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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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ARTÍCULOS
SÓFOCLES
Y EURÍPIDES
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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Web sobre Latín Online
OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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EUMENES
I. Del padre de Éumenes Cardiano dice
Duris haber sido por su pobreza carretero en el Quersoneso, a
pesar de lo cual había recibido el hijo una honesta educación,
así en las letras como en los ejercicios de la palestra;
y que siendo todavía muchacho, Filipo, que iba de viaje
y se detuvo algún tiempo, concurrió a ver los entretenimientos
de los niños cardianos y las luchas de los mozos, y como
entre éstos se distinguiese Éumenes, dando muestras
de ser activo y valiente, agradándose de él se lo
llevó consigo. Parece, no obstante, estar más en
lo cierto los que atribuyen al hospedaje y a la amistad con el
padre aquella demostración de Filipo. Después de
la muerte de éste, a ninguno de cuantos quedaron al lado
de Alejandro aparecía inferior ni en prudencia ni en lealtad,
y aunque no tenía otro título que el de jefe de
los amanuenses, estaba en igual honor que los más amigos
y allegados: tanto, que fue enviado a la India con un ejército
de único general, y se le dio el mando de la caballería
que antes tenía Perdicas, cuando éste, muerto Hefestión,
ocupó su lugar y mando. Por lo mismo, cuando el escudero
mayor Neoptólemo dijo, después de la muerte de Alejandro,
que él le seguía llevando el escudo y la lanza,
y Éumenes llevando el punzón y los tabletas, se
le burlaron los Macedonios, por saber que Éumenes, además
de otras distinciones, había merecido al Rey la de hacerle
su deudo por medio de un enlace. Porque habiendo sido Barsine,
hija de Artabazo, la primera a quien amó en el Asia, y
de la que tuvo un hijo llamado Heracles, de las hermanas de ésta,
a Apama la casó con Tolomeo, y a la otra, Barsine, con
Éumenes, cuando hizo aquel reparto de las mujeres persas
y las colocó con sus amigos.
II. Con todo, tuvo altercados en muchas ocasiones con Alejandro,
y corrió peligro a causa de Hefestión. En primer
lugar, repartió éste a Evio el flautista una casa,
de la que para Éumenes habían antes tomado posesión
sus criados, e irritándose con este motivo Éumenes
contra Alejandro, exclamó, llevando en su compañía
a Méntor, que más valía ser flautista o farsante,
arrojando las armas de la mano, de resulta de lo cual Alejandro
tomó parte en el enfado de Éumenes y reprendió
a Hefestión. Mas arrepintióse muy luego, y volvió
su enojo contra Éumenes, por parecerle que, más
bien que libre con Hefestión, había andado descomedido
con él. Envió después a Nearco con una expedición
al mar exterior, para lo que pidió caudales a sus amigos,
por no haberlos en el erario real. A Éumenes le pidió
trescientos talentos; pero como no le diese más que ciento,
y aun éstos de mala gana y diciendo que con trabajo los
había recogido de sus administradores, no se mostró
ofendido ni los recibió; pero reservadamente dio orden
a algunos de su familia de que pusieran fuego a la tienda de Éumenes,
con el designio de cogerlo en mentira al tiempo de hacer la traslación
de su dinero. Ardió la tienda antes de tiempo, con sentimiento
de Alejandro, por haberse quemado los escritos de secretaría;
pero el oro y plata fundido por el fuego se halló y pasaba
de mil talentos. No tomó nada, sin embargo; y antes, escribiendo
a todos los sátrapas y generales para que le enviaran copias
de los originales que se habían perdido, mandó a
Éumenes que los recogiese. En otra ocasión tuvo
con Hefestión contienda por cierto presente, en la que
dijo y oyó muchos denuestos; no por eso recibió
entonces menos, pero habiendo muerto Hefestión de allí
a poco el Rey, que lo sintió mucho, se mostraba desabrido
y grave con todos aquellos que le parecía haber mirado
con envidia a Hefestión mientras vivió y haberse
alegrado de su muerte; entre éstos, era de Éumenes
de quien tenía mayores sospechas, y muchas veces recordaba
aquellas contiendas y reprensiones; mas éste, que era astuto
y hábil, trató de salvarse por aquel mismo lado
por donde era ofendido: porque se acogió al celo y empeño
con que Alejandro quería honrar a Hefestión, proponiendo
aquellos honores que más habían de ensalzar al difunto
y gastando de su dinero en la construcción del monumento
con profusión y largueza.
III. Muerto Alejandro, como las tropas no quisiesen obedecer
a sus validos, Éumenes en su ánimo favorecía
a éstos, pero de palabras se mostraba indiferente entre
unos y otros, porque, siendo extranjero, no le correspondía
mezclarse en las disputas de los Macedonios; mas luego, cuando
los demás favoritos salieron de Babilonia, habiéndose
él quedado en la ciudad, aplacó a una gran parte
de la infantería y la hizo más dócil para
la reconciliación. Aviniéronse después entre
sí los generales, sosegadas que fueron aquellas primeras
discordias, y repartiéndose las satrapías y comandancias,
a Éumenes le tocaron la Capadocia y la Paflagonía,
por donde confina con el mar Póntico, hasta Trapezunte,
que todavía no pertenecía a los Macedonios, reinando
Ariarates en aquella región; por tanto, era necesario que
Leonato y Antígono acompañasen a Éumenes
con poderosas fuerzas, para darlo a reconocer por sátrapa
de ella. Como Antígono, que pensaba ya en bandearse por
sí, y miraba con desprecio a los demás, no se prestase
a ejecutar las órdenes de Perdicas, Leonato bajó
con Éumenes a la Frigia, tomando a su cargo aquella expedición;
pero habiéndose unido con él Hecateo, tirano de
los Cardianos, y rogándole que auxiliase con preferencia
a Antípatro y a los que se hallaban sitiados en Lamia,
se decidió a esta marcha, llamando a Éumenes, a
quien reconcilió con Hecateo; había, efectivamente,
entre ellos ciertos recelos, nacidos de disensiones políticas,
y Éumenes en muchas ocasiones había acusado abiertamente
la tiranía de Hecateo, excitando a Alejandro a que diera
la libertad a los Cardianos. Por tanto, repugnando Éumenes
aquella expedición contra los Griegos, y confesando que
recelaba de Antípatro, no fuera que en obsequio de Hecateo,
y aun por satisfacer su odio propio, le quitara la vida, Leonato
usó con él de confianza, y nada le ocultó
de cuanto meditaba, revelándole que el auxilio aquel a
que parecía prestarse no era más que apariencia
y pretexto, siendo su designio apoderarse inmediatámente
que llegara de la Macedonia; y aun le mostró algunas cartas
de Cleopatra, que le llamaba a Pela, al parecer, para casarse
con él; pero Éumenes, o por temor de Antípatro
o por desconfianza de Leonato, que era arrebatado y se gobernaba
por ímpetus precipitados, levantó de noche el campo,
llevándose cuanto le pertenecía, que eran trescientos
hombres de caballería, doscientos jóvenes de los
de su familia, armados, y en oro, reducido a la cuenta de la plata,
hasta cinco mil talentos. De este modo huyó en busca de
Perdicas, a quien participó los intentos de Leonato, y
con quien gozó desde luego de mucho poder, habiéndole
éste hecho de su Consejo. De allí a poco volvió
a marchar a la Capadocia con bastantes fuerzas, acompañándole
el mismo Perdicas, que en persona iba acaudillándolas,
y habiendo sido tomado cautivo Ariarates, y rendídose toda
la provincia, fue en ella reconocido por sátrapa. Puso,
pues, las ciudades en manos de sus amigos, estableció gobernadores
en las fortalezas, y nombró los jueces y procuradores que
le pareció, sin que Perdicas se mezclara en ninguno de
estos negocios; hecho el cual, se restituyó en su compañía,
ya por mostrársele agradecido y ya también porque
no quería dejar la corte.
IV. Estaba confiado Perdicas en que podría por sí
mismo poner en ejecución sus planes; pero entendiendo que
para tener guardadas las espaldas necesitaba de un centinela activo
y de fidelidad, despachó de la Cilicia a Éumenes,
en apariencia a su satrapía, pero en realidad para tener
a raya a la Armenia, que confinaba con sus Estados, y en la que
andaba promoviendo sediciones Neoptólemo. A éste,
aunque era de genio orgulloso y altanero, procuró atraerlo
Éumenes por medio de amistosas conferencias; él
en tanto, hallando inquieta e insolente a la falange macedonia,
dispuso prepararle como rival una fuerza de caballería;
para lo cual concedió a los naturales que podían
servir en esta arma exención de pechos y tributos; y entre
éstos, a aquellos de quienes vio podría fiarse les
repartió caballos, que compró a su costa; alentó
sus ánimos con honores y distinciones, y habituó
tanto sus cuerpos al trabajo por medio del ejercicio y las evoluciones,
que de los Macedonios unos se quedaron asombrados y otros cobraron
ánimo, viendo que en tan corto tiempo había reunido
bajo sus órdenes una tropa de caballería que no
bajaría de seis mil trescientos hombres.
V. Más adelante, cuando Crátero y Antípatro,
después de sojuzgados los Griegos, pasaron al Asia con
designio de disipar el poder de Perdicas, y se dijo que primero
invadirían la Capadocia, Perdicas, que estaba haciendo
la guerra a Tolomeo, nombró a Éumenes general en
jefe de todas las tropas de la Armenia y la Capadocia, y al mismo
tiempo dirigió cartas en que mandaba que Álcetas
y Neoptólemo estuvieran a las órdenes de Éumenes,
y que éste se condujera en los negocios como viera que
convenía; pero Álcetas, desde luego, se negó
a concurrir por su parte, diciendo que los Macedonios que militaban
bajo su mando contra Antípatro se avergonzaban de pelear,
y a Crátero aun estaban dispuestos a recibirlo con la mejor
voluntad. Por lo que hace a Neoptólemo, no se le ocultó
a Éumenes que le estaba fraguando una traición;
llamóle, pues, y en lugar de obedecer se dispuso a combate.
Entonces por primera vez sacó Éumenes fruto de su
previsión y sus aprestos, porque, vencida ya su infantería,
rechazó con la caballería a Neoptólemo, tomándole
todo su bagaje; y cargando con fuerza sobre las tropas enemigas,
dispersas con motivo de seguir el alcance, las obligó a
rendir las armas y a que, prestado nuevo juramento sirvieran con
él. Neoptólemo, pues, recogiendo de la fuga unos
cuantos, se fue a amparar de Crátero y Antípatro,
de parte de los cuales se había ya enviado una embajada
Éumenes, proponiéndole que se pasara a su partido
y recogiera el fruto, no sólo de conservar las satrapías
que ya tenía, sino de recibir además de ellos más
estados y tropas, haciéndose amigo de Antípatro,
de enemigo que antes era, y no convirtiéndose de amigo
en contrario de Crátero. Oída la embajada, respondió
Éumenes que, siendo antiguo enemigo de Antípatro,
no se haría ahora su amigo, y más cuando veía
que él no hacía diferencia entre unos y otros; y
en cuanto a Crátero, estaba pronto a reconciliarle con
Perdicas y a que se avinieran a lo justo, y equitativo; pero que
si empezaba a ofenderle, estaría por él agraviado
mientras tuviese aliento, y antes perdería su persona y
su vida que faltar a su lealtad.
VI Recibida por Antípatro esta respuesta, pusiéronse
a deliberar sobre sus negocios muy despacio; y llegando a este
tiempo Neoptólemo, en consecuencia de su retirada, les
dio cuenta de la batalla, requiriéndolos, sobre que le
diesen ayuda, con encarecimiento a entrambos, pero sobretodo a
Crátero, diciendo que era muy deseado de los Macedonios,
y que con sólo ver su sombrero u oír su voz, corriendo
se pasarían a él con las armas. Porque, en verdad,
era grande la reputación de Crátero, y muchos los
que se inclinaban a su favor después de la muerte de Alejandro,
trayendo a la memoria que repetidas veces, a causa de ellos, había
sufrido de éste notables desvíos, oponiéndosele
al verle inclinado a imitar el fausto persa, y defendiendo las
costumbres patrias, que por el lujo y el orgullo eran ya miradas
con desdén. Entonces, pues, Crátero envió
a Antípatro a la Cilicia, y él, tomando la mayor
parte de las fuerzas, marchó con Neoptólemo contra
Éumenes, creyendo cogerle desprevenido, en momentos en
que sus tropas estarían entregadas al desorden y a la embriaguez,
por haber acabado de conseguir una victoria. El que Éumenes
hubiese previsto su venida y se hubiera apercibido, podría
decirse que era más bien efecto de un mando vigilante que
no de una pericia suma; pero el haber no solamente evitado que
los enemigos entendieran qué era en lo que él flaqueaba,
sino haber hecho tomar las armas contra Crátero a los que
con él militaban, sin saber contra quién contendían
ni dejarles conocer quién era el general contrario: tal
ardid parece que exclusivamente fue propio de este general. Hizo,
pues, correr la voz que volvía Neoptólemo, y con
él Pigris, trayendo soldados de a caballo capadocios y
paflagonios. Era su intento marchar de noche, y en la que había
de ejecutarlo, cogiéndole el sueño, tuvo una visión
extraña. Parecióle ver dos Alejandros que se disponían
a hacerse mutuamente la guerra, mandando cada uno un ejército;
y que después se aparecieron, Atena para auxiliar al uno,
y Deméter, para auxiliar al otro. Trabóse un recio
combate, y habiendo sido vencido el favorecido de Atena, Deméter
cortó unas espigas y tejió una corona al vencedor.
Por aquí infirió que el sueño se dirigía
a él, pues que peleaba por el más delicioso país,
en el que se veía mucha espiga que apuntaba del cáliz;
porque todo estaba sembrado y ofrecía el aspecto propio
de la paz, estando de una y otra parte muy vistosos los campos
con aquella verde cabellera. Aseguróle todavía más
el saber que la seña de los enemigos era Atena y Alejandro;
y él dio también por seña Deméter
y Alejandro, mandando que todos tomasen espigas y con ellas cubriesen
y coronasen las armas. Muchas veces estuvo para descubrir y anunciar
a los demás jefes y caudillos quién era aquel con
quien iba a pelear, no siendo él solo depositario de un
arcano que tanto convenía guardar y encubrir; pero al cabo
se atuvo a su primer discurso, y no confió aquel peligro
a otro juicio que el suyo.
VII. No puso, para hacer frente a Crátero, a ninguno de
los Macedonios, sino dos cuerpos de caballería extranjera,
mandados por Farnabazo, hijo de Artabazo, y por Fénix Tenedio,
a quienes dio orden de que, en viendo a los enemigos, los acometieran
y vinieran con ellos a las manos con toda presteza, sin darles
tiempo alguno y sin admitirles parlamentario: porque temía
en gran manera a los Macedonios, no fuese que conociendo a Crátero
desertaran y se pasaran a él. Por su parte, formando un
escuadrón con los más esforzados, también
de caballería, en número de trescientos, y colocándose
a la derecha, se dispuso a combatir con Neoptólemo. Luego
que, pasada una loma que había en medio, los descubrieron,
como cargasen con mucha velocidad y extraordinario ímpetu,
sorprendido Crátero, se quejó amargamente con Neoptólemo
por haberle engañado acerca de pasársele los Macedonios,
y exhortando a los caudillos que le asistían a portarse
con valor acometió igualmente contra los enemigos. Habiendo
sido sumamente violento este primer choque, y quebrádose
las lanzas, con lo que se hubo de venir a las espadas, Crátero
no hizo afrenta a la memoria de Alejandro, sino que derribó
a gran número de enemigos y rechazó muchas veces
a los que se le oponían; pero, herido al fin por un Tracio,
que le acometió de costado, cayó del caballo. Estando
en tierra, muchos pasaron de largo sin reparar en él, pero
Gorgias, uno de los caudillos de Éumenes, le conoció,
y apeándose le puso guardia, por verle muy mal parado y
casi moribundo. En esto también Neoptólemo trabó
combate por Éumenes; porque, aborreciéndose mutuamente
de antiguo y ardiendo en ira, en dos encuentros no se habían
visto, pero al tercero se conocieron y se vinieron al punto el
uno para el otro, metiendo mano a las espadas y alzando grande
vocería. Habiéndose encontrado los caballos con
la mayor violencia, al modo de galeras, dejaron caer ambos las
riendas y se asieron con las manos, quitándose los yelmos
y pugnando por desatar de los hombros las corazas. Mientras así
bregaban, huyeron el cuerpo los dos caballos y ellos vinieron
a tierra, agarrados como estaban, y empezaron otra lucha, en la
cual Éumenes partió a Neoptólemo una pierna
al irse a levantar el primero, y se apresuró a ponerse
en pie; mas Neoptólemo, apoyándose en la una rodilla,
perdida la otra, se defendía valerosamente, hiriendo de
abajo para arriba; pero sus golpes no eran mortales, y, herido
en el cuello, cayó desfallecido. Éumenes, llevado
de la ira y de su antiguo odio, se puso a quitarle las armas y
a decirle injurias, y él, que todavía tenía
la espada en la mano, sin que aquel lo percibiera, lo hirió
por debajo de la coraza por la parte que toca a la ingle; pero
la herida más fue para asustar que para ofender a Éumenes,
habiendo sido muy leve, por la falta de fuerza. Despojó,
pues, el cadáver, y aunque se sintió en mal estado
por sus heridas, teniendo pasados los muslos y los brazos, montó,
sin embargo, a caballo y dio a correr a la otra ala, creyendo
que todavía se sostenían los enemigos; mas, enterado
de la muerte de Crátero, pasó al sitio donde yacía,
y hallándole con aliento y en su acuerdo, echó pie
a tierra, y prorrumpiendo en lágrimas dijo mil imprecaciones
contra Neoptólemo y se lamentó tanto de la desgracia
de Crátero, como de la precisión en que a él
se le había puesto de tener que sufrir y ejecutar tales
cosas con un amigo y compañero de su mayor amor y confianza.
VIII. Ganó esta batalla Éumenes unos diez días
después de la primera, resultándole de ella la mayor
gloria, al ver que en sus hazañas tenían igual parte
la prudencia y el valor; pero atrájole al mismo tiempo
igual envidia y odio de parte de los aliados que de parte de los
enemigos, por cuanto un advenedizo y un extranjero, con las manos
y las armas de los mismos Macedonios, los había privado
del primero y más aventajado entre ellos. Si Perdicas,
al saber la muerte de Crátero, hubiera podido adelantarse,
ningún otro hubiera ocupado el lugar preeminente entre
los Macedonios; pero ahora, muerto Perdicas, con motivo de una
sedición en el Egipto dos días antes, había
llegado al campamento la nueva de esta batalla, e irritados con
ella los Macedonios habían decretado la muerte de Éumenes,
nombrando como caudillo de la guerra contra él a Antígono,
juntamente con Antípatro. En este tiempo, llegando Éumenes
a las dehesas donde pacían los caballos de Alejandro, tomó
los que había menester, y como cuidase de enviar recibo
a los encargados, se cuenta que Antípatro se puso a reír,
diciendo ser admirable la previsión de Éumenes,
que esperaba, o darles a ellos cuenta de los intereses del rey,
o haber de tomarla. Era el ánimo de Éumenes, siendo
superior en caballería, darles batalla en las llanuras
de Sardis, mirando además con complacencia poder hacer
al mismo tiempo ante Cleopatra alarde de sus fuerzas; pero, a
petición de ésta, que temía excitar sospechas
en el ánimo de Antípatro, pasó a la Frigia
superior, e invernó en Celenas, donde, queriendo competir
con él sobre el mando Álcetas, Polemón y
Dócimo, Esto es- les dijo- lo del proverbio: con
el fin nadie cuenta. Habiendo prometido a las tropas que
dentro de tres días les daría la soldada, puso en
venta las quintas y castillos de aquella región, llenos
de gentes y ganados. El general de división o comandante
de tropa extranjera que había sido comprador de alguno
recibía de Éumenes las máquinas y demás
instrumentos necesarios, y tomándolo por sitio, los soldados
se repartían la presa, en pago de lo que se les debía.
Con esto volvió Éumenes a adquirir estimación,
y habiendo aparecido en el campamento diferentes bandos que habían
hecho arrojar los generales de los enemigos, por los cuales se
ofrecían honores y cien talentos al que diera muerte a
Éumenes, se indignaron terriblemente los Macedonios e hicieron
acuerdo sobre que mil de los principales formaran su guardia,
custodiándole siempre, así de día como de
noche. Obedecíanle, pues, y tenían placer en recibir
de él los mismos honores que de los reyes, porque consideraban
a Éumenes con facultad de regalarles sombreros de diversos
colores y mantos de púrpura, que era el presente más
regio para los Macedonios.
IX. La prosperidad hincha y ensoberbece aun a los de ánimo
más pequeño: tanto, que al verlos en medio de sus
faustos sucesos parece que realmente están dotados de grandeza
y gravedad; pero el hombre verdaderamente magnánimo y fuerte
donde se ve y resplandece principalmente es en la adversidad y
en los reveses, como Eumenes; porque vencido de Antígono
por una traición en Orcinios de Capadocia, y siendo de
éste perseguido, no dio lugar a que el traidor se refugiara
entre los enemigos, sino que, echándole mano, le ahorcó;
huyendo luego por el camino opuesto de los que le perseguían,
lo torció, sin que éstos lo entendiesen, y dando
un rodeo, llegado que fue al sitio donde se dio la batalla, acampó
en él, recogió los cadáveres y con las puertas
de las casas de las aldeas vecinas, que hizo traer, quemó
con separación a los caudillos y con separación
a las tropas, y habiéndoles hecho sus cementerios se retiró:
de manera que, habiendo ido después allá Antígono,
no pudo menos de maravillarse de su arrojo y su serenidad. Cayó
después sobre el bagaje de Antígono, y estando en
su mano tomar muchas personas libres, muchos esclavos y gran riqueza
amontonada de tantas guerras y tan cuantiosos despojos, temió
que sus soldados, cargados con tanto botín y tanta presa,
se hicieran demasiado pesados para la fuga y muy delicados para
sobrellevar las continuas marchas y aguantar la dilación
y el tiempo, que era en el que principalmente ponía la
esperanza de aquella guerra, pensando en cansar y fatigar a Antígono.
Mas conociendo la dificultad de apartar a los Macedonios por medio
de una orden directa de una riqueza que podían contar por
suya, mandó que tomaran ellos alimento y dieran pienso
a los caballos, y en seguida marcharan contra los enemigos. En
tanto, envió secretamente quien a Menandro, jefe encargado
del bagaje de los enemigos, le advirtiese de su parte, como si
se interesara por él, convertido en su amigo y deudo, de
que estuviese apercibido y se retirara cuanto antes de aquellas
llanuras y lugares bajos, a la falda de los montes vecinos, inaccesible
a la caballería y poco propia para las sorpresas. Notó
Menandro inmediatamente el peligro, y partió de allí,
y Éumenes, entonces, a presencia de todos, envió
descubridores, dando ya la orden a los soldados de que se armasen
y pusieran los frenos a los caballos como para acometer inmediatamente
a los enemigos; pero, trayéndole los descubridores noticias
de que Menandro se había puesto en plena seguridad con
haberse retirado a lugares ásperos, fingiendo que se enfadaba,
marchó de allí con sus tropas. Dicese que, dando
parte Menandro a Antígono de esta ocurrencia, como los
Macedonios alabasen a Éumenes y se mostrasen más
benignos con él, porque siéndole fácil cautivar
a sus hijos y afrentar a sus mujeres se había ido a la
mano y tenídoles consideración, replicó Antígono:
No lo ha hecho por amor a nosotros, oh simples, sino por
temor de que estas riquezas fuesen grillos para su fuga.
X. Andando, pues, Éumenes fugitivo y errante, persuadió
a muchos de sus soldados que se retirasen, bien fuera por compasión
que les tuviese, o bien porque no quisiera llevar consigo menos
de los que eran menester para pelear y más de los que convenían
para no ser descubierto. Refugiándose, pues, en la fortaleza
de Nora, situada en el confín de la Licaonia y la Capadocia,
con quinientos caballos y doscientos infantes, otra vez despidió
de allí a aquellos de sus amigos que se lo habían
rogado, por no poder sufrir la aspereza del país y la escasez
de víveres, saludándolos a todos y tratándolos
con la mayor afabilidad. Sobrevino Antígono, y como le
llamase a una conferencia antes de llegar al extremo de ponerle
sitio, respondió que Antígono tenía muchos
amigos y muchos caudillos que le relevasen, pero que si él
faltaba, no les quedaría nadie a los que había tomado
bajo su amparo, proponiéndole que le enviara rehenes si
tenía por conveniente el que conferenciasen; y como insistiese
Antígono en que fuera a hablarle, por ser superior, repuso
que él no reconocía como superior a ninguno mientras
fuera dueño de su espada. Con todo, habiéndole Antígono
enviado a la fortaleza a su sobrino Tolomeo, como el mismo Éumenes
había exigido, entonces bajó, y abrazándose
se saludaron con amor y cariño, obsequiándose entre
sí y tratándose como amigos. Hablaron largamente,
y no habiendo Éumenes ni siquiera hecho mención
de seguridad y de paz, y antes sí pedido que se le sanearan
sus satrapías y se le hiciesen presentes, todos los que
allí se hallaban se quedaron pasmados, no acertando a ponderar
su resolución y osadía. Al mismo tiempo corrieron
muchos de los Macedonios, con el deseo de ver qué hombre
era Éumenes; porque después de la muerte de Crátero,
de ninguno se hablaba tanto en el ejército. Llegando, pues,
Antígono a temer por él no le hiciera alguna violencia,
primero hizo publicar que nadie se le acercase, y aun ahuyentó
con piedras a los que concurrían; al fin cogió entre
sus brazos a Éumenes, y haciendo que sus guardias retirasen
a la muchedumbre, con gran trabajo pudo ponerle en seguridad.
XI Levantó en seguida trincheras alrededor de Nora, y,
dejando la fuerza correspondiente, se retiró. Sitiado Éumenes,
guardaba aquel recinto, dentro del cual tenía trigo en
abundancia, agua y sal; pero fuera de esto, ningún otro
comestible, ni con qué condimentarle. Mas, a pesar de todo,
aún hizo alegre la vida a los que le acompañaban,
teniéndolos por días a su mesa y sazonando la comida
con una conversación y afabilidad llena de gracia. Su semblante
era también dulce y en nada parecido al de un guerrero
agobiado con las armas, sino alegre y risueño; y, en fin,
en todo su cuerpo se mostraba erguido y alentado, pareciendo que
con cierto arte guardaban entre sí una admirable simetría
todos los miembros. No era elegante en el decir, pero sí
gracioso y persuasivo, como se puede colegir de sus cartas. Lo
que más mortificaba a los que tenía consigo era
la angostura a que estaban reducidos, siéndoles preciso
vivir apiñados en casas muy pequeñas, y en un recinto
que no tenía más que dos estadios de circunferencia,
y tomar el alimento sin ningún ejercicio, manteniendo también
ociosos a los caballos. Queriendo, pues, no sólo librarlos
del fastidio que en la inacción los consumía, sino
tenerlos ejercitados para la fuga, si acaso llegaba el tiempo,
a los hombres les señaló para paseo el edificio
más capaz de todo aquel terreno, que, sin embargo, no tenía
más que catorce codos de largo, encargándoles que
fueran por grados aligerando el paso. A los caballos los hizo
atar al techo con recias sogas, que, pasando por el arranque del
cuello, los tenían en el aire, levantándolos más
o menos por medio de una polea; púsolos, pues, de modo
que con las patas traseras se apoyaban en el suelo, pero con las
delanteras, cuando tocaban en él, era con la puntita del
casco. Soliviados en esta disposición, los mozos de cuadra
los hostigaban con gritos y latigazos, con lo que, llenos de ardor
y de ira, se levantaban y agitaban sobre los pies; y para sentar
en firme las manos y pisar el pavimento tenían que poner
en contorsión todo el cuerpo, costándoles semejante
esfuerzo mucho sudor y no pocos bufidos, y sirviéndoles
este ejercicio de gran provecho, así para la agilidad como
para la fuerza y lozanía. Echábanles la cebada majada,
para que la mascaran más fácilmente y la digirieran
mejor.
XII. Prolongábase demasiado el sitio, y como tuviese noticia
Antígono de haber muerto Antípatro en Macedonia,
y de estar todo revuelto, a causa de las disensiones de Casandro
y Polisperconte, no limitó ya a poco sus esperanzas, sino
que en su ánimo se propuso aspirar a la universalidad del
mando, bien que contando con tener a Éumenes por amigo
y por auxiliador de sus empresas. Para ello, envió a Jerónimo
a tratar con Éumenes, remitiendo extendida la fórmula
del juramento; pero éste la recogió y dejó
al arbitrío de los Macedonios que le cercaban el que declarasen
cuál era más justa. Antígono hacía
al principio alguna mención de los reyes por cumplimiento,
y por lo demás refería a sí mismo todo el
juramento; Éumenes, por el contrario, puso en primer lugar
a Olimpias con los reyes, y después juró que abrazaría
los mismos intereses y tendría a los mismos por amigos
y por enemigos, no respecto de Antígono solamente, sino
respecto también de Olimpias y de los reyes. Túvose
esto por lo más justo, y haciendo los Macedonios que bajo
esta fórmula jurase Éumenes levantaron el sitio,
y enviaron mensajeros a Antígono para que prestara igual
juramento a Éumenes. Luego que éste se vio libre,
restituyó los rehenes de los Capadocios que tenía
en Nora, recibiendo de los que los recibían caballos, acémilas
y tiendas. Reunió al mismo tiempo de sus antiguos soldados
a cuantos habiéndose dispersado en la fuga andaban errantes
por el país; tanto, que llegó a juntar poco menos
de mil hombres de a caballo, con los cuales desapareció
y huyó, temiendo con razón de Antígono; porque
no sólo dio orden de que volvieran a sitiarle, restableciendo
las trincheras, sino que contestó ásperamente a
los Macedonios, por haber admitido la corrección del juramento.
XIII. Mientras así andaba fugitivo Éumenes, le
llegaron cartas de los que en Macedonia temían los adelantamientos
de Antígono: de Olimpias, que le llamaba para que tomara
bajo su amparo y educara al hijo de Alejandro, a quien se armaban
asechanzas, y de Polispterconte y el rey Filipo, que, confiriéndole
el mando del ejército de Capadocia, le daban orden de hacer
la guerra a Antígono y de tomar del tesoro de Quindos quinientos
talentos para restablecer su fortuna, y para la guerra cuanto
hubiera menester; sobre estos mismos objetos escribieron también
a Antígenes y Téutamo, caudillos de los Argiráspidas.
Como éstos, leídas las cartas, en la apariencia
recibiesen con agrado a Éumenes, pero en realidad se viese
que estaban devorados de envidia y emulación, desdeñándose
de ser sus segundos, la envidia salió al paso de Éumenes
con no recibir la cantidad. designada, como que nada le hacía
falta, y a la emulación y ambición de mando de unos
hombres que ni valían para mandar ni querían obedecer
opuso la superstición. Porque les refirió habérsele
aparecido Alejandro entre sueños y haberle mostrado un
pabellón magníficamente adornado, en el que había
un trono real; y que después le dijo que, cuando se reunieran
a despachar en aquel sitio, él estaría en medio
de ellos y tomaría parte en todo consejo y en toda empresa
que se comenzara bajo sus auspicios. Fácilmente hizo entrar
en esta idea a Antígenes y Téutamo, que no querían
concurrir a su posada, así como él se desdeñaba
de que se le viera llamar en puerta ajena. Armando, pues, un pabellón
real y un trono destinado para Alejandro, allí se reunía
a tratar los negocios de importancia. Dirigíanse a las
provincias superiores, y Peucestas, que era amigo, se le agregó
en el camino con todos los demás Sátrapas. Juntaron
en uno todas las tropas, y con el gran número de armas
y la brillantez de los preparativos dieron gran fuerza a los Macedonios;
pero habiéndose hecho indóciles por sus riquezas,
y delicados por el regalo después de la muerte de Alejandro,
y teniendo además pervertidos sus ánimos y dispuestos
a la tiranía con las insolencias de los bárbaros,
entre si no podían ni avenirse ni aguantarse, y, por otra
parte, con lisonjear sin tasa a los Macedonios, gastando con ellos
en banquetes y sacrificios, en breve tiempo convirtieron el campamento
en un mesón de pública destemplanza e infundieron
ideas demagógicas a los soldados sobre la elección
de generales, como en las democracias. Observando Éumenes
que unos a otros se miraban con desprecio, y que a él le
temían y trataban de quitarle de en medio si se les presentaba
ocasión, fingió hallarse falto de fondos, y tomó
a réditos muchos talentos de manos de los que más
le aborrecían, para que confiaran de él y se abstuviesen
de su mal propósito por el cuidado de no perder su dinero,
de manera que la riqueza ajena vino a convertirse en defensa de
su persona, y así como otros dan para que los dejen en
sosiego, en él sólo se verificó que al recibir
debiese su seguridad.
XIV. Es verdad que los Macedonios, en tiempo de serenidad, se
dejaban corromper por los que los agasajaban, que frecuentaban
las puertas de éstos y les hacían la guardia como
a sus caudillos; pero cuando Antígono vino a acamparse
inmediato a ellos con grandes fuerzas, y los negocios les arrancaron
la confesión ingenua de que necesitaban un verdadero general,
no solamente los soldados se sometieron a Éumenes, sino
que cada uno de aquellos que en la paz y el regalo se ostentaban
grandes cedió entonces y se prestó a ponerse sin
chistar en el lugar que se le señaló; y en el río
Pasitigris, como Antígono intentase pasarlo, los demás
que habían sido apostados en diferentes puntos ni siquiera
le sintieron, y sólo se le opuso Éumenes, el cual,
trabando con él batalla, hizo en sus tropas gran destrozo,
llenando de cadáveres la corriente, y le tomó cuatro
mil cautivos. Mas, habiéndole sobrevenido una enfermedad,
entonces fue cuando principalmente se vio que, si los Macedonios
acariciaban a los otros por sus brillantes banquetes y fiestas,
para mandar y hacer la guerra en él sólo tenían
confianza. Porque habiéndoles dado una espléndida
comida Peucestas, repartiendo a víctima por cabeza para
el sacrificio, esperó por este medio hacerse el primero;
pero al cabo de pocos días sucedió lo siguiente:
estaban los soldados en marcha contra los enemigos, y fue preciso
que a Éumenes, que había enfermado gravemente, se
le condujese en litera a cierta distancia del campamento, por
la falta de sueño; a poco que habían andado, se
les aparecieron repentinamente los enemigos, que, vencidos unos
collados, descendían a la llanura, y luego que desde las
cumbres resplandeció con el sol el brillo de las armas
de oro de una tropa que caminaba en orden, y vieron las torres
de los elefantes y las ropas de púrpura, que era el adorno
de que usaban cuando se presentaban a batalla, parándose
los que iban los primeros en la marcha, empezaron a gritar que
se llamara a Éumenes, porque no mandando él no pasaban
adelante; y fijando las armas en el suelo, se daban unos a otros
la voz de hacer alto, y a los jefes la de que también se
detuvieran y sin Éumenes no se peleara ni se aventura la
acción con los enemigos. Habiéndolo entendido Éumenos,
vínose a ellos con celeridad, dando priesa a los que le
conducían, y descorriendo de uno a otro lado las cortinas
de la litera les alargaba la mano con el semblante más
placentero. Ellos, por su parte, luego que le vieron, le saludaron
en lengua macedónica, levantaron en alto los escudos, y
haciendo ruido con las azcona provocaron con algazara a los enemigos,
manifestando que ya había llegado su general.
XV. Noticioso Antígono por los cautivos de que Étimenes
se hallaba doliente, y que por su mal estado era preciso le llevaran
en litera, creyó que no sería de gran trabajo derrotar
a los demás durante su enfermedad, y así, se apresuró
a darles batalla. Mas cuando al estar cerca de los enemigos, que
ya se hallaban prestos, observó su formación y su
admirable orden, se quedó parado por un rato. Vióse
luego la litera, que era conducida de la una ala a la otra, y
entonces, echándose a reír Antígono a carcajadas,
como solía, dijo a sus amigos: Aquella litera, según
se ve, es la que nos hace la guerra, y al punto retrocedió
con sus fuerzas y se volvió al campamento. Los del otro
partido, apenas respiraron un poco, perdieron de nuevo la subordinación,
y dándose al regalo, a ejemplo de los jefes, ocuparon para
invernar casi toda la región de los Gabenos: de manera
que los últimos tenían sus tiendas a cerca de mil
estadios de distancia de los primeros. Luego que lo supo Antígono,
marchó otra vez contra ellos de sorpresa, por un camino
áspero y desprovisto de agua, pero corto, y por el que
se atajaba mucha tierra, esperando que si los sobrecogía
tan desparramados en sus cuarteles de invierno, ni siquiera les
había de ser fácil a los caudillos el reunirlos.
Mientras así caminaban por un terreno inhabitado, sobrevinieron
huracanes fuertes y crudos hielos, que estorbaron la rapidez de
la marcha, molestando y fatigando el ejército: fue, pues,
recurso preciso el encender muchas hogueras. De aquí nació
el ser descubiertos por los enemigos, porque aquellos bárbaros
que apacentaban sus ganados en los montes que miraban hacia el
desierto, admirados de ver tantos fuegos, despacharon mensajeros
en dromedarios para dar aviso a Peucestas. Luego que recibió
esta noticia, con el temor salió fuera de sí, y
viendo a los demás en igual disposición determinó
huir, llevándose tras sí a los soldados que encontraba
al paso; pero Éumenes desvaneció su turbación
y su miedo, ofreciéndoles que contendría la celeridad
de los enemigos, de manera que llegarían tres días
más tarde de lo que se esperaba. Diéronle asenso,
y al mismo tiempo que envió órdenes para que todas
las tropas se reunieran sin dilación desde sus respectivos
cuarteles, montó a caballo con los demás caudillos,
y escogiendo en las cumbres un lugar que estuviera bien a la vista
de los que caminaban por el desierto, midió en él
las distancias, y mandó que de trecho en trecho encendieran
fuegos, del mismo modo que si hubiera un campamento. Hízose
así, y descubiertas las hogueras por Antígono desde
los montes, le sobrevino gran pesar y desaliento, por parecerle
que muy de antemano lo habían sabido los enemigos y marchaban
en su busca. Para no verse, pues, en la precisión de haber
de pelear, cansado y fatigado del camino, contra tropas prevenidas
y descansadas, abandonando el atajo hizo la marcha por las aldeas
y ciudades, para reponer de esta manera su ejército. Como
no encontrase ningún estorbo de los que se encuentran siempre
cuando los enemigos se hallan cerca, y los paisanos le dijesen
que no se había visto ningún ejército, y
sí todo aquel sitio lleno de hogueras, conoció que
había sido burlado por Éumenes, y mortificado sobremanera
continuó con ánimo de que la contienda se decidiese
en formal batalla.
XVI Entre tanto, reunida la mayor parte de la tropa del ejército
de Éumenes, y celebrando su gran talento, resolvió
que él solo tuviera el mando. Disgustados y resentidos
de ello los caudillos de los Argiráspidas, Antígenes
y Téutamo, empezaron a pensar en los medios de perderle,
y, teniendo una junta con los más de los otros sátrapas
y caudillos, trataron de cómo y cuándo habían
de acabar con Éumenes. Como conviniesen todos en que para
la batalla se valdrían de él, y terminada le quitarían
del medio, Eudamo, conductor de los elefantes, y Fédimo
dieron secretamente parte a Éumenes de lo determinado,
no por amistad o inclinación, sino por el cuidado de no
perder el dinero que le tenían dado a logro. Mostróseles
agradecido Éumenes; retiróse a su tienda; y diciendo
a sus amigos que estaba rodeado de una caterva de fieras, ordenó
su testamento. Rasgó después y rompió las
cartas y escritos que conservaba, no queriendo que después
de su muerte se suscitaran pleitos y calumnias contra sus autores.
Arregladas estas cosas, estuvo perplejo entre poner la victoria
en manos de los enemigos y huir por la Media y Armenia para meterse
en la Capadocia; pero cercado por los amigos, a nada se resolvió
sino que, impelido por su ánimo por el mismo conflicto
a mil diversos pensamientos, por fin ordenó el ejército,
exhortando a los Griegos y a los bárbaros, y siendo a su
vez alentado por la falange y los Argiráspidas con la voz
de que no los esperarían los enemigos. Eran éstos
los soldados veteranos del tiempo de Filipo y de Alejandro, atletas
nunca vencidos en la guerra, y que habían llegado hasta
esta época, teniendo los más de ellos setenta años
y no bajando ninguno de sesenta. Por esta causa, al acercarse
a los soldados de Antígono les gritaron ¿Contra
vuestros padres hacéis armas, malas cabezas? y cargando
con furia, en un momento destrozaron toda su falange, no haciéndoles
nadie resistencia y pereciendo casi todos a sus manos: así
en esta parte fue Antígono enteramente derrotado; pero
con la caballería quedó vencedor; y como Peucestas
hubiese peleado floja y cobardemente, tomó todo el bagaje,
ya porque en el peligro obró con el mayor cuidado y vigilancia,
y ya también por favorecerle el terreno, que era una llanura
vasta, no profunda ni dura y firme, sino arenosa y llena de un
salitre seco y enjuto, que, pisoteado por tantos caballos y tantos
hombres todo el tiempo que duró la acción, levantaba
un polvo parecido a la cal viva, que emblanquecía el aire
y quitaba la vista; con lo que pudo más fácilmente
Antígono, sin ser visto, apoderarse de los equipajes de
los enemigos.
XVII. No bien se hubo terminado la batalla, cuando Téutamo
y los de su facción enviaron en reclamación del
bagaje, y habiéndoles Antígono ofrecido la restitución
de éste, y que en todo los complacería con tal que
consiguiese tener en sus manos a Éumenes, tomaron los Argiráspidas
una resolución dura y terrible, que fue la de entregar
a Éumenes vivo en manos de sus enemigos. Empezaron por
presentársele sin causar sospecha, para tenerle así
en observación, y, con este objeto, unos se lamentaban
de la pérdida de los equipajes, otros le daban ánimo,
pues que había quedado vencedor, y otros culpaban a los
demás caudillos; pero después, arrojándose
sobre él, le quitaron la espada, y con su mismo ceñidor
le ataron las manos a la espalda. Como viniese luego Nicanor,
enviado por Antígono para hacerse cargo de él, pidió
que, pasándole por entre los Macedonios, se le permitiera
hablar, no para interponer ruegos o disculpas, sino para advertirles
de lo que les convenía. Habiéndose impuesto silencio,
subió a un sitio, poco elevado, y tendiendo las manos atadas:
¿Podría ni por sueño- exclamó-
¡oh los más malvados de los Macedonios! levantar
contra vosotros Antígono un trofeo como el que levantáis
vosotros contra vosotros mismos, entregando cautivo a vuestro
general? ¿Puede darse cosa más vergonzosa que el
que, siendo vosotros vencedores, os confeséis vencidos
a causa del bagaje, como si el vencer pendiera de las riquezas
y no de las armas, y aun entreguéis a vuestro general por
rescate de unos equipajes? Yo por mí sufro esta violencia
invicto, porque he vencido a los enemigos, y mi ruina me viene
de mis propios aliados; mas vosotros, por Zeus poderoso y por
los dioses que presiden a los juramentos, dadme aquí la
muerte en obsequio de ello. Si aquí me quitáis la
vida, me reconozco hechura vuestra, y no temáis las quejas
de Antígono, porque como quiere a Éumenes es muerto,
no vivo. Si no queréis emplear vuestras manos, una de las
mías, desatada, bastará para cumplir la obra; y
si desconfiáis de poner en mi mano una espada, arrojadme
atado a las fieras: que si así lo hacéis, yo os
doy por libres de toda venganza, considerándoos como los
hombres más piadosos y justos que haya habido jamás
para con su general.
XVIII. Al hablarles así Éumenes, las tropas se
mostraban oprimidas de dolor, y prorrumpieron en llanto, pero
los Argiráspidas gritaron: que marcharan con él,
y no se diera oído a aquellas chocheces, pues no debía
atenderse a las quejas de un miserable Quersonesita, que en mil
guerras había dejado desnudos a los Macedonios, sino a
que los primeros entre los soldados de Alejandro y de Filipo,
después de tantos trabajos, no quedaran privados del premio
de su vejez, teniendo que recibir el sustento de otros, y siendo
ya tres las noches que sus mujeres eran afrentadas por los enemigos;
y al mismo tiempo se lo llevaron a toda prisa. Antígono,
temiendo a la muchedumbre que acudía, porque no había
quedado nadie en el campamento, envió diez de los más
valientes elefantes y gran número de lanceros, Medos y
Partos, para oponerse al tropel. Por su parte, no pudo resolverse
a ver a Pumenes, a causa de su antiguo trato y amistad, y habiéndole
preguntado, los que se habían encargado de su persona,
cómo le guardarían, Como a un elefante,
les respondió, o como a un león. Túvole
después alguna lástima, y dio orden de que se le
quitaran las prisiones pesadas y se le consintiera tener a su
lado un joven de su confianza para ungirse, permitiendo además
que de sus amigos le visitasen los que quisieran y le proveyesen
de lo que hubiera menester. Como hubiese estado muchos días
pensando qué haría de él, escuchó
los ruegos y las ofertas que en su favor hacían Nearco
Cretense y su hijo Demetrio, que aspiraban a salvar a Éumenes,
cuando todos los demás se oponían y le instaban
para que se deshiciera de él. Refiérese haber preguntado
Éumenes a Onomarco, encargado de su custodia, por qué
Antígono, teniendo en su mano a un hombre que era su enemigo
y su contrario, o no le quitaba la vida cuanto antes, o no le
dejaba libre, usando de generosidad; y que, habiéndole
Onomarco respondido con desdén que no era entonces cuando
había de mostrar arrogancia y desprecio de la muerte, sino
en la batalla, le replicó Éumenes: Por Zeus,
que también entonces le tuve; pregunta, si no, a los que
han venido conmigo a las manos, porque no he encontrado ninguno
que me hiciera ventaja; a lo que había repuesto Onomarco:
Pues ya que ahora le has encontrado, ¿por qué
no aguardar su disposición? XIX. Cuando ya Antígono
se resolvió a que se acabara con Éumenes, mandó
que se le quitara el alimento; y por dos o tres días se
le tuvo sin comer, para que así falleciese; pero habiendo
sido preciso levantar repentinamente el campo, introdujeron un
hombre que le quitó la vida. El cadáver lo entregó
Antígono a sus amigos, permitiéndoles quemarlo,
y que recogieran en una urna de plata sus despojos, para ponerla
en manos de su mujer y de sus hijos. Habiendo sido de este modo
asesinado Éumenes, la Divinidad por sí no dio castigo
alguno a los demás caudillos y soldados que fueron traidores
contra él, pero el mismo Antígono, habiendo echado
lejos de sí a los Argiráspidas, como impíos
y feroces, los entregó a Sibircio, gobernador de Aracosia,
con orden de que por todos los medios los atormentara y destruyera,
para que ninguno de ellos volviera a poner el pie en la Macedonia
ni a ver el mar de Grecia.
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