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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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SÓFOCLES
Y EURÍPIDES
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CLÁSICOS
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
LATÍN
Web sobre Latín Online
OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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NUMA POMPILIO
I. Hay también sobre Numa una fuerte disputa
en cuanto al tiempo en que vivió; sin embargo de que parece
que con exactitud se hizo subir hasta él a ciertas genealogías.
Mas Clodio en El elenco de los tiempos, porque así se halla
intitulado este libro, se esfuerza a probar que los registros
antiguos perecieron en las ruinas que con la invasión de
los Galos experimentó la ciudad, y que los que ahora corren
fueron contra la verdad supuestos por hombres que quisieron adular
a los que de no correspondientes principios quisieron por fuerza
ingerirse en las primeras familias y en las casas más ilustres.
Hase dicho que Numa fue amigo y familiar de Pitágoras;
y en este punto unos no quieren que Numa hubiese participado en
manera alguna de la ilustración griega, como si por naturaleza
hubiera sido poderoso y capaz de formarse por sí sólo
a la virtud, o como si debiera atribuirse la educación
de este monarca a algún bárbaro de más mérito
que Pitágoras; y otros sostienen que Pitágoras vivió
más adelante, y fue cinco generaciones posterior a la edad
de Numa, y que Pitágoras el Espartano, que en Olimpia venció
en la carrera por la Olimpíada decimosexta, en cuyo año
tercero fue Numa creado rey, discurriendo por la Italia se avistó
con Numa y le ayudó a coordinar su reino; de donde había
provenido que al carácter romano, por la enseñanza
de este Pitágoras, se le hubiese pegado mucho del de los
Lacedemonios. Por otra parte, Numa, de origen, era Sabino; y los
Sabinos tienen la pretensión de ser colonia de Esparta.
El computar, pues, las épocas es muy dificultoso, mayormente
si se quiere coincidir con las de los Juegos Olímpicos;
cuya relación se dice haber dado más tarde Hinias
Eleo sin apoyo alguno para que se le deba creer. Referiremos,
por tanto, lo que acerca de Numa nos parece digno de saberse,
empezando por el exordio conveniente.
II. Hallábase Roma en el año treinta y siete del
reinado de Rómulo, y siendo el siete del quinto mes, día
que hoy se llama las Nonas Capratinas, celebraba Rómulo
fuera de la ciudad cierto sacrificio público junto al lago
llamado de la Cabra, con asistencia del Senado y de la mayor parte
del pueblo, cuando de repente se notó en el aire una grandísima
alteración, que arrojó lluvia sobre la tierra con
viento y tempestad; y sucedió que, sobrecogida la muchedumbre,
huyó y se dispersó, y el rey desapareció,
sin que se le hubiese podido encontrar, ni su cadáver tampoco,
si había muerto; de lo que se originó una terrible
sospecha contra los patricios, y corrió la voz en el pueblo
de que incomodados ya de antemano con ser súbditos, y queriendo
apoderarse de la autoridad, habían muerto al rey; porque
parecía también que últimamente los había
tratado con demasiada aspereza y despotismo. Lograron, con todo,
curarse de esta sospecha, confiriendo a Rómulo honores
divinos, como que no había muerto, sino que le había
cabido mejor suerte, y jurando Proclo, uno de los más ilustres,
haber visto a Rómulo que con armas era elevado al cielo,
y haber oído una voz que le mandaba se le diese el nombre
de Quirino. Mas otra nueva turbación y alboroto agitó
luego a la ciudad con motivo de la elección del futuro
rey; no hallándose todavía bien incorporados los
forasteros con los primeros ciudadanos, estando inquieto el pueblo
en sí mismo, y recelándose los patricios unos de
otros por diferencias que también había entre ellos.
Convenían todos en que se eligiese un rey; pero altercaban
y estaban divididos, no sólo en cuanto a la persona, sino
también en cuanto al pueblo de donde se tomaría
este caudillo; porque a los primeros que con Rómulo fundaron
la ciudad no se les hacía tolerable que, habiendo admitido
a los Sabinos a participación de la ciudad y del territorio,
se les precisase a ser dominados de los que habían recibido
estos beneficios; y en favor de los Sabinos militaba la razón
sumamente equitativa de que, muerto Tacio su rey, no se habían
conmovido contra Rómulo, sino que le habían dejado
reinar solo; y así, parecía que les tocaba otra
vez el que se tomase el caudillo de entre ellos, puesto que no
habían sido un pueblo subyugado que se hubiese unido a
otro más poderoso, y que con su unión había
crecido tanto en población la ciudad y se había
aumentado tanto su grandeza. Con este motivo, pues, andaban alterados;
mas, para que el alboroto no parase por la anarquía en
disolución, permaneciendo suspenso el gobierno, dispusieron
los patricios que, siendo ellos ciento y cincuenta, tomando cada
uno separadamente las insignias reales haría a los Dioses
los sacrificios establecidos, y despacharía seis horas
de la noche por Tacio y seis del día por Quirino; pareciendo
que esta distribución así hecha con respecto a uno
y otro tenía una completa igualdad para los que mandaban,
y que la mudanza de la autoridad quitaba al pueblo todo motivo
de envidia, al ver que una misma persona en el mismo día
y en la misma noche pasaba de rey a ser particular; y a este modo
de gobernarse le llaman los romanos interregno.
III. No porque pareciese que así habían establecido
un gobierno civil y benigno dejaron de caer en sospechas y nuevos
disturbios, atribuyéndoseles que inclinaban la república
a la oligarquía, y que, reteniendo entre sí como
jugueteando la autoridad, no querían rey que les mandase.
Transigieron, pues, entre sí los dos partidos que el uno
eligiese rey del otro; porque éste sería el mejor
modo de apaciguar la contienda, siendo preciso que el elegido
los tratase con igualdad a ambos, agradecido con los unos porque
le habían elegido y benévolo con los otros por el
deudo y el origen. Permitieron los Sabinos a los Romanos que fuesen
los primeros a elegir, y tuvieron éstos por mejor que reinase
un Sabino elegido por ellos, que el que se les nombrara un Romano
que aquellos designasen. Conferenciando, pues, entre sí,
eligen de los Sabinos a Numa Pompilio, que aunque no había
sido de los que se trasladaron a Roma, era tan notoria a todos
su virtud, que apenas se oyó su nombre, con más
gusto le recibieron los Sabinos que los mismos que le habían
elegido. Anuncióse al pueblo todo lo resuelto, y de los
más principales de unos y otros se enviaron mensajeros
al elegido de común acuerdo, rogándole que viniese
y se encargase del reino. Era Numa de la ciudad de Cures, insigne
entre los Sabinos, de la que los Romanos, a una con los Sabinos
que se les incorporaron, se dieron a sí mismos la denominación
de Quirites; hijo de Pomponio, varón muy acreditado, y
el más joven de cuatro hermanos. Había nacido por
prodigiosa casualidad el mismo día en que Rómulo
fundó a Roma, que fue el undécimo antes de las calendas
de Mayo. Con ser por índole inclinado en sus costumbres
a toda virtud, todavía rectificó su ánimo
con la doctrina, la paciencia y la filosofía, librándolo
no sólo de las pasiones que lo degradan, sino aun de la
violencia y ansia, que suelen ser muy de la aprobación
de los bárbaros; teniendo por cierto que la verdadera fortaleza
consiste en limpiarse, por medio de la razón, de toda codicia.
Por tanto, desterrando de su casa todo lujo v superfluidad, manifestándose
juez y consejero irreprensible al propio y al extraño,
y empleando en cuanto a sí mismo el tiempo que le quedaba
libre, no en placeres o comodidades, sino en el culto de los Dioses,
y en el conocimiento de su naturaleza y de su poder, en cuanto
la razón lo alcanza, adquirió tal nombre y tanta
gloria, que Tacio, el colega de Rómulo en el reino, teniendo
una hija llamada Tacia, lo hizo su yerno. Mas no se engrió
con este casamiento para irse al palacio del suegro, sino que
permaneció entre los Sabinos para cuidar de su propio padre,
ya anciano, prefiriendo también su mujer Tacia el sosiego
al lado de su marido, que no era más que un particular,
al honor y gloria de que gozaría en Roma por su padre.
Y de ésta se dice que murió a los trece años
de casada.
IV. Numa, en tanto, retirándose de la ciudad y sus pasatiempos,
hallaba placer en gozar del campo, y andando ordinariamente solo
por los bosques de los Dioses y por los prados sagrados, en lugares
solitarios hacía su residencia. De aquí tomaría
principalmente fundamento la voz acerca de la Ninfa, y de que
Numa no dejó la comunicación de los hombres por
displicencia de carácter o por inclinación a la
vida errante, sino porque habiendo tomado el gusto a un trato
de más importancia, y sido elevado a un casamiento divino,
unido con la Ninfa Egeria, que le amaba, y viviendo a su lado,
vino a ser un hombre sumamente venturoso e instruido en las cosas
de los Dioses. No tiene duda que esto es muy parecido a otras
muchas fábulas antiguas, como las que los Frigios se complacieron
en divulgar de Atis, los Bitinios de Heródoto, de Endimión
los Árcades, y a este tenor otros de muchos hombres, que
parece fueron bienhadados y amados de los Dioses. Y no va fuera
de razón que si Dios es amante del hombre, y no de los
caballos o de las aves, se complazca en distinguir con su trato
a los hombres que sobresalgan en bondad, y que no desdeñe
ni crea le esta mal la comunicación con un hombre de una
virtud y talento divinos. Ahora, que haya también comunicación
y amor de un dios con un cuerpo y una belleza humanos, esto es
obra mayor el persuadirlo. Los Egipcios distinguen con algún
viso de verosimilitud, diciendo que en cuanto a las mujeres no
debe tenerse por imposible que se les llegue el espíritu
de un dios y les infunda el principio de una concepción;
mas que en cuanto al hombre no hay cómo un dios se le llegue
y comunique con su cuerpo; pero no tienen presente que en lo mezclado
hay recíprocamente comunicación igual de una cosa
con otra. Por lo que hace a aquella amistad de los Dioses con
los hombres que suele llamarse amor, y se mira como un celo y
cuidado de sus costumbres y de su virtud, estaría muy bien
que la hubiese, y nada dicen fuera de lo conveniente los que cuentan
que Forbante, Jacinto y Admeto, fueron amados de Apolo, como también
Hipólito el de Sicione, de quien se dice cuantas veces
navegaba de Sicione a Cirra se regocijaba la Pitia, como que el
dios lo percibía y se holgaba también, pronunciando
en verso heroico: Hipólito otra vez; el bien amado. Hipólito
otra vez por el mar torna. Corre asimismo la fábula de
que Pan se enamoró de los versos de Píndaro, y de
que cierta divinidad dio honor después de muertos a Arquíloco
y a Hesíodo por sus poemas. Es fama igualmente que Sófocles
en vida disfrutó el favor de hospedar a Esculapio, de lo
que todavía quedan algunas pruebas, y que a su muerte otro
dios cuidó de que no careciese de sepultura. ¿Y
será justo, dando por ciertos estos hechos, resistirse
a creer que Zaleuco, Minos, Zoroastres, Numa y Licurgo, que debían
gobernar reinos y establecer gobiernos, tuviesen para esto mismo
la asistencia de un dios? ¿No será más puesto
en razón que los Dioses se acercasen con esmero a hombres
como éstos para doctrinarlos y exhortarlos en cosas tan
grandes, y que de los poetas y los líricos, si tal ha sido,
se valiesen sólo como por juego en sus cantilenas? Si otros
entienden otra cosa, ancho es, como dice Baquílides, el
camino: pues no debe mirarse como desacertada la otra opinión
que corre acerca de Licurgo, Numa y otros, según la cual,
teniendo estos varones insignes que manejar pueblos indóciles
y que hacer grandes novedades en el gobierno, les pusieron por
delante la opinión y nombre de un dios para bien de aquellos
mismos con quienes usaban de esta apariencia.
V. Hallábase Numa en el cuadragésimo año
de su edad cuando llegaron los mensajeros de Roma brindándole
con el reino. Llevaron la palabra Proclo y Veleso, de los cuales
era casi indudable que el uno o el otro habría sido elegido
rey por el pueblo; teniendo Proclo de su parte a las gentes que
podían llamarse de Rómulo, y Veleso a las de Tacio.
Fueron breves sus discursos, creyendo que habría bastante
con anunciar a Numa su buena dicha, pero era obra, según
se vio, de muchas más palabras y ruegos el persuadirle,
y el inclinar a un hombre acostumbrado a vivir en paz y sosiego
a que aceptase el mando de una ciudad que se podía decir
había nacido acrecentándose con la guerra. Respondió,
pues, presente su padre y Marcio, uno de sus parientes, de este
modo: Toda mudanza en el método de vida es peligrosa,
y a quien nada le falta de lo que ha menester, ni nada de lo presente
le da disgusto, sólo la ignorancia puede moverle y apartarle
de aquellas cosas a que está hecho; las que cuando nada
más tengan para ser preferidas, en la seguridad a lo menos
se aventajan mucho, a las que están por ver: si es que
esto puede decirse con respecto al reino, en vista de lo que con
Rómulo ha sucedido: habiendo caído sobre él
la mala sospecha de que armó asechanzas a su colega Tacio;
y sobre vuestros iguales la de que a él mismo le han quitado
la vida. Y a Rómulo se le celebra con encomios como hijo
de Dioses, y se habla de su prodigiosa crianza, y de la manera
increíble como se salvó siendo niño; pero
yo procedo de mortales; mi crianza y educación la han hecho
hombres que no os son desconocidos, y cuadra mal con el haber
de reinar lo que se elogia en mi conducta, que es mucha tranquilidad,
dar mi atención a discursos de pura teoría, y además,
como consiguiente, este inoportuno amor de la paz, de todas las
artes no guerreras, y de los hombres que sólo se juntan
con objeto de dar culto a los Dioses y de formarse a la virtud,
y en lo demás cada uno de por sí o labran o apacientan.
A vosotros, oh Romanos, os ha dejado Rómulo muchas guerras,
quizá involuntarias, para cuyo buen éxito se necesita
de un rey fogoso y de florida edad; y en el pueblo, por la buena
suerte que le ha seguido, se ha engendrado hábito y deseo
de la guerra, sin que a nadie se le oculte su tendencia a dominar
a los demás: reiríase, por tanto, del que sólo
reverenciase a los Dioses, y enseñase a honrar la justicia,
y detestar la guerra en una ciudad que más que rey ha menester
un general experto.
VI. Con estas razones se excusó Numa de admitir el reino;
pero los Romanos ponían el mayor empeño en convencerle,
rogándole además no diese lugar a que cayesen en
nuevas disensiones y en la guerra civil, pues que no había
otro ninguno en quien conviniesen los dos partidos; y retirados
éstos, también su padre y Marcio, instando por su
parte, le persuadían a que aceptase un don tan grande y
que podía reputarse por divino. Si tú- decían-
no has menester riqueza por tu moderación, ni apeteces
la gloria del mando y el poder, porque hallas mayor gloria en
la virtud, piensa que el reinar es un servicio y obsequio a Dios,
que despierta y no deja permanecer ociosa en ti tanta justicia:
no rehúses, pues, ni deseches una autoridad que puede ser
para ti un campo de grandes y brillantes acciones, proporcionando
para los Dioses un culto magnífico y la mejora de costumbres
para los hombres, que muy fácil y prontamente son conducidos
y reformados por el que los manda. Estos mismos respetaron a Tacio,
con ser un jefe advenedizo, y divinizan la memoria de Rómulo
tributándole culto; ¿y quién sabe si también
el pueblo vencedor mirará ya con hastío la guerra,
y llenos de triunfos y de despojos, desearán por amor de
la paz y de las buenas leyes un jefe sosegado y amigo de la justicia?
¿Y si del todo están enloquecidos con la guerra,
no será mejor dirigir a otra parte sus ímpetus,
pues que has de tener las riendas en la mano, y ser en beneficio
de su patria y de todo el pueblo sabino un vínculo de benevolencia
y concordia para con una ciudad floreciente, y que ha adquirido
gran poder? Uníanse también con estas cosas,
según se cuenta, señales faustas, y gran celo y
empeño de parte de sus conciudadanos que, luego que se
divulgó la noticia del mensaje, acudieron a rogarle que
fuese y se encargase del reino, para más segura unión
e incorporación de los dos pueblos.
VII. Luego que se dejó vencer, haciendo sacrificio a los
Dioses, se puso en camino para Roma. Saliéronle a recibir
el Senado y el pueblo por el desmedido amor que le tenían;
las matronas le dirigían gloriosos encomios; en los templos
se hacían por él sacrificios, y en todos resplandecía
el júbilo como si cada uno recibiera, no al rey, sino al
reino. Luego que llegaron a la plaza, el que en aquel momento
era por turno interrey, Espurio Vecio, dio a los ciudadanos los
cálculos para votar, y todos le votaron: trajéronle
entonces las insignias reales, pero mandó que se detuviesen,
porque no se daba por satisfecho hasta recibir el reino también
de manos de los Dioses. Congregando, pues, a los augures y a los
sacerdotes, subió al Capitolio, al que entonces los romanos
le llamaban collado Tarpeyo. Allí el presidente de los
augures, volviéndole encubierto hacia el mediodía,
y puesto en pie a su espalda, tocándole con la mano la
cabeza, hacía plegarias; y dirigiendo la vista a todas
partes, examinaba qué era lo que pronunciaban los Dioses
por medio de los agüeros o los prodigios. Apoderóse
entonces de toda la plaza y su inmenso gentío un increíble
silencio, estando todos en grande expectación, y como pendientes
de lo que iba a suceder, hasta que las aves dieron faustos agüeros
y volaron derechas. Vistiéndose de este modo Numa la real
púrpura, bajó de aquella eminencia a donde se hallaba
el pueblo, siendo muchas las aclamaciones, y dándose todos
las manos porque les había cabido el más amado de
los Dioses. Apenas se encargó del mando, lo primero que
hizo fue disolver el cuerpo de los trescientos lanceros que Rómulo
había tenido siempre cerca de su persona, y a los que llamó
céleres que quiere decir prontos; porque ni quería
desconfiar de los que confiaban, ni reinar sobre desconfiados.
En segundo lugar, a los sacerdotes de Júpiter y de Marte
añadió otro tercero de Rómulo, al que llamó
Flamen Quirinal. Aun a los dos más antiguos se les dio
este nombre de Flámines, por el gorro, según se
dice, que les circundaba la cabeza, como si dijéramos en
griego pilámines, porque era más frecuente que ahora
mezclar voces griegas con las latinas; así, de las sobrevestes
que llevaban los reyes, y se llamaban lenas, dice Juba que eran
Khlainas, y que el niño pátrimo y mátrimo
que sirve de ministro al sacerdote de Júpiter se llamaba
Camilo, al modo que algunos griegos han dado a Hermes el epíteto
de Cadmilo por causa de su ministerio.
VIII. Dispuestas así estas cosas por Numa en gracia y
obsequio del pueblo, inmediatamente toma por su cuenta, manejando
la ciudad a la manera que el hierro, volverla de dura y guerrera
más suave y más justa; porque ésta era verdaderamente
la ciudad que Platón llama inflamada habiendo concurrido
a ella en el principio de todas partes, por una osadía
y un arrojo excesivo, los hombres más resueltos y belicosos;
y habiendo servido como de pábulo para el aumento de su
poder, los muchos ejércitos y las guerras no interrumpidas;
de manera que como las estacas se afirman con los golpes, así
ella se fortaleció con los peligros. Juzgando, pues, que
no era cosa ligera y de poco trabajo conducir y poner en orden
de paz a un pueblo tan exaltado y alborotado, invocó el
auxilio de los Dioses, halagando y ablandando en él lo
orgulloso y lo guerrero por lo más con sacrificios, con
procesiones y con danzas que él mismo celebró e
instituyó, y que reunían con la majestad y aparato
un atractivo gracioso y cierto placer que inspiraba humanidad.
En ocasiones denunciaba terrores de parte de los Dioses, y fantasmas
monstruosas de Genios, y voces infaustas, cautivando y anonadando
sus ánimos por medio de la superstición; de donde
principalmente se originó la opinión de haber sido
instruido y educado por Pitágoras, que le fue contemporáneo;
porque fue gran refugio para ambos, para el uno en la filosofía
y para el otro en la política, su inmediación y
trato con los Dioses; y aun se dice que aquel fasto y pompa exterior
se tomó también de la misma conducta de Pitágoras.
Porque parece asimismo que éste domesticó un águila,
a la que paraba con ciertas palabras y la hacía venir volando
sobre su cabeza; y en Olimpia mostró un muslo de oro, en
ocasión de concurrir a aquellos juegos, con otros muchos
artificios y acciones prodigiosas que de él se refieren,
y con motivo de las cuales Timon el fliasio dijo: De entre los
hombres quita a ese ambicioso de Pitágoras, diestro en
embelecos, y en palabras profuso altisonantes. El artificio de
Numa era el amor hacia él de una Diosa o Ninfa de los montes,
y el trato arcano que con él tenía, como ya se ha
dicho, y su continuo comercio con las Musas, porque la mayor parte
de sus vaticinios los refirió a las Musas, y enseñó
a los Romanos a venerar más especial y magníficamente
a una Musa, a la que llamó Tácita, como silenciosa
o muda; lo que parece que es de quien recuerda y tiene en estima
la taciturnidad pitagórea. También sus establecimientos
acerca de los simulacros parecen hermanos de los dogmas de Pitágoras;
porque fue opinión de éste que lo primero, o principio,
no era sensible o pasible, sino invisible, incorruptible, inteligible;
y del mismo modo Numa prohibió a los Romanos que imaginasen
en Dios figura de hombre o de animal: así, al principio,
no se vio entre ellos, ni en pintura ni en estatua la imagen de
dios, sino que en los primeros ciento y setenta años tuvieron
sí templos, y levantaron santuarios, mas no hicieron estatua
o simulacro alguno: no dieron, pues, semejanza a lo santo, a lo
excelente de lo inferior, ni a Dios se le pudo comprender por
otro medio que con el entendimiento. Lo relativo a los sacrificios
participó asimismo de los ritos de Pitágoras, porque
aquellos eran incruentos, haciéndose por lo común
con farro, con libaciones y cosas que estaban muy a la mano. Fuera
de esto, de otros argumentos exteriores se han valido los que
han hecho cotejo de uno con otro. Uno de estos argumentos es que
los Romanos adoptaron por ciudadano a Pitágoras, según
que en un discurso dedicado a Antenor lo dejó escrito Epicarmo
el Cómico, hombre antiguo y que participó de la
enseñanza de Pitágoras. Otros traen también
a cuenta el que habiendo tenido Numa cuatro hijos, a uno le dio
el nombre del hijo de Pitágoras, llamándole Mamerco.
De éste desciende la familia de los Emilios, incorporada
con las patricias, y ese nombre viene de querer el rey adular
a Pitágoras, con representar así la festividad y
gracia de su lenguaje. Yo mismo en Roma he oído referir
a muchos que habiéndoseles dado en tiempos pasados el oráculo
de que tuvieran consigo al más juicioso y al más
valiente de los griegos, pusieron en la plaza dos estatuas de
bronce, la una de Alcibíades y la otra de Pitágoras.
Mas querer, o impugnar, o persuadir estas cosas, que envuelven
mil opiniones diversas, sería gastar el tiempo en disputas
pueriles.
IX. Atribúyese también a Numa el arreglo y creación
de los sacerdotes, a los que llaman pontífices, y aun dicen
que fue Pontífice máximo. Este nombre de pontífices
unos lo deducen del ministerio que prestan a los Dioses poderosos
y dueños de todo; porque el poderoso en lengua romana es
potens. Otros dicen que llevan en sí la excepción
de lo que no se puede, como si el legislador mandase a los sacerdotes
hacer cuanto les fuese posible en los sacrificios, sin hacerles
cargo si algún impedimento mayor se les oponía.
La mayor parte, sin embargo, aprueba una etimología ridícula
de este nombre, como si no significara otra cosa que hacedores
de puentes, tomados de los sacrosantos y antiguos sacrificios
que se hacían en el puente, al que los latinos le llaman
pontem; y que el cuidado y reparo de los puentes, al modo de los
demás ritos patrios, era del cargo e inspección
de los sacerdotes; teniendo los Romanos, no sólo por no
permitido, sino por abominable el que llegase a romperse el puente
de madera. Dícese que éste absolutamente estaba
enlazado y trabado, conforme a cierto oráculo, con sólo
maderos, sin hierro alguno, y el de piedra se hizo mucho tiempo
después, siendo cuestor Emilio. Aun del mismo de madera
se dice que es posterior al tiempo de Numa, habiéndole
concluido su nieto Marcio durante su reinado. El Pontífice
Máximo venía a tener cargo de intérprete
y de profeta, o más bien de hierofante, cuidando, no solamente
de los sacrificios públicos, sino velando también
sobre los que cada particular hacía, e impidiendo que se
faltase a nada de lo prescrito, y enseñando además
qué culto y qué expiación correspondía
a cada uno de los Dioses. Era también superintendente de
las vírgenes sagradas que se llaman Vestales; atribuyéndose
a Numa la institución de estas vírgenes vestales,
y en general todo lo relativo al cuidado y veneración del
fuego inmortal de que son guardas; o porque se llevase la idea
de confiar la esencia pura e incorruptible del fuego a unos cuerpos
limpios e incontaminados, o porque se quisiese poner al lado de
la virginidad un ser infructífero e improductivo; pues
en la Grecia, donde hay fuego inextinguible, como en Delfos y
en Atenas, no son vírgenes, sino mujeres que ya están
fuera del estado del matrimonio, las que tienen este cuidado.
Si por alguna casualidad llega a faltar, como en Atenas se dice
haberse apagado la lámpara sagrada bajo la tiranía
de Aristión, y en Delfos incendiado el templo por los Medos,
y en los tiempos de la guerra de Mitrídates y de la guerra
civil haber desaparecido el fuego juntamente con el ara; si falta,
pues, dicen que no debe encenderse de otro fuego, sino hacerse
fuego nuevo o reciente, encendiendo al sol una llama pura y no
contaminada. Enciéndenlo principalmente con unos vasos
hechos con lados iguales y excavados, digámoslo así,
en forma de triángulo isósceles, viniendo de la
circunferencia a unirse en un centro. Cada uno de estos vasos
se pone vuelto al sol, de manera que los rayos que se recogen
por todas partes se reúnan y acumulen en el centro, divide
el aire, enrareciéndolo, y prontamente por medio de la
reflexión enciende las materias ligeras y secas que se
le aplican, tomando los rayos en esta disposición un cuerpo
inflamado. Algunos creen que las vestales ningún otro destino
tienen que el de guardar este fuego; pero otros dicen que hay
allí otros misterios encerrados, de los que en la Vida
de Camilo decimos hasta dónde es lícito, o preguntar,
o hacer conversación.
X. Dicen que primero fueron consagradas por Numa las vestales
Gegania y Berenia, y después Canuleya y Tarpeya, y que
últimamente por Servio se añadieron otras dos; y
este es el número que se ha conservado hasta estos tiempos.
El término prefijado por el rey a la continencia de estas
sagradas vírgenes es el de treinta años: de él,
en la primera década aprenden lo que tienen que hacer;
en la segunda ejecutan lo que aprendieron, y en la tercera enseñan
ellas a otras. Después de pasado este tiempo, a la que
quiere se le permite casarse y abrazar otro género de vida,
retirándose del sacerdocio; aunque se dice que no han sido
muchas las que se han valido de esta concesión, y que a
las que se han valido de ella no les han sucedido las cosas prósperamente,
sino que entregadas al arrepentimiento y al disgusto por el resto
de sus días, ha sido causa de superstición para
las demás, tanto que hasta la vejez y la muerte han aguantado
permaneciendo vírgenes. Concédenseles grandes prerrogativas,
entre ellas la de testar viviendo todavía el padre, y hacer
sin necesidad de tutores sus negocios, como las que son madres
de tres hijos: llevan lictores cuando salen a la calle; y si por
caso se encuentra con ellas uno que es llevado al suplicio, no
se le quita la vida; pero es necesario que jure la virgen que
el encuentro ha sido involuntario y fortuito, no preparado de
intento; el que pasa por debajo de la litera cuando van en ella
paga con la vida. Castígaselas también, y la pena
suele ser golpes dados por Pontífice Máximo, para
lo que algunas veces desnudan a la culpada en un lugar oscuro,
corriendo una cortina. La que ha violado la virginidad es enterrada
viva junto a la puerta llamada Colina, donde a la parte de adentro
de la ciudad hay una eminencia que se extiende bastante, llamada
en latín el montón. Hácese allí una
casita subterránea muy reducida, con una bajada desde lo
alto; tiénese dispuesta en ella una cama con su ropa, una
lámpara encendida, y muy ligero acopio de las cosas más
necesarias para la vida, como pan, agua, leche en una jarra, aceite,
como si tuvieran por abominable destruir por el hambre un cuerpo
consagrado a grandes misterios. Ponen a la que va a ser castigada
en una litera, y asegurándola por afuera, y comprimiéndola
con cordeles para que no pueda formar voz que se oiga, la llevan
así por la plaza. Quedan todos pasmados y en silencio,
y la acompañan sin proferir una palabra, con indecible
tristeza: de manera que no hay espectáculo más terrible,
ni la ciudad tiene día más lamentable que aquel.
Cuando la litera ha llegado al sitio, desátanle los ministros
los cordeles, y el Pontífice Máximo, pronunciando
ciertas preces arcanas y tendiendo las manos a los Dioses por
aquel paso, la conduce encubierta, y la pone sobre la escalera
que va hacia abajo a la casita; vuélvese desde allí
con los demás sacerdotes, y luego que la infeliz baja,
se quita la escalera, y se cubre la casita, echándole encima
mucha tierra desde arriba, hasta que el sitio queda igual con
todo aquel terreno; y ésta es la pena que se impone a las
que abandonan la virginidad que habían consagrado.
XI. Numa edificó también, según es fama,
el templo redondo de Vesta, para que en él se guardase
el fuego sagrado, tratando de imitar, no la forma de la tierra
como si fuese Vesta, sino la del universo mundo, cuyo medio, según
los Pitagóricos, lo forma el fuego, y a éste es
al que llaman Vesta y Mónade; y de la tierra opinan que
ni es inmóvil, ni está en medio, sino puesta en
equilibrio alrededor del fuego, sin ser de las primeras y más
importantes partes del mundo. Éste dicen que fue también
el modo de pensar de Platón, siendo ya anciano, acerca
de la tierra; a saber, que está en región ajena,
cuyo medio ocupa otro cuerpo más excelente.
XII. Explican asimismo los Pontífices a los que los consultan
lo que toca a los entierros, habiendo sido una de las instrucciones
de Numa, que nada en esta parte debe reputarse mancha, sino que
con estas legales ceremonias se da culto a los Dioses de allá,
que son los que reciben la mejor parte de nuestro ser, y más
particularmente a la llamada Libitina, Diosa inspectora de lo
que es santo en orden a los muertos, ya sea Proserpina, o ya más
bien Venus, como opinan los Romanos más instruidos, refiriendo
no mal al poder de una misma diosa lo que pertenece al nacimiento
y a la muerte. Él mismo arregló los duelos por edades
y tiempos, como por un niño menor de tres años,
que no se haga duelo; por uno de más tiempo el duelo no
ha de ser de más meses que años vivió, hasta
diez, sin pasar de allí por edad ninguna, sino que el más
largo tiempo de duelo había de ser de diez meses, el mismo
por que las mujeres debían permanecer viudas: la que se
casaba antes, sacrificaba una vaca preñada, por ley de
Numa. Habiendo creado Numa otros sacerdocios, haremos todavía
mención de dos de ellos, del de los Salios y el de los
Feciales, por ser los que más prueban su piedad. Porque
los Feciales venían a ser unos conservadores de la paz,
a lo que yo entiendo, tomando el nombre del mismo ministerio;
pues con sus palabras disipaban las contiendas, no permitiendo
que se recurriera a las armas hasta que se hubiese perdido toda
esperanza de obtener justicia; porque los griegos explican también
con el nombre de la paz el desatar sus disputas sin el uso de
la fuerza, empleando solamente de unos a otros la persuasión.
Los Feciales de los Romanos muchas veces se dirigían a
los que cometían alguna violencia, exhortándolos
a la reparación: si se negaban, tomando por testigos a
los Dioses, y haciendo terribles imprecaciones contra sí
mismos y contra su patria, si no habían hablado en justicia,
así les denunciaban la guerra. Oponiéndose ellos,
o no conviniendo, ni al soldado ni al rey era lícito tomar
las armas; sino que tomando por aquí el principio de la
guerra para ser justa, después era cuando debía
el jefe tratar de lo que convenía para hacerla; y pasa
por cierto que aquella calamidad de la invasión de los
Galos le vino a la ciudad por haberse traspasado estos ritos.
Sucedió, pues, que los bárbaros cercaban a Clusio,
y fue enviado de mensajero al ejército Fabio Ambusto, con
el objeto de tratar por los sitiados, y como se le respondiese
ásperamente, creyó que su misión estaba fenecida,
y tomando las armas por los Clusinos con ardor juvenil, provocó
a combate al más alentado de los bárbaros. Y lo
que es el combate le sucedió felizmente, habiendo vencido
y despojado a su contrario; pero sabedores los Galos, enviaron
mensajero por su parte a Roma, acusando a Fabio de que contra
los tratados y contra la fe les había hecho una guerra
no denunciada. Entonces, los Feciales bien persuadieron al Senado
que Fabio fuese entregado a los Galos; pero él, acogiéndose
a la muchedumbre, y valiéndose del favor del pueblo que
le amparó, evitó la pena; mas de allí a poco
sobreviniendo los Galos asolaron a Roma, a excepción solamente
del Capitolio. Trátase de estas cosas con más extensión
en la Vida de Camilo.
XIII. Los sacerdotes salios dícese que se crearon con
este motivo: en el año octavo del reinado de Numa una enfermedad
pestilente que corrió la Italia, afligió también
a Roma. Estando ya todos desalentados, cuéntase que una
rodela de bronce arrojada del cielo vino a caer en las manos de
Numa; acerca de la cual refirió éste una maravillosa
declaración, que había recibido de Egeria y de las
Musas: que aquella arma venía en salvación de la
ciudad, y debía tenerse en gran custodia, haciéndose
otras once en la figura, en la magnitud y en la forma del todo
parecidas a ella, de manera que un ladrón no tuviera medio,
a causa de la semejanza, de acertar con la venida del cielo; y
que además aquel terreno debía consagrarse a las
Musas con los prados inmediatos, adonde por lo común concurrían
a conferenciar con él: y la fuente que regaba el mismo
terreno había de designarse como agua sagrada para las
vírgenes vestales, a fin de que yendo a tomarla todos los
días, con ella lavaran y asearan el templo; de todo lo
que dicen da testimonio el haber cesado al punto la peste. Presentó,
pues, la rodela, y dando orden de que trabajaran los artistas
en las que habían de hacerse semejantes, todos los demás
desistieron; sólo Veturio Mamurio, que era operario sobresaliente,
se acercó tanto a la semejanza, y las sacó todas
tan parecidas, que ni el mismo Numa sabía distinguirlas.
Pues para su custodia y cuidado creó a los sacerdotes salios.
Tomaron este nombre de Salios, no como han inventado algunos,
de un hombre de Samotracia o Mantinea llamado Salio, que enseñó
la danza armada, sino más bien de esta misma danza, que
es saltante, y la ejecutan corriendo la ciudad, cuando en el mes
de marzo toman las rodelas sagradas, vestidos con túnicas
de púrpura, ceñidos con tahalís bronceados,
llevando morriones también de bronce, y golpeando las armas
con dagas cortas. Lo demás de esta danza, ya es obra de
los pies, porque se mueven graciosamente haciendo giros y mudanzas
con un compás vivo y frecuente, que hace muestren vigor
y ligereza. Las rodelas se llaman anciles, o por la forma, porque
no son un círculo ni hacen circunferencia, sino que tienen
el corte de una línea torcida, cuyos extremos hacen dobleces,
e inclinándose los unos hacia los otros dan una forma curva;
o por el codo, que es donde se llevan. Todo esto es de Juba, que
se empeñó en hacer griego este nombre. Podría
también haberse tomado la denominación de su venida
de arriba o de la curación de los enfermos, o del término
de la sequía, o también de la cesación de
la epidemia; según lo cual a los Dióscuros los Atenienses
les dijeron ánaces, ya que hayamos de referir este nombre
precisamente a la lengua griega. Mamurio dicen que fue premiado
de su habilidad con la memoria que los Salios hacían de
él en una oda que cantaban durante aquella su danza pírrica:
otros dicen que era a Veturio Mamurio a quien se celebraba, y
otros que la tradición antigua: ueterem memoriam.
XIV. Luego que hubo arreglado los sacerdocios, edificó
junto al templo de Vesta la que se llamó Regia, esto es,
Casa o Palacio Real, y allí pasaba la mayor parte del tiempo
ocupado en las cosas sagradas o instruyendo a los sacerdotes,
o entreteniéndose con ellos en la investigación
de las cosas tocantes a la divinidad. Tenía otra casa el
collado Quirinal, cuyo sitio se muestra todavía. En las
grandes fiestas, y generalmente en todas las procesiones sacerdotales,
iban ciertos ministros por la ciudad previniendo el reposo, y
que se cesase en todo trabajo: porque así como se dice
de los Pitagóricos que no consentían se adorase
u orase a los Dioses de paso, sino yendo de casa preparados y
dispuestos, de la misma manera creía Numa que los ciudadanos
no debían oír ni ver de paso y sin propósito
nada de lo perteneciente a la religión, sino estando desembarazados
de todo otro cuidado, y aplicando sus sentidos, como a la obra
más grande, a la que tenía por objeto a la piedad;
para lo que se preparaba que las calles estuviesen libres de los
ruidos, alborotos y voces que suelen acompañar a los trabajos
indispensables y manuales. Consérvase aún hoy cierto
vestigio, cuando al tiempo que el cónsul se ocupa en atender
a las aves, o en sacrificar, gritan los ministros: hoc age; expresión
que significa haz lo que haces, y con ella se excita a la atención
y a la compostura a los que se hallan presentes. En todas las
demás exhortaciones o sentencias suyas se notaba gran semejanza
con las de los Pitagóricos; porque así como éstos
prevenían: no te sientes sobre el celemín;
no revuelvas el fuego con la espada; cuando vas peregrinando no
mires atrás; a los Dioses celestiales se ha de sacrificar
en número impar, y en número par a los infernales,
cuyo sentido de todas ellas lo reservaban a la muchedumbre, de
la propia manera algunas disposiciones de Numa tienen un sentido
oscuro, como éstas: no se ha de hacer libación
a los Dioses con vino de viña no podada; ni se les ha de
sacrificar sin harina; se ha de hacer adoración volviéndose,
y los que han adorado deben sentarse. Las primeras parece
que enseñan el cultivo de la tierra, haciéndolo
parte de la religión; el volverse para adorar se dice que
es una imitación del movimiento circular del mundo; a no
ser que parezca mejor, que mirando los templos al oriente, con
volverse de aquella región a la opuesta el que adora, y
luego convertirse otra vez hacia el dios, haciendo un círculo,
consuma de una y otra parte sus preces: o lo que quizá
es más cierto, esta mudanza de postura nos muestra y enseña
una cosa muy parecida a las ruedas egipcias, a saber: que nada
hay estable en las cosas humanas, y, por tanto, conviene que como
a Dios le parezca hacer y deshacer en nuestra vida, estemos nosotros
contentos, y así lo recibimos de su mano. El sentarse después
de haber adorado dicen que es agüero con el que se confirman
nuestras preces y se da permanencia a nuestro bien. Dicen también
que el sentarse produce división de actos, y que, poniendo
término a la primera acción, se sientan en presencia
de los Dioses para comenzar otra bajo sus auspicios. Puede también
guardar esto conformidad con lo que ya se dijo, acostumbrándonos
el legislador a no acercarnos a las cosas divinas de paso cuando
entendemos en otros negocios y como de prisa, sino cuando tenemos
tiempo y estamos desocupados.
XV. Con estas disposiciones religiosas quedó la ciudad
tan manejable y tan embobaba con el poder de Numa, que les hacía
dar asenso a las cosas más absurdas y que tenían
visiblemente el aire de fábulas, no pensando que pudiera
haber nada de increíble en lo que proponía. Cuéntase,
pues, que convidando una vez a su mesa a muchos ciudadanos, les
puso un ajuar pobre y una comida vulgar y de poco valor, y que
apenas empezaron a comer les anunció que la Diosa venía
a visitarle, y repentinamente apareció la casa llena de
los vasos más preciosos, y las mesas cargadas de toda especie
de manjares y de la vajilla más delicada. Pero lo más
necio y absurdo de todo es lo que se refiere de su coloquio con
Júpiter; porque se cuenta que al monte Aventino, que no
era entonces todavía parte de la ciudad, ni estaba habitado,
sino que tenía fuentes graciosas y bosques sombríos,
concurrían dos Genios o Semidioses, Pico y Fauno. Éstos
en las demás cosas parecía que eran de la raza de
los Sátiros y Panes; pero en la virtud de los remedios,
y en prestigios de que usaban en cuanto a las cosas divinas, se
les compararía mejor a los que entre los Griegos se llaman
Dáctilos Ideos. Embajadores, pues, como ellos, andaban
corriendo la Italia. Dícese que Numa los sujetó
echando vino y miel en una fuente donde solían beber; que
después de sujetos mudaron diversas formas, deponiendo
la de su naturaleza y tomando extrañas apariencias, espantosas
a quien las veía; y que cuando se convencieron de que estaban
cautivos con prisión fuerte e inevitable, predijeron otras
muchas cosas futuras, y enseñaron el modo de expiación
para los rayos, el mismo que hasta hoy se practica, por medio
de las cebollas, los cabellos y las menas. Otros dicen que no
fueron aquellos semidioses los que introdujeron esta expiación,
sino que por medio de la magia hicieron que se apareciese el mismo
Júpiter; que este dios, irritado con Numa, le ordenó
que la expiación había de hacerse con cabezas, y
replicando Numa: ¿de cebollas?, dijo de
hombres; que a esto volvió a replicar Numa, repeliendo
lo terrible del mandato, ¿con cabellos?; y
respondiendo el dios: con vivientes, añadió
Numa, ¿menas?; lo que había ejecutado
instruido por Egeria; y que el dios se había retirado aplacado
ya; y al lugar se le había dado de aquí el nombre
de Ilicio: y la expiación se hacía de aquella manera.
Estas relaciones tan fabulosas, y aun puede decirse tan ridículas,
manifiestan la disposición en el punto de religión
de aquellos hombres, producida en ellos por el hábito.
Del mismo Numa se refiere haberse engreído tanto con su
esperanza en estas cosas divinas, que, avisándole en cierta
ocasión que cargaban los enemigos, se echó a reír
y dijo: pues yo sacrifico.
XVI. Fue, según dicen, el primero que edificó un
templo de la Fe y del Término, enseñando a los Romanos
a tener el de la Fe por el mayor de todos los juramentos, lo que
hasta hoy observan. El Término venía a ser un linde
o mojón, y le hacen sacrificios pública y privadamente
en los mismos linderos de los campos, ahora de víctimas
animadas; pero en lo antiguo era incruento este sacrificio, discurriendo
Numa que el dios Término, que es el conservador de la paz
y el testigo de la justicia, debe conservarse puro de toda muerte.
Parece haber sido este mismo Rey el que hizo el apeo de todo el
territorio, no habiendo querido Rómulo confesar con la
medida de lo propio la ocupación de lo ajeno, diciendo
que el término, cuando se guarda, es el vínculo
del poder; pero argumento de injusticia cuando se traspasa. Y
en verdad que no era extenso el territorio de la ciudad desde
el principio, sino que la mayor parte la había adquirido
Rómulo con las armas; repartióla, pues, toda Numa
a los ciudadanos más necesitados, removiendo la pobreza
como preciso origen de injusticia, e inclinando hacia la agricultura
al pueblo, cultivado a una con el suelo, porque entre las profesiones
de los hombres ninguna engendra tan poderoso y pronto amor a la
paz como la vida del campo, en la que queda aquella parte del
valor guerrero que inclina a pelear por su propiedad y se corta
la parte que excita a la violencia y a la codicia. Por esta razón,
Numa inspiró a sus ciudadanos la agricultura como filtro
de paz; y mirando este arte como productor más bien de
costumbres que de riqueza, dividió el terreno en partes
o términos, que llamó pagos, y sobre cada uno puso
inspectores y celadores. En ocasiones también, infiriendo
y conjeturando por las obras la conducta de los ciudadanos, a
unos los elevó a los honores y a los cargos, y reprendiendo
y reconviniendo a otros los hizo mejores.
XVII. Entre los demás establecimientos suyos, es muy celebrada
la distribución de la plebe por oficios; porque compuesta
en la apariencia la ciudad de dos diversas gentes o pueblos, pero
en realidad dividida en ellos, no había forma de que quisiera
ser una sola, ni de hacer cesar la diversidad y diferencia, de
la que se originaban altercaciones interminables, fomentadas por
el espíritu de partido; reflexionando, pues, que para mezclar
los cuerpos más mal avenidos y más duros se viene
al cabo de ello deshaciéndolos y partiéndolos, determinó
hacer de la plebe diferentes secciones, con lo que introduciéndose
muchas diferencias se borraría aquella grande fundida en
tantas pequeñas. Hízose esta distribución
por oficios, de los flautistas, los orfebres, los maestros de
obras, los tintoreros, los zapateros, los curtidores, los latoneros
y los alfareros, y así las demás artes, haciendo
luego de cada una un solo cuerpo; y atribuyendo o concediendo
a cada clase formar comunidad y tener sus juntas y su modo particular
de dar culto a los Dioses, entonces por la primera vez se quitó
de la ciudad el decirse y reputarse Sabinos o Romanos, unos ciudadanos
de Tacio, y otros de Rómulo; de manera que la nueva división
vino a ser armonía y unión de todos para con todos.
Elógiase también, entre sus disposiciones políticas,
la corrección que hizo de la ley que concede a los padres
el derecho de vender los hijos, exceptuando a los casados, si
el matrimonio se había hecho con aprobación o mandato
del padre: porque le pareció cosa muy dura que cohabitara
con un esclavo la mujer que se había casado con un hombre
libre, en el concepto de serlo.
XVIII. Puso asimismo mano en el arreglo del calendario, si no
con gran inteligencia, tampoco con una absoluta ignorancia; porque
en el reinado de Rómulo contaban los meses desordenadamente
y sin regla alguna, no dando a unos ni veinte días y dando
a otros treinta y cinco, y aun muchos más, porque no teniendo
conocimiento de la discrepancia que hay entre el sol y la luna,
solamente atendían a que el año fuese de trescientos
y sesenta días. Computando, pues, Numa que el resto de
aquella discrepancia era de once días, por tener el año
lunar trescientos cincuenta y cuatro, y el solar trescientos sesenta
y cinco, doblando aquellos once días, aplicó un
año sí y otro no al mes de Febrero este embolismo,
que era de veintidós días, y los Romanos le llamaban
mercedino: remedio de la tal discrepancia, que necesitó
después de mayores medicinas. Mudó también
el orden de los meses, porque a Marzo, que antes era primero,
lo hizo tercero, y primero a Enero, que era undécimo bajo
Rómulo, y duodécimo y último Febrero, que
ahora tienen por segundo. Muchos son de opinión que estos
meses de Enero y Febrero fueron añadidos por Numa, no habiendo
dado al principio al año más que diez meses, como
algunos bárbaros tres meses, y entre los Griegos los Árcades
cuatro, y los de Acarnania seis. Para los Egipcios el año
era de sólo un mes, y luego de cuatro, según dicen;
y por esta causa, habitando un país nuevo, pasan por muy
antiguos, y suben con sus genealogías a un número
increíble de años, poniendo los meses por años
en sus cómputos.
XIX. Puede ser una prueba de que los Romanos sólo hacían
el año de diez meses y no de doce, el nombre mismo del
mes último; porque aun hoy le llaman Diciembre. El orden
mismo convence que Marzo era el primero, porque al que era quinto
desde él le decían Quintil, al sexto Sextil, y así
en adelante cada uno de los demás: luego, cuando añadieron
Enero y Febrero, les sucedió con el mencionado mes, que
en el nombre era quinto o quintil, y en la cuenta séptimo.
Hubo su razón para que el mes primero, consagrado por Rómulo
a Marte, se llamase Marzo, y el segundo Abril, denominándose
así de Afrodita, que es Venus, porque en él se hacen
sacrificios a esta Diosa, y en el día primero se bañan
las matronas coronadas de mirto. Algunos opinan que no se llama
Abril de Afrodita, sino que, como tiene letra simple, se denomina
Abril este mes de que, estando en él en su fuerza la primavera,
abre y descubre los pimpollos de las plantas, porque esto es lo
que la lengua indica. Al que se sigue por orden, de Maya le dicen
Mayo, porque está consagrado a Mercurio; y a Junio denominan
así de la diosa Juno. Mas hay algunos que sostienen tomar
éstos su denominación de la edad más anciana
y más joven; porque entre ellos los más ancianos
se dicen mayores, y iuniores los más mozos. De los demás
meses, a cada uno lo denominan del lugar que tiene, como si contaran:
Quintil, Sextil, Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciembre; aunque
después el quinto, de César, el que venció
a Pompeyo, se llamó Julio; y el sexto se llamó Agosto
del segundo Emperador, que tuvo el sobrenombre de Augusto. A los
dos siguientes les dio sus nombres Domiciano; pero por muy poco
tiempo, pues luego que le quitaron la vida, volvieron a tomar
los nombres primeros, llamándose Septiembre y Octubre;
sólo los dos últimos conservaron siempre la denominación
ordinal que tuvieron desde el principio. De los que añadió
o mudó de lugar Numa, Febrero viene a ser como expiatorio,
porque la voz casi lo indica, y entonces hacen libaciones por
los muertos, y celebran la fiesta de los Lupercales, que en las
más de sus cosas se asemeja a una expiación o purificación.
El primero, Januario, de Jano, y a mí me parece que a Marzo,
denominado de Marte, lo quitó Numa del lugar preeminente,
con la mira de dar siempre más estima a la parte administrativa
o civil que a la militar; porque de Jano en lo antiguo, ora fuese
genio, ora fuese rey, se dice haber sido político y popular,
y que indujo mudanza en el modo de vivir fiero y silvestre: y
por esta razón lo pintan con dos caras, como que pasó
la vida de los hombres de una forma y disposición a otra.
XX. Tiene en Roma un templo, también con dos puertas,
a las que llaman puertas de la guerra, porque es de ley que estén
abiertas cuando hay guerra, y que se cierren hecha la paz: cosa
difícil y pocas veces vista, habiendo tenido siempre el
gobierno que atender a alguna guerra para contener a las naciones
bárbaras que de todas partes le rodeaban. Sólo se
cerró bajo el imperio de César Augusto, después
de la derrota de Antonio; y antes en el Consulado de Marco Atilio
y Tito Manlio por poco tiempo, porque al punto sobrevino la guerra,
y fue preciso abrirle. Mas bajo el reinado de Numa ni un día
siquiera se vio abierto, sino que por cuarenta y tres años
continuamente se mantuvo cerrado: ¡tan cumplidamente y de
raíz arrancó las ocasiones de la guerra! Y no solamente
el pueblo romano se suavizó y domeñó con
la justificación y mansedumbre de su rey, sino que también
las ciudades circunvecinas, como si de allá inspirara en
ellas un aura suave y un soplo saludable sintieron un principio
de mudanza; y deseosas de benevolencia y de paz, a nada más
aspiraron que a cultivar la tierra, criar sus hijos en reposo
y venerar a los Dioses. Las fiestas, las danzas, los hospedajes
y los agasajos de unos a otros, que sin miedo se reunían,
fueron la suerte de toda la Italia, como si de la fuente de la
sabiduría de Numa corriese hacia todos lo honesto y lo
justo, y como si su serenidad se extendiese a todas partes; de
manera que aun no alcanzaron a pintar aquel estado las hipérboles
poéticas de los que dicen: Su tela hace la araña
en los paveses, y se cubren de orín lanzas y espadas: no
se oye el son de la guerrera trompa, ni de los ojos huye el blando
sueño; pues no se cuenta que hubiese habido ni guerra ni
inquietud alguna sobre mudanza de gobierno en el reinado de Numa,
ni tampoco enemistad alguna contra él, ni envidia ni asechanzas,
ni sedición por codicia de reinar; de manera que, bien
fuese miedo de un hombre sobre el que parece velaban los Dioses,
o respeto a la virtud o fortuna particular, gobernada por algún
genio que conservaba su vida libre y pura de todo mal, vino a
ser ejemplo y argumento de aquella sentencia que mucho tiempo
después se atrevió a pronunciar Platón acerca
del gobierno: que no hay descanso para los hombres, ni cesación
de sus males, si no sucede por una feliz casualidad que la autoridad
regia se junte con una razón cultivada por la filosofía,
para que haga que la virtud triunfe del vicio. Dichoso, pues,
el hombre verdaderamente prudente, y dichosos los que obedecen
los sabios preceptos que salen de unos prudentes labios; porque
será muy raro que aquel necesite usar de fuerza ni de amenazas,
y más bien éstos, viendo la virtud misma en el ejemplar
manifiesto y en la ilustre vida del que manda, voluntariamente
se harán moderados, y se ajustarán a una vida irreprensible
y dichosa por el amor y benevolencia hacia ellos, acompañados
de justicia y modestia, que es el término más glorioso
del mando; y entre todos el ánimo más propiamente
regio es el que pueda producir esta conducta y esta disposición
en los súbditos: a lo que parece haber atendido Numa más
que otro alguno.
XXI. Acerca de sus hijos y de sus matrimonios hay diversidad
de opiniones entre los historiadores; porque algunos dicen que
ni estuvo casado con otra que con Tracia, ni fue padre sino de
una sola hija llamada Pompilia; pero otros además de ésta
le dan cuatro hijos, a saber: Pompón, Pino, Calpo y Mamerco,
de los cuales dejó cada uno la sucesión de una casa
y de una gente distinguida: porque de Pompón descienden
los Pomponios; de Pino, los Pinarios; de Calpo, los Calpurnios,
y de Mamerco, los Mamercos; a todos los cuales por esto les quedó
el sobrenombre de Reges, que viene a ser Reyes. Mas hay otra tercera
sentencia de los que acusan a aquellos historiadores de haber
querido congraciarse con estas gentes, formando árboles
falsos de la descendencia de Numa, y dicen que Pompilia no fue
hija de Tacia, sino de otra segunda mujer con quien casó
siendo ya rey, llamada Lucrecia. En lo que convienen todos es
en que Pompilia casó con Marcio, el cual era hijo de aquel
Marcio que exhortó a Numa a que admitiese el reino; porque
se trasladó a Roma con él, donde fue elevado a la
dignidad de senador; y como compitiendo con Hostilio, por la muerte
del mismo Numa en la contienda sobre el reino fuese vencido de
aquel, se quitó a sí mismo la vida; pero su hijo
Marcio, casado con otra Pompilia, permaneció en Roma y
tuvo en hijo a Anco Marcio, que reinó después de
Tulio Hostilio. Dejó a este Numa de cinco años al
tiempo de su muerte, la que no fue repentina ni pronta, sino que
poco a poco, como escribió Pisón, le fueron consumiendo
la vejez y una lenta enfermedad, habiendo muerto en la edad de
poco más de ochenta años.
XXII. Hicieron también ilustre su vida con las mismas
exequias los pueblos aliados y amigos, concurriendo a ellas con
públicas ofrendas y coronas; llevaban el féretro
los patricios, y le acompañaban y seguían los sacerdotes
de los Dioses; y luego después venía una inmensa
muchedumbre, mezclados mujeres y niños, y no como en el
entierro de un rey anciano, sino que, como si cada uno hubiese
perdido la persona más cara en la flor de la edad, así
era el llanto y el clamor de todos. No pusieron el cadáver
en hoguera por haberlo prohibido él mismo, según
se dice, sino que se hicieron dos cajas de piedra, que se colocaron
en el Janículo, de las cuales la una contenía el
cuerpo, y la otra los libros sagrados que él mismo había
escrito, al modo que los legisladores griegos sus tablas, enseñando
en vida a los sacerdotes lo que contenían, e inspirándoles
el hábito y la sentencia de todo; pero a su muerte mandó
que se sepultasen con su cuerpo, porque no estaba bien que a unas
letras muertas se confiaran tales misterios. Conducidos de este
mismo raciocinio los Pitagóricos, no ponían por
escrito su doctrina, sino que sin escritura pasaban su memoria
y enseñanza a los que contemplaban dignos; y como su tratado
sobre los métodos que llaman en geometría oscuros
e inexplicables se hubiese comunicado a uno que no era de aquellos,
dijeron haber manifestado el genio que con un castigo grande y
general vengaría aquella transgresión e irreverencia.
Así, merecen indulgencia los que con tales caracteres de
semejanza se empeñan en hacer coincidir en un mismo tiempo
a Numa y a Pitágoras. Ancias dice que de los libros puestos
en la caja, doce fueron hierofánticos, y otros doce de
filosofía griega. Pasados unos cuatrocientos años,
siendo cónsules Publio Cornelio y Marco Bebio, sobrevinieron
grandes lluvias, y, abriéndose una sima, la corriente levantó
las cajas; y quitadas las losas que las cubrían, la una
se halló enteramente vacía, sin que tuviese parte
ni resto alguno del cuerpo; pero, habiéndose hallado escritos
en la otra, se dice que los leyó Petilio, entonces pretor,
y que habiendo hecho entender al Senado con juramento que sería
ilícito y sacrílego el que lo escrito se divulgase,
se llevaron los libros al Comicio, y allí se quemaron.
Comúnmente sucede a todos los hombres justos y virtuosos
que gozan de mayor alabanza a la postre después de su muerte,
porque la envidia no sobrevive mucho tiempo, y aun a veces se
extingue durante su vida; pero la gloria de Numa aun tuvo otra
cosa que la hizo más brillante, y fue la suerte que cupo
a los reyes sus sucesores; porque de cinco que fueron los que
hubo después de él, el último, arrojado del
imperio, acabó sus días en un destierro; de los
otros tres, ninguno murió de muerte natural, sino que todos
tres acabaron muertos a traición; y Tulo Hostilio, que
reinó inmediatamente después de Numa, habiendo escarnecido
y desacreditado sus más loables instituciones, y más
especialmente las relativas a la piedad, como propias de holgazanes
y de mujeres, inclinó a sus ciudadanos a la guerra; y con
todo no pudo perseverar en esta su osadía, sino que, habiéndosele
trastornado el juicio de resulta de una grave y complicada enfermedad,
se entregó a una superstición muy poco conforme
con la religión de Numa; contagio que en mayor grado todavía
hizo contraer a los demás, con haber muerto, según
se dice, abrasado de un rayo.
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