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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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SÓFOCLES
Y EURÍPIDES
ENLACES
CLÁSICOS
GRIEGOS
Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
LATÍN
Web sobre Latín Online
OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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LISANDRO
I. El tesoro de los Acantios tiene en Delfos
esta inscripción: Brásidas y los Acantios, vencedores
de los Atenienses. Por esta causa piensan muchos que la estatua
de piedra que hay dentro del templo, junto a la puerta, es de
Brásidas, siendo así que es un retrato de Lisandro,
con gran cabellera a la antigua, y con una barba muy crecida,
pues no por haberse cortado el cabello los Argivos, por luto,
después de una gran derrota, lo dejaron crecer los Esparciatas,
tomando la contraria ensoberbecidos con la victoria, que es la
opinión de algunos; ni tampoco adoptaron esta costumbre
de usar cabello largo, a resulta de haberles parecido despreciables
y feos los Baquíadas, que de Corinto se acogieron a Lacedemonia,
por tener el cabello cortado, sino que ésta fue también
institución de Licurgo, de quien se refiere haber dicho
que el cabello a los hermosos les daba más gracia y a los
feos los hacía más terribles.
II. El padre de Lisandro, Aristócrito, se dice que, aunque
no era de casa real, pertenecía al linaje de los Heraclidas.
Crióse Lisandro en la pobreza, y desde luego se mostró
dó- cil, como el que más, a las instituciones de
Esparta, valiente y domador de todos los placeres, a excepción
solamente de aquel que resulta al hombre de vencer y de ser honrado
por sus grandes hechos: porque no es en Esparta reprensible el
que los jóvenes se dejen dominar de este placer, sino que
quieren que desde el principio se sientan inflamados del deseo
de gloria, entristeciéndose con las reprensiones y engriéndose
con las alabanzas; y al que lo ven impasible e inalterable en
cuanto a estos sentimientos, teniéndole por indiferente
a la virtud y por desidioso lo desprecian. Así, lo que
había en él de ambición y de emulación
le quedó de la educación patria, sin que en ello
pueda atribuirse gran parte a la naturaleza. Fue, sí, por
carácter más obsequiador que los poderosos, y más
acomodado a sufrir el ceño de la autoridad, cuando lo exigía
el caso, de lo que convenía a un Espartano; lo que, sin
embargo, dicen algunos ser una parte muy principal de la política.
Aristóteles, cuando dice que los grandes ingenios son melancólicos,
como el de Sócrates, el de Platón y el de Heracles,
refiere que Lisandro no cayó en este afecto desde luego,
sino cuando ya era anciano. Lo propio y peculiar de su índole
fue el que supo llevar con gran espíritu la pobreza, no
siendo nunca dominado ni corrompido por los intereses; así
es que, con haber llenado su patria de riqueza y de la codicia
de ella, no siendo ya admirada como antes de que no la tuviera
en admiración, y haber introducido gran copia de oro y
plata después de la guerra de Atenas, ni reservó
para sí ni una sola dracma. Enviándole Dionisio
el Tirano, para sus hijas, unas túnicas de mucho precio,
de las que se usaban en Sicilia, no las quiso recibir, temiendo-
decía- que con ellas habían de parecer más
feas. Con todo, de allí a poco, habiendo sido enviado por
embajador de su ciudad cerca del mismo tirano, remitiéndole
éste dos estolas para que escogiese y llevase a su hija
la que más le agradara, respondió ser mejor que
ella misma eligiese, y se marchó, llevándoselas
ambas.
III. Iba alargándose la guerra del Peloponeso, y después
de las derrotas de los Atenienses en Sicilia se preveía
al principio que decaerían del imperio del mar y al cabo
de bien poco que perderían del todo su poder; pero, encargado
Alcibíades de los negocios, revocado que fue su destierro,
causando en todo una gran mudanza, los puse en estado de poder
hacer frente en los combates navales Concibiendo, pues, miedo
otra vez los Lacedemonios, e inflamados, sin embargo, del deseo
de la guerra, necesitando un general hábil y poderosos
preparativos, confirieron a Lisandro el mando de la armada naval.
Trasladado a Éfeso, y hallando que la ciudad le era afecta
y sumamente adicta a la causa de los Lacedemonios, pero que se
vela mortificada y en peligro de tornarse bárbara contrayendo
las costumbres de los Persas, por las continuas mezclas de unos
con otros, por la proximidad de la Lidia y porque los generales
del Rey, por lo común, residían en ella, fijó
él allí sus reales, dispuso que las naves de carga
acudiesen de todas partes a aquel punto y llenó sus puertos
de mercaderías, de negociaciones su plaza y de riquezas
sus casas y talleres; de manera que desde aquel tiempo tuvo ya
por Lisandro la esperanza de la magnificencia y poder de que ahora
disfruta.
IV. Noticioso de que Ciro, hijo del Rey, venía a Sardis,
subió a tratar con él y a acusar a Tisafernes de
que, aparentando dar auxilio a los Lacedemonios y querer expeler
del mar a los Atenienses, parecía, sin embargo, que, ganado
por Alcibíades, había perdido su actividad, y que,
proveyendo a los gastos de la escuadra con escasez, se proponía
destruirla. Tenía deseo el mismo Ciro de encontrar en falta
a Tisafernes y de que se le hablara mal de él, porque le
conceptuaba malo y porque había entre los dos particulares
motivos de disgusto. Mirado Lisandro con aprecio por este motivo
y por toda su conducta, principalmente, se atrajo con su obsequioso
trato el afecto de aquel joven, al que confirmó en las
ideas de guerra: y cuando ya estaba para retirarse, dándole
Ciro un banquete, le encargó que de ningún modo
desechara su disposición a complacerle, sino que dijese
y pidiese cuanto quisiera, porque en nada sería desatendido.
Entonces Lisandro le salió al encuentro, diciendo: Pues
que tal es ¡oh Ciro! tu buena voluntad, te pido y te exhorto
a que añadas un óbolo al estipendio de los marineros,
de manera que perciban cuatro óbolos en lugar de tres.
Complacido Ciro con esta honrosa petición, le entregó
diez mil daricos, con los que, aventajando en el óbolo
a los marineros y mejorando su condición, en poco tiempo
dejó vacías las naves de los enemigos, porque el
mayor número se iba al que daba más, y los que quedaban
se volvían desidiosos e insubordinados, no dando sino disgustos
a sus generales. Mas aun con haber dejado tan solos a los enemigos
y haberles hecho tantos males, huía receloso de un combate
naval, temiendo a Alci- bíades, que, sobre ser hombre activo
y tener mayores fuerzas, en cuantas batallas se había encontrado
hasta entonces, por mar y por tierra, en todas había salido
vencedor.
V. Sucedió a poco que, haciendo Alcibíades viaje
a Focea desde Samo, y dejando con el mando de la armada a Antíoco,
éste, como para insultar a Lisandro, se dirigió
orgulloso con dos galeras al puerto de Éfeso, pasando con
arrogancia y con algazara y burla por delante de la escuadra;
de lo que, irritado Lisandro, al pronto no despachó sino
unas cuantas galeras en su persecución; pero viendo que
los Atenienses le daban auxilio de su parte, envió luego
otras, y al fin vino a trabarse un combate naval, en el que venció
Lisandro; tomó quince galeras y erigió un trofeo.
El pueblo de la capital de Atenas, disgustado con este suceso,
quitó el mando a Alcibíades, y como también
los soldados que había en Samo le denostasen e insultasen,
se retiró del campamento al Quersoneso. No fue esta batalla
en sí misma de grande entidad; pero la fortuna le dio nombradía
por causa de Alcibíades, Lisandro, de su parte, hizo concurrir
a Éfeso, de las otras ciudades, a aquellos sujetos que
observó sobresalían en valor y prudencia; con lo
que echó disimuladamente las primeras semillas del decenvirato
y demás mudanzas de gobierno que introdujo más adelante.
Procuró, pues, excitarlos e inflamarlos a que formaran
ligas y cofradías entre sí, y a que se aplicaran
a los negocios, para que, en el mismo momento de, ser excluidos
los Atenienses, quitaran el gobierno democrático y mandaran
ellos en su respectiva patria. Cumplió a su tiempo a cada
uno de éstos con obras la palabra que les había
dado, elevando a los que había hecho sus amigos y huéspedes
a los mayores honores, comisiones y mandos, sin reparar en ser
él también injusto y en cometer errores por servir
a la codicia de ellos; de donde provino que todos le tenían
consideración, le obsequiaban y deseaban, con la esperanza
de que podrían aspirar a las mayores cosas si él
quedaba vencedor; por lo al principio vieron con disgusto que
iba Calicrátidas a sucederle en el mando de las naves,
y aun después, cuando ya éste había dado
pruebas de ser el hombre más recto y justo, no estaban
contentos con su modo de gobernar, que tenía mucho de la
verdad y sencillez dórica, sino que, admirando su virtud
a la manera que la belleza de una estatua heroica, echaban de
menos la actividad de aquel y buscaban su condescendencia con
los amigos y la utilidad que les provenía; así es
que cuando partió se desconsolaron y llegaron hasta derramar
lágrimas.
VI Contribuía él también, por su parte,
a indisponerlos todavía más con Calicrátidas;
lo que restaba aun del dinero que Ciro le había dado para
la escuadra, lo volvió a remitir a Sardis, diciendo que
el mismo Calicrátidas lo pidiese, o viera de dónde
había de sacar con qué mantener a los soldados.
Finalmente, al estar para partir, tomó testigos de que
entregaba la armada dueña del mar: mas queriendo aquel
reprender su vana y presuntuosa ambición, Pues ¿por
qué- le dijo-, dejando a la izquierda a Samo, y navegando
a Mileto, no me haces allí la entrega de la armada? Puesto
que, si somos dueños del mar, en él no tenemos por
qué temer a los enemigos que se hallen en Samo; pero
respondiéndole Li- sandro que ya no tenía mando,
sino que él era quien estaba encargado de la escuadra,
tomó la vuelta del Peloponeso, dejando a Calicrátidas
en el mayor apuro. Porque ni a su venida había traído
fondos de Esparta, ni le sufría su corazón recogerlos
por fuerza de las ciudades que estaban infelices. No le quedaba,
pues, otro recurso que ir, como Lisandro, a tocar las puertas
de los generales del Rey, y mendigarlos de ellos, para lo que
era el menos a propósito del mundo, porque, como hombre
libre y de elevados pensamientos, creía que cualquiera
derrota de los Griegos era para toda la Grecia más honrosa
que el adular y presentarse ante las puertas de unos bárbaros
que, fuera de poseer mucho oro, nada bueno tenían. Precisado,
sin embargo, de la estrechez, subió a la Lidia, marchó
en derechura a la casa de Ciro, y mandó decir que Calicrátidas,
el comandante de la escuadra, estaba allí y quería
hablarle; pero como uno de los que servían a la puerta
le diese la respuesta de que Ciro no estaba entonces de vagar,
porque bebía, Pues nada malo hay en eso- le contestó-,
porque yo me esperaré aquí hasta que haya bebido.
Parecióles a aquellos bárbaros que era un hombre
muy inurbano, y como observase que se reían de él,
se marchó. Volvió segunda vez a la puerta, y no
siendo admitido incomodado de ello, marchó a Éfeso,
echando mil imprecaciones contra los primeros que fueron corrompidos
con el lujo de los bárbaros y que los enseñaron
a ser insolentes a causa de su riqueza, y jurando, ante los que
se hallaban presentes, que apenas se viese en Esparta haría
todo cuanto le fuese posible para que se conciliaran entre sí
los Griegos, y, haciéndose de este modo temible a los bárbaros,
se dejaran de implorar la fuerza de éstos unos contra otros.
VII. Mas Calicrátidas, que pensaba de un modo digno de
Esparta, y que competía en justicia, en magnanimidad y
valor con los más elevados varones de la Grecia, vencido
al cabo de poco tiempo en el combate naval de Arginusa, perdió
en él la vida, con lo que los negocios tomaron mal aspecto;
los aliados enviaron embajadores a Esparta, pidiendo por comandante
de la armada a Lisandro, a causa de que, mandando él, concurrirían
con mejor voluntad a lo que fuese menester, y también Ciro
les escribió con el propio objeto. Mas como hubiese una
ley que no permitía que uno mismo mandase dos veces la
armada, deseando los Lacedemonios dar guste, a los aliados, crearon
general, en apariencia, a un tal Araco; pero mandando a Lisandro
de enviado en el nombre, en la realidad le hicieron el árbitro
de todo; lo que se ejecutó así, muy según
el deseo de los que gobernaban y tenían el principal influjo
en las ciudades, porque esperaban que todavía habían
de adelantar por él en poder después de disuelto
el gobierno popular. Pero para los que gustaban¿ más
de un modo de gobernar sencillo y generoso, comparado Lisandro
con Calicrátidas, parecía astuto y solapado, usando
en la guerra de diversas clases de engaños y celebrando
lo justo cuando iba unido con lo provechoso; mas si no, empleando
lo útil como si fuera honesto; porque no creía que
la verdad fuese por naturaleza preferible a la mentira, sino que
por el provecho discernía el aprecio que había de
darse a una u otra; y a los que le decían no ser digno
de los descendientes de Heracles el hacer con engaños la
guerra, los mandaba a pasear, diciendo que donde no alcanzaba
la piel de león se había de coser un poco de la
de zorra.
VIII. Que era éste su carácter se confirma con
lo que se dice haber hecho en Mileto; porque habiendo prometido
a sus amigos y huéspedes que los ayudaría a desatar
la democracia y desterrar a los contrarios, como aquellos hubiesen
mudado de propósito y reconciliándose con sus enemigos,
fingió públicamente que se holgaba mucho de ello
y tomaba parte en la reconciliación; pero en secreto los
reprendía y vituperaba, excitándoles a sobreponerse
a la muchedumbre. Cuando ya tuvo noticia de la insurrección,
partió inmediatamente a auxiliarla, y entrando en la ciudad,
a los primeros con quienes tropezó de los insurgentes los
maltrató de palabra y se les mostró irritado, como
si hubiera de tomar venganza de ellos; y a los otros les inspiraba
confianza dándoles a entender que nada desagradable temieran
mientras él estuviese allí; haciendo uso de estas
ficciones y de estos diferentes papeles, con la mira de que no
huyesen los demócratas y de mayor poder, sino que permaneciesen
en la ciudad, para quitarles la vida, como efectivamente sucedió,
porque perecieron todos cuantos se confiaron. También nos
ha conservado Androclidas una expresión de Lisandro, que
demuestra su ligereza en materias de juramentos; porque, según
dice, era su opinión que a los niños se les había
de engañar con dados, y a los hombres, con juramentos;
tomando malamente por modelo un general a un tirano, esto es,
Lisandro a Polícrates de Samo; fuera de que no era muy
espartano, sobre ser muy inicuo, el haberse mal así con
los Dioses como con los enemigos, porque el que abusa, para engañar,
del juramento, reconoce que teme a su enemigo y que insulta a
Dios.
IX. Llamó Ciro a Sardis a Lisandro, y dándole diferentes
cosas le prometió otras, diciendo con ardor juvenil en
su obsequio que, aun cuando nada diera su padre, pondría
en mano de Lisandro cuanto a él le pertenecía, y,
a falta de todo, se desharía del trono en que daba audiencia,
que era todo de oro y plata. Finalmente, que, subiendo a la Media,
trataría con el padre de que aquel recogiese los tributos
de las ciudades, para lo que le hacía entrega de su autoridad.
Despidiéronse, y rogándole que no combatiera con
los Atenienses antes que él volviese, porque volvería
trayendo muchas naves de la Fenicia y la Cilicia, subió
a donde estaba el padre. Lisandro, no pudiendo combatir con fuerzas
desiguales, ni tampoco estarse sin hacer nada con tan gran número
de naves, dando la vela, atrajo a algunas de las islas, y a Egina
y Salamina, penetrando en ellas, las taló. Subiendo después
al Ática, pasó a saludar a Agis, bajando para esto
desde Decelea, e hizo ante el ejército de tierra, que allí
se hallaba, ostentación de sus fuerzas navales, como que
podía por mar aún más de lo que quería:
y con todo, como los Atenienses fuesen en su persecución,
huyó, por medio de las islas, apresuradamente, al Asia,
donde, hallando desamparado el Helesponto, acometió él
misino desde el mar, con las naves, a Lámpsaco; y Tórax,
acudiendo también con las tropas de tierra al mismo punto,
combatió las murallas, con lo que tomó la ciudad
a viva fuerza, permitiendo a los soldados que la saqueasen. Hacía
vela a la sazón la armada de los Atenienses, fuerte de
ciento y ochenta galeras, a Eleunte del Quersoneso: pero, al saber
la pérdida de Lámpsaco, tomaron al punto rumbo para
Sesto, y provistos allí de víveres, se dirigieron
a Egospótamos, enfrente de los enemigos, que todavía
estaban surtos en Lámpsaco. Eran generales de los Atenienses
varios otros, y Filocles, aquel que antes había persuadido
al pueblo que se hiciera ley para que se cortara el dedo pulgar
de la mano derecha ir los que se cautivasen en la guerra, a fin
de que no pudieran llevar la lanza, pero sí manejar el
remo.
X. Nada hicieron por entonces ni unos ni otros, esperando que
al día siguiente se combatirían las escuadras; pero
muy distinto era el pensamiento de Lisandro, el cual, sin embargo,
dio orden a los marineros y pilotos, como si al otro día
al amanecer se hubiera de pelear, de que montasen las galeras
y esperasen en formación y con silencio la disposición
que se les comunicase; de la misma manera mandó que el
ejército de tierra, desplegado en el litoral, aguardara
igualmente sin moverse. Al salir el sol, íos Atenienses
se presentaron de frente, provocándolos con todas sus naves;
y él, con tener las suyas en orden y bien tripuladas desde
la noche, no se hizo al mar; y antes, por sus edecanes, envió
avisos a las naves principales para que permanecieran en su puesto,
sin inquietarse ni salir contra los enemigos. Hubiéronse
de retirar, ya al oscurecer, los Atenienses; y él, sin
embargo, no permitió a los soldados desembarcarse sin haber
despachado antes de exploradoras dos o tres galeras, y haber vuelto
éstas con la noticia de que habían visto saltar
en tierra a los enemigos. Ejecutóse enteramente lo mismo
el día siguiente, y el tercero y el cuarto, de manera que
los Atenienses concibieron la mayor confianza, y empezaron a mirar
con desprecio a los enemigos, pensando que los temían y
les habían cobrado miedo. En tanto, Alcibíades,
que se hallaba todavía en el Quersoneso, detenido en una
de sus plazas, marchando a caballo al ejército de los Atenienses,
increpó a los generales, primeramente de haber anclado
en una costa mal segura y abierta, y en segundo lugar, de que
hacían mal en ir lejos a tomar las provisiones de Sesto,
cuando les convenía no apartarse mucho de esta ciudad y
su puerto, manteniéndose a distancia de unos enemigos que
estaban a las órdenes de un hombre solo, obedeciéndole
en todo por miedo a la menor señal. Estas lecciones les
daba, mas ellos no le prestaron oídos, y aun Tideo lo despidió
con enfado, diciéndole que no era Alcibíades sino
otros los que mandaban.
XI Separóse, pues, de ellos Alcibíades, no sin
alguna sospecha de que eran traidores a su patria. Hicieron los
Atenienses al quinto día su navegación y retirada,
según costumbre, con gran desdén y desprecio; Lisandro,
al enviar las naves exploradoras, encargó a los capitanes
que, inmediatamente después de haber visto desembarcarse
a los Atenienses, se apresuraran a volver, y, al estar en medio
de la travesía, levantasen en alto, por la proa, un escudo
de bronce, en señal de que debían hacerse a la vela.
En tanto, con- vocaba a los pilotos y capitanes y los exhortaba
a que cada uno tuviese a bordo y en orden a todos los individuos
de la marinería y tripulación, y a la primera señal
moviesen aceleradamente contra los enemigos. Luego que de las
naves se levantó en alto el escudo, y se dio de la capitana
la señal con la trompeta, salieron al mar las naves, y
el ejército de tierra marchó por la costa hacia
el promontorio; y siendo la distancia que había entre ambos
continentes de quince estadios, con la diligencia y ardor de los
remeros en breves instantes fue vencida. Conón fue el primero
de los generales atenienses que divisó en el mar la escuadra,
e inmediatamente esforzó la voz para que se embarcaran;
y sintiendo ya el mal que les había sobrevenido, convocaba
a unos, rogaba a otros, y a otros los obligaba a tripular las
naves; pero toda su diligencia era vana, estando la gente dispersa:
pues luego que saltaron en tierra, unos habían marchado
a tomar víveres, otros andaban vagando y otros dormían
en las tiendas, muy distantes todos de aquel apuro y menester,
por impericia de sus generales. Cuando los enemigos estaban encima,
con grande gritería y alboroto, Conón se hizo a
la vela con ocho naves, y se retiró a Chipre, al amparo
de Evágoras; los del Peloponeso, cargando sobre los demás,
de ellas tomaron unas enteramente vacías, y desbarataron
otras que ya estaban tripuladas. De la gente, unos murieron cerca
de las naves, cuando, desarmados, corrían a defenderlas,
y otros recibieron la muerte mientras huían por tierra,
desembarcándose al efecto los enemigos. Tomó Lisandro
cautivos a tres mil hombres, incluso los generales y la armada
entera, a excepción de la galera Páralo y las que
Conón llevó consigo. Amarradas, pues, las naves
y saqueado el campamento, navegó al son de las trompetas
y entonando canciones triunfales la vuelta de Lámpsaco;
habiendo ejecutado con el menor trabajo la mayor hazaña,
y abreviado en una hora sola un tiempo muy dilatado, por haber
terminado en ella de un modo increíble la guerra más
encarnizada y de más varios casos de fortuna entre cuantas
la habían precedido; la cual, después de una indecible
alternativa de sucesos y de la pérdida de más generales
que los que fallecieron en todas las demás guerras de la
Grecia, fue de este modo fenecida por el tino y habilidad de un
hombre solo; así es que esta hazaña fue calificada
de divina.
XII. Tubo algunos que dijeron haber visto, al punto mismo de
salir contra los enemigos la nave de Lisandro, brillar de una
y otra parte, sobre el timón de ella, la constelación
de los Dioscuros, con grandes resplandores; otros afirmaban que
la caída de la piedra fue señal de este acontecimiento:
porque, como es opinión común, cayó del cielo,
hacia Egospótamos, una piedra de gran tamaño, la
que muestran todavía en el día de hoy, siendo tenida
en veneración por los del Quersoneso. Refiérese
haber predicho Anaxágoras que, verificándose algún
desnivel o alguna conmoción de los cuerpos que están
sujetos en el cielo, habría rompimiento y caída
de uno que se desprendiese, y que no está cada una de las
estrellas en el lugar en que apareció; porque siendo por
su naturaleza pedregosas y pesadas, resplandecen por reflejo y
refracción del aire, y son arrebatadas por el poder y fuerza
de la esfera donde están sujetas, como lo quedaron en el
principio, para no caerse acá, cuando lo frío y
pesado se separó de los demás seres. Pero hay otra
opinión, más probable de los que afirman que las
estrellas que caen no son corrimiento o destrucción del
fuego etéreo que se apaga en el aire al mismo encenderse,
ni tampoco incendio y resplandor del aire, que, inflamándose,
asciende por su gran copia a la región superior, sino desprendimiento
y caída de los cuerpos celestes, como por ceder y perder
su fuerza el movimiento de rotación, a causa de estremecimientos,
los que no los llevan a puntos habitados de la tierra, sino que
muchos van a caer al gran mar, por lo que después no aparecen.
Mas con el dicho de Anaxágoras conforma la relación
de Daímaco, quien en su tratado de La piedad expresa que
antes de caer la piedra, por setenta y cinco días continuos
se observó en el cielo un cuerpo encendido de gran magnitud,
a manera de nube de fuego, no quieto, sino movido en diferentes
giros y direcciones, el cual, siendo llevado de una parte a otra,
con la agitación y el mismo movimiento se partió
en pedazos también encendidos, que centelleaban como las
estrellas que caen. Luego que cayó en aquel punto, y que
los naturales se recobraron del miedo y sobresalto, acudieron
a él, y no encontraron del fuego ni una señal siquiera,
sino una piedra tendida en el suelo, grande sí, pero que
no representaba sino una exigua parte de aquella circunferencia
que apareció inflamada. Es bien claro que necesita Daímaco
lectores demasiado indulgentes; pero si su relación es
cierta, convence con bastante fuerza a los que sostienen haber
sido aquella una piedra que, arrancada de algún promontorio
por los vientos y los huracanes, se mantuvo y fue llevada en el
aire como los torbellinos, hasta que se desplomó y cayó
en el momento que cedió y aflojó la fuerza que la
tenía elevada; a no ser que realmente fuese luego lo que
se vio por muchos días, y que de su extinción y
destrucción resultasen vientos y agitaciones fuertes que
hiciesen caer la piedra. Pero esto es más bien para tratarlo
en otra especie de escritos.
XIII. Lisandro, después que en consejo fueron condenados
a muerte los tres mil Atenienses que habían tomado cautivos,
hizo llamar al general Filocles y le preguntó qué
sentencia pronunciaba contra sí mismo, que tales consejos
había dado a sus conciudadanos contra los Griegos. Alas
éste, sin mostrar abatimiento ninguno en aquel trance,
le contestó que era en vano acusar por cosas de que ninguno
era juez competente, y que, como vencedor, mandara ejecutar lo
que vencido habría tenido que sufrir. Lavóse después,
y vistiéndose un rico manto, se puso al frente de sus conciudadanos
para ser llevado a la matanza, según escribe Teofrasto.
Recorrió luego Lisandro las ciudades, y a cuantos Atenienses
encontraba les intimaba que marchasen a Atenas, porque no tendría
indulgencia con ninguno, sino que haría dar la muerte a
cuantos hallase fuera de la ciudad; lo que ejecutaba enviándolos
a todos a la capital, porque era su ánimo que en ella hubiese
una grande hambre y carestía, para que no le diesen mucho
que hacer con el cerco, sufriéndole en la abundancia. Disolvió,
pues, las democracias y demás gobiernos, y en cada ciudad
dejó un gobernador lacedemonio y diez magistrados, tomados
de las cofradías que a su orden se habían establecido,
lo que ejecutó, igualmente que en las ciudades enemigas,
en las aliadas; libre con esto de cuidados, volvió al mar,
habiendo adquirido para sí, en cierta manera, la comandancia
de toda la Grecia. Porque no tomaba los magistrados ni de la clase
de los nobles ni de la de los ricos, sino que todo lo hacía
en obsequio de sus amigos y sus huéspedes, constituyéndolos
árbitros de las recompensas y de los castigos; con lo que,
y prestarse él mismo a los asesinatos que aquellos ejecutaban,
y a desterrar a los contrarios de sus enemigos, no dio la más
favorable idea del mando de los Lacedemonios. Así, debe
entenderse que hablaba en broma el cómico Teopompo, cuando
comparó a los Lacedemonios con las taberneras, por cuanto,
habiendo dado a los Griegos a probar la excelente bebida de la
libertad, luego les había echado vinagre; pues que, desde
luego, fue muy desabrida y amarga su bebida, no permitiendo Lisandro
que los pueblos fuesen independientes en sus negocios, poniendo
las ciudades en manos de unos cuantos, y éstos los más
atrevidos e insolentes.
XIV. Habiendo gastado bien corto tiempo en estas cosas y despachado
a Lacedemonia quien anunciase que venía con doscientas
naves, en la costa del Ática se juntó con los reyes
Agis y Pausanias, con el propósito de tomar sin dilación
la ciudad; mas como los Atenienses se defendiesen, volvió
a las naves, pasó otra vez al Asia, y en todas las ciudades,
sin distinción, anuló los gobiernos que tenían
y estableció los decenviros, con muerte, en cada una, de
muchos y con fuga de otros tantos. En la isla de Samo expulsó
a todos los naturales, dio las ciudades a los que antes habían
sido desterrados, y, posesionándose de Sesto, ocupada por
los Atenienses, no permitió que la habitasen los Sestios,
sino que dio la ciudad y el territorio a los pilotos y a los cómitres
de su armada, para que se los repartiesen, aunque esto lo reprobaron
los Lacedemonios y restituyeron otra vez los Sestios a su tierra.
Las disposiciones que con gusto vieron todos los Griegos fueron
la de haber recobrado los Eginetas su ciudad al cabo de mucho
tiempo, y la de haber sido restituidos por él los Melios
y Escioneos, expeliendo a los Atenienses y obligándolos
a reintegrar a aquellos en sus ciudades. Noticioso ya entonces
de que la capital se hallaba en mal estado, apretada del hambre,
navegó al Pireo y estrechó a la ciudad, obligándola
a admitir la paz con las condiciones que !e prescribió.
Algunos Lacedemonios dicen que Lisandro escribió a los
Éforos en estos términos: Se ha tomado Atenas.
Y que los Éforos respondieron: Basta con haberse
tomado. Pero esta relación ha sido así compuesta
por decoro, pues la verdadera resolución de los Éforos
fue en esta forma: Los magistrados de los Lacedemonios han
decretado que, derribando el Pireo y el murallón y saliendo
de todas las demás ciudades, conservéis vuestro
territorio, y bajo las siguientes condiciones tendréis
paz; acerca del número de naves haréis lo que allí
se determine. Este decreto le admitieron los Atenienses
a persuasión de Terámenes, hijo de Hagnón;
y aun se dice que como Cleomedes, uno de los demagogos jóvenes,
le replicase por qué se atrevía a obrar y proponer
lo contrario que Temístocles, entregando a los Lacedemonios
unas murallas que aquel, contra la voluntad de éstos, había
levantado, le respondió: Nada de eso ¡oh joven!;
yo no obro en oposición con Temístocles, pues si
él, para la salud de los ciudadanos, levantó estas
murallas, por la misma salud la derribamos nosotros; y si los
muros hiciesen felices a las ciudades, Esparta sería la
más desdichada de todas, pues no está murada.
XV. Lisandro, en el momento en que se hizo dueño de todas
las naves, a excepción de doce, y de las murallas de los
Atenienses, lo que se verificó el 16 del mes Muniquión,
el mismo día en que se ganó en Salamina la batalla
naval contra los bárbaros, resolvió mudar también
el gobierno; y como los Atenienses lo rehusasen y llevasen a mal,
envió a decir al pueblo que estaban en el descubierto de
haber quebrantado los tratados, porque subsistían los muros
después de pasados los días en que debieron derribarse;
por tanto, que estaban en el caso de deliberar de nuevo acerca
de ellos, pues que habían faltado a lo convenido. Algunos
dicen que ante los aliados manifestó el dictamen de reducirlos
a la esclavitud, y que Erianto de Tebas había sido de parecer
de que la ciudad fuese demolida y el territorio quedase para pasto
del ganado. Mas, tenida nueva junta, y cantando mientras bebían,
uno de Focea, aquella entrada del coro de la Electra, de Eurípides,
que empieza: Hija de Agamenón, a tu rústica choza,
Electra, vengo. se conmovieron todos, y tuvieron por cosa muy
dura y abominable el destruir y arrasar una ciudad tan afamada
que tan ilustres hijos había producido. Lisandro, pues,
condescendiendo a todo con los Atenienses, mandó traer
de la ciudad muchas tañedoras de flauta, y, reuniéndolas
todas en su campo, a son de flauta arrasó los muros e incendió
las naves, coronando al mismo tiempo sus cabezas, y aplaudiendo
con himnos los aliados, como si en aquel día empezara su
libertad. En seguida, sin perder tiempo, mudó asimismo
el gobierno, estableciendo treinta prefectos en la ciudad y diez
en el Pireo, Puso también guarnición en la ciudadela,
nombrando por gobernador a Calibio de Esparta. Sucedió
con éste que, habiendo levantado la vara para herir a Autólico,
el atleta, a propósito del cual escribió Jenofonte
su Banquete, cogiéndole éste de las piernas le levantó
en alto y derribó en tierra; de lo que no sólo no
se incomodó Lisandro, sino que reprendió a Calibio,
diciéndole que debía saber mandaba a hombres libres;
pero con todo, los treinta tiranos quitaron de allí a poco
la vida a Autólico, precisamente por hacer obsequio a Calibio.
XVI Hechas estas cosas, se embarcó Lisandro para la Tracia,
y todo lo que le había quedado de los fondos públicos,
con cuantos dones y coronas había recibido, siendo muchos
los que, como era natural, hacían presentes a un varón
de tanto poder y dueño, en cierta manera, de la Grecia,
lo remitió a Lacedemonia por medio de Gilipo, el que mandó
en Sicilia. Éste, según se dice, cortando por abajo
las costuras de los sacos y sacando de cada uno mucho dinero,
los volvió a coser después, ignorante de que en
cada uno había una factura que expresaba la cantidad. Llegado,
pues, a Esparta, ocultó lo que había sustraído
debajo del tejado de su casa y entregó los sacos, a los
Éforos, mostrándoles los sellos; pero abiertos los
sacos y contado el dinero se notó la diferencia entre la
cantidad que resultaba y la de la factura; y hallándose
los Éforos con este motivo en grande confusión,
un esclavo de Gilipo les dijo enigmáticamente que debajo
del Cerámico se recogían muchas lechuzas, pues,
según parece, la marca de la moneda entre los Atenienses
era, por lo común, una lechuza.
XVII. Gilipo, convencido de una maldad tan fea e ignominiosa,
después de las grandes y brillantes hazañas que
antes había ejecutado, voluntariamente se expatrió
de Lacedemonia, y los más prudentes de los Espartanos,
temiendo por esto mismo con más vehemencia el poder del
dinero, pues veían los efectos que producía en ciudades
tan principales, increpaban a Lisandro y hacían denuncia
a los Éforos para que echaran fuera todo oro y plata, como
atractivos de corrupción. Propusiéronlo los Éforos
al pueblo, y Esquiráfidas, según Teopompo, o Flógidas,
según Éforo, fue de dictamen de que no debía
admitirse dinero ni moneda alguna de oro o plata en la ciudad,
sino usarse sólo de la moneda patria. Era ésta de
hierro, apagado antes en vinagre, para que no pudiera otra vez
forjarse, sino que por aquella inmersión quedase dura y
nada maleable, a lo que se agregaba ser más pesada y de
difícil conducción, de manera que en gran número
y volumen se tenía en poco valor. Y aun corre peligro que
en lo antiguo en todas partes fuese lo mismo, usando unos por
moneda de tarjas de hierro y otros de bronce; de donde ha quedado
que a ciertas de estas tarjas, que corren en gran cantidad, se
les llame óbolos, y dracma a la cantidad de seis óbolos,
porque ésta era lo que abarcaba la mano. Hicieron, sin
embargo, oposición a aquella propuesta los amigos de Lisandro,
formando empeño de que el dinero quedase en la ciudad,
y lograron se decretase que para el público se introdujese
aquella moneda; pero si se hallaba que en particular la poseyese
alguno, la pena fuese la de muerte, como si Licurgo temiese al
dinero y no a la codicia de tenerlo; la que no tanto la corta
el no poseerle los particulares como la excita el que la república
lo emplee, dándole el uso, precio y estimación;
no siendo posible que lo que veían apreciado en público
lo despreciasen como inútil en particular, y que creyesen
no servir de nada para los negocios domésticos una cosa
tan estimada y apetecida en común; fuera de que con más
facilidad pasan a los particulares las inclinaciones y costumbres
manifestadas por los gobiernos, que no los yerros y afectos de
los particulares estragan y corrompen las costumbres públicas.
Porque el que las partes se estraguen juntamente con el todo cuando
éste se inclina a lo peor es muy natural y consiguiente,
y los yerros de los miembros hallan respecto del todo mucha defensa
y auxilio en los bien morigerados. Además, aquellos, a
las casas de los particulares, para que en ellas no penetrase
el dinero, les pusieron por guarda el miedo y la ley; pero no
conservaron los ánimos insensibles e inflexibles al atractivo
del dinero, sino que antes encendieron en todos el deseo de enriquecerse
como de una cosa grande y honorífica. Mas de éste
y otros institutos de los Lacedemonios hemos tratado en otro escrito.
XVIII. De los despojos consagró Lisandro en Delfos su
retrato y el de cada uno de los capítulos de las naves,
y puso de oro las estrellas de los Dioscuros, las que ya no existían
antes de la batalla de Leuctras. En el tesoro de Brásidas
y de los Acantios había además una galera de dos
codos, hecha de oro y marfil, la que le había enviado Ciro
de regalo, en parabién de la victoria. Anaxándrides
de Delfos refiere que existió allí un depósito
de Lisandro en dinero de un talento, cincuenta y dos minas y además
once estateras, diciendo cosas que están en oposición
con lo que generalmente se halla recibido por todos acerca de
su pobreza. Llegando entonces el poder de Lisandro al punto a
que no había llegado antes ninguno de los Griegos, parece
que su arrogancia y orgullo sobrepujó todavía a
su poder, porque, según escribe Duris, las ciudades de
la Grecia le erigieron altares como a un Dios y le ofrecieron
sacrificios. Fue asimismo el primero en cuyo honor se cantaron
peanes, conservándose todavía en memoria uno que
empezaba así: Io peán, de Esparta la extendida,
al ínclito caudillo celebremos, que es ornamento de la
excelsa Grecia. Los Samios decretaron que las fiestas llamadas
entre ellos Hereas en adelante se llamasen Lisandrias. Tuvo siempre
consigo a uno de los ciudadanos, llamado Quérilo, para
que exornase con la poesía sus hazañas. A Antíloco,
que hizo en su loor ciertos versos, le regaló un sombrero
lleno de dinero; de Antímaco Colofonio y Nicerato Heracleota,
que con sus poemas entablaron un combate, al que llamaron Juego
Lisandrio, dio a Nicerato la corona, de lo que, sentido Antímaco,
quemó su poema. Platón, que entonces era todavía
joven y que tenía en mucho a Antímaco por su habilidad
en la poesía, como viese que éste llevaba a mal
el haber sido vencido, trató de alentarle y consolarle,
diciendo que la ignorancia a quien dañaba era a los ignorantes,
como la ceguera a los que no ven. Llegó a tanto, que Aristónoo
el Citarista que había vencido seis veces en los Juegos
Píticos, dijo a Lisandro, por adulación, que si
venciese otra vez haría pregonar que pertenecía
a Lisandro. Y éste replicó: ¿Como esclavo?
XIX. Mas la ambición de Lisandro sólo era incómoda
a los grandes y a sus iguales; pero el orgullo y crudeza que acompañaban
a su ambición, fomentados por el tropel de aduladores,
hacían que ni en el premio ni en el castigo hubiese para
él regla alguna, sino que los premios de la amistad y hospitalidad
eran una autoridad ilimitada y una tiranía insufrible,
y para el encono sólo había un modo de satisfacerlo,
o sea la muerte del que era de otro partido, pues ni huir se concedía.
Así es que, más adelante, temiendo no huyesen los
Milesios que servían las magistraturas, y queriendo atraer
a los que se habían ocultado, juró que no los ofendería,
y como con esta confianza viniesen y se presentasen, los entregó
a los oligarcas para que los degollasen, no bajando su número
de ochocientos entre todos. En las demás ciudades eran
igualmente innumerables los muertos de los demócratas,
quitándoles la vida, no sólo por causa particular
que con él tuviesen, sino complaciendo y sirviendo con
estos asesinatos a las enemistades y deseos de los amigos que
tenía en todas partes. Por tanto, con razón fue
aplaudido el lacedemonio Etéocles, que dijo que la Grecia
no podría sufrir dos Lisandros, aunque esto mismo refiere
Teofrasto haber dicho Arquéstrato de Alcibíades.
Sin embargo, en éste lo que principalmente se llevaba mal
era la falta de decoro y el lujo con un cierto engreimiento; pero
en Lisandro la dureza de carácter hacía temible
e insoportable su poder. Esto no obstante, los Lacedemonios de
todos los demás atentados suyos se desentendieron, y sólo
cuando Farnabazo, ofendido por él, les taló y asoló
el campo y envió a Esparta quien le acusase, se indignaron
los Éforos, quitando la vida a Tórax, uno de sus
amigos y colegas, porque averiguaron que en particular poseía
dinero, y enviando al mismo Lisandro la correa, con orden de que
se presentase. Lo de la correa es en esta forma: cuando los Éforos
mandan a alguno de comandante de la armada o de general, cortan
dos trozos de madera redondos, y enteramente iguales en el diámetro
y en el grueso, de manera que los cortes se correspondan perfectamente
entre sí. De éstos guardan el uno, entregando el
otro al nombrado, a estos trozos los llaman correas. Cuando quieren,
pues, comunicar una cosa secreta e importante, forman una como
tira de papel, larga y estrecha como un listón, y la acomodan
al trozo o correa que guardan, sin que sobre ni falte, sino que
ocupan exactamente con el papel todo el hueco; hecho esto, escriben
en el papel lo que quie- ren, estando arrollado en la correa.
Luego que han escrito, quitan el papel, y sin el trozo de madera
lo envían al general. Recibido por éste, nada puede
sacar de unas letras que no tienen unión, sino que están
cada una por su parte; pero tomando su correa, extiende en ella
la cortadura de papel, de modo que, formándose en orden
el círculo, y correspondiendo unas letras con otras, las
segundas con las primeras, se presente todo lo escrito seguido
a la vista. Llámase la tira correa, igualmente que el trozo
de madera, al modo que lo medido suele llevar el nombre de la
medida.
XX. Habiendo recibido Lisandro a correa en el Helesponto, entró
en algún cuidado; y como la acusación que más
le hacía temer fuese la de Farnabazo, procuró avistarse
y tratar con él para transigir aquella diferencia. Pasando,
pues, a verle, le rogó escribiese otra carta a los magistrados,
en que dijese que no se hallaba ofendido ni tenía queja
de Lisandro; pero no sabía que un Cretense las había
con otro, según dice el proverbio; porque habiéndole
prometido Farnabazo que le complacería, a su vista escribió
una carta como Lisandro deseaba, pero reservadamente tenía
escrita otra muy diversa, y después, al cerrarlas y sellarlas,
cambió los papeles, que en nada se diferenciaban a la vista,
y le entregó la que reservadamente había escrito.
Llegado Lisandro a Lacedemonia, y yendo a presentarse, según
costumbre, al palacio del gobierno, entregó a los Éforos
la carta de Farnabazo, en la inteligencia de que en ella se hallaba
desvanecido el cargo que más cuidado le daba, por cuanto
tenía Farnabazo gran partido con los Lacedemonios, a causa
de haber sido entre los generales del rey el que mejor se había
portado en la guerra; pero cuando, habiendo leído la carta
los Éforos, se la mostraron, y entendió que No solamente
Ulises es doloso, aumentóse su confusión, y se retiró
sin hacer nada; pero volviendo al cabo de pocos días a
presentarse a los magistrados, les comunicó que tenía
que pasar al templo de Anión y ofrecerle los sacrificios
de que le había hecho voto antes de sus combates. Algunos
son de opinión que, efectivamente, sitiando la ciudad de
Afitis en la Tracia, se le había aparecido Amón,
entre sueños, y que por lo mismo, levantando el sitio,
había dado orden a los Afitios de que sacrificasen a Anión,
como si el mismo dios se lo hubiera encargado, y que él
mismo, pasando al África, había procurado aplacarle;
pero los más entienden que esto del dios fue un pretexto,
y que lo que hubo, en verdad, fue haber temido a los Éforos
y no poder aguantar el yugo de Esparta ni sufrir el ser mandado;
por lo que recurrió a este viaje y peregrinación,
como caballo que desde el prado y los pastos libres vuelve luego
al pesebre y a los trabajos cotidianos. La otra causa que asigna
Éforo a esta peregrinación la referiremos más
adelante.
XXI Con dificultad y trabajo recabó de los Éforos
que le dejasen partir, y se hizo a la vela. Los reyes, estando
él ausente, reflexionaron que, mientras por medio de las
cofradías dominase en las ciudades, sería el único
árbitro y señor de la Grecia, por lo que pensaron
en el modo de reintegrar a los demócratas en los negocios,
excluyendo a sus amigos. Moviéronse, pues, alteraciones
en este sentido, siendo los Atenienses los primeros que desde
Fila marcharon contra los treinta tiranos y los vencieron; pero
volviendo a la sazón Lisandro persuadió a los Lacedemonios
que fuesen en auxilio de los oligarcas y contuviesen con el castigo
a los pueblos; así determinaron salir a la guerra uno de
los dos. Salió Pausanias, aparentemente, en defensa de
los tiranos contra el pueblo; pero, lo primero que hicieron fue
enviar a los treinta cien talentos, para la guerra, y nombrar
a Lisandro por general. Viéronlo los reyes con envidia,
y temiendo no fuera que de nuevo tomase Atenas. Consiguiólo
en realidad, con ánimo de terminar la guerra, para que
Lisandro no tuviera ocasión de hacerse de nuevo el dueño
de Atenas por medio de sus amigos, con facilidad, y hecha la paz
con los Atenienses, sosegó sus alteraciones y quito todo
asidero a la ambición de Lisandro; pero como al cabo de
poco se sublevasen otra vez los Atenienses, se culpó a
Pausanias de que, quitado el freno de la oligarquía, el
pueblo se había hecho atrevido e insolente, adquiriendo
Lisandro opinión de hombre que no gobernaba a voluntad
de otros ni por ostentación, sino derechamente, según
el provecho y utilidad de Esparta lo exigía.
XXII. En el decir era resuelto y sabía dejar parados a
los que le contradecían; así, a los de Argos, que
disputaban sobre el amojonamiento de su territorio y parecían
tener razones más justas que los Lacedemonios, enseñándoles
la espada: El que manda con ésta- les respondió-
es el que alega mejor derecho sobre los mojones de su término.
En cierta ocasión, uno de Mégara le habló
con mucho desenfado, y él le contestó: ¡Oh
huésped! Tus palabras han menester ciudad. Los Beocios
no eran seguros en ninguno de los dos partidos, y les preguntó
cómo pasaría por sus términos, si con las
lanzas derechas o inclinadas. Rebeláronse los Corintios,
y al acercarse a sus murallas vio que los Lacedemonios se detenían
en acometer, y al mismo tiempo advirtió que una liebre
pasaba el foso; díjoles, pues: ¿No os avergonzáis
de temer a unos enemigos en cuyos muros, por su flojedad, hacen
cama las liebres? Murió el rey Agis, dejando a su
hermano Agesilao, y a Leotíquidas, que pasaba por hijo
suyo; y Lisandro, que había sido amador de Agesilao, le
incitó a que se apoderara del reino, por ser Heraclida
legítimo, pues de Leotíquidas había la sospecha
de que era hijo de Alcibíades, con quien en secreto había
tenido trato Timea, mujer de Agis, mientras aquel residió
en Esparta en calidad de desterrado; y Agis, según se decía,
había echado la cuenta de que no podía haber concebido
de él, por lo que no hacía caso de Leotíquidas,
y era público que nunca lo había reconocido. Con
todo, cuando le trajeron enfermo a Herea, condescendiendo con
las súplicas del mismo joven y las de sus amigos, declaró
delante de muchos a Leotíquidas por su hijo; y rogando
a los que se hallaban presentes que así lo manifestaran
a los Lacedemonios, falleció. Depusieron, pues, éstos
en favor de Leotíquidas, y además a Agesilao, varón
de excelentes calidades que tenía el patrocinio de Lisandro,
le perjudicaba el que Diopites, sujeto de grande opi- nión
en la interpretación de oráculos, acomodaba el siguiente
vaticinio a la cojera de Agesilao: Por más ¡oh Esparta!
que andes orgullosa y sana de tus pies, yo te prevengo que de
un reinado cojo te precavas; pues te vendrán inesperados
males, y de devastadora y larga guerra serás con fuertes
olas combatida. Eran muchos los que opinaban por el vaticinio
y se declaraban por Leotíquidas; pero Lisandro dijo que
Diopites no lo había entendido bien, pues el dios no se
oponía a que un cojo mandara en Esparta, sino que manifestaba
que entonces estaría cojo el reino cuando los bastardos
y mal nacidos reinasen sobre los Heraclidas con la cual interpretación
y su gran poder ganó la causa. y fue declarado rey Agesilao.
XXIII. Inclinóle, desde luego, Lisandro a formar una expedición
contra el Asia, lisonjeándole con la esperanza de acabar
con los Persas y engrandecerse. Con este objeto escribió
a sus amigos de Asia, proponiéndoles, que pidiesen a los
Lacedemonios nombraran a Agesilao por general para la guerra contra
los bárbaros. Vinieron éstos en ello, y enviaron
embajadores a Lacedemonia con aquella súplica; en lo que
no hizo Lisandro a Agesilao menor beneficio que en alcanzarle
el reino; pero los genios ambiciosos, aunque por otra parte no
son malos para el mando, por la envidia que tienen a los que compiten
con ellos en gloria suelen ser de mucho estorbo para las grandes
empresas, porque vienen a hacerse rivales cuando convenía
que fuesen cooperadores. Agesilao, pues, llevó consigo
a Lisandro entre los treinta consejeros, con ánimo de valerse
principalmente de su amistad; pero sucedió que, llegados
al Asia, eran muy pocos los que se dirigían a tratar con
aquel, no teniéndole conocido, mientras que a Lisandro,
por el anterior trato, los amigos le obsequiaban, y los sospechosos,
de miedo, le buscaban también y le hacían agasajos;
de manera que así como en las tragedias acontece con los
actores, que el que hace el papel de un nuncio o de un esclavo
es aplaudido y ensalzado, y no se hace caso, ni siquiera se presta
atención, al que lleva la diadema y el cetro, del mismo
modo aquí todo el obsequio y la autoridad era del consejero,
no quedándole al rey más que el nombre, desnudo
de todo poder. Era preciso, por tanto, hacer alguna rebaja en
tan incómoda ambición, y reducir a Lisandro al segundo
lugar, ya que no le fuese dado a Agesilao el desechar y apartar
de sí del todo a un hombre de tanta opinión, y su
bienhechor y su amigo. Así, lo primero que hizo fue no
darle ocasión ninguna para intervenir en los negocios ni
encargarle comisiones relativas a la milicia, y después,
si observaba que Lisandro tomaba interés y formaba empeño
por algunos, éstos eran los que menos alcanzaban, y cuales
quiera otros salían mejor librados que ellos, debilitando
así y entibiando poco a poco su poder, tanto, que el mismo
Lisandro, viéndose desairado en todo, y que su mediación
había venido a ser perjudicial a sus amigos, se retiró
de hacer por ellos, y les rogaba que se dejasen de obsequiarle
y se dirigieran al rey y a los que al presente podían hacer
bien a sus protegidos. A estos ruegos, muchos se abstuvieron de
importunarle en sus negocios; pero no se retiraron de obsequiarle,
sino que continuaron acompañándole en los paseos
y en los gimnasios; con lo que Agesilao, a causa de este honor,
se mostraba más incomodado que antes, en términos
que encargando a otros muchos del ejército diferentes comisiones
y el gobierno de las ciudades, a Lisandro le nombró distribuidor
de la carne; y luego, como para que más se corriese, decía
a los Jonios: Id ahora a mi distribuidor de carne y hacedle
la corte. Parecióle, pues, preciso a Lisandro entrar
ya en explicaciones con él, y el diálogo de ambos
fue muy breve y muy lacónico: ¿Te parece puesto
en razón ¡oh Agesilao! Humillar a tus amigos?- Sí,
si quieren hacerse mayores que yo, así como es muy justo
que los que contribuyen a aumentar mi poder participen de él.Acaso
en esto es más ¡oh Agesilao! lo que tú dices
que lo que yo he hecho, pero te ruego, aunque no sea más
que por los que de afuera nos observan, que me pongas en el ejército
en aquel lugar en que creas que he de incomodarte menos y te he
de ser más útil.
XXIV. Enviósele, de resultas, de embajador al Helesponto;
y aunque partió indignado contra Agesilao, no por eso descuidó
el cumplir con su deber. Al persa Espitridates, que estaba mal
con Farnabazo, y que sobre ser varón de generosa índole
tenía un ejército a sus órdenes, le persuadió
a la defección y le hizo pasarse a Agesilao, el cual para
nada se valió ya de él en aquella guerra; y como
el tiempo se pasase en esta inacción, regresó a
Esparta humillado y lleno de en- cono contra Agesilao. Estaba,
por otra parte, más disgustado todavía que antes
con todo aquel orden de gobierno, por lo cual, resolvió
el poner por obra, sin más dilación, lo que largo
tiempo antes traía en el ánimo y tenía meditado
para una mudanza y un trastorno, que era en el modo siguiente:
el linaje de los Heraclidas, que, unidos con los Dorios, se habían
trasladado al Peloponeso, era muy ilustre y florecía sobremanera
en Esparta; pero no todo él era admitido a participar de
la sucesión al trono, sino solamente los de dos casas,
los Euripóntidas y losAgíadas, y los demás
ninguna ventaja disfrutaban por su origen en el gobierno, sino
que los honores que se alcanzan por virtud eran indistintamente
para todos los que los mereciesen. Lisandro, pues, que era uno
de aquellos, después que por sus hazañas se elevó
a una gloria ilustre y se adquirió muchos amigos y gran
poder, veía con displicencia que la república le
debiese susaumentos y que reinasen sobre ella otros que en nada
eran mejores que él, y había pensado trasladar el
mando de solas estas dos casas, dándolo en común
a todos los Heraclidas y según algunos, no a éstos,
sino a todos los Espartanos, para que no fuera el premio de los
Heraclidas, sino de los que se asemejasen a Heracles en la virtud,
que fue la que a éste le granjeó los honores divinos,
con la esperanza de que, adjudicándose de este modo la
corona, ningún Espartano le sería preferido en la
elección.
XXV. El preparativo que excogitó al principio, y que trató
de poner por obra, fue persuadir a sus conciudadanos, disponiendo
al efecto un discurso trabajado con esmero por Cleón de
Halicarnaso; pero, reflexionando después sobre lo extraordinario
y grande de la novedad que intentaba, para la que eran necesarios
superiores auxilios, usando de máquinas, como en las tragedias,
impuso e introdujo vaticinios y oráculos, desconfiando
del efecto de la habilidad de Cleón, si al mismo tiempo
no atraía a los ciudadanos a su propósito, pasmándolos
y sobrecogiendo su ánimo con la superstición y el
temor de los dioses. Éforo dice que, habiendo intentado
sobornar a la Pitia, y después ganar, por medio de Ferecles,
a las Dodónidas, como hubiese salido mal en una y otra
tentativa, partió al templo de Amón y quiso también
corromper con grandes dádivas a aquellos ciudadanos, los
cuales, ofendidos de ello, enviaron a Esparta algunos que le acusasen,
y que, como fuese absuelto, dijeron los Africanos al tiempo de
retirarse a su país: Mejor juzgaremos nosotros ¡oh
Espartanos! cuando vengáis a habitar entre nosotros en
el África; porque se suponía haber un oráculo
antiguo sobre que habían de trasladar su residencia al
África los Lacedemonios. Mas de todo este enredo y esta
trama, que no deja de ser curiosa, ni tuvo un vulgar principio,
sino que, como un teorema matemático, procedió de
un punto a otro por medio de lemas difíciles y laboriosos,
hasta llegar a su complemento, daremos una puntual razón,
siguiendo las huellas de un historiador y filósofo.
XXVI Había en el Ponto una mozuela que decía haber
sido fecundada por Apolo, lo que muchos, como es natural, se resistían
a creer; otros pasaban por ello; y habiendo dado a luz un varón,
fueron muchas y muy conocidas las personas que se encargaron de
su crianza y educación. Púsosele por nombre Sileno,
por causa particular que parece había para ello. De aquí
tomó Lisandro el principio, y por sí fue preparando
y agregando lo demás, ayudándole en esta farsa no
pocos ni despreciables actores, los cuales trataron de hacer creíble
y sin sospecha lo que se decía del origen del niño,
y además divulgaron y esparcieron por Esparta que en letras
misteriosas guardaban los sacerdotes ciertos oráculos muy
antiguos a que les estaba vedado llegar y que no podían
sin sacrilegio ser tocados si no venía al cabo de largo
tiempo uno que fuera hijo de Apolo, y que, dando a los que los
custodiaban señales ciertas de su nacimiento, trajera consigo
las tablas en que los oráculos estaban escritos. Sobre
estos preparativos debía presentarse Sileno y pedir los
oráculos en calidad de hijo de Apolo, y los sacerdotes,
que estaban en el misterio, examinar cada cosa y asegurarse del
nacimiento; últimamente, persuadidos ya de ello, habían
de mostrarlo, como a hijo de Apolo, las letras, y él, delante
de muchos, había de leer otros varios vaticinios, y también
aquel por el que todo se fraguaba, relativo al rey; a saber: que
era mejor y mas conveniente para los Espartanos elegir sus reyes
entre los hombres de probidad. Cuando ya Sileno era mocito y el
enredo iba a ponerse en ejecución, se le desgració
a Lisandro su farsa, por cobardía de uno de los personajes
de ella, temblando y apartándose del intento en el punto
mismo de haber de llevarle a cabo. Mas en vida de Lisandro nada
de esto se supo a la parte de afuera, sino sólo después
de su muerte.
XXVII. Murió antes que Agesilao volviese del Asia, habiéndose
metido en la guerra con los Beocios o habiendo metido, por mejor
decir, a toda la Grecia, pues se dice de una y otra manera; y
el motivo, unos se lo achacan a él mismo, otros a los Tebanos,
y otros dicen haber sido común y dimanado de ambas partes.
Atribúyese a los Tebanos la interrupción de los
sacrificios en Áulide, y el que, sobornados Androclidas
y Anfiteo con el oro del rey para suscitar a los Lacedemonios
una guerra de toda al Grecia, acometieron a los de Focea y talaron
sus términos. De Lisandro se dice haberse irritado contra
los Tebanos porque ellos solos habían reclamado la décima
de la guerra, cuando los demás aliados guardaban silencio,
porque habían mostrado disgusto a causa de las riquezas
que Lisandro había enviada a Esparta, y más principalmente
por haber sido los que dieron a los Atenienses pie para libertarse
de los treinta tiranos que les puso Lisandro, y cuyo poder y terror
aumentaron los Lacedemonios, estableciendo que los fugitivos de
Atenas podrían ser reclamados y traídos de cualquier
parte y que quedarían fuera de los tratados los que se
opusieran a ello. Pues contra esto dieron los Tebanos los decretos
que correspondía, muy parecidos a las hazañas de
Heracles y Baco: que todas las casas y todos los pueblos
de la Beocia estarían abiertos a cualquier Ateniense que
en ellos buscara asilo: que el que no auxiliara a un Ateniense
fugitivo a quien querían llevárselo pagara de multa
un talento; y que si alguno conducía a Atenas por la Beocia
armas contra los tiranos, ningún Tebano lo viera ni lo
oyera. Y no se contentaron con tomar estas disposiciones,
tan propias de unos Griegos y tan llenas de humanidad, sin que
correspondieran las obras a las palabras, sino que Trasibulo y
los que le siguieron para tomar a Fila salieron de Tebas, proporcionándoles
los Tebanos armas, dinero, el no ser descubiertos y el dar principio
a su obra. Estas son las causas que inflamaron a Lisandro contra
los Tebanos.
XXVIII. Siendo ya inaguantable en su cólera por la melancolía,
exaltada por la vejez, acaloró a los Éforos, persuadiéndoles
que enviaran guarnición contra ellos, y encargándose
del mando, marchó con las tropas. Más adelante enviaron
también a Pausanias con un ejército, y éste,
rodeado el Citerón, se dirigía a invadir la Beocia
pero Lisandro se le adelantó por la Fócide con la
mucha gente que tenía a sus órdenes, y tomando a
Orcomene, que voluntariamente se le entregó, pasó
por Lebadea y la taló. Envió de allí a Pausanias
una carta, previniéndole que de Platea pasase a Haliarto,
pues él, al rayar el día, estaría ya sobre
las murallas de los Haliartios. Esta carta vino a poder de los
Tebanos por haber tropezado con unos exploradores el que la llevaba.
Los Tebanos, habiendo acudido en su socorro los Atenienses, encomendaron
a éstos su ciudad, y ellos, marchando al primer sueño,
se anticiparon un poco a Lisandro en llegar a Haliarto, entrando
alguna parte de la gente en la ciudad. Determinó aquel,
por lo pronto, acampando su ejército en un collado, esperar
allí a Pausanias; pero ya muy entrado el día, como
no le fuese dado permanecer, tomó las armas y, exhortando
a los aliados, marchó en derechura por el camino con su
tropa formada hacia las murallas. De los Tebanos, los que habían
quedado fuera, dejando a la ciudad a la izquierda, se dirigieron
contra la retaguardia de los enemigos junto a la fuente llamada
Cisusa, en la que, según la fábula, lavaron sus
nodrizas a Baco recién nacido, pues su agua, brillante
con un cierto color de vino, es sumamente transparente y muy dulce
de beber. Nacen, no lejos de ella, estoraques de Creta, lo que
los Haliartios tienen por señal de haber residido allí
Radamanto, cuyo sepulcro muestran, llamándole Alea. Hállase
también cerca el sepulcro de Alcmena, porque dicen que
fue allí enterrada, habiendo casado con Radamanto después
de la muerte de Anfitrión. Los Tebanos de la ciudad, que
se hallaban formados con los Haliartios, hasta allí se
habían estado quietos; pero cuando vieron que Lisandro,
entre los primeros, avanzaba contra las murallas, abrieron de
repente las puertas y, saliendo con ímpetu, le dieron muerte,
juntamente con el agorero y con algunos pocos de los demás;
porque la mayor parte huyeron precipitadamente a incorporarse
con la hueste; mas como los Tebanos no se detuviesen sino que
fuesen en su seguimiento, todos se entregaron a la fuga por aquellas
alturas, pereciendo unos mil de ellos. Perecieron también
unos trescientos Tebanos que persiguieron a los enemigos por las
mayores asperezas y derrumbaderos. Estaban éstos notados
de partidarios de los Lacedemonios, y para lavarse ante sus conciudadanos
de esta mancha habían tenido en la persecución poca
cuenta con sus personas, y esto fue lo que los condujo a su perdición.
XXIX. Fue anunciada a Pausanias esta derrota cuando estaba en
camino desde Platea para Tespias, y formando su tropa se dirigió
a Haliarto. Acudió también Trasibulo desde Tebas
con los Atenienses, y queriendo Pausanias recobrar por capitulación
los muertos, llevándolo a mal los más ancianos de
los Espartanos, altercaron entre sí, y yendo después
en busca del rey le expusieron que Lisandro no debía ser
recobrado por capitulación, sino con las armas, y que,
combatiendo cuerpo a cuerpo y venciendo, así era como se
le había de dar sepultura; y si fuesen vencidos, sería
muy glorioso yacer allí con su general. Así le hablaron
los ancianos; pero viendo Pausanias que era obra mayor sobrepujar
a los Tebanos cuando acababan de triunfar, y que habiendo perecido
Lisandro muy cerca de las murallas no había otro medio
para rescatarle que capitular o vencer, envió un heraldo,
y, hecho el tratado, retiró sus tropas. Los que traían
a Lisandro, luego que estuvieron en los términos de la
Beocia, le dieron tierra en el país de los Panopeos, que
era amigo y aliado, donde ahora está su sepulcro, junto
al camino que va a Queronea desde Delfos. Estando allí
acampado el ejército, se dice que, refiriendo un Focense
el combate a otro que no se halló presente, expresó
haberles acometido los enemigos cuando Lisandro acababa de pasar
el Hoplites, y que, como se maravillase un Espartano, amigo de
Lisandro, y preguntase cuál era el que llamaba Hoplites,
pues no conocía el nombre, el otro había respondido:
Allí donde los enemigos dieron muerte a los primeros
de los nuestros, porque al arroyo que corre junto a la ciudad
le llaman Hoplites; lo que, oído por el Espartano,
se echó a llorar, y exclamó: ¡Cuán
inevitable es al hombre su hado!; pues, según parece,
se había entregado a Lisandro un oráculo que decía
así: Te prevengo que evites, diligente, el resonante Hoplites
y el doloso terrígena dragón que a traición
hiere. Mas algunos dicen que el Hoplites no corre junto a Haliarto,
sino que cerca de Coronea hay un torrente, que, incorporado con
el río Filaro, pasa junto a aquella ciudad, y que éste,
llamándose antes Hoplia, ahora es nombrado Isomanto. El
Haliartio que dio muerte a Lisandro, llamado Neocoro, llevaba
por insignia en el escudo un dragón, y a esto se infiere
que aludía el oráculo. Dícese asimismo que
a los Tebanos, en tiempo de la guerra del Peloponeso, les vino
un oráculo de Apolo Ismenio, que, juntamente con la batalla
de Delio, predecía también ésta de Haliarto,
que fue treinta años después de aquella; el oráculo
era éste: Del lobo con el límite ten cuenta cuando
en acecho vayas; y te guarda del Orcálide, monte, que no
es nunca de la astuta vulpeja abandonado. Llamó límite
al lugar de Delio, por estar en el confín entre la Beocia
y el Ática, y Orcálide al collado que ahora se llama
Alópeco o de la Zorra, sito en el territorio de Haliarto,
por la parte del Helicón.
XXX. Muerto de esta manera Lisandro, sintieron tanto, por lo
pronto, los Espartanos su falta, que intentaron contra el rey
causa de muerte; y como éste no se atreviese a sostenerla,
huyó a Tegea, y allí vivió pobre en el bosque
de Atena; por cuanto, descubierta con la muerte la pobreza de
Lisandro, ésta hizo más patente su virtud; pues
que entre tantos caudales, tanto poder, tanto séquito de
las ciudades y tanto obsequio de los reyes, en punto a riqueza
en nada adelantó su casa, según relación
de Teopompo, a quien más fácilmente dará
cualquiera crédito cuando alaba que no cuando vitupera,
pues no es más sabroso reprender que celebrar. Éforo
dice que más adelante, habiéndose promovido en Esparta
cierta disputa relativa a los aliados, y siendo necesario acudir
a los documentos que reservó en su poder Lisandro, pasó
a su casa Agesilao, y que, habiendo encontrado el cuaderno en
que estaba escrito el discurso sobre la forma de la república,
y en razón de que debía hacerse común la
autoridad real, sacándola de manos de los Euripóntidas
y los Agíadas, y elegirse el rey entre los ciudadanos de
mayor probidad, era la intención de Agesilao mostrar el
discurso a los ciudadanos, y hacerles ver qué hombre era
Lisandro y cuán errados habían andado acerca de
él; pero que Lacrátidas, varón prudente y
el primero entonces de los Éforos, se había opuesto
a Agesilao, diciéndole que no convenía desenterrar
a Lisandro, sino más bien enterrar con él el discurso.
¡Tanto era el arte y habilidad con que estaba dispuesto!
Diéronle después de muerto diferentes honores, y
a los que estaban desposados con sus hijas y se apartaron después
de su fallecimiento por ver que era pobre, los castigaron con
una multa, pues que le obsequiaron mientras le tuvieron por rico,
y cuando vieron por su misma pobreza que había sido justo
y recto le abandonaron; y es que, a lo que parece, en Esparta
había establecidas penas contra los que no se casaban,
contra los que se casaban tarde y contra los que se malcasaban,
y en ésta incurrían, principalmente, los que buscaban
más bien a los ricos que a los honrados y parientes, que
es lo que hemos tenido que referir de Lisandro.
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