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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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GAIO MARIO
I. No podemos decir cuál fue el tercer
nombre de Gayo Mario, al modo que no se sabe tampoco el de Quinto
Sertorio, que mandó en España, ni el de Lucio Mumio,
que tomó a Corinto, porque el de Acaico fue sobrenombre
que le vino de sus hechos, como el de Africano a Escipión
y el de Macedonio a Metelo. Por esta razón principalmente
parece que reprende Posidonio a los que creen que el tercer nombre
era el propio de cada, uno de los Romanos, como Camilo, Marcelo
y Catón, porque quedarían sin nombre- decía-
los que sólo llevasen dos. Mas no advierte que con este
modo de discurrir deja sin nombre a las mujeres, pues a ninguna
se le pone el primero de los nombres, que es el que Posidonio
tiene por nombre propio para los Romanos. De los otros, uno era
común por el linaje, como los Pompeyos, los Manlios, los
Cornelios, al modo que si uno de nosotros dijera los Heraclidas
y los Pelópidas, y otro era sobrenombre de un adjetivo
que indicaba la índole, los hechos, la figura del cuerpo
o sus defectos, como Macrino, Torcuato y Sila, a la manera que
entre nosotros Mnemón, Gripo y Calinico. En esta materia,
pues, la anomalía de la costumbre da ocasión a muchas
disputas.
II. Del semblante de Mario hemos visto un retrato en piedra,
que se conserva en Ravena de la Galia, y dice muy bien con la
aspereza y desabrimiento de carácter que se le atribuye.
Porque siendo por índole valeroso y guerrero, y habiéndose
instruido más en la ciencia militar que en la política,
en sus mandos se abandonó siempre a una iracundia que no
podía contener. Dícese que ni siquiera aprendió
las letras griegas, ni usó nunca de la lengua griega en
cosas de algún cuidado, teniendo por ridículo aprender
unas letras cuyos maestros eran esclavos de los demás,
y que después del segundo triunfo, habiendo dado espectáculos
a la griega con motivo de la dedicación de un templo, no
hizo más que entrar y sentarse en el teatro, saliéndose
al punto. Al modo, pues, que Platón solía muchas
veces decir al filósofo Jenócrates, que parece era
también de costumbres ásperas, ¡oh Jenócrates!
sacrifica a las Gracias si alguno de la misma manera hubiera
persuadido a Mario que sacrificase a las Musas griegas y a las
Gracias, no hubiera éste coronado tan feamente sus decorosos
mandos y gobiernos, pasando por una iracundia y ambición
indecente, y por una avaricia insaciable a una vejez cruel y feroz;
lo que bien pronto aparecerá de sus hechos.
III. Nacido de padres enteramente oscuros, pobres y jornaleros,
de los cuales el padre tenía su mismo nombre, y la madre
se llamaba Fulcinia, tardó en venir a la ciudad y en gustar
de las ocupaciones de ella, habiendo tenido su residencia por
todo el tiempo anterior en Cerneto, aldea de la región
arpina, donde su tenor de vida fue grosero, comparado con el civil
y culto de la ciudad, pero moderado y sobrio, y muy conforme con
aquel en que antiguamente se criaban los Romanos. Habiendo hecho
sus primeras armas contra los Celtíberos, cuando Escipión
Africano sitió a Numancia no se le ocultó a este
general que en valor se aventajaba a los demás jóvenes
y que se prestaba sin dificultad a la mudanza que tuvo que introducir
en la disciplina, a causa de haber encontrado el ejército
estragado y perdido por el lujo y los placeres. Dícese
que peleando con un enemigo le quitó la vida a presencia
del general, por lo que, además de otros honores que éste
le dispensó, moviéndose en cierta ocasión
plática entre cena acerca de los generales, como preguntase
uno de los presentes, bien fuera porque realmente dudase, o porque
hiciera por gusto aquella pregunta a Escipión, cuál
sería el general y primer caudillo que después de
él tendría el pueblo romano, hallándose Mario
sentado a su lado, le pasó suavemente la mano por la espalda
y respondió: Quizás éste. ¡Tal
era la disposición que desde pequeño presentaba
el uno para llegar a ser grande, y tal también la del otro
para del principio conjeturar el fin!
IV. Dícese que Mario, inflamado en sus esperanzas con
esta expresión como con un fausto agüero, aspiró
a tomar parte en el gobierno, y que le cupo en suerte el tribunado
de la plebe, siendo su solicitador Cecilio Metelo, de cuya casa
era cliente desde el principio, por sí y por su padre.
En su tribunado escribió sobre el modo de votar una ley,
que parece quitaba a los poderosos su grande influjo en los juicios,
a la cual se opuso el cónsul Cota, logrando persuadir al
Senado que contradijese la ley y que se hiciese comparecer a Mario
a dar razón de su propuesta. Escribíase este decreto,
y, entrando Mario, no se portó como un hombre nuevo a quien
ninguno de algún lustre había precedido, sino que,
tomando de sí mismo el mostrarse tal cual le acreditaron
después sus hechos, amenazó a Cota con que lo llevaría
ala cárcel si no abrogaba su resolución. Volviéndose
éste entonces a Metelo, le preguntó cuál
era su dictamen, y, levantándose Metelo, apoyado al cónsul;
pero Mario, llamando al lictor, que estaba fuera, le dio orden,
de que llevara a la cárcel al mismo Metelo. Imploraba éste
el auxilio de los demás tribunos, y como ninguno se le
presentase, cedió el Senado, y desistió de su decreto.
Saliendo entonces ufano Mario adonde estaba la muchedumbre, hizo
sancionar la ley, ganando opinión de ser intrépido
contra el miedo, imperturbable por rubor y fuerte para oponerse
al Senado en obsequio de la plebe. Mas de allí a poco hizo
que se cambiara esta opinión con motivo de otro acto de
gobierno, porque, habiéndose propuesto ley para hacer una
distribución de trigo, se opuso obstinadamente a los ciudadanos,
y saliendo con su intento, adquirió igual concepto entre
ambos partidos de que nunca por obsequio cedería en lo
que no fuera conveniente ni a los unos ni a los otros.
V. Después del tribunado se presentó a pedir la
Edilidad mayor, porque hay dos órdenes de ediles: el uno,
que toma el nombre de las sillas, con pies corvos, en que estos
magistrados se sientan para despachar, y el otro, inferior, que
se llama plebeyo. Nómbranse primero los de mayor dignidad,
y después se pasa a votar los otros. Todo daba a entender
que Mario quedaría para este segundo; pero él, presentándose
sin dilación en medio, pidió el otro; mas acreditándose
por lo mismo de osado y orgulloso, fue desatendido, y con haber
sufrido dos desaires en un mismo día, cosa nunca sucedida
a otro alguno, no por eso bajó nada de su arrogancia; antes,
de allí a poco volvió a pedir la Pretura, y casi
nada faltó para que llevara también repulsa; mas
fue, por fin, elegido el último, y se le formó causa
de cohecho. Dio el principal motivo para sospechar un esclavo
de Casio Sabacón, por habérsele visto dentro de
los canceles mezclado con los que iban a votar y ser Sabacón
uno de los mayores amigos de Mario. Preguntado aquel por los jueces
sobre este particular, respondió que, teniendo mucha sed,
a cansa del calor, pidió agua fría, y como aquel
su esclavo tuviese un vaso de ella, había entrado a alargárselo,
marchándose inmediatamente después que bebía.
Ello es que Sabacón fue, por los censores que entraron
en ejercicio después de este suceso, removido del Senado,
pareciendo a todos que no dejaba de merecerlo, bien fuese por
el falso testimonio, o bien por su mala conducta. Fue citado también
como testigo contra Mario Gayo Herenio, y contestó no ser
conforme a las costumbres patrias que atestiguase contra un cliente,
sino que antes las leyes eximían de esta obligación
a los patronos- que es el nombre que dan los Romanos a los defensores
y abogados-, y que de la casa de los Herenios habían sido
clientes de anti- guo los progenitores de Mario, y aun Mario mismo.
Admitían los jueces la excusa, pero el mismo Mario hizo
oposición a Herenio, diciendo que luego que entró
en las magistraturas se libertó de la calidad de cliente,
lo que no era enteramente cierto, pues no toda magistratura exime
a los clientes y a su posteridad de la obligación de alimentar
al patrono, sino solamente aquella a la que la ley concede silla
curul. En los primeros días del juicio, la suerte no se
presentaba favorable a Mario, ni estaban de su parte los jueces;
pero en el último salió, no sin maravilla, absuelto,
por haberse empatado los votos.
VI Nada hizo en la Pretura digno de particular alabanza; pero
habiéndole cabido en suerte después de ella la España
ulterior, se dice que limpió de salteadores la provincia,
áspera todavía y feroz en sus costumbres, por no
haber dejado los Españoles de tener el robar por una hazaña.
Constituido en el gobierno, no le asistían ni la riqueza
ni la elocuencia, que eran los medios con que los principales
manejaban en aquella época al pueblo; sin embargo, dando
los ciudadanos cierto valor a la entereza de su carácter,
a su tolerancia del trabajo y a su porte, en todo popular, logró
ir adelantando en honores y poder, tanto, que hizo un matrimonio
ventajoso con Julia, de la familia ilustre de los Césares,
de la cual era sobrino César, el que más adelante
vino a ser el mayor de los Romanos, proponiéndose en alguna
manera por modelo a éste su deudo, como en su vida lo hemos
escrito. Conceden todos ti Mario la templanza y la paciencia,
habiendo dado de ésta un grande ejemplo con el motivo de
cierta operación de cirugía. Tenía entrambas
piernas muy varicosas, causándole esta especie de hinchazón
una deformidad que le disgustaba, por lo que resolvió ponerse
en manos del cirujano. Presentóle, pues, la una pierna,
y sin que se la ligasen sufrió los violentos dolores de
las incisiones sin moverse y sin lanzar un suspiro, en silencio
y con inalterable rostro; pero pasando a la otra el cirujano,
ya no quiso alargarla, diciendo: No veo que la curación
de este defecto sea digna de un dolor semejante.
VII. Cuando el cónsul Cecilio Metelo fue enviado de general
al África para la guerra contra Yugurta, nombró
por legado a Mario, el cual, aprovechando aquella ocasión
de hechos señalados e ilustres, dejó a un lado el
cuidar de los aumentos de Metelo y el ponerlo todo a su cuenta,
como solían hacerlo los demás. No teniendo, pues,
en tanto el haber sido nombrado legado por Metelo como el que
la fortuna le ofreciese tan favorable oportunidad y le introdujese
en tan magnífico teatro, se esforzó a dar pruebas
de toda virtud; y llevando consigo la guerra mil incomodidades,
ni rehusó ningún trabajo, por grande que fuese,
ni desdeñó tampoco los pequeños. Con esto,
con aventajarse a sus iguales en el consejo y la previsión
de lo que convenía, y con igualarse a los soldados en la
sobriedad y el sufrimiento, se ganó enteramente su amor
y benevolencia; porque, en general, parece que le da consuelo
al que tiene que trabajar que haya quien voluntariamente trabaje
con él, pues con esto parece como que a él también
se le quita la necesidad. Era, además, espectáculo
muy agradable al soldado romano un general que no se desdeñaba
de comer públicamente, el mismo pan, de tomar el mismo
sueño sobre cualquiera mullido y de echar mano a la obra
cuando había que abrir fosos o que establecer los reales,
pues no tanto admiran a los que distribuyen los honores y los
bienes como a los que toman parte en los peligros y en la fatiga,
y en más que a los que les consienten el ocio tienen a
los que quieren acompañarlos en los trabajos. Conduciéndose,
pues, Mario en todo de esta manera, y haciéndose popular
por este término con los soldados, en breve llenó
el África y en breve a la misma Roma de su fama y de su
nombre, por medio de los que desde el ejército escribían
a los suyos que no se le vería término y fin a aquella
guerra mientras no eligiesen cónsul a Mario.
VIII. Claro es que por lo mismo había de estar incomodado
con él Metelo; pero lo que más le indispuso fue
lo ocurrido con Turpilio. Era éste huésped de Metelo,
ya de tiempo de su padre, y entonces tenía en aquella guerra
la dirección de los trabajos. Habíasele encargado
la guardia de Baga, ciudad populosa; y él, confiado en
no causar ninguna vejación a los habitantes, sino más
bien tratarlos benigna y humanamente, no atendía a precaverse
de caer en manos de los enemigos. Mas éstos dieron entrada
a Yugurta, aunque a Turpilio en nada le ofendieron, y antes se
interesaron para que se le dejara ir salvo. Formósele,
pues, causa de traición, y siendo Mario uno de los del
consejo de guerra, no sólo se mostró por sí
inexorable, sino que acaloró a la mayor parte, de tal manera,
que Metelo se vio precisado muy contra su voluntad a tener que
condenarle a muerte. Descubrióse a poco la falsedad de
la acusación, y todos los demás daban muestras de
pesar a Metelo, que estaba inconsolable; pero Mario se mantenía
alegre y se jactaba de ser autor de lo ejecutado, sin avergonzarse
de decir entre sus amigos que él era quien había
hecho que a Metelo le persiguiese la vengadora sombra de su huésped.
Con este motivo era todavía más manifiesta la enemistad,
y aun se refiere que en cierta ocasión le dijo Metelo,
como reconviniéndole: ¡Cómo! ¿y
piensas tú, hombre singular, marchar ahora a Roma a pedir
el Consulado? ¿Pues no te estaría muy bien el ser
cónsul con este hijo mío? Es de notar que
tenía consigo Metelo un hijo todavía en la infancia.
En tanto Mario instaba para que se le diera licencia; pero se
le dilató con varios pretextos, y por fin se le concedió
cuando no faltaban más que doce días para la designación
de los cónsules. Mario anduvo el largo camino que había
del campamento a Utica sobre el mar en dos días y una noche,
y antes de embarcarse hizo un sacrificio. Dícese haberle
anunciado el agorero que los Dioses le pronosticaban hechos y
sucesos muy superiores a toda esperanza, con lo que partió
sumamente engreído. Hizo en cuatro días la travesía
con viento en popa, y apareciéndose de súbito ante
el pueblo, que le recibió con deseo, presentado por uno
de los tribunos en la junta, hizo diferentes recriminaciones a
Metelo y se mostró pretendiente del Consulado, con promesa
de que muerto o vivo había de tener en su poder a Yugurta.
IX. Habiendo sido nombrado con grande aceptación, se dedicó
al punto a reclutar ejército, admitiendo en él,
con desprecio de las leyes y costumbres, una multitud indigente
y esclava; siendo así que los generales antiguos no les
daban a éstos entrada, sino que, mirando como un honor
el ejercicio de las armas, sólo las ponían en manos
beneméritas, teniendo como por fianza la hacienda de cada
uno. Con todo no fue esto lo que más desacreditó
a Mario, sino sus expresiones arrogantes, que ofendían
a los principales por el ajamiento e injuria que contenían:
gritando continuamente aquel que su Consulado era un despojo tomado
a la molicie de los nobles y de los ricos, y que él se
recomendaba al pueblo con sus heridas propias, no con memorias
de muertos ni con imágenes ajenas. Muchas veces nombrando
a los generales que habían peleado desgraciadamente en
el África, como Bestia y Albino, varones ilustres en linaje,
pero pocos guerreros, y por su impericia se perdieron, solía
preguntar a los que se hallaban presentes, si no creían
que los antepasados de éstos habrían querido más
dejar descendientes que fuesen a él semejantes, puesto
que ellos mismos no se habían hecho célebres por
su noble origen sino por su virtud y sus hazañas. Y esto
no lo decía precisamente por vanidad y jactancia, ni sólo
porque quisiese indisponerse con los poderosos, sino porque el
pueblo, complaciéndose en la mortificación del Senado,
solía medir la grandeza de ánimo por la arrogancia
de las expresiones, y así él era quien le impelía
a humillar a los ciudadanos más sobresalientes para complacer
a la muchedumbre.
X. Luego que pasó al África, no pudiendo Metelo
soportar la envidia, e incomodado sobremanera de que tenien- do
ya concluida la guerra, sin restar otra cosa que la materialidad
de apoderarse de la persona de Yugurta, viniese Mario a recoger
la corona y el triunfo, debiendo estos adelantamientos a sola
su ingratitud, no aguardó a que llegara donde él
estaba, sino que partió del ejército y fue Rutilio
quien hizo la entrega de él a Mario, hallándose
de legado de Metelo. Pero persiguió también a Mario
un mal hado en la conclusión de este negocio: porque le
arrebató Sila la gloria del vencimiento, como él
la había arrebatado a Metelo. El modo como esto sucedió
lo referiré muy por encima, por cuanto la narración
circunstanciada de estos sucesos pertenece más a la Vida
de Sila. Boco, rey de los Númidas superiores, era yerno
de Yugurta, y mientras duró la guerra, no pareció
tomar gran parte en ella, recelando de su perfidia y temiendo
que aumentase su poder; mas después que reducido a la fuga
y andando errante había puesto en Boco su última
esperanza, y marchaba en su busca, recibiéndose éste
en tal situación de desvalido más por vergüenza
que por afecto, cuando le tuvo a su disposición, a las
claras y en público intercedía por él con
Mario, escribiéndole que de ningún modo lo entregaría;
pero en secreto meditaba hacerle traición, enviando a llamar
a Lucio Sila, cuestor de Mario, que había hecho favores
a Boco durante aquella expedición. Luego que Sila pasó
a verse con él, ya hubo alguna mudanza y arrepentimiento
en aquel bárbaro, de manera que estuvo bastantes días
sin resolverse entre si entregaría a Yugurta o retendría
a Sila. Prevaleció por fin la primera traición,
y puso a Yugurta vivo en manos de Sila, siendo ésta la
primera semilla de aquella disensión cruel e irreconciliable,
que estuvo en muy poco perdiese a Roma. Porque muchos, por aversión
a Mario, daban por cierto que aquello había sido obra de
Sila; y este mismo, habiendo labrado un sello, puso en él
un grabado en que estaba la imagen de Boco en actitud de entregarle
a Yugurta, sello que usaba siempre, irritando con esto a Mario,
hombre ambicioso, obstinado y enemigo de repartir su gloria con
nadie; a lo que contribuían también en gran manera
los enemigos de éste, atribuyendo a Metelo el buen principio
y progreso de aquella guerra, y su conclusión a Sila, con
la mira de hacer que el pueblo dejara de admirar y apreciar a
Mario sobre todos.
XI Mas bien presto disipó esta envidia, estos odios y
estas acriminaciones contra Mario el peligro que de la parte del
Poniente amenazó a la Italia, reconociéndose por
todos la necesidad de un gran general, y examinando cuidadosamente
la ciudad quién sería el piloto de quien se valiese
en semejante tormenta; así es que, no hallándose
con fuerzas ninguna de las familias nobles o ricas para tal empresa,
procediendo a los comicios consulares, eligieron a Mario, que
se hallaba ausente. Pues apenas recibida la noticia de la prisión
de Yugurta, se difundieron las voces de los Teutones y Cimbros,
increíbles al principio en cuanto al número y valor
de las tropas que venían, pues se halló que en verdad
eran muchas menos de lo que se decía. Con todo, eran trescientos
mil hombres armados los que estaban en marcha, y además
venía en su seguimiento infinidad de mujeres y niños
en busca de una región que alimentase tanta gente y de
ciudades en que pudieran establecerse, al modo que antes de ellos
sabían haber ocupado los Celtas un país excelente
en Italia expeliendo a los Tirrenos; pues, por lo demás,
su ninguna comunicación con otros pueblos, y la distancia
del país de donde venían, eran causa de que se ignorase
qué gentes eran ni de dónde habían partido
para caer como una nube sobre la Galia y la Italia. Conjeturábase,
sin embargo, que eran naciones germánicas de las que habitan
a la parte del Océano Boreal, por la grande estatura de
sus cuerpos, por tener los ojos azules, y también porque
los de Germania a los ladrones los llaman Cimbros. Hay también
quien diga que la gente céltica, por la grande extensión
del país y su gran muchedumbre, llega desde el mar exterior
y los climas septentrionales hasta el Oriente, yendo a tocar por
la laguna Meotis en la Escitia Póntica, y que de allí
provenía esta mezcla de naciones, las cuales no abandonaban
sus asientos de una vez, ni a la continua, sino que yendo siempre
hacia adelante cada año en la primavera, iban así
llevando la guerra por todo el continente; y que aunque tienen
diferentes denominaciones, según los países, al
ejército en general le dan la de Celtoescitas. Otros refieren
que la gente cimeria, conocida en lo antiguo por los Griegos,
no fue más que una parte mínima, que estrechada
de los Escitas, o por sedición entre sí, o por destierro
de éstos, se vio precisada a pasar al Asia desde la laguna
Meotis, acaudillándola Ligdamis, pero que el grueso de
ellos y lo más belicoso se hallaba establecido en los últimos
términos, a la parte del mar exterior. Dícese que
éstos ocupaban un país sombrío, frondoso
y poco alumbrado del sol, por la muchedumbre y espesura de sus
bosques, que se extienden hasta dentro de la Selva Hercinia; habién-
dole caído en suerte estar bajo un cielo que parece deja
poco lugar para la habitación, situados cerca del zenit
en la parte donde toma elevación el polo por la inclinación
de los paralelos, y donde, iguales los días en lo cortos,
y en lo largos con las noches, dividen el año; que fue
lo que dio ocasión a Homero para su fábula del infierno.
Pues de allí se dice habían partido estos bárbaros
para la Italia, dichos al principio Cimerios, y Cimbros después,
por alteración, no a causa de su género de vida;
aunque esto más es una conjetura que cosa que pueda tenerse
por asegurada y cierta. En cuanto a su número, aun hay
algunos que afirman haber sido mayor que el que se deja dicho.
En el ánimo y osadía eran terribles, pareciéndose
al fuego en la presteza y violencia para los hechos de armas;
no había quien pudiera resistir a su ímpetu, sino
que, indefectiblemente, fueron presa suya todos aquellos a cuyo
país llegaron; y de los generales y ejércitos romanos,
cuantos se les presentaron por la parte de la Galia transalpina,
todos fueron ignominiosamente desbaratados; así, con haber
peleado desgraciadamente, estos mismos los atrajeron contra Roma,
pues, vencedores de cuanto encontraron, y enriquecidos con opimos
despojos, habían resuelto no hacer parada en ninguna parte
antes de destruir a Roma y asolar la Italia.
XII. Oídas semejantes nuevas, como el grito común
de los Romanos llamase al mando a Mario, fue nombrado segunda
vez cónsul, contra la ley que no permitía elegir
ausentes, y contra la que tampoco consentía que fuese alguno
reelegido sin que se guardase el espacio de tiempo prefijado;
no dando el pueblo oídos a los que se oponían, por
cuanto juzgaba que ni era aquella la vez primera en que la ley
callaba ante la utilidad pública, ni de menor valor la
causa que a ello entonces obligaba, que la que hubo para nombrar
cónsul a Escipión contra las mismas leyes, en ocasión
en que no temían perder su propia ciudad, sino que trataban
de destruir la de Cartago; así, pues, se determinó.
Llegó Mario de África con su ejército en
las mismas calendas de enero, que es el día en que los
Romanos comienzan su año, y en él tomó posesión
de Consulado, y celebró su triunfo, dando a los Romanos
el increíble espectáculo de conducir cautivo a Yugurta,
pues nadie esperaba que vivo él pudiera su ejército
ser vencido: ¡de tal manera sabía doblarse a todas
las mudanzas de fortuna, y tan diestro era en mezclar la astucia
con la fortaleza! Mas llevado en la pompa perdió, según
dicen, el sentido, y puesto en la cárcel después
del triunfo, mientras unos le despojaban por fuerza de la túnica
y otros procuraban quitarle las arracadas de oro, juntamente con
ellas le arrancaron el lóbulo de la oreja. Luego que le
dejaron desnudo lo arrojaron a un calabozo, donde, desesperado
e inquieto: ¡Por Júpiter- exclamó-,
que está muy frío vuestro baño! Allí
mismo, luchando por seis días con el hambre, y suspirando
hasta la última hora por alargar la vida, pagó la
pena que merecían sus impiedades. Cuéntase que se
trajeron a este triunfo y fueron llevadas en él tres mil
siete libras de oro, de plata no acuñada cinco mil setecientas
setenta y cinco, y en dinero diez y siete mil y veintiocho dracmas.
Reunió Mario el Senado después del triunfo en el
Capitolio, entrando en él, o por olvido, o por hacer orgullosa
ostentación de su fortuna, con las ropas triunfales; pero
percibiendo al punto que el Senado no lo llevaba a bien, se levantó,
y quitándose la púrpura volvió a ocupar su
puesto.
XIII. En la marcha hacía de camino trabajar a la tropa,
ejercitándola en toda especie de correrías y en
jornadas largas, y precisando a los soldados a llevar y preparar
por sí mismos lo que diariamente había de servirles:
de donde dicen proviene el que desde entonces a los aficionados
al trabajo, y a los que con presteza ejecutan lo que se les manda,
se les llame mulos marianos, aunque otros dan a esta expresión
diferente origen. Porque queriendo Escipión, cuando sitiaba
a Numancia, pasar revista, no sólo de armas y caballos,
sino también de acémilas y carros, para ver en qué
estado tenía cada uno estas cosas, se dice que Mario presentó
un caballo perfectamente cuidado y mantenido por él mismo,
y además un mulo, sobresaliendo entre todos en gordura,
en mansedumbre y en fuerza; por lo que no solamente se mostró
contento Escipión con esta especie de cuidado de Mario,
sino que hacía frecuentemente mención de ella, y
de aquí nació el que los que querían por
vejamen alabar a alguno de puntual, de sufrido y de trabajador,
le llamaban mulo de Mario.
XIV. Púsose en esta ocasión la fortuna de parte
de Mario; pues los bárbaros, como si quisieran tomar carrera
para la irrupción que meditaban, pasaron primero a España,
dándole tiempo para ejercitar el cuerpo del soldado, para
infundir en su ánimo aliento y confianza, y lo que es más
importante todavía, para hacer que conociese bien el carácter
de su general. Porque su dureza en el mando y su inflexibilidad
en los castigos parecían calidades justas y saludables
a los que tenían ya el hábito de no delinquir ni
faltar; y su vehemencia en la ira, lo penetrante de la voz y lo
adusto del semblante, acostumbrados así poco a poco, no
tanto les era a ellos terrible como creían había
de serlo a los enemigos. Sobre todo era muy del gusto de los soldados
su rectitud en los juicios, de la que refiere este ejemplo. Gayo
Lucio, sobrino suyo, que tenía empleo de comandante en
el ejército, era hombre en todo lo demás no reprensible,
pero en el amor de los jóvenes no podía irse a la
mano. Amaba a un joven que militaba bajo sus órdenes, llamado
Trebonio; y aunque muchas veces lo había solicitado, nunca
había sido bien oído; mas, en fin, una noche envió
por medio de un esclavo a llamar a Trebonio; vino éste,
porque no era lícito no acudir al llamamiento; pero como
habiendo entrado en su tienda quisiese hacerle violencia, desenvainando
la espada le quitó la vida. Acaeció esto a tiempo
que Mario estaba ausente; pero a su vuelta puso inmediatamente
en juicio a Trebonio, y como fuesen muchos los que le acusaban,
sin que ninguno tomase su defensa, compareciendo él mismo
refirió resueltamente el suceso, y tuvo testigos de que
muchas veces se resistió a Lucio y que, con hacerle grandes
ofertas, jamás condescendió por nada a sus deseos.
Maravillado Mario y complacido al mismo tiempo, mandó que
le trajesen la corona con que por costumbre patria se recompensaban
los ilustres hechos, y, tomándola en la mano, él
mismo coronó a Trebonio por haber dado un excelente ejemplo
en tiempo en que tanta necesidad había de ellos. Llegó
la noticia a Roma, y no fue la que menos contribuyó para
que se le confiriera el tercer Consulado, a lo que se agregaba
que, acercándose la primavera, miraban como próxima
la llegada de los bárbaros, y no querían que ningún
otro general hiciese aquella guerra. Mas no llegaron tan pronto
como se creía, y también se le pasó a Mario
el tiempo de este Consulado. Acercábanse las elecciones,
y como hubiese muerto el colega, dejando Mario encargado del ejército
a Manio Aquilio, partió para Roma. Eran muchos y muy principales
los que pedían el Consulado; Lucio Saturnino, que era,
de los tribunos el que más influía sobre la muchedumbre,
obsequiado por Mario, hablaba al pueblo y le movía a que
le nombrase cónsul. Hacia Mario el desdeñoso, rehusando
aquella magistratura y diciendo que no le convenía, sobre
lo que Saturnino le acusaba de traidor a la patria por rehusar
el mando en medio de tan gran peligro. Estaba bien claro que hacía
este papel por servir a Mario; pero los más, en vista de
su pericia y de su fortuna, le decretaron el cuarto Consulado,
dándole por colega a Lutacio Cátulo, varón
muy respetado de los primeros personajes y no desafecto a la muchedumbre.
XV. Instruido Mario de que los enemigos se hallaban cerca, pasó
apresuradamente los Alpes, y fortificando su campamento sobre
el río Ródano, condujo a él abundantes provisiones,
para no ser nunca precisado a pelear mientras no le pareciese
poderlo ejecutar con ventaja, por falta de las cosas precisas.
La conducción por mar de lo que el ejército había
menester, que antes era larga y costosa, la hizo fácil
y breve. Porque tomando las bocas del Ródano con el oleaje
del mar gran copia de tierra y mucha arena mezclada con cieno,
la navegación era trabajosa y tardía para los abastecedores.
Empleando, pues, en aquel punto el ejército, mientras no
tenía otra ocupación, abrió un dilatado canal,
y haciendo pasar a él gran parte del río, lo condujo
por una ribera cómoda con bastante caudal para sostener
buques grandes y con una entrada al mar fácil y no expuesta
a cegarse; este canal todavía conserva el nombre que de
él tomó. Hicieron los bárbaros dos divisiones
de sus tropas, tocándoles a los Cimbros marchar contra
Catulo por las alturas de los Alpes Nórdicos para vencer
aquel paso, y a los Teutones y Ambrones el dirigirse contra Mario,
por la Liguria y la costa del mar. Fueles preciso a los Cimbros
prepararse y detenerse más; pero los Teutones y Ambrones,
partiendo aceleradamente y atravesando el país que mediaba,
se presentaron inmensos en número, feroces en los semblantes
y en la gritería y alboroto no parecidos a ningunos otros.
Ocuparon gran parte de la llanura, y, acampándose, provocaron
a Mario a la batalla.
XVI No hacía Mario cuenta de estas baladronadas, sino
que contenía a los soldados dentro de los reales, castigando
ásperamente a los atrevidos y llamando traidores a la patria
a los que se presentaban con ánimo de pelear por no poder
contener la ira; porque la contienda con aquellas gentes no era
para alcanzar triunfos o para erigir trofeos, sino para apartar
lejos semejante tormenta y tempestad, salvando de este modo la
Italia. Así se explicaba en confianza con los otros jefes
y caudillos; pero a los soldados, manteniéndose en el valladar,
les hacía por trozos que miraran a los enemigos, acostumbrándolos
a ver aquellos semblantes, a oír aquella voz enteramente
extraña y fiera y a enterarse de sus arreos y su táctica,
para que con el tiempo la vista de aquellos objetos espantosos
se los hiciera llevaderos; porque creía que la novedad
acrecienta un terror falso a las cosas propias de suyo para inspirar
miedo, y que la costumbre quita la admiración y asombro
aun de aquellos objetos naturalmente terribles. Y aquí,
no sólo la vista iba quitando continuamente algo del asombro,
sino que con las amenazas y la insufrible altanería de
los bárbaros la ira les encendía y abrasaba los
ánimos, por cuanto los enemigos, no contentos con atropellar
y asolar cuanto había alrededor, acometían a veces
el campamento con grande arrojo y desvergüenza, tanto, que
se dio a Mario cuenta de estas voces y quejas de los soldados:
¿Por qué cobardía nuestra nos castiga
Mario prohibiéndonos con llaves y porteros como a unas
mujeres el venir a las manos con los enemigos? Ea, pues, echándola
de hombres libres, preguntémosle si es que espera otros
que vengan a pelear por la Italia, y de nosotros piensa valerse
siempre como de unos criados cuando haya que abrir canales, que
quitar barro y que mudar el curso de algún río,
pues parece que para estas cosas nos ejercita con continuas fatigas,
y que éstas son las obras consulares de que piensa hacer
a su vuelta ostentación ante los ciudadanos. ¿Teme,
por ventura, los desgraciados casos de Carbón y Cepión,
que fueron vencidos de los enemigos por ser ellos muy infe- riores
a Mario en virtud y en gloria, y por mandar un ejército
que estaba muy distante de valer lo que éste? Y, en fin,
hay más honor en sufrir algún descalabro, haciendo
algo, que ser tranquilos espectadores de la ruina de nuestros
aliados
XVII. Cuando Mario oyó estas cosas, sirviéronle
de placer y trató de sosegar a los soldados diciéndoles
que de ningún modo desconfiaba de ellos, sino que, guiado
de ciertos oráculos, aguardaba el tiempo y lugar oportunos
para la victoria. Porque llevaba en su compañía
en litera con cierto respeto a una mujer de Siria llamada Marta,
que se decía era profetisa, y de su orden hacía
ciertos sacrificios. Habíala antes amenazado el Senado
porque se mezclaba en estas cosas y en querer predecir lo futuro;
pero después, como acogiéndose a las mujeres hubiese
dado algunas pruebas, y más particularmente a la de Mario,
porque puesta a sus pies había casualmente adivinado entre
los gladiadores quién sería el que venciese, la
mandó ésta adonde estaba Mario, que la miró
con admiración, y por lo común la hacía llevar
en litera. Adornábase para los sacrificios con doble púrpura,
y usaba de una lanza toda en rededor ceñida de cintas y
coronas. Tenía esta farsa en incertidumbre a la mayor parte
de las gentes, no sabiendo si el dar así en espectáculo
a aquella mujer nacía de que Mario lo creyese de veras,
o de que lo fingía y aparentaba. En cuanto al maravilloso
prodigio de los buitres, refiérelo Alejandro Mindio, y
es que antes del vencimiento se aparecían siempre dos en
derredor de la hueste, y la seguían sin desampararla, siendo
conocidos por sus collares de bronce: pues los soldados lograron
cogerlos, y puestos los collares, los soltaron. Desde entonces,
reconociendo a los soldados, les hacían agasajos, y en
viéndolos éstos en las marchas se regocijaban, esperando
algún buen suceso. Mostráronse por aquel tiempo
diferentes señales, las que tenían en general un
carácter común; pero de Ameria y Tuderto se refirió
que se veían de noche en el cielo espadas y escudos de
fuego, que al principio se notaban separados, mas después
chocaban unos con otros en la forma y con los movimientos que
lo ejecutan los hombres que pelean, y, por fin, cediendo unos
y siguiendo los otros, todos venían a caer hacia Occidente.
Por el propio tiempo también de Pesinunte vino Bataces,
sacerdote de la gran madre, anunciando que la Diosa le había
hablado desde su tabernáculo diciendo que iban los Romanos
a disfrutar de la victoria y triunfo más señalados.
Diole asenso el Senado, y decretó edificar a la Diosa un
templo en señal de victoria, y cuando Bataces estaba para
comparecer ante el pueblo con el designio de anunciarlo, se lo
estorbó el tribuno de la plebe Aulo Pompeyo, llamándole
impostor y echándole a empellones de la tribuna, lo que
sólo sirvió para conciliar mayor crédito
a su narración; porque no bien se puso Aulo en camino para
su casa, disuelta la junta, cuando se le encendió una tan
fuerte calentura, que se hizo cosa muy notoria y pública
entre todos haber muerto de ella dentro del séptimo día.
XVIII. Intentaron los Teutones, viendo el sosiego de Mario, poner
cerco al campamento; pero siendo recibidos con dardos que les
disparaban desde el valladar, y perdiendo alguna gente, determinaron
ir adelante, dando por supuesto que podían pasar sin recelo
los Alpes. Tomando el bagaje, se pusieron al otro lado del campo
de los Romanos, y entonces se vio principalmente su gran número
por la tardanza y dilación del tránsito; se dice,
en efecto, que gastaron seis días en pasar por el valladar
de Mario andando sin parar. Iban siempre muy cerca, preguntando
por mofa a los Romanos si mandaban algo para sus mujeres, porque
pronto estarían a la vista de ellas. Cuando ya hubieron
pasado los bárbaros y estaban a alguna distancia, levantó
él también su campo, y los seguía de cerca,
acampando siempre a su inmediación en puestos fuertes y
ocupando los sitios más ventajosos para pernoctar con descanso.
Marchando de esta manera, llegaron al lugar que se llama las Aguas
Sextias, desde donde con poco que anduviesen se hallarían
en los Alpes. Por lo mismo, se preparaba Mario a dar allí
la batalla, escogiendo para su campamento una posición
fuerte, pero que escaseaba de agua; queriendo, según decía,
aguijonear con esto a los soldados; así es que, quejándose
ellos mucho y haciéndole presente que tenían sed,
les dijo, señalándoles con la mano un río
que corría al lado del valladar de los bárbaros,
que allí tenían bebida que se compraba a precio
de sangre. Pues ¿por qué- le respondieron-
no nos guías ahora mismo contra ellos, mientras tenemos
la sangre fresca? Y él, con voz blanda, les contestó:
Antes tenemos que fortificar el campamento.
XIX. Obedecieron, aunque de mala gana, los soldados; pero la
muchedumbre de los vivanderos y asistentes, no teniendo que beber
para sí ni para las acémilas, bajaron en gran número
al río, llevando unos azuelas, otros segures y algunos
espadas y lanzas, juntamente con los cántaros, pensando
que no podrían tomar agua en paz. Resistiéronlos
al principio pocos de los enemigos, a causa de que la mayor parte
estaban comiendo después del baño, y otros se bañaban,
porque nacen allí copiosos raudales de agua caliente, y
los Romanos sorprendieron a bastante número de los bárbaros,
que, reunidos, celebraban con placer y admiración las delicias
de aquel sitio. Acudían muchos a los gritos; pues, por
una parte, le era repugnante a Mario contener a los soldados que
temían por sus domésticos, y por otra, la gente
más belicosa de los enemigos, por quienes antes habían
sido vencidos los Romanos con Manlio y Cepión- llamábanse
éstos Ambrones, y ellos solos pasaban del número
de treinta mil-, excitados también con el alboroto, corrían
a las armas, si pesados en los cuerpos por la hartura, ligeros
en el ánimo y acalorados con el vino. Ni su correr era
desordenado como el de unos furiosos, o su gritería desconcertada,
sino que, manejando las armas con cierto compás, y llevando
una marcha igual, todos a un tiempo repetían muchas veces
el nombre con que eran conocidos, gritando los Ambrones; o para
llamarse por este medio unos a otros, o para infundir terror con
aquella voz a sus enemigos. De los Italianos, los primeros que
bajaron contra ellos fueron los Lígures, los cuales, luego
que oyeron y percibieron aquel grito, exclamaron que aquel era
su nombre patrio, pues a causa de su origen se llamaban Ambrones
a sí mismos los Lígures. Resonaba, pues, alternado
un mismo grito antes de venir a las manos, y los caudillos de
una y otra parte lo repetían con esfuerzo, yendo a porfía
en quién había de levantar más la voz; con
lo que aquella gritería avivó y acaloró más
la ira. A los Ambrones los desunió el río, porque
no se dieron priesa a pasar y formarse; y cayendo los Lígures
sobre los primeros con grande ímpetu, ya estaba trabada
la batalla. Como acudiesen los Romanos en auxilio de los Lígures,
corriendo de la parte superior contra los bárbaros, fueron
éstos forzados a ceder, y muchos impelidos hacia el río
se herían en el desorden unos a otros, llenando su corriente
de sangre y cadáveres. A los que lograron volver a pasar,
como no se atreviesen a hacer frente, les dieron muerte los Romanos
en la fuga, que continuaron hasta su propio campamento y su bagaje.
Allí las mujeres, saliéndoles al encuentro con espadas
y segures, y dando espantosos y animados gritos, herían
indistintamente a los fugitivos y a sus perseguidores, como traidores
a los primeros, y a los otros como enemigos, metiéndose
entre los que peleaban, asiendo con la mano desnuda los escudos
de los Romanos, cogiéndoles las espadas y sufriendo sus
heridas y golpes, sin soltarlos escudos, hasta caer muertas. Así
esta batalla del río, según las relaciones, más
se verificó por casualidad que no por disposición
del general.
XX. Después que los Romanos hubieron dado muerte de esta
manera a un número crecido de los Ambrones, sobreviniendo
la noche se retiraron; pero a esta retirada no se siguieron los
cantos de victoria que a tan señalados triunfos acompañan,
ni convites en las tiendas, ni regocijos en los banquetes, ni
tampoco lo que es más dulce a los soldados después
de haber peleado con suerte próspera, un sueño sosegado
y plácido, sino que aquella noche la pasaron en la mayor
inquietud y sobresalto, porque tenían el campamento sin
valladar y sin fortificación alguna, quedando de los bárbaros
muchos millares de hombres todavía intactos, y de los Ambrones
cuantos se habían salvado se habían reunido con
éstos; así, por la noche se sentía un bullicio
en nada parecido a los lamentos o a los sollozos, sino que más
bien un aullido feroz y un crujir de dientes, mezclado con amenazas
y lloros, enviado por tan inmensas gentes, resonaba por todos
los montes de alrededor y por las concavidades del río.
Apoderóse, pues, de todo el contorno un eco espantoso;
de los Romanos el miedo, y aun del mismo Mario cierta inquietud
y asombro, por temer todo el desorden y la confusión de
una batalla nocturna. Con todo, ni acometieron en aquella noche
ni en el día siguiente, sino que pasaron el tiempo en ordenarse
y prevenirse. En tanto, Mario, como hubiese sobre el campo de
los bárbaros algunos valles angostos y algunos barrancos
poblados de encinas, mandó allá a Claudio Marcelo
con tres mil infantes, dándole orden de que se pusiese
en celada y sobrecogiese a los enemigos por la espalda. A los
demás, después de haber tomado el alimento y sueño
conveniente, los formó al mismo amanecer, colocándolos
delante del campamento y enviando la caballería a recorrer
el terreno. Luego que los Teutones los vieron, no tuvieron paciencia
para aguardar a que, bajando los Romanos, pudieran pelear en terreno
igual, sino que, armados apriesa en el furor de la ira, se arrojaron
al collado. Mario, enviando sus ayudas de campo por una y otra
ala, les prevenía que se mantuvieran firmes e inmóviles,
y que cuando ya estuvieran al alcance les arrojaran dardos y después
usaran de las espadas, impeliendo con los escudos a los que viniesen
de frente, porque siendo para ellos el terreno poco seguro, ni
sus golpes tendrían fuerza, ni podrían protegerse
con sus broqueles, puesto que la desigualdad del suelo les quitaría
toda firmeza y consistencia. Cuando así exhortaba, él
era el primero en obrar, porque ninguno tenía un cuerpo
más ejercitado, y a todos hacía gran ventaja en
el valor.
XXI Cuando ya los Romanos se decidieron a hacerles frente, y,
cargando sobre ellos, los rechazaron en el acto de subir, desordenados
algún tanto, se dirigían a lo llano, y los primeros
empezaban a tomar formación en él; pero a este tiempo
sobrevino gritería y desorden en los últimos, porque
Marcelo estuvo atento a aprovechar la oportunidad, y luego que
el rumor se sintió en las alturas, inflamando a los que
tenía a sus órdenes, cargó por la espalda,
causando en los últimos gran destrozo; éstos, impeliendo
a los que tenían delante, en breve llenaron de turbación
todo el ejército; ni sufrieron tampoco por mucho tiempo
el ser heridos por dos partes, sino que dieron a huir en completo
desorden. Siguiéronles los Romanos el alcance, y a doscientos
mil de ellos o los cautivaron o les dieron muerte, y apoderándose
de tiendas, de carros y de otros despojos, cuanto no fue saqueado
decretaron quedase en beneficio de Mario, y con haberle cedido
un presente tan rico, no se creyó que se había dado
una cosa correspondiente a su mérito en aquel mando, por
lo extraordinario del peligro. Algunos hay que no convienen en
la cesión del botín ni en la muchedumbre de los
que perecieron. De los de Marsella se cuenta que con los huesos
cercaron sus viñas, y que la tierra, con los cadáveres
que allí cayeron y con las copiosas lluvias del invierno,
se abonó en tales términos, penetrando hasta muy
adentro la podredumbre, que rindió una pingüe cosecha,
haciendo cierto el dicho de Arquíloco de que con tal abono
se fertilizan los campos. No sin causa, a las grandes batallas
se siguen, en opinión de algunos, abundantes lluvias, ya
sea porque algún Genio tome por su cuenta lavar y purificar
la tierra con agua limpia del cielo, o ya porque la mortandad
y la podredumbre levanten vapores húmedos y pesados que
alteren el aire, fácil a recibir grandes mutaciones de
pequeños principios.
XXII. Después de la batalla eligió Mario, entre
las armas y despojos de los bárbaros de cada especie, lo
más elegante y que pudiera presentar más brillante
aspecto en el triunfo, y amontonando todo lo demás sobre
una hoguera se preparó a hacer un magnífico sacrificio.
Estaba todo el ejército coronado y puesto sobre las armas;
el cónsul, ceñido como es de costumbre, se adornó
de púrpura, tomó una antorcha encendida, y levantándola
con entrambas manos al cielo iba a aplicarla a la hoguera. Mas
a este tiempo se vio repentinamente que unos amigos venían
a caballo corriendo hacia él, lo que produjo en todos gran
silencio y expectación. Cuando ya estuvieron a su lado,
echaron pie a tierra, y tomando a Mario la diestra le anunciaron
con parabienes el quinto Consulado, entregándole cartas
en esta razón. Acrecentóse con esto el regocijo
de los cánticos de victoria, y, aclamando el ejército
lleno de gozo con cierto ruido compasado de las armas, volvieron
los jefes a poner sobre la frente de Mario una corona de laurel,
y éste encendió la hoguera y perfeccionó
el sacrificio.
XXIII. Mas, o la fortuna, o el genio del mal, o la naturaleza
misma de las cosas, que no consiente que, aun en las mayores prosperidades,
haya un gozo puro y sin mezcla, sino que parece complacerse en
traer agitada la vida de los hombres con la continua alternativa
de bienes y de males, afligió a pocos días a Mario
con malas nuevas de su colega Cátulo, las que, como nube
que sobrecoge en medio de la serenidad y bonanza, hacían
correr a Roma nuevos peligros y tormentas. Contrapuesto Cátulo
a los Cimbros, desconfió de poder guardar las alturas de
los Alpes, porque tendría que debilitarse, habiendo de
desmembrar su tropa en muchas divisiones. Bajando, pues, sin detenerse
hacia la Italia, y poniendo ante sí al río Átesis,
lo fortificó con fuertes trincheras por una y otra orilla,
echando puente en medio para dar auxilio a los de la otra parte,
si los bárbaros, venciendo las gargantas, los obligaban
a encerrarse en sus fortificaciones Pero a éstos los animaba
tal altanería y arrojo contra sus enemigos, que por sólo
dar muestras de su pujanza y atrevimiento, más bien que
porque condujese a nada, cuando nevaba se presentaban desnudos,
y por los hielos y los balagueros profundos de nieve trepaban
a las cumbres, desde donde, poniendo el cuerpo sobre unos escudos
llanos, se deslizaban por entre peñascos que tenían
inmensos vacíos y profundidades. Como luego que acamparon
cerca y exami- naron el paso del río se propusiesen cegarle,
y, desgarrando los collados de alrededor, como otros gigantes
arrastrasen al río árboles arrancados de cuajo,
grandes peñascales y montes de tierra, con los que cortaban
la corriente, y contra los pies derechos en que se sostenía
la obra arrojasen pesadas moles, que se amontonaban también
en el río, y con el golpe conmovían el puente, poseídos
del miedo los más de los soldados, abandonaron el principal
campamento y se retiraron. Mostróse tal Cátulo en
esta ocasión cual conviene que sea el perfecto y consumado
general, que debe anteponer a su gloria propia la de sus ciudadanos;
pues luego que vio que con la persuasión no podía
contener a los soldados, y que éstos, sobrecogidos, se
apresuraban a marchar, mandó levantar el águila
y se dirigió corriendo a ponerse al frente de los que estaban
en marcha para ser el primero que guiase, queriendo que la vergüenza
recayese sobre él y no sobre la patria, y que pareciese
no que huían los soldados, sino que se retiraban siguiendo
a su caudillo. Los bárbaros entonces, acometiendo a la
fortaleza del otro lado del río, la tomaron, y a los Romanos
que la defendían, hombres esforzados que se hicieron admirar
por el valor digno de la patria con que pelearon, los dejaron
ir libres bajo palabra de honor, jurando por el toro de bronce,
el cual, tomado después en batalla, dicen haber sido llevado
a casa de Cátulo como primicia de la victoria. Hallándose
con esto el país destituido de toda defensa, los bárbaros
lo talaban en partidas.
XXIV. Fue a este tiempo Mario llamado a la ciudad, y, pasando
a ella, todos creían que triunfaría: lo que el Senado
decretó con la mejor voluntad; pero él no lo tuvo
a bien, o por no querer privar a sus soldados y cooperadores de
aquel honor, o por dar aliento en las cosas presentes, cediendo
a la fortuna de Roma la gloria de su primer vencimiento, para
que ésta apareciera mis brillante en el segundo. Por tanto,
con haber hecho presente lo que el caso pedía, marchó
en busca de Cátulo, inspiróle confianza, e hizo
venir de la Galia sus propios soldados. Llegados que fueron, pasó
el Po, y se propuso arrojar a los bárbaros que se hallaban
dentro de la Italia, pero éstos hacían por diferir
la batalla, con ocasión de esperar a los Teutones, admirándose
de su tardanza, o porque realmente ignorasen su derrota, o porque
aparentasen que no la creían; así es que a los que
se la anunciaron los trataron cruelmente y enviaron mensajeros
a Mario a pedirle tierra y ciudades suficientes para sí
y para sus hermanos. Preguntóles Mario por los hermanos,
y habiendo nombrado a los Teutones, todos los demás se
echaron a reír; pero Mario les dijo por mofa: Dejaos
ahora de vuestros hermanos, que ellos ya tienen tierra, y la tendrán
para siempre, habiéndosela dado nosotros. Los embajadores
entonces, conociendo la ironía, se le burlaron también,
diciéndole que ya llevaría su merecido, de los Cimbros
inmediatamente y de los Teutones cuando viniesen. Pues están
presentes- contestó Mario- y no sería razón
partieseis de aquí sin haber saludado a vuestros hermanos;
y al decir esto mandó que trajesen atados a los reyes de
los Teutones, porque en la fuga habían sido tomados cautivos
en los Alpes por los Sécuanos.
XXV. Apenas se dio cuenta a los Cimbros del mensaje, cuando al
punto marcharon contra Mario, que sosegadamente atendía
a la defensa de su campo. Para esta batalla dicen que fue para
la que Mario hizo aquella novedad de los astiles de las picas;
porque antes la parte de la madera que entraba en el hierro estaba
asegurada con dos puntas asimismo de hierro, y entonces Mario,
dejando la una como estaba, en lugar de la otra puso una estaquilla
de madera fácil de romperse, proporcionando así
que al dar el astil en el escudo del enemigo no quedase recto,
sino que rompiéndose la estaquilla se doblase, y la pica
permaneciese clavada, por el mismo hecho de haberse encorvado
la punta. Boyórix, pues, rey de los Cimbros, marchó
a caballo con poca comitiva al campamento y provocó a Mario
a que, señalando día y lugar, se presentara a combatir
por el territorio, y éste le respondió que, sin
embargo de que no solían los Romanos tomar para la batalla
consejo de sus enemigos, en gracia de los Cimbros, en cuanto a
día, señalaba el tercero después de aquel,
y en cuanto a lugar, la comarca y llanura de Vercelas, donde podría
obrar la caballería romana y desplegar cómodamente
la muchedumbre de ellos; y guardando fielmente el tiempo convenido,
formaron al frente unos de otros. Tenía Cátulo veinte
mil y trescientos hombres, y siendo los de Mario treinta y dos
mil, cogieron en medio a los de Cátulo, distribuidos en
dos alas, según lo refiere Sila, que se encontró
en aquella batalla. Dice que Mario, esperando cargar al ejército
enemigo, principalmente por los extremos y por las alas, para
que la victoria fuese propia de sus soldados, no teniendo parte
Cátulo en el combate, ni viniendo a las manos con los enemigos
por cuanto los de en medio formarían seno, como ordinariamente
sucede en los frentes muy extendidos, distribuyó con esta
mira de aquella manera las fuerzas. También se refiere
que por el mismo estilo se defendió Cátulo sobre
este punto, culpando mucho la mala intención de Mario contra
él. La infantería de los Cimbros marchaba desde
el campamento con gran reposo, siendo su fondo igual al frente,
ya que cada uno de los lados de la batalla ocupaba treinta estadios.
Los de caballería, que eran unos quince mil hombres, se
presentaron brillantes, con cascos que representaban las bocas
y rostros de las más terribles fieras, y encima, a fin
de parecer mayores, penachos y plumajes, y con corazas de hierro
y con escudos blancos que relumbraban. Sus armas arrojadizas eran
dardos de dos puntas, y para de cerca usaban de espadas largas
y pesadas.
XXVI No acometieron entonces de frente a los Romanos, sino que
marcharon, inclinándose sobre la derecha de éstos,
para envolverlos entre ellos mismos y la parte de su infantería,
colocada a la izquierda; y aunque los generales romanos conocieron
el intento, no tuvieron tiempo para contener a los soldados, pues
habiendo gritado uno que los enemigos huían, todos se arrojaron
a perseguirlos. En tanto, la infantería de los bárbaros
acometía también, como si un piélago inmenso
se moviese. Mario entonces, lavándose las manos y alzándolas
al cielo, hizo plegarias a los Dioses con el voto de una hecatombe:
oró también Cátulo, levantando igualmente
las manos y ofreciendo consagrar la Fortuna de aquel día.
Dícese que sacrificando Mario, como se le pusie- sen delante
las víctimas, exclamó con una gran voz, diciendo:
Mía es la victoria; y Sila, además,
refiere que al dar la acometida, como por venganza divina, le
sucedió a Mario lo contrario de lo que había ideado,
porque habiéndose levantado, como era natural, infinito
polvo, que encubrió los ejércitos, como éste
hubiese dispuesto de su propia fuerza en el momento que se decidió
a perseguir a loa enemigos, no dio con ellos en la oscuridad,
sino que se fue lejos de sus huestes, andando largo tiempo por
la llanura; y en tanto los enemigos dieron casualmente con Cátulo,
siendo lo más recio del combate contra éste y contra
sus soldados, entre los que estaba formado el mismo Sila; quien
añade que pelearon en favor de los Romanos el calor y el
sol, que daba en los ojos a los Cimbros. Porque siendo fuertes
para sufrir la intemperie, criados, según hemos dicho,
en lugares tenebrosos y fríos, se sofocaban con el calor,
y cubiertos de sudor, fuera de aliento, se ponían los escudos
delante del rostro, mayormente dándose esta batalla después
del solsticio de verano, cuya fiesta se celebraba en Roma tres
días antes de empezar el mes que ahora dicen agosto y entonces
sextilis. También el polvo contribuyó a aumentar
en los Romanos el arrojo, por cuanto, ocultándoles los
enemigos, no veían su excesivo número, sino que
corriendo cada uno contra los que tropezaban, así lidiaban
con ellos sin haber concebido antes temor con su vista. Y estaban
tan metidos en fatiga y tan hechos a ella, que nadie vio a ninguno
de los Romanos ni sudar ni con sobrealiento, con haberse sostenido
este combate en medio del mayor ardor del verano, y a costa de
un continuo correr, como dicen haberlo escrito el mismo Cátulo
celebrando a sus soldados.
XXVII. Pereció allí la mayor y más esforzada
parte de los enemigos, porque, para no desordenarse en la formación,
los primeros de línea estaban enlazados unos a otros con
largas cadenas prendidas a los ceñidores. Los que perseguidos
se retiraban hacia su campo, todavía encontraban peor suerte;
porque las mujeres, puestas de negro sobre los carros, daban la
muerte a los que así huían; unas a sus maridos,
otras a sus hermanos, otras a sus padres; y de sus hijos, a los
niños pequeños, ahogándolos con sus propias
manos, los arrojaban debajo de las ruedas y de los pies de las
bestias, y después se quitaban ellas la vida. Cuéntase
de una que, habiéndose ahorcado del timón de un
carro, tenía a sus hijos colgados de sus pies con cordeles
a uno y otro lado. Los hombres, a falta de árboles, se
ahorcaban de las astas de los bueyes, y otros, poniendo atado
el cuello a las patas de éstos, después los picaban
con aguijones para que, echando a andar, los arrastrasen y pisasen.
Y con todo de quitarse tan espantosamente la vida, aún
cautivaron los Romanos a sesenta mil, habiendo sido otros tantos,
según se dice, los que murieron. El bagaje lo saquearon
los soldados de Mario; pero los despojos, las insignias y las
trompetas se dice que fueron llevados al campamento de Cátulo,
que era el más fuerte argumento de que éste se valía
para probar que había sido suya la victoria. Como la contienda
pasase hasta los soldados, fueron tomados por árbitros
los embajadores de Parma que se hallaban presentes, y los de Cátulo
los llevaban por entre los enemigos muertos, haciéndoles
ver que hablan sido traspasados con sus picas, que eran conocidas
por las letras con que en el astil tenían grabado el nombre
de Cátulo. Sin embargo, la primera victoria y el primer
lugar en el mando dicen bien a las claras que todo fue obra de
Mario. Así, los más le apellidaban tercer fundador
de Roma, por no haber sido este peligro, vencido ahora, inferior
en nada al de los Galos; y sacrificando en sus casas con sus mujeres
y sus hijos, ofrecían las primicias del banquete y de la
libación a los Dioses y Mario a un mismo tiempo, juzgando
que a él sólo debían decretarse uno y otro
triunfo. Mas no triunfó de esta manera, sino juntamente
con Cátulo, queriendo mostrarse moderado en tanta prosperidad,
aunque pudo también ser miedo a los soldados que se hallaban
formados, con ánimo, si Cátulo era privado de este
honor, de no permitir que aquel tampoco triunfase.
XXVIII. Pasó, pues, el quinto Consulado, y aspiró
al sexto como nadie antes de él; en todo cedía a
la muchedumbre, queriendo parecer blando y popular, no sólo
fuera de la gravedad y del decoro propio de aquella magistratura,
sino muy fuera también de su carácter, poco acomodado
para ello. Era, pues, según se dice, muy irresoluto, por
su misma ambición en las cosas de gobierno, cuando se manifestaban
agitaciones populares, y aquella imperturbabilidad y firmeza en
las batallas le abandonaban en las juntas públicas, saliendo
fuera de sí con cualquiera alabanza o reprensión.
Con todo, se refiere que habiendo peleado en la guerra con el
mayor valor unos mil Camerinos, les concedió el derecho
de ciudadanos, y como esto pareciese contra la ley, y aun algunos
se lo objetasen, respondió que con el ruido de las armas
no había podido oír la ley. Mas lo que parece le
acobardaba e intimidaba sobre todo era la gritería en las
juntas. Ello es que en las armas llegó a gran poder y dignidad
porque le habían menester; pero en las cosas de gobierno,
no teniendo cualidades para sobresalir, se acogió a la
gracia y al favor de la muchedumbre, haciendo poca cuenta de ser
bueno, como fuese grande. Estaba, por tanto, mal con todos los
principales; pero temía más especialmente a Metelo,
con quien había sido ingrato, porque, naturalmente, era
hombre que tenía declarada guerra a los que contra lo recto
y bueno condescendían con la muchedumbre y gobernaban a
su placer: así, espiaba el modo de echarle de la ciudad.
Para esto procuró hacer suyos a Glaucias y Saturnino, hombres
audacísimos, que tenían a su disposición
toda la gente pobre y revoltosa, y de ellos se valía para
publicar leyes. Acrecentó también el influjo de
la gente de guerra, haciendo que intervinieran en las juntas públicas
y formando con ella partido contra Metelo, y aun, según
refiere Rutilio, hombre, en lo demás, de probidad y de
verdad, pero particularmente desafecto a Mario, para alcanzar
este sexto Consulado derramó mucho dinero en las curias,
comprándolas a precio de él, a fin de que fuera
excluido Metelo y de que se le diera a Valerio Flaco, más
bien por dependiente que por colega en el Consulado. Y antes de
él a ninguno otro, fuera de Valerio Corvino, decretó
el pueblo otros tantos Consulados; pero respecto de aquel, desde
el primero hasta el último se pasaron cuarenta y cinco
años; y a Mario, después del primero, por los otros
cinco le llevó corriendo su extraordinaria fortuna.
XXIX. Por último, principalmente, era ya mal visto a causa
de las malas condescendencias que tenía con Saturnino,
de las cuales fue una la muerte de Nonio, a quien la dio Saturnino,
porque era su competidor en el tribunado de la plebe. Después
de creado tribuno introdujo la ley de división de terrenos,
en la que pasó como uno de los artículos que el
Senado había de presentarse a jurar que guardaría
lo decretado por el pueblo y a nada haría contradicción.
Fingió Mario en el Senado oponerse a esta parte de la ley,
diciendo que no juraría ni creía que jurase quien
estuviese en su juicio, porque no siendo la ley perjudicial era
un especie de insulto que al Senado se le hiciese prestarse por
fuerza y no por persuasión y propia voluntad. Habló
de este modo, no porque pensase así, sino por armar a Metelo
un lazo del que no pudiese escapar; pues que él por sí,
teniendo por virtud y por gracia el contradecirse y el mentir,
ningún caso haría de lo que hubiese asegurado en
el Senado, pero sabiendo bien que Metelo, hombre entero, tenía
a la verdad por el mejor principio de una gran virtud, según
expresión de Píndaro, quería antecogerlo
con que se negase a jurar en el Senado, para que cayera después
con el pueblo en una irreconciliable enemistad, como efectivamente
sucedió: porque diciendo Metelo que no juraría,
con esto se disolvió el Senado. Mas después de pocos
días, llamando Saturnino a la tribuna a los senadores y
obligándolos a pronunciar el juramento, pareció
Mario, y hecho silencio, fijándose los ojos de todos en
él, envió muy noramala todo cuanto varonil y rectamente
había dicho en el Senado, y en vez de ello expresó
que no tenía el cuello bastante ancho para ser el primero
que se pronunciase en negocio de tanta gravedad; así que
juraría y obedecería a la ley, si acaso era ley;
añadiendo esta sabia precaución para dar algún
color a tamaña desvergüenza. Y el pueblo, celebrando
mucho que jurase, palmoteó e hizo aclamaciones, pero en
los principales causó la mayor indignación y odio
esta inconsecuencia de Mario. Juraron todos después en
seguida por temor del pueblo, hasta llegar a Metelo; pero éste,
a pesar de que sus amigos le persuadían y rogaban que jurase
y no se atrajese las insufribles penas que Saturnino había
propuesto contra los que no juraran, no se apartó de su
propósito, ni juró, sino que se mantuvo en su severidad
de costumbres; y resuelto a sufrir toda clase de males por no
ceder a nada que fuese injusto, se retiró de la plaza pública,
diciendo a los que le acompañaban que el hacer una cosa
injusta era malo, el hacer lo justo cuando no hay peligro, cosa
muy común, pero que lo propio de un hombre recto y bueno
era el hacer lo justo a pesar de todo peligro. En seguida propuso
Saturnino que decretasen los cónsules vedar a Metelo el
uso del fuego, del agua y del domicilio, y parecía que
lo más despreciable de la muchedumbre estaba dispuesto
a quitarle la vida; pero mostrándose afligidos los principales
ciudadanos y pasando a hablarle, no dio lugar a que por su causa
hubiese una sedición, sino que salió de la ciudad
haciendo este juiciosísimo raciocinio: O las cosas
mejorarán y se arrepentirá el pueblo, en el cual
caso volveré llamado, o permanecerán del mismo modo,
y entonces lo mejor es estar fuera. Mas de cuánto
aprecio y honor gozó Metelo después de su destierro
y cómo pasó su vida en Rodas dado a la filosofía,
lo diremos más oportunamente cuando tratemos de él.
XXX. Precisado Mario con estos servicios a disimular en Saturnino
que se propasara a toda clase de abusos, no echó de ver
que no era un mal pequeño el que causaba, sino tal y tan
grande que, por medio de armas y de muertes, iba a parar en la
tiranía y en el trastorno del gobierno. Y con humillar
a los principales y agasajar a la muchedumbre, tuvo finalmente
que abatirse a un hecho sumamente bajo y vergonzoso, porque habiendo
ido a su casa de noche los varones principales a hablarle contra
Saturnino, recibió a éste por otra puerta sin noticia
de aquellos, y tomando por pretexto para con unos y con otros
una descomposición de vientre, ya estaba en una parte,
ya en otra, con lo que sólo consiguió indisponerlos
e irritarlos más entre sí. Y aun todavía
pasó más adelante, porque, inquietados y sublevados
el Senado y los caballeros, introdujo armas en la plaza, y habiéndolos
perseguido hasta el Capitolio los sitió por sed, cortando
los acueductos. Diéronse, pues, por vencidos, y le enviaron
a llamar, entregándosele bajo la que se llama fe pública;
y, aunque se desvió por salvarlos, esto no sirvió
de nada, porque al bajar a la plaza fueron asesinados. Este suceso
le indispuso ya con los poderosos y con el pueblo, por lo que
vacando la censura no se atrevió a pediría, a pesar
de su gran autoridad, sino que por miedo de la repulsa dio lugar
a que otros menos caracterizados que él fuesen elegidos;
bien que pretextaba que no quería ganarse por enemigos
a mu- chos, teniendo que examinar severamente su vida y sus costumbres.
XXXI Hízose decreto para restituir a Metelo del destierro,
y él de palabra y de obra lo impugno con vehemencia; pero
en vano, teniendo por último que ceder. Sancionóle,
pues, el pueblo con muy decidida voluntad, y, haciéndosele
insufrible el presenciar la vuelta de Metelo, se embarcó
para la Capadocia y la Galacia, aparentando que era para cumplir
a la Madre de los Dioses el voto que le habla hecho, pero teniendo
en realidad otra causa para aquel viaje, ignorada de los demás,
y era que, no habiendo recibido de la naturaleza las dotes de
la paz y del gobierno, y debiendo su ensalzamiento a la guerra,
como creyese que poco a poco se iban marchitando en el ocio y
el reposo su gloria y su poder, se propuso buscar nuevos motivos
de desazones y contiendas, porque esperaba que si inquietaba a
los reyes, y provocaba y excitaba a la guerra a Mitridates, el
más poderoso y de más fama, al punto se le nombraría
general contra él, y tendría ocasión de adornar
la ciudad con nuevos triunfos y de llenar su casa con los despojos
del Ponto y con las riquezas de su rey. Por esta razón,
aunque Mitridates le trató con los mayores miramientos
y el mayor respeto, no por eso se ablandó ni se mostró
apacible, sino que le dijo: O hazte ¡oh rey! más
poderoso que los Romanos, o ejecuta en silencio lo que te se mande,
dejándole asombrado, no el nombre romano, de que había
oído hablar muchas veces, sino aquel descaro de que entonces
por la primera vez tenía idea.
XXXII. Vuelto a Roma, edificó una casa junto al foro,
o, como él decía, por no incomodar a sus clientes
teniendo que ir lejos, o por creer que esta era la causa de ser
menos obsequiado con visitas que otros; lo que no era así,
sino que no igualándolos ni en el trato ni en las relaciones
y usos políticos, como de instrumento de guerra, no se
hacía caso de él en la paz. Y lo que es respecto
de otros aun llevaba menos mal que se le desatendiese, pero le
mortificaba sobremanera la preferencia de Sila, que había
sido fomentado contra él por envidia de los principales,
y para quien las diferencias con el mismo Mario habían
sido principio de fortuna. Sucedió luego que Boco el Númida,
recibido por aliado de los Romanos, colocó en el Capitolio
unas victorias portadoras de triunfos, y entre ellas, en efigie
de oro, a Yugurta, entregado a Sila por el mismo Boco; y esto
sacó a Mario fuera de sí de ira y de soberbia, por
cuanto parecía que Sila se atribuía aquel hecho;
así se proponía destruir por la fuerza aquellos
votos, y, por el contrario, Sila defenderlos; pero esta contienda,
que faltaba muy poco para que saliese al público, la cortó
la guerra social que repentinamente tuvo sobre sí la ciudad.
Porque las naciones más belicosas y de mayor población
de la Italia se sublevaron contra Roma, y estuvo en muy poco el
que la hiciesen decaer del imperio, no sólo fuertes en
armas y en varones, sino asistidas de caudillos que en el valor
y en la pericia eran admirables y competían con los de
ésta.
XXXIII. Esta guerra, varia en los efectos y más varia
que ninguna otra en los sucesos, cuanto acrecentó en gloria
y en poder a Sila, otro tanto menguó a Mario; porque fue
tenido por tardo en el acometer, y nimiamente cuidadoso en todo;
de manera que, bien fuese porque la vejez hubiese apagado en él
la antigua actividad y ardor, pues pasaba ya entonces de sesenta
y cinco años, o bien porque, como él decía,
padeciendo de los nervios y faltándole la agilidad del
cuerpo, por pundonor se había empeñado en aquella
guerra a más de lo que podía. Con todo, salió
vencedor en una gran batalla con muerte de seis mil enemigos,
y nunca dio lugar a éstos para que sacaran la menor ventaja;
y, sin embargo, de que le cercaron en sus trincheras y le insultaron
y provocaron, no pudieron irritarle; refiérese también
que habiéndole dicho Publio Silón, que era entre
ellos el de mayor autoridad y poder, si eres gran general
¡oh Mario! baja y pelea, le respondió: Pues
tú, si eres gran general, ven y precísame a pelear
aunque no quiera. En otra ocasión, habiendo dado
los enemigos oportunidad para venir a las manos, como los Romanos
hubiesen mostrado temor, luego que unos y otros se retiraron,
convocó a junta a los soldados, y no sé- les
dijo- si tendré por más cobardes a los enemigos
o a vosotros; porque ni aquellos han podido ver vuestra espalda
ni nosotros su colodrillo. Por fin, dejó el mando
del ejército, imposibilitado a continuar por su debilidad.
XXXIV. Estando ya entonces muy al cabo esta guerra de Italia,
había muchos que, excitados por los demás, solicitaban
la guerra de Mitridates, y para ella, fu era de toda esperanza,
presentó a Mario el tribuno de la plebe, Sulpicio, hombre
sumamente atrevido, nombrándole general contra Mitridates,
con la calidad de procónsul. Mas el pueblo se dividió,
tomando unos el partido de Mario, y otros proponiendo a Sila,
y diciendo que Mario se fuera a Bayas a tomar baños termales
y curarse de sus dolencias, teniendo el cuerpo debilitado, como
él decía, con la vejez y con el reuma. Porque tenía
Mario allí, cerca de los de Mesina, una magnífica
casa con más comodidades y regalos mujeriles de lo que
correspondía a un varón que tales guerras y expediciones
había acabado. Dícese que esta casa la compró
Cornelia en sesenta y cinco mil denarios, y que de allí
a muy poco tiempo la volvió a comprar Lucio Luculo en quinientos
mil y doscientos: ¡tanta fue la celebridad con que se precipitó
el lujo y tanto el aumento que tuvieron el regalo y la molicie!
Mario, queriendo con tanta ansia como impropiedad disimular la
vejez y los achaques, bajaba todos los días al campo, y
ejercitándose con los jóvenes hacía ostentación
de un cuerpo ágil para las armas y expedito para montar,
aunque, en realidad, con los años, su cuerpo por la mole
se había hecho poco manejable, hallándose sobrecargado
de gordura y carne. Algunos había a quienes satisfacía
con esto, y bajando asimismo al campo veían con gusto sus
ejercicios y ocupaciones; pero los que mejor lo examinaban miraban
con desdeñosa compasión su avaricia y su soberbia;
pues habiendo llegado a ser de pobre muy rico, y de pequeño
muy grande, no discernía el término de la felicidad,
y ni estaba contento con ser admirado, ni gozaba tranquilo de
su dicha presente, sino que, como si todo le faltase, sacando
de los triunfos y de la gloria una vejez tan adelantada, iba a
arrastrarla a Capadocia y al Ponto Euxino, para combatir con Arquelao
y Neoptólemo, sátrapas de Mitridates. Las excusas
que sobre esto daba Mario eran del todo ridículas, porque
decía ser su ánimo que su hijo a su presencia se
ejercitase en la milicia.
XXXV. Manifestaron estas cosas la oculta enfermedad de que largo
tiempo había adolecía Roma, habiendo encontrado
Mario el instrumento más a propósito para la ruina
común en la osadía de Sulpicio; el cual, admirando
y emulando por los demás las malas artes de Saturnino,
aun ponía la tacha de irresolución y tardanza a
sus disposiciones. Mas el por nada se acobardaba, teniendo para
todo a sus órdenes seiscientos hombres de caballería,
como si fueran sus guardias, a los que llamaba el contrasenado.
Marchó, pues, con armas contra los cónsules a tiempo
de hallarse en junta pública, y, habiendo podido el uno
huir de la plaza, alcanzó a un hijo suyo y le quitó
la vida. Sila, huyendo por delante de casa de Mario, contra todo
lo que podía esperarse, se entró en ella sin que
lo advirtiesen los que le perseguían, que se pasaron de
largo; y se dice que habiéndole dado el mismo Mario salida
segura por otra puerta, se marchó al ejército; pero
el mismo Sila, en sus Comentarios, no dice que se acogió
a casa de Mario, sino que fue llevado a ella para deliberar sobre
los objetos que Sulpicio le precisaba a decretar contra su voluntad,
teniéndole rodeado de gentes con armas desnudas y arrastrándole
a casa de Mario, hasta que pasando de allí a la plaza,
como ellos lo deseaban, alzó el entredicho. En este estado,
árbitro ya Sulpicio de todo, confirió a Mario el
mando, y éste, preparándose a salir, envió
a dos tribunos a hacerse cargo del ejército de Sila. Mas
inflamando Sila a sus soldados, que eran treinta mil infantes
y unos cinco mil de caballería, guió para la ciudad.
Mario, en tanto, daba en Roma muerte a muchos de los amigos de
Sila, y publicaba libertad para los esclavos que se alistasen;
pero se dijo que sólo se presentaron tres. Hizo alguna
resistencia a Sila a su llegada; pero como en breve fuese vencido,
huyó. Los que estaban a su lado, apenas salió de
la ciudad, se dispersaron siendo de noche, y él se acogió
a una de sus quintas llamada Salonia, desde donde envió
a su hijo a los campos de Mucio, su yerno, que no estaba lejos,
a proveerse de lo necesario, y bajando a Ostia, como un amigo
suyo llamado Numerio le hubiese aparejado un barco, sin esperar
al hijo se embarcó, llevando consigo a Granio su entenado.
El joven, luego que llegó a los campos de Mucio, tomó
y previno algunas cosas; pero, cogiéndole el día,
no pudo ocultarse del todo a los enemigos, pues que se dirigía
a aquel sitio gente de a caballo corriendo, sin duda por sospecha.
Habiéndolos visto con tiempo el granjero, ocultó
a Mario en un carro cargado de habas, y unciendo los bueyes se
fue hacia los de a caballo, conduciendo a Roma su carro. Llevado
de este modo Mario a la casa de su mujer, se hizo de las cosas
que necesitaba, y por la noche se encaminó al mar, montó
en un barco que pasaba al África e hizo en él esta
travesía.
XXXVI El viejo Mario, luego que dio la vela, tuvo viento favorable,
con el que se puso más allá de la Italia; pero temiendo
a un tal Geminio, persona poderosa en Tarracina, que era su enemigo,
previno a los marineros se apartasen de aquel puerto. Ellos bien
querían complacerle; pero, habiéndose levantado
viento del mar, que causaba gran marejada, como pareciese que
el barco no podía resistir a sus embates, y Mario se hallase
sumamente indispuesto con el mareo, tuvieron que acercarse a tierra,
y se acercaron, no sin dificultad, a la playa de Circeo. Como
se arreciase la tempestad y les faltasen los víveres, hubieron
de saltar en tierra, y se echaron a andar sin mira cierta, experimentando
lo que sucede en los grandes apuros, que es huir de lo presente
como más intolerable, y tener la esperanza en lo que no
se ve, pues que les era enemiga la tierra, enemigo el mar, terrible
el tropezar con hombres, y terrible también el no tropezar,
estando desprovistos de todo. Por fin, ya tarde, se encontraron
con unos vaqueros, que, aunque no tenían nada que darles,
reconociendo a Mario, le advirtieron de que era preciso se retirase
a toda priesa, porque poco antes se habían aparecido allí
muchos hombres de a caballo corriendo en su busca. Constituido
con esto en la mayor consternación, tanto más que
los que le acompañaban estaban ya desfallecidos de hambre,
por entonces se desvió del camino, y, emboscándose
en una selva espesa, allí pasó la noche con el mayor
trabajo. Al día siguiente, estrechado de la necesidad,
y queriendo dar algún movimiento a su cuerpo antes que
del todo se entorpeciese, empezó a discurrir por la ribera,
alentando a los que le seguían y pidiéndoles que
no destruyesen con desmayar antes de tiempo su última esperanza,
para la que se guardaba confiado en un antiguo agüero. Porque
siendo todavía muy muchacho, y jugando por el campo, recibió
en su manto el nido de un águila arrojado por el viento,
en el cual había siete polluelos. Viéndolo sus padres,
y teniéndolo a maravilla, consultaron a los agoreros, y
éstos respondieron que vendría a ser el más
ilustre entre los hombres, y no podría menos de ejercer
siete veces el principal mando y magistratura. Unos dicen que
efectivamente le sucedió esto a Mario; pero otros sostienen
que los que se lo oyeron en aquella fuga, y le dieron crédito,
escribieron una narración del todo fabulosa, porque el
águila no pone más de dos huevos; por tanto, que
también se engañó Museo al decir de esta
ave: Pone tres, saca dos, y el uno cría. Mas todos convienen
que en la fuga y en todos sus grandes conflictos se le oyó
decir muchas veces a Mario que había de llegar al séptimo
Consulado.
XXXVII. Estando ya como a unos veinte estadios de Minturnas,
ciudad de Italia, ven una partida de caballería que se
dirigía hacia ellos y casualmente dos barcos que pasaban.
Dan, pues, a correr hacia el mar, según a cada uno le ayudaban
sus pies y sus fuerzas, y haciendo cuanto pueden se acercan a
las naves, de las cuales toma una Granio y pasa a la isla que
estaba enfrente, llamada Enaria. A Mario, pesado de cuerpo y difícil
de manejar, le llevaban dos esclavos, no sin gran dificultad y
trabajo, y así llegaron hasta el mar, y le pusieron en
la otra nave, a tiempo que ya los soldados estaban encima e intimaban
desde tierra a los marineros que atracasen o les entregasen a
Mario, yendo adonde bien visto les fuese. Rogábales Mario
con lágrimas, y los dueños de la na- ve, como sucede
en tal estrecho, tenían mil varios pensamientos sobre lo
que harían: por fin respondieron que no entregarían
a Mario. Enfurecidos aquellos se marcharon y ellos, mudando otra
vez de parecer, se encaminaron a tierra; y junto a la embocadura
del río Liris, donde forma una ensenada pantanosa, echaron
áncoras, proponiéndole que bajase a tierra a tomar
alimento y reparar las fuerzas, que tenía decaídas,
hasta que hubiese viento; que le había a la hora acostumbrada,
calmándose el mar, y soplando de la laguna una brisa suave,
la que era suficiente. Persuadido Mario, se prestó a ejecutarlo,
y sacándole los marineros a tierra, reclinado sobre la
hierba, estaba bien distante de lo que le iba a suceder; vueltos
aquellos a la nave, levantaron áncoras y huyeron, creyendo
que ni era cosa honesta el entregar a Mario, ni segura el salvarle.
Falto así de todo auxilio humano, permaneció largo
tiempo inmóvil, tendido en la ribera; mas al fin, recobrándose
con suma dificultad, empezó, en medio de su aflicción,
a dar algunos pasos sin camino, y pasando por pantanos profundos
y por zanjas llenas de agua y cieno, arribó a la cabaña
de un anciano encargado de la laguna. Arrojóse a sus pies,
y le rogó que se hiciese el protector y salvador de un
hombre que, si evitaba la calamidad presente, podría recompensarle
más allá de sus esperanzas. El anciano, o porque
ya le conociese, o porque a su vista concibiese idea de que era
un hombre extraordinario, le dijo que para tomar reposo podría
bastar su chocilla; pero que si andaba errante por huir de algunos,
él le ocultaría en lugar en que pudiese estar con
la mayor tranquilidad. Rogóle Mario que así lo hiciese,
y, llevándole a la laguna, mandóle que se ten- diese
en una profundidad próxima al río, y le echó
encima muchas cañas y ramaje de las demás plantas,
todo ligero y puesto de manera que no pudiera ofenderle.
XXXVIII. No se había pasado largo rato cuando siente ruido
y alboroto que venía de la choza; y era que Geminio había
enviado mucha gente en su persecución, de la cual algunos
habían llegado allí por casualidad, y atemorizaban
y reñían al anciano, haciéndole cargo de
haber amparado y haber ocultado a un enemigo de los Romanos. Levantándose,
pues, Mario y desnudándose, se metió en la laguna,
que no tenía más que agua sucia y cenagosa; así
no pudo ocultarse a los que le buscaban, sino que le sacaron desnudo
y cubierto de cieno como estaba, y llevándole a Minturnas,
le entregaron a los magistrados; se había pregonado, en
efecto, por toda la ciudad un edicto acerca de Mario, en que se
prevenía que públicamente se le persiguiese y matase.
Creyeron con todo los magistrados que debían tomarse algún
tiempo para deliberar, y depositaron a Mario en casa de una mujer
llamada Fania, que parecía no estar bien con él
por causa anterior. Estaba casada Fania con Tinio, y, separada
de él, pedía su dote, que era cuantiosa; acusábala
éste de adulterio, y fue juez en esta causa Mario en su
sexto Consulado. Celebrando el juicio, se halló que Fania
era de mala conducta; pero que el marido se casó con ella
sabiéndolo y habían vivido mucho tiempo juntos;
por lo que Mario miró mal a ambos, y al marido le mandó
que volviese la dote, y a ella para afrenta la condenó
en la multa de cuatro ases. Pues con todo, Fania no se portó
como mujer a quien se hubiese he- cho una injusticia, sino que
luego que vio a Mario, muy distante de hacerle el menor mal, no
miró sino a su situación, y le dio ánimo.
Celebróla Mario, y díjole que estaba confiado, porque
había visto una buena señal, que era la siguiente:
Cuando le llevaban a casa de Fania, al estar junto a ella, abiertas
las puertas, salió de adentro un borrico corriendo para
ir a beber de una fuente que estaba inmediata, miró a Mario
blanda y suavemente, paróse un poco delante de él,
dio un gran rebuzno y retozó a su lado con cierto engreimiento.
Reuniendo estos hechos, decía Mario que el prodigio indicaba
haberle de venir la salud más bien del mar que de la tierra,
pues que el borrico, no haciendo cuenta de la com |