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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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POMPEYO
I. Respecto de Pompeyo parece haberle sucedido
al pueblo romano lo mismo que respecto de Heracles le sucedió
al Prometeo de Esquilo, cuando viéndose desatado por él
exclamó: ¡Hijo querido de enemigo padre! porque contra
ninguno de sus generales manifestaron los Romanos un odio más
terrible y encarnizado que contra el padre de Pompeyo, Estrabón,
durante cuya vida temieron su poder en las armas, pues era gran
soldado, pero después de cuya muerte, causada por un rayo,
arrojaron del féretro y maltrataron su cadáver cuando
lo llevaban a darle sepultura; por otra parte, ningún Romano
gozó de un amor más vehemente ni que hubiese tenido
más pronto principio que Pompeyo; con ningún otro
se mostró este amor más vivo y floreciente mientras
le lisonjeó la fortuna, ni permaneció tampoco más
firme y constante después de su desgracia. Para el odio
de aquel no hubo más que una sola causa, que fue su codicia
insaciable de riqueza, y para el amor de éste concu- rrieron
muchas: su templado método de vida, su ejercicio en las
armas, su elegancia en el decir, su igualdad de costumbres y su
afabilidad en el trato; porque a ninguno se le pedía con
menos reparo ni nadie manifestaba más placer en que se
le pidiese, yendo los favores libres de toda molestia cuando los
otorgaba y acompañados de cierta gravedad cuando los recibía.
II. Su aspecto fue desde luego muy afable y le conciliaba atención
aun antes que hablase; era amable con dignidad, y sin que ésta
excluyese el parecer humano, y en la misma flor y brillantez de
la juventud resplandeció ya lo grave y regio de sus costumbres.
Además, el cabello, un poco levantado, y el movimiento
compasado y blando de los ojos daban motivo más bien a
que se dijese que había cierta semejanza entre su semblante
y los retratos de Alejandro, que no a que se percibiese en realidad;
mas por ella empezaron muchos a darle este nombre, lo que él
al principio no rehusaba; pero luego se valieron de esto algunos
para llamarle por burla Alejandro; hasta tal punto, que, habiendo
tomado su defensa Lucio Filipo, varón consular, dijo, como
por chiste, que no debía parecer extraño si se mostraba
amante de Alejandro siendo Filipo. Dícese de la cortesana
Flora que, siendo ya anciana, solía hacer frecuente mención
de su trato con Pompeyo, refiriendo que no le era dado, habiéndose
entretenido con él, retirarse sin llevar la impresión
de sus dientes en los labios. Añadía a esto que
Geminio, uno de los más íntimos amigos de Pompeyo,
la codició y ella le hizo penar mucho en sus solicitudes,
hasta que por fin tuvo que responderle que se resistía
a causa de Pompeyo; que Geminio se lo dijo a éste y Pompeyo
condescendió con su deseo, y de allí en adelante
jamás volvió a tratarla ni verla, sin embargo de
que le parecía que le conservaba amor; y finalmente, que
ella no llevó este desvío como es propio a las de
su profesión, sino que de amor y de pesadumbre estuvo por
largo tiempo enferma. Fue tal y tan celebrada, según es
fama, la hermosura de Flora, que, queriendo Cecilio Metelo adornar
con estatuas y pinturas el templo de los Dioscuros, puso su retrato
entre los demás cuadros a causa de su belleza. Mas, volviendo
a Pompeyo: con la mujer de su liberto Demetrio, que tuvo con él
gran valimiento y dejó un caudal de cuatro mil talentos,
se condujo, contra su costumbre, desabrida e inhumanamente, por
temor de su hermosura, que pasaba por irresistible y era también
muy admirada, no se dijese que era ella la que le dominaba. Mas,
sin embargo de vivir con tan excesivo cuidado y precaución
en este punto, no pudo librarse de la censura de sus enemigos,
sino que aun con mujeres casadas le calumniaron de que por hacerles
obsequio solía usar de indulgencia y remisión en
algunos negocios de la república. De su sobriedad y parsimonia
en la comida se refiere este hecho memorable: estando enfermo
de algún cuidado le prescribió el médico
por alimento que comiese un tordo; anduviéronle buscando
los de su familia y no encontraron que se vendiese en ninguna
parte, porque no era tiempo; pero hubo quien dijo que lo habría
en casa de Luculo, porque los conservaba todo el año, a
lo que él contestó: ¿Conque si Luculo
no fuera un glotón no podría vivir Pompeyo?;
y no haciendo cuenta del precepto del médico, tomó
por alimento otra cosa más fácil de tenerse a la
mano. Pero esto fue más adelante.
III. Siendo todavía muy jovencito, militando a las órdenes
de su padre, que hacía la guerra a Cina, tuvo a un tal
Lucio Terencio por amigo y camarada. Sobornado éste con
dinero por Cina, se comprometió a dar por sí muerte
a Pompeyo y a hacer que otros pegasen fuego a la tienda del general.
Denunciada esta maquinación a Pompeyo hallándose
a la mesa, no mostró la menor alteración, sino que
continuó bebiendo alegremente y haciendo agasajos a Terencio;
pero al tiempo de irse a recoger pudo, sin que éste lo
sintiera, escabullirse de la tienda, y poniendo guardia al padre
se entregó al descanso. Terencio, cuando creyó ser
la hora, se levantó y, tomando la espada, se acercó
a la cama de Pompeyo, pensando que reposaba en ella, y descargó
muchas cuchilladas sobre la ropa. De resultas hubo, en odio del
general, grande alboroto en el campamento y conatos de deserción
en los soldados, que empezaron a recoger las tiendas y tomar las
armas. El general se sobrecogió con aquel tumulto y no
se atrevió a salir; pero Pompeyo, puesto en medio de los
soldados, les rogaba con lágrimas; y por último,
tendiéndose boca abajo delante de la puerta del campamento,
les servía de estorbo, lamentándose y diciendo que
le pisaran los que quisieran salir, con lo que se iban retirando
de vergüenza; y por este medio se logró el arrepentimiento
de todos y su sumisión al general, a excepción de
unos ochocientos.
IV. Al punto de haber muerto Estrabón sufrió Pompeyo
a nombre suyo a causa de malversación de los caudales públicos;
y habiendo Pompeyo cogido in fraganti al liberto Alejandro, que
tomaba para sí la mayor parte de ellos, dio la prueba de
este hecho ante los jueces. Acusábasele, sin embargo, de
tener en su poder ciertos lazos de caza y ciertos libros del botín
de Ásculo. y, ciertamente, los había recibido de
mano del padre cuando Ásculo fue tomado; pero los perdió
después, con motivo de que, al volver Cina a Roma, los
de su guardia allanaron la casa de Pompeyo y la robaron. Tuvo
durante el juicio diferentes confrontaciones con el acusador,
en las que, habiéndose mostrado más expedito y firme
de lo que su edad prometía, se granjeó grande opinión
y el favor de muchos: tanto, que Antistio, que era el pretor y
ponente de la causa, se aficionó de él y ofreció
darle su hija en matrimonio, tratando de ello con sus amigos.
Admitió Pompeyo la proposición, y aunque los capítulos
se hicieron en secreto no se ocultó a los demás
el designio, en vista de la solicitud de Antistio. Finalmente,
al publicar éste la sentencia de los jueces, que era absolutoria,
el pueblo, como si fuese cosa convenida, prorrumpió en
la exclamación usada por costumbre con los que se casan,
diciendo: Talasio. Dícese haber sido el origen de esta
costumbre el siguiente: Cuando en ocasión de haber venido
a Roma, al espectáculo de unos juegos, las hijas de los
Sabinos, las robaron para mujeres los más esforzados y
valientes de los Romanos, algunos pastores, vaqueros y otra gente
oscura llevaban también robada a una doncella, ya en edad
y sumamente hermosa. Estos, para que alguno de los más
principales con quien pudieran encontrar- se no se la quitara,
iban corriendo y gritando a una voz: A Talasio. Era
este Talasio uno de los jóvenes más conocidos y
estimados, por lo que los que oían su nombre aplaudían
y gritaban, como regocijándose y celebrando el hecho; y
de aquí dicen que provino, por cuanto aquel matrimonio
fue muy feliz para Talasio, el que por fiesta se dirija esta exclamación
a los que se casan. Esta es la historia más probable de
cuantas corren acerca de la exclamación de Talasio. De
allí a pocos días casó Pompeyo con Antistia.
V. Marchó entonces en busca de Cina a su campamento; pero
habiendo concebido temor con motivo de cierta calumnia, muy luego
se ocultó y se quitó de delante. Como no se supiese
de él, corrió en el campamento la hablilla de que
Cina había dado muerte a aquel joven. Con esto, los que
ya antes le miraban con aversión y odio se armaron contra
él; dio a huir, y, habiéndole alcanzado un capitán
que le perseguía con la espada desnuda, se echó
a sus pies y le presentó su anillo, que era de gran valor;
pero contestándole el capitán con gran desdén:
Yo no vengo a sellar ninguna escritura, sino a castigar
a un abominable e inicuo tirano, le pasó con la espada.
Muerto de esta manera Cina, entró en su lugar y se puso
al frente de los negocios Carbón, tirano todavía
más furioso que aquel; así es que Sila, que ya se
acercaba, era deseado de los más, a causa de los malos
presentes, por los que miraban como un bien no pequeño
la mudanza de dominador: ¡a tal punto habían traído
a Roma sus desgracias, que ya no buscaba sino una esclavitud más
llevadera, desconfiando de ser libre!
VI Hizo entonces mansión Pompeyo en el campo Piceno de
la Italia, por tener allí posesiones y por hallarse muy
bien en aquellas ciudades, cuyo afecto y estimación parecía
haber heredado de su padre. Mas viendo que los ciudadanos de mayor
distinción y autoridad abandonaban sus casas y de todas
partes acudían como a un puerto al campo de Sila, no tuvo
por digno de sí el presentarse con trazas de fugitivo,
sin contribuir con nada y como mendigando auxilio, sino más
bien con dignidad y con alguna fuerza, como quien va a hacer favor,
para lo que iba echando especies, a fin de atraer a los Picenos.
Oíanle éstos con gusto, al mismo tiempo que no hacían
caso de los que venían de parte de Carbón; y como
un tal Vedio dijese por desprecio que de la escuela se les había
aparecido de repente el brillante orador Pompeyo, de tal modo
se irritaron, que cayendo repentinamente sobre él le dieron
muerte. Con esto, Pompeyo, a los veintitrés años
de edad, sin que nadie le hubiese nombrado general, dándose
el mando a sí mismo, puso su tribunal en la plaza de la
populosa ciudad de Auximo, y dando orden por edicto a los hermanos
Ventidios, ciudadanos de los más principales, que favorecían
el partido de Carbón, para que saliesen del pueblo, reclutó
soldados, nombrando por el orden de la milicia capitanes y tribunos,
y recorrió las ciudades de la comarca ejecutando otro tanto.
Retirábanse y cedían el puesto cuantos eran de la
facción de Carbón, con lo que, y con presentársele
gustosos todos los demás, en muy breve tiempo formó
tres legiones completas, y surtiéndolas de víveres,
de acémilas y de carros y de todo lo demás necesario,
marchó en busca de Sila, no precipitadamente ni procurando
ocultarse, sino deteniéndose en la marcha, con el fin de
molestar a los enemigos, y tratando en todos los puntos de Italia
adonde llegaba de apartar a los naturales del partido contrario.
VII. Marcharon, pues, contra él a un tiempo tres caudillos
enemigos, Carina, Clelio y Bruto, no de frente todos, ni juntos,
sino formando una especie de círculo con sus divisiones,
como para echarle mano; pero él no se intimidó,
sino que, llevando reunidas todas sus fuerzas, cargó contra
sola la división de Bruto con la caballería, al
frente de la cual se puso. Vino también a oponérsele
la caballería enemiga de los Galos, y, adelantándose
a herir con la lanza al primero y más esforzado de éstos
acabó con él. Volvieron caras los demás,
y desordenaron la infantería, dando todos a huir; y como
de resultas se indispusiesen entre sí los tres caudillos,
se retiraron por donde cada uno pudo. Acudieron entonces las ciudades
a Pompeyo en el supuesto de que había nacido de miedo la
dispersión de los enemigos. Dirigióse también
contra él el cónsul Escipión; pero antes
de que los dos ejércitos hubiesen empezado a hacer uso
de las lanzas, saludaron los soldados de Escipión a los
de Pompeyo, se pasaron a su bando, y aquel huyó. Finalmente,
habiendo colocado el mismo Carbón grandes partidas de caballería
a las orillas del río Arsis, acometiéndolas y rechazándolas
vigorosamente fue persiguiéndolas hasta encerrarlas en
lugares ásperos, donde no podía obrar la caballería,
por lo cual, considerándose sin esperanzas de salvación,
se le entregaron con armas y caballos.
VIII. Todavía no tenía Sila noticia de estos sucesos;
pero al primer rumor que le llegó de ellos, temiendo por
Pompeyo, rodeado de tantos y tan poderosos generales enemigos,
se apresuró a ir en su socorro. Cuando Pompeyo supo que
se hallaba cerca, dio orden a los jefes de que pusieran sobre
las armas y acicalaran sus tropas, a fin de que se presentasen
con gallardía y brillantez ante el emperador, porque esperaba
de él grandes honras; pero aún las recibió
mejores; pues luego que Sila le vio venir, y a su tropa que le
seguía, con un aire imponente, y que no se mostraba alegre
y ufano con sus triunfos, se apeó del caballo, y siendo,
como era justo, saludado emperador, hizo la misma salutación
a Pompeyo, cuando nadie esperaba que a un joven que todavía
no estaba inscrito en el Senado le hiciera Sila participante de
un nombre por el que hacía la guerra a los Escipiones y
a los Marios. Todo lo demás correspondió y guardó
conformidad con este primer recibimiento, levantándose
cuando llegaba Pompeyo y descubriéndose la cabeza, distinciones
que no se le veía fácilmente hacer con otros, sin
embargo de que tenía a su lado a muchos de los principales
ciudadanos. Mas no por esto se ensoberbeció Pompeyo, sino
que, enviado por el mismo Sila a la Galia, de la que era gobernador
Metelo, y donde parecía que éste no hacía
cosa que correspondiese a las fuerzas con que se hallaba, dijo
no ser puesto en razón que a un anciano que tanto le precedía
en dignidad se le quitara el mando; pero que si Metelo venía
en ello y lo reclamaba, por su parte estaba dispuesto a hacer
la guerra y auxiliarle. Prestóse a ello Metelo, y habiéndole
escrito que fuese, desde luego que en- tró en la Galia
empezó a ejecutar por sí brillantes hazañas,
y fomentó y encendió otra vez en Metelo el carácter
guerrero y resuelto que estaba ya apagado por la vejez, al modo
que se dice que el metal derretido y liquidado a la lumbre, si
se vacía sobre el compacto y frío, pone en él
mayor encendimiento y calor que el mismo fuego. Mas así
como de un atleta que se distingue entre todos y ha dado fin glorioso
a todos sus combates no se refieren las victorias pueriles, ni
se les da la menor importancia, de la misma manera, con haber
sido brillantes en sí los hechos de Pompeyo en aquella
época, habiendo quedado enterrados bajo la muchedumbre
y grandeza de los combates y guerras que vinieron después,
no nos atrevemos a moverlos, no sea que, deteniéndonos
demasiado en los principios, nos falte después tiempo para
insignes hazañas y sucesos que más declaran el carácter
y costumbres de este esclarecido varón.
IX. Después que Sila sujetó a toda la Italia, y
se le confirió la autoridad de dictador, dio recompensas
a los demás jefes y caudillos, haciéndolos ricos,
y promoviéndolos a las magistraturas, y agraciándolos
larga y generosamente con lo que cada uno codiciaba; pero prendado
particularmente de Pompeyo por su valor, y juzgando que podría
ser un grande apoyo para sus intentos, procuró con grande
empeño introducirle en su familia. Ayudado, pues, con los
consejos de su mujer, Metela, hace condescender a Pompeyo en que
repudie a Antistia y se case con Emilia, entenada del mismo Sila,
como hija de Metela y Escauro, casada ya con otro, y que a la
sazón se hallaba en cinta. Era, por tanto, tiránica
la dis- posición de este matrimonio, y más propia
de los tiempos de Sila que conforme con la conducta de Pompeyo,
a quien se hacia traer a Emilia a su casa en cinta de otro, y
arrojar de ella a Antistia ignominiosa y cruelmente; y más
cuando por él acababa entonces de quedarse sin padre: porque
habían dado muerte a Antistio en el Senado por parecer
que promovía los intereses de Sila a causa de Pompeyo;
y, además, la madre, cuando llegó a entender semejantes
designios, voluntariamente se quitó la vida; de manera
que se agregó esta desgracia a la tragedia de tales bodas;
y también por complemento la de haber muerto Emilia de
sobreparto en casa de Pompeyo.
X. Llegaron en esto nuevas de que Perpena se había apoderado
de la Sicilia, haciendo de aquella isla un punto de apoyo para
los que habían quedado de la facción contraria,
mientras que Carbón daba también calor por aquella
parte con la armada; Domicio había pasado al África,
y acudían hacia el mismo punto todos los desterrados de
importancia, que con la fuga se habían podido libertar
de la proscripción. Fue, pues, contra ellos enviado Pompeyo
con grandes fuerzas, y Perpena al punto le abandonó la
Sicilia. Halló las ciudades muy quebrantadas, y las trató
con suma humanidad, a excepción solamente de la de los
Mamertinos de la Mesena: pues como recusasen su tribunal y su
jurisdicción, inhibidos, decían, por una ley antigua
de Roma: ¿No cesaréis- les respondió-
de citarnos leyes, viendo que ceñimos espada? Parece
asimismo que insultó con poca humanidad a los infortunios
de Carbón, pues si era preciso, como lo era, qui- zá,
el quitarle la vida, debió ser luego que se le prendió,
y entonces la odiosidad recaería sobre el que lo había
mandado; pero él hizo que le presentaran aprisionado a
un ciudadano romano que había sido tres veces cónsul,
y colocándolo delante del tribunal, sentado en su escaño
le condenó, con disgusto e incomodidad de cuantos lo presenciaron.
Después mandó que, quitándose de allí,
le diesen muerte; cuéntase que, después de retirado,
cuando vio ya la espada levantada, pidió que le permitieran
apartarse un poco y le dieran un breve instante para hacer cierta
necesidad corporal. Gayo Opio, amigo de César, refiere
que Pompeyo trató con igual inhumanidad a Quinto Valerio:
pues teniendo entendido que era hombre instruido como pocos, y
muy dado al estudio, luego que se lo presentaron le saludó
y se pusieron a pasear juntos; y cuando ya le hubo preguntado
y aprendido de él lo que deseaba saber, dio orden a los
ministros que se le llevaran de allí y le quitaran de en
medio; pero a Opio, cuando habla de los enemigos o de los amigos
de César, es necesario oírle con gran desconfianza;
y en esta parte, Pompeyo, a los más ilustres entre los
enemigos de Sila, que constaba públicamente haber sido
presos, no pudo menos de castigarlos; pero de los demás,
pudiendo hacer otro tanto, disimuló con muchos que lograron
mantenerse ocultos, y aun a algunos les dio puerta franca. Teniendo
resuelto escarmentar a la ciudad de los Himerios, que habían
estado con los enemigos, pidió el orador Estenis permiso
para hablarle, y le dijo que no obraría en justicia si,
dejando libre al que era la causa, perdía a los que en
nada habían delinquido. Preguntóle Pompeyo quién
era el que decía ser causa; y como le respondiese que él
mismo, pues a los amigos los había persuadido y a los enemigos
los había obligado, prendado Pompeyo de su franqueza y
su determinación, le absolvió y dio por libre a
él primero, y después a todos los demás.
Habiendo oído que los soldados cometían insultos
por los caminos, les selló las espadas y castigó
al que no conservara el sello.
XI Sosegadas y arregladas de este modo las cosas de Sicilia,
recibió un decreto del Senado y cartas de Sila en que le
mandaba navegar al África y hacer poderosamente la guerra
a Domicio, que había allegado mayores fuerzas que aquellas
con que poco antes había pasado Mario del África
a Italia y, convertido de desterrado en tirano, había puesto
en confusión a la república. Haciendo, pues, Pompeyo
con la mayor celeridad sus preparativos, dejó por gobernador
de la Sicilia a Memio, marido de su hermana, y él zarpó
del puerto con ciento veinte naves de guerra y ochocientos transportes,
en que conducía las provisiones, las armas arrojadizas,
los caudales y las máquinas. Cuando parte de las naves
tomaban puerto en Utica, y parte en Cartago, siete mil de los
enemigos, abandonando el otro partido, se le pasaron. Las fuerzas
que él llevaba eran seis legiones completas. Cuéntase
haberle allí sucedido una cosa graciosa: algunos soldados,
dando por casualidad con un tesoro, se hicieron con bastante dinero,
y como este encuentro se hubiese divulgado, les pareció
a todos los demás que el sitio aquel estaba lleno de caudales,
que los Cartagineses habían en él depositado en
el tiempo de sus infortunios. Por tanto, en muchos días
no pudo Pompeyo hacer carrera con los soldados, ocupados en buscar
tesoros, y lo que hacía era irse donde estaban y reírse
de ver a tantos millares de hombres cavar y revolver todo aquel
terreno; hasta que, desesperados, ellos mismos le pidieron que
los llevara donde gustase, pues que ya habían pagado la
pena merecida de su necedad.
XII. Preparóse Domicio para el combate, queriendo poner
delante de sí un barranco áspero y difícil
de pasar; pero como desde la madrugada empezase a caer copiosa
lluvia con viento, se detuvo, y, desconfiando de que pudiera ser
en aquel día la batalla, la orden para la retirada. Pompeyo,
por el contrario, creyó ser aquel el momento oportuno,
y, marchando con rapidez, pasó el barranco; con lo que,
sorprendidos en desorden los enemigos, no pudieron hacer frente
todos en unión, y aun el viento continuaba dándoles
con el agua de cara. No dejó, sin embargo, de incomodar
también a los Romanos aquella tempestad, porque no les
permitía verse bien unos a otros, y el mismo Pompeyo estuvo
para perecer por no ser conocido, a causa de que, habiéndole
preguntado uno de sus soldados la seña, tardó en
responder. Mas rechazaron con gran mortandad a los enemigos, pues
se dice que, de veinte mil, sólo tres mil pudieron huir,
y a Pompeyo le proclamaron emperador; pero como éste no
quisiese admitir aquella distinción mientras se mantuviera
enhiesto el campamento de los enemigos, diciéndoles que
para que le tuviesen por digno de aquel título, era preciso
que antes lo derribaran, al punto se arrojaron sobre el valladar,
peleando Pompeyo sin casco, por temor de que le sucediera lo que
antes. Tomóse, pues, el campamento, pereciendo allí
Domicio. De las ciudades, unas se sometieron inmediatamente y
otras fueron tomadas por la fuerza. Tomó también
cautivo al rey Hiarbas, que auxiliaba a Domicio, y dio su reino
a Hiempsal. Sacando partido de la buena suerte y del denuedo de
sus tropas, invadió la Numidia, y haciendo por ella muchos
días de marcha sujetó a cuantos se le presentaron;
con lo que, volviendo a dar tono y fuerza al terror y miedo con
que aquellos bárbaros miraban antes a los Romanos, que
ya se había debilitado, dijo que ni las fieras que habitaban
el África se habían de quedar sin probar el valor
y la fortuna de los Romanos. Dióse, pues, a la caza de
leones y elefantes por algunos días, y en solos cuarenta
derrotó a los enemigos, sujetó al África
y dispuso de reinos, teniendo entonces veinticuatro años.
XIII. A. su regreso a Utica se encontró con cartas de
Sila en que le prevenía que despachara el resto, del ejército
y con una sola legión esperara allí al pretor, que
iba a sucederle. No dejó de causarle novedad semejante
orden, y se desazonó con ella interiormente; el ejército,
por su parte, se disgustó muy a las claras, y rogándoles
Pompeyo que marchasen, prorrumpieron en expresiones ofensivas
contra Sila, y a aquel le dijeron que de ningún modo le
abandonarían y permitirían que se confiase de un
tirano. Procuró Pompeyo al principio sosegarlos y tranquilizarlos;
pero cuando vio que no se aquietaban bajó de la tribuna
y quiso retirarse a su tienda desconsolado y lloroso; pero ellos,
conteniéndole, le volvieron a colocar en la tribuna, y
se perdió gran parte del día pi- diéndole
los soldados que permaneciera y los mandase, y rogándoles
él que obedecieran y no se sublevasen; hasta que, instándole
y gritándole todavía, les juró que se daría
muerte si continuaban en hacerle violencia, y aun así con
dificultad los aquietó. El primer aviso que tuvo Sila fue
de haberse sublevado Pompeyo, y dijo a sus amigos: Está
visto que es hado mío, siendo viejo, tener que lidiar lides
de mozos, aludiendo a Mario, que, siendo muy joven, le dio
mucho en que entender y puso en gravísimos riesgos. Mas
cuando supo la verdad, y observó que todos recibían
y acompañaban a Pompeyo con demostraciones de amor y benevolencia,
corriendo a obsequiarle se propuso excederlos. Salió, pues,
a recibirle, y, abrazándole con la mayor fineza, le llamó
Magno en voz alta, y dio orden a los que allí se hallaban
de que le saludaran de la misma manera; y magno quiere decir grande.
Otros son de sentir que esta salutación le fue dada la
primera vez por el ejército en el África, y que
adquirió mayor fuerza y consistencia confirmada por Sila.
Como quiera, él fue el último que al cabo de mucho
tiempo, cuando fue enviado de procónsul a España
contra Sertorio, empezó a darse en las cartas y en los
edictos la denominación de Pompeyo Magno, porque ya no
era odiosa, a causa de estar muy admitida en el uso, y más
bien son de apreciar y admirar los antiguos Romanos, que condecoraban
con estos títulos y sobrenombres no sólo los ilustres
hechos de armas, sino también las acciones y virtudes políticas,
habiendo sido el mismo pueblo el que dio a dos el nombre de Máximos,
que quiere decir muy grande: a Valerio, por su reconciliación
con el Senado, que estaba en oposición con él, y
a Fabio Rulo, porque, ejerciendo la censura, a algu- nos ricos
que siendo de condición libertina se habían hecho
inscribir en el Senado los arrojó ignominiosamente de él.
XIV. Pidió Pompeyo por estos últimos sucesos el
triunfo, y fue Sila el que le hizo oposición, pues la ley
no lo concede sino al cónsul o al pretor, y a ningún
otro; por lo mismo el primero de los Escipiones, que consiguió
en España de los Cartagineses más señaladas
victorias, no pidió el triunfo, porque no era ni cónsul
ni pretor; decía, pues, que si entraba triunfante en la
ciudad Pompeyo, que todavía era imberbe, y por razón
de la edad no tenía cabida en el Senado, se harían
odiosos: en el mismo Sila la autoridad, y en Pompeyo este honor.
De este modo le hablaba Sila para que entendiera que no se lo
consentiría, sino que le sería contrario y reprimiría
su temeridad si no desistía del intento. Mas no por esto
cedió Pompeyo, sino que previno a Sila observase que más
son los que saludan al Sol en su oriente que en su ocaso, dándole
a entender que su poder florecía entonces y el de Sila
iba decreciendo y marchitándose. No lo percibió
bien Sila, y observando por los semblantes y el gesto de los que
lo habían oído que les había causado admiración,
preguntó qué era lo que había dicho, e informado,
aturdiéndose de la resolución de Pompeyo, dijo por
dos veces seguidas: que triunfe, que triunfe. Como
otros muchos mostrasen también disgusto e incomodidad,
queriendo Pompeyo- según se dice- mortificarlos más,
intentó ser conducido en la pompa en carro tirado por cuatro
elefantes, porque en la presa había traído muchos
del África, de los que pertenecían al rey; pero
por ser la puerta más estrecha de lo que era menester,
abandonó esta idea y hubo de contentarse con caballos.
No habían los soldados conseguido todo lo que se habían
imaginado, y como por esto tratasen de revolver y alborotar, dijo
que nada le importaba y que antes dejaría el triunfo que
usar con ellos de adulación y bajeza. Entonces Servilio,
varón muy principal y uno de los más se habían
opuesto al triunfo de Pompeyo: Ahora veo- dijo- que Pompeyo
es verdaderamente grande y digno del triunfo, Es bien claro
que si hubiera querido habría alcanzado fácilmente
ser del Senado, sino que, como dicen, quiso sacar lo glorioso
de lo extraordinario; porque no habría tenido nada de maravilloso
el que antes de la edad hubiera sido senador, y era mucho más
brillante haber triunfado antes de serlo; y aun esto mismo contribuyó
no poco para aumentar hacia él el amor y benevolencia de
la muchedumbre, porque mostraba placer el pueblo de verle después
del triunfo contado entre los del orden ecuestre.
XV. Consumíase Sila viendo hasta qué punto de gloria
y de poder subía Pompeyo; pero no atreviéndose por
pundonor a estorbarlo, se mantuvo en reposo. Sólo hizo
excepción cuando por fuerza y contra su voluntad promovió
Pompeyo al Consulado a Lépido, trabajando por él
en los comicios y ganándole por su grande influjo el favor
del pueblo; porque entonces, viendo Sila que se retiraba de la
plaza con grande acompañamiento, Observo- le dijo-
¡oh joven! que vas muy contento con la victoria; ¿y
cómo no con la grande y gloriosa hazaña de haber
hecho designar cónsul antes de Cátulo, el mejor
de los hombres, a Lépido, el más malo? Pero cuidado
no te duermas y dejes de estar solícito sobre los negocios,
porque te has preparado un rival más fuerte que tú.
Pero donde más principalmente declaró Sila que no
estaba bien con Pompeyo fue en el testamento que otorgó:
porque haciendo mandas a los demás amigos y nombrándolos
tutores de su hijo, ninguna mención hizo de Pompeyo. Llevólo
éste, sin embargo, con gran moderación y política;
tanto que, habiéndose opuesto Lépido y algunos otros
a que el cadáver se sepultara en el Campo Marcio y a que
la pompa se hiciera en público, tomó el negocio
de su cuenta y concilió al entierro gloria y seguridad
al mismo tiempo.
XVI No bien había fallecido Sila, cuando se vio cumplida
aquella profecía porque queriendo Lépido subrogarse
en su autoridad, al punto, sin andar en rodeos ni buscar pretextos,
echó mano a las armas, poniendo en movimiento y acción
los restos corrompidos de las turbaciones pasadas, que habían
escapado de las manos de Sila. Su colega Cátulo, a quien
estaba unido lo más justo y lo más sano del Senado
y del pueblo, en opinión de prudencia y de justicia era
entonces el mayor de los Romanos, pero parecía más
propio para el mando político que para el mando militar.
Reclamando, pues, los negocios mismos la mano de Pompeyo, no dudó
por largo tiempo adónde se aplicaría, sino que se
declaró por los hombres de probidad y se le nombró
general contra Lépido; éste ya había puesto
a sus órdenes gran parte de la Italia y se había
apoderado de la Galia Cisalpina por medio del ejército
de Bruto. En todos los demás puntos venció fácilmente
Pompeyo luego que marchó con sus tropas; pero en Módena
de la Galia se detuvo al frente de Bruto largo tiempo, durante
el cual, cayendo Lépido sobre Roma, y acampándose
a sus puertas, pedía el segundo consulado, infundiendo
terror con un gran tropel de gente a los ciudadanos que estaban
dentro; mas disipó este miedo una carta de Pompeyo, de
la que aparecía que sin batalla había acabado la
guerra, porque Bruto, o entregando él mismo su ejército,
o habiéndole hecho éste traición, mudó
de partido, puso su persona a disposición de Pompeyo, y
con escolta que se le dio de caballería se retiró
a una aldea, orillas del Po, donde sin mediar más que un
día se le quitó la vida, habiendo Pompeyo enviado
allá a Geminio. Acerca de esto se hacían grandes
cargos a Pompeyo, pues habiendo escrito al Senado, inmediatamente
después de la mudanza de Bruto, en términos de significar
que éste voluntariamente se le había pasado, envió
después otra carta, en la que, verificada ya la muerte
de Bruto, le acusaba. Hijo era de éste el otro Bruto que
con Casio dio muerte a César, varón del todo semejante
al padre en cuanto a saber hacer la guerra y saber morir, como
lo decimos en su Vida. Lépido, de resultas, huyó
sin detención de la Italia, retirándose a Cerdeña,
donde enfermó y murió de pesadumbre, no por el estado
de los negocios, según dicen, sino por haber dado con un
billete, por el que se enteró de cierta infidelidad de
su mujer.
XVII. Ocupaba la España Sertorio, caudillo en nada parecido
a Lépido, e infundía temor a los Romanos, por haber
refundido en él, como en última calamidad, las guerras
civiles. Había hecho desaparecer a muchos generales de
los de menor cuenta, y entonces traía fatigado a Metelo
Pío, varón respetable y buen militar, pero tardo
ya por la vejez para aprovechar las ocasiones de la guerra, e
inferior al estado de los negocios, en los que se le anticipaba
siempre la velocidad y presteza de Sertorio, que le acometía
inopinadamente y al modo de los salteadores, molestando con celadas
y correrías a un atleta hecho a combates reglados y a un
general de tropas de línea acostumbradas a lidiar a pie
firme. Teniendo, pues, Pompeyo en aquella sazón un ejército
a sus órdenes, andaba negociando que se le diera la comisión
de ir en auxilio de Metelo; y sin embargo de habérselo
mandado Cátulo, no lo disolvió, sino que se mantuvo
en armas alrededor de Roma, buscando siempre algún pretexto,
hasta que por fin se le dio el apetecido mando a propuesta de
Lucio Filipo. Dícese que, preguntando uno entonces en el
Senado, con admiración, a Filipo, si realmente era de sentir
de que se enviase a Pompeyo por el cónsul, respondió:
Yo por el cónsul, no, sino por los cónsules,
dando a entender que ambos cónsules eran inútiles
para el caso.
XVIII. No bien hubo tocado Pompeyo en España, excitó
en los naturales, como sucede siempre a la fama de un nuevo general,
otras esperanzas, y conmovió y apartó de Sertorio
entre aquellas gentes todo lo que no le estaba firmemente unido.
Sertorio, en tanto, usaba contra él de un lenguaje arrogante,
diciendo con escarnio que para aquel mozuelo no necesitaba más
que de la palmeta y los azotes, si no fuera porque tenía
miedo a aquella vieja- aludiendo a Metelo-; sin embargo, temía
realmente a Pompeyo, y precaviéndose con sumo cuidado hacía
ya la guerra con más tiento y seguridad; porque, de otra
parte, Metelo- cosa que nadie habría pensado- se había
rebajado en su conducta, entregándose con exceso a los
placeres, con lo que repentinamente habla habido también
en él una grande mudanza con respecto al fausto y al lujo;
de manera que esto mismo dio mayor estimación y gloria
a Pompeyo, por cuanto todavía hizo más sencillo
su método de vida, que nunca había necesitado de
grandes prevenciones, siendo por naturaleza sobrio y muy arreglado
en sus deseos. En esta guerra, que tomaba mil diferentes formas,
ninguna cosa mortificó más a Pompeyo que la toma
de Laurón por Sertorio, porque cuando creía que
le tenía envuelto, y aun se jactaba de ello, se encontró
repentinamente con que él era quien estaba cercado; y como,
por tanto, temía el moverse, tuvo que dejar arder la ciudad
a su presencia y ante sus mismos ojos. Mas habiendo vencido junto
a Valencia, a Herenio y Perpena, generales que habían acudido
a unirse con Sertorio y militaban con él, les mató
más de diez mil hombres.
XIX. Engreído con este suceso, y deseoso de que Metelo
no tuviese parte en la victoria, se dio priesa a ir en busca del
mismo Sertorio. Alcanzóle junto al río Júcar
al caer ya la tarde, y allí trabaron la batalla, temerosos
de que sobreviniese Metelo, para pelear solo el uno, y el otro
para pelear con uno sólo. Fue indeciso y dudoso el término
de aquel encuentro, porque venció alternativamente una
de las alas de uno y otro; pero en cuanto a los generales, llevó
lo mejor Sertorio, porque puso en huída el ala que le estuvo
opuesta. A Pompeyo le acometió desmontado un hombre alto
de los de caballería, y habiendo venido ambos al suelo
a un tiempo, al volver a la lid pararon en las manos de uno y
otro los golpes de las espadas, aunque con suerte desigual, porque
Pompeyo apenas fue lastimado, pero al otro le cortó la
mano. Cargaron entonces muchos sobre él, estando ya en
fuga sus tropas, y se salvó maravillosamente por haber
abandonado a los enemigos su caballo, adornado magníficamente
con jaeces de oro de mucho valor; porque enredados los enemigos
en la partición y altercando sobre ella, le dieron lugar
para huir. A la mañana siguiente volvieron ambos a la batalla
con ánimo de hacer que se declarase la victoria; pero como
sobreviniese Metelo, se retiró Sertorio, dispersando su
ejército; porque éste era su modo de retirarse,
y luego volvía a reunirse la gente; de manera que muchas
veces andaba errante Sertorio solo, y muchas veces volvía
a presentarse con ciento cincuenta mil hombres, a manera de torrente
que repentinamente crece. Pompeyo, cuando después de la
batalla salió al encuentro a Metelo y estuvieron ya cerca,
dio orden de que se le rindieran a éste las fasces, acatándole
como preferente en honor; pero Metelo lo resistió, porque
en todo se conducía perfectamente con él, no arrogándose
superioridad alguna ni por consular ni por más anciano.
Solamente cuando acampaban juntos, la señal se daba a todos
por Metelo; pero por lo común acampaban separados, contribuyendo
a que tuvieran que estar distantes la calidad del enemigo, que
usaba de diferentes artes, y, siendo diestro en aparecerse repentinamente
por muchos lados, obligaba a mudar también los géneros
de combate; tanto, que, por último, inter- ceptándoles
los víveres, saqueando y talando el país y haciéndose
dueño del mar, los arrojó de la parte de España
que le estaba sujeta, precisándolos a refugiarse en otras
provincias por carecer absolutamente de provisiones.
XX. Había Pompeyo empleado y consumido la mayor parte
de su caudal en aquella guerra; pedía, por tanto, fondos
al Senado, diciendo que se retiraba a Italia con el ejército
si no se le enviaban. Hallábase entonces de cónsul
Luculo, y aunque estaba mal con Pompeyo y ambicionaba para sí
la Guerra Mitridática, puso empeño en que se mandaran
los fondos que reclamaba por temor de que se diera este pretexto
a Pompeyo, que deseaba retirarse de la guerra de Sertorio y tenía
vuelto el ánimo a la de Mitridates, en que le parecía
haber mayor gloria y ser éste enemigo más domeñable.
Muere en tanto Sertorio asesinado vilmente por sus amigos, de
los cuales Perpena, que había sido el principal autor de
esta traición, quiso seguir sus mismos planes valiéndose
de las mismas fuerzas y los mismos medios, pero sin igual capacidad
para usar de ellos. Acudió, pues, al punto Pompeyo, y sabedor
de que Perpena no obraba con la mayor seguridad, le presentó
por cebo en la llanura diez cohortes con orden de que se dispersaran;
y como aquel diese sobre ellas y las persiguiese, presentóse
él con todas sus tropas, y trabando batalla concluyó
con todo, quedando muertos en el campo de batalla los más
de los caudillos. A Perpena lo llevaron a su presencia, y le mandó
quitar la vida, no con ingratitud y olvido de lo ocurrido en Sicilia,
como le acusan algunos, sine conduciéndose con la mayor
prudencia y tomando un parti- do que fue la salud de la república,
porque habiéndose apoderado Perpena de la correspondencia
de Sertorio mostraba cartas de los principales personajes de Roma
que, queriendo trastornar el sistema vigente y mudar el gobierno,
llamaban a Sertorio a la Italia. Temeroso, pues, Pompeyo con este
motivo de que se suscitaran otras guerras mayores que las apaciguadas,
quitó de en media a Perpena y quemó las cartas sin
haberlas leído.
XXI Deteniéndose después de esto todo el tiempo
necesario para apaciguar las mayores alteraciones y sosegar y
componer las discordias y desavenencias que aún ardían,
restituyó el ejército a Italia, llegando por fortuna
cuando estaba en su mayor fuerza la guerra civil. Por lo mismo,
Craso precipitó, no sin riesgos, la batalla, y le favoreció
la suerte, habiendo muerto en la acción doce mil trescientos
hombres de los enemigos. Mas con esto mismo la fortuna halló
medio de introducir a Pompeyo en la victoria, porque cinco mil
que huyeron de la batalla dieron con él, y habiendo acabado
con todos escribió al Senado, por un mensajero que anticipó,
que Craso había vencido en la batalla campal a los gladiadores,
pero que él había arrancado la guerra de raíz;
cosa que, por el amor que le tenían, escuchaban y repetían
con gusto los Romanos, al mismo tiempo que ni por juego podía
haber quien dijese que la gloria de la España y Sertorio
eran de otro que de Pompeyo. En medio de todos estos honores y
la expectación en que en cuanto a él se estaba,
había la sospecha y receló de que no despediría
al ejército, sino que por medio de las armas y el mando
de uno solo marcharía en derechura al gobierno de Sila;
así, no eran menos los que por amor corrían a él
y le salían al encuentro en el camino que los que por miedo
hacían otro tanto. Disipó luego Pompeyo este temor
diciendo que dejaría el mando del ejército después
del triunfo; pero a los malcontentos aún les quedó
un solo asidero para sus quejas, y fue decir que se inclinaba
más a la plebe que al Senado, y que habiendo Sila destruido
la dignidad de aquella, él trataba de restablecerla para
congraciarse con la muchedumbre; lo que era verdad. Porque no
habla cosa que más violentamente amase el pueblo Romano,
ni que más desease, que volver a ver restablecida aquella
magistratura; así, Pompeyo tuvo a gran dicha el que se
le presentase la oportunidad de esta disposición; como
que no habría encontrado otro favor con que recompensar
el amor de los ciudadanos si otro se le hubiera adelantado en
éste.
XXII. Decretados que le fueron el segundo triunfo y el consulado,
no era por esto por lo que parecía extraordinario y digno
de admiración, sino que se tomaba por prueba de su superior
poderío el que Craso, varón el más rico de
cuantos entonces estaban en el gobierno, el más elegante
en el decir y el de mayor opinión, que miraba con desdén
a Pompeyo y a todos los demás, no se atrevió a pedir
el consulado sin valerse de la intercesión de Pompeyo,
cosa en que éste tuvo el mayor placer, porque hacía
tiempo deseaba hacerle algún servicio u obsequio; así
es que se encargó de ello con ardor, y habló al
pueblo, manifestándole que no sería menor su gratitud
por el colega que por la misma dignidad. Sin embargo, nombrados
cónsules, en todo estuvieron discordes y se con- tradijeron
el uno al otro. En el Senado tenía mayor influjo Craso,
pero con la plebe era mayor el poder de Pompeyo, porque le restituyó
el tribunado, y no hizo alto en que por ley se volviesen entonces
los juicios a los del orden ecuestre: pero el espectáculo
más grato que dio a los Romanos fue el de sí mismo
cuando pidió la licencia del servicio militar. Es costumbre
entre los Romanos, en cuanto a los del orden ecuestre que han
servido el tiempo establecido por ley, que lleven a la plaza su
caballo a presentarlo a los dos ciudadanos que llaman censores,
y que haciendo la enumeración de los pretores o emperadores
a cuyas órdenes han militado, y dando las cuentas de sus
mandos, se les dé el retiro, y allí se distribuye
el honor o la ignominia que corresponde a la conducta de cada
uno. Ocupaban entonces el tribunal en toda ceremonia los censores
Gelio y Léntulo para pasar revista a los caballeros. Vióse
desde lejos a Pompeyo que venía a la plaza con el séquito
e insignias que correspondían a su dignidad, pero trayendo
él mismo del diestro su caballo. Luego que estuvo cerca
y a la vista de los censores, dio orden a los lictores de que
hicieran paso, y condujo el caballo ante el tribunal. Estaba todo
el pueblo admirado y en silencio, y los mismos censores sintieron
con su vista un gran placer mezclado de vergüenza. Después,
el más anciano le dijo: Te pregunto ¡oh Pompeyo
Magno! si has hecho todas las campañas según la
ley. Y Pompeyo en alta voz: Todas- le respondió-,
y todas las he hecho a las órdenes de mí mismo como
emperador. Al oír esto el pueblo levantó gran
gritería, y ya no fue posible contener por el gozo aquella
algazara, sino que le- vantándose los censores le acompañaron
a su casa, complaciendo en esto a los ciudadanos, que seguían
y aplaudían.
XXIII. Cuando ya estaba cerca de expirar el consulado de Pompeyo,
y en el mayor aumento su desavenencia con Craso, un tal Gayo Aurelio,
que pertenecía al orden ecuestre, pero había llevado
una vida ociosa y oscura, en un día de junta pública
subió a la tribuna, y arengando al pueblo dijo habérsele
aparecido Júpiter entre sueños y encargándole
hiciese presente a los cónsules no dejaran el mando sin
haberse antes hecho entre sí amigos. Pronunciadas estas
palabras, Pompeyo se estuvo quieto en su lugar sin moverse; pero
Craso empezó a alargarle la diestra y a saludarle, diciendo
al pueblo: No me parece ¡oh ciudadanos! que hago nada
que no me esté bien, o que me humille en ser el primero
en ceder a Pompeyo, a quien vosotros creísteis deber llamar
Magno antes que le hubiese salido la barba, y a quien antes de
pertenecer al Senado decretasteis dos triunfos, y habiéndose
en seguida reconciliado, hicieron la entrega de su autoridad.
Craso guardó siempre la conducta y método de vida
que había tenido desde el principio, pero Pompeyo se fue
desentendiendo poco a poco de patrocinar las causas, se retiró
de la plaza, rara vez se mostraba en público, y siempre
con grande acompañamiento, pues ya no era fácil
el verle o hablarle sino entre un gran número de ciudadanos
que le hacían la corte, pareciendo que tenía complacencia
en mostrarse rodeado de mucha gente, dando con esto importancia
y gravedad a su presencia, y creyendo que debía conservar
su dignidad pura e intacta del trato y familiaridad con la muchedumbre.
Porque la vida togada es resbaladiza al menosprecio para los que
se han hecho grandes con las armas y no aciertan a medirse con
la igualdad popular, pues que creen debérseles de justicia
el que aquí como allá sean los primeros, y a los
que allá fueron inferiores no les es aquí tolerable
el no preferirlos; por lo mismo, cuando cogen en la plaza pública
al que ha brillado en los campamentos y en los triunfos lo deprimen
y abaten, pero si éste cede y se retira le conservan libre
de envidia el honor y poder que allá tuvo; lo que después
confirmaron los mismos negocios.
XXIV. El poder de los piratas, que comenzó primero en
la Cilicia, teniendo un principio extraño y oscuro, adquirió
bríos y osadía en la Guerra Mitridática,
empleado por el rey en lo que hubo menester. Después, cuando
los Romanos, con sus guerras civiles, se vinieron todos a las
puertas de Roma, dejando el mar sin guardia ni custodia alguna,
poco a poco se extendieron e hicieron progresos; de manera que
ya no sólo eran molestos a los navegantes, sino que se
atrevieron a las islas y ciudades litorales. Entonces, ya hombres
poderosos por su caudal, ilustres en su origen y señalados
por su prudencia, se entregaron a la piratería y quisieron
sacar ganancia de ella, pareciéndoles ejercicio que llevaba
consigo cierta gloria y vanidad. Formáronse en muchas partes
apostaderos de piratas, y torres y vigías defendidas con
murallas, y las armadas corrían los mares, no sólo
bien equipadas con tripulaciones alentadas y valientes, con pilotos
hábiles y con naves ligeras y prontas para aquel servicio,
sino tales que más que lo terrible de ellas incomodaba
lo soberbio y altanero, que se demostraba en los astiles dorados
de popa, en las cortinas de púrpura y en las palas plateadas
de los remos, como que hacían gala y se gloriaban de sus
latrocinios. Sus músicas, sus cantos, sus festines en todas
las costas, los robos de personas principales y los rescates de
las ciudades entradas por fuerza eran el oprobio del imperio romano.
Las naves piratas eran más de mil, y cuatrocientas las
ciudades que habían tomado. Habíanse atrevido a
saquear de los templos, mirados antes como asilos inviolables,
el Clario, el Didimeo, el de Samotracia, el templo de Démeter
Ctonia en Hermíona, el de Asclepio en Epidauro, los de
Posidón en el Istmo, en Ténaro y en Calauria; los
de Apolo en Accio y en Léucade, y de Hera el de Samos,
el de Argos y el de Lacinio. Hacían también sacrificios
traídos de fuera, como los de Olimpia, y celebraban ciertos
misterios indivulgables, de los cuales todavía se conservan
hoy el de Mitra, enseñado primero por aquellos. Insultaban
de continuo a los Romanos, y bajando a tierra rodaban en los caminos
y saqueaban las inmediatas casas de campo. En una ocasión
robaron a dos pretores, Sextilio y Belino, con sus togas pretextas,
llevándose con ellos a los ministros y lictores. Cautivaron
también a una hija de Antonio, varón que había
alcanzado los honores del triunfo, en ocasión de ir al
campo, y tuvo que rescatarse a costa de mucho dinero. Pero lo
de mayor afrenta era que, cautivado alguno, si decía que
era Romano y les daba el nombre, hacían como que se sobrecogían,
y temblando se daban palmadas en los muslos, y se postraban ante
él, diciéndole que perdonase. Creíalos, viéndolos
consternados y reducidos a hacerle súplicas; pero luego,
unos le ponían los zapatos, otros le en- volvían
en la toga, para que no dejase de ser conocido, y habiéndole
así escarnecido y mofado por largo tiempo, echaban la escala
al agua y le decían que bajara y se fuera contento; y al
que se resistía le cogían y le sumergían
en el mar.
XXV. Ocupaban con sus fuerzas todo el Mar Mediterráneo,
de manera que estaban cortados e interrumpidos enteramente la
navegación y el comercio. Esto fue la que obligó
a los Romanos, que se veían turbados en sus acopios y temían
una gran carestía, a enviar a Pompeyo a limpiar el mar
de piratas. Propuso al efecto Gabinio, uno de los más íntimos
amigos de Pompeyo, una ley, por la que se le confería a
éste, no el mando de la armada, sino una monarquía
y un poder sin límites sobre todos los hombres, pues se
le autorizaba para mandar en todo el mar dentro de las columnas
de Hércules, y en todo el continente a cuatrocientos estadios
del mar, la cual medida dejaba de comprender muy pocos países
de la tierra sujeta a los Romanos, y abarcaba por otra parte los
de grandes naciones y poderosos reinos. Concedíasele además
de esto escoger entre los senadores quince en calidad de legados
suyos, para mandar en las provincias, tomar del erario y de los
publicanos cuanto dinero quisiese y disponer de doscientas naves,
siendo árbitro para firmar las listas de la tropa del ejército,
de las tripulaciones, de las naves y de la gente de remo. Leído
que fue este proyecto, el pueblo lo admitió con el mayor
placer; pero a los más principales y poderosos del Senado,
si bien les pareció fuera de envidia un poder tan indefinido
e indeterminado, tuviéronlo por muy propio para inspirar
recelos, por lo que se opusieron a la ley, a excepción
de César, que la sostuvo, no por contemplación a
Pompeyo, sino para empezar a ganarse y atraerse el pueblo. Los
demás hicieron fuerte resistencia a Pompeyo, y como el
uno de los cónsules le dijese que si se proponía
imitar a Rómulo no evitaría tener el propio fin
de aquél, corrió gran peligro de que la muchedumbre
le hiciese pedazos. Presentóse Cátulo en la tribuna,
y como el pueblo le miraba con respeto, guardó moderación
y compostura; pero cuando después de haber hablado largamente
en elogio de Pompeyo les aconsejó que miraran por él
y no expusieran a continuas guerras y peligros un hombre tan importante,
porque ¿A quién acudiréis- les dijo-
si éste llega a faltaros? A ti- exclamaron
todos a una voz- Cátulo, pues, viendo que nada había
adelantado, calló, y presentándose después
Roscio nadie quiso oírle; hacíales, sin embargo,
señas con los dedos para que no nombrasen uno solo, sino
otro con Pompeyo; pero se dice que, irritado con esto el pueblo,
fue tal la gritería que se levantó, que un cuervo
que volaba por encima de la plaza se sofocó y cayó
sobre aquella muchedumbre, de donde puede inferirse que no es
por romperse y cortarse el aire con el gran ruido por lo que no
pueden sostenerse las aves que caen, sino por ser heridas como
con un golpe con la voz, cuando enviada ésta con ímpetu
y violencia causa en el aire fuerte movimiento y agitación.
XXVI Disolvióse por entonces la junta. Pompeyo, el día
en que habla de hacerse la votación, se salió al
campo; pero habiendo oído que se había sancionado
la ley, entró en la ciudad por la noche, para evitar la
envidia que había de producir el gran concurso de los que
acudirían a esperarle y recibirle; y saliendo de casa a
la mañana temprano, hizo primero un sacrificio, y reuniendo
después al pueblo en junta pública trató
de recoger mucho más que lo que antes se le había
decretado, pues faltó muy poco para que doblara todo el
aparato, habiendo alistado quinientas naves y juntado hasta ciento
veinte mil hombres de infantería y cinco mil caballos.
El Senado eligió veinticuatro de los que habían
sido pretores y habían mandado ejércitos para que
sirvieran a sus órdenes, a los que se agregaron dos cuestores.
Como repentinamente hubiese bajado el precio de los objetos de
comercio, dio esto ocasión al pueblo para manifestar gran
contento y decir que el nombre de Pompeyo había acabado
la guerra. Dividió éste los mares y todo el espacio
del Mediterráneo en trece partes, y asignó a cada
una igual número de naves con un caudillo, y sorprendiendo
a un tiempo con estas fuerzas así repartidas gran número
de naves de los piratas les dio caza y se apoderó de ellas,
trayéndolas a los puertos. Los que se anticiparon a huir
y evadirse se acogieron como a su colmenar a la Cilicia, contra
los cuales marchó él mismo con sesenta naves de
las mejores; pero no dio la vela contra aquellos sin haber antes
limpiado enteramente de piraterías y latrocinios el Mar
Tirreno, el Líbico, el de Cerdeña, el de Córcega
y Sicilia, no habiendo reposado él mismo en cuarenta días,
y habiéndole servido los demás caudillos con diligencia
y esmero.
XXXVII. Como en Roma el cónsul Pisón, por encono
y envidia que le tenía, le escasease los auxilios y licenciase
las tripulaciones, hizo pasar a Brindis la escuadra y él
subió a Roma por la Toscana. Luego que se supo, todos acudieron
al camino, como si no hiciera pocos días que se habían
despedido de él. Había producido este regocijo la
celeridad de la no esperada mudanza, pues al punto fue suma en
el mercado la abundancia de víveres; así corrió
riesgo Pisón de que se le despojara del consulado, teniendo
ya Gabinio escrito el proyecto de ley, sino que le contuvo Pompeyo;
el cual, habiéndolo dispuesto todo con la mayor humanidad,
provisto de lo que hubo menester, se encaminó a Brindis.
Habiendo tenido el tiempo favorable, siguió su navegación,
pasando a la vista de muchas ciudades; mas respecto a Atenas no
pasó de largo. Saltó, pues, en tierra, y habiendo
sacrificado a los dioses y saludado al pueblo, al salir leyó
ya estos versos heroicos hechos en su honor, a la parte adentro
de la puerta: Cuanto en parecer hombre más te esfuerzas,
más a los sacros dioses te pareces. Y a la parte de afuera:
Fuiste esperado, y en honor tenido: te hemos visto; feliz tu viaje
sea. De los piratas que todavía quedaban y erraban por
el mar, trató con benignidad a algunos; y contentándose
con apoderarse de sus embarcaciones y sus personas, ningún
daño les hizo; con lo que concibieron los demás
buenas esperanzas, y huyendo de los otros caudillos se dirigieron
a Pompeyo y se le entregaron a discreción con sus hijos
y sus mujeres. Perdonólos a todos, y por su medio pudo
descubrir y prender a otros, que habían procurado esconderse
por reconocerse culpables de las mayores atrocidades.
XXVIII. El mayor número y los de mayor poder entre ellos
habían depositado sus familias, sus caudales y toda la
gente que no estaba en estado de servir, en castillos y pueblos
fortalecidos hacia el monte Tauro; y ellos, tripulando convenientemente
sus naves, cerca de Coracesio de Cilicia se opusieron a Pompeyo,
que navegaba en su busca; y como dada la batalla fuesen vencidos,
se redujeron a sufrir un sitio. Mas al fin recurrieron a las súplicas
y también se entregaron con las ciudades e islas que poseían
y en que se hablan hecho fuertes, las cuales eran difíciles
de tomar y poco accesibles. Terminóse, pues, la guerra,
y fueron enteramente destruidas las piraterías en toda
la extensión del mar en el corto tiempo de tres meses,
habiéndose tomado además otras muchas ciudades y
naves, y entre éstas noventa con espolones de bronce. De
ellos mismos cautivó Pompeyo más de veinte mil;
y si por una parte no quería quitarles la vida, por otra
no creía que podía ser conveniente dejarlos y mirar
con indiferencia que volvieran a esparcirse unos hombres reducidos
a la necesidad y avezados a la guerra. Reflexionando, pues, que
el hombre, por su naturaleza e índole, no nació
ni es un animal cruel e insociable, sino que la maldad es la que
pervierte su carácter, y con los hábitos y la mudanza
de vida y de lugares vuelve a suavizarse, y que las mismas fieras
cuando disfrutan de más blandos alimentos deponen su aspereza
y ferocidad, resolvió trasladar aquellos hombres del mar
a la tierra y hacerlos gustar de una vida más dulce con
acostumbrarlos a habitar en poblaciones y labrar los campos. A
algunos, pues, los admitieron las ciudades pequeñas y desiertas
de la Cilicia, incorporándolos a sí y adquiriendo
con este motivo términos más dilatados, y tomando
la ciudad de Solos, poco antes destruida por Tigranes, rey de
Armenia, estableció a muchos en ella; pero a los más
les dio por domicilio a la ciudad de Dime en la Acaya, que se
hallaba entonces necesitada de habitantes y poseía un fértil
y extenso terreno.
XXIX. Vituperaban estas disposiciones los que no estaban bien
con él; pero lo que hizo en Creta con Metelo, ni a sus
mayores amigos satisfizo; este Metelo, pariente de aquel con quien
Pompeyo hizo la guerra de España, había sido enviado
de general a Creta antes del nombramiento de Pompeyo, pues esta
isla, después de la Cilicia, era otro manantial de piratas,
y Metelo había logrado apresar y dar muerte a muchos de
ellos. Quedaban otros, y cuando los tenía sitiados acudieron
con ruegos a Pompeyo, llamándole a la isla, por ser parte
del espacio de mar sobre que mandaba, como que caía de
todos modos dentro de él. Admitió Pompeyo el llamamiento
y escribió a Metelo prohibiéndole continuar la guerra.
Escribió asimismo a las ciudades para que no obedeciesen
a Metelo, y envió de general a Lucio Octavio, uno de los
caudillos que servían a sus órdenes, el cual, entrando
a unirse con los sitiados dentro de los muros y peleando con ellos,
no sólo odioso y molesto, sino hasta ridículo hacía
a Pompeyo, que por envidia y emulación con Metelo prestaba
su nombre a gentes impías y sin religión e interponía
en favor de ellas su autoridad como un amuleto. Pues ni Aquiles
se portó como hombre, sino como un mozuelo atolondrado
y arrebatado del deseo de la gloria, cuando por señas previno
a los demás y les prohibió tiraran a Héctor
Por que no le robara otro la gloria de herirlo, y él viniera
a ser segundo. Y aun Pompeyo lo hizo peor, porque se esforzó
en conservar a los enemigos de la república por privar
del triunfo a un general que llevaba toleradas muchas fatigas
y trabajos. Mas no se acobardó Metelo, sino que, venciendo
a los piratas, tomó de ellos justa venganza, y a Octavio
lo despachó después de haberle reprendido y afeado
su hecho en el campamento.
XXX. Llegada a Roma la noticia de que, terminada la guerra de
los piratas, para reposar de ella Pompeyo recorría las
ciudades, escribió Manilio, tribuno de la plebe, un proyecto
de ley para que, encargándose Pompeyo del territorio y
tropas sobre que mandaba Luculo, y añadiéndosele
la Bitinia, que obtenía Glabrión, hiciese la guerra
a Mitridates y Tigranes, conservando además las fuerzas
navales y el mando marítimo, como lo había tenido
desde el principio, que era, en suma, confiar a uno solo la autoridad
del pueblo romano. Porque las únicas provincias que parecían
no estar contenidas en la ley anterior, que eran la Frigia, la
Licaonia, la Galacia, la Capadocia, la Cilicia, la Cólquide
superior y la Armenia, eran las mismas que se le agregaban ahora,
con todas las tropas y fuerzas con que Luculo había vencido
y derrotado a los reyes Mitridates y Tigranes. Con todo, de Luculo,
a quien se privaba de la gloria de sus ilustres hechos, y a quien
más bien se daba sucesor del triunfo que de la guerra,
era muy poco lo que se hablaba entre los del partido del Senado,
sin embargo de que conocían el agravio y la injusticia
que a aquel se irrogaban, sino que llevando mal el gran poder
de Pompeyo, que venía a constituirse en tiranía,
se excitaban y alentaban entre sí para oponerse a la ley
y no abandonar la libertad. Mas venido el momento, todos los demás
faltaron al propósito y enmudecieron de miedo; sólo
Cátulo clamó contra la ley y contra quien la había
propuesto, y viendo que a nadie movía, requirió
al Senado, gritando muchas veces desde la tribuna para que, como
sus mayores, buscaran un monte y una eminencia adonde para salvarse
se refugiara la libertad. Sancionóse a pesar de esto la
ley, según se dice, por todas las tribus, y Pompeyo, estando
ausente, quedó árbitro y dueño de todo cuanto
lo fue Sila, apoderándose de la ciudad con las armas y
con la guerra. Dícese de él que cuando recibió
las cartas y supo lo decretado, hallándose presentes y
regocijándose sus amigos, arrugó las cejas, se dio
una palmada en el muslo y, como quien se cansa de mandar, prorrumpió
en estas expresiones: ¡Vaya con unos trabajos que
no tienen término! ¿Pues no valía más
ser un hombre oscuro, para no cesar nunca de hacer la guerra ni
de incurrir en tanta envidia, pasando la vida en el campo con
su mujer? Al oír esto, ni sus más íntimos
amigos dejaron de torcer el gesto a semejante ironía y
simulación, conociendo que subía muy de punto su
alegría con el incentivo que daba a la natural ambición
y deseo de gloria de que estaba poseído su indisposición
y encono con Luculo.
XXXI Justamente lo manifestaron bien pronto los hechos, porque,
poniendo edictos por todas partes, convocaba a los soldados y
llamaba ante sí a los poderosos y a los reyes que estaban
en la obediencia del imperio romano, y, recorriendo la provincia
no dejó en su lugar nada de lo dispuesto por Luculo, sino
que alzó el castigo a muchos, revocó donaciones
y, en una palabra, hizo, por espíritu de contradicción,
cuanto había que hacer para demostrar a los que miraban
con aprecio a Luculo que de nada absolutamente era dueño.
Quejósele éste por medio de sus amigos, y habiendo
convenido en verse y conferenciar, se vieron, efectivamente, en
la Galacia. Como era conveniente a tan grandes generales, que
tan grandes victorias habían alcanzado, los lictores de
uno y otro se presentaron con las fasces coronadas de laurel;
pero Luculo venía de lugares frescos y defendidos por la
sombra, y Pompeyo había hecho algunos días de marcha
por terrenos áridos y sin árboles. Viendo, pues,
los lictores de Luculo que el laurel de las fasces de Pompeyo
estaba seco y marchito enteramente, partiendo del suyo, que se
mantenía fresco, adornaron y coronaron con él las
fasces de éste; lo que se tuvo por señal de que
Pompeyo venia a arrogarse las victorias y la gloria de Luculo.
Autorizaba a Luculo la dignidad de cónsul y su mayor edad,
pero la dignidad de Pompeyo era mayor por sus dos triunfos. Con
todo, su primer encuentro lo hicieron con urbanidad y mutuo agasajo,
celebrando sus respectivas hazañas y dándose el
parabién por sus victorias; pero en sus pláticas,
en nada moderado y justo pudieron convenirse, sino que empezaron
a motejarse: Pompeyo a Luculo, por su codicia, y éste a
aquél, por su ambición; de manera que con dificultad
pudieron lograr los amigos que se despidieran en paz. Luculo en
la Galacia distribuyó la tierra conquistada e hizo otras
donaciones a quienes tuvo por conveniente. Pero Pompeyo, que estaba
acampado a muy corta distancia, prohibió que se le prestase
obediencia y le quitó todas las tropas, a excepción
de mil seiscientos hombres que, por ser orgullosos, reputó
le serían inútiles a él mismo y que a aquel
no le guardarían subordinación. Censurando y vituperando
además abiertamente sus operaciones, decía que Luculo
había hecho la guerra a las tragedias y farsas de aquellos
reyes, quedándole a él tener que combatir con las
verdaderas y ejercitadas fuerzas, ya que Mitridates había
al fin recurrido a los escudos, la espada y los caballos. Mas
defendíase, por su parte, Luculo diciendo que Pompeyo iba
a lidiar con un fantasma y sombra de guerra, siendo su mafia acabar
con los cuerpos muertos por otros, a manera de ave de rapiña,
e ir dilacerando los despojos de la guerra, pues que de esta manera
había inscrito su nombre sobre las guerras de Sertorio,
de Lépido y de Espártaco, terminadas ya felizmente:
ésta por Craso, aquélla por Cátulo y la primera
por Metelo; por tanto, no era de extrañar que se arrogase
ahora la gloria de las Guerras Armenias y Pónticas un hombre
que había tenido arte para ingerirse en el triunfo de los
fugitivos.
XXXII. Partió por fin Luculo; y Pompeyo, dejando la armada
naval en custodia del mar que media entre la Fenicia y el Bósforo,
marchó contra Mitridates, que tenía un ejército
de treinta mil infantes y dos mil caballos, pero que no se atrevía
a entrar en batalla. Y en primer lugar, como hubiese abandonado,
por ser falto de agua, un monte alto y de difícil acceso
en que se hallaba acampado, lo ocupó Pompeyo, y conjeturando
por la naturaleza de las plantas y por el descenso del terreno
que el país no podía menos de tener fuentes, dio
orden de que por todas partes se abrieran pozos, y al punto se
vio el campamento lleno de gran caudal de agua; de manera que
se maravillaron de que en tanto tiempo no hubiera dado en ello
Mitridates. Acampado después próximo a él,
consiguió dejarle sitiado; pero habiéndolo estado
cuarenta y cinco días, se escapó sin que aquel lo
sintiese con lo más escogido de sus tropas, dando muerte
a los inútiles y enfermos. Habiéndole vuelto a alcanzar
Pompeyo junto al Éufrates, puso su campo enfrente de él,
y temiendo que se adelantase a pasar este río sacó
armado su ejército desde la media noche, hora en que se
dice haber tenido Mitridates una visión que le predijo
lo que iba a sucederle. Porque le parecía que navegando
con próspero viento en el Mar Póntico veía
ya el Bósforo, y los que con él iban se lisonjeaban
como el que se alegra con la certeza y seguridad de salir a salvo;
pero que de repente se halló abandonado de todos en un
débil barquichuelo juguete de los vientos. En el momento
de estar en estas angustias y ensueños le rodearon y despertaron
sus amigos, diciéndole que tenían cerca de sí
a Pompeyo. Fue, pues, indispensable haber de pelear al lado del
campa- mento, y sacando sus generales las tropas las pusieron
en orden. Advirtió Pompeyo que los cogía prevenidos,
y, no decidiéndose a entrar en acción entre tinieblas,
le pareció que no debían hacer más que rodearlos,
para que no huyesen, y a la mañana, pues que sus tropas
eran mejores, vendrían a las manos; pero los más
ancianos de los tribunos, rogándole e instándole,
le hicieron por fin resolverse. Porque tampoco era la noche del
todo oscura, sino que la luna, yendo ya bastante baja, daba suficiente
luz para que se vieran los cuerpos, que fue lo que principalmente
desconcertó a las tropas del rey, porque los Romanos tenían
la luna a la espalda, y, estando ya la luz muy cerca del ocaso,
las sombras de sus cuerpos iban muy lejos delante de ellos y se
extendían hasta los enemigos, que no podían computar
la distancia, sino que, como si los tuvieran ya encima, arrojando
las lanzas en vano, a nadie alcanzaban. Al ver esto, los Romanos
corrieron a ellos con grande gritería, y como no tuvieron
valor ni siquiera para esperarlos, sino que se entregaron a la
fuga, los acuchillaron y destrozaron, muriendo más de diez
mil de ellos, y les tomaron el campamento. Al principio, Mitridates,
con ochocientos caballos, se había abierto paso por entre
los Romanos, poniéndose en retirada; pero a poco se le
desbandaron todos los demás, quedándose con tres
solos, entre los que se hallaba la concubina Hipsícrates,
que siempre se había mostrado varonil y arrojada; tanto,
que por esta causa el rey la llamaba Hipsícrates. Llevaba
ésta entonces la sobrevesta y el caballo de un soldado
persa, y ni se mostró fatigada de tan larga carrera, ni,
con haber atendido al cuidado de la persona del rey y de su caballo,
necesitó de reposo hasta que llegaron al fuerte de Sinora,
depósito de los caudales y preseas del rey, de donde, tomando
éste las ropas más preciosas, las distribuyó
a los que de la fuga habían acudido a él. Dio también
a cada uno de sus amigos un veneno mortal para que ninguno de
ellos se entregase contra su voluntad a los enemigos, y desde
allí marchó a la Armenia a unirse con Tigranes;
pero, corno éste le desechase, y aun le hiciese pregronar
en cien talentos, pasando por encima del nacimiento del Éufrates
huyó por la Cólquide.
XXXIII. Mas Pompeyo se dirigió a la Armenia llamado por
Tigranes el joven, que, habiéndose ya rebelado al padre,
salió a unirse con aquél junto al río Araxes,
el cual, naciendo de los mismos montes que el Éufrates,
vuelve luego hacia el Oriente y desagua en el Mar Caspio. Recorrieron,
pues, juntos las ciudades y las fueron reduciendo; y Tigranes
el mayor, que poco antes había sido arruinado por Luculo,
sabedor de que Pompeyo era benigno y dulce de condición,
admitió guarnición en su corte, y acompañado
de sus amigos y deudos fue a hacerle entrega de su persona. Llegó
a caballo hasta el valladar, donde dos lictores de Pompeyo le
salieron al encuentro y le previnieron bajase del caballo y continuase
a pie, porque jamás se había visto a hombre ninguno
a caballo dentro de un campamento de los Romanos. Condescendió
en ello Tigranes, y desciñéndose la espada se la
entregó. Finalmente, cuando llegó ante el mismo
Pompeyo, quitóse la tiara, hizo acción de ponerla
a sus pies, e inclinando el cuerpo iba a postrarse con la mayor
bajeza ante él, cuando Pompeyo, alargándole la diestra,
lo levantó y lo sentó a su lado, colocando al otro
a su hijo. De todo lo demás les dijo que debían
culpar a Luculo, que era quien les había quitado la Siria,
la Fenicia, la Cilicia, la Galacia y la Sofena; que lo que hasta
entonces habían conservado lo retendrían pagando
seis mil talentos a los Romanos en pena de sus ofensas, y que
en la Sofena reinaría el hijo. A Tigranes fueron muy agradables
estas disposiciones; y habiendo sido aclamado rey por los Romanos,
en muestra de su alegría ofreció dar a cada soldado
media mina de plata, diez minas a cada centurión y un talento
a cada tribuno; pero el hijo se disgustó, y llamado a la
cena respondió que no necesitaba de Pompeyo, que así
creía honrarle, porque él encontraría otro
entre los Romanos; de resulta de lo cual se le puso en prisión
para el triunfo. De allí a poco envió Fraates, rey
de los Partos, a reclamar a este joven por ser su yerno, y al
mismo tiempo pedía que pusiera Pompeyo al Éufrates
por límite de sus provincias, a lo que contestó
éste que Tigranes más pertenecía al padre
que al suegro, y que en cuanto al límite, se señalaría
el que fuese justo.
XXXIV. Dejando a Afranio de guarnición en la Armenia,
le fue preciso marchar contra Mitridates por medio de las naciones
que habitan el Cáucaso. De éstas, las más
populosas son los Albanos y los Iberes: los Iberes están
situados en las faldas de los montes Mósquicos, y los Albanos
se inclinan más al oriente y al Mar Caspio. Éstos,
al principio, pidiéndoles Pompeyo el paso, se le habían
concedido; pero habiendo cogido el invierno al ejército
en aquel país y habiendo tenido los Romanos que celebrar
la fiesta de los Sa- turnales, se dispusieron a acometerles en
número de cuarenta mil a lo menos cuando fueran a pasar
el río Cirno, que, naciendo de los montes Iberios y recibiendo
al Araxes, que baja de la Armenia, desagua por doce bocas en el
Mar Caspio; pero otros dicen que no sucede esto al Araxes, sino
que, corriendo cerca de aquel, entra por sí solo en este
mar. Pompeyo pudo oponerse a los enemigos al tiempo del paso,
pero los dejó que pasaran con todo sosiego, y cargando
con seguridad sobre ellos los rechazó y deshizo. Como después
el rey le hiciese súplicas y enviase embajadores, perdonándole
aquella injusta agresión hizo alianza con él y marchó
contra los Iberes, que no eran inferiores en número, y
que, siendo más belicosos que los demás, deseaban
con ardor servir a Mitridates y alejar de allí a Pompeyo.
Porque los Iberes no estuvieron nunca sujetos ni a los Medos ni
a los Persas, y aun se libraron de la dominación de los
Macedonios por haber sido precipitado el paso de Alejandro por
la Hircania. Mas a pesar de todo esto los derrotó Pompeyo
en una gran batalla en la que murieron nueve mil, y más
de diez mil quedaron cautivos, entrando después en la Cólquide;
allí, junto al Fasis, se le presentó Servilio trayendo
las naves con que custodiaba el Ponto.
XXXV. La persecución de Mitridates, que se había
acogido a las naciones inmediatas al Bósforo y a la laguna
Meotis, ofreció a Pompeyo muchas dificultades, mayormente
habiéndosele anunciado que otra vez se le habían
rebelado los Albanos. Regresó, pues, contra ellos encendido
en ira y en deseo de venganza, costándole extraordinario
trabajo vol- ver a pasar el Cirno por haber hecho los bárbaros
empalizadas en gran parte de él; teniendo que andar un
camino áspero y falto de agua, y habiendo llenado diez
mil odres de ella, continuó su marcha contra los enemigos,
a los que alcanzó formados en orden de batalla junto al
río Abante en número de sesenta mil hombres de infantería
y doce mil de caballería, pero muy mal armados y sin otro
vestido los más que pieles de fieras. Acaudillábalos
un hermano del rey, llamado Cosis, el cual, trabada ya la batalla,
se dirigió contra Pompeyo, y habiéndole herido con
un dardo en la parte donde terminaba la coraza, Pompeyo lo traspasó
con un bota de lanza. Dícese que en esta batalla pelearon
con los bárbaros las Amazonas, habiendo bajado de los montes
que circundan el río Termodonte, pues al reconocer y despojar
los Romanos a los bárbaros después de la batalla
encontraron, sí, rodelas y coturnos amazónicos,
aunque no se vio ningún cuerpo de mujer. Habitan las Amazonas
las pendientes del Cáucaso por la parte del mar de Hircania,
pero no confinan con los Albanos, sino que están en medio
los Gelas y los Leges; y en cada año, pasando dos meses
en unión con éstos, a orillas del Termodonte, después
se retiran a vivir solas.
XXXVI Habiéndose puesto Pompeyo en marcha después
de la batalla para la Hircania y el Mar Caspio, tuvo que retroceder,
por la muchedumbre de ciertas serpientes venenosas y mortíferas,
cuando no le faltaban más que tres días de camino.
Retiróse, pues, a la Armenia menor, y a los reyes de los
Elimeos y los Medos, que le enviaron embajadores, les contestó
amistosamente; pero contra el de los Partos, que invadió
la Gordiena y empezó a molestar a los súbditos de
Tigranes, envió tropas con Afranio, que le rechazó
y persiguió hasta la Arbelítide. Trajeron ante él
a muchas de las concubinas de Mitridates; pero no tocó
a ninguna, sino que todas las hizo entregar a sus padres o deudos;
porque en gran parte eran hijas o mujeres de generales o sujetos
poderosos. Estratonica, que fue la que gozaba de mayor dignidad
y se mantenía en un alcázar magnífico, era
hija, a lo que parece, de un cantor anciano, de pobre suerte en
todo lo demás; pero de tal manera se apoderó del
corazón de Mitridates habiendo cantado en un festín,
que se la llevó para reposar con ella; mas el viejo salió
de allí de muy mal humor, porque ni siquiera le había
dirigido una palabra afable y benigna. Éste, a la mañana,
cuando al despertarse vio en su habitación aparadores con
vajilla de oro y plata, gran número de sirvientes, eunucos
y jóvenes que le presentaban vestidos de los más
ricos, y a la puerta un caballo con preciosos aireos, como los
de los amigos del rey, creyendo que todo aquello fuese juego y
burlería intentó marcharse de la casa; pero deteniéndole
los criados y diciéndole que el rey le hacía el
presente de la casa de un hombre rico que acababa de morir, y
que todo aquello no era más que primicias y bosquejos de
mayores bienes y riquezas, creyólo entonces, aunque todavía
con dificultad, y tomando la púrpura, y montando a caballo,
dio a correr por la ciudad gritando: Todo esto es mío,
y a los que se burlaban decía que no era aquello de extrañar,
sino el que, loco de contento, no tirase piedras a cuantos encontrara.
De tal sangre y linaje era Estratonica, la cual hizo donación
a Pompeyo de aquel terreno y le presentó muchos regalos;
pero él, no tomando más que aquellos que creyó
podían servir de adorno en los templos, o para dar realce
a su triunfo, los demás los dejó a Estratonica para
que los disfrutase contenta. De la misma manera, habiéndole
presentado el rey de los Iberes un lecho, una mesa y un trono,
todos de oro, haciéndole instancias para que los tomase,
lo que hizo fue entregarlos a los cuestores para el tesoro público.
XXXVII. En la fortaleza de Ceno vinieron a las manos de Pompeyo
los papeles reservados de Mitridates, y los examinó con
gusto, porque le daban a conocer de modo muy decisivo sus costumbres.
Eran sus libros de memoria, y en ellos descubrió que había
dado muerte con hierbas, además de otros varios, a su hijo
Ariarates, y a Alceo de Sardes, porque en una carrera de caballos
le sacó ventajas. Contenían también explicaciones
de ensueños, unos que él mismo había tenido,
y otros que eran de sus mujeres, y cartas poco decentes de Mónima
al mismo Mitridates y de éste a aquella. Teófanes
refiere haberse encontrado asimismo un discurso de Rutilio, en
que le excitaba a acabar con los Romanos que había en el
Asia; pero los más conjeturan, con razón, haber
sido esta especie una maligna invención de Teófanes,
que quizá aborrecía a Rutilio por no serle en nada
parecido, o acaso también a causa de Pompeyo, a cuyo padre
pinta Rutilio como hombre del todo perverso en sus historias.
XXXVIII. Pasó de allí Pompeyo a Amiso, y vino a
pagar su rencillosa emulación cayendo en lo mismo que había
reprendido; pues habiendo censurado amargamente en Luculo el que
hirviendo aún la guerra hubiese arreglado las pro- vincias,
haciendo también la distribución de los dones y
premios que los vencedores acostumbran hacer concluida y terminada
aquélla, ejecutó él mismo otro tanto en el
Bósforo, cuando todavía Mitridates estaba mandando
y conservaba respetables fuerzas, como si todo estuviera acabado,
tomando disposiciones en las provincias y distribuyendo presentes
con motivo de haber acudido a él generales y otros sujetos
de autoridad y doce reyezuelos de los bárbaros; y aun por
esto, contestando al rey de los Partos, se desdeñó
de darle, como todos los demás, el título de rey
de reyes, por no desagradar a estos otros. Vínole allí
el deseo y codicia de recobrar la Siria y de pasar por la Arabia
hasta el mar Rojo, para llegar victorioso hasta el Océano
que circunda la tierra. Porque en África él fue
el primero que llevó sus armas vencedoras hasta el mar
exterior; en España puso también por término
de la dominación romana el Mar Atlántico, y en tercer
lugar, persiguiendo días antes a los Albanos, le había
faltado muy poco para extenderse hasta el mar de Hircania. Púsose,
pues, en marcha para dar la vuelta hasta el Mar Rojo, pues por
otro lado veía que era muy difícil cazar con las
armas a Mitridates, y que era enemigo más temible huyendo
que peleando.
XXXIX. Diciendo, por tanto, que iba a dejarle en el hambre un
enemigo más poderoso que él, estableció guardacostas
contra los comerciantes que navegaban por el Bósforo, imponiendo
la pena de muerte a los que fuesen aprehendidos. Hecho esto, tomó
consigo la mayor parte del ejército y se puso en marcha;
y como Triario hubiese tenido contraria la suerte y hubiese perecido
en un encuentro con Mitridates, llegando a punto de encontrar
todavía los muertos insepultos, les hizo un magnífico
entierro con muestras de sentimiento y aprecio, cosa que, omitida,
parece fue una de las principales causas del odio de los soldados
a Luculo. Sujetó, pues, por medio de Afranio a los Árabes
que habitan el monte Amano, y bajando él a la Siria la
declaró, por no tener reyes legítimos, provincia
y posesión del imperio romano. Sometió a la Judea,
tomando cautivo a su rey, Aristóbulo, y en cuanto a las
ciudades, levantó unas de los cimientos, y a otras dio
libertad e independencia, castigando a los que las tenían
tiranizadas; pero su más continua ocupación era
administrar justicia, dirimiendo las disputas de las ciudades
y los reyes: para lo que adonde a él no le era dado pasar
enviaba a sus amigos; como sucedió a los Armenios y Partos,
que habiéndose comprometido en él por un terreno
sobre que altercaban, les envió tres jueces y amigables
componedores; porque si era grande la fama de su poder, no era
menor la de su virtud y clemencia, con las que cubría la
mayor parte de los yerros de sus amigos y familiares, pues no
sabiendo contener o castigar a los desmandados, con mostrar a
los que iban a hablarle este carácter bondadoso los hacía
llevar sin molestia las extorsiones y vejaciones de aquellos.
XL. El que más valimiento tenía con él era
su liberto Demetrio, mozo que no carecía de talento para
lo demás, pero que abusaba demasiado de su fortuna, acerca
del cual se refiere lo siguiente: Catón el Filósofo,
que todavía era joven, pero gozaba ya de gran reputación
y tenía altos pensamientos, subió a Antioquía,
no hallándose allí Pompeyo, con el objeto de ver
y observar aquella ciudad. Iba a pie, según su costumbre,
pero sus amigos le acompañaban a caballo. Vio desde cierta
distancia delante de la puerta gran número de hombres vestidos
de blanco, y a los lados del camino, a una parte jóvenes
y a otra muchachos, con entera separación, de lo que se
incomodó, creyendo que aquello se hacía en honor
y obsequio suyo, c |