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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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SÓFOCLES
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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FOCIÓN
I. El orador Demades, que gozó de gran
poder en Atenas por gobernar a gusto de los Macedonios y de Antípatro,
como se viese precisado a escribir y decir muchas cosas nada dignas
de la majestad y de las costumbres de aquella república,
sostenía que era merecedor de perdón, porque gobernaba
los naufragios de ella. Esta expresión, aunque bastante
atrevida, podría parecer verdadera si se trasladase y aplicase
al gobierno de Foción. Porque en cuanto a Demades, él
era verdaderamente el naufragio de la república, por haber
vivido y gobernado tan indecentemente, que cuando ya era viejo
decía en vituperio suyo Antípatro que a manera de
sacrificio consumado no quedaba de él más que la
lengua y el vientre, mientras que a la virtud de Foción,
que fue puesta a prueba con el tiempo que le cupo, como con un
enemigo poderoso y violento, los infortunios de la Grecia la marchitaron
y deslucieron en punto a gloria. Pues no se ha de dar crédito
a Sófocles, que hace apocada y débil a la virtud
en estos versos: Que de su asiento, oh rey, es conmovida la razón
del que en males es probado aunque antes con bríos se mostrase;
y sólo se ha de dar a la fortuna tanto poder sobre los
hombres justos y buenos cuanto baste a esparcir contra ellos calumnias
y rumores siniestros, en lugar del honor y agradecimiento que
se les debía, con detrimento del crédito y aprecio
de la virtud.
II. Parecía que los pueblos principalmente habían
de mostrarse insolentes contra los buenos cuando están
en prosperidad y cuando los engríen sucesos faustos y un
gran poder; pero es lo contrario lo que sucede. Porque las desgracias
vuelven las costumbres displicentes, mal sufridas, y propensas
a la ira, y hacen el oído excesivamente delicado y muy
dispuesto a irritarse con cualquiera palabra o expresión
un poco viva; por la cual disposición el que reprende a
los que yerran parece que les echa en cara sus infortunios, y
la claridad y la franqueza pasan por desprecio; y así como
la miel perjudica a los miembros heridos y llagados, de la misma
manera las expresiones verdaderas y ajustadas a razón muerden
e irritan a los que están en adversidad, como no sean muy
benignas y conciliadoras, que es por lo que el poeta llamó
grato al alma lo que es dulce, porque cede a la parte inflamada
de ella y no la contraría ni se le opone. Porque también
el ojo doliente se complace más con los colores oscuros
y que reflejan poco la luz, y se aparta de los que son más
claros y envían resplandor. Pues por el mismo término,
la república, que por imprudencia ha caído en una
suerte desventurada, se pone en cierto estado de delicadeza y
de temor para no poder sufrir la verdad dicha a las claras, justamente
cuando más la ha menester, porque pueden los yerros llegar
a punto que no tenga enmienda. Por lo mismo un gobierno que se
halla en esta situación es cosa sumamente expuesta, porque
pierde consigo al que le habla según su gusto, pero pierde
antes al que no le adula. Por tanto, así como del Sol dicen
los matemáticos que no lleva la misma carrera que el cielo,
ni tampoco la contraria y enteramente opuesta, sino que usa de
una marcha oblicua e inclinada, en virtud de la cual hace un giro
lento, flexible y compasado, que da salud a todas las cosas y
les hace tomar la temperatura que a cada una conviene, del mismo
modo en materia de gobierno la autoridad demasiado tirante, que
en todo repugna a los gobernados, es cruel y dura; como, por el
contrario, arriesgada y puesta en precipicio la que es condescendiente
con los que delinquen, que es a lo que los más propenden.
Será, por tanto, saludable aquella cuidadosa administración
pública que tenga alguna condescendencia con los que obedecen,
que haga algo en su obsequio, pero que sepa al mismo tiempo exigir
lo que conviene, siendo conducida por hombres que por lo común
usen de blandura y maña y no quieran llevarlo todo despótica
y violentamente. Es, empero, trabajoso y difícil en este
género de administración mezclar y templar bien
la autoridad con la condescendencia, lo que, si se logra, resulta
un concierto más exacto y más músico que
todos los números y que todas las armonías: el mismo
con que se dice gobierna Dios el mundo, no usando nunca de violencia,
sino evitando con la razón y la dulzura el que se haga
perceptible la necesidad.
III. Lo dicho arriba sucedió a Catón el menor;
porque tampoco éste tuvo unas costumbres suaves y gratas
a la muchedumbre, ni fue la condescendencia el lado por donde
floreció su gobierno, sino que, por usar de su carácter,
como si gobernara en la república de Platón, y no
en las heces de Rómulo, según expresión de
Cicerón, sufrió repulsa en la petición del
consulado; en lo que me parece tuvo la suerte de los frutos que
vienen fuera de tiempo, pues así como a éstos los
vemos y los admirarnos, pero no gozamos de ellos, de la misma
manera la vieja usanza de Catón, empleada después
de largo tiempo, cuando la conducta de los hombres estaba estragada
y las costumbres perdidas, tuvo, sí, gran nombradía
y gloria, pero en la práctica no fue de provecho; porque
lo grande y profundo de su virtud se medía mal con los
tiempos que alcanzó. No estaba su patria próxima
a perecer, como lo estaba ya la de Foción, aunque sí
se hallaba agitada y conmovida de grandes tempestades, y sólo
con echar mano de las velas y los cables al lado de los que eran
más poderosos, separado del timón y del gobierno,
sostuvo una gran lucha con la fortuna, la que al cabo triunfó
y le enseñoreó de la república; pero no fue
sino a duras penas, con lentitud, y pasado largo tiempo; y estuvo
en muy poco el que ésta no se recuperara y volviera en
sí, precisamente por Catón, y por la virtud de Catón,
con la que compararemos la de Foción, como de dos varones
justos y aventajados en la política, sin que por esto se
entienda ser nuestro intento que se les tenga por del todo semejantes.
Porque ciertamente hay diferencia de fortaleza a fortaleza, como
de la de Alcibíades a la de Epaminondas; de prudencia a
prudencia, como de la de Temístocles a la de Aristides;
y de justicia a justicia, como de la de Numa a la de Agesilao;
y con todo, las virtudes de estos dos grandes hombres llevan grabados
hasta las últimas y más imperceptibles diferencias
un mismo carácter, una misma forma y un mismo color de
costumbres, como si con una misma medida se hubieran mezclado
la humanidad con la entereza, la fortaleza con la precaución,
la solicitud por los otros y la impavidez por sí mismo,
el cuidado en evitar las cosas torpes y la firmeza en sostener
la justicia: todo nivelado e igualado en ambos con tal exactitud,
que se necesitaría de un ingenio muy delicado y exquisito,
con el que, como con un instrumento muy fino, se investigasen
y señalasen las diferencias.
IV. El linaje de Catón es cosa averiguada que era ilustre,
como lo diremos después; y en cuanto al de Foción,
sacamos por conjeturas que no sería del todo oscuro y abatido:
pues a haber sido hijo de un cucharero, como dice Idomeneo, Glaucipo
hijo de Hipérides, que en su discurso recogió y
profirió contra él millares de millares de picardías,
no habría omitido su bajo nacimiento, ni él tampoco
habría podido tener una vida tan acomodada, ni recibir
una educación tan liberal, hasta el punto de haber asistido,
siendo muy joven, a la escuela de Platón, y después
a la de Jenócrates, en la Academia, haciéndose emulador
desde el principio de los que tenían más elevados
pensamientos. Pues ninguno de los Atenienses vio fácilmente
a Foción ni reír, ni lamentarse, ni lavarse en baño
público, como escribió Duris, ni sacar la mano fuera
de la capa en las pocas veces que usaba de ella: porque, así
en los viajes como en el ejército, iba siempre descalzo
y desnudo, a no ser que hiciera un frío excesivo e inaguantable,
de manera que sus camaradas decían, burlándose,
que era señal de un frío riguroso el ver a Foción
arropado.
V. No obstante que era de unas costumbres muy benignas y muy
humanas, en su semblante parecía inaccesible y ceñudo,
de manera que con dificultad se llegaban a él los que antes
no le habían tratado. Por esta causa, habiendo hablado
en una ocasión Cares contra su ceño, como los Atenienses
se riesen, ningún mal- les dijo- os ha hecho mi ceño,
mientras que la risa de éstos ha dado mucho que llorar
a la república. Por este término el lenguaje
de Foción, siendo útil por las sentencias y saludables
pensamientos, encerraba una concisión imperiosa, severa
y algo picante: pues así como decía Zenón
que el filósofo debía remojar su dicción
en el juicio, a este mismo modo la dicción de Foción
en pocas palabras mostraba gran sentido; y a esto parece que aludió
Polieucto de Esfecia cuando dijo que Demóstenes era mejor
orador, pero Foción más elocuente Porque así
como la moneda a que se ha dado gran estimación pública
tiene mucho valor en pequeño volumen, de la misma manera
la verdadera elocuencia consiste en significar muchas cosas con
pocas palabras. Así, se cuenta de Foción que en
cierta ocasión, estando ya lleno el teatro, se paseaba
por la escena estando todo embebido dentro de sí mismo,
y diciéndole uno de sus amigos: Parece, oh Foción,
que estás meditando, le respondió: Sí,
medito qué es lo que podré quitar del discurso que
voy a pronunciar a los Atenienses. El mismo Demóstenes,
que miraba con alto desprecio a los demás oradores, cuando
se levantaba Foción solía decir en voz baja a sus
amigos: ¡Ea! ya está ahí el hacha de
mis discursos. Mas quizá esto mismo debió
atribuirse a sus costumbres, puesto que una palabra sola, o una
seña de un hombre de bien, tiene una fuerza y un crédito
que equivale a millares de argumentos y de períodos.
VI Siendo todavía joven se arrimó al general Cabrias,
y se ponía a su lado, sirviéndole éste de
mucho para adelantar en el arte militar; mas en algunas cosas
él le servía para corregir su carácter, que
era desigual y arrebatado. Porque con ser Cabrias de suyo tardo
y pesado, metido ya en los combates se irritaba y encendía
en ira, arrojándose a los peligros temerariamente: como
en Quio, que perdió la vida por ser el primero a acometer
con su galera y a emprender a viva fuerza el desembarco; y siendo
Foción a un tiempo prudente y activo inflamaba por una
parte la detención de Cabrias y por otra contenía
la prontitud inoportuna de sus ímpetus. Por esta razón,
siendo Cabrias de amable y generosa índole, le miró
con aprecio, y lo promovió a las comisiones y mandos, dándole
a conocer a los Griegos y valiéndose de él para
los encargos de mayor importancia: por el cual medio en la batalla
naval de Naxo proporcionó a Foción no pequeño
nombre y gloria, porque le dio el mando del ala izquierda, en
la que fue más arrebatado el combate y también se
decidió con suma prontitud. Como fuese, pues, esta la primera
batalla naval que la ciudad dio sola después de tomada
a los Griegos, y hubiese salido victorioso, tuvo en mucho más
a Cabrias, y contó ya a Foción entre sus generales.
Alcanzóse esta victoria en la fiesta de los grandes misterios,
y Cabrias agasajó todos los años a los Atenienses
con cierta medida de vino en el día 16 del mes Boedromión.
VII. Dícese que, después de este suceso, enviándole
Cabrias a recoger las contribuciones de las islas y dándole
veinte galeras, le expuso que si le enviaba a hacer la guerra
necesitaba mayores fuerzas, y si a tratar con los aliados, con
una tenía bastante. Marchó, pues, con sola su galera,
y habiendo tratado con las ciudades y conferenciado con los que
mandaban en ellas franca y sencillamente, dio la vuelta con muchas
naves, enviadas por los aliados para conducir las contribuciones.
Continuó siempre haciendo todo obsequio y respetando a
Cabrias, no sólo durante su vida, sino aun después
de muerto, interesándose por sus deudos y tomando empeño
en formar a la virtud a su hijo Ctesipo; y aunque le vio medio
falto y terco, no se dio con todo por vencido, sino que procuró
corregirle y ocultar sus defectos; sólo se dice que una
vez, incomodándole en el ejército este joven, y
molestándole con preguntas y consejos intempestivos, como
quien pretendía enseñarle y tomar mejores disposiciones
de guerra, exclamó: ¡Oh Cabrias, Cabrias, bien
te pago la amistad que me mostraste, aguantando a tu hijo!
Como viese que los que manejaban entonces los negocios públicos
se habían repartido como por suerte el mando militar y
la tribuna, no haciendo unos más que hablar al pueblo y
escribir, que eran Eubulo, Aristofonte, Demóstenes, Licurgo
e Hipérides, y que Diopites, Menesteo, Leóstenes
y Cares se enriquecían con mandar los ejércitos
y hacer la guerra, formó el designio de restablecer en
cuanto de él dependiese el modo de gobernar de Pericles,
de Aristides y de Solón, como más completo, y que
abrazaba ambos objetos. Porque cada uno de estos tres varones
era, según la expresión de Arquíloco: Uno
y otro, del dios de las batallas no desdeñado alumno, y
con los dones favorecido de las doctas Musas; y observaba, además,
que la diosa Atena es a un tiempo guerrera y política,
y bajo los dos aspectos es venerada. Conduciéndose de esta
manera, sus disposiciones se dirigían siempre a la paz
y al sosiego; mas, sin embargo, él sólo mandó
de jefe en más guerras que todos los de su tiempo y aun
de los anteriores, no porque se presentase para ello ni hiciese
solicitudes; pero tampoco se excusaba o se retraía cuando
la república lo llamaba. Porque es sabido que cuarenta
y cinco veces tuvo mando, no habiéndose hallado ni una
sola vez en las juntas de elección, sino siendo llamado
y nombrado en su ausencia, tanto, que los de poco juicio se maravillaban
de que el pueblo, siendo Foción el único que por
lo común se le oponía, no diciendo ni haciendo nunca
nada que pudiera complacerle, en las cosas de poca importancia
hiciera caso como por burla de los demagogos más decidores
y más huecos, a la manera que los reyes gustan, después
de tomar el aguamanos, de oír a los aduladores y lisonjeros,
y que cuando se trataba de dar el mando, siempre sobrio y solícito,
empleaba al ciudadano más severo y prudente, y que era
el único o a lo menos el que más contradecía
sus deseos y proyectos. Así es que, habiéndose leído
un oráculo de Delfos en el que se decía que estando
de acuerdo todos los demás ciudadanos uno solo pensaba
de distinto modo que la ciudad, se presentó Foción
y dijo que no se molestaran, porque él era el que se buscaba;
pues que a él solo no le agradaba nada de cuanto hacían:
y en una ocasión, como habiendo expuesto ante el pueblo
su dictamen encontrase aprobación y viese que todos, uniformemente,
le admitían, se volvió sus amigos diciendo: ¡Si
habré yo propuesto, sin advertirlo, algún desatino!
VIII. Pedían los Atenienses dinero para cierto sacrificio,
y prestándose los demás a darlo, interpelado Foción
muchas veces, pedid- les dijo- a esos ricos, porque yo me
avergonzaría de daros a vosotros no habiéndole dado
a éste, mostrándoles al banquero Calicles.
Como, sin embargo, no cesasen de clamar y gritar, les refirió
esta conseja: Un hombre tímido salió a la
guerra, y habiendo oído graznar a los cuervos depuso las
armas y se estuvo quieto. Volviólas a tomar, y puesto en
marcha, como otra vez graznasen los cuervos, se paró, por
fin, y les dijo Vosotros graznaréis cuanto os dé
la gana, pero de mí no habéis de gustar. En
otra ocasión le mandaron los Atenienses que saliera contra
los enemigos, y como no fuese de tal parecer y lo culpasen de
tímido y cobarde, Ni vosotros- dijo- me podéis
hacer osado, ni yo a vosotros tímidos; pero ya nos conocemos.
En circunstancias delicadas se irritó mucho el pueblo contra
él, y pidiéndole las cuentas del ejército,
Salvaos antes, les dijo, oh miserables; y como durante
la guerra los viese abatidos y cobardes, y después de la
paz mostrasen osadía y gritasen contra Foción, quejándose
de que les había arrebatado la victoria, No es poca
vuestra fortuna- les dijo- en tener un general que os conoce,
porque si no, ya hace tiempo que os habríais perdido.
No querían litigar con los beocios por cierto territorio
sin hacerles la guerra; y Foción les aconsejó que
contendieran con palabras, en lo que eran superiores, y no con
las armas, en lo que podían menos. Hablaba una vez al pueblo,
y como no atendiesen ni quisiesen oírle, Podréis-
les dijo- violentarme a que haga lo que no quiero; pero a que
contra mi parecer diga lo que no conviene, no podréis forzarme
jamás. De los oradores que se le oponían en
el gobierno era uno Demóstenes; y diciéndole éste
un día: Te quitarán los Atenienses la vida,
oh Foción, le respondió: Me la quitarán
a mí si están locos y a ti si están cuerdos.
Viendo a Polieucto de Esfecia que en un día de verano aconsejaba
a los Atenienses que hiciesen la guerra a Filipo, y que después,
medio sofocado y bañado de sudor, porque estaba muy grueso,
tomaba continuos sorbos de agua, Estará muy bien-
dijo- que decretéis la guerra por consejo de este hombre,
de quien ¿qué podrá esperarse cuando se halle
con la coraza y el escudo, y tenga los enemigos cerca, si ahora
para deciros lo que tiene meditado está para ahogarse?
Decíale Licurgo en una junta pública un sin fin
de denuestos; añadiendo, por fin, que pidiendo a Alejandro
diez de los demagogos, había aconsejado que se le entregasen,
y él respondió: Muchas cosas buenas y útiles
les he aconsejado; pero no me hacen caso.
IX. Había un tal Arquibíades, a quien se daba el
mote de Laconista porque se había dejado crecer una larga
barba, llevaba una mala capa a la espartana y tenía un
aire tétrico y severo; en un alboroto que se movió
en el Consejo, Foción apeló a éste para que
le sirviera de testigo en lo que decía y lo ayudara; mas
él, levantándose, no aconsejó sino lo que
sabía que sería grato a los Atenienses; Foción
entonces, asiéndole por la barba, ¿Pues por
qué- le dijo-, oh Arquibíades, no te afeitas?
Aristogitón, el delator de las juntas públicas,
estaba siempre por la guerra, e inflamaba al pueblo a emprenderla;
pero cuando llegó el tiempo del alistamiento, se presentó
con una muleta y con una pierna entrapajada; y apenas Foción
lo vio a lo lejos, desde su escaño gritó al amanuense:
Escribe también a Aristogitón, cojo y malo.
Era, por tanto, cosa de maravillarse cómo un hombre tan
irritable y tan severo tenía el concepto y aun el nombre
de bueno; y es que, en mi opinión, aunque difícil,
no es imposible que, al modo del vino, un hombre sea al mismo
tiempo dulce y picante; así como otros que son tenidos
por dulces son desabridos y dañosos para los que los experimentan;
y aun de Hipérides se refiere haber dicho, hablando al
pueblo: No miréis, oh Atenienses, si soy amargo,
sino si lo soy de balde; como si la muchedumbre temiera
y aborreciera sóloa los que son molestos y dañosos
con su avaricia, y no estuviera peor con los que abusan del poder
por desprecio y envidia o por encono y rencilla. Pues en cuanto
a Foción, por enemistad jamás hizo mal a nadie,
ni a nadie tuvo por contrario, y sólo en lo preciso hizo
frente a los que se le oponían en lo que por bien de la
patria ejecutaba, siendo en tales casos áspero, inflexible
e implacable; pero, fuera de esto, en el transcurso de su vida
a todos se mostró benigno, compasivo y humano, hasta venir
en auxilio de los de contrario partido, si en algo faltaban, y
ponerse a su lado si estaban en peligro. Reconviniéronle
una vez sus amigos de que había hablado en juicio a favor
de un hombre malo, y les respondió que los buenos no necesitaban
de auxilio. Aristogitón, el delator, después que
por sentencia fue condenado, le llamó y rogó que
fuera a verle, y condescendiendo con su súplica, se encaminaba
a la cárcel; más como sus amigos se lo estorbasen,
Dejadme- dijo-, simples: ¿en qué parte podríamos
ver con más gusto a Aristogitón?
X. Ello es que los aliados y los habitantes de las islas a los
enviados de Atenas, cuando otro general los conducía, los
miraban como enemigos, reforzaban las murallas, barreaban las
puertas e introducían del campo a las poblaciones los víveres,
los esclavos, las mujeres y los niños; y si el general
era Foción, salían coronados a recibirlos en sus
propias naves, y alegres los llevaban a sus propias casas.
XI Cuando Filipo, tratando de meterse en la Eubea, condujo las
tropas desde la Macedonia y se dedicó a ganar las ciudades
por medio de los tiranos, Plutarco de Eretria acudió a
los Atenienses, y pidiéndoles que libertaran la isla de
las manos del rey de Macedonia, en que ya se hallaba, fue Foción
enviado de general con pocas fuerzas, por decirse que los habitantes
estaban prontos a pasarse a él; mas, habiéndolo
encontrado todo lleno de traidores, todo en mala disposición,
y socavado con dádivas, se vio puesto en gran peligro,
y habiendo tomado un montecito, cortado con un gran barranco de
la llanura de Táminas, contenía y resguardaba en
él lo más aguerrido de sus tropas; dando orden a
los generales respecto de los insubordinados, habladores y malos,
para que no hicieran caso si los veían desertar y apartarse
del campamento: Porque aquí- les decía- no
serán de provecho, sino más bien perjudiciales por
su indisciplina a los que hayan de pelear, y allá detenidos,
con la conciencia de este delito, gritarán menos contra
mí y no me calumniarán.
XII. Cuando se presentaron los enemigos, dio a sus tropas orden
de que permanecieran inmóviles sobre las armas hasta que
hubiese sacrificado; y fue largo el tiempo que se detuvo, o porque
las señales no fuesen faustas o porque quisiese atraer
más cerca a los enemigos. Por esta razón, recelando
por entonces Plutarco cobardía y meditada tardanza, acometió
con solos los estipendiarlos, lo que, visto por la caballería,
ya no aguantó más tiempo, sino que se dirigió
al momento contra los enemigos, saliendo desordenada y desunida
del campamento. Vencidos los primeros, se desbandaron todos y
Plutarco huyó. Acometieron entonces al valladar algunos
de los enemigos, y trataron de romperlo y abrirse paso, teniéndolo
todo por sojuzgado. En esto, concluido ya el sacrificio, cargaron
los Atenienses, y rechazaron al punto a los del campamento, destrozando
a la mayor parte de ellos mientras se entregaban a la fuga alrededor
de las trincheras. Foción dispuso que el grueso de sus
tropas se parase, y estuviera con atención para esperar
y recoger a los que al principio se habían dispersado en
la fuga, y él, con los más escogidos, arremetió
a los enemigos. Trabóse una reñida batalla, en la
que todos pelearon valerosamente y a todo trance; pero Talo, hijo
de Cineas, y Glauco, hijo de Polimedes, que estaban al lado del
general, todavía sobresalieron; y no sólo éstos,
sino que Cleófanes contrajo también un mérito
muy singular en esta batalla: porque haciendo volver de su huída
a los de a caballo, y gritándoles y clamándoles
que corrieran en auxilio del general que estaba en riesgo consiguió
que con su vuelta fuese más cierto el triunfo de la infantería.
De resultas de esta acción arrojó a Plutarco de
Eretria, y tomó a Zaretra, castillo de grande importancia,
por estar situado en el punto donde la llanura termina en una
estrecha faja, quedando allí la isla muy estrechada por
el mar de una y otra banda. No permitió a los soldados
que hiciesen cautivos a los Griegos rendidos, por temor de que
los oradores de Atenas violentaran al pueblo a tomar contra ellos,
por encono, alguna injusta determinación.
XIII. Regresado Foción después de estos sucesos,
muy presto echaron menos los aliados su honradez y su justificación,
y muy presto conocieron también los Atenienses su inteligencia
y el grande influjo que le daban sus virtudes; porque Meloso,
que fue el que después de él se encargó de
los negocios, hizo tan infelizmente la guerra, que cayó
vivo en poder de los enemigos. Tenía ya Filipo en aquella
época concebidas grandes esperanzas en su ánimo,
y habiendo pasado al Helesponto con todo su ejército, daba
por supuesto tener ya en la mano al Quersoneso, a Perinto y a
Bizancio. Propusiéronse los Atenienses darles auxilio,
y habiendo trabajado los oradores por que Cares fuera nombrado
general, enviado éste con el mando, no solamente no hizo
nada que correspondiese a las fuerzas que se le dieron, sino que
las ciudades no quisieron admitir la escuadra; y haciéndose
a todos sospechoso, tuvo que andar de una parte a otra, siendo
por sus exacciones molesto a los aliados y despreciado de sus
enemigos. Irritado con esto el pueblo por los mismos oradores,
se mostró disgustado, y mudó de propósito
en cuanto a socorrer a los Bizantinos; pero tomando la palabra
Foción, les dijo que no debían incomodarse con los
aliados que mostraban desconfianza, sino con los generales que
a esto les daban motivo: Porque éstos son- añadió-
los que os hacen odiosos a los mismos que sin vosotros no pueden
salvarse. Movido el pueblo con este discurso, y reformando
su última determinación, decretó que el mismo
Foción marchase con nuevas fuerzas al Helesponto en socorro
de los aliados, lo que fue de la mayor importancia para que Bizancio
se salvase. Era ya grande, en efecto, la fama de Foción,
y como a esto se agregase el que León, varón entre
los Bizantinos el primero en opinión de virtud, y que con
Foción había trabado amistad en la Academia, empeñó
por él su palabra con la ciudad, no consintieron que acampase
fuera, como quería, sino que, abriéndole las puertas,
recibieron e hicieron unos mismos consigo a los Atenienses; los
cuales no sólo no dieron ocasión de queja con su
conducta, siendo moderados y sobrios, sino que en los combates
mostraron mayor ardor y denuedo, por la misma confianza que de
ellos se había hecho. De este modo Filipo, que pasaba por
invencible y por hombre a quien nadie podía resistir, abandonó
por entonces el Helesponto, con mengua y menosprecio, y Foción
le tomó algunas naves, recobró las ciudades que
había fortificado, y habiendo hecho desembarcos en diferentes
puntos del país, lo taló y destruyó, hasta
que, herido por los que vinieron en auxilio de los habitantes,
regresó con su armada.
XIV. Avisado secretamente por los de Mégara, temerosos
de que si los Beocios lo entendían se les adelantaran a
ofrecer su socorro, convocó a junta muy de mañana;
y anunciando la solicitud de Mégara a los Atenienses, apenas
hubieron resuelto, dio la señal con la trompeta, y haciéndoles
tomar las armas marchó con ellos desde la misma junta.
Recibido con sumo placer por los de Mégara, fortificó
a Nisea, y tiró por medio dos ramales desde la población
al puerto, juntando así la ciudad con el mar; de manera
que, no dándole ya cuidado los enemigos que pudieran acometerla
por tierra, quedó como incorporada con los Atenienses.
XV. Decretada ya sin arbitrio la guerra contra Filipo, y elegidos,
por estar él ausente, otros generales, luego que volvió
de las islas lo primero que trató de persuadir al pueblo
fue que, estando Filipo inclinado a la paz, y manifestando recelar
demasiado los peligros de la guerra, admitieran sus proposiciones;
y como alguno de los que no hacen más que dar vueltas por
la plaza y tejer calumnias se le opusiese, diciendo: ¿Y
tú, oh Foción, te atreves a disuadir a los Atenienses,
cuando ya están con las armas en la mano? Yoles
repuso-; a pesar de que sé que si hay guerra te mando yo
a ti, y en la paz eres tú el que me mandas. No los
convenció, sin embargo, y como viese que prevaleció
la opinión de Demóstenes de que los Atenienses llevaran
la guerra bien lejos del Atica, Amigo mío- le dijo-,
no miremos dónde haremos la guerra, sino cómo venceremos:
porque así es como estará la guerra lejos; mas si
fuéremos vencidos, siempre tendremos toda calamidad encima,
Fueron, en efecto, vencidos; y como los que no saben más
que alborotar y promover novedades llevasen a empellones a la
tribuna a Caridemo, tratando de hacerlo general, los hombres de
juicio y de probidad temieron, y celebrando consejo del Areópago
ante el pueblo, con ruegos y con lágrimas obtuvieron, aunque
a duras penas, que la república se pusiese en manos de
Foción. Éste fue de opinión que debían
aceptarse las condiciones benignas y humanas que propusiese Filipo;
mas pasando Demades a dictar la de que la república había
de tener parte en la paz común y en la junta de los Griegos,
no vino en ello antes de saber cuáles serían las
intenciones de Filipo respecto de los Griegos. No se siguió
su dictamen, y hubo de ceder por consideración a las circunstancias,
y como viese bien pronto arrepentidos a los Atenienses, por serles
preciso aprontar a Filipo galeras y caballos, temió esto
misino, y les dijo: Me opuse yo antes; mas pues que lo habéis
pactado, es preciso llevarlo con paciencia y con buen ánimo,
teniendo presente que nuestros mayores, mandando a veces y a veces
mandados, pero ejecutando siempre lo uno y lo otro del modo que
convenía, salvaron a la ciudad y a los Griegos. Muerto
Filipo, no permitió que el pueblo hiciera festejos por
la buena nueva, lo uno, porque parecía cosa indecente,
y lo otro, porque las fuerzas que los habían batido en
Queronea no se habían disminuido más que en una
sola persona.
XVI Como Demóstenes empezase a insultar a Alejandro cuando
Ya venía contra Tebas, dijo: Imprudente, ¿qué
es lo que te impele a irritar a un varón fiero e indomable,
y que aspira a una brillante gloria? ¿O quieres teniendo
tan cerca semejante incendio, arrojar en él a la ciudad?
Nosotros, aunque ellos quieran, no debemos permitir a éstos
que se pierdan, y para esto es para lo que hemos admitido el mando.
Destruida Tebas, como pidiese Alejandro que puestos a su disposición
Demóstenes. Licurgo, Hipérides y Caridemo, la junta
puso al punto los ojos en Foción, y llamado muchas veces
por su nombre, se levantó, tomó por la mano a uno
de sus amigos, al más íntimo que tenía, y
a quien más amaba, y dijo: Han puesto la república
en tal precipicio, que yo, aun cuando alguien pidiera a este Nicocles,
sería de dictamen que se le entregase; pues por lo que
hace a mí mismo, si se tratase de que muriera por vosotros,
tendríalo a grande dicha. Me compadezco- continuó-
oh Atenienses, de éstos que de Tebas se han acogido a nosotros:
pero básteles a los Griegos el llorar por Tebas. Más
vale, pues, persuadir y rogar por unos y otros a los que tienen
la superioridad que contender con ellos. El primer decreto
hecho en este sentido se dice que Alejandro lo tiró luego
que lo tomó en la mano, volviendo el rostro, y retirándose
sin escuchar a los embajadores; pero recibió el segundo,
que fue llevado por Foción, a causa de haber oído
de los más ancianos de su corte que Filipo tenía
de él el más alto concepto, y no sólo le
dio entrada y escuchó sus súplicas, sino que recibió
benignamente sus consejos, reducidos a que, si apetecía
el descanso, diera de mano a la guerra, y si le inflamaba deseo
de gloria, dejando a los Griegos, se encaminara contra los bárbaros.
Díjole también otras muchas cosas acomodadas a su
carácter y a su gusto, con las que le mudó y ablandó
de manera que llegó a decir sería conveniente que
los Atenienses se aplicaran a seguir el curso de los negocios,
porque si le sucedía algo, a ellos les correspondía
el mando; y contrayendo particularmente con Foción amistad
y hospedaje, le tuvo en una estimación a la que llegaron
muy pocos de los que tenía siempre a su lado. Duris refiere
que, luego que llegó a denominarse grande y venció
a Darío, quitó de las cartas la salutación
ordinaria, excepto en las que escribía a Foción,
pues con éste solo la usaba como con Antípatro;
esto mismo escribió también Cares.
XVII. Por lo que hace a presentes, es bien sabido que le envió
de regalo cien talentos. Llegados que fueron a Atenas, preguntó
Foción a los que conducían por qué siendo
tantos los Atenienses a él solo le hacía Alejandro
aquella expresión, y respondiéndoles aquellos: Porque
a ti sólo te juzga hombre recto y bueno ¿Pues
por qué no me deja- repuso Foción- serlo y parecerlo
siempre? Siguiéronle, sin embargo, a su casa, en
la que no vieron más que una maravillosa sencillez, que
la mujer aderezaba la comida, y que el mismo Foción, sacando
por su propia mano agua del pozo, se lavaba los pies; con lo cual
instaron todavía más, manifestando disgusto, y diciéndole
ser cosa muy reparable que siendo amigo del rey lo pasara tan
mal. Viendo entonces Foción a un pobre anciano que pasaba
por la calle con una capa mugrienta, les preguntó si le
reputaban peor que aquel; y diciéndole los forasteros que
no los tuviese en tan mal concepto: Pues ése, les repuso,
vive con menos que yo, y está contento: finalmente, si
no hago uso de todo ese dinero, en vano le tendré en mi
poder, y si hago uso, me desacreditaré a mí mismo,
y desacreditaré al rey para con la república.
De este modo volvió a salir de Atenas aquella gran suma
de dinero, haciendo ver a los Griegos ser más rico que
el que la daba el que no la había menester. Incomodóse
Alejandro, y volvió a escribir a Foción que no tenía
por amigos a los que para nada se valían de él;
mas ni aun así quiso Foción recibir el dinero y
sólo pidió que pusiera en libertad a Equecrátides,
a Atenodoro de Imbro y a dos Rodios. Deinarato y Espartón,
presos por ciertas causas y custodiados en Sardes. Dio al punto
Alejandro la libertad a éstos, y enviando a Crátero
a Macedonia, le dio orden para que de estas cuatro ciudades de
Asia, Quio, Gergeto, Milasa y Elea, diese a Foción la que
escogiese, haciéndole presente que se enfadaría
mucho más si no la admitía: pero Foción no
la admitió, y Alejandro murió muy en breve. Muéstrase
todavía en el barrio de Melita la casa de Foción,
adornada con algunas planchas de bronce, siendo de todo lo demás
pobre y sencilla,
XVIII. De las mujeres con quienes estuvo casado, de la primera
no ha quedado escrita otra cosa sino que era hermano suyo el escultor
Cefisodoro; pero la segunda no fue menos recomendable entre los
Atenienses por su honestidad y sencillez que Foción por
su probidad. Así sucedió en una ocasión que,
asistiendo los Atenienses al espectáculo de una nueva tragedia,
el actor que tenía que salir pidió al que daba la
fiesta una máscara de reina y el acompañamiento
de muchas damas magníficamente puestas; y como incomodado
de que no se le daba lo que pedía dejase en suspenso la
función por no querer salir, Melantio, jefe de coro, echándolo
al medio de un empujón, exclamó: ¿No
ves a la mujer de Foción, que sale siempre con una criada
sola? ¿Quieres con tus aparatos de lujo echar a perder
a nuestras mujeres? Difundida esta expresión por
el teatro, fue recibida con grandes aclamaciones y aplausos. La
misma mujer, mostrándole una huéspeda de Jonia sus
adornos de oro, engastados en piedras, como eran arracadas y collares:
Pues mi ajuar y todo mi adorno, le contestó, es Foción,
que hace veinte años es general de los Atenienses.
XIX. Quería el hijo de Foción contender en las
Panateneas, y el padre lo puso de a pie, no para que aspirase
a la victoria, sino para que, cuidando y ejercitando el cuerpo,
se hiciera más útil; porque el tal joven era, por
otra parte, amigo de francachelas y desarreglado. Venció,
y deseando muchos festejarle con banquetes por la victoria, con
los demás se excusó Foción, permitiendo a
uno solo que le hiciera este obsequio; mas como al tiempo de entrar
al convite viese en todo un lujoso aparato, y que para lavarse
los pies se presentaban a los convidados lebrillos con vino, en
que se habían desleído aromas, llamando al hijo
le increpó diciéndole: ¿No contendrás,
oh Foco, a tu amigo para que te eche a perder tu victoria?
Queriendo corregir enteramente en el hijo aquella estragada conducta,
lo envió a Lacedemonia, y lo puso con los jóvenes
que recibían la educación propia de Esparta, cosa
que mortificó a los Atenienses por parecerles que Foción
desdeñaba y despreciaba la crianza de Atenas. Decíale,
pues, un día Demades: Por qué no persuadimos,
oh Foción, a los Atenienses que adopten el gobierno de
Esparta? Pues si tú me lo dices, yo estoy pronto a escribir
y sostener el decreto. A lo que le respondió: ¡Sin
duda te estaría muy bien, oliendo a aromas y llevando esa
púrpura, aconsejar a los Atenienses las comidas espartanas
y elogiar a Licurgo!
XX. Escribió Alejandro dando orden de que se le enviaran
cierto número de galeras; opusiéronse los oradores,
y el Senado mandó que Foción expusiese su dictamen;
y él les dijo: Mi dictamen es que, o seáis
más fuertes en las armas, u os hagáis amigos de
los que lo son. A Piteas, que empezaba a comparecer ante
los Atenienses, y ya era hablador: ¿No callarás-
le dijo- siendo todavía recién comprado para el
pueblo? Hárpalo, que había huido de Alejandro
con grande cantidad de dinero, aportó desde el Asia al
Atica, y la turba de los acostumbrados a sacar producto de la
tribuna empezó a correr a él y a frecuentarle; y
él, con darles algún cebo, los abandonó y
envió a pasear, y buscó, por el contrario quien
le ofreciera a Foción setecientos talentos y otra infinidad
de presentes, queriendo entregarse todo a él: mas habiendo
respondido Foción con aspereza que tendría Hárpalo
que sentir si no cesaba de andar corrompiendo la ciudad, entonces,
intimidado, se contuvo. Tuvieron junta de allí a poco los
Atenienses, y vio a los que habían recibido dinero convertidos
en enemigos suyos y que le acusaban para desvanecer las sospechas,
y sólo Foción, que nada había admitido, al
proponer lo que convenía a la república no se olvidaba
de atender a su salud. Volvió con esto otra vez a querer
obsequiarle; pero después de haberle rodeado y tanteado
por todas partes, se desengañó de que era una fortaleza
inexpugnable con el oro: pero habiéndose hecho amigo y
familiar de su yerno Caricles, dio motivo a que se formara de
éste mala opinión, porque era toda su confianza,
y de quien para todo se valía.
XXI Muerta de allí a poco la ramera Pitonlea, de quien
había estado enamorado Hárpalo, teniendo de ella
una hija, quiso erigirle a toda costa un monumento, y dio a Caricles
este encargo, que, sobre no ser en sí muy decoroso, todavía
cedió en mayor vergüenza suya cuando dio acabado el
sepulcro: porque se conserva todavía en el Hermeo, por
donde vamos de la ciudad a Eleusis, y no tiene ningún primor
que corresponda a los treinta talentos que se dice haber cargado
Carieles a Hárpalo en la cuenta. Murió éste
también de allí a poco, y la niña fue recogida
por Caricles y Foción, y educada con esmero. Púsose
luego a Caricles en juicio por estas cosas de Hárpalo,
y habiendo rogado a Foción que le prestara su asistencia
y le defendiera en el tribunal, se negó a ello, diciendo:
Yo, oh Caricles, te hice mi yerno solamente para lo que
fuera justo. Habiendo dado Asclepíades, hijo de Hiparco,
a los Atenienses la primera noticia de haber muerto Alejandro,
dijo Demades que no se hiciera caso, porque a ser así,
debía estar ya oliendo a muerto toda la tierra; y Foción
viendo al pueblo engreído e inflamado para pensar en novedades,
trató de distraerle y entretenerle; pero como muchos corriesen
a la tribuna, y gritasen ser cierta la noticia de Asclepíades,
y que Alejandro había fallecido, Pues si hoy es muerto-
les dijo- ¿no lo será también mañana
y pasado mañana y podremos, por tanto, deliberar con mayor
sosiego y seguridad?
XXII. Después que Leóstenes impelió a la
ciudad a la guerra llamada Helénica, muy contra la voluntad
de Foción, le preguntó a éste, por mofa,
qué había hecho de bueno en tantos años de
mando; a lo que le contestó: No poco: que los ciudadanos
hayan sido enterrados en sus propios sepulcros. Mostrábase
Leóstenes muy osado y jactancioso en las juntas públicas,
y Foción le dijo: Tus discursos, oh joven, son parecidos
a los cipreses, que siendo altos y elevados no dan fruto.
Preguntándole asimismo Hipérides: ¿Cuándo
aconsejarás, oh Foción, la guerra a los Atenienses?
Cuando vea- le respondió- que los jóvenes
quieren guardar disciplina, los ricos contribuir y los oradores
abstenerse de robar los caudales públicos. Como se
maravillasen muchos del gran número de tropas que había
juntado Leóstenes, y preguntasen a Foción qué
concepto formaba de su disposición, Me parecen muy
bien- les respondió- para el estadio, pero temo una carrera
larga en la guerra, no quedándole a la ciudad más
fondos, más naves, ni más soldados; y los
hechos vinieron en apoyo de su modo de pensar. Porque al principio
Leóstenes hizo un brillante papel, venciendo en batalla
a los de Beocia y persiguiendo a Antípatro hasta encerrarle
en Lamia; de cuyas resultas, llena la ciudad de grandes esperanzas,
estuvieron en continuas fiestas y sacrificios por las buenas nuevas,
y algunos, pareciéndoles que daban en cara a Foción
con tan prósperos sucesos, le preguntaron si no quería
haber ejecutado aquellas hazañas; a lo que él respondió:
Ejecutarlas, sí; pero aconsejar, lo de antes;
y sucediéndose unas a otras las agradables noticias del
ejército, se refiere haber dicho: ¿Cuándo
dejaremos de vencer?
XXIII. Mas murió Leóstenes, y los que temían
que si Foción era enviado por general hiciese la paz, prepararon
que en la junta tomara la palabra un hombre poco conocido, y dijese
que, siendo amigo de Foción, y habiendo sido su condiscípulo,
los exhortaba a que no lo expusieran y antes lo conservaran, pues
que no tenían otro semejante, y enviaran a Antífilo
al ejército; y como abrazasen los Atenienses este dictamen,
saliendo al frente Foción, expresó que no había
ido a la escuela con semejante hombre, ni por ningún otro
motivo era su amigo o su deudo; pero desde el día,
de hoyle dijo al mismo- te hago mi amigo y mi familiar, porque
has aconsejado lo que a mí me conviene. Mas resolviendo
los Atenienses marchar contra los Beocios, al principio se opuso,
y haciéndole presente los amigos que le matarían
si repugnaba a los Atenienses, Injustamente- respondió-,
si propongo lo que es útil; mas si me aparto de ello, con
justicia. Viendo que no cedían, sino que levantaban
grande gritería, mandó anunciar a voz de pregón
que los Atenienses que desde la pubertad estuviesen dentro de
los sesenta años, tomasen provisión para cinco días
y le siguiesen desde la misma junta. Movióse con esto grandísimo
alboroto, y como los más ancianos empezasen a clamar y
salirse, No hay que incomodarse- dijo-; yo, el general,
que cuento ya ochenta años, me estaré con vosotros;
y con esto les apaciguó e hizo mudar de propósito
por entonces.
XXIV. Siendo talada la parte marítima por Mición,
que con gran número de macedonios y estipendiarios había
desembarcado en Ramnunte, y todo lo asolaba, condujo a los Atenienses
contra él. Empezaron a presentársele unos por una
parte y otros por otra a querer dar disposiciones: Debe
tomarse- le decían- tal collado: la caballería ha
de enviarse a aquel punto, aquí se ha de tomar posición;
lo que le hizo exclamar: ¡Por vida mía, que
aquí veo muchos generales y pocos soldados! Formado
que hubo la infantería, uno se adelantó largo espacio
a los demás; después, por miedo, saliendo contra
él un enemigo, retrocedió a la formación,
y Foción le dijo: ¿No te avergüenzas,
oh joven, de haber dejado dos puestos, aquel en que te colocó
el general y después aquel en que tú te habías
colocado? Acometió a los enemigos, y los venció
de poder a poder, con muerte de Mición y otros muchos.
Al mismo tiempo derrotó en la Tesalia el ejército
griego a Antípatro, después de habérsele
incorporado Leonato y los Macedonios venidos del Asia, muriendo
Leonato en la batalla en la que Antífilo mandó la
infantería y la caballería Menón, natural
de Tesalia.
XXV. Bajó de allí a poco tiempo Crátero
del Asia con grandes fuerzas, y dada nueva batalla en Cranón,
fueron vencidos los Griegos, no siendo de consideración
la derrota que sufrieron, ni muchos los muertos; pero, ya por
desobediencia a los jefes, que eran benignos y jóvenes,
y ya porque, solicitando Antípatro las ciudades, los Griegos
se fueron desanimando, resultó de uno y otro que desampararon
vergonzosamente la causa de la libertad. Dirigió, pues,
inmediatamente Antípatro sus fuerzas contra Atenas. Demóstenes
e Hipérides huyeron de la ciudad, pero Demades, que ningunos
bienes tenía con que pagar las multas en que había
sido condenado, siendo siete las sentencias dadas contra él
por haber hecho propuestas injustas, y a quien por haber incurrido
con este motivo en infamia estaba prohibido el hablar al pueblo,
contanto entonces con la impunidad, escribió un decreto
sobre enviar a Antípatro embajadores con plenos poderes.
Concibió temor el pueblo; y llamando a Foción, a
quien únicamente decía daba crédito, Pues
sí hubierais creído- repuso- lo que yo os aconsejaba,
no deliberaríamos ahora sobre negocios tan difíciles.
Confirmóse al cabo el decreto, y fue enviado Foción
a Antípatro, que estaba aposentado en el Alcázar
Cadmeo y se disponía a marchar sin detención contra
Atenas. Lo primero que aquel pidió fue que, sin pasar de
allí, se había de firmar la paz, a lo que, como
replicase Crátero no ser justo lo que Foción les
proponía, queriendo que estándose allí de
asiento gastaran y asolaran el país de los aliados y amigos,
cuando podían aprovecharse del territorio de los enemigos,
tomándole Antípatro por la mano, Hagamos-
dijo- esta gracia a Foción; pero en cuanto a las
demás condiciones, estipuló que los Atenienses habían
de aceptar las que ellos dictasen, como él había
obedecido en Lamia a las que dictó Leóstenes.
XXVI Vuelto Foción a la ciudad, como los Atenienses por
necesidad hubiesen convenido en lo tratado, regresó otra
vez a Tebas con otros embajadores, habiendo sido elegido para
ponerse al frente de ellos el filósofo Jenócrates;
porque era tal su dignidad, su opinión y su fama de virtud
entre todos, que se tenía por cierto que no podía
haber tanta insolencia, tanta crueldad y tanto encono en corazón
humano, que con sólo ver a Jenócrates no se convirtiera
en respeto y estimación hacia él; pero sucedió
lo contrario, por la barbarie y perversidad de Antípatro.
Empezó por no saludar siquiera a Jenócrates, habiendo
abrazado a los demás: acerca de lo cual se refiere haber
dicho aquel que hacía muy bien Antípatro en desairarle
a él solo, cuando meditaba tratar tan injustamente a la
república. Después, habiéndose puesto a hablar,
no le dejó, sino que oponiéndosele y mostrándose
disgustado, le obligó a callar. Habiendo hablado Foción,
respondió que habría amistad y alianza con los Atenienses,
entregando a Demóstenes e Hipérides; gobernándose
por las leyes patrias según el catastro; recibiendo guarnición,
en Muniquia y pagando, por fin, los gastos de la guerra y una
multa. Los demás embajadores aceptaron como humano el tratado,
a excepción de Jenócrates, pues dijo que para esclavos
los había tratado muy bien Antípatro, pero para
hombres libres de un modo muy duro. Reclamó y rogó
Foción sobre el artículo de la guarnición,
pero se dice haber respondido Antípatro: Nosotros,
oh Foción, queremos dispensarte todo favor, menos en aquello
que ha de ser para tu perdición y la nuestra. Mas
otros no lo refieren así, sino que dicen haber preguntado
Antípatro si, quitando él la guarnición a
los Atenienses, le salía por fiador Foción de que
la república guardaría el tratado y no promovería
inquietudes, y que, como Foción callase y se quedase pensativo,
levantóse Calimedonte Cárabo, hombre atrevido y
nada republicano, y habló de esta manera: ¿Con
que si éste, oh Antípatro, chochease, tú
le creerás y no harás lo que tienes determinado?
XXVII. De este modo recibieron los Atenienses guarnición
de los Macedonios, y por jefe de ella a Menilo, hombre bondadoso
y afecto a Foción. La condición, con todo, pareció
efecto de orgullo, y más bien demostración de poder
para humillar que ocupación dictada por el estado de los
negocios: habiéndola hecho todavía menos llevadera
el tiempo en que tuvo ejecución. Porque entró en
Atenas el día 20 del mes Boedromión, estándose
celebrando los misterios, y precisamente cuando llevan a Iaco
desde la capital a Turbada, pues, la fiesta muchos se pusieron
a comparar lo que iba de los antiguos prodigios a los del día:
porque antes, en las grandes prosperidades de la ciudad, se habían
aparecido visiones y escuchado voces místicas, con asombro
y terror de los enemigos, y ahora, en la misma festividad, eran
espectadores los dioses de los más insufribles males de
la Grecia, y de haber llegado al último desprecio el tiempo
para ellos más santo y más dulce, haciéndose
principio de la época más calamitosa. Pues, en primer
lugar, algunos años antes las Dodónides habían
traído un oráculo que prevenía guardasen
los promontorios de Ártemis para que otros no lo tomasen,
y entonces, en aquellos mismos días, las fajas con que
se adornan los lechos místicos, puestas en agua para lavarse,
en lugar de su color purpúreo, habían sacado otro
fúnebre y de luto, lo que era de tanto mayor cuidado cuanto
que las de los particulares todas habían conservado su
lustre. Además, a un iniciado que estaba lavando un lechoncito
en lo más claro y despejado del puerto le arrebató
un ballenato, y se le comió todos los miembros inferiores
del cuerpo hasta el vientre: significándoles claramente
el dios que, privados del territorio bajo y marítimo, conservarían
el superior y de la ciudad. Y lo que es la guarnición en
nada les incomodó, a causa del comandante Menilo; pero
de los ciudadanos excluidos del gobierno por su pobreza, que pasaban
de doce mil, los que se habían quedado sufrían una
suerte muy miserable y afrentosa, y los que por lo mismo abandonando
su patria habían pasado a la Tracia, donde Antípatro
les daba ciudad y tierras, parecían a los exterminados
después de un sitio.
XXVIII. La muerte de Demóstenes en la isla Calauria y
la de Hipérides cerca de Cleons, de las que hemos hablado
en otra parte, casi engendraron amor y deseo en los Atenienses
de Alejandro y de Filipo; y lo que después, por haber muerto
Antígono y haber empezado los que le mataron a mortificar
y afligir a los pueblos, dijo en Frigia un rústico, que,
como cavase en un campo y le preguntasen qué hacía,
respondió: Busca a Antígono; esto mismo
les ocurría decir a muchos, acordándose de que el
engreimiento de aquellos reyes tenía cierta elevación,
y se dejaba fácilmente doblar, y no como Antípatro,
que, bajo la apariencia de un particular con lo pobre de su manto
y con la sencillez de su tenor de vida, quería disimular
su poder, y por lo mismo se hacía más insufrible
a los que atormentaba, siendo un ruin, déspota y tirano.
Con todo, Foción libró a muchos del destierro intercediendo
con Antípatro, y logró para los desterrados que
no fueran como los demás excluidos del todo de la Grecia,
siendo trasladados más allá de los montes Ceraunios
y del Ténaro, sino que habitaran en el Peloponeso, de cuyo
número fue Hagnónides el Sicofanta. Con los que
quedaron en la ciudad Antípatro recondujo con blandura
y justicia, manteniendo en las magistraturas a los ciudadanos
urbanos y dóciles; y a los inquietos e innovadores, con
el mismo hecho de no emplearlos, para que no pudieran alborotar,
los tuvo sujetos y los obligó a amar el campo y las labores
de él. Viendo a Jenócrates pagar el tributo de extranjería,
quiso sentarle por ciudadano, pero él lo rehusó
diciendo que no quería tener parte en un gobierno sobre
el que había sido enviado de embajador para repugnarle.
XXIX. Proponiendo a Foción Menilo hacerle una expresión
y darle cierta cantidad de dinero, le respondió que ni
él valía más que Alejandro ni la causa por
que entonces se le quería agasajar era mejor que aquella
por la que en aquel tiempo nada había recibido; y como
Menilo instase sobre que lo admitiera para su hijo Foco, A
Foco- respondió-, si tiene juicio mudando de conducta le
bastará lo que le quede de su padre: pero si sigue como
ahora, no le alcanzará nada. A Antípatro,
que quería valerse de él para una cosa injusta,
le respondió con dureza: No puede Antípatro
valerse a un tiempo de mí como amigo y como adulador.
Refiérese que Antípatro solía decir que,
teniendo en Atenas dos amigos, Foción y Demades, del uno
no había podido recabar nunca que recibiese nada, y al
otro no había podido nunca contentarlo; y es que Foción
ostentaba como una virtud la pobreza, en la que había envejecido,
habiendo sido tantas veces general de los Atenienses y contando
reyes entre sus amigos, y Demades hacía gala de ser rico,
aun a costa de injusticias, y cometiéndolas de intento.
Pues estando entonces mandado por ley en Atenas que en los coros
no hubiera forasteros, o el jefe pagara mil dracmas, compuso un
coro todo de extranjeros, hasta el número de ciento, y
al mismo tiempo presentó en el teatro la multa de mil dracmas
por cada uno. Al tiempo de casar a su hijo Demeas le dijo: Cuando
yo me casé con tu madre, ni siquiera se enteró el
vecino; pero para tu boda contribuyen reyes y poderosos.
Instaban a Foción los Atenienses para que los libertara
de la guarnición, hablando para ello a Antípatro-,
pero bien fuese por no tener esperanzas de conseguirlo, o bien
porque viese al pueblo más moderado, prudente y subordinado
por el miedo, siempre rehusó aquella legación; aunque
en cuanto a los contribuciones obtuvo de Antípatro que
tuviese espera y concediese plazos. Cansados, pues, recurrieron
a Demades, el cual se mostró pronto, y tomando consigo
al hijo llegó a la Macedonia, conducido, sin duda, por
algún mal Genio, precisamente al tiempo en que, hallándose
ya enfermo Antípatro, Casandro había tomado el mando,
y había encontrado una carta de Demanes dirigida a Antígono
al Asia, en la que le rogaba se apareciese a los Griegos y Macedonios,
que estaban colgados de un hilo viejo y podrido, mordiendo de
este modo a Antípatro. Así que Casandro supo que
había llegado, le echó mano; y en primer lugar,
presentándole muy cerca al hijo, lo hizo asesinar, de modo
que el padre recibió en sus ropas la sangre, quedando manchado
con aquella muerte, y después, reprendiendo a éste
y llenándole de improperios sobre su ingratitud y su traición,
le quitó también la vida.
XXX. Como Antípatro, nombrado que hubo general a Polisperconte,
y comandante subalterno a Casandro, hubiese fallecido, adelantándose
éste y arrogándose el mando, envió prontamente
a Nicanor para suceder a Menilo en la comandancia de la guarnición,
con orden de posesionarse de Muniquia antes que se divulgara la
muerte de Antípatro. Ejecutóse, pues, de esta manera;
y cuando los Atenienses supieron, al cabo de breves días,
que Antípatro era muerto, empezaron a quejarse y a culpar
a Foción de que, habiendo tenido antes la noticia, la había
reservado en obsequio de Nicanor. No hizo de esto gran caso; pero
con todo, habiendo visto y hablado a Nicanor, logró que
se mostrara benigno y complaciente con los Atenienses en los negocios
que ocurrieron, y que entrara en ciertos obsequios y gastos, tomando
a su cargo el dar al pueblo juegos y espectáculos.
XXXI En esto, Polisperconte, que tenía a su cargo la tutela
del rey, para contraminar las disposiciones de Casandro envió
una carta a los ciudadanos de Atenas, en que les decía
que el Rey les volvía la democracia, siendo su voluntad
que todos tuvieran parte en el gobierno según sus leyes
patrias. Esto era una celada dispuesta contra Foción, porque
siendo la intención de Polisperconte, como después
lo manifestó con las obras, ganar para sí propio
aquella ciudad, no esperaba adelantar nada si no perecía
Foción, y tenía por cierto que perecería
en el punto que los que habían decaído el gobierno
conforme al último tratado volvieran a apoderarse de él,
y que ocuparan de nuevo la tribuna los demagogos y calumniadores.
Alborotados por esta causa los Atenienses, como Nicanor quisiese
tratar con ellos en el Pireo, formándose consejo se presentó
en él, confiando su persona a Foción. En tanto,
Dercilo, general de las tropas que estaban fuera de la ciudad,
se propuso echarle mano, y habiéndolo él entendido,
huyó teniéndose desde luego indicios de que hostilizaría
a la ciudad. Foción, a quien se hizo cargo de haber dejado
ir a Nicanor y no haberlo detenido, respondió que había
confiado en Nicanor, sin temer de él ningún mal
hecho, y que, aun cuando así no fuese, más quería
pasar por ofendido y por burlado que por ofensor y por injusto.
Esto, mirado con relación a Foción sólo como
persona particular, podría tenerse por un rasgo de honradez
y generosidad; pero cuando iba en ello la salud de la patria,
y debía considerar que era un general y un magistrado,
no sé si era reo para con sus conciudadanos de haber violado
un derecho más trascendental y más antiguo. Porque
no podía tampoco decirse que Foción se abstuvo de
echar mano a Nicanor por miedo de meter a la ciudad en una guerra,
y que pretextó la confianza y la justicia, para que, avergonzado
éste, se contuviera y no ofendiera a los Atenienses; pues
en realidad de verdad lo que pudo más con él fue
la confianza en Nicanor, a quien ya acusaban muchos de que amenazaba
al Pireo, reunía fuerzas de extranjeros en Salamina y andaba
sobornando a algunos de los que habitaban en el mismo Pireo; con
todo, se desentendió de estas voces, y no sólo no
les dio crédito, sino que, habiéndose decretado,
a propuesta de Filomelo de Lamptras, que todos los Atenienses
se pusieran sobre las armas y estuvieran a las órdenes
del general Foción, descuidó el cumplimiento, hasta
que, pasando Nicanor sus tropas de Muniquia al Pireo, empezó
a circunvalarle.
XXXII. En vista de esto se sobresaltó Foción, y
recibió un desprecio cuando quiso conducir contra Nicanor
el ejército de los Atenienses. Llegó al mismo tiempo
con tropas Alejandro, hijo de Polisperconte, según lo que
él decía para auxiliar contra el mismo Nicanor a
los ciudadanos, pero en realidad para apoderarse, si podía,
de la ciudad, que por sí misma se le venía a la
mano. Porque los desterrados habían acudido a él
y al punto se habían metido en la ciudad, y con los forasteros
y los notados de infamia que se les agregaron se reunió
una junta numerosa y desordenada, en la que, deponiendo del mando
a Foción, eligieron otros generales; y a no haber sido
porque, dirigiéndose Alejandro solo a hablar con Nicanor
al pie de la muralla, fue visto, y porque, habiéndolo ejecutado
repetidas veces, dio ocasión a que sospechasen los Atenienses,
no hubiera evitado la ciudad aquel peligro. Al punto, pues, el
orador Hagnónides se desencadenó contra Foción,
acusándole de traidor, de lo que temerosos Calimedonte
y Pericles, salieron de la ciudad; pero Foción y los amigos
que permanecieron a su lado se acogieron a Polisperconte, saliendo
con ellos, por consideración a Foción, Solón
de Platea y Dinarco de Corinto, que pasaban por apasionados y
amigos de Polisperconte; mas a causa de haber caído enfermo
Dinarco se detuvieron en Elatea por bastantes días. En
éstos, en virtud de un decreto defendido por Hagnónides
y escrito por Arquéstrato, envió el pueblo una embajada
con objeto de acusar a Foción; y unos y otros alcanzaron
a un mismo tiempo a Polisperconte, que iba en compañía
del rey cerca de una aldea de la Fócide, llamada Fáriges
y situada junto al monte Acrurio, al que ahora dicen Gálata.
Puso en ella Polisperconte un dosel de oro, y sentando debajo
de él al Rey, y a su lado a los de su corte, en cuanto
a Dinarco dio orden de que sobre la marcha le prendiesen y, después
de darle tormento, le quitasen la vida; y a los Atenienses les
concedió permiso de hablar. Levantóse grande alboroto
y gritería, acusándose unos a otros en aquella junta,
y como dijese Hagnónides: Metednos a todos en una
jaula y enviadnos a que tratemos este negocio ante los Atenienses,
el Rey se echó a reír; pero los Macedonios y otros
forasteros que presenciaban la junta, estando de vagar, deseaban
oír, y por señas rogaban a los embajadores que entablaran
allí su acusación. Mas el partido era muy desigual,
porque, habiendo empezado a hablar Foción, Polisperconte
se le opuso muchas veces; y habiendo dado por fin un bastonazo
en el suelo, aquel se detuvo y calló; y diciendo Hegemón
que Polisperconte le era testigo de su amor al pueblo, como Polisperconte
le respondiese enfadado: No vengas aquí a mentir
ante el Rey, levantóse éste e intentó
herir a Hegemón con la lanza; pero Polisperconte le echó
al punto los brazos para detenerle, y así se disolvió
la junta.
XXXIII. Rodeados por los guardias Foción y los que con
él se hallaban, los demás amigos que tuvieron la
suerte de no estar tan cerca, en vista de esto, o se ocultaron
o huyeron, y así se salvaron. A aquellos los trajo Clito
a Atenas, según decían, para ser juzgados, pero
en realidad, condenados ya a morir; su conducción ofrecía
un espectáculo bien triste, pues eran llevados en carros
por el Ceramico al teatro; allí los tuvo reunidos Clito,
hasta que los arcontes convocaron la junta, de la que no excluyeron
ni a esclavo, ni a forastero, ni a hombre infame, sino que dejaron
patentes a todos y a toda la tribuna y el teatro. Leyóse
una carta del Rey, en la que decía que para él aquellos
hombres eran traidores; pero que dejaba a los Atenienses el que
los juzgasen, pues que eran libres e independientes: y como en
seguida les hubiese presentado Clito, los ciudadanos de probidad
y virtud, al ver a Foción, se cubrieron los rostros, y
bajando los ojos no podían contener las lágrimas.
Hubo, sin embargo, uno que se atrevió a decir que, habiendo
dejado el Rey al pueblo un juicio como aquel, correspondía
que los esclavos y los extranjeros salieran de la junta. Mas no
lo llevó en paciencia la muchedumbre, y como gritasen que
debían ser apedreados los oligarquistas y enemigos del
pueblo, ya ningún otro se resolvió a hablar a favor
de Foción. Él mismo, teniendo gran trabajo y dificultad
en hacerse escuchar: ¿Cómo queréis
condenarme a muerte?- les dijo- ¿injusta o justamente?
y como algunos respondiesen: Justamente. Pues
y esto, ¿cómo lo conoceréis- les replicó-
si no me escucháis? Nadie quería ya oír
más; y entonces, saliendo más adelante: Por
mí- les dijo-, reconozco que he obrado mal, y me sentencio
a muerte por mis actos de gobierno; pero a éstos, oh Atenienses,
¿por qué queréis quitarles la vida, no habiendo
delinquido en nada? Como a esta reconvención respondiesen
muchos: Porque son amigos tuyos, se retiró
Foción, y nada más dijo; pero Hagnónides
leyó un decreto que tenía escrito, según
el cual el pueblo debía juzgar si entendía que habían
delinquido, y los reos sufrir la pena de muerte si esta declaración
les era contraria.
XXXIV. Leído el decreto, deseaban algunos que Foción
fuera atormentado antes de recibir la muerte, y daban la orden
de que se trajera la rueda y se llamara a los ejecutores; pero
Hagnónides, viendo que también Clito lo repugnaba
y que la cosa en sí era bárbara y abominable: Cuando
prendamos- dijo-, oh Atenienses, a ese vil hombre de Calimedonte,
entonces lo atormentaremos; pero en cuanto a Foción, yo
no propongo semejante cosa; a lo que uno de los hombres
honrados exclamó: Y haces muy bien; porque si atormentamos
a Foción, ¿contigo qué deberíamos
hacer? Sancionado el decreto, y dados los votos, sin que
nadie se sentase, todos en pie como estaban, y aun muchos poniéndose
coronas, los condenaron a muerte. Hallábanse con Foción,
Nicocles, Tudipo, Hegemón y Pitocles, y se decretó
también la muerte de Demetrio de Falera, de Calimedonte,
de Caricles y de otros ausentes.
XXXV. Disuelta la junta, llevaron a los sentenciados a la cárcel,
y los demás, viéndose rodeados y estrechados entre
los brazos de sus amigos y deudos, iban afligidos y desconsolados;
pero al ver el rostro de Foción tan sereno como cuando
yendo de general le acompañaban desde la junta pública,
todos generalmente admiraban su imperturbabilidad y su grandeza
de alma, aunque sus enemigos, al paso lo llenaban de improperios,
y alguno hubo que se acercó a escupirle: de manera que
él se volvió a los arcontes y les dijo: ¿No
habrá quien contenga a este desvergonzado? Como Tudipo,
estando ya en la cárcel y viendo molida la cicuta, se irritase
y lamentase su desgracia, mas no había motivo para que
fuera comprendido en la de Foción: ¿Conque
no tienes en mucho- le dijo éste-, el que con Foción
mueres?. Preguntándole uno de sus amigos si encargaba
algo para Foco, su hijo: Sí- le respondió-;
le digo que no mire mal a los Atenienses. Pidiéndole
Nicocles, que era el más fiel de sus amigos, que le permitiera
beber antes la pócima: Cruel y terrible es para mí
tu petición- le contestó-, pero, pues que en vida
no te negué ningún favor, también te concedo
éste. Con haber bebido todos los demás, se
acabó el veneno, y el ejecutor público dijo que
no molería más si no se le daban doce dracmas, que
era lo que costaba una poción. Pasábase el tiempo
y la detención era larga; llamó, pues, Foción
a uno de sus amigos, y diciendo: ¡Bueno, es que ni
aun el morir lo dan de balde en Atenas!, le encargó
que pagara aquella miseria.
XXXVI Era el día 19 del mes Muniquión, y haciendo
los caballeros una especie de procesión en honor de Zeus,
unos arrojaron las coronas, otros, volviéndose a mirar
las puertas de la cárcel, prorrumpieron en llanto, y a
todos los que no tenían el alma pervertida por el encono
o por la envidia les pareció cosa execrable el no haber
esperado por aquel día y no haber conservado a la ciudad
pura de una ejecución pública mientras celebraba
aquella festividad. Mas los enemigos de Foción creyeron
que sería incompleto su triunfo si no hacían que
hasta el cadáver de Foción fuera desterrado y que
no hubiera ateniense que encendiera fuego para darle sepultura;
así es que no hubo entre sus amigos quien se atreviese
ni siquiera a tocarle. Un tal Conopión, que por precio
solía ocuparse en estas obras, tomó el cuerpo, y
llevándolo más allá de Eleusis, le quemó,
encendiendo el fuego en tierra de Mégara. Sobrevino allí
una mujer megarense con sus criadas, y levantando un túmulo
vacío hizo las solemnes libaciones. Tomó después
en su regazo los huesos, y llevándolos por la noche a su
casa, abrió un hoyo junto al hogar, diciendo: En
ti, mi amado hogar, deposito estos despojos de un hombre justo,
y tú lo restituirás al sepulcro paterno cuando los
Atenienses hayan vuelto en su acuerdo.
XXXVII. No se había pasado mucho tiempo cuando los sucesos
mismos hicieron ver al pueblo qué celador y guarda de la
modestia y la justicia era el que había perdido. Erigióle,
pues, una estatua de bronce, y a expensas del erario público
dio sepultura a sus huesos. De sus acusadores, a Hagnónides
los mismos Atenienses le condonaron y quitaron la vida, y a Epicuro
y Demófilo, que habían huido de la ciudad, el hijo
de Foción los descubrió y tomó de ellos venganza.
De éste se dice que no era hombre de recomendables prendas;
que, enamorado de una esclava educada en casa de un rufián,
por casualidad había llegado al Liceo a tiempo en que Teodoro
el Ateo formaba este argumento: Si no es cosa torpe rescatar
al amigo, tampoco, por consiguiente, a la amiga: Y si no lo es
el rescatar al amado, tampoco a la amada; y que adoptando
este modo de discurrir como tan acomodado a sus deseos, había
redimido a la amiga. En fin: lo ejecutado con Foción hizo
a los Griegos acordarse de lo ejecutado con Sócrates, por
ser este yerro muy semejante a aquel, y causa igualmente para
la ciudad de grandes infortunios.
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