PLUTARCO

PORTADA

QUIÉN ERA PLUTARCO?

VIDAS PARALELAS

Los personajes

1. Teseo & Rómulo
2. Licurgo & Numa Pompilio
3. Solón & Publícola
4. Temístocles & Camilo
5. Pericles & Fabio Máximo
6. Coriolano & Alcibíades
7. Emilio Paulo & Timoleón
8. Pelópidas & Marcelo
9. Arístides & Catón
10. Filopemen & Tito
11. Pirro & Cayo Mario
12. Lisandro & Sila
13. Cimón & Lúculo
14. Nicias & Craso
15. Alejandro & Julio César
16. Agesilao & Pompeyo
17. Sertorio & Eumenes
18. Foción & Catón el Joven
19. Agis y Cleómenes & Tiberio y Gaio Graco
20. Demóstenes & Cicerón
21. Demetrio & Antonio
22. Dión & Bruto
23. Artajerjes y Arato & Galba y Otón

SOLÓN

I. Dídimo el Gramático, en su comentario contra Asclepíades de las tablas de Solón, trae el aserto de cierto Filocles en que se da a Euforión por padre de Solón, contra el sentir común de todos cuantos han hecho mención de este legislador, porque todos a una voz dicen que fue hijo de Execéstidas, varón que en la hacienda y poder sólo gozaba de una medianía entre sus ciudadanos; pero de una casa muy principal en linaje, por cuanto descendía de Codro. De la madre de Solón refiere Heraclides Póntico que era prima de la de Pisístrato; y al principio hubo gran amistad entre los dos por el parentesco y por la buena disposición y belleza, estando enamorado Solón de Pisístrato, según la relación de algunos. Por esta razón probablemente cuando más adelante se suscitó diferencia entre ambos acerca de las cosas públicas, nunca la enemistad produjo grandes desazones, sino que duró en sus almas aquella primera inclinación, la cual mantuvo la memoria y cariño antiguo, como llama todavía viva de un gran fuego. Por otra parte, que Solón no se dominaba en punto a inclinaciones desordenadas, ni era fuerte para contrarrestar al amor como con mano de atleta, puede muy bien colegirse de sus poemas, y de la ley que hizo prohibiendo a los esclavos el usar de ungüentos y el requerir de amores a los jóvenes, pues parece que puso ésta entre las honestas y loables inclinaciones, y que con repeler de ella a los indignos convidaba a los que no tenía por tales. Dícese también de Pisístrato que tuvo amores con Carmo, y que consagró en la Academia la estatua del Amor, donde toman el fuego los que corren el hacha sagrada.

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PERICLES

I. Viendo César en Roma ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece, si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación natural que hay en nosotros al amor y afecto familiar, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias.

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Clásico Romano autor de Ars Amandi

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El historiador más prestigioso de la antigüedad

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Poeta y padre del Teatro Clásico

TIMOLEÓN

I. Cuando me dediqué en un principio a escribir por este método las vidas, tuve en consideración a otros; pero en la prosecución y continuación he mirado también a mí mismo, procurando con la Historia, como con un espejo, adornar y asemejar mi vida a las virtudes de aquellos varones: pues lo pasado se parece más que a ninguna otra cosa a la coexistencia en un tiempo y en un lugar; cuando recibiendo y tomando de la historia de cada uno de ellos separadamente, como si vinieran de una peregrinación, vamos considerando “cuáles y cuán grandes eran”; haciendo examen para nuestro provecho de las más principales y señaladas de sus acciones. “Y a fe mía, ¿dónde encontrar motivo de mis dulces alegrías?” ¿Qué medio más poderoso que éste podemos elegir para la reforma de las costumbres? Porque con sentar Demócrito que lo que debíamos desear era que la suerte nos proporcionara imágenes bellas, y que más bien nos vinieran de lo que nos rodea las convenientes y provechosas, que no las malas y siniestras, introdujo en la filosofía un axioma falso, capaz de conducir a interminables supersticiones: cuando nosotros, con ocuparnos en la Historia y acostumbrarnos a esta clase de escritura, teniendo siempre presentes en nuestros ánimos los monumentos que nos dejaron los varones más virtuosos y aprobados, nos proveemos de medios con que deshacer y borrar lo malo y vicioso que de la necesaria comunicación de los hombres puede pegársenos, convirtiendo nuestra mente tranquila y sosegada a los ejemplos más virtuosos. Continuando, pues, en este propósito, te ponemos ahora en la mano la vida de Timoleón de Corinto y de Emilio Paulo, varones que no sólo se parecieron en sus inclinaciones, sino también en haberles sido próspera la Fortuna, dando motivo a que se dude si tuvo más parte en sus triunfos la buena suerte que la prudencia.

I. La situación de los Siracusanos antes de que Timoleón fuese enviado a Sicilia era ésta: Dión había conseguido arrojar de Sicilia a Dionisio el Tirano, pero, muerto él mismo con una alevosía, entró la división entre los que con Dión habían libertado a los Siracusanos; y la ciudad, pasando sin intermisión del dominio de uno al de otro tirano, estuvo en muy poco que no se despoblase. En lo restante de la Sicilia, una parte había mudado de forma y quedado sin pueblos a causa de las guerras, y el mayor número de las ciudades estaban en poder de soldados mercenarios y aventureros, abandonándolas fácilmente los que en ellas mandaban. Al año décimo, reuniendo Dionisio algunos extranjeros y lanzando al tirano Niseo, que estaba entonces apoderado de Siracusa, volvió a ponerse al frente de los negocios, y si extraño había sido que con muy pocas fuerzas se le hubiese hecho perder la mayor de las dominaciones que entonces existían, más extraño fue todavía que de desterrado y abatido hubiese vuelto a hacerse dueño de los que le desecharon. De los Siracusanos, pues, los que se mantuvieron en la ciudad quedaron esclavizados a un tirano que, no siendo de suyo nada benigno, tenía además exulcerado entonces su ánimo con las desgracias; y los principales y más distinguidos, acogiéndose a Hícetes, sobresaliente en autoridad entre los Leontinos, se pusieron enteramente en sus manos y le eligieron caudillo para la guerra, no porque fuese mejor que los que abiertamente se decían tiranos, sino que no tenían otro recurso, y prefirieron dar su confianza a un siracusano de origen, que reunía una fuerza proporcionada contra el tirano.

II. Como en aquella misma sazón viniesen contra Sicilia con una fuerte armada los Cartagineses, ensoberbecidos con su buena suerte, temerosos los Sicilianos resolvieron enviar embajadores a la Grecia e implorar el auxilio de los de Corinto, no solamente por el deudo de un mismo origen y porque muchas veces habían sido ellos favorecidos en iguales casos, sino por saber que, generalmente, aquella ciudad había sido siempre tan amiga de la libertad como enemiga de los tiranos, y que la mayor parte de sus peligrosas guerras las había sostenido, no por deseo y ambición de mando, sino por la libertad de los Griegos. Hícetes cuya mirada en el mando era la tiranía y no la libertad de los Siracusanos, ya entonces tenía relaciones secretas con los Cartagineses, aunque en público hablaba en favor de los Siracusanos, y había enviado también embajadores al Peloponeso, no porque quisiera que viniese auxilio de aquella parte, sino con la esperanza de que si los de Corinto no se movían a dar este socorro, como era natural, por las disensiones y contiendas de los Griegos, podría más fácilmente hacer dueños de los negocios a los Cartagineses y tenerlos por aliados y auxiliares contra los Siracusanos o contra el tirano, aunque estas cosas se descubrieron un poco más adelante.

III. Al arribo de los embajadores, los Corintios, acostumbrados siempre a ser rogados de sus colonias, y especialmente de la de los Siracusanos, como afortunadamente no hubiese entonces entre los Griegos nadie que los incomodase, hallándose en plena paz y sosiego, decretaron socorrerlos con todo empeño. Meditaban sobre el general que enviarían, y escribiendo y proponiendo los magistrados a aquellos que más se esforzaban por sobresalir en la ciudad, levantóse uno entre ellos e indicó a Timoleón, hijo de Timodemo, no porque todavía manejase los negocios públicos o pudiera concebirse en él tal esperanza y tal deseo, sino que fue una casual ocurrencia inspirada quizá por algún dios; ¡tal fue la buena suerte que para la elección siguió al punto a esta propuesta, y tanta la gracia que brilló después en sus acciones, dando grande realce a su virtud! Él era ilustre en la ciudad por sus padres Timodemo y Demaxista; amante de la patria y muy dulce de condición; solamente enemigo irreconciliable de los tiranos y de los malos. Para las cosas de la guerra, recibió de la naturaleza una tan bien templada disposición, que, siendo joven, manifestó mucho juicio, y declinando ya la edad no fue menor su valor en las ocasiones. Tuvo un hermano mayor llamado Timófanes, que en vez de serle parecido era temerario y se había dejado alucinar del deseo de la tiranía por malos amigos y por soldados extranjeros, que tenía siempre consigo, siendo, por otra parte, según parecía, intrépido y despreciador de los peligros en la milicia, que era por lo que habiendo ganado entre los ciudadanos fama de hombre activo y buen militar, se había hecho nombrar para el mando. Aun en esto le servía de mucho Timoleón, ocultando siempre sus yerros o haciéndolos parecer menores, y dando brillantez e incremento a las buenas calidades que recibió de la naturaleza.

IV. En la batalla que los Corintios tuvieron con los Argivos y Cleoneos, a Timoleón le cupo pelear con la infantería, y a su hermano, que mandaba la caballería, le sobrevino un repentino peligro: derribóle el caballo, cayendo herido a la parte de los enemigos; de sus camaradas, unos se dispersaron al punto sobrecogidos de miedo, y otros, aunque no abandonaron el puesto, peleando pocos contra muchos, con dificultad se defendían. Timoleón, pues, luego que entendió lo sucedido, corrió en su auxilio, y oponiendo el escudo del rendido Timófanes, acosado con los dardos y con los golpes que de cerca se dirigían contra su cuerpo y contra las armas, ahuyentó, no sin gran trabajo, a los enemigos y salvó al hermano. A poco, los de Corinto, temerosos no les sucediese lo que antes de parte de sus aliados, que fue perder la ciudad, decretaron mantener cuatrocientos extranjeros, y nombraron caudillo de ellos a Timófanes; mas éste, olvidado de toda honestidad y justicia, inmediatamente empezó a trabajar por reducir la ciudad a su dominación, y quitando del medio sin forma ninguna de juicio a muchos de los ciudadanos más principales, se erigió abiertamente en tirano. Sentíalo extraordinariamente Timoleón, y mirando como su mayor desgracia la perversidad del hermano, procuró hablarle y exhortarle a que, desistiendo de la locura e infelicidad de semejante proyecto, viera el modo de enmendar el yerro cometido contra sus conciudadanos. Oyóle aquel con indignación y desprecio, y él, entonces, tomando consigo de los de la familia a Esquilo, que era hermano de la mujer de Timófanes, y de los amigos a un agorero, llamado Sátiro, según Teopompo, y Ortágoras, según Éforo y Timeo, después de haber pasado algunos días, subió de nuevo a ver al hermano, y rodeándole los tres, le rogaban, y con razones le persuadían, a que se arrepintiera de su propósito; mas como Timófanes al principio les respondiese con mofa, y después se irritase y enfadase con ellos, Timoleón se retiró a un lado, y cubriéndose con su ropa, lloraba su desgracia; pero los otros, desenvainando las espadas, dieron muy pronto cuenta de él.

V. Divulgóse el hecho, y los Corintios de más juicio celebraban en Timoleón su aversión a lo malo y su grandeza de alma, por cuanto, siendo hombre bueno y recto, antepuso la patria a su casa, y lo honesto y lo justo a lo útil, salvando al hermano mientras se distinguió en defensa de la patria, y concurriendo a su muerte cuando trató de oprimirla y esclavizarla; pero los que no pueden vivir en la democracia, acostumbrados a estar pendientes del semblante de los poderosos, al paso que fingían haberse alegrado con la muerte del tirano, desacreditaban a Timoleón como autor de un hecho impío y atroz, con lo que le hicieron caer en desaliento. Supo luego que la madre también se había indignado y había prorrumpido contra él en execraciones terribles y espantosas, y como yendo a aplacarla no hubiese aquella consentido ni siquiera verle, y antes hubiese mandado cerrarle la puerta, contristado entonces hasta lo sumo, y saliendo de juicio, resolvió quitarse la vida con rehusar tomar alimento; pero no perdiéndole de vista los amigos y agotando con él todo ruego y todo medio de contenerle, determinó vivir retirado huyendo del bullicio, y enteramente se apartó del gobierno, tanto, que en los primeros tiempos ni siquiera venía a la ciudad, sino que pasaba una vida infeliz e inquieta en las más desiertas soledades.

VI De esta manera los juicios, si no dominan a las acciones, tomando seguridad y fuerza de la razón y de la filosofía, fluctúan y son fácilmente trastornados por cualesquiera alabanzas o reprensiones, destituidos del fundamento del discurso propio; no basta en verdad que la acción sea honesta y justa, sino que es menester que el dictamen según el cual se emprende sea firme e incontrastable, para que obremos con meditada resolución; y no suceda que, así como los glotones se abalanzan con repentino apetito a los manjares que tienen a la vista, fastidiándolos luego que se han hartado, de la misma manera nosotros, ejecutadas las acciones, nos desalentamos por debilidad, marchitada ya entonces la opinión y apariencia de la virtud. Porque el arrepentimiento hace indecoroso lo más honestamente ejecutado, mientras que la determinación apoyada en la ciencia y el raciocinio nunca se muda, aunque los efectos no correspondan. Por eso Foción el Ateniense, que se había opuesto a los proyectos de Leóstenes, cuando apareció que éste había salido con ellos y vio a los Atenienses que hacían sacrificios y estaban muy hinchados con la victoria, dijo que bien quisiera que por él se hicieran aquellas demostraciones, pero que no mudaba de consejo: siendo aún más decisivo lo ocurrido con Arístides Locrio, uno de los amigos de Platón, el cual, habiéndole pedido Dionisio el mayor a una de sus hijas por mujer, respondió: “Más quisiera ver muerta a mi hija que casada con un tirano”; y después, habiendo hecho Dionisio al cabo de poco tiempo dar muerte a sus hijos, y preguntándole por insulto si estaba todavía en el mismo propósito en cuanto a la concesión de la hija, le contestó que, aunque sentía mucho lo sucedido, no se arrepentía de su anterior respuesta: mas estos rasgos quizás son de una virtud más elevada y más perfecta.

VII. Timoleón, de resultas de lo sucedido con el hermano, bien fuese de pesar por su muerte, o bien de rubor a causa de la madre, quedó tan quebrantado y decaído de ánimo, que en unos veinte años no tomó parte en negocio ninguno público o de alguna consecuencia; mas llegado el caso de ser propuesto y de recibirlo bien el pueblo e interponer su autoridad, Teleclides, que entonces sobresalía en la ciudad, en poder y nombradía, se levantó en la junta y exhortó a Timoleón a mostrarse varón recto y generoso en sus acciones; “porque si te conduces bien- dijo-, juzgaremos que fue a un tirano a quien concurriste a dar la muerte; pero si te conduces mal, a tu hermano”. Ocupábase Timoleón en disponer el embarque y reunir tropas, cuando llegaron a los Corintios cartas de Hícetes que daban indicios de su mudanza y su traición; pues apenas envió los embajadores, trató abiertamente con los Cartagineses, conviniendo con ellos en que arrojaran a Dionisio de Siracusa y él quedara de tirano; y temiendo no fuera que si llegasen antes las tropas y el general de Corinto descompusieran sus planes, dirigió a los de Corinto una carta, en que les decía no haber necesidad de que se incomodaran e hicieran gastos navegando a Sicilia y corrieran peligros, puesto que los Cartagineses se oponían y harían resistencia a sus fuerzas con gran número de naves, y él, por su tardanza, se había visto en la precisión de hacer con aquellos alianza contra el tirano. Leída esta carta, si antes había habido entre los Corintios algunos que mirasen con frialdad la expedición, entonces el enojo contra Hícetes los acaloró a todos, de manera que con el mayor empeño habilitaron a Timoleón y le ayudaron, con todo lo necesario, a realizar el embarque.

VIII. Prontas ya las naves, y provistos los soldados de cuanto necesitaban, parecíales a las sacerdotisas de Proserpina haber visto entre sueños que las Diosas se disponían para una romería, y haberles oído decir que se proponían acompañar a Timoleón a Sicilia, por lo cual, aparejando los Corintios una nave sagrada, la llamaron la de las dos Diosas. Timoleón pasó a Delfos, donde hizo sacrificio al dios, y cuando bajaba al lugar de los oráculos ocurrió un prodigio: porque, desprendiéndose y volándose de entre las ofrendas que allí estaban suspendidas una venda, en que había bordadas coronas y victorias, vino a caer sobre la cabeza de Timoleón, como dando a entender que era enviado a la expedición coronado por la mano del dios. Teniendo, pues, siete naves corintias, dos de Corcira, y dando los Leucadios la décima nave, hízose con ellas a la vela; y hallándose a la noche en alta mar llevado de favorable viento, pareció que de repente se rasgó el cielo, enviando sobre la nave una gran columna de fuego resplandeciente, y que alzada en alto una antorcha semejante a las de los misterios, y siguiendo el mismo curso, vino a fijarse en el punto de Italia hacia el que dirigían el rumbo los timoneros. Los adivinos declararon que aquella visión concordaba con los sueños de las sacerdotisas, y que el fuego del cielo significaba que las Diosas protegían la expedición, por cuanto la Sicilia estaba consagrada a Proserpina, teniéndose por cierto que allí se había ejecutado el rapto y que aquella isla se le había dado en dote al tiempo de sus bodas.

IX. Lo que es de parte de los Dioses inspiraron estas cosas grande confianza a la expedición; por lo que, navegando presurosamente, aportaron a Italia: mas las noticias que vinieron de Sicilia pusieron a Timoleón en graves dudas y causaron desaliento en los soldados. Hícetes, habiendo vencido en batalla a Dionisio y tomando la mayor parte de los puestos de los Siracusanos, tenía sitiado y circunvalado a aquel, habiéndole obligado a refugiarse en el alcázar y en lo que llamaban la Isla, y había ordenado a los Cartagineses que estuvieran a la mira de que Timoleón no aportara a Sicilia, puesto que, retirados éstos, podrían con sumo reposo repartirse entre sí la Isla. Los Cartagineses, pues, enviaron a Regio veinte galeras, en las que iban embajadores de Hícetes a Timoleón con propuestas acomodadas a lo sucedido: pues que venían a ser arterías y apariencias muy bien disimuladas con dañados intentos, prestándose a admitir al mismo Timoleón, si quería pasar cerca de Hícetes, y tener parte con él en todos los consejos y en todos los negocios; mas con la condición de que las naves y los soldados los había de despachar a Corinto, como que de una parte faltaba muy poco para que la guerra estuviese acabada, y de la otra se hallaban los Cartagineses en ánimo de impedir el desembarco y pelear contra los que hiciesen resistencia. Los Corintios, pues, cuando llegados a Regio se hallaron con semejante embajada, y vieron que los Fenicios estaban surtos por aquellas inmediaciones, se indignaron de ser escarnecidos, y en todos se suscitó enojo contra Hícetes y miedo que los infelices Siracusanos, conociendo bien que se los reducía a ser galardón y premio, para Hícetes, de su traición, y para los Cartagineses, de su tiranía. Parecióles, sin embargo, no ser factible vencer a las naves de los bárbaros ancladas allí cerca, que eran en doble número y a las tropas de Hícetes, con las que contaban haber hecho en unión la guerra.

X. No obstante todo esto, presentándose Timoleón a los embajadores y a los caudillos de los Cartagineses, les contestó sosegadamente que se prestaría a lo que tenían acordado- ¿ni que hubiera adelantado con oponerse?-; pero que quería que se trataran estas cosas por demandas y respuestas, ante una ciudad griega amiga de unos y otros, como era Regio, y después se retiraría, lo cual le convenía a él mucho para su seguridad, y a ellos les daría mayor firmeza en lo que proponían acerca de los Siracusanos, teniendo a todo un pueblo por testigo del convenio. Ésta fue una añagaza que les preparó para el desembarco, y en ella le auxiliaban todos los generales de los Reginos, quienes temían que los Corintios dominaran en la Sicilia y tener por vecinos a los bárbaros. Congregáronse, por tanto, en junta pública, y cerraron las puertas, como para impedir que los ciudadanos se distrajesen a otros negocios; y como para ganar a la muchedumbre emplearon discursos muy largos, tratando uno después de otro el mismo asunto, no con más objeto que el de dar tiempo a que anclasen las naves de los Corintios, y detener en la junta, sin causarles sospechas, a los Cartagineses; y más, que hallándose presente Timoleón les dio idea de que se levantaría y hablaría en ella. Mas como en esto llegase uno que le anunció estar ya ancladas todas las demás galeras, y que sola la suya quedaba esperándole, penetrando por entre la muchedumbre, y haciéndole espaldas los Reginos que estaban cerca de la tribuna, se encaminó al mar, y desembarcando con gran presteza, tomaron la vía de Tauromenio de Sicilia, recibiéndolos, y aun teniéndolos llamados de antemano con la mejor voluntad, Andrómaco, a quien estaba encomendada la ciudad, y que tenía en ella el mayor poder. Era éste padre de Timeo el Historiador; y con haber alcanzado en aquella sazón mayor autoridad que cuantos dominaban en la Sicilia, a sus ciudadanos los gobernaba en ley y justicia, y a los tiranos era notorio que los miraba con aversión y desagrado; así es que entonces ofreció su ciudad como refugio a Timoleón, y a sus ciudadanos los persuadió a que hicieran causa común con los de Corinto y juntos dieran la libertad a la Sicilia.

XI Los Cartagineses que quedaron en Regio, visto que se había retirado Timoleón y disuelto la junta, estaban muy sentidos de que con otra estratagema se hubiesen burlado las suyas; con lo que dieron ocasión a que los Reginos los insultaran un poco, diciéndoles: “¿Cómo siendo Fenicios os incomodáis de lo que se hace con engaño?” Enviaron, pues, a Tauromenio un embajador en una de sus galeras, el cual, habiendo hablado largamente con Andrómaco, extendiéndose acalorada y groseramente sobre que era preciso despidiese sin la menor detención a los Corintios, por último, mostrándole la mano primero por la palma, y después por el otro lado, le amenazó que siendo su ciudad de esta manera la volvería de la otra. Andrómaco, echándose a reír, nada absolutamente le respondió, sino que, extendiendo como él la mano, primero por la palma y luego por la otra parte, le intimó que se fuera cuanto antes, si no quería que siendo su nave de esta manera la pusiese de la otra. Mas Hícetes, luego que supo el desembarco de Timoleón, cobró miedo y llamó cerca de sí muchas de las galeras de los Cartagineses, con lo que sucedió que los Siracusanos desconfiaron completamente de su salvación, viendo a los Cartagineses apoderados del puerto, a Hícetes dueño de la ciudad, a Dionisio defendido en el alcázar, y que Timoleón apenas tocaba a la Sicilia por medio de un hilo delgado, que era el pueblezuelo de los Tauromenios, con muy débil esperanza y muy escasas fuerzas, pues fuera de mil soldados y los víveres precisos para ellos, nada más tenía. Ni las ciudades se confiaban tampoco, estando agobiadas de males, e irritadas contra todos los generales de ejército, principalmente por la infidelidad de Calipo y Fárax, de los cuales el uno era Ateniense, y el otro, Lacedemonio; y diciendo ambos que venían a trabajar en su libertad y a destruir a los monarcas, hicieron ver a la Sicilia que eran oro los trabajos que habían padecido en la tiranía, y que debían ser tenidos por más dichosos los que habían muerto en la esclavitud que los que alcanzaron la independencia.

XII. Desconfiando, pues, de que el Corintio fuese mejor que ellos, sino que les vendría también con los mismos sofismas y los mismos atractivos, lisonjeándolos con buenas esperanzas y con proposiciones llenas de humanidad, para inclinarlos a la mudanza de nuevo dueño, empezaron a sospechar y a estorbar el fruto de las exhortaciones de los Corintios; a excepción únicamente de los Adranitas que, habitando una ciudad , aunque pequeña, consagrada a Adrano, cierto dios muy venerado en toda la Sicilia, discordaron entre sí, implorando unos a Hícetes y los Cartagineses, y llamando otros a Timoleón. Sucedió, pues, por pura casualidad, que, acelerándose éste y aquellos, en un mismo punto de tiempo concurrieron al llamamiento unos y otros, trayendo Hícetes cinco mil hombres y no teniendo Timoleón entre todos más que unos mil y doscientos, con los cuales salió de Tauromenio para Adrano, que distaba unos trescientos y cuarenta estadios. Y en el primer día, habiendo andado poca parte del camino, hizo alto; mas al siguiente, marchando sin reposo y venciendo pasos escabrosos y difíciles, cuando comenzaba a declinar el día, oyó que Hícetes acababa de llegar a la ciudad y se había acampado en las inmediaciones. Los jefes y capitanes de los Cuerpos empezaban a acampar también a los que llegaron primero, pareciéndoles que pelearían con más ardor después de haber tomado alimento y haber descansado; mas sobreviniendo Timoleón, les hizo presente no ejecutasen semejante cosa, sino que marcharan prontamente y cayeran sobre los enemigos, que andarían desordenados, como era regular sucediese, estando descansando de una marcha y descuidados en las tiendas y en los ranchos; dicho esto, embrazó el escudo y guió el primero como a una victoria cierta. Siguiéronle denodadamente los demás, hallándose de los enemigos a menos de treinta estadios, los que anduvieron muy luego, y dieron sobre éstos, que se desordenaron y huyeron a la primera noticia que tuvieron de su venida; así es que sólo mataron unos trescientos, y fueron más que doblados los que cautivaron, tomándoles también el campamento. Los Adranitas, abriendo las puertas de la ciudad, se unieron con Timoleón, refiriéndole con asombro y susto que, no bien se había empezado el combate, cuando por sí mismas se habían abierto las puertas sagradas del templo, y habían advertido que la lanza del dios se blandió por la punta y su semblante estaba bañado de copioso sudor.

XIII. Tales prodigios, a lo que parece, no significaron solamente esta victoria, sino también los posteriores sucesos de que aquel combate fue un feliz preludio. Porque las ciudades, enviando embajadores, inmediatamente se unieron a Timoleón, y Mamerco, tirano de Catana, hombre guerrero y sobrado de medios, le ofreció su alianza. Mas lo mayor de todo fue que el mismo Dionisio, perdida ya toda esperanza, y estando a punto de tener que rendirse, mirando con desprecio a Hícetes, que se había dejado vencer cobardemente, y admirando a Timoleón, envió a tratar con éste y con los Corintios, poniéndose en sus manos y entregándoles el alcázar. No despreciando Timoleón tan inesperada dicha, mandó inmediatamente al alcázar a los ciudadanos corintios Euclides y Telémaco, y además trescientos soldados, no todos juntos ni de modo que se conociera, cosa imposible por estar el puerto en poder de los enemigos, sino disimuladamente divididos en paquetes. Tomaron, pues, los soldados el alcázar y los palacios, con todas las provisiones y efectos de guerra, porque había no pocos caballos, toda especie de máquinas y gran copia de dardos; de armas había unas setenta mil depositadas de largo tiempo, y tenía consigo Dionisio unos dos mil soldados, que puso con todo lo demás a disposición de Timoleón. El mismo Dionisio, tomando su caudal y no muchos de sus amigos, hizo la travesía sin ser notado de Hícetes, y llevado al campamento de Timoleón, entonces por primera vez se le vio reducido y humillado a la condición de particular; y se dispuso fuese llevado a Corinto en una sola nave con poca parte de su hacienda; habiendo sido nacido y criado en la tiranía más afamada y poderosa de todas, la que conservó diez años, habiendo pasado los doce restantes, después de la expedición de Dión, en continuas guerras y combates; pero a lo que hizo en la tiranía excedió en mucho lo que padeció arrojado de ella; porque vio las muertes de sus hijos ya crecidos y los estupros de sus hijas doncellas; y a la que era su hermana y mujer a un tiempo sufrir todavía viva en su cuerpo los más torpes insultos de sus enemigos, y que después le dieron violentamente muerte juntamente con sus hijos y la arrojaron al mar. Mas de estas cosas hemos dado razón más circunstanciada en la vida de Dión.

XIV. Llegado Dionisio a Corinto, no había Griego ninguno que no deseara verle y hablarle, con la diferencia de que unos, alegrándose de sus desgracias, por odio se llegaban a él contentos, como para conculcar al que había derribado la fortuna, y otros, aplacados ya con la mudanza y compadeciéndole en la fragilidad manifiesta de las cosas humanas, veían el gran poder de otras causas ocultas y divinas, pues aquella edad no ostentó prodigio ninguno de la naturaleza o del arte igual a aquella obra de sola la fortuna que mostraba al que poco antes era tirano de la Sicilia, reducido a habitar en Corinto en casa de una bodegonera, o sentado en el mostrador de un perfumador bebiendo la zupia de los taberneros, o alternando con mujerzuelas que hacían tráfico de su belleza, o enseñando a las cantoras sus cantinelas, moviendo con ellas disputas sobre la armonía del canto. Unos creían que Dionisio tenía esta conducta porque, además de ser de aquellos que fácilmente se exaltan, era por naturaleza muelle y disoluto; mas otros juzgaban que para que no se hiciera atención en él y no inspirar miedo a los Corintios ni dar sospechas de que llevaba mal la mudanza de vida y el no tener parte en los negocios, de intento se esforzaba a mostrarse fuera de su naturaleza extravagante y medio simple en el modo de consumir su ocio.

XV. Refiérese también de él algunos dichos de los que se puede inferir que no dejaba de acomodarse con dignidad a las cosas presentes. Como, por ejemplo: habiendo pasado a Léucade, ciudad fundada por los Corintios, igualmente que la de Siracusa, dijo le sucedía lo mismo que a aquellos jóvenes que han caído en faltas; porque al modo que éstos se acogen gustosos a los hermanos y de vergüenza huyen de casa de los padres, de la misma manera, avergonzándose él de residir en la metrópoli, habitaba allí contento con los Leucadios. Otro ejemplo: reconviniéndole en Corinto un forastero con groserías sobre sus conferencias con los filósofos en las que parecía complacerse cuando reinaba, y preguntándole últimamente de qué le había servido la sabiduría de Platón: “¿Te parece, le dijo, que no nos sirvió Platón de nada cuando ves cómo llevamos esta mudanza de fortuna?” Al músico Aristóxeno y algunos otros que le preguntaron cuál era y de dónde provenía la querella que había tenido con Platón, les respondió que, estando la tiranía rodeada siempre de grandísimos males ninguno era comparable con el de no atreverse a hablarle claro los que se venden por amigos, y que éstos eran los que le habían privado del aprecio de Platón. Queriendo dárselas uno de gracioso y zaherir a Dionisio, sacudió la capa al tiempo de entrar a verle, como para notarle de tirano; y él, volviéndole la burla, le dijo sería mejor lo hiciese al tiempo de salir de su casa, para no llevarse nada de lo que había en ella. Dejándose caer Filipo el de Macedonia en un convite ciertas expresiones irónicas acerca de las poesías y tragedias que Dionisio el mayor dejó escritas, haciendo como que dudaba en qué tiempo pudo tener vagar para estas tareas, le salió oportunamente al encuentro Dionisio, diciéndole: “En aquel que tu, yo y los demás que pasamos por felices gastamos en francachelas”. Platón no alcanzo a ver a Dionisio en Corinto, porque ya había muerto, pero Diógenes de Sinope, la primera vez que se acercó a él: “Indignamente vives, le dijo, oh Dionisio”; y respondióle éste: “Te agradezco, oh Diógenes, que te compadezcas de mi infortunio”; “¿Cómo, replicó Diógenes, piensas que me compadezco, cuando más bien me irrito de que siendo un tan vil esclavo, digno de morir de viejo, como tu padre, en la tiranía, veo que estás aquí divirtiéndote y solazándote con nosotros?” De manera que cuando comparo con estas respuestas las exclamaciones que Filisto emplea compadeciendo a las hijas de es por haber descendido de los grandes bienes de la tiranía a un pasar estrecho y miserable, gradúo a éstas por lamentaciones de una mujerzuela que echara menos los alabastros, la púrpura y el oro. Creernos que estas cosas no entran mal en esta clase de escritos y que no son inútiles para lectores que no estén de prisa ni escasos de tiempo.

XVI Pues si la desdicha de Dionisio debió parecer extraña, no fue menos de admirar la dicha de Timoleón, porque a los cincuenta días de haber desembarcado en Sicilia tomó el alcázar de los Siracusanos y despachó a Dionisio al Peloponeso. Alentados con estos sucesos los Corintios, envíanle dos mil infantes y doscientos caballos, los cuales, llegados a Turios, considerando arriesgada aquella travesía, por tener los Cartagineses obstruido el mar con muchas naves, precisados a detenerse allí esperando oportunidad, sacaron al fin partido de aquel ocio para una acción provechosa. Porque de los Turios, los que habían peleado contra los Brecianos, tomando esta ciudad y teniéndola como patria, la guardaron con leal y fiel custodia. Hícetes, que, como se ha visto, tenía sitiado el alcázar de Siracusa, impedía que a los Corintios les llegasen los víveres por mar; y respecto de Timoleón, habiendo sobornado a dos extranjeros para que a traición le diesen muerte, los envió a Adrano, donde, además de que aquel no solía usar guardia alguna para su persona, confiado en el dios, se entretenía todavía con menos cuidado y recelo en medio de los Adranitas. Supieron por casualidad los sobornados que iba a hacer un sacrificio, y dirigiéndose al templo con puñales encubiertos debajo de la ropa se metieron entre los que estaban junto al ara, y poco a poco se le fueron acercando más. No faltaba ya otra cosa sino que se diera la voz para la acometida, cuando uno de los circunstantes hiere con el puñal en la cabeza a uno de los dos, que cayó muerto; y entonces, ni se detuvo el que dio el golpe ni el que había ido con el herido, sino que aquel, de la misma manera como estaba con el puñal en la mano, dio a huir y se subió a una piedra muy alta; y este otro, asiéndose al ara, pedía a Timoleón que le indultase bajo la condición de descubrirlo todo. Concediósele, y reveló contra sí y contra el muerto que habían sido enviados para asesinarle. En esto, ya otros traían al de la piedra, que venía gritando no haber cometido delito alguno, sino que con justicia había dado muerte a aquel hombre para vengar la de su padre, a quien antes la había dado aquel en Leoncio. Hubo entre los presentes algunos que lo atestiguaron, maravillándose al mismo tiempo de la destreza con que la Fortuna mueve unas cosas por medio de otras, y reuniéndolas y combinándolas todas, desde lejos se sirve de las que parece estar más distantes y no tener nada de común entre sí, haciendo que el fin de las unas sea el principio de las otras. Los Corintios premiaron a este hombre con diez minas, porque parece prestó una indignación justa al Genio que velaba sobre Timoleón; y aquella ira que tanto tiempo hacía abrigaba en su pecho no la gastó antes, sino que con el motivo de su particular encono la reservó íntegra para salud de aquel por disposición de la fortuna. Sirvióles este favor presente de la suerte para formar esperanzas sobre lo futuro, viendo que debían respetar y conservar a Timoleón como a un hombre sagrado, venido para ser por voluntad de los Dioses el vengador de la Sicilia.

XVII. Hícetes, cuando vio que había errado el golpe, y que eran muchos los que se pasaban a Timoleón, se reprendió a sí mismo de que, siendo tantas las fuerzas de los Cartagineses, parecía que se había avergonzado de usar de ellas, y sólo como a escondidas y a hurtadillas se había valido de su auxilio. Envió, pues, a llamar a Magón su general, con todo el cuerpo de sus tropas, el cual, por lo pronto, impuso miedo presentándose y tomando el puerto con ciento cincuenta naves, y conduciendo sesenta mil infantes que hizo acampar dentro de la ciudad de Siracusa: de manera que todos creían ser ya venida sobre la Sicilia aquella barbarie tan decantada y esperada de antemano, por cuanto nunca antes habían logrado los Cartagineses, a pesar de haber peleado mil veces en Sicilia, tomar a Siracusa, mientras entonces, admitiéndolos Hícetes, y entregándosela, había venido aquella ciudad a ser un campamento de los bárbaros. En tanto, los Corintios que ocupaban el alcázar no se sostenían sino con gran dificultad y trabajo, no recibiendo todavía víveres suficientes, antes escaseándoles por estar bien guardados los puertos, y teniendo que estar en continuos combates y peleas, ya defendiendo las murallas y ya teniendo repartida su atención en las máquinas y en todos los medios e instrumentos de un sitio.

XVIII. Con todo, Timoleón no se olvidaba de socorrerlos, enviándoles de Catana víveres en barquillos de pescadores y en pequeños transportes, que principalmente en los momentos de tormenta se escabullían entre las galeras de los bárbaros, mientras a éstas las tenían separadas el oleaje y la borrasca. Echándolo de ver Magón e Hícetes, determinaron tomar a Catana, de donde los sitiados se surtían de lo necesario, y reuniendo la parte más aguerrida de sus fuerzas, dieron la vela desde Siracusa. Mas el corintio Neón, que éste era el nombre del que mandaba a los sitiados, observando desde el alcázar que los que habían quedado de los enemigos estaban con poca vigilancia y cuidado, cargó de improviso sobre ellos en ocasión de hallarse desunidos, y dando muerte a unos, y obligando a otros a retirarse, tomó y ocupó el punto llamado Acradina, parte la más fuerte de la ciudad de Siracusa, la cual parece en alguna manera compuesta y formada de muchas poblaciones. Provisto, pues, de víveres y de dinero, no abandonó aquel sitio ni se acogió de nuevo al alcázar, sino que, fortificando la circunferencia de la Acradina, y juntándola por medio de obras avanzadas con aquella ciudadela, la tuvo en custodia. Alcanzó en esto un soldado de a caballo de los de Siracusa a Magón e Hícetes, que ya estaban cerca de Catana, y les refirió la pérdida de la Acradina. Aturdiéronse con semejantes nuevas y se retiraron precipitadamente, sin tomar la ciudad a que se encaminaban, y sin conservar la que poseían.

XIX. Todavía estos sucesos dan a la prudencia y a la virtud algún asidero para contender con la fortuna; mas los que después sobrevinieron parece que enteramente fueron obra de la buena dicha. Los soldados corintios detenidos en Turios, temiendo por una parte a las galeras de los Cartagineses que les estaban en acecho bajo el mando de Anón, y viendo por otra que el mar estaba agitado del viento hacía muchos días, tomaron la determinación de hacer a pie su marcha por el país de los Brecianos; y ora usando de persuasión y ora de fuerza con aquellos bárbaros, arribaron a Regio, cuando todavía el mar permanecía alborotado. En tanto, al jefe de la escuadra cartaginesa, que no aguardaba a los Corintios, creyéndolos en la inacción, le vino la ocurrencia de que era preciso que discurriese algún engaño a la manera de los generales sabios y astutos: mandó, pues, con esta idea a sus marineros ponerse coronas; y adornando las galeras con escudos griegos y fenicios, marcha la vuelta de Siracusa; y moviendo grande alboroto, pasa con algazara y risa por delante de la ciudadela, gritando que venía de haber vencido y cautivado a los Corintios, a los que había sorprendido en el mar, a fin de infundir con esto desaliento a los sitiados. Mas cuando él usaba de estas imposturas y embelecos, los Corintios, que por los Brecianos habían bajado hasta Regio, como no los observase nadie, y el viento calmado contra toda esperanza les proporcionase una travesía tranquila y apacible, embarcándose sin detención en los transportes y barcas de pesca que tuvieron a mano bogaron y se dirigieron a la Sicilia, tan seguramente y con tal serenidad, que llevaban los caballos del diestro nadando junto a las embarcaciones.

XX. Hecha la travesía, y reunidos con Timoleón, tomó éste inmediatamente a Mesina; y ordenado su ejército partió para Siracusa, más confiado en su buena suerte y favorables sucesos que en sus fuerzas: porque las que tenía consigo no pasaban de cuatro mil hombres. Noticiado a Magón su arribo, no dejó de concebir inquietud y temor, y además entró en sospechas con el motivo siguiente. En las charcas inmediatas a la ciudad, donde se recoge mucha agua potable de fuentes y mucha también de los lagos y ríos que corren al mar, se cría abundancia de anguilas, y los que lo intenten pueden siempre hacer copiosa pesca; así, los asalariados de uno y otro ejército, estando en ocio y tregua, se dedicaban a este ejercicio. Eran todos Griegos, y no teniendo entre sí motivo particular de enemiga, aunque en los combates peleaban denodadamente, en el tiempo de tregua se reunían v conferenciaban unos con otros; y entonces, entreteniéndose en la común ocupación de la pesca, trababan conversación, ponderando la apacibilidad del mar y la belleza de aquellos contornos. En una de estas ocasiones dijo uno de los que militaban con los Corintios: “¿Es posible que una ciudad como ésta, tan grande y tan abastada de bienes, habéis de querer barbarizarla vosotros siendo Griegos y establecer cerca de nosotros a esos malvados e inhumanos Cartagineses, respecto de los cuales habíamos de desear que mediaran muchas Sicilias entre ellos y la Grecia? ¿O acaso imagináis que habiendo movido su ejército desde las columnas de Heracles y el mar Atlántico, no han de haber venido aquí sino a exponerse para el establecimiento de Hícetes? El cual, si pensara como buen general, no desecharía a los de su metrópoli, ni atraería sobre la patria a los que no pueden menos de ser sus enemigos; sino que alcanzaría cuanto honor y poder le estuviese bien, haciéndose recomendable a los Corintios y a Timoleón”. Difundieron los soldados estas especies en el campamento, y con ellas hicieron concebir sospechas a Magón de que se trataba de venderle, cabalmente cuando hacía tiempo que buscaba pretextos para retirarse; así fue que por más que Hícetes le rogó se detuviese, y le hizo ver cuán superiores eran a los enemigos, reputando allá dentro de sí que era más lo que en virtud y fortuna le aventajaba Timoleón, que lo que él le excedía en fuerzas, levó repentinamente anclas y navegó al África, dejando que se le fuese de entre las manos la Sicilia de un modo vergonzoso y contrario a toda humana prudencia.

XXI Presentóse al día siguiente Timoleón en orden de batalla, y habiendo los Siracusanos entendido la fuga, al ver el puerto desamparado, les causó risa la cobardía de Magón, y discurriendo por la ciudad hacían pregonar premios para el que dijese dónde se les había ido la escuadra cartaginesa. Con todo, Hícetes todavía se obstinaba en pelear, y no abandonaba la presa de la ciudad, sino que se rehacía en los puntos que conservaba, que eran fuertes y difíciles de tomar; entonces, Timoleón dividió sus fuerzas y acometió en persona por donde corre el Anapo, que era la parte de mayor resistencia; a otros, a quienes mandaba Isias de Corinto, les ordenó hiciesen una salida de la Acradina, y a la tercera división la dirigieron contra el punto llamado Epípolas Dinarco y Demáreto, que habían venido con los últimos socorros de Corinto. Hecha, pues, esta acometida a un tiempo por todas partes, y volviendo la espalda en precipitada fuga las tropas de Hícetes, el que se tomara la ciudad con el alcázar, quedando todo prontamente sujeto con la fuga de los enemigos, justo es que se atribuya al valor de los combatientes y a la pericia del general: pero el que no muriera, ni aun siquiera fuese herido, ninguno de los Corintios, obra fue precisamente de la fortuna de Timoleón, como si ésta contendiera con su virtud, para que los que lo entendiesen admiraran más su dicha que sus loables prendas; pues la fama no solamente corrió al punto por toda la Sicilia y por toda la Italia, sino que en breves días se difundió el eco de este admirable triunfo por la Grecia; de manera que cuando en Corinto se dudaba si la armada había aportado, a un tiempo recibieron la noticia del arribo y de la victoria; ¡tan prósperamente corrieron los sucesos y tanto se complació la Fortuna en añadirla presteza a la brillantez de aquellas hazañas! XXII. Apoderado de la ciudadela, no le sucedió lo que a Dion, ni guardó respeto a aquel sitio por su belleza y por lo costoso de sus edificios, sino que, evitando la sospecha con que primero se calumnió a aquel, y después se le perdió, hizo echar pregón de que aquel de los Siracusanos que quisiera se presentara con su piqueta y tomara parte en la destrucción de aquellos baluartes de la tiranía. Como todos hubiesen concurrido, tomando como principio seguro de la libertad el pregón aquel y aquel día, no sólo destruyeron y derribaron el alcázar, sino también las casas y monumentos de los tiranos. En seguida hizo limpiar e igualar el suelo, y edificó allí los tribunales, congraciándose así más con los ciudadanos, y sobreponiendo la democracia el despotismo. Advirtió, luego de tomada la ciudad, que carecía de ciudadanos, habiendo perecido unos en las guerras y tumultos, y habiendo huido otros de las sucesivas tiranías; así la plaza pública de Siracusa había criado, por la falta de concurrencia, tanta y tan espesa maleza, que se apacentaban en ella los caballos, teniendo la hierba por cama los palafreneros. Las demás ciudades, a excepción de muy pocas, se habían hecho refugio de ciervos y jabalíes, y en las inmediaciones, al piemismo de las murallas, cazaban muchas veces los aficionados a este ejercicio; y los que habitaban en los fuertes y presidios ninguno acudía a los llamamientos ni bajaba a la ciudad, sino que todos miraban con horror y odio la plaza, el gobierno y tribuna, de donde les habían brotado los más de los tiranos. Determinaron, pues, Timoleón y los de Siracusa escribir a los Corintios para que de la Grecia enviaran habitantes a aquella ciudad, puesto que su país no temía ser perturbado, y a ellos, de parte del África, les amenazaba una cruda guerra, habiendo entendido que los Cartagineses habían puesto en una cruz el cadáver de Magón, que se había dado muerte a sí mismo, en odio de su mal gobierno, y que venían con grandes fuerzas para pasar a Sicilia en aquel verano.

XXIII. Llevadas estas cartas de parte de Timoleón, y llegando también embajadores de los Siracusanos, que les rogaban atendieran a aquella colonia y se hicieran por segunda vez sus fundadores, no se valieron los Corintios de esta ocasión para saciar su codicia, ni se apropiaron aquella ciudad, sino que. en primer lugar, se dirigieron a los juegos sagrados de la Grecia y a las grandes concurrencias, anunciando por pregón que los Corintios, que en Siracusa habían destruido la tiranía y habían lanzado de allí al tirano, llamaron a los Siracusanos y a los demás de Sicilia que quisieran habitar en aquella ciudad, para que, como libres e independientes, se repartieran por suertes el país con igualdad y con justicia; enviaron después mensajeros al Asia y las islas donde sabían haberse establecido muchos de los desterrados, invitándolos a todos a pasar a Corinto, donde tomarían a su cargo enviarlos con escolta, con buques y generales a sus propias expensas a Siracusa. Con semejantes pregones se ganó Corinto la más justa y apreciable alabanza y la envidia de otros pueblos por haber libertado de tiranos, haber salvado de los bárbaros y haber entregado a sus propios ciudadanos aquella región. No considerándose en bastante número los que concurrieron a Corinto, hicieron diligencias para que se les agregaran más colonos del mismo Corinto y del resto de la Grecia, y cuando hubo como unos diez mil, se embarcaron para Siracusa. También de la Italia y de Sicilia se habían reunido ya muchos a Timoleón, llegando, según refiere Atanis, a sesenta mil, a los cuales les repartió el terreno y les vendió las casas en mil talentos, haciendo a los antiguos Siracusanos la gracia de que pudieran comprar las suyas y, proporcionando al mismo tiempo abundancia de fondos al pueblo, tan gastado con los demás males y con la guerra, que fue preciso vender las estatuas, votándose sobre cada una y entablándose un juicio, como cuando a los empleados se les piden cuentas; en tales términos, que se refiere haber conservado los Siracusanos, cuando daban sentencia contra las otras estatuas, la del tirano Gelón el mayor, guardándole este honor y respeto por la victoria que en Hímera ganó a los Cartagineses.

XXIV. Enriquecida y repoblada la ciudad de esta manera por acudir a ella ciudadanos de todas partes, quiso Timoleón poner en libertad a las demás ciudades y acabar enteramente con las tiranías de la Sicilia; marchando, pues, con las tropas a sus capitales, redujo a Hícetes a la necesidad de separarse de los Cartagineses y de convenir por un tratado en destruir las ciudades y vivir como particular en Leoncio: a Léptines, que tenía tiranizada a Apolonia y otros muchos pueblos, y que cuando se vio en peligro de ser hecho prisionero si entraba en lid, se le rindió a discreción, lo trató con indulgencia y lo hizo conducir a Corinto, teniendo por cosa gloriosa para la metrópoli el que los Griegos vieran a los tiranos de la Sicilia vivir en el destierro y la humillación. Queriendo, por otra porte, que los estipendiarios vivieran de la milicia y no estuvieran ociosos, aunque él se restituyó a Siracusa para atender al establecimiento del gobierno, ayudándose para lo más principal y delicado de estas tareas de Céfalo y Dionisio, legisladores que habían venido de Corinto, envió contra las posesiones de los Cartagineses a Dinarco y Demáreto; los cuales, sacando muchas ciudades del poder de los bárbaros, no sólo consiguieron vivir en la abundancia, sino que con el botín recogieron fondos para la guerra.

XXV. Dirígese en tanto la armada de los Cartagineses al Lilibeo, conduciendo sesenta mil hombres de tropa, doscientas galeras y mil barcos, que traían a bordo máquinas y carros con víveres abundantes y todas las demás provisiones, no ya para hacer parcialmente la guerra, sino para arrojar a los Griegos de toda la Sicilia, siendo aquella fuerza suficiente para sojuzgar a los Sicilianos, aun cuando no estuvieran debilitados y gastados con sus mutuas contiendas; y cuando entendieron que su territorio había sido devastado, encendiéronse en ira contra los Corintios, siendo sus caudillos Asdrúbal y Amílcar. Llegada esta nueva velozmente a Siracusa, de tal manera se acobardaron los Siracusanos a la vista de tan desmedidas fuerzas, que de tan grande número de ciudadanos apenas tres mil tuvieron ánimo para tomar las armas y juntarse con Timoleón. Los estipendiarios eran cuatro mil, y aun de éstos unos mil desertaron de miedo en la marcha, dándose a entender que Timoleón no estaba en su acuerdo, sino que deliraba por la edad, yendo con cinco mil infantes y mil caballos contra setenta mil enemigos y desviando sus fuerzas de Siracusa el camino de ocho días, con lo que ni los que huyesen tendrían salvamento ni los que muriesen sepulcro. Mas Timoleón reputó a ganancia el que éstos hubiesen manifestado su cobardía antes de la ocasión, y alentando a los otros los condujo a marchas forzadas al río Crimeso, adonde oyó haberse dirigido también los Cartagineses.

XXVI Iba subiendo a un collado, vencido el cual habían de descubrirse el ejército y todas las fuerzas de los enemigos, cuando llegaron a ellos unas acémilas cargadas de apios; a los soldados les ocurrió que era mala señal, porque tenemos la costumbre de coronar por piedad con apio los monumentos de los muertos, y de aquí nació el proverbio que dice, respecto del que se halla peligrosamente enfermo, que aquel está ya pidiendo apio. Queriendo, pues, apartarlos de semejante superstición y disipar su desconfianza, parando la marcha, les habló Timoleón en los términos que el caso pedía, y les dijo: “Que antes de la victoria la corona por sí misma se les venía a la mano, porque los Corintios coronan con apio a los que vencen en los Juegos Ístmicos, teniendo a esta planta por una insignia sagrada y propia de su país”. Pues ya entonces era de apio la corona de los Juegos ístmicos, como lo es ahora de los Nemeos, y no mucho antes había sido de pino. Hablando, pues, Timoleón a los soldados en la forma que hemos dicho, y tomando unas hojas de apio, se coronó el primero: después de él lo hicieron los jefes, y luego la tropa. Divisaron entonces los adivinos dos águilas que por allí pasaban, de las cuales la una llevaba un dragón despedazado entre las garras, y la otra en su vuelo daba grandes y descompasados chillidos; mostráronlas, pues, a los soldados, y todos se movieron a hacer votos y plegarias a los Dioses.

XXVII. Era entonces la estación del verano, a fines del mes Targelión, cuando ya el tiempo tocaba en el solsticio; y formando el río una densa niebla, al principio cubría con su oscuridad la ribera y nada podía verse enemigos; solamente llegaba al collado un eco indeterminado y confuso, causado a lo lejos por un ejército tan numeroso. Mas luego que los Corintios acabaron de allanar el collado, y que dejando los escudos empezaron a tomar aliento, levantándose ya el Sol y alzando del suelo los vapores, espesado y condensado el aire en la parte superior, cubrió las alturas, quedando libres los terrenos bajos; descubrióse entonces el Crimeso, y se vio que le estaban pasando los enemigos, primero con los carros ordenados en batalla de un modo terrible, y en pos de ellos con diez mil infantes cuyos escudos eran blancos. Conjeturóse que éstos eran Cartagineses por la brillantez de sus arreos y por el apiñamiento y orden de su marcha. Agolpábanse luego todas las demás naciones y emprendían el paso en desorden y confusión; lo que advertido por Timoleón conoció al punto que el río le proporcionaba tomar de la muchedumbre de los enemigos aquellos con quienes quisiera pelear. Ordenó, pues, que sus soldados que miraran la falange de los enemigos dividida por la corriente, habiendo pasado unos y estando otros por pasar, y mandó a Demáreto que con la caballería acometiese a los Cartagineses y desordenara su formación antes de verificarse. Bajó entonces al llano y encomendó a otros Sicilianos el mando de las dos alas, poniendo en cada una de ellas unos cuantos extranjeros; en el centro, tomando él mismo a los Siracusanos y lo más escogido de los estipendiarios, se paró por un breve instante para notar las operaciones de la caballería; mas viendo que los carros que discurrían delante de las filas no la dejaban venir a las manos con los Cartagineses, sino que muchas veces para no desordenarse la precisaban a hacer rodeos y dar en esta forma frecuentes acometidas, embrazando el escudo y gritando a los infantes que le siguiesen con denuedo, pareció que su voz fue mucho más fuerte y penetrante que de ordinario, bien fuese porque en aquel conflicto y con aquel calor se acrecentase efectivamente la voz, o porque algún Genio, según entonces lo creyeron muchos, le ayudase a gritar y gritase con él. Contestando aquellos inmediatamente al grito, y pidiéndole que los guiase y no se detuviese, hizo señal a la caballería para que acometiese por fuera de la línea de los carros y cargara por el ala a los enemigos; y él, cerrando la vanguardia, que se cubrió con los escudos, y dando orden de tocar a los trompetas, marchó para los Cartagineses.

XXVIII. Sostuvieron éstos con valor el primer encuentro, y con tener defendido el cuerpo con corazas de hierro y morriones de bronce, y oponer unos anchos escudos pudieron esquivar los golpes de lanza. Mas cuando la pelea vino a las espadas, obra ya no menos de la destreza que la pujanza, repentinamente empezaron a desprenderse de los montes terribles truenos y encendidos relámpagos, y descendiendo al lugar de la contienda la nube desde los collados y alturas, trayendo consigo lluvia, viento y granizo, a los Griegos les daba por la espalda, mas a los bárbaros heríalos en la cara y deslumbrábales la vista, siendo continua la lluvia borrascosa y las llamaradas que partían de las nubes; cosas que de mil maneras afligían, especialmente a los bisoños. Incomodaba también no menos que los truenos el ruido de las armas, heridas de la espesa lluvia y los granizos, por cuanto impedía que se oyesen las órdenes de los caudillos. Además, yendo los Cartagineses nada ligeros en cuanto al armamento, sino de sobra defendidos, como hemos dicho, estorbábales el barro, y los senos de las túnicas llenos de agua les impedían manejarse con presteza en el combate, cuando los Griegos estaban muy listos para ofenderlos; y si caían, les era absolutamente imposible levantarse del lodo, a causa de las armas. El Crimeso también, desbordado ya con los que pasaban, se había aumentado con las lluvias; y la llanura inmediata, teniendo muchas desigualdades y hoyos, estaba llena de arroyuelos que corrían fuera de cauce, con los que, detenidos los Cartagineses, con dificultad podían salvarse. Por último, continuando la tormenta, y habiendo los Griegos deshecho la primera línea, que era de unos cuatrocientos hombres, todo el ejército se entregó a la huída. Muchos, alcanzados todavía en la llanura, allí perecieron; a otra gran parte, tropezando con los que todavía se hallaban pasando el río, los arrebató y destruyó su corriente; y a los más, que se encaminaban a las alturas los persiguieron y deshicieron las tropas ligeras. Dícese que de diez mil muertos, tres mil eran Cartagineses: grande luto para aquella ciudad, porque ningunos otros les hacían ventaja, ni en origen, ni en riquezas, ni en reputación y no había memoria de que en una sola acción hubieran muerto jamás tantos Cartagineses, pues que echando comúnmente mano de Africanos, de Españoles y Númidas, la pérdida en sus derrotas era siempre ajena.

XXIX. Advirtieron también los Griegos en los despojos la distinción de los vencidos, deteniéndose poco los que los despojaban en el bronce y el hierro: ¡tan abundante andaba la plata, y en tanta copia era el oro! Pues pasando el río cogieron el campamento con todas las brigadas. Muchos de los cautivos fueron ocultados por los soldados; pero aun presentaron en total hasta cinco mil, y también se cogieron doscientos carros. Mas lo que hacía una hermosa y magnífica vista era la tienda de Timoleón, alrededor de la cual estaban amontonados despojos de toda especie, entre ellos mil corazas primorosas por la materia y por la obra, y diez mil escudos. Siendo pocos para despojar a muchos, y hallándose con ricas presas, apenas al tercero día después de la batalla pudo erigirse el trofeo. Con la noticia de la victoria envió Timoleón a Corinto las más hermosas armaduras de las del botín, queriendo que su patria excitase en todos los hombres una gloriosa emulación al ver en sola aquella ciudad de la Grecia los más magníficos templos, no adornados con despojos griegos, ni enriquecidos con indecorosos monumentos de ofrendas que hubieran sido fruto de la muerte de los de un mismo origen y una misma familia, sino con presas hechas a los bárbaros, cuyas inscripciones acreditaban a un tiempo el valor y la justicia de los vencedores, diciendo que los Corintios y Timoleón, su general, haciendo libres de los Cartagineses a los Griegos que habitaban en la Sicilia, habían hecho a los Dioses aquella ofrenda.

XXX. Dejando en seguida en el ejército a los estipendiarios para correr y molestar la provincia de los Cartagineses, se encamino a Siracusa, y a aquellos mil estipendiarios que le abandonaron antes de la batalla les mandó por pregón salir de Sicilia, obligándolos a estar fuera de Siracusa antes de ponerse el sol. Navegaron, pues, a Italia, donde perecieron a mano de los Brecianos contra la fe de los tratados, imponiéndoles así algún Genio la justa pena de su traición. Mamerco, tirano de Catana, e Hícetes, fuese por envidia de las victorias de Timoleón, o por temerle como hombre de quien nada debían esperar, y que ningún trato quería tener con los tiranos, hicieron alianza con los Cartagineses y les enviaron a decir mandaran fuerzas y un general, si no querían ser absolutamente arrojados de la Sicilia. Vino, pues, Giscón trayendo sesenta galeras y soldados Griegos estipendiarios, siendo así que nunca antes los Cartagineses habían echado mano de los Griegos; mas entonces tenían de ellos la más alta opinión, juzgándolos por los más invencibles y valientes de todos los hombres. Reunidos de común acuerdo en la Mesenia, dieron muerte a cuatrocientos de los estipendiarios de Timoleón que habían sido enviados en su auxilio; y en la provincia de los Cartagineses, habiéndose armado asechanzas cerca del pueblo llamado Ietas a los estipendiarios mandados por Éutimo Leucadio, todos perecieron: con lo que la dicha de Timoleón adquirió aún mayor nombradía: porque habían sido de los que con Filomelo de Focea y con Onomarco habían tomado a Delfos, haciéndose participantes de su sacrilegio. Aborrecidos, por tanto, y abominados de todos, andando errantes por el Peloponeso, fueron acogidos por Timoleón a falta de otros soldados; venidos con él a Sicilia, en todas las batallas en que a su lado se hallaron, hubieron la victoria; mas luego que tuvieron fin aquellos grandes y reñidos combates, enviados a dar auxilio a diferentes puntos, murieron o cayeron en cautiverio, no todos a la vez, sino por partes: atestiguando este modo de su castigo que en él intervenía la buena suerte de Timoleón, para que del castigo de los malos ningún daño resultase a los buenos. De esta manera vino a suceder que no menos resplandeció la benevolencia de los Dioses para con Timoleón en las cosas que pareció serle adversas, que en aquellas en que salió triunfante.

XXXI Los más de los Siracusanos estaban incomodadísimos de verse a cada momento denostados por los tiranos. Especialmente Mamerco, muy ufano con que componía poemas y tragedias, y engreído con haber vencido a los estipendiarios, al hacer a los Dioses la consagración de los escudos, había puesto por inscripción un dístico elegíaco muy afrentoso, de este tenor: Estas rodelas que relumbran tanto con púrpura, marfil, electro y oro, con escudos de a palmo las tomamos. Después de estos sucesos, habiendo Timoleón pasado con sus fuerzas a la Calabria, invadió Hícetes a Siracusa, donde tomó un rico botín, haciendo grandes daños y ofensas, y en seguida se encaminó también a la Calabria, no haciendo cuenta de Timoleón, que tenía poca gente. Dejóle éste adelantarse, y luego se puso en su persecución con la caballería y las tropas ligeras. Entendiólo Hícetes, y habiendo pasado el río Damiria, se paró al otro lado en actitud de defenderse, contribuyendo a darle osadía la dificultad del paso y lo escarpado del terreno por la una y otra orilla. Detuvo la batalla una disputa y contienda extraña entre los capitanes de Timoleón, porque ninguno quería ser el último en acometer a los enemigos, sino que cada uno aspiraba a ser el primero; así el paso se hizo en desorden, empujándose y atropellándose unos a otros. Quiso Timoleón que echaran suertes, para lo que tomó un anillo de cada uno, echólos todos en una punta de su manto, y habiéndolos revuelto, se halló que el primero tenía grabado por sello un trofeo, y luego que los jóvenes lo observaron, alzando con aquel gozo grande gritería, ya no esperaron otra suerte, sino que pasando precipitadamente el río por el orden en que estaban cayeron con ímpetu sobre los enemigos, los cuales no sostuvieron el choque, sino que dieron a huir, abandonando todos las armas, y en el alcance murieron como unos mil de ellos.

XXXII. Marchando de allí a poco con su ejército Timoleón al territorio de los Leontinos, tomó vivo a Hícetes, a su hijo Eupólemo y al general de la caballería, Éutimo, que fueron aprehendidos por sus propios soldados y conducidos a su presencia; Hícetes y su hijo sufrieron la muerte, que tenían merecida, como tiranos y traidores. Éutimo, sin embargo de ser hombre de valor para los combates y distinguido por su arrojo, no alcanzó compasión, por una expresión injuriosa contra los Corintios, de la que era acusado; porque se refería que cuando los Corintios movieron contra ellos, arengando a los Leontinos, les había dicho que nada había que debiera causar miedo o espanto en que: Hubieran las mujeres de Corinto salido o no salido de sus casas. Así es que los más sufrimos peor las malas palabras que las malas obras, porque es más difícil de llevar el desprecio que la pérdida; y el vengarse con obras se permite como necesario a los enemigos; pero los dichos injuriosos parece que nacen de sobrado rencor y sobrada malicia.

XXXIII. Vuelto Timoleón, los Siracusanos, formados en junta pública para este juicio, condenaron a muerte a la mujer e hijas de Hícetes; de todos los hechos de Timoleón es éste el que menos favor le hace; pues parece que si lo hubiese querido impedir, no se habría impuesto tal pena a aquellas mujeres. Mas se cree que no se mezcló en ello, abandonándolas al encono de los ciudadanos, que tomaban en ellas venganza por Dión, el que expulsó a Dionisio; fue, en efecto, Hícetes el que arrojó vivos al mar a la mujer de Dión, Áreta; a su hermana, Aristómaca, y a su hijo, todavía pequeño; de lo que hemos hablado en la vida de Dión.

XXXIV. Marchando después de esto con su ejército a Catana contra Mamerco, que le aguardó en orden de batalla junto al arroyo Ábolo, le venció y derrotó con muerte de unos dos mil, de los cuales eran no pequeña parte los Fenicios, enviados como auxilio por Giscón. De resulta de esto, le pidieron los Cartagineses la paz, y se vino en ella con las condiciones de quedar a Siracusa todo el terreno dentro del río Lico; que serían libres, todos los que quisiesen, de ir a establecerse a Siracusa, entregándoseles sus bienes y familias, y que se apartarían de la alianza con los tiranos. Mamerco, desalentado ya en sus esperanzas, navegaba a Italia para concitar a los de Luca contra Timoleón y los Siracusanos. Mas habiendo cambiado de rumbo con sus naves los que iban con él, y dirigídose a Sicilia, donde hicieron a Timoleón entrega de Catana, se vió en la precisión de acogerse a Mesana, buscando el amparo de Hipón, tirano de aquella ciudad. Vino contra ellos Timoleón y les puso sitio por tierra y por mar, e Hipón, al querer huir en un buque, fue apresado y puesto en manos de los Mesenios, los cuales convocaron a los muchachos de las escuelas para que vieran como el más agradable espectáculo el castigo de un tirano; le condujeron al teatro, y allí le azotaron hasta quitarle la vida. Mamerco se entregó a Timoleón para ser juzgado por los Siracusanos, bajo la condición de que Timoleón no le acusase. Conducido a Siracusa, se presento al pueblo, e intentó pronunciar un discurso que tenía compuesto de antemano; pero siendo interrumpido y observando que de la junta no podía esperar nada favorable, arrojando la capa en medio del teatro, dio a correr, y con aquel ímpetu fue a estrellarse de cabeza en uno de los asientos para quitarse la vida; mas no consiguió que fuese aquella su muerte, sino que se le alcanzó todavía con vida y se le hizo sufrir la pena de los salteadores.

XXXV. Desarraigó, pues, Timoleón las tiranías y dio fin a las guerras del modo que se ha referido. En cuanto a la isla toda, que la encontró irritada con sus males y mirada con tedio de sus habitantes, de tal manera la aplacó e hizo apetecible, que vinieron otros habitantes a un punto del que antes se habían retirado sus propios ciudadanos; porque entonces se repoblaron Agrigento y Gela, ciudades grandes que hicieron los Cartagineses abandonar con motivo de la guerra ática; viniendo a habitar la una Megelo y Feristo desde Elea, y la otra Gorgo, desde Ceo, trayendo consigo a los antiguos ciudadanos. Así, procurando no solamente seguridad y reposo después de tales agitaciones a los que en ellas se establecían, sino proporcionándoles todavía otras muchas cosas, y dándoles aliento, fue de sus ciudadanos mirado y venerado como fundador. Los mismos eran los sentimientos de todos los demás hacia él, y ni en la terminación de una guerra, ni en la formación de una ley, ni en el establecimiento de una colonia, ni en el arreglo de un gobierno, parecía haberse acertado si él no intervenía, y si como perfeccionador de la obra no contribuía a exornarla, añadiéndole cierta gracia sobresaliente y como divina.

XXXVI Muchos Griegos había habido antes de él que se habían hecho ilustres y que habían ejecutado grandes cosas, de cuyo número son Timoteo, Agesilao, Pelópidas y aquel a quien más se propuso imitar Timoleón, Epaminondas; mas las hazañas de éstos presentan lo brillante confundido con cierta violencia y esfuerzo, tanto, que en algunas tuvo lugar la reprensión y el arrepentimiento, mientras que cuando en todos los hechos de Timoleón, si ponemos fuera de cuenta el estrecho en que se vio respecto del hermano, ninguno hay al que no le convenga, como dice Timeo, aquella exclamación de Sófocles: ¿Qué Afrodita o Amores, sacros Dioses, han puesto aquí su poderosa mano? Porque así como la poesía de Antímaco y los cuadros de Dionisio, ambos Colofonios, en que hay fuerza y valentía, tienen el aire de cosas hechas con esfuerzo, y muy trabajadas, y en las pinturas de Nicómaco y en los versos de Homero al vigor y gracia se agrega el parecer que están hechos con gran soltura y facilidad, de la misma manera, comparados los generalatos de Epaminondas y Agesilao, servidos con dificultad y grande esfuerzo con el generalato de Timoleón, en el que hubo tanta facilidad como esplendor, no le parecerá éste, al que bien le advierta, obra de la Fortuna, sino de una virtud afortunada. Con todo, él atribuyó siempre a la Fortuna sus buenos sucesos, y tanto escribiendo a sus amigos de Corinto como arengando a los Siracusanos dijo muchas veces daba gracias a Dios porque, teniendo determinado salvara la Sicilia, había sobrepuesto su nombre de él en este decreto. Edificó asimismo al lado de su casa un templo al Acaso, en que hizo sacrificio, y la casa misma la consagró al sagrado Genio. Era ésta la que los Siracusanos le habían regalado por premio de su acertado mando, juntamente con un terreno de lo más agradable y delicioso, en el que se recreaba la mayor parte del tiempo, habiendo hecho venir de Corinto a su mujer y sus hijos; pues ya no volvió allá, ni se mezcló en las turbaciones de la Grecia, ni tampoco quiso incurrir en la envidia por gobernar, en que suelen estrellarse los más de los generales por la insaciable ansia de honores y mando, sino que pasó allí su vida, gozando de los bienes que él mismo había proporcionado, de los cuales era el mayor ver tantas ciudades y tantos millares de hombres que por él eran dichosos.

XXXVII. Mas como a la cogujada no puede faltarle moño, según Simónides, ni tampoco al gobierno popular calumniador, tomaron por su cuenta a Timoleón estos dos alborotadores Lafistio y Deméneto. Pedía Lafistio que diese fianzas en cierta causa, y él no permitió a los ciudadanos que se alborotaran y se lo impidieran, diciendo que había llevado con gusto tantos trabajos y peligros para poner a los Siracusanos en estado de que el que quisiera pudiera usar de las leyes. Deméneto le acusaba en la junta pública de muchos capítulos por cosas de su mando; mas nada le contestó, y solamente dijo que estaba muy reconocido a los Dioses por ver a los Siracusanos en posesión de la libertad que tanto les había deseado. Obró, pues, sin contradicción más grandes e ilustres hazañas que ninguno de los Griegos antes de él; no hubo quien le aventajase en aquellas acciones a cuya práctica suelen los sofistas excitar en sus panegíricos a los Griegos: de los males que en lo antiguo afligieron a la Grecia, debió a su fortuna el que le hubiese sacado puro y sin mancha: a los bárbaros y a los tiranos les hizo experimentar su valor y su pericia, como a los Griegos, y a todos sus amigos su justicia y su mansedumbre: erigió a sus ciudadanos muchos trofeos de otros tantos combates, que no les costaron lágrimas ni lloros; y en ocho años aún no cabales entregó la Sicilia a sus habitantes, libre de sus envejecidos y como nativos males. Entonces, ya siendo anciano, empezó a decaer de la vista, que del todo perdió de allí a poco, no porque hubiese dado causa a ello embriagado con su fortuna, sino, a lo que parece, por una enfermedad de familia que con la edad concurrió a este accidente; pues se dice que no pocos de los que eran sus deudos por linaje perdieron del mismo modo la vista, acortándoseles por la vejez. Atanis refiere que fue en el campamento, durante la guerra contra Hipón y Mamerco en Milas, donde empezó a acortársele la vista, no dudándose ya de que iba a perderla: mas que con todo no por eso alzó el sitio, sino que continuó la guerra hasta apoderarse de los tiranos; y que luego que volvió a Siracusa, depuso inmediatamente el mando, pidiendo la relevación a los ciudadanos, en vista de que ya los negocios habían sido llevados al más feliz término.

XXXVIII. El que hubiese llevado sin pesadumbre este infortunio no será quizá de grande admiración; mas lo que sí debe causarla es el honor y veneración que estando ya ciego le manifestaron los Siracusanos, haciéndole frecuentes visitas y llevando a su casa y a su propiedad a los viajantes forasteros para que viesen a su bienhechor, contándoles con reconocimiento el que hubiese preferido quedarse con ellos a pasar sus días sin hacer caso de la gloriosa vuelta a la Grecia, que sus admirables sucesos le habían preparado. Hicieron y determinaron en su honor muchas y muy señaladas demostraciones, entre las que no cede a ninguna la de haber decretado que el pueblo siracusano, siempre que se le ofreciere guerra contra extranjeros, hubiera de valerse de general corintio. También era cosa digna de verse lo que, cuando concurría a las juntas públicas, se hacía en su honor: porque las cosas pequeñas las determinaban por sí: mas para los negocios de importancia le llamaban: venía, pues, en carroza, y por la plaza se dirigía al teatro, e introducido su carruaje, en el que iba sentado, el pueblo le saludaba, nombrándole todos a una voz. Correspondíalos, y dando algún tiempo a los obsequios y a las alabanzas, inquiría luego qué era de lo que se trataba, y manifestaba su dictamen. Sancionado que era, sus ministros sacaban otra vez la carroza del teatro, y los ciudadanos, despidiéndole con voces de júbilo y alegría, despachaban después por sí lo que restaba de los negocios públicos.

XXXIX. Envejeciendo, pues, en medio de tanto honor y benevolencia como padre común de todos, con muy pequeña ocasión, que agravó su edad, vino por fin a fallecer. Diéronse algunos días a los Siracusanos para disponer su entierro y a los circunvecinos y forasteros para concurrir a él. Dispusiéronse coros brillantes, y jóvenes señalados de antemano por un decreto llevaron el féretro, ricamente adornado, pasándolo por los alcázares tiránicos de los Dionisios, entonces asolados. Acompañáronle millares de millares de hombres y mujeres, que hacían una perspectiva muy decorosa, como en una solemnidad, llevando todos coronas y vestidos de fiesta; mas los gritos y lágrimas, mezclados con los elogios del muerto, lo que demostraban era, no un oficio de honor ni unas exequias ordenadas de antemano, sino un dolor justo y el reconocimiento que inspira un amor verdadero. últimamente, puesto el féretro en la pira, Demetrio, que era de los heraldos el que tenía más voz, publicó este pregón que llevaba escrito: “El pueblo de los Siracusanos ofrece doscientas minas para el entierro de Timoleón, hijo de Timodemo, natural de Corinto, y decreta honrarle perpetuamente con combates músicos, ecuestres y gimnásticos, porque, habiendo deshecho a los tiranos, vencido a los bárbaros y repoblado muchas ciudades desiertas, dio leyes a los Sicilianos”. Púsose su monumento en la plaza, y cercándole más adelante con pórticos y edificando palestras, formaron para los jóvenes un gimnasio, que llamaron Timoleoncio: y ellos, disfrutando del gobierno y leyes que les estableció, por largo tiempo vivieron prósperos y felices.


 


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