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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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FABIO MÁXIMO
I Habiendo sido Pericles en sus hechos, dignos
de memoria, tan admirable como queda dicho, convirtamos ahora
a Fabio Máximo la narración. Algunos dicen que de
una Ninfa, y otros que de una mujer del país ayuntada con
Hércules en la orilla del río Tíber, nació
el varón de quien desciende el linaje magno e ilustre de
los Fabios, de los cuales los primeros, según quieren algunos,
por el género de caza con hoyos a que fueron dados, se
llamaron Fodios en un principio; con el tiempo mudadas dos letras,
se dijeron Fabios. Fue fecunda esta casa en muchos y esclarecidos
varones, y desde Rulo, el más insigne de ellos, que, por
tanto, fue denominado Máximo por los Romanos, era cuarto
este Fabio Máximo de quien vamos a hablar. Éste,
de un defecto corporal, tuvo además el sobrenombre de Verrucoso,
porque encima del labio le había salido una verruga; también
el de Ovícula, que significa oveja, el cual se le impuso
por su mansedumbre y sosería cuando era muchacho, porque
su sosiego y silencio con mucha timidez cuando tomaba parte en
las diversiones pueriles, su tardanza en aprender las letras y
su apacibilidad y condescendencia con sus iguales pasaban plaza
de bobería para los extraños, siendo muy pocos los
que bajo aquel sosiego descubrían su natural firmeza y
magnanimidad. Bien pronto después, cuando con el tiempo
le excitaron los negocios, hizo ver a todos que era imperturbabilidad
la que parecía ineptitud: prudencia, la apacibilidad y
seguridad y entereza, la dificultad y tardanza en determinarse,
poniendo la vista en la extensión de la república
y las continuadas guerras, ejercitaba su cuerpo para los combates
como arma natural y cultivaba la elocuencia para la persuasión
al pueblo de la manera que más conformaba con su carácter.
Porque su dicción no tenía la brillantez ni la gracia
popular, sino una forma propia sentenciosa, llena de cordura y
profundidad, muy parecida, dicen, a la frase de Tucídides.
Todavía nos queda una oración suya al pueblo, que
es el elogio fúnebre de su hijo, que murió después
de haber ya sido cónsul.
II. De los cinco consulados para que fue nombrado, en el primero
triunfó de los Ligures, los cuales, derrotados por él
con gran pérdida, se retiraron a los Alpes y dejaron con
esto de saquear y molestar la parte de Italia que con ellos confina.
Después ocurrió que Aníbal invadió
la Italia, y habiendo conseguido una victoria junto al río
Trebia, se encaminó a la Etruria, y talando el país,
difundió el asombro, el terror y la consternación
hasta Roma. Al mismo tiempo sobrevinieron prodigios, parte familiares
a los Romanos, como los de los rayos, y parte enteramente nuevos
y desconocidos. Porque se dijo que los escudos por sí mismos
se habían mojado en sangre, que cerca de Ancio se había
segado mies con las espigas ensangrentadas, que por el aire discurrían
piedras encendidas e inflamadas, y que, pareciendo que se había
rasgado el cielo por la parte de Falerios, habían caído
y, esparcídose muchas tabletas, y en una de ellas aparecía
escrito al pie de la letra: Marte sacude sus propias armas.
Nada de esto intimidó al cónsul Flaminio, que, sobre
ser por naturaleza alentado y ambicioso, estaba engreído
con sucesos muy afortunados que antes, contra toda probabilidad,
había tenido; pues que, a pesar del dictamen del Senado
y de la resistencia de su colega, dio batalla a los Galos y los
venció. A Fabio tampoco le conmovieron los prodigios, porque
ninguna razón veía para ello, sin embargo de que
a muchos les pusieron miedo; pero informado del corto número
de los enemigos y de su falta de medios, exhortaba a los Romanos
a que aguantasen y no entraran en contienda con un hombre que
mandaba unas tropas ejercitadas para esto mismo en muchos combates,
sino que, enviando socorros a los aliados y fortificando las ciudades,
dejaran que por sí mismas se deshicieran las fuerzas de
Aníbal, como una llama levantada de pequeño principio.
III. No logró, sin embargo, persuadir a Flaminio, el cual,
diciendo no sufriría que la guerra se acercase a Roma,
ni como el antiguo Camilo pelearía en la ciudad por su
defensa, dio orden a los tribunos para que saliesen con el ejército,
y marchando él a caballo, como éste sin causa ninguna
conocida se hubiese asombrado y espantado de un modo extraño
se venció y cayó de cabeza; mas no por esto mudó
de propósito, sino que llevando adelante el de ir en busca
de Aníbal, dispuso su ejército junto al lago de
la Etruria llamado Trasímeno. Viniendo los soldados a las
manos, al propio tiempo de darse la batalla hubo un terremoto,
con el que algunas ciudades se arruinaron, las aguas de los ríos
mudaron su curso, y las rocas se desgajaron desde sus fundamentos,
y sin embargo de ser tan violenta esta convulsión, absolutamente
no la percibió ninguno de los combatientes. El mismo Flaminio,
después de haber hecho los mayores esfuerzos de osadía
y de valor, pereció en la batalla, y a su lado lo más
elegido; de los demás que volvieron la espalda, fue grandísima
la mortandad; los que perecieron fueron quince mil, y los cautivos,
otros tantos. El cuerpo de Flaminio, a quien por su valor ansiaba
dar sepultura y todo honor Aníbal, no se pudo encontrar
entre los muertos, sin que se hubiese podido saber cómo
desapareció. La pérdida de la batalla del Trebia
ni en su aviso la escribió el general, ni la dijo el mensajero
enviado a la ligera, sino que se fingió que la victoria
había sido incierta y dudosa. Mas en cuanto a ésta,
apenas llegó de ella la noticia al pretor Pomponio, cuando,
reuniendo en junta al pueblo, sin usar de rodeos ni de engaños,
salió en medio de ellos, y Hemos sido vencidos ¡oh
Romanos!- les dijo- en una gran batalla: el ejército ha
sido deshecho y el cónsul Flaminio ha perecido; consultad,
por tanto, sobre vuestra salud y seguridad. Arrojando, pues,
este discurso como un huracán en el mar de tan numeroso
pueblo, causó gran turbación en la ciudad, y los
ánimos no quedaron en su asiento, ni podían volver
en sí de tanto asombro. Convinieron, sin embargo, todos
en este pensamiento: que el estado de las cosas exigía
de necesidad el mando libre de uno solo, al que llaman dictadura,
y un hombre que lo ejerciera imperturbable y confiadamente, y
que éste no podía ser otro que Fabio Máximo,
el cual reunía una prudencia y una opinión de conducta
correspondientes a la grandeza del encargo, y era además
de una edad en la que el cuerpo está en robustez para poner
por obra las resoluciones del ánimo, y al mismo tiempo
la osadía está ya subordinada a la discreción.
IV. Tomada esta determinación, fue Fabio Máximo
nombrado dictador, y habiendo él mismo nombrado maestre
de la caballería a Lucio Minucio, lo primero que pidió
al Senado fue que se le permitiera usar de caballo en el ejército;
porque no se podía, antes estaba expresamente prohibido
por una ley antigua, bien fuese porque consistiendo su principal
fuerza en la infantería les pareciese que el general debía
permanecer con ella y no separarse, o bien porque siendo en todo
lo demás regia y desmedida esta autoridad, quisieran que
el dictador quedase en esto pendiente del pueblo. Además,
queriendo desde luego Fabio mostrar lo grande y esplendoroso de
aquella dignidad para tener más sumisos y obedientes a
los ciudadanos, salió en público, llevando ante
sí veinticuatro fasces, y como viniese hacia él
el otro de los cónsules, le envió un lictor con
la orden de que despidiese las fasces, y deponiendo todas las
insignias del mando, viniera como un particular adonde estaba,
En seguida, tomando de los dioses el mejor principio, y dando
a entender al pueblo que el general, por olvido y desprecio de
las cosas divinas y no por falta de sus soldados, había
incurrido en aquella ruina, le exhortó a que no temiese
a los enemigos con aplacar y venerar a los dioses; no porque pensase
en fomentar la superstición, sino con la mira de alentar
con la piedad el valor, y de quitar y templar, con la esperanza
puesta en los dioses, el miedo de los enemigos. Registráronse
en aquella ocasión muchos de los libros proféticos
arcanos, a que daban grande importancia, llamados sibilinos, y
se dice que varios de los vaticinios en ellos contenidos venían
muy acomodados a las desgracias y sucesos entonces presentes,
bien que su contenido con ninguno otro podía comunicarse.
Presentándose, pues, el Dictador ante la muchedumbre, hizo
voto a los dioses de toda la cría que hasta la primavera
de aquel año tuviesen las cabras, las cerdas, las ovejas
y las vacas en todos los montes, campiñas, ríos,
y lagos de la Italia, y ofrecérselo todo en sacrificios:
ofreció además espectáculos de música
y escénicos, en que se gastasen trescientos treinta y tres
sestercios, y trescientos treinta y tres denarios, y un tercio
más; que en una suma hacen ochenta y tres mil quinientos
ochenta y tres dracmas y dos óbolos. Es difícil
dar la razón del cuidadoso modo de numerar aquella cantidad;
a no ser que crea alguno haber sido recomendación de la
virtud del número tres, porque por su naturaleza es perfecto,
el primero de los impares, principio en si del plural, y abraza
las primeras diferencias y los elementos de todo número,
mezclándolos y como juntándolos en uno.
V. Convirtiendo así Fabio la atención de la muchedumbre
hacia la religión, la hizo concebir mejores esperanzas,
y poniendo él en sí mismo toda la confianza de la
victoria, bien cierto de que Dios da la dicha a los hombres por
medio de la virtud y la Prudencia, partió en busca de Aníbal
no para dar batalla, sino con la determinación de quebrantar
y aniquilar en éste, con el tiempo, la pujanza; con la
sobra de los Romanos, su escasez de medios, y con la población
de Roma, su corto número. Así siempre se le veía
por alto a causa de la caballería enemiga, poniendo sus
reales en lugares montañosos; en reposo, si Aníbal
se estaba quieto, y si éste se movía siguiéndole
alrededor de las eminencias, y apareciéndose siempre en
disposición de que no se le pudiera obligar a pelear sí
no quería; pero infundiendo al mismo tiempo miedo a los
enemigos con aquel cuidado, como si les fuese a presentar batalla.
Dando de esta manera tiempo al tiempo, todos le tenían
en poco, hablándose mal de él aun en su mismo ejército,
y lo que es a los enemigos todos, excepto a Aníbal, les
parecía sumamente irresoluto, y que no era para nada. Él
sólo penetró su sagacidad y el género de
guerra que se había propuesto hacerle, y reflexionando
que era preciso por todos medios de maña y de fuerza mover
a aquel hombre, sin lo cual eran perdidas las cosas de los Cartagineses,
no pudiéndose hacer uso de aquellas armas en que eran superiores,
y apocándoseles y gastándoseles cada día
en balde aquellas de que ya escaseaban, que era la gente y los
caudales, echando mano de todo género de artificios y escaramuzas
militares y buscando, a manera de buen atleta, algún asidero,
hacía tentativas, ya acercándosele, ya causando
alarmas, y ya llamándole por diferentes partes, todo con
el objeto de sacarle de sus propósitos de seguridad. Mas
en él su juicio, que estaba siempre aferrado a sólo
lo que convenía, se mantenía constantemente firme
e invariable. Incomodábale también el maestre de
la caballería, Minucio, ansioso intempestivamente de pelear,
sumamente arrojado y que en este sentido arengaba al ejército,
al que él mismo había llenado de un ímpetu
temerario y de vana confianza; así los soldados se burlaban
de Fabio llamándole el pedagogo de Aníbal, y a Minucio
le tenían por varón excelente y por general digno
de Roma. Concibiendo con esto más animo y temeridad, decía,
en aire de burla, que aquellos campamentos por las alturas eran
teatros que el dictador les proporcionaba para que pudieran ver
las devastaciones e incendios de la Italia, Preguntaba también
a los amigos de Fabio si pensaba subir el ejército al cielo
desconfiado ya de la tierra, o esconderse entre las nubes y las
nieblas para escapar de los enemigos. Referían los amigos
a Fabio estos insultos, y como le excitasen a que con pelear borrara
esta afrenta: Entonces sería yo más tímido
que ahora-les dijo-si por miedo de los dicterios y de ser escarnecido
me apartara de mis determinaciones. El miedo por la patria no
es vergonzoso, mientras que el salir de sí por las opiniones
de los hombres, por sus calumnias y sus reprensiones no es digno
de un varón de tanta autoridad, sino del que se esclaviza
a aquellos a quien debe mandar, y aun dominar, cuando piensan
desacertadamente.
VI En este estado cae Aníbal en un yerro; porque queriendo
llevar su ejército más lejos del de Fabio, y establecerse
en terreno que abundase más en pasto, dio orden a los guías
de que inmediatamente después de la cena le condujeran
al campo Casinate. No habiendo éstos, a causa de la pronunciación
extranjera, entendido bien lo que se les decía, conducen
todas las tropas al extremo de la Campania, a la ciudad de Casilino,
por medio de la cual corre el río Lótrono, llamado
de los Romanos Vulturno. Está aquella región coronada
por lo más de montañas; pero hacia el mar se extiende
un valle, donde ensanchándose el río forma lagunas,
y además hay en él grandes montones de arena, viniendo
a terminar en una playa muy inquieta e inaccesible. Encerrado
allí Aníbal, Fabio, que tenía conocimiento
de los caminos, le tomó los pasos, y para cortarle la salida
apostó cuatro mil infantes, y colocando en buena posición
sobre las alturas el resto de sus tropas, con los más ligeros
y más denodados dio alcance a la retaguardia de los enemigos,
y desordenó todo su ejército, matándoles
unos ochocientos hombres. Aníbal entonces, queriendo sacarle
de allí, echó de ver el yerro que se había
padecido, y el peligro; y lo primero que hizo fue poner en un
palo a los guías; mas desconfió de apartar y vencer
a los enemigos, que se hallaban apoderados de los lugares ventajosos.
Estaban todos desalentados y acobardados, considerándose
cercados por todas partes y sin tener salida alguna, cuando a
Aníbal le ocurrió una astucia con que engañar
a los enemigos, que fue de este modo: Mandó que tomando
como dos mil vacas de las del botín se les atasen sendos
hachones en los cuernos, o haces de ramajes o sarmientos secos,
y que a la noche, pegando a éstos fuego a la señal
que se diese, se las encaminara hacia las eminencias por los puntos
estrechos donde tenían sus centinelas los enemigos. Mientras
atendían a esto aquellos a quienes lo encargó, poniendo
él en movimiento el grueso del ejército cuando ya
había anochecido, marchaba con sosiego. Las vacas, mientras
el fuego no tomó cuerpo, y sólo se quemaba la leña,
andaban reposadamente conducidas por la falda del monte, de manera
que pasmados los pastores y vaqueros situados en las alturas de
aquellas luces que ardían en lo alto de los cuernos, les
parecía ser de un ejército que marchaba con multitud
de hachas en el mejor orden. Mas después que encendido
el cuerno hasta la raíz se hizo sentir el fuego en la carne,
y que moviendo y sacudiendo con el dolor las cabezas se llenaron
unas a otras de mucha llama, ya no guardaron orden en su dirección,
sino que, espantadas e irritadas, dieron a correr a lo alto de
los montes, llevando encendido el testuz y la cola, y encendiendo
también muchos de los matorrales por donde huían:
espectáculo muy espantoso para los Romanos, puestos de
guardia en aquellos oteros. Porque parecía que las luces
eran llevadas por hombres que iban corriendo; entróles
por tanto, mucha turbación y miedo, imaginándose
que de diversas partes venían enemigos sobre ellos, y que
por todas estaban cercados. No teniendo, pues, valor para mantenerse
en sus puestos, se retiraron al centro del campamento, abandonando
las gargantas. Con esta oportunidad inmediatamente las tropas
ligeras de Aníbal ocuparon las alturas, y ya toda la demás
fuerza había marchado sin ser inquietada, llevándose
una abundante y rica presa.
VII. Fabio bien se percibió del engaño en la misma
noche, porque algunas de las vacas que huyeron espantadas habían
venido a dar en su poder; temiendo, sin embargo, alguna celada
preparada a favor de las tinieblas, tuvo inmóvil el ejército
sobre las armas. Luego que amaneció se puso en persecución
de los enemigos y alcanzando la retaguardia, se trabó combate
en terreno quebrado, por lo que en éstos era grande la
confusión, hasta que Aníbal, haciendo salir de aquellas
gargantas a los Españoles, más ejercitados en trepar
por los montes, gente muy lista y de gran ligereza, los envió
contra la infantería pesada de los Romanos, en la que hicieron
bastante mortandad, y obligaron a Fabio a retirarse. Con esto
crecieron las habladurías y el menosprecio contra él;
porque no poniendo en las armas su confianza, sino aspirando a
triunfar de Aníbal con la sagacidad y previsión,
aparecía vencido y burlado con estos mismos medios, y queriendo
Aníbal encender todavía más el encono de
los Romanos contra Fabio, llegado que hubo adonde estaban sus
posesiones, mandó que se talara e incendiara todo lo demás,
y sólo a aquellas se perdonara, dejando una guardia que
no permitiera destruir o tomar nada de lo que allí había.
Todo esto fue anunciado en Roma, dándosele gran valor,
levantando mucho el grito los tribunos de la plebe, a instigación
principalmente de Metilio, que atizaba aquel fuego, no tanto por
enemistad a Fabio, como porque teniendo deudo con Minucio, el
maestre de la caballería, juzgaba que cedían en
honor y aprecio de éste aquellos rumores. Había
además caído en la indignación del Senado,
por llevar éste a mal el tratado que acerca de los cautivos
había hecho con Aníbal; porque le había otorgado
que se canjearía hombre por hombre, y que si de la una
de las partes era mayor el número, por cada uno de los
que se entregasen se darían doscientas y cincuenta dracmas.
Por tanto, cuando hecho el canje se halló que todavía
le quedaban a Aníbal doscientos y cuarenta, el Senado resolvió
no enviar su rescate, y se culpó a Fabio de que, contra
toda razón y conveniencia, tratara de volver a Roma a unos
hombres que por cobardía habían sido presa de los
enemigos. Enterado de esta resolución Fabio, sufrió
muy resignadamente el encono de los ciudadanos; mas no teniendo
caudal propio, y no queriendo faltar a lo tratado, ni dejar abandonados
a aquellos infelices, envió a Roma a su hijo con orden
de que vendiera sus tierras y le llevara al punto el importe al
ejército. Vendiólas éste, efectivamente,
y vuelto allá con suma presteza, envió Fabio el
rescate a Aníbal, y recobró los cautivos. Muchos
de éstos quisieron remitírselo después, pero
no quiso recibirlo de nadie, sino que lo perdonó a todos.
VIII. Llamaron a Fabio a Roma después de estos sucesos
los sacerdotes para ciertos sacrificios, y entregó el mando
a Minucio, no sólo con precepto que como emperador le imponía
de no entrar en batalla ni tener reencuentros con los enemigos,
sino haciéndole sobre ello encarecidas instancias, de las
que él hizo tan poca cuenta, que al punto se puso a provocarlos;
y habiendo observado en una ocasión que Aníbal había
destacado la mayor parte del ejército a acopiar víveres,
atacó a los que habían quedado, los encerró
dentro del vallado, con pérdida de no pocos, y aun a todos
les hizo concebir temores de que los tenía sitiados. Recogió
después Aníbal todas sus fuerzas a los reales, y
él se retiró con la mayor seguridad, muy ufano por
su parte con lo hecho, y habiendo inspirado al ejército
un desmedido arrojo. Muy pronto llegó a Roma la noticia,
exagerada mucho más allá de lo cierto; y cuando
la oyó Fabio: Lo que más temo- dijo- es esta
buena suerte de Minucio. Mas el pueblo se ensoberbeció;
y habiendo corrido a la plaza con grande regocijo, entonces el
tribuno Metilio, subiendo a la tribuna, empezó a arengarle,
celebrando mucho a Minucio, acusando a Fabio no ya de flojedad
y cobardía, sino de traición, y culpando juntamente
a muchos de los más poderosos y principales de que desde
el principio, con la mira de humillar a la plebe, quisieron atraer
la guerra y arrojar la ciudad en una monarquía ilimitada,
la que dando largas a los negocios, facilitara a Aníbal
traer de nuevo otro ejército del África, como dueño
ya de la Italia.
IX. No se cuidó Fabio de defenderse en la junta pública
de las acusaciones del tribuno, y sólo dijo que iba a despachar
prontamente los sacrificios y ceremonias para volver al ejército
e imponer el debido castigo a Minucio, porque, contra su prohibición,
había combatido con los enemigos. Movióse con esto
gran alboroto en la plebe, viendo que corría mucho peligro
Minucio, porque el dictador tiene facultad para prender y castigar
sin formación de causa, y notando que la ira había
sacado a Fabio de su gran mansedumbre, graduábala de terrible
e implacable. Por esto mismo los demás se contuvieron;
pero Metilio, alentado con la inmunidad del tribunado- porque
elegido dictador, este solo cargo no se disuelve, sino que permanece,
anulados todos los demás-, no cesaba de arengar al pueblo,
pidiendo que no desamparara a Minucio ni consintiera le sucediese
lo que Manlio Torcuato ejecutó con su hijo, haciéndole
cortar con la segur la cabeza, triunfante y coronado como estaba,
sino que despojase a Fabio de la tiranía y pusiera la república
en manos que pudieran y quisieran salvarla. Hicieron grande impresión
en los ánimos estas razones; más no se atrevieron,
sin embargo de haber humillado a Fabio, a imponerle la precisión
de abdicar la dictadura, contentándose con decretar que
Minucio, igualado en el mando de las tropas con el dictador, partiera
con él la guerra, usando de la misma autoridad, cosa nunca
vista antes en Roma, pero repetida poco después de resulta
de la derrota de Canas, porque también era entonces dictador
en los ejércitos Marco Junio, y viéndose en la ciudad
precisados a completar el Senado, habiendo muerto muchos senadores
en la batalla, eligieron en segundo dictador a Fabio Buteón.
Mas éste, luego que en uso de su autoridad eligió
los que le faltaban y completó el Senado, deponiendo en
el mismo día las fasces y sustrayéndose a los que
le acompañaban, se metió y confundió con
la muchedumbre, y para tratar y arreglar un negocio propio suyo
volvió a la plaza como un particular.
X. Asociando con el dictador para tan importantes negocios a
Minucio, pensaron abatir y humillar a aquel, en lo que dieron
muestras de conocer muy poco su carácter, porque no miraba
como desgracia suya aquella ceguedad, sino que, al modo que Diógenes
el sabio, diciéndole uno: Éstos te escarnecen,
respondió: Pues yo no soy escarnecido, teniendo
por dignos solamente de burla a los que se acobardan y turban
con tales cosas, así también Fabio no se dio por
sentido ni se incomodó por sí con aquella determinación,
contribuyendo a demostrar lo que opinan algunos filósofos:
que el varón recto y bueno no puede ser afrentado ni deshonrado.
Lo que sí le afligía era el desacierto de la muchedumbre
en lo tocante al bien público, dando facilidad para hacer
la guerra a un hombre que adolecía de desmedida ambición.
Temiendo, por tanto, no fuera que éste, enloquecido del
todo con la vanagloria y el orgullo, se apresurara a hacer algún
disparate, salió de Roma sin noticia de nadie, y, llegado
al ejército, encontró a Minucio no moderado y tranquilo,
sino displicente e hinchado, ansioso por mandar alternativamente
cosa en que Fabio no quiso condescender; y lo que hizo fue partir
las tropas con él, teniendo por mejor mandar sólo
una parte que mandar el todo de aquella manera. Tomó, pues,
para sí las legiones primera y cuarta, y dio a Minucio
la segunda y tercera, y por el mismo término se repartieron
las fuerzas auxiliares. Quedó Minucio muy orgulloso y contento
con que la dignidad del mando más elevado y supremo hubiese
sufrido aquella disminución y despedazamiento por consideración
a él; pero Fabio le hizo la advertencia de que considerara
que no era con él con quien había de contender,
sino con Aníbal; mas que, con todo, si aun quería
altercar con su colega, debía poner la atención
en que no pareciese que el que había vencido con los ciudadanos
y había sido de ellos honrado, cuidaba menos de su salud
y seguridad que el humillado y ofendido.
XI Minucio miró esta amonestación como jactancia
de un viejo, y haciéndose cargo de las fuerzas que le habían
cabido en suerte, se fue a acampar solo y aparte; teniendo Aníbal
noticia de cuanto pasaba, y estando en acecho de cualquier ocasión.
Había en medio un collado, no difícil de tomar,
y tomado, muy seguro para un campamento, con bastante extensión
para todo. El terreno de alrededor, visto de lejos, parecía
igual y llano, porque estaba despejado: pero tenía algunas
acequias y, además, algunas cuevas. Podía muy bien
Aníbal tomar, sin hacerse sentir, este collado; mas no
quiso, sino que lo dejó para ocasión o motivo de
venir a las manos. Luego que vio a Minucio separado de Fabio,
escondió de noche en las acequias y en las cuevas a algunos
de sus soldados, y al rayar el día, abiertamente envió
otros en corto número a ocupar el collado, para llamar
y hacer caer hacia aquel paraje a Minucio, y así cabalmente
sucedió. Primero envió éste las tropas ligeras;
después, la caballería, y a la postre, viendo que
Aníbal enviaba socorro a los del collado, bajó con
todas sus fuerzas en orden de combatir, y habiendo trabado una
recia batalla, atropellaba a los que sostenían aquella
altura, envuelto con ellos en una lucha muy igual; hasta que,
observándole Aníbal completamente engañado
y que dejaba la espalda enteramente descubierta a los de la celada,
dio a éstos la señal; salieron entonces por diversas
partes a un tiempo; y los acometieron con gritería, y,
destrozando la retaguardia, es inexplicable la turbación
y abatimiento que cayo sobre los Romanos. Quebrantóse también
la arrogancia del mismo Minucio, que dirigía sus miradas
ya a este, ya al otro caudillo, no osando ninguno mantenerse en
su puesto, sino entregándose todos a la fuga, que no les
fue de provecho, porque los Númidas, que eran ya dueños
del terreno, acabaron con los dispersos.
XII. ¡En tan mala situación se hallaban los Romanos!
Pero Fabio no ignoraba su conflicto; antes, habiendo previsto,
según parece, lo que iba a suceder, tenía todas
las tropas prontas sobre las armas, y para saber lo que pasaba
no se valió de espías, sino que él mismo
se puso de atalaya delante del campamento. Luego que vio cortado
y desordenado el ejército, y llegó a sus oídos
la gritería de los que no guardaban formación, sino
que huían espantados, dándose una gran palmada en
el muslo y sollozando profundamente: ¡Por Hércules-
exclamó-, cómo Minucio se ha perdido más
presto de lo que yo esperaba, aunque quizá más tarde
de lo que él hubiera deseado! Y dando orden de sacar
sin dilación las banderas, y de que le siguiese el ejército:
¡Éste, oh soldados- gritó-, éste
es el momento de que se apresure el que conserve en su memoria
a Marco Minucio, porque es un varón excelente y amante
de su patria, y si en algo ha errado, con el deseo de arrojar
cuanto antes a los enemigos, después le daremos las quejas!
Corre, pues, el primero, dispersa a los Númidas que discurrían
por el llano, y en seguida se dirige contra los que combatían
por retaguardia a los Romanos, matando a los que encuentra, con
lo que los demás ceden y toman la fuga para no ser alcanzados
y que no les suceda verse en el mismo caso en que ellos habían
puesto a los Romanos. Aníbal, al ver aquella mudanza, y
que Fabio, con más ardor del que a su edad correspondía,
trepaba hacia el collado a unirse con Minucio, haciendo con la
trompeta señal de retirada, volvió su ejército
a los reales, y también los Romanos se retiraron contentos.
Cuéntase que Aníbal, en esta retirada, hablando
de Fabio, dijo con chiste a sus amigos una especie como ésta:
¿No os predije yo muchas veces que aquella nube,
agarrada siempre a los montes, algún día arrojaría
agua con huracán y con tormenta? XIII. Retiróse
Fabio después de la acción sin hacer otra cosa que
despojar a los enemigos que habían muerto, no profiriendo
expresión ninguna de arrogancia o de ofensa acerca de su
colega Minucio; pero éste, juntando sus tropas: Camaradas-
les dijo-, no cometer yerros en los grandes negocios es cosa muy
superior a las humanas fuerzas; pero que el que erró aproveche
la lección de sus escarmientos para lo sucesivo, es de
hombre recto y que escucha la razón. Yo, si tengo que culpar
en algo a la fortuna, mucho más es lo que tengo que agradecerle,
porque lo que hasta ahora no había comprendido en tanto
tiempo acabo de aprenderlo en una mínima parte de un día,
quedando convencido de que no soy para mandar a otros, sino que
necesito de un jefe, y no ponerme a querer vencer a aquellos de
quienes me está mejor ser vencido. En las demás
cosas será ya el dictador quien os mande; pero en la gratitud
hacia él, yo he de ser todavía vuestro general,
poniéndome en su presencia obediente y dispuesto a hacer
cuanto me mandare. Dicho esto, mandando tomar las águilas
y que todos le siguiesen, guió al campamento de Fabio,
y ya dentro de él se encaminó a la tienda del general
con admiración y sorpresa de todos. Saliéndole Fabio
al encuentro, depuso aquel al punto las insignias, llamándole
padre en alta voz, y en la misma llamaban sus soldados patronos
a los de Fabio, que es la exclamación en que prorrumpen
los que reciben la libertad con aquellos que se la dan. Cuando
ya hubo silencio, dijo Minucio: Dos victorias ¡oh
dictador! has alcanzado en el día de hoy, venciendo con
el valor a Aníbal y con la prudencia y la generosidad a
tu colega: con aquella nos has salvado y con ésta has dado
una admirable lección a los que, si de parte de los enemigos
sufrieron una vergonzosa derrota, de la que tú les has
causado se glorían, porque han hallado en ella su salud.
Te llamo padre, porque no encuentro nombre más honroso
que darte, debiéndote mayor agradecimiento que al que me
dio el ser, porque aquel me engendró a mí sólo
y tú me has salvado con todos éstos. Acabado
este discurso, abrazó y saludó con un ósculo
a Fabio, siendo cosa de ver que otro tanto ejecutaban sus soldados,
porque se enlazaban y besaban unos a otros, inundando el campamento
de alegría y de dulces lágrimas.
XIV. Depuso Fabio después de estos sucesos la dictadura,
y volvieron a nombrarse otra vez cónsules, de éstos,
los primeros adoptaron el sistema de guerra que aquel había
establecido, huyendo el pelear de poder a poder con Aníbal
y contentándose con socorrer a los aliados e impedir la
deserción. Eligióse después para el consulado
a Terencio Varrón, hombre de linaje oscuro, pero que se
había hecho lugar con adular a la plebe y con su carácter
insolente; así, desde luego se echó de ver que con
su inexperiencia y su temeridad iba a aventurarlo todo, porque
se le oía vociferar en las juntas que la guerra duraría
mientras la ciudad confiara el mando a los Fabios, pero que, para
él, presentarse y vencer a los enemigos todo sería
uno. Con esto, al punto recogió y levantó tantas
fuerzas cuantas para ninguna otra guerra habían empleado
los Romanos, porque se reunieron para la batalla hasta ochenta
y ocho mil hombres, motivo de gran temor para Fabio y para todos
los hombres de juicio, porque no esperaban que pudiera recobrarse
la ciudad si se desgraciaba aquella brillante juventud. Por esta
razón se dirigió al colega de Terencio, Paulo Emilio-
que era buen militar, mas no grato al pueblo, y estaba escamado
de la muchedumbre por una multa que se le había impuesto
para el erario-, con propósito de darle ánimo y
exhortarle a hacer oposición a la locura de aquel, manifestándole
que su contienda en beneficio de la patria, más que con
Aníbal había de ser con Terencio, porque se apresurarían
a la batalla, éste, no conociendo en qué consistían
sus fuerzas, y aquel,- estando bien convencido de su flaqueza.
Mas yo ¡oh Paulo!- dijocon más justicia deberé
ser de ti creído que no Terencio si te aseguro acerca del
estado de las cosas de Aníbal que éste, no peleando
nadie con él en todo este año, o infaliblemente
caerá, si se obstina en mantenerse aquí, o tendrá
precisamente que marchar; pues con parecer que ahora vence y está
pujante, ninguno de sus contrarios se le ha pasado, ni tiene la
tercera parte de las fuerzas con que vino. A esto se dice
que Paulo contestó en estos términos: Por
mí ¡oh Fabio!, cuando considero mi situación,
tengo por mejor caer oprimido de las lanzas de los enemigos que
de los votos de los ciudadanos; mas si nuestras cosas públicas
están en el estado que dices, más me esforzaré
por acreditarme contigo de buen capitán, que no con todos
los demás que quieran obligarme a seguir un dictamen contrario
al tuyo. Con esta resolución partió Paulo
para la guerra.
XV. Terencio hizo empeño en que alternaran por días
en el mando, y estando acampados a la vista de Aníbal,
junto al Áufido y las que se llamaban Canas, al mismo amanecer
puso la señal de batalla, que era un paño de púrpura
tendido encima de la tienda del general. Sorprendiéronse
al principio los Cartagineses viendo aquel arrojo del cónsul
y la muchedumbre de los enemigos, cuando ellos no eran ni siquiera
la mitad. Aníbal mandó a las tropas tomar las armas,
y, montando a caballo, se puso con unos cuantos sobre una ligera
eminencia a hacerse cargo de los enemigos, que ya estaban formados.
Díjole entonces uno de los que con él estaban, hombre
de igual autoridad con él, llamado Giscón: ¡Qué
maravillosa es esta multitud de enemigos! Y Aníbal,
arrugando la frente: Pues otra cosa más maravillosa
se te ha pasado, le contestó. Preguntóle Giscón
cuál era, y él respondió que, con ser tantos,
ninguno de ellos se llamaba Giscón. Dicho así este
chiste, cuando menos podía esperarse, les causó
a todos mucha risa; y como bajando del otero lo fuesen refiriendo
a los que encontraban al paso, les hacía a todos reír
de tan buena gana, que nunca podían contenerse los que
estaban al lado de Aníbal. A los Cartagineses, que lo veían,
les inspiraba esto gran confianza, considerando que tanta risa,
y estar tan de chanza el general en aquellos momentos, no podría
nacer sino de mucha seguridad y menosprecio del peligro.
XVI En la batalla usó de dos estratagemas: la primera
fue procurar tener el viento por la espalda; era a la sazón
parecido a un torbellino de fuego, y levantando de aquellas llanuras,
bastante polvorientas y descubiertas, gran cantidad de arena,
pasándola por encima de los Cartagineses, la impelía
hacia los Romanos, y se la arrojaba en la cara, haciéndoles
volverla y perder el orden. El segundo consistió en la
formación, porque lo más fuerte y aguerrido de sus
tropas lo colocó de uno y otro lado del centro, y éste
lo llenó de lo más endeble, haciendo que esta especie
de cuña saliese bastante adelante respecto del cuerpo de
la falange. Encargó a los más esforzados que cuando
los Romanos acometiesen a éstos, y llevándoselos
por delante, el centro quedase abierto, y formando seno recibiera
a aquellos dentro de la falange, haciendo ellos una conversión
por uno y otro lado, los cargasen oblicuamente y los envolviesen,
cogiéndolos por la espalda, que fue, a lo que parece, lo
que causó tan gran mortandad; pues luego que cediendo el
centro se llevó tras sí en su persecución
a los Romanos, y que la falange de Aníbal, mudando de posición,
formó como media luna, y doblando repentinamente las tropas
elegidas, a la voz de sus jefes, unos a la izquierda y otros a
la derecha, cubrieron los claros, entonces, todos los que no previnieron
el ser cercados se encontraron como presos y perecieron. Dícese
que también a la caballería romana le ocurrió
un accidente extraño, porque herido, a lo que se cree,
el caballo de Paulo, lo derribó, y de los que estaban a
su lado se fueron apeando uno, y otro, y otro, y a pie se le pusieron
delante para protegerle. Los de a caballo, al verlos, pensaron
que aquello dimanaba de una orden general, y echando todos pie
a tierra, así se arrojaron sobre los enemigos, lo que,
observado por Aníbal, ¡Más quiero esto-
exclamó- que el que me los hubieran dado atados!
Pero estos incidentes son para los que escriben la historia con
toda extensión. De los cónsules, Varrón,
con unos pocos, se retiró a la ciudad de Venusia; pero
Paulo, en el desorden y confusión de aquella fuga, plagado
su cuerpo de los dardos clavados en las heridas y oprimida su
alma con tal desgracia, se había sentado en una piedra
esperando un enemigo que le diera la muerte. Estaba, por la mucha
sangre que le inundaba la cabeza y el rostro, enteramente desfigurado,
de modo que sus amigos y sus mismos sirvientes, por no conocerle,
pasaron de largo. Sólo Cornelio Léntulo, joven de
familia patricia, le vio y reconoció, y, apeándose
de su caballo, le acarició y rogó que subiese en
aquel y se salvara, para bien de los conciudadanos, que entonces
más que nunca necesitaban de un buen general. Paulo se
negó a sus ruegos, y obligó con lágrimas
a aquel joven a que otra vez montase; y entonces. tomándole
la diestra y dando un profundo suspiro: Anuncia ¡oh
Léntulo!- le dijo- a Fabio Máximo, y sé testigo
para con él que Paulo Emilio siguió su dictamen
hasta la muerte, y en nada faltó a lo que él había
concertado, sino que fue vencido, primero por Varrón y
después por Aníbal. Dado este encargo, despidiéndose
de Léntulo, se mezcló entre los que estaban bajo
el hierro de los enemigos, y murió con ellos. Dícese
que murieron en la misma acción cincuenta mil Romanos,
y cuatro mil fueron tomados vivos, y que después de la
batalla fueron cautivados, cuando menos, otros diez mil en ambos
campamentos.
XVII. Después de tan señalada victoria incitaban
a Aníbal sus amigos para que no desperdiciara su fortuna,
y tras los enemigos, en el mismo punto de su fuga, cayera sobre
Roma, pues al quinto día de la victoria cenaría
en el Capitolio; pero no es fácil explicar qué consideración
pudo contenerlo; más bien diremos que fue obra de algún
genio o algún dios que quiso estorbárselo, que no
demasiado recelo o temor suyo; así se cuenta que el cartaginés
Barca le dijo con enfado: Tú, Aníbal, sabes
vencer; pero no sabes aprovecharte de la victoria. Con todo,
hizo esta victoria tal mudanza en sus cosas, que no teniendo antes
de la batalla ni una ciudad, ni un mercado, ni un puerto en Italia,
por lo que con gran trabajo y dificultad recogía los precisos
víveres para el ejército, y se había arrojado
a la guerra sin poder contar con nada, pareciendo su ejército
a una cuadrilla de bandoleros que anda errante de una parte a
otra, entonces casi toda la Italia se puso en su poder. Porque
la mayor y más poderosa parte de los pueblos voluntariamente
se pasaron a su partido, y a Capua, que después de Roma
es la más insigne de sus ciudades, también la atrajo
a él. Ésta fue una ocasión en que se vio
que una gran calamidad no sólo sirve para hacer prueba
de los amigos, que es la expresión de Eurípides,
sino que también de los grandes generales, pues lo que
antes de aquella batalla se graduaba en Fabio de cobardía
e insensibilidad, después de ella pareció al punto,
no ya una prudencia humana, sino un oráculo y providencia
divina y milagrosa, que prevé con anticipación aquellos
sucesos que aun a los que los palpan se les hacen increíbles.
Por tanto, al momento puso en él Roma la esperanza que
le quedaba, y como a un templo o ara se acogió a su juicio,
habiendo sido su cordura la primera y más poderosa causa
para que estuviesen quedos y no se desbandasen como en la irrupción
de los Galos. Porque aquel mismo, que se mostraba precavido y
desconfiado en los momentos en que nada había de siniestro,
ahora, cuando todos se abandonaban a una aflicción excesiva
y a un dolor que no los dejaba para nada, él sólo
discurría por la ciudad con paso sosegado, con semblante
sereno y con afables palabras, haciendo desechar los lloros mujeriles
y disipando los corrillos de los que se congregan en los parajes
públicos para lamentar tales calamidades. Hizo también
que se juntase el Senado, y alentó a los magistrados, siendo
el vigor y poder de toda autoridad, que sólo en él
ponía los ojos.
XVIII. Puso guardas en las puertas para que estorbasen el paso
a la muchedumbre que trataba de huir y abandonar la ciudad. Señaló
lugar y término al luto, mandando que sólo se hiciese
dentro de casa y por treinta días, pasados los cuales cesase
todo duelo y no quedasen en la ciudad vestigios de él.
Vino a caer en aquellos días la fiesta solemne de Ceres,
y pareció más conveniente omitir los sacrificios
y toda la demás pompa de ella, que hacer patente con el
corto número y el abatimiento de los concurrentes la grandeza
de aquella desventura; cuanto más, que hasta la Divinidad
parece que se regocija con adoradores que estén contentos.
Para aplacar a los dioses y apartar lo infausto de los prodigios,
hízose lo que los augures prescribieron, porque fue enviado
a Delfos, a consultar al dios, Píctor, pariente de Fabio;
y como se hubiese echado de ver que habían sido seducidas
dos de las vírgenes vestales, la una fue enterrada viva,
como es costumbre, y la otra se dio la muerte. Lo que hubo más
de admirar en la prudencia y mansedumbre de la ciudad fue que,
viniendo de aquella fuga el cónsul Varrón tan humillado
y abatido como debía venir quien de tanta afrenta e infortunio
había sido causa, le salieron a recibir hasta la puerta
el Senado y el pueblo, haciéndole la salutación
acostumbrada, y los magistrados y los principales senadores, de
cuyo número era Fabio, cuando hubo silencio, le elogiaron
de que no había desesperado de la república después
de tamaña desgracia, sino que se presentaba para ponerse
al frente de los negocios, obrar según las leyes y valerse
de los ciudadanos, como que todavía tenían remedio.
XIX. Luego que supieron que Aníbal, después de
la batalla, se retiró a otra parte de la Italia, empezaron
a tomar aliento y enviaron contra él generales y ejércitos.
Eran entre aquellos los más señalados Fabio Máximo
y Claudio Marcelo, dignos acaso de igual admiración por
sus caracteres, enteramente opuestos, porque éste, como
lo decimos en el libro de su Vida, siendo de una actividad brillante
y osada, y al mismo tiempo acuchillador, y tal por su índole
como aquellos a quienes Homero llama pendencieros y arrogantes,
y en el modo de hacer la guerra arrojado e impetuoso, propio para
contrarrestar la osadía de Aníbal, fue el primero
a mover peleas y encuentros; mas Fabio, atenido siempre a sus
primeras ideas, tenía esperanza de que, no entrando nadie
en combate con Aníbal, él mismo se había
de consumir por sí, y con la guerra se había de
quebrantar, perdiendo prontamente su robustez, como el cuerpo
de un atleta cuando su fuerza es excesiva y se la ha cansado sin
miramiento. Por esta razón dice Posidonio que a éste
se le dio por los Romanos el nombre de escudo, y a Marcelo el
de espada, y que unida la seguridad y circunspección de
Fabio con el carácter de Marcelo fueron la salvación
de Roma. Porque Aníbal, con tener que salir al encuentro
frecuentemente a éste, como a un río que sale de
madre, tenía en continua agitación y destruidas
sus fuerzas: y con el otro, que parecía tener una corriente
mansa y que no se le acercaba sino con gran tiento, las gastaba
también y destruía de un modo insensible; y al fin
vino a verse tan apurado, que Marcelo le fatigaba peleando, y
a Fabio le temía porque huía de pelear, pudiendo
decirse que por todo el tiempo tuvo que contender con estos dos,
como pretores, como procónsules o como cónsules,
porque cada cual de ellos fue cónsul cinco veces. Mas a
Marcelo, cuando servía el quinto consulado, logró
armarle una celada, y en ella le quitó la vida; con Fabio,
aunque en muchas ocasiones usó de toda suerte de engaños
y astucias, nada adelantó; sólo una vez llegó
como a enredarle un poco y hacerle tropezar. Fingió y remitió
cartas a Fabio de los más autorizados y poderosos de Metaponto,
en el sentido de que la ciudad se le entregaría si a ella
acudiese, y que los que a esto se decidían no aguardaban
sino que llegara y se presentara en las inmediaciones. Fue seducido
Fabio con estas cartas, y tomando parte del ejército, pensaba
encaminarse allá en aquella noche; mas habiéndole
sido infaustos los agüeros de las aves, se contuvo, y al
cabo de poco descubrió que las cartas habían sido
fraguadas por Aníbal, y que éste estaba en emboscada
junto a los muros de la ciudad, suceso que algunos atribuían
a especial favor de los dioses.
XX. En cuanto a las defecciones de las ciudades y la deserción
de los aliados, era Fabio de opinión que debían
contenerse y excitarse en éstos el pudor, hablándoles
suave y mansamente, sin descubrirles todo lo que se sabe y sin
manifestarse del todo incomodado con los que se hacen sospechosos.
Así se dice que habiendo entendido que un Marso, buen militar,
y en linaje y valor muy principal entre los aliados, había
movido con algunos pláticas de defección, no se
irritó con él, sino que, reconociendo que injustamente
había sido olvidado: Ahora- le dijo-, la culpa ha
sido de los jefes que distribuye en los premios por favor más
que por consideración al mérito; pero, en adelante,
cúlpate a ti mismo si no vinieses a mí y me dijeses
lo que echas menos; y, dicho esto, le regaló un caballo
hecho a la guerra y le remuneró con otros premios, con
lo que desde entonces lo tuvo muy adicto y muy apasionado. Porque
le parecía cosa terrible que los aficionados a caballos
y perros borren lo que hay de áspero e indócil en
estos animales, más bien con el cuidado, la suavidad y
el alimento, que no con latigazos y ataduras; y que el hombre
que tiene mando no ponga lo principal de su esmero en la afabilidad
y la mansedumbre, portándose todavía con más
dureza y violencia que los labradores, los cuales, a los cabrahigos,
los peruétanos y los acebuches, los ablandan y suavizan
injertándolos en olivos, en perales y en higueras. Refiriéronle
asimismo los Centuriones que un Luqués se marchaba del
campamento y abandonaba a menudo su puesto; preguntóles
qué era lo que en lo demás sabían de su porte,
y como todos a una le asegurasen que con dificultad se encontraría
otro tan buen soldado como él, y al mismo tiempo le indicasen
aquellas proezas y hazañas suyas más señaladas,
se puso a inquirir la causa de aquella falta. Informósele
que, enredado aquel soldado en el amor de una mozuela, con gran
peligro y haciendo largos viajes se iba cada día a verla
desde el campo. Envió, pues, a uno sin noticia del soldado
para que trajese aquella mujer, la que ocultó en su tienda,
y haciendo venir sólo al Luqués: No creas-
le dijose me oculta que, contra los usos y leyes de la disciplina
romana, has pernoctado muchas veces fuera del campamento; pero
tampoco se me oculta que antes habías sido excelente soldado,
que lo mal hecho hasta aquí quede compensado con tus valerosas
hazañas; mas para en adelante ya tengo yo a quien encomendar
tu guarda. Maravillóse a esto el soldado, y haciendo
salir entonces a la mujer: Ésta- le dijo- me es fiadora
de que ahora te estarás quieto en el ejército con
nosotros, y tú con tus obras me harás ver si faltabas
por algún otro mal motivo, y que el amor y ésta
no eran más que un pretexto aparente. Así
se cuentan estos sucesos.
XXI La ciudad de los Tarentinos, que por traición había
sido tomada, vino a su poder en esta forma: militaba bajo sus
órdenes un joven Tarentino que en el mismo Tarento tenía
una hermana muy fina siempre y muy amante de él. Estaba
enamorado de ésta un Breciano, oficial de las tropas que
Aníbal había puesto de guarnición en la ciudad,
y de aquí le nació al Tarentino la esperanza de
salir con su idea; para lo que, con noticia de Fabio, se encaminó
a casa de la hermana, diciendo a ésta que se había
fugado. En los primeros días el Breciano se estaba en su
casa, por pensar la hermana que aquel ignoraba sus amores; pero
muy luego le dijo a ésta el joven que allá le habían
llegado las nuevas de que tenía amistad con un hombre ilustre
y de poder; por tanto, que quién era éste; porque
si era distinguido, como se decía, y de una conocida virtud,
la guerra, que todo lo confunde, hace poca cuenta del origen,
y que nada hay que deshonre cuando media la necesidad; antes,
en tiempos en que la justicia anda decaída, es una fortuna
tener de su parte al que dirige la fuerza. Con esto la hermana
hizo llamar al Breciano y se le dio a conocer. Bien pronto el
hermano se puso de parte de éste en sus amores, y aparentando
que trabajaba por hacerle más benigna y condescendiente
a la hermana, se ganó su confianza; de manera que le costó
poco hacer mudar de partido a un hombre enamorado y que estaba
a soldada, con la esperanza de grandes dones que le prometió
recibiría de Fabio. Así refieren este hecho los
más de los escritores; pero algunos dicen que la mujer
que ganó al Breciano no fue Tarentina, sino Breciana, también
de origen, y concubina de Fabio, la cual, habiendo entendido que
era su compatriota, y conocido suyo el que entonces mandaba los
Brecianos, se lo propuso a Fabio, y yendo a conversar con él
al pie de los muros, logró atraerlo y seducirlo.
XXII. Mientras se trataban estas cosas, maquinando Fabio llamar
a otra parte la atención de Aníbal, envió
orden a los soldados que estaban en Regio para que hiciesen correrías
en el campo breciano, y, poniendo sitio a Caulonia, la tomasen
por asalto. Eran éstos unos ocho mil hombres, desertores
los más, gente de poco provecho, de los que de Sicilia
habían sido deportados y notados de infamia por Marcelo,
y de cuya pérdida poco sentimiento y daño había
de resultar a la ciudad; esperó, pues, que poniendo a éstos
ante Aníbal como un cebo, así lo echaría
lejos de Tarento, lo que justamente sucedió, porque en
su persecución corrió allá Aníbal
con bastantes fuerzas. Al sexto día de sitiar Fabio a los
Tarentinos, vino a él por la noche el joven que, ayudado
de la hermana, tenía con el Breciano concertada la entrega,
trayendo sabido y registrado el lugar donde el Breciano tendría
el mando, y, cediendo, lo entregaría a los invasores. No
dejó, sin embargo, que todo fuese obra de la traición,
sino que, pasando él mismo al punto designado, esperó
allí en sosiego, y, en tanto, el resto del ejército
acometió a los muros por tierra y por mar, moviendo al
mismo tiempo mucho ruido y estruendo, hasta que, acudiendo los
más de los Tarentinos por aquel lado a auxiliar y socorrer
a los que defendían las murallas, el Breciano hizo a Fabio
señas de ser aquel el momento oportuno, y, subiendo con
escalas, se apoderó de la ciudad. En esta ocasión
parece que se dejó vencer del orgullo, porque mandó
dar muerte a los principales de entre los Brecianos, para que
no se viera tan a las claras que el tomar la ciudad no se había
debido sino a la traición, con lo que no consiguió
esta gloria e incurrió en la nota de perfidia y de crueldad.
Murieron también muchos Tarentinos, y los que se vendieron
fueron hasta treinta mil; la ciudad fue saqueada por el ejército,
y en el erario entraron tres mil talentos. Recogíanse y
llevábanse asimismo todas las demás cosas de precio,
y preguntando a Fabio el amanuense qué mandaba acerca de
los Dioses, diciéndolo por las pinturas y las estatuas,
Dejemos- le respondió- a los Tarentinos sus dioses,
con ellos irritados. Con todo, llevando de Tarento la estatua
colosal de Hércules, la colocó en el Capitolio,
y al lado puso una estatua suya ecuestre en bronce, mostrándose
en esto menos avisado que Marcelo, y antes dando motivo a que
se hiciesen más admirables la humanidad y dulzura de éste,
según que en su Vida lo dejamos escrito.
XXIII. Aníbal, yendo en su persecución, no estaba
ya más que a cuarenta estadios, y se dice que en público
prorrumpió en esta expresión: ¡Hola!
También los Romanos tienen otro Aníbal, pues hemos
perdido a Tarento como lo habíamos tomado, y que
en particular se vio entonces por primera vez en la precisión
de manifestar a sus amigos que antes había visto como muy
difícil, mas entonces como imposible, sujetar la Italia
con los medios que les quedaban. Triunfó por estos sucesos
segunda vez Fabio, siendo este triunfo más brillante que
el primero, como de fuerte atleta que ya medía sus fuerzas
con Aníbal y en breve iba a deshacer el prestigio de sus
hazañas, como nudos o vínculos que ya no tenían
la misma fuerza, pues ésta por una parte se enervaba con
el regalo y la riqueza y por otra parte se debilitaba y quebrantaba
con inútiles combates. Era Marco Livio el que defendía
a Tarento cuando se entregó a Aníbal; con todo,
conservando la ciudadela, no fue arrojado de ella, y la mantuvo
hasta que volvieron los Tarentinos a la dominación de los
Romanos. Irritóse aquel con los honores tributados a Fabio,
e inflamado un día, en el Senado, de envidia y de ambición,
dijo que no era a Fabio, sino a él, a quien se debía
la toma de Tarento; y Fabio, sonriéndose: Es cierto-
le contestó- porque si tú no la hubieras perdido,
no hubiese yo tenido que recobrarla.
XXIV. Además de que en todo procuraban honrar a Fabio
los romanos, nombraron cónsul a su hijo Fabio, y encargado
éste del mando en ocasión en que estaba dando ciertas
disposiciones para la guerra, el padre, o por vejez y enfermedad,
o para probar a su hijo, montó a caballo y fue a pasar
por entre los que allí concurrían y los que a aquel
acompañaban. Viole el joven de lejos, y no se lo permitió,
sino que envió un lictor con la orden de mandar al padre
que se apease y fuera donde él estaba si tenía algo
que solicitar del cónsul. Ofendió esta orden a los
circunstantes, que volvieron en silencio los ojos hacia Fabio,
por parecerles que no se le trataba como merecía; mas él,
apeándose al punto y encaminándose a pasos acelerados
hacia el hijo, le abrazó y saludó, diciéndole:
Muy bien pensado y muy bien hecho, hijo mío: esto
es conocer a quienes mandas, y cuán grande es la dignidad
de que estás adornado. De esta misma manera, nosotros y
nuestros ascendientes hemos contribuido a la grandeza romana,
poniendo siempre a los padres y a los hijos en segundo lugar después
del bien de la patria. Consérvase todavía
en memoria que el bisabuelo de Fabio, que ciertamente llegó
entre los Romanos a la mayor gloria y al mayor poder, habiendo
sido cónsul cinco veces y conseguido triunfos muy brillantes
de poderosos enemigos, fue acompañando, siendo ya anciano,
a su hijo cónsul a la guerra, que en el triunfo éste
fue conducido con tiro de caballos, y el padre le siguió
a caballo entre los demás muy regocijado de que, con imperar
él a su hijo y ser el mayor entre sus ciudadanos, que así
lo reconocían, tomaba, sin embargo, lugar después
de las leyes y del que mandaba por ellas, aunque no le venía
de esto sólo el ser un hombre extraordinario. Tuvo Fabio
el pesar de que el hijo se le muriese, y sufrió su pérdida
resignadamente, como hombre sabio y como buen padre, y el elogio
que uno de los deudos dice en las exequias de los hombres ilustres
lo pronunció él mismo presentándose en la
plaza, y poniendo por escrito este discurso, lo dio al público.
XXV. Enviado por este tiempo a España Cornelio Escipión,
había arrojado de ella a los Cartagineses, venciéndolos
en diferentes batallas, y habiendo sujetado muchas provincias
y grandes ciudades y hecho brillantes hazañas, había
adquirido entre los Romanos un amor y una gloria cual nunca otro
alguno. Eligiósele cónsul, y notando que el pueblo
exigía y esperaba de él hechos muy gloriosos, el
combatir allí con Aníbal lo tenía como por
anticuado y por cosa de viejos, y, en vez de esto, meditaba talar
a la misma Cartago y al África; llenándolas súbitamente
de armas y de tropas, y trasladar allá la guerra desde
la Italia, procurando con todo empeño hacer adoptar al
pueblo este pensamiento. Mas Fabio trataba de inspirar a la ciudad
el mayor miedo, haciéndole entender que por un joven de
poca experiencia eran impelidos al extremo y mayor peligro, no
omitiendo, para apartar de esta idea a los ciudadanos, medio alguno,
o de palabra o de obra, y lo que es al Senado logró persuadírselo;
pero el pueblo sospechó que miraba con envidia la prosperidad
de Escipión, y que recelaba no fuera que ejecutando éste
algún hecho grande y memorable, con el que, sea que acabara
del todo la guerra o la sacara de la Italia, pareciese que él
mismo en tanto tiempo había peleado decidiosa y flojamente.
Es de creer que al principio no se movió Fabio a contradecir
con otro espíritu que el de su seguridad y previsión,
temeroso del peligro, y que después llevó más
adelante la oposición por amor propio y por terquedad,
impidiendo los adelantamientos de Escipión; así
es que al colega de Escipión, Craso, lo persuadió
a que no cediese a aquel el mando, ni fuese condescendiente, y
que si por fin se decretase lo propuesto, navegara él mismo
contra los Cartagineses; y de ningún modo permitió
que se dieran fondos para la guerra. Obligando, por tanto, a Escipión
a ponerlos por su cuenta, los tomó de las ciudades de la
Etruria, que particularmente le miraban con inclinación
y deseaban servirle. A Craso le retuvieron en casa, de una parte,
su propia índole, que no era pendenciera, sino benigna,
y de otra, la ley, porque era a la sazón Pontífice
máximo.
XXVI Tomó entonces Fabio otro camino para estorbar la
empresa de Escipión, que fue el de oponerse a que llevase
consigo los jóvenes que se proponían seguirle, gritando
en el Senado y en las juntas públicas que no era sólo
Escipión el que huía de Aníbal, sino que
se daba a la vela sacando de la Italia todas las fuerzas que le
quedaban, lisonjeando con esperanzas a la juventud y persuadiéndola
a dejar padres, mujeres y patria, cuando estaba a las puertas
un enemigo vencedor y nunca vencido. Y al cabo logró con
estos discursos intimidar a los Romanos, por lo que decretaron
que sólo pudiera emplear las tropas de Sicilia, y de la
España no pudiera tomar más que trescientos hombres,
aquellos que fueran más de su confianza; disposiciones
que eran, sin duda, de Fabio, y muy conformes a su carácter.
Mas después que, trasladado Escipión al África,
vinieron prontamente a Roma nuevas de sus maravillosas proezas
y de sus hechos extraordinarios, confirmadas con el testimonio
de los ricos despojos, con la cautividad de un rey de los Númidas
y el incendio y destrucción de dos campamentos a un tiempo,
en los que fueron muchos los hombres, caballos y armas que se
abrasaron, y después que a Aníbal le fueron enviados
correos de parte de los Cartagineses llamándole y rogándole
que, abandonando aquellas nunca cumplidas esperanzas, corriese
allá a darles auxilio; cuando en Roma todos tenían
a Escipión en los labios, celebrando sus victorias, Fabio
era de la opinión que se le enviase sucesor, no dando ningún
otro motivo que aquel dicho tan conocido: Que no deben fiarse
negocios de tanta importancia a la fortuna de un hombre solo,
porque es muy difícil que uno mismo sea constantemente
feliz. Con esto perdió con muchos el concepto, pareciéndoles
descontentadizo y caprichudo, o que con la vejez se había
hecho enteramente cobarde y desconfiado, llevando al último
extremo el miedo de Aníbal, pues ni aun después
de haber partido éste de Italia con todas sus tropas dejaba
que el gozo de los ciudadanos fuese puro y sin zozobra, sino que
decía que entonces era cuando contemplaba en mayor riesgo
a la república, que corría al último peligro,
por cuanto Aníbal en el África sería ante
Cartago enemigo más terrible, oponiendo a Escipión
un ejército caliente todavía con la sangre de muchos
generales, dictadores y cónsules, de tal manera, que con
tales ponderaciones de nuevo se contristaba la ciudad, y con estar
ya la guerra en el África, el miedo les parecía
que estaba más cerca de Roma todavía que antes.
XXVII. Mas Escipión, habiendo vencido, al cabo de poco
tiempo, a Aníbal en batalla campal, y destruido y hollado
su arrogancia con la ruina de la misma Cartago dio a sus ciudadanos
un gozo mayor que el que podía esperar y sentó sobre
bases fijas su mando, que en verdad había sido de poderosas
olas agitado. Pero no le alcanzó a Fabio Máximo
la vida hasta ver el término de aquella guerra; así,
no oyó la derrota de Aníbal, ni llegó a entender
que la prosperidad de la patria era tan grande como segura, sino
que, por el mismo tiempo en que Aníbal tuvo que salir de
Italia, cayó enfermo y murió. Los Tebanos hicieron
a costa del erario el entierro de Epaminondas, a causa de la pobreza
en que murió, porque a su fallecimiento se dice no haberse
encontrado en su casa otra cosa que una tarja de hierro. Los Romanos
no costearon del erario las exequias de Fabio; pero, en particular,
cada uno le contribuyó con la menor de las monedas, no
como para ocurrir a su estrechez, sino para sepultarle como padre,
en lo que recibió el honor y gloria que a tal vida correspondía.
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