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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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PELÓPIDAS
I. Catón el mayor, como algunos celebrasen
desmedidamente a un hombre de arrojado y atrevido en las cosas
de la guerra, les advirtió que había gran diferencia
entre tener en mucho la virtud y tener en poco el vivir; perfectísimamente
a mi entender. Militaba con Antígono un varón muy
resuelto, pero endeble y flaco de cuerpo; preguntóle, pues,
el rey la causa de estar descolorido, y le confesó que
padecía una enfermedad oculta. El rey, manifestándole
su aprecio, dio orden a los médicos para que no omitiesen
nada en su asistencia y remedio; pero curado por esta diligencia
aquel valiente, ya no era arrojado ni pronto en los combates,
tanto, que Antígono se lo echó en cara, admirándose
de semejante mudanza; él no le negó la causa, diciéndole:
Tú ¡oh rey! eres quien me has hecho menos determinado
librándome de aquellos males por los que menospreciaba
la vida. A este mismo propósito dijo un Sibarita,
hablando de los Esparcíatas, que no hacían mucho
en morir en la guerra para salir de tanto trabajo y de tan mal
trato como se daban. Mas si entre los Sibaritas, ennoblecidos
con el regalo y el deleite, de los que por celo y amor de la virtud
no temían la muerte podía decirse con razón
que aborrecían la vida, para los Lacedemonios era acto
de virtud el vivir y el morir con ánimo alegre, según
aquel epicedio: Porque, según se dice, mueren éstos
no reputando un bien la vida o muerte; sino el que la virtud presida
a entrambas: pues ni el evitar la muerte es reprensible, cuando
no se quiere vivir afrentosamente, ni el exponerse a ella es laudable,
si se hace por tener en poco el vivir. Así, Homero, a los
varones osados y belicosos, los hace siempre salir bien armados
y defendidos a los combates, y los legisladores de los Griegos
castigan al que pierde el escudo y no al que, arroja la espada
y la lanza; enseñando con esto que primero es no recibir
daño que causarlo a los enemigos, y que esto es lo que
cada uno debe tener presente; pero en especial el que manda en
una ciudad o en un ejército.
II. Porque si, como discurría Ifícrates, las tropas
ligeras dicen semejanza con las manos, la caballería con
los pies, el grueso del ejército con el pecho y el torso
todo, y el general con la cabeza, arriesgándose éste
temerariamente no parecería que se olvidaba de sí
mismo solamente, sino de todos, que tienen en él librada
su salud, y al contrario. Así, Calicrátidas, aunque
hombre grande en todo lo demás, no tuvo razón en
la respuesta que dio al Agorero; rogábale éste que
se guardara de la muerte que le denunciaban las víctimas,
y él le contestó que no pendía Esparta de
uno solo: pues, peleando, navegando y siendo mandado, Calicrátidas
no era más que uno; pero de general, tomando sobre sí
la suerte de todos, ya no era uno sólo aquel con quien
tan grandes intereses iban a perderse. Mejor lo hizo Antígono
el mayor cuando, al trabarse el combate naval cerca de Andro,
diciéndole uno que eran muchas más las naves de
los enemigos, pues qué- le replicó-, ¿no
te haces cargo que yo valgo por muchas? ¡Grande ornamento
del mando quien con destreza y virtud hace lo que se ha propuesto,
y cuya atención primera es salvar al que ha de salvarlo
todo! Por tanto, juiciosamente, Timoteo, como Cares mostrase un
día a los Atenienses algunas cicatrices en su cuerpo y
el escudo pasado de una lanzada, pues yo- les dijo- estoy
muy avergonzado de que cuando tenía sitiada a Samo me hubiese
caído muy cerca un dardo, porque me conduje más
juvenilmente de lo que correspondía a un general que tenía
bajo su mando tantas tropas. Porque cuando va un grande
interés en que se arriesgue el general, entonces está
muy bien que trabaje y lo ponga todo en el tablero sin ningún
miramiento, enviando noramala a los que le vengan con el refrán
de que el buen general debe morirse de vejez, o a lo menos morir
viejo; pero cuando es de poca importancia lo que se ha de sacar
del vencimiento, y todo se pierde si el general cae, entonces
nadie debe pretender de éste una hazaña peligrosa,
que sería más bien de un soldado raso. Me ha parecido
oportuno empezar por estas advertencias cuando voy a escribir
las vidas de Pelópidas y Marcelo, varones eminentes, pero
que perecieron por inconsideración; pues con ser ambos
muy denodados en el pelear, ornamento uno y otro de su patria
por sus brillantes mandos, y opuestos a los más terribles
contendores, siendo éste, según se dice, el primero
que quebrantó a Aníbal, y habiendo aquel vencido
en batalla campal a los Lacedemonios que dominaban en tierra y
en mar, expusieron su vida con temerario arrojo por no haber tenido
de sí mismos la debida cuenta, precisamente en el momento
en que más necesidad había de su conservación
y de su mando, que es por lo que, llevados de esta semejanza,
hemos puesto en cotejo las vidas de ambos.
III. La familia de Pelópidas, hijo de Hipoclo, era, como
la de Epaminondas, de las más ilustres de Tebas. Crióse
con las mayores conveniencias, y, entrando todavía joven
en la administración de una casa opulenta, se dedicó
desde luego a dar socorros a los necesitados que contemplaba dignos,
para ser verdaderamente dueño y no esclavo de las riquezas,
pues la mayor parte de los hombres, como dice Aristóteles,
o no usan de las riquezas, por avaricia, o abusan por desarreglo,
y así como éstos se ve que son esclavos del regalo
y los deleites, aquellos lo son de la vigilancia y el cuidado.
Los socorridos, pues, se valieron con reconocimiento de la liberalidad
y humanidad que en Pelópidas encontraban; sólo de
Epaminondas no pudo recabar que disfrutase de su riqueza, sino
que, a la inversa, él participó de la escasez de
éste en lo pobre del vestido, en la frugalidad de la mesa
y en la tolerancia de los trabajos, complaciéndose en su
propia sencillez al frente del ejército, a la manera del
Capaneo de Eurípides, que, con tener muchos bienes, no
hacía alarde de su opulencia, sino que se hubiera avergonzado
de dar indicios de que para su persona hacía más
gasto que el menos favorecido de la Fortuna entre los Tebanos.
Pues con serle ya a Epaminondas familiar y hereditaria la pobreza,
hízola todavía más tolerable y ligera, entregándose
a la filosofía y eligiendo desde luego el estado de célibe;
Pelópidas, aunque había hecho una boda brillante
y tenía hijos, no por eso dejó de distraerse del
cuidado de su hacienda, con lo que, y con ocupar todo el tiempo
en la causa pública, disminuyó su patrimonio; como
los amigos se lo reprendiesen, diciéndole que hacía
mal en mirar con abandono una cosa tan precisa como el tener caudal,
sí, a fe mía- les respondió-, para
aquel infeliz de Nicodemo, mostrándoles a uno que
era cojo y ciego.
IV. Eran formados de un mismo modo para toda especie de virtud,
sino que Pelópidas era más dado a los ejercicios
de la palestra, y Epaminondas a los de la doctrina: así,
en los ratos de ocio, aquel se empleaba en la lucha y en la caza,
y éste en oír a los sabios y formarse para serlo.
Mas entre tantos títulos para la gloria como concurrieron
en ambos, ninguno reputan los hombres de juicio por tan admirable
como el que en medio de tantos combates, de tantas expediciones
y de tantos negocios de república, su amistad desde el
principio hasta el fin se hubiese conservado siempre sin desazón
y sin quiebra. Porque si se fija la vista en el gobierno de Aristides
y Temístocles, de Cimón y Pericles, de Nicias y
Alcibíades, que siempre adolecía de enemistades,
discordias y celos de unos con otros, y se atiende después
al amor y respeto con que miró Pelópidas a Epaminondas,
con razón y justicia se tendrá a éstos por
verdaderos colegas en el gobierno y en la milicia, en comparación
de aquellos que toda la vida contendieron más entre sí
que con los enemigos. La causa cierta de esta unión fue
la virtud, por la cual no buscaban con sus hechos aplausos o riquezas,
cosas a las que por naturaleza es inherente una porfiada y rencillosa
envidia, sino que, amándose recíprocamente desde
el principio con un amor sagrado, dirigían de común
acuerdo sus conatos y sus triunfos al placer de ver a su patria
elevada por ambos a la mayor grandeza y esplendor. Aunque algunos
opinan que esta amistad tan íntima tuvo principio en la
expedición de Mantinea, en la que militaron con los Lacedemonios,
que todavía les eran amigos y aliados, con motivo de haber
la ciudad de Tebas enviándoles socorros. Porque colocados
juntos entre la infantería y peleando contra los Árcades,
cuando vio el ala derecha de los Lacedemonios que les estaba opuesta,
y se desbandó la mayor parte, formando ellos galápago
hicieron frente a cuantos los embistieron. Al cabo de poco, Pelópidas,
que había recibido cara a cara siete heridas, vino a caer
entre multitud de cadáveres de amigos y enemigos, y entonces
Epaminondas, no obstante tenerle por muerto, para proteger su
persona y sus armas siguió la pelea y el riesgo, solo contra
muchos, teniendo por mejor morir en la demanda que abandonar a
Pelópidas caído: hasta que, hallándose ya
él mismo en el peor estado, herido de una lanzada en el
pecho y de una estocada en un brazo, vino en su auxilio de la
otra ala Agesípolis, rey de los Espartanos, y contra toda
esperanza los recobró a entrambos.
V. De allí a algún tiempo, aunque los Espartanos
todavía afectaban ser amigos y aliados de los Tebanos,
en realidad miraban ya con ceño su altivez y su poder,
y, sobre todo, no estaban bien con el partido de Ismenias y Androclides,
al que pertenecía Pelópidas, por parecerles demasiado
liberal y democrático. En esta situación, Arquias,
Leóntidas y Filipo, oligarquistas y ricos, que aspiraban
a mandar, persuadieron al Espartano Fébidas que, cayendo
repentinamente con su ejército, se apoderara de la ciudad
de Cadmea, y, arrojando de la ciudad a los que se opusieran, arreglara
un gobierno de pocos, al modo del de los Lacedemonios, y dependiente
de él. Entró aquel en el plan, y sorprendiendo a
los Tebanos, bien ajenos de tal intento, mientras celebraban las
Tesmoforias, se hizo dueño de la ciudadela. En cuanto a
Ismenias, hiciéronle preso, y llevado a Esparta, a poco
tiempo le quitaron la vida: Pelópidas, Ferenico y Androclides
huyeron y fueron proscritos; mas Epaminondas permaneció
tranquilo y olvidado en el país, teniéndolo por
poco inquieto a causa de su filosofía y por de ningún
poder a causa de su pobreza.
VI Los Lacedemonios privaron, es verdad, a Fébidas del
mando y le multaron en cien mil dracmas; pero no por eso dejaron
de conservar en su poder la ciudadela: determinación de
cuya inconsecuencia se admiraron todos los Griegos, pues que castigaban
al autor y confirmaban lo mal hecho. En tanto, a los Tebanos,
que habían perdido su propio gobierno, quedando esclavizados
a Arquias y Leóntidas, ni siquiera les era dado esperar
algún término de una tiranía que había
sido introducida por la fuerza militar de los Espartanos y no
podía desatarse si no había quien arrancase a éstos
su superioridad e imperio por mar y por tierra; y sin embargo,
sabedor Leóntidas de que los desterrados se hallaban en
Atenas amados de la muchedumbre y honrados de los hombres virtuosos
y rectos, trató de armarles escondidas asechanzas, para
lo cual se valió de unos hombres desconocidos, que con
engaños dieron muerte a Androclides, librándose
de sus, manos los demás. Enviáronse también
cartas por los Lacedemonios a los Atenienses, en que les ordenaban
que no recibiesen ni auxiliasen en sus intentos a los desterrados,
sino que los hiciesen salir como pregonados por enemigos públicos
de toda la federación. Mas los Atenienses, en quienes parece
ingénito el ser humanos, correspondiendo a los de Tebas,
que fueron la principal causa de que volviesen a su patria, y
que dieron un decreto para que, si algún Ateniense llevase
armas contra los tiranos por la Beocia, ningún natural
de ella hiciese demostración de que lo veía o lo
entendía, ni en lo más mínimo ofendieron
a los Tebanos.
VII. Pelópidas, aunque todavía muy joven, fue de
uno en uno alentando a los desterrados, y aun en común
les manifestó en un discurso que no era justo ni puesto
en razón dejar a la patria en esclavitud y con guarnición
extranjera, y no pensar ellos en otra cosa que en vivir y conservarse
pendientes de los decretos de los Atenienses, y haciendo obsequios
a los que eran diestros en el decir y manejaban a la muchedumbre
según sus arbitrios; sino que debían arriesgarse
a las mayores empresas, proponiéndose, por ejemplo, la
virtud y resolución de Trasibulo: para que así como
éste, partiendo de Tebas, destruyó en Atenas a los
tiranos, de la misma manera ellos, volviendo desde Atenas, restituyesen
a Tebas la libertad. Persuadiólos con estas razones, e
inmediatamente enviaron a Tebas, con la conveniente reserva, quien
manifestara a los amigos que allí habían quedado
lo que tenían resuelto. Convinieron éstos en ello,
y Carón, sin embargo de ser muy principal, se prestó
a ofrecer su casa, y Fílidas vio modo de hacerse secretario
de Arquias y Filipo, que eran Polemarcos. Epaminondas ya muy de
antemano tenía inflamados a los jóvenes, porque
en los gimnasios los hacía que asiesen de los Lacedemonios
y luchasen con ellos; y luego, viéndolos muy ufanos de
que los vencían y quedaban encima, les hacía cargo
de que era una vergüenza que por cobardía estuvieran
sujetos a aquellos a quienes tanto aventajaban en esfuerzo.
VIII. Señalóse día para la empresa, y convinieron
los desterrados en que Ferenico, tomando bajo sus órdenes
a la mayor parte, aguardaría en la aldea de Triasio, y
unos cuantos de los más jóvenes tomarían
sobre sí el peligro de adelantarse a la ciudad, bajo el
concierto de que, si éstos diesen en manos de los enemigos,
los restantes se encargarían de que ni sus hijos ni sus
padres careciesen de lo necesario. Suscribióse el primero
para este hecho Pelópidas, y en pos de él Melón,
Damoclides y Teopompo, todos de las principales casas, y para
lo demás unidos en fiel amistad entre sí, pero,
en cuanto a gloria y valor, competidores acérrimos. Eran
entre todos unos doce, y saludando a los que se quedaban, lo primero
que hicieron fue enviar un mensajero a Carón, siguiendo
después ellos con ropaje corto y llevando perros y bastón
de caza, para que aun cuando alguno los encontrase en el camino
no cayera en sospecha, y antes se creyera que ocupados en bien
diferente cosa discurrían por el campo cazando. Cuando
el mensajero enviado a Carón se avistó con él,
le dijo que ya estaban en camino; éste, sin embargo de
ver tan cerca el trance, en nada mudó de propósito
sino que, como hombre de probidad, ofreció del mismo modo
su casa. Uno llamado Hiposténidas, que no era de mal proceder,
y, antes bien, amaba a la patria y estaba en buena correspondencia
con los desterrados, mas a quien faltaba aquella resolución
que la oportunidad y la proyectada hazaña requerían,
como que desmayó al ver el tamaño de la contienda
en que se habían metido, sin que cupiese en su imaginación
cómo podían agitar en sus ánimos el pensamiento
de trastornar en cierta manera el imperio de los Lacedemonios,
y destruir el poder que allí tenían, fiados únicamente
en esperanzas inciertas y propias de hombres desterrados; por
tanto, retirándose a su casa sin decir palabra, envió
uno de sus amigos a Melón y Pelópidas, advirtiéndoles
que lo dilataran por entonces, esperando mejor ocasión,
y que otra vez se volvieran a Atenas. Llamábase Clidón
éste de quien se valió, el cual se dirigió
con toda diligencia a su casa, y sacando el caballo andaba buscando
el freno. No sabía qué hacerse la mujer, porque
no lo tenía en casa, mas al fin dijo que lo había
dado a uno de sus conocidos, por lo que primero empezaron a altercar,
y después pasaron a las malas palabras, tanto, que la mujer
llegó a echarle maldiciones sobre el viaje a él
y a los que le enviaban, viniendo a parar en que Clidón
perdió gran parte del día con esta riña,
y, agorando mal además con motivo de lo sucedido, dejó
enteramente el viaje y se puso a hacer otra cosa. ¡En tan
poco estuvo el que las más grandes y excelentes hazañas
se hubiesen desgraciado en su principio, malográndose la
oportunidad! IX. Pelópidas y los que con él venían
se disfrazaron luego con ropas de labradores, y, separados unos
de otros, entraron unos por una parte y otros por otra en la ciudad,
siendo aún de día. Nevaba además con ventisca,
habiendo empezado a empeorase el tiempo, con lo que fue más
oculta su venida, habiéndose retirado casi todos a su casa
por el frío. Los que estaban encargados de atender a lo
que se tenía tratado cuidaron de buscar a los recién
llegados y conducirlos a casa de Carón. Con los desterrados
eran éstos al todo cuarenta y ocho. Vamos ahora a lo que
pasaba con los tiranos. Fílidas el secretario concurría,
como hemos dicho, a la ejecución de todo, estando de acuerdo
con los desterrados; y para aquel día había dispuesto
de antemano para Arquias y los suyos una reunión con merienda
y concurso de mujeres, preparándolos así a que,
relajados con los placeres y bien bebidos, fueran más fácil
presa de los que contra ellos venían. Cuando ya no les
faltaba mucho para estar beodos, les vino una denuncia contra
los desterrados, no falsa en verdad, pero dudosa y sin gran certeza,
de que estaban ocultos en la ciudad. Procuró Fílidas
desvanecer el aviso; mas con todo envió Arquias a uno de
los ministros a casa de Carón con orden de que compareciera
allí al punto. Era entrada la noche, y Pelópidas
y demás confederados estaban adentro disponiéndose,
puestas ya las armaduras y tomadas las espadas. Llamóse
de repente a la puerta, y corriendo uno de los de casa le enteró
el ministro que Carón era llamado de parte de los Polemarcos,
lo que anunció a los de adentro con sobresalto. Todos concibieron
que el negocio estaba descubierto y que iban a perecer sin haber
hecho nada digno de los hombres virtuosos. Con todo, tuvieron
por conveniente que Carón obedeciese y quitara toda sospecha
a los magistrados; y él, aunque era de suyo varonil y firme
en los riesgos, entonces se quedó confuso y apesadumbrado,
no se levantase contra él alguna sospecha de traición
y perecieran a un tiempo tantos y tan ilustres ciudadanos. Mas
teniendo al fin que partir, tomó en la habitación
de las mujeres a su hijo, que todavía era muy jovencito,
y en la belleza y robustez sobresalía entre los de su edad,
y le entregó a Pelópidas, para que si llegasen a
entender de él algún engaño o traición
le trataran como a enemigo sin conmiseración alguna. A
muchos de ellos se les cayeron las lágrimas con semejante
escena y semejante resolución, y todos se mostraron ofendidos
de que se creyera que podía haber entre ellos alguno tan
tímido o tan perturbado con aquellos acontecimientos que
concibiera la menor sospecha o produjese la más leve queja,
rogándole que no pusiera entre ellos al hijo, y antes lo
reservase de lo que podía ocurrir para que en él
creciera el vengador de la ciudad y de sus amigos, salvándose
y sustrayéndose al rigor de los tiranos. Mas Carón
no condescendió en que su hijo se libertase, diciendo que
no podía haber para él vida o salud más gloriosa
que morir libre de afrenta con su padre y con tales amigos. Haciendo,
pues, plegarias a los Dioses, y abrazando y confortando a todos,
marchó con el cuidado de componer el semblante y el tono
de la voz, de manera que no apareciese indicio de lo que pensaba
ejecutar.
X. Llegado que hubo a la puerta, le salieron al encuentro Arquias
y Fílidas, diciéndole: Hemos oído ¡oh
Carón! que han venido algunos que están ocultos
en la ciudad y que son auxiliados por algunos de los ciudadanos.
Turbóse Carón al principio, mas como preguntase
quiénes eran los que habían venido y quiénes
los que los tenían ocultos, y viese que Arquias no respondía
cosa cierta, comprendiendo que la denuncia no había sido
hecha por ninguno de los que estaban en el secreto: Mirad,
les dijo, no sea que algún rumor vano os cause sobresalto:
con todo, yo inquiriré, porque en esta materia nada debe
despreciarse. Fílidas, que también se hallaba
presente, le decía que tenía razón; y con
esto se llevó a Arquias, y procuró que se desmandara
más en la bebida, haciéndosela más regocijada
con las esperanzas que le daba de que vendrían las mujeres.
Luego que Carón volvió a casa y que los halló
prevenidos, no como hombres que esperasen una victoria o su propia
salud, sino como resueltos a morir gloriosamente y con gran mortandad
de sus enemigos, lo que había de cierto en el negocio no
lo descubrió sino a Pelópidas; a los demás
les ocultó la verdad, diciendo que Arquias le había
hablado de otros asuntos. Mas apenas se había disipado
esta tempestad, la Fortuna sustituyó inmediatamente otra,
porque vino uno de Atenas de parte de Arquias el hierofantes a
Arquias su tocayo, que era también su huésped y
su amigo, trayéndole una carta en la que ya no se daba
noticia vana o fraguada, sino que se referían exactamente
todas las cosas concertadas, según después se supo.
Llegóse, pues, a Arquias, que ya estaba beodo, el portador
de la carta, y al entregársela le dijo: El que me
la dio me encargó mucho que se leyera al punto, porque
trata de un negocio sumamente urgente; a lo que sonriéndose
contestó Arquias: Pues los negocios urgentes, para
mañana. Y tomando la carta la puso debajo de la almohada,
y continuó con Fílidas la conversación que
traían. La respuesta aquella, puesta en forma de proverbio,
dura todavía como tal entre los Griegos.
XI Pareciéndoles, pues, que se estaba en la ocasión
oportuna de la empresa, se decidieron a ella, repartiéndose
de este modo: Pelópidas y Damoclidas, contra Leóntidas
e Hípates, que vivían cerca uno de otro, y Carón
y Melón contra Arquias y Filipo, ajustándose por
disfraz ropas mujeriles sobre las corazas, y poniéndose
frondosas coronas de abeto y pino que les oscurecían el
rostro. Paráronse a la puerta del banquete, e hicieron
ruido y bulla, con lo que se pudo creer serían las mujerzuelas
que rato había se aguardaban. Mas como luego hubiesen recorrido
con la vista cuidadosamente todo el banquete, haciéndose
cargo con atención de cada uno de los convidados, y hubiesen
echado mano a las espadas, arrojándose por entre las mesas
sobre Arquias y Filipo, se vio entonces a las claras quiénes
eran. A algunos de los concurrentes pudo contenerlos Fílidas,
diciéndoles que se estuviesen quedos: los demás
se levantaron para defender a los Polemarcos; pero en el estado
de embriaguez en que se hallaban fue fácil acabar con ellos.
Más arduo fue el desempeño para Pelópidas
y los que le siguieron, porque también se las hubieron
de haber con Leóntidas, hombre cuerdo y muy denodado. Hallaron,
además, cerrada la puerta, porque ya se había recogido;
y habiendo llamado largo rato, nadie les respondía. Sintiólos
ya tarde un esclavo, que salió de adentro, y descorrió
el cerrojo, y en el momento mismo de moverse y ceder las puertas,
se arrojaron de tropel, y pasando por encima del esclavo corrieron
al dormitorio. Leóntidas, por el ruido y el modo de correr,
conjeturó lo que era, y levantándose tomó
la espada; mas no le ocurrió apagar las luces, con lo que
en las tinieblas se habrían batido unos con otros; así,
estando todo iluminado, fue de ellos visto. Adelántase
hacia la puerta del dormitorio, y a Cefisodoro, que fue a entrar
el primero, lo deja en el sitio. Caído éste, traba
pelea con el segundo, que era Pelópidas, siendo ésta
embarazosa por la angostura de la puerta y por el cadáver
de Cefisodoro, que también estorbaba; vence al fin Pelópidas,
y habiendo dado cuenta de Leóntidas, marcha corriendo con
los suyos en busca de Hípates. Trataron de introducirse
del mismo modo en su casa; pero lo sintió, y dio al punto
a correr hacia las casas vecinas: siguiéronle sin detención,
y, alcanzándole, también le dieron muerte.
XII. Hechas estas cosas, y reunidos con Melón y sus asociados,
enviaron al Ática a llamar a aquellos desterrados que allí
quedaron; y en la ciudad excitaban a la libertad a los habitantes,
armando a los que encontraban, para lo que quitaban de los pórticos
las armas traídas en triunfo y se metían por los
obradores de los lanceros y espaderos que allí había.
Vinieron asimismo con armas en su auxilio Epaminondas y Górgidas,
que habían ya reunido no pocos jóvenes, y de los
ancianos los de mayor reputación. Ya toda la ciudad estaba
conmovida y era grande el alboroto; se veían luces en todas
las casas, y se corría de unas a otras; sin embargo, todavía
la muchedumbre no hacía pie, sino que estaban aturdidos
con los sucesos, y, no sabiendo nada de positivo, aguardaban el
día. De aquí nació la censura contra los
Lacedemonios, que tenían allí el mando, por no haberse
adelantado a combatirlos, siendo así que la guarnición
era de mil quinientos y que muchos se les pasaban; pero contenidos
con el miedo que causaban el ruido, las luces y la muchedumbre
que rodaba por todas partes, se estuvieron quedos, contentándose
con guardar el alcázar. Al rayar el día sobrevinieron
los desterrados en estado también de pelea, y el pueblo
concurrió en inmenso número a la junta pública.
Introdujeron en ésta Epaminondas y Górgidas a Pelópidas
y los suyos, rodeados de los sacerdotes, que les presentaban coronas
y exhortaban a los ciudadanos a venir en auxilio de la patria
y de los Dioses. La junta toda, a este espectáculo, se
puso al punto en pie con algazara y regocijo, recibiéndolos
como a sus tutelares y libertadores.
XIII. Fue desde luego Pelópidas elegido Beotarca juntamente
con Melón y Carón, y lo primero que hizo fue circunvalar
la ciudadela y empezar a combatirla por todas partes, dándose
prisa a arrojar de ella a los Lacedemonios y dejar libre la Cadmea,
antes que de Esparta pudieran venir tropas. En lo que se adelantó
tan a punto, dejándolos salir en virtud de capitulación,
que al llegar a Mégara los alcanzó ya Cleómbroto,
que venía sobre Tebas con grandes fuerzas. Los Espartanos,
de tres que eran los prefectos que había en Tebas, a Herípidas
y Orsipo les hicieron causa y los condenaron a muerte; y al tercero,
que era Lisanóridas, como lo multasen en una crecida suma,
él mismo se desterró del Peloponeso. Tan brillante
empresa, que en el valor de los que la ejecutaron y en el buen
suceso con que la coronó la Fortuna se dio la mano con
la de Trasibulo, fue de hermana de ésta calificada entre
los Griegos, pues no es fácil designar otros que, sojuzgando
con sola la osadía y arrojo los pocos a los muchos y los
desvalidos a los poderosos, hubiesen sido causa para su respectiva
patria de mayores bienes: aunque a ésta le concilió
mayor gloria el extraordinario cambio que produjo en los negocios
de la Grecia: por cuanto la guerra que acabó con la grandeza
de Esparta, y a los Lacedemonios los privó de su superioridad
y dominio por mar y tierra, puede decirse que tuvo principio en
aquella noche, en que Pelópidas, no con tomar una fortaleza,
una plaza o una ciudadela, sino sólo con ser uno de los
doce que volvieron, desató y cortó, si nos es permitido
usar de esta metáfora, los lazos de la dominación
lacedemonia, tenidos por indisolubles e indestructibles.
XIV. Vinieron con esta ocasión los Lacedemonios con grandes
fuerzas contra la Beocia, e intimidados los Atenienses desahuciaron
de todo auxilio a los Tebanos; y a los que beotizaban- esto es,
se mostraban sus partidarios-, delatándolos al tribunal,
a unos los condenaron a muerte, a otros los desterraron y a otros
les impusieron crecidas multas, pareciendo que las cosas de los
Tebanos iban malamente, no habiendo nadie que les diese socorro.
Pues como esto así pasase, Pelópidas y Górgidas,
que con él era a la sazón Beotarca, armaron una
celada, y para indisponer de nuevo a los Atenienses con los Lacedemonios
recurrieron a este artificio: El Espartano Esfodrias, hombre apreciable
y de reputación en las cosas de la guerra, pero casquivano
y henchido de ambición y de necias esperanzas, había
quedado con algunas fuerzas en Tespias para recibir y proteger
a los que se habían rebelado a los Tebanos. Hizo, pues,
Pelópidas que con reserva se dirigiese a él un mercader
amigo suyo, al que proveyó de dineros y consejos, aunque
con éstos fue con los que principalmente lo persuadió,
para que le hiciese entender que debía emprender cosas
grandes y tomar el Pireo, cayendo de improviso sobre los Atenienses,
que estaban descuidados en su guardia: pues nada podía
ser más grato a los Lacedemonios que ocupar a Atenas; y
más que los Tebanos, que estaban mal con ellos, y los tenían
por traidores, de ningún modo los auxiliarían. Por
fin, Esfodrias se dejó vencer, y tomando sus tropas se
metió de noche por el Ática, llegando hasta Eleusis.
Allí los soldados empezaron a recelar, y hubo de descubrirse;
con lo que, y con llegar a prever que suscitaba a los Espartanos
una guerra peligrosa y difícil, se retiró otra vez
a Tespias.
XV. Con este motivo, los Atenienses volvieron con nuevo ardor
a su alianza con los Tebanos, saliendo al mar y recorriendo los
pueblos de la Grecia con el fin de amparar a los que daban muestras
de defección. Con esto, los Tebanos, habiéndolas
a solas con los Lacedemonios y riñendo combates, no grandes
en sí, pero que eran causa de gran atención y ejercicio,
iban elevando sus ánimos y endureciendo sus cuerpos, adquiriendo
juntamente experiencia y aliento con la continuación de
aquellas lides. Por esto es fama que el Espartano Antálcidas
dijo a Agesilao en ocasión de retirarse herido: ¡Mira
qué premio te dan los Tebanos por haberlos enseñado
a lidiar y pelear contra su voluntad! Y su maestro en verdad
no era Agesilao, sino los que oportunamente y con mucha cuenta
lanzaban a los Tebanos como unos cachorros contra los enemigos
para acostumbrarlos y hacerles gustar y tener placer con victorias
no muy arriesgadas; de lo que Pelópidas se llevó
la principal gloria: pues desde la vez primera que lo eligieron
general, todos los años le conferían el mando supremo,
y, o bien como caudillO de la cohorte sagrada, o bien como Beotarca,
presidió siempre a los negocios hasta su muerte. Así,
en Platea y en Tespias sufrieron por él los Lacedemonios
sus derrotas y sus retiradas, en una de las que falleció
Fébidas, aquel que se apoderó de la ciudadela cadmea;
y en Tanagra, habiendo hecho huir a muchos, dio muerte al prefecto
Pantedes: combates que, si bien a los vencedores les inspiraban
aliento y osadía, todavía no alcanzaban a deprimir
el ánimo de los vencidos. Porque no hubo una batalla campal
ni un combate ordenado y de cierto aparato, sino que con hacer
correrías, retiradas y alcances a tiempo, en esta casta
de lides fue en las que salieron vencedores.
XVI El combate de Tegiras fue ya como un ensayo de la batalla
de Leuctra, y contribuyó mucho para la gloria de Pelópidas,
no dejando en cuanto a la victoria duda entre él y los
demás jefes, ni pretexto alguno a los enemigos en cuanto
al vencimiento. Hacía tiempo que estaba en observación
de la ciudad de los Orcomenios, que había abrazado el partido
de los Espartanos y admitido dos batallones de éstos por
seguridad; y no aguardaba más que la ocasión. Habiendo,
pues, oído que aquella guarnición hacía una
expedición a la Lócride, con la esperanza de tomar
a Orcómeno desmantelada, marchó allá, llevando
consigo la cohorte sagrada y algunos caballos. Cuando ya estaba
para llegar a la ciudad, se halló con que había
llegado de Esparta el relevo de la guarnición, y hubo de
retroceder con su tropa nuevamente por Tegiras, que era por donde
únicamente había camino, rodeando la falda del monte,
pues todo el demás terreno que mediaba lo hacía
intransitable el río Melas, que inmediatamente, y en su
mismo origen, se reparte en balsas y lagos navegables. Poco más
abajo de estos lagos hay un templo de Apolo Tegireo, y un oráculo
de poco acá abandonado, pero que estuvo en gran crédito
hasta la guerra de los Medos, siendo Equécrates el que
daba las respuestas. La fábula dice que allí fue
donde el dios nació, y lo que es el monte que está
allí cerca se llama Delo, y junto a él terminan
las divisiones del río Melas. A la espalda del templo nacen
dos fuentes de aguas admirables por su abundancia, su dulzura
y su frialdad, de las cuales a la una la llaman Palma y a la otra
Olivo hasta el día de hoy, deduciéndose que la Diosa
tuvo su parto, no entre dos árboles, sino entre dos arroyos.
También está cerca el Ptoo, donde dicen que se asustó
por haberse aparecido de repente el macho de cabrío; y
lo que hace a la serpiente Pitón y a Ticio, también
los lugares concurren a atestiguar el nacimiento del dios, sino
que dejamos ya aparte todos los demás indicios, por cuanto
las relaciones del país no colocan a este dios entre los
héroes que de mortales por mudanza hubiesen pasado a ser
inmortales, como Heracles y Baco, que con esta especie de cambio
perdieron por su virtud lo mortal y pasivo, sino que es uno de
los sempiternos y no nacidos; si es que hemos de formar algún
juicio sobre estas cosas por lo que han referido los más
sensatos y más antiguos.
XVII. Al llegar, pues, los Tebanos a Tegiras, volviendo de la
Orcomenia, al mismo tiempo sobrevinieron los Lacedemonios por
la parte opuesta, por haber partido de la Lócride. Apenas
les dieron vista los que empezaban a pasar las gargantas, cuando
corriendo uno hacia Pelópidas le dijo: Hemos dado
en los enemigos; y replicando él: ¿Pues
por qué no éstos en nosotros?, mandó
a la caballería que pasara de la retaguardia como para
adelantarse a embestir, y formó muy apiñados a los
infantes, que eran pocos, con la esperanza de cortar mejor por
donde acometiesen a los enemigos, que le excedían en número.
Eran los Lacedemonios dos de sus moras o batallones; Éforo
dice que cada mora era de quinientos hombres, Calístenes
de setecientos, y otros, de novecientos, entre ellos Polibio.
Los comandantes de los Esparcíatas, Gorgoleón y
Teopompo, marcharon audazmente contra los Tebanos; y trabada principalmente
la refriega entre los caudillos, con gran cólera y violencia
de una y otra parte, muy luego murieron los comandantes de los
Lacedemonios, batiéndose con Pelópidas; y heridos
y muertos después los que estaban junto a ellos, cayó
gran miedo sobre la tropa; y Pelópidas la partió
en dos trozos, como si quisiese que los Tebanos fuesen adelante
y pasasen por allí; mas cuando estuvieron en medio, los
incitó contra los enemigos, que se estaban parados, y los
acosó con gran mortandad, de manera que luego dieron todos
a huir en desorden. No se les persiguió, con todo, por
largo tiempo, a causa de que los Tebanos temían a los Orcomenios,
que estaban cerca, y también al relevo de los Lacedemonios.
Mas lo cierto fue que vencieron de poder a poder, y que por fuerza
se abrieron paso por en medio de toda la tropa vencida. Erigieron,
pues, un trofeo, y despojando a los muertos se retiraron a casa
muy ufanos; pues, a lo que parece, en tantas guerras sostenidas
entre Griegos y con los bárbaros, nunca antes los Lacedemonios,
siendo más en número, fueron vencidos por los que
eran menos, ni aun cuando en batalla se habían batido con
iguales fuerzas. Así, hasta entonces fue intolerable su
altanería, y con su gloria acobardaban a sus contrarios,
de modo que ellos mismos no se creían capaces de competir
con los Espartanos con iguales fuerzas, y rehusaban venir con
ellos a las manos. Pero esta batalla fue la primera que enseñó
a los demás Griegos que no era el Eurotas, ni el sitio
entre Babica y Cnación, el que producía hombres
valientes y guerreros; sino que si los jóvenes se avergüenzan
de lo indecoroso, tienen resolución para lo bueno, y huyen
más de la reprensión que de los riesgos, éstos
dondequiera se hacen temibles a sus enemigos.
XVIII. La cohorte sagrada se dice haber sido Górgidas
el primero que la formó de trescientos hombres escogidos,
a los que la ciudad les daba cuartel y ración en la ciudadela,
por lo que se llamaba asimismo la cohorte cívica; pues,
a lo que parece, los de aquel tiempo daban también el nombre
de ciudades a los alcázares. Algunos son de opinión
que este cuerpo se compuso de amadores y de amados, conservándose
en memoria cierto chiste de Pámenes: porque decía
que el Néstor de Homero no se había acreditado de
táctico cuando ordenó que los Griegos formasen por
tribus y por curias, A su curia se agregue cada curia, y con su
tribu se una cada tribu. pues lo que se debía mandar era
que el amante tomase formación junto al amado; porque en
los riesgos, los de la misma curia o tribu no hacen mucha cuenta
unos de otros mientras que la unión establecida por las
relaciones de amor es indisoluble e indivisible; pues, temiendo
la afrenta, los amantes por los amados, y éstos por aquellos,
así perseveran en los peligros los unos por los otros.
No debe tenerse esto por extraño, cuando se teme más
la afrenta que puede venir de los amantes no presentes que la
de cualesquiera otros testigos, como se vio en aquel que estando
caído, y para recibir el último golpe de su contrario,
le rogó que le pasara la espada por el pecho, para que
si su amado le veía muerto no tuviera motivo de avergonzarse,
creyéndole herido por la espada. Refiérese asimismo
que siendo Yolao amado de Heracles participó también
de sus trabajos y le asistió en ellos, y dice Aristóteles
que en su tiempo todavía hacían sobre el sepulcro
de Yolao sus mutuas promesas los amados y amadores. Era razón,
pues, que la cohorte se llamara sagrada, cuando Platón
llama al amante amigo divino. Dícese, además, que
esta cohorte permaneció invicta hasta la batalla de Queronea,
después de la cual, reconociendo Filipo los cadáveres,
se paró en el sitio donde habían caído los
trescientos que frente a frente se habían opuesto en paraje
estrecho a las armas enemigas; y hallólos amontonados entre
sí, lo que le causó extrañeza, y cuando supo
que aquella era la cohorte de los amadores y los amados, se echó
a llorar, y exclamó: Vayan noramala los que hayan
podido pensar que entre semejantes hombres haya podido haber nada
reprensible.
XIX. Por fin, a esta intimidad de los amantes no dio origen entre
los Tebanos, como lo dicen los poetas, el desgraciado suceso de
Layo , sino los legisladores, quienes, queriendo mitigar y suavizar
desde la juventud lo que había en su carácter altivo
e indócil, en toda ocupación y juego quisieron que
interviniese la flauta, conciliando a la música honor y
consideración; y en las palestras procuraron mantener este
amor tan provechoso, para templar con él las costumbres
de los jóvenes. Por lo mismo, como que concedieron con
razón el derecho de ciudad a aquella diosa que se finge
nacida de Ares y Afrodita , para que lo pendenciero y belicoso
se uniese con lo que participa más especialmente de la
persuasión y de las gracias y resultase un gobierno que
fuese el más solícito y más arreglado, arreglándolo
todo la armonía. Esta cohorte sagrada Górgidas la
repartió en la primera fila y la distribuyó por
toda la falange entre la infantería, con lo que oscureció
la virtud de aquellos varones, y no empleó su fuerza para
que obrase en común, pues que estaba como disuelta y confundida
con los que eran inferiores; mas Pelópidas, luego que restableció
la virtud de aquellos en Tegiras, habiéndolos visto combatir
denodadamente a su lado, ya no la dividió o diseminó,
sino que, empleando el cuerpo reunido, lo puso delante en los
más arriesgados combates. Pues así como los caballos
corren con mayor velocidad en los carruajes que solos, no porque
en mayor número rompan más fácilmente el
aire, sino porque enardece su aliento la reunión y la competencia
de unos con otros, creía que de la misma manera los hombres
valerosos, tomando entre sí emulación para las acciones
brillantes, se hacían más útiles y más
ardientes para lo que tenían que hacer en común.
XX. Ajustaron paces los Lacedemonios después de estos
sucesos con todos los Griegos, y activaron la guerra contra solos
los Tebanos, invadiendo el rey Cleómbroto la Beocia con
diez mil infantes y mil caballos. Ya el riesgo de éstos
era mucho mayor que antes: oíanse ya las amenazas de los
contrarios y las noticias de estar decretada la dispersión
de la raza; el miedo era cual nunca lo había tenido la
Beocia: de modo que al salir Pelópidas de su casa y despedirle
la mujer, le rogó ésta con encarecimiento y con
lágrimas que procurara salvarse; a lo que contestó:
Eso, mujer mía, que está muy bien encargarlo
a los particulares, a los que mandan debe encargárseles
que salven a los demás. Marchó, pues, al ejército,
en el que, como hubiese diversidad de opiniones entre los Beotarcas,
fue el primero en adherirse al dictamen de Epaminondas, que había
votado se marchara a dar batalla a los enemigos; y sin embargo
de que no se hallaba nombrado Beotarca, aunque sí comandante
de la cohorte sagrada, los atrajo a su parecer: consideración
debida a un hombre que tantas prendas había dado para la
libertad. Después de resuelto el dar batalla, y que en
las inmediaciones de Leuctra se pusieron los reales en oposición
a los de los Lacedemonios, tuvo Pelópidas entre sueños
una visión, que le puso en grande sobresalto. Es de tener
presente que en el territorio de Leuctra existe el sepulcro de
las hijas de Escedaso, a las que llaman las Léuctridas,
por razón del sitio: por cuanto habiendo sido violentadas
por unos forasteros espartanos, se les dio allí sepultura.
De resulta de esta terrible e injusta acción, el padre,
como no hubiese alcanzado en Lacedemonia condigno castigo, hizo
contra los Espartanos las más horribles imprecaciones,
y luego se dio a sí mismo la muerte sobre el sepulcro de
las doncellas. Tuvieron los Espartanos frecuentemente oráculos
y respuestas sobre que se precavieran y guardaran del castigo
léuctrico; pero muchos no lo entendían, y se quedaban
confusos acerca del sitio, por cuanto hay también una aldea
de la Laconia a la parte del mar llamada Leuctro; y en las cercanías
de Megalópolis de Arcadia hay también otro sitio
del mismo nombre: bien que el suceso de arriba era más
antiguo que estas Leuctras.
XXI Durmiendo, pues, Pelópidas en el campamento, le pareció
estar viendo a aquellas jóvenes llorar sobre sus sepulcros
y hacer imprecaciones contra los Espartanos, y que Escedaso le
prevenía que sacrificase allí en honor de sus hijas
una virgen rubia, si quería alcanzar victoria de sus enemigos.
Por más que el mandato le pareció duro e injusto,
se levantó y fue a proponerlo a los agoreros y a los caudillos.
Unos decían que no era cosa de despreciarlo o de no creerlo,
recordando los ejemplos de Meneceo, hijo de Creón; de Macaria,
hija de Heracles; más adelante el de Ferecides el sabio,
a quien los Lacedemonios dieron muerte, y cuya piel, según
cierto vaticinio, estaba confiada a la custodia de sus reyes;
el de Leónidas, que, cumpliendo con el oráculo,
se ofreció en cierta manera en sacrificio por la salud
de la Grecia; y también el de los que fueron inmolados
por Temístocles a Baco Omesta o el terrible, antes de darse
el combate naval de Salamina; de todos los cuales dan testimonio
las mismas víctimas. Por el otro extremo, habiendo pedido
la Diosa a Agesilao, al modo que a Agamenón cuando hacía
la guerra en los mismos lugares que éste y contra los mismos
enemigos, que le ofreciese en víctima su hija, visión
que tuvo en Áulide entre sueños; como por ternura
no hubiese hecho semejante ofrenda, tuvo que disolver el ejército,
retirándose sin gloria ni utilidad. Otros, al contrario,
sostenían que a la naturaleza excelente y superior a nosotros
no podía serle agradable tan bárbaro e injusto sacrificio,
pues que no estamos sujetos al imperio de aquellos Titanes o aquellos
Gigantes, sino al del padre de todos los Dioses y los hombres;
y el creer que hay Genios maléficos que se complacen en
la carnicería y la sangre de los hombres debe probablemente
tenerse por absurdo, mas, aunque los haya, debemos no hacer caso
de ellos, como que nada pueden; pues que la impotencia y la perversidad
de ánimo van naturalmente unidas a los irracionales y malignos
deseos.
XXII. Estando los principales en esta conferencia, y Pelópidas
sumamente dudoso, de pronto una yegua nuevecita se escapó
de la manada corriendo por entre las armas, y llegando donde aquellos
estaban se paró. A todos dio que observar el color de la
crin resplandeciente como el fuego, su ufanía y la suavidad
y apacibilidad de su relincho; pero el agorero Teócrito,
habiendo reflexionado un poco, dirigió la voz a Pelópidas,
y exclamó: La víctima ¡oh bienhadado!
se te ha venido a la mano: no esperemos ya otra virgen; sírvete
de aquella que Dios te ha presentado. Echaron entonces mano
a la yegua, la llevaron a la sepultura de las doncellas, donde
haciendo plegarias y poniéndole coronas la degollaron alegres,
e hicieron correr por el ejército la voz del ensueño
de Pelópidas y del sacrificio.
XXIII. En la batalla, Epaminondas marchó oblicuamente
con la infantería, y fue dilatando su ala izquierda, para
llevar lo más lejos posible de los demás Griegos
la derecha de los Espartanos, y para rechazar con ímpetu
y a viva fuerza a Cleómbroto, que la mandaba. Los enemigos
advirtieron lo que pasaba y empezaron a hacer mudanza en su formación,
extendiendo y encorvando la derecha, como para envolver y encerrar
a Epaminondas con su muchedumbre. En esto, Pelópidas, acelerando
el paso y haciendo una conversión con sus trescientos,
se adelanta corriendo antes que Cleómbroto desplegue su
ala, o que la vuelva a su estado cerrando la formación,
y cae sobre los Lacedemonios cuando no estaban a pie firme, sino
en cierta confusión y desorden. Es el caso que, siendo
los Espartanos los más aventajados artífices y maestros
en las cosas de la guerra, en nada ponían más cuidado
ni se ejercitaban más que en no separarse ni confundir
o desordenar la formación, y antes hacer todos de tribunos
y cabos, para poder, donde los cogiese la pelea y el riesgo, cargar
y combatir con mayor unión; pero entonces la dirección
de Epaminondas con la falange contra aquellos solos, pasando de
largo por los demás, y el haber sobrevenido Pelópidas
con increíble rapidez y ardimiento, de tal manera desconcertó
sus planes y toda su ciencia, que hubo de parte de los Espartanos
una fuga y una matanza cuales nunca se habían visto. Así
sucedió que igual parte de gloria que a Epaminondas, Beotarca
y general de todas las tropas, cupo por victoria y triunfo tan
señalados al que no era Beotarca ni mandaba sino a muy
pocos.
XXIV. Invadieron ambos Beotarcas el Peloponeso, y atrayendo a
su partido la mayor parte de los pueblos, separaron de los Lacedemonios
a Elis, Argos, toda la Arcadia y aun la mayor parte de la Laconia.
Sucedió esto en el mismo trópico del invierno, al
acabarse ya el último mes, del que faltaban muy pocos días,
y era preciso que otros magistrados tomaran el mando al entrar
el primer mes, o sufrir pena de muerte los que no lo depusiesen.
Los otros Beotarcas, por temor de esta ley, y por guardarse de
la mala estación, solían apresurarse a volver en
ella el ejército a casa; mas entonces Pelópidas
fue el primero que, adhiriéndose al voto de Epaminondas
y acalorando a los ciudadanos, guió para Esparta, pasó
el Eurotas, les tomó muchas ciudades y taló el país
hasta el mar, acaudillando setenta mil soldados Griegos, de los
que no eran los Tebanos ni una duodécima parte; sólo
que la gloria de tales varones, aun prescindiendo de la opinión
y resolución común, hacía que siguiesen tranquilamente
los aliados cuando éstos los mandaban; porque la primera
y más poderosa ley de todas da el mando, sobre el que tiene
necesidad de salud, al que puede salvarlo: a la manera que los
navegantes mientras hay serenidad, o caminan por la costa, tratan
con desdén y aun con altanería a los pilotos; pero
luego que aparece la tormenta y el peligro, a éstos vuelven
los ojos y en ellos ponen toda su confianza. Así es que
los Argivos, los Eleatas y los Árcades, que en los congresos
contendían y altercaban con los Tebanos por el mando, en
los combates y en los apuros espontáneamente se sometían
sujetándose al mando de sus generales. En aquella expedición
redujeron a un solo imperio toda la Arcadia; y ocupando la provincia
de Mesena, de la que estaban en posesión los Espartanos,
llamaron y restituyeron a ella a los antiguos Mesenios, volviendo
a poblar a Itoma. Al retirarse a casa por Cencrea, vencieron a
los Atenienses, que trataron de oponérseles en las gargantas
e impedirles el paso.
XXV. Con tales hechos todos estaban tan complacidos de su virtud
como admirados de su buena suerte; pero la envidia, inseparable
de las ciudades capitales, y que crece en proporción de
la gloria de los hombres grandes, no les tenía dispuesto
el mejor ni el más conveniente recibimiento; en efecto:
ambos a su vuelta tuvieron que defenderse en causa capital, porque,
previniendo la ley que en el primer mes, al que dan el nombre
de Bucacio, entregasen a otros la Beotarquía, la habían
retenido por otros cuatro meses íntegros, que fue en los
que no dejaron de la mano las empresas de Mesena, de la Arcadia
y la Laconia. El primero llamado a juicio fue Pelópidas,
y por lo mismo fue también el que estuvo más expuesto;
aunque al cabo ambos fueron absueltos. En la injusta prueba de
esta acusación, Epaminondas mostró mucha serenidad,
sabiendo que en las cosas políticas la paciencia es una
gran parte de la fortaleza y de la magnanimidad; mas Pelópidas,
que de suyo era menos sufrido, y además se veía
incitado por los amigos a que por aquella persecución se
vengase de sus contrarios, no omitió aprovechar la siguiente
ocasión. Meneclidas el orador había sido uno de
los que con Pelópidas y Melón se habían reunido
en casa de Carón; mas porque no habían hecho los
Tebanos tanto caso de él, a causa de que, si bien no podía
negársele su habilidad en el decir, era por otra parte
desarreglado y de mala conducta, empleaba su talento en suscitar
toda especie de acusaciones y calumnias a los más distinguidos,
no dándose por vencido aun después de la mencionada
causa. Y a Epaminondas logró excluirlo de la Beotarquía,
y por largo tiempo lo tuvo fuera de los negocios; a Pelópidas
no pudo desconceptuarlo con el pueblo; mas a falta de esto procuró
indisponerle con Carón; y es que como todos los envidiosos
hallan consuelo, ya que ellos no puedan ganarse más aprecio,
en hacer que se rebaje el de los otros, ponía gran conato
en ensalzar ante el pueblo las hazañas de Carón
y en celebrar sus expediciones y sus victorias. Con esta mira
trató de que la expedición de Platea, en la que
los Tebanos antes de la jornada de Leuctra alcanzaron alguna ventaja
yendo Carón de caudillo, se fijara un público monumento
por este término. Andrócides de Cícico había
recibido de la ciudad el encargo de pintar en un cuadro otra distinta
batalla, y estaba en Tebas mismo trabajando en él; mas
como luego hubiese ocurrido aquella rebelión, y sobrevenido
la guerra cuando ya estaba muy cerca de concluirse, los Tebanos
se quedaron con el cuadro. Pues éste era el que Meneclidas
trataba de que se consagrase a la memoria de Carón, haciendo
poner en él su nombre para marchitar la gloria de Pelópidas
y Epaminondas. Era empeño muy necio con batallas y triunfos
tan señalados querer poner en contienda un oscuro encuentro
y dar valor a una victoria en la que, fuera de la muerte de un
Geradas, de poco nombre entre los Espartanos, y las de otros cuarenta,
no hay memoria de que se hubiese hecho cosa que mereciese atención.
Pelópidas salió al encuentro de este proyecto de
decreto, y lo notó de injusto, apoyándose en que
entre los Tebanos no estaba recibido que el honor se atribuyera
privadamente a un hombre solo, sino que el nombre y el honor de
la victoria quedase íntegro para la patria. Y lo que es
a Carón le elogió constante y profusamente en su
discurso, pero haciendo ver el desarreglo y la malignidad de Meneclidas,
preguntó si creían que no había hecho nada
en servicio de la ciudad. Con lo que consiguió que a Meneclidas
se le multase en una suma muy crecida; y como no pudiese pagarla,
últimamente intentó alterar o trastornar el gobierno.
Esto también pertenece al examen de estas vidas que escribimos.
XXVI Hacía a la sazón la guerra Alejandro, tirano
de Feras, a las claras a muchos de los Tésalos; pero en
la intención y con asechanzas a todos; por lo que las ciudades
enviaron mensajeros a Tebas, pidiendo un general y tropas; como
Pelópidas viese a Epaminondas ocupado en proseguir las
empresas del Peloponeso, se escogió a sí mismo,
y como que se repartió para el auxilio de los Tésalos;
no sufriendo, por una parte, tener ociosos sus conocimientos y
sus fuerzas, y no creyendo, por otra, que donde estaba Epaminondas
hiciese falta otro general. Apenas se encaminó a Tesalia
con algunas fuerzas, tomó inmediatamente a Larisa, y como
Alejandro viniese a él con ruegos, trató de transformarle,
y de tirano convertirle en un monarca benigno y justo para los
Tésalos. Mas él era insufrible y feroz, y además
se le atribuía mucha crueldad, mucha insolencia y avaricia;
por lo que, como Pelópidas se irritase e incomodase con
él, se retiró a toda prisa con los de su guardia,
Pelópidas, habiendo proporcionado a los Tésalos
gran seguridad de parte del tirano y gran unión y concordia
entre sí mismos, partió para la Macedonia, por cuanto
haciendo la guerra Tolomeo a Alejandro, que reinaba sobre los
Macedonios, ambos le llamaban para que entre ellos fuese un árbitro
y un juez, y un aliado auxiliar del que pareciese había
sufrido injusticia. Llegado allá, compuso sus diferencias,
y restituyendo a los desterrados, recibió en rehenes a
Filipo, hermano del rey, y a otros treinta jóvenes de los
más principales, los que condujo a Tebas, haciendo ver
a los Griegos a qué grado de consideración habían
subido las cosas de los Tebanos por la opinión de su poder
y por la confianza en su justicia. Éste es el mismo Filipo
que después hizo la guerra a los Griegos contra su libertad,
el cual todavía joven entonces pasó en Tebas su
vida en casa de Pámenes. Ya desde aquella época
parece que se hizo imitador de Epaminondas, llegando quizá
a alcanzar su actividad en las cosas de la guerra y en las campañas,
que era la parte menos principal de las virtudes de este héroe;
pero de su tolerancia, de su justicia, su magnanimidad y su mansedumbre,
en las que era verdaderamente grande, no pudo Filipo participar
nada, ni por naturaleza ni por imitación.
XXVII. Como de allí a poco volviesen los Tésalos
a quejarse de que Alejandro de Feras vejaba a las ciudades, fue
Pelópidas enviado por mensajero juntamente con Ismenias,
y se presentó sin llevar tropas de Tebas, y sin ir apercibido
para la guerra, siéndole preciso valerse de los mismos
Tésalos para lo que pudiera ofrecerse. Turbáronse
también otra vez a este mismo tiempo las cosas de Macedonia,
porque Tolomeo dio muerte al rey, apoderándose de la autoridad,
y los amigos de éste llamaron a Pelópidas, el cual
quería intervenir en aquellos negocios; mas no teniendo
tropas propias, tomó allí mismo algunos estipendiarios,
y con éstos marchó sin detenerse contra Tolomeo.
Luego que estuvieron cerca uno de otro, Tolomeo corrompió
con algunas sumas a estos estipendiarios, logrando que se le pasasen;
pero, al mismo tiempo, temiendo la gloria y el nombre de Pelópidas,
le salió al encuentro como superior, le dio la diestra
y le hizo ruegos, conviniendo en que conservaría la autoridad
real a los hermanos del muerto y en que con los Tebanos tendría
a unos mismos por amigos y por enemigos, entregando en rehenes
para el cumplimiento a su hijo Filóxeno y cincuenta de
sus amigos. Envió a éstos Pelópidas a Tebas,
y conservando el resentimiento por la traición de los estipendiarios,
como supiese que la mayor parte de sus riquezas, sus hijos y sus
mujeres los tenían en Farsalo, de manera que con apoderarse
de éstos tomaría bastante satisfacción de
su ultraje, reunió algunos Tésalos y marchó
con ellos a Farsalo; mas, a poco de haber llegado, se presentó
Alejandro el tirano con sus tropas. Pensó Pelópidas
que venía a darle excusas, y no tuvo inconveniente en dirigirse
a él, pues, aunque era cruel y asesino, por respeto a Tebas
y a su misma autoridad y gloria, no temía que nada malo
pudiera sucederle. Mas éste, viendo que iba sólo
y sin armas, al punto le echó mano y se apoderó
de Farsalo. Infundió esto sumo terror y susto a los que
le obedecían, como que después de semejante injusticia
y arrojo ya a nadie perdonaría, sino que, según
las ocurrencias, se portaría en los negocios y con los
hombres como quien por desesperación había echado
enteramente el pecho al agua.
XXVIII. Irritáronse los Tebanos con estas nuevas, y al
punto decretaron la formación de un ejército; pero,
por cierto enfado con Epaminondas, nombraron otros generales.
El tirano, en tanto, hizo conducir a Feras a Pelópidas,
permitiendo al principio que le hablaran los que quisieran, creyendo
que los trabajos le harían apacible y humillarían
su ánimo; pero como Pelópidas exhortase a los Tésalos
que lamentaban su suerte a que no desconfiasen, pues entonces
era más cierto que el tirano tendría su merecido,
y a éste mismo lo enviase a decir era cosa muy extraña
que continuamente estuviese dando tormentos y la muerte a miserables
ciudadanos que en nada le ofendían, y que a él le
dejase, cuando debía conocer que había de ser el
primero a castigarle, si tenía medio de huir, maravillado
de semejante entereza e impavidez: ¿Por qué-
exclamó- se empeña Pelópidas en apresurar
su muerte? Y habiéndolo éste entendido, respondió:
Para que tú perezcas más pronto y más
en la ira de los Dioses. Con este motivo prohibió
que nadie de los de fuera de casa pudiera hablarle. Teba, hija
de Jasón y mujer de Alejandro, sabedora por los que custodiaban
a Pelópidas de su firmeza y de la elevación de sus
sentimientos, deseó conocerle y trabar con él conversación.
Fue, pues, a verle, y, como mujer, no advirtió al primer
aspecto la entereza que conservaba en medio de su triste estado;
antes, considerando por el desaseo de su cabello y barba, por
su gastada ropa y por el modo con que se le trataba, que se le
hacía pasar por lo que no correspondía a la autoridad
de su persona, se echó a llorar. A Pelópidas, que
no sabía quien fuese aquella mujer, le causó admiración;
mas luego que lo supo, la saludó por su nombre de familia,
por ser amigo íntimo de Jasón; y como aquella le
dijese: ¡Cuánto compadezco a tu mujer!
Yo también a ti- le respondió-, porque estando
sin prisiones aguantas a Alejandro. Por este término
se insinuó en el ánimo de Teba, que no podía
efectivamente sufrir la crueldad y las maldades del tirano, el
cual había llegado en ellas hasta el extremo de haber hecho
sufrir la última afrenta al más mocito de los hermanos
de la misma Teba. Así es que frecuentemente visitaba a
Pelópidas, y franqueándose con él sobre lo
que padecía, su ánimo se llenó de ira, de
encono y de despecho contra Alejandro.
XXIX. Los generales tebanos, habiendo invadido la Tesalia, por
impericia y algún casual descalabro, se retiraron sin haber
contribuido en nada al objeto de la expedición; y la ciudad,
después de haber multado a cada uno de ellos en mil dracmas,
confió a Epaminondas el mando del ejército. Al punto,
pues, hubo grandes alteraciones entre los Tésalos, alentados
con la fama del general, y las cosas del tirano se pusieron en
estado de no ser necesario gran poder para echarlas por tierra:
¡tal fue el miedo que sobrecogió a sus generales
y sus amigos! ¡tal el ansia que nació en sus súbditos
de abandonarle! y ¡tal el gozo por lo que esperaban!, pareciéndoles
estar ya en el momento de ver al tirano expiar sus crímenes.
Pero Epaminondas, prefiriendo a su propia gloria el salvar a Pelópidas,
y temiendo no fuera que, si las cosas se revolvían, Alejandro
en un acceso de desesperación se convirtiese a la manera
de las fieras, contra aquel, iba conllevando la guerra y como
tomando rodeos; así, con las disposiciones y la vigilancia
hizo también que el tirano se preparara y estuviese en
inquietud, mas de manera que no se debilitara su confianza y engreimiento,
ni se inflamara su cólera y aspereza. Porque sabía
llegar a tanto su crueldad y su desprecio de lo honesto y de lo
justo, que a unos hombres los hacía enterrar vivos y a
otros los cubría con pieles de jabalíes y osos,
y azuzaba contra ellos perros de caza para que los despedazasen;
o les lanzaba dardos, entreteniéndose con esta diversión.
En las ciudades de Melibea y Escotusa, amigas y protegidas por
tratados, cercándolas en el acto de celebrar sus juntas
públicas, dio muerte a todos los habitantes, y la lanza
con que traspasó a su tío Polifrón la consagró
y coronó y le hizo sacrificios como a un dios, llamándole
Ticón. Habiendo visto en cierta ocasión a un actor
representar Las Troyanas, de Eurípides, se salió
a toda prisa del teatro, y envió a decir al representante
que estuviese con tranquilidad y nada malo sospechase de aquel
hecho; pues no se había retirado por hacerle desprecio,
sino por no sufrir ante los ciudadanos la vergüenza de que,
no habiendo mostrado compasión por ninguno de tantos como
había hecho matar, le vieran llorar por los infortunios
de Hécuba y Andrómaca. Mas con todo, sobrecogido
con la gloria y el nombre de Epaminondas y con todo el aparato
de su expedición, Dobló este gallo como esclavo
el ala, y envió bien pronto quien con aquel le pusiese
en buen lugar. Epaminondas no condescendió con que por
parte de los Tebanos se hiciese paz y amistad con un hombre semejante;
pactó sólo treguas de treinta días, y, recobrando
a Pelópidas e Ismenias, hizo su retirada.
XXX. Noticiosos los Tebanos de que los Lacedemonios y los Atenienses
habían enviado embajadores al gran Rey para negociar una
alianza, mandaron también por su parte a Pelópidas,
con muy buen consejo, a causa de su gran nombradía. Ya
desde el principio, al pasar por las provincias del rey, fue muy
considerado e hizo gran ruido, porque no cundió tibiamente
o como rumor vago por el Asia la fama de los encuentros sostenidos
contra los Lacedemonios, sino que, apenas se divulgó la
voz de la batalla de Leuctra, aumentada e impelida cada día
con algún nuevo triunfo, se extendió hasta los países
más remotos. Así, cuando llegó al palacio,
apenas le vieron los Sátrapas, los de la guardia y los
generales, comenzaron con admiración a decirse: Éste
es el que derribó el imperio de la tierra y del mar, de
que estaban apoderados los Lacedemonios, y el que contuvo entre
el Taigeto y el Eurotas aquella Esparta que poco antes había
hecho la guerra al gran rey y a los Persas, llevándola
hasta Suza y Ecbátana por medio de Agesilao. A Artojerjes
le habían sido de gran placer estos sucesos; así
mostró admirar a Pelópidas aun más allá
de su fama, y quiso hacer ostentación de que le honraba
y obsequiaba sobre cuantos habían merecido su estimación.
Túvole todavía en más luego que vio su figura
y que oyó sus razonamientos, más enérgicos
que los de los Atenienses, y más sencillos que los de los
Lacedemonios, y, como sucede ordinariamente a los reyes, no disimuló
su aprecio hacia tan singular varón, ni se ocultó
a los otros embajadores que le trataba con mayor distinción.
Entre todos los Griegos, parece haber sido el Lacedemonio Antálcidas
quien de él había recibido más señalado
honor, cual fue el haberle enviado, bañada en esencias,
la corona que mientras bebía ornaba su cabeza. A Pelópidas
no le hizo un regalo igual; pero le envió presentes ricos
y del mayor valor, y condescendió con sus proposiciones:
que fuesen independientes todos los Griegos y se repoblase
Mesena; y que los Tebanos fuesen tenidos por amigos hereditarios
del rey. Recibida esta respuesta, y de los dones sólo
los que pudieran ser una muestra de aprecio y benevolencia, se
restituyó a su patria, con lo que todavía quedaron
más desacreditados los otros embajadores. Así, los
Atenienses, puesto en juicio Timágoras, le condenaron a
muerte; si fue por el exceso de los dones, justísimamente;
pues no sólo admitió oro y plata, sino un lecho
de grandísimo precio y esclavos que lo preparasen, como
si los Griegos no supiesen este ministerio; y, además de
esto, ochenta vacas con sus vaqueros, porque necesitaba tomar
la leche para cierta enfermedad. Finalmente, fue conducido en
silla de manos hasta el mar, siendo el rey quien pagó a
los mozos el jornal. Mas no parece haber sido este soborno lo
que principalmente irritó a los Atenienses, ya que a Epícrates
el Cosario, que no negaba haber recibido regalos del rey, y que
se atrevió a presentar un proyecto de decreto para que
cada año, en lugar de los nueve arcontes, se nombrasen
nueve embajadores cerca del rey, tomados entre los plebeyos y
pobres, a fin de que volvieran ricos, el pueblo se lo tomó
a risa; por tanto, su principal encono fue porque todo se hizo
en consideración a los Tebanos, sin reflexionar que la
gloria de Pelópidas era de más influjo que los discursos
y las palabrerías para con un hombre que siempre se ponía
de parte de los que en las armas eran superiores.
XXXI Concilió esta embajada no pequeña consideración
a Pelópidas en su vuelta, tanto por la repoblación
de Mesena como por la independencia de todas las ciudades griegas.
En tanto, Alejandro de Feras había descubierto otra vez
su carácter, destruyendo, no pocas ciudades de la Tesalia
y poniendo guarniciones en la Ftiótide, en la Acaya y por
toda la Magnesia; noticiosas las demás ciudades del regreso
de Pelópidas, enviaron al punto embajadores a Tebas, pidiendo
tropas, y a éste por caudillo. Decretóse así
sin tardanza, y hechos prontamente todos los preparativos, cuando
el general estaba para partir, hubo un eclipse de sol, y en medio
del día quedó la ciudad en tinieblas. Pelópidas,
viéndolos a todos consternados con este accidente, creyó
que no convenía violentarlos en su terror y desaliento,
ni tampoco aventurar en la empresa las vidas de siete mil ciudadanos;
así, ofreciéndose por sí solo a los Tésalos,
y tomando únicamente consigo trescientos extranjeros de
a caballo que voluntariamente le siguieron, partió, contra
la opinión de los agoreros y el deseo de los demás
ciudadanos, a quienes parecía que aquella señal
del cielo no se hacía sino por un varón ilustre.
Él, por otra parte, estaba muy acalorado contra Alejandro
por las ofensas que le había hecho, y esperaba también
encontrar su misma casa indispuesta y enconada contra él
por las conversaciones que había tenido con Teba. Mas lo
que sobre todo le atraía era lo brillante de la acción:
pues cuando los Lacedemonios habían enviado a Dionisio,
el tirano de Sicilia, generales y gobernadores, y cuando los Atenienses
recibían sueldo del mismo Alejandro y le habían
puesto una estatua de bronce como a bienhechor, entonces mismo
se afanaba él y aspiraba al honor de hacer ver a los Griegos
que solos los de Tebas hacían la guerra a los tiranos y
quebrantaban en la Grecia los poderíos violentos e injustos.
XXXII. Luego que llegó a Farsalo, reunió sus tropas
y marchó sin dilación contra Alejandro, el cual,
viendo pocos Tebanos al lado de Pelópidas, y que él
tenía más que doble infantería de Tésalos,
le salió al encuentro junto al templo de Tetis; y como
alguno le dijese a Pelópidas que el tirano venía
con mucha gente: Mejor- respondió;- con eso serán
más los que venzamos. Extiéndense hacia el
medio de las llamadas Cinocéfalas varios collados de bastante
inclinación y altura, y unos y otros se dirigieron a ocuparlos
con la infantería; al propio tiempo, Pelópidas mandó
a los suyos de a caballo, que eran muchos y excelentes, que se
batiesen con la caballería enemiga. Vencieron éstos
y bajaron a la llanura en persecución de los fugitivos;
mas se vio que Alejandro había tomado las alturas y que,
acometiendo a la infantería tesaliana, que se había
rezagado y se encaminaba a los puntos más fuertes y elevados,
dio muerte a los primeros, y los demás, siendo ofendidos,
nada hacían por su parte. Advertido, pues, esto por Pelópidas,
llamó a los de a caballo y les dio orden de que corriesen
contra lo más apiñado de los enemigos; él
mismo, embrazando el escudo, marchó de carrera a unirse
con los que peleaban en los collados, y penetrando por la retaguardia
hasta los primeros, infundió en todos tal valor y aliento,
que aun a los mismos enemigos les pareció ser aquellos
otros hombres en el cuerpo y en el espíritu; y si bien
éstos rechazaron dos o tres choques, al ver que todavía
volvían con ímpetu y que la caballería dejaba
el alcance, cedieron por fin y se retiraron. Pelópidas,
desde la eminencia, viendo toda la hueste de enemigos, no puesta
en fuga, pero sí ya en gran confusión y desorden,
se detuvo un poco a mirar, en busca del mismo Alejandro; y cuando
observó que estaba en el ala derecha animando y ordenando
a sus estipendiarios, no hizo uso de la razón para refrenar
la ira, sino que, inflamado con su vista, y abandonando a la cólera
su persona y el mando, se adelantó a todos los demás,
clamando y llamando a gritos al tirano, el cual estuvo bien distante
de sostener el ímpetu y de, aguantar, sino que, dando a
correr hacia los estipendiarios, se escondió. Y los primeros
de éstos que hicieron oposición fueron rechazados
por Pelópidas, y aun algunos heridos y muertos; pero los
demás, hiriéndole de lejos con las lanzas, acabaron
con él, mientras que los Tésalos venían a
carrera desde los collados en su auxilio. Cuando ya había
muerto, acudieron también los de a caballo y pusieron en
huída todo el ejército, persiguiéndole gran
trecho, y llenaron aquella llanura de cadáveres, tanto,
que fueron más de tres mil a los que dieron muerte.
XXXIII. Que los Tebanos presentes a la muerte de Pelópidas
cayesen en el mayor desconsuelo, llamándole padre, salvador
y maestro de los mayores y más apreciables bienes, nada
tiene de extraño; pero el que los Tésalos pasasen
con sus decretos la raya de cuanto honor puede dispensarse a la
humana virtud, esto fue lo que principalmente manifestó
en sus demostraciones el aprecio y gratitud con que le miraban.
Porque se dice que al saber su muerte cuantos concurrieron a aquella
batalla, ni se quitaron la coraza, ni desensillaron los caballos,
ni se curaron las heridas, sino que corriendo como se hallaban
adonde estaba el cadáver, como si hubiera de sentirlo,
pusieron alrededor de su cuerpo, en montón, los despojos
de los enemigos, cortaron las crines a los caballos y se cortaron
también el cabello, y muchos, yendo después a las
tiendas, ni encendieron fuego ni se sentaron a comer, sino que
el silencio y la pesadumbre se difundió por todo el campamento,
como si no hubieran alcanzado la mayor y más completa victoria
sino que más bien hubiesen sido vencidos y esclavizados
por el tirano. De las ciudades, luego que corrió la nueva,
vinieron las autoridades, y con ellas los mancebos, los muchachos
y los sacerdotes, para recibir el cuerpo, trayendo para adornarle
trofeos, coronas y armaduras de oro. Llegado el momento de haberse
de conducir el cadáver, adelantándose los Tésalos
de más provecta edad, pidieron a los Tebanos que les permitieran
darle sepultura; y uno de ellos habló de esta manera: Os
pedimos ¡oh aliados nuestros! una gracia que nos ha de servir
de honor y de consuelo; pues no hacen la corte los Tésalos
a Pelópidas, todavía vivo, ni en tiempo que pueda
sentirlo le retribuyen los correspondientes honores, sino que
con sernos permitido tocar su cadáver, hacerle las debidas
exequias y sepultar su cuerpo, parecerá que debe creérsenos
si decimos que esta calamidad es mayor para nosotros que para
los Tebanos, pues que vosotros sólo habéis perdido
un excelente general, cuando nosotros, además de esta pérdida,
hemos sido privados de la libertad. ¿Y cómo ya nos
atreveremos a pediros otro general, no restituyéndoos a
Pelópidas? Condescendieron, pues, los Tebanos con
sus ruegos.
XXXIV. Ciertamente que no habrá habido exequias más
magníficas que éstas, a juicio de los que no colocando
lo magnífico en el marfil, en el oro y en la púrpura,
se distinguen de Filisto, que cantó y engrandeció
el enterramiento de Dionisio, haciéndolo el desenlace teatral
de su tiranía, como si fuera el de una gran tragedia. También
Alejandro el Grande, muerto Hefestión, no sólo esquiló
las crines de los caballos y de las acémilas, sino que
quitó las almenas de los muros, para dar a entender que
las ciudades lloraban, habiendo tomado aquel aspecto lúgubre
y humilde en lugar de su antigua belleza. Mas todos éstos
no son sino preceptos de tiranos, impuestos por necesidad, para
envidia de aquellos en favor de quienes se expiden, y en más
odio de los que para ellos emplean la fuerza; lejos de ser expresiones
de gratitud y honor, no lo son sino de un fausto bárbaro
y de ostentación y molicie de hombres que gastan su caudal
en cosas vanas, indignas de imitarse. Por el contrario, el que
un hombre popular, muerto en tierra extraña, sin hallarse
presentes su mujer, sus hijos o sus deudos, sin que nadie lo exija
y menos lo mande, sea honrado en sus exequias por tantas ciudades
y pueblos reunidos, que llevan y coronan su féretro, esto
debe con justa razón parecer el complemento de la felicidad;
porque no es la más triste, como Esopo dijo, la muerte
del hombre dichoso, sino antes la más bienaventurada, por
haber puesto ya en lugar seguro sus buenas acciones y haberse
quitado del alcance de las mudanzas de Fortuna. Por tanto, mejor
lo entendió aquel Lacedemonio que a Diágoras, triunfador
en Olimpia, que alcanzó a ver a sus hijos coronados en
los juegos, y nietos de hijos e hijas, le saludó diciéndole:
Muérete ¡oh Diágoras!, pues que no has
de subir a otro Olimpo. Pues todas las victorias olímpicas
y píticas juntas no creo que hubiese quien las comparase
con uno de los combates de Pelópidas, el cual, habiendo
reñido muchas lides, vencedor en todas, y habiendo pasado
la mayor parte de su vida en el honor y la gloria, últimamente
en su décimatercia beotarquia, después de haber
alcanzado el prez del valor sobre muerte de un tirano, dio su
vida por la libertad de la Tesalia.
XXXV. Si su muerte causó mucho pesar a los aliados, todavía
les fue de mayor provecho, porque los Tebanos, luego que tuvieron
noticia del fallecimiento de Pelópidas, no poniendo dilación
ninguna en el castigo, dispusieron inmediatamente una expedición
de siete mil infantes y ochocientos caballos, bajo el mando de
Malcites y Diogitón, los cuales, llegando a tiempo en que
Alejandro todavía estaba escaso y debilitado de fuerzas,
le obligaron a que restituyese a los Tésalos las ciudades
que les había tomado; a que dejase en paz a los de Magnesia,
de la Ftiótide y de la Acaya, retirando las guarniciones,
y a que pactase con ellos en un tratado que, adondequiera que
los Tebanos le condujesen o mandasen, allá los seguiría;
siendo esto con lo que los Tebanos se dieron por satisfechos.
Ahora referiremos cuál fue la venganza que los Dioses tomaron
de Alejandro, a causa de Pelópidas. Ya éste había
antes enseñado a Teba, como arriba dijimos, a no mirar
con miedo la brillantez y aparato exterior de la tiranía,
que interiormente se sostenía sólo con algunas armas
y algunos tránsfugas; además, recelosa siempre de
su infidelidad e indignada de su fiereza, trató y convino
con sus hermanos, que eran tres, Tisífono, Pitolao y Licofrón,
El deshacerse de él de esta manera. Todo el resto de la
casa estaba al cuidado de aquellos guardias a quienes tocaba custodiarle
por la noche; pero del dormitorio en que solía acostarse,
que estaba en alto, era único centinela, puesto delante
de él, un perro atado, temible a todos menos a ellos dos
y al esclavo que le daba de comer. Al tiempo concertado para el
hecho, Teba, desde antes de la noche, tenía ocultos a los
hermanos en una habitación vecina: entró sola, como
lo tenía de costumbre, al cuarto de Alejandro, que ya estaba
dormido; salió de allí a poco, y mandó al
esclavo que se llevara afuera el perro, porque aquel quería
reposar con el mayor sosiego; inmediatamente, para precaver que
la escalera hiciese ruido al subir los hermanos, tendió
lana por toda ella; trajo luego a los hermanos armados, y, dejándolos
a la puerta, entró al dormitorio y sacó la espada
que Alejandro tenía colgada sobre el lecho, siendo ésta
la seña que se tenían dada para entender que éste
dormía y que era el momento de sorprenderle. Como entonces
se acobardasen aquellos jóvenes y se detuviesen, empezó
a motejarlos y amenazarlos con que despertaría a Alejandro
y le descubriría el designio; entonces, entre avergonzados
y medrosos, los introdujo y los colocó alrededor del lecho,
llevando luz. Sujetóle el uno por los pies, y el otro le
tomó la cabeza por los cabellos, y el tercero le pasó
con la espada; muriendo, atendida la celeridad del hecho, quizá
más pronto de lo que fuera razón; y sólo
en haber sido el primer tirano muerto por su mujer, y en la afrenta
que sufrió su cadáver, siendo arrojado al suelo
y hollado por los de Feras, puede decirse que tuvo el fin debido
a sus maldades.
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