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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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LICURGO
I. Nada absolutamente puede decirse que no esté
sujeto a dudas acerca del legislador Licurgo, de cuyo linaje,
peregrinación y muerte, y sobre todo de cuyas leyes y gobiernos,
en cuanto a su establecimiento, se hacen relaciones muy diversas,
siendo el tiempo en que vivió aquello en que menos se conviene.
Algunos dicen que floreció contemporáneamente a
Ífito, y que con él estableció la tregua
olímpica, de cuyo número es el filósofo Aristóteles,
que produce como testigo un disco que se guarda en Olimpia, en
el que todavía se mantiene escrito el nombre de Licurgo.
Los que han dado la cronología y sucesión de los
reyes de Esparta, como Eratóstenes y Apolodoro, lo hacen
no pocos años anterior a la primera Olimpíada. Timeo
sospecha que hubo en Esparta en diversos tiempos dos Licurgos,
y los sucesos de ambos por la excelencia se confundieron en uno,
habiendo casi alcanzado el más antiguo los tiempos de Homero,
y aun algunos dicen que llegó a ver a este poeta. También
Jenofonte da a entender su antigüedad, diciendo que vivió
cuando los Heraclidas; porque aunque en linaje fueron Heraclidas
aún los últimos reyes de Esparta, en esto quiere
significar que llama Heraclidas a los primeros de aquellos, inmediatos
a Heracles. Mas en medio de esta confusión de la historia,
para escribir la vida de este legislador, procuraremos seguir,
entre las diferentes relaciones, las que envuelvan menos contradicción
o estén apoyadas en la fe de más acreditados testigos.
Aun el poeta Simónides no tiene por padre de Licurgo a
Éunomo, sino a Prítanis; pero casi todos forman
así la genealogía de Éunomo y Licurgo: que
de Patrocles el de Aristodemo fue hijo Soo; de Soo, Euritión;
de éste, Prítanis; de éste, Éunomo,
y de Éunomo y su primera mujer, Polidectes, y después
más joven Licurgo, de Dianasa, como lo escribió
también Dieutíquidas, haciéndole sexto en
orden desde Patrocles, y undécimo desde Heracles.
II. Entre sus ascendientes se señaló mucho Soo,
porque en su reinado hicieron los Espartanos sus esclavos a los
Hilotas y adquirieron gran extensión de terreno, quitándoles
a los Árcades. Cuéntase también de este Soo
que, hallándose sitiado por los Clitorios en un paraje
áspero y falto de agua, convino en que les dejaría
el terreno que por armas les había tomado si bebían
de una fuente cercana él y cuantos con él estaban.
Acordado así, y sellado con el recíproco juramento,
al encaminarse a la fuente con los suyos ofreció el reino
al que no bebiese; pero nadie pudo contenerse, y bebieron todos;
entonces, bajando él el último, no hizo más
que rociarse con el agua a presencia de los enemigos, y se marchó,
reteniendo el terreno, porque no habían bebido todos. Mas
aunque por estos sucesos logró mucha estimación,
no fue de él, sino de su hijo, de quien los reyes de su
raza se llamaron Euritiónidas; porque parece haber sido
Euritión el primero que reformó en la autoridad
real lo que tenía de demasiado absoluta, comunicando el
poder y congraciándose con la muchedumbre; y de esta reforma,
insolentándose de una parte el pueblo, y de otra haciéndose
los reyes odiosos si querían usar de la fuerza, o poco
respetables si cedían por condescendencia y debilidad,
sucedió que por mucho tiempo cayó Esparta en anarquía
y desorden: y éste fue el que quitó la vida al padre
de Licurgo que ya reinaba; porque metiendo paz en cierta riña,
fue herido con un cuchillo ordinario, y murió, dejando
el reino a su hijo mayor, Polidectes.
III. Muerto éste de allí a muy breve tiempo, todos
creían que le correspondía reinar a Licurgo, y entró
a reinar hasta que se supo que la mujer del hermano estaba encinta.
Cuando esto se divulgó, anunció que el reino pertenecía
al niño, si fuese varón, y declaró que él
reinaba como tutor. Llaman los Lacedemonios a los tutores de los
reyes pródicos. Sucedió que la cuñada le
envió ocultamente mensajes, e hizo proponerle que quería
deshacerse del preñado, con tal que, casándose con
él, reinasen en Esparta. Horrorizóse del intento,
pero no lo contradijo; antes fingiendo que lo aprobaba y tenía
a bien, le dijo que no era menester que ella se estropeara el
cuerpo, o se pusiese en peligro apretándose o tomando hierbas,
sino que a su cuenta quedaría deshacerse de él después
de nacido. Entreteniéndola de este modo hasta el parto,
cuando entendió que era llegada la hora de éste,
envió personas que la observasen y estuviesen con cuidado
en los dolores, con orden de que si lo que paría era hembra,
se entregase al punto a las mujeres; pero si fuese varón,
se lo llevaran, estuviera en la ocupación que estuviese.
Estando, pues, él comiendo con los magistrados, dio aquella
a luz un varón, y vinieron los ministros trayéndole
el niño; tomóle en los brazos, y se cuenta que dijo
a los circunstantes: Os ha nacido un rey, oh Espartanos;
y que después le colocó en el trono real, dándole
el nombre de Carilao, porque todos se mostraban muy alegres, ensalzando
su prudencia y su justicia. Vino a reinar en todo unos ocho meses.
Era, por otra parte, muy bien visto de los ciudadanos; y en mucho
mayor número que los que le obedecían como a tutor
del rey y depositario del mando, eran los que se le aficionaban
por su virtud y se mostraban prontos a cuanto les mandase. Había,
no obstante, quien le tenía envidia, y quien procuraba
oponerse a sus aumentos viéndole todavía joven,
principalmente los parientes y familiares de la madre del rey,
la cual se miraba como agraviada; y el hermano de ésta,
Leónidas, zahiriendo en una ocasión a Licurgo con
demasiada osadía, se dejó decir que ya sabía
que él había de reinar, haciendo nacer sospecha,
y sembrando contra Licurgo la calumnia, si al rey le sucedía
algo, de que había atentado contra él. Otras expresiones
como ésta le llegaban también de la cuñada:
por tanto, incomodado con ellas, y temeroso por lo que podía
ocultársele, resolvió evitar con su ausencia toda
sospecha, y andar peregrinando, hasta que el sobrino, hecho ya
grande, hubiese dado sucesor al reino.
IV. Embarcándose con esta determinación, se dirigió
en primer lugar a Creta, donde se dio a examinar el gobierno que
allí regía; y acercándose a los que tenían
mayor concepto, admiró y tomó varias de sus leyes
para trasladarlas y usar de ellas restituido a su casa; pero también
hubo algunas que no le parecieron bien. Con amistad y agasajo
inclinó a que pasase a Esparta a uno de los que gozaban
mayor opinión de sabios y políticos, llamado Tales;
en la apariencia, como poeta lírico, de que tenía
fama, y para hacer ostentación de este dote; pero, en realidad,
con el objeto de que hiciese lo que los grandes legisladores:
porque sus canciones eran discursos que por medio de la armonía
y el número movían a la docilidad y concordia, siendo
de suyo graciosos y conciliadores. Así los que lo oían
se dulcificaban sin sentir en sus costumbres, y por el deseo de
lo honesto eran como atraídos a la unión, del encono
que era entonces como endémico de unos contra otros; y
parecía en cierta manera que aquel preparaba el camino
a Licurgo para la educación. De Creta se trasladó
Licurgo al Asia, queriendo, según se dice, comparar con
el régimen cretense, que era moderado y austero, la profusión
y delicias de los Jonios, como los médicos con los cuerpos
sanos, los abotagados y enfermizos, para comprender mejor la diferencia
de sus modos de vivir y de sus gobiernos. Descubriendo allí
primero, según parece, los poemas de Homero guardados por
los descendientes de Creofilo, y admirando en ellos entre los
episodios que parece fomentan el deleite y la intemperancia, mezclada
con gran artificio y cuidado mucha política y doctrina,
los copió con ansia, y los recogió para traerlos
consigo; pues aunque había entre los Griegos cierta fama
oscura de estos poemas, eran pocos los que tenían de ellos
algún trozo dislocado, como los había proporcionado
el acaso; y Licurgo fue el primero que principalmente los dio
a conocer. Los Egipcios creen que también los visitó
Licurgo, y que admirado de la separación que ellos más
que otros pueblos hacían de la clase de los guerreros,
la trasladó a Esparta, y confinando a los artesanos y operarios,
formó un pueblo verdaderamente urbano y brillante; y en
esto aun hay algunos escritores griegos que convienen con los
egipcios; pero que hubiese pasado también Licurgo a la
Libia y a la Iberia, y que habiendo corrido la India hubiese tratado
con los Gimnosofistas, fuera del Espartano Aristócrates
el de Hiparco, no sabemos que lo haya dicho otro alguno.
V. Los Lacedemonios echaban mucho de menos a Licurgo en su ausencia,
y diferentes veces le enviaron a llamar; porque en los reyes no
advertían que se diferenciasen en otra cosa del vulgo que
en el nombre y los honores, y en aquel se descubría un
ánimo superior, y cierto poder que atraía las voluntades.
Aun a los reyes no era repugnante su vuelta, sino que más
bien esperaban que, hallándose presente, la muchedumbre
se contendría en su insolencia. Volviendo, pues, cuando
los ánimos estaban así dispuestos, inmediatamente
concibe el designio de causar un trastorno, y mudar el gobierno:
como que de nada sirve ni a nada conduce una alteración
parcial en las leyes, sino que es menester hacer lo que los médicos
con los cuerpos enfermos y agobiados con diferentes males, que
exprimiendo y evacuando los malos humores con purgas y otros medicamentos
les hacen comenzar otro género de vida. Con estos pensamientos,
lo primero que hizo fue dirigirse a Delfos; y habiendo consultado
al dios y héchole sacrificio, volvió con aquel tan
celebrado oráculo en el que la Pitia le llamó caro
a los Dioses, y dios más bien que hombre, y le anunció
que, consultado sobre buenas leyes, el dios le daba e inspiraba
un gobierno que se había de aventajar a todos. Alentado
con esto, reunió a los principales, y los exhortó
a que con él tomasen parte en las novedades: bien que antes
reservadamente había tratado con sus amigos, y después
se había acercado también a la muchedumbre, inclinándolos
a su plan. Cuando llegó el momento, encargó a treinta
de los próceres que de madrugada se presentaran armados
en la plaza, para consternar e intimidar a los que pudieran oponerse;
y de éstos Hermipo enumeró hasta veinte, los más
distinguidos; pero el que más parte tuvo y más ayudó
a Licurgo en el establecimiento de sus leyes se llamaba Artmíadas.
Como se hubiese movido algún alboroto, el rey Carilao tuvo
miedo, porque decía que de todo se le haría autor,
y se refugió al templo Calcieco; pero después, a
fuerza de persuasiones y asegurado con juramentos, se alentó,
y volvió a tomar parte en lo que se hacía; porque
era de ánimo apocado, tanto, que se cuenta que Arquelao,
que reinaba con él, a los que en cierta ocasión
le celebraban, les dijo: ¿Cómo no ha de ser
buen hombre Carilao, cuando ni siquiera para los malvados es áspero?
Entre las muchas innovaciones hechas por Licurgo, la principal
fue la creación del Senado, del que dice Platón
que, unido a la autoridad real para templarla, e igualado con
ella en las resoluciones, sirvió para los grandes negocios
de salud y de freno; porque estando como en el aire el poder,
e inclinándose, ora por parte de los reyes a la tiranía,
y ora por parte de la muchedumbre a la democracia, equilibrado
y contrapesado con la autoridad de los ancianos, que era a modo
de un común presidio, tuvo ya más seguro orden y
consistencia, adhiriéndose los veintiocho ancianos a los
reyes, siempre que había que contrarrestar a la democracia,
y dando vigor al pueblo para evitar la tiranía. Y dice
Aristóteles que se establecieron en este número
porque, siendo treinta los primeros que se asociaron a Licurgo,
dos por miedo abandonaron el puesto; pero Esfeiro dice que desde
el principio fueron en este número los elegidos para dar
dictamen, acaso por la calidad del número siete multiplicado
por cuatro, y porque, igual en sus partes, después del
seis es perfecto; pero a mí me parece que la más
cierta causa de haberse nombrado los ancianos en este número
fue para que fuesen treinta entre todos, contándose con
los veintiocho los dos reyes.
VI. Tomó Licurgo con tanto cuidado este primer paso, que
trajo de Delfos un vaticinio, a que se da el nombre de Retra y
es de este tenor: Edificando templo a Zeus Silanio y a Atenea
Silania, conviene que tribuyendo tribus, fraternizando fratrias,
y creando un Senado de treinta con los Arqueguetas, tengan éstos
el derecho de congregar según los tiempos a los padres
de familias entre Babica y Cnaquión, de tratar con ellos,
y de disolver la junta. En este vaticinio tribuir tribus,
y fraternizar fratrias, es dividir y repartir el pueblo en secciones,
de las cuales a las unas se les llamó tribus, y a las otras
fratrias. Arqueguetas se decían los reyes, y congregar
era reunir en junta pública; porque quiso que se refiriese
a Apolo el principio y la causa del gobierno. Babica y Cnaquión
llaman ahora al río Enunte; aunque Aristóteles dice
ser Cnaquión el río, y Babica el puente. En el espacio
que mediaba, se tenían las juntas públicas, sin
que hubiese pórticos ni otro ningún aparato; creyendo
que nada contribuían, sino que más bien dañaban
estas cosas para el acierto, porque excitan en los ánimos
de los concurrentes ideas fútiles y vanas, cuando fijan
la vista en las estatuas, en las pinturas, en los balcones teatrales,
y en los techos muy artificiosamente labrados. Congregada la muchedumbre,
a ninguno de ella se le permitía hablar de otros asuntos,
y sólo era dueño el pueblo de decir sobre el dictamen
propuesto por los ancianos y los reyes; pero fue más adelante
cuando alterando los de la muchedumbre, y violentando las propuestas
con añadir o quitar, los reyes Polidoro y Teopompo añadieron
esto a la Retra: Mas si el pueblo no fuese por lo recto,
permítese a los provectos y a los Arqueguetas el no aprobarlo,
sino separar y desunir al pueblo, como que trastornan y contrahacen
la propuesta fuera de lo conveniente. Y éstos persuadieron
también a la ciudad que el dios lo había ordenado;
como de ello hace mención Tirteo en estos versos: ¡Oyeron
con su oído, nos trajeron este oráculo y versos
infalibles, que predijera por la Pitia Febo: Tengan el mando
los sagrados Reyes, que son tutores de la amable Esparta, y los
graves ancianos, luego el pueblo, y se confirmarán las
rectas leyes.
VII. Sin embargo de haber templado así Licurgo su gobierno,
viendo todavía sus sucesores una oligarquía inmoderada
y demasiado fuerte, o, según la expresión de Platón,
hinchada y ambiciosa, la contuvieron como con un freno con la
autoridad de los Éforos unos ciento y treinta años
después de Licurgo, habiendo sido el primero que fue nombrado
Éforo Élato, en tiempo del rey Teopompo; de quien
se cuenta que, motejado por su mujer de que dejaba a sus hijos
menor autoridad de la que había recibido le respondió:
Antes mayor cuanto más duradera; porque, en
realidad, con perder lo que en ella había de exceso, se
libró de peligro; tanto, que no le sobrevinieron los males
que los Mesenios y Argivos causaron a sus reyes, por no haber
querido éstos ceder o relajar en favor del pueblo ni un
punto de su autoridad: lo que hizo del todo patente la sabiduría
y previsión de Licurgo a los que pusieron la vista, en
las sediciones y desastrados gobiernos de los Mesenios y Argivos,
pueblos vecinos suyos, y enlazados en parentesco, como lo eran
sus reyes; pues habiendo sido al principio iguales, y aun, al
parecer, mejor librados en el repartimiento, con todo les duró
el bienestar muy poco tiempo, trastornada su constitución,
de parte de los reyes por su altanería, y de parte de los
pueblos por su inobediencia; manifestándose de este modo
que fue una felicidad casi divina para Esparta haber tenido quien
así concertase y templase su gobierno, pero esto fue más
adelante.
VIII. La segunda y más osada ordenación de Licurgo
fue el repartimiento del terreno; porque siendo terrible la desigualdad
y diferencia, por la cual muchos pobres necesitados sobrecargaban
la ciudad, y la riqueza se acumulaba en muy pocos, se propuso
desterrar la insolencia, la envidia, la corrupción, el
regalo, y principalmente los dos mayores y más antiguos
males que todos éstos: la riqueza y la pobreza; para lo
que les persuadió que, presentando el país todo
como vacío, se repartiese de nuevo, y todos viviesen entre
sí uniformes e igualmente arraigados, dando el prez de
preferencia a sola la virtud, como que de uno a otro no hay más
diferencia o desigualdad que la que induce la justa reprensión
de lo torpe y la alabanza de lo honesto; y diciendo y haciendo,
distribuyó a los del campo el terreno de Laconia en treinta
mil suertes, y el que caía hacia la ciudad de Esparta en
nueve mil, porque éstas fueron las suertes de los Espartanos.
Algunos dicen que Licurgo no hizo más que seis mil suertes,
y que después Polidoro, rey, añadió otras
tres mil; y otros, que éste hizo la mitad de las nueve
mil, y la otra mitad las había hecho Licurgo. La suerte
de cada uno era la que se juzgó podría producir
una renta, que era por el hombre setenta fanegas de cebada, y
doce por la mujer, y una cantidad de frutos líquidos proporcionada;
porque creyeron que ésta era comida suficiente para que
estuviesen sanos y fuertes, sin que ninguna otra cosa les hiciese
falta. Refiérese que mucho más adelante, volviendo
él mismo de un viaje al país, en tiempo que acababa
de hacerse la siega, al ver las parvas emparejadas e iguales,
sonriéndose, había dicho a los que allí se
hallaban: Toda la Laconia parece que es de unos hermanos
que acaban de hacer sus particiones.
IX. Intentaba repartir también los muebles para hacer
desaparecer toda desigualdad y diversidad; pero cuando vio que
así a las claras era mal recibida esta reforma, tomó
otro camino y trajo a orden el lujo en estas cosas. Y en primer
lugar, anulando toda la moneda antigua de oro y plata, ordenó
que no se usase otra que de hierro, y a ésta en mucho peso
y volumen le dio poco valor: de manera que para la suma de diez
minas se necesitaba de un cofre grande en casa, y de una yunta
para transportarla. Y con sola esta mudanza se libertó
Lacedemonia de muchas especies de crímenes; porque ¿quién
había de hurtar o dar en soborno, o trampear, o quitar
de las manos una cosa que ni podía ocultarse, ni excitaba
la codicia, ni había utilidad en deshacerla? Porque apagando,
según se dice, en vinagre el hierro acerado hecho ascua,
lo dejó endeble y de mal trabajar. Desterró además
con esto las artes inútiles y de lujo, pues sin echarlas
nadie de la ciudad, debieron decaer con la nueva moneda, no teniendo
las obras despacho; por cuanto una moneda de hierro, que era objeto
de burla, no tenía ningún atractivo para los demás
griegos, ni estimación alguna; así, ni se podían
comprar con ella efectos extranjeros de ningún precio,
ni entraba en los puertos nave de comercio, ni se acercaba a la
Laconia o sofista palabrero, o saludador y embelecador, u hombre
de mal tráfico con mujeres, o artífice de oro y
plata, no habiendo dinero: de esta manera, privado el lujo de
su incentivo o pábulo, por sí mismo se desvaneció;
y a los que tenían más que los otros de nada les
servía, no habiendo camino por donde se mostrase su abundancia,
que tenía que estar encerrada y ociosa. Pero para eso las
cosas manuales y necesarias, como los lechos, las sillas, las
mesas, se trabajaban entre ellos con primor; y el jarro laconio
era el preferido por la tropa, según dice Critias: porque
con su color cubría a la vista en el agua y demás
cosas necesarias lo que podía hacerlas de mal beber; y
pegándose y adhiriéndose a los bordes por dentro
la tierra, si alguna tenía, quedaba con esto limpia la
bebida. También esto debe atribuirse al legislador, porque,
desterrados los artífices de cosas inútiles, en
las necesarias mostraban su habilidad.
X. Queriendo perseguir todavía más el lujo y extirpar
el ansia por la riqueza, añadió otro tercer establecimiento,
que fue el arreglo de los banquetes, haciendo que todos se reuniesen
a comer juntos los manjares y guisos señalados, y nada
comiesen en casa, ni tuviesen paños y mesas de gran precio,
o pendiesen de cortantes y cocineros, engordando en tinieblas,
como los animales insaciables, y echando a perder, con la costumbre,
los cuerpos, incitados a inmoderados deseos y a la hartura, con
necesidad de sueños largos, de baños calientes,
de mucho reposo, y de estar como en continua enfermedad. Cosa
era ésta admirada; pero más admirable todavía
haber hecho indiferente y pobre la riqueza, como dice Teofrasto,
con los banquetes comunes y con la sobriedad en la comida; porque
ni tenía uso, ni empleo, ni vista u ostentación
un magnífico menaje, concurriendo al mismo banquete el
pobre que el rico; siendo ciertísimo aquel dicho vulgar,
que de cuantas ciudades hay debajo del sol, sólo en Esparta
se conserva Pluto ciego, y como una pintura se está quieto
sin alma y sin movimiento. Ni comiendo en su casa les era dado
ir después hartos a la mesa común, porque los demás
observaban con cuidado al que no comía o bebía con
ellos, y le tachaban de glotón y delicado, que desdeñaba
el público banquete.
XI. Por lo mismo, se dice haber sido ésta la institución
que mayor oposición encontró en los ricos, los cuales,
sublevados contra él, gritando, se reunieron en gran número,
y, por fin, le acometieron a pedradas, hasta obligarle a retirarse
de la plaza corriendo. Y de los demás pudo escaparse y
refugiarse al templo; pero un joven, demasiado pronto e iracundo,
aunque de buena índole en lo demás, llamado Alcandro,
le acosaba y perseguía, y al volverse hacia él,
éste le hirió con una vara que llevaba, y le sacó
un ojo. No se alteró Licurgo con tanto daño como
había recibido, sólo se paró de frente, y
mostró a los ciudadanos el rostro bañado en sangre,
y saltado el ojo; entonces fue suma la vergüenza y sentimiento
que los ocupó a todos, tanto, que pusieron en su poder
a Alcandro, y le fueron acompañando hasta su casa, dándole
muestras de su disgusto. Licurgo a los demás los despidió,
alabando su porte; y en cuanto a Alcandro, mandándole entrar
en casa, no hizo ni dijo contra él cosa que le ofendiese;
solamente, diciendo a sus comensales y criados que se retirasen,
le mandó que le sirviese. Alcandro, que era de buena disposición,
hacía callando lo que se le ordenaba; y permaneciendo al
lado de Licurgo, siguiendo su método de vida, pudo hacerse
cargo de la dulzura de su carácter, de los afectos de su
ánimo, de su arreglado porte, y de su dureza para el trabajo;
con lo que le miro ya como debía, y dijo a sus camaradas
y amigos que Licurgo no sólo no era ni áspero ni
orgulloso, sino que él sólo era suave y afable para
todos. Éste fue el castigo y pena que recibió: de
ser un joven inquieto y altanero, quedar hecho un hombre bien
educado y prudente. Licurgo, como monumento de su herida, edificó
el templo de Atenea, a la que apellidó Optiletis, porque
en el dialecto dórico a los ojos se les llama óptilos.
Algunos, y entre ellos Dioscórides, que escribió
un tratado sobre el gobierno de Lacedemonia, dicen que Licurgo
fue sí herido, pero no perdió el ojo, y que edificó
el templo en reconocimiento de la curación. De resulta
de aquel desgraciado suceso, dejaron los Lacedemonios el uso de
ir con bastón a las juntas públicas.
XII. Llamaban los Cretenses a los banquetes públicos andria,
y los Lacedemonios, fidicia o porque eran oficinas de amistad
y concordia, poniéndose la d en lugar de la l, o porque
acostumbraban a la moderación y al ahorro. Tampoco hay
inconveniente en que se hubiese arrimado por abuso la primera
letra, como algunos quieren, habiéndose llamado edicia,
de la comida. Reúnense de quince en quince, y apenas más
o menos: pone cada uno de los concurrentes al mes una fanega de
harina, ocho coas de vino, cinco minas de queso, dos minas y media
de higos, y además, para comprar carne, muy poca cosa en
dinero. Fuera de esto, los que sacrificaban primicias, o habían
estado de caza, enviaban al banquete alguna parte; porque el que
sacrificaba o estaba de caza, si se le hacía tarde, podía
quedarse a comer en casa; los demás debían concurrir,
y así, se guardó escrupulosamente por mucho tiempo;
pues cuando el rey Agis volvió del ejército, después
de haber vencido a los atenienses, quiso comer con su mujer, y
habiendo enviado a pedir sus raciones, no vinieron en mandárselas
los polemarcos; y porque de enfado al día siguiente no
hizo el sacrificio a que era obligado, le multaron. A estos banquetes
asistían también los muchachos, llevados a ellos
como a escuelas de templanza, donde oían conversaciones
políticas, y bajo la enseñanza de preceptores libres,
se acostumbraban a chancearse, a usar de burlas sin chocarrería,
y a sufrirlas, si se chanceaban con ellos; porque se tiene por
muy propio de Lacedemonios saber sufrir las chanzas, y el que
no las llevaba tenía que declararse ofendido, cesando entonces
el que se chanceaba. A cada uno le decía al entrar el más
anciano, mostrándole las puertas: Fuera de éstas
no ha de salir palabra. Dicen que el recibimiento del que
quería ser admitido a un banquete se hacía de este
modo: tomaba en la mano cada uno de los de aquel banquete un trozo
de masa, y al pasar el sirviente, que llevaba en la cabeza una
vasija, lo echaba en ella como se echan los votos, el que admitía
llanamente; pero el que repugnaba, apretándolo bien en
la mano; haciendo aquí el mismo efecto el estar aplastado,
que en los votos el estar agujereado; y con sólo encontrarse
uno así, no lo admitían, porque querían que
la reunión fuese con placer de todos. Al ser así
desechado le decía xde se recogen los trozos de masa. De
todos sus guisos el más recomendado es el caldo negro,
y los ancianos no echan menos la carne, sino que la dejan para
los jóvenes, contentándose por toda comida con aquel
caldo. Refiérese de uno de los reyes del Ponto, que precisamente
por el tal caldo compró un cocinero de Lacedemonia; y que
habiéndolo gustado, se indignó contra éste,
el cual le dijo: ¡Oh, señor, para que guste
este caldo es menester bañarse en el Eurotas! Después
de haber bebido moderadamente se retiran sin farol, porque ni
del banquete ni de otra parte es permitido ir con luz, para que
se acostumbren a andar de noche resueltamente sin miedo. Y éste
es el orden de los banquetes públicos.
XIII. No dio Licurgo leyes escritas, y artes era ésta
una de las llamadas retras; porque creía que lo más
esencial y poderoso para la felicidad de la ciudad y para la virtud
estaba cimentado en las costumbres y aficiones de los ciudadanos,
con lo que permanecía inmoble, teniendo un vínculo
más fuerte todavía que el de la necesidad, en el
propósito firme y seguro del ánimo y en la disposición
que produce en los jóvenes para cada cosa la educación
preparada por el legislador. Para los tratos de poca entidad y
de intereses, que según los casos ocurren ya de un modo
o ya de otro, creyó ser lo mejor no circunscribirlos con
la necesidad que inducen la escritura y los usos invariables,
sino dejarlos para que los así educados juzguen de ellos
según las circunstancias, que añaden o quitan; porque
todo el negocio de la legislación lo hizo consistir en
la crianza o educación. Era, pues, una de las retras, como
se ha dicho, no usar de leyes escritas. Otra contra el lujo era
la de que toda casa tuviera la armazón del tejado labrada
de hacha, y las puertas de sola la sierra, sin otro instrumento;
pues lo que después dijo Epaminondas de su mesa, este
convite no admite traición, esto mismo lo había
pensado antes Licurgo: esta casa no consiente profusión
y lujo. Nadie a la verdad sería tan simple y menguado
que en una casa pobre y popular fuese a poner o lechos con pies
de plata, o alfombras brillantes, o vajilla de oro, u otra cosa
de lujo consiguiente a éstas, sino que era preciso que
a la casa correspondiese el lecho, a éste los paños,
y a los paños todo el demás menaje y prevenciones.
De este modo de vivir nació el que Leotíquidas el
mayor, comiendo en Corinto, como viese que la armazón del
techo de la casa era muy preciosa y artesonada, hubiera preguntado
al huésped si entre ellos nacían escuadreados los
maderos. Otra tercera retra refiérese de Licurgo, que era
la que prohibía hacer guerra a los mismos enemigos, para
que no se hagan guerreros con la costumbre de defenderse muchas
veces; y esto fue de lo que tiempo adelante acusaron principalmente
al rey Agesilao, porque con sus repetidas y multiplicadas incursiones
y guerras en la Beocia había hecho contrarios dignos de
los Lacedemonios a los Tebanos; y por lo mismo, viéndole
herido Antálcidas, le dijo: Éste es el premio
con que los Tebanos te pagan su aprendizaje, pues no sabiendo
ni queriendo pelear, tú se lo has enseñado.
A estos establecimientos les dio Licurgo el nombre de retras,
como decretados por los Dioses y como sus oráculos.
XIV. Como tenía por la mayor y más preciosa función
del legislador el cuidado de la educación, tomándola
de lejos, atendía como uno de los primeros objetos al matrimonio
y a la procreación de los hijos; pues que no se dio luego
por vencido en la empresa de hacer contenidas a las mujeres, como
quiere Aristóteles, por no poder remediar la relajación
e imperio de aquellas, a causa de que estando los hombres continuamente
en el ejército tenían que dejarlas dueñas
de todo, y que contemplarlas por lo mismo y llamarlas señoras;
sino que también hizo en este punto lo que pudo. Ejercitó
los cuerpos de las doncellas en correr, luchar, arrojar el disco
y tirar con el arco, para que el arraigo de los hijos, tomando
principio en unos cuerpos robustos, brotase con más fuerza;
y llevando ellas los partos con vigor, estuviesen dispuestas para
aguantar alegre y fácilmente los dolores. Removiendo, por
otra parte, el regalo, el estarse a la sombra y toda delicadeza
femenil, acostumbró a las doncellas a presentarse desnudas
igualmente que los mancebos en sus reuniones, y a bailar así
y cantar en ciertos sacrificios en presencia y a la vista de éstos.
En ocasiones, usando ellas también de chanzas, los reprendían
útilmente si en algo habían errado; y a las veces
también, dirigiendo con cantares al efecto dispuestos alabanzas
a los que las merecían, engendraban en los jóvenes
una ambición y emulación laudables: porque el que
había sido celebrado de valiente, viéndose señalado
entre las doncellas, se engreía con los elogios; y las
reprensiones, envueltas en el juego y la chanza, no eran de menos
fuerza que los más estudiados documentos, mayormente porque
a estos actos concurrían con los demás padres de
familia los reyes y los ancianos. Y en esta desnudez de las doncellas
nada había de deshonesto, porque la acompañaba el
pudor y estaba lejos toda lascivia, y lo que producía era
una costumbre sin inconveniente, y el deseo de tener buen cuerpo;
tomando con lo femenil cierto gusto de un orgullo ingenuo, viendo
que se las admitía a la parte en la virtud y en el deseo
de gloria: así, a ellas era a quienes estaba bien el hablar
y pensar como de Gorgo, mujer de Leónidas, se refiere,
porque diciéndole, a lo que parece, una forastera: ¿Cómo
vosotras solas las Espartanas domináis a los hombres?
También nosotras solas- le respondió- parimos
hombres.
XV. Estas mismas cosas preparaban los casamientos: hablo de las
reuniones de las doncellas, del presentarse desnudas y de sus
combates en presencia de los jóvenes, que eran atraídos
por una necesidad no geométrica, sino amorosa, como dice
Platón. Tachó Licurgo además a los célibes
con cierta infamia: porque eran desechados del espectáculo
de las doncellas en sus pompas; y en el invierno les hacían
los presidentes dar desnudos una vuelta por la plaza; y los que
por allí pasaban les cantaban cierto cantar, en el que
se decía que les estaba bien empleado por no obedecer a
las leyes. Eran asimismo privados de los honores que los jóvenes
tributaban a los ancianos: así, nadie reprendió
lo que contra Dercílidas se dijo, sin embargo de ser un
acreditado general; y fue que entrando él, uno de los jóvenes
no le cedió el asiento, diciéndole: Porque
tú no dejas un hijo que me lo ceda a mí. El
casamiento era un rapto, no de doncellitas tiernas e inmaduras,
sino grandes ya y núbiles. La que había sido robada
era puesta en poder de la madrina, que le cortaba el cabello a
raíz, y vistiéndola con ropa y zapatos de hombre,
la recostaba sobre un mullido de ramas, sola y sin luz; el novio
entonces, no embriagado ni trastornado, sino sobrio, como que
venía de comer en el banquete público, se le acercaba,
le desataba el ceñidor y se ayuntaba a ella, poniéndola
sobre el lecho. Deteniéndose allí por poco tiempo,
se retiraba tranquilamente adonde antes acostumbraba a dormir
con los demás jóvenes; y en adelante hacía
lo mismo, pasando el día con sus iguales, reposando con
ellos, y no yendo en busca de la novia sino con mucha precaución,
de vergüenza y de miedo de que lo sintiese alguno de los
de adentro, en lo que le auxiliaba la novia, disponiendo y proporcionando
que se reuniesen en oportunidad y sin ser notados de nadie; y
esto solían ejecutarlo no por poco tiempo, sino que algunos
tenían ya hijos antes de haber visto a sus mujeres a la
luz del día. Este modo de comunicación no sólo
era un ejercicio de continencia y moderación, sino que
aun en los cuerpos los hacía de más poder, y en
el amor como nuevos y recientes, no retirándose fastidiados
o indiferentes como de un trato indecente, sino quedando siempre
en uno y otro reliquias de deseo y de complacencia. Y sin embargo
de haber conciliado a los casamientos tanto pudor y decencia,
no por eso dejó de desterrar los celos necios y mujeriles;
porque lo que hizo fue remover del matrimonio la afrenta y todo
desorden, dejando en comunión de los hijos y su procreación
a todos los que lo merecían, y mirando con desdén
a los que trataban de hacer estas cosas exclusivas e incomunicables
a costa de muertes y de guerras; porque el marido anciano de una
mujer moza, si había algún joven gracioso y bueno
a quien tratara y de quien se agradase, podía introducirlo
con su mujer, y, mejorando de casta, hacer propio lo que así
se procrease. También a la inversa era permitido a un hombre
excelente, que admiraba a una mujer bella y madre de hijos hermosos,
casada con otro, persuadir al marido a que le consintiese gozar
para tener en ella, como en un terreno recomendable por sus bellos
frutos, hijos generosos, que fuesen semejantes y parientes de
otros como ellos. Porque en primer lugar no miraba Licurgo a los
hijos como propiedad de los padres, sino que los tenía
por comunes de la ciudad: por lo que no quería que los
ciudadanos fueran hijos indiferentemente de cualesquiera, sino
de los más virtuosos; y por otra parte notaba de necias
y orgullosas las disposiciones en este punto de otros legisladores,
los cuales para las castas de los perros y de los caballos, por
precio o por favor, buscan para padres los mejores que pueden
hallarse, y en cuanto a las mujeres, cerrándolas como en
una fortaleza, no permiten que procreen sino de sus maridos, aunque
sean o necios, o caducos, o enfermizos; como si los malos hijos
no lo fueran, antes que en daño de los demás, en
daño de los que tienen en sus casas y los crían,
y por el contrario los buenos, si tienen la suerte de ser bien
nacidos. Con ser tales entonces estos establecimientos en lo físico
y en lo político, se estuvo tan lejos de la liviandad de
que más adelante fueron tachadas las mujeres, que se hacía
increíble en Esparta la maldad del adulterio: así
se conserva en memoria el dicho de Geradas, uno de los antiguos
Espartanos, el cual, preguntado por un forastero qué pena
se daba en Esparta a los adúlteros, le respondió:
Entre nosotros, oh huésped, no los hay. Y replicándole:
¿Y en el caso que los hubiese? Pagan-
dijo Geradas- un toro tan grande, que por encima del Taigeto beba
del Eurotas. Como el forastero se admirase y repusiese:
¿Cómo puede haber buey tan grande?,
sonriéndose Geradas volvió a decirle: ¿Y
cómo puede haber un adúltero en Esparta? Y
esto es lo que se refiere acerca de sus casamientos.
XVI. Nacido un hijo, no era dueño el padre de criarle,
sino que tomándole en los brazos, le llevaba a un sitio
llamado Lesca, donde sentados los más ancianos de la tribu,
reconocían el niño, y si era bien formado y robusto,
disponían que se le criase repartiéndole una de
las nueve mil suertes; mas si le hallaban degenerado y monstruoso,
mandaban llevarle las que se llamaban apotetas o expositorios,
lugar profundo junto al Taigeto; como que a un parto no dispuesto
desde luego para tener un cuerpo bien formado y sano, por sí
y por la ciudad le valía más esto que el vivir.
Por tanto, las mujeres no lavaban con agua a los niños,
sino con vino, haciendo como experiencia de su complexión,
porque se tiene por cierto que los cuerpos epilépticos
y enfermizos no prevalecen contra el vino, que los amortigua,
y que los sanos se comprimen con él, y fortalecen sus miembros.
Había también en las nodrizas su cuidado y arte
particular; de manera que criaban a los niños sin fajas,
procurando hacerlos liberales en sus miembros y su figura; fáciles
y no melindrosos para ser alimentados; imperturbables en las tinieblas;
sin miedo en la soledad, y no incómodos y fastidiosos con
sus lloros. Por esto mismo muchos de otras partes compraban para
sus hijos amas lacedemonias; y de Amicla, la que crió al
ateniense Alcibíades, se dice que lo era; y a este mismo,
según dice Platón, le puso Pericles por ayo a Zópiro,
esclavo, que en nada se aventajaba a cualquiera otro esclavo.
Mas a los jóvenes Espartanos no los entregó Licurgo
a la enseñanza de ayos comprados o mercenarios, ni aun
era permitido a cada uno criar y educar a sus hijos como gustase;
sino que él mismo, entregándose de todos a la edad
de siete años, los repartió en clases, y haciéndolos
compañeros y camaradas, los acostumbró a entretenerse
y holgarse juntos. En cada clase puso por cabo de ella al que
manifestaba más juicio y era más alentado y corajudo
en sus luchas, al cual los otros le tenían respeto, y le
obedecían y sufrían sus castigos, siendo aquella
una escuela de obediencia. Los más ancianos los veían
jugar, y de intento movían entre ellos disputas y riñas,
notando así de paso la índole y naturaleza de cada
uno en cuanto al valor y perseverar en las luchas. De letras no
aprendían más que lo preciso; y toda la educación
se dirigía a que fuesen bien mandados, sufridores del trabajo
y vencedores en la guerra; por eso, según crecían
en edad, crecían también las pruebas, rapándolos
hasta la piel, haciéndoles andar descalzos y jugar por
lo común desnudos. Cuando ya tenían doce años
no gastaban túnica, ni se les daba más que una ropilla
para todo el año; así, macilentos y delgados en
sus cuerpos, no usaban ni de baños ni de aceites, y sólo
algunos días se les permitía disfrutar de este regalo.
Dormían juntos en fila y por clases sobre mullido de ramas
que ellos mismos traían, rompiendo con la mano sin hierro
alguno las puntas de las cañas que se crían a la
orilla del Eurotas; y en el invierno echaban también de
los que se llaman matalobos, y los mezclaban con las cañas,
porque se creía que eran de naturaleza cálida.
XVII. Cuando ya habían venido a este estado, se manifestaban
los apasionados y amadores de los jóvenes que más
se señalaban, y también los ancianos concurrían
más a menudo a sus gimnasios, hallándose en sus
luchas y sus chanzas, no de paso, sino en términos de parecer
que todos eran padres, ayos y superiores también de todos;
de manera que no había momento vacío, ni lugar libre
de amonestador y castigador del que en algo errase. Nombrábase
además un director de los jóvenes de entre los varones
de más autoridad; y éste por clases elegía
como por cabo al más prudente y belicoso de los Eirenes.
Dan este nombre a los que están en el segundo año
de haber salido de la puericia, y el de Meleirenes, a los de más
edad de los jóvenes. El Eirén, pues, que tenía
veinte años, mandaba a los que le estaban sujetos en las
peleas, y de los mismos se valía como de sirvientes en
los banquetes públicos. A los más crecidos les mandaba
traer leña, y verduras a los más pequeños,
y para traerlo lo hurtaban, unos yendo a los huertos y otros introduciéndose
en los banquetes de los hombres con la mayor astucia y sigilo;
y el que se dejaba coger, llevaba muchos azotes con el látigo,
haciéndosele cargo de desidioso y torpe en el robar. Robaban
también lo que podían de las cosas de comer, estando
en acecho de los que dormían o se descuidaban en su custodia,
siendo la pena del que era cogido azotes y no comer; y, en general,
su comida era escasa, para que por sí mismos remediaran
esta penuria y se vieran precisados a ser resueltos y mañosos.
Y éste era el objeto de la comida tan tasada: pero dicen
que además servía para que los cuerpos creciesen:
porque se tiene por cierto que el espíritu se difunde a
lo largo cuando no tiene que detenerse y ocuparse mucho en lo
ancho y profundo, comprimido del excesivo alimento, sino que va
arriba por la misma ligereza, estando ágil el cuerpo, y
prestándose con facilidad. Créese que conduce también
para la belleza, porque las constituciones delgadas y esbeltas
son más propias para que los cuerpos sean derechos, y las
gruesas y bien mantenidas se oponen a esto por la pesadez; así
como de las mujeres encinta se dice que, purgando, los hijos salen
sí delgados, pero bellos y graciosos, por la ligereza de
la materia, que es más dócil a la formación.
Pero quede para mejor examen la causa de este suceso.
XVIII. Con tal diligencia hacían los muchachos estos hurtos,
que se cuenta de uno que hurtó un zorrillo y lo ocultó
debajo de la ropa, y despedazándole este el vientre con
las uñas y con los dientes, aguantó y se dejó
morir por no ser descubierto; lo que no se hace increíble
aun respecto de los jóvenes de ahora, a muchos de los cuales
hemos visto desfallecer aguantando los azotes sobre el ara de
Ártemis Ortia. En los banquetes sentado el Eirén,
a uno le mandaba cantar y a otro le dirigía alguna pregunta
que pidiese una meditada respuesta, como por ejemplo: cuál
de los hombres es el mejor, o qué le parecía tal
acción de alguno. De este modo se acostumbraban desde luego
a juzgar de lo bueno y honesto, y a poner cuidado en discernir
las acciones de los ciudadanos, porque si preguntado alguno quién
era buen ciudadano, o quién no tenía buen concepto,
se hallaba dudoso en responder, teníanlo por señal
de un espíritu tardo y poco inflamado en el amor de la
virtud. La respuesta debía contener la causa, y una demostración
encerrada en breve y cortada sentencia; y el castigo del que respondía
sin reflexión era ser mordido por el Eirén en el
pulgar. Muchas veces el Eirén, imponiendo estas penas a
los muchachos a presencia de los ancianos y de los magistrados,
daba las pruebas de que los castigaba con razón y como
era debido; y mientras daba el castigo nada se le decía;
pero, retirados los muchachos, se le hacía cargo si había
sido en la reprensión más áspero de lo justo,
o al revés, si había andado indulgente y blando.
Los amadores tomaban parte en el concepto de los jóvenes
en bien y en mal: así se dice que, habiendo un joven prorrumpido
en la lucha con un grito impropio, fue multado su amador por los
magistrados. Con todo de ser entre ellos tan recibido esto de
tener amadores, que aun las mujeres de mayor opinión de
bondad tenían doncellas a quienes amaban, no había
celos ni envidias, sino que solía ser esto mismo principio
de amistad entre sí en los que amaban a uno mismo, y de
común acuerdo trabajaban en hacer a su amado el más
excelente de todos.
XIX. Era también una de las lecciones de los jóvenes
enseñarlos a usar un lenguaje que tuviera cierta acrimonia
mezclada con gracia, y que se hiciera muy notable por su concisión:
porque con la moneda de hierro hizo Licurgo que en mucho peso
tuviera poco valor, como hemos dicho; pero en cuanto a la moneda
del lenguaje, por el contrario, quiso que en una dicción
concisa y breve se encerrase mucho sentido; formando con el mismo
silencio a los jóvenes sentenciosos y muy diestros en dar
respuestas; porque así como en los dados a los placeres
el exceso hace que por lo común queden débiles y
enervados para la procreación, de la misma manera el inmoderado
hablar hace la dicción necia y vacía de sentido.
Dícese, pues, del rey Agis que burlándose un Ateniense
de las espadas de los Lacedemonios por ser cortas, y diciendo
que los jugadores de manos se las beberían con gran facilidad
en sus tablados; pues nosotros:- le respondió- alcanzamos
muy bien con ellas a los enemigos, a este mismo modo hallo
yo que el lenguaje lacónico, que parece demasiado conciso,
abraza bien los asuntos, y se clava en la mente de los oyentes:
porque el mismo Licurgo parece que era también hombre de
pocas palabras y muy sentencioso, si hemos de juzgar por las memorias
que nos quedan: como, por ejemplo, en cuanto a gobierno, cuando
a uno que deseaba se estableciese la democracia le respondió:
Establece tú primero democracia en tu casa.
Y en cuanto a sacrificios, que respondió al que le preguntaba
por qué los había ordenado tan ligeros y de poco
precio, para que no nos quedemos algún día
sin poder ser piadosos; y en cuanto a los combates, que
dijo no había prohibido a sus ciudadanos otras contiendas
que aquellas en que no se extiende la mano. Corren también
respuestas suyas de esta especie por cartas, como a los ciudadanos:
¿de qué manera nos libraremos de incursiones de
los enemigos?- si sois pobres y no podéis más
uno que otro; y acerca de las murallas, que no está
sin muros la ciudad que se ve coronada de hombres, y no de ladrillos.
Mas en cuanto a la autenticidad de estas cartas, tan difícil
es dar como negar el asenso.
XX. De lo mal que estaban con los largos razonamientos pueden
servir de muestra estos apotegmas: el rey Leónidas, a uno
que intempestivamente razonó bien sobre negocios importantes:
Huésped- le dijo-, hablas de lo que no conviene como
conviene. Carilao, el sobrino de Licurgo, preguntado acerca
de lo pocas que eran las leyes de éste, respondió
que los que gastan pocas palabras no han menester muchas
leyes. Arquidámidas, como algunos censurasen al sofista
Hecateo, porque, convidado al banquete, nada había hablado
en él: El que sabe hablar- les dijo- sabe también
el cuándo. Sus dichos acres, que indiqué tenían
también algún chiste, son por este término:
Demarato, como un hombre notado por su conducta usase de chanzas
con él, haciéndole impertinentes preguntas, y entre
ellas le repitiese ésta muchas veces: ¿Quién
es el mejor de los Espartanos? El que menos se parezca
a ti- le respondió- Agis, oyendo a algunos alabar
a los de la Élide, porque fallaban con justicia en las
fiestas olímpicas, ¿Qué mucho hacen
los Eleensesdijo- en usar de justicia al cabo de cinco años
en un solo día?. Teopompo a un forastero que se mostraba
afecto, y decía que sus conciudadanos le llamaban el amigo
de los Espartanos: Mejor te estaría, huésped,
le respondió, que te llamasen el amigo de sus ciudadanos.
Plistónax, el de Pausanias, a un orador Ateniense, que
llamó ignorantes a los Lacedemonios: Muy bien dices-
le repuso-, porque de los Griegos nosotros solos no hemos aprendido
nada malo de vosotros. Arquidámidas, a uno que preguntó
cuántos eran los Espartanos: Los bastantes- le dijo-,
oh huésped, para acabar con los malos. Aun en lo
que decían como por juego se descubría el hábito
que tenían formado; y es que se acostumbraban a no usar
del habla sin objeto, y a no proferir voz ninguna que no encerrase
un sentido digno de atención: así, el que fue convidado
para oir a uno que imitaba muy bien al ruiseñor: Yo-
dijo- he oído al mismo ruiseñor muchas veces.
Otro, habiendo leído esta inscripción: Por querer
apagar la tiranía fueron despojo del sangriento Marte,
muertos de Selinunte ante las puertas. Muy bien empleado-
dijo- que muriesen, pues que no la dejaron que se abrasase toda.
Un joven, prometiéndole otro que le daría unos gallos
que morían en la pelea: Esos no- le dijo-; dame gallos
que maten en la pelea. Otro, viendo a algunos hombres que
en un viaje eran llevados en sillas de manos: No me dé
Dios- dijo- que yo me siente donde no me ha de ser dado ceder
el asiento a un anciano. Era tal el carácter de sus
apotegmas, que no sin causa dijeron algunos que más de
espartano era el filosofar que el gustar de los ejercicios gimnásticos.
XXI. No era menos atendida la educación que se les daba
acerca del esmero y pureza en el lenguaje; y sus versos tenían
cierto aguijón que elevaba el ánimo y promovía
los intentos alentados y activos. La dicción era sencilla
y sin ornato sobre asuntos graves y morales, siendo por lo común
o elogios de los que habían muerto por Esparta, en los
que se ponderaba su dichosa suerte, o reprensiones de los medrosos,
haciendo ver la miserable y desgraciada vida que vivían,
u ostentación también y jactancia de su virtud,
que no desdecía de las respectivas edades: de los cuales
poemas no será fuera de propósito presentar uno
para muestra; porque formándose tres coros en las fiestas,
según las edades, empezando el de los ancianos, cantaba:
Fuimos nosotros fuertes y animosos cuando gozamos de la edad lozana.
Respondiendo el de los hombres de florida edad, decía:
Nosotros hoy lo somos: quien lo dude, venga, y la prueba le estará
bien cara. El tercero de los mocitos: Nosotros lo seremos algún
día, y a todos os haremos gran ventaja. Finalmente, si
alguno pusiese la atención en los poemas lacónicos,
que todavía nos quedan algunos, y examinase sus ritmos
marciales, los que cantaban a la flauta al tiempo de embestir
a los enemigos, juzgaría que no sin razón unieron
Terpandro y Píndaro la fortaleza con la música;
porque el primero cantó de los Lacedemonios: Florece allí
de juventud el brío, la dulce musa y la justicia franca.
Y Píndaro dice: Allí de los ancianos el consejo,
la intrepidez de juventud brillante, los coros, y las musas, y
el contento: porque a un tiempo los representan muy músicos
y muy guerreros, Que andar suelen al lado uno de otro, usar bien
del acero y de la lira, como dice el poeta espartano. Porque antes
de la batalla el rey sacrificaba a las Musas, como en memoria
de su educación, y de que se estaba en momentos críticos,
para que aquellas los asistiesen en los peligros y diesen a los
que combatían hacer cosas dignas de que se hablase de ellos.
XXII. A veces, alzando la mano en la aspereza de la educación,
no impedían a los jóvenes que tuvieran algún
cuidado del cabello y de su adorno en armas y vestidos, mirándolos
con la complacencia con que se mira a los caballos, orgullosos
y engreídos al dirigirse al combate. Por tanto, criando
cabello luego que salían de la edad pueril, ponían
en él particular esmero entre los peligros de la guerra,
para que apareciese limpio y bien peinado, teniendo presente cierta
sentencia de Licurgo a este propósito, porque decía
que el cabello a los bien parecidos los hacía más
hermosos, y a los feos mucho más espantosos. Aun en los
ejercicios usaban de más blandura cuando estaban en el
ejército, y todo el método de vida no lo llevaban
allí para con los jóvenes tan riguroso y tan tirante:
de manera que sólo para ellos, entre todos los hombres,
venía a ser la guerra un descanso de los ejercicios marciales.
Formada la falange, y estando ya a la vista los enemigos, el rey
hacía el sacrificio de una cabra, y al mismo tiempo daba
la orden a todos de que se coronasen, y a los flautistas la de
que tañesen el aire de Cástor, y también
daba el tono para el himno de embestir; de manera que todo esto,
hacía grave y terrible la vista de unos hombres que marchaban
al numeroso sonido de las flautas, sin claros en la falange, sin
turbación alguna en sus espíritus, y que más
bien con semblante dulce y alegre eran por la música como
atraídos al peligro; pues no era de creer que cayese o
excesivo miedo o excesiva cólera en hombres así
dispuestos, sino una gran calma de espíritu con esperanza
y osadía, como si un dios se les apareciese. Marchaba contra
los enemigos el rey, teniendo consigo a uno que llevase corona
obtenida en los juegos solemnes: refiérese, por tanto,
que uno a quien en Olimpia se le daban grandes sumas por no luchar,
y no quiso recibirlas, sino que con la mayor fatiga luchó
y venció a su contrario, diciéndosele después:
¿Qué es lo que has adelantado, oh Espartano,
con la victoria?, respondió sonriéndose: Pelearé
con los enemigos formado delante del rey. Vencidos y puestos
en retirada los enemigos, los perseguían sólo hasta
dejar con su fuga bien asegurada la victoria; y después
retirábanse ellos también, no reputando por acción
generosa o digna de los Griegos el deshacer y aniquilar a los
que cedían y dejaban el campo; lo que no sólo era
honesto y laudable, sino útil también: porque sabiendo
los que tenían guerra con ellos que acababan con los que
eran obstinados, pero perdonaban a los que se rendían,
tenían por más provechoso el retirarse que el hacerles
frente.
XXIII. Del mismo Licurgo dice Hipias el sofista que era muy belicoso
y experimentado en muchas expediciones, y Filostéfano le
atribuye la distribución de la caballería en escuadrones,
diciendo que el escuadrón, según aquel lo ordenó,
era en número de cincuenta caballos, dispuestos en una
formación que hacía cuadro; pero Demetrio Falereo
es de sentir que de ningún modo se ocupó por sí
en cosas de guerra, y que su gobierno fue pacifico. El haber dado
su atención a la tregua de Olimpia inclina al mismo concepto
de que era amante de la paz. Algunos refieren, según advierte
Hermino, que Licurgo al principio no hizo caso ni tomó
parte en las disposiciones de Ífito, y sólo yendo
de viaje casualmente se halló de espectador a los juegos;
pero que allí oyó a su espalda una voz como de hombre
que le reprendía, y se maravillaba de que no inclinase
a sus ciudadanos a tener parte en aquella solemne junta; y como
volviéndose a ver quién era, de ningún modo
viese presente al que le habló, reputándolo por
cosa divina, se dirigió a Ífito, y contribuyó
a hacer la fiesta más magnífica y más estable.
XXIV. La educación duraba aún en la edad adulta;
porque a nadie se le dejaba que viviese según su gusto,
sino que la ciudad era como un campo donde todos guardaban el
orden de vida prescrito, ocupándose en las cosas públicas,
por estar en la inteligencia de que no eran suyos, sino de la
patria: por tanto, mientras otra cosa no se les ordenaba, se ocupaban
en ver lo que hacían los jóvenes; en enseñarles
alguna cosa provechosa, o en aprenderla de los más ancianos.
Porque de las cosas buenas y envidiables que Licurgo preparó
a sus ciudadanos fue una la sobra de tiempo, no permitiéndoles
que se dedicasen en ninguna manera a las artes mecánicas,
y no teniendo por qué afanarse en allegar caudal, cosa
que cuesta mucho cuidado y trabajo, por haber hecho la riqueza
inútil y aún despreciable. La tierra se la cultivaban
los Hilotas, los cuales les pagaban el canon establecido. Hallándose
un viajero espartano en Atenas a tiempo que estaban reunidos los
tribunales, y sabiendo que uno a quien se había impuesto
la pena de los holgazanes se retiraba apesadumbrado, acompañándole
sus amigos, que también lo sentían, pidió
a los que se hallaban presentes que le mostraran un hombre acusado
por una causa tan liberal: ¡por tan propio de esclavos tenían
el afán en las obras mecánicas y la codicia! De
pleitos fue consiguiente que se acabasen con el dinero, no pudiendo
haber entre ellos ni avaricia ni miseria; gozando todos de abundancia
en la igualdad, y manteniéndose con poco por su parsimonia.
Las danzas, los regocijos, los convites y los pasatiempos de la
caza, el gimnasio y las tertulias ocupaban toda su vida, cuando
no militaban.
XXV. Los que no tenían treinta años no bajaban
nunca a la plaza, sino que, por medio de sus parientes y amadores,
hacían los acopios que habían menester. En los ancianos
era también mal visto detenerse mucho tiempo en estas ocupaciones,
y no gastar lo más del día en los gimnasios y en
las tertulias, que hemos dicho las llamaban lescas; porque reunidos
en éstas se entretenían honestamente unos con otros,
sin acordarse de nada que condujese aumento de caudal o ganancia
mercantil, sino que su principal ocupación consistía
o en alabar una acción honesta, o en vituperar una cosa
torpe, por juego, y con una risa que era maravillosamente útil
para el aviso y la corrección; pues aun el mismo Licurgo
no fue un hombre nimiamente severo; antes refiere Sosibio que
introdujo la estatua de la risa, oportunamente, como un lenitivo
del trabajo y de su género de vida, en los convites y en
aquellos pasatiempos. En general, acostumbró a los ciudadanos
a no querer ni aun saber vivir solos, sino a andar como las abejas,
que siempre están en comunidad, siempre juntos alrededor
de su caudillo, casi fuera de sí por el entusiasmo y ambición
de parecer consagrados del todo a la patria; pudiendo verse esta
idea aún en algunas de sus expresiones. Porque Pedareto,
no habiendo sido elegido entre los trescientos, iba muy ufano,
como regocijándose de que la ciudad tuviese trescientos
que le aventajasen. Pisistrátidas, habiendo sido enviado
de embajador con otros a los generales del rey de Persia, como
éstos preguntasen si venían como particulares, o
si eran enviados: Si negociamos bien- respondió-,
somos embajadores públicos; si no, venimos por nosotros
mismos. Argileonis, madre de Brásidas, viendo entrar
en su casa a unos ciudadanos de Anfípolis que habían
hecho viaje a Lacedemonia, les preguntó si Brásidas
había muerto con honor y de un modo digno de Esparta; y
celebrándole éstos a su hijo, y diciendo que otro
igual no le tenía Esparta: No digáis eso,
huéspedes- les repuso-: Brásidas era bueno y honrado;
pero Lacedemonia tiene otros muchos varones más excelentes
que él.
XXVI. Al principio nombró el mismo Licurgo a los senadores,
como hemos dicho, de entre los que le habían aconsejado
y sostenido; pero luego, en lugar del que moría, estableció
que se eligiese el que fuese reputado por más virtuoso
entre los que pasaban de sesenta años. Contienda era ésta,
sin duda, la más grande y más digna de disputarse
de cuantas pueden ocurrir entre los hombres; porque no se trataba
de elegir entre los ágiles el más ágil, entre
los fuertes el más fuerte, sino de que el que fuese reputado
por más virtuoso y prudente entre los prudentes y virtuosos
tuviese para toda la vida por premio de la virtud un gran poder
en la república, siendo dueño de la muerte, de la
infamia, y en general de las cosas de más entidad. Hacíase
la elección de esta manera: reunido el pueblo, elegía
ciertos hombres de probidad, los que eran encerrados en una estancia
próxima, donde, no pudiendo ni ver ni ser vistos, oían,
sin embargo, la gritería de los congregados; porque era
el clamor público el que decidía de la elección
entre los candidatos, los cuales, no todos de una vez, sino de
uno en uno por suerte, daban en silencio un paseo ante la junta.
Los encerrados tenían unas listas, y en ellas señalaban
el punto a que respecto de cada uno subía la gritería,
no sabiendo de quién se trataba, sino sólo que fue
el primero, el segundo, el tercero, u otro, según el número
de los que habían ido pasando; y aquel por quien había
sido de mayor número y más sostenida, era el que
quedaba nombrado. Coronábase éste y visitaba los
templos, llevando en su seguimiento a muchos jóvenes que
lo ensalzaban y proclamaban, y también muchas mujeres,
que con cánticos le elogiaban y le daban el parabién.
Cada uno de sus apasionados le obsequiaba con un convite, diciéndole:
Con esta mesa te honra la patria. Pasaba de allí
al banquete público, donde todo se hacía según
costumbre, excepto que al presentarle la segunda porción
la tomaba y la guardaba; y después del banquete, a la puerta
misma del edificio, concurriendo allí las mujeres de su
parentela, llamaba a la que tenía en más aprecio,
y, dándole la porción, le decía: Que
habiéndola recibido como premio, se la regalaba;
con lo que las demás, elogiándola también,
la acompañaban a su casa.
XXVII. Arregló asimismo Licurgo perfectamente lo relativo
a los entierros; porque trató en primer lugarde desterrar
toda superstición, y, por lo tanto, no prohibió
que se sepultasen los muertos dentro de la ciudad y que se pusiesen
sus monumentos cerca de los templos; criando y familiarizando
a los jóvenes con estos espectáculos, para que no
se turbasen ni horrorizasen con la muerte, ni se tuviesen por
contaminados con sólo tocar un cadáver o pasar por
delante de una sepultura. Después mandó que nada
se enterrase con el muerto, y sólo se envolviese en un
paño encarnado con hojas de olivo. No era tampoco permitido
inscribir otro nombre que el de quien moría en la guerra
o el de las sacerdotisas. Señaló un tiempo muy limitado
para el duelo, nada más que once días: al duodécimo
se hacía un sacrificio a Deméter, y con esto debía
cesar el duelo: porque no quiso ni ocio ni inacción; y
en todo había mezclado, con lo que con templó preciso,
o una excitación a la virtud o una invectiva contra el
vicio. Cuidó también de que por todas partes hubiese
en la ciudad muchedumbre de ejemplos, con los que criados y como
impelidos los ciudadanos, era preciso que se excitasen y formasen
a lo bueno y honesto. No le agradó, por tanto, que cualquiera
saliese de viaje o anduviese por otras tierras, para que no trajeran
costumbres extranjeras, usos de gente indisciplinada y diferencia
de ideas sobre gobierno; y aun dispuso que se mandara salir a
los extranjeros que sin objeto útil se fuesen introduciendo
en la ciudad; no, como cree Tucídides, por miedo de que
se hiciesen imitadores de su gobierno, y de que aprendiesen algo
conducente a la virtud, sino antes para que no fuesen maestros
de algún vicio. Porque con los cuerpos forasteros precisamente
se han de introducir voces extranjeras; las voces nuevas llevan
consigo nuevos pensamientos, de los que es preciso se originen
muchos afectos y deseos discordes, que no guarden consonancia,
como si fuese una armonía, con el gobierno establecido:
por lo mismo, creía que más debía guardarse
la ciudad de que tuviesen entrada las malas costumbres que de
que se introdujesen cuerpos contagiados.
XXVIII. En todo lo dicho, ningún vestigio hay de injusticia
o de codicia que es lo que algunos achacan a las leyes de Licurgo,
las cuales, dicen, así como proveen completamente a la
fortaleza, son defectuosas en cuanto a la justicia. Si la llamada
Criptia hubiese sido una de las instituciones de Licurgo, como
dice Aristóteles, ésta habría sido la que
a Platón le hubiera hecho formar el mal concepto que formó
de aquel gobierno y del que lo estableció. Era de esta
forma: los magistrados a cierto tiempo enviaban por diversas partes
a los jóvenes que les parecía tenían más
juicio, los cuales llevaban sólo su espada, el alimento
absolutamente preciso, y nada más. Éstos, esparcidos
de día por lugares escondidos, se recataban y guardaban
reposo; pero a la noche salían a los caminos, y a los que
cogían de los Hilotas les daban muerte; y muchas veces,
yéndose por los campos, acababan con los más robustos
y poderosos de ellos. Refiere Tucídides en su Historia
de la guerra del Peloponeso que, habiendo sido coronados como
libres aquellos Hilotas que primero los Espartanos habían
señalado como sobresalientes en valor, recorrieron así
los templos de los Dioses, y de allí a poco, desaparecieron
de repente, siendo más de dos mil en número, sin
que ni entonces ni después haya podido nadie dar razón
de cómo se les dio muerte. Aristóteles es también
quien principalmente escribe que los Éforos lo primero
que hacían al entrar en su cargo era denunciar la guerra
a los Hilotas, para que no fuera cosa abominable el matarlos.
Por otras cosas odiosas y duras se dice que se les hacía
pasar, tanto, que obligándolos a beber inmoderadamente
los llevaban por los banquetes públicos para que vieran
los jóvenes lo que es la embriaguez, y los obligaban a
entonar canciones y bailar danzas indecentes y ridículas,
no permitiéndoles las que eran de hombres libres: por esto
dicen que más adelante, mandándoseles a los Hilotas
que fueron hechos cautivos por el ejército levantado en
Tebas contra Esparta, que cantasen los poemas de Terpandro, de
Alcmán y Espendente el Lacedemonio, se excusaron diciendo
que no querían sus amos. Parece, por tanto, que los que
dijeron que en Esparta los libres eran completamente libres, y
los esclavos, esclavos hasta lo sumo, comprendieron muy bien lo
que en este punto iba de Esparta a otros pueblos. Pienso, pues,
que esta dureza se introdujo en Esparta más adelante, especialmente
después del gran terremoto de resulta del cual se dice
que los Hilotas, incorporándose con los Mesenios, causaron
graves daños en toda la región, y pusieron a la
ciudad en gran peligro: porque no atribuiría yo a Licurgo
una institución tan atroz como la Criptia, infiriendo su
carácter de la humanidad y justicia que en los demás
de su vida resplandece, confirmado con el testimonio de Apolo.
XXIX. Identificados ya con la costumbre sus principales establecimientos,
y fortalecido suficientemente el gobierno para poder marchar por
sí, y salvarse también por sí mismo, como
con respecto al mundo dice Platón que Dios se complació
al verle formado, y que se movía con el movimiento primero
que le había impreso; de la misma manera regocijado y contento
con la belleza y excelencia de su legislación puesta en
obra, y que seguía su camino, meditó cómo,
en cuanto es dado a la humana prudencia, la haría inmortal
e inalterable para lo futuro. Congregándolos, pues, en
junta a todos, les hizo presente que en general estaba todo bastante
bien ordenado en la ciudad para hacerla feliz y virtuosa; pero
lo más esencial y de mayor fuerza no lo introduciría
sin haber antes acudido al oráculo de Apolo; por tanto,
que deberían atenerse a las leyes establecidas y no alterar
o innovar nada en ellas hasta que él volviese de Delfos;
porque entonces haría lo que el dios prescribiese. Convinieron
todos en ello, y le exhortaron al viaje; y con esto, tomando juramento
primero a los reyes y senadores, y después a todos los
ciudadanos, de que se mantendrían y vivirían en
el gobierno constituido hasta que él volviese, partió
Licurgo a Delfos. Presentado ante el oráculo, y haciendo
sacrificio al dios, le preguntó si sus leyes eran propias
y suficientes para que su ciudad fuese feliz y virtuosa, a lo
que, como le respondiese el dios que las leyes estaban perfectamente
establecidas, y que la ciudad sería muy ilustre y celebrada
si se mantuviese en el gobierno de Licurgo, escribiendo este oráculo,
lo envió a Esparta; mas él, haciendo otro sacrificio
al dios, y saludando a sus amigos y a su hijo, resolvió
no dejar libres a sus ciudadanos del juramento, sino más
bien salir espontáneamente de la vida, hallándose
ya en una edad en la que se está en sazón o de vivir
todavía, o de hacer punto si se quiere, cuando todo parece
que ha llegado al colmo de la felicidad. Quitóse, pues,
la vida con no comer, creyendo que en los hombres públicos
conviene que aun la muerte no deje de ser pública, ni sin
fruto el término de su vida, sino que éste participe
de su virtud y de su actividad: y que para el que había
ejecutado cosas tan grandes, el fallecimiento debía ser
verdaderamente el remate de su felicidad, y su muerte, como la
guarda de los bienes y dichas que durante su vida había
preparado a sus ciudadanos, pues que le estaban ligados con el
juramento de que se mantendrían en aquel gobierno hasta
que volviese. Y no se engañó en su juicio, porque
Esparta sobresalió en la Grecia en gobierno y en gloria
por los quinientos años que observó las leyes de
Licurgo; esto es, mientras que no hizo novedad en ellas ninguno
de los catorce reyes que hubo desde él hasta Agis el de
Arquidamo; puesto que la creación de los Éforos
no fue mudanza, sino adición hecha al gobierno, e introducida
al parecer en favor del pueblo, más bien sirvió
para corroborar la aristocracia.
XXX. Reinando, pues, Agis, se entrometió el dinero en
Esparta, y con el dinero la invadió también la codicia
y el ansia de la riqueza por medio de Lisandro, que, con ser inaccesible
al dinero, llenó, sin embargo, a su patria de amor a la
riqueza y de lujo, introduciendo en ella el oro y la plata y trastornando
las leyes de Licurgo; reinando las cuales hasta allí no
parecía que Esparta era un pueblo regido con un gobierno,
sino una persona que hacía vida ejercitada y filosófica;
o, por mejor decir, así como los poetas fingen que Heracles,
no teniendo más consigo que una piel y un palo, recorría
la tierra castigando a los tiranos injustos y crueles, de la misma
manera esta ciudad, con sola una escítala y una mala ropilla,
dominando a la Grecia muy según su grado y voluntad, deshizo
autoridades injustas y tiránicas que se habían introducido
en los gobiernos, decidió sobre guerras y sosegó
tumultos, muchas veces sin ni siquiera mover un escudo, sino con
sólo enviar un mensajero, al que todos acudían para
hacer lo que se les mandaba y ordenaba, como las abejas cuando
la reina se presenta: ¡tanto era lo que prevalecía
en buenas leyes y en justicia! Así, yo no puedo menos de
maravillarme de los que dicen que los Lacedemonios sabían
ser mandados, pero ignoraban el mandar, y de los que celebran
aquel apotegma del rey Teopompo, el cual, diciéndole uno
que Esparta se había salvado por sus reyes, que sabían
mandar: Mejor por sus ciudadanos- le respondió-,
que saben obedecer. Porque no sufren el obedecer al que
no es capaz de imperar, y la obediencia es instrucción
que viene del que gobierna; porque el mandar bien es lo que produce
el bien ejecutar; y a la manera que la perfección del arte
de la equitación consiste en hacer al caballo manso y dócil,
así es propio de la ciencia de reinar el formar súbditos
obedientes. Los Lacedemonios, pues, inspiraban a los demás,
no docilidad, sino deseo de ser mandados y de obedecerles: así
es que no iban a pedirles o naves, o dinero, o soldados, sino
un general espartano: y en alcanzándole, le empleaban con
honor y respeto, como a Gilipo los Sicilianos, los de Calcis a
Brásidas, y a Lisandro, Calicrátidas y Agesilao
todos los habitantes del Asia: teniendo a estos grandes varones
por moderadores y reguladores de cada pueblo y de quien le gobernaba,
y mirando a la misma ciudad de Esparta como aya y maestra de una
vida arreglada y de un gobierno bien ordenado; según lo
cual, parece satirizó Estratonico a los pueblos; prescribiendo
y mandando como por burla a los Atenienses ordenar procesiones;
a los de Élide arreglar combates, como que en esto sobresalían,
y a los Lacedemonios azotarlos cuando no lo hiciesen bien; lo
que sólo se inventó para hacer reír; pero
Antístenes el Socrático, viendo a los Tebanos muy
orgullosos después de la batalla de Leuctras, dijo que
en nada se diferenciaban de unos muchachuelos que se vanagloriaban
de haber dado una zurra a su ayo.
XXXI. Mas no entró en las miras de Licurgo dejar una ciudad
que imperase a otras muchas, sino que, creído de que como
en la vida de los hombres, así también en la de
las ciudades, la felicidad no podía provenir sino de la
virtud y de la concordia entre sí, con relación
a esto la ordenó y conformó para que sus ciudadanos
por muy largo tiempo se conservasen libres, independientes y moderados.
Y este mismo tipo de gobierno se propusieron Platón, Diógenes
y Zenón, y todos cuantos son alabados por haber querido
hablar de estas cosas, con no habernos dejado más que letras
y palabras. Licurgo, pues, que sacó a luz, no letras y
palabras, sino un gobierno inimitable, y que a los que tenían
por quimera la que llamaban disposición o idea de un sabio,
les puso ante los ojos a toda una ciudad filosofando, justamente
excedió en gloria a todos cuantos han puesto mano en estas
cosas entre los griegos. Por esto dijo Aristóteles que
gozaba en Lacedemonia unos honores muy inferiores a los que le
eran debidos, no obstante ser grandes los que se le hacen, porque
le está consagrado un templo, y, como a dios, se le hacen
cada año sacrificios; dícese también que
traídos a la patria sus despojos, cayó un rayo en
el sepulcro; lo que no ha sucedido a ninguno otro de los personajes
distinguidos, sino después a Eurípides, que murió
y fue sepultado en Macedonia junto a Aretusa; de manera que fue
para los apasionados de Eurípides una grande excelencia
y un testimonio muy favorable el que le hubiese sucedido lo mismo
que al hombre más amado de los Dioses y más santo
le había sucedido antes. Algunos dicen que Licurgo murió
en Cirra; y Apolótemis, que caminando a Élide; Timeo
y Aristóxeno, que viviendo en Creta: y éste añade
que los cretenses de Pergamina muestran su sepulcro junto a la
carretera. Dícese que no dejó otro hijo que Antioro,
muerto el cual sin hijos, se extinguió su línea;
pero sus amigos y parientes suscitaron una fiesta que duró
por largo tiempo; y a los días en que tocaba los llamaban
licúrgicos. Aristócrates el de Hiparco dice que
los huéspedes de Licurgo, habiendo éste muerto en
Creta, a su ruego quemaron su cuerpo, y arrojaron las cenizas
al mar, para precaver el que, llevados sus despojos en algún
tiempo a Lacedemonia, mudaran el gobierno, como que había
vuelto y se había desatado el juramento, que es lo que
hay que decir de Licurgo.
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