PLUTARCO

PORTADA

QUIÉN ERA PLUTARCO?

VIDAS PARALELAS

Los personajes

1. Teseo & Rómulo
2. Licurgo & Numa Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles & Camilo
5. Pericles & Fabio Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón el Joven
19. Agis y Cleómenes & Tiberio y Gaio Graco
20. Demóstenes & Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato & Galba y Otón

SOLÓN

I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.

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PERICLES

I. Viendo César en Roma ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece, si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.

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PIRRO

I. Refiérese que después del diluvio fue Faetón el primero que reinó sobre los Tesprotos y Molosos, siendo uno de los que con Pelasgo vinieron al Epiro; pero otros afirman que Deucalión y Pirra, edificando el templo de Dodona, habitaron allí entre los Molosos. Más adelante, Neoptólemo, el hijo de Aquiles, trasladándose a aquella parte con su pueblo, se apoderó del país, y dejó una sucesión de reyes que de él provienen, llamados los Pírridas, porque de niño se le dio el sobrenombre de Pirro: y a uno de los hijos legítimos que tuvo de Lanasa, la de Cleodeo, que fue hijo de Hilo, le puso también este nombre; desde entonces se tributaron en el Epiro honores divinos a Aquiles, apellidándole Áspeto, con una voz propia de la lengua del país. Los reyes intermedios, después de los primeros, cayeron en la barbarie, y ninguna memoria quedó de su poder y sus hechos hasta Tarripas que se dice haber sido el primero que, civilizando las ciudades con las costumbres y letras griegas, y con leyes benéficas, adquirió cierto renombre. De Tarripas fue hijo Alcetas, de Alcetas Aribas, y de Aribas y Tróade Eácidas. Casó éste con Ftía, hija de Menón el Tésalo, varón que se ganó gran repu- tación con motivo de la Guerra Lamiaca y tuvo, según refiere Leóstenes, la mayor autoridad entre los aliados. De Ftía tuvo dos hijas, Deidamía y Troya, y un hijo, que fue Pirro.

II. Subleváronse los Molosos y arrojaron del trono a Eácidas, llamando a él a los hijos de Neoptólemo. Muchos de los amigos de Eácidas perecieron en la insurrección; pero Androclides y Ángelo, ocultando a Pirro, todavía muy niño, a quien con ansia buscaban los enemigos, pudieron evadirse, llevando por fuerza en su compañía a algunos esclavos y a las mujeres que servían a aquel de amas. La fuga, por esta causa, era dificultosa y tardía, y como fuesen alcanzados, entregaron el niño a Androcleón, Hipias y Neandro, jóvenes de confianza y valor, encargándoles que huyeran a toda priesa hasta entrar en Mégara de Macedonia. Ellos, en tanto, ora con ruegos y ora peleando, lograron contener a los que los perseguían hasta bien entrada la tarde, y después que a tanta costa los hubieron rechazado fueron a juntarse con los que llevaban a Pirro. Cuando puesto el Sol se creían en el término de su esperanza, decayeron repentinamente de ella: arribaron al río que pasa por junto a la ciudad, hallándolo amenazador y soberbio, y que de ninguna manera daba paso a los que lo intentaban, por cuanto llevaba gran caudal de aguas, y éstas muy turbias, con motivo de haber llovido mucho; las tinieblas, además, lo hacían más temible. Desconfiaron, pues, de poder ellos solos salvar al niño y a las mujeres que le criaban; mas habiendo sentido que al otro lado había algunas gentes del país, les pedían auxilio para pasar mostrándoles a Pirro, y clamando y suplicando. Los otros nada oían por la rapidez y ruido del río; perdíase el tiempo mientras los unos gritaban y los otros no en tendían, hasta que parándose uno a meditar le ocurrió separar la corteza interior de una encina y escribir en ella con el clavo de una hebilla letras que refiriesen el apuro en que se hallaban y la suerte de aquel niño. Rodéala después a una piedra, para que con ésta se diese impulso al tiro, y así la puso al otro lado: aunque otros dicen que la tiró rodeada al cuento de una lanza. Luego que leyeron lo escrito y se enteraron de la urgencia, cortaron algunos troncos, y, juntándolos entre sí, pasaron a la otra orilla, e hizo la casualidad que el primero que pasó, llamado Aquiles, fue el que tomó el niño; los demás pasaron asimismo a los que se les presentaron.

III. Habiéndose salvado y evitado la persecución de esta manera, se dirigieron a Iliria a casa del rey Glaucias, y hallándolo en ella sentado con su mujer, pusieron el niño en el suelo en medio de ellos. Empezó el rey a concebir temor de Casandro, que era enemigo de Eácidas, y así estuvo largo rato en silencio consultando entre sí: en esto Pirro, yéndose a él a gatas por impulso propio, le cogió el manto con las manos, y levantándose, arrimado a las rodillas del mismo Glaucias, primero se echó a reír y después puso un semblante triste, como de quien ruega y se halla en aflicción, prorrumpiendo en lloro. Algunos dicen que no se echó a los pies de Glaucias, sino que se arrimó al ara de los Dioses y que se puso en pie asido de ella con las manos, lo que Glaucias había tenido a gran prodigio. Hizo, pues, entrega de Pirro a su mujer, encargándole le criara con sus hijos; y recla- mándole de allí a poco los enemigos, no le entregó, aunque Casandro le ofrecía doscientos talentos, sino que cuando ya tuvo doce años le acompañó al Epiro con tropas y le hizo reconocer por rey. Resplandecía en el semblante de Pirro la dignidad regia, sobresaliendo más, sin embargo, lo temible que lo majestuoso. No tenía el número de dientes que los demás, sino que arriba tenía un solo hueso seguido, en el que, como con líneas delgadas, estaban aquellos designados. Dícese que tenía virtud para curar a los que padecían del bazo, sacrificando un gallo blanco y oprimiendo en tanto suavemente con el pie derecho el bazo del doliente, que debía estar tendido boca arriba; y ninguno era tan pobre ni tan desvalido que no participara de esta gracia si se presentaba a pedirla. Tomaba en premio un gallo después del sacrificio, y lo estimaba en mucho. Dícese asimismo que el dedo grueso del pie tenía igualmente una virtud divina, de manera que, quemado el cuerpo después de su muerte, el dedo se encontró ileso e intacto del fuego. Mas de esto hablaremos después.

IV. A la edad de diez y siete años, creyéndose bastante asegurado en el reino, se le ofreció un viaje, con motivo de haber de casarse uno de los hijos de Glaucias, con quienes se había criado; y sublevándose otra vez los Molosos, desterraron a sus amigos, se apoderaron de sus bienes y se pusieron en manos de Neoptólemo. Pirro, despojado así del reino y falto absolutamente de todo, se acogió a Demetrio, hijo de Antígono, casado con su hermana Deidamía, la cual, siendo todavía muy joven, estuvo destinada para mujer de Alejan- dro, hijo de Roxana; pero como éste hubiese caído en infortunio, hallándose ya en edad se casó con ella Demetrio. En la gran batalla de Ipso, en que combatieron todos los reyes del país, tuvo también parte Pirro en auxilio de Demetrio, siendo todavía muy mozo, y habiendo rechazado a los que se le opusieron se distinguió gloriosamente entre los combatientes. Vencido Demetrio, no le abandonó, sino que le mantuvo fieles las ciudades que tenía en Grecia; y como ajustasen tratados con Tolomeo, él mismo se dio en rehenes, partiendo con esta calidad para Egipto. Dióle allí a Tolomeo en la caza y en los ejercicios de la palestra brillantes muestras de robustez y sufrimiento, y observando que Berenice era la que tenía más poder, y la que en virtud y prudencia se aventajaba a las demás mujeres de éste, se dedicó a obsequiarla con particularidad. Sabía con oportunidad, y cuando el caso lo pedía, ceder a la voluntad de los poderosos, así como desdeñaba a los inferiores; y siendo, por otra parte, arreglado y moderado en su conducta, entre muchos jóvenes de los principales fue escogido para casarse con Antígona, una de las hijas de Berenice, tenida de Filipo antes de enlazarse con Tolomeo.

V. Gozando de mayor reputación todavía después de este matrimonio y viviendo al lado de su mujer Antígona, a quien amaba, negoció que se le enviara al Epiro, con tropas y caudales, a recuperar el reino. Fue su llegada a gusto de muchos, por lo mal visto que estaba Neoptólemo a causa de su injusto y tiránico gobierno; mas con todo, por miedo de que Neoptólemo se ligara con alguno de los otros reyes, ajustó con él paz y amistad, conviniendo en reinar juntos. Andando el tiempo, había quien ocultamente trataba de indisponerlos, suscitando sospechas de uno a otro; pero la causa que más principalmente movió a Pirro se dice haber dimanado de lo siguiente. Tenían por costumbre los reyes, sacrificando a Zeus marcial en Pasarón, que era un territorio de la Molótide, prometer a los Epirotas, bajo juramento, que reinarían según las leyes, y éstos, a su vez, que, según esas mismas, guardarían el reino. Concurrieron al acto los dos reyes, asistido cada uno de sus amigos, dando y recibiendo recíprocamente muchos presentes. Gelón, pues, uno de los partidarios más celosos de Neoptólemo, saludando a Pirro con la mayor fineza le hizo el regalo de dos yuntas de bueyes de labor. Mírtilo, uno de los coperos de Pirro, que se hallaba presente, los pidió a éste, que no vino en dárselos a él, sino a otro; y habiéndolo sentido vivamente, no se le ocultó a Gelón esta circunstancia. Convidóle a comer, y aun, según algunos refieren, siendo un joven de buena figura, abusó de él entre los brindis, y moviéndole conversación del suceso, le exhortó a que abrazase el partido de Neoptólemo y quitase la vida a Pirro con un veneno. Mírtilo afectó prestarse a la tentación, aplaudiendo y mostrándose persuadido; pero dio de ello parte a Pirro, y de orden de éste presentó al jefe de los coperos, Alexícrates, ante el mismo Gelón, como que había de auxiliarles en el hecho; y es que Pirro quería que fuesen muchos los que pudieran servir al convencimiento de aquella maldad. Engañado Gelón de esta manera, fue todavía más engañado Neoptólemo; el cual, dando por supuesto que la asechanza iba adelante, no pudo contenerse con el placer, y lo divulgó entre los amigos. Además, comiendo una vez en casa de su hermana Cadmea, se le fue sobra, ello la lengua, creyendo que nadie lo escuchaba, porque ninguno otro estaba cerca sino Fenáreta, mujer de Samón, mayoral de los rebaños y vacadas de Neoptólemo; y ésta, que se hallaba echada en la cama, detrás de un tabique intermedio, les pareció que dormía. Enterase de todo, sin que pudieran conocerlo, y a la mañana se fue a dar con Antígona, mujer de Pirro, a quien refirió todo lo que Neoptólemo había dicho a la hermana. Sabedor de ello Pirro, por entonces nada hizo; pero en un sacrificio, habiendo convidado al banquete a Neoptólemo, le quitó la vida; asegurado ya de que los principales de los Epirotas estaban de su parte, y aun le excitaban a que se deshiciese de Neoptólemo y no se contentara con tener una pequeña parte del reino, sino que hiciera uso de su índole, emprendiendo cosas grandes, y que, pues había ya aquella sospecha, se adelantara a Neoptólemo, quitándolo de en medio.

VI Teniendo siempre en memoria a Berenice y Tolomeo, a un niño que tuvo de Antígona le impuso este nombre, y habiendo edificado una ciudad en la península del Epiro, la llamó Berenícida. Después de esto, trayendo y revolviendo en su ánimo muchas y grandes ideas, y aun teniendo concebidas de antemano esperanzas sobre los pueblos inmediatos, encontró, para ingerirse en los negocios de Macedonia, el pretexto de haber Antípatro, hijo mayor de Casandro, dado muerte a su madre Tesalonica y hecho huir a su hermano Alejandro, el cual envió a suplicar a Demetrio que le socorriese, llamando también en su auxilio a Pirro. Deteníase Demetrio por otras atenciones, y presentándose Pirro le pidió por premio de su alianza la Estinfea y la parte litoral de la Macedonia y de los pueblos agregados a Ambracia, Acarnania y Anfiloquia. Cedióselo todo aquel joven, y él lo ocupó, poniendo guarniciones y adquiriendo para Alejandro todo lo demás de que pudo desposeer a Antípatro.

VII. El rey Lisímaco, aunque no le faltaba en qué entender, deseaba ardientemente venir en auxilio de éste, y estando cierto de que Pirro en nada desagradaría ni negaría nada a Tolomeo, le remitió una carta supuesta, a nombre de éste, en que le prevenía se retirase de la expedición por trescientos talentos que recibiría de Antípatro. Abrió Pirro la carta, y al punto conoció el engaño, porque la cortesía no era la acostumbrada: el padre al hijo, salud; sino el rey Tolomeo al rey Pirro, salud. No dejó, pues, de reconvenir a Lisímaco; sin embargo, convino en la paz, y se habían reunido, como si sacrificando víctimas fueran a confirmar los tratados con juramento. Habíanse traído un macho de cabrío, un toro y un carnero, y como éste se muriese por sí, a todos los demás les causó risa aquel suceso; pero el agorero Teodoro prohibió a Pirro que jurase, diciendo que aquel prodigio anunciaba la muerte de uno de los tres reyes; así, Pirro se apartó de la paz por esta causa. Cuando ya los negocios de Alejandro tomaban consistencia, acudió Demetrio, y como se presentaba a asistir al que no lo había menester, desde luego dio que recelar: pero a bien pocos días de haberse reunido, por mutua desconfianza se armaron asechanzas uno a otro. Espió la oportunidad Demetrio y, adelantándose al joven, le quitó la vida, declarándose rey de Macedonia. Tenía ya antes de aquella época quejas contra Pirro, y había hecho incursiones en la Tesalia, a lo que se agregaba la natural enfermedad de los poderosos, que es la ambición desmedida, por la cual había venido a ser entre ellos la vecindad muy recelosa y desconfiada, especialmente después de la muerte de Deidamía; mas cuando ya ambos poseyeron la Macedonia y vinieron a coincidir en un mismo punto de codicia, teniendo la discordia, más visibles causas, acometió Demetrio a los Etolos; los venció, y dejando allí a Pantauco, con bastantes fuerzas, marchó él mismo contra Pirro, y Pirro contra él apenas lo llegó a entender. Hubo equivocación en el camino y se desviaron el uno del otro; Demetrio, penetrando en el Epiro, lo asoló, y Pirro, por su parte, cayendo sobre Pantauco, se dispuso a presentarle batalla. Trabada ésta, era terrible el combate entre los soldados, y mucho más entre los jefes; porque Pantauco, que en valor, en firmeza de brazo y en robustez de cuerpo era sin disputa el primero entre los caudillos de Demetrio, sobrándole además el arrojo y altivez, provocaba a Pirro a singular combate, y éste, que en fortaleza y reputación no cedía a ninguno de los reyes, y aspiraba a acreditar que la gloria de Aquiles no tanto le era propia por linaje como por virtud, corría por medio de los enemigos en busca de Pantauco. Combatiéronse primero con las lanzas; pero viniendo después a las manos, hicieron uso, con maña y con fuerza, de las espadas, y recibiendo Pirro una herida, y dando dos, una en un muslo y otra en el cuello, rechazó y derribó a Pantauco, aunque no le acabó de matar, porque sus amigos le retiraron. Alentados los Epirotas con la victoria de su rey, y admirados de su valor, rompieron y desbarataron la falange de los Macedonios; siguiéronles el alcance en la fuga y dieron muerte a muchos tomando vivos a cinco mil.

VIII. Este combate no produjo en los Macedonios tanto odio y encono contra Pirro por lo que en él sufrieron, como gloria y admiración de su virtud, dando ocasión de hablar de ella a los que vieron sus hazañas y a los que le trataron después de la batalla. Porque les parecía que su aspecto, su prontitud y sus movimientos eran los mismos que los de Alejandro, que veían en éste sombras e imitaciones de aquel ímpetu y aquella violencia en los combates, y que si los demás reyes remedaban a Alejandro en la púrpura, en las guardias, en llevar torcido el cuello y en hablar alto, sólo Pirro lo representaba en las armas y en el esfuerzo. De su pericia y habilidad en la táctica y en la estrategia pueden verse pruebas en los comentarios que sobre estos objetos nos dejó escritos. Dícese, además, que preguntado Antígono quién era el mejor capitán, había respondido: “Pirro, en siendo más viejo”; bien que no habló sino de los de su edad. Pero Aníbal, hablando en general de todos los capitanes, en pericia y destreza puso el primero a Pirro, el segundo a Escipión y el tercero a sí mismo, como dijimos en la Vida de Escipión. Finalmente, Pirro en esto fue en lo que se ocupó siempre, y a esto dedicó su atención como a la doctrina más propia de los reyes, no dando ningún precio a las demás ar- tes y habilidades. Así, se refiere que preguntado en un festín cuál era mejor flautista, si Pitón o Cefisias, contestó: “Polispercón es el mejor capitán”; como si esto sólo fuera lo que le estaba bien inquirir y saber a un rey. Era, sin embargo, para los que le trataban, afable y nada fácil a irritarse, así como activo y vehemente para la gratitud y reconocimiento. De aquí es que habiendo muerto Eropo, se mostró muy pesaroso, diciendo que éste había sucumbido a la mortalidad; pero él quedaba con el disgusto y se reprendía a sí mismo de que pensándolo y difiriéndolo siempre no había pagado sus servicios; porque los réditos pueden pagarse a los herederos de los que dieron prestado; pero el retorno de los favores, si no se hace a los que pueden sentirlo y apreciarlo, se torna en aflicción de hombre recto y justo. Proponíanle en Ambracia algunos que desterrase a un hombre desvergonzado y maldiciente contra él; pero les respondió: “Nada de eso; mejor es que se quede aquí, porque vale más que me difame entre nosotros que somos pocos, que no que yendo por ese mundo me desacredite con todos los hombres”. Reprendiendo a unos jóvenes que en un festín le habían insultado, les preguntó si era cierto que habían proferido aquellas injurias, y como uno de ellos respondiese: “esas mismas ¡oh rey!, y aun habríamos proferido más si hubiéramos tenido más vino”, echándose a reír, los dejó ir libres.

IX. Casóse, por miras de adelantar sus negocios y su poder, con muchas mujeres después de la muerte de Antígona: con la hija de Autoleonte, rey de la Peonia; con Bircena, hija de Bardiles, rey de los llirios, y con Lanasa, hija de Agátocles, rey de Siracusa, que le llevó en dote la ciudad de Corcira, tomada por Agátocles. De Antígona tuvo en hijo a Tolomeo; de Lanasa, a Alejandro, y a Héleno, el más joven entre los hermanos, de Bircena. A todos los formó excelentes en las armas y sumamente fogosos, excitados a esto por él apenas nacidos. Así, se dice que, preguntado por uno de ellos, todavía muchacho, que a quién dejaría el reino, le respondió: “a aquel de vosotros que tenga más afilada la espada”; lo que en nada se diferencia de aquella maldición trágica dirigida a unos hermanos: Partáis la hacienda con el hierro agudo; ¡tan antisociales y feroces son los designios de la ambición!

X. Restituido Pirro a su reino, celebró la anterior batalla con grande regocijo, volviendo lleno de gloria y de engreimiento, y como los Epirotas le dieran el nombre de águila, “por vosotros- les dijo- soy águila; ¿y cómo no lo seré, elevado en alto como con alas por vuestras armas?” De allí a poco tiempo, sabiendo que Demetrio se hallaba peligrosamente enfermo, invadió repentinamente la Macedonia como para hacer correrías y talar el país, y estuvo en poco el que se apoderase de todo y ocupase sin contradicción el reino, llegando hasta Edesa sin que nadie le resistiese, y antes reuniéndosele muchos y peleando a sus órdenes. Dio el peligro a Demetrio un aliento superior a sus fuerzas, y congregando sus amigos y generales gran copia de gente en poco tiempo, se fueron resuelta y denodadamente contra Pirro. Este, que había venido para recoger botín, más que para otra cosa, no los aguardó, sino que se puso en retirada, en la que perdió parte de sus tropas, persiguiéndole los Macedonios. Y aunque no por haberle tan fácil y prontamente arrojado de su país se descuidó ya Demetrio, con todo, teniendo resuelto emprender grandes cosas y recuperar el imperio paterno con cien mil hombres y quinientas naves, no creyó conveniente enredarse con Pirro, ni dejar a los Macedonios un vecino activo y peligroso, por lo que, no pudiendo detenerse a hacerle la guerra, determinó ajustar paz con él para marchar contra los otros reyes. Hechos los tratados y descubierta la idea de Demetrio por los mismos preparativos, temerosos los reyes, enviaron embajadores y cartas a Pirro, diciéndole extrañaban mucho que, abandonando la oportunidad que tenía en la mano, esperase la de Demetrio para hacerle la guerra, y que pudiendo arrojarle de la Macedonia, mientras causaba sustos y los recibía, aguardara a tener que contender con él, desembarazado ya y con mayor poder, en defensa de los templos y sepulcros de los Molosos; y esto cuando poco antes le había arrebatado a Corcira, juntamente con la mujer: porque Lanasa, disgustada con Pirro porque mostraba más aficción a las mujeres bárbaras, se había retirado a Corcira, y aspirando a otro matrimonio regio había llamado a Demetrio, sabedora de que era más inclinado que los otros reyes a enlazarse con muchas mujeres, y él, acudiendo al llamamiento, se había enlazado con Lanasa y había dejado guarnición en la ciudad.

XI Al mismo tiempo que los reyes escribían así a Pirro, trataban por sí de molestar a Demetrio, ocupado todavía en sus preparativos: para ello, Tolomeo, embarcándose con grandes fuerzas, hizo que se le rebelaran las ciudades griegas, y Lisímaco, entrando por la Tracia, talaba la Macedonia superior. Con esto, puesto también Pirro en movimiento, marchó contra Berea con esperanza, como sucedió, de que Demetrio, yendo a oponerse a Lisímaco, dejaría desamparada la región inferior. Parecióle aquella noche que había sido llamado entre sueños por Alejandro el Grande, y que, habiendo acudido, le había visto enfermo en cama; pero le había hablado con amor y aprecio, prometiendo auxiliarle eficazmente y que habiéndose atrevido a preguntarle: “¿Y cómo ¡oh rey! podrás auxiliarme estando enfermo?”, le había contestado: “con mi nombre”, y cabalgando sobre el caballo Niseo había marchado delante de él. Alentóse mucho con esta visión, y sin perder momento ni detenerse en el camino tomó a Berea, y acuartelando allí la mayor parte del ejército sujetó lo restante de la región por medio de sus generales. Demetrio, luego que tuvo de ello noticia y observó que en el campamento de los Macedonios se movía una sedición de mal carácter, temió ir más adelante, no fuese que éstos, teniendo cerca a un rey, que era macedonio y gozaba de reputación, se pasasen a él; por lo cual, mudando de dirección, marchó contra Pirro, que era forastero, y a quien aborrecían los Macedonios. Mas después que se acampó allí cerca, pasando a los reales muchos de Berea, celebraban a Pirro como varón invencible y muy aventajado en las armas, y como muy benigno y humano para con los cautivos. Había también algunos, enviados insidiosamente por Pirro, que, fingiéndose Macedonios, esparcían voces de que aquel era el tiempo de abandonar a Demetrio, hombre intratable, y pasarse a Pirro, que era popular y muy amante del soldado. Alborotóse con esto la mayor parte del ejército y hacían diligencias por ver a Pirro. Justamente cuando esto sucedió tenía quitado el casco; pero dando en lo que aquello era, se lo puso y fue conocido en el penacho sobresaliente y en la cimera, que eran unas astas de macho cabrío, con lo que hubo Macedonios que corrieron a él pidiéndole la contraseña, y algunos se coronaron con ramas de encina porque así habían visto coronados a los que se hallaban con Pirro; y aun hubo quienes se atrevieron a proponer al mismo Demetrio que lo mejor que podría hacer sería ceder y abandonar el puesto. Advirtiendo que con esta proposición conformaba el movimiento del ejército, entró en temor y se marchó ocultamente, disfrazándose con un vil sombrero y una mala capa. Entonces Pirro, dirigiéndose al campamento, lo tomó sin oposición, y fue aclamado rey de los Macedonios.

XII. Presentósele en esto Lisímaco, y como le expusiese que había sido obra de ambos la ruina de Demetrio y manifestase deseos de que dividiesen el reino, Pirro que no tenía todavía gran confianza en la lealtad delos Macedonios, sino que más bien estaba receloso de ellos, admitió la proposición de Lisímaco, y se repartieron entre sí todo el territorio y las ciudades. Llenó esto en aquellos momentos los deseos, y puso término entre ellos a la guerra; pero al cabo de bien poco conocieron que lo que habían creído fin de la enemistad no era sino principio de quejas y de discordia; porque aquellos a cuya ambición ni el mar ni los montes ni los de- siertos son suficiente término, y a cuya codicia no ponen coto los límites que separan la Europa del Asia, no puede concebirse cómo estarán en quietud rozándose y tocándose continuamente, sino que es preciso que se hagan siempre la guerra, siéndoles ingénito el armarse asechanzas y tenerse envidia. Así es que de estos dos nombres, guerra y paz, hacen uso como de la moneda, para lo que les es útil, no para lo justo, y debe considerarse que son mejores cuando abierta y francamente hacen la guerra que no cuando al abstenerse y hacer pausas en la violencia le dan los nombres de justicia y amistad. Vióse esto bien claro en Pirro, quien, para oponerse de nuevo al aumento de Demetrio y reprimir su poder, que como de una grave enfermedad iba convaleciendo, dio auxilio a los Griegos, pasando para ello a Atenas. Subió, pues, al alcázar, hizo sacrificio a la Diosa, y bajando en el mismo día les dijo estar muy satisfecho del amor y benevolencia del pueblo; pero que si tenían juicio no volverían nunca a permitir a ningún rey el entrar en la ciudad, ni le abrirían las puertas. Asentó luego paces con Demetrio y como de allí a poco tiempo pasase éste al Asia, incitado de nuevo por Lisímaco, le sublevó la Tesalia e hizo la guerra a las guarniciones griegas, ya porque le iba mejor con los Macedonios cuando los tenía ejercitados en la milicia que cuando estaban ociosos, y ya, sobre todo, porque no era su genio de estarse nunca quieto. Por último, vencido Demetrio en la Siria, como Lisímaco quedase libre de miedo y de otras atenciones, al punto marchó contra Pirro. Hallábase éste acuartelado en Edesa, y echándose sobre las provisiones que le llevaban, con interceptárselas le puso ya en grande apuro; después, por escrito y de palabra, empezó a sobornarle a los principales de los Macedonios, echándoles en cara que hubiesen escogido por señor a un extranjero, descendiente de los que siempre habían servido a los Macedonios, y arrojaran de esta región a los amigos y deudos de Alejandro. Como fuesen ya muchos los seducidos, entró en temor Pirro, y se retiró con las tropas del Epiro y de los aliados, perdiendo la Macedonia del mismo modo que la había adquirido. No tienen, pues, los reyes que quejarse de los pueblos si se mudan y buscan su conveniencia, porque en esto no hacen más que imitarlos, siendo ellos mismos sus maestros de deslealtad y traición y quienes les enseñan que el que más gana es el que menos consideración tiene a la justicia.

XIII. Retirado entonces Pirro al Epiro, y abandonando ya la Macedonia, ofrecíale la fortuna el poder de gozar de lo presente sin inquietudes y vivir en paz gobernando su propio reino; pero para él no causar daño a otros ni recibirlo de ellos a su vez era un tormento, y en cuanto al reposo le sucedía como a Aquiles, Que en él su corazón se consumía allí encerrado; y todo su deseo eran las huestes y la cruda guerra, Aspirando, pues, a ella, tuvo para entrar en nuevas empresas la ocasión siguiente: hacían los Romanos la guerra a los Tarentinos, y éstos, no pudiendo ni hacer frente a ella ni ponerle término, por el acaloramiento y malignidad de sus demagogos, acordaron nombrar por su general y hacer tomar parte en esta guerra a Pirro, el menos distraído entonces entre los reyes y el más aguerrido de todos los capitanes. De los ancianos y los hombres de juicio algunos se opusieron a esta resolución; pero tuvieron que ceder a la gritería y alboroto de la muchedumbre; otros, en vista de esto, desertaron de las juntas. Había un hombre moderado llamado Metón, y éste, llegado el día en que había de confirmarse el decreto, cuando ya el pueblo estaba congregado, tomando una corona marchita y un farol, como si estuviese beodo, se dirigió, acompañado de una tañedora de flauta, a la junta del pueblo. Allí, como sucede en tales juntas populares, no habiendo orden alguno, los unos, al verle, empezaron a dar gritos, los otros se reían y nadie le oponía estorbo, y antes bien algunos decían que la mujer tocase, y que él, pasando adelante, cantase lo que parecía iba a ejecutar; impuesto, pues, silencio: “Tarentinos- les dijo-, hacéis muy bien en divertiros y en regalaros mientras os es permitido, sin poner obstáculos a quien de ello guste; por tanto, si tenéis juicio, gozaréis ahora de vuestra libertad, como que otros negocios, otra vida y otro régimen os esperan luego que Pirro llegue a la ciudad.” Logró con estas cosas persuadir a la mayor parte de los Tarentinos, y por toda la junta corrió el murmullo de que decía muy bien; pero los que temían a los Romanos y el ser entregados a ellos si se hacía la paz afrentaban al pueblo, porque se dejaba burlar y escarnecer tan vergonzosamente, con lo que hicieron salir de allí a Metón. Confirmado de esta manera el decreto, enviaron embajadores al Epiro, que llevaron presentes a Pirro, no sólo de su parte, sino de los demás de Italia, y manifestaron que lo que necesitaban era un general experto y acreditado. Tenían, además, grandes fuerzas del país de los Lucanos, Mesapios, Samnitas y Tarentinos, hasta veinte mil caballos, y de infantes en todo trescientos mil y cincuenta mil hombres; cosas que no sólo inflamaron a Pirro, sino que a los mismos Epirotas les inspiraron deseos y empeño por ser de la expedición.

XIV. Vivía en aquella época un tésalo llamado Cineas, hombre de bastante prudencia y juicio, que había sido discípulo de Demóstenes el orador, y que sólo entre los oradores de su tiempo representaba como en imagen a los que le oían la fuerza y vehemencia de éste. Estaba en compañía de Pirro, y enviado por él a las ciudades, confirmaba el dicho de Eurípides de que Todo lo vence la elocuencia e iguala en fuerza al enemigo acero. Así solía decir Pirro que más ciudades había adquirido por los discursos de Cineas que por sus armas, y siempre le honraba y se valía de él con preferencia entre los demás. Cineas, pues, como viese a Pirro acalorado con la idea de marchar a la Italia, en ocasión de hallarle desocupado, le movió esta conversación: “Dícese ¡oh Pirro! que los Romanos son guerreros e imperan a muchas naciones belicosas; por tanto, si Dios nos concediese sujetarlos, ¿qué fruto sacaríamos de esta victoria?” Y que Pirro le respondió: “Preguntas ¡oh Cineas! una cosa bien manifiesta, porque, vencidos los Romanos, ya no nos quedaba allí ciudad ninguna, ni bárbara ni griega, que pueda oponérsenos, sino que inmediatamente seremos dueños de toda Italia, cuya extensión, fuerza y poder menos pueden ocultársete a ti que a ningún otro.” Detúvose un poco Cineas y luego continuó: “Bien, y, tomada la Italia ¡oh rey!, ¿qué haremos?” Y Pirro, que todavía no echaba de ver adónde iba a parar, “Allí cercale dijo- nos alarga las manos la Sicilia, isla rica, muy poblada y fácil de tomar, porque todo en ella es sedición, anarquía de las ciudades e imprudencia de los demagogos desde que faltó Agátocles.” “Tiene bastante probabilidad lo que proponescontestó Cineas-; ¿pero será ya el término de nuestra expedición tomar la Sicilia?” “Dios nos dé vencer y triunfardijo Pirro-, que tendremos mucho adelantado para mayores empresas; porque ¿quién podría no pensar después en el África y en Cartago, que no ofrecería dificultad, pues que Agátocles, siendo un fugitivo de Siracusa y habiéndose dirigido a ella ocultamente con muy pocas naves, estuvo casi en nada el que la tomase? Y dueños de todo lo referido, ¿podría haber alguna duda en que nadie opondrá resistencia, de los enemigos que ahora nos insultan?” “Ninguna- replicó Cineas-; sino que es muy claro que con facilidad se recobrará la Macedonia y se dará la ley a Grecia con semejantes fuerzas; pero después que todo nos esté, sujeto, ¿qué haremos?” Entonces Pirro, echándose a reír, “Descansaremos largamente- le dijo-, y pasando, la vida en continuos festines y en mutuos coloquios, nos holgaremos”. Después que Cineas trajo a Pirro a este punto de la conversación, “¿Pues quién nos estorba- le dijo-, si queremos, el que desde ahora gocemos de esos festines y coloquios, supuesto que tenemos sin afán esas mismas cosas a que habremos de llegar entre sangre y entre muchos y grandes trabajos y peligros, haciendo y padeciendo innumerables males?” Pero Cineas con este discurso más bien mortificó que corrigió a Pirro, pues aunque entró en cuenta del gran sosiego que gozaba, no fue dueño de renunciar a la esperanza de los proyectos y empresas a que estaba decidido.

XV. Empezó, pues, por enviar en auxilio de los Tarentinos a Cineas, que llevó consigo tres mil soldados; después, traídos de Tarento muchos transportes para caballos, naves armadas y toda especie de buques, embarcó veinte elefantes, tres mil caballos, veinte mil infantes, dos mil arqueros y quinientos honderos. Cuando todo estuvo a punto se hizo a la vela, y hallándose ya en medio del Mar Jonio, fue arrebatada violentamente la escuadra por un recio bóreas que a deshora se levantó, y lo que es él mismo pudo, aunque no sin dificultad y trabajo, ser llevado a la orilla y arrimado a tierra por la industria y cuidado de los pilotos y marineros; pero la escuadra se separó y dispersó; unas naves desviadas de la Italia corrieron por los Mares Líbico y Siciliano, y a otras que no pudieron doblar el promontorio Yapigio las sorprendió la noche, y arrojándolas la marejada a playas inaccesibles y desconocidas, las destruyó todas a excepción de la del rey. Esta, mientras fue sólo combatida de costado por el oleaje, pudo sostenerse y resistir por su porte y firmeza a los embates del mar; pero cuando ya empezó a soplar y rodearla el viento de tierra, dándole por la proa, corrió gran riesgo de abrirse y despedazarse: así, el más terrible de los males que se tenían presentes era el entregarse de nuevo a un mar irritado y a un viento que por puntos variaba, y con todo, levando áncoras Pirro, se lanzó mar adentro, siendo grande la porfía y empeño de sus amigos y sus guardias en estar a su lado. Mas la noche y las olas, con fuerte bramido y violento torbellino, estorbaban que pudieran socorrerse: de manera que con dificultad al día siguiente, aplacado ya el viento, pudo saltar en tierra, quebrantado y sin poderse valer de su cuerpo: pero contrastando por la energía y fuerza de su alma con tamaño contratiempo. Entonces los Mesapios, a cuya tierra aportó, se apresuraron con la mejor voluntad a darle los auxilios que podían, procurando recoger las pocas naves que se habían salvado, en las que existían sólo unos cuantos hombres de los de a caballo, menos de dos mil de infantería y dos elefantes.

XVI Recogido este poco, marchó Pirro a Tarento, y yendo a encontrarle Cineas, luego que supo su llegada, con los soldados que a su venida trajo entró así en la ciudad, en la que nada hizo por fuerza ni contra la voluntad de los Tarentinos, hasta que se salvaron del mar las otras naves y llegó la mayor parte de las restantes tropas. Entonces, como viese que la muchedumbre ni estaba en disposición de salvarse ni de salvar a otros sin una gran violencia, coligiéndose ser su ánimo que el mismo Pirro se pusiese delante, mientras ellos permanecían quietos en casa entretenidos en sus baños y convites, cerró los gimnasios y los paseos, que era donde hablaban de negocios y donde hacían la guerra de palabra, apartándolos además de los banquetes y regocijos intempestivos. Llamábalos a las armas, siendo duro e inflexible en los alistamientos de los que habían de servir, tanto, que muchos se salieron de la ciudad, no sabiendo sufrir el ser mandados y llamando esclavitud al no vivir a placer. Cuando se le anunció que el cónsul de los Romanos, Levino, movía contra él con grandes fuerzas, talando al paso la Lucania, todavía los aliados no habían parecido, con todo, creyendo envilecerse con la detención y con desentenderse de que tenía tan cerca los enemigos, salió con sus tropas, aunque enviando un mensajero a los Romanos proponiéndoles que, si gustaban, podrían, antes de disputar con las armas, obtener resarcimiento de perjuicios de los Italianos, siendo él el juez y mediador. Respondióle Levino que ni los Romanos le nombraban por árbitro ni le temían como enemigo, y adelantándose todavía más puso su campo en el terreno que mediaba entre las ciudades de Pandosia y Heraclea. Noticioso de que los Romanos se habían acercado más y que tenían su campo al otro lado del río Siris, dirigiéndose a caballo hacia éste, precisamente para observar, como viese su disposición, sus guardias, el orden del campamento y todo el arreglo del ejército, quedándose sorprendido, dirigió la palabra a aquel de sus amigos que tenía más próximo, diciéndole: “Este campo de bárbaros ¡oh Megacles! no es bárbaro: veremos los hechos”; y pensando ya en lo que podría suceder, determinó aguardar a los aliados. Por si los Romanos trataban de adelantarse y pasar, colocó junto al río una guardia que los detuviese; mas éstos, por lo mismo que él determinó esperar, quisieron adelantarse e intentaron el paso, la infantería por un vado y los de caballería haciendo el tránsito por diferentes puntos; de modo que los Griegos tuvieron que retirarse. Pirro, sobresaltado con la noticia, dio orden a los jefes de la infantería para que al punto la formasen y se mantuviesen sobre las armas, y él mismo se adelantó con los de a caballo, que eran unos tres mil, esperando sorprender en el paso a los Romanos dispersos y desordenados. Cuando vio muchos escudos sobre el río y a la caballería que avanzaba en orden, se rehizo y acometió él primero, haciéndose notar por la brillantez y sobresaliente ornato de las armas y mostrando en sus hechos un valor que no desdecía de su fama; el que se echó más de ver en que, no obstante aventurar su cuerpo en el combate y defenderse vigorosamente de los que le acometían, no le faltó la presencia de ánimo ni dejó de estar en todo, sino que, como si se conservara sereno fuera de acción, así dirigía la guerra, recorriéndolo todo y dando socorro a los que parecía que aflojaban. En esto, un macedonio llamado Leonato, observando que un Italiano se dirigía contra Pirro, enderezando a él el caballo y siguiendo siempre sus pasos y movimientos: “¿Ves- le dijo- ¡oh rey! aquel bárbaro que viene en un caballo negro con pezuñas blancas? Pues paréceme a mí que trae algún grande y dañoso designio, porque puso en ti la vista y contra ti se dirige lleno de arrojo y de cólera, sin hacer cuenta de los demás; así, guárdate de él” Al que contestó Pirro: “Es imposible-¡oh Leonato! que el hombre evite su hado; pero yo te aseguro que ni éste ni ningún otro Italiano se podrá alegrar de habérselas conmigo.” Cuando estaban en este razonamiento, echando el Italiano mano a la lanza y revolviendo el caballo, acometió a Pirro, y a un mismo tiempo hiere él con la lanza el caballo del rey, y acudiendo Leonato le hiere el suyo; cayeron muertos ambos caballos, y sacando libre sus amigos a Pirro dieron muerte al Italiano, aunque no dejó de defenderse. Era de origen ferentano, jefe de escuadrón, y se llamaba Oplaco.

XVII. Con esto aprendió Pirro a guardarse con más cuidado, y viendo que cedía la caballería, mandó venir la hueste y la puso en orden, y dando entonces su manto y sus armas a Megacles, uno de sus amigos, disfrazándose en cierta manera con las de éste, acometió a los Romanos. Recibieron éstos el choque y acometieron también, habiéndose mantenido la batalla indecisa por mucho tiempo, pues se dice que alternativamente se retiraron y se persiguieron hasta siete veces; y el cambio de las armas, que sirvió oportunamente para salvarse el rey, estuvo en muy poco que no echase a perder sus ventajas y le arrebatase la victoria. Porque cargando muchos sobre Megacles, el principal que le derribó y acabó con él, llamado Dexio, quitándole el casco y el manto, corrió hacia Levino mostrando aquellas prendas y gritando que había, muerto a Pirro. Causóse, pues, en ambos ejércitos, con este motivo, en el de los Romanos regocijo, con grande algazara, y en el de los Griegos desaliento, y asombro, hasta que enterado Pirro de lo que pasaba, corrió las filas con la cara descubierta, alargando la mano a los que peleaban y dándose a conocer con la voz. Finalmente, acosando, sobre todo, a los Romanos los elefantes, porque los caballos, antes de acercarse a ellos, no podían tolerar su as- pecto y derribaban a los jinetes, hizo Pirro avanzar a la caballería tésala, y acabó de derrotarlos con gran mortandad. Dionisio refiere que de los Romanos murieron muy pocos, menos de quince mil hombres, y Jerónimo que sólo siete mil; y del ejército de Pirro, Dionisio que trece mil, y Jerónimo que no llegaron a cuatro mil. Eran éstos que allí perdió los más aventajados entre sus amigos y caudillos y de quienes Pirro hacía más cuenta y se fiaba más. Tomó también el campamento de los Romanos, habiéndolo éstos abandonado, atrajo a muchas de las ciudades que le eran aliadas, taló gran parte del territorio y se adelantó hasta no distar de Roma más que trescientos estadios. Reuniéronsele después de la batalla muchos de los Lucanos y Samnitas, y aunque los reprendió por su tardanza se echó bien de ver que estaba contento y ufano de que con solo el auxilio de los Tarentinos venció un poderoso ejército de los Romanos.

XVIII. No destituyeron los Romanos a Levino del mando, sin embargo de que es fama haber dicho Gayo Fabricio que no habían sido los Epirotas los que habían vencido a los Romanos, sino Pirro a Levino, dando a entender que el vencido no había sido el ejército, sino el general. Completaron pues, las legiones y alistaron con prontitud nuevos soldados, y hablando de la guerra con fiada y decididamente, dejaron a Pirro sorprendido. De terminó por tanto, enviar quien tantease si se hallaban con disposiciones de paz: haciendo la cuenta de que el tomar a Roma y enseñorearse de ella del todo no era negocio hacedero, y menos para la fuerza con que se hallaba, y que la paz y los tratados, después de la victoria, contribuían en gran manera para su opinión y fama. Fue el embajador Cineas quien procuró acercarse a los más principales, llevando regalos de parte del rey para todos ellos y para sus mujeres. Mas nadie los recibió, sino que todos y todas respondieron que, hechos los tratados con la autoridad pública, de los bienes de cada uno podría disponer el rey a su voluntad, dándose en ello por servidos. Con el Senado usó Cineas de un lenguaje muy conciliador y humano, y, sin embargo, no se mostraron contentos ni dieron señales de admitir las pro posiciones, por más que les dijo que Pirro devolvería sin rescate los que habían sido hechos cautivos en la guerra y les ayudaría a sujetar la Italia, sin pedir por todo esto otra cosa que paz y amistad para sí y seguridad para los Tarentinos. Había manifiestos indicios de que los más cedían y se inclinaban a la paz por haber sufrido ya una gran derrota y temer otra de fuerzas mucho mayores, después de incorporados con Pirro los Italianos. A esto Apio Claudio, varón muy distinguido, pero que por la vejez y la privación de la vista se había retirado del gobierno, como corriese la voz de las proposiciones hechas por el rey y prevaleciese la opinión de que el Senado iba a admitir la paz, no pudo sufrirlo en paciencia, sino que mandando a sus esclavos que tomándole en brazos le pusiesen en la litera, de este modo se hizo llevar al Senado, pasando por la plaza. Cuando estuvo a la puerta, recibiéronle y cercáronle sus hijos y sus yernos y le entraron adentro, quedando el Senado en silencio por veneración y respeto a persona de tanta autoridad.

XIX. Habiendo ocupado su lugar, “Antes- dijo- me era molesto ¡Oh Romanos! el infortunio de haber perdido la vista; pero ahora me es sensible, como soy ciego, no ser también sordo, para no oír vuestros vergonzosos decretos y resoluciones, con que echáis por tierra la gloria de Roma. Porque ¿dónde está ahora aquella expresión vuestra, celebrada siempre en la mazmorra de todos los hombres, de que si hubiera venido a Italia el mismo Alejandro el Grande, y hubiera entrado en lid con vosotros, todavía jóvenes, o con vuestros padres, que estaban en lo fuerte de la edad, no se le apellidaría ahora invicto, sino que con la fuga o con la muerte habría dado a Roma mayor fama? Estáis dando pruebas de que aquello no fue más que una vana jactancia y fanfarronada, temiendo a los Caonios y Molosos presa siempre de los Macedonios y temblando de Pirro, que nunca ha hecho otra cosa que seguir y obsequiar a uno de los satélites de Alejandro, y en vez de auxiliar allá a los Griegos, por huir de aquellos enemigos, anda errante por la Italia, prometiéndonos el mando de ella con unas fuerzas que no bastaron en sus manos para conservar una pequeña parte de la Macedonia. Ni creáis que lo alejaréis haciéndole vuestro aliado, sino que antes provocaréis a los que os mirarán con desprecio, como fácil conquista de cualquiera, si permitís que Pirro se vaya sin pagar la pena de los insultos que os ha hecho, y antes lleve premio de que se queden riendo de vosotros los Tarentinos y Samnitas”. Dicho esto por Apio, decídense todos por la guerra y despiden a Cineas, intimándole que salga Pirro de la Italia, y entonces, si lo apetece, podrá tratarse de amistad y alianza, pero que mientras se mantenga con las armas en la mano, le harán los Romanos la guerra a todo trance, aun cuando venciere a diez mil Levinos en campaña. Dícese que Cineas, mientras estaba en la negociación, dando pasos y haciendo solicitudes, se dio a observar el método de vida y a conocer el vigor del gobierno, entrando en conferencias con los principales, de todo lo cual dio cuenta a Pirro, añadiéndole que el Senado le había parecido un consejo de muchos reyes, y en cuanto a la muchedumbre, temía que iban a pelear con otra Hidra Lernea, porque el número de soldados reunidos al cónsul era ya doble que antes y éste podía multiplicarse muchas veces con los que todavía quedaban en Roma capaces de llevar las armas.

XX. Después, de esto, enviáronse legados a Pirro a tratar de los cautivos, siendo uno de aquellos Gayo Fabricio, de quien Cineas había hecho larga mención, como de un hombre justo y gran guerrero, pero sumamente pobre. Tratóle Pirro con la mayor consideración, y procuró atraerle a que tomase una cantidad de oro, la que no se le daba por ninguna condescendencia menos honesta, sino con el nombre de prenda de alianza y hospitalidad. Rehusola Fabricio, y Pirro por entonces se desentendió; más al día siguiente, queriendo dar un susto a Fabricio, que no había visto nunca un elefante, dio orden de que cuando estuvieran los dos en conversación hicieran que de repente se apareciera por la espalda el mayor de ellos, corriendo la cortina. Hízose así, y dada la señal, se corrió la cortina; el elefante, levantando la trompa, la llevó encima de la cabeza de Fabricio, dando una especie de alarido agudo y terrible. Volvióse éste con sosiego, y sonriéndose dijo a Pirro: “Ni ayer me movió tu oro, ni hoy tu elefante”. Hablóse en el banquete de diferentes asuntos, y con especialidad de Grecia y de los filósofos, y Cineas sacó la conversación de Epicuro, refiriendo lo que dicen los de su escuela acerca de los Dioses, del gobierno y del fin supremo; poniendo éste en el placer, huyendo de los empleos como de un menoscabo y alteración de la bienaventuranza y colocando a los Dioses lejos de todo amor y odio y de providencia alguna por nosotros, en una vida descansada y llena de delicias. Todavía no había concluido, cuando exclamó Fabricio: “¡Por Hércules, éstas sean las opiniones de Pirro y de los Samnitas, mientras mantienen guerra con nosotros!” Maravillado cada vez más Pirro de la prudencia y de la probidad de Fabricio, fue también mayor su deseo de hacer por su medio amistad con Roma en lugar de continuar la guerra. exhortábale, pues, en sus particulares conferencias, a que se hiciera el tratado y después le siguiese y viviese en su compañía, en la que tendría el primer lugar entre sus amigos y generales, a lo que se dice haberle contestado sosegadamente: “Pues eso ¡oh rey! a ti no puede estarte bien, porque los mismos que ahora te veneran y te sirven, si llegaran a conocerme, querrían más ser por mí que por ti gobernados”. ¡Tal era el carácter de Fabricio! Pues Pirro oyó esta respuesta no como tirano con enojo, sino que dio idea a sus amigos de la elevación de ánimo de Fabricio, y a él solo le confió los cautivos para que, si el Senado no decretaba la paz, después de haber saludado a sus deudos y celebrado las fiestas saturnales, volviesen al cautiverio; y vol- vieron efectivamente después de la celebridad, habiendo establecido el Senado la pena de muerte contra el que se quedase.

XXI Fue conferido después el mando a Fabricio, y vino en su busca un hombre al campamento, trayéndole una carta escrita por el médico del rey, en la que le ofrecía quitar de en medio a Pirro con hierbas, si por el mérito de hacer cesar la guerra sin peligro alguno se le prometía un agradecimiento correspondiente. No pudo Fabricio sufrir semejante maldad, y, haciendo entrar en los mismos sentimientos a su colega, escribió sin dilación una carta a Pirro, previniéndole que se guardara de aquel riesgo. Estaba la carta concebida en estos términos: “Gayo Fabricio y Quinto Emilio, cónsules de los Romanos, al rey Pirro, felicidad. Parece que no eres muy diestro en juzgar de los amigos y de los enemigos. Leída la carta adjunta que se nos ha remitido, verás que haces la guerra a hombres rectos y justos, y que te fías de inicuos y malvados. Dámoste este aviso, no por hacerte favor, sino para que cualquiera mal suceso tuyo no nos ocasione una calumnia y parezca que tratamos de dar fin a la guerra con malas artes, ya que no podemos con el valor”. Cuando Pirro se halló con esta carta y se enteró de las asechanzas, castigó al médico, y en agradecimiento envió a Fabricio los cautivos sin rescate, haciendo de nuevo pasar a Cineas a negociar la paz. Mas los Romanos, desdeñándose de recibir de gracia los cautivos, bien fuese la remesa favor de un enemigo o recompensa de no haber sido injustos, enviaron asimismo a Pirro otros tantos Tarentinos y Samnitas; pero acerca de la amistad y paz no permitieron que se entrase en conferencia sin que antes retirase de la Italia sus armas y su ejército, tornándose al Epiro en las mismas naves en que vino. Fue, pues, preciso disponerse a otra batalla, para lo que, poniendo en movimiento su ejército, y alcanzando a los Romanos junto a la ciudad de Ásculo, fue de éstos impelido a lugares inaccesibles a la caballería y a un sitio muy pendiente y poblado de matorrales, que quitaba toda facilidad para que los elefantes se unieran con la hueste; y habiendo tenido muchos muertos y heridos, sólo la noche puso fin al combate. Pensó entonces de qué modo al día siguiente haría la guerra en lugar llano, en el que los elefantes pudieran oponerse a los enemigos, y como para ello ocupase, con una gran guardia, los malos pasos, y colocase entre los elefantes multitud de azconeros y saeteros, acometió con gran ímpetu y fuerza, llevando su hueste muy espesa y apiñada. Los Romanos, no siendo dueños, como antes, de los desfiladeros y puestos ventajosos, acometieron también de frente en la llanura; y procurando rechazar a los pesadamente armados antes que sobreviniesen los elefantes, tuvieron con las espadas un terrible combate contra las lanzas, no curando de sí en ninguna manera, ni atendiendo a otra cosa que a herir y trastornar, sin tener en nada lo que padecían. Al cabo de mucho tiempo dícese que la retirada tuvo principio en el punto donde se hallaba Pirro, que acosó extraordinariamente a los que tenía al frente; mas el principal daño provino del ímpetu y fuerza de los elefantes, no pudiendo los Romanos usar de su valor en la batalla; por lo cual, como si una ola o terremoto los estrechase, creyeron que debían ce- der y no esperar a morir con las manos ociosas, padeciendo, sin poder ser de ningún provecho, los males más terribles. Y, sin embargo de no haber sido larga la retirada al campamento, dice Jerónimo que murieron seis mil de los Romanos, y de la parte de Pirro se refirió en sus comentarios haber muerto tres mil quinientos y cinco; pero Dionisio ni dice que hubiese habido dos batallas junto a Ásculo, ni que ciertamente hubiesen sido vencidos los Romanos, sino que, habiendo peleado una sola vez, apenas cesaron de la contienda después de puesto el Sol, siendo Pirro herido en un brazo con un golpe de lanza y habiendo los Samnitas saqueado su bagaje; y que del ejército de Pirro y del de los Romanos murieron sobre quince mil hombres de una y otra parte. Ambos se retiraron, y se cuenta haber dicho Pirro a uno que le daba el parabién: “Si vencemos a los Romanos en otra batalla como ésta, perecemos sin recurso”. Porque había perdido gran parte de la tropa que trajo y de los amigos y caudillos todos, a excepción de muy pocos, no siéndole posible reemplazarlos con otros, y a los aliados que allí tenía los notaba muy tibios, mientras que los Romanos completaban con facilidad y prontitud su ejército, como si en casa tuvieran una fuente perenne, y nunca con las derrotas perdían la confianza, sino que más bien la cólera les daba nuevo vigor y empeño para la guerra.

XXII. Constituido en este conflicto, se entregó otra vez a vanas esperanzas por negocios que llamaban a dos distintas partes la atención: porque a un mismo tiempo llegaron mensajeros de Sicilia, poniendo en sus manos a Agrigento, Siracusa y Leoncio, y rogándole que expeliese a los Cartagineses y dejara la isla libre de tiranos, y de la Grecia le trajeron la noticia de que Tolomeo Cerauno había muerto en ocasión de librar batalla a los Galos con su ejército; así que llegaría entonces muy a tiempo, cuando los Macedonios habían quedado sin rey. Quejóse amargamente de la fortuna por haber acumulado en un mismo momento las ocasiones y motivos de grandes hazañas, y reconociendo que reunidos ambos objetos era preciso renunciar a uno, estuvo fluctuando en la incertidumbre largo tiempo; pero después, pareciéndole que los negocios de Sicilia eran los de mayor entidad, por estar cerca de África, decidido por ellos envió inmediatamente a Cineas, como lo tenía de costumbre, para que previniese a las ciudades, y por lo que a él tocaba, como los Tarentinos se mostrasen disgustados, les puso guarnición. Pedíanle éstos que, o les cumpliera aquello para que era venido, combatiendo con los Romanos, o se desistiera de su territorio, dejándoles la ciudad como la había encontrado; mas la respuesta fue desabrida, y mandándoles que se estuviesen quietos y esperaran que les llegara su momento favorable, en tanto se hizo a la vela. Apenas tocó en la Sicilia, cuando previno su gusto lo que había esperado, entregándosele las ciudades de muy buena voluntad. Y por entonces ninguna oposición experimentó de las que exigen contienda y violencia, sino que, recorriendo la isla con treinta mil infantes, dos mil y quinientos caballos y doscientas naves, expelió a los Cartagineses y trastornó su dominación. Siendo el distrito de Érix el más fuerte de todos y el que contenía más combatientes, determinó encerrarlos dentro de los muros; y poniendo el ejército a punto, armado de todas armas, emprendió su marcha, ofreciendo a Heracles celebrar juegos y sacrificios de victoria ante los Griegos que habitaban la Sicilia si le hacía mostrarse guerrero digno de su linaje y de los medios que tenía. Dada la señal con la trompeta, después que con los dardos hubo retirado a los bárbaros, hizo arrimar las escalas, y fue el primero en subir al muro. Eran muchos los que le oponían resistencia; pero a unos los apartó y derribó de la muralla a entrambas partes, y de muchos, valiéndose de la espada, hizo un montón de muertos. No recibió, sin embargo, lesión alguna, y antes con su vista infundió terror a los enemigos, acreditando que Homero había hablado en razón y con experiencia cuando dijo: “Que de todas las virtudes sola la fortaleza tenía muchas veces ímpetus furiosos y en cierta manera sobrenaturales”. Tomada la ciudad, sacrificó al dios magníficamente, y dio espectáculos de toda especie de combates.

XXIII. Los bárbaros de Mesena, a los que se daba el nombre de Mamertinos, vejaban en gran manera a los Griegos, y aun a algunos los habían sujetado a pagarles tributos, por ser ellos muchos y gente belicosa, apellidados por tanto los marciales en lengua latina; cogió, pues, a los recaudadores y les dio muerte, y venciéndolos a ellos en batalla, asoló muchas de sus fortalezas. A los cartagineses, que se mostraban inclinados a la paz, estando dispuestos a contribuir con dinero y despachar la escuadra, si se ajustaba la alianza, les respondió, codiciando todavía más, que no había amistad y alianza para ellos si no dejaban toda la Sicilia y ponían el Mar Líbico por término respecto de los Griegos; engreído por ello con la prosperidad y curso favorable de sus negocios, y llevando adelante las esperanzas con que se embarcó desde el principio, puesto principalmente en el África su deseo. Hallábase con bastante número de naves, faltándole las tripulaciones; mas después que se proveyó de remeros, ya no trataba blanda y suavemente a las ciudades, sino con despotismo y con dureza, imponiendo castigos; cuando al principio no había sido así, sino más dispuesto todavía que todos los demás a la afabilidad y a hacer favores, a mostrar confianza y a no ser molesto a nadie; pero entonces, habiéndose convertido de popular en tirano, con la aspereza de la ingratitud y de la desconfianza oscureció su gloria. Y aun esto, como necesario, lo aguantaban, aunque de mala gana; pero sucedió después que, habiendo sino Tenón y Sóstrato, generales de Siracusa, los primeros que le excitaron a pasar a Sicilia, los que cuando estuvo allí le entregaron la ciudad, y de quienes se valió para la mayor parte de las cosas, los tuvo después por sospechosos, no queriendo ni llevarlos consigo ni dejarlos; por lo cual Sóstrato, entrando en recelos y temores, se ausentó; pero a Tenón, achacándole igual intento, le quitó la vida. Con esto, no ya poco a poco o por grados se le mudaron los ánimos, sino que, concibiendo contra él las ciudades un violento odio, unas se pasaron a los Cartagineses, y otras llamaron a los Mamertinos. Cuando por todas partes no veía más que defecciones, novedades y una terrible sedición contra su persona, recibió cartas de los Samnitas y Tarentinos, en que manifestaban que apenas podían sostener la guerra dentro de las ciudades, arrojados ya de todo el país, y le pedían que fuese en su socorro. Éste fue un pretexto decente para que no se dijese que su partida era una fuga o un abandono de sus anteriores proyectos; mas lo cierto fue que no pudiendo sujetar la Sicilia como nave en borrasca, buscando cómo salir del paso, dio consigo de nuevo en la Italia. Dícese que retirado ya del puerto, volviéndose a mirar la isla, dijo a los que tenía cerca de sí: “¡Qué palestra dejamos ¡oh amigos! a los Cartagineses y Romanos!”; lo que al cabo de poco tiempo se cumplió, como lo había conjeturado.

XXIV. Conmovidos contra él los bárbaros cuando ya estaba en la mar, peleando en la travesía con los Cartagineses, perdió muchas de las naves, y con las restantes huyó a la Italia. Los Mamertinos le antecedieron en el paso con diez mil hombres a lo menos, y aunque temieron presentársele en batalla, colocados en sitios ásperos, y sorprendiéndole desde ellos, desordenaron todo el ejército, le mataron dos elefantes y murieron muchos de la retaguardia. Pasando él allá, desde la vanguardia les hizo oposición, y peleó con aquellos hombres aguerridos y corajudos. Como hubiese recibido una cuchillada en la cabeza y hubiese quedado un poco separado del combate, cobraron con esto más arrojo los enemigos: y uno de ellos, de grande estatura y brillantes armas, adelantándose a carrera a los demás, en alta voz comenzó a provocarle diciendo que viniera a él si aun estaba vivo. Irritóse Pirro, y revolviendo con sus asistentes lleno de ira, bañado en sangre, con un semblante, que imponía miedo, penetró por entre los que halló al paso, y se adelantó a herir con la espada al bárbaro, en la cabeza, dándole tal cuchillada, que ya por la fuerza del brazo, y ya por el temple del acero, descendió bien abajo, viéndose caer en un momento a uno y otro lado las partes del cuerpo dividido en dos. Esto detuvo a los bárbaros para que volvieran a acercársele, asombrados de Pirro, a quien miraron como un ser superior. Pudo con esto continuar sin tropiezo el camino que le quedaba, y llegó a Tarento con diez mil infantes y tres mil caballos. incorporó a éstos los más alentados de los Tarentinos, y movió inmediatamente contra los Romanos, acampados en la tierra de Samnio.

XXV. Hallábanse en mal estado los negocios de los Samnitas, quienes habían decaído mucho de ánimo por las frecuentes derrotas que les habían causado los Romanos, a lo que se agregaba cierto encono que tenían a Pirro por su viaje a Sicilia; así es que no fueron muchos los que a él acudieron. Hizo de todos dos divisiones: enviando unos a la Lucania a oponerse al otro cónsul para que no diese socorro, y conduciendo él mismo a los otros contra Manio Curio, acuartelado en Benevento, donde con la mayor confianza aguardaba el auxilio de la Lucania: concurriendo, además, para estarse sosegado, el que los agüeros y las víctimas le retraían de pelear. Apresurándose, por tanto, Pirro a caer sobre éstos antes que los otros viniesen, tomó consigo a los soldados de más aliento y de los elefantes los más hechos a la guerra, y de noche se dirigió contra el campamento. Habiendo tenido que anclar un camino largo y embarazado con arbustos, no aguantaron las antorchas, y anduvieron perdidos y dispersos los soldados; con la cual detención faltó ya la noche, y desde el amanecer percibieron los enemigos su venida desde las atalayas; de manera que desde aquel punto se pusieron en inquietud y movimiento. Hizo sacrificio Manio, y como también el tiempo se presentase oportuno, salió con sus tropas, acometió a los primeros, y, haciéndolos retirar, inspiró ya miedo a todos, habiendo muerto muchos y aun habiéndose cogido algunos elefantes. La misma victoria condujo a Manio a tener que pelear en la llanura, y trabada allí de poder a poder la batalla, por una parte desbarató a los enemigos, pero por otra fue acosado de los elefantes, y como le llevasen en retirada hasta cerca del campamento, llamó a los de la guardia, que en gran número estaban sobre las armas y se hallaban descansados. Acudiendo éstos e hiriendo desde, puestos ventajosos a los elefantes, los obligaron a retirarse y a huir por entre los propios, causando con ello gran turbación y desorden; lo cual no solamente dio a los Romanos aquella victoria, sino la seguridad del mando. Porque habiendo adquirido de resultas de aquel valor y de aquellos combates osadía, poder y la fama de invencibles, de la Italia se apoderaron inmediatamente, y de la Sicilia de allí a poco.

XXVI De este modo se le desvanecieron a Pirro las esperanzas que acerca de la Italia y la Sicilia había concebido, perdiendo seis años en estas expediciones, en las que, si en los intereses salió menoscabado, el valor lo conservó invencible en medio de las derrotas. Así tuvo la reputación de ser el primero entre los reyes de su tiempo, en la pericia militar, en la pujanza de brazo, en la osadía; sino que lo que adquiría con sus hazañas lo perdía por nuevas esperanzas, y no sabía salvar lo presente, según convenía, por la codicia de lo ausente y lo venidero. Por tanto, Antígono solía compararle aun jugador que juega y gana mucho, pero que no sabe sacar partido de sus ganancias. Volviendo, pues, al Epiro con ocho mil infantes y quinientos caballos, y hallándose falto de medios, solicitaba una guerra en que ocupase su ejército, y como se le uniesen algunos Galos, hizo incursión en la Macedonia, en donde reinaba Antígono, hijo de Demetrio, precisamente con el objeto de saquear y hacer botín. Avínole el tomar varias ciudades y que se le pasasen dos mil soldados, con lo que ya extendió sus esperanzas y se encaminó contra Antígono. Sobrecogióle en unos desfiladeros, y puso en desorden todo su ejército. Los Galos, que se hallaban a la retaguardia de Antígono, muchos en número, se sostuvieron vigorosamente; trabada con este motivo una reñida batalla, perecieron en ella la mayor parte de éstos, y cogidos los que conducían los elefantes, se rindieron y entregaron todas aquellas bestias. Fortalecido Pirro con estos sucesos, contando más con su fortuna que con lo que le podía dictar la razón, acometió a la falange de los Macedonios, turbada y acobardada con el vencimiento: así es que no pelearon contra él ni le hicieron resistencia: extendió, pues, su derecha, y llamando por sus nombres a todos los generales y jefes, logró que la infantería abandonase a Antígono. Retiróse éste por la parte del mar, y al paso recobró algunas de las ciudades litorales: y Pirro, teniendo por el mayor para su gloria entre estos prósperos acontecimientos el de haber vencido a los Galos, consagró lo más brillante y precioso de los despojos en el templo de Atena Itónide con la siguiente inscripción en versos elegíacos: A Itónide Atenea en don consagra estos escudos el Moloso Pirro, a los feroces Galos arrancados cuando triunfó de Antígono y su hueste, ¿Qué hay que maravillar, si ahora y antes los Eácidas fueron invencibles? Después de la batalla, inmediatamente recobró las ciudades; y habiendo vencido a los Egeos, los trató mal en diferentes maneras, y además les dejó guarnición de los Galos que militaban en su ejército. Son estos Galos gente de insaciable codicia, y se dieron a abrir los sepulcros de los reyes que allí estaban enterrados, robaron la riqueza en ellos depositada y los huesos los tiraron con insulto. Pareció que Pirro había tomado este mal hecho con tibieza y desprecio, bien fuese que no atendió a él por sus ocupaciones, o bien que hubo de disimular por no atreverse a castigar a los bárbaros, cosa que reprendieron mucho en él los Macedonios. Cuando todavía su imperio no estaba seguro ni había tomado firme consistencia, ya su ánimo se había inflamado con otras esperanzas. A Antígono le llamaban hombre sin vergüenza, porque, debiendo ya tomar la capa, aún usaba la púrpura. Vino a él en este tiempo Cleónimo de Esparta, y, llamándole contra la Lacedemonia, se presentó muy contento. Era Cleónimo de linaje real; pero, mostrándose hombre violento y despótico, no inspiró amor ni confianza; y así fue Areo el que reinó, siendo aquella nota en él muy antigua y pública entre sus ciudadanos. Estando en edad se casó con Quilónide, hija de Leotíquidas, mujer hermosa, y también de regio origen; pero ésta andaba perdida por Acrótato, hijo de Areo, mozo de brillante figura, lo que para Cleónimo, que la amaba, hizo aquel matrimonio desabrido a un tiempo y afrentoso, por cuanto no había esparciata alguno a quien se ocultase que era despreciado de su mujer. Reuniéronse de este modo los disgustos de casa con los de la república; por ira y por despique atrajo contra Esparta a Pirro, que tenía a sus órdenes veinticinco mil infantes, dos mil caballos y veintitrés elefantes, de manera que al punto se echó de ver en la superioridad de sus fuerzas que no iba a ganar a Esparta para Cleónimo, sino a adquirir para sí el Peloponeso, a pesar de que en las palabras aparentó otra cosa, aun con los mismos Lacedemonios que fueron a él de embajadores a Megalópolis. Porque les dijo ser su venida a libertar las ciudades sujetas a Antígono y también a enviar a Esparta sus hijos de corta edad, si no había inconveniente, a fin de que, educados en las costumbres lacónicas, tuvieran aquello de ventaja sobre los demás reyes. Engañándolos de este modo, y usando también de simulación con cuantos trató en el camino, apenas puso el pie en la Laconia empezó a saquearlos y despojarlos. Reconviniéndole los embajadores con que para entrar así en su país no les había declarado la guerra, “Bien sabemos- les respondió- que tampoco vosotros los Lacedemonios avisáis a los otros de lo que intentáis hacer”; y uno de los que allí se hallaban, llamado Mandroclidas, usando del dialecto lacónico, le repuso: “Si eres un dios, no nos liarás mal, porque no te hemos ofendido; si hombre, no faltará otro que valga más que tú”.

XXVII. Bajó luego a Esparta, y Cleónimo quería que la invadiera sin detención; pero Pirro, temeroso, según se dice, de que los soldados saqueasen la ciudad si entraban de noche, le contuvo diciendo que ya se haría al día siguiente; porque los habitantes eran pocos, y los cogerían desprevenidos a causa de la prontitud. Hacía además la casualidad que Arco no se hallase allí, sino en Creta, auxiliando a los Gortinios, que tenían guerra, y esto fue lo que principalmente salvó a la ciudad, mirada con desprecio por su soledad y flaqueza; pues Pirro, persuadido de que no tendría que combatir con nadie, se acampó, cuando los amigos e hilotas de Cleónimo tenían la casa prevenida y dispuesta para que Pirro fuese festejado en ella. Mas, venida la noche, como los Lacedemonios empezasen a deliberar sobre mandar las mujeres a Creta, éstas se opusieron a ello, y aun Arquidamia se presentó ante el Senado con una espada en la mano, haciendo cargo a los hombres de que creyesen que ellas desearían vivir después de perdida Esparta. Resolvieron después abrir una zanja paralela al campamento de los enemigos y poner carros a uno y otro extremo enterrando las ruedas hasta los cubos, para que, teniendo un asiento firme, sirvieran de estorbo a los elefantes. Cuando en esto entendían, llegaron adonde estaban las doncellas y casadas, las unas con los mantos arremangados sobre las túnicas, y las otras con las túnicas solas, a ayudar en la obra a los ancianos. A los que habían de pelear les decían que descansasen, y, tomando la plantilla, hicieron por sí solas la tercera parte de la zanja, la cual tenía de ancho seis codos, de profundidad cuatro, y de longitud ocho pletros o yugadas, según dice Filarco, y menos según Jerónimo. Movieron al mismo punto de amanecer los enemigos, y ellas, alargando a los jóvenes las armas y encargándoles la zanja, los exhortaban a defenderla y guardarla, porque, si era dulce el vencer ante los ojos de la patria, también era glorioso el morir en los brazos de las madres y de las esposas, pereciendo de un modo digno de Esparta. Quilónide, retirada en su casa, se había echado un lazo al cuello, para no venir al poder de Cleónimo si Esparta se tomaba.

XXVIII. Era Pirro atraído de frente con su infantería a los espesos escudos de los Espartanos que le estaban contrapuestos, y a la zanja que no podía pasarse, ni permitía hacer pie firme por el lodo. Mas su hijo Tolomeo, que tenía a sus órdenes dos mil Galos y las tropas escogidas de los Caonios, haciendo una evolución sobre la zanja procuraba pasar por encima de los carros; pero éstos, por estar profundos y muy espesos, no solamente le hacían difícil a él el paso, sino también a los Lacedemonios la defensa. En esto, como consiguiesen los Galos levantar las ruedas y amontonar los carros en el río, advirtiendo el joven Acrótato el peligro, y corriendo a la ciudad con trescientos hombres, envolvió a Tolomeo sin ser de él visto, por ciertas desigualdades del terreno, hasta que acometió a los últimos y los precisó a que volviesen a pelear con él, impeliéndose unos a otros y cayendo en la zanja y entre los carros; de manera que con trabajo y no sin gran mortandad pudieron retirarse. Los ancianos y gran número de las mujeres fueron espectadores de las proezas de Acrótato; así, cuando después volvía por medio de la ciudad a tomar su formación, bañado en sangre, pero ufano y engreído en la victoria, todavía les pareció más alto y más bello a las Espartanas, que miraban con celos el amor de Quilónide; algunos de los ancianos le seguían gritando: “¡Bravo, Acrótato!, sigue en tus amores con Quilónide, sólo con que des excelentes hijos a Esparta”. Siendo muy reñida la batalla que se sostenía por la parte donde se hallaba Pirro, otros muchos había que peleaban denodadamente; pero Filio, resistiendo mucho tiempo y dando la muerte a muchos de los que le combatían, cuando por el gran número de sus heridas conoció que iba a fallecer, cediendo su puesto a uno de los que tenía cerca, cayó entre sus filas para que no se apoderaran de su cadáver los enemigos.

XXIX. Sólo con la noche cesó la batalla, y recogido a dormir Pirro, tuvo esta visión: parecióle que arrojaba rayos sobre Esparta abrasándola toda y que él estaba muy contento. Despertóse con la misma alegría, y dando orden a los jefes para que tuviesen a punto el ejército, refería a los amigos su ensueño, contando con que iba a tomar por armas la ciudad. Convenían todos los demás en ello, y sólo a Lisímaco no le pareció bien aquella visión; antes, le dijo que recelaba no fuese que así como los lugares tocados del rayo se tienen por inaccesibles, de la misma manera le significase aquel prodigio que no le sería dado entrar en la ciudad. Mas respondióle que aquello era habladuría de mentidero sin certeza ni seguridad alguna, debiendo repetir los que tenían las armas en la mano: El agüero mejor, pelear por Pirro; con lo que se levantó, y al rayar el día movió el ejército. Defendíanse los Lacedemonios con un ardor y fortaleza superior a su número, a presencia de las mujeres, que alargaban dardos, comestibles y bebidas a los que lo pedían y cuidaban de retirar los heridos. Intentaron los Macedonios cegar la zanja, trayendo para ello mucha fagina, con la que cubrieron las armas y los cadáveres que allí habían caído, y acudiendo al punto los Lacedemonios, se vio al otro lado de la zanja y los carros a Pirro, a caballo, que con el mayor ímpetu se dirigía a tomar la ciudad. Levantóse en esto gran gritería de los que se hallaban en aquel punto, con carreras y lamentos de las mujeres, y cuando ya Pirro iba adelante, abriéndose paso por entre los que tenía al frente, herido con una saeta cretense su caballo, cayó de pechos, y con las ansias de la muerte derribó a Pirro en un sitio resbaladizo y pendiente. Como con este suceso se turbasen sus amigos, acudieron corriendo los Espartanos, y tirándoles dardos los hicieron huir a todos. A este tiempo hizo Pirro que por todas partes cesase el combate, pensando que los Lacedemonios decaerían de bríos, hallándose casi todos heridos y habiendo muerto muchos. Pero el buen Genio de esta ciudad, bien fuese que se hubiera propuesto poner a prueba la fortaleza de aquellos varones, o bien que hubiese querido hacer en aquel apuro demostración de la grandeza de su poder, cuando estaban en el peor estado las esperanzas de los Lacedemonios hizo que de Corinto llegase en su auxilio con tropas extranjeras Aminias, natural de Focea, uno de los generales de Antígono, y aun no bien se había hecho el recibimiento de éstos, cuando arribó de Creta el rey Areo, trayendo consigo dos mil hombres. Con esto las mujeres se retiraron a sus casas, sin volver a mezclarse en las cosas de la guerra, y los hombres, haciendo que dejaran las armas los que por necesidad las habían tomado en aquel conflicto, se previnieron y ordenaron para la batalla.

XXX. Inspiróle todavía a Pirro mayor codicia y empeño de tomar la ciudad esta venida de auxiliares; mas cuando vio que nada adelantaba, habiendo salido mal parado, desistió y se entregó a talar el país, haciendo ánimo de invernar allí; pero no podía evitar su hado Había en Argos división entre Aristeas y Aristipo, y teniéndose por cierto que Antígono estaría de parte de éste, adelantase Aristeas y llamó a Pirro a Argos; éste, que sin cesar pasaba de unas esperanzas a otras, que de una prosperidad tomaba ocasión para otras varias, y que sí caía quería reparar la caída con nuevas empresas y ni por victorias ni por derrotas hacía pausa en mortificarse y ser mortificado, al punto levantó el campo y marchó a Argos. Púsole Arco asechanzas en diversos puntos, y tomando los peores pasos del camino, derrotó a los Galos y a los Molosos que cubrían la retaguardia. Habíasele anunciado a Pirro por el agorero, con motivo de haberse encontrado las víctimas sin alguno de los extremos, que le amenazaba la pérdida de alguno de sus deudos; pero habiéndosele con la priesa y el rebato borrado de la memoria la predicción, dio orden a su hijo Tolomeo de que con sus amigos fuese en auxilio de los que combatían, y él, en tanto, condujo el ejército, procurando sacarlo apriesa de las gargantas. Trabada con Tolomeo una recia contienda, y peleando contra los suyos las tropas más escogidas de los Lacedemonios, acaudilladas por Evalco, un cretense de Áptera llamado Oriso, gran acuchillador y muy ligero de pies, corrió de costado, y cuando Tolomeo peleaba con el mayor valor le hirió y quitó la vida. Muerto Tolomeo y desordenada su gente, los Lacedemonios la persiguieron y vencieron, pero sin percibirlo se pasaron a la tierra llana y quedaron desamparados de su infantería; entonces Pirro, que acababa de oír la muerte del hijo y tenía el dolor reciente, cargó contra ellos con la caballería de los Molosos, y acometiendo el primero llenó de mortandad el campo, y si siempre se había mostrado invicto y terrible en las armas, entonces en osadía y violencia dejó muy atrás los demás combates. Arremetió después contra Evalco con su caballo, y haciéndose éste a un lado, estuvo en muy poco el que no cortase a Pirro con la espada la mano de las riendas; pero dando el golpe en las riendas mismas, las cortó. Pirro, al mismo tiempo que él daba este golpe, le pasó con la lanza, mas vino al suelo, del caballo, y quedando a pie dio muerte a todos los escogidos que peleaban al lado de Evalco, habiendo tenido Esparta esta gran pérdida en una guerra que tocaba a su fin, precisamente por el demasiado ardor de sus generales.

XXXI Pirro, como si hubiera así cumplido con las exequias del hijo, y peleado un brillante combate fúnebre, dejando desahogado gran parte del dolor en la ira contra los enemigos, continuó su marcha a Argos, y enterado de que Antígono se había ya establecido sobre las montañas que dominaban la llanura, puso su campo junto a Nauplia. Al día siguiente, envió un heraldo a Antígono, llamándole peste y provocándolo a que bajando a la llanura disputaran allí el reino; mas éste le respondió que él no sólo era general de las armas, sino también de la sazón y oportunidad, y que si Pirro tenía priesa de dejar de vivir, le estaban abiertas muchas puertas para la muerte. A uno y a otro pasaron embajadores de Argos, pidiéndoles que se reconciliaran. y dejaran que su ciudad no fuera de ninguno, sino amiga de ambos: y lo que es Antígono vino en ello, entregando su hijo en rehenes a los Argivos; pero Pirro, aunque prometía reconciliarse, como no diese prenda de ello, se hacía por lo tanto más sospechoso. Tuvo éste además una señal terrible: porque habiéndose sacrificado unos bueyes, se vio que las cabezas, después de separadas de los cuerpos, sacaron la lengua y se relamieron en su propia sangre, y además, en la ciudad de Argos, la profetisa de Apolo Licio dio a correr, gritando haber visto la ciudad llena de mortandad y de cadáveres, y que un águila que volaba al combate después se había desvanecido.

XXXII. Aproximóse Pirro a las murallas, en medio de las mayores tinieblas, y estando abierta por diligencia de Aristeas la puerta que llaman Diámperes, logró no ser sentido hasta incorporársele los Galos que tenía en su ejército y haber entrado en la plaza; pero como los elefantes no cupiesen por la puerta, y fuese preciso quitarles las torres y volvérselas a poner en la oscuridad y con ruido, esto ocasionó detenciones y que los Argivos llegasen a percibirlo, por lo que se retiraron a la fortaleza, dicha Escudo, y a otros lugares defendidos, enviando a llamar a Antígono. Dedicóse éste por sí a armar asechanzas en las cercanías, y envió con poderoso socorro a sus generales y a su hijo. Sobrevino también Areo, trayendo mil Cretenses y las tropas más ligeras de los Espartanos, y acometiendo todos a un tiempo a los Galos los pusieron en confusión y desorden. Entró a este tiempo Pirro con algazara y gritería por el Cilarabis, y luego que los Galos correspondieron a sus voces, conjeturó que aquella especie de grito no era fausto y confiado, sino de quien se halla en consternación; marchó, pues, con más celeridad, penetrando por entre su caballería, que no sin dificultad y con gran peligro andaba por las alcantarillas, de que está llena aquella ciudad. Era suma la inseguridad de los que ejecutaban y de los que mandaban en un combate nocturno, y había extravíos y dispersiones en los pasos estrechos, sin que la pericia militar sirviera de nada por las tinieblas, por los gritos confusos y la estrechez del sitio; por tanto, casi nada hacían, esperando unos y otros la mañana. Apenas empezó a aclarar, sorprendió ya a Pirro ver que el Escudo estaba lleno de armas enemigas, y se asustó, sobre todo, cuando, notando en la plaza diferentes monumentos, descubrió entre ellos un lobo y un toro de bronce en actitud de combatir uno con otro; porque esto le trajo a la memoria un oráculo antiguo por el que se le había dicho que moriría cuando viese un lobo que peleaba con un toro. Dicen los Argivos que esta ofrenda es para ellos recuerdo de un suceso antiguo, porque a Dánao, cuando puso primero el pie en aquella región, junto a Piranios de la Tireátide, se le ofreció el espectáculo un lobo que peleaba con un toro. Supuso, allá dentro sí, que el lobo lo representaba a él- por cuanto siendo extranjero acecha a los naturales, como a él le pasaba-,con esta idea se paró a mirar la lucha; venció el lobo, habiendo hecho voto a Apolo Licio, acometió a la ciudad y quedó victorioso, siendo por una sedición arrojado Gelanor, que era el que entonces reinaba. Y esto es lo que se refiere acerca de aquel momento.

XXXIII. Con este encuentro, y viendo que nada adelantaba en lo que había sido objeto de su esperanza,, pensó Pirro en retirarse; pero, temiendo la estrechez de las puertas, envió en busca de su hijo Héleno, que había quedado a la parte afuera con fuerzas considerables, dándole orden de que aportillara el muro y amparara a los que saliesen, si eran perseguidos de los enemigos. Mas por la misma priesa y turbación del mensajero, que no acertó a expresar bien su encargo, y por extravío que además se padeció perdió aquel joven los elefantes que todavía le restaban y los mejores de sus soldados, y se entró por las puertas para dar auxilio a su padre. Retirábase ya Pirro, y mientras la plaza le dio terreno para retirarse y pelear, rechazó a los que le acosaban; pero, impelido de la plaza a un callejón que conducía a la puerta, se encontró allí con sus auxiliares, que venían de la parte opuesta, y por más que les gritaba que retrocediesen, no le oían, y aun a los que estaban prontos a ejecutarlo los atropellaban en sentido contrario los que de frente continuaban entrando por la puerta. Agregábase que el mayor de los elefantes, atravesado y rugiendo en ésta, era un nuevo estorbo para los que querían salir, y otro de los que habían entrado, al que se había dado el nombre de Nicón, procurando recoger a su conductor, a quien las heridas recibidas habían hecho caer, volvía también atrás, contrapuesto a los que buscaban salida, con su atropellamiento mezcló y confundió a amigos y enemigos, chocando unos con otros. Después, cuando hallándole muerto le alzó con la trompa y le aseguró con los colmillos, al volver trastornó de nuevo y destrozó como furioso a cuantos encontró el paso. Apretados y estrechados de esta manera entre sí, ninguno podía valerse ni aun a sí mismo, sino que, como si se hubieran pegado en un solo cuerpo, así toda aquella muchedumbre sufría infinidad de impresiones y mudanzas por ambos extremos; pocos eran, pues, los combates que podía haber con los enemigos, bien estuvieran al frente o bien a la espalda, y los propios, de unos a otros se causaban mucho daño, porque si alguno desenvainaba la espada o inclinaba la lanza, no había modo de retirarla o envainarla otra vez, sino que ofendía a quien se presentaba, y heridos unos de otros recibían la muerte.

XXXIV. Pirro, en vista de semejante borrasca y tempestad, quitándose la corona con que estaba adornado su yelmo, la entregó a uno de sus amigos, y, fiado de su caballo, arremetió a los enemigos que le perseguían; habiendo sido lastimado en el pecho, de una lanzada, aunque la herida no fue grave ni de cuidado, revolvió contra el autor de ella, que era Argivo, no de los principales, sino hijo de una mujer anciana y pobre. Era ésta espectadora del combate, como las demás mujeres, desde un tejado, y cuando advirtió que su hijo las había con Pirro, conmovida con el peligro, tomando una teja con entrambas manos la dejó caer sobre Pirro. Dióle en la cabeza, sobre el yelmo; pero habiéndole roto las vértebras por junto a la base del cuello, eclipsóle la luz de los ojos, y las manos abandonaron las riendas. Lleváronle al monumento de Licimnio, y allí se cayó al suelo, no siendo conocido de los más; pero un tal Zópiro, de los que militaban con Antígono, y otros dos o tres, corriendo donde estaba, le reconocieron y le introdujeron en un portal, a tiempo que empezaba a volver en sí del golpe. Al desenvainar Zópiro una espada ilírica para cortarle la cabeza, se volvió a mirarlo Pirro con tanta indignación, que Zópiro le tuvo miedo; y ya temblándole las manos, ya volviendo al intento, lleno de turbación y sobresalto, no al recto, sino por la boca y la barba, tarda y difícilmente se la cortó por último. A este tiempo ya el suceso era notorio a los más, y, acudiendo Alcioneo pidió la cabeza, como para reconocerla; y tomándola en la mano, aguijó con el caballo adonde el padre estaba sentado con sus amigos, y se la arrojó delante. Miróla, conocióla Antígono, apartó de sí al hijo con el cetro llamándole cruel y bárbaro, y llevándose el manto a los ojos se echó a llorar, acordándose de su abuelo Antígono y de Demetrio su padre, ejemplos para él domésticos de las mu- danzas de la fortuna. A la cabeza y al cuerpo los hizo adornar convenientemente y los quemó en la pira. Después, habiendo Alcineo descubierto a Héleno abatido y envuelto en una ropa pobre, le trató humanamente y le condujo ante el padre, quien, en vista de esto, le dijo: “Mejor lo has hecho ahora, hijo mío, que antes; pero aun ahora no del todo a mi gusto, no habiéndole quitado ese vestido que más que a él nos afrenta a nosotros que tenemos el nombre de vencedores.” Mirando, pues, a Héleno con la mayor consideración, le hizo acompañar al Epiro, y a los amigos de Pirro los trató también con afabilidad, hecho dueño de su campo y de todo su ejército.


 


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