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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
ALEJANDRO
IX. Hacía Filipo la guerra a los Bizantinos cuando Alejandro no tenía más que diez y seis años, y habiendo quedado en Macedonia con el gobierno y con el sello de él, sometió a los Medos, que se habían rebelado; tomóles la capital, de la que arrojó a los bárbaros, y repoblándola con gentes de diferentes países le dio el nombre de Alejandrópolis. En Queronea concurrió a la batalla dada contra los Griegos, y se dice haber sido el primero que acometió a la cohorte sagrada de los Tebanos; todavía en nuestro tiempo se muestra a orillas del Cefiso una encina antigua llamada de Alejandro, junto a la cual tuvo su tienda, y allí cerca está el cementerio de los Macedonios.
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RÓMULO
I. Este nombre grande de Roma, que con tanta gloria ha corrido entre todos los hombres, no están de acuerdo los escritores sobre el origen y causa por donde le vino a la ciudad que con él se distingue. Algunos creen que los Pelasgos, que corrieron por diferentes partes de la tierra y sojuzgaron muchos pueblos, se establecieron allí, y de la fuerza de sus armas dieron este nombre a la ciudad, que eso quiere decir Roma. Otros refieren que tomada Troya, algunos de los que huían pudieron hacerse de naves, e impelidos del viento fueron a caer en el país Tirreno, y pararon en las inmediaciones del Tíber. Allí, estando ya las mujeres sin saber qué hacerse, y muy molestadas de la navegación, una de ellas, llamada Roma, que sobresalía en linaje y prudencia, les propuso dar fuego a las naves; hízose así, y al principio los hombres se incomodaron; pero cediendo luego a la necesidad, se establecieron en lo que se llamó Palacio; y como al cabo de poco viesen que les iba mejor de lo que habían esperado, por ser excelente el país y haber sido muy bien recibidos de los habitantes, dispensaron a Roma, entre otros honores, el que de ella, como de primera causa, tomase nombre su ciudad. De entonces dicen que viene lo que todavía se practica, que las mujeres saludan con ósculo a los deudos y a sus propios maridos, porque también aquellas saludaron así a los hombres después de la quema de las naves, por miedo y para templarlos en su enojo.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario
contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae
el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por
padre de Solón, contra el sentir común de todos
cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos
a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón
que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía
entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje,
por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón
refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato;
y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco
y por la buena disposición y belleza, estando enamorado
Solón de Pisístrato, según la relación
de algunos. Por esta razón probablemente cuando más
adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las
cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones,
sino que duró en sus almas aquella primera inclinación,
la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama
todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón
no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte
para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy
bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo
a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores
a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las
honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a
los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese
también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo,
y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde
toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
II. Solón, habiendo menoscabado su padre la hacienda en
obras de beneficencia y caridad, como dice Hermipo, aunque no
faltaba quien quisiera socorrerle, tuvo, sin embargo, vergüenza
de que hubiese de vivir a expensas de otros quien descendía
de una casa acostumbrada a socorrer y dar auxilios; y, por tanto,
siendo todavía joven, se aplicó al comercio; con
todo, algunos sostienen que el objeto de Solón en viajar
fue más la instrucción y el conocimiento de la historia
que el lucro o granjería; y sin duda era amante de la sabiduría
el que siendo ya anciano decía que envejecía aprendiendo
cada día muchas cosas. La riqueza no la tenía en
mucho; antes decía que eran igualmente ricos El que posee
gran copia de oro y plata, campos extensos de abundantes mieses,
y mulas y caballos, y el que sólo tiene un pasar honesto
que le baste a comer y vestir cómodamente; y si en mujer
e hijos a esto acreces belleza y juventud, la dicha es llena.
Mas en otra parte dice: Yo bien deseo en bienes ser muy rico;
mas no los quiero por injustos medios, que viene al fin la inevitable
pena. Y no deja de caer bien en el hombre recto y entregado a
los negocios públicos, como el no afanarse por tener de
sobra, el no descuidarse tampoco en adquirir lo preciso y suficiente
para la vida. En aquellos tiempos, justamente ninguna ocupación,
según la sentencia de Hesíodo, era abatida, ni las
profesiones o ejercicios inducían diferencia; y aun el
comercio tenía la gloria de que por medio de él
se hacían tratables los países incultos; de que
ganaba el hospedaje y amistad de algunos reyes, y de que daba
a los hombres conocimiento y experiencia de muchos negocios; y
algunos fundaron con ocasión de él grandes ciudades,
como a Marsella Proto, que fue muy bien recibido de los Celtas
del Ródano. Dícese también de Tales que ejerció
el comercio, de Hipócrates y el matemático, y que
a Platón le sirvió de viático en sus viajes
una porción de aceite que despachó en Egipto.
III. El haber sido Solón franco en el gastar y de vida
muelle y delicada, y el explicarse en sus poemas con respecto
a los placeres más jovialmente de lo que a un filósofo
convenía, se atribuye al comercio; pues por lo mismo que
en él se corren frecuentes y grandes peligros, pide también
el desquite de gozar y regalarse. Ahora, que él más
bien se colocaba a sí mismo en la clase de los pobres que
en la de los ricos, se ve claramente en estos versos: Muchos malvados
en riqueza abundan, y muchos buenos gimen en pobreza; mas mi virtud
no cambio con sus bienes, que ésta siempre es de un modo,
y la riqueza va caprichosa de uno en otro hombre. Al principio
parece que no cultivó la poesía con alguna mira
de ser útil, sino por pura diversión y pasatiempo;
pero después extendió en verso muchas sentencias
filosóficas, y recogió varios hechos políticos,
no como historiador o para memoria, sino ya en apología
de sus disposiciones, y ya exhortando, o amonestando, o reprendiendo
a los Atenienses. Algunos dicen que intentó extender en
verso sus leyes, y hacen mención del exordio, que era en
esta forma: En el principio a Zeus, hijo de Cronos, pedimos que,
a estas leyes favorable, fausta fortuna y gloria darles quiera.
En la filosofía, aun más que a la parte moral, se
dio a la política, como los más de los sabios de
aquel tiempo; pero en la parte física es sumamente sencillo
y a la antigua, como lo manifiestan estos versos: De nieve y de
granizo inmensa copia se exprime de la nube, y nace el trueno
del rayo esplendoroso; con los vientos turbulento y furioso el
mar se torna; pero si ajena fuerza no le mueve, nada hay en la
natura más tranquilo. Solamente la filosofía de
Tales es la que parece que con sus investigaciones fue un poco
más adelante de las necesidades vulgares; a los demás,
la virtud política sola fue la que les concilió
el nombre de sabios.
IV. Dícese que esos siete sabios se reunieron todos en
Delfos, y segunda vez en Corinto, preparándoles Periandro
una conferencia y un convite. Pero lo que les ganó más
respeto y fama fue el rodeo del trípode; esto es, aquella
vuelta que dio por todos, como por una especie de disputa muy
honrosa: porque unos de la isla de Cos, según se dice,
al sacar del mar la red, vendieron a unos forasteros de Mileto
aquel lance, que todavía era incierto, y en él sacaron
un trípode de oro, que era fama haber arrojado allí
Helena cuando volvió de Troya, trayendo a la memoria cierto
oráculo. Al principio, los forasteros y los pescadores
vinieron a las manos disputándose el trípode; pero
después las mismas ciudades hicieron suya la contienda,
que paró en una guerra. Cortóla la Pitia, respondiendo
a unos y otros que se diese el trípode al más sabio.
Fue enviado en primer lugar a Tales de Mileto, regalando los de
Cos muy de su grado a un Milesio con aquello mismo por lo que
poco antes con todos los Milesios juntos habían peleado;
pero Tales tuvo por más sabio a Bías, y el trípode
pasó a él; de éste pasó a otro más
sabio, y de este modo, haciendo un círculo, volvió
a parar en Tales, hasta que por fin, remitido de Mileto a Tebas,
fue consagrado a Apolo Ismenio. Teofrasto refiere que fue a Priene
adonde primero se envió el trípode a Bías;
después a Mileto, remitiéndoselo Bías a Tales,
y después, pasando por todos, había vuelto a Bías,
y últimamente se había llevado a Delfos. Así
corre esta relación entre los más, con sola la diferencia
de que en lugar del trípode unos dicen que el presente
era una copa remitida por Creso, y otros que era un vaso que con
este objeto había dejado Baticles.
V. Particularmente entre Anacarsis y Solón, y también
entre Tales y éste, se refieren los encuentros y coloquios
siguientes. Cuéntase, pues, que Anacarsis, habiendo ido
a Atenas, se dirigió a casa de Solón, y llamando
a la puerta, dijo que había venido allí para contraer
amistad y hospedaje con él; y respondiéndole Solón
que en su casa es donde es mejor contraer amistades, le había
replicado Anacarsis: ¿Pues por qué tú
que estás en tu casa no harás amistad y hospedaje
conmigo?, con lo que, admirando Solón el ingenio
de aquel extranjero, le había recibido con gran agasajo
y le había tenido algún tiempo en su casa, cuando
ya él entendía en los negocios públicos y
estaba ordenando sus leyes. Supo esto Anacarsis, y se rió
del cuidado de Solón y de que pudiera pensar que contendría
las injusticias y codicias de los ciudadanos con los vínculos
de las leyes, que decía no se diferenciaban de las telas
de araña, sino que, como éstas, enredaban y detenían
a los débiles y flacos que con ellas chocaban, pero eran
despedazadas por los poderosos y los ricos. A esto se dice haber
contestado Solón que los hombres guardan los contratos
cuando no tiene interés en quebrantarlos ninguna de las
partes, y él había de tal modo unido las leyes con
los intereses de los ciudadanos, que todos conocían estarles
mucho mejor que quebrantarlas el obrar con justicia; pero el éxito
fue más conforme con la conjetura de Anacarsis que con
las esperanzas de Solón. Dícese también que
Anacarsis, habiéndose encontrado en una junta pública,
se había maravillado de que entre los Griegos el hablar
es la parte de los sabios y el juzgar la de los necios.
VI. Habiendo pasado Solón a Mileto a conferenciar con
Tales, dicen que se admiró de que éste de ningún
modo hubiera pensado en casarse y tener hijos; y que Tales por
entonces calló, y dejando pasar unos días, dispuso
que un forastero se presentase diciendo que acababa de llegar
en diez días de Atenas. Preguntado por Solón qué
había de nuevo en Atenas, instruido de lo que había
de decir, respondió no haber ninguna novedad, como no fuese
la de un mocito que llevaban a enterrar, acompañándole
todo el pueblo; porque, según decían, era hijo de
uno de los ciudadanos más ilustres y principales, el cual
no se hallaba allí, sino que andaba viajando hacía
tiempo; a lo que contestó Solón: ¡Ay,
desdichado! ¿Y cómo se llamaba? Oí
el nombre- repuso el otro-; pero no me acuerdo de otra cosa sino
de que se hablaba mucho de su sabiduría y su justicia.
Aumentando así el miedo en Solón a cada respuesta,
y turbado ya éste, preguntó directamente el nombre
al forastero, diciendo: ¿Sería el muerto hijo
de Solón? Y contestándoselo, empezó
a darse golpes en la cabeza y a hacer y decir lo que es común
en estos tristes casos. Entonces cuentan que Tales le detuvo y
le dijo riendo: Ve ahí, oh Solón, lo que me
ha retraído de casarme y tener hijos: esto mismo que tanto
te conmueve a ti con ser tan sufrido; pero por lo demás
sal de cuidado, porque esto no es cierto. Dice Hermipo que
esta relación es de Patalco, quien se jactaba de que tenía
el alma de Esopo.
VII. Mas es necedad, y pusilanimidad juntamente, privarse de
la posesión de las cosas laudables o provechosas por el
miedo de perderlas: porque de este modo no querría recibir
el hombre la riqueza, o la gloria, o la sabiduría que se
le presentara, temiendo ser privado de ellas; pues vemos que aun
la virtud, con la que nada es comparable en placer y belleza,
ha sido tal vez obliterada por enfermedades o con hierbas; ni
Tales, en cuanto a este miedo, adelantaba nada con no casarse,
a no ser que evitara también la posesión de los
amigos, los deudos y la patria; y aun se dice haber tenido un
hijo adoptivo, que le prohijó de una hermana, llamado Cibisto;
y es que nuestra alma tiene en sí misma un principio de
amor; y siéndole ingénito, así como el sentir,
el discurrir y el acordarse, de la misma manera el amar, se entregan
por tanto a un objeto que nada les toca aquellos a quienes les
faltan los propios: así sucede que los extraños
o no legítimos, cuando se entran en el cariño de
un hombre afectuoso, como en una casa y posesión que carece
de herederos propios, se apoderan de su ánimo, y juntamente
con hacerse amar le infunden el desvelarse y temer por ellos.
Vemos también hombres que hablan, acerca de casarse y tener
hijos, cosas más duras de lo que la naturaleza lleva; y
que estos mismos, por el hijo de un esclavo o el ahijado de una
de sus mancebas que enfermó o se murió, manifiestan
extraordinario dolor y prorrumpen en voces muy impropias; y aun
algunos, por la muerte de un perro o de un caballo, han hecho
vergonzosos extremos, y casi se han puesto a morir de sentimiento.
Otros, por el contrario, en la muerte de hijos muy dignos no se
han afligido inmoderadamente, ni han hecho nada indecoroso, y
han continuado disfrutando con juicio de la vida: porque es la
debilidad y no el amor lo que causa esos extremados pesares y
temores en hombres que no están preparados por la razón
contra la fortuna, los cuales no gozan de lo presente que desearon
porque los agita lo futuro con pesares, con recelos y con sustos,
por si serán privados de ello. Conviene, por tanto, no
quedarse bien hallado en la pobreza por el recelo de verse privado
de la hacienda, ni en la falta de amigos por la pérdida
de ellos, ni en la vida célibe por la muerte de los hijos,
sino haberse con juicio en todo; pero quizá esto es ya
más que sobrado para este lugar.
VIII. Fatigados los habitantes de la ciudad de la larga y molesta
guerra que por Salamina habían sostenido con los de Mégara,
habían establecido por ley que nadie hiciese propuesta
escrita o hablada de que se recobrara Salamina, pena de muerte
al que contraviniese. Llevaba mal Solón esta ignominia;
y viendo que muchos de los jóvenes no deseaban más
sino que se buscase cómo comenzar la guerra, no atreviéndose
a tomar la iniciativa por causa de la ley, fingió estar
fuera de juicio, e hizo que de su casa se esparciera esta misma
voz de que estaba perturbado. Trabajó en tanto, sin darlo
a entender, un poema elegíaco, que aprendió hasta
tomarlo de memoria; y hecho esto, repentinamente se dirigió
a la plaza con un gorro en la cabeza. Concurrió gran gentío,
y entonces, poniéndose sobre la piedra destinada al pregonero,
recitó cantando su elegía, que empezaba así:
De Salamina vengo, la envidiable, y este lugar en vuestra junta
ocupo para cantaros deleitables versos. Intitúlase este
poema Salamina, y es de cien versos, trabajado con mucha gracia;
lo cantó, pues, y aplaudiendo sus amigos, y sobre todo
exhortando y conmoviendo Pisístrato a los ciudadanos para
que diesen asenso a lo que habían oído, abolieron
la ley, y otra vez clamaron por la guerra, poniendo a Solón
al frente de ella. La opinión popular acerca de esto es
que encaminándose a Colfada con Pisístrato y encontrando
allí a todas las mujeres ocupadas en hacer a Deméter
el solemne y público sacrificio, envió a Salamina
un hombre de su confianza, el cual había de fingir que
se pasaba voluntariamente, y había de incitar a los Megarenses
a que sin dilación navegasen a Colíada, si querían
hacerse dueños de las mujeres más principales de
los Atenienses. Dándole los Megarenses crédito,
enviaron gente en una nave; y luego que Solón la vio zarpar
de la isla, mandó a las mujeres que se retirasen, y adornando
al punto con los vestidos, las cintas y los calzados de éstas
a aquellos jóvenes más tiernos, a quienes todavía
no apuntaba la barba, y armándolos asimismo de puñales
ocultos, les dio la orden de que jugueteasen e hiciesen danzas
en la orilla del mar, hasta que arribasen los enemigos y la nave
se les pusiese a tiro. Hecho todo como se había dispuesto,
los Megarenses se engañaron con el aspecto; acercáronse,
y echaron pie a tierra, como que iban a trabar de unas mujeres;
y así no escapó ninguno, sino que todos perecieron,
y los Atenienses, haciéndose al mar, recobraron al punto
la isla.
IX. Otros dicen que no fue así como se hizo la reconquista,
sino que primero se tuvo del dios del Delfos este oráculo:
Aplaca con ofrendas de esta tierra a los héroes ilustres
que el Asopo envuelve entre sus tornos sinuosos, y que yacen mirando
al sol poniente; que Solón, navegando de noche a la isla,
ofreció víctimas a Perifemo y Cicreas, que eran
los héroes; que después tomó consigo a quinientos
voluntarios de los Atenienses, con el convenio de que si recobraban
la isla serían árbitros de su gobierno; que haciéndose
a la vela con muchas barcas, y además con una galera de
treinta remos, se dirigió a Salamina por la parte de un
promontorio que mira a la Eubea; que los Megarenses de Salamina,
con cierta voz que nada tenía de seguro, se armaron apresuradamente,
y enviaron una nave a inquirir qué había de los
enemigos, la cual, cuando estuvo cerca de ellos, cayó en
manos de Solón, quien aprisionó a los Megarenses;
que en ella se embarcaron los más esforzados de los Atenienses,
encargándoles Solón que navegaran hacia la ciudad,
procurando ocultarse para que fuesen admitidos en ella; y finalmente,
que yendo por tierra el mismo Solón con los demás
Atenienses contra los de Mégara, mientras estaban combatiendo,
se adelantaron los de la nave y tomaron la ciudad. Parece que
viene en apoyo de esta narración lo que se ejecutaba en
Atenas; porque una nave ateniense arribaba a Salamina primero
en gran silencio; después, los habitantes de la isla, con
estrépito y algazara, acudían hacia la nave, y un
hombre armado, saliendo de ella con gritería, daba a correr
hacia el promontorio Esquiradio, al encuentro de los que venían
de la parte de tierra. Cerca de allí está el templo
de Ares, edificado por Solón en memoria de haber vencido
a los Megarenses, de los cuales a cuantos quedaron con vida dejó
libres bajo las condiciones que quiso.
X. Los demás Megarenses, recibiendo y causando alternativamente
muchos males con la continuación de la guerra, buscaron
por mediadores y árbitros a los Lacedemonios, y son muchos
los que dicen que Solón tuvo en su ayuda la fama y autoridad
de Homero, y que intercalando un verso en el catálogo de
las naves, leyó así en la misma contienda: De Salamina
Áyax conducía galeras doce, y dio con ellas fondo
donde estaban de Atenas las falanges Pero los mismos Atenienses
tienen esto por simpleza, y dicen que Solón hizo ver a
los árbitros que Fileo y Eurísaces, hijos de Áyax,
por gozar del derecho de ciudadanos de Atenas, les habían
cedido la isla, y se habían pasado a establecer el uno
en Braurón y el otro en Mélita del Ática;
y que ésta tenía una población denominada
de Fileo, que era la de los Filedos, de la cual era Pisístrato:
y aun para corroborar más su derecho contra los de Mégara
se había valido del argumento de los cadáveres,
que no estaban sepultados al uso de éstos, sino al de aquellos;
porque los de Mégara vuelven los muertos hacia el levante,
y los Atenienses hacia el poniente; lo que contradice Hereas Megarense,
afirmando que en Mégara se ponen también hacia poniente
los cuerpos de los muertos; y lo que es más, que los Atenienses
no ponen más que uno en cada nicho, y de los Megarenses
hay hasta tres y cuatro en uno mismo. En favor de Solón
dicen que hubo también algunos oráculos de la Pitia,
en los que llamó Jonia a Salamina. Decidieron este altercado
estos cinco ciudadanos de Esparta: Critolaidas, Amonfareto, Hipsécidas,
Anáxilas y Cleómenes.
XI. Era ya Solón ilustre y grande por estas cosas; pero
adquirió todavía mayor nombre y celebridad entre
los Griegos por haber sido de opinión, acerca del templo
de Delfos, de que era razón dar auxilio a los habitantes
de esta ciudad y no dejar impunes a los de Cirra, que se habían
desacatado contra el oráculo, sino más bien tomar
satisfacción de ellos en nombre del dios. A su persuasión,
pues, se movieron a hacer la guerra los Anfictíones, como
lo atestiguan otros, y también Aristóteles, en su
tratado de los vencedores en los Juegos Píticos, atribuyendo
a Solón este dictamen. Mas no fue nombrado general para
esta expedición, como refiere Hermipo haberlo dicho Evantes
de Samos, pues que Esquines, el orador, no menciona tal cosa,
y en los registros de Delfos es Alcmeón el que está
escrito por general de los Atenienses, y no Solón.
XII. Hacía ya entonces tiempo que traía inquieta
la ciudad el atentado ciloneo, desde que el arconte Megacles había
persuadido que compareciesen, para ser juzgados, a los partícipes
en la conjuración de Cilón, que se habían
acogido al templo de la Diosa; y como habiendo tomado a este fin
en sus manos un hilo de estambre atado a la estatua de la Diosa,
éste se hubiese roto por sí cuando bajaban por el
templo de las Euménides, Megacles y sus colegas trataron
de echarles mano, como que la Diosa desechaba sus ruegos; y a
los que estaban a la parte de afuera los apedrearon; los que se
refugiaron a las aras fueron muertos; y sólo quedaron con
vida los que imploraron la compasión de las mujeres de
los arcontes; desde entonces venía el que, siendo éstos
mirados como abominables o sacrílegos, se les tuviese odio.
Sucedió que los que quedaron de la facción cilónea
se hicieron otra vez poderosos, y estaban en continuos choques
con los descendientes de Megacles; y en aquella época estaba
la disensión en su mayor fuerza, y el pueblo enteramente
dividido. Solón, pues, que gozaba ya de gran crédito,
se puso de por medio con los principales de los Atenienses, y
ora con ruegos, ora con persuasiones, recabó de los llamados
sacrílegos que fuese en juicio como se defendiesen, y que
se sujetasen a una sentencia, siendo trescientos los jueces, tomados
de lo más escogido. Fue acusador Mirón de Flía;
y vencidos aquellos en la causa, cuantos de la facción
vivían salieron desterrados; y los restos de los muertos
fueron exhumados y arrojados fuera de los términos. Sobrevinieron
los de Mégara en medio de aquellas turbaciones; perdieron
los Atenienses a Nisea, y otra vez fueron despojados de Salamina.
La superstición también con sus terrores y fantasmas
se apoderó de la ciudad; y los agoreros dieron parte de
que las víctimas les anunciaban abominaciones y profanaciones,
que era preciso expiar. Vino, por tanto, de Creta a su llamamiento
Epiménides Festio, al que cuentan por séptimo entre
los sabios algunos que no ponen en este número a Periandro.
Es fama que era amado de los Dioses, inteligente en las cosas
divinas, y poseedor de la sabiduría profética y
misteriosa; por lo que los de su edad le llamaban hijo de la ninfa
Balte y nuevo Cureta. Luego que estuvo en Atenas, trabó
gran amistad con Solón, a quien preparó y como abrió
el camino para su legislación, porque con los ritos sagrados
hizo más económicos a los Atenienses, y más
moderados en sus duelos, intercalando con las obsequias ciertos
sacrificios, y quitando lo agreste y bárbaro a que en estas
ocasiones estaban acostumbradas muchas mujeres. Lo de más
importancia fue que con ciertas propiciaciones, purificaciones
y ritos inició y purificó la ciudad, y por este
medio la hizo más obediente a lo justo, y más dispuesta
a la concordia. Dícese que fijando la vista y la consideración
por largo rato sobre Muniquia, exclamó: ¡Qué
ciego es el hombre para lo futuro! Con los dientes desharían
los Atenienses este rincón, si previeran cuántas
pesadumbres les ha de costar. Otra cosa como ésta
se cuenta que conjeturó Tales: porque dispuso que después
de su fallecimiento se le enterrase en un sitio oscuro y despreciable
del territorio milesio, pronosticando que vendría día
en que aquel terreno sería la plaza de los Milesios. Admirado,
pues, Epiménides de todos, y brindado de los Atenienses
con muchos presentes, se fu, sin haber querido recibir otra cosa
que un ramo del olivo sagrado.
XIII. Libre Atenas de la inquietud de los Cilonenses con el destierro
de los excomulgados, como se ha dicho, volvió a sus sediciones
antiguas sobre gobierno, dividida el Ática en tantas facciones
cuantas eran las diferencias del territorio: porque la gente de
las montañas era inclinada a la democracia: la de la campiña
propendía más a la oligarquía, y los litorales,
que formaban una tercera división, estando por un gobierno
mixto y medio entre ambos, eran un estorbo para que venciesen
los unos a los otros. Entonces fue también cuando la disensión
entre los pobres y los ricos llegó a lo sumo, poniendo
a la ciudad en una situación sumamente delicada; tanto,
que parecía que sólo podía volver de la turbación
a la tranquilidad y al sosiego por medio de la dominación
de uno solo, porque el pueblo todo era deudor esclavizado a los
ricos, pues o cultivaban para éstos, pagándoles
el sexto, por lo que les llamaban partisextos y jornaleros, o
tomando prestado sobre las personas quedaban sujetos a los logreros,
unos sirviéndolos, y otros siendo vendidos en tierra forastera.
Muchos había que se veían precisados vender sus
hijos, pues no había ley que lo prohibiera, a abandonar
la patria por la dureza de los acreedores. La mayor parte, y los
más robustos, se reunían, y se exhortaban unos a
otros a no mirar con indiferencia semejantes vejaciones, sino
más bien elegir un caudillo de su confianza, sacar de angustia
a los que estaban ya citados por sus deudas, obligar a que se
hiciera nuevo repartimiento de tierras, y mudar enteramente el
gobierno.
XIV. En tal estado, viendo los más prudentes de los Atenienses
que Solón únicamente estaba fuera de aquellos extremos,
pues ni tenía parte en los atropellos de los ricos, ni
estaba sujeto a las angustias de los pobres, le rogaban que se
pusiese al frente de los negocios públicos y calmara aquellos
disturbios. Fanias de Lesbos escribe que Solón, con la
mira de salvar la patria, usó de artificio con unos y otros,
prometiendo a los pobres el repartimiento y a los ricos la estabilidad
de sus créditos; pero el mismo Solón dice que al
principio puso con repugnancia mano en el gobierno, por temer
la avaricia de los unos y la insolencia de los otros. Fue, pues,
elegido Arconte, después de Filómbroto, y juntamente
medianero y legislador: a satisfacción de los ricos, por
ser hombre acomodado, y de los pobres, por la opinión de
su probidad. Háblase también de esta sentencia suya,
esparcida con anterioridad: que la igualdad no engendra discordia,
y acomoda a ricos y pobres, esperando los unos una igualdad que
consista en dignidad y virtud, y los otros, una igualdad de número
y medida. Concebidas por todos grandes esperanzas, los principales
se ponían al lado de Solón, brindándole con
la tiranía, y alentándole a que confiadamente entrase
al manejo de la ciudad, en la que tal superioridad había
alcanzado. Muchos también de los de mediana condición,
considerando que la mudanza, sí había de hacerse
conforme a la ley y razón, era obra difícil y arriesgada,
no rehusaban que uno solo, tenido por el más justo y más
prudente, se encargara del mando. Algunos añaden que la
Pitia le dirigió este oráculo: En medio de la nave
el timón toma, y endereza su curso: que en tu auxilio tendrás
a muchos de la ilustre Atenas. Vituperábanle principalmente
sus allegados el que por el mal sonido del nombre rehuyese la
monarquía, como si no se convirtiera fácilmente
en reino justo por la virtud del que la ejercía, según
se había verificado antes con los Eubeos, que habían
elegido en tirano a Tinondas y los Mitileneos, que asimismo habían
elegido a Pítaco. Nada sirvió todo esto para mover
a Solón de su propósito, antes respondió
a sus amigos, según se dice: Sí, muy buena
posesión es la tiranía; pero no tiene salida;
y en sus poesías, hablando con Foco, dice: Salvé
sin tiranía el patrio suelo, y sin usar de inexorable fuerza,
que mi brillante honor manchado habría: alzo, por tanto,
sin rubor mi frente, y a todos los demás en gloria venzo.
De donde es claro que ya gozaba de gran nombre antes de la publicación
de sus leyes. Algunos se burlaron de él porque no admitió
la tiranía; y el refiere esas burlas en estos versos, hechos
a ese propósito: No fue Solón aquel que se creía
por su saber y juicio celebrado, pues brindándole Dios
con grandes bienes los desdeñó. Llamado a un lance
rico, de la mar no sacó la red hermosa; de aliento a un
tiempo y de prudencia falto. ¡Cuánto fuera mejor
llegar riquezas y en Atenas mandar siquiera un día; aunque
luego como odre le curtieran y con él acabara su linaje!
XV. Así dice que hablaban de él los bajos y despreciables;
mas no porque repudió la tiranía se condujo blanda
y débilmente en los negocios, sometiéndose a los
poderosos: ni hizo sus leyes a gusto de los que le eligieron.
No extendió, es cierto, la medicina o la novedad a lo que
de lo antiguo podía pasar: no fuese que, conmoviendo y
turbando en todas sus partes la república, no se hallara
después con bastantes fuerzas para restablecerla y conducirla
a un estado absolutamente perfecto; pero todo lo que pudo lisonjearse
de obtenerlo por medio de la persuasión, o que creyó
se sufriría, por obligar a ello la necesidad, todo lo hizo,
empleando a un tiempo, como él mismo decía, la coacción
y la justicia; por lo cual, preguntado después si había
dado a los Atenienses las mejores leyes, respondió: De
las que podían recibir, las mejores. Lo que los modernos
han dicho de los Atenienses, que lo que había en las cosas
de desagradable lo encubrían con nombres lisonjeros y humanos,
halagándolo urbanamente, llamando amigas a las mancebas;
a los tributos, tasas; custodias, a las fortalezas de las ciudades,
y edificio, a la cárcel, fue primeramente maña de
Solón, que llamó alivio de carga, a la extinción
de los créditos; porque fue este su primer acto de gobierno,
disponiendo que los créditos existentes se anulaban, y
que en adelante nadie pudiese prestar sobre las personas. Con
todo, algunos, y entre ellos Androción, han escrito que
no fue la extinción de los créditos el alivio con
que se recrearon los pobres, sino sólo la moderación
de las usuras, y que a este acto de humanidad, juntamente con
el aumento de las medidas y del valor de la moneda que también
se hizo, se le dio aquel nombre de seisacteia, o alivio de carga;
porque hizo de cien dracmas la mina que antes era de setenta y
tres, con lo que dando lo mismo en número, aunque menos
en valor, quedaban muy aliviados los que pagaban, y no sentían
detrimento los que recibían; pero los más afirman
que la seisacteia fue abolición de todos los créditos,
con lo que guardan consonancia los poemas. Gloríase en
ellos Solón de que levantó de la tierra hipotecada
los mojones fijados por todas partes; de que antes era sierva,
y ahora era libre; de que de los ciudadanos obligados por el dinero,
a unos los había restituido de país extraño,
no sabiendo ya la lengua ática por el tiempo que habían
andado errantes, y a otros que acá sufrían la indignidad
de la esclavitud los había hecho libres. Dícese
que con motivo de esta primera disposición le sobrevino
un gravísimo disgusto, porque cuando trataba de abolir
los créditos, y andaba examinando qué palabras serían
las más acomodadas, y cuál el principio más
conveniente, comunicó el pensamiento, de los amigos que
tenía de más confianza e intimidad, a Conón,
Clinias e Hipónico, diciéndoles que en cuanto al
terreno no iba a hacer novedad; pero que tenía resuelto
hacer abolición de los créditos. Estos, valiéndose
de la noticia, y adelantándose, tomaron gruesas cantidades
de los ricos, y compraron grandes posesiones: publicóse
después la ley, y como de una parte disfrutasen las tierras,
y de otra no pagasen a los acreedores, hicieron nacer contra Solón
gran sospecha y calumnia de que no era del número de los
perjudicados, sino de los que perjudicaban; pero muy luego se
vio libre de esta acusación con la pérdida que se
halló tenía que sufrir de cinco talentos, que fue
la suma que tenía dada a préstamo, siendo el primero
que la dio por extinguida conforme a la ley; algunos dicen que
fueron quince, y entre ellos Policelo de Rodas. A aquellos sus
amigos siempre los llamaron en adelante bancarroteros.
XVI. No acertó a dar gusto ni a unos ni
a otros, sino que desazonó a los ricos, aboliendo sus créditos,
y más todavía a los pobres, porque no hizo el repartimiento
de tierras que esperaban, ni los igualó ni uniformó,
como había hecho Licurgo, en los medios de vivir. Mas Licurgo,
con ser undécimo en grado desde Heracles, y haber reinado
muchos años en Esparta, teniendo en su auxilio, para cuanto
intentase, una gran dignidad, amigos y poder, hubo de valerse
más bien de la fuerza que de la persuasión, hasta
perder un ojo en la revuelta, para poder poner por obra lo más
propio para la salud y concordia de la república, que fue
el que entre sus ciudadanos no hubiera ni ricos ni pobres. Solón
no llegó tan adelante en su gobierno, siendo más
del pueblo y clase media; pero, con todo, no se quedó corto
respecto de su poder, aspirando a que todo se hiciese con la voluntad
y consentimiento de los ciudadanos. Que no agradó a los
más de ellos, lisonjeados con otras esperanzas, lo dijo
él mismo, cuando prorrumpió en estas quejas: Halagáronlos
vanas quejas; ahora, irritados, con torcidos ojos me miran cual
si fuera un enemigo. Dice también que si otro hubiera tenido
la misma autoridad, No se habría del mando desasido, ni
en paz dejado y en reposo al pueblo hasta exprimirle sustanciosa
sangre. Con todo, luego comprendieron la utilidad; y desistiendo
de sus insultos, sacrificaron en común, dando al sacrificio
el nombre de seisacteia, y nombraron a Solón reformador
del gobierno y legislador, poniendo en su arbitrio, no unas cosas
sí y otras no, sino todas absolutamente, magistraturas,
juntas, tribunales, consejos, para que en todo cuanto había
o se crease determinara el censo, número y tiempo de cada
cosa, destruyera o conservara, según le pareciese.
XVII. Lo primero que hizo fue abolir las leyes de Dracón,
a excepción solamente de la de los homicidios, todas por
la dureza y excesivo rigor de las penas, porque para casi todos
los delitos no impuso más que sola una pena: la muerte;
de manera que los convencidos de holgazanería debían
morir, y los que hurtasen hortalizas o frutas debían sufrir
el mismo castigo que los sacrílegos o los homicidas. Por
esto se celebró después el dicho de Démades,
de que Dracón había escrito sus leyes con sangre,
no con tinta; y el mismo Dracón preguntado, según
se dice, por qué había impuesto a casi todas las
faltas la pena de muerte, había respondido: que las pequeñas
las había creído dignas de este castigo, y ya no
había encontrado otro mayor para las más graves.
XVIII. En segundo lugar, deseando Solón dejar todas las
magistraturas en manos de los hombres acomodados, como entonces
lo estaban, y mezclar en lo demás el gobierno, del que
en nada participaba el pueblo, se valió del medio del censo
de los ciudadanos, y formó la primera clase de los que
en áridos y líquidos cogiesen quinientas medidas,
y de esta calidad les dio el nombre de quinientarios; la segunda,
de los que podían mantener caballo, o cogían trescientas
medidas, y a estos los llamó ecuestres, y dio la denominación
de yunteros a los de la tercera clase, que eran los que en áridos
y líquidos cogían doscientas medidas; todos los
demás llamábanse proletarios o jornaleros, los cuales
no eran admitidos a ninguna magistratura, y sólo en concurrir
a las juntas y ser tomados para jueces participaban del gobierno.
Esto, al principio, no era nada; pero luego vino a ser de gran
consecuencia, porque las más de las controversias iban
a parar a los jueces; por cuanto aun en aquellas cosas cuya determinación
se había atribuido a los magistrados concedió apelación
a los que quisiesen para ante los tribunales. Dícese además
que no habiendo escrito las leyes con bastante precisión,
y teniendo éstas diferentes sentidos, con esto se acrecentó
el poder de los tribunales, porque, no pudiendo dirimirse las
diferencias por las leyes, sucedía que era necesario el
ministerio de los jueces, y había que acudir a ellos en
todas las dudas, con lo que en algún modo tenían
las leyes bajo su potestad. Dase razón a sí mismo
de esta igualación en este modo: Al pueblo di el poder
que bien le estaba, sin que en honor ganara ni perdiera; los que
excedían en influjo y bienes, ser injustos por eso no podían:
a todos los armé de fuerte escudo; mas de vencer en injusticia
a nadie se dispensó la autoridad violenta. Advirtiendo
que todavía convenía dar más auxilio a la
flaqueza de la plebe, concedió indistintamente a todos
el poder presentar querella en nombre del que hubiese sido agraviado:
porque, herido que fuese cualquiera, o perjudicado, o ultrajado,
tenía derecho el que podía o quería de citar
o perseguir en juicio al ofensor; acostumbrando así el
legislador a los ciudadanos a sentirse y dolerse unos por otros
como miembros de un mismo cuerpo; y se cita también una
sentencia suya que consuena con la ley; porque preguntado, a lo
que parece: ¿Cuál es la ciudad mejor regida?-
Aquella, respondió, en que persiguen a los insolentes,
no menos que los ofendidos, los que no han recibido ofensa.
XIX. Estableció el Consejo del Areópago de los
que habían sido arcontes cada año, en el que por
haberlo sido también tuvo asiento; pero viendo al pueblo
todavía alterado e insolente con la remisión de
las deudas, nombró otro segundo Consejo, eligiendo de cada
tribu, que eran cuatro, cien varones, los que dispuso diesen dictámenes
con anterioridad al pueblo; de manera que ningún negocio
se llevase a la junta pública si antes no había
sido tratado en el Consejo. Al otro Consejo de arriba lo constituyó
superintendente de todo, y conservador como en dos áncoras,
estaría la república menos vacilante, y quedaría
el pueblo más sosegado. Los más son de opinión
de que, como dejamos dicho, fue Solón el que estableció
el Consejo del Areópago; y parece que está en su
favor el no haber hablado ni hecho mención alguna Dracón
de los Areopagitas, dirigiendo siempre las palabras a los Efetas
en lo que dispuso acerca de los homicidios. Pero la ley octava
de la tabla decimotercia de Solón, palabra por palabra
es en esta forma: De los infames, todos los que eran infames antes
de mandar Solón, que sean honrados; fuera de los que por
sentencia del Areópago o de los Efetas o del Pritaneo hubiesen
sido condenados por los reyes sobre muerte, robo o tiranía
y hubiesen ido a destierro cuando se publicó esta ley.
Esto indica que el Consejo del Areópago existía
antes, del mando y la legislación de Solón: si no
¿quiénes eran los condenados antes de Solón
en el Areópago, si Solón fue el primero que dio
a este Consejo la facultad de juzgar? a no ser que hubiese mala
escritura, o se hubiese cometido elipsis, queriendo significarse
que los vencidos o condenados por las causas de que conocen los
Areopagitas, los Efetas y los Pritanes, cuando se publica esta
ley, queden infames, siendo los demás rehabilitados: considérelo
cada uno por sí.
XX. De las demás leyes de Solón es, sobre todo,
singular y extraña la que disponía que fuese notado
de infamia el que en una sedición no hubiera sido de ninguno
de los dos partidos. Era su objeto, según parece, que ninguno
fuese indiferente o insensible en las cosas públicas poniendo
en seguridad las suyas propias y lisonjeándose de no padecer
y sufrir con la patria, sino que desde luego se agregara a los
que sentían mejor y con más justificación,
y les diera auxilio, corriendo riesgo a su lado, en lugar de esperar
tranquilamente a ver quién vencía. La que parece
absurda y ridícula es la que da facultad a la huérfana
que heredaba, si el que era ya su dueño y su marido según
la ley había antes caído en impotencia, de ayuntarse
con los parientes de éste. Hay quien diga que es justa
la disposición contra los que, no estando para casarse,
se unen sin embargo en matrimonio con estas huérfanas,
llevados del deseo de enriquecer, excusándose con la ley
para hacer violencia a la naturaleza; porque viendo que a la huérfana
le era permitido ayuntarse con quien quisiera, o se desistirían
de aquel matrimonio, o con vergüenza vivirían en él,
pagando la pena de su codicia y liviandad: siendo asimismo muy
bien dispuesto que no con cualquiera sino con un pariente se ayuntase
la huérfana, para que los hijos fuesen de la misma casa
y linaje. Hace al mismo propósito el que la novia hubiera
de estar encerrada con el novio, y comerse juntos un membrillo,
y el haber de reunirse el que casaba tres veces cada mes con la
huérfana; pues aun cuando no tuviesen hijos, el honor y
cariño con que era tratada una mujer de conducta eran muy
propios para disipar disgustos de una y otra parte, y para no
dar lugar a que con las riñas se enajenaran del todo los
ánimos. En los demás matrimonios quitó los
dotes, mandando que la que casaba llevase tres vestidos y algunas
alhajas de poco valor, y nada más, porque no quería
que el matrimonio fuese lucrativo o venal, sino que esta sociedad
del hombre y la mujer se fundase precisamente en el deseo de la
procreación, en el cariño y en la benevolencia.
Por eso Dionisio, pidiéndole su madre que la diera en matrimonio
a uno de los ciudadanos, le respondió que, siendo tirano,
estaba en su poder violentar las leyes de la ciudad, pero no las
de la naturaleza, concertando matrimonios fuera de la edad. Y
en las ciudades no se ha de tolerar semejante desorden, ni se
han de ver con indiferencia tales reuniones desiguales y desamoradas,
en que nada hay del objeto y fin del matrimonio; antes al anciano
que quiera enlazarse con una mocita, le aplicará muy bien
cualquiera magistrado o legislador celoso lo que se dijo contra
Filoctetes: ¡Bueno estás, desgraciado, para bodas!
y hallando en la casa de una vieja rica a un joven engordado como
perdiz en jaula, lo llevará de allí a la casa de
una mocita casadera. Mas baste lo dicho en este punto.
XXI. Es celebrada asimismo aquella ley de Solón que prohibía
tachar la fama de los muertos, porque es muy debido reputar por
sagrados a los difuntos; justo no insultar a los que ya no existen,
y conveniente que las enemistades no se hagan eternas. Respecto
de los vivos prohibió las injurias de palabra en los sacrificios,
en los juicios, en las juntas, y mientras se asistía a
los espectáculos; ordenando que al particular se le pagasen
de multa tres dracmas, y dos al erario público; porque
el no reprimir en ninguna ocasión la ira es de hombre sin
educación e incorregible: el reprimirla siempre muy dificultoso,
y para algunos imposible, y las leyes deben hacerse sobre lo posible,
si se quiere castigar a pocos con fruto, y no a muchos inútilmente.
También ha merecido elogios la ley sobre los testamentos,
porque antes no era permitido testar, sino que los bienes y la
casa del que moría debían quedar en la familia;
mas permitiendo Solón al que no tenía hijos dar
su hacienda a quien quisiese, tuvo en más la amistad que
el parentesco, y el cariño que la precisión, e hizo
que la hacienda fuese verdadera propiedad del que la tenía.
No fue, con todo, libre y sencilla enteramente esta facultad,
sino con la excepción de que el testador no hubiese sido
impulsado de enfermedad, de maleficios, de prisiones o de violencia,
o seducido por la mujer: juzgando con mucha razón y justicia
que el ser arrastrado con persuasiones fuera de lo recto en nada
se diferencia del ser violentado, y poniendo en el mismo punto
con la precisión el engaño, y con el dolor los halagos,
como igualmente capaces de sacar al hombre de juicio. Hizo, además,
sobre el salir las mujeres de casa, sobre los duelos y las fiestas,
ley que reprimía lo que era desordenado y excesivo, mandando
que aquellas no viajasen con más de tres vestidos; que
en comida y bebida no llevasen sobre el valor de un óbolo,
ni canastillo que fuese mayor de un codo, que de noche no saliesen
sino en coche y precedidas de un hacha. Vedó el lastimarse
las mujeres en los duelos, los poemas lúgubres, y el llorar
en los entierros de los extraños; ni permitió llevar
de ofrenda un buey, ni enterrar con el muerto sino lo que equivaliese
a tres vestidos, ni tampoco ir a los sepulcros ajenos, como no
fuese al tiempo de las exequias. Las más de estas cosas
han sido admitidas en nuestras leyes, las cuales añaden
que los que en ellas contravengan sean multados por los celadores
de las casas mujeriles, como hombres que se dejan llevar en los
duelos de pasiones y errores débiles y afeminados.
XXII. Como viese que la ciudad se iba llenando cada día
de hombres atraídos de todas partes al Ática por
la seguridad; que la mayor parte del terreno era ingrato y estéril,
y que la gente de mar nada solía introducir para los que
nada tenían que darles en retorno, inclinó a los
ciudadanos al ejercicio de las artes, e hizo ley sobre que el
hijo a quien no se hubiese enseñado oficio no estuviese
obligado a alimentar a su padre. Porque a Licurgo, que habitaba
una ciudad limpia de toda canalla forastera, con un territorio
suficiente para muchos, más de doble para cuantos eran,
según expresión de Eurípides, y con la muchedumbre
de Hilotas difundida por toda la Lacedemonia, a la que era conveniente
abatir, quebrantándola con el trabajo, en lugar de dejarle
tiempo para el recreo, le estuvo muy bien, apartando a sus ciudadanos
de las ocupaciones trabajosas y mecánicas, tenerlos sobre
las armas, aprendiendo y ejercitando esta sola arte. Mas Solón,
acomodando antes las leyes a las cosas que éstas a las
leyes, como observase que el territorio, por su calidad, apenas
bastaba para proveer de lo necesario a sus cultivadores, lejos
de que pudiese mantener a una muchedumbre ociosa y desocupada,
concilió estimación a las artes y encargó
al Areópago que velase sobre el modo con que cada uno ganaba
su vida y castigase a los holgazanes. Era todavía más
fuerte el que no impuso tampoco la obligación de alimentar
a sus padres a los hijos tenidos en manceba, como refiere Heraclides
Póntico, porque el que en el matrimonio desatiende lo honesto,
está claro que más toma mujer para deleite que para
la procreación, así él mismo se priva del
premio y no le queda arbitrio para quejarse de unos hijos para
quienes su mismo nacimiento es una afrenta.
XXIII. Las leyes de Solón que se hacen más de extrañar
son las relativas a las mujeres, porque dio al que sorprendiese
al adúltero la facultad de matarle; y si alguno robase
mujer libre, y la forzase, le impuso la multa de cien dracmas;
y si la sedujese, de veinte dracmas, no siendo de aquellas que
abiertamente se prostituyen, esto es, las rameras, que a las claras
frecuentan las casas de los que les pagan. No dio facultad de
vender, de las hijas o las hermanas, sino a la que fuese sorprendida
yaciendo con varón. Pues en un mismo negocio castigar una
veces dura e inexorablemente, y otras con benignidad y como por
juego, imponiendo por multa lo primero que se ofrece, parece despropósito:
a no ser que, escaseando entonces el dinero en la ciudad, hiciese
crecidas las multas la dificultad de aprontarlas. Porque en los
aprecios de los sacrificios computa una oveja y una dracma por
una fanega de trigo; al que vencía en los juegos ístmicos
mandó se le diesen cien dracmas, y quinientas al que venciese
en los olímpicos. Al que presentase un lobo le dio cinco
dracmas, y una al que presentase un lobezno; que dice Demetrio
Falereo eran el valor, aquellas, de un buey, y ésta, de
una oveja, porque los precios que en la tabla decimasexta dio
a las víctimas más señaladas era muy puesto
en razón que fuesen más altos; con todo, comparados
con los de ahora eran muy cómodos. Venía muy de
antiguo el que los Atenienses tuviesen guerra declarada a los
lobos, habitando un país que era mucho más propio
para la pastura que para el cultivo. Hay quien opina que las tribus
no tomaron al principio su denominación de los hijos de
Ion, sino de los diferentes géneros de vida; llamándose
de hoplitas, la de la gente de guerra; de ergastas, la de los
que ejercían oficios, y de las otras dos, de labradores,
la de contribuyentes, y de egícoras, la de los que estaban
dados a la pastoría y ganadería. Por cuanto el país,
careciendo de ríos perennes, de algunos lagos y de fuentes
abundantes, es escaso de agua, y por lo mismo hay que usar de
pozos artificiales, hizo ley para que, habiendo pozo común
dentro de un hípico, usasen de él: el hípico
era el espacio de cuatro estadios; mas si se estuviese a mayor
distancia, pudiese cada uno buscar agua para sí, y si cavando
en terreno propio, hasta día una vasija de seis congios,
o diez y media azumbres la profundidad de diez brazas no la encontrase,
entonces pudiera tomarla de la del vecino, llenando dos veces
cada día una vasija de seis congios, o diez y media azumbres;
porque creyó que era más razón auxiliar a
la indigencia que favorecer la desidia. Señaló también
con mucho conocimiento medidas para las plantaciones, mandando
que los que pusiesen en su campo cualesquiera otras plantas las
retirasen del campo del vecino cinco pies; pero nueve los que
plantasen higueras u olivos, por cuanto se extienden más
lejos con sus raíces, y no se aproximan sin daño
a otras plantas, sino que les roban el alimento y despiden efluvios
perjudiciales. Al que quisiese hacer zanja o fosa, le mandó
lo hiciese a tanta distancia del vecino cuanta fuese su profundidad;
y que el que formase colmenar se apartara de los anteriormente
hechos trescientos pies.
XXIV. De las producciones solamente concedió la exportación
a país extranjero del aceite, prohibiendo la salida de
todas las demás, y mandando que el arconte hiciera públicas
imprecaciones contra los extractores, o en su defecto pagara cien
dracmas al erario. Es la primera tabla la que contiene esta ley.
Pueden muy bien no ir errados, dirá cualquiera, los que
afirman que en lo antiguo era también prohibida la exportación
de los hijos, y que parece haberse dado el nombre de sicofanta
al que denunciaba a los exportadores. Dio igualmente ley sobre
el daño que causan los cuadrúpedos, en la cual mandaba
que el perro mordedor fuese entregado con una rastra de cuatro
codos, en lo que parece haber consultado a la seguridad. Da también
que pensar su ley acerca de los que habían de ganar el
derecho de ciudadanos, porque no lo concedió sino a los
que salían de su patria a destierro perpetuo y a los que
se trasladaban con toda su casa para ejercer alguna arte. Dícese
que lo dispuso así, no tanto por repeler a los demás,
como por atraer a Atenas a los que daba seguridad de disfrutar
aquel derecho; y esta confianza la ofrecían, los unos,
habiendo perdido su patria por necesidad, y los otros, habiéndola
dejado por una meditada resolución. Fue asimismo establecimiento
propio de Solón la ley sobre comer en la casa del común,
a lo que llamó asistir por veces al banquete, porque no
quiso que uno mismo concurriese a él frecuentemente; y
al que cuando le tocaba no quería asistir, le puso pena;
teniendo lo primero por avaricia, y esto segundo por desdén
y desprecio de las cosas públicas.
XXV. Dio valor a sus leyes para cien años, y las hizo
escribir en maderos cuadrados, colocados en nichos de madera que
pudiesen girar, de los cuales todavía quedan algunos restos
en el Pritaneo, dándoseles el nombre de tablas, como dice
Aristóteles; y Cratino el Cómico dice: ¡Por
Solón y Dracón!, con cuyas tablas los Atenienses
tuestan hoy el farro. Algunos son de la opinión de que
se llamaban tablas, curbeis, aquellas en que se trataba de sacerdocios
y sacrificios; cilindros con eje, axones, las demás. El
Consejo, prestó en cuerpo el juramento de hacer estables
las leyes de Solón, y luego en individuo le prestó
cada uno de los Tesmotetas en la plaza sobre la piedra del foro,
prometiendo bajo él que si quebrantaba sus disposiciones
ofrecería en Delfos una estatua de oro a su propia medida.
Conociendo la irregularidad del mes y el movimiento de la luna,
que no coincide ni con el sol poniente ni con el levante, sino
que en un mismo día se adelanta y se junta con el sol,
determinó que este mismo día se llamara primero
y nuevo, juzgando que la parte de él que precedía
a la conjunción correspondía al mes saliente, y
la otra parte al que empezaba; siendo al parecer el primero que
entendió a Homero cuando dice: Parte del mes que sale y
del que empieza. Al día siguiente le llamó Neomenia;
luego no añadía a los precedentes el que seguía
al veinte, sino que quitando y detrayendo contaba hasta el de
treinta, según aparecían las fases de la luna. Promulgadas
las leyes, cada día había gentes que buscaban a
Solón, ora alabándolas, ora reprendiéndolas
y ora aconsejando que en las escritas añadiese o quitase
lo primero que les ocurría. Muchos le hacían preguntas,
criticaban, y le rogaban les explicase y declarase en cada cosa
cuál era su sentido. Viendo, pues, que el no hacerlo era
extraño, y que el condescender era desagradable y molesto,
quiso sustraerse a tales dudas y a las incomodidades y disputas
de los ciudadanos; porque, como dijo él mismo, en las cosas
grandes es muy difícil agradar a todos: por tanto, tomando
por pretexto el tráfico de mar para sus viajes, se hizo
a la vela, habiendo pedido a los Atenienses se le permitiera ausentarse
por diez años, con la esperanza de que en este tiempo ya
se les habrían hecho familiares sus leyes.
XXVI. Dirigióse primero a Egipto, y allí se detuvo,
como lo dijo él mismo, Del Nilo en la anchurosa embocadura,
y junto a la ribera de Canopo. Allí gastó cierto
tiempo en filosofar con Psenofis de Heliópolis, y con Sonquis
de Sais, los más sabios e instruidos de aquellos sacerdotes;
y habiendo oído en las conferencias que con ellos tuvo
la relación de la Atlántida, se propuso, como dice
Platón, exponerla a los Griegos en un poema. Navegando
de allí a Chipre, fue muy estimado de Filocipro, uno de
los reyes de la isla, el cual habitaba una ciudad pequeña,
fundada por Demofoonte el de Teseo en la ribera del río
Clario, en un sitio, fuerte sí, pero áspero y estéril.
Persuadióle, pues, Solón que trasladando la ciudad
a la llanura inmediata la hiciese más extensa y agradable,
y presenciándolo, tomó a su cuidado la fábrica
y el adornarla lo posible para la conveniencia y para la seguridad,
por lo cual eran muchos los habitantes que acudían a Filocipro,
con envidia de los otros reyes. Agradecido éste por tanto,
hizo a Solón la honra de que, llamándose antes la
ciudad Epia, de su nombre se llamase Solos. Hace mención
él mismo de esta fundación, porque saludando en
sus elegías a Filocipro, le dice: Tú ahora en Solos
reines largos años, y en pos de ti la habite tu linaje.
A mi Cipris, de violas coronada, de esta isla bella en la ligera
nave ileso y sin peligro me conduzca; y de la fundación
en grato premio me dé que vuelva a ver la dulce patria.
XXVII. Su viaje a la corte de Creso hay algunos que lo miran
como invento y ficción anacrónica; mas yo una narración
tan pregonada por la fama, contestada por tantos testigos, y lo
que es más, tan conforme con las costumbres de Solón,
y tan digna de su prudencia y sabiduría, no me parece que
debo desecharla en obsequio de ciertas reglas cronológicas
que millares de escritores andan rectificando hasta hoy, sin que
les sirvan para venir a un sentir común entre tantas opiniones
contradictorias. Dícese, pues, que llegado Solón
a Sardis a ruegos de Creso, le sucedió lo mismo que a los
que de las tierras interiores se encaminan al mar por la primera
vez; y es que creen ser el mar cada uno de los ríos que
van encontrando: así Solón, discurriendo por el
palacio, y viendo a muchos de los palaciegos costosamente vestidos,
y afectando gravedad entre una turba de ministros y guardias,
cada uno creía que era Creso, hasta que llegó éste,
que se hallaba recostado, teniendo de adorno todo cuanto en pedrería,
en los colores del vestido y en alhajas de oro podía verse
de más preciado y apetecido para que fuese un espectáculo
sumamente vario y majestuoso. Cuando Solón llegó
a ponérsele enfrente, nada se advirtió en él,
ni nada dijo a tal novedad de lo que Creso había imaginado;
antes cualquiera hombre sagaz comprendiera con facilidad que miraba
con desprecio toda aquella insolente y necia ostentación;
por lo cual mandó el rey que los tesoros de todas sus riquezas,
y cuanto quedaba en su guardajoyas y guardarropa, se mostrara
y pusiera a la vista de quien no necesitaba ni mirarlos, teniendo
lo bastante en él mismo para juzgar de sus costumbres y
carácter. Cuando volvió de haberlo registrado todo,
le preguntó Creso si conocía entre los hombres quien
fuese más feliz que él; respondióle Solón
que había conocido a un su ciudadano llamado Tello; y habiéndole
explicado que este Tello, hombre bueno, habiendo dejado unos hijos
muy recomendables, y habiendo vivido sin verse en escasez de nada
de lo que se contempla necesario, había tenido una muerte
gloriosa, declarado benemérito de la patria, túvole
desde luego Creso por extravagante e inurbano, pues que no ponía
en el oro y la plata la medida de la felicidad, sino que tenía
en más la vida y muerte de un hombre particular y plebeyo
que toda aquella majestad y poderío. Con todo, volvióle
a preguntar si además de Tello había conocido alguno
otro más feliz: volviendo Solón a responder que
conoció a Cleobis y Bitón, hermanos, muy amantes
entre sí y muy amantes de su madre, los cuales, como los
bueyes se tardasen, poniendo sus cuellos bajo el yugo de la carroza,
habían llevado a su madre al templo de Hera entre las bendiciones
de todos los ciudadanos y con el mayor contento suyo, y ellos
después, habiendo hecho sacrificios y libaciones, ya no
volvieron a levantarse más, sino que se conoció
claramente que habían tenido una muerte libre de todo dolor
e incomodidad, en medio de tanta gloria y aplausos. Enfadado ya
entonces, le dijo Creso: ¿Conque a mí no me
das lugar ninguno en el número de los felices? Solón
a esto, no queriendo adularle, ni tampoco irritarle más,
A los Griegos, oh rey de Lidia- le contestó-, nos
ha concedido Dios una medianía en muchas cosas, y nos ha
hecho participantes de cierta sabiduría tranquila y confiada,
según parece, la cual es toda popular, no regia y brillante,
como nacida de aquella misma medianía; ésta, pues,
viendo sujeta la vida a tan diversas fortunas, no nos deja engreírnos
con los bienes presentes, ni admirar en el hombre una felicidad
que puede tener mudanza con el tiempo; porque cada uno tiene sobre
sí un porvenir muy vario, por lo mismo que es incierto;
y aquel tenemos por feliz a quien su buen hado le ha proporcionado
ser dichoso hasta el fin. Mas la felicidad del que todavía
está vivo y sujeto a riesgos es insegura y falible, como
el parabién y la corona del que todavía está
peleando. Dicho esto, se retiró Solón, dejando
disgustado a Creso, pero no corregido.
XXVIII. Hallábase en Sardis el fabulista Esopo, llamado
por Creso; y siendo tratado con distinción, estaba mal
con Solón, porque no era capaz de ninguna condescendencia;
así, en aire de amonestación, le dijo: ¡Oh,
Solón! con los reyes o se ha de conversar poco o a su gusto,
y Solón a esto: O muy poco o para su bien.
Pero ello es que por entonces Creso hizo poca cuenta de él.
Cuando más adelante, peleando con Ciro, fue vencido en
la batalla, perdió su ciudad, y, quedando prisionero, iba
a ser quemado vivo; dispuesta ya la hoguera, al ir a ser arrojado
en ella sujeto con prisiones, a presencia de muchos Persas y del
mismo Ciro, levantando la voz cuanto alcanzó y pudo, gritó
hasta tres veces: ¡Oh Solón! Maravillóse
Ciro, y envió a que le preguntaran qué hombre o
qué dios era aquel Solón a quien en tan grande infortunio
evocaba. Creso, sin omitir nada, respondió: Este
era un hombre sabio entre los Griegos, al que yo envié
a llamar, no porque quisiere oír o aprender nada de lo
que me convenía, sino para que viese y fuera testigo de
aquella dicha que es mayor mal haberla perdido que fue bien el
poseerla, porque era fábula y opinión de bien mientras
fue presente, pero su mudanza remata en males gravísimos
e insufribles tormentos; y aquel varón, conjeturando de
lo de entonces lo que ahora sucede, me excitaba a que atendiera
al término de la vida, y no me perjudicara a mí
mismo, seducido con opiniones instables. Luego que hizo
esta relación, siendo Ciro más avisado que Creso,
y viendo confirmado el dicho Solón con aquel ejemplar,
no sólo dejó libre a Creso, sino que le tuvo consideración
mientras vivió, y tuvo Solón respecto de estos dos
reyes la gloria de haber con una palabra sola salvado al uno e
instruido al otro.
XXIX. Suscitáronse en la ausencia de Solón nuevos
alborotos, estando al frente de los de la tierra llana Licurgo;
de los litorales, Megacles de Alcmeón, y Pisístrato,
de los de las montañas, en cuya facción se comprendía
la turba jornalera, que era la más desafecta a los ricos:
de manera que todavía regían en la ciudad las mismas
leyes; pero se esperaban novedades en los negocios y se deseaba
por todos nuevo trastorno, aguardando, no ya una igualdad, sino
salir cada uno mejor librado en la mudanza, y dominar a los de
los otros partidos. Vuelto Solón a Atenas cuando las cosas
se hallaban en este estado, de todos recibió las mismas
muestras de respeto y honor; mas para tratar y manejar los negocios
públicos no se hallaba con el mismo poder y ardor a causa
de su vejez, por lo que privadamente se dirigió a los jefes
de los partidos con intento de deshacer éstos y de reconciliarlos,
pareciéndole que, más que de los otros, sería
escuchado de Pisístrato. Porque tenía gracia y afabilidad
para el trato, era benéfico con los pobres y en las enemistades
era suave y moderado. Aun aquellas dotes de que por naturaleza
carecía, las imitaba de manera que parecían ser
más suyas que las que realmente le asistían: así
pasaba por hombre prudente y modesto, por amante de la igualdad
y por opuesto a los que pudieran pensar en alterar el estado presente
y promover novedades, de forma que engañó a muchos.
Mas Solón luego conoció su índole, y fue
el primero en prever sus ideas insidiosas; sin embargo, no se
indispuso con él, sino que procuró ablandarle y
corregirle, diciéndole a él mismo y a otros que
si su alma se purgara del amor a la preferencia, y se curara del
deseo de reinar, no habría ninguno ni más bien dispuesto
para la virtud, ni mejor ciudadano. Comenzaba entonces Tespis
a alterar la tragedia, de cuya novedad eran muchos atraídos,
aunque todavía no había llegado a ser materia de
contiendas y certámenes, y Solón, que por carácter
era amigo de oír y aprender, y que en la vejez se había
dado más todavía a la quietud, al estudio, a la
música, y aun a los banquetes, asistió a un drama
en que, como entre los antiguos era costumbre, representó
el mismo Tespis. Acabado el espectáculo, saludó
a éste y le preguntó cómo no se avergonzaba
de haber acumulado tanta mentira; y como le respondiese éste
que nada había de malo en que aquellas cosas se dijesen
por entretenimiento, dando Solón un fuerte bastonazo en
el suelo: Pronto- repuso-, aplaudiendo y dando aprecio a
este entretenimiento, nos hallaremos con él en nuestros
negocios y contratos.
XXX. Después que Pisistrato, lastimándose con sus
propias manos, se hizo llevar en carroza a la plaza, e irritó
al pueblo con hacerle creer que sus enemigos, por causa de la
república, le habían ultrajado, siendo muchos los
que con grande gritería se mostraban indignados del caso,
corrió Solón hacia él, y parándose
a su lado: Muy poco a propósito remedas, oh hijo
de Hipócrates- le dijo-, al Ulises de Homero, porque para
dominar a tus ciudadanos haces aquello propio con que Ulises engañó
a sus enemigos, lastimándose a sí mismo. De
estas resultas, la muchedumbre se mostraba dispuesta a defender
a Pisístrato; juntáse el pueblo, y haciendo Aristón
proposición por escrito de que para custodia de su persona
se dieran a Pisístrato cincuenta maceros, levantándose
Solón lo contradijo, e hizo presentes al pueblo muchas
cosas por el término de éstas que escribió
en sus poemas: Os pagáis de la lengua y las palabras de
un hombre enlabiador y artificioso; mas no miráis, atentos,
su conducta. Una astuta vulpeja cada uno, sois todos juntos un
tropel de bobos. Mas viendo que los pobres, decididos a servir
a Pisístrato, movían alborotos, y que los ricos
se retiraban sobrecogidos de miedo, se retiró también,
diciendo que era más avisado que los unos y más
alentado que los otros: más avisado que los que no comprendían
qué era lo que en realidad había habido, y más
alentado que los que comprendiéndolo, temían contrarrestar
a la tiranía. Sancionó el pueblo el decreto, y no
anduvo en cortapisas con Pisístrato sobre el número
de los maceros, sino que le dejó mantener y llevar consigo
cuantos quiso, hasta que se apoderó de la ciudadela. Verificado
esto, como la ciudad se conmoviese ya contra él, Megacles
y los demás Alemenoides huyeron; Solón era ya entonces
demasiado anciano, y no tuvo quien le auxiliase; mas, sin embargo,
se presentó en la plaza y arengó a los ciudadanos,
vituperando por una parte su inconsideración y afeminamiento,
y exhortándolos e incitándolos por otra a no hacer
el abandono de su libertad. Entonces les dijo aquella memorable
sentencia: que antes les habría sido más hacedero
impedir que naciese la tiranía; pero entonces les sería
más laudable y glorioso el arrancarla y desarraigarla,
cuando ya estaba prendida y consistente; y como por el miedo nadie
se pusiese a su lado, se fue a su casa, y tomando sus armas, las
puso fuera de la puerta, y dijo: Por mi parte, he servido
cuanto he podido a la patria y a las leyes. Y de allí
en adelante hubo de estarse quieto. Instábanle los amigos
para que huyese; pero no les dio oídos, y componiendo unos
versos, reconvenía así a los Atenienses: Si tenéis
que sufrir, vuestra es la culpa; no de los Dioses lo llaméis
castigo. Dando vosotros alas a estas gentes, los habéis
ensalzado, y ahora el premio es una torpe y mala servidumbre.
XXXI. En tanto, eran muchos los que le advertían que iba
a ser víctima del tirano; y como le preguntasen qué
era en lo que tan imprudentemente confiaba, En la vejez,
les respondió. Mas con todo Pisístrato, apoderado
ya de toda la autoridad, tuvo tanto miramiento con Solón,
honrándole, contemplándole y enviándole a
llamar, que fue éste su consultor, y aun celebró
algunas de las cosas que hacía; porque aquel conservó
la mayor parte de las leyes de Solón, guardándolas
primero él mismo, y precisando a ello a sus amigos; y llamado
a juicio sobre un homicidio al Areópago cuando ya dominaba,
compareció con gran modestia para defenderse, sino que
el acusador se desistió. Publicó además por
si otras leyes, de las cuales es una la que disponía que
los imposibilitados en la guerra fuesen mantenidos del erario
público; lo que dice Heraclides, imitó Pisístraío
de Solón, que decretó se hiciese así con
Tersipo, que había quedado estropeado; y según testimonio
de Teofrasto, no fue Solón el que hizo la ley contra la
ociosidad, sino Pisístrato, que con ella hizo todo el país
más activo y alivió de ciertas gentes a la ciudad.
Solón, habiendo entonces emprendido la relación
o fábula de la Atlántida, de que se instruyó
en los coloquios que tuvo en Sais, por creer que convenía
a los Atenienses, hubo de abandonar aquel trabajo, no por sus
ocupaciones, como dice Platón, sino por la vejez, acobardado
con lo grande de la empresa; porque la sobra que tenía
de ocio la indica aquella expresión: Me hago anciano, aprendiendo
cada día. Y estas otras: Son las obras en que ahora me
complazco las de Afrodita y Baco y de las Musas, que forman de
los hombres las delicias.
XXXII. Como solar vacante en país delicioso, a que tenía
derecho por el parentesco, tomó Platón por su cuenta
para edificar en él y exornarlo, el argumento de la Atlántida,
y al exordio le puso tan magníficas portadas, y tales muros
y patios, cuales no los tuvo nunca ninguna relación, o
fábula, o poema; mas lo emprendió tarde, y antes
que con la obra acabó con la vida, dejándonos tanto
más deseosos e incomodados por lo que falta, cuanto más
divierte y recrea lo que alcanzó a escribir; porque así
como la ciudad de Atenas, entre sus grandes obras, sólo
dejó imperfecto el templo de Zeus Olímpico, de la
misma manera la sabiduría de Platón sólo
dejó sin acabar la obra de la Atlántida. Sobrevivió
Solón a la tiranía de Pisístrato, según
el testimonio de Heraclides Póntico, largo tiempo; mas
según el de Fanias de Éreso, menos de dos años;
porque Pisístrato se apoderó de la autoridad bajo
el arconte Comias, y según Fanias, murió Solón
bajo el arconte Hegestrato, que sucedió a Comias. El haber
sido después de quemado su cuerpo aventada la ceniza por
la isla de Salamina, debe tenerse, a causa del ningún motivo
que para ello hubo, por enteramente increíble y fabuloso,
sin embargo de haberlo escrito muchos autores fidedignos, y entre
ellos el filósofo Aristóteles.
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