dueño de toda la Macedonia; este hecho
parece conciliar mayor crédito a los que atribuyen todos
estos sucesos a un especial favor de la Fortuna. Pero aún
es más maravilloso lo que acaeció en el sacrificio:
pues sacrificando Emilio en Anfípolis, en el acto mismo
cayó un rayo en el ara, el que abrasó las víctimas
y perfeccionó la ceremonia. Con todo, aun sube de punto
sobre este prodigio y sobre la dicha de Emilio la rapidez de la
fama, pues al día cuarto de haber alcanzado de Perseo esta
victoria de Pidna, estando en Roma el pueblo viendo unas carreras
de caballos, repentinamente corrió la voz en los primeros
asientos del teatro de que Emilio, habiendo vencido a Perseo en
una gran batalla, había subyugado toda la Macedonia, y
de allí se difundió luego la misma voz por toda
la concurrencia; con lo que en aquel día, fue grande el
gozo que con algazara y regocijo se apoderó de la ciudad.
Mas como luego se viese que aquel rumor vago no tenía apoyo
u origen seguro, por entonces se desvaneció y disipó;
pero tenida a pocos días la noticia positiva, se pasmaron
todos de aquel anticipado anuncio, que pareciendo falso dijo la
verdad.
XXIV. Dícese que de la batalla de los Italianos junto
al río Sagra se tuvo noticia en el mismo día en
el Peloponeso, así como en Platea de la de Mícale
contra los Medos; y cuando los Romanos vencieron a los Tarquinos
y a los del Lacio sus auxiliadores, de allí a muy poco
llegaron dos mensajeros, varones de gran belleza y estatura, que
trajeron el aviso, y se conjeturó que eran los Dioscuros.
El primero que tropezó con ellos en la plaza, cuando junto
a la fuente estaban dando de beber a sus caballos cubiertos de
sudor, se quedó pasmado con el anuncio de esta victoria:
ellos después se dice que le cogieron con la mano la barba
sonriéndosele blandamente, y como al punto la barba negra
se volviese roja, este suceso concilió crédito a
la noticia, y a aquel hombre el apellido de Enobarbo, que viene
a ser el de la barba bronceada. También ha ganado crédito
a todas estas relaciones lo sucedido en nuestros días,
porque cuando Antonio se rebeló contra Domiciano se esperaba
enconada guerra de parte de la Germanía; y siendo grande
la turbación en Roma, de repente y por sí mismo
difundió el pueblo la fama de una victoria, corriendo por
toda Roma la voz de que el mismo Antonio había sido muerto,
y de que, derrotado su ejército, ni señal había
quedado de él. Esta noticia adquirió tal certeza
y seguridad, que muchos de los principales ofrecieron sacrificios.
Inquirióse luego sobre el primero que lo refirió,
y como no aparecía nadie, sino que el rumor corriendo de
unos en otros se desvaneció, viniendo a lo último
a parar en nada arrojado en una muchedumbre confusa como en un
piélago inmenso, sin que se le diese origen ninguno cierto,
aquella fama se borró del todo en la ciudad. Mas cuando
ya Domiciano había marchado con su ejército a la
guerra, le encontró en el camino la noticia, y cartas en
que se le daba cuenta de la victoria, y se halló que el
día de la fama fue el mismo que el del suceso, habiendo
de distancia de un punto a otro más de veinte mil estadios:
cosa que de los de nuestra edad no ignora nadie.
XXV. Gneo Octavio, colega de Emilio en el mando, que aportó
a Samotracia, respetó para con Perseo el asilo en honor
de los Dioses, pero le cerró la salida y la fuga por el
mar: con todo, pudo a escondidas ganar a un tal Oroandes de Creta,
que tenía un barquichuelo, para que le admitiese en él
con sus riquezas; mas éste, usando de las artes cretenses,
tomó de noche todo su caudal, y diciéndole que a
la siguiente fuese al puerto Demetrio con los hijos y la familia
precisa, se hizo a la vela al mismo anochecer. Pasó en
esta ocasión Perseo por angustias bien miserables, habiendo
tenido que salvar la muralla por una estrecha tronera él,
sus hijos y su mujer, no estando todavía hecho a riesgos
y trabajos: así, lanzó un lamentable suspiro, cuando
andando perdido en la playa se llegó a él uno y
le dijo haber visto que Oroandes había salido apresuradamente
al mar. Porque clareaba ya el alba, y destituido de toda esperanza
se retiró corriendo hacia la muralla, no sin ser de los
Romanos observado; mas con todo logró adelantarse a ellos
con su mujer. Los hijos, tomándolos por la mano, los había
entregado a Ion, y éste, que antes había sido el
favorito de Perseo, se convirtió entonces en traidor; lo
que principalmente contribuyó a que aquel desgraciado,
como fiera que ha perdido sus cachorros, se viera en la precisión
de dejarse prender y entregar su persona a los que ya se habían
apoderado de sus hijos. Tenía su principal confianza en
Nasica, y por éste preguntaba; mas como no pareciese, lamentando
su suerte, y sujetándose a la necesidad, se puso como cautivo
en manos de Gneo, manifestando bien a las claras que era en él
un vicio más ruin que el de la avaricia el de la cobardía
y apego a la vida, por el cual se privó del único
bien que la Fortuna no puede arrebatara los caídos, que
es la compasión. Porque habiendo rogado que le llevaran
a la presencia de Emilio, éste, como debía hacerse
con un hombre de tanta autoridad sobre quien había venido
una ruina tan terrible y desgraciada, levantándose de su
asiento salió a recibirle con sus amigos, derramando lágrimas,
y él, poniendo el rostro en el suelo, que era un vergonzoso
espectáculo, y abrazándole las rodillas, prorrumpió
en exclamaciones y ruegos indecentes, que Emilio no pudo escuchar
con paciencia, sino que, mirándole con rostro enojado y
severo: Miserable- le dijo¿Por qué libras
a la Fortuna de uno de sus mayores cargos, haciendo cosas por
las que se ve que si eres desgraciado lo tienes merecido, y que
no es de ahora sino de siempre haber sido indigno de ser dichoso?
¿Por qué echas a perder mi victoria y apocas mi
triunfo, haciendo ver que no eras un enemigo noble y digno de
los Romanos? La virtud alcanza para los desgraciados gran parte
de reverencia aun entre los enemigos, pero la cobardía,
aun cuando sea afortunada, es para los Romanos la cosa más
despreciable.
XXVI Con todo, levantándole y dándole la diestra,
lo encomendó a Tuberón, y reuniendo después
fuera de la tienda a sus hijos y yernos, y a los más jóvenes
de los que tenían mando, estuvo largo rato pensativo entre
sí con gran silencio, tanto, que todos estaban admirados;
mas comenzando luego a disertar sobre la fortuna de los sucesos
humanos: ¿Habrá hombre- exclamó- que en la
presente prosperidad crea que le es dado engreírse y envanecerse
de que ha sojuzgado una nación, una ciudad o un reino?
La Fortuna, poniéndonos a la vista esta mudanza como un
ejemplo en el que todo conquistador contemple la común
flaqueza, nos amonesta que nada debemos considerar como estable
y seguro; porque ¿cuál será el tiempo en
que pueda el hombre vivir confiado, cuando el dominar a los otros
obliga a estar más temeroso de la Fortuna, y la idea de
que la suerte revuelve y acarrea por veces iguales desastres,
ahora a unos y luego a otros, debe infundir recelos al que se
huelga como más favorecido? ¿Acaso viendo que la
herencia de Alejandro, cuyo poder y dominación llegó
al grado más alto que se ha conocido, en menos de una hora
la habéis humillado bajo vuestros pies, y que unos reyes,
que poco ha imperaban a tantas legiones de infantería y
a tantos escuadrones de caballería, reciben ahora la comida
y bebida diaria de manos de los enemigos, podéis pensar
que vuestras cosas han de tener una consistencia que pueda prevalecer
contra el tiempo? ¿No será más razón
que, dando de mano a ese orgullo y a esa vanidad de la victoria,
reprimáis vuestros ánimos, estando siempre atentos
a lo futuro, para ver qué fin prepara el hado a cada uno
de vosotros en contrapeso de tamaña felicidad? Pronunciadas
estas y otras semejantes razones, se dice que despidió
Emilio a aquellos jóvenes, y que los dejó muy corregidos
de su vanagloria y altanería, conteniéndolos como
un freno con aquella alocución.
XXVII. Dio después de esto descanso al ejército,
y tomó para sí por tarea y por honroso y humano
recreo el visitar la Grecia; porque recorriendo y tomando bajo
su amparo los pueblos, confirmó su gobierno y les hizo
donativos, a unos de granos y a otros de aceite; pues se cuenta
haber sido tan grande el repuesto que se encontró, que
antes faltó a quién darlo y quién lo pidiese,
que agotarse lo que se tenía prevenido. Habiendo visto
en Delfos un gran pedestal construido de piedras blancas, sobre
el que había de colocarse una estatua de oro de Perseo,
mandó que en vez de aquella se pusiese la suya, pues era
razón que los vencidos cediesen su puesto a los vencedores.
Y en Olimpia se refiere que profirió aquel dicho tan celebrado:
Que Fidias había esculpido el Zeus de Homero. Al llegar
de Roma diez mensajeros, restituyó a los Macedonios su
tierra y sus ciudades libres e independientes, mas con el tributo
a favor de Roma de cien talentos, menos de la mitad de aquello
con que contribuían a los reyes; ordenó espectáculos
y juegos de todas especies y sacrificios a los Dioses, y dio cenas
y banquetes, gastando con profusión de la despensa real;
pero en el orden y aparato, en las salutaciones y demás
cumplidos, en la distribución del lugar y honor que a cada
uno le era debido, manifestó un conocimiento tan diligente
y cuidadoso, que se maravillaron los Griegos de que para tales
desahogos no le faltase atención, sino que, con ejecutar
tan grandes hazañas, aun las cosas pequeñas las
pusiese tan en su punto. Estaba también muy complacido
por advertir que entre tanta prevención y tanto brillo
él era el más dulce recreo y espectáculo
para los que con él asistían. A los que mostraban
maravillarse de su desvelo respondía que a un mismo ingenio
pertenecía disponer bien un ejército y un banquete:
aquel para hacerle el más terrible a los enemigos, y éste
el mas grato a los convidados. Ni era menos celebrada de todos
su liberalidad y grandeza de ánimo; pues con haber encontrado
amontonado mucho oro y mucha plata en los tesoros del rey, ni
siquiera quiso verlo, sino que lo puso a disposición de
los cuestores para el erario. Solamente a aquellos de sus hijos
que eran dados a las letras les permitió escoger entre
los libros del rey, y al distribuirlos premios del valor dio a
Elio Tuberón, su yerno, una copa de peso de cinco libras.
Este es aquel Tuberón de quien dijimos vivía con
once parientes suyos en una misma casa, manteniéndose todos
con el producto de un campo muy pequeño. Dícese
que esta fue la primera plata que entró en la casa de los
Elios, ganada con la virtud y el valor, y que fuera de esta alhaja,
nunca ni ellos ni sus mujeres usaron cosa de oro o plata.
XXVIII. Habiendo ordenado convenientemente todos sus negocios,
se despidió de los Griegos, y exhortando a los Macedonios
a que tuvieran en memoria la libertad recibida de los Romanos,
y a que la conservasen con las buenas leyes y la concordia, se
retiró a Epiro, por haber recibido un decreto del Senado,
en el que se le prescribía que de aquellas ciudades tomara
con qué socorrer a los soldados que bajo sus órdenes
habían peleado en la batalla contra Perseo. Propúsose
que se cayera sobre todos repentinamente y cuando nadie lo esperase,
para lo que hizo comparecer a diez hombres de los principales
de dicha ciudad, y les dio orden de que cuanta plata y oro hubiese
en las casas y en los templos la recogiesen para el día
señalado; dio a cada diputación, como si fuera para
aquel objeto, una escolta de soldados y un caudillo, el cual había
de aparentar que buscaba y recogía el dinero. Llegado el
día, a una y en un mismo momento se entregaron todos a
la persecución y saqueo de los enemigos; de manera que
en sola una hora hicieron cautivos a ciento cincuenta mil hombres
y arrasaron setenta ciudades, y no vino a recibir cada soldado
en donativo arriba de once dracmas, con haber sido tal la destrucción
y ruina: horrorizando a todos el fin de esta guerra, viendo que
tan poca era la utilidad y ganancia que a cada uno había
resultado del destrozo de toda una nación.
XXIX. Emilio se vio en la precisión de ordenarlo muy contra
su naturaleza, que era benigna y apacible; y una vez ejecutado
bajó a Orico, de donde, hecha la travesía para la
Italia con sus tropas, subió luego por el río Tíber
en una galera real de diez y seis remos, adornada con armas de
las cogidas a los enemigos y con ropajes de grana y de púrpura;
de modo que los Romanos, que por las orillas concurrían
como a un espectáculo triunfal, gozaron anticipadamente
de su pompa, llegando bien adelante, por cuanto la corriente apenas
daba paso a la embarcación. Repararon entonces los soldados
en el inmenso botín, y como, no les había tocado
lo que deseaban, incomodáronse dentro de sí mismos
por esta causa, quedando muy irritados contra Emilio; pero en
público se quejaron de que los había tratado dura
y despóticamente, y con este pretexto no hicieron gran
empeño para que se le decretara el triunfo. Llególo
a entender Sergio Galba, enemigo de Emilio, que había sido
tribuno bajo sus órdenes, y se presentó a sostener
decidida y manifiestamente que no debía concedérsele.
Levantándole, pues, entre la turba militar muchas calumnias,
y atizando el encono con que ya le miraban, pidió a los
tribunos de la plebe otro día, porque aquel no podía
bastar para la acusación, no quedando ya sino cuatro horas.
Mas los tribunos le prescribieron que dijese lo que tuviera que
decir, y él, empezando de muy lejos y haciendo un discurso
lleno de toda especie de dicterios, consumió todo el tiempo;
y como, por haberse hecho de noche, los tribunos disolviesen la
junta, los soldados se unieron a Galba, tomando con éste
bríos, y animándose unos a otros se volvieron a
presentar muy de mañana en el Capitolio: porque allí
habían de tener los tribunos la nueva junta.
XXX. Hízose la votación luego que fue de día,
y la primera tribu votó contra el triunfo. Difundióse
la noticia por la ciudad, y llegó a conocimiento del pueblo
y del Senado. La plebe veía con disgusto el que se afrentase
a Emilio, sobre lo que prorrumpía en inútiles quejas;
pero los principales del Senado, diciendo a gritos que era insufrible
lo que pasaba, se incitaban unos a otros para hacer frente al
desacato y temeridad de los soldados, que si no se le opusiese
resistencia se propasaría a todo desorden y violencia,
saliéndose con privar a Emilio de los honores de la victoria.
Penetraron, pues, por entre la muchedumbre, y, subiendo en gran
número, intimaron a los tribunos que suspendiesen la votación
hasta que manifestasen al pueblo cuáles eran sus deseos.
Contuviéronse todos, e impuesto silencio, se levantó
Marco Servilio, varón consular, que en desafío había
muerto a veintitrés enemigos, y ahora conozco- dijo-
cuán grande general es Paulo Emilio, viendo que con un
ejército, en que no se advierte sino indisciplina y maldad,
ha podido ejecutar tan grandes y tan singulares hazañas,
y me maravillo de que el pueblo, que tanto se honra con los triunfos
alcanzados de los Ilirios y de los Ligures, no quiera hacer demostración
por haberse tomado vivo con las armas romanas al rey de los Macedonios
y haber sido traída en cautiverio la gloria de Alejandro
y de Filipo. Porque ¿no será cosa extraña
que se diga que a la primera voz, todavía incierta, de
esta victoria, esparcida por la ciudad, sacrificasteis a los Dioses,
haciendo votos por ver cuanto antes cumplido aquel rumor, y que
cuando el general viene con la certeza de la victoria privéis
a los Dioses de su debido honor y a vosotros mismos del regocijo
que es propio, como si temieseis que se manifestase la grandeza
de tan admirable suceso, como si tuvieseis miramiento con el rey
cautivo? Y en caso, menos malo sería que el triunfo se
negase por compasión a éste, que no por envidia
al general. Pero la malignidad ha tomado tanto ascendiente entre
vosotros, que un hombre jamás herido y de cuerpo garboso
y adamado, como criado a la sombra, se atreve en materia de mando
militar y de triunfo a llevar la voz ante vosotros mismos, amaestrados
con tantas heridas a discernir entre la virtud y la inutilidad
de los generales. Y al decir esto, desabrochándose
la ropilla, mostró en el pecho una multitud increíble
de cicatrices; pasó después a descubrir ciertas
partes del cuerpo, que no parece decente desnudar ante el pueblo,
y volviéndose a Galba: Tú, sin duda, le dijo,
te burlas de estas señales, mas yo las ostento con vanidad
a mis conciudadanos, pues por ellos, no bajando del caballo ni
de día ni de noche, las he recibido; pero vamos, llévalos
a votar, que yo bajaré y los seguiré a todos, y
con esto conoceré quiénes son los malos y desagradecidos
y los que en la guerra quieren más alborotar que obedecer
a guardar disciplina.
XXXI Dícese que de tal modo quebrantó y sorprendió
a la gente de guerra este discurso, que después, por las
otras tribus, le fue a Emilio decretado el triunfo. Ordenóse
luego, según la memoria que ha quedado, de esta manera:
el pueblo, habiéndose levantado tablados en los teatros
para las carreras de los caballos, que se llaman circos, y en
las inmediaciones de la plaza, y en todos los parajes por donde
había de pasar la pompa, la vio desde ellos, yendo toda
la gente vestida muy de limpio; los templos todos estaban abiertos
y llenos de coronas y perfumes; muchos alguaciles y maceros, apartando
a los que indiscretamente corrían y se ponían en
medio, dejaban libre y desembarazada la carrera. La ceremonia
toda se repartió en tres días, de los cuales en
el primero, que apenas alcanzó para el botín de
las estatuas, de las pinturas y de los colosos, tirado todo por
doscientas yuntas, esto mismo fue lo que hubo que ver. Al día
siguiente pasaron en muchos carros las armas más hermosas
y acabadas de los Macedonios, brillantes con el bronce o el acero
recién acicalado. La colocación, dispuesta con artificio
y orden, parecía fortuita y como hecha por sí misma;
los yelmos sobre los escudos; las corazas junto a las canilleras;
las adargas cretenses, las rodelas de Tracia, las aljabas mezcladas
con los frenos de los caballos, a su lado espadas desnudas, y
junto a éstas, las lanzas macedonias, habiéndose
dejado huecos proporcionados entre todas estas armas, con lo que
en la marcha, dando unas con otras, formaban un eco áspero
y desapacible, que aun con provenir de armas vencidas hacía
que su vista inspirase miedo. En pos de estos carros de armas
marchaban tres mil hombres, conduciendo la moneda de plata en
setecientas y cincuenta esportillas de a tres talentos, y a cada
uno de éstos le acompañaban otros cuatro. Seguían
luego otros, que conducían salvillas, vasos, jarros y tazas
de plata, muy bien colocadas todas estas piezas para que pudieran
verse, y primorosas en sí, y por lo grandes y dobles que
aparecían.
XXXII. En el día tercero, muy de mañana, abrieron
la pompa trompeteros, que tocaban, no una marcha compasada y propia
del caso, sino aquella con que se incitan los Romanos a sí
mismos en medio de la batalla; y en seguida eran conducidos ciento
veinte bueyes cebones, a los que se les habían dorado los
cuernos, y que habían sido adornados con cintas y coronas.
Los jóvenes que los llevaban, ceñidos con fajas
muy vistosas, los guiaban al sacrificio, y con ellos otros más
mocitos con jarros de plata y oro para las libaciones. Venían
luego los que conducían la moneda de oro, repartida en
esportillas de a tres talentos, como la de plata, y éstas
eran al todo setenta y siete. Tras éstos seguían
los que conducían el ánfora sagrada, que Emilio
había hecho guarnecer con pedrería de hasta diez
talentos, y los que iban enseñando las antigónidas,
las seléucidas, las tericleas y demás piezas de
la vajilla que usaba Perseo en sus banquetes. En pos iba el carro
de Perseo y sus armas, y la diadema puesta sobre las armas. Después,
con algún intervalo, eran conducidos como esclavos las
hijos del rey, y con ellos una turba de camareros, de maestros
y de ayos, bañados en lágrimas, y que tendían
las manos a los espectadores, adiestrando a los niños a
pedir y suplicar. Eran éstos dos varones y una hembra,
poco atentos a la magnitud de sus desgracias a causa de la edad,
y por lo mismo esta simplicidad suya en semejante mudanza los
hacía más dignos de compasión; de manera
que estuvo en muy poco el que Perseo se les pasase sin ser visto,
tan fija tenían los Romanos la vista por compasión
sobre aquellos inocentes. A muchos les sucedió caérseles
las lágrimas, y entre todos no hubo ninguno para quien
en aquel espectáculo no estuviese mezclado el pesar con
el gozo hasta que los niños hubieron pasado.
XXXIII. No venía muy distante de los hijos y de su servidumbre
el mismo Perseo, envuelto en una mezquina capa, calzado al estilo
de su patria y como embobado y entontecido con el exceso de sus
males; seguíanle inmediatamente muchos amigos y deudos,
anegados sus rostros en llanto, y manifestando a los espectadores
con mirar incesantemente a Perseo, y llorar, que era la suerte
de aquel por la que se dolían, teniendo en muy poco la
propia desventura. Habíase dirigido antes a Emilio, pidiéndole
que no le llevasen en la pompa y que le excusara el triunfo; mas
éste, escarneciéndole, a lo que parece, por su cobardía
y apego a la vida; pues esto- respondió- en su mano
ha estado, y lo está todavía sí quiere,
dando a entender que, pues, por cobardía no había
tenido valor para sufrir la muerte antes que la afrenta, seducido
con lisonjeras esperanzas, esto era lo que había hecho
que fuera contado entre sus despojos. Venían en pos inmediatamente
cuatrocientas coronas de oro, que las ciudades habían enviado
con embajadas a Emilio por prez de la victoria. Finalmente, venía
él mismo, conducido en un carro magníficamente adornado;
varón que, aun sin tanta autoridad, se atraía las
miradas de todos. Vestía un ropaje de diversos colores,
bordado de oro, y con la diestra alargaba un ramo de laurel. Iguales
ramos llevaba el ejército que iba en pos del carro del
general, formado por compañías y batallones, cantando
ya canciones patrióticas, serias y jocosas, y ya himnos
de victoria y alabanzas de los sucesos, encaminadas principalmente
a Emilio, mirado y acatado de todos, y sin dar envidia a ninguno
de los hombres de bien, sino que debe de haber algún mal
Genio que tenga por oficio apocar las grandes y sobresalientes
felicidades y aguar la vida de los hombres, para que ninguno la
tenga exenta y pura de males, sino que parezca que aquel sale
bien librado, según la sentencia de Homero, en cuyos sucesos
alternativamente use de sus mudanzas la Fortuna.
XXXIV. Así es que, teniendo Emilio cuatro hijos, dos trasladados
a otras familias, como ya dijimos, a saber, Escipión y
Fabio, y dos en la edad de la puericia, que los mantenía
en casa, nacidos de la segunda mujer, de éstos el uno falleció
cinco días antes de triunfar el padre, en la edad de catorce
años, y el otro murió de doce, tres días
después de la misma ceremonia; de manera que no hubo Romano
a quien no alcanzase aquella pesadumbre: y antes todos se horrorizaron
de tal crueldad de la Fortuna, que no tuvo reparo en derramar
tanto luto sobre una casa abastada de respeto, de júbilo
y de fiestas, mezclando los lamentos y las lágrimas con
los himnos de victoria y los triunfos.
XXXV. Por lo que hace a Emilio, teniendo bien considerado que
los hombres han menester valerse de la fortaleza y osadía,
no sólo contra las armas y las lanzas, sino también
contra todos los casos de la Fortuna, se preparó y dispuso
de tal manera para esta mezcla de sucesos, que, compensándose
lo adverso con lo próspero y lo doméstico con lo
público, en nada se apocó la grandeza o se oscureció
el esplendor de su victoria. Por tanto, luego que dio sepultura
al primero de sus hijos, celebró el triunfo como hemos
dicho; y muerto el segundo, después de aquella solemnidad,
congregó a los Romanos en junta pública y les dirigió
un razonamiento propio, no de un hombre que necesitaba consuelo,
sino de quien se proponía consolar a sus conciudadanos
afligidos con sus propios infortunios. Nunca temí
nada- les dijo- en las cosas humanas; mas en las superiores, recelando
siempre de la Fortuna como de la cosa más instable y varia,
al ver que más principalmente en esta guerra, como un viento
favorable, había precedido a mis negocios, no dejé
de esperar alguna mudanza y contrariedad. Porque atravesando desde
Brindis al Mar Jonio, en un día aporté a Corcira,
y estando allí al séptimo en Delfos sacrificando
a Apolo, en otros cinco me reuní con el ejército;
y hecha la ceremonia de su purificación, según costumbre,
dando principio a las operaciones de guerra, en otros quince días
le di el complemento más glorioso. Desconfiado, pues, de
la Fortuna por el curso tan próspero de los sucesos, pues
que fue grande la seguridad y ninguno el peligro de parte de los
enemigos, entonces más particularmente empecé a
temer para el regreso por mar la mudanza de algún Genio,
habiendo vencido con feliz suerte tan numeroso ejército
y trayendo despojos y reyes cautivos. vosotros, y encontrando
la ciudad rebosando júbilo, en aplausos y en fiestas, todavía
no dejé de sospechar de la Fortuna, sabiendo que no lisonjea
en las cosas grandes a los hombres con nada que sea cierto y sin
desquite; nunca mi alma depuso este miedo, agitada siempre y en
observación de lo futuro, hasta que me hirió en
mi casa con tamaña desventura, teniendo que celebrar unos
en pos de otros, en los días más festivos y solemnes,
los funerales de los dos más amables hijos que había
reservado para que fuesen mis herederos. Considérome, pues,
ahora, fuera de todo grave peligro, y aun conjeturo y pienso que
para mí mismo ha de permanecer ya la Fortuna inocente y
segura, pues parece que se ha valido para mi castigo de males
tan grandes como han sido mis prosperidades: no siendo menos evidente
el ejemplo que da de la humana miseria en el triunfador que en
el conducido triunfo, y aun con la diferencia de que Perseo, vencido,
conserva sus hijos, y el vencedor Emilio ha perdido los suyos.
XXXVI Este fue el magnífico y noble razonamiento que con
sencilla y verdadera prudencia se dice haber dirigido Emilio al
pueblo en aquella sazón. En cuanto a Perseo, aunque aquel
tuvo ánimo de manifestar compasión por la mudanza
de su suerte y prestarle auxilios, nada más se sabe sino
que fue trasladado de la que los Romanos llaman cárcel
a un lugar más decente, en el que, se le trató con
más humanidad; pero custodiado siempre en él, según
la opinión del mayor número de escritores, se quitó
a sí mismo la vida, negándose a tomar alimento.
Más con todo, hay algunos que señalan otra causa
particular y extraña de su muerte; pues dicen que estando
incomodados e irritados con él los soldados encargados
de custodiarle, como no pudiesen ofenderle ni molestarle en otra
cosa, le despertaban del sueño, estando siempre atentos
a que no se durmiese y a desvelarle por todos medios, hasta tanto
que con esta especie de mortificación acabó sus
días. Murieron también dos de sus hijos, y del tercero
llamado Alejandro, se dice que fue primoroso y de grande ingenio
en el cincelar y tornear; y que habiendo aprendido las letras
y la lengua romana, fue amanuense de los primeros magistrados,
por haberse visto que era muy diestro y elegante en este ejercicio.
XXXVII. Entre estos brillantes sucesos de la guerra macedónica,
lo que concilió a Emilio mayor aprecio entre todos fue
haber puesto en el erario tal cantidad de dinero, que no hubo
necesidad de que contribuyera el pueblo hasta los tiempos de Hircio
y Pansa, que fueron cónsules hacia la primera guerra de
Antonio y César; pero lo más particular y admirable
en Emilio fue que con ser muy venerado y honrado del pueblo, se
mantuvo siempre, sin embargo, en el partido aristocrático,
no diciendo ni haciendo nunca nada por complacer a la muchedumbre,
sino uniéndose siempre en las cosas de gobierno con los
más distinguidos y principales de la república,
que fue con lo que más adelante reconvino Apio a Escipión
Africano. Porque siendo ambos entonces de los más principales
de la ciudad, pidieron a un tiempo la dignidad censoria: aquel,
teniendo de su parte al Senado y a los más principales,
manejo que en los Apios era hereditario, y éste, aunque
grande de por sí, favorecido siempre con el celo y amor
de la muchedumbre. Pues como al entrar en la plaza Escipión
le viese Apio llevar a su lado a hombres ruines y de condición
servil, libertos y propios para concitar la muchedumbre y violentarlo
todo con atropellamiento y gritería, alzando la voz: ¡Oh
Paulo Emilio- le dijo-, gime debajo de tierra al ver que Emilio
el pregonero y Licinio Filonico promueven a la censura a tu hijo!
Así Escipión, favoreciendo al pueblo, se ganó
su benevolencia; y Emilio, con ser del partido aristocrático,
no fue por esto menos amado de la muchedumbre que el que pudiera
parecer más demagogo y más dedicado a lisonjear
al pueblo. Vióse esto en que le tuviesen por digno de otros
cargos, y del de la misma censura, que es el más sagrado
de todos y el de mayor autoridad para otras cosas y para el examen
del modo de vivir de cada uno. Porque tienen los censores facultad
para excluir del Senado al que vive desarregladamente, para nombrar
al de mayor probidad y para castigar a los jóvenes privando
de la dignidad ecuestre al que es disipador. Tócales también
el investigar la hacienda de cada uno y celebrar el lustro; y
en su tiempo se halló ser el censo de Roma trescientos
treinta y siete mil cuatrocientos cincuenta y dos hombres, dio
asimismo el primer lugar en el Senado a Marco Emilio Lépido,
que ya cuatro veces había obtenido esta preferencia; expelió
de él a tres senadores de los de menos nombre, y tanto
él mismo como su colega Marcio Filipo se condujeron con
mucha moderación en el examen de los escritos en el orden
ecuestre.
XXXVIII. Llevados a cabo muchos y grandes negocios, fue acometido
de una enfermedad peligrosa al principio, pero después
sin riesgo, aunque trabajosa y de desesperada curación.
Persuadiéronle los médicos que pasase a Elea de
Italia [Velia], donde permaneció largo tiempo en países
litorales, en que gozaba de la mayor quietud; pero los Romanos
deseaban verle, y en los teatros se habían dejado oír
muchas voces que indicaban este deseo; por lo que, como fuese
preciso un solemne sacrificio y se sintiese con alivio, regresó
a Roma. Celebró, pues, el indicado sacrificio con los demás
sacerdotes, concurriendo mucho pueblo, y manifestándose
muy contento, y al día siguiente sacrificó él
mismo a los Dioses otra vez por su salud. Cumplida esta segunda
ceremonia, volvió a su casa y se acostó; y sin advertir
o conocerse novedad, cayó en un accidente que le privó
de todo sentido, y murió al tercero día, sin que
en vida hubiese podido echar de menos nada de cuanto los hombres
creen que conduce para la felicidad. Hasta la solemnidad de su
enterramiento fue de gran aparato y digna de verse, correspondiendo
a la virtud de tal varón sus magníficos y concurridos
funerales. No se echaban de ver en éstos el oro ni el marfil,
ni los exquisitos y preciosos adornos de tal pompa, sino la benevolencia,
el respeto y el amor, no solamente de parte de los ciudadanos,
mas aun de los enemigos; pues cuantos se hallaron presentes de
los Españoles, los Ligures y los Macedonios, si eran jóvenes
y robustos, echaban- mano al féretro y le conducían
sobre sus hombros; y los más ancianos iban en rededor de
él, aclamando a Emilio por bienhechor y salvador de su
respectiva patria. Porque no solamente los trató a todos
blanda y humanamente mientras los gobernó, sino que por
toda la vida les hizo cuanto bien pudo y cuidó de ellos
como si fueran sus familiares y deudos. Su hacienda dicen que
apenas ascendió a trescientos setenta mil denarios, de
la que dejó por herederos a sus hijos; pero Escipión
el menor dejó que toda la llevase su hermano, habiendo
él pasado por adopción a una casa muy rica, como
lo era la de Africano. Tal se dice haber sido las costumbres y
la vida de Paulo Emilio.
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