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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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OTÓN
I. Al día siguiente, de mañana,
subiendo el nuevo emperador al Capitolio, ofreció en él
un sacrificio, y haciendo llamar a Mario Celso, lo abrazó
y le habló con la mayor benignidad, exhortándole
a que pusiera más cuidado en borrar de la memoria la causa
de su detención que en retener el beneficio de la soltura.
Respondióle Celso, no sin dignidad ni sin reconocimiento,
porque le dijo que su modo de pensar lo manifestaba el delito
mismo, habiendo sido su culpa mantenerse leal a Galba, a quien
ningún beneficio debía, con lo que quedaron muy
complacidos de ambos los que se hallaron presentes, y las tropas
los aplaudieron. En el Senado, cuanto dijo fue muy popular y humano;
para el tiempo que le restaba de su consulado, nombró a
Verginio Rufo; a los designados por Nerón y Galba, a todos
les guardó sus consulados; con los sacerdocios honró
a los más ancianos o a los de mayor opinión; y a
los senadores desterrados por Nerón, que habían
vuelto en tiempo de Galba, les restituyó cuanto estaba
por vender de los bienes de cada uno. Con esto, los más
principales y honrados ciudadanos, que al principio se habían
horrorizado, pareciéndoles que no era un hombre, sino un
castigo o un mal genio el que de repente les había venido,
empezaron a dar entrada a lisonjeras esperanzas en cuanto aquel
reinado que así se les sonreía.
II. Mas nada fue de tanto placer para todos ni le ganó
tanto las voluntades como lo ejecutado con Tigelino, pues nadie
se hacía cargo de que estaba suficientemente castigado
con el medio mismo de un castigo que la ciudad estaba exigiendo
continuamente como una deuda pública y mi las insufribles
enfermedades que padecía. Los hombres de juicio, además,
tenían en él por el último suplicio, equivalente
a muchas muertes, sus torpezas y liviandades abominables con inmundas
ramerillas, a que todavía le arrastraba su disolución
y desarreglo; pero, con todo, a la muchedumbre le era siempre
de sumo disgusto que todavía viese el sol un hombre después
de tantos como por él no lo veían. Envió,
pues, un comisionado contra él a sus campos de Sinuesa,
donde entonces residía con barcos prevenidos para retirarse
más lejos. Intentó, no obstante, corromper a fuerza
de oro al enviado, y no habiéndolo conseguido, no por eso
dejó de hacerle presentes, rogándole que esperara
mientras se afeitaba; y tomando la navaja, se cortó a sí
mismo el cuello.
III. Habiendo dado al pueblo este justo placer el nuevo César,
jamás por sí mismo se acordó de vengar sus
ofensas particulares, y mostrándose afable y benigno a
todos, al principio no rehusó el que en los teatros le
apellidaran Nerón, y habiendo algunos colocado en sitios
públicos estatuas de Nerón, no lo prohibió
o se opuso a ello; y aun refiere Cluvio Rufo que a España
se enviaron despachos de los que se dan a los correos, en los
que el sobrenombre de Nerón estaba añadido al de
Otón. Mas como llegase a entender que los hombres de juicio
y de opinión se disgustaban de ello, lo dejó enteramente.
Con ser ésta la ordenación que se propuso de gobierno,
los pretorianos se le hacían molestos, previniéndole
continuamente que no se fiase, que se guardase y apartase de sí
a los hombres de cierto crédito, bien fuera, porque al
efecto les hiciese temer, o bien porque se valiesen de este pretexto
para alborotar y mover disensión. En ocasión, pues,
en que enviaba a Crispino a traer de Ostia la cohorte decimaséptima,
como Crispino tomase sus disposiciones todavía de noche
y pusiese las armas en unos carros, los más osados empezaron
a gritar que Crispino no tenía sana intención, y
que, maquinando el Senado novedades, aquellas armas se llevaban
contra el César, no en su favor. Corrió esta voz,
y, sirviendo de incentivo, unos se arrojaron sobre los carros
y otros dieron muerte a dos centuriones que quisieron contenerlos
y al mismo Crispino. Todos ellos se armaron, y excitándose
unos a otros a ir en socorro del César, entraron en Roma,
e informados de que tenía a cenar a ochenta del Senado,
corrieron al palacio, diciendo que aquel era el momento oportuno
de acabar con todos los enemigos del César. La ciudad,
como si fuese en aquel punto a ser saqueada, se conmovió
toda, y en el palacio mismo todo se volvía confusión
y carreras, viéndose Otón en la mayor perplejidad,
porque mientras temía por los senadores, él mismo
les era temible y los veía que tenían en él
fijos los ojos, estando inmóviles y sobrecogidos de temor;
algunos de ellos habían llevado sus mujeres consigo. Envió,
pues, a los prefectos quien les diera la orden de que hablaran
a los soldados y los sosegaran, y al mismo tiempo, haciendo levantar
de la mesa a los convidados, los despidió por otra puerta,
siendo muy poco lo que con la fuga se anticiparon a los pretorianos,
que penetraron ya en el cenador preguntando qué se habían
hecho los enemigos del César. Entonces, puesto de pie delante
de su escaño, les habló largamente para tranquilizarlos,
y a fuerza de ruegos y aun de lágrimas consiguió,
por fin, aunque no sin dificultad, que se retirasen. Hízoles
al día siguiente el donativo de mil doscientas cincuenta
dracmas por plaza, y entrando en el campamento se manifestó
complacido del amor y buena voluntad que, en general, le tenían;
y diciendo que sólo se ocultaban allí unos pocos
malintencionados que desacreditaban su moderación y la
buena disposición de los demás, les rogaba que lo
sintieran con él y le ayudaran a castigarlos. Aplaudiendo
todos e inflamándole se prendió sólo a dos,
cuyo castigo no había de ser sentido de nadie, y con él
se dio por satisfecho.
IV. Los que desde luego le eran aficionados y tenían confianza
en él hablaban admirados de esta mudanza; pero otros no
veían en estas cosas más que una política
necesaria en el momento, a fin de adquirir popularidad para la
guerra. Porque ya se sabía de positivo que Vitelio había
tomado la dignidad y el poder de emperador, y continuamente llegaban
correos con noticia de que se le agregaba alguna fuerza más.
Para eso otros anunciaban que los ejércitos de la Panonia,
la Dalmacia y la Misia, con sus generales, habían elegido
a Otón, y al cabo de poco vinieron cartas favorables de
Muciano y Vespasiano, que tenían poderosos ejércitos,
aquel en la Siria y éste en la Judea. Engreído de
ánimo con estas nuevas, escribió a Vitelio amonestándole
a que sólo pensara en su regalo, proponiéndole que
le daría bienes y una ciudad donde pudiera con reposo vivir
cómoda y alegremente. Contestóle éste por
el mismo estilo con cierta burla, al principio templadamente;
pero irritados después, se escribieron mil insolencias
y dicterios, no con falta de verdad, pero sí con falta
de juicio, y de un modo que daba que reír, cuando el uno
motejaba al otro de vicios que eran comunes a ambos. Porque en
cuanto a desarreglo, molicie, impericia en las cosas de la guerra,
pobreza antes e inmensas deudas después, sería bien
difícil discernir cuál de los dos estaba menos tiznado
de estos vicios. Dícese que ocurrieron señales y
apariciones, pero, fuera de la siguiente, las demás se
fundan en relaciones ambiguas o que no tienen autor cierto. En
el Capitolio había una Victoria que regía un carro,
y todos vieron las riendas aflojadas de las manos, como que no
podía tenerlas. En la isla que hay en medio del río,
la estatua de Gayo César, sin preceder ni terremoto ni
viento, se volvió del occidente al oriente, lo que dicen
sucedió en aquellos días en que Vespasiano se apoderó
ya abiertamente de la autoridad. También lo ocurrido con
el Tíber se tuvo comúnmente por señal infausta,
pues aunque era el tiempo en que los ríos tomaban más
agua, nunca antes había subido tanto ni causado tantas
ruinas y destrozos, extendiéndose e inundando una gran
parte de la ciudad, especialmente la plaza donde venden el trigo,
de tal manera que por muchos días hubo grande escasez.
V. Cuando ya se anunció que Cecina y Valente, generales
de Vitelio, ocupaban los Alpes, en Roma Dolabela, uno de los patricios
dio sospechas a los pretorianos de que pensaba en novedades. Contentóse,
pues, fuese por temerle a él o a otro, con enviarle la
ciudad de Aquino, Inspirándole por lo demás confianza.
Eligiendo entre los magistrados los que habían de ir con
él a campaña, nombró por uno de ellos a Lucio,
hermano de Vitelio, sin quitar ni añadir nada a los honores
con que se hallaba condecorado. Tomó especial cuidado de
la madre y la mujer de Vitelio, haciéndoles entender que
nada tenían que recelar. Nombró prefecto de la ciudad
a Flavio Sabino, hermano de Vespasiano, ya lo hiciese en honor
de Nerón, porque de éste habla recibido Sabino este
cargo, que después le quitó Galba, o ya quisiese
dar pruebas a Vespasiano de su afecto y confianza, adelantando
a Sabino; él, por su parte, se quedó en Brixelo,
ciudad de la Italia sobre el Po. De generales de los ejércitos
envió a Mario Celso y Suetonio Paulino, y, además
de éstos, a Galo y Espurina, varones muy principales, pero
que no podían en los negocios obrar según su propio
dictamen, como lo había creído, por la insubordinación
e insolencia de los soldados, que se desdeñaban de obedecer
a otros, estando engreídos con que a ellos les debla el
emperador su autoridad. No era tampoco del todo sano el estado
de los soldados enemigos, ni éstos más dóciles
y obedientes a sus caudillos, sino atrevidos y soberbios por la
misma causa; pero siquiera tenían experiencia de la guerra,
y no huían del trabajo, por estar acostumbrados a él,
mientras que éstos, por el ocio y por su vida pacífica,
eran muelles, habiendo por lo más pasado el tiempo en teatros
y fiestas, y llenos de orgullo y altanería afectaban desdeñar
el servicio, porque no les está bien, y no porque no pudieran
sufrirle. Espurina, que quiso obligarlos a él, estuvo muy
expuesto a que le quitaran de en medio; por descontado, no hubo
insulto e insolencia a que no se propasasen, llamándole
traidor y destructor de los intereses y negocios del César,
y algunos, poseídos del vino, se presentaron de noche en
su tienda, pidiéndole la paga de marcha, porque tenían
que ir donde estaba el César para acusarle.
VI Sirvió mucho para los negocios y para Espurina el insulto
hecho a este mismo tiempo a sus soldados en Placencia; porque
los de Vitelio llegándose a las murallas, motejaban a los
de Otón de que se resguardaban con las fortificaciones,
llamándolos gente de teatro y pantomima, espectadores de
juegos típicos y olímpicos, pero inexpertos en la
guerra y la milicia, de las que no tenían idea, estando
muy ufanos con haber cortado la cabeza a un anciano desarmado,
diciéndolo por Galba, pero sin tener ánimo para
presentarse a combatir y pelear con hombres a cuerpo descubierto.
Porque fue tanto lo que con estos baldones se irritaron e inflamaron,
que corrieron a Espurina, rogándolo que dispusiera de ellas
y les mandara lo que gustase, pues que no habría peligro
o trabajo a que se negasen. Trabóse, pues, un reñido
combate mural, y, aunque se arrimaron muchas máquinas,
vencieron los de Espurina, rechazando con gran matanza a los contrarios,
y conservaron con gloria una ciudad tan floreciente como la que
más de Italia. Eran, de otra parte, así para las
ciudades como para los particulares, menos molestos los generales
de Otón que los de Vitelio, porque de éstos Cecina
ni en el idioma ni en el traje tenía nada de romano, sino
que chocaba con su desmedida estatura, vestido a lo galo, con
bragas y mangotes, para tratar con alféreces y caudillos
romanos. Su mujer le seguía escoltada de caballería
escogida, yendo a caballo sumamente adornada y compuesta. Fabio
Valente, el otro general, era tan dado a atesorar, que ni los
saqueos de los enemigos ni los robos y cohechos de los aliados
habían bastado a saciar su codicia; y aun parecía
que por esta causa marchaba lentamente y se habla atrasado en
términos de no haber podido hallarse en la primera acción,
aunque otros culpan a Cecina de que por apresurarse a hacer suya
la victoria antes que aquel llegase, además de otros menores
yerros en que incurrió, dio fuera de tiempo la batalla,
y peleando flojamente en ella, estuvo en muy poco que no lo perdiese
todo.
VII. Como, rechazado Cecina de Placencia, fuese a acometer a
Cremona, otra ciudad grande y opulenta, el primero que acudió
a Placencia en auxilio de Espurina fue Annio Galo; pero habiendo
sabido en el camino que los placentinos habían quedado
victoriosos, y que los que estaban en riesgo eran los de Cremona,
partió allá con sus tropas y, puso su campo muy
cerca de los enemigos, y además cada uno de los otros caudillos
procuró socorrer al general. Emboscó Cecina gran
parte de su infantería en terrenos quebrados y frondosos,
dando orden a la caballería de que avanzase, y cuando le
acometiesen los enemigos se retirase poco a poco, simulando fuga,
hasta que, atraídos de esta manera, les metiese en la celada;
pero unos desertores lo revelaron a Celso, y, saliendo al encuentro
a aquellos con sus mejores caballos, con hacer la persecución
cautelosamente desconcertó y rodeó a los de la emboscada,
llamando entonces de los reales a su infantería; y si ésta
hubiese acudido a tiempo, parece que no habría quedado
ninguno de los enemigos, sino que todo el ejército de Cecina
hubiera sido deshecho y arruinado a haber concurrido aquella al
alcance, mientras que ahora, habiendo auxiliado Paulino tarde
y lentamente, incurrió en la censura de no haberse portado
como su fama lo exigía por sobrada circunspección.
La turba de los soldados hasta de traición le acusaba,
y ensoberbecidos irritaban a Otón, porque, habiendo ellos
vencido en cuanto estaba de su parte, la victoria se había
malogrado por maldad de los jefes. Otón no tanto les daba
crédito como quería dar a entender que no se le
negaba. Envió, pues, a los ejércitos a su hermano
Ticiano y al prefecto Próculo, que era el que, en realidad,
tenía todas las facultades, teniendo Ticiano la apariencia.
Celso y Paulino, por otra parte, llevaban el nombre de amigos
y consejeros, sin tener en los negocios ninguna autoridad ni poder.
Andaban también revueltas en tanto las cosas entre los
enemigos, con especialidad en el ejército de Valente, y
recibida la noticia de la batalla de la emboscada, se quejaban
sus soldados de no haberse hallado en ella y defendido a los suyos,
de los que tantos murieron. Con dificultad los aplacó y
retrajo del intento de apedrearle, y, levantando el campo, los
llevó a unirse con los de Cecina.
VIII. Otón pasó al campamento establecido en Bedríaco,
que es una aldea inmediata a Cremona, y deliberaba sobre la batalla,
acerca de la cual a Próculo y Ticiano les parecía
que, estando tan animadas las tropas con la reciente victoria,
se combatiera, desde luego, sin dar lugar a que con la inacción
se embotara el vigor del ejército, ni aguardar a que el
mismo Vitelio llegara de las Galias. Mas Paulino decía
que los enemigos tenían ya para la contienda todo cuanto
podían juntar, sin que les quedase nada más, y que
Otón podía esperar de la Misia y Panonia otras tantas
fuerzas como las que allí tenía si quería
aprovechar su oportunidad propia y no favorecer la de los enemigos;
porque no estarían menos prontos los que con los pocos
se arriscaban cuando les llegara mayor número de combatientes,
sino que pelearían con mayor confianza; fuera de esto,
que la dilación les era favorable estando abundantes de
todo, cuando el tiempo había de acarrear penuria y escasez
de lo más necesario a los de Vitelio, que se hallaban en
país enemigo. A este parecer de Paulino accedió
Mario Celso; Annio Galo no asistió al consejo, porque estaba
curándose de una caída del caballo; pero habiéndole
escrito Otón, le aconsejó que no convenía
apresurarse, sino esperar las tropas de la Misia, que estaban
ya en camino. Mas no fue esto lo que adoptó, sino que prevalecieron
los que incitaban a la batalla.
IX. Aléganse por otros para esta determinación
otras muchas causas. Por descontado, los llamados pretorianos,
que constituían la guardia, probando entonces lo que era
la milicia, y echando de menos aquellas diversiones y aquella
vida de Roma, exenta de los trabajos de la guerra y pasada en
espectáculos y fiestas, no podían contenerse, y
todo se les iba en dar prisa para la batalla, creídos de
que habían de llevarse de calle a los enemigos. El mismo
Otón parece que no estaba muy a prueba de incertidumbres,
ni sabía, por falta de uso y por su vida muelle, aguantar
la consideración repetida de los peligros; por lo que,
oprimido del cuidado, se apresuraba a despeñarse a ojos
cerrados como de un precipicio a lo que quisiera hacer la suerte,
explicándolo de esta misma manera Segundo el orador, que
era su secretario de cartas. Otros cuentan que muchas veces estuvieron
tentados ambos ejércitos para juntarse y de común
acuerdo elegir el mejor entre los caudillos que allí tenían,
y si esto no podía ser, convocar al Senado y dejarle la
elección. Y no es inverosímil que, no teniendo opinión
ninguna de los dos proclamados emperadores, a los soldados de
buena índole, ejercitados y prudentes, les ocurriese el
pensamiento de que era muy duro y vergonzoso que lo que en otro
tiempo, primero por Sila y Mario, y después por César
y Pompeyo, afligió a los ciudadanos hasta atraerse la compasión,
causando y recibiendo males unos de otros, esto mismo lo repitieran
y aguantaran ahora para hacer que el Imperio fuera pábulo,
o de la glotonería y borrachera de Vitelio, o de la prodigalidad
y liviandades de Otón. Sospechaban, pues, que, habiendo
Celso tenido conocimiento de estos tratados, daba largas con la
esperanza de que las cosas se arreglarían sin batalla y
sin nuevas calamidades, y que, por el contrario, Otón,
temiendo estas resultas, aceleraba la batalla.
X. Regresó a Brixelo, cometiendo un nuevo error, no sólo
en quitar a los combatientes la vergüenza y la emulación
consiguientes al haber de pelear ante sus ojos, sino también
en llevarse consigo para la guardia de su persona los soldados
más valientes y entusiastas, no menos de caballería
que infantería, como quien hace trozos el cuerpo del ejército.
Ocurrió también en aquellos mismos días el
trabarse un combate en el Po, intentando Cecina echar un puente
para pasarlo y peleando los de Otón por estorbárselo.
Cuando vieron que nada adelantaban, pusieron en unos barcos hachones
cubiertos de azufre y pez, y, levantándose viento mientras
hacía la travesía, arrojó aquellos preparativos
a la parte de los enemigos. Empezó primero a salir humo,
y después a alzarse una gran llamarada, con lo que, sobresaltados,
se echaron al río, volcando los barcos, no sin risa de
los enemigos, y quedando a discreción de éstos sus
personas. Los germanos, trabando pelea en una isleta del río
con los gladiadores de Otón, los vencieron, con muerte
de no pocos.
XI En vista de estos sucesos, como los soldados de Otón
que se hallaban en Bedríaco ardiesen en ira por correr
a la batalla, los sacó de allí Próculo y
los acampó a cincuenta estadios, tan necia y ridículamente
que, siendo la estación de la primavera y habiendo alrededor
muchos lugares con abundantes fuentes y ríos perennes,
eran fatigados de la falta de agua. Queriendo al día siguiente
llevarlos a los enemigos, camino nada menos que de cien estadios,
no se lo permitió Paulino, por parecerle que era preciso
dar tiempo y no entrar en acción fatigados, ni enseguida
del viaje venir a las manos con unos hombres armados y puestos
en formación a su vagar, mientras ellos hacían tan
larga marcha mezclados con el bagaje y la impedimenta. Mientras
los generales estaban en esta disputa, llegó, de parte
de Otón, un soldado de caballería de los llamados
númidas, portador de tina carta en que mandaba que no se
anduviese en largas, ni se esperase más, sino que, marcharan
al punto sobre los enemigos. Levantando, pues, el campo, fueron
a cumplir con lo que se les prevenía; Cecina, al saber
su venida, se sobrecogió, y, abandonando a toda prisa las
obras y el río, se encaminó al campamento. Armados
ya en la mayor parte, y recibida la seña de Valente, mientras
se sorteaba el orden de las legiones, adelantaron lo más
escogido de su caballería.
XII. Concibieron los de la vanguardia de Otón, sin saberse
por qué causa, la idea de que iban a pasárseles
los generales de Vitelio; así, apenas estuvieron cerca,
los saludaron amistosamente, dándoles el nombre de camaradas.
Mas como ellos, lejos de recibir afectuosamente la salutación,
respondiesen con enfado y con expresiones propias de enemigos,
sobre los que habían saludado cayó gran desaliento,
y sobre los otros, recelo contra éstos de que su saludo
era una traición; y esto fue lo primero que a todos los
trastornó, cuando ya estaban encima los enemigos. En todo
lo demás hubo asimismo confusión y desorden, porque
el bagaje fue de grande estorbo para los que tenían que
pelear, y el terreno mismo obligaba a perder continuamente la
formación, estando cortado con acequias y hoyos, pues para
salvarlos les era forzoso venir con los enemigos a las manos desordenadamente
y por pelotones. Sólo dos legiones porque éste es
el nombre que dan los romanos a los regimientos de Vitelio, la
Rapaz, y de Otón, la Auxiliadora, habiendo salido a un
terreno despejado y abierto, emprendieron un combate en toda regla
y pelearon en batalla por largo tiempo. Los soldados de Otón
eran hombres robustos y fuertes, pero entonces por la primera
vez hacían experiencia de la guerra y de lo que era una
batalla, y los de Vitelio ejercitados en muchos combates, veteranos
ya y en la declinación del vigor. Embistiéndolos,
pues, los de Otón, los rechazaron y les tomaron un águila,
con muerte de casi todos los de primera fila; pero, rehaciéndose,
cayeron llenos de vergüenza y de ira sobre aquellos, mataron
al legado de la legión, Orfidio, y les tomaron muchas insignias.
Contra los gladiadores, que eran tenidos por diestros y osados
para las refriegas, colocó Alfeno Varo a los llamados Bátavos.
Son éstos los mejores soldados de a caballo de los Germanos,
habitantes de una isla que rodea el Rin. A éstos, muy pocos
de los gladiadores les hicieron frente; los demás, huyendo
hacia el río, dieron con las cohortes enemigas allí
situadas, a cuyas manos, en reñida lid, perecieron todos.
Los que más cobarde e ignominiosamente se condujeron fueron
los pretorianos, pues dando a huir, sin aguardar siquiera a tener
los contrarios delante, esparcieron ya el miedo y el desorden
en los que se conservaban no vencidos, atravesando por en medio
de ellos. Con todo, muchos de los de Otón, que por su parte
vencieron a los que les estaban contrapuestos, se abrieron paso
a viva fuerza por entre los enemigos vencedores y penetraron a
su campamento.
XIII. De los generales, Próculo y Paulino no se atrevieron
ni siquiera a acercarse, sino que más bien se retiraron
por temor de los soldados, que desde luego empezaron a echar la
culpa a los jefes. Annio Galo, dentro de la ciudad, reunía
y procuraba alentar a los que a ella se habían retirado
de la batalla, con decirles que ésta casi había
sido igual, pues había divisiones que habían vencido
a los enemigos; pero Mario Celso, congregando a los que ejercían
cargos, los exhortaba a que miraran por lo que a la patria convenía,
pues en semejante desventura y en tal pérdida de ciudadanos
no podía ser que ni el mismo Otón quisiese, si era
buen Romano, que otra vez se probase fortuna, cuando a Catón
y a Escipión, que después de la batalla de Farsalia
no quisieron ceder a César, se les hacía cargo de
las muertes de tantos excelentes varones como sin necesidad fueron
sacrificados en el África, sin embargo de que entonces
combatían por la libertad de Roma. Porque la fortuna, que
en lo demás trata con igualdad a todos, una sola cosa no
quita a los buenos, que en el discurrir con acierto, aun cuando
hayan sufrido algún descalabro, sobre los sucesos públicos.
Persuadió con este discurso a todos los caudillos, y luego
que después de algunas pruebas y tanteo vieron que los
soldados suspiraban por la paz y que Ticiano se prestaba a que
se hiciera legación para tratar de concordia, les pareció
que los enviados fuesen Celso y Galo para entablar tratos con
Cecina y Valente. En el camino se encontraron con los, centuriones,
que les dijeron que ya tenían en movimiento las tropas
para marchar contra Bedríaco, pero que los generales los
habían mandado a hablarles de conciertos. Alabando Celso
la determinación, les propuso que se volviesen, para ir
juntos todos a tratar con Cecina. Cuando va estuvieron cerca,
se vio Celso en gran peligro, porque hacía la casualidad
que se hubiesen adelantado los de caballería de la emboscada,
y apenas vieron a Celso, que iba el primero, se arrojaron a él
con grande gritería. Pusiéronse los centuriones
de por medio para contenerlos, y gritándoles los demás
cabos que respetaran a Celso; Cecina que lo supo acudió
prontamente, reprimió al punto la demasía de aquellos
soldados, y saludando a Celso con la mayor afabilidad, se fue
con ellos para Bedríaco. En tanto Ticiano, que fue quien
envió los mensajeros, había mudado de propósito,
y a los más resueltos de los soldados los había
colocado sobre las murallas, excitando a los demás a prestar
su auxilio: pero aguijando Cecina con su caballo y alargando la
diestra, nadie hizo resistencia, sino que los unos saludaron desde
el muro a sus soldados y los otros, abriendo las puertas, salieron
a incorporarse con los que venían. Nadie hizo la menor
ofensa, sino que todo era parabienes y abrazos, y al fin todos
juraron a Vitelio y se pasaron a su partido.
XIV. Así es como refieren haber pasado los sucesos de
esta batalla los que en ella se encontraron, reconociendo que
no estaban instruidos en las particularidades de cuanto ocurrió,
por el mismo desorden y por lo extraño del resultado. Caminando
yo, al cabo del tiempo, por el sitio, Mestrio Floro, varón
consular, que había sido del número de los jóvenes
que, no por su voluntad, sino por fuerza, acompañaron a
Otón; me mostró un viejo templo y entonces me refirió
que, yendo allá después de la batalla, vio un montón
de muertos tan alto que tocaba el frontón. Inquiriendo
sobre la causa, decía que no la había encontrado,
ni quien se la declarase, pues si bien en las guerras civiles,
cuando llega el momento de una derrota, es preciso que mueran
muchos más, por no hacerse cautivos, porque no hay para
qué guardar a los que se cogen, para aquel amontonamiento
y hacinamiento no hay ninguna causa racional y probable.
XV. A Otón, al principio, como ordinariamente sucede,
no le llegaba noticia ninguna segura de tamaños acontecimientos;
pero después que se presentaron algunos heridos y los refirieron,
no es muy de admirar que los amigos no le dejasen abatirse, sino
que le dieran ánimo y confianza; más lo que excede
todo crédito fue lo que pasó con los soldados, porque
ninguno se desertó ni se pasó a los vencedores;
no se les vio tratar de su propio interés, desesperadas
ya las cosas de su caudillo, sino que todos sin excepción
fueron a su puerta, y, acercándose, le daban siempre el
título de emperador, se deshacían por él,
le tomaban las manos entre voces y lamentos, se le presentaban,
lloraban y le pedían que no los desamparase ni hiciera
de ellos antes de tiempo entrega a los enemigos, sino que empleara
sus ánimos y sus cuerpos hasta que por él dieran
el último suspiro. Esto le rogaban todos a una voz, y uno
de los más desconocidos, presentando la espada, Sabe
¡oh César!- le dijo- que por ti todos estamos a este
modo prontos y dispuestos, y se pasó con ella. Mas
nada de esto bastó para doblar el ánimo de Otón,
el cual, volviéndose para todas partes con rostro sereno
y placentero: Este díales dijo- ¡oh camaradas!
es para mí mucho más feliz que aquel en que por
primera vez me saludasteis, viéndoos ahora cuales os veo,
y siendo para vosotros objeto de tales demostraciones; pero no
me privéis de la mayor satisfacción y honor, que
es el morir honrosamente por tantos y tan apreciables ciudadanos.
Si he sido digno del Imperio, corresponde que dé la vida
por la patria: sé que la victoria no es cierta ni segura
para los enemigos; dícese que nuestro ejército de
la Misia se halla a pocas jornadas, habiendo bajado al Adriático
el Asia, la Siria, el Egipto: los ejércitos que hacen la
guerra a la Judea están con nosotros, y en nuestro poder,
el Senado y los hijos y mujeres de nuestros contrarios: pero esta
guerra no es contra Aníbal, contra Pirro o los Cimbros
por la posesión de la Italia, sino de Romanos contra Romanos,
y unos y otros, vencedores y vencidos, somos injustos contra la
patria, porque el bien del vencedor es para ella una calamidad.
Creed que es mucho más hacedero morir con gloria que imperar,
porque no veo que pueda ser de tanta utilidad a los Romanos quedando
vencedor como sacrificándome ahora por la paz y la concordia,
y porque la Italia no vuelva a ver otro día como éste.
XVI Dicho esto, rechazó a los que todavía insistían
y el rogaban, y encargó a los amigos que vieran de ganar
la gracia de Vitelio, y lo mismo a los senadores que allí
se hallaban. A los ausentes y a las ciudades les escribió
para que abrazaran aquel partido con honor y seguridad. Hizo llamar
a su sobrino Coceyo, jovencillo todavía, y lo exhortó
a tener buen ánimo y no temer a Vitelio, pues que él
había salvado a la madre de éste, sus hijos y su
mujer, cuidando de ellos como si fueran sus deudos. Decíale
que, siendo su ánimo prohijarle, por esto mismo lo había
dejado para más adelante, y que tuviera presente que, siendo
ya César, había dilatado la adopción para
que imperara con él si era vencedor, y no se malograse
si fuese vencido. Te prevengo, hijo mío -añadió-,
por último encargo, que ni enteramente olvides ni te acuerdes
demasiado de que has tenido un tío César.
Acabado esto, de allí a bien poco oyó alboroto y
gritería a la puerta, y era que los soldados a los senadores
que iban a salir les hacían amenazas de muerte si no se
estaban quietos, y si, abandonando al emperador, pensaban en retirarse.
Salió, pues, otra vez, temiendo por ellos, y ya no con
blandura ni en aire de ruego, sino con enojo e ira, miró
a los soldados, especialmente a los alborotadores, mandándoles
marcharse de allí, y ellos callaron y obedecieron.
XVII. Era ya entrada la noche, y como tuviese sed bebió
un poco de agua: tomó luego en la mano dos espadas, y habiendo
estado examinando sus filos largo rato, volvió la una de
ellas, y la otra se la guardó debajo del brazo. Hizo llamar
a sus esclavos, y habiéndoles hablado con el mayor cariño,
repartió entre ellos el caudal que tenía, a cuál
más y a cuál menos, no como quien es liberal con
lo ajeno, sino atendiendo cuidadosamente al mérito y a
la proporción de él. Despidiólos y reposó
lo que restaba de la noche, en términos que sus camareros
le sintieron dormir profundamente. Al amanecer, llamando al liberto
por quien había corrido el cuidado de los senadores, le
dio orden de informarse sobre ellos; y volviendo con la respuesta
de que al marchar a cada uno se le había asistido con lo
que había menester: Pues vete tú también-
le dijo- y haz de modo que te vean los soldados si no quieres
recibir de ellos la muerte porque piensen que has cooperado a
la mía. Luego que el liberto salió, puso recta
la espada, teniéndola con ambas manos, y dejándose
caer sobre ella, no sintió más dolor que cuanto
suspiró una sola vez, dando a los de la parte de afuera
indicio del suceso. Levantaron gran lamento los de su familia,
y al punto se hizo el lloro general en el campamento y en toda
la ciudad, y los soldados corrieron con gritería a la casa,
haciendo exclamaciones y prorrumpiendo en quejas y acriminaciones
contra sí mismos, porque no habían sabido guardar
a su emperador ni impedirle que muriera por ellos. Ninguno de
los que se habían quedado con él desertó,
con estar tan cerca los enemigos, sino que, adornando el cuerpo
y levantando una pira, le llevaron a ella armados, mostrándose
muy gozosos los que pudieron adelantarse a poner el hombro y alzar
el féretro. De los demás, unos se arrojaban sobre
el cadáver y besaban la herida, otros le cogían
las manos y otros le veneraban de lejos. Algunos hubo que, dejando
las antorchas sobre la hoguera, se quitaron la vida, sin que se
supiese que habían recibido del muerto algún beneficio
o que tenían motivo para temer algún grave mal del
vencedor; de modo que, a lo que se ve, jamás hubo tirano
o rey de quien se apoderase un tan violento y furioso amor de
mandar como el que aquellos soldados tenían de ser mandados
y de obedecer a Otón, pues que ni después de muerto
los desamparó el sentimiento de su pérdida, que
paró en un odio intolerable contra Vitelio.
XVIII. Lo demás de este caso tiene su tiempo propio, en
que habrá de referirse; cubriendo, pues, bajo de tierra
los despojos de Otón, no le hicieron un sepulcro que pudiera
ser envidiado o por su mole o por lo arrogante de la inscripción.
Vi, hallándome en Brixelo, un monumento sencillo y una
inscripción, que traducida es en esta forma: A los
manes de Marco Otón. Murió a los treinta y
siete años de edad y a los tres meses de imperio, dejando
escritores que celebrasen su muerte no inferiores ni en número
ni en autoridad a los que reprenden su vida, porque en ésta
no fue mejor en nada que Nerón, y su muerte fue más
noble y generosa. Los soldados, como Polión, el otro prefecto,
les diese orden de que jurasen a Vitelio, lo rehusaron; mas, sabiendo
que se hallaban allí algunos del Senado, a los demás
los dejaron en paz, y sólo pusieron en apuro a Verginio
Rufo, yendo armados a su casa, excitándole y exhortándole
de nuevo a que tomase el Imperio o fuese a interceder por ellos;
pero teniendo a locura tomar el Imperio de unos vencidos, cuando
lo había rehusado de los mismos siendo vencedores, y temiendo
el ir de legado a los Germanos, que se quejaban de que los había
forzado a hacer muchas cosas contra su voluntad, sin que se tuviera
de ellos noticia, se marchó por otra puerta. Cuando los
soldados se vieron así burlados, se prestaron a los juramentos
y se unieron a los de Cecina, habiendo obtenido antes el perdón.
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