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PORTADA
QUIÉN
ERA PLUTARCO?
VIDAS PARALELAS
Los personajes
1. Teseo
& Rómulo
2. Licurgo & Numa
Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles &
Camilo
5. Pericles & Fabio
Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo
Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio
César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón
el Joven
19. Agis y Cleómenes
& Tiberio y Gaio
Graco
20. Demóstenes &
Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato
& Galba y Otón
SOLÓN
I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.
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PERICLES
I. Viendo César en Roma
ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en
brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece,
si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por
este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los
que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto
familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.
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ARTÍCULOS
SÓFOCLES
Y EURÍPIDES
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CLÁSICOS
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
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Web sobre Latín Online
OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
POLIBIO
El historiador más prestigioso de la antigüedad
SOFOCLES
Poeta y padre del Teatro Clásico
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TIMOLEÓN
I. Cuando me dediqué en un principio a
escribir por este método las vidas, tuve en consideración
a otros; pero en la prosecución y continuación he
mirado también a mí mismo, procurando con la Historia,
como con un espejo, adornar y asemejar mi vida a las virtudes
de aquellos varones: pues lo pasado se parece más que a
ninguna otra cosa a la coexistencia en un tiempo y en un lugar;
cuando recibiendo y tomando de la historia de cada uno de ellos
separadamente, como si vinieran de una peregrinación, vamos
considerando cuáles y cuán grandes eran;
haciendo examen para nuestro provecho de las más principales
y señaladas de sus acciones. Y a fe mía, ¿dónde
encontrar motivo de mis dulces alegrías? ¿Qué
medio más poderoso que éste podemos elegir para
la reforma de las costumbres? Porque con sentar Demócrito
que lo que debíamos desear era que la suerte nos proporcionara
imágenes bellas, y que más bien nos vinieran de
lo que nos rodea las convenientes y provechosas, que no las malas
y siniestras, introdujo en la filosofía un axioma falso,
capaz de conducir a interminables supersticiones: cuando nosotros,
con ocuparnos en la Historia y acostumbrarnos a esta clase de
escritura, teniendo siempre presentes en nuestros ánimos
los monumentos que nos dejaron los varones más virtuosos
y aprobados, nos proveemos de medios con que deshacer y borrar
lo malo y vicioso que de la necesaria comunicación de los
hombres puede pegársenos, convirtiendo nuestra mente tranquila
y sosegada a los ejemplos más virtuosos. Continuando, pues,
en este propósito, te ponemos ahora en la mano la vida
de Timoleón de Corinto y de Emilio Paulo, varones que no
sólo se parecieron en sus inclinaciones, sino también
en haberles sido próspera la Fortuna, dando motivo a que
se dude si tuvo más parte en sus triunfos la buena suerte
que la prudencia.
I. La situación de los Siracusanos antes de que Timoleón
fuese enviado a Sicilia era ésta: Dión había
conseguido arrojar de Sicilia a Dionisio el Tirano, pero, muerto
él mismo con una alevosía, entró la división
entre los que con Dión habían libertado a los Siracusanos;
y la ciudad, pasando sin intermisión del dominio de uno
al de otro tirano, estuvo en muy poco que no se despoblase. En
lo restante de la Sicilia, una parte había mudado de forma
y quedado sin pueblos a causa de las guerras, y el mayor número
de las ciudades estaban en poder de soldados mercenarios y aventureros,
abandonándolas fácilmente los que en ellas mandaban.
Al año décimo, reuniendo Dionisio algunos extranjeros
y lanzando al tirano Niseo, que estaba entonces apoderado de Siracusa,
volvió a ponerse al frente de los negocios, y si extraño
había sido que con muy pocas fuerzas se le hubiese hecho
perder la mayor de las dominaciones que entonces existían,
más extraño fue todavía que de desterrado
y abatido hubiese vuelto a hacerse dueño de los que le
desecharon. De los Siracusanos, pues, los que se mantuvieron en
la ciudad quedaron esclavizados a un tirano que, no siendo de
suyo nada benigno, tenía además exulcerado entonces
su ánimo con las desgracias; y los principales y más
distinguidos, acogiéndose a Hícetes, sobresaliente
en autoridad entre los Leontinos, se pusieron enteramente en sus
manos y le eligieron caudillo para la guerra, no porque fuese
mejor que los que abiertamente se decían tiranos, sino
que no tenían otro recurso, y prefirieron dar su confianza
a un siracusano de origen, que reunía una fuerza proporcionada
contra el tirano.
II. Como en aquella misma sazón viniesen contra Sicilia
con una fuerte armada los Cartagineses, ensoberbecidos con su
buena suerte, temerosos los Sicilianos resolvieron enviar embajadores
a la Grecia e implorar el auxilio de los de Corinto, no solamente
por el deudo de un mismo origen y porque muchas veces habían
sido ellos favorecidos en iguales casos, sino por saber que, generalmente,
aquella ciudad había sido siempre tan amiga de la libertad
como enemiga de los tiranos, y que la mayor parte de sus peligrosas
guerras las había sostenido, no por deseo y ambición
de mando, sino por la libertad de los Griegos. Hícetes
cuya mirada en el mando era la tiranía y no la libertad
de los Siracusanos, ya entonces tenía relaciones secretas
con los Cartagineses, aunque en público hablaba en favor
de los Siracusanos, y había enviado también embajadores
al Peloponeso, no porque quisiera que viniese auxilio de aquella
parte, sino con la esperanza de que si los de Corinto no se movían
a dar este socorro, como era natural, por las disensiones y contiendas
de los Griegos, podría más fácilmente hacer
dueños de los negocios a los Cartagineses y tenerlos por
aliados y auxiliares contra los Siracusanos o contra el tirano,
aunque estas cosas se descubrieron un poco más adelante.
III. Al arribo de los embajadores, los Corintios, acostumbrados
siempre a ser rogados de sus colonias, y especialmente de la de
los Siracusanos, como afortunadamente no hubiese entonces entre
los Griegos nadie que los incomodase, hallándose en plena
paz y sosiego, decretaron socorrerlos con todo empeño.
Meditaban sobre el general que enviarían, y escribiendo
y proponiendo los magistrados a aquellos que más se esforzaban
por sobresalir en la ciudad, levantóse uno entre ellos
e indicó a Timoleón, hijo de Timodemo, no porque
todavía manejase los negocios públicos o pudiera
concebirse en él tal esperanza y tal deseo, sino que fue
una casual ocurrencia inspirada quizá por algún
dios; ¡tal fue la buena suerte que para la elección
siguió al punto a esta propuesta, y tanta la gracia que
brilló después en sus acciones, dando grande realce
a su virtud! Él era ilustre en la ciudad por sus padres
Timodemo y Demaxista; amante de la patria y muy dulce de condición;
solamente enemigo irreconciliable de los tiranos y de los malos.
Para las cosas de la guerra, recibió de la naturaleza una
tan bien templada disposición, que, siendo joven, manifestó
mucho juicio, y declinando ya la edad no fue menor su valor en
las ocasiones. Tuvo un hermano mayor llamado Timófanes,
que en vez de serle parecido era temerario y se había dejado
alucinar del deseo de la tiranía por malos amigos y por
soldados extranjeros, que tenía siempre consigo, siendo,
por otra parte, según parecía, intrépido
y despreciador de los peligros en la milicia, que era por lo que
habiendo ganado entre los ciudadanos fama de hombre activo y buen
militar, se había hecho nombrar para el mando. Aun en esto
le servía de mucho Timoleón, ocultando siempre sus
yerros o haciéndolos parecer menores, y dando brillantez
e incremento a las buenas calidades que recibió de la naturaleza.
IV. En la batalla que los Corintios tuvieron con los Argivos
y Cleoneos, a Timoleón le cupo pelear con la infantería,
y a su hermano, que mandaba la caballería, le sobrevino
un repentino peligro: derribóle el caballo, cayendo herido
a la parte de los enemigos; de sus camaradas, unos se dispersaron
al punto sobrecogidos de miedo, y otros, aunque no abandonaron
el puesto, peleando pocos contra muchos, con dificultad se defendían.
Timoleón, pues, luego que entendió lo sucedido,
corrió en su auxilio, y oponiendo el escudo del rendido
Timófanes, acosado con los dardos y con los golpes que
de cerca se dirigían contra su cuerpo y contra las armas,
ahuyentó, no sin gran trabajo, a los enemigos y salvó
al hermano. A poco, los de Corinto, temerosos no les sucediese
lo que antes de parte de sus aliados, que fue perder la ciudad,
decretaron mantener cuatrocientos extranjeros, y nombraron caudillo
de ellos a Timófanes; mas éste, olvidado de toda
honestidad y justicia, inmediatamente empezó a trabajar
por reducir la ciudad a su dominación, y quitando del medio
sin forma ninguna de juicio a muchos de los ciudadanos más
principales, se erigió abiertamente en tirano. Sentíalo
extraordinariamente Timoleón, y mirando como su mayor desgracia
la perversidad del hermano, procuró hablarle y exhortarle
a que, desistiendo de la locura e infelicidad de semejante proyecto,
viera el modo de enmendar el yerro cometido contra sus conciudadanos.
Oyóle aquel con indignación y desprecio, y él,
entonces, tomando consigo de los de la familia a Esquilo, que
era hermano de la mujer de Timófanes, y de los amigos a
un agorero, llamado Sátiro, según Teopompo, y Ortágoras,
según Éforo y Timeo, después de haber pasado
algunos días, subió de nuevo a ver al hermano, y
rodeándole los tres, le rogaban, y con razones le persuadían,
a que se arrepintiera de su propósito; mas como Timófanes
al principio les respondiese con mofa, y después se irritase
y enfadase con ellos, Timoleón se retiró a un lado,
y cubriéndose con su ropa, lloraba su desgracia; pero los
otros, desenvainando las espadas, dieron muy pronto cuenta de
él.
V. Divulgóse el hecho, y los Corintios de más juicio
celebraban en Timoleón su aversión a lo malo y su
grandeza de alma, por cuanto, siendo hombre bueno y recto, antepuso
la patria a su casa, y lo honesto y lo justo a lo útil,
salvando al hermano mientras se distinguió en defensa de
la patria, y concurriendo a su muerte cuando trató de oprimirla
y esclavizarla; pero los que no pueden vivir en la democracia,
acostumbrados a estar pendientes del semblante de los poderosos,
al paso que fingían haberse alegrado con la muerte del
tirano, desacreditaban a Timoleón como autor de un hecho
impío y atroz, con lo que le hicieron caer en desaliento.
Supo luego que la madre también se había indignado
y había prorrumpido contra él en execraciones terribles
y espantosas, y como yendo a aplacarla no hubiese aquella consentido
ni siquiera verle, y antes hubiese mandado cerrarle la puerta,
contristado entonces hasta lo sumo, y saliendo de juicio, resolvió
quitarse la vida con rehusar tomar alimento; pero no perdiéndole
de vista los amigos y agotando con él todo ruego y todo
medio de contenerle, determinó vivir retirado huyendo del
bullicio, y enteramente se apartó del gobierno, tanto,
que en los primeros tiempos ni siquiera venía a la ciudad,
sino que pasaba una vida infeliz e inquieta en las más
desiertas soledades.
VI De esta manera los juicios, si no dominan a las acciones,
tomando seguridad y fuerza de la razón y de la filosofía,
fluctúan y son fácilmente trastornados por cualesquiera
alabanzas o reprensiones, destituidos del fundamento del discurso
propio; no basta en verdad que la acción sea honesta y
justa, sino que es menester que el dictamen según el cual
se emprende sea firme e incontrastable, para que obremos con meditada
resolución; y no suceda que, así como los glotones
se abalanzan con repentino apetito a los manjares que tienen a
la vista, fastidiándolos luego que se han hartado, de la
misma manera nosotros, ejecutadas las acciones, nos desalentamos
por debilidad, marchitada ya entonces la opinión y apariencia
de la virtud. Porque el arrepentimiento hace indecoroso lo más
honestamente ejecutado, mientras que la determinación apoyada
en la ciencia y el raciocinio nunca se muda, aunque los efectos
no correspondan. Por eso Foción el Ateniense, que se había
opuesto a los proyectos de Leóstenes, cuando apareció
que éste había salido con ellos y vio a los Atenienses
que hacían sacrificios y estaban muy hinchados con la victoria,
dijo que bien quisiera que por él se hicieran aquellas
demostraciones, pero que no mudaba de consejo: siendo aún
más decisivo lo ocurrido con Arístides Locrio, uno
de los amigos de Platón, el cual, habiéndole pedido
Dionisio el mayor a una de sus hijas por mujer, respondió:
Más quisiera ver muerta a mi hija que casada con
un tirano; y después, habiendo hecho Dionisio al
cabo de poco tiempo dar muerte a sus hijos, y preguntándole
por insulto si estaba todavía en el mismo propósito
en cuanto a la concesión de la hija, le contestó
que, aunque sentía mucho lo sucedido, no se arrepentía
de su anterior respuesta: mas estos rasgos quizás son de
una virtud más elevada y más perfecta.
VII. Timoleón, de resultas de lo sucedido con el hermano,
bien fuese de pesar por su muerte, o bien de rubor a causa de
la madre, quedó tan quebrantado y decaído de ánimo,
que en unos veinte años no tomó parte en negocio
ninguno público o de alguna consecuencia; mas llegado el
caso de ser propuesto y de recibirlo bien el pueblo e interponer
su autoridad, Teleclides, que entonces sobresalía en la
ciudad, en poder y nombradía, se levantó en la junta
y exhortó a Timoleón a mostrarse varón recto
y generoso en sus acciones; porque si te conduces bien-
dijo-, juzgaremos que fue a un tirano a quien concurriste a dar
la muerte; pero si te conduces mal, a tu hermano. Ocupábase
Timoleón en disponer el embarque y reunir tropas, cuando
llegaron a los Corintios cartas de Hícetes que daban indicios
de su mudanza y su traición; pues apenas envió los
embajadores, trató abiertamente con los Cartagineses, conviniendo
con ellos en que arrojaran a Dionisio de Siracusa y él
quedara de tirano; y temiendo no fuera que si llegasen antes las
tropas y el general de Corinto descompusieran sus planes, dirigió
a los de Corinto una carta, en que les decía no haber necesidad
de que se incomodaran e hicieran gastos navegando a Sicilia y
corrieran peligros, puesto que los Cartagineses se oponían
y harían resistencia a sus fuerzas con gran número
de naves, y él, por su tardanza, se había visto
en la precisión de hacer con aquellos alianza contra el
tirano. Leída esta carta, si antes había habido
entre los Corintios algunos que mirasen con frialdad la expedición,
entonces el enojo contra Hícetes los acaloró a todos,
de manera que con el mayor empeño habilitaron a Timoleón
y le ayudaron, con todo lo necesario, a realizar el embarque.
VIII. Prontas ya las naves, y provistos los soldados de cuanto
necesitaban, parecíales a las sacerdotisas de Proserpina
haber visto entre sueños que las Diosas se disponían
para una romería, y haberles oído decir que se proponían
acompañar a Timoleón a Sicilia, por lo cual, aparejando
los Corintios una nave sagrada, la llamaron la de las dos Diosas.
Timoleón pasó a Delfos, donde hizo sacrificio al
dios, y cuando bajaba al lugar de los oráculos ocurrió
un prodigio: porque, desprendiéndose y volándose
de entre las ofrendas que allí estaban suspendidas una
venda, en que había bordadas coronas y victorias, vino
a caer sobre la cabeza de Timoleón, como dando a entender
que era enviado a la expedición coronado por la mano del
dios. Teniendo, pues, siete naves corintias, dos de Corcira, y
dando los Leucadios la décima nave, hízose con ellas
a la vela; y hallándose a la noche en alta mar llevado
de favorable viento, pareció que de repente se rasgó
el cielo, enviando sobre la nave una gran columna de fuego resplandeciente,
y que alzada en alto una antorcha semejante a las de los misterios,
y siguiendo el mismo curso, vino a fijarse en el punto de Italia
hacia el que dirigían el rumbo los timoneros. Los adivinos
declararon que aquella visión concordaba con los sueños
de las sacerdotisas, y que el fuego del cielo significaba que
las Diosas protegían la expedición, por cuanto la
Sicilia estaba consagrada a Proserpina, teniéndose por
cierto que allí se había ejecutado el rapto y que
aquella isla se le había dado en dote al tiempo de sus
bodas.
IX. Lo que es de parte de los Dioses inspiraron estas cosas grande
confianza a la expedición; por lo que, navegando presurosamente,
aportaron a Italia: mas las noticias que vinieron de Sicilia pusieron
a Timoleón en graves dudas y causaron desaliento en los
soldados. Hícetes, habiendo vencido en batalla a Dionisio
y tomando la mayor parte de los puestos de los Siracusanos, tenía
sitiado y circunvalado a aquel, habiéndole obligado a refugiarse
en el alcázar y en lo que llamaban la Isla, y había
ordenado a los Cartagineses que estuvieran a la mira de que Timoleón
no aportara a Sicilia, puesto que, retirados éstos, podrían
con sumo reposo repartirse entre sí la Isla. Los Cartagineses,
pues, enviaron a Regio veinte galeras, en las que iban embajadores
de Hícetes a Timoleón con propuestas acomodadas
a lo sucedido: pues que venían a ser arterías y
apariencias muy bien disimuladas con dañados intentos,
prestándose a admitir al mismo Timoleón, si quería
pasar cerca de Hícetes, y tener parte con él en
todos los consejos y en todos los negocios; mas con la condición
de que las naves y los soldados los había de despachar
a Corinto, como que de una parte faltaba muy poco para que la
guerra estuviese acabada, y de la otra se hallaban los Cartagineses
en ánimo de impedir el desembarco y pelear contra los que
hiciesen resistencia. Los Corintios, pues, cuando llegados a Regio
se hallaron con semejante embajada, y vieron que los Fenicios
estaban surtos por aquellas inmediaciones, se indignaron de ser
escarnecidos, y en todos se suscitó enojo contra Hícetes
y miedo que los infelices Siracusanos, conociendo bien que se
los reducía a ser galardón y premio, para Hícetes,
de su traición, y para los Cartagineses, de su tiranía.
Parecióles, sin embargo, no ser factible vencer a las naves
de los bárbaros ancladas allí cerca, que eran en
doble número y a las tropas de Hícetes, con las
que contaban haber hecho en unión la guerra.
X. No obstante todo esto, presentándose Timoleón
a los embajadores y a los caudillos de los Cartagineses, les contestó
sosegadamente que se prestaría a lo que tenían acordado-
¿ni que hubiera adelantado con oponerse?-; pero que quería
que se trataran estas cosas por demandas y respuestas, ante una
ciudad griega amiga de unos y otros, como era Regio, y después
se retiraría, lo cual le convenía a él mucho
para su seguridad, y a ellos les daría mayor firmeza en
lo que proponían acerca de los Siracusanos, teniendo a
todo un pueblo por testigo del convenio. Ésta fue una añagaza
que les preparó para el desembarco, y en ella le auxiliaban
todos los generales de los Reginos, quienes temían que
los Corintios dominaran en la Sicilia y tener por vecinos a los
bárbaros. Congregáronse, por tanto, en junta pública,
y cerraron las puertas, como para impedir que los ciudadanos se
distrajesen a otros negocios; y como para ganar a la muchedumbre
emplearon discursos muy largos, tratando uno después de
otro el mismo asunto, no con más objeto que el de dar tiempo
a que anclasen las naves de los Corintios, y detener en la junta,
sin causarles sospechas, a los Cartagineses; y más, que
hallándose presente Timoleón les dio idea de que
se levantaría y hablaría en ella. Mas como en esto
llegase uno que le anunció estar ya ancladas todas las
demás galeras, y que sola la suya quedaba esperándole,
penetrando por entre la muchedumbre, y haciéndole espaldas
los Reginos que estaban cerca de la tribuna, se encaminó
al mar, y desembarcando con gran presteza, tomaron la vía
de Tauromenio de Sicilia, recibiéndolos, y aun teniéndolos
llamados de antemano con la mejor voluntad, Andrómaco,
a quien estaba encomendada la ciudad, y que tenía en ella
el mayor poder. Era éste padre de Timeo el Historiador;
y con haber alcanzado en aquella sazón mayor autoridad
que cuantos dominaban en la Sicilia, a sus ciudadanos los gobernaba
en ley y justicia, y a los tiranos era notorio que los miraba
con aversión y desagrado; así es que entonces ofreció
su ciudad como refugio a Timoleón, y a sus ciudadanos los
persuadió a que hicieran causa común con los de
Corinto y juntos dieran la libertad a la Sicilia.
XI Los Cartagineses que quedaron en Regio, visto que se había
retirado Timoleón y disuelto la junta, estaban muy sentidos
de que con otra estratagema se hubiesen burlado las suyas; con
lo que dieron ocasión a que los Reginos los insultaran
un poco, diciéndoles: ¿Cómo siendo
Fenicios os incomodáis de lo que se hace con engaño?
Enviaron, pues, a Tauromenio un embajador en una de sus galeras,
el cual, habiendo hablado largamente con Andrómaco, extendiéndose
acalorada y groseramente sobre que era preciso despidiese sin
la menor detención a los Corintios, por último,
mostrándole la mano primero por la palma, y después
por el otro lado, le amenazó que siendo su ciudad de esta
manera la volvería de la otra. Andrómaco, echándose
a reír, nada absolutamente le respondió, sino que,
extendiendo como él la mano, primero por la palma y luego
por la otra parte, le intimó que se fuera cuanto antes,
si no quería que siendo su nave de esta manera la pusiese
de la otra. Mas Hícetes, luego que supo el desembarco de
Timoleón, cobró miedo y llamó cerca de sí
muchas de las galeras de los Cartagineses, con lo que sucedió
que los Siracusanos desconfiaron completamente de su salvación,
viendo a los Cartagineses apoderados del puerto, a Hícetes
dueño de la ciudad, a Dionisio defendido en el alcázar,
y que Timoleón apenas tocaba a la Sicilia por medio de
un hilo delgado, que era el pueblezuelo de los Tauromenios, con
muy débil esperanza y muy escasas fuerzas, pues fuera de
mil soldados y los víveres precisos para ellos, nada más
tenía. Ni las ciudades se confiaban tampoco, estando agobiadas
de males, e irritadas contra todos los generales de ejército,
principalmente por la infidelidad de Calipo y Fárax, de
los cuales el uno era Ateniense, y el otro, Lacedemonio; y diciendo
ambos que venían a trabajar en su libertad y a destruir
a los monarcas, hicieron ver a la Sicilia que eran oro los trabajos
que habían padecido en la tiranía, y que debían
ser tenidos por más dichosos los que habían muerto
en la esclavitud que los que alcanzaron la independencia.
XII. Desconfiando, pues, de que el Corintio fuese mejor que ellos,
sino que les vendría también con los mismos sofismas
y los mismos atractivos, lisonjeándolos con buenas esperanzas
y con proposiciones llenas de humanidad, para inclinarlos a la
mudanza de nuevo dueño, empezaron a sospechar y a estorbar
el fruto de las exhortaciones de los Corintios; a excepción
únicamente de los Adranitas que, habitando una ciudad ,
aunque pequeña, consagrada a Adrano, cierto dios muy venerado
en toda la Sicilia, discordaron entre sí, implorando unos
a Hícetes y los Cartagineses, y llamando otros a Timoleón.
Sucedió, pues, por pura casualidad, que, acelerándose
éste y aquellos, en un mismo punto de tiempo concurrieron
al llamamiento unos y otros, trayendo Hícetes cinco mil
hombres y no teniendo Timoleón entre todos más que
unos mil y doscientos, con los cuales salió de Tauromenio
para Adrano, que distaba unos trescientos y cuarenta estadios.
Y en el primer día, habiendo andado poca parte del camino,
hizo alto; mas al siguiente, marchando sin reposo y venciendo
pasos escabrosos y difíciles, cuando comenzaba a declinar
el día, oyó que Hícetes acababa de llegar
a la ciudad y se había acampado en las inmediaciones. Los
jefes y capitanes de los Cuerpos empezaban a acampar también
a los que llegaron primero, pareciéndoles que pelearían
con más ardor después de haber tomado alimento y
haber descansado; mas sobreviniendo Timoleón, les hizo
presente no ejecutasen semejante cosa, sino que marcharan prontamente
y cayeran sobre los enemigos, que andarían desordenados,
como era regular sucediese, estando descansando de una marcha
y descuidados en las tiendas y en los ranchos; dicho esto, embrazó
el escudo y guió el primero como a una victoria cierta.
Siguiéronle denodadamente los demás, hallándose
de los enemigos a menos de treinta estadios, los que anduvieron
muy luego, y dieron sobre éstos, que se desordenaron y
huyeron a la primera noticia que tuvieron de su venida; así
es que sólo mataron unos trescientos, y fueron más
que doblados los que cautivaron, tomándoles también
el campamento. Los Adranitas, abriendo las puertas de la ciudad,
se unieron con Timoleón, refiriéndole con asombro
y susto que, no bien se había empezado el combate, cuando
por sí mismas se habían abierto las puertas sagradas
del templo, y habían advertido que la lanza del dios se
blandió por la punta y su semblante estaba bañado
de copioso sudor.
XIII. Tales prodigios, a lo que parece, no significaron solamente
esta victoria, sino también los posteriores sucesos de
que aquel combate fue un feliz preludio. Porque las ciudades,
enviando embajadores, inmediatamente se unieron a Timoleón,
y Mamerco, tirano de Catana, hombre guerrero y sobrado de medios,
le ofreció su alianza. Mas lo mayor de todo fue que el
mismo Dionisio, perdida ya toda esperanza, y estando a punto de
tener que rendirse, mirando con desprecio a Hícetes, que
se había dejado vencer cobardemente, y admirando a Timoleón,
envió a tratar con éste y con los Corintios, poniéndose
en sus manos y entregándoles el alcázar. No despreciando
Timoleón tan inesperada dicha, mandó inmediatamente
al alcázar a los ciudadanos corintios Euclides y Telémaco,
y además trescientos soldados, no todos juntos ni de modo
que se conociera, cosa imposible por estar el puerto en poder
de los enemigos, sino disimuladamente divididos en paquetes. Tomaron,
pues, los soldados el alcázar y los palacios, con todas
las provisiones y efectos de guerra, porque había no pocos
caballos, toda especie de máquinas y gran copia de dardos;
de armas había unas setenta mil depositadas de largo tiempo,
y tenía consigo Dionisio unos dos mil soldados, que puso
con todo lo demás a disposición de Timoleón.
El mismo Dionisio, tomando su caudal y no muchos de sus amigos,
hizo la travesía sin ser notado de Hícetes, y llevado
al campamento de Timoleón, entonces por primera vez se
le vio reducido y humillado a la condición de particular;
y se dispuso fuese llevado a Corinto en una sola nave con poca
parte de su hacienda; habiendo sido nacido y criado en la tiranía
más afamada y poderosa de todas, la que conservó
diez años, habiendo pasado los doce restantes, después
de la expedición de Dión, en continuas guerras y
combates; pero a lo que hizo en la tiranía excedió
en mucho lo que padeció arrojado de ella; porque vio las
muertes de sus hijos ya crecidos y los estupros de sus hijas doncellas;
y a la que era su hermana y mujer a un tiempo sufrir todavía
viva en su cuerpo los más torpes insultos de sus enemigos,
y que después le dieron violentamente muerte juntamente
con sus hijos y la arrojaron al mar. Mas de estas cosas hemos
dado razón más circunstanciada en la vida de Dión.
XIV. Llegado Dionisio a Corinto, no había Griego ninguno
que no deseara verle y hablarle, con la diferencia de que unos,
alegrándose de sus desgracias, por odio se llegaban a él
contentos, como para conculcar al que había derribado la
fortuna, y otros, aplacados ya con la mudanza y compadeciéndole
en la fragilidad manifiesta de las cosas humanas, veían
el gran poder de otras causas ocultas y divinas, pues aquella
edad no ostentó prodigio ninguno de la naturaleza o del
arte igual a aquella obra de sola la fortuna que mostraba al que
poco antes era tirano de la Sicilia, reducido a habitar en Corinto
en casa de una bodegonera, o sentado en el mostrador de un perfumador
bebiendo la zupia de los taberneros, o alternando con mujerzuelas
que hacían tráfico de su belleza, o enseñando
a las cantoras sus cantinelas, moviendo con ellas disputas sobre
la armonía del canto. Unos creían que Dionisio tenía
esta conducta porque, además de ser de aquellos que fácilmente
se exaltan, era por naturaleza muelle y disoluto; mas otros juzgaban
que para que no se hiciera atención en él y no inspirar
miedo a los Corintios ni dar sospechas de que llevaba mal la mudanza
de vida y el no tener parte en los negocios, de intento se esforzaba
a mostrarse fuera de su naturaleza extravagante y medio simple
en el modo de consumir su ocio.
XV. Refiérese también de él algunos dichos
de los que se puede inferir que no dejaba de acomodarse con dignidad
a las cosas presentes. Como, por ejemplo: habiendo pasado a Léucade,
ciudad fundada por los Corintios, igualmente que la de Siracusa,
dijo le sucedía lo mismo que a aquellos jóvenes
que han caído en faltas; porque al modo que éstos
se acogen gustosos a los hermanos y de vergüenza huyen de
casa de los padres, de la misma manera, avergonzándose
él de residir en la metrópoli, habitaba allí
contento con los Leucadios. Otro ejemplo: reconviniéndole
en Corinto un forastero con groserías sobre sus conferencias
con los filósofos en las que parecía complacerse
cuando reinaba, y preguntándole últimamente de qué
le había servido la sabiduría de Platón:
¿Te parece, le dijo, que no nos sirvió Platón
de nada cuando ves cómo llevamos esta mudanza de fortuna?
Al músico Aristóxeno y algunos otros que le preguntaron
cuál era y de dónde provenía la querella
que había tenido con Platón, les respondió
que, estando la tiranía rodeada siempre de grandísimos
males ninguno era comparable con el de no atreverse a hablarle
claro los que se venden por amigos, y que éstos eran los
que le habían privado del aprecio de Platón. Queriendo
dárselas uno de gracioso y zaherir a Dionisio, sacudió
la capa al tiempo de entrar a verle, como para notarle de tirano;
y él, volviéndole la burla, le dijo sería
mejor lo hiciese al tiempo de salir de su casa, para no llevarse
nada de lo que había en ella. Dejándose caer Filipo
el de Macedonia en un convite ciertas expresiones irónicas
acerca de las poesías y tragedias que Dionisio el mayor
dejó escritas, haciendo como que dudaba en qué tiempo
pudo tener vagar para estas tareas, le salió oportunamente
al encuentro Dionisio, diciéndole: En aquel que tu,
yo y los demás que pasamos por felices gastamos en francachelas.
Platón no alcanzo a ver a Dionisio en Corinto, porque ya
había muerto, pero Diógenes de Sinope, la primera
vez que se acercó a él: Indignamente vives,
le dijo, oh Dionisio; y respondióle éste:
Te agradezco, oh Diógenes, que te compadezcas de
mi infortunio; ¿Cómo, replicó
Diógenes, piensas que me compadezco, cuando más
bien me irrito de que siendo un tan vil esclavo, digno de morir
de viejo, como tu padre, en la tiranía, veo que estás
aquí divirtiéndote y solazándote con nosotros?
De manera que cuando comparo con estas respuestas las exclamaciones
que Filisto emplea compadeciendo a las hijas de es por haber descendido
de los grandes bienes de la tiranía a un pasar estrecho
y miserable, gradúo a éstas por lamentaciones de
una mujerzuela que echara menos los alabastros, la púrpura
y el oro. Creernos que estas cosas no entran mal en esta clase
de escritos y que no son inútiles para lectores que no
estén de prisa ni escasos de tiempo.
XVI Pues si la desdicha de Dionisio debió parecer extraña,
no fue menos de admirar la dicha de Timoleón, porque a
los cincuenta días de haber desembarcado en Sicilia tomó
el alcázar de los Siracusanos y despachó a Dionisio
al Peloponeso. Alentados con estos sucesos los Corintios, envíanle
dos mil infantes y doscientos caballos, los cuales, llegados a
Turios, considerando arriesgada aquella travesía, por tener
los Cartagineses obstruido el mar con muchas naves, precisados
a detenerse allí esperando oportunidad, sacaron al fin
partido de aquel ocio para una acción provechosa. Porque
de los Turios, los que habían peleado contra los Brecianos,
tomando esta ciudad y teniéndola como patria, la guardaron
con leal y fiel custodia. Hícetes, que, como se ha visto,
tenía sitiado el alcázar de Siracusa, impedía
que a los Corintios les llegasen los víveres por mar; y
respecto de Timoleón, habiendo sobornado a dos extranjeros
para que a traición le diesen muerte, los envió
a Adrano, donde, además de que aquel no solía usar
guardia alguna para su persona, confiado en el dios, se entretenía
todavía con menos cuidado y recelo en medio de los Adranitas.
Supieron por casualidad los sobornados que iba a hacer un sacrificio,
y dirigiéndose al templo con puñales encubiertos
debajo de la ropa se metieron entre los que estaban junto al ara,
y poco a poco se le fueron acercando más. No faltaba ya
otra cosa sino que se diera la voz para la acometida, cuando uno
de los circunstantes hiere con el puñal en la cabeza a
uno de los dos, que cayó muerto; y entonces, ni se detuvo
el que dio el golpe ni el que había ido con el herido,
sino que aquel, de la misma manera como estaba con el puñal
en la mano, dio a huir y se subió a una piedra muy alta;
y este otro, asiéndose al ara, pedía a Timoleón
que le indultase bajo la condición de descubrirlo todo.
Concediósele, y reveló contra sí y contra
el muerto que habían sido enviados para asesinarle. En
esto, ya otros traían al de la piedra, que venía
gritando no haber cometido delito alguno, sino que con justicia
había dado muerte a aquel hombre para vengar la de su padre,
a quien antes la había dado aquel en Leoncio. Hubo entre
los presentes algunos que lo atestiguaron, maravillándose
al mismo tiempo de la destreza con que la Fortuna mueve unas cosas
por medio de otras, y reuniéndolas y combinándolas
todas, desde lejos se sirve de las que parece estar más
distantes y no tener nada de común entre sí, haciendo
que el fin de las unas sea el principio de las otras. Los Corintios
premiaron a este hombre con diez minas, porque parece prestó
una indignación justa al Genio que velaba sobre Timoleón;
y aquella ira que tanto tiempo hacía abrigaba en su pecho
no la gastó antes, sino que con el motivo de su particular
encono la reservó íntegra para salud de aquel por
disposición de la fortuna. Sirvióles este favor
presente de la suerte para formar esperanzas sobre lo futuro,
viendo que debían respetar y conservar a Timoleón
como a un hombre sagrado, venido para ser por voluntad de los
Dioses el vengador de la Sicilia.
XVII. Hícetes, cuando vio que había errado el golpe,
y que eran muchos los que se pasaban a Timoleón, se reprendió
a sí mismo de que, siendo tantas las fuerzas de los Cartagineses,
parecía que se había avergonzado de usar de ellas,
y sólo como a escondidas y a hurtadillas se había
valido de su auxilio. Envió, pues, a llamar a Magón
su general, con todo el cuerpo de sus tropas, el cual, por lo
pronto, impuso miedo presentándose y tomando el puerto
con ciento cincuenta naves, y conduciendo sesenta mil infantes
que hizo acampar dentro de la ciudad de Siracusa: de manera que
todos creían ser ya venida sobre la Sicilia aquella barbarie
tan decantada y esperada de antemano, por cuanto nunca antes habían
logrado los Cartagineses, a pesar de haber peleado mil veces en
Sicilia, tomar a Siracusa, mientras entonces, admitiéndolos
Hícetes, y entregándosela, había venido aquella
ciudad a ser un campamento de los bárbaros. En tanto, los
Corintios que ocupaban el alcázar no se sostenían
sino con gran dificultad y trabajo, no recibiendo todavía
víveres suficientes, antes escaseándoles por estar
bien guardados los puertos, y teniendo que estar en continuos
combates y peleas, ya defendiendo las murallas y ya teniendo repartida
su atención en las máquinas y en todos los medios
e instrumentos de un sitio.
XVIII. Con todo, Timoleón no se olvidaba de socorrerlos,
enviándoles de Catana víveres en barquillos de pescadores
y en pequeños transportes, que principalmente en los momentos
de tormenta se escabullían entre las galeras de los bárbaros,
mientras a éstas las tenían separadas el oleaje
y la borrasca. Echándolo de ver Magón e Hícetes,
determinaron tomar a Catana, de donde los sitiados se surtían
de lo necesario, y reuniendo la parte más aguerrida de
sus fuerzas, dieron la vela desde Siracusa. Mas el corintio Neón,
que éste era el nombre del que mandaba a los sitiados,
observando desde el alcázar que los que habían quedado
de los enemigos estaban con poca vigilancia y cuidado, cargó
de improviso sobre ellos en ocasión de hallarse desunidos,
y dando muerte a unos, y obligando a otros a retirarse, tomó
y ocupó el punto llamado Acradina, parte la más
fuerte de la ciudad de Siracusa, la cual parece en alguna manera
compuesta y formada de muchas poblaciones. Provisto, pues, de
víveres y de dinero, no abandonó aquel sitio ni
se acogió de nuevo al alcázar, sino que, fortificando
la circunferencia de la Acradina, y juntándola por medio
de obras avanzadas con aquella ciudadela, la tuvo en custodia.
Alcanzó en esto un soldado de a caballo de los de Siracusa
a Magón e Hícetes, que ya estaban cerca de Catana,
y les refirió la pérdida de la Acradina. Aturdiéronse
con semejantes nuevas y se retiraron precipitadamente, sin tomar
la ciudad a que se encaminaban, y sin conservar la que poseían.
XIX. Todavía estos sucesos dan a la prudencia y a la virtud
algún asidero para contender con la fortuna; mas los que
después sobrevinieron parece que enteramente fueron obra
de la buena dicha. Los soldados corintios detenidos en Turios,
temiendo por una parte a las galeras de los Cartagineses que les
estaban en acecho bajo el mando de Anón, y viendo por otra
que el mar estaba agitado del viento hacía muchos días,
tomaron la determinación de hacer a pie su marcha por el
país de los Brecianos; y ora usando de persuasión
y ora de fuerza con aquellos bárbaros, arribaron a Regio,
cuando todavía el mar permanecía alborotado. En
tanto, al jefe de la escuadra cartaginesa, que no aguardaba a
los Corintios, creyéndolos en la inacción, le vino
la ocurrencia de que era preciso que discurriese algún
engaño a la manera de los generales sabios y astutos: mandó,
pues, con esta idea a sus marineros ponerse coronas; y adornando
las galeras con escudos griegos y fenicios, marcha la vuelta de
Siracusa; y moviendo grande alboroto, pasa con algazara y risa
por delante de la ciudadela, gritando que venía de haber
vencido y cautivado a los Corintios, a los que había sorprendido
en el mar, a fin de infundir con esto desaliento a los sitiados.
Mas cuando él usaba de estas imposturas y embelecos, los
Corintios, que por los Brecianos habían bajado hasta Regio,
como no los observase nadie, y el viento calmado contra toda esperanza
les proporcionase una travesía tranquila y apacible, embarcándose
sin detención en los transportes y barcas de pesca que
tuvieron a mano bogaron y se dirigieron a la Sicilia, tan seguramente
y con tal serenidad, que llevaban los caballos del diestro nadando
junto a las embarcaciones.
XX. Hecha la travesía, y reunidos con Timoleón,
tomó éste inmediatamente a Mesina; y ordenado su
ejército partió para Siracusa, más confiado
en su buena suerte y favorables sucesos que en sus fuerzas: porque
las que tenía consigo no pasaban de cuatro mil hombres.
Noticiado a Magón su arribo, no dejó de concebir
inquietud y temor, y además entró en sospechas con
el motivo siguiente. En las charcas inmediatas a la ciudad, donde
se recoge mucha agua potable de fuentes y mucha también
de los lagos y ríos que corren al mar, se cría abundancia
de anguilas, y los que lo intenten pueden siempre hacer copiosa
pesca; así, los asalariados de uno y otro ejército,
estando en ocio y tregua, se dedicaban a este ejercicio. Eran
todos Griegos, y no teniendo entre sí motivo particular
de enemiga, aunque en los combates peleaban denodadamente, en
el tiempo de tregua se reunían v conferenciaban unos con
otros; y entonces, entreteniéndose en la común ocupación
de la pesca, trababan conversación, ponderando la apacibilidad
del mar y la belleza de aquellos contornos. En una de estas ocasiones
dijo uno de los que militaban con los Corintios: ¿Es
posible que una ciudad como ésta, tan grande y tan abastada
de bienes, habéis de querer barbarizarla vosotros siendo
Griegos y establecer cerca de nosotros a esos malvados e inhumanos
Cartagineses, respecto de los cuales habíamos de desear
que mediaran muchas Sicilias entre ellos y la Grecia? ¿O
acaso imagináis que habiendo movido su ejército
desde las columnas de Heracles y el mar Atlántico, no han
de haber venido aquí sino a exponerse para el establecimiento
de Hícetes? El cual, si pensara como buen general, no desecharía
a los de su metrópoli, ni atraería sobre la patria
a los que no pueden menos de ser sus enemigos; sino que alcanzaría
cuanto honor y poder le estuviese bien, haciéndose recomendable
a los Corintios y a Timoleón. Difundieron los soldados
estas especies en el campamento, y con ellas hicieron concebir
sospechas a Magón de que se trataba de venderle, cabalmente
cuando hacía tiempo que buscaba pretextos para retirarse;
así fue que por más que Hícetes le rogó
se detuviese, y le hizo ver cuán superiores eran a los
enemigos, reputando allá dentro de sí que era más
lo que en virtud y fortuna le aventajaba Timoleón, que
lo que él le excedía en fuerzas, levó repentinamente
anclas y navegó al África, dejando que se le fuese
de entre las manos la Sicilia de un modo vergonzoso y contrario
a toda humana prudencia.
XXI Presentóse al día siguiente Timoleón
en orden de batalla, y habiendo los Siracusanos entendido la fuga,
al ver el puerto desamparado, les causó risa la cobardía
de Magón, y discurriendo por la ciudad hacían pregonar
premios para el que dijese dónde se les había ido
la escuadra cartaginesa. Con todo, Hícetes todavía
se obstinaba en pelear, y no abandonaba la presa de la ciudad,
sino que se rehacía en los puntos que conservaba, que eran
fuertes y difíciles de tomar; entonces, Timoleón
dividió sus fuerzas y acometió en persona por donde
corre el Anapo, que era la parte de mayor resistencia; a otros,
a quienes mandaba Isias de Corinto, les ordenó hiciesen
una salida de la Acradina, y a la tercera división la dirigieron
contra el punto llamado Epípolas Dinarco y Demáreto,
que habían venido con los últimos socorros de Corinto.
Hecha, pues, esta acometida a un tiempo por todas partes, y volviendo
la espalda en precipitada fuga las tropas de Hícetes, el
que se tomara la ciudad con el alcázar, quedando todo prontamente
sujeto con la fuga de los enemigos, justo es que se atribuya al
valor de los combatientes y a la pericia del general: pero el
que no muriera, ni aun siquiera fuese herido, ninguno de los Corintios,
obra fue precisamente de la fortuna de Timoleón, como si
ésta contendiera con su virtud, para que los que lo entendiesen
admiraran más su dicha que sus loables prendas; pues la
fama no solamente corrió al punto por toda la Sicilia y
por toda la Italia, sino que en breves días se difundió
el eco de este admirable triunfo por la Grecia; de manera que
cuando en Corinto se dudaba si la armada había aportado,
a un tiempo recibieron la noticia del arribo y de la victoria;
¡tan prósperamente corrieron los sucesos y tanto
se complació la Fortuna en añadirla presteza a la
brillantez de aquellas hazañas! XXII. Apoderado de la ciudadela,
no le sucedió lo que a Dion, ni guardó respeto a
aquel sitio por su belleza y por lo costoso de sus edificios,
sino que, evitando la sospecha con que primero se calumnió
a aquel, y después se le perdió, hizo echar pregón
de que aquel de los Siracusanos que quisiera se presentara con
su piqueta y tomara parte en la destrucción de aquellos
baluartes de la tiranía. Como todos hubiesen concurrido,
tomando como principio seguro de la libertad el pregón
aquel y aquel día, no sólo destruyeron y derribaron
el alcázar, sino también las casas y monumentos
de los tiranos. En seguida hizo limpiar e igualar el suelo, y
edificó allí los tribunales, congraciándose
así más con los ciudadanos, y sobreponiendo la democracia
el despotismo. Advirtió, luego de tomada la ciudad, que
carecía de ciudadanos, habiendo perecido unos en las guerras
y tumultos, y habiendo huido otros de las sucesivas tiranías;
así la plaza pública de Siracusa había criado,
por la falta de concurrencia, tanta y tan espesa maleza, que se
apacentaban en ella los caballos, teniendo la hierba por cama
los palafreneros. Las demás ciudades, a excepción
de muy pocas, se habían hecho refugio de ciervos y jabalíes,
y en las inmediaciones, al piemismo de las murallas, cazaban muchas
veces los aficionados a este ejercicio; y los que habitaban en
los fuertes y presidios ninguno acudía a los llamamientos
ni bajaba a la ciudad, sino que todos miraban con horror y odio
la plaza, el gobierno y tribuna, de donde les habían brotado
los más de los tiranos. Determinaron, pues, Timoleón
y los de Siracusa escribir a los Corintios para que de la Grecia
enviaran habitantes a aquella ciudad, puesto que su país
no temía ser perturbado, y a ellos, de parte del África,
les amenazaba una cruda guerra, habiendo entendido que los Cartagineses
habían puesto en una cruz el cadáver de Magón,
que se había dado muerte a sí mismo, en odio de
su mal gobierno, y que venían con grandes fuerzas para
pasar a Sicilia en aquel verano.
XXIII. Llevadas estas cartas de parte de Timoleón, y llegando
también embajadores de los Siracusanos, que les rogaban
atendieran a aquella colonia y se hicieran por segunda vez sus
fundadores, no se valieron los Corintios de esta ocasión
para saciar su codicia, ni se apropiaron aquella ciudad, sino
que. en primer lugar, se dirigieron a los juegos sagrados de la
Grecia y a las grandes concurrencias, anunciando por pregón
que los Corintios, que en Siracusa habían destruido la
tiranía y habían lanzado de allí al tirano,
llamaron a los Siracusanos y a los demás de Sicilia que
quisieran habitar en aquella ciudad, para que, como libres e independientes,
se repartieran por suertes el país con igualdad y con justicia;
enviaron después mensajeros al Asia y las islas donde sabían
haberse establecido muchos de los desterrados, invitándolos
a todos a pasar a Corinto, donde tomarían a su cargo enviarlos
con escolta, con buques y generales a sus propias expensas a Siracusa.
Con semejantes pregones se ganó Corinto la más justa
y apreciable alabanza y la envidia de otros pueblos por haber
libertado de tiranos, haber salvado de los bárbaros y haber
entregado a sus propios ciudadanos aquella región. No considerándose
en bastante número los que concurrieron a Corinto, hicieron
diligencias para que se les agregaran más colonos del mismo
Corinto y del resto de la Grecia, y cuando hubo como unos diez
mil, se embarcaron para Siracusa. También de la Italia
y de Sicilia se habían reunido ya muchos a Timoleón,
llegando, según refiere Atanis, a sesenta mil, a los cuales
les repartió el terreno y les vendió las casas en
mil talentos, haciendo a los antiguos Siracusanos la gracia de
que pudieran comprar las suyas y, proporcionando al mismo tiempo
abundancia de fondos al pueblo, tan gastado con los demás
males y con la guerra, que fue preciso vender las estatuas, votándose
sobre cada una y entablándose un juicio, como cuando a
los empleados se les piden cuentas; en tales términos,
que se refiere haber conservado los Siracusanos, cuando daban
sentencia contra las otras estatuas, la del tirano Gelón
el mayor, guardándole este honor y respeto por la victoria
que en Hímera ganó a los Cartagineses.
XXIV. Enriquecida y repoblada la ciudad de esta manera por acudir
a ella ciudadanos de todas partes, quiso Timoleón poner
en libertad a las demás ciudades y acabar enteramente con
las tiranías de la Sicilia; marchando, pues, con las tropas
a sus capitales, redujo a Hícetes a la necesidad de separarse
de los Cartagineses y de convenir por un tratado en destruir las
ciudades y vivir como particular en Leoncio: a Léptines,
que tenía tiranizada a Apolonia y otros muchos pueblos,
y que cuando se vio en peligro de ser hecho prisionero si entraba
en lid, se le rindió a discreción, lo trató
con indulgencia y lo hizo conducir a Corinto, teniendo por cosa
gloriosa para la metrópoli el que los Griegos vieran a
los tiranos de la Sicilia vivir en el destierro y la humillación.
Queriendo, por otra porte, que los estipendiarios vivieran de
la milicia y no estuvieran ociosos, aunque él se restituyó
a Siracusa para atender al establecimiento del gobierno, ayudándose
para lo más principal y delicado de estas tareas de Céfalo
y Dionisio, legisladores que habían venido de Corinto,
envió contra las posesiones de los Cartagineses a Dinarco
y Demáreto; los cuales, sacando muchas ciudades del poder
de los bárbaros, no sólo consiguieron vivir en la
abundancia, sino que con el botín recogieron fondos para
la guerra.
XXV. Dirígese en tanto la armada de los Cartagineses al
Lilibeo, conduciendo sesenta mil hombres de tropa, doscientas
galeras y mil barcos, que traían a bordo máquinas
y carros con víveres abundantes y todas las demás
provisiones, no ya para hacer parcialmente la guerra, sino para
arrojar a los Griegos de toda la Sicilia, siendo aquella fuerza
suficiente para sojuzgar a los Sicilianos, aun cuando no estuvieran
debilitados y gastados con sus mutuas contiendas; y cuando entendieron
que su territorio había sido devastado, encendiéronse
en ira contra los Corintios, siendo sus caudillos Asdrúbal
y Amílcar. Llegada esta nueva velozmente a Siracusa, de
tal manera se acobardaron los Siracusanos a la vista de tan desmedidas
fuerzas, que de tan grande número de ciudadanos apenas
tres mil tuvieron ánimo para tomar las armas y juntarse
con Timoleón. Los estipendiarios eran cuatro mil, y aun
de éstos unos mil desertaron de miedo en la marcha, dándose
a entender que Timoleón no estaba en su acuerdo, sino que
deliraba por la edad, yendo con cinco mil infantes y mil caballos
contra setenta mil enemigos y desviando sus fuerzas de Siracusa
el camino de ocho días, con lo que ni los que huyesen tendrían
salvamento ni los que muriesen sepulcro. Mas Timoleón reputó
a ganancia el que éstos hubiesen manifestado su cobardía
antes de la ocasión, y alentando a los otros los condujo
a marchas forzadas al río Crimeso, adonde oyó haberse
dirigido también los Cartagineses.
XXVI Iba subiendo a un collado, vencido el cual habían
de descubrirse el ejército y todas las fuerzas de los enemigos,
cuando llegaron a ellos unas acémilas cargadas de apios;
a los soldados les ocurrió que era mala señal, porque
tenemos la costumbre de coronar por piedad con apio los monumentos
de los muertos, y de aquí nació el proverbio que
dice, respecto del que se halla peligrosamente enfermo, que aquel
está ya pidiendo apio. Queriendo, pues, apartarlos de semejante
superstición y disipar su desconfianza, parando la marcha,
les habló Timoleón en los términos que el
caso pedía, y les dijo: Que antes de la victoria
la corona por sí misma se les venía a la mano, porque
los Corintios coronan con apio a los que vencen en los Juegos
Ístmicos, teniendo a esta planta por una insignia sagrada
y propia de su país. Pues ya entonces era de apio
la corona de los Juegos ístmicos, como lo es ahora de los
Nemeos, y no mucho antes había sido de pino. Hablando,
pues, Timoleón a los soldados en la forma que hemos dicho,
y tomando unas hojas de apio, se coronó el primero: después
de él lo hicieron los jefes, y luego la tropa. Divisaron
entonces los adivinos dos águilas que por allí pasaban,
de las cuales la una llevaba un dragón despedazado entre
las garras, y la otra en su vuelo daba grandes y descompasados
chillidos; mostráronlas, pues, a los soldados, y todos
se movieron a hacer votos y plegarias a los Dioses.
XXVII. Era entonces la estación del verano, a fines del
mes Targelión, cuando ya el tiempo tocaba en el solsticio;
y formando el río una densa niebla, al principio cubría
con su oscuridad la ribera y nada podía verse enemigos;
solamente llegaba al collado un eco indeterminado y confuso, causado
a lo lejos por un ejército tan numeroso. Mas luego que
los Corintios acabaron de allanar el collado, y que dejando los
escudos empezaron a tomar aliento, levantándose ya el Sol
y alzando del suelo los vapores, espesado y condensado el aire
en la parte superior, cubrió las alturas, quedando libres
los terrenos bajos; descubrióse entonces el Crimeso, y
se vio que le estaban pasando los enemigos, primero con los carros
ordenados en batalla de un modo terrible, y en pos de ellos con
diez mil infantes cuyos escudos eran blancos. Conjeturóse
que éstos eran Cartagineses por la brillantez de sus arreos
y por el apiñamiento y orden de su marcha. Agolpábanse
luego todas las demás naciones y emprendían el paso
en desorden y confusión; lo que advertido por Timoleón
conoció al punto que el río le proporcionaba tomar
de la muchedumbre de los enemigos aquellos con quienes quisiera
pelear. Ordenó, pues, que sus soldados que miraran la falange
de los enemigos dividida por la corriente, habiendo pasado unos
y estando otros por pasar, y mandó a Demáreto que
con la caballería acometiese a los Cartagineses y desordenara
su formación antes de verificarse. Bajó entonces
al llano y encomendó a otros Sicilianos el mando de las
dos alas, poniendo en cada una de ellas unos cuantos extranjeros;
en el centro, tomando él mismo a los Siracusanos y lo más
escogido de los estipendiarios, se paró por un breve instante
para notar las operaciones de la caballería; mas viendo
que los carros que discurrían delante de las filas no la
dejaban venir a las manos con los Cartagineses, sino que muchas
veces para no desordenarse la precisaban a hacer rodeos y dar
en esta forma frecuentes acometidas, embrazando el escudo y gritando
a los infantes que le siguiesen con denuedo, pareció que
su voz fue mucho más fuerte y penetrante que de ordinario,
bien fuese porque en aquel conflicto y con aquel calor se acrecentase
efectivamente la voz, o porque algún Genio, según
entonces lo creyeron muchos, le ayudase a gritar y gritase con
él. Contestando aquellos inmediatamente al grito, y pidiéndole
que los guiase y no se detuviese, hizo señal a la caballería
para que acometiese por fuera de la línea de los carros
y cargara por el ala a los enemigos; y él, cerrando la
vanguardia, que se cubrió con los escudos, y dando orden
de tocar a los trompetas, marchó para los Cartagineses.
XXVIII. Sostuvieron éstos con valor el primer encuentro,
y con tener defendido el cuerpo con corazas de hierro y morriones
de bronce, y oponer unos anchos escudos pudieron esquivar los
golpes de lanza. Mas cuando la pelea vino a las espadas, obra
ya no menos de la destreza que la pujanza, repentinamente empezaron
a desprenderse de los montes terribles truenos y encendidos relámpagos,
y descendiendo al lugar de la contienda la nube desde los collados
y alturas, trayendo consigo lluvia, viento y granizo, a los Griegos
les daba por la espalda, mas a los bárbaros heríalos
en la cara y deslumbrábales la vista, siendo continua la
lluvia borrascosa y las llamaradas que partían de las nubes;
cosas que de mil maneras afligían, especialmente a los
bisoños. Incomodaba también no menos que los truenos
el ruido de las armas, heridas de la espesa lluvia y los granizos,
por cuanto impedía que se oyesen las órdenes de
los caudillos. Además, yendo los Cartagineses nada ligeros
en cuanto al armamento, sino de sobra defendidos, como hemos dicho,
estorbábales el barro, y los senos de las túnicas
llenos de agua les impedían manejarse con presteza en el
combate, cuando los Griegos estaban muy listos para ofenderlos;
y si caían, les era absolutamente imposible levantarse
del lodo, a causa de las armas. El Crimeso también, desbordado
ya con los que pasaban, se había aumentado con las lluvias;
y la llanura inmediata, teniendo muchas desigualdades y hoyos,
estaba llena de arroyuelos que corrían fuera de cauce,
con los que, detenidos los Cartagineses, con dificultad podían
salvarse. Por último, continuando la tormenta, y habiendo
los Griegos deshecho la primera línea, que era de unos
cuatrocientos hombres, todo el ejército se entregó
a la huída. Muchos, alcanzados todavía en la llanura,
allí perecieron; a otra gran parte, tropezando con los
que todavía se hallaban pasando el río, los arrebató
y destruyó su corriente; y a los más, que se encaminaban
a las alturas los persiguieron y deshicieron las tropas ligeras.
Dícese que de diez mil muertos, tres mil eran Cartagineses:
grande luto para aquella ciudad, porque ningunos otros les hacían
ventaja, ni en origen, ni en riquezas, ni en reputación
y no había memoria de que en una sola acción hubieran
muerto jamás tantos Cartagineses, pues que echando comúnmente
mano de Africanos, de Españoles y Númidas, la pérdida
en sus derrotas era siempre ajena.
XXIX. Advirtieron también los Griegos en los despojos
la distinción de los vencidos, deteniéndose poco
los que los despojaban en el bronce y el hierro: ¡tan abundante
andaba la plata, y en tanta copia era el oro! Pues pasando el
río cogieron el campamento con todas las brigadas. Muchos
de los cautivos fueron ocultados por los soldados; pero aun presentaron
en total hasta cinco mil, y también se cogieron doscientos
carros. Mas lo que hacía una hermosa y magnífica
vista era la tienda de Timoleón, alrededor de la cual estaban
amontonados despojos de toda especie, entre ellos mil corazas
primorosas por la materia y por la obra, y diez mil escudos. Siendo
pocos para despojar a muchos, y hallándose con ricas presas,
apenas al tercero día después de la batalla pudo
erigirse el trofeo. Con la noticia de la victoria envió
Timoleón a Corinto las más hermosas armaduras de
las del botín, queriendo que su patria excitase en todos
los hombres una gloriosa emulación al ver en sola aquella
ciudad de la Grecia los más magníficos templos,
no adornados con despojos griegos, ni enriquecidos con indecorosos
monumentos de ofrendas que hubieran sido fruto de la muerte de
los de un mismo origen y una misma familia, sino con presas hechas
a los bárbaros, cuyas inscripciones acreditaban a un tiempo
el valor y la justicia de los vencedores, diciendo que los Corintios
y Timoleón, su general, haciendo libres de los Cartagineses
a los Griegos que habitaban en la Sicilia, habían hecho
a los Dioses aquella ofrenda.
XXX. Dejando en seguida en el ejército a los estipendiarios
para correr y molestar la provincia de los Cartagineses, se encamino
a Siracusa, y a aquellos mil estipendiarios que le abandonaron
antes de la batalla les mandó por pregón salir de
Sicilia, obligándolos a estar fuera de Siracusa antes de
ponerse el sol. Navegaron, pues, a Italia, donde perecieron a
mano de los Brecianos contra la fe de los tratados, imponiéndoles
así algún Genio la justa pena de su traición.
Mamerco, tirano de Catana, e Hícetes, fuese por envidia
de las victorias de Timoleón, o por temerle como hombre
de quien nada debían esperar, y que ningún trato
quería tener con los tiranos, hicieron alianza con los
Cartagineses y les enviaron a decir mandaran fuerzas y un general,
si no querían ser absolutamente arrojados de la Sicilia.
Vino, pues, Giscón trayendo sesenta galeras y soldados
Griegos estipendiarios, siendo así que nunca antes los
Cartagineses habían echado mano de los Griegos; mas entonces
tenían de ellos la más alta opinión, juzgándolos
por los más invencibles y valientes de todos los hombres.
Reunidos de común acuerdo en la Mesenia, dieron muerte
a cuatrocientos de los estipendiarios de Timoleón que habían
sido enviados en su auxilio; y en la provincia de los Cartagineses,
habiéndose armado asechanzas cerca del pueblo llamado Ietas
a los estipendiarios mandados por Éutimo Leucadio, todos
perecieron: con lo que la dicha de Timoleón adquirió
aún mayor nombradía: porque habían sido de
los que con Filomelo de Focea y con Onomarco habían tomado
a Delfos, haciéndose participantes de su sacrilegio. Aborrecidos,
por tanto, y abominados de todos, andando errantes por el Peloponeso,
fueron acogidos por Timoleón a falta de otros soldados;
venidos con él a Sicilia, en todas las batallas en que
a su lado se hallaron, hubieron la victoria; mas luego que tuvieron
fin aquellos grandes y reñidos combates, enviados a dar
auxilio a diferentes puntos, murieron o cayeron en cautiverio,
no todos a la vez, sino por partes: atestiguando este modo de
su castigo que en él intervenía la buena suerte
de Timoleón, para que del castigo de los malos ningún
daño resultase a los buenos. De esta manera vino a suceder
que no menos resplandeció la benevolencia de los Dioses
para con Timoleón en las cosas que pareció serle
adversas, que en aquellas en que salió triunfante.
XXXI Los más de los Siracusanos estaban incomodadísimos
de verse a cada momento denostados por los tiranos. Especialmente
Mamerco, muy ufano con que componía poemas y tragedias,
y engreído con haber vencido a los estipendiarios, al hacer
a los Dioses la consagración de los escudos, había
puesto por inscripción un dístico elegíaco
muy afrentoso, de este tenor: Estas rodelas que relumbran tanto
con púrpura, marfil, electro y oro, con escudos de a palmo
las tomamos. Después de estos sucesos, habiendo Timoleón
pasado con sus fuerzas a la Calabria, invadió Hícetes
a Siracusa, donde tomó un rico botín, haciendo grandes
daños y ofensas, y en seguida se encaminó también
a la Calabria, no haciendo cuenta de Timoleón, que tenía
poca gente. Dejóle éste adelantarse, y luego se
puso en su persecución con la caballería y las tropas
ligeras. Entendiólo Hícetes, y habiendo pasado el
río Damiria, se paró al otro lado en actitud de
defenderse, contribuyendo a darle osadía la dificultad
del paso y lo escarpado del terreno por la una y otra orilla.
Detuvo la batalla una disputa y contienda extraña entre
los capitanes de Timoleón, porque ninguno quería
ser el último en acometer a los enemigos, sino que cada
uno aspiraba a ser el primero; así el paso se hizo en desorden,
empujándose y atropellándose unos a otros. Quiso
Timoleón que echaran suertes, para lo que tomó un
anillo de cada uno, echólos todos en una punta de su manto,
y habiéndolos revuelto, se halló que el primero
tenía grabado por sello un trofeo, y luego que los jóvenes
lo observaron, alzando con aquel gozo grande gritería,
ya no esperaron otra suerte, sino que pasando precipitadamente
el río por el orden en que estaban cayeron con ímpetu
sobre los enemigos, los cuales no sostuvieron el choque, sino
que dieron a huir, abandonando todos las armas, y en el alcance
murieron como unos mil de ellos.
XXXII. Marchando de allí a poco con su ejército
Timoleón al territorio de los Leontinos, tomó vivo
a Hícetes, a su hijo Eupólemo y al general de la
caballería, Éutimo, que fueron aprehendidos por
sus propios soldados y conducidos a su presencia; Hícetes
y su hijo sufrieron la muerte, que tenían merecida, como
tiranos y traidores. Éutimo, sin embargo de ser hombre
de valor para los combates y distinguido por su arrojo, no alcanzó
compasión, por una expresión injuriosa contra los
Corintios, de la que era acusado; porque se refería que
cuando los Corintios movieron contra ellos, arengando a los Leontinos,
les había dicho que nada había que debiera causar
miedo o espanto en que: Hubieran las mujeres de Corinto salido
o no salido de sus casas. Así es que los más sufrimos
peor las malas palabras que las malas obras, porque es más
difícil de llevar el desprecio que la pérdida; y
el vengarse con obras se permite como necesario a los enemigos;
pero los dichos injuriosos parece que nacen de sobrado rencor
y sobrada malicia.
XXXIII. Vuelto Timoleón, los Siracusanos, formados en
junta pública para este juicio, condenaron a muerte a la
mujer e hijas de Hícetes; de todos los hechos de Timoleón
es éste el que menos favor le hace; pues parece que si
lo hubiese querido impedir, no se habría impuesto tal pena
a aquellas mujeres. Mas se cree que no se mezcló en ello,
abandonándolas al encono de los ciudadanos, que tomaban
en ellas venganza por Dión, el que expulsó a Dionisio;
fue, en efecto, Hícetes el que arrojó vivos al mar
a la mujer de Dión, Áreta; a su hermana, Aristómaca,
y a su hijo, todavía pequeño; de lo que hemos hablado
en la vida de Dión.
XXXIV. Marchando después de esto con su ejército
a Catana contra Mamerco, que le aguardó en orden de batalla
junto al arroyo Ábolo, le venció y derrotó
con muerte de unos dos mil, de los cuales eran no pequeña
parte los Fenicios, enviados como auxilio por Giscón. De
resulta de esto, le pidieron los Cartagineses la paz, y se vino
en ella con las condiciones de quedar a Siracusa todo el terreno
dentro del río Lico; que serían libres, todos los
que quisiesen, de ir a establecerse a Siracusa, entregándoseles
sus bienes y familias, y que se apartarían de la alianza
con los tiranos. Mamerco, desalentado ya en sus esperanzas, navegaba
a Italia para concitar a los de Luca contra Timoleón y
los Siracusanos. Mas habiendo cambiado de rumbo con sus naves
los que iban con él, y dirigídose a Sicilia, donde
hicieron a Timoleón entrega de Catana, se vió en
la precisión de acogerse a Mesana, buscando el amparo de
Hipón, tirano de aquella ciudad. Vino contra ellos Timoleón
y les puso sitio por tierra y por mar, e Hipón, al querer
huir en un buque, fue apresado y puesto en manos de los Mesenios,
los cuales convocaron a los muchachos de las escuelas para que
vieran como el más agradable espectáculo el castigo
de un tirano; le condujeron al teatro, y allí le azotaron
hasta quitarle la vida. Mamerco se entregó a Timoleón
para ser juzgado por los Siracusanos, bajo la condición
de que Timoleón no le acusase. Conducido a Siracusa, se
presento al pueblo, e intentó pronunciar un discurso que
tenía compuesto de antemano; pero siendo interrumpido y
observando que de la junta no podía esperar nada favorable,
arrojando la capa en medio del teatro, dio a correr, y con aquel
ímpetu fue a estrellarse de cabeza en uno de los asientos
para quitarse la vida; mas no consiguió que fuese aquella
su muerte, sino que se le alcanzó todavía con vida
y se le hizo sufrir la pena de los salteadores.
XXXV. Desarraigó, pues, Timoleón las tiranías
y dio fin a las guerras del modo que se ha referido. En cuanto
a la isla toda, que la encontró irritada con sus males
y mirada con tedio de sus habitantes, de tal manera la aplacó
e hizo apetecible, que vinieron otros habitantes a un punto del
que antes se habían retirado sus propios ciudadanos; porque
entonces se repoblaron Agrigento y Gela, ciudades grandes que
hicieron los Cartagineses abandonar con motivo de la guerra ática;
viniendo a habitar la una Megelo y Feristo desde Elea, y la otra
Gorgo, desde Ceo, trayendo consigo a los antiguos ciudadanos.
Así, procurando no solamente seguridad y reposo después
de tales agitaciones a los que en ellas se establecían,
sino proporcionándoles todavía otras muchas cosas,
y dándoles aliento, fue de sus ciudadanos mirado y venerado
como fundador. Los mismos eran los sentimientos de todos los demás
hacia él, y ni en la terminación de una guerra,
ni en la formación de una ley, ni en el establecimiento
de una colonia, ni en el arreglo de un gobierno, parecía
haberse acertado si él no intervenía, y si como
perfeccionador de la obra no contribuía a exornarla, añadiéndole
cierta gracia sobresaliente y como divina.
XXXVI Muchos Griegos había habido antes de él que
se habían hecho ilustres y que habían ejecutado
grandes cosas, de cuyo número son Timoteo, Agesilao, Pelópidas
y aquel a quien más se propuso imitar Timoleón,
Epaminondas; mas las hazañas de éstos presentan
lo brillante confundido con cierta violencia y esfuerzo, tanto,
que en algunas tuvo lugar la reprensión y el arrepentimiento,
mientras que cuando en todos los hechos de Timoleón, si
ponemos fuera de cuenta el estrecho en que se vio respecto del
hermano, ninguno hay al que no le convenga, como dice Timeo, aquella
exclamación de Sófocles: ¿Qué Afrodita
o Amores, sacros Dioses, han puesto aquí su poderosa mano?
Porque así como la poesía de Antímaco y los
cuadros de Dionisio, ambos Colofonios, en que hay fuerza y valentía,
tienen el aire de cosas hechas con esfuerzo, y muy trabajadas,
y en las pinturas de Nicómaco y en los versos de Homero
al vigor y gracia se agrega el parecer que están hechos
con gran soltura y facilidad, de la misma manera, comparados los
generalatos de Epaminondas y Agesilao, servidos con dificultad
y grande esfuerzo con el generalato de Timoleón, en el
que hubo tanta facilidad como esplendor, no le parecerá
éste, al que bien le advierta, obra de la Fortuna, sino
de una virtud afortunada. Con todo, él atribuyó
siempre a la Fortuna sus buenos sucesos, y tanto escribiendo a
sus amigos de Corinto como arengando a los Siracusanos dijo muchas
veces daba gracias a Dios porque, teniendo determinado salvara
la Sicilia, había sobrepuesto su nombre de él en
este decreto. Edificó asimismo al lado de su casa un templo
al Acaso, en que hizo sacrificio, y la casa misma la consagró
al sagrado Genio. Era ésta la que los Siracusanos le habían
regalado por premio de su acertado mando, juntamente con un terreno
de lo más agradable y delicioso, en el que se recreaba
la mayor parte del tiempo, habiendo hecho venir de Corinto a su
mujer y sus hijos; pues ya no volvió allá, ni se
mezcló en las turbaciones de la Grecia, ni tampoco quiso
incurrir en la envidia por gobernar, en que suelen estrellarse
los más de los generales por la insaciable ansia de honores
y mando, sino que pasó allí su vida, gozando de
los bienes que él mismo había proporcionado, de
los cuales era el mayor ver tantas ciudades y tantos millares
de hombres que por él eran dichosos.
XXXVII. Mas como a la cogujada no puede faltarle moño,
según Simónides, ni tampoco al gobierno popular
calumniador, tomaron por su cuenta a Timoleón estos dos
alborotadores Lafistio y Deméneto. Pedía Lafistio
que diese fianzas en cierta causa, y él no permitió
a los ciudadanos que se alborotaran y se lo impidieran, diciendo
que había llevado con gusto tantos trabajos y peligros
para poner a los Siracusanos en estado de que el que quisiera
pudiera usar de las leyes. Deméneto le acusaba en la junta
pública de muchos capítulos por cosas de su mando;
mas nada le contestó, y solamente dijo que estaba muy reconocido
a los Dioses por ver a los Siracusanos en posesión de la
libertad que tanto les había deseado. Obró, pues,
sin contradicción más grandes e ilustres hazañas
que ninguno de los Griegos antes de él; no hubo quien le
aventajase en aquellas acciones a cuya práctica suelen
los sofistas excitar en sus panegíricos a los Griegos:
de los males que en lo antiguo afligieron a la Grecia, debió
a su fortuna el que le hubiese sacado puro y sin mancha: a los
bárbaros y a los tiranos les hizo experimentar su valor
y su pericia, como a los Griegos, y a todos sus amigos su justicia
y su mansedumbre: erigió a sus ciudadanos muchos trofeos
de otros tantos combates, que no les costaron lágrimas
ni lloros; y en ocho años aún no cabales entregó
la Sicilia a sus habitantes, libre de sus envejecidos y como nativos
males. Entonces, ya siendo anciano, empezó a decaer de
la vista, que del todo perdió de allí a poco, no
porque hubiese dado causa a ello embriagado con su fortuna, sino,
a lo que parece, por una enfermedad de familia que con la edad
concurrió a este accidente; pues se dice que no pocos de
los que eran sus deudos por linaje perdieron del mismo modo la
vista, acortándoseles por la vejez. Atanis refiere que
fue en el campamento, durante la guerra contra Hipón y
Mamerco en Milas, donde empezó a acortársele la
vista, no dudándose ya de que iba a perderla: mas que con
todo no por eso alzó el sitio, sino que continuó
la guerra hasta apoderarse de los tiranos; y que luego que volvió
a Siracusa, depuso inmediatamente el mando, pidiendo la relevación
a los ciudadanos, en vista de que ya los negocios habían
sido llevados al más feliz término.
XXXVIII. El que hubiese llevado sin pesadumbre este infortunio
no será quizá de grande admiración; mas lo
que sí debe causarla es el honor y veneración que
estando ya ciego le manifestaron los Siracusanos, haciéndole
frecuentes visitas y llevando a su casa y a su propiedad a los
viajantes forasteros para que viesen a su bienhechor, contándoles
con reconocimiento el que hubiese preferido quedarse con ellos
a pasar sus días sin hacer caso de la gloriosa vuelta a
la Grecia, que sus admirables sucesos le habían preparado.
Hicieron y determinaron en su honor muchas y muy señaladas
demostraciones, entre las que no cede a ninguna la de haber decretado
que el pueblo siracusano, siempre que se le ofreciere guerra contra
extranjeros, hubiera de valerse de general corintio. También
era cosa digna de verse lo que, cuando concurría a las
juntas públicas, se hacía en su honor: porque las
cosas pequeñas las determinaban por sí: mas para
los negocios de importancia le llamaban: venía, pues, en
carroza, y por la plaza se dirigía al teatro, e introducido
su carruaje, en el que iba sentado, el pueblo le saludaba, nombrándole
todos a una voz. Correspondíalos, y dando algún
tiempo a los obsequios y a las alabanzas, inquiría luego
qué era de lo que se trataba, y manifestaba su dictamen.
Sancionado que era, sus ministros sacaban otra vez la carroza
del teatro, y los ciudadanos, despidiéndole con voces de
júbilo y alegría, despachaban después por
sí lo que restaba de los negocios públicos.
XXXIX. Envejeciendo, pues, en medio de tanto honor y benevolencia
como padre común de todos, con muy pequeña ocasión,
que agravó su edad, vino por fin a fallecer. Diéronse
algunos días a los Siracusanos para disponer su entierro
y a los circunvecinos y forasteros para concurrir a él.
Dispusiéronse coros brillantes, y jóvenes señalados
de antemano por un decreto llevaron el féretro, ricamente
adornado, pasándolo por los alcázares tiránicos
de los Dionisios, entonces asolados. Acompañáronle
millares de millares de hombres y mujeres, que hacían una
perspectiva muy decorosa, como en una solemnidad, llevando todos
coronas y vestidos de fiesta; mas los gritos y lágrimas,
mezclados con los elogios del muerto, lo que demostraban era,
no un oficio de honor ni unas exequias ordenadas de antemano,
sino un dolor justo y el reconocimiento que inspira un amor verdadero.
últimamente, puesto el féretro en la pira, Demetrio,
que era de los heraldos el que tenía más voz, publicó
este pregón que llevaba escrito: El pueblo de los
Siracusanos ofrece doscientas minas para el entierro de Timoleón,
hijo de Timodemo, natural de Corinto, y decreta honrarle perpetuamente
con combates músicos, ecuestres y gimnásticos, porque,
habiendo deshecho a los tiranos, vencido a los bárbaros
y repoblado muchas ciudades desiertas, dio leyes a los Sicilianos.
Púsose su monumento en la plaza, y cercándole más
adelante con pórticos y edificando palestras, formaron
para los jóvenes un gimnasio, que llamaron Timoleoncio:
y ellos, disfrutando del gobierno y leyes que les estableció,
por largo tiempo vivieron prósperos y felices.
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