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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Y EURÍPIDES
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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MARCELO
I. Es opinión que Marco Claudio, el que
fue en Roma cinco veces cónsul, era hijo de otro Marco,
y que entre los de su casa empezaron a llamarle Marcelo, lo que
se interpreta Marcial, según nos dejó escrito Posidonio.
Era realmente guerrero en el ejercicio y los conocimientos; en
su cuerpo, robusto; en las manos, ágil, y en su índole,
muy inclinado a la guerra; y si bien en los combates se mostraba
intrépido y fiero, en todo lo demás era prudente
y humano, y aficionado a la literatura y escritos de los Griegos,
hasta apreciar y admirar a los que en aquella sobresalían;
aunque por sus ocupaciones no le fue dado aprender y ejercitarse
en ella según sus deseos. Porque si Dios a algunos hombres,
como dice Homero, De juventud hasta la edad cansada les concedió
acabar sangrientas lides esto se verificó también
con los principales Romanos de aquella edad, los cuales, de jóvenes,
hicieron la guerra a los Cartagineses en Sicilia, en la edad varonil
a los Galos por defender la Italia, y en la vejez otra vez a Aníbal
y los Cartagineses, no pudiendo tener, como otros, reposo en sus
últimos años, sino siendo llamados continuamente
a los ejércitos y a los mandos, según su generosa
índole y su virtud.
II. En todo género de lid era Marcelo diestro y ejercitado;
pero en los duelos y desafíos parece que aún se
excedía a sí mismo; así, no hubo desafío
que no aceptase, y en ninguno dejó de dar muerte a sus
contrarios. En Sicilia salvó a su hermano Otacilio, que
estaba para perecer, protegiéndolo con su escudo y dando
muerte a los que le habían acosado: acción por la
que, siendo todavía mozo, obtuvo de los generales coronas
y premios. Como hubiese adelantado en la pública estimación,
el pueblo le nombró edil, una de las más brillantes
dignidades, y los sacerdotes, Agorero, que es una especie de sacerdocio,
al que la ley concedió la investigación y conservación
de la adivinación por las aves. Siendo edil, se vio en
la necesidad de seguir una causa muy repugnante. Tenía
un hijo de su mismo nombre, dotado de singular belleza y a mismo
tiempo muy estimado de los ciudadanos por su modestia e instrucción,
y Capitolino, colega de Marcelo hombre vicioso y disoluto, le
requirió de amores. El joven, al principio, guardó
dentro de su pecho aquel mal intento; mas como aquel hubiese repetido
y él lo hubiese revelado a su padre, indignado Marcelo
acusó a su colega ante el Senado. Puso el denunciado por
obra toda especie de subterfugios y enredos, pidiendo la intercesión
de los tribunos, y, como se excusasen de prestarla, se defendía
con la negativa. No podía producirse testigo ninguno de
la seducción, por lo que se resolvió hacer comparecer
al joven en el Senado; y traído que fue, con ver su rubor
y sus lágrimas, y que en su aspecto con la vergüenza
resplandecía una ardiente ira, no necesitaron de más
conjeturas para condenar a Capitolino y multarlo en una crecida
suma, con la que Marcelo hizo labrar un lebrillo de plata, que
consagró a los Dioses.
III. Sucedió que, fenecida la primera Guerra Púnica
al año vigésimosegundo, amenazaron a Roma principios
de nuevas disensiones con los Galos: porque los Insubres, habitantes
de la parte de Italia que está al pie de los Alpespueblo
también galo-, ya de gran poder por sí mismos, allegaban
otras fuerzas, convocando a los que de los Galos sirven a soldada,
los cuales se llaman Gesatas: habiendo sido cosa prodigiosa y
de gran dicha para Roma que esta guerra céltica no hubiese
concurrido con la africana, sino que los Galos, como si entraran
de sustitutos, no se hubieran movido mientras duraba aquella contienda
y después tratasen de acometer a los vencedores y de provocarlos
cuando ya estaban ociosos. No dejó, con todo, el país
mismo de ser gran parte para que viniese temor en los Romanos,
conmovidos con la idea de una guerra de la misma región,
ya por la vecindad, y ya también por el antiguo renombre
de los Galos; los cuales se ve haber sido muy formidables a los
Romanos, que por ellos fueron desposeídos de su ciudad,
pues que de resulta de este suceso establecieron por ley que los
sacerdotes fuesen exentos de la milicia, a no que sobreviniera
otra guerra con los Galos. Daban también indicio de este
miedo mismos preparativos- porque se pusieron sobre las armas
tantos millares de hombres cuantos nunca se vieron a la vez ni
antes ni después- y las novedades que se hicieron en orden
a los sacrificios: pues siendo así que nada admitían
de los bárbaros ni de los extranjeros, sino que siguiendo
principalmente las opiniones de los Griegos eran píos y
humanos en las cosas de la religión, al estar ya próxima
la guerra se vieron en la necesidad de obedecer a unos oráculos
de las Sibilas, y según ellos, a enterrar vivos, en la
plaza que llaman de los Bueyes, a dos Griegos, varón y
hembra, y del mismo modo a dos Galos: por los cuales Griegos y
Galos hacen aún hoy en el mes de noviembre ciertas arcanas
e invisibles ceremonias.
IV. Los primeros combates alternaron entre victorias y descalabros,
sin que condujesen a un término seguro; mientras los cónsules
Flaminio y Furio hacían la guerra con poderosos ejércitos
a los Insubres, se vio que el río que atraviesa la campiña
Picena corría teñido en sangre, y se dijo asimismo
que hacia Arímino habían aparecido tres lunas. Además,
los sacerdotes, que tienen a su cargo observar las aves, anunciaron
que los agüeros de éstas al tiempo de los comicios
consulares habían sido contrarios a los cónsules:
por todo lo cual al punto se enviaron cartas al ejército
citando y llamando a éstos para que, restituidos a Roma,
abdicaran cuanto antes y nada se apresuraran a hacer como cónsules
contra los enemigos. Recibió las cartas Flaminio, y no
quiso abrirlas sin haber antes entrado en acción con los
bárbaros, a los que puso en fuga y les corrió la
tierra. Regresó luego a Roma con muchos despojos, pero
el pueblo no salió a recibirle; y por no haber cumplido
así que fue llamado ni haberse mostrado obediente a las
cartas, estuvo en muy poco que no perdiese la votación
del triunfo; por tanto, no bien acabada la solemnidad de éste,
le redujo a la clase de particular, precisándole, a renunciar
al consulado juntamente con su colega: ¡tanta era la piedad
de los romanos en referirlo todo a los Dioses! Así- es
que aun presentando en cambio los más prósperos
acontecimientos, no aprobaban el desdén de los agüeros
recibidos, creyendo que para la salud de la patria conducía
más el que los magistrados reverencias en las cosas de
la religión que el que vencieran a los enemigos.
V. Por este término, hallándose cónsul Tiberio
Sempronio, varón que por su valor y probidad era de los
Romanos tenido en el mayor aprecio, declaró por sus sucesores
a Escipión Nasica y Gayo Marcio; y cuando ya estaban éstos
en sus respectivas provincias, registrando los apuntes sobre ritos
religiosos, halló por casualidad que se le había
pasado una de las prevenciones trasmitidas por los mayores, que
era ésta: cuando el general para tomar los agüeros
fuera de la población ocupaba casa o tienda arrendada,
y después por algún motivo tenía que volver
a la ciudad sin haber obtenido señales ciertas, era preciso
que dejara aquella mansión arrendada y tomara otra para
empezar en ella la ceremonia desde el principio. Esto era justamente
lo que Tiberio había ignorado, y tomó dos veces
los agüeros en un mismo punto para declarar cónsules
a los que dejamos dicho. Advirtió por fin su error, y lo
hizo presente al Senado, el cual no miró con desprecio
esta falta, aunque pequeña, sino que escribió a
los cónsules, y éstos, dejando las provincias, se
apresuraron a volver a Roma e hicieron dimisión de su dignidad:
aunque esto sucedió más adelante. Mas por aquellos
mismos tiempos, a dos sacerdotes de los más distinguidos
se les privó del sacerdocio: a Cornelio Cetego, por no
haber distribuido por el orden prescrito las entrañas de
las víctimas, y a Quinto Suplicio, porque en el acto de
estar sacrificando se le cayó de la cabeza el bonete que
llevan los llamados Flámines. También estando el
dictador Minucio nombrando por maestre de la caballería
a Gayo Flaminio, porque en el acto se oyó el rechinamiento
de un ratón, retiraron sus votos a entrambos y nombraron
otros. Mas aunque tanta exactitud ponían en estas cosas
que parecen pequeñas, no por eso tenía parte superstición
ninguna en no alterar ni omitir nada de las prácticas heredadas.
VI Hecha la abdicación por Flaminio y su colega, fue designado
cónsul Marcelo por los que llaman interreyes, y luego que
entró en posesión de su cargo, le dieron por colega
a Gneo Cornelio. Dícese que como los Galos diesen muchos
pasos hacia la reconciliación, y también el Senado
se inclinase a la paz, Marcelo irritó al pueblo para que
apeteciese la guerra; y aun sin embargo de que llegó a
hacerse la paz, los Galos mismos parece que obligaron a la guerra,
pasando los Alpes y alborotando a los Insubres; porque siendo
unos treinta mil, se unieron a éstos, que les excedían
mucho en número, y llenos de altanería marcharon
sin detención contra Acerra, ciudad fundada a las orillas
del Po; de allí salía el rey de los Gesatas, Virdómaro,
con unos diez mil hombres, y talaba todo el país por donde
discurre este río. Luego que esto llegó a los oídos
de Marcelo, dejando a su colega por la parte de Acerra con toda
la infantería, toda la tropa de línea y el tercio
de la tropa de línea y el tercio de la de a caballo, y
tomando consigo lo restante de la caballería y de las tropas
más ligeras, hasta unos seiscientos hombres, movió
sus reales y aceleró la marcha, sin aflojar ni de día
ni de noche, hasta que alcanzó a los diez mil Gesatas hacia
el pueblo llamado Clastidio, caserío otro tiempo de los
Galos, que hacía poco habían entrado en la obediencia
de los Romanos. No le fue dado rehacerse y dar algún reposo
a su tropa, porque pronto tuvieron los bárbaros antecedentes
de su venida, y la miraron con desprecio, por ser muy poca la
infantería y no dar los Celtas a su caballería importancia
ninguna: pues sobre ser tenidos por diestrísimos y sobresalientes
en este modo de combatir, con mucho excedían también
en el número a Marcelo. Por tanto, para llevársele
de calle, marcharon sin dilación contra él con gran
ímpetu y terribles amenazas, precediéndoles el rey.
Marcelo, para que no se le adelantaran y envolvieran viéndole
con tan pocos llevó con prontitud a bastante distancia
sus escuadrones de caballería, y adelgazando su ala la
extendió mucho, hasta que se puso cerca de los enemigos.
En el acto mismo de lanzarse contra estos, sucedió que
su caballo, inquietado con los relinchos de la caballería
contraria, volvió grupa para llevar hacia atrás
a Marcelo. Él entonces, temiendo que este accidente diese
motivo a alguna superstición de los Romanos, hizo uso del
freno y volvió repentinamente el caballo frente a los enemigos,
adorando al Sol; como que no por acaso sino de intento y con aquel
mismo objeto había hecho a su caballo dar vuelta, porque
girando en torno es como los Romanos acostumbran a adorar a los
Dioses, y al tiempo de embestir a los enemigos se dice haber hecho
voto a Júpiter Feretrio de consagrarle las más hermosas
armas de los enemigos.
VII. En esto le echó de ver el rey de los Gesatas, y conjeturando
por las insignias que aquel era el general, picó a su caballo
y se adelantó mucho a los demás, provocándole
a grandes voces y, blandiendo su lanza; era superior a los demás
Galos y sobresalía entre ellos por su talla y por toda
su armadura, en que brillaban el oro, la plata y la variedad de
los colores, con lo que venía a ser como rayo de luz entre
nubes. Llevaba Marcelo su vista por toda la hueste enemiga, y
como al descubrir aquellas armas le pareciesen las más
hermosas de todas y se le ofreciese que con ellas había
de cumplir su voto, arremetiendo contra su dueño le atravesó
con la lanza la coraza y con el encuentro del caballo le hizo
perder la silla y caer al suelo todavía con vida; pero
repitiéndole segundo y tercer golpe acabó luego
con él. Apeóse en seguida, y luego que tomó
en la mano las armas del caído, alzando los ojos al cielo,
exclamó: ¡Oh Júpiter Feretrio, tú
que registras los designios y las grandes hazañas de los
generales en las guerras y en las batallas, tú eres testigo
de que con mi propia mano he traspasado y dado muerte a este enemigo,
siendo general, a otro general, y siendo cónsul, a un rey;
conságrote, pues, estos primeros y excelentísimos
despojos; tú concédeme para lo que resta una ventura
igual a estos principios! En esto acometió la caballería,
peleando, no con la caballería separada, sino también
con la infantería que allí se agolpó, y alcanzó
un especial, glorioso e incomparable triunfo, pues no hay memoria
de que tan pocos de a caballo hubiesen vencido jamás a
tanta caballería e infantería juntas. Dióse
muerte a un gran número, y cogiendo muchas armas y despojos,
volvió a unirse con su colega, que combatía desventajosamente
con los Celtas, junto a la ciudad mayor y más populosa
de los Galos. Llámase Milán, y los Celtas la reconocen
por metrópoli; por lo cual, peleando con particular denuedo
en su defensa, habían conseguido sitiar al sitiador Cornelio.
Volviendo en esta sazón Marcelo, los Gesatas, luego que
entendieron la derrota y muerte de su rey, se retiraron; Milán
fue tomada, y los Celtas espontáneamente entregaron las
demás ciudades y se sometieron con todas sus cosas a los
Romanos, que les concedieron la paz con equitativas condiciones.
VIII. Decretado por el Senado el triunfo solamente a Marcelo,
apareció éste en la pompa, si se atiende a la brillantez,
riqueza y copia de los despojos, y al número de los cautivos,
magnífico y admirable como los que más; pero el
espectáculo más agradable y nuevo era ver que él
mismo conducía al templo de Júpiter la armadura
del bárbaro, para lo cual había hecho cortar el
tronco de una frondosa encina, y disponiéndolo como trofeo
puso ligadas y pendientes de él todas las piezas, acomodándolas
con cierto orden y gracia; y al marchar el acompañamiento
púsose al hombro el tronco, subió a la carroza,
y como estatua de sí mismo, adornada con el más
vistoso de los trofeos, así atravesó la ciudad.
Seguía el ejército con lucientes armas, entonando
odas e himnos triunfales en loor del dios y del general. De esta
manera continué la pompa, y, llegada al templo de Júpiter
Feretrio, subió a él e hizo la consagración,
siendo el tercero y el último hasta nuestra edad, porque
Rómulo fue el primero que trajo iguales despojos, de Acrón,
rey de los Ceninenses; el segundo Cornelio Coso, de Tolumio, Etrusco,
y después de estos Marcelo, de Virdómaro, rey de
los Galos, y después de Marcelo, nadie. Dase al dios a
quien se hizo la ofrenda el nombre de Júpiter Feretrio,
según unos, por habérsele llevado el trofeo en un
féretro, como derivado de la lengua griega, muy mezclada
entonces con la latina; según otros, ésta es denominación
propia de Júpiter Fulminante, porque al herir o lisiar
los Latinos le llaman ferire. Otros, finalmente, dicen que se
tomó el nombre del mismo golpe o acto de herir en la guerra,
porque en las batallas, cuando persiguen a los enemigos, repitiendo
la palabra hiere, se excitan unos a otros. Al botín
comúnmente le llaman despojos; pero a los de esta clase
les dicen con especial denominación opimos; y se refiere
que en los comentarios de Numa Pompilio se hace mención
de opimos primeros, segundos y terceros; mandando que los primeros
que se tomaban se consagrasen a Júpiter Feretrio; los segundos,
a Marte, y los terceros, a Quirino; y que por prez del valor recibían
el primero trescientos ases, doscientos el segundo, ciento el
tercero; acerca de las cuales cosas prevalece además la
opinión de que entre aquellos sólo son honoríficos
los que se toman los primeros en batalla campal, dando muerte
el un general al otro; mas baste ya de este punto. Los Romanos
tuvieron en tanto esta victoria y el modo con que se terminó
esta guerra, que de los rescates enviaron en ofrenda a Apolo Pitio
una salvilla de oro, y de los despojos, además de partir
largamente con las ciudades confederadas, regalaron asimismo considerable
porción a Hierón, tirano de Siracusa, que era también
amigo y aliado.
IX. Cuando Aníbal invadió la Italia había
sido Marcelo enviado a Sicilia con una armada. Sucedió
luego la calamidad de Canas, muriendo muchos millares de Romanos
en aquella batalla y retirándose a Canusio aquellos pocos
que habían podido salvarse. Como se temiese que Aníbal
acudiría, al punto a tomar a Roma con la facilidad con
que había deshecho lo más robusto de sus tropas,
Marcelo fue el primero que desde las naves envió a Roma
para su guarnición mil y setecientos hombres. Comunicósele
luego una orden del Senado, y, pasando en su virtud a Canusio,
recogió las que allí se habían refugiado
y los sacó fuera de muros, para no dejar a discreción
el país. De los Romanos, los varones propios para el mando
y de opinión en las cosas de la guerra, los más
habían muerto en las acciones, y en Fabio Máximo,
que era el que gozaba de mayor autoridad por su justificación
y su prudencia, culpaban el detenimiento en las determinaciones,
para no arriesgarse a descalabros, notándole de inactivo
e irresoluto. Juzgando, pues, que si bien éste era cual
les convenía para consultar a su seguridad, no era el general
que también necesitaban para ofender a su vez, volvieron
los ojos a Marcelo, y contraponiendo y como mezclando su osadía
y arrojo con la moderación y previsión de aquel,
los fueron nombrando, ora cónsules a ambos y ora cónsul
al uno y procónsul al otro. Refiere Posidonio a este propósito
que a Fabio le llamaban escudo, y a Marcelo, espada, y el mismo
Aníbal solía decir que a Fabio le temía como
a ayo, y a Marcelo, como a antagonista; porque de aquel era contenido
para que no hiciese daño, y de éste lo recibía.
X. En primer lugar, como en el ejército por las mismas
victorias de Aníbal se hubiese introducido mucha insubordinación
e indisciplina, a los soldados separados de los reales que corrían
el país los destrozaba, debilitando por este medio sus
fuerzas. Después, yendo en auxilio de Nápoles y
de Nola, a los Napolitanos los alentó y confirmó,
porque de suyo eran amigos seguros de Roma, y entrando en Nola,
los encontró en sedición, porque el Senado no podía
reducir ni gobernar al pueblo que anibalizaba o se mostraba del
partido de Aníbal, y es que había en aquella ciudad
un hombre de los principales en linaje, y muy ilustre por su valor,
llamado Bandio, el cual, en Canas, había peleado con extraordinario
valor, habiendo dado muerte a muchos Cartagineses, a la postre
se le había encontrado entre los cadáveres traspasado
su cuerpo de muchos dardos, de lo que admirado Aníbal,
no sólo le dejó ir libre sin rescate, sino que le
dio dádivas, y le hizo su amigo y huésped. Correspondiendo,
pues, Bandio, agradecido a este favor, era uno de los que anibalizaban
con más ardor, y, como tenía influjo, incitaba al
pueblo a la deserción. No tenía Marcelo por justo
deshacerse de un hombre a quien la fortuna había distinguido
tanto y que había tenido parte con los Romanos en sus más
memorables batallas, y como además fuese por su carácter
dulce y humano en el trato, e inclinado a excitar en los hombres
sentimientos de honor, habiéndole en una ocasión
saludado Bandio, le preguntó quién era, no porque
no le conociese mucho tiempo había, sino para buscar algún
principio y motivo de entrar en conversación. Cuando le
respondió soy Lucio Bandio, mostrando alegrarse
y maravillarse: ¡Cómo!- le respondió.-
¿Tú eres aquel Bandio de quien tanto se ha hablado
en Roma, con motivo de la batalla de Canas, diciéndose
haber sido tú el único que no abandonó al
cónsul Paulo Emilio, sino que aún esperaste y recibiste
en tu propio cuerpo los dardos que contra aquel se lanzaban?
Contestándole Bandio y mostrando además algunas
de sus heridas, pues teniendo- continuó Marcelo-
tales señales de amistad hacia nosotros, ¿por qué
no te has presentado al instante? ¿O crees que nos sabemos
recompensar la virtud de unos amigos que vemos acatados de nuestros
contrarios? Además de halagarle y atraerle de esta
manera, le regaló un caballo hecho a la guerra y quinientas
dracmas.
XI Desde entonces Bandio fue para Marcelo el compañero
y auxiliar de mayor confianza y el más temible denunciador
y acusador de los que eran de contrario partido; había
muchos, y tenían meditado, cuando los Romanos saliesen
contra los enemigos, robarles el bagaje. Por tanto, Marcelo, formando
sus tropas dentro de la ciudad, colocó junto a las puertas
todo el carruaje, e intimó a los Nolanos que no se aproximasen
a las murallas; notábanse éstas desiertas de defensores,
y esto indujo a Aníbal a marchar con poco orden, pareciéndole
que los de la ciudad estaban tumultuados. Entonces Marcelo, dando
orden de abrir la puerta que tenía próxima, hizo
una salida, llevando a sus órdenes lo más brillante
de la caballería, y dio de frente sobre los enemigos; a
poco salieron por otra puerta los de infantería con ímpetu
y algazara, y después de éstos, mientras Aníbal
dividía sus fuerzas, se abrió la tercera puerta,
y por ella salieron los restantes, y por todas partes hostigaron
a unos hombres sobrecogidos con lo inesperado del caso, y que
se defendían mal de los que ya tenían entre manos,
por los que últimamente habían sobrevenido. Y ésta
fue la primera ocasión en que las tropas de Aníbal
cedieron a los Romanos, acosadas de éstos con gran mortandad
y muchas heridas hasta su campamento, pues se dice que perecieron
sobre cinco mil, no habiendo muerto de los Romanos más
de quinientos. Livio no confirma el que hubiese sido tan grande
la derrota ni tanta la mortandad de los enemigos; pero sí
conviene en que de resultas de esta acción adquirió
Marcelo gran renombre, y a los Romanos se les infundió
mucho aliento, como que no peleaban contra un enemigo invicto
o irresistible, sino contra uno que ya, decían, estaba
sujeto a descalabros.
XII. Por esta causa, habiendo muerto uno de los cónsules,
llamó el pueblo para que le sucediese a Marcelo, que se
hallaba ausente, dilatando la elección contra la voluntad
de los demás magistrados hasta que regresó del ejército.
Fue, pues, nombrado cónsul por todos los votos; pero al
celebrarse los comicios hubo truenos, y los sacerdotes no tuvieron
por faustos los agüeros, sino que no se atrevieron a disolver
la Junta por temor del pueblo; mas él mismo hizo dimisión
de su dignidad. Con todo, no por esto rehusó el mando del
ejército, sino que con el nombramiento de procónsul
volvió otra vez al campamento de Nola, donde causó
graves daños a los que habían tomado el partido
del Cartaginés. Sobrevino éste repentinamente contra
él, y como le provocase a batalla campal, no tuvo entonces
por conveniente el empeñarla, con lo que aquel destinó
a merodear la mayor parte de su ejército; cuando menos
pensaba en batalla, se la presentó Marcelo, que había
dado a su infantería lanzas largas, como las que usaban
en los combates navales, y la había enseñado a herir
de lejos a los Cartagineses, que no eran tiradores, y sólo
usaban de dardos cortos con que herían a la mano. Así,
en aquella ocasión volvieron la espalda a los Romanos cuantos
concurrieron, y se entregaron a una no disimulada fuga, con pérdida
de unos cinco mil hombres muertos, y cuatro elefantes muertos
asimismo, y otros dos que se cogieron vivos. Pero lo más
singular de todo fue que al tercer día, después
de la batalla, se le pasaron de los Iberos y Númidas de
a caballo más de trescientos, cosa nunca antes sucedida
a Aníbal, que con tener un ejército compuesto de
varias y diversas gentes, por mucho tiempo lo había conservado
en una misma voluntad; éstos, después, permanecieron
siempre fieles a Marcelo y a los generales que le sucedieron.
XIII. Nombrado Marcelo cónsul por tercera vez, se embarcó
para la Sicilia a causa de que los prósperos sucesos de
Aníbal habían vuelto a despertar en los Cartagineses
el deseo de recobrar aquella isla, con la oportunidad también
de andar alborotados los de Siracusa, después de la muerte
de Jerónimo, su tirano; los Romanos, por los mismos motivos,
habían también enviado antes algunas fuerzas al
mando de Apio. Al encargarse de ellas Marcelo, se le presentaron
muchos Romanos, que se hallaban en la aflicción siguiente:
de los que en Canas pelearon contra Aníbal, unos huyeron
y otros fueron cautivados, en tal número, que pareció
no haber quedado a los Romanos quien pudiera defender las murallas,
y con todo conservaron tal entereza y magnitud, que, restituyéndoles
Aníbal los cautivos por muy corto rescate, no los quisieron
recibir, sino que antes los desecharon, no haciendo caso de que
a unos les dieran muerte y a otros los vendieran fuera de Italia,
y a los que volvieron de su fuga, que fueron muchos, los hicieron
marchar a la Sicilia, bajo la condición de no volver a
Italia mientras se pelease contra Aníbal. Éstos,
pues, se presentaron en gran número a Marcelo, y echándose
por tierra le pedían con gritería y lágrimas
que los admitiese en el ejército, prometiéndole
que harían ver con obras haber sufrido aquella derrota,
más por desgracia que no por cobardía. Compadecido
Marcelo, escribió al Senado pidiéndole el permiso
para completar con ellos las bajas del ejército. Disputóse
sobre ella en el Senado, y su dictamen fue que los Romanos, para
las cosas de la república, ninguna necesidad tenían
de hombres cobardes; con todo, que si Marcelo quería servirse
de ellos, a ninguno se habían de dar las coronas y premios
que los generales conceden al valor. Esta resolución fue
muy sensible a Marcelo, y cuando después de la guerra de
Sicilia volvió a Roma, se quejó al Senado de que
en recompensa de sus grandes servicios no le hubiesen permitido
mejorar la mala suerte de tantos ciudadanos.
XIV. En Sicilia lo primero que entonces le ocurrió fue
haber sido calumniado por Hipócrates, gobernador de los
Siracusanos, que, a fin de congraciarse con los Cartagineses,
y también para negociar en su favor la tiranía de
aquel pueblo, había hecho perecer a muchos Romanos cerca
de Leontinos. Tomó, pues, Marcelo esta ciudad a viva fuerza,
y lo que es a los Leontinos en nada los ofendió, pero a
todos los tránsfugas que pudo haber a la mano los hizo
azotar y quitarles la vida. En consecuencia de esto, la primera
noticia que Hipócrates hizo llegar a Siracusa fue que Marcelo
hacía degollar sin compasión a todos los Leontinos,
y cuando por esta causa estaban en la mayor agitación vino
sobre la ciudad y se apoderó de ella. Marcelo, con esta
ocasión, se puso en marcha con todo su ejército
con dirección a Siracusa, y sentando sus reales en los
alrededores envió mensajeros que pusieran en claro lo ocurrido
con los Leontinos; mas no habiendo adelantado nada ni logrado
desengañar a los Siracusanos, porque el partido de Hipócrates
era el que dominaba, acometió a la ciudad por tierra y
por mar a un tiempo, mandando Apio el ejército y él
mismo en persona sesenta galeras de cinco órdenes, llenas
de toda especie de armas, manuales y arrojadizas. Había
formado un gran puente sobre ocho barcas ligadas unas con otras,
y llevando sobre él una máquina se dirigía
contra los muros, muy confiado en la muchedumbre y excelencia
de tales preparativos y en la gloria que tenía adquirida;
de todo lo cual hacían muy poca cuenta Arquímedes
y sus inventos. No se había dedicado a ellos Arquímedes
ex profeso, sino que le entretenían, y eran como juegos
de la geometría a que era dado. En el principio fue el
tirano Hierón quien estimuló hacía ellos
su ambición, persuadiéndole que convirtiese alguna
parte de aquella ciencia de las cosas intelectuales a las sensibles,
y que, aplicando sus conocimientos a los usos de la vida, hiciese
que le entrasen por los ojos a la muchedumbre. Fueron, es cierto,
Eudoxo y Arquitas los que empezaron a poner en movimiento el arte
tan apreciado y tan aplaudido de la maquinaria, exornando con
cierta elegancia la geometría, y confirmando, por medio
de ejemplos sensibles y mecánicos, ciertos problemas que
no admitían la demostración lógica y conveniente;
como por ejemplo: el problema no sujeto a demostración
de las dos medias proporcionales, principio y elemento necesario
para gran número de figuras, que llevaron uno y otro a
una material inspección por medio de líneas intermedias
colocadas entro líneas curvas y segmentos. Mas después
que Platón se indispuso e indignó contra ellos,
porque degradaban y echaban a perder lo más excelente de
la geometría con trasladarla de lo incorpóreo e
intelectual a lo sensible y emplearla en los cuerpos que son objeto
de oficios toscos y manuales, decayó la mecánica
separada de la geometría y desdeñada de los filósofos,
viniendo a ser, por lo tanto, una de las artes militares. Arquímedes,
pues, pariente y amigo de Hierón, le escribió que,
con una potencia dada, se puede mover un peso igualmente dado;
y jugando, como suele decirse, con la fuerza de la. demostración,
le aseguró que si le dieran otra Tierra movería
ésta después de pasar a aquella. Maravillado Hierón,
y pidiéndole que verificara con obras este problema e hiciese
ostensible cómo se movía alguna gran mole con una
potencia pequeña, compró para ello un gran transporte
de tres velas del arsenal del rey, que fue sacado a tierra con
mucho trabajo y a fuerza de un gran número de brazos; cargóle
de gente y del peso que solía echársele, y sentado
lejos de él, sin esfuerzo alguno y con sólo mover
con la mano el cabo de una máquina de gran fuerza atractiva
lo llevó así derecho y sin detención, como
si corriese por el mar. Pasmóse el rey, y convencido del
poder del arte, encargó a Arquímedes que le construyese
toda especie de máquinas de sitio, bien fuese para defenderse
o bien para atacar; de las cuales él no hizo uso, habiendo
pasado la mayor parte de su vida exento de guerra y en la mayor
comodidad; pero entonces tuvieron los Siracusanos prontos para
aquel menester las máquinas y al artífice.
XV. Al acometer, pues, los Romanos por dos partes, fue grande
el sobresalto de los Siracusanos y su inmovilidad a causa del
miedo, creyendo que nada había que oponer a tal ímpetu
y a tantas fuerzas; pero poniendo en juego Arquímedes sus
máquinas ocurrió a un mismo tiempo el ejército
y la armada de aquellos. Al ejército, con armas arrojadizas
de todo género y con piedras de una mole inmensa, despedidas
con increíble violencia y celeridad, las cuales no habiendo
nada que resistiese a su paso, obligaban a muchos a la fuga y
rompían la formación. En cuanto a las naves, a unas
las asían por medio de grandes maderos con punta, que repentinamente
aparecieron en el aire saliendo desde la muralla, y, alzándose
en alto con unos contrapesos, las hacían luego sumirse
en el mar, y a otras, levantándolas rectas por la proa
con garfios de hierro semejantes al pico de las grullas, las hacían
caer en el agua por la popa, o atrayéndolas y arrastrándolas
con máquinas que calaban adentro las estrellaban en las
rocas y escollos que abundaban bajo la muralla, con gran ruina
de la tripulación. A veces hubo nave que suspendida en
alto dentro del mismo mar, y arrojada en él y vuelta a
levantar, fue un espectáculo terrible hasta que estrellados
o expelidos los marineros, vino a caer vacía sobre los
muros, o se deslizó por soltarse el garfio que la asía.
Llamábase sambuca la máquina que Marcelo traía
sobre el puente, por la semejanza de su forma con aquel instrumento
músico; mas cuando todavía estaba bien lejos de
la muralla, se lanzó contra ella una piedra de peso de
diez talentos, y luego segunda y tercera, de las cuales algunas,
cayendo sobre la misma máquina con gran estruendo y conmoción,
destruyeron el piso, rompieron su enlace y la desquiciaron del
puente; con lo que, confundido y dudoso Marcelo, se retiró
a toda prisa con las naves y dio orden para que también
se retirasen las tropas. Tuvieron consejo, y les pareció
probar si podrían aproximarse a los muros por la noche,
porque siendo de gran fuerza las máquinas de que usaba
Arquímedes, no podían menos de hacer largos sus
tiros, y puestos ellos allí serían del todo vanos,
por no tener la proyección bastante espacio. Mas, a lo
que parece, aquel se había prevenido de antemano con instrumentos
que tenían movimientos proporcionados a toda distancia,
con dardos cortos y no largas lanzas, teniendo además prontos
escorpiones que por muchas y espesas troneras pudiesen herir de
cerca sin ser vistos de los enemigos.
XVI Acercáronse, pues, pensando no ser vistos, pero al
punto dieron otra vez con los dardos, y eran heridos con piedras
que les caían sobre la cabeza perpendicularmente; y como
del muro también tirasen por todas partes contra ellos,
hubieron de retroceder; y aun cuando estaban a distancia, llovían
los dardos y los alcanzaban en la retirada, causándoles
gran pérdida y un continuo choque de las naves unas con
otras, sin que en nada pudiesen ofender a los enemigos, porque
Arquímedes había puesto la mayor parte de sus máquinas
al abrigo de la muralla. Parecía, por tanto, que los Romanos
repetían la guerra a los Dioses, según repentinamente
habían venido sobre ellos millares de plagas.
XVII. Marcelo pudo retirarse, y, motejando a sus técnicos
y fabricantes de máquinas: ¿No cesaremos-
les decíade guerrear contra ese geómetra Briareo,
que usando nuestras naves como copas las ha arrojado al mar y
todavía se aventaja a los fabulosos centimanos, lanzando
contra nosotros tal copia de dardos? Y en realidad todos
los Siracusanos venían a ser como el cuerpo de las máquinas
de Arquímedes, y una sola alma la que todo lo agitaba y
ponía en movimiento, no empleándose para nada las
demás armas, y haciendo la ciudad uso de solos aquellos
para ofender y defenderse. Finalmente, echando de ver Marcelo
que los Romanos habían cobrado tal horror, que, lo mismo
era ponerse mano sobre la muralla en una cuerda o en un madero,
empezaban a gritar que Arquímedes ponía en juego
una máquina contra ellos, y volvían en fuga la espalda,
tuvo que cesar en toda invasión y ataque, remitiendo a
sólo el tiempo el término feliz del asedio. En cuanto
a Arquímedes, fue tanto su juicio, tan grande su ingenio
y tal su riqueza en teoremas, que sobre aquellos objetos que le
habían dado el nombre y gloria de una inteligencia sobrehumana
no permitió dejar nada escrito; y es que tenía por
innoble y ministerial toda ocupación en la mecánica
y todo arte aplicado a nuestros usos, y ponía únicamente
su deseo de sobresalir en aquellas cosas que llevan consigo lo
bello y excelente, sin mezcla de nada servil, diversas y separadas
de las demás, pero que hacen que se entable contienda entre
la demostración y la materia; de parte de la una, por lo
grande y lo bello, y de parte de la otra, por la exactitud y por
el maravilloso poder; pues en toda la geometría no se encontrarán
cuestiones más difíciles y enredosas, explicadas
con elementos más sencillos ni más comprensibles;
lo cual unos creen que debe atribuirse a la sublimidad de su ingenio,
y otros, a un excesivo trabajo, siendo así que cada cosa
parece después de hecha que no debió costar trabajo
ni dificultad. Porque si se tratara de inventarlas, no sería
dado a cualquiera acertar por sí solo con la demostración,
y en aprendiéndolas, al punto nace en cada uno la opinión
de que las habría hallado: ¡tanto es lo que facilitan
y abrevian el camino para la demostración! Así,
no hay cómo no dar crédito a lo que se refiere de
que, halagado y entretenido de continuo por una sirena doméstica
y familiar, se olvidaba del alimento y no cuidaba de su persona;
y que llevado por fuerza a ungirse y bañarse, formaba figuras
geométricas en el mismo hogar, y después de ungido
tiraba líneas con el dedo, estando verdaderamente fuera
de sí, y como poseído de las musas, por el sumo
placer que en estas ocupaciones hallaba. Habiendo, pues, sido
autor de muchos y muy excelentes inventos, dícese haber
encargado a sus amigos y parientes que después de su muerte
colocasen sobre su sepulcro un cilindro con una esfera circunscrita
en él, poniendo por inscripción la razón
del exceso entre el sólido continente y el contenido.
XVIII. Siendo, pues, Arquímedes tal cual hemos manifestado,
se conservó invencible a sí mismo, e hizo invencible
a la ciudad en cuanto estuvo de su parte. Marcelo, durante el
sitio, tomó a Mégara, una de las ciudades más
antiguas de los Sicilianos, y se apoderó, cerca de Acilas,
del campamento de Hipócrates, con muerte de más
de ocho mil hombres, sorprendiéndolos en el acto de poner
el valladar. Corrió además la mayor parte de la
Sicilia, separando las ciudades del partido de los Cartagineses,
y venció en batalla a todos cuantos se atrevieron a hacerle
frente. Sucedió en el progreso del sitio haber hecho cautivo
a un Espartano llamado Damasipo, que salió por mar de Siracusa;
y como los Siracusanos deseasen recobrarle por rescate, y con
este motivo se hubiesen tenido diferentes conferencias, puso en
una de estas ocasiones la vista en una torre que estaba mal conservada
y defendida, en la que podría introducir soldados ocultamente,
siendo además el muro de fácil subida por aquella
parte. Habíase hecho cargo con exactitud de la altura de
éste en sus frecuentes idas y venidas a conferenciar por
la parte de la torre, y tenía ya prevenidas las escalas;
viendo, pues, que los Siracusanos, con motivo de celebrar una
fiesta de Diana, estaban entregados al vino y a la diversión,
no solamente tomó la torre sin ser sentido, sino que antes
de hacerse de día había coronado de gente armada
toda la muralla y quebrantado los Hexápilos. Cuando los
Siracusanos llegaron a entenderlo, todo fue confusión y
desorden, y como Marcelo mandase hacer señal con todas
las trompetas a un tiempo, dieron a huir sobrecogidos de miedo,
creyendo que nada les quedaba por tomar a los enemigos. Faltaba,
sin embargo, la parte más bella, de más resistencia
y extensión (que se llama la Acradina), porque su muralla
separa la ciudad de afuera, de la cual a una parte dan el nombre
de ciudad nueva , y a otra el de Tica.
XIX. Tomadas también éstas, al mismo amanecer marchó
Marcelo por los Hexápilos, dándole el parabién
todos los caudillos que estaban a sus órdenes; mas de él
mismo se dice que al ver y registrar desde lo alto la grandeza
y hermosura de semejante ciudad, derramó muchas lágrimas,
compadeciéndose de lo que iba a suceder, por ofrecerse
a su imaginación qué cambio iba a tener de allí
a poco en su forma y aspecto, saqueada por el ejército.
En efecto, ninguno de los jefes se atrevía a oponerse a
los soldados, que habían pedido se les concediese el saqueo,
y aun muchos clamaban por que se le diese fuego y se la asolase.
En nada de todo esto convino Marcelo, y sólo por fuerza
y con repugnancia condescendió en que se aprovecharan de
los bienes y de los esclavos, sin que ni siquiera tocaran a las
personas libres, mandando expresamente que no se diese muerte,
ni se hiciese violencia, ni se esclavizase a ninguno de los Siracusanos.
Pues con todo de dar órdenes tan moderadas, concibiólo
que iba a padecer aquella ciudad; y en medio de tan grande satisfacción,
se echó de ver lo que padecía su alma al considerar
que dentro de breves momentos iba a desaparecer la brillante prosperidad
de aquel pueblo, diciéndose que no se recogió menos
riqueza en aquel saqueo que la que se allegó después
en el de Cartago; porque habiéndose tomado por traición
de allí a poco tiempo las demás partes de la ciudad
, todo lo saquearon, a excepción de la riqueza de los palacios
del tirano, la cual fue adjudicada al erario público. Mas
lo que principalmente afligió a Marcelo fue lo que ocurrió
con Arquímedes: hallábase éste casualmente
entregado al examen de cierta figura matemática, y, fijos
en ella su ánimo y su vista, no sintió la invasión
de los Romanos ni la toma de la ciudad. Presentósele repentinamente
un soldado, dándole orden de que le siguiese a casa de
Marcelo; pero él no quiso antes de resolver el problema
y llevarlo hasta la demostración; con lo que, irritado
el soldado, desenvainó la espada y le dio muerte. Otros
dicen que ya el Romano se le presentó con la espada desnuda
en actitud de matarle, y que al verle le rogó y suplicó
que se esperara un poco, para no dejar imperfecto y oscuro lo
que estaba investigando; de lo que el soldado no hizo caso y le
pasó con la espada. Todavía hay cerca de esto otra
relación, diciéndose que Arquímedes llevaba
a Marcelo algunos instrumentos matemáticos, como cuadrantes,
esferas y ángulos, con los que manifestaba a la vista la
magnitud del Sol, y que dando con él los soldados, como
creyesen que dentro llevaba oro, le mataron. Como quiera, lo que
no puede dudarse es que Marcelo lo sintió mucho, que al
soldado que le mató de su propia mano le mandó retirarse
de su presencia como abominable, y que habiendo hecho buscar a
sus deudos los trató con el mayor aprecio y distinción.
XX. Para los de afuera tenían, sí, opinión
los Romanos de ser terribles en la guerra y cuando se venía
a las puñadas; pero no habían dado nunca ejemplos
de indulgencia, de humanidad y de las demás virtudes políticas;
y entonces por la primera vez hizo Marcelo ver a los Griegos que
eran más justos los Romanos. Porque se portó de
modo con los que tuvieron que entender con él, e hizo tanto
bien a las ciudades, que si con los de Ena, los Megarenses o los
Siracusanos intervino algún hecho de inmoderación,
más deberá echarse la culpa a los que lo padecieron
que a los que se vieron en la precisión de ejecutarlo.
Haremos mención, entre muchos, de uno sollo de sus actos
de bondad. Hay en Sicilia una ciudad llamada Engío, aunque
pequeña, muy antigua y celebrada por la aparición
de las Diosas a las que dicen las Madres, habiendo tradición
de que el templo fue obra de los Cretenses; en él enseñan
ciertas lanzas y ciertos yelmos de bronce, con inscripciones unos
de Meríones y otros de Odiseo, consagrado todo en honor
de las Diosas. Era esta ciudad de las más decididas de
los Cartagineses, y Nicias, uno de los ciudadanos más principales,
intentaba traerla al partido de los Romanos, hablándoles
con la mayor claridad en las juntas y tratando con aspereza a
los que le contradecían; pero estos, que temían
su opinión y su influjo, concibieron el designio de echarle
mano y entregarle a los Cartagineses. Llególo a entender
Nicias, y se resguardó, andando con cautela; pero sin reserva
hizo correr opiniones poco piadosas acerca de las Madres, y ejecutó
cosas que daban a entender que no creía y se burlaba de
la aparición, con lo que se pusieron muy contentos sus
enemigos, pareciéndoles que esto era dar armas contra sí
mismo para lo que tenían meditado. Cuando iban a ponerlo
por obra, había junta pública de los ciudadanos;
en ella Nicias empezó a hablar y persuadir al pueblo, y
en medio de esto, repentinamente se tiró al suelo, estando
un poco desmayado; sucedió a esto, como es natural, un
gran silencio y admiración, y entonces, levantando y moviendo
la cabeza, con voz trémula y profunda empezó a articular,
aumentando por grados el eco. Cuando vio que todo el pueblo estaba
poseído de un mudo terror, arrojando el manto y rasgando
la túnica dio a correr medio desnudo hacia la salida de
la plaza, gritando que las Madres lo arrebataban. Nadie osaba
acercársele y menos detenerle, por un temor supersticioso,
sino que antes se apartaban, y así pudo encaminarse a todo
correr hacia las puertas, sin omitir ninguno de los gritos y contorsiones
que son propios de los endemoniados y poseídos. La mujer,
que estaba en el secreto, y entraba a la parte en esta maquinación,
tomando por la mano a sus hijos, empezó por postrarse delante
del templo de las Diosas, y después, haciendo como que
iba en busca de su marido perdido y desesperado, se marchó
del pueblo sin que nadie se lo estorbase, y con toda seguridad,
dirigiéndose ambos, salvos por este medio, a Siracusa a
presentarse a Marcelo. Éste, que había recibido
muchas ofensas y agravios de los Engíos, marchó
allá e hizo encadenarlos a todos para tomar venganza; mas
entonces Nicias acudió a él, y empleando los ruegos
y las lágrimas, asiéndole de las manos y las rodillas,
le pidió por sus ciudadanos, empezando por sus enemigos;
apiadado Marcelo, los dejó libres a todos, sin haber causado
a la ciudad la menor vejación, y a Nicias le hizo concesión
de mucho terreno y le dio grandes presentes. Este hecho, es Posidonio
el filósofo quien nos lo dejó escrito.
XXI Por llamamiento de los Romanos volvió Marcelo a la
guerra prolongada y doméstica, trayendo la mayor y más
rica parte de las ofrendas votivas de los Siracusanos, para que
sirviesen de recreo a su vista en el triunfo y a la ciudad de
ornato; porque antes no había ni se conocía en ella
objeto exquisito y primoroso, ni se veía nada que pudiera
decirse gracioso, pulido y delicado, estando llena de armas de
los bárbaros y de despojos sangrientos, que no hacían
una vista alegre y exenta de temor y miedo propia de espectadores
criados con regalo, sino que, como Epaminondas llamaba orquesta
de Ares al territorio de la Beocia, y Jenofonte a Éfeso
arsenal de la guerra, de la misma manera parece que cualquiera
daría a Roma, según el lenguaje de Píndaro,
la denominación de campo consagrado al belicoso Marte.
Por esta causa Marcelo, que adornó la ciudad con objetos
vistosos y agradables, en que se descubría la gracia y
elegancia griega, se ganó la benevolencia del pueblo; pero
Fabio Máximo, la de los ancianos, porque no recogió
esta clase de objetos, ni los trasladó de Tarento cuando
la tomó, sino que los otros bienes y las otras riquezas
los extrajo; pero se dejó las estatuas, pronunciando aquella
sentencia tan conocida: Dejemos a los Tarentinos sus Dioses
irritados. Reprendían, pues, a Marcelo, lo primero
porque había concitado odio y envidia a la ciudad, llevando
en triunfo no sólo hombres, sino Dioses, cautivos, y lo
segundo, porque al pueblo, acostumbrado a pelear y labrar, distante
del regalo y la holgazanería, y que era a semejanza del
Heracles de Eurípides. Nada artero en el mal, para el bien
recto le llenó de ocio y de parlanchinería sobre
las artes y los artistas, haciéndose placero y consumiendo
en esto la mayor parte del día. Con todo, él hacía
gala, aun entre los Griegos, de haber enseñado a los Romanos
a apreciar y tener en admiración las preciosidades y primores
de la Grecia, que antes no conocían.
XXII. Oponíanse los enemigos de Marcelo a que se le decretase
el triunfo, porque todavía se había quedado algo
que hacer en Sicilia, y porque concitaba envidia el tercer triunfo;
mas convínose con ellos en que el triunfo grande y perfecto
lo tendría fuera, yendo la tropa al monte Albano, y en
la ciudad tendría el menor, al que llaman aclamación
los Griegos y ovación los Romanos. En éste el que
triunfa no va en carroza de cuatro caballos, ni se le corona de
laurel, ni se le tañen trompas, sino que marcha a pie con
calzado llano, acompañado de flautistas en gran número
y coronado de mirto, como para mostrarse pacífico y benigno,
más bien que formidable: lo que para mí es la señal
más cierta de que en lo antiguo no tanto se distinguían
entre sí ambos triunfos por la grandeza de las acciones
como por su calidad; porque los que en batalla vencían
de poder a poder a los enemigos, gozaban a lo que parece de aquel
triunfo marcial, y, digámoslo así, imponedor de
miedo, coronando profusamente con laurel las armas y los soldados,
como se acostumbraba en las lustraciones de los ejércitos,
y a los generales que, sin necesidad de guerra, con las conferencias
y la persuasión terminaban felizmente las contiendas, les
concedía la ley esta otra aclamación y pompa pacífica
y conciliadora. Porque la flauta es instrumento de paz, y el mirto
es el árbol de Venus, la más abominadora de la violencia
y de la guerra entre todos los Dioses. La ovación no se
llama así, como muchos opinan, de la voz griega que significa
feliz canto o aclamación, pues que también el acompañamiento
del otro triunfo da voces de aplauso y entona canciones; el nombre
viene de haberlo aplicado los Griegos a sus usos, creyendo que
en ello había algún particular culto a Baco, al
que llamamos también Evio y Triambo. Mas aún no
es de aquí de donde en verdad se deriva, sino de que en
el triunfo grande los generales sacrificaban bueyes según
el rito patrio, y en éste sacrificaban una res lanar a
la que los Romanos llaman oveja, y de aquí a este triunfo
se le dijo ovación. Será bueno asimismo examinar
cómo el legislador de los Lacedemonios ordenó los
sacrificios a la inversa del legislador romano; porque en Esparta
el general que con estratagemas y la persuasión logra su
intento sacrifica un buey, y el que ha tenido que venir a las
manos sacrifica un gallo; y es que con todo de serlos mayores
guerreros, creen que al hombre le está mejor alcanzar lo
que se propone por medio del juicio y la prudencia que no por
la fuerza y el valor; quédese, pues, esto todavía
indeciso.
XXIII. Había sido Marcelo creado cuarta vez cónsul,
y sus enemigos ganaron a los Siracusanos para que se presentaran
a acusarle y desacreditarle ante el Senado, por haberlos tratado
con dureza contra el tenor de los pactos. Hallábase casualmente
Marcelo ocupado en la solemnidad de un sacrificio en el Capitolio,
y habiendo acudido los Siracusanos, cuando todavía estaba
congregado el Senado, a pedir que se les admitiera a alegar y
entablar el juicio, el colega los hizo salir, indignándose
con ellos por tal intento, no hallándose Marcelo presente.
Mas éste, habiéndolo entendido, vino al punto, y
lo primero que hizo, sentándose en la silla curul, fue
despachar lo que como cónsul le correspondía, y
después que lo hubo terminado, bajó de su asiento,
y en pie se puso como un particular en el sitio destinado a los
que van a ser juzgados, dando lugar a que los Siracusanos entablaran
su petición. Sobrecogiéronse éstos sobremanera
con la autoridad y confianza de tan ilustre varón; y al
que en las armas habían mirado como inexorable, todavía
en la toga le tuvieron por más terrible y más grave.
Pero, en fin, animados por los contrarios de Marcelo, dieron principio
a la acusación, pronunciando un discurso en que, con la
declamación propia del acto, iban mezclados los lamentos.
Reducíase, en suma, a que, no obstante ser amigos y aliados
de los Romanos, habían sufrido agravios de que otros generales
se abstienen aun contra los enemigos. A esto respondió
Marcelo, que, a pesar de las muchas ofensas y daños que
habían hecho a los Romanos, no habían padecido,
con haber sido tomada la ciudad a viva fuerza, más que
aquello que es imposible evitar en tales casos, y que se habían
visto en tal conflicto por culpa propia, y no haber querido escuchar
sus amonestaciones; porque no habían sido violentados a
pelear en defensa de sus tiranos, sino que ellos eran los que
habían acalorado a éstos para el combate. Concluídos
los discursos, salieron los Siracusanos, como es de costumbre,
de la curia, y con ellos salió Marcelo, teniéndose
el senado bajo la presidencia de su colega. Detúvose a
la puerta del tribunal, sin alterar su natural porte, ni por miedo
al juicio, ni por indignación contra los Siracusanos, esperando
con mansedumbre y con modestia a que se pronunciase la sentencia.
Luego que dados los votos se anunció que había vencido,
los Siracusanos se arrojaron a sus pies, pidiéndole con
lágrimas que aplacase su ira contra ellos y se compadeciera
de la ciudad, que tenía presentes y agradecía sus
beneficios; templado, pues, Marcelo se reconcilió con aquellos
mismos, y a los demás Siracusanos les hizo siempre todo
el bien que pudo; el Senado confirmó la libertad, las leyes
y aquella parte de bienes que Marcelo les había concedido;
en recompensas de lo cual, recibió también de los
Siracusanos honores muy singulares, y, entre otros, el de haber
hecho una ley para que, si Marcelo o alguno de sus descendientes
aportase a Sicilia, los Siracusanos tomasen coronas y con ellas
sacrificasen a los Dioses.
XXIV. De allí partió con Aníbal, y siendo
así que después de la batalla de Canas casi todos
los generales y cónsules no tuvieron otro modo de contrarrestarlos
que el de huir el cuerpo, no atreviéndose ninguno a esperarle
y pelear en formación, él tomó el medio enteramente
opuesto, creyendo que si con el tiempo se quebrantaba a Aníbal
más pronto quedaba con él quebrantada la Italia,
y juzgando que Fabio, con atenerse siempre a la seguridad, no
curaba con el remedio conveniente la dolencia de la patria, pareciéndose,
en el esperar a que debilitado el contrario apagase la guerra,
a aquellos médicos irresolutos y tímidos en la curación
de las enfermedades, que aguardan a ver si se debilita la fuerza
del mal. Tomó en primer lugar las principales ciudades
de los Samnitas que se habían rebelado y, en consecuencia
de ello, gran cantidad de trigo que allí había,
mucha riqueza, y los soldados de Aníbal que las guarnecían,
que eran unos tres mil. A poco, como Aníbal hubiese dado
muerte en la Apulia al procónsul Gneo Fulvio, con once
tribunos más, y hubiese destrozado la mayor parte del ejército,
envió Marcelo cartas a Roma, exhortando a los ciudadanos
a que no desmayaran, porque se ponía en marcha para desvanecer
el gozo de Aníbal. Acerca de lo cual dice Livio que, leídas
estas cartas, no se disipó la pesadumbre, sino que se acrecentó
con el miedo, por ser tanto mayor que la pérdida ya sucedida
el temor de lo que recelaban, cuando Marcelo se aventajaba a Fulvio.
Aquel, al punto, como lo había escrito, marchó a
Lucania en persecución de Aníbal, y alcanzándole
en las cercanías de la ciudad de Numistrón, donde
había tomado posición en unos collados bastantes
fuertes, él puso su campo en la llanura. Al día
siguiente se anticipó a poner en orden su ejército,
y bajando Aníbal se trabó una batalla que no tuvo
éxito cierto o que fuese de importancia; con todo de que,
habiendo empezado a las nueve de la mañana, con dificultad
cesaron después de haber oscurecido. Al amanecer estuvo
otra vez pronto con su ejército, formando entre los cadáveres,
desde donde provocaba a Aníbal a la batalla; mas como éste
se retirase, despojando los cadáveres de los contrarios
y dando sepultura a los de los amigos, se puso de nuevo a perseguirle,
y habiéndose librado de las muchas asechanzas que aquel
le iba armando sin dar en ninguna, superior siempre en las escaramuzas
de la retirada, se atrajo una grande admiración. Llegábase
el tiempo de los comicios consulares, y el Senado tuvo por más
conveniente hacer venir de Sicilia al otro cónsul que mover
de su puesto a Marcelo en la lucha continua con Aníbal.
Luego que llegó, le dio orden para que publicase por dictador
a Quinto Fulvio: porque el que ejerce esta dignidad no es elegido
ni por el pueblo ni por el Senado, sino que, presentándose
ante la muchedumbre uno de los cónsules o de los pretores,
nombra dictador a aquel que le parece, y por este dicho nombramiento
se llama dictador el designado, porque al hablar o pronunciar
le llaman los Romanos dicere; aunque a otros les parece que el
dictador se llama así porque sin necesidad de votos o de
autorización de otros para nada, él, por sí
mismo, dicta lo que cree conveniente; porque también los
Romanos a las determinaciones de los arcontes, que llaman los
griegos ordenanzas, les dan el nombre de edictos.
XXV. Cuando vino de Sicilia el colega de Marcelo, quería
que se proclamase a otro dictador; como fuese muy ajeno de su
carácter el ser violento en su opinión, se hizo
de noche a la vela para Sicilia; y de este modo el pueblo nombró
dictador a Quinto Fulvio: con todo, el Senado escribió
a Marcelo para que lo designase él mismo; y mostrándose
obediente, lo ejecutó así, suscribiendo a los deseos
del pueblo; y él fue otra vez designado para continuar
en el mando con la dignidad de procónsul. Convino con Fabio
Máximo en que éste se dirigiría contra Tarento,
y que él, viniendo a las manos y distrayendo a Aníbal,
le estorbaría que pudiera ir en socorro de los Tarentinos;
en consecuencia de lo cual le acometió cerca de Canusio,
y aunque éste mudaba de posiciones y andaba retirándose,
se le aparecía por todas partes. Finalmente, estando paya
fijar los reales, lo provocó con escaramuzas, y cuando
iban a trabar la batalla, sobrevino la noche y los separo. Mas
al día siguiente se halló ya Aníbal con que
tenía su ejército sobre las armas; de manera que
llegó a incomodarse, y reuniendo a los Cartagineses les
rogó que en reñir aquella batalla excedieran a cuanto
habían hecho en las anteriores: Porque ya veis-les
dijo- que no nos es dado reposar después de tantas victorias,
ni tener holganza siendo los vencedores, si no espantamos a este
hombre; y con esto se comenzó la batalla. Parece
que en ella, queriendo Marcelo usar de una estratagema que se
vio ser intempestiva, cometió un yerro; en efecto, viendo
maltratada su ala derecha, dio orden para que avanzara una de
las legiones, y como este movimiento hubiese inducido turbación
en los que peleaban, puso con esto la victoria en manos de los
enemigos; habiendo muerto de los Romanos dos mil y setecientos
hombres. Retiróse Marcelo a su campamento, y, reuniendo
el ejército, le dijo que lo que era armas y cuerpos de
Romanos, veía muchos; pero Romano, no veía ninguno.
Pidiéronle perdón, y les respondió que no
podía darlo a los vencidos, y sólo lo concedería
si venciesen, pues al día siguiente habían de volver
a la batalla, para que sus ciudadanos oyesen antes su victoria
que su fuga; y dicho esto, mandó que a las escuadras vencidas
se les repartiese cebada en vez de trigo; con lo que, sin embargo
de que muchos se hallaban grave y peligrosamente heridos, se dice
que ninguno sintió tanto en aquella ocasión sus
males como estas palabras de Marcelo.
XXVI Al amanecer ya se vio expuesta, según la costumbre,
la túnica de púrpura, que era el signo de que se
iba a dar batalla, y, pidiendo las escuadras vencidas formar las
primeras, les fue concedido: sacaron luego los tribunos las demás
tropas, y anunciado que le fue a Aníbal: ¡Por
Júpiter!-exclamó- ¿Qué
partido puede tomar nadie con un hombre que no sabe llevar ni
la mala ni la buena suerte? Porque sólo él no da
reposo cuando vence, ni le toma cuando es vencido; sino que siempre,
a lo que se ve, tendremos que estar en pelea con un general que,
para ser denodado y resuelto, ora salga bien, ora salga mal, halla
siempre motivo en tenerse por afrentado. Trabáronse
con esto las haces, y como de hombres a hombres se pelease de
una y otra parte con igualdad, dio orden Aníbal para que,
colocando en la primera fila los elefantes, los opusieran a la
infantería romana. Produjo al punto esta medida gran turbación
y desordenen los que iban los primeros, y entonces, tomando la
insignia uno de los tribunos, llamado Fabio, se puso delante e
hiriendo con el hierro de la lanza al primero de los elefantes
le hizo retroceder. Pegó éste con el que tenía
a la espalda y le ahuyentó con todos los demás que
le seguían. Apenas lo observó Marcelo, dio orden
a la caballería para que con violencia cargara a los que
estaban ya en desorden y acabara de desconcertar y poner en huída
a los enemigos. Acometieron aquellos con denuedo, y siguieron
acuchillando a los Cartagineses hasta su mismo campamento; también
los elefantes, tanto los que morían como los heridos, causaron
gran daño, porque se dice que los muertos fueron más
de ocho mil. De los Romanos murieron unos tres mil; pero heridos
lo fueron casi todos; y esto dio a Aníbal la facilidad
de levantar cómodamente el campo y retirarse lejos de Marcelo;
porque no estaba en estado de perseguirle por los muchos heridos,
sino que con reposo se encaminó a la Campania y pasó
el verano en Sinuesa, para que se repusieran los soldados.
XXVII. Aníbal, luego que respiró de Marcelo, considerando
su ejército como libre de toda atadura, corrió toda
la Italia, poniéndola en combustión; de resultas
de lo cual era en Roma desacreditado Marcelo. Sus enemigos, pues,
excitaron para que le acusase a Publicio Bíbulo, uno de
los tribunos de la plebe, hombre violento y que poseía
el arte de la palabra: el cual, congregando muchas veces al pueblo,
consiguió persuadirle que diera el mando a otro general,
porque Marcelo- dijo-, habiéndose ejercitado un poco en
la guerra, se ha retirado ya como de la palestra a los baños
calientes, para cuidar de su persona. Llególo a entender
Marcelo, y dejando encargado el ejército a los legados,
marchó a Roma a vindicarse de aquellas calumnias, encontrándose
con que ya se le había formado causa sobre ellas. Señalóse
día, y reunido el pueblo en el Circo Flaminio, se levantó
Bíbulo a hacer su acusación; defendióse Marcelo,
diciendo por sí mismo pocas y muy sencillas razones; pero
de los primeros y más señalados ciudadanos tomaron
varios con intrepidez y energía su causa, advirtiendo a
los demás que no se mostrasen menos rectos jueces que el
mismo enemigo, condenando por cobardía a Marcelo, cuando
era el único general de quien aquel huía, teniendo
tan resuelto no pelear con éste como pelear con los demás.
Oídos estos discursos, quedó el acusador tan frustrado
en sus esperanzas, que, no solamente fue Marcelo absuelto de los
cargos, sino que se le nombró por quinta vez cónsul.
XXVIII. Encargado del mando, lo primero que hizo fue apaciguar
en la Etruria un gran movimiento que para la rebelión se
había suscitado, visitando por sí mismo las ciudades.
Quiso después dedicar un templo que con los despojos de
la Sicilia había construido a la Gloria y a la Virtud;
y como en la empresa le detuviesen los sacerdotes a causa de no
tener por conforme que un solo templo contuviera dos divinidades,
comenzó de nueva a edificar otro, no tanto por no llevar
bien aquella oposición como por tenerla a mal agüero.
Porque concurrieron a sobresaltarle diferentes prodigios, como
haber sido tocados del rayo algunos templos, y haber roído
los ratones el oro del templo de Júpiter. Díjose
también que, un buey había articulado voz humana,
y que había nacido un niño con cabeza de elefante,
por lo que los agoreros, dificultando sobre las libaciones y los
conjuros, le detuvieron en Roma, a pesar de su inquietud y ardimiento:
pues no hubo jamás hombre inflamado de más vehemente
deseo que el que tenía Marcelo de terminar la guerra con
Aníbal. En esto soñaba por la noche; de esto conversaba
con sus amigos y colegas; y su única voz para con los Dioses
era que le diesen cautivar a Aníbal; y si hubiera sido
posible que los dos ejércitos hubieran estado encerrados
dentro de un mismo muro o de un mismo campamento, me parece que
su mayor placer habría sido luchar con él; de manera
que a no hallarle tan colmado de gloria y haber dado tantas pruebas
de ser un general juicioso y prudente, podría acaso decirse
que en este negocio había sido arrebatado de un ardor más
juvenil que el que a su edad convenía: porque era ya de
más de sesenta años cuando obtuvo el quinto consulado.
XXIX. Hechos que fueron todos los sacrificios y purificaciones
que los agoreros decretaron, partió con su colega a la
guerra; y puesto entre las ciudades de Bancia y Venusia, provocó
por bastante tiempo a Aníbal, el cual no bajó a
presentar batalla; pero habiendo entendido que aquellos habían
enviado tropas a los Locros Epicefirios, armándoles una
celada al pie de la montaña de Petelia, les mató
dos mil y quinientos hombres. Enardeció más esto
a Marcelo para la batalla, y así acercó todavía
mucho más sus fuerzas. En medio de los dos campos había
un collado, que ofrecía bastante defensa, aunque poblado
de muchos arbustos; el cual, además, tenía cañadas
y concavidades a una y otra falda, abundando también en
fuentes que despedían raudales de agua. Maravilláronse,
pues, los Romanos de Aníbal que, habiendo sido el primero
en tomar posiciones, no había ocupado aquel lugar, sino
que lo había dejado a los enemigos; y es que, no obstante
haberle parecido a propósito para acampar, lo juzgó
más propio para poner celadas; y, prefiriendo el destinarlo
a este objeto, sembró de tiradores y lanceros la espesura
y las cañadas, persuadido de que la disposición
del terreno atraería a los Romanos: esperanza que no le
salió vana, porque al momento se movió en el ejército
romano la conversación de que era preciso ocupar aquel
puesto; y echándola de generales anunciaban que serían
muy superiores a los enemigos fijando allí su campo o fortificando
aquella altura. Túvose por conveniente que Marcelo se adelantase
con algunos caballos a hacer un reconocimiento, mas antes, teniendo
consigo un agorero, quiso sacrificar: y muerta la primera víctima,
le mostró el agorero el hígado, que carecía
de asidero; sacrificada luego la segunda, apareció un asidero
de extraordinaria magnitud, y todo se manifestó sumamente
fausto, con lo que se creyó desvanecido el primer susto:
con todo, los agoreros insistían en que todavía
aquello inducía mayor miedo y terror, porque la mezcla
de lo próspero con lo adverso debía hacer sospechar
mudanzas. Mas, como decía Píndaro: Al hado estatuido
no le atajan ni fuego ardiente ni acerado muro. Marchó,
pues, llevando consigo a su colega Crispino, y a su hijo, que
era tribuno, con unos doscientos y veinte de a caballo, entre
los cuales no había ningún Romano, sino que los
más eran Etruscos, y como cuarenta Fregelanos, que siempre
se habían mostrado obedientes y fieles a Marcelo. Como
el collado era, según se ha dicho, poblado de espesura
y sombrío, un hombre sentado en la eminencia estaba en
observación de los enemigos, registrando, sin ser visto,
el ejército de los Romanos, y, dando aviso de lo que pasaba
a los lanceros, dejaron éstos que Marcelo, que se adelantaba
en su reconocimiento, llegase cerca, y levantándose de
pronto le cercaron a un tiempo por todas partes y empezaron a
tirar dardos, a herir y a perseguir a los fugitivos, trabando
pelea con los que hacían frente, que eran solos los cuarenta
Fregelanos; los Etruscos, en efecto, fueron ahuyentados desde
el principio, y éstos, dando la cara, se defendieron, protegiendo
a los cónsules, hasta que Crispino, herido con dos dardos,
dio a huir con su caballo y Marcelo fue traspasado por un costado
con un hierro ancho, al que los Romanos llaman lanza. Entonces
los pocos Fregelanos que estaban presentes le abandonaron viéndole
ya en tierra, y arrebatando al hijo, que también se hallaba
herido, se retiraron al campamento. Los muertos fueron poco más
de cuarenta, quedando cautivo de los lictores cinco, y de los
de a caballo diez y ocho. Murió también Crispino
de sus heridas, habiendo sobrevivido muy pocos días; y
entonces por la primera vez sufrieron los Romanos un descalabro
nunca antes visto, que fue morir los dos cónsules en un
mismo combate.
XXX. De todos los demás hizo Aníbal muy poca cuenta;
pero al oír que Marcelo había muerto, marchó
inmediatamente al sitio, y parándose ante el cadáver,
estuvo mucho tiempo considerando la robustez y belleza de su persona,
sin proferir expresión alguna de vanagloria, ni manifestar
regocijo en su semblante, como otro quizá lo hubiera hecho
al ver muerto tan grave y poderoso enemigo; sino que, admirado
de lo extraño del caso, le quitó, sí, el
anillo: pero adornando y componiendo el cuerpo con el conveniente
decoro, lo hizo quemar, y recogiendo las cenizas en una urna de
plata, que ciñó con corona de oro, las envió
al hijo. Algunos Númidas asaltaron a los que las conducían
y se arrojaron a quitarles la urna, y como los otros trataran
de recobrarla, en la lucha y contienda arrojaron por el suelo
las cenizas. Súpolo Aníbal, y prorrumpió
ante los que con él estaban en la expresión de que
es imposible hacer nada contra la voluntad divina, y, aunque castigó
a los Númidas, ya no volvió a pensar en recoger
y enviar los huesos, como dando por supuesto que por alguna particular
disposición de Dios había sucedido por un modo extraño
la muerte de Marcelo y el que quedase insepulto. Así es
como lo refieren Cornelio Nepote y Valerio Máximo; pero
Livio y César Augusto afirman que la urna fue llevada a
poder del hijo, y que se le dio honrosa sepultura. Sin contar
las dedicaciones de Roma, consagró Marcelo un gimnasio
en Catana de Sicilia y estatuas y cuadros de los de Siracusa,
que colocó, en Samotracia, en el templo de los Dioses que
llaman Cabirios, y en el templo de Atenea junto a Lindo. En éste,
según dice Posidonio, se había puesto a su estatua
esta inscripción: El astro claro de la patria Roma, descendiente
de ilustres genitores, Marcelo Claudio es, huésped, el
que miras. La dignidad de Cónsul siete veces regentó
en la ciudad del fiero Marte, siendo de sus contrarios grande
estrago. Por lo que se echa de ver, el que hizo la inscripción
añadió a los cinco consulados los dos proconsulados
que obtuvo también Marcelo. Su linaje permaneció
siempre ilustre, hasta Marcelo, el sobrino de César, que
era hijo de Octavia, hermana de éste, tenido de Gayo Marcelo.
Ejerciendo la dignidad de edil de los Romanos murió recién
casado, habiendo gozado muy poco tiempo de la compañía
de la hija de César. En su honor y memoria su madre Octavia
le dedicó una biblioteca y César un teatro, que
se llamó de Marcelo.
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