|
PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
Seguir
leyendo »»»
PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
Seguir
leyendo »»»
ARTÍCULOS
SÓFOCLES
Y EURÍPIDES
ENLACES
CLÁSICOS
GRIEGOS
Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
LATÍN
Web sobre Latín Online
OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
|
FILOPEMEN
I. Cleandro era en Mantinea de la primera familia
y uno de los de más poder entre sus conciudadanos; pero
por cierto infortunio tuvo que abandonar su patria y se refugió
en Megalópolis, confiado en Craugis, padre de Filopemen,
varón por todos respetos apreciable y que le miraba con
particular inclinación. Así es que durante la vida
de éste nada le faltó, y a su muerte, pagándole
agradecido el hospedaje, se encargó de educar a su hijo
huérfano, a la manera que dice Homero haber sido educado
Aquiles por Fénix, haciendo que su índole y sus
costumbres tomaran desde el principio cierta forma y elevación
regia y generosa. Luego que llegó a la adolescencia, le
tomaron bajo su enseñanza los megalopolitanos, Ecdemo y
Megalófanes, que en la Academia habían estado en
familiaridad con Arcesilao y habían trasladado la filosofía
sobre todos los de su tiempo al gobierno y a los negocios públicos.
Estos mismos libertaron a su patria de la tiranía, tratando
secretamente con los que dieron muerte a Aristodemo; con Arato
expelieron a Nicocles, tirano de Sicíone, y a ruego de
los de Cirene, cuyo gobierno adolecía de vicios y defectos,
pasando allá por mar les dieron buenas leyes y organizaron
perfectamente su república. Pues éstos, entre sus
demás hechos laudables, dieron crianza e instrucción
a Filopemen, cultivando su ánimo con la filosofía
para bien común de la Grecia, la cual parece haberle ya
dado a luz tarde y en su última vejez, infundiéndole
las virtudes de todos los generales antiguos, por lo que le apreció
sobremanera y le elevó al mayor poder y gloria. Por tanto,
uno de los Romanos, haciendo su elogio, le llamó el último
de los Griegos, como que después de él ya la Grecia
no produjo ninguno otro hombre grande y digno de tal patria.
II. Era de presencia no feo, como han juzgado algunos, porque
todavía vemos un retrato suyo que se conserva en Delfos.
Y el desconocimiento de la huéspeda de Mégara dicen
haber dimanado de su naturalidad y sencillez: porque sabiendo
que había de llegar a su casa el general de los Aqueos,
se azoró para disponer la comida, no hallándose
accidentalmente en casa el marido. Entró en esto Filopemen
con un manto nada sobresaliente, y creyendo que fuese algún
correo o algún criado, le pidió que echara también
mano a los preparativos; quitóse inmediatamente el manto
y se puso a partir leña; llegó en esto el huésped,
y diciendo: ¿Qué es esto, Filopemen?,
le respondió en lenguaje dórico: ¿Qué
ha de ser? Pagar yo la pena de mi mala figura. Burlándosele
Tito por la extraña construcción de su cuerpo, le
dijo: ¡Oh Filopemen! Tienes buenas manos y buenas
piernas, pero no tienes vientre; porque era delgado de cuerpo.
Pero, en realidad, aquel dicterio más que a su cuerpo se
dirigió a la especie de su poder: pues teniendo infantería
y caballería, en la hacienda solía estar escaso.
Y éstas son las particularidades que de Filopemen se refieren
en las escuelas.
III. En la parte moral, su deseo de gloria no estaba del todo
exento de obstinación ni libre de ira; en su deseo de mostrarse
principalmente émulo de Epaminondas, imitaba muy bien su
actividad, su constancia y su desprendimiento de las riquezas,
pero no pudiendo mantenerse entre las disensiones políticas
dentro de los límites de la mansedumbre, de la circunspección
y de la humanidad, por la ira y la propensión a las disputas,
parecía que era más propio para las virtudes militares
que para las civiles; así es que desde niño se mostró
aficionado a la guerra y tomaba con gusto las lecciones que a
esto se encaminaban, como el manejar las armas y montar a caballo.
Tenía también buena disposición para la lucha,
y algunos de sus amigos y maestros le inclinaban a que se hiciese
atleta; pero les preguntó si de esta enseñanza resultaría
algún inconveniente para la profesión militar, y
como le respondiesen lo que había en realidad, a saber:
que debía de haber gran diferencia en el cuidado del cuerpo
y en el género de vida entre el atleta y el soldado, y
que principalmente la dicta y el ejercicio en el uno, por el mucho
sueño, por la continua hartura, por el movimiento y el
reposo a tiempos determinados para aumentar y conservar las carnes,
no podían sin riesgo admitir mudanza, mientras el otro
debía estar habituado a toda variación y desigualdad,
y en especial a sufrir fácilmente el hambre y fácilmente
la falta de sueño, enterado de ello Filopemen, no sólo
se apartó de aquel género de ocupación y
lo tuvo por ridículo, sino que después, siendo general,
hizo desaparecer, en cuanto estuvo de su parte, toda la enseñanza
atlética con la afrenta y los dicterios, como que hacía
inútiles para los combates necesarios los cuerpos más
útiles y a propósito.
IV. Suelto ya de los maestros y curadores, en las excursiones
cívicas que solían hacer a la Laconia, con el fin
de merodear y recoger botín, se acostumbró a marchar
siempre el primero en la invasión y el ultimo en la vuelta.
Cuando no tenía ocupación ejercitaba el cuerpo con
la caza o con la labranza, para formarle ágil y robusto,
porque tenía una excelente posesión a veinte estadios
de la ciudad. Todos los días iba a ella después
de la comida o de la cena, y acostándose sobre el primer
mullido que se presentaba, como cualquiera de los trabajadores,
allí dormía; a la mañana se levantaba temprano,
y tomando parte en el trabajo de los que cultivaban o las viñas
o los campos, se volvía luego a la ciudad, y con los amigos
y los magistrados conversaba sobre los negocios públicos.
Lo que de las expediciones le tocaba lo empleaba en la compra
de caballos, en la adquisición de armas y en la redención
de cautivos, y procuraba aumentar su patrimonio con la agricultura,
la más inocente de todas las granjerías. Ni esto
lo hacía como fortuitamente y sin intención, sino
con el convencimiento de que es preciso tenga hacienda propia
el que se ha de abstener de la ajena. Oía no todos los
discursos y leía no todos los libros de los filósofos,
sino aquellos de que le parecía había de sacar provecho
para la virtud, y en las poesías de Homero daba preferencia
a las que juzgaba propias para despertar e inflamar la imaginación
hacia los hechos de valor. De todas las demás leyendas
se aplicaba con mayor esmero a los libros de táctica de
Evángelo, y procuraba instruirse en la historia de Alejandro,
persuadido de que lo que se aprende debe aprovechar para los negocios,
a no que se gaste en ello el tiempo por ociosidad y para inútiles
habladurías. Porque también en los teoremas de táctica,
dejando a un lado las demostraciones de la pizarra, procuraba
tomar conocimiento y como ensayarse en los mismos lugares examinando
por sí mismo en los viajes y comunicando a los que le acompañaban
las observaciones que hacía sobre el declive de los terrenos,
las cortaduras de los llanos y todo cuanto con los torrentes,
las acequias y las gargantas ocasiona dificultades y obliga a
diferentes posiciones en el ejército, ya teniendo que dividirle
y ya volviéndole a reunir. Porque, a lo que se ve, su afición
a las cosas de la milicia le llevó mucho más allá
de los términos de la necesidad, y miró la guerra
como un ejercicio sumamente variado de virtud, despreciando enteramente
a los que no entendían de ella como que no servían
para nada.
V. Tenía treinta años cuando Cleómenes,
rey de los Lacedemonios, cayendo repentinamente de noche sobre
Megalópolis, y atropellando las guardias, se introdujo
en la ciudad y ocupó la plaza. Acudió pronto a su
defensa Filopemen, y no pudo rechazar a los enemigos, aunque peleó
con extraordinario valor y arrojo; pero en alguna manera dio puerta
franca a los ciudadanos, combatiendo con los que le perseguían
y trayendo a sí a Cleómenes, en términos
que con gran dificultad pudo retirarse el último, perdiendo
el caballo y saliendo herido de la refriega. Enviólos después
a llamar Cleómenes de Mesena adonde se habían retirado,
ofreciendo retribuirles la ciudad y sus términos: proposición
que los ciudadanos admitían con gran contento, apresurándose
a volver; pero Filopemen se opuso, y los detuvo con sus persuasiones,
haciéndoles ver que no les restituía la ciudad Cleómenes,
sino que lo que quería era hacerse también dueño
de los ciudadanos, por ser éste el modo de tener más
segura la población, pues no había venido a, estarse
allí de asiento guardando las casas y los muros vacíos;
por tanto, que tendría que abandonarlos si permaneciesen
despiertos. Con este discurso retrajo a los ciudadanos de su propósito;
pero a Cleómenes le dio pretexto para destrozar y arruinar
mucha parte de la ciudad y para retirarse con muy ricos despojos.
VI Cuando el rey Antígono, en auxilio de los Aqueos, partió
contra Cleómenes, y habiendo tomado las alturas y gargantas
inmediatas a Selasia ordenó sus tropas con ánimo
de tomar la ofensiva y acometer, estaba formado Filopemen con
sus ciudadanos entre la caballería, teniendo en su defensa
a los Ilirios, gente aguerrida y en bastante número, que
protegían los extremos. de la batalla. Habíaseles
dado la orden de que permanecieran sin moverse hasta que desde
la otra ala hiciera el rey que se levantara un paño de
púrpura puesto sobre una lanza. Intentaron los jefes arrollar
con los Ilirios a los Lacedemonios, y los Aqueos guardaban tranquilos
su formación como les estaba mandado; pero enterado Euclidas,
hermano de Cleómenes, de la desunión que esta operación
produjo en las fuerzas enemigas, envió sin dilación
a los más decididos de sus tropas ligeras, con orden de
que cargasen por la espalda a los Ilirios y los contuvieran por
este medio mientras estaban abandonados de la caballería.
Hecho así, las tropas ligeras acometieron y desordenaron
a los Ilirios, y viendo Filopemen que nada era tan fácil
como caer sobre ellas, y que antes la ocasión les estaba
brindando, lo primero que hizo fue proponerlo a los jefes del
ejército real; pero como éstos no le diesen oídos,
y antes le despreciasen, teniéndole por loco y por persona
poco conocida y acreditada para semejante maniobra, la tomó
de su cuenta, acometiendo y llevándose tras sí a
sus conciudadanos. Causó desde luego desorden y después
la fuga con gran mortandad en las tropas ligeras; pero queriendo
dar aún más impulso a las tropas del rey y venir
cuanto antes a las manos con los enemigos, que ya empezaban a
desordenarse, se apeó del caballo, y entrando en el combate
en un terreno áspero y cortado con arroyos y barrancos,
a pie, con la coraza y armadura pesada de caballería, no
sin grandísima dificultad y trabajo, tuvo la fatalidad
de que un dardo con su cuerda le atravesase lateralmente entrambos
muslos, pasándolos de parte a parte y causándole
una herida gravísima, aunque no mortal. Quedó al
principio inmóvil, como si le hubieran trabado con lazos,
y sin saber qué partido tomar, porque la cuerda del dardo
hacía peligrosa la extracción de éste, habiendo
de salir por todo lo largo de la herida; así los que estaban
con él rehusaron intentarlo; pero estándose entonces
en lo más recio de la batalla, lleno de ambición
y de ira, forcejeó con los pies para no faltar de ella
y con la alternativa de subir y bajar los muslos rompió
el dardo por medio, y así pudieron sacarse con separación
entrambos pedazos. Libre ya y expedito, desenvainó la espada
y corrió por medio de las filas en busca de los enemigos,
infundiendo aliento y emulación a los demás combatientes.
Venció por fin Antígono, y queriendo probar a los
Macedonios, les preguntó por qué se había
movido la caballería sin su orden; y como para excusarse
respondiesen que habían venido a las manos con los enemigos
precisados por un mozuelo megalopolitano, que acometió
primero, les dijo sonriéndose: Pues ese mozuelo ha
tomado una disposición propia de un gran general.
VII. Adquirió Filopemen la fama que le era debida, y Antígono
le hizo grandes instancias para que entrase a su servicio, ofreciéndole
un mando y grandes intereses; pero él se excusó,
principalmente por tener conocida su índole muy poco inclinada
a obedecer. Mas no queriendo permanecer ocioso y desocupado, se
embarcó para Creta con objeto de seguir allí la
milicia, y habiéndose ejercitado en ella por largo tiempo
al lado de varones amaestrados e instruidos en todos los ramos
de la guerra y además moderados y sobrios en su método
de vida, volvió con tan grande reputación a la liga
de los Aqueos, que inmediatamente le nombraron general de la caballería.
Halló que los soldados cuando se ofrecía alguna
expedición se servían de jacos despreciables, los
primeros que se les presentaban, y que ordinariamente se excusaban
de la milicia con poner otro en su lugar, siendo muy grande su
falta de disciplina y valor. Tolerábanselo siempre los
ma- gistrados por el mucho poder de los de caballería entre
los Aqueos, y principalmente porque eran los árbitros del
premio y del castigo. Mas él no condescendió ni
lo aguantó, sino que recorriendo las ciudades, excitando
de uno en uno la ambición en todos los jóvenes,
castigando a los que era preciso e instituyendo ejercicios, alardes
y combates de unos con otros cuando había de haber muchos
espectadores, en poco tiempo les inspiró a todos un aliento
y valor admirable, y, lo que para la milicia es todavía
más importante, los hizo tan ágiles y prontos y
los adiestró de manera a maniobrar juntos y volver y revolver
cada uno su caballo, que por la prontitud en las evoluciones,
la formación toda, no parecía sino un cuerpo solo
que se movía por impulso espontáneo. Sobrevínoles
la batalla del río Lariso contra los Etolos y los Eleos,
y el general de caballería de los Eleos, Damofanto, saliéndose
de la formación, se dirigió contra Filopemen; admitió
éste la provocación, y marchando a él se
anticipó a herirle, derribándole con un bote de
lanza del caballo. Apenas vino al suelo huyeron los enemigos,
y se acrecentó la gloria de Filopemen, por verse claro
que ni en pujanza era inferior a ninguno de los jóvenes
ni en prudencia a ninguno de los ancianos, sino que era tan a
propósito para combatir como para mandar.
VIII. La liga de los Aqueos empezó a gozar de alguna consideración
y poder a esfuerzos de Arato, que le dio consistencia, reuniendo
las ciudades antes divididas y estableciendo en ellas un gobierno
propiamente griego y humano. Después, al modo que en el
fondo del agua empiezan a po- sarse algunos cuerpos pequeños,
y en corto número al principio y luego cayendo otros sobre
los primeros y trabándose con ellos forman entre sí
una materia compacta y firme, de la misma manera a la Grecia,
débil todavía y fácil de ser disuelta, por
estar descuidadas las ciudades, los Aqueos la empezaron a afirmar,
tomando por su cuenta auxiliar a unas de las ciudades comarcanas,
libertar a otras de la tiranía que sufrían y enlazarlas
a todas entre sí por medio de un gobierno uniforme. Por
este medio se propusieron constituir un solo cuerpo y un solo
Estado del Peloponeso; pero en vida de Arato todavía en
las más de las cosas tenían que ceder a las armas
de los Macedonios, haciendo la corte a Tolomeo y después
a Antígono y a Filipo, que se mezclaban en todos los negocios
de los Griegos, Mas después que Filopemen llegó
a tener el primer lugar, considerándose con bastante poder
para hacer frente aun a los más poderosos, se dispensaron
de la necesidad de tener tutores extranjeros. Porque Arato, tenido
por poco aficionado a las contiendas bélicas, los más
de los negocios procuraba transigirlos con las conferencias, con
la blandura y con sus relaciones con los reyes, según que
en su Vida lo dejamos escrito; pero Filopemen, que era belicoso,
fuerte en las armas y feliz y virtuoso desde el principio en cuantas
batallas se le ofrecieron, juntamente con el poder aumentó
la confianza de los Aqueos, acostumbrados a vencer con él
y a tener la más dichosa suerte en los combates.
IX. Lo primero que hizo fue cambiar la formación y armamento
de los Aqueos, que no eran como le parecía convenir; porque
usaban de unas rodelas fáciles de manejar por su delgadez,
pero demasiado angostas para resguardar el cuerpo, y de unas azconas
mucho más cortas que las lanzas; por lo que, si bien de
lejos eran ágiles y diestros en herir por la misma ligereza
de las armas, en el encuentro con los enemigos eran inferiores
a éstos. No estaba entre ellos recibida la formación
y disposición de las tropas en espiral, sino que, formando
una batalla que no tenía defensa ni protección con
los escudos, como la de los Macedonios, fácilmente se desordenaban
y dispersaban. Para poner, pues, orden en estas cosas, les persuadió
que en lugar de la rodela y la azcona tomaran el escudo y la lanza,
y que, defendidos con yelmos, con corazas y con canilleras, se
ejercitaran en un modo de pelear seguro y firme, dejando el de
algarada y correría. Habiendo convencido, para que así
se armasen, a los que eran de edad proporcionada, primero los
alentó e hizo confiar, pareciéndoles que se habían
hecho invencibles, y después sacó de su lujo y ostentación
un ventajoso partido, ya que no era posible extirpar enteramente
la necia vanidad en los hombres viciados de antiguo, que gustaban
de vestidos costosos, de colgaduras de diversos colores y de los
festejos de las mesas y banquetes. Empezó, pues, por apartar
su inclinación al lujo de las cosas vanas y superfluas,
convirtiéndolas a las útiles y laudables; con lo
que alcanzó de ellos que, cortando los gastos que diariamente
hacían en otras galas y preseas, se complaciesen en presentarse
adornados y elegantes con los arreos militares. Veíanse,
pues, los talleres llenos de cálices y copas rotas, de
corazones dorados y de escudos y frenos plateados, así
como los estadios de potros que se estaban domando y de jóvenes
que se adiestraban en las armas, y en las manos de las mujeres
yelmos y penachos dados de colores, mantillas de caballos y sobrerropas
bellamente guarnecidas: espectáculo que acrecentaba el
valor e inspirando nuevo aliento los hacía intrépidos
y osados para arrojarse a los peligros. Porque el lujo en otros
objetos infunde vanidad y en los que le usan engendra delicadeza,
como si aquella sensación halagase y recrease el ánimo;
pero el lujo de estas otras cosas más bien lo fortalece
y eleva. Por eso Homero nos pintó a Aquiles inflamado y
enardecido con sólo habérsele puesto ante los ojos
unas armas nuevas para querer hacer prueba de ellas. Al propio
tiempo que adornaba así a los jóvenes los ejercitaba
y adiestraba, haciéndoles ejecutar las evoluciones con
gusto y con emulación, porque les había agradado
sobremanera aquella formación, pareciéndoles haber
tomado con ella un apiñamiento al abrigo de las heridas.
Las armas, además, con el ejercicio, se les hablan hecho
manejables y ligeras, poniéndoselas y llevándolas
con placer por su brillantez y hermosura, y ansiando por verse
en los combates para probarlas con los enemigos.
X. Hacían entonces la guerra los Aqueos a Macánidas,
tirano de los Lacedemonios, que con grande y poderoso ejército
se proponía sujetar a todos los del Peloponeso. Luego que
se anunció haberse encaminado a Mantinea, salió
contra él Filopemen con sus tropas. Acamparon muy cerca
de la ciudad, teniendo uno y otro muchos auxiliares, y trayendo
cada uno consigo casi todas las fuerzas de sus respec- tivos pueblos.
Cuando ya se trabó la batalla, habiendo Macánidas
rechazado con sus auxiliares a la vanguardia de los Aqueos, compuesta
de los tiradores y de los de Tarento, en lugar de caer inmediatamente
sobre la hueste y romper su formación se entregó
a la persecución de los vencidos, y se fue más allá
del cuerpo del ejército de los Aqueos, que guardaba su
puesto. Filopemen, sucedida semejante derrota en el principio,
por la que todo parecía enteramente perdido, disimulaba
y hacía como que no lo advertía y que nada de malo
había en ello, mas al reflexionar el grande error que con
la persecución habían cometido los enemigos, desamparando
el cuerpo de su ejército y dejándole el campo libre,
no fue en su busca, ni se les opuso en su marcha contra los que
huían, sino que dio lugar a que se alejaran, y cuando ya
vio que la separación era grande, cargó repentinamente
a la infantería de los Lacedemonios, porque su batalla
había quedado sin defensa. Acometióla, pues, por
el flanco a tiempo que ni tenían general ni estaban aparejados
para combatir, porque, en vista de que Macánidas seguía
el alcance, se creían ya vencedores, y que todo lo habían
sojuzgado. Rechazólos, pues, a su vez, con gran mortandad,
porque se dice haber perecido más de cuatro mil, y en seguida
marchó contra Macánidas, que volvía ya del
alcance con sus auxiliares. Había en medio una fosa ancha
y profunda, y hacían esfuerzos de una parte y otra, el
uno por pasar y huir, y el otro por estorbárselo, presentando
el aspecto no de unos generales que peleaban, sino de unas fieras,
que por la necesidad hacían uso de toda su fortaleza, acosadas
del fiero cazador Filopemen. En esto el caballo del tirano, que
era poderoso y de bríos, y además se sentía
aguijado con ambas espuelas, se arrojó a pasar, y dando
de pechos en la acequia, pugnaba con las manos por echarse fuera;
entonces Simias y Polieno, que siempre en los combates estaban
al lado de Filopemen, y lo protegían con sus escudos, los
dos corrieron a un tiempo, presentando de frente las lanzas; pero
se les adelantó Filopemen, dirigiéndose contra Macánidas;
y como viese que el caballo de éste, levantando la cabeza,
le cubría el cuerpo, volvió el suyo un poco, y embrazando
la lanza lo hirió con tal violencia, que lo sacó
de la silla y lo derribó al suelo. En esta actitud le pusieron
los Aqueos una estatua en Delfos, admirados en gran manera de
este hecho y de toda aquella jornada.
XI Dícese que habiendo ocurrido la celebridad de los Juegos
Nemeos cuando por segunda vez se hallaba de general Filopemen,
haciendo muy poco tiempo que había alcanzado la victoria
de Mantinea, como no tuviese entonces que atender más que
a la solemnidad de la fiesta, hizo por primera vez alarde de su
ejército ante los Griegos, presentándolo muy adornado
y haciéndolo evolucionar como de costumbre al son de la
música militar con aire de agilidad, y que después,
habiendo contienda de tañedores de cítara, pasó
al teatro, llevando a los jóvenes con mantos militares
y con ropillas de púrpura y ostentando éstos gallardos
cuerpos y edades entre sí iguales, al mismo tiempo que
mostraban grande veneración a su general y un tardimiento
juvenil por sus muchos y gloriosos combates. No bien habían
entrado, cuando el citarista Pílades, que por caso cantaba
Los Persas, de Timoteo, empezó de esta manera: De libertad,
honor y prez glorioso éste para la Grecia ha conseguido.
Concurriendo con la belleza de la voz la sublimidad de la poesía,
todos volvieron inmediatamente la vista a Filopemen, levantándose
con el gozo mucha gritería, por concebir los Griegos en
sus ánimos grandes esperanzas de su antigua gloria y considerarse
ya con la confianza muy cerca de la elevación de sus mayores.
XII. En las batallas y combates, así como los potros echan
menos a los que suelen montarlos, y si llevan a otro se espantan
y lo extrañan, de la misma manera el ejército de
los Aqueos bajo otros generales decaía de ánimo,
volviendo siempre los ojos a Filopemen; y con sólo verlo,
al punto se rehacía y recobraba confiado su anterior brío
y actividad, pudiendo observarse que aun los mismos enemigos a
éste sólo, entre todos los generales, miraban con
malos ojos, asustados con su gloria y con su nombre, lo que se
ve claro en lo mismo que ejecutaron. Porque Filipo, rey de los
Macedonios, conceptuando que si lograba deshacerse de Filopemen,
de nuevo se le someterían los Aqueos, envió reservadamente
a Argos quien le diese muerte; pero descubiertas sus asechanzas,
incurrió en odio y en descrédito entre los Griegos.
Los Beocios sitiaban a Mégara, esperando tomarla muy en
breve; pero habiéndose esparcido repenti- namente la voz,
que no era cierta, de que Filopemen, que venía en socorro
de los sitiados, se hallaba cerca, dejando las escalas que ya
tenían arrimadas al muro dieron a huir precipitadamente.
Apoderóse por sorpresa de Mesena Nabis, que tiranizó
a los Lacedemonios después de Macánidas, justamente
a tiempo en que Filopemen no tenía más carácter
que el de particular, sin mando alguno; y como no pudiese mover,
para que auxiliase a los Mesenios, a Lisipo, general entonces
de los Aqueos, quien respondió que la ciudad estaba enteramente
perdida, hallándose ya los enemigos dentro, él mismo
tomó a su cargo aquella demanda y marchó con solos
sus conciudadanos, que no esperaban ni ley ni investidura alguna,
sino que voluntariamente se fueron en pos de él, atraídos
por naturaleza al mando del más sobresaliente. Todavía
estaba a alguna distancia cuando Nabis entendió su venida,
y con todo no le aguardó, sino que, con estar acampado
dentro de la ciudad, se retiró por otra parte e inmediatamente
recogió sus tropas, teniéndose por muy bien librado
si se le daba lugar para huir: huyó, y Mesena quedó
libre.
XIII. Estas son las hazañas gloriosas de Filopemen; porque
su vuelta a Creta, llamado de los Gortinios, para tenerle por
general en la guerra que se les hacía, no carece de reprensión,
a causa de que molestando con guerra Nabis a su patria, o huyó
el cuerpo a ella, o prefirió intempestivamente el honor
de aprovechar a otros. Y justamente fue tan cruda la guerra que
en aquella ocasión se hizo a los Megalopolitanos, que tenían
que estarse resguardados de las mura- llas y sembrar las calles,
porque los enemigos les talaban los términos y casi estaban
acampados en las mismas puertas; y como él, entre tanto,
hubiese pasado a ultramar a acaudillar a los Cretenses, dio con
esto ocasión a sus enemigos para que le acusasen de que
se había ido huyendo de la guerra doméstica; mas
otros decían que habiendo elegido los Aqueos otros jefes,
Filopemen, que había quedado en la clase de particular,
había hecho entrega de su reposo a los Gortinios, que le
habían pedido para general. Porque no sabía estar
ocioso, queriendo, como si fuera otra cualquiera arte o profesión,
traer siempre entre manos y en continuo ejercicio su habilidad
y disposición para las cosas de la guerra; lo que se echa
de ver en lo que dijo, en cierta ocasión, del rey Tolomeo;
porque como algunos le celebrasen a éste, a causa de que
ejercitaba sus tropas continuamente y él mismo trabajaba
sin cesar oprimiendo su cuerpo bajo las armas, y ¿quién-
respondió- alabaría a un rey que en una edad como
la suya no diese estas muestras, sino que gastase el tiempo en
deliberar? Incomodados, pues, los Megalopolitanos con él
por este motivo, y teniéndolo a traición, intentaron
proscribirle, pero se opusieron los Aqueos, enviando a Aristeno
de general a Megalópolis; el cual, no obstante disentir
de Filopemen en las cosas de gobierno, no permitió que
se llevara a cabo aquella condenación. Desde entonces,
malquisto Filopemen con sus ciudadanos, separó de su obediencia
a muchas de las aldeas del contorno, diciéndoles respondiesen
que no les eran tributarias ni habían pertenecido a su
ciudad desde el principio, y cuando hubieron dado esta respuesta,
abiertamente defendió su causa e indispuso a la ciudad
con los Aqueos; pero esto fue más adelante. En Creta hizo
la guerra con los Gortinios, no como un hombre del Peloponeso
y de la Arcadia, franca y generosamente, sino revistiéndose
de las costumbres de Creta, y usando contra ellos mismos de sus
correrías y asechanzas les hizo ver que eran unos niños
que empleaban arterías despreciables y vanas en lugar de
la verdadera disciplina.
XIV. Admirado y celebrado por las proezas que allá hizo,
regresó otra vez al Peloponeso, y halló que Filipo
había ya sido vencido por Tito Flaminino, y que a Nabis
lo perseguían con guerra los Aqueos y los Romanos; nombrado
inmediatamente general contra él, como probase la suerte
de un combate naval, le sucedió lo que a Epaminondas, que
fue perder de su valor y gloria, habiendo peleado muy desventajosamente
en el mar; aunque de Epaminondas dicen algunos que no pareciéndole
bien que sus ciudadanos gustasen de las utilidades que la navegación
produce, no fuese que insensiblemente, de infantes inmobles, según
la expresión de Platón, se los hallase trocados
en marineros y hombres perdidos, dispuso muy de intento que del
Asia y de las islas se volviesen sin haber hecho cosa alguna.
Mas Filopemen, muy persuadido de que la ciencia que tenía
en las cosas de la tierra le había de servir también
para las del mar, muy luego se desengañó de lo mucho
que el ejercicio conduce para el logro de las empresas y cuán
grande es para todo el poder de la costumbre; porque no sólo
llevó lo peor en el combate naval por su impericia, sino
que escogió una nave, antigua, sí, y célebre
por cuarenta años, pero que no bastaba a sufrir la carga
que le impuso, e hizo con esto que corrieran gran riesgo los ciudadanos.
Observando después que en consecuencia de este suceso le
miraban con desdén los enemigos, por parecerles que había
desertado del mar, y habiendo éstos puesto sitio con altanería
a Gitio, navegó al punto contra ellos, cuando no lo esperaban,
descuidados con la victoria; y desembarcando de noche los soldados,
les ordenó que tomasen fuego, y aplicándolo a las
tiendas les abrasó el campamento, haciendo perecer a muchos.
De allí a pocos días repentinamente les sobrecogió
Nabis en la marcha, atemorizando a sus Aqueos, que tenían
por imposible salvarse en un sitio muy áspero y muy conocido
de los enemigos; mas él, parándose un poco y dando
una ojeada al terreno, hizo ver que la táctica es lo sumo
del arte de la guerra; en efecto, moviendo un poco su batalla
y dándole la formación que el lugar exigía,
fácil y sosegadamente se hizo dueño del paso, y
cargando a los enemigos los desordenó completamente. Mas
como advirtiese que no huían hacia la ciudad, sino que
se habían dispersado acá y allá por el país,
que sobre ser montuoso y cubierto de maleza era inaccesible a
la caballería por las muchas acequias y torrentes, impidió
que se siguiera el alcance, y se acampó todavía
con luz; pero conjeturando que los enemigos se valdrían
de las tinieblas para recogerse a la ciudad de uno en uno y de
dos en dos, colocó en celada en los barrancos y collados
a muchos soldados aqueos, armados de puñales, con el cual
medio perecieron la mayor parte de los de Nabis; porque no haciendo
la retirada en unión, sino como casualmente habían
huido, perecían en las inme- diaciones de la ciudad, cayendo
a la manera de las aves en manos de los enemigos.
XV. Fue por estos sucesos sumamente celebrado y honrado por los
Griegos en sus teatros, lo que sin culpa de nadie ofendió
la ambición de Tito Flaminino, quien, como cónsul
de los Romanos, quería se le aplaudiese más que
a un particular de la Arcadia, y en punto a beneficios creía
que le excedía en mucho, por cuanto con sólo un
pregón había dado la libertad a toda la Grecia,
que antes servía a Filipo y los Macedonios. De allí
a poco hace Tito paces con Nabis y muere éste de resultas
de asechanzas que le pusieron los Etolos; y como con este motivo
se excitasen sediciones en Esparta, aprovechando Filopemen esta
oportunidad, marcha allá con tropas, y ganando por fuerza
a unos y con la persuasión a otros, atrae aquella ciudad
a la liga de los Aqueos, empresa que le hizo todavía mucho
más recomendable a éstos, adquiriéndoles
la gloria y el poder de una ciudad tan ilustre; y en verdad que
no era poco haber venido Lacedemonia a ser una parte de la Acaya.
Concilióse también los ánimos de los principales
entre los Lacedemonios, por esperar que habían de tener
en él un defensor de su libertad. Por tanto, habiendo reducido
a dinero la casa y bienes de Nabis, que importaron ciento y veinte
talentos, decretaron hacerle presente de esta suma, enviándole
al efecto una embajada; pero entonces resplandeció la integridad
de este hombre, que no sólo parecía justo, sino
que lo era; porque ya desde luego ninguno de los Espartanos se
atrevió a hacer a un varón como aquel la propuesta
del regalo, sino que, temerosos y encogidos, se valieron de un
huésped del mismo Filopemen, llamado Timolao, y después
éste, habiendo pasado a Megalópolis y sido convidado
a comer por Filopemen, como de su gravedad en el trato, de la
sencillez de su método de vida y de sus costumbres observadas
de cerca hubiese comprendido que en ninguna manera era hombre
accesible a las riquezas o a quien se ganase con ellas, tampoco
habló palabra del presente, y aparentando otro motivo de
su viaje se retiró a casa, sucediéndole otro tanto
la segunda vez que fue mandado. Con dificultad pudo resolverse
a la tercera; pero, al fin, en ella le manifestó los deseos
de la ciudad. Oyóle Filopemen apaciblemente, y pasando
a Lacedemonia les dio el consejo de que no sobornasen a sus amigos
y a los hombres de bien, pues que podían de balde sacar
partido de su virtud, sino que más bien comprasen y corrompiesen
a los malos, que en las juntas sacaban de quicio a la ciudad,
para que, tapándoles la boca con lo que recibiesen, los
dejasen en paz, pues que valía más sofocar la osada
claridad de los enemigos que la de los amigos: ¡hasta este
punto llegaba su integridad en cuanto a intereses!
XVI Advertido al cabo de algún tiempo el general de los
Aqueos, Diófanes, de que los Lacedemonios intentaban novedades,
pensaba en castigarlos, y ellos, disponiéndose a la guerra,
traían revuelto el Peloponeso; mas en tanto, Filopemen
trataba de reprimir y apaciguar el enojo de Diófanes, mostrándole
que la ocasión en que cl rey Antíoco y los Romanos
amenazaban a los Griegos con tan grandes fuerzas ponía
al general en la necesidad de fijar allí su atención,
no tocando los negocios de casa y haciendo como que no se veían
ni se oían los errores de los propios. No le dio oídos
Diófanes, sino que con Tito Flaminino entró por
la Laconia, y como se encaminasen hacia la capital, irritado Filopemen
se determinó a un arrojo, no muy seguro ni del todo conforme
con las reglas de justicia, pero grande y propio de un ánimo
elevado, cual fue el de pasar a Lacedemonia; y al general de los
Aqueos y al cónsul de los Romanos, con no ser más
que un particular, les dio con las puertas en los ojos; calmó
los alborotos de la ciudad y volvió a incorporar a los
Lacedemonios en la liga como estaban antes. Más adelante,
siendo general Filopemen, tuvo motivos de disgusto con los Lacedemonios,
y a los desterrados los restituyó a la ciudad, dando muerte
a ochenta Espartanos, según dice Polibio; pero según
Aristócrates, a trescientos cincuenta. Derribó las
murallas; y haciendo suertes del territorio, lo repartió
a los Megalopolitanos. A todos cuantos habían de los tiranos
recibido el derecho de ciudad los trasplantó, llevándolos
a la Acaya, a excepción de tres mil; a éstos, que
se obstinaron en no querer salir de la Lacedemonia, los hizo vender,
y después, para mayor mortificación, edificó
con este dinero un pórtico en Megalópolis. Indignado
hasta lo sumo con los Lacedemonios, y cebándose más
en los que habían sido tratados tan indignamente, consumó
por fin el hecho en política más duro y más
injusto, que fue el de arrancar y destruir la institución
de Licurgo, obligando a los niños y a los jóvenes
a cambiar su educación patria por la delos Aqueos, por
cuanto nunca abatirían su orgullo, manteniéndose
en las leyes de aquel legislador. Y entonces, domados con tan
grandes trabajos, puestos como cera en las manos de Filopemen,
se hicieron dóciles y sumisos; pero más adelante,
habiendo implorado el favor de los Romanos, salieron del gobierno
de los Aqueos y recobraron y restablecieron el suyo propio en
cuanto fue posible después de tales calamidades y trabajos.
XVII. Cuando sobrevino la guerra de los Romanos contra Antíoco
en la Grecia, Filopemen no ejercía ningún cargo,
y como viese que Antíoco se entretenía con Calcis,
muy fuera de sazón, con bodas y con amores de doncellas,
y que los Sirios vagaban y se divertían por las ciudades
sin jefes y en el mayor desorden, se lamentaba de no tener mando,
y envidiaba a los Romanos la victoria: Porque si yo fuera
general- decía-, con todos éstos acabaría
en las tabernas. Vencieron después los Romanos a
Antíoco, e internándose ya más en los negocios
de los Griegos, iban cercando con sus tropas a los Aqueos, ayudados
de los demagogos que estaban de su parte, y su gran poder prosperaba
con el favor de su genio tutelar, estando próximos a la
cumbre adonde había de elevarlos la fortuna. Entonces Filopemen,
fortificándose como buen piloto contra las olas, en algunas
cosas se veía precisado a ceder y contemporizar; pero en
las más se oponía, y a los que en el decir y hacer
tenían más influjo, procuraba atraerlos al partido
de la libertad. Aristeno Megalopolitano, que era el de mayor poder
entre los Aqueos, no cesaba de obsequiar a los Romanos, persuadido
de que aquellos no debían oponérsele ni desagradarlos
en las juntas; y se dice que Filopemen lo oía en silencio,
pero lo llevaba muy a mal, y que, por fin, no pudiéndose
ya contener en su enojo, le dijo a Aristeno: Hombre ¡a
qué afanarte tanto por ver cumplido el hado de la Grecia!
Manio, cónsul de los Romanos, que venció a Antíoco,
solicitaba de los Aqueos que permitieran la vuelta a los desterrados
de los Lacedemonios, y también Tito Flaminino instaba a
Manio sobre este punto; pero se opuso Filopemen, no por odio contra
los desterrados, sino porque quería que aquello se hiciese
por él mismo y por los Aqueos, y no por Tito, ni en obsequio
de los Romanos; nombrado general al año siguiente, él
mismo los restituyó a su patria: ¡tanto era su espíritu
para tenerse firme y contender con los poderosos!
XVIII. Hallándose ya en los setenta años de su
edad, y nombrado octava vez general de los Aqueos, concibió
la esperanza de que no sólo pasaría aquella magistratura
en paz, sino que el estado de los negocios le permitiría
vivir sosegado lo que le restaba de vida; porque así como
las enfermedades son más remisas según van faltando
las fuerzas del cuerpo, de la misma manera, yendo de vencida el
poder en las ciudades griegas, se extinguía y apagaba en
ellas el ardor de contender; parece, no obstante, que alguna furia,
como atleta aventajado en el correr, lo llevó precipitadamente
al término de la vida. Porque se dice que en una conversación,
celebrando los que se hallaban presentes a uno de que era hombre
sobresaliente para el mando de un ejército, contestó
Filopemen: ¿Cómo ha de merecer ese elogio
un hombre que vivo se dejó cautivar por los enemigos?
Pues de allí a pocos días Dinócrates de Mesena,
que particularmente estaba mal con Filopemen, y además
se hacía insufrible a todos por su perversidad y sus vicios,
separó a Mesena de la Liga Aquea, y se dirigió contra
una aldea llamada Colónide con intento de tomarla. Hizo
la casualidad que Filopemen se hallase a la sazón en Argos
con calentura; pero recibida la noticia, al punto marchó
a Megalópolis, andando en un día más de cuatrocientos
estadios; partió al punto de allí en auxilio de
la aldea, llevando consigo a los de a caballo, que, aunque eran
los más principales y muy jóvenes, gustosos entraron
en la expedición por celo y por amor a Filopemen. Encaminándose
a Mesena, y encontrándose junto al collado de Evandro con
Dinócrates, que también iba en busca de ellos, a
éste lograron rechazarlo; pero como sobreviniesen de pronto
unos quinientos que habían quedado en custodia del país
de Mesena, y tomasen los vencidos las alturas luego que los vieron,
temiendo Filopemen ser envuelto, y mirando también por
sus tropas, dispuso su retirada por lugares ásperos, poniéndose
a retaguardia, haciendo muchas veces cara a los enemigos y atrayéndolos
hacia sí; ellos, sin embargo, no se atrevían a embestirle,
sino que sólo correspondían con gritería
y carreras desde lejos. Separábase frecuentemente por causa
de aquellos jóvenes, acompañándoles de uno
en uno, y con esto no advirtió que había llegado
a quedarse solo entre gran número de enemigos; nadie se
atrevía, en verdad, a venir a las manos con él;
pero de lejos le impelían y arrastraban a sitios pedregosos
y cercados de precipicios, de manera que con dificultad gobernaba
y aguijaba el caballo. La vejez, por la vida ejercitada que había
tenido, le era ligera y en nada le estorbaba para salvarse; pero
entonces, falto de fuerzas por la debilidad del cuerpo, y fatigado
con tanto caminar, se había puesto pesado y torpe, y un
tropiezo del caballo lo derribó al suelo. La caída
fue terrible, y habiendo recibido el golpe en la cabeza quedó
por largo rato sin sentido; tanto, que los enemigos, teniéndole
por muerto, intentaron volver el cuerpo y despojarle; mas como
levantando la cabeza se hubiese puesto a mirarlos, acudiendo en
gran número le echaron las manos a la espalda, y, atándolo,
se lo llevaron, usando de mil improperios e insultos con un hombre
que ni por sueño podía haber temido semejante cosa
de Dinócrates.
XIX. En la ciudad, llegada la noticia, se pusieron muy ufanos,
y corrieron en tropel a las puertas; pero cuando vieron que traían
a Filopemen de un modo tampoco correspondiente a su gloria y sus
anteriores hazañas y trofeos, los más se compadecieron
y consternaron, hasta el punto de llorar y de despreciar el poder
humano, teniéndole por incierto y por nada. Así,
al punto corrió entre los más la voz favorable de
que era preciso tener presentes sus antiguos beneficios y la libertad
que les había dado, redimiéndoles del tirano Nabis;
pero unos cuantos, queriendo congraciarse con Dinócrates,
proponían que se le diese tormento y se le quitase la vida,
como enemigo poderoso y difícil de aplacar, y mucho más
temible para Dinócrates si lograba salvarse después
que éste le había maltratado y hecho prisionero.
Mas lo que por entonces hicieron fue llevarlo al que llamaban
Tesoro, un edificio subterráneo al que no penetraban de
afuera ni el aire ni la luz, y que no tenía puertas, sino
que lo cerraban con una gran piedra que ponían a la entrada;
encerrándolo, pues, en él, y arrimando la piedra,
colocaron alrededor centinelas armados. Los soldados aqueos, luego
que se rehicieron un poco de la fuga, echaron de menos a Filopemen
sospechándole muerto, y estuvieron mucho tiempo llamándolo
y tratando entre sí sobre cuán vergonzosa e injustamente
se salvarían, habiendo abandonado a los enemigos un general
que tanto había expuesto su vida por ellos; fueron, pues,
más adelante con gran diligencia, y ya tuvieron noticia
de cómo había sido cautivado, la que anunciaron
a las ciudades de los Aqueos. Fue ésta para todos de grandísima
pesadumbre y determinaron reclamar de los Mesenios a su general,
enviando al intento una embajada, y entre tanto se preparaban
para la guerra.
XX. Esto fue lo que hicieron los Aqueos; mas Dinócrates,
temiendo en gran manera que en el tiempo mismo hallase su salvamento
Filopemen, y deseando prevenir las disposiciones de los Aqueos,
luego que fue de noche y que la muchedumbre de los Mesenios se
retiró, abriendo el calabozo hizo entrar en él al
ministro público, y ordenó que llevando un veneno
se le propinara, sin apartarse de allí hasta que lo hubiese
bebido. Estaba echado sobre su manto sin dormir, entregado al
pesar y sobresalto; cuando vio luz y cerca de sí aquel
hombre que tenía en la mano la taza de veneno, incorporándose
con mucho trabajo, a causa de su debilidad, se sentó, y
tomando la taza le preguntó si tenía alguna noticia
de sus soldados, y especialmente de Licortas. Respondióle
el ministro que los más habían logrado salvarse;
dio con la cabeza señal de aprobación, y mirándole
benignamente, buena noticia me da,- le dijo-, pues que no
todo lo hicimos desgraciadamente; y sin decir ni articular
más palabra, bebió y volvió otra vez a acostarse.
El veneno no encontró obstáculo para producir su
efecto, pues estando tan débil lo acabó muy pronto.
XXI Luego que la noticia de su muerte se difundió entre
los Aqueos, las ciudades todas cayeron en la aflicción
y desconsuelo, y, concurriendo a Megalópolis toda la juventud
con los principales, no quisieron poner dilación ninguna
en el castigo, sino que, eligiendo por general a Licortas, se
entraron por la Mesena, talando y molestando el país, hasta
que, llamados a mejor acuerdo, dieron entrada a los Aqueos. Dinócrates
se apresuró por sí mismo a quitarse la vida; de
los demás, cuantos dieron consejo de deshacerse de Filopemen,
también se dieron por sí mismos la muerte; a los
que aconsejaron que se le atormentase los hizo atormentar Licortas.
Quemaron luego el cuerpo de Filopemen, y, recogiendo en una urna
los despojos, dispusieron su conducción, no en desorden
y sin concierto, sino reuniendo con las exequias una pompa triunfal,
porque a un mismo tiempo se les veía ceñir coronas
y derramar lágrimas; y juntamente con los enemigos cautivos
y aherrojados se veía la urna tan cubierta de cintas y
coronas, que apenas podía descubrirse. Llevábala
Polibio, hijo del general de los Aqueos, y a su lado los principales
de éstos. Los soldados, armados y con los caballos vistosamente
enjaezados, seguían la pompa, ni tan tristes como en tan
lamentable caso, ni tan alegres como en una victoria. De las ciudades
y pueblos del tránsito salían al encuentro como
para recibirle cuando volvía del ejército; acercábanse
a la urna y concurrían a llevarla a Megalópolis.
Cuando ya pudieron incorporárseles los ancianos con las
mujeres y los niños, el llanto del ejército discurrió
por toda la ciudad, afligida y desconsolada con tal pérdida,
previendo que decaía al mismo tiempo de la gloria de tener
el primer lugar entre los Aqueos. Diósele, pues, honrosa
sepultura como correspondía, y en las inmediaciones de
su sepulcro fueron apedreados los cautivos de los Mesenios. Siendo
muchas sus estatuas y muchos los honores que las ciudades le decretaron,
hubo un Romano que en los infortunios que la Grecia experimentó
en Corinto propuso que se destruyeran todas para perseguirle después
de muerto, en manifestación de que en vida había
sido contrario y enemigo de los Romanos. Se trató este
asunto y se hicieron discursos en él, respondiendo Polibio
al calumniador, y ni Mumio ni los legados consintieron en que
se quitasen los monumentos de tan insigne varón, sin embargo
de la contradicción que en él habían experimentado
Tito y Manio; y es que aquellos supieron preferir, según
parece, la virtud a la conveniencia y lo honesto a lo útil,
juzgando recta y racionalmente que a los bienhechores se les debe
el premio y el agradecimiento por los que recibieron el beneficio,
pero que a los hombres virtuosos les debe ser tributado honor
por todos los buenos. Y esto baste de Filopemen.
|
|