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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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POMPEYO
I. Respecto de Pompeyo parece haberle sucedido
al pueblo romano lo mismo que respecto de Heracles le sucedió
al Prometeo de Esquilo, cuando viéndose desatado por él
exclamó: ¡Hijo querido de enemigo padre! porque contra
ninguno de sus generales manifestaron los Romanos un odio más
terrible y encarnizado que contra el padre de Pompeyo, Estrabón,
durante cuya vida temieron su poder en las armas, pues era gran
soldado, pero después de cuya muerte, causada por un rayo,
arrojaron del féretro y maltrataron su cadáver cuando
lo llevaban a darle sepultura; por otra parte, ningún Romano
gozó de un amor más vehemente ni que hubiese tenido
más pronto principio que Pompeyo; con ningún otro
se mostró este amor más vivo y floreciente mientras
le lisonjeó la fortuna, ni permaneció tampoco más
firme y constante después de su desgracia. Para el odio
de aquel no hubo más que una sola causa, que fue su codicia
insaciable de riqueza, y para el amor de éste concu- rrieron
muchas: su templado método de vida, su ejercicio en las
armas, su elegancia en el decir, su igualdad de costumbres y su
afabilidad en el trato; porque a ninguno se le pedía con
menos reparo ni nadie manifestaba más placer en que se
le pidiese, yendo los favores libres de toda molestia cuando los
otorgaba y acompañados de cierta gravedad cuando los recibía.
II. Su aspecto fue desde luego muy afable y le conciliaba atención
aun antes que hablase; era amable con dignidad, y sin que ésta
excluyese el parecer humano, y en la misma flor y brillantez de
la juventud resplandeció ya lo grave y regio de sus costumbres.
Además, el cabello, un poco levantado, y el movimiento
compasado y blando de los ojos daban motivo más bien a
que se dijese que había cierta semejanza entre su semblante
y los retratos de Alejandro, que no a que se percibiese en realidad;
mas por ella empezaron muchos a darle este nombre, lo que él
al principio no rehusaba; pero luego se valieron de esto algunos
para llamarle por burla Alejandro; hasta tal punto, que, habiendo
tomado su defensa Lucio Filipo, varón consular, dijo, como
por chiste, que no debía parecer extraño si se mostraba
amante de Alejandro siendo Filipo. Dícese de la cortesana
Flora que, siendo ya anciana, solía hacer frecuente mención
de su trato con Pompeyo, refiriendo que no le era dado, habiéndose
entretenido con él, retirarse sin llevar la impresión
de sus dientes en los labios. Añadía a esto que
Geminio, uno de los más íntimos amigos de Pompeyo,
la codició y ella le hizo penar mucho en sus solicitudes,
hasta que por fin tuvo que responderle que se resistía
a causa de Pompeyo; que Geminio se lo dijo a éste y Pompeyo
condescendió con su deseo, y de allí en adelante
jamás volvió a tratarla ni verla, sin embargo de
que le parecía que le conservaba amor; y finalmente, que
ella no llevó este desvío como es propio a las de
su profesión, sino que de amor y de pesadumbre estuvo por
largo tiempo enferma. Fue tal y tan celebrada, según es
fama, la hermosura de Flora, que, queriendo Cecilio Metelo adornar
con estatuas y pinturas el templo de los Dioscuros, puso su retrato
entre los demás cuadros a causa de su belleza. Mas, volviendo
a Pompeyo: con la mujer de su liberto Demetrio, que tuvo con él
gran valimiento y dejó un caudal de cuatro mil talentos,
se condujo, contra su costumbre, desabrida e inhumanamente, por
temor de su hermosura, que pasaba por irresistible y era también
muy admirada, no se dijese que era ella la que le dominaba. Mas,
sin embargo de vivir con tan excesivo cuidado y precaución
en este punto, no pudo librarse de la censura de sus enemigos,
sino que aun con mujeres casadas le calumniaron de que por hacerles
obsequio solía usar de indulgencia y remisión en
algunos negocios de la república. De su sobriedad y parsimonia
en la comida se refiere este hecho memorable: estando enfermo
de algún cuidado le prescribió el médico
por alimento que comiese un tordo; anduviéronle buscando
los de su familia y no encontraron que se vendiese en ninguna
parte, porque no era tiempo; pero hubo quien dijo que lo habría
en casa de Luculo, porque los conservaba todo el año, a
lo que él contestó: ¿Conque si Luculo
no fuera un glotón no podría vivir Pompeyo?;
y no haciendo cuenta del precepto del médico, tomó
por alimento otra cosa más fácil de tenerse a la
mano. Pero esto fue más adelante.
III. Siendo todavía muy jovencito, militando a las órdenes
de su padre, que hacía la guerra a Cina, tuvo a un tal
Lucio Terencio por amigo y camarada. Sobornado éste con
dinero por Cina, se comprometió a dar por sí muerte
a Pompeyo y a hacer que otros pegasen fuego a la tienda del general.
Denunciada esta maquinación a Pompeyo hallándose
a la mesa, no mostró la menor alteración, sino que
continuó bebiendo alegremente y haciendo agasajos a Terencio;
pero al tiempo de irse a recoger pudo, sin que éste lo
sintiera, escabullirse de la tienda, y poniendo guardia al padre
se entregó al descanso. Terencio, cuando creyó ser
la hora, se levantó y, tomando la espada, se acercó
a la cama de Pompeyo, pensando que reposaba en ella, y descargó
muchas cuchilladas sobre la ropa. De resultas hubo, en odio del
general, grande alboroto en el campamento y conatos de deserción
en los soldados, que empezaron a recoger las tiendas y tomar las
armas. El general se sobrecogió con aquel tumulto y no
se atrevió a salir; pero Pompeyo, puesto en medio de los
soldados, les rogaba con lágrimas; y por último,
tendiéndose boca abajo delante de la puerta del campamento,
les servía de estorbo, lamentándose y diciendo que
le pisaran los que quisieran salir, con lo que se iban retirando
de vergüenza; y por este medio se logró el arrepentimiento
de todos y su sumisión al general, a excepción de
unos ochocientos.
IV. Al punto de haber muerto Estrabón sufrió Pompeyo
a nombre suyo a causa de malversación de los caudales públicos;
y habiendo Pompeyo cogido in fraganti al liberto Alejandro, que
tomaba para sí la mayor parte de ellos, dio la prueba de
este hecho ante los jueces. Acusábasele, sin embargo, de
tener en su poder ciertos lazos de caza y ciertos libros del botín
de Ásculo. y, ciertamente, los había recibido de
mano del padre cuando Ásculo fue tomado; pero los perdió
después, con motivo de que, al volver Cina a Roma, los
de su guardia allanaron la casa de Pompeyo y la robaron. Tuvo
durante el juicio diferentes confrontaciones con el acusador,
en las que, habiéndose mostrado más expedito y firme
de lo que su edad prometía, se granjeó grande opinión
y el favor de muchos: tanto, que Antistio, que era el pretor y
ponente de la causa, se aficionó de él y ofreció
darle su hija en matrimonio, tratando de ello con sus amigos.
Admitió Pompeyo la proposición, y aunque los capítulos
se hicieron en secreto no se ocultó a los demás
el designio, en vista de la solicitud de Antistio. Finalmente,
al publicar éste la sentencia de los jueces, que era absolutoria,
el pueblo, como si fuese cosa convenida, prorrumpió en
la exclamación usada por costumbre con los que se casan,
diciendo: Talasio. Dícese haber sido el origen de esta
costumbre el siguiente: Cuando en ocasión de haber venido
a Roma, al espectáculo de unos juegos, las hijas de los
Sabinos, las robaron para mujeres los más esforzados y
valientes de los Romanos, algunos pastores, vaqueros y otra gente
oscura llevaban también robada a una doncella, ya en edad
y sumamente hermosa. Estos, para que alguno de los más
principales con quien pudieran encontrar- se no se la quitara,
iban corriendo y gritando a una voz: A Talasio. Era
este Talasio uno de los jóvenes más conocidos y
estimados, por lo que los que oían su nombre aplaudían
y gritaban, como regocijándose y celebrando el hecho; y
de aquí dicen que provino, por cuanto aquel matrimonio
fue muy feliz para Talasio, el que por fiesta se dirija esta exclamación
a los que se casan. Esta es la historia más probable de
cuantas corren acerca de la exclamación de Talasio. De
allí a pocos días casó Pompeyo con Antistia.
V. Marchó entonces en busca de Cina a su campamento; pero
habiendo concebido temor con motivo de cierta calumnia, muy luego
se ocultó y se quitó de delante. Como no se supiese
de él, corrió en el campamento la hablilla de que
Cina había dado muerte a aquel joven. Con esto, los que
ya antes le miraban con aversión y odio se armaron contra
él; dio a huir, y, habiéndole alcanzado un capitán
que le perseguía con la espada desnuda, se echó
a sus pies y le presentó su anillo, que era de gran valor;
pero contestándole el capitán con gran desdén:
Yo no vengo a sellar ninguna escritura, sino a castigar
a un abominable e inicuo tirano, le pasó con la espada.
Muerto de esta manera Cina, entró en su lugar y se puso
al frente de los negocios Carbón, tirano todavía
más furioso que aquel; así es que Sila, que ya se
acercaba, era deseado de los más, a causa de los malos
presentes, por los que miraban como un bien no pequeño
la mudanza de dominador: ¡a tal punto habían traído
a Roma sus desgracias, que ya no buscaba sino una esclavitud más
llevadera, desconfiando de ser libre!
VI Hizo entonces mansión Pompeyo en el campo Piceno de
la Italia, por tener allí posesiones y por hallarse muy
bien en aquellas ciudades, cuyo afecto y estimación parecía
haber heredado de su padre. Mas viendo que los ciudadanos de mayor
distinción y autoridad abandonaban sus casas y de todas
partes acudían como a un puerto al campo de Sila, no tuvo
por digno de sí el presentarse con trazas de fugitivo,
sin contribuir con nada y como mendigando auxilio, sino más
bien con dignidad y con alguna fuerza, como quien va a hacer favor,
para lo que iba echando especies, a fin de atraer a los Picenos.
Oíanle éstos con gusto, al mismo tiempo que no hacían
caso de los que venían de parte de Carbón; y como
un tal Vedio dijese por desprecio que de la escuela se les había
aparecido de repente el brillante orador Pompeyo, de tal modo
se irritaron, que cayendo repentinamente sobre él le dieron
muerte. Con esto, Pompeyo, a los veintitrés años
de edad, sin que nadie le hubiese nombrado general, dándose
el mando a sí mismo, puso su tribunal en la plaza de la
populosa ciudad de Auximo, y dando orden por edicto a los hermanos
Ventidios, ciudadanos de los más principales, que favorecían
el partido de Carbón, para que saliesen del pueblo, reclutó
soldados, nombrando por el orden de la milicia capitanes y tribunos,
y recorrió las ciudades de la comarca ejecutando otro tanto.
Retirábanse y cedían el puesto cuantos eran de la
facción de Carbón, con lo que, y con presentársele
gustosos todos los demás, en muy breve tiempo formó
tres legiones completas, y surtiéndolas de víveres,
de acémilas y de carros y de todo lo demás necesario,
marchó en busca de Sila, no precipitadamente ni procurando
ocultarse, sino deteniéndose en la marcha, con el fin de
molestar a los enemigos, y tratando en todos los puntos de Italia
adonde llegaba de apartar a los naturales del partido contrario.
VII. Marcharon, pues, contra él a un tiempo tres caudillos
enemigos, Carina, Clelio y Bruto, no de frente todos, ni juntos,
sino formando una especie de círculo con sus divisiones,
como para echarle mano; pero él no se intimidó,
sino que, llevando reunidas todas sus fuerzas, cargó contra
sola la división de Bruto con la caballería, al
frente de la cual se puso. Vino también a oponérsele
la caballería enemiga de los Galos, y, adelantándose
a herir con la lanza al primero y más esforzado de éstos
acabó con él. Volvieron caras los demás,
y desordenaron la infantería, dando todos a huir; y como
de resultas se indispusiesen entre sí los tres caudillos,
se retiraron por donde cada uno pudo. Acudieron entonces las ciudades
a Pompeyo en el supuesto de que había nacido de miedo la
dispersión de los enemigos. Dirigióse también
contra él el cónsul Escipión; pero antes
de que los dos ejércitos hubiesen empezado a hacer uso
de las lanzas, saludaron los soldados de Escipión a los
de Pompeyo, se pasaron a su bando, y aquel huyó. Finalmente,
habiendo colocado el mismo Carbón grandes partidas de caballería
a las orillas del río Arsis, acometiéndolas y rechazándolas
vigorosamente fue persiguiéndolas hasta encerrarlas en
lugares ásperos, donde no podía obrar la caballería,
por lo cual, considerándose sin esperanzas de salvación,
se le entregaron con armas y caballos.
VIII. Todavía no tenía Sila noticia de estos sucesos;
pero al primer rumor que le llegó de ellos, temiendo por
Pompeyo, rodeado de tantos y tan poderosos generales enemigos,
se apresuró a ir en su socorro. Cuando Pompeyo supo que
se hallaba cerca, dio orden a los jefes de que pusieran sobre
las armas y acicalaran sus tropas, a fin de que se presentasen
con gallardía y brillantez ante el emperador, porque esperaba
de él grandes honras; pero aún las recibió
mejores; pues luego que Sila le vio venir, y a su tropa que le
seguía, con un aire imponente, y que no se mostraba alegre
y ufano con sus triunfos, se apeó del caballo, y siendo,
como era justo, saludado emperador, hizo la misma salutación
a Pompeyo, cuando nadie esperaba que a un joven que todavía
no estaba inscrito en el Senado le hiciera Sila participante de
un nombre por el que hacía la guerra a los Escipiones y
a los Marios. Todo lo demás correspondió y guardó
conformidad con este primer recibimiento, levantándose
cuando llegaba Pompeyo y descubriéndose la cabeza, distinciones
que no se le veía fácilmente hacer con otros, sin
embargo de que tenía a su lado a muchos de los principales
ciudadanos. Mas no por esto se ensoberbeció Pompeyo, sino
que, enviado por el mismo Sila a la Galia, de la que era gobernador
Metelo, y donde parecía que éste no hacía
cosa que correspondiese a las fuerzas con que se hallaba, dijo
no ser puesto en razón que a un anciano que tanto le precedía
en dignidad se le quitara el mando; pero que si Metelo venía
en ello y lo reclamaba, por su parte estaba dispuesto a hacer
la guerra y auxiliarle. Prestóse a ello Metelo, y habiéndole
escrito que fuese, desde luego que en- tró en la Galia
empezó a ejecutar por sí brillantes hazañas,
y fomentó y encendió otra vez en Metelo el carácter
guerrero y resuelto que estaba ya apagado por la vejez, al modo
que se dice que el metal derretido y liquidado a la lumbre, si
se vacía sobre el compacto y frío, pone en él
mayor encendimiento y calor que el mismo fuego. Mas así
como de un atleta que se distingue entre todos y ha dado fin glorioso
a todos sus combates no se refieren las victorias pueriles, ni
se les da la menor importancia, de la misma manera, con haber
sido brillantes en sí los hechos de Pompeyo en aquella
época, habiendo quedado enterrados bajo la muchedumbre
y grandeza de los combates y guerras que vinieron después,
no nos atrevemos a moverlos, no sea que, deteniéndonos
demasiado en los principios, nos falte después tiempo para
insignes hazañas y sucesos que más declaran el carácter
y costumbres de este esclarecido varón.
IX. Después que Sila sujetó a toda la Italia, y
se le confirió la autoridad de dictador, dio recompensas
a los demás jefes y caudillos, haciéndolos ricos,
y promoviéndolos a las magistraturas, y agraciándolos
larga y generosamente con lo que cada uno codiciaba; pero prendado
particularmente de Pompeyo por su valor, y juzgando que podría
ser un grande apoyo para sus intentos, procuró con grande
empeño introducirle en su familia. Ayudado, pues, con los
consejos de su mujer, Metela, hace condescender a Pompeyo en que
repudie a Antistia y se case con Emilia, entenada del mismo Sila,
como hija de Metela y Escauro, casada ya con otro, y que a la
sazón se hallaba en cinta. Era, por tanto, tiránica
la dis- posición de este matrimonio, y más propia
de los tiempos de Sila que conforme con la conducta de Pompeyo,
a quien se hacia traer a Emilia a su casa en cinta de otro, y
arrojar de ella a Antistia ignominiosa y cruelmente; y más
cuando por él acababa entonces de quedarse sin padre: porque
habían dado muerte a Antistio en el Senado por parecer
que promovía los intereses de Sila a causa de Pompeyo;
y, además, la madre, cuando llegó a entender semejantes
designios, voluntariamente se quitó la vida; de manera
que se agregó esta desgracia a la tragedia de tales bodas;
y también por complemento la de haber muerto Emilia de
sobreparto en casa de Pompeyo.
X. Llegaron en esto nuevas de que Perpena se había apoderado
de la Sicilia, haciendo de aquella isla un punto de apoyo para
los que habían quedado de la facción contraria,
mientras que Carbón daba también calor por aquella
parte con la armada; Domicio había pasado al África,
y acudían hacia el mismo punto todos los desterrados de
importancia, que con la fuga se habían podido libertar
de la proscripción. Fue, pues, contra ellos enviado Pompeyo
con grandes fuerzas, y Perpena al punto le abandonó la
Sicilia. Halló las ciudades muy quebrantadas, y las trató
con suma humanidad, a excepción solamente de la de los
Mamertinos de la Mesena: pues como recusasen su tribunal y su
jurisdicción, inhibidos, decían, por una ley antigua
de Roma: ¿No cesaréis- les respondió-
de citarnos leyes, viendo que ceñimos espada? Parece
asimismo que insultó con poca humanidad a los infortunios
de Carbón, pues si era preciso, como lo era, qui- zá,
el quitarle la vida, debió ser luego que se le prendió,
y entonces la odiosidad recaería sobre el que lo había
mandado; pero él hizo que le presentaran aprisionado a
un ciudadano romano que había sido tres veces cónsul,
y colocándolo delante del tribunal, sentado en su escaño
le condenó, con disgusto e incomodidad de cuantos lo presenciaron.
Después mandó que, quitándose de allí,
le diesen muerte; cuéntase que, después de retirado,
cuando vio ya la espada levantada, pidió que le permitieran
apartarse un poco y le dieran un breve instante para hacer cierta
necesidad corporal. Gayo Opio, amigo de César, refiere
que Pompeyo trató con igual inhumanidad a Quinto Valerio:
pues teniendo entendido que era hombre instruido como pocos, y
muy dado al estudio, luego que se lo presentaron le saludó
y se pusieron a pasear juntos; y cuando ya le hubo preguntado
y aprendido de él lo que deseaba saber, dio orden a los
ministros que se le llevaran de allí y le quitaran de en
medio; pero a Opio, cuando habla de los enemigos o de los amigos
de César, es necesario oírle con gran desconfianza;
y en esta parte, Pompeyo, a los más ilustres entre los
enemigos de Sila, que constaba públicamente haber sido
presos, no pudo menos de castigarlos; pero de los demás,
pudiendo hacer otro tanto, disimuló con muchos que lograron
mantenerse ocultos, y aun a algunos les dio puerta franca. Teniendo
resuelto escarmentar a la ciudad de los Himerios, que habían
estado con los enemigos, pidió el orador Estenis permiso
para hablarle, y le dijo que no obraría en justicia si,
dejando libre al que era la causa, perdía a los que en
nada habían delinquido. Preguntóle Pompeyo quién
era el que decía ser causa; y como le respondiese que él
mismo, pues a los amigos los había persuadido y a los enemigos
los había obligado, prendado Pompeyo de su franqueza y
su determinación, le absolvió y dio por libre a
él primero, y después a todos los demás.
Habiendo oído que los soldados cometían insultos
por los caminos, les selló las espadas y castigó
al que no conservara el sello.
XI Sosegadas y arregladas de este modo las cosas de Sicilia,
recibió un decreto del Senado y cartas de Sila en que le
mandaba navegar al África y hacer poderosamente la guerra
a Domicio, que había allegado mayores fuerzas que aquellas
con que poco antes había pasado Mario del África
a Italia y, convertido de desterrado en tirano, había puesto
en confusión a la república. Haciendo, pues, Pompeyo
con la mayor celeridad sus preparativos, dejó por gobernador
de la Sicilia a Memio, marido de su hermana, y él zarpó
del puerto con ciento veinte naves de guerra y ochocientos transportes,
en que conducía las provisiones, las armas arrojadizas,
los caudales y las máquinas. Cuando parte de las naves
tomaban puerto en Utica, y parte en Cartago, siete mil de los
enemigos, abandonando el otro partido, se le pasaron. Las fuerzas
que él llevaba eran seis legiones completas. Cuéntase
haberle allí sucedido una cosa graciosa: algunos soldados,
dando por casualidad con un tesoro, se hicieron con bastante dinero,
y como este encuentro se hubiese divulgado, les pareció
a todos los demás que el sitio aquel estaba lleno de caudales,
que los Cartagineses habían en él depositado en
el tiempo de sus infortunios. Por tanto, en muchos días
no pudo Pompeyo hacer carrera con los soldados, ocupados en buscar
tesoros, y lo que hacía era irse donde estaban y reírse
de ver a tantos millares de hombres cavar y revolver todo aquel
terreno; hasta que, desesperados, ellos mismos le pidieron que
los llevara donde gustase, pues que ya habían pagado la
pena merecida de su necedad.
XII. Preparóse Domicio para el combate, queriendo poner
delante de sí un barranco áspero y difícil
de pasar; pero como desde la madrugada empezase a caer copiosa
lluvia con viento, se detuvo, y, desconfiando de que pudiera ser
en aquel día la batalla, la orden para la retirada. Pompeyo,
por el contrario, creyó ser aquel el momento oportuno,
y, marchando con rapidez, pasó el barranco; con lo que,
sorprendidos en desorden los enemigos, no pudieron hacer frente
todos en unión, y aun el viento continuaba dándoles
con el agua de cara. No dejó, sin embargo, de incomodar
también a los Romanos aquella tempestad, porque no les
permitía verse bien unos a otros, y el mismo Pompeyo estuvo
para perecer por no ser conocido, a causa de que, habiéndole
preguntado uno de sus soldados la seña, tardó en
responder. Mas rechazaron con gran mortandad a los enemigos, pues
se dice que, de veinte mil, sólo tres mil pudieron huir,
y a Pompeyo le proclamaron emperador; pero como éste no
quisiese admitir aquella distinción mientras se mantuviera
enhiesto el campamento de los enemigos, diciéndoles que
para que le tuviesen por digno de aquel título, era preciso
que antes lo derribaran, al punto se arrojaron sobre el valladar,
peleando Pompeyo sin casco, por temor de que le sucediera lo que
antes. Tomóse, pues, el campamento, pereciendo allí
Domicio. De las ciudades, unas se sometieron inmediatamente y
otras fueron tomadas por la fuerza. Tomó también
cautivo al rey Hiarbas, que auxiliaba a Domicio, y dio su reino
a Hiempsal. Sacando partido de la buena suerte y del denuedo de
sus tropas, invadió la Numidia, y haciendo por ella muchos
días de marcha sujetó a cuantos se le presentaron;
con lo que, volviendo a dar tono y fuerza al terror y miedo con
que aquellos bárbaros miraban antes a los Romanos, que
ya se había debilitado, dijo que ni las fieras que habitaban
el África se habían de quedar sin probar el valor
y la fortuna de los Romanos. Dióse, pues, a la caza de
leones y elefantes por algunos días, y en solos cuarenta
derrotó a los enemigos, sujetó al África
y dispuso de reinos, teniendo entonces veinticuatro años.
XIII. A. su regreso a Utica se encontró con cartas de
Sila en que le prevenía que despachara el resto, del ejército
y con una sola legión esperara allí al pretor, que
iba a sucederle. No dejó de causarle novedad semejante
orden, y se desazonó con ella interiormente; el ejército,
por su parte, se disgustó muy a las claras, y rogándoles
Pompeyo que marchasen, prorrumpieron en expresiones ofensivas
contra Sila, y a aquel le dijeron que de ningún modo le
abandonarían y permitirían que se confiase de un
tirano. Procuró Pompeyo al principio sosegarlos y tranquilizarlos;
pero cuando vio que no se aquietaban bajó de la tribuna
y quiso retirarse a su tienda desconsolado y lloroso; pero ellos,
conteniéndole, le volvieron a colocar en la tribuna, y
se perdió gran parte del día pi- diéndole
los soldados que permaneciera y los mandase, y rogándoles
él que obedecieran y no se sublevasen; hasta que, instándole
y gritándole todavía, les juró que se daría
muerte si continuaban en hacerle violencia, y aun así con
dificultad los aquietó. El primer aviso que tuvo Sila fue
de haberse sublevado Pompeyo, y dijo a sus amigos: Está
visto que es hado mío, siendo viejo, tener que lidiar lides
de mozos, aludiendo a Mario, que, siendo muy joven, le dio
mucho en que entender y puso en gravísimos riesgos. Mas
cuando supo la verdad, y observó que todos recibían
y acompañaban a Pompeyo con demostraciones de amor y benevolencia,
corriendo a obsequiarle se propuso excederlos. Salió, pues,
a recibirle, y, abrazándole con la mayor fineza, le llamó
Magno en voz alta, y dio orden a los que allí se hallaban
de que le saludaran de la misma manera; y magno quiere decir grande.
Otros son de sentir que esta salutación le fue dada la
primera vez por el ejército en el África, y que
adquirió mayor fuerza y consistencia confirmada por Sila.
Como quiera, él fue el último que al cabo de mucho
tiempo, cuando fue enviado de procónsul a España
contra Sertorio, empezó a darse en las cartas y en los
edictos la denominación de Pompeyo Magno, porque ya no
era odiosa, a causa de estar muy admitida en el uso, y más
bien son de apreciar y admirar los antiguos Romanos, que condecoraban
con estos títulos y sobrenombres no sólo los ilustres
hechos de armas, sino también las acciones y virtudes políticas,
habiendo sido el mismo pueblo el que dio a dos el nombre de Máximos,
que quiere decir muy grande: a Valerio, por su reconciliación
con el Senado, que estaba en oposición con él, y
a Fabio Rulo, porque, ejerciendo la censura, a algu- nos ricos
que siendo de condición libertina se habían hecho
inscribir en el Senado los arrojó ignominiosamente de él.
XIV. Pidió Pompeyo por estos últimos sucesos el
triunfo, y fue Sila el que le hizo oposición, pues la ley
no lo concede sino al cónsul o al pretor, y a ningún
otro; por lo mismo el primero de los Escipiones, que consiguió
en España de los Cartagineses más señaladas
victorias, no pidió el triunfo, porque no era ni cónsul
ni pretor; decía, pues, que si entraba triunfante en la
ciudad Pompeyo, que todavía era imberbe, y por razón
de la edad no tenía cabida en el Senado, se harían
odiosos: en el mismo Sila la autoridad, y en Pompeyo este honor.
De este modo le hablaba Sila para que entendiera que no se lo
consentiría, sino que le sería contrario y reprimiría
su temeridad si no desistía del intento. Mas no por esto
cedió Pompeyo, sino que previno a Sila observase que más
son los que saludan al Sol en su oriente que en su ocaso, dándole
a entender que su poder florecía entonces y el de Sila
iba decreciendo y marchitándose. No lo percibió
bien Sila, y observando por los semblantes y el gesto de los que
lo habían oído que les había causado admiración,
preguntó qué era lo que había dicho, e informado,
aturdiéndose de la resolución de Pompeyo, dijo por
dos veces seguidas: que triunfe, que triunfe. Como
otros muchos mostrasen también disgusto e incomodidad,
queriendo Pompeyo- según se dice- mortificarlos más,
intentó ser conducido en la pompa en carro tirado por cuatro
elefantes, porque en la presa había traído muchos
del África, de los que pertenecían al rey; pero
por ser la puerta más estrecha de lo que era menester,
abandonó esta idea y hubo de contentarse con caballos.
No habían los soldados conseguido todo lo que se habían
imaginado, y como por esto tratasen de revolver y alborotar, dijo
que nada le importaba y que antes dejaría el triunfo que
usar con ellos de adulación y bajeza. Entonces Servilio,
varón muy principal y uno de los más se habían
opuesto al triunfo de Pompeyo: Ahora veo- dijo- que Pompeyo
es verdaderamente grande y digno del triunfo, Es bien claro
que si hubiera querido habría alcanzado fácilmente
ser del Senado, sino que, como dicen, quiso sacar lo glorioso
de lo extraordinario; porque no habría tenido nada de maravilloso
el que antes de la edad hubiera sido senador, y era mucho más
brillante haber triunfado antes de serlo; y aun esto mismo contribuyó
no poco para aumentar hacia él el amor y benevolencia de
la muchedumbre, porque mostraba placer el pueblo de verle después
del triunfo contado entre los del orden ecuestre.
XV. Consumíase Sila viendo hasta qué punto de gloria
y de poder subía Pompeyo; pero no atreviéndose por
pundonor a estorbarlo, se mantuvo en reposo. Sólo hizo
excepción cuando por fuerza y contra su voluntad promovió
Pompeyo al Consulado a Lépido, trabajando por él
en los comicios y ganándole por su grande influjo el favor
del pueblo; porque entonces, viendo Sila que se retiraba de la
plaza con grande acompañamiento, Observo- le dijo-
¡oh joven! que vas muy contento con la victoria; ¿y
cómo no con la grande y gloriosa hazaña de haber
hecho designar cónsul antes de Cátulo, el mejor
de los hombres, a Lépido, el más malo? Pero cuidado
no te duermas y dejes de estar solícito sobre los negocios,
porque te has preparado un rival más fuerte que tú.
Pero donde más principalmente declaró Sila que no
estaba bien con Pompeyo fue en el testamento que otorgó:
porque haciendo mandas a los demás amigos y nombrándolos
tutores de su hijo, ninguna mención hizo de Pompeyo. Llevólo
éste, sin embargo, con gran moderación y política;
tanto que, habiéndose opuesto Lépido y algunos otros
a que el cadáver se sepultara en el Campo Marcio y a que
la pompa se hiciera en público, tomó el negocio
de su cuenta y concilió al entierro gloria y seguridad
al mismo tiempo.
XVI No bien había fallecido Sila, cuando se vio cumplida
aquella profecía porque queriendo Lépido subrogarse
en su autoridad, al punto, sin andar en rodeos ni buscar pretextos,
echó mano a las armas, poniendo en movimiento y acción
los restos corrompidos de las turbaciones pasadas, que habían
escapado de las manos de Sila. Su colega Cátulo, a quien
estaba unido lo más justo y lo más sano del Senado
y del pueblo, en opinión de prudencia y de justicia era
entonces el mayor de los Romanos, pero parecía más
propio para el mando político que para el mando militar.
Reclamando, pues, los negocios mismos la mano de Pompeyo, no dudó
por largo tiempo adónde se aplicaría, sino que se
declaró por los hombres de probidad y se le nombró
general contra Lépido; éste ya había puesto
a sus órdenes gran parte de la Italia y se había
apoderado de la Galia Cisalpina por medio del ejército
de Bruto. En todos los demás puntos venció fácilmente
Pompeyo luego que marchó con sus tropas; pero en Módena
de la Galia se detuvo al frente de Bruto largo tiempo, durante
el cual, cayendo Lépido sobre Roma, y acampándose
a sus puertas, pedía el segundo consulado, infundiendo
terror con un gran tropel de gente a los ciudadanos que estaban
dentro; mas disipó este miedo una carta de Pompeyo, de
la que aparecía que sin batalla había acabado la
guerra, porque Bruto, o entregando él mismo su ejército,
o habiéndole hecho éste traición, mudó
de partido, puso su persona a disposición de Pompeyo, y
con escolta que se le dio de caballería se retiró
a una aldea, orillas del Po, donde sin mediar más que un
día se le quitó la vida, habiendo Pompeyo enviado
allá a Geminio. Acerca de esto se hacían grandes
cargos a Pompeyo, pues habiendo escrito al Senado, inmediatamente
después de la mudanza de Bruto, en términos de significar
que éste voluntariamente se le había pasado, envió
después otra carta, en la que, verificada ya la muerte
de Bruto, le acusaba. Hijo era de éste el otro Bruto que
con Casio dio muerte a César, varón del todo semejante
al padre en cuanto a saber hacer la guerra y saber morir, como
lo decimos en su Vida. Lépido, de resultas, huyó
sin detención de la Italia, retirándose a Cerdeña,
donde enfermó y murió de pesadumbre, no por el estado
de los negocios, según dicen, sino por haber dado con un
billete, por el que se enteró de cierta infidelidad de
su mujer.
XVII. Ocupaba la España Sertorio, caudillo en nada parecido
a Lépido, e infundía temor a los Romanos, por haber
refundido en él, como en última calamidad, las guerras
civiles. Había hecho desaparecer a muchos generales de
los de menor cuenta, y entonces traía fatigado a Metelo
Pío, varón respetable y buen militar, pero tardo
ya por la vejez para aprovechar las ocasiones de la guerra, e
inferior al estado de los negocios, en los que se le anticipaba
siempre la velocidad y presteza de Sertorio, que le acometía
inopinadamente y al modo de los salteadores, molestando con celadas
y correrías a un atleta hecho a combates reglados y a un
general de tropas de línea acostumbradas a lidiar a pie
firme. Teniendo, pues, Pompeyo en aquella sazón un ejército
a sus órdenes, andaba negociando que se le diera la comisión
de ir en auxilio de Metelo; y sin embargo de habérselo
mandado Cátulo, no lo disolvió, sino que se mantuvo
en armas alrededor de Roma, buscando siempre algún pretexto,
hasta que por fin se le dio el apetecido mando a propuesta de
Lucio Filipo. Dícese que, preguntando uno entonces en el
Senado, con admiración, a Filipo, si realmente era de sentir
de que se enviase a Pompeyo por el cónsul, respondió:
Yo por el cónsul, no, sino por los cónsules,
dando a entender que ambos cónsules eran inútiles
para el caso.
XVIII. No bien hubo tocado Pompeyo en España, excitó
en los naturales, como sucede siempre a la fama de un nuevo general,
otras esperanzas, y conmovió y apartó de Sertorio
entre aquellas gentes todo lo que no le estaba firmemente unido.
Sertorio, en tanto, usaba contra él de un lenguaje arrogante,
diciendo con escarnio que para aquel mozuelo no necesitaba más
que de la palmeta y los azotes, si no fuera porque tenía
miedo a aquella vieja- aludiendo a Metelo-; sin embargo, temía
realmente a Pompeyo, y precaviéndose con sumo cuidado hacía
ya la guerra con más tiento y seguridad; porque, de otra
parte, Metelo- cosa que nadie habría pensado- se había
rebajado en su conducta, entregándose con exceso a los
placeres, con lo que repentinamente habla habido también
en él una grande mudanza con respecto al fausto y al lujo;
de manera que esto mismo dio mayor estimación y gloria
a Pompeyo, por cuanto todavía hizo más sencillo
su método de vida, que nunca había necesitado de
grandes prevenciones, siendo por naturaleza sobrio y muy arreglado
en sus deseos. En esta guerra, que tomaba mil diferentes formas,
ninguna cosa mortificó más a Pompeyo que la toma
de Laurón por Sertorio, porque cuando creía que
le tenía envuelto, y aun se jactaba de ello, se encontró
repentinamente con que él era quien estaba cercado; y como,
por tanto, temía el moverse, tuvo que dejar arder la ciudad
a su presencia y ante sus mismos ojos. Mas habiendo vencido junto
a Valencia, a Herenio y Perpena, generales que habían acudido
a unirse con Sertorio y militaban con él, les mató
más de diez mil hombres.
XIX. Engreído con este suceso, y deseoso de que Metelo
no tuviese parte en la victoria, se dio priesa a ir en busca del
mismo Sertorio. Alcanzóle junto al río Júcar
al caer ya la tarde, y allí trabaron la batalla, temerosos
de que sobreviniese Metelo, para pelear solo el uno, y el otro
para pelear con uno sólo. Fue indeciso y dudoso el término
de aquel encuentro, porque venció alternativamente una
de las alas de uno y otro; pero en cuanto a los generales, llevó
lo mejor Sertorio, porque puso en huída el ala que le estuvo
opuesta. A Pompeyo le acometió desmontado un hombre alto
de los de caballería, y habiendo venido ambos al suelo
a un tiempo, al volver a la lid pararon en las manos de uno y
otro los golpes de las espadas, aunque con suerte desigual, porque
Pompeyo apenas fue lastimado, pero al otro le cortó la
mano. Cargaron entonces muchos sobre él, estando ya en
fuga sus tropas, y se salvó maravillosamente por haber
abandonado a los enemigos su caballo, adornado magníficamente
con jaeces de oro de mucho valor; porque enredados los enemigos
en la partición y altercando sobre ella, le dieron lugar
para huir. A la mañana siguiente volvieron ambos a la batalla
con ánimo de hacer que se declarase la victoria; pero como
sobreviniese Metelo, se retiró Sertorio, dispersando su
ejército; porque éste era su modo de retirarse,
y luego volvía a reunirse la gente; de manera que muchas
veces andaba errante Sertorio solo, y muchas veces volvía
a presentarse con ciento cincuenta mil hombres, a manera de torrente
que repentinamente crece. Pompeyo, cuando después de la
batalla salió al encuentro a Metelo y estuvieron ya cerca,
dio orden de que se le rindieran a éste las fasces, acatándole
como preferente en honor; pero Metelo lo resistió, porque
en todo se conducía perfectamente con él, no arrogándose
superioridad alguna ni por consular ni por más anciano.
Solamente cuando acampaban juntos, la señal se daba a todos
por Metelo; pero por lo común acampaban separados, contribuyendo
a que tuvieran que estar distantes la calidad del enemigo, que
usaba de diferentes artes, y, siendo diestro en aparecerse repentinamente
por muchos lados, obligaba a mudar también los géneros
de combate; tanto, que, por último, inter- ceptándoles
los víveres, saqueando y talando el país y haciéndose
dueño del mar, los arrojó de la parte de España
que le estaba sujeta, precisándolos a refugiarse en otras
provincias por carecer absolutamente de provisiones.
XX. Había Pompeyo empleado y consumido la mayor parte
de su caudal en aquella guerra; pedía, por tanto, fondos
al Senado, diciendo que se retiraba a Italia con el ejército
si no se le enviaban. Hallábase entonces de cónsul
Luculo, y aunque estaba mal con Pompeyo y ambicionaba para sí
la Guerra Mitridática, puso empeño en que se mandaran
los fondos que reclamaba por temor de que se diera este pretexto
a Pompeyo, que deseaba retirarse de la guerra de Sertorio y tenía
vuelto el ánimo a la de Mitridates, en que le parecía
haber mayor gloria y ser éste enemigo más domeñable.
Muere en tanto Sertorio asesinado vilmente por sus amigos, de
los cuales Perpena, que había sido el principal autor de
esta traición, quiso seguir sus mismos planes valiéndose
de las mismas fuerzas y los mismos medios, pero sin igual capacidad
para usar de ellos. Acudió, pues, al punto Pompeyo, y sabedor
de que Perpena no obraba con la mayor seguridad, le presentó
por cebo en la llanura diez cohortes con orden de que se dispersaran;
y como aquel diese sobre ellas y las persiguiese, presentóse
él con todas sus tropas, y trabando batalla concluyó
con todo, quedando muertos en el campo de batalla los más
de los caudillos. A Perpena lo llevaron a su presencia, y le mandó
quitar la vida, no con ingratitud y olvido de lo ocurrido en Sicilia,
como le acusan algunos, sine conduciéndose con la mayor
prudencia y tomando un parti- do que fue la salud de la república,
porque habiéndose apoderado Perpena de la correspondencia
de Sertorio mostraba cartas de los principales personajes de Roma
que, queriendo trastornar el sistema vigente y mudar el gobierno,
llamaban a Sertorio a la Italia. Temeroso, pues, Pompeyo con este
motivo de que se suscitaran otras guerras mayores que las apaciguadas,
quitó de en media a Perpena y quemó las cartas sin
haberlas leído.
XXI Deteniéndose después de esto todo el tiempo
necesario para apaciguar las mayores alteraciones y sosegar y
componer las discordias y desavenencias que aún ardían,
restituyó el ejército a Italia, llegando por fortuna
cuando estaba en su mayor fuerza la guerra civil. Por lo mismo,
Craso precipitó, no sin riesgos, la batalla, y le favoreció
la suerte, habiendo muerto en la acción doce mil trescientos
hombres de los enemigos. Mas con esto mismo la fortuna halló
medio de introducir a Pompeyo en la victoria, porque cinco mil
que huyeron de la batalla dieron con él, y habiendo acabado
con todos escribió al Senado, por un mensajero que anticipó,
que Craso había vencido en la batalla campal a los gladiadores,
pero que él había arrancado la guerra de raíz;
cosa que, por el amor que le tenían, escuchaban y repetían
con gusto los Romanos, al mismo tiempo que ni por juego podía
haber quien dijese que la gloria de la España y Sertorio
eran de otro que de Pompeyo. En medio de todos estos honores y
la expectación en que en cuanto a él se estaba,
había la sospecha y receló de que no despediría
al ejército, sino que por medio de las armas y el mando
de uno solo marcharía en derechura al gobierno de Sila;
así, no eran menos los que por amor corrían a él
y le salían al encuentro en el camino que los que por miedo
hacían otro tanto. Disipó luego Pompeyo este temor
diciendo que dejaría el mando del ejército después
del triunfo; pero a los malcontentos aún les quedó
un solo asidero para sus quejas, y fue decir que se inclinaba
más a la plebe que al Senado, y que habiendo Sila destruido
la dignidad de aquella, él trataba de restablecerla para
congraciarse con la muchedumbre; lo que era verdad. Porque no
habla cosa que más violentamente amase el pueblo Romano,
ni que más desease, que volver a ver restablecida aquella
magistratura; así, Pompeyo tuvo a gran dicha el que se
le presentase la oportunidad de esta disposición; como
que no habría encontrado otro favor con que recompensar
el amor de los ciudadanos si otro se le hubiera adelantado en
éste.
XXII. Decretados que le fueron el segundo triunfo y el consulado,
no era por esto por lo que parecía extraordinario y digno
de admiración, sino que se tomaba por prueba de su superior
poderío el que Craso, varón el más rico de
cuantos entonces estaban en el gobierno, el más elegante
en el decir y el de mayor opinión, que miraba con desdén
a Pompeyo y a todos los demás, no se atrevió a pedir
el consulado sin valerse de la intercesión de Pompeyo,
cosa en que éste tuvo el mayor placer, porque hacía
tiempo deseaba hacerle algún servicio u obsequio; así
es que se encargó de ello con ardor, y habló al
pueblo, manifestándole que no sería menor su gratitud
por el colega que por la misma dignidad. Sin embargo, nombrados
cónsules, en todo estuvieron discordes y se con- tradijeron
el uno al otro. En el Senado tenía mayor influjo Craso,
pero con la plebe era mayor el poder de Pompeyo, porque le restituyó
el tribunado, y no hizo alto en que por ley se volviesen entonces
los juicios a los del orden ecuestre: pero el espectáculo
más grato que dio a los Romanos fue el de sí mismo
cuando pidió la licencia del servicio militar. Es costumbre
entre los Romanos, en cuanto a los del orden ecuestre que han
servido el tiempo establecido por ley, que lleven a la plaza su
caballo a presentarlo a los dos ciudadanos que llaman censores,
y que haciendo la enumeración de los pretores o emperadores
a cuyas órdenes han militado, y dando las cuentas de sus
mandos, se les dé el retiro, y allí se distribuye
el honor o la ignominia que corresponde a la conducta de cada
uno. Ocupaban entonces el tribunal en toda ceremonia los censores
Gelio y Léntulo para pasar revista a los caballeros. Vióse
desde lejos a Pompeyo que venía a la plaza con el séquito
e insignias que correspondían a su dignidad, pero trayendo
él mismo del diestro su caballo. Luego que estuvo cerca
y a la vista de los censores, dio orden a los lictores de que
hicieran paso, y condujo el caballo ante el tribunal. Estaba todo
el pueblo admirado y en silencio, y los mismos censores sintieron
con su vista un gran placer mezclado de vergüenza. Después,
el más anciano le dijo: Te pregunto ¡oh Pompeyo
Magno! si has hecho todas las campañas según la
ley. Y Pompeyo en alta voz: Todas- le respondió-,
y todas las he hecho a las órdenes de mí mismo como
emperador. Al oír esto el pueblo levantó gran
gritería, y ya no fue posible contener por el gozo aquella
algazara, sino que le- vantándose los censores le acompañaron
a su casa, complaciendo en esto a los ciudadanos, que seguían
y aplaudían.
XXIII. Cuando ya estaba cerca de expirar el consulado de Pompeyo,
y en el mayor aumento su desavenencia con Craso, un tal Gayo Aurelio,
que pertenecía al orden ecuestre, pero había llevado
una vida ociosa y oscura, en un día de junta pública
subió a la tribuna, y arengando al pueblo dijo habérsele
aparecido Júpiter entre sueños y encargándole
hiciese presente a los cónsules no dejaran el mando sin
haberse antes hecho entre sí amigos. Pronunciadas estas
palabras, Pompeyo se estuvo quieto en su lugar sin moverse; pero
Craso empezó a alargarle la diestra y a saludarle, diciendo
al pueblo: No me parece ¡oh ciudadanos! que hago nada
que no me esté bien, o que me humille en ser el primero
en ceder a Pompeyo, a quien vosotros creísteis deber llamar
Magno antes que le hubiese salido la barba, y a quien antes de
pertenecer al Senado decretasteis dos triunfos, y habiéndose
en seguida reconciliado, hicieron la entrega de su autoridad.
Craso guardó siempre la conducta y método de vida
que había tenido desde el principio, pero Pompeyo se fue
desentendiendo poco a poco de patrocinar las causas, se retiró
de la plaza, rara vez se mostraba en público, y siempre
con grande acompañamiento, pues ya no era fácil
el verle o hablarle sino entre un gran número de ciudadanos
que le hacían la corte, pareciendo que tenía complacencia
en mostrarse rodeado de mucha gente, dando con esto importancia
y gravedad a su presencia, y creyendo que debía conservar
su dignidad pura e intacta del trato y familiaridad con la muchedumbre.
Porque la vida togada es resbaladiza al menosprecio para los que
se han hecho grandes con las armas y no aciertan a medirse con
la igualdad popular, pues que creen debérseles de justicia
el que aquí como allá sean los primeros, y a los
que allá fueron inferiores no les es aquí tolerable
el no preferirlos; por lo mismo, cuando cogen en la plaza pública
al que ha brillado en los campamentos y en los triunfos lo deprimen
y abaten, pero si éste cede y se retira le conservan libre
de envidia el honor y poder que allá tuvo; lo que después
confirmaron los mismos negocios.
XXIV. El poder de los piratas, que comenzó primero en
la Cilicia, teniendo un principio extraño y oscuro, adquirió
bríos y osadía en la Guerra Mitridática,
empleado por el rey en lo que hubo menester. Después, cuando
los Romanos, con sus guerras civiles, se vinieron todos a las
puertas de Roma, dejando el mar sin guardia ni custodia alguna,
poco a poco se extendieron e hicieron progresos; de manera que
ya no sólo eran molestos a los navegantes, sino que se
atrevieron a las islas y ciudades litorales. Entonces, ya hombres
poderosos por su caudal, ilustres en su origen y señalados
por su prudencia, se entregaron a la piratería y quisieron
sacar ganancia de ella, pareciéndoles ejercicio que llevaba
consigo cierta gloria y vanidad. Formáronse en muchas partes
apostaderos de piratas, y torres y vigías defendidas con
murallas, y las armadas corrían los mares, no sólo
bien equipadas con tripulaciones alentadas y valientes, con pilotos
hábiles y con naves ligeras y prontas para aquel servicio,
sino tales que más que lo terrible de ellas incomodaba
lo soberbio y altanero, que se demostraba en los astiles dorados
de popa, en las cortinas de púrpura y en las palas plateadas
de los remos, como que hacían gala y se gloriaban de sus
latrocinios. Sus músicas, sus cantos, sus festines en todas
las costas, los robos de personas principales y los rescates de
las ciudades entradas por fuerza eran el oprobio del imperio romano.
Las naves piratas eran más de mil, y cuatrocientas las
ciudades que habían tomado. Habíanse atrevido a
saquear de los templos, mirados antes como asilos inviolables,
el Clario, el Didimeo, el de Samotracia, el templo de Démeter
Ctonia en Hermíona, el de Asclepio en Epidauro, los de
Posidón en el Istmo, en Ténaro y en Calauria; los
de Apolo en Accio y en Léucade, y de Hera el de Samos,
el de Argos y el de Lacinio. Hacían también sacrificios
traídos de fuera, como los de Olimpia, y celebraban ciertos
misterios indivulgables, de los cuales todavía se conservan
hoy el de Mitra, enseñado primero por aquellos. Insultaban
de continuo a los Romanos, y bajando a tierra rodaban en los caminos
y saqueaban las inmediatas casas de campo. En una ocasión
robaron a dos pretores, Sextilio y Belino, con sus togas pretextas,
llevándose con ellos a los ministros y lictores. Cautivaron
también a una hija de Antonio, varón que había
alcanzado los honores del triunfo, en ocasión de ir al
campo, y tuvo que rescatarse a costa de mucho dinero. Pero lo
de mayor afrenta era que, cautivado alguno, si decía que
era Romano y les daba el nombre, hacían como que se sobrecogían,
y temblando se daban palmadas en los muslos, y se postraban ante
él, diciéndole que perdonase. Creíalos, viéndolos
consternados y reducidos a hacerle súplicas; pero luego,
unos le ponían los zapatos, otros le en- volvían
en la toga, para que no dejase de ser conocido, y habiéndole
así escarnecido y mofado por largo tiempo, echaban la escala
al agua y le decían que bajara y se fuera contento; y al
que se resistía le cogían y le sumergían
en el mar.
XXV. Ocupaban con sus fuerzas todo el Mar Mediterráneo,
de manera que estaban cortados e interrumpidos enteramente la
navegación y el comercio. Esto fue la que obligó
a los Romanos, que se veían turbados en sus acopios y temían
una gran carestía, a enviar a Pompeyo a limpiar el mar
de piratas. Propuso al efecto Gabinio, uno de los más íntimos
amigos de Pompeyo, una ley, por la que se le confería a
éste, no el mando de la armada, sino una monarquía
y un poder sin límites sobre todos los hombres, pues se
le autorizaba para mandar en todo el mar dentro de las columnas
de Hércules, y en todo el continente a cuatrocientos estadios
del mar, la cual medida dejaba de comprender muy pocos países
de la tierra sujeta a los Romanos, y abarcaba por otra parte los
de grandes naciones y poderosos reinos. Concedíasele además
de esto escoger entre los senadores quince en calidad de legados
suyos, para mandar en las provincias, tomar del erario y de los
publicanos cuanto dinero quisiese y disponer de doscientas naves,
siendo árbitro para firmar las listas de la tropa del ejército,
de las tripulaciones, de las naves y de la gente de remo. Leído
que fue este proyecto, el pueblo lo admitió con el mayor
placer; pero a los más principales y poderosos del Senado,
si bien les pareció fuera de envidia un poder tan indefinido
e indeterminado, tuviéronlo por muy propio para inspirar
recelos, por lo que se opusieron a la ley, a excepción
de César, que la sostuvo, no por contemplación a
Pompeyo, sino para empezar a ganarse y atraerse el pueblo. Los
demás hicieron fuerte resistencia a Pompeyo, y como el
uno de los cónsules le dijese que si se proponía
imitar a Rómulo no evitaría tener el propio fin
de aquél, corrió gran peligro de que la muchedumbre
le hiciese pedazos. Presentóse Cátulo en la tribuna,
y como el pueblo le miraba con respeto, guardó moderación
y compostura; pero cuando después de haber hablado largamente
en elogio de Pompeyo les aconsejó que miraran por él
y no expusieran a continuas guerras y peligros un hombre tan importante,
porque ¿A quién acudiréis- les dijo-
si éste llega a faltaros? A ti- exclamaron
todos a una voz- Cátulo, pues, viendo que nada había
adelantado, calló, y presentándose después
Roscio nadie quiso oírle; hacíales, sin embargo,
señas con los dedos para que no nombrasen uno solo, sino
otro con Pompeyo; pero se dice que, irritado con esto el pueblo,
fue tal la gritería que se levantó, que un cuervo
que volaba por encima de la plaza se sofocó y cayó
sobre aquella muchedumbre, de donde puede inferirse que no es
por romperse y cortarse el aire con el gran ruido por lo que no
pueden sostenerse las aves que caen, sino por ser heridas como
con un golpe con la voz, cuando enviada ésta con ímpetu
y violencia causa en el aire fuerte movimiento y agitación.
XXVI Disolvióse por entonces la junta. Pompeyo, el día
en que habla de hacerse la votación, se salió al
campo; pero habiendo oído que se había sancionado
la ley, entró en la ciudad por la noche, para evitar la
envidia que había de producir el gran concurso de los que
acudirían a esperarle y recibirle; y saliendo de casa a
la mañana temprano, hizo primero un sacrificio, y reuniendo
después al pueblo en junta pública trató
de recoger mucho más que lo que antes se le había
decretado, pues faltó muy poco para que doblara todo el
aparato, habiendo alistado quinientas naves y juntado hasta ciento
veinte mil hombres de infantería y cinco mil caballos.
El Senado eligió veinticuatro de los que habían
sido pretores y habían mandado ejércitos para que
sirvieran a sus órdenes, a los que se agregaron dos cuestores.
Como repentinamente hubiese bajado el precio de los objetos de
comercio, dio esto ocasión al pueblo para manifestar gran
contento y decir que el nombre de Pompeyo había acabado
la guerra. Dividió éste los mares y todo el espacio
del Mediterráneo en trece partes, y asignó a cada
una igual número de naves con un caudillo, y sorprendiendo
a un tiempo con estas fuerzas así repartidas gran número
de naves de los piratas les dio caza y se apoderó de ellas,
trayéndolas a los puertos. Los que se anticiparon a huir
y evadirse se acogieron como a su colmenar a la Cilicia, contra
los cuales marchó él mismo con sesenta naves de
las mejores; pero no dio la vela contra aquellos sin haber antes
limpiado enteramente de piraterías y latrocinios el Mar
Tirreno, el Líbico, el de Cerdeña, el de Córcega
y Sicilia, no habiendo reposado él mismo en cuarenta días,
y habiéndole servido los demás caudillos con diligencia
y esmero.
XXXVII. Como en Roma el cónsul Pisón, por encono
y envidia que le tenía, le escasease los auxilios y licenciase
las tripulaciones, hizo pasar a Brindis la escuadra y él
subió a Roma por la Toscana. Luego que se supo, todos acudieron
al camino, como si no hiciera pocos días que se habían
despedido de él. Había producido este regocijo la
celeridad de la no esperada mudanza, pues al punto fue suma en
el mercado la abundancia de víveres; así corrió
riesgo Pisón de que se le despojara del consulado, teniendo
ya Gabinio escrito el proyecto de ley, sino que le contuvo Pompeyo;
el cual, habiéndolo dispuesto todo con la mayor humanidad,
provisto de lo que hubo menester, se encaminó a Brindis.
Habiendo tenido el tiempo favorable, siguió su navegación,
pasando a la vista de muchas ciudades; mas respecto a Atenas no
pasó de largo. Saltó, pues, en tierra, y habiendo
sacrificado a los dioses y saludado al pueblo, al salir leyó
ya estos versos heroicos hechos en su honor, a la parte adentro
de la puerta: Cuanto en parecer hombre más te esfuerzas,
más a los sacros dioses te pareces. Y a la parte de afuera:
Fuiste esperado, y en honor tenido: te hemos visto; feliz tu viaje
sea. De los piratas que todavía quedaban y erraban por
el mar, trató con benignidad a algunos; y contentándose
con apoderarse de sus embarcaciones y sus personas, ningún
daño les hizo; con lo que concibieron los demás
buenas esperanzas, y huyendo de los otros caudillos se dirigieron
a Pompeyo y se le entregaron a discreción con sus hijos
y sus mujeres. Perdonólos a todos, y por su medio pudo
descubrir y prender a otros, que habían procurado esconderse
por reconocerse culpables de las mayores atrocidades.
XXVIII. El mayor número y los de mayor poder entre ellos
habían depositado sus familias, sus caudales y toda la
gente que no estaba en estado de servir, en castillos y pueblos
fortalecidos hacia el monte Tauro; y ellos, tripulando convenientemente
sus naves, cerca de Coracesio de Cilicia se opusieron a Pompeyo,
que navegaba en su busca; y como dada la batalla fuesen vencidos,
se redujeron a sufrir un sitio. Mas al fin recurrieron a las súplicas
y también se entregaron con las ciudades e islas que poseían
y en que se hablan hecho fuertes, las cuales eran difíciles
de tomar y poco accesibles. Terminóse, pues, la guerra,
y fueron enteramente destruidas las piraterías en toda
la extensión del mar en el corto tiempo de tres meses,
habiéndose tomado además otras muchas ciudades y
naves, y entre éstas noventa con espolones de bronce. De
ellos mismos cautivó Pompeyo más de veinte mil;
y si por una parte no quería quitarles la vida, por otra
no creía que podía ser conveniente dejarlos y mirar
con indiferencia que volvieran a esparcirse unos hombres reducidos
a la necesidad y avezados a la guerra. Reflexionando, pues, que
el hombre, por su naturaleza e índole, no nació
ni es un animal cruel e insociable, sino que la maldad es la que
pervierte su carácter, y con los hábitos y la mudanza
de vida y de lugares vuelve a suavizarse, y que las mismas fieras
cuando disfrutan de más blandos alimentos deponen su aspereza
y ferocidad, resolvió trasladar aquellos hombres del mar
a la tierra y hacerlos gustar de una vida más dulce con
acostumbrarlos a habitar en poblaciones y labrar los campos. A
algunos, pues, los admitieron las ciudades pequeñas y desiertas
de la Cilicia, incorporándolos a sí y adquiriendo
con este motivo términos más dilatados, y tomando
la ciudad de Solos, poco antes destruida por Tigranes, rey de
Armenia, estableció a muchos en ella; pero a los más
les dio por domicilio a la ciudad de Dime en la Acaya, que se
hallaba entonces necesitada de habitantes y poseía un fértil
y extenso terreno.
XXIX. Vituperaban estas disposiciones los que no estaban bien
con él; pero lo que hizo en Creta con Metelo, ni a sus
mayores amigos satisfizo; este Metelo, pariente de aquel con quien
Pompeyo hizo la guerra de España, había sido enviado
de general a Creta antes del nombramiento de Pompeyo, pues esta
isla, después de la Cilicia, era otro manantial de piratas,
y Metelo había logrado apresar y dar muerte a muchos de
ellos. Quedaban otros, y cuando los tenía sitiados acudieron
con ruegos a Pompeyo, llamándole a la isla, por ser parte
del espacio de mar sobre que mandaba, como que caía de
todos modos dentro de él. Admitió Pompeyo el llamamiento
y escribió a Metelo prohibiéndole continuar la guerra.
Escribió asimismo a las ciudades para que no obedeciesen
a Metelo, y envió de general a Lucio Octavio, uno de los
caudillos que servían a sus órdenes, el cual, entrando
a unirse con los sitiados dentro de los muros y peleando con ellos,
no sólo odioso y molesto, sino hasta ridículo hacía
a Pompeyo, que por envidia y emulación con Metelo prestaba
su nombre a gentes impías y sin religión e interponía
en favor de ellas su autoridad como un amuleto. Pues ni Aquiles
se portó como hombre, sino como un mozuelo atolondrado
y arrebatado del deseo de la gloria, cuando por señas previno
a los demás y les prohibió tiraran a Héctor
Por que no le robara otro la gloria de herirlo, y él viniera
a ser segundo. Y aun Pompeyo lo hizo peor, porque se esforzó
en conservar a los enemigos de la república por privar
del triunfo a un general que llevaba toleradas muchas fatigas
y trabajos. Mas no se acobardó Metelo, sino que, venciendo
a los piratas, tomó de ellos justa venganza, y a Octavio
lo despachó después de haberle reprendido y afeado
su hecho en el campamento.
XXX. Llegada a Roma la noticia de que, terminada la guerra de
los piratas, para reposar de ella Pompeyo recorría las
ciudades, escribió Manilio, tribuno de la plebe, un proyecto
de ley para que, encargándose Pompeyo del territorio y
tropas sobre que mandaba Luculo, y añadiéndosele
la Bitinia, que obtenía Glabrión, hiciese la guerra
a Mitridates y Tigranes, conservando además las fuerzas
navales y el mando marítimo, como lo había tenido
desde el principio, que era, en suma, confiar a uno solo la autoridad
del pueblo romano. Porque las únicas provincias que parecían
no estar contenidas en la ley anterior, que eran la Frigia, la
Licaonia, la Galacia, la Capadocia, la Cilicia, la Cólquide
superior y la Armenia, eran las mismas que se le agregaban ahora,
con todas las tropas y fuerzas con que Luculo había vencido
y derrotado a los reyes Mitridates y Tigranes. Con todo, de Luculo,
a quien se privaba de la gloria de sus ilustres hechos, y a quien
más bien se daba sucesor del triunfo que de la guerra,
era muy poco lo que se hablaba entre los del partido del Senado,
sin embargo de que conocían el agravio y la injusticia
que a aquel se irrogaban, sino que llevando mal el gran poder
de Pompeyo, que venía a constituirse en tiranía,
se excitaban y alentaban entre sí para oponerse a la ley
y no abandonar la libertad. Mas venido el momento, todos los demás
faltaron al propósito y enmudecieron de miedo; sólo
Cátulo clamó contra la ley y contra quien la había
propuesto, y viendo que a nadie movía, requirió
al Senado, gritando muchas veces desde la tribuna para que, como
sus mayores, buscaran un monte y una eminencia adonde para salvarse
se refugiara la libertad. Sancionóse a pesar de esto la
ley, según se dice, por todas las tribus, y Pompeyo, estando
ausente, quedó árbitro y dueño de todo cuanto
lo fue Sila, apoderándose de la ciudad con las armas y
con la guerra. Dícese de él que cuando recibió
las cartas y supo lo decretado, hallándose presentes y
regocijándose sus amigos, arrugó las cejas, se dio
una palmada en el muslo y, como quien se cansa de mandar, prorrumpió
en estas expresiones: ¡Vaya con unos trabajos que
no tienen término! ¿Pues no valía más
ser un hombre oscuro, para no cesar nunca de hacer la guerra ni
de incurrir en tanta envidia, pasando la vida en el campo con
su mujer? Al oír esto, ni sus más íntimos
amigos dejaron de torcer el gesto a semejante ironía y
simulación, conociendo que subía muy de punto su
alegría con el incentivo que daba a la natural ambición
y deseo de gloria de que estaba poseído su indisposición
y encono con Luculo.
XXXI Justamente lo manifestaron bien pronto los hechos, porque,
poniendo edictos por todas partes, convocaba a los soldados y
llamaba ante sí a los poderosos y a los reyes que estaban
en la obediencia del imperio romano, y, recorriendo la provincia
no dejó en su lugar nada de lo dispuesto por Luculo, sino
que alzó el castigo a muchos, revocó donaciones
y, en una palabra, hizo, por espíritu de contradicción,
cuanto había que hacer para demostrar a los que miraban
con aprecio a Luculo que de nada absolutamente era dueño.
Quejósele éste por medio de sus amigos, y habiendo
convenido en verse y conferenciar, se vieron, efectivamente, en
la Galacia. Como era conveniente a tan grandes generales, que
tan grandes victorias habían alcanzado, los lictores de
uno y otro se presentaron con las fasces coronadas de laurel;
pero Luculo venía de lugares frescos y defendidos por la
sombra, y Pompeyo había hecho algunos días de marcha
por terrenos áridos y sin árboles. Viendo, pues,
los lictores de Luculo que el laurel de las fasces de Pompeyo
estaba seco y marchito enteramente, partiendo del suyo, que se
mantenía fresco, adornaron y coronaron con él las
fasces de éste; lo que se tuvo por señal de que
Pompeyo venia a arrogarse las victorias y la gloria de Luculo.
Autorizaba a Luculo la dignidad de cónsul y su mayor edad,
pero la dignidad de Pompeyo era mayor por sus dos triunfos. Con
todo, su primer encuentro lo hicieron con urbanidad y mutuo agasajo,
celebrando sus respectivas hazañas y dándose el
parabién por sus victorias; pero en sus pláticas,
en nada moderado y justo pudieron convenirse, sino que empezaron
a motejarse: Pompeyo a Luculo, por su codicia, y éste a
aquél, por su ambición; de manera que con dificultad
pudieron lograr los amigos que se despidieran en paz. Luculo en
la Galacia distribuyó la tierra conquistada e hizo otras
donaciones a quienes tuvo por conveniente. Pero Pompeyo, que estaba
acampado a muy corta distancia, prohibió que se le prestase
obediencia y le quitó todas las tropas, a excepción
de mil seiscientos hombres que, por ser orgullosos, reputó
le serían inútiles a él mismo y que a aquel
no le guardarían subordinación. Censurando y vituperando
además abiertamente sus operaciones, decía que Luculo
había hecho la guerra a las tragedias y farsas de aquellos
reyes, quedándole a él tener que combatir con las
verdaderas y ejercitadas fuerzas, ya que Mitridates había
al fin recurrido a los escudos, la espada y los caballos. Mas
defendíase, por su parte, Luculo diciendo que Pompeyo iba
a lidiar con un fantasma y sombra de guerra, siendo su mafia acabar
con los cuerpos muertos por otros, a manera de ave de rapiña,
e ir dilacerando los despojos de la guerra, pues que de esta manera
había inscrito su nombre sobre las guerras de Sertorio,
de Lépido y de Espártaco, terminadas ya felizmente:
ésta por Craso, aquélla por Cátulo y la primera
por Metelo; por tanto, no era de extrañar que se arrogase
ahora la gloria de las Guerras Armenias y Pónticas un hombre
que había tenido arte para ingerirse en el triunfo de los
fugitivos.
XXXII. Partió por fin Luculo; y Pompeyo, dejando la armada
naval en custodia del mar que media entre la Fenicia y el Bósforo,
marchó contra Mitridates, que tenía un ejército
de treinta mil infantes y dos mil caballos, pero que no se atrevía
a entrar en batalla. Y en primer lugar, como hubiese abandonado,
por ser falto de agua, un monte alto y de difícil acceso
en que se hallaba acampado, lo ocupó Pompeyo, y conjeturando
por la naturaleza de las plantas y por el descenso del terreno
que el país no podía menos de tener fuentes, dio
orden de que por todas partes se abrieran pozos, y al punto se
vio el campamento lleno de gran caudal de agua; de manera que
se maravillaron de que en tanto tiempo no hubiera dado en ello
Mitridates. Acampado después próximo a él,
consiguió dejarle sitiado; pero habiéndolo estado
cuarenta y cinco días, se escapó sin que aquel lo
sintiese con lo más escogido de sus tropas, dando muerte
a los inútiles y enfermos. Habiéndole vuelto a alcanzar
Pompeyo junto al Éufrates, puso su campo enfrente de él,
y temiendo que se adelantase a pasar este río sacó
armado su ejército desde la media noche, hora en que se
dice haber tenido Mitridates una visión que le predijo
lo que iba a sucederle. Porque le parecía que navegando
con próspero viento en el Mar Póntico veía
ya el Bósforo, y los que con él iban se lisonjeaban
como el que se alegra con la certeza y seguridad de salir a salvo;
pero que de repente se halló abandonado de todos en un
débil barquichuelo juguete de los vientos. En el momento
de estar en estas angustias y ensueños le rodearon y despertaron
sus amigos, diciéndole que tenían cerca de sí
a Pompeyo. Fue, pues, indispensable haber de pelear al lado del
campa- mento, y sacando sus generales las tropas las pusieron
en orden. Advirtió Pompeyo que los cogía prevenidos,
y, no decidiéndose a entrar en acción entre tinieblas,
le pareció que no debían hacer más que rodearlos,
para que no huyesen, y a la mañana, pues que sus tropas
eran mejores, vendrían a las manos; pero los más
ancianos de los tribunos, rogándole e instándole,
le hicieron por fin resolverse. Porque tampoco era la noche del
todo oscura, sino que la luna, yendo ya bastante baja, daba suficiente
luz para que se vieran los cuerpos, que fue lo que principalmente
desconcertó a las tropas del rey, porque los Romanos tenían
la luna a la espalda, y, estando ya la luz muy cerca del ocaso,
las sombras de sus cuerpos iban muy lejos delante de ellos y se
extendían hasta los enemigos, que no podían computar
la distancia, sino que, como si los tuvieran ya encima, arrojando
las lanzas en vano, a nadie alcanzaban. Al ver esto, los Romanos
corrieron a ellos con grande gritería, y como no tuvieron
valor ni siquiera para esperarlos, sino que se entregaron a la
fuga, los acuchillaron y destrozaron, muriendo más de diez
mil de ellos, y les tomaron el campamento. Al principio, Mitridates,
con ochocientos caballos, se había abierto paso por entre
los Romanos, poniéndose en retirada; pero a poco se le
desbandaron todos los demás, quedándose con tres
solos, entre los que se hallaba la concubina Hipsícrates,
que siempre se había mostrado varonil y arrojada; tanto,
que por esta causa el rey la llamaba Hipsícrates. Llevaba
ésta entonces la sobrevesta y el caballo de un soldado
persa, y ni se mostró fatigada de tan larga carrera, ni,
con haber atendido al cuidado de la persona del rey y de su caballo,
necesitó de reposo hasta que llegaron al fuerte de Sinora,
depósito de los caudales y preseas del rey, de donde, tomando
éste las ropas más preciosas, las distribuyó
a los que de la fuga habían acudido a él. Dio también
a cada uno de sus amigos un veneno mortal para que ninguno de
ellos se entregase contra su voluntad a los enemigos, y desde
allí marchó a la Armenia a unirse con Tigranes;
pero, corno éste le desechase, y aun le hiciese pregronar
en cien talentos, pasando por encima del nacimiento del Éufrates
huyó por la Cólquide.
XXXIII. Mas Pompeyo se dirigió a la Armenia llamado por
Tigranes el joven, que, habiéndose ya rebelado al padre,
salió a unirse con aquél junto al río Araxes,
el cual, naciendo de los mismos montes que el Éufrates,
vuelve luego hacia el Oriente y desagua en el Mar Caspio. Recorrieron,
pues, juntos las ciudades y las fueron reduciendo; y Tigranes
el mayor, que poco antes había sido arruinado por Luculo,
sabedor de que Pompeyo era benigno y dulce de condición,
admitió guarnición en su corte, y acompañado
de sus amigos y deudos fue a hacerle entrega de su persona. Llegó
a caballo hasta el valladar, donde dos lictores de Pompeyo le
salieron al encuentro y le previnieron bajase del caballo y continuase
a pie, porque jamás se había visto a hombre ninguno
a caballo dentro de un campamento de los Romanos. Condescendió
en ello Tigranes, y desciñéndose la espada se la
entregó. Finalmente, cuando llegó ante el mismo
Pompeyo, quitóse la tiara, hizo acción de ponerla
a sus pies, e inclinando el cuerpo iba a postrarse con la mayor
bajeza ante él, cuando Pompeyo, alargándole la diestra,
lo levantó y lo sentó a su lado, colocando al otro
a su hijo. De todo lo demás les dijo que debían
culpar a Luculo, que era quien les había quitado la Siria,
la Fenicia, la Cilicia, la Galacia y la Sofena; que lo que hasta
entonces habían conservado lo retendrían pagando
seis mil talentos a los Romanos en pena de sus ofensas, y que
en la Sofena reinaría el hijo. A Tigranes fueron muy agradables
estas disposiciones; y habiendo sido aclamado rey por los Romanos,
en muestra de su alegría ofreció dar a cada soldado
media mina de plata, diez minas a cada centurión y un talento
a cada tribuno; pero el hijo se disgustó, y llamado a la
cena respondió que no necesitaba de Pompeyo, que así
creía honrarle, porque él encontraría otro
entre los Romanos; de resulta de lo cual se le puso en prisión
para el triunfo. De allí a poco envió Fraates, rey
de los Partos, a reclamar a este joven por ser su yerno, y al
mismo tiempo pedía que pusiera Pompeyo al Éufrates
por límite de sus provincias, a lo que contestó
éste que Tigranes más pertenecía al padre
que al suegro, y que en cuanto al límite, se señalaría
el que fuese justo.
XXXIV. Dejando a Afranio de guarnición en la Armenia,
le fue preciso marchar contra Mitridates por medio de las naciones
que habitan el Cáucaso. De éstas, las más
populosas son los Albanos y los Iberes: los Iberes están
situados en las faldas de los montes Mósquicos, y los Albanos
se inclinan más al oriente y al Mar Caspio. Éstos,
al principio, pidiéndoles Pompeyo el paso, se le habían
concedido; pero habiendo cogido el invierno al ejército
en aquel país y habiendo tenido los Romanos que celebrar
la fiesta de los Sa- turnales, se dispusieron a acometerles en
número de cuarenta mil a lo menos cuando fueran a pasar
el río Cirno, que, naciendo de los montes Iberios y recibiendo
al Araxes, que baja de la Armenia, desagua por doce bocas en el
Mar Caspio; pero otros dicen que no sucede esto al Araxes, sino
que, corriendo cerca de aquel, entra por sí solo en este
mar. Pompeyo pudo oponerse a los enemigos al tiempo del paso,
pero los dejó que pasaran con todo sosiego, y cargando
con seguridad sobre ellos los rechazó y deshizo. Como después
el rey le hiciese súplicas y enviase embajadores, perdonándole
aquella injusta agresión hizo alianza con él y marchó
contra los Iberes, que no eran inferiores en número, y
que, siendo más belicosos que los demás, deseaban
con ardor servir a Mitridates y alejar de allí a Pompeyo.
Porque los Iberes no estuvieron nunca sujetos ni a los Medos ni
a los Persas, y aun se libraron de la dominación de los
Macedonios por haber sido precipitado el paso de Alejandro por
la Hircania. Mas a pesar de todo esto los derrotó Pompeyo
en una gran batalla en la que murieron nueve mil, y más
de diez mil quedaron cautivos, entrando después en la Cólquide;
allí, junto al Fasis, se le presentó Servilio trayendo
las naves con que custodiaba el Ponto.
XXXV. La persecución de Mitridates, que se había
acogido a las naciones inmediatas al Bósforo y a la laguna
Meotis, ofreció a Pompeyo muchas dificultades, mayormente
habiéndosele anunciado que otra vez se le habían
rebelado los Albanos. Regresó, pues, contra ellos encendido
en ira y en deseo de venganza, costándole extraordinario
trabajo vol- ver a pasar el Cirno por haber hecho los bárbaros
empalizadas en gran parte de él; teniendo que andar un
camino áspero y falto de agua, y habiendo llenado diez
mil odres de ella, continuó su marcha contra los enemigos,
a los que alcanzó formados en orden de batalla junto al
río Abante en número de sesenta mil hombres de infantería
y doce mil de caballería, pero muy mal armados y sin otro
vestido los más que pieles de fieras. Acaudillábalos
un hermano del rey, llamado Cosis, el cual, trabada ya la batalla,
se dirigió contra Pompeyo, y habiéndole herido con
un dardo en la parte donde terminaba la coraza, Pompeyo lo traspasó
con un bota de lanza. Dícese que en esta batalla pelearon
con los bárbaros las Amazonas, habiendo bajado de los montes
que circundan el río Termodonte, pues al reconocer y despojar
los Romanos a los bárbaros después de la batalla
encontraron, sí, rodelas y coturnos amazónicos,
aunque no se vio ningún cuerpo de mujer. Habitan las Amazonas
las pendientes del Cáucaso por la parte del mar de Hircania,
pero no confinan con los Albanos, sino que están en medio
los Gelas y los Leges; y en cada año, pasando dos meses
en unión con éstos, a orillas del Termodonte, después
se retiran a vivir solas.
XXXVI Habiéndose puesto Pompeyo en marcha después
de la batalla para la Hircania y el Mar Caspio, tuvo que retroceder,
por la muchedumbre de ciertas serpientes venenosas y mortíferas,
cuando no le faltaban más que tres días de camino.
Retiróse, pues, a la Armenia menor, y a los reyes de los
Elimeos y los Medos, que le enviaron embajadores, les contestó
amistosamente; pero contra el de los Partos, que invadió
la Gordiena y empezó a molestar a los súbditos de
Tigranes, envió tropas con Afranio, que le rechazó
y persiguió hasta la Arbelítide. Trajeron ante él
a muchas de las concubinas de Mitridates; pero no tocó
a ninguna, sino que todas las hizo entregar a sus padres o deudos;
porque en gran parte eran hijas o mujeres de generales o sujetos
poderosos. Estratonica, que fue la que gozaba de mayor dignidad
y se mantenía en un alcázar magnífico, era
hija, a lo que parece, de un cantor anciano, de pobre suerte en
todo lo demás; pero de tal manera se apoderó del
corazón de Mitridates habiendo cantado en un festín,
que se la llevó para reposar con ella; mas el viejo salió
de allí de muy mal humor, porque ni siquiera le había
dirigido una palabra afable y benigna. Éste, a la mañana,
cuando al despertarse vio en su habitación aparadores con
vajilla de oro y plata, gran número de sirvientes, eunucos
y jóvenes que le presentaban vestidos de los más
ricos, y a la puerta un caballo con preciosos aireos, como los
de los amigos del rey, creyendo que todo aquello fuese juego y
burlería intentó marcharse de la casa; pero deteniéndole
los criados y diciéndole que el rey le hacía el
presente de la casa de un hombre rico que acababa de morir, y
que todo aquello no era más que primicias y bosquejos de
mayores bienes y riquezas, creyólo entonces, aunque todavía
con dificultad, y tomando la púrpura, y montando a caballo,
dio a correr por la ciudad gritando: Todo esto es mío,
y a los que se burlaban decía que no era aquello de extrañar,
sino el que, loco de contento, no tirase piedras a cuantos encontrara.
De tal sangre y linaje era Estratonica, la cual hizo donación
a Pompeyo de aquel terreno y le presentó muchos regalos;
pero él, no tomando más que aquellos que creyó
podían servir de adorno en los templos, o para dar realce
a su triunfo, los demás los dejó a Estratonica para
que los disfrutase contenta. De la misma manera, habiéndole
presentado el rey de los Iberes un lecho, una mesa y un trono,
todos de oro, haciéndole instancias para que los tomase,
lo que hizo fue entregarlos a los cuestores para el tesoro público.
XXXVII. En la fortaleza de Ceno vinieron a las manos de Pompeyo
los papeles reservados de Mitridates, y los examinó con
gusto, porque le daban a conocer de modo muy decisivo sus costumbres.
Eran sus libros de memoria, y en ellos descubrió que había
dado muerte con hierbas, además de otros varios, a su hijo
Ariarates, y a Alceo de Sardes, porque en una carrera de caballos
le sacó ventajas. Contenían también explicaciones
de ensueños, unos que él mismo había tenido,
y otros que eran de sus mujeres, y cartas poco decentes de Mónima
al mismo Mitridates y de éste a aquella. Teófanes
refiere haberse encontrado asimismo un discurso de Rutilio, en
que le excitaba a acabar con los Romanos que había en el
Asia; pero los más conjeturan, con razón, haber
sido esta especie una maligna invención de Teófanes,
que quizá aborrecía a Rutilio por no serle en nada
parecido, o acaso también a causa de Pompeyo, a cuyo padre
pinta Rutilio como hombre del todo perverso en sus historias.
XXXVIII. Pasó de allí Pompeyo a Amiso, y vino a
pagar su rencillosa emulación cayendo en lo mismo que había
reprendido; pues habiendo censurado amargamente en Luculo el que
hirviendo aún la guerra hubiese arreglado las pro- vincias,
haciendo también la distribución de los dones y
premios que los vencedores acostumbran hacer concluida y terminada
aquélla, ejecutó él mismo otro tanto en el
Bósforo, cuando todavía Mitridates estaba mandando
y conservaba respetables fuerzas, como si todo estuviera acabado,
tomando disposiciones en las provincias y distribuyendo presentes
con motivo de haber acudido a él generales y otros sujetos
de autoridad y doce reyezuelos de los bárbaros; y aun por
esto, contestando al rey de los Partos, se desdeñó
de darle, como todos los demás, el título de rey
de reyes, por no desagradar a estos otros. Vínole allí
el deseo y codicia de recobrar la Siria y de pasar por la Arabia
hasta el mar Rojo, para llegar victorioso hasta el Océano
que circunda la tierra. Porque en África él fue
el primero que llevó sus armas vencedoras hasta el mar
exterior; en España puso también por término
de la dominación romana el Mar Atlántico, y en tercer
lugar, persiguiendo días antes a los Albanos, le había
faltado muy poco para extenderse hasta el mar de Hircania. Púsose,
pues, en marcha para dar la vuelta hasta el Mar Rojo, pues por
otro lado veía que era muy difícil cazar con las
armas a Mitridates, y que era enemigo más temible huyendo
que peleando.
XXXIX. Diciendo, por tanto, que iba a dejarle en el hambre un
enemigo más poderoso que él, estableció guardacostas
contra los comerciantes que navegaban por el Bósforo, imponiendo
la pena de muerte a los que fuesen aprehendidos. Hecho esto, tomó
consigo la mayor parte del ejército y se puso en marcha;
y como Triario hubiese tenido contraria la suerte y hubiese perecido
en un encuentro con Mitridates, llegando a punto de encontrar
todavía los muertos insepultos, les hizo un magnífico
entierro con muestras de sentimiento y aprecio, cosa que, omitida,
parece fue una de las principales causas del odio de los soldados
a Luculo. Sujetó, pues, por medio de Afranio a los Árabes
que habitan el monte Amano, y bajando él a la Siria la
declaró, por no tener reyes legítimos, provincia
y posesión del imperio romano. Sometió a la Judea,
tomando cautivo a su rey, Aristóbulo, y en cuanto a las
ciudades, levantó unas de los cimientos, y a otras dio
libertad e independencia, castigando a los que las tenían
tiranizadas; pero su más continua ocupación era
administrar justicia, dirimiendo las disputas de las ciudades
y los reyes: para lo que adonde a él no le era dado pasar
enviaba a sus amigos; como sucedió a los Armenios y Partos,
que habiéndose comprometido en él por un terreno
sobre que altercaban, les envió tres jueces y amigables
componedores; porque si era grande la fama de su poder, no era
menor la de su virtud y clemencia, con las que cubría la
mayor parte de los yerros de sus amigos y familiares, pues no
sabiendo contener o castigar a los desmandados, con mostrar a
los que iban a hablarle este carácter bondadoso los hacía
llevar sin molestia las extorsiones y vejaciones de aquellos.
XL. El que más valimiento tenía con él era
su liberto Demetrio, mozo que no carecía de talento para
lo demás, pero que abusaba demasiado de su fortuna, acerca
del cual se refiere lo siguiente: Catón el Filósofo,
que todavía era joven, pero gozaba ya de gran reputación
y tenía altos pensamientos, subió a Antioquía,
no hallándose allí Pompeyo, con el objeto de ver
y observar aquella ciudad. Iba a pie, según su costumbre,
pero sus amigos le acompañaban a caballo. Vio desde cierta
distancia delante de la puerta gran número de hombres vestidos
de blanco, y a los lados del camino, a una parte jóvenes
y a otra muchachos, con entera separación, de lo que se
incomodó, creyendo que aquello se hacía en honor
y obsequio suyo, cuando estaba bien distante de apetecerlo. Dijo,
pues, a sus amigos que se apearan y caminasen a pie con él;
y cuando ya estuvieron cerca, el que dirigía todo aquello,
puesto al frente de la comparsa, y llevaba como distintivo una
corona y un bastón, les salió al encuentro, preguntándoles
dónde habían dejado a Demetrio y cuándo llegaría.
A los amigos de Catón les causó risa; pero Catón
exclamó: ¡Desgraciada ciudad! Y sin decir
más palabra pasó adelante. El que este Demetrio
no ofendiese y chocase más se debía al mismo Pompeyo,
que, tratado de él con insolencia, no se mostraba disgustado,
pues se dice que en los banquetes de Pompeyo, cuando éste
aguardaba y recibía a los convidados, él estaba
ya sentado fastuosamente con el gorro calado hasta más
abajo de las orejas. Aun antes de volver a Italia era ya dueño
de los sitios más deliciosos de sus cercanías y
de los más bellos gimnasios, y había adquirido unos
soberbios jardines que se llamaban los Jardines de Demetrio, cuando
Pompeyo hasta su tercer triunfo habitó una casa nada más
que regular y de poco precio. Después, habiendo construido
para los Romanos aquel tan magnífico y celebrado teatro,
edificó como apéndice de él una casa de mejor
aspecto que la otra, aunque nunca tal que pudiera chocar; tanto,
que el que la adquirió después de Pompeyo, al entrar
a reconocerla, se admiró y preguntó dónde
tenía el comedor Pompeyo Magno. Así es como se cuenta.
XLI. El rey de la Arabia Pétrea, al principio, no había
hecho ningún caso de las cosas de los Romanos; pero lleno
entonces de miedo, escribió que estaba dispuesto a obedecer
y ejecutar cuanto se le mandase; y queriendo Pompeyo confirmarle
en este propósito, emprendió para ir a la Pétrea
una expedición, que no dejó de ser vituperada, porque
la graduaban de repugnancia en perseguir a Mitridates, y creían
lo más conveniente volver las armas contra este rival antiguo,
que, según se decía, había vuelto a recobrarse
y a equipar un ejército, con el que se proponía
encaminarse por la Escitia y la Peonia a Italia; pero aquel, que
tenía por más fácil derrotar sus fuerzas
en la batalla que echarle mano en la fuga, no quería consumirse
en balde persiguiéndole, y, por lo tanto, usó de
estas distracciones en aquella guerra y anduvo gastando el tiempo.
Mas la fortuna le sacó de este apuro, porque cuando ya
le faltaba poco tiempo para llegar a la Pétrea, al tiempo
que en aquel día iba a sentar los reales y hacía
ejercicio a caballo alrededor de su campamento, llegaron correos
del Ponto con buenas nuevas, lo que se conoció al punto
en que traían los hierros de las lanzas coronados de laurel,
y al verlos acudieron corriendo los soldados donde estaba Pompeyo.
Quería éste concluir el ejercicio; pero como empezasen
a gritar y clamar, se apeó del caballo, y tomando las cartas
continuaba andando a pie. No había tribuna, ni había
habido tiempo para levantar la que forman los soldados cortando
gruesos céspedes y amontonándolos unos sobre otros;
mas entonces, con la prisa y el deseo, echaron mano de los aparejos
de los bagajes, y así la alzaron. Subió en ella
y les anunció la muerte de Mitridates, el que por habérsele
rebelado su hijo Farnaces se había quitado a sí
mismo la vida, y que Farnaces había sucedido en todos sus
bienes y estados, y escribía haberlo así ejecutado
en bien suyo y de los Romanos.
XLII. Con este motivo, el ejército se entregó,
como era natural, a los mayores regocijos, y pasó el tiempo
en sacrificios y convites, como si en sólo Mitridates hubieran
muerto diez enemigos. Pompeyo, habiendo puesto a sus hazañas
y expediciones un término que no esperaba le fuese tan
fácil, regresó al punto de la Arabia, y pasando
con celeridad las provincias intermedias llegó a Amiso,
donde recibió muchos presentes de parte de Farnaces y también
muchos cadáveres de personas de la casa del rey, entre
los cuales, aunque por el semblante no podía distinguirse
muy bien el de Mitridates, a causa de que los embalsamadores se
habían olvidado de extraerle el cerebro, le conocieron,
sin embargo, por las cicatrices los que tuvieron la curiosidad
de verle, pues Pompeyo no pudo sufrirlo, sino que, teniéndolo
a abominación, mandó lo llevaran a Sinope, habiéndose
admirado de la brillantez y magnificencia de las ropas y armas
de que usaba. Su tahalí, que había costado cuatrocientos
talentos, lo había sustraído Publio y lo vendió
a Ariarates, y la tiara, Gayo, que se había criado con
Mitridates, la regaló secretamente a Fausto, hijo de Sila,
que la había pedido, por ser obra muy primorosa. De esto
no tuvo por entonces noticia alguna Pompeyo; pero habiéndolo
sabido después Farnaces, castigó a los ocultado-
res. Habiendo, pues, ordenado y arreglado los negocios de aquella
provincia, dispuso e hizo el viaje de vuelta con mayor aparato.
Así es que, habiendo aportado a Mitilena, dio libertad
e independencia a la ciudad por consideración a Teófanes
y asistió al certamen acostumbrado de los poetas, cuyo
único argumento fue entonces sus hazañas. Gustóle
mucho aquel teatro, y tomó el diseño de su figura
para construir otro semejante en Roma, aunque mayor y más
magnífico. Llegado a Rodas oyó a todos los sofistas
y regaló a cada uno un talento, y Posidonio escribió
la conferencia que tuvo a su presencia contra el retórico
Hermágoras sobre la invención oratoria en general.
En Atenas se condujo del mismo modo con los filósofos,
y habiendo dado a la ciudad cincuenta talentos para sus obras,
esperaba aportar a la Italia el más próspero y feliz
de los hombres, con ansia por ser visto de los que deseaban su
vuelta; pero el Mal Genio, a quien debe de estar encargado mezclar
siempre alguna parte de mal con los mayores y más brillantes
favores de la fortuna, le estaba preparando tiempo había
un regreso que le fuese de sumo dolor, pues Mucia lo había
cubierto de ignominia durante su ausencia. Mientras estuvo lejos
no hizo gran caso Pompeyo de los rumores que le llegaron; pero
cuando se halló cerca de Italia y tuvo más tiempo
para pensar en ellos, por lo mismo que se aproximaba a la causa,
le envió el repudio, sin manifestar entonces por escrito
ni haber dicho después por qué motivo se divorciaba;
pero en las cartas de Cicerón se manifiesta cuál
fue el que intervino.
XLIII. Empezaron a correr por Roma diferentes especies acerca
de Pompeyo, y era grande la inquietud que había, porque
al punto haría entrar el ejército en la ciudad y
se consolidaría su monarquía. Craso, recogiendo
sus hijos y su caudal, se ausentó, o porque verdaderamente
temiese, o por conciliar, lo que parece más cierto, mayor
crédito a aquella acusación y suscitar contra él
más violenta envidia. Mas Pompeyo, luego que puso el pie
en tierra de Italia, congregó en junta a los soldados,
y habiéndoles hablado con la mayor afabilidad y agrado
de lo que convenía, les dio orden de que se restituyeran
cada uno a su patria y se retiraran a sus casas, no olvidándose
de concurrir después a su triunfo. Cuando la noticia se
difundió por todas partes sucedió una cosa admirable,
y fue que, al ver las ciudades desarmado a Pompeyo Magno, y que
como de un viaje volvía con unos cuantos amigos y familiares,
acudieron a él las gentes en gran número por el
amor que le tenían, y acompañándole le llevaron
a Roma con mucho mayores fuerzas; de modo que, si hubiera tenido
pensamientos de conmover y alterar el gobierno, no tenía
que echar de menos al ejército para nada.
XLIV. Como la ley no permitía entonces que antes del triunfo
entrase en la ciudad, representó al Senado sobre que se
suspendieran los comicios de elección de cónsules
y se le dispensara esta gracia para poder, hallándose presente,
dar pasos en favor de Pisón; pero habiéndose Catón
opuesto a su demanda, quedó desairado en ella. Pasmado
de la libertad de Catón y de su entereza, de la que él
sólo usaba a las claras en lo que entendía justo,
concibió el deseo de ganar por dife- rentes medios a tan
señalado varón; y teniendo Catón dos sobrinas,
propuso casarse él con la una y casar a su hijo con la
otra; pero Catón desechó esta tentativa, que, en
cierta manera, era un cebo para corromperle y sobornarle por medio
de aquel deudo, aunque disgustando en ello a su hermana y a su
mujer, que no estaban bien con que se rehusase la afinidad de
Pompeyo Magno. Quiso en esto Pompeyo que fuera designado cónsul
Afranio, y gastó para ello grandes cantidades con las tribus,
de su propio caudal, yendo los que las recibían a los jardines
del mismo Pompeyo; aquel soborno hízose público,
murmurando todos de Pompeyo, porque aquella misma dignidad con
que se habían recompensado sus triunfos, y que tanto le
había ilustrado, siendo la primera de la república,
la hacía venal para los que no podían aspirar a
ella por su virtud. Pues de esta afrenta teníamos
que participar- dijo Catón a las mujeres de su casa- si
nos hubiéramos hecho deudos de Pompeyo: con lo que
reconocieron que acerca de lo honesto discurría Catón
con más acierto que ellas.
XLV. A la grandeza de su triunfo, aunque se repartió en
dos días, no bastó este tiempo, sino que muchos
de los objetos que le decoraban pasaron sin ser vistos, pudiendo
ser materia y ornato de otra pompa igual. En carteles que se llevaban
delante iban escritas las naciones de quienes se triunfaba, siendo
éstas: el Ponto, la Armenia, la Capadocia, la Paflagonia,
la Media, la Cólquide, los Iberes, los Albanos, la Siria,
la Cilicia, la Mesopotamia, las regiones de Fenicia y Palestina,
la Judea, la Arabia, los piratas destruidos doquiera por la tierra
y por el mar, y además los fuertes tomados, que no bajaban
de mil; las ciudades, que eran muy pocas menos de novecientas;
las naves de los piratas, ochocientas, y las ciudades repobladas,
que eran treinta y nueve. Había dado sobre todo esto razón
por escrito de que las rentas de la república eran antes
cincuenta millones de dracmas, y las de los países que
había conquistado montaban a ochenta millones y quinientas
mil. En moneda acuñada y en alhajas de oro y plata habían
entrado en el erario público veinte mil talentos, sin incluir
lo que se había dado a los soldados, de los cuales el que
menos había recibido mil quinientas dracmas. Los cautivos
conducidos en la pompa, además de los jefes y caudillos
de los piratas, fueron: el hijo de Tigranes, rey de Armenia, con
su mujer y su hija; la mujer del mismo Tigranes, Zósima;
el rey de los Judíos, Aristobulo; una hermana de Mitridates,
con cinco hijos suyos y algunas mujeres escitas; los rehenes de
los Albanos e Iberes y del rey de los Comagenos, y, finalmente,
muchos trofeos, tantos en número como habían sido
las batallas que había ganado, ya por sí mismo y
ya por sus lugartenientes. Lo más grande para su gloria,
y de lo que ningún Romano había disfrutado antes
que él, fue haber obtenido este triunfo de la tercera parte
del mundo; porque otros habían alcanzado antes tercer triunfo;
pero él, habiendo conseguido el primero de África,
el segundo de la Europa y este tercero del Asia, parecía
en cierta manera que en sus tres triunfos había abarcado
toda la tierra.
XLVI Según los que están empeñados en compararle
continuamente y para todo con Alejandro, no llegaba entonces su
edad a treinta y cuatro años; pero en realidad rayaba en
los cuarenta; ¡y ojalá hubiera terminado allí
su vida mientras tuvo la fortuna de Alejandro!, porque desde este
punto en adelante, el tiempo, si le ofreció alguna dicha,
fue muy sujeta a la envidia, y las desgracias fueron intolerables;
porque habiendo adquirido por los más honestos y convenientes
medios el gran influjo de que gozaba en la república, con
usar mal de él en favor de otros, cuanta autoridad conciliaba
a éstos otro tanto perdía de su gloria, y con semejante
condescendencia, sin advertirlo, quitaba a su propio poder toda
la fuerza y eficacia; y así como las partes y puntos más
defendidos de una ciudad, luego que han recibido a los enemigos
comunican a éstos su fortaleza, de la misma manera, exaltado
en la república César por la autoridad de Pompeyo,
con aquello mismo que le sirvió contra los demás
derribó y acabó con éste, lo que sucedió
de esta manera. Ya cuando Luculo llegó del Asia, tan mal
tratado por Pompeyo como se ha dicho, el Senado le hizo la mejor
acogida: y después de la vuelta de éste procuró
mover y despertar su ambición para que otra vez tomara
parte en el gobierno. Hallábase ya Luculo en cierta indiferencia
para todo y muy tibio para volver a los negocios, por haberse
entregado a los placeres y a las distracciones propias de los
hombres ricos: sin embargo, al punto se animó contra Pompeyo,
y, tomando sus cosas muy a pecho, en primer lugar alcanzó
la confirmación de las providencias que éste le
había revocado, y en el Senado tenía mucho más
favor que él con el auxilio de Catón. Desquiciado,
pues, y excluido por aquella parte, Pompeyo se vio en la precisión
de acogerse a los tribunos de la plebe y de reunirse con los mozuelos,
de los cuales Clodio, que era el más inso- lente y más
osado de todos, lo puso a la merced del pueblo; de manera que,
trayéndolo y llevándolo a su arbitrio de un modo
que no convenía a la dignidad de tan autorizado varón,
le hacía apoyar las leyes y decretos que proponía
para adular a la plebe y ganarle sus aplausos; y a pesar de que
con esto le degradaba, aun le pedía el premio como si le
hiciera favor, habiéndole arrancado, por último,
como tal el que abandonase a Cicerón, que era su amigo,
y de quien en las cosas de la república había recibido
importantes servicios; pues hallándose éste en peligro
y habiendo acudido a valerse de su auxilio, ni siquiera se le
dejó ver, sino que, haciendo cerrar el portón a
los que venían en su busca, se marchó por un postigo
y los dejó burlados; y Cicerón, temiendo el resultado
de la causa, tuvo que huir de Roma.
XLVII. Entonces César, que volvía del ejército,
recurrió a un arbitrio que le granjeó por lo pronto
aprecio, autoridad y poder para en adelante, pero que fue de gran
ruina para Pompeyo y para la república. Iba a pedir el
primer consulado, y como viese que, estando entre sí indispuestos
Craso y Pompeyo, si se inclinaba al uno había de tener
al otro por enemigo, puso por obra el reconciliarlos y hacerlos
amigos; cosa por lo demás loable y muy política,
pero intentada por él con mal objeto, y tan sagaz como
traidoramente ejecutada; porque el poder de la república,
que como en una nave regulaba los movimientos para que no se inclinase
a un lado ni a otro luego que vino a un mismo punto y se hizo
uno solo, constituyó una fuerza que sin resistencia ni
oposición lo trastornó y destruyó todo. Así
Catón, a los que eran de opinión de que la discordia
ocurrida después entre César y Pompeyo había
traído la ruina de la república les decía
que se equivocaban echando la culpa a lo último, pues que
no era su desunión y enemistad, sino su conformidad y concordia,
la que había sido para la república la primera y
más cierta causa de sus males. Porque fue César
elegido cónsul, y dedicándose al punto a adular
al desvalido y al pobre, propuso leyes para enviar colonias y
repartir las tierras, prostituyendo la dignidad de su magistratura
y convirtiendo el consulado en tribunado de la plebe. Opúsosele
su colega Bíbulo, y como Catón se preparase a sostener
con viveza su partido, trajo César al tribunal a Pompeyo
a vista de todo el pueblo, y, saludándole, le preguntó
si abogaría por las leyes, y contestóle que sí.
Pues si alguno continuó- usase de fuerza contra
ellas, ¿te pondrás de parte del pueblo en su auxilio?
Sin duda- volvió a responder Pompeyo-; y contra los
que amenacen con espadas traeré espada y escudo.
Nunca Pompeyo había hecho o dicho hasta aquel punto cosa
tan arrojada e insolente; tanto, que sus amigos hubieron de tomar
su defensa, excusándole con que aquello no había
sido más que un pronto; pero en todo cuanto después
hizo se vio bien claro que se había entregado a César
para cuanto se intentase. Porque al cabo de pocos días,
cuando nadie podía esperar tal cosa, se casó con
la hija de César, desposada con Cepión, con quien
estaba a punto de casarse, y para templar de algún modo
el disgusto de Cepión le propuso su propia hija, que antes
había sido prometida a Fausto, hijo de Sila, y César
se casó con Calpurnia, hija de Pisón.
XLVIII. Llenó después de esto Pompeyo la ciudad
de soldados, y ya todo lo obtenía por la fuerza; porque
al cónsul Bíbulo, en ocasión de bajar a la
plaza con Luculo y con Catón, saliéndole repentinamente
al encuentro, le rompieron las fasces; uno de ellos vació
sobre la cabeza del mismo Bíbulo una espuerta de basura,
y dos tribunos de la plebe que le acompañaban fueron heridos.
Con esto dejaron despejada la plaza de los que habían de
hacerles oposición, Y sancionaron la ley del repartimiento
de tierras, la cual les sirvió de cebo y golosina con el
pueblo para tenerle pronto a todo cuanto malo intentaban, sin
fijarse en nada ni pensar en más que en dar sin rebullir
su voto a cuanto se proponía. Así fueron también
sancionadas las disposiciones de Pompeyo sobre las que había
sido la contienda con Luculo; a César se le concedieron
la Galia cisalpina y transalpina y los Ilirios por cinco años,
con la fuerza de cuatro legiones completas, y fueron designados
cónsules para el año siguiente Pisón, suegro
de César, y Gabinio, el más desmedido entre los
aduladores de Pompeyo. En vista de estas cosas, Bíbulo
estuvo ocho meses sin presentarse como cónsul, contentándose
con pedir edictos, que no contenían más que invectivas
y acusaciones contra ambos, y Catón, como inspirado y profeta,
predecía en el Senado los males que habían de venir
sobre la república y sobre Pompeyo. Por lo que hace a Luculo,
al punto desistió y no se movió a nada, no hallándose
ya en edad de llevar los negocios del gobierno, sobre lo que dijo
Pompeyo que para un anciano aun era más intempestivo el
darse a los deleites que el tomar parte en los negocios. Sin embargo,
bien pronto se enmolleció él mismo con el amor de
aquella jo- vencita, y por atender a ella y pasar en su compañía
la vida en el campo y en los jardines se descuidó enteramente
de lo que pasaba en la plaza pública hasta tal punto, que
Clodio, tribuno entonces de la plebe, llegó a despreciarle
y a meterse temerariamente en los negocios más arriesgados.
Porque después que expelió a Cicerón y que
envió a Catón a Chipre bajo el pretexto de mandar
las armas, como viese, cuando ya César había marchado
a la Galia, que el pueblo en todo le prefería y todo lo
disponía y hacía según su voluntad, al punto
intentó revocar algunas de las providencias de Pompeyo;
arrebató a Tigranes, que se hallaba cautivo, y lo retuvo
consigo, y movió causas a algunos de los amigos de Pompeyo,
para hacer prueba en ellos del poder de éste. Finalmente,
en ocasión de acudir al tribunal Pompeyo con motivo de
cierta causa, teniendo él a su disposición una turba
de hombres insolentes y desvergonzados se paró en un lugar
muy público y les dirigió estas preguntas: ¿Quién
es el general corrompido y disoluto? ¿Qué hombre
anda en busca de un hombre? ¿Quién es el que se
rasca la cabeza con un dedo? Y ellos como si fuera un coro
prevenido para alternar, al sacudir aquel la toga respondían
a cada pregunta en voz alta: Pompeyo.
XLIX. Mortificaban en gran manera estas cosas a Pompeyo, nada
acostumbrado a los insultos y poco ejercitado en esa especie de
guerra, y le mortificaban más porque veía que el
Senado se complacía en su humillación y, en que
pagara la traición de que con Cicerón había
usado. Sucedió después que hubo vivas en la plaza,
hasta resultar algunos heridos, y se descubrió que un esclavo
de Clodio, que se encaminaba a Pompeyo por entre los que le rodeaban,
llevaba oculta una espada; y tomando de aquí pretexto,
como, por otra parte, temiese la insolencia y los insultos de
Clodio, ya no volvió a presentarse en la plaza mientras
aquel ejerció su magistratura, sino que se encerró
en su casa, discurriendo con sus amigos cómo haría
para poner remedio al encono del Senado y de todos los buenos
contra él. Con todo, a Culeón, que le propuso se
separase de Julia y pasase al partido del Senado, renunciando
a la amistad de César, no quiso darle oídos; pero
con los que le propusieron la vuelta de Cicerón, hombre
el más enemigo de Clodio y más amado del Senado,
se mostró más dispuesto a condescender. Presentó,
pues, en la plaza al hermano de aquel que era quien hacía
la petición con una gran partida de tropa; y habiéndose
venido a las manos y habido algunos muertos, por fin logró
vencer a Clodio. Habiendo sido Cicerón restituido por una
ley, al punto reconcilió al Senado con Pompeyo, y hablando
en favor de la ley de abastos volvió a hacer a Pompeyo
árbitro y dueño en cierto modo de cuanto por tierra
y por mar poseían los Romanos, pues quedaron a sus órdenes
los puertos, los mercados el comercio de granos y, en una palabra,
todos los intereses de los navegantes; y labradores; sobre lo
que decía Clodio, en tono de acusación, que no se
había propuesto la ley porque hubiese carestía,
sino que se había hecho que hubiese carestía para
dar la ley, a fin que volviese y se recobrase como de un desmayo
con esta nueva autoridad el poder de Pompeyo que andaba achacoso
y decaído. Mas otros dicen haber sido esta comisión
de Pompeyo pensa- miento del cónsul Espínter, que
quiso ponerle el estorbo de un mando más extenso para ser
él mismo enviado en auxilio del rey Tolomeo. Con todo,
el tribuno de la plebe Canidio hizo proposición de una
ley, por la que se encargaba a Pompeyo el que, sin ejército,
llevando sólo dos lictores, compusiera las desavenencias
del rey con los de Alejandría; Pompeyo no se mostraba disgustado
de la ley, pero el Senado la desechó, con la plausible
causa de que temía por la persona de Pompeyo. Derramáronse
en aquella ocasión papeles por la plaza y en el edificio
del Senado, en los que se manifestaba haber pedido Tolomeo que
se le diera por general a Pompeyo en lugar de Espínter,
y Timágenes dice que Tolomeo se salió del Egipto
sin necesidad, abandonándole a persuasión de Teófanes,
para proporcionar a Pompeyo la ocasión de un mando y de
adelantar en sus intereses; pero esto no bastó a hacerlo
tan probable la perversidad de Teófanes como lo hizo increíble
la índole de Pompeyo, cuya ambición no tuvo nunca
un carácter tan maligno e iliberal.
L.- Creado prefecto de los abastos, para entender en su acopio
y arreglo envió por muchas partes comisionados y amigos,
y dirigiéndose él mismo por mar a la Sicilia, a
la Cerdeña y al África, recogió gran cantidad
de trigo. Iba a dar la vela para la vuelta a tiempo que soplaba
un recio viento contra el mar; y aunque se oponían los
pilotos, se embarcó el primero, y dio la orden de levantar
el áncora diciendo: El navegar es necesario, y no
es necesario el vivir; y habiéndose conducido con
esta decisión y celo, llenó, favorecido de su buena
suerte, de trigo los mercados y el mar de embarcacio- nes, de
manera que aun a los forasteros proveyó aquella copia y
abundancia, habiendo venido a ser como un raudal que, naciendo
de una fuente, alcanzaba a todos.
LI. En este tiempo habían ensalzado a César a grande
altura las guerras de la Galia; y cuando se le tenía, al
parecer, muy lejos de Roma, enredado con los Belgas, los Suevos
y Britanos, a esfuerzos de su sagacidad y maña estaba,
sin que nadie lo advirtiese, en mitad del pueblo, minando en los
principales negocios el poder de Pompeyo. Porque haciendo de la
fuerza militar el uso que de su cuerpo, la ejercitaba en aquellos
combates como en una caza y persecución de fieras, no precisamente
contra los bárbaros, sino con la mira ulterior de hacerla
invicta y temible. El oro, la plata y todos los demás despojos
y riquezas recogidos en gran copia de los enemigos, todo lo enviaba
a Roma, y tentando y agasajando con dádivas a los ediles,
a los pretores, a los cónsules y a sus mujeres, se ganó
la amistad de muchos de ellos; de manera que, habiendo pasado
los Alpes y venido a invernar en Luca, sin contar la inmensa muchedumbre
que de toda clase de gentes concurrió a visitarle, del
orden senatorio fueron doscientos los que acudieron, y entre ellos
Pompeyo y Craso; de procónsules y pretores se llegaron
a ver a su puerta hasta ciento y veinte fasces. A los demás
los despidió colmándolos de esperanzas y de presentes,
pero entre Pompeyo, Craso y él mediaron ajustes: que se
pedirían los consulados para los dos primeros, en lo que
les auxiliaría César, enviándoles muchos
de sus soldados para aumentar los votos, y que inmediatamente
que fuesen elegidos harían entre si mismos el re- partimiento
de las provincias y mando de los ejércitos, y confirmarían
a César en las provincias que tenía por otros cinco
años. Como este convenio se hubiese divulgado, los principales
ciudadanos lo llevaron a mal; y Marcelino les preguntó
a los dos en junta pública si pedirían el consulado.
Y clamando muchos por que contestasen, el primero que respondió
fue Pompeyo, diciendo que quizás lo pediría y quizás
no lo pediría; pero Craso, con mayor política, dijo
que haría lo que creyese ser de mayor utilidad pública.
Estrechaba Marcelino a Pompeyo; y como fuese mucho lo que gritaba,
le salió éste al encuentro diciéndole que
era el más injusto de los hombres en no mostrársele
agradecido, pues que, por él, de taciturno se había
hecho hablador, y de pobre había venido a estado de vomitar
de harto.
LII. Desistieron los demás de aspirar al consulado; pero
Catón, no obstante, persuadió y alentó a
Lucio Domicio para que no desmayara: Porque la contienda-
decía- no es por la magistratura, sino por la libertad
contra los tiranos. Pompeyo y su partido temieron el tesón
de Catón, no fuera que, teniendo por suyo a todo el Senado,
atrajera y mudara la parte sana del pueblo; por lo cual no permitieron
que Domicio bajase a la plaza, sino que, habiendo apostados hombres
armados, dieron muerte al esclavo que iba delante con luz y ahuyentaron
a los demás, habiendo sido Catón el último
que se retiró, herido en el codo derecho por haberse puesto
a defender a Domicio. Habiendo llegado al consulado por tan mal
camino, no se portaron en lo demás con mayor decencia,
sino que, manifestándose dispuesto el pueblo a elegir por
pretor a Catón, en el acto de votar disolvió Pompeyo
la asamblea bajo el pretexto de agüeros, y después
apareció nombrado Vatinio, sobornadas con dinero las tribus.
Después propusieron leyes por medio del tribuno de la plebe
Trebonio, en virtud de las cuales decretaron a César otro
quinquenio, según lo convenido; a Craso le dieron la Siria
y el mando del ejército contra los Partos, y al mismo Pompeyo
toda el África y una y otra España, con cuatro legiones,
de las cuales puso dos a disposición de César, que
las pidió para la guerra de las Galias. Por lo que hace
a Craso, al punto partió a su provincia, concluido el año
de consulado; pero Pompeyo, construido ya su teatro, celebró
para dedicarlo, juegos gimnásticos y de música y
combates de fieras, en los que perecieron quinientos leones; sobre
todo, el combate de elefantes fue un terrible espectáculo.
LIII. Sin embargo de que con estas demostraciones públicas
se granjeó la admiración y el aprecio, volvió
entonces a incurrir en no menor envidia, porque confiando a lugartenientes
amigos suyos los ejércitos y las provincias, él
pasaba la vida en casas de recreo de Italia, yendo con su mujer
de una parte a otra, o porque estuviese enamorado de ella, o porque
siendo amado no se sintiese con fuerzas para dejarla, pues también
esto se dice, y era voz común que aquella joven amaba desmedidamente
a su marido; aunque no sería por la edad de Pompeyo, sino
que la causa era, a lo que parece, la continencia de éste,
que después de casado no se distraía con otras mujeres,
y aun su misma gravedad, que no le hacía desagradable en
el trato, y, antes, tenía para las mujeres un cierto atractivo,
si no hemos de dar por falso el testimonio de la cortesana Flora.
Sucedió en esto que en los comicios edilicios vinieron
a las manos algunos, y habiendo muerto no pocos alrededor de Pompeyo
tuvo que mudar las ropas por habérsele llenado de sangre;
y habiendo sido grande el bullicio y la priesa de los esclavos
que llevaban las ropas, como la mujer, que se hallaba encinta,
los viese y observase que la toga estaba manchada de sangre, le
dio un desmayo, del que tardó mucho tiempo en volver, y
al fin malparió de resultas de aquel alboroto y pesadumbre;
con lo cual aun los que más vituperaban la amistad de Pompeyo
con César no culparon ya el amor que tenía a su
mujer. Hízose otra vez embarazada, y habiendo dado a luz
una niña, murió del parto, y ésta le sobrevivió
muy pocos días. Disponía Pompeyo dar sepultura al
cadáver en su Quinta Albana; pero el pueblo hizo que se
llevara al Campo de Marte, más bien por compasión
a aquella jovencita que por obsequio a Pompeyo o a César;
y aun entre ellos, más parte parece haber dado el pueblo
de aquel honor a César, con estar distante, que a Pompeyo,
que se hallaba presente. Porque al punto sobrevinieron borrascas
en la ciudad y se conmovió la república, suscitándose
voces sediciosas apenas faltó entre ambos aquel deudo,
que más bien había tenido encubierta que apagada
la ambición encontrada de uno y otro. Llegó al cabo
la noticia de haber perecido Craso en la guerra con los Partos,
y desapareció este grande estorbo para que viniera sobre
Roma la guerra civil, porque, temiéndole ambos, en sus
repartos tenían que guardar cierta justicia. Mas después
que la fortuna quitó de delante el tercero que pudiera
entrar en la lid, se estaba ya en el caso de usar de esta expresión
de la comedia: ¡Cómo se unge el uno contra el otro
y las manos con polvo se refriegan! ¡Tan poca cosa es aun
la misma fortuna para la ambición humana!, pues que no
alcanzaba a saciar sus deseos, visto que tan grande extensión
de mando y tanta copia de felicidad no puede contentar a dos solos
hombres, sino que con oír y leer que todo está distribuido
entre los dioses, y cada uno goza de su particular honor, creían,
sin embargo, que para ellos, con no ser más de dos, no
les bastaba todo el imperio de los Romanos.
LIV. Pompeyo había dicho de si en cierta ocasión,
arengando al pueblo, que había obtenido todas las magistraturas
mucho antes de lo que había esperado y se había
desposeído de ellas mucho antes de lo que se esperaba;
y en verdad que deponen en su favor los licenciamientos de sus
ejércitos. Recelaba entonces que César no depusiese
al tiempo debido su autoridad, y buscaba cómo ponerse en
seguro respecto de él con magistraturas políticas,
sin hacer innovación alguna ni dar a entender que desconfiaba,
sino que, más bien, no hacía cuenta y lo miraba
con desdén. Mas cuando vio que las magistraturas no se
distribuían como parecía conveniente, por haber
sido sobornados los ciudadanos, hizo por que la república
cayera en la anarquía, con lo que al punto corrió
la voz de la necesidad de un dictador de la cual el primero que
se atrevió a hablar en público fue Lucilio, tribuno
de la plebe, excitando al pueblo a que nombrase a Pompeyo. Opúsosele
Catón, y estuvo en poco el que aquél no perdiese
el tribunado; mas en cuanto a Pompeyo, muchos de sus amigos se
presentaron a defenderle de que ni solicitaba ni siquiera apetecía
aquella dignidad. Púsose en esto Catón a hacer su
elogio y a exhortarle a que tomara parte en el restablecimiento
del orden, y avergonzado entonces se dedicó a este objeto,
quedando elegidos cónsules Domicio y Mesala. Volvióse
a caer otra vez en la anarquía, y como tomase mayor incremento
la idea de nombrar dictador, siendo muchos los que la proponían,
temiendo Catón y los suyos no lo arrancaran por fuerza,
resolvieron, concediendo a Pompeyo una magistratura legítima,
apartarle de aquella ilimitada y tiránica; Bíbulo,
enemigo declarado de Pompeyo, fue el primero que abrió
dictamen en el Senado para que éste fuera nombrado cónsul
único, porque, o la república saldría del
presente desorden, o serviría al ciudadano más ilustre.
Fue oída con sorpresa la proposición a causa del
que la hacía, y levantándose Catón, según
se esperaba, para contradecirle, luego que se hizo silencio, dijo:
que él no habría manifestado aquel dictamen; pero
una vez presentado por otro, creía que convenía
adoptarlo, pues prefería cualquiera mando a la anarquía
y juzgaba que ninguno gobernaría mejor que Pompeyo en semejante
confusión. Adoptólo, pues, el Senado, y se decretó
que Pompeyo, en calidad de cónsul, mandase solo, y si necesitase
de colega eligiera al que fuera de su aprobación, mas no
antes de dos meses. Nombrado y designado Pompeyo cónsul
en esta forma por Sulpicio, que mandaba en el interregno, saludó
con mucha expresión a Catón, reconociendo que le
estaba muy agradecido, y le pidió que fuera su asesor particular
durante su mando; pero Catón se desdeñó de
que Pompeyo le diese gracias, pues que nada de lo que dijera lo
había dicho por consideración a su persona, sino
a la república, y que sería en particular su asesor
si le llamaba, pero que si no le llamase diría en público
lo que creyese conveniente. Este era el carácter de Catón
en todo negocio.
LV. Habiendo Pompeyo entrado en la ciudad se casó con
Cornelia, hija de Metelo Escipión, que no se hallaba soltera,
sino que había quedado viuda poco antes de Publio, hijo
de Craso, muerto también en la guerra de los Partos, con
quien casó doncella. Tenía esta joven muchas prendas
que la hacían amable además de su belleza, porque
estaba muy versada en las letras, en tañer la lira y en
la geometría y había oído con fruto las lecciones
de los filósofos. Agregábanse a esto unas costumbres
libres de la displicencia y afectación con que tales conocimientos
suelen echar a perder la índole de las jóvenes;
y en su padre, tanto por razón de linaje como por su opinión
personal, no había nada que tachar. Con todo, este enlace
no agradaba a algunos, por la desigualdad de edades, siendo la
de Cornelia más propia para haberla casado con su hijo.
Otros, mirándolo por el aspecto del decoro y la conveniencia,
creían que Pompeyo no había mirado por el bien de
la república, que agobiada de males le había elegido
como médico, entregándose toda en sus manos; y él,
en tanto, se coronaba y andaba en sacrificios de boda, cuando
debía reputar a calamidad aquel consulado que no se le
habría concedido tan fuera del orden legítimo si
la patria se hallara en estado de prosperidad. Presidía
a los juicios sobre cohechos y sobornos, y al proponer los decretos
contra los comprendidos en las causas, en todo lo demás
se condujo con gravedad y entereza, dando a los tribunales, en
los que tenía puesta guardia, seguridad, decoro y orden;
pero habiendo de ser juzgado su suegro Escipión, llamó
a su casa a los trescientos setenta jueces y les rogó estuvieran
en su favor, y el acusador se apartó de la causa por haber
visto a Escipión ir acompañado desde la plaza por
los mismos jueces. Empezóse, por tanto, a murmurar otra
vez de él, y más que, habiendo prohibido por ley
Las alabanzas de los que sufrían un juicio, él mismo
se presentó a hacer el elogio de Planco; y Catón,
que casualmente era uno de los jueces, tapándose con las
manos los oídos, dijo que no era razón escuchar
unas alabanzas contra ley, por lo cual se le recusó antes
de dar su voto; pero Planeo fue, sin embargo, condenado por todos
los demás, con vergüenza de Pompeyo. De allí
a pocos días, Hipseo, varón consular, contra quien
se seguía una causa, se Puso a esperar a Pompeyo cuando
del baño pasaba a la cena, e imploró su favor echándose
a sus pies; pero él pasó sin hacer caso, diciendo
que ninguna otra cosa adelantaría sino que se le echara
a perder la cena, con lo que se atrajo la nota de no guardar igualdad.
Todas las demás cosas las puso perfectamente en orden y
eligió por colega, a su suegro para los cinco meses que
restaban. Decretóse en su obsequio que conservaría
las provincias por otro cuatrienio, y percibiría cada año
mil talentos para el vestuario y manutención de las tropas.
LVI Tomando de aquí ocasión, los amigos de César
solicitaban que también éste sacara algún
partido después de tan continuados combates por el acrecentamiento
de la república. Porque, o bien era acreedor al segundo
consulado, o bien a que se le prorrogase el tiempo del mando,
para que no fuera otro y le arrebatara la gloria de sus afanes,
sino que la autoridad y el honor fuesen de quien los había
merecido con sus sudores. Habiéndose reunido a tratar de
este asunto, Pompeyo, como para desvanecer por afecto la envidia
que podría suscitarse contra César, dijo haber recibido
cartas de éste en las que mostraba desear que se le diese
sucesor y se le relevase del mando, pero que no habría
inconveniente en que se le admitiese a pedir en ausencia el consulado.
Opúsose a esto Catón, diciendo que después
de reducido César a la clase de particular, y de haber
depuesto las armas, verían los ciudadanos qué era
lo que correspondía, y como Pompeyo, en lugar de insistir,
se hubiese dado por vencido, fue mayor la sospecha que hizo concebir
a muchos de sus disposiciones respecto a César. Reclamó
además, de éste, las tropas que le había
concedido, bajo pretexto de la Guerra Pártica, y él,
no obstante saber la mira con que se pedían aquellos soldados,
se los envió, después de haberlos regalado con largueza.
LVII. Por este tiempo, como Pompeyo hubiese enfermado de cuidado
en Nápoles, y recobrado la salud, los napolitanos, por
inspiración de Praxágoras, hicieron sacrificios
públicos por su restablecimiento, e imitando este ejemplo
los de los pueblos vecinos fue de unos en otros corriendo toda
Italia, y no hubo ciudad, grande ni pequeña, que no hiciese
fiestas por muchos días. Fuera de esto, no había
lugar que bastase para los que le salían al encuentro por
todas partes, sino que los caminos, las aldeas y los puertos estaban
llenos de gentes que hacían sacrificios y banquetes. Muchos
le salían a recibir con coronas y antorchas y le acompañaban
derramando flores sobre él, de manera que su vuelta y todo
su viaje fue uno de los espectáculos más magníficos
y brillantes que se han visto; y así, se dice no haber
sido ésta la menor de las causas que atrajeron la guerra
civil. Porque el exceso de esta satisfacción dio mayor
calor al orgullo con que ya pensaba acerca de los negocios; y
creyéndose dispensado de aquella circunspección
que hasta allí había afianzado y dado estabilidad
a sus prósperos sucesos, se entregó a una ilimitada
confianza y al desprecio del poder de César, como que ya
no necesitaba de armas ni de una gran diligencia contra él,
sino que aun le había de ser más fácil entonces
el destruirlo que le había sido antes el levantarlo. Concurrió
además de esto haber venido Apio de la Galia, trayendo
las tropas que Pompeyo había dado a César, y haber
empezado a apocar las hazañas de éste, desacreditándole
en sus conversaciones y diciendo que el mismo Pompeyo no llegaba
a conocer todo el valor de su poder y gloria buscando apoyo en
otras armas contra César, cuando con las suyas propias
podía destruirle apenas se dejase ver, ya que tanto era
el odio con que miraban a César y tan grande la inclinación
que tenían a Pompeyo; éste se engrió de manera
y llegó a tal extremo de descuido con la excesiva confianza,
que se burlaba de los que temían la guerra; a los que le
decían que si viniese César no veían con
qué tropas se le podría resistir, sonriéndose
y poniendo un semblante desdeñoso les contestaba que no
tuvieran cuidado ninguno, pues en cualquier parte de Italiadecía-
que yo dé un puntapié en el suelo brotarán
tropas de infantería y caballería.
LVIII. Ya César daba calor con más viveza a los
negocios, no apartándose mucho de la Italia, enviando continuamente
a Roma soldados suyos para que votaran en las asambleas y ganando
y corrompiendo con intereses a muchos de los magistrados, de cuyo
número era el cónsul Paulo, traído a su facción
con mil quinientos talentos; el tribuno de la plebe Curión,
a quien redimió de inmensas deudas, y Marco Antonio, que
por la amistad de Curión participó también
para las suyas. Díjose entonces que un tribuno de los que
habían venido del ejército de César, hallándose
a la puerta del Senado y llegando a entender que éste no
prorrogaría a César el tiempo de su mando, echó
mano a la espada diciendo: Pues ésta lo prorrogará;
y a esto se dirigía cuanto se hacía y meditaba.
Con todo, las proposiciones e instancias de Curión en cuanto
a César parecían más moderadas, porque pedía
una de dos cosas: o que Pompeyo también renunciara, o que
no se quitaran a César las tropas, pues de este modo, o
reducidos a la clase de particulares estarían a lo justo,
o conservándose rivales permanecerían como estaban,
cuando ahora el que quería debilitar al otro doblaba por
lo mismo su poder. Ocurrió después que Marcelo apellidó
ladrón a César, y fue de parecer que se le tuviera
por enemigo si no deponía las armas; mas, con todo, Curión
pudo obtener, con Antonio y con Pisón, que se decidiera
este asunto en el Senado, porque propuso que pasaran al otro lado
todos los que fueran de opinión de que sólo César
dejara las armas y Pompeyo retuviera el mando, y pasaron la mayor
parte. Propuso otra vez que se hiciera la misma diligencia, pasando
a su lado los que quisieran que ambos depusieran las armas y ninguno
de los dos quedara con mando, y a la parte que hacía por
Pompeyo sólo pasaron veintidós, pasando a la de
Curión todos los restantes. Éste, como si hubiera
ganado una victoria, corrió lleno de gozo a presentarse
al pueblo, que le recibió con grande algazara, derramando
sobre él coronas y flores. Pompeyo no asistió al
Senado porque los que mandan ejércitos no entran en la
ciudad; pero Marcelo se levantó, diciendo que ya nada oiría
desde su asiento, pues al ver que estaban en marcha diez legiones,
habiendo pasado los Alpes, enviaría quien se les opusiese
en defensa de la patria.
LIX. En consecuencia de esto mudaron los vestidos como en un
duelo, y Marcelo, marchando desde la plaza a verse con Pompeyo,
adonde le siguió el Senado, puesto ante aquel: Te
mando- le dijo- ¡oh Pompeyo! que defiendas la patria, empleando
las tropas que se hallan reunidas y levantando otras. Y
lo mismo le dijo Léntulo, otro de los cónsules designados
para el año siguiente. Empezó Pompeyo a entender
en esta última operación; pero unos no obedecían,
algunos pocos se reunieron lentamente y de mala gana, y los más
clamaban por la disolución del ejército, por haber
leído Antonio ante el pueblo, contra la voluntad del Senado,
una carta de César que contenía una especie de apelación
obse- quiosa a la muchedumbre. Proponía en ella que, dimitiendo
ambos sus provincias y licenciando las tropas, quedaran a disposición
de la república, dando razón de su administración;
pero Léntulo, ya cónsul, no reunía el Senado,
y Cicerón, que acababa de llegar de la Cilicia, trató
de una transacción, por la cual César, saliendo
de la Galia y dejando todas las demás tropas, esperaría
en el Ilirio con dos legiones el consulado. Como todavía
lo repugnase Pompeyo, aun se recabó de los amigos de César
que no fuese más que una legión; pero opúsose
Léntulo, y gritando Catón que Pompeyo lo erraba
y se dejaba otra vez engañar, la transacción no
tuvo efecto.
LX. Corrió en esto la voz de que César, habiéndose
apoderado de Arímino, ciudad populosa de la Italia, venía
contra Roma con todo su ejército; pero esta noticia era
falsa, porque hacia su marcha con solos trescientos caballos y
cinco mil infantes, no habiendo tenido por conveniente aguardar
a las demás tropas que estaban del otro lado de los Alpes,
con la mira de acometer a los contrarios cuando estuviesen perturbados
y desprevenidos, sin darles tiempo para que se apercibieran a
la pelea. Habiendo, pues, llegado al río Rubicán,
que era el límite de su provincia, se paró pensativo
y estuvo por algún tiempo meditando lo atrevido de su empresa.
Después, como los que de un precipicio se arrojan a una
gran profundidad, cerró la puerta a todo discurso, apartó
los ojos del peligro, y sin articular más palabras que
esta expresión en lengua griega: Tirado está el
dado, hizo que las tropas pasaran el río. Apenas se divulgó
la noticia, la turbación, el miedo y el asombro se apoderaron
de Roma como nunca antes; el Senado partió corriendo en
busca de Pompeyo, y también acudieron las autoridades.
Preguntó Tulo acerca del ejército y tropas; y respondiéndole
Pompeyo con inquietud, y como quien no está muy seguro,
que tenía prontos los soldados, que, habían venido
del ejército de César, y pensaba reunir en breve
los que ya estaban alistados, que serían unos treinta mil,
exclamó Tulo: ¡Nos engañaste, oh Pompeyo!;
y fue de dictamen que se enviara a César una embajada.
Un tal Favonio, hombre, por otra parte, de bondad, pero a quien
con ser arrojado e insolente le parecía que imitaba la
libertad y entereza de Catón, dijo entonces a Pompeyo:
Esta es la hora de que des aquel puntapié en el suelo,
haciendo brotar las tropas que prometiste; y tuvo que aguantar
con mansedumbre esta impertinencia. Mas recordándole Catón
lo que al principio había predicho acerca de César,
le contestó que, si bien Catón había profetizado
mejor, él había procedido con mayor candor y amistad.
LXI Aconsejaba Catón que se nombrara a Pompeyo generalísimo
con la más plena autoridad, añadiendo que el que
había causado grandes males solía ser el más
propio para remediarlos, y al punto partió para Sicilia,
que era la provincia que le había tocado, marchando también
los demás a las que les había cabido en suerte.
Como se hubiese sublevado toda la Italia, era grande la perplejidad
acerca de lo que debía hacerse, porque los que andaban
fugitivos por diferentes partes se vinieron a Roma; y los habitantes
de ésta la abandonaron, a causa de que en semejante tormenta
y turbación lo que po- día ser útil carecía
de fuerza, y sólo prevalecía la indocilidad y desobediencia
a los que mandaban; pues no había modo de calmar el miedo,
ni dejaban a Pompeyo que pensase por sí solo lo conveniente,
sino que cada uno trataba de inspirarle la pasión que a
él le dominaba, de miedo, de pesar o de agitación.
Así, en un mismo día dominaban resoluciones contrarias,
y no le era posible saber nada de cierto de los enemigos, porque
cada uno venía a anunciarle lo que casualmente ola, y se
incomodaba si no le daban crédito. Decretó, pues,
que se estaba en sedición, y mandó que le siguiesen
todos los que pertenecían al partido del Senado, con la
amenaza de que serían tenidos por Cesarianos los que se
quedasen, y ya a la caída de la tarde salió de la
ciudad. Los cónsules, sin haber hecho los sacrificios solemnes
que preceden a la guerra, huyeron, y aun en medio de tan infaustas
circunstancias era Pompeyo, en cuanto al amor del pueblo hacia
él, un hombre feliz; pues con haber muchos que abominaban
aquella guerra, ninguno miraba con odio al general, y en mayor
número eran los que seguían por no poder resolverse
a abandonar a Pompeyo que los que huían con él por
amor a la libertad.
LXII. De allí a pocos días llegó César
a Roma, y apoderándose a fuerza de ella trató a
todos con apacibilidad y mansedumbre; sólo al tribuno de
la plebe Metelo, que se oponía a que tomara fondos del
erario público, le amenazó de muerte, añadiendo
a la amenaza otra expresión más dura todavía,
pues le dijo que a él el costaría más el
decirlo que el hacerlo. Habiendo retirado de este modo a Metelo,
y tomado lo que le pareció necesitar, se puso a perseguir
a Pompeyo, apresurándose a arrojarlo de Italia antes que
le llegaran las tropas de España. Ocupó éste
a Brindis, y teniendo a su disposición copia de naves hizo
embarcar inmediatamente a los cónsules, y con ellos treinta
cohortes, para mandarlos con anticipación a Dirraquia,
y a su suegro Escipión y a Gneo, su hijo, los envió
a la Siria para disponer otra escuadra. Por lo que hace al mismo
Pompeyo, aseguró las puertas; colocó en las murallas
las tropas ligeras; mandó a los habitantes de Brindis que
no se movieran de sus casas; de la parte de adentro abrió
fosos por toda la ciudad, y a la entrada de las calles puso en
ellas estacas con punta, a excepción de dos solas, por
las que tenía bajada al mar. Al tercer día había
ya embarcado con calma todas las tropas, y, dando repentinamente
la señal a los que estaban en la muralla, se le incorporaron
sin dilación y se entregó al mar. César,
luego que vio desamparada la muralla, conoció que se retiraban,
y, puesto a perseguirlos, estuvo en muy poco que no cayese en
las celadas; pero habiéndoselo advertido los habitantes
de Brindis, se guardó de entrar en la ciudad, y, dando
la vuelta, halló que todos se habían dado a la vela,
a excepción de dos barcos que no contenían más
que unos cuantos soldados.
LXIII. Colocan todos los demás esta retirada de Pompeyo
entre las más delicadas operaciones militares; pero César
mostró maravillarse de que, ocupando una ciudad fuerte,
esperando las tropas de la España y siendo dueño
del mar, desmantelase y abandonase la Italia. El mismo Cicerón
le reprende de que hubiese preferido el método de defensa
de Temístocles al de Pericles, cuando las circunstancias
eran semejantes a las de éste, y no a las de aquél.
Como quiera, en las obras manifestó César que temía
mucho la dilación y el tiempo, pues habiendo tomado cautivo
a Numerio, amigo de Pompeyo, lo envió a Brindis a tratar
de paz con equitativas condiciones; pero Numerio se embarcó
con Pompeyo. En consecuencia de estos sucesos, habiéndose
hecho César dueño de toda Italia en solos sesenta
días, sin haber derramado una gota de sangre, su primera
determinación fue ir en seguimiento de Pompeyo; pero faltándole
las embarcaciones, convirtió su atención y su marcha
a la España para ver de incorporar a las suyas aquellas
tropas.
LXIV. En este tiempo juntó Pompeyo considerables fuerzas,
de las cuales las de mar eran del todo irresistibles, porque tenía
quinientos buques de guerra, y de transportes y guardacostas un
número excesivo; en caballería había reunido
la flor de los Romanos e Italianos hasta en número de siete
mil hombres, superiores en riqueza, en linaje y en valor. La infantería
era mercenaria, y, necesitando de instrucción, la disciplinó,
de asiento en Berea, no ocioso por su parte, sino concurriendo
a los ejercicios como si se hallase en la más vigorosa
juventud; era, en efecto, de gran peso para inspirar confianza
el ver a Pompeyo Magno en la edad de cincuenta y ocho años
maniobrar armado, ora con la infantería y ora con la caballería,
desenvainar la espada sin trabajo en medio del galope del caballo
y volverla a envainar con facilidad, y en tirar al blanco mostrar
no sólo buen tino, sino también pujanza para lanzar
los dardos a una distancia de la que pocos de los jóvenes
podían pasar. Habían acudido a él los reyes
y los próceres de las naciones, y de Roma un número
tal de los primeros personajes, que parecía tener el Senado
entero cerca de sí. Concurrió también Labeón,
abandonando a César, de quien era amigo, y con quien había
hecho la guerra en las Galias, e igualmente Bruto, hijo de aquel
a quien Pompeyo hizo perecer en la Galia, varón de elevado
ánimo y que nunca antes había saludado ni aun dado
la palabra a Pompeyo, por matador de su padre, pero al que se
sometió entonces, mirándole como libertador de Roma.
Cicerón, aunque en sus escritos y sus consejos había
manifestado diferente opinión, tuvo a menos no ser del
número de los que exponían la vida por la patria.
Acudió, yendo hasta la Macedonia; así mismo Tidio
Sextio, varón sumamente anciano y que había perdido
una pierna, al cual, mientras los demás se reían
y burlaban, corrió a abrazar Pompeyo, levantándose
de su asiento, por creer que no podía haber para él
testimonio más lisonjero que el que los imposibilitados
por la edad y por las fuerzas prefirieran a su lado el peligro
a la seguridad que en otra parte tendrían.
LXV. Celebróse Senado; y como, siendo Catón quien
abrió dictamen, se decretase que no debía quitarse
la vida a ningún romano sino en formal combate, ni saquearse
ciudad alguna que se conservase obediente a los Romanos, ganó
con esto mayor aprecio el partido de Pompeyo, pues aun aquellos
a quienes no alcanzaba la guerra, o por vivir distantes o por
preservarlos de ella su oscuridad y pobreza, ayudaban a lo menos
con la voluntad y en sus conversaciones se ponían de parte
de lo justo, creyendo que era enemigo de los dioses y los hombres
el que no sintiera placer en que venciese Pompeyo. Sin embargo,
también César se acreditó de benigno en medio
de la victoria, pues habiendo tomado y vencido las fuerzas de
Pompeyo en España, no hizo más que descartarse de
los caudillos y valerse de los soldados; y habiendo vuelto a pasar
los Alpes, corrió la Italia, llegó a Brindis en
el solsticio del invierno, pasó el mar y se dirigió
a Órico, desde donde, teniendo cautivo a Jovio, amigo de
Pompeyo, le mandó con embajada a éste para excitarle
a que, reuniéndose ambos en un día determinado,
disolviesen todos los ejércitos y, hechos amigos con juramento
solemne, volviesen a la Italia. Tuvo este paso Pompeyo por nueva
asechanza, y, bajando con prontitud hacia el mar, ocupó
terrenos y sitios que sirvieran de firme apoyo a su infantería,
y puertos y desembarcaderos cómodos para los que arribasen
por el mar; de manera que todo viento era próspero a Pompeyo
para que le llegaran víveres, tropas y caudales. César,
que no había podido ocupar sino lugares desventajosos,
tanto por tierra como por mar, solicitaba los combates, acometía
a las fortificaciones y provocaba a los enemigos por todas partes,
llevando por lo común lo mejor, alcanzando ventajas en
estos encuentros, y sólo en una ocasión estuvo para
ser derrotado y para perder el ejército, pues en ella peleó
Pompeyo con gran valor, hasta haberlos rechazado a todos, con
muerte de unos dos mil; y no los forzó, entrando con los
Cesarianos en el campamento, o porque no pudo, o, mejor, porque
le detuvo el miedo. Así es que se refiere haber dicho César
a sus amigos: Hoy la victoria era de los enemigos, si hubieran
tenido vencedor.
LXVI Engreídos con este suceso, los del partido de Pompeyo
querían se diese pronto una batalla decisiva; pero Pompeyo,
aunque a los reyes y a los caudillos que no se hallaban allí
les escribía en tono de vencedor, temía el resultado
de una batalla, esperando del tiempo y de la escasez y carestía
triunfar de unos enemigos invictos en las amias y acostumbrados
largo tiempo a vencer en unión, pero desalentados ya por
la vejez para toda otra fatiga militar, como las marchas, las
mudanzas de campamento y la formación de trincheras, que
era por lo que no pensaban más que en acometer y venir
a las manos cuanto antes. Pompeyo, hasta aquel punto, había
podido con la persuasión contener a los suyos; pero cuando
César, después de la batalla referida, estrechado
de la carestía, tuvo que marchar por el país de
los Atamanes a la Tesalia, no pudo ya contener la temeridad de
los suyos, quienes, gritando que César huía, unos
proponían que se marchara en pos de él y se le persiguiera,
y otros, que se diera la vuelta a Italia, y aun algunos enviaban
a Roma sus domésticos y sus amigos a que les tomaran casa
cerca de la plaza, corno que ya iban a pedir las magistraturas.
Muchos se apresuraron a hacer viaje a Lesbo para pedir albricias
a Cornelia de que estaba concluida la guerra: porque Pompeyo,
para tenerla en mayor seguridad; la había enviado allá.
Reunióse, pues, el Senado, y Afranio fue de opinión
de que se ocupara la Italia; porque además de ser ella
el premio principal de aquella guerra, a los que la dominaran
se arrimarían al punto la Sicilia, la Cerdeña, la
Córcega, la España y toda la Galia, no siendo, por
otra parte, razón desatender el que debía ser objeto
principal de Pompeyo, a saber: la patria, que le tendía
las manos por verse es- carnecida y en servidumbre de los esclavos
y aduladores de los tiranos. Mas Pompeyo creía que ni para
su gloria conducía el huir segunda vez de César
y ser perseguido pudiendo perseguir, ni era justo abandonar a
Escipión ni a los demás consulares esparcidos por
la Grecia y la Tesalia, que al punto habían de venir a
poder de César con grandes caudales y muchas tropas, y
que el mejor modo de cuidar de Roma era el que la guerra se hiciese
lejos de allí, para que, libre y exenta de males, esperara
al vencedor.
LXVII. Tomada esta resolución, marchó en seguimiento
de César, con ánimo de rehusar batalla, contentándose
con cercarle y quebrantarle por medio de la falta de víveres,
yéndole siempre al alcance, lo que juzgaba también
conveniente por otro respecto; había, efectivamente llegado
a sus oídos la especie, difundida entre la caballería,
de que sería del caso, después de deshecho César,
acabar con él mismo, y aun algunos dicen que por esta razón
no se valió Pompeyo de Catón para ninguna cosa de
importancia, sino que al partir contra César lo dejó
en la costa del mar encargado del bagaje, no fuera que, quitado
César de en medio, quisiera al punto obligarle a que depusiera
el mando. Viéndole andar de este modo en pos de los enemigos,
se le culpaba públicamente de que no era a César
a quien hacía la guerra, sino a la patria y al Senado,
para mandar siempre y no dejar de tener por sus criados y satélites
a los que eran dignos de dominar toda la tierra; y Domicio Enobarbo,
con llamarle siempre Agamenón y rey de reyes, concitaba
más la envidia contra él. Érale no menos
molesto que cuantos usaban de indiscretas e importunas libertades
aquel Favonio, con sus pesadas burlas, diciendo: Camaradas,
en todo este año no probaréis los higos de Tusculano.
Lucio Afranio, el que perdió las tropas de España,
por lo que habla contra él la sospecha de traición,
viendo entonces a Pompeyo esquivar la batalla prorrumpió
en la expresión de que se admiraba cómo sus acusadores
andaban tan tardos en acometer al que apellidaban mercader de
provincias. Con estas y otras semejantes expresiones violentaron
a un hombre que no sabía sobreponerse a la opinión
del vulgo, ni a la censura de sus amigos, a adoptar sus esperanzas
y sus planes, apartándose de la prudente determinación
que había seguido, cosa que no hubiera debido suceder ni
a un capitán de barco, cuanto más a un general de
tantas tropas y tantas naciones. Pompeyo, pues, que alababa entre
los médicos a los que nunca condescendían con los
antojos de los dolientes, en esta ocasión cedió
a la parte enferma del ejército, temiendo hacerse desabrido
por la salud de la patria. Porque ¿cómo tendría
nadie por cuerdos a unos hombres que en las marchas y en los campamentos
soñaban con los consulados y las preturas, ni a Espínter,
Domicio y Escipión, entre quienes había riñas
por la dignidad de pontífice máximo de César?,
como si tuvieran acampado al frente al armenio Tigranes o al rey
de los Nabateos, y no a aquel mismo César y aquellos soldados
que habían tomado por fuerza a mil ciudades, habían
sujetado más de trescientas naciones y, habiendo sido siempre
invictos en tantas batallas con los Germanos y los Galos, que
no tenían número, habían tomado mas de un
millón de cautivos y dado muerte en batalla campal a un
millón de hombres.
LXVIII. Sin embargo de ver determinado a Pompeyo, desasosegados
e inquietos, le obligaron luego que llegaron a la llanura de Farsalia
a tener un consejo, en el cual Labieno, general de la caballería,
levantándose el primero, juró que no se retiraría
de la batalla sin haber puesto en huída a los enemigos,
y lo mismo juraron todos. En aquella noche le pareció a
Pompeyo entre sueños que al entrar él en el teatro
aplaudió el pueblo, y él después adornó
con muchos despojos el templo de Venus Nicéfora. Esta visión
en parte le alentaba y en parte le causaba inquietud, no fuera
que por ocasión de él resultara gloria y esplendor
al linaje de César, que subía hasta Venus. Suscitáronse
además en el campamento ciertos terrores pánicos
que le hicieron levantar. A la vigilia de la mañana resplandeció
sobre el campamento de César, donde todo estaba en quietud,
una gran llama, en la que se encendió una antorcha, que
fue a parar al campamento de Pompeyo, y se dice que César
vio este portento a tiempo que recorría las guardias. Por
la mañana muy temprano, antes de disiparse las tinieblas,
disponía hacer marchar de allí su ejército,
y, cuando ya los soldados recogían las tiendas y enviaban
delante los bagajes y los asistentes, vinieron las escuchas anunciando
observarse en el campamento del enemigo que se andaba con armas
de una parte a otra y aquel movimiento y ruido que causan hombres
que salen a dar batalla, y después de éstos llegaron
otros diciendo que los primeros soldados estaban ya formados.
César, al oír esto, diciendo haber llegado el deseado
día en que iban a pelear con hombres y no con el hambre
y la miseria, mandó que al punto se colocara delante de
su pabellón la túnica de púrpura, porque
ésta es entre los Romanos la señal de batalla. Los
soldados, al verla, dejando las tiendas, con algazara y regocijo
corrieron a las armas, y los tribunos, formándolos como
en un coro en el orden que convenía, pusieron a cada uno
en su propio lugar, sin arrebato ni confusión.
LXIX. Tomó Pompeyo para sí el ala derecha, habiendo
de tener al frente a Antonio; en el centro colocó a su
suegro Escipión, contrapuesto a Lucio Albino, y Lucio Domicio
mandó el ala izquierda, reforzada con el grueso de la caballería,
que casi toda había cargado a aquella parte para envolver
a César y destrozar la legión décima, que
tenía la fama de ser la más valiente, y en la que
acostumbraba colocarse César en las batallas. Cuando éste
vio sostenida por tanta caballería la izquierda de los
enemigos, temió la fortaleza de su armadura y sacó
de su retaguardia seis cohortes, colocándolas a espaldas
de la legión décima, con orden de que no se movieran
y procuraran ocultarse a los enemigos, mas cuando acometiese la
caballería salieran con precipitación por entre
la primera línea y no tiraran las lanzas, como suelen hacerlo
los más esforzados para venir cuanto antes a las espadas,
sino que dirigieran los golpes hacia arriba, para herir en la
cara y en los ojos a los enemigos: porque aquellos lindos y graciosos
bailarines no sólo no aguardarían, sino que ni aun
sufrirían por causa de su belleza ver el hierro delante
de los ojos. Estas eran las disposiciones que daba César.
Pompeyo, descubriendo desde su caballo el orden y formación
de los enemigos, cuando vio que éstos esperaban tranquilos
el momento y oportunidad sin moverse de sus filas, siendo así
que su ejército no se mantenía con la misma quietud,
sino que, lleno de ardor, empezaba por su impericia a desordenarse,
temiendo que enteramente se le desbandase en el principio de la
batalla dio orden a los de primera línea de que, permaneciendo
firmes e inmóviles, recibieran en aquella manera a los
enemigos. César reprende esta orden y esta operación
militar, porque con ella se debilita la fuerza que adquieren los
golpes en la carrera y aquel encuentro de los enemigos unos con
otros, que es el que da impulso y entusiasmo y aumenta la cólera
con la gritería y el mayor ímpetu, quitado lo cual
los hombres pierden el ardor y se enfrían. Las fuerzas
de César consistían en unos veintidós mil
hombres, y las de Pompeyo eran poco más del doble de este
número.
LXX. Dada la señal de una y otra parte, cuando las trompetas
comenzaron a excitar al encuentro, de los de la muchedumbre cada
uno pensó sólo en sí mismo; pero unos cuantos
Romanos, lo mejor entre ellos, y algunos Griegos que se hallaron
presentes fuera de la batalla, al ver que se acercaba el momento
terrible, se pusieron a meditar sobre el trance a que la codicia
y ambición habían traído a la república.
Armas de un mismo origen, ejércitos entre sí hermanos,
las mismas insignias y el valor y poder de una misma ciudad iban
a chocar consigo mismos, demostrando cuán ciega y loca
es la condición humana en sus pasiones: porque si querían
mandar y gozar tranquilamente de lo adquirido, la mayor y más
apreciable parte del mar y de la tierra les estaba sujeta, y si
todavía tenían ansia y sed de trofeos y triunfos
podían saciarla en las Guerras Párticas y Germánicas.
Quedaba además ancho campo a sus hazañas en la Escitia
y en la India, pudiéndoles servir de pretexto el dar civilización
a naciones bárbaras. Porque ¿qué caballería
de los Escitas, qué saetas de los Partos, o qué
riquezas de los Indios serían bastantes a contener setenta
mil Romanos que acometieran armados estas regiones bajo el mando
de Pompeyo y de César, cuyos nombres habían llegado
a sus oídos antes que supieran que había Romanos?
¡Tantas, tan varias y feroces eran las naciones hasta donde
habían penetrado victoriosos! Y entonces se habían
buscado para hacerse uno a otro la guerra, sin que sirviera para
contenerlos ni el celo de su propia gloria, por la que se habían
olvidado hasta de la compasión que debían tener
a la patria, habiéndose apellidado invictos hasta aquel
día. Porque el parentesco antes contraído, las gracias
de Julia y aquel enlace luego se vio que no habían sido
más que unas prendas falaces y sospechosas de una sociedad
formada en provecho común, sin que hubiera entrado en ella,
ni por mínima parte, la verdadera amistad.
LXXI Luego que la llanura de Farsalia se llenó de hombres,
de caballos y de armas, y que de una y otra parte se dieron las
señales de la batalla, el primero que salió corriendo
de las líneas de César fue Gayo Crasiano, que mandaba
una compañía de ciento veinte hombres, cumpliendo
de este modo a César la promesa que le había hecho;
porque habiéndole éste visto al salir del campamento,
saludándole por su nombre, le preguntó qué
pensaba de la batalla, y él, alargándole la mano,
exclamó: Vencerás gloriosamente, César,
y hoy habrás de alabarme o vivo o muerto. Teniendo
fijas en la memoria estas palabras, se adelantó llevando
a muchos consigo, y se arrojó en medio de los enemigos.
Peleóse desde luego con las espadas, y como con muerte
de muchos intentase penetrar las filas de los enemigos, uno de
éstos le metió la espada por la boca, con tal fuerza,
que le salió por la nuca. Muerto Crasiano, ya después
se peleaba con igualdad; sino que Pompeyo no movió con
la conveniente celeridad su derecha, deteniéndose a mirar
a una y otra parte, esperando la acometida de la caballería.
Ya ésta marchaba en cuerpo para envolver a César
y había conseguido impeler sobre su batalla los pocos caballos
que ante ella tenía formados; pero habiendo dado César
la señal, su caballería se retiró, acudiendo
al punto las cohortes destinadas a oponerse a aquella operación,
que venían a constar de unos tres mil hombres, se dirigieron
con ímpetu contra los enemigos, y contrarrestando a la
caballería usaron de las lanzas hacia arriba, como se les
había prevenido, para herir en la cara. A aquellos soldados
bisoños, sin experiencia de ningún género
de combate y desprevenidos para el que sufrían, no teniendo
de él ninguna idea, les faltó valor y sufrimiento
para aguantar unos golpes dirigidos a los ojos y al rostro, por
lo que, volviendo grupa y cubriéndose los ojos con las
manos, huyeron ignominiosamente. Luego que éstos se quitaron
de delante, los Cesarianos ya no pensaron más en ellos,
sino que marcharon contra la infantería por aquella parte
por donde habiendo quedado más débil con la falta
de los caballos daba mayor facilidad para ser cercada y envuelta.
Acometiendo, pues, por el flanco, y la legión décima
por el frente, ni sostuvieron éstos ni guardaron orden,
viendo que cuando esperaban haber envuelto a los enemigos eran
ellos los que experimentaban esta suerte.
LXXII. Rechazados éstos, cuando Pompeyo vio la polvareda
y conjeturó lo sucedido a la caballería, es imposible
decir cómo se quedó, ni cuál fue su pensamiento;
antes, semejante a un hombre fuera de si y enteramente alelado,
sin acordarse de que era Pompeyo Magno, y sin hablar una palabra,
paso entre paso se encaminó al campamento en términos
de venirle muy acomodados estos versos: Zeus, en Ayante, desde
su alto asiento, tal terror infundió, que helado, absorto,
echó a la espalda, el reforzado escudo y atrás volvió
mirando a todas partes. Entrando de la misma manera en su tienda,
se sentó taciturno, hasta que llegaron muchos persiguiendo
a los que huían; porque entonces, prorrumpiendo en sola
esta expresión: ¿Conque hasta mi campamento?
y sin decir ninguna otra cosa, tomó las ropas que a su
presente fortuna convenían y salió de él.
Huyeron asimismo las demás legiones, y fue grande en el
campamento la mortandad de los que custodiaban los equipajes y
de los asistentes; de los soldados dice Asinio Polión,
que se halló con César en la batalla, que sólo
murieron unos seis mil. Tomaron el campamento y entonces vieron
la locura y vanidad de los enemigos, porque las tiendas estaban
coronadas de arrayán, tapizadas de flores y con mesas llenas
de vasos preciosos; veíanse tazas rebosando de vino, y
todo el adorno y aparato eran más bien de hombres que hacían
sacrificios y celebraban fiestas que de soldados armados para
la batalla. Pervertidos hasta este punto en sus esperanzas y llenos
de una vana confianza, salieron al combate.
LXXIII. Pompeyo, a los pocos pasos que hubo andado desde el campamento,
dejó el caballo, siendo en muy corto número las
personas que le seguían; como nadie le persiguiese, caminaba
despacio, pensando en lo que era natural pensase un hombre acostumbrado
por treinta y cuatro años continuos a vencer y mandar a
todos, y que entonces por la primera vez probaba lo que era ser
vencido y huir. Contemplaba que en una hora había perdido
aquella gloria y aquel poder que había ido creciendo con
peligros, combates y continuas guerras, y que el mismo que poco
antes era guardado con tantas armas, caballos y tropas caminaba
ahora tan abatido y desamparado, que podía ocultarse a
los enemigos que le buscaban. Pasó por delante de Larisa,
y habiendo llegado al valle de Tempe se echó en tierra
de bruces aquejado de la sed bebió en el río, levantóse
y continuó marchando por el valle hasta que llegó
al mar. Pasó allí lo que restaba de la noche, reposando
en la barraca de unos pescadores, y al amanecer, embarcándose
en una lanchita de río, admitió en ella a los hombres
libres que le seguían, mandando a los esclavos que se fueran
a presentar a César y no temieran. Iba costeando, y vio
una nave grande de comercio que estaba para dar la vela, de la
que era capitán un ciudadano romano, de ningún trato
con Pompeyo, pero al que conocía de vista; llamábase
Peticio. Este, en la noche anterior, había visto entre
sueños a Pompeyo, no como otras muchas veces, sino como
abatido y apesadumbrado. Habíalo así referido a
sus pasajeros, según la costumbre de entretenerse con semejantes
conversaciones los que están de vagar. En esto, uno de
los marineros se presentó diciendo haber visto que venía
de tierra un barquichuelo de río y que unos hombres que
en él se hallaban les hacían señas, sacudiendo
las ropas y les tendían las manos. Levantóse Peticio,
y habiendo conocido al punto a Pompeyo, como le había visto
entre sueños, dándose una palmada en la cabeza,
mandó a los marineros que echaran el bote, y alargando
la diestra llamaba a Pompeyo, conjeturando ya por la disposición
en que le veía la terrible mudanza de su suerte. Así,
sin aguardar súplicas ni otra palabra alguna, recogiéndole,
y a los que con él venían, que eran los dos Léntulos
y Favonio, se hizo al mar; y habiendo visto al cabo de poco al
rey Deyótaro, que por tierra venía hacia ellos,
también le recibieron. Llegó la hora de la cena,
la que dispuso el maestre de la nave con lo que a mano tenía;
y viendo Favonio que Pompeyo, por falta de sirvientes, había
empezado a lavarse a si mismo, corrió a él y le
ayudó a lavarse y ungirse, y de allí en adelante
continuó ungiéndole y sirviéndole en todo
lo que los esclavos a sus amos, hasta lavarle los pies y aparejarle
la comida, tanto, que alguno, al ver la naturalidad, la sencillez
y pronta voluntad con que se hacían aquellos oficios, no
pudo menos de exclamar: ¡Cómo todo está bien
al hombre grande!
LXXIV. Navegando de esta manera a Anfípolis, pasó
desde allí a Mitilena con el objeto de recoger a Cornelia
y a su hijo. Luego que tocó en la orilla de la isla mandó
a la ciudad un mensajero, no cual Cornelia esperaba, según
las noticias que lisonjeramente le habían anticipado y
se le habían escrito, dándole a entender que, terminada
la guerra en Dirraquio, no le quedaba a Pompeyo otra cosa que
hacer que perseguir a César. Entretenida con estas esperanzas,
la sorprendió el mensajero, que ni siquiera tuvo fuerzas
para saludarla, sino que dándole a entender con sus lágrimas,
más que con palabras, lo grande y excesivo de aquella calamidad,
le dijo que se apresurase si quería ver a Pompeyo con una
sola nave, y esa, ajena. Al oírlo cayó en tierra,
y permaneció largo rato fuera de sí sin sentido;
costó mucho que volviese, y cuando estuvo en su acuerdo,
hecha cargo de que el tiempo no era de lamentos y de lágrimas,
corrió por la ciudad al mar. Salióla a recibir Pompeyo,
y habiendo tenido que recogerla en sus brazos acongojada y a punto
de desmayarse: Veoexclamó- ¡oh Pompeyo! en
ti, no la obra de tu fortuna, sino de la mía, al mirar
arrojado en un miserable barco al que antes de casarse con Cornelia
había surcado este mismo mar con quinientas naves. ¿Por
qué has venido a verme, y no has abandonado a su infeliz
suerte a la que te ha traído semejante desventura? ¡Cuán
dichosa hubiera sido yo habiendo muerto antes de recibir la noticia
de haber perecido a manos de los Partos Publio, mi primer marido!
¡Y cuán cuerda y avisada si por seguirle me hubiera,
como lo intenté, quitado la vida! Quedé con ella
para venir ahora a ser la ruina de Pompeyo Magno.
LXXV. Dícese que éstas fueron las voces en que
prorrumpió Cornelia, y que Pompeyo le respondió
de esta manera: Tú ¡oh Cornelia! No has conocido
más que la buena fortuna, la que quizá te ha engañado
por haber permanecido conmigo más tiempo que el que tiene
de costumbre; pero es menester llevar esta suerte, pues que a
todo está sujeta la condición humana, y probar otra
vez fortuna, no debiendo desesperar de recobrar lo pasado el que
de aquella altura ha descendido a esta bajeza. Sacó
Cornelia de la ciudad los intereses y la familia, y habiendo salido
los Mitileneos a saludar a Pompeyo, rogándole que entrase
en la población, no se prestó a ello, sino que les
previno que obedeciesen al vencedor, confiando en él, porque
César era benigno y de buena condición. Volviéndose
después al filósofo Cratipo, que había bajado
a verle, le dirigió algunas expresiones, con que reprendía
la Providencia, a las que cedió Cratipo, procurando llamarle
a mejores esperanzas por no hacerse molesto e impertinente si
entonces le contradecía. Porque se hubiera seguido preguntarle
Pompeyo sobre la Providencia y tener él que contestarle
que las cosas habían llegado a punto de ser absolutamente
necesario que uno solo mandase en el Estado a causa del mal gobierno,
repreguntándole luego: ¿Cómo o con
qué pruebas se nos haría ver que tú ¡oh
Pompeyo! usarías mejor de la fortuna si hubieras sido el
vencedor? Pero conviene dar de mano a estas cosas y a todo
lo que toca a los dioses.
LXXVI Tomando, pues, con sigo la mujer y los amigos, continuó
su viaje, arribando a los puntos que era necesario para proveerse
de agua y víveres, y siendo Atalia, de la Panfilia, la
primera ciudad en que entró. Llegáronle allí
algunas galeras de la Cilicia y empezó a levantar tropas,
teniendo ya cerca de sí otra vez unos sesenta del orden
senatorio. Habiéndose anunciado que la escuadra se mantenía,
y que Catón, habiendo reunido muchos de los soldados, pasaba
al África, empezó a lamentarse con sus amigos, reprendiéndose
de haberse dejado violentar para combatir con las tropas de tierra,
no empleando para nada el recurso mayor que sin disputa tenía,
y de no haberse aproximado a la armada, para tener prontas, si
por tierra sufría algún descalabro, unas fuerzas
navales de tanta consideración: pues ni Pompeyo pudo cometer
mayor yerro, ni César valerse de medio más acertado
que el de haber trabado la batalla a tanta distancia de los socorros
marítimos. Mas, en fin, precisado a dar pasos y sacar algún
partido del estado presente, a unas ciudades envió embajadores,
y pasando él mismo a otras recogía fondos y tripulaba
las naves; pero temiendo la celeridad y presteza del enemigo,
no fuera que le sobrecogiese antes de allegar los preparativos,
andaba examinando dónde podría hallar por lo pronto
asilo y refugio. Puestos a deliberar, no veían provincia
que les ofreciese seguridad; por lo que hace a reinos, el mismo
Pompeyo indicó el de los Partos como el más propio
para recibirlos y protegerlos mientras eran débiles, y
para rehacerlos después y habilitarlos con nuevas fuerzas.
De los demás, algunos volvían la consideración
hacia África y el rey Juba; pero a Teófanes de Lesbo
le parecía una locura, no distando el Egipto más
que tres días de navegación, no hacer cuenta de
él ni de Tolomeo, que, aunque todavía mocito, debía
haber heredado la amistad y gratitud paterna, e ir a entregarse
en manos de los Partos gente del todo desleal e infiel, y que
el mismo que no quería tener el segundo lugar respecto
de un ciudadano romano, su deudo, siendo el primero respecto de
todos los demás, ni exponerse a probar la moderación
de aquél, hiciera dueño de su persona a un Arsácida,
que no pudo serlo de la de Craso mientras tuvo vida, y llevar
una mujer joven de la casa de los Escipiones a un país
bárbaro, entre gentes que hacen consistir el poder en el
insulto y la disolución. Pues aunque nada sufriese, podía
parecer que lo había sufrido por haber estado entre gente
por lo común desmandada, lo que es terrible. Dícese
que esto sólo fue lo que retrajo a Pompeyo de seguir la
marcha hacia el Éufrates, si es que ésta fue resolución
de Pompeyo y no fue su mal hado el que le inclinó a este
otro camino.
LXXVII. Luego que prevaleció el parecer de ir a Egipto,
dando la vela de Chipre en una trirreme seléucida con su
mujer, y siguiéndole los demás, unos con embarcaciones
menores y otros en transportes, hizo la travesía sin accidente
alguno; pero habiendo sabido que Tolomeo se hallaba en Pelusio
haciendo la guerra a su hermana, hubo de detenerse, enviando persona
que anunciara al rey su llegada y le pidiera benigna acogida.
Tolomeo era muy jovencito, y Potino, que era el árbitro
de los negocios, juntó en consejo a los de mayor autoridad,
que la tenían los que él quería, y les mandó
dijera cada uno su dictamen. ¡Era cosa bien triste que sobre
la suerte de Pompeyo Magno hubieran de decidir el eunuco Potino,
Teódoto de Quío, llamado por su salario para ser
maestro de retórica, y el egipcio Aquilas. Porque estos
consejeros eran los principales entre los demás camareros
y ayos, y Pompeyo, que no tenía por digno de su persona
ser deudor de su salud a César, estaba esperando al áncora
lejos de tierra la resolución de semejante senado. Los
pareceres fueron del todo opuestos, diciendo unos que se le desechase,
y otros, que se le llamara y recibiera; pero Teódoto, haciendo
muestra de su habilidad y pericia en la materia, demostró
que ni en lo uno ni en lo otro había seguridad, porque
de recibirle tendrían a César por enemigo y a Pompeyo
por señor, y de desecharle incurrirían en el odio
de Pompeyo por la expulsión, y en el de César por
tener todavía que perseguirle; así que lo mejor
era mandarle venir y matarle, pues de este modo servirían
al uno y no tenían que temer al otro, añadiendo
con sonrisa, según dicen, que hombre muerto no muerde.
LXXVIII. Así se determinó, y Aquilas tomó
a su cargo la ejecución, el cual, llevando consigo a un
tal Septimio, que en otro tiempo fuera tribuno a las órdenes
de Pompeyo, a otro que había sido centurión, llamado
Salvio, y tres o cuatro criados, se dirigió a la nave de
Pompeyo. Habían pasado y reunídose en ella los principales
de su comitiva para estar presentes a lo qué ocurriese,
y cuando vieron que el recibimiento no era ni regio ni brillante,
como Teófanes se lo había hecho esperar, viniendo
sólo unos cuantos hombres en un barquichuelo de pescador,
ya les pareció sospechosa la poca importancia que se les
daba y aconsejaron a Pompeyo sacara la nave a alta mar hasta ponerse
fuera de alcance; pero en esto, atracando ya el barquichuelo,
se levantó el primero Septimio, saludó en lengua
romana a Pompeyo con el título de emperador, y Aquilas,
saludándole en griego, le instó para que pasase
a su barco, porque había mucho cieno y por allí
no tenía para su galera bastante profundidad el mar, y
además abundaba de bancos de arena. Veíase al mismo
tiempo que se aprestaban algunas de las naves del rey y que se
coronaban de tropas la orilla; de manera que no les era dado huir
aunque mudaran de propósito, y, por otra parte, si tenían
dañadas intenciones, con la desconfianza defenderían
su injusticia. Saludando, pues, a Cornelia, que muy de antemano
lloraba su muerte, dio orden de que se embarcara primero a dos
centuriones, a su liberto Filipo y un esclavo llamado Escita,
y al darle la mano Aquilas, volviéndose a su mujer y a
su hijo, recitó aquellos yambos de Sófocles: Quien
al palacio del tirano fuere esclavo es suyo aun cuando libre parta.
LXXIX. Habiendo sido ésta las últimas palabras
que pronunció, descendió al barco, y como mediase
bastante distancia desde la galera a tierra, y ninguno de los
que iban con él le hubieran dirigido siquiera una expresión
de agasajo, poniendo la vista en Septimio, Paréceme-
le dijo- haberte conocido en otro tiempo siendo mi compañero
de armas; a lo que le contestó bajando sólo
la cabeza, sin pronunciar palabra ni poner siquiera buen semblante;
por tanto, como se guardase por todos un gran silencio, sacó
Pompeyo un libro de memoria y se puso a leer un discurso que había
escrito en griego para hacer uso de él con Tolomeo. Cuando
arribaban a tierra, Cornelia, que, llena de agitación e
inquietud, había subido con los amigos de Pompeyo a la
cubierta de la nave, para ver lo que pasaba, concibió alguna
esperanza al observar que muchos de los cortesanos salían
al desembarco como para honrarle y recibirle. En esto, al tomar
Pompeyo la mano de Filipo para ponerse en pie con mayor facilidad,
Septimio fue el primero que por la espalda le pasó con
un puñal, y enseguida desenvainaron también sus
espadas Salvio y Aquilas. Pompeyo, echándose la toga por
el rostro con entrambas manos, nada hizo ni dijo indigno de su
persona, sino que solamente dio un suspiro, aguantando con entereza
los golpes de sus asesinos. Y habiendo vivido cincuenta y nueve
años, al otro día de su nacimiento terminó
su carrera.
LXXX. Los de las naves, habiendo visto su muerte, movieron un
llanto que llegó a oírse desde la tierra, y levantando
áncoras huyeron con precipitación. Ayudábalos
un recio viento cuando ya estaban en alta mar, por lo que, aunque
los Egipcios quisieran perseguirlos, desistieron de su propósito.
Al cadáver de Pompeyo le cortaron la cabeza, arrojando
el cuerpo desnudo a tierra desde el barquichuelo y dejándolo
que fuera espectáculo de los que quisiesen verlo. Estúvose
a su lado Filipo hasta que se cansaron de mirarlo; después,
lavándolo en el mar y envolviéndolo en una miserable
ropa suya, por no tener otra cosa, se puso a registrar por la
orilla, y descubrió los despojos de una lancha gastados
ya por el tiempo, pero bastante todavía para la mezquina
hoguera de un cadáver, y aun éste no entero. Mientras
los recogía y amontonaba, hallándose allí
cerca un Romano ya de edad, que había hecho sus primeras
campañas con Pompeyo cuando todavía era joven: ¿Quién
eres- le dijo- tú, que tienes el cuidado de dar sepultura
a Pompeyo Magno? Respondióle que un liberto suyo:
Pues no has de ser tú solocontinuó- el que
le preste tan debido oficio: admíteme a mí a la
parte de este tan piadoso encuentro, para no tener tanto de qué
culpar a mi suerte en esta ausencia de la patria, gozando entre
tantas aflicciones el consuelo de tocar e incinerar con mis manos
al mayor capitán que ha tenido Roma. Estos fueron
los funerales de Pompeyo. Al día siguiente, Lucio Léntulo,
que sin saber nada de lo sucedido navegaba de Chipre y aportó
a tierra, luego que vio la hoguera de un cadáver, y que
al lado de ella estaba Filipo, al que aún no había
conocido: ¿Quién es- dijo- el que cumplido
su hado reposa en esta tierra? ¡Quizá tú-
continuó- oh Pompeyo Magno!; y habiendo desembarcado
de allí a poco le prendieron y dieron muerte. Así
acabó Pompeyo. De allí a breve tiempo llegó
César al Egipto, que se había manchado con tales
crímenes, y al que le presentó la cabeza de aquel
le tuvo por abominable, volviendo el rostro por no verle; presentáronle
también el sello, y al tomarlo lloró. Estaba en
él grabado un león con la espada en la mano. A Aquilas
y Potino les hizo dar muerte, y, habiendo sido el rey vencido
en una batalla junto al río, no se volvió a saber
de él. A Teódoto el Sofista no le alcanzó
la venganza de César, porque huyó del Egipto, andando
errante y aborrecido de todos; pero Marco Bruto, en el tiempo
en que mandó después de haber dado muerte a César,
le encontró en el Asia, y habiéndole hecho sufrir
toda clase de tormentos le quitó la vida. Las cenizas de
Pompeyo fueron entregadas a Cornelia, que, llevándolas
a Roma, las depositó en el Campo Albano.
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