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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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PUBLÍCOLA
I. Habiendo sido Solón un varón
tan aventajado, pongamos en paralelo con él a Publícola,
para quien el pueblo romano inventó después este
nombre, llamándose antes Publio Valerio. Parece que era
descendiente de aquel Valerio antiguo, que fue principalmente
causa de que los Romanos y Sabinos, de enemigos que eran, no hiciesen
en adelante más que un solo pueblo; porque él fue
quien más se esforzó en persuadir y reconciliar
a los dos reyes. Teniendo, pues, Valerio deudo de parentesco con
éste, como decimos, era además, dominando todavía
los reyes, hombre distinguido por su palabra y por su riqueza;
y como de aquella hubiese hecho siempre un recto y decidido uso
en apoyo de lo justo, y ésta la hubiese empleado liberal
y caritativamente en socorro de los menesterosos, no podía
dudarse que si llegaba a establecerse democracia figuraría
entre los primeros. El pueblo aborrecía ya y sufría
con repugnancia a Tarquino el Soberbio, que ni entró a
reinar con derecho, sino ilegítima e infaustamente, ni
se portaba conforme a su dignidad, sino con injusticia y tiranía,
y para desobedecerle tomó ocasión del suceso de
Lucrecia, que habiendo sido violentada se quitó la vida.
Entonces, siendo Lucio Bruto el que principalmente dirigió
esta mudanza de gobierno, el primero a quien acudió fue
Valerio; y habiéndole hallado muy pronto a auxiliarle,
expelieron a los reyes. Y mientras se estuvo en la opinión
de que el pueblo nombraría en lugar del rey un solo caudillo,
permaneció Valerio en tranquilidad, considerando que la
autoridad era razón recayese en Bruto, que había
sido el establecedor de la libertad. Llevándose luego mal
el nombre de rey, y formándose el concepto de que el pueblo
sufriría con menos disgusto una autoridad dividida, como
éste se inclinase a que los jefes fuesen dos, y así
lo expresase, concibió esperanza de que sería elegido
y llamado juntamente con Bruto. Mas se llevó chasco, porque,
contra la voluntad de Bruto, fue elegido Tarquino Colatino, marido
de Lucrecia, que en virtud no hacía ventaja a Valerio,
sino que los de mayor influjo, temiendo a los reyes, que afuera
no cesaban de maquinar, y en la ciudad tentaban los medios de
corromperla, pensaron en poner por caudillo al más decidido
de sus enemigos, como que de ningún modo cedería.
II. Irritado Valerio de que no se le creyese capaz de exponerse
a todo en bien de la patria, porque en particular ningún
mal había recibido de los tiranos, se retiró del
Senado, abandonó los pleitos y absolutamente se retrajo
de los negocios públicos; tanto, que dio ocasión
a muchos de que hablasen y entrasen en cuidado, no fuera que,
llevado de su enojo, se hiciera del partido de los reyes y trastornara
el estado de la República, y la República misma,
todavía mal segura. Mas como de allí a poco, teniendo
Bruto recelo de otros, ordenase que el Senado hiciera juramento
con ofrecimiento de víctimas, señalado día
para él, bajó Valerio a la plaza sobremanera alegre,
y habiendo sido el primero a jurar que en nada cedería
o condescendería con Tarquino, sino que pelearía
contra él con todo su poder en defensa de la libertad,
dio con esto mucho placer al Senado y grande ánimo a los
magistrados. Confirmó muy luego este juramento con las
obras; porque habiendo venido mensajeros de parte de Tarquino,
trayendo cartas halagüeñas para el pueblo, y proposiciones
moderadas, con las que intentaban seducir a muchos, diciendo en
nombre del rey que ya pensaba de otro modo, y no quería
sino lo que era muy puesto en razón, los cónsules
eran de parecer de que éstos fuesen presentados al pueblo;
pero Valerio no lo consintió, antes se opuso e impidió
que con su presencia y palabras se diese ocasión y pretexto
para mudanzas a la gente pobre, a quien más sensible se
hace la guerra que la tiranía.
III. Vinieron, después de éstos, otros mensajeros,
diciendo que Tarquino se desistía del reino y se apartaba
de hacerles guerra, pidiendo únicamente sus bienes y haciendas,
y las de sus amigos y domésticos, para que tuvieran con
qué vivir en su destierro. Inclinándose muchos a
ello, y sosteniéndolo Colatino, Bruto, hombre intrépido
y pronto a la ira, corrió a la plaza, tratando a su colega
de traidor que quería proporcionar medios de guerra y tiranía
a aquellos a quienes aun sería reprensible conceder algún
viático para que se retirasen. Reunidos los ciudadanos,
el primero Cayo Minucio, hombre entonces particular, habló
al pueblo, y animando a Bruto y exhortando a los Romanos, que
miraran les dijo ser más conveniente que aquellos bienes
hicieran la guerra a los tiranos, que no que a éstos les
sirviesen contra ellos mismos. Con todo, pareció a los
Romanos que conseguida la libertad, que era por lo que peleaban,
no debían desechar la paz por los dineros, sino más
bien arrojar éstos de la ciudad juntamente con los tiranos.
Mas Tarquino de lo que menos trataba era de los bienes; su demanda
tenía más bien el objeto de tantear al pueblo y
solicitar a la traición, lo que ejecutaban muy bien los
mensajeros, deteniéndose bajo el pretexto mismo de los
bienes, con decir que unos los volvían, con otros se quedaban,
renunciaban a otros, hasta tanto que corrompieron dos de las casas
de los llamados prohombres, la de los Aquilios, que tenía
tres senadores, y la de los Vitelios, que tenía dos. Todos
éstos por la madre eran sobrinos del cónsul Colatino;
y los Vitelios tenían otro particular parentesco con Bruto,
porque éste estaba casado con una hermana de los Vitelios,
de la que tenía muchos hijos. A dos de éstos, los
más adelantados en edad, con quienes además del
parentesco tenían también amistad, los sedujeron
los Vitelios y los movieron a tomar parte en la traición
y a que se enlazaran con el linaje ilustre de los Tarquinos, y
se elevaran a regias esperanzas, separándose de la locura
y dureza de su padre: llamando dureza a su inflexibilidad para
con los malvados, y apellidándole de loco, porque largo
tiempo, a lo que parece, se había valido de aquella ficción
para su seguridad con los tiranos, y hasta no tenían aprensión
del sobrenombre que por ello llevaba.
IV. Luego que hubieron ganado a estos jóvenes y que hablaron
sobre ello con los Aquilios, resolvieron hacer un abominable juramento,
que fue matando un hombre libar con su sangre y poner la mano
sobre sus entrañas. Dirigiéronse después
a la casa de los mismos Aquilios, la cual, como entonces lo habían
menester para lo que meditaban ejecutar, estaba en paraje solitario
y reservado. No echaron de ver a un esclavo llamado Vindicio,
que se escondió dentro de ella, no con designio de observarlos
o porque hubiese rastreado algo de lo que se tramaba, sino que
hizo la casualidad que se hallase allí, y advirtiendo que
iban con apresuración, temeroso de que le viesen, se echó
en el suelo, poniendo delante de sí un cajón que
allí estaba; de manera que pudo ver todo lo que se hacía
y oír lo que se trató. Determinaron, pues, dar muerte
a los cónsules, y escribiendo una carta para Tarquino,
en que se lo participaban, la entregaron a los mensajeros, los
cuales habitaban allí mismo, siendo huéspedes de
los Aquilios, y se habían hallado presentes al acto de
la conjuración. Luego que hecho esto se retiraron, saliendo
Vindicio, no creyó que debía contentarse con saber
él sólo lo que ocurría; pero estaba en gran
perplejidad, pareciéndole muy duro, como lo era, acusar
a unos hijos ante su padre Bruto, o a unos sobrinos ante su tío
Colatino; y de particulares no tenía ninguno por seguro
para tan grandes arcanos. Mas pudiendo antes avenirse a todo que
a callar, estimulado de la conciencia de tal atentado, resolvió
dirigirse a Valerio, incitándole a ello principalmente
la popularidad y humanidad de éste, por ser un hombre siempre
afable con cuantos a él acudían, que para todos
tenía abierta su casa, y nunca negó a los desvalidos
o el habla o sus beneficios.
V. Luego que subió a verse con Valerio y le enteró
de todo, hallándose allí presentes sólo su
hermano Marco y su mujer, asombrado y temeroso Valerio, lo que
hizo fue no dejar salir a Vindicio, sino que le encerró
en una habitación, poniendo por guarda en la puerta a su
mujer; y mandando a su hermano Marco que ocupase el palacio real,
aprehendiese, si le era posible, las cartas, y tuviese en custodia
la domesticidad, él mismo con muchos de sus clientes que
allí se hallaban, y gran número de esclavos, se
encaminó a casa de los Aquilios, que no estaban en ella.
Por lo mismo, no hallándose nadie prevenido, atropelló
por las puertas, y dio con las cartas, que se habían quedado
donde los mensajeros las recibieron y envolvieron. Mientras estaba
en esto, venían los Aquilios corriendo, y trabándose
pelea en las mismas puertas, procuraban recobrar las cartas; mas
los otros se defendían, y echándose la ropa al cuello,
a fuerza y con dificultad dando y recibiendo empujones, por callejuelas
fueron a salir a la plaza. Otro tanto sucedía en el palacio
real, habiendo aprehendido también Marco otras cartas que
estaban dispuestas para mandarse, y arrastrando hacia la plaza
a cuantos le era posible de los domésticos del rey.
VI. Luego que los cónsules apaciguaron el tumulto, y que
Valerio dio orden de que se trajese a Vindicio de su casa, entablada
la acusación, se leyeron las cartas, sin que los acusados
se atreviesen a replicar ni una sola palabra. En todos fue muy
grande la consternación y el silencio: algunos, en obsequio
de Bruto, propusieron el destierro, y concurrieron a dar alguna
esperanza, Colatino, con no poder contener las lágrimas,
y Valerio, con callar; pero Bruto, llamando por sus nombres a
sus hijos: Ea, Tito- dijo-, y tú Tiberio, ¿por
qué no os defendéis de la acusación?
Como nada respondiesen, preguntados tres veces, entonces, vuelto
a los lictores: Aquí nadie tiene ya qué hacer-
les dijo- sino vosotros. Echando, pues, mano a los jóvenes,
rasgáronles las ropas, atáronles las manos a la
espalda, y con varas hirieron sus cuerpos, no pudiendo los demás
ver semejante espectáculo, ni teniendo corazón para
ello; mas de Bruto es fama que no volvió sus ojos a otra
parte, ni por compasión hubo mudanza en la iracundia y
severidad de su semblante, sino que se mantuvo mirando con fiereza
hacia los hijos mientras se les castigaba, hasta que los lictores
los derribaron en el suelo, y con la segur les cortaron la cabeza.
A los demás los puso bajo la potestad de su colega, con
lo que se levantó, y se fue: habiendo ejecutado un hecho
que ni se niega a ser alabado extraordinariamente si se quiere
ni tampoco a ser reprendido; porque o lo sublime de su virtud
elevó el alma hasta hacerla impasible, o la vehemencia
del enojo la condujo a una completa insensibilidad: uno y otro
es grande y fuera de lo humano, lo primero como cosa divina, y
lo segundo de fieras; pero más justo es inclinarnos en
nuestro juicio a la obra de tan gran varón, que no rebajar
de mérito tanta virtud con nuestra pequeñez, pues
los Romanos mismos opinan que no hizo tanto Rómulo en fundar
la ciudad como Bruto en establecer y consolidar tal gobierno.
VII. Retirado de la plaza Bruto, por largo rato ocupó
los ánimos la sorpresa, el pasmo y el silencio, con motivo
de lo que acababan de presenciar; y, en tanto, los Aquilios, que
empezaban a fundar esperanzas en la blandura y duda de Colatino,
pedían se les diera tiempo para defenderse, y que les fuera
entregado Vindicio, que era su esclavo, y no correspondía
estuviese en manos de otros. Iba ya a concederlo y a disolver
con esto la junta; pero Valerio ni se prestó a que se entregara
Vindicio, que estaba bien guardado por toda su gente, ni permitió
que el pueblo se retirase abandonando los traidores; antes les
echó mano, y empezó a llamar a Bruto, y a decir
a gritos que Colatino obraba con la mayor injusticia, pues que
habiendo puesto a su colega en la precisión de dar muerte
a sus propios hijos, creía serle lícito agradar
a unas mujeres con los traidores y enemigos de la patria. Enfadado
con esto el cónsul, y mandando que le presentaran a Vindicio,
los lictores, atravesando por la muchedumbre, llegaron a echarle
mano, y empezaron a herir a los que intentaban quitársele;
pero los amigos de Valerio corrieron a defenderlos, y el pueblo
clamaba pidiendo que se presentase Bruto. Retrocedió, pues,
y volvió a la plaza, y habiendo impuesto silencio, dijo
que para sus hijos no se había necesitado de más
juez que él mismo; pero que en cuanto a los otros dieran
su voto los ciudadanos libres, y que el que quisiese hablase y
persuadiese al pueblo. No hubo necesidad de tales persuasiones,
pues que, hecha la votación, fueron condenados por todos
los sufragios, y se les cortó la cabeza. Colatino, además
de tener contra sí, según se echaba de ver, alguna
sospecha por su parentesco con los reyes, incomodaba con el segundo
de sus nombres, siendo mirado con abominación el de Tarquino;
así, en vista de estos sucesos, teniendo por enteramente
decaída su opinión, voluntariamente hizo dimisión
del mando, y salió de la ciudad. Tuviéronse en seguida
los comicios, y Valerio fue elegido Cónsul con grande aplauso,
recibiendo un premio digno de su ardiente patriotismo. Creyó
justo que de él alcanzase a Vindicio alguna parte, e hizo
decretar que él fuese el primer liberto que gozase los
derechos de ciudadano romano, votando en la curia que quisiese
elegir. A los demás de esta condición, tarde y después
de mucho tiempo, les concedió este derecho de votar Apio,
que tiraba a ganarse la muchedumbre; y la manumisión o
libertad completa aun hoy se llama Vindicta, según dicen,
de este Vindicio.
VIII. En consecuencia de esto se dio permiso a los Romanos para
que se apoderaran de los bienes de todos los de la familia real,
y el palacio y accesorias fueron echados por tierra. Poseía
Tarquino la parte más preciosa del Campo de Marte, y ésta
la consagraron al dios. Hacía la casualidad que acababa
entonces mismo de segarse, y estando todavía sin levantar
los haces, no creyeron que era cosa de trillarlos o de hacer uso
alguno de aquella mies por estar consagrada; por tanto, sin más
detención, fueron y la echaron en el río. Cortaron
también los árboles, e hicieron otro tanto, ofreciendo
al dios un campo enteramente vacío e infructífero.
Amontonadas y enredadas tantas cosas unas con otras, no pudo la
corriente llevarlas lejos, sino que quedaron donde las primeras
fueron acumulándose y cayendo sobre firme. No teniendo
luego salida las demás cosas que arrastraba el río,
sino deteniéndose y enredándose de la misma manera,
tomó cuerpo aquel conjunto y echó raíces,
aumentado con la misma corriente; porque ésta acarreaba
mucho barro, el cual, estancado allí, le daba alimento
y enlace a un mismo tiempo; y los golpes no lo desunían,
antes con herir blandamente iban recogiéndolo todo y amontonándolo
en un punto. Así la magnitud de lo reunido en el primer
movimiento atrajo otra multitud, y con los acarreos del río
llegó a formarse un campo. Todo esto es ahora una isla
sagrada al frente de la ciudad, la que contiene templos de los
Dioses y calles para pasear, llamándose en lengua latina
la isla de entre los dos puentes. Algunos refieren que esto sucedió,
no cuando se consagró el campo de Tarquino, sino mucho
tiempo después, cuando Tarquinia consagró otro campo
confinante con aquel. Era Tarquinia una virgen sagrada del número
de las Vestales. Tuvo grandes honores, de los cuales fue uno el
que sola ella entre todas las mujeres fuese admitida a ser testigo;
y habiéndosele, decretado el que pudiera abrazar el estado
del matrimonio, no lo aceptó; así dicen que pasó
esta fábula.
IX. Desesperanzado Tarquino de recobrar por traición la
autoridad, acudió a los Tirrenos, que tomaron su causa
con ardor, y le restituían con grandes fuerzas. Conducían
contra ellos los cónsules a los Romanos, y los formaron
en dos lugares sagrados, de los cuales el uno, se llamaba la selva
Arsia, y el otro el prado Esuvio. Cuando estaban para venir a
las manos, Arrón, hijo de Tarquino, y el cónsul
romano Bruto, viniéndose el uno para el otro, no por acaso,
sino movidos de la enemistad y la ira, el uno como contra un tirano
y enemigo de la patria, y el otro para vengarse del destierro,
dieron rienda a los caballos, y chocándose con más
ira que juicio, no atendieron a cuidar de sus personas, y recíprocamente
se mataron. Empezada con tan malos auspicios la pelea, no fue
su fin más dichoso, sino que causando y recibiendo iguales
daños ambos ejércitos, los separó una tormenta.
Estaba Valerio en gran conflicto, no sabiendo cuál era
el término de la batalla; porque veía a los soldados
muy desalentados por los muertos que habían tenido, y engreídos
al mismo tiempo por los muchos que también había
tenido el enemigo; ¡tan dudosa e igual venía a ser
la mortandad en cuanto al número!, sino que a cada uno
le confirmaban más en la idea de la derrota los muertos
propios que veía, que no en la de la victoria los enemigos
que sólo conjeturaba. Venida la noche, cual correspondía
que fuese para los que tales habían quedado de la batalla,
cuando ya los reales estaban en reposo, se dice que se conmovió
la selva, y que de ella salió una voz grande, que dijo
haber muerto uno más de los Tirrenos que de los Romanos.
Debía de haber algo de divino en aquella voz, porque al
momento de oída clamaron éstos, alentados y fortalecidos;
mas los Tirrenos, poseídos del miedo y turbación,
salieron huyendo de sus reales, y se dispersaron los más;
y a los que quedaron, que vendrían a ser unos cinco mil,
cayendo sobre ellos los Romanos, los pasaron a cuchillo, y saquearon
cuanto había. Contados los muertos, se halló ser
los de los enemigos once mil y trescientos, y otros tantos los
de los Romanos, menos uno. Refiérese que se dio esta batalla
un día antes de las calendas de Marzo, y por ella triunfó
Valerio, primero entre los cónsules, en carroza de cuatro
caballos, pompa que ofreció una vista majestuosa y magnífica,
más bien que fastuosa, y desagradable a los que la presenciaron,
como lo han pretendido algunos; porque no hubiera sido tan envidiada
ni habría excitado su fama una ambición tan duradera.
Fue aplaudido también por los honores que tributó
al colega en el acompañamiento funeral, y en la sepultura;
y pronunció asimismo su elogio fúnebre, el cual
fue tan gustoso y grato a los Romanos, que de allí quedó
el uso de que en los funerales de los varones señalados
e ilustres pronunciasen su elogio los que gozaban de más
opinión. Dícese haber sido este elogio fúnebre
más antiguo todavía que los de los Griegos, a no
haber sido una de las instituciones de Solón, como pretende
el orador Anaxímenes.
X. Por lo que principalmente estaban incomodados y malcontentos
con Valerio era porque Bruto, con ser así que el pueblo
le apellidaba padre de la libertad, nunca permitió mandar
solo, sino que tomó colega por dos veces; mas éste
(decían), amontonándolo todo en sí, no es
heredero del consulado de Bruto, al que en nada se parece, sino
de la tiranía de Tarquino; porque ¿de qué
sirve con las palabras celebrar a Bruto, e imitar a Tarquino en
las obras, saliendo en público solo con las fasces y las
segures de una casa de tanta magnitud, cual no fue nunca la del
rey, que echaron por el suelo? Y en realidad Valerio habitaba
con sobrada magnificencia en la llamada Velia una casa que dominaba
la plaza, y desde cuya altura se veía todo, siendo por
otra parte de difícil y agria subida; de manera que al
verle bajar se hacía notar mucho aquel aire y aquel aparato
de una pompa regia. Mas él hizo ver en sí cuán
apreciable es tener en el mando y en los grandes negocios unos
oídos que reciban mejor la franqueza y verdad, que no la
lisonja y adulación; porque habiendo oído que era
generalmente motejado, advirtiéndoselo así sus amigos,
no lo llevó a mal o se enfadó por ello, sino que
al punto, llamando muchos operarios, en una sola noche derribó
su casa, y la echó enteramente a tierra; de modo que a
la mañana los Romanos, parándose a aquel espectáculo,
celebraban y admiraban por una parte la magnanimidad de tan esclarecido
varón, y por otra se dolían de ver echada al suelo
por envidia tan hermosa casa, que parecía muerte de hombre
injustamente condenado; y que el cónsul estaba reducido,
por no tener hogar, a habitar de prestado. Porque los amigos hospedaron
a Valerio hasta que el pueblo le dio solar, en el que edificó
una casa mas reducida que la otra, donde existe ahora el templo
que se llama de Vica pota. Queriendo, además, no sólo
hacerse a sí mismo en vez de temible afable y bien quisto,
sino también a la autoridad que ejercía, quitó
de las fasces las segures, y al presentarse en los comicios rendía
e inclinaba las fasces al pueblo, haciendo este reconocimiento
de la autoridad democrática; lo que hasta el día
de hoy observan los cónsules. Equivocábanse los
más creyendo que con esto desautorizaba su persona, siendo
así que con esta moderación destruía y apartaba
de sí la envidia; y lejos de perder, ganaba en autoridad,
sujetándosele el pueblo con gusto y obedeciéndole
de buena voluntad; así es que le dieron el nombre de Publícola,
que significa respetador del pueblo, nombre que prevaleció
sobre los que antes tenía, y del que ya usaremos en lo
que resta por escribir de esta Vida.
XI. Consintió que del consulado participaran y se presentaran
a pedirlo cuantos quisieran; pero antes de la elección
de un colega, no sabiendo lo que sucedería, y temiendo
que se le opusiese o por envidia o por ignorancia, quiso proceder
sólo al establecimiento de sus mejores y más saludables
leyes. En primer lugar, completó el Senado, que estaba
muy falto, porque unos habían muerto bajo el poder de Tarquino
y otros después en la guerra, diciéndose que los
que nombró fueron ciento sesenta y cuatro. Publicó
luego las leyes, de las cuales las que más poder dieron
a la muchedumbre fueron: la primera, la que permitió al
reo apelar de la sentencia de los cónsules al pueblo; segunda,
la que mandó que el que recibiese autoridad que no le hubiese
conferido el pueblo, muriera por ella; y tercera, después
de éstas, con la que vino en auxilio de los pobres, la
que libró de tributo a los ciudadanos, haciendo que todos
se aplicaran a los oficios con mayor anhelo. La que se estableció
contra los desobedientes a los cónsules no pareció
menos popular ni menos hecha en beneficio de la muchedumbre contra
los poderosos: imponía, pues, por pena de la desobediencia
la multa del valor de cinco bueyes y de dos ovejas. Era el valor
de una oveja diez óbolos, y ciento el de un buey, corriendo
poco entonces el dinero entre los Romanos, siendo las ovejas y
demás ganado su principal riqueza; por esta causa aun ahora
a la hacienda, del nombre de las reses, la llaman peculio, y en
las monedas grababan en lo antiguo un buey, o una oveja, o un
cerdo. Ponían también a los hijos nombres de Suilio,
Bubulco, Caprario y Porcio; porque a las cabras las llaman capras
y porcos a los cerdos.
XII. Habiendo sido acerca de las cosas dichas tan popular y moderado
legislador, no guardó medida acerca de las penas, porque
hizo ley para que sin necesidad de causar juicio se pudiera quitar
la vida al que intentara usurpar la autoridad suprema, declarando
libre y puro al matador con dar las pruebas o indicios de aquel
atentado, pues así como no es posible que el que tales
intentos trae entre manos engañe a todos, no es imposible
que, sin engañar u ocultarse, se anticipe a la justicia,
viéndose superior en medios; y por tanto, en odio de semejante
maldad, concedió a quien se hallara en disposición
el prevenir con la muerte un juicio a que el otro no daba lugar.
Fue asimismo celebrado por su ley acerca de la cuestión;
pues siendo indispensable que de sus bienes contribuyesen los
ciudadanos para la guerra, y no queriendo tocar él mismo
los caudales, o que los tocasen sus amigos, ni tampoco que entrasen
en poder de ningún particular, señaló por
erario o tesorería el templo de Saturno, el cual destino
conserva todavía, y concedió al pueblo que nombrara
dos tesoreros o cuestores de entre los jóvenes; habiendo
sido los primeros nombrados Publio Veturio y Minucio Marco, y
mucho el caudal que se recogió; porque fueron hasta ciento
y treinta mil los alistados en el censo, sin los huérfanos
y viudas, a quienes se perdonó la contribución.
Hechos estos establecimientos, él mismo designó
para su colega a Lucrecio, el padre de Lucrecia, a quien, correspondiéndole
por más anciano el lugar más preferente, le dio
las que se llaman fasces; y hasta nosotros se ha conservado a
los más ancianos esta preeminencia de la vejez. Como al
cabo de pocos días hubiese muerto Lucrecio, se tuvieron
otra vez comicios, y fue elegido Marco Horacio, el que gobernó
con Publícola lo que faltaba de aquel año.
XIII. Movía por entonces segunda vez Tarquino la guerra
en la Etruria a los Romanos, y se dice que sucedió un extraordinario
portento. Reinando todavía Tarquino, tenía ya casi
concluido el templo de Júpiter Capitolino, y bien fuese
por vaticinio que se le hizo, o por movimiento y dictamen propio,
encargó a unos artistas tirrenos de la ciudad de Veyos
una carroza de barro, que había resuelto poner en el remate;
y al cabo de poco perdió el reino. Pusieron los Tirrenos
la carroza de cuatro caballos ya formada a cocer en el horno,
y no sucedió lo que era natural sucediese con el barro,
que era entrarse y contraerse, disipada la humedad, sino que se
dilató y ahuecó, tomando tanto bulto y tanta consistencia,
que aun quitada la cubierta del horno, y derribadas las paredes,
hubo dificultad para sacarla. Juzgaron los adivinos que en aquello
se encerraba un gran prodigio, y que anunciaba dicha y autoridad
a aquellos en cuyo poder estuviese la carroza; por lo cual determinaron
los Veyanos no entregarla a los Romanos que la reclamaban, y respondieron
que pertenecía a Tarquino, y no a los que le habían
desterrado. Pocos días después tenían los
Veyanos carreras de caballos, y por lo demás todo pasó
en ellas como es de costumbre en tales espectáculos; pero
con el carro vencedor sucedió que apenas el carretero salió
coronado del circo, cuando espantados los caballos, sin ninguna
causa conocida, sino por algún impulso superior, o por
buena suerte, dieron a correr a escape hacia Roma, llevándose
al carretero. De nada le sirvió a éste tirarles
de las riendas y darles voces, porque le arrebataron, teniendo
que ceder y sujetarse al ímpetu, hasta que llegados al
Capitolio, lo echaron allí a tierra junto a la puerta que
ahora llaman Ratumena. Maravillados y temerosos los Veyanos con
este acontecimiento, permitieron que la carroza se devolviese
a los artistas.
XIV. Este templo de Júpiter Capitolino fue voto de Tarquino
el de Demarato, que ofreció edificarle estando en guerra
con los Sabinos; pero le construyó Tarquino el Soberbio,
hijo o nieto del que le votó. No llegó a dedicarle,
sino que faltaba muy poco para concluirse cuando Tarquino fue
desposeído. Luego que estuvo acabado y que se le adornó
completamente, se encendió en Publícola el deseo
de hacer su dedicación. Mirábanle con envidia muchos
de los principales; y los demás honores que había
alcanzado y parecían corresponderle como legislador y como
general, no los miraban con tanto encono; pero éste teníanle
por ajeno de él, y exhortaban e instaban a Horacio para
que le moviese disputa sobre la dedicación. Habiendo, pues,
tenido que salir Publícola a una expedición militar
indispensable, decretando que fuese Horacio el dedicante, le subieron
al Capitolio, como desconfiando de salir con su intento si aquel
sobrevenía. Algunos dicen que, echadas suertes, a Publícola
le cupo, muy contra su voluntad, la de ir al ejército,
y al colega la dedicación; mas puede conjeturarse lo cierto
por lo mismo que pasó en el acto de ésta. En los
idus, pues, de Septiembre, que vienen a coincidir con el plenilunio
del mes Metagitnión, congregados todos en el Capitolio,
Horacio, después de imponer silencio y practicar las demás
ceremonias, llegándose a las puertas, como es costumbre,
pronunció las palabras establecidas para la dedicación;
mas el hermano de Publícola, Marco, que hacía rato
estaba también a la puerta esperando el momento oportuno:
Cónsul, gritó, tu hijo ha muerto de enfermedad
en el ejército. Causó esto pesadumbre a todos
los circunstantes; pero Horacio, sin alterarse lo más mínimo,
y no diciendo otra cosa sino, echad el muerto donde quisiereis,
pues yo no me abandono al llanto llevó al cabo lo
que de la dedicación le restaba. No era cierta la noticia,
sino que Marco la había fingido para distraer a Horacio:
con todo, es muy digna de elogio la serenidad del cónsul,
bien se hubiese impuesto con rapidez del engaño, o bien
se hubiese mantenido inalterable a tal nueva, dándole crédito.
XV. Parece que en cuanto a la dedicación tuvo el segundo
templo la misma suerte: pues el primero que, como hemos dicho,
habiéndolo construido Tarquino lo dedicó Horacio,
fue en las guerras civiles pasto de las llamas; entonces levantó
Sila el segundo, y en la inscripción de la dedicación
se puso el nombre de Catulo, por haber Sila muerto antes. Destruido
igualmente éste en los alborotos del tiempo de Vitelio,
edificó el tercero Vespasiano, habiéndole seguido
en esto la buena suerte que en todas sus cosas; porque habiéndole
llevado desde el cimiento hasta su última perfección,
logró verle concluido; pero habiendo perecido de allí
a poco, no llegó a verle arruinado: en lo que fue tanto
más feliz que Sila, que éste murió antes
de la dedicación, y él antes de la ruina; porque
al mismo tiempo de morir Vespasiano sucedió el incendio
del Capitolio. Luego este cuarto de hoy fue construido y consagrado
por Domiciano. Dícese que Tarquino gastó en los
cimientos cuarenta mil libras de plata: de este que ahora vemos
no habría particular ninguno que tuviese bastante hacienda
para pagar solamente el dorado, que se dice haber costado más
de doce mil talentos. Las columnas fueron cortadas en las canteras
del monte Pentélico, siendo muy hermosas por la proporción
de su grueso con la longitud, pues las vi en Atenas. Labradas
y pulimentadas de nuevo en Roma, no ganaron tanto en lustre como
perdieron en simetría, habiendo quedado más gastadas
y delgadas de lo que convenía. Mas aquel que se maraville
de la riqueza del Capitolio, que vea en el palacio de Domiciano
un solo pórtico, o basílica, o baño, o habitación
de las mancebas, y a manera de lo que Epicarmo escribió
contra un hombre pródigo: No eres un bienhechor, sino un
enfermo; gozas dando el dinero a manos llenas. podría aplicar
una expresión semejante a Domiciano: no eres religioso
mi magnánimo: estás enfermo, complaciéndote
en hacer suntuosos edificios, y queriendo, como el otro Midas,
que todas las cosas te se conviertan en oro y mármoles.
Mas baste por ahora lo dicho sobre este punto.
XVI. Tarquino, después de aquella gran batalla en que
perdió el hijo que cuerpo a cuerpo peleó con Bruto,
retirándose a Clusio, pidió socorro a Larte Porsena,
hombre que entre los régulos de la Italia era el que tenía
mayor poder, y que gozaba, además, la opinión de
recto y amigo de gloria. Prometióle su auxilio, y lo primero
que hizo fue requerir a los Romanos sobre que Tarquino fuese restituido;
mas como éstos no le diesen oídos, denunciándoles
la guerra, y tiempo y lugar para el combate, se encaminó
a éste con poderoso ejército. Fue Publícola
elegido segunda vez cónsul en ocasión de estar ausente,
y con él Tito Lucrecio: regresando, pues, a Roma, y queriendo
dar a entender que en ánimo se aventajaba a Porsena, fundó
la ciudad de Sigluria, hallándose ya éste a poca
distancia; y cercándola con murallas a grandes expensas,
envió allá setecientos colonos, mostrando que no
le daba gran cuidado la guerra. Invadidos repentinamente los muros
de Roma, y acosados los centinelas por Porsena, dando éstos
a huir, estuvo en muy poco que no introdujesen consigo en la ciudad
a los enemigos. Acudió luego a las puertas Publícola
en su socorro; y trabando batalla junto al río, contuvo
a los enemigos, que con bastante tropa trataban de violentarlas,
hasta que, herido gravemente, fue preciso que en brazos ajenos
lo retirasen de la acción. Como después hubiese
sucedido lo mismo a su colega Lucrecio, cayó en los Romanos
el desaliento, y sólo por la fuga hacia Roma se salvaron.
Persiguiéronlos los enemigos por el puente, y corrió
el peligro Roma de ser tomada por armas. El primero Horacio Cocles,
y luego con él otros dos de los más distinguidos,
Herminio y Larcio, se pararon e hicieron cara en el puente. Dióse
a Horacio la denominación de Cocles, porque perdió
uno de los ojos en la guerra; aunque otros dicen que fue a causa
de ser muy romo, y tener la nariz tan aplastada, que casi no había
nada interpuesto entre ambos ojos, y las cejas estaban unidas,
por lo que muchos dieron en llamarle Cíclope, y después,
deslizándose la lengua, prevaleció entre la muchedumbre
el llamarle Cocles. Éste, pues, parándose delante
del puente, acuchilló a los enemigos, hasta que por la
otra cabeza rompieron el puente los dos que con él se habían
detenido. Entonces, arrojándose en el río armado
como estaba, le pasó a nado hasta arribar a la otra orilla,
aunque herido en una pierna con una lanza etrusca. Admirado Publícola
de su valor, mandó por lo pronto a todos los Romanos que
cada uno le contribuyese con la comida que consumía en
un día, trayéndosela al punto; y después
le distribuyó tanto campo cuanto en un día pudiese
rodear con el arado. Además de esto, pusieron su estatua
de bronce en el templo de Vulcano, consolándole con este
honor la cojera que la herida le produjo.
XVII. Estando Porsena sobre Roma, fue además afligida
la ciudad con hambre, y otro ejército de Tirrenos salió
por sí mismo a talar el país. Publícola elegido
cónsul por tercera vez, aunque juzgó que no debía
oponerse de otro modo a Porsena que estándose dentro del
recinto y defendiéndole, salió contra los otros
Tirrenos, y viniendo a las manos los derrotó, matando unos
cinco mil de ellos. Lo sucedido con Mucio es referido por muchos
y de muchas maneras: habré, sin embargo, de decir acerca
de ello lo que pasa por cierto entre los más, y lo que
yo mismo creo. Era hombre tenido por bueno en toda virtud, y en
las artes de la guerra muy aventajado: puesto, pues, en celada
con determinación de dar muerte a Porsena, se introdujo
en su campo, vestido a la etrusca, y usando el mismo lenguaje.
Internóse hasta el tribunal donde el rey estaba sentado;
mas no conociéndole bien, y temiendo descubrirse si hacía
alguna pregunta, desenvainó la espada y atravesó
al primero que le pareció ser el rey entre todos los que
con él estaban. Prendiéronle al punto por el hecho,
e iban a castigarle; y habiendo allí un braserillo con
fuego, el que habían traído para cierto sacrificio
que había de hacer el rey, puso en el la diestra, y tostándose
la carne, se estuvo mirando al rey de hito en hito con semblante
firme e inalterable, hasta que asombrado éste lo dejó
libre, y lo despidió del tribunal, volviéndole su
espada, la que él tomó alargando para ello la mano
izquierda; y de aquí dicen que se le originó la
denominación de Escévola, que quiere decir zurdo.
Dijo entonces que él había podido hacerse superior
al miedo que Porsena quería infundirle; pero se veía
vencido de su virtud: así que, movido de agradecimiento,
indicaría lo que no se le habría arrancado por la
fuerza: Que trescientos Romanos- continuó-, con la
misma determinación que yo tenía, discurren por
tu campo, espiando la oportunidad; a mí la suerte me destinó
a ser quien empezase, y no maldigo mi fortuna por haber errado
respecto de un hombre virtuoso, y más digno de ser romano
que no nuestro enemigo. Al oír esto Porsena le dio
crédito y quedó más dispuesto para tratar
de paz; no tanto en mi entender por el miedo de los trescientos
como prendado y maravillado del ánimo y virtud de los Romanos.
A este joven le llaman todos Mucio Escévola, con los dos
nombres juntos; pero Atenodoro el de Sandón, en su libro
a Octavia, la hermana de César, dice que también
se llamaba Opsígono.
XVIII. Publícola, a quien no era tan incómodo tener
por enemigo a Porsena como le fuera grato tenerle por amigo y
aliado, no rehusó someterse a su juicio en las cosas de
Tarquino, antes con gran confianza acudió a él repetidas
veces en acusación del más perverso de los hombres,
que con la mayor justicia había sido arrojado del trono.
Como Tarquino hubiese respondido con gran desenfado que nadie
debía hacerse juez en tal negocio, y mucho menos Porsena,
si siendo aliado mudaba de propósito, enfadado éste
y abandonándole, a lo que se agregaron también los
ruegos y oficios de su hijo Arronte en favor de los Romanos, se
apartó de la guerra, bajo condición de que se desposeyesen
del terreno que habían ocupado en la Etruria, de que dejasen
en libertad a los prisioneros, a cambio de los tránsfugas.
Dieron sobre esto en rehenes a diez mancebos y otras tantas doncellas
de familias patricias, siendo una de éstas la hija de Publícola,
Valeria.
XIX. Hecho esto, cesó ya Porsena en todos los preparativos
y aparato de guerra, fiado en los tratados: así, las doncellas
bajaban a bañarse. Formaba en aquel lugar la orilla una
ensenada que abarcaba el río, y hacía a la vista
su curso sumamente sosegado y tranquilo. Mas como no viesen por
allí ningún guarda, ni otra persona alguna que pasase
o navegase, les vino el pensamiento de marcharse a nado por una
corriente caudalosa y profundos remolinos. Refieren algunos que
una de ellas, llamada Clelia, hizo la travesía a caballo,
y que ésta fue la que movió y alentó a las
otras jovencitas. Cuando puestas en salvamento comparecieron ante
Publícola, no mostró maravillarse, y mucho menos
alegrarse; antes lo llevó a mal, porque Porsena culparía
su falta de fe; y lo que había sido yerro de las doncellas,
lo atribuiría a maldad de los Romanos; por tanto, reuniendo
otra vez las doncellas, las volvió a mandar a Porsena.
Habíanlo entendido todo Tarquino y los suyos; así,
poniéndose en celada contra los que acompañaban
a las doncellas, los aguardaban al paso en no pequeño número.
Defendiéronse éstos, y en tanto la hija de Publícola,
Valeria, penetrando por entre los que combatían, pudo huir,
y tres de sus criados huidos con ella la pusieron en salvo. En
socorro de las demás, que no sin peligro quedaron entre
los de la pelea, sobrevino prontamente Arronte, el hijo de Porsena,
con noticia que de ello tuvo; y ahuyentados los enemigos, sacó
de riesgo a los Romanos. Luego que restituidas las doncellas las
tuvo Porsena en su presencia, inquiría cuál era
la inventora y promovedora de aquel hecho, y al oír el
nombre de Clelia, se la quedó mirando con semblante placentero
y alegre, y mandando que trajesen uno de sus caballos ricamente
enjaezado, se lo regaló; y de aquí toman argumento
en su favor los que sostienen que sola Clelia pasó el río
a caballo; diciendo otros que no fue así, sino que el rey
tirreno hizo aquella honra singular a su espíritu varonil.
Encuéntrase, como se va por la vía sacra al Palatino,
una estatua suya ecuestre; la que, con todo, dicen algunos no
ser de Clelia, sino de Valeria. Reconciliado Porsena con los Romanos,
dio pruebas de benevolencia a la ciudad en otras muchas cosas;
pero señaladamente en que, dando orden a los Tirrenos para
que tomasen las armas solamente y nada más, dejando los
reales como estaban llenos de víveres y de otros muchos
efectos, hizo de todo presente a los Romanos; por lo cual todavía
entre nosotros los que venden en almoneda bienes públicos
pregonan primero los efectos de Porsena, guardando a este rey
un monumento eterno de gratitud en este recuerdo. Existe también
una estatua suya en bronce junto al Senado, y muy sencilla y antigua
en su trabajo.
XX. Después de estos sucesos invadieron el país
los Sabinos, y fueron elegidos cónsules Marco Valerio,
el hermano de Publícola y Postumio Tuberto. Hubo hechos
grandes y memorables, debidos al juicio y presencia de Publícola,
y en su virtud salió Valerio vencedor en dos grandes batallas,
de las cuales en la segunda, sin haber perdido ni un solo hombre
los Romanos, murieron trece mil de los enemigos. Concediósele
en premio, además de los triunfos, el que a expensas públicas
se le edificase una casa en el Palatino. Abríanse entonces
todas las puertas de las casas hacia adentro, y en esta sola se
dispuso que sus puertas principales se abriesen hacia afuera,
para que siempre apareciera algo de popular en ella, conforme
al honor que a su dueño se había dispensado. Dícese
que en Grecia estaban así dispuestas todas las casas, deduciéndolo
de las comedias, porque en sus dramas los que van a salir dan
golpes y hacen ruido por adentro en sus propias puertas, para
que los que pasan o están parados junto a ellas lo sientan
y no sean ofendidos al abrirlas hacia la calle.
XXI. Al año siguiente fue elegido cónsul por cuarta
vez Publícola, temiéndose nueva guerra, que de parte
de los Sabinos y Latinos amenazaba. Conmovió a la ciudad
al mismo tiempo cierta superstición, porque todas las mujeres
que estaban encinta daban a luz partos a los que faltaba algún
miembro, y ninguno salía perfecto y a su tiempo. Publícola,
pues, conforme a los libros de las Sibilas, hizo sacrificio propiciatorio
a los Dioses infernales, y restableció combates instituidos
por la Pitia, con lo que puso a la ciudad más confiada
en la asistencia divina; y luego volvió su atención
al miedo más cierto, que venía de los hombres, porque
eran grandes los preparativos y movimientos de los enemigos. Había
entre los Sabinos un Apio Clauso, varón poderoso por su
riqueza, muy señalado también por sus grandes fuerzas,
y que tenía además, por la opinión de su
virtud y su afluencia en el decir, un lugar muy preferente; mas
con todo, no se libertaba de lo que acontece a todos los hombres
grandes, que es tener envidiosos, y a los que de él lo
eran les dio ocasión de que publicasen que con impedir
la guerra hacía que las cosas romanas tomasen incremento
para la tiranía y esclavitud de la patria. Enterado de
estas voces, que eran oídas con gusto de la muchedumbre,
y considerándose expuesto con los inclinados a la guerra,
y con los que la profesaban, temía ser puesto en juicio;
por otra parte, tenía entre sus amigos y parientes muchas
manos que le defendiesen; rebelóse, pues, y esto era lo
que causaba la detención y cuidado de los Sabinos en cuanto
a la guerra. No solamente tomó Publícola por su
cuenta enterarse del estado de estas cosas, sino el excitar también
y promover la sublevación; y valiéndose de partidarios
que allí tenía de su confianza, hizo que en su nombre
tuviesen a Clauso este lenguaje: Publícola te tiene
en tal opinión de virtuoso y justo, que no cree hayas de
querer causar el menor daño a tus ciudadanos, aunque ofendido
y agraviado de ellos; mas si, deseando ponerte en salvo, quisieres
pasarte y huir de los que te aborrecen en público y en
particular, serás recibido de un modo digno de tu virtud
y de la magnificencia de Roma. Reflexionando muchas veces
Clauso sobre esta propuesta, túvola por preferible al apuro
en que se veía; y conferenciando sobre ella con los amigos,
que atrajeron también a otros al mismo parecer, sublevó
hasta unas cinco mil casas, con las mujeres e hijos, y trajo a
Roma cuanto había más tranquilo y de más
suave y reposadas costumbres entre los Sabinos, sabiéndolo
antes Publícola, y recibiéndolos benigna y amistosamente
cuanto fue posible. Porque a todas las familias les concedió
los derechos de ciudad, y a cada uno le repartió dos yugadas
en un campo junto al río Anio. A Clauso dióle veinticinco
yugadas de tierra, y escribióle entre los senadores, siendo
esta su primera autoridad, de la cual usó con prudencia,
y llegó después a la mayor dignidad y poder, dejando
en Roma la familia y linaje de los Claudios, que a ningún
otro cede en esplendor.
XXII. Traídas a este punto, con deserción de tantas
familias, las cosas de los Sabinos, no por eso dejaron los demagogos
de conmover y alborotar, vociferando no faltar más, sino
que Clauso, lo que presente no había podido conseguir,
que era el que no se vengasen de las ofensas recibidas de los
Romanos, lo alcanzase entonces después de ser un tránsfuga
y enemigo. Movieron, pues, con grande ejército, y acampándose
junto a Fidenas, colocaron una partida, unos dos mil soldados
de los pesadamente armados en sitios resguardados y barrancosos,
con designios de que saliesen a la mañana temprano a merodear
abiertamente algunos de a caballo. Habían encargado a éstos
que luego que diesen vista a la ciudad se retirasen poco a poco,
hasta atraer a los enemigos a la celada. Noticioso Publícola
al punto de estas disposiciones por algunos tránsfugas,
sin dilación acudió a todo, y distribuyó
convenientemente sus fuerzas; porque su yerno Postumio Balbo salió
ya la tarde anterior con tres mil infantes a ocupar y guardar
las eminencias, bajo las cuales estaban emboscados los Sabinos;
su colega Lucrecio, con las tropas más ligeras y más
prontas que tenía la ciudad, se puso en paraje en que pudiera
contrarrestar a los caballos destinados a hacer presas; y él
mismo, llevando consigo las restantes tropas, se fue a cercar
a los enemigos; y como por fortuna hubiese sobrevenido al mismo
amanecer una espesa niebla, a un tiempo Postumio comenzó
a dar voces, y se dirigió desde las alturas contra los
emboscados; Lucrecio hizo que los suyos cargasen a la caballería
avanzada, y Publícola cayó sobre los reales de los
enemigos; así por todas partes los Sabinos llevaron lo
peor, y fueron desbaratados. A los últimos, por de contado,
como no se defendiesen, sino que echasen a huir, luego los pasaron
a cuchillo los Romanos, habiendo contribuido a su ruina su misma
esperanza, porque pensando los de cada parte que los otros se
habían salvado, no curaban de defenderse ni de permanecer
en sus puestos, sino que los de los reales corrían hacia
los de la celada, y éstos hacia el campamento; así
huyendo, daban de frente con aquellos mismos hacia quienes huían,
y que necesitaban de ser socorridos en lugar de poder prestar
el socorro que los otros esperaban. Y si no perecieron todos los
Sabinos, sino que se salvaron algunos, se debió precisamente
a la ciudad de Fidenas, que estaba inmediata, a la que al hacerlos
prisioneros se acogían, especialmente del campamento. Cuantos
no pudieron entrar en Fidenas, o perecieron, o fueron presentados
vivos por los que los cautivaron.
XXIII. Este feliz suceso, por más que los Romanos estaban
en la costumbre de hacer intervenir a la divinidad en las cosas
de alguna importancia, creyeron que enteramente fue obra del general,
y entre los mismos que se hallaron en la batalla se dijo desde
luego que los enemigos habían llegado cojos y ciegos, y
punto menos que muertos por Publícola al filo de sus espadas.
Adelantó también mucho en riqueza la ciudad en esta
ocasión con el botín y con los cautivos. Publícola,
habiendo triunfado y entregado el mando a los cónsules
que para sucederle se eligieron, al cabo de muy poco falleció,
después de una vida colmada, hasta donde es dado aspirar,
de todos los que se juzgan bienes y prosperidades. El pueblo,
como si nada hubiera hecho por él durante su vida, sino
que todavía le estuviese muy alcanzado en gratitud, decretó
que a expensas públicas se diese sepultura a su cuerpo,
llevando cada uno en su honor un cuartillo; y las matronas por
sí mismas trajeron un año entero por tan esclarecido
varón un luto tan honroso como envidiable. Sepultósele,
por resolución de los ciudadanos, dentro del recinto de
la población, hacia la llamada Velia, concediendo participar
de la misma sepultura a su descendencia. Ahora no se entierra
nadie en ella, y lo que hacen es llevar el cadáver a aquel
punto, y depositándole en él, se le arrima un hacha
encendida, retirándola luego, con lo que se da a entender
que se tiene el derecho, pero se renuncia a aquel honor, y con
esto luego se llevan el cadáver.
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