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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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TIBERIO
I. Habiendo referido ya la primera historia,
nos quedan que ver no menores infortunios en la pareja romana,
contraponiendo las vidas de Tiberio y Gayo. Eran hijos de Tiberio
Graco, que, con haber sido censor de los romanos, cónsul
dos veces y habiendo obtenido dos triunfos, todavía fue
mayor la dignidad que debió a su virtud. Fue, por tanto,
merecedor de tomar en matrimonio a Cornelia, hija de Escipión,
el que venció a Aníbal, después de la muerte
de éste, aunque no había sido su amigo, sino más
bien de otro partido en el gobierno. Dícese que cogió
una vez una pareja de dragones sobre su lecho, y que, habiendo
examinado los agoreros este portento, no dejaron que se diera
muerte a los dos, ni que los dos quedaran, sino que se eligiera
uno, en la inteligencia de que, si se mataba el macho, esto anunciaba
la muerte a Tiberio, y si la hembra, a Cornelia; y, finalmente,
que amando mucho Tiberio a su mujer, y juzgando que era más
conveniente morir él el primero, por tener más edad,
pues Cornelia era todavía joven, mató de las serpientes
el macho y dejó la hembra; y después, al cabo de
poco tiempo, murió, dejando doce hijos tenidos en Cornelia.
Encargada ésta de los hijos y de la casa, se mostró
tan prudente, tan amante de sus hijos y tan magnánima,
que entendieron todos no haber andado errado Tiberio en anteponer
su muerte a la de semejante mujer, la cual no admitió el
matrimonio del rey Tolomeo, que partía con ella la diadema
y la pedía por mujer, y permaneciendo viuda, perdió
todos los demás hijos, a excepción de una hija,
que casó con Escipión el Menor, y los dos hijos
Tiberio y Gayo, cuya vida escribimos; a los que dio tan esmerada
crianza, que con ser, a confesión de todos, los de mejor
índole entre los romanos, aun parece que se debió
más su virtud a la educación que a la Naturaleza.
II. Pues que en la semejanza de los Dióscuros, en sus
imágenes pintadas o esculpidas se nota alguna diferencia
que indica ora lo luchador, ora lo corredor de caballos, y de
la misma manera en el grande aire que se dan estos jóvenes
en el valor y modestia, en la liberalidad, en la elocuencia y
en la elevación de ánimo, todavía salen y
se notan en sus hechos y manera de gobiernos grandes desemejanzas;
me parece que no será fuera de propósito que preceda
su explicación. En primer lugar, en las facciones del rostro,
en el mirar y en los movimientos, Tiberio era dulce y reposado,
y Gayo fogoso y vehemente: tanto, que para hablar en público
el uno permanecía sosegado en el mismo sitio, y el otro
fue el primero de los Romanos que empezó a dar pasos en
la tribuna y a desprenderse la toga del hombro, al modo que se
refiere de Cleón el Ateniense haber sido el primero de
aquellos oradores que se desprendía el manto y se golpeaba
el muslo. En segundo lugar, el estilo de Gayo era acalorado y
cargado de afectos, con tendencia a lo terrible, y el de Tiberio
más dulce y más propio para mover a la compasión.
En la dicción, el de éste era puro y trabajado con
estudio; el de Cayo, persuasivo y florido. Del mismo modo, en
cuanto al orden de vida y a la mesa, Tiberio parco y sencillo,
y Gayo, si se le comparaba con los demás, sobrio y austero;
pero mirada la diferencia con el hermano, lujoso y delicado; así
es que Druso le afeó el haber comprado unas mesas délficas
de plata, que le costaron a razón de mil doscientas cincuenta
dracmas la libra. En sus costumbres, con relación a la
diferencia del estilo, el uno era afable y benigno y el otro pronto
e iracundo: de manera que, hablando en público, se dejaba
muchas veces arrebatar de la ira contra su mismo propósito,
con lo que se levantaba la voz, prorrumpía en dicterios
y desordenaba el discurso; y por lo tanto, para reparo de este
acaloramiento, tenía cerca de sí a su esclavo Licinio,
que no carecía de talento, el cual, puesto a su espalda
con el instrumento que sirve para dar los tonos, cuando advertía
que precipitaba y cortaba la pronunciación por el demasiado
ardimiento, le daba un tono bajo y suave, y en oyéndole,
inmediatamente volvía sobre sí, templaba el calor
de los afectos, y bajaba la voz con la mayor docilidad.
III. Estas eran las diferencias que entre ellos había;
pero la fortaleza contra los enemigos, la justicia con los súbditos,
la actividad en los cargos y la continencia en los placeres era
en ambos una misma. En cuanto a la edad, Tiberio tenía
nueve años más y esto hizo que ejerciesen autoridad
en distintos tiempos, lo que no fue de pequeño perjuicio
para sus empresas, por no haber florecido a un tiempo ni podido
reunir sus fuerzas, que juntas las de ambos hubieran sido grandes
e insuperables. Hablaremos, pues, separadamente de cada uno, y
primero del de más edad.
IV. Éste, pues, apenas salió de la puericia tuvo
ya tanto nombre, que al punto se le reputó digno del sacerdocio
llamado de los Augures, más bien por su virtud que por
su ilustre origen. Manifestólo así Apio Claudio,
varón consular y censorio, primero por su dignidad entre
los senadores de Roma, y muy aventajado en prudencia a los de
su edad, porque, comiendo juntos los agoreros, habló y
saludó con singular cariño a Tiberio, y él
mismo lo pidió para esposo de su hija; y habiéndole
él otorgado con la mejor voluntad, hechos en esta forma
los esponsales, al entrar Apio en su casa empezó desde
la puerta a llamar a su mujer y a decirle en voz alta: Antistia,
he dado esposo a Claudia; y admirada aquella: ¿Qué
prisa o qué precipitación es esa- le respondiócomo
no sea Tiberio el marido que le has proporcionado? Bien
sé que algunos refieren esto al padre de los Gracos, Tiberio,
y a Escipión el Africano, pero los más son de nuestro
sentir, y Polibio dice que después de la muerte de Escipión
el Africano sus deudos prefirieron entre todos a Tiberio para
darle en matrimonio a Cornelia, significando con esto que el padre
la había dejado sin desposar ni prometer. Militó
el joven Tiberio en África con Escipión el Menor,
que estaba casado con su hermana; y viviendo en una misma tienda
con el general, al punto comprendió su índole, que
daba grandes y continuos ejemplos de virtud, dignos de que todos
los emulasen e imitasen. Bien presto, pues, se aventajó
a todos los jóvenes en disciplina y en valor, y fue el
primero que trepó al muro enemigo, como lo escribe Fanio,
diciendo que él también subió con Tiberio
y participó de aquel prez de valor. Así, mientras
estuvo presente, tuvo el amor de los soldados, y después
de haber partido del ejército fue muy sentida su ausencia.
V. Nombrado cuestor después de aquella guerra, cúpole
en suerte militar contra los de Numancia con el Cónsul
Cayo Mancino, varón no vituperable, pero el general más
desgraciado de todos los Romanos; por lo tanto, resplandeció
más en acontecimientos tan extraños de fortuna y
en semejantes adversidades no sólo la puntualidad y valor
de Tiberio, sino lo que es de admirar, su veneración y
respeto hacia el caudillo, cuando él mismo, oprimido de
tantos males, hasta de que era general se había olvidado.
Porque vencido en grandes y continuados combates, intentó
retirarse de noche, abandonando el campamento; pero habiéndolo
percibido los Numantinos, tomaron éste inmediatamente,
cayeron sobre los fugitivos, dieron muerte a los que alcanzaron,
y envolvieron por fin todo el ejército, impeliéndole
hacia lugares ásperos, de los que no había salida;
por lo que, desesperado Mancino de todo buen término, hizo
publicar que trataría con ellos de conciertos de paz; pero
respondieron que no se fiarían sino de sólo Tiberio,
proponiendo que fuera éste el que se les enviara. Movíanse
a ello ya por el mismo joven, a causa de la fama que de él
había en el ejército, y ya también acordándose
de su padre Tiberio, que haciendo la guerra a los Españoles,
y habiendo vencido a muchas gentes, asentó paz con los
Numantinos, y confirmada por el pueblo, la guardó siempre
con rectitud y justicia. Enviado, pues, Tiberio, entró
con ellos en pláticas, y ora haciendo recibir unas condiciones,
ora cediendo en otras, concluyó un tratado por el que salvó
notoriamente a veinte mil ciudadanos Romanos, sin contar los esclavos
ni la demás turba que no entra en formación.
VI Cuanto quedó en el campamento lo tomaron o destruyeron
los Numantinos. Había entre estos despojos unas tablas
pertenecientes a Tiberio, que contenían las cuentas de
su cuestura, y que en gran manera deseaba recobrar, por lo cual,
retirado ya el ejército, volvió a la ciudad con
tres o cuatro de sus amigos. Llamando, pues, a los magistrados
de los Numantinos, les rogó que le entregaran las tablas,
para no dar a sus contrarios ocasión de calumniarle por
no tener con qué defenderse acerca de su administración.
Alegráronse los Numantinos con la feliz casualidad de poder
servirle, y le rogaban que entrase en la población, y como
se parase un poco para deliberar, acercándose a él,
le cogían del brazo, repitiendo las instancias y suplicándole
que no los mirara ya como enemigos, sino que como amigos se fiara
y valiera de ellos. Resolvióse, por fin, a hacerlo así,
deseoso de recobrar las tablas, y temeroso de que entendieran
los Numantinos que tenía desconfianza; y entrando en la
ciudad, le convidaron a comer, interponiendo toda especie de ruegos
para que comiera alguna cosa sentado con ellos, Restituyéronle
después las tablas, y le propusieron que de lo demás
del botín tomara lo que gustase; mas no tomó otra
cosa que un poco de incienso, porque usaba de él para los
sacrificios públicos, y con esto se retiró, saludándolos
y despidiéndose con demostraciones de afecto.
VII. Luego que volvió a Roma, aquel tratado se miró
como ofensivo e ignominioso a la república, y fue por lo
tanto puesto en examen y objeto de acusación; pero los
deudos y amigos de los soldados, que eran una gran parte del pueblo,
poniéndose alrededor de Tiberio, imputaron al general todo
lo que el suceso había tenido de afrentoso, y atestiguaron
que por él se habían salvado tantos ciudadanos.
En tanto, los que atacaban el tratado decían que en aquel
caso debían los Romanos imitar a sus antepasados; porque
también éstos a los cónsules que se dieron
por contentos con recibir libertad de los Samnites los arrojaron
desnudos en manos de los enemigos, y a cuantos intervinieron y
tuvieron parte en los tratados, como los cuestores y comandantes,
igualmente los entregaron; haciendo que recayera sobre éstos
el perjurio y el quebrantamiento de los pactos; pero aquí
fue donde principalmente se vio el interés y amor con que
el pueblo miraba a Tiberio; porque decretaron que el cónsul,
desnudo y atado, fuese entregado a los Numantinos, y a todos los
demás los trataron con indulgencia, a causa de Tiberio.
Parece que contribuyó también a ello Escipión,
que era entonces el principal y de mayor poder entre los Romanos;
sin embargo, no faltaba quien le culpase de no haber salvado a
Mancino ni procurado que se guardara a los Numantinos un tratado
hecho por su deudo y amigo Tiberio. Bien es que esta acusación,
a lo que parece, se debió en gran parte al amor propio
de Tiberio, un poco ofendido, y a las conversaciones con que los
amigos de éste y algunos sofistas le acaloraban; pero al
cabo esta ligera desazón no tuvo consecuencia ninguna triste
o desagradable. En lo que para mí no cabe duda es en que
Tiberio no se habría visto en las adversidades que le sobrevinieron,
si a sus operaciones de gobierno hubiera estado presente Escipión
el Africano; pero ahora, cuando éste se hallaba ya en España,
ocupado en la guerra de Numancia, fue cuando se dedicó
a promover el establecimiento de nuevas leyes con la ocasión
siguiente.
VIII. Los Romanos de todas las tierras que por la guerra ocuparon
a los enemigos comarcanos, vendieron una parte, y declarando pública
la otra, la arrendaron a los ciudadanos pobres y menesterosos
por una moderada pensión, que debían pagar al Erario.
Empezaron los ricos a subir las pensiones; y como fuesen dejando
sin tierras a los pobres, se promulgó una ley que no permitía
cultivar más de quinientas yugadas de tierra. Por algún
tiempo contuvo esta ley la codicia, y sirvió de amparo
a los pobres para permanecer en sus arrendamientos y mantenerse
en la suerte que cada uno tuvo desde el principio; pero más
adelante los vecinos ricos empezaron a hacer que bajo nombres
supuestos se les traspasaran los arriendos, y aun después
lo ejecutaron abiertamente por sí mismos; con lo que, desposeídos
los pobres, ni se prestaban de buena voluntad a servir en los
ejércitos, ni cuidaban de la crianza de los hijos, y se
estaba en riesgo de que la Italia toda se quedara desierta de
población libre y se llenara de calabozos de esclavos,
como los de los bárbaros: porque con ellos labraban las
tierras los ricos, excluidos los ciudadanos. Intentó poner
en esto algún remedio Gayo Lelio, el amigo de Escipión,
pero encontró grande oposición en los poderosos;
y porque, temiendo una sedición, desistió de su
empresa, mereció el sobrenombre de sabio o prudente, que
es lo que significa a un mismo tiempo la voz sapiens. Mas nombrado
Tiberio tribuno de la plebe, al punto tomó por su cuenta
este negocio, incitado, según dicen los más, por
el orador Diófanes y el filósofo Blosio. Era Diófanes
un desterrado de Mitilena, y Blosio de allí mismo, natural
de Cumas, en Italia; al cual, habiendo sido en Roma discípulo
de Antípatro de Tarso, dedicó éste sus tratados
de filosofía. Algunos dan también algo de culpa
a su madre Cornelia, que les echaba en cara muchas veces el que
los Romanos le decían siempre la suegra de Escipión,
y nunca la madre de los Gracos. Mas otros dicen haber sido la
causa un Espurio Postumio, de la misma edad de Tiberio y que competía
con él en las defensas de las causas: porque como al volver
del ejército lo encontrase muy adelantado en gloria y gozando
de grande fama, quiso, a lo que parece, sobreponérsele,
haciéndose autor de una providencia arriesgada y que ponía
a todos en gran expectación; pero su hermano Gayo dijo
en un escrito que, al hacer Tiberio su viaje a España por
la Toscana, viendo la despoblación del país, y que
los labradores y pastores eran esclavos advenedizos y bárbaros,
entonces concibió ya la primera idea de una providencia
que fue para ellos el manantial de infinitos males. Tuvo también
gran parte el pueblo mismo, acalorando y dando impulso a su ambición
con excitarle por medio de carteles, que aparecían fijados
en los pórticos, en las murallas y en los sepulcros, a
que restituyera a los pobres las tierras del público.
IX. Mas no dictó por sí solo la ley, sino que tomó
consejo de los ciudadanos más distinguidos en autoridad
y en virtud, entre ellos de Craso el Pontífice máximo,
de Mucio Escévola el Jurisconsulto, que era cónsul
en aquel año, y de Apio Claudio, su suegro. Parece además
que no pudo haberse escrito una ley más benigna y humana
contra semejante iniquidad y codicia; pues cuando parecía
justo que los culpados pagaran la pena de la desobediencia, y
sobre ella sufrieran la de perder las tierras que disfrutaban
contra las leyes, sólo disponía que, percibiendo
el precio de lo mismo que injustamente poseían, dieran
entrada a los ciudadanos indigentes. Aunque el remedio era tan
suave, el pueblo se daba por contento, y pasaba por lo sucedido
como para en adelante no se le agraviara; pero los ricos y acumuladores
de posesiones, mirando por codicia con encono a la ley, y por
ira y tema a su autor, trataban de seducir al pueblo, haciéndole
creer que Tiberio quería introducir el repartimiento de
tierras con la mira de mudar el gobierno y de trastornarlo todo.
Mas nada consiguieron; porque Tiberio, empleando su elocuencia
en una causa la más honesta y justa, siendo así
que era capaz de exornar otras menos recomendables, se mostró
terrible e invicto cuando, rodeando el pueblo la tribuna, puesto
en pie, dijo, hablando de los pobres: Las fieras que discurren
por los bosques de la Italia, tienen cada una sus guaridas y sus
cuevas; los que pelean y mueren por la Italia sólo participan
del aire y de la luz, y de ninguna otra cosa más, sino
que, sin techo y sin casas, andan errantes con sus hijos y sus
mujeres; no dicen verdad sus caudillos cuando en las batallas
exhortan a los soldados a combatir contra los enemigos por sus
aras y sus sepulcros, porque de un gran numero de Romanos ninguno
tiene ara, patria ni sepulcro de sus mayores; sino que por el
regalo y la riqueza ajena pelean y mueren, y cuando se dice que
son señores de toda la tierra, ni siquiera un terrón
tienen propio.
X. Estas expresiones, nacidas de un ánimo elevado y de
un sentimiento verdadero, corrieron por el pueblo, y lo entusiasmaron
y movieron de manera que no se atrevió a chistar ninguno
de los contrarios. Dejándose, pues, de contradecir, acudieron
a Marco Octavio, uno de los tribunos de la plebe, joven grave
y modesto en sus costumbres, y amigo íntimo de Tiberio;
así es que al principio, por respeto a él, había
cedido; pero, por fin, siendo rogado e instado de muchos y de
los más principales, como por fuerza se opuso a Tiberio
y desechó la ley. Entre los tribunos prevalece el que se
opone, porque nada hacen todos los demás con que uno solo
repugne. Irritado con esto Tiberio, retiró aquella ley
tan humana, y propuso otra más acepta a la muchedumbre
y más dura contra los transgresores, mandándoles
ya dejar las tierras que poseían contra las anteriores
leyes. Eran, por tanto, continuas las contiendas que tenía
con Octavio en la tribuna; en las que, sin embargo de que se contradecían
con el mayor ardor y empeño, se refiere no haber dicho
uno contra otro expresión ninguna ofensiva ni haber prorrumpido
en el calor de la ira en ninguna palabra que pudiera parecer menos
decorosa; y es que, según parece, no sólo en los
banquetes, sino también en las contiendas y en las rencillas,
el estar dotados de buena índole y haber sido educados
con esmero sirve siempre de freno y ornamento a la razón.
Y aun habiendo advertido que Octavio era uno de los transgresores
de la ley, por estar en posesión de muchas tierras del
público, le rogaba Tiberio que desistiera del empeño,
prometiendo pagarle el precio de ellas de su propio caudal, a
pesar de que no era de los más floridos. No habiendo Octavio
escuchado la proposición, mandó por un edicto que
cesaran todas las demás magistraturas en sus funciones
hasta que se votara la ley, y puso sellos en el templo de Saturno
para que los cuestores ni introdujeran ni extrajeran nada, publicando
penas contra los pretores que contraviniesen; de manera que todos
concibieron miedo, y dieron de mano a sus respectivos negocios.
Desde aquel punto los poseedores de tierras mudaron de vestiduras,
y en actitud abatida y miserable se presentaron en la plaza; pero
ocultamente armaban asechanzas a Tiberio, y aun habían
llegado a tener pagados asesinos; tanto, que él, a ciencia
de todos, llevaba siempre en la cinta un puñal de los usados
por los piratas, al que llaman dolón.
XI Llegado el día, llamaba al pueblo para proceder la
votación; pero los ricos habían quitado las urnas,
y este incidente produjo un grandísimo alboroto. Podían
Tiberio y su partido emplear la fuerza, y a ello se disponían;
pero en aquel momento Manlio y Fulvio, varones consulares, se
dirigieron a Tiberio, y tomándole las manos, le rogaban
con lágrimas que se contuviera. Reflexionando éste
sobre las terribles consecuencias que ya preveía, y acatando
además a tan autorizados varones, les preguntó qué
querían hiciese; a lo que contestaron no creerse capaces
de responder de pronto a semejante consulta, y que lo mejor sería
poner la decisión en manos del Senado; y haciéndole
sobre ello instancias, condescendió con su deseo. Mas como
reunido el Senado nada adelantase, porque el mayor influjo era
de los ricos, echó mano de un medio nada legal ni pacífico,
cual fue el de privar del tribunado a Octavio, no encontrando
otro para que la ley se pusiera a votación. Empezó
para esto a interponer con él públicamente ruegos,
hablándole en los términos más amistosos
y humanos, y tomándole las manos, le suplicaba cediera
en cuanto a la ley, y favoreciera al pueblo en una cosa tan justa
y que sería ligera recompensa de grandes trabajos y peligros.
Desechada por Octavio esta propuesta, ya hablándole en
otro tono le repuso que, teniendo ambos una misma autoridad, y
disintiendo sobre negocios de tan grande importancia, no habría
cómo acabar su tiempo sin hacerse la guerra; que, por tanto,
sólo veía un remedio a este mal, que era el de cesar
uno de los dos en la magistratura, y propuso a Octavio que llamara
al pueblo a votar acerca de él, pues por su parte descendería
al punto, y quedaría reducido a la clase de particular,
si así lo determinaban los ciudadanos. No conviniendo en
ello Octavio, le dijo Tiberio que en tal caso estaba resuelto
a llamar a votar acerca de él, a no ser que, pensándolo
mejor, mudara de dictamen.
XII. Con esto, entonces disolvió la junta; pero reunido
el pueblo al día siguiente, subiendo a la tribuna, intentó
de nuevo persuadir a Octavio; mas hallándole irreducible,
propuso ley para privarle del tribunado, y al punto hizo dar la
voz de que los ciudadanos pasaran a votarla. Eran treinta y cinco
las curias, y cuando habían votado diecisiete y no faltaba
más que una para que Octavio quedara de particular, mandó
suspender, y otra vez se puso a rogarle. Abrazóle a vista
del pueblo e hizo otras demostraciones, instándole y suplicándole
que ni a sí mismo se expusiera a aquel sonrojo, ni a él
le pusiera en la precisión de haber de ser causa de una
providencia tan dura y tan cruel. Dícese que estos ruegos
y súplicas no los escuchó Octavio enteramente inmóvil
y sereno, sino que se le llenaron los ojos de lágrimas
y estuvo en silencio largo rato. Pero luego que miró a
los ricos y a los poseedores de tierras que le tenían rodeado,
es de creer que de vergüenza y temor a lo que éstos
dirían se resolvió a todo trance, y dijo con entereza
a Tiberio que hiciera lo que gustase. Sancionada de este modo
la ley, mandó Tiberio a uno de sus libertos que echara
a Octavio de la tribuna, porque se valía de sus libertos
como de ministros, y esto hizo más digno de compasión
el suceso de Octavio, al ver que se le echaba con ignominia. Mas
el pueblo aún arremetió contra él, y acudiendo
los ricos y conteniendo a éste, con gran dificultad se
salvó Octavio, escabulléndose y huyendo de la muchedumbre;
pero a un fiel esclavo suyo, que se le puso delante como para
defenderle, le sacaron los ojos, con gran pesar de Tiberio, que
luego que tuvo noticia de lo que pasaba acudió al tumulto,
corriendo con la mayor diligencia.
XIII. De resultas de esto se sancionó también la
otra ley sobre las tierras, y fueron elegidos tres ciudadanos
para el discernimiento y el reparto: el mismo Tiberio Apio Claudio,
su suegro, y Gayo Graco, su hermano, que no se hallaba presente,
sino que militaba a las órdenes de Escipión contra
Numancia. Ejecutadas estas cosas por Tiberio a todo su placer,
sin que nadie se le opusiera, nombró además tribuno,
no a una persona conocida, sino a un tal Mucio, que era su cliente;
de lo que ofendidos los poderosos, y temiendo el poder que aquel
iba adquiriendo, en el Senado le mortificaron y humillaron cuanto
pudieron: pues que pidiendo, como era de costumbre, una tienda
donde pudiera hacer el repartimiento de las tierras, no se la
dieron, siendo así que se concedían a otros para
objetos de menor entidad; y para expensas le señalaron
por día nueve óbolos; siendo Publio Nasica quien
promovía estas cosas, exponiéndose sin reserva a
su enemistad, porque era el que más tierras poseía
de las del público, y llevaba muy a mal que se le precisara
a dejarlas. Con esto, el pueblo se encendía más,
y habiendo muerto de repente un amigo de Tiberio, como en el cadáver
se notasen ciertas señales reparables, empezaron a gritar
que lo habían muerto con veneno, corrieron a su entierro,
tomaron en hombros el féretro y no se apartaron mientras
se le daba sepultura, no faltándoles razón para
sospechar del veneno. Porque el cadáver se reventó,
y arrojó gran cantidad de un humor corrompido; tanto, que
se apagó la hoguera; y formando otra, no quiso arder hasta
que la mudaron a otro lugar; y aun allí tuvieron mucho
que hacer para que en él prendiera el fuego. En vista de
estas cosas, Tiberio irritaba más a la muchedumbre, pues
se mudó las vestiduras, y presentando los hijos, pedía
al pueblo que se encargara de ellos y de su madre, considerándose
ya perdido.
XIV. Había muerto el rey Átalo Filométor,
y vino Eudemo de Pérgamo a traer el testamento, en el que
estaba nombrado heredero el pueblo romano; y arengando al punto
Tiberio a la muchedumbre, propuso una ley para que, llegado que
fuera el gran caudal heredado, sirviese a los ciudadanos a quienes
habían tocado tierras para adquirir los enseres y utensilios
de la labor; y acerca de las ciudades que eran del reino de Átalo
dijo que no debía el Senado tomar providencia alguna, sino
que él manifestaría su modo de pensar al pueblo.
Incomodó esto sobremanera al Senado, y levantándose
Pompeyo, dijo que era vecino de Tiberio, y por esta razón
sabía que Eudemo de Pérgamo le había entregado
la diadema y la púrpura del rey, como teniendo por cierto
que había de reinar en Roma; y Quinto Metelo le echó
en cara que cuando su padre, siendo censor, volvía a casa
después de cenar, los ciudadanos que le acompañaban
apagaban las luces, para que no pareciera que se habían
detenido en diversiones y francachelas más de lo regular,
y a él por la noche le iban alumbrando los más atrevidos
y más miserables de la plebe. También Tito Anio,
hombre que no tenía opinión de probidad ni de prudencia,
pero que hablando en público pasaba por invencible en las
preguntas y respuestas, desafió a Tiberio a que se defendiese
de haber injuriado a su colega, siendo sacrosanto e inviolable
por las leyes; y como se moviese grande alboroto, yéndose
hacia él Tiberio, pedía auxilio al pueblo, diciendo
que se le trajera para acusarlo. Anio, que en elocuencia y en
autoridad se reconocía inferior, recurrió a su habilidad,
y pidió a Tiberio que antes de hablar en su acusación
le respondiera a una friolera. Convino en que preguntara, y quedando
todos en silencio, dijo Anio: Si queriendo tú afrentarme
y deshonrarme me acogiere yo a alguno de tus colegas, y bajando
éste a auxiliarme te enfadas tú de ello, pregunto:
¿le privarás del tribunado? Se dice que a
esta pregunta quedó tan cortado Tiberio, que con ser el
más pronto que se conocía para hablar y el más
atrevido y resuelto, enmudeció en aquella ocasión.
XV. Disolvió, pues, entonces la junta, y habiendo entendido
que de todas las disposiciones que a su propuesta se habían
tomado la que peor impresión había hecho, no sólo
en los poderosos, sino en la muchedumbre, era la relativa a Octavio-
porque la grande y respetable autoridad de los tribunos, conservada
ilesa hasta entonces, parecía que había sido hollada
y escarnecida-, pronunció ante el pueblo un discurso, del
que no deberá tenerse por inoportuno poner aquí
algunos rasgos, para que se tenga idea de lo persuasivo y convincente
de su dicción. Porque dijo: Que un tribuno es sacrosanto
e inviolable, a causa de que se consagra al pueblo y es del pueblo
defensor; mas si cambiando de conducta ofende al pueblo, disminuye
su poder, y le priva de votar, él mismo es quien se despoja
de su dignidad, no haciendo aquello para que fue elegido, pues
si no, al tribuno que arruinara el Capitolio o incendiara el arsenal
debería dejársele en paz; y eso que el que esto
hace es tribuno, aunque malo; pero si disuelve el pueblo ya no
es tribuno. ¿Y no sería cosa repugnante que el tribuno
pueda prender al cónsul, y que el pueblo no pueda despojar
de su autoridad al tribuno cuando abusa de ella contra el mismo
de quien la recibió? Porque al cónsul y al tribuno
igualmente los elige el pueblo. Pues la prerrogativa real, conteniendo
en sí todo poder y toda autoridad, era, además,
consagrada con las ceremonias más augustas, y parecía
en cierta manera cosa divina; y, sin embargo, la ciudad expelió
a Tarquinio por ser injusto, y por la maldad de uno solo fue disuelta
aquella autoridad patria que había fundado a Roma. ¿Y
qué cosa hay en Roma tan sagrada y venerable como las que
llamamos las vírgenes encargadas de guardar el fuego incorruptible?
Y si alguna de ellas yerra, es enterrada viva: porque impías
contra los dioses, no guardan lo inviolable y sagrado que por
respeto a los mismos dioses se les concede. No es, pues, conforme
a justicia que el tribuno injusto contra el pueblo conserve la
inviolabilidad que en favor del pueblo le es dada, porque él
mismo destruye la autoridad que le hace poderoso. Y si tiene justamente
su autoridad, porque la mayor parte de las curias le votaron,
¿no se le quitará con mayor justicia todavía
si todas votan contra él? Nada hay más santo e inviolable
que las ofrendas y voto de los dioses, y nadie disputa al pueblo
la facultad de usar de ellos, de moverlos y trasladarlos como
le parece. Érale, pues, lícito trasladar al tribunado
a otro, como una ofrenda; y prueba clara de no ser toda magistratura
una cosa tan sagrada que no pueda quitarse, es que muchas veces
los que las tienen hacen por sí renuncia y dimisión
de ellas.
XVI Estos eran los principales capítulos de la defensa
de Tiberio; mas como sus amigos fuesen sabedores de las amenazas
y de la conjuración que estaba tramada, tenían por
preciso que se pusiera a cubierto para en adelante con pedir otra
vez el tribunado; él trató de cautivar más
a la muchedumbre con otras leyes, quitando tiempo a los empeños
de la milicia, concediendo apelación de los jueces al pueblo,
uniendo con los que entonces asistían a los juicios, que
eran del orden senatorio, un número igual del orden ecuestre,
y coartando de todas maneras la autoridad del Senado, más
por encono y enemiga que con miras de justicia y conveniencia.
Al darse los votos advirtieron que vencían los contrarios,
porque no había concurrido todo el pueblo; y volviéndose
primero contra los colegas con injurias y denuestos, gastaron
así el tiempo, y después disolvieron la junta, mandando
que acudieran al día siguiente. Por lo que hace a Tiberio,
bajó a la plaza, y mostrándose abatido, pedía
con lágrimas amparo a los ciudadanos; después, diciendo
temía que en aquella noche arrasaran los enemigos su casa
y le matasen, de tal modo los inflamó, que muchos formaron
como un campo alrededor de su casa y pasaron allí la noche
haciéndole la guardia.
XVII. A la mañana, muy temprano, vino con las aves que
servían para los agüeros el que cuidaba de ellas,
y les echó de comer; pero no salió más que
una, por más que el pollero sacudió bien la jaula,
y aun ésta no tocó la comida, sino que tendió
el ala izquierda, alargó la pata y se volvió a la
jaula; lo que le hizo a Tiberio acordarse de otra señal
que había precedido. Tenía, en efecto, un casco
que usaba para las batallas, graciosamente adornado y muy brillante,
y habiéndose metido en él unas culebras, no se vio
que habían puesto huevos y los habían sacado; y
por esta razón causó mayor turbación a Tiberio
lo ocurrido con las aves. Iba, sin embargo, a subir, sabiendo
que era grande el concurso del pueblo al Capitolio, y al salir
tropezó en el umbral, dándose tal golpe en el pie,
que se le partió la uña del dedo grande y le salía
la sangre por el zapato. Habían andado muy poco, cuando
sobre un tejado se vieron a la izquierda unos cuervos riñendo;
y pasando muchos, como era natural, junto a Tiberio, una piedra
arrojada por uno de ellos cayó precisamente a sus pies;
lo que hizo detener aun a los más osados de los que le
acompañaban; pero llegando a este tiempo Blosio de Cumas,
dijo que era grande vergüenza y miseria que Tiberio, hijo
de Graco, nieto de Escipión, y el defensor del pueblo romano,
por temor de un cuervo no acudiera adonde los ciudadanos lo llamaban,
y que esto, que era vergonzoso, no lo harían pasar por
burla los enemigos, sino que le pintarían al pueblo como
un tirano que ya se daba grande importancia. Al mismo tiempo corrieron
hacia Tiberio desde el Capitolio muchos de sus amigos, diciéndole
que entrase, porque allí todo estaba como se pudiera desear.
Y al principio todo le salió bien, pues apenas pareció
le aclamaron con voces de amistad; cuando acabó de subir
le recibieron con las mayores demostraciones, y, puestos alrededor
de él, cuidaban de que no se le acercara ningún
desconocido.
XVIII. Habiendo empezado Mucio a llamar de nuevo las curias,
no pudo conseguir que se hiciera nada con concierto, por el gran
tumulto que movían los últimos, impelidos e impeliendo
a los que venían de la otra parte y se metían entre
ellas a viva fuerza. En esto Fulvio Flaco, del orden senatorio,
poniéndose en sitio de donde fuera visto, como no pudiese
hacerse oír, hizo señas con la mano de que tenía
que decir una cosa aparte a Tiberio; y mandando éste a
la muchedumbre que le hiciera paso, subió aquel con gran
dificultad, y, puesto en su presencia, le anunció que,
reunido el Senado, los ricos, no habiendo podido atraer a su partido
al cónsul, habían resuelto por sí quitarle
la vida, teniendo armados a muchos de sus esclavos y amigos para
el efecto.
XIX. Luego que Tiberio dio parte de este aviso a los que le rodeaban,
se ciñeron éstos las togas, y rompiendo los astiles
con que los ministros hacen apartar a la muchedumbre, tomaron
los pedazos para defenderse con ellos de los que les acometieran.
Pasmábanse los que se hallaban algo lejos de lo que sucedía,
y preguntando acerca de ello, Tiberio llevó la mano a la
cabeza, queriendo indicar por señas su peligro, pues que
la voz no podía ser oída; pero los contrarios, al
ver esta demostración, corrieron a anunciar al Senado que
Tiberio pedía la diadema, de lo que era señal el
haberse tocado la cabeza. Alteráronse todos, y Nasica pedía
al cónsul que mirara por la república y acabara
con el tirano; mas como éste respondiese sencillamente
que no era su ánimo emplear ninguna fuerza, ni quitar la
vida a ningún ciudadano sin ser juzgado, y sólo
si el pueblo diese algún decreto injusto, persuadido o
violentado por Tiberio, no lo tendría por válido,
levantóse entonces Nasica: Pues que el cónsul-
dijo- es traidor a la república, los que queráis
venir en socorro de las leyes seguidme. Y al decir esto
se echó el borde de la toga sobre la cabeza, y se dirigió
corriendo al Capitolio. Recogiéronse también las
togas con la mano los que iban en pos de él, y apartaban
a los que encontraban al paso, no habiendo ninguno que se atreviera
a detenerlos por su autoridad, sino que más bien huían
y se pisaban unos a otros. Los que eran de su facción habían
traído de casa palos y mazas, y ellos, echando mano de
los fragmentos y los pies de las sillas curules, hechas pedazos
por la muchedumbre al tiempo de huir, marcharon contra Tiberio,
hiriendo a los que se le ponían delante; y éstos
fueron los primeros que murieron. Tiberio dio a huir, y llegó
uno a asirle de la ropa; dejó aquel la toga, y continuó
huyendo en túnica, pero tropezó y cayó sobre
algunos de los que murieron antes que él, y al levantarse,
el primero que se sabe haberle herido en la cabeza con el pie
de una silla fue Publio Satureyo, uno de sus colegas; y el segundo
golpe se lo dio Lucio Rufo, que se jactaba de ello como de una
grande hazaña. Al todo murieron más de trescientos
golpeados con palos y piedras, y ninguno con hierro.
XX. Ésta dicen haber sido desde la expulsión de
los reyes la primera sedición que terminó en sangre
y muerte de los ciudadanos. Las demás, que no habían
sido pequeñas ni nacidas de pequeñas causas, las
habían aplacado cediendo unos a otros, los poderosos por
miedo a la muchedumbre y la plebe por reverencia al Senado. Entonces
mismo parece que fácilmente habría cedido Tiberio
tratado con blandura, y más fácilmente se habría
rendido sin muertes ni heridas a los que se hubieran presentado
en actitud de acometerle, no teniendo consigo arriba de tres mil
hombres; pero es de creer que esta sedición se movió
contra él más bien por encono y odio de los ricos
que no por los motivos que se pretextaron; de lo que es grande
indicio la afrenta e ignominia con que fue tratado su cadáver.
Porque no le permitieron recogerlo al hermano, que lo pedía
para enterrarlo de noche, sino que con todos los demás
muertos lo arrojaron al río. Y aun no acabó aquí,
sino que de sus amigos a unos los proscribieron y desterraron
sin juzgarlos, y a otros los prendieron y les dieron muerte, entre
los que pereció el orador Diófanes. A Gayo Vilio
lo encerraron en una jaula, y echando en ella víboras y
culebras, de este modo tan inhumano lo mataron. Blosio de Cumas
fue presentado a los cónsules, y preguntado sobre los hechos
ocurridos, dijo que todo lo había ejecutado de orden de
Tiberio; y replicándole Nasica: ¿Y si Tiberio
te hubiera mandado poner fuego al Capitolio? Al principio
no contestó sino que Tiberio no podía mandar semejante
cosa; pero como muchos le repitiesen la pregunta: Si lo
hubiera mandado- dijo-, lo hubiera tenido por bien hecho, porque
Tiberio no lo habría dispuesto sino por ser útil
al pueblo. Libróse entonces de esta manera, y marchando
después al Asia, al lado de Aristonico, cuando las cosas
de éste tuvieron mal término, se quitó la
vida.
XXI El Senado, para sosegar al pueblo, como las circunstancias
lo pedían, ya no hizo oposición ninguna al repartimiento
de tierras, y antes propuso que se eligiera otro repartidor en
lugar de Tiberio. Tomando, pues, las tablillas, eligieron a Publio
Craso, pariente de Graco: porque su hija Licinia estaba casada
con Gayo, y aunque Cornelio Nepote dice que la que casó
con Gayo Graco no fue hija de Craso, sino de Bruto, el que triunfó
de los Lusitanos, los más refieren lo que dejamos escrito.
Estaba el pueblo irritado con la muerte de Tiberio, y se echaba
bien de ver que esperaba oportunidad de vengarse, además
de que ya empezaban a moverse causas a Nasica; temiendo, pues,
el Senado por su persona, decretó, sin que hubiera objeto
alguno, enviarlo al Asia. Porque los ciudadanos siempre que se
encontraban con él no ocultaban su desagrado, y antes se
lo mostraban a las claras, llamándole en voz alta, cuando
la ocasión se les presentaba, malvado y tirano, manchado
con la muerte de una persona inviolable y sagrada, y violador
del más santo y venerable templo entre todos los de la
ciudad. Hubo, pues, de salir Nasica de Italia, sin embargo de
que debieran detenerle las ocupaciones religiosas más augustas,
porque era a la sazón Pontífice máximo. Anduvo,
por tanto, en países extraños, afligido y errante,
y al cabo de no largo tiempo murió en Pérgamo. Y
no es de maravillar que el pueblo aborreciese tanto a Nasica,
cuando Escipión Africano, al que con justa razón
armaron los Romanos sobre todos los demás, estuvo en muy
poco que perdiera esta benevolencia del pueblo, porque a la primera
noticia que sobre Numancia se le dio de la muerte de Tiberio exclamó,
con aquel verso de Homero: ¡Siempre así; quien tal
haga, que tal pague! Y preguntándole después en
una junta pública Gayo y Fulvio qué le parecía
de la muerte de Tiberio, dio una respuesta con la que significó
no haber sido de su gusto los actos de aquel, de resulta de lo
cual el pueblo le interrumpió en su discurso, cosa que
nunca antes había ejecutado, y él prorrumpió
también en expresiones ofensivas al pueblo. Pero de todo
esto tratamos más detenidamente en la Vida de Escipión.
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