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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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NICIAS
I. Pues nos parece que no vamos fuera de razón
en comparar con Nicias a Craso y las derrotas causadas por los
Partos con las sucedidas en la Sicilia, juzgamos oportuno rogar
y amonestar a los que lean estas vidas no sospechen que en la
narración de los hechos relativos a ellas, en la que Tucídides,
excediéndose a sí mismo en la vehemencia, en la
energía y en la elegancia, se hizo verdaderamente inimitable,
hemos de incurrir en el mismo defecto que Timeo, el cual, lisonjeándose
de superar a Tucídides en la facundia y de hacer ver que
Filisto era rudo y vulgar, se mete con su historia por medio de
los combates de tierra y de mar y por las arengas, en cuya descripción
aquellos sobresalieron, no siquiera A pie corriendo cabe el lidio
carro, como dice Pindaro, sino mostrándose del todo molesto,
pueril y, según expresión de Dífilo, torpe
y obeso, engordado en la grasa siciliana, y por lo más,
arrimándose al modo de decir de Jenarco. Como cuando dice
que debieron tener los Atenienses a mal agüero el que el
general tomaba su nombre de la victoria, repugnara aquella expedición;
igualmente que en la mutilación de las estatuas de Hermes
les significaron los Dioses que les vendrían muchos males
en aquella guerra de parte de Hermócrates, hijo de Hermón,
y también que era natural, por una parte, que Heracles
diera auxilio a los Siracusanos, por respeto a Cora, que le entregó
el Cerbero, y que, por otra, mirara con odio a los Atenienses,
por haber salvado a los Egesteos, descendientes de los Troyanos,
cuando él, ofendido por Laomedonte, asoló su ciudad.
Mas quizá era propio de la elocuencia de este escritor,
como el decir tales sandeces, querer mejorar la dicción
de Filisto e insultar a Platón y a Aristóteles.
En cuanto a mí, la contienda y emulación con otros
acerca del estilo en general me parece insulsa y repugnante; pero
si es en cosas que no pueden imitarse, téngola por la última
necedad. Por tanto, los hechos de Nicias, referidos por Tucídides
y Filisto, ya que no es posible pasarlos del todo en silencio,
especialmente los que dan a conocer la conducta y disposición
de este hombre ilustre, escondidas entre sus muchas y grandes
adversidades, los tocaré ligeramente y en sólo lo
preciso; pero los que, por lo común, no son conocidos,
a causa de haber sido separadamente notados por diferentes autores,
o bien por haberse de tomar de presentallas y decretos antiguos,
éstos los recogeré con esmero, no para tejer una
historia inútil, sino tal que presente bien la índole
y las costumbres.
II. De Nicias, lo primero que se ofrece decir es lo que escribió
Aristóteles; a saber: que eran tres los que sobresalían
entre los ciudadanos y tenían benevolencia y amor patrio
para con el pueblo: Nicias, hijo de Nicérato; Tucidides,
hijo de Milesio, y Terámenes, hijo de Hagnin, en menor
grado éste que los otros, pues que en cuanto a linaje le
motejaron de extranjero oriundo de Ceo, y en cuanto a gobierno,
por no haberse mantenido firme en un partido, sino andar continuamente
variando, fue llamado Coturno. De éstos, era Tucidides
el de más edad, y puesto al frente de los mejores y más
principales ciudadanos contradijo en muchas cosas a Pericles,
que afectaba popularidad. El más joven era Nicias; pero
aun en vida de Pericles fue ya tenido en aprecio, hasta llegar
a ser general con él y tener por sí solo mando muchas
veces. Muerto Pericles, al punto fue llamado a ocupar el primer
lugar, principalmente por los ricos y los nobles, que lo contraponían
a la insolencia y osadía de Cleón; y aun tuvo el
favor del pueblo, que también contribuyó a su adelantamiento;
si bien Cleón alcanzó grande autoridad con guiarlo
como a viejo y otorgarle salario, aun de los mismos a quienes
favorecía, al ver su codicia, su orgullo y su temeridad,
los más se ponían de parte de Nicias: por cuanto,
aunque tenía gravedad, no era ésta severa y enfadosa,
sino mezclada con cierta modestia, que atraía a los más,
por lo mismo que mostraba timidez; y es que, siendo por naturaleza
irresoluto y desconfiado, en la guerra su buena suerte ocultó
su miedo, habiendo salido siempre vencedor en sus expediciones;
mas, para el gobierno, su pusilanimidad y su temor a los calumniadores
llegaban a parecer populares, y le ganaban el afecto de la plebe,
que recela de los que hacen poca cuenta de ella y adelanta a los
que la temen, pues en general, para la muchedumbre, el mayor honor
de parte de los más poderosos es el que no la desprecien.
III. Mientras Pericles manejó la ciudad, estando dotado
de una virtud verdadera y de una poderosa elocuencia, no tuvo
necesidad de otros amaños ni de ningún otro prestigio;
pero Nicias, que no tenía aquellas prendas, abundando en
bienes de fortuna, con ellos ganaba popularidad; faltándole
disposición para rivalizar con la flexibilidad y las lisonjas
de Cleón, logró atraerse con los coros, con los
espectáculos y con otros medios de esta especie, el favor
del pueblo, aventajándose en magnificencia y gusto a todos
los de su tiempo, y aun a cuantos le habían precedido.
Subsisten todavía, de las ofrendas que hizo, el Paladion
del alcázar, habiendo perdido el dorado, y el templete
que se conserva en el templo de Baco entre los trípodes
ofrecidos en iguales ocasiones: porque conduciendo coros venció
muchas veces, y en ninguna fue vencido. Dícese que en uno
de estos coros compareció representando en el adorno a
Baco un esclavo suyo, de hermosa disposición y figura,
todavía imberbe y que, habiéndose agradado los Atenienses
de su presencia, y aplaudido y palmoteado por largo rato, levantándose
Nicias había expresado que tenía a sacrilegio que
estuviese en la esclavitud un cuerpo celebrado por su semejanza
con el dios, y había dado la libertad a aquel mozo. También
se conservan en la memoria, como brillantes y dignos de tan alto
objeto, los festejos que hizo en Delo; era lo regular de los coros
enviados por las ciudades a cantar las alabanzas de Apolo, durante
la navegación, fuesen como a cada uno le cogía,
y que, acudiendo mucha gente a la llegada de la nave, se les hiciera
cantar sin ningún orden, saltando en tierra en confusión
y tomando las coronas y los trajes de la misma manera; mas él,
cuando condujo la teoría, aportó a Renea con el
coro, con las víctimas y todas las prevenciones, y llevando
desde Atenas un puente, construído con las dimensiones
convenientes, y adornado magnificamente con dorados, con colores,
con coronas y alfombras, por la noche lo echó sobre el
espacio que media entre Renea y Delo, que no es grande. Al día
siguiente, al amanecer, condujo la procesión que se hacía
al dios, y el coro, adornado primorosamente y cantando, y los
pasó por el puente. Después del sacrificio, del
combate y del festín, presentó al dios, en ofrenda,
una palma de bronce, y habiendo comprado un terreno en diez mil
dracmas se lo consagró, con destino a que de sus rentas
tomaran los de Delo lo necesario para sacrificar y dar un banquete,
rogando a los dioses por la prosperidad de Nicias. Porque así
lo hizo escribir en la columna que dejó en Delo como monumento
de esta dádiva, y la palma, quebrantada de los vientos,
vino a caer sobre la estatua grande de los de Naxo y la hizo pedazos.
IV. En estas cosas suele haber mucho de ostentación y
vanagloria, como es bien sabido; pero atendiendo el carácter
y las costumbres de Nicias para todo lo demás, podía,
no sin violencia, colegirse que aquel esmero y toda aquella pompa
era consecuencia de su religiosidad, porque le hacían demasiada
impresión las cosas superiores y era dado a la superstición,
según nos lo dejó escrito Tucídides. Así,
se dice, en un cierto diálogo de Pasifonte, que todos los
días ofrecía sacrificios a los dioses, y que, teniendo
en casa un agorero, fingía consultarle sobre las cosas
públicas, cuando regularmente no era sino, sobre las suyas
propias, especialmente sobre sus minas de plata, porque poseía
minas de este metal en Laurio, que le daban grandes utilidades,
aunque el trabajo de ellas no carecía de peligro. Mantenía
allí gran número de esclavos, y en esto consistía
la mayor parte de su hacienda, por lo cual tenía siempre
alrededor de sí muchos que le pedían y a quienes
socorría, pues no era menos dadivoso con los que podían
hacer mal que con los que eran dignos de sus liberalidades; en
una palabra: con él era una renta para los malos su miedo
y para los buenos su beneficencia. Dan de esto testimonio los
poetas cómicos. Teleclides escribía así contra
un calumniador: Ni una mina partida por el medio le dio Carleles
por que le tapase que entre los hijos que su madre tuvo él
fue el primero que salió del saco. Nicias de Nicerato diole
cuatro; mas aunque de este don yo sé la causa, no la diré,
que Nicias es mi amigo, y obra a mi juicio con notable acuerdo.
Y aquel a quien zahiere Éupolis en su comedia intitulada
Maricas, sacando a la escena a uno de los holgazanes y mendigos,
se explica así: -¿Cuánto ha que viste a Nicias?
-Nunca le había visto; mas ahora ha poco que le vi estar
en la plaza. -Notad que éste confiesa claramente que en
la plaza con Nicias se ha encontrado; y si de traición
no, ¿qué tratarían? ¿No escucháis,
camaradas, cómo Nicias fue en el delito mismo sorprendido?
-Andad, menguados; no es para vosotros en mal caso coger a hombre
tan bueno: y el Cleón de Aristófanes, en tono de
amenaza dice: El cuello apretaré a los oradores, y a Nicias
causaré miedo y espanto. También Frínico
da idea de lo tímido y espantadizo que era, en los siguientes
versos: Era buen ciudadano, lo sé cierto, y no al modo
de Nicias lo verían andar siempre con aire asustadizo.
V. Viviendo siempre con este temor de los calumniadores, no cenaba
con ninguno de los ciudadanos, ni trataba con ellos, ni asistía
a sus ordinarias creaciones; en una palabra: no gustaba de semejantes
pasatiempos, sino que, cuando era arconte, permanecía en
el consistorio hasta la noche, y del Senado salía el último,
habiendo entrado el primero; y cuando no tenía negocio
público alguno, no se dejaba ver ni admitía a nadie,
quieto siempre y encerrado en casa. Sus amigos recibían
a los que concurrían a hablarle, y les pedían que
le disculparan, porque estaba ocupado en negocios públicos
de grande urgencia e importancia. El que principalmente representaba
esta farsa, y se desvivía para conciliarle autoridad y
opinión, era Hierón, que se había criado
en su casa, y a quien el mismo Nicias había ejercitado
en las letras y en la música. Dábase por hijo de
Dionisio, a quien apellidaron Calco, y de quien se conservan todavía
algunas poesías, y que, enviado de comandante de una colonia
mandada a Italia, fundó la ciudad de Turios. Este, pues,
trataba con los agoreros, de parte de Nicias, en la interpretación
de los prodigios y los arcanos, y hacía correr en el pueblo
la voz de que Nicias llevaba, por sólo el bien de la república,
una vida infeliz y trabajosa, pues ni en el baño ni en
la mesa dejaban de ocurrirle asuntos graves, teniendo abandonados
sus intereses por cuidar los de su pueblo; tanto, que nunca se
acostaba sino cuando los demás habían dormido el
primer sueño. De donde provenía estar también
su salud quebrantada, y no tener gusto ni humor para conversar
con sus amigos, habiendo llegado a perderlos por los negocios
públicos, justamente con su hacienda; cuando los demás,
ganando amigos y enriqueciéndose con las magistraturas,
lo pasan muy bien y se divierten en el gobierno. Y en realidad
de verdad, tal venía a ser la vida de Nicias, por lo que
él mismo se aplicó aquel epifonema de Agamenón:
La majestad preside a nuestra vida; mas de la multitud somos esclavos.
VI Observando que el pueblo se valía a veces de la prudencia
y experiencia de los insignes oradores y sobresalientes políticos,
pero que siempre se recelaba y resguardaba de su habilidad, oponiéndose
a su esplendor y su gloria, como se veía bien claro en
la condenación de Pericles, en el destierro de Damón,
en la desconfianza que manifestó la muchedumbre para con
Anfitón Ramnusio, y sobre todo en lo ocurrido con Paques,
el que tomó a Lesbo, que al dar las cuentas de su expedición,
sacando en el mismo tribunal la espada, allí se quitó
la vida, procuraba huir de las expediciones arduas y difíciles,
y cuando iba de general consultaba mucho a la seguridad, con lo
que lograba vencer, como era natural; mas, con todo, no atribuía
estos sucesos ni a su inteligencia, ni a su poder, ni a su valor,
sino a la fortuna, y se acogía a los dioses, sustrayéndose
a la envidia que sigue a la gloria. Convienen con esto los mismos
hechos: pues que habiendo sufrido la república en aquel
tiempo muchos y grandes descalabros, en ninguno absolutamente
tuvo parte; cuando en la Tracia fue vencida por los de Calcis,
iban de generales Calíadas y Jenofonte; la derrota de Etolia
se verificó siendo arconte Demóstenes; en Delio
perdieron mil hombres mandando Hipócrates, y de la peste,
la culpa se echó principalmente a Pericles, por haber encerrado
en el recinto de la ciudad, a causa de la guerra, a todos los
habitantes de la comarca, habiéndose aquella originado
de la mudanza de aires y de género de vida. Nicias, pues,
se conservó inculpable en todas estas desgracias, y, yendo
de general, tomó a Citera, isla muy bien situada para hacer
la guerra a la Laconia, y que estaba habitada de Lacedemonios.
Recobró también y atrajo a muchos pueblos de Tracia
que se habían rebelado. Habiendo encerrado dentro de los
muros a los de Mégara, al punto se apoderó de la
isla Minoa, y de allí a poco, partiendo de aquel punto,
sujetó a Nisea. Bajó de allí a Corinto, y
en batalla campal venció su numeroso ejército y
a Licofrón, su general. Sucedióle en esta ocasión
haberse dejado los cadáveres de dos de sus deudos, por
no haberlos echado de menos al tiempo de recoger los muertos.
Luego que lo advirtió, hizo alto con el ejército,
y envió un heraldo a los enemigos, para tratar de recobrarlos.
Según cierta ley y costumbre con ella conforme, los que
recogían los muertos, en virtud de convenio, se entendía
que renunciaban a la victoria, y no les era permitido levantar
trofeo, porque vencen los que quedan dueños, y no quedan
dueños los que ruegan, como que no está en su poder
tomar lo que piden. Pues, con todo, más quiso hacer el
sacrificio del vencimiento y de su gloria que dejar insepultos
a dos ciudadanos. Taló, pues, todo el país litoral
de la Laconia, y venciendo a los Lacedemonios que se le opusieron
tomó a Tirea, guarnecida por los Eginetas, y a los que
apresó los trajo cautivos a Atenas.
VII. Como Demóstenes hubiese fortificado a Pilo, al punto
acudieron por tierra y por mar los Lacedemonios y, trabada batalla,
hubieron de dejar de los suyos en la isla Esfacteria hasta cuatrocientos
hombres. Parecíales a los Atenienses cosa importante, como
lo era, en realidad, apoderarse de ellos; pero el cerco se presentaba
difícil y trabajoso en un país que carecía
de agua, y para el que el acopio de provisiones, aun en verano,
tenía que hacerse con un rodeo muy largo, hallándose
por lo mismo en el invierno enteramente falto de todo; teníalos
esto disgustados, y estaban pesarosos de haber despedido la legación
que los Lacedemonios les habían enviado para tratar de
paz. Habíanla despedido a instigación de Cleón,
principalmente con la mira de mortificar a Nicias, porque era
su enemigo; y viendo que se había puesto de parte de los
Lacedemonios, esto bastó para que inclinase al pueblo a
votar contra el tratado. Yendo, pues, largo el sitio, y recibiéndose
noticias de que el ejército padecía de una escasez
suma, se mostraban muy enconados contra Cleón, el cual
se volvía contra Nicias, echándole la culpa y acusándole
de que por sus temores y su flojedad dejaba allí aquellos
hombres, cuya rendición no habría costado tanto
tiempo a haber él tenido el mando. Ofrecióseles
al punto a los Atenienses decirle: ¿Pues por qué
no te embarcas y marchas contra ellos? Levantóse
también Nicias, y abdicó en él el mando sobre
Pilo, proponiéndole que tomase la fuerza que quisiese y
no anduviera echando baladronadas sobre seguro, en lugar de hacer
cosa que fuera de importancia. Él, al principio, calló,
turbado con tan inesperada salida; pero como insistiesen todavía
los Atenienses y Nicias esforzase la voz, se acaloró, y
picado de pundonor tomó a su cargo la expedición,
y al dar la vela puso el término de veinte días,
diciendo que, dentro de ellos, o había de acabar allí
con los Lacedemonios, o los había de traer vivos a Atenas,
de lo que los Atenienses se rieron mucho, bien lejos de creerlo,
porque ya estaban acostumbrados a tomar a diversión y risa
sus jactancias y sus sandeces. Pues se cuenta que, celebrándose
un día junta pública, el pueblo, sentado, estuvo
esperando largo rato, y ya, bien tarde, se presentó en
la plaza con corona sobre las sienes, y pidió que la junta
se dilatase hasta el día siguiente: Porque hoy- dijo-
estoy ocupado, teniendo a cenar unos forasteros, después
que he hecho a los dioses sacrificio, y que los Atenienses
se levantaron y disolvieron la junta.
VIII. Favorecióle entonces la fortuna, y habiéndose
manejado bien en la expidición al lado de Demóstenes,
dentro del término que prefijó, a cuantos Espartanos
no murieron en el combate los trajo esclavos, habiéndosele
rendido a discreción. Volvióse esto en gran descrédito
de Nicias, pareciendo una cosa más torpe y fea todavía
que arrojar el escudo el abandonar por miedo, espontáneamente,
el mando, y, despojándose a sí mismo de la autoridad,
proporcionar al enemigo la ocasión de tan brillante triunfo.
Motejóle de nuevo con este motivo Aristófanes, en
su comedia titulada Las aves, diciendo: Pues no, no es tiempo
de dormirnos éste, ni de dar largas, imitando a Nicias.
Y en la de Los labradores dice asimismo: -Quiero labrar mis campos.
-¿Quién te estorba? -Vosotros, y mil dracmas os
prometo si exento me dejáis de todo mando. -Las aceptamos;
pues dos mil tendremos con las que ya de Nicias recibimos. Y en
verdad que hizo notable daño a la ciudad dejando que adquiriera
Cleón tanto crédito y poder, con el que, tomando
nuevo arrojo y una osadía inaguantable, entre otros males
que acarreó a la república, de los que no le cupo
a Nicias poca parte, le hizo el de destruir el decoro de la tribuna,
siendo el primero que en las arengas gritó descompasadamente,
se dejó abierto el manto, se golpeó los muslos e
introdújo el dar carreras estando hablando; con lo que
engendró en los que después de él manejaron
los negocios un absoluto olvido y desprecio de toda dignidad:
causa principalísima del trastorno y confusión que
de allí a poco sobrevino a la república.
IX. Empezaba ya entonces a mostrarse en Atenas Alcibíades,
otro orador no tan descompuesto, pero de quien podía decirse
lo que de la tierra de Egipto; pues como ésta, por su gran
fertilidad, produce Muchas útiles plantas, y, a su lado,
otras muchas nocivas y funestas, de la misma manera la índole
de Alcibíades, propensa igualmente al bien que al mal,
dio ocasión a grandes innovaciones. Por tanto, aunque Nicias
llegó a verse desembarazado de Cleón, no tuvo tiempo
de tranquilizar y afianzar del todo la república, sino
que, habiendo conseguido llevarla por el buen camino, la apartó
de él la violencia y fogosidad de Alcibíades, impeliéndole
otra vez a la guerra, lo que sucedió de esta manera: Los
que principalmente se oponían a la paz de la Grecia eran
Cleón y Brásidas: aquel, porque en la guerra no
se descubría tanto su maldad, y éste, porque en
ella resplandecía más su virtud; como que al uno
le daba ocasión para grandes injusticias y al otro para
gloriosos triunfos. Mas, como ambos hubiesen muerto en la misma
batalla, que fue la de Anfípolis, hallando Nicias a los
Espartanos deseosos muy de antemano de la paz, y a los Atenienses
con poca confianza de sacar partido de la guerra, y a unos y a
otros fatigados y en disposiciones de deponer con el mayor gusto
las armas, trabajó por ver cómo conciliar amistad
entre las ciudades, y aliviar y dar reposo a los demás
Griegos de los males que sufrían, haciendo para en adelante
seguro y estable el sabroso nombre de felicidad. Y lo que es a
los ancianos, a los ricos, y a las gentes del campo, desde luego
los encontró con disposiciones pacíficas; en cuanto
a los demás, hablando a cada uno en particular, y procurando
convencerlos, logró también retraerlos de la guerra;
y cuando así lo hubo ejecutado, dando ya esperanzas a los
Espartanos, los excitó y movió a que se presentaran
a pedir la paz. Fiáronse de él, ya por su conocida
probidad, ya también porque a los cautivos y a los rendidos
de Pilo, cuidándolos y visitándolos con humanidad,
les hacía más llevadera su desgracia. Habían
ya antes ajustado treguas por un año, durante las cuales,
reuniéndose unos con otros, y gustando otra vez de sosiego
y descanso, y del trato con los propios y con los extranjeros,
se les había encendido un vivo deseo de aquella vida exenta
de inquietudes y de riesgos; así, oían con gusto
a los coros cuando cantaban: Quédate ¡oh lanza! a
ser despojo inútil donde enreden su tela las arañas.
Érales también sabroso traer a la memoria aquel
gracioso dicho de que a los que en la paz toman el sueño
no los despiertan las trompetas, sino los gallos. Abominando,
pues, y maldiciendo a los que suponían tener el hado dispuesto
de aquella guerra se prolongara por tres veces nueve años,
trataron y conferenciaron entre sí e hicieron la paz. Formóse
entonces generalmente la idea de que aquella reconciliación
era estable, y todos tenían siempre a Nicias en los labios,
diciendo que era un hombre amado de los dioses, a quien su buen
Genio había concedido, por su piedad, que del mayor y más
apreciable bien entre todos hubiera tomado el nombre; porque,
realmente, así creían obra suya la paz, como de
Pericles la guerra; pareciéndoles que éste, por
muy pequeños motivos, había arrojado a los Griegos
en grandes calamidades, y que aquel les había hecho olvidar
los mutuos agravios, volviéndolos amigos. Por tanto, esta
paz, hasta el día de hoy, se llama nicia.
X. Convínose por los tratados en que se restituirían
recíprocamente las tierras, las ciudades y los cautivos
que tuviesen, sorteándose sobre quiénes habían
de ser los primeros a restituir; y Nicias sobornó con su
dinero la suerte, para que fuesen los primeros los Lacedemonios:
así lo refiere Teofrasto. Viendo que los Corintios y Beocios
oponían dificultades y que con diferentes achaques y quejas
procuraban otra vez encender la guerra, persuadió Nicias
a los Atenienses y Lacedemonios a que a la paz añadieran
la alianza, como un refuerzo y nuevo vínculo, con el que
se hiciera más temibles a los disidentes y se estrecharan
más entre sí. Verificado esto, Alcibíades,
que no tenía genio de estarse quieto, y que se hallaba
resentido de los Lacedemonios, porque, no haciendo cuenta de él
y mirándole con desdén, se manifestaban adictos
a Nicias, se propuso desde luego minar la paz, y aunque por entonces
nada pudo adelantar, como de allí a poco no se mostrasen
ya los Lacedemonios tan complacientes con los Atenienses, y antes
pareciese que empezaban a hacerles agravios en haber formado alianza
con los Beocios y no haber entregado en pie las ciudades de Panacto
y Anfípolis, aferrándose en estas causas procuraba
acalorar al pueblo, haciéndoselas presentes a toda hora.
Finalmente, habiendo hecho venir una legación de Argos
para entablar alianza con los Atenienses, trabajaba para que lo
consiguiese. Vinieron en esto embajadores de los Lacedemonios
con plenos poderes, y como, presentándose al Senado, hubiesen
dado idea de admitir toda condición justa y moderada, temeroso
Alcibíades de que con sus proposiciones ganaran también
al pueblo, desconcertó sus planes con una perfidia, ofreciéndoles,
bajo juramento, que hallarían en él auxilio para
cuanto quisiesen, con tal que no dijeran ni convinieran en que
venían con plenos poderes, porque así saldrían
mejor con su intento. Habiéndole dado crédito y
unídose a él, fueron a Nicias, que los hizo comparecer
ante el pueblo, y les preguntó si habían venido
con plenos poderes para todo; y como dijesen que no, mudado repentinamente
contra todo lo que podían esperar, llamó la atención
del Senado sobre lo que acababan de decir, y excitó al
pueblo a que no diera oídos ni crédito a unos hombres
que tan abiertamente mentían y que ahora decían
una cosa y luego la contraria. Quedaron tan pasmados como se deja
conocer, y no teniendo el mismo Nicias nada que decir, de sorprendido
y disgustado, al punto se decidió el pueblo a llamar y
hacer venir a los de Argos, para concluir la alianza pero se puso
de parte de Nicias un terremoto que en esto sobrevino, siendo
causa de que se disolviese la junta. Congregada otra vez al día
siguiente, ora con discursos y ora con ruegos, lo único
que pudo alcanzar, y aun esto con dificultad, fue contener la
negociación de los Argivos, y que a él se le enviase
en legación a los Lacedemonios, con esperanza que dio de
que todo se arreglaría a satisfacción. Pasando,
pues, a Esparta, en todo lo demás le honraron como correspondía
a un hombre de probidad y su apasionado; pero no habiendo podido
concluir nada, suplantado por los del partido de los Beocios,
hubo de volverse, no sólo desairado y con descrédito,
sino también temeroso de lo que determinarían los
Atenienses, disgustados y enfadados de que a su persuasión
hubiesen tenido que restituir unos cautivos de tanta calidad:
porque los traídos de Pilo eran de las primeras casas de
Esparta, y tenían amigos y parientes entre los de mayor
poder. No tomaron, sin embargo, en medio de su enojo, resolución
ninguna violenta contra él, sino que nombraron general
a Alcibíades, hicieron alianza al mismo tiempo que con
los Argivos con los de Mantinea y los de Elea, que se habían
rebelado a los Lacedemonios, y enviaron piratas a Pilo para molestar
la Laconia: con lo que volvieron a ponerse en guerra.
XI Estaban Nicias y Alcibíades en lo más fuerte
de su discordia, cuando hubo de tratarse de desterrar por el ostracismo,
según costumbre recibida de que a cierto tiempo hiciera
el pueblo mudar de país por diez años a uno de los
que le fuesen sospechosos o que le causaran envidia por su gran
crédito o por su riqueza. Estaban ambos en grande agitación
y peligro, como que no podía dejar de ser el que el uno
o el otro sufriera el destierro. Porque en Alcibíades vituperaban
su abandonada conducta y temían de su arrojo, y en Nicias,
además de mirarle con envidia por su riqueza, culpaban
aquel aire poco afable y popular, o más bien intratable
y oligárquico, que le hacía parecer de otra especie;
y como repugnaba muchas veces a los deseos del pueblo, contradiciendo
su modo de pensar, y violentándole en cierta manera hacía
lo que creía conveniente, había venido a hacérseles
odioso. En una palabra: la contienda era de los jóvenes
y amigos de la guerra con los ancianos y amantes de la paz, queriendo
los unos que la concha cayera sobre éste, y los otros sobre
aquel. Mas si por dos sobre un honor se alterca no es nuevo que
recaiga en un perverso: así en esta ocasión, dividido
el pueblo entre los dos, motivo a que se presentaran en la palestra
los hombres más desvergonzados y corrompidos; de cuyo número
era Hipérbolo Peritedes, hombre a quien no fue el poder
el que le dio atrevimiento, sino que de ser atrevido pasó
a tener poder, y de haber adquirido fama en la ciudad, a ser su
afrenta y su infamia. Éste, pues, considerándose
entonces muy distante del castigo de las conchas, cuando lo que
verdaderamente le correspondía era un potro, esperaba que,
cayendo cualquiera de aquellos dos, él iba a ser el rival
del que quedase; así se veía bien a las claras que
se alegraba de su división, y abiertamente acaloraba al
pueblo contra ambos. Enterados Nicias y Alcibíades de esta
maldad, se pusieron secretamente de acuerdo, y juntando en uno
los dos partidos, lograron que el ostracismo no recayese sobre
ninguno de los dos, sino sobre Hipérbolo. Al principio
fue este cambio materia de diversión y risa para el pueblo;
pero después ya lo sintieron, pareciéndoles que
aquel recurso se había deshonrado, empleándose en
un hombre indigno, pues tenían al ostracismo por una pena
que honraba, y creían que, si bien era castigo para Tucídides,
Aristides y otros semejantes, para Hipérbolo era una honra
y motivo de jactancia el que fuese tratado, por su maldad, como
lo habían sido los varones más excelentes; según
que ya lo dijo Platón el cómico, hablando de él
en estos versos: Por sus maldades mereció esta pena; mas,
por su calidad, de ella era indigno: porque no se inventó
seguramente para tan ruin canalla el ostracismo. Así es
que, después de Hipérbolo, ya nadie sufrió
esta forma de destierro, sino que él fue el último,
habiendo sido el primero Hiparco Colargueo, pariente del tirano.
Mas ¡cuán cierto es que la fortuna está muy
fuera del alcance del juicio humano, y que respecto de ella nada
sirven nuestros raciocinios! Pues si Nicias, habiendo hecho caer
sobre Alcibíades el peligro de las conchas, hubiera salido
vencedor, arrojando a éste de la ciudad, habría
quedado en ella con toda tranquilidad, y en caso de haber sido
vencido, él habría tenido que salir antes de los
últimos infortunios que le oprimieron, conservando la opinión
del mejor general. No se me oculta haber dicho Teofrasto que cuando
salió desterrado Hipérbolo era Féax, y no
Nicias, el que entraba en disputa con Alcibíades, pero
los más lo refieren de aquella manera.
XII.-Vinieron en esto legados de los Segestanos y Leontinos,
con la pretensión de que los Atenienses enviaran una expedición
contra la Sicilia; mas, sin embargo de que Nicias lo contradecía,
aun antes de que sobre este objeto se celebrase junta pública,
fue ya arrollado por las sugestiones, y, sobre todo, por la ambición
de Alcibíades, el cual, con esperanzas, había ganado
a la muchedumbre y con sus discursos la había alucinado,
hasta tal punto, que los jóvenes en las palestras y los
ancianos sentados en sus talleres o en sus reuniones diseñaban
el plan de la Sicilia, describían el mar que la rodea y
los puertos y sitios por donde más se avecina al África.
Porque no se contentaban con ganar la Sicilia en aquella guerra,
sino que la miraban como escala para entrar desde allí
en lid con los Cartagineses, y dominar en el África y en
todo aquel mar, hasta las columnas de Heracles. Viéndolos,
pues, con semejantes proyectos, hizo esfuerzos Nicias por disuadirlos,
pero halló muy pocos hombres de poder e influjo que se
pusieran a su lado; porque la gente acomodada, por no dar idea
de que huían de servir y de contribuir para el armamento
de las galeras, nada hicieron o dijeron. Con todo, no desistió
o se dio por vencido, sino que, aun después de acordada
la guerra y de haber sido nombrado general juntamente con Alcibíades
y Lámaco, todavía en otra junta habló y procuró
hacer revocar el decreto, poniéndoles a la vista los inconvenientes;
y aun excitó sospechas contra Alcibiades, indicando que
con miras de ambición y de utilidad particular trataba
de envolver a la república en una guerra difícil
y ultramarina; pero estuvo tan lejos de adelantar nada, que antes,
teniéndole con esto por más a propósito,
a causa de su inteligencia y de su nimia previsión, que
contrastarían muy bien con la osadía de Alcibíades
y la prontitud de Lámaco, dieron a su elección mayor
firmeza: porque, levantándose Demóstrato, que era
el orador que más inflamaba a los Atenienses para aquella
expedición, dijo que él haría callar a Nicias;
y escribiendo un decreto por el que se daban a los generales plenas
facultades para resolver y ejecutar acá y allá cuanto
les pareciera, hizo que el pueblo lo sancionase.
XIII. Dicese que por parte de los augures se propusieron también
muchas cosas que contradecían aquella jornada; pero teniendo
Alcibíades otros agoreros, presentó, de ciertos
oráculos antiguos, uno en que se decía que les vendría
a los Atenienses grande esplendor de parte de la Sicilia, y, además,
le vinieron ciertos adivinos de Zeus Amón, trayéndole
un oráculo, por el que se prometía que los Atenienses
se apoderarían de todos los Siracusanos; pero los que les
eran contrarios los ocultaban, por temor de que se tomasen a mal
agüero. Lo que no era mucho, cuando no los contenían
las señales más visibles y manifiestas, como la
mutilación de los Hermes, que a todos en una noche les
fueron cortadas las partes prominentes, a excepción de
uno solo, llamado de Andócides, ofrenda de la tribu Egeide,
y que estaba junto a la casa en que Andácides habitaba
entonces; y como la atrocidad ejecutada en el ara de los Docedióses,
la cual consistió en que un hombre se subió repentinamente
sobre ella, y, abriendo las piernas, con una piedra se cortó
las partes genitales. En Delfos había una estatua de oro
de la Diosa Palas, colocada sobre una palma de bronce, ofrenda
de Atenas, de los despojos tomados a los Medos: a éste,
pues, la picotearon por varios días unos cuervos que vinieron
volando, y el fruto de la palma, que era de oro, lo arrancaron
a picotazos y lo echaron al suelo; pero los Atenienses decían
que esto era invención de los de Delfos, ganados por los
Siracusanos Prescribióseles en aquella misma sazón,
por un oráculo, que trajeran de Clazómenas la Sacerdotisa
de Atenea; y, enviándola a buscar, se halló que
su nombre era Hesiquia, y en esto parece que el buen Genio de
Atenas aconsejaba a aquellos ciudadanos que por entonces se estuviesen
quietos. Bien fuera por temor de estos prodigios, o bien porque
lo alcanzara por su ciencia, el astrólogo Metón,
a quien se había dado entonces cierto mando, fingió
dar fuego a su casa, como que estaba loco: aunque otros dicen
que no fingió tal locura, sino que, habiendo incendiado
su casa por la noche, se presentó en la plaza muy afligido,
y pidió a los ciudadanos que, en atención a tan
grande desventura, eximieran de la expedición a su hijo,
que estaba nombrado prefecto de un trirreme para pasar a Sicilia.
A Sócrates el Sabio le anunció su Genio, por los
medios que tenía por costumbre, que aquella expedición
se equipaba en ruina de la ciudad, lo que refirió a sus
amigos y conocidos, habiendo corrido entre muchos esta especie.
Para no pocos eran también motivo de inquietud los días
en que salió la armada, porque celebraban las mujeres las
fiestas de Adonis; y por todas partes se veían tendidos
por las calles sus simulacros, y junto a ellos exequias y llantos
de mujeres, por lo cual, los que dan importancia a estas cosas
se mostraban disgustados y temían no fuera que aquel aparato
y aquella fuerza que se ostentaban entonces, tan brillantes y
florecientes, se marchitasen bien en breve.
XIV. El que Nicias se opusiese a la expedición proyectada,
sin dejarse seducir de lisonjeras esperanzas, y que no mudase
de dictamen, deslumbrado con la brillantez de tan ilustre mando,
no puede menos de merecerle la alabanza de hombre recto y prudente;
pero después, cuando, habiéndolo intentado, no pudo
apartar al pueblo de la guerra, ni lograr que lo exonerase de
su encargo, sino que más bien éste como que le cogió
de la mano y por fuerza le puso al frente de aquellas tropas,
entonces ya no era tiempo de detenciones e irresoluciones, indisponiendo
a sus colegas y malogrando el objeto con volver como un niño
los ojos atrás desde la nave y quejarse continuamente de
que sus discursos no hubiesen sido atendidos; sino que lo que
convenía era apresurarse y cargar prontamente sobre los
enemigos, a probar la suerte de los combates. Mas él lo
que hizo fue contradecir al dictamen de Lámaco, que quería
se marchara directamente a Siracusa. y que en sus inmediaciones
se diera una batalla, y también al de Alcibíades,
que tenía por lo mejor hacer que las ciudades abandonaran
el partido de los Siracusanos, y, logrado esto, encaminarse contra
ellos; con lo que, y con dar la orden de que, recorriendo con
las naves la isla, se hiciera ostensión de las tropas y
del número de galeras, y se volviesen después a
Atenas, dejando una pequeña guarnición a los Egestanos,
desconcertó desde un principio los proyectos de entrambos
generales y les infundió grande desaliento. Llamaron, de
allí a poco los Atenienses a Alcibíades, para ser
juzgado, y entonces, aunque se le nombró segundo general,
en el poder quedó de primero, y siempre continuó,
o estándose quieto, o teniendo en movimiento las naves,
o juntando consejos, dando lugar a que en su ejército se
debilitase la esperanza, y los enemigos sacudiesen el asombro
y terror que les causó la primera vista de tan poderosas
fuerzas. Cuando se hallaba allí todavía Alcibíades,
bien se dirigieron con sesenta naves contra Siracusa; pero contuvieron
el mayor número de ellas, formándolas fuera, a la
vista del puerto, y sólo con diez penetraron adentro, con
el objeto de hacer un reconocimiento; y mientras, por medio de
un heraldo, llamaban para que volviesen a su casa a los Leontinos,
cogieron una nave enemiga que conducía unas tablas, en
las que los Siracusanos se habían inscrito a sí
mismos, cada uno en su tribu; y puestas lejos de la ciudad, en
el templo de Zeus Olimpio, entonces las habían enviado
a buscar, para hacer el recuento de los que se hallaban en edad
de hacer el servicio militar. Cogidas que fueron, las presentaron
a los generales, y al ver aquel inmenso número de nombres
se sobrecogieron los adivinos, temiendo no fuese aquello lo significado
por el oráculo cuando decía: Los Atenienses
se apoderarán de todos los Siracusanos. Aunque otros
dicen que este oráculo había tenido ya pleno cumplimiento
en otro tiempo, cuando Calipo el Ateniense dando muerte a Dion
se apoderó de Siracusa.
XV. No mucho después del regreso de Alcibíades
desde Sicilia, toda la autoridad era ya de Nicias, pues aunque
Lámaco era hombre de valor y justificación, y en
las batallas peleaba denodadamente, se hallaba tan pobre y miserable,
que en cada expedición se veían precisados los Atenienses
a admitirle en las cuentas una pequeña cantidad para su
vestido y calzado; y así a Nicias, ya por otras causas
y ya también por su riqueza y por la gloria que había
adquirido, era grande la preferencia que se daba. Cuéntase,
por tanto, que, celebrando en una ocasión consejo de guerra,
dio orden al poeta Sófocles para que, como el más
anciano de los generales, diera el primero su dictamen, y éste
le respondió: Yo bien soy el más viejo, pero
tú eres el más anciano. De esta manera, teniendo
bajo de sí a Lámaco, sin embargo de ser mejor general
que él, y no usando de sus fuerzas sino con una nimia reserva
y cuidado, primero con recorrer la Sicilia, lejos siempre de los
enemigos, dio a éstos mucho aliento, y después con
haber acometido a Hibla, aldea despreciable, y haberse retirado
sin tomarla, incurrió en el mayor desprecio. Finalmente,
se retiró a Catana, sin haber hecho otra cosa que asolar
a Hicara, aldea habitada por bárbaros, donde se dice haber
caído cautiva la célebre ramera Lais, todavía
mocita, que, vendida con los demás esclavos, fue llevada
al Peloponeso.
XVI Al fin del verano, como entendiese que los Siracusanos, muy
alentados ya, estaban resueltos a acometer los primeros, y la
caballería se acercase con insolencia a su campamento,
preguntando si habían venido a aumentar los habitantes
de Catana o a restituir a sus casas a los Leontinos, determinóse
Nicias, no sin repugnancia, a marchar a Siracusa. Queriendo sentar
con seguridad y sosiego su campamento, envió cautelosamente,
desde Catana, un hombre que avisara a los Siracusanos de que,
si querían encontrar desierto el canipo de los Atenienses
y tomarle con cuanto contenía, acudieran con todas sus
tropas a Catana el día que les prefijó, pues que,
no saliendo por lo regular los Atenienses de la ciudad, tenían
pensado los amigos de los Siracusanos, cuando vieran que ellos
venían, apoderarse de las puertas, y al mismo tiempo poner
fuego a la escuadra; siendo muchos los que estaban en ello, no
aguardando más que su llegada. Éste fue el golpe
de maestro que Nicias dio en Sicilia, porque, sacando con esta
estratagema todas las tropas de la ciudad, y dejándola
en cierta manera vacía, pudo marchar de Catana, apoderarse
de los puestos y establecer el campo en sitio donde los enemigos
no le incomodaran con aquello en que les era inferior, y desde
donde esperaba hacerles libremente la guerra con lo que le daba
ventajas. Después, cuando al volver los Siracusanos de
Catana se formaron delante de la ciudad, los acometió súbitamente
Nicias con sus fuerzas, y los venció; mas no se hizo gran
matanza en los enemigos, porque la caballería impidió
que se les siguiera el alcance. Rompió entonces Nicias,
y derribó los puentes, lo que hizo decir a Hermócrates,
para dar ánimo a los Siracusanos: ¡Ridículo
general es este Nicias, que busca medios para no pelear, como
si no hubiera sido enviada a pelear su expedición!
Con todo, fue tan grande la sorpresa y el miedo que causó
a los Siracusanos, que, en lugar de los quince generales que entonces
tenían, eligieron otros tres, asegurándoles el pueblo
con juramento que los dejaría obrar con las más
plenas facultades. Hallábase cerca el templo de Zeus Olimpio,
y los Atenienses pensaban en tomarle, por haber en él muchas
y muy ricas ofrendas de oro y plata; pero Nicias, de intento,
lo fue dilatando y dejando para otro día, no impidiendo
que los Siracusanos introdujesen guarnición, por pensar
que, si los soldados saqueaban aquellas preciosidades, ningún
provecho había de resultar de ello a la república,
y sobre él vendría a recaer la nota de impiedad.
Ningún partido sacó de una victoria tan celebrada,
y, pasados pocos días, se retiró a Naxo, donde pasó
el invierno, haciendo exorbitantes gastos para mantener tan numeroso
ejército y ejecutando cosas de muy poca entidad con algunos
Sicilianos de los que habían abrazado su partido. Con esto,
los Siracusanos cobraron otra vez ánimo, y dirigiéndose
a Catana talaron el país e incendiaron el campamento de
los Atenienses; y de esto todos ponían la culpa a Nicias,
porque en conferenciar, en meditar y en precaverse, se le iba
el tiempo, malogrando las ocasiones. Sus hechos nadie los reprendía,
pues era, una vez que se determinaba, activo y pronto; pero para
decidirse, muy detenido y cobarde.
XVII. Luego que resolvió mover de nuevo con su ejército
para Siracusa, lo dispuso con tanto acierto y fue tal la prontitud
y seguridad con que se condujo, que no se tuvo el menor indicio
de haberse dirigido a Tapso con la escuadra y haber allí
saltado en tierra la tripulación; ni tampoco de que él
mismo se había adelantado hasta el punto de Epípolas
y lo había tomado; en seguida de lo cual venció
a lo más escogido de los auxiliares, cautivando unos trescientos,
y rechazó la caballería de los enemigos, que era
tenida por invencible. Pero lo que más que todo admiró
a los Siracusanos y pareció increíble a los Griegos
fue haber corrido en muy poco tiempo un muro alrededor de Siracusa,
ciudad de no menor extensión que Atenas, y que, por la
desigualdad de su terreno, por su inmediación al mar y
por las lagunas de que hay en su contorno, ofrece mayores dificultades
para poder ser circunvalada con tan dilatada muralla. Pues, con
todo, faltó muy poco para que se acabase enteramente bajo
el cuidado de un caudillo que estaba muy distante de gozar de
la salud correspondiente a tantas fatigas, padeciendo un violento
dolor de riñones, al que debe con razón atribuirse
que aquel trabajo no se hubiese concluído. No puedo, pues,
admirarme bastante de la diligencia de tal caudillo y del valor
de tales soldados, por las victorias que consiguieron, puesto
que Eurípides, después de sus derrotas y de su trágico
fin, les hizo este epicedio: Ocho victorias, los que aquí
descansan, de los Siracusanos alcanzaron, mientras plugo a los
Dioses de ambos lados en igualdad perfecta mantenerse Y no ocho
victorias solas, sino muchas más todavía se hallará
haber sido las que consiguieron de los Siracusanos antes que,
como es cierto, se hubiese hecho por los Dioses y por la fortuna
oposición a los Atenienses, cuando habían llegado
a la cumbre del poder.
XVIII. Haciéndose, pues, violencia, acudía Nicias
a cuanto se ofrecía; pero, habiéndose agravado el
mal, tuvo que quedarse dentro del muro con algunos asistentes,
y en tanto, mandando el ejército, Lámaco hacía
frente a los Siracusanos, que construían desde la ciudad
otra muralla por delante de la de los Atenienses, para impedir
los efectos de su circunvalación. Por lo mismo que los
Atenienses estaban victoriosos, solían desordenarse al
seguirles el alcance, y habiéndose quedado en una ocasión
casi solo Lámaco, aguardó a la caballería
de los Siracusanos, que le cargaba. Era el primero de ella Calícrates,
buen militar y de mucho aliento, y, como provocase a Lámaco,
fuese éste para él y pelearon en singular batalla,
en la que fue primero herido Lámaco, y al huir después
éste a Callerates, cayó en el suelo, y ambos murieron
juntos. Apoderáronse de su cadáver y de sus armas
los Siracusanos, y en seguida dieron a correr hacia el muro de
los Atenienses, en el que había quedado Nicias, sin tener
casi a nadie en su ayuda. Sin embargo, movido de la necesidad
y de la presencia del peligro, mandó a los que tenía
cerca de sí que a cuantos maderos se hallaban reunidos
para las máquinas, y a las máquinas mismas, les
pegaran fuego. Sirvió esto para contener a los Siracusanos,
y salvó a Nicias con la muralla y los efectos que allí
tenían guardados los Atenienses, porque, viendo los Siracusanos
a la mitad de la distancia aquel grande incendio, se retiraron.
De resulta de estos sucesos, quedó Nicias único
general, y se formaron grandes esperanzas; pasábanse a
su partido las ciudades, y eran muchos los barcos cargados de
provisiones que de todas partes llegaban al campamento, acudiendo
todos a aquel cuyos negocios iban tan prósperamente; de
manera que aun le habían llegado de parte de los Siracusanos
proposiciones de paz, desconfiando de poder sostener la ciudad.
Así Gilipo, que de Lacedemonia venía en su auxilio,
luego en que el curso de su navegación supo cómo
se hallaban cercados y la escasez que padecían, continuó
su viaje, en la inteligencia de que la Sicilia estaba tomada,
y que no le quedaba más que hacer sino conservar en la
alianza a los italianos y sus ciudades, si aun para esto llegaba
a tiempo. Porque las voces que corrían eran de que todo
estaba ya por los Atenienses, y que tenían un general invencible,
por su dicha y su prudencia. El mismo Nicias pasó de repente,
con esta prosperidad, a ser confiado, contra lo que llevaba su
natural, y teniendo por cierto, ya por su demasiado poder y ventura,
y ya más principalmente por los avisos que secretamente
le llegaban de Siracusa, que, para ser suya la ciudad, apenas
le faltaba más que estar hechas las capitulaciones, ninguna
cuenta hizo de la venida de Gilipo, ni puso las convenientes guardias
para estar en observación; así, con desatenderle
y despreciarle, dio lugar a que, sin tener él la menor
sospecha, aportase en una lancha a la Sicilia, donde estableciéndose
lejos de Siracusa reclutó mucha gente, sin que los Siracusanos
lo supiesen y ni siquiera le esperasen. Por tanto, ya se había
convocado para junta pública, con el objeto de tratar de
la capitulación con Nicias; y algunos se encaminaban a
ella, pareciéndoles que debía hacerse el tratado
antes que del todo fuese circunvalada la ciudad, porque era muy
poco lo que quedaba por hacer, y aun para esto estaban ya arrimados
todos los materiales.
XIX. Cuando se hallaban en este conflicto, llegó Góngilo
de Corinto, con un trirreme, y, corriendo todos a él, como
era natural, les dijo que Gilipo estaba para llegar de un momento
a otro, y aun venían más fuerzas en su socorro.
Todavía dudaban de esta relación de Góngilo,
cuando les llegó aviso de Gilipo, previniéndoles
que marcharan a unirse con él. Cobraron, pues, ánimo,
y, tomando las armas, apenas llegó Gilipo, sin detención
marchó en orden de batalla contra los Atenienses. Formó
también Nicias contra ellos, y entonces, bajando Gilipo
las armas, envió un heraldo a los Atenienses, diciéndoles
que les daría permiso para retirarse conseguridad de la
Sicilia, a lo cual ni siquiera se dignó de contestar Nicias;
pero algunos de los soldados, echándose a reír,
le preguntaron si por haberse presentado una capa y un báculo
lacónicos había derepente mejorado tanto el estado
de los Siracusanos, que pudieran despreciar a los Atenienses,
que a trescientos más valientes que Gilipo y con más
cabellera, teniéndolos en prisiones, los habían
vuelto a los Lacedemonios. Timeo refiere quelos mismos Sicilianos
miraron con el mayor desprecio a Gilipo; a la postre, por condenar
en él su codicia y su avaricia sórdida, y cuando
al principio se presentó, porque hacían irrisión
de su capa y de su cabellera. Dice, además, que apenas
se aparéció Gilipo volaron muchos a él, como
cuando se aparece la lechuza, dispuestos a hacer la guerra; lo
que es más cierto que lo que antes se deja dicho; porque
acudieron en gran número, reconociendo en aquella capa
y en aquel báculo la señal dístintiva y la
dignidad de Esparta; y esto fue obra de sólo Gilipo, como
lo dice Tucídides, y también Filisto, natural de
Siracusa, y testigo ocular de estos sucesos. En la primera batalla
quedaron vencedores los Atenienses, habiendo dado muerte a algunos
Siracusanos y alcorintio Góngilo; pero al día siguiente
hizo ver Gilipo cuánto puede la inteligencia y pericia
militar, pues con las mismas armas, con los mismos caballos, en
el mismo terreno, aunque no de la misma manera, sino variando
la formación, venció a los Atenienses, que en fuga
se retiraron a su campamento; y habiendo puesto a trabajar a los
Siracusanos, con las piedras y materiales que aquellos habían
allegado continuaron sus obras comenzadas, con las que cortaron
el murallón de los Atenienses; de modo que aun con vencer
nada adelantarían. Adelantados con esto extraordinariamente
los Siracusanos, tripularon sus galeras, y recorriendo el país
con su caballería y la de los aliados atrajeron a muchos.
Dirigiéndose también Gilipo a las ciudades, movió
alborotos y sediciones en todas ellas, consiguiendo que le obedeciesen
y se le incorporasen. Nicias, entonces, volviendo a su primer
modo de pensar, y reconociendo la mudanza que los negocios habían
tenido, cayó de ánimo y escribió a los Atenienses,
pidiendo que le enviaran otro ejército o retiraran aquel
de la Sicilia, y en cuanto a sí, rogó que le exoneraran
del mando, a causa de su enfermedad.
XX. Aun antes de esto, habían intentado los Atenienses
enviar nuevas fuerzas a Sicilia; pero, por envidia de la prosperidad
con que la fortuna había hasta aquel punto lisonjeado a
Nicias, lo habían ido dilatando; mas entonces se apresuraron
a mandar los socorros. Estaba dispuesto que, pasado el invierno,
marchara Demóstenes, con un poderoso ejército; pero,
entre tanto, en el rigor de aquella estación dio la vela
Eurimedonte, llevando caudales y la designación de los
colegas de Nicias en el mando, tomados de los que allí
hacían la guerra: eran éstos Eutidemo y Menandro.
A este tiempo tentó Nicias repentinamente, por mar y por
tierra, la suerte de los combates, y aunque al principio tuvo
en el mar algún descalabro, con todo rechazó y echó
a pique muchas de las naves enemigas; pero no habiendo podido
por sí mismo adelantar por tierra sus socorros, cargó
precipitadamente Gilipo y tomó a Plemirio, donde, hallándose
los efectos del arsenal y otra infinidad de enseres, de todo se
apoderó, dando muerte a no pocos y haciendo a otros cautivos;
pero lo más fue haber quitado a Nicias la proporción
del acopio de víveres, porque éste era sumamente
seguro y pronto por Plemirio, ocupándole los Atenienses;
pero, desposeídos de él, además de ser difícil,
no podía hacerse sino a fuerza de continuos combates con
los enemigos, que tenían surta allí su armada. Aun
la victoria contra ésta no pareció haberse conseguido
de poder a poder, sino por haberse desordenado cuando seguía
el alcance; así, volvieron a presentarse en actitud de
pelear, mejor preparados que antes; pero Nicias no quería
aventurar otro combate naval, diciendo que sería gran necedad,
estando aguardando tan brillantes tropas de refresco como eran
las que a toda prisa conducía Demóstenes, querer
arriesgarse a una batalla con fuerzas inferiores y mal organizadas.
Pero de Menandro y Eutidemo, que acababan de ser elevados al mando,
se había apoderado cierta envidia y emulación contra
los otros dos generales, proponiéndose ejecutar algún
hecho notable antes que llegase Demóstenes y oscurecer,
si podían, a Nicias. El pretexto, sin embargo, era el celo
por la gloria de la república, la que decían perecería
y anublaría del todo si mostrasen temor a los Siracusanos,
que los provocaban a batalla, con lo que le obligaron a combatir.
Engañados con una estratagema por Aristón, piloto
de Corinto, fue destrozada enteramente su ala izquierda, según
escribe Tucídides, con pérdida de mucha gente. Afligióse
sobremanera Nicias con este infortunio, pues si mandando solo
ya había empezado a caer, ahora los colegas lo habían
precipitado.
XXI Dejóse ver en esto Demóstenes en el puerto,
tan brillante, con la pompa de su magnífica escuadra, como
formidable a los enemigos, trayendo en setenta y tres galeras
cinco mil infantes, y entre tiradores de armas arrojadizas, flecheros
y honderos arriba de tres mil. El ornato de las armas, las insignias
de las naves y la muchedumbre de cantores y flautistas presentaba
un aparato teatral, propio para infundir a aquellos terror. Volvieron,
por tanto, los Siracusanos a concebir los mayores recelos, viendo
que sus trabajos no tenían término ni alivio, y
que se estaban consumiendo y aniquilando en vano. No le duró,
de otra parte, a Nicias largo tiempo el placer de la venida de
aquellas fuerzas, pues apenas entró en conferencias con
Demóstenes le vio resuelto a que al punto se acometiera
a los enemigos, y, sin perder momento, se pusiera todo al tablero,
para tomar a Siracusa y volverse a casa, de lo que concibió
gran temor; maravillado de aquella prontitud y temeridad, le rogaba
que nada se hiciera por desesperación y sin maduro consejo.
Decíale que la dilación era toda contra los enemigos,
que se hallaban gastados en sus bienes y no podían contar
con que los auxiliares se mantuvieran a su lado largo tiempo,
y que, si de nuevo sentían los apuros de la escasez y la
hambre, acudirían a él, como antes, con proposiciones
de paz. Porque había no pocos en Siracusa que secretamente
daban avisos a Nicias y le inclinaban a permanecer, a causa de
que aquellos habitantes padecían mucho con la guerra y
no podían aguantar a Gilipo, y a poco que la miseria se
aumentase, enteramente habían de desmayar. Como muchas
de estas cosas no hacía Nicias más que indicarlas,
no teniendo por conveniente decirlas a las claras, dio motivo
a los colegas para que le trataran de irresoluto, diciéndole
que ya volvía a sus precauciones, a sus dilaciones y nimiedades,
con las que dejó perder el primer calor del ejército,
no marchando al punto contra los enemigos, sino contemporizando
y haciéndose despreciable; y como con esto los otros se
adhiriesen al dictamen de Demóstenes, al cabo convino también
Nicias, aunque no sin gran violencia. Hecho este acuerdo, tomó
consigo Demóstenes, por la noche, las fuerzas terrestres,
y marchando contra el punto de Epípolas dio muerte a algunos
de los enemigos, sorprendiéndoles sin ser sentido, y a
otros, que se defendieron, los desbarató; mas, aunque le
tomó por este medio, no se contuvo, sino que discurrió
adelante, hasta que dio con los Beocios; éstos fueron los
primeros que, animándose unos a otros y corriendo a los
Atenienses con las lanzas en ristre, los rechazaron con grande
gritería, dando muerte a muchos de ellos. Con esto se introdujo
gran confusión y terror en todo el ejército, llenando
de él el que huía al que todavía estaba vencedor;
y dando la parte que avanzaba y acometía, en la que se
retiraba despavorida, trabaron unos con otros, creyendo que los
que huían eran perseguidores y tratando a los amigos como
enemigos. Porque en aquella desordenada confusión, acompañada
de miedo y de la falta de conocimiento, y en la inseguridad de
la vista en una noche que ni era absolutamente oscura ni tenía
una luz cierta, como era preciso, estando ya para ponerse la Luna,
y moviéndose entre su luz muchos cuerpos y armas, sin que
pudieran reconocerselos semblantes, con miedo del enemigo, hasta
él propio se hacía sospechoso, cayendo los Atenienses
en la situación y perplejidad más terrible. Avínoles
también el que tenían la Luna por la espalda, con
lo que, enviando sus sombras delante de sí, ocultaban el
número y brillo de sus armas, mientras que en los contrarios
el resplandor de la Luna, que daba en los escudos, hacía
que parecieran en mayor número y con ventaja. Finalmente,
cayendo sobre ellos por todas partes los enemigos, luego que cedieron,
unos fueron muertos por éstos en la fuga, otros perecieron
a manos de sus camaradas, y otros se precipitaron por los derrumbaderos.
A los que se dispersaron y perdieron el camino, venido el día
los acabó la caballería, habiendo sido dos mil los
que murieron, y de los que se presentaron en el campamento, muy
pocos se salvaron con las armas.
XXII. Habiendo recibido Nicias este golpe, no inesperado, se
quejaba de la precipitación de Demóstenes; y éste,
después de haber pretendido excusarse, fue de parecer que
debían retirarse cuanto antes, pues que ya no debían
de venirle nuevas fuerzas, ni con aquellas podían vencer
a los enemigos; y aun cuando los vencieran, siempre había
de ser preciso abandonar aquel terreno, contrario y enfermizo
en todo tiempo, según se les informaba, para un campamento,
y entonces mortífero, como lo estaban viendo; hallábanse,
en efecto, a la entrada del otoño, tenían muchos
enfermos y todos estaban abatidos. Resistíase Nicias a
la propuesta de la retirada y del embarque, no porque no temiese
a los Siracusanos, sino porque temía más a los Atenienses,
sus juicios y sus calumnias: Porque aquí- añadió-
no espero nada de muy adverso; y aun cuando sucediera, prefiero
recibir la muerte de los enemigos que no de mis conciudadanos;
al contrario de como pensó más adelante León
Bizantino, que dijo a los suyos: Más quiero morir
de vuestra mano que con vosotros. En cuanto al punto y país
adonde trasladarían el campamento, dijo que ya deliberarían
con más sosiego. Dicho esto, Demóstenes, como le
había salido tan mal su primer dictamen. no insistió
más en el que proponía, y los otros colegas, pareciéndoles
que Nicias, por esperar y confiar en los de adentro, resistía
el embarque con tanto tesón, convinieron al fin en su parecer.
Mas como hubiesen recibido los Siracusanos otros refuerzos, y
se agravase la enfermedad en los Atenienses, el propio Nicias
condescendió en la retirada y dio orden a los soldados
de que estuvieran prontos para embarcarse.
XXIII. Cuando todo estaba a punto, sin que ninguno de los enemigos
lo observase, como que tampoco lo esperaban, en aquella misma
noche se eclipsó la Luna; cosa de gran terror para Nicias
y para todos aquellos que, por ignorancia y superstición,
se asustan con tales acontecimientos, porque, en cuanto a oscurecerse
el Sol hacia el día trigésimo, ya casi todos saben
que aquel oscurecimiento lo causa la Luna; pero en cuanto a ésta,
que es lo que se le opone, y como hallándose en su lleno
de repente pierde su luz y cambia diferentes colores, esto no
era fácil de comprender, sino que lo tenían por
cosa muy extraordinaria y por anuncio que hacia la Diosa de grandes
calamidades, pues el primero que con más seguridad y confianza
había puesto por escrito sus ideas acerca del creciente
y menguante de la Luna había sido Anaxágoras, y
éste no era antiguo, ni su escrito tenía celebridad,
pues no se había divulgado, y sólo corría
entre pocos, con reserva y cautela. Porque todavía no eran
bien recibidos los físicos y los llamados especuladores
de los meteoros, achacándoseles que las cosas divinas las
atribuían a causas destituidas de razón, a potencias
incomprensibles y a fuerzas que no pueden resistirse; así
es que Protágoras fue desterrado, Anaxágoras puesto
en prisión, de la que le costó mucho a Pericles
sacarle salvo, y Sócrates, que no se metió en ninguna
de estas cosas, sin embargo pereció por la filosofía.
Ya más adelante, resplandeéió la fama de
Platón, y tanto con su conducta como con haber subordinado
las fuerzas físicas a principios divinos y superiores desvaneció
las calumnias que corrían contra estos estudios y les abrió
a todos camino para la instrucción. Así, su amigo
Dion, aunque en el mismo punto en que estaba para dar la vela
desde Zacinto contra Dionisio sobrevino un eclipse de Luna, no
por eso se inquietó ni dejó de partir, y, apoderándose
de Siracusa, expulsó al tirano. Hizo, además, la
casualidad que Nicias no tuviese a su lado un adivino diestro,
pues Estílbides, su gran confidente, que procuraba desimpresionarle
de la superstición, había muerto poco antes. Y en
verdad que aquella señal, como observa Filócoro,
para los que querían huir, no era adversa, sino muy favorarable,
porque las cosas que se hacen por miedo necesitan de reserva y
la luz les es contraria; y fuera de esto, asi en los eclipses
de Sol como en los de Luna, se estaba en observación por
tres días, como en sus Comentarios lo expuso Autoclides;
y Nicias les persuadió que esperaran otro período
de Luna, como si no la hubiera visto al punto clara y limpia de
manchas, luego que salió de la oscuridad con que la tierra
impedía su luz.
XXIV. Olvidado casi de todo lo demás, se ocupaba en hacer
sacrificios, hasta que vinieron sobre ellos los enemigos, sitiando
con sus tropas de tierra la muralla y el campamento y cercando
en rededor el puerto con sus naves; y no sólo ellos, sino
hasta los muchachos, conducidos en barquichuelos y en lanchas,
provocaban e insultaban a los Atenienses. Uno de éstos,
hijo de padres distinguidos, llamado Heraclides, que se había
adelantado con su barquichuelo, fue cogido por una nave ática,
que salió en su persecución; y como temiese por
él Pólico, su tío, corrió, para librarle,
con diez galeras que mandaba, y los demás, temiendo por
Pólico, movieron igualmente. Trabóse una reñida
batalla, en la que vencieron los Siracusanos, con muerte de Eurimedonte
y otros muchos. No pudieron ya aguantar más los Atenienses,
y empezaron a gritar contra los generales, clamando por que dispusieran
la retirada por tierra, pues los Siracusanos, luego que hubieron
alcanzado la victoria, custodiaron y cerraron la salida del puerto.
Rehusaba Nicias venir en semejante resolución, porque le
parecía cosa terrible abandonar un grandísimo número
de transportes y muy pocas menos de doscientas galeras; embarcó,
pues, lo más escogido de la infantería y los más
robustos entre los tiradores, y ocupó con ellos ciento
diez galeras, porque las restantes estaban desprovistas de remos.
La demás tropa la situó a la orilla del mar, abandonando
el gran campamento y la muralla que remataba en el templo de Heracles;
de manera que, no habiendo ofrecido los Siracusanos al dios tiempo
había los acostumbrados sacrificios, entonces, saltando
en tierra, cumplieron con este acto religioso los sacerdotes y
los generales.
XXV. Cuando ya estaban listas las naves, anunciaron los agoreros
a los Siracusanos que las víctimas les prometían
prosperidad y victoria, si no eran los primeros a empezar el combate,
y solamente se defendían, pues Heracles alcanzó
todas sus victorias poniéndose en defensa cuando se veía
amenazado, y con esto movieron del puerto. En este combate naval,
uno de los más empeñados y terribles, y que no causó
menores inquietudes y agitaciones en los espectadores que en los
combatientes, por la vista de un encuentro que en breve tuvo muchas
y muy inesperadas mudanzas, no vino menos daño a los Atenienses
de su estado y disposición que de parte de los enemigos.
Porque peleaban con naves estrechamente unidas y cargadas, contra
otras que, estando vacías y ligeras, con facilidad discurrían
por todas partes, siendo además ofendido con piedras, que,
dondequiera que cayesen, hacían gran daño, cuando
ellos no lanzaban sino dardos y saetas, que con el oleaje no tenían
golpe seguro, ni siempre podían herir de punta. Esta fue
lección que dio a los Siracusanos Aristión, el piloto
de Corinto, el cual, habiendo peleado alentadamente en aquel combate,
murió en él cuando ya habían vencido los
Siracusanos. Habiendo sido grande la ruina y destrozo de los Atenienses,
se les cortó toda esperanza de poder huir por mar, y como
viesen también muy difícil el poderse salvar por
tierra, ni estorbaron a los enemigos que remolcasen sus naves,
no obstante estarlo presenciando, ni pidieron que se les permitiera
recoger los muertos: teniendo todavía por más triste
y miserable el abandono que se veían precisados a hacer
de los enfermos y heridos, y considerándose a sí
mismos en un estado aún más lastimoso, porque habían
de llegar al mismo fin por entre mayores males.
XXVI Intentaban evadirse aquella noche, y Gilipo, viendo a los
Siracusanos entregados a sacrificios y banquetes, en celebridad
de la victoria y de la fiesta, desconfió de poder moverlos,
ni con persuasiones ni con esfuerzo alguno, a que persiguieran
a los enemigos, que no dudaba iban a retirarse; pero Hermócrates,
por movimiento propio, excogitó contra Nicias un engaño,
enviando algunos de sus amigos que le dijesen venir de parte de
aquellos mismos que antes acostumbraban hablarle reservadamente,
siendo su objeto avisarle que no marchara aquella noche, porque
los Siracusanos les tenían armadas celadas y les habían
tomado los pasos. Burlado Nicias con este engaño, padeció
después, con verdad, de parte de los enemigos, lo que entonces
falsamente se le hizo temer: porque, saliendo a la mañana
siguiente, al amanecer, ocuparon las gargantas de los caminos,
levantaron cercas delante de los vados de los ríos, cortaron
los puentes y situaron la caballería en terreno llano y
sin tropiezos, para que por ninguna parte pudieran pasar los Atenienses
sin tener un combate. Aguardaron éstos en todo aquel día
hasta la noche en la que se pusieron en marcha, río sin
grande aflicción y suspiros, como si salieran de su patria
y no de tierra enemiga, sintiendo la estrechez y miseria en que
se veían y el abandono de los amigos y deudos; y, sin embargo,
estos males les parecían más ligeros que los que
les aguardaban. Pues, con todo de causar lástima el desconsuelo
que reinaba en el campamento, ningún espectáculo
era más triste y miserable que el ver a Nicias, debilitado
por sus males y reducido, en medio de su dignidad, a lo más
preciso, sin poder usar de los alivios que por el mal estado de
su salud le eran más necesarios, y que a pesar de todo
hacía y toleraba en aquella situación lo que no
sufrían muchos de los que se hallaban sanos: echándose
bien de ver que, no por sí mismo, ni por apego a la vida,
aguantaba aquellas penalidades, sino que era el amor a sus conciudadanos
el que le hacía no dar por perdida toda esperanza. Así,
cuando los demás prorrumpían en lágrimas
y sollozos, por el miedo y el dolor, si alguna vez se veía
forzado a dar iguales muestras de su aflicción, se advertía
que era a causa de comparar la afrenta e ignominia de su ejército
con la grandeza y gloria de los triunfos que habían esperado
conseguir. Aun sin tenerle a la vista, con sólo recordar
sus discursos y las exhortaciones que había hecho para
impedir la expedición, se les ofrecía que muy sin
causa sufría aquellas calamidades, tanto, que hasta su
esperanza en los Dioses llegó a debilitarse en gran manera,
al considerar que un hombre tan piadoso, y en las cosas de la
religión tan puntual y generoso, no era mejor tratado de
la fortuna que los más perversos y ruines del ejército.
XXVII. Esforzábase Nicias a mostrarse en la voz, en el
semblante y en el modo de saludar superior a tanta desgracia,
y en los ocho días de marcha, acometido y herido por los
enemigos, conservó invencibles las fuerzas que tenía
consigo, hasta que quedó cautivo Demóstenes, con
su división, junto a la quinta llamada Polizelo, peleando
y siendo cercado de los enemigos. Desenvainó entonces Demóstenes
su espada, y se hirió a sí mismo, aunque no acabó
de quitarse la vida, porque se arrojaron sobre él los enemigos
y le echaron mano. Adelantáronse unos cuantos Siracusanos
a enterar a Nicias del suceso; y habiendo mandado algunos de los
suyos de a caballo, cuando se cercioró de la pérdida
de aquellos, manifestó deseos de tratar con Gilipo para
que dejaran partir a los Atenienses de la Sicilia, recibiendo
rehenes sobre que serían indemnizados los Siracusanos de
todos los gastos que hubiesen hecho en aquella guerra; mas ellos
no le dieron oídos, sino que, tratándole con vilipendio
y haciéndole amenazas e insultos, le lanzaron flechas,
no obstante que le veían reducido al último extremo
de miseria. Con todo, aún aguantó aquella noche,
y al día siguiente continuó su marcha, acosado por
los enemigos hasta el río Asinaro. Allí éstos
alcanzaron a algunos, y los arrojaron a la corriente; otros habían
llegado antes, y, compelidos de la sed, se habían echado
de bruces a beber; y fue grande el estrago y crueldad contra los
que a un mismo tiempo bebían y recibían la muerte;
hasta que Nicias, echándose a los pies de Gilipo, le hizo
este ruego: Hallen compasión ¡oh Gilipo! en
vosotros los vencedores, no yo que de nadie la deseo, debiendo
bastarme el nombre y la gloria que me dan tamañas desgracias,
sino los demás Atenienses, haciéndoos cargo de que
son comunes los infortunios de la guerra, y que en ellos se portaron
benignamente con vosotros los Atenienses cuando les fue favorable
la fortuna. Al proferir Nicias estas palabras, con ellas
y con su vista no dejó de conmoverse Gilipo, pues sabía
que los Lacedemonios habían sido de él favorecidos
en el último tratado, y, además, echaba cuenta de
que importaría mucho para su gloria el conducir prisioneros
a los dos generales enemigos. Por tanto, tomando de la mano a
Nicias, procuró alentarle, y dio orden para que a los demás
les hiciesen prisioneros; pero habiéndose tardado algo
en hacerla correr, fueron menos que los muertos los que se salvaron;
de los cuales los soldados sustrajeron y robaron muchos. Reunido
que hubieron todos los prisioneros que se manifestaron, suspendieron
de los más altos y hermosos árboles de la orilla
del río las armas ocupadas a los enemigos, pusieron coronas
sobre sus sienes, y, enjaezando vistosamente sus caballos, y cortando
las crines a los de los enemigos, se dirigieron a la ciudad, después
de haber terminado la más celebrada contienda que Griegos
contra Griegos tuvieron jamás y de haber alcanzado la victoria
más completa, con grande poder y tesón, y con las
mayores muestras de resolución y de virtud.
XXVIII. Celebróse una junta de los Siracusanos y los aliados,
en la que el orador Euricles propuso, primero, que el día
en que habían hecho prisionero a Nicias sería sagrado
y dedicado a hacer sacrificios, absteniéndose de todo trabajo;
que esta festividad se llamaría Asinaria, del nombre del
río; el día fue el 27 del mes Carneo, al que los
Atenienses dicen Metagitnión; que los esclavos de los Atenienses
serían vendidos y también sus aliados; pero los
Atenienses mismos y los de la Sicilia hallados con ellos serían
puestos en custodia, destinándolos a los trabajos de las
minas a excepción de los generales, y que a éstos
se les daría muerte. Habiendo aplaudido los Siracusanos
esta propuesta, quiso Herniócrates hacerles entender que
más glorioso que el vencer es saber usar con moderación
de la victoria, pero se vio sumamente expuesto; y como Gilipo
hubiese pedido que se le entregasen los generales de los Atenienses,
para conducirlos a Esparta, ensoberbecidos los Siracusanos con
la prosperidad, le respondieron desabridamente, pues fuera de
la guerra llevaban muy mal su aspereza y su modo de mandar, verdaderamente
lacónico; y, según dice Timeo, repugnaban y condenaban
su mezquindad y su avaricia: enfermedad heredada, por la que su
padre Cleándrides, en causa de soborno, fue desterrado;
y él mismo, habiendo sustraído treinta talentos
de los que Lisandro envió a Esparta, y escondidolos en
el tejado de su casa, como hubiese sido denunciado, tuvo que huír
con la mayor vergüenza; pero de esto hemos hablado con más
detención en la vida de Lisandro. Timeo no dice que Demóstenes
y Nicias hubiesen muerto apedreados, como lo escriben Filisto
y Tucídides, sino que, habiéndoles avisado Hermócrates
cuando todavía duraba la junta, por medio de uno de la
guardia que allí se hallaba, ellos mismos se quitaron la
vida, y que los cadáveres se expusieron públicamente
a la puerta, para que pudieran verlos cuantos quisiesen. Se me
ha informado que todavía se muestra en Siracusa un escudo,
fijado en el templo, que se dice haber sido el de Nicias, y cuya
cubierta es un tejido de oro y púrpura, primorosamente
entremezclados.
XXIX. De los Atenienses, los más fallecieron en las minas,
de enfermedad y de mal alimentados, porque no se les daba por
día más que dos cótilas de cebada y una de
agua. No pocos fueron vendidos, o porque habían sido de
los robados porque, habiéndose ocultado entre los siervos,
pasaron por esclavos, y como tales los vendían, imprimiéndoles
en la frente un caballo; teniendo que sufrir esta miseria más
que la esclavitud. Fueron para éstos de gran socorro su
vergüenza y su educación, porque, o alcanzaron luego
la libertad, o permanecieron siendo tratados con distinción
en casa de sus amos. Debieron otros su salud a Eurípides,
porque los Sicilianos, según parece, eran entre los Griegos
de afuera los que más gustaban de su poesía, y aprendían
de memoria las muestras, y, digámoslo así, los bocados
que les traían los que arribaban de todas partes, comunicándoselos
unos a otros. Dícese, pues, que de los que por fin pudieron
volver salvos a sus casas, muchos visitaron con el mayor reconocimiento
a Eurípides, y le manifestaron, unos, que hallándose
esclavos, habían conseguido libertad enseñando los
fragmentos de sus poesías, que sabían de memoria,
y otros, que, dispersos y errantes después de la batalla,
habían ganado el alimento cantando sus versos; lo que no
es de admirar cuando se refiere que, refugiado a uno de aquellos
puertos un barco de la ciudad de Cauno, perseguido de piratas,
al principio no lo recibieron, sino que lo hacían salir,
y que después, preguntando a los marineros si sabían
los coros de Eurípides, y respondiendo ellos que sí,
con esto cedieron y les dieron puerto.
XXX. La noticia de aquella desgracia se dice habérseles
hecho increíble a los Atenienses, por la persona y el modo
en que fue anunciada: llegó, según parece, un forastero
al Pireo, y, entrando en la tienda de un barbero, comenzó
a hablar de lo sucedido, como de cosa que ya debía saberse
en Atenas. Oído que fue por el barbero, subió corriendo
a la ciudad, antes que ningún otro pudiera tener conocimiento,
y, dirigiéndose a los Arcontes, al punto les dio en la
misma plaza parte de lo que le habían contado. Siguióse
la consternación e inquietud que era natural, y, convocando
los Arcontes a junta, le hicieron presentarse en ella; y como,
preguntado por quién lo sabía, no hubiese podido
decir cosa que satisficiese, teniéndole por un forjador
de embustes, que trataba de afligir la ciudad, le ataron a una
rueda, en la que fue atormentado por largo tiempo, hasta que llegaron
personas que refirieron toda aquella tragedia como había
pasado. ¡Tanto fue lo que les costó creer que a Nicias
le habían sobrevenido los infortunios que tantas veces
les había pronosticado!
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