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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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LÚCULO
I. El abuelo de Luculo había obtenido
la dignidad consular, y era tío suyo, por parte de madre,
Metelo, el llamado Numídico; pero su padre había
sido, condenado en causa de soborno, y su madre, Cecilia,'estaba
notada de vivir con poco recato. La primera obra por donde Luculo
se dio a conocer, antes de pedir magistratura ninguna y antes
de tomar parte en el gobierno, fue la de hacer juzgar al acusador
de su padre, Servilio el augur, que había malversado los
caudales públicos, acción que a todos los Romanos
les mereció elogios, teniendo siempre en la boca aquel
juicio como una muestra de virtud. En general, el hecho de acusar,
aun sin particular motivo, no era entre ellos mal mirado, sino
que se complacían en ver a los jóvenes perseguir
a los malos como a las fieras los cachorros de buena casta. Excitó
tanto la curiosidad aquella causa, que en fuerza del concurso
hubo caídas y algunos heridos; pero Servilio fue absuelto.
Habíase ejercitado Luculo en hablar corrientemente ambas
lenguas, griega y latina; así es que Sila, al escribir
sus propios hechos, le dirigió la palabra, como a persona
que sabía disponer y ordenar la Historia con mayor perfección;
porque su pronto y buen decir no se limitaba al uso preciso, a
la manera de quien el foro agita Cual atún las ondas y
después, fuera de la plaza, En seco muere con trabada lengua;
sino que siendo todavía joven había adquirido ya,
atraído de su belleza, aquella educación esmerada
que se llama liberal. De anciano, enteramente dedicó su
ánimo, fatigado de tantas contiendas, al ejercicio y recreo
de la filosofía, entregado a la investigación de
la verdad, por haber dado de mano en oportuno tiempo a la ambición,
a causa de su desavenencia con Pompeyo. Acerca de su afición
a las letras se refiere, además de lo dicho, que siendo
todavía mozo, con ocasión de cierta disputa que
tuvo con el jurisconsulto Hortensio y el historiador Sisena, la
que vino a hacerse un poco seria, se comprometió a escribir
la Guerra Mársica, en verso o en prosa, en griego o en
latín, según lo declarase la suerte, y parece que
ésta determinó que fuera en prosa griega, pues que
dura aún hoy su historia de la Guerra Mársica escrita
en esta lengua. Son muchas las pruebas que hay del amor que tenía
a su hermano Marco; pero los Romanos conservan, sobre todo, la
memoria de la primera; y es que, con ser él de más
edad entre los dos, no quiso tomar parte solo en el gobierno,
sino que esperó a que éste se hallara ya en sazón,
y entonces ganó de tal manera la afición del pueblo,
que juntos fueron nombrados ediles, sin embargo de que él
se hallaba ausente.
II. Era todavía joven al tiempo de la Guerra Mársica,
y dio ya en ella muchos ejemplos de valor y de prudencia; pero
las calidades que Sila apreciaba más en él eran
su entereza y afabilidad; así, le empleó desde el
principio en los negocios que pedían grande diligencia,
de los cuales fue uno el cuidado de la moneda. Por tanto, él
fue quien en la Guerra Mitridática acuñó
la mayor parte, la cual de su nombre se llamó Luculeya,
y por mucho tiempo se empleó en los continuos cambios de
los soldados para proveerse de lo necesario. Después de
esto, vencedor Sila por tierra en Atenas, como los enemigos le
tuviesen cortado por el mar, en el que dominaban, y le interceptasen
los víveres, llamó a Luculo del Egipto y la Libia,
mandándole venir de allí con sus naves. Era esto
en el rigor del invierno, y con tres barcas griegas y otras tantas
galeras rodias de dos bancos se arrojó al gran mar por
entre las naves enemigas que, por lo mismo que dominaban, discurrían
libremente por todas partes; abordó, sin embargo, a Creta,
la agregó a la república, y hallando a los de Cirene
en estado de insurrección, con motivo de sus continuas
tiranías y guerras, los sosegó y arregló
su gobierno, trayéndoles a la memoria aquella sentencia
de Platón, que fue una especie de profecía. Porque,
rogándole, según es fama, que les dictase leyes
y diese a su pueblo una forma de prudente y justo gobierno, les
respondió que era muy difícil dar leyes a los Cireneos
mientras estuviesen en tanta prosperidad, pues nada hay más
indomable que un hombre engreído con su dicha, ni, a la
inversa, nada más dócil que el abatido por la fortuna,
que fue lo que entonces hizo a los Cireneos sumisos a su legislador
Luculo. De allí, volviendo a hacerse a la vela para Egipto,
perdió la mayor parte de sus barcos, tomándoselos
los piratas; mas él se salvó, y fue magníficamente
recibido en Alejandría, porque le salió al encuentro
toda la armada, adornada primorosamente, como se ejecuta cuando
navega el rey; y Tolomeo, que era aún muy mozo, sobre manifestarle
en todo el mayor aprecio, le dio habitación y cumplido
hospedaje en su palacio, lo que nunca antes se había hecho
con otro general extranjero que allí hubiese arribado.
En cuanto a la comida y demás gastos, no se le dio lo que
a los demás, sino el cuádruplo; de lo que él,
sin embargo, no consumió más que lo preciso, ni
recibió los presentes que se le enviaron, apreciados en
ochenta talentos. Dícese que ni subió a Menfis ni
vio ninguno de los prodigios tan admirables y celebrados del Egipto,
diciendo que éstos eran espectáculos para gente
desocupada y divertida? y no para él, que había
dejado a su emperador al raso, acampado en las mismas fortificaciones
de los enemigos.
III. Retiróse Tolomeo de la alianza, temeroso de tener
que hacer la guerra; no obstante esto, le dio naves que le acompañasen
hasta Chipre, y, saludándole y obsequiándole en
él mismo puerto, le regaló una esmeralda engastada
en oro, de las más raras y preciosas; y aunque al principio
se negó a admitirla, haciéndole ver el Rey que estaba
grabado en ella su retrato, temió rehusarla, no se creyera
que se retiraba enteramente enemistado y se le persiguiese en
el mar. En la misma navegación fue reuniendo gran número
de naves de las ciudades litorales, a excepción de las
de aquellos que estaban dados a la piratería; dirigióse
a Chipre, y como allí se le asegurase que, hechos al mar
los enemigos, le estaban esperando en los promontorios, retiró
todas las lanchas y escribió a las ciudades, hablándoles
de invernaderos y de víveres, como si allí hubiera
de pasar la estación; mas, luego que tuvo viento, levantando
áncoras, se hizo de repente a la vela, y navegando de día
con los lienzos recogidos, y tendidos de noche, aportó
salvo a Rodas. Proporcionándoles naves los Rodíos,
persuadíó a los de Co y Gnido que, abandonando el
partido del Rey, se le reuniesen para militar contra los de Samos.
De Quío arrojó por sí mismo a las tropas
del Rey y dio libertad a los Colofonios, apoderándose de
Epígono, su tirano. Ocurrió por aquel mismo tiempo
el que Mitridates abandonase a Pérgamo, reducido a arrinconarse
en Pítane; y como allí le tuviese encerrado y sitiado
Fimbria, puso toda su atención y consideración en
el mar, juntando y enviando a llamar las diferentes escuadras
que por todas partes tenía, desconfiado enteramente de
poder combatir y venir a las manos con Fimbria, hombre de suyo
arrojado y que se hallaba vencedor. Previólo éste,
y hallándose sin armada envió mensajeros a Luculo,
rogándole que viniera con su escuadra y le ayudara a acabar
con el más enemigo de los reyes, no fuera que de entre
las manos se le escapase a Roma Mitridates, último premio
de tantos combates y trabajos, ya que él mismo se había
venido a ellas y metido en el garlito; pues si se le cogiese,
nadie tendría más parte en esta gloria que el que
hubiera impedido su fuga y le hubiera echado mano al quererse
escapar, y el vencimiento se atribuiría a entrambos, al
uno por haberle lanzado de la tierra y al otro por haberle vedado
el paso del mar, sin lo cual los tan celebrados triunfos conseguidos
por Sila en Orcómeno y en Queronea no les merecerían
a los Romanos consideración ninguna. Y en verdad que estas
reflexiones eran muy puestas en razón, no habiendo nadie
a quien se oculte que si entonces Luculo, que no se hallaba lejos,
se hubiera prestado a los ruegos de Fimbria, y acudiendo con sus
naves hubiera cerrado el puerto con su escuadra, habría
tenido término aquella guerra y todos se habrían
puesto fuera del alcance de infinitos males; pero, bien sea que
antepusiese a todo bien privado y común el mantenerse fiel
a Sila, o bien que no quisiese dar oídos a un hombre abominable
como Fimbria, manchado por disputa de mando con la sangre de un
general y amigo suyo, o bien, finalmente, que por disposición
superior se hubiera reservado para sí a Mitridates, manteniendo
en vida a este antagonista, lo cierto es que no condescendió.
Así le proporcionó a Mitridates el poder evadirse
por mar y burlarse de todo el poder de Fimbria, y él entonces
lo primero que hizo fue batir y destrozar las naves del rey, que
se habían aparecido en Lecto, promontorio de la Tróade;
y después, viendo que Neoptólemo navegaba con mayor
aparato por la parte de Ténedo, se adelantó allá
él solo, montando una galera rodia de cinco órdenes,
de la que era capitán Damágoras, hombre muy adicto
a los Romanos y muy ejercitado en los combates navales. Movió
Neoptólemo con grande ímpetu, y como diese orden
al timonero de que dirigiera para un fuerte choque, temiendo Damágoras
el peso de la nave real y la punta de su bronceado espolón,
no se atrevió a oponérsele de proa, sino que, dando
prontamente la vuelta, maniobró para que el choque fuese
por la popa, con lo que el golpe que por aquella parte recibió
fue sin daño alguno, por haber recaído en la parte
de la nave metida en el agua. Llegaron en ésto los suyos,
y, dando orden Luculo para que su nave se volviese de frente,
después de haber ejecutado hazañas dignas de memoria,
obligó a huir a los enemigos y se puso en persecución
de Neoptólemo.
IV. Uniéndose desde allí con Sila en el Quersoneso,
cuando ya éste se proponía regresar, le proporcionó
un viaje seguro y transportes para el ejército. Como después
de hechos los tratados y de retirado Mitridates al Ponto Euxino
hubiese Sila impuesto al Asia veinte mil talentos. parece que
fue para las ciudades un alivio de la severidad y aspereza de
Sila el que en un encargo tan duro y desagradable se les mostrase
Luculo no solamente íntegro y justo sino también
afable y benigno. A los de Mitilena, que se habían pasado
al otro partido, tenía determinado guardarles cierta consideración
y que fuera suave el castigo por lo que habían hecho en
favor de Mario; pero hallándolos irreducibles, marchó
contra ellos, y venciéndolos en batalla los encerró
dentro de sus murallas. Habíales puesto sitio; pero de
día, y muy a su vista, navegó para Elea, y volviendo
después sin ser visto ni advertido, se puso cerca de la
ciudad en asechanza, y como los Mitileneos valiesen sin orden
y sumamente confiados a apoderarsé de un campamento que
suponían abandonado, cayendo sobre ellos hizo prisioneros
a la mayor parte, y de los que se defendieron mató unos
quinientos, habiendo sido seis mil los cautivos e inmenso el botín
que les tomó. Así, detenido en el Asia por una disposición
al parecer divina para desempeñar estos encargos, ninguna
parte tuvo en los muchos y diversos males con que Sila y Mario
afligieron entonces a los habitantes de toda la Italia; sin embargo,
no mereció a Sila menor aprecio que los demás de
sus amigos, antes le dedicó por afecto, como hemos dicho,
la obra de sus Comentarios, y al morir le nombró tutor
de su hijo, no haciendo cuenta de Pompeyo, lo cual parece haber
sido el primer motivo de desavenencia y de celos entre estos dos
jóvenes, inflamados igualmente del deseo de gloria.
V. Poco después de la muerte de Sila fue nombrado cónsul
con Marco Cota en la Olimpíada ciento setenta y seis, y
habiendo muchos que trataban de remover la Guerra Mitridática,
dijo Marco que no estaba dormida, sino sondormida solamente; por
lo cual, como en el sorteo de las provincias le hubiese cabido
a Luculo la Galia Cisalpina, lo sintió vivamente, porque
no podía ofrecer ocasión para grandes empresas.
Mortificábale, sobre todo, que Pompeyo iba ganando en España
una aventajada opinión, y podía tenerse por cierto
que, si daba glorioso término a la guerra española,
al punto se le nombraría general contra Mitridates. De
aquí es que, pidiendo éste caudales, y escribiendo
que si no se le facilitaban abandonaría a la España
y a Sertorio, pasando a la Italia con todas sus fuerzas, Luculo
contribuyó con el mayor empeño a que se le enviasen,
para quitar aquel motivo de que volviese durante su consulado,
no dudando de que en la ciudad todo estaría a su devoción
si en ella se presentase con un ejército tan poderoso.
Además de que Cetego, árbitro entonces del gobierno,
no por otra causa, sino porque en cuanto hacía y decía
no llevaba otra mira que la de complacer, estaba particularmente
enemistado con Luculo, por cuanto éste había desacreditado
su conducta, cubierta de amores inhonestos, de liviandad y de
toda especie de desórdenes. A éste, pues, le hacía
guerra abierta; a Lucio Quincio, otro de los demagogos declarado
contra las providencias de Sila, que estaba dispuesto a turbar
todo el orden establecido, ora mitigándole en particular
y ora advirtiéndole en público, logró apartarle
de aquel propósito, y sosegó su ambición
manejando política y saludablemente el principio de un
gravísimo mal.
VI Vino en esto la noticia de haber muerto Octavio, que gobernaba
en la Cilicia, y siendo muchos los que aspiraban a aquella provincia,
y que, por tanto, hacían la corte a Cetego, como que era
el que había de tener el mayor influjo para conferirla,
Luculo, por la Cilicia misma, no hubiera hecho gran diligencia;
pero echando cuenta con que si la alcanzaba, hallándose
cerca la Capadocia, ninguno otro sería enviado a la guerra
contra Mitridates, no dejó piedra por mover para que no
le fuese arrebatada por otro la provincia, y aun compelido de
esta necesidad pasó contra todo su genio por una cosa nada
decente ni laudable, aunque sí muy útil para su
objeto. Había entonces una tal Precia de nombre, de las
más celebradas en la ciudad por su belleza y cierta gracia,
sin que en lo demás se diferenciase de las otras que ejercían
su infame profesión. Solía valerse de los que la
frecuentaban y tenían trato con ella para los negocios
y solicitudes de sus amigos, con lo que, añadiendo a las
demás dotes la de parecer buena y diligente amiga, alcanzó
bastante influjo. Sobre todo, cuando logró atraer y tener
por su amante a Cetego, que era el de más nombre y el que
todo lo podía en la ciudad, entonces puede decirse que
se pasó a ella todo el poder; porque nada se hacía
en la república sin que Cetego lo dispusiese y sin que
Precia lo obtuviera de Cetego. Ganándola, pues, Luculo
con dádivas y agasajos- además de que para una mujer
vana y orgullosa era ya grande premio el que la vieran interesada
por Luculo-, tuvo ya éste a Cetego por su panegirista y
por su agente para alcanzar la Cilicia. Una vez conseguida, ya
no hubo menester para nada ni a Precia ni a Cetego, sino que todos
a una pusieron en su mano la Guerra Mitridática, pensando
que no había otro que pudiera administrarla mejor, por
hallarse todavía Pompeyo enredado en la guerra con Sertorio,
y no estar ya Metelo para tamaña empresa, a causa de su
edad, que eran los dos únicos que podía tener Luculo
por dignos rivales para aquel mando. Con todo, su colega Cota
obtuvo, a fuerza de instancias, del Senado que se le enviara con
una escuadra a defender la Propóntide y proteger la Bitinia.
VII. Luculo, teniendo consigo una legión ya formada, partió
con ella al Asia, donde se hizo cargo de las demás tropas
que allí existían, las cuales todas estaban corrompidas
con el regalo y la codicia; y además, las llamadas Fimbrianas,
por la costumbre de la anarquía y el desorden, habían
perdido enteramente la disciplina: porque estos mismos soldados
eran los que con Fimbria habían dado muerte a Flaco, cónsul
y general, y los que después habían puesto a Fimbria
en manos de Sila: hombres insubordinados y violentos, aunque,
por otra parte, buenos militares, sufridos y ejercitados en la
guerra. Con todo, Luculo, en muy breve tiempo, supo contener la
insolencia de éstos y traer a los otros al orden, pues,
según parece, hasta entonces no habían servido bajo
el mando de un verdadero general, sino que se les había
lisonjeado y dejado hacer su gusto para mantenerlos en la milicia.
Por lo que hace a los enemigos, su estado era el siguiente. Mitridates,
a la manera de los sofistas, al principio ostentoso y hueco, se
había presentado contra los Romanos con unas tropas endebles
en sí, aunque brillantes y de gran pompa a la vista; pero,
después de vencido y escarnecido con este escarmiento,
cuando hubo de volver a la lid, ya ordenó y dispuso su
ejército de manera que pudiera obrar y le fuese útil;
porque, removiendo de él la muchedumbre indisciplinada
de gentes, aquellas amenazas de los bárbaros hechas en
diferentes lenguas, y el aparato de armas doradas y guarnecidas
con piedras, más propias para ser despojo del enemigo que
para fortalecer al que las lleva, adoptó la espada romana,
entretejió escudos espesos y fuertes, cuidó más
de que los caballos estuvieran ejercitados que de presentarlos
galanos, y de este modo formó en falange romana ciento
veinte mil infantes y diez y seis mil caballos, sin contar los
cuatro de cada carro falcado, siendo éstos en número
de ciento; con lo cual, y con hacer que las naves no estuvieran
adornadas de pabellones de oro y de baños y cámaras
deliciosas para mujeres, sino pertrechadas más bien de
armas, de dardos y de toda especie de municiones, vino sobre la
Bitinia, recibiéndole otra vez con gozo las ciudades; y
no sólo éstas, sino el Asia toda, que había
vuelto a experimentar los males pasados, por haberla tratado de
un modo intolerable los exactores y alcabaleros romanos, a los
cuales Luculo echó de allí más adelante como
arpías que devoraban los mantenimientos, contentándose
por entonces con procurar hacerlos más moderados a fuerza
de amonestaciones, al mismo tiempo que sosegaba las inquietudes
de los pueblos, pues, para decirlo así, no había
uno que no anduviese agitado y revuelto.
VIII. El tiempo que Luculo dedicaba a estos objetos túvole
Cota por ocasión favorable para pelear con Mitridates,
a lo que se preparó; y como por muchos se le anunciase
que Luculo estaba ya de marcha con su ejército en la Frigia,
pareciéndole que nada le faltaba para tener el triunfo
entre las manos, a fin de que Luculo no participase de él,
se apresuró a dar la batalla. Mas, derrotado a un mismo
tiempo por tierra y por mar, habiendo perdido sesenta naves con
todas sus tripulaciones y cuatro mil infantes, encerrado y sitiado
en Calcedonia, tuvo que poner ya en Luculo su esperanza. Había
quien incitaba a Luculo a que, sin hacer cuenta de Cota, fuera
mucho más adelante, para tomar el reino de Mitridates mientras
estaba indefenso; éste era, sobre todo, el lenguaje de
los soldados, los cuales se indignaban, de que Cota no sólo
se hubiera perdido a sí mismo por su mal consejo, sino
que, además, les fuese a ellos un estorbo para vencer sin
riesgo; pero arengándolos Luculo les dijo que más
quería salvar del poder de los enemigos a un Romano que
tomar todo cuanto pudieran tener aquellos. Asegurábale
Arquelao, general, en la Beocia, de Mitridates, pero que después
se había pasado a los Romanos y militaba con ellos, que
con dejarse ver Luculo en el Ponto sería inmediatamente
dueño de todo; mas respondióle que no había
de ser él más tímido que los cazadores, para
que, teniendo las fieras a la vista, se hubiera de ir a perseguir
sus madrigueras; y en seguida se dirigió contra Mitridates
con treinta mil infantes y dos mil quinientos caballos. Puesto
ya a vista de los enemigos, admirado de su número, determinó
evitar la batalla y ganar tiempo; pero, presentándosele
Mario, general que había sido por Sertorio enviado desde
España con tropas en auxilio de Mitridates, y provocándole,
se mantuvo en orden como para dar batalla; y cuando apenas faltaba
nada para trabarse el combate, de repente, sin mutación
ninguna visible, se rasgó el aire y se vio un cuerpo grande,
inflamado, caer entre ambos ejércitos, siendo en su figura
semejante a una tinaja y en su color a la plata candente; lo que
puso miedo a unos y a otros, y los separó. Dícese
que este suceso ocurrió en la Frigia, en el sitio llamado
Otrias. Luculo, reflexionando que no podía haber prevenciones
ni riquezas que bastasen a mantener por largo tiempo tantos millares
de hombres como Mitridates tenía reunidos, mandó
que le trajesen a uno de los cautivos, y lo primero que supo de
él fue cuántos camaradas eran en su tienda, y después
cuántos víveres había dejado en ella; luego
que les respondió, hizo que se retirara, y del mismo modo
mandó comparecer al segundo y tercero, etc. Multiplicando
luego la cantidad de provisiones por el número de los que
las consumían, halló que a los enemigos no les quedaban
víveres más que para tres o cuatro días,
por lo cual resolvió con más justa razón
ir dando tiempo, y acopló en su campamento cuantos víveres
pudo recoger, para acechar, estando él sobrado, el momento
de escasez en los enemigos.
IX. En esto, Mitridates armó lazos a los de Cícico,
maltratados ya de la batalla de Calcedonia, en la que habían
perdido trece mil hombres y diez naves; mas queriendo que no lo
entendiese Luculo, movió después de la cena, una
noche oscura y lluviosa, y se apresuró a poner su campamento,
al rayar el día, enfrente de la ciudad, junto al monte
de Adrastea. Habiéndolo llegado a saber Luculo, fue en
su seguimiento, y teniéndose por contento con no dar desapercibido
en manos de los enemigos, fijó sus reales en un territorio
llamado Tracia, y en sitio perfectamente puesto respecto de los
caminos y pueblos por donde y de donde necesariamente había
de surtirse de víveres Mitridates. Por tanto, comprendiendo
ya en su ánimo lo que había de suceder, no usó
de reserva con sus soldados, sino que, acabado de establecer el
campamento, y fenecidas las obras, los reunió sin dilación,
y, arengándoles, les anunció con grande regocijo
que en breves días, sin necesidad de derramar sangre, les
daría la victoria. Mitridates, poniendo por tierra en derredor
de Cícico diez campamentos y cerrando por la mar con naves
el estrecho que separa la ciudad del continente, sitiaba por una
y otra parte a los habitantes, alentados y resueltos, por todo
lo demás, a sufrir los mayores trabajos por amor de los
Romanos, y solamente inquietos por no saber dónde paraba
Luculo, y eso que le tenían al frente y bien a la vista;
pero los de Mitridates los engañaron, porque, mostrándoles
a los Romanos, que tenían ocupadas las alturas, ¿Veis
aquellos?- les dijeron-. Pues es el ejército de los Armenios
y los Medos, enviado por Tigranes a Mitridates para darle auxilio.
Sobrecogiéronse entonces al ver sobre sí tan formidable
aparato de guerra, perdiendo hasta la esperanza de que, aun cuando
sobreviniese Luculo, le quedara lugar por donde socorrerlos. Con
todo, Arquelao les envió a Demonacte, y éste fue
el primero que les anunció hallarse a la vista de Luculo.
No queriendo darle crédito, por parecerles que aquella
noticia la había inventado para no dejarlos sin algún
consuelo, llegó oportunamente un joven que, estando cautivo,
había podido fugarse. Preguntáronle donde estaba
Luculo, y él se echó a reír, creyendo que
se burlaban; mas cuando vio que iba de veras, les mostró
con el dedo el campamento de los Romanos, con lo que nuevamente
cobraron ánimo. Al mismo tiempo, estando la laguna Dascilítide
llena de lanchas bastante capaces, hizo Luculo traer una a la
orilla, y tirándola después con un carro hasta el
mar, colocó en ella cuantos soldados cupieron, y haciendo
éstos la travesía de noche, entraron en la ciudad
sin que se enterasen los enemigos.
X. Hasta con prodigios fueron los de Cícico alentados
por los dioses, como complaciéndose de su valor, habiendo
ocurrido, entre otros, el de que, venida la fiesta de Prosérpina,
les faltaba para el sacrificio la vaca negra, y formando una de
harina, la pusieron sobre el ara; pero la vaca sagrada, que se
había criado destinada para la Diosa, y que con los demás
ganados de los de Cícico estaba pastando a la parte de
afuera, en aquel mismo día, separándose de la manada,
se fue corriendo sola a la ciudad y se presentó por sí
misma al sacrificio. Aparecióse asimismo la Diosa entre
sueños a Aristágoras, escriba público, y
yo también vengo- le dijo-, trayendo al flautista
Áfrico contra el trompetero Póntico; di, pues, a
los ciudadanos que tengan ánimo. Maravilláronse
los Cicicenos del aviso, y al amanecer se mostró ya el
mar alterado, levantándose un viento incierto. A su primer
soplo, las máquinas del Rey, obras admirables del tesalio
Nicónidas, arrimadas a los muros, con la agitación
y el ruido anunciaron lo que iba a suceder; y luego, dominando
un austro de una fuerza increíble, en un momento destrozó
todas las demás máquinas, y con el sacudimiento
hizo también pedazos una torre que había de madera.
En Ilio se refiere haber sido Atena vista por muchos entre sueños,
cubierta de sudor y rasgado el peplo, diciendo que entonces mismo
venía de ayudar a los Cicicenos, y los Ilienses mostraban
una columna que contenía los decretos e inscripciones relativas
a este asunto.
XI A Mitridates, mientras que, fascinado por sus generales, no
echó de ver el hambre que afligía a su ejército,
le mortificaba el que los Cicicenos fuesen esquivando los efectos
del sitio; pero después, repentinamente, decayó
de su ambición y de su orgullo cuando se enteró
de las privaciones de sus soldados, que llevaban hasta el extremo
de comer carne humana; porque Luculo no hacía la guerra
galanamente y por ostentación, sino como dice el proverbio,
encaminándola al vientre, y poniendo el mayor esmero en
que por ninguna vía pudiera llegarles víveres. Hallábase
éste ocupado en sitiar una fortaleza, y como se apresurase
Mitridates a aprovechar la ocasión, y enviase a la Bitinia
casi todos los de caballería con los trenes, y de la infantería
los inutilizados, llegándolo a entender Luculo, regresó
en aquella misma noche al campamento; y a la mañana, sin
embargo de hacer muy mal día, llevando consigo diez cohortes
y la caballería, se puso en su persecución, mojándose
y con gran incomodidad, tanto, que muchos de los soldados, cediendo
al frío, se le quedaron por el camino; pero con los otros
alcanzó a los enemigos en las inmediaciones del río
Ríndaco, y causó en ellos tal destrozo, que las
mujeres que habían acudido de Apolonia saquearon el bagaje
y despojaron a los muertos. Siendo éstos muchos, como se
deja conocer, tomó seis mil caballos e innumerable muchedumbre
de acémilas, cautivando todavía quince mil hombres,
y a todos éstos los presentó delante del campamento
de los enemigos. No puedo menos de maravillarme de que diga Salustio
que entonces vieron los Romanos camellos por la primera vez, no
considerando que ya antes los habían de haber visto los
que con Escipión vencieron a Antíoco y los que recientemente
habían combatido con Arquelao junto a Orcómeno y
Queronea. Teniendo además Mitridates determinado huir con
precipitación, procuraba poner a Luculo estorbos y dilaciones
a la espalda, para lo que despachó a Aristonico, prefecto
de la escuadra, al mar de Grecia; pero en el mismo momento de
hacerse a la vela se apoderó de él Luculo y de diez
mil áureos que llevaba consigo, con el objeto de sobornar
alguna parte del ejército romano. En tanto, Mitridates
huyó hacia el mar y los generales conducían el ejército;
mas sorprendiólos también Luculo junto al río
Granico, y cautivó la mayor parte, habiendo dado muerte
a unos veinte mil. Dícese, pues, que de tantos millares
de hombres como habían venido, así de los de guerra
como de las demás clases, fueron muy cerca de trescientos
mil los que perecieron.
XII. Luculo lo primero que hizo fue dirigirse a Cícico,
donde gozó el placer y buen recibimiento que era consiguiente;
y después, para reforzar su armada, recorrió el
Helesponto. Llegado a la Tróade, se albergó en el
templó de Afrodita, y aquella noche, después de
recogido, le pareció tener presente a la diosa y que le
decía: Iracundo león, ¿tú estás
dormido cuando tan cerca tienes a los ciervos? Levantándose,
pues, y convocando a sus amigos todavía de noche, les refirió
su sueño. Al propio tiempo llegaron unos de Ilión,
dándole aviso de haberse dejado ver trece galeras de cinco
órdenes de las del Rey hacía el puerto de los Griegos,
que se encaminaban a Lemno. Hízose sin dilación
al mar y las tomó, dando muerte a Isidoro, su comandante,
y en seguida fue en persecución de los demás jefes.
Hallábanse sus naves ancladas, y, remolcándolas
hacía tierra, peleaban desde cubierta, causando gran daño
a las de Luculo, porque el lugar no permitía envolver a
las de los enemigos ni tampoco combatirlas de cerca con naves
a flote, mientras que éstas estaban pegadas a tierra y
bien aseguradas. Con todo, por la única parte de la isla
por donde había paso, aunque difícil, destacó
algunas tropas escogidas, las cuales, cayendo por la espalda sobre
los enemigos, a unos les dieron muerte y a otros les precisaron
a cortar los cables para huir de la tierra; pero, chocando unas
naves con otras, vinieron a meterse entre las de Luculo; así,
fueron muchos los que perecieron y con los cautivos fue traído
uno de los generales llamado Mario. Era tuerto, y se había
dado desde luego la orden a los que navegaban al mando de Luculo
de que no quitaran la vida a ningún tuerto, a fin de que
recibieran una muerte llena de ignominia y afrenta.
XIII. Desembarazado de este incidente, se apresuró a ir
en persecución del Mismo Mitridates, porque esperaba encontrarlo
en la Bitinia, detenido por Voconio, a quien él había
enviado hacia Nicomedia con algunas naves para molestarle en su
fuga; pero Voconio se había retrasado en Samotracia, con
motivo de iniciarse y celebrar los misterios, y a Mitridates,
que navegaba con su armada y se daba priesa por llegar al Ponto
antes que volviese Luculo, le sobrecogió una terrible tormenta,
con la que unas naves se le desaparecieron y otras se le fueron
a pique. Toda la costa se vio por muchos días cubierta
de despojos navales, arrojados a la orilla por las olas; y como
el transporte en que él mismo navegaba no pudiese ser traído
a tierra por los pilotos, a causa de la gran borrasca y de estar
las olas tan enfurecidas, ni tampoco aguantar en el mar, por ser
muy pesado y hacer agua, trasladóse a un buque de los de
corso, y poniendo su persona a merced de los piratas, por un modo
increíble y extraño llegó salvo a Heraclea
de Ponto. No le salió, pues, mal a Luculo la jactancia
de que usó ante el Senado, porque habiendo decretado éste
que con tres mil talentos se dispusiese la armada para aquella
guerra, se opuso a ello, mandando cartas en que se gloriaba de
que sin tantos gastos y preparativos arrojaría del mar
a Mitridates con solas las naves de los aliados; lo que así
cumplió con el auxilio de los Dioses, porque se dice haber
sido para los del Ponto aquella tormenta castigo de Ártemis
Priapina, por haber saqueado su templo y robado su imagen.
XIV. Aconsejaban muchos a Luculo que dilatase la guerra; pero,
no dándoles oídos, marchó por la Bitinia
y la Galacia hacia la tierra del rey, tan desprovisto al principio
de víveres, que le seguían treinta mil Gálatas,
llevando cada uno una fanega de trigo al hombro; mas yendo adelante
y apoderándose de todo terreno, llegó a ser tal
la abundancia, que en el campamento se compraba un buey por un
dracma y un esclavo por cuatro; y no teniendo todo el demás
botín en ningún precio, unos lo abandonaban y otros
lo destruían, pues no podía haber permutas cuando
todos estaban sobrados. Mas como ninguna otra cosa hiciesen que
correr y devastar el país hasta Temiscira y las regiones
del Termodonte, culpaban a Luculo de que se le iban entregando
las ciudades y de que, como no tomaba ninguna a viva fuerza, los
privaba de poder utilizarse con el saqueo, porque ahora-
decían-, haciéndonos pasar de largo junto a Amiso,
ciudad opulenta y rica, que no era grande obra el tomarla si alguno
le pusiera sitio, nos conduce a los desiertos de los Tibarenos
y los Caldeos, a hacer la guerra a Mitridates. Pero en estas
cosas no hacía alto Luculo ni le merecían atención,
porque no creía que los soldados se propasasen al extremo
de locura que después se vio, y sólo daba razón
de su conducta a los que le acusaban de morosidad por detenerse
tanto tiempo en ciudades y lugares de ninguna consideración,
dejando que entretanto se acrecentara el poder de Mitridates.
Justamenteles decía- es esto lo que yo quiero, y
de intento me detengo en este país, dando lugar a que aquel
se engrandezca de nuevo y reúna una fuerza respetable,
para que así aguarde y no huya a nuestra llegada. ¿Acaso
no veis cómo ha dejado en pos de sí, sin vestigio
ninguno, unos vastísimos desiertos? Pues ya cerca de aquí
está el Cáucaso y otros muchos montes espesísimos,
capaces de contener y ocultar millares de reyes que hagan la guerra
de montaña. De los Cabirios son bien pocas las jornadas
que hay hasta la Armenia, y en ésta tiene su residencia
Tigranes, rey de reyes, con tan poderosas fuerzas, que con ellas
repele a los Partos del Asia, traslada ciudades griegas a la Media
y se deshace de los reyes que vienen de Seleuco, llevándose
robadas sus hijas y sus mujeres. Pues con éste tiene deudo
Mitridates, como que es su yerno; por tanto, no es de creer que
si le suplica lo abandone, sino que nos moverá la guerra;
y si nos empeñamos en perseguir a Mitridates, corre peligro
que traigamos sobre nosotros a Tigranes, que ya hace tiempo anda
buscando motivos, y aprovechará este que se le presenta
de verse en la precisión de auxiliar a uno que es rey y
su pariente. ¿Pues por qué hemos de ser nosotros
los que lo preparemos y los que enseñemos a Mitridates,
que no lo advierte, quiénes son aquellos con quienes ha
de venir a combatirnos? ¿Por qué cuando él
no piensa en ello le hemos de precisar a echarse en brazos de
Tigranes? ¿No es mejor que le demos tiempo para que se
robustezca y refuerce con los suyos, viniéndonos a hacer
la guerra con los Colcos, Tibarenos y Capadocios, a quienes hemos
vencido muchas veces, que no con los Medos y los Armenios?
XV. Discurriendo de esta manera Luculo, se detuvo a la vista de
Amiso, poniéndole remisamente sitio; y después de
pasado el invierno, dejando a Murena para continuar aquel, marchó
contra Mitridates, que se había situado en los Cabirios,
y pensaba ser ya superior a los Romanos, por haber reunido bastantes
fuerzas, consistentes en cuarenta mil infantes y cuatro mil caballos,
que era en los que principalmente tenía su confianza; pasando,
pues, el río Lico, provocaba a los Romanos a descender
a la llanura. Trabóse un combate de caballería,
en el que éstos dieron a huir, habiendo quedado prisionero,
a causa de hallarse herido, Pomponio, varón muy principal,
que fue llevado ante Mitridates muy mal parado de sus heridas;
y como le preguntase el rey si dejándole ir salvo sería
su amigo, Sí- le respondiócomo hagas la paz
con los Romanos; pero si no, enemigo, de lo que, admirado
Mitridates, ningún daño le hizo. Llegó Luculo
a temer del terreno llano, por ser los enemigos superiores en
caballería, y repugnando marchar por las alturas, a causa
de que el camino era largo, montuoso y sumamente áspero,
hizo la casualidad que fuesen cogidos prisioneros unos Griegos
al tiempo de ir a refugiarse en una cueva; y el más anciano
de ellos, llamado Artemidoro, prometió a Luculo conducirle
donde pusiera su campo en lugar seguro, guarnecido con una fortaleza
situada precisamente encima de los Cabirios. Dióle crédito
Luculo, y a la noche se puso en marcha, después de encendidos
los fuegos: pasó los desfiladeros sin riesgo y ocupó
el puesto, apareciéndose a la mañana siguiente sobre
la cabeza de los enemigos, y colocado su ejército en un
sitio que si quería pelear le daba facilidad para ello
y si no quería le ponía a cubierto de ser violentado.
Ninguno de los dos estaba por entonces en ánimo de venir
a las manos; pero se dice que, yendo los del rey en persecución
de un ciervo, les salieron al encuentro para cortarlos algunos
Romanos, y que con esto trabaron pelea, acudiendo continuamente
muchos de una y otra parte. Vencieron por fin los del rey, y viendo
los Romanos desde las trincheras la fuga de los suyos, llenos
de pesar, corrieron a dar parte a Luculo, rogándole que
los condujese y que los formase para batalla. Mas él, queriendo
hacerles ver de cuánta importancia es en medio de los combates
y de los peligros la vista y la presencia de un general prudente,
dándoles orden de que esperaran sin moverse, bajó
a la llanura, y puesto ante los primeros que huían, les
mandó detenerse y volver con él. Obedeciéronle,
y deteniéndose asimismo e incorporándoseles los
demás, con muy poco trabajo rechazaron a los enemigos,
persiguiéndolos hasta su campamento. A la vuelta impuso
Luculo a los fugitivos el afrentoso castigo establecido por ley,
haciéndoles cavar con las túnicas desceñidas
un foso de doce pies, a vista y presencia de todos sus camaradas.
XVI Había en el ejército de Mitridates un hombre
de grande autoridad, llamado Oltaco, perteneciente a la nación
bárbara de los Dándaros, una de las que habitan
junto a la laguna Meotis. Era este Oltaco excelente para todo
lo que en la guerra pide valor y determinación, prudente
y avisado en los negocios arduos y además afable y complaciente
en su trato. Como tuviese, pues, competencia y emulación
de privanza con otro de su misma gente, ofreció a Mitridates
un servicio señalado, cual era el de dar muerte a Luculo.
Aplaudióle el Rey, y como de intento le diese algunos motivos
de fingido enojo y desabrimiento, partió para el campo
de los Romanos, donde fue de Luculo benignamente recibido, porque
había de él grande noticia en el ejército,
y haciéndose lugar casi desde su llegada en el ánimo
de aquel con su diligencia y esmero, continuamente lo tenía
a su mesa y se valía de su consejo. Cuando le pareció
al Dándaro que ya era llegada la ocasión, mandó
a sus asistentes que le sacaran el caballo fuera del campamento,
y él, siendo la hora del mediodía, en que los soldados
descansaban y hacían siesta, se dirigió a la tienda
del general, bien persuadido de que nadie estorbaría el
paso a un hombre de confianza que aparentaba tener que comunicarle
un asunto de grande entidad y urgencia. La entrada fue sin tropiezo,
y el lance hubiera sido cual podía desearle si el sueño,
que a tantos generales ha perdido, no hubiera salvado a Luculo;
porque casualmente estaba durmiendo, y Menedemo, uno de los que
hacían la guardia, que se hallaba en la misma puerta, anunció
a Oltaco que llegaba a mal tiempo, pues hacía muy poco
que Luculo, después de tantas vigilias y trabajos, se había
entregado al descanso; y como no se retirase a su orden, sino
que dijese serle forzoso entrar, porque quería hablar de
un negocio grave y urgente, enfadado Menedemo, y replicando que
nada había más urgente que salvar a Luculo, le echó
de allí a empujones. Entró con esto en miedo, y
saliendo del campamento montó en su caballo y se volvió
al ejército de Mitridates, sin poner por obra su designio.
¡Tan grande es el poder de la oportunidad para sanar y para
dañar, no menos en los negocios que en los medicamentos!
XVII. Fue después de esto enviado Sornacio, con diez cohortes,
a hacer acopio de víveres, y viéndose perseguido
por Menandro, uno de los legados del rey, le hizo frente, y trabando
combate, ahuyentó a los enemigos, causándoles grandísimo
daño. Mandóse de allí a poco con el mismo
objeto a Adriano, llevando a su disposición bastantes fuerzas,
para que pudiera hacer abundante provisión; y Mitridates,
que no dejó de enterarse, envió a Menémaco
y a Mirón, comandantes de considerable número de
infantes y caballos; y a excepción de dos, todos, según
se dice, fueron muertos por los Romanos, pérdida que procuró
ocultar Mitridates, dando a entender que no había sido
de tanta entidad, sino ligera y debida a la impericia de sus generales;
pero Adriano pasó vanaglorioso por delante del campamento
con muchos carros cargados de bastimentos y de despojos, lo que
en aquel produjo desaliento y en los soldados temor y confusión.
Determinóse, por tanto, no aguardar allí más
tiempo, y los de la familia del rey se adelantaron a querer enviar
cómodamente sus efectos y equipajes, impidiéndoselo
a los demás; pero, inquietos éstos, los atropellaron
en la misma salida y saquearon los equipajes, dándoles
a ellos muerte. Allí el general Dorilao, que no tenía
sobre sí otra cosa de algún precio que la púrpura,
pereció por quitársela, y el sacrificador Hermeo
fue pisoteado en el recinto de la puerta. El mismo Mitridates,
no habiéndole quedado ni sirviente ni palafrenero alguno,
tuvo que salir del campamento mezclado con la muchedumbre, sin
tener ni uno siquiera de sus caballos; y sólo habiéndole
visto al cabo de tiempo, cuando así era arrebatado por
el torrente de aquel tropel, uno de sus eunucos, llamado Tolomeo,
que tenía caballo, echó pie a tierra y se lo cedió.
Porque ya los Romanos le alcanzaban, siguiéndole de cerca,
y por la priesa no habrían dejado de cautivarle, yendo
ya casi a echarle mano; pero la codicia y el ansía propia
de los soldados quitó a los Romanos una presa, tras la
que andaban largo tiempo había, sufriendo por ella mucho
combates y peligros, y a Luculo le privó del verdadero
premio de su victoria, pues cuando ya tenían a la vista
y estaban para llegar al caballo que le conducía, presentándoseles
una de las acémilas que iban cargadas de oro, o porque
el Rey de intento la pusiese delante a los que le perseguían,
o porque la casualidad lo hiciese, detenidos a saquear y robar
el oro, altercando unos con otros, con este incidente se atrasaron.
Ni fue éste sólo el daño que en aquella ocasión
se originó a Luculo de la avaricia de los soldados, sino
que, habiendo sido apresado el secretario íntimo del rey,
Calístrato, les dio orden de que se lo llevasen; y los
que le llevaban, habiendo entendido que tenía en el ceñidor
quinientos áureos, le quitaron la vida; y aun tuvo, sin
embargo, que condescender con que saquearan el campamento.
XVIII. Tomó los Cabirios y otras muchas fortalezas, habiendo
descubierto grandes tesoros y los calabozos donde estaban presos
muchos Griegos y muchas personas de la familia real, a los que,
teniéndose por muertos, la magnanimidad de Luculo no les
dio sólo salud, sino resurrección en cierta manera
y un segundo nacimiento. Fue al mismo tiempo cautivada Nisa, hermana
de Mitridates, habiendo estado su salvación en su cautiverio;
pues las otras hermanas y las mujeres, que parecían estar
más distantes del peligro y con seguridad en Farnacia,
perecieron lastimosamente, por haber enviado Mitridates contra
ellas desde su fuga al eunuco Báquides. Entre otras muchas
se hallaban dos hermanas del rey, Roxana y Estatira, solteras
en la edad de cuarenta años, y dos de sus mujeres, jonias
de origen, Berecine de Quío y Mónima de Mileto.
Era grande la fama de ésta entre los Griegos, porque, solicitándola
el rey y enviándole de regalo quince mil áureos,
no se dejó vencer hasta que se hicieron los contratos matrimoniales
y remitiéndole éste la diadema la declaró
reina. Había, sin embargo, pasado su vida en grande amargura,
y se lamentaba de su belleza, porque en lugar de marido le había
ganado un déspota, y en lugar de matrimonio y casa, la
fortaleza de un bárbaro; y llevada lejos de la Grecia,
los bienes esperados no eran más que un sueño y
de aquellos verdaderos estaba careciendo. Llegado, pues, Báquides,
como les intimase la orden de morir del modo que a cada una le
pareciese más fácil y menos doloroso, quitándose
la diadema de la cabeza, se la ató al cuello y se colgó
de ella; pero habiéndosele roto inmediatamente, ¡Maldito
arrapiezo- dijo-, que ni siquiera para esto me has valido!;
y después de haberla escupido y arrojádola al suelo
alargó el cuello a Báquides. Berenice tomó
en la mano una taza de veneno, y pidiéndole su madre, que
se hallaba presente, la partiese con ella, se la alargó
y bebieron ambas. La fuerza del veneno fue bastante para el cuerpo
más flaco, pero no acabó con Berenice, que para
su constitución no había bebido bastante, y como
luchase largo rato con las ansias de la muerte, tomó Báquides
por su cuenta el ahogarla. De las hermanas solteras se dice que
la una bebió el veneno después de haber proferido
mil imprecaciones y dicterios, y que la otra no pronunció
ni una palabra injuriosa ni nada que desdijese de su origen, sino
que más bien elogió a su hermano, porque en medio
de sus peligros propios no las había olvidado, y antes
había cuidado de que muriesen libres y sin sufrir afrentas.
Todas estas cosas fueron de sumo disgusto a Luculo, que era de
humana y benigna condición.
XIX. Continuando en la persecución, llegó hasta
Talauros; pero llevándole cuatro días de ventaja
Mitridates, que se retiraba a la Armenia, acogiéndose a
Tigranes, hubo de retroceder, y habiendo vencido a los Caldeos
y Tibarenos, tomó la Armenia menor, sometió otras
fortalezas y ciudades, y enviando a Apio, en legación,
a Tigranes, para reclamar a Mitridates, se encaminó a Amiso,
que todavía permanecía cercada. Era la causa de
esta dilación el general Calímaco, que, con sus
conocimientos en la maquinaria y con todas las habilidades y estratagemas
que admite un sitio, daba mucho en que entender a los Romanos,
de lo que más adelante tuvo su merecido. Por entonces,
burlado a su vez por Luculo, que en la hora en que los soldados
solicitan retirarse y descansar dio repentinamente el asalto y
tomó alguna parte, aunque no grande, de la muralla, salió
de la ciudad, poniéndole fuego, bien fuese con la mira
de que no sacasen de ella utilidad alguna los Romanos, o bien
con la de facilitar más su fuga, pues lo cierto es que
nadie hizo alto en los que por el mar se retiraban. Cuando ya
la llama se veía discurrir en globos por el muro, y los
soldados se aparejaban al saqueo, Luculo, lamentándose
de la ruina de la ciudad, clamaba desde afuera por auxilio contra
el incendio y exhortaba a que lo apagasen; pero de nadie era escuchado,
porque todos estaban entregados a buscar en qué cebar la
codicia y agitaban las armas con grande vocerío; tanto,
que, violentado de este modo, hubo de condescender con su deseo,
por si así libertaría a la ciudad del incendio;
mas ellos hicieron todo lo contrario: pues mientras todo lo registran
con hachas, llevando fuego por todas partes, quemaron las más
de las casas; de manera que, entrando Luculo a la mañana
siguiente, se echó a llorar, hablando así a sus
amigos: Muchas veces consideré la felicidad de Sila;
pero hoy es cuando principalmente admiro su buena dicha; pues
queriendo salvar a Atenas, fue bastante poderoso para conseguirlo;
y yo, cuando deseaba aquí imitarle, algún mal Genio
me ha hecho incurrir en la mala opinión de Mumio.
Esforzóse, sin embargo, en reparar la ciudad de aquella
calamidad; por un feliz acaso, una lluvia que sobrevino al tiempo
mismo de ser tomada apagó el incendio: y él, sin
salir de allí, reedificó el mayor número
de casas arruinadas, dio acogida a los Amisenos que habían
huído y establecimiento a los demás Griegos que
quisieron acudir, señalándoles un término
de ciento veinte estadios. Era esta ciudad colonia de los Atenienses,
fundada en aquellos felices tiempos en que floreció su
poder, teniendo el dominio del mar; y aun por esto, muchos, huyendo
de la tiranía de Aristón, trasladándose allá
por mar, fijaron en ella su residencia, sucediéndoles que,
por evitar los males propios, tuvieron que sufrir los ajenos.
De éstos, pues, a los que quedaron salvos los visitó
Luculo decentemente, y dando a cada uno doscientos denarios los
restituyó a su casa. Fue también cautivado en aquella
ocasión Tiranión el gramático; pidióle
Murena, y habiéndole sido entregado, le dio libertad, usando
iliberalmente de aquel don: pues no entraba en la idea ni en la
voluntad de Luculo que un hombre codiciado por su saber fuese
hecho esclavo, primero, y después, libre porque, realmente,
aquel no fue acto de darle la libertad, sino de quitársela.
Bien que no es ésta la única vez en que Murena se
mostró muy distante, de la delicadeza y pundonor de su
general.
XX. Dirigióse entonces Luculo a las ciudades de Asia,
para hacer, mientras se hallaba desocupado de los negocios militares,
que participasen de la justicia y de las leyes; beneficios de
los que los increíbles e inexplicables infortunios pasados
habían privado por largo tiempo a la provincia, saqueada
y esclavizada por los alcabaleros y logreros, que reducían
a los naturales al extremo de vender en particular a los hijos
de buena figura y a las hijas doncellas, y en común, las
ofrendas, las pinturas y las estatuas sagradas, y ellos, al fin,
venían a sufrir la suerte de ser entregados por esclavos
a los acreedores. Y lo que a esto precedía, los pies de
amigo, los encierros, los potros, las estancias a la inclemencia,
en el verano al sol y en el invierno al frío, entre el
barro y el hielo, era todavía más duro e insoportable;
de manera que la esclavitud, en su comparación, era paz
y alivio de miserias. Observando, pues, Luculo estos males en
las ciudades, en breve tiempo libertó de ellos a los que
los experimentaban; en primer lugar, mando que ninguna usura pasase
del uno por ciento, en segundo, dio por acabadas las que habían
llegado a exceder el capital, y en tercero, que fue lo más
importante, dispuso que el prestamista disfrutase la cuarta parte
de las rentas del deudor, y a aquel que incorporaba las usuras
con el capital lo privó de todo; de manera que en el breve
tiempo de cuatro años se extinguieron todos los créditos
y las posesiones quedaron libres a sus dueños. Eran éstas
deudas públicas, y provenían de los veinte mil talentos
en que Sila multó al Asia; el duplo, pues de esta cantidad
fue el que se pagó a los acreedores, que con las usuras
la habían ya hecho subir a la suma de ciento veinte mil
talentos. Estos, pues, como si les hubiese hecho el mayor agravio,
clamaban en Roma contra Luculo, y con dinero concitaron contra
él a muchos de los demagogos, siendo gente de gran poder,
y que tenían a su devoción a muchos de los que mandaban;
pero, con todo, Luculo no solamente se ganó el amor de
los pueblos a quienes hizo beneficios, sino que era deseado de
las demás provincias, que tenían por felices a aquellas
a quienes había cabido la suerte de tal gobernador.
XXI Apio Clodio, el enviado en legación a Tigranes, que
era hermano de la mujer con quien entonces estaba casado Luculo,
al principio fue conducido por los guías del rey por la
tierra alta, siguiendo un camino de muchos días, que hacía
grandes y no necesarios rodeos, hasta que, mostrándole
uno de sus libertos, siró de nación, otro camino
derecho, se apartó de aquel primero, largo y torcido, despidiendo
a los conductores regios; con lo que en breves días se
puso al otro lado del Eufrates, y llegó a Antioquía
la de Dafne. Mandósele que esperara a Tigranes, porque
se hallaba ausente, ocupado en subyugar algunas ciudades de la
Fenicia, y él en tanto ganó a algunos de los grandes,
que de mala gana obedecían a un armenio, siendo uno de
ellos Zarbieno, rey de Gordiena; y a muchas ciudades de las sojuzgadas,
que reservadamente le enviaron mensajeros, les ofreció
el auxilio de Luculo, encargándoles que por entonces disimulasen
y se estuviesen quedas. Porque a los Griegos no era tolerable,
sino más bien duro y molesto, el imperio de los Armenios,
y, sobre todo, el del rey, cuyo orgullo y altanería no
tenía límites, pareciéndole que todo cuanto
bueno apetecen y admiran los hombres, o dimanaba de él,
o por consideración suya lo disfrutaban; pues habiendo
empezado por esperanzas muy pequeñas y de ninguna importancia,
había sujetado muchas gentes había humillado más
que otro alguno el poder de los Persas y había llenado
de griegos la Mesopotamia, sacando desterrados a muchos, ora de
la Cilicia y ora de la Capadocia. Movió también
de sus asientos a los Árabes Escenitas, trasplantándolos
y estableciéndolos cerca de su residencia, para hacer por
medio de ellos el comercio. Los reyes que le servían eran
muchos, y a cuatro los tenía siempre cerca de sí
como pajes o escuderos, los cuales, cuando iba a caballo, corrían
a su lado a pie con solas las túnicas, y cuando se sentaba
a dar audiencia se colocaban junto a su trono, teniendo plegadas
una con otra las manos, postura que, entre todas, parece ser la
más característica de la servidumbre, como de hombres
que abdican la libertad y se muestran más dispuestos a
obedecer que a obrar. Mas a Apio nada le impuso ni le causó
admiración aquella ostentación teatral, sino que,
apenas fue admitido a la audiencia le dijo sin rodeos que el objeto
de su misión era reclamar a Mitridates, debido a los triunfos
de Luculo, o intimar a Tigranes la guerra; de manera que, por
más que éste afectó serenidad y sonrisa en
el semblante para oír el mensaje, todos echaron de ver
que le había inmutado el desenfado de aquel joven, quizá
porque no había escuchado otra palabra libre en veinticinco
años, pues otros tantos llevaba de reinar o más
bien de tiranizar y oprimir. Respondióle, pues, que no
entregaba a Mitridates, y se defendería de los Romanos,
autores de aquella guerra. Ofendido de Luculo porque en la carta
le llamó rey solamente, y no rey de reyes, en la respuesta
no le dio tampoco el título de Emperador. Envió,
sin embargo, a Apio presentes de gran valor, y como no los recibiese,
le envió todavía otros mayores, de los cuales Apio,
por que no pareciese que por enemistad los desdeñaba, tomó
solamente una taza, volviéndole los demás, y a toda
prisa partió en busca del general.
XXII. Tigranes, al principio, ni siquiera se dignó de
ver a Mitridates, ni de admitirle a su audiencia, con ser un deudo
suyo, despojado de tan poderoso reino, si no que le trató
con ignominia y desprecio, teniéndole como en custodia
en un país pantanoso y malsano; entonces, por el contrario,
le envió a llamar con aprecio y benevolencia; y teniendo
ambos conferencias secretas en el palacio, de los celos y sospechas
que mutuamente se habían dado el uno al otro se descargaron
sobre sus amigos, atribuyéndoles a éstos la culpa.
Era uno de ellos Metrodoro Escepsio, varón elocuente, de
grande instrucción, y que había llegado a tal grado
de amistad que comúnmente se le daba el nombre de padre
del rey, y habiendo sido, a lo que parece, enviado de embajador
por Mitridates para rogar a Tigranes le auxiliase contra los Romanos,
preguntóle éste: Y tú, Metrodoro, ¿qué
es lo que en este punto me aconsejas? Y entonces él,
bien fuera porque solo se atuviese al bien de Tigranes, o bien
porque no desease que Mitridates saliese a salvo le respondió
que como embajador se lo rogaba y como su consejero se lo disuadía.
Refirióselo Tigranes a Mitridates en el concepto de que
no le vendría mal a Metrodoro; pero él al punto
le dio muerte, tomando de ello gran pesar Tigranes, sin embargo
de que no tuvo toda la culpa de esta desgracia de Metrodoro, pues
realmente no hizo más que dar nuevo calor a la displicencia
y encono con que ya le miraba Mitridates; lo que más claramente
se descubrió cuando, ocupados sus papeles reservados, se
halló en ellos la orden de hacer perecer a Metrodoro. Dio
Tigranes honorífica sepultura a su cadáver, no escusando
gasto alguno para con un muerto a quien vivo había traicionado.
Murió también en la corte de Tigranes el orador
Anfícrates, de quien si hacemos memoria es sólo
por consideración a Atenas. Dícese, pues, de él,
que huyó a Seleucia, cerca del Tigris, donde, habiéndosele
rogado que hiciese uso de su arte, los desdeñó con
altanería, respondiendo que un delfín no cabe en
un plato: que habiendo pasado de allí al palacio de Cleopatra,
hija de Mitridates y mujer de Tigranes, se le levantó inmediatamente
una calumnia; y como por ella se le prohibiese el trato con los
Griegos, de hambre se quitó la vida, y, finalmente, que
Cleopatra le sepultó con magnificencia, estando enterrado
en Safa, que es como se llama una de aquellas aldeas.
XXIII. Luculo, si procuró dar a las ciudades del Asia
las mayores pruebas de benevolencia y hacerlas gozar de las delicias
de la paz, no por eso se olvidó de las cosas de placer
y regocijo, sino que, deteniéndose en Éfeso, cuidó
de ganarse su afecto con pompas y festejos de victoria, y con
luchas y combates de gladiadores, y ellas, en justa compensación,
celebraron juegos que llamaron luculeyos, y le correspondieron
con un amor verdadero, más satisfactorio que aquella honra.
Mas luego que, llegado Apio, se enteró de que había
que entrar en guerra con Tigranes, marchó otra vez al Ponto
con su ejército, y puso sitio a Sinope, o, por mejor decir,
a los Cilicios, súbditos del rey, que entonces la ocupaban,
los cuales, dando muerte a muchos Sinopenses y poniendo fuego
a la ciudad, huyeron en aquella noche. Entró Luculo luego
que lo supo, y a unos ocho mil que habían quedado los pasó
a filo de la espada, adjudicando las casas a los demás
que no eran de ellos, y tomando la ciudad bajo su especial amparo,
a causa principalmente de una visión que tuvo, y fue en
esta forma: Parecióle entre sueños que se le ponía
uno al lado y le gritaba: Adelanta, Luculo, un poco, porque
viene Autólico, que tiene que tratar contigo. Levantándose,
pues, no supo a qué referir aquella aparición, ni
qué significaba; pero, tomando la ciudad en aquel mismo
día, cuando perseguía a los Cilicios que se embarcaban
vio en la ribera una estatua tendida en el suelo, que los Cilicios,
con las priesas, no pudieron llevarse. Era una de las obras más
primorosas de Esténidas, y no faltó quien declarase
que aquella estatua era de Autólico, fundador de Sinope.
Dícese de este Autólico que fue hijo de Delmaco,
y con Héracles partió de la Tesalia a hacer la guerra
a las Amazonas, que navegando de allí después con
Demoleonte y Flogio perdió su nave, por haberse estrellado
en el promontorio del Quersoneso, llamado Pedalio, y que, habiendo
llegado salvo a Sinope con sus armas y sus amigos, arrebató
a los Siros la ciudad, pues la poseyeron, según se dice,
los Siros descendientes de Siro, hijo de Apolo y de Sinope Asópide;
oída la cual relación, no pudo menos Luculo de traer
a la memoria la advertencia de Sila, quien previene en sus Comentarios
que nada tenía por tan digno de fe y tan seguro como lo
que se le significaba en los sueños. Al oír allí
que Mitridates y Tigranes tocaban ya casi con su ejército
en la Licaonia y la Cilicia, para ser los primeros en invadir
el Asia, tuvo por muy extraña la conducta de aquel armenio,
que si pensaba en hacer frente a los Romanos no se valió
para la guerra de Mitridates, todavía floreciente, ni juntó
sus fuerzas con las de éste en los días de su prosperidad;
y ahora, cuando había dejado que fuese arruinado y deshecho,
sobre tibias y flacas esperanzas comenzaba la guerra, uniéndose
con los que no podían volver en sí.
XXIV. En esto, Macares, hijo de Mitridates, rey del Bósforo,
le envió una corona de valor de mil áureos pidiéndole
le tuviese por amigo y aliado de los Romanos, y entonces, dando
ya por fenecida la primera guerra, dejó a Sornacio para
custodia de la región del Ponto con seis mil soldados,
y él, conduciendo doce mil infantes y unos tres mil caballos,
corrió a la segunda guerra, pareciendo que con un arrojo
extraño, y en el que no entraba para nada la cuenta de
su salud, se precipitaba entre naciones belicosas entre muchos
millares de caballos, y a un país de interminable extensión,
circundado de ríos profundos y de montañas cubiertas
siempre de nieve; tanto, que los soldados, que ya no observaban
la mejor disciplina, le seguían con disgusto y violencia;
y en Roma los tribunos de la plebe clamaban y se quejaban altamente
de que Luculo pasaba de una guerra a otra, sin conveniencia de
la república, no deponiendo nunca las armas por no quedar
sin mande, y haciéndose rico y opulento con los peligros
públicos; mas éstos, con el tiempo, al cabo se salieron
con su propósito. Luculo, en tanto, caminó a marchas
forzadas al Eufrates, y encontrándole salido de madre y
turbio con la lluvia tuvo sumo disgusto por la detención
que había de causarle en reunir barcos y construir lanchas,
pero habiendo empezado por la tarde a ceder la inundación
y bajado mucho por la noche, al amanecer ya el río se mostró
muy recogido. Los del país, advirtiendo en medio del álveo
unas isletas y que la corriente se detenía plácidamente
en ellas, veneraban a Luculo, porque aquello no había sucedido
antes sino muy pocas veces, y porque el río se le mostraba
benigno y apacible, ofreciéndole un paso descansado y fácil.
Aprovechando, pues, la ocasión, pasó el ejército
y tuvo, en el acto de pasar, una señal muy fausta. Críanse
vacas sagradas de Ártemis Pérsica, que es la Diosa
de mayor veneración para los bárbaros del otro lado
del Eufrates. No hacen uso de estas vacas sino para los sacrificios;
por lo demás, yerran libres por los pastos llevando impresa
la señal de la Diosa, que es una antorcha; y cuando las
han menester no es cosa fácil ni de pequeño trabajo
el echarles mano. Una de éstas, encaminándose, mientras
el ejército pasaba, a una peña consagrada, según
se cree, a la Diosa, se paró en ella, y bajando la cabeza,
como si la obligasen por medio de una cuerda, se ofreció
así a Luculo para que la sacrificase, y hecho, sacrificó
también un toro al Eufrates, en reconocimiento del feliz
tránsito. Descansó aquel día; pero al otro
y demás siguientes continuó su marcha por Sofene,
sin causar perjuicio a los habitantes, que, saliéndole
al encuentro, hacían muy buena acogida al ejército,
y aun queriendo los soldados ocupar un fuerte en que, a su entender,
había grandes riquezas: Aquel- les dijo- es el fuerte
que nos hemos de apoderar (mostrándoles el monte Tauro
a lo lejos), que este otro reservado queda a los vencedores.
Y apresurando aun más la marcha, pasó el Tigris
y entró en la Armenia.
XXV. Tigranes, al primero que le anunció la venida de
Luculo, en lugar de mostrársele contento, le cortó
la cabeza, con lo que ninguno otro volvió a hablarle palabra,
sino que permaneció en la mayor ignorancia, quemándose
ya en el fuego enemigo, y no escuchando sino el lenguaje de la
lisonja, que le decía que aún se mostraría
Luculo insigne general si aguardaba en Éfeso a Tigranes
y no daba a huir inmediatamente del Asia, al ver tantos millares
de hombres. Así, al modo que no es para cualquier cuerpo
el aguantar la inmoderada bebida, en la propia forma no es de
cualquier juicio el no perder la prudencia y el tino en la excesiva
prosperidad. Con todo, el primero de sus amigos que se atrevió
a decirle la verdad fue Mitrobarzanes, el cual no alcanzó
tampoco el más envidiable premio de su sinceridad; en efecto:
se le mandó al punto contra Luculo con tres mil caballos
y mucha infantería, y llevando la orden de traer vivo al
general y de deshacerse a puntillazos de todos los demás.
El ejército de Luculo, parte se hallaba ya acampado y parte
estaba todavía en marcha; al anunciarle, pues, sus avanzadas
la venida del bárbaro, temió no los sorprendiese
cuando se hallaban separados y fuera de orden. Quedóse,
por tanto, disponiendo el campamento, y envió al legado
Sextilio con mil y seiscientos caballos y con pocos más
entre infantería y tropas ligeras, dándole orden
de llegar hasta cerca de los enemigos y hacer allí alto,
hasta saber que ya estaba acampada toda la tropa que con él
quedaba. Sextilio bien quería atenerse a la orden; pero
no pudo menos de venir a las manos, obligado por Mitrobarzanes,
que le cargó con el mayor arrojo. Trabado el combate, Mitrobarzanes
murió peleando, y dando a huir los demás, perecieron
asimismo todos, a excepción de muy pocos. Tigranes, a consecuencia
de este suceso, abandonó a Tigranocerta, ciudad populosa
fundada por él mismo, y se retiró al monte Tauro,
para reunir allí grandes fuerzas de todas partes. Mas Luculo,
no queriendo dar tiempo a estas disposiciones, envió a
Murena para dispersar y cortar a los que trataban de unirse con
los Tigranes, y a Sextilio para contener una gran muchedumbre
de Árabes que se encaminaba también al campo del
rey; y a un mismo tiempo Sextilio, dando sobre los Árabes
cuando iban a acamparse, acabó con la mayor parte de ellos,
y Murena, yendo en el alcance de Tigranes, al pasar un barranco
estrecho con un ejército tan numeroso, le sorprendió
en la mejor coyuntura. Tigranes, pues, huyó, abandonando
todo aquel aparato; muchos de los Armenios murieron, y otros,
en mayor número quedaron cautivos.
XXVI Sucediéndole tan felizmente las cosas, movió
Luculo para Tigranocerta, y acampándose en derredor le
puso sitio. Hallábanse en aquella ciudad muchos Griegos
de los trasplantados de la Cilicia, muchos bárbaros que
habían tenido la misma suerte, Adiabenos, Asirios, Gordianos
y Capadocios, a los que, arruinando sus patrias y arrancándolos
de ellas, los habían obligado a fijar allí su residencia.
Estaba la ciudad llena de caudales y de ofrendas, no habiendo
particular ni poderoso que no se afanara por agasajar al rey para
el incremento y adorno de ella. Por esta misma causa, Luculo estrechaba
con vigor el sitio, teniendo por cierto que Tigranes no podría
desentenderse, sino que con el enojo acudiría a dar la
batalla, contra lo que tenía meditado, y ciertamente no
se engañó. Retraíale, sin embargo, con empeño
Mitridates, enviándole mensajeros y cartas para que no
trabara batalla, bastándole el interceptar los víveres
con su numerosa caballería, y rogábale también
encarecidamente Taxiles, enviado con tropas de parte del mismo
Mitridates, que se guardase y evitase como cosa invencible las
armas romanas. Al principio los escuché benignamente; pero
después que con todo su poder se le reunieron los Armenios
y Gordianos, que con todas sus fuerzas se presentaron asimismo
sus respectivos reyes, trayendo a los Medos y Adiabenos, que vinieron
muchos Árabes de la parte del mar de Babilonia, muchos
Albaneses del Caspio e Íberos incorporados con los Albaneses,
y que concurrieron no pocos de los que, sin ser de nadie regidos,
apacientan sus ganados en las orillas del Araxes, atraídos
con halagos y con presentes, entonces ya en los banquetes del
rey y en sus consejos todo era esperanzas, osadía y aquellas
amenazas propias de los bárbaros; Taxiles estuvo muy a
pique de perecer por haber hecho alguna oposición a la
resolución de pelear, y aun se llegó a sospechar
que Mitridates, por envidia, se oponía a aquella brillante
victoria. Así es que Tigranes no le aguardó, para
que no participase de la gloria; y poniéndose en marcha
con todo su ejército, se lamentaba, según se dice,
con sus amigos de que aquel combate hubiera de ser con sólo
Luculo y no con todos los generales romanos que se hallaban allí
juntos. Y en verdad que aquella confianza no era loca ni vana,
al ver tantas naciones y reyes como le seguían, tan numerosa
infantería y tantos miles de caballos: porque arqueros
y honderos llevaba veinte mil; soldados de a caballo, cincuenta
y cinco mil, y de éstos, diez y siete mil con cotas y otras
piezas de armadura de hierro, según lo escribió
Luculo al Senado; infantes, ya de los formados en cohortes y ya
de los que componían la batalla, ciento cincuenta mil;
camineros, pontoneros, acequieros, leñadores y sirvientes
para todos los demás ministerios, treinta y cinco mil;
los cuales, formando a espalda de los que peleaban, no dejaban
de contribuir a la visualidad y a la fuerza.
XXVII. Cuando, pasado el Tauro, llegaron a descubrirse sus inmensas
fuerzas, y él divisó el ejército de los Romanos
acampado ante Tigranocerta, el tropel de bárbaros que había
dentro de la ciudad recibió su aparecimiento con grande
alboroto y gritería, y mostraba con amenazas a los Romanos,
desde la muralla, las tropas armenias. Púsose Luculo a
deliberar sobre el partido que debía tomarse: unos le aconsejaban
que marchara contra Tigranes, abandonando el sitio; otros, que
no dejara a la espalda tantos enemigos ni levantara el cerco;
más él, diciéndoles que, separados, ni uno
ni otro consejo daban en lo conveniente, y juntos sí, dividió
sus fuerzas, dejando a Murena con seis mil hombres para continuar
el asedio y él, tomando el resto, que eran veinticuatro
cohortes, con menos de diez mil infantes, toda la caballería
y unos mil entre honderos y arqueros, marchó en busca de
los enemigos; y poniendo sus reales junto al río en una
gran llanura se mostró a Tigranes objeto muy pequeño,
siendo para sus aduladores materia de entretenimiento; porque
unos lo ridiculizaban, otras echaban suertes sobre los despojos,
y cada uno de aquellos reyes y generales, presentándose
a Tigranes, le rogaba que aquel negocio lo dejara a él
solo, contentándose con ser espectador. Quiso también
éste hacer de gracioso y burlón, pronunciando aquel
dicho, ya tan vulgar: Para embajadores, son muchos; para
soldados, muy pocos; así estuvieron burlándose
y divirtiéndose por entonces. Al amanecer sacó Luculo
su ejército armado; el de los enemigos se hallaba al oriente
del río. Daba allí éste un rodeo hacía
poniente, y era por aquella parte por donde podía pasarse
mejor; así, conduciendo apresuradamente sus tropas en dirección
opuesta, se le figuró a Tigranes que huía, y llamando
a Taxiles, le dijo riendo a carcajadas: ¿No ves cómo
huye esa invicta infantería romana? Y entonces Taxiles:
¡Ojalá hiciera vuestro buen Genio, oh Rey,
ese milagro! Pero no se visten los hombres de limpio para las
marchas, ni usan de escudos acicalados, ni de morriones desnudos
coma ahora, quitando sus fundas a las armas, sino que aquella
brillantez es de soldados que buscan pelea, dirigiéndose
de hecho contra los enemigos. Decía esto Taxiles,
cuando ya la primera águila, que era la de Luculo, había
dado la vuelta, y las cohortes ocupaban sus puestos para pasar
el río; entonces Tigranes, como quien se recobra con pena
de una profunda embriaguez, exclamó por dos o tres veces:
¿Es posible que vengan contra nosotros? De
manera que aquella muchedumbre se formó con grande atropellamiento
en batalla, tomando el Rey para sí el centro y dando de
las alas la izquierda al Adiabeno y la derecha al Medo, en la
que a vanguardia se hallaba la mayor parte de los coraceros. Cuando
Luculo se disponía a pasar el río, algunos de los
otros caudillos le advirtieron que debía guardarse de aquel
día, por ser uno de los nefastos, a los que llaman negros;
por cuanto en él había perecido el ejército
de Cipión en lid con los Cimbros; pero él les dio
aquella tan celebrada respuesta: Pues yo haré este
día afortunado para los Romanos. Era el que precedía
a las nonas de octubre.
XXVIII. Dicho esto, y mandando tener buen ánimo, pasó
el río, marchando el primero contra los enemigos, vestido
con una brillante cota de hierro con escamas, y una sobrevesta
con rapacejos. Ostentaba ya desde allí la espada desenvainada,
como que tenía que apresurarse a venir a las manos con
hombres hechos a pelear de lejos, y le era preciso acortar el
espacio propio para armas arrojadizas con la celeridad de la acometida;
y viendo a la caballería de coraceros, con que se hacía
tanto ruido, defendida por un collado cuya cima era suave y llana,
y cuya subida, que sería de cuatro estadios, no era difícil
ni tenía cortaduras, dio orden a los soldados de caballería
tracios y gálatas que tenía en sus filas de que,
acometiéndoles en oblicuo, desviaran con las espadas los
cuentos de las lanzas; porque en ellos estaba el todo de la fortaleza
de aquellas gentes, no pudiendo nada fuera de esto, ni contra
los enemigos ni para sí, a causa de la pesadez e inflexibilidad
de su armadura, con la que parecían aprisionados. Tomó
en seguida dos cohortes, y se dirigió al collado, siguiéndole
alentadamente la tropa, al ver que él marchaba el primero
a pie, armado y decidido a batirse. Luego que estuvo arriba, puesto
en el sitio más eminente, Vencimos- exclamó
en voz alta-; vencimos, camaradas; y al punto cayó
sobre los coraceros, mandando que no hiciesen uso de las picas,
sino que hirieran con las espadas a los enemigos en las piernas
y en los muslos, que es lo único que los armados no tienen
defendido. Mas estuvo de sobra esta prevención, porque
no aguardaron la llegada de los Romanos, sino que al punto, levantando
espantosos alaridos, dieron a huir con la más vergonzosa
cobardía, y ellos y sus caballos, con sus pesadas armaduras,
cayeron sobre su misma infantería, antes de que ésta
hubiese entrado en acción; de modo que, sin una herida,
y sin haberse derramado una gota de sangre, quedaron vencidos
tantos millares de miles de hombres, y si fue grande la matanza
en los que huían, aún fue mayor en los que querían
y no podían huir, impedidos entre sí por lo espeso
y profundo de la formación. Tigranes, dando a correr desde
el principio, escapó con algunos pocos, y viendo que a
su hijo le cabía la misma suerte, quitándose la
diadema de la cabeza, se la entregó con lágrimas,
mandándole que por otra vía se salvara como pudiese.
No se atrevió aquel joven a ceñirse con ella las
sienes, sino que la dio a guardar a uno de los mancebos de quien
más se fiaba, y como después éste, por desgracia,
cayese cautivo, entre los demás que lo fueron lo fue también
la diadema de Tigranes. Dícese que de los infantes murieron
más de cien mil hombres, y de los de a caballo se salvaron
muy pocos; los Romanos tuvieron cien heridos y cinco muertos.
Antíoco el filósofo, haciendo mención de
esta batalla en su obra acerca de los Dioses, dice que el Sol
no vio otra semejante; Estrabón, otro filósofo,
dice en sus memorias históricas que los mismos Romanos
estaban avergonzados y se reían de sí mismos por
haber tomado las armas contra semejantes esclavos; y Livio refiere
que nunca los Romanos habían sido tan inferiores en número
a los enemigos, porque apenas los vencedores eran la vigésima
parte, sino menos todavía, de los vencidos. De los generales
romanos los más inteligentes, y que en más acciones
se habían hallado, lo que principalmente celebraban en
Luculo era haber vencido a los reyes más poderosos y afamados
con dos medios encontrados enteramente, cuales son la prontitud
y la dilación: porque a Mitridates, que se hallaba pujante,
lo destruyó con el tiempo y la tardanza y a Tigranes lo
quebrantó con el aceleramiento, siendo muy pocos los generales
que como él hayan tenido una precaución activa y
un arrojo seguro.
XXIX. Por esto mismo Mitridates no se halló en la batalla:
pues pensando que Luculo hacía la guerra con su acostumbrado
sosiego y detención, caminaba muy despacio a unirse con
Tigranes; al encontrarse en el camino con algunos Armenios que
marchaban precipitadamente, dando indicios de miedo, conjeturó,
desde luego, lo sucedido; pero después, tropezando ya con
muchos desnudos y heridos, enterado de la derrota, se dirigió
a buscar a Tigranes. Hallóle abandonado de todos y abatido;
y lejos de añadirle aflicción, echó pie a
tierra, y llorando las comunes desgracias le cedió la escolta
que le acompañaba, dándole ánimo para lo
futuro; así, más adelante volvieron a juntar nuevas
fuerzas. En Tigranocerta, los Griegos se sublevaron contra los
bárbaros y trataban de abrir las puertas a Luculo, que,
aprovechando tan oportuna ocasión, tomó la ciudad.
Apoderóse de los tesoros del rey que en ella había;
pero entregó al saqueo de los soldados la ciudad misma,
en la que sin la demás riqueza se encontraron ocho mil
talentos en moneda acuñada; y, sobre todo esto, aún
distribuyó del botín ochocientas dracmas a cada
soldado. Habiéndosele dado cuenta de haberse cogido muchos
histriones y profesores de las artes de Baco, que Tigranes recogía
por todas partes, con el objeto de abrir un teatro que había
construido, se valió de ellos para los combates y juegos
con que celebró su victoria. A los Griegos los remitió
a su respectiva patria, socorriéndolos con algún
viático, y otro tanto ejecutó con los bárbaros,
a quienes se había obligado a emigrar; de lo que resultó
que, deshecha una ciudad, se repoblaron muchas, volviendo a recibir
sus antiguos habitantes: beneficio por el que veneraron a Luculo
como a su favorecedor y bienhechor. Sucedían también
prósperamente todas las demás cosas a este insigne
varón, que apetecía más las alabanzas dadas
a la justicia y la humanidad que no las que se tributaban a sus
triunfos militares: porque en éstos tiene no pequeña
parte el ejército, y la mayor es de la fortuna, mientras
que los otros hechos son pruebas de un ánimo benigno y
bien educado; por este medio iba Luculo conquistando a los bárbaros
sin armas. Porque los reyes de los Árabes vinieron a buscarle,
haciéndole entrega de sus cosas; la nación de los
Sofenos se hizo de su partido, y la de los Gordianos llegó
hasta el punto de querer abandonar sus ciudades y seguirle con
sus mujeres, con este, motivo: Zarbieno, rey de los Gordianos,
trató secretamente con Luculo por medio de Apio, según
que ya dijimos, de hacer alianza con los Romanos, no pudiendo
sufrir la tiranía de Tigranes; pero habiendo sido denunciado,
perdió la vida, y juntamente sus hijos y su mujer, antes
que aquellos penetrasen en la Armenia. No los echó, pues,
Luculo en olvido, sino que, pasando al país de los Gordianos,
celebró las exequias de Zarbieno, y adornando la pira con
aparato regio en ropas y en oro, con otras preseas de los despojos
de Tigranes, él mismo le prendió fuego e infundió
en ella las libaciones con los deudos y familiares del difunto,
llamándole amigo suyo y aliado de los Romanos. Dispuso
también que a toda costa se le levantara un suntuoso y
magnífico monumento, habiéndose encontrado muchas
preciosidades y oro y plata en los palacios de Zarbieno, en los
que había, además, trescientas mil fanegas de trigo,
de lo que se aprovecharon los soldados; Luculo tuvo la gloria
de que, sin tomar ni un dracma del erario público, con
la misma guerra sostenía los gastos de ella.
XXX. Allí también recibió embajada del rey
de los Partos, pidiéndole amistad y alianza, cosa muy grata
a Luculo, quien a su vez envió otra embajada al Parto;
pero los mensajeros le descubrieron que éste quería
estar a dos haces, y que secretamente pedía a Tigranes
la Mesopotamia por precio de sus socorros. Luego que lo entendió
Luculo, resolvió dejar por entonces a un lado a Tigranes
y Mitridates como rivales ya humillados, y probar sus fuerzas
con la de los Partos, marchando contra ellos: teniendo a gran
gloria con el ímpetu de una sola guerra postrar uno tras
otro, como un atleta, a tres reyes, y salir invicto y triunfante
de los tres más poderosos caudillos que había debajo
del Sol. Envió, pues, cartas al Ponto, a Sornacio y a los
demás jefes, mandándole traer aquellas tropas para
mover de la Gordiena; pero aquellos jefes, que ya antes había
hecho alguna experiencia de la indocilidad e inobediencia de los
soldados, entonces recibieron pruebas de su absoluta insubordinación,
pues no pudieron encontrar medio alguno, ni de blandura ni de
violencia, para hacerles marchar, y antes les gritaron y protestaron
que ni allí querían permanecer, sino irse a casa,
dejando aquel punto abandonado. Traídas a Luculo estas
noticias, hasta los soldados que allí tenía se le
corrompieron; los cuales se habían vuelto con la riqueza
perezosos y delicados para la guerra, clamando por el descanso;
pues luego que el desenfado de los otros llegó a sus oídos,
decían que aquellos eran hombres, y que era preciso imitarlos,
habiendo ya ellos ejecutado bastantes hazañas, por las
que merecieron que los dejase salvos y descansados.
XXXI Sabedor Luculo de estas proposiciones y de otras todavía
más insolentes, tuvo que abandonar la expedición
contra los Partos, y marchó otra vez contra Tigranes en
lo más fuerte del estío; cuando llegó a pasar
el monte Tauro, se desanimó al ver los campos todavía
verdes. ¡Tanto es lo que allí se atrasan las estaciones
por la frialdad de la atmósfera! Con todo, pasó
adelante. y habiendo desbaratado a dos o tres jefes armenios que
osaron oponérsele, impunemente corría y asolaba
el país, logró apoderarse de las subsistencias que
estaban recogidas para Tigranes, e hizo experimentar a los enemigos
la carestía y escasez que él había temido.
Provocábalos a batalla, abriéndoles fosos delante
de sus mismas trincheras y talándoles a su vista el país;
y como ni aun así pudiese moverlos, por lo intimidados
que habían quedado, levantó su campo y marchó
contra Artáxata, corte de Tigranes, donde se hallaban sus
hijos pequeños y sus mujeres legítimas, juzgando
que Tigranes, sin una batalla, no abandonaría tan interesantes
objetos. Dícese que el cartaginés Aníbal,
vencido que fue Antíoco por los Romanos, se acogió
a Artaxa, rey de Armenia, para quien fue un adiestrador y maestro
muy útil en otros diferentes ramos, y que habiendo observado
un sitio ameno y delicioso, aunque hasta entonces desdeñado
e inculto, concibió la idea de una ciudad, y llevando a
él a Artaxa se lo manifestó, exhortándole
a su fundación; accedió el rey a ello gustoso, y,
rogándole que dirigiese la obra, había resultado
una magnífica y hermosa ciudad, la que tomó del
rey su dominación, y fue declarada metrópoli de
Armenia. Como Luculo, pues, se dirigiese contra ella, no pudo
sufrirlo Tigranes, sino que, haciendo marchar su ejército,
al cuarto día fijó su campo frente al de los Romanos,
dejando en medio el río Arsania, que precisamente tenían
que pasar los Romanos para ir contra Artáxata. Hizo Luculo
sacrificio a los Dioses; y como si ya tuviera la victoria en la
mano, pasó sus tropas en doce cohortes, que formó
a vanguardia, y las otras doce a retaguardia, para evitar el ser
cortado por los enemigos; porque era mucha la caballería
y la gente escogida que tenía al frente, y aun delante
de éstos se hallaban colocados los arqueros de a caballo
de los Mardos y los lanceros y saeteros de Iberia, en quienes
tenía Tigranes la mayor confianza como en los más
belicosos; más ellos, sin embargo, nada hicieron digno
de atención; pues habiendo tenido una ligera escaramuza
con la caballería romana, no aguardaron a la infantería
que los cargaba, y huyendo por uno y otro lado, atrajeron a la
caballería en su persecución. Al mismo tiempo que
éstos desaparecieron, se presentó la caballería
de Tigranes, y Luculo, al ver su brillantez y su muchedumbre,
concibió algún temor por lo que hizo volver a la
suya del seguimiento y se opuso el primero a la gente de los Sátrapas,
que, como la mejor, formaba contra él, y con sólo
el miedo que le impuso la rechazó antes de venir a las
manos. Siendo tres los reyes que se hallaron en aquella acción,
el que hizo una fuga más vergonzosa fue Mitridates, rey
del Ponto, que ni siquiera pudo sufrir la vocería de los
Romanos. La persecución fue muy dilatada y de toda la noche,
de manera que los Romanos se cansaron de matar, de cautivar y
de recoger botín. Livio dice que en la primera batalla
pereció más gente, pero que en ésta murieron
o quedaron cautivos los más ilustres y principales de los
enemigos.
XXXII. Engreído y alentado Luculo con estos sucesos, pensó
pasar adelante y acabar con Tigranes; pero en el equinoccio de
otoño, cuando menos lo esperaba le sobrecogieron copiosas
lluvias y nieves, a las que siguieron rigurosas escarchas y hielos,
poniéndose los ríos en estado de no poder beber
en ellos los caballos, por el exceso del frío, y de no
poder pasarlos, porque, rompiéndose el hielo, con lo agudo
de la rotura les cortaba los nervios. La región, por lo
más, era sombría, de pasos estrechos y selvosa,
lo que hacía que se mojasen sin cesar, llenándose
de nieve en las marchas y pasando muy mal la noche en lugares
húmedos. No eran muchos los días que llevaban de
seguir a Luculo después de la batalla, cuando ya se le
resistieron, primero, con ruegos y enviando el mensaje con los
tribunos, y después, ya con mayor tumulto y alborotando
por las noches en las tiendas, que parece es la señal de
un ejército sublevado. Hizo cuanto pudo Luculo para mitigarlos,
tratando de inspirar en sus ánimos aliento y confianza,
siquiera hasta que, tomando la Cartago de Armenia, destruyesen
la obra del mayor enemigo de los Romanos, queriendo significar
a Anibal. Cuando vio que no pudo convencerlos, se resignó
a retroceder, y repasando el Tauro por otras cumbres bajó
a la región llamada Migdonia, muy fértil y cálida,
y se dirigió a una de sus ciudades, grande y populosa,
que los bárbaros dicen Nísibis, y los Griegos, Antioquía
Migdónica. Tenía el gobierno de ésta en el
titulo un hermano de Tigranes, llamado Guras; pero en la habilidad
y dirección de la maquinaria Calímaco, el mismo
que tanto dio que hacer a Luculo en el cerco de Amiso. Circunvalándola,
pues, con su ejército, y empleando todos los medios de
sitio; en poco tiempo se apoderó de ella a viva fuerza;
a Guras, que él mismo se rindió, le trató
con humanidad; pero a Calímaco, aunque le ofreció
revelarle depósitos secretos de grandes sumas de dinero,
no le dio oídos, sino que mandó se le echasen prisiones
para que pagara la pena del incendio con que abrasó la
ciudad de los Amisenos, frustrando su beneficencia y el deseo
que tenía de dar a los Griegos pruebas de su aprecio.
XXXIII. Hasta aquí, parece que la fortuna había
militado con Luculo en sus banderas; pero ya desde este punto,
como aquel a quien le falta el viento, encontrando oposición
en todo cuanto intentaba, aunque mostró siempre el valor
y magnanimidad de un gran general, sus hechos no encontraron ni
aprecio ni gloria, y aun estuvo en muy poco el que no perdiese
la antes adquirida, por más que trabajaba y se afanaba
en vano; de lo que no fue él mismo pequeña causa,
por no ser condescendiente con la soldadesca, y por creer que
todo lo que se hace en obsequio de los súbditos es ya un
principio de desprecio y una relajación de la disciplina,
aunque lo principal era no tener un carácter blando, ni
aun para los poderosos e iguales, sino que a todos los miraba
con ceño, no creyendo que nadie valía tanto como
él. Pues todos convienen en que, entre otras muchas calidades
buenas, tenía ésta mala; porque él era de
gallarda estatura, de buena presencia y elegante en el decir,
así en la plaza pública como en el ejército.
Dice, pues, Salustio que los soldados estuvieron descontentos
con él desde muy luego, en el principio mismo de la guerra
contra Cícico, y después en la de Amiso, por haber
tenido que pasar acampados dos inviernos seguidos. Mortificáronlos
asimismo los otros inviernos, porque o los pasaron en tierra enemiga
o en campamento también y al raso, aunque entre aliados;
pues ni una sola vez entró Luculo con su ejército
en una ciudad griega o amiga. Estando ellos de suyo tan indispuestos,
les dieron también calor desde Roma los tribunos y otros
demagogos, que, llevados de envidia, acusaban a Luculo de que,
por ambición y avaricia, prolongaba la guerra, y de que,
sobre reunir él sólo en su persona la Cilicia, el
Asia, la Bitinta, la Paflagonia, la Galacia, el Ponto y la Armenia
hasta el Fasis, ahora había talado y asolado el reino de
Tigranes, como si, en lugar de someter a los reyes, hubiera sido
enviado a despojarlos; que fue lo que dicen le imputó el
tribuno Lucio Quinto, a cuya persuasión se decretó
que se dieran a Luculo sucesores de su provincia, determinándose,
además, licenciar, a muchos de los que militaban en su
ejército.
XXXIV. A este mal estado de los negocios de Luculo se agregó
otra cosa que los acabó de echar a perder: y fueron las
instigaciones de Publio Clodio, hombre violento y resumen de toda
alevosía y temeridad. Era hermano de la mujer de Luculo,
y corrían rumores de mal trato entre ambos, siendo ella
muy disoluta. Militaba entonces con Luculo, sin ocupar el puesto
a que se presumía acreedor, porque codiciaba tener el primer
lugar; y por su conducta era precedido de muchos. Sedujo, pues,
al ejército de Fimbria, y lo excitó contra Luculo,
moviendo pláticas muy acomodadas al gusto de unos hombres
a quienes no faltaba ni la voluntad ni la costumbre de sublevarse,
porque éstos mismos eran los que antes había concitado
Fimbria para que, asesinando al cónsul Flaco, se eligiera
general. Así, oyeron con gran placer a Clodio, a quien
llamaron amante del soldado, porque supo fingir que se compadecía
de su suerte: A causa- les decía- de no verse ningún
término de tantas guerras y tantos trabajos sino que, peleando
con todas las naciones y rodando por toda la tierra, en esto era
en lo que habían de gastar su vida; sin servirles de otra
cosa estas expediciones que de escoltar los carros y camellos
de Luculo, cargados de preciosas alhajas de oro y pedrería.
No así los soldados de Pompeyo, que, restituidos ya a la
clase de pacíficos ciudadanos, gozaban de descanso con
sus mujeres y sus hijos en una tierra y en unas ciudades felices;
no después de haber arrojado a Mitridates y a Tigranes
a unos desiertos inhabitables, o de haber destruido las opulentas
cortes del Asia, sino después de haber hecho la guerra
en la España a unos desterrados, y en la Italia a unos
fugitivos. ¿Por qué no habían de descansar
ya de las fatigas de la milicia? O, a lo menos, ¿por qué
no reservar lo que les restaba de fuerza y de aliento para otro
general para quien el mejor adorno era la riqueza de sus soldados?
Seducido con tales especies el ejército de Luculo, no quiso
seguirle contra Tigranes ni contra Mitridates, que inmediatamente
regresó al Ponto y recobró su Imperio. Tomando por
pretexto el invierno, se detuvieron en la Gordiena, dando tiempo
de que llegara Pompeyo o alguno otro de los generales sucesores
de Luculo, que ya se esperaban.
XXXV. Cuando llegó la noticia de que Mitridates, habiendo
vencido a Fabio, marchaba contra Sornacio y Triario, entonces
siguieron a Luculo. Triario, ansioso de arrebatar la victoria,
que le parecía segura, antes de que llegara Luculo, que
ya estaba cerca, fue completamente derrotado en batalla campal;
pues se dice que murieron más de siete mil Romanos, y entre
ellos ciento cincuenta centuriones y veinticuatro tribunos, habiéndoles
Mitridates tomado el campamento. Llegó Luculo pocos días
después, y sustrajo a Triario de la ira de los soldados,
que le andaban buscando; y como Mitridates rehusase venir a batalla
por esperar a Tigranes, que estaba ya en marcha con grandes fuerzas,
resolvió, antes que se verificara su reunión, salir
al encuentro a Tigranes y pelear con él; pero, sublevados
los Fimbrianos cuando ya estaban en camino, abandonaron éstos
sus puestos bajo el pretexto de que ya estaban libres del juramento
de la milicia, por no corresponder el mando a Luculo después
de conferidas a otros sus provincias. Entonces nada hubo que éste
no tuviese que sufrir muy fuera de lo que a su dignidad correspondía,
bajándose a ir hablándoles de uno en uno y de tienda
en tienda, presentándoseles abatido y lloroso, y aun alargándoles
a algunos la mano; mas ellos desdeñaban estas demostraciones,
y tirándole los bolsillos vacíos, le decían
que peleara él solo con los enemigos, pues que él
solo había de hacerse rico; con todo, a súplicas
de los otros soldados, condescendieron los Fimbrianos en permanecer
por aquel estío, mas en el concepto de que, si en este
tiempo no se presentaba alguno a pelear con ellos, se marcharían.
Por tales condiciones le fue preciso pasar a Luculo, para no abandonar
a los bárbaros el país si le dejaban desamparado.
Retúvolos, pues, aunque sin emplearlos en acciones ni conducirlos
a batalla; dándose por contento con que se quedasen y teniendo
que sufrir ver asolada por Tigranes la Capadocia, y que impunemente
insultara otra vez aquel mismo Mitridates, de quien él
había escrito al Senado que quedaba del todo destruido;
por lo que habían ya llegado los enviados del mismo Senado
para arreglar las cosas del Ponto como enteramente aseguradas;
y lo que encontraron fue que ni de sí mismo era dueño,
mofado y escarnecido por los soldados. Llegaron éstos a
tal extremo de insolencia, que al expirar el estío tomaron
las armas, y, desenvainando las espadas, provocaban a unos enemigos
que por ninguna parte se presentaban, hallándose muy escarmentados.
Moviendo, pues, grande algazara y batiéndose con sus sombras,
se salieron del campamento, protestando que habían cumplido
el tiempo por el que a Luculo habían ofrecido quedarse.
A los otros los enviaba a llamar Pompeyo, porque ya había
sido nombrado general para la guerra de Mitridates y Tigranes,
por afición del pueblo hacía él y por adulación
y lisonja de los demagogos; mientras que el Senado y los buenos
ciudadanos veían la injusticia que se hacía a Luculo
dándole sucesor, no de la guerra, sino del triunfo, y obligándosele
a dejar y ceder a otro, no el mando, sino el prez de la victoria.
XXXVI Pues aún parecía esta situación más
injusta a los que allí presenciaban los sucesos; porque
no era Luculo dueño del premio y del castigo, como es preciso
en la guerra, ni permitía Pompeyo que ninguno pasase a
verle, o que se obedeciese a lo que disponía y determinaba
con los diez enviados, sino que lo daba por nulo, publicando edictos
y haciéndose temible por sus mayores fuerzas. Creyeron,
sin embargo, conveniente sus amigos el que tuviesen una conferencia;
y habiéndose juntado en una aldea de la Galacia, se hablaron
con agrado el uno al otro, y se dieron el parabién de sus
respectivas victorias, Era Luculo de más edad; pero era
mayor la dignidad de Pompeyo, por haber tenido más mandos
y por sus dos triunfos. Las fasces que a uno y a otro precedían
estaban enramadas con laurel por sus victorias; pero habiendo
sido muy larga la marcha de Pompeyo por lugares faltos de agua
y de humedad, al ver los lictores de Luculo que el laurel de aquellas
fasces estaba seco, alargaron con muy buena voluntad a los otros
del suyo, que estaba fresco y con verdor. Tomaron esto a buen
agüero los amigos de Pompeyo, porque, en realidad, los prósperos
sucesos de aquel contribuyeron a dar realce a la expedición
de éste; pero de resulta de la conferencia, en lugar de
quedar más amigos, se retiraron más indispuestos
entre sí, y Pompeyo, sobre anular todas las disposiciones
tomadas por Luculo se llevó consigo los demás soldados,
no dejándole para que le acompañaran en el triunfo
sino solos mil seis cientos, y aun éstos se quedaban con
él de mala gana. ¡Tan mal amañado o tan desgraciado
era Luculo en lo que es lo primero y más importante en
un general! De manera que si le hubiera acompañado esta
dote con las demás que tanto en él resplandecían,
con su valor, su actividad, su previsión y su justicia,
el mando de los Romanos en el Asia no habría tenido por
límite el Eufrates, sino los últimos términos
de la tierra y el mar de Hircania; habiendo sido ya todas las
demás naciones sojuzgadas con Tigranes, y no siendo las
fuerzas de los Partos tan poderosas contra Luculo como se mostraron
después contra Craso, por cuanto no tenían igual
unión; y antes, por las guerras intestinas y de los pueblos
inmediatos, ni siquiera podían sostenerse con vigor contra
los insultos de los Armenios. Mas ahora creo que el bien que por
sí hizo a la patria, por otros se convirtió contra
ésta en mayor daño, a causa de que los trofeos erigidos
en la Armenia a la vista de los Partos, Tigranocerta, Nísibis,
la inmensa riqueza conducida de ellas a Roma y la misma diadema
de Tigranes, traída en cautiverio, impelieron a Craso contra
el Asia, en el concepto de que aquellos bárbaros sólo
eran presa y despojos seguros y ninguna otra cosa; pero bien pronto,
puesto al tiro de las saetas de los Partos, dio a todos el desengaño
de que Luculo, no por impericia o flojedad de los enemigos, sino
por inteligencia y valor propios, alcanzó de ellos ventajas.
Mas de esto se hablará después.
XXXVII. Restituido Luculo a Roma, lo primero que se le anunció
fue que su hermano Marco se hallaba acusado por Cayo Memio sobre
el manejo que tuvo en la cuestura, prestándose a las órdenes
de Sila. Como hubiese sido absuelto, se convirtió Memio
contra el mismo Luculo, haciendo creer al pueblo que se había
reservado cantidades y había de intento prolongado la guerra;
le excitó a que le negara el triunfo. Tuvo, por tanto,
que sufrir una grande contradicción, y sólo mezclándose
los principales y de mayor autoridad entre las tribus pudieron
conseguir del pueblo, a fuerza de ruegos y de mucha diligencia,
que le permitiese triunfar. No fue su triunfo tan brillante y
ostentoso como el de otros, por lo dilatado de la pompa y por
el gran número de los objetos que se conduelan, sino que
con las armas de los enemigos, que eran de muy diversas especies,
y con las máquinas ocupadas a los reyes, adornó
el Circo Flaminio, espectáculo que no dejaba de llamar
la atención. En la pompa iban unos cuantos de los soldados
de caballería armados; de los carros falcados, diez; de
los amigos y generales de los reyes, sesenta; naves de gran porte,
con espolones de bronce, se habían traído ciento
y diez; una estatua colosa de Mitridates, de seis pies, hecha
de oro, y un escudo guarnecido de piedras; veinte bandejas con
vajilla de plata, y treinta y dos con vasos, armas y monedas de
oro. Todas estas cosas eran llevadas por hombres; ocho acémilas
conducían otros tantos lechos de oro; cincuenta y seis
llevaban la plata en barras y otras ciento y siete poco menos
de dos cuentos y setecientas mil dracmas en dinero. En unas tablas
estaban anotadas las sumas entregadas por él a Pompeyo,
o puestas en el tesoro para la guerra de los piratas; y separadamente
constaba que cada soldado había recibido novecientas y
cincuenta dracmas. Últimamente hubo banquete público
y abundante para la ciudad y para los pueblos del contorno.
XXXVIII. Habiendo repudiado a Clodia, que era disoluta y de malas
costumbres, se casó con Servilia, hermana de Catón:
matrimonio también harto desgraciado; faltábale
solamente una de las tachas del de Clodia, que era la infamia
de que estaban notados los dos hermanos: en lo demás, por
respeto a Catón, tuvo que sufrir a una mujer desenvuelta
y perdida, hasta que por fin no pudo más. Había
fundado en él el Senado grandes esperanzas, pareciéndole
que le serviría de escudo contra la tiranía de Pompeyo,
y de salvaguardia de la aristocracia, en virtud de haber empezado
con tanta gloria y poder; pero él se retiró y dio
de mano al gobierno de la república, o porque ya ésta
adolecía de vicios y no era fácil de manejar, o,
como dicen algunos, porque teniendo grande reputación se
acogió a una vida descansada y cómoda después
de tantos combates y trabajos, que no tuvieron el fin más
dichoso. Así, algunos aplauden esta conducta, no sujeta
a los reveses de Mario, que después de sus victorias de
los Cimbros y de tantos y tan gloriosos triunfos no se dio por
contento con tan envidiables honores, sino que por desmedida ambición
de gloria y de mando, siendo ya anciano, entró a rivalizar
con hombres jóvenes y se precipitó en hechos horribles
y en trabajos más horribles todavía; y a Cicerón
le habría estado mucho mejor haber envejecido en el retiro
de los negocios, después de sofocada la conjuración
de Catilina, y a Escipión entregarse al reposo después
que al triunfo de Cartago añadió el de Numancia,
porque también la carrera política tiene su retiro,
no necesitando menos de vigor y de cierta robustez los combates
políticos que los atléticos. Con todo, Craso y Pompeyo
desacreditaban a Luculo por haberse entregado al lujo y a los
placeres, como si estas cosas desdijesen más de aquella
edad que el meterse en negocios y hacer la guerra.
XXXIX. Sucede con la vida de Luculo lo que con la comedia antigua,
donde lo primero que se lee es de gobierno y de milicia, y a la
postre, de beber, de comer, y casi de francachelas, de banquetes
prolongados por la noche y de todo género de frivolidad,
porque yo cuento entre las frivolidades los edificios suntuosos,
los grandes preparativos de paseos y baños, y todavía
más las pinturas y estatuas y el demasiado lujo en las
obras de las artes, de las que hizo colecciones a precio de cuantiosas
sumas, consumiendo profusamente en estos objetos la inmensa riqueza
que adquirió en la guerra; que aun hoy, cuando el lujo
ha llegado a tanto exceso, los huertos luculianos se cuentan entre
los más magníficos de los emperadores. Así
es que, habiendo visto Tuberón el Estoico sus grandes obras
en la costa cerca de Nápoles, los collados suspendidos
en el aire por medio de dilatadas minas, las cascadas en el mar,
las canales con pescados de que rodeó su casa de campo
y las otras diferentes habitaciones que allí dispuso, no
pudo menos de llamarle Jerjes con toga. Tenía en Túsculo
diferentes habitaciones y miradores de hermosas vistas, y, además,
ciertos claustros abiertos y dispuestos para paseos; viólos
Pompeyo, y censuró el que, habiendo dispuesto aquella quinta
con tanta comodidad para el verano, la hubiera hecho inhabitable
para el invierno, a lo que, sonriéndose, le contestó:
Pues qué, ¿me haces de menos talento que las
grullas y las cigüeñas, para no haber proporcionado
las viviendas a las estaciones? Quería un edil dar
brillantes juegos, y habiéndole pedido para uno de los
coros ciertos mantos de púrpura, dijo que miraría
si los había en casa, y se los daría; al día
siguiente le preguntó cuántos había menester,
y respondiéndole el edil que habría bastantes con
ciento, le dijo que tomara otros tantos más; que fue lo
que dio ocasión a Horacio para exclamar: No puede
decirse que hay riquezas donde las cosas abandonadas y de que
no tiene noticias el dueño no son más que las que
están a la vista.
XL. En las cenas cotidianas de Luculo se hacía grande
aparato de su adquirida riqueza, no sólo en paños
de púrpura, en vajilla, pedrería, en coros y representaciones,
sino en la muchedumbre de manjares y en la diferencia de guisos,
con lo que excitaba la admiración de las gentes de menos
valer. Por tanto, fue celebrado aquel dicho de Pompeyo hallándose
enfermo. Prescribióle el médico que comiera un tordo,
y diciéndole los de su familia que, siendo entonces el
tiempo del estío, no podría encontrarse sino engordado
en casa de Luculo, no permitió que fuera allá a
buscarlo, sino que dijo al médico: ¿Conque
si Luculo no fuera un glotón no podría vivir Pompeyo?
Y le pidió le mandase cosa más fácil de encontrar.
Catón era su amigo y su deudo; con todo, estaba tan mal
con esta conducta suya y con su lujo, que, habiendo hablado en
el Senado un joven larga e inoportunamente sobre la moderación
y la templanza, se levantó Catón, e interrumpiéndole
le dijo: ¿No te cansarás de enriquecerte como
Craso, de vivir como Luculo y de hablar como Catón?
Algunos convienen en que esto se dijo, mas no refieren que Catón
lo hubiese dicho.
XLI. Que Luculo no sólo se complacía en este tenor
de vida que había adoptado, sino que hacía gala
de él, se deduce de ciertos rasgos que todavía se
recuerdan. Dícese que vinieron a Roma unos Griegos, y les
dio de comer bastantes días. Sucedióles lo que era
natural en gente de educación, a saber: que tuvieron cierto
empacho, y se excusaron del convite, para que por ellos no se
hicieran cada día semejantes gastos; lo que, entendido
por Luculo, les dijo con sonrisa: Algún gasto bien
se hace por vosotros; pero el principal se hace por Luculo.
Cenaba un día solo, y no se le puso sino una mesa, y, una
cena moderada; incomodóse de ello, e hizo llamar al criado
por quien corrían estas cosas; y como éste le respondiese
que no habiendo ningún convidado creyó no querría
una cena más abundante: ¡Pues cómo!-
le dijo-. ¿No sabías que hoy Luculo tenía
a cenar a Luculo? Hablábase mucho de esto en Roma,
como era regular, y viéndole un día desocupado en
la plaza se le llegaron Cicerón y Pompeyo; aquel era uno
de sus mayores y más íntimos amigos, y aunque con
Pompeyo había tenido alguna desazón con motivo del
mando del ejército, solían, sin embargo, hablarse
y tratarse con afabilidad. Saludándole, pues, Cicerón,
le preguntó si podrían tener un rato de conversación;
y contestándole que si, con instancia para ello, Pues
nosotros- le dijo- queremos cenar hoy en tu compañía,
nada más que con lo que tengas dispuesto. Procuró
Luculo excusarse, rogándoles que fuese en otro día;
pero le dijeron que no venían en ello, ni le permitirían
hablar a ninguno de sus criados, para que no diera la orden de
que se hiciera mayor prevención, y sólo, a su ruego,
condescendieron con que dijese en su presencia a uno de aquellos:
Hoy se ha de cenar en Apolo, que era el nombre de
uno de los más ricos salones de la casa, en lo que no echaron
de ver que los chasqueaba, porque, según parece, cada cenador
tenía arreglado su particular gasto en manjares, en música
y en todas las demás prevenciones, y así, con sólo
oír los criados dónde quería cenar, sabían
ya qué era lo que habían de prevenir y con qué
orden y aparato se había de disponer la cena, y en Apolo
la tasa del gasto eran cincuenta mil dracmas. Concluida la cena,
se quedó pasmado Pompeyo de que en tan breve tiempo se
hubiera podido disponer un banquete tan costoso. Ciertamente que,
gastando así en estas cosas, Luculo trataba su riqueza
con el desprecio debido a una riqueza cautiva y bárbara.
XLII. Otro objeto había digno verdaderamente de diligencia
y de ser celebrado, en el que hacía también Luculo
considerables gastos, que era el acopio de libros; porque había
reunido muchos y muy preciosos, y el uso era todavía más
digno de alabanza que la adquisición, por cuanto la biblioteca
estaba abierta a todos, y a los paseos y liceos inmediatos eran,
por consiguiente, admitidos los Griegos como a un recurso de las
musas, donde se juntaban y conferenciaban, recreándose
de las demás ocupaciones. Muchas veces se entretenía
allí él mismo, paseando y conversando con los literatos;
y a los que tenían negocios públicos los auxiliaba
en lo que le habían menester; en una palabra: su casa era
un domicilio y un pritaneo griego para todos los que venían
a Roma. Estaba familiarizado con toda filosofía, y a toda
se mostraba tan benigno como era inteligente; pero fue particularmente
adicto desde el principio a la Academia, no a la que se llamaba
nueva, sin embargo de que florecía entonces con los discursos
de Carnéades, por medio de Filón, sino a la antigua,
que tenía por maestro y caudillo en aquella era a Antíoco
Ascalonita, varón elocuente y de gran elegancia en el decir;
y habiendo procurado Luculo hacerle su amigo y comensal, sostenía
la oposición contra los alumnos de Filón, siendo
Cicerón uno de ellos, el cual escribió un tratado
bellísimo en defensa de su secta, y en él, para
la mejor comprensión, hizo que Luculo tomara una parte
en la disputa, y él al contrario; y aun el mismo libro
se intitula Luculo. Eran entre sí, como ya se ha dicho,
íntimos amigos, y seguían el mismo partido en las
cosas de la República, pues Luculo no se había separado
enteramente del gobierno, y sólo había abandonado
desde luego a Craso y a Catón la contienda y disputa sobre
quién sería el mayor y tendría más
poder como llena de riesgos y contradicciones; por cuanto los
que recelaban de la grande autoridad de Pompeyo habían
tomado a éstos por defensores del Senado, a causa de no
haber querido Luculo tomar el primer lugar. Bajaba, sin embargo,
a la plaza pública por servir a los amigos, y al Senado,
si era necesario contrarrestar en algo la ambición y poder
de Pompeyo; así invalidó las disposiciones tomadas
por éste después de haber vencido a los dos reyes;
y como hubiese propuesto un repartimiento a los soldados, impidió
que se diese, ayudado de Catón; de manera que Pompeyo tuvo
que acudir a la amistad, o por mejor decir, a la conjuración
de Craso y César; y llenando la ciudad de armas y de soldados,
hizo que pasaran por fuerza sus decretos, expeliendo de la plaza
a Catón y Luculo. Como los buenos ciudadanos se hubiesen
indignado de este proceder, sacaron los pompeyanos a plaza a un
tal Veccio, suponiendo que le habían sorprendido estando
en acecho contra Pompeyo. Cuando aquel fue interrogado sobre este
hecho, en el Senado, acusó a otros; pero ante el pueblo
nombró a Luculo, diciendo ser quien le había pagado
para asesinar a Pompeyo; nadie, sin embargo, le dio crédito,
siendo a todos bien manifiesto que aquellos le habían sobornado
para levantar semejante calumnia, lo que todavía se descubrió
más a las claras cuando, al cabo de muy pocos días,
fue Veccio arrojado a la calle, muerto, desde la cárcel,
diciéndose que él se había dado muerte; pues
viéndose en el cadáver señales del lazo y
de heridas, se entendió haberle muerto los mismos que le
sedujeron.
XLIII. Con esto todavía se apartó más Luculo
de los negocios; y cuando después Cicerón salió
desterrado y Catón fue enviado a Chipre, entonces les dio
enteramente de mano. Dícese, además, que antes de
morir se le perturbó la razón, desfalleciendo poco
a poco; pero Cornelio Nepote refiere que no la perdió Luculo
por la vejez o por enfermedad, sino que fue alterada por una bebida
que le propinó Calístenes, uno de sus libertos;
y que el habérsela propinado fue para que Luculo le amase
más, creyendo que la bebida tenía esta virtud; y
por fin, que con ella se le ofendió y alteró la
razón en términos de haber sido preciso que, viviendo
él, se encargase el hermano de la administración
de su hacienda. Con todo, apenas murió, como si hubiera
fallecido en lo más floreciente de su mando y de su gobierno,
sintió el pueblo su muerte, concurriendo a sus exequias;
y llevado el cadáver a la plaza por los jóvenes
más principales, quería por fuerza sepultarle en
campo Marcio, donde había sepultado a Sila; pero como nadie
estaba prevenido para esto, ni era fácil que se tomaran
las convenientes disposiciones, alcanzó el hermano, a fuerza
de razones y de ruegos, que permitiese se hiciera el entierro
en el lugar preparado al intento, cerca de Túsculo. No
vivió él mismo después largo tiempo, sino
que, así como había seguido de cerca al hermano
en edad y en gloria, le siguió también en el tiempo
del fallecimiento, habiendo sido muy amante de su hermano.
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