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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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JULIO CÉSAR
I. No habiendo podido Sila, luego se apoderó
de la autoridad, ni por esperanza ni por miedo, alcanzar de Cornelia,
hija de Cina, aquel que tuvo el poder absoluto, que se divorciase
de César, le confiscó el dote. La causa que César
tenía para estar en discordia con Sila era su deudo con
Mario. Porque con Julia, hermana del padre de César, estaba
casada con Mario, que tuvo de ella a Mario el joven, primo del
César. Habiendo sido al principio pasado en olvido por
Sila, a causa del gran número de muertos comprendido en
la proscripción, y de sus ocupaciones, él no pudo
estarse quieto, sino que se presentó al pueblo pidiendo
el sacerdocio cuando todavía era joven, y Sila, obrando
contra su pretensión pudo proporcionar que se le desairase.
Consultaba luego sobre quitarle de en medio, y como algunos le
dijeron que no tenía razón en querer acabar con
un joven como aquel, le replicó que ellos eran los que
estaban fuera de juicio si no veían a aquel joven muchos
Marios. Habiendo llegado esta expresión a los oídos
de César, se ocultó por largo tiempo, andando errante
en el país de los Sabinos, y después, en ocasión
en que por hallarse enfermo lo conducían de una casa en
otra, dio de noche en mano de los soldados de Sila que recorrían
el país para recoger a los refugiados. Del caudillo que
los mandaba, que era Cornelio, recabó por dos talentos
que lo dejase, y bajando en seguida al mar se dirigió a
la Bitinia, cerca del rey Nicodemes, a cuyo lado se mantuvo largo
tiempo, y cuando regresaba fue apresado junto a la isla Farmacusa
por los piratas, que ya entonces infestaban el mar con grandes
escuadras e inmenso número de buques.
II. Lo primero que en este incidente hubo de notable fue que,
pidiéndole los piratas veinte talentos por su rescate,
se echó a reír, como que no sabían quién
era el cautivo, y voluntariamente se obligó a darles cincuenta.
Después, habiendo enviado a todos los demás de su
comitiva, unos a una parte y otros a otra, para recoger el dinero,
llegó a quedarse entre unos pérfidos piratas de
Cilicia con un solo amigo y dos criados, y, sin embargo, les trataba
con tal desdén, que cuando se iba a recoger les mandaba
a decir que no hicieran ruido. Treinta y ocho días fueron
los que estuvo más bien guardado que preso por ellos, en
los cuales se entretuvo y ejercitó con la mayor serenidad,
y, dedicado a componer algunos discursos, teníalos por
oyentes, tratándolos de ignorantes y bárbaros cuando
no aplaudían, y muchas veces les amenazó, entre
burlas y veras, con que los había de colgar, de lo que
se reían, teniendo a sencillez y muchachada aquella franqueza.
Luego que de Mileto le trajeron el rescate y por su entrega fue
puesto en libertad, equipó al punto algunas embarcaciones
en el puerto de los Milesios, se dirigió contra los piratas,
los sorprendió anclados todavía en la isla y se
apode- ró de la mayor parte de ellos. El dinero que les
aprehendió lo declaró legítima presa, y,
poniendo las personas en prisión en Pérgamo, se
fue en busca de Junio, que era quien mandaba en el Asia, porque
a éste le competía castigar a los apresados; pero
como Junio pusiese la vista en el caudal, que no era poco, y respecto
de los cautivos le dijese que ya vería cuando estuviese
de vagar, no haciendo cuenta de él se restituyó
a Pérgamo, y reuniendo en un punto todos aquellos bandidos
los puso en un palo, como muchas veces en chanza se lo había
prometido en la isla.
III. Habiendo empezado en este tiempo a decaer el poder de Sila,
y llamándole sus deudos, se dirigió antes a Rodas,
a la escuela de Apolonio Molón, de quien también
Cicerón era discípulo: hombre que tenía opinión
de probidad y enseñaba públicamente. Dícese
que César tenía la mejor disposición para
la elocuencia civil y que no le faltaba la aplicación correspondiente;
de manera que en este estudio tenía sin disputa el segundo
lugar, dejando a otros en él la primacía, por el
deseo de tenerla en la autoridad y en las armas; así que,
dándose con más ardor a la milicia y a las artes
del gobierno, por las que al fin alcanzó el imperio, sólo
por esta causa no llegó en la facultad de bien decir a
la perfección a que podía aspirar por su ingenio,
y él mismo, más adelante, pedía en su respuesta
contradictoria al Catón de Cicerón que no se hiciese
cotejo en cuanto a la elegancia entre el discurso de un militar
y el de un orador excelente, que escribía con la mayor
diligencia y esmero.
IV. Vuelto a Roma, puso en juicio a Dolabela por vejaciones ejecutadas
en la provincia, acerca de las que dieron testimonio muchas ciudades
de la Grecia; con todo, Dolabela fue absuelto, y César,
para mostrar su agradecimiento a aquella nación, tomó
su defensa en la causa que sobre soborno seguía contra
Publio Antonio ante Marco Luculo, pretor de la Macedonia, en la
que estrechó tanto a Antonio, que tuvo que apelar para
ante los tribunos de la plebe, pretextando que en la Grecia no
contendía con Griegos con igual derecho. En Roma fue grande
el favor y aplauso que se granjeó por su elocuencia en
las defensas, y grande el amor del pueblo por su afabilidad y
dulzura en el trato, mostrándose Condescendiente fuera
de lo que exigía su edad. Tenía además cierto
ascendiente, que los banquetes, la mesa y el esplendor en todo
lo relativo a su tenor de vida iban aumentando de día en
día y disponiéndole para el gobierno. Miráronle
algunos desde luego con displicencia y envidia; pero en cierta
manera lo despreciaron, persuadidos de que faltando el cebo para
los gastos no llegaría a tomar cuerpo, y dejaron que se
fortaleciese; pero cuando ya era tarde advirtieron cuánto
había crecido y cuán difícil les era contrarrestarle,
sin embargo de que veían que se encaminaba al trastorno
de la república: teniendo esta nueva prueba de que nunca
es tan pequeño el principio de cualquiera empresa que la
continuación no lo haga grande, tomando el no poder después
ser detenido del habérsele despreciado. Cicerón,
pues, que parece fue el primero que advirtió y temió
aquella aparente serenidad para el gobierno, a manera de la del
mar, y que en la apacibilidad y alegría del semblante reconoció
la crueldad que bajo ellas se ocultaba, decía que en todos
los demás intentos y acciones suyas, notaba un ánimo
tiránico. Pero cuando veo- añadíaaquella
cabellera tan cuidadosamente arreglada, y aquel rascarse la cabeza
con sólo un dedo, ya no me parece que semejante hombre
pueda concebir en su ánimo tan gran maldad, esto es, la
usurpación del gobierno. Pero esto no lo dijo sino
más adelante.
V. La primera demostración de benevolencia que recibió
del pueblo fue cuando, contendiendo con Gayo Popilio sobre el
tribunado militar, fue designado el primero, y la segunda y más
expresiva todavía cuando, habiendo muerto Julia, mujer
de Mario, de la que era sobrino, pronunció en la plaza
un magnífico discurso en su elogio, y en la pompa fúnebre
se atrevió a hacer llevar las imágenes de Mario,
vistas entonces por la primera vez después del mando de
Sila, por haber sido los Marios declarados enemigos públicos.
Porque como sobre este hecho clamasen algunos contra César,
el pueblo les salió al encuentro decididamente, recibiendo
con aplausos aquella demostración, maravillado de que,
al cabo de tanto tiempo, restituyera como del otro mundo aquellos
honores de Mario a la ciudad. El pronunciar elogios fúnebres
de las mujeres ancianas era costumbre patria entre los Romanos;
pero no estando en uso el elogiar a las jóvenes, el primero
que lo ejecutó fue César en la muerte de su mujer,
lo que le concilió cierto favor y el amor de la muchedumbre,
reputándole, a causa de aquel acto de piedad, por hombre
de benigno y compasivo carácter. Después de haber
dado sepultura a su mujer partió de cuestor a España
con Véter, uno de los generales, al que tuvo siempre en
honor y respeto, y a cuyo hijo, siendo él general, nombró
cuestor a su vez. Después que volvió de desempeñar
aquel cargo se casó por tercera vez con Pompeya, teniendo
de Cornelia una hija, que fue la que más adelante casó
con Pompeyo el Magno. Como fuese pródigo en sus gastos,
parecía que trataba de adquirir a grande costa una gloria
efímera y de corta duración, cuando, en realidad,
compraba mucho a costa de poco: así, se dice que antes
de obtener magistratura ninguna se había adeudado en mil
y trescientos talentos. Encargado, después, del cuidado
de la Vía Apia, derrochó mucho de su caudal, y como,
creado edil, presentase trescientas veinte parejas de gladiadores,
y en todos lo demás festejos y obsequios de teatros, procesiones
y banquetes hubiese oscurecido el esmero de los que le habían
precedido, tuvo tan aficionado al pueblo, que cada uno excogitaba
nuevos mandos y nuevos honores con que remunerarle.
VI Eran dos las facciones que había en la ciudad: la de
Sila, que tenía el poder, y la de Mario, que estaba entonces
decaída y disuelta, habiendo sido enteramente maltratada.
Queriendo, pues, suscitarla y promoverla durante el mayor aplauso
de su magistratura edilicia hizo formar secretamente las imágenes
de Mario y algunas victorias en actitud de conducir trofeos, y
llevándolas de noche al Capitolio las colocó en
él. Los que a la mañana las vieron tan sobresalientes
con el oro, y con tanto arte y primor ejecutadas, estando expresados
en letra los triunfos alcanzados de los Cimbros, se llena ron
de temor por el que las había allí puesto, pasmados
de su arrojo; y ciertamente que no era difícil de acertar.
Difundiéndose pronto la voz, y trayendo a todo el mundo
a aquel espectáculo, los unos gritaban que César
aspiraba a la tiranía, resucitando unos honores enterrados
por las leyes y los senadoconsultos, y que aquello era una prueba
para tantear las disposiciones del pueblo, a fin de ver si ablandado
con sus obsequios le dejaba seguir con tales ensayos y novedades;
pero los de la facción de Mario, que de repente se manifestaron
en gran número, se alentaban unos a otros, y con su gritería
y aplausos confundían el Capitolio. Muchos hubo a quienes
al ver la imagen de Mario se les saltaron las lágrimas
de gozo, elogiando a César hasta las nubes y diciendo que
él sólo se mostraba digno pariente de Mario. Congregóse
sobre estas ocurrencias el Senado, y levantándose Lutacio
Cátulo, varón de la mayor autoridad entre los Romanos,
acusó a César, pronunciando aquel dicho tan sabido
que César no atacaba ya a la república con minas,
sino con máquinas y a fuerza abierta; pero César
hizo su defensa, y habiendo logrado convencer al Senado, todavía
le acaloraban más sus admiradores y le excitaban a que
pusiera por obra todos sus designios, pues con todo se saldría
y a todo se antepondría teniendo tan de su parte la voluntad
del pueblo.
VII. Murió en esto el pontífice Máximo Metelo;
y aunque se presentaron a pedir esta apetecible dignidad Isáurico
y Cátulo, varones muy distinguidos y de gran poder en el
Senado, no por eso desistió César, sino que, bajando
a la plaza, se mostró competidor. Pareció dudosa
la contienda, y Cátulo, que por su mayor dignidad temía
más la incertidumbre del éxito, se valió
de personas que persuadieran a César se apartase del intento
mediante una grande suma; pero éste respondió que
si fuese necesario contender de este modo tomaría prestada
otra mayor. Venido el día, como la madre le acompañase
hasta la puerta de casa, no sin derramar algunas lágrimas:
Hoy verás- le dice- ¡oh madre! a tu hijo o
pontífice o desterrado; y dados los sufragios no
sin grande empeño, quedó vencedor, inspirando al
Senado y a los primeros ciudadanos un justo recelo de que tendría
a su disposición al pueblo para cualquier arrojo. Con este
motivo, Pisón y Cátulo culpaban a Cicerón
de haber andado indulgente con César cuando en la conjuración
de Catilina dio suficiente causa para ser envuelto en ella. Porque
Catilina, cuyo proyecto no se limitaba a mudar el gobierno, sino
que se extendía a destruir toda autoridad y trastornar
completamente la república, redargüido con ligeros
indicios se había salido de la ciudad antes que se hubiese
descubierto todo su plan, dejando por sucesores en él dentro
de ella a Léntulo y Cetego. Si César les dio o no
secretamente algún calor y poder, es cosa que no se pudo
averiguar; pero convencidos aquellos con pruebas irresistibles
en el Senado, y preguntando el cónsul Cicerón a
cada uno su dictamen acerca de la pena, hasta César todos
los condenaron a muerte; pero éste, levantándose,
pronunció un discurso muy meditado para persuadir que dar
la muerte sin juicio precedente a ciudadanos distinguidos por
su dignidad y su linaje no era justo ni conforme a los usos patrios,
como no fuese en el último apuro, y que, poniéndolos
en custodia en las ciudades de Italia que el mismo Cicerón
eligiese, hasta tanto que Catilina fuese exterminado, después
podría el Se- nado, en paz y en reposo, determinar acerca
de cada uno lo que correspondiese.
VIII. Pareció tan arreglado y humano este dictamen, y
fue pronunciado con tal vehemencia, que no sólo los que
votaron después, sino aun muchos de los que habían
hablado antes, reformando sus opiniones, se pasaron a él,
hasta que a Catón, y a Cátulo les llegó su
vez, porque éstos lo contradijeron con esfuerzo, y dando
Catón en su discurso valor y cuerpo a la sospecha contra
César, y altercando resueltamente con él, los reos
fueron mandados al suplicio, y a César, al salir del Senado,
muchos de los jóvenes que hacían la guardia a Cicerón,
sacando contra él las espadas, le detuvieron; pero se dice
que, a aquel tiempo, Curión, cubriéndole con la
toga, le libertó de sus golpes, y que el mismo Cicerón,
habiéndose vuelto los jóvenes a mirarle, los retrajo
por señas, o por temor del pueblo, o porque realmente no
tuviese por justa aquella muerte. Y si esto fue cierto, no sé
cómo Cicerón no hizo de ello mención en el
escrito sobre su consulado; lo cierto, sin embargo, es que después
se le culpó de no haber sabido aprovechar la ocasión
que contra César se le presentó por demasiado temor
al pueblo, que protegía entonces a César con el
mayor empeño. Así es que, habiéndose éste
presentado en el Senado de allí a pocos días, y
hecho su apología por las sospechas contra él formadas,
lo que no se verificó sin peligrosas agitaciones, como
la sesión del Senado durase más tiempo que el que
era de costumbre, acudió el pueblo con grande gritería
y cercó la curia, reclamando a César y mandando
que lo dejaran salir. De aquí nació que, te- meroso
el mismo Catón de las innovaciones a que podrían
prestar apoyo los ciudadanos más miserables, que eran los
que excitaban a la muchedumbre, por tener en César toda
su esperanza, persuadió al Senado que les distribuyese
trigo por meses, con lo que los demás gastos anuales de
la república se aumentaron en cinco cuentos y quinientas
mil dracmas; pero también esta disposición disipó
notoriamente por lo pronto aquel gran temor y debilitó
oportunamente el desmedido poder de César, que iba a ser
pretor, y hubiera inspirado mayor miedo a causa de esta magistratura.
IX. No produjo ésta, sin embargo, ninguna turbación,
y antes sobrevino un incidente doméstico muy desagradable
para César. Publio Clodio era un joven, patricio de linaje,
señalado en riqueza y en elocuencia, pero que en insolencia
y desvergüenza no cedía el primer lugar a ninguno
dejos más notados de disolutos. Amaba éste a Pompeya,
mujer de César, sin que ella lo llevase a mal; pero la
habitación de Pompeya estaba cuidadosamente guardada, y
la madre de César, Aurelia, mujer respetable y que andaba
continuamente en seguimiento de la nuera, hacía difícil
y peligrosa la entrevista de los amantes. Veneran los Romanos
una diosa, a la que llaman Dona, como los Griegos Muliebre o Femenil,
y de la cual dicen los de Frigia- que la tienen por propia suya-
que es la madre del rey Midas; los Romanos, la ninfa Dríade,
casada con Fauno, y los Griegos, la madre de Baco, que no es dado
nombrar, de donde viene que las que celebran su fiesta adornan
las tiendas con ramas de viña, y el dragón sagrado
está postrado a los pies de la diosa, según la fábula.
No es lícito que a esta fiesta se acerque ningún
varón, ni que siquiera exista en casa mientras se celebra,
sino que las mujeres solas, unas con otras, se dice que ejecutan
en esta solemnidad arcana muchas ceremonias parecidas a los Misterios
órficos. Llegado, pues, el tiempo de haberse de celebrar
en la casa del cónsul o el pretor, éste y cuantos
varones hay salen de casa, de la que se hace cargo la mujer, la
adorna, y la mayor parte de los ritos se ejecutan por la noche,
pasándola toda en vela con algazara y músicas.
X. Celebraba Pompeya esta fiesta, y Clodio, que era todavía
imberbe, y por lo mismo esperaba poder quedar oculto, tomó
el vestido y arreos de una cantora, y con este disfraz se introdujo,
pudiendo confundirse con una mocita. Estaban las puertas abiertas,
y fue introducido sin tropiezo por una criada que estaba en el
secreto, la cual corrió a anunciarlo a Pompeya. Fue precisa
alguna detención, y como, no pudiendo aguantar Clodio en
el sitio donde aquella le dejó, se echase a andar por la
casa, que era grande, resguardándose de la luz, dio con
él una criada de Aurelia, que le provocaba a juguetear,
como que le tenía por otra mujer, y al ver que se negaba,
echándole mano le preguntó quién y de dónde
era; respondió Clodio que estaba esperando a Abra, criada
de Pompeya, que así se llamaba aquella; pero como fuese
descubierto por la voz, esta otra criada corrió, dando
voces a traer luz, y adonde estaba la reunión, gritando
que había visto un hombre. Sobresaltáronse todas
las mujeres, y Aurelia, suspendiendo y reservando las orgías
de la diosa, hizo cerrar las puertas de la casa y se puso a recorrerla
toda por sí, con lu- ces, en busca de Clodio. Encontrósele
en el cuarto de la criada, en el que se había entrado huyendo,
y descubierto así por las mujeres, se le puso la puerta
afuera. Este suceso, yéndose en aquella misma noche las
otras mujeres a sus casas, lo participaron a sus maridos, y al
otro día corrió por toda la ciudad la voz de que
Clodio había cometido un gran sacrilegio, y era deudor
de la pena, no sólo a los ofendidos, sino a la república
y a los dioses. Acusóle, pues, de impiedad uno de los tribunos
de la plebe, y se mostraron indignados contra él los más
autorizados del Senado, dando testimonio de otros hechos feos,
y de incesto con su hermana, casada con Luculo; pero haciendo
frente el pueblo a estos esfuerzos, se puso a defender a Clodio,
a quien fue de grande utilidad cerca de unos jueces aterrados
e intimidados por la muchedumbre. En cuanto a César, al
punto, repudió a Pompeya; pero llamado a ser testigo en
la causa, dijo que nada sabía de lo que se imputaba a Clodio.
Como, sorprendido el acusador con una declaración tan extraña,
le preguntase por qué había repudiado a su mujer:
Porque quiero- dijo- que de mi mujer ni siquiera se tenga
sospecha. Unos dicen que César dio esta respuesta
porque realmente pensaba de aquel modo, y otros, que quiso en
ella congraciarse con el pueblo, al que veía empeñado
en salvar a Clodio. Fue, pues, absuelto de aquel crimen, habiendo
dado con confusión sus votos los más de los jueces,
para no exponerse al furor de la muchedumbre si condenaban, ni
incurrir en el odio de los buenos si absolvían.
XI César, después de la pretura, habiéndole
cabido la España en el sorteo de las provincias, como al
salir para ella se viese estrechado y hostigado de los acreedores,
acudió a Craso, que era el más rico de los Romanos;
pero necesitaba del grande influjo y ardimiento de César
para su contienda en punto a gobierno con Pompeyo. Tomó,
pues, Craso sobre sí el acallar a los acreedores más
molestos e implacables, afianzando hasta en cantidad de ochocientos
y treinta talentos; de este modo pudo aquél partir a su
provincia. Dícese que pasando los Alpes, al atravesar sus
amigos una aldea de aquellos bárbaros, poblada de pocos
y miserables habitantes, dijeron con risa y burla: ¿Si
habrá aquí también contiendas por el mando,
intrigas sobre preferencias y envidias de los poderosos unos contra
otros? Y que César les respondió con viveza:
Pues yo más querría ser entre éstos
el primero que entre los Romanos el segundo. Del mismo modo
se cuenta que en otra ocasión, hallándose desocupado
en España, leía un escrito sobre las cosas de Alejandro,
y se quedó pensativo largo rato, llegando hasta derramar
lágrimas; y como se admirasen los amigos de lo que podría
ser, les dijo: ¿Pues no os parece digno de pesar
el que Alejandro de esta edad reinase ya sobre tantos pueblos,
y que yo no haya hecho todavía nada digno de memoria?
XII. Llegado a España, desplegó al punto una grande
actividad; agregó en pocos días diez cohortes a
las veinte que ya tenía, y, moviendo contra los Gallegos
y Lusitanos los venció, llegando por aquella parte hasta
el mar exterior, después de haber sujetado a naciones que
todavía no estaban bajo la dominación romana. Terminadas
tan felizmente las cosas de la guerra, no administró con
menor inteligencia las de la paz, reduciendo a concordia las ciudades,
y sobre todo allanando las diferencias entre deudores y acreedores:
porque ordenó que de las rentas de los deudores percibiese
el acreedor dos terceras partes, y de la otra dispusiese el dueño
hasta estar satisfecho el préstamo. Habiendo adquirido
con su gobierno un gran concepto, dejó la provincia, hecho
ya rico él mismo y habiendo contribuido a mejorar la suerte
de sus soldados, por quienes fue saludado Emperador.
XIII. Los que aspiraban a que se les concediese el triunfo debían
permanecer fuera de la ciudad, y los que pedían el consulado
era preciso que lo ejecutasen hallándose presentes en ella:
viéndose, pues, en este conflicto, y estando próximos
los comicios consulares, envió a solicitar del Senado que
se le permitiese estando ausente mostrarse competidor del consulado
por medio de sus amigos. Sostuvo Catón al principio la
ley contra semejante pretensión, y después, viendo
a muchos ganados por César, tomó el medio de destruir
sus intentos con sólo el tiempo, consumiendo en hablar
todo el día; pero éste resolvió entonces
desistir del triunfo y atenerse al consulado. Entró, pues,
en la ciudad al punto, y tomó por su cuenta una empresa
que engañó a todos los demás ciudadanos,
a excepción de Catón. Era ésta la reconciliación
de Pompeyo y Craso, que tenían el mayor poder en la república;
y uniéndolos César en amistad de la discordia en
que estaban, juntó en provecho suyo el poder de ambos,
y, haciendo una obra que tenía todos los visos de humana,
no se echó de ver que iba a parar en el trastorno de la
república. Pues no fue, como creen los más, la discordia
de César y Pompeyo la que produjo la guerra civil, sino
más bien su amistad, habiéndose reunido primero
para acabar con la aristocracia, aunque después volviesen
a discordar entre sí. Catón, prediciendo muchas
veces todo lo que iba a suceder, entonces fue tachado de hombre
díscolo y descontentadizo; pero a la postre adquirió
fama de consejero prudente, aunque desgraciado.
XIV. César, pues, fortalecido con la amistad de Craso
y de Pompeyo, fue promovido al consulado, que se le declaró
con gran superioridad de votos, dándole por colega a Calpurnio
Bíbulo. Entrado en ejercicio, propuso inmediatamente leyes,
no propias de un cónsul, sino de un insolente tribuno de
la plebe; a saber: sobre repartimientos y sorteos de terrenos.
Opusiéronsele los hombres de más probidad y de mayor
concepto del Senado, y él, que no deseaba más que
un pretexto, haciendo exclamaciones y protestas ante los dioses
y los hombres de que contra su voluntad se le ponía en
la precisión de acudir al pueblo y mostrarse obsequioso
con él por agravios y mal trato del Senado, salió,
efectivamente, para dar cuenta al pueblo, y poniendo junto a sí
a un lado a Craso y a otro a Pompeyo les preguntó si estarían
por las leyes; y como respondiesen afirmativamente, les rogó
que le auxiliasen contra los que habían hecho la amenaza
de que se opondrían con la espada. Prometiéronselo,
y aun Pompeyo añadiendo que vendría contra las espadas
trayendo espada y escudo. Fue esto de sumo disgusto para los principales
que escucharon de su boca una expresión indigna del respeto
que le tenían poco decorosa a la majestad del Senado y
propia de un furioso o de un mozuelo; pero el pueblo se mostró
muy contento. César, para participar más de lleno
del poder de Pompeyo, teniendo una hija llamada Julia, desposada
con Servilio Cepión, la desposó con Pompeyo, y a
Servillo le dijo que le daría la de Pompeyo, que no estaba
tampoco sin desposar, sino prometida a Fausto, el hijo de Sila.
De allí a poco César casó con Calpurnia,
hija de Pisón, al que designó cónsul para
el año siguiente. Entonces Catón clamó y
protestó públicamente con la mayor vehemencia que
era insufrible el que el gobierno de la república se adquiriese
con matrimonios y que por medio de mujeres se fuesen promoviendo
unos a otros al mando de las provincias y de los ejércitos:
y a todas las magistraturas. El colega de César, Bíbulo,
cuando vio que con oponerse a las leyes nada adelantaba y que
antes estuvo muchas veces en peligro de perecer con Catón
en la plaza, pasó encerrado en su casa todo el tiempo que
le quedaba de consulado. Pompeyo, hecho que fue el casamiento,
llenó la plaza de armas e hizo que el pueblo sancionara
las leyes; y a César, sobre las dos Galias, Cisalpina v
Transalpina, le añadió el Ilirio, con cuatro legiones,
por el tiempo de cinco años. Quiso Catón contradecir
estas tropelías, y César lo hizo llevar a la cárcel,
pensando que apelaría a los tribunos de la plebe; pero
aquél marchó tranquilo sin hablar palabra, y César,
viendo que no sólo los primeros ciudadanos lo llevaban
a mal, sino que la plebe, movida del respeto a la virtud de Catón,
seguía con silencio y abatimiento, rogó en secreto
a uno de los tribunos que le pusiera en libertad. De los demás
del Senado eran pocos los que concurrían a él, pues
los más. Incomodados y disgustados, procuraban retirarse;
y diciendo un día Considio, que era de los más ancianos,
que el no con- currir consistía en que las armas y los
soldados los intimidaban, le preguntó César: ¿Pues
por qué tú no te estás también por
miedo en tu casa?, a lo que contestó Considio: Porque
en mí la vejez hace que no tema, pues la vida que me queda,
habiendo de ser corta, no pide ya gran cuidado. De todo
cuanto se hizo en su consulado, lo más abominable y feo
fue el que hubiese sido nombrado tribuno de la plebe aquel mismo
Clodio, por quien fueron violadas las leyes de los matrimonios
y los nocturnos misterios. Nombrósele para perder a Cicerón,
y César no marchó al ejército sin haber antes
oprimido a Cicerón por medio de Clodio y héchole
salir de Italia.
XV. Estos se dice haber sido los hechos memorables de su vida
antes de los de las Galias. El tiempo de las guerras que después
sostuvo y de las campañas con que domó la Galia,
como si hubiera tenido un nuevo principio y se le hubiera abierto
otro camino para una vida nueva y nuevas hazañas, le acreditó
de guerrero y caudillo no inferior a ninguno de los más
admirados y más célebres en la carrera de las armas;
y, antes, comparado con los Fabios, los Escipiones y los Metelos,
con los que poco antes le habían precedido, Sila, Mario
y los dos Luculos, y aun con el mismo Pompeyo, cuya fama sobrehumana
florecía entonces con la gloria de toda virtud militar,
las hazañas de César le hacen superior a uno por
la aspereza de los lugares en que combatió; a otro, por
la extensión del territorio que conquistó; a éste,
por el número y valor de los enemigos que venció;
a aquel, por lo extraño y feroz de las costumbres que suavizó;
a otro, por la blandura y mansedumbre con los cautivos; a otro,
finalmente, por los donativos y favores hechos a los soldados;
y a todos, por haber peleado más batallas y haber destruido
mayor número de enemigos; pues habiendo hecho la guerra
diez años, no cumplidos, en la Galia, tomó a viva
fuerza más de ochocientas ciudades y sujetó trescientas
naciones; y habiéndosele opuesto por partes y para los
diferentes encuentros hasta trescientas miríadas de enemigos,
acabó con un millón en las acciones y cautivó
otros tantos.
XVI El amor y afición con que le miraban sus soldados
llegó a tal extremo, que los que en otros ejércitos
en nada se distinguían se hacían invictos e insuperables
en todo peligro por la gloria de César. Tal fue Acilio,
que en el combate naval de Marsella, acometiendo a un barco enemigo,
perdió de un sablazo la mano derecha, pero no soltó
de la izquierda el escudo, y, antes, hiriendo con él en
la cara a los enemigos, los ahuyentó a todos y se apoderó
del barco. Tal Casio Esceva, a quien en el combate de Dirraquio
le sacaron un ojo con una saeta, le pasaron un hombro con un golpe
de lanza, y un muslo con otro, y habiendo además recibido
en el escudo otros ciento treinta saetazos, llamó a los
enemigos como para rendirse; y acercándosele dos, al uno
le partió un hombro con la espada, e hiriendo en la cara
al otro lo rechazó, y él se salvó protegiéndole
los suyos. En Bretaña cargaron los enemigos sobre los primeros
de la fila, que se habían metido en un sitio cenagoso y
lleno de agua, y un soldado de César, estando éste
mirando el combate, penetró por medio y, ejecutando muchas
y prodigiosas hazañas de valor, salvó a aquellos
caudillos, haciendo huir a los bárbaros, y pasando con
dificultad por medio de todos se arrojó a un arroyo pantanoso,
del que trabajosamente, ya nadando y ya andando, pudo salir a
la orilla, aunque sin escudo. Admiróse César, y
con gran placer y regocijo salió a recibirle; pero él,
muy apesadumbrado y lloroso, se echó a sus pies pidiéndole
perdón por haber perdido el escudo. En África se
apoderó Escipión de una nave de César en
la que navegaba Granio Petronio, nombrado cuestor, y habiendo
tenido por presa a todos los demás, dijo que al cuestor
lo dejaba ir salvo; pero éste, contestando que los soldados
de César estaban acostumbrados a dar la salvación,
no a recibirla, se dio la muerte pasándose con la espada.
XVII. Este denuedo y esta emulación los había fomentado
y encendido el mismo César; en primer lugar, con no poner
límites a las recompensas y los honores haciendo ver que
no allegaba riqueza con las guerras para su propio lujo o sus
placeres, sino que ponía y guardaba en depósito
los que eran comunes premios del valor, y que no estimaba el ser
rico sino en cuanto podía remunerar a los soldados que
lo merecían; y en segundo lugar, con exponerse voluntariamente
a todo peligro y no rehusar ninguna fatiga. El que fuese arriscado
y despreciador de los peligros no era extraño a su ambición;
pero su sufrimiento y tolerancia en las fatigas, pareciendo que
era superior a sus fuerzas físicas, no dejó de causar
admiración, porque, con ser de complexión flaca,
de carnes blancas y delicadas y estar sujeto a dolores de cabeza
y un mal epiléptico, habiendo sido en Córdoba donde
le aco- metió la primera vez, según se dice, no
buscó en su delicadeza pretexto para la cobardía,
sino, haciendo de la milicia una medicina para su debilidad, con
los continuos viajes, con las comidas poco exquisitas y con tomar
el sueño en cualquiera parte lidiaba con sus males y conservaba
su cuerpo puede decirse que inaccesible a ellos. Por lo común
tomaba el sueño en carruaje o en litera, haciendo de este
modo que el mismo reposo se convirtiera en acción; sus
viajes de día eran a las fortalezas, a las ciudades y a
los campamentos, llevando a su lado uno de aquellos amanuenses
que estaban acostumbrados a escribir en la marcha y yendo a la
espalda un solo soldado con espada. De este modo corría
sin intermisión; de manera que cuando hizo su primera salida
de Roma, a los ocho días estaba ya en el Ródano.
El correr a caballo le era desde niño muy fácil,
porque se había acostumbrado a hacer correr a escape un
caballo con las manos cruzadas a la espalda, y en aquellas campañas
se ejercitó en dictar cartas caminando a caballo, dando
quehacer a dos escribientes a un tiempo, y, según Opio,
a muchos. Dícese haber sido César el primero que
introdujo tratar con los amigos por escrito, no dando lugar muchas
veces la oportunidad para tratar cara a cara los negocios urgentes
por las muchas ocupaciones y por la grande extensión de
la ciudad. De su poco reparo en cuanto a comida se da también
esta prueba: teníale dispuesta cena en Milán su
huésped Valerio León, y habiéndole puesto
espárragos, en lugar de aceite echaron ungüento; comió,
no obstante, sin manifestar el menor disgusto, y a sus amigos
que no lo pudieron aguantar les reprendió, diciéndoles:
Basta no comer lo que no agrada, y el que reprende esta
rusticidad es el que se acredita de rústico. Obligado
por la tempestad en una ocasión, yendo de camino, a recogerse
en la casilla de un pobre, como viese que no había más
que un cuartito, en el que con dificultad cabía uno solo,
dijo a sus amigos que en las cosas de honor se debía ceder
a los mejores, y en las que son de necesidad, a los más
enfermos, y mandó que Opio durmiera en el cuartito, acostándose
él mismo con los demás en el cubierto que había
delante de la puerta.
XVIII. La guerra primera que tuvo que sostener fue contra los
Helvecios y Tigurinos, que, poniendo fuego a sus doce ciudades
y cuatrocientas aldeas, caminaban acercándose a Roma por
la Galia, ya sojuzgada, como antes los Cimbros y Teutones, no
siendo inferiores a éstos en arrojo y ascendiendo la muchedumbre
de todos ellos a trescientos mil hombres, y el número de
los combatientes, a ciento noventa mil. De éstos, a los
Tigurinos los destrozó junto al río Áraris,
no por sí, sino por medio de Labieno, a quien envió
con este encargo. En cuanto a los Helvecios, conduciendo él
mismo su ejército a una ciudad aliada, le acometieron repentinamente
en la marcha, por lo que se apresuró a acogerse a una posición
fuerte y ventajosa. Reunió y ordenó allí
sus fuerzas, y trayéndole el caballo: Éste-
dijo- lo emplearé después de haber vencido en la
persecución; ahora, vamos a los enemigos; y los acometió
a pie. Costóle tiempo y dificultad el rechazar la gente
de guerra; pero el trabajo mayor fue en el sitio donde se hallaban
los carros y en el campamento, porque no sólo aquélla
hizo otra vez cara y volvió al combate, sino que sus hijos
y sus mujeres se resistieron con obstinación hasta la muerte;
de manera que no se terminó la batalla casi hasta media
noche. Coronó esta victoria, que fue gloriosa, con el hecho,
más ilustre todavía, de establecer a los fugitivos
que sobrevivieron de aquellos bárbaros, precisándolos
a repoblar el país que habían dejado y a levantar
las ciudades que habían destruido, siendo todavía
en número de más de cien mil; lo que ejecutó
por temor de que, adelantándose los Germanos, pudieran
ocupar aquella región ahora desierta.
XIX. Por el contrario, la segunda guerra la sostuvo por los Galos
contra los Germanos, sin embargo de haber antes declarado aliado
en Roma a su rey, Ariovisto; y es que eran vecinos muy molestos
a los pueblos sujetos a la república, y se temía
que si la ocasión se presentaba no permanecerían
quietos en sus asientos, sino que invadirían y ocuparían
la Galia. Viendo, pues, a los caudillos de los Galos poseídos
de miedo, mayormente a los más distinguidos y jóvenes
de los que se le habían reunido, como gente que tenía
la idea de pasarlo bien y enriquecerse con la guerra, convocólos
a una junta y les dijo que se retiraran y no se expusieran contra
su voluntad, siendo hombres de poco ánimo y dados al regalo,
y que con tomar él solamente la legión décima
marcharía a los bárbaros, pues que no tendría
que pelear con enemigos que valieran más que los Cimbros,
ni él se reputaba por general inferior a Mario. En consecuencia
de esto, la legión décima le envió una embajada
para darle gracias; pero las demás se quejaron de sus jefes,
y llenos todos los soldados de ardor y entusiasmo le siguieron
el camino de muchos días, hasta acampar a doscientos estadios
de los enemigos. Hubo ya en esta marcha una cosa que debilitó
y quebrantó la osadía de Ariovisto: porque ir los
Romanos en busca de los Germanos, que estaban en la inteligencia
de que si ellos se presentasen ni siquiera aguardarían
aquellos por lo inesperado, le hizo admirar la resolución
de César, y vio a su ejército sobresaltado. Todavía
los descontentaron más los vaticinios de sus mujeres, las
cuales, mirando a los remolinos de los ríos, y formando
conjeturas por las vueltas y ruido de los arroyos, predecían
lo futuro; y éstas no los dejaban que dieran la batalla
hasta que apareciera la Luna nueva. Habiéndolo entendido
César, y viendo a los Germanos en reposo, le pareció
más conveniente ir contra ellos cuando estaban desprevenidos
que esperar a que llegara su tiempo, y acometiendo contra sus
fortificaciones y las alturas sobre que tenían su campo,
los provocó e irritó a que, impelidos de la ira,
bajasen a trabar combate; y habiéndolos desordenado y puesto
en huída, los persiguió por cuarenta estadios hasta
llegar al Rin, llenando todo aquel terreno de cadáveres
y de despojos. Ariovisto, adelantándose con unos cuantos,
pasó el Rin, y se dice haber sido ochenta mil el número
de los muertos.
XX. Ejecutadas estas hazañas, dejó en los Sécuanos
las tropas para pasar el invierno, y queriendo tomar conocimiento
de las cosas de Roma, bajó a la Galia del Po, que era de
la provincia en que mandaba, porque el río llamado Rubicón
separa la Galia, situada de la parte de acá de los Alpes,
del resto de la Italia. Desde allí ganaba partido con el
pueblo, pues eran muchos los que iban a verle, dando a cada uno
lo que le pedía, y despachándolos a todos contentos:
a unos, por haber ya recibido lo que apetecían, y a otros,
por haberlos lisonjeado con esperanzas: de manera que por todo
el tiempo que de allí en adelante se mantuvo en la provincia,
sin que lo advirtiese Pompeyo, ora estuvo quebrantando con las
armas de los ciudadanos a los enemigos, y ora con las riquezas
y despojos de éstos conquistando a los ciudadanos. Mas
habiendo entendido que los Belgas, que eran los más poderosos
de los Celtas y poseían la tercia parte de la Galia, se
habían rebelado, teniendo reunidos muchos millares de hombres
sobre las armas, precipitó su vuelta y marchó allá
con la mayor celeridad. Sobrecogió a los enemigos, talando
el país de los Galos, aliados de la república, y
habiendo derrotado a la muchedumbre, que peleó cobardemente,
a todos los pasó al filo de la espada, de manera que los
lagos y ríos profundos se pudieron transitar por encima
de los montones de cadáveres. De los pueblos sublevados,
los de la parte del Océano todos se sometieron voluntariamente,
y sólo tuvo que hacer la guerra a los Nervios, pueblos
feroces y belicosos que habitaban en espesos encinares y tenían
sus familias y sus haberes en lo profundo de una selva, a la mayor
distancia de los enemigos. Éstos, pues, en número
de sesenta mil hombres, cargaron repentinamente a César
al tiempo de estar poniendo su campo, lejos de esperar tan imprevista
batalla, y a la caballería lograron ponerla en fuga, y
envolviendo las legiones duodécima y séptima dieron
muerte a todos los jefes de cohortes, y si César, tomando
el escudo y penetrando por entre los que le precedían,
no hubiera acometido a los enemigos, y la legión décima,
viendo su peligro, no hubiera acu- dido prontamente desde las
alturas y hubiera desordenado la formación de los enemigos,
es probable que ninguno se habría salvado; aun así,
con haber sostenido por el arrojo de César un combate muy
superior a sus fuerzas, no pudieron rechazar a los Nervios, sino
que allí los acabaron defendiéndose, pues se dice
que de sesenta mil sólo se salvaron quinientos, y de cuatrocientos
senadores, tres.
XXI Recibidas estas noticias por el Senado, decretó que
por quince días se sacrificase a los dioses, y que aquellos,
absteniéndose de todo trabajo, se pasasen en fiestas, no
habiéndose nunca señalado otros tantos por ninguna
victoria; y es que el peligro se reputó grande por amenazar
a un tiempo tantas naciones, haciendo también más
insigne este vencimiento la pasión con que la muchedumbre
miraba a César, por ser éste el que lo había
alcanzado; el cual, habiendo dejado en buen estado las cosas de
la Galia, volvió entonces a invernar en el país
regado por el Po para continuar sus manejos en la ciudad, pues
no solamente los que aspiraban a las magistraturas por su mediación
y los que las obtenían sobornando al pueblo con el caudal
que él les remitía hacían cuanto estaba a
su alcance para adelantarlo en influjo y poder, sino que de los
ciudadanos más principales y de mayor opinión, los
más habían acudido a visitarle a Luca; y entre éstos,
Pompeyo y Craso, y Apio, comandante de la Cerdeña, y Nepote,
procónsul de la España: de manera que se juntaron
hasta ciento veinte lictores, y del orden senatorio arriba de
doscientos. Convínose en un consejo que tuvieron en que
Pompeyo y Craso serían nombrados cónsules, y que
a César se le asignarían fondos y otros cinco años
de mando militar, que fue lo que pareció más extraño
a los que examinaban las cosas sin pasión, por cuanto los
mismos que recibían grandes sumas de César eran
los que persuadían al Senado a que le hiciera asignaciones,
como si estuviera falto, o, por mejor decir, lo precisaban a ejecutarlo
y a llorar sobre lo propio que decretaba, pues se hallaba ausente
Catón, porque de intento lo habían enviado a Chipre,
y aunque Favonio, que seguía las huellas de Catón,
se salió fuera de la curia a gritar al pueblo cuando vio
que no sacaba ningún partido, nadie hizo caso: algunos,
por respeto a Pompeyo y a Craso, y los más, por complacer
a César, sobre cuyas esperanzas vivían descansados.
XXII. Restituido César al ejército que había
dejado en las Galias, tuvo que volver a una reñida guerra
en la propia región, a causa de que dos grandes naciones
de Germania habían acabado de pasar el Rin con el intento
de adquirir nuevas tierras, de las cuales era la una la de los
Usípetes, y la otra de la de los Tencteros. Acerca de la
batalla lidiada contra estos enemigos escribió César
en sus Comentarios que, habiéndole enviado los bárbaros
una embajada para tratar de paz, le pusieron celadas en el camino,
con lo que le derrotaron la caballería, que constaba de
cinco mil hombres, bien desprevenidos para semejante traición,
con ochocientos de los suyos; y que como le enviasen después
otros para engañarle segunda vez, los detuvo y movió
contra ellos con todo su ejército, creyendo que sería
gran simpleza guardar fe a hombres tan infieles y prevaricadores.
Tanisio dice que Ca- tón, al decretar el Senado fiestas
y sacrificios por esta victoria, abrió dictamen sobre que
César fuese entregado a los bárbaros, para que así
expiase la ciudad la abominación de haber quebrantado la
tregua, y la execración se volviese contra su autor. De
los que habían pasado fueron destrozados en aquella acción
cuatrocientos mil, y a los pocos que volvieron los recibieron
los Sicambros que eran otra de las naciones de Germania. Sirvióle
esto de motivo a César para ir contra ellos, y más
que, por otra parte, le estimulaba la gloria de ser el primero
que con ejército hubiese pasado el Rin. Echó, pues,
en él un puente, sin embargo de ser sumamente ancho y llevar
por aquella parte gran caudal de agua con una corriente impetuosa
y rápida, que con los troncos y árboles que arrastraba
conmovía los apoyos y postes del puente; pero oponiendo
a este choque grandes maderos hincados en medio del río,
y refrenando la fuerza del agua que hería en la obra, dio
un espectáculo que excede toda fe, habiendo acabado el
puente en sólo diez días.
XXIII. Pasó sus tropas sin que nadie se atreviese a hacerle
resistencia; y como aun los Suevos, gente la más belicosa
de Germania, se metiesen en barrancos profundos y cubiertos de
arbolado, dando fuego a lo que pertenecía a los enemigos,
y alentando y tranquilizando a los que siempre se habían
mostrado adictos a los Romanos, se retiró otra vez a la
Galia, habiendo sido de dieciocho días su detención
en Germania. La expedición a Bretaña dio celebridad
a su osadía y determinación, pues fue el primero
que surcó con armada el Océano occidental y que
navegó por el Atlántico, llevando consigo un ejército
para hacer la guerra; y cuando no se creía que fuese una
isla a causa de su extensión, y era, por lo tanto, materia
de disputa para muchos escritores, que la tenían por un
puro nombre y por una voz de cosa inventada que en ninguna parte
existía, se propuso sujetarla, llevando fuera del orbe
conocido la dominación de los Romanos. Dos veces hizo la
travesía a la isla desde la parte de la Galia que le cae
enfrente, y habiendo en continuadas batallas maltratado a los
enemigos, más bien que aprovechando en nada a los suyos,
pues que no habla cosa del menor valor entre gentes infelices
y pobres, no dio a aquella guerra el fin que deseaba, sino que,
contentándose con recibir rehenes del rey y arreglar los
tributos, se volvió de la isla. A su llegada encontró
cartas que iban a mandársele de sus amigos de Roma, en
las que le anunciaban el fallecimiento de su hija, que había
muerto de parto en la compañía de Pompeyo. Grande
fue el pesar de éste y grande el de César; mas también
los amigos se apesadumbraron, viendo disuelto el deudo que había
conservado en paz y en concordia la república, bien doliente
y quebrantada de otra parte, porque el niño murió
también luego, habiendo sobrevivido a la madre pocos días.
La muchedumbre cargó, contra la voluntad de los tribunos
de la plebe, con el cadáver de Julia y lo llevó
al Campo de Marte, donde se le hicieron las exequias y yace sepultado.
XXIV. Repartió César por precisión sus fuerzas,
que ya eran de consideración, en diversos cuarteles de
invierno, y marchando él a Italia, como lo tenía
de costumbre, volvieron ahora a inquietarse por todas partes los
Galos, y, dirigiéndose con ejércitos numerosos contra
los cuarteles de los Romanos, intentaban tomarlos; la mayor y
más poderosa fuerza de los sublevados, conducida por Ambíorix,
había dado muerte a Cota y Titurio en su mismo campamento.
A la legión mandada por Cicerón la cercaron con
sesenta mil hombres, y estuvo en muy poco que la tomasen a viva
fuerza, estando ya todos heridos, sino que por su valor se defendieron
más allá de lo que podían. Dióse parte
de estos sucesos a César, que se hallaba ya muy lejos,
pero retrocedió con la mayor presteza, y juntando en todo
hasta unos siete mil hombres marchó con ellos a ver si
podía sacar del sitio a Cicerón. No se les ocultó
a los sitiadores que le salieron al encuentro, ciertos de oprimirle,
por el desprecio con que miraban sus pocas fuerzas; mas él,
usando de ardides, les huía el cuerpo continuamente, y
tomando una posición propia de quien peleaba con pocos
contra muchos, fortificó su campamento, donde contuvo a
los suyos de todo combate y los precisó a establecer trincheras
y a hacer obras en las puertas, como si estuvieran temerosos,
preparando así de intento el que lo despreciaran, hasta
que, saliendo cuando los enemigos estaban sueltos y desordenados
con la excesiva confianza, los deshizo y desbarató, haciendo
en ellos gran matanza.
XXV. Esto comprimió muchas de las rebeliones de los Galos
por aquella parte y también el que el mismo César
corrió el país y acudió a todas partes en
medio del invierno, estando muy atento a cualquiera novedad. Viniéronle
además de Italia, en lugar de las tropas perdidas, tres
legiones: dos que le prestó Pompeyo de las que estaban
a sus órdenes y una que él había levantado
en la Galia del Po. En tanto, lejos de allí brotaron y
salieron a luz las semillas esparcidas de antemano y fomentadas
en secreto por hombres poderosos entre las gentes más belicosas,
de la guerra más porfiada y de mayor riesgo de cuantas
allí se ofrecieron; semillas corroboradas con numerosa
juventud, con armas buscadas por todas partes, con grandes caudales
recogidos al intento, con ciudades fortificadas y con puestos
casi inexpugnables. Era esto en la estación del invierno,
y los ríos helados, las selvas cubiertas de nieve, las
llanuras inundadas con los torrentes, los caminos confundidos
con la profunda nieve, y la inseguridad de la marcha por los lagos
y arroyos salidos de madre, todo parecía concurrir a poner
a los rebeldes fuera del alcance de César. Eran muchas
las gentes sublevadas; pero las que llevaban la voz eran los Arvernos
y Carnutes; la autoridad suprema para la guerra se había
conferido por elección a Vercingétorix, a cuyo padre
habían dado muerte los Galos por parecerles que se erigía
en tirano.
XXVI Éste, pues, repartiendo sus fuerzas en muchas divisiones
y poniéndolas bajo el mando de diversos caudillos, procuraba
hacer entrar en su plan a todo el país del contorno hasta
el río Araris, llevando la idea, si lograba que en Roma
se formase partido contra César, de concitar para aquella
guerra a toda la Galia; y si esto lo hubiera hecho, poco después,
cuando ya César estaba implicado en la guerra civil, no
hubieran sido los temores que en tal caso se hubieran apoderado
de la Italia menos violentos que aquellos que los Cimbros le causaron.
Mas ahora César, cuyo ingenio era sacar partido de todos
los accidentes para la guerra, y sobre todo aprovechar la ocasión
en el momento mismo de serle la rebelión anunciada, levantó
el campo, volvió por el mismo camino que había traído,
y con la fuerza y la celeridad de su marcha, a pesar de los indicados
obstáculos, demostró a los bárbaros ser infatigable
e invencible el ejército que los perseguía; pues
cuando creían que en mucho tiempo no pudiera llegarle ni
mensajero ni correo, le vieron ya sobre sí con todo el
ejército, talando sus tierras, apoderándose de sus
puestos, asolando sus ciudades y volviendo a su amistad a los
que habían hecho mudanza; hasta que también entró
en la guerra contra él la nación de los Eduos, que,
habiéndose apellidado en todo el tiempo anterior hermanos
de los Romanos, entonces se habían unido con los rebeldes,
siendo motivo de no pequeño desaliento para el ejército
de César. Retiróse, pues, de allí por esta
causa y pasó los términos de los Lingones para ponerse
en contacto con los Sécuanos, que eran amigos y estaban
interpuestos entre la Italia y el resto de la Galia. Fuéronle
allí a buscar los enemigos, y aunque le opusieron por todas
partes muchos millares de hombres les dio batalla; y a todos los
demás venció y sojuzgó a fuerza de tiempo
y del terror que llegó a causarles; pero al principio parece
tuvo algún descalabro, y los Arvernos muestran una espada
suspendida en el templo como despojo de César, la que él
mismo vio algún tiempo después y se echó
a reír; y proponiéndole los amigos que la quitase,
no vino en ello, teniéndola por sagrada.
XXVII. Con todo, los más de los que pudieron salvarse
se refugiaron con el rey en la ciudad de Alesia. Púsole
sitio César, y cuando parecía inexpugnable, por
la altura de sus murallas y la muchedumbre de los que la defendían,
sobrevino de la parte de afuera un peligro superior a todo encarecimiento:
porque de las gentes más poderosas en armas de la Galia
que se hallaban congregadas vinieron sobre Alesia trescientos
mil hombres, y los combatientes que había dentro de ella
no bajaban de ciento setenta mil: de manera que, sorprendida,
y sitiado César en medio de tan peligrosa guerra, se vio
en la precisión de correr dos trincheras: una contra la
ciudad y otra al frente de la muchedumbre que había llegado,
pues si ambas fuerzas se juntaban todo debía tenerse por
perdido. Así, por muchas razones fue justamente celebrada
esta guerra de Alesia, habiéndose verificado en ella hechos
de valor y pericia como en ninguna otra; pero principalmente debe
ser mirado con admiración el que pudiese conseguir César
que en la ciudad no se tuviese noticia de que afuera combatía
y estaba en acción con tantos millares de enemigos, y mucho
más todavía que no lo supiesen tampoco los Romanos
que defendían la otra trinchera. Porque nada entendieron
de la victoria hasta que oyeron los lamentos de los hombres y
el llanto de las mujeres de Alesia, que veían de la otra
parte muchos escudos adornados con plata y oro, muchas corazas
salpicadas de sangre y, además, tazas y tiendas de los
Galos trasladadas por los Romanos a su campamento: ¡con
tanta presteza se borró y pasó toda aquella fuerza
como una ilusión o un sueño, habiendo perecido la
mayor parte en la batalla! Los que custodiaban a Alesia, después
de haber padecido mucho y de haber dado bien en qué entender
a César, al fin se rindieron. El general en jefe, Vercingétorix,
tomó las armas más hermosas que tenía, enjaezó
ricamente su caballo, y saliendo en él por las puertas
dio una vuelta alrededor de César, que se hallaba sentado,
apeóse después, y arrojando al suelo la armadura
se sentó a los pies de César y se mantuvo inmóvil
hasta que se le mandó llevar y poner en custodia para el
triunfo.
XXVIII. Tenía ya César meditado, tiempo había,
acabar con Pompeyo, como éste, sin duda, acabar con aquel:
porque muerto a manos de los Partos Craso, que era el antagonista
de entrambos, sólo le restaba al que aspiraba a ser el
mayor el quitar de delante al que lo era, y a éste, para
no verse en semejante caso, el adelantarse a acabar con aquel
de quien podía temer. Este temor era reciente en Pompeyo,
que antes apenas hacía caso de César, no teniendo
por obra difícil el abatir a aquel a quien él mismo
había elevado. Mas César, que desde el principio
había echado estas cuentas acerca de sus rivales, a manera
de un atleta se puso, hasta que fuese tiempo, lejos de la arena,
ejercitándose en las guerras de la Galia; examinó
su poder, aumentó con obras su gloria hasta ponerse a la
altura de los brillantes triunfos de Pompeyo y estuvo en acecho
de motivos y pretextos, que no le faltaron, facilitándolos
ora Pompeyo, ora las ocasiones y ora el mal gobierno de Roma,
que llegó a punto de que los que pedían las magistraturas
pusiesen mesas en medio de la plaza para comprar descaradamente
a la muchedumbre, y el pueblo asalariado se presentaba a contender
por el que lo pagaba, no sólo con las tablas de votar,
sino con arcos, con espadas y con hondas. Decidiéronse
las votaciones no pocas veces con sangre y con cadáveres,
profanando la tribuna y dejando en anarquía a la ciudad,
como nave a quien falta quien la gobierne; de manera que los hombres
de juicio tenían a dicha el que en tanto desconcierto y
en tanta deshecha borrasca no padeciesen los negocios públicos
mayor mal que el de venir a ponerse en manos de uno, y aun muchos
hubo que se atrevieron a decir en público que sin el mando
de uno solo era intolerable aquel gobierno, y que el modo de que
se hiciera más llevadero este remedio sería recibirlo
del más benigno entre los diferentes médicos, significando
a Pompeyo. Como éste de palabra afectase rehusarlo, pero
de obra nada le quedase por hacer para que se le nombrase dictador,
meditando sobre ello Catón persuadió al Senado que
podría tomarse el medio de designarle cónsul único,
para que no arrancara por fuerza la dictadura, contentándose
con una monarquía más legítima, y el Senado,
además, le prorrogó el tiempo de sus provincias.
Eran dos las que tenla la España y toda el África,
las que gobernaba por medio de legados y manteniendo ejércitos,
para los que recibía del Erario público mil talentos
cada año.
XXIX. En esto, César pidió el consulado por medio
de comisionados y que igualmente se le prorrogara el tiempo de
su mando en las provincias; al principio Pompeyo no hizo oposición,
pero si Marcelo y Léntulo, enemigos, por otra parte, de
César, y a lo que podía contemplarse preciso añadieron
cosas que no lo eran, en su afrenta y vilipendio. Por- que habiendo
César hecho poco antes colonia a Novocomo, en la Galia,
despojaron a los habitantes del derecho de ciudad; y hallándose
Marcelo de cónsul, a uno de sus decuriones que había
venido a Roma le afrentó con las varas, añadiendo
que le castigaba de aquella manera en señal de que no era
ciudadano romano, y le dijo que fuera y lo manifestara a César.
Después de este hecho de Marcelo, como ya César
hubiese procurado que todos participasen largamente de las riquezas
de la Galia, a Curión, tribuno de la plebe, le hubiese
redimido de sus muchas deudas, y a Paulo, entonces cónsul,
le hubiese hecho el obsequio de mil quinientos talentos, con los
que compró y adornó la célebre basílica
edificada en la plaza en lugar de la de Fulvio, temiendo ya entonces
Pompeyo la sublevación trabajó abiertamente por
sí y por sus amigos para que se le diera a César
sucesor en el gobierno, y le envió a pedir los soldados
que le había prestado para la guerra de la Galia. Envióselos
éste, habiendo agasajado a cada soldado con doscientas
y cincuenta dracmas; pero los que se los trajeron a Pompeyo esparcieron
en el pueblo especies injuriosas y nada lisonjeras contra César
y al mismo Pompeyo le engrieron con vanas esperanzas, haciéndole
entender que era deseado en el ejército de César,
y que si en Roma encontraba obstáculos y dificultades,
por la envidia y por los recelos que siempre trae el gobernar,
aquellas fuerzas las tenía prontas y sólo con que
pusiese el pie en Italia al punto se pasarían a su partido,
pues tan molesto había llegado a hacerse César generalmente
al soldado y tan sospechoso de que aspiraba a la tiranía.
Pompeyo, con estas relaciones, se llenó de orgullo, y desatendiendo
el arreglo y orden del ejército, como hombre que no tenía
por qué temer, en sus expresiones y sus dictámenes
se declaraba contra César, manifestando su ánimo
de hacer que se le derribase; pero a éste se le daba bien
poco, y se dice que estando uno de los jefes de cohorte de su
ejército a la puerta del Senado, y oyendo que no se prorrogaría
a César el tiempo de su mando, dijo: Pues ésta
se lo prorrogará, echando mano a la empuñadura
de su espada.
XXX. Con todo, la pretensión de César tenía
la más recomendable apariencia de justicia: porque proponía
dejar por su parte las armas, y que, haciendo otro tanto Pompeyo,
ambos pusieran su suerte en manos de los ciudadanos; pues de otra
manera, quitando las provincias al uno y confirmando al otro el
poder que tenía, a aquel lo abatían y a éste
le preparaban los caminos de la tiranía. Habiendo hecho
esta misma proposición ante el pueblo Curión, tribuno
de la plebe, a nombre de César, fue muy aplaudido, y aun
algunos arrojaron coronas sobre él, como se derraman flores
sobre un atleta. Otro tribuno de la plebe, Antonio, mostró
a la muchedumbre una carta que había recibido de César
sobre este mismo objeto, y la leyó, a pesar de la oposición
de los cónsules. Mas en el Senado, Escipión, suegro
de Pompeyo, abrió este dictamen: que si para el día
que se prefijara no deponía César las armas, se
le declarara enemigo público. Preguntando, pues, los cónsules
si les parecía que Pompeyo depusiera las armas y las depusiera
César, aquella parte tuvo pocos votos y ésta todos,
a excepción de muy pocos; insistiendo de nuevo Antonio
en que ambos hicieran dimisión de todo mando, a esta sentencia
se arrimaron todos con unanimidad; pero instando Escipión,
y gritando el cónsul Léntulo que contra un ladrón
lo que se necesitaba eran armas y no votos, se disolvió
el Senado, y a causa de esta disensión mudaron vestidos
como en un duelo público.
XXXI- Vinieron en esto cartas de César que le acreditaban
de moderado, pues pedía que, dejando todo lo demás
de sus antiguas provincias, se le diera la Galia Cisalpina y el
Ilírico con dos legiones, hasta pedir el segundo consulado;
Cicerón el orador, que ya había vuelto de la Cilicia
y andaba en transacciones, ablandé a Pompeyo, hasta el
punto de convenir en todo lo demás, excepto en el artículo
de los soldados; y el mismo Cicerón alcanzó de los
amigos de César que cediesen hasta responder que aquel
se contentaría con las provincias expresadas y con sólo
seis mil soldados. Aun a esto se dobló y accedió
Pompeyo; pero Léntulo, usando de su autoridad de cónsul,
no lo permitió sino que llenando de improperios a Antonio
y a Casio los expulsó ignominiosamente del Senado, proporcionando
a César el más plausible pretexto que pudiera desear,
y del que se valió principalmente para inflamar a los soldados,
poniéndoles a la vista que varones tan principales y adornados
de mando habían tenido que huir en carros alquilados, bajo
el disfraz de esclavos; porque, realmente, así era como
por miedo habían salido de Roma.
XXXII. Las tropas que tenía consigo no eran más
que unos trescientos caballos y cinco mil infantes, porque el
resto del ejército lo había dejado al otro lado
de los Alpes, y habían de conducirlo los que al efecto
había enviado. Mas poniendo la vista en el principio de
las grandes cosas que meditaba, considerando que el éxito
de su primer acontecimiento no tanto necesitaba de grandes fuerzas
como dependía del terror que produce el arrojo, y de la
celeridad en aprovechar la ocasión, siéndole más
fácil pasmar con la sorpresa que violentar con el aparato
de tropas, dio orden a los jefes y cabos para que llevando sólo
las espadas, sin otras armas, ocuparan a Arímino, ciudad
populosa de la Galia, a fin de tomarla con la menor confusión
y muertes que fuese posible, para lo que dio las correspondientes
fuerzas a Hortensio. Por lo que hace a él mismo, pasó
el día a la vista del público, asistiendo al espectáculo
de unos gladiadores que se ejercitaban; pero a la caída
de la tarde se bañó y ungió, se restituyó
a su cámara, pasó un breve rato con los que tenía
convidados a cenar, y levantándose de la mesa, cuando apenas
era de noche, habló con grande afabilidad a todos los demás,
y les dijo que le aguardaran, aparentando que había de
volver; mas a unos cuantos de sus amigos les tenía prevenido
que le siguiesen, no todos juntos, sino unos por una parte y otros
por otra. Montó, pues, en un carruaje de los de alquiler,
tomando al principio otro camino; pero volviendo luego al de Arímino,
cuando llegó al río que separa la Galia Cisalpina
del resto de la Italia, llamado el Rubicón, como el estar
más cerca del riesgo se ofreciese con más viveza
a su imaginación lo grande la empresa, cesó de correr,
y aun detuvo enteramente la marcha, revolviendo en su ánimo
muchas cosas, mudando en silencio de dictamen, ya hacia uno, ya
hacia otro extremo, y haciendo en su propósitos continuas
variaciones. Mostróse asimismo muy perplejo a los amigos
que se hallaban presentes, de cuyo número era Asinio Polión,
calculando con ellos los grandes males de que iba a ser, principio
el paso de aquel río y cuánta había de ser
la memoria él quedara a los que después vendrían.
Por fin, con algo de cólera, como si dejándose de
discursos se abandonara a lo futuro, y pronunciando aquella expresión
común, propia de los que corren suertes dudosas y aventuradas,
Tirado está ya el dado, se arrojó a pasar y, continuando
con celeridad lo que restaba de camino, llegó a Arímino
antes del día y lo ocupó. Dícese que la noche
anterior a este paso tuvo un sueño abominable, pues le
pareció que se acercaba a su madre con una mezcla que sin
horror no puede pronunciarse.
XXXIII. Después de tomado Arímino, como si a la
guerra se le hubieran abierto anchurosas puertas contra toda la
tierra y el mar, y corno si las leyes de la república se
hubieran conmovido con traspasarse los términos de una
provincia, no se veía a hombres y mujeres corno en otras
ocasiones discurrir por la Italia, sino alborotadas las ciudades
enteras, y que huyendo corrían de unas a otras. La, misma
Roma, como inundada de diferentes olas con la fuga y concurso
de los pueblos del contorno, ni obedecía fácilmente
a los magistrados, ni escuchaba razón alguna en semejante
tumulto y borrasca; y estuvo en muy poco que por sí misma
no fuese destruida. Porque no había parte alguna que no
estuviese agitada de pasiones contrarias y de conmociones violentas,
y ni aun la que parecía deber hallarse contenta estaba
en repo- so, sino que encontrándose, en una ciudad tan
grande, con la que estaba temerosa y triste, y vanagloriándose
ya de lo venidero, tenían continuos altercados. A Pompeyo,
de suyo bastante cuidadoso, cada uno le molestaba por su parte,
acusándole unos de que por haber fomentado a César
contra sí mismo y contra la república llevaba ahora
su merecido, y otros, de que cuando éste condescendía
y se prestaba a condiciones equitativas, había permitido
a Léntulo que lo maltratase. Favonio le decía que
diera una patada en el suelo, aludiendo a que en cierta ocasión,
hablando con aire de jactancia en el Senado, se opuso a que se
entrara en solicitud y en cuidado sobre preparativos para la guerra,
porque cuando el otro se moviese, con dar él una patada
en el suelo llenaría de tropas la Italia. Entonces mismo
las fuerzas de Pompeyo eran superiores a las de César,
sino que nadie le dejaba obrar según su propio dictamen;
y sucediéndose las noticias, las mentiras y los terrores,
por decirse que ya el enemigo estaba a las puertas y todo lo había
sometido, fue arrebatado del impulso común. Decretó,
pues, que, se estaba en estado de sedición y abandonó
la ciudad, mandando que le siguiera el Senado y que no se quedara
nadie de los que a la tiranía prefirieran la patria y la
libertad.
XXXIV. Los cónsules huyeron sin haber hecho siquiera antes
de su salida los sacrificios prescritos por la ley, y lo mismo
hicieron los más de los senadores, tomando a manera de
robo lo que era propio como si fuese ajeno. Hubo algunos que,
habiendo sido antes partidarios acérrimos de César,
desistieron entonces, en medio de la confusión, de su anterior
propósito, y sin motivo fueron arrebatados de la violencia
de aquella corriente. Era a la verdad espectáculo triste
el de Roma, y en medio de aquella tormenta parecía nave
de cuya salud desesperan los pilotos y que es de ellos abandonada
para que sea la suerte quien la conduzca. Pues con todo de ser
tan lastimosa y miserable esta mudanza, los ciudadanos veían
la patria a causa de Pompeyo en aquella turba fugitiva, y en Roma
no veían sino el campamento de César; de manera
que hasta Labieno, uno de los mayores amigos de César,
y que había sido su legado y había combatido denodadamente
a su lado en todas las guerras de la Galia, se separó entonces
de él y marchó a unirse con Pompeyo, no sin que
César le remitiera su equipaje y cuanto le pertenecía.
El primer paso de éste fue marchar en busca de Domicio,
que con treinta cohortes ocupaba a Corfinio, y puso frente de
esta ciudad su campo. Dióse Domicio por perdido, y pidió
al médico, que era uno de sus esclavos, le diese un veneno;
y tomando el que le propinó, se retiró para morir;
pero habiendo oído al cabo de poco que César usaba
de gran humanidad con los prisioneros, se lamentaba de sí
mismo y condenaba su precipitada determinación. En esto,
como el médico le alentase diciéndole que era narcótica
y no mortífera la bebida que había tomado, se puso
muy contento y levantándose se dirigió a César,
y, no obstante que éste le alargó la diestra, volvió
a pasarse al partido de Pompeyo. Llegadas a Roma estas noticias
dilataban los ánimos, y algunos de los que habían
huido se volvieron.
XXXV. Tomó César el ejército de Domicio,
y se anticipó a ir recogiendo por las ciudades todas las
demás tropas levantadas para su contrario, con las que,
hecho ya fuerte y poderoso, marchó contra el mismo Pompeyo.
Mas éste no aguardó su llegada, sino que, huyendo
a Brindis, a los cónsules los envió primero con
el ejército a Dirraquio, y él de allí a poco
se hizo también a la vela al aproximarse César,
según que en la Vida de aquel lo manifestamos con mayor
individualidad. Quería César ir al punto en su seguimiento,
pero faltábanle las naves, por lo que retrocedió
a Roma, hecho dueño de toda la Italia en sesenta días,
sin haberse derramado una gota de sangre. Como hubiese encontrado
la ciudad más sosegada de lo que esperaba, y que muchos
del Senado permanecían en ella, a éstos les dirigió
palabras humanas y populares, y los exhortó a que enviasen
a Pompeyo personas que tratasen con él de una transacción
decorosa; pero no hubo quien se prestara a ello, bien fuese por
temor a Pompeyo, a quien habían abandonado, o bien por
creer que, no siendo tal la intención de César,
sólo usaba del lenguaje que el caso pedía. Opúsosele
el tribuno de la plebe Metelo a que tomara caudales del repuesto
de la república, y como alegase a este propósito
ciertas leyes, le respondió: Que uno era el tiempo
de las armas, y otro el de las leyes; y si llevas a malañadió-
lo que yo ejecuto, por ahora quítate de delante, porque
la guerra no sufre demasías. Cuando yo haya depuesto las
armas en virtud de un convenio, entonces podrás venir a
hacer declamaciones; y aun esto lo digo cediendo de mi derecho:
porque mío eres tú y todos aquellos sublevados contra
mí de quienes me he apoderado. Al mismo tiempo que
diri- gía estas expresiones a Metelo se encaminaba a las
puertas del erario, y no pareciendo las llaves envió a
llamar a cerrajeros, a quienes dio orden de que las franquearan;
y como Metelo volviese a hacer resistencia, habiendo algunos que
lo apoyaban, le amenazó en voz alta que le quitaría
la vida si no desistía de incomodarle; y esto ya
sabes ¡oh joven!- añadióque me cuesta más
el decirlo que el hacerlo. Hicieron estas palabras que Metelo
se retirara temeroso, y que ya le fuese fácil el allegar
y disponer todo lo demás necesario para la guerra.
XXXVI Marchó con tropas a España, resuelto a arrojar
de allí ante todo a Afranio y Varrón, lugartenientes
de Pompeyo, y, a mover, después de haber puesto bajo su
obediencia las fuerzas y provincias de aquella parte, contra Pompeyo
mismo, no dejando ningunos enemigos a la espalda. Corrió
allí grandes peligros en su persona por asechanzas, y en
su ejército principalmente, por el hambre; con todo, no
se dio reposo, persiguiendo, provocando y circunvalando a los
enemigos, hasta hacerse dueño a viva fuerza de sus campamentos
y de sus tropas; mas los jefes pudieron huir y marcharon a unirse
con Pompeyo.
XXXVII. Vuelto César a Roma, le exhortaba su suegro Pisón
a que enviara mensajeros a Pompeyo para tratar de concierto; pero
Isáurico, por saber que complacía en ello a César,
contradijo este parecer. Elegido dictador por el Senado, restituyó
a los desterrados y rehabilitó en sus honores a los hijos
de los que habían padecido por las proscripciones de Sila,
y para alivio de carga hizo alguna reducción en las usuras
a favor de los deudores. Por este término tomó algunas
otras providencias, aunque no muchas; y habiendo abdicado esta
especie de monarquía a los once días, se designó
cónsul a sí mismo y a Servillo Isáurico,
y convirtió su atención al ejército. Marchaba
presuroso, por lo que pasó en el camino a las demás
tropas; y no teniendo consigo más que seiscientos hombres
de a caballo escogidos y cinco legiones en el trópico del
invierno, a la entrada del mes de enero, equivalente para los
Atenienses al de Posideón, se entregó al mar, y,
pasando el Jonio, tomó a Órico y Apolonia, e hizo
que los buques volviesen a Brindis para traer los soldados que
se habían retrasado en la marcha. Éstos, mientras
iban de camino, como ya tuviesen quebrantados sus cuerpos y les
pareciese no hallarse con fuerzas para tal multitud de guerras,
se desahogaban en quejas contra César: ¿Qué
término- decían- pondrá este hombre a nuestros
trabajos, trayéndonos y llevándonos como si fuésemos
infatigables e insensibles? El hierro mismo se mella con los golpes,
y al cabo de tanto tiempo hay que atender a la desmejora del escudo
y la coraza. ¿Es posible que de nuestras heridas no colige
César que manda a hombres mortales y que el padecer y sufrir
tienen qué acabarse? La estación del invierno y
los borrascosos tiempos del mar, ni a los dioses es dado violentarlos,
y éste nos aguijonea y precipita, no como quien persigue,
sino como quien es perseguido de sus enemigos. Esta era
la conversación que tenían mientras sosegadamente
seguían el camino de Brindis; pero cuando a su llegada
se hallaron con que César se había marchado, mudando
al punto de estilo empezaron a maldecir de sí mismos, apellidándose
traidores de su emperador, y maldecían a sus caudillos
por no haber aligerado más el viaje. Subíanse sobre
las eminencias que dominaban el mar y el Epiro para ver si descubrían
las naves en que habían de pasar a esta región.
XXXVIII. En Apolonia, no teniendo César por suficientes
las fuerzas que consigo llevaba, y retardándose demasiado
las que estaban en la otra parte, perplejo e incomodado tomó
una resolución violenta, que fue embarcarse, sin dar parte
a nadie, en un barquillo de doce remos y dirigirse en él
a Brindis estando aquel mar poblado de naves pertenecientes a
las escuadras enemigas. De noche, pues, envuelto en las ropas
de un esclavo, se metió en el barco, y, tomando lugar como
un hombre oscuro, se quedó callado. Por el río Aoo
había de bajar la embarcación al mar, y la brisa
de la mañana, retirando las olas, suele mantener la bonanza
en la desembocadura; pero en aquella noche el viento de mar, que
sopló con fuerza, no dio lugar a que aquella reinase. Acrecentado
por tanto el río con el flujo del mar, lo hicieron tan
peligroso y terrible el ruidoso estruendo y los precipitados remolinos,
que, dudando el piloto poder contrastar a la violencia de las
aguas, dio orden a los marineros de mudar de rumbo, con ánimo
de volver al puerto. Adviértelo César, se descubre,
y tomando la mano al piloto que se queda pasmado al verle: Sigue,
buen hombre- le dice- ten buen ánimo; no temas, que llevas
contigo a César y su fortuna. Olvídanse los
marineros de la tempestad, e impeliendo con fuerza los remos porfían
con ahínco por vencer la corriente; mas siendo im- posible,
y haciendo mucha agua el barco, con lo que se puso en gran peligro
su misma persona, tuvo que condescender muy contra su voluntad
con el piloto, que al cabo dispuso la vuelta. Al desembarcar sálenle
al encuentro en tropel los soldados, quejándose y doliéndoles
de que no crea que con ellos solos puede vencer, y de que se afane
y ponga en peligro por los ausentes, desconfiando de los que tiene
consigo.
XXXIX. En esto, Antonio salió de Brindis conduciendo las
tropas, con lo que alentado ya César provocaba a Pompeyo,
establecido en lugar ventajoso y provisto abundantemente por mar
y por tierra, mientras que él, habiéndose hallado
en estrechez desde el principio, por fin se veía en el
mayor conflicto por la absoluta falta hasta de lo preciso; mas
con todo, machacando los soldados cierta raíz y mojándola
en leche, así iban tirando; y alguna vez, formando panes
con ella, corrían a las avanzadas de los enemigos y se
los arrojaban dentro de sus trincheras, diciendo que mientras
la tierra llevase de aquellas raíces no desistirían
de tener sitiado a Pompeyo, el cual no permitía que ni
los panes ni estas expresiones llegasen a la muchedumbre por no
desalentar a sus soldados, que temían la dureza e insensibilidad
de aquellos enemigos como podrían las de una fiera. Continuamente
tenían encuentros y combates parciales ante las trincheras
de Pompeyo, y en todos se halló César, a excepción
de sólo uno, en el que, introducido en sus tropas un gran
desorden, estuvo en inminente riesgo de perder su campamento.
Porque habiendo acometido Pompeyo, nadie quedó en su puesto,
sino que los fosos se llenaron de muertos y al pie del valladar
y de las trincheras perecían a montones. Salió César
al encuentro y procuró contener y hacer volver el rostro
a los fugitivos, pero no adelantó nada. Echaba mano a las
insignias: mas los que las conducían las tiraban al suelo;
de manera que los enemigos les tomaron treinta y dos, y él
estuvo muy cerca de perecer; porque habiendo querido contener
a un soldado alto y robusto de los que huían, que le pasaba
al lado, mandándole que se detuviese y volviese contra
los enemigos, éste, lleno de turbación en aquel
conflicto, levantó la espada para desprenderse por fuerza;
pero el escudero de César se le anticipó dividiéndole
un hombro. Túvose, pues, por tan perdido, que, cuando Pompeyo,
por excesiva prudencia o por fortuna suya, no concluyó
aquella grande obra, sino que se retiró, contento con haber
perseguido a los enemigos hasta su campamento, al volver a él
César dijo a sus amigos: Hoy la victoria era de los
contrarios si hubieran tenido quien supiera vencer. Entró
en su tienda, y cerrado en ella, pasó la noche en la mayor
aflicción, no sabiendo qué hacerse y culpando su
desacierto, pues que, cayendo cerca una región mediterránea
y ciudades bien surtidas en la Macedonia y Tesalia, había
omitido llevar allá la guerra y se había situado
allí a la orilla del mar, cuando los enemigos eran poderosos
en él, sitiado más bien por el hambre que sitiando
a aquellos con sus armas. Afligido y angustiado de esta manera
por lo triste y apurado de su situación, levantó
el campo con ánimo de marchar a la Macedonia contra Escipión,
porque o atraería a Pompeyo donde tuviese que pelear sin
estar tan provisto por el mar de víveres, o acabaría
con Escipión si le dejaba solo.
XL. Engriéronse con esto el ejército de Pompeyo
y sus caudillos para instar sobre que se acometiese a César,
como vencido ya y fugitivo; pero el mismo Pompeyo se iba con mucho
tiento en arriesgarse a una batalla en que se aventuraba tanto,
y, hallándose perfectamente prevenido todo para largo tiempo,
se proponía quebrantar y amansar el hervor de los enemigos,
que no podía ser duradero; porque los que componían
la principal fuerza de César tenían, sí,
disciplina y un ardor invencible para los combates; pero para
las marchas para acampar, para asaltar murallas y pasar malas
noches les faltaba el vigor a causa de la edad, y teniendo ya
el cuerpo pesado para las fatigas, la debilidad disminuía
el arrojo. Decíase además que en el ejército
de César se padecía entonces cierta, enfermedad
contagiosa nacida de la mala calidad de los alimentos: siendo
lo más esencial todavía que, no estando sobrado
en cuanto a fondos ni abundante en provisiones, parecía
que dentro de muy breve tiempo había de disolverse por
sí mismo.
XLI. Con Pompeyo, que por estas razones rehusaba dar una batalla,
solamente convenía Catón, por el deseo de excusar
la sangre de los ciudadanos, pues habiendo visto los enemigos
que habían muerto en la batalla anterior, que serían
unos mil, se retiró de allí cubriéndose el
rostro y derramando lágrimas; todos los demás, en
cambio, Insultaban a Pompeyo porque evitaba el combate, y trataban
de precipitarle llamándole Agamenón y rey de reyes
y dándole a entender que no quería dejar la monarquía,
hallándose muy contento con que le acompañaran tantos
y tales caudillos y frecuentaran su tienda. Favonio, queriendo
contrahacer la virtuosa libertad de Catón, repetía
neciamente este dicharacho: ¿Conque no podremos este
año saborearnos con los hijos de Tusculano por la monarquía
de Pompeyo? Y Afranio, que hacía poco había
llegado de España, donde se portó mal, diciéndose
que, sobornado con dinero, había hecho entrega del ejército,
le preguntó por qué no combatía con aquel
mercader que le había comprado las provincias. Importunado
Pompeyo con tales improperios, movió por fin, contra su
voluntad, para dar batalla, siguiendo el alcance a César.
Hizo éste con gran dificultad y trabajo todo lo demás
de su marcha, pues no sólo no encontraba quien le suministrara
provisiones, sino que era despreciado de todos por la derrota
que poco antes había sufrido; pero luego que tomó
a Gonfos, ciudad de Tesalia, además de tener con qué
mantener sobradamente su ejército, le libertó del
contagio por un modo bien extraño, y fue que encontraron
abundancia de vino, y bebiendo largamente, así en comilonas
como en las marchas, con la embriaguez domaron y ahuyentaron la
enfermedad, mudando la disposición de los cuerpos.
XLII. Luego que llegaron ambos a Farsalia y se acamparon a corta
distancia, Pompeyo volvió a adoptar su antiguo propósito,
y más que tuvo apariciones infaustas y una visión
entre sueños, pareciéndole en ésta que se
veía en el teatro, aplaudido por los Romanos; pero los
que tenía consigo estaban tan confiados y habían
concebido tales esperanzas del vencimiento, que sobre el pontificado
máximo de César lle- garon a altercar Domicio, Espínter
y Escipión, disputando entre sí, y muchos enviaron
a Roma personas que alquilaran y se anticiparan a tomar las casas
proporcionadas para cónsules y pretores, dando por supuesto
que al instante obtendrían estas dignidades acabada la
guerra. De todos, los que más instaban por la batalla eran
los de caballería, llenos de vanidad con la belleza de
sus armas, con sus bien mantenidos caballos, con la gallardía
de sus personas y aun con la superioridad del número, pues
eran siete mil hombres, contra mil que tenía César.
En la infantería tampoco había igualdad, porque
cuarenta y cinco mil habían de entrar en lid contra veintidós
mil.
XLIII. Reunió César sus soldados, y diciéndoles
que dos legiones que le traía Cornificio estaban ya cerca
y otras quince cohortes se hallaban acuarteladas con Cale |