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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
ALEJANDRO
IX. Hacía Filipo la guerra a los Bizantinos cuando Alejandro no tenía más que diez y seis años, y habiendo quedado en Macedonia con el gobierno y con el sello de él, sometió a los Medos, que se habían rebelado; tomóles la capital, de la que arrojó a los bárbaros, y repoblándola con gentes de diferentes países le dio el nombre de Alejandrópolis. En Queronea concurrió a la batalla dada contra los Griegos, y se dice haber sido el primero que acometió a la cohorte sagrada de los Tebanos; todavía en nuestro tiempo se muestra a orillas del Cefiso una encina antigua llamada de Alejandro, junto a la cual tuvo su tienda, y allí cerca está el cementerio de los Macedonios.
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PERICLES
I Viendo César en Roma ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece, si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias. Puesto que nuestra alma es por naturaleza curiosa y ávida de espectáculos, ¿no es razonable censurar a los que abusan de este instinto, consagrándolo a lecciones y espectáculos indignos de atención y despreocupándose, por otra parte, de las cosas bellas y útiles?
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Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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RÓMULO
I. Este nombre grande de Roma, que con tanta
gloria ha corrido entre todos los hombres, no están de
acuerdo los escritores sobre el origen y causa por donde le vino
a la ciudad que con él se distingue. Algunos creen que
los Pelasgos, que corrieron por diferentes partes de la tierra
y sojuzgaron muchos pueblos, se establecieron allí, y de
la fuerza de sus armas dieron este nombre a la ciudad, que eso
quiere decir Roma. Otros refieren que tomada Troya, algunos de
los que huían pudieron hacerse de naves, e impelidos del
viento fueron a caer en el país Tirreno, y pararon en las
inmediaciones del Tíber. Allí, estando ya las mujeres
sin saber qué hacerse, y muy molestadas de la navegación,
una de ellas, llamada Roma, que sobresalía en linaje y
prudencia, les propuso dar fuego a las naves; hízose así,
y al principio los hombres se incomodaron; pero cediendo luego
a la necesidad, se establecieron en lo que se llamó Palacio;
y como al cabo de poco viesen que les iba mejor de lo que habían
esperado, por ser excelente el país y haber sido muy bien
recibidos de los habitantes, dispensaron a Roma, entre otros honores,
el que de ella, como de primera causa, tomase nombre su ciudad.
De entonces dicen que viene lo que todavía se practica,
que las mujeres saludan con ósculo a los deudos y a sus
propios maridos, porque también aquellas saludaron así
a los hombres después de la quema de las naves, por miedo
y para templarlos en su enojo.
II. Unos dicen que Roma, hija de Ítalo y de Leucaria,
o, según otra tradición, de Télefo el de
Heracles casada con Eneas, fue la que puso nombre a la ciudad;
y otros, que no fue sino una hija de Ascanio el de Eneas. Según
una sentencia, fue Romano, hijo de Ulises y de Circe, el que fundó
a Roma; según otra, Remo el de Ematión, enviado
por Diomedes desde Troya, y según otra, Romis, tirano de
los Latinos, el que arrojó de allí a los Tirrenos,
que de la Tesalia habían pasado a la Lidia, y de la Lidia
a Italia. No sólo esto, sino que aun los que con más
fundada razón designan a Rómulo como denominador
de aquella ciudad, no convienen entre sí acerca de su origen;
porque unos sostienen que fue hijo de Eneas y Doxitea la de Forbante,
y que siendo niño, fue traído a la Italia con su
hermano Remo, y habiéndose perdido en el río, que
había salido de madre, los demás barcos, aquel en
que navegaban los dos niños había arribado a una
orilla muelle, y salvos, por tanto, inesperadamente, se puso al
sitio el nombre de Roma; otros, que Roma, hija de aquella Troyana,
la cual hija casó con Latino el de Telémaco, dio
a luz a Rómulo; y otros, que fue Emilia la de Eneas y Lavinia,
conocida por Marte. Finalmente, otros hacen en este punto relaciones
del todo fabulosas: que Tarquecio rey de los Albanos, hombre sumamente
injusto y cruel, tuvo dentro de su palacio una visión terrible:
un falo que salió de entre el fuego, y estuvo permanente
por muchos días. Había en el país Tirreno
un oráculo de Tetis, del cual vino a Tarquecio la respuesta
de que una virgen se ayuntase con la fantasma, porque nacería
de ella un hijo muy esclarecido, excelente en virtud, en fortuna
y en valor. Dio parte del oráculo Tarquecio a una de sus
hijas, mandándole que se ayuntase a la fantasma; mas ésta
lo miró con abominación, y envió a una de
sus criadas. Cuando Tarquecio lo llegó a entender, lo llevó
muy mal, e hizo prender a entrambas para darles muerte; pero habiéndosele
aparecido Vesta entre sueños, y desaprobándole aquel
rigor, les dio a tejer cierta tela, presas como estaban, tejida
la cual habían de casarse: tejían ellas de día;
pero de noche, por orden de Tarquecio, destejían otras
lo tejido. Dio a luz la criada dos gemelos, y Tarquecio los entregó
a Teracio con orden de que les diese muerte; pero éste
los expuso a la orilla del río, donde una loba acudía
a darles de mamar, y diversas aves, trayéndoles de su cebo,
lo ponían en la boca a los niños, hasta que un vaquero
que lo vio, y lo tuvo a maravilla, se atrevió a acercarse,
y los llevó consigo; y habiéndose salvado por este
medio, acometieron después a Tarquecio, y le vencieron.
Así lo cuenta un historiador llamado Promatión,
que dio a la luz una historia de Italia.
III. Mas la relación que pasa por más cierta, y
tiene mayor número de testigos en su favor, la publicó
el primero entre los griegos en sus más señaladas
circunstancias, Diocles Perapetio, a quien en las más de
las cosas sigue Fabio Píctor, y aunque todavía otras
diversas sentencias acerca de estos mismos sucesos, la más
recibida, para venir ya al caso, es en esta forma: la sucesión
de los reyes de Alba, descendientes de Eneas, vino a recaer en
dos hermanos, Numitor y Amulio; y habiendo Amulio hecho dos partes
de todo, poniendo el reino de un lado, y en otro, en contraposición,
las riquezas y todo el oro traído de Troya, Numitor hizo
elección del reino. Mas sucedió que Amulio, dueño
de los intereses, le usurpó también el reino con
la mayor facilidad; y por temor de que su hija tuviese sucesión,
la creó sacerdotisa de Vesta, para que permaneciese doncella
y sin casarse por toda su vida; llamábase Ilia, según
unos; Rea, según otros, y según otros, Silvia. Al
cabo de poco fue denunciada de que, contra la ley prescrita a
las vestales, estaba encinta; y hubiera sufrido su terrible pena,
a no haber sido por Anto, la hija del Rey, que intercedió
por ella con su padre; pero, sin embargo, fue puesta en prisión
y separada de todo trato, para que no pudiese suceder su parto
sin noticia de Amulio. Dio a luz dos niños de aventajada
robustez y hermosura, con lo que, creciendo más el temor
de Amulio, dio orden a uno de sus ministros para que se apoderase
de ellos y los quitase del medio. Dicen algunos que este ministro
se llamaba Fáustulo; pero otros piensan que éste
era el nombre del que los recogió. Puso, pues, los niños
en una cuna, y bajó al río para arrojarlos en él;
pero hallándolo crecido y arrebatado, tuvo miedo de acercarse,
y dejándolos junto a la orilla se dio por cumplido. Hacía
el río remansos, con lo que la creciente llegó a
la cuna, y levantándola blandamente, la fue llevando a
un sitio sumamente muelle, al que ahora llaman Quermalo, y en
lo antiguo Germano, porque a los hijos de unos mismos padres los
Latinos los llaman germanos.
IV. Había allí cerca un cabrahigo, al que llamaron
Ruminal, o por Rómulo, como opinan los más, o por
los ganados que al medio día sesteaban a su sombra, o más
aún por la lactancia de los niños, porque los antiguos
a la teta decían ruma, y a cierta Diosa que creen preside
a la crianza de los niños le llaman Rumilia, y le hacen
sacrificio abstemio, libándole con leche. Estando, pues,
allí expuestos los niños, cuentan que una loba les
daba de mamar, y que un quebrantahuesos los alimentaba también
y defendía. Esta ave se tiene por consagrada a Marte, y
los latinos la tienen en gran veneración y honor; por lo
que la madre de los niños, que decía haberlos tenido
de Marte, se concilió gran fe: bien que se dice haberle
venido este error de que el mismo Amulio, en traje de guerrero,
la violentó y desfloró. Otros sospechaban que el
nombre de la nutriz, por su anfibología, fue el que dio
ocasión y asidero a esta fábula, porque los latinos
llamaban lobas, de esta especie de fieras, a las hembras, y de
las mujeres a las que eran malas de sus cuerpos, y tal parece
que era la mujer de Fáustulo, que crió a estos dos
infantes, llarnada Aca Larencia. Hácenle sacrificios los
Romanos y libaciones en el mes de abril el sacerdote de Marte,
dándose a la misma fiesta el nombre de Larencia.
V. Todavía festejan a otra Larencia con esta ocasión,
el custodio del templo de Heracles, estando un día ocioso,
propuso al dios que jugasen a los dados, estipulando que, si él
ganaba, había el dios de darle alguna cosa de valor, y
ofreciéndole si perdía que tendría una mesa
opípara y una buena moza con quien reposase. Tirando, pues,
por Heracles, y luego por sí, se vio que había perdido;
y queriendo llenar bien su promesa y estar, como era justo, a
lo convenido, preparó a Heracles un banquete, y concertándose
reservadamente con Larencia, que era muy bonita, la llamó
al convite, y en el templo les aderezó un lecho, encerrándolos
acabada la cena, como para que gozase de ella el dios. Cuéntase
que éste se le apareció, y le mandó que fuese
de madrugada a la plaza, y saludando al primero que encontrase
lo hiciese su amigo. Encontróse con ella uno de los ciudadanos,
hombre ya de bastante edad, a quien la suerte había favorecido
con una buena hacienda, y al mismo tiempo sin hijos, pues nunca
había tenido mujer: su nombre era Tarrucio. Unióse
a ella, y la tuvo en aprecio, y a su muerte la dejó heredera
de muchas y excelentes posesiones, la mayor parte de las cuales
legó ella después al pueblo en su testamento. Cuéntase
que siendo ya muy celebrada, y teniendo fama de ser favorecida
del dios, se desapareció en el mismo sitio en que la otra
Larencia fue sepultada, el cual se llama ahora Belauro, porque
en las frecuentes crecidas que tiene el río van con barcos
al Foro por aquel paraje, y a esta especie de navegación
la llaman Belatura. Otros son de sentir que los que dan espectáculos
defienden con lienzos la calle que va desde la plaza al Hipódromo,
empezando por aquel sitio; y en latín estos lienzos se
llaman velas; éste es el motivo por que la segunda Larencia
es tenida en veneración entre los Romanos.
VI. Recogió los niños Fáustulo, uno de los
pastores del rey, sin que nadie lo entendiese, o, según
el sentir de los que parece, se acercan más a lo cierto,
sabiéndolo Numitor, y suministrando reservadamente auxilios
a los que corrían con su crianza. Añádese
que, llevándolos a Gabias, se les educó en letras
y en todas las demás habilidades propias de gente bien
nacida; y que, por habérseles visto mamar de la loba, de
aquí vino ponérseles los nombres de Rómulo
y Remo. Y la buena disposición de sus cuerpos, aun siendo
niños, en la estatura y belleza de ellos dio bien claras
muestras de su carácter. Ya más adultos se vio que
ambos eran resueltos y esforzados, de ánimo intrépido
para peligros, y de una osadía que con nada se arredraba;
pero en Rómulo se descubría mayor disposición
para manejarse con prudencia y cierto tino político: así,
en los encuentros que con los vecinos se ofrecían en pastos
y cacerías se echaba luego de ver que su genio era más
de jefe que de súbdito. Por tanto, con sus iguales y con
los infelices eran muy afables; pero con los sobrestantes y mayordomos
del rey y con los mayorales del ganado, en quienes no reconocían
ventaja de virtud, eran altivos, no dándoseles nada de
sus amenazas ni de su enojo. Sus ejercicios y juegos eran de personas
nobles; porque no hacían consistir la nobleza en el ocio
y la holgazanería, sino en la lucha, en la caza, en las
apuestas a correr, en sujetar a los forajidos, en limpiar la tierra
de ladrones, y en proteger a los que eran atropellados, con lo
que habían adquirido gran nombre.
VII. Suscitóse rencilla entre los vaqueros de Amulio y
Numitor, robando éstos algún ganado; y no pudiendo
llevarlo en paciencia, vinieron con ellos a las manos, los hicieron
retirarse y les arrebataron gran parte de la presa; y aunque Numitor
se irritó por ello, no sólo tuvieron en poco su
enojo, sino que congregaron y reunieron a muchos esclavos, dando
aquí principio a sus conatos osados y sediciosos. Un día
que Rómulo se había ausentado con motivo de un sacrificio,
porque era religioso y dado a la ciencia augural, los vaqueros
de Numitor trabaron contienda con Remo, a quien hallaron con poca
gente, y habiendo habido de una y otra parte contusiones y heridas,
vencieron al cabo los de Numitor y tomaron vivo a Remo. Presentado
ante Numitor, no quiso castigarle, temiendo la áspera condición
del hermano, sino que se dirigió a éste y le pidió
le hiciese justicia, pues que con ser su hermano se veía
ultrajado de sus sirvientes: con lo que, y tomando también
parte por él los de Alba, que sentían no se le tratase
según su dignidad, alcanzó de Amulio que le hiciese
entrega de Remo, para que en cuanto a él procediera como
le pareciese. Llamólo ante sí luego que regresó
a su casa, y admirado de la gallardía de tal mancebo, porque
en estatura y en fuerza se aventajaba a todos, leyéndole
en el semblante la osadía y determinación del ánimo,
porque su continente era noble e inalterable aun en aquella situación,
y oyendo además que sus obras correspondían con
lo que se veía, o lo más cierto, ordenándolo
así algún dios, y echando el cimiento a grandes
sucesos, empezó afortunadamente a entrar en sospecha de
la verdad, y le preguntó quién era y cuál
su origen, con tan blandas palabras y afable rostro, que no pudieron
menos de infundirle esperanza. Confiado, pues, nada te ocultaré-
le respondió-, porque me pareces de ánimo más
regio que no Amulio, pues tú oyes y preguntas antes de
castigar, y aquel nos ha entregado sin que precediese juicio.
Al principio nos tuvimos por hijos de Fáustulo y Larencia,
sirvientes del rey, porque somos gemelos: puestos ya en juicio
y calumniados ante ti, en este riesgo de la vida se nos han referido
acerca de nosotros mismos cosas extraordinarias: si son o no ciertas,
el éxito debe decirlo. Nuestro nacimiento se dice que es
un arcano, y nuestra crianza de recién nacidos, muy maravillosa,
habiendo sido sustentados por las mismas aves y fieras a las que
nos habían arrojado, dándonos de mamar una loba,
y cebo un quebrantahuesos, expuestos como nos hallábamos
en una cuna a orillas del río grande. Todavía existe
la cuna con arcos de bronce, en que hay grabados caracteres enigmáticos:
indicios que quizá serán inútiles para nuestros
padres muriendo nosotros. Numitor, con esta narración,
y conjeturando además el tiempo por el aspecto, concibió
una halagüeña esperanza, y pensó en el modo
como podría secretamente hablar de estas cosas con su hija,
que todavía estaba en estrecho encerramiento.
VIII. Fáustulo, en tanto, oída la prisión
de Remo y su consignación, pidió a Rómulo
le diese ayuda, diciéndole ya entonces por lo claro cuál
era su origen, pues antes sólo les había hecho alguna
indicación, en cuanto convenía para que no pensasen
bajamente, y además, tomando consigo la cuna, se encaminaba
a verse con Numitor, lleno de la agitación y temor que
el caso exigía. Mas habiendo dado que sospechar a los guardas
que el rey tenía en las puertas, registrándole éstos
y turbándose a sus preguntas, se descubrió que ocultaba
la cuna debajo de la capa. Hallábase entre ellos casualmente
uno de los que presenciaron el arrebato de los niños para
su exposición, y sabía todo lo ocurrido acerca de
ella: viendo, pues, éste la cuna, y reconociéndola
por su adorno y por los caracteres, vino en conocimiento de todo,
y no se descuidó, sino que se fue a dar cuenta al rey,
dando motivo a que se le hiciese comparecer. Apretado Fáustulo
en tanto estrecho, no se conservó enteramente tranquilo,
pero tampoco del todo se aturdió; y confesó que
sí, que los niños se habían salvado, pero
que estaban de pastores lejos de Alba; y la cuna la llevaba a
Ilia, porque muchas veces ésta había deseado verla
y tocarla para más cierta esperanza de sus hijos. Sucedióle
en esta ocasión a Amulio lo que comúnmente acontece
a los que obran perturbados del temor o de la ira; porque echó
mano de un hombre bueno, pero muy amigo de Numitor, para que inquiriese
de éste qué noticias le habían llegado de
los niños y de cómo se habían salvado. Constituido
éste en casa de Numitor, observando que Remo casi gozaba
de toda su confianza y su amor, les hizo concebir grande esperanza,
y los exhortó a que se anticipasen cuanto más pudiesen,
asistiéndolos él mismo y combatiendo a su lado.
Ni el estado de las cosas les hubiera permitido detenerse aunque
hubiesen querido, porque ya Rómulo estaba allí junto,
y se le habían pasado muchos de los ciudadanos por odio
y temor de Amulio. Traía también consigo mucha tropa,
formada por centurias, mandada cada una por un caudillo, que ostentaba
la lanza coronada con un manojo de hierbas y ramas: a estos manojos
los Latinos les llaman manípulos, y de entonces viene el
que aun hoy en los ejércitos a estos caudillos les dicen
Manipularios. Concitando, pues, Remo a los de adentro, y sobreviniendo
Rómulo por la parte de afuera, asustado Amulio, ni hizo
nada, ni pensó en nada para su defensa, sino que se dejó
prender, y pereció. Tal viene a ser la relación
que Fabio y Diocles Peparetio, que parece fue el primero que escribió
de la fundación de Roma, hacen acerca de estas cosas, sospechosa
para muchos de fabulosa e inventada; mas no debe dejarse de creer,
en vista de las grandes hazañas de que cada día
es artífice la fortuna, y si se considera que la grandeza
de Roma no habría llegado a tanta altura, a no haber tenido
un principio en alguna manera divino, en el que nada parezca demasiado
grande o extraordinario.
IX. Muerto Amulio y restablecido el orden, Rómulo y Remo
no tuvieron por conveniente permanecer en Alba, no teniendo el
mando; ni tampoco tenerle, viviendo el abuelo materno: entregando,
pues, a éste la autoridad, y poniendo a la madre en el
honor que le correspondía, determinaron vivir sobre sí,
fundando una ciudad en aquel territorio en que al principio recibieron
el primer sustento, que es entre todos el motivo más plausible.
Era quizá también preciso, habiéndoseles
reunido tantos esclavos y hombres sediciosos, o quedarse sin fuerzas
con la dispersión de esta gente, o formar un establecimiento
aparte. La prueba de que los de Alba no querían comunicación
con aquellos rebeldes, ni tenerlos por ciudadanos, se tuvo bien
pronto en la resolución que éstos hubieron de tomar
para tener mujeres, pues no nació de arrojo injurioso,
sino de necesidad, por no poder obtener casamientos voluntarios,
pues que trataron a las robadas con la mayor estimación.
Echados los primeros cimientos de la ciudad, levantaron un templo
de refugio para los que a él quisiesen acogerse, llamándole
del dios Asilo; admitían en él a todos, no volviendo
los esclavos a sus señores, ni el deudor a su acreedor
ni el homicida a su gobierno, sino que aseguraban a todos la impunidad,
como apoyada en cierto oráculo de la Pitia; con lo que
prontamente la ciudad se hizo muy populosa, siendo así
que los primeros fuegos se dice que no pasaban de mil; pero de
esto hablaré más adelante. A los primeros intentos
de la fundación hubo ya disensión entre los dos
hermanos acerca del sitio: Rómulo quería hacer la
ciudad de Roma cuadrada, como dicen, esto es, de cuatro ángulos,
y establecerla donde está; y Remo prefería un paraje
fuerte del Aventino, que se llamó Remonio, y ahora Rignario.
Convinieron en que un agüero fausto terminase la disputa;
y colocados para ello en distintos sitios, dicen que a Remo se
le aparecieron seis buitres, y doce a Rómulo; pero hay
quien dice que Remo los vio realmente, mas lo de Rómulo
fue suposición, y que ya cuando Remo se retiraba, entonces
fue cuando a Rómulo se le aparecieron los doce, y que por
esta causa los Romanos aun ahora hacen gran uso del buitre en
sus agüeros; y Herodoro Póntico refiere que Heracles
tenía también por buena señal, al entrar
en alguna empresa, la aparición de un buitre, porque de
todos los animales es el menos dañino, no tocando a nada
de lo que los hombres siembran, plantan o apacientan, y alimentándose
sólo de cuerpos muertos, porque se dice que no mata ni
aun ofende a nada que tiene aliento, y a las aves, por la conformidad,
ni aun estando muertas se acerca; cuando las águilas, las
lechuzas, y los gavilanes acometen y matan a las aves de su propia
especie, a pesar de lo que dice Esquilo: ¿Cómo puede
ser pura un ave que de otra ave se alimenta? Fuera de esto, las
demás se revuelven continuamente a nuestra vista, por decirlo
así, y se nos hacen sentir; pero el buitre es un espectáculo
desusado, y muy raro será el que haya dado con los polluelos
de un buitre, y aun ha habido a quien lo raro e insólito
de su aparición le ha dado la extraña idea de que
por mar vienen de tierras lejanas, como opinan los adivinos que
ha de ser lo que no se aparece naturalmente y por sí, sino
por disposición y operación divina.
X. Llegó Remo a entender el engaño, y se incomodó;
por lo que, estando ya Rómulo abriendo en derredor la zanja
por donde había de levantarse el muro, comenzó a
insultarle y a estorbar la obra; y habiéndose propasado
últimamente a saltar por encima de ella, herido, según
unos, por el mismo Rómulo, y según otros por Céler,
uno de sus amigos, quedó muerto en el mismo sitio. Murieron
también en la revuelta Fáustulo y Plistino, del
cual, siendo hermano de Fáustulo, se dice que contribuyó
asimismo a la crianza de Rómulo y su hermano. De resultas
Céler se pasó al país Tirreno; y de él
los Romanos a los prontos y ligeros los llaman céleres,
y a Quinto Metelo, porque en la muerte de su padre en muy pocos
días dio un combate de gladiadores, admirados de la prontitud
con que lo dispuso, le dieron el sobrenombre de Céler o
Ligero.
XI. Dio Rómulo sepultura en el sitio llamado Remoria a
Remo y a los que le habían dado la crianza; y atendió
luego a la fundación de la ciudad, haciendo venir de la
Etruria o Tirrenia ciertos varones, que con señalados ritos
y ceremonias hacían y enseñaban a hacer cada cosa
a manera de una iniciación. Porque en lo que ahora se llama
Comicio se abrió un hoyo circular, y en él se pusieron
primicias de todas las cosas que por ley nos sirven como provechosas,
o de que por naturaleza usamos como necesarias; y de la tierra
de donde vino cada uno cogió y trajo un puñado,
que lo echó también allí, como mezclándolo.
Dan a este hoyo el mismo nombre que al cielo, llamándole
mundo. Después (que son los demás ritos) como un
círculo describen desde su centro la ciudad; y el fundador,
poniendo en el arado una reja de bronce, y unciendo dos reses
vacunas, macho y hembra, por sí mismo los lleva, y abre
por las líneas descritas un surco profundo, quedando al
cuidado de los que le acompañan ir recogiendo hacia dentro
los terrones que se levantan, sin dejar que ninguno salga para
afuera. A la parte de allá de esta línea fabrican
el muro, por lo que por síncope la llaman pomerio, como
promerio o ante-muro. Donde intentan que se haga puerta, quitando
la reja y levantando el arado, hacen una como pausa: así
los romanos tienen por sagrado todo el muro, a excepción
de las puertas: porque si éstas se reputasen sagradas,
sería sacrilegio el introducir y sacar por ellas muchas
cosas, o necesarias, o no limpias.
XII. Tiénese por cierto que la primera fundación
de Roma se verificó el día 11 antes de las calendas
de mayo, el que solemnizan los Romanos como día natal de
su patria; y se dice que en los primeros tiempos no se sacrificaba
en él nada que fuese animado, sino que juzgaban que la
fiesta consagrada al nacimiento de la patria debían conservarla
pura e incruenta. Celebrábase ya antes de la fundación
en el mismo día una fiesta pastoril, que llamaban Palilia.
Es de notar que las neomenias o principios de los meses romanos
no coinciden con los de los Griegos; pero este día en que
Rómulo fundó su ciudad aseguran que fue día
30 del mes griego, y que en él sucedió una conjunción
eclíptica de la luna con el sol, el cual eclipse fue observado
por el poeta Antímaco de Teyo, y vino a suceder en el año
tercero de la Olimpíada sexta. En el tiempo del filósofo
Varrón, el hombre de más lectura entre los Romanos,
vivía un Tarucio, amigo suyo, filósofo asimismo
y matemático, y dado también, por el deseo de saber,
a la astrología judiciaria, en la que era tenido por excelente.
Propúsole, pues, Varrón el problema de que señalase
el día y hora del nacimiento de Rómulo, haciendo
el cómputo por las hazañas que de él se refieren,
por el método con que se resuelven los problemas geométricos;
pues que del mismo modo que pertenecía a su ciencia, dado
el tiempo del nacimiento de un hombre, pronosticar su vida, le
correspondía, dada la vida, averiguar el tiempo. Cumplió
Tarucio con el encargo, y enterado de las acciones y sucesos de
Rómulo, del tiempo que vivió, y del modo en que
ocurrió su muerte, trayéndolo todo a cuenta, manifestó
con la mayor confianza que su concepción se verificó
en el año primero de la segunda Olimpíada, en el
día 23 del mes Coyac de los Egipcios, en la hora tercera,
hacia la cual el sol se eclipsó completamente, y su salida
a la luz en el mes Thot y día 21 al salir el sol; y que
la fundación de Roma hecha por él tuvo principio
el día 9 del mes Farmuti entre las dos y las tres; pues
que se empeñan en que la suerte de las ciudades ha de tener,
como la de los hombres, su tiempo dominante, el que se ha de deducir
por las conjunciones de los astros al punto de su nacimiento.
Estas cosas y otras del mismo estilo es probable que por su novedad
y curiosidad más bien sean gratas a los que las leyeren
que desabridas y molestas por lo que tienen de fabulosas.
XIII. Fundada la ciudad, lo primero que hizo fue distribuir la
gente útil para las armas en cuerpos militares: cada cuerpo
era de tres mil hombres de a pie y trescientos de a caballo, el
cual se llamó legión, porque para él se elegían
de entre todos los más belicosos. En general, a la decisión
de los negocios concurría la muchedumbre, a la que dio
el nombre de populus, pueblo; pero de entre todos, a ciento, los
de mayor mérito, los acogió para consejeros, y a
ellos les dio el nombre de patricios, y a la corporación
que formaban el de Senado. Esta voz no tiene duda que significa
ancianidad: pero acerca del nombre de patricios, dado a los consejeros,
unos dicen que dimanó de que eran padres de hijos libres,
otros que más bien de que ellos mismos eran hijos de padres
conocidos, ventaja de que gozaban pocos de los que a la ciudad
se habían recogido; y otros, finalmente, que del derecho
de patronato, porque así se llamaba y se llama hoy todavía
la protección que aquellos dispensan; creyéndose
que de uno de los que vinieron con Evandro, llamado Patrón,
de carácter benéfico, y auxiliador para con los
miserables, se le originó a este acto aquella denominación.
Con todo, me parece se aproximará más a lo cierto
el que diga que Rómulo, queriendo por una parte excitar
a los primeros y más poderosos a usar de una protección
y celo paternal con los humildes, y por otra enseñar a
éstos a no temer ni tener en odio la autoridad y honores
de los principales, sino más bien mirarlos con benevolencia,
teniéndolos por padres y saludándolos como tales,
con esta mira les dio aquel nombre: así es que aun ahora
a los que son del Senado los extranjeros les llaman próceres;
pero los Romanos les dicen padres conscriptos, usando del nombre
que entre todos tiene más dignidad y honor, sin ninguna
odiosidad. Al principio, pues, sólo les decían padres;
pero más adelante, habiéndose aumentado el número,
les dijeron padres conscriptos. Este nombre fue el que les pareció
más respetuoso para significar la diferencia entre el consejo
y la plebe; pero aún distinguió de otro modo a los
principales respecto de ésta, llamándolos patronos,
esto es, protectores; y a los plebeyos, clientes, como dependientes
o colonos, estableciendo al mismo tiempo entre unos y otros una
admirable benevolencia, fecunda en recíprocos beneficios:
porque aquellos se constituían abogados y protectores de
éstos en sus pleitos, y consejeros y tutores en todos los
negocios; y éstos los reverenciaban, no sólo tributándoles
obsequio, sino dotando las hijas de los que venían a menos,
y pagando sus deudas; y a atestiguar no se obligaba, ni por la
ley ni por los magistrados, o al patrono contra el cliente, o
al cliente contra el patrono. Ahora últimamente, con quedar
las mismas las obligaciones de unos y otros, se ha considerado
ignominioso y torpe el que los poderosos reciban retribución
pecuniaria de los clientes. Mas basta de estas cosas por ahora.
XIV. En el cuarto mes después de la fundación se
verificó, como Fabio refiere, el arrojo del rapto de las
mujeres. Dicen algunos que el mismo Rómulo, siendo belicoso
por índole, y excitado además por ciertos rumores
de que el hado destinaba a Roma para hacerse grande, criada y
mantenida con la guerra, se propuso usar de violencia contra los
Sabinos, como que no robaron más que solas treinta doncellas,
lo que más era de quien buscaba guerra que casamientos;
pero esto no parece acertado, sino que, viendo que la ciudad en
brevísimo tiempo se había llenado de habitantes,
pocos de los cuales eran casados, y que los más siendo
advenedizos, gente pobre y oscura, de quienes no se hacía
cuenta, no ofrecían seguridad de permanecer; y contando
con que para con los mismos Sabinos este insulto se había
de convenir en un principio de afinidad y reunión por medio
de las mujeres, cuyos ánimos se ganarían, le puso
por obra en este modo: hizo antes correr la voz de que había
encontrado el ara de un dios que estaba escondida debajo de tierra:
llamábanle al dios Conso, o por presidir al consejo, porque
aún ahora al cuerpo de consejeros llaman Consilio, y Cónsules
a los primeros magistrados, como previsores; o por ser congregación
ecuestre a Neptuno, porque su ara en el Circo Máximo está
siempre cubierta, y sólo se manifiesta en los juegos ecuestres;
mas otros quieren que esto precisamente sea porque, siendo de
suyo el consejo secreto e incomunicable, no sin justa razón
se supuso ser de este dios un ara que estaba escondida debajo
de tierra. Luego que la encontró dispuso con esta causa
un solemne sacrificio, y combates, y espectáculos con general
convocación: concurrió gran gentío; y Rómulo
estaba sentado con los principales, adornado con el manto. Era
la señal para el momento de la ejecución levantarse,
abrir el manto y volver a cubrirse; y había muchos con
armas que aguardaban la señal. Dada ésta, desnudaron
las espadas, y, acometiendo con gritería, robaron las doncellas
de los Sabinos; y como éstos huyesen, los dejaron ir sin
perseguirlos. En cuanto al número de las robadas, unos
dicen que no fueron más que treinta, de las que tomaron
nombre las Curias; Valerio de Ancio, que setecientas veintisiete;
pero Juba, que fueron seiscientas ochenta y tres doncellas. La
mejor apología de Rómulo es que no fue robada ninguna
casada, sino sola Hersilia por equivocación; probándose
con esto que no por afrenta o injuria cometieron el rapto, sino
con la mira de mezclar y confundir los pueblos, proveyendo así
a la mayor de todas las faltas. De Hersilia dicen unos que casó
con Hostilio, varón muy distinguido entre los Romanos;
y otros que casó con el mismo Rómulo, a quien dio
hijos: una sola hija llamada Prima por el orden del nacer, y un
hijo solo, al que dio el nombre de Aolio, en alusión a
los muchos ciudadanos que se habían congregado bajo su
mando; pero después le llamaron Abilio. Es esta narración
de Zenódoto de Trecene; pero hay muchos que la contradicen.
XV. En el acto del robo cuentan haber sucedido que algunos de
la plebe traían una doncella de extraordinaria hermosura
y gentileza: encontráronse con otros de los patricios,
que trataron de quitársela; pero ellos decían a
gritos que la llevaban para Talasio, hombre muy joven a la verdad,
pero muy bien visto y de excelente conducta; oído lo cual
lo celebraron con aplauso, y aun algunos añaden que torcieron
camino, y siguieron a los primeros con alegría y regocijo,
pronunciando a voces el nombre de Talasio. Desde entonces en los
casamientos, como los Griegos a Himeneo, apellidan los romanos
a Talasio, porque aseguran además que Talasio fue muy feliz
con aquella esposa. Sextio Sila el Cartaginés, a quien
no faltan letras ni gracia, me ha dicho que Rómulo dio
por seña del robo esta voz, por lo que todos clamaron Talasio
al arrebatar las doncellas, y ha quedado en las bodas esta costumbre;
pero los más, de cuyo número es Juba, son de opinión
que no es más que exhortación y excitación
a la vida laboriosa y manejo de la lana, no habiendo entonces
todavía confusión entre los nombres griegos y latinos.
Mas si esto no va infundado, y los Romanos usaban ya entonces
como nosotros de la voz Talasia, podría conjeturarse otra
causa más probable de aquel uso: porque después
que los Sabinos, hecha la guerra, se reconciliaron con los Romanos,
se hizo tratado acerca de las mujeres, para que no se las obligara
a hacer en su casa otro trabajo que los relativos a la lana; y
ha quedado también ahora en los casamientos que los interesados,
los convidados, y en general cuantos se hallan presentes, exclamen
Talasio, como por juego, dando a entender que la mujer
no se trae a casa para ningún otro obraje que el de la
lana. Dura también hasta ahora el que la novia no pase
por sí misma el umbral de la casa, sino que la introduzcan
en volandas: porque entonces no entraron, sino que las llevaron
por fuerza. Dicen también algunos que el desenredarse el
cabello de la novia con la punta de una lanza es igualmente representación
de que las primeras bodas se hicieron en guerra y hostilmente;
pero de estas cosas hemos tratado largamente en las Cuestiones.
Sucedió este arrojo del rapto en el día 18 del mes
que entonces se llamaba Sextil, ahora agosto, el mismo día
en que celebran las fiestas consuales.
XVI. Eran los Sabinos en gran número y muy guerreros,
y habitaban pueblos abiertos, siendo el ser grandemente alentados
propio de unos hombres que eran colonia de los Lacedemonios; mas
con todo, viendo que los Romanos se atrevían a grandes
empresas, y temiendo por sus hijas, enviaron embajadores a Rómulo
con proposiciones equitativas y moderadas: que volviéndoles
las doncellas, y dando satisfacción por el acto de violencia,
después pacíficamente y con justas condiciones entablarían
para ambos pueblos amistad y comunicación. No viniendo
Rómulo en entregar las doncellas, aunque también
convidaba a la alianza a los Sabinos, todos los demás tomaban
tiempo para deliberar y prepararse; pero Acrón, rey de
los Ceninetes, hombre alentado y diestro en las cosas de guerra,
concibió desde luego sospechas con los primeros arrojos
de Rómulo, y juzgando después que el hecho del rapto
de las mujeres, sobre dar que temer a todos no era para sufrido
y dejarse sin castigo, declaró al punto la guerra, y con
grandes fuerzas marchó contra Rómulo, y éste
contra él. Luego que se alcanzaron a ver, se provocaron
mutuamente a singular combate, permaneciendo tranquilos sobre
las armas los ejércitos. Hizo voto Rómulo de que
si vencía y derribaba a su contrario, llevaría en
ofrenda a Júpiter sus armas: vencióle, en efecto,
y derribóle, desbaratando después en batalla su
ejército. Tomó también la ciudad; y ninguna
otra condición dura impuso a los vencidos, sino que derribasen
sus casas y le siguiesen a Roma, donde serían ciudadanos
con entera igualdad de derechos. Nada hubo, pues, que más
contribuyese al aumento de Roma, la cual siempre adoptó
e incorporó en su seno a los pueblos sojuzgados. Rómulo,
para hacer su voto más grato a Júpiter, y más
majestuoso a los ojos de sus ciudadanos, tendió la vista
por el sitio de los reales, y echó al suelo la encina más
robusta: dióle la forma de trofeo, y fue poniendo pendientes
de él con orden cada una de las armas de Acrón;
ciñóse la púrpura, y coronóse de enhiesto,
dando el tono de un epinicio triunfal al ejército que en
orden le seguía; y en esta forma fue recibido de los ciudadanos
con admiración y regocijo. Esta pompa fue el principio
y tipo de los siguientes triunfos; y al trofeo se dio el nombre
de voto a Júpiter Feretrio, porque los Romanos al lastimar
a los contrarios le llaman ferire, y Rómulo había
pedido a Júpiter que lastimase y derribase a su contrario;
y opimos dice Varrón llamarse los despojos, porque también
a la hacienda le dicen opem; pero mejor se derivaría en
mi concepto de la acción, porque a lo que se hace con trabajo
le llaman opus. Y fue prez de valor para el general que por su
persona dio muerte al otro general la dedicación de los
despojos; dicha que sólo cupo a tres generales romanos,
siendo el primero Rómulo, que derribó muerto a Acrón
Ceninete; el segundo, Cornelio Coso, que dio muerte a Tolumnio
el Tirreno, y el último, Claudio Marcelo, que venció
a Britomarto, rey de los Galos. De éstos, Coso y Marcelo
hicieron ya su entrada con tiro de caballos, llevando ellos mismos
sus trofeos; pero de Rómulo no tiene razón Dionisio
en decir que usó de carroza; pues la opinión más
recibida es que fue Tarquino, hijo de Demarato, el primero de
los reyes que introdujo en los triunfos aquel aparato y pompa,
aunque otros dicen que fue Publícola el primero que triunfó
en carroza; mas en cuanto a Rómulo, todas las estatuas
suyas que se ven en Roma en actitud de triunfo son pedestres.
XVII. Después de la derrota de los Ceninetes, cuando todavía
los demás Sabinos hacían preparativos, se declararon
contra los Romanos los de Fidenas, de Crustumno y Antemna, y dada
la batalla, siendo de la misma manera derrotados, hubieron de
dejar que por los Romanos fuesen tomadas sus ciudades, talados
sus campos, y ellos mismos trasladados a Roma. Rómulo entonces
todo el restante terreno lo repartió a los ciudadanos;
pero el que poseían los padres de las doncellas robadas
lo dejó en su poder. Llevándolo a mal los demás
Sabinos, y nombrando por su general a Tacio, se vinieron sobre
Roma. No era fácil aproximarse a ella, teniendo por antemural
el que ahora es Capitolio, donde se había construido un
fuerte, en el que mandaba Tarpeyo, y no la doncella Tarpeya, como
pretenden algunos, dando una mala idea del talento de Rómulo.
Era, sin embargo, Tarpeya hija del gobernador, la cual entregó,
por traición, el fuerte a los Sabinos, deslumbrada con
los brazaletes de oro de que los vio adornados; así, pidió
por premio de su traición lo que llevasen todos en la mano
izquierda; y otorgado así por Tacio, abriéndoles
a la noche una puerta, dio entrada a los Sabinos. No fue, pues,
Antígono según parece, el único que dijo
que le gustaban los traidores mientras lo eran; pero después
de serlo los aborrecía; o César, a quien se atribuye
haber expresado, con ocasión del tracio Rumetacles, que
le gustaba la traición, pero aborrecía al traidor;
sino que ésta es una aversión general hacia los
malos de todos los que tienen que valerse de ellos, como sucede
cuando se necesita la ponzoña o la hiel de algunas fieras;
porque gustando del beneficio cuando se recibe, se aborrece la
maldad después de disfrutado. Esto mismo sucedió
entonces a Tacio con Tarpeya, porque mandó a todos los
Sabinos que tuviesen en memoria lo convenido con aquella, y ninguno
la defraudase de lo que llevaran en la mano izquierda, y él
fue el primero que al tiempo de quitarse el brazalete dejó
también caer el escudo; y haciendo lo mismo todos, cargada
de oro y abrumada de escudos, el peso y el amontonamiento la acabaron.
También alcanzó la pena de la traición a
Tarpeyo, que fue perseguido por Rómulo, diciendo Juba que
así lo escribió Galba Sulpicio. Otras cosas se refieren
de Tarpeya; pero los que no merecen crédito son los que
cuentan, de cuyo número es Antígono, que era hija
de Tacio, y siendo retenida violentamente por Rómulo, ejecutó
en favor del padre y padeció por su disposición
lo que se ha dicho. Mas el que enteramente delira es el poeta
Símilo, pensando que fue a los Celtas, y no a los Sabinos,
a quienes, enamorada de su Rey, entregó Tarpeya el Capitolio.
Dice, pues, así: Ocupaba Tarpeya el alto Alcázar
Capitolino en Roma mal segura; y encendida del Celta en amor vano,
fue guarda infiel de los paternos lares; y al cabo de poco, acerca
de su muerte: No los Boyos o mil otras naciones de Celtas en el
Po la sumergieron; mas oprimida de marciales armas, éstas
fueron su digna sepultura.
XVIII. Por Tarpeya, que allí quedó sepultada, el
collado se llamó Tarpeyo hasta el tiempo del rey Tarquino,
el cual, dedicando aquel lugar a Júpiter, mudó de
allí los restos, y le quitó el nombre que tomó
de Tarpeya; sólo ha quedado una roca, a la que aun ahora
llaman Tarpeya, de la que son precipitados los malhechores. Ocupado
por los Sabinos el alcázar, Rómulo, por su parte,
ardiendo en ira, los provocaba a la pelea, y Tacio se mostraba
confiado, en vista de que aun cuando se le estrechase tenía
una retirada segura. Estaba el sitio intermedio, donde se había
de combatir, cercado de alturas, lo que para unos y otros hacía
la pelea cruda y difícil; pero pronta la fuga y la persecución
por su misma estrechez. Hizo la casualidad que pocos días
antes había hecho inundación el río, dejando
un lodo copioso y ciego en los lugares más bajos, hacia
donde está ahora el Foro; así, no se advertía
ni era fácil evitarle, siendo además tenaz por encima
y blando por abajo. Dirigiéndose hacia él incautamente
los Sabinos, les favoreció un acaso; porque a Curcio, hombre
muy principal y de ánimo altivo, que era de los de a caballo
y se había adelantado mucho a todos los demás, se
le atascó el caballo en el lodazal, y por más que
por algún tiempo con golpes y voces procuró sacarle,
viendo, por fin, que no había forma, le hubo de dejar,
y él se salvó; y el sitio todavía retiene
por él el nombre de lago Curcio. Precaviéndose,
pues, ya de aquel peligro, sostuvieron los Sabinos un recio combate,
que permanecía indeciso con ser muchos los que morían,
y entre ellos Hostilio, que se dice haber sido marido de Hersilia
y abuelo de Hostilio el que reinó después de Numa.
Repetidos después, como era natural, diferentes combates
en corto espacio, hacen memoria de uno, como el postrero de ellos,
en el que, herido Rómulo con una piedra, en términos
de haber estado en muy poco el que cayese, y no pudiendo resistir
a los Sabinos, flaquearon los Romanos, y huyendo se retiraban
hacia el Palatino, arrojados de lo entrellano. Entretanto, reparado
ya Rómulo del golpe, poniéndose delante de los que
huían, procuraba hacerles volver al combate, y a grandes
voces los exhortaba a detenerse y pelear; pero creciendo, a pesar
de eso, la fuga, y no habiendo ninguno que osase volver el rostro,
levantando las manos al cielo, hizo plegaria a Júpiter
para que contuviese su ejército, y no los abandonase, sino
más bien volviera por el honor y gloria de Roma, que veía
en tan mal estado. Concluida la plegaria, en muchos tuvo poder
la vergüenza que el rey debía causarles, y sobrevino
osadía a los que así huían. Detuviéronse
primero donde ahora está edificado el templo de Júpiter
Estátor, que no se interpretaría mal llamándole
detenedor. Rehaciéndose, pues, de nuevo, hicieron retirar
a los Sabinos hacia la que ahora se llama Regia y el templo de
Vesta.
XIX. Disponíanse como de refresco para volver a la contienda,
cuando les contuvo un espectáculo muy tierno y un encuentro
que no puede describirse con palabras. De repente, las hijas de
los Sabinos que habían sido robadas se vieron sobrevenir
unas por una parte y otras por otra con algazara y vocería
por entre las armas y los muertos, como movidas de divino impulso,
hacia sus maridos y sus padres, unas llevando en su regazo a sus
hijos pequeñitos, otras esparciendo al viento su cabello
desgreñado, y todas llamando con los nombres más
tiernos, ora a los Sabinos, ora a los Romanos. Pasmáronse
unos y otros, y dejándolas llegar a ponerse en medio del
campo, por todas partes discurría el llanto, y todo era
aflicción, ya por el espectáculo, y ya por las razones,
que empezando por la reconvención, terminaron en súplicas
y ruegos. Porque decían: ¿En qué os
hemos ofendido o qué disgustos os hemos dado para los duros
males que ya hemos padecido y nos resta que padecer? Fuimos robadas
violenta e injustamente por los que nos tienen en su poder, y
después de esta desgracia, ningún caso se hizo de
nosotras por el tiempo que fue necesario, para que obligadas de
la necesidad a las cosas más odiosas tengamos ahora que
temer y que llorar por los mismos que nos robaron e injuriaron,
si combaten o si mueren. Porque no venís por unas doncellas
a tomar satisfacción de los que las ofendieron, sino que
priváis a unas casadas de sus maridos y a unas madres de
sus hijos, haciendo más cruel para nosotras, desdichadas,
este auxilio, que lo fue vuestro abandono y alevosía. Estas
prendas de amor nos han dado aquellos, y así os habéis
compadecido de nosotras. Aun cuando peleaseis por cualquiera otra
causa, deberíais por nosotras conteneros, hechos ya suegros,
abuelos y parientes; mas si por nosotras es la guerra, llevadnos
con vuestros yernos y nuestros nietos; restituidnos nuestros padres
y parientes: no nos privéis, os pedimos, de nuestros hijos
y maridos, para no vernos otra vez reducidas a la suerte de cautivas.
Dicha por Hersilia estas y otras muchas razones, e interponiendo
las demás sus ruegos, se hicieron treguas, y se juntaron
a conferenciar los generales. Entre tanto, las mujeres presentaban,
a sus padres, sus maridos y sus hijos; llevaban qué comer
y qué beber a los que lo pedían; cuidaban de los
heridos, llevándoselos a sus casas, y procuraban hacer
ver que tenían el gobierno de ellas, y que eran de sus
maridos atendidas y tratadas con la mayor estimación. Hízose
un tratado, por el que las mujeres que quisiesen quedarían
con los que las tenían consigo, no sujetas, como ya se
ha dicho, a otro cuidado y ocupación que la del obraje
de lana; que en unión habitarían la ciudad Romanos
y Sabinos; que ésta de Rómulo se llamaría
Roma; pero todos los Romanos se llamarían Quirites en memoria
de la patria de Tacio, y que ambos reinarían también
en unión y tendrían el mando de las tropas. El lugar
donde se ajustó este tratado todavía se llama Comicion,
porque los Romanos al juntarse le dicen comire.
XX. Duplicada la ciudad, se eligieron otros cien patricios de
los Sabinos, y las legiones constaron de seis mil hombres de a
pie y seiscientos de a caballo. Haciendo también tres divisiones
del pueblo, los de la una de Rómulo se llamaron Rammenses;
los de la otra de Tacio, Tacienses, y los de la tercera Lucenses,
por la selva a que se acogieron muchos para gozar de asilo y ser
admitidos a los derechos de ciudadanos; porque a la selva la llaman
lucus. Que eran tres estas divisiones lo declara su nombre, porque
aún ahora las llaman tribus, y Tribunos a los presidentes
de ellas. Cada tribu tuvo diez curias, las que algunos dicen haber
tomado nombre de aquellas mujeres; pero esto parece falso porque
muchas conocidamente han tomado la denominación de ciertos
territorios. Con todo, otras muchas concesiones se hicieron en
honor de las mujeres, entre ellas las siguientes: cederles la
acera cuando van por la calle; no poder nadie proferir nada indecente
en presencia de una mujer; no deber dejarse ver de ella desnudo;
no ser obligadas a litigar ante los jueces de causas capitales;
que sus hijos lleven el adorno que por su forma, que imita las
burbujitas, se llama bula, y como un pañuelo de púrpura
rodeado al cuello. Tenían los reyes su consejo, no en unión,
sino primero cada uno de por sí con sus cien patricios,
y después se congregaban todos juntos. Tacio habitaba donde
está ahora el templo de Moneta, y Rómulo junto a
las gradas llamadas de Rivahermosa, que están en la bajada
desde el Palatino al Circo máximo. Allí mismo dicen
que estuvo el Cornejo sagrado, del que cuentan esta fábula:
ejercitándose Rómulo, arrojó desde el Aventino
su lanza, que tenía de cornejo el asta: clavóse
la punta profundamente, y no hubo nadie que la pudiese sacar,
aunque se probaron muchos; y el asta, prendida en una tierra fecunda,
echó ramos, y creció en un muy robusto tronco de
cornejo. Después de Rómulo lo conservaron y tuvieron
en veneración como cosa muy santa, y le hicieron un vallado.
Cuando a alguno, al pasar por junto a él, le parecía
que no estaba frondoso y de buena vista, sino que decaía
y se marchitaba, al punto clamaba a gritos a los que se le presentaban,
y éstos, como se da socorro en un incendio, pedían
a voces agua, y de todas partes acudían corriendo, llevando
al sitio cántaros llenos de ella. Mas reparando las gradas
Gayo César, según dicen, y haciendo los operarios
excavaciones allí cerca, destrozaron enteramente sin advertirlo
las raíces, y el árbol se secó.
XXI. Admitieron también los Sabinos los meses de los Romanos;
acerca de lo cual decimos en la Vida de Numa lo que nos parece
oportuno. Rómulo, a su vez, adoptó el escudo de
los Sabinos, mudando de armadura él mismo y los Romanos,
que antes usaban de las rodelas de los Argivos. De fiestas y sacrificios
hicieron comunicación entre sí, no quitando los
que trajo cada pueblo, y antes introduciendo otros nuevos, de
cuyo número eran las Fiestas Matronales, concedidas a las
mujeres en memoria de haber hecho cesar la guerra, y las Carmentales.
Creen algunos que Carmenta es un hada que preside el nacimiento
de los hombres, y por eso las madres la tienen en veneración;
otros que es la mujer de Evandro el de Arcadia, profetisa y pitonisa,
que daba sus oráculos en verso, y de aquí se llamó
Carmenta, porque a los versos les dicen carmina, siendo Nicostrata
su nombre propio; y esto es lo que está comúnmente
admitido. Sin embargo, otros con más probabilidad dan a
este nombre de Carmenta la interpretación de mujer fuera
de juicio, por el enajenamiento en que las tales caen con la inspiración
o entusiasmo, porque al estar privado le llaman carere y mentem
a la razón. De las fiestas Palilias hicimos mención
arriba. Las Lupercales, por el tiempo en que caen, podrían
reputarse purificatorias, porque se celebran en los días
nefastos del mes de Febrero, que puede muy bien interpretarse
purificativo; y aun al día mismo los antiguos le decían
februato. El nombre de la fiesta para los Griegos alude a cosa
de lobos, y podría parecer que era antigua de los Árcades
que vinieron con Evandro; pero por el nombre puede ser de unos
y otros, pudiendo éste haber dimanado de la loba: puesto
que vemos que los Lupercos toman el principio de sus carreras
desde el mismo sitio en que se dice que Rómulo fue expuesto.
Las ceremonias son las que hacen muy difícil de adivinar
el motivo de la institución. Empiézase por matar
algunas cabras; después a dos jovencitos ingenuos, que
se les ponen delante, unos les manchan la frente con el cuchillo
ensangrentado, y otros los limpian al instante, para lo que llevan
lana empapada en leche; y los jovencitos, luego que los limpian,
deben echarse a reír. Hecho esto, cortan correas de las
pieles de las cabras, y, ciñéndose con ellas, dan
a correr desnudos, golpeando a cuantos encuentran; y las mujeres
hechas no huyen de que las hieran, creyendo que esto conduce para
que conciban y paran felizmente. Es también ceremonia singular
de esta fiesta el que los Lupercos sacrifiquen un perro. El poeta
Butas, que escribió en verso elegíaco fabulosos
orígenes de las cosas romanas, dice que vencido Amulio
por Rómulo y Remo, vinieron éstos corriendo con
algazara al sitio donde siendo niños les dio de mamar la
loba; que la fiesta es imitación de aquella carrera, y
los nobles van por todas partes Hiriendo a los que al paso se
presentan, como entonces corrieron desde Alba Rómulo y
Remo con espada en mano; y que el llevar a la frente el acero
ensangrentado es símbolo de la carnicería y peligro
por que entonces se pasó; y el limpiar la mancha con leche,
recuerdo de su crianza. Pero Gayo Acilio refiere que antes de
la fundación sucedió que los ganados de Rómulo
y Remo se desaparecieron, y haciendo plegarias a Fauno, echaron
a correr desnudos en busca de ellos para que el sudor no les sirviera
de estorbo; y que por esto corren desnudos los Lupercos. En cuanto
al sacrificio del perro, se podría decir, si éste
es de purificación, que lo emplean como víctima
expiatoria, porque también los griegos en las que llaman
expiaciones ofrecen cachorrillos; y en muchas ocasiones emplean
el rito que toma de éstos la denominación de perisculaquismo.
Si por otra parte esto se hace en memoria de la loba y del triunfo
y salvación de Rómulo, no erradamente se mata un
perro, como enemigo que es de los lobos; a no ser que por caso
sea castigo que se da a este animal por lo que suelen estorbar
a los Lupercos en su carrera.
XXII. Dícese asimismo haber sido Rómulo el que
primero instituyó el fuego sagrado, creando en sacerdotistas
a las vírgenes que se llamaron Vestales; pero esto otro
lo atribuyen a Numa, sin que por eso deje de asegurarse que Rómulo
fue muy religioso; y aun añaden que fue dado a la ciencia
augural, y que para su ejercicio usaba del llamado lituo. Era
éste una varita encorvada, con la que sentados describían
los puntos cardinales para los agüeros: guardábase
en el Palacio; pero en la invasión de los Galos, cuando
la ciudad fue tomada, dícese que desapareció, y
que arrojados después aquellos bárbaros, se halló
entre los montones de ceniza ileso del fuego, cuando todo lo demás
había sido consumido y deshecho. Promulgó también
algunas leyes, de las cuales muy dura es la que no permite a la
mujer repudiar al marido, concediendo a éste despedir la
mujer por envenenar los hijos, por falsear las llaves y por cometer
adulterio; si por otra causa alguna la despedía, ordenábase
que la mitad de su hacienda fuese para la mujer, y la otra mitad
para el templo de Ceres; y que el que así la repudiase
hubiera de aplacar a los Dioses infernales. Fue, también
cosa suya no haber señalado pena contra los parricidas,
y haber llamado parricidio a todo homicidio, como que éste
era factible, pero imposible aquel; y por muy largo tiempo pareció
que con sobrada razón se tuvo por desconocida semejante
maldad, porque nadie hubo en Roma que la cometiese en cerca de
seiscientos años; siendo el primero de quien se cuenta
haber sido parricida, ya después de la guerra de Aníbal,
Lucio Hostio; mas baste de estas cosas.
XXIII. En el año quinto del reinado de Tacio algunos familiares
y parientes suyos, encontrándose con ciertos mensajeros
que de Laurento venían a Roma, se propusieron despojarlos
violentamente de sus bienes en el camino, y porque no lo toleraron,
sino que se defendieron, les dieron muerte. Cometida tan abominable
acción, Rómulo fue de opinión que al punto
debían ser castigados sus autores; pero Tacio la dejaba
correr y daba largas; siendo éste el único motivo
conocido de disensión que entre ellos hubo, pues por lo
demás se llevaron muy bien, y con mucha concordia trataron
en común los negocios. Entre tanto, los deudos de los que
habían sido asesinados, desahuciados de que se impusiera
la pena legítima, a causa de Tacio, dando sobre él
en Lavinio en el acto de entender en cierto sacrificio, le quitaron
la vida; y a Rómulo le fueron acompañando, alabándole
de hombre justo. Cuidó éste de que se trasladase
el cadáver de Tacio, y se le diese sepultura, el cual yace
junto al llamado Armilustrio en el Aventino; mas no pensó
en tomar satisfacción por su muerte, y algunos historiadores
refieren que la ciudad de los Laurentanos por temor entregó
los agresores, pero que Rómulo les dio libertad, diciendo
que muerte con muerte se compensaba; lo que dio motivo para pensar
y sospechar que no le había sido desagradable el que le
hubiesen dejado sin colega en el mando. No por esto en cuanto
a los negocios hicieron novedad o se inquietaron los Sabinos,
sino que unos por amor a Rómulo, otros por miedo de su
poder, y otros mirándole como cosa divina, le conservaron
todos admiración y benevolencia. Aun muchos de los extranjeros
miraban con veneración a Rómulo; y los más
antiguos habitantes del Lacio se adelantaron a solicitar su amistad
y alianza. Mas a Fidenas, ciudad circunvecina de Roma, la tomó
por armas, según dicen algunos, mandando repentinamente
caballería con orden de desquiciar las puertas; que de
este modo se apareció allí cuando menos se esperaba;
pero otros aseguran que los Fidenates fueron los primeros a hacer
presas, y a talar la comarca y los arrabales de Roma, y que Rómulo,
armándoles celadas, y haciéndoles perder mucha gente,
tomó la ciudad. Con todo, no la incendió o devastó,
sino que la hizo colonia de Romanos, haciendo pasar a ella dos
mil y quinientos habitantes, en los idus de abril.
XXIV. Sobrevino peste en aquel tiempo, tal que sin enfermedad
causaba en muchos muerte repentina, agregándose a ella
esterilidad en los frutos e infecundidad en los ganados; en la
ciudad, además, cayó lluvia de sangre; y a estos
males, que eran de necesidad, se allegó también
una grandísima superstición. Sobre todo, cuando
los habitantes de Laurento experimentaron lo mismo, ya enteramente
pareció que era la ira divina la que afligía a ambas
ciudades por el abandono de la justicia en la muerte de Tacio
y en la de los embajadores. Entregados, recíprocamente
y castigados los delincuentes, manifiestamente cesaron las plagas;
y Rómulo reconcilió las dos ciudades con expiaciones,
que se dice practicarse todavía junto a la Puerta Ferentina.
Antes de que cediese la peste insultaron los Camerios a los Romanos,
y talaron sus tierras, como que no estaban en situación
de defenderse por aquella calamidad; pero Rómulo marchó
al punto en su busca, y venciólos en batalla, en la que
murieron seis mil de ellos, y, tomando la ciudad, a la mitad de
los que pelearon los trasladó a Roma, y de Roma mandó
a Cameria doblados de la otra mitad en las Calendas Sextiles.
¡Tanto había crecido el número de los ciudadanos
en diez y seis años escasos que habitaba en Roma! Entre
los demás despojos, trajo de Cameria un carro con cuatro
caballos de bronce: consagróle en el templo de Vulcano,
poniendo en él su estatua, coronada por la Victoria.
XXV. De este modo tomaba Roma consistencia, con lo que los vecinos
débiles cedían, y con sólo no tener que temer,
se daban por contentos: pero los de más fuerzas, parte
por miedo y parte por envidia, creían que no debían
estarse quietos, sino antes oponerse a tanto incremento y contener
a Rómulo. Entre los Tirrenos fueron los Veyanos los primeros
que, teniendo un extenso territorio, y habitando una ciudad populosa,
tomaron por pretexto y principio de la guerra el reclamar a Fidenas,
porque era pertenencia suya. Esto no sólo era injusto,
sino aun ridículo, porque después de no haberla
defendido en su riesgo y al tiempo de ser expugnada, dejando perecer
a sus habitantes, venían ahora a reclamar las casas y el
territorio cuando habían pasado a otro poder. Habiendo,
pues, recibido de Rómulo desabrida respuesta, dividiéndose
en dos cuerpos, opusieron el uno a las fuerzas que había
en Fidenas, y con el otro se fueron en busca de Rómulo,
y, vencedores sobre Fidenas, dieron cabo de dos mil Romanos; pero,
vencidos por Rómulo, perdieron más de ocho mil hombres.
Fuéronlo después de segunda sobre Fidenas; y es
cosa en que todos convienen que Rómulo tuvo en esta acción
la principal parte, reuniendo la osadía y prontitud con
la pericia, y usando de un valor al parecer sobrehumano; pero
es enteramente fabuloso, o, por mejor decir, de ningún
modo creíble, lo que cuentan algunos de que habiendo sido
los que perecieron catorce mil, más de la mitad fueron
muertos por mano del mismo Rómulo; cuando aun parece que
usan de exageración los Mesenios con su Aristómenes,
diciendo que sacrificó trescientas víctimas por
otros tantos Lacedemonios, a quienes dio muerte. Yendo en retirada,
Rómulo dejó correr a los que así huían,
y se encaminó a la ciudad de Veyes, donde no pudiendo resistir
a tanta calamidad y empleando el ruego, hicieron paz y amistad
por cien años, cediendo a los romanos su territorio, llamado
siete pagos, como si dijésemos siete suertes, desistiéndose
de las fuentes saladas que poseían junto al río,
y entregando en rehenes cincuenta de los principales. Triunfó
Rómulo de éstos en los idus de octubre, conduciendo
muchos cautivos, y entre ellos al general de los Veyanos, hombre
anciano, que no se condujo en la acción con el tino e inteligencia
correspondientes a aquella edad; por esta causa aún ahora,
cuando se hacen sacrificios sobre victoria conseguida, se guarda
el rito de llevar desde la plaza al Capitolio a un anciano, al
que visten de púrpura, y le ponen al cuello la bula pueril,
y grita el heraldo: Sardianos de venta, porque los
Tirrenos pasan por colonia de los Sardianos, y Veyes era ciudad
del país Tirreno.
XXVI. Ésta fue la última guerra en que Rómulo
intervino. En adelante no estuvo ya libre de incurrir en lo que
acontece a muchos, o por mejor decir, fuera de muy pocos, a todos
los que con grande y extraordinaria prosperidad son ensalzados
en poder y fausto; porque, engreído con los sucesos, con
ánimo altanero cambió la popularidad en un modo
de reinar molesto y enojoso hasta por el ornato con que se transformó,
pues empezó a vestir una túnica sobresaliente, adornó
con púrpura la toga, y despachaba los negocios públicos
reclinado bajo dosel. Asistíanle de continuo ciertos jóvenes
llamados céleres por su prontitud en servir, y le precedían
otros que con varas apartaban a la muchedumbre, e iban ceñidos
de correas para atar a los que les mandase; y al atar los Latinos
antiguamente le decían ligare, y ahora alligare, y por
esta causa los que iban con las varas se dijeron lictores, y aquellas
báculos, porque usaban entonces de las varas. Pero acaso
se dicen lictores, interpuesta la letra c, y antes litores a la
griega como liturgos o ministros públicos; porque aun ahora
los griegos al pueblo le llaman leitos, y laos a la plebe.
XXVII. Cuando por muerte de su abuelo Numitor en Alba le correspondió
a él el reino, comunicó con todos el mando, haciéndose
popular, y cada año elegía un gobernador para los
Albanos. Instruyó con esto a los principales entre los
romanos para que procurasen establecer una autoridad distinta
de la regia, y el gobierno propiamente de las leyes, mandando
en parte y siendo mandados; pues que ni los llamados patricios
tenían parte en la administración, y sólo
gozaban de cierto aparato y nombre honorífico, juntándose
en el Concilio o Senado más por formalidad que porque se
desease su dictamen. Mandábaseles, y callando obedecían;
no teniendo otra ventaja sobre los demás sino que, enterados
primero que éstos de lo que se ejecutaba, aquí terminaban
sus funciones. Y por todo lo demás pasaban; pero habiendo
Rómulo repartido por sí solo a los soldados las
tierras ganadas por las armas, y restituido a los Veyanos los
rehenes, sin hablarles de ello y consultarlos, creyeron que aquello
ya era burlarse enteramente del Senado; y de aquí nació
contra éste la sospecha, habiendo Rómulo desaparecido
imprevistamente de allí a poco tiempo. Fue, pues, su desaparecimiento
en las Nonas Quintiles, como se decía entonces, o de Julio,
como se dice ahora, sin que nada cierto y seguro haya quedado
acerca de su muerte, sino, la época, como se deja expresado;
porque todavía se ejecutan en aquel día muchos ritos
y actos a imitación de lo que en él pasó.
Y no hay que extrañar esta incertidumbre, cuando habiéndose
encontrado muerto de sobrecena a Escipión Africano, nada
hay acerca del modo de su muerte que merezca algún crédito
o lleve camino; diciendo unos que, andando ya enfermizo, naturalmente
falleció: otros que él mismo tomó hierbas
para este efecto, y otros, que sus enemigos, echándose
sobre él en aquella noche, le cortaron la respiración.
Y al cabo Escipión estuvo de cuerpo presente para que todos
le viesen, y su cadáver, registrado por todos, pudo dar
alguna sospecha y conocimiento; pero Rómulo desapareció
repentinamente, sin que se viese ni miembro de su cuerpo ni jirón
de su vestido; habiendo conjeturado algunos que los Senadores
cargaron sobre él en el templo de Vulcano, le despedazaron
y repartieron entre sí el cuerpo, llevándose cada
uno en el seno una partecita. Otros opinan que ni fue en el templo
de Vulcano, ni se hallaban solos los Senadores cuando Rómulo
fue quitado de en medio, sino que esto ocurrió fuera, junto
al lago llamado de la Cabra o de la Cierva, donde aquel estaba
celebrando una junta pública; y que en el aire sucedieron
entonces de repente fenómenos maravillosos, superiores
a cuanto puede ponderarse, y trastornos increíbles; que
la luz del sol se eclipsó, y sobrevino una noche nada serena
y tranquila, sino con terribles truenos y huracanes violentos,
que de todas partes movían gran borrasca. En esto, lo que
es la plebe se dispersó y dio a huir, y los principales
se juntaron; cuando luego, desvanecida la tormenta y restituida
la luz, volvió con esto a reunirse el pueblo, todos buscaban
y deseaban ver al rey; pero los principales no se lo permitían,
ni les daban lugar para hablar en ello, sino que los exhortaban
a venerar a Rómulo, como arrebatado a la mansión
de los Dioses, y convertido, de buen rey que había sido,
en un dios benéfico para ellos. Creyólo la mayor
parte, y se retiraron contentos, venerándolo con las más
lisonjeras esperanzas; pero hubo algunos que reconvinieron agria
y desabridamente a los patricios sobre este hecho, inquietándolos
y acusándolos de que querían hacer creer al pueblo
los mayores absurdos, después de haber ellos sido los matadores
del rey.
XXVIII. En este estado de turbación dicen que un ciudadano
de la clase de los patricios, muy principal en linaje, de gran
opinión en cuanto a su conducta, amigo además de
la confianza de Rómulo, de los que vinieron de Alba, llamado
Julio Proclo, se presentó en la plaza, y acercándose
con juramento a las cosas más sagradas, refirió
en público que yendo por la calle se le había aparecido
de frente Rómulo, más bello en su presencia y más
grande que lo había sido nunca, adornado de armas lustrosas
y resplandecientes, a quien, pasmado con su vista, había
dicho: ¿Qué te hemos hecho, oh rey, o qué
te has propuesto para dejarnos a nosotros entre sospechas injustas
y criminales. y a todo el pueblo en orfandad y general desconsuelo?
Y aquel le había respondido: Los Dioses han dispuesto,
oh Proclo, que sólo hayamos permanecido este tiempo entre
los hombres, siendo de allá; y que habiendo fundado una
ciudad grande en imperio y en gloria, volvamos a ser habitadores
del cielo; regocíjate, pues, y di a los Romanos que si
ejercitan la templanza y fortaleza, llegarán al colmo del
humano poder; y yo, bajo el nombre de Quirino, seré siempre
para vosotros un genio tutelar. Pareció esta relación
a los Romanos digna de crédito por la opinión del
que la hacía y por el juramento; y además parece
que inspiró una cosa parecida al entusiasmo, porque nadie
hizo la menor oposición, y apartándose todos de
sus sospechas y persecuciones, hicieron plegarias a Quirino y
lo invocaron por Dios. Parécese esto a las fábulas
que los Griegos nos cuentan sobre lo ocurrido con Aristeas Proconesio
y Cleomedes Astupaleo; porque dicen que habiendo muerto Aristeas
en un batán, al querer sus deudos recoger su cadáver
se les marchó sin saber cómo, y luego dijeron unos
que venían de viaje que se habían encontrado con
Aristeas camino de Crotona. Cleomedes era un hombre de una corpulencia
y una fuerza extraordinarias, pero como fanático y alocado:
así hacía mil violencias, y últimamente en
una escuela de niños, dando una puñada en la columna
que sostenía la obra, la partió por medio, y echó
abajo el tejado: perecieron, pues, los niños, y persiguiéndosele
en juicio, dícese que se encerró en un arcón
grande, llevándose tras sí la tapa, de la que tiraba
por adentro, y aunque se juntaron muchos a hacer fuerza para abrirla,
no les fue posible; y recurriendo al medio de hacer pedazos el
arcón, no le hallaron ni vivo ni muerto; espantados de
lo cual enviaron adivinos a Delfos, y la Pitia les dio por respuesta:
Sabed que de los héroes el postrero es el Astupaleo Cleomedes.
También se cuenta que el cadáver de Alcmena, al
llevarla en el féretro, se desapareció, y en su
lugar se encontró en aquel una piedra; y a este tenor otras
fábulas, queriendo deificar contra toda razón a
unos seres por naturaleza mortales, igualándolos con los
Dioses. Y como el desconocer la divinidad de la virtud es abominable
y feo, así lo más irracional de todo es mezclar
el cielo con la tierra. Dejémoslo, pues, ateniéndonos
con Píndaro a lo cierto: que el cuerpo de todos está
sujeto, a la caduca muerte; pero queda viva una imagen de la eternidad:
porque ella sola es de los Dioses; de allá viene, y allá
torna, no con el cuerpo, sino cuanto más se aparta y distingue
de él, haciéndose del todo pura, incorpórea
e inocente, porque el alma seca es la más excelente, según
Heráclito, lanzándose fuera del cuerpo como el rayo
de la nube. La que se humedece en el cuerpo, y como que se abraza
con él, es, a modo de vapor pesado y nebuloso, mala de
inflamar y elevarse. Por tanto, no es cosa de que enviemos también
al cielo los cuerpos de los buenos, sino que creamos más
bien que las virtudes y las almas, por una naturaleza y justicia
divina, de los hombres se trasladan a los héroes, de los
héroes a los genios, y de éstos, si como en una
iniciación se purifican y santifican enteramente, echando
de sí todo lo mortal y pasible, no por ley de la ciudad,
sino por una razón prudente, se trasladan a los Dioses,
habiendo conseguido el fin más glorioso y bienaventurado.
XXIX. En cuanto a la denominación de Quirino dada a Rómulo,
unos creen que equivale a Marcial; otros, que se le dio porque
a los ciudadanos se les llamaba Quirites; otros, porque los antiguos
a la punta o a la lanza le decían quiris, y había
una estatua que se decía de Juno Quirítide, porque
estaba sobre la punta de una lanza; y en la Regia o palacio, a
la lanza allí puesta le llaman Marte; y con lanza se solía
premiar en la guerra a los más esforzados: así que
a Rómulo, como muy marcial o invicto, se le llamó
Quirino; y hay un templo suyo en el monte que de su nombre se
ha llamado Quirinal. El día en que mudó de vida
se denomina la huída del pueblo, o las Norias Capratinas,
porque bajan a sacrificar junto al lago de las Cabras, y a ésta
la dicen capra. Cuando bajan al sacrificio pronuncian a gritos
muchos de los nombres usados en el país, como Marco, Lucio,
Gayo, representando la dispersión de entonces, y el llamarse
unos a otros entre el miedo y la turbación. Otros dicen
que esta representación no es de huída, sino de
priesa y agitación, refiriéndolo a la siguiente
causa: cuando después de la ocupación de Roma por
los Galos fueron éstos arrojados por Camilo, la ciudad
tardó mucho en volver sobre sí de su decadencia,
y entonces muchos de los Latinos movieron sus armas contra ella,
llevando por caudillo a Libio Postumio. Puso éste sus reales
no lejos de Roma, y envió un heraldo con el mensaje de
que los Latinos deseaban volver a avivar el deudo y parentesco,
que ya iba decayendo, con nuevos matrimonios que se hiciesen entre
ambas naciones; por tanto, que mandándoles copia de doncellas
y otras mujeres no casadas, les guardarían paz y amistad,
como la tuvieron ellos al principio con los Sabinos por igual
medio. Oído por los Romanos, de una parte temían
la guerra, y de otra consideraban que la entrega de las mujeres
en nada era más llevadera que la esclavitud. En este conflicto,
una esclava llamada Filotis, o, como quieren otros, Tutola, les
sugirió que no hiciesen uno ni otro, sino que con cierto
engaño evitasen la guerra y aquella entrega. Consistía
el engaño en que a la misma Filotis y a otras esclavas
se las ataviase decentemente como si fuesen libres, y en este
concepto se las mandase al ejército enemigo; que luego,
a la noche, ella cuidaría de poner en alto una antorcha
para que los Romanos acudiesen armados y sobrecogiesen dormidos
a los enemigos. Hízose todo así, cayendo en el engaño
los enemigos; y la antorcha la levantó en alto Filotis
desde un cabrahigo, habiendo puesto a la espalda ropas y otros
estorbos para que los enemigos no percibiesen la luz, y quedase
manifiesta a los Romanos. Luego que la vieron, salieron precipitadamente,
y en el apresurarse, muchas veces se llamaban unos a otros: cogieron
desprevenidos a los enemigos; venciéronlos, y en conmemoración
de aquella victoria celebran esta fiesta; y las nonas se dicen
Capratinas por el cabrahigo, al que llaman los Romanos caprifico.
Convidan en esta fiesta a comer a las mujeres a la sombra de ramos
de higuera; y las esclavas se congregan también, y andan
en torno jugueteando, y a lo último se golpean unas a otras,
y se tiran chinas, como entonces corrieron hacia los Romanos y
pelearon en su ayuda. Mas esto, pocos de los historiadores lo
admiten: y en verdad que el usar en aquel día del rito
de pronunciar a gritos los nombres, y el bajar para el sacrificio
al lago de la Cabra, tiene más conformidad con la relación
primera; a no ser que ambos sucesos hubiesen tenido lugar en un
mismo día en sus diversos tiempos. Dícese, finalmente,
que Rómulo desapareció de entre los hombres a los
cincuenta y cuatro años de edad, y a los treinta y ocho
de su reinado.
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