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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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SILA
I. Lucio Cornelio Sila era de linaje patricio,
que es, como si dijéramos, de linaje noble. De sus ascendientes
se dice haber sido cónsul Rufino y haber sido en él
más pública la afrenta que este honor: porque habiéndose
averiguado que poseía en dinero acuñado más
de diez libras, que era lo que la ley permitía, fue por
esta causa expulsado del Senado. Los que después le siguieron
vivieron en la oscuridad; el mismo Sila se crió con un
patrimonio bien escaso, pues siendo mancebo habitó casa
alquilada en precio muy moderado, como después se le echó
en cara cuando se le vio más floreciente de lo que parecía
justo; porque se refiere que, jactándose él y haciendo
ostentación de sus haberes después de la expedición
de África, le dijo uno de los conciudadanos honrados y
austeros: ¿Cómo puedes ser hombre de bien
tú, que, no habiéndote dejado nada tu padre, tienes
ahora tanta hacienda? Pues no era esto de hombre que permaneciese
en una conducta y en unas costumbres rectas y puras, sino de quien
hubiese declinado y hubiese sido corrompido por la pasión
del lujo y del regalo. Ponían, por tanto, en igual grado
de menos valer al que disipaba su caudal y al que no se mantenía
en la pobreza paterna. A lo último, cuando, apoderado ya
de la república, quitaba a muchos la vida, un hombre de
condición libertina, que se creía ocultaba a uno
de los proscriptos, y que, por tanto, había de ser precipitado,
insultó a Sila, diciéndole que por largo tiempo
habían habitado en la misma casa en cuartos arrendados,
llevando él mismo el de arriba en dos mil sestercios, y
Sila el de abajo en tres mil; de manera que la diferencia de fortunas
entre uno y otro era la que correspondía a mil sestercios,
que venían a hacer doscientas cincuenta dracmas áticas.
Estas son las noticias que nos han quedado de su primera fortuna.
II. Cuál fuese lo demás de su figura aparece de
sus estatuas; pero aquel mirar fiero y desapacible de sus ojos
azules se hacía todavía más terrible al que
lo miraba, por el color de su semblante, haciéndose notar
a trechos lo rubicundo y colorado mezclado con su blancura; y
aun se dice que de aquí tomó el nombre, viniendo
a ser un mote que designaba su color; así, un decidor de
mentidero de los de Atenas le zahirió con estos versos:
Si una mora amasares con la harina, tendrás de Sila entonces
el retrato. De estas mismas señas no sería extraño
colegir su genio, que se dice haber sido el de un hombre jovial
y chancero: pues desde mozo, y cuando todavía no gozaba
de reputación, gustaba de acompañarse y pasar el
tiempo con histriones y gente baladí. Después, dueño
ya de todo, solía reunir cada día a los más
insolentes de la escena y el teatro, beber con ellos y contender
en bufonadas y chistes, haciendo cosas muy impropias de su vejez
y que desdecían mucho de su autoridad, y abandonando en
tanto negocios que exigían prontitud y diligencia: pues
mientras Sila estaba en la mesa, no había que irle con
negocios serios, sino que, con ser en las demás horas activo
y solícito, era extraña la mudanza que en él
se notaba cuando se entregaba a los festines y a beber, siendo
en esta sazón muy benigno para cómicos y danzantes
y muy afable y manejable para todos cuantos se le acercaban. De
esta misma relajación pudo venirle el achaque de ser muy
dado a amores y disoluto en cuanto a placeres, exceso en el que
no se contuvo aun siendo viejo. Aun le vino algún fruto
de esta pasión, porque, habiéndose aficionado de
una mujer pública, pero rica, llamada Nicópolis,
como ésta se hubiese enamorado realmente de él por
el continuo trato y por su figura, a su fallecimiento le dejó
por heredera. Heredó asimismo a su madrastra, que le amó
como si fuera su hijo, y de aquí le vino ya el ser un hombre
medianamente acomodado.
III. Nombrado cuestor, se embarcó para el África
con Mario, cuando éste, cónsul por vez primera,
partió a hacer la guerra a Yugurta. Llegado al ejército,
dio ventajosa idea de sí en muchas cosas, y aprovechando
la ocasión trabó amistad con Boco, rey de los Númidas,
porque habiendo dado acogida y tratado con distinción a
unos embajadores suyos en ocasión de huir de una cuadrilla
de salteadores que al modo numídico los acometieron, se
los envió, haciéndoles regalos y dándoles
escolta que los llevase con seguridad. Era Yugurta suegro de Boco,
y hacía tiempo que éste le temía y lo tenía
en odio; y como entonces hubiese sido vencido y se hubiese acogido
a él, armándole asechanzas, envió a llamar
a Sila, queriendo más que la prisión y entrega de
Yugurta se hiciera por medio de éste, que no directamente
por su mano. Comunicándolo, pues, con Mario y tomando unos
cuantos soldados, se arrojó Sila a un grave peligro, por
cuanto, confiado en un bárbaro infiel a los suyos, para
apoderarse de otro hizo entrega de sí mismo. Hecho Boco
dueño de ambos, y puesto en la necesidad de faltar a la
fe con el uno o el otro, estuvo muy indeciso en el partido que
tomaría; pero al fin se determinó por la primera
traición, y puso a Yugurta en manos de Sila. El que triunfó
por este hecho fue Mario; pero la gloria del vencimiento, que
la envidia contra Mario le atribuía a Sila, tácitamente
ofendía sobremanera el ánimo de aquel, porque el
mismo Sila, vanaglorioso por carácter, y que entonces por
la primera vez, saliendo de la oscuridad y siendo tenido en algo,
empezaba a tomar el gusto a los honores, llegó a tal punto
de ambición, que hizo grabar esta hazaña en un anillo,
del que usó ya siempre en adelante. En él estaba
Boco retratado en actitud de entregar, y Sila en la de recibir,
a Yugurta.
IV. Había esto incomodado a Mario; pero no teniendo todavía
a Sila por hombre que pudiera ser envidiado, siguió valiéndose
de él en sus mandos militares: en el consulado segundo
para legado y en el tercero para tribuno, y por su medio hizo
cosas de gran importancia, porque siendo legado dio muerte a Cepilo,
general de los Tectosagos, y de tribuno persuadió a la
grande y poderosa nación de los Marsos que se hiciese amiga
y aliada de los Romanos. Percibiendo ya entonces que Mario le
miraba mal y no le daba fácilmente ocasiones de acreditarse,
sino que más bien se oponía a sus aumentos, se arrimó
al colega de Mario, Cátulo, hombre recto, pero de poca
disposición para las cosas de la guerra; bajo el cual,
encargado de los más graves y arduos negocios, adelantó
a un tiempo en poder y en opinión, pues la mayor parte
de las cosas en la guerra tenida contra los bárbaros en
los Alpes se hacían por su medio; y habiendo faltado los
víveres, encargado de la provisión, proporcionó
tal abundancia que, estando sobrados los soldados de Cátulo,
tuvieron para dar a los de Mario; lo que dicen fue causa para
que éste se indispusiera cruelmente contra él. Esta
enemistad, que nació de tan pequeña ocasión
y tan débiles principios, subió después por
los grados de la sangre civil y de insufribles convulsiones hasta
la tiranía y el trastorno de toda la república,
haciendo ver con cuánta sabiduría y conocimiento
de los negocios políticos amonestaba el poeta Eurípides
que se huyera de la ambición como del genio más
maléfico y perjudicial para los que de él se dejan
dominar.
V. Entendiendo ya entonces Sila que la gloria de sus hazañas
militares podía servirle para entrar en las ocupaciones
políticas, pasó desde el ejército a hacer
obsequios y rendimientos al pueblo, y presentándose a pedir
la pretura civil fue desatendido, de lo que atribuyó la
causa a la muchedumbre: porque alegaba que, aprobando ésta
su amistad con Ba- co, de la que tenía noticia, y creyendo
que si en lugar de pretor se le hacía edil daría
magníficos juegos y combates de fieras africanas, nombró
otros pretores, precisándole a servir el cargo de edil.
Mas por sus mismos hechos se convence a Sila de que huye de reconocer
la verdadera causa de su repulsa; pues que al ario inmediato alcanzó
ya la pretura, ora adulando al pueblo y ora ganándole con
dinero. Por eso, como sirviendo la pretura dijese a César
con enfado que usaría contra él de su propia autoridad:
Muy bien haces- le repuso éste- en llamarla tuya
propia, pues que la tienes por haberla comprado. Después
de la pretura fue enviado a la Capadocia, según las órdenes
públicas, para restituir a Ariobarzanes; mas el verdadero
objeto era contener a Mitridates, nimiamente inquieto, que iba
recobrando una autoridad y un poder en nada inferior al que tenía.
No llevó consigo muchas fuerzas; pero, auxiliándole
los aliados, de la mejor voluntad, con dar muerte a muchos de
los de Capadocia y a mayor número de los de Armenia, que
hacían causa con éstos, lanzó del trono a
Gordio, y dio a reconocer por rey a Ariobarzanes. Mientras se
detenía a orillas del Éufrates, fue a hablarle Orobazo
el Parto, embajador del rey Arsaces, sin que antes hubiera habido
comunicación entre las dos naciones; y esto mismo se cuenta
por uno de los mayores favores de la fortuna de Sila, haber sido
el primero de los Romanos a quien se presentaron los Partos en
demanda de amistad y alianza; y aun se dice que, habiendo hecho
poner tres sillas curules, una para Ariobarzanes, otra para Orobazo
y la tercera para sí, dio audiencia sentado en medio de
ambos; con cuya ocasión el rey de los Partos dio después
muerte a Oro- bazo, y de los Romanos, unos aplaudieron a Sila
por haber usado de magnificencia y aparato con los bárbaros,
y otros le notaron de engreído y vanaglorioso. Dícese
asimismo que uno de los Caldeos, que fue de la comitiva de Orobazo,
habiendo reparado en el semblante de Sila y estado atento a los
movimientos de su ánimo y de su cuerpo, examinando por
las reglas que él tenía cuál debía
ser su índole y carácter, había exclamado
que necesariamente aquel hombre debía de ser muy grande,
y aun se maravillaba cómo podía aguantar el no ser
ya el primero de todos. A su vuelta intentó contra él
Censorino causa de soborno, por haber recibido de un reino amigo
y aliado mucho más de lo que la ley permitía; pero
aquel no se presentó al juicio, sino que dejó desierta
la acusación.
VI Su indisposición con Mario tomó nuevas fuerzas
de la ocasión que dio para ello Boco con haberse propuesto
hacer un obsequio al pueblo romano y juntamente manifestar su
gratitud a Sila; pues con este objeto consagró en el Capitolio
ciertas imágenes con diferentes trofeos, y entre ellas
un Yugurta de oro en actitud de ser entregado por él a
Sila. Irritóse con esto sobremanera Mario, y concibió
el designio de acabar con la ofrenda; de parte de Sila había
muchos dispuestos a oponérsele, y faltaba muy poco para
que la ciudad entera ardiese, cuando por entonces la guerra social,
que mucho tiempo antes humeaba, vino a levantar llama y contuvo
la sedición. En esta guerra larga, sumamente varia, y que
trajo a los Romanos muchos males y gravísimos peligros,
Mario, no habiendo podido ejecutar ningún hecho se- ñalado,
dio una clara prueba de que la virtud guerrera pide robustez y
fuerzas corporales; cuando Sila, ejecutando muchos hechos insignes
y dignos de memoria, se acreditó de gran general entre
los propios, de más grande todavía entre los aliados,
y de muy afortunado entre los enemigos. Y no se condujo en esta
parte como Timoteo, hijo de Conón, que, como sus enemigos
atribuyesen a la fortuna todos sus triunfos, y le hubiesen pintado
en sus cuadros durmiendo, mientras la fortuna cogía las
ciudades con una red, disgustado e irritado contra los que así
le trataban, por cuanto le privaban de la gloria debida a sus
hazañas, dijo al pueblo, en ocasión de venir de
una expedición dirigida con acierto: Pues en esta
expedición ¡oh Atenienses! no ha tenido ninguna parte
la fortuna. Y después de haber usado de este lenguaje
arrogante, parece que un mal genio se propuso burlarse de él,
pues nada de provecho pudo hacer ya en adelante, sino que, desgraciado
en sus empresas, y despojado del favor del pueblo, por fin salió
desterrado de la ciudad. Mas Sila no sólo sacó constantemente
partido de aquella felicidad suya y de la confianza en ella, sino
que en alguna manera aumentó y como divinizó sus
hechos y sus sucesos con atribuirlos a la fortuna: bien fuera
por ostentación, o bien por ser éste su modo de
pensar acerca de las cosas divinas, puesto que él mismo
escribe en sus Comentarios que aun las empresas acometidas, al
parecer temeraria e inoportunamente, solían salirle mejor
que las más detenidamente meditadas; y con decir de sí
mismo que le parecía haber sido más bien formado
por la naturaleza para las cosas de fortuna que para las de la
guerra, se ve claro que más valor daba a la fortuna que
a la vir- tud. En general, parece que todo él se tenía
por obra de la fortuna, cuando le atribuye hasta la concordia
en que vivió con Metelo, varón igual a él
en honores, y su suegro; pues cuando creía que siendo un
hombre de tanta autoridad le daría mucho en que entender,
le halló sumamente apacible en la comunión de mando.
Mas a Luculo, en sus Comentarios que le dedicó, le exhorta
a que nada tenga por tan cierto y seguro como lo que por la noche
le prescriba su genio. Enviado con ejército a la guerra
social, refiere que se abrió una gran sima cerca de Laverna,
de la cual salió mucho fuego y una llama muy resplandeciente,
que subió hasta el cielo, y que acerca de ello habían
dicho los agoreros que un insigne varón, de bella y excelente
figura, haría cesar aquellas grandes agitaciones, y éste
da por supuesto no ser otro que él: pues en cuanto a figura,
la suya tenía por peculiar el tener el cabello de color
de oro, y en cuanto a valor, no se avergonzaba de atribuírselo,
después de haber ejecutado tantas y tan ilustres hazañas.
Esto en punto a su felicidad, tenida por divina; en sus costumbres,
por lo demás, podía ser reputado por inconsecuente
y como diverso de sí mismo: arrebataba muchas cosas y regalaba
muchas más; honraba con exceso, deshonraba y afrentaba
de la misma manera; agasajaba a los que había menester
y dejábase obsequiar de los que le pedían; de manera
que podía quedar en duda qué era lo que por naturaleza
sobresalía en él: si la soberbia o la bajeza. De
su inconsecuencia en los castigos, alborotando, el mundo por cualquiera
leve motivo, y pasando blandamente por las mayores maldades, aplacándose
benignamente en cosas que parecían insufribles y propasándose
a muertes y publicacio- nes de bienes por faltas ligeras y sin
importancia, la razón que puede darse es que, siendo por
índole iracundo y pronto a castigar. sabía ceder
de aquella dureza cuando consideraba que le convenía. En
esta misma guerra social, habiendo hecho sus soldados perecer
a palos y a pedradas a un oficial general que servía de
legado, llamado Albino, dejó pasar sin castigo tan atroz
delito, y aun en tono de quien aprueba les dijo que con eso se
portarían más denodadamente en la guerra, para desvanecer
aquella falta con su valor. Si de esto se le reprendía,
no se le daba nada; y antes, cuando ya había concebido
la idea de acabar con Mario, y cuando se veía que la guerra
social iba prontamente a terminarse, para ser nombrado general
contra Mitridates, aduló y lisonjeó al ejército
que mandaba, y, trasladándose a Roma, fue nombrado cónsul
con Quinto Pompeyo, a la edad de cincuenta años. Entonces
contrajo un enlace ilustre, casando con Cecilia, hija de Metelo,
pontífice máximo, sobre lo que el vulgo le compuso
muchos cantares, y los principales tuvieron mucho que hablar,
no juzgando digno de tal mujer al que juzgaban digno de ser cónsul,
como observa Tito Livio. Ni estuvo casado con esta sola, sino
que siendo joven casó con Ilia, de quien tuvo una hija;
después de ésta, con Elia, y en terceras nupcias
con Clelia, a la que repudió por estéril, tratándola
con honor y el mayor miramiento y haciéndole presentes;
mas como de allí a pocos días se hubiese enlazado
con Metela, se formó concepto de que no era cierto el defecto
imputado a Clelia. Tuvo siempre a Metela en grande estimación,
tanto que, desando el pueblo romano la restitución de los
que por causa de Mario habían sido desterrados, como Sila
lo negase, interpuso la mediación y el nombre de Metela.
Cuando tomó la ciudad de Atenas, trató con dureza
a los Atenienses, porque, a lo que se dice, insultaron con burla
y sarcasmos a Metela desde la muralla pero de esto se hablará
más adelante.
VII. Creyendo entonces que el consulado no podía servirle
de mucho para lo que preveía venidero, dirigió todos
sus conatos a la guerra contra Mitridates; pero le hacía
oposición Mario, por ansia loca de gloria y codicia de
honores, enfermedades que no envejecen, y, aunque pesado de cuerpo
e inhábil por la vejez para las empresas militares, como
lo había mostrado la experiencia en las que acababan de
preceder, aspiraba, sin embarga, a guerras lejanas y ultramarinas;
y mientras Sila marchaba al ejército para ciertas cosas
que tenía pendientes, estándose él en casa
meditaba y fraguaba aquella destructora sedición, más
funesta para Roma que cuantas guerras la afligieron, como los
dioses se lo habían anunciado con prodigios. Porque por
sí mismo se prendió fuego en las varas en que se
llevan las insignias, y hubo gran dificultad para apagarlo; tres
cuervos, juntando sus polluelos, se los comieron, y los restos
los volvieron al nido; los ratones royeron el oro que había
en el templo, y habiendo cogido los custodios de él una
hembra con ratonera, parió ésta en la ratonera misma
cinco ratoncillos, de los que se comió tres; y lo que es
más extraño todavía: hallándose la
atmósfera despejada y sin nubes, se oyó el sonido
de una trompeta, que lo dio tan aguda y doloroso, que por lo penetrante
los aturdió y asombró a todos. Los inteligentes
de la Etruria dieron la explicación de que aquel prodigio
anunciaba la mudanza y venida de una nueva generación,
porque las generaciones habían de ser ocho, diferentes
todas entre sí en el método de vida y en las costumbres,
teniendo cada una prefinido por Dios el término de su duración
dentro del período del año grande; y cuando una
concluye y ha de entrar otra, se manifiestan señales extraordinarias
en la tierra o en el cielo, en términos que los que se
han dado a examinar estas cosas y las conocen, al punto advierten
que vienen otros hombres, diferentes en sus usos y en su tenor
de vida, de quienes los Dioses tienen mayor o menor cuidado que
de los que les precedían. En todo hay gran novedad cuando
se verifica este cambio en las generaciones, y también
la ciencia adivinatoria, o aumenta en estimación, acertando
en sus pronósticos, porque el Genio envía señales
claras y seguras, o decae en la otra generación, dejada
a sí misma, y no pudiendo emplear sino medios oscuros y
sombríos para conjeturar lo futuro. Tales eran las fábulas
que divulgaban los Etruscos, que se tienen por más inteligentes
y más sabios en estos negocios que los otros pueblos. En
el acto mismo en que, congregado el Senado, gastaba su tiempo
con los agoreros en el templo de Belona, se vio volar en él,
a vista de todos, un pájaro, que llevaba en el pico una
cigarra, y dejando caer allí una parte de ella marchó
llevándose la otra; y los explicadores de prodigios vieron
en esto una sedición y discordia entre los propietarios
y la plebe ciudadana y placera, porque ésta es gritadora
como las cigarras, y los terratenientes dados a la agricultura.
VIII. Mario echa entonces mano de Sulpicio, tribu no de la plebe,
que no tenía segundo en las más insignes maldades;
de manera que no había que preguntar si era más
perverso que alguno otro, sino qué cosa era aquella para
la que sobresaldría en perversidad; su crueldad, su osadía
y su codicia, no había infamia ni atrocidad por la que
se detuviesen, pues era hombre que descaradamente vendía
la ciudadanía de Roma a los libertos y a los forasteros.
percibiendo el precio en una mesa que tenía puesta en la
plaza. Mantenía a su costa tres mil hombres armados, y
le seguía una muchedumbre de jóvenes del orden ecuestre,
dispuestos para todo, a los que llamaba Antisenado. Hizo establecer
por ley que ninguno del orden senatorio pudiera deber arriba de
dos mil dracmas, y él dejó deudas a su muerte por
tres millones. Dióle, pues, suelta Mario para con el pueblo,
y confundiéndolo todo con la fuerza y el hierro, propuso
otras varias leyes perjudiciales, y con ellas la de que se diera
a Mario el mando para la Guerra Mitridática. Como los cónsules
hubiesen publicado ferias con este motivo, hizo marchar a la muchedumbre
contra ellos, hallándose en junta en el templo de los Dioscuros,
y dio muerte, además de otros muchos, al hijo del cónsul
Pompeyo, en la plaza; y el mismo Pompeyo tuvo que libertarse con
la huída. Sila se entró perseguido en la casa de
Mario, y se vio en la precisión de salir y abrogar las
ferias; por esta causa, haciendo Sulpicio revocar el consulado
de Pompeyo, no se lo quitó a Sila, y sólo trasladó
a Mario el mando de las tropas destinadas contra Mitridates, enviando
al punto a Nola tribunos que se encargaran del ejército
y se lo trajeran a Mario.
IX. Anticipóseles Sila, huyó al ejército
y sus soldados mataron a los tribunos, luego que fueron informados
de lo sucedido Mario y los suyos; a su vez daban en Roma muerte
a los amigos de Sila, y se apoderaban de sus bienes, siendo además
continuas las traslaciones y fugas de unos a la ciudad desde el
ejército, y de otros que desde la ciudad se dirigían
a aquel. El Senado no era dueño de sí mismo, sino
que se prestaba a las órdenes de Mario y de Sulpicio; y
noticioso de que Sila avanzaba sobre la ciudad, envió dos
pretores, Bruto y Servilio, con la orden de que se retirase. Como
éstos hubiesen hablado a Sila con arrogancia, los soldados
quisieron acabar con ellos; mas sólo les rompieron las
fasces y los despojaron de la púrpura, despachándolos
con ignominia. Con su desmedida tristeza, y con vérseles
despojados de las insignias pretorias, anunciaban bastante que
la sedición, lejos de estar apaciguada, no podía
reprimirse. Mario, pues, hacía preparativos, y Sila venía
desde Nola trayendo seis legiones completas; y aunque al ejército
lo veía muy resuelto a marchar sin detención contra
Roma, él estaba indeciso en su ánimo y temía
el peligro. Mas como haciendo él sacrificio examinase las
señales el agorero Postumio, tendiendo las manos hacia
Sila, le pedía que le aprisionase y custodiase hasta la
batalla, y si todo no se terminaba pronto y favorablemente tomara
de él la última venganza a que se ofrecía.
Dícese que a Sila se le apareció entra sueños
la Diosa, cuyo culto aprendieron los Romanos de los de Capadocia,
llámese la Luna, o Minerva, o Belona; parecióle,
pues, a Sila que colocada ésta a su cabecera le puso en
la mano un rayo, y nombrándole a cada uno de sus enemigos,
le decía que tirase, y que, tirando él, estos caían
y se desvanecían. Alentado con esta aparición, y
dando al otro día parte de ella a su colega, se dirigió
a Roma. Alcanzóle, ya en Pictas, un mensaje, por el que
se le rogaba suspendiese en aquel punto la marcha, pues el Senado
decretaría a su favor cuanto fuese justo; mas aunque dio
palabra a los embajadores de que asentaría el campo, llegando
hasta comunicar la orden para el acantonamiento de las tropas,
como acostumbraban hacerlo los generales, con lo que aquellos
se retiraron confiados, apenas hubieron marchado envió
a Lucio Basilo y Cayo Mumio, y tomó por medio de ellos
la puerta y lienzo de muralla que está sobre el monte Esquilino,
y en seguida se aproximó él mismo con la mayor prontitud.
Acometieron los de Basilo a la ciudad, y se hacían dueños
de ella; pero el pueblo en gran número, aunque desarmado,
empezó a tirarles tejas y piedras, y los contuvo de ir
adelante, obligándolos a recogerse a la muralla. En esto,
ya Sila había llegada, y enterado de lo que pasaba gritó
que se acercasen a las casas, y tomando un hacha encendida corrió
él el primero, y dio orden a los arqueros para que usasen
de los portafuegos, dirigiéndolos contra los tejados, sin
hacerse cargo de nada; sino que, dejándose llevar de la
cólera de que se hallaba poseído, y abandonando
a ella la dirección de las operaciones, no vio en Roma
más que enemigos, y sin consideración ni compasión
alguna de amigos, de parientes y deudos, lo entregó todo
al fuego, que no hace distinción entre los culpados y los
que no lo son. Mientras esto pasaba, Mario corrió al templo
de la Tierra, y publicó la libertad a todos los esclavos;
pero no pudiendo sostenerse con la entrada de los enemigos salió
de la ciudad.
X. Congregó Sila el Senado, e hizo decretar la pena de
muerte contra Mario y algunos otros, entre ellos el tribuno de
la plebe Sulpicio, y éste fue, efectivamente, muerto por
traición de un esclavo, a quien Sila, desde luego, dio
libertad, pero después le hizo despeñar. La cabeza
de Mario la puso a precio, con notable ingratitud y falta de política
respecto de un hombre que poco antes le había dejado ir
libre y seguro, habiéndose él mismo puesto en sus
manos; a fe que si Mario no hubiera dado entonces puerta franca
a Sila, sino que le hubiera dejado a discreción de Sulpicio,
habría podido quedar dueño de todo, y, sin embargo,
usó de indulgencia con él, cuando por el contrario,
al cabo de pocos días, hallándose Mario en el mismo
caso, no obtuvo igual consideración: conducta con la que
Sila afligió al Senado, aunque éste no lo manifestó;
pero el disgusto y venganza del pueblo pudo verse muy bien en
sus obras, porque, desatendiendo en cierta manera con ultraje
a Nonio, su sobrino, y a Servio, que con su protección
pedían las magistraturas, las confirieron a otros, por
cuanto con preferirlos le daban disgusto. Mas Sila aparentaba
que se complacía con esto mismo, como que a él le
debía el pueblo el gozar de la libertad de hacer lo que
le pareciese, y poniéndose él mismo de parte del
odio de la muchedumbre, hizo que del partido contrario fuese nombrado
cónsul Lucio Cina, que, con imprecaciones y juramentos,
se comprometió a abrazar sus intereses. Subió, pues,
éste al Capitolio, y teniendo una piedra en la mano juró
y se echó la maldición de que si no guardaba concordia
con él fuese arrojado de la ciudad como aquella piedra
era arrojada de la mano, y la tiró al suelo a presencia
de muchos; mas, a pesar de todo, no bien se hubo posesionado de
la dignidad, cuando al punto trató de trastornar el orden
establecido, y dispuso que se formara causa a Sila, presentando,
para que le acusase, a Virginio, uno de los tribunos; pero aquel,
desentendiéndose del acusador y del tribunal, marchó
contra Mitridates.
XI Refiérese que, por aquellos mismos días en que
Sila movía de la Italia sus tropas, le aconteció
a Mitridates, que residía entonces en el Ponto, entre otros
muchos prodigios, el de que una Victoria, portadora de una corona
que los de Pérgamo habían suspendido desde arriba,
en ciertos instrumentos, sobre su cabeza, cuando iba ya a tocarla,
se rompió, y la corona, cayendo sobre el pavimento del
teatro, había corrido por el suelo hecha pedazos; lo que
había causado terror en el pueblo y gran desaliento en
Mitridates, sin embargo de que sus negocios progresaban y prosperaban
en aquella sazón aun más allá de sus esperanzas.
Porque él mismo, habiendo tomado el Asia de los Romanos,
y de los reyes la Bitinia y la Capadocia, se había establecido
en Pérgamo, repartiendo hacienda, provincias y reinos a
sus amigos; y de sus hijos, el uno conservaba su antigua dominación
en el Ponto y el Bósforo, hasta las tierras no habitadas
de la laguna Meotis, sin ninguna contradicción, y Ariarates
discurría con numeroso ejército por la Tracia y
la Macedonia. Sus generales ocupaban otros diferentes puntos con
tropas que mandaban, y Arquelao, el principal de ellos, hecho
dueño con sus naves de todo el mar, había sojuzgado
las Cícladas y todas las demás islas que dentro
de Málea están situadas, ocupando también
la Eubea, y marchando desde Atenas, había sublevado los
pueblos de la Grecia, hasta la Tesalia, tocando un poco en Queronea,
porque allí le salió al encuentro el legado de Sencio,
general de la Macedonia, Bretio Surra, varón eminente en
valor y en prudencia. Haciendo, pues, éste frente por la
Beocia a Arquelao, que lo corría todo a manera de torrente,
y dándole tres batallas, lo arrojó de Queronea y
lo retiró otra vez hasta el mar. Mas, previniéndole
Lucio Luculo que diera lugar a. Sila, que se acercaba, y le dejara
la guerra que se le había decretado, abandonando al punto
la Beocia, fue a unirse con Sencio, sin embargo de que todo le
salía más felizmente de lo que podía esperar,
y de que la Grecia, por sus excelentes prendas, estaba muy bien
dispuesta a una mudanza; estos fueron los hechos más brillantes
y sobresalientes de Bretio.
XII. Sila recobró muy pronto las demás ciudades,
enviando a ellas heraldos y atrayéndolas; pero a Atenas,
obligada a estar de parte del rey por el tirano Aristión,
tuvo que marchar con grandes fuerzas, y, rodeando el Pireo, le
puso cerco, asestando contra ella toda especie de máquinas
y empleando diferentes medios de combatir. Y si hubiera aguantado
un poco de tiempo, se le habría venido a la mano tomar
sin riesgo la ciudad de arriba, apurada ya del hambre hasta el
último punto, por falta de los más precisos alimentos;
pero, teniendo puesta la vista en Roma, y temiendo las novedades
allí intentadas, apresuró la guerra, a costa de
grandes peligros, de muchos combates y de inapreciables gastos,
pues, sobre todos los demás preparativos, el aparato sólo
de las máquinas constaba de diez mil pares de mulas, prontas
todos los días para este servicio. Faltóle la madera,
quebrantándose muchas de las piezas por su propio peso,
y siendo frecuentemente incendiadas otras por los enemigos, y
acudió por fin a los bosques sagrados, despojando la Academia,
que todos los alrededores de Atenas era el más poblado
de árboles, y el Liceo. Hacíanle también
falta para la guerra grandes caudales, y escudriñó
los tesoros sagrados de la Grecia, como el de Epidauro y el de
Olimpia, enviando a pedir las alhajas más ricas y preciosas
entre todas las ofrendas. Escribió también a Delfos,
a los Anfictiones, diciéndoles que era lo mejor le trajesen
las riquezas del Dios, porque, o las guardaría con más
seguridad, o si usaba de ellas, daría otras que no valiesen
menos; envió para este efecto, de entre sus amigos, a Cafis
de Focea, con orden de que lo recibiera todo por peso. Trasladóse
Cafis a Delfos, y rehuía el tocar las cosas sagradas, manifestando
ante los Anfictiones la mayor aflicción por la precisión
en que se veía; y como algunos hubiesen dicho que habían
oído resonar la cítara del santuario, o porque lo
creyese o porque fuese su ánimo mover a Sila a la superstición,
se lo envió a decir. Mas éste, tomándolo
a burla respondió que se admiraba no supiese Cafis que
el cantar era de los que están alegres y no de los enfadados,
por lo que le mandó que tuviese ánimo y tomase las
alhajas como que el Dios las daba contento. De las demás
cosas traídas, pudieron no tener noticia muchos de los
Griegos; pero como la tinaja de plata, que era lo que quedaba
de las alhajas del rey, no pudiese acomodarse en una acémila,
fue preciso hacerla pedazos, lo que excitó en los Anfictiones
la memoria ya de Tito Flaminino y Manio Acilio, ya de Emilio Paulo,
de los cuales aquel arrojó a Antíoco de la Grecia,
y éstos vencieron en batalla a los reyes de Macedonia;
y con todo, no sólo no tocaron a los templos de los Griegos,
sino que les hicieron grandes dones y les prestaron el mayor honor
y veneración. Y es que aquellos mandaban, conforme a las
leyes, a hombres sobrios y que sabían prestar en silencio
sus manos a los jefes; y como éstos fuesen regios en los
ánimos, pero muy moderados en toda su conducta, no hacían
otros gastos sino los precisos que les estaban asignados, teniendo
por mayor afrenta adular a sus soldados que temer a los enemigos.
Mas los generales de esta era, habiendo adquirido la autoridad
más por la fuerza y la violencia que por la virtud, y teniendo
necesidad de las armas más bien unos contra otros que contra
los enemigos, se veían precisados a hacerse populares en
el mismo mando de las armas y a tener que gastar en regalos para
los soldados, comprando sus trabajos militares y haciendo venal
puede decirse que la patria toda, y a sí mismos esclavos
de los más ruines, a trueque de mandar a los mejores. Esto
fue lo que arrojó de la ciudad a Mario y lo que después
volvió a traerle contra Sila, y esto fue lo que, respectivamente,
hizo a Cina matador de Octavio, y a Fimbria matador de Flaco.
Pues a ninguno fue inferior Sila en estas malas artes, disipando
el dinero para corromper y atraer a los que estaban bajo el imperio
de otros y para contentar a los que él mandaba; con lo
cual, habiendo de sobornar a los unos para que fuesen traidores
y dar cebo a los otros para sus vicios, tenía necesidad
de grandes caudales, y sobre todo para aquel sitio.
XIII. Era, en efecto, grande e irreducible el ansia que tenía
de tomar a Atenas, bien fuese por una cierta emulación
con una ciudad cuya gloria parecía hacer sombra, o bien
por encono e irritación, a causa de las burlas y denuestos
con que para irritarle los insultaba cada día, a él
mismo y a Metela, desde las murallas, el tirano Aristión,
cuya alma era un compuesto de lascivia y crueldad, a las que había
reunido todos los vicios y pasiones de Mitridates; éste
era el que estaba reduciendo a los mayores extremos, como a una
enfermedad mortal, a una ciudad que había podido salvarse
hasta entonces de mil guerras y de muchas tiranías y sediciones.
Porque el poco grano que había en la ciudad se vendía
a mil dracmas la fanega, manteniéndose los hombres con
la parietaria que se criaba en la ciudadela y comiéndose
los despojos de los zapatos y vasijas, mientras él pasaba
el tiempo en banquetes y comilonas, danzando y haciendo escarnio
de los enemigos; ni siquiera cuidó de la lámpara
sagrada de la Diosa, que se había apagado por falta de
aceite. A la sacerdotisa, que le había pedido una hemina
de trigo, le envió pimienta, y a los senadores y sacerdotes,
que le rogaban se compadeciese de la ciudad y pidiera la paz a
Sila, los dispersó a flechazos. Al fin, ya en el último
apuro, envió a tratar de paz a das o tres de sus camaradas,
a los cuales, como nada dijesen en orden a salvar la ciudad, sino
que se vanagloriasen de Teseo, de Eumolpo y de sus hazañas
contra los Medos, los despidió Sila, diciéndoles:
Retiráos de aquí, hombres dichosos, conservando
esas grandes palabras, pues yo no he sido enviado a Atenas a aprender,
sino a sujetar a unos rebeldes.
XIV. Refiérese que, en este estado de cosas, hubo quien
oyó en el Ceramico la conversación que entre sí
tenían unos ancianos, en la que censuraban al tirano de
haber descuidado la guarda de la muralla por la parte del Heptacalco,
que era únicamente por donde los enemigos tenían
un paso y entrada sumamente fácil, y que de esta conversación
se dio conocimiento a Sila; éste no la despreció,
sino que, pasando a la noche al sitio, y hallando que era accesible
y fácil de ocupar, lo puso al punto por obra. Dice el mismo
Sila, en sus Comentarios, que el primero que subió a la
muralla, llamado Marco Ateyo, como se le opusiese un enemigo,
le dio un golpe en el casco, y con la gran fuerza que para él
hizo se le rompió la espada, la que no salió del
lugar de la herida, sino que se quedó fija en él.
Tomóse, pues, la ciudad por aquel punto que los ancianos
atenienses habían designado, y el mismo Sila, derribando
hasta el suelo el lienzo de muralla entre las Puertas Piraica
y Sagrada, entró a la medianoche, causando terror y espanto
con el sonido de los clarines y de una infinidad de trompetas
y con la gritería y algazara de los soldados, a los que
dio entera libertad para el robo y la matanza: así, corriendo
por las calles, con las espadas desenvainadas, es indecible cuánto
fue el número de los muertos, aunque por la sangre que
corrió se puede todavía computar a lo que debió
ascender. Pues sin que entren en cuenta los que mu- rieron por
todo el resto de la ciudad, la matanza de sólo la plaza
inundó cuanto terreno cae dentro de la Puerta Dípila;
y aun hay muchos que dicen que llegó hasta la parte de
afuera. Y con ser tantos los que así perecieron no fueron
menos los que se quitaron la vida de lástima y aflicción
por su patria, que daban por deshecha y arruinada del todo, obligando
a los mejores ciudadanos a desconfiar y temer por las salud de
ella el que de Sila nada humano ni clemente se prometían.
Con todo, parte por los ruegos y súplicas de Midias y Califonte,
unos de los desterrados, y parte también por la intercesión
de todos los senadores, que eran de la expedición y le
pidieron conservara la ciudad, como además se hallase satisfecho
en su venganza, dijo, después de haber hecho un elogio
de las antiguos Atenienses, que hacía a los pocos el obsequio
de los muchos, a los muertos el de los vivos. Escribe en sus Comentarios
haber tomado a Atenas el día 1o de marzo, que viene a corresponder
al principio también del mes Antesterión, en el
que casualmente se hacen muchas ceremonias y fiestas de conmemoración
por la excesiva lluvia que causó tamaña ruina y
estrago como fue el del diluvio, que vino a suceder en tales días.
Tomado lo que propiamente se llama la ciudad, como el tirano se
hubiese retirado a la ciudadela, le puso cerco, encargando de
él a Curión. Resistió aquel por bastante
tiempo, pero al cabo se entregó estrechado de la sed; en
lo que intervino una señal y prodigio de la divinidad,
porque en el mismo día y en la misma hora en que Curión
le recibió, habiendo la mayor serenidad, repentinamente
se amontonaron muchas nubes, y la gran lluvia que cayó
inundó la ciudadela. Tomó igualmente Sila el Pireo
de allí a breves días, y abrasó la mayor
parte de sus obras, y entre ellas la armería de Filón,
que era una de las más admirables.
XV. En esto, Taxiles, general de Mitridates, bajando de la Tracia
y la Macedonia con cien mil infantes, diez mil caballos y noventa
carros falcados, llamaba para que se le reuniese a Arquelao, que
todavía se mantenía en la marina, en la parte de
Muniquia, por no querer ni retirarse del mar, ni combatir con
los Romanos, sino sólo entretener la guerra e interceptar
a éstos los víveres. Conociólo todavía
mejor que él Sila, y así marchó precipitadamente
hacia la Beocia, abandonando unos terrenos quebrados, y que aun
en tiempo de paz no podían proveer a su subsistencia. Eran
muchos los que creían que había errado su calculo,
por cuanto, dejando el Ática, que era país áspero
y poco a propósito para la caballería, había
bajado a los valles y a las dilatadas llanuras de la Beocia, no
obstante ver que la fuerza principal de los bárbaros consistía
en los carros y en la caballería; pero por huir, como hemos
dicho, del hambre y la carestía, se vio precisado a preferir
el peligro de una batalla. Dábale, además, cuidado
Hortensio, buen caudillo y animoso guerrero, que trayendo de la
Tesalia refuerzos al mismo Sila, era espiado y aguardado de los
bárbaros en los desfiladeros. Estos fueron los motivos
que tuvo Sila para marchar a la Beocia, y en cuanto a Hortensio,
Cafis, que seguía nuestra causa, le condujo, engañando
a los bárbaros, por caminos excusados a aquella misma Títora,
que no era entonces una ciudad grande como lo es hoy, sino sólo
un castillo clavado en una roca tajada, a la que ya en otro tiempo
se acogieron y en la que se salvaron aquellos Focenses que huyeron
de Jerjes en su venida. Allí se acampó Hortensio,
y por el día se ocultó a los enemigos; mas a la
noche bajó por los terrenos más fragosos a Patrónide,
donde con su tropa se unió a Sila, que le salió
al encuentro.
XVI Luego que estuvieron reunidos, tomaron una grande altura,
que está en medio de los deliciosos campos de Elatea, con
agua abundante en su falda: llámase Filobeoto, y Sila celebra
sobremanera sus calidades y su posición. Acampáronse,
y a los ojos de los enemigos parecieron muy pocos, pues de caballería
no eran más de mil quinientos, y la infantería aun
no llegaba a quince mil hombres; por lo cual, precisando los demás
generales a Arquelao a que formase sus tropas, llenaron toda la
llanura de caballos, de carros, de escudos y de rodelas, no bastando
el aire para sostener la gritería y alboroto de tantas
especies de gentes como allí se hallaban reunidas y ordenadas.
No era tampoco pequeña parte para el espanto y el terror
la riqueza y brillantez con que se presentaban, porque el resplandor
de las armas, guarnecidas graciosamente con plata y oro, y los
colores de las túnicas de la Media y la Escitia, adornadas
con el bronce y el hierro, que brillaban a lo lejos, al moverse
y sacudirse semejaban al fuego, y hacían una vista tan
terrible, que los Romanos se estaban retirados dentro del valladar,
y no halló Sila modo alguno ni palabras que bastasen a
desvanecer su asombro; viéndose precisado, por cuanto no
quería tampoco violentar a los que así resistían,
a haber de estarse quieto y aguantar con el mayor desabrimiento
la mofa y el escarnio de los bárbaros, que al cabo fue
lo que más le aprovechó. Porque, despreciándole
los enemigos, se entregaron al mayor desorden, y como, por otra
parte, no eran ya muy obedientes a sus generales, por ser tantos
los que mandaban, eran muy pocos los que permanecían en
el campamento; y antes, habiéndose cebado la mayor parte
en el saqueo y la rapiña, solían andar dispersos
y separados de aquel jornadas enteras; de manera que se dice haber
asolado la ciudad de los Panopeos, saqueado la de los Lebadeos
y despojado su oráculo sin orden de ninguno de sus generales.
Sentía Sila y se afligía extremadamente de que ante
sus ojos fuesen destruidas las ciudades, y tomaba el partido de
no dejar en reposo a los soldados, sino que, sacándolos
del campamento, los hizo trabajar en mudar el curso del Cefiso
y en abrir fosos, no permitiendo descansar a ninguno, y castigando
irremisiblemente a los que aflojaban, para lo que estaba él
mismo de sobrestante; todo con la mira de que, aburridos con las
obras, abrazaran el peligro por huir del trabajo, como sucedió.
Porque al cabo de los tres días de aquella fatiga, al pasar
Sila, le pidieron a voces que los llevara contra los enemigos;
a lo que les contestó que aquel clamor no le significaba
que quisiesen pelear, sino que deseaban huir del trabajo; pero
que si se sentían con ánimo de, combatir tomasen
las armas y viniesen a aquel sitio, señalándoles
la que antes había sido ciudadela de los Parapotamios,
y entonces, destruida la ciudad, había venido a quedar
en ser un collado pedregoso y escarpado, que no estaba separado
del monte Hedilio sino el espacio que con sus aguas ocupa el Aso;
el cual, confundiéndose en la misma falda con el Cefiso,
y haciéndole de más rápida corriente, contribuye
a que la cumbre sea más a propósito para establecer
con seguridad un campamento. Así es que, viendo Sila que
de los enemigos los de bronceados escudos se dirigían a
él, quiso anticipárseles ocupando aquel puesto;
lo ocupó, en efecto, mostrándose con grande ánimo
los soldados. Como arrojado de allí Arquelao, moviese contra
Queronea, los Queronenses que militaban con Sila, le suplicaron
que no abandonase su patria, por lo que envió en su defensa
al tribuno Gabinio con una legión, dejando ir con ellos
a los Queronenses, que, aunque quisieron, no pudieron llegar antes
que aquel; de manera que el que iba a salvarlos aun se mostró
más activo y pronto que los mismos que habían menester
su auxilio Juba dice que el enviado no fue Gabinio, sino Ericio;
como quiera, en esto consistió el que nuestra ciudad saliese
de aquel peligro.
XVII. De Lebadea y del oráculo de Trofonio les llegaban
a los Romanos felices anuncios y faustos vaticinios, acerca de
los cuales hacen los del país diferentes relaciones; mas
lo que escribe el mismo Sila en el libro décimo de sus
Comentarios es que, después de haber ganado ya la batalla
de Queronea, vino a buscarle Quinto Titio, varón de no
pequeño crédito entre los que traficaban en la Grecia,
y le participó que Trofonio le profetizaba allí
mismo otra segunda batalla y victoria dentro de breve tiempo.
Después de éste, otro de los que militaban en su
ejército, llamado Salvenio, le anunció de parte
del Dios cuál era el término que habían de
tener las cosas de Italia. Ambos hablaron por visiones que habían
tenido, porque, según sus relaciones, habían visto
de una misma manera la hermosura y grandeza de Zeus Olimpio. Luego
que Sila pasó el Aso, se dirigió al Hedilio, acampándose
al frente de Arquelao, que había puesto su campo fortificado
en medio del Aconcio y el Hedilio, en los que llaman los Asios.
El lugar en que puso las tiendas todavía de su nombre se
llama Arquelao en el día de hoy. Habiendo tomado Sila un
día de reposo, al siguiente dejó allí a Murena,
que mandaba una legión y dos cohortes, para que cargara
sobre los enemigos cuando ya estuvieran en desorden: y él
hizo a orilla del Cefiso un sacrificio, después del cual
marchó la vuelta de Queronea, para tomar la tropa que allí
había y reconocer el monte llamado Turio, en cuya ocupación
se le habían adelantado los enemigos. Es éste una
eminencia muy pendiente y redonda, a la que damos el nombre de
Ortópago; al pie pasa el río Molo, y se halla el
Templo de Apolo Turio, tomando el Dios esta denominación
de Turo, madre de Querón, que se dice haber sido el fundador
de Queronea. Otros dicen que fue allí donde apareció
la vaca que para guía fue dada a Cadmo por Apolo, y que
de ella tomó aquel nombre el sitio, pues los Fenicios llaman
Tor al buey. Estando Sila en marcha para Queronea, salió
a recibirle con su tropa ya armada el tribuno que tenía
puesto de gobernador en aquella ciudad, trayéndole una
corona de laurel. Luego que saludó con la mayor afabilidad
a los soldados, se dispuso para el combate, y en este acto se
le presentaron dos ciudadanos de Queronea, Homoloico y Anaxidamo,
ofreciéndole destrozar a los que ocupaban el Turio, sólo
con que les diese unos cuantos soldados, porque había un
atajo, ignorado de los bárbaros, que por el Museo conducía
al Turio, desde el llamado Petraco, hasta estar encima del puesto
que éstos tenían; y cayendo sobre ellos por aquel
camino, con facilidad serían destruidos, o se los desalojaría
hacia la llanura. Asegurólo Gabinio del valor y lealtad
de los que hacían la oferta, y dándoles Sila la
orden de que la pusiesen en ejecución formó su ejército,
distribuyendo la caballería en una y otra ala; tomó
él mismo para sí el mando de la derecha y dio a
Murena el de la izquierda. Los legados Galba y Hortensio, que
mandaban las cohortes de retaguardia, marcharon a ponerse en observación
sobre las alturas, para el caso de que se tratara de envolverlos,
por cuanto se había advertido que los enemigos ponían
mucha caballería y tropa ligera en las alas, extendiéndolas
demasiado y haciéndolas delgadas y flexibles para cercar
a los Romanos.
XVIII. Habían los Queronenses recibido de Sila por caudillo
a Ericio, y marchando por el Turio sin ser sentidos, cuando después
se mostraron fue grande la turbación y fuga de los bárbaros,
y mayor todavía la matanza de unos con otros, porque no
aguardaron en su puesto, sino que, corriendo por los precipicios,
caían sobre sus propias lanzas, y con la priesa se despeñaban
unos a otros, persiguiéndolos desde arriba los enemigos
e hiriéndolos por la espalda; de manera que perecieron
unos tres mil en el Turio, y de los que huyeron, a unos les cortó
la retirada y los destrozó Murena, que ya había
tomado posición, y otros, arrojados hacia el campamento
amigo, como cayesen repentinamente y sin orden sobre la hueste
ya formada, introdujeron en la mayor parte el terror y la confusión;
no fue tampoco pequeño el mal que causaron con haber retardado
las órdenes de los generales. Porque Sila sobrevino prontamente
cuando así estaban desordenados, y pasando con ligereza
el espacio que los separaba, quitó a los carros falcados
toda su actividad y fuerza, por cuanto ésta la toman principalmente
de lo largo de la carrera, que es la que les da ímpetu
y pujanza; siendo, por el contrario, los golpes de cerca ineficaces
y flojos, como los de los dardos, si el arco no ha podido tenderse;
que fue lo que entonces sucedió a los bárbaros,
porque, apoderados los Romanos de los primeros carros, que no
habían podido obrar ni chocar sino débil y remisamente,
luego con risa y gritería pedían otros, como se
acostumbra hacer en el circo en las carreras de caballos. En este
estado vinieron a las manos una y otra infantería, presentando
los bárbaros sus lanzas largas y procurando con la unión
de los escudos conservar el orden de la formación; pero
los Romanos, arrojando las picas y echando mano a las espadas,
retiraron las lanzas de aquellos tan pronto como con gran rabia
se arrojaron sobre ellos, porque vieron que estaban formados en
primera fila quince mil esclavos, que los generales del rey habían
proclamado libres de los tomados a los enemigos, y les habían
dado lugar entre los primeros infantes; así se dice haber
exclamado un centurión de los Romanos que sólo en
las Saturnales había visto a los esclavos usar de libertad.
A éstos, pues, como con dificultad los hiciesen huir los
infantes romanos, por el apiñamiento y espesor de la formación,
y también porque ellos mostraron más denuedo del
que po- día esperarse, los desordenaron por fin y obligaron
a volver la espalda las piedras y dardos que con abundancia les
tiraron los Romanos que se habían colocado a la espalda.
XIX. Extendía Arquelao su ala derecha en disposición
de envolver a los Romanos, y Hortensio acudió a carrera
con sus cohortes a acometerle por el flanco; pero como aquel enviase
sin dilación a su encuentro dos mil caballos que tenía
a mano, oprimido de la muchedumbre se retiró hacia las
alturas, separada algún tanto de la falange y cercado de
los enemigos. Súpolo Sila, y marchó al punto en
su auxilio desde el ala derecha, que aún no había
entrado en acción. Arquelao, que por el polvo levantado
con aquel movimiento conjeturó lo que era, dejó
en paz a Hortensio y se dirigió al sitio de donde partió
Sila en su ala derecha para derrotarla, hallándola falta
de caudillo. Al mismo tiempo, Taxiles cargó a Murena con
sus calcáspidas, de manera que, formándose gritería
en dos partes, y repitiendo el eco las montañas, lo entendió
Sila y quedó muy confuso, sin saber adónde acudir.
Resolvió volver a su puesto, mandando en socorro de Murena
a Hortensio, con cuatro cohortes, y dando orden a la quinta de
que le siguiese, marchó al ala derecha, que por sí
misma se había sostenido dignamente contra Arquelao, al
que rechazó enteramente con su llegada. Victoriosos, pues,
persiguieron a los enemigos hacia el río y el monte Aconcio,
adonde corrían en completa dispersión. Mas no por
esto se descuidó Sila de Murena, que quedaba en riesgo,
sino que partió a dar socorro a aquellas tropas; pero viéndolas
también vencedoras, volvió a tomar parte en la persecución.
Murieron muchos de los bárbaros en aquella llanura; pero
fueron muchos más los que perecieron sorprendidos en las
inmediaciones del campamento adonde querían refugiarse,
en términos que, de tantos millares, sólo diez mil
llegaron a Calcis. Sila dice que de los suyos sólo faltaron
catorce, y de éstos aun aparecieron dos a la caída
de la tarde. Así, en los trofeos inscribió a Marte,
la Victoria y Venus, como que había dado fin glorioso a
aquella guerra, no menos por su buena dicha que por la pericia
y el valor; y este trofeo, por la victoria de la llanura, le colocó
en el punto en donde primero cedió Arquelao junto al río
Molo. El otro, por la sorpresa de los bárbaros, existe
en la cima del Turo, y su inscripción en caracteres griegos
da el prez de la victoria a Homoloico y Anaxidamo. Las fiestas
por estas victorias las celebró en Tebas, erigiendo un
altar junto a la fuente Edipodea; los jueces eran Griegos escogidos
de las demás ciudades, habiéndose mostrado irreconciliable
con los Tebanos, a quienes tomó la mitad de sus términos,
consagrándola a Apolo Pitio y Zeus Olímpico; y del
dinero de las rentas de ellos mandó se diera también
a los Dioses el que les había tomado de sus templos.
XX. Sabiendo, a poco de ejecutadas estas cosas, que Flaco, elegido
cónsul de la facción contraria, atravesaba con tropas
el Mar Jonio, según se decía, contra Mitridates,
pero en realidad contra él mismo, se encaminó hacia
Tesalia, como para salir a recibirlo; pero habiendo llegado a
Melitea, le vinieron avisos de muchas partes de que estaban talando
el país que dejaba a la espalda tropas del rey, en no menor
nú- mero que antes. Porque Dorilao, que había llegado
a Calcis con grande aparato de naves, en las que traía
ochenta mil hombres del ejército de Mitridates, ejercitados
y muy en orden, sin detenerse había pasado a la Beocia,
y apoderado del país procuraba atraer a Sila a una batalla,
desatendiendo los consejos de Arquelao, que trataba de contenerle,
y aun reconviniendo en cierta manera a éste sobre la anterior
batalla, como que sin traición no podían haber sido
deshechas tan considerables fuerzas. Mas Sila, que tuvo que retroceder
a toda priesa, hizo conocer a Dorilao que Arquelao era hombre
prudente y tenía experiencia de lo que era el valor romano,
pues con sólo haber tenido con Sila unos ligeros encuentros
cerca de Tilfosio, fue ya el primero en no tener por conveniente
que la contienda se decidiera en una batalla, sino que la guerra
se alargase y se fatigase a Sila a fuerza de tiempo y de gastos.
Mas, sin embargo de esto, dio cierta confianza a Arquelao el país
de Orcómeno, en que estaban acampados, por ser muy ventajoso,
en caso de venir a las manos, para los que prevalecían
en caballería; porque entre las llanuras de la Beocia es
la más bella y la más espaciosa la que empieza en
la ciudad de Orcómeno, porque ella sola se dilata anchamente
y está despejada de arboledas hasta las lagunas en que
se pierde el río Melas, el cual, naciendo debajo de Orcómeno,
caudaloso y navegable desde su fuente, en lo que es único
entre todos los ríos de la Grecia, tiene además
la particularidad de que crece como el Nilo en el solsticio del
verano, y lleva plantas semejantes a las de aquel sitio que no
dan fruto ni llegan a la misma altura. No va tampoco muy lejos,
sino que la mayor parte se pierde muy pronto en lagos ciegos y
pantanosos, y después la otra parte, que es bien escasa,
se mezcla con el Cefiso en aquel punto donde la laguna produce
la caña de flautas.
XXI Estando acampados muy cerca unos de otros, Arquelao se mantenía
en quietud; pero Sila se dedicó a abrir fosos de uno y
otro lado, con el objeto de cortar a los enemigos, si le era posible,
los lugares seguros y a propósito para la caballería
y estrecharlos hacia las lagunas. No lo sufrieron éstos,
sino que, saliendo con ardor y en tropel, luego que los generales
se lo permitieron, no sólo se dispersaron los que con Sila
se hallaban en los trabajos, sino que también se conmovieron
y dieron a huir parte de los que estaban sobre las armas. Entonces
Sila, apeándose del caballo y tomando una insignia, corrió
por entre los que huían contra los enemigos, diciendo a
voces: A mí me es glorioso ¡oh Romanos! morir
en este sitio; vosotros, a los que os pregunten dónde abandonasteis
a vuestro general, acordaos de responderles que en Orcómeno.
Esta voz los contuvo, y como dos cohortes de las del ala derecha
se adelantasen a apoyarle, con ellas rechazó a los enemigos.
Retrocedió luego con ellas un poco, y dándoles de
comer se puso otra vez al trabajo de abrir foso delante del real
de los enemigos. Volvieron éstos también a acometer
en más orden que antes, y Diógenes, hijo de la mujer
de Arquelao, peleando en el ala derecha, pereció con gloria.
Los arqueros, como, oprimidos de los Romanos, no tuviesen retirada,
tomando muchos dardos en la mano e hiriendo con ellos como con
unas espadas, procuraban defenderse; al fin, encerrados en su
cam- po, a causa de las muertes y heridas, pasaron congojosamente
la noche. Al día siguiente otra vez sacó Sila los
soldados a la obra del foso, y como los enemigos saliesen en gran
número como para batalla, arrojándose sobre ellos
los rechazó, y no quedando ninguno que hiciese frente,
tomó a viva fuerza el campamento. Los muertos llenaron
de sangre las lagunas, de cadáveres todo el terreno pantanoso,
tanto, que aun ahora se encuentran arcos del uso de los bárbaros,
morriones, fragmentos de corazas de hierro y espadas sumergidas
entre el cieno, sin embargo de haberse pasado doscientos años,
poco más o menos, desde aquella batalla. Así es
como se refiere lo ocurrido en las jornadas de Queronea y Orcómeno.
XXII. Como en Roma Cina y Carbón maltratasen con la mayor
injusticia y violencia a los más principales ciudadanos,
muchos, huyendo de la tiranía, se acogían como a
un puerto al ejército de Sila; así, por cierto tiempo,
hubo cerca de él una especie de Senado, y Metela, habiendo
podido con dificultad ocultarse a sí misma y a sus hijos,
llegó, trayéndole la noticia de que su casa y sus
haciendas habían sido quemadas por sus enemigos y pidiéndole
diera auxilio a los que quedaban en Roma. Cuando se hallaba perplejo,
por no poder resolverse ni a abandonar la patria, molestada y
oprimida, ni a partir, dejando inacabada una obra tan importante
como era la guerra mitridática, se le presentó un
comerciante de Delo, llamado Arquelao, enviado secretamente de
parte del otro Arquelao, general del rey, a hacerle ciertas proposiciones
y darle esperanzas. Oyóle Sila con tanto pla- cer, que
se determinó a ir por sí mismo a conferenciar con
Arquelao, y conferenciaron, en efecto, orilla del mar, cerca de
Delo, donde está el templo de Apolo. Comenzó Arquelao
la plática, procurando atraer a Sila a que, abandonado
el Asia y el Ponto, partiese a la guerra que tenía que
sostener en Roma, recibiendo para ella de parte del rey intereses,
galeras y tropas en la cantidad que quisiese; a lo que contestó
Sila proponiéndole a su vez que no hiciera cuenta del rey,
sino que reinase él mismo en su lugar, haciéndose
aliado de los Romanos y entregando cierto número de naves.
Repelió Arquelao con horror una traición semejante,
y entonces le dijo: Pues si tú ¡oh Arquelao!
siendo capadocio y esclavo, o si quieres, amigo de un rey bárbaro,
no sufres la infamia por bienes de tan gran tamaño, a mí
que soy Romano y Sila, ¿cómo te atreves a hablarme
de traiciones, como si no fueras aquel mismo Arquelao que, huyendo
en Queronea con muy poca gente, restos de ciento veinte mil hombres,
te hubiste de esconder por dos días en las lagunas de Orcómeno,
dejando intransitable la Beocia por la multitud de los cadáveres?
A esto, mudando ya de lenguaje Arquelao, y echándose a
sus pies, le rogó que pusiera fin a la guerra, haciendo
paz con Mitridates. Admitió Sila la propuesta, y se hizo
un tratado, por el que se convino en que Mitridates cedería
el Asia y la Patagonia, se pondría por rey de Bitinia a
Nicomedes, y de Capadocia, a Ariobarzanes, y se entregarían
a los Romanos dos mil talentos y setenta naves con espolones de
bronce y todo su aparejo, con solo que Sila afianzase al rey y
le diese por seguros todos sus demás dominios y le declarase
aliado del pueblo romano.
XXIII. Hechos estos convenios, torciendo de camino, marchó
por la Tesalia y la Macedonia al Helesponto, teniendo a Arquelao,
con grande estimación, en su compañía; y
habiendo caído éste enfermo de peligro en Larisa,
detuvo el viaje e hizo se le asistiera como a uno de los generales
y caudillos que militaban a sus órdenes. Esto dio ocasión
a que se pusiera tacha en la jornada de Queronea, como que no
se había obrado con limpieza, y también el que,
habiendo remitido Sila al rey todos sus amigos que habían
quedado cautivos, sólo a Aristión el tirano le dio
muerte con hierbas, por estar enemistado con Arquelao. Sobre todo
hizo sospechar el terreno de diez mil yugadas que se dio en la
Eubea al capadocio, y el haberle declarado Sila amigo y socio
de los Romanos; y sin embargo de todo esto, hace Sila la apología
en sus Comentarios. Viniéronle a esta sazón embajadores
de Mitridates diciendo que a todo lo demás estaba pronto,
pero que, en cuanto a la Patagonia, no venía en que se
le despojase de ella, y en cuanto a las naves, de ningún
modo se conformaba; de lo que indignado Sila: ¿Qué
es lo que decís?les preguntó- ¿Mitridates
se opone a lo de la Patagonia y del todo se niega en cuanto a
las naves, cuando yo creía que me haría adoraciones
si le dejaba aquella diestra con la que a tantos Romanos ha dado
muerte? Bien pronto será otro su lenguaje en pasando yo
al Asia. ¡Está muy bien que ahora, descansando en
Pérgamo, dirija una guerra que hasta el día no ha
presenciado! Intimidados los embajadores, guardaron silencio;
pero Arquelao hizo ruegos a Sila y sosegó su enojo, tomándole
la diestra y derramando lágrimas. Persua- dióle,
finalmente, a que le enviase a él mismo a Mitridates, porque,
o haría la paz con las condiciones que quería, o,
si no lo alcanzaba, se daría a sí mismo la muerte.
Mandándole, pues, bajo estos supuestos, invadió
la Media, y habiéndolo talado todo, regresó a la
Macedonia, y en Filipos recibió a Arquelao, que le participó
estar todo negociado a satisfacción, pero que Mitridates
deseaba con ansia venir a tratar con él; siendo de ello
la principal causa Fimbria, que, habiendo dado muerte a Flaco,
cónsul del otro partido, y vencido a los generales del
rey, marchaba ya contra él. Este temor era el que principalmente
obligaba a Mitridates a preferir el hacerse amigo de Sila.
XXIV. Juntáronse en Dárdano ciudad de la Tróade,
teniendo consigo Mitridates doscientas naves armadas, cuarenta
mil infantes, seis mil caballos y gran número de carros
falcados, y Sila cuatro cohortes y doscientos caballos. Vínose
hacia él Mitridates, alargándole la mano; pero Sila
le preguntó si daba por terminada la guerra bajo las condiciones
convenidas con Arquelao; como el rey callase, pues de los
que tienen que pedir- continuó Sila- es el hablar los primeros;
los vencedores, con callar, hacen bastante. Comenzó
entonces Mitridates a hacer su apología, echando la culpa
de la guerra ya a algún mal genio, y ya a los misinos Romanos;
mas interrumpióle Sila, diciendo que ya antes había
oído a otros, y ahora había conocido por sí
mismo cuán diestro era Mitridates en la retórica,
pues que no le habían faltado palabras que tenían
algún color en hechos tan depravados e injustos. Reprendióle,
pues, y reconvínole por tantos males como había
causado, y volvióle a preguntar si pasaba por lo convenido
con Arquelao, y como dijese que sí, entonces le saludó
y le echó los brazos para abrazarles, presentándole
a los reyes Ariobarzanes y Nicomedes, y reconciliándolos
con él. Dióle Mitridates las setenta naves y quinientos
arqueros, e hizo vela para el Ponto. Había observado Sila
que se habían disgustado sus soldados con aquellas paces,
pareciéndoles cosa terrible que un rey que había
sido el mayor enemigo de los Romanos, teniendo dispuesta la matanza
en un día de setenta mil de ellos de los que se hallaban
en el Asia, se marchara con su riqueza y sus despojos de este
mismo país que había estado saqueando y poniendo
a contribuciones por cuatro años seguidos; pero se excusó
con ellos diciéndoles que no le habría sido posible
hacer a un tiempo la guerra a Fimbria y Mitridates si se hubieran
coligado contra él.
XXV. Partió de allí contra Fimbria, que estaba
acampado junto a Tiatira, y estableciendo muy cerca de él
sus reales se puso a abrir un foso en derredor de ellos. Los soldados
de Fimbria salieron de sus campamentos sin más que las
túnicas, y yéndose a saludar a los de aquel se pusieron
a ayudarles en su obra con el mayor calor, vista la cual mudanza
por Fimbria, como considerase a Sila inflexible, se dio a sí
mismo la muerte en su campo. Sila entonces multó al Asia
en general en cien mil talentos; y luego en particular vino a
arruinar las casas con la insolencia y las vejaciones de los alojados;
porque mandó que el huésped diera al soldado raso
cuatro tetracdracmas al día, y además de comer a
él y a cuantos amigos convidase; que el Tribuno percibiría
al día cincuenta dracmas y una ropa para casa y otra para
salir a la calle.
XXVI Habiendo dado a la vela de Éfeso con todas las naves,
entró al tercer día en el Pireo; inicióse
en los misterios, y se apropió para sí la biblioteca
de Apelicón de Teyo, en la que se hallaban la mayor parte
de los libros de Aristóteles y Teofrasto, poco conocidos
entonces de los más de los literatos. Dícese que,
traída a Roma, Tiranión el Gramático corrigió
muchos lugares, y que habiendo alcanzado de él Andronico
de Rodas algunas copias, las publicó, siendo éste
también quien formó las tablas que ahora corren.
Los más antiguos de los Peripatéticos, aunque generalmente
elegantes e instruidos, parecen que no tuvieron la suerte de dar
con muchas de las obras de Aristóteles y de Teofrasto,
ni de poder examinarlas con la debida diligencia, por culpa del
heredero Neleo Escepsio, a quien las dejó Teofrasto y de
quien pasaron a hombres oscuros e ignorantes. Mientras Sila se
detenía en Atenas, le cargó en los pies un dolor
sordo con pesadez, del que dice Estrabón que es el tartamudeo
de la gota. Embarcóse para Edepso, donde usó de
aguas termales, entreteniéndose juntamente y pasando el
tiempo con los artífices de Baco. Paseándose orilla
del mar, le presentaron unos pescadores ciertos peces muy hermosos,
y holgándose mucho con el presente, como hubiese sabido
que eran de Halas, preguntó: Pues ¡qué!
¿todavía hay alguno de Halas vivo? Y es que
cuando vencedor en la batalla de Orcómeno persiguió
a los enemigos, al paso asoló tres ciudades de la Beocia,
Antedón, Larimna y Halas. Quedáronse cortados de
miedo los pescadores; pero sonriéndose les dijo que fuesen
en paz, pues no eran ruines ni despreciables los intercesores
que habían traído; y alentados con esto los Halenses,
es fama que volvieron a la ciudad.
XXVII. Sila, bajando al mar por la Tesalia y la Macedonia, se
disponía a marchar con mil y doscientas naves desde Dirraquio
a Brindis; pero está allí cerca Apolonia, y a la
inmediación de ésta Ninfeo, lugar sagrado, donde
de un montecillo cubierto de hierba y de unos prados nacen diversas
fuentes que de continuo manan fuego. Estando él allí
durmiendo, se dice que cogieron un sátiro, cual los escultores
y los pintores los representan, y que, traído ante Sila,
se le preguntó por medio de diversos intérpretes
quién era, y como nada articulase con sentido, ni despidiese
más que una voz áspera, mezclada del relincho del
caballo y del balido del macho cabrío, asustado Sila le
hizo soltar, conjurando el mal agüero. Estándose ya
entendido en el embarque de los soldados, manifestó temor
Sila de que luego que aportasen a la Italia se dispersarían
acá y allá por las ciudades, y ellos juraron que
se mantendrían unidos, y que voluntariamente ningún
daño causarían en Italia. Después, considerando
que habría menester cuantiosos fondos, le presentaron y
ofrecieron todo lo que cada uno tenía ahorrado; mas Sila
no admitió aquellas primicias, sino que, aplaudiéndolos
y confirmándolos en su adhesión a él, partió
alentadamente, según él mismo dice, contra quince
generales contrarios, que mandaban quinientas y cincuenta cohortes,
por significarle el Dios con la mayor claridad la ventura que
le aguardaba. Porque sacrificando en Tarento inmediatamente después
de su arribo, se vio que la extremidad del hígado presentaba
la figura de una corona de laurel con dos cintas que de ella pendían,
y poco después del desembarco en la Campania, junto al
monte Tifata, se vieron por el día dos machos grandes de
cabrío acometerse, y hacer y padecer todo lo que acontece
a los hombres cuando pelean. Fue sólo una apariencia; la
que, levantada un poco de la tierra, se esparció por el
aire en diversas partes, parecidas a unas imágenes muy
débiles, y luego se desvaneció enteramente. Después,
al cabo de poco tiempo, congregando en aquel mismo lugar Mario
el joven y el cónsul Norbano considerables fuerzas, Sila,
sin formar su tropa ni distribuirla convenientemente, y sin más
que el vigor y el ímpetu de su misma audacia dieron a los
soldados, desbarató a los enemigos y encerró a Norbano
en la ciudad de Capua, habiéndole muerto siete mil hombres.
Esto dice él mismo haber sido causa de que no se disolviese
su ejército, diseminándose por las ciudades, sino
en que se mantuviese unido, mirando con desprecio a los enemigos,
sin embargo de que eran en mucho mayor número. Añade
que en Silvio, por divina inspiración, se le presentó
un esclavo de Poncio anunciándole, de parte de Belona,
la superioridad en la guerra y la victoria, y que, si no se daba
priesa, ardería el Capitolio, lo que así sucedió
el mismo día que había predicho, que fue un día
antes de las Nonas Quintiles, que ahora llamamos Julias. Además
de esto, hallándose Marco Luculo, uno de los generales
del partido de Sila, en las cercanías de Fidencia, con
solas once cohortes, al frente de cincuenta que tenían
los enemigos, él bien confiaba en el valor de sus soldados;
pero se detenía porque la mayor parte estaban desarmados.
Hallándose, pues, perplejo y pensativo, trajo el viento
de la llanura vecina, en que había unos prados, muchas
flores, y las arrojó y esparció sobre los escudos
y cascos de los sol. dados, pareciéndoles a los enemigos
que se habían puesto coronas; y ellos, cobrando con esto
nuevo ardor, se arrojaron al combate, del que salieron vencedores,
dando muerte a diez y ocho mil hombres y tomando el campamento.
Este Luculo era hermano del otro Luculo que más adelante
derrotó y exterminó a Mitridates y a Tigranes.
XXVIII. Sila, viéndose todavía estrechado por todas
partes de sus enemigos con muchos ejércitos y numerosas
tropas, hizo por atraer a la paz, parte por la fuerza y parte
por engaño, al otro cónsul Escipión. Habiéndole
dado éste entrada, tenían conferencias y frecuentes
juntas, buscando siempre Sila algún motivo de dilación
y algún pretexto; y, en tanto, ganó a los soldados
de Escipión por medio de los suyos, ejercitados en toda
falsedad y lagotería, como su general. Porque entrando
dentro del campamento de los enemigos, y mezclándose en
medio de ellos, al punto se atrajeron a unos con dinero, a otros
con promesas y a otros con lisonjas y halagos. Finalmente, presentándose
Sila allí cerca con veinte cohortes, saludándole
se pasaron a él, y quedándose Escipión solo
en su tienda, hubo de conformarse; mientras Sila, habiendo cazado
con sus veinte cohortes, como tantas aves mansas, las cuarenta
de los enemigos, las condujo todas a su campamento; así
se cuenta haber dicho Carbón que peleaba en Sila con un
león y una raposa aloja- dos en su alma, pero que la que
más le incomodaba era la raposa. A este tiempo, Mario,
que tenía en Signio ochenta y cinco cohortes, provocaba
a Sila a una batalla, y éste admitía gustoso el
combatir en aquel mismo día, porque había tenido
entre sueños esta visión: Parecióle que el
viejo Mario, ya difunto tiempo antes, exhortaba a Mario, su hijo,
a que se guardara del día que entraba, porque le traería
un grande infortunio. Por tanto, Sila estaba pronto para la batalla
y envió a llamar a Dolabela, que estaba acampado a alguna
distancia; pero como los enemigos le tomasen los caminos y le
cerrasen el paso, los soldados de Sila llegaron a cansarse de
combatir y andar, y cayendo al mismo tiempo, mientras así
trabajaban, una gran lluvia, esto acabó de estropearlos.
Dirigiéndose, pues, los tribunos a Sila, le pedían
que dilatase la batalla, mostrándole a los soldados, quebrantados
de la fatiga y tendidos por el suelo, reclinados sobre los escudos.
Hubo de condescender, muy contra su voluntad, y dada la señal
de hacer alto, cuando empezaban a formar el valladar y abrir el
foso, delante del campamento se presentó con arrogancia
Mario, yendo el primero en su caballo, en la creencia de que los
desbarataría hallándolos desordenados. Entonces
su genio dio cumplida a Sila su palabra que le anunció
en sueños, porque su cólera pasó a los soldados,
y, suspendiendo las obras, dejadas las picas clavadas en el foso,
desenvainaron las espadas, y, con grande algazara, se trabaron
con los enemigos; éstos no aguantaron mucho tiempo, sino
que dieron a huir, y se hizo en ellos una horrible carnicería.
Mario huyó a Preneste, pero ya encontró cerradas
las puertas, y echándole de arriba una cuerda, se la ciñó
al cuerpo, y así lo subie- ron a la muralla. Algunos dicen,
y de este número es Fenestela, que Mario ni siquiera tuvo
la menor noticia de la batalla, sino que, habiéndose recostado
en tierra bajo una sombra, a causa de sus muchas vigilias y fatigas,
al tiempo de hacerse la señal del combate le cogió
el sueño, y apenas despertó cuando todos habían
dado a huir. Dícese que Sila no perdió en esta batalla
más que veintitrés hombres, habiendo muerto a cuarenta
mil de los enemigos y apresado vivos ochenta mil. Con igual felicidad
le salió todo lo demás por medio de sus generales
Pompeyo, Craso, Metelo y Servilio, pues sin vacilar poco o nada
destrozaron fuerzas muy considerables de los enemigos, de manera
que Carbón, que había sido el principal apoyo de
la facción contraria, abandonando de noche su ejército
se embarcó para el África.
XXIX. En el último combate, como atleta que entra de refresco
contra el que está cansado, estuvo en muy poco que el samnita
Telesino no lo derribase y destruyese a las mismas puertas de
Roma, porque, allegando mucha gente en unión con Lamponio
el Lucanio, marchó con celeridad sobre Preneste, con el
intento de sacar del cerco a Mario; pero habiéndose enterado
de que tenía a Sila por el frente y a Pompeyo por la espalda,
dirigiéndose ambos a toda priesa contra él, encerrado
de una y otra parte, como buen guerrero ejercitado en muchos combates,
levanta su campo por la noche y marcha con todas sus fuerzas contra
Roma. Faltó muy poco para que la sorprendiese sin ninguna
guardia, y estando a diez estadios de la Puerta Colina, allí
se fijó, amenazando a la ciudad, lleno de presunción
y de esperanzas, por haber burlado a tantos y tan acreditados
generales. En la madrugada, habiendo salido contra él a
caballo lo más escogido de la juventud, dio muerte a muchos,
y entre ellos a Apio Claudio, varón insigne en linaje y
en virtud. Siendo grande, como se deja conocer, la confusión
de la ciudad, y muchos los lamentos y las carreras, el primero
que se alcanzó a ver fue Balbo, enviado por Sila a todo
escape con setecientos caballos; y no dando más tiempo
que el preciso para que se les quitase el sudor volvió
a ensillar a toda priesa y se fue en busca de los enemigos. En
esto ya se descubrió Sila, y dando al punto orden a los
principales para que se diese un rancho, formó en batalla.
Rogáronle con instancia Dolabela y Torcuato que se detuviese
y no aventurase el resto, teniendo la gente tan fatigada, pues
los que ahora se le oponían no eran Carbón y Mario,
sino los Saimnitas y Lucanos, pueblos enemigos encarnizados de
Roma y muy belicosos; pero, apartándolos de sí,
mandó que las trompetas dieran la señal de embestir,
cuando vendrían ya a ser las diez del día. Trabóse
un combate como el que nunca otro, y la derecha, mandada por Craso,
alcanzó al punto la victoria; mas como la izquierda sufriese
y llevase lo peor, fue Sila en su socorro en un caballo blanco
que tenía, muy alentado y ligero. Conociéndole por
él dos de los enemigos, tendieron sus lanzas para arrojárselas.
El mismo Sila no lo advirtió, pero su asistente dio con
el látigo al caballo, y éste se adelantó
lo preciso para que, alcanzando las puntas a dar en la cola, cayesen
y se clavasen en tierra. Dícese que, teniendo Sila un idolito
de Apolo, tomado de Delfos, lo traía siempre consigo en
el seno de las batallas, y que en aquel trance lo besó,
diciendo: ¡Oh Apolo Pitio! Tú que de tantos
combates sacaste triunfante y glorioso a Cornelio Sila, el feliz,
¿lo habrás traído ahora aquí a las
puertas de la patria para arrojarle a que perezca vergonzosamente
con sus conciudadanos? Hecha esta plegaria, se dice que
exhortó a unos, amenazó a otros y a otros los cogió
del brazo; mas que, finalmente, mezclado con los que huían,
se refugió al campamento, habiendo perdido a muchos de
sus amigos y deudos. No pocos, también, de los que habían
salido de la ciudad a ver la acción perecieron y fueron
pisoteados, de modo que daban por perdida la patria, y estuvo
en muy poco que no hiciesen alzar el cerco de Mario; porque los
que de la revuelta fueron allá a parar excitaban a Lucrecio
Ofela, encargado de estrechar el sitio, a que levantara sin dilación
el campo, teniendo por muerto a Sila y a Roma por presa de los
enemigos.
XXX. Siendo ya muy alta noche, vinieron al campo de Sila, de
parte de Craso, a pedir raciones para él y para sus soldados;
porque luego que venció a los enemigos, persiguiéndolos
hasta Antemna, puso allí cerca su campo. Sila, con esta
noticia, y con la de que habían perecido la mayor parte
de los enemigos, pasó, al amanecer, a la misma Antemna,
y, presentándosele tres mil de éstos en legación,
les ofreció darles inmunidad si volvían a él
después de haber causado algún daño a los
otros enemigos En esta confianza, acometieron a los restantes
y murieron muchos a mano unos de otros; mas a aquellos mismos,
y a los que pudo haber de los otros, en todo hasta unos seis mil,
los encerró en el Hipódromo, y convocó el
Senado para el templo de Be- lona. Al mismo tiempo de tomar él
la palabra para hablar al Senado, los que tenían la orden
dieron muerte a los seis mil. Levantóse una horrorosa gritería,
como era natural siendo asesinados tantos en un recinto estrecho,
y como los senadores se asustasen, del mismo modo que estaba hablando,
no alterándose ni mudándosele el semblante les mandó
que atendiesen a lo que decía, sin meterse en las cosas
de afuera, porque aquello no era más que un castigo hecho
de su orden a algunos perversos. Esto hizo conocer, aun al menos
despierto de los Romanos, que habían mudado de forma de
tiranía, pero no la habían sacudido, pues al cabo,
Mario, habiendo mostrado dureza desde el principio, con el poder
la aumentó, pero no mudó de carácter, y Sila,
que había empezado a usar suave y políticamente
de su fortuna, ganando concepto de un general popular y benigno,
y que era además divertido desde joven, y blando a la compasión,
pues lloraba con mucha facilidad, se pudo sospechar que recibió
aquella tan extraña mudanza de la misma grandeza de su
poder, que no le dejó permanecer en sus antiguas costumbres,
sino que las convirtió en feroces, soberbias e inhumanas.
Mas si esto fue variación y mudanza causada en su índole
por la fortuna, o más bien manifestación que hizo
el poder de la perversidad que antes abrigaba en su corazón,
sería de otra investigación el definirlo.
XXXI Dado ya Sila desenfrenadamente a la carnicería, en
términos de llenar la ciudad de asesinatos que no tenían
número ni fin, siendo muchos sacrificados a enemistades
particulares que en nada le tocaban, sólo por condescenden-
cia y complacencia hacia los que le hacían la corte, uno
de los jóvenes, Gayo Metelo, tuvo resolución para
preguntarle en el Senado cuál sería el término
de los males y hasta dónde hacía ánimo de
llegar, para poder esperar que cesarían tantas desgracias.
Porque te pedimos-continuó- no libres de la pena
a aquellos con quienes te has propuesto acabar, sino de la incertidumbre
a los que piensas queden salvos. Respondiendo Sila que aún
no sabía a quiénes dejaría, repuso Metelo:
Pues decláranos a quiénes has de castigar;
a lo que contestó Sila que así lo haría.
Algunos son de opinión que no fue Metelo, sino un tal Aufidio,
de aquellos que por adulación frecuentaban la casa de Sila,
el que dijo esto último. Sila, pues, proscribió
al punto ochenta, sin comunicarlo a ninguno de los que ejercían
magistraturas, y como muchos se horrorizasen de ello, dejó
pasar sólo un día, proscribió doscientos
veinte, y al tercer día un número no menor; y hablando
en público sobre esto mismo, dijo que había proscripto
a aquellos que le habían venido a la memoria, y que para
los olvidados habría otra proscripción. Impuso,
además, al que recibiese y salvase a uno de los proscriptos,
como pena de su humanidad, la de muerte, sin hacer excepción
ni de hermano, ni de hijo, ni de padres, y señaló,
al que los matase, el premio de dos talentos por tal asesinato,
aunque el esclavo matase a su señor y al padre el hijo;
pero lo que pareció más injusto que todo lo demás
fue haber condenado a la infamia a los hijos y nietos de los proscriptos
y haber confiscado sus bienes. Proscribíase no sólo
en Roma, sino en todas las ciudades de Italia, no estando inmunes
y puros de esta sangrienta matanza ni los templos de los Dioses,
ni los hogares de la hospitalidad, ni la casa paterna, sino que
los maridos eran asesinados en los brazos de sus mujeres y los
hijos en los de sus madres. Y los entregados a la muerte por encono
y enemistades eran un número muy pequeño respecto
de los proscriptos por sus riquezas; así, los mismos ejecutores
solían decir de los que perecían, como cosa corriente:
a éste le perdió su magnífica casa; a aquel,
su huerta; al otro, las aguas termales. Quinto Aurelio, hombre
retirado de negocios, y a quien de aquellos males no cabía
más parte que la que por compasión pudiera tomar
en los de algunos que sufrían, yendo a la plaza, leyó
la tabla de los proscriptos, y hallando su nombre: ¡Miserable
de mí!- exclamó- lo que me persigue es mi campo
del Monte Albano; y a pocos pasos que había andado
fue muerto por uno que iba en su seguimiento.
XXXII. En esto, Mario, estando ya por caer prisionero, se dio
a sí mismo muerte; y Sila, pasando a Preneste, al principio
los juzgaba y castigaba de uno en uno; pero después, no
estando de tanto vagar, los reunió en un punto a todos,
que eran doce mil, y mandó que los pasaran a cuchillo,
no perdonando a otro que a su huésped; pero éste
le respondió, con grandeza de alma, que por amor a la vida
no sobreviviría a la ruina de la patria, y mezclándose
voluntariamente con sus conciudadanos pereció con ellos.
Lo que pareció cosa nueva y terrible fue el hecho de Lucio
Catilina, porque éste, habiendo |