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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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Web sobre Latín Online
OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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SERTORIO
I. No es maravilla quizá que en un tiempo
indeterminado, inclinándose ora a una parte y ora a otra
la fortuna, los acontecimientos vuelvan a repetirse muchas veces
con las mismas circunstancias. Porque si hay una muchedumbre infinita
de accidentes, la fortuna tiene un poderoso artífice de
la semejanza de los sucesos en lo indefinido de la materia, y
si los acontecimientos están contraídos a un número
prefijado, es necesario también que muchas veces los mismos
efectos sean producidos por las mismas causas. Hay algunos, por
tanto, que, complaciéndose en cotejar lo que han leído
u oído de esta clase de accidentes, forman una colección
de los que parecen hechos de intento y con meditado discurso,
como, por ejemplo, que habiendo habido dos Atis, personajes ilustres,
el uno Siro y el otro Arcade, ambos fueron muertos por jabalíes.
De dos Acteones, el uno fue despedazado por sus perros, y el otro,
por sus amadores. De dos Escipiones, por el uno fueron primero
vencidos los Cartagineses, y por el otro fueron después
arruinados del todo. Troya fue tomada por Heracles, a causa de
los caballos de Laomedonte; por Agamenón, mediante el caballo
llamado de madera, y tercera vez, por Caridemo, a causa del accidente
de haberse caído un caballo en las puertas y no haber podido
los Troyanos cerrarlos prontamente. De dos ciudades que tienen
nombres de dos plantas de suavísimo olor, Ío y Esmirna,
en la una se dice haber nacido el poeta Homero y haber muerto
en la otra. Ea, pues, añadamos a estos acasos el que entre
los grandes generales, los más guerreros y que más
grandes cosas acabaron por la astucia y la sagacidad todos fueron
tuertos: Filipo, Antígono, Aníbal y éste
de quien ahora escribimos, Sertorio; el cual se hallará
haber sido más contenido que Filipo en el trato con mujeres,
más fiel que Antígono con sus amigos, más
humano que Aníbal con los contrarios, y, no habiendo sido
inferior a ninguno en la prudencia, fue muy inferior a todos en
la fortuna, la que siempre le fue más adversa que sus más
poderosos enemigos, y, sin embargo, desterrado y extranjero, nombrado
caudillo de unos bárbaros, fue digno competidor de la pericia
de Metelo, de la osadía de Pompeyo, de la fortuna de Sila
y de todo el poder de los Romanos. A éste, el que encontramos
más semejante entre los Griegos es el Cardiano Éumenes:
ambos eran nacidos para mandar ejércitos; ambos eran fecundos
en estratagemas; ambos, arrojados de su país, fueron caudillos
de gentes extrañas, y a ambos, finalmente, fue en su muerte
muy dura y violenta la fortuna, porque perecieron traidoramente
a manos de aquellos mismos con quienes habían vencido a
los enemigos.
II. Nació Quinto Sertorio en la ciudad de Nursia, país
de los Sabinos, de oscuro linaje. Criado con esmero por su madre,
viuda, habiendo quedado huérfano de padre, parece que fue
con extremo amante de aquella, de la cual se dice haber tenido
por nombre el de Rea. Ejercitóse en las causas con bastante
aplauso, y siendo aún joven llegó, según
es fama, a adquirir cierto poder en Roma por su elegancia en el
decir; pero su sobresaliente mérito y sus hazañas
en la milicia llamaron hacia esta parte su ambición.
III. En primer lugar, cuando los Cimbros y los Teutones invadieron
la Galia, militó con Cepión, y habiendo los Romanos
peleado débilmente y entregádose a la fuga, no obstante
haber perdido su caballo y hallarse herido, pasó el Ródano
a nado, costándole mucho el vencer, embarazado con la coraza
y el escudo, la contraria corriente: ¡tan fuerte y robusto
era su cuerpo, y tan sufridor del trabajo en fuerza del ejercicio!
En segundo lugar, cargando aquellos con numerosísimo ejército
y terribles amenazas, de manera que se reputaba por cosa extraordinaria
que un Romano se mantuviera en formación y obedeciera al
general, fue enviado por Mario en observación de los enemigos.
Vistióse el traje de los Galos, y, aprendiendo lo más
común del idioma para poder contestar oportunamente, se
metió entre los bárbaros; de donde, habiendo visto
por sí unas cosas y preguntado otras a los que tenía
a mano, regresó al campamento. Concediósele entonces
el prez del valor, y habiendo dado durante toda la expedición
muchas pruebas de prudencia y de arrojo, adquirió fama
y se ganó la confianza del general. Después de esta
guerra de los Cimbros y Teutones fue enviado a España de
tribuno con el pretor Didio, y se hallaba en cuarteles de invierno
en Cazlona, ciudad de los CeltÍberos. Sucedió que,
insolentes los soldados con la abundancia, y dados a la embriaguez,
incurrieron en el desprecio de los bárbaros, los cuales
enviaron a llamar a sus vecinos de Orisia; éstos, yendo
de casa en casa, acabaron con ellos; pudo, sin embargo, Sertorio
evadirse con unos pocos, y recogiendo a otros que también
huían dio la vuelta en rededor a la ciudad, y hallando
abierta la puerta por donde los bárbaros habían
entrado secretamente, no cayó en el error de éstos,
sino que, poniendo guardias y tomando todas las avenidas, dio
muerte a todos los que estaban en edad de llevar armas. Ejecutado
esto, mandó a todos los soldados que dejaran sus propias
armas y vestidos y adornándose con los de los bárbaros
le siguieran a otra ciudad, de donde salieron los que en la noche
los habían sorprendido. Con la vista de las armas logró
que estos otros se engañaran, y hallando abierta la puerta
se le vinieron a las manos gran número de habitantes, que
creían salir a recibir a sus amigos y conciudadanos, que
volvían después de conseguido su intento; así
fue que muchos recibieron la muerte en la misma puerta, y otros
que se entregaron fueron vendidos como esclavos.
IV. Hízose con esto Sertorio muy celebrado en España;
apenas volvió a Roma, fue nombrado cuestor de la Galia
Cispadana, en ocasión de urgencia; amenazando, en efecto,
la Guerra Mársica, se le dio el encargo de levantar tropas
y de reunir armas, y como hubiese puesto mano a la obra con una
diligencia y prontitud muy diferente de la pesadez y delicadeza
de los demás jóvenes, adquirió fama de hombre
activo y eficaz. Mas no por haber sido promovido a la dignidad
de caudillo aflojó en el denuedo militar, sino que, ejecutando
brillantes hazañas, y arrojándose sin tener cuenta
de su persona a los peligros, quedó privado de un ojo,
habiéndoselo sacado en un encuentro. De esta pérdida
hizo después vanidad toda la vida, diciendo que los demás
no llevaban siempre consigo el testimonio de los premios alcanzados,
siéndoles forzoso dejar los collares, las lanzas y las
coronas, cuando él tenía siempre consigo las señales
de su valor; y los que eran espectadores de su infortunio lo eran
al mismo tiempo de su virtud. Tributóle también
el pueblo el honor que le era debido: porque al verle entrar en
el teatro le recibieron con aplausos y con expresiones de elogio,
distinción de que con dificultad gozaban aun los más
provectos en edad y más recomendados por sus méritos.
Pidió el tribunado de la plebe; pero, oponiéndosele
la facción de Sila, quedó desairado; por lo que
parece fue desde entonces enemigo de éste. Después,
cuando Mario, vencido por Sila, tuvo que huir, y éste se
ausentó para hacer la guerra a Mitridates, como uno de
los cónsules, Octavio, mantuviese el partido de Sila, y
Cina, que aspiraba a cosas nuevas, tratase de suscitar la facción
vencida de Mario, arrimóse a éste Sertorio; y más
viendo que el mismo Octavio estaba fluctuante y solo no se atrevía
a fiarse de los amigos de Mario. Trabóse una acción
reñida en la plaza entre ambos cónsules, en la que
quedó vencedor Octavio, y Cina y Sertorio, que habían
perdido poco menos de diez mil hombres, huyeron; pero como hubiesen
podido reunir con sus persuasiones la mayor parte de las tropas
esparcidas por la Italia, volvieron muy pronto en estado de poder
medir las armas con Octavio.
V. Habiendo regresado Mario del África, y puéstose
a las órdenes de Cina, como correspondía lo hiciese
un particular respecto de un cónsul, los demás eran
de opinión de que convenía recibirle; pero Sertorio
se opuso, bien fuera por creer que Cina le atendería menos
luego que tuviese cerca de sí a un militar de más
nombre, o bien por la dureza de Mario, no fuera que lo echara
todo a perder, abandonándose a una ira que pasaba todos
los términos de lo justo cuando quedaba superior. Decía,
pues, que era muy poco lo que les quedaba que hacer hallándose
ya vencedores, y que si recibían a Mario éste se
arrogaría toda la gloria y todo el poder, siendo hombre
desabrido y muy poco de fiar para la comunión de mando.
Respondiále Cina que discurría con acierto; pero
que él estaba entre avergonzado y dudoso para alejar a
Mario, a quien él mismo había llamado a tener parte
en la empresa; a lo que le repuso Sertorio: Pues yo, en
el concepto de que Mario había venido a Italia por impulso
propio, reflexionaba sobre el partido que convendría tomar;
pero tú no has debido conferenciar sobre este negocio cuando
llega el que tú deseabas que viniese, sino admitirle y
valerte de él, pues que la palabra empeñada no debe
dejar lugar a reflexiones. Resolvióse, por tanto,
Cina a llamar a Mario, y, habiendo repartido las tropas en tres
divisiones, las mandaron los tres. Terminóse la guerra;
y entregados Cina y Mario a toda crueldad e injusticia, tanto
que a los Romanos les parecían ya oro los males de la guerra,
se dice que sólo Sertorio no quitó a nadie la vida,
por aversión, ni se ensoberbeció con la victoria,
sino que antes se mostró irritado de la conducta de Mario;
y hablando a solas a Cina e intercediendo con él logró
ablandarlo. Finalmente, como a los esclavos que tuvo Mario por
camaradas en la guerra, y de quienes se valió después
como ministros de tiranía, les hubiese dado éste
más soltura y poder de lo que convenía, concediéndoles
o mandándoles unas cosas, y propasándose ellos a
otras con la mayor injusticia, dando muerte a sus amos, solicitando
a sus amas y usando de toda violencia con los hijos, no pudo Sertorio
llevarlo en paciencia, y hallándose reunidos en un mismo
campamento los hizo asaetar a todos, que no bajaban de cuatro
mil.
VI Falleció luego Mario; Cina fue muerto de allí
a poco, y Mario el joven se arrogó, contra la voluntad
de Sertorio y con quebrantamiento de las leyes, el consulado;
los Carbones, los Norbanos y los Escipiones hacían tibiamente
la guerra a Sila, que llegaba; perdíanse unas cosas por
cobardía y desidia de los generales y otras por traición
se malograban. En este estado era inútil su presencia para
unos negocios enteramente desesperados, por el poco tino de los
que tenían en sus manos el poder. Por colmo de desorden,
Sila, que tenía su campo al frente del de Escipión
y hacía correr la voz de que se gozaría de paz,
corrompió el ejército, y aunque Sertorio se lo previno
y advirtió a Escipión, no pudo hacérselo
entender. Entonces, pues, dando por enteramente perdida la ciudad,
partió para España, con la mira de anticiparse a
ocupar en ella el mando y la autoridad, y preparar allí
un refugio a los amigos desgraciados. Sobrecogiéronle malos
temporales en países montañosos, y tuvo que comprar
de los bárbaros, a costa de subsidios y remuneraciones,
que le dejaran continuar el camino. Incomodábanse los suyos
y le decían no ser digno de un procónsul romano
pagar tributo a unos bárbaros despreciables; mas él,
no poniendo atención en lo que a éstos les parecía
una vergüenza, Lo que compro- les respondio- es la
ocasión, que es lo que más suele escasear a los
que intentan cosas grandes; así continuó ganando
a los bárbaros con dádivas, y apresurándose
ocupó, la España. Halló en ella una juventud
floreciente en el número y en la edad; pero como la viese
mal dispuesta a sujetarse a toda especie de mando, a causa de
la codicia y malos tratamientos de los Pretores que les habían
cabido, con la afabilidad se atrajo a los más principales,
y con el alivio de los tributos a la muchedumbre; pero con lo
que principalmente se hizo estimar fue con librarlos de las molestias
de los alojamientos. Obligó, en efecto, a los soldados
a armarse barracas en los arrabales de los pueblos, siendo él
el primero que se hospedaba en ellas. Sin embargo, no se debió
todo a la benevolencia de los bárbaros, sino que, habiendo
armado de los Romanos allí domiciliados a los que estaban
en edad de tomar las armas, y habiendo construído naves
y máquinas de todas especies, de este modo tuvo sujetas
a las ciudades, siendo benigno cuando se disfrutaba de paz y apareciendo
temible a los enemigos con sus prevenciones de guerra.
VII. Habiéndole llegado noticia de que Sila dominaba en
Roma, y la facción de Mario y Carbón había
sido arruinada, al punto receló que el ejército
vencedor iba a venir contra él con algunos de los caudillos,
y se propuso cerrar el paso de los montes Pirineos por medio de
Julio Salinátor, que mandaba seis mil infantes. Fue, en
efecto, enviado de allí a poco por Sila Gayo Anio, el cual,
viendo que la posición de Julio era inexpugnable, se quedó
en la falda, sin saber qué hacerse; pero habiendo muerto
a traición a Julio un tal Calpurnio, dicho por sobrenombre
Lanario, y abandonando los soldados las cumbres del Pirineo, seguía
su marcha Anio con grandes fuerzas, arrollando los obstáculos.
Considerábase Sertorio muy desigual, y retirándose
con tres mil hombres a Cartagena, allí se embarcó,
y atravesando el Mediterráneo aportó al África
por la parte de la Mauritania. Sorprendieron los bárbaros
a sus soldados, mientras, sin haber puesto centinelas, se proveían
de agua, y habiendo perdido bastante gente se dirigía otra
vez a España; vióse, no obstante, apartado de ella,
por haber tenido la desgracia de dar con unos piratas de Cilicia,
y arribó a la isla Pitiusa, donde desembarcó, habiendo
desalojado la guarnición que allí tenía Anio.
Acudió este bien pronto con gran número de naves
y cinco mil hombres de infanteria; Sertorio se preparaba a pelear
con él en combate naval, aunque sus buques eran de poca
resistencia, y dispuestos más bien para la ligereza que
para la fuerza; pero, alborotado el mar con un violento céfiro,
perdió la mayor parte de ellos, estrellados en las rocas
por su falta de peso, y con sólo unos pocos, arrojado del
mar por la tempestad y de la tierra por los enemigos, anduvo fluctuando
por espacio de diez días; y luchando contra las olas y
contra tan deshecha borrasca se vio en mil apuros para no perecer.
VIII. Habiendo por fin cedido el viento, aportó a unas
islas, entre sí muy próximas, desprovistas de agua,
de las que hubo de partir; y pasando por el Estrecho Gaditano,
dobló a la derecha y tocó en la parte exterior de
España, poco más arriba de la embocadura del Betis,
que desagua en el mar Atlántico, dando nombre a la parte
que baña de esta región. Diéronle allí
noticia unos marineros, con quienes habló de ciertas islas
del Atlántico, de las que entonces venían. Éstas
son dos, separadas por un breve estrecho, las cuales distan del
África diez mil estadios, y se llaman Afortunadas. Las
lluvias en ellas son moderadas y raras, pero los vientos, apacibles
y provistos de rocío, hacen que aquella tierra, muelle
y crasa, no sólo se preste al arado y a las plantaciones,
sino que espontáneamente produzca frutos que por su abundancia
y buen sabor basten a alimentar sin trabajo y afán a aquel
pueblo descansado. Un aire sano, por el que las estaciones casi
se confunden, sin que haya sensibles mudanzas, es el que reina
en aquellas islas, pues los cierzos y solanos que soplan de la
parte de tierra, difundiéndose por la distancia de donde
vienen en un vasto espacio van decayendo y pierden su fuerza;
y los del mar, el ábrego y el céfiro, siendo portadores
de lluvias suaves y escasas, por lo común, con una serenidad
humectante es con la que refrigeran y con la que mantienen las
plantas, de manera que hasta entre aquellos bárbaros es
opinión, que corre muy válida, haber estado allí
los Campos Elisios, aquella mansión de los bienaventurados
que tanto celebró Homero.
IX. Engendró esta relación en Sertorio un vivo
deseo de habitar aquellas islas y vivir con sosiego, libre de
la tiranía y de toda guerra; pero habiéndolo entendido
los de la Cilicia, que ninguna codicia tenían de paz y
de quietud, sino de riqueza y de despojos, le dejaron con sus
deseos, y se dirigieron al África para restituir a Áscalis,
hijo de Ifta, al trono de la Mauritania. No pudo tampoco contenerse
Sertorio, sino que resolvió ir en auxilio de los que peleaban
contra Áscalis, para que sus tropas, concibiendo nuevas
esperanzas, y teniendo ocasión de nuevas hazañas,
no se le desbandasen por la falta de recursos. Habiendo sido su
llegada de gran placer para los Mauritanos, puso mano a la obra,
y, vencido Áscalis, le puso sitio Sila, en tanto, envió
en socorro de éste a Paciano, con las correspondientes
fuerzas; mas habiendo venido Sertorio a batalla con él,
le dio muerte, y quedando vencedor agregó a las suyas estas
tropas, poniendo después cerco a la ciudad de Tingis, adonde
Ascalis se había retirado con sus hermanos, Dicen los Tingitanos
que está allí enterrado Anteo, y Sertorio hizo abrir
su sepulcro, no queriendo dar crédito a aquellos bárbaros,
a causa de su desmedida grandeza; pero visto el cadáver,
que tenía de largo, según se cuenta, sesenta codos,
se quedó pasmado, y sacrificando víctimas volvió
a cerrar la sepultura, habiéndole dado con esto mayor honor
y fama. Añaden los Tingitanos a esta fábula que,
muerto Anteo, su mujer, Tingis, se ayuntó con Heracles,
y habiendo tenido en hijo a Sófax, reinó éste
en el país y puso a la ciudad el nombre de la madre, y
que de este Sófax fue hijo Diodoro, a quien obedecieron
muchas gentes del África, por tener a sus órdenes
un ejército griego, compuesto de los que fueron allí
trasladados por Heracles de Olbia y de Micenas. Mas todo esto
sea dicho en honor de Juba, el mejor historiador entre los reyes,
por cuanto se dice que su linaje traía origen de Diodoro
y Sófax. Sertorio, aunque logró triunfar de todos,
en nada ofendió a los que le suplicaron y se pusieron en
sus manos, sino que les restituyó los bienes, las ciudades
y el gobierno, recibiendo sólo lo que buenamente había
menester, y aun esto por pura dádiva.
X. Meditaba adónde se dirigiría desde allí,
cuando le llamaron los Lusitanos, brindándole, por medio
de embajadores, con el mando; pues hallándose faltos de
un general de opinión y de experiencia, que pudieran oponer
al temor que los Romanos les inspiraban, en éste sólo
tenían confianza, por haber sabido de los que le habían
tratado cuál era su índole; pues se dice que Sertorio
no se dejaba dominar ni del deleite ni del miedo, siendo por naturaleza
inalterable en los peligros y moderado en la prosperidad; que
trabado el combate, no fue inferior en arrojo a ninguno de los
generales de su tiempo, y que, cuando en la guerra se trataba
de merodear y hacer presa, de ocupar puestos ventajosos o de meterse
por entre los enemigos, necesitándose para ello de dolo
y de engaños, era en tales casos de los más sagaces
y astutos. En premiar los servicios usaba de largueza y magnificencia,
siendo benigno en castigar las faltas; sin embargo, lo ejecutado
cruel y sañudamente con los rehenes hacia el fin de sus
días parece que descubre que su carácter no era
el de la mansedumbre, sino que por reflexión lo sabía
comprimir, cediendo a la necesidad. Por lo que hace a mí,
nunca creeré que una virtud decidida y bien cimentada en
la razón pueda por ningún caso de fortuna degenerar
en el vicio opuesto; con todo, no considero imposible que los
mejores propósitos, y los caracteres más formados
a la virtud, hagan mudanza en sus costumbres por desgracias y
calamidades injustamente padecidas; y fue lo que me parece le
sucedió a Sertorio, que, cuando se vio abandonado de la
fortuna, irritado por los mismos acontecimientos se hizo cruel
contra los que le ofendían.
XI Como le llamasen, pues, los Lusitanos, abandonó el
África, y poniéndose al frente de ellos, constituído
su general con absoluto imperio, sujetó a su obediencia
aquella parte de la España, uniéndosele los más
voluntariamente, a causa, en la mayor parte, de su dulzura y actividad,
aunque también usó de artificios para engañarlos
y embaucarlos; el más señalado entre todos fue el
de la cierva, que dispuso de esta manera. Uno de aquellos naturales,
llamado Espano, que vivía en el campo, se encontró
con una cierva recién parida que huía de los cazadores;
y a ésta la dejó ir; pero a la cervatilla, maravillado
de su color, porque era toda blanca, la persiguió y la
alcanzó. Hallábase casualmente Sertorio acampado
en las inmediaciones, y como recibiese con afabilidad a los que
le llevaban algún presente, bien fuese de caza, o de los
frutos del campo, recompensando con largueza a los que así
le hacían obsequio, se le presentó también
éste para regalarle la cervatilla. Admitióla, y
al principio no fue grande el placer que manifestó; pero
con el tiempo, habiéndose hecho tan mansa y dócil,
que acudía cuando la llamaba, y le seguía a doquiera
que iba, sin espantarse del tropel y ruido militar, poco a poco
la fue divinizando, digámoslo así, haciendo creer
que aquella cierva había sido un presente de Diana, y esparciendo
la voz de que le revelaba las cosas ocultas, por saber que los
bárbaros son naturalmente muy inclinados a la superstición.
Para acreditarlo más, se valía de este medio: cuando
reservada y secretamente llegaba a entender que los enemigos iban
a invadir su territorio, o trataban de separar de su obediencla
a una ciudad, fingía que la cierva le había hablado
en las horas del sueño, previniéndole que tuviera
las tropas a punto. Por otra parte, si se le daba aviso de que
alguno de sus generales había alcanzado una victoria, ocultaba
al que lo había traído, y presentaba a la cierva
coronada como anunciadora de buenas nuevas, excítándolos
a mostrarse alegres y a sacrificar a los dioses, porque en breve
había de llegar una fausta noticia.
XII. Después que los hubo hecho tan dóciles, los
tenía dispuestos para todo, estando persuadidos de que
no eran mandados por el designio de un hombre extranjero, sino
por un dios; dando además los hechos mismos testimonio
de que su poder se había aumentado fuera de lo que podía
pensarse, porque con sólo haber reunido cuatro mil broqueleros
y setecientos caballos de los Lusitanos, con dos mil y seiscientos
a quienes llamaban Romanos, y con unos setecientos Africanos que
se le habían agregado, siguiéndole desde aquella
región, hacía la guerra a cuatro generales romanos,
que tenían a sus órdenes ciento veinte mil infantes,
seis mil hombres de caballería, dos mil entre arqueros
y honderos y un grandísimo número de ciudades: cuando
él, al principio, no tuvo entre todas más de veinte;
y sin embargo de haber empezado con tan escasas y apocadas fuerzas,
no sólo sujetó a numerosos pueblos y tomó
muchas ciudades, sino que, de los generales contrarios, a Cota
lo venció en combate naval cerca del puerto de Melaria,
y a Aufidio, prefecto de la Bética, lo derrotó a
las orillas del Betis, matándole doscientos Romanos. Venció,
asimismo, por medio de su cuestor, a Domicio Calvisio, procónsul
que era de la otra España, y dio muerte a Toranio, otro
de los generales que Metelo había enviado con fuerzas contra
él; aun al mismo Metelo, varón de los primeros y
más acreditados de su edad, habiéndose aprovechado
de los no pequeños yerros que éste cometió,
le puso en tanto aprieto, que fue preciso que Lucio Manlio viniera
desde la Galia Narbonense en su socorro, y que de Roma misma fuera
enviado Pompeyo Magno con considerables fuerzas. Porque Metelo
no sabía qué hacerse con un hombre arrojado, que
huía de toda batalla campal, y usaba de todo género
de estratagemas por la prontitud y ligereza de la tropa española;
cuando él no estaba ejercitado sino en combates reglados
y en riguroso orden, y sólo sabía mandar tropas
apiñadas, que, combatiendo a pie firme, estaban acostumbradas
a rechazar y destrozar a los enemigos que venían con ellas
a las manos; pero no a trepar por los montes, siguiendo el alcance
de sus incansables fugas a unos hombres veloces como el viento,
ni a tolerar como ellos el hambre y un género de vida en
la que para nada echaban de menos el fuego ni las tiendas.
XIII. Además de esto, Metelo, que era ya hombre de bastante
edad, después de muchos y peligrosos combates, había
empezado a tratarse con más delicadeza y regalo que antes,
y se las había con Sertorio, lleno de vigor y robustez,
y que tenía muy ejercitadas las fuerzas, la ligereza y
la frugalidad. Porque ni aun en el mayor ocio se dio jamás
al vino, y se había acostumbrado a tolerar grandes fatigas,
largas marchas y frecuentes vigilias, bastándole para todo
esto escasos y groseros alimentos. Entreteníase siempre,
cuando estaba desocupado, en andar por el campo y en cazar, ensayando
el modo de libertarse con la fuga, y cómo envolver al enemigo
siguiendo un alcance; y así había adquirido conocimiento
de los lugares inaccesibles y de los que daban franco paso. Por
tanto, sucediendo, por lo común, que el que quiere evitar
batalla padece lo mismo que el que es vencido, para éste
el huír era como si él persiguiese; porque cortaba
a los que iban a tomar agua, interceptaba los víveres;
si el enemigo quería marchar, le impedía el paso;
cuando iba a acamparse, no le dejaba sosiego, y cuando quería
sitiar se aparecía él y le sitiaba por hambre, tanto,
que los soldados llegaron a aburrirse; y como Sertorio provocase
a Metelo a un desafío, empezaron a gritar, incitándole
a que peleara general contra general, Romano contra Romano; cuando
vieron que no lo admitía, le insultaron, pero él
se rió de ellos, e hizo muy bien: pues, como dice Teofrasto,
un general debe hacer muerte de general y no de un miserable soldado.
Viendo, pues, Metelo que los de Lacóbriga estaban muy de
parte de Sertorio, y que sería fácil tomarlos por
la sed, a causa de que dentro de la ciudad no había más
que un solo pozo, y entraba en su proyecto apoderarse de las fuentes
y arroyos que había de murallas afuera, marchó con
este pueblo, persuadido de que el sitio sería cosa de dos
días, faltándoles el agua; así, a sus soldados
les dio orden de que sólo tomaran provisiones para cinco
días. Mas Sertorio, acudiendo al punto en su auxilio, dispuso
que se llenaran de agua dos mil odres, señalando por cada
uno una gruesa cantidad de dinero; y habiéndose presentado
al efecto muchos Españoles y muchos Mauritanos, escogió
a los más robustos y más ligeros, y los envió
por la montaña, con orden de que, cuando entregaran los
odres en la ciudad, sacaran a la gente inútil, para que
con aquel repuesto de agua tuvieran bastante los defensores. Llegó
esta disposición a oídos de Metelo, y le fue de
mucho desagrado, porque ya los soldados casi habían consumido
los víveres, y tuvo que enviar, para que hiciese un nuevo
acopio, a Aquilio, que mandaba seis mil hombres. Entiéndelo
Sertorio, y adelantándose a tomar el camino, cuando ya
Aquilio volvía, hace salir contra él tres mil hombres
de un barranco sombrío; y acometiendo él mismo de
frente, le derrota, y la muerte a unos y toma a otros cautivos.
Metelo, cuando vio que Aquilio volvía sin armas y sin caballo,
tuvo que retirarse ignominiosamente, escarnecido de los Españoles.
XIV. Por estas hazañas miraban a Sertorio con grande amor
aquellos bárbaros, y también porque, acostumbrándolos
a las armas, a la formación y al orden de la milicia romana,
y quitando de sus incursiones el aire furioso y terrible, había
reducido sus fuerzas a la forma de un ejército, de grandes
cuadrillas de bandoleros que antes parecían. Además
de esto, no perdonando gastos les adornaba con oro y plata los
cascos, les pintaba con distintos colores los escudos, enseñábalos
a usar de mantos y túnicas brillantes, y, fomentando por
este medio su vanidad, se ganaba su afición. Mas lo que
principalmente les cautivó la voluntad fue la disposición
que tomó con los jóvenes; porque reuniendo en Huesca,
ciudad grande y populosa, a los hijos de los más principales
e ilustres entre aquellas gentes, y poniéndoles maestros
de todas las ciencias y profesiones griegas y romanas, en la realidad
los tomaba en rehenes, pero en la apariencias los instruía,
para que, en llegando a la edad varonil, participasen del gobierno
y de la magistratura. Los padres, en tanto, estaban sumamente
contentos viendo a sus hijos ir a las escuelas muy engalanados
y vestidos de púrpura, y que Sertorio pagaba por ellos
los honorarios, los examinaba por sí muchas veces, les
distribuía premios y les regalaba aquellos collares que
los Romanos llaman bulas. Siendo costumbre entre los Españoles
que los que hacían formación aparte con el general
perecieran con él si venía a morir, a lo que aquellos
bárbaros llamaban consagración, al lado de los demás
generales sólo se ponían algunos de sus asistentes
y de sus amigos; pero a Sertorio le seguían muchos millares
de hombres, resueltos a hacer por él esta especie de consagración.
Así, se refiere que, en ocasión de retirarse a una
ciudad, teniendo ya a los enemigos cerca, los Españoles,
olvidados de sí mismos, salvaron a Sertorio, tomándolo
sobre los hombros y pasándolo así de uno a otro,
hasta ponerlo encima de los muros, y luego que tuvieron en seguridad
a su general cada uno de ellos se entregó a la fuga.
XV. Ni eran solos los Españoles a quererle por su caudillo,
sino que este mismo tenían los soldados venidos de la Italia.
Llegó, pues, también a España, con grandes
caudales y mucha gente, Perpena Ventón, del mismo partido
que Sertorio, con ánimo de hacer de por sí la guerra
a Metelo; pero los soldados empezaron a indisponerse, y haciendo
frecuente conversación de Sertorio, pensaban ya en abandonar
a Perpena, de quien decían que estaba muy hinchado con
su linaje y su riqueza: así, cuando ya se supo que Pompeyo
pasaba los Pirineos, tomaron los soldados las armas y las insignias
de las legiones y gritaron a Perpena para que los condujese al
campo de Sertorio, amenazándole que de lo contrario le
dejarían por ir en busca de un hombre que podía
salvarse y salvarlos; y Perpena tuvo que condescender con sus
ruegos, y marchando al frente de ellos juntó con las de
Sertorio sus tropas, que consistían en cincuenta y tres
cohortes.
XVI Abrazaban el partido de Sertorio todos los de la parte acá
del Ebro, con lo cual el número era poderoso, porque de
todas partes acudían y se le presentaban gentes; pero,
mortificado con el desorden y la temeridad de aquella turba, que
clamaba por venir a las manos con los enemigos, sin poder sufrir
la dilación, trató de calmarla y sosegarla por medio
de la reflexión y del discurso. Mas cuando vio que no cedían,
sino que insistían tenazmente, no hizo por entonces caso
de ellos, y los dejó que fueran a estrellarse con los enemigos,
con la esperanza de que, no siendo del todo deshechos, sino hasta
cierto punto escarmentados, con esto los tendría en adelante
más sujetos y obedientes. Sucedió lo que pensaba,
y marchando entonces en su socorro los sostuvo en la fuga, y los
restituyó con seguridad al campamento. Queriendo luego
curarlos del desaliento, los convocó a todos al cabo de
pocos días a junta general, en la que hizo presentar dos
caballos, el uno sumamente flaco y viejo, y el otro fuerte y lozano,
con una cola muy hermosa y muy poblada de cerdas. Al lado del
flaco se puso un hombre robusto y de mucha fuerza, y al lado del
lozano otro hombre pequeño y de figura despreciable. A
cierta señal, el hombre robusto tiró con entrambas
manos de la cola del caballo como para arrancarla, y el otro pequeño,
una a una, fue arrancando las cerdas del caballo brioso. Como
al cabo de tiempo el uno se hubiese afanado mucho en vano, y hubiese
sido ocasión de risa a los espectadores, teniendo que darse
por vencido mientras que el otro mostró limpia la cola
de cerdas en breve tiempo y sin trabajo, levantándose Sertorio:
Ved ahí- les dijo-, oh camaradas, cómo la
paciencia puede más que la fuerza; cómo cosas que
no pueden acabarse juntas ceden y se acaban poco a poco; nada
resiste a la asiduidad, con la que el tiempo, en su curso, destruye
y consume todo poder, siendo un excelente auxiliador de los que
saben aprovechar la ocasión que les presenta e irreconciliable
enemigo de los que fuera de sazón se precipitan.
Inculcando continuamente Sertorio a los bárbaros estas
exhortaciones, los alentaba y disponía para esperar la
oportunidad.
XVII. Entre sus acciones de guerra no fue lo que menos admiración
excitó lo ejecutado con los llamados Caracitanos. Este
es un pueblo situado más allá del río Tajo,
que no se compone de casas, como las ciudades o aldeas, sino que,
en un monte de bastante extensión y altura, hay muchas
cuevas y cavidades de rocas que miran al norte. El país
que la circunda produce un barro arcilloso y una tierra muy deleznable
por su finura, incapaz de sostener a los que andan por ella, y
que con tocarla ligeramente se deshace como la cal o la ceniza.
Era, por tanto, imposible tomar por fuerza a estos bárbaros,
porque cuando temían ser perseguidos se retiraban con las
presas que habían hecho a sus cuevas, y de allí
no se movían. En ocasión, pues, en que Sertorio
se retiraba de Metelo y había establecido su campo junto
a aquel monte, le insultaron y despreciaron, mirándole
como vencido; y él, bien fuese de cólera, o bien
por no dar idea de que huía, al día siguiente, muy
de mañana, movió con sus tropas y fue a reconocer
el sitio. Como por ninguna parte tenía subida, anduvo dando
vueltas, haciéndoles vanas amenazas; mas en esto advirtió
que de aquella tierra se levantaba mucho polvo y que por el viento
era llevado a lo alto: porque, como hemos dicho, las cuevas estaban
al norte, y el viento que corre de aquella región, al que
algunos llaman Cecias, es allí el que más domina
y el más impetuoso de todos, soplando de países
húmedos y del montes cargados de nieve. Estábase
entonces en el rigor del verano, y, fortificado el viento con
el deshielo que en la parte septentrional se experimentaba, lo
tomaban con mucho gusto aquellos naturales, porque en el día
los refrigeraba a ellos y a sus ganados. Habíalo discurrido
así Sertorio, y se lo había oído también
a los del contorno, por lo cual dio orden a los soldados de que,
recogiendo aquella tierra suelta y cenicienta, la fueran acumulando
en diferentes puntos delante del monte; y como creyesen los bárbaros
que el objeto era formar trincheras contra ellos, lo tomaron a
burla. Trabajaron en esto los soldados hasta la noche, hora en
que se retiraron; pero por la mañana siguiente empezó
desde luego a soplar una aura suave, que levantó lo más
delgado de aquella tierra amontonada, esparciéndola a manera
de humo, y después, arreciándose el cecias con el
sol, y poniéndose ya en movimiento los montones, los soldados
que se hallaban presentes los revolvían desde el suelo
y ayudaban a que se levantase la tierra. Algunos corrían
con los caballos arriba y abajo, y contribuían, también
a que la tierra se remontase en el aire, y a que, hecha un polvo
todavía más delgado, fuese empujada por aquel hacia
las casas de los bárbaros, que recibían el cierzo
por la puerta. Estos, como las cuevas no tenían otro respiradero
que aquel sobre el que se precipitaba el viento, quedaron muy
luego ciegos, y además empezaron a ahogarse, respirando
un aire incómodo y cargado de polvo; por lo cual apenas
pudieran aguantar dos días, y al tercero se entregaron;
aumentando, no tanto el poder como la gloria de Sertorio, por
verse que lo que no estaba sujeto a las armas lo alcanzaba con
la sabiduría y el ingenio.
XVIII. Mientras que hizo la guerra a Metelo, parecía que
su buena suerte era en gran parte debida a la vejez y torpeza
de éste, que no podía contrarrestar a un hombre
osado, y caudillo más bien de una tropa de bandoleros que
de un ejército ordenado; pero cuando, después de
haber pasado Pompeyo los Pirineos, contrapuso al de éste
su campo, y dieron uno y otro diferentes pruebas de toda la habilidad
y pericia militar, y se vio que sobresalía Sertorio así
en acometer como en saber guardarse, entonces enteramente fue
declarado, aun en Roma mismo, como el más diestro para
dirigir la guerra entre los generales de su edad. y eso que no
era vulgar la fama de Pompeyo, sino que estaba entonces en lo
más florido de su gloria, de resulta de sus hazañas
en el partido de Sila por las que éste le apellidó
Magno, que quiere decir grande, y mereció los honores del
triunfo antes de salirle la barba. Por esta causa muchas de las
ciudades sujetas a Sertorio, abandonaron después este propósito
por el suceso de Laurón que salió muy al revés
de lo que se esperaba. Teníalos sitiados Sertorio, y fue
Pompeyo en su socorro con todas sus fuerzas. Había un collado
en la mejor situación, frente a la ciudad, y el uno por
tomarle, y por impedirlo el otro, movieron ambos de sus campos.
Adelantóse Sertorio, y Pompeyo entonces, acudiendo con
su ejército, lo tuvo a gran ventura, porque creyó
que iba a coger a Sertorio en medio de la ciudad y de sus tropas;
y avisando a los Lauronitas, les dijo que tuvieran buen ánimo
y salieran a las murallas a ver sitiado a Sertorio. Mas éste,
cuando lo supo, se echó a reír, y Ya volviendo
a aquel la vista, pensaban en mudanzas; pero le enseñaré
yo- dijo al discípulo de Sila, porque así llamaba
por burla a Pompeyo- que el general debe mirar mucho en derredor,
y no precisamente delante de sí; y en seguida hizo
advertir a los sitiados que había dejado seis mil infantes
en el primer campamento de donde había salido para tomar
el collado, a fin de que, cuando Pompeyo le acometiese, lo tomasen
éstos por la espalda. Echólo tarde de ver Pompeyo;
así, no se atrevió a combatir, temiendo ser cortado,
ni tampoco se resolvió de vergüenza a retirarse y
abandonar a los Lauronitas en aquel peligro; mas fuele preciso
estar presente y ser testigo de su perdición, pues aquellos
bárbaros desmayaron y se entregaron a Sertorio. No tocó
éste a las personas: antes, los dejó ir libres;
a la ciudad, en cambio, la abrasó, no por cólera
o por crueldad, porque entre todos los generales parece que fue
éste el que menos se dejó llevar de la ira, sino
para afrenta y mengua de los que tanto admiraban a Pompeyo: pues
correría la voz entre los bárbaros de que, con estar
presente y casi calentarse al fuego de una ciudad aliada, no le
dio socorro.
XIX. Sufrió Sertorio bastantes derrotas, no obstante que
en sí mismo y en los que con él peleaban se conservó
siempre invicto, sino en las personas de otros generales suyos;
pero aún era más admirado por el modo de reparar
estos descalabros que sus contrarios por la victoria, como sucedió
en la batalla del Júcar [Sucrón] con Pompeyo, y
en la del Turia con él mismo y con Metelo. De la del Júcar
se dice haberse dado acometiendo Pompeyo, para que Metelo no tuviese
parte en la victoria. Sertorio quería también combatir
con Pompeyo antes que se le uniese Metelo, y reuniendo a su gente
se presentó a la pelea entrada ya la tarde, reflexionando
que las tinieblas serían a los enemigos, extranjeros e
ignorantes del terreno, un estorbo para huir o para seguir el
alcance. Trabada la batalla, hizo la casualidad que no estuviera
él al principio opuesto a Pompeyo, sino a Afranio, que
mandaba la izquierda, hallándose él colocado en
su derecha; pero habiendo entendido que los que contendían
con Pompeyo aflojaban y eran vencidos, encargó a la derecha
a otros de sus generales, y pasó corriendo a la parte vencida.
Reunió y alentó a unos que ya se retiraban, y a
otros que se mantenían en formación, y cargando
de recio a Pompeyo, que perseguía a los primeros, le puso
en desorden, y estuvo en muy poco que no pereciese, habiendo salido
herido y salvádose prodigiosamente; y fue que los Africanos
que estaban al lado de Sertorio, cuando cogieron el caballo de
Pompeyo engalanado con oro y adornado de preciosos arreos, al
partirlos altercaron entre sí y le dejaron escapar. Afranio,
desde el momento que Sertorio partió en socorro de la otra
ala, rechazó a los que tenía al frente, y los llevó
hasta el campamento, en el que se precipitó con ellos,
y empezó a saquearlo. Era ya de noche, y no sabía
que Pompeyo había sido puesto en fuga, ni podía
contener a los suyos en el pillaje. Vuelve en esto Sertorio, que
por su parte había vencido, y sorprendiendo a los de Afranio,
que se aturdieron por hallarse desordenados, hizo en ellos gran
matanza. A la mañana temprano armó sus tropas, y
bajó de nuevo a dar batalla; pero, noticioso de que Metelo
estaba cerca, mudó de propósito, y se retiró
al campamento, diciendo: A fe que al mozuelo éste,
si la vieja no hubiera llegado, le habría yo dado una zurra
y lo habría enviado a Roma. XX. Andaba muy decaído
de ánimo, a causa de que no parecía por ninguna
parte la cierva, y se sentía falto de este artificio para
con aquellos bárbaros, entonces más que nunca necesitados
de consuelo. Por casualidad, unos que discurrían por el
campo con otro motivo dieron con ella, y conociéndola por
el color la recogieron. Habiéndolo entendido Sertorio,
les prometió una crecida suma, con tal que a nadie lo dijesen;
y ocultando la cierva, pasados unos cuantos días se encaminó
al sitio de las juntas públicas con un rostro muy alegre,
manifestando a los caudillos de los bárbaros que de parte
de Dios se le había anunciado en sueños una señalada
ventura, y subiendo después al tribunal se puso a dar audiencia
a los que se presentaron. Dieron a este tiempo suelta a la cierva
los que estaban encargados de su custodia, y ella, que vio a Sertorio,
echando a correr muy alegre hacia la tribuna, fue a poner la cabeza
entre las rodillas de aquel, y con la boca le tocaba la diestra,
como antes solía ejecutarlo. Correspondió Sertorio
con cariño a sus halagos, y aun derramó alguna lágrima,
lo que al principio causó admiración a los que se
hallaban presentes, pero después acompañaron con
aplauso y regocijo hasta su habitación a Sertorio, teniéndole
por un hombre extraordinario y amado de los Dioses, y cobrando
ánimo concibieron faustas esperanzas.
XXI En los campos seguntinos había reducido a los enemigos
a la última escasez, y le fue preciso combatir con ellos
en ocasión que bajaban a merodear y hacer provisiones.
Peleóse denodadamente por una y otra parte, y Memio, el
mejor caudillo de los que militaban bajo Pompeyo, murió
en lo más recio de la batalla. Vencía, por tanto,
Sertorio, y con gran mortandad de los que se le oponían
trataba de penetrar hasta Metelo, el cual, sosteniéndose
y peleando alentadamente, fuera de lo que permitía su edad,
fue herido de un bote de lanza. Los Romanos, que vieron el hecho,
o llegaron a oírlo, se cubrieron de vergüenza de que
pudiera decirse abandonaban a su general, y al mismo tiempo se
encendieron en ira contra los enemigos. Protegiéronle,
pues, con los escudos, y combatiendo esforzadamente, no sólo
le retiraron, sino que rechazaron a los Españoles. Mudóse
con esto la suerte de la victoria, y Sertorio, para proporcionar
a los suyos una fuga segura y dar tiempo a que le llegaran nuevas
tropas, se retiró a una ciudad montuosa y bien fortificada,
cuyos muros empezó a reparar, y a obstruir sus puertas,
sin embargo de que en todo pensaba más que en aguantar
allí un sitio, sino que así engañó
a los enemigos. Porque atendiendo a él solo, y esperando
que sin dificultad se apoderarían de la ciudad, no pensaron
en perseguir a los bárbaros en su fuga, ni hicieron caso
de las fuerzas que de nuevo acudían a Sertorio. Reuníalas
en tanto, enviando caudillos a las ciudades que estaban por él,
y dándoles orden de que cuando tuvieran bastante número
se lo avisaran por un emisario. Cuando ya tuvo estos avisos, salió
sin trabajo por medio de los enemigos, fue a unirse con su gente,
y presentándose otra vez con respetables fuerzas les interceptaba
a aquellos los víveres: los que podían venirles
por tierra, armándoles celadas, cortando sus partidas y
apareciéndose por todas partes, sin darse ni darles reposo;
y los del mar, por medio de barcos corsarios, con los que era
dueño de la marina, en términos que, precisados
los generales romanos a separarse, Metelo se retiró a la
Galia, y Pompeyo hubo de invernar con incomodidad en los Vacceos,
por falta de fondos; escribiendo al Senado que no regresaría
con el ejército si no se le enviaba dinero: porque ya había
gastado todo su caudal peleando por la Italia; en Roma no se hablaba
de otra cosa sino de que Sertorio llegaría antes a la Italia
que Pompeyo. ¡A este punto trajo la pericia y destreza de
Sertorio a los primeros y más hábiles generales
de aquel tiempo! XXII. Manifestó el mismo Metelo cuánto
le imponía este insigne varón, y cuán ventajoso
era el concepto que de él tenía, porque hizo publicar
por pregón que si algún Romano le quitaba la vida
le daría cien talentos de plata y veinte mil yugadas de
tierra, y si fuese algún desterrado le concedería
la vuelta a Roma; lo que era desesperar de poderlo conseguir en
guerra abierta, poniéndolo en almoneda para una traición.
Además, habiendo vencido en una ocasión a Sertorio,
se envaneció tanto y lo tuvo a tan grande dicha, que se
hizo saludar emperador, y las ciudades por donde transitaba le
recibían con sacrificios y con aras. Dícese que
consintió le ciñeran las sienes con coronas y que
se le dieran banquetes suntuosos, en los que brindaba adornado
con ropa triunfal. Teníanse dispuestas victorias con tal
artificio, que por medio de resortes le presentaban trofeos y
coronas de oro, y había, coros de mozos y doncellas que
le cantaban himnos de victoria: haciéndose justamente ridículo
con semejantes demostraciones, pues que tanto se vanagloriaba
y tal contento había concebido de haber quedado vencedor
por haberse él retirado espontáneamente respecto
de un hombre a quien llamaba el fugitivo de Sila y el último
resto de la fuga de Carbón. De la grandeza de ánimo
de Sertorio son manifiestas pruebas, lo primero, el haber dado
el nombre de Senado a los que de este Cuerpo habían huido
de Roma y se le habían unido, y el elegir entre ellos los
Cuestores y Pretores, procediendo en todas estas cosas según
las leyes patrias; y lo segundo, el que, valiéndose de
las armas, de los bienes y de las ciudades de los Españoles,
ni en lo más mínimo partía con ellos el sumo
poder, y a los Romanos los establecía por sus generales
y magistrados, como queriendo reintegrar a éstos en su
libertad y no aumentar a aquellos en perjuicio de los Romanos.
Porque era muy amante de la patria y ardía en el deseo
de la vuelta; sino que viéndose maltratado se mostraba
hombre de valor; mas nunca hizo contra los enemigos cosa que desdijese,
y después de la victoria enviaba a decir a Metelo y a Pompeyo
que estaba pronto a deponer las armas y a vivir como particular
si alcanzaba la restitución; porque más quería
ser en Roma el último de los ciudadanos, que no que se
le declarara emperador de todos los demás, teniendo que
estar desterrado de su patria. Dícese que era gran parte
su madre para desear la vuelta, porque había sido criado
por ella siendo huérfano, y en todo no tenía otra
voluntad que la suya. Así es que, llamado ya por sus amigos
al mando en España, cuando supo que su madre había
muerto estuvo en muy poco que no perdiese la vida de dolor, porque
siete días estuvo tendido en el suelo sin dar señal
a los soldados ni dejarse ver de ninguno de sus amigos, y con
dificultad los demás caudillos y otras personas de autoridad,
rodeándole en su tienda, pudieron precisarle a que saliera
y hablara a los soldados, y se encargara de los negocios, que
iban prósperamente; por lo cual muchos entienden que él
era naturalmente de condición benigna e inclinado al reposo,
y que, por accidentes que sobrevinieron, tuvo que recurrir contra
su deseo a mandos militares, y no encontrando seguridad sino en
las armas, que sus enemigos le forzaron a tomar, le fue preciso
hacer de la guerra un resguardo y defensa de su persona.
XXIII. Mostróse asimismo su grandeza de ánimo en
la conducta que tuvo con Mitridates; porque cuando este rey, rehaciéndose
como para una segunda lucha del descalabro que sufrió con
Sila, quiso de nuevo acometer al Asia, era ya grande la fama que
de Sertorio había corrido por todas partes, y los navegantes,
como de mercancías extranjeras, habían llenado el
Ponto de su nombre y sus hazañas. Tenía resuelto
enviarle embajadores, acalorado principalmente con las exageraciones
de los lisonjeros, que comparando a Sertorio con Anibal y a Mitridates
con Pirro decían que los Romanos, dividiendo su atención
a dos partes, no podrían resistir a tanta fuerza y destreza
juntas, si el más hábil general llegaba a unirse
con el mayor de todos los reyes. Envía, pues, Mítridates
embajadores a España con cartas para Sertorio, y con el
encargo de decirle que le daría fondos y naves para la
guerra, sin solicitar más de él sino que le hiciera
segura la posesión de toda aquella parte del Asia que había
tenido que ceder a los Romanos conforme a los tratados ajustados
con Sila. Convocó Sertorio a Consejo, al que, como siempre,
llamó Senado; y siendo los demás de dictamen de
que se accediera a la propuesta como muy admisible, pues que no
pidiéndosele más que nombres y letras vanas sobre
objetos que no estaban en su facultad, iban en cambio a recibir
cosas positivas que les hacían gran falta, no vino en ello
Sertorio, sino que dijo que no repugnaría el que Mitridates
ocupase la Bitinia y la Capadocia, provincias dominadas siempre
por el rey y que no pertenecían a los Romanos, pero en
cuanto a una provincia que, poseída por éstos con
el mejor título, Mitridates se la había quitado
y retenido, perdiéndola después, primero, por haberla
reconquistado Fimbria con las armas, y luego por haberla cedido
aquel a Sila en el tratado, no consentiría que volviese
ahora a ser suya; porque mandando él, debía tener
aumentos la república y no hacer pérdidas a trueque
de que mandase: pues era propio del hombre virtuoso el desear
vencer con honra; pero con ignominia, ni siquiera salvar la vida.
XXIV. Oyó Mitridates esta respuesta con grande admiración,
y se dice haber exclamado ante sus amigos: ¿Qué
mandará Sertorio sentado en el palacio, si ahora, relegado
al mar Atlántico señala límites a mi reino,
y porque tengo miras sobre el Asia me amenaza con la guerra? Con
todo, hágase el tratado, y convéngase con juramento
en que Mitridates tendrá la Capadocia y la Bitinia, enviándole
Sertorio un general y soldados, y en que Sertorio percibírá
de Mítrídates tres mil talentos y cuarenta naves.
En consecuencia, fue enviado de general al Asia, por Sertorio,
Marco Mario, uno de los senadores fugitivos que habían
acudido a él; y habiendo tomado Mitridates con su auxilio
algunas ciudades en el Asia, entrando aquel en ella con las fasces
y las hachas, iba él en pos tomando voluntariamente el
segundo lugar, y haciendo, como quien dice, el papel de criado.
Marco concedió la libertad a algunas ciudades y a otras
la exención de tributos, anunciándoles que lo ejecutaba
en obsequio de Sertorio, de manera que el Asia, molestada otra
vez por los exactores, y agobiada con las extorsiones e insolencias
de los alojados, se levantó a nuevas esperanzas y empezó
a desear la mudanza de gobierno que ya se entreveía.
XXV. En España, los Senadores y personas de autoridad
que estaban con Sertorio, luego que entraron en alguna confianza
de resistir y se les desvaneció el miedo, empezaron a tener
celos y necia emulación de su poder. Incitábalos
principalmente Perpena, a quien con loca vanidad hacía
aspirar al primer mando el lustre de su linaje, y dio principio
por sembrar insidiosamente entre sus confidentes estas especies
sediciosas: ¿Qué mal Genio es el que se ha
apoderado de nosotros para arrojarnos de mal en peor? Nos desdeñábamos
de ejecutar, sin salir de nuestras casas, las órdenes de
Sila, que lo dominaba todo por mar y por tierra, y por una extraña
obcecación, queriendo vivir libres, nos hemos puesto en
una voluntaria servidumbre, haciéndonos satélites
del destierro de Sertorio; y aunque se nos llama Senado, nombre
de que se burlan los que lo oyen, en realidad pasamos por insultos,
por mandatos y por trabajos en nada más tolerables que
los que sufren los Íberos y Lusitanos. Seducían
a los más estos discursos, y aunque no desobedecían
abiertamente, por miedo a su poder, bajo mano desgraciaban los
negocios y agraviaban a los bárbaros, tratándoles
ásperamente de obra y de palabra, como que era de orden
de Sertorio; de donde se originaban también rebeliones
y alborotos en las ciudades. Los que eran enviados para remediar
y sosegar estos desórdenes, volvían, habiendo suscitado
mayores inquietudes y aumentado las sediciones que ya existían,
tanto que, haciendo salir a Sertorio de su primera benignidad
y mansedumbre, se encrudeció con los hijos de los Íberos
educados en Huesca, dando muerte a unos y vendiendo a otros en
almoneda.
XXVI Teniendo ya Perpena muchos conjurados para su proyecto,
agregó además a él a Mallo, uno de los caudillos.
Amaba éste a un jovencito de tierna edad, y entre las caricias
que le prodigaba le descubrió la conspiración, encargándole
que no hiciera caso de los demás amadores y sólo
se aficionase a él, que dentro de breves días ocuparía
un gran puesto. El joven descubre este secreto a Aufidio, otro
de sus amadores, a quien él apreciaba más. Quedóse
Aufidio suspenso, porque también él entraba en la
conjuración contra Sertorio, pero ignoraba que Mallo tuviese
en ella parte; turbado después, al ver que aquel mozo le
nombraba a Perpena, a Graciano y a otros que él sabía
eran de los conjurados, lo primero que hizo fue desvanecerle aquella
idea, exhortándole a que despreciara a Mallo, que no tenía
más que vanidad y orgullo; y después se fue a Perpena,
a quien manifestó el peligro y la necesidad que había
de aprovechar cuanto antes la oportunidad, instándole a
la ejecución. Convinieron en ello, y, disponiendo que uno
se presentase con cartas para Sertorio, le condujeron ante él.
En las cartas se anunciaba una victoria conseguida por uno de
sus lugartenientes, con gran mortandad de los enemigos; y como
Sertorio se hubiese mostrado muy contento y hubiese hecho sacrificios
por la buena nueva, Perpena le convidó a un banquete con
los amigos que se hallaban presentes, que eran todos del número
de los conjurados, y haciéndole grandes instancias le sacó
la palabra de que asistiría. Siempre en los banquetes de
Sertorio se observaba grande orden y moderación, porque
no podía ni ver ni oír cosa indecente, y, estaba
acostumbrado a que los demás que a ellos asistían,
en sus chistes y entretenimientos, guardaran la mayor moderación
y compostura. Entonces, cuando se estaba en medio del festín,
para buscar ocasión de reyerta, empezaron a usar de expresiones
del todo groseras, y fingiendo estar embriagados se propasaron
a otras Insolencias para irritarle. Él entonces, o porque
le incomodase aquel desorden o porque llegase a colegir su intento
del precipitado modo de hablar y de la poca cuenta que contra
la costumbre se hacía de su persona, mudó de postura
y se reclinó en el asiento, como que no atendía
ni oía lo que pasaba; pero habiendo tomado Perpena una
taza llena de vino, y dejádola caer de las manos en el
acto de estar bebiendo, se hizo gran ruido, que era la señal
dada, y entonces Antonio, que estaba sentado al lado de Sertorio,
le hirió con un puñal. Volvióse éste
al golpe, y se fue a levantar, pero Antonio se arrojó sobre
él y le cogió de ambas manos, con lo que, hiriéndole
muchos a un tiempo, murió sin haberse podido defender.
XXVII. La mayor parte de los Españoles abandonaron al
punto aquel partido, y se entregaron a Pompeyo y Metelo, enviándoles
al efecto embajadores; y de los que quedaron se puso al frente
Perpena, con resolución de tentar alguna empresa. Valióse
de las disposiciones que Sertorio tenía tomadas, pero no
fue más que para desacreditarse y hacer ver que no era
para mandar ni para ser mandado; habiendo, en efecto, acometido
a Pompeyo, fue en el momento derrotado por éste; y quedando
prisionero, ni siquiera supo llevar el último infortunio,
como a un general correspondía, sino que, habiendo quedado
dueño de la correspondencia de Sertorio, ofreció
a Pompeyo mostrarle cartas originales de varones consulares y
de otros personajes de gran poder en Roma, que llamaban a Sertorio
a la Italia, con deseo de trastornar el orden existente y mudar
el gobierno; pero Pompeyo se condujo en esta ocasión, no
como un joven, sino como un hombre de prudencia consumada, libertando
a Roma de grandes sustos y calamidades. Porque, recogiendo todas
aquellas cartas y escritos de Sertorio, los quemó todos,
sin leerlos ni dejar que otro los leyera, y a Perpena le quitó
al instante la vida, por temor de que no se esparcieran aquellos
nombres entre algunos y se suscitaran sediciones y alborotos.
De los que conjuraron con Perpena, unos fueron traídos
ante Pompeyo, y perdieron la vida, y otros, habiendo huído
al África, fueron asaetados por los Mauritanos. Ninguno
escapó, sino Aufidio, el rival en amores de Mallo; el cual,
o porque se escondió, o porque no se hizo cuenta de él,
mendigo y odiado de todos, llegó a hacerse viejo en un
aduar de los bárbaros.
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