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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
ALEJANDRO
IX. Hacía Filipo la guerra a los Bizantinos cuando Alejandro no tenía más que diez y seis años, y habiendo quedado en Macedonia con el gobierno y con el sello de él, sometió a los Medos, que se habían rebelado; tomóles la capital, de la que arrojó a los bárbaros, y repoblándola con gentes de diferentes países le dio el nombre de Alejandrópolis. En Queronea concurrió a la batalla dada contra los Griegos, y se dice haber sido el primero que acometió a la cohorte sagrada de los Tebanos; todavía en nuestro tiempo se muestra a orillas del Cefiso una encina antigua llamada de Alejandro, junto a la cual tuvo su tienda, y allí cerca está el cementerio de los Macedonios.
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RÓMULO
I. Este nombre grande de Roma, que con tanta gloria ha corrido entre todos los hombres, no están de acuerdo los escritores sobre el origen y causa por donde le vino a la ciudad que con él se distingue. Algunos creen que los Pelasgos, que corrieron por diferentes partes de la tierra y sojuzgaron muchos pueblos, se establecieron allí, y de la fuerza de sus armas dieron este nombre a la ciudad, que eso quiere decir Roma. Otros refieren que tomada Troya, algunos de los que huían pudieron hacerse de naves, e impelidos del viento fueron a caer en el país Tirreno, y pararon en las inmediaciones del Tíber. Allí, estando ya las mujeres sin saber qué hacerse, y muy molestadas de la navegación, una de ellas, llamada Roma, que sobresalía en linaje y prudencia, les propuso dar fuego a las naves; hízose así, y al principio los hombres se incomodaron; pero cediendo luego a la necesidad, se establecieron en lo que se llamó Palacio; y como al cabo de poco viesen que les iba mejor de lo que habían esperado, por ser excelente el país y haber sido muy bien recibidos de los habitantes, dispensaron a Roma, entre otros honores, el que de ella, como de primera causa, tomase nombre su ciudad. De entonces dicen que viene lo que todavía se practica, que las mujeres saludan con ósculo a los deudos y a sus propios maridos, porque también aquellas saludaron así a los hombres después de la quema de las naves, por miedo y para templarlos en su enojo.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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PERICLES
I Viendo César en Roma ciertos forasteros
ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos
y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo
por este término, de una manera verdaderamente imperatoria,
a los que la inclinación natural que hay en nosotros al
amor y afecto familiar, debiéndose a solos los hombres,
la trasladan a las bestias. Puesto que nuestra alma es por naturaleza
curiosa y ávida de espectáculos, ¿no es razonable
censurar a los que abusan de este instinto, consagrándolo
a lecciones y espectáculos indignos de atención
y despreocupándose, por otra parte, de las cosas bellas
y útiles? Porque a los sentidos, como obran pasivamente,
al recibir la impresión de cualquiera objeto puede serles
preciso reparar en lo que los hiere, bien sea provechoso, o bien
inútil; mas de la razón a cada uno le es dado usar
como quiere, y dirigirla fácilmente al objeto que le parece
o apartarla de él. Conviene, por tanto, volverla a lo mejor,
no para examinarlo sólo, sino para alimentarse y recrearse
con su contemplación. Porque así como al ojo aquel
color le es conveniente que con su vivacidad y blandura excita
y recrea la vista, así también conviene emplear
la inteligencia en objetos que con recreo la inclinen hacia el
bien que le es natural y propio. Tales son las obras y acciones
virtuosas que con sólo que se refieran engendran cierto
deseo y prontitud capaces de conducir a su imitación; pues
en las demás, al admirar sus frutos o productos no suele
seguirse el conato de ejecutarlas, antes por el contrario, muchas
veces, causándonos placer la obra, miramos mal al artífice,
como sucede con los ungüentos y la púrpura; estas
cosas nos gustan, pero a los tintoreros y aparejadores de afeites
los tenemos por mecánicos y serviles. Por esto Antístenes,
habiendo oído de Ismenias que era buen flautista, repuso,
con razón: Pero hombre baladí, pues a no serlo,
no sería tan diestro flautista; y Filipo, a su hijo,
que en un festín había cantado con gracia y habilidad:
¿No te avergüenzas, le dijo, de cantar tan diestramente?
Porque a un rey le basta, cuando tenga vagar, oír a los
que cantan, y da bastante a las Musas con presenciar los certámenes
de los que en ellas sobresalen.
II. La ocupación, pues, en las cosas serviles halla contra
sí misma confirmación que la convenza de desidia
hacia la virtud en el trabajo que se emplea en los negocios fútiles;
pues ningún joven de generosa índole, o por haber
visto en Pisa la estatua de Zeus ha deseado ser un Fidias, o un
Policleto por haber visto en Argos la de Hera; ni un Anacreonte,
un Filemón, o un Arquíloco, por haber oído
los versos de estos poetas, pues no es preciso que, porque la
obra deleite como agradable, sea digno de estimación el
artífice. Portanto, es visto que no son de provecho para
los espectadores aquellas cosas que no engendran celo de imitación,
ni tienen por retribución el incitar al deseo y conato
de aspirar a la semejanza; mas la virtud es tal en sus obras,
que con el admirarlas va unido al punto el deseo de imitar a los
que las ejecutan; porque en las cosas de la fortuna lo que nos
complace es la posesión y el disfrute; pero en las de la
virtud, la ejecución; y aquellas queremos más que
nos vengan de los otros, y éstas, por el contrario, que
las reciban los otros de nuestras manos; y es que lo honesto mueve
prácticamente y produce al punto un conato práctico
y moral, infundiendo un propósito saludable en el espectador,
no precisamente por la imitación, sino por sola la relación
de los hechos. De aquí nació en mí el propósito
de proseguir este género de escritura relativo a las Vidas,
y éste es el décimo libro que componemos, que contiene
las de Pericles y de Fabio Máximo, el que combatió
con Aníbal, varones parecidos entre sí en otras
virtudes, pero muy especialmente en la mansedumbre y la justicia,
y en haber sido ambos muy útiles a sus patrias con saber
llevar las injusticias de los pueblos y de sus colegas; si acertamos
o no en nuestro juicio, podrá verse lo que escribimos.
III. Era Pericles, por la tribu, Acamántida, y por su
demo, Colargeo, y de los primeros por su casa y linaje, así
por parte de padre como de madre. En efecto: Jantipo, el que venció
en Mícala a los generales del rey, se casó con Agarista,
descendiente de Clístenes, el que arrojó a los Pisistrátidas,
y destruyó valerosamente la tiranía, publicando
leyes y estableciendo un gobierno el más acomodado para
la concordia y el bienestar. Parecióle a aquella entre
sueños que paría un león, y de allí
a breves días dio a luz a Pericles, que en toda la demás
conformación de su cuerpo no tenía defecto, y solamente
la cabeza era muy prolongada y desmedida. Por esto en casi todas
sus estatuas se le retrata con yelmo, no queriendo, según
parece, mortificarle los artistas; y los poetas áticos
le llamaban esquinocéfalo, cabeza de albarrana, porque
a esta especie de cebolla llamada escila algunos le decían
esquino. De los poetas cómicos, Cratino en Los Quirones
dice: La sedición y el ya canoso tiempo en unión
monstruosa se ayuntaron; y un tirano nació, que de los
Dioses fue congregacabezas saludado. Y también en la Némesis:
¡Ven ¡oh Zeus hospedero y bienhadado! Teleclides,
en un lugar, dice que, dudoso con los negocios, se sentaba en
la ciudad muy cargado de cabeza, y en otro lugar, que él
solo, con su cabeza descomunal, movía grande alboroto.
Y Éupolis, en su comedia Los populares, preguntado sobre
cada uno de los demagogos que iban volviendo del infierno, cuando
en último lugar se nombró a Pericles: ¿A
qué ahora trajiste de allá bajoa ése que
de todos es cabeza?
IV. Muchos escriben que fue Damón su maestro en la música,
diciendo que la primera sílaba de este nombre debe pronunciarse
breve; pero Aristóteles es de opinión que se dedicó
a la música bajo la enseñanza de Pitoclides. Lo
que se infiere es que Damón, que era consumado sofista,
quiso tomar por pretexto el nombre de la música, disfrazando
así para con la muchedumbre su principal habilidad; pues
estaba al lado de Pericles como de un atleta, sirviéndole
de ungüentario y maestro en las cosas públicas. Ni
se dejó de echar de ver que Damón tomaba la lira
por pretexto y disimulo; antes luego que, como hombre de peligrosos
intentos y favorecedor de la tiranía, fue condenado al
ostracismo, dio por aquella causa materia a los poetas cómicos;
de los cuales, Platón hace que uno le pregunte, en cabeza
de aquel, de esta manera: A esto ante todas cosas da respuesta.
¡Es común opinión que tú, oh perverso,
fuiste quien a Pericles educaste! Oyó también Pericles
a Zenón Eleata, que trató de las cosas naturales
al modo de Parménides, y practicó por vez primera
un método dialéctico tan sutil y lleno de argucias,
que desconcertaba al adversario, según que Timón
Fliasio lo indicó en estos versos: Era grande el poder,
mas no engañoso,de Zenón doble-lengua; que de todos,
como abeja, solícita escogía. Mas quien siempre
asistió al lado de Pericles, quien le infundió principalmente
aquella altivez y aquel espíritu domeñador de la
muchedumbre, y quien dio majestad y elevación a sus costumbres,
fue Anaxágoras de Clazómenas, al cual los de su
edad le apellidaban Inteligencia, o admirando su grande prudencia
y sus singulares y adelantados conocimientos en las cosas físicas,
o porque fue el primero que estableció por principio ordenador
de todos los seres, no el acaso o la necesidad, sino una razón
pura e ilibada, difundida en todas las cosas, que puso diferencias
entre las que eran semejantes y estaban mezcladas.
V. Gustaba extrañamente Pericles de este filósofo,
y, penetrado de su doctrina sobre los fenómenos celestes
y de su metafísica sublime, no solamente adquirió,
como era natural, un ánimo elevado y un modo de decir sublime,
puro de toda chocarrería y vulgaridad, sino que con su
continente inaccesible a la risa, con su modo grave de andar,
con toda la disposición de su persona, imperturbable en
el decir, sucediera lo que sucediese, con el tono inalterable
de su voz, con todas estas cosas sorprendía maravillosamente
a todos. Estuvo en una ocasión un hombre infame y disoluto
insultándolo todo el día, y lo aguantó, aun
en la plaza, mientras tuvo que despachar los negocios que ocurrieron:
a la tarde se retiraba tranquilo a casa, y aquel hombre se puso
a seguirle, vomitando contra él toda suerte de dicterios:
llegó a casacuando ya había oscurecido, y mandó
a un criado que tomase un hacha y fuese acompañando a aquel
hombre hasta su posada. El poeta Ion dice que el trato de Pericles
era arrogante y soberbio, y que a lo jactancioso se reunía
en él cierta altivez y desprecio de los demás; y
celebra a Cimón de atento, de afable y de festivo en las
concurrencias. Pero sin hacer caso de Ion, que, al modo que en
la representación trágica, quiere que también
en la virtud haya un poquito de sátira, a los que a la
gravedad de Pericles le daban el nombre de arrogancia y soberbia
los exhortaba Zenón a que ellos también se mostraran
orgullosos de modo semejante, para que la ficción de lo
bueno engendrara en sus ánimos, sin que lo echasen de ver,
recta imitación y costumbre.
VI Ni sólo este fruto sacó Pericles de su comunicación
con Anaxágoras, sino que parece haberse hecho con ella
superior a la superstición, que infunde terror en los efectos
meteóricos y naturales a los que ignoran sus causas, y
en las cosas divinas, a los que con ellas deliran, y se asustan
por falta de experiencia; pues la ciencia física la disipa
inspirando, en lugar de una superstición tímida
y vana, una piedad sólida, acompañada de las mejores
esperanzas. Cuéntase que trajeron una vez a Pericles la
cabeza de un carnero que no tenía más de un solo
cuerno, y que Lampón el adivino, luego que vio el cuerno
fuerte y firme que salía de la mitad de la frente, pronunció
que, siendo dos los bandos que dominaban en la ciudad, el de Tucídides
y el de Pericles, sería de aquel el mando y superioridad
en el que se verificase aquel prodigio; pero Anaxágoras,
abriendo la cabeza, hizo ver que el cerebro no llenaba toda la
cavidad, sino, que formaba punta como huevo, yendo en disminución
por toda aquella hasta el punto en que la raíz del cuerno
tomaba principio. Por lo pronto, Anaxágoras fue muy admirado
de los que se hallaron presentes; pero de allí a poco lo
fue también Lampón, cuando, desvanecido el poder
de Tucídides, recayó en Pericles todo el manejo
de los negocios públicos. Mas a lo que entiendo, ninguna
oposición o inconveniente hay en que acertasen el físico
y el adivino, y que atinase aquel con la causa, y éste
con el fin; siendo de la incumbencia del uno el examinar de dónde
y cómo provenía, y del otro, pronosticar a qué
se dirigía y qué significaba. Los que son de opinión
de que el hallazgo de la causa es destrucción de la señal
no reparan en que juntamente con las señales de las cosas
divinas quitan las de las artificiales y humanas: el ruido de
los discos, la luz de los faros, la sombra del puntero de los
relojes de sol, cada una de las cuales cosas por artificio y disposición
humana es signo de otra. Mas esto quizás es más
bien asunto de otro tratado que del presente.
VII. Pericles ya desde joven se iba con mucho tiento con el pueblo,
porque en la conformación del rostro era muy parecido a
Pisístrato el tirano, y los más ancianos admiraban
en él, cuando le oían hablar, lo dulce de la voz
y la volubilidad y prontitud de la lengua por la misma semejanza.
Siendo además expectable por su riqueza y su linaje, y
teniendo amigos de mucho poder, de miedo del ostracismo ninguna
parte tomaba en las cosas de gobierno; pero en las expediciones
militares se acreditaba de valeroso y arriscado. Cuando ya murió
Arístides, Temístocles fue condenado, y Cimón
estaba constantemente con la escuadra fuera de la Grecia, se fue
Pericles aproximando al pueblo, con tal arte que tomó la
causa de la muchedumbre y de los pobres, en vez de la de los pocos
y los ricos, no obstante que su carácter nada tenía
de popular, sino que temeroso, a lo que parece, de caer en sospecha
de tiranía, y observando que Cimón era aristocrático
y muy preciado de lo mejor de la ciudad, se puso del lado de los
muchos, tanto para labrarse su seguridad propia, como para formar
contra éste un partido poderoso. Aun en lo relativo al
método de vida tomó desde entonces otro sistema;
porque parece que para él no había en la ciudad
otro camino que el de la plaza pública y el consejo: ¡de
tal modo dio de mano a los convites para festines y a toda clase
de reunión y concurrencia! Así, en todo el tiempo
que mandó, que fue muy largo, no se le vio concurrir a
convite alguno en casa de ningún ciudadano, sino únicamente
en la boda de su primo Euriptólemo, en la que estuvo hasta
las libaciones, y luego se levantó. Porque las concurrencias
llevan mal todo lo que es altivez, y es muy difícil en
la familiaridad conservar aquella gravedad que da opinión.
Mas en la verdadera virtud, lo más loable es lo que más
se manifiesta al público, y en los hombres buenos nada
hay tan admirable para los de afuera como lo es su vida cotidiana
para los de su casa; pero éste, huyendo respecto del pueblo
la relación continua y el fastidio, no se le presentaba
sino como escatimándose, ni hablaba en todo negocio, ni
siempre se mostraba al público, sino que, reservándose
para los casos de importancia, como de la nave de Salamina, dice
Critolao, las demás cosas las ejecutaba por medio de sus
amigos o de oradores de su partido; de los cuales se dice que
era uno Efialtes, que fue el que debilitó la autoridad
del Areópago, escanciando a los ciudadanos, según
expresión de Platón, una grande e inmoderada libertad,
con la que el pueblo, como caballo sin freno, según que
se lo echan en cara los poetas cómicos: No tuvo a bien
mostrarse ya sumiso, sino morder osado a la Eubea, y hacer insultos
a las otras islas.
VIII. A este orden de vida y a la elevación de su ánimo
procuraba acomodar, como órgano conveniente, su lenguaje,
para lo que consultaba frecuentemente a Anaxágoras, coloreando
con la ciencia física, como con un tinte retórico,
la dicción. Porque reuniendo aquel, por sus conocimientos
en la física, la razón sublime obradora de todo,
como dice el divino Platón, a su excelente natural, y juntando
siempre lo conducente con el artificio en el decir, se aventajó
mucho a todos los demás; y de aquí dicen que tuvo
el sobrenombre; aunque hay quien diga que de los primores con
que adornó la ciudad, y otros que de su autoridad en el
gobierno y en los ejércitos, le vino el que le llamasen
Olimpio: bien que nada de extraño habría en que
todas estas cosas hubiesen contribuido en aquel hombre insigne
para esta gloriosa denominación. Mas las comedias de sus
contemporáneos lanzaron por entonces muchas voces serias
o ridículas contra él; de su modo de decir muestran
habérsele originado principalmente el tal sobrenombre porque
decían de él que tronaba, que lanzaba centellas,
y que llevaba en la lengua un tremendo rayo, cuando hablaba en
público. Hácese también mención en
este punto de un dicho de Tucídides, hijo de Melesio, que
expresa con gracia la destreza de Pericles. Era Tucídides
hombre recto y bueno, y en el gobierno había estado largo
tiempo en contradicción con Pericles. Preguntándole,
pues, Arquidamo, rey de los Lacedemonios, cuál de los dos,
Pericles o él, era mejor combatiente, cuando le he
derribadodijo-, luchando con él, luego replica que no ha
caído, que vence, y se los persuade a los que se hallan
presentes. El mismo Pericles era tímido y circunspecto
en el decir; y así, al subir a la tribuna, pedía
siempre a los Dioses que no se le escapase, sin advertirlo, ni
una sola palabra que no fuese acomodada a su intento y a lo que
éste pedía. Y lo que es escrito no dejó nada,
a excepción de los decretos; pero se conservan en la memoria
unos cuantos dichos suyos notables, muy pocos; cual es haber dispuesto
que como una legaña se separase a Egina del Pireo, y aquello
de decir: Me parece que veo ya la guerra venir del Peloponeso.
Y en una ocasión en que Sófocles, su colega en el
mando, hizo con él un viaje de mar, celebrando éste
de lindo a un mocito: Un general- le dijo- no sólo
ha de tener puras las manos, sino también los ojos.
Y Estesímbroto refiere que, elogiando en la tribuna a los
que había muerto en Samo, dijo que se habían
hecho inmortales, como los Dioses, porque tampoco a éstos
los vemos, sino que de los honores que se les tributan y de los
bienes que nos dispensan conjeturamos que son inmortales, y esto
mismo cuadra a los que mueren por la patria.
IX. Tucídides nota de aristocrático el gobierno
de Pericles, diciendo que, aunque en las palabras era democrático,
en la realidad era mando de uno solo; y otros muchos han escrito
que bajo él fue por la primera vez seducida la plebe con
repartimientos y con pagarle los espectáculos y darle jornal;
con las cuales disposiciones se la acostumbró mal, y se
hizo pródiga e indócil, de templada y laboriosa
que antes era: veamos, pues, por los hechos mismos, cuál
fue la causa de esta mudanza. Contrarrestando Pericles en el principio,
como hemos dicho, a la gloria de Cimón, se adhirió
a la muchedumbre; mas siendo inferior en riqueza e intereses,
con los que éste ganaba a los pobres, dando cotidianamente
de comer a los Atenienses necesitados, vistiendo a los ancianos
y echando al suelo las cercas de sus posesiones para que tomaran
de los frutos los que quisiesen, frustrado Pericles con estas
cosas, recurrió al repartimiento de los caudales públicos
aconsejándoselo así Damónides de Ea, según
testimonio de Aristóteles. Con las dádivas, pues,
para los teatros y para los juicios, y con otros premios y diversiones,
corrompió a la muchedumbre, y se valió de su poder
contra el consejo del Areópago, en el que no tenía
parte, por no haberle cabido en suerte ser o Arconte, o Tesmoteta,
o Rey, o Polemarco; porque estos empleos eran sorteables de antiguo,
y de ellos los ciudadanos más aprobados pasaban al Areópago;
por esta causa, cuando Pericles tuvo gran influjo en el pueblo,
le convirtió contra este consejo, consiguiendo quitarle
el conocimiento de muchos negocios por medio de Efialtes, y hacer
salir desterrado a Cimón, como apasionado de los Lacedemonios
y desafecto a la muchedumbre: varón que a nadie cedía
en hacienda y linaje, que en muchos combates había alcanzado
brillantes victorias de los bárbaros, y que con grandes
sumas y cuantiosos despojos había enriquecido la ciudad,
como lo escribimos en su vida: ¡tal era el poder de Pericles
en el pueblo! X. No se acababa por la ley el ostracismo, para
los que sufrían, esta especie de destierro, hasta los diez
años; pero en este medio tiempo los Lacedemonios invadieron
el territorio de Tanagra, y marchando al punto los Atenienses
contra ellos, Cimón, volviendo de su destierro, tomó
las armas, y formó con los de su tribu, queriendo purgar
con obras la sospecha de laconismo peleando al lado de sus conciudadanos;
pero los amigos de Pericles se agruparon, y lo hicieron desechar
como desterrado. Por esto mismo pareció que Pericles peleó
en aquella ocasión con mayor denuedo, y se distinguió
sobre todos, poniendo a todo riesgo su persona. Perecieron allí
los amigos de Cimón, todos a una, a los que Pericles había
acusado también de laconismo; y los Atenienses llegaron
ya a arrepentirse y echar menos a Cimón, viéndose
vencidos en las mismas fronteras del Ática, y esperando
más violenta guerra todavía para el verano. Echólo
de ver Pericles, y no sólo no tuvo dificultad en dar gusto
a la muchedumbre, sino que él mismo escribió el
decreto por el que Cimón había de ser restituido;
el cual, luego que volvió, hizo la paz entre ambas ciudades,
porque los Lacedemonios le miraban con inclinación, así
como estaban mal con Pericles y con los demás demagogos.
Algunos son de sentir que no se decretó por Pericles la
restitución de Cimón, sin que antes se hiciera entre
ambos, por medio de Elpinice, hermana de éste, un tratado
secreto: de modo que Cimón daría al punto la vela
con doscientas galeras para mandar fuera las tropas, y a Pericles
le correspondería quedar con el mando en la ciudad. Parece
que ya antes la misma Elpinice había suavizado para con
Cimón el ánimo de Pericles cuando aquel tuvo que
defenderse en la causa capital. Era Pericles uno de los acusadores,
elegido por el pueblo, y habiéndosele presentado Elpinice
en clase de suplicante, sonriéndose le respondió:
Vieja estás, Elpinice, vieja estás para salir
adelante con tales asuntos; mas con todo, sola una vez se
levantó a hablar, no más que por cumplir con su
nombramiento; y luego se retiró, habiendo sido de los acusadores
el que menos incomodó a Cimón. ¿Pues quién
con esto podrá dar crédito a Idomeneo, que acusa
a Pericles de que habiéndose hecho amigo del orador Efialtes,
y sido ambos de un mismo modo de pensar en las cosas de gobierno,
por celos y por envidias dolosamente lo hizo asesinar? Yo no sé
de dónde pudo recoger estos rumores para achacarlos como
hiel a un hombre que, si no fue del todo irreprensible, tuvo un
espíritu generoso y un alma apasionada por la gloria, con
los que no es compatible una pasión tan cruel y feroz,
y respecto de Efialtes, lo que hubo fue que, habiéndose
hecho temer de los oligarquistas, y siendo inexorable para tomar
venganza y perseguir a los que molestaban al pueblo, sus enemigos
le armaron asechanzas, y ocultamente le quitaron de en medio por
mano de Aristódico de Tanagra, como lo refiere Aristóteles.
Cimón, en tanto, mandando la escuadra, murió en
Chipre.
XI Los aristócratas, viendo ya a Pericles engrandecido
y tan preferido a los demás ciudadanos, quisieron contraponerle
alguno de su partido en la ciudad, y debilitar su poder para que
no fuese absolutamente, de un monarca; y con la mira de que le
resistiese, echaron mano de Tucídides, de la tribu Alopecia,
hombre prudente y cuñado de Cimón. Era, sí,
menos guerrero que éste; pero le aventajaba en el decir
y en el manejo de los negocios; así contendía en
la tribuna con Pericles, y bien pronto produjo una división
en el gobierno. En efecto: estorbó que los ciudadanos que
se decían principales se allegaran y confundieran como
antes con la plebe, mancillando su dignidad, y más bien
manifestándolos separados, y reuniendo como en un punto
el poder de todos ellos, le hizo de más resistencia, y
que viniera a ser como un contrapeso en la balanza; porque desde
el principio hubo como una separación oscura, que, a la
manera de las pegaduras del hierro, era indicio de dos partidos:
el popular y el aristocrático; y ahora aquella unión
y concordia de los principales dio más peso a esta división
de la ciudad, e hizo que el un partido se llamara plebe, y el
otro, oligarquía o de los pocos. Por esto mismo, soltando
más entonces Pericles las riendas a la plebe, gobernaba
a gusto de ésta, disponiendo que continuamente hubiese
en la ciudad, o un espectáculo público, o un banquete
solemne, o una ceremonia aparatosa, entreteniendo al pueblo con
diversiones del mejor gusto. Hacía, además, salir
cada año sesenta galeras, en las que navegaban muchos ciudadanos,
asalariados por espacio de ocho meses, y al mismo tiempo se ejercitaban
y aprendían la ciencia náutica. Enviaba asimismo
mil sorteados al Quersoneso; a Naxo, quinientos; a Andro, la mitad
de éstos; otros mil a la Tracia, para habitar en unión
con los Bisaltas, y otros, a Italia, restablecida Síbaris,
a la que llamaron Turios. Todo esto lo hacía para aliviar
a la ciudad de una muchedumbre holgazana e inquieta con el mismo
ocio; para remediar a la miseria del pueblo, y también
para que impusieran miedo y sirvieran de guardia a los aliados,
habitando entre ellos, para que no intentaran novedades.
XII. Lo que mayor placer y ornato produjo a Atenas, y más
dio que admirar a todos los demás hombres, fue el aparato
de las obras públicas, siendo éste sólo el
que aún atestigua que la Grecia no usurpó la fama
de su poder y opulencia antigua. Y, no obstante, esta disposición
era, entre las de Pericles, la de que más murmuraban sus
enemigos, y la que más calumniaban en las juntas públicas,
gritando que el pueblo perdía su crédito y era difamado,
porque se traía de Delos a Atenas los caudales públicos
de los Griegos, y aun la excusa más decente que para esto
podía oponerse a los que le reprenden, a saber: que, por
miedo de los bárbaros, trasladaban de allí aquellos
fondos para tenerlos en más segura custodia, aun ésta
se la quitaba Pericles; y así parece, decían, que
a la Grecia se hace un terrible agravio, y que se la esclaviza
muy a las claras, cuando ve que con lo que se la obliga a contribuir
para la guerra doramos y engalanamos nosotros nuestra ciudad con
estatuas y templos costosos, como una mujer vana que se carga
de piedras preciosas. Mas Pericles persuadía al pueblo
que de aquellos caudales ninguna cuenta tenían que dar
a los aliados, pues los Atenienses combatían en su favor
y rechazaban a los bárbaros, sin que aquellos pusiesen
ni un caballo, ni una nave, ni un soldado, sino solamente aquel
dinero, que ya no era de los que lo daban, sino de los que lo
recibían, una vez que cumplían con aquello por que
se les entregaba; y puesto que la ciudad proveía abundantemente
de lo necesario para la guerra, era muy justo que su opulencia
se emplease en tales obras, que, después de hechas, le
adquirieran una gloria eterna, y que dieran de comer a todos mientras
se hacían, proporcionando toda especie de trabajo y una
infinidad de ocupaciones, las cuales, despertando todas las artes,
y poniendo en movimiento todas las manos, asalariaran, digámoslo
así, toda la ciudad, que a un mismo tiempo se embellecería
y se mantendría a sí misma, Porque los de buena
edad y robustos tomaban en los ejércitos del público
erario lo que para pasarlo bien habían menester, y, respecto
de la demás muchedumbre ruda y jornalera, no queriendo
que dejase de participar de aquellos fondos, ni que los percibiese
descansada y ociosa, introdujo con ardor en el pueblo gran diferencia
de trabajos y obras, que hubiesen de emplear muchas artes y consumir
mucho tiempo, para que no menos que los que navegaban, o militaban,
o estaban en guarnición, tuvieran motivo los que quedaban
en casa de participar y recibir auxilio de los caudales públicos.
Porque siendo la materia prima piedra, bronce, marfil, oro, ébano,
ciprés, trabajaban en ella y le daban forma los arquitectos,
vaciadores, latoneros, canteros, tintoreros, orfebres, pulimentadores
de marfil, pintores, bordadores y torneros; además, en
proveer de estas cosas y portearlas entendían los comerciantes
y marineros en el mar, y en tierra, los carreteros, alquiladores,
arrieros, cordeleros, lineros, tejedores, constructores de caminos
y mineros; y como cada arte, a la manera que cada general su ejército,
tenía de la plebe su propia muchedumbre subordinada, viniendo
a ser como el instrumento y cuerpo de su peculiar ministerio,
a toda edad y naturaleza, para decirlo así, repartían
y distribuían las ocupaciones, el bienestar y la abundancia.
XIII. Adelantábanse, pues, unas obras insignes en grandeza,
e inimitables en su belleza y elegancia, contendiendo los artífices
por excederse y aventajarse en el primor y maestría; y
con todo, lo mas admirable en ellas era la prontitud; porque cuando
de cada una. pensaban que apenas bastarían algunas edades
y generaciones para que difícilmente se viese acabada,
todas alcanzaron en el vigor de un solo gobierno su fin y perfección.
Justamente se dice de aquel mismo tiempo que, jactándose
el pintor Agatarco de que con la mayor prontitud acababa sus cuadros,
y habiéndolo oído Zeuxis, le replicó: Pues
yo en mucho tiempo; porque realmente la agilidad y prontitud
en las obras no les da ni solidez duradera, ni perfecta belleza,
y, por el contrario, el tiempo y trabajo que se gastan en la ejecución
se recompensan con la firmeza y permanencia. Por lo mismo, era
mayor la admiración de que, siendo las obras de Pericles
de durar largo tiempo, en tan breve se hubiesen concluido; porque
cada una de ellas en la belleza al punto fue como antigua, y en
la solidez, todavía es reciente y nueva: ¡tanto brilla
en ellas un cierto lustre que conserva su aspecto intacto por
el tiempo, como si las tales obras tuviesen un aliento siempre
floreciente y un espíritu exento de vejez! Todas las dirigía
y de todas con Pericles era superintendente Fidias, sin embargo
de que las ejecutaban los mejores arquitectos y artistas; porque
el Partenón, que era de cien pies, lo edificaron Calícrates
e Ictino; el purificatorio de Eleusis empezó a construirlo
Corebo, y él fue quien puso las columnas sobre el pavimento
y las enlazó con el chapitel; por su muerte, Metágenes
Xipecio hizo la cornisa y puso las columnas altas; mas la linterna
sobre el santuario la cerró Xenocles Colargeo. El muro
prolongado, cuya idea dice Sócrates había oído
explicar al mismo Pericles, fue obra de Calícrates. Satirízala
Cratino en sus comedias, como que iba con mucha pesadez: Hace
ya largo tiempo que Pericles la está con sus palabras promoviendo;
mas en la realidad nada adelanta. El Odeón, que en su disposición
interior tiene muchos asientos y muchas columnas, y cuyo techo
es redondeado y pendiente y termina en punta, dicen que se hizo
a semejanza del pabellón del rey de Persia, disponiéndolo
también Pericles; por lo que el mismo Cratino, en su comedia
Las tracias, se burla de él en esta manera:El Zeus esquinocéfalo,
Pericles, aquí viene trayendo en el cerebro el Odeón,
alegre y orgulloso, porque del ostracismo se ha librado. Efectivamente:
engreído Pericles, entonces por la primera vez decretó
que en las Fiestas Panateneas hubiese certamen de música,
y elegido por director del certamen, él mismo señaló
qué era lo que los contendientes habían de tañer
con la flauta, lo que habían de cantar o tocar en la cítara;
porque en el Odeón se dieron entonces y después
los certámenes y espectáculos de música.
Los soportales del alcázar o ciudadela se hicieron en cinco
años, siendo el arquitecto Mnesicles. Un caso maravilloso
ocurrido mientras se construían dio indicio de que la Diosa,
lejos de repugnar la obra, tomaba parte en ella y concurría
a su perfección. El más laborioso y activo de los
artistas tropezó y cayó de lo alto, quedando tan
maltratado que le desahuciaron los médicos. Apesadumbróse
Pericles, y la Diosa, apareciéndosele entre sueños,
le indicó una medicina con la cual muy pronta y fácilmente
le puso bueno. Por este suceso colocó en la ciudadela la
estatua de bronce de Atenea saludable junto al ara, que se dice
estaba allí antes. Fidias hizo además la estatua
de oro de la diosa, y en la base se lee la inscripción
que le designa autor de ella. Tenía sobre sí puede
decirse que el cuidado de todo, y como hemos dicho, era el superintendente
de todos los demás artistas por la amistad de Pericles,
lo cual le atrajo envidia, y también la calumnia de que
presentaba por mal término a éste las mujeres libres
que concurrían a ver las obras. Tomaron por su cuenta este
rumor los autores de comedias, y difamaron a Pericles de incontinencia
y disoluto, extendiendo sus calumnias hasta la mujer de Menipo,
su amigo y subalterno en la milicia, y hasta la granjería
de Pirilampo, otro de sus amigos; criaba éste aves, y le
achacaban que regalaba pavones a aquellas con quienes Pericles
se divertía. ¿Mas quién se maravillará
de que hombres satíricos de profesión sacrifiquen,
con las calumnias de los hombres más aventajados, a la
envidia como a un genio maléfico, cuando el mismo Estesímbroto
Tasio se atrevió a proferir una horrible y mentirosa blasfemia
contra la mujer del mismo hijo de Pericles? ¡Tan grande
es el trabajo que le cuesta a la historia descubrir la verdad!
Pues para los que vienen más tarde, el tiempo pasado se
interpone, y roba el conocimiento de los hechos; y las relaciones
contemporáneas de las vidas y acciones, o bien por envidia,
o bien por lisonja y adulación, corrompen y desfiguran
la verdad.
XIV. Clamaban contra Pericles los oradores del partido de Tucídides,
diciendo que dilapidaba el tesoro y disipaba las rentas; y él
preguntó en junta al pueblo si le parecía que gastaba
mucho. Respondiéronle que muchísimo; y entonces:
Pues no se gaste- dijo- de vuestra cuenta, sino de la mía;
pero las obras han de llevar sólo mi nombre. Al decir
esto Pericles, ora fuese por que se maravillaran de su magnanimidad,
ora por que ambicionaran la gloria de tales obras, gritaron a
porfía, ordenándole que gastase y expendiese sin
excusar nada. Finalmente, traído a contienda con Tucídides
sobre el ostracismo, y puesto en riesgo, consiguió desterrar
a éste, y disipar la facción que le era opuesta.
XV. Cuando, desvanecida enteramente esta diferencia, la ciudad
vino a ser toda como de un temple y una sola, puso completamente
bajo su disposición a Atenas y cuanto de los Atenienses
dependía, los tributos, los ejércitos, las naves,
las islas y el mar, y un poder de gran fuerza, no sólo
por los Griegos, sino también por los bárbaros,
a causa de que se consideraba fortalecido con pueblos que les
estaban sujetos, y con la amistad y alianza de reyes poderosos;
y entonces ya no fue el mismo, ni del mismo modo manejable por
el pueblo, dejándose llevar como el viento de los deseos
de la muchedumbre, sino que en vez de aquella demagogia que tenía
flojas e inseguras las riendas, como en vez de una música
muelle y blanda, planteó un gobierno aristocrático,
y, en cierta manera, regio; y empleándole siempre con rectitud
e integridad para lo mejor, unas veces con la persuasión
y con instruir al pueblo y otras con la firmeza y la violencia
si le hallaba renitente, puso mano en todo lo que le parecía
útil; imitando en esto al médico que en la curación
de una enfermedad complicada y habitual, ora se vale de lo dulce
y agradable, y ora de remedios desabridos, conducentes a la salud.
Porque no pudiendo menos de haberse engendrado toda suerte de
pasiones en un pueblo que tenía tan grande autoridad, él
sólo era propio para tratar del modo conveniente cada una;
y valiéndose de la esperanza y del miedo, como de unos
timones, moderó lo que había de altivo, y alentó
y confortó lo desmayado: demostrando así que laoratoria
tiene el poder, según expresión de Platón,
de cautivar las almas, y que su obra principal es el arte de dirigir
las costumbres y las pasiones, como unos sonidos o cuerdas del
alma, que necesitan una mano hábil que las pulse. Aunque
la causa no fue precisamente el poder de su palabra, sino, como
dice Tucídides, la opinión y confianza en la conducta
de aquel hombre admirable, que claramente se veía ser incorruptible
y muy superior a los atractivos del oro, el cual, con haber hecho
a la ciudad de grande más grande todavía y más
rica, y con haber tenido un poder que excedía al de muchos
reyes y tiranos, aun de aquellos que legaron el poder a sus hijos,
no aumentó ni en un maravedí la hacienda que le
dejó su padre.
XVI Da de su poder Tucídides la más cierta y cabal
idea; pero los cómicos lo desfiguran malignamente, llamando
nuevos Pisistrátidas a los amigos que Pericles tenía
cerca de sí, y exigiendo de él que jurara no hacerse
tirano, como que su superioridad y excelencia se hacía
incómoda y no cabía dentro de la democracia, y Teleclides
dice que los Atenienses pusieron en su mano De las ciudades todas
los tributos, y las ciudades mismas, a su antojo dejando el libertarlas
u oprimirlas; alzar de piedra o derribar sus muros; los tratados,
la fuerza, el poderío, y la paz, la riqueza y la ventura.Y
esto no fue cosa de una favorable ocasión, o gracia y felicidad
de un gobierno que floreció por horas, sino que por cuarenta
años estuvo dominado entre los Efialtes, los Leócrates,
los Mirónidas, los Cimones, los Tólmides y los Tucídides;
y después de haber triunfado de Tucídides, y héchole
desterrar, no se hizo menos admirable en los siguientes quince
años; y con tener él sólo el poder sobre
los ejércitos en cada un año, no se conservó
menos incorruptible por el dinero. Y no porque fuese del todo
desperdiciado en cuanto a los bienes; antes, para no abandonar
la hacienda paterna tan justamente poseída, ni ocuparse
tampoco demasiadamente en ella cuando tantos otros negocios le
cercaban, estableció la administración que le pareció
más fácil y más exacta. Vendía cada
año por junto los frutos de su cosecha, y después
se surtía de la plaza a la menuda de las cosas necesarias
para la casa y para el sustento: no dejaba por tanto, lugar a
que se regalasen sus hijos ya crecidos: ni era dispensador profuso
con las mujeres de la familia; antes le censuraban este método
de la compra diaria, reducido rigurosamente a no gastar más
que lo preciso, sin que en una casa tan grande y de tanto tráfago
se desperdiciara nada; llevándose, así lo relativo
al gasto como a la renta, con mucha cuenta y medida. El que tenía
a su cargo toda esta exactitud era uno de sus esclavos llamado
Evángelo, de la más excelente índole por
sí, o formado por Pericles para este manejo. En verdad
que no conformaba todo esto con la filosofía de Anaxágoras,
que por entusiasmo y magnanimidad abandonó su casa, y dejó
sus campos yermos y eriales. Mas yo pienso que no debe ser uno
mismo el tenor de vida del filósofo especulativo y el del
político, sino que aquel vuelve su inteligencia, desprendida
y nada necesitada, de esta materia exterior a lo que es honesto
y bueno, y a éste, a quien le es preciso aplicar a la virtud
las ocupaciones humanas, la hacienda puede servirle no sólo
para las cosas absolutamente necesarias, sino para la virtud misma,
como en el propio Pericles puede verse, que socorría a
los indigentes. Aun respecto del mismo Anaxágoras se cuenta
que, viéndose olvidado de Pericles, a causa de los muchos
negocios de éste, y siendo ya viejo, envuelto en su capa,
se echó a morir desalentado: que llegando Pericles a entenderlo,
corrió al punto allá con el mayor sobresalto, y
le hizo los más eficaces ruegos, diciendo que más
que de Anaxágoras sería suyo aquel infortunio, si
perdía al que tanto le ayudaba con su consejo en el gobierno;
y que éste, descubriéndose finalmente, le replicó:
Oh, Pericles, los que han menester una lámpara le
echan aceite.
XVII. Empezaban ya los Lacedemonios a mirar mal el incremento
de los Atenienses; y Pericles, queriendo inspirar al pueblo grandes
pensamientos y ponerle al nivel de grandes cosas, escribió
un decreto, por el que a todos los Griegos que habitaban en Europa
y Asia, así a las ciudades pequeñas como a las grandes,
se les exhortase a enviar a Atenas a un Congreso diputados que
deliberasen sobre los templos griegos que habían incendiado
los bárbaros, sobre los sacrificios y votos hechos por
la salud de la Grecia de que estaban en deuda con los Dioses,
y sobre que todos pudieran navegar sin recelo y vivir en paz.
Enviáronse con este objeto veinte ciudadanos mayores de
cincuenta años, de los cuales cinco habían de convocar
a los Jonios y Dóricos del Asia, y a los isleños
hasta Lesbos y Rodas; cinco recorrieron los pueblos del Helesponto
y la Tracia, hasta Bizancio; y cinco, desde el punto en que concluían
éstos, a la Beocia, la Fócide y el Peloponeso; y
además se extendía su misión por los Locrios
y todo el continente inmediato hasta la Acarnania Y la Ambracia;
y los restantes se encaminaron por la Eubea a los Eteos, al golfo
de Malea, los Ftiotas, los Aqueos y los Tésalos, persuadiendo
a todos que concurrieran y tomaran parte en unas deliberaciones
que tenían por objeto la paz y la común felicidad
de la Grecia. Mas nada se hizo, ni las ciudades concurrieron,
por oponerse a ello, según es fama, los Lacedemonios, y
por haber sido desde luego mal recibida la tentativa en el Peloponeso.
Lo hemos referido, sin embargo, para que se vea el juicio y grandeza
de pensamiento de Pericles.
XVIII. En la parte militar gozaba de gran concepto, principalmente
por la seguridad de las empresas; no entrando voluntariamente
en combate dudoso y de peligro, ni siguiendo las huellas y ejemplos
de aquellos caudillos a quienes de su arrojo temerario les había
resultado una brillante fortuna y el ser admirados como grandes
capitanes; antes, continuamente estaba diciendo a sus ciudadanos
que en cuanto de él dependiese serían siempre inmortales.
Viendo que Tólmides, hijo de Tolmeo, por la buena suerte
que antes había tenido, por la fama que gozaba de excelente
militar, se preparaba muy fuera de toda oportunidad a invadir
la Beocia, habiendo acalorado a los más alentados y belicosos
de los jóvenes a que militasen a sus órdenes, que
en todos serían unos mil sin las demás fuerzas,
procuró contenerle y disuadirlo en la junta pública,
pronunciando aquel memorable dicho: Si no crees a Pericles,
el modo de que no yerres es que esperes al consejero más
sabio, que es el tiempo. Entonces esta sentencia no hizo
más que una ligera impresión; pero cuando al cabo
de pocos días llegó la noticia de que el mismo Tólmides
había muerto, vencido en batalla junto a Coronea, y que
habían muerto también muchos de aquella excelente
juventud, concilió este suceso mucha gloria y benevolencia
a Pericles, como a hombre prudente y amante de sus conciudadanos.
XIX. De sus expediciones principalmente fue aplaudida la del
Quersoneso, que puso en seguridad a los Griegos establecidos en
aquellas regiones: pues no sólo dio aliento y valor a las
ciudades llevando consigo una colonia de mil Atenienses, sino
que cercando, digámoslo así, el estrecho con muros
y fortificaciones a las orillas de uno y otro mar, refrenó
las correrías de los Tracios, que circundaban el Quersoneso,
e impidió la continua y dura guerra a que aquel país
estaba siempre expuesto por la vecindad de todas partes con los
bárbaros, y por las piraterías de los comarcanos
y de los propios. Hízose también admirar y celebrar
de los extraños cuando recorrió el Peloponeso, dando
la vela de Pegas, puerto de Mégara, con cien galeras; porque
no sólo taló las ciudades marítimas, como
antes Tólmides, sino que, entrando a bastante distancia
del mar, con la tripulación de los buques a unos los encerró
dentro de los muros, temerosos de su ataque; y en Nemeo a los
de Sicione, que se emboscaron y trabaron batalla, los derrotó
completamente, levantando por ello un trofeo. En la Acaya, que
era aliada, tomó soldados para las galeras, y, pasando
con la escuadra más allá del Aqueloo al continente
que está de la otra parte, recorrió la Acarnania,
encerró a los Eníadas dentro de sus murallas, y
después de talado y saqueado el país dio la vuelta
a casa: habiéndose acreditado de temible para con los enemigos,
y de tan feliz como activo para con los ciudadanos; pues ni aun
de aquellos tropiezos que penden de la fortuna incomodó
ninguno a los que con él militaron.
XX. Navegando al Ponto con una armada considerable y perfectamente
equipada, hizo en favor de las ciudades griegas cuanto acertaron
a desear, tratándolas con humanidad; a las naciones bárbaras
de los alrededores, a sus reyes y a sus príncipes les puso
a la vista lo grande de su poder, su osadía y la confianza
con que los Atenienses navegaban por donde les placía,
teniendo bajo su dominio todo el mar. A los Sinopeses les dejó
trece naves mandadas por Lámaco y tropas contra el tirano
Timesileón; y luego que hubieron derribado a éste
y a sus partidarios, decretó que de los Atenienses pasaran
a Sinope seiscientos voluntarios, y habitaran con los Sinopeses,
repartiéndose las casas y el terreno que fueron antes de
los tiranos. En lo demás no condescendía ni convenía
con los conatos que se mostraban los ciudadanos, engreídos
desmedidamente con tanto poder y tanta fortuna de apoderarse otra
vez del Egipto y conmover el poder del Rey por la parte del mar.
A muchos los traía ya entonces alborotados aquella ardiente
y malhadada codicia de la Sicilia, que inflamaron más adelante
los oradores partidarios de Alcibíades; y aun había
quien soñaba con la Etruria y Cartago, no sin esperanza,
por la extensión de su presente hegemonía y la prosperidad
de los sucesos.
XXI Mas Pericles contenía esta inquietud y reprimía
su ambición, volviendo principalmente aquellos grandes
medios a la conservación y seguridad de lo que ya dominaban,
reputando por gran hazaña el tener a raya a los Lacedemonios,
y manifestándoseles en todo opuesto, de lo que dio pruebas
en muchas otras cosas; pero más señaladamente en
la conducta que observó en los sucesos de la guerra sagrada.
Porque después que los Lacedemonios pasaron con ejército
a Delfos, y teniendo antes los Focenses el templo, lo entregaron
a los de esa ciudad; retirados aquellos, al punto se dirigió
allá Pericles, también con tropas, y restituyó
a los Focenses. Los Lacedemonios habían obtenido con esta
ocasión de los de Delfos precedencia en las consultas del
oráculo, y la habían esculpido en la frente del
lobo de bronce: obtúvola, pues, entonces para los Atenienses,
y la hizo grabar también sobre el lobo en el lado derecho.
XXII. Los hechos mismos le demostraron con cuánta razón
retenía en la Grecia las fuerzas de los Atenienses, porque
primero se rebelaron los Eubeos, contra quienes marchó
con tropas, y muy luego hubo noticia de que los Megarenses también
se les habían indispuesto, y que un ejército de
enemigos estaba en las fronteras del Ática, mandado por
Plistonacte, rey de los Lacedemonios. Volvióse, pues, Pericles
prontamente de la Eubea, adonde la guerra del Ática le
llamaba; pero no se determinó a venir a las manos con muchos
y excelentes soldados que los provocaban, sino que, viendo que
Plistonacte, que todavía era muy joven, entre todos sus
consejeros del que más se valía era de Cleándrides,
que los Éforos le habían dado por celador y asesor
en consideración de su corta edad, trató secretamente
de sobornarle, y habiéndole ganado bien pronto con dinero,
recabó éste con sus persuasiones que los del Peloponeso
se retiraran del Ática. Luego que esto se verificó,
y que se disolvió el ejército, marchando las tropas
a sus ciudades, indignados los Lacedemonios, penaron al rey con
una multa, y como por su magnitud no hubiese tenido con qué
pagarla, se vio en la precisión de salir de Lacedemonia,
y a Cleándrides, que huyó, le condenaron a muerte.
Era éste padre de Gilipo, el que en Sicilia venció
a los Atenienses. Parece que la naturaleza había hecho
enfermedad ingénita en él la del apego al dinero,
porque, descubierto en vergonzosas negociaciones, fue arrojado
de Esparta. Mas estas cosas las declaramos con mayor extensión
en la vida de Lisandro.
XXIII. Puso Pericles en la cuenta del ejército una partida
de diez talentos, gastados, decía, en lo que se tuvo por
conveniente, y el pueblo la admitió sin andar en preguntas
ni quejarse del modo misterioso de expresarla. Algunos han escrito,
y el filósofo Teofrasto entre ellos, que todos los años
se enviaban por Pericles diez talentos a Esparta, con los que
regalaba a todos los que tenían mando, y evitaba la guerra,
no comprando de este modo la paz, sino el tiempo que necesitaba
para disponerse reposadamente a hacer la guerra con ventaja. Marchó
otra vez rápidamente contra los rebeldes, y, pasando a
la Eubea con cincuenta galeras y cinco mil hombres, domó
las ciudades; arrojó de Calcis a los llamados Hipóbotas,
que eran los más ricos y distinguidos de ella, y a los
de Estica a todos les hizo salir del país, poblándola
de solos Atenienses, siendo tan inexorable con ellos, porque habiendo
apresado una nave ateniense, habían dado muerte a cuantos
encontraron en ella.
XXIV. Pactóse después de esto tregua por treinta
años entre los Atenienses y Lacedemonios, y con esto hizo
se decretara la expedición naval de Samo, dando por causa
contra aquellos habitantes que, habiéndoseles intimado
cesar en la guerra con los de Mileto, no habían obedecido.
Mas por cuanto se da por cierto que lo hecho contra los de Samo
fue por complacer a Aspasia, será oportuno investigar aquí
quién fue esta mujer, que tanto arte y poder tuvo para
tener bajo su mando a los hombres de más autoridad en el
gobierno, y para haber logrado que los filósofos hayan
hecho de ella no una ligera o despreciable mención. Que
fue de Mileto e hija de Axíoco es cosa en que todos convienen.
Dícese que en procurar dominar a los hombres de poder siguió
el ejemplo de Targelia, de los antiguos Jonios; porque también
Targelia, siendo de buen parecer, y reuniendo la gracia con la
sagacidad, se puso al lado de hombres muy principales entre los
Griegos, y a todos los que la obsequiaron los atrajo al partido
del rey, y por medio de ellos, como eran poderosos y de autoridad,
sembró las primeras semillas de medismo en las ciudades.
Algunos son de opinión que Pericles se inclinó a
Aspasia por ser mujer sabia y de gran disposición para
el gobierno, pues el mismo Sócrates, con sujetos bien conocidos,
frecuentó su casa, y varios de los que la trataron llevaban
sus mujeres a que la oyesen, sin embargo de que su modo de ganar
la vida no era brillante ni decente, porque vivía de mantener
esclavas para mal tráfico. Esquines dice que Lisicles el
vendedor de carneros, de hombre bajo y ruin por naturaleza, se
hizo el primero de los Atenienses con haberse unido a Aspasia
después de la muerte de Pericles. En el Menéxeno,
de Platón, aunque cuanto se dice al principio es jocoso,
hay esta parte de historia, que esta mujer tenía opinión
de que para la oratoria era buscada de muchos Atenienses. Con
todo, es lo más probable que la afición de Pericles
a Aspasia fue una pasión amorosa. Tenía una mujer
correspondiente a él en linaje, la cual antes había
estado casada con Hiponico, y de éste había tenido
en hijo a Calias, conocido por el rico, y del mismo Pericles tuvo
a Jantipo y a Páralo. Más tarde, no haciendo entre
sí buena vida, la entregó a otro con consentimiento
de ella misma; y él, casándose con Aspasia, la trató
con grande aprecio; pues, según dicen, todos los días
la saludaba con ósculo de ida y vuelta a la plaza pública;
pero en las comedias ya la llaman la nueva Ónfale, ya Deyanira,
y ya también otra Hera. Cratino expresamente la llama combleza
por estas palabras: Da a luz a Hera Aspasia, concubina la más
liviana y sin pudor alguno. Y dan a entender que tuvo de ella
un hijo espurio, porque Éupolis, en su comedia Los populares,
le introduce, haciendo esta pregunta: ¿Y mi bastardo, vive
todavía? A lo que Pirónides responde: Y cierto que
hace tiempo sería hombre, si el mal de la ramera no temiese.
Llegó Aspasia a ser tan nombrada y tan célebre,
según cuentan, que Ciro, el que disputó con el rey
el imperio de los Persas, a la más querida de sus concubinas
le dio el nombre de Aspasia, llamándose antes Milto. Era
ésta natural de la Fócide, hija de Hermotimo, y
presentada al rey después que Ciro murió en la batalla,
tuvo con él el mayor poder. Desechar o pasar en silencio
estas cosas que al escribir se han ofrecido a la memoria, parecería
quizá poco conforme a la naturaleza humana.
XXV. Achácase, pues, a Pericles que esta guerra contra
los de Samo la hizo decretar en favor de los Milesios, a ruegos
de Aspasia. Estaban en guerra estas ciudades por Priena, y vencedores
los Samios, intimándoles los Atenienses que se apartaran
de la guerra y unos y otros se sometieran a su decisión,
no quisieron obedecer. Por tanto, marchando allá Pericles,
deshizo la oligarquía que tenía el mando en Samo,
y tomando cincuenta de los principales en rehenes, y otros tantos
jóvenes, los remitió a Lemno. Dícese que
cada uno de los rehenes le dio de por sí un talento, y
otros muchos todos los que no querían que en la ciudad
se estableciese la democracia. También el persa Pisutnes,
que estaba en buena amistad con los Samios, le envió diez
mil áureos, intercediendo por la ciudad; pero Pericles
nada quiso recibir, sino que trató a los Samios como lo
tenía resuelto, y estableciendo la democracia, dio la vuelta
a Atenas. Rebeláronse los Samios inmediatamente; Pisutnes
robó los rehenes, y empezaron a hacer disposiciones para
la guerra. Tuvo otra vez Pericles que dirigirse contra ellos,
que no estaban ociosos ni abatidos, sino muy alentados y resueltos
a disputarle el mar. Trabóse un terrible combate sobre
una isla llamada Tragia, y Pericles alcanzó de ellos una
ilustre victoria con cuarenta y cuatro naves, destrozando setenta
de los enemigos, veinte de las cuales tenían tropas a bordo.
XXVI Apoderándose del puerto inmediatamente después
de la victoria y de haberlos perseguido, les puso sitio, y ellos
en el modo que podían todavía tenían aliento
para hacer salidas y pelear al pie de las murallas; mas sobreviniendo
luego nuevas tropas de Atenas, quedaron completamente bloqueados,
y Pericles, tomando setenta galeras, salió con ellas al
mar exterior; según los más, porque venían
naves fenicias en socorro de los Samios, y quería salirles
al encuentro y combatirlas lo más lejos que pudiera; pero
Estesímbroto dice que se encaminaba contra Chipre, lo que
no es verosímil. Fuese cualquiera de estas dos su intención,
pareció que no había andado cuerdo, porque mientras
él seguía su viaje, Meliso el de Itágenes,
varón dado a la filosofía, y que era entonces el
general de Samo, despreciando el reducido número de las
naves, o la inexperiencia de los jefes, persuadió a los
Samios que dieran sobre los Atenienses. Trabado combate, salieron
vencedores los Samios, haciendo prisioneros a muchos de aquellos,
y echando a pique muchas de sus naves, con lo que quedaron dueños
del mar y se proveyeron de diferentes cosas precisas para la guerra,
de que antes carecían, y Aristóteles dice que el
mismo Pericles había sido vencido por Meliso anteriormente
en otro combate naval. Los Samios, afrentando por represalias
a los Atenienses cautivos, les imprimieron lechuzas sobre la frente,
porque a ellos los Atenienses les habían impreso una samena.
Es la samena una nave cuya proa tiene la forma de un hocico de
cerdo, ancha y como de gran vientre, buena para sostenerse en
el mar y muy ligera, y tomó este nombre porque fue en Samo
donde se vio primero, construida así por el tirano Polícrates.
A las señales de estos yerros dicen que hace alusión
aquello de Aristófanes: Es la gente de Samo muy letrada.
XXVII. Noticioso Pericles de la derrota del ejército,
se apresuró en su auxilio, y habiendo vencido a Meliso,
que le hizo frente, y sojuzgado a los enemigos, al punto estrechó
el sitio, con ánimo de combatir y tomar la ciudad, más
bien a fuerza de gastar y de tiempo, que no con la sangre y los
peligros de sus conciudadanos. Mas como viese que los Atenienses
llevaban mal la dilación, y hallase dificultad en contener
su ardor por los combates, dividió el ejército en
ocho partes, y lo sorteó, y a los que les cabía
el sacar haba blanca los dejaba que estuviesen en vacación
y descanso, y los demás peleaban. De aquí dicen
que vino el que los que se ven en regocijos, al día en
que esto les acontece le llamen blanco, tomando de esta haba blanca
la denominación. Éforo dice que Pericles usó
de máquinas, admirando él mismo esta novedad, y
que se halló en este sitio Artemón el maquinista,
al cual, porque siendo cojo se hacía llevar en litera adonde
se disponían las obras, se le dio el sobrenombre de Periforeto.
Mas Heraclides Póntico le refuta con las poesías
de Anacreonte, en las que ya Artemón es llamado Periforeto
largo tiempo antes de esta guerra de Samo y de todos estos acontecimientos.
Dícese de este Artemón que, siendo de vida muy regalona
y muy muelle, y asustadizo para todo lo que infunde miedo, por
lo común se estaba quieto en casa, haciendo que dos esclavos
tuvieran siempre un escudo de bronce sobre su cabeza, no fuese
que cayera algo de arriba, y que cuando se veía precisado
a salir, se hacía llevar en una camilla colgada, que casi
tocaba la tierra, y que por esto fue apellidado Periforeto.
XXVIII. Rindiéndose los Samios al noveno mes, Pericles
arrasó las murallas, les tomó las naves y les impuso
grandes contribuciones, de las cuales parte pagaron inmediatamente,
y por el resto, habiéndoseles fijado plazo, entregaron
rehenes. Duris de Samo habla de estos sucesos en sus tragedias,
acusando de gran crueldad a los Atenienses y a Pericles, cuando
nada han dicho de tal crueldad ni Tucídides, ni Éforo,
ni Aristóteles, y aun parece que no se ajusta a la verdad
cuando dice que a los comandantes y marineros de los Samios los
condujo a la plaza pública de Mileto, y los tuvo atados
a unos maderos por diez días, y al cabo de ellos, hallándoles
ya en malísimo estado, los hizo matar, rompiéndoles
a palos la cabeza y sus cadáveres los arrojó insepultos.
Duris, pues, que aun cuando no media ofensa suya particular suele
exagerar siempre sobre la verdad, aquí parece que quiso
agravar mucho los males de su patria con calumnia de los Atenienses.
Pericles, vuelto a Atenas después de domada Samo, hizo
muy solemnes exequias a los que habían muerto en aquella
guerra, y pronunciando su elegía, como es costumbre, a
la vista de los sepulcros, mereció grande aplauso. Cuando
bajó de la tribuna las demás mujeres le tomaban
la mano, y le ponían coronas y cintas como a los atletas
vencedores; pero Elpinice, poniéndosele al lado: Maravillosos
son- le dijo- ¡oh Pericles! y dignos de coronas estos sucesos,
pues nos has perdido a muchos y excelentes ciudadanos, no una
guerra contra Fenicios o los Medos, como mi hermano Cimón,
sino asolando una ciudad aliada y de nuestro origen. Dicho
esto por Elpinice, se cuenta que Pericles, sonriéndose,
le respondió tranquilamente con este verso de Arquíloco:
Estás ya vieja para usar ungüentos. Después
de esta victoria sobre los Samios, dice Ion que estaba lleno de
orgullo, porque Agamenón había necesitado diez años
para tomar una ciudad bárbara, y él en nueve meses
había reducido a los primeros y más poderosos de
los Jonios; y en verdad que no era injusto este engreimiento,
porque esta guerra fue de gran incertidumbre y muy peligrosa,
si, como dice Tucídides, estuvo en poco el que la ciudad
de Samo despojara del imperio del mar a los Atenienses.
XXIX. Después de esto, como estuviese ya fermentándose
la guerra del Peloponeso, persuadió al pueblo que enviaran
auxilio a los de Corcira, molestados con guerra por los de Corinto,
y que se anticiparan a tomar una isla poderosa en fuerzas marítimas,
mientras todavía los del Peloponeso no se les acababan
de declarar enemigos. Decretado por el pueblo aquel auxilio, dio
el mando a Lacedemonio, hijo de Cimón, con solas diez naves,
como para desacreditarle, porque había sido siempre la
casa de Cimón afecta a los Lacedemonios; por tanto, para
que si Lacedemonio durante su mando no hacía nada notable
y digno, incurriera todavía más en la sospecha de
laconismo, le dio tan pocas naves y le hizo marchar mal de su
agrado. Estaba además repugnando siempre a los hijos de
Cimón, como que aun en los nombres no eran legítimos
Atenienses, sino extranjeros y huéspedes, llamándose
uno Lacedemonio, otro Tésalo y otro Eleo, y todos ellos
parece que fueron tenidos en una mujer árcade. Hablábase
mal contra Pericles a causa de estas diez galeras, porque siendo
pequeño socorro para los que le pedían daba grande
pretexto de queja a los contrarios; envió, por tanto, a
Corcira más naves, las cuales llegaron después del
combate. A los Corintios, indispuestos ya por estas causas con
los Atenienses, y que los estaban acusando en Lacedemonia, se
agregaron los de Mégara, dando la queja de que eran excluidos
de todo mercado y de todos los puertos donde dominaban los Atenienses,
contra el derecho de gentes y lo convenido por juramento entre
los Griegos. También los Eginetas, que se creían
agraviados y ofendidos, se lamentaban al oído ante los
Lacedemonios, no atreviéndose a acusar abiertamente a los
Atenienses. Al mismo tiempo, Potidea, ciudad sujeta a los Atenienses,
aunque colonia de los Corintios, habiéndose rebelado, y
hallándose sitiada fue otra causa que precipitó
la guerra. Con todo, se enviaron embajadores a Atenas y el rey
de los Lacedemonios, Arquidamo, procuraba traer a concierto los
capítulos de acusación, templando también
a los aliados, y por los demás motivos no se hubiera roto
la guerra con los Atenienses, si se les hubiera podido persuadir
que abrogasen el decreto contra los de Mégara y se reconciliasen
con ellos; y como Pericles, obstinado en su oposición a
los Megarenses, hubiese sido el que más resistencia hizo
y el que más acaloró al pueblo, de aquí es
que a él sólo se le hizo causa de esta guerra.
XXX. Dícese que habiendo venido a Atenas en esta ocasión
embajadores de Lacedemonia, y alegando Pericles una ley que prohibía
quitar la tabla donde el decreto se hallaba escrito, había
replicado Polialces, uno de los embajadores: Pues bien:
no quites la tabla, vuélvela sólo hacia dentro,
porque esto no hay ley que lo prohíba. Pareció
graciosa la respuesta, mas no por eso Pericles cedió un
punto. A lo que parece, tenía alguna particular enemistad
con los de Mégara; mas dando como causa pública
contra ellos el que habían talado una parte de la selva
sagrada, escribió un decreto, por el que se envió
un heraldo a los de Mégara y a los Lacedemonios para acusar
a aquellos, y parece que este decreto de Pericles estaba concebido
en términos muy equitativos y humanos. Pero habiéndose
formado idea de allí a poco de que el heraldo comisionado
Antemócrito, había perecido por maldad de los Megarenses,
escribió contra ellos Carino un decreto, por el que se
prevenía que la enemistad fuera irreconciliable, sin poderse
siquiera tratar de ella, y al Megarense que subiera al Ática
se le diera muerte; que los generales, al prestar juramento patrio,
juraran además que dos veces cada año talarían
el territorio de Mégara, y que a Antemócrito se
le diese sepultura junto a las puertas Tracias, que ahora se llaman
el Dípilo. Los Megarenses negaban la muerte de Antemócrito,
y echaban toda la culpa a Aspasia y a Pericles, valiéndose
de aquellos famosos y sabios versos de la comedia Los acarnienses:
A Mégara beodos unos mozos van, y a Simeta roban, vil ramera:
los de Mégara, en cólera encendidos. De represalias
a su vez usando, a Aspasia quitan otras dos rameras.
XXXI Cuál, pues, hubiera sido el origen de la guerra,
es difícil de averiguar; pero de que no se hubiese revocado
el decreto, todos hacen autor a Pericles, sino que unos dicen
que nació en él de grandeza de ánimo, resuelto
siempre a lo mejor, aquella resistencia, estando persuadido de
que en lo que se demandábase quería probar si cedería,
y de que el otorgamiento se tendría por confesión
de debilidad; y otros quieren más que esto hubiese sido
por espíritu de arrogancia y contradicción para
que resaltase más su gran poder, viendo que tenía
en poco a los Lacedemonios. Mas la causa que le hace menos favor
entre todas, y que tiene más testigos que la comprueban,
es de este modo. El escultor Fidias fue el ejecutor de la estatua,
como tenemos dicho; siendo, pues, amigo de Pericles, y teniendo
con él gran influjo, se atrajo por esto la envidia, y tuvo
ya a unos por enemigos, y otros, queriendo en él hacer
experiencia de cómo el pueblo se habría en juzgar
a Pericles, sobornaron a uno de sus oficiales, llamado Menón,
y le hicieron presentarse en la plaza en calidad de suplicante,
pidiendo protección para denunciar y acusar a Fidias. Recibióle
bien el pueblo, y habiéndosele seguido a éste causa
en la junta pública, nada resultó de robo, porque
el oro lo colocó desde el principio en la estatua por consejo
de Pericles, con tal arte, que cuando quisieran separarlo pudiera
comprobarse el peso; que fue lo que entonces ordenó Pericles
ejecutasen los acusadores: así sola la gloria y fama de
sus obras dio asidero a la envidia contra Fidias, principalmente
porque, representando en el escudo la guerra de las Amazonas,
había esculpido su retrato en la persona de un anciano
calvo, que tenía cogida una gran piedra con ambas manos,
y también había puesto un hermoso retrato de Pericles
en actitud de combatir con una Amazona. Estaba ésta colocada
con tal artificio, que la mano que tendía la lanza venía
a caer ante el rostro de Pericles, como para ocultar la semejanza,
que estaba bien visible por uno y otro lado. Conducido, por tanto,
Fidias a la cárcel, murió en ella de enfermedad,
o, como dicen algunos, con veneno, que para mover sospechas contra
Pericles le dieron sus enemigos, y al denunciador Menón,
a propuesta de Glicón, le concedió el pueblo inmunidad,
encargando a los generales que celaran no se le hiciese agravio.
XXXII. Por aquel mismo tiempo, Aspasia fue acusada del crimen
de irreligión, siendo el poeta cómico Hermipo quien
la perseguía; y la acusaba, además, de que daba
puerta a mujeres libres, que por mal fin buscaban a Pericles.
Diopites hizo también decreto para que denunciase a los
que no creían en las cosas divinas, o hablaban en su enseñanza
de los fenómenos celestes; en lo que, a causa de Anaxágoras,
se procuraba sembrar sospechas contra Pericles. Habiendo el pueblo
admitido y dado curso a las calumnias, a propuesta de Dracóntides
se sancionó decreto para que Pericles rindiese las cuentas
de caudales ante los Pritanes, y los jueces dando su voto desde
el tribunal, pronunciasen su sentencia en público. Agnón
hizo suprimir esta parte en el decreto, sustituyendo que la causa
fuese ventilada por mil y quinientos jueces, bien quisieran titularla
de robo o soborno, o bien de daño al Estado. Por Aspasia
intercedió, y en el juicio, como dice Esquines, vertió
por ella muchas lágrimas, haciendo súplicas a los
jueces; pero temiendo por Anaxágoras, con tiempo le hizo
salir y alejarse de la ciudad. Mas viendo que en la causa de Fidias
había decaído del favor del pueblo, acaloró
la guerra inminente y que estaba para estallar, con esperanza
de disipar las acusaciones y minorar la envidia, estando en posesión
de que en los negocios y peligros graves la ciudad por su dignidad
y poder se pusiese a sí misma en sus manos. Éstas
son las causas por las que se dice no permitió que el pueblo
condescendiera con los Lacedemonios; mas cuál sea la cierta
es bien oscuro.
XXXIII. Convencidos los Lacedemonios de que, si lograban derribarle,
para todo encontrarían más dóciles a los
Atenienses, requerían a éstos sobre que echaran
de la ciudad la abominación, a que por la madre estaba
sujeto el linaje de Pericles, según refiere Tucídides;
pero la tentativa les salió muy al contrario a los enviados;
porque Pericles, en vez de la sospecha y de la difamación,
ganó todavía mayor crédito y estima con sus
ciudadanos, viendo que tanto le aborrecían y temían
los enemigos. Advertido él también de esto, antes
que Arquidamo que mandaba las tropas de los pueblos del Peloponeso,
invadiera el Ática, previno a los Atenienses, por si talando
Arquidamo los demás terrenos dejaba libres los suyos, bien
fuese por los lazos de hospitalidad que había entre ellos,
o bien por dar motivos de calumnia a sus contrarios, que él
cedía a la ciudad sus tierras y sus casas de campo. Entran,
pues, en el Ática los Lacedemonios con los aliados y un
gran ejército, bajo el mando del rey Arquidamo, y talando
el país, llegan hasta Acarnas, y se acampan allí,
pensando en que los Atenienses no lo sufrirían, sino que,
movidos de ira y ardimiento, les librarían batalla. Mas
a Pericles le pareció muy arriesgado venir a las manos
ante la misma ciudad con sesenta mil infantes; pues tantos eran
los Peloponenses y Beocios que al principio hicieron la invasión;
y a los que ansiaban por pelear, y llevaban mal lo que pasaba,
los sosegó, diciéndoles que los árboles,
si se podan o se cortan, se reproducen pronto; pero si los hombres
perecen, no es fácil hacerse otra vez con ellos. Con todo,
no reunió el pueblo en junta, temeroso de que se le hiciera
tomar otra determinación contra su dictamen, sino que así
como un buen capitán de navío, cuando el viento
le combate en alta mar, después que todo lo dispone a su
satisfacción y apareja las armas, usa de su pericia, no
haciendo luego cuenta de las lágrimas y los ruegos de los
marineros y los pasajeros asustados: de la misma manera él,
habiendo cercado bien la ciudad, y puesto guardias en todos los
puntos para estar seguros, hacía uso de su propio discurso,
teniendo en poco a los que gritaban y manifestaban inquietud;
y eso que muchos de sus amigos le venían con ruegos, sus
contrarios le amenazaban y acusaban, y los coros- de las comedias-
cantaban tonadas y jácaras punzantes en afrenta suya, escarneciendo
su mando como cobarde, y que todo lo abandonaba a los enemigos.
Ingeríase ya entonces Cleón, fomentando por el encono
de los ciudadanos contra aquel, para aspirar a la demagogia; tanto,
que Hermipo se atrevió a publicar estos anapestos: ¿Por
qué, oh rey de los Sátiros, no quieres embrazar
lanza, y tienes por bastante echar baladronadas de la guerra,
y el ánimo apropiarte de Telete? Mas antes, si se afila
de la espada la aguda punta, de pavor te llenas, aunque Cleón
no cesa de morderte.
XXXIV. Con todo, a Pericles nada de esto le hizo fuerza, sino
que, sufriendo resignadamente y en silencio los baldones y el
odio, y enviando al Peloponeso una armada de cien naves, él
no se embarcó; y antes prefirió quedarse en casa,
teniendo siempre pendiente la ciudad de su mano hasta que los
Peloponenses se retiraran. Para halagar a la muchedumbre, mortificada
generalmente con aquella guerra, le distribuyó dineros,
y decretó un sorteo de tierras; porque arrojando a todos
los Eginetas, repartió la isla entre los Atenienses a quienes
cupo la suerte. Érales asimismo de consuelo lo que a su
vez padecían los enemigos; porque los que con sus naves
costeaban el Peloponeso habían talado, gran parte del país
y las aldeas y ciudades pequeñas, y por tierra, invadiendo
él mismo el territorio de Mégara, lo arrasó
enteramente. Así, aunque los enemigos habían causado
gran daño a los Atenienses, como ellos no le hubiesen recibido
menor de éstos por la parte del mar, era bien claro que
no habrían prolongado tanto la guerra, y antes habrían
tenido que ceder, como desde el principio lo había predicho
Pericles, si algún mal Genio no se hubiera declarado contra
los cálculos humanos. Ahora, por primera vez, sobrevino
la calamidad de la peste, y se ensañó en la edad
florida y pujante. Afligidos por ella en el cuerpo y en el espíritu,
se irritaron contra Pericles, y enfurecidos contra él con
la enfermedad como contra el médico o el padre, intentaron
ofenderle a persuasión de sus contrarios, que decían
haber producido aquel contagio la introducción en la ciudad
de tanta gente del campo, a la que había precisado en medio
del verano a apiñarse en casas estrechas y en tiendas ahogadas,
teniendo que hacer una vida casera y ociosa, en vez de la libre
y ventilada que llevaban antes; de lo cual era causa quien recogiendo
dentro de los muros durante la guerra toda la muchedumbre que
ocupaba la región, y no empleando en nada aquellos hombres,
los tenía encerrados como reses, dando lugar a que se inficionaran
unos a otros, sin proporcionarles respiración o alivio
alguno. XXXV. Queriendo poner remedio a estas quejas, y causar
algún daño a los enemigos, armó ciento cincuenta
naves, y poniendo e ellas muchas y buenas tropas de infantería
y caballería, estaba para hacerse a la vela, infundiendo
grande esperanza a sus ciudadanos, y no menor miedo a los enemigos
con tan respetable fuerza. Cuando ya todo estaba a punto, y el
mismo Pericles a bordo en su galera, ocurrió el accidente
de eclipsarse el sol y sobrevenir tinieblas, con lo que se asustaron
todos, teniéndolo a muy funesto presagio. Viendo, pues,
Pericles al piloto muy sobresaltado y perplejo, le echó
su capa ante los ojos, y tapándoselos con ella, le preguntó
si tenía aquello por terrible o por presagio de algún
acontecimiento adverso. Habiendo respondido que no, ¿Pues
en qué se diferencia- le dijo- esto de aquello sino en
que es mayor que la capa lo que ha causado aquella oscuridad?
Estas cosas se enseñan en las escuelas de los filósofos.
Habiendo, pues, Pericles salido al mar, no se halla que hubiese
ejecutado otra cosa digna de aquel aparato que haber puesto sitio
a la sagrada Epidauro, que daba ya esperanzas de que iba a tomarse;
pero por la peste se malograron, porque habiéndose manifestado
en la escuadra, no sólo los afligió a ellos, sino
a cuantos con aquella comunicaron. Como de estas resultas estuviesen
mal con él, procuraba consolarlos e infundirles aliento,
mas no logró templarlos o aplacar su ira sin que primero
la desahogasen yendo a votar contra él en la junta pública,
en la que prevalecieron, y, además de despojarle del mando,
le impusieron una multa. Ascendió ésta, según
los que dicen menos, a quince talentos, y según los que
más, a cincuenta. Suscribióse por acusador en la
causa, en sentir de Idomeneo, Cleón, y en sentir de Teofrasto,
Simias; pero Heraclides Pontico dice que lo fue Lacrátides.
XXXVI Mas su disfavor en las cosas públicas iba a durar
breve tiempo, habiendo la muchedumbre depuesto con aquella demostración
el encono, como si dijésemos el aguijón; en las
domésticas es en las que tuvo más que padecer, ya
a causa de la peste, por la que perdió a muchos de sus
familiares, y ya a causa de la indisposición y discordia
de los propios, que venía de más lejos. Porque el
mayor de sus hijos legítimos, Jantipo, que por índole
era gastador, y se había casado con una mujer joven y amante
del lujo, hija de Isandro, hijo de Epílico, llevaba a mal
el arreglo del padre, que no le daba sino cortas asistencias y
por plazos. Dirigiéndose, por tanto, a uno de sus amigos,
tomó de él dinero como de orden de Pericles; mas
éste, cuando aquel lo reclamó después, hasta
le movió pleito; y Jantipo, indignado todavía más
con este suceso, desacreditaba a su padre, primero, divulgando
con irrisión sus ocupaciones domésticas y las conversaciones
que tenía con los sofistas, y que con ocasión de
que uno de los combatientes en los juegos había herido
y muerto involuntariamente con un dardo un caballo de Epitimo
de Farsalia, había malgastado todo un día con Protágoras
en examinar si sería el dardo, el que le tiró, o
los jueces del combate, a quien conforme a recta razón
se diese la culpa de aquel accidente. Además de esto, dice
Estesímbroto que fue el mismo Jantipo quien esparció
entre muchos la calumnia acerca de su propia mujer, y que hasta
la muerte le duró a este mozo la disensión irreconciliable
con su padre, porque murió Jantipo habiendo enfermado de
la epidemia. Perdió también entonces Pericles a
su hermana, y a los más de los parientes y amigos que le
eran de gran auxilio para el gobierno. Con todo, no desmayó,
ni decayó de ánimo con estas desgracias, ni se le
vio lamentarse, ocuparse en las exequias o asistir al entierro
de alguno de sus deudos antes de la pérdida de su otro
hijo legítimo, Páralo. Consternado con tal golpe,
procuró, sin embargo, sufrirlo como de costumbre y conservar
su grandeza de ánimo: pero al ir a poner al muerto una
corona, a su vista se dejó vencer del dolor hasta hacer
exclamaciones y derramar copia de lágrimas, no habiendo
hecho cosa semejante en toda su vida.
XXXVII. La ciudad puesta la atención en la guerra, había
tanteado a los demás generales y oradores, y como en ninguno
hallase ni la autoridad ni la dignidad correspondiente a lo arduo
del mando, deseosa ya de Pericles, le llamó para la tribuna
y para el mando de las tropas; mas hallábase desalentado
y encerrado en su casa por el duelo, y fue preciso que Alcibíades
y otros amigos le convencieran para que se presentase. Dio excusas
el pueblo de su ingratitud y olvido, y él volvió
a encargarse de los negocios; nombrósele general, e hizo
proposición para que se abrogase la ley sobre los bastardos,
que él mismo había introducido antes, para que por
falta de sucesión no se acabase su casa y se extinguiera
su nombre y su linaje. Lo que hubo acerca de esta ley fue lo siguiente:
floreció por largo tiempo antes Pericles en el mando, y
teniendo hijos legítimos, como se ha visto, propuso una
ley para que sólo se tuviera por Atenienses a aquellos,
que fuesen hijos de padre y madre ateniense. Como luego el rey
de Egipto hubiese enviado de regalo para el pueblo cuarenta mil
fanegas de trigo, habiéndose de repartir a los ciudadanos,
por esta ley se movieron a los espurios muchos pleitos, que hasta
allí habían estado olvidados y en descuido, y aun
muchos fueron calumniosamente acusados, de manera que llegaron
hasta muy cerca de cinco mil los que, resultando no tener la calidad,
fueron vendidos, y los que permanecieron con los derechos de ciudadanos
por haber sido declarados Atenienses subieron a catorce mil y
cuarenta. Sin embargo, pues, de que era muy duro que una ley de
tan gran poder contra tal muchedumbre fuese abrogada por el mismo
que antes la había propuesto, el infortunio presente, venido
sobre la casa de Pericles como castigo de aquel orgullo y vanagloria,
quebrantó los ánimos de los Atenienses, los cuales,
conceptuando que contra aquel se había declarado la ira
de los dioses, y la humanidad pedía se le diese consuelo,
vinieron en que su hijo bastardo fuese escrito en su propia curia
y tomase su nombre. A éste, más adelante, habiendo
vencido a los Peloponesos en la batalla de Arginusas, el pueblo
le hizo dar muerte, juntamente con los otros sus colegas de mando.
XXXVIII. A este tiempo la peste acometió a Pericles, no
con gran rigor y violencia como a los demás, sino produciendo
una enfermedad lenta, que con varias alternativas, poco a poco,
consumía su cuerpo y debilitaba la entereza de su espíritu.
Así es que Teofrasto, moviendo en su tratado de Ética
la duda de si nuestros caracteres siguen en sus vicisitudes a
la fortuna, y si conmovidos con las enfermedades del cuerpo decaen
de la virtud, refiere que Pericles, estando ya malo, a un amigo
que fue a visitarle le mostró un amuleto que las mujeres
le habían puesto al cuello, para hacer ver lo malo que
estaba cuando se prestaba a aquellas necedades. Estando ya para
morir, le hacían compañía los primeros entre
los ciudadanos y los amigos que le quedaban, y todos hablaban
de su virtud y de su poder, diciendo cuán grande había
sido; medían sus acciones, y contaban sus muchos trofeos,
porque eran hasta nueve los que mandando y venciendo había
erigido en honor de la ciudad. Decíanselo esto unos a otros
en el concepto de que no lo percibía y de que ya había
perdido enteramente el conocimiento; mas él lo había
escuchado todo con atención, y, esforzándose a hablar,
les dijo que se maravillaba de que hubiesen mencionado y alabado
entre sus cosas aquellas en que tiene parte la fortuna, y que
han sucedido a otros generales, y ninguno hablase de la mayor
y más excelente, que es, dijo, el que por mi causa ningún
Ateniense ha tenido que ponerse vestido negro.
XXXIX. ¡Admirable hombre, en verdad! No sólo por
la blandura y suavidad que guardó en tanto cúmulo
de negocios y en medio de tales enemistades, sino por su gran
prudencia, pues que entre sus buenas acciones reputó por
la mejor el no haber dado nada en tanto poder ni a la envidia
ni a la ira, ni haber mirado a ninguno de sus enemigos como irreconciliable;
y yo entiendo que sólo su conducta bondadosa y su vida
pura y sin mancha, en medio de tan grande autoridad, pudo hacer
exenta de envidia y apropiada rigurosamente a él la denominación,
al parecer pueril y chocante, que se le dio llamándole
Olimpio si tenemos por digno de la naturaleza de los dioses que,
siendo autores de todos los bienes y no causando nunca ningún
mal, por este admirable orden gobiernen y rijan todo lo criado:
no como los poetas, que nos inculcan opiniones absurdas, de que
sus mismos poemas los convencen, llamando al lugar en que se dice
habitan los dioses una residencia estable y segura, adonde no
alcanzan los vientos ni las nubes, sino que siempre y por todo
tiempo resplandece invariable con una serenidad suave y una lumbre
pura, como corresponde a la mansión de lo bienaventurado
e inmortal; cuando a los dioses mismos nos los representan llenos
de rencillas, de discordia, de ira y de otras pasiones, que aun
en hombres de razón estarían muy mal. Mas esto sería
quizá más propio de otro tratado. Por lo que hace
a Pericles, los sucesos mismos hicieron muy luego conocer a los
Atenienses su falta y echarle menos, pues aun con los que mientras
vivía llevaban mal su poder por parecerles que los oscurecía,
luego que faltó y experimentaron a otros oradores y demagogos,
confesaban a una que ni en el fasto podía darse genio mas
dulce, ni en la afabilidad más majestuoso; y se echó
de ver que aquella autoridad, un poco incómoda, a la que
antes daban los nombres de monarquía y tiranía,
había venido a ser la salvaguardia del gobierno: tanta
fue la corrupción y perversidad que se advirtió
después en los negocios, la cual él había
debilitado y apocado, no dejándola comparecer, y menos
que se hiciera insufrible por su insolencia.
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